Escrito por Friedrich Engels en inglés el 17 de marzo de 1883 (manuscrito); sin título, el título es de los editores. El texto inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 333-334), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. El discurso tal como lo pronunció Engels figura en El entierro de Karl Marx. Texto original en alemán.
Hace apenas quince meses la mayoría de nosotros nos reunimos ante esta tumba, que se convirtió en el último lugar de descanso de una mujer noble y generosa.1 Hoy tenemos que volver a abrir esta tumba para que reciba los restos mortales de su marido.
Karl Marx fue uno de esos hombres eminentes de los que un siglo produce muy pocos. Charles Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica en nuestro planeta. Marx es el descubridor de esa ley fundamental que determina la marcha y el desarrollo de la historia humana, una ley tan sencilla y evidente que, en cierto modo, basta su mera exposición para asegurar su reconocimiento. Pero no contento con eso, Marx descubrió también la ley que ha producido nuestro estadio actual de la sociedad y su gran división de clases en capitalistas y asalariados. Es la ley según la cual esta sociedad se organiza y se desarrolla hasta crecer tanto por encima de sí misma que al final tiene que perecer, como todas las fases históricas de la sociedad que la precedieron. Tales resultados hacen tanto más doloroso que nos haya sido arrebatado en medio de su obra, que, por mucho que haya producido, deje sin terminar mucho más todavía.
Por querida que le fuera la ciencia, no lo absorbía por completo. Nadie sentía una alegría más pura que él cuando se lograba un nuevo progreso científico, fuera o no de aplicación práctica. Pero, sobre todo, veía en la ciencia una gran palanca de la historia, una fuerza revolucionaria en el sentido más verdadero de la palabra. Y en ese sentido aplicaba aquellos enormes conocimientos, en especial en historia, a todos los terrenos que dominaba.
Porque era de verdad un revolucionario, como él mismo se llamaba. La lucha por la emancipación de la clase de los asalariados de las cadenas del moderno sistema capitalista de producción era su verdadera vocación. Y nunca hubo un luchador más activo que él. La coronación de esta parte de su obra es la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores, de la que fue el dirigente reconocido de 1864 a 1872. La Asociación ha desaparecido en apariencia, pero el lazo fraternal de la unión de los obreros de todos los países civilizados de Europa y América está establecido de una vez para siempre y perdura, aun sin una unión formal externa.
Nadie puede luchar por una causa sin crearse enemigos. Y él tuvo muchos enemigos. Durante la mayor parte de su vida política fue el hombre más odiado y más calumniado de Europa. Pero apenas prestó atención a la calumnia. Si alguien venció alguna vez a la calumnia, fue él. Al final de su vida pudo contemplar con orgullo a millones de partidarios, en las minas de Siberia como en los talleres de Europa y América; vio cómo sus teorías económicas se convertían en el principio indiscutible del socialismo del mundo entero. Y aunque todavía tuviera muchos adversarios, apenas le quedaba un enemigo personal.
Jenny Marx, muerta el 2 de diciembre de 1881 y enterrada en el cementerio de Highgate (Londres) el 5 de diciembre. Véase el Discurso ante la tumba de Jenny Marx. ↩