Discurso pronunciado por Friedrich Engels el 5 de diciembre de 1881 en el cementerio de Highgate (Londres) y publicado en francés en L'Égalité (París), n.º 1, 11 de diciembre de 1881. El texto francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 293-294), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Véase también la necrológica Jenny Marx, nacida von Westphalen. Texto original en alemán.

¡Amigos!

La mujer de corazón noble a la que hoy enterramos nació en 1814 en Salzwedel. Su padre, el barón von Westphalen, tuvo en Tréveris estrecha amistad con la familia Marx; los niños de ambas familias crecieron juntos. Cuando Marx entró en la universidad, él y su futura mujer ya habían decidido unir para siempre sus destinos.

En 1843 se celebró la boda, después de que Marx se hubiera dado a conocer como redactor jefe de la primera Rheinische Zeitung y de que el Gobierno prusiano suprimiera el periódico. Desde entonces Jenny no solo compartió los destinos, los trabajos y las luchas de su marido: tomó parte en ellos, y una parte grandísima, con la más alta comprensión y con la pasión más ardiente.

La joven pareja se fue a París; el exilio voluntario pronto se convirtió en forzoso. El Gobierno prusiano persiguió a Marx incluso en París. Con pesar tengo que mencionar que un hombre como A. von Humboldt se prestó a conseguir, junto con el Gobierno prusiano, que el Gobierno de Luis Felipe expulsara a Marx de Francia. Marx se trasladó a Bruselas. Estalló la revolución de Febrero. En medio de los disturbios que este acontecimiento provocó en Bruselas, la policía belga no solo detuvo a Marx, sino que metió también en la cárcel a su mujer, sin motivo alguno.

El impulso revolucionario de 1848 se vino abajo ya al año siguiente. Empezó de nuevo el exilio, primero en París y después, por intromisión del Gobierno francés, en Londres. Esta vez fue un exilio con toda su miseria. Todos los sufrimientos habituales de los desterrados los habría superado aún Jenny, aunque fueron la causa de la pérdida de tres hijos, dos de ellos varones; pero que todos los partidos, los del Gobierno como los de la oposición (feudales, liberales, los llamados demócratas), se conjuraran contra su marido, lo cubrieran con las calumnias más miserables y más infames, que toda la prensa sin excepción se le cerrara, que él quedara desamparado e indefenso ante adversarios a los que él y ella despreciaban: eso la hirió profundamente. Y aquello duró años.

Pero tuvo un final. Poco a poco la clase obrera europea llegó a condiciones políticas que le dieron algunas posibilidades de acción. Se fundó la Asociación Internacional de los Trabajadores. Arrastró a la lucha a una nación civilizada tras otra, y en esa lucha su marido combatió como el primero entre los primeros. Llegó por fin el tiempo que empezó a aliviar sus sufrimientos pasados. Vivió para ver cómo las infames calumnias que habían llovido como granizo sobre su marido se dispersaban como paja; vivió para oír cómo las doctrinas de su marido, que los reaccionarios de todos los países habían intentado ahogar, se proclamaban libres y victoriosas en todos los países civilizados, en todas las lenguas civilizadas. Vivió para ver cómo el movimiento revolucionario del proletariado, consciente de su victoria, prendía en un país tras otro, de Rusia a América. Una de sus últimas alegrías fue todavía recibir en su lecho de muerte la prueba contundente de la vitalidad indestructible que la clase obrera alemana ha dado en las últimas elecciones, a pesar de todas las leyes de excepción.1

Lo que una mujer así, con una inteligencia tan aguda y tan crítica, con un tacto político tan seguro, con una energía tan apasionada, con tan grande capacidad de entrega, hizo en el movimiento revolucionario no se ha exhibido en público, nunca se ha mencionado en las columnas de la prensa. Lo que hizo solo lo saben quienes vivieron con ella. Pero sé que echaremos de menos muchas veces sus consejos audaces y prudentes; audaces sin fanfarronería, prudentes sin ceder nunca nada en el honor.

De sus cualidades personales no necesito decir nada. Sus amigos conocen esas cualidades y no las olvidarán nunca. Si alguna vez hubo una mujer que puso su mayor felicidad en hacer felices a los demás, fue esta mujer.

  1. Las elecciones al Reichstag del 27 de octubre de 1881, en las que los socialdemócratas, pese a la ley de excepción contra los socialistas de 1878, obtuvieron más de 300.000 votos y doce diputados. ↩