Publicado sin firma, en tres entregas, en The Democratic Review (Londres), abril de 1850, pp. 426-432, mayo de 1850, pp. 458-461, y junio de 1850, vol. II, pp. 20-24: una presentación con extractos traducidos al inglés del artículo de Marx «1848 a 1849. I», del primer número de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue (luego capítulo I de Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850); atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/10). Los extractos, en cuerpo menor en la revista, van aquí sangrados; se traducen de la versión inglesa de la revista. Traducido del original de la revista (reimpresión facsímil de Merlin Press, Londres, 1968, en Internet Archive) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
[Abril de 1850]
En los años 1848 y 1849 se publicó en Colonia un diario alemán, la Neue Rheinische Zeitung (Nueva Gaceta Renana). Este periódico, dirigido por Carlos Marx como redactor jefe, con Federico Engels, Georg Weerth, el célebre poeta Freiligrath, F. y W. Wolff y otros, adquirió muy pronto una popularidad extraordinaria por el modo valiente y resuelto con que defendía los principios revolucionarios más avanzados y los intereses de los proletarios, de los que era el único órgano en Alemania. El Gobierno prusiano aprovechó las insurrecciones fracasadas de las provincias renanas, en mayo pasado, para acabar con el periódico mediante diversas persecuciones dirigidas contra los redactores. Estos, en consecuencia, abandonaron el país para buscar nuevos campos de actividad en los distintos movimientos que por entonces se preparaban o estaban en curso. Varios de ellos fueron a París, donde se avecinaba un giro decisivo de los acontecimientos (el 13 de junio), y allí representaron al partido revolucionario alemán en el centro de la democracia francesa; otro ocupó su escaño en la Asamblea Nacional alemana, a la que en aquel momento se empujaba a la insurrección; otro, en fin, fue a Baden y combatió en el ejército revolucionario contra los prusianos. Tras la derrota de estas insurrecciones se encontraron exiliados en este país, en Suiza y en Francia. Sin posibilidad, por el momento, de restablecer un diario, han puesto en marcha una revista mensual que les sirva de órgano hasta que las circunstancias les permitan recuperar su antigua posición en la prensa diaria de su país.
Acaba de llegarnos el primer número de esta publicación. Lleva el mismo título que el diario: Nueva Gaceta Renana, revista política y económica, dirigida por Carlos Marx.
Este primer número contiene solo tres artículos. Abre con el primero de una serie de trabajos sobre los dos últimos años de revoluciones, del redactor jefe, Carlos Marx. Sigue una relación de la campaña insurreccional en el oeste y el sur de Alemania durante los meses de mayo, junio y julio pasados, de Federico Engels; y, por último, un artículo de Carlos Blind (exembajador en París del Gobierno provisional de Baden) sobre la situación de los partidos en Baden. Estos dos últimos artículos, aunque contienen muchas revelaciones importantes, interesan sobre todo al lector alemán. El primero está dedicado a un asunto de interés primordial para los lectores de todos los países, en particular para las clases trabajadoras. Además, el asunto ha encontrado en el ciudadano Marx un escritor capaz en todos los sentidos de hacerle justicia. Por estas razones creemos un deber ofrecer de él tantos extractos como nos permita nuestro limitado espacio.
El artículo que comentamos trata de la revolución de Febrero, de sus causas y efectos, y de los acontecimientos que la siguieron hasta la gran insurrección de junio de 1848.
Salvo muy pocos capítulos, todas las secciones importantes de los anales revolucionarios de 1848 y 1849 llevan en la portada: ¡Derrota de la revolución! Pero lo que de verdad sucumbía en todas estas derrotas no era la revolución misma. Al contrario, no eran sino los elementos no revolucionarios del partido revolucionario los derrotados: personas, ilusiones, ideas, planes y proyectos de carácter más o menos ajeno a la revolución; elementos de los que el partido subversivo no estaba libre antes de Febrero y de los que no podía liberarlo la victoria de Febrero, sino solo una serie de derrotas. Dicho de otro modo: el progreso revolucionario no se abrió paso por los resultados inmediatos, trágicos o cómicos, de la primera victoria; al contrario, lo produjo sobre todo la formación de un interés contrarrevolucionario poderoso y unido, la creación de un enemigo en lucha con el cual el partido subversivo solo podía llegar a convertirse en un partido verdaderamente revolucionario.
Este es el tema general que el ciudadano Marx desarrolla a lo largo de su artículo. Empieza exponiendo las causas de la revolución de Febrero y muestra que tenían raíces mucho más hondas de lo que ninguno de los escritores anteriores sobre el asunto había sido capaz de mostrar. Entre todos los historiadores de los acontecimientos de Francia de los últimos veinte años era cosa admitida que, bajo Luis Felipe, la burguesía en su conjunto era el poder dominante en Francia; que las escandalosas revelaciones de 1847 fueron la causa principal de la revolución, y que esta revolución fue una lucha directa de los proletarios contra la burguesía. Bajo la pluma del ciudadano Marx, estas afirmaciones, aunque no se nieguen directa y absolutamente, sufren modificaciones importantes.
El historiador alemán demuestra que bajo Luis Felipe el poder político estaba concentrado en manos, no de la clase burguesa entera, sino solo de una fracción de esa clase, la que en Francia se llama aristocracia financiera y en Inglaterra los intereses de la banca, de la deuda pública, de los ferrocarriles, etc., o el interés del dinero, por oposición al interés manufacturero.
No era la clase burguesa francesa entera la que señoreaba el país bajo Luis Felipe, sino solo una fracción de ella: banqueros, bolsistas, reyes del ferrocarril, reyes de las minas y una parte de los terratenientes «adheridos»; la llamada aristocracia financiera. Eran ellos quienes ocupaban el trono, quienes dictaban las leyes en las Cámaras, quienes repartían los cargos públicos, desde el ministro hasta el estanquero. La parte manufacturera de la burguesía formaba parte de la oposición oficial; solo estaba representada por una minoría de las Cámaras. Su oposición se hizo más tenaz a medida que el dominio exclusivo de la aristocracia financiera se volvía más exclusivo, y a medida que ella misma, tras las insurrecciones fracasadas del pueblo trabajador en 1832, 1834 y 1839, creía más afianzado su dominio sobre los proletarios.... ..Los pequeños capitalistas, la tenderocracia en todos sus grados, y la clase de los agricultores estaban completamente excluidos del poder político.
Las consecuencias necesarias de este dominio exclusivo de la aristocracia financiera fueron que todos los intereses públicos quedaron supeditados a los suyos, y que el Estado no era para ella sino un medio de aumentar su fortuna a costa de él. El ciudadano Marx describe con mucha fuerza cómo se practicó en Francia este sistema escandaloso durante dieciocho años: cómo el aumento de la deuda pública, el crecimiento de los gastos públicos, los apuros financieros sin fin y los déficits del erario fueron otras tantas fuentes por las que fluía nueva riqueza a los bolsillos de los señores del dinero, fuentes a las que cada año se hacía manar más abundantemente y agotar tanto más deprisa los recursos del país; cómo los gastos del Gobierno, del ejército y la marina, de los ferrocarriles y otras obras públicas ofrecían cientos de ocasiones, que los financieros aprovechaban con avidez, para estafar al público con contratos fraudulentos, etc. En suma:
La monarquía de Julio no era otra cosa que una sociedad por acciones para la explotación de la riqueza nacional de Francia, cuyos dividendos se repartían entre los ministros, las Cámaras, 240.000 electores y su séquito más o menos numeroso. Luis Felipe era el George Hudson de esta compañía: Robert Macaire en el trono. El comercio, la industria, la agricultura, la navegación, los intereses de las clases medias manufactureras, se veían necesaria y constantemente perjudicados y amenazados bajo este sistema.
Y mientras el interés especulador hacía las leyes, dirigía la administración pública, disponía de todos los poderes públicos organizados y dominaba la opinión pública por medio de la prensa y por la fuerza de los hechos, en todas las esferas de la sociedad, desde la corte hasta el café-borgne, se imitaba la misma prostitución, el mismo fraude descarado, la misma avidez de acumular riqueza, no mediante la producción, sino despojando a otros de lo ya producido. Se desató, sobre todo en las regiones más elevadas de la sociedad y chocando a cada momento con la propia ley burguesa, una explosión general de esos apetitos y deseos desordenados y malsanos en los que la riqueza adquirida en el juego busca, con toda naturalidad, su satisfacción, donde el goce se vuelve crapuleux, donde el oro, el barro y la sangre fluyen mezclados. La aristocracia financiera, tanto en su modo de apropiarse como en su modo de gozar, no es más que la reproducción de la «chusma» en las esferas elevadas de la sociedad burguesa.1
Las escandalosas revelaciones de 1847, los asuntos Teste, Praslin, Gudin y Dujarrier, sacaron este estado de cosas a plena luz del día. La conducta infame del Gobierno en los asuntos de Cracovia y del Sonderbund suizo hirió en grado sumo el orgullo nacional, mientras que la victoria de los liberales suizos y la revolución de Palermo, en enero de 1848, enardecieron los ánimos de la oposición.
Por fin, el estallido del malestar general maduró hasta convertirse en revuelta por obra de dos grandes acontecimientos económicos generales. El primero fue la enfermedad de la patata y las malas cosechas de 1845 y 1846. La casi hambruna de 1847 provocó en Francia y en otros países del continente numerosos choques sangrientos. ¡Aquí, las orgías de la aristocracia financiera; allí, el pueblo luchando por los artículos de primera necesidad! ¡En Buzançais, los amotinados del hambre, decapitados; en París, unos tahúres aristocráticos, sustraídos a la ley por la familia real! El segundo gran acontecimiento económico fue una crisis general del comercio y de la industria. Anunciada en Inglaterra ya en el otoño de 1845 por el hundimiento general de la especulación ferroviaria, interrumpida durante 1846 por una serie de incidentes, y en particular por la derogación de las leyes de cereales, estalló por fin en el otoño de 1847 con las quiebras de las grandes casas coloniales de Londres, seguidas por las quiebras de los bancos provinciales y el cierre de las fábricas en los distritos manufactureros ingleses. La repercusión de esta crisis sobre el comercio continental no se había agotado aún cuando estalló la revolución. Esta devastación del comercio hizo todavía más insoportable en Francia el dominio exclusivo del interés del dinero. Las fracciones opositoras de la burguesía se unieron en la agitación de los banquetes por una reforma parlamentaria que debía asegurarles la mayoría. La crisis comercial en París arrojó a una serie de fabricantes y comerciantes al por mayor al mercado interior, ya que el mercado exterior no ofrecía por el momento ninguna posibilidad de ganancia. Estos capitalistas montaron grandes establecimientos de venta al por menor, cuya competencia arruinó a cientos de tenderos más pequeños. De ahí las numerosas quiebras en este sector de la burguesía de París; de ahí su espíritu revolucionario en Febrero.
La acción conjunta de estas causas hizo estallar la revolución de Febrero. Se constituyó el Gobierno provisional. En él estaban representados todos los partidos de la oposición: la oposición monárquica (Crémieux e incluso Dupont de l'Eure), la burguesía republicana (Marrast, Marie, Garnier-Pagès), la pequeña clase comerciante republicana (Ledru-Rollin y Flocon) y los proletarios (Louis Blanc y Albert). Lamartine, por último, representaba la revolución de Febrero misma, la insurrección común de burgueses y proletarios, con sus resultados imaginarios, sus ilusiones, su poesía y sus grandes palabras. Por su posición y por sus ideas pertenecía a la burguesía, cuyos representantes formaban, por tanto, la gran mayoría del nuevo Gobierno.
Si, a consecuencia de la centralización política, París gobierna Francia, la clase obrera, en los momentos de terremoto revolucionario, gobierna París. El primer acto del Gobierno provisional se dirigió contra esta influencia avasalladora: fue una apelación del «París ebrio de revolución» a la «Francia sobria». Lamartine negó a los combatientes el derecho a proclamar la república: «solo la mayoría del pueblo francés era competente para ello; los obreros harían mejor en no manchar su victoria con una usurpación», etc. La burguesía no permitió a los obreros más que una usurpación: la del combate.
Los proletarios obligaron al Gobierno a proclamar la república. Raspail fue su portavoz. Declaró que, si no se hacía en dos horas, volvería al frente de 200.000 obreros armados. Antes de que expirase el plazo, la república estaba proclamada.
La clase obrera, al dictar la república al Gobierno y a Francia, se adelantó de golpe al primer plano como partido independiente, pero al mismo tiempo levantó contra sí a todo el interés burgués de Francia. Lo que los proletarios habían conquistado no era su emancipación, sino el campo de batalla en el que podían luchar por su emancipación. La república de Febrero, al principio, no podía hacer otra cosa que completar el gobierno de las clases medias abriendo el círculo de la acción política a todas las clases poseedoras de Francia. La mayoría de los grandes terratenientes, los legitimistas, quedó emancipada de la nulidad política a la que la había condenado la revolución de 1830. Por el sufragio universal, esa vasta clase de propietarios de la tierra puramente nominales (los verdaderos propietarios son los capitalistas, a quienes está hipotecada la propiedad), la clase que forma la gran mayoría de los franceses —los campesinos—, fue llamada a decidir los destinos de Francia. Y por último, la república de Febrero hizo patente el dominio de la burguesía al apartar la corona tras la que hasta entonces se había escondido el capital. Los obreros habían instaurado en julio de 1830 la monarquía burguesa; en febrero de 1848 instauraron la república burguesa. Pero así como la monarquía de 1830 se vio obligada a anunciarse como una «monarquía rodeada de instituciones republicanas», la república de 1848 se anunció como «una república rodeada de instituciones sociales». También esta concesión se la arrancaron a la república los obreros de París.
El «derecho al trabajo» y la comisión del Luxemburgo (con la que Louis Blanc y Albert quedaron de hecho excluidos del Gobierno, cuya mayoría burguesa conservó el poder efectivo) fueron las más señaladas de estas instituciones sociales. Los obreros se vieron reducidos a buscar su salvación, no contra la burguesía, sino independientemente de ella y a su lado. La Bolsa y el Banco siguieron existiendo; únicamente se levantó, junto a estas dos grandes iglesias burguesas, la iglesia socialista del Luxemburgo; y así como los obreros creían poder emanciparse sin tocar los intereses de la burguesía, creían también poder hacerlo sin tocar a las demás naciones burguesas de Europa.
El desarrollo de la clase obrera industrial depende por completo del desarrollo de la clase capitalista industrial. Solo bajo el gobierno de esta última clase adquieren los proletarios industriales la importancia que únicamente puede hacer de su revolución una revolución nacional; solo entonces crean las inmensas fuerzas productivas de la industria moderna, que se convertirán en el medio de su emancipación revolucionaria; solo entonces se arrancan las últimas raíces del feudalismo y se prepara así el terreno sobre el que únicamente es posible una revolución proletaria. Ahora bien, la industria manufacturera está en Francia más desarrollada que en ningún otro país del continente. Pero el hecho de que la revolución de Febrero se dirigiera ante todo contra la aristocracia financiera demuestra claramente que la burguesía industrial no gobernaba Francia antes de Febrero. En efecto, la burguesía industrial solo puede gobernar en un país cuya industria manufacturera domine, para sus productos, el mercado mundial; los límites del mercado interior son demasiado estrechos para su desarrollo. Y la industria manufacturera de Francia, en gran medida, solo domina incluso el mercado interior gracias a los aranceles protectores. Por eso, si en París los proletarios poseen en el momento de una revolución un poder real y una influencia que los llevan a ir más allá de sus medios de acción efectivos, en el resto de Francia están concentrados en unos pocos centros industriales, como Lyon, Lille, Mulhouse y Ruan, y casi desaparecen entre la inmensa mayoría de campesinos y pequeños comerciantes que los rodean. Por eso, la lucha contra el capital en su forma más desarrollada y decisiva, la lucha del obrero industrial asalariado contra el capitalista industrial en activo, es en Francia un hecho meramente local, que después de Febrero no podía constituir el rasgo nacional dominante de la revolución. Y menos aún podía serlo cuanto que la lucha contra los modos de acción más subordinados del capital, la lucha del campesino contra la usura y el sistema hipotecario, la del pequeño comerciante contra el mayorista, el banquero y el fabricante, en una palabra, contra la bancarrota, estaba todavía envuelta en el levantamiento general contra la aristocracia financiera. Los proletarios franceses no podían dar un solo paso adelante ni destruir un solo átomo de las instituciones burguesas existentes hasta que la marcha de la revolución no hubiera levantado contra el dominio del capital, y obligado a unirse a los proletarios, a todas esas clases intermedias, los campesinos y los pequeños comerciantes, que no son ni burgueses ni proletarios y que en Francia forman la gran masa de la nación. Entonces, y solo entonces, podrían los proletarios, en lugar de perseguir sus intereses sin tocar los de la burguesía, proclamar los intereses proletarios como los intereses revolucionarios de la nación y hacerlos valer en oposición directa a los de la burguesía. Y solo con su inmensa derrota de junio de 1848 pudieron los proletarios acercarse a esa victoria....
Así pues, el gobierno de la burguesía quedó abolido con la instauración de la república; abolido, no en la realidad, sino en la imaginación de los obreros, que tomaban la aristocracia financiera por la burguesía entera; en la imaginación de los dignos republicanos que negaban la existencia de clases enemigas o que, a lo sumo, la admitían como una consecuencia de la monarquía. Así, todo realista se llamó de pronto republicano, y todo millonario, obrero. La palabra que correspondía a esta abolición imaginaria de las clases y de los intereses de clase era la palabra Fraternidad, la hermandad universal. Esta abstracción tan grata de todo antagonismo de clase existente, este ajuste sentimental de intereses de clase opuestos, esta elevación entusiasta a esas regiones sublimes donde no existe ninguna lucha de clases terrenal, esta fraternidad, fue la gran palabra de la revolución de Febrero. Las clases en lucha estaban divididas por un simple error, y Lamartine, el 24 de febrero, pidió un gobierno que pusiera fin a aquel «terrible malentendido» que había surgido entre las distintas clases de la sociedad.
Continuaremos estos extractos en nuestro próximo número. Pasaremos revista entonces a los actos del Gobierno provisional, a la convocatoria de la Asamblea Nacional y a la insurrección de junio.
[Mayo de 1850]
En nuestro número de abril seguimos las observaciones del ciudadano Marx sobre la revolución de Febrero hasta la constitución y los primeros actos del Gobierno provisional. Ya tuvimos más de una ocasión de ver que los elementos de clase media de aquel Gobierno eran lo bastante poderosos para servir a los intereses de su clase y para sacar partido de la ignorancia de los proletarios de París acerca de sus verdaderos intereses y de los medios de promoverlos. Continuamos nuestros extractos:
La república no encontró resistencia, ni dentro ni fuera. Por este solo hecho quedó desarmada. Su objetivo ya no era revolucionar el mundo; su objetivo era adaptarse a las exigencias de la sociedad burguesa existente. Y el fanatismo con que el Gobierno provisional persiguió este objetivo se demuestra sobre todo en sus medidas financieras.
El crédito público y el privado, naturalmente, estaban quebrantados. El crédito público descansa en la certeza de que el Estado se deja explotar por los judíos de las finanzas. Pero el Estado antiguo había desaparecido, y la revolución se había dirigido ante todo contra esos judíos de las finanzas. Además, las oscilaciones de la última crisis comercial europea no se habían calmado todavía. Seguían sucediéndose las quiebras. El crédito privado estaba paralizado, la circulación detenida y la producción entorpecida ya antes de que estallara la revolución de Febrero. La crisis revolucionaria, naturalmente, agravó la comercial. Y si el crédito privado descansa en la certidumbre de que el modo burgués de producir la riqueza, de que todo el orden burgués de cosas, está intacto y es inviolable, ¿qué efecto no habría de producir una revolución que ponía en entredicho el fundamento mismo del modo burgués de producción, la esclavitud económica de la clase proletaria, y que frente a la Bolsa levantaba la esfinge del Luxemburgo? La emancipación de la clase proletaria significa la abolición del crédito burgués, pues es la abolición de la producción burguesa y del estado social que le corresponde. El crédito público y el privado son los termómetros con los que puede medirse la intensidad de una revolución. En la misma medida en que cae el crédito, crecen el ardor y la potencia de la revolución.
El Gobierno provisional estaba ansioso por librar a la república de su apariencia antiburguesa. Tenía, pues, que asegurar ante todo su valor de cambio, su cotización en la Bolsa. Y con la cotización de la república en la Bolsa volvería a subir, naturalmente, el crédito privado.
Para disipar hasta la menor sospecha de que la república no quisiera o no pudiera cumplir los compromisos heredados de la monarquía, para restablecer la confianza en su moralidad y su solvencia burguesas, el Gobierno provisional recurrió a un golpe de efecto tan pueril como falto de dignidad. Pagó a los acreedores del Estado los intereses de la deuda incluso antes de su vencimiento legal. El aplomo burgués, la seguridad en sí mismos de los capitalistas, despertó de pronto al ver la ansiedad con que el Gobierno trataba de comprar su confianza.
La aristocracia financiera que gobernaba bajo Luis Felipe tenía su iglesia catedral en el Banco. Así como la Bolsa gobierna el crédito público, el Banco gobierna el crédito privado.
Amenazado directamente por la revolución, no solo en su dominio sino en su existencia misma, el Banco intentó desde el primer momento desacreditar a la república destruyendo el crédito en todas partes. Negó de inmediato el crédito a los banqueros particulares, a los fabricantes y a los comerciantes. Esta maniobra, al no conseguir provocar una contrarrevolución, se volvió en sus consecuencias contra el propio Banco. Los capitalistas retiraron el metálico que tenían depositado en sus cámaras. Los tenedores de billetes acudieron en masa al Banco para cambiarlos por metálico.
Sin ninguna intervención violenta, por una vía estrictamente legal, el Gobierno provisional habría podido llevar al Banco a la bancarrota; le bastaba con permanecer pasivo y abandonarlo a su suerte. La quiebra del Banco: ese era el diluvio que en un instante habría barrido del suelo de Francia a la aristocracia financiera, el enemigo más poderoso y más peligroso de la república, el pedestal de oro de la monarquía de Julio. Y una vez en bancarrota el Banco, ¿no habría tenido que considerar la propia burguesía como un último recurso del Gobierno que este creara un banco nacional y sometiera el crédito nacional al control de la nación?
Pues bien, al contrario: el Gobierno provisional hizo lo que había hecho Pitt en 1797: suspendió los pagos en metálico y dio curso legal a los billetes del Banco. Más aún: convirtió a todos los bancos provinciales en sucursales del Banco de Francia y le permitió así extender su red por todo el país. Más tarde, el Gobierno hipotecó al Banco, a cambio de un préstamo, los bosques nacionales. ¡Así la revolución de Febrero afianzó y amplió el poder de la aristocracia financiera que se había propuesto destruir!
Es de sobra sabido lo que dio el Gobierno, tan clemente con los señores del dinero de la Bolsa y del Banco, a las clases que forman el extremo opuesto de la sociedad: a los obreros y a los pequeños comerciantes les dio la confiscación del dinero de las cajas de ahorros; a los campesinos, el impuesto de los 45 céntimos por cada franco de las cuatro contribuciones directas.
Las sumas depositadas en la caja de ahorros fueron incautadas y declaradas deuda pública consolidada. Con ello el pequeño comerciante quedó exasperado contra la república. Al recibir, en lugar de su dinero, simples títulos del Estado que se veía obligado a vender en la Bolsa, cayó por completo en manos de los judíos de la Bolsa, ¡contra los que había hecho la revolución de Febrero!
El impuesto de los 45 céntimos recayó con todo su peso sobre los campesinos, que formaban la gran mayoría del pueblo francés. Tuvieron que pagar los gastos de la revolución de Febrero y, naturalmente, desde entonces fueron el material principal de la contrarrevolución. El impuesto de los 45 céntimos era una cuestión vital para el campesino, y él hizo de ella una cuestión vital para la república. La república fue en adelante para él idéntica a ese impuesto odioso, y el proletario de París se le apareció como el pródigo holgazán que se regalaba a su costa. ¡Si la revolución de 1789 había empezado liberando a los campesinos de todas las cargas feudales, la revolución de 1848 se anunció a esa clase con un nuevo impuesto!
El Gobierno solo tenía un medio para sortear todos estos inconvenientes y sacar al Estado de la vieja vía: la declaración de BANCARROTA NACIONAL. El banquero judío Fould, actual ministro de Hacienda, propuso este remedio a Ledru-Rollin, y aún no se ha olvidado la virtuosa indignación con que este ciudadano, según contó él mismo en la Asamblea Nacional, protestó contra semejante propuesta. ¡El señor Fould le había ofrecido la manzana del árbol de la ciencia!
Al aceptar las letras de cambio giradas contra el Estado por la vieja sociedad burguesa, el Gobierno provisional se había entregado en sus manos. Se había convertido en el deudor acosado de la sociedad burguesa, en lugar de alzarse frente a ella como el acreedor amenazador que tenía que cobrar deudas revolucionarias de muchos años. Tenía que fortalecer de nuevo a la sociedad burguesa para poder cumplir compromisos que solo pueden cumplirse dentro de los límites de la sociedad burguesa. El crédito era su primera condición de existencia, y las concesiones y promesas hechas a los proletarios se convirtieron en otras tantas cadenas de las que tenía que librarse. La emancipación de los proletarios, aun como simple palabra, se volvió un peligro insoportable para la república, porque era una protesta incesante contra el restablecimiento del crédito, que descansa en el reconocimiento tranquilo e inviolado del antagonismo de clases existente. Era necesario, pues, acabar de una vez por todas con los proletarios.
[Junio de 1850]
El ejército estaba desterrado de París desde Febrero; la guardia nacional, es decir, la burguesía armada, la única fuerza armada de París, nunca había sido lo bastante fuerte para combatir por sí sola a los proletarios. Además, a pesar de toda resistencia, se había adulterado con la admisión de obreros. No quedaba otro recurso que oponer obreros a obreros.
Con este fin, el Gobierno provisional formó veinticuatro batallones de gardes mobiles, de 1.000 hombres cada uno, en su mayoría de 15 a 20 años de edad. Eran reclutas sacados casi exclusivamente de la chusma2, que en todas las grandes ciudades forma una masa completamente distinta de la clase obrera industrial, una cantera de ladrones y delincuentes de toda especie, que vive de los desechos de la sociedad, gente sin oficio fijo, vagabundos, gente sin hogar ni dueño (gens sans feu et sans aveu), distintos según el carácter de la nación a la que pertenecen; y a la temprana edad a la que el Gobierno los reclutaba, capaces tanto del mayor heroísmo y del sacrificio más exaltado como del más bajo grado de villanía y de la venalidad más sucia. El Gobierno provisional los compró por un franco y medio diario. Les dio un uniforme para distinguirlos en todo de los obreros de blusa. Sus oficiales los sacó del ejército o de los hijos de la burguesía, cuyos espléndidos discursos sobre morir por la república los engañaron. Y el pueblo tomó a estos 24.000 jóvenes soldados, vigorosos y audaces, que acababan de salir de las barricadas, por su propio ejército, por la verdadera guardia proletaria frente a la vieja guardia nacional burguesa. Su error era disculpable.
El Gobierno resolvió además rodearse de un ejército industrial. El ministro Marie enroló a cien mil obreros (lanzados a la calle por la crisis de la revolución) en los ateliers nationaux. Bajo este nombre altisonante no se escondía otra cosa que el empleo de esos obreros en trabajos tediosos, monótonos e improductivos de terraplenado, etc., etc., por un salario de 23 sueldos (11 peniques y medio) diarios. Workhouses ingleses al aire libre: eso, y nada más, eran los ateliers nationaux. El Gobierno provisional creyó haber formado con ellos un segundo ejército proletario que emplear contra la clase obrera en general. Pero la burguesía se engañó con los ateliers nationaux igual que el pueblo se había engañado con la garde mobile. Había creado un ejército para la insurrección.
Pero se consiguió un fin: ateliers nationaux era el nombre de los talleres públicos que Louis Blanc había reclamado en el Luxemburgo. Los ateliers de Marie se habían creado en oposición directa al Luxemburgo. Se hizo correr el rumor de que Louis Blanc había inventado los ateliers nationaux, y esto parecía tanto más creíble cuanto que Louis Blanc, el profeta de los talleres nacionales, era miembro del Gobierno provisional. Y así, en la opinión, artificialmente mantenida, de la burguesía de París, de Francia y de Europa, aquellos asilos de trabajo fueron la primera realización del socialismo, que en ellos quedó clavado en la picota.
No por su realidad, sino por su nombre, los ateliers nationaux eran la protesta encarnada del orden proletario contra la industria burguesa, el crédito burgués y la república burguesa. Sobre ellos cayó, pues, todo el odio de la burguesía. Esta clase había encontrado además en ellos el objetivo contra el que dirigir el primer ataque en cuanto hubiera recobrado las fuerzas necesarias para declararse contra las ilusiones de Febrero. Todo el odio y todo el descontento de la pequeña clase comerciante se dirigieron de inmediato contra estos ateliers nationaux. Calculaban con una ira no fingida las sumas que devoraban aquellos improductivos proletarios, mientras su propia situación empeoraba día a día. Los talleres nacionales, las declaraciones del Luxemburgo, las manifestaciones proletarias por las calles de París: esas eran, a su juicio, las causas de su propia situación crítica. Y nadie se fanatizó más contra los supuestos complots de los comunistas que el pequeño comerciante, el tendero de París, que estaba él mismo al borde del abismo de la bancarrota.
Así, mientras cada día traía al pueblo, ebrio de victoria, la emocionante noticia de una nueva revolución, la burguesía concentraba cada vez más en sus manos todas las ventajas, todas las posiciones decisivas para la lucha que se avecinaba entre ella y los proletarios: todo el control sobre las clases intermedias de la sociedad.
La consecuencia necesaria fue una serie de victorias morales de la burguesía. Si el 17 de marzo los proletarios tuvieron en apariencia la ventaja, el verdadero objetivo de la manifestación, someter el Gobierno provisional a la voluntad de los proletarios, quedó frustrado. El 16 de abril, en cambio, fue una derrota decidida de los proletarios y vino seguido del regreso del ejército a París. Poco después, las elecciones a la Asamblea Nacional dieron una mayoría decidida a la burguesía.
El sufragio universal no tenía el poder mágico que le había atribuido el viejo partido republicano. Este no veía en toda Francia, al menos en la mayoría de los franceses, más que ciudadanos con los mismos intereses, las mismas ideas y las mismas luces. Rendía culto a lo que llamaba el pueblo. Pero en lugar de ese pueblo francés imaginario, el sufragio universal sacó a la luz el pueblo real, es decir, a los representantes de las distintas clases que lo componen. Y ya hemos visto por qué los campesinos y la pequeña clase comerciante3 tuvieron que votar bajo la dirección de la burguesía, de nuevo belicosa, y de los grandes terratenientes, que ansiaban la restauración. Pero si el sufragio universal no era la varita mágica que los crédulos republicanos, engañándose a sí mismos, creían, tenía el mérito mucho mayor de hacer que la lucha de clases llevara a los distintos sectores intermedios de la sociedad burguesa a recorrer rápidamente las distintas fases de ilusiones y desengaños, de empujar de golpe al poder político a todas las fracciones de la clase capitalista y de arrancar así a una parte de ellas la engañosa máscara de oposición que habían llevado bajo la monarquía.
En la Asamblea Nacional Constituyente, que se reunió el 4 de mayo, los republicanos burgueses, los hombres del National, tenían la mayoría. Legitimistas y orleanistas no se atrevieron al principio a mostrarse sino bajo la máscara del republicanismo burgués. Solo en nombre de la república podía emprenderse la lucha contra los proletarios.......La república, tal como la proclamó la Asamblea Nacional, no era un arma revolucionaria contra la sociedad burguesa; al contrario, era la república burguesa.......En la Asamblea Nacional, toda Francia se constituyó en tribunal para juzgar a los obreros de París. La Asamblea acabó de inmediato con las ilusiones sociales de Febrero, proclamó lisa y llanamente la república burguesa, excluyó de la comisión ejecutiva a los representantes de los proletarios, Louis Blanc y Albert, rechazó la propuesta de un Ministerio de Trabajo especial y acogió con una tempestad de aplausos el anuncio de su ministro Trélat de que lo único que había que hacer era devolver el trabajo a sus antiguas condiciones.
Pero todo esto era insuficiente. La república de Febrero la habían fundado los obreros con la ayuda pasiva de la burguesía. Los proletarios se consideraban, con razón, los vencedores, y tenían las altivas pretensiones de los vencedores. Era necesario, por tanto, combatirlos y vencerlos en la calle. Y así como la república de Febrero, con sus concesiones socialistas, había nacido de una batalla de la clase proletaria, unida entonces a la burguesía contra la monarquía, hacía falta una segunda batalla para separar a la república de las concesiones socialistas, para instaurar oficialmente la república burguesa. El verdadero nacimiento de la república burguesa no es la victoria de Febrero: es la derrota de Junio.
La colisión del 15 de mayo y la batalla del 23, 24, 25 y 26 de junio son bastante conocidas en sus causas inmediatas y en los acontecimientos relacionados con ellas. La derrota de junio decidió, por un tiempo, el conflicto entre las dos clases en lucha.
Los proletarios de París fueron forzados por la burguesía a la insurrección de junio. Esta circunstancia lleva ya en sí su sentencia condenatoria. Ni una necesidad inmediata y reconocida empujaba a los proletarios a derribar a la burguesía, ni eran lo bastante fuertes para esa tarea. El Moniteur les comunicó oficialmente que había pasado el tiempo en que la república se sentía inclinada a rendir pleitesía a sus «ilusiones», y solo su derrota podía convencerlos de que hasta la más mínima mejora de su situación era una esperanza vana si se buscaba dentro de los límites de la república burguesa. Y entonces, en lugar de las reivindicaciones aparentemente desmesuradas, pero en realidad muy modestas y hasta de clase media, que los obreros querían imponer a la república de Febrero, se proclamó el audaz grito de guerra revolucionario: ¡Abajo la burguesía! ¡Dictadura de la clase obrera!
La república burguesa, nacida de la sangre del pueblo trabajador, se vio obligada a mostrarse de inmediato en su verdadero carácter, como el Estado cuyo fin abiertamente proclamado es eternizar el dominio del capital y la esclavitud del trabajo. El dominio burgués, libre de toda traba pero sin perder nunca de vista a su enemigo implacable e invencible, no podía sino convertirse de inmediato en terrorismo burgués. Apartados por el momento los proletarios de la escena y reconocida la dictadura de la burguesía, las capas intermedias de la sociedad burguesa, la tenderocracia y los campesinos, a medida que su propia situación se volvía más insoportable y que su antagonismo con la burguesía se hacía más pronunciado, se vieron obligadas a unirse a los proletarios.
Si la derrota de junio afianzó en Francia el poder político de la burguesía, lo destruyó en los demás países del continente. La alianza abierta de la burguesía con la realeza feudal, concertada en todas partes después de junio, la aprovechó la realeza para quebrar el poder de la burguesía.
La derrota de junio reveló a las potencias despóticas de Europa el secreto de que Francia no podía prescindir de la paz exterior para librar la guerra interior. Así, las naciones que se habían alzado por su independencia nacional fueron sacrificadas a Rusia, Austria y Prusia. Estas revoluciones nacionales quedaron sometidas a la suerte de la revolución proletaria. ¡El húngaro no será libre, ni el polaco, ni el italiano, mientras el obrero siga siendo esclavo!
Por último, con las victorias de la Santa Alianza, Europa tomó un rumbo que hará necesariamente que cualquier nueva revolución proletaria en Francia dé origen a una guerra mundial. La próxima revolución francesa se verá obligada a extenderse más allá de los límites del territorio nacional y a conquistar ese terreno europeo que es el único que permitirá el libre desarrollo de la revolución social del siglo XIX.
Así pues, solo con la derrota de junio se crearon todas las condiciones en las que Francia puede tomar la iniciativa de la revolución europea. Así, solo después de haberse teñido en la sangre de los insurrectos de junio, la tricolor se convirtió en la bandera de la revolución europea: ¡la bandera roja!
En el original alemán de Marx: «die Wiedergeburt des Lumpenproletariats auf den Höhen der bürgerlichen Gesellschaft» (el renacimiento del lumpenproletariado en las alturas de la sociedad burguesa). ↩
En el original alemán de Marx, «Lumpenproletariat» (lumpenproletariado). ↩
El texto inglés dice «the peasantry of the small trading class», errata evidente por «and»: el original alemán de Marx dice «Bauern und Kleinbürger». ↩