Manuscrito inacabado de Friedrich Engels, escrito en Londres entre 1873 y 1883; las notas de esta cuarta parte son de enero de 1873 a 1882, salvo el fragmento omitido del «Ludwig Feuerbach», de 1886. Se publicó por primera vez en 1925, en la edición germano-rusa de D. Riazánov (Marx-Engels-Archiv, tomo II). Traducido de las Marx-Engels-Werke, tomo 20 (Berlín, 1962), págs. 456-508, que ordenan el material en artículos y notas, sin el aparato de los editores, por la Escuela de marxismo, 2026. Entre corchetes, títulos y complementos de los editores y, en las citas, nuestras traducciones de los pasajes que Engels escribe en griego, latín, francés, inglés, italiano o neerlandés, que se conservan en su lengua; entre ⟨ ⟩, un pasaje tachado en el manuscrito. Las notas son nuestras, salvo la de Engels y sus apuntes al margen, señalados como tales. La Dialéctica de la naturaleza en este archivo: I. Planes, Introducción y artículos sobre la dialéctica; II. Formas fundamentales del movimiento; III. Electricidad; IV. Notas y fragmentos: historia de la ciencia, ciencia y filosofía, dialéctica; V. Notas y fragmentos: formas del movimiento, matemáticas, ciencias de la naturaleza. Texto original en alemán.
[De la historia de la ciencia]
Estudiar el desarrollo sucesivo de las distintas ramas de la ciencia de la naturaleza. Primero la astronomía, absolutamente necesaria ya por las estaciones del año para los pueblos de pastores y de agricultores. La astronomía solo puede desarrollarse con ayuda de las matemáticas. Así que también estas se acometen. Después, en cierta fase de la agricultura y en ciertas regiones (elevación del agua para el riego en Egipto), y sobre todo con el nacimiento de las ciudades, de las grandes construcciones y con el desarrollo de los oficios, la mecánica. Pronto se necesita también para la navegación y para la guerra. También ella necesita la ayuda de las matemáticas y empuja así a su desarrollo. De modo que, ya desde el principio, el nacimiento y el desarrollo de las ciencias están condicionados por la producción.
Durante toda la Antigüedad, la investigación científica propiamente dicha se limita a estas tres disciplinas, y como investigación exacta y sistemática solo en el periodo posclásico (los alejandrinos, Arquímedes, etc.). En física y química, que en las cabezas apenas se distinguían todavía (teoría de los elementos, ausencia de la idea de elemento químico), en botánica, zoología, anatomía del hombre y de los animales, hasta entonces solo se podían reunir hechos y ordenarlos del modo más sistemático posible. La fisiología era pura conjetura en cuanto uno se alejaba de las cosas más palpables —la digestión y la excreción, por ejemplo—, y no podía ser de otro modo mientras no se conociera siquiera la circulación. Al final del periodo aparece la química en la forma primitiva de la alquimia.
Si después de la oscura noche de la Edad Media las ciencias resurgen de pronto con una fuerza insospechada y crecen con la rapidez del milagro, este prodigio se lo debemos de nuevo a la producción. En primer lugar, desde las cruzadas la industria se había desarrollado enormemente y había sacado a la luz una multitud de hechos nuevos, mecánicos (tejeduría, relojería, molinos), químicos (tintorería, metalurgia, alcohol) y físicos (anteojos), y estos no solo daban un material inmenso para la observación, sino que ofrecían ya por sí mismos medios de experimentación muy distintos de los anteriores y permitían construir instrumentos nuevos; puede decirse que solo entonces se hizo posible una ciencia experimental propiamente sistemática. En segundo lugar, toda la Europa occidental y central, Polonia incluida, se desarrollaba ahora de forma conexa, aunque Italia, gracias a su civilización heredada de antiguo, seguía a la cabeza. En tercer lugar, los descubrimientos geográficos —hechos puramente al servicio de la ganancia, es decir, en última instancia, de la producción— abrieron un material infinito, hasta entonces inaccesible, en lo meteorológico, lo zoológico, lo botánico y lo fisiológico (del hombre). En cuarto lugar, estaba ahí la imprenta.1
Ahora —dejando aparte las matemáticas, la astronomía y la mecánica, que ya existían— la física se separa definitivamente de la química (Torricelli, Galileo; el primero, en relación con las obras hidráulicas de la industria, estudia por primera vez el movimiento de los líquidos; véase Clerk Maxwell). Boyle asienta la química como ciencia; Harvey, con el descubrimiento de la circulación, la fisiología (del hombre o de los animales). La zoología y la botánica siguen siendo al principio ciencias de colección, hasta que se les suma la paleontología —Cuvier— y poco después el descubrimiento de la célula y el desarrollo de la química orgánica. Con ello se hacen posibles la morfología y la fisiología comparadas, y desde entonces ambas son verdaderas ciencias. A fines del siglo pasado se funda la geología; recientemente, la mal llamada antropología, que media el paso de la morfología y la fisiología del hombre y de sus razas a la historia. Hay que seguir estudiándolo en detalle y desarrollarlo.
Concepción de la naturaleza de los antiguos
(Hegel, Historia de la filosofía, tomo I. Filosofía griega)2
De los primeros filósofos dice Aristóteles (Metafísica, I, 3) que afirman
«que aquello de lo que todo lo que es está hecho, de lo que nace como de lo primero y en lo que perece como en lo último, lo que como sustancia (ουσία) permanece siempre igual y solo cambia en sus determinaciones (πάθεσι), eso es el elemento (στοιχειον) y eso el principio (αρχη) de todo lo que es. Por eso sostienen que ninguna cosa nace (οϋτε γίγνεσθαι ουδέν) ni perece, porque la misma naturaleza se conserva siempre» (pág. 198).3
Aquí, pues, ya del todo el materialismo originario, espontáneo, que de manera muy natural, en su comienzo, considera evidente la unidad en la infinita diversidad de los fenómenos naturales y la busca en algo determinado y corpóreo, en algo particular, como Tales en el agua.
Cicerón dice:
«Tales [subrayado de Engels] de Mileto… declaró el agua materia primera de las cosas, y a la divinidad, un espíritu que todo lo forma a partir del agua» (De natura deorum, I, 10).
Hegel declara, con toda razón, que esto es un añadido de Cicerón, y agrega:
«Pero esta cuestión de si Tales creía además en Dios no nos importa aquí; no se trata de suponer, de creer, de la religión popular… y aunque hubiera hablado de Dios como formador de todas las cosas a partir de aquella agua, no sabríamos con ello nada más de ese ser… es palabra vacía sin su concepto». [Pág.] 209 (hacia 600 [a. C.]).
Los más antiguos filósofos griegos son a la vez naturalistas: Tales, geómetra, fijó el año en 365 días y se dice que predijo un eclipse de sol. Anaximandro hizo un reloj de sol, una especie de mapa (περίμετρον) de la tierra y del mar y diversos instrumentos astronómicos. Pitágoras, matemático.
Anaximandro de Mileto, según Plutarco (Quaest[iones] convival[es], VIII, 8), hace «que el hombre nazca de un pez, que salga del agua a la tierra» [subrayado de Engels] ([pág.] 213). Para él, la αρχη και στοιχειον το απειρον [el principio y elemento es lo infinito], sin determinarlo (διορίζων) como aire o agua o cualquier otra cosa (Diógenes Laercio, II, § 1). Hegel (pág. 215) traduce acertadamente este infinito como «la materia indeterminada» (hacia 580).
Anaxímenes de Mileto pone como principio y elemento fundamental el aire, que sería infinito (Cicerón, De natura deorum, I, 10), y
«de él saldría todo y en él volvería todo a disolverse» (Plutarco, De placitis philos[ophorum], I, 3).
Con ello, el aire αηρ = πνευμα [aire = soplo, espíritu].
«Como nuestra alma, que es aire, nos mantiene unidos, así también mantienen unido el mundo entero un espíritu y el aire; espíritu y aire significan lo mismo» (Plutarco) [págs. 215-216].
Alma y aire concebidos como medio universal (hacia 555).
Ya Aristóteles dice que estos filósofos más antiguos ponen el ser originario en un modo de la materia: aire y agua (y quizá Anaximandro en algo intermedio entre ambos), más tarde Heráclito en el fuego, pero ninguno en la tierra, por su múltiple composición (δια την μεγαλομέρειαν [por el tamaño de sus partes]), Metafísica, I, 8 (pág. 217).
De todos ellos dice con razón Aristóteles que dejan sin explicar el origen del movimiento ([págs.] 218 y sigs.).
Pitágoras de Samos (hacia 540): el número es el principio fundamental:
«que el número es la esencia de todas las cosas, y la organización del universo en general, en sus determinaciones, un sistema armónico de números y de sus relaciones» (Aristóteles, Metafísica, I, 5 passim).
Hegel llama justamente la atención sobre
«la audacia de semejante discurso, que de golpe abate todo lo que para la representación vale como existente y esencial (como verdadero) y aniquila la esencia sensible» [págs. 237-238], y pone la esencia en una determinación del pensamiento, por limitada y unilateral que sea.
Así como el número está sometido a leyes determinadas, también lo está el universo; con ello se enuncia por primera vez su regularidad. A Pitágoras se le atribuye la reducción de las armonías musicales a relaciones matemáticas.
Asimismo:
«En el centro los pitagóricos pusieron el fuego, y la tierra como un astro que gira en círculo alrededor de ese cuerpo central» (Aristóteles, De coelo, II, 13 [pág. 265]).
Pero este fuego no es el sol; en todo caso, el primer barrunto de que la tierra se mueve.
Hegel sobre el sistema planetario:
«… lo armónico por lo que se determinan las distancias [entre los planetas]: de eso no ha sabido dar todavía razón ninguna matemática. Los números empíricos se conocen con exactitud; pero todo tiene apariencia de contingencia, no de necesidad. Se conoce una regularidad aproximada de las distancias, y así se ha barruntado con fortuna que había planetas entre Marte y Júpiter, donde más tarde se descubrieron Ceres, Vesta, Palas, etc.; pero una serie consecuente, en la que haya razón, entendimiento, no la ha encontrado aún en ello la astronomía. Antes bien, mira con desprecio la exposición regular de esta serie; pero en sí es un punto importantísimo, al que no se debe renunciar» ([págs.] 267[-268]).
Con toda la concepción de conjunto ingenuamente materialista, ya en los griegos más antiguos está el germen de la escisión posterior. El alma es ya en Tales algo especial, distinto del cuerpo (como también atribuye un alma al imán); en Anaxímenes es aire (como en el Génesis); en los pitagóricos es ya inmortal y migratoria, y el cuerpo, para ella, puramente accidental. También en los pitagóricos el alma es «una astilla del éter (απόσπασμα αιθέρος)» (Diógenes Laercio, VIII, 26-28), donde el éter frío es el aire, y el espeso, el mar y la humedad [págs. 279-280].
Aristóteles reprocha también con razón a los pitagóricos:
Con sus números «no dicen cómo se produce el movimiento, ni cómo, sin movimiento ni cambio, hay nacimiento y perecimiento, o los estados y actividades de las cosas celestes» (Metafísica, I, 8 [pág. 277]).
Se dice que Pitágoras reconoció la identidad del lucero de la mañana y el de la tarde, y que la luna recibe su luz del sol. Por último, el teorema de Pitágoras.
«Se dice que Pitágoras sacrificó una hecatombe al hallar este teorema… Y bien puede ser notable que su alegría llegara a tanto como para ordenar por ello una gran fiesta, a la que se invitó a los ricos y a todo el pueblo; valía la pena. Es regocijo, alegría del espíritu (conocimiento), a costa de los bueyes» (pág. 279).
Eléatas.
Leucipo y Demócrito.
«Pero Leucipo y su discípulo Demócrito ponen como elemento lo lleno y lo vacío, con lo que se refieren a lo que es y a lo que no es, entendiendo aquí por lo lleno y lo sólido» (a saber, τα ατομα [los átomos]) «lo que es, y en cambio por lo vacío y lo hueco, lo que no es. Por eso dicen también que lo que es no existe más que lo que no es… Estos elementos son para ellos fundamentos del ser a modo de materia. Y así como quienes ponen como una la sustancia subyacente» (la materia) «engendran lo demás por sus propiedades…, del mismo modo también estos designan las diferencias» (a saber, las de los átomos) «como causa de lo demás. Pero de estas diferencias admiten tres: figura, orden y posición… Así, A se distingue de N por la figura, AN de NA por el orden y Z de N por la posición» (Aristóteles, Metafísica, libro I, capítulo 4) [266].
«Él» (Leucipo) «fue el primero en poner los átomos como lo originario…, con cuyas expresiones designa los elementos. De ellos nacen innumerables mundos, que vuelven a disolverse en los elementos. Pero los mundos nacen de la siguiente manera: a medida que se desprenden de lo infinito, numerosos cuerpos de las más variadas figuras se mueven hacia el gran espacio vacío y, apelotonados, forman un único gran torbellino, por el que, chocando unos con otros y girando de múltiples maneras en círculo, se separan de modo que lo semejante se junta con lo semejante. Y cuando, una vez establecido el equilibrio, ya no pueden girar en círculo por su gran número, los más sutiles escapan (los más ligeros) en dirección al vacío exterior, como si pasaran por una criba; los demás quedan juntos, se entrelazan, siguen la misma órbita y forman así la primera configuración esférica de masas» (Diógenes Laercio, libro IX, capítulo 6).
Lo siguiente sobre Epicuro:
«Los átomos se mueven sin cesar. Pero más abajo dice que también se mueven con la misma velocidad, ya que el espacio vacío cede por igual tanto al átomo más ligero como al más pesado… Los átomos no tendrían cualidades, sino solo figura, tamaño y peso… Tampoco les corresponde un tamaño cualquiera. Al menos, nunca se ha visto un átomo por la percepción de los sentidos» (Diógenes Laercio, libro X, §§ 43-44). «Además, los átomos tienen necesariamente la misma velocidad si en su movimiento a través del espacio vacío no encuentran resistencia alguna. Pues ni los pesados se moverán más deprisa que los pequeños y ligeros, al menos si no se les opone obstáculo, ni los pequeños se adelantarán a los grandes, aunque encuentran paso cómodo por todas partes, con tal de que a los grandes no se les oponga resistencia» (ibídem, § 61).
«Que el uno es, pues, en cada género [de cosas] una naturaleza determinada, y que en ninguno es esto, el uno, su naturaleza, es evidente» (Aristóteles, Metafísica, libro IX, capítulo 2).
Aristarco de Samos, en 270 a. C., tenía ya la teoría copernicana de la tierra y el sol (Mädler, [pág.] 44; Wolf, [págs.] 35-37).4
Demócrito ya había supuesto que la Vía Láctea nos envía la luz reunida de innumerables estrellas pequeñas (Wolf, [pág.] 313).
Diferencia de la situación a fines del mundo antiguo, hacia el año 300, y a fines de la Edad Media, 1453
En lugar de una delgada franja de cultura a lo largo de la costa del Mediterráneo, que extendía esporádicamente sus brazos hacia el interior y hasta la costa atlántica de España, Francia e Inglaterra, y que por eso podía ser rota y arrollada fácilmente por los germanos y los eslavos desde el norte y por los árabes desde el sudeste, ahora un territorio de cultura compacto: toda la Europa occidental, con Escandinavia, Polonia y Hungría como avanzadas.
En lugar de la oposición entre griegos o romanos y bárbaros, ahora seis pueblos civilizados con lenguas cultas, sin contar las escandinavas, etc., todos ellos tan desarrollados que pudieron tomar parte en el poderoso auge literario del siglo XIV y garantizaban una variedad de cultura mucho mayor que las lenguas griega y latina, ya decadentes y moribundas a fines de la Antigüedad.
Un desarrollo infinitamente más alto de la producción industrial y del comercio, creado por la burguesía medieval; por un lado, una producción más perfeccionada, más variada y más masiva; por otro, un tráfico comercial mucho más intenso, una navegación infinitamente más audaz desde la época de los sajones, los frisones y los normandos, y además la multitud de inventos propios e inventos importados de Oriente, que no solo hicieron posibles la importación y difusión de la literatura griega, los descubrimientos marítimos y la revolución religiosa burguesa, sino que les dieron un alcance muy distinto y más rápido, y encima suministraron una masa de hechos científicos, aunque todavía desordenados, como la Antigüedad nunca los había tenido delante (aguja magnética, imprenta, tipos móviles, papel de lino —usado por los árabes y los judíos españoles desde el siglo XII—, papel de algodón, que aparece poco a poco desde el siglo X y en los siglos XIII y XIV ya está más extendido, mientras el papiro, desde los árabes, había desaparecido por completo en Egipto); la pólvora, los anteojos, los relojes mecánicos, gran progreso tanto de la cronología como de la mecánica.
(Inventos: véase n.º 11)5
A esto se añade el material de los viajes (Marco Polo, hacia 1272, etc.).
Cultura general mucho más extendida, aunque todavía mala, gracias a las universidades.
Con el ascenso de Constantinopla y la caída de Roma termina la Antigüedad; con la caída de Constantinopla está indisolublemente unido el fin de la Edad Media. La época moderna comienza con la vuelta a los griegos. ¡Negación de la negación!
Historia. Inventos
Antes de Cristo.
Bomba de incendios, reloj de agua hacia 200 a. C., pavimento de calles (Roma).
Pergamino hacia 160.
Después de Cristo.
Molinos de agua en el Mosela, hacia 340; en Alemania, en tiempos de Carlomagno.
Primera huella de ventanas de vidrio. Alumbrado público en Antioquía hacia 370.
Gusanos de seda de China a Grecia hacia 550.
Plumas de escribir en el siglo VI.
Papel de algodón de China a los árabes en el siglo VII; en el IX, en Italia.
Órganos hidráulicos en Francia en el siglo VIII.
Minas de plata del Harz explotadas desde el siglo X.
Molinos de viento hacia 1000.
Notas, escala musical de Guido de Arezzo hacia 1000.
Cría del gusano de seda llega a Italia hacia 1100.
Relojes de ruedas: ídem.
Aguja magnética de los árabes a los europeos hacia 1180.
Pavimento de calles en París, 1184.
Anteojos en Florencia. Espejos de vidrio.
Salazón de arenques. Esclusas.
Relojes de campanas. Papel de algodón en Francia. } Segunda mitad del siglo XIII.
Papel de trapo a principios del siglo XIV.
Letras de cambio: mediados de ídem.
Primer molino de papel en Alemania (Núremberg), 1390.
Alumbrado público en Londres a principios del siglo XV.
Correo en Venecia: ídem.
Grabado en madera e imprenta: ídem.
Grabado en cobre: mediados de ídem.
Correos a caballo en Francia, 1464.
Minas de plata de los Montes Metálicos sajones, 1471.
Invención del clave de pedal, 1472.
Relojes de bolsillo. Escopetas de aire. Llave de chispa: fines del siglo XV.
Torno de hilar, 1530.
Campana de buzo, 1538.
Historia
La moderna ciencia de la naturaleza —la única de la que puede hablarse qua [en cuanto] ciencia, frente a las geniales intuiciones de los griegos y a las investigaciones esporádicas e inconexas de los árabes— comienza con aquella época formidable que quebró el feudalismo por medio de la burguesía; que mostró, al fondo de la lucha entre los burgueses de las ciudades y la nobleza feudal, a los campesinos rebeldes, y detrás de los campesinos los comienzos revolucionarios del proletariado moderno, ya con la bandera roja en la mano y el comunismo en los labios; que creó las grandes monarquías en Europa, quebró la dictadura espiritual del papa, evocó de nuevo la Antigüedad griega y con ella el más alto desarrollo artístico de los tiempos modernos, rompió los límites del viejo orbis [orbe] y descubrió de verdad, por primera vez, la Tierra.
Fue la mayor revolución que la Tierra había vivido hasta entonces. También la ciencia de la naturaleza vivía y respiraba en esta revolución, era revolucionaria de arriba abajo, iba de la mano con la naciente filosofía moderna de los grandes italianos y entregaba sus mártires a las hogueras y a las cárceles. Es significativo que protestantes y católicos rivalizaran en perseguirla. Los unos quemaron a Servet; los otros, a Giordano Bruno. Fue una época que necesitaba gigantes y produjo gigantes, gigantes en saber, en espíritu y en carácter; la época que los franceses llamaron con acierto el Renacimiento, y la Europa protestante, con estrechez unilateral, la de la Reforma.
También la ciencia de la naturaleza tuvo entonces su declaración de independencia, que no llegó, desde luego, al principio, como tampoco Lutero fue el primer protestante. Lo que en el terreno religioso fue la quema de la bula por Lutero, fue en el de la ciencia natural la gran obra de Copérnico, en la que, tímidamente, es cierto, tras treinta y seis años de vacilaciones y, por así decirlo, en el lecho de muerte, arrojó el guante a la superstición eclesiástica.6 Desde entonces la investigación de la naturaleza quedó esencialmente emancipada de la religión, aunque el ajuste de cuentas completo en todos los detalles se ha prolongado hasta hoy y en muchas cabezas está todavía lejos de haber concluido. Pero desde entonces el desarrollo de la ciencia avanzó también a pasos de gigante y creció, por así decirlo, en proporción al cuadrado de la distancia en el tiempo desde su punto de partida, como si quisiera mostrar al mundo que para el movimiento de la más alta flor de la materia orgánica, el espíritu humano, rige la ley inversa que para el movimiento de la materia inorgánica.
El primer periodo de la ciencia moderna de la naturaleza se cierra —en el terreno de lo inorgánico— con Newton. Es el periodo en que se domina el material dado, y en el campo de lo matemático, de la mecánica y la astronomía, de la estática y la dinámica, había realizado grandes cosas, sobre todo gracias a Kepler y Galileo, de los que Newton sacó las conclusiones. En el terreno de lo orgánico, en cambio, no se había pasado de los primeros comienzos. La investigación de las formas de vida que se suceden y desplazan históricamente, así como la de las cambiantes condiciones de vida que les corresponden —paleontología y geología—, no existía aún. La naturaleza no pasaba en modo alguno por algo que se desarrolla históricamente, que tiene su historia en el tiempo; solo se tomaba en cuenta la extensión en el espacio; las distintas formas se habían agrupado no una tras otra, sino solo una junto a otra; la historia natural valía para todos los tiempos, como las órbitas elípticas de los planetas. Para cualquier estudio más detenido de las formaciones orgánicas faltaban los dos primeros fundamentos: la química y el conocimiento de la estructura orgánica esencial, la célula. La ciencia de la naturaleza, revolucionaria en sus comienzos, se encontraba ante una naturaleza conservadora de arriba abajo, en la que todo era hoy como al principio del mundo y en la que todo seguiría hasta el fin del mundo tal como había sido desde el principio.
Es significativo que esta concepción conservadora de la naturaleza, tanto en lo inorgánico como en lo orgánico, [...]7
Astronomía, mecánica, matemáticas
Física, química
Geología, paleontología, mineralogía
Fisiología vegetal, fisiología animal, anatomía
Terapéutica, diagnóstico.
1.ª brecha: Kant y Laplace. 2.ª: geología y paleontología (Lyell, desarrollo lento). 3.ª: química orgánica, que produce cuerpos orgánicos y muestra la validez de las leyes químicas para los cuerpos vivos. 4.ª: 1842, [teoría] mecánica del calor, Grove. 5.ª: Darwin, Lamarck, célula, etc. (lucha, Cuvier y Agassiz). 6.ª: el elemento comparativo en anatomía, climatología (isotermas), geografía animal y vegetal (expediciones científicas de viaje desde mediados del siglo XVIII), geografía física en general (Humboldt), la reunión del material en su conexión. Morfología (embriología, Baer).8
La vieja teleología se ha ido al diablo, pero ahora está firme la certeza de que la materia, en su eterno ciclo, se mueve según leyes que, en una fase determinada —ya aquí, ya allá—, producen necesariamente en seres orgánicos el espíritu pensante.
La existencia normal de los animales está dada en las condiciones contemporáneas en que viven y a las que se adaptan; las del hombre, en cuanto se diferencia del animal en sentido estricto, no han existido nunca todavía, y solo el desarrollo histórico futuro tendrá que elaborarlas. El hombre es el único animal capaz de salir por su trabajo del estado puramente animal; su estado normal es uno adecuado a su conciencia, que él mismo tiene que crear.
Omitido del «Feuerbach»
[Los buhoneros vulgarizadores que en los años cincuenta comerciaban en Alemania con el materialismo no fueron de ningún modo más allá de estas barreras de sus maestros. Todos los progresos hechos desde entonces por las ciencias naturales solo les sirvieron]9 de nuevos argumentos contra la fe en el creador del mundo; y, en efecto, desarrollar la teoría quedaba completamente fuera de su negocio. El idealismo había recibido de 1848 un golpe duro, pero el materialismo, en esta forma renovada, había caído todavía más bajo. Feuerbach tenía toda la razón al rechazar la responsabilidad de este materialismo; solo que no debía confundir la doctrina de los predicadores ambulantes con el materialismo en general.
Por la misma época, sin embargo, la ciencia empírica de la naturaleza tomó tal impulso y alcanzó resultados tan brillantes que no solo se hizo posible superar por completo la unilateralidad mecánica del siglo XVIII, sino que la propia ciencia de la naturaleza, al demostrar las conexiones existentes en la naturaleza misma entre los distintos campos de investigación (mecánica, física, química, biología, etc.), se transformó de ciencia empírica en ciencia teórica y, al resumir lo conquistado, en un sistema del conocimiento materialista de la naturaleza. La mecánica de los gases; la química orgánica, de nueva creación, que despojaba a un llamado compuesto orgánico tras otro del último resto de incomprensibilidad produciéndolo a partir de sustancias inorgánicas; la embriología científica, que data de 1818; la geología y la paleontología; la anatomía comparada de las plantas y los animales: todas ellas suministraron materia nueva en una medida hasta entonces inaudita. Pero de importancia decisiva fueron tres grandes descubrimientos.
El primero fue la demostración de la transformación de la energía, derivada del descubrimiento del equivalente mecánico del calor (por Robert Mayer, Joule y Colding). Todas las innumerables causas que actúan en la naturaleza y que hasta entonces llevaban una existencia misteriosa e inexplicada como las llamadas fuerzas —fuerza mecánica, calor, radiación (luz y calor radiante), electricidad, magnetismo, fuerza química de combinación y separación— se han demostrado ahora formas particulares, modos de existencia de una y la misma energía, es decir, del movimiento; no solo podemos demostrar su transformación de una forma en otra, que se da constantemente en la naturaleza, sino que la llevamos a cabo nosotros mismos en el laboratorio y en la industria, y de tal modo que a una cantidad dada de energía en una forma corresponde siempre una cantidad determinada de energía en esta o aquella otra forma. Podemos expresar así la unidad de calor en kilográmetros, y las unidades o cantidades cualesquiera de energía eléctrica o química a su vez en unidades de calor, y a la inversa; podemos igualmente medir el gasto y el aporte de energía de un organismo vivo y expresarlos en una unidad cualquiera, por ejemplo en unidades de calor. La unidad de todo movimiento en la naturaleza ya no es una afirmación filosófica, sino un hecho de las ciencias naturales.
El segundo —anterior en el tiempo— es el descubrimiento de la célula orgánica por Schwann y Schleiden, de la célula como la unidad de cuya multiplicación y diferenciación nacen y crecen todos los organismos, con excepción de los más inferiores. Solo con este descubrimiento adquirió terreno firme la investigación de los productos orgánicos, vivos, de la naturaleza: tanto la anatomía y la fisiología comparadas como la embriología. Al nacimiento, al crecimiento y a la estructura de los organismos se les había despojado del misterio; el milagro, hasta entonces incomprensible, se había resuelto en un proceso que se cumple según una ley esencialmente idéntica para todos los organismos pluricelulares.
Pero aún quedaba una laguna esencial. Si todos los organismos pluricelulares —plantas y animales, el hombre incluido— crecen cada uno a partir de una célula según la ley de la división celular, ¿de dónde viene entonces la infinita diversidad de estos organismos? Esta pregunta la respondió el tercer gran descubrimiento, la teoría de la evolución, que Darwin fue el primero en exponer y fundamentar de manera coherente. Por muchas transformaciones que esta teoría haya de sufrir todavía en los detalles, resuelve ya hoy el problema, en conjunto, de manera más que suficiente. La serie evolutiva de los organismos, desde unos pocos simples hasta otros cada vez más variados y complicados, como hoy los vemos ante nosotros, y hasta el hombre, está demostrada en sus grandes rasgos; con ello no solo se hace posible la explicación del acervo de productos orgánicos de la naturaleza que encontramos, sino que se da también la base para la prehistoria del espíritu humano, para seguir sus distintas fases de desarrollo, desde el protoplasma simple, sin estructura pero sensible a los estímulos, de los organismos más inferiores, hasta el cerebro humano pensante. Sin esta prehistoria, la existencia del cerebro humano pensante sigue siendo un milagro.
Con estos tres grandes descubrimientos quedan explicados los principales procesos de la naturaleza, reducidos a causas naturales. Solo queda aquí una cosa por hacer: explicar el nacimiento de la vida a partir de la naturaleza inorgánica. Lo cual, en el estado actual de la ciencia, no significa otra cosa que producir cuerpos albuminoideos a partir de sustancias inorgánicas. La química se acerca cada vez más a esta tarea. Está todavía lejos de ella. Pero si pensamos que el primer cuerpo orgánico, la urea, no lo obtuvo Wöhler de material inorgánico hasta 1828, y cuántos innumerables compuestos llamados orgánicos se preparan hoy artificialmente sin sustancia orgánica alguna, no querremos decirle a la química: ¡alto!, ante la albúmina. Hasta ahora puede preparar toda sustancia orgánica cuya composición conoce con exactitud. En cuanto se conozca la composición de los cuerpos albuminoideos, podrá ponerse a producir albúmina viva. Pero exigirle que consiga de hoy para mañana lo que la propia naturaleza solo logra en circunstancias muy favorables, en algunos cuerpos celestes, al cabo de millones de años, sería pedir un milagro.
Así pues, la concepción materialista de la naturaleza se asienta hoy sobre pies mucho más firmes que en el siglo pasado. Entonces solo se entendía de manera más o menos exhaustiva el movimiento de los cuerpos celestes y el de los cuerpos sólidos terrestres bajo la influencia de la gravedad; casi todo el campo de la química y toda la naturaleza orgánica seguían siendo misterios incomprendidos. Hoy toda la naturaleza se extiende ante nosotros como un sistema de conexiones y procesos explicado y comprendido, al menos en sus grandes rasgos. Desde luego, concepción materialista de la naturaleza no significa más que concebir sencillamente la naturaleza tal como se presenta, sin añadidos extraños, y por eso entre los filósofos griegos era originariamente cosa evidente. Pero entre aquellos antiguos griegos y nosotros median más de dos milenios de concepción del mundo esencialmente idealista, y entonces la vuelta, incluso a lo evidente, es más difícil de lo que parece a primera vista. Porque no se trata en absoluto de rechazar sin más todo el contenido de pensamiento de esos dos milenios, sino de criticarlo, de desprender los resultados obtenidos dentro de la forma idealista —falsa, pero inevitable para su tiempo y para la marcha misma del desarrollo— de esa forma pasajera. Y cuán difícil es eso nos lo prueban esos numerosos naturalistas que dentro de su ciencia son materialistas implacables, pero fuera de ella no solo son idealistas, sino incluso cristianos piadosos, y hasta ortodoxos.
Todos estos progresos de la ciencia de la naturaleza, que hicieron época, pasaron junto a Feuerbach sin rozarlo esencialmente. No fue tanto culpa suya como de las miserables condiciones alemanas, en virtud de las cuales las cátedras universitarias las ocupaban unos pedantes eclécticos de cabeza hueca, mientras Feuerbach, que les sacaba una torre de altura, casi tenía que volverse un patán en la soledad de una aldea. De ahí que, sobre la naturaleza —junto a algunas síntesis geniales—, tenga que trillar tanta paja literaria. Así dice:
«La vida no es, desde luego, producto de un proceso químico, ni en general producto de una fuerza natural o de un fenómeno aislado, a los que el materialista metafísico reduce la vida; es un resultado de la naturaleza entera».
Que la vida sea un resultado de la naturaleza entera no contradice en absoluto el hecho de que la albúmina, que es el portador autónomo y exclusivo de la vida, nazca en condiciones determinadas, dadas por la conexión entera de la naturaleza, pero nazca precisamente como producto de un proceso químico. ⟨Si Feuerbach hubiera vivido en circunstancias que le permitieran seguir, aunque fuera superficialmente, el desarrollo de la ciencia de la naturaleza, nunca se habría visto en el caso de hablar de un proceso químico como del efecto de una fuerza natural aislada.⟩10 A ese mismo aislamiento hay que atribuir que Feuerbach se pierda en una serie de especulaciones estériles, que dan vueltas en círculo, sobre la relación del pensamiento con el órgano pensante, el cerebro, un terreno en el que Starcke lo sigue con predilección.11
En fin, Feuerbach se resiste al nombre de materialismo. Y no del todo sin razón, pues nunca se libra del todo del idealista. En el terreno de la naturaleza es materialista; pero en el terreno de la [...]12
Dios en ningún sitio es peor tratado que entre los naturalistas que creen en él. Los materialistas se limitan a explicar la cosa sin entrar en tales frases, y solo lo hacen cuando creyentes importunos quieren imponerles a Dios, y entonces responden secamente, sea como Laplace: Sire, je n'avais etc. [Señor, no tenía, etc.],13 sea más rudamente, a la manera de los comerciantes holandeses, que suelen despachar a los viajantes alemanes que quieren colocarles sus baratijas con las palabras: Ik kan die zaken niet gebruiken [No puedo usar esas cosas], y asunto concluido. ¡Pero lo que Dios ha tenido que soportar de sus defensores! En la historia de las ciencias naturales modernas, Dios es tratado por sus defensores como Federico Guillermo III por sus generales y funcionarios en la campaña de Jena.14 Un cuerpo de ejército tras otro rinde las armas, una fortaleza tras otra capitula ante el avance de la ciencia, hasta que al fin todo el campo infinito de la naturaleza queda conquistado por ella y no hay ya en él lugar para el Creador. Newton le dejaba todavía el «primer impulso», pero no le toleraba ninguna otra intromisión en su sistema solar. El p[adre] Secchi lo despide del sistema solar, con todos los honores canónicos, pero no menos categóricamente, y solo le permite todavía un acto de creación con respecto a la nebulosa primitiva.15 Y así en todos los terrenos. En biología, su último gran don Quijote, Agassiz, le atribuye incluso un disparate positivo: ¡no solo debe crear los animales reales, sino también animales abstractos, el pez como tal! Y por último Tyndall le prohíbe del todo la entrada en la naturaleza, lo relega al mundo de las emociones y solo lo admite porque tiene que haber alguien que sepa de todas estas cosas (de la naturaleza) más que J. Tyndall.16 ¡Qué distancia del viejo Dios, creador del cielo y de la tierra, conservador de todas las cosas, sin el cual no cae un pelo de la cabeza!
La necesidad emocional de Tyndall no prueba nada. El caballero Des Grieux también tenía la necesidad emocional de amar y poseer a Manon Lescaut, que se vendía a sí misma y lo vendía a él una y otra vez; por ella se hizo tahúr y maquereau [chulo], y si Tyndall quisiera reprochárselo, le contestaría con su «necesidad emocional».17
Dios = nescio [no lo sé]; pero ignorantia non est argumentum [la ignorancia no es argumento] (Spinoza).18
[Ciencia de la naturaleza y filosofía]
Büchner
Aparición de la tendencia. Disolución de la filosofía alemana en materialismo; eliminado el control sobre la ciencia; estallido de la divulgación chatamente materialista, cuyo materialismo debía suplir la falta de ciencia. Florece en la época de la más profunda humillación de la Alemania burguesa y de la ciencia oficial alemana: 1850-1860. Vogt, Moleschott, Büchner.19 Seguro mutuo. Reavivada por la moda del darwinismo, que estos señores acapararon enseguida.
Se los podría dejar correr y abandonarlos a su oficio, no indigno de elogio aunque estrecho, de enseñar al filisteo alemán el ateísmo, etc.; pero 1) los insultos a la filosofía (citar pasajes),20 que pese a todo constituye la gloria de Alemania, y 2) la pretensión de aplicar las teorías de la naturaleza a la sociedad y reformar el socialismo. Así nos obligan a ocuparnos de ellos.
Primero, ¿qué hacen en su propio campo? Citas.
- Trueque, págs. 170-171. ¿De dónde de pronto esto hegeliano? Paso a la dialéctica.
Dos tendencias filosóficas: la metafísica, con categorías fijas; la dialéctica (Aristóteles y Hegel, sobre todo), con categorías fluidas; las pruebas de que estas oposiciones fijas de fundamento y consecuencia, causa y efecto, identidad y diferencia, apariencia y esencia son insostenibles; de que el análisis muestra ya un polo presente in nuce [en germen] en el otro; de que en un punto determinado un polo se trueca en el otro, y de que toda la lógica se desarrolla solo a partir de estas oposiciones que avanzan. En Hegel mismo esto es místico, porque las categorías aparecen como preexistentes y la dialéctica del mundo real como su mero reflejo. En realidad es al revés: la dialéctica de la cabeza no es más que el reflejo de las formas del movimiento del mundo real, tanto de la naturaleza como de la historia. Los naturalistas, hasta fines del siglo pasado e incluso hasta 1830, se las arreglaban bastante bien con la vieja metafísica, porque la ciencia real no iba más allá de la mecánica, terrestre y cósmica. Sin embargo, ya las matemáticas superiores, que consideran la verdad eterna de las matemáticas elementales como un punto de vista superado, afirman a menudo lo contrario y establecen proposiciones que al matemático elemental le parecen puro disparate, introdujeron la confusión. Aquí se disolvían las categorías fijas; las matemáticas habían llegado a un terreno en el que incluso relaciones tan simples como las de la mera cantidad abstracta, la mala infinitud, tomaban una forma perfectamente dialéctica y obligaban a los matemáticos a hacerse dialécticos a su pesar y sin saberlo. Nada más cómico que los rodeos, los malos subterfugios y los expedientes de los matemáticos para resolver esta contradicción, para reconciliar las matemáticas superiores y las elementales, para hacer ver a su entendimiento que lo que se les presentaba como resultado innegable no era puro desatino, y en general para explicar racionalmente el punto de partida, el método y el resultado de las matemáticas de lo infinito.
Pero ahora todo es distinto. La química: divisibilidad abstracta de lo físico, mala infinitud; atomística. La fisiología: la célula (el proceso orgánico de desarrollo, tanto del individuo como de las especies, por diferenciación, la prueba más contundente de la dialéctica racional), y por último la identidad de las fuerzas naturales y su transformación recíproca, que puso fin a toda fijeza de las categorías. Pese a ello, la masa de los naturalistas sigue firmemente presa en las viejas categorías metafísicas y se encuentra desvalida cuando hay que explicar racionalmente y relacionar entre sí estos hechos modernos que demuestran, por así decirlo, la dialéctica en la naturaleza. Y aquí había que pensar: el átomo, la molécula, etc., no se pueden observar con el microscopio, sino solo con el pensamiento. Compárese a los químicos (excepto Schorlemmer, que conoce a Hegel) y la Patología celular de Virchow, donde al final frases generales tienen que tapar la impotencia.21 La dialéctica despojada de misticismo se convierte en una necesidad absoluta para la ciencia de la naturaleza, que ha abandonado el terreno en el que bastaban las categorías fijas, por así decirlo las matemáticas elementales de la lógica, su uso doméstico. La filosofía se venga póstumamente de la ciencia natural por haberla abandonado; y, sin embargo, los naturalistas habrían podido ver ya por los éxitos de la filosofía en las ciencias naturales que en toda esa filosofía había algo que les era superior incluso en su propio terreno (Leibniz, fundador de las matemáticas de lo infinito, frente al cual el asno inductivo de Newton se presenta como plagiario y corruptor;22 Kant, teoría del origen del cosmos antes de Laplace; Oken, el primero en Alemania que adoptó la teoría de la evolución; Hegel, cuya [...]23 síntesis y agrupación racional de las ciencias naturales es una hazaña mayor que todo el disparate materialista junto).
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A propósito de la pretensión de Büchner de sentenciar sobre el socialismo y la economía a partir de la lucha por la existencia: Hegel, Enc[iclopedia], I, pág. 9, sobre el oficio de zapatero.24
A propósito de la política y [del] socialismo: el entendimiento que el mundo estaba esperando (pág. 11).
Exterioridad, yuxtaposición y sucesión. Hegel, Enc[iclopedia], pág. 35!, como determinación de lo sensible, de la representación.
Hegel, Enc[iclopedia], pág. 40. Fenómenos naturales; pero en Büchner no se piensa, solo se copia; por eso no hace falta.
Pág. 42. Solón «sacó de su cabeza» sus leyes; Büchner puede hacer lo mismo para la sociedad moderna.
Pág. 45. Metafísica: ciencia de las cosas, no de los movimientos.
Pág. 53. «En la experiencia [importa con qué sentido se va a la realidad. Un gran sentido hace grandes experiencias y divisa en el abigarrado juego del fenómeno lo que] importa».
Pág. 56. Paralelismo entre el individuo humano y la historia = paralelismo entre embriología y paleontología.
Así como Fourier es a mathematical poem [un poema matemático] y aun así se sigue usando, también Hegel es a dialectical poem [un poema dialéctico].25
La falsa teoría de la porosidad (según la cual las distintas materias falsas, el calórico, etc., están metidas unas en los poros de las otras y sin embargo no se penetran) presentada por Hegel, Enc[iclopedia], I, [pág.] 259, como pura ficción del entendimiento; véase también la Lógica.
Hegel, Enc[iclopedia], I, [págs.] 205-206, pasaje profético sobre los pesos atómicos frente a las concepciones físicas de su tiempo, y sobre el átomo y la molécula como determinaciones del pensamiento, sobre las que ha de decidir el pensar.
Si Hegel considera la naturaleza como una manifestación de la «idea» eterna en la enajenación, y esto es un crimen tan grave, ¿qué diremos del morfólogo Richard Owen?
«La idea arquetípica estaba encarnada en este planeta, en diversas formas semejantes, mucho antes de que existieran las especies animales que ahora la realizan» (Nature of Limbs, 1849).26
Si eso lo dice un naturalista místico que no piensa nada con ello, pasa tranquilamente; pero si lo dice un filósofo que piensa con ello algo, y au fond [en el fondo] lo justo, aunque en forma invertida, entonces es mística y un crimen inaudito.
Pensamiento de naturalista: el plan de la creación de Agassiz, según el cual Dios avanza en su creación de lo general a lo particular y a lo singular: ¡crea primero el vertebrado como tal, luego el mamífero como tal, el carnívoro como tal, el gato como tal, y solo al final el león, etc.!; es decir, ¡primero conceptos abstractos en forma de cosas concretas, y luego cosas concretas! (Véase Haeckel, pág. 59.)27
En Oken (Haeckel, págs. 85 y sigs.) sale a relucir el disparate surgido del dualismo entre ciencia de la naturaleza y filosofía. Oken descubre por la vía del pensamiento el protoplasma y la célula, pero a nadie se le ocurre seguir el asunto por la vía de las ciencias naturales: ¡el pensamiento ha de hacerlo todo! Y cuando se descubren el protoplasma y la célula, ¡Oken está en desgracia general!
Hofmann (Un siglo de química bajo los Hohenzollern) cita la filosofía de la naturaleza, una cita de Rosenkranz, el literato, a quien ningún hegeliano de verdad reconoce. Hacer responsable a la filosofía de la naturaleza de Rosenkranz es tan absurdo como si Hofmann hiciera responsables a los Hohenzollern del descubrimiento del azúcar de remolacha por Marggraf.28
Teoría y experiencia empírica: el achatamiento de la Tierra, establecido teóricamente por Newton. Los Cassini y otros franceses seguían afirmando mucho después, apoyándose en sus mediciones empíricas, que la Tierra era un elipsoide y que el eje polar era el más largo.29
El desprecio de los empiristas por los griegos recibe una ilustración peculiar cuando se lee, por ejemplo, a Th. Thomson (On Electricity), donde gentes como Davy, e incluso Faraday, andan a tientas en la oscuridad (chispa eléctrica, etc.) y hacen experimentos que recuerdan del todo los relatos de Aristóteles y de Plinio sobre fenómenos físico-químicos. Precisamente en esta ciencia nueva los empiristas reproducen por completo el ciego tanteo de los antiguos. Y cuando el genial Faraday está sobre una pista acertada, el filisteo de Thomson tiene que protestar en contra ([pág.] 397).30
Haeckel, Antrop[ogenia], [pág.] 707:
«Según la concepción materialista del mundo, la materia o el material existe antes que el movimiento [subrayado de Engels] o la fuerza viva; la materia ha creado la fuerza». Esto sería tan falso como que la fuerza haya creado la materia, puesto que fuerza y materia son inseparables.
¿De dónde saca este su materialismo?
Haeckel ([págs.] 89, 90) convierte las causae finales y efficientes [causas finales y eficientes] en causas que actúan con arreglo a un fin y causas que actúan mecánicamente, ¡porque para él causa finalis [causa final] = Dios! Del mismo modo, para él «mecánico», sin más, según Kant, = monista, no = mecánico en el sentido de la mecánica. Con semejante confusión de lenguaje, el disparate es inevitable. Lo que Haeckel dice aquí de la Crítica del juicio de Kant no concuerda con Hegel (H[istoria] de la fil[osofía], [pág.] 603).
Otro31 ejemplo de polaridad en Haeckel: mecanicismo = monismo, y vitalismo o teleología = dualismo. Ya en Kant y en Hegel el fin interno es una protesta contra el dualismo. El mecanicismo aplicado a la vida es una categoría desvalida; a lo sumo podemos hablar de quimismo, si no queremos renunciar a todo sentido de los nombres. Fin: Hegel, V, [pág.] 205:
«El mecanismo se muestra él mismo como una aspiración a la totalidad por el hecho de que trata de concebir la naturaleza para sí como un todo que no necesita de otro para su concepto; una totalidad que no se encuentra en el fin y en el entendimiento extramundano relacionado con él» [subrayado de Engels].
Pero lo gracioso es que el mecanicismo (también el materialismo del siglo XVIII) no sale de la necesidad abstracta, y por eso tampoco de la contingencia. Que la materia desarrolle a partir de sí el cerebro humano pensante es para él puro azar, aunque, allí donde sucede, esté condicionado paso a paso por la necesidad. En verdad, sin embargo, está en la naturaleza de la materia avanzar hasta el desarrollo de seres pensantes, y por eso esto sucede también necesariamente siempre que existen las condiciones para ello (no necesariamente las mismas en todas partes y siempre).
Más adelante Hegel, V, [pág.] 206:
«Este principio» (el del mecanismo) «da por eso, en su conexión de necesidad exterior, la conciencia de una libertad infinita frente a la teleología, que erige en algo absoluto las insignificancias, y hasta las bajezas, de su contenido, en el que el pensamiento más universal no puede sentirse sino infinitamente constreñido y hasta afectado de asco».
Y además, de nuevo, el colosal derroche de materia y de movimiento de la naturaleza. En el sistema solar quizá solo tres planetas como mucho en los que puedan existir vida y seres pensantes, en las condiciones actuales. ¡Y por ellos todo ese inmenso aparato!
El fin interno en el organismo se impone luego, según Hegel (V, [pág.] 244), mediante el impulso. Pas trop fort [no muy convincente]. El impulso debe poner al ser vivo singular más o menos en armonía con su concepto. De aquí se desprende hasta qué punto todo el fin interno es él mismo una determinación ideológica. Y, sin embargo, en esto está ya Lamarck.
Los naturalistas creen librarse de la filosofía ignorándola o insultándola. Pero como sin pensar no avanzan, y para pensar necesitan determinaciones del pensamiento, y estas categorías las toman sin examen de la conciencia común de las llamadas personas cultas, dominada por los restos de filosofías hace mucho tiempo pasadas, o de las migajas de filosofía oídas por obligación en la universidad (que no solo son fragmentarias, sino también un revoltijo de opiniones de gentes de las escuelas más diversas, y casi siempre de las peores), o de la lectura acrítica y asistemática de escritos filosóficos de toda clase, no están menos sometidos a la servidumbre de la filosofía, pero por desgracia casi siempre de la peor, y los que más insultan a la filosofía son esclavos precisamente de los peores restos vulgarizados de las peores filosofías.
Hagan lo que hagan los naturalistas, están dominados por la filosofía. La cuestión es solo si quieren estar dominados por una mala filosofía de moda o por una forma del pensamiento teórico que descanse en el conocimiento de la historia del pensamiento y de sus conquistas.
«Física, guárdate de la metafísica» es muy cierto, pero en otro sentido.32
Los naturalistas prolongan todavía una vida aparente a la filosofía al servirse de los desechos de la vieja metafísica. Solo cuando la ciencia de la naturaleza y la ciencia de la historia hayan asimilado la dialéctica, todo el trasto filosófico —salvo la teoría pura del pensamiento— se volverá superfluo y desaparecerá en la ciencia positiva.
[Dialéctica]
[a) Cuestiones generales de la dialéctica. Leyes fundamentales de la dialéctica]
La dialéctica llamada objetiva domina en toda la naturaleza, y la llamada dialéctica subjetiva, el pensamiento dialéctico, no es más que el reflejo del movimiento en oposiciones que se impone por doquier en la naturaleza, oposiciones que, por su pugna continua y su final fusión de unas en otras, o en formas superiores, condicionan precisamente la vida de la naturaleza. Atracción y repulsión. Con el magnetismo empieza la polaridad, que se muestra en un mismo cuerpo; en la electricidad se reparte entre dos o más cuerpos, que entran en tensión mutua. Todos los procesos químicos se reducen a fenómenos de atracción y repulsión químicas. Por último, en la vida orgánica la formación del núcleo celular ha de considerarse también como una polarización de la albúmina viva, y a partir de la célula simple la teoría de la evolución demuestra cómo todo progreso, hasta la planta más complicada por un lado y hasta el hombre por otro, se produce por la pugna continua entre herencia y adaptación. Se ve aquí qué poco aplicables son a estas formas de desarrollo categorías como «positivo» y «negativo». Puede concebirse la herencia como el lado positivo, conservador, y la adaptación como el negativo, que destruye continuamente lo heredado; pero igual de bien puede concebirse la adaptación como la actividad creadora, activa, positiva, y la herencia como la resistente, pasiva, negativa. Pero así como en la historia el progreso aparece como negación de lo existente, también aquí —por razones puramente prácticas— es mejor concebir la adaptación como actividad negativa. En la historia, el movimiento en oposiciones sale de verdad a la luz en todas las épocas críticas de los pueblos dirigentes. En tales momentos un pueblo solo puede elegir entre los dos cuernos de un dilema: ¡o lo uno o lo otro!, y la cuestión se plantea siempre de modo muy distinto de como desearía verla planteada el filisteísmo politiquero de todos los tiempos. Hasta el filisteo liberal alemán de 1848 se vio en 1849 de pronto, inesperadamente y contra su voluntad, ante la cuestión: vuelta a la vieja reacción en forma agravada, o continuación de la revolución hasta la república, quizá incluso hasta la república una e indivisible con un trasfondo socialista. No lo pensó mucho y ayudó a crear la reacción de Manteuffel como flor del liberalismo alemán.33 Lo mismo el burgués francés en 1851, ante el dilema que sin duda no esperaba: caricatura del Imperio, pretorianismo y explotación de Francia por una banda de canallas, o república socialdemócrata; y se agachó ante la banda de canallas para poder seguir explotando a los obreros bajo su protección.
Hard and fast lines [líneas rígidas y fijas], incompatibles con la teoría de la evolución: ya ni siquiera la línea divisoria entre vertebrados e invertebrados es fija, como tampoco la que separa los peces de los anfibios, y la que separa las aves de los reptiles desaparece cada día más. Entre el compsognato y el arqueópterix solo faltan ya unos pocos eslabones intermedios, y en ambos hemisferios aparecen picos de ave con dientes. El ¡o esto o aquello! se vuelve cada vez más insuficiente. En los animales inferiores no se puede fijar con nitidez el concepto de individuo. No solo si este animal es un individuo o una colonia, sino también dónde, en el desarrollo, termina un individuo y empieza el otro (nodrizas).34 Para una fase de la concepción de la naturaleza en la que todas las diferencias confluyen en grados intermedios y todas las oposiciones pasan unas a otras mediante eslabones intermedios, el viejo método metafísico de pensar ya no basta. La dialéctica, que tampoco conoce hard and fast lines, ningún ¡o lo uno o lo otro! incondicional y universalmente válido, que hace pasar unas a otras las diferencias metafísicas fijas y que, junto al ¡o lo uno o lo otro!, conoce también, en su lugar adecuado, el ¡tanto esto como aquello!, y media las oposiciones, es el único método de pensar adecuado en última instancia a esa fase. Para el uso cotidiano, para el comercio al por menor de la ciencia, las categorías metafísicas conservan, desde luego, su validez.
Trueque de la cantidad en cualidad = concepción «mecánica» del mundo: un cambio cuantitativo cambia la cualidad. ¡Esto no lo han olido nunca estos señores!
El carácter opuesto de las determinaciones del pensamiento propias del entendimiento: la polarización. Así como la electricidad, el magnetismo, etc., se polarizan, se mueven en la oposición, así también los pensamientos. Así como allí no hay que aferrarse a ninguna unilateralidad, cosa en la que ningún naturalista piensa, tampoco aquí.
La verdadera naturaleza de las determinaciones de la «esencia», enunciada por el propio Hegel (Encicl[opedia], I, § 111, apéndice): «En la esencia todo es relativo» [subrayado de Engels]. (Por ejemplo, positivo y negativo, que solo tienen sentido en su relación, no cada uno por sí.)
Parte y todo, por ejemplo, son ya categorías que se vuelven insuficientes en la naturaleza orgánica. La expulsión de la simiente: el embrión y el animal nacido no han de concebirse como una «parte» que se separa del «todo»; eso daría un tratamiento torcido. Solo es parte en el cadáver (Enc[iclopedia], I, [pág.] 268).
Simple y compuesto: categorías que también pierden su sentido ya en la naturaleza orgánica, que son inaplicables. Ni la composición mecánica a partir de huesos, sangre, cartílago, músculos, tejidos, etc., ni la química a partir de los elementos expresan un animal. Hegel, Enc[iclopedia], I, [pág.] 256. El organismo no es ni simple ni compuesto, por complicado que sea.
La identidad abstracta, a = a; y en negativo, a no igual y desigual a a a la vez: igualmente inaplicable en la naturaleza orgánica. La planta, el animal, cada célula, en cada instante de su vida, son idénticos a sí mismos y a la vez se distinguen de sí mismos, por la absorción y la eliminación de sustancias, por la respiración, por la formación y la muerte de células, por el proceso de circulación en curso; en suma, por una suma de incesantes cambios moleculares que constituyen la vida y cuyos resultados acumulados salen visiblemente a la luz en las fases de la vida: vida embrionaria, juventud, madurez sexual, proceso de la especie, vejez, muerte. Cuanto más se desarrolla la fisiología, más importantes se vuelven para ella estos cambios incesantes, infinitamente pequeños, y más importante, pues, la consideración de la diferencia dentro de la identidad; y el viejo punto de vista formal y abstracto de la identidad, según el cual un ser orgánico ha de tratarse como algo simplemente idéntico a sí mismo, constante, queda anticuado.35 Pese a ello, perdura la manera de pensar fundada en él, con sus categorías. Pero ya en la naturaleza inorgánica la identidad como tal no existe en la realidad. Todo cuerpo está continuamente expuesto a acciones mecánicas, físicas y químicas que lo cambian sin cesar y modifican su identidad. Solo en las matemáticas —una ciencia abstracta que se ocupa de cosas del pensamiento, sean o no calcos de la realidad— está en su lugar la identidad abstracta y su oposición a la diferencia, y también allí se supera continuamente. Hegel, Encicl[opedia], I, [pág.] 235. El hecho de que la identidad contiene en sí la diferencia se enuncia en toda proposición en la que el predicado es necesariamente distinto del sujeto: el lirio es una planta, la rosa es roja, donde en el sujeto o en el predicado hay algo que no queda cubierto por el predicado o por el sujeto. Hegel, [pág.] 23. Que la identidad consigo necesita de antemano, como complemento, la diferencia respecto de todo lo demás es cosa evidente.
El cambio continuo, es decir, la superación de la identidad abstracta consigo, también en lo llamado inorgánico. La geología es su historia. En la superficie, cambios mecánicos (lavado, helada) y químicos (meteorización); en el interior, mecánicos (presión), calor (volcánico), químicos (agua, ácidos, aglomerantes); en grande, levantamientos, terremotos, etc. La pizarra de hoy es radicalmente distinta del limo del que se formó; la creta, de las conchas microscópicas sueltas que la componen; más aún la caliza, que según algunos sería de origen enteramente orgánico; la arenisca, de la arena suelta del mar, que a su vez procede de granito triturado, etc.; por no hablar del carbón.
El principio de identidad, en el sentido de la vieja metafísica, principio fundamental de la vieja concepción: a = a. Toda cosa es igual a sí misma. Todo era permanente: sistema solar, estrellas, organismos. Este principio lo ha refutado la investigación de la naturaleza pieza a pieza en cada caso particular, pero en teoría sigue en pie, y los partidarios de lo viejo lo siguen oponiendo a lo nuevo: una cosa no puede ser a la vez ella misma y otra. Y, sin embargo, el hecho de que la verdadera identidad concreta encierra en sí la diferencia, el cambio, lo ha demostrado recientemente en detalle la investigación de la naturaleza (véase más arriba). La identidad abstracta, como todas las categorías metafísicas, basta para el uso doméstico, donde se toman en consideración relaciones pequeñas o periodos breves; los límites dentro de los cuales es utilizable son distintos casi en cada caso y están condicionados por la naturaleza del objeto: en un sistema planetario, donde para el cálculo astronómico ordinario puede tomarse la elipse como forma fundamental sin cometer errores en la práctica, mucho más amplios que en un insecto que completa su metamorfosis en pocas semanas. (Dar otros ejemplos, por ejemplo la variación de las especies, que se cuenta por series de milenios.) Pero para la ciencia de la naturaleza que sintetiza, incluso en cada una de sus ramas, la identidad abstracta es del todo insuficiente, y aunque en conjunto está hoy prácticamente eliminada, en teoría domina todavía las cabezas, y la mayoría de los naturalistas se figuran que identidad y diferencia son oposiciones irreconciliables, en lugar de polos unilaterales que solo tienen verdad en su acción recíproca, en la inclusión de la diferencia en la identidad.
Identidad y diferencia; necesidad y contingencia; causa y efecto: las dos oposiciones principales que, tratadas por separado, se truecan una en otra.
Y entonces tienen que ayudar los «fundamentos».
Positivo y negativo. Pueden también nombrarse al revés: en la electricidad, etc.; norte y sur, ídem. Inviértase esto, cámbiese en consecuencia el resto de la terminología, y todo sigue siendo correcto. Llamaremos entonces oeste al este y este al oeste. El sol sale por el oeste, los planetas giran de este a oeste, etc.; solo han cambiado los nombres. Más aún: en física llamamos polo norte al que es propiamente el polo sur del imán, el que atrae el polo norte del magnetismo terrestre, y no importa nada.
Que positivo y negativo se equiparen —sea cual sea el lado positivo y el negativo— [sucede] no solo en la geometría analítica, sino aún más en la física (véase Clausius, págs. 87 y sigs.).36
Polaridad. Un imán cortado polariza el centro neutro, pero de modo que los polos viejos se mantienen. En cambio, un gusano cortado conserva en el polo positivo la boca que absorbe y forma en el otro extremo un nuevo polo negativo, con un ano que excreta; pero el viejo polo negativo (el ano) se vuelve ahora positivo, se convierte en boca, y en el extremo de la herida se forma un nuevo ano o polo negativo. Voilà [he aquí] el trueque de lo positivo en negativo.
Polarización. Para J. Grimm era todavía cosa firme que un dialecto alemán tenía que ser o alto alemán o bajo alemán. Con ello se le perdió por completo el dialecto franco. Como el franco escrito de la época carolingia tardía era alto alemán (porque la mutación consonántica del alto alemán se había extendido al sudeste franco), según su idea el franco desaparecía aquí en el antiguo alto alemán y allí en el francés. Con ello quedaba absolutamente inexplicable de dónde había llegado el neerlandés a los viejos territorios salios. Solo después de la muerte de Grimm se ha vuelto a descubrir el franco: el salio, rejuvenecido, como neerlandés; el ripuario, en los dialectos del Rin medio y bajo, que en parte han pasado en distintos grados al alto alemán y en parte se han quedado en bajo alemán, de modo que el franco es un dialecto que es tanto alto alemán como bajo alemán.37
Contingencia y necesidad
Otra oposición en la que está atrapada la metafísica es la de contingencia y necesidad. ¿Qué puede contradecirse más tajantemente que estas dos determinaciones del pensamiento? ¿Cómo es posible que ambas sean idénticas, que lo contingente sea necesario y que lo necesario sea también contingente? El sentido común, y con él la gran masa de los naturalistas, trata la necesidad y la contingencia como determinaciones que se excluyen de una vez para siempre. Una cosa, una relación, un proceso es contingente o necesario, pero no ambas cosas. Las dos existen, pues, una junto a otra en la naturaleza; esta contiene toda clase de objetos y procesos, de los que unos son contingentes y otros necesarios, y lo único que importa es no confundir las dos clases. Así, por ejemplo, se toman como necesarios los rasgos decisivos de la especie y se califican de contingentes las demás diferencias entre individuos de la misma especie, y esto vale tanto para los cristales como para las plantas y los animales. Y luego el grupo inferior se vuelve a su vez contingente respecto del superior, de modo que se declara contingente cuántas especies distintas del género felis [gato] o equus [caballo] existen, o cuántos géneros y órdenes hay en una clase, y cuántos individuos de cada una de esas especies, o cuántas clases distintas de animales se dan en un territorio determinado, o cómo son en general la fauna y la flora. Y luego se declara lo necesario lo único científicamente interesante, y lo contingente, lo indiferente para la ciencia. Es decir: lo que se puede reducir a leyes, lo que por tanto se conoce, es interesante; lo que no se puede reducir a leyes, lo que por tanto no se conoce, es indiferente, puede descuidarse. Con ello se acaba toda ciencia, pues ha de investigar precisamente lo que no conocemos. Es decir: lo que se puede reducir a leyes generales pasa por necesario, y lo que no, por contingente. Todo el mundo ve que esta es la misma clase de ciencia que da por natural lo que puede explicar y atribuye a causas sobrenaturales lo que no se explica; que a la causa de lo inexplicable la llame yo azar o Dios es del todo indiferente para la cosa misma. Ambos no son más que una expresión de «no lo sé», y por eso no pertenecen a la ciencia. Esta termina donde falla la conexión necesaria.
Frente a esto está el determinismo, que pasó del materialismo francés a la ciencia de la naturaleza y que trata de acabar con la contingencia negándola sin más. Según esta concepción, en la naturaleza solo reina la necesidad simple y directa. Que esta vaina de guisante contenga cinco guisantes y no cuatro o seis; que la cola de este perro tenga cinco pulgadas de largo y ni una línea más ni menos; que esta flor de trébol haya sido fecundada este año por una abeja y aquella no, y precisamente por esta abeja determinada y en este momento determinado; que esta semilla de diente de león llevada por el viento haya germinado y aquella no; que anoche me haya picado una pulga a las cuatro de la madrugada y no a las tres o a las cinco, y precisamente en el hombro derecho y no en la pantorrilla izquierda: todos estos son hechos producidos por un encadenamiento inamovible de causa y efecto, por una necesidad inquebrantable, de tal suerte que ya la bola de gas de la que salió el sistema solar estaba dispuesta de modo que estos sucesos tenían que ocurrir así y no de otra manera. Con esta clase de necesidad tampoco salimos de la concepción teológica de la naturaleza. Que lo llamemos, con Agustín y Calvino, el designio eterno de Dios, o, con los turcos, el kismet, o bien la necesidad, viene a ser más o menos lo mismo para la ciencia. En ninguno de estos casos se trata de seguir la cadena de las causas; así que en un caso sabemos tanto como en el otro, la llamada necesidad sigue siendo una frase hueca y con ello también el azar sigue siendo lo que era. Mientras no podamos demostrar de qué depende el número de guisantes de la vaina, sigue siendo contingente, y con afirmar que el caso estaba ya previsto en la constitución originaria del sistema solar no damos un paso más. Más aún. La ciencia que se pusiera a seguir hacia atrás el casus [caso] de esta vaina de guisante en su encadenamiento causal ya no sería ciencia, sino puro juego; porque esa misma vaina tiene además otras innumerables propiedades individuales que aparecen como contingentes, matiz del color, grosor y dureza de la cáscara, tamaño de los guisantes, por no hablar de las particularidades individuales que revelaría el microscopio. Una sola vaina de guisante daría ya, pues, más conexiones causales que seguir de las que podrían resolver todos los botánicos del mundo.
Aquí, pues, la contingencia no se explica por la necesidad; más bien la necesidad queda rebajada a producir lo meramente contingente. Si el hecho de que una vaina determinada contenga seis guisantes y no cinco o siete está en el mismo orden que la ley del movimiento del sistema solar o la ley de la transformación de la energía, entonces, en efecto, no se ha elevado la contingencia a necesidad, sino que se ha degradado la necesidad a contingencia. Más aún. Por mucho que se afirme que la diversidad de las especies e individuos orgánicos e inorgánicos que coexisten en un territorio determinado se funda en una necesidad inquebrantable, para las especies e individuos singulares sigue siendo lo que era: contingente. Para el animal singular es contingente dónde ha nacido, qué medio encuentra para vivir, qué enemigos y cuántos lo amenazan. Para la planta madre es contingente adónde lleva el viento su semilla; para la planta hija, dónde encuentra suelo para germinar el grano del que procede; y la seguridad de que también aquí todo descansa en una necesidad inquebrantable es un pobre consuelo. La mezcolanza de los objetos naturales en un territorio determinado, y más aún en toda la Tierra, con toda la predeterminación desde la eternidad, sigue siendo lo que era: contingente.
Frente a ambas concepciones se presenta Hegel con las proposiciones, hasta entonces del todo inauditas, de que lo contingente tiene un fundamento porque es contingente, y asimismo no tiene ningún fundamento porque es contingente; de que lo contingente es necesario, de que la necesidad se determina a sí misma como contingencia y de que, por otra parte, esta contingencia es más bien la necesidad absoluta (Lógica, II, libro III, 2: «La realidad efectiva»). La ciencia de la naturaleza ha dejado sencillamente de lado estas proposiciones como juegos paradójicos, como un disparate que se contradice a sí mismo, y en teoría se ha quedado, por un lado, en la falta de pensamiento de la metafísica wolffiana, según la cual algo es o bien contingente o bien necesario, pero no ambas cosas a la vez, o, por otro, en el determinismo mecánico, apenas menos irreflexivo, que niega el azar en general de palabra para reconocerlo en la práctica en cada caso particular.
Mientras la investigación de la naturaleza seguía pensando así, ¿qué hizo en la persona de Darwin?
Darwin, en su obra que hizo época, parte de la más amplia base de contingencia que encontró dada. Son precisamente las infinitas diferencias contingentes de los individuos dentro de cada especie, diferencias que llegan a romper el carácter de la especie y cuyas causas, incluso las más próximas, solo pueden demostrarse en contadísimos casos, las que lo obligan a poner en cuestión la base de toda regularidad en biología hasta entonces: el concepto de especie en su anterior rigidez e inmutabilidad metafísicas. Pero sin el concepto de especie toda la ciencia no era nada. Todas sus ramas necesitaban como base el concepto de especie: la anatomía humana y la comparada, la embriología, la zoología, la paleontología, la botánica, etc., ¿qué eran sin el concepto de especie? Todos sus resultados no solo quedaban en cuestión, sino directamente abolidos. La contingencia echa por tierra la necesidad tal como se la había concebido hasta entonces.38 La idea anterior de la necesidad falla. Mantenerla significa dictar a la naturaleza como ley la determinación arbitraria del hombre, que se contradice a sí misma y contradice la realidad; significa negar con ello toda necesidad interna en la naturaleza viva; significa proclamar en general el reino caótico del azar como única ley de la naturaleza viva.
«¿Ya no vale el Tausves-Jontof?»,39 gritaron con toda consecuencia los biólogos de todas las escuelas.
Darwin.
Hegel, Lógica, tomo I
«La nada opuesta al algo, la nada de un algo cualquiera, es una nada determinada» [subrayado de Engels] (pág. 74).40
«En consideración de la conexión de determinación recíproca del todo» (del mundo) «la metafísica pudo hacer la afirmación —en el fondo tautológica [subrayado de Engels]— de que, si se destruyera una mota de polvo, se derrumbaría el universo entero» (pág. 78).
Negación, pasaje principal. «Introducción», pág. 38:
«que lo que se contradice no se disuelve en cero, en la nada abstracta, sino en la negación de su contenido determinado», etc.
Negación de la negación. Fenomenología, prólogo, pág. 4: capullo, flor, fruto, etc.
[b) Lógica dialéctica y teoría del conocimiento. De los «límites del conocimiento»]
Unidad de naturaleza y espíritu. Para los griegos era evidente por sí mismo que la naturaleza no podía ser irracional, pero aun hoy los empiristas más necios prueban con su razonamiento (por falso que sea) que están convencidos de antemano de que la naturaleza no puede ser irracional ni la razón contraria a la naturaleza.
El desarrollo de un concepto o de una relación de conceptos (positivo y negativo, causa y efecto, sustancia y accidente) en la historia del pensamiento es a su desarrollo en la cabeza del dialéctico individual lo que el desarrollo de un organismo en la paleontología a su desarrollo en la embriología (o más bien en la historia y en el germen individual). Que esto es así lo descubrió primero Hegel para los conceptos. En el desarrollo histórico la contingencia desempeña su papel, que en el pensamiento dialéctico, como en el desarrollo del embrión, se resume en necesidad.
Abstracto y concreto. La ley general del cambio de forma del movimiento es mucho más concreta que cualquier ejemplo «concreto» singular de ella.
Entendimiento y razón. Esta distinción hegeliana, según la cual solo el pensamiento dialéctico es racional, tiene cierto sentido. Toda la actividad del entendimiento: inducir, deducir, y por tanto también abstraer (los conceptos genéricos de Dido: cuadrúpedos y bípedos), analizar objetos desconocidos (ya romper una nuez es comienzo del análisis), sintetizar (en las pequeñas astucias de los animales) y, como unión de ambos, experimentar (ante obstáculos nuevos y en situaciones extrañas), la tenemos en común con el animal. Por su especie, todos estos procedimientos —es decir, todos los medios de la investigación científica que reconoce la lógica ordinaria— son perfectamente iguales en el hombre y en los animales superiores. Solo difieren en grado (en el desarrollo del método en cada caso). Los rasgos fundamentales del método son iguales y llevan a iguales resultados en el hombre y en el animal, mientras ambos trabajan o se las arreglan solo con estos métodos elementales. En cambio, el pensamiento dialéctico —precisamente porque presupone la investigación de la naturaleza de los conceptos mismos— solo es posible al hombre, y a este solo en una fase de desarrollo relativamente alta (budistas y griegos), y no alcanza su pleno desarrollo hasta mucho más tarde, con la filosofía moderna; ¡y a pesar de ello, ya los colosales resultados de los griegos, que anticipan con mucho la investigación!
La química, en la que el análisis es la forma predominante de investigación, no es nada sin su polo opuesto, la síntesis.
[Sobre la clasificación de los juicios]
La lógica dialéctica, en contraste con la vieja lógica meramente formal, no se contenta, como esta, con enumerar las formas del movimiento del pensamiento, es decir, las distintas formas del juicio y del silogismo, y ponerlas unas junto a otras sin conexión. Al contrario, deriva estas formas unas de otras, las subordina entre sí en lugar de coordinarlas, desarrolla las formas superiores a partir de las inferiores. Fiel a su división de toda la lógica, Hegel agrupa los juicios como:
Juicio de la existencia, la forma más simple del juicio, en la que de una cosa singular se enuncia, afirmándola o negándola, una propiedad general (juicio positivo: la rosa es roja; negativo: la rosa no es azul; infinito: la rosa no es un camello);
Juicio de la reflexión, en el que del sujeto se enuncia una determinación de relación, una relación (juicio singular: este hombre es mortal; particular: algunos, muchos hombres son mortales; universal: todos los hombres son mortales, o el hombre es mortal);
Juicio de la necesidad, en el que del sujeto se enuncia su determinación sustancial (juicio categórico: la rosa es una planta; juicio hipotético: si sale el sol, es de día; disyuntivo: el lepidosirén es o un pez o un anfibio);41
Juicio del concepto, en el que del sujeto se enuncia en qué medida corresponde a su naturaleza general o, como dice Hegel, a su concepto (juicio asertórico: esta casa es mala; problemático: si una casa está hecha de tal y tal modo, es buena; apodíctico: la casa, hecha de tal y tal modo, es buena).
Juicio singular; 2 y 3, particular; 4, universal.
Por árido que esto se lea aquí, y por arbitraria que pueda parecer a primera vista, acá y allá, esta clasificación de los juicios, la verdad y la necesidad internas de esta agrupación se le harán evidentes a cualquiera que estudie a fondo el genial desarrollo de la Gran lógica de Hegel (Werke, V, págs. 63-15). Pero para mostrar hasta qué punto esta agrupación se funda no solo en las leyes del pensamiento, sino también en las leyes de la naturaleza, queremos aducir aquí un ejemplo muy conocido fuera de este contexto.
Que el rozamiento produce calor lo sabían ya en la práctica los hombres prehistóricos cuando inventaron el fuego por fricción, quizá hace ya cien mil años, y aún antes calentaban por frotamiento partes frías del cuerpo. Pero desde entonces hasta el descubrimiento de que el rozamiento es en general una fuente de calor pasaron quién sabe cuántos milenios. En fin, llegó el tiempo en que el cerebro humano se había desarrollado lo suficiente para poder pronunciar el juicio: el rozamiento es una fuente de calor, un juicio de la existencia, y más precisamente positivo.
De nuevo pasaron milenios hasta que en 1842 Mayer, Joule y Colding investigaron este proceso especial en sus relaciones con otros procesos de índole semejante descubiertos entretanto, es decir, en sus condiciones generales más próximas, y formularon el juicio así: todo movimiento mecánico es capaz de convertirse en calor por medio del rozamiento. Tanto tiempo y una cantidad enorme de conocimientos empíricos hicieron falta para que, en el conocimiento del objeto, pudiéramos avanzar del anterior juicio positivo de la existencia a este juicio universal de la reflexión.
Pero ahora la cosa fue deprisa. Ya tres años después pudo Mayer, al menos en cuanto al fondo, elevar el juicio de la reflexión a la fase en que hoy tiene validez:42 toda forma del movimiento tiene tanto la capacidad como la necesidad de trocarse, en las condiciones determinadas para cada caso, directa o indirectamente, en cualquier otra forma del movimiento: juicio del concepto, y precisamente apodíctico, la forma más alta del juicio en general.
Así pues, lo que en Hegel aparece como un desarrollo de la forma de pensamiento del juicio como tal se nos presenta aquí como desarrollo de nuestros conocimientos teóricos, basados en un fundamento empírico, sobre la naturaleza del movimiento en general. Esto prueba, al fin y al cabo, que las leyes del pensamiento y las leyes de la naturaleza concuerdan necesariamente entre sí en cuanto se las conoce correctamente.
Podemos concebir el primer juicio como el de la singularidad: se registra el hecho aislado de que el rozamiento produce calor. El segundo, como el de la particularidad: una forma particular del movimiento, la mecánica, ha mostrado la propiedad de pasar, en circunstancias particulares (por rozamiento), a otra forma particular del movimiento, el calor. El tercer juicio es el de la universalidad: toda forma del movimiento ha demostrado tener la capacidad y la necesidad de trocarse en cualquier otra forma del movimiento. Con esta forma la ley ha alcanzado su expresión última. Con nuevos descubrimientos podemos darle nuevas pruebas, un contenido nuevo y más rico. Pero a la ley misma, tal como queda enunciada, ya no podemos añadirle nada. En su universalidad, en la que forma y contenido son igual de universales, no admite ampliación alguna: es una ley absoluta de la naturaleza.
Por desgracia, la cosa cojea en la forma del movimiento de la albúmina, alias vida, mientras no sepamos hacer albúmina.
Pero arriba se ha demostrado también que para juzgar no solo hace falta la «facultad de juzgar» kantiana, sino una [...]43
Singularidad, particularidad, universalidad: estas son las tres determinaciones en las que se mueve toda la «doctrina del concepto». En ellas se avanza luego, no en una, sino en muchas modalidades, de lo singular a lo particular y de esto a lo universal, y Hegel lo ejemplifica a menudo como avance: individuo, especie, género. ¡Y ahora llegan los Haeckel de la inducción y pregonan como una gran hazaña —contra Hegel— que hay que avanzar de lo singular a lo particular y luego a lo universal!, del individuo a la especie y luego al género; y después permiten conclusiones deductivas que deben llevar más lejos. Esta gente se ha atascado tanto en la oposición entre inducción y deducción que reduce todas las formas lógicas del silogismo a estas dos, y no nota en absoluto que 1) bajo esos nombres aplica inconscientemente formas de silogismo muy distintas; 2) se priva de toda la riqueza de las formas del silogismo en cuanto no se deja meter a la fuerza bajo aquellas dos, y 3) con ello convierte las dos formas, inducción y deducción, en puro disparate.
Inducción y deducción. Haeckel, págs. 75 y sigs., donde Goethe hace el silogismo inductivo de que el hombre, que normalmente no tiene hueso intermaxilar, tiene que tenerlo; ¡es decir, llega a algo correcto por una inducción falsa!
Disparate de Haeckel: inducción contra deducción. Como si deducción no fuera = concluir, y por tanto también la inducción una deducción. Esto viene de polarizar. Haeckel, Historia de la creación, págs. 76-77. ¡El silogismo se polariza en inducción y deducción!
Por inducción se encontró hace cien años que los cangrejos y las arañas eran insectos y todos los animales inferiores, gusanos. Por inducción se ha encontrado ahora que esto es un disparate y que existen x clases. ¿En qué consiste, pues, la ventaja del llamado silogismo inductivo, que puede ser tan falso como el llamado silogismo deductivo, cuyo fundamento es, al fin y al cabo, la clasificación?
La inducción nunca puede demostrar que no habrá alguna vez un mamífero sin glándulas mamarias. Antes, las mamas eran el distintivo del mamífero. Pero el ornitorrinco no las tiene.
Toda la patraña de la inducción [procede] de los ingleses, Whewell, inductive sciences [ciencias inductivas], que abarcan las [ciencias] meramente matemáticas, y así se inventó la oposición a la deducción.44 De eso no sabe nada la lógica, ni la vieja ni la nueva. Experimentales y basadas en la experiencia son todas las formas del silogismo que empiezan por lo singular; el silogismo inductivo empieza incluso por A - E - B [Allgemeines - Einzelnes - Besonderes: universal - singular - particular] (universal).
Es también característico de la capacidad de pensar de nuestros naturalistas que Haeckel salga fanáticamente en favor de la inducción precisamente en el momento en que los resultados de la inducción —las clasificaciones— están en cuestión por todas partes (el límulo, una araña; la ascidia, un vertebrado o cordado; los dipnoos, peces pese a toda la definición originaria de los anfibios), y cada día se descubren hechos nuevos que derriban toda la clasificación inductiva anterior. ¡Qué hermosa confirmación de la proposición de Hegel de que el silogismo inductivo es esencialmente problemático! Más aún: toda la clasificación de los organismos se la ha quitado a la inducción la teoría de la evolución y la ha reducido a la «deducción», a la descendencia: una especie se deduce literalmente de otra por descendencia; y es imposible demostrar la teoría de la evolución por mera inducción, porque es del todo antiinductiva. Los conceptos con los que maneja la inducción —especie, género, clase— los ha hecho fluidos la teoría de la evolución, y con ello se han vuelto relativos; pero con conceptos relativos no se puede inducir.
A los paninductivistas: con toda la inducción del mundo nunca habríamos llegado a aclararnos sobre el proceso de la inducción. Eso solo podía lograrlo el análisis de ese proceso. Inducción y deducción van unidas tan necesariamente como síntesis y análisis.45 En lugar de ensalzar unilateralmente una hasta el cielo a costa de la otra, hay que procurar aplicar cada una en su lugar, y eso solo se puede hacer si no se pierde de vista su pertenencia mutua, su complementarse recíproco. Según los inductivistas, la inducción sería un método infalible. Lo es tan poco que sus resultados aparentemente más seguros los derriban cada día nuevos descubrimientos. Los corpúsculos de luz, el calórico, eran resultados de la inducción. ¿Dónde están? La inducción nos enseñó que todos los vertebrados tienen un sistema nervioso central diferenciado en cerebro y médula espinal, y que la médula espinal está encerrada en vértebras cartilaginosas u óseas, de donde incluso se tomó el nombre. Entonces resultó que el anfioxo era un vertebrado con un cordón nervioso central indiferenciado y sin vértebras. La inducción estableció que los peces son aquellos vertebrados que respiran toda su vida exclusivamente por branquias. Entonces aparecen animales cuyo carácter de peces está casi universalmente reconocido, pero que junto a las branquias tienen pulmones bien desarrollados, y resulta que todo pez lleva en la vejiga natatoria un pulmón en potencia. Solo con una audaz aplicación de la teoría de la evolución sacó Haeckel de apuros a los inductivistas, que se sentían muy a gusto en estas contradicciones. Si la inducción fuera realmente tan infalible, ¿de dónde vendrían entonces las revoluciones de la clasificación en el mundo orgánico, que se atropellan unas a otras? Son, al fin y al cabo, el producto más genuino de la inducción, y sin embargo se matan unas a otras.
Inducción y análisis. Un ejemplo contundente de lo poco que la inducción tiene derecho a ser la forma única, o al menos predominante, del descubrimiento científico se da en la termodinámica: la máquina de vapor dio la prueba más contundente de que se puede invertir calor y obtener movimientos mecánicos. Cien mil máquinas de vapor no lo probaban más que una sola; solo empujaban cada vez más a los físicos a la necesidad de explicarlo. Sadi Carnot fue el primero que se puso a ello en serio. Pero no por inducción. Estudió la máquina de vapor, la analizó, encontró que en ella el proceso del que se trataba no aparece puro, sino tapado por toda clase de procesos accesorios; eliminó estas circunstancias accesorias, indiferentes para el proceso esencial, y construyó una máquina de vapor ideal (o máquina de gas), que es tan imposible de fabricar como, por ejemplo, una línea o una superficie geométricas, pero que a su manera presta el mismo servicio que estas abstracciones matemáticas: presenta el proceso puro, independiente, sin falsear. Y dio de narices con el equivalente mecánico del calor (véase la importancia de su función C), que solo no pudo descubrir y ver porque creía en el calórico.46 Aquí también la prueba del daño que hacen las teorías falsas.
La sola experiencia empírica de la observación nunca puede demostrar suficientemente la necesidad. Post hoc, pero no propter hoc [después de esto, pero no por esto] (Enc[iclopedia], I, pág. 84). Esto es tan cierto que del constante salir del sol por la mañana no se sigue que vaya a salir mañana otra vez, y de hecho sabemos ahora que llegará un momento en que el sol no saldrá una mañana. Pero la prueba de la necesidad está en la actividad humana, en el experimento, en el trabajo: si yo puedo hacer el post hoc, se vuelve idéntico al propter hoc.
Causalidad. Lo primero que nos llama la atención al considerar la materia en movimiento es la conexión de los movimientos singulares de los distintos cuerpos entre sí, su estar condicionados unos por otros. Pero no solo encontramos que a un movimiento determinado le sigue otro, sino que encontramos también que podemos producir un movimiento determinado creando las condiciones en que se da en la naturaleza; más aún, que podemos producir movimientos que en la naturaleza no se dan en absoluto (industria), al menos no de este modo, y que podemos dar a estos movimientos una dirección y una extensión fijadas de antemano. Por esto, por la actividad del hombre, se funda la idea de causalidad, la idea de que un movimiento es la causa de otro. Es verdad que la sucesión regular de ciertos fenómenos naturales puede por sí sola producir la idea de causalidad: el calor y la luz que vienen con el sol; pero en ello no hay prueba alguna, y en esa medida tendría razón el escepticismo de Hume al decir que el post hoc regular nunca puede fundar un propter hoc. Pero la actividad del hombre pone a prueba la causalidad. Si con [un] espejo ustorio concentramos los rayos del sol en un foco y los hacemos actuar igual que los del fuego ordinario, demostramos con ello que el calor viene del sol. Si metemos en una escopeta el fulminante, la carga explosiva y el proyectil y luego disparamos, contamos con el efecto que conocemos de antemano por experiencia,47 porque podemos seguir en todos sus detalles el proceso entero de la ignición, la combustión, la explosión por la súbita transformación en gas, la presión del gas sobre el proyectil. Y aquí48 el escéptico ni siquiera puede decir que de la experiencia anterior no se sigue que la próxima vez vaya a suceder lo mismo. Porque en efecto ocurre que a veces no sucede lo mismo, que el fulminante o la pólvora fallan, que el cañón revienta, etc. Pero precisamente esto demuestra la causalidad en lugar de derribarla, porque para cada una de estas desviaciones de la regla, investigando como es debido, podemos encontrar la causa: descomposición química del fulminante, humedad, etc., de la pólvora, defecto del cañón, etc., de modo que aquí la prueba de la causalidad se hace, por así decirlo, dos veces.
La ciencia de la naturaleza, como la filosofía, ha descuidado hasta ahora por completo la influencia de la actividad del hombre sobre su pensamiento; solo conocen, por un lado, la naturaleza, y por otro, el pensamiento. Pero precisamente la transformación de la naturaleza por el hombre, y no solo la naturaleza como tal, es el fundamento más esencial y más inmediato del pensamiento humano, y en la medida en que el hombre aprendió a transformar la naturaleza, en esa medida creció su inteligencia. La concepción naturalista de la historia, como, por ejemplo, más o menos en Draper y otros naturalistas,49 según la cual la naturaleza actúa exclusivamente sobre el hombre y las condiciones naturales condicionan siempre y exclusivamente su desarrollo histórico, es por eso unilateral y olvida que el hombre también reacciona sobre la naturaleza, la transforma, se crea nuevas condiciones de existencia. De la «naturaleza» de Alemania en la época en que inmigraron los germanos queda condenadamente poco. La superficie de la tierra, el clima, la vegetación, la fauna, los hombres mismos han cambiado infinitamente, y todo por la actividad humana, mientras que los cambios que se han producido en ese tiempo en la naturaleza de Alemania sin intervención humana son incalculablemente pequeños.
La acción recíproca es lo primero que nos sale al paso cuando consideramos la materia en movimiento en su conjunto, desde el punto de vista de la ciencia natural actual. Vemos una serie de formas del movimiento: movimiento mecánico, calor, luz, electricidad, magnetismo, combinación y descomposición químicas, cambios de los estados de agregación, vida orgánica, que todas, si por ahora exceptuamos la vida orgánica, pasan unas a otras, se condicionan mutuamente, son aquí causa, allí efecto, y en las que la suma total del movimiento, en todas sus formas cambiantes, sigue siendo la misma (Spinoza: la sustancia es causa sui [causa de sí misma]: expresa de manera contundente la acción recíproca. El movimiento mecánico se trueca en calor, electricidad, magnetismo, luz, etc., etc., y vice versa. Así, la ciencia de la naturaleza confirma lo que dice Hegel (¿dónde?): que la acción recíproca es la verdadera causa finalis [causa final] de las cosas. No podemos remontarnos más allá del conocimiento de esta acción recíproca, porque detrás de ella no hay nada más que conocer. Si hemos conocido las formas del movimiento de la materia (para lo cual, desde luego, falta todavía muchísimo, vu [visto] el poco tiempo que hace que existe la ciencia de la naturaleza), hemos conocido la materia misma, y con ello el conocimiento está completo (todo el malentendido de Grove sobre la causalidad descansa en que no llega a la categoría de la acción recíproca; tiene la cosa, pero no el pensamiento abstracto, y de ahí la confusión. Págs. 10-1450. Solo desde esta acción recíproca universal llegamos a la relación causal real. Para entender los fenómenos singulares tenemos que arrancarlos de la conexión general, considerarlos aislados, y entonces aparecen los movimientos cambiantes, uno como causa y el otro como efecto.
Para quien niega la causalidad, toda ley natural es una hipótesis, y entre otras cosas también el análisis químico de los cuerpos celestes mediante el espectro prismático. ¡Qué superficialidad de pensamiento quedarse en eso!
Sobre la incapacidad de Nägeli para conocer lo infinito
Nägeli, págs. 12-1351
Nägeli dice primero que no podemos conocer diferencias realmente cualitativas, ¡y dice enseguida que tales «diferencias absolutas» no se dan en la naturaleza! ([Pág.] 12.)
En primer lugar, toda cualidad tiene infinitas gradaciones cuantitativas, por ejemplo matices de color, dureza y blandura, longevidad, etc., y estas, aunque cualitativamente distintas, son medibles y cognoscibles.
En segundo lugar, no existen cualidades, sino solo cosas con cualidades, y precisamente con infinitas cualidades. Dos cosas distintas tienen siempre en común ciertas cualidades (las propiedades de la corporeidad, por lo menos); otras son distintas en grado, y otras pueden faltar por completo en una de ellas. Si comparamos aisladamente estas dos cosas extremadamente distintas —por ejemplo, un meteorito y un hombre—, sale poco de ello; a lo sumo, que ambos tienen en común el peso y otras propiedades generales de los cuerpos. Pero entre ambos se intercala una serie infinita de otras cosas y procesos naturales que nos permiten completar la serie del meteorito al hombre y asignar a cada uno su lugar en la conexión de la naturaleza, y con ello conocerlos. Esto lo admite el propio Nägeli.
En tercer lugar, nuestros distintos sentidos podrían darnos impresiones absolutamente distintas en lo cualitativo. Las propiedades que experimentamos por la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto serían, según esto, absolutamente distintas. Pero también aquí las diferencias caen con el progreso de la investigación. El olfato y el gusto se han reconocido hace tiempo como sentidos afines, que van juntos y perciben propiedades que van juntas, si no idénticas. La vista y el oído perciben ambos oscilaciones ondulatorias. El tacto y la vista se complementan mutuamente hasta tal punto que por el aspecto de una cosa podemos predecir bastante a menudo sus propiedades táctiles. Y, por último, es siempre el mismo yo el que recibe en sí y elabora todas estas distintas impresiones sensibles, y por tanto las reúne en una unidad; y asimismo estas distintas impresiones las suministra la misma cosa, cuyas propiedades comunes son, y que por tanto ayudan a conocer. Explicar estas distintas propiedades, accesibles solo a sentidos distintos, ponerlas en conexión interna entre sí, es precisamente tarea de la ciencia, que hasta ahora no se ha quejado de que en lugar de cinco sentidos especiales no tengamos un sentido general, o de que no podamos ver u oír los sabores y los olores.
Mírese donde se mire, en ninguna parte de la naturaleza hay tales «campos cualitativa o absolutamente distintos» que se presentan como incomprensibles. Toda la confusión nace de la confusión sobre cualidad y cantidad. Según la concepción mecánica dominante, Nägeli solo da por explicadas las diferencias cualitativas en la medida en que pueden reducirse a cuantitativas (sobre lo cual, lo necesario en otro lugar), o bien la confusión nace de que para él cualidad y cantidad son categorías absolutamente distintas. Metafísica.
«Solo podemos conocer lo finito» [subrayado de Engels], etc. [Pág. 13.]
Esto es del todo correcto en la medida en que solo los objetos finitos caen en el ámbito de nuestro conocer. Pero la proposición necesita también el complemento: «En el fondo solo podemos conocer lo infinito». En efecto, todo conocer real, exhaustivo, consiste solo en que elevemos en el pensamiento lo singular de la singularidad a la particularidad y de esta a la universalidad, en que encontremos y fijemos lo infinito en lo finito, lo eterno en lo perecedero. Pero la forma de la universalidad es forma del estar encerrado en sí, y con ello infinitud; es la reunión de los muchos finitos en lo infinito. Sabemos que el cloro y el hidrógeno, dentro de ciertos límites de presión y temperatura y bajo la acción de la luz, se combinan con explosión formando gas cloruro de hidrógeno, y en cuanto sabemos esto sabemos también que esto sucede en todas partes y siempre que se dan las condiciones indicadas, y puede ser indiferente si se repite una vez o un millón de veces y en cuántos cuerpos celestes. La forma de la universalidad en la naturaleza es la ley, y nadie tiene más en la boca la eternidad de las leyes naturales que los naturalistas. Por tanto, cuando Nägeli dice que se hace insondable lo finito si no se quiere investigar solo este finito, sino mezclarle algo eterno, entonces niega o la cognoscibilidad de las leyes naturales o su eternidad. Todo verdadero conocimiento de la naturaleza es conocimiento de lo eterno, de lo infinito, y por eso esencialmente absoluto.
Pero este conocimiento absoluto tiene una pega importante. Así como la infinitud de la materia cognoscible se compone de puras finitudes, así también la infinitud del pensamiento que conoce absolutamente se compone de un número infinito de cabezas humanas finitas, que trabajan una junto a otra y una tras otra en este conocimiento infinito, cometen pifias prácticas y teóricas, parten de supuestos torcidos, unilaterales, falsos, siguen caminos falsos, tortuosos, inseguros, y a menudo ni siquiera aciertan con lo correcto cuando dan de narices con ello (Priestley).52 Por eso el conocimiento de lo infinito está cercado de dobles dificultades y, por su naturaleza, solo puede realizarse en un progreso asintótico infinito. Y eso nos basta por completo para poder decir: lo infinito es tan cognoscible como incognoscible, y eso es todo lo que necesitamos.
Cómicamente, Nägeli dice lo mismo:
«Solo podemos conocer lo finito, pero también podemos conocer todo lo finito [subrayado de Engels] que cae en el ámbito de nuestra percepción sensible» [pág. 13].
Lo finito que cae en el ámbito, etc., constituye precisamente, en suma, lo infinito, ¡porque es justamente de ahí de donde Nägeli ha sacado su idea de lo infinito! ¡Sin este finito, etc., no tendría idea alguna de lo infinito!
(Sobre la mala infinitud como tal, hablar en otro lugar.)
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Antes de esta investigación sobre la infinitud, lo siguiente:
- El «diminuto campo» en el espacio y en el tiempo.
- La «probable falta de desarrollo de órganos de los sentidos».
- Que «solo conocemos lo finito, lo perecedero, lo cambiante, solo lo distinto en grado y lo relativo, [porque solo podemos trasladar conceptos matemáticos a las cosas naturales y juzgar estas solo según las medidas obtenidas de ellas mismas. Para todo lo que no tiene fin o es eterno, para todo lo permanente, para todas las diferencias absolutas, no tenemos representaciones. Sabemos exactamente lo que significa una hora, un metro, un kilogramo, pero] no sabemos qué son el tiempo, el espacio, la fuerza y la materia, el movimiento y el reposo, la causa y el efecto» [pág. 13].
Es la vieja historia. Primero se hacen abstracciones de las cosas sensibles, y luego se las quiere conocer sensiblemente, ver el tiempo y oler el espacio. El empirista se sumerge tanto en la costumbre de la experiencia empírica que se cree todavía en el terreno de la experiencia sensible cuando maneja abstracciones. ¡Sabemos qué es una hora, un metro, pero no qué son el tiempo y el espacio! ¡Como si el tiempo fuera otra cosa que puras horas y el espacio otra cosa que puros metros cúbicos! Las dos formas de existencia de la materia no son, naturalmente, nada sin la materia: representaciones vacías, abstracciones que solo existen en nuestra cabeza. ¡Pero es que tampoco debemos saber qué son la materia y el movimiento! Naturalmente que no, porque la materia como tal y el movimiento como tal no los ha visto ni experimentado de otro modo nadie todavía, sino solo las distintas materias y formas del movimiento que existen realmente. La materia [Stoff, Materie] no es otra cosa que el conjunto de las materias, del que se abstrae este concepto; el movimiento como tal, nada más que el conjunto de todas las formas del movimiento perceptibles por los sentidos; palabras como materia y movimiento no son más que abreviaturas en las que reunimos muchas cosas distintas, perceptibles por los sentidos, según sus propiedades comunes. La materia y el movimiento, por tanto, no pueden conocerse de otro modo que investigando las distintas materias y formas del movimiento, y al conocer estas conocemos también pro tanto [en esa medida] la materia y el movimiento como tales. Cuando Nägeli dice, pues, que no sabemos qué son el tiempo, el espacio, la materia, el movimiento, la causa y el efecto, solo dice que primero nos hacemos con nuestra cabeza abstracciones del mundo real y luego no podemos conocer estas abstracciones hechas por nosotros mismos, porque son cosas del pensamiento y no cosas sensibles, ¡y todo conocer es medir sensible! Exactamente como la dificultad en Hegel: podemos comer cerezas y ciruelas, pero no fruta, porque nadie ha comido todavía la fruta como tal.
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Cuando Nägeli afirma que probablemente hay toda una multitud de formas del movimiento en la naturaleza que no podemos percibir con nuestros sentidos, esa es una excusa pobre, equivalente a suprimir, al menos para nuestro conocimiento, la ley de que el movimiento no puede crearse. ¡Porque esas formas pueden muy bien transformarse en movimiento perceptible para nosotros! ¡Así se explicaría fácilmente, por ejemplo, la electricidad de contacto!
Ad vocem [a propósito de] Nägeli: incomprensibilidad de lo infinito. En cuanto decimos que la materia y el movimiento no son creados e indestructibles, decimos que el mundo existe como progreso infinito, es decir, en la forma de la mala infinitud, y con ello hemos comprendido de este proceso todo lo que hay que comprender. A lo sumo queda por preguntar si este proceso es una repetición eterna —en grandes ciclos— de lo mismo o si los ciclos tienen ramas descendentes y ascendentes.
Mala infinitud. La verdadera la puso ya Hegel acertadamente en el espacio y el tiempo llenos, en el proceso de la naturaleza y en la historia. Ahora también la naturaleza entera se ha disuelto en historia, y la historia solo se distingue de la historia de la naturaleza como proceso de desarrollo de organismos conscientes de sí. Esta diversidad infinita de la naturaleza y de la historia contiene en sí la infinitud del espacio y del tiempo —la mala— solo como momento superado, esencial, desde luego, pero no predominante. El límite extremo de nuestra ciencia de la naturaleza es hasta ahora nuestro universo, y no necesitamos los infinitos universos de ahí fuera para conocer la naturaleza. Más aún, un solo sol entre millones de soles, con su sistema, forma la base esencial de nuestra investigación astronómica. Para la mecánica, la física y la química terrestres estamos más o menos limitados, y para la ciencia orgánica del todo, a la pequeña Tierra. Y sin embargo, esto no menoscaba esencialmente la diversidad prácticamente infinita de los fenómenos y del conocimiento de la naturaleza, como tampoco en la historia la misma limitación, aún mayor, a un periodo relativamente breve y a una pequeña parte de la Tierra.
El progreso infinito es en Hegel el páramo vacío, porque solo aparece como eterna repetición de lo mismo: 1 + 1 + 1, etc.
Pero en realidad no es una repetición, sino desarrollo, progreso o retroceso, y con ello se convierte en forma necesaria del movimiento. Aparte de que no es infinito: el final del periodo de vida de la Tierra se vislumbra ya hoy. Por lo demás, la Tierra tampoco es el mundo entero. En el sistema hegeliano quedaba excluido todo desarrollo de la historia de la naturaleza en el tiempo; de lo contrario, la naturaleza no sería el ser-fuera-de-sí del espíritu. Pero en la historia humana Hegel reconoce el progreso infinito como la única forma de existencia verdadera del «espíritu», solo que, de manera fantástica, supone un final de este desarrollo: en el establecimiento de la filosofía hegeliana.
También hay un conocer infinito:53 Questa infinita che le cose non hanno in progresso, la hanno in giro [Esta infinitud que las cosas no tienen en el progreso la tienen en el giro].54 Así, la ley del cambio de forma del movimiento es una ley infinita, que se cierra sobre sí misma. Pero tales infinitudes vuelven a estar afectadas de finitud, solo se dan por partes. Así también 1/r².
Las leyes eternas de la naturaleza se transforman también cada vez más en históricas. Que el agua sea líquida entre 0 y 100 °C es una ley eterna de la naturaleza, pero para que pueda tener validez tienen que darse: 1) agua, 2) la temperatura dada y 3) presión normal. En la Luna no hay agua; en el Sol, solo sus elementos, y para estos cuerpos celestes la ley no existe. Las leyes de la meteorología son también eternas, pero solo para la Tierra o para un cuerpo del tamaño, la densidad, la inclinación del eje y la temperatura de la Tierra, y a condición de que tenga una atmósfera de la misma mezcla de oxígeno y nitrógeno y las mismas cantidades de vapor de agua que asciende y se precipita. La Luna no tiene atmósfera; el Sol, una de vapores metálicos incandescentes; la primera no tiene meteorología, el segundo una muy distinta de la nuestra. Toda nuestra física, química y biología oficiales es exclusivamente geocéntrica, calculada solo para la Tierra. Las relaciones de tensión eléctrica y magnética en el Sol, en las estrellas fijas y en las nebulosas, y aun en planetas de otra densidad, no las conocemos todavía en absoluto. Las leyes de las combinaciones químicas de los elementos están suspendidas en el Sol por la alta temperatura, o solo actúan momentáneamente en los límites de la atmósfera solar, y las combinaciones vuelven a disolverse al acercarse al Sol. La química del Sol está precisamente en formación y es necesariamente muy distinta de la de la Tierra; no la derriba, pero está fuera de ella. En las nebulosas quizá ni siquiera existen aquellos de los 65 elementos que posiblemente son compuestos. Así pues, si queremos hablar de leyes generales de la naturaleza que convengan por igual a todos los cuerpos —de la nebulosa al hombre—, solo nos quedan la gravedad y acaso la formulación más general de la teoría de la transformación de la energía, vulgo [llamada vulgarmente] teoría mecánica del calor. Pero esta misma teoría, al aplicarse de manera general y consecuente a todos los fenómenos naturales, se transforma en una exposición histórica de los cambios que se suceden en un sistema cósmico desde su nacimiento hasta su desaparición, es decir, en una historia en la que en cada fase rigen otras leyes, esto es, otras formas de manifestación del mismo movimiento universal, y así no queda como válido de manera general y constante nada más que el movimiento.
El punto de vista geocéntrico en astronomía es estrecho y con razón se ha eliminado. Pero a medida que avanzamos en la investigación vuelve a imponer cada vez más su derecho. El Sol, etc., sirven a la Tierra (Hegel, Filosofía de la naturaleza, [pág.] 155). (Todo el gordo Sol, ahí solo por los pequeños planetas.) Otra cosa que una física, una química, una biología, una meteorología, etc., geocéntricas nos es imposible, y nada pierden con la frase de que eso solo vale para la Tierra y por tanto solo es relativo. Si se toma esto en serio y se exige una ciencia sin centro, se paraliza toda ciencia. [Nos basta] saber que en iguales circunstancias tiene que suceder en todas partes lo mismo, a mil billones de distancias solares a la derecha o a la izquierda de nosotros.
Conocer. Las hormigas tienen ojos distintos de los nuestros, ven los rayos químicos (?) de la luz (Nature, 8 de junio de 1882, Lubbock),55 pero en el conocimiento de esos mismos rayos, invisibles para nosotros, hemos llegado bastante más lejos que las hormigas; y ya el hecho de que podamos demostrar que las hormigas ven cosas invisibles para nosotros, y de que esta prueba descanse en puras percepciones hechas con nuestros ojos, muestra que la construcción especial del ojo humano no es un límite absoluto del conocimiento humano.
A nuestro ojo se añaden no solo los demás sentidos, sino nuestra actividad de pensar. Con ella pasa a su vez exactamente lo mismo que con el ojo. Para saber lo que puede sondear nuestro pensamiento, de nada sirve querer descubrir, cien años después de Kant, el alcance del pensamiento a partir de la crítica de la razón, de la investigación del instrumento del conocimiento; tan poco como cuando Helmholtz trata la imperfección de nuestra vista (que es, por lo demás, necesaria: un ojo que viera todos los rayos no vería, por eso mismo, absolutamente nada) y la construcción de nuestro ojo, que limita la visión a ciertos límites y aun estos no los reproduce del todo bien, como una prueba de que el ojo nos informa falsa o inseguramente sobre la constitución de lo visto. Lo que nuestro pensamiento puede sondear lo vemos más bien por lo que ya ha sondeado y sigue sondeando cada día. Y eso es ya bastante en cantidad y en calidad. En cambio, la investigación de las formas del pensamiento, de las determinaciones del pensamiento, es muy provechosa y necesaria, y después de Aristóteles solo Hegel la ha emprendido sistemáticamente.
Desde luego, nunca llegaremos a averiguar cómo se les aparecen a las hormigas los rayos químicos. A quien eso le aflija no hay manera de ayudarle.
La forma de desarrollo de la ciencia de la naturaleza, en cuanto piensa, es la hipótesis. Se observa un hecho nuevo que hace imposible el modo de explicación anterior de los hechos pertenecientes al mismo grupo. Desde ese momento se necesitan nuevos modos de explicación, fundados al principio solo en un número limitado de hechos y observaciones. El material de observación posterior depura estas hipótesis, elimina unas, corrige otras, hasta que finalmente queda establecida la ley en su pureza. Si se quisiera esperar a que el material para la ley estuviera puro, eso significaría suspender hasta entonces la investigación pensante, y ya solo por eso no se llegaría nunca a la ley.
El número y la sucesión de las hipótesis que se desplazan unas a otras —dada la falta de formación lógica y dialéctica de los naturalistas— producen entonces fácilmente la idea de que no podemos conocer la esencia de las cosas (Haller y Goethe).56 Esto no es propio de la ciencia de la naturaleza, porque todo conocimiento humano se desarrolla en una curva muy enrevesada, y también en las disciplinas históricas, incluida la filosofía, las teorías se desplazan unas a otras, de lo cual, sin embargo, nadie concluye, por ejemplo, que la lógica formal sea un disparate. La última forma de esta concepción: la «cosa en sí». Esta afirmación de que no podemos conocer la cosa en sí (Hegel, Encicl[opedia], § 44), 1) sale de la ciencia para entrar en la fantasía; 2) no añade ni una palabra a nuestros conocimientos científicos, porque si no podemos ocuparnos de las cosas, no existen para nosotros, y 3) es pura frase y nunca se aplica. Tomada en abstracto suena muy razonable. Pero aplíquesela. ¿Qué pensar del zoólogo que dijera: «Un perro parece tener cuatro patas, pero no sabemos si en realidad tiene cuatro millones de patas o ninguna»?
¿Del matemático que primero define un triángulo como algo que tiene tres lados y luego declara que no sabe si no tendrá veinticinco? ¿Que 2 × 2 parece ser 4? Pero los naturalistas se guardan muy bien de aplicar en la ciencia de la naturaleza la frase de la cosa en sí; solo se lo permiten al salir hacia la filosofía. La mejor prueba de lo poco en serio que la toman y de lo poco que vale. Si la tomaran en serio, ¿à quoi bon [para qué] investigar nada en absoluto?
Concebida históricamente, la cosa tendría cierto sentido: solo podemos conocer en las condiciones de nuestra época y hasta donde estas alcanzan.
Cosa en sí: Hegel, Lógica, II, pág. 10, y más adelante toda una sección sobre ella:
«"Es" no se permitía decirlo el escepticismo; el idealismo moderno» (i.e. [esto es] Kant y Fichte) «no se permitía considerar los conocimientos como un saber de la cosa en sí57… Pero al mismo tiempo el escepticismo admitía múltiples determinaciones de su apariencia, o más bien su apariencia tenía por contenido toda la múltiple riqueza del mundo. Del mismo modo, el fenómeno del idealismo» (i.e. what Idealism calls [esto es, lo que el idealismo llama] fenómeno) «comprende en sí todo el ámbito de estas múltiples determinidades… A este contenido puede, pues, no subyacer ningún ser, ninguna cosa o cosa en sí; él sigue siendo para sí lo que es; solo ha sido traducido del ser a la apariencia» [todos los subrayados son de Engels].
Hegel es, pues, aquí un materialista mucho más decidido que los naturalistas modernos.
Preciosa autocrítica de la cosa en sí kantiana, [que muestra] que Kant fracasa también ante el yo pensante y encuentra en él igualmente una cosa en sí incognoscible (Hegel, V, [págs.] 256 y sig.).
(Apunte de Engels al margen del manuscrito, frente a este párrafo.) «Hasta ahora solo se ha presumido de lo que la producción debe a la ciencia; pero la ciencia debe a la producción infinitamente más». ↩
Hegel, Lecciones sobre la historia de la filosofía, tomo I, en la edición de sus obras (Werke). Las páginas que siguen remiten a ese tomo. ↩
La copia digital de la MEW de la que partimos trae aquí y más abajo πάδεσι, γίγνεσδαι y απεισον, erratas evidentes por πάθεσι, γίγνεσθαι y απειρον (Aristóteles, Metafísica, 983b; Diógenes Laercio, II, 1); las corregimos también en el original. ↩
Johann Heinrich Mädler, Der Wunderbau des Weltalls, oder populäre Astronomie; Rudolf Wolf, Geschichte der Astronomie (Múnich, 1877). ↩
Engels remite a la hoja 11 de sus notas, con la tabla cronológica de inventos que se reproduce más abajo. ↩
Lutero quemó públicamente en Wittenberg, en diciembre de 1520, la bula papal que lo amenazaba de excomunión. De revolutionibus orbium coelestium, de Copérnico, apareció en 1543, el año de su muerte. ↩
La frase quedó sin terminar en el manuscrito. ↩
Hasta aquí todo el texto de la nota está tachado en el manuscrito con una raya vertical: Engels lo había aprovechado en la primera parte de la «Introducción» (véase la parte I). Los dos párrafos siguientes, no tachados, los utilizó en parte en la segunda parte de la «Introducción». ↩
Páginas del manuscrito de Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1886) que Engels no incluyó en el texto impreso y guardó con los papeles de la Dialéctica de la naturaleza. El comienzo entre corchetes lo completan los editores con el texto impreso de esa obra. ↩
Frase tachada en el manuscrito. ↩
Carl Nicolai Starcke (1858-1926), filósofo danés, autor de Ludwig Feuerbach (Stuttgart, 1885), libro que dio ocasión al escrito de Engels. ↩
Aquí termina la hoja 19 del manuscrito del Ludwig Feuerbach; la siguiente no se conserva. Por el texto impreso cabe suponer que la frase seguía: «pero en el de la historia humana es idealista». ↩
Respuesta atribuida a Laplace cuando Napoleón le preguntó por qué no aparecía Dios en su Mecánica celeste: «Sire, je n'avais pas besoin de cette hypothèse» («Señor, no tenía necesidad de esa hipótesis»). ↩
En la campaña de 1806, tras la derrota de Jena y Auerstedt, las fortalezas prusianas capitularon una tras otra, casi sin resistencia, ante Napoleón. ↩
Angelo Secchi (1818-1878), jesuita italiano, director del observatorio del Colegio Romano. ↩
Louis Agassiz (1807-1873), naturalista suizo establecido en los Estados Unidos, adversario de Darwin. John Tyndall (1820-1893), físico británico; en su discurso presidencial de la British Association en Belfast (1874) dejó a la religión el terreno de las emociones humanas. ↩
Personajes de la novela del abate Prévost Histoire du chevalier des Grieux et de Manon Lescaut (1731). ↩
Spinoza, Ética, parte I, apéndice, donde llama a la voluntad de Dios «asilo de la ignorancia». ↩
Carl Vogt (1817-1895), Jakob Moleschott (1822-1893) y Ludwig Büchner (1824-1899), divulgadores del materialismo vulgar en la Alemania posterior a 1848; el libro más difundido de Büchner fue Kraft und Stoff (Fuerza y materia, 1855). ↩
(Nota de Engels.) Büchner solo conoce la filosofía como dogmático, igual que él mismo es dogmático de la más chata agua de fregar de la Ilustración alemana, que había perdido el espíritu y el movimiento de los grandes materialistas franceses (Hegel sobre estos), como Nicolai había perdido el [espíritu] de Voltaire. El «perro muerto Spinoza» de Lessing ([Hegel,] Enc[iclopedia], pról[ogo, pág.] 19). ↩
Carl Schorlemmer (1834-1892), químico alemán, profesor en Manchester, amigo de Marx y de Engels. Rudolf Virchow, Die Cellularpathologie (Berlín, 1858). ↩
Alusión a la disputa sobre la prioridad en la invención del cálculo infinitesimal entre Leibniz y Newton. ↩
Palabra ilegible en el manuscrito, tapada por una mancha de tinta. ↩
En la introducción de la Enciclopedia Hegel observa que nadie pretende hacer zapatos sin haberlo aprendido, aunque todos tengan pies, y en cambio cualquiera se cree capaz de filosofar. ↩
Joseph Fourier (1768-1830), matemático francés, autor de la Théorie analytique de la chaleur (1822). ↩
Richard Owen (1804-1892), anatomista británico, On the Nature of Limbs (Londres, 1849). ↩
Ernst Haeckel, Natürliche Schöpfungsgeschichte (Historia natural de la creación, 1868), a la que remiten estas páginas. ↩
August Wilhelm Hofmann (1818-1892), químico alemán, Ein Jahrhundert chemischer Forschung unter dem Schirme der Hohenzollern (Berlín, 1881). Karl Rosenkranz (1805-1879), filósofo hegeliano. Andreas Sigismund Marggraf (1709-1782), químico berlinés, descubrió en 1747 el azúcar de la remolacha. ↩
Los Cassini, familia de astrónomos franceses de origen italiano que dirigieron durante cuatro generaciones el observatorio de París; las expediciones geodésicas al Perú y a Laponia (1735-1744) dieron la razón a Newton. ↩
Thomas Thomson (1773-1852), químico escocés, An Outline of the Sciences of Heat and Electricity (Londres, 1830). ↩
«Otro» se refiere a la nota «Polaridad», que precede a esta en la misma hoja del manuscrito. ↩
Máxima atribuida a Newton. ↩
Otto von Manteuffel (1805-1882), ministro del Interior y después presidente del Gobierno de Prusia (1848-1858), cabeza de la reacción tras la revolución de 1848. ↩
En la generación alternante de ciertos animales inferiores, «nodrizas» (Ammen) son las generaciones asexuadas intermedias que se reproducen por gemación. ↩
(Apunte de Engels al margen del manuscrito, subrayado por él.) «Prescindiendo además de la evolución de las especies». ↩
Rudolf Clausius, Die mechanische Wärmetheorie, tomo I (Brunswick, 1876). ↩
Engels estudió la cuestión en su trabajo «El dialecto franco», escrito como apéndice a La época franca (1881-1882). ↩
(Apunte de Engels al margen del manuscrito, algo por encima de este pasaje, entre paréntesis.) «El material de contingencias acumulado entretanto ha aplastado y roto la vieja idea de la necesidad». ↩
Heine, «Disputación» (Romancero, 1851), en la disputa entre un fraile y un rabino ante el rey de Castilla: «Gilt nichts mehr der Tausves-Jontof, / Was soll gelten? Zeter! Zeter!» («¿Ya no vale el Tausves-Jontof? ¿Qué ha de valer? ¡Socorro! ¡Socorro!»). El Tausves-Jontof (Tosafot Yom Tov) es un comentario rabínico de la Mishná. ↩
Engels utilizó esta cita en la nota sobre el cero (véase la parte V). ↩
El lepidosirén, pez pulmonado de Sudamérica, que respira por branquias y por pulmones. ↩
Julius Robert Mayer, Die organische Bewegung in ihrem Zusammenhange mit dem Stoffwechsel (Heilbronn, 1845). ↩
La nota quedó sin terminar; está al final de la cuarta página de la hoja que contiene, en las páginas segunda, tercera y comienzo de la cuarta, el fragmento anterior sobre la clasificación de los juicios. ↩
William Whewell (1794-1866), filósofo de la ciencia inglés, History of the Inductive Sciences (Londres, 1837). ↩
(Apunte de Engels al margen del manuscrito.) «La química, en la que el análisis es la forma predominante de investigación, no es nada sin su polo opuesto, la síntesis». ↩
Sadi Carnot, Réflexions sur la puissance motrice du feu (París, 1824). ↩
En el manuscrito: «… y luego disparamos, y contamos con el efecto que conocemos de antemano por experiencia…». ↩
En el manuscrito, en lugar de «Y aquí»: «… así, aquí». ↩
John William Draper (1811-1882), naturalista e historiador norteamericano de origen inglés, autor de History of the Intellectual Development of Europe (1862). ↩
William Robert Grove (1811-1896), físico inglés, The Correlation of Physical Forces (1846). ↩
Carl Wilhelm von Nägeli (1817-1891), botánico suizo, «Die Schranken der naturwissenschaftlichen Erkenntnis», conferencia pronunciada en 1877 en la 50.ª reunión de naturalistas y médicos alemanes en Múnich y publicada en sus actas (Múnich, 1877). ↩
Joseph Priestley (1733-1804) obtuvo el oxígeno en 1774 sin reconocerlo como elemento: creyó haber hallado «aire desflogistizado». ↩
(Añadido posterior de Engels en el manuscrito.) «(Cantidad, pág. 259. Astronomía)». ↩
Ferdinando Galiani, Della moneta (1750), frase que Marx cita en El capital, libro I, capítulo 4; en Galiani, infinità. ↩
John Lubbock (1834-1913), naturalista inglés, que estudió la sensibilidad de las hormigas a los rayos ultravioletas. ↩
Albrecht von Haller escribió en su poema «Die Falschheit menschlicher Tugenden» (1730): «Ins Innre der Natur dringt kein erschaffner Geist» («En el interior de la naturaleza no penetra ningún espíritu creado»); Goethe le replicó en el poema «Allerdings» (1820). ↩
(Apunte de Engels al margen del manuscrito.) «Cf. Enc[iclopedia], I, pág. 252». ↩