Escrito en alemán por Friedrich Engels entre finales de enero y el 11 de febrero de 1865 y publicado como folleto en Hamburgo por Otto Meissner en 1865. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 41-78), sin su aparato editorial, cotejado con la primera edición (Hamburgo, 1865), según la cual se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Véanse las cartas de Engels a Marx del 27 de enero y del 5 de febrero de 1865. Texto original en alemán.

El debate sobre la cuestión militar se ha librado hasta ahora únicamente entre el Gobierno y el partido feudal, por un lado, y la burguesía liberal y radical, por el otro. Ahora que se acerca la crisis, ha llegado el momento de que también el partido obrero se pronuncie.

En la crítica de los hechos militares de que se trata solo podemos partir de las circunstancias reales existentes. No podemos pedirle al Gobierno prusiano que actúe de otro modo que desde el punto de vista prusiano mientras subsistan las actuales circunstancias en Alemania y en Europa. Tampoco le pedimos a la oposición burguesa que parta de otro punto de vista que el de sus propios intereses burgueses.

El partido de los obreros, que en todas las cuestiones entre la reacción y la burguesía está fuera del conflicto propiamente dicho, tiene la ventaja de poder tratar tales cuestiones con completa sangre fría e imparcialidad. Solo él puede tratarlas científicamente, históricamente, como si ya fueran pasadas; anatómicamente, como si ya fueran cadáveres.

I

Sobre cómo era el ejército prusiano con el sistema anterior no puede haber dos opiniones después de los intentos de movilización de 1850 y 1859.1 La monarquía absoluta estaba atada desde 1815 por la promesa pública de no establecer nuevos impuestos ni emitir empréstitos sin la aprobación previa de la futura representación del país.2 Romper esta promesa era imposible; ningún empréstito sin esa aprobación prometía el menor éxito. Pero los impuestos estaban organizados en conjunto de tal modo que, al crecer la riqueza del país, su rendimiento no crecía ni de lejos en la misma proporción. El absolutismo era pobre, muy pobre, y los gastos extraordinarios a consecuencia de las tormentas de 18303 bastaron para obligarlo a la más extrema economía. De ahí la introducción del servicio de dos años, de ahí un sistema de ahorro en todas las ramas de la administración del ejército que redujo al nivel más bajo, en cantidad y en calidad, el material que había que tener preparado para una movilización. Y sin embargo había que mantener la posición de Prusia como gran potencia; para ello se necesitaba, para el comienzo de una guerra, un primer ejército de campaña lo más fuerte posible, y por eso se le agregaba la Landwehr del primer llamamiento.4 Así que se procuró que, en cuanto amenazara el primer caso de guerra, fuera necesaria una movilización, y que con ella se derrumbara todo el edificio. El caso se dio en 1850 y terminó con el más completo fiasco de Prusia.

En 1850 solo se llegó a conocer los defectos materiales del sistema; todo había terminado antes de que pudieran salir a la luz las flaquezas morales. Los fondos aprobados por las Cámaras se emplearon en remediar en lo posible los defectos materiales. En lo posible, porque en cualquier circunstancia será imposible tener preparado el material de modo que en catorce días las reservas llamadas a filas, y al cabo de otros catorce días todo el primer llamamiento de la Landwehr, estén equipados y listos para el combate. No hay que olvidar que la línea contaba a lo sumo con tres reemplazos anuales, mientras que la reserva y el primer llamamiento contaban juntos con nueve, de modo que por cada tres soldados de línea listos para el combate había que equipar en cuatro semanas por lo menos a siete llamados a filas. Luego vino la guerra de Italia de 18595 y con ella una nueva movilización general. También entonces salieron a relucir bastantes defectos materiales, pero quedaron muy por detrás de las flaquezas morales del sistema, que solo entonces, al prolongarse el estado de movilización, se pusieron al descubierto. La Landwehr se había descuidado, eso es innegable; los cuadros de sus batallones no existían en gran parte y hubo que crearlos; entre los oficiales existentes, muchos no servían para el servicio de campaña. Pero aun cuando todo esto hubiera sido de otro modo, siempre quedaba el hecho de que los oficiales no podían ser para sus hombres sino unos completos extraños, extraños sobre todo en lo tocante a su capacidad militar, y que esa capacidad militar era en la mayoría demasiado escasa para que pudieran enviarse con confianza batallones con tales oficiales contra tropas aguerridas. Si los oficiales de la Landwehr se han batido muy bien en la guerra de Dinamarca,6 no hay que olvidar que hay una gran diferencia entre que un batallón tenga ⅘ de oficiales de línea y ⅕ de oficiales de la Landwehr o al revés. Pero a esto se añadía un punto decisivo. Enseguida se puso de manifiesto lo que se habría podido saber de antemano: que con la Landwehr se puede combatir, sobre todo combatir en defensa del propio país, pero que en ningún caso se puede hacer una demostración de fuerza. La Landwehr es una institución tan defensiva que con ella solo es posible una ofensiva a raíz de una invasión rechazada, como en 1814 y 1815. Un llamamiento compuesto en su mayoría de hombres casados de 26 a 32 años no se puede tener meses enteros ocioso en las fronteras mientras llegan cada día cartas de casa diciendo que la mujer y los hijos pasan hambre; porque también los socorros para las familias de los llamados a filas resultaron insuficientes más allá de toda idea. A esto se añadía que los hombres no sabían contra quién iban a batirse, si contra franceses o austriacos, y ninguno de los dos le había hecho entonces nada a Prusia. ¿Y con tropas así, desmoralizadas por meses de inactividad, había que atacar a ejércitos sólidamente organizados y hechos a la guerra?

Que tenía que producirse un cambio está claro. Prusia necesitaba, en las circunstancias dadas, una organización más sólida del primer ejército de campaña. ¿Cómo se ha establecido?

Se mantuvieron provisionalmente los 36 regimientos de infantería de la Landwehr que se habían llamado a filas y se los fue convirtiendo poco a poco en nuevos regimientos de línea. Poco a poco se aumentó también la caballería y la artillería hasta que correspondieron a ese efectivo reforzado de las tropas de a pie, y, por último, se separó la artillería de plaza de la artillería de campaña, lo cual era en todo caso una mejora, sobre todo para Prusia. En una palabra, se duplicó la infantería y se aumentó la caballería y la artillería aproximadamente en la mitad. Para mantener este efectivo reforzado del ejército se propuso extender el tiempo de servicio en la línea de cinco a siete años —tres años en filas (en la infantería) y cuatro en la reserva—, abreviar en cambio en cuatro años la obligación del segundo llamamiento de la Landwehr y, por último, elevar el reclutamiento anual de la cifra anterior de 40.000 hombres a 63.000. La Landwehr, entretanto, quedó del todo descuidada.

El aumento de batallones, escuadrones y baterías así establecido correspondía casi exactamente al aumento de la población de Prusia, de 10 millones en 1815 a 18 millones en 1861; como la riqueza de Prusia ha crecido entretanto más deprisa que su población, y como las demás grandes potencias europeas han reforzado sus ejércitos desde 1815 en una medida mucho mayor, tal aumento de los cuadros no era desde luego excesivo. Además, de todas las cargas del sujeto al servicio, la propuesta solo agravaba la de las clases de edad más jóvenes, la obligación de reserva, y aligeraba en cambio en doble proporción la obligación de Landwehr en las clases de edad más viejas, y suprimía de hecho casi por completo el segundo llamamiento, ya que el primero pasaba a ocupar más o menos la posición asignada antes al segundo.

En cambio, contra el proyecto se podía objetar lo siguiente:

El servicio militar obligatorio general —dicho sea de paso, la única institución democrática que existe en Prusia, aunque solo sea sobre el papel— es un progreso tan enorme respecto de todas las instituciones militares anteriores que, allí donde ha existido una vez, aunque sea aplicado de modo imperfecto, no puede volver a abolirse a la larga. Solo hay dos bases claramente definidas para nuestros ejércitos actuales: o el enganche voluntario —y este está anticuado y solo es posible en casos excepcionales como Inglaterra—, o el servicio militar obligatorio general. Todas las conscripciones y sorteos no son más que formas muy imperfectas de este último. La idea fundamental de la ley prusiana de 1814,7 según la cual todo ciudadano físicamente apto está también obligado a empuñar personalmente las armas en defensa del país durante sus años hábiles para ellas, esa idea fundamental está muy por encima del principio de la compra de sustitutos de todos los países de conscripción, y después de cincuenta años de vigencia no caerá, sin duda, víctima de los anhelos de la burguesía por introducir el «comercio de carne humana», como dicen los franceses.

Pero, una vez que la constitución militar prusiana descansa sobre el servicio obligatorio general, sin sustitución, solo puede seguir desarrollándose en su propio espíritu y de modo provechoso si su principio fundamental se realiza cada vez más. Veamos qué pasa con esto.

En 1815, sobre 10 millones de habitantes, 40.000 reclutados, es decir, 4 por mil. En 1861, sobre 18 millones, 63.000 reclutados, es decir, 3½ por mil. O sea, un retroceso, aunque un progreso respecto del estado de cosas hasta 1859, en que solo se reclutaba el 2²⁄₉ por mil. Solo para volver a alcanzar la proporción de 1815 habría que reclutar 72.000 hombres. (Veremos que, en efecto, cada año entra en el ejército aproximadamente esta cifra o más.) Pero ¿se agota la fuerza guerrera del pueblo prusiano con un reclutamiento anual del 4 por mil de la población?

La Allgemeine Militär-Zeitung de Darmstadt ha demostrado repetidas veces, con las estadísticas de los Estados alemanes medianos, que en Alemania la mitad cabal de los jóvenes que se presentan al reclutamiento es apta para el servicio. Ahora bien, el número de jóvenes que se presentaron al reclutamiento en 1861 fue, según la Zeitschrift des preuß. statistischen Bureaus (marzo de 1864),8 de 227.005. Esto daría cada año 113.500 reclutas aptos para el servicio. Descontemos de ellos 6.500 como indispensables en sus casas o moralmente indignos; aún quedan 107.000. ¿Por qué de estos solo sirven 63.000, o a lo sumo de 72.000 a 75.000 hombres?

El ministro de la Guerra, Von Roon,9 comunicó en la legislatura de 1863 a la comisión militar de la Cámara de Diputados el siguiente cuadro sobre el reclutamiento de 1861:

Población total (censo de 1858)17.758.823
Sujetos al servicio militar de veinte años, reemplazo de 1861217.438
Sujetos al servicio militar de años anteriores, aún sin decisión definitiva348.364565.802
De ellos:
1. No localizados55.770
2. Trasladados a otros distritos y sujetos allí a presentarse82.216
3. No presentados sin excusa10.960
4. Ingresados como voluntarios de tres años5.025
5. Con derecho al servicio de voluntario de un año14.811
6. Aplazados o exentos como teólogos1.638
7. Sujetos al servicio en la marina299
8. Excluidos por indignidad moral596
9. Licenciados por la comisión de distrito por inutilidad manifiesta2.489
10. Licenciados por la comisión de distrito por inutilidad permanente15.238
11. Pasados a la reserva de reemplazo:
a) Menos de 5 pies, tras tres comparecencias8.998
b) Menos de 5 pies 1 pulgada 3 líneas, tras tres comparecencias9.553
c) Inútiles temporales, tras tres comparecencias46.761
d) Por circunstancias familiares, tras tres comparecencias4.213
e) Disponibles tras cinco comparecencias29169.816
12. Destinados al tren, aparte de los reclutados para el tren6.774
13. Aplazados por un año:
a) Inútiles temporales219.136
b) Por circunstancias familiares10.013
c) Por penas infamantes y procesos1.087230.236495.868
Quedan para el reclutamiento69.934
Reclutados efectivamente59.459
Quedan disponibles10.475

Por imperfecta que sea esta estadística, por mucho que lo enturbie todo al mezclar en cada una de las partidas 1 a 13 a los hombres del reemplazo de 1861 con los que han quedado disponibles de los dos reemplazos anteriores, contiene, sin embargo, algunas confesiones muy valiosas.

Se incorporaron como reclutas 59.459 hombres. Como voluntarios de tres años ingresaron 5.025. Tenían derecho al servicio de un año 14.811; como es sabido que con la aptitud de los voluntarios de un año no se es nada riguroso, porque no cuestan nada, podemos suponer que por lo menos la mitad, es decir, 7.400, ingresaron efectivamente. Es un cálculo muy bajo; la clase de gente que obtiene el derecho al servicio de un año se compone de todos modos, en su mayoría, de hombres aptos; los que de entrada no sirven ni siquiera se toman la molestia de obtenerlo. Pero supongamos 7.400. Según esto, en el año 1861 ingresaron en el ejército en total 71.884 hombres.

Sigamos. Como teólogos fueron aplazados o eximidos 1.638 hombres. No se ve por qué los señores teólogos no han de servir. Al contrario, un año de servicio en el ejército, la vida al aire libre y el contacto con el mundo exterior no pueden sino sentarles bien. Incorporémoslos, pues, sin más; ⅓ del total para el año en curso, y de ellos ¾ inútiles, quedan todavía 139 hombres con los que hay que contar.

Fueron licenciados 18.551 hombres por no dar la talla. Bien entendido, no licenciados del servicio en general, sino «licenciados a la reserva». En caso de guerra, pues, sí han de prestar servicio. Solo se les ha de dispensar del servicio de parada de tiempo de paz, para el que no tienen bastante buena presencia. Se reconoce, por tanto, que estos hombres pequeños son perfectamente útiles para el servicio, y se los quiere emplear incluso en caso de necesidad. Que estos hombres pequeños pueden ser muy buenos soldados lo demuestra el ejército francés, en el que sirven hombres de tan solo 4 pies y 8 pulgadas de estatura. Así que los contamos sin más entre los recursos militares del país. La cifra de arriba solo comprende a los rechazados definitivamente por baja estatura tras tres comparecencias; es, por tanto, una cifra que se repite cada año. Descontamos la mitad como inútiles por otras razones; nos quedan, pues, 9.275 tipos pequeños que un oficial hábil convertiría sin duda pronto en soldados espléndidos.

Además encontramos destinados al tren, aparte de los hombres reclutados para el tren, 6.774. Pero el tren también forma parte del ejército, y no se ve por qué estos hombres no han de hacer el corto servicio de seis meses en el tren, lo que sería mejor tanto para ellos como para el tren.

Tenemos, pues:

Hombres que ingresaron efectivamente en el servicio71.884
Teólogos139
Hombres aptos que no dan la talla9.275
Hombres destinados al tren6.774
Total88.072hombres,

que, según la propia confesión de la estadística del señor Von Roon, podrían entrar cada año en el ejército si se tomara en serio el servicio militar obligatorio general.

Veamos ahora a los inútiles.

Aplazados por un año como inútiles temporales219.136hombres
Enviados a la reserva como ídem tras tres comparecencias46.761hombres
Excluidos como inútiles permanentes, solo17.727hombres
Total283.524hombres,

de modo que los hombres permanentemente inútiles por defectos físicos reales no forman ni el 7% de todos los excluidos del servicio por inutilidad, ni el 4% del total de los que se presentan cada año ante las comisiones de reclutamiento. Casi el 17% de los inútiles temporales pasan cada año, tras tres comparecencias, a la reserva. Son, pues, hombres de 23 años, hombres en una edad en que la constitución física empieza ya a asentarse. No exageraremos, sin duda, si suponemos que un tercio de ellos, cumplidos los 25 años, es perfectamente útil para el servicio, lo que da 15.587 hombres. Lo menos que se puede esperar de estos hombres es que durante dos años sirvan cada año tres meses en la infantería, para hacer al menos la escuela de reclutas. Esto equivaldría a aumentar el ejército de paz en 3.897 hombres.

Ahora bien, todo el sistema de reconocimiento médico de los reclutas ha tomado en Prusia un rumbo peculiar. Siempre había más reclutas de los que se podían incorporar, y se quería mantener, sin embargo, la apariencia del servicio militar obligatorio general. ¿Qué había más cómodo que escoger a los mejores hombres en el número deseado y declarar inútiles a los demás con cualquier pretexto? En estas circunstancias, que, bien entendido, han existido en Prusia desde 1815 y siguen existiendo, el concepto de inutilidad ha adquirido allí una extensión del todo anormal, como lo prueba del mejor modo la comparación con los Estados alemanes medianos. En estos, donde rigen la conscripción y el sorteo, no había ningún motivo para declarar inútiles a más hombres de los que realmente lo eran. Las condiciones son las mismas que en Prusia; en algunos Estados, en Sajonia por ejemplo, incluso peores, porque allí la proporción de población industrial es mayor. Pues bien, como se ha dicho, en la Allg. Mil.-Ztg. se ha demostrado una y otra vez que en los Estados medianos la mitad entera de los que se presentan es útil, y en Prusia tiene que ocurrir lo mismo. En cuanto estalle una guerra seria, la idea de la aptitud para el servicio sufrirá en Prusia una revolución repentina, y entonces se sabrá, demasiado tarde y para su daño, cuántas fuerzas útiles se han dejado escapar.

Pero ahora viene lo más asombroso. Entre los 565.802 sujetos al servicio sobre los que hay que decidir figuran:

No localizados55.770hombres
Trasladados a otros distritos o sujetos allí a presentarse82.216hombres
No presentados sin excusa10.960hombres
Total148.946hombres.

¿Así que, a pesar del celebrado control prusiano —y quien haya estado sujeto al servicio militar en Prusia sabe lo que eso significa—, desaparece cada año el 27% cabal de los sujetos al servicio? ¿Cómo es posible? ¿Y adónde van a parar los 82.216 hombres que se borran de la lista porque se han «trasladado a otros distritos o están sujetos allí a presentarse»? ¿Basta hoy con mudarse de Berlín a Potsdam para librarse del servicio? Supongamos que aquí —también Homero dormita a veces—10 los señores funcionarios han metido sencillamente la pata en su estadística, es decir, que estos 82.216 hombres figuran dos veces en la suma total de 565.802: primero en su distrito natal y luego en el distrito al que se han ido. Sería muy de desear que esto se comprobara, y la comisión militar de la Cámara tiene la mejor ocasión para hacerlo, pues una reducción de los realmente sujetos al servicio a 483.586 cambiaría considerablemente todos los porcentajes. Pero, aun suponiendo que así sea, quedan todavía 66.730 hombres que cada año desaparecen y se evaporan sin que el control y la policía prusianos consigan ponerles el casco. Es casi el 14% de los sujetos al servicio. De aquí se sigue que todas las trabas a la libertad de residencia que imperan en Prusia con el pretexto del control del servicio militar son completamente superfluas. La emigración real desde Prusia es notoriamente muy escasa y no guarda ninguna proporción con el número de reclutas evaporados. Estos casi 67.000 hombres tampoco emigran todos, ni mucho menos. La mayor parte se queda en el país o solo se va al extranjero por poco tiempo. En general, todas las medidas preventivas contra los que se sustraen al servicio militar son inútiles y, a lo sumo, empujan a emigrar. La masa de los jóvenes no puede emigrar de todos modos. Hágase cumplir después su servicio, como es debido y sin indulgencia, a los que se han sustraído a la incorporación, y no hará falta todo ese fárrago de vejaciones y papeleo, y se tendrán más reclutas que antes.

Por lo demás, para ir sobre seguro, solo daremos por probado lo que se desprende de la propia estadística del señor Von Roon, a saber, que, sin contar a los voluntarios de un año, pueden incorporarse cada año 85.000 jóvenes. Ahora bien, el efectivo del actual ejército de paz es de unos 210.000 hombres. Con un servicio de dos años, 85.000 hombres al año dan en total 170.000 hombres, a los que se añaden oficiales, suboficiales y reenganchados, de 25.000 a 35.000 hombres, lo que da en total de 195.000 a 205.000 hombres, y con los voluntarios de un año, de 202.000 a 212.000. Con un servicio de dos años en la infantería y la artillería de a pie (de la caballería hablaremos después), pueden, pues, incluso según la propia estadística del Gobierno, ponerse todos los cuadros del ejército reorganizado en su pleno efectivo de paz. Con una aplicación real del servicio militar obligatorio general se tendrían, con un servicio de dos años, con toda probabilidad 30.000 hombres más; así que, para no rebasar la cifra de 200.000 a 210.000 hombres, se podría licenciar a una parte de los hombres ya al cabo de un año o de año y medio. Un licenciamiento anticipado así, como premio al celo en el servicio, sería más útil a todo el ejército que seis meses más de servicio.

El pie de guerra quedaría como sigue: cuatro reemplazos del plan de reorganización, a 63.000 hombres cada uno, dan 252.000 reservistas. Tres reemplazos a 85.000 dan 255.000 reservistas. Es decir, un resultado sin duda tan favorable como el del plan de reorganización. (Como aquí solo se trata de la proporción, no importa que prescindamos por completo de las bajas de las clases de edad de la reserva.)

Aquí está el punto débil del plan de reorganización. Con la apariencia de volver al primitivo servicio militar obligatorio general, que ciertamente no puede subsistir sin una Landwehr como gran reserva del ejército, lo que hace más bien es dar un giro hacia el sistema de cuadros francés y austriaco, y con ello introduce en la constitución militar prusiana una inseguridad que tiene que tener las peores consecuencias. No se pueden mezclar los dos sistemas, no se pueden tener a la vez las ventajas de ambos. Es innegable, y nunca se ha discutido, que un sistema de cuadros con un largo tiempo de servicio y de presencia en filas ofrece grandes ventajas para el comienzo de la guerra. Los hombres se conocen mejor; incluso los que están de permiso, a los que el permiso se les concede casi siempre por periodos cortos, se consideran soldados durante todo el permiso y están siempre listos para que los llamen a las banderas —cosa que los reservistas prusianos no están, desde luego—; los batallones tienen así, sin duda, más consistencia cuando entran en fuego por primera vez. Contra esto hay que objetar que, si es esto lo que más se mira, lo mismo se puede adoptar el sistema inglés de diez años de servicio en filas; que a los franceses sus campañas de Argelia y las guerras de Crimea y de Italia les han sido sin duda mucho más útiles que el largo tiempo de servicio, y, por último, que con este sistema solo se puede instruir a una parte del material apto para las armas, es decir, que ni de lejos se ponen en acción todas las fuerzas de la nación. Además, la experiencia enseña que el soldado alemán se acostumbra muy fácilmente al fuego, y tres buenos combates, librados con suerte por lo menos variable, ponen a un batallón por lo demás bueno a la altura a la que lo pondría un año entero de servicio adicional. Para un Estado como Prusia, el sistema de cuadros es una imposibilidad. Con el sistema de cuadros, Prusia llegaría a un ejército de a lo sumo 300.000 a 400.000 hombres, con un efectivo de paz de 200.000. Pero eso es lo que necesita, para mantenerse como gran potencia, ya solo para que salga a campaña el primer ejército; es decir, para toda guerra seria necesita, con las guarniciones de las plazas fuertes, las tropas de reemplazo, etc., de 500.000 a 600.000 hombres. Si los 18 millones de prusianos han de poner en pie en la guerra un ejército aproximadamente tan numeroso como los 35 millones de franceses, los 34 millones de austriacos y los 60 millones de rusos, eso solo puede lograrse con el servicio obligatorio general, un tiempo de servicio corto pero intenso y una obligación de Landwehr relativamente larga. Con este sistema siempre habrá que sacrificar algo de la prontitud para el combate, e incluso de la eficacia en el combate, de la tropa en el primer momento de la guerra; el Estado y la política tendrán un carácter neutral, defensivo; pero también se podrá recordar que la ofensiva arrogante del sistema de cuadros llevó de Jena a Tilsit,11 y la modesta defensiva del sistema de Landwehr con servicio obligatorio general, del Katzbach a París.12 Por tanto: o conscripción y sustitución con siete u ocho años de servicio, de los que más o menos la mitad en filas, y después ninguna obligación de Landwehr; o servicio obligatorio general con cinco, a lo sumo seis años de servicio, de ellos dos en filas, y después obligación de Landwehr a la manera prusiana o suiza. Pero que la masa del pueblo tenga que soportar primero la carga del sistema de conscripción y después además la del sistema de Landwehr, eso no lo aguanta ninguna nación europea, ni siquiera los turcos, que sin embargo, en su barbarie guerrera, son los que más aguantan. Muchos hombres instruidos con un servicio corto y una obligación larga, o pocos con un servicio largo y una obligación corta: esa es la cuestión; pero hay que elegir lo uno o lo otro.

William Napier,13 que naturalmente declara que el soldado inglés es el primero del mundo, dice en su Historia de la guerra peninsular que el infante inglés está completamente instruido en todos los aspectos al cabo de tres años de servicio. Ahora bien, hay que saber que los elementos que componían el ejército inglés a comienzos de este siglo eran los más bajos de que se puede formar un ejército. El ejército inglés de hoy está formado por elementos mucho mejores, y también estos son todavía infinitamente peores, en el aspecto moral e intelectual, que los elementos del ejército prusiano. ¿Y lo que los oficiales ingleses consiguieron con aquella chusma en tres años no se iba a poder hacer en Prusia en dos años, con una materia prima de reclutas tan sumamente moldeable, en parte ya tan instruida y de entrada disciplinada moralmente?

Desde luego, el soldado tiene que aprender hoy más. Pero eso nunca se ha alegado en serio contra el servicio de dos años. Siempre se ha argumentado con la inculcación del verdadero espíritu militar, que solo surgiría en el tercer año de servicio. Si los señores hablan con franqueza, y si queremos prescindir de la mayor eficacia de los batallones que hemos admitido más arriba, este es mucho más un motivo político que militar. El verdadero espíritu militar ha de dar más pruebas de sí en el Düppel interior que en el exterior.14 Nunca hemos visto que el soldado prusiano aprendiera en el tercer año de servicio otra cosa que a aburrirse, a sacarles aguardiente a los reclutas y a hacer chistes malos sobre sus superiores. Si la mayoría de nuestros oficiales hubiera servido aunque fuera un año como soldados rasos o suboficiales, esto no habría podido escapárseles. El «verdadero espíritu militar», en la medida en que es de naturaleza política, se va al diablo, según enseña la experiencia, y muy deprisa, y para no volver nunca. El militar se queda, también tras dos años de servicio.

Dos años de servicio bastan, pues, plenamente a nuestros soldados para instruirlos en el servicio de infantería. Desde que la artillería de campaña está separada de la artillería de plaza, lo mismo vale para la artillería de a pie; las dificultades aisladas que puedan presentarse aquí podrán superarse, sea con una división del trabajo todavía mayor, sea con la simplificación, de todos modos deseable, del material de la artillería de campaña. Tampoco tropezaría con dificultades una mayor incorporación de reenganchados; pero precisamente en el ejército prusiano esta clase de gente no está nada bien vista, a menos que sirvan para suboficiales: ¡qué testimonio contra el servicio largo! Solo en la artillería de plaza, con su material tan sumamente variado, y en los ingenieros, con sus múltiples ramas de trabajo, que nunca pueden separarse del todo, serán valiosos los reenganchados inteligentes, pero también escasos.

La artillería a caballo necesitará el tiempo de servicio de la caballería. En cuanto a la caballería, una caballería nata solo necesita un servicio corto; una caballería formada a fuerza de instrucción, en cambio, necesita sin falta un servicio largo. Tenemos poca caballería nata y por eso necesitamos sin duda el servicio de cuatro años del plan de reorganización. La caballería tiene como única forma verdadera de combate la carga cerrada con el arma blanca, para la que hace falta el más alto valor y la más plena confianza de los hombres entre sí. Los hombres tienen que saber, pues, que pueden fiarse unos de otros y de sus jefes. Para eso hace falta un servicio largo. Pero sin la confianza del jinete en su caballo la caballería tampoco sirve de nada; el hombre tiene que saber montar, y para poder adquirir esa seguridad en el dominio del caballo —es decir, de prácticamente cualquier caballo que se le asigne— también hace falta un servicio largo. En esta arma son sin duda deseables los reenganchados, y cuanto más auténticos lansquenetes, mejor, con tal de que les guste el oficio. Desde el lado de la oposición se nos reprochará que eso es crear una caballería de puros mercenarios, dispuesta a prestarse a cualquier golpe de Estado. Respondemos: puede ser. Pero en las circunstancias existentes la caballería siempre será reaccionaria (compárense los dragones badenses de 1849), lo mismo que la artillería siempre será liberal. Está en la naturaleza de las cosas. Unos cuantos reenganchados más o menos no cambian nada. Y en la lucha de barricadas la caballería no sirve de nada; pero hoy en día es la lucha de barricadas en las grandes ciudades, y sobre todo la actitud de la infantería y de la artillería en ella, lo que decide la suerte de todos los golpes de Estado.

Ahora bien, además del aumento de los reenganchados, hay otros medios de elevar la capacidad de combate y la cohesión interna de un ejército con servicio corto. Entre ellos están, entre otros, los campamentos de instrucción, que el propio ministro de la Guerra, Von Roon, ha señalado como un medio de compensar el servicio más corto. Además, una organización racional de la instrucción, y en este aspecto queda todavía muchísimo por hacer en Prusia. Toda la superstición según la cual, con un servicio corto, la exagerada precisión del paso de desfile, la instrucción «tiesa» y el ridículo levantar las piernas —«libre desde la articulación de la cadera», como para abrirle un agujero a la naturaleza— serían necesarios para compensar el servicio corto, toda esta superstición descansa en pura exageración. En el ejército prusiano se lo han estado repitiendo tanto tiempo que al final se ha convertido en un axioma indudable. ¿Qué ventaja hay en que los hombres, en el manejo del arma, se golpeen el hombro con el fusil con tal vehemencia que casi se caen, y en que, sin embargo, recorra todo el frente una sacudida de lo más impropia de soldados, como no se ve en ningún otro ejército? Por último, como equivalente del servicio abreviado —y como el más esencial— hay que considerar una mejor educación física de la juventud. Solo que entonces hay que procurar también que se haga realmente algo. Es cierto que en todas las escuelas de pueblo se han instalado paralelas y barra fija, pero con eso nuestros pobres maestros de escuela todavía pueden hacer poco. Póngase en cada distrito por lo menos a un suboficial licenciado que se capacite como profesor de gimnasia y désele la dirección de la enseñanza de la gimnasia; procúrese que, con el tiempo, se enseñe a los escolares a marchar en formación, los movimientos de una sección y de una compañía y el conocimiento de las voces de mando correspondientes. En seis u ocho años se verá uno ampliamente recompensado y tendrá más reclutas, y más fuertes.

En la crítica que precede del plan de reorganización nos hemos atenido, como se ha dicho, únicamente a las circunstancias políticas y militares realmente existentes. Entre ellas está el supuesto de que, en las circunstancias actuales, fijar por ley el servicio de dos años para la infantería y la artillería de a pie era la mayor reducción del servicio que se podía alcanzar. Somos incluso de la opinión de que un Estado como Prusia, gobierne el partido que gobierne, cometería la mayor de las torpezas si redujera todavía más, en este momento, el servicio normal. Mientras se tenga al ejército francés de un lado y al ruso del otro, y la posibilidad de un ataque combinado de los dos a la vez, se necesitan tropas que no tengan que aprender ante el enemigo los primeros elementos de la escuela de guerra. Por eso no tenemos en cuenta para nada las fantasías de un ejército de milicias sin, por así decirlo, ningún tiempo de servicio; tal como se la imagina, la cosa es hoy imposible para un país de 18 millones de habitantes y fronteras muy expuestas, e incluso en otras circunstancias no sería posible de esa manera.

Después de todo lo que precede: ¿eran aceptables los rasgos fundamentales del plan de reorganización para una Cámara de Diputados que se sitúe en el punto de vista prusiano? Decimos, por razones militares y políticas: el aumento de los cuadros en la forma en que se llevó a cabo, el refuerzo del ejército de paz hasta 180.000 o 200.000 hombres, el paso de la Landwehr del primer llamamiento a la gran reserva del ejército o segundo ejército de campaña, o bien a guarnición de las plazas, eran aceptables con la condición de que se aplicara estrictamente el servicio militar obligatorio general, de que se fijara por ley el tiempo de servicio en dos años en filas, tres en la reserva y en la Landwehr hasta los 36 años, y, por último, de que se restablecieran los cuadros de la Landwehr del primer llamamiento. ¿Era posible obtener estas condiciones? Pocos de los que han seguido los debates negarán que con la «Nueva Era»,15 y quizá incluso más tarde, era posible. ¿Cómo se comportó entonces la oposición burguesa?

II

La burguesía prusiana, que, como la parte más desarrollada de toda la burguesía alemana, tiene aquí derecho a representarla también a ella, va tirando en su existencia política con una falta de valor que no tiene igual en la historia, ni siquiera en la de esta clase tan poco valerosa, y que solo en cierta medida disculpan los acontecimientos exteriores simultáneos. En marzo y abril de 1848 tenía la sartén por el mango; pero, apenas empezaron los primeros movimientos independientes de la clase obrera, la burguesía se asustó enseguida y volvió a refugiarse bajo la protección de la misma burocracia y de la misma nobleza feudal a las que acababa de vencer con ayuda de los obreros. El periodo de Manteuffel16 fue la consecuencia inevitable. Por fin llegó, sin intervención de la oposición burguesa, la «Nueva Era». Aquel golpe de suerte inesperado les hizo perder la cabeza a los burgueses. Olvidaron por completo la posición que ellos mismos se habían creado con sus repetidas revisiones de la Constitución, con su sometimiento a la burocracia y a los feudales (hasta el restablecimiento de los estamentos feudales de provincia y de distrito)17 y con su continuo retroceder de posición en posición. Creyeron tener otra vez la sartén por el mango y olvidaron por completo que ellos mismos habían restablecido todos los poderes que les eran hostiles, y que estos, fortalecidos desde entonces, tenían en sus manos, exactamente como antes de 1848, el poder real del Estado. Y entonces les cayó en medio, como una bomba encendida, la reorganización del ejército.

La burguesía solo tiene dos caminos para procurarse el poder político. Como es un ejército de oficiales sin soldados y estos soldados solo puede sacarlos de los obreros, o se asegura la alianza de los obreros o tiene que comprar pieza a pieza el poder político a los poderes que tiene por encima, sobre todo a la monarquía. La historia de la burguesía inglesa y de la francesa muestra que no hay otro camino.

Ahora bien, la burguesía prusiana había perdido —y sin motivo alguno— todo deseo de cerrar una alianza sincera con los obreros. En 1848 el partido obrero alemán, todavía entonces en los comienzos de su desarrollo y de su organización, estaba dispuesto a hacerle el trabajo a la burguesía por condiciones muy módicas; pero esta temía el menor movimiento independiente del proletariado más que a la nobleza feudal y a la burocracia. La tranquilidad comprada al precio de la servidumbre le parecía más deseable que incluso la mera perspectiva de la lucha con la libertad. Desde entonces este santo terror ante los obreros se había vuelto tradicional entre los burgueses, hasta que por fin el señor Schulze-Delitzsch empezó su agitación de las huchas.18 Esta agitación debía demostrar a los obreros que no podían tener mayor dicha que la de ser explotados industrialmente por la burguesía toda su vida, e incluso en sus descendientes; más aún, que ellos mismos tenían que contribuir a esa explotación, procurándose con toda clase de asociaciones industriales un ingreso suplementario y dando así a los capitalistas la posibilidad de rebajar el salario. Aunque la burguesía industrial es sin duda, junto con los tenientes de caballería, la clase más inculta de la nación alemana, en un pueblo tan desarrollado intelectualmente como el alemán semejante agitación no tenía de entrada ninguna perspectiva de éxito duradero. Las cabezas más lúcidas de la propia burguesía tuvieron que comprender que de ahí no podía salir nada, y la alianza con los obreros volvió a fracasar.

Quedaba el regateo con el Gobierno por el poder político, pagado con dinero contante, del bolsillo del pueblo, naturalmente. El poder real de la burguesía en el Estado consistía solo en el derecho, y además muy lleno de cláusulas, de aprobar los impuestos. Aquí, pues, había que aplicar la palanca, y una clase que tan magníficamente entendía de regatear tenía que llevar aquí sin duda ventaja.

Pues no. La oposición burguesa prusiana —en todo lo contrario, sobre todo, de la burguesía clásica de Inglaterra en los siglos XVII y XVIII— entendió la cosa así: arrancar poder regateando sin pagar dinero por él.

Desde el punto de vista puramente burgués, y teniendo plenamente en cuenta las circunstancias en que se presentó la reorganización del ejército, ¿cuál era entonces la política correcta de la oposición burguesa? Si conocía sus fuerzas, tenía que saber que ella, a la que se acababa de sacar de la humillación de la época de Manteuffel, y en verdad sin intervención suya, no tenía desde luego el poder de impedir la aplicación de hecho del plan, que, por lo demás, se puso en práctica. Tenía que saber que con cada legislatura transcurrida sin fruto la nueva institución, existente de hecho, sería más difícil de suprimir; que, por tanto, el Gobierno ofrecería de año en año menos para obtener la aprobación de la Cámara. Tenía que saber que estaba todavía muy lejos de poder nombrar y destituir ministros, y que, por tanto, cuanto más durara el conflicto, menos inclinados a compromisos serían los ministros que tendría enfrente. Tenía que saber, por último, que era ante todo interés suyo no llevar las cosas al extremo. Porque un conflicto serio con el Gobierno, dado el grado de desarrollo de los obreros alemanes, tenía que dar vida necesariamente a un movimiento obrero independiente y poner así de nuevo a la burguesía, en el caso extremo, ante el dilema: o una alianza con los obreros, pero esta vez en condiciones mucho más desfavorables que en 1848, o de rodillas ante el Gobierno y: pater, peccavi!19

La burguesía liberal y progresista tenía, pues, que someter la reorganización del ejército, junto con el aumento del efectivo de paz, inseparable de ella, a un examen objetivo y sin prejuicios, con el que probablemente habría llegado más o menos a los mismos resultados que nosotros. Al hacerlo, no debía olvidar que no podía impedir la introducción provisional de la novedad y que solo podía retrasar su establecimiento definitivo, mientras el plan contuviera tantos elementos acertados y aprovechables. Tenía, pues, ante todo, que guardarse de ponerse de entrada en una posición directamente hostil a la reorganización; tenía, al contrario, que aprovechar esta reorganización y el dinero que había que aprobar para ella para comprarle a la «Nueva Era» a cambio el mayor número posible de contrapartidas, para convertir los 9 o 10 millones de nuevos impuestos en el mayor poder político posible para sí misma.

¡Y cuánto quedaba todavía por hacer! Estaba toda la legislación de Manteuffel sobre la prensa y el derecho de asociación; estaba todo el poder de la policía y de los funcionarios, heredado sin cambios de la monarquía absoluta; la eliminación de los tribunales mediante los conflictos de competencia;20 los estamentos de provincia y de distrito; sobre todo, la interpretación de la Constitución que imperaba con Manteuffel, frente a la cual había que establecer una nueva práctica constitucional; el ahogo de la autonomía municipal por la burocracia; y cien cosas más que cualquier otra burguesía en la misma situación habría comprado con gusto con un aumento de impuestos de ½ tálero por cabeza y que se podían obtener todas con tal de proceder con un mínimo de habilidad. Pero la oposición burguesa pensaba de otro modo. En lo que toca a la libertad de prensa, de asociación y de reunión, las leyes de Manteuffel habían fijado justamente la medida en la que los burgueses se sentían a gusto. Podían manifestarse suavemente contra el Gobierno sin que nadie se lo impidiera; cada aumento de la libertad les traía menos ventaja que a los obreros, y antes que dar a los obreros libertad para un movimiento independiente, la burguesía prefería soportar un poco más de coacción por parte del Gobierno. Lo mismo ocurría con la limitación del poder de la policía y de los funcionarios. La burguesía creía haberse sometido ya la burocracia gracias al ministerio de la «Nueva Era», y veía con gusto que esa burocracia conservara las manos libres contra los obreros. Olvidó por completo que la burocracia era mucho más fuerte y más vigorosa que cualquier ministerio amigo de los burgueses. Y además se figuró que con la caída de Manteuffel había llegado el reino milenario de los burgueses y que ya solo se trataba de recoger la cosecha madura del dominio exclusivo de la burguesía sin pagar por ella un céntimo.

Pero ¡tanto dinero que aprobar, cuando ya los pocos años transcurridos desde 1848 habían costado tanto dinero y habían aumentado tanto la deuda pública y los impuestos! Señores míos, ustedes son los diputados del Estado constitucional más joven del mundo, ¿y no saben que el constitucionalismo es la forma de gobierno más cara del mundo? ¿Casi más cara aún que el bonapartismo, que —après moi le déluge—21 cubre las viejas deudas con otras siempre nuevas y descuenta así en diez años los recursos de un siglo? Los tiempos dorados del absolutismo maniatado, que todavía siguen teniendo ustedes ante los ojos, no volverán jamás.

Pero ¿y las cláusulas constitucionales sobre la continuación de la recaudación de los impuestos una vez aprobados?22 Todo el mundo sabe lo apocada que era la «Nueva Era» al pedir dinero. Con incluir en el presupuesto ordinario, a cambio de contraconcesiones bien garantizadas, los gastos de la reorganización, todavía se cedía poco. Se trataba de aprobar nuevos impuestos con los que cubrir esos gastos. Aquí se podía escatimar, y para eso no se podía desear mejor ministerio que el de la Nueva Era.

Se seguía teniendo la sartén por el mango en la medida en que se la tenía antes, y se habrían conquistado nuevos medios de poder en otros terrenos. Pero ¿y el fortalecimiento de la reacción si se duplicaba su principal instrumento, el ejército? Este es un terreno en el que los burgueses del Progreso caen en los conflictos más insolubles consigo mismos. Exigen a Prusia que desempeñe el papel del Piamonte alemán.23 Para eso hace falta un ejército fuerte y listo para el combate. Tienen un ministerio de la Nueva Era que en el fondo comparte esas mismas opiniones, el mejor ministerio que, dadas las circunstancias, pueden tener. Y a ese ministerio le niegan el ejército reforzado. Tienen en la boca todos los días, de la mañana a la noche, la gloria de Prusia, la grandeza de Prusia, el despliegue del poder de Prusia; pero le niegan a Prusia un refuerzo del ejército que no hace más que guardar la debida proporción con el que las demás grandes potencias han introducido en sus países desde 1814. ¿Por qué todo esto? Porque temen que ese refuerzo solo beneficie a la reacción, que realce a la decaída nobleza de los oficiales y que dé en general al partido feudal y burocrático-absolutista el poder de enterrar todo el constitucionalismo con un golpe de Estado.

Concedamos que los burgueses del Progreso tenían razón en no querer fortalecer a la reacción, y que el ejército era el reducto más seguro de la reacción. Pero ¿hubo jamás mejor ocasión de poner el ejército bajo el control de la Cámara que precisamente esta reorganización, propuesta por el ministerio más amigo de los burgueses que había conocido Prusia en tiempos tranquilos? En cuanto se declarara uno dispuesto a aprobar el refuerzo del ejército con ciertas condiciones, ¿no era precisamente entonces posible poner en claro lo de las escuelas de cadetes, la preferencia por la nobleza y todos los demás motivos de queja, y obtener garantías que dieran al cuerpo de oficiales un carácter más burgués? La «Nueva Era» solo tenía clara una cosa: que el refuerzo del ejército tenía que imponerse. Los rodeos con que hizo pasar de contrabando la reorganización probaban del mejor modo su mala conciencia y su miedo a los diputados. Aquí había que agarrar la ocasión con las dos manos; una oportunidad así para la burguesía no volvería a presentarse en cien años. ¡Cuántas cosas de detalle no se le podían arrancar a este ministerio si los burgueses del Progreso hubieran encarado el asunto no con mezquindad, sino como grandes especuladores!

¡Y no digamos las consecuencias prácticas de la reorganización sobre el propio cuerpo de oficiales! Había que encontrar oficiales para el doble de batallones. Las escuelas de cadetes ya no bastaban ni de lejos. Se fue más liberal que nunca antes en tiempo de paz; se ofrecían directamente los puestos de teniente como premio a estudiantes, pasantes de juzgado24 y a todos los jóvenes instruidos. Quien volvió a ver el ejército prusiano después de la reorganización ya no reconocía al cuerpo de oficiales. No hablamos de oídas, sino por haberlo visto con nuestros propios ojos. El dialecto específico de los tenientes había quedado relegado, los oficiales más jóvenes hablaban su lengua materna natural, no pertenecían en absoluto a una casta cerrada, sino que representaban más que nunca desde 1815 a todas las clases instruidas y a todas las provincias del Estado. Aquí, pues, la posición ya estaba ganada por la necesidad de los acontecimientos; solo se trataba de mantenerla y aprovecharla. En lugar de eso, los burgueses del Progreso ignoraron todo esto y siguieron hablando como si todos estos oficiales fueran cadetes nobles. Y, sin embargo, desde 1815 nunca había habido en Prusia tantos oficiales burgueses como precisamente ahora.

Dicho sea de paso, atribuimos sobre todo a esta infusión de sangre fresca la desenvoltura con que los oficiales prusianos se comportaron ante el enemigo en la guerra de Schleswig-Holstein. La vieja clase de oficiales subalternos por sí sola no se habría atrevido a actuar tantas veces bajo su propia responsabilidad. En este aspecto tiene razón el Gobierno cuando atribuye a la reorganización una influencia esencial en la «elegancia» de los éxitos; en qué otro aspecto la reorganización resultó terrible para los daneses, no lo vemos.

Por último, el punto principal: ¿se facilita un golpe de Estado reforzando el ejército de paz? Es completamente cierto que los ejércitos son los instrumentos con los que se dan los golpes de Estado, y que, por tanto, todo refuerzo del ejército aumenta también la viabilidad de un golpe de Estado. Pero la fuerza del ejército necesaria para un gran Estado no se rige por las mayores o menores perspectivas de golpes de Estado, sino por el tamaño de los ejércitos de los demás grandes Estados. Quien dice A tiene que decir también B. Si uno acepta un mandato de diputado prusiano, si inscribe en su bandera la grandeza de Prusia y su posición de potencia europea, tiene también que consentir que se creen los medios sin los cuales no se puede hablar de la grandeza ni de la posición de potencia de Prusia. Si estos medios no pueden crearse sin facilitar los golpes de Estado, tanto peor para los señores del Progreso. Si en 1848 no se hubieran comportado con tanta cobardía y torpeza ridículas, la época de los golpes de Estado habría terminado probablemente hace mucho. Pero, en las circunstancias dadas, no les queda más remedio que reconocer al final, de una forma u otra, el refuerzo del ejército y guardarse para sí sus escrúpulos sobre golpes de Estado.

Con todo, el asunto tiene aún otras caras. En primer lugar, siempre era más aconsejable negociar la aprobación de este instrumento de golpe de Estado con un ministerio de la «Nueva Era» que con un ministerio Bismarck. En segundo lugar, cada nuevo paso hacia la aplicación real del servicio militar obligatorio general hace, evidentemente, que el ejército prusiano sea un instrumento menos apto para los golpes de Estado. En cuanto el anhelo de autogobierno y la necesidad de luchar contra todos los elementos que se le oponen hubieran calado en toda la masa del pueblo, también los jóvenes de 20 y 21 años tendrían que verse arrastrados por el movimiento, y aun con oficiales feudales y absolutistas sería cada vez más difícil dar con ellos un golpe de Estado. Cuanto más avance la formación política en el país, más desafecto será el estado de ánimo de los reclutas incorporados. La lucha actual entre el Gobierno y la burguesía ya tiene que haber dado pruebas de ello.

En tercer lugar, el servicio de dos años es un contrapeso suficiente del aumento del ejército. En la misma medida en que el refuerzo del ejército aumenta los medios materiales del Gobierno para los golpes de fuerza, el servicio de dos años disminuye los medios morales para ellos. En el tercer año de servicio, el machaconeo constante de doctrinas absolutistas y el hábito de obedecer pueden dar algún fruto entre los soldados, momentáneamente y mientras dura el servicio. En el tercer año de servicio, cuando el soldado individual ya no tiene casi nada que aprender de lo militar, nuestro recluta del servicio obligatorio general se acerca ya en cierta medida al soldado enrolado por largos años del sistema francés y austriaco. Adquiere algo del soldado profesional, y como tal es en todos los casos mucho más fácil de emplear que el soldado más joven. Si se parte del punto de vista del golpe de Estado, retirar a los hombres del tercer año de servicio compensaría sin duda la incorporación de 60.000 a 80.000 hombres más.

Pero a esto se añade todavía otro punto, y es el decisivo. No queremos negar que podrían darse circunstancias —conocemos demasiado bien a nuestra burguesía para negarlo— en las que, aun sin movilización, con el simple efectivo de paz del ejército, un golpe de Estado sería, pese a todo, posible. Pero no es probable. Para dar un gran golpe habrá que movilizar casi siempre. Y ahí se produce el viraje. El ejército de paz prusiano puede llegar, en determinadas circunstancias, a ser un puro instrumento en manos del Gobierno para su empleo en el interior; el ejército de guerra prusiano, nunca. Quien haya tenido ocasión de ver un batallón primero en pie de paz y luego en pie de guerra conoce la enorme diferencia en toda la actitud de los hombres, en el carácter de toda la masa. Los hombres que entraron en el ejército medio niños vuelven ahora a él como hombres; traen consigo una provisión de respeto de sí mismos, confianza en sí mismos, seguridad y carácter que beneficia a todo el batallón. La relación de los hombres con los oficiales y de los oficiales con los hombres cambia enseguida. El batallón gana muchísimo desde el punto de vista militar, pero políticamente se vuelve —para fines absolutistas— completamente inseguro. Esto se pudo ver todavía en la entrada en Schleswig, donde, para gran asombro de los corresponsales de los periódicos ingleses, los soldados prusianos tomaban parte abiertamente en todas partes en las manifestaciones políticas y expresaban sin reparo sus opiniones, nada ortodoxas. Y este resultado —el ejército movilizado echado a perder políticamente para fines absolutistas— se lo debemos sobre todo a la época de Manteuffel y a la «novísima» era.25 En 1848 todavía era muy distinto.

Esta es precisamente una de las mejores caras de la constitución militar prusiana, antes como después de la reorganización: que con esta constitución militar Prusia no puede hacer una guerra impopular ni dar un golpe de Estado que prometa durar. Porque, aunque el ejército de paz se dejara usar para un pequeño golpe de Estado, la primera movilización y el primer peligro de guerra bastarían para volver a poner en entredicho todas las «conquistas». Sin la ratificación del ejército de guerra, las hazañas del ejército de paz en el «Düppel interior» solo tendrían una importancia pasajera, y esa ratificación será cada vez más difícil de obtener. Los periódicos reaccionarios, frente a las Cámaras, han declarado que el «ejército» es la verdadera representación del pueblo. Con ello, naturalmente, solo se referían a los oficiales. Si alguna vez se llegara a que los señores de la Kreuz-Zeitung26 dieran un golpe de Estado para el que necesitaran el ejército movilizado, se llevarían la sorpresa de su vida con esta representación del pueblo, pueden estar seguros.

Pero, a fin de cuentas, tampoco está ahí la principal garantía contra el golpe de Estado. Está en que ningún Gobierno puede reunir mediante un golpe de Estado una Cámara que le apruebe nuevos impuestos y empréstitos, y en que, aun cuando consiguiera una Cámara dispuesta a ello, ningún banquero de Europa le daría crédito sobre la base de tales acuerdos de la Cámara. En la mayoría de los Estados europeos sería distinto. Pero Prusia, desde las promesas de 1815 y las muchas maniobras inútiles para obtener dinero hasta 1848, tiene fama de que no se le puede prestar un céntimo sin un acuerdo de la Cámara jurídicamente válido e intachable. Ni siquiera el señor Raphael von Erlanger,27 que, sin embargo, ha prestado a los confederados norteamericanos, confiaría dinero contante a un Gobierno prusiano salido de un golpe de Estado. Esto se lo debe Prusia única y exclusivamente a la cerrazón del absolutismo.

En esto está la fuerza de la burguesía: en que el Gobierno, cuando le falta el dinero —y tarde o temprano le faltará sin duda—, se ve obligado a dirigirse él mismo a la burguesía para pedírselo, y esta vez no a la representación política de la burguesía, que a fin de cuentas sabe que está para pagar, sino a la alta finanza, que quiere hacer un buen negocio con el Gobierno, que mide la solvencia de un Gobierno con el mismo rasero que la de cualquier particular y a la que le es totalmente indiferente que el Estado prusiano necesite muchos o pocos soldados. Estos señores solo descuentan letras con tres firmas, y si junto al Gobierno solo ha firmado la Cámara de los Señores, sin la Cámara de Diputados, o una Cámara de Diputados de testaferros, lo consideran un caso de letras de favor y dan las gracias por el negocio.

Aquí termina la cuestión militar y empieza la cuestión constitucional. No importa por qué errores y complicaciones: la oposición burguesa se ha visto empujada ya a esta posición. Tiene que sacar adelante la lucha en la cuestión militar o pierde el resto de poder político que todavía tiene. El Gobierno ya ha puesto en entredicho todo el derecho de la Cámara a aprobar el presupuesto. Y si el Gobierno, tarde o temprano, tiene que hacer las paces con la Cámara, ¿no es la mejor política, sencillamente, aguantar hasta que llegue ese momento?

Una vez que el conflicto ha llegado tan lejos, sin duda que sí. Si con este Gobierno se puede cerrar un acuerdo sobre bases aceptables es más que dudoso. Por sobrestimar sus propias fuerzas, la burguesía se ha puesto en la situación de tener que comprobar con esta cuestión militar si es el factor decisivo en el Estado o no es nada. Si vence, conquista a la vez el poder de destituir y nombrar ministros, como lo tiene la Cámara de los Comunes inglesa. Si sucumbe, nunca más llegará por vía constitucional a tener importancia alguna.

Pero conoce mal a nuestros burgueses alemanes quien opine que cabe esperar de ellos semejante perseverancia. El valor de la burguesía en las cosas políticas guarda siempre una proporción exacta con la importancia que tiene en la sociedad burguesa del país de que se trate. En Alemania el poder social de la burguesía es mucho menor que en Inglaterra, e incluso que en Francia; ni se ha aliado con la vieja aristocracia, como en Inglaterra, ni la ha aniquilado con ayuda de los campesinos y los obreros, como en Francia. La aristocracia feudal sigue siendo en Alemania un poder, un poder hostil a la burguesía y además aliado con los Gobiernos. La industria fabril, base de todo el poder social de la burguesía moderna, está en Alemania mucho menos desarrollada que en Francia y en Inglaterra, por enormes que sean sus progresos desde 1848. Las colosales acumulaciones de capital en algunos estamentos,28 que en Inglaterra, e incluso en Francia, son frecuentes, son más raras en Alemania. De ahí el carácter pequeñoburgués de toda nuestra burguesía. Las condiciones en que vive, los horizontes que puede formarse, son de índole mezquina; ¡qué tiene de extraño que toda su manera de pensar sea igual de mezquina! ¿De dónde va a salirle el valor para llevar una lucha hasta el final? La burguesía prusiana sabe muy bien en qué dependencia del Gobierno se encuentra para su propia actividad industrial. Las concesiones y el control administrativo pesan sobre ella como una pesadilla. En cada nueva empresa el Gobierno puede ponerle dificultades. ¡Y no digamos en el terreno político! Durante el conflicto por la cuestión militar, la Cámara burguesa solo puede actuar negando, está reducida a la pura defensiva; entretanto, el Gobierno ataca, interpreta la Constitución a su manera, sanciona a los funcionarios liberales, anula las elecciones municipales liberales, mueve todas las palancas del poder burocrático para que los burgueses vean clara su condición de súbditos, toma de hecho una posición tras otra y se conquista así una posición como no la tuvo ni el propio Manteuffel. Entretanto, el gastar dinero y recaudar impuestos sin presupuesto sigue tranquilamente su curso, y la reorganización del ejército gana nueva fuerza con cada año que pasa. En una palabra, la victoria final de la burguesía que se vislumbra adquiere de año en año un carácter más revolucionario, y las victorias de detalle del Gobierno en todos los terrenos, que se multiplican cada día, adquieren cada vez más la forma de hechos consumados. A esto se añade un movimiento obrero completamente independiente de la burguesía y del Gobierno, que obliga a la burguesía o a hacer a los obreros concesiones muy enojosas o a prepararse para tener que actuar sin los obreros en el momento decisivo. ¿Tendrá la burguesía prusiana, en estas circunstancias, el valor de aguantar hasta el final? Tendría que haber mejorado asombrosamente desde 1848 —en su propio sentido—, y las ansias de compromiso que suspiran a diario en el Partido Progresista desde la apertura de esta legislatura no apuntan en esa dirección. Nos tememos que la burguesía tampoco esta vez tendrá reparo en traicionarse a sí misma.

III

«¿Cuál es, pues, la posición del partido obrero ante esta reorganización del ejército y ante el conflicto surgido de ella entre el Gobierno y la oposición burguesa?»

La clase trabajadora necesita, para el pleno despliegue de su actividad política, un campo mucho mayor que el que ofrecen los Estados sueltos de la Alemania fragmentada de hoy. La multitud de Estados será para el proletariado un obstáculo para su movimiento, pero nunca una existencia legítima, un objeto de reflexión seria. El proletariado alemán nunca se ocupará de constituciones del Imperio, de jefaturas prusianas, de tríadas29 y cosas por el estilo, como no sea para acabar con ellas; la cuestión de cuántos soldados necesita el Estado prusiano para seguir vegetando como gran potencia le es indiferente. Que la carga militar aumente o no algo con la reorganización le importará poco a la clase obrera como clase. En cambio, no le es en absoluto indiferente que el servicio militar obligatorio general se aplique o no por completo. Cuantos más obreros se instruyan en el manejo de las armas, mejor. El servicio militar obligatorio general es el complemento necesario y natural del sufragio universal; pone a los votantes en condiciones de imponer sus decisiones con las armas en la mano contra toda tentativa de golpe de Estado.

La aplicación cada vez más consecuente del servicio militar obligatorio general es el único punto que interesa a la clase obrera de Alemania en la reorganización prusiana del ejército.

Más importante es la cuestión de qué posición debe tomar el partido obrero en el conflicto entre el Gobierno y la Cámara surgido de la reorganización.

El obrero moderno, el proletario, es un producto de la gran revolución industrial que, sobre todo en los últimos cien años, ha trastocado por completo en todos los países civilizados todo el modo de producción, primero de la industria y luego también de la agricultura, y a consecuencia de la cual solo participan ya en la producción dos clases: la de los capitalistas, que poseen los instrumentos de trabajo, las materias primas y los medios de subsistencia, y la de los obreros, que no poseen ni instrumentos de trabajo, ni materias primas, ni medios de subsistencia, sino que tienen que comprar estos últimos a los capitalistas con su trabajo. El proletario moderno, pues, solo tiene que vérselas directamente con una clase social que se le enfrenta como enemiga y lo explota: con la clase de los capitalistas, de los burgueses. En los países donde esta revolución industrial se ha llevado a cabo por completo, como en Inglaterra, el obrero solo tiene que vérselas, en efecto, con capitalistas, pues también en el campo el gran arrendatario no es más que un capitalista; el aristócrata, que no hace más que consumir la renta de la tierra de sus fincas, no tiene absolutamente ningún punto de contacto social con el obrero.

Otra cosa ocurre en los países donde esta revolución industrial está todavía en curso, como en Alemania. Aquí han quedado todavía, de las antiguas condiciones feudales y posfeudales, un montón de elementos sociales que, por así decirlo, enturbian el medio social (medium) y quitan a la situación social de Alemania ese carácter sencillo, claro, clásico, que distingue el grado de desarrollo de Inglaterra. Aquí encontramos, en una atmósfera que se moderniza cada día más y entre capitalistas y obreros completamente modernos, los más asombrosos fósiles antediluvianos paseándose vivos: señores feudales, jurisdicciones patrimoniales,30 hidalgüelos rurales, apaleamientos, consejeros de Gobierno, Landräte,31 gremios, conflictos de competencia, potestad sancionadora de la administración, etc. Y encontramos que, en la lucha por el poder político, todos estos fósiles vivientes se coaligan contra la burguesía, que, como la clase más poderosa de la nueva época por su riqueza, les exige en nombre de la nueva época el dominio político.

Además de la burguesía y del proletariado, la gran industria moderna produce todavía una especie de clase intermedia entre ambas, la pequeña burguesía. Esta se compone en parte de los restos de la antigua burguesía de villa,32 medio medieval, y en parte de obreros que han prosperado un poco. Encuentra su posición menos en la producción que en la distribución de las mercancías; el comercio al por menor es su ramo principal. Mientras que la antigua burguesía de villa era la clase más estable de la sociedad, la pequeña burguesía moderna es la más variable; la quiebra se ha convertido en ella en una institución. Por su pequeña propiedad de capital participa de las condiciones de vida de la burguesía; por la inseguridad de su existencia, de las del proletariado. Tan contradictoria como su existencia social es su posición política; en general, sin embargo, la «democracia pura» es su expresión más correcta. Su vocación política consiste en empujar a la burguesía en su lucha contra los restos de la vieja sociedad, y sobre todo contra su propia debilidad y cobardía, y en ayudar a conquistar aquellas libertades —libertad de prensa, libertad de asociación y de reunión, sufragio universal, autogobierno local— sin las cuales, pese a su naturaleza burguesa, una burguesía apocada puede arreglárselas muy bien, pero sin las cuales los obreros no pueden conquistar nunca su emancipación.

En el curso de la lucha entre los restos de la vieja sociedad antediluviana y la burguesía llega en todas partes, en algún momento, el instante en que los dos contendientes se dirigen al proletariado y solicitan su apoyo. Este momento suele coincidir con aquel en que la propia clase obrera empieza a moverse. Los representantes feudales y burocráticos de la sociedad que se hunde llaman a los obreros a arremeter con ellos contra los chupadores de sangre, los capitalistas, los únicos enemigos del obrero; los burgueses hacen ver a los obreros que unos y otros juntos representan la nueva época social y que, por tanto, tienen en todo caso el mismo interés frente a la vieja forma social que se hunde. Por esa época la clase obrera va tomando conciencia de que es una clase propia, con intereses propios y con un futuro propio e independiente; y con ello llega la cuestión que se ha planteado sucesivamente en Inglaterra, en Francia y en Alemania: ¿qué posición debe tomar el partido obrero frente a los contendientes?

Esto dependerá sobre todo de qué fines persigue en interés de la clase el partido obrero, es decir, la parte de la clase trabajadora que ha llegado a la conciencia de los intereses comunes de la clase.

Hasta donde se sabe, los obreros más avanzados de Alemania plantean la reivindicación siguiente: emancipación de los obreros respecto de los capitalistas mediante la transferencia de capital del Estado a obreros asociados, para llevar la producción por cuenta común y sin capitalistas; y, como medio para conseguir este fin, conquista del poder político mediante el sufragio universal directo.33

Ahora bien, algo está claro: ni el partido feudal-burocrático, al que se suele llamar sin más la reacción, ni el partido burgués liberal-radical estarán dispuestos a conceder voluntariamente estas reivindicaciones. Pero el proletariado se convierte en un poder desde el momento en que se forma un partido obrero independiente, y con un poder hay que contar. Los dos partidos enemigos lo saben y estarán, por tanto, dispuestos, en el momento dado, a hacer a los obreros concesiones aparentes o reales. ¿De qué lado pueden obtener los obreros las mayores concesiones?

Al partido reaccionario ya la mera existencia de burgueses y proletarios le es una espina clavada. Su poder descansa en que se mate de nuevo, o al menos se frene, el desarrollo social moderno. De lo contrario, todas las clases poseedoras se van convirtiendo poco a poco en capitalistas, y todas las clases oprimidas en proletarios, y con ello el partido reaccionario desaparece por sí solo. Es cierto que la reacción, si es consecuente, quiere abolir el proletariado, pero no avanzando hacia la asociación, sino volviendo a convertir a los proletarios modernos en oficiales de gremio y en colonos campesinos total o parcialmente siervos. ¿Les conviene a nuestros proletarios semejante transformación? ¿Desean volver a la tutela paternal del maestro del gremio y del «señor», si tal cosa fuera posible? Desde luego que no. Precisamente la separación de la clase trabajadora de toda aquella antigua propiedad aparente y de los privilegios aparentes, el establecimiento de la oposición desnuda entre capital y trabajo, es lo que ha hecho posible en general la existencia de una sola gran clase obrera con intereses comunes, de un movimiento obrero, de un partido obrero. Y además, semejante marcha atrás de la historia es una pura imposibilidad. Las máquinas de vapor, los telares y las hiladoras mecánicas, los arados de vapor y las trilladoras, los ferrocarriles y los telégrafos eléctricos y las prensas de vapor del presente no permiten semejante retroceso absurdo; al contrario, aniquilan poco a poco e implacablemente todos los restos de las condiciones feudales y gremiales y disuelven todas las pequeñas oposiciones sociales heredadas del pasado en la única oposición de alcance histórico universal entre capital y trabajo.

La burguesía, en cambio, no tiene ningún otro papel histórico que el de multiplicar en todos los sentidos y elevar al máximo las gigantescas fuerzas productivas y medios de comunicación de la sociedad moderna que hemos mencionado; el de hacerse también, mediante sus asociaciones de crédito, con los medios de producción heredados de épocas anteriores, sobre todo con la propiedad de la tierra; el de explotar todas las ramas de la producción con medios modernos, aniquilar todos los restos de las producciones feudales y de las relaciones feudales y reducir así toda la sociedad a la oposición simple entre una clase de capitalistas y una clase de obreros desposeídos. En la misma medida en que se produce esta simplificación de las oposiciones sociales de clase crece el poder de la burguesía, pero en medida aún mayor crecen también el poder, la conciencia de clase y la capacidad de victoria del proletariado; solo a través de este aumento del poder de la burguesía llega poco a poco el proletariado a convertirse en la mayoría, en la mayoría abrumadora del Estado, como ya lo es en Inglaterra, pero todavía no, ni mucho menos, en Alemania, donde los campesinos de toda clase en el campo y los pequeños maestros, pequeños tenderos, etc., en las ciudades todavía le hacen contrapeso.

Por tanto: toda victoria de la reacción frena el desarrollo social y aleja infaliblemente el momento en que los obreros pueden vencer. Toda victoria de la burguesía sobre la reacción, en cambio, es en un sentido a la vez una victoria de los obreros, contribuye a la caída final de la dominación de los capitalistas, acerca el momento en que los obreros vencerán a la burguesía.

Compárese la posición del partido obrero alemán en 1848 y ahora. Hay todavía en Alemania bastantes veteranos que colaboraron en los primeros comienzos de la fundación de un partido obrero alemán antes de 1848 y que ayudaron después de la revolución a desarrollarlo mientras las circunstancias de la época lo permitieron. Todos ellos saben cuánto esfuerzo costó, incluso en aquellos tiempos agitados, poner en pie un movimiento obrero, mantenerlo en marcha, apartar los elementos reaccionarios y gremiales, y cómo todo el asunto volvió a adormecerse al cabo de un par de años. Si ahora ha surgido un movimiento obrero, por así decirlo, por sí solo, ¿de dónde viene esto? De que desde 1848 la gran industria burguesa ha hecho en Alemania progresos inauditos, de que ha aniquilado a una masa de pequeños maestros y demás intermediarios entre el obrero y el capitalista, ha puesto a una masa de obreros en oposición directa al capitalista; en una palabra, ha creado un proletariado considerable allí donde antes no existía o solo existía en pequeña medida. Con este desarrollo industrial, un partido obrero y un movimiento obrero se han convertido en una necesidad.

Con esto no se dice que no puedan llegar momentos en que a la reacción le parezca aconsejable hacer concesiones a los obreros. Pero estas concesiones son siempre de un tipo muy particular. Nunca son de naturaleza política. La reacción feudal-burocrática no extenderá el derecho de voto, ni liberará la prensa ni el derecho de asociación y de reunión, ni limitará el poder de la burocracia. Las concesiones que hace van siempre dirigidas directamente contra la burguesía y son tales que no aumentan en absoluto el poder político de los obreros. Así se impuso en Inglaterra la ley de las diez horas para los obreros de las fábricas contra la voluntad de los fabricantes.34 Así se podría exigir al Gobierno, y posiblemente obtener de él, en Prusia el cumplimiento exacto de las disposiciones sobre la jornada de trabajo en las fábricas —que ahora solo existen sobre el papel—, el derecho de coalición de los obreros, etc. Pero en todas estas concesiones por parte de la reacción es [cosa] segura que se obtienen sin ninguna contraprestación por parte de los obreros, y con razón, pues al amargarle la vida al burgués la reacción ya ha alcanzado su fin, y los obreros no le deben ninguna gratitud, ni se la agradecen nunca.

Ahora bien, hay todavía otra clase de reacción que ha tenido en los últimos tiempos gran éxito y que se está poniendo muy de moda entre cierta gente; es la clase que hoy se llama bonapartismo. El bonapartismo es la forma de Estado necesaria en un país donde la clase obrera, que ha alcanzado un alto grado de desarrollo en las ciudades pero es superada en número por los pequeños campesinos del campo, ha sido vencida en una gran lucha revolucionaria por la clase de los capitalistas, la pequeña burguesía y el ejército. Cuando en Francia, en la lucha gigantesca de junio de 1848, fueron vencidos los obreros de París, la burguesía quedó a la vez completamente agotada por esa victoria. Era consciente de que no podría soportar una segunda victoria como aquella. Seguía dominando de nombre, pero era demasiado débil para dominar. Se puso a la cabeza el ejército, el verdadero vencedor, apoyado en la clase de la que se reclutaba preferentemente, los pequeños campesinos, que querían que los dejaran en paz los alborotadores de las ciudades. La forma de esta dominación fue, como es natural, el despotismo militar, y su jefe natural, el heredero legítimo de este, Louis Bonaparte.

Frente a los obreros como frente a los capitalistas, el bonapartismo se distingue por impedirles que se lancen unos contra otros. Es decir, protege a la burguesía de los ataques violentos de los obreros, favorece una pequeña escaramuza pacífica entre las dos clases y, por lo demás, quita a unos y a otros todo rastro de poder político. Nada de derecho de asociación, nada de derecho de reunión, nada de libertad de prensa; un sufragio universal bajo tal presión burocrática que las elecciones de oposición son casi imposibles; un régimen policiaco como no se había conocido hasta ahora ni siquiera en la Francia policiaca. Además, una parte de la burguesía y de los obreros se compra directamente: la una con colosales especulaciones de crédito con las que se atrae el dinero de los pequeños capitalistas al bolsillo de los grandes; la otra con colosales obras del Estado, que concentran en las grandes ciudades, junto al proletariado natural, independiente, un proletariado artificial, imperialista,35 dependiente del Gobierno. Por último, se halaga el orgullo nacional con guerras aparentemente heroicas, que, sin embargo, se hacen siempre con la venia de las altas autoridades de Europa contra el chivo expiatorio general del momento y solo en tales condiciones que la victoria está asegurada de antemano.

Lo más que sale bajo un Gobierno así, para los obreros como para la burguesía, es que descansan de la lucha, que la industria —en circunstancias por lo demás favorables— se desarrolla con fuerza, que, por tanto, se forman los elementos de una lucha nueva y más violenta, y que esta lucha estalla en cuanto deja de existir la necesidad de semejante pausa. Sería el colmo de la necedad esperar más para los obreros de un Gobierno que existe precisamente para tener a raya a los obreros frente a la burguesía.

Vengamos ahora al caso concreto que tenemos delante. ¿Qué puede ofrecer la reacción en Prusia al partido obrero?

¿Puede esta reacción ofrecer a la clase obrera una participación real en el poder político? Rotundamente no. En primer lugar, en la historia moderna, ni de Inglaterra ni de Francia, nunca ha ocurrido que un Gobierno reaccionario lo hiciera. En segundo lugar, en la lucha actual en Prusia se trata precisamente de si el Gobierno ha de concentrar en sí todo el poder real o compartirlo con el Parlamento. ¡Y el Gobierno no va a poner en juego todos los medios para arrebatarle el poder a la burguesía solo para regalárselo después al proletariado!

La aristocracia feudal y la burocracia pueden conservar su poder real en Prusia incluso sin representación parlamentaria. Su posición tradicional en la corte, en el ejército y en la administración les garantiza ese poder. Es más, no pueden desear una representación especial, porque las Cámaras de nobles y de funcionarios como las que tuvo Manteuffel son hoy, a la larga, imposibles en Prusia. Por eso desean también que todo el tinglado de las Cámaras se vaya al diablo.

La burguesía y los obreros, en cambio, solo pueden ejercer un poder político real y regulado mediante la representación parlamentaria; y esta representación parlamentaria solo vale algo si tiene voz y voto en las decisiones, en otras palabras, si puede «tener la mano en la bolsa». Pero eso es precisamente lo que Bismarck, según confiesa, quiere impedir. Preguntamos: ¿es interés de los obreros que se despoje de todo poder a este Parlamento, a este Parlamento en el que ellos mismos esperan entrar conquistando el sufragio universal directo y en el que esperan formar algún día la mayoría? ¿Es interés suyo mover todas las palancas de la agitación para entrar en una asamblea que, al final, no tiene nada que decir? Desde luego que no.

Pero ¿y si el Gobierno derribara la ley electoral existente y otorgara el sufragio universal directo? ¡Sí, si! Si el Gobierno diera semejante golpe bonapartista y los obreros entraran al trapo, con ello le habrían reconocido de antemano al Gobierno el derecho a volver a suprimir el sufragio universal directo mediante un nuevo otorgamiento cuando le placiera, y ¿qué valdría entonces todo el sufragio universal directo?

Si el Gobierno otorgara el sufragio universal directo, lo llenaría de entrada de tantas cláusulas que ya no sería un sufragio universal directo.

Y en cuanto al propio sufragio universal directo, basta ir a Francia para convencerse de qué elecciones tan dóciles se pueden obtener con él en cuanto se tiene una población rural numerosa y embrutecida, una burocracia bien organizada, una prensa bien amordazada, unas asociaciones suficientemente sujetas por la policía y ninguna reunión política. ¿Cuántos representantes de los obreros lleva a la Cámara francesa el sufragio universal directo? Y, sin embargo, el proletariado francés le lleva al alemán la ventaja de una concentración mucho mayor y de una experiencia más larga en la lucha y en la organización.

Esto nos lleva todavía a otro punto. En Alemania la población rural es el doble que la población urbana, es decir, ⅔ viven de la agricultura y ⅓ de la industria. Y como en Alemania la gran propiedad de la tierra es la regla y el pequeño campesino parcelario la excepción, eso quiere decir, en otras palabras, que, si ⅓ de los obreros están bajo el mando del capitalista, ⅔ están bajo el mando del señor feudal. Que tomen nota de esto los que se lanzan sin parar contra los capitalistas pero no tienen ni una palabrita de cólera contra los feudales. Los feudales explotan en Alemania el doble de obreros que los burgueses; son en Alemania adversarios de los obreros tan directos como los capitalistas. Pero esto no es todo, ni mucho menos. La economía patriarcal de los viejos dominios feudales produce una dependencia heredada del jornalero o del bracero rural respecto de su «señor» que dificulta mucho al proletario agrícola la entrada en el movimiento de los obreros de las ciudades. Los curas, el embrutecimiento sistemático en el campo, la mala enseñanza escolar y el aislamiento de la gente respecto del mundo entero hacen el resto. El proletariado agrícola es la parte de la clase obrera que con más dificultad y más tarde llega a ver claros sus propios intereses, su propia posición social; en otras palabras, la parte que permanece más tiempo como instrumento inconsciente en manos de la clase privilegiada que la explota. ¿Y qué clase es esta? En Alemania, no la burguesía, sino la nobleza feudal. Pues bien, incluso en Francia, donde casi solo existen campesinos libres propietarios de su tierra y donde la nobleza feudal hace mucho que está despojada de todo poder político, el sufragio universal no ha llevado a los obreros a la Cámara, sino que los ha excluido de ella casi por completo. ¿Cuál sería el resultado del sufragio universal en Alemania, donde la nobleza feudal es todavía un poder social y político real y donde por cada obrero industrial hay dos jornaleros agrícolas? La lucha contra la reacción feudal y burocrática —pues entre nosotros ambas son ahora inseparables— equivale en Alemania a la lucha por la emancipación intelectual y política del proletariado rural; y mientras el proletariado rural no se vea arrastrado también al movimiento, el proletariado urbano no podrá conseguir en Alemania lo más mínimo, ni lo conseguirá, y el sufragio universal directo no será para el proletariado un arma, sino una trampa.

Tal vez esta exposición, muy franca pero necesaria, anime a los feudales a pronunciarse por el sufragio universal directo. Tanto mejor.

¿O es que el Gobierno solo coarta la prensa, el derecho de asociación y el derecho de reunión frente a la oposición burguesa (si es que en la situación actual queda todavía mucho que coartar) para regalarles a los obreros una prensa libre y un derecho libre de asociación y de reunión? En efecto, ¿no sigue su curso el movimiento obrero tranquilamente y sin estorbos?

Ahí está precisamente el busilis. El Gobierno sabe, y la burguesía también lo sabe, que todo el movimiento obrero alemán actual solo está tolerado, que solo vive mientras le place al Gobierno. Mientras al Gobierno le convenga que este movimiento exista, que le surjan a la oposición burguesa nuevos adversarios independientes, tolerará este movimiento. Desde el momento en que este movimiento haga de los obreros un poder independiente y se vuelva así peligroso para el Gobierno, la cosa se acabará en el acto. La manera en que se le ha puesto coto a la agitación de los progresistas en la prensa, las asociaciones y las reuniones sirva de advertencia a los obreros. Las mismas leyes, decretos y medidas que se han aplicado allí pueden aplicarse cualquier día contra ellos y acabar con su agitación; y se aplicarán en cuanto esta agitación se vuelva peligrosa. Es de la mayor importancia que los obreros vean claro en este punto, que no caigan en el mismo engaño que la burguesía bajo la Nueva Era, cuando también ella estaba solo tolerada, pero creía estar ya en la silla. Y si alguien se figurara que el Gobierno actual va a liberar la prensa, el derecho de asociación y el derecho de reunión de sus cadenas actuales, pertenecería precisamente a esa gente con la que ya no se puede hablar. Y sin libertad de prensa, derecho de asociación y de reunión no es posible ningún movimiento obrero.

El Gobierno existente en Prusia no es tan simple como para cortarse él mismo el cuello. Y si se llegara a que la reacción le echara al proletariado alemán algunas concesiones políticas aparentes para engatusarlo con ellas, el proletariado alemán responderá, así lo esperamos, con las orgullosas palabras del viejo Cantar de Hildebrando:36

«Mit gêrû scal man geba infâhan, ort widar orte.»
Con la lanza se ha de recibir el regalo, punta contra punta.

En cuanto a las concesiones sociales que la reacción podría hacer a los obreros —reducción de la jornada de trabajo en las fábricas, mejor aplicación de las leyes fabriles, derecho de coalición, etc.—, la experiencia de todos los países demuestra que la reacción presenta tales propuestas sin que los obreros tengan que ofrecerle lo más mínimo a cambio. La reacción necesita a los obreros, pero los obreros no necesitan a la reacción. Así que, mientras los obreros insistan en estos puntos en su propia agitación independiente, pueden contar con que llegará el momento en que elementos reaccionarios planteen las mismas reivindicaciones solo para fastidiar a la burguesía; y con ello los obreros obtienen éxitos frente a la burguesía sin deberle a la reacción ningún agradecimiento. Pero si el partido obrero no tiene nada que esperar de la reacción más que pequeñas concesiones que de todos modos le llegan sin necesidad de ir a mendigarlas, ¿qué tiene entonces que esperar de la oposición burguesa?

Hemos visto que la burguesía y el proletariado son ambos hijos de una nueva época, que ambos trabajan en su actividad social por eliminar los restos de los trastos viejos heredados de tiempos anteriores. Es cierto que entre ellos tienen que dirimir una lucha muy seria, pero esta lucha solo puede librarse hasta el final cuando estén solos frente a frente. Solo echando por la borda los viejos trastos queda «el barco despejado para el combate», con la diferencia de que esta vez el combate no se libra entre dos barcos, sino a bordo de un solo barco, entre los oficiales y la tripulación.

La burguesía no puede conquistar su dominio político, no puede expresar ese dominio político en una Constitución y en leyes, sin poner al mismo tiempo armas en manos del proletariado. Frente a los viejos estamentos, distinguidos por el nacimiento, tiene que inscribir en su bandera los derechos del hombre; frente al régimen gremial, la libertad de comercio y de industria; frente a la tutela burocrática, la libertad y el autogobierno. Para ser consecuente, tiene, pues, que exigir el sufragio universal directo, la libertad de prensa, de asociación y de reunión, y la abolición de todas las leyes de excepción contra determinadas clases de la población. Pero esto es también todo lo que el proletariado necesita exigirle. No puede exigir que la burguesía deje de ser burguesía, pero sí que aplique consecuentemente sus propios principios. Con ello, sin embargo, el proletariado recibe en sus manos todas las armas que necesita para su victoria final. Con la libertad de prensa y el derecho de reunión y de asociación conquista el sufragio universal; con el sufragio universal directo, unido a los medios de agitación mencionados, todo lo demás.

Es, pues, interés de los obreros apoyar a la burguesía en su lucha contra todos los elementos reaccionarios mientras sea fiel a sí misma. Toda conquista que la burguesía arranque a la reacción redunda al final, con esta condición, en beneficio de la clase obrera. Los obreros alemanes han tenido también este instinto acertado. Con toda razón, han votado en todos los Estados alemanes, en todas partes, por los candidatos más radicales que tenían posibilidades de salir elegidos.

Pero ¿y si la burguesía es infiel a sí misma, traiciona sus propios intereses de clase y los principios que de ellos se derivan?

¡Entonces a los obreros les quedan dos caminos!

O empujar a la burguesía contra su voluntad, obligarla en lo posible a extender el derecho de voto, a liberar la prensa, las asociaciones y las reuniones, y crear así para el proletariado un terreno en el que pueda moverse libremente y organizarse. Es lo que han hecho los obreros ingleses desde la ley de reforma de 183237 y los obreros franceses desde la revolución de julio de 1830, y precisamente gracias a este movimiento y dentro de él, aunque sus objetivos inmediatos eran de naturaleza puramente burguesa, han impulsado su propio desarrollo y su organización más que con ningún otro medio. Este caso se dará siempre, pues la burguesía, con su falta de valor político, acaba siendo infiel a sí misma de vez en cuando en todas partes.

O bien los obreros se retiran por completo del movimiento burgués y abandonan a la burguesía a su suerte. Este caso se dio en Inglaterra, Francia y Alemania tras el fracaso del movimiento obrero europeo de 1848 a 1850. Solo es posible después de esfuerzos violentos y momentáneamente infructuosos, tras los cuales la clase necesita descanso. En un estado sano de la clase obrera es imposible; equivaldría a una completa abdicación política, y de eso es incapaz a la larga una clase valiente por naturaleza, una clase que no tiene nada que perder y todo que ganar.

Incluso en el caso extremo de que la burguesía, por miedo a los obreros, se escondiera bajo las faldas de la reacción y apelara al poder de los elementos que le son hostiles en busca de protección contra los obreros, incluso entonces al partido obrero no le quedará más remedio que proseguir, a pesar de los burgueses, la agitación por las libertades burguesas, la libertad de prensa y el derecho de reunión y de asociación que los burgueses han traicionado. Sin estas libertades, él mismo no puede moverse libremente; en este combate lucha por su propio elemento vital, por el aire que necesita para respirar.

Ni que decir tiene que en todos estos casos el partido obrero no actuará como mero rabo de la burguesía, sino como un partido independiente, completamente distinto de ella. Recordará a la burguesía en cada ocasión que los intereses de clase de los obreros son directamente opuestos a los de los capitalistas y que los obreros son conscientes de ello. Mantendrá y desarrollará su propia organización frente a la organización de partido de la burguesía y solo negociará con esta como una potencia con otra. De este modo se asegurará una posición respetable, ilustrará a los obreros uno por uno sobre sus intereses de clase y estará preparado para actuar en la próxima tormenta revolucionaria; y estas tormentas vuelven ahora con tanta regularidad como las crisis comerciales y los temporales de los equinoccios.

De ahí se sigue por sí sola la política del partido obrero en el conflicto constitucional prusiano:

mantener ante todo organizado el partido obrero, en la medida en que lo permitan las circunstancias actuales;

empujar al Partido Progresista a progresar de verdad, en la medida de lo posible; obligarlo a radicalizar su propio programa y a atenerse a él; castigar sin contemplaciones y poner en ridículo cada una de sus inconsecuencias y debilidades;

dejar que la cuestión militar propiamente dicha siga su curso, sabiendo que el partido obrero hará también un día su propia «reorganización del ejército», una reorganización alemana;

pero responder a los hipócritas halagos de la reacción: «Con la lanza se ha de recibir el regalo, punta contra punta».

  1. En noviembre de 1850, en el conflicto con Austria por el Electorado de Hesse, Prusia movilizó su ejército y acabó cediendo en el convenio de Olmütz (29 de noviembre de 1850). En 1859, durante la guerra de Italia, movilizó de nuevo una gran parte del ejército. ↩

  2. La ordenanza real del 22 de mayo de 1815 prometía una representación del pueblo; la ley de la deuda pública del 17 de enero de 1820 prohibía contraer nuevos empréstitos sin el concurso de los futuros estamentos del reino. ↩

  3. La revolución de julio de 1830 en Francia, la revolución belga y la insurrección polaca de 1830-1831. ↩

  4. La Landwehr, creada en 1813, se componía de los hombres que ya habían pasado por el ejército de línea y la reserva. Su primer llamamiento (los hombres más jóvenes) podía salir a campaña junto con la línea; el segundo se destinaba sobre todo a guarniciones. ↩

  5. La guerra de 1859 de Francia y el Piamonte contra Austria. ↩

  6. La guerra de 1864 de Prusia y Austria contra Dinamarca por Schleswig-Holstein. ↩

  7. La ley prusiana del 3 de septiembre de 1814 sobre la obligación del servicio militar, obra del ministro de la Guerra Hermann von Boyen. ↩

  8. La revista de la Oficina de Estadística de Prusia. ↩

  9. Albrecht von Roon (1803-1879), ministro de la Guerra de Prusia desde 1859 y autor de la reorganización del ejército. ↩

  10. Horacio, Arte poética, v. 359: quandoque bonus dormitat Homerus. ↩

  11. La derrota prusiana de Jena ante Napoleón (14 de octubre de 1806) y la paz de Tilsit (julio de 1807), que redujo Prusia a la mitad. ↩

  12. La victoria de Blücher sobre los franceses en el Katzbach, en Silesia (26 de agosto de 1813), en la que tuvo gran parte la Landwehr, y la entrada de los aliados en París (31 de marzo de 1814). ↩

  13. William Napier (1785-1860), general e historiador inglés, autor de una History of the War in the Peninsula and in the South of France (1828-1840). ↩

  14. Las trincheras de Düppel (Dybbøl), en Schleswig, tomadas al asalto por los prusianos el 18 de abril de 1864; el «Düppel interior» es el enemigo de dentro. ↩

  15. La «Nueva Era» es el periodo liberal moderado que se abrió en 1858, cuando el príncipe Guillermo asumió la regencia y nombró un ministerio liberal; terminó en 1862 con el nombramiento de Bismarck. ↩

  16. Otto von Manteuffel (1805-1882), ministro del Interior desde 1848 y presidente del Consejo de 1850 a 1858: la época de la reacción. ↩

  17. Los estamentos provinciales y de distrito, asambleas dominadas por la nobleza, fueron restablecidos en 1851. ↩

  18. Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), diputado progresista, promotor de cooperativas de crédito y de consumo y de asociaciones de ahorro y de ayuda mutua para artesanos y obreros. ↩

  19. «Padre, he pecado»: las palabras del hijo pródigo (Lucas 15, 18). ↩

  20. Mediante el «conflicto de competencia», la administración podía sustraer a los tribunales ordinarios los procesos contra funcionarios por actos de servicio. ↩

  21. «Después de mí, el diluvio», frase atribuida a Luis XV o a Madame de Pompadour. ↩

  22. El artículo 109 de la Constitución prusiana de 1850 disponía que los impuestos existentes siguieran recaudándose mientras una ley no los modificara; en él se apoyó Bismarck para gobernar sin presupuesto aprobado. ↩

  23. El reino de Cerdeña-Piamonte había unificado Italia en 1859-1861; los progresistas querían que Prusia hiciera lo mismo con Alemania. ↩

  24. Auskultatoren: los jóvenes juristas en el primer grado de las prácticas en los tribunales. ↩

  25. Irónicamente, el ministerio Bismarck, desde septiembre de 1862. ↩

  26. La Neue Preußische Zeitung, llamada Kreuz-Zeitung por la cruz de hierro de su cabecera, órgano del partido feudal. ↩

  27. Banquero de Fráncfort; la casa Erlanger colocó en Europa en 1863 un empréstito de los Estados confederados garantizado con algodón. ↩

  28. Así en la primera edición (in einzelnen Ständen); quizá errata por Händen, «en algunas manos». ↩

  29. Las fórmulas de la cuestión nacional alemana: la Constitución del Imperio de 1849, la jefatura de Prusia en una Alemania sin Austria y la «tríada», los planes de agrupar a los Estados medianos como tercera fuerza junto a Austria y Prusia. ↩

  30. La jurisdicción de los señores sobre los campesinos de sus dominios. ↩

  31. Jefes de la administración de los distritos rurales, por lo general nobles terratenientes del lugar. ↩

  32. Pfahlbürgertum: la burguesía de las pequeñas ciudades de antaño, de artesanos y tenderos. ↩

  33. Es el programa de Lassalle y de la Asociación General de Obreros Alemanes: cooperativas de producción con ayuda del Estado y sufragio universal. ↩

  34. La ley de 1847 que limitaba a diez horas la jornada de las mujeres y los jóvenes en las fábricas textiles, sacada adelante con apoyo de los tories contra los fabricantes librecambistas. ↩

  35. Es decir, del Imperio bonapartista: las grandes obras públicas del Segundo Imperio, sobre todo en París. ↩

  36. El Hildebrandslied, cantar heroico en alto alemán antiguo, del siglo IX, del que solo se conserva un fragmento. ↩

  37. La reforma electoral inglesa de 1832, que dio el voto a la burguesía industrial. ↩