Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 22 de abril de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3761, del 6 de mayo de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 67-74), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto en alemán.

Londres, viernes 22 de abril de 1853

Según un despacho telegráfico, el 12 del corriente se produjeron grandes tumultos en Constantinopla y sus alrededores, en los que el populacho turco fanático mató o hirió a quince cristianos.

«El orden se restableció de inmediato con ayuda de la tropa.»

Otro despacho de Copenhague informa de que la Cámara o Folketing ha rechazado el mensaje del gobierno sobre la sucesión propuesta para la corona danesa. Podemos considerarlo un serio revés para la diplomacia rusa, cuyos intereses expresaba ese mensaje conforme al Protocolo de Londres. Este Protocolo de Londres reconoce, en efecto, a Rusia como heredera última del reino danés.1

De La Haya nos enteramos de que en Holanda reina ahora gran agitación, como hace unos dos años en Inglaterra a propósito de la «agresión católica».2 Esta agitación ha llevado a la formación de un ministerio ultraprotestante. En cuanto a Alemania, o mejor dicho a la parte que antes se conocía con el nombre de «Imperio», nada puede ser más característico del estado de ánimo actual que predomina en la clase media culta que una declaración del director del Frankfurter Journal del 20 de abril. Para edificación de sus lectores, le transcribo su texto:

«Las cartas sobre las mesas giratorias que recibimos con cada correo alcanzan un volumen como no habíamos conocido desde la memorable Canción del Rin de Nikolaus Becker3 y los primeros días de la revolución de marzo de 1848. Por satisfactorias que sean estas cartas, pues demuestran mejor que cualquier raisonnement político en qué tiempos inofensivos e inocentes nos encontramos de nuevo, lamentamos no poder prestarles más atención, porque hemos de temer que nos desbordarían por completo a nosotros y a nuestros lectores y acabarían ocupando todo el espacio de este periódico.»

«Un inglés» ha escrito una carta al Times y a lord Palmerston sobre el último asunto de Kossuth, en la que concluye:

«Cuando el gabinete de coalición se haya reunido con sus padres, o con sus tíos, o con sus abuelos, remitiríamos cortésmente al noble lord a una nueva edición del Joe Miller.4 Somos de la opinión, eso sí, de que el nombre de Joe ya no se mencionará. Palmerston será el nombre que figure allí. Es un nombre largo. Eso es malo. Creemos, sin embargo, que el anglosajón Pam es ya una mejora. Sirve para el verso y para la prosa y rima con sham, flam, and cram.»5

En mi artículo del martes pasado le di una visión rápida del presupuesto del señor Gladstone. Ahora tengo ante mí una publicación oficial de 50 páginas en folio: «Las propuestas presentadas por el ministro de Hacienda» y «Un informe explicativo como anexo a las propuestas». Pero solo tocaré los detalles que puedan interesar a los lectores extranjeros en caso de que las propuestas se conviertan en ley en Gran Bretaña.

Las propuestas más importantes se refieren a las aduanas. Se propone suprimir los derechos de 123 artículos de importancia secundaria, que rinden al año unas 55 000 libras; entre ellos figuran todas las maderas para muebles, con cuatro excepciones, así como vigas y marcos, ladrillos y tejas. Se rebajarán los derechos: primero, del té, de 2 chelines y 2¾ peniques a 1 chelín y 10 peniques hasta el 5 de abril de 1854; segundo, de doce alimentos distintos. El derecho actual sobre las almendras se rebajará a 2 chelines y 2 peniques el quintal; el del queso, de 5 chelines a 2 chelines y 6 peniques el quintal; el del cacao, de 2 peniques a 1 penique la libra; el de las nueces, de 2 chelines a 1 chelín el bushel; el de los huevos, de 10 peniques a 4 peniques el ciento; el de las naranjas y los limones, a 8 peniques el bushel; el de la mantequilla, de 10 chelines a 5 chelines el quintal; el de las pasas, de 15 chelines y 9 peniques a 10 chelines el quintal, y el de las manzanas, de 2 chelines a 3 peniques el bushel. Todos estos artículos dan hoy unos ingresos de 2 621 000 libras. Tercero, se rebajarán los derechos de otros 133 alimentos distintos, que suponen unos ingresos de 70 000 libras. Además, se simplificará la imposición de cierto número de artículos cobrando derechos fijos en lugar de derechos ad valorem.

En cuanto a los impuestos indirectos interiores (excise), ya he informado de la propuesta de suprimir el impuesto sobre el jabón y de aumentar los derechos de licencia de cerveceros y de comerciantes de té, café, tabaco y jabón.

En cuanto al impuesto del timbre, además de rebajar los derechos de los certificados de los abogados y el impuesto sobre los anuncios, se rebajarán los derechos de los seguros de vida, el timbre de los recibos, el de los contratos de aprendizaje y el de los coches de alquiler.

En cuanto a los impuestos directos, se rebajarán los impuestos sobre los criados, los coches particulares, los caballos, los ponis y los perros, y habrá una reducción del 17½% en los derechos para la redención del impuesto territorial.

Las tarifas postales para las colonias se rebajarán a una tarifa única de 6 peniques.

Un rasgo esencial del presupuesto que merece atención es que la mayoría de las medidas se le impusieron al ministerio de coalición, tras una resistencia obstinada, en el curso de la presente legislatura.

Ahora propone el señor Gladstone extender el impuesto sobre las herencias a la propiedad territorial; ¡pero todavía el 1 de marzo combatió la moción del señor Williams de que la propiedad territorial «pague los mismos timbres e impuestos sobre las herencias que ahora tiene que pagar la propiedad mueble»! Gladstone aseguró en aquella ocasión, como hacen en este momento los periódicos tories, que la exención no era más que aparente, pues se compensaba con otros impuestos propios de la propiedad territorial. También es cierto que aquel mismo día de marzo el señor Williams amenazó al señor Gladstone con que «lo sustituiría el señor Disraeli si no cedía en este punto».

Ahora propone el señor Gladstone suprimir o rebajar los aranceles proteccionistas de 268 artículos de importancia secundaria; pero todavía el 3 de marzo combatió la moción del señor Hume de «suprimir sin demora los aranceles puramente proteccionistas que pesan sobre unos 285 artículos». También es cierto que aquel día el señor Disraeli declaró que

«no podemos aferrarnos a los harapos y jirones del sistema proteccionista».

Ahora propone el señor Gladstone rebajar a la mitad el impuesto sobre los anuncios; pero apenas cuatro días antes de presentar su presupuesto en público se opuso a la moción del señor Milner Gibson de suprimir ese impuesto. Bien es verdad que sufrió una derrota en la votación del Parlamento.

Esta enumeración de las concesiones hechas por el ministerio de coalición a la escuela de Manchester podría ampliarse con facilidad. ¿Qué demuestran estas concesiones? Demuestran que la burguesía industrial, por débilmente representada que esté en el Parlamento, es la verdadera dueña de la situación, y que todo gobierno, sea whig, tory o de coalición, solo puede mantenerse en el poder, y mantener a la burguesía fuera de él, haciéndole a la burguesía el trabajo preparatorio. Repásense las actas de la legislación británica desde 1825 y se verá que a la burguesía solo se le ha resistido en lo político haciéndole en lo financiero una concesión tras otra. Lo que la oligarquía no puede comprender es el simple hecho de que el poder político no es más que el hijo del poder económico, y de que la clase a la que la oligarquía tiene que ceder el poder económico conquistará inevitablemente también el poder político. Incluso cuando Luis XIV dictaba por medio de Colbert6 leyes en interés de los fabricantes, no hacía más que preparar la revolución de 1789, cuando a su l'état c'est moi, «el Estado soy yo», respondieron las palabras de Sieyès: le tiers état est tout, «el tercer estado lo es todo».7

Otro rasgo esencial del presupuesto es la apropiación exacta de la política del señor Disraeli, «ese aventurero frívolo», que se atrevió a afirmar en la Cámara de los Comunes que la consecuencia inevitable del sistema económico del librecambio era una revolución financiera, es decir, la transformación gradual de los impuestos indirectos en directos. ¡En efecto! ¿Qué propone el señor Gladstone? Refuerza y amplía el sistema de los impuestos directos para debilitar y estrechar el de los impuestos indirectos.

Por un lado, prorroga sin cambios el impuesto sobre la renta por siete años. Lo extiende a todo un pueblo, los irlandeses. Lo extiende, copiando al señor Disraeli, a toda una clase, las personas con una renta de 100 a 150 libras. Acepta en parte la ampliación del impuesto sobre las casas propuesta por Disraeli, dándole el nombre de impuesto de licencias modificado y aumentando los derechos de las licencias en proporción al tamaño de los edificios. Por último, aumenta los impuestos directos en 2 000 000 de libras gravando la propiedad territorial con el impuesto sobre las herencias, cosa que también había prometido el señor Disraeli.

Por otro lado, combate las dos formas de impuesto indirecto, las aduanas y los impuestos interiores sobre el consumo: en cuanto a las primeras, adopta la propuesta de Disraeli de rebajar los derechos sobre el té y de suprimir, rebajar o simplificar los derechos de aduana de 286 artículos; en cuanto a los segundos, propone la supresión completa del impuesto sobre el jabón.

La única diferencia entre el presupuesto de Gladstone y el de su predecesor es que Disraeli es el autor y Gladstone el plagiario; que Disraeli suprimía los impuestos sobre el consumo y otros en favor de la propiedad territorial, mientras que Gladstone los suprime en favor de la burguesía urbana; que Disraeli proclamó el principio, pero su posición excepcional lo obligó a quebrantarlo en la práctica, mientras que Gladstone, hostil al principio, está en condiciones, gracias al carácter de coalición del ministerio al que pertenece, de realizarlo en parte mediante una serie de compromisos.

¿Qué suerte es probable que corra el presupuesto de la coalición, y cómo es probable que se comporten ante él los partidos respectivos?

En conjunto solo hay tres cuestiones en torno a las cuales pueda encenderse la lucha: el impuesto sobre la renta, el impuesto sobre las herencias e Irlanda.

La escuela de Manchester ha prometido solemnemente oponerse a toda prórroga del actual impuesto sobre la renta, esa «espantosa desigualdad». El oráculo de Printing House Square, el Times, lleva diez años tronando contra esa misma «monstruosidad», y la opinión pública de Gran Bretaña ha condenado en general con decisión el sistema actual de gravar del mismo modo toda clase de rentas. Pero en esta única cuestión el señor Gladstone rechaza todo compromiso. Cuando el señor Disraeli, entonces en su calidad de ministro de Hacienda, propuso suavizar el impuesto sobre la renta estableciendo criterios para distinguir entre rentas inseguras y rentas seguras, gravando las primeras con 5 peniques y las segundas con 7 peniques por libra, el impuesto sobre la renta pareció convertirse en el punto de reunión de la oposición común de los conservadores, la escuela de Manchester y la «opinión pública» representada por el Times.

Pero ¿cumplirán su promesa los de Manchester? Es muy dudoso. Tienen la costumbre comercial de embolsarse las ganancias permanentes y dejar que los principios sean principios. Y las ganancias permanentes que se derivan del presupuesto del señor Gladstone no son en absoluto desdeñables. El tono de los periódicos de Manchester sobre el impuesto sobre la renta se ha vuelto ya mucho más moderado y conciliador. Empiezan a tranquilizarse con la perspectiva que les ofrece el señor Gladstone de que «todo el impuesto sobre la renta terminará dentro de siete años», olvidando en el momento oportuno que el difunto sir Robert Peel lo introdujo en 1842 y prometió su fin para 1845; olvidan que extender un impuesto a capas más amplias es un camino muy incómodo para su abolición definitiva.

En cuanto al Times, es el único periódico que sacará provecho de la propuesta del señor Gladstone de suprimir el timbre de los suplementos de los periódicos. A lo largo de la semana, por cada día que publica suplementos dobles, tiene que pagar 40 000 peniques, o sea, 166 libras, 13 chelines y 4 peniques. Los 40 000 peniques íntegros que el señor Gladstone le ha condonado irán a parar a sus arcas. Podemos imaginarnos, pues, que el Cerbero se dejará apaciguar y se volverá un cordero sin que el señor Gladstone tenga que transformarse en Hércules. Difícil será descubrir en la larga historia del Parlamento inglés una acción más vergonzosa que la del señor Gladstone, que compra el apoyo de un periódico incluyendo para él una comisión especial en el presupuesto. La supresión de los «impuestos sobre el saber» se reclamaba sobre todo para romper el monopolio de los gigantes de la prensa. El «untuoso» señor Gladstone toma de esa medida exactamente lo necesario para duplicar el monopolio del Times.

En principio, somos de la opinión de que el señor Gladstone tiene razón al negarse a hacer distinción alguna entre las rentas según sus fuentes. Si se distingue según la calidad de las rentas, hay que distinguir también según la cantidad, pues en 99 de cada 100 casos la cantidad de una renta es su calidad. Si se las distingue por la cantidad, se llega inevitablemente al impuesto progresivo, y del impuesto progresivo se cae de lleno en esa variedad muy radical de socialismo que sin duda inspiraría horror a los adversarios del señor Gladstone. Con la interpretación estrecha e interesada de la diferencia entre renta segura e insegura que hace la escuela de Manchester, llegamos a la ridícula conclusión de que la renta de la clase más rica de Inglaterra, la clase industrial y comercial, no es más que una renta insegura. Con el pretexto de la filantropía, los de Manchester apuntan a descargar una parte de las cargas públicas de sus propios hombros sobre los de los terratenientes y los tenedores de títulos de la deuda.

A la extensión del impuesto sobre las herencias a la propiedad territorial el partido terrateniente opondrá sin duda una resistencia violenta. Desea, naturalmente, seguir recibiendo sus herencias libres de impuestos. Pero ya el señor Disraeli, cuando era ministro de Hacienda, reconoció la injusticia de esta excepción, y los de Manchester votarán en esta cuestión como un solo hombre con los ministros. El Morning Advertiser de ayer advierte al partido terrateniente de que, si fuera tan imprudente como para obstinarse en su postura sobre el impuesto sobre las herencias, tendría que renunciar a toda idea de apoyo de los liberales. Apenas hay otro privilegio al que la burguesía inglesa se oponga con más dureza, ni hay ejemplo más contundente de legislación oligárquica. Pitt presentó en 1796 dos proyectos de ley, uno de los cuales gravaba la propiedad mueble con el timbre y el impuesto sobre las herencias, y el otro imponía los mismos impuestos a la propiedad territorial. Las dos medidas se trataron por separado, porque Pitt temía una oposición eficaz de los miembros de ambas Cámaras contra la imposición de tales gravámenes sobre sus fincas. El primer proyecto pasó casi sin oposición. Hubo una sola votación, en la que solo 16 miembros votaron en contra. El segundo proyecto fue llevado a través de todas las fases hasta que en la tercera lectura cayó con un resultado de 30 votos contra 30. Pitt, que no veía posibilidad de hacerlo aprobar en ninguna de las dos Cámaras, se vio obligado a retirarlo. Si desde 1796 la propiedad territorial hubiera pagado el timbre y el impuesto sobre las herencias, podría haberse pagado con mucho la mayor parte de la deuda pública. La única objeción de peso que el partido terrateniente podría alegar ahora sería el pretexto de que los tenedores de títulos de la deuda gozan de una exención parecida; pero, naturalmente, no querrá reforzar su posición poniendo en su contra a los tenedores de títulos, agraciados con un don especial de inmunidad fiscal.

Solo queda, pues, una posibilidad de enfrentarse con alguna perspectiva de éxito al presupuesto de la coalición, y es una coalición del partido terrateniente con la Brigada Irlandesa. Es cierto que el señor Gladstone ha hecho todo lo posible para mover a los irlandeses a someterse a la extensión del impuesto sobre la renta a Irlanda, regalándoles cuatro millones y medio de anualidades consolidadas. Pero los irlandeses afirman que tres de esos cuatro millones y medio, que recibieron con motivo de la hambruna de 1846-1847, nunca se consideraron deuda pública ni el pueblo irlandés los reconoció nunca como tal.

El propio gobierno no parece estar muy seguro del éxito, pues amenaza con una disolución anticipada del Parlamento si el presupuesto no se aprueba en bloque. Exigencia terrible para la mayoría de los miembros del Parlamento, cuyos «bolsillos han quedado bastante mermados por los gastos legales de la última campaña electoral», y para aquellos radicales que se han atenido lo más estrictamente posible a la vieja definición de la oposición, a saber, que la oposición tiene que cumplir en la máquina del gobierno la misma función que la válvula de seguridad en una máquina de vapor. La válvula de seguridad no frena la marcha del motor, sino que la asegura, dejando escapar como vapor la fuerza que, de otro modo, haría saltar todo el artefacto. Así, los radicales hacen que las reivindicaciones del pueblo se vayan en vapor. Parecen presentar mociones solo para retirarlas después y descargarse de paso de su desbordante elocuencia.

Una disolución del Parlamento no haría sino poner de manifiesto la disolución de los viejos partidos. Desde el momento en que el ministerio de coalición tomó el gobierno, la Brigada Irlandesa se dividió en dos fracciones: una gubernamental y otra independiente. El partido terrateniente está también dividido en dos campos: uno dirigido por Disraeli y otro por sir John Pakington; ahora, eso sí, en la hora del peligro, vuelven a agruparse en torno a Disraeli. Hasta los radicales están divididos en dos grupos: los de Mayfair y los de Manchester. En los viejos partidos ya no hay cohesión interna, pero tampoco hay la fuerza de un verdadero antagonismo. Unas nuevas elecciones no cambiarían esta situación: no harían más que confirmarla.

Las revelaciones electorales han rebajado la autoridad de la Cámara de los Comunes a un nivel que ya no puede ser más bajo. Pero, al poner al desnudo semana tras semana la podredumbre de su propio fundamento, ha revelado también la corrupción completa de los distritos electorales. ¿Se atreverá ahora el ministerio, después de todas estas revelaciones, a apelar a esos distritos marcados con el hierro de la infamia? Al país en su conjunto el ministerio no tiene nada que ofrecerle; porque en una mano sostiene el rechazo de la reforma parlamentaria y en la otra una patente austriaca que le confiere la dignidad de delator al servicio de la policía de Europa.

Karl Marx

  1. El Protocolo de Londres del 8 de mayo de 1852, firmado por las grandes potencias, Suecia y Dinamarca, reguló la sucesión de la corona danesa a favor de Cristián de Glücksburg. ↩

  2. La protesta suscitada en 1850 por el restablecimiento de la jerarquía católica en Inglaterra (papal aggression). En Holanda, el restablecimiento de los obispados católicos provocó en abril de 1853 la caída del gobierno liberal de Thorbecke. ↩

  3. Der deutsche Rhein (1840), canción patriótica de Nikolaus Becker contra las pretensiones francesas sobre el Rin. ↩

  4. Joe Miller's Jests, célebre colección inglesa de chistes (1739). ↩

  5. «Engaño, patraña y embuste». ↩

  6. Jean-Baptiste Colbert (1619-1683), ministro de Hacienda de Luis XIV, protector de las manufacturas. ↩

  7. Emmanuel-Joseph Sieyès (1748-1836), autor del folleto ¿Qué es el tercer estado? (1789). ↩