Manuscrito inacabado de Friedrich Engels, escrito en Londres entre 1873 y 1883 (lo empezó en mayo de 1873 y lo dejó a la muerte de Marx para dedicarse a la edición de El capital), publicado por primera vez en 1925, en alemán y en ruso, en el tomo II del Marx-Engels-Archiv dirigido por David Riazánov. Se traduce del texto alemán de la MEW, tomo 20 (Berlín, 1962), que ordena el material en artículos y notas, sin el aparato de los editores, por la Escuela de marxismo, 2026. Esta primera parte reúne los planes de la obra (hacia 1878 y 1880), la «Introducción» (1875-1876), la «Vieja introducción al “Anti-Dühring”. Sobre la dialéctica» (1878), «La investigación de la naturaleza en el mundo de los espíritus» (1878, publicada en 1898) y «Dialéctica» (1879). Entre corchetes, títulos y complementos de los editores. Las notas son nuestras, salvo las marcadas como de Engels. La Dialéctica de la naturaleza en este archivo: I. Planes, Introducción y artículos sobre la dialéctica; II. Formas fundamentales del movimiento; III. Electricidad; IV. Notas y fragmentos: historia de la ciencia, ciencia y filosofía, dialéctica; V. Notas y fragmentos: formas del movimiento, matemáticas, ciencias de la naturaleza. Texto original en alemán.

[Planes]

[Esbozo del plan general]

  1. Introducción histórica: en la ciencia de la naturaleza, la concepción metafísica se ha vuelto imposible por obra de su propio desarrollo.

  2. Marcha del desarrollo teórico en Alemania desde Hegel (vieja introducción).1 La vuelta a la dialéctica se produce de modo inconsciente, y por eso de forma contradictoria y lenta.

  3. La dialéctica como ciencia de la conexión general. Leyes principales: trueque de la cantidad y la cualidad; compenetración mutua de los contrarios polares y conversión del uno en el otro cuando se los lleva al extremo; desarrollo por la contradicción o negación de la negación; forma espiral del desarrollo.

  4. Conexión de las ciencias. Matemáticas, mecánica, física, química, biología. Saint-Simon (Comte) y Hegel.2

  5. Aperçus sobre las distintas ciencias y su contenido dialéctico:

    1. Matemáticas: recursos y giros dialécticos. Lo infinito matemático se da en la realidad;

    2. Mecánica celeste: resuelta en último término en un proceso. Mecánica: partió de la inertia, que no es sino la expresión negativa de la indestructibilidad del movimiento;

    3. Física: tránsitos de los movimientos moleculares de unos a otros. Clausius y Loschmidt;3

    4. Química: teorías. Energía;

    5. Biología. Darwinismo. Necesidad y azar.

  6. Los límites del conocimiento. Du Bois-Reymond y Nägeli. Helmholtz, Kant, Hume.4

  7. La teoría mecánica. Haeckel.

  8. El alma de los plastídulos: Haeckel y Nägeli.5

  9. Ciencia y enseñanza: Virchow.6

  10. El Estado celular: Virchow.7

  11. Política y teoría de la sociedad darwinistas: Haeckel y Schmidt.8 Diferenciación del hombre por el trabajo. Aplicación de la economía a la ciencia de la naturaleza. El «trabajo» de Helmholtz (Conferencias populares, II).9

[Esbozo de un plan parcial]

  1. El movimiento en general.

  2. Atracción y repulsión. Transmisión del movimiento.

  3. [Ley de la] conservación de la energía aplicada a esto. Repulsión + atracción. El aporte de repulsión = energía.

  4. Gravedad: cuerpos celestes; mecánica terrestre.

  5. Física. Calor. Electricidad.

  6. Química.

  7. Resumen.

a) Antes del 4: matemáticas. Línea infinita. + y − iguales.

b) En la astronomía: trabajo realizado por la ola de marea.

La doble cuenta en Helmholtz, II, 120.10

Las «fuerzas» en Helmholtz, II, 190.

Introducción

La moderna investigación de la naturaleza, la única que ha llegado a un desarrollo científico, sistemático y completo, por oposición a las geniales intuiciones de filosofía natural de los antiguos y a los descubrimientos de los árabes, importantísimos pero esporádicos y perdidos en su mayor parte sin resultado; la moderna investigación de la naturaleza data, como toda la historia moderna, de aquella época formidable que los alemanes, por la desgracia nacional que entonces nos ocurrió, llamamos Reforma, los franceses Renacimiento y los italianos Cinquecento, y que ninguno de estos nombres expresa del todo. Es la época que empieza en la segunda mitad del siglo XV. La realeza, apoyándose en los burgueses de las ciudades, quebró el poder de la nobleza feudal y fundó las grandes monarquías, basadas esencialmente en la nacionalidad, en las que se desarrollaron las modernas naciones europeas y la moderna sociedad burguesa; y mientras burgueses y nobles andaban todavía a la greña, la guerra campesina alemana señaló proféticamente las luchas de clases del futuro, al sacar a escena no solo a los campesinos sublevados —eso ya no era nada nuevo—, sino, detrás de ellos, los comienzos del proletariado actual, con la bandera roja en la mano y la reivindicación de la comunidad de bienes en los labios. En los manuscritos salvados de la caída de Bizancio, en las estatuas antiguas desenterradas de las ruinas de Roma, se abrió ante el asombrado Occidente un mundo nuevo, la Antigüedad griega; ante sus figuras luminosas se desvanecieron los fantasmas de la Edad Media; Italia se alzó a un florecimiento insospechado del arte, que pareció un reflejo de la Antigüedad clásica y que nunca más se ha vuelto a alcanzar. En Italia, Francia y Alemania nació una literatura nueva, la primera literatura moderna; Inglaterra y España vivieron poco después su época literaria clásica. Se rompieron las barreras del viejo orbis terrarum; solo entonces se descubrió de verdad la Tierra y se sentaron las bases del posterior comercio mundial y del paso del artesanado a la manufactura, que a su vez fue el punto de partida de la gran industria moderna. Se quebró la dictadura espiritual de la Iglesia; los pueblos germánicos, en su mayoría, se la sacudieron directamente y abrazaron el protestantismo, mientras que entre los pueblos románicos echaba raíces cada vez más hondas un alegre librepensamiento, tomado de los árabes y nutrido por la filosofía griega recién descubierta, que preparó el materialismo del siglo XVIII.

Fue la mayor revolución progresista que la humanidad había vivido hasta entonces, una época que necesitaba gigantes y que engendró gigantes: gigantes en fuerza de pensamiento, en pasión y en carácter, en universalidad y en saber. Los hombres que fundaron la moderna dominación de la burguesía fueron todo menos burguesamente limitados. Al contrario, el carácter aventurero de la época los tocó en mayor o menor medida. Casi no vivió entonces un hombre importante que no hubiera hecho grandes viajes, que no hablara cuatro o cinco lenguas, que no brillara en varias disciplinas. Leonardo da Vinci no fue solo un gran pintor, sino también un gran matemático, mecánico e ingeniero, al que las más diversas ramas de la física deben descubrimientos importantes; Alberto Durero fue pintor, grabador en cobre, escultor y arquitecto, y además inventó un sistema de fortificación que contiene ya algunas de las ideas que mucho más tarde recogieron Montalembert y la moderna fortificación alemana.11 Maquiavelo fue hombre de Estado, historiador, poeta y, a la vez, el primer escritor militar digno de mención de la Edad Moderna. Lutero no solo barrió el establo de Augías de la Iglesia, sino también el de la lengua alemana; creó la prosa alemana moderna y compuso letra y melodía de aquel coral seguro de la victoria que fue la Marsellesa del siglo XVI.12 Los héroes de aquel tiempo no estaban aún esclavizados por la división del trabajo, cuyos efectos limitadores, que vuelven unilateral al hombre, notamos tan a menudo en sus sucesores. Pero lo que les es particularmente propio es que casi todos viven y se mueven en medio del movimiento de su tiempo, en la lucha práctica; toman partido y combaten, unos con la palabra y la pluma, otros con la espada, muchos con ambas. De ahí esa plenitud y esa fuerza de carácter que hacen de ellos hombres completos. Los sabios de gabinete son la excepción: o gente de segunda y tercera fila, o filisteos prudentes que no quieren quemarse los dedos.

También la investigación de la naturaleza se movía entonces en medio de la revolución general y era ella misma revolucionaria de arriba abajo; no en vano tenía que conquistar su derecho a existir. Codo con codo con los grandes italianos de quienes data la filosofía moderna, dio sus mártires a las hogueras y a las cárceles de la Inquisición. Y es característico que los protestantes se adelantaran a los católicos en la persecución de la libre investigación de la naturaleza. Calvino quemó a Servet cuando este estaba a punto de descubrir el curso de la circulación de la sangre, y lo hizo asar vivo durante dos horas; la Inquisición se contentó al menos con quemar sin más a Giordano Bruno.13

El acto revolucionario con que la investigación de la naturaleza declaró su independencia y repitió, por así decir, la quema de la bula por Lutero fue la publicación de la obra inmortal con que Copérnico, tímidamente, es cierto, y, por así decir, ya en el lecho de muerte, arrojó el guante a la autoridad eclesiástica en las cosas de la naturaleza.14 De ahí data la emancipación de la investigación de la naturaleza respecto de la teología, aunque el deslinde de las pretensiones de una y otra en cada punto se ha arrastrado hasta nuestros días y en muchas cabezas está todavía muy lejos de haberse consumado. Pero desde entonces el desarrollo de las ciencias avanzó también a pasos de gigante y fue ganando en fuerza, puede decirse, en proporción al cuadrado de la distancia (en el tiempo) respecto de su punto de partida. Fue como si hubiera que demostrar al mundo que, en adelante, para el producto supremo de la materia orgánica, el espíritu humano, regía la ley del movimiento inversa de la que rige para la materia inorgánica.

El trabajo principal del primer período de la ciencia de la naturaleza que entonces comenzaba fue dominar la materia que tenía más a mano. En la mayoría de los terrenos hubo que empezar de cero. La Antigüedad había dejado a Euclides y el sistema solar de Ptolomeo; los árabes, la notación decimal, los comienzos del álgebra, los números modernos y la alquimia; la Edad Media cristiana, nada en absoluto. En esta situación ocupó necesariamente el primer rango la ciencia natural más elemental, la mecánica de los cuerpos terrestres y celestes, y junto a ella, a su servicio, el descubrimiento y perfeccionamiento de los métodos matemáticos. Aquí se hicieron grandes cosas. Al final del período, que marcan Newton y Linneo, encontramos estas ramas de la ciencia llevadas a cierto acabamiento. Los métodos matemáticos más esenciales quedan fijados en sus rasgos fundamentales: la geometría analítica, sobre todo por Descartes; los logaritmos, por Neper; el cálculo diferencial e integral, por Leibniz y quizá por Newton. Lo mismo vale de la mecánica de los cuerpos sólidos, cuyas leyes principales quedaron aclaradas de una vez por todas. Por último, en la astronomía del sistema solar, Kepler había descubierto las leyes del movimiento planetario y Newton las había formulado desde el punto de vista de las leyes generales del movimiento de la materia. Las demás ramas de la ciencia de la naturaleza estaban muy lejos incluso de este acabamiento provisional. La mecánica de los cuerpos líquidos y gaseosos no se trabajó más a fondo hasta finales del período.15 La física propiamente dicha no había pasado de sus primeros comienzos, si exceptuamos la óptica, cuyos progresos excepcionales los provocó la necesidad práctica de la astronomía. La química acababa de emanciparse de la alquimia gracias a la teoría del flogisto. La geología no había pasado aún del estadio embrionario de la mineralogía; la paleontología, por tanto, no podía existir todavía. Por último, en el terreno de la biología se estaba aún ocupado, en lo esencial, en reunir y hacer una primera criba de la inmensa materia, tanto botánica y zoológica como anatómica y fisiológica propiamente dicha. De comparar entre sí las formas de vida, de investigar su distribución geográfica y sus condiciones de vida climatológicas, etc., apenas podía hablarse todavía. Aquí solo la botánica y la zoología llegaron, con Linneo, a un acabamiento aproximado.

Pero lo que caracteriza particularmente a este período es la elaboración de una peculiar concepción de conjunto cuyo centro es la idea de la absoluta inmutabilidad de la naturaleza. Hubiera surgido la naturaleza como hubiera surgido, una vez existente seguía siendo como era mientras existiera. Los planetas y sus satélites, una vez puestos en movimiento por el misterioso «primer impulso», seguían girando y girando en las elipses prescritas por toda la eternidad, o al menos hasta el fin de todas las cosas. Las estrellas reposaban para siempre fijas e inmóviles en sus lugares, sosteniéndose unas a otras en ellos por la «gravitación universal». La Tierra había permanecido inalterada desde siempre, o desde el día de su creación (según los casos). Las «cinco partes del mundo» actuales habían existido siempre y habían tenido siempre las mismas montañas, valles y ríos, el mismo clima, la misma flora y la misma fauna, salvo los cambios o trasplantes hechos por mano del hombre. Las especies de plantas y animales habían quedado fijadas de una vez para siempre al nacer; lo igual engendraba siempre lo igual, y ya era mucho que Linneo admitiera que acá y allá podían surgir quizá especies nuevas por cruzamiento. Por oposición a la historia de la humanidad, que se desarrolla en el tiempo, a la historia natural solo se le atribuía un despliegue en el espacio. Se negaba todo cambio, todo desarrollo en la naturaleza. La ciencia de la naturaleza, tan revolucionaria al principio, se encontró de pronto ante una naturaleza conservadora de arriba abajo, en la que todo era aún hoy como había sido desde el principio y en la que todo había de seguir —hasta el fin del mundo o por toda la eternidad— como había sido desde el principio.

Cuanto más alto estaba la ciencia de la naturaleza de la primera mitad del siglo XVIII por encima de la Antigüedad griega en conocimientos, e incluso en la criba de la materia, tanto más bajo estaba por debajo de ella en el dominio ideal de esa materia, en la concepción general de la naturaleza. Para los filósofos griegos, el mundo era esencialmente algo salido del caos, algo desarrollado, algo devenido. Para los naturalistas del período que tratamos era algo osificado, algo invariable y, para la mayoría, algo hecho de un golpe. La ciencia estaba hundida aún hasta el cuello en la teología. En todas partes busca y encuentra como causa última un impulso exterior, inexplicable a partir de la naturaleza misma. Aunque se conciba la atracción, bautizada pomposamente por Newton como gravitación universal, como propiedad esencial de la materia, ¿de dónde viene la inexplicada fuerza tangencial, que es la que produce las órbitas de los planetas? ¿Cómo han surgido las innumerables especies de plantas y animales? ¿Y cómo, sobre todo, el hombre, del que constaba que no estaba ahí desde la eternidad? A tales preguntas la ciencia de la naturaleza respondía con demasiada frecuencia haciendo responsable de ello al creador de todas las cosas. Copérnico, al principio del período, despide a la teología con una carta de ruptura; Newton lo cierra con el postulado del primer impulso divino. El pensamiento general más alto a que se elevó esta ciencia de la naturaleza fue el de la finalidad de las disposiciones de la naturaleza, la chata teleología de Wolff, según la cual los gatos fueron creados para comerse a los ratones, los ratones para ser comidos por los gatos y la naturaleza entera para demostrar la sabiduría del Creador.16 Hace el mayor honor a la filosofía de aquel tiempo que no se dejara confundir por el estado limitado de los conocimientos de la naturaleza de su época, que —desde Spinoza hasta los grandes materialistas franceses— se empeñara en explicar el mundo por sí mismo y dejara a la ciencia de la naturaleza del futuro la justificación en el detalle.

Incluyo todavía en este período a los materialistas del siglo XVIII, porque no tenían a su disposición otro material de ciencia natural que el descrito más arriba. La obra de Kant que hizo época siguió siendo para ellos un secreto, y Laplace vino mucho después que ellos. No olvidemos que esta concepción anticuada de la naturaleza, aunque agujereada por todas partes por el progreso de la ciencia, dominó toda la primera mitad del siglo XIX17 y que todavía hoy, en lo principal, se enseña en todas las escuelas.18

La primera brecha en esta concepción petrificada de la naturaleza no la abrió un naturalista, sino un filósofo. En 1755 apareció la Historia general de la naturaleza y teoría del cielo de Kant.19 La cuestión del primer impulso quedaba eliminada; la Tierra y todo el sistema solar aparecían como algo que había devenido en el curso del tiempo. Si la gran mayoría de los naturalistas hubiera sentido menos aversión por el pensamiento, aversión que Newton expresa con la advertencia «¡Física, guárdate de la metafísica!»,20 habrían tenido que sacar de este solo descubrimiento genial de Kant consecuencias que les habrían ahorrado extravíos sin fin y cantidades inmensas de tiempo y trabajo desperdiciados en direcciones equivocadas. Porque en el descubrimiento de Kant estaba el punto de arranque de todo progreso ulterior. Si la Tierra era algo devenido, también tenían que ser algo devenido su estado geológico, geográfico y climático actual, sus plantas y sus animales; tenía que tener una historia, no solo en el espacio, una cosa junto a otra, sino también en el tiempo, una tras otra. Si se hubiera seguido investigando enseguida y con decisión en esta dirección, la ciencia de la naturaleza estaría hoy mucho más adelantada de lo que está. Pero ¿qué cosa buena podía venir de la filosofía? La obra de Kant quedó sin resultado inmediato, hasta que, largos años después, Laplace y Herschel desarrollaron su contenido y lo fundamentaron con más detalle, y llevaron así poco a poco la «hipótesis nebular» a ser reconocida.21 Otros descubrimientos le procuraron por fin la victoria; los más importantes fueron el movimiento propio de las estrellas fijas, la prueba de un medio resistente en el espacio cósmico, la demostración, por medio del análisis espectral, de la identidad química de la materia del universo y de la existencia de masas nebulosas incandescentes como las que Kant había supuesto.22

Pero es lícito dudar de que la mayoría de los naturalistas hubiera tomado conciencia tan pronto de la contradicción de una Tierra que cambia y que ha de llevar organismos inmutables, si la concepción naciente de que la naturaleza no es, sino que deviene y perece, no hubiera recibido socorro por otro lado. Nació la geología y mostró no solo capas terrestres formadas unas tras otras y depositadas unas sobre otras, sino también, en esas capas, las conchas y los esqueletos conservados de animales extinguidos, los troncos, las hojas y los frutos de plantas que ya no existen. Hubo que decidirse a reconocer que no solo la Tierra en su conjunto, sino también su superficie actual y las plantas y animales que viven en ella tenían una historia en el tiempo. El reconocimiento se hizo al principio a regañadientes. La teoría de Cuvier sobre las revoluciones de la Tierra era revolucionaria en la frase y reaccionaria en el fondo. En lugar de la creación divina única ponía toda una serie de actos de creación repetidos, y hacía del milagro una palanca esencial de la naturaleza. Solo Lyell introdujo el entendimiento en la geología, al sustituir las revoluciones repentinas, provocadas por los caprichos del Creador, por los efectos graduales de una lenta transformación de la Tierra.23

La teoría de Lyell era aún más incompatible que todas sus predecesoras con la suposición de especies orgánicas constantes. La transformación gradual de la superficie terrestre y de todas las condiciones de vida conducía directamente a la transformación gradual de los organismos y a su adaptación al medio cambiante, a la mutabilidad de las especies. Pero la tradición es un poder no solo en la Iglesia católica, sino también en la ciencia de la naturaleza. El propio Lyell no vio durante años la contradicción, y sus discípulos menos aún. Esto solo se explica por la división del trabajo que entretanto se había impuesto en la ciencia de la naturaleza, que limitaba a cada cual, en mayor o menor medida, a su especialidad y solo a unos pocos no los privaba de la visión de conjunto.

Entretanto, la física había hecho progresos enormes, cuyos resultados resumieron casi a la vez tres hombres distintos en el año 1842, que hizo época para esta rama de la investigación de la naturaleza. Mayer en Heilbronn y Joule en Manchester demostraron el trueque del calor en fuerza mecánica y de la fuerza mecánica en calor. La determinación del equivalente mecánico del calor puso este resultado fuera de toda duda. Al mismo tiempo, Grove —no un naturalista de profesión, sino un abogado inglés— demostró, por simple elaboración de los resultados físicos particulares ya obtenidos, el hecho de que todas las llamadas fuerzas físicas —fuerza mecánica, calor, luz, electricidad, magnetismo, e incluso la llamada fuerza química— se truecan unas en otras en determinadas condiciones sin que se produzca pérdida alguna de fuerza, y demostró así a posteriori, por vía física, el principio de Descartes según el cual la cantidad de movimiento existente en el mundo es invariable.24 Con ello, las distintas fuerzas físicas, las «especies» invariables de la física, por así decir, quedaban resueltas en formas del movimiento de la materia diferenciadas de diverso modo y que pasan unas a otras según leyes determinadas. La contingencia de que existieran tantas o cuantas fuerzas físicas quedaba eliminada de la ciencia al demostrarse sus conexiones y tránsitos. La física, como antes la astronomía, había llegado a un resultado que remitía necesariamente, como último término, al ciclo eterno de la materia en movimiento.

El desarrollo maravillosamente rápido de la química desde Lavoisier, y sobre todo desde Dalton, atacó las viejas ideas sobre la naturaleza por otro lado. Al obtener por vía inorgánica compuestos que hasta entonces solo se producían en el organismo vivo, demostró que las leyes de la química tienen para los cuerpos orgánicos la misma validez que para los inorgánicos, y llenó gran parte del abismo entre la naturaleza inorgánica y la orgánica que todavía para Kant era infranqueable para siempre.25

Por último, también en el terreno de la investigación biológica se había reunido tanto material —sobre todo gracias a los viajes y expediciones científicos emprendidos sistemáticamente desde mediados del siglo pasado, a la exploración más precisa de las colonias europeas en todas las partes del mundo por especialistas que vivían allí, y además a los progresos de la paleontología, de la anatomía y de la fisiología en general, en particular desde el empleo sistemático del microscopio y el descubrimiento de la célula— que la aplicación del método comparativo se hizo posible y, a la vez, necesaria.26 Por un lado, la geografía física comparada estableció las condiciones de vida de las distintas floras y faunas; por otro, se compararon entre sí los distintos organismos según sus órganos homólogos, y no solo en el estado de madurez, sino en todas sus fases de desarrollo. Cuanto más hondo y más exacto se llevaba este estudio, tanto más se le deshacía entre las manos aquel sistema rígido de una naturaleza orgánica fijada de modo inmutable. No solo se confundían sin remedio unas con otras cada vez más especies de plantas y de animales, sino que aparecían animales, como el anfioxo y el lepidosirén, que se burlaban de toda la clasificación anterior,27 y por último se dio con organismos de los que ni siquiera podía decirse si pertenecían al reino vegetal o al animal. Las lagunas del archivo paleontológico se iban llenando cada vez más, e imponían incluso al más reacio el paralelismo palmario que existe entre la historia del desarrollo del mundo orgánico en su conjunto y la del organismo individual: el hilo de Ariadna que había de sacar del laberinto en que la botánica y la zoología parecían extraviarse cada vez más. Fue característico que, casi al mismo tiempo que el ataque de Kant a la eternidad del sistema solar, C. F. Wolff lanzara en 1759 el primer ataque contra la fijeza de las especies y proclamara la teoría de la descendencia.28 Pero lo que en él no era más que una anticipación genial tomó forma firme en Oken, Lamarck y Baer, y exactamente cien años después, en 1859, Darwin lo llevó a término victoriosamente. Casi al mismo tiempo se comprobó que el protoplasma y la célula, de los que ya antes se había demostrado que eran los últimos elementos formales de todos los organismos, se presentan viviendo por sí mismos como las formas orgánicas inferiores. Con ello quedaba reducido al mínimo el abismo entre la naturaleza inorgánica y la orgánica, y a la vez eliminada una de las dificultades más esenciales que se oponían hasta entonces a la teoría de la descendencia de los organismos. La nueva concepción de la naturaleza estaba lista en sus rasgos fundamentales: todo lo rígido se había disuelto, todo lo fijo se había volatilizado, todo lo particular tenido por eterno se había vuelto perecedero; se había demostrado que la naturaleza entera se mueve en un flujo y un ciclo eternos.

Y así hemos vuelto al modo de ver de los grandes fundadores de la filosofía griega: que la naturaleza entera, desde lo más pequeño hasta lo más grande, desde los granos de arena hasta los soles, desde los protistas hasta el hombre, tiene su existencia en un eterno nacer y perecer, en un flujo incesante, en un movimiento y un cambio sin descanso. Solo con la diferencia esencial de que lo que en los griegos era intuición genial es en nosotros resultado de una investigación estrictamente científica, empírica, y por eso aparece también en una forma mucho más precisa y clara. Es verdad que la demostración empírica de este ciclo no está del todo libre de lagunas, pero estas son insignificantes en comparación con lo ya asegurado, y se van llenando más y más cada año. ¿Y cómo podría la demostración en el detalle no tener lagunas, si se piensa que las ramas más esenciales de la ciencia —la astronomía transplanetaria, la química, la geología— apenas cuentan un siglo de existencia científica, y el método comparativo en fisiología apenas cincuenta años, y que la forma fundamental de casi todo desarrollo vital, la célula, no hace aún cuarenta años que se descubrió?29

De masas de vapor arremolinadas e incandescentes, cuyas leyes de movimiento quizá se descubran cuando las observaciones de algunos siglos nos hayan aclarado el movimiento propio de las estrellas, se desarrollaron por contracción y enfriamiento los innumerables soles y sistemas solares de nuestra isla cósmica, limitada por los anillos de estrellas más exteriores de la Vía Láctea. Este desarrollo no avanzó, evidentemente, con la misma rapidez en todas partes. La existencia de cuerpos oscuros, no solo planetarios, es decir, de soles apagados en nuestro sistema estelar, se impone cada vez más a la astronomía (Mädler); por otra parte (según Secchi), una parte de las nebulosas gaseosas pertenece a nuestro sistema estelar como soles aún no acabados, lo que no excluye que otras nebulosas, como afirma Mädler, sean islas cósmicas lejanas e independientes, cuyo grado relativo de desarrollo ha de establecer el espectroscopio.30

Laplace ha demostrado en detalle, de un modo hasta ahora no superado, cómo se desarrolla un sistema solar a partir de una masa de vapor aislada; la ciencia posterior le ha dado cada vez más la razón.

En los cuerpos así formados —soles, planetas y satélites— predomina al principio aquella forma del movimiento de la materia que llamamos calor. De combinaciones químicas de los elementos no puede hablarse ni siquiera a una temperatura como la que todavía hoy tiene el Sol; hasta qué punto el calor se convierte con ello en electricidad o en magnetismo, lo mostrarán las observaciones continuadas del Sol; que los movimientos mecánicos que se producen en el Sol nacen únicamente del conflicto del calor con la gravedad es cosa ya casi decidida.

Los distintos cuerpos se enfrían tanto más deprisa cuanto más pequeños son. Primero los satélites, asteroides y meteoros, como nuestra Luna, que hace mucho que está muerta. Más despacio los planetas, y lo más despacio de todo el cuerpo central.

Con el enfriamiento progresivo pasa cada vez más a primer plano el juego recíproco de las formas físicas del movimiento que se truecan unas en otras, hasta que por fin se llega a un punto a partir del cual la afinidad química empieza a hacerse valer, en el que los elementos, hasta entonces químicamente indiferentes, se diferencian químicamente uno tras otro, adquieren propiedades químicas y entran en combinación unos con otros. Estas combinaciones cambian sin cesar con la temperatura decreciente, que influye de modo distinto no solo en cada elemento, sino en cada combinación particular de elementos; cambian con el paso, que de ello depende, de una parte de la materia gaseosa primero al estado líquido y luego al sólido, y con las nuevas condiciones así creadas.

El tiempo en que el planeta tiene una corteza sólida y acumulaciones de agua en su superficie coincide con aquel a partir del cual su calor propio retrocede cada vez más ante el calor que le envía el cuerpo central. Su atmósfera se convierte en escenario de fenómenos meteorológicos en el sentido en que hoy entendemos la palabra, y su superficie, en escenario de cambios geológicos en los que los depósitos producidos por las precipitaciones atmosféricas van ganando preponderancia sobre los efectos hacia fuera, que se debilitan lentamente, del interior en fusión.

Si por fin la temperatura se iguala hasta el punto de que, al menos en una parte considerable de la superficie, ya no rebasa los límites dentro de los cuales la albúmina es viable, se forma, si las demás condiciones químicas previas son favorables, protoplasma vivo. Cuáles son esas condiciones previas, no lo sabemos todavía hoy; lo cual no es de extrañar, puesto que ni siquiera está establecida hasta ahora la fórmula química de la albúmina, ni sabemos siquiera cuántos cuerpos albuminoideos químicamente distintos hay, y puesto que solo desde hace unos diez años se conoce el hecho de que una albúmina por completo carente de estructura realiza todas las funciones esenciales de la vida: digestión, excreción, movimiento, contracción, reacción a los estímulos, reproducción.31

Puede que pasaran milenios hasta que se dieron las condiciones en que pudo producirse el siguiente progreso y esta albúmina sin forma pudo producir la primera célula, mediante la formación de núcleo y membrana. Pero con esta primera célula quedaba también dada la base de la formación de las formas de todo el mundo orgánico; primero se desarrollaron, como podemos suponer por toda la analogía del archivo paleontológico, innumerables especies de protistas sin células y celulares, de los que solo nos ha llegado el Eozoon canadense,32 y de los que unos se diferenciaron poco a poco en las primeras plantas y otros en los primeros animales. Y a partir de los primeros animales se desarrollaron, esencialmente por diferenciación ulterior, las innumerables clases, órdenes, familias, géneros y especies de animales; por último, la forma en la que el sistema nervioso llega a su desarrollo más pleno, la de los vertebrados, y de nuevo por último, entre estos, el vertebrado en el que la naturaleza llega a la conciencia de sí misma: el hombre.

También el hombre nace por diferenciación. No solo individualmente, diferenciándose a partir de una única célula huevo hasta el organismo más complicado que produce la naturaleza; no: también históricamente. Cuando, tras una lucha de milenios, quedó por fin establecida la diferenciación de la mano respecto del pie, la marcha erguida, el hombre se separó del mono y quedó sentada la base para el desarrollo del lenguaje articulado y para el formidable desarrollo del cerebro, que desde entonces ha hecho infranqueable el abismo entre el hombre y el mono. La especialización de la mano significa la herramienta, y la herramienta significa la actividad específicamente humana, la acción transformadora del hombre sobre la naturaleza, la producción. También los animales en sentido estricto tienen herramientas, pero solo como miembros de su cuerpo: la hormiga, la abeja, el castor; también los animales producen, pero su acción productiva sobre la naturaleza que los rodea es, frente a esta, igual a cero. Solo el hombre ha logrado imprimir su sello en la naturaleza, no solo trasladando plantas y animales, sino cambiando de tal modo el aspecto y el clima del lugar donde vive, e incluso las plantas y los animales mismos, que las consecuencias de su actividad solo pueden desaparecer con la extinción general del globo terrestre. Y esto lo ha logrado ante todo y esencialmente por medio de la mano. Hasta la máquina de vapor, su herramienta más poderosa hasta ahora para transformar la naturaleza, descansa en última instancia, por ser herramienta, en la mano. Pero con la mano se desarrolló paso a paso la cabeza; vino la conciencia, primero de las condiciones de determinados efectos útiles prácticos y, más tarde, en los pueblos más favorecidos, y como resultado de ello, la comprensión de las leyes naturales que los condicionan. Y con el conocimiento rápidamente creciente de las leyes de la naturaleza crecieron los medios de actuar sobre ella; la mano sola nunca habría hecho la máquina de vapor si el cerebro del hombre no se hubiera desarrollado correlativamente con ella, junto a ella y en parte gracias a ella.33

Con el hombre entramos en la historia. También los animales tienen una historia, la de su descendencia y su desarrollo gradual hasta su estado actual. Pero esa historia se hace para ellos, y en la medida en que toman parte en ella, ocurre sin que ellos lo sepan ni lo quieran. Los hombres, en cambio, cuanto más se alejan del animal en sentido estricto, tanto más hacen ellos mismos su historia, con conciencia, tanto menor es la influencia de efectos imprevistos y de fuerzas incontroladas sobre esa historia, tanto más exactamente corresponde el resultado histórico al fin fijado de antemano. Pero si aplicamos esta medida a la historia humana, incluso a la de los pueblos más desarrollados de nuestro tiempo, encontramos que aquí sigue habiendo una desproporción colosal entre los objetivos propuestos y los resultados obtenidos, que predominan los efectos imprevistos, que las fuerzas incontroladas son mucho más poderosas que las puestas en movimiento según un plan. Y no puede ser de otro modo mientras la actividad histórica más esencial de los hombres, la que los elevó de la animalidad a la humanidad, la que forma la base material de todas sus demás actividades, la producción de sus medios de vida, es decir, hoy la producción social, siga sometida más que ninguna al juego recíproco de efectos no queridos de fuerzas incontroladas y solo realice por excepción el fin querido, y con mucha más frecuencia su contrario exacto. En los países industriales más avanzados hemos domado las fuerzas de la naturaleza y las hemos puesto a servir a los hombres; con ello hemos multiplicado infinitamente la producción, de modo que un niño produce hoy más que antes cien adultos. ¿Y cuál es la consecuencia? Un exceso de trabajo creciente, una miseria creciente de las masas y, cada diez años, un gran crac. Darwin no sabía qué amarga sátira escribía sobre los hombres, y en especial sobre sus compatriotas, cuando demostró que la libre competencia, la lucha por la existencia, que los economistas celebran como la mayor conquista histórica, es el estado normal del reino animal. Solo una organización consciente de la producción social, en la que se produzca y se distribuya según un plan, puede elevar a los hombres por encima del resto del mundo animal en el aspecto social, del mismo modo que la producción en general lo ha hecho con los hombres en el aspecto de la especie.34 El desarrollo histórico hace esa organización cada día más indispensable, pero también cada día más posible. De ella datará una nueva época histórica, en la que los hombres mismos, y con ellos todas las ramas de su actividad, en especial también la ciencia de la naturaleza, tomarán un impulso que dejará en sombra profunda todo lo anterior.

Sin embargo, «todo lo que nace merece perecer».35 Pueden pasar millones de años, pueden nacer y morir cientos de miles de generaciones; pero se acerca inexorable el tiempo en que el calor del Sol, que se agota, ya no bastará para fundir el hielo que avanza desde los polos; en que los hombres, apiñados cada vez más en torno al ecuador, tampoco encontrarán allí al fin calor suficiente para vivir; en que poco a poco desaparecerá también la última huella de vida orgánica y la Tierra, una bola muerta y helada como la Luna, girará en profundas tinieblas y en órbitas cada vez más estrechas en torno al Sol, muerto también, y acabará por caer en él. Otros planetas la habrán precedido, otros la seguirán; en lugar del sistema solar armoniosamente articulado, luminoso y cálido, solo una esfera fría y muerta seguirá su camino solitario por el espacio cósmico. Y lo que le ocurre a nuestro sistema solar les ocurrirá antes o después a todos los demás sistemas de nuestra isla cósmica, a los de todas las demás innumerables islas cósmicas, incluso a aquellas cuya luz nunca llega a la Tierra mientras viva en ella un ojo humano para recibirla.

Y cuando un sistema solar así haya cumplido el curso de su vida y haya sucumbido al destino de todo lo finito, a la muerte, ¿qué? ¿Seguirá rodando el cadáver del Sol, como cadáver, por toda la eternidad a través del espacio infinito, y todas las fuerzas de la naturaleza, antes diferenciadas de modos infinitamente variados, se disolverán para siempre en la forma única del movimiento que es la atracción?

«¿O bien —como pregunta Secchi (pág. 810)— hay en la naturaleza fuerzas capaces de devolver el sistema muerto al estado inicial de nebulosa incandescente y despertarlo de nuevo a una vida nueva? No lo sabemos.»36

Ciertamente no lo sabemos en el sentido en que sabemos que 2 × 2 = 4, o que la atracción de la materia aumenta y disminuye según el cuadrado de la distancia. Pero en la ciencia teórica de la naturaleza, que elabora su concepción de la naturaleza en un todo lo más armónico posible y sin la cual hoy ni siquiera el empírico más irreflexivo da un paso, tenemos que calcular muy a menudo con magnitudes conocidas de modo imperfecto, y la coherencia del pensamiento ha tenido en todos los tiempos que suplir la deficiencia de los conocimientos. Ahora bien, la ciencia moderna de la naturaleza ha tenido que adoptar de la filosofía el principio de la indestructibilidad del movimiento; sin él ya no puede subsistir. Pero el movimiento de la materia no es solo el burdo movimiento mecánico, el mero cambio de lugar: es calor y luz, tensión eléctrica y magnética, unión y separación químicas, vida y, por último, conciencia. Decir que la materia, durante toda su existencia ilimitada en el tiempo, solo una única vez, y durante un tiempo que frente a su eternidad es de una brevedad evanescente, se encuentra en condiciones de diferenciar su movimiento y de desplegar así toda la riqueza de ese movimiento, y que antes y después queda reducida por toda la eternidad al mero cambio de lugar, equivale a afirmar que la materia es mortal y el movimiento perecedero. La indestructibilidad del movimiento no puede entenderse solo cuantitativamente: tiene que entenderse también cualitativamente. Una materia cuyo puro cambio mecánico de lugar lleva en sí, es cierto, la posibilidad de trocarse en calor, electricidad, acción química o vida en condiciones favorables, pero que es incapaz de producir esas condiciones por sí misma, una materia así ha perdido movimiento; un movimiento que ha perdido la capacidad de convertirse en las diversas formas que le corresponden tiene todavía, es cierto, dynamis, pero ya no energeia,37 y con ello ha quedado parcialmente destruido. Pero lo uno y lo otro son impensables.

Una cosa es segura: hubo un tiempo en que la materia de nuestra isla cósmica había convertido en calor tal cantidad de movimiento —de qué clase, no lo sabemos hasta ahora— que de ella pudieron desarrollarse los sistemas solares pertenecientes a (según Mädler) al menos veinte millones de estrellas, cuya extinción gradual es igualmente segura. ¿Cómo se produjo esa conversión? No lo sabemos, como tampoco sabe el padre Secchi si el futuro caput mortuum38 de nuestro sistema solar volverá a transformarse alguna vez en materia prima para nuevos sistemas solares. Pero, o bien tenemos que recurrir aquí al Creador, o bien nos vemos obligados a concluir que la materia prima incandescente de los sistemas solares de nuestra isla cósmica se produjo por vía natural, por transformaciones del movimiento que corresponden por naturaleza a la materia en movimiento, y cuyas condiciones, por tanto, tienen que reproducirse también por obra de la materia, aunque sea al cabo de millones y millones de años, de un modo más o menos casual, pero con la necesidad que es inherente también al azar.

La posibilidad de semejante transformación se admite cada vez más. Se llega a la idea de que los cuerpos celestes tienen como destino final caer unos sobre otros, y hasta se calcula la cantidad de calor que debe desprenderse en tales choques. La aparición repentina de estrellas nuevas, el brillo repentino, e igualmente súbito, de otras conocidas desde antiguo, de que nos informa la astronomía, se explican del modo más fácil por tales choques. Además, no solo nuestro grupo de planetas se mueve en torno al Sol y nuestro Sol dentro de nuestra isla cósmica, sino que también nuestra isla cósmica entera se desplaza por el espacio cósmico en equilibrio temporal y relativo con las demás islas cósmicas; porque incluso el equilibrio relativo de cuerpos que flotan libremente solo puede existir con un movimiento condicionado recíprocamente; y algunos suponen que la temperatura del espacio cósmico no es la misma en todas partes. Por último, sabemos que, con excepción de una parte ínfima, el calor de los innumerables soles de nuestra isla cósmica desaparece en el espacio y se afana en vano por elevar la temperatura del espacio cósmico aunque solo sea en una millonésima de grado centígrado. ¿Qué es de toda esta enorme cantidad de calor? ¿Se ha consumido para siempre en el intento de calentar el espacio cósmico, ha dejado prácticamente de existir y solo sigue existiendo en teoría en el hecho de que el espacio cósmico se ha vuelto más caliente en una fracción decimal de grado que empieza con diez o más ceros? Esta suposición niega la indestructibilidad del movimiento; admite la posibilidad de que, por la caída sucesiva de unos cuerpos celestes sobre otros, todo el movimiento mecánico existente se transforme en calor y este se irradie al espacio cósmico, con lo que, pese a toda la «indestructibilidad de la fuerza», habría cesado todo movimiento en general. (Aquí se ve de paso lo torcida que es la expresión «indestructibilidad de la fuerza» en lugar de «indestructibilidad del movimiento».) Llegamos, pues, a la conclusión de que, por un camino que algún día será tarea de la investigación de la naturaleza señalar, el calor irradiado al espacio cósmico ha de tener la posibilidad de convertirse en otra forma del movimiento en la que pueda volver a concentrarse y a actuar. Y con ello cae la principal dificultad que se oponía a la reconversión de los soles extinguidos en vapor incandescente.

Por lo demás, la sucesión eternamente repetida de los mundos en el tiempo infinito no es más que el complemento lógico de la coexistencia de innumerables mundos en el espacio infinito; un principio cuya necesidad se impone incluso al cerebro yanqui y antiteórico de Draper.39

Es un ciclo eterno aquel en que se mueve la materia; un ciclo que probablemente solo completa su órbita en períodos para los que nuestro año terrestre ya no es medida suficiente; un ciclo en el que el tiempo del desarrollo más alto, el tiempo de la vida orgánica y, más aún, el de la vida de seres conscientes de sí mismos y de la naturaleza, está medido tan escasamente como el espacio en que la vida y la autoconciencia llegan a hacerse valer; un ciclo en el que todo modo finito de existencia de la materia, sea sol o nebulosa gaseosa, animal individual o especie animal, combinación o disociación química, es igualmente perecedero, y en el que nada es eterno sino la materia en eterno cambio, en eterno movimiento, y las leyes según las cuales se mueve y cambia. Pero por muy a menudo y muy implacablemente que se cumpla este ciclo en el tiempo y en el espacio; por muchos millones de soles y de tierras que nazcan y perezcan; por mucho que tarden en darse, en un sistema solar, las condiciones de la vida orgánica aunque sea en un solo planeta; por innumerables que sean los seres orgánicos que tengan que aparecer y perecer antes de que de su seno se desarrollen animales con un cerebro capaz de pensar y encuentren durante un breve lapso condiciones en que puedan vivir, para ser luego exterminados también sin piedad, tenemos la certeza de que la materia sigue siendo eternamente la misma en todas sus transformaciones, de que ninguno de sus atributos puede perderse jamás, y de que, por tanto, con la misma necesidad de hierro con que exterminará de nuevo en la Tierra su flor suprema, el espíritu pensante, tendrá que volver a producirlo en otro lugar y en otro tiempo.

Vieja introducción al «[Anti-]Dühring». Sobre la dialéctica

El trabajo que sigue no es en modo alguno fruto de un «impulso interior». Al contrario, mi amigo Liebknecht podrá atestiguar cuánto esfuerzo le costó convencerme de que sometiera a examen crítico la novísima teoría socialista del señor Dühring.40 Una vez decidido, no tuve más remedio que examinar esta teoría, que se presenta a sí misma como el último fruto práctico de un nuevo sistema filosófico, en la trabazón de ese sistema y, con ello, el sistema mismo. Me vi obligado, pues, a seguir al señor Dühring por aquel vasto terreno en el que habla de todas las cosas posibles y de alguna más. Así nació una serie de artículos que aparecieron desde comienzos de 1877 en el Vorwärts de Leipzig y que aquí se presentan reunidos.

Si la crítica de un sistema tan insignificante, pese a todo su autobombo, se presenta con la extensión que exige el asunto, dos circunstancias pueden disculparlo. Por un lado, esta crítica me dio ocasión de desarrollar en positivo, en diversos terrenos, mi concepción sobre cuestiones disputadas que hoy tienen un interés científico o práctico más general. Y por poco que se me pueda ocurrir oponer al sistema del señor Dühring otro sistema, espero que el lector no echará en falta, pese a toda la diversidad de la materia tratada, la coherencia interna de las opiniones que expongo.

Por otro lado, el «creador de sistemas» señor Dühring no es un fenómeno aislado en la Alemania de hoy. Desde hace algún tiempo brotan en Alemania de la noche a la mañana, como setas, los sistemas filosóficos, y en particular los de filosofía de la naturaleza, por docenas, por no hablar de los innumerables sistemas nuevos de política, de economía, etc. Así como en el Estado moderno se supone que cada ciudadano tiene juicio maduro sobre todas las cuestiones que está llamado a votar, y así como en economía se admite que cada comprador es también un conocedor de todas las mercancías que tiene ocasión de comprar para su sustento, así ha de ocurrir ahora también en la ciencia. Cualquiera puede escribir sobre todo, y en eso consiste precisamente la «libertad de la ciencia»: en escribir precisamente sobre lo que no se ha aprendido y en hacer pasar esto por el único método rigurosamente científico. Y el señor Dühring es uno de los tipos más característicos de esta seudociencia petulante que hoy en Alemania se abre paso por todas partes hasta el primer plano y lo ensordece todo con su atronadora… hojalata sublime. Hojalata sublime en la poesía, en la filosofía, en la economía, en la historiografía; hojalata sublime en la cátedra y en la tribuna; hojalata sublime en todas partes; hojalata sublime con pretensiones de superioridad y de profundidad de pensamiento, a diferencia de la simple hojalata, chata y vulgar, de otras naciones; la hojalata sublime, el producto más característico y más abundante de la industria intelectual alemana, barato pero malo, igual que otros productos alemanes, junto a los cuales, por desgracia, no estuvo representada en Filadelfia.41 Incluso el socialismo alemán, sobre todo desde el buen ejemplo del señor Dühring, produce últimamente hojalata sublime en cantidades nada despreciables; que el movimiento socialdemócrata práctico se deje confundir tan poco por esa hojalata sublime es una prueba más de la naturaleza notablemente sana de nuestra clase obrera, en un país en el que, por lo demás, salvo la ciencia de la naturaleza, casi todo está enfermo en estos momentos.

Cuando Nägeli, en su discurso en el congreso de naturalistas de Múnich, declaró que el conocimiento humano nunca adquirirá el carácter de omnisciencia, es evidente que no conocía las hazañas del señor Dühring.42 Estas hazañas me han obligado a seguirlas también por una serie de terrenos en los que, a lo sumo, puedo moverme en calidad de aficionado. Esto vale sobre todo para las distintas ramas de la ciencia de la naturaleza, en las que hasta ahora se tenía a menudo por algo más que inmodesto que un «profano» quisiera meter baza. Me anima, sin embargo, en cierta medida la afirmación del señor Virchow, pronunciada también en Múnich y discutida con más detalle en otro lugar, de que todo naturalista, fuera de su propia especialidad, no es tampoco más que un semisabio, vulgo un profano.43 Así como un especialista de esta clase puede y debe permitirse invadir de vez en cuando terrenos vecinos, y así como los especialistas respectivos le disculpan entonces la torpeza de expresión y las pequeñas inexactitudes, también yo me he tomado la libertad de citar procesos y leyes de la naturaleza como ejemplos probatorios de mis concepciones teóricas generales, y bien puedo contar con la misma indulgencia.44 Los resultados de la ciencia moderna de la naturaleza se imponen, en efecto, a todo el que se ocupa de cuestiones teóricas con la misma fuerza irresistible con que los naturalistas de hoy, quiéranlo o no, se ven empujados a sacar conclusiones teóricas generales. Y aquí se produce cierta compensación. Si los teóricos son semisabios en el terreno de la ciencia de la naturaleza, los naturalistas de hoy lo son de hecho en la misma medida en el terreno de la teoría, en el terreno de lo que hasta ahora se ha llamado filosofía.

La investigación empírica de la naturaleza ha acumulado una masa tan enorme de materia de conocimiento positivo que la necesidad de ordenarla sistemáticamente y según su conexión interna en cada campo particular de investigación se ha vuelto sencillamente ineludible. Igual de ineludible se vuelve poner en la debida conexión entre sí los distintos campos del conocimiento. Pero con ello la ciencia de la naturaleza entra en el terreno teórico, y aquí fallan los métodos de la experiencia empírica; aquí solo puede ayudar el pensamiento teórico.45 Ahora bien, el pensamiento teórico solo es una cualidad innata en cuanto disposición. Esta disposición tiene que desarrollarse, que cultivarse, y para cultivarla no hay hasta ahora otro medio que el estudio de la filosofía anterior.

El pensamiento teórico de cada época, y por tanto también el de la nuestra, es un producto histórico que adopta en distintos tiempos formas muy distintas y, con ello, un contenido muy distinto. La ciencia del pensamiento es, pues, como cualquier otra, una ciencia histórica, la ciencia del desarrollo histórico del pensamiento humano. Y esto tiene importancia también para la aplicación práctica del pensamiento a los terrenos empíricos. Porque, en primer lugar, la teoría de las leyes del pensamiento no es en modo alguno una verdad eterna establecida de una vez para siempre, como se lo figura el entendimiento del filisteo al oír la palabra lógica. La propia lógica formal ha seguido siendo, desde Aristóteles hasta hoy, terreno de enconado debate. Y la dialéctica, por su parte, solo la han estudiado con detenimiento hasta ahora dos pensadores: Aristóteles y Hegel. Pero precisamente la dialéctica es la forma de pensamiento más importante para la ciencia de la naturaleza de hoy, porque es la única que ofrece la analogía, y con ello el método de explicación, de los procesos de desarrollo que se dan en la naturaleza, de las conexiones en su conjunto, de los tránsitos de un campo de investigación a otro.

En segundo lugar, el conocimiento de la marcha histórica del desarrollo del pensamiento humano, de las concepciones de las conexiones generales del mundo exterior que han aparecido en distintas épocas, es también una necesidad para la ciencia teórica de la naturaleza porque le proporciona una medida para las teorías que ella misma ha de formular. Pero aquí la falta de conocimiento de la historia de la filosofía se pone de manifiesto con bastante frecuencia y de modo bastante llamativo. Proposiciones formuladas en filosofía desde hace siglos, a menudo liquidadas filosóficamente desde hace mucho tiempo, aparecen con bastante frecuencia entre los naturalistas aficionados a teorizar como sabiduría flamante, y hasta se ponen de moda durante algún tiempo. Es sin duda un gran éxito de la teoría mecánica del calor haber apoyado con nuevas pruebas el principio de la conservación de la energía y haberlo vuelto a poner en primer plano; pero ¿habría podido presentarse este principio como algo tan absolutamente nuevo si los señores físicos hubieran recordado que ya lo había formulado Descartes? Desde que la física y la química vuelven a manejar casi exclusivamente moléculas y átomos, la filosofía atomística de la antigua Grecia ha vuelto necesariamente al primer plano. ¡Pero con qué superficialidad la tratan incluso los mejores de ellos! Así, Kekulé (Fines y logros de la química) cuenta que procede de Demócrito, en lugar de Leucipo, y afirma que Dalton fue el primero en admitir la existencia de átomos elementales cualitativamente distintos y en atribuirles pesos distintos, característicos de los distintos elementos, cuando en Diógenes Laercio (X, §§ 43-44 y 61) puede leerse que ya Epicuro atribuye a los átomos diferencias no solo de tamaño y de forma, sino también de peso, y conoce, por tanto, a su modo, el peso atómico y el volumen atómico.46

El año 1848, que en Alemania no llevó nada a término, solo produjo allí un vuelco total en el terreno de la filosofía. Al lanzarse la nación a lo práctico, fundando aquí los comienzos de la gran industria y de la especulación fraudulenta, allá el formidable auge que la ciencia de la naturaleza ha tomado desde entonces en Alemania, inaugurado por los predicadores ambulantes y caricaturas Vogt, Büchner, etc., volvió resueltamente la espalda a la filosofía clásica alemana, que se había perdido en las arenas del viejo hegelianismo berlinés.47 El viejo hegelianismo berlinés se lo tenía bien merecido. Pero una nación que quiere estar a la altura de la ciencia no puede, sencillamente, prescindir del pensamiento teórico. Con el hegelianismo se arrojó también por la borda la dialéctica —precisamente en el momento en que el carácter dialéctico de los procesos naturales se imponía de modo irresistible, en que, por tanto, solo la dialéctica podía ayudar a la ciencia de la naturaleza a salvar el monte teórico—, y con ello se volvió a caer, desamparado, en la vieja metafísica. Desde entonces, en el público hicieron estragos, por un lado, las chatas reflexiones de Schopenhauer, cortadas a la medida del filisteo, y más tarde incluso las de Hartmann; por otro, el materialismo vulgar de predicador ambulante de un Vogt y un Büchner.48 En las universidades se hacían la competencia las más diversas clases de eclecticismo, que solo coincidían en estar recortadas de puros desechos de filosofías pasadas y en ser todas igual de metafísicas. De los restos de la filosofía clásica solo se salvó cierto neokantismo cuya última palabra era la cosa en sí eternamente incognoscible, es decir, el trozo de Kant que menos merecía conservarse. El resultado final fue la dispersión y la confusión del pensamiento teórico que hoy reinan.

Apenas se puede tomar en la mano un libro teórico de ciencia de la naturaleza sin tener la impresión de que los propios naturalistas sienten hasta qué punto están dominados por esta dispersión y esta confusión, y de que la llamada filosofía hoy corriente no les ofrece salida alguna. Y aquí no hay, sencillamente, otra salida, otra posibilidad de llegar a la claridad, que la vuelta, en una forma o en otra, del pensamiento metafísico al pensamiento dialéctico.

Esta vuelta puede producirse por distintos caminos. Puede imponerse de modo espontáneo, por la mera fuerza de los propios descubrimientos de la ciencia de la naturaleza, que no se dejan seguir encajando en el viejo lecho de Procusto metafísico. Pero este es un proceso largo y pesado, en el que hay que vencer una enormidad de rozamientos superfluos. En gran parte está ya en marcha, sobre todo en la biología. Puede abreviarse mucho si los naturalistas teóricos quieren ocuparse más de cerca de la filosofía dialéctica en las figuras en que se presenta históricamente. Entre esas figuras hay sobre todo dos que pueden ser especialmente fecundas para la ciencia moderna de la naturaleza.

La primera es la filosofía griega. Aquí el pensamiento dialéctico aparece todavía en su sencillez espontánea, aún no estorbado por los hermosos obstáculos que la metafísica de los siglos XVII y XVIII —Bacon y Locke en Inglaterra, Wolff en Alemania— se levantó a sí misma y con los que se cerró el camino para pasar de la comprensión de lo singular a la comprensión del todo, a la visión de la conexión general. Entre los griegos —precisamente porque aún no habían avanzado hasta la descomposición, hasta el análisis de la naturaleza—, la naturaleza se contempla todavía como un todo, en su conjunto. La conexión general de los fenómenos naturales no se demuestra en el detalle; para los griegos es resultado de la intuición inmediata. En eso reside la insuficiencia de la filosofía griega, por la que más tarde tuvo que ceder el paso a otros modos de ver. Pero en eso reside también su superioridad frente a todos sus adversarios metafísicos posteriores. Si la metafísica tuvo razón frente a los griegos en el detalle, los griegos tuvieron razón frente a la metafísica en el conjunto. Esta es una de las razones por las que nos vemos obligados, en filosofía como en tantos otros terrenos, a volver una y otra vez a las realizaciones de aquel pequeño pueblo cuyo talento y actividad universales le han asegurado en la historia del desarrollo de la humanidad un lugar como ningún otro pueblo podrá reclamar jamás. Pero la otra razón es que en las múltiples formas de la filosofía griega se encuentran ya en germen, en gestación, casi todos los modos de ver posteriores. Por eso la ciencia teórica de la naturaleza se ve igualmente obligada, si quiere seguir la historia del nacimiento y del desarrollo de sus proposiciones generales de hoy, a remontarse a los griegos. Y esta comprensión se va abriendo paso cada vez más. Son cada vez más raros los naturalistas que, mientras ellos mismos manejan desechos de la filosofía griega, por ejemplo la atomística, como si fueran verdades eternas, miran a los griegos por encima del hombro, con aires baconianos, porque no tenían ciencia empírica de la naturaleza. Solo sería de desear que esta comprensión avanzara hasta un conocimiento real de la filosofía griega.

La segunda figura de la dialéctica, la que está precisamente más cerca de los naturalistas alemanes, es la filosofía clásica alemana, de Kant a Hegel. Aquí ya se ha hecho un comienzo, pues también fuera del neokantismo antes mencionado vuelve a estar de moda recurrir a Kant. Desde que se ha descubierto que Kant es el autor de dos hipótesis geniales sin las cuales la ciencia teórica de la naturaleza de hoy, sencillamente, no puede avanzar —la teoría del origen del sistema solar, atribuida antes a Laplace, y la teoría del frenado de la rotación de la Tierra por la ola de marea—, Kant ha vuelto a recibir de los naturalistas los honores que merece.49 Pero querer estudiar la dialéctica en Kant sería un trabajo inútilmente penoso y poco provechoso, desde que existe en las obras de Hegel un compendio amplio de la dialéctica, aunque desarrollado desde un punto de partida completamente falso.

Después de que, por un lado, la reacción contra la «filosofía de la naturaleza», justificada en gran parte por ese punto de partida falso y por el desamparado empantanamiento del hegelianismo berlinés, ha seguido su libre curso y ha degenerado en puro insulto, y después de que, por otro lado, la metafísica ecléctica corriente ha dejado tan brillantemente en la estacada a la ciencia de la naturaleza en sus necesidades teóricas, será posible pronunciar de nuevo ante los naturalistas el nombre de Hegel sin provocar con ello aquel baile de San Vito en el que el señor Dühring da un espectáculo tan divertido.

Ante todo hay que dejar sentado que aquí no se trata en modo alguno de defender el punto de partida de Hegel: que el espíritu, el pensamiento, la idea, es lo originario, y el mundo real no es más que la copia de la idea. Esto ya lo había abandonado Feuerbach. Todos estamos de acuerdo en que, en todo terreno científico, en la naturaleza como en la historia, hay que partir de los hechos dados, en la ciencia de la naturaleza, por tanto, de las distintas formas materiales y formas del movimiento de la materia;50 en que, por tanto, también en la ciencia teórica de la naturaleza las conexiones no han de introducirse construyéndolas en los hechos, sino descubrirse en ellos y, una vez descubiertas, demostrarse por la experiencia en la medida de lo posible.

Tampoco puede tratarse de mantener el contenido dogmático del sistema de Hegel, tal como lo ha predicado el hegelianismo berlinés de la línea vieja y de la joven. Con el punto de partida idealista cae también el sistema construido sobre él, y en particular, por tanto, la filosofía de la naturaleza de Hegel. Pero hay que recordar que la polémica de los naturalistas contra Hegel, en la medida en que lo entendieron correctamente, solo se dirigió contra estos dos puntos: el punto de partida idealista y la construcción del sistema, arbitraria frente a los hechos.

Descontado todo esto, queda todavía la dialéctica hegeliana. Es mérito de Marx haber vuelto a destacar el primero, frente a la «epigonería enojosa, presuntuosa y mediocre que lleva hoy la voz cantante en Alemania», el olvidado método dialéctico, su conexión con la dialéctica hegeliana y su diferencia respecto de ella, y haber aplicado al mismo tiempo, en El capital, este método a los hechos de una ciencia empírica, la economía política.51 Y con el resultado de que incluso en Alemania la escuela económica más reciente solo se eleva por encima del vulgar librecambismo copiando a Marx (y con bastante frecuencia mal) con el pretexto de criticarlo.

En Hegel reina en la dialéctica la misma inversión de toda conexión real que en todas las demás ramificaciones de su sistema. Pero, como dice Marx: «La mistificación que sufre la dialéctica en manos de Hegel no impide en modo alguno que él haya sido el primero en exponer de un modo amplio y consciente sus formas generales de movimiento. En él la dialéctica está cabeza abajo. Hay que darle la vuelta para descubrir el núcleo racional dentro de la envoltura mística.»

Pero en la propia ciencia de la naturaleza nos encontramos con bastante frecuencia con teorías en las que la relación real está puesta cabeza abajo, en las que se toma la imagen reflejada por la forma original, y que necesitan, por tanto, que se les dé la vuelta de ese modo. Tales teorías dominan con bastante frecuencia durante largo tiempo. Si el calor se tuvo durante casi dos siglos por una materia especial y misteriosa, en lugar de por una forma del movimiento de la materia ordinaria, era exactamente el mismo caso, y la teoría mecánica del calor llevó a cabo la inversión. No obstante, la física dominada por la teoría del calórico descubrió una serie de leyes importantísimas del calor y, en particular gracias a [J.-B.-J.] Fourier y Sadi Carnot, dejó el camino libre para la concepción correcta, que tuvo a su vez que dar la vuelta a las leyes descubiertas por su predecesora y traducirlas a su propio lenguaje.52 Del mismo modo, en química, la teoría del flogisto, con un trabajo experimental de cien años, proporcionó por primera vez el material con cuya ayuda Lavoisier pudo descubrir en el oxígeno obtenido por Priestley el polo opuesto real del fantástico flogisto y echar así por tierra toda la teoría flogística.53 Pero con ello no quedaban eliminados en absoluto los resultados experimentales de la flogística. Al contrario. Subsistieron; solo se dio la vuelta a su formulación, se tradujo del lenguaje flogístico al lenguaje químico desde entonces vigente, y en esa medida conservaron su validez.

Lo que la teoría del calórico es a la teoría mecánica del calor, y la teoría flogística a la de Lavoisier, eso es la dialéctica hegeliana a la dialéctica racional.

La investigación de la naturaleza en el mundo de los espíritus

Es un viejo principio de la dialéctica, que ha pasado a la conciencia popular, que los extremos se tocan. Difícilmente nos equivocaremos, por tanto, si buscamos los grados más extremos de fantasía, credulidad y superstición no en aquella corriente de la ciencia de la naturaleza que, como la filosofía alemana de la naturaleza, trató de encerrar el mundo objetivo en el marco de su pensamiento subjetivo, sino más bien en la corriente opuesta, que, ufana de la mera experiencia, trata el pensamiento con soberano desprecio y que, en efecto, es la que más lejos ha llegado también en la falta de pensamiento. Esta escuela domina en Inglaterra. Ya su padre, el tan alabado Francis Bacon, pide que se practique su nuevo método empírico, inductivo, para lograr con él ante todo: la prolongación de la vida, el rejuvenecimiento en cierto grado, el cambio de la estatura y de los rasgos, la transformación de unos cuerpos en otros, la producción de especies nuevas, el poder sobre el aire y la provocación de tempestades; se queja de que se hayan abandonado tales investigaciones y da en su historia natural recetas en toda regla para hacer oro y obrar toda clase de maravillas.54 Del mismo modo, Isaac Newton se ocupó mucho en su vejez de interpretar el Apocalipsis de san Juan.55 ¿Qué tiene de extraño, entonces, que en los últimos años el empirismo inglés, en algunos de sus representantes —y no son los peores—, haya caído al parecer sin remedio en el espiritismo de golpes en la mesa y de visiones de espíritus importado de América?

El primer naturalista que hay que contar aquí es el muy meritorio zoólogo y botánico Alfred Russel Wallace, el mismo que formuló, a la vez que Darwin, la teoría de la transformación de las especies por selección natural. En su opúsculo On Miracles and Modern Spiritualism («Sobre los milagros y el espiritismo moderno»), Londres, Burns, 1875, cuenta que sus primeras experiencias en esta rama de la ciencia natural datan de 1844, cuando asistió a las conferencias del señor Spencer Hall sobre mesmerismo e hizo en consecuencia experimentos parecidos con sus alumnos.56

«El asunto me interesaba en grado sumo y lo seguí con pasión» (ardour) [pág. 119].

No solo produjo el sueño magnético, junto con los fenómenos de rigidez de los miembros e insensibilidad local, sino que confirmó también la exactitud del mapa craneal de Gall, pues al tocar cualquier órgano de Gall se despertaba en el paciente magnetizado la actividad correspondiente, que este ponía en práctica como estaba mandado con gestos animados.57 Comprobó además que su paciente, con solo que lo tocara, participaba de todas las sensaciones del operador; lo emborrachaba con un vaso de agua con solo decirle que era coñac. A uno de los muchachos pudo incluso volverlo tan tonto, en estado de vigilia, que ya no sabía su propio nombre, cosa que otros maestros de escuela consiguen, por lo demás, también sin mesmerismo. Y así sucesivamente.

Ahora bien, se da la circunstancia de que yo también vi a ese señor Spencer Hall en el invierno de 1843-1844 en Manchester. Era un charlatán completamente vulgar que recorría el país bajo la protección de algunos curas y hacía exhibiciones magnético-frenológicas con una muchacha, para demostrar con ellas la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y la nulidad del materialismo que predicaban entonces los owenistas en todas las grandes ciudades.58 Se ponía a la dama en sueño magnético y, en cuanto el operador le tocaba cualquier órgano de Gall del cráneo, ella ofrecía gestos y poses teatrales y demostrativos que representaban la actividad del órgano en cuestión; con el órgano del amor a los hijos (philoprogenitiveness), por ejemplo, mimaba y besaba a un bebé imaginario, etc. El buen Hall había enriquecido además la geografía craneal de Gall con una nueva isla Barataria:59 en lo más alto de la coronilla había descubierto un órgano de la adoración, y al tocarlo su señorita hipnotizada caía de rodillas, juntaba las manos y presentaba ante el asombrado filisteísmo allí reunido al ángel extasiado en adoración. Era el final y el punto culminante de la función. La existencia de Dios quedaba demostrada.

A un conocido mío y a mí nos pasó lo mismo que al señor Wallace. Los fenómenos nos interesaron y tratamos de ver hasta qué punto podíamos reproducirlos. Un muchacho despierto de doce años se ofreció como sujeto. Mirándolo fijamente con suavidad o con unos pases de la mano, pasaba sin dificultad al estado hipnótico. Pero como procedíamos con algo menos de credulidad y algo menos de fervor que el señor Wallace, llegamos también a resultados completamente distintos. Aparte de la rigidez muscular y de la insensibilidad, fáciles de producir, encontramos un estado de completa pasividad de la voluntad, unido a una excitabilidad peculiarmente exaltada de la sensación. El paciente, sacado de su letargo por cualquier estímulo exterior, mostraba mucha más viveza aún que en estado de vigilia. De relación misteriosa con el operador, ni rastro; cualquier otro podía poner en actividad al dormido con la misma facilidad. Hacer funcionar los órganos craneales de Gall era lo de menos para nosotros; fuimos mucho más lejos: no solo podíamos intercambiarlos y trasladarlos por todo el cuerpo, sino que fabricábamos además cualquier cantidad de órganos nuevos, del canto, del silbido, del toque de trompeta, del baile, del boxeo, de la costura, de la zapatería, del fumar, etc., y los situábamos donde queríamos. Si Wallace emborrachaba a su paciente con agua, nosotros descubrimos en el dedo gordo del pie un órgano de la embriaguez que bastaba tocar para poner en marcha la más hermosa comedia de borrachera. Pero, entiéndase bien: ningún órgano mostraba ni sombra de efecto mientras no se le diera a entender al paciente lo que se esperaba de él; con la práctica, el muchacho se perfeccionó pronto hasta el punto de que bastaba la menor insinuación. Los órganos así producidos seguían luego vigentes de una vez para siempre también para las sesiones de sueño posteriores, mientras no se modificaran por el mismo camino. El paciente tenía, sencillamente, una doble memoria: una para el estado de vigilia y otra, completamente separada, para el estado hipnótico. En cuanto a la pasividad de la voluntad, a su sumisión absoluta a la voluntad de un tercero, pierde toda apariencia de milagro en cuanto no olvidamos que todo el estado empezó con la sumisión de la voluntad del paciente a la del operador y que sin ella no puede producirse. El magnetizador más poderoso de la Tierra no sabe ya qué hacer en cuanto su paciente se le ríe en la cara.

Mientras nosotros, con nuestro frívolo escepticismo, encontrábamos así en la base de la charlatanería magnético-frenológica una serie de fenómenos que en su mayoría solo se distinguen de los del estado de vigilia en el grado y no necesitan ninguna interpretación mística, la pasión (ardour) del señor Wallace lo llevó a una serie de autoengaños en virtud de los cuales confirmó el mapa craneal de Gall en todos sus detalles y estableció una misteriosa relación entre operador y paciente.60 En todo el relato del señor Wallace, sincero hasta la ingenuidad, se trasluce que le importaba mucho menos investigar el fondo real de la charlatanería que reproducir a toda costa todos los fenómenos. Basta esta disposición de ánimo para convertir en poco tiempo al investigador inicial, mediante un autoengaño sencillo y fácil, en adepto. El señor Wallace acabó creyendo en los milagros magnético-frenológicos y ya tenía un pie en el mundo de los espíritus.

El otro pie lo metió en 1865. De vuelta de sus doce años de viajes por la zona tórrida, unos experimentos con mesas giratorias lo llevaron a la compañía de diversos «médiums». El opúsculo citado da testimonio de lo rápidos que fueron sus progresos y de lo completo de su dominio del asunto. No solo pretende que tomemos por moneda de ley todos los supuestos milagros de los Home, de los hermanos Davenport y de otros «médiums» que se exhiben más o menos por dinero y que en su mayor parte han sido desenmascarados más de una vez como impostores,61 sino también toda una serie de historias de espíritus de tiempos anteriores, supuestamente acreditadas. Las pitonisas del oráculo griego, las brujas de la Edad Media eran «médiums», y Jámblico, en De divinatione, describe ya con toda exactitud62

«los fenómenos más asombrosos del espiritismo moderno».

Un solo ejemplo de lo a la ligera que se toma el señor Wallace la comprobación y acreditación científica de estos milagros. Es sin duda mucho pedir que creamos que los susodichos espíritus se dejan fotografiar, y tenemos sin duda derecho a exigir que tales fotografías de espíritus, antes de que las aceptemos como auténticas, estén acreditadas del modo más indudable. Pues bien, el señor Wallace cuenta en la pág. 187 que en marzo de 1872 la señora Guppy, de soltera Nichol, uno de los médiums principales, se hizo fotografiar con su marido y su hijo pequeño en casa del señor Hudson, en Notting Hill, y que en dos tomas distintas apareció detrás de ella, en actitud de bendecir, una alta figura femenina artísticamente (finely) envuelta en gasa blanca, de rasgos algo orientales.63

«Aquí, pues, de dos cosas una es absolutamente cierta.64 O bien estaba presente un ser vivo, inteligente, pero invisible, o bien el señor y la señora Guppy, el fotógrafo y alguna cuarta persona han tramado un infame» (wicked) «fraude y lo han sostenido siempre desde entonces. Pero yo conozco muy bien al señor y a la señora Guppy y tengo la convicción absoluta de que son tan incapaces de un fraude de esta clase como cualquier investigador serio de la verdad en el terreno de la ciencia de la naturaleza.» [Pág. 188.]

Así pues, o fraude o fotografía de espíritus. De acuerdo. Y, en caso de fraude, o bien el espíritu estaba ya de antemano en las placas, o bien tienen que haber participado cuatro personas, o tres si dejamos aparte, como irresponsable o embaucado, al anciano señor Guppy, que murió en enero de 1875 a los 84 años (bastaba con mandarlo detrás del biombo del fondo). Que un fotógrafo podía procurarse sin dificultad un «modelo» para el espíritu es cosa en la que no hace falta gastar una palabra. Pero el fotógrafo Hudson fue acusado públicamente poco después de falsificar habitualmente fotografías de espíritus, de modo que el señor Wallace dice para apaciguar los ánimos:

«Una cosa está clara: si hubo fraude, lo descubrieron enseguida los propios espiritistas.» [Pág. 189.]

Así que tampoco en el fotógrafo se puede confiar mucho. Queda la señora Guppy, y en su favor habla «la convicción absoluta» del amigo Wallace, y nada más. ¿Nada más? En absoluto. En favor de la absoluta fiabilidad de la señora Guppy habla su afirmación de que una tarde, hacia comienzos de junio de 1871, fue transportada por los aires en estado de inconsciencia desde su casa de Highbury Hill Park hasta el número 69 de Lambs Conduit Street —tres millas inglesas en línea recta— y depositada en dicha casa número 69, sobre la mesa, en medio de una sesión de espiritismo. Las puertas de la habitación estaban cerradas, y aunque la señora Guppy era una de las damas más corpulentas de Londres, lo que sin duda ya es decir, su repentina irrupción no dejó el menor agujero ni en las puertas ni en el techo (contado en el Echo de Londres del 8 de junio de 1871). Y a quien no crea ahora en la autenticidad de la fotografía de espíritus, no hay quien lo ayude.

El segundo adepto notable entre los naturalistas ingleses es el señor William Crookes, descubridor del elemento químico talio y del radiómetro (llamado en Alemania también molinete de luz).65 El señor Crookes empezó hacia 1871 a investigar las manifestaciones espiritistas y empleó en ello toda una serie de aparatos físicos y mecánicos, balanzas de resorte, baterías eléctricas, etc. Si llevó consigo el aparato principal, una cabeza escéptica y crítica, o si lo conservó en condiciones de trabajar hasta el final, ya lo veremos. En todo caso, el señor Crookes quedó atrapado en no mucho tiempo tan por completo como el señor Wallace.

«Desde hace algunos años —cuenta este—, una joven dama, la señorita Florence Cook, ha mostrado notables cualidades de médium; y últimamente estas alcanzaron su punto culminante en la producción de una figura femenina completa, que afirma ser de origen espiritual y que aparecía descalza y con una vestidura blanca y vaporosa, mientras la médium, vestida de oscuro, yacía atada y profundamente dormida en un recinto cerrado con cortinas» (cabinet) «o en una habitación contigua.» [Pág. 181.]

Este espíritu, que se daba el nombre de Katey y que se parecía notablemente a la señorita Cook, fue agarrado de pronto una tarde por la cintura y retenido por el señor Volckman —el actual esposo de la señora Guppy— para ver si no era, precisamente, la señorita Cook en otra edición. El espíritu resultó ser una moza de lo más robusta, se defendió con brío, los espectadores intervinieron, se apagó el gas, y cuando, tras algunos forcejeos, se restableció la calma y se iluminó la habitación, el espíritu había desaparecido y la señorita Cook yacía atada e inconsciente en su rincón. Pero se dice que el señor Volckman sigue afirmando hasta hoy que agarró a la señorita Cook y a nadie más. Para establecer esto científicamente, un célebre electricista, el señor Varley, en un nuevo ensayo, hizo pasar la corriente de una batería por la médium, la señorita Cook, de tal modo que esta no habría podido representar al espíritu sin interrumpir la corriente. Pese a ello, el espíritu apareció. Era, pues, efectivamente un ser distinto de la señorita Cook. Comprobarlo más a fondo fue la tarea del señor Crookes. Su primer paso fue ganarse la confianza de la dama espiritual.

Esta confianza —así lo dice él mismo en The Spiritualist del 5 de junio de 1874— «creció poco a poco hasta tal punto que ella se negaba a dar una sesión si no era yo quien dirigía los preparativos. Decía que quería tenerme a mí siempre cerca de ella y cerca del gabinete; observé que, una vez establecida esta confianza y cuando estuvo segura de que yo no rompería ninguna promesa que le hubiera hecho, los fenómenos aumentaron considerablemente en fuerza y se permitieron libremente medios de prueba que por otro camino habrían sido inalcanzables. Me consultaba a menudo sobre las personas presentes en las sesiones y sobre los lugares que había que asignarles, pues últimamente se había vuelto muy medrosa» (nervous) «a causa de ciertas insinuaciones desacertadas de que, además de otros métodos de investigación más científicos, se empleara también la fuerza».

La señorita espíritu recompensó con creces esta confianza, tan amable como científica. Apareció —cosa que ya no puede extrañarnos— incluso en casa del señor Crookes, jugó con sus hijos y les contó «anécdotas de sus aventuras en la India», obsequió también al señor Crookes con «algunas de las amargas experiencias de su vida pasada», se dejó tomar en brazos por él para que se convenciera de su robusta materialidad, le dejó establecer el número de sus pulsaciones y de sus respiraciones por minuto y, por último, se dejó fotografiar también junto al señor Crookes.

«Esta figura —dice el señor Wallace—, después de que se la hubo visto, palpado, fotografiado y conversado con ella, desapareció absolutamente de una pequeña habitación que no tenía otra salida que una habitación contigua llena de espectadores» [pág. 183],

lo cual no es un arte tan grande, siempre que los espectadores fueran lo bastante corteses para mostrar al señor Crookes, en cuya casa ocurría esto, no menos confianza que la que él mostraba al espíritu.

Por desgracia, estos «fenómenos plenamente acreditados» no son, sin más, creíbles ni siquiera para los espiritistas. Hemos visto más arriba cómo el muy espiritista señor Volckman se permitió un agarrón muy material. Y ahora un clérigo, miembro del comité de la «Asociación Nacional Británica de Espiritistas», ha asistido también a una sesión de la señorita Cook y ha comprobado sin dificultad que la habitación por cuya puerta venía y desaparecía el espíritu comunicaba con el mundo exterior por una segunda puerta. El comportamiento del señor Crookes, presente también, dio «el golpe de gracia definitivo a mi creencia de que pudiera haber algo en estas manifestaciones» (Mystic London, by the Rev. C. Maurice Davies, Londres, Tinsley Brothers).66 Y, por si fuera poco, en América salió a la luz cómo se «materializan» las «Kateys». Un matrimonio Holmes daba en Filadelfia funciones en las que aparecía también una «Katey», a la que los creyentes colmaban de regalos. Pero un escéptico no descansó hasta dar con el rastro de la tal Katey, que por cierto ya se había declarado una vez en huelga por falta de pago: la descubrió en un boarding house (casa de huéspedes) como una joven dama de carne y hueso indiscutibles y en posesión de todos los regalos hechos al espíritu.

Pero también el continente había de conocer a sus visionarios científicos de espíritus. Una corporación científica de San Petersburgo —no sé exactamente si la universidad o incluso la Academia— delegó al consejero de Estado señor Aksákov y al químico señor Bútlerov para investigar a fondo los fenómenos espiritistas, sin que al parecer haya salido mucho de ello.67 En cambio —si se ha de dar crédito a los ruidosos anuncios de los espiritistas—, ahora también Alemania ha puesto a su hombre en la persona del señor profesor Zöllner, de Leipzig.

Como es sabido, el señor Zöllner ha trabajado mucho desde hace años en la «cuarta dimensión» del espacio y ha descubierto que muchas cosas imposibles en un espacio de tres dimensiones se entienden por sí solas en un espacio de cuatro. Así, en este último espacio se puede dar la vuelta a una esfera metálica cerrada como a un guante sin hacerle un agujero; asimismo, hacer un nudo en un hilo infinito por ambos lados o sujeto por los dos extremos, y también enlazar dos anillos separados y cerrados sin abrir ninguno de ellos, y otras proezas por el estilo. Según nuevos y triunfales informes del mundo de los espíritus, el señor profesor Zöllner se habría dirigido a uno o varios médiums para establecer con su ayuda más detalles sobre la localización de la cuarta dimensión. El éxito habría sido sorprendente. El respaldo de la silla en el que apoyaba el brazo, mientras la mano no se apartaba nunca de la mesa, habría aparecido después de la sesión entrelazado con el brazo; un hilo sellado a la mesa por ambos extremos habría recibido cuatro nudos, etc. En una palabra, los espíritus habrían realizado como jugando todos los milagros de la cuarta dimensión.68 Bien entendido: relata refero;69 no respondo de la exactitud de los boletines de los espíritus, y si contuvieran algo inexacto, el señor Zöllner debería agradecerme que le dé ocasión de rectificarlo. Pero si reproducen sin falsear las experiencias del señor Zöllner, señalan evidentemente una nueva era tanto en la ciencia de los espíritus como en las matemáticas. Los espíritus prueban la existencia de la cuarta dimensión, igual que la cuarta dimensión responde de la existencia de los espíritus. Y una vez establecido esto, se abre a la ciencia un campo enteramente nuevo e inconmensurable. Todas las matemáticas y toda la ciencia de la naturaleza anteriores pasan a ser solo una escuela preparatoria para las matemáticas de la cuarta dimensión y de dimensiones aún más altas, y para la mecánica, la física, la química y la fisiología de los espíritus que residen en esas dimensiones superiores. ¿No ha establecido científicamente el señor Crookes cuánta pérdida de peso sufren las mesas y otros muebles al pasar —ahora ya podemos decirlo— a la cuarta dimensión, y no declara el señor Wallace cosa probada que allí el fuego no hiere el cuerpo humano? ¡Y luego la fisiología de estos cuerpos espirituales! Respiran, tienen pulso, por tanto pulmones, corazón y aparato circulatorio, y en consecuencia están sin duda tan bien equipados como cualquiera de nosotros también en cuanto a los demás órganos del cuerpo. Porque para respirar hacen falta hidrocarburos que se quemen en el pulmón, y estos solo pueden aportarse desde fuera: luego estómago, intestino y accesorios; y una vez comprobado todo esto, lo demás se sigue sin dificultad. Pero la existencia de tales órganos incluye la posibilidad de que enfermen, y así al señor Virchow aún puede ocurrirle tener que redactar una patología celular del mundo de los espíritus.70 Y como la mayoría de estos espíritus son jóvenes damas bellísimas, que no se distinguen en nada, pero en absolutamente nada, de las mujeres terrenales salvo por su belleza sobrenatural, ¿cuánto podría tardar en llegar el día en que se encuentren «con hombres que sienten amor»?; y si entonces, como comprobó el señor Crookes por el pulso, «no falta un corazón de mujer», se abre también a la selección natural una cuarta dimensión en la que ya no tendrá que temer que la confundan con la malvada socialdemocracia.71

Basta. Aquí se ve de un modo palpable cuál es el camino más seguro de la ciencia de la naturaleza al misticismo. No la teoría desbordante de la filosofía de la naturaleza, sino el empirismo más chato, que desprecia toda teoría y desconfía de todo pensamiento. No es la necesidad apriorística la que prueba la existencia de los espíritus, sino la observación empírica de los señores Wallace, Crookes y compañía. Si creemos las observaciones espectroscópicas de Crookes que condujeron al descubrimiento del metal talio, o los ricos descubrimientos zoológicos de Wallace en el archipiélago malayo, se nos exige la misma fe para las experiencias y los descubrimientos espiritistas de estos dos investigadores. Y si opinamos que aquí hay, sin embargo, una pequeña diferencia, a saber, que las unas podemos verificarlas y las otras no, los visionarios de espíritus nos replican que no es así y que están dispuestos a darnos ocasión de verificar también las apariciones de espíritus.

En efecto, no se desprecia impunemente la dialéctica. Por mucho desdén que se sienta por todo pensamiento teórico, no se pueden poner en conexión dos hechos naturales, ni comprender la conexión que existe entre ellos, sin pensamiento teórico. La cuestión es solo si se piensa bien o no, y el desdén por la teoría es, evidentemente, el camino más seguro para pensar de modo naturalista y, por tanto, falso. Pero el pensamiento falso, llevado hasta sus últimas consecuencias, llega regularmente, según una ley dialéctica bien conocida, a lo contrario de su punto de partida. Y así el desprecio empírico de la dialéctica se castiga a sí mismo llevando a algunos de los empíricos más sobrios a la más yerma de todas las supersticiones, al espiritismo moderno.

Lo mismo ocurre con las matemáticas. Los matemáticos metafísicos corrientes presumen con enorme orgullo de la absoluta irrefutabilidad de los resultados de su ciencia. Pero entre esos resultados figuran también las magnitudes imaginarias, a las que, con ello, corresponde también cierta realidad. Y una vez que uno se ha acostumbrado a atribuir a √−1 o a la cuarta dimensión alguna realidad fuera de nuestra cabeza, ya no importa dar un paso más y aceptar también el mundo de los espíritus de los médiums. Es como dijo Ketteler de Döllinger:72

«¡Ese hombre ha defendido tantos disparates en su vida que bien podía haber cargado también con la infalibilidad!»

En efecto, el mero empirismo es incapaz de acabar con los espiritistas. En primer lugar, los fenómenos «superiores» solo se muestran cuando el «investigador» en cuestión está ya tan atrapado que ve únicamente lo que debe o quiere ver, como el propio Crookes lo describe con tan inimitable ingenuidad. Pero, en segundo lugar, a los espiritistas no les importa que cientos de supuestos hechos se desenmascaren como engaños y docenas de supuestos médiums como vulgares prestidigitadores. Mientras no se haya despachado con una explicación cada uno de los supuestos milagros, les queda terreno de sobra, como lo dice claramente el propio Wallace a propósito de las fotografías de espíritus falsificadas. La existencia de las falsificaciones prueba la autenticidad de las auténticas.

Y así el empirismo se ve obligado a despachar la importunidad de los visionarios de espíritus no con experimentos empíricos, sino con consideraciones teóricas, y a decir con Huxley:

«Lo único bueno que, a mi juicio, podría resultar de la demostración de la verdad del espiritismo sería proporcionar un nuevo argumento contra el suicidio. ¡Mejor vivir como barrendero que decir sandeces, de muerto, por boca de un médium que se alquila a una guinea por sesión!»73

Dialéctica

(Hay que desarrollar la naturaleza general de la dialéctica como ciencia de las conexiones, por oposición a la metafísica.)

Es, pues, de la historia de la naturaleza y de la sociedad humana de donde se abstraen las leyes de la dialéctica. No son otra cosa que las leyes más generales de estas dos fases del desarrollo histórico y del pensamiento mismo. Y se reducen, en lo principal, a tres:

la ley del trueque de la cantidad en cualidad, y viceversa;

la ley de la compenetración de los contrarios;

la ley de la negación de la negación.

Las tres las ha desarrollado Hegel, a su manera idealista, como meras leyes del pensamiento: la primera, en la primera parte de la Lógica, en la doctrina del ser; la segunda ocupa toda la segunda parte de su Lógica, con mucho la más importante, la doctrina de la esencia; la tercera, por último, figura como ley fundamental para la construcción de todo el sistema.74 El error está en que estas leyes se imponen a la naturaleza y a la historia como leyes del pensamiento, en lugar de deducirse de ellas. De ahí nace luego toda la construcción forzada y a menudo espeluznante: el mundo, quiéralo o no, ha de ajustarse a un sistema de pensamiento que a su vez no es más que el producto de un determinado grado de desarrollo del pensamiento humano. Si damos la vuelta a la cosa, todo se vuelve sencillo, y las leyes dialécticas, que en la filosofía idealista tienen un aspecto sumamente misterioso, se vuelven al punto sencillas y claras como la luz del día.

Por lo demás, quien conozca un poco a su Hegel sabrá también que Hegel sabe dar, en cientos de pasajes, los ejemplos particulares más palmarios de las leyes dialécticas, tomados de la naturaleza y de la historia.

No tenemos que redactar aquí un manual de dialéctica, sino solo demostrar que las leyes dialécticas son verdaderas leyes del desarrollo de la naturaleza y, por tanto, válidas también para la investigación teórica de la naturaleza. No podemos, pues, entrar en la conexión interna de esas leyes entre sí.

  1. Ley del trueque de la cantidad en cualidad, y viceversa. Para nuestro fin podemos expresarla diciendo que en la naturaleza, de un modo exactamente determinado para cada caso particular, los cambios cualitativos solo pueden producirse por adición cuantitativa o sustracción cuantitativa de materia o de movimiento (la llamada energía).

Todas las diferencias cualitativas en la naturaleza descansan o bien en una composición química diferente, o bien en cantidades o formas diferentes de movimiento (energía), o bien, lo que ocurre casi siempre, en ambas cosas. Es, pues, imposible cambiar la cualidad de un cuerpo sin aporte o sustracción de materia o de movimiento, es decir, sin cambio cuantitativo del cuerpo en cuestión. En esta forma, pues, la misteriosa proposición de Hegel no solo aparece del todo racional, sino incluso bastante evidente.

Apenas hace falta señalar que también los distintos estados alotrópicos y de agregación de los cuerpos, por descansar en una agrupación molecular distinta, descansan en cantidades mayores o menores de movimiento comunicadas al cuerpo.

¿Pero y el cambio de forma del movimiento, o de la llamada energía? Cuando convertimos calor en movimiento mecánico, o viceversa, ¿no cambia la cualidad y la cantidad sigue siendo la misma? Muy cierto. Pero con el cambio de forma del movimiento pasa como con el vicio de Heine: virtuoso puede serlo cada cual por su cuenta; para el vicio hacen falta siempre dos. El cambio de forma del movimiento es siempre un proceso que tiene lugar entre al menos dos cuerpos, de los que uno pierde un determinado quantum de movimiento de esta cualidad (por ejemplo, calor) y el otro recibe un quantum correspondiente de movimiento de aquella otra cualidad (movimiento mecánico, electricidad, descomposición química). Cantidad y cualidad se corresponden aquí, pues, por ambas partes y recíprocamente. Hasta ahora no se ha logrado transformar movimiento de una forma en otra dentro de un único cuerpo aislado.

Aquí se trata por ahora solo de cuerpos inanimados; para los vivos vale la misma ley, pero se cumple en condiciones muy complicadas, y la medición cuantitativa todavía hoy nos resulta a menudo imposible.

Si nos imaginamos un cuerpo inanimado cualquiera dividido en partes cada vez más pequeñas, al principio no se produce ningún cambio cualitativo. Pero esto tiene su límite: si logramos, como en la evaporación, obtener libres las moléculas aisladas, podemos, es cierto, seguir dividiéndolas en la mayoría de los casos, pero solo con un cambio completo de la cualidad. La molécula se descompone en sus átomos, y estos tienen propiedades completamente distintas de las de aquella. En las moléculas compuestas de elementos químicos distintos, en lugar de la molécula compuesta aparecen átomos o moléculas de esos mismos elementos; en las moléculas elementales aparecen los átomos libres, que ejercen efectos cualitativos completamente distintos: los átomos libres del oxígeno naciente logran como jugando lo que nunca consiguen los átomos del oxígeno atmosférico, ligados en la molécula.

Pero ya la molécula es cualitativamente distinta de la masa del cuerpo al que pertenece. Puede efectuar movimientos con independencia de ella, y mientras la masa permanece en reposo aparente; por ejemplo, vibraciones térmicas; puede, mediante el cambio de posición y de conexión con las moléculas vecinas, hacer pasar el cuerpo a otro estado alotrópico o de agregación, etc.

Vemos, pues, que la operación puramente cuantitativa de la división tiene un límite en el que se trueca en una diferencia cualitativa: la masa consta de puras moléculas, pero es algo esencialmente distinto de la molécula, como esta lo es a su vez del átomo. En esta diferencia descansa la separación de la mecánica, como ciencia de las masas celestes y terrestres, respecto de la física, como mecánica de las moléculas, y de la química, como física de los átomos.

En la mecánica no aparecen cualidades; a lo sumo, estados como el equilibrio, el movimiento, la energía potencial, que descansan todos en una transmisión mensurable de movimiento y son ellos mismos expresables cuantitativamente. En la medida, pues, en que aquí se produce un cambio cualitativo, está condicionado por un cambio cuantitativo correspondiente.

En la física, los cuerpos se tratan como químicamente invariables o indiferentes; tenemos que vérnoslas con los cambios de sus estados moleculares y con el cambio de forma del movimiento, que en todos los casos, al menos por uno de los dos lados, pone en juego las moléculas. Aquí todo cambio es un trueque de la cantidad en cualidad, consecuencia de un cambio cuantitativo de la cantidad de movimiento, de cualquier forma, inherente al cuerpo o comunicada a él.

«Así, por ejemplo, el grado de temperatura del agua es al principio indiferente respecto de su liquidez; pero luego, al aumentar o disminuir la temperatura del agua líquida, se llega a un punto en el que este estado de cohesión cambia y el agua se convierte, por un lado, en vapor y, por otro, en hielo.» (Hegel, Enciclopedia, edición completa, tomo VI, pág. 217.)75

Así, hace falta una intensidad mínima determinada de la corriente para poner incandescente el hilo de platino de la lámpara eléctrica; así, cada metal tiene su calor de incandescencia y de fusión; cada líquido, su punto de congelación y de ebullición, fijo a una presión dada, en la medida en que nuestros medios nos permiten producir la temperatura correspondiente; así, por último, cada gas tiene su punto crítico, en el que la presión y el enfriamiento lo hacen líquido. En una palabra: las llamadas constantes de la física no son en gran parte otra cosa que designaciones de puntos nodales en los que el cambio cuantitativo, el aporte o la sustracción de movimiento, provoca un cambio cualitativo en el estado del cuerpo en cuestión; en los que, por tanto, la cantidad se trueca en cualidad.

Pero el terreno en el que la ley natural descubierta por Hegel celebra sus triunfos más formidables es el de la química. Puede definirse la química como la ciencia de los cambios cualitativos de los cuerpos a consecuencia de un cambio en su composición cuantitativa. Eso lo sabía ya el propio Hegel (Lógica, edición completa, III, pág. 433). Tomemos sin más el oxígeno: si se unen tres átomos en una molécula, en lugar de los dos habituales, tenemos el ozono, un cuerpo que se distingue muy claramente del oxígeno ordinario por el olor y por sus efectos. ¡Y no digamos las distintas proporciones en que el oxígeno se combina con el nitrógeno o con el azufre, cada una de las cuales forma un cuerpo cualitativamente distinto de todos los demás! ¡Qué distinto es el gas hilarante (monóxido de dinitrógeno, N₂O) del anhídrido nítrico (pentóxido de dinitrógeno, N₂O₅)! El primero es un gas; el segundo, a temperatura ordinaria, un cuerpo sólido cristalino. Y, sin embargo, toda la diferencia de composición está en que el segundo contiene cinco veces más oxígeno que el primero, y entre ambos se sitúan todavía otros tres óxidos del nitrógeno (NO, N₂O₃, NO₂), que son todos cualitativamente distintos de aquellos dos y entre sí.

Esto se pone de manifiesto de un modo aún más palmario en las series homólogas de los compuestos del carbono, sobre todo en las de los hidrocarburos más sencillos. De las parafinas normales, la inferior es el metano, CH₄; aquí las cuatro unidades de combinación del átomo de carbono están saturadas con cuatro átomos de hidrógeno. La segunda, el etano, C₂H₆, tiene dos átomos de carbono unidos entre sí y las seis unidades de combinación libres saturadas con seis átomos de hidrógeno. Y así se sigue: C₃H₈, C₄H₁₀, etc., según la fórmula algebraica CₙH₂ₙ₊₂, de modo que, con la adición de CH₂ cada vez, se forma cada vez un cuerpo cualitativamente distinto del anterior. Los tres miembros inferiores de la serie son gases; el superior conocido, el hexadecano, C₁₆H₃₄, es un cuerpo sólido con el punto de ebullición en 278 grados centígrados. Exactamente lo mismo ocurre con la serie de los alcoholes primarios derivados (teóricamente) de las parafinas, de fórmula CₙH₂ₙ₊₂O, y con la de los ácidos grasos monobásicos (fórmula CₙH₂ₙO₂). Qué diferencia cualitativa puede producir la adición cuantitativa de C₃H₆ nos lo enseña la experiencia cuando consumimos alcohol etílico, C₂H₆O, en cualquier forma bebible sin mezcla de otros alcoholes, y cuando otra vez tomamos el mismo alcohol etílico, pero con una pequeña adición de alcohol amílico, C₅H₁₂O, que forma el componente principal del infame aceite de fusel. Nuestra cabeza lo nota sin duda a la mañana siguiente, y para su desgracia; de modo que hasta podría decirse que la borrachera y luego la resaca son también cantidad trocada en cualidad: por un lado, de alcohol etílico; por otro, de ese C₃H₆ añadido.

En estas series, sin embargo, la ley de Hegel se nos presenta también en otra forma. Los miembros inferiores solo admiten una única disposición recíproca de los átomos. Pero si el número de átomos unidos en una molécula alcanza una magnitud determinada para cada serie, la agrupación de los átomos en la molécula puede darse de varias maneras; pueden aparecer, pues, dos o más cuerpos isómeros, que tienen en la molécula el mismo número de átomos de C, H y O, pero que, sin embargo, son cualitativamente distintos. Podemos incluso calcular cuántas de estas isomerías son posibles para cada miembro de la serie. Así, en la serie de las parafinas, para C₄H₁₀ dos, para C₅H₁₂ tres; en los miembros superiores, el número de isomerías posibles crece muy deprisa. Es, pues, de nuevo el número cuantitativo de los átomos en la molécula el que condiciona la posibilidad y, en la medida en que se ha demostrado, también la existencia real de tales cuerpos isómeros cualitativamente distintos.

Más aún. Por analogía con los cuerpos que conocemos en cada una de estas series, podemos sacar conclusiones sobre las propiedades físicas de los miembros todavía desconocidos de la serie y predecir con bastante seguridad, al menos para los miembros que siguen inmediatamente a los conocidos, esas propiedades, el punto de ebullición, etc.

Pero, por último, la ley de Hegel no vale solo para los cuerpos compuestos, sino también para los elementos químicos mismos. Sabemos ahora

«que las propiedades químicas de los elementos son una función periódica de los pesos atómicos» (Roscoe-Schorlemmer, Ausführliches Lehrbuch der Chemie, tomo II, pág. 823),76

que, por tanto, su cualidad está condicionada por la cantidad de su peso atómico. Y la prueba se ha hecho de un modo brillante. Mendeléiev demostró que en las series de elementos afines ordenadas según los pesos atómicos se encuentran diversas lagunas que indican que aquí quedan por descubrir elementos nuevos. Uno de estos elementos desconocidos, que llamó eka-aluminio porque sigue al aluminio en la serie que empieza por este, lo describió de antemano por sus propiedades químicas generales y predijo aproximadamente su peso específico y atómico, así como su volumen atómico. Pocos años después, Lecoq de Boisbaudran descubrió realmente este elemento, y las predicciones de Mendeléiev se cumplieron con diferencias muy pequeñas. El eka-aluminio se había hecho realidad en el galio (ibídem, pág. 828).77 Mediante la aplicación —inconsciente— de la ley hegeliana del trueque de la cantidad en cualidad, Mendeléiev había llevado a cabo una hazaña científica que puede ponerse audazmente al lado de la de Le Verrier al calcular la órbita del planeta Neptuno, todavía desconocido.78

En la biología, como en la historia de la sociedad humana, la misma ley se confirma a cada paso, pero aquí queremos quedarnos en ejemplos de las ciencias exactas, porque en ellas las cantidades pueden medirse y seguirse con exactitud.

Probablemente, los mismos señores que hasta ahora han denostado el trueque de la cantidad en cualidad como misticismo y trascendentalismo incomprensible declararán ahora que es algo completamente evidente, trivial y chato, que vienen aplicando desde hace mucho tiempo, y que, por tanto, no se les enseña nada nuevo. Pero haber enunciado por primera vez, en su forma de validez general, una ley general del desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento sigue siendo siempre una hazaña de alcance histórico universal. Y si los señores llevan años haciendo que la cantidad y la cualidad se truequen una en otra sin saber lo que hacían, tendrán que consolarse con el monsieur Jourdain de Molière, que también se había pasado la vida hablando en prosa sin sospecharlo lo más mínimo.79

  1. La «vieja introducción» es el texto que se publica más abajo en esta misma página, «Vieja introducción al “Anti-Dühring”. Sobre la dialéctica». ↩

  2. Saint-Simon y su antiguo secretario Auguste Comte propusieron una clasificación y jerarquía de las ciencias; Hegel expuso la conexión de las ciencias de la naturaleza en la segunda parte de su Enciclopedia de las ciencias filosóficas. ↩

  3. Rudolf Clausius (1822-1888), físico alemán, uno de los fundadores de la termodinámica y de la teoría cinética de los gases; Josef Loschmidt (1821-1895), físico austriaco, que calculó por primera vez el tamaño de las moléculas. ↩

  4. Emil du Bois-Reymond, fisiólogo, en su conferencia Über die Grenzen des Naturerkennens («Sobre los límites del conocimiento de la naturaleza», 1872), que concluía con el célebre ignorabimus («no lo sabremos»); el botánico Carl Nägeli, en su discurso Die Schranken der naturwissenschaftlichen Erkenntnis («Las barreras del conocimiento científico-natural»), pronunciado en el congreso de naturalistas y médicos alemanes de Múnich en septiembre de 1877. ↩

  5. Ernst Haeckel atribuía a los «plastídulos», las moléculas del protoplasma, una especie de alma dotada de memoria (Die Perigenesis der Plastidule, 1876). ↩

  6. Rudolf Virchow, en su discurso Die Freiheit der Wissenschaft im modernen Staat («La libertad de la ciencia en el Estado moderno»), pronunciado en el mismo congreso de Múnich de 1877, distinguía entre la libertad de investigar y la de enseñar, y se oponía a que se enseñara en las escuelas la teoría de la descendencia; Haeckel le contestó con Freie Wissenschaft und freie Lehre («Ciencia libre y enseñanza libre», 1878). ↩

  7. Virchow, fundador de la patología celular, concebía el organismo como un «Estado celular», una federación de células. ↩

  8. Oscar Schmidt, zoólogo, en su artículo «Darwinismus und Socialdemokratie» (1878), y Haeckel, en el escrito citado en la nota anterior, sostuvieron contra Virchow que el darwinismo, lejos de favorecer el socialismo, era una doctrina «aristocrática». ↩

  9. Hermann von Helmholtz, Populäre wissenschaftliche Vorträge («Conferencias científicas populares»), cuaderno II (Brunswick, 1871), con la conferencia «Über die Erhaltung der Kraft» («Sobre la conservación de la fuerza»). Engels discute su concepto de trabajo en la parte II de esta edición. ↩

  10. Páginas del tomo de Helmholtz citado en la nota anterior. Engels trata ambos puntos en «Formas fundamentales del movimiento». ↩

  11. Marc-René de Montalembert (1714-1800), ingeniero militar francés, autor de un sistema de fortificación «perpendicular» que adoptó la moderna fortificación alemana. ↩

  12. El coral Ein feste Burg ist unser Gott («Castillo fuerte es nuestro Dios»), al que Heine llamó la Marsellesa de la Reforma. ↩

  13. Miguel Servet, que describió la circulación pulmonar de la sangre, fue quemado en Ginebra en 1553 a instancias de Calvino; Giordano Bruno fue quemado por la Inquisición en Roma en 1600. ↩

  14. Lutero quemó públicamente en Wittenberg, en diciembre de 1520, la bula papal que lo amenazaba de excomunión. La obra de Copérnico, De revolutionibus orbium coelestium, apareció en 1543, el año de su muerte. ↩

  15. Al margen del manuscrito, Engels anotó a lápiz: «Torricelli, con ocasión de la regulación de los ríos alpinos». ↩

  16. Christian Wolff (1679-1754), filósofo alemán que sistematizó la filosofía de Leibniz. ↩

  17. Al margen del manuscrito, Engels anotó: «La fijeza de la vieja concepción de la naturaleza proporcionó el terreno para la síntesis general de toda la ciencia de la naturaleza como un todo. Los enciclopedistas franceses, todavía de modo puramente mecánico, una cosa junto a otra; luego, al mismo tiempo, Saint-Simon y la filosofía alemana de la naturaleza, consumada por Hegel». ↩

  18. (Nota de Engels.) Cuán inquebrantablemente podía creer todavía en 1861 en esta opinión un hombre cuyos trabajos científicos habían proporcionado un material importantísimo para eliminarla, lo muestran las siguientes palabras clásicas:

    «Todas [las disposiciones del sistema de nuestro Sol tienden, hasta donde podemos penetrarlas, a la conservación de lo existente y a una duración inmutable. Así como ningún animal, ninguna planta de la Tierra se ha vuelto, desde los tiempos más antiguos, más perfecta ni, en general, distinta; así como en todos los organismos solo encontramos gradaciones una junto a otra, no una tras otra; así como nuestro propio linaje ha permanecido siempre el mismo en lo corporal, tampoco la mayor diversidad de los cuerpos celestes coexistentes nos autorizará a suponer en esas formas meros grados de desarrollo distintos; antes bien, todo lo creado es igualmente perfecto] en sí» (Mädler, Pop. Astr[onomie], Berlín, 1861, 5.ª ed., pág. 316). [Johann Heinrich von Mädler (1794-1874), astrónomo alemán.] ↩

  19. Allgemeine Naturgeschichte und Theorie des Himmels, publicada anónima en 1755. ↩

  20. Hegel cita esta advertencia de Newton en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, § 98, adición. ↩

  21. Pierre-Simon Laplace expuso su hipótesis nebular en Exposition du système du monde (1796); William Herschel estudió las nebulosas y su posible condensación en estrellas. ↩

  22. Al margen del manuscrito, Engels anotó a lápiz: «El frenado de la rotación por la ola de marea, también de Kant, solo ahora comprendido». ↩

  23. (Nota de Engels.) El defecto de la concepción de Lyell —al menos en su primera forma— estaba en que concebía como constantes las fuerzas que actúan sobre la Tierra, constantes en cualidad y cantidad. El enfriamiento de la Tierra no existe para él; la Tierra no se desarrolla en una dirección determinada, solo cambia de un modo inconexo y casual. ↩

  24. Julius Robert Mayer (1814-1878), médico de Heilbronn; James Prescott Joule (1818-1889), físico de Manchester; William Robert Grove (1811-1896), abogado y físico inglés, autor de On the Correlation of Physical Forces (conferencia de 1842, publicada en 1846). ↩

  25. En 1828 Friedrich Wöhler obtuvo urea a partir de sustancias inorgánicas: fue la primera síntesis de un compuesto orgánico. ↩

  26. Al margen del manuscrito, Engels anotó: «Embriología». ↩

  27. Al margen del manuscrito, Engels anotó: «Ceratodus. Ídem Archaeopteryx, etc.». El anfioxo es un pequeño animal marino sin cráneo, intermedio entre invertebrados y vertebrados; el lepidosirén y el ceratodo, peces pulmonados de Sudamérica y de Australia; el arqueópterix, fósil intermedio entre los reptiles y las aves, descubierto en 1861. ↩

  28. Caspar Friedrich Wolff (1734-1794), Theoria generationis (1759), fundamento de la teoría de la epigénesis. ↩

  29. Este párrafo está separado en el manuscrito de los párrafos anterior y siguiente por rayas horizontales y tachado en diagonal, como Engels solía hacer con los pasajes que había aprovechado en otros trabajos. ↩

  30. Johann Heinrich von Mädler, astrónomo alemán; Angelo Secchi (1818-1878), jesuita y astrónomo italiano, director del observatorio del Colegio Romano, autor de Le Soleil (traducción alemana: Die Sonne, Brunswick, 1872), a la que remite más abajo la cita de la pág. 810. ↩

  31. Engels se refiere a las «móneras» de Haeckel, organismos supuestamente formados por protoplasma sin estructura. ↩

  32. Supuesto fósil del protista más antiguo, descrito en Canadá en la década de 1860; más tarde se demostró que era una formación mineral. ↩

  33. Engels desarrolló esta idea en «El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre» (1876). ↩

  34. «En el aspecto de la especie»: in spezifischer Beziehung, es decir, en lo que toca a la especie, en el sentido biológico. ↩

  35. Palabras de Mefistófeles en el Fausto de Goethe (primera parte, «Cuarto de estudio»). ↩

  36. Secchi, Die Sonne, pág. 810. ↩

  37. Los términos de Aristóteles para la potencia y el acto. ↩

  38. «Cabeza muerta»: en la alquimia, el residuo inservible de una destilación. ↩

  39. (Nota de Engels.) «The multiplicity of worlds in infinite space leads to the conception of a succession of worlds in infinite time» («La multiplicidad de los mundos en el espacio infinito lleva a la idea de una sucesión de los mundos en el tiempo infinito»). (Draper, Hist[ory of the] Int[ellectual] Devel[opment of Europe], vol. II, pág. [325].) [John William Draper (1811-1882), químico e historiador norteamericano de origen inglés.] ↩

  40. Engels escribió este texto en 1878 como prólogo para la edición en libro del Anti-Dühring, pero no lo utilizó. Wilhelm Liebknecht, como redactor del Volksstaat y luego del Vorwärts, le había insistido en que criticara a Eugen Dühring. ↩

  41. La Exposición Universal de Filadelfia de 1876, donde el comisario alemán Franz Reuleaux calificó los productos alemanes de «baratos y malos». Sobre la «hojalata sublime» (höheres Blech), véase el prólogo de 1878 del Anti-Dühring, que reelabora los primeros párrafos de este texto. ↩

  42. El discurso de Nägeli de septiembre de 1877 citado en los planes (nota 4). ↩

  43. En el discurso de Múnich de 1877 citado en la nota 6. Engels lo comenta en el prólogo de 1878 del Anti-Dühring. ↩

  44. Hasta aquí Engels tachó el manuscrito con una raya vertical a lápiz, porque había aprovechado esta parte en el prólogo de la primera edición del Anti-Dühring (1878). ↩

  45. Esta frase y la anterior están tachadas a lápiz en el manuscrito. ↩

  46. August Kekulé, Die wissenschaftlichen Ziele und Leistungen der Chemie (discurso rectoral pronunciado en Bonn en 1877, impreso en 1878). Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro X, dedicado a Epicuro. ↩

  47. Carl Vogt, Ludwig Büchner y Jacob Moleschott fueron los principales divulgadores del materialismo vulgar en la Alemania de los años cincuenta. ↩

  48. Arthur Schopenhauer (1788-1860) y Eduard von Hartmann (1842-1906), autor de Philosophie des Unbewussten («Filosofía de lo inconsciente», 1869). ↩

  49. Kant planteó el frenado de la rotación terrestre por las mareas en un artículo de 1754. ↩

  50. En el manuscrito sigue una frase sin terminar, tachada por Engels: «Nosotros, materialistas socialistas, vamos en esto incluso bastante más allá que los naturalistas, en cuanto también…». ↩

  51. Marx, epílogo a la segunda edición alemana del primer libro de El capital (1873), de donde procede también la cita del párrafo siguiente. Engels cita libremente. ↩

  52. (Nota de Engels.) La función C de Carnot, literalmente vuelta del revés: 1/C = la temperatura absoluta. Sin esta inversión no hay nada que hacer con ella. [Jean-Baptiste-Joseph Fourier, Théorie analytique de la chaleur (1822); Sadi Carnot, Réflexions sur la puissance motrice du feu (1824).] ↩

  53. Joseph Priestley obtuvo el oxígeno en 1774; Antoine-Laurent Lavoisier explicó con él la combustión y derribó la teoría del flogisto. ↩

  54. Engels resume la lista de Magnalia naturae que Bacon añadió a su Nueva Atlántida (1627); la «historia natural» es la Sylva sylvarum (1627). ↩

  55. Isaac Newton, Observations upon the Prophecies of Daniel and the Apocalypse of St. John (publicadas póstumamente en 1733). ↩

  56. Alfred Russel Wallace (1823-1913); Spencer Timothy Hall (1812-1885), divulgador del mesmerismo y la frenología. ↩

  57. Franz Joseph Gall (1758-1828), médico alemán, fundador de la frenología, que atribuía cada facultad del espíritu a un «órgano» situado en una zona del cráneo. ↩

  58. Partidarios de Robert Owen, que en los años cuarenta difundían en Inglaterra el materialismo y el ateísmo en sus «salones de la ciencia». ↩

  59. La ínsula Barataria que gobierna Sancho Panza en el Quijote. El texto de nuestra fuente escribe «Baratatia». ↩

  60. (Nota de Engels.) Como ya se ha dicho, los pacientes se perfeccionan con la práctica. Es, pues, muy posible que, una vez que la sumisión de la voluntad se ha vuelto habitual, la relación entre los participantes se vuelva más íntima, algunos fenómenos se intensifiquen y se reflejen débilmente incluso en estado de vigilia. ↩

  61. Daniel Dunglas Home (1833-1886), médium escocés, célebre por sus supuestas levitaciones; los hermanos Ira y William Davenport, médiums norteamericanos, desenmascarados varias veces como prestidigitadores. ↩

  62. Jámblico (siglo IV), filósofo neoplatónico; su tratado sobre la adivinación y los ritos es el conocido como De mysteriis. ↩

  63. Agnes Guppy, de soltera Nichol, médium londinense; Frederick Hudson, fotógrafo de «espíritus». ↩

  64. (Nota de Engels.) Here, then, one of two things are absolutely certain («Aquí, pues, de dos cosas una son absolutamente cierta»). El mundo de los espíritus está por encima de la gramática. Un bromista hizo una vez invocar el espíritu del gramático Lindley Murray. A la pregunta de si estaba allí, respondió: I are (en americano, en lugar de I am). El médium era de América. ↩

  65. William Crookes (1832-1919) descubrió el talio en 1861 mediante el análisis espectral y construyó el radiómetro en 1875. ↩

  66. Charles Maurice Davies, Mystic London: or, Phases of Occult Life in the Metropolis (1875). ↩

  67. Alexandr Aksákov (1832-1903), difusor del espiritismo en Rusia; Alexandr Bútlerov (1828-1886), químico, uno de los fundadores de la teoría de la estructura química. Ambos defendieron el espiritismo en la comisión que la Sociedad de Física de la Universidad de San Petersburgo creó en 1875 para estudiarlo. ↩

  68. Johann Karl Friedrich Zöllner (1834-1882), astrofísico de la Universidad de Leipzig, hizo en 1877-1878 experimentos con el médium norteamericano Henry Slade para probar la existencia de la cuarta dimensión. ↩

  69. «Cuento lo que me han contado». ↩

  70. Alusión a Die Cellularpathologie («La patología celular», 1858), la obra principal de Virchow. ↩

  71. Versos de La flauta mágica de Mozart (libreto de Schikaneder): Bei Männern, welche Liebe fühlen, / fehlt auch ein gutes Herze nicht («A los hombres que sienten amor / no les falta tampoco un buen corazón»), que Engels convierte en «corazón de mujer». La alusión final apunta a Virchow, que en 1877 había advertido de que la teoría de la descendencia conducía al socialismo. ↩

  72. Wilhelm Emmanuel von Ketteler (1811-1877), obispo de Maguncia; Ignaz von Döllinger (1799-1890), teólogo católico, que se negó a aceptar el dogma de la infalibilidad del papa proclamado en el Concilio Vaticano de 1870 y fue excomulgado. ↩

  73. Thomas Henry Huxley, carta de 1869 a la London Dialectical Society, publicada en el informe de esta sobre el espiritismo (1871). Engels la traduce al alemán. ↩

  74. Hegel, Ciencia de la lógica (1812-1816): libro primero, «La doctrina del ser»; libro segundo, «La doctrina de la esencia». ↩

  75. Enciclopedia de las ciencias filosóficas, § 108, adición, en el tomo VI de la edición de las obras completas de Hegel publicada por sus discípulos. ↩

  76. Henry Enfield Roscoe y Carl Schorlemmer, Ausführliches Lehrbuch der Chemie («Tratado completo de química»), tomo II (Brunswick, 1879). Schorlemmer, químico de Manchester, era amigo íntimo de Marx y de Engels. ↩

  77. Dmitri Mendeléiev publicó su sistema periódico de los elementos en 1869 y describió el eka-aluminio en 1871; Paul-Émile Lecoq de Boisbaudran descubrió el galio en 1875. ↩

  78. Urbain Le Verrier calculó en 1846 la posición de Neptuno, que Johann Galle observó ese mismo año. ↩

  79. Molière, Le Bourgeois gentilhomme (El burgués gentilhombre, 1670), acto II, escena 4. ↩