Escrito en alemán por Karl Marx en Londres el 9 de abril de 1853 y publicado en el Belletristisches Journal und New-Yorker Criminal-Zeitung del 5 de mayo de 1853. Traducido del original alemán según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 39-42), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Las «confesiones» de Hirsch1 solo tienen valor, a mi parecer, en la medida en que las confirman otros hechos. Aunque solo sea porque se contradicen entre sí. De vuelta de su misión en Colonia, declaró en una asamblea obrera pública que Willich2 era su cómplice. Naturalmente, no se quiso levantar acta de esa supuesta confesión. Varias personas, no sé si por encargo de Hirsch o no, me comunicaron después que Hirsch estaba dispuesto a hacerme una confesión completa. La rechacé. Más tarde supe que vivía en la miseria más extrema. No dudo, pues, de que sus confesiones «definitivas» están escritas en interés del partido que le paga en este momento. Es curioso que haya gente que crea necesario refugiarse bajo la protección de un Hirsch.

Me limito por ahora a algunas glosas marginales. Hemos tenido ya más confesiones de espías, de Vidocq, Chenu, De la Hodde, etc.3 En un punto coinciden. Ninguno de ellos es un espía vulgar, sino espías en un sentido superior, todos continuaciones del Espía de Cooper.4 Sus confesiones son necesariamente otras tantas autoapologías.

Así, Hirsch intenta dar a entender, por ejemplo, que no fue él, Hirsch, sino el coronel Bangya5 quien denunció a Greif el día de reunión de mis compañeros de partido, y por medio de Greif a Fleury.6 Nuestras reuniones se celebraban en jueves en las pocas sesiones a las que asistió Hirsch, pero en miércoles desde que fue expulsado de ellas. Las falsas actas de las sesiones, tanto de antes como de después de la asistencia de Hirsch, están fechadas en jueves. ¡Quién sino Hirsch podía cometer este «malentendido»!

En otro punto Hirsch tiene más suerte. Bangya habría dado repetidamente datos sobre mi correspondencia con Alemania. Como todos los datos al respecto que figuran en los autos del tribunal de Colonia son falsos, no es posible decidir, desde luego, quién los inventó. Vamos ahora con Bangya.

Espía o no espía, Bangya nunca pudo ser peligroso para mí ni para mis compañeros de partido, porque yo nunca hablé con él de los asuntos de mi partido, y el propio Bangya, como me recuerda en uno de sus escritos de justificación, evitaba a toda costa llevar la conversación a esos asuntos. Así que, espía o no espía, no podía delatar nada, porque no sabía nada. Los autos de Colonia lo han confirmado. Han confirmado que la policía prusiana, aparte de las confesiones obtenidas en la propia Alemania y de los documentos incautados en la propia Alemania, no sabía nada del partido al que pertenezco, y que por eso se vio obligada a servir los cuentos de vieja más necios.

Pero ¿no vendió Bangya a la policía un folleto de Marx «sobre los emigrados»?

Bangya se enteró por mí, en presencia de otras personas, de que Ernst Dronke,7 Friedrich Engels y yo proyectábamos una publicación sobre la emigración alemana de Londres que debía aparecer por entregas en varios cuadernos. Aseguró que podía conseguir un librero en Berlín. Le pedí que se pusiera a buscarlo enseguida. Ocho o diez días después me comunicó que un librero de Berlín llamado Eisermann estaba dispuesto a encargarse de la edición del primer cuaderno, con la reserva de que los autores permanecieran anónimos, porque de otro modo temía el secuestro. Acepté, pero puse por mi parte la condición de que los honorarios se pagaran en el acto al entregar el manuscrito, pues no quería repetir la experiencia que había tenido con la Revue der Neuen Rheinischen Zeitung, y de que el manuscrito se imprimiera una vez entregado. Me fui a Manchester, a casa de Engels, donde se redactó el folleto. Entretanto, Bangya llevó a mi mujer una carta de Berlín en la que Eisermann aceptaba mis condiciones, con la observación de que la edición del segundo cuaderno dependería de la venta del primero. A mi regreso, Bangya recibió el manuscrito y yo los honorarios.

Pero la impresión se fue demorando con diversos pretextos plausibles. Entré en sospechas. No de que el manuscrito se hubiera entregado a la policía para que esta lo imprimiera. Yo estoy dispuesto a entregar hoy mismo mis manuscritos al emperador de Rusia si él, por su parte, está dispuesto a imprimirlos mañana. Al contrario. Lo que temía era que se hiciera desaparecer el manuscrito.

Los vocingleros del día salían allí atacados, naturalmente no como revolucionarios peligrosos para el Estado, sino como peleles contrarrevolucionarios.

Mi sospecha se confirmó. Georg Weerth,8 a quien había pedido que hiciera averiguaciones sobre Eisermann en Berlín, me escribió que no había manera de encontrar a ningún Eisermann. Fui con Dronke a ver a Bangya. Eisermann era ahora un simple gerente de Jacob Collmann. Como me interesaba tener por escrito las declaraciones de Bangya, insistí en que repitiera su declaración en mi presencia en una carta a Engels, a Manchester, y diera la dirección de Collmann. Al mismo tiempo escribí unas líneas a Bruno Bauer9 pidiéndole que averiguara quién vivía en la casa de Collmann que me había indicado Bangya, pero no obtuve respuesta. El supuesto librero contestó a mis cartas de reclamación que yo no había fijado por contrato ningún plazo determinado para la impresión. Que él tenía que saber mejor que nadie cuándo había llegado el momento oportuno. En una carta posterior se hizo el ofendido. Por último, Bangya me declaró que el librero se negaba a imprimir el manuscrito y que lo devolvería. Él mismo desapareció rumbo a París.

Las cartas de Berlín y las cartas de Bangya, que contienen todas las negociaciones, junto con los intentos de justificación de Bangya, están en mi poder.

Pero ¿por qué no me hicieron dudar las sospechas que la emigración había sembrado contra Bangya? Precisamente porque conocía la «prehistoria» de esas sospechas. Dejo por ahora esa prehistoria en la debida oscuridad.

Porque sabía que Bangya se había distinguido de modo honroso como oficial de la revolución en la guerra de Hungría. Porque mantenía correspondencia con Szemere, a quien respeto, y relaciones de amistad con el general Perczel.10 Porque vi con mis propios ojos un diploma en el que Kossuth lo nombraba su jefe de policía in partibus,11 refrendado por el conde Szirmay, hombre de confianza de Kossuth, que vivía en la misma casa que Bangya. Esa posición suya junto a Kossuth explicaba también su trato obligado con policías. Si no me equivoco, Bangya sigue siendo en este momento el agente de Kossuth en París.

Los jefes húngaros tenían que conocer a su hombre. ¿Qué arriesgaba yo en comparación con ellos? Nada más que la desaparición de mi copia, cuyo original conservaba en mi poder.

Más tarde pregunté al librero Lizius, de Fráncfort del Meno, y a otros libreros de Alemania si querían imprimir el manuscrito. Declararon que en las circunstancias actuales era imposible. Ahora, en los últimos tiempos, se ha abierto la perspectiva de hacerlo imprimir en un país no alemán.

Después de estas aclaraciones, que no doy, naturalmente, al señor Hirsch, sino a mis compatriotas de América, no queda «en pie la cuestión»: ¿qué interés tenía la policía prusiana en hacer desaparecer un panfleto contra Kinkel, Willich y los demás «grandes hombres del exilio»?12

¡Resuélveme, oh Oerindur,
esta discordia de la naturaleza!13

Karl Marx

Londres, 9 de abril de 1853.

  1. Wilhelm Hirsch, dependiente de comercio de Hamburgo y agente de la policía prusiana en Londres, autor del falso libro de actas presentado en el proceso de los comunistas de Colonia (1852); véanse las Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia. ↩

  2. August Willich (1810-1878), antiguo oficial prusiano, jefe con Schapper de la fracción que se separó de la Liga de los Comunistas en 1850. ↩

  3. Eugène-François Vidocq (1775-1857), antiguo presidiario y jefe de la policía de seguridad de París; Adolphe Chenu y Lucien de la Hodde, espías de la policía francesa infiltrados en las sociedades secretas, publicaron sus memorias en 1850. ↩

  4. The Spy (1821), novela de James Fenimore Cooper. ↩

  5. János Bangya (1817-1868), oficial húngaro de la revolución de 1848-1849, emigrado y agente secreto de varias policías. ↩

  6. Greif, oficial de la policía prusiana destinado en Londres; Charles Fleury, cuyo verdadero nombre era Carl Friedrich August Krause, comerciante establecido en Londres y agente de la policía prusiana. ↩

  7. Ernst Dronke (1822-1891), escritor, redactor de la Neue Rheinische Zeitung y miembro de la Liga de los Comunistas. ↩

  8. Georg Weerth (1822-1856), poeta, redactor del folletón de la Neue Rheinische Zeitung. ↩

  9. Bruno Bauer (1809-1882), filósofo joven hegeliano. ↩

  10. Bertalan Szemere (1812-1869), ministro del Interior y jefe del gobierno húngaro en 1849; Mór Perczel (1811-1899), general húngaro de 1848-1849. ↩

  11. In partibus infidelium, «en tierra de infieles»: título de los obispos sin diócesis efectiva; aquí, en el exilio. ↩

  12. Se trata del manuscrito de Los grandes hombres del exilio, escrito por Marx y Engels en 1852 y no publicado hasta 1930. Gottfried Kinkel (1815-1882), poeta y profesor de Bonn, participante en la campaña de Baden, emigrado en Londres. ↩

  13. Versos de la tragedia Die Schuld (La culpa, 1813), de Adolf Müllner. ↩