Escrito en alemán por Friedrich Engels en agosto de 1862 y publicado, en dos entregas, en la Allgemeine Militär-Zeitung (Darmstadt) del 1 y del 8 de noviembre de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 534-540), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Han pasado dos años desde que me permitieron ustedes informar en su periódico sobre la revista de voluntarios de Newton de agosto de 1860.1 Quizá interese a sus lectores, al cabo de tanto tiempo, saber de nuevo algo sobre el estado y la instrucción táctica de la milicia popular inglesa.

Sobre los efectivos y la organización actual de los voluntarios volveré quizá en conjunto próximamente; hoy me limito a comunicar que los efectivos oficiales del ejército de voluntarios ascienden a 162.800 hombres, de modo que es más fuerte que nunca, y paso en seguida a exponer con un ejemplo la instrucción táctica de este ejército.

El 2 de agosto, el inspector general de todos los voluntarios, el coronel McMurdo,2 pasó revista en Heaton Park, a una hora de Manchester, al contingente aportado por esta ciudad. Las tropas se componían del primero, segundo y tercer «regimiento» de Manchester (cuerpos 6.º, 28.º y 40.º de Lancashire) y de los «regimientos» aportados por los suburbios de Ardwick y Salford (33.º y 56.º de Lancashire). De esos llamados «regimientos», sin embargo, solo tres (el primero y el tercero de Manchester y el cuerpo de Ardwick) se presentaron con la fuerza de un batallón; los otros dos formaron juntos un batallón; esos batallones iban de 18 a 21 hileras por compañía, cada ocho compañías formaban un batallón y tenían, oficiales incluidos, unos 400 hombres por término medio. Estaban presentes además la caballería voluntaria (32 hombres) y la artillería (dos piezas ligeras de una libra prestadas por el señor Whitworth3 y unos 150 hombres, formados como infantería, que actuaban como escolta de las piezas), también de Manchester. En la mayoría de los batallones la infantería habría podido presentarse con 100 a 150 hombres más, pero los jefes parecen haberse ocupado de que la gente sin instrucción se quedase en casa.

El terreno (la parte sur del parque, propiedad del conde de Wilton, donde antes se celebraban carreras de caballos) presenta una loma que desciende de oeste a este; a derecha e izquierda la limitan unas hondonadas que, por delante del pie oriental de la colina, se unen en un prado llano de unos 800 pasos en cuadro. El arroyo que acompaña el pie norte de la colina, más allá del cual el terreno vuelve a subir, limitaba el terreno por ese lado; por todos los demás lo cerraban los bosquecillos situados junto a la tapia del parque. Pequeños matorrales cercados o sueltos, árboles aislados y aquí y allá un sitio pantanoso interrumpen el carácter, por lo demás enteramente despejado, del terreno.

Las revistas del coronel McMurdo, al contrario que la gran mayoría de las que se acostumbran entre los voluntarios, se celebran siempre sin un programa fijado de antemano y comunicado a las tropas; los señores nunca saben de antemano lo que les tocará hacer. Pero a cambio los movimientos que él manda son solo los que realmente se emplean ante el enemigo, y excluyen todo artificio táctico. McMurdo, yerno del conquistador del Sind, sir Charles Napier,4 y su jefe de estado mayor en la India, no es un pedante, sino un soldado de lo más práctico, y toda su actuación al frente de los voluntarios ha demostrado que es exactamente el hombre que necesita su puesto actual.

La brigada recibió al inspector, como de costumbre, en línea. Tras las formalidades iniciales, mandó formar columnas a cuarto de distancia (la columna habitual de los ingleses para los movimientos de masas fuera del alcance del fuego de fusil enemigo), cerrarlas hacia el centro y cambiar el frente de la línea de columnas a la derecha y hacia adelante, de modo que el prado llano mencionado y los bosquecillos de la tapia oriental del parque quedasen delante del frente. Durante estos movimientos, que se ejecutaron con rapidez y sin tropiezos, la caballería se desplegó en guerrilla, cruzó los bosquecillos y abrió el fuego contra el enemigo supuesto, pero pronto se retiró. Entonces se hizo adelantar al batallón del ala derecha (6.º de Lancashire), con cuatro compañías desplegadas en guerrilla y cuatro como sostenes; los dos batallones siguientes (el 28.º y el 56.º de Lancashire combinados y el 33.º de Lancashire) se desplegaron, mientras el batallón del ala izquierda (40.º de Lancashire) permanecía en columna y se situaba con la caballería 200 pasos atrás como reserva. Las dos piezas estaban en el borde de una colina, en el ala derecha de la línea de tiradores. Hasta que se dio la orden de avanzar, los tiradores, los sostenes y la línea desplegada permanecieron tendidos en el suelo. En esa posición la brigada ofrecía un aspecto verdaderamente marcial, al que no se está acostumbrado en las maniobras corrientes de voluntarios; se veía que tenía el mando un soldado de verdad.

Sonó para la línea de tiradores la señal de avanzar y hacer fuego. El combate en orden disperso no se llevó especialmente bien. La gente, acostumbrada a desplegarse en guerrilla esquemáticamente en la llanura despejada de su campo de instrucción, estaba demasiado preocupada por mantener la alineación para pensar en ponerse a cubierto. Los accidentes del terreno y los bosquecillos eran para ellos chino. A esto se añadían los matorrales cercados, en los que no se podía entrar y que desconcertaban por completo a la gente; una compañía se quedó parada delante de uno de esos matorrales, en el estrecho fondo de la hondonada, y disparaba contra él con la mayor calma, mientras el resto de la línea lo había rodeado hacía rato y ya estaba delante. Además, la línea de tiradores fue girando poco a poco por completo hacia el flanco izquierdo, de modo que los bosquecillos de los que había sido desalojada la caballería apenas fueron atacados, o no lo fueron en absoluto, y el frente de la línea desplegada quedó cada vez más al descubierto. Como el planteamiento y el desarrollo de la maniobra no parecían motivar en absoluto este movimiento, tengo que suponer que se debió a una equivocación. La artillería avanzó haciendo fuego con el ala derecha de los tiradores, se situó casi siempre bastante al descubierto y, si mi catalejo no me engañaba, las ruedas de las piezas estaban a menudo torcidas en la pendiente.

Los tiradores fueron reforzados todavía un momento con el despliegue de los sostenes y luego retirados; la línea desplegada había avanzado entretanto y abrió el fuego por hileras. El fuego del ala derecha, sobre todo del 28.º de Lancashire, fue muy vivo y casi demasiado precipitado; en el centro, en el ala derecha del 33.º de Lancashire, fue flojo e interrumpido por largas pausas; en el ala izquierda, bastante desordenado. Una parte de la línea estaba aquí justo detrás de una ondulación del terreno de casi el doble de la altura de un hombre, lo que no le impidió disparar alegremente a diestro y siniestro. El 40.º de Lancashire había avanzado entretanto desde la posición de reserva hasta 200 pasos detrás de la línea y se desplegó; a su derecha se desplegó el 6.º de Lancashire, de nuevo reunido. Los dos hicieron girar hacia atrás las secciones del ala izquierda de las compañías para dejar espacio por donde pasase la primera línea, que ahora se retiraba rompiendo por compañías en hileras dobles. Confieso que no consigo en absoluto hacerme a este movimiento, aquí reglamentario; esta vez me gustó menos que nunca. El reglamento dispone que la primera línea, al retirarse, dé media vuelta y se acerque en línea hasta una longitud de frente de compañía de la segunda línea, también desplegada, rompa entonces por compañías y pase por los huecos formados como se ha dicho. Si la primera línea se retira solo por falta de munición, está poco quebrantada y no hay que temer un ataque inmediato, puede que semejante maniobra sea practicable a paso ligero; pero para un enemigo activo ese sería sin duda el momento de lanzar sus masas. Y aquí ni siquiera se hizo la cosa según el reglamento. La primera línea rompió en seguida por compañías y, en esa formación, ejecutada además con bastante desaliño, tuvo que retirarse doscientos pasos enteros sin estar cubierta por tiradores.

Los regimientos 6.º y 40.º de Lancashire abrieron entonces a su vez el fuego por hileras, que fue bastante más uniforme y mejor nutrido que el de los otros dos batallones. Después de disparar unos 4 o 5 cartuchos por hombre (la artillería había hecho fuego continuamente desde el ala derecha de la primera línea de cada momento), se tocó alto, y con ello terminó el primer acto de la maniobra. Hasta entonces el coronel McMurdo había tratado su brigada como un cuerpo destacado que libraba un combate independiente contra un enemigo supuesto; las posiciones y los movimientos se referían todos al terreno de enfrente, ocupado por el enemigo. A partir de entonces reunió los cuatro batallones en una línea que actuaba como supuesta primera línea de una unidad mayor. El espacio reducido ya no permitía tener en cuenta el terreno de enfrente y, para mantener reunida a la gente en los movimientos de masas, se prescindió también de todo combate posterior de tiradores.

Primero la primera línea hizo un cambio de frente a la izquierda y hacia adelante, con lo que quedó situada en la prolongación del valle norte antes mencionado. Los demás batallones formaron a su izquierda, y toda la línea abrió fuego por hileras. Luego se fue prolongando cada vez más hacia la izquierda: empezando por el ala derecha, los batallones rompían uno tras otro por compañías, marchaban por detrás del frente hacia el ala izquierda y volvían a formar allí. Una vez llevada así el ala izquierda casi hasta los bosquecillos de la tapia occidental del parque, se replegó el frente un cuarto de círculo hacia la derecha, con el ala izquierda como pivote. Con excepción del batallón del ala izquierda, este movimiento se ejecutó, como de costumbre, plegando los batallones en columnas a cuarto de distancia, entrando en la nueva línea de alineación y desplegando, y por cierto con mucha rapidez y el mayor orden, aunque en una ladera empinada. Cuando los batallones se desplegaron de nuevo, yo iba precisamente a lo largo del frente del 40.º cuerpo de Lancashire, vi llegar cada compañía a la línea de alineación y tengo que decir que nuestras tropas de línea continentales mejor instruidas lo habrían hecho quizá con más elegancia y más «marcialidad», pero desde luego no con más calma ni más rapidez. El coronel McMurdo expresó en voz alta varias veces al batallón, durante el movimiento, su pleno reconocimiento. También el 6.º cuerpo de Lancashire se desplegó con rapidez y en orden; a la línea francesa le he visto hacer esta maniobra con mucho más desaliño. Tras un rato de fuego por hileras, la brigada avanzó en escalones desde el ala izquierda, con 100 pasos de distancia entre los batallones, hizo alto y formó el cuadro a paso ligero. En algunos puntos esto no se ejecutó especialmente bien, porque la marcha a través de los matorrales había desordenado un poco a la gente. Los batallones volvieron a desplegarse, avanzaron hasta la alineación del batallón del ala izquierda, dispararon cada uno una descarga, que fue en general bastante nutrida, y entonces la brigada entera avanzó en una sola línea. Me habría gustado que algunos de los oficiales, tan numerosos en Alemania, que opinan que con tropas jóvenes no se pueden ejecutar movimientos en línea, hubiesen visto la marcha de frente de esta línea de 640 hileras. El terreno era tan accidentado como se puede desear. El frente cruzaba una loma que caía bastante en pendiente por tres lados, el suelo estaba lleno de hoyos y montículos, y además había muchos árboles aislados. Aun así, la línea avanzó varios cientos de pasos en perfecto orden, con una alineación bastante buena, cerrada y sin vacilar, sobre todo los dos batallones del centro (6.º y 40.º), y el coronel McMurdo expresó su plena satisfacción con este movimiento tanto sobre el terreno como después a los jefes. Para terminar mandó tocar a la carga, y entonces, muy al estilo de los voluntarios, se lanzaron a todo correr unos cien pasos ladera abajo hasta el campo abierto, más una carrera que una carga. Cuando se tocó alto, el 40.º cuerpo de Lancashire estaba, aunque mal alineado, compacto y cerrado; el sexto, no tan ordenado. En las alas, en cambio, sobre todo en la izquierda, la cosa había ido muy desordenada; la gente estaba revuelta, algunos se habían caído, e incluso un hombre de la primera fila resultó herido en la pantorrilla porque allí la segunda fila llevaba todavía en parte la bayoneta calada en ristre. Con esto terminó la maniobra; las tropas formaron para el desfile, desfilaron y se fueron a casa.

Creo que un ejemplo así dará a los lectores de la A[llgemeine] M[ilitär]-Z[eitung] una idea mucho más clara del tipo y del grado de instrucción de estos voluntarios que todas las disquisiciones doctrinarias. Aunque el número de tropas concentradas era pequeño, eso mismo permitió ejecutar movimientos más prácticos de lo que sucede aquí en las concentraciones mayores de voluntarios; para estas nunca se encuentra aquí espacio suficiente. Además, los batallones presentes ofrecían una media bastante buena de los cuerpos de voluntarios ingleses: dos de ellos, como se habrá visto, estaban considerablemente por delante de los otros dos y representaban a los batallones consolidados de las grandes ciudades; los otros dos, más atrasados en su instrucción ya por los elementos más heterogéneos de que se componían, representaban más bien a los cuerpos formados en el campo y en las ciudades pequeñas. En conjunto puede decirse que los voluntarios dominan suficientemente los principales movimientos del batallón; forman columnas y despliegan, se mueven en columna y en línea con una seguridad suficiente, y aquí y allá incluso grande. En cambio, se hará bien en ahorrarles las formaciones y contramarchas artificiosas que todavía contiene el reglamento inglés, como tantas otras cosas. El combate en orden disperso, siempre el punto débil de los ingleses, los voluntarios solo lo conocen en la medida en que se les ha podido enseñar en el campo de instrucción, aunque también en esto hay una diferencia considerable entre unos batallones y otros. Los errores cometidos en esta inspección no se distinguen en absoluto, como se habrá visto, de los que se ven a diario en los ejercicios de nuestros ejércitos continentales en tiempo de paz, aunque estos ejércitos tienen la ventaja de estar mandados por oficiales encanecidos en el campo de maniobras. Con lo cual no se pretende negar en absoluto que los oficiales de los voluntarios ingleses siguen siendo el punto débil de todo el cuerpo, aunque también aquí se nota una mejora considerable. Quien disfrute con el desfile, también encontrará a los voluntarios más adelantados en ese arte de lo que esperaba. Por último, en cuanto a lo que rinden en el campo de tiro, pueden medirse sin reservas con cualquier ejército permanente de Europa y tienen sin duda, por término medio, más buenos tiradores en cada batallón que la mayoría de las tropas de línea. En suma, al cabo de tres años el experimento puede considerarse, hasta aquí, completamente logrado. Inglaterra ha creado, casi sin costes para el Estado, un ejército organizado de 163.000 hombres para la defensa del país, un ejército tan instruido que solo necesita, según el distinto grado de instrucción de los batallones, de tres a seis semanas de campamento y ejercicios para convertirse en una tropa de campaña perfectamente utilizable. Y ese tiempo tendrá que dejárselo siempre a los ingleses, en el peor de los casos, cualquier intento de invasión.

  1. Véase «1860 Una revista de cazadores voluntarios ingleses». ↩

  2. William Montagu Scott McMurdo (1819-1894), oficial británico, inspector general de los voluntarios de 1860 a 1865. ↩

  3. Joseph Whitworth (1803-1887), industrial de Manchester, constructor de máquinas herramienta y de fusiles y cañones rayados. ↩

  4. Charles James Napier (1782-1853), general británico, conquistador del Sind (1843) y luego comandante en jefe en la India. ↩