Escrita en inglés en Londres el 20 de noviembre de 1852 y firmada por Friedrich Engels, Ferdinand Freiligrath, Karl Marx y Wilhelm Wolff; publicada en The Morning Advertiser, número 19168, del 29 de noviembre de 1852. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 394-397), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026; la fecha final, que falta en la copia digital de la obra, se toma de la otra copia de este texto en la misma edición digital. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Al redactor del Morning Advertiser
Señor:
Los abajo firmantes cumplen un deber para consigo mismos y para con sus amigos condenados recientemente en Colonia al poner en conocimiento del público inglés una serie de hechos relacionados con el monstruoso proceso celebrado hace poco en aquella ciudad,1 que la prensa de Londres ha dado a conocer de manera insuficiente.
Se han perdido dieciocho meses solo en preparar las pruebas para este proceso. Durante todo ese tiempo nuestros amigos han estado en régimen de aislamiento, privados de toda posibilidad de ocuparse en algo, incluso de libros; si enfermaban, se les negaba un tratamiento médico adecuado, o, si lo recibían, el estado en que se encontraban les impedía sacar provecho de él. Incluso después de habérseles comunicado el «acta de acusación», se les prohibió, contra lo que disponen las leyes, consultar con sus abogados. ¿Y cuáles eran los pretextos de esta cruel y prolongada detención? Pasados los primeros nueve meses, la «sala de acusación» declaró que no había hechos objetivos que justificaran una acusación y que la instrucción debía empezar de nuevo. Se volvió a empezar desde el principio. Tres meses más tarde, al abrirse las sesiones del tribunal de jurados, el fiscal alegó que la masa de las pruebas había crecido tanto que aún no había podido estudiarla. Y al cabo de otros tres meses el proceso volvió a suspenderse, esta vez por la enfermedad de uno de los principales testigos del gobierno.
La verdadera razón de todo este retraso era el miedo del gobierno prusiano a confrontar la magra sustancia de los hechos con las «revelaciones inauditas» anunciadas a bombo y platillo. Por fin el gobierno logró reunir un jurado como la provincia del Rin no había visto nunca, compuesto por seis nobles reaccionarios, cuatro miembros de la alta finanza y dos miembros de la burocracia.
¿En qué consistían, pues, las pruebas presentadas a este jurado? Únicamente en las absurdas proclamas y correspondencias de un grupo de fantasiosos ignorantes, de conspiradores que querían darse importancia, de comparsas que eran al mismo tiempo cómplices de un tal Cherval, agente de policía declarado.2 La mayor parte de estos documentos había estado antes en posesión de un tal Oswald Dietz, de Londres.3 Durante la gran Exposición Industrial,4 la policía prusiana había forzado sus cajones en ausencia de Dietz y se había procurado así los codiciados documentos mediante un vulgar robo. Estos papeles proporcionaron, en primer lugar, los medios para descubrir el llamado complot franco-alemán de París.5 Pero el proceso de Colonia demostró que aquellos conspiradores y su agente de París, Cherval, eran precisamente los adversarios políticos de los acusados y de los amigos de Londres que por la presente se dirigen a usted. El fiscal, sin embargo, afirmó que una disputa puramente personal había impedido a estos últimos participar en el complot de Cherval y sus aliados. Tal argumentación pretendía demostrar que los acusados de Colonia eran moralmente cómplices del complot de París. Y mientras se hacía así responsables a los acusados de Colonia de los actos de sus enemigos declarados, el gobierno hacía comparecer a los amigos jurados de Cherval y sus aliados, pero no para sentarlos, como a los acusados, en el banquillo, sino para llevarlos al estrado de los testigos y que declararan contra aquellos. Pero eso causaba una impresión demasiado mala. La opinión pública obligó al gobierno a buscar pruebas menos equívocas. Bajo la dirección de un tal Stieber, principal testigo del gobierno en Colonia, que era consejero real de policía y jefe de la policía criminal de Berlín,6 se puso entonces en marcha toda la maquinaria policial. En la sesión del 23 de octubre Stieber anunció que un correo extraordinario le había traído de Londres documentos de la mayor importancia, que demostraban de manera innegable que los acusados habían participado junto con los abajo firmantes en una supuesta conspiración. «Entre otros documentos, el correo le había traído el libro original de actas de las sesiones de la sociedad secreta presidida por el Dr. Marx, con quien los acusados habrían mantenido correspondencia.» Pero Stieber se enredó en indicaciones contradictorias sobre la fecha en que el correo le habría llegado. El Dr. Schneider, el principal defensor,7 lo acusó abiertamente de perjurio, a lo que Stieber no se atrevió a dar otra respuesta que escudarse en su dignidad de representante de la Corona, a quien la más alta autoridad del Estado había confiado una misión de la mayor importancia. En cuanto al libro de actas, Stieber declaró dos veces bajo juramento que era el «auténtico libro de actas de la Liga de los Comunistas de Londres», pero más tarde, acorralado por la defensa, admitió que podía ser un simple cuaderno de notas del que se había apoderado uno de sus espías. Por último, según el propio testimonio de Stieber, el libro resultó ser una falsificación deliberada, y su origen se remontó a tres agentes de Stieber en Londres, Greif, Fleury y Hirsch.8 El último de ellos ha reconocido después él mismo que compuso el libro bajo la dirección de Fleury y Greif. Sobre este punto las pruebas fueron en Colonia tan concluyentes que hasta el fiscal llamó al importante documento de Stieber «libro verdaderamente desdichado», una simple falsificación. El mismo personaje se negó a tomar en consideración una carta que formaba parte de las pruebas del gobierno y en la que se había imitado la letra del Dr. Marx; también este documento había resultado ser una falsificación burda y evidente. Del mismo modo, todos los demás documentos presentados para probar, no ya las tendencias revolucionarias, sino la [participación] efectiva de los acusados en algún complot traído por los pelos, resultaron ser falsificaciones de la policía. El miedo del gobierno a quedar al descubierto era tan grande que no solo hizo que el correo retuviera todos los documentos dirigidos a la defensa, sino que hizo que Stieber intimidara a esta con la amenaza de un proceso penal por su «relación delictiva» con los abajo firmantes.
Si, pues, se llegó a un veredicto aunque no hubiera ni una sola prueba convincente, tal resultado solo fue posible, incluso ante semejante jurado, por la aplicación retroactiva del nuevo código penal,9 con cuya ayuda incluso el Times y la Sociedad de la Paz podrían ser acusados en cualquier momento de alta traición bajo los cargos más terribles. Además, el proceso de Colonia, ya por su duración y por los medios extraordinarios empleados por la acusación, había adquirido dimensiones tan enormes que una absolución habría equivalido a una condena del propio gobierno; y en la provincia del Rin la convicción general era que una absolución habría tenido como consecuencia inmediata la supresión de toda la institución del jurado.10
Quedamos, señor, sus muy atentos servidores,
F. Engels
F. Freiligrath
K. Marx
W. Wolff
Londres, 20 de noviembre de 1852
El proceso contra once miembros de la Liga de los Comunistas, visto ante el tribunal de jurados de Colonia del 4 de octubre al 12 de noviembre de 1852; siete acusados fueron condenados a penas de tres a seis años de fortaleza y cuatro absueltos. Marx lo analizó a fondo en las Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia. ↩
Cherval, nombre adoptado por Joseph Crämer, agente provocador de la policía, que dirigía en París un grupo ligado a la fracción de Willich y Schapper. ↩
Oswald Dietz, secretario de la fracción de Willich y Schapper, escindida de la Liga de los Comunistas en septiembre de 1850. ↩
La Exposición Universal de Londres de 1851, en el Crystal Palace. ↩
El proceso del llamado complot franco-alemán se vio en París en febrero de 1852. ↩
Wilhelm Stieber (1818-1882), jefe de la policía política prusiana. ↩
Karl Schneider, abogado de Colonia, defensor principal en el proceso. ↩
Greif, oficial de la policía prusiana que trabajaba en Londres; Charles Fleury, nombre que usaba el comerciante Carl Krause, espía prusiano en Londres; Wilhelm Hirsch, dependiente de comercio y espía de la policía prusiana. ↩
El nuevo código penal prusiano de 1851. ↩
En la provincia del Rin regía desde la época napoleónica el derecho francés, con juicio por jurados. ↩