Artículo de la Dialéctica de la naturaleza, el manuscrito inacabado en el que Friedrich Engels trabajó en Londres de 1873 a 1883; «Electricidad» se escribió en 1882. La Dialéctica de la naturaleza se publicó por primera vez en 1925, en el tomo II del Marx-Engels-Archiv dirigido por David Riazánov, en edición alemana y rusa. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 20 (Berlín, 1962), pp. 394-443, que ordena el material en artículos y notas, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Entre corchetes, los complementos de los editores y, en las citas, nuestras indicaciones de los subrayados de Engels. Las notas son nuestras, salvo las señaladas como de Engels. La Dialéctica de la naturaleza en este archivo: I. Planes, Introducción y artículos sobre la dialéctica; II. Formas fundamentales del movimiento; III. Electricidad; IV. Notas y fragmentos: historia de la ciencia, ciencia y filosofía, dialéctica; V. Notas y fragmentos: formas del movimiento, matemáticas, ciencias de la naturaleza. Texto original en alemán.

Electricidad1

Como el calor, aunque de otra manera, también la electricidad posee una especie de omnipresencia. Casi ningún cambio puede producirse en la Tierra sin que puedan comprobarse en él fenómenos eléctricos. Cuando el agua se evapora, cuando arde una llama, cuando se tocan dos metales distintos o calentados de forma distinta, o hierro y una solución de vitriolo de cobre, etc., se producen a la vez, junto a los fenómenos físicos o químicos más visibles, procesos eléctricos. Cuanto más de cerca examinamos los procesos naturales más diversos, más huellas de electricidad encontramos en ellos. A pesar de esa omnipresencia suya, a pesar de que desde hace medio siglo la electricidad se ve forzada cada vez más a servir al hombre en la industria, es precisamente la forma del movimiento sobre cuya naturaleza reina todavía la mayor oscuridad. El descubrimiento de la corriente galvánica es unos veinticinco años posterior al del oxígeno y significa para la teoría de la electricidad por lo menos tanto como aquel para la química.2 ¡Y, sin embargo, qué diferencia hay todavía hoy entre los dos campos! En la química, gracias sobre todo al descubrimiento de los pesos atómicos por Dalton,3 orden, relativa seguridad de lo ya conquistado, ataque sistemático y casi metódico del terreno aún no conquistado, comparable al asedio en regla de una fortaleza. En la teoría de la electricidad, un lastre caótico de experimentos viejos e inseguros, ni definitivamente confirmados ni definitivamente refutados; un tantear incierto en la oscuridad, una investigación y una experimentación inconexas de muchos individuos aislados que atacan el terreno desconocido en desorden, como ataca una horda de jinetes nómadas. Cierto es que en el campo de la electricidad está todavía por hacer un descubrimiento como el de Dalton, que dé a toda la ciencia un centro y a la investigación una base firme. Es esencialmente este estado desordenado de la teoría de la electricidad, que hace imposible por ahora establecer una teoría de conjunto, lo que determina que en este campo predomine el empirismo unilateral, ese empirismo que en lo posible se prohíbe a sí mismo pensar y que, precisamente por eso, no solo piensa mal, sino que ni siquiera es capaz de seguir fielmente los hechos, ni tan solo de exponerlos fielmente, y que se trueca así en lo contrario del verdadero empirismo.

Si en general cabe recomendar a esos señores naturalistas que no se cansan de hablar mal de las disparatadas especulaciones apriorísticas de la filosofía alemana de la naturaleza la lectura de los escritos de física teórica de la escuela empírica, no solo de los contemporáneos de aquella, sino incluso de los posteriores, esto vale muy especialmente para la teoría de la electricidad. Tomemos un escrito del año 1840: An Outline of the Sciences of Heat and Electricity, de Thomas Thomson.4 El viejo Thomson era en su tiempo una autoridad; además, disponía ya de una parte muy considerable de los trabajos de Faraday, el mayor electricista habido hasta ahora. Y, sin embargo, su libro contiene cosas por lo menos tan disparatadas como la sección correspondiente de la muy anterior filosofía de la naturaleza de Hegel. La descripción de la chispa eléctrica, por ejemplo, podría estar traducida directamente del pasaje correspondiente de Hegel. Los dos enumeran todas las rarezas que se creía descubrir en la chispa antes de conocerse su verdadera naturaleza y su múltiple diversidad, y que ahora se ha demostrado en su mayoría que son casos particulares o errores. Aún hay algo mejor. Thomson cuenta muy en serio, en la página 416, las historias de bandidos de Dessaignes,5 según las cuales, con el barómetro en alza y el termómetro en baja, el vidrio, la resina, la seda, etc., se electrizan negativamente al sumergirlos en mercurio, y en cambio positivamente con el barómetro en baja y la temperatura en alza; que el oro y varios otros metales se electrizan en verano positivamente al calentarlos y negativamente al enfriarlos, y en invierno al revés; que con el barómetro alto y viento del norte se electrizan fuertemente, positivamente si la temperatura sube y negativamente si baja, etc. Hasta aquí, el tratamiento de los hechos. Y en cuanto a la especulación apriorística, Thomson nos obsequia con la siguiente construcción de la chispa eléctrica, que procede nada menos que del propio Faraday:

«La chispa es una descarga o debilitamiento del estado de inducción polarizado de muchas partículas dieléctricas por medio de una acción particular de unas pocas de esas partículas, que ocupan un espacio muy pequeño y limitado. Faraday supone que las pocas partículas en las que se produce la descarga no solo son separadas unas de otras, sino que adoptan temporalmente un estado particular, sumamente activo» (highly exalted) «, es decir, que todas las fuerzas que las rodean se lanzan sucesivamente sobre ellas y las colocan así en una intensidad de estado correspondiente, que quizá iguale a la de los átomos que se combinan químicamente; que luego descargan esas fuerzas, de manera semejante a como aquellos átomos descargan las suyas, de un modo que hasta ahora desconocemos, y así el final del conjunto» (and so the end of the whole). «El efecto final es exactamente como si una partícula metálica hubiera ocupado el lugar de la partícula que se descarga, y no parece imposible que los principios de acción resulten algún día idénticos en los dos casos.» «He dado esta explicación de Faraday», añade Thomson, «con sus propias palabras, porque no la entiendo con claridad.»

Seguramente a otras personas les habrá pasado lo mismo, exactamente igual que cuando leen en Hegel que en la chispa eléctrica

«la materialidad particular del cuerpo en tensión no entra todavía en el proceso, sino que en él solo está determinada de modo elemental y anímico», y que la electricidad es «la propia cólera, la propia efervescencia del cuerpo», su «yo colérico», que «aparece en todo cuerpo cuando se le irrita» (Filosofía de la naturaleza, § 324, apéndice).6

Y, sin embargo, la idea fundamental es la misma en Hegel y en Faraday. Los dos se resisten a la idea de que la electricidad no sea un estado de la materia, sino una materia propia y aparte. Y como en la chispa la electricidad aparece al parecer independiente, libre, separada de todo sustrato material ajeno y, sin embargo, perceptible por los sentidos, dado el estado de la ciencia de entonces se ven obligados a concebir la chispa como la forma fenoménica evanescente de una «fuerza» liberada momentáneamente de toda materia. Para nosotros, claro está, el enigma está resuelto desde que sabemos que en la descarga de chispas entre electrodos metálicos saltan realmente «partículas metálicas» y que, por tanto, «la materialidad particular del cuerpo en tensión» «entra» de hecho «en el proceso».

Como es sabido, al principio la electricidad y el magnetismo, como el calor y la luz, se concibieron como materias imponderables particulares. En el caso de la electricidad, como también se sabe, pronto se llegó a imaginar dos materias opuestas, dos «fluidos», uno positivo y otro negativo, que en estado normal se neutralizaban mutuamente hasta que una llamada «fuerza eléctrica de separación» los separaba. Se podía entonces cargar dos cuerpos, uno con electricidad positiva y otro con negativa; al unir los dos mediante un tercer cuerpo conductor se producía la compensación, según las circunstancias, bien de golpe, bien por medio de una corriente duradera. La compensación súbita parecía muy sencilla y evidente, pero la corriente presentaba dificultades. A la hipótesis más sencilla, la de que en la corriente se mueve cada vez solo electricidad positiva o solo negativa, Fechner y, con un desarrollo más detallado, Weber7 opusieron la idea de que en el circuito de cierre corren siempre, una junto a otra, dos corrientes iguales de electricidad positiva y negativa que fluyen en sentido contrario por canales situados entre las moléculas ponderables de los cuerpos. En la prolija elaboración matemática de esta teoría, Weber llega finalmente a multiplicar una función, aquí indiferente, por una magnitud 1/r, y ese 1/r significa «la relación entre la unidad de electricidad y el miligramo» [subrayado de Engels] (Wiedemann, Lehre vom Galvanismus etc., 2.ª ed., III, p. 569).8 La relación con una medida de peso no puede ser, naturalmente, más que una relación de peso. Hasta tal punto había olvidado ya el empirismo unilateral, a fuerza de calcular, el pensar, que aquí hace ponderable la electricidad imponderable e introduce su peso en el cálculo matemático.

Las fórmulas deducidas por Weber solo valían dentro de ciertos límites y, en particular, Helmholtz obtuvo de ellas, hace todavía pocos años, resultados que entran en conflicto con el principio de la conservación de la energía. A la hipótesis de Weber de la doble corriente en sentidos opuestos opuso C. Neumann,9 en 1871, la otra de que solo una de las dos electricidades, por ejemplo la positiva, se mueve en la corriente, mientras que la otra, la negativa, está fijamente unida a la masa del cuerpo. A esto añade Wiedemann la observación:

«Esta hipótesis podría conciliarse con la de Weber si a la doble corriente supuesta por Weber de las masas eléctricas ±1/2e, que fluyen en sentidos opuestos, se añadiera además una corriente de electricidad neutra [subrayado de Engels], ineficaz hacia fuera, que llevara consigo las cantidades de electricidad ±1/2e en el sentido de la corriente positiva.» (III, pp. 576-577.)

Esta frase vuelve a ser característica del empirismo unilateral. Para hacer que la electricidad fluya, se la descompone en positiva y negativa. Pero todos los intentos de explicar la corriente con estas dos materias tropiezan con dificultades: tanto la suposición de que en la corriente solo está presente cada vez una de ellas como la de que las dos fluyen a la vez la una contra la otra, y finalmente también la tercera, la de que una fluye y la otra está en reposo. Si nos quedamos en esta última suposición, ¿cómo nos explicamos la idea inexplicable de que la electricidad negativa, que en la máquina eléctrica y en la botella de Leyden es bastante móvil, esté en la corriente fijamente unida a la masa del cuerpo? Muy sencillo. Junto a la corriente positiva +e, que recorre el hilo hacia la derecha, y la corriente negativa -e, que lo recorre hacia la izquierda, hacemos fluir hacia la derecha una tercera corriente de electricidad neutra ±1/2e. Primero suponemos que, para poder fluir siquiera, las dos electricidades tienen que estar separadas una de otra; y para explicar los fenómenos que aparecen cuando fluyen las electricidades separadas, suponemos que también pueden fluir sin separarse. Primero hacemos una suposición para explicar un fenómeno determinado, y a la primera dificultad con que tropezamos hacemos una segunda suposición que anula directamente la primera. ¿Cómo tendrá que ser la filosofía de la que estos señores tienen derecho a quejarse?

Pero junto a esta concepción de la materialidad de la electricidad surgió pronto una segunda, según la cual se la concebía como un mero estado de los cuerpos, como una «fuerza» o, como diríamos hoy, como una forma particular del movimiento. Vimos más arriba que Hegel y más tarde Faraday compartían esta concepción. Desde que el descubrimiento del equivalente mecánico del calor había eliminado definitivamente la idea de un «calórico» particular y demostrado que el calor es un movimiento molecular, el paso siguiente era tratar también la electricidad según el nuevo método e intentar determinar su equivalente mecánico. Se consiguió por completo. Sobre todo gracias a los experimentos de Joule, Favre y Raoult10 se estableció no solo el equivalente mecánico y térmico de la llamada «fuerza electromotriz» de la corriente galvánica, sino también su completa equivalencia con la energía liberada por los procesos químicos en la celda excitadora o consumida en la celda de descomposición. Con ello la suposición de que la electricidad es un fluido material particular se hizo cada vez más insostenible.

Con todo, la analogía entre el calor y la electricidad no era completa. La corriente galvánica se distinguía todavía de la conducción del calor en puntos muy esenciales. Seguía sin poder decirse qué es lo que se mueve en los cuerpos afectados eléctricamente. La suposición de una mera vibración molecular, como en el caso del calor, parecía insuficiente. Dada la enorme velocidad del movimiento de la electricidad, que supera incluso la de la luz, seguía siendo difícil sustraerse a la idea de que aquí se mueve algo material entre las moléculas de los cuerpos. Aquí aparecen ahora las teorías más recientes de Clerk Maxwell (1864), Hankel (1865), Reynard (1870) y Edlund (1872),11 que coinciden en la suposición, formulada por primera vez a modo de conjetura por Faraday ya en 1846, de que la electricidad es un movimiento de un medio elástico que llena todo el espacio y, por tanto, penetra también todos los cuerpos, y cuyas partículas discretas se repelen según la ley del cuadrado inverso de la distancia; con otras palabras, un movimiento de las partículas del éter, en el que participan las moléculas de los cuerpos. Sobre la naturaleza de este movimiento las distintas teorías discrepan; las de Maxwell, Hankel y Reynard, apoyándose en las investigaciones más recientes sobre los movimientos en torbellino, lo explican también, cada una a su manera, por torbellinos, de modo que también los torbellinos del viejo Descartes vuelven a recobrar honores en terrenos siempre nuevos. Nos abstenemos de entrar en los detalles de estas teorías. Difieren mucho entre sí y sin duda experimentarán todavía muchas revoluciones. Pero en su concepción fundamental común parece haber un progreso decidido: la de que la electricidad es un movimiento de las partículas del éter luminoso, que penetra toda la materia ponderable, movimiento que repercute sobre las moléculas de los cuerpos. Esta concepción concilia las dos anteriores. Según ella, en los fenómenos eléctricos se mueve, ciertamente, algo material, distinto de la materia ponderable. Pero ese algo material no es la electricidad misma, que más bien resulta ser de hecho una forma del movimiento, aunque no una forma del movimiento inmediato y directo de la materia ponderable. Si por un lado la teoría del éter muestra un camino para superar la idea primitiva y tosca de dos fluidos eléctricos opuestos, por otro abre la perspectiva de aclarar cuál es el sustrato material propiamente dicho del movimiento eléctrico, qué clase de cosa es esa cuyo movimiento provoca los fenómenos eléctricos.

La teoría del éter ha tenido ya un éxito decidido. Como es sabido, hay por lo menos un punto en el que la electricidad modifica directamente el movimiento de la luz: hace girar su plano de polarización. Clerk Maxwell, apoyándose en su teoría citada, calcula que la capacidad específica de inducción eléctrica de un cuerpo es igual al cuadrado de su índice de refracción de la luz. Boltzmann ha estudiado ahora el coeficiente dieléctrico de diversos no conductores y ha encontrado que en el azufre, la colofonia y la parafina la raíz cuadrada de este coeficiente era igual a su índice de refracción de la luz. La mayor desviación, en el azufre, era solo del 4 %. Con ello queda confirmada experimentalmente, en particular, la teoría del éter de Maxwell.

Con todo, pasará todavía bastante tiempo y costará mucho trabajo antes de que nuevas series de experimentos hayan extraído un núcleo firme de estas hipótesis, que por lo demás se contradicen entre sí. Hasta entonces, o hasta que también la teoría del éter sea desplazada quizá por otra completamente nueva, la teoría de la electricidad se encuentra en la desagradable situación de tener que servirse de un modo de expresión que ella misma reconoce falso. Toda su terminología descansa todavía en la idea de los dos fluidos eléctricos. Sigue hablando con todo desparpajo de «masas eléctricas que fluyen en los cuerpos», de «una separación de las electricidades en cada molécula», etc. Es un inconveniente que en gran parte, como hemos dicho, se sigue inevitablemente del actual estado de transición de la ciencia, pero que también, dado el empirismo unilateral que predomina precisamente en esta rama de la investigación, contribuye no poco a mantener la confusión de ideas reinante hasta ahora.

La oposición entre la llamada electricidad estática o de frotamiento y la electricidad dinámica o galvanismo puede considerarse ya superada mediante términos intermedios, desde que se ha aprendido a producir corrientes duraderas con la máquina eléctrica y, a la inversa, a producir con la corriente galvánica la llamada electricidad estática, a cargar botellas de Leyden, etc. Dejamos aquí de lado la subforma de la electricidad estática, y lo mismo el magnetismo, reconocido ahora igualmente como una subforma de la electricidad. La explicación teórica de los fenómenos correspondientes habrá de buscarse en todo caso en la teoría de la corriente galvánica, y por eso nos atenemos principalmente a esta.

Una corriente duradera puede producirse por varias vías. El movimiento mecánico de masas produce directamente, por frotamiento, en primer lugar solo electricidad estática, y una corriente duradera solo con un gran derroche de energía; para transformarse por lo menos en su mayor parte en movimiento eléctrico necesita la mediación del magnetismo, como en las conocidas máquinas magnetoeléctricas de Gramme, Siemens y otros. El calor puede transformarse directamente en corriente eléctrica, como ocurre sobre todo en la soldadura de dos metales distintos. La energía liberada por la acción química, que en circunstancias ordinarias aparece en forma de calor, se convierte en determinadas condiciones en movimiento eléctrico. A la inversa, este último, en cuanto se dan las condiciones para ello, pasa a cualquier otra forma del movimiento: a movimiento de masas, en pequeña medida directamente en las atracciones y repulsiones electrodinámicas, y en gran escala, de nuevo por mediación del magnetismo, en las máquinas motrices electromagnéticas; a calor, en todo el circuito de cierre de la corriente, si no se han provocado otras transformaciones; a energía química, en las celdas de descomposición y voltámetros intercalados en el circuito de cierre, donde la corriente separa combinaciones que por otras vías se atacan en vano.

En todas estas transformaciones rige la ley fundamental de la equivalencia cuantitativa del movimiento en todas sus metamorfosis. O, como se expresa Wiedemann:

«según la ley de la conservación de la fuerza, el trabajo [mecánico] empleado de cualquier modo para producir la corriente tiene que ser equivalente al trabajo empleado para producir todos los efectos de la corriente» [II, parte 2, p. 472].

En la transformación del movimiento de masas o del calor en electricidad12 no se presenta aquí ninguna dificultad; está demostrado que la llamada «fuerza electromotriz» es, en el primer caso, igual al trabajo empleado en aquel movimiento y, en el segundo, «en cada soldadura de la pila termoeléctrica, directamente proporcional a su temperatura absoluta» (Wiedemann, III, p. 482), es decir, de nuevo, a la cantidad de calor presente en cada soldadura, medida en términos absolutos. También para la electricidad desarrollada a partir de energía química se ha demostrado de hecho que vale la misma ley. Pero aquí, al menos para la teoría hoy corriente, la cosa no se presenta tan sencilla. Examinémosla, pues, algo más de cerca.

Una de las más bellas series de experimentos sobre las transformaciones de forma del movimiento que pueden obtenerse con una pila galvánica es la de Favre (1857-1858). Colocó en un calorímetro una pila de Smee13 de 5 elementos; en otro, un pequeño motor electromagnético cuyo eje principal y cuya polea sobresalían libres para conectarlos a voluntad. Por cada gramo de hidrógeno desprendido, o sea por cada 32,6 g de zinc disuelto en la pila (el antiguo equivalente químico del zinc, igual a la mitad del peso atómico admitido hoy, 65,2, y expresado en gramos), se obtuvieron los resultados siguientes:

A. Pila cerrada sobre sí misma en el calorímetro, con exclusión del motor: desprendimiento de calor, 18.682 o 18.674 unidades de calor.

B. Pila y motor unidos en el circuito de cierre, pero impidiendo que el motor se mueva: calor en la pila, 16.448; en el motor, 2.219; en total, 18.667 unidades de calor.

C. Como en B, pero el motor se mueve, sin levantar, no obstante, ningún peso: calor en la pila, 13.888; en el motor, 4.769; en total, 18.657 unidades de calor.

D. Como en C, pero el motor levanta un peso y realiza con ello un trabajo mecánico = 131,24 kilográmetros: calor en la pila, 15.427; en el motor, 2.947; en total, 18.374 unidades de calor; pérdida respecto a las 18.682 de arriba = 308 unidades de calor. Pero el trabajo mecánico realizado de 131,24 kilográmetros, multiplicado por 1.000 (para pasar los gramos del resultado químico a kilogramos) y dividido por el equivalente mecánico del calor = 423,5 kilográmetros, da 309 unidades de calor, es decir, exactamente la pérdida de arriba, como equivalente térmico del trabajo mecánico realizado.

Así pues, la equivalencia del movimiento en todas sus metamorfosis queda demostrada de modo concluyente también para el movimiento eléctrico, dentro de los límites de las inevitables fuentes de error. Y queda igualmente demostrado que la «fuerza electromotriz» de la cadena galvánica14 no es otra cosa que energía química transformada en electricidad, y que la cadena misma no es otra cosa que un dispositivo, un aparato que convierte en electricidad la energía química que se libera, como una máquina de vapor convierte en movimiento mecánico el calor que se le suministra, sin que en ninguno de los dos casos el aparato transformador aporte por sí mismo energía adicional.

Pero aquí surge una dificultad frente al modo de representación tradicional. Este modo de representación atribuye a la cadena, en virtud de las relaciones de contacto que en ella se dan entre los líquidos y los metales, una «fuerza eléctrica de separación» proporcional a la fuerza electromotriz, que representa, por tanto, una cantidad determinada de energía para una cadena dada. Ahora bien, ¿qué relación guarda esta fuente de energía, la fuerza eléctrica de separación, inherente según el modo de representación tradicional a la cadena como tal aun sin acción química, con la energía liberada por la acción química? Y si es una fuente de energía independiente de esta, ¿de dónde procede la energía que suministra?

Esta pregunta, en forma más o menos confusa, constituye el punto de disputa entre la teoría del contacto, fundada por Volta, y la teoría química de la corriente galvánica, surgida inmediatamente después.

La teoría del contacto explicaba la corriente por las tensiones eléctricas que surgen en la cadena al contacto de los metales con uno o varios líquidos, o incluso solo de los líquidos entre sí, y por su compensación, o la de las electricidades opuestas así separadas, en el circuito de cierre. Los cambios químicos que pudieran producirse con ello eran para la teoría pura del contacto completamente secundarios. En cambio, Ritter15 sostenía ya en 1805 que solo podía formarse una corriente si los excitadores actuaban químicamente unos sobre otros ya antes del cierre. Wiedemann (I, p. 784) resume en general esta teoría química más antigua diciendo que, según ella, la llamada electricidad de contacto

«solo debe aparecer cuando entra en actividad al mismo tiempo una acción química real de los cuerpos que se tocan o, por lo menos, una perturbación del equilibrio químico, aunque no esté directamente unida a procesos químicos, una “tendencia a la acción química” entre ellos».

Como se ve, ambas partes plantean la cuestión de la fuente de energía de la corriente solo de manera completamente indirecta, como entonces apenas podía ser de otro modo. Volta y sus sucesores encontraban muy natural que el mero contacto de cuerpos heterogéneos pudiera producir una corriente duradera y, por tanto, realizar un trabajo determinado sin contrapartida. Ritter y sus partidarios no tienen tampoco nada claro cómo la acción química pone a la cadena en condiciones de producir la corriente y sus prestaciones de trabajo. Pero si para la teoría química este punto lo aclararon hace tiempo Joule, Favre, Raoult y otros, para la teoría del contacto ocurre lo contrario. En la medida en que se ha mantenido, sigue esencialmente en el punto del que partió. Ideas que pertenecen a una época superada hace mucho, a una época en que había que darse por contento con indicar para un efecto cualquiera la primera causa aparente que asomaba en la superficie, aunque con ello se hiciera surgir movimiento de la nada; ideas que contradicen directamente el principio de la conservación de la energía: todas ellas siguen viviendo así todavía en la teoría actual de la electricidad. Y si luego esas ideas, despojadas de sus aspectos más escandalosos, se debilitan, se diluyen, se castran, se maquillan, eso no mejora en nada las cosas: la confusión no puede sino empeorar.

Como vimos, incluso la antigua teoría química de la corriente declara que las relaciones de contacto de la cadena son absolutamente necesarias para que se forme la corriente; solo sostiene que esos contactos nunca producen una corriente duradera sin una acción química simultánea. Y todavía hoy es evidente que los dispositivos de contacto de la cadena constituyen precisamente el aparato por medio del cual la energía química liberada se convierte en electricidad, y que de esos dispositivos de contacto depende esencialmente si se convierte realmente energía química en movimiento eléctrico, y cuánta.

Wiedemann, como empirista unilateral, procura salvar de la vieja teoría del contacto lo que pueda salvarse. Sigámosle en ello.

«Aunque la acción del contacto de cuerpos químicamente indiferentes», dice Wiedemann (I, p. 799), «por ejemplo, de los metales, no sea necesaria para la teoría de la pila [subrayado de Engels], como se creyó antes, ni quede tampoco demostrada por el hecho de que Ohm derivara de ella su ley, que puede derivarse también sin esa suposición, y de que Fechner, que confirmó experimentalmente esa ley, defendiera también la teoría del contacto, no parece que pueda negarse, al menos según los experimentos de que hoy se dispone, la excitación de electricidad por el contacto de metales [subrayado de Engels], aun cuando los resultados que pueden obtenerse en el aspecto cuantitativo hayan de estar siempre afectados en este aspecto de una inseguridad inevitable, por la imposibilidad de mantener absolutamente limpias las superficies de los cuerpos que se tocan.»

Como se ve, la teoría del contacto se ha vuelto muy modesta. Admite que no es en absoluto necesaria para explicar la corriente, y que no la han demostrado ni Ohm teóricamente ni Fechner experimentalmente. Admite incluso que los llamados experimentos fundamentales, en los que ya solo puede apoyarse, solo pueden dar siempre resultados inseguros en el aspecto cuantitativo, y al final solo nos pide que reconozcamos que, en general, por contacto —¡aunque solo sea de metales!— se produce un movimiento de electricidad.

Si la teoría del contacto se detuviera aquí, no habría nada que objetarle. Que al contacto de dos metales aparecen fenómenos eléctricos, gracias a los cuales puede hacerse que se contraiga una pata de rana preparada, cargarse un electroscopio y provocarse otros movimientos, es cosa que se admitirá sin reservas. La única pregunta, por de pronto, es esta: ¿de dónde procede la energía necesaria para ello?

Para responder a esta pregunta, según Wiedemann (I, p. 14), haremos

«aproximadamente las siguientes consideraciones: si las placas metálicas heterogéneas A y B se aproximan hasta una pequeña distancia, se atraen en virtud de las fuerzas de adhesión. Al tocarse, pierden la fuerza viva de movimiento que les ha comunicado esa atracción. (Si suponemos que las moléculas de los metales se encuentran en vibración permanente, al tocarse las moléculas, que no vibran al unísono, en el contacto de los metales heterogéneos podría producirse también una modificación de sus vibraciones con pérdida de fuerza viva.) La fuerza viva perdida se transforma en gran parte en calor. Pero una pequeña parte de ella se emplea en distribuir de otro modo las electricidades antes no separadas. Como ya hemos mencionado más arriba, los cuerpos puestos en contacto se cargan, quizá a consecuencia de una atracción desigual para las dos electricidades, con cantidades iguales de electricidad positiva y negativa.» [Todos los subrayados son de Engels.]

La modestia de la teoría del contacto va en aumento. Primero se reconoce que la poderosa fuerza eléctrica de separación, que luego tendrá que realizar un trabajo tan gigantesco, no posee en sí misma energía propia, sino que no puede funcionar mientras no se le suministre energía desde fuera. Y luego se le asigna una fuente de energía más que enana, la fuerza viva de la adhesión, que solo entra en acción a distancias apenas medibles y hace recorrer a los cuerpos un trayecto apenas medible. Pero no importa: existe innegablemente y desaparece con el contacto no menos innegablemente. Pero aun esta fuente mínima suministra demasiada energía para nuestro fin: una parte grande se convierte en calor, y solo una parte pequeña sirve para dar vida a la fuerza eléctrica de separación. Aunque, como es sabido, se dan en la naturaleza casos de sobra en que impulsos sumamente pequeños producen efectos sumamente poderosos, el propio Wiedemann parece sentir que aquí su fuente de energía, que ya apenas gotea, difícilmente basta, y busca una posible segunda fuente en la suposición de una interferencia de las vibraciones moleculares de los dos metales en las superficies de contacto. Prescindiendo de otras dificultades que aquí nos salen al paso, Grove y Gassiot16 han demostrado que para excitar electricidad ni siquiera hace falta un contacto real, como nos cuenta el propio Wiedemann una página antes. En suma, la fuente de energía de la fuerza eléctrica de separación se va secando cuanto más tiempo la contemplamos.

Y, sin embargo, para la excitación de electricidad en el contacto de metales apenas conocemos hasta ahora otra. Según Naumann (Allg. u. phys. Chemie, Heidelberg, 1877, p. 675),17 «las fuerzas electromotrices de contacto convierten calor en electricidad»; le parece «natural la suposición de que la capacidad de estas fuerzas para producir movimiento eléctrico se basa en la cantidad de calor presente o, con otras palabras, es una función de la temperatura», lo que también habría demostrado experimentalmente Le Roux. También aquí nos movemos por completo en lo indeterminado. La ley de la serie de tensiones de los metales nos prohíbe recurrir a los procesos químicos que se producen incesantemente en pequeña medida en las superficies de contacto, cubiertas siempre de una capa delgada de aire y de agua impura que para nosotros es prácticamente inseparable, es decir, explicar la excitación de electricidad por la presencia de un electrólito activo invisible entre las superficies de contacto. Un electrólito tendría que producir en el circuito de cierre una corriente duradera; la electricidad del mero contacto de metales, por el contrario, desaparece en cuanto se cierra el circuito. Y aquí llegamos al punto propiamente dicho: si esta «fuerza eléctrica de separación» —que el propio Wiedemann limitó primero a los metales, declaró incapaz de trabajo sin aporte de energía ajena y remitió luego exclusivamente a una fuente de energía verdaderamente microscópica— hace posible, por contacto de cuerpos químicamente indiferentes, la formación de la corriente duradera, y de qué manera.

La serie de tensiones ordena los metales de modo que cada uno se comporta como electronegativo respecto del anterior y como electropositivo respecto del siguiente. Si colocamos, pues, en este orden una serie de trozos de metal, por ejemplo zinc, estaño, hierro, cobre y platino, unos contra otros, podremos obtener tensiones eléctricas en los dos extremos. Pero si disponemos la serie de metales en un circuito de cierre, de modo que también el zinc y el platino se toquen, la tensión se compensa inmediatamente y desaparece.

«En un circuito cerrado de cuerpos que pertenecen a la serie de tensiones no es posible, pues, la formación de una corriente eléctrica duradera.» [I, p. 45.]

Wiedemann apoya además esta tesis con la siguiente consideración teórica:

«En efecto, si apareciera en el circuito una corriente eléctrica duradera, esta produciría calor en los propios conductores metálicos, que a lo sumo se compensaría con un enfriamiento en los puntos de contacto de los metales. Se provocaría en todo caso una distribución desigual del calor; además, la corriente podría accionar de modo duradero, sin [ningún] aporte exterior, un motor electromagnético y realizar así un trabajo, lo que es imposible, ya que, al estar los metales unidos de modo fijo, por ejemplo por soldadura, tampoco en los puntos de contacto pueden producirse ya cambios que compensen este trabajo.» [I, pp. 44-45.]

Y, por si no bastara la prueba teórica y experimental de que la electricidad de contacto de los metales no puede producir por sí sola ninguna corriente, veremos también que Wiedemann se ve obligado a formular una hipótesis especial para eliminar su eficacia incluso allí donde podría hacerse valer en la corriente.

Probemos, pues, otro camino para pasar de la electricidad de contacto a la corriente. Imaginemos con Wiedemann

«dos metales, como una barra de zinc y otra de cobre, soldadas por uno de sus extremos y cuyos extremos libres estuvieran unidos por un tercer cuerpo que no actuara electromotrizmente frente a ninguno de los dos metales, sino que se limitara a conducir las electricidades opuestas acumuladas en sus superficies, de modo que se compensaran en él; entonces la fuerza eléctrica de separación restablecería siempre la anterior diferencia de tensión, y así se originaría en el circuito una corriente eléctrica duradera que podría realizar un trabajo sin compensación alguna, lo que de nuevo es imposible. Por consiguiente, no puede haber ningún cuerpo que se limite a conducir la electricidad sin actividad electromotriz frente a los demás cuerpos.» (I, p. 45.)

No estamos más adelantados que antes: la imposibilidad de crear movimiento vuelve a cerrarnos el paso. Con el contacto de cuerpos químicamente indiferentes, es decir, con la electricidad de contacto propiamente dicha, no conseguiremos nunca jamás una corriente. Volvamos, pues, otra vez atrás e intentemos un tercer camino, que Wiedemann nos indica:

«Si, finalmente, sumergimos una placa de zinc y otra de cobre en un líquido que contenga una combinación llamada binaria, es decir, que pueda descomponerse en dos componentes químicamente distintos que se saturan por completo, por ejemplo en ácido clorhídrico diluido (H + Cl), etc., el zinc se carga, según el § 27, negativamente, y el cobre positivamente. Al unir los metales, estas electricidades se compensan a través del punto de contacto, por el que fluye, pues, una corriente de electricidad positiva del cobre al zinc. Como la fuerza eléctrica de separación que aparece en el contacto de estos últimos metales arrastra también la electricidad positiva en el mismo sentido, los efectos de las fuerzas eléctricas de separación no se anulan como en un circuito metálico cerrado. Se origina, pues, una corriente duradera de electricidad positiva que en el circuito cerrado fluye del cobre, a través de su punto de contacto con el zinc, a este último, y del zinc, a través del líquido, al cobre. Enseguida (§ 34 y ss.) volveremos sobre la cuestión de en qué medida contribuyen realmente a la formación de esta corriente las distintas fuerzas eléctricas de separación presentes en el circuito. Una combinación de conductores que suministra semejante “corriente galvánica” la llamamos elemento galvánico, o también cadena galvánica.» [Todos los subrayados son de Engels.] (I, p. 45.)

El milagro estaría, pues, consumado. Por la mera fuerza eléctrica de separación del contacto, que, según el propio Wiedemann, no puede actuar sin aporte de energía desde fuera, se ha producido aquí una corriente duradera. Y si para explicarla no se nos ofreciera nada más que el pasaje de Wiedemann citado, seguiría siendo de hecho un milagro completo. ¿Qué aprendemos aquí sobre el proceso?

  1. Cuando se sumergen zinc y cobre en un líquido que contiene una combinación llamada binaria, el zinc se carga, según el § 27, negativamente, y el cobre positivamente. Ahora bien, en todo el § 27 no hay una sola palabra sobre una combinación binaria. Se limita a describir un simple elemento de Volta, formado por una placa de zinc y otra de cobre entre las que hay un disco de paño humedecido con un líquido ácido, y luego examina, sin mencionar ningún proceso químico, las cargas electrostáticas que se producen con ello en los dos metales. La llamada combinación binaria se introduce aquí, pues, de contrabando por la puerta trasera.

  2. Qué pinta aquí esta combinación binaria sigue siendo un completo misterio. El hecho de que «pueda descomponerse en dos componentes químicos que se saturan por completo» (¿que se saturan por completo después de haberse descompuesto?) podría enseñarnos a lo sumo algo nuevo si se descompusiera realmente. Pero de eso no se nos dice una palabra; tenemos que suponer, pues, por ahora, que no se descompone, como, por ejemplo, en el caso de la parafina.

  3. Una vez cargados, pues, el zinc negativamente y el cobre positivamente en el líquido, los ponemos en contacto (fuera del líquido). Inmediatamente «estas electricidades se compensan a través de los puntos de contacto, por los que fluye, pues, una corriente de electricidad positiva del cobre al zinc». Tampoco esta vez nos enteramos de por qué fluye solo una corriente de electricidad «positiva» en una dirección y no también una corriente de electricidad «negativa» en la dirección opuesta. No nos enteramos en absoluto de qué se hace de la electricidad negativa, que hasta ahora era tan necesaria como la positiva; el efecto de la fuerza eléctrica de separación consistía precisamente en poner a las dos libres una frente a otra. Ahora, de repente, se la suprime, se la escamotea, por así decirlo, y se adopta la apariencia de que solo existe electricidad positiva.

Pero luego, en la página 51, se dice de nuevo exactamente lo contrario, pues aquí «las electricidades se unen en una corriente» [subrayado de Engels]; ¡fluyen, pues, en ella tanto la negativa como la positiva! ¿Quién nos saca de esta confusión?

  1. «Como la fuerza eléctrica de separación que aparece en el contacto de estos últimos metales arrastra también la electricidad positiva en el mismo sentido, los efectos de las fuerzas eléctricas de separación no se anulan como en un circuito metálico cerrado. Se origina, pues, una corriente duradera», etc. [Todos los subrayados son de Engels.]

Esto es un poco fuerte. Pues, como veremos, pocas páginas más adelante (p. 52) Wiedemann nos demuestra que en la

«formación de la corriente duradera… la fuerza eléctrica de separación en el punto de contacto de los metales… tiene que permanecer inactiva» [subrayado de Engels],

que no solo se produce una corriente aunque, en lugar de arrastrar la electricidad positiva en el mismo sentido, se oponga al sentido de la corriente, sino que tampoco en ese caso queda compensada por una parte determinada de la fuerza de separación de la cadena, y por tanto vuelve a estar inactiva. ¿Cómo puede, pues, Wiedemann hacer que en la página 45 colabore en la formación de la corriente, como factor necesario, una fuerza eléctrica de separación que en la página 52 deja fuera de actividad mientras dura la corriente, y además por medio de una hipótesis formulada expresamente con ese fin?

  1. «Se origina, pues, una corriente duradera de electricidad positiva que en el circuito cerrado fluye del cobre, a través de su punto de contacto con el zinc, a este último, y del zinc, a través del líquido, al cobre.»

Pero semejante corriente eléctrica duradera «produciría calor en los propios conductores», y además podría «accionar un motor electromagnético y realizar así un trabajo», lo que sin aporte de energía es imposible. Como Wiedemann no nos ha revelado hasta ahora con una sola sílaba si tiene lugar semejante aporte de energía ni de dónde procede, la corriente duradera sigue siendo hasta aquí una cosa tan imposible como en los dos casos examinados antes.

Nadie lo siente más que el propio Wiedemann. Por eso juzga oportuno pasar lo más deprisa posible por encima de los muchos puntos espinosos de esta asombrosa explicación de la formación de la corriente y entretener a cambio al lector, durante un par de páginas, con toda clase de historietas elementales sobre los efectos térmicos, químicos, magnéticos y fisiológicos de esta corriente todavía misteriosa, en lo que, por excepción, cae incluso en un tono muy divulgativo. Luego prosigue de repente (p. 49):

«Tenemos que examinar ahora de qué manera actúan las fuerzas eléctricas de separación en un circuito cerrado formado por dos metales y un líquido, por ejemplo zinc, cobre y ácido clorhídrico.»

«Sabemos que los componentes de la combinación binaria contenida en el líquido (HCl), al pasar la corriente, se separan de manera que uno (H) queda libre en el cobre y una cantidad equivalente del otro (Cl) en el zinc, con lo cual este último se combina con una cantidad equivalente de zinc para formar ZnCl.» [Todos los subrayados son de Engels.]

¡Sabemos! Si lo sabemos, seguro que no lo sabemos por Wiedemann, que, como hemos visto, no nos había revelado hasta ahora ni una sílaba de este proceso. Y además, si sabemos algo de este proceso, es que no puede desarrollarse de la manera que describe Wiedemann.

En la formación de una molécula de HCl a partir de hidrógeno gaseoso y cloro gaseoso se libera una cantidad de energía = 22.000 unidades de calor (Jul. Thomsen).18 Para arrancar de nuevo el cloro de su combinación con el hidrógeno hay que aportar, pues, desde fuera, por cada molécula de HCl, la misma cantidad de energía. ¿De dónde saca la cadena esta energía? La exposición de Wiedemann no nos lo dice; busquemos, pues, nosotros mismos.

Cuando el cloro se combina con el zinc para formar cloruro de zinc, se libera una cantidad de energía considerablemente mayor que la necesaria para separar el cloro del hidrógeno. (Zn, Cl₂) desarrolla 97.210 unidades de calor; 2 (H, Cl), 44.000 (Jul. Thomsen). Y con esto el proceso en la cadena se hace comprensible. No es, pues, que, como cuenta Wiedemann, el hidrógeno quede libre sin más en el cobre y el cloro en el zinc, «con lo cual», después y por casualidad, el zinc y el cloro se combinan. Al contrario: la combinación del zinc con el cloro es la condición fundamental más esencial de todo el proceso y, mientras no se realice, se esperará en vano el hidrógeno en el cobre.

El excedente de la energía que se libera al formarse una molécula de ZnCl₂ sobre la que se emplea en liberar dos átomos de H de dos moléculas de HCl se transforma en la cadena en movimiento eléctrico y suministra toda la «fuerza electromotriz» que aparece en el circuito. No es, pues, una misteriosa «fuerza eléctrica de separación» la que, sin fuente de energía demostrada hasta ahora, separa por la fuerza el hidrógeno del cloro; es el proceso químico total que se realiza en la cadena el que provee a todas las «fuerzas eléctricas de separación» y «fuerzas electromotrices» del circuito de cierre de la energía necesaria para su existencia.

Hagamos constar, pues, por ahora, que la segunda explicación de la corriente de Wiedemann no nos hace avanzar más que la primera, y sigamos con el texto:

«Este proceso demuestra que el comportamiento del cuerpo binario entre los metales no consiste ya solamente en una simple atracción predominante de toda su masa hacia una u otra electricidad, como en el caso de los metales, sino que a ello se añade además una acción particular de sus componentes. Como el componente Cl se separa allí donde la corriente de electricidad positiva entra en el líquido, y el componente H allí donde entra la electricidad negativa, suponemos que cada equivalente de cloro en la combinación HCl está cargado con una cantidad determinada de electricidad negativa, que condiciona su atracción por la electricidad positiva que entra. Es el componente electronegativo [este subrayado es de Wiedemann; todos los demás, de Engels] de la combinación. Del mismo modo, el equivalente de H tiene que estar cargado con electricidad positiva y representar así el componente electropositivo de la combinación. Estas cargas podrían producirse en la combinación de H y Cl de modo muy parecido a como se producen en el contacto del zinc y el cobre. Como la combinación HCl es por sí misma no eléctrica, tenemos que suponer en consecuencia que en ella los átomos del componente positivo y del negativo contienen cantidades iguales de electricidad positiva y negativa.

Si se sumergen ahora en ácido clorhídrico diluido una placa de zinc y otra de cobre, podemos conjeturar que el zinc tiene una atracción más fuerte hacia el componente electronegativo (Cl) de aquel que hacia el electropositivo (H). En consecuencia, las moléculas del ácido clorhídrico que tocan el zinc se dispondrían de modo que volvieran sus componentes electronegativos hacia el zinc y los electropositivos hacia el cobre. Al actuar los componentes así ordenados, por su atracción eléctrica, sobre los componentes de las moléculas de HCl siguientes, toda la serie de moléculas entre la placa de zinc y la de cobre se ordena como en la fig. 10:

Zinc     I          II         III        IV       Cobre
         Cl   H     Cl   H     Cl   H     Cl   H
 −  ▌   (−)  (+)   (−)  (+)   (−)  (+)   (−)  (+)   ▐  +
 +  ▌                                               ▐  −

Si el segundo metal actuara sobre el hidrógeno positivo como el zinc sobre el cloro negativo, esto favorecería la orientación. Si actuara en sentido contrario, pero con más debilidad, por lo menos la dirección de esta quedaría inalterada.

Por la acción de influencia de la electricidad negativa del componente electronegativo Cl contiguo al zinc, la electricidad se distribuiría en el zinc de modo que los puntos de este próximos al Cl del átomo de ácido más cercano se cargarían positivamente, y los más alejados, negativamente. Del mismo modo, en el cobre, junto al componente electropositivo (H) del átomo de ácido clorhídrico contiguo, se acumularía la electricidad negativa, y la positiva sería empujada hacia las partes más alejadas.

«Luego la electricidad positiva del zinc se combinaría con la negativa del átomo de Cl más cercano,19 y este mismo con el zinc [para formar ZnCl no eléctrico]. El átomo electropositivo H, que antes estaba combinado con aquel átomo [Cl], se uniría con el átomo Cl del segundo átomo de HCl vuelto hacia él, combinándose a la vez las electricidades contenidas en estos átomos; del mismo modo, el H del segundo átomo de HCl se combinaría con el Cl del tercero, y así sucesivamente, hasta que finalmente quedaría libre en el cobre un átomo de H, cuya electricidad positiva se uniría con la negativa distribuida en el cobre, de modo que se desprendería en estado no eléctrico.» Este proceso «se repetiría hasta que la repulsión de las electricidades acumuladas en las placas metálicas sobre las electricidades de los componentes del ácido clorhídrico vueltos hacia ellas equilibrara precisamente la atracción química de estos por los metales. Pero si se unen las placas metálicas entre sí de modo conductor, las electricidades libres de las placas metálicas se unen entre sí y pueden producirse de nuevo los procesos antes mencionados. De este modo se originaría una corriente duradera de electricidad. Es evidente que con ello se produce una pérdida constante de fuerza viva, puesto que los componentes de la combinación binaria que emigran hacia los metales se mueven hacia ellos con cierta velocidad y luego llegan al reposo, bien formando una combinación (ZnCl), bien desprendiéndose libres (H).» (Nota [de Wiedemann]: «Como la ganancia de fuerza viva en la separación de los componentes Cl y H se compensa con la fuerza viva perdida en su unión con los componentes de los átomos más próximos, la influencia de este proceso es despreciable.») «Esta pérdida de fuerza viva es equivalente a la cantidad de calor que se libera en el proceso químico que se manifiesta visiblemente, es decir, esencialmente en la disolución de un equivalente de zinc en el ácido diluido. A este valor tiene que equivaler el trabajo empleado en la distribución de las electricidades. Por tanto, si las electricidades se unen en una corriente, durante la disolución de un equivalente de zinc y la separación de un equivalente de hidrógeno del líquido tiene que aparecer en todo el circuito de cierre un trabajo, sea en forma de calor, sea en forma de trabajo exterior realizado, que es igualmente equivalente al desprendimiento de calor correspondiente a aquel proceso químico.» [I, pp. 49-51.]

«Suponemos, podrían, tenemos que suponer, podemos conjeturar, se distribuiría, se cargarían», etc., etc. Pura conjetura y puro modo condicional, de los que solo se pueden pescar con seguridad tres indicativos reales: primero, que la combinación del zinc con el cloro se declara ahora condición para que se libere el hidrógeno; segundo, como nos enteramos ahora al final de todo y, por así decirlo, de pasada, que la energía liberada con ello es la fuente, y además la fuente exclusiva, de toda la energía que exige la formación de la corriente; y tercero, que esta explicación de la formación de la corriente da de bofetadas a las dos dadas anteriormente tan directamente como estas se las dan entre sí.

Más adelante se dice:

«Para la formación de la corriente duradera, pues, solo puede actuar única y exclusivamente la fuerza eléctrica de separación que procede de la atracción y la polarización desiguales de los átomos de la combinación binaria en el líquido excitador de la cadena por los electrodos metálicos; la fuerza eléctrica de separación en el punto de contacto de los metales, en el que ya no pueden producirse cambios mecánicos, tiene que permanecer, en cambio, inactiva. Que esta, cuando, por ejemplo, se opone a la excitación electromotriz de los metales por el líquido (como al sumergir estaño y plomo en una solución de cianuro potásico), no queda compensada por una parte determinada de la fuerza de separación en estos últimos, lo demuestra la completa proporcionalidad, ya mencionada, de la fuerza eléctrica de separación total (y de la fuerza electromotriz) en el circuito de cierre con el equivalente térmico, ya mencionado, de los procesos químicos. Tiene que neutralizarse, pues, de otro modo. Lo más sencillo sería suponer que, en el contacto del líquido excitador con los metales, la fuerza electromotriz se produce de dos maneras: una, por una atracción desigualmente fuerte de las masas del líquido en su conjunto hacia una u otra electricidad; otra, por la atracción desigual de los metales hacia los componentes [este subrayado es de Wiedemann; todos los demás, de Engels] del líquido cargados con electricidades opuestas… A consecuencia de la primera atracción desigual de las masas [hacia las electricidades], los líquidos se comportarían enteramente según la ley de la serie de tensiones de los metales, y en un circuito cerrado se produciría una neutralización completa de las fuerzas eléctricas de separación (y de las fuerzas electromotrices) hasta cero; la segunda acción (química), en cambio, suministraría ella sola la fuerza eléctrica de separación necesaria para la formación de la corriente y la fuerza electromotriz correspondiente.» (I, pp. 52-53.)

Con esto quedaría, pues, felizmente eliminado de la formación de la corriente el último resto de la teoría del contacto, y a la vez también el último resto de la primera explicación de la formación de la corriente dada por Wiedemann en la página 45. Se admite por fin sin reservas que la cadena galvánica es un simple aparato para transformar energía química liberada en movimiento eléctrico, en la llamada fuerza eléctrica de separación y fuerza electromotriz, exactamente como la máquina de vapor es un aparato para transformar energía térmica en movimiento mecánico. En uno y otro caso el aparato solo suministra las condiciones para la liberación y la ulterior transformación de la energía, pero no suministra energía por sí mismo. Establecido esto, nos queda todavía por examinar más de cerca la tercera versión de la explicación de la corriente de Wiedemann: ¿cómo se representan aquí las transformaciones de energía en el circuito de cierre de la cadena?

Es evidente, dice, que en la cadena «se produce una pérdida constante de fuerza viva, puesto que los componentes de la combinación binaria que emigran hacia los metales se mueven hacia ellos con cierta velocidad y luego llegan al reposo, bien formando una combinación (ZnCl), bien desprendiéndose libres (H). Esta pérdida es equivalente a la cantidad de calor que se libera en el proceso químico que se manifiesta visiblemente, es decir, esencialmente en la disolución de un equivalente de zinc en el ácido diluido». [I, p. 51.]

En primer lugar, si el proceso se desarrolla en forma pura, en la cadena no se libera calor alguno al disolverse el zinc; la energía que se libera se convierte precisamente en electricidad, y solo a partir de esta vuelve a transformarse en calor por la resistencia de todo el circuito de cierre.

En segundo lugar, la fuerza viva es la mitad del producto de la masa por el cuadrado de la velocidad. La frase de arriba diría, pues: la energía liberada al disolverse un equivalente de zinc en ácido clorhídrico diluido, igual a tantas o cuantas calorías, es igualmente equivalente a la mitad del producto de la masa de los iones por el cuadrado de la velocidad con que emigran hacia los metales. Dicha así, la frase es evidentemente falsa; la fuerza viva que aparece en la migración de los iones está muy lejos de ser equivalente a la energía liberada por el proceso químico.20 Y si lo fuera, no sería posible corriente alguna, pues no quedaría energía para la corriente en el resto del circuito de cierre. Por eso se intercala además la observación de que los iones llegan al reposo «bien formando una combinación, bien desprendiéndose libres». Pero si la pérdida de fuerza viva ha de incluir también las transformaciones de energía que se realizan en estos dos procesos, entonces sí que estamos atascados. Pues son precisamente estos dos procesos, tomados juntos, a los que debemos toda la energía liberada, de modo que aquí no puede hablarse en absoluto de una pérdida de fuerza viva, sino a lo sumo de una ganancia.

Es evidente, pues, que Wiedemann no ha pensado nada determinado con esta frase y que la «pérdida de fuerza viva» representa más bien el deus ex machina que ha de hacerle posible el fatal salto de la vieja teoría del contacto a la explicación química de la corriente. De hecho, la pérdida de fuerza viva ha cumplido ya su cometido y se la despide; a partir de ahora el proceso químico en la cadena vale indiscutiblemente como única fuente de energía de la formación de la corriente, y la única preocupación que le queda a nuestro autor es cómo librarse también con buenos modales, en la corriente, del último resto de la excitación de electricidad en el contacto de cuerpos químicamente indiferentes, es decir, de la fuerza de separación que actúa en el punto de contacto de los dos metales.

Cuando se lee la explicación de la formación de la corriente que da Wiedemann, se cree tener delante un fragmento de aquella apologética con la que los teólogos de fe entera y de media fe salieron al paso, hace casi cuarenta años, de la crítica filológico-histórica de la Biblia de Strauss, Wilke, Bruno Bauer y otros.21 El método es exactamente el mismo. Tiene que serlo. Pues en los dos casos se trata de salvar la tradición heredada frente a la ciencia que piensa. El empirismo exclusivo, que a lo sumo se permite pensar en forma de cálculo matemático, se imagina que maneja solo hechos innegables. Pero en realidad maneja preferentemente ideas heredadas, productos en gran parte anticuados del pensamiento de sus predecesores, como la electricidad positiva y la negativa, la fuerza eléctrica de separación o la teoría del contacto. Le sirven de base para interminables cálculos matemáticos en los que, sobre el rigor de la formulación matemática, se olvida agradablemente el carácter hipotético de los supuestos. Tan escéptica como se muestra esta clase de empirismo frente a los resultados del pensamiento contemporáneo, tan crédula se muestra frente a los del pensamiento de sus predecesores. Incluso los hechos establecidos experimentalmente se le han vuelto poco a poco inseparables de las interpretaciones heredadas que los acompañan; el fenómeno eléctrico más sencillo se falsea en la exposición, por ejemplo introduciendo de contrabando las dos electricidades; este empirismo no puede ya describir correctamente los hechos, porque la interpretación heredada se cuela en la descripción. En una palabra, tenemos aquí, en el campo de la teoría de la electricidad, una tradición tan desarrollada como en el de la teología. Y como en los dos campos los resultados de la investigación más reciente, el establecimiento de hechos hasta ahora desconocidos o discutidos y las conclusiones teóricas que se siguen necesariamente de ellos dan de bofetadas sin piedad a la vieja tradición, los defensores de esta se ven en los peores aprietos. Tienen que refugiarse en toda clase de subterfugios, de excusas insostenibles, de encubrimientos de contradicciones inconciliables, y acaban así enredándose ellos mismos en una maraña de contradicciones de la que no tienen salida. Es esta fe en toda la vieja teoría de la electricidad la que enreda aquí a Wiedemann en la más desesperada contradicción consigo mismo, simplemente por el intento sin esperanza de conciliar racionalistamente la vieja explicación de la corriente por la «fuerza de contacto» con la más moderna por la liberación de energía química.

Se objetará quizá que la crítica que acabamos de hacer de la explicación de la corriente de Wiedemann se basa en sutilezas verbales; que, aunque al principio Wiedemann se exprese de un modo algo descuidado e inexacto, al final da sin embargo la exposición correcta, acorde con el principio de la conservación de la energía, y con ello lo arregla todo. Frente a esto ponemos aquí otro ejemplo, su descripción de lo que ocurre en la cadena zinc, ácido sulfúrico diluido, cobre.

«Si se unen las dos placas con un hilo, se origina una corriente galvánica… Por el proceso electrolítico se separa del agua [subrayados de Engels] del ácido sulfúrico diluido, en el cobre, 1 eq. de hidrógeno, que se desprende en burbujas. En el zinc se forma 1 eq. de oxígeno, que oxida el zinc a óxido de zinc, el cual se disuelve en el ácido circundante formando sulfato de óxido de zinc.» (I, pp. 592-593.)

Para separar del agua hidrógeno gaseoso y oxígeno gaseoso hace falta, por cada molécula de agua, una energía = 68.924 unidades de calor. ¿De dónde procede, pues, la energía en la cadena citada? «Del proceso electrolítico.» ¿Y de dónde la saca el proceso electrolítico? No hay respuesta.

Pero además Wiedemann nos cuenta, no una vez, sino por lo menos dos (I, pp. 472 y 614), que, en general, «según experiencias más recientes, el agua misma no se descompone [en la electrólisis]», sino que, en nuestro caso, se descompone el ácido sulfúrico H₂SO₄, por un lado en H₂, por otro en SO₃ + O, con lo que H₂ y O pueden desprenderse en ciertas circunstancias en forma gaseosa. Pero con ello cambia toda la naturaleza del proceso. El H₂ del H₂SO₄ es sustituido directamente por el zinc bivalente y forma sulfato de zinc ZnSO₄. Queda, de un lado, H₂; de otro, SO₃ + O. Los dos gases se desprenden en las proporciones en que forman agua; el SO₃ se combina con el agua de la disolución, H₂O, para formar de nuevo H₂SO₄, es decir, ácido sulfúrico. Pero en la formación de ZnSO₄ se desarrolla una cantidad de energía que no solo basta para desplazar y liberar el hidrógeno del ácido sulfúrico, sino que deja además un excedente considerable, que en nuestro caso se emplea en formar la corriente. El zinc no espera, pues, a que el proceso electrolítico le ponga a su disposición el oxígeno libre para oxidarse primero con él y disolverse luego en el ácido. Al contrario. Entra directamente en el proceso, que solo se produce en absoluto gracias a esta entrada del zinc.

Vemos aquí cómo en auxilio de las anticuadas ideas sobre el contacto vienen anticuadas ideas químicas. Según la concepción moderna, una sal es un ácido en el que el hidrógeno ha sido sustituido por un metal. El proceso que aquí examinamos confirma esta concepción: el desplazamiento directo del hidrógeno del ácido por el zinc explica por completo la transformación de energía. La concepción antigua, que sigue Wiedemann, considera que una sal es una combinación de un óxido metálico con un ácido, y por eso habla, en lugar de sulfato de zinc, de sulfato de óxido de zinc. Pero para llegar en nuestra cadena, a partir de zinc y ácido sulfúrico, al sulfato de óxido de zinc, primero hay que oxidar el zinc. Para oxidar el zinc con suficiente rapidez, necesitamos oxígeno libre. Para obtener oxígeno libre, tenemos que suponer —puesto que en el cobre aparece hidrógeno— que el agua se descompone. Para descomponer el agua, necesitamos una energía enorme. ¿Cómo obtenerla? Sencillamente «por el proceso electrolítico», que a su vez no puede ponerse en marcha mientras no haya empezado a formarse su producto químico final, el «sulfato de óxido de zinc». El hijo pare a la madre.

También aquí, pues, Wiedemann invierte totalmente todo el curso del proceso y lo pone cabeza abajo. Y lo hace porque, sin más, confunde la electrólisis activa y la pasiva, dos procesos directamente opuestos, bajo el nombre de electrólisis a secas.


Hasta aquí solo hemos examinado los procesos en la cadena, es decir, el proceso en el que un excedente de energía queda libre por acción química y se transforma en electricidad gracias a los dispositivos de la cadena. Pero, como es sabido, este proceso también puede invertirse: la electricidad de la corriente duradera, obtenida en la cadena a partir de energía química, puede a su vez reconvertirse en energía química en la celda de descomposición intercalada en el circuito de cierre. Los dos procesos son evidentemente opuestos entre sí; si concebimos el primero como químico-eléctrico, el segundo es electroquímico. Los dos pueden producirse en el mismo circuito de cierre con las mismas sustancias. Así, la pila de elementos de gas, cuya corriente se produce por la combinación de hidrógeno y oxígeno para formar agua, puede suministrar en una celda de descomposición intercalada hidrógeno gaseoso y oxígeno gaseoso en las proporciones en que forman agua. El modo de considerar habitual reúne estos dos procesos opuestos bajo una sola expresión, electrólisis, y ni siquiera distingue entre una electrólisis activa y otra pasiva, entre un líquido excitador y un electrólito pasivo. Así, Wiedemann trata la electrólisis en general en 133 páginas y añade luego al final algunas observaciones sobre la «electrólisis en la cadena», en las que, por si fuera poco, los procesos en cadenas reales solo ocupan la parte más pequeña de las 17 páginas de esta sección. Tampoco en la «Teoría de la electrólisis» que sigue se menciona siquiera esta oposición entre cadena y celda de descomposición, y quien buscara en el capítulo siguiente, «Influencia de la electrólisis sobre la resistencia de conducción y [la] fuerza electromotriz en el circuito de cierre», alguna consideración de las transformaciones de energía en el circuito de cierre, se llevaría un amargo desengaño.

Consideremos ahora el irresistible «proceso electrolítico», que puede separar H₂ de O sin aporte visible de energía y que en las secciones del libro que tenemos delante desempeña el mismo papel que antes la misteriosa «fuerza eléctrica de separación».

«Junto al proceso primario, puramente electrolítico [subrayado de Engels], de separación de los iones, aparecen además una multitud de procesos secundarios, puramente químicos, completamente independientes de aquel, por la acción de los iones separados por la corriente. Esta acción puede ejercerse sobre la sustancia de los electrodos y sobre el cuerpo descompuesto y, en las disoluciones, también sobre el disolvente.» (I, p. 481.)

Volvamos a la cadena de arriba: zinc y cobre en ácido sulfúrico diluido. Aquí, según declara el propio Wiedemann, los iones separados son el H₂ y el O del agua. En consecuencia, para él la oxidación del zinc y la formación de ZnSO₄ son un proceso secundario, puramente químico, independiente del proceso electrolítico, a pesar de que es este proceso el que hace posible el primario. Examinemos ahora con algún detalle la confusión que tiene que nacer necesariamente de esta inversión del curso real.

Atengámonos primero a los llamados procesos secundarios en la celda de descomposición, de los que Wiedemann nos presenta algunos ejemplos22 (pp. 481-482).

I. Electrólisis del sulfato de sosa (Na₂SO₄) disuelto en agua. Este «se descompone… en 1 eq. de SO₃ + O… y 1 eq. de Na… Pero este último reacciona sobre el agua de la disolución y separa de ella 1 eq. de H, mientras se forma 1 eq. de sosa [NaOH], que se disuelve en el agua circundante».

La ecuación es:

Na₂SO₄ + 2 H₂O = O + SO₃ + 2 NaOH + 2 H.

En este ejemplo, la descomposición

Na₂SO₄ = Na₂ + SO₃ + O

podría concebirse, en efecto, como proceso primario, electroquímico, y la transformación ulterior

Na₂ + 2 H₂O = 2 NaOH + 2 H

como proceso secundario, puramente químico. Pero este proceso secundario se produce inmediatamente en el electrodo en el que aparece el hidrógeno; la cantidad de energía, muy considerable, que se libera con ello (111.810 unidades de calor para Na, O, H, aq., según Jul. Thomsen) se transforma, pues, por lo menos en su mayor parte, en electricidad, y solo una parte se convierte inmediatamente en calor en la celda. Pero esto último puede ocurrirle también a la energía química liberada directa o primariamente en la cadena.

Ahora bien, la cantidad de energía que así queda disponible y se convierte en electricidad se resta de la que la corriente tiene que suministrar para la descomposición continuada del Na₂SO₄. Si la transformación del sodio en hidróxido aparecía en el primer momento del proceso total como un proceso secundario, a partir del segundo momento se convierte en un factor esencial del proceso total y deja con ello de ser secundaria.

Pero en esta celda de descomposición tiene lugar todavía un tercer proceso: el SO₃, si no entra en combinación con el metal del electrodo positivo, con lo que de nuevo se liberaría energía, se combina con H₂O para formar H₂SO₄, ácido sulfúrico. Pero esta transformación no se produce necesariamente en el electrodo mismo, y la cantidad de energía que se libera con ella (21.320 unidades de calor, J. Thomsen) se convierte, por tanto, toda o en su inmensa mayor parte, en calor en la propia celda y cede a lo sumo una parte muy pequeña a la corriente como electricidad. Así pues, Wiedemann ni siquiera menciona el único proceso realmente secundario que ocurre en esta celda.

II. «Si se electroliza una disolución de vitriolo de cobre [CuSO₄ + 5 H₂O] entre un electrodo positivo de cobre y otro negativo de platino, con descomposición simultánea de agua sulfúrica en el mismo circuito, se deposita en el electrodo negativo de platino, por cada equivalente de agua descompuesta, 1 eq. de cobre; en el electrodo positivo debería aparecer 1 eq. de SO₄, pero este se combina con el cobre del electrodo formando 1 eq. de CuSO₄, que se disuelve en el agua de la disolución electrolizada.» [I, p. 481.]

Hemos de representarnos, pues, el proceso, en el lenguaje químico moderno, de este modo: en el platino se deposita Cu; el SO₄ que queda libre, que como tal no puede existir por sí mismo, se descompone en SO₃ + O, y este último se desprende libre; el SO₃ toma H₂O del agua de la disolución y forma H₂SO₄, que, liberando H₂, se combina de nuevo con el cobre del electrodo formando CuSO₄. Tenemos aquí, hablando con precisión, tres procesos: 1. separación de Cu y SO₄; 2. SO₃ + O + H₂O = H₂SO₄ + O; 3. H₂SO₄ + Cu = H₂ + CuSO₄. Es natural concebir el primero como primario y los otros dos como secundarios. Pero si preguntamos por las transformaciones de energía, encontramos que el primero queda completamente compensado por una parte del tercero: la separación del cobre y el SO₄, por la reunión de ambos en el otro electrodo. Si prescindimos de la energía necesaria para desplazar el cobre de un electrodo al otro, y asimismo de la pérdida inevitable de energía en la cadena por transformación en calor, que no puede determinarse con exactitud, tenemos aquí el caso de que el llamado proceso primario no sustrae energía alguna a la corriente. La corriente suministra energía exclusivamente para hacer posible la separación, además indirecta, de H₂ y O, que resulta ser el verdadero resultado químico de todo el proceso; es decir, para llevar a cabo un proceso secundario, o incluso terciario.

Sin embargo, en los dos ejemplos anteriores, como también en otros casos, la distinción entre procesos primarios y secundarios tiene una innegable justificación relativa. Así, en los dos casos se descompone también al parecer, entre otras cosas, agua, y los elementos del agua se depositan en los electrodos opuestos. Como, según las experiencias más recientes, el agua absolutamente pura se acerca todo lo posible al ideal de un no conductor y, por tanto, de un no electrólito, es importante demostrar que en estos casos y otros semejantes no es el agua la que se descompone directamente por vía electroquímica, sino que los elementos del agua se separan del ácido, en cuya formación el agua de la disolución tiene que intervenir aquí, desde luego.

III. «Si se electroliza simultáneamente en dos tubos en forma de U… ácido clorhídrico [HCl + 8 H₂O]… y se utiliza en un tubo un electrodo positivo de zinc y en el otro uno de cobre, en el primer tubo se disuelve la cantidad de zinc 32,53, y en el segundo la cantidad de cobre 2 × 31,7.» [I, p. 482.]

Dejemos por ahora el cobre y atengámonos al zinc. Aquí se considera proceso primario la descomposición del HCl, y secundario la disolución del Zn.

Según esta concepción, la corriente aporta, pues, desde fuera a la celda de descomposición la energía necesaria para separar H y Cl, y una vez realizada esta separación el Cl se une con el Zn, con lo que se libera una cantidad de energía que se resta de la necesaria para separar H y Cl; la corriente, pues, solo tiene que aportar la diferencia. Hasta aquí todo cuadra a las mil maravillas; pero si examinamos más de cerca las dos cantidades de energía, encontramos que la liberada al formarse ZnCl₂ es mayor que la consumida al separar 2 HCl; que, por tanto, la corriente no solo no necesita aportar energía, sino que, al contrario, recibe energía. Ya no tenemos delante un electrólito pasivo, sino un líquido excitador; no una celda de descomposición, sino una cadena, que refuerza con un nuevo elemento la pila que forma la corriente; el proceso que debemos concebir como secundario se vuelve absolutamente primario, se convierte en la fuente de energía de todo el proceso y lo hace independiente de la corriente que le aporta la pila.

Aquí vemos claramente cuál es la fuente de toda la confusión que reina en la exposición teórica de Wiedemann. Wiedemann parte de la electrólisis, y le da igual que sea activa o pasiva, cadena o celda de descomposición: «matasanos es matasanos», como dijo el viejo comandante al doctor en filosofía «voluntario de un año».23 Y como la electrólisis es mucho más fácil de estudiar en la celda de descomposición que en la cadena, de hecho parte de la celda de descomposición, convierte los procesos que se realizan en ella, y su división, en parte justificada, en primarios y secundarios, en la medida de los procesos de la cadena, que son justamente los inversos, y ni siquiera se da cuenta cuando la celda de descomposición se le convierte bajo mano en una cadena. Por eso puede formular la tesis:

«La afinidad química de las sustancias separadas con los electrodos no tiene ninguna influencia sobre el proceso electrolítico propiamente dicho» (I, p. 471),

tesis que en esta forma absoluta es, como hemos visto, totalmente falsa. De ahí, luego, su triple teoría de la formación de la corriente: primero, la heredada de antiguo, por medio del contacto puro; segundo, la que se vale de la fuerza eléctrica de separación, concebida ya de modo más abstracto, que de manera inexplicable se procura a sí misma o al «proceso electrolítico» la energía para separar en la cadena el H y el Cl y formar además una corriente; por último, la moderna, químico-eléctrica, que demuestra que la fuente de esa energía está en la suma algebraica de todas las acciones químicas que se dan en la cadena. Así como no se da cuenta de que la segunda explicación echa abajo la primera, tampoco sospecha que la tercera, a su vez, echa por tierra la segunda. Al contrario, el principio de la conservación de la energía se añade de modo completamente exterior a la vieja teoría heredada de la rutina, como se añade un nuevo teorema de geometría a los anteriores. Ni idea de que este principio obliga a revisar todo el modo de ver tradicional en este campo como en todos los demás de las ciencias de la naturaleza. Wiedemann se limita, además, a dejarlo sencillamente constatado al explicar la corriente, y luego lo deja tranquilamente a un lado para no volver a sacarlo hasta el final del libro, en el capítulo sobre el trabajo que realiza la corriente. Incluso en la teoría de la excitación de electricidad por contacto (I, pp. 781 y ss.) la conservación de la energía no desempeña ningún papel en lo que se refiere a lo principal, y solo se recurre a ella de vez en cuando para aclarar puntos accesorios; es y sigue siendo un «proceso secundario».

Volvamos al ejemplo III de arriba. En él, la misma corriente electrolizaba ácido clorhídrico en dos tubos en forma de U, pero en uno se empleaba como electrodo positivo zinc y en el otro cobre. Según la ley fundamental de la electrólisis de Faraday, la misma corriente galvánica descompone en cada celda cantidades equivalentes de los electrólitos, y las cantidades de las sustancias depositadas en los dos electrodos están igualmente en la proporción de sus equivalentes (I, p. 470). Pues bien, resultó que en el caso citado se disolvió en el primer tubo la cantidad de zinc 32,53 y en el otro la cantidad de cobre 2 × 31,7.

«Pero esto», prosigue Wiedemann, «no prueba la equivalencia de estos valores. Solo se observan con corrientes de muy poca densidad, formándose cloruro de zinc… por un lado y cloruro cuproso… por otro. Con corrientes más densas, para la misma cantidad de zinc disuelto, la cantidad de cobre disuelto descendería hasta 31,7, formándose cantidades crecientes de cloruro cúprico…»

Como es sabido, el zinc forma una sola combinación con el cloro, el cloruro de zinc ZnCl₂; el cobre, en cambio, forma dos, el cloruro cúprico CuCl₂ y el cloruro cuproso Cu₂Cl₂. Lo que ocurre, pues, es que la corriente débil arranca del electrodo, por cada dos átomos de cloro, dos átomos de cobre, que siguen unidos entre sí por una de sus dos unidades de combinación, mientras que sus dos unidades de combinación libres se unen con los dos átomos de cloro:

Cu ——— Cl
 |
Cu ——— Cl

Si, en cambio, la corriente se hace más fuerte, separa por completo los átomos de cobre, y cada uno por separado se une con dos átomos de cloro:

     ╱ Cl
Cu
     ╲ Cl

Con corrientes de intensidad media se forman las dos combinaciones, una junto a otra. Así pues, es únicamente la intensidad de la corriente la que determina la formación de una u otra combinación, y el proceso es, por tanto, esencialmente electroquímico, si esta palabra tiene algún sentido. Sin embargo, Wiedemann lo declara expresamente secundario, es decir, no electroquímico, sino puramente químico.

El experimento citado es de Renault (1867) y forma parte de toda una serie de experimentos semejantes en los que la misma corriente se hacía pasar, en un tubo en U, por una solución de sal común (electrodo positivo de zinc) y, en otra celda, por electrólitos variables con distintos metales como electrodos positivos. Las cantidades de los otros metales disueltas por cada equivalente de zinc variaban aquí mucho, y Wiedemann da los resultados de toda la serie de experimentos, que, sin embargo, en realidad se entienden químicamente por sí mismos en su mayor parte y no pueden ser de otro modo. Así, por cada equivalente de zinc solo se disolvieron 2/3 de equivalente de oro en ácido clorhídrico. Esto solo puede parecer extraño si, como Wiedemann, uno se atiene a los viejos pesos equivalentes y escribe ZnCl para el cloruro de zinc, de modo que tanto el cloro como el zinc aparecen en el cloruro con una sola unidad de combinación. En realidad, hay en él dos átomos de cloro por cada átomo de zinc (ZnCl₂), y en cuanto conocemos esta fórmula vemos enseguida que en la determinación de equivalentes citada hay que tomar como unidad el átomo de cloro y no el de zinc. Ahora bien, la fórmula del cloruro de oro es AuCl₃, de donde salta a la vista que 3 ZnCl₂ contienen exactamente tanto cloro como 2 AuCl₃ y que, por consiguiente, todos los procesos, primarios, secundarios y terciarios, en la cadena o en la celda, se verán obligados a convertir en cloruro de oro, por cada parte en peso de zinc convertida en cloruro de zinc, ni más ni menos que 2/3 de parte en peso de oro. Esto vale de modo absoluto, a menos que también la combinación AuCl pudiera obtenerse por vía galvánica, en cuyo caso por cada equivalente de zinc tendrían que disolverse incluso 2 equivalentes de oro, y entonces podrían producirse también variaciones semejantes según la intensidad de la corriente, como antes con el cobre y el cloro. El valor de los experimentos de Renault consiste en que muestran cómo la ley de Faraday se ve confirmada por hechos que parecen contradecirla. Pero no se ve qué pueden aportar para aclarar los procesos secundarios de la electrólisis.

El tercer ejemplo de Wiedemann nos llevó ya de nuevo de la celda de descomposición a la cadena. Y, en efecto, la cadena ofrece con mucho el mayor interés en cuanto se estudian los procesos electrolíticos en relación con las transformaciones de energía que se producen en ellos. Así, no es raro que encontremos cadenas en las que los procesos químico-eléctricos parecen estar en contradicción directa con la ley de la conservación de la energía y realizarse en contra de la afinidad química.

Según las mediciones de Poggendorff,24 la cadena zinc, solución concentrada de sal común, platino, suministra una corriente de intensidad 134,6.25 Tenemos, pues, aquí una cantidad de electricidad muy respetable, 1/3 más que en el elemento de Daniell. ¿De dónde procede la energía que aparece aquí como electricidad? El proceso «primario» es el desplazamiento del sodio de su combinación con el cloro por el zinc. Pero en la química ordinaria no es el zinc el que desplaza al sodio, sino al revés: el sodio desplaza al zinc de las combinaciones con el cloro y de otras. «El proceso primario», lejos de poder ceder a la corriente la cantidad de energía citada, necesita al contrario, para producirse, un aporte de energía desde fuera. Con el mero proceso «primario» volvemos, pues, a quedarnos atascados. Veamos, pues, el proceso real. Encontramos entonces que la transformación no es

Zn + 2 NaCl = ZnCl₂ + 2 Na,

sino

Zn + 2 NaCl + 2 H₂O = ZnCl₂ + 2 NaOH + H₂.

Con otras palabras, el sodio no se deposita libre en el electrodo negativo, sino que se convierte en hidróxido, como antes en el ejemplo I.

Para calcular las transformaciones de energía que se producen con ello, las determinaciones de Julius Thomsen nos dan por lo menos puntos de apoyo. Según ellas, tenemos la siguiente energía liberada en las combinaciones:

(Zn, Cl₂) = 97.210, (ZnCl₂, aqua) = 15.630

en total, para el cloruro de zinc disuelto     = 112.840  unidades de calor
2 (Na, O, H, aqua)                             = 223.620  "                "
                                                 336.460  "                "
Menos el consumo de energía en las separaciones:
2 (Na, Cl, aq.)                                = 193.020  unidades de calor
2(H₂, O)                                       = 136.720  "                "
                                                 329.740  "                "
Excedente de energía liberada                      6.720  unidades de calor

Esta suma es evidentemente pequeña para la intensidad de corriente obtenida, pero basta para explicar, por un lado, la separación del sodio y el cloro y, por otro, la formación de la corriente en general.

Tenemos aquí un ejemplo concluyente de que la distinción entre procesos primarios y secundarios es completamente relativa y nos lleva al absurdo en cuanto la tomamos de modo absoluto. El proceso electrolítico primario, tomado por sí solo, no solo no puede producir corriente alguna, sino que ni siquiera puede realizarse a sí mismo. Es el proceso secundario, supuestamente puramente químico, el que hace posible el primario y suministra además todo el excedente de energía para formar la corriente. En realidad, pues, ha resultado ser el primario, y este, el secundario. Cuando Hegel convertía dialécticamente en su contrario las diferencias y oposiciones fijas que se imaginaban los metafísicos y los naturalistas que metafisiquean, se decía que les retorcía las palabras en la boca. Pero si la naturaleza procede exactamente igual que el viejo Hegel, ya será hora de examinar la cosa un poco más de cerca.

Con más razón pueden considerarse secundarios los procesos que, aunque se realizan a consecuencia del proceso químico-eléctrico de la cadena o del electroquímico de la celda de descomposición, lo hacen independientemente y separados de él, es decir, a cierta distancia de los electrodos. Por eso las transformaciones de energía que se producen en tales procesos secundarios tampoco entran en el proceso eléctrico; ni le sustraen energía ni se la suministran directamente. Estos procesos son muy frecuentes en la celda de descomposición; antes, en el ejemplo I, tuvimos un caso en la formación de ácido sulfúrico en la electrólisis del sulfato sódico. Pero aquí tienen menos interés. En cambio, su aparición en la cadena tiene mayor importancia práctica. Pues, aunque no añadan ni sustraigan directamente energía al proceso químico-eléctrico, modifican la suma de la energía disponible existente en general en la cadena y lo afectan así indirectamente.

Entre ellos se cuentan, además de las transformaciones químicas posteriores de tipo ordinario, los fenómenos que aparecen cuando los iones se depositan en los electrodos en un estado distinto de aquel en que aparecen habitualmente libres, y cuando luego pasan a este último solo después de haberse alejado de los electrodos. Los iones pueden adoptar entonces otra densidad u otro estado de agregación. Pero pueden sufrir también cambios considerables en su constitución molecular, y este caso es el más interesante. En todos estos casos, al cambio secundario, químico o físico, de los iones que se produce a cierta distancia de los electrodos le corresponde un cambio análogo de calor; casi siempre se libera calor, en algunos casos se consume. Este cambio de calor se limita, naturalmente, en primer lugar, al lugar en que se produce: el líquido de la cadena o de la celda de descomposición se calienta o se enfría, y el resto del circuito de cierre no se ve afectado. Por eso este calor se llama calor local. La energía química liberada disponible para transformarse en electricidad disminuye o aumenta, pues, en el equivalente de este calor local positivo o negativo producido en la cadena. En una cadena con agua oxigenada y ácido clorhídrico se consumían, según Favre, 2/3 de toda la energía liberada como calor local; el elemento de Grove, en cambio, se enfriaba considerablemente después de cerrarse el circuito y aportaba así todavía al circuito energía de fuera por absorción de calor. Vemos, pues, que también estos procesos secundarios repercuten sobre el primario. Hagamos lo que hagamos, la distinción entre procesos primarios y secundarios sigue siendo meramente relativa y se suprime de nuevo regularmente en la acción recíproca de unos sobre otros. Si se olvida esto, si se tratan como absolutas tales oposiciones relativas, se acaba encallando sin remedio en contradicciones, como hemos visto antes.

Como es sabido, en la separación electrolítica de gases los electrodos metálicos se cubren de una capa delgada de gas; a consecuencia de ello la intensidad de la corriente disminuye hasta que los electrodos están saturados de gas, tras lo cual la corriente debilitada vuelve a ser constante. Favre y Silbermann26 han demostrado que en una celda de descomposición de este tipo se produce igualmente calor local, que solo puede proceder de que los gases no se liberan en los electrodos en el estado en que aparecen habitualmente, sino que, tras separarse de los electrodos, pasan a este estado habitual por un proceso ulterior unido a desprendimiento de calor. Pero ¿en qué estado se depositan los gases en los electrodos? No cabe expresarse sobre esto con más cautela que Wiedemann. Lo llama «un cierto» estado, un estado «alotrópico», «activo» y, finalmente, en el caso del oxígeno, a veces «ozonizado». Del hidrógeno se habla de modo todavía mucho más misterioso. De vez en cuando asoma la opinión de que el ozono y el agua oxigenada son las formas en que se realiza este estado «activo». El ozono persigue a nuestro autor hasta tal punto que ¡explica incluso las propiedades extremadamente electronegativas de ciertos peróxidos por el hecho de que «contienen posiblemente una parte del oxígeno en estado ozonizado» [subrayado de Engels]! (I, p. 57.) Seguramente en la llamada descomposición del agua se forman tanto ozono como agua oxigenada, pero solo en pequeñas cantidades. No hay razón alguna para suponer que el calor local se deba en este caso a la formación primero, y a la descomposición después, de cantidades mayores de esas dos combinaciones. El calor de formación del ozono (O₃) a partir de los átomos de oxígeno libres no lo conocemos. El del agua oxigenada a partir de H₂O (líquida) + O es, según Berthelot,27 = -21.480; la formación de esta combinación en cantidades mayores exigiría, pues, un fuerte suplemento de energía (aproximadamente el 30 % de la energía necesaria para separar H₂ y O), que no podría dejar de ser llamativo y comprobable. Por último, el ozono y el agua oxigenada solo darían cuenta del oxígeno (si prescindimos de las inversiones de corriente, en las que los dos gases se encontrarían en el mismo electrodo), pero no del hidrógeno. Y, sin embargo, también este se desprende en un estado «activo», tanto que, en la combinación solución de nitrato potásico entre electrodos de platino, se une directamente con el nitrógeno separado del ácido para formar amoníaco.

Todas estas dificultades y escrúpulos no existen en realidad. Separar cuerpos «en un estado activo» no es un monopolio del proceso electrolítico. Toda descomposición química hace lo mismo. Separa el elemento químico liberado, en primer lugar, en forma de átomos libres O, H, N, etc., que solo después de liberados pueden unirse en moléculas O₂, H₂, N₂, etc., y que al unirse ceden una cantidad de energía determinada —aunque hasta ahora no se ha podido establecer—, que aparece como calor. Pero durante el instante evanescente en que los átomos están libres, son portadores de toda la cantidad de energía que pueden asumir; en posesión de su máximo de energía, son libres de contraer cualquier combinación que se les ofrezca. Están, pues, «en un estado activo» frente a las moléculas O₂, H₂, N₂, que han cedido ya una parte de esa energía y no pueden entrar en combinación con otros elementos sin que se les vuelva a aportar desde fuera esa cantidad de energía cedida. No necesitamos, pues, recurrir al ozono y al agua oxigenada, que no son sino productos de ese estado activo. Por ejemplo, podemos realizar la formación de amoníaco en la electrólisis del nitrato potásico que acabamos de mencionar también sin cadena, por vía simplemente química, añadiendo ácido nítrico o una solución de un nitrato a un líquido en el que se libere hidrógeno por procesos químicos. El estado activo del hidrógeno es el mismo en los dos casos. Pero lo interesante del proceso electrolítico es que en él la existencia evanescente de los átomos libres se hace, por así decirlo, tangible. El proceso se divide aquí en dos fases: la electrólisis entrega los átomos libres en los electrodos, pero su unión en moléculas se produce a cierta distancia de los electrodos. Por insignificante que sea esta distancia para las magnitudes de masas, basta para impedir, por lo menos en gran parte, que la energía liberada en la formación de las moléculas se emplee en el proceso eléctrico, y para determinar así su transformación en calor, el calor local de la cadena. Pero con esto queda establecido que los elementos se han separado como átomos libres y han existido un momento como átomos libres en la cadena. Este hecho, que en la química pura solo podemos establecer por conclusiones teóricas, se nos demuestra aquí experimentalmente, en la medida en que esto es posible sin percibir con los sentidos los átomos y las moléculas mismos. Y en ello reside la gran importancia científica del llamado calor local de la cadena.


La transformación de la energía química en electricidad por medio de la cadena es un proceso de cuyo curso no sabemos prácticamente nada, y del que probablemente no sabremos nada más preciso hasta que se conozca mejor el modus operandi del propio movimiento eléctrico.

A la cadena se le atribuye una «fuerza eléctrica de separación», que es fija para cada cadena dada. Como vimos al principio, Wiedemann admite que esta fuerza eléctrica de separación no es una forma determinada de la energía. Al contrario, no es en principio más que la capacidad, la propiedad de una cadena de transformar en electricidad, en la unidad de tiempo, una cantidad determinada de energía química liberada. Esta energía química misma no adopta nunca, en todo el proceso, la forma de «fuerza eléctrica de separación», sino, al contrario, enseguida e inmediatamente la de la llamada «fuerza electromotriz», es decir, la del movimiento eléctrico. Si en la vida corriente se habla de la fuerza de una máquina de vapor en el sentido de que es capaz de transformar en movimiento de masas una cantidad determinada de calor en la unidad de tiempo, eso no es razón para introducir también en la ciencia esta confusión de conceptos. Con el mismo derecho podríamos hablar de la distinta fuerza de una pistola, una carabina, un fusil de ánima lisa y un fusil de proyectil alargado, porque con la misma carga de pólvora y el mismo peso de proyectil tiran a distancias distintas. Pero aquí lo absurdo de la expresión salta a la vista. Todo el mundo sabe que es la inflamación de la carga de pólvora la que impulsa la bala, y que el distinto alcance del arma depende solo del mayor o menor derroche de energía según la longitud del cañón, la holgura del proyectil y su forma. Pero el caso es el mismo con la fuerza del vapor y con la fuerza eléctrica de separación. Dos máquinas de vapor —en circunstancias por lo demás iguales, es decir, suponiendo igual la cantidad de energía que se libera en las dos en tiempos iguales—, o dos cadenas galvánicas de las que vale lo mismo, se distinguen en sus rendimientos de trabajo solo por el mayor o menor derroche de energía que se da en ellas. Y si la técnica de las armas de fuego de todos los ejércitos se las ha arreglado hasta ahora sin suponer una fuerza de tiro particular de los fusiles, la ciencia de la electricidad no tiene excusa alguna para suponer una «fuerza eléctrica de separación» análoga a esa fuerza de tiro, una fuerza en la que no hay absolutamente ninguna energía y que, por tanto, tampoco puede realizar por sí misma ni una millonésima de miligramo-milímetro de trabajo.

Lo mismo vale de la segunda forma de esta «fuerza de separación», la «fuerza eléctrica de contacto de los metales» que menciona Helmholtz. No es otra cosa que la propiedad de los metales de transformar en electricidad, al tocarse, una energía de otra forma ya existente. Es, pues, igualmente una fuerza que no contiene ni una chispa de energía. Supongamos con Wiedemann que la fuente de energía de la electricidad de contacto está en la fuerza viva del movimiento de adhesión; en tal caso, esta energía existe primero en la forma de ese movimiento de masas y, al desaparecer este, se transforma inmediatamente en movimiento eléctrico, sin adoptar ni por un momento la forma de «fuerza eléctrica de contacto».

¡Y encima se nos asegura que a esta «fuerza eléctrica de separación», que no solo no contiene energía alguna, sino que por su concepto no puede contenerla, le es proporcional la fuerza electromotriz, es decir, la energía química que reaparece como movimiento eléctrico! Esta proporcionalidad entre no energía y energía pertenece evidentemente a la misma matemática en la que figura la relación entre la unidad de electricidad y el miligramo. Pero detrás de la forma absurda, que solo debe su existencia a concebir una simple propiedad como una fuerza mística, se esconde una tautología muy sencilla: la capacidad de una cadena determinada para convertir en electricidad la energía química que se libera se mide… ¿con qué? Pues con la cantidad de energía que reaparece como electricidad en el circuito de cierre en relación con la energía química consumida en la cadena. Eso es todo.

Para llegar a una fuerza eléctrica de separación hay que tomar en serio el recurso provisional de los dos fluidos eléctricos. Para sacarlos de su neutralidad y llevarlos a su polaridad, es decir, para separarlos, hace falta cierto gasto de energía: la fuerza eléctrica de separación. Una vez separadas, las dos electricidades pueden devolver, al reunirse, la misma cantidad de energía: fuerza electromotriz. Pero como hoy nadie, ni siquiera Wiedemann, considera ya las dos electricidades como entidades reales, entrar con detalle en semejante modo de representación sería escribir para un público difunto.

El error fundamental de la teoría del contacto consiste en que no puede separarse de la idea de que la fuerza de contacto o fuerza eléctrica de separación es una fuente de energía, cosa que, desde luego, era difícil después de haber convertido en una fuerza la mera propiedad de un aparato de mediar una transformación de energía; pues una fuerza debe ser precisamente una forma determinada de la energía. Como Wiedemann no puede librarse de esta idea confusa de la fuerza, aunque junto a ella se le hayan impuesto las ideas modernas de la energía indestructible e increable, cae en aquella explicación absurda de la corriente número I y en todas las contradicciones demostradas después.

Si la expresión «fuerza eléctrica de separación» es directamente absurda, la otra, «fuerza electromotriz», es por lo menos superflua. Tuvimos motores térmicos mucho antes de tener motores eléctricos, y, sin embargo, la teoría del calor se las arregla muy bien sin una fuerza termomotriz particular. Así como la simple expresión «calor» abarca todos los fenómenos de movimiento que pertenecen a esta forma de la energía, así puede hacerlo también la expresión «electricidad» en su terreno. Además, muchísimas formas de acción de la electricidad no son en absoluto directamente «motrices»: la imantación del hierro, la descomposición química, la transformación en calor. Y, finalmente, en toda ciencia de la naturaleza, incluso en la mecánica, es siempre un progreso librarse en algún punto de la palabra fuerza.

Vimos que Wiedemann no aceptaba sin cierta resistencia la explicación química de los procesos de la cadena. Esta resistencia le persigue constantemente; donde puede colgarle algo a la llamada teoría química, lo hace seguro. Así,

«no está en modo alguno fundado que la fuerza electromotriz sea proporcional a la intensidad de la acción química» (I, p. 791).

Desde luego que no en todos los casos; pero donde no se da esta proporcionalidad, esto solo prueba que la cadena está mal construida, que en ella se derrocha energía. Y por eso el mismo Wiedemann tiene toda la razón cuando en sus deducciones teóricas no tiene en cuenta para nada tales circunstancias accesorias, que falsean la pureza del proceso, sino que asegura sin más que la fuerza electromotriz de un elemento es igual al equivalente mecánico de la acción química que se produce en él en la unidad de tiempo con la unidad de intensidad de corriente. En otro lugar se dice:

«Que, además, en la cadena de ácido y álcali la combinación del ácido y el álcali no es la causa de la formación de la corriente se sigue de los experimentos de los §§ 61» (Becquerel y Fechner), «§ 260» (Du Bois-Reymond) y «§ 261» (Worm-Müller), «según los cuales en ciertos casos, cuando se encuentran en cantidades equivalentes, no aparece corriente alguna, e igualmente del experimento citado en el § 62» (Henrici), «de que la fuerza electromotriz aparece del mismo modo intercalando una solución de salitre entre la lejía de potasa y el ácido nítrico que sin ella.» (I, pp. 791-792.)28

La cuestión de si la combinación de ácido y álcali es una causa de la formación de la corriente ocupa muy seriamente a nuestro autor. En esta forma, es muy fácil de responder. La combinación de ácido y álcali es en primer lugar la causa de la formación de una sal con desprendimiento de energía. Que esta energía haya de tomar total o parcialmente la forma de electricidad depende de las circunstancias en que se libera. En la cadena ácido nítrico y solución de potasa entre electrodos de platino, por ejemplo, este será el caso por lo menos en parte, y para la formación de la corriente es indiferente que se intercale o no una solución de salitre entre el ácido y el álcali, ya que esto puede a lo sumo retrasar la formación de la sal, pero no impedirla. Pero si se construye una cadena como una de las de Worm-Müller, a la que Wiedemann se remite constantemente, en la que el ácido y la solución alcalina están en el centro y en los dos extremos hay una solución de su sal, y además en la misma concentración que la solución que se forma en la cadena, es evidente que no puede originarse corriente alguna, porque a causa de los términos extremos —ya que en todas partes se forman cuerpos idénticos— no pueden originarse iones. Se ha impedido, pues, la transformación de la energía que se libera en electricidad tan directamente como si no se hubiera cerrado el circuito; no hay que extrañarse, pues, de no obtener corriente. Pero que el ácido y el álcali pueden producir en general una corriente lo demuestra la cadena carbón, ácido sulfúrico (1 en 10 de agua), potasa (1 en 10 de agua), carbón, que según Raoult tiene una intensidad de corriente de 73;29 y que, con una disposición adecuada de la cadena, pueden suministrar una intensidad de corriente proporcionada a la gran cantidad de energía que se libera al combinarse, se desprende del hecho de que las cadenas más fuertes que se conocen descansan casi exclusivamente en la formación de sales alcalinas; por ejemplo, Wheatstone: platino, cloruro de platino, amalgama de potasio, intensidad de corriente 230; peróxido de plomo, ácido sulfúrico diluido, amalgama de potasio = 326; peróxido de manganeso en lugar de peróxido de plomo = 280, y cada vez que en lugar de amalgama de potasio se empleaba amalgama de zinc la intensidad de corriente disminuía casi exactamente en 100. Del mismo modo, Beetz obtuvo en la cadena pirolusita sólida, solución de permanganato potásico, lejía de potasa, potasio, la intensidad de corriente 302, y además: platino, ácido sulfúrico diluido, potasio = 293,8; Joule: platino, ácido nítrico, lejía de potasa, amalgama de potasio = 302. La «causa» de estas formaciones de corriente excepcionalmente fuertes es, desde luego, la combinación de ácido y álcali, o metal alcalino, y la gran cantidad de energía que se libera en ella.30

Un par de páginas más adelante se dice de nuevo:

«Hay que tener bien en cuenta, sin embargo, que no ha de considerarse directamente como medida de la fuerza electromotriz en el circuito cerrado el equivalente en trabajo de toda la acción química que se produce en el punto de contacto de los cuerpos heterogéneos. Si, por ejemplo, en la cadena de ácido y álcali» (iterum Crispinus)31 «de Becquerel se combinan estas dos sustancias, si en la cadena platino, salitre fundido, carbón, el carbón arde, si en un elemento ordinario de cobre, zinc impuro y ácido sulfúrico diluido el zinc se disuelve rápidamente formando corrientes locales, una gran parte del trabajo producido en estos procesos químicos» (quiere decir: de la energía liberada) «se convierte en calor y se pierde así para el circuito total.» (I, p. 798.)

Todos estos procesos se reducen a pérdidas de energía en la cadena; no afectan al hecho de que el movimiento eléctrico nace de energía química transformada, sino solo a la cantidad de energía transformada.

Los electricistas han dedicado un tiempo y un esfuerzo infinitos a componer las cadenas más diversas y a medir su «fuerza electromotriz». El material experimental acumulado así contiene mucho de valioso, pero sin duda todavía mucho más sin valor. ¿Qué valor científico tienen, por ejemplo, experimentos en los que se emplea como electrólito «agua», que, como ha demostrado ahora F. Kohlrausch, es el peor conductor y, por tanto, también el peor electrólito,32 experimentos, pues, en los que no es el agua, sino sus impurezas desconocidas, lo que media en el proceso? Y, sin embargo, casi la mitad de todos los experimentos de Fechner, por ejemplo, descansan en ese empleo del agua, incluso su experimentum crucis, con el que quería establecer la teoría del contacto de modo inconmovible sobre las ruinas de la teoría química. Como ya se desprende de esto, en casi todos los experimentos, salvo unos pocos, los procesos químicos de la cadena, en los que reside sin embargo la fuente de la llamada fuerza electromotriz, se han dejado prácticamente sin tener en cuenta. Pero hay toda una serie de cadenas de cuya fórmula química no puede sacarse en absoluto ninguna conclusión segura sobre las transformaciones químicas que se producen en ellas una vez cerrada la corriente. Al contrario, como dice Wiedemann (I, p. 797),

«no puede negarse que todavía no podemos abarcar en todos los casos las atracciones químicas en la cadena».

Todos esos experimentos carecen, pues, de valor en el aspecto químico, cada vez más importante, mientras no se repitan controlando aquellos procesos.

En estos experimentos solo se habla muy excepcionalmente de tener en cuenta las transformaciones de energía que se realizan en la cadena. Muchos se hicieron antes de que la ley de la equivalencia del movimiento fuera reconocida por la ciencia de la naturaleza, pero se siguen arrastrando por costumbre de un manual a otro, sin controlar y sin concluir. Si se ha dicho que la electricidad no tiene inercia (lo que tiene más o menos tanto sentido como decir que la velocidad no tiene peso específico), no puede afirmarse en modo alguno lo mismo de la teoría de la electricidad.


Hasta aquí hemos considerado el elemento galvánico como un dispositivo en el que, a consecuencia de las relaciones de contacto establecidas, de un modo por ahora desconocido, se libera energía química y se convierte en electricidad. Del mismo modo hemos presentado la celda de descomposición como un aparato en el que se pone en marcha el proceso inverso, en el que el movimiento eléctrico se transforma en energía química y se consume como tal. Para ello tuvimos que poner en primer plano el aspecto químico del proceso, tan descuidado por los electricistas, porque era el único camino para librarse del fárrago de ideas heredadas de la vieja teoría del contacto y de la teoría de los dos fluidos eléctricos. Despachado esto, se trata de saber si el proceso químico en la cadena se desarrolla en las mismas condiciones que fuera de ella o si aparecen en él fenómenos particulares dependientes de la excitación eléctrica.

Las ideas falsas en toda ciencia son, en definitiva, si prescindimos de los errores de observación, ideas falsas sobre hechos verdaderos. Estos permanecen aunque hayamos demostrado la falsedad de aquellas. Si nos hemos sacudido la vieja teoría del contacto, siguen en pie los hechos establecidos que esta debía servir para explicar. Consideremos estos hechos y, con ellos, el aspecto propiamente eléctrico del proceso en la cadena.

Que en el contacto de cuerpos heterogéneos, con o sin cambios químicos, se produce una excitación de electricidad que puede comprobarse por medio del electroscopio o del galvanómetro, es cosa que nadie discute. La fuente de energía de estos fenómenos de movimiento, en sí sumamente pequeños, es difícil de establecer en cada caso particular, como ya vimos al principio; baste con que se admita en general la existencia de semejante fuente exterior.

Kohlrausch33 publicó en 1850-1853 una serie de experimentos en los que reúne por parejas los distintos componentes de una cadena y examina las tensiones electrostáticas que pueden comprobarse en cada caso; de la suma algebraica de estas tensiones debe componerse luego la fuerza electromotriz del elemento. Así, tomando la tensión Zn|Cu = 100, calcula como sigue la fuerza relativa de los elementos de Daniell y de Grove:

Daniell:

Zn|Cu + amalg. Zn|H₄SO₄ + Cu|SO₄Cu = 100 + 149 - 21 = 228;34

Grove:

Zn|Pt + amalg. Zn|H₂SO₄ + P|HNO₃ = 107 + 149 + 149 = 405,

lo que coincide aproximadamente con la medición directa de la intensidad de corriente de estos elementos. Pero estos resultados no son en modo alguno seguros. En primer lugar, el propio Wiedemann advierte que Kohlrausch solo da el resultado final, pero

«por desgracia no da cifras de los resultados de los distintos experimentos» [I, p. 104].

Y, en segundo lugar, el propio Wiedemann reconoce repetidas veces que todos los intentos de determinar cuantitativamente las excitaciones eléctricas en el contacto de metales, y más aún en el de metal y líquido, son por lo menos muy inseguros a causa de las numerosas e inevitables fuentes de error. Si, a pesar de ello, calcula varias veces con las cifras de Kohlrausch, haremos mejor en no seguirle en esto, tanto más cuanto que existe otro medio de determinación al que no pueden hacerse estas objeciones.

Si se sumergen en el líquido las dos placas excitadoras de una cadena y se unen luego con los extremos de un galvanómetro para formar el circuito de cierre, según Wiedemann

«la desviación inicial de su aguja imantada, antes de que los cambios químicos hayan modificado la intensidad de la excitación eléctrica, es una medida de la suma de las fuerzas electromotrices en el circuito de cierre» [I, p. 62].

Cadenas de distinta fuerza dan, pues, desviaciones iniciales de distinta magnitud, y la magnitud de estas desviaciones iniciales es proporcional a la intensidad de corriente de las cadenas correspondientes.

Parece como si tuviéramos aquí ante los ojos, palpable, la «fuerza eléctrica de separación», la «fuerza de contacto», que provoca un movimiento con independencia de toda acción química. Así lo cree, en efecto, toda la teoría del contacto. Y, en realidad, se da aquí una relación entre la excitación eléctrica y la acción química que todavía no hemos examinado en lo que precede. Para pasar a ella, consideremos primero algo más de cerca la llamada ley electromotriz; veremos que también aquí las ideas heredadas sobre el contacto no solo no ofrecen ninguna explicación, sino que vuelven a cerrar directamente el camino hacia ella.

Si en un elemento cualquiera de dos metales y un líquido, por ejemplo zinc, ácido clorhídrico diluido, cobre, se coloca un tercer metal, por ejemplo una placa de platino, sin unirla al circuito de cierre exterior por un hilo conductor, la desviación inicial del galvanómetro es exactamente la misma que sin la placa de platino. Esta no influye, pues, en la excitación de electricidad. Pero en el lenguaje electromotriz no se puede decir de un modo tan sencillo. Allí se dice:

«En lugar de la fuerza electromotriz del zinc y el cobre en el líquido ha aparecido ahora la suma de las fuerzas electromotrices del zinc y el platino y del platino y el cobre. Como el camino de las electricidades no se ha modificado sensiblemente al intercalar la placa de platino, de la igualdad de las indicaciones del galvanómetro en los dos casos podemos concluir que la fuerza electromotriz del zinc y el cobre en el líquido es igual a la del zinc y el platino más la del platino y el cobre en él. Esto correspondería a la teoría formulada por Volta de la excitación de electricidad entre los metales por sí solos. El resultado, que vale para cualesquiera líquidos y metales, se expresa diciendo: los metales siguen en su excitación electromotriz con líquidos la ley de la serie de tensiones. Esta ley se designa también con el nombre de ley electromotriz.» (Wiedemann, I, p. 62.)

Si se dice que el platino no actúa en absoluto en esta combinación como excitador de electricidad, se enuncia el simple hecho. Si se dice que sí actúa como excitador de electricidad, pero en dos sentidos opuestos con igual fuerza, de modo que el efecto se anula, se convierte el hecho en una hipótesis solo por rendir honores a la «fuerza electromotriz». En los dos casos el platino hace el papel de testaferro.

Durante la primera desviación no existe todavía circuito de cierre. El ácido, sin descomponer, no conduce; solo puede conducir por medio de los iones. Si el tercer metal no influye en la primera desviación, esto se debe sencillamente a que todavía está aislado.

Ahora bien, ¿cómo se comporta el tercer metal después de establecerse la corriente duradera y mientras dura?

En la serie de tensiones de los metales en la mayoría de los líquidos, el zinc, después de los metales alcalinos, está aproximadamente en el extremo positivo, y el platino en el negativo, y el cobre está entre los dos. Si, como antes, se coloca platino entre el cobre y el zinc, es negativo frente a ambos. La corriente en el líquido, si el platino actuara en absoluto, tendría que fluir del zinc y del cobre hacia el platino, es decir, desde los dos electrodos hacia el platino no unido; lo cual es una contradictio in adjecto, una contradicción en los términos. La condición fundamental de la eficacia de varios metales en la cadena consiste precisamente en que estén unidos entre sí por fuera formando el circuito de cierre. Un metal no unido y sobrante en la cadena figura como no conductor; no puede ni formar iones ni dejarlos pasar, y sin iones no conocemos conducción en los electrólitos. No es, pues, un mero testaferro, sino que incluso estorba, al obligar a los iones a apretujarse para pasar por su lado.

Lo mismo ocurre si unimos el zinc y el platino y colocamos en medio el cobre sin unir: este, si actuara en absoluto, produciría una corriente del zinc al cobre y otra del cobre al platino; tendría que servir, pues, como una especie de electrodo intermedio y depositar hidrógeno gaseoso en el lado vuelto hacia el zinc, lo que de nuevo es imposible.

Si nos sacudimos el modo de hablar electromotriz heredado, el caso se presenta de manera sumamente sencilla. La cadena galvánica, lo hemos visto, es un dispositivo en el que se libera energía química y se convierte en electricidad. Consta por regla general de uno o varios líquidos y de dos metales como electrodos, que tienen que estar unidos entre sí de modo conductor fuera de los líquidos. Con esto queda constituido el aparato. Lo que sumerjamos además, sin unir, en el líquido excitador, sea metal, vidrio, resina o cualquier otra cosa, no puede participar en el proceso químico-eléctrico que se produce en la cadena, en la formación de la corriente, mientras no altere químicamente el líquido; a lo sumo puede perturbar el proceso. Sea cual sea la capacidad de excitación eléctrica de un tercer metal sumergido en relación con el líquido y con uno o con los dos electrodos de la cadena, no puede actuar mientras este metal no esté unido al circuito de cierre fuera del líquido.

Según esto, no solo es falsa la deducción de la llamada ley electromotriz que acabamos de ver en Wiedemann; también es falso el sentido que da a esta ley. No puede hablarse de una actividad electromotriz del metal no unido que se compense a sí misma, puesto que a esta actividad se le ha cortado de antemano la única condición bajo la cual puede hacerse efectiva; ni puede deducirse la llamada ley electromotriz de un hecho que cae fuera de su ámbito.

El viejo Poggendorff publicó en 1845 una serie de experimentos en los que medía la fuerza electromotriz de las cadenas más diversas, es decir, la cantidad de electricidad que cada una suministra en la unidad de tiempo. Entre ellos tienen un valor especial los 27 primeros, en cada uno de los cuales tres metales determinados se unen sucesivamente en el mismo líquido excitador formando tres cadenas distintas, y se examinan y comparan estas en cuanto a la cantidad de electricidad suministrada. Como buen electricista del contacto, Poggendorff colocaba cada vez en la cadena también el tercer metal sin unir, y tuvo así la satisfacción de convencerse de que en las 81 cadenas este «tercero en la alianza»35 siguió siendo un puro testaferro. Pero la importancia de estos experimentos no reside en absoluto en esto, sino más bien en la confirmación de la llamada ley electromotriz y en el establecimiento de su verdadero sentido.

Quedémonos con la serie de cadenas citada, en la que se unen por parejas en ácido clorhídrico diluido zinc, cobre y platino. Aquí Poggendorff encontró las siguientes cantidades de electricidad suministradas, tomando la de un elemento de Daniell = 100:

Zinc-cobre     =   78,8
Cobre-platino  =   74,3
Suma              153,1
Zinc-platino   =  153,7

El zinc en unión directa con el platino suministró, pues, casi exactamente la misma cantidad de electricidad que zinc-cobre + cobre-platino. Lo mismo ocurrió en todas las demás cadenas, cualesquiera que fuesen los líquidos y metales empleados. Si con una serie de metales en el mismo líquido excitador se forman cadenas de modo que, según la serie de tensiones que rige para este líquido, el segundo, el tercero, el cuarto, etc., sirvan sucesivamente de electrodo negativo para el anterior y de positivo para el siguiente, la suma de las cantidades de electricidad suministradas por todas estas cadenas es igual a la cantidad de electricidad suministrada por una cadena directa entre los dos términos extremos de toda la serie de metales. Así, por ejemplo, en ácido clorhídrico diluido, las cantidades de electricidad suministradas en conjunto por las cadenas zinc-estaño, estaño-hierro, hierro-cobre, cobre-plata y plata-platino serían iguales a la suministrada por la cadena zinc-platino; una pila formada por todos los elementos de la serie citada quedaría exactamente neutralizada, en condiciones por lo demás iguales, por un elemento zinc-platino intercalado con el sentido de corriente opuesto.

En esta formulación, la llamada ley electromotriz adquiere una importancia real y grande. Contiene un nuevo aspecto de la conexión entre la acción química y la eléctrica. Hasta ahora, al examinar sobre todo la fuente de energía de la corriente galvánica, esta fuente, la transformación química, aparecía como el lado activo del proceso; la electricidad se producía a partir de ella y aparecía, pues, en principio, como pasiva. Ahora esto se invierte. La excitación eléctrica, determinada por la naturaleza de los cuerpos heterogéneos puestos en contacto en la cadena, no puede ni añadir ni sustraer energía a la acción química (de otro modo que transformando en electricidad la energía que se libera). Pero puede, según la disposición de la cadena, acelerar o retardar esta acción. Si la cadena zinc-ácido clorhídrico diluido-cobre suministra a la corriente en la unidad de tiempo solo la mitad de electricidad que la cadena zinc-ácido clorhídrico diluido-platino, esto significa, expresado químicamente, que la primera cadena suministra en la unidad de tiempo solo la mitad de cloruro de zinc y de hidrógeno que la segunda. La acción química se ha duplicado, pues, aunque las condiciones puramente químicas han seguido siendo las mismas. La excitación eléctrica se ha convertido en reguladora de la acción química; aparece ahora como el lado activo, y la acción química como el pasivo.

Así se comprende que toda una serie de procesos considerados antes puramente químicos se presenten ahora como electroquímicos. El zinc químicamente puro apenas es atacado por el ácido diluido, si es que lo es; en cambio, el zinc corriente del comercio se disuelve rápidamente formando sal y desprendiendo hidrógeno; contiene mezcla de otros metales y de carbón, desigualmente repartidos en los distintos puntos de la superficie. Entre ellos y el zinc mismo se forman en el ácido corrientes locales, en las que los puntos de zinc forman los electrodos positivos y los otros metales los negativos, en los que se desprenden las burbujitas de hidrógeno. Del mismo modo, el fenómeno de que el hierro sumergido en una solución de vitriolo de cobre se cubra de una capa de cobre se considera ahora electroquímico: provocado por corrientes que se originan entre los puntos heterogéneos de la superficie del hierro.

De acuerdo con esto, encontramos también que las series de tensiones de los metales en los líquidos corresponden, a grandes rasgos, a las series en que los metales se desplazan unos a otros de sus combinaciones con los halógenos y los radicales ácidos. En el extremo negativo de las series de tensiones encontramos regularmente los metales del grupo del oro: oro, platino, paladio, rodio, que se oxidan difícilmente, apenas son atacados por los ácidos o no lo son en absoluto, y son fácilmente precipitados de sus sales por otros metales. En el extremo positivo están los metales alcalinos, que muestran justamente el comportamiento opuesto: apenas pueden separarse de sus óxidos con el mayor gasto de energía, en la naturaleza se presentan casi solo en forma de sales y tienen con mucho, de todos los metales, la mayor afinidad con los halógenos y los radicales ácidos. Entre los dos se sitúan los demás metales en órdenes algo variables, pero de modo que, en conjunto, el comportamiento eléctrico y el químico concuerdan. El orden de cada uno de ellos varía según los líquidos, y apenas está establecido definitivamente ni siquiera para un solo líquido. Es incluso lícito dudar de que exista, para un líquido dado, semejante serie de tensiones absoluta de los metales. Dos trozos del mismo metal pueden servir, en cadenas y celdas de descomposición adecuadas, de electrodo positivo y negativo; el mismo metal puede ser, pues, positivo y negativo respecto de sí mismo. En los elementos termoeléctricos, que transforman calor en electricidad, el sentido de la corriente se invierte cuando las diferencias de temperatura en las dos soldaduras son grandes: el metal antes positivo se vuelve negativo, y a la inversa. Tampoco hay una serie absoluta según la cual los metales se desplacen unos a otros de sus combinaciones químicas con un halógeno o un radical ácido determinado; aportando energía en forma de calor podemos modificar e invertir en muchos casos casi a voluntad la serie válida para la temperatura ordinaria.

Encontramos aquí, pues, una peculiar acción recíproca entre el quimismo y la electricidad. La acción química en la cadena, que suministra a la electricidad toda la energía para la formación de la corriente, es puesta a su vez en marcha en muchos casos, y en todos regulada cuantitativamente, por las tensiones eléctricas establecidas en la cadena. Si antes los procesos de la cadena se nos aparecían como químico-eléctricos, aquí vemos que son igualmente electroquímicos. Desde el punto de vista de la formación de la corriente duradera, la acción química aparecía como lo primario; desde el punto de vista de la excitación de la corriente, aparece como secundaria, accesoria. La acción recíproca excluye todo lo absolutamente primario y lo absolutamente secundario; pero es igualmente un proceso de doble cara, que por su naturaleza puede considerarse desde dos puntos de vista distintos; para comprenderla como totalidad hay incluso que examinarla sucesivamente desde los dos puntos de vista antes de poder resumir el resultado de conjunto. Pero si nos aferramos unilateralmente a uno de los puntos de vista como absoluto frente al otro, o si saltamos arbitrariamente del uno al otro según las necesidades momentáneas del razonamiento, seguimos presos de la unilateralidad del pensamiento metafísico; la conexión se nos escapa y nos enredamos en una contradicción tras otra.

Vimos antes que, según Wiedemann, la desviación inicial del galvanómetro, inmediatamente después de sumergir las placas excitadoras en el líquido de la cadena y antes de que los cambios químicos hayan modificado la intensidad de la excitación eléctrica,

«es una medida de la suma de las fuerzas electromotrices en el circuito de cierre».

Hasta aquí conocíamos la llamada fuerza electromotriz como una forma de la energía que en nuestro caso se había producido en cantidad equivalente a partir de energía química y que en el curso ulterior volvía a transformarse en cantidades equivalentes de calor, movimiento de masas, etc. Aquí, de repente, nos enteramos de que la «suma de las fuerzas electromotrices en el circuito de cierre» existe ya antes de que los cambios químicos hayan liberado esa energía; con otras palabras, de que la fuerza electromotriz no es otra cosa que la capacidad de una cadena determinada de liberar en la unidad de tiempo una cantidad determinada de energía química y convertirla en movimiento eléctrico. Como antes la fuerza eléctrica de separación, también la fuerza electromotriz aparece aquí como una fuerza que no contiene ni una chispa de energía. Wiedemann entiende, pues, por «fuerza electromotriz» dos cosas totalmente distintas: por un lado, la capacidad de una cadena de liberar una cantidad determinada de energía química dada y convertirla en movimiento eléctrico; por otro, la cantidad de movimiento eléctrico desarrollada misma. Que las dos sean proporcionales entre sí, que una sea la medida de la otra, no suprime su diferencia. La acción química en la cadena, la cantidad de electricidad desarrollada y el calor producido a partir de ella en el circuito de cierre, si no se realiza otro trabajo, son algo más que proporcionales: son incluso equivalentes; pero esto no menoscaba su diferencia. La capacidad de una máquina de vapor de un diámetro de cilindro y una carrera de émbolo determinados para producir una cantidad determinada de movimiento mecánico a partir del calor suministrado es muy distinta de ese movimiento mecánico mismo, por proporcional que le sea. Y si semejante modo de hablar era tolerable en una época en que en las ciencias de la naturaleza todavía no se hablaba de la conservación de la energía, salta a la vista que, desde que se reconoce esta ley fundamental, ya no se puede confundir la energía real y viva, bajo cualquier forma, con la capacidad de un aparato cualquiera para dar esa forma a la energía que se libera. Esta confusión es un corolario de la confusión de fuerza y energía a propósito de la fuerza eléctrica de separación; son estas dos confusiones aquellas en las que se resuelven armoniosamente las tres explicaciones de la corriente de Wiedemann, totalmente contradictorias entre sí, y las que, en general, están en el fondo de todos sus errores y extravíos sobre la llamada «fuerza electromotriz».

Además de la peculiar acción recíproca entre quimismo y electricidad que ya hemos considerado, se da todavía otra característica común, que indica igualmente un parentesco más estrecho entre estas dos formas del movimiento. Las dos solo pueden existir de modo evanescente. El proceso químico se realiza de golpe para cada grupo de átomos que entra en él. Solo puede prolongarse por la presencia de material nuevo, que entra siempre de nuevo en él. Lo mismo ocurre con el movimiento eléctrico. Apenas se ha producido a partir de otra forma del movimiento, se trueca ya de nuevo en una tercera forma del movimiento; solo la disponibilidad constante de energía utilizable puede producir la corriente duradera, en la que a cada instante nuevas cantidades de movimiento adoptan la forma de electricidad y vuelven a perderla.

La comprensión de esta estrecha conexión de la acción química con la eléctrica, y a la inversa, llevará a grandes resultados en los dos campos de investigación. Se está generalizando ya cada vez más. Entre los químicos, Lothar Meyer y, después de él, Kekulé36 han declarado sin rodeos que es inminente la reanudación de la teoría electroquímica en forma rejuvenecida. También entre los electricistas, como indican sobre todo los trabajos más recientes de F. Kohlrausch, parece querer abrirse paso por fin la convicción de que solo una atención exacta a los procesos químicos en la cadena y en la celda de descomposición puede sacar a su ciencia del callejón sin salida de las viejas tradiciones.

Y, en efecto, no se ve de qué otro modo podría darse una base firme a la teoría del galvanismo y, en segundo término, a la del magnetismo y la electricidad de tensión que mediante una revisión general, químicamente exacta, de todos los experimentos heredados, no controlados, realizados desde un punto de vista científico superado, atendiendo y estableciendo con exactitud las transformaciones de energía y dejando provisionalmente a un lado todas las ideas teóricas tradicionales sobre la electricidad.

El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre

En la ordenación de la MEW sigue aquí el artículo «El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre», escrito en 1876, que publicamos aparte: El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre.

  1. (Nota de Engels.) Para los hechos nos atenemos en este capítulo principalmente a Lehre vom Galvanismus und Elektromagnetismus de Wiedemann, 2 tomos en 3 partes, 2.ª edición, Braunschweig, [1872-]1874. En Nature del 15 de junio de 1882 se alude a este «admirable treatise» («tratado admirable»), «which in its forthcoming shape, with electrostatics added, will be the greatest experimental treatise on electricity in existence» («que en la forma con que aparecerá próximamente, ampliado con la electrostática, será el mejor tratado experimental sobre la electricidad que exista»). ↩

  2. Luigi Galvani dio a conocer sus experimentos sobre la «electricidad animal» en 1791, y Alessandro Volta construyó la pila en 1800; el oxígeno lo descubrieron Scheele y Priestley hacia 1772-1774. ↩

  3. John Dalton (1766-1844), químico inglés, fundador de la teoría atómica moderna y autor de la primera tabla de pesos atómicos (1803-1808). ↩

  4. Thomas Thomson (1773-1852), químico escocés, profesor en Glasgow. Su An Outline of the Sciences of Heat and Electricity se publicó en Londres en 1830; la segunda edición, que es la que cita Engels, en 1840. ↩

  5. Jean-Philibert Dessaignes, físico francés de comienzos del siglo XIX. ↩

  6. Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, segunda parte, Filosofía de la naturaleza, § 324, con el apéndice (Zusatz) añadido por los editores a partir de las lecciones de Hegel. ↩

  7. Gustav Theodor Fechner (1801-1887) y Wilhelm Weber (1804-1891), físicos alemanes; Weber desarrolló desde 1846 una teoría de la acción a distancia de las partículas eléctricas en movimiento. ↩

  8. Gustav Wiedemann (1826-1899), físico alemán, profesor en Leipzig. Su Die Lehre vom Galvanismus und Elektromagnetismus, segunda edición en dos tomos y tres partes (Braunschweig, 1872-1874), es la obra a la que Engels se atiene en todo este capítulo (véase su nota al título); sus referencias dan el tomo o la parte (I, II, III) y la página. ↩

  9. Hermann von Helmholtz (1821-1894), físico y fisiólogo alemán; Carl Neumann (1832-1925), matemático y físico alemán. ↩

  10. James Prescott Joule (1818-1889), físico inglés; Pierre-Antoine Favre (1813-1880), químico francés; François-Marie Raoult (1830-1901), químico francés. ↩

  11. James Clerk Maxwell (1831-1879), físico escocés; Wilhelm Gottlieb Hankel (1814-1899), físico alemán; Erik Edlund (1819-1888), físico sueco. ↩

  12. (Nota de Engels.) Empleo la denominación «electricidad» en el sentido de movimiento eléctrico con el mismo derecho con que se emplea también la denominación general «calor» para expresar la forma del movimiento que se manifiesta a nuestros sentidos como calor. Esto puede resultar tanto menos chocante cuanto que aquí queda expresamente excluida de antemano cualquier posible confusión con el estado de tensión de la electricidad. ↩

  13. Alfred Smee (1818-1877), cirujano y físico inglés; su pila (1840) usaba zinc y plata platinada en ácido sulfúrico diluido. ↩

  14. Kette (literalmente «cadena»): el término de la época para el elemento galvánico, es decir, el conjunto de dos metales y uno o varios líquidos que produce corriente; Säule, «pila», es la reunión de varios elementos. Mantenemos «cadena» para Kette. ↩

  15. Johann Wilhelm Ritter (1776-1810), físico alemán, uno de los fundadores de la electroquímica. ↩

  16. William Robert Grove (1811-1896), jurista y físico inglés, inventor de la pila que lleva su nombre; John Peter Gassiot (1797-1877), físico aficionado inglés. ↩

  17. Alexander Naumann (1837-1922), químico alemán, autor de un Handbuch der allgemeinen und physikalischen Chemie (Heidelberg, 1877). ↩

  18. Julius Thomsen (1826-1909), químico danés, uno de los fundadores de la termoquímica; Engels toma de sus mediciones las cantidades de calor de formación de las combinaciones. ↩

  19. Según la MEW, en el manuscrito de Engels se lee: «Luego la electricidad negativa del zinc se combinaría con la positiva del átomo de Cl más cercano…». ↩

  20. (Nota de Engels.) Recientemente F. Kohlrausch (Wiedemanns Annalen, VI [Leipzig, 1879], [p.] 206) ha calculado que hacen falta «fuerzas inmensas» para empujar los iones a través del agua que los disuelve. Para que 1 mg recorra el camino de 1 mm sería necesaria una fuerza de tracción de 32.500 kg para el H y de 5.200 kg para el Cl, es decir, de 37.700 kg para el HCl. Aunque estas cifras sean absolutamente exactas, no afectan a lo dicho arriba. Pero el cálculo contiene los factores hipotéticos hasta ahora inevitables en el campo de la electricidad y necesita, por tanto, el control del experimento. Este parece posible. En primer lugar, estas «fuerzas inmensas» tienen que reaparecer como una cantidad determinada de calor allí donde se consumen, es decir, en el caso de arriba, en la cadena. En segundo lugar, la energía que consumen tiene que ser menor que la suministrada por los procesos químicos de la cadena, y menor en una diferencia determinada. En tercer lugar, esta diferencia tiene que consumirse en el resto del circuito de cierre y ser igualmente comprobable allí de modo cuantitativo. Solo después de confirmarlas mediante este control podrán valer definitivamente las determinaciones numéricas citadas. La comprobación en la celda de descomposición parece todavía más factible. ↩

  21. David Friedrich Strauss publicó La vida de Jesús en 1835-1836; Christian Gottlob Wilke, El evangelista originario (Der Urevangelist), en 1838; Bruno Bauer, sus críticas de los evangelios en 1840-1842. ↩

  22. (Nota de Engels.) Advierto de una vez por todas que Wiedemann emplea en todas partes los antiguos valores químicos de los equivalentes y escribe HO, ZnCl, etc. En mis ecuaciones se emplean en todas partes los pesos atómicos modernos; se escribe, pues, H₂O, ZnCl₂, etc. ↩

  23. Pflasterkasten («caja de emplastos»): mote cuartelero del médico o sanitario militar en el ejército prusiano. El viejo comandante no distingue al doctor en filosofía del doctor en medicina. El «voluntario de un año» (Einjährig-Freiwilliger) era el joven con estudios que, pagándose el equipo, hacía solo un año de servicio militar. ↩

  24. Johann Christian Poggendorff (1796-1877), físico alemán, editor de los Annalen der Physik und Chemie. ↩

  25. Al margen del manuscrito, Engels añadió: «Si se supone que la intensidad de corriente de un elemento de Daniell = 100». Véase también su nota a este respecto más abajo. ↩

  26. Pierre-Antoine Favre y Johann Theobald Silbermann (1806-1865) publicaron juntos, en 1852-1853, sus investigaciones calorimétricas sobre el calor desprendido en las reacciones químicas. ↩

  27. Marcellin Berthelot (1827-1907), químico francés, uno de los fundadores de la termoquímica. ↩

  28. Antoine César Becquerel (1788-1878), físico francés; Emil Du Bois-Reymond (1818-1896), fisiólogo alemán; Jacob Worm-Müller (1834-1889), médico y fisiólogo noruego; Henrici, físico alemán. Los números de párrafo remiten al libro de Wiedemann. ↩

  29. (Nota de Engels.) En todos los datos siguientes sobre la intensidad de corriente se toma el elemento de Daniell = 100. ↩

  30. Charles Wheatstone (1802-1875), físico inglés; Wilhelm von Beetz (1822-1886), físico alemán. ↩

  31. «Otra vez Crispino»: comienzo de la cuarta sátira de Juvenal, dicho de quien vuelve a aparecer una y otra vez. ↩

  32. (Nota de Engels.) Una columna de 1 mm de longitud del agua más pura obtenida por Kohlrausch ofrecía la misma resistencia que un conductor de cobre del mismo diámetro y de una longitud aproximadamente igual a la de la órbita de la Luna (Naumann, Allg. Chemie, p. 729). ↩

  33. Rudolf Kohlrausch (1809-1858), físico alemán, padre de Friedrich Kohlrausch (1840-1910), al que Engels cita en otros lugares de este capítulo como «F. Kohlrausch». ↩

  34. Así en la MEW (H₄SO₄); se esperaría H₂SO₄. En la fórmula siguiente, «P» por Pt (platino). ↩

  35. Der Dritte im Bunde, «el tercero en la alianza»: verso final de la balada de Schiller Die Bürgschaft («La fianza»), convertido en dicho. ↩

  36. Lothar Meyer (1830-1895) y August Kekulé (1829-1896), químicos alemanes. ↩