Escrita en inglés por Karl Marx en Brighton el 25 de agosto de 1871. Publicada en The Sun (Nueva York) del 9 de septiembre de 1871. Traducido del original inglés, según la transcripción del periódico hecha por Tony Brown para el Marxists Internet Archive, cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 400-402), por la Escuela de marxismo, 2026. Corregimos dos erratas de puntuación de la transcripción; los puntos suspensivos tras «frontera española» están en ella. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Brighton, 25 de agosto de 1871
Muy señor mío:1
Ante todo debo rogarle que disculpe mi largo silencio. Habría contestado a su carta hace mucho si no hubiera estado tan agobiado de trabajo, hasta el punto de que mi salud se resintió y mi médico consideró necesario desterrarme por unos meses a este lugar de baños de mar, con la orden estricta de no hacer nada.
Satisfaré su deseo a mi regreso a Londres, en cuanto se presente una ocasión favorable para salir a la imprenta.
He enviado al New York Herald una declaración en la que rechazo toda responsabilidad por las tonterías y las falsedades rotundas que su corresponsal me atribuye.2 No sé si el Herald la ha publicado.
El número de refugiados de la Comuna que llegan a Londres va en aumento, mientras que nuestros medios para socorrerlos disminuyen día a día, de modo que muchos se encuentran en una situación muy lamentable. Haremos un llamamiento a los norteamericanos para que nos ayuden.
Para darle una idea del estado de cosas que reina en Francia bajo la République Thiers, le contaré lo que les ha pasado a mis propias hijas.
Mi segunda hija, Laura, está casada con el señor Lafargue,3 médico. Salieron de París unos días antes del comienzo del primer sitio hacia Burdeos, donde vivía el padre de Lafargue. Este, gravemente enfermo, quería ver a su hijo, que lo atendió; en efecto, estuvo junto a su lecho hasta su muerte. Lafargue y mi hija siguieron luego en Burdeos, donde él posee una casa. Durante la Comuna, Lafargue actuó como secretario de las secciones de la Internacional de Burdeos, y también fue enviado como delegado a París, donde estuvo seis días para informarse del estado de cosas allí. En todo ese tiempo la policía de Burdeos no lo molestó. Hacia mediados de mayo mis dos hijas solteras partieron para Burdeos, y de allí, junto con la familia Lafargue, para Bagnères-de-Luchon, en los Pirineos, cerca de la frontera española... Allí la mayor, que había sufrido un fuerte ataque de pleuresía, tomó las aguas y siguió un tratamiento médico regular. Lafargue y su mujer tenían que cuidar de un niño moribundo, y mi hija menor disfrutaba de los encantadores alrededores de Luchon en la medida en que lo permitían las desgracias de la familia. Luchon es un lugar de reposo para enfermos y para el beau monde,4 y el menos indicado de todos para la intriga política. Mi hija, la señora Lafargue, tuvo además la desgracia de perder a su hijo, y poco después del entierro —en la segunda semana de agosto—, ¿quién iba a presentarse en la casa? El ilustre Kératry,5 bien conocido por las infamias que cometió durante la guerra de México y por el papel equívoco que desempeñó durante la guerra franco-prusiana, primero como prefecto de policía de París y luego como soi-disant6 general en Bretaña, y ahora prefecto del Alto Garona, y el señor Delpech, fiscal general de Toulouse, ambos dignos personajes acompañados de gendarmes.
Lafargue había recibido un aviso la víspera y había cruzado la frontera española, tras haberse provisto en Burdeos de un pasaporte español.
Aunque hijo de padres franceses, nació en Cuba y es, por tanto, español. Se hizo un registro en la vivienda de mis hijas, y a ellas mismas las sometieron a un severo interrogatorio los dos poderosos representantes de la République Thiers. Se las acusaba de mantener una correspondencia insurreccional. Esa correspondencia consistía sencillamente en cartas a su madre, cuyo contenido no era, desde luego, halagador para el Gobierno francés, ¡y en ejemplares de algunos periódicos de Londres! Durante una semana más o menos, los gendarmes vigilaron su casa. Tuvieron que prometer que saldrían de Francia, donde su presencia resultaba demasiado peligrosa, en cuanto pudieran hacer los preparativos necesarios para el viaje, y que entretanto se considerarían personas sometidas a la haute surveillance7 de la policía. Kératry y Delpech se habían hecho la ilusión de encontrarlas sin pasaporte, pero por suerte tenían pasaportes ingleses en regla. De lo contrario, habrían tenido que compartir el trato infame que se dio a la hermana de Delescluze8 y a otras señoras francesas tan inocentes como ellas. Todavía no han vuelto, y probablemente esperan noticias de Lafargue.
Entretanto, los periódicos de París contaban las mentiras más increíbles; el Gaulois, por ejemplo, transformó a mis tres hijas en tres hermanos míos, agentes muy conocidos y peligrosos de la propaganda internacional, aunque yo no tengo hermanos. Al mismo tiempo que La France, órgano de Thiers en París, daba de los sucesos de Luchon un relato de lo más barnizado y aseguraba que el señor Lafargue podía volver tranquilamente a Francia sin correr peligro alguno, el Gobierno francés pedía al Gobierno español que detuviera a Lafargue como miembro de la Comuna de París, ¡a la que nunca había pertenecido y a la que, como vecino de Burdeos, no podía pertenecer! En efecto, Lafargue fue detenido y, escoltado por gendarmes, conducido a Barbastro, donde tuvo que pasar la noche en la cárcel municipal, y de allí a Huesca, desde donde el gobernador, por orden telegráfica del ministro español de la Gobernación, tuvo que mandarlo a Madrid. Según The Daily News del 24 de agosto, por fin lo han puesto en libertad.9
Todo lo ocurrido en Luchon y en los periódicos no fue más que una serie de mezquinos intentos del señor Thiers y compañía de vengarse de mí como autor del manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre la guerra civil.10 Entre su venganza y mis hijas se interponía el pasaporte inglés, y el señor Thiers es tan cobarde en sus relaciones con las potencias extranjeras como falto de escrúpulos frente a sus compatriotas desarmados.
En cuanto a Cluseret,11 no creo que fuera un traidor, pero es seguro que asumió un papel para el que le faltaba temple, y con ello hizo mucho daño a la Comuna. No sé nada de su paradero. ¡Y ahora, addio!
Su viejo amigo,
Karl Marx
Charles Anderson Dana (1819-1897), periodista norteamericano, había sido redactor jefe del New-York Daily Tribune, para el que Marx y Engels escribieron entre 1851 y 1862; desde 1868 dirigía The Sun de Nueva York. ↩
El New York Herald del 3 de agosto de 1871 había publicado el relato de una conversación de su corresponsal con Marx. Véase la carta de Marx al redactor de Le Gaulois, del 24 de agosto de 1871, que reproduce la declaración enviada al Herald. ↩
Paul Lafargue (1842-1911), médico y socialista francés nacido en Santiago de Cuba, miembro de la Internacional, casado desde 1868 con Laura Marx (1845-1911). Las dos hijas solteras eran Jenny (1844-1883) y Eleanor (1855-1898). ↩
El gran mundo, la buena sociedad. ↩
Émile de Kératry (1832-1904), oficial y político francés; había servido en el cuerpo expedicionario francés en México (1862-1867), fue prefecto de policía de París tras el 4 de septiembre de 1870 y mandó luego las fuerzas reunidas en Bretaña. ↩
«Supuesto», que se dice. ↩
Alta vigilancia; en el derecho francés, la vigilancia policial a que se sometía a determinadas personas. ↩
Louis-Charles Delescluze (1809-1871), periodista republicano, miembro de la Comuna y su último delegado de Guerra, muerto en una barricada el 25 de mayo de 1871. ↩
La versión alemana de la MEW da aquí «del 23 de agosto». ↩
Véase 1871 La guerra civil en Francia. ↩
Gustave-Paul Cluseret (1823-1900), militar francés, que había combatido en la guerra de Secesión norteamericana; delegado de Guerra de la Comuna en abril de 1871, destituido y detenido por ella el 30 de abril. ↩