Escrito en inglés por Karl Marx y aprobado por el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores el 11 de julio de 1871; publicado en Londres como hoja suelta en julio de 1871. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 383-387), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Al Comité Central de Nueva York
de las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores
en los Estados Unidos

¡Ciudadanos!

El Consejo General de la Asociación considera su deber informarles de la conducta del embajador norteamericano, el señor Washburne,1 durante la guerra civil en Francia.

I

El testimonio siguiente procede del señor Robert Reid, un escocés que ha vivido diecisiete años en París y que durante la guerra civil fue corresponsal del Daily Telegraph de Londres y del New York Herald. Señalemos de paso que el Daily Telegraph llegó tan lejos en su partidismo por el Gobierno de Versalles que falseaba incluso los breves despachos telegráficos que le enviaba el señor Reid.

El señor Reid, que se encuentra de nuevo en Inglaterra, está dispuesto a confirmar su declaración mediante affidavit.2

«El tañido de las campanas tocando a rebato, mezclado con el tronar de los cañones, duró toda la noche. Era imposible dormir. ¿Dónde están —pensaba yo— los representantes de Europa y de América? ¿Es posible que ante estos ríos de sangre inocente no hagan ningún esfuerzo de conciliación? No podía soportar más este pensamiento, y como sabía que el señor Washburne estaba en la ciudad, decidí ir a verlo inmediatamente. Creo que era el 17 de abril; la fecha exacta, por lo demás, puede comprobarse por mi carta a lord Lyons,3 a quien escribí ese mismo día. Al cruzar los Campos Elíseos camino de la casa del señor Washburne me encontré con numerosas ambulancias cargadas de heridos y moribundos. Alrededor del Arco de Triunfo estallaban las granadas, y más personas inocentes venían a engrosar la larga lista de las víctimas del señor Thiers.

Al llegar al número 95 de la rue de Chaillot pregunté al portero por el representante de los Estados Unidos y me indicaron el segundo piso. En París, la altura a la que se vive y el tipo de vivienda que se ocupa son un indicio infalible de la fortuna y la posición de cada cual, una especie de barómetro social. En el primer piso, a la calle, encontramos por ejemplo a un marqués; en el quinto, interior, a un simple mecánico; las escaleras que los separan simbolizan el abismo social que hay entre ellos. Al subir las escaleras sin encontrarme con lacayos corpulentos de calzón rojo y medias de seda, pensé: “¡Ajá! Los americanos emplean mejor su dinero; nosotros despilfarramos el nuestro”.

Al entrar en el despacho del secretario pregunté por el señor Washburne. “¿Desea usted hablar con él personalmente?” “Sí.” Me anunciaron y me hicieron pasar. Estaba repantigado en un sillón leyendo un periódico. Esperaba que se levantara, pero siguió sentado, con el periódico delante de la cara, un acto de grosería en un país donde la gente es por lo general cortés.

Dije al señor Washburne que traicionaríamos la causa de la humanidad si no hiciéramos todo lo posible por lograr una conciliación. Tuviéramos éxito o no, en todo caso era nuestro deber intentarlo; y el momento parecía tanto más propicio cuanto que los prusianos apremiaban precisamente entonces a Versalles para llegar a un acuerdo definitivo. La influencia conjunta de América y de Inglaterra podría inclinar la balanza a favor de la paz.

El señor Washburne dijo: “Los parisienses son rebeldes. Que depongan las armas”. Le objeté que la Guardia Nacional tenía derecho legal a conservar sus armas, pero que no se trataba de eso. Cuando se pisotea la humanidad, el mundo civilizado tiene derecho a intervenir, y le ruego que colabore en este sentido con lord Lyons. El señor Washburne: “Esos versalleses no quieren escuchar nada”. “Si se niegan, cargan con la responsabilidad moral.” El señor Washburne: “No lo creo. Yo no puedo hacer nada en este asunto. Hable usted mejor con lord Lyons”.

Así terminó nuestra conversación. Dejé al señor Washburne profundamente decepcionado. Me había encontrado con un hombre grosero y altanero, sin ninguno de aquellos sentimientos fraternales que cabría esperar del representante de una república democrática. Dos veces tuve el honor de conversar con lord Cowley4 cuando era nuestro representante en Francia. Su trato franco y cortés contrastaba vivamente con la actitud fría, arrogante y afectadamente aristocrática del embajador norteamericano.

Traté entonces de convencer a lord Lyons de que, en defensa de la humanidad, Inglaterra estaba obligada a hacer un esfuerzo serio por lograr la conciliación, pues estaba convencido de que el Gobierno británico no podía contemplar con indiferencia atrocidades como las matanzas de la estación de Clamart y de Moulin-Saquet,5 por no hablar de las escenas de horror de Neuilly, sin atraerse la maldición de todo amigo de la humanidad. Lord Lyons me hizo saber de palabra, por medio de su secretario, el señor Edward Malet,6 que había transmitido mi carta al Gobierno y que con mucho gusto transmitiría igualmente cualquier otra comunicación que yo tuviera que hacer sobre el asunto. Por un momento las circunstancias fueron sumamente favorables a la conciliación, y si nuestro Gobierno hubiera puesto su peso en la balanza, el mundo se habría ahorrado la carnicería de París. En todo caso, no es culpa de lord Lyons si el Gobierno británico faltó a su deber.

Pero volvamos al señor Washburne. El miércoles 24 de mayo, por la mañana, iba yo por el bulevar des Capucines cuando oí que me llamaban por mi nombre. Me volví y vi al doctor Hossart junto al señor Washburne en un coche descubierto, rodeado de un grupo numeroso de americanos. Después de los saludos de rigor me puse a hablar con el doctor Hossart. En seguida la conversación se volvió hacia las terribles escenas que nos rodeaban. Entonces el señor Washburne se dirigió a mí y declaró con el tono de la más firme convicción: “Todo el que pertenezca a la Comuna, y todos los que simpaticen con ella, serán fusilados”. ¡Ay!, yo sabía demasiado bien que mataban a viejos y jóvenes cuyo único delito era simpatizar con la Comuna; pero no esperaba oírlo semioficialmente de boca del señor Washburne; y sin embargo, cuando él repetía esa frase sanguinaria, todavía estaba a tiempo de salvar al arzobispo».7

II

«El 24 de mayo, el secretario del señor Washburne se presentó ante la Comuna, reunida entonces en la alcaldía del distrito XI, para ofrecerle una propuesta de los prusianos de mediar entre los versalleses y los federados en las condiciones siguientes:

Suspensión de las hostilidades.
Nueva elección de la Comuna, por una parte, y de la Asamblea Nacional, por otra.
Las tropas de Versalles abandonan París y se acuartelan en los fuertes y delante de ellos.
La custodia de París sigue confiada a la Guardia Nacional.
Nadie que haya servido o sirva en el ejército de los federados podrá ser castigado.

La Comuna aceptó estas propuestas en una sesión extraordinaria, con la reserva de que había que dar a Francia dos meses para preparar elecciones generales a una Asamblea constituyente.

Hubo una segunda entrevista con el secretario de la embajada norteamericana. La Comuna decidió en su sesión de la mañana del 25 de mayo enviar a Vincennes como plenipotenciarios a cinco ciudadanos —entre ellos Vermorel, Delescluze y Arnold—,8 donde, según las indicaciones del secretario del señor Washburne, se encontraría un representante de los prusianos. Pero los guardias nacionales de servicio en la puerta de Vincennes no dejaron pasar a la delegación. Hubo todavía una última entrevista con el mismo secretario norteamericano, a consecuencia de la cual el ciudadano Arnold, a quien aquel entregó un salvoconducto para su seguridad, se dirigió el 26 de mayo a Saint-Denis, donde los prusianos… no lo recibieron.

El resultado de esta mediación norteamericana (que hacía suponer una nueva neutralidad de los prusianos y una mediación que estos se proponían entre los beligerantes) fue que la defensa quedó paralizada durante dos días en el momento más crítico. A pesar de las precauciones tomadas para mantener en secreto las negociaciones, pronto llegaron a conocimiento de los guardias nacionales, que, confiando en la neutralidad prusiana, huyeron a las líneas prusianas para entregarse como prisioneros. Ya se sabe cómo defraudaron su confianza los prusianos, cuyos centinelas fusilaron a una parte de los fugitivos y entregaron a los supervivientes al Gobierno de Versalles.

Durante todo el tiempo que duró la guerra civil, el señor Washburne no se cansó de asegurar a la Comuna, por medio de su secretario, sus ardientes simpatías y de declararle que condenaba resueltamente al Gobierno de Versalles; solo su posición diplomática le impedía manifestarlo públicamente».

El testimonio del apartado II procede de un miembro de la Comuna de París que, como el señor Reid, está dispuesto a confirmarlo, si fuera necesario, mediante affidavit.

Para apreciar debidamente la conducta del señor Washburne hay que considerar juntos los testimonios del señor Reid y del miembro de la Comuna de París, como declaraciones que muestran las dos caras de una misma cosa. Mientras el señor Washburne declara al señor Reid que los comuneros son «rebeldes» que merecen su suerte, declara a la Comuna sus simpatías por su causa y su desprecio por el Gobierno de Versalles. El mismo 24 de mayo en que, en presencia del doctor Hossart y de muchos americanos, comunica al señor Reid que no solo los comuneros, sino también todos los que simpaticen con ellos, están irremisiblemente condenados a muerte, comunica a la Comuna, por medio de su secretario, que no solo a sus miembros, sino también a todos los integrantes del ejército de los federados, se les perdonará la vida.

Les rogamos, estimados ciudadanos, que expongan estos hechos a la clase obrera de los Estados Unidos y la inviten a decidir si el señor Washburne es digno de representar a la República norteamericana.

El Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores:

M. J. Boon, Fred. Bradnick, G. H. Buttery, Caihill, William Hales, Kolb, F. Leßner, George Milner, Thos. Mottershead, Chas. Murray, P. Mac Donnel, Pfänder, John Roach, Rühl, Sadler, Cowell Stepney, Alfred Taylor, W. Townshend

Secretarios corresponsales:

Eugène Dupont, para Francia
Karl Marx, para Alemania y Holanda
F. Engels, para Bélgica y España
H. Jung, para Suiza
P. Giovacchini, para Italia
Zévy Maurice, para Hungría
Antoni Żabicki, para Polonia
James Cohen, para Dinamarca
J. G. Eccarius, para los Estados Unidos

Hermann Jung, presidente
John Weston, tesorero
George Harris, secretario de finanzas
John Hales, secretario general

Oficina: 256, High Holborn, Londres, W.C.
11 de julio de 1871

  1. Elihu Benjamin Washburne (1816-1887), político republicano norteamericano, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos en Francia de 1869 a 1877; permaneció en París durante el sitio y la Comuna. ↩

  2. Declaración jurada ante un magistrado, en el derecho inglés. ↩

  3. Richard Bickerton Pemell Lyons, primer conde de Lyons (1817-1887), embajador británico en París de 1867 a 1887. ↩

  4. Henry Richard Charles Wellesley, primer conde Cowley (1804-1884), embajador británico en París de 1852 a 1867. ↩

  5. En la estación de Clamart y en el reducto de Moulin-Saquet, al sur de París, las tropas de Versalles mataron en abril y mayo de 1871 a guardias nacionales prisioneros o sorprendidos dormidos. En Neuilly, al oeste, se combatió durante semanas en abril, con gran sufrimiento para la población civil. ↩

  6. Edward Baldwin Malet (1837-1908), diplomático británico, entonces secretario de la embajada en París. ↩

  7. Georges Darboy (1813-1871), arzobispo de París, tomado como rehén por la Comuna y fusilado el 24 de mayo de 1871. La Comuna había propuesto canjearlo por Auguste Blanqui, preso de Versalles, y Thiers rechazó el canje; Washburne intervino en las gestiones. Véase el capítulo IV de 1871 La guerra civil en Francia. ↩

  8. Auguste Vermorel (1841-1871), periodista proudhoniano; Louis-Charles Delescluze (1809-1871), periodista republicano, último delegado de Guerra de la Comuna, muerto en una barricada ese mismo 25 de mayo; Georges Arnold, arquitecto. Los tres eran miembros de la Comuna. ↩