Escrita por Karl Marx en Londres el 8 de abril de 1865 y publicada en la Berliner Reform, n.º 88, suplemento, del 13 de abril de 1865. Traducida de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 91-95), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

A mi regreso de Holanda a Londres, el Social-Demokrat me presenta en su n.º 39 un pastel de asafétida horneado de su propia mano por el señor Bernh. Becker1, compuesto en su mayor parte de migajas de las calumnias de Vogt. La refutación, documentada ante los tribunales, de las patrañas de Vogt se encuentra en mi escrito El señor Vogt, Londres, 18602. Esta vez, sin embargo, muy en contra de su costumbre, el señor Bernhard Becker, el «presidente de la humanidad», no se contenta con copiar. Por primera vez en su vida intenta aportar también algo propio.

«Sí, Marx», dice el «presidente de la humanidad», «empeñó por medio de Dronke por 1.000 táleros un manuscrito que desempeñó el comisario de policía prusiano Stieber, que andaba espiando en Londres entre los refugiados».

Y tres veces en el curso de su conferencia presidencial, pronunciada por su propia boca, vuelve nuestro Bernhard Becker, con regocijo siempre creciente, a este «hecho»3. En la página 124 de mi Señor Vogt digo en una nota:

«Yo mismo había conocido en Londres, en 1850, a Bangya4 con su amigo de entonces, el actual general Türr5. La sospecha que me inspiraban sus enredos con toda clase de partidos —orleanistas, bonapartistas, etc.— y su trato con policías de toda “nacionalidad” la sofocó sin más mostrándome una patente extendida de su puño y letra por Kossuth, en la que se le nombraba —él, que ya antes había sido jefe de policía provisional en Komárom bajo Klapka— jefe de policía in partibus. Jefe secreto de policía al servicio de la revolución, tenía que mantener naturalmente “abiertos” los accesos a la policía al servicio de los gobiernos. En el curso del verano de 1852 descubrí que un manuscrito que yo le había confiado para que se lo hiciera llegar a un librero de Berlín lo había sustraído y puesto en manos de un gobierno alemán. Después de haber escrito sobre este incidente y sobre otras particularidades del hombre que me llamaban la atención desde hacía tiempo a un húngaro» (Szemere6) «en París, y de que, por la intervención de una tercera persona muy bien informada, el misterio Bangya quedara completamente resuelto, envié a principios de 1853 a la New-Yorker Criminal-Zeitung una denuncia pública firmada con mi nombre».

Es evidente que el «presidente de la humanidad» no ha leído la detallada denuncia de Bangya —que entonces vivía todavía en Londres— que publiqué hace 13 años en la New-Yorker Criminal-Zeitung. De lo contrario habría ajustado un poco más su poema a los hechos. Así se abandona por completo al juego de su dulce fantasía, ¿y qué podía estarle más a mano que la agradable asociación de ideas entre Londres y empeñar? Pero yo respondo de que Bernhard Becker no ha empeñado nunca sus manuscritos.

El «presidente de la humanidad» se ha dignado añadir además

«que Marx, al aparecer el Botschafter de Viena, órgano oficioso del gobierno austriaco, quiso ganarme a mí» (el mismísimo Bernhard Becker) «como corresponsal suyo, callándome el carácter oficioso del periódico que asomaba, que según me dijo le habían enviado, y subrayando por el contrario que yo podría mandarle artículos completamente rojos».

El señor Bernhard Becker, que entonces no era todavía «presidente de la humanidad» y tenía además la inquebrantable costumbre de garrapatear «artículos completamente pálidos» en el Hermann de Londres, me sorprendió (yo solo lo había visto antes por casualidad una o dos veces), poco antes de escabullirse en silencio de Londres por razones de seguridad, una buena tarde con una visita en persona en mi casa. Me lloriqueó lastimeramente su desgracia y me preguntó si podía conseguirle unas corresponsalías para salir de su amarga necesidad. Le respondí que el señor Kolatschek7 había anunciado hacía unos días al señor S. Borkheim8, refugiado político y comerciante en la City, la fundación de un nuevo periódico vienés, «muy liberal» según decía, le había enviado números de muestra y le había pedido que buscara un corresponsal en Londres. A petición ardiente de Bernhard Becker le prometí dirigirme en su favor, para este asunto, al señor Borkheim, que siempre complace con gusto a los refugiados. Bernhard Becker, por lo que recuerdo, escribió también uno o varios artículos de prueba para Viena. ¡Y su intento fallido de llegar a corresponsal del Botschafter prueba mi alianza con la cancillería austriaca! El señor Bernhard Becker cree, por lo visto, que, puesto que la condesa Hatzfeldt9 le ha dado un cargo, el Señor le ha dado también el entendimiento necesario para él10.

«Sistemáticamente», sigue contando Bernhard Becker, «trabaja Liebknecht11 ahora a la condesa Hatzfeldt, a la que también Marx envía telegramas y cartas, para azuzarla contra la Asociación».

¡El señor Bernhard Becker se figura que yo me tomo la importancia que le ha llegado por testamento tan «sistemáticamente» en serio como él mismo! Mis cartas a la condesa Hatzfeldt después de la muerte de Lassalle consistieron en una carta de pésame, en respuestas a diversas preguntas que se me hicieron a propósito del folleto proyectado sobre Lassalle y en consideraciones sobre una defensa, que se me pidió y que en efecto hice, contra un calumniador de Lassalle. Para evitar malentendidos, sin embargo, juzgué oportuno recordar a la condesa, en una carta del 22 de diciembre de 1864, que yo no estaba de acuerdo con la política de Lassalle. Con esto terminó nuestra correspondencia, en la que no hubo ni una sílaba sobre la Asociación. La condesa me había pedido, entre otras cosas, que le escribiera a vuelta de correo si me parecía conveniente añadir ciertos retratos al folleto proyectado. Le contesté por telégrafo: ¡No! Este único telegrama lo pone en plural el señor Bernhard Becker, que es tan gran gramático como poeta y pensador.

Cuenta que más tarde participé también en una agitación emprendida contra él. El único paso que di por mi parte en este asunto de tanta trascendencia fue este: me habían escrito de Berlín que Bernhard Becker era perseguido desde cierto lado porque no quería dejar que se abusara del Social-Demokrat y de la Asociación para hacer agitación a favor de la anexión de Schleswig-Holstein a Prusia. Al mismo tiempo se me había pedido que comunicara esta «intriga», como advertencia, al señor Klings, de Solingen12, sobre quien se me atribuía cierta influencia por una relación anterior, y al señor Philipp Becker, de Ginebra13. Hice ambas cosas, lo uno por medio de un amigo de Barmen, lo otro por medio de mi amigo Schily14, de París, que estaba presa, como yo, de la ilusión de que al «presidente de la humanidad» le había ocurrido algo humano y de que se había comportado por una vez de verdad decentemente. Ahora tergiversa, naturalmente, los hechos en su contrario exacto, como dialéctico.

Pero el «presidente de la humanidad» no es solo grande como poeta, pensador, gramático y dialéctico. Es además un patólogo de pura cepa. Mi enfermedad de carbuncos, de año y medio, que por casualidad se prolongó todavía 6 meses después de la muerte de Lassalle, esta enfermedad de color rojo sangre, la explica por la «pálida envidia de la grandeza de Lassalle».

«Pero», añade enfáticamente, «no se atrevió a enfrentarse a Lassalle, pues sabía muy bien que este, con su maza de gigante, lo habría dejado muerto en el sitio como a Bastiat-Schulze».

Ahora bien, precisamente en este último escrito suyo sobre «Bastiat-Schulze»15 elogia Lassalle sin medida mi Crítica de la econ[omía] pol[ítica], Berlín, 185916, la llama «que hace época», una «obra maestra», y la pone a la misma altura que las obras de A. Smith y de Ricardo. De ahí concluye el señor Bernhard Becker, con la capacidad de pensar que le es propia, que Lassalle podría haberme matado como a Schulze-Bastiat. Lassalle, por lo demás, tenía también ideas muy distintas de lo que yo «me atrevo» a hacer. Cuando, en una ocasión que no es este el lugar de discutir, le escribí que Engels y yo nos veríamos obligados, por razones que le enumeraba, a atacarle públicamente, me contestó por extenso en una carta que tengo en este momento delante de mí, en la que primero expone sus razones en contra y luego termina con este giro:

«Pensadlo bien todo, antes de hablar en voz alta y en público. ¡También la división y escisión entre nosotros sería un acontecimiento lamentable para nuestro partido especial, que de por sí no es grande!».

El señor Bernhard Becker encuentra una contradicción completa en que yo no quisiera saber nada de una asociación internacional de rincón en la que él, Bernhard Becker, habría figurado, mientras que participaba con gran celo en la Asociación Internacional fundada en septiembre pasado por los jefes de las Trades Unions17 de Londres.

La capacidad de distinguir del señor Bernhard Becker está a la altura, por lo visto, de su capacidad de razonar. Su asociación, se jacta, llegó a un florecimiento de «400 hombres» enteros, mientras que nuestra Asociación es tan inmodesta que cuenta ya ahora solo en Inglaterra diez mil miembros. Es en verdad inadmisible que algo así ocurra, por decirlo así, a espaldas del «presidente de la humanidad».

Considerándolo todo, y en especial el enjambre de capacidades del señor Bernhard Becker, que yo solo he apuntado muy brevemente, apenas se encuentra justificada su queja de que se haya querido cargar demasiado a la vez sobre un hombre como él; de que no solo se le haya impuesto el ejercicio de la autocracia como ocupación principal, sino «de paso» también el cargo menor de «comprar los huevos y la mantequilla para la casa». Parece, sin embargo, admisible un mejor orden doméstico entre sus funciones de doble naturaleza. En adelante, que se le haga su ocupación principal «comprar los huevos y la mantequilla para la casa», y que en cambio solo «de paso» le dejen presidir la humanidad.

Londres, 8 de abril de 1865

Karl Marx

  1. Bernhard Becker (1826-1882), periodista, presidente de la Asociación General de Trabajadores Alemanes de 1864 a 1865, designado para el cargo en el testamento de Lassalle. Había atacado a Marx en una conferencia publicada por el Social-Demokrat. ↩

  2. Véase 1860 El señor Vogt. Carl Vogt (1817-1895), naturalista y diputado demócrata de 1848, había acusado a Marx en 1859 de dirigir una banda de chantajistas; Marx le respondió con El señor Vogt, donde lo denunció como agente bonapartista. ↩

  3. Ernst Dronke (1822-1891), escritor, antiguo redactor de la Neue Rheinische Zeitung y miembro de la Liga de los Comunistas. Wilhelm Stieber (1818-1882), jefe de la policía política prusiana, organizador del proceso contra los comunistas de Colonia en 1852. ↩

  4. János Bangya (1817-1868), oficial húngaro de la revolución de 1848-1849, emigrado en Londres, agente de varias policías. El manuscrito sustraído era el de Los grandes hombres del exilio, de Marx y Engels; véase 1852 Los grandes hombres del exilio. ↩

  5. István Türr (1825-1908), oficial húngaro emigrado, luego general de Garibaldi. ↩

  6. Bertalan Szemere (1812-1869), ministro del Interior y jefe del gobierno húngaro en 1849, emigrado en París. ↩

  7. Adolph Kolatschek (1821-1889), periodista austriaco, diputado en Fráncfort en 1848; en 1862 fundó en Viena el Botschafter. ↩

  8. Sigismund Borkheim (1825-1885), demócrata alemán emigrado en Londres, comerciante, amigo de Marx. ↩

  9. La condesa Sophie von Hatzfeldt (1805-1881), amiga y protectora de Lassalle, muerto en un duelo el 31 de agosto de 1864. ↩

  10. Juego con el refrán alemán «A quien Dios da un cargo le da también el entendimiento». ↩

  11. Wilhelm Liebknecht (1826-1900), que había vuelto del exilio londinense a Berlín en 1862 y era miembro de la Asociación General de Trabajadores Alemanes. ↩

  12. Carl Klings, obrero de Solingen, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas y dirigente de la Asociación General de Trabajadores Alemanes. ↩

  13. Johann Philipp Becker (1809-1886), revolucionario alemán de 1848-1849, emigrado en Ginebra, organizador de las secciones alemanas de la Internacional en Suiza. ↩

  14. Victor Schily (1810-1875), abogado alemán emigrado, miembro de la Internacional en París. ↩

  15. Herr Bastiat-Schulze von Delitzsch, der ökonomische Julian, oder: Capital und Arbeit (1864), de Lassalle, contra Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), economista liberal y promotor de las cooperativas, al que Lassalle identificaba con el economista librecambista francés Frédéric Bastiat. ↩

  16. Véase 1859 Contribución a la crítica de la economía política. ↩

  17. Los sindicatos ingleses. ↩