Escrito por Friedrich Engels hacia el 18 de marzo de 1883 y publicado en Der Sozialdemokrat (Zúrich), n.º 13, 22 de marzo de 1883. Engels pronunció su discurso en inglés; aquí lo da él mismo en alemán. Traducido del alemán, según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 335-339), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Véase también el Borrador del discurso ante la tumba de Karl Marx. Texto original en alemán.
El sábado 17 de marzo Marx recibió sepultura en el cementerio de Highgate, en la misma tumba en la que había sido enterrada su mujer quince meses antes.
Ante la tumba, G. Lemke depositó sobre el ataúd dos coronas con cintas rojas, en nombre de la redacción y la administración del Sozialdemokrat y en el de la Asociación Cultural de los Obreros Comunistas de Londres.1
Después F. Engels habló en inglés, más o menos en estos términos:
«El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador vivo. Lo habíamos dejado solo apenas dos minutos, y al entrar lo encontramos en su sillón, dormido apaciblemente, pero para siempre.
Lo que el proletariado militante de Europa y América, lo que la ciencia histórica han perdido con este hombre no puede medirse en absoluto. Muy pronto se hará sentir el vacío que ha abierto la muerte de este titán.
Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho sencillo, oculto hasta ahora bajo la maleza ideológica, de que los hombres, ante todo, tienen que comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder dedicarse a la política, la ciencia, el arte, la religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida materiales inmediatos y, con ello, el grado de desarrollo económico de un pueblo o de una época constituyen la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones del Estado, las concepciones jurídicas, el arte e incluso las ideas religiosas de los hombres de que se trate, y a partir de la cual, por tanto, tienen que explicarse, y no al revés, como se había hecho hasta ahora.
Pero no es eso todo. Marx descubrió también la ley específica del movimiento del modo de producción capitalista actual y de la sociedad burguesa engendrada por él. Con el descubrimiento de la plusvalía se hizo aquí de pronto la luz, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto de los economistas burgueses como de los críticos socialistas, se habían extraviado en la oscuridad.
Dos descubrimientos así deberían bastar para una vida. Dichoso ya aquel a quien le es dado hacer uno solo de ellos. Pero en cada uno de los campos que Marx sometió a investigación —y estos campos fueron muchísimos, y en ninguno se limitó a pasar por encima—, en cada uno, incluso en el de las matemáticas, hizo descubrimientos propios.
Así era el hombre de ciencia. Pero eso no era ni con mucho la mitad del hombre. La ciencia era para Marx una fuerza que movía la historia, una fuerza revolucionaria. Por pura que fuera la alegría que podía sentir ante un nuevo descubrimiento en cualquier ciencia teórica, cuya aplicación práctica quizá no podía preverse todavía en absoluto, sentía una alegría muy distinta cuando se trataba de un descubrimiento que intervenía enseguida de modo revolucionario en la industria, en el desarrollo histórico en general. Así siguió de cerca el desarrollo de los descubrimientos en el terreno de la electricidad, y últimamente todavía los de Marcel Deprez.2
Porque Marx era ante todo un revolucionario. Contribuir, de un modo u otro, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones del Estado creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, al que él fue el primero en dar conciencia de su propia situación y de sus necesidades, conciencia de las condiciones de su emancipación: esa era su verdadera vocación en la vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito como pocos. La primera Rheinische Zeitung en 1842, el Vorwärts! de París en 1844, la Deutsche-Brüsseler-Zeitung en 1847, la Neue Rheinische Zeitung en 1848-1849, la New-York Tribune en 1852-1861, y además folletos de combate a montones, trabajo en asociaciones en París, Bruselas y Londres, hasta que por fin surgió, como coronación de todo, la gran Asociación Internacional de los Trabajadores: en verdad, ese era otro resultado del que su autor podía estar orgulloso, aunque no hubiera hecho ninguna otra cosa.
Y por eso Marx fue el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo. Los gobiernos, tanto absolutos como republicanos, lo expulsaron; los burgueses, tanto conservadores como demócratas extremos, competían en lanzarle difamaciones. Él lo apartaba todo como telarañas, no le prestaba atención, solo respondía cuando lo obligaba una necesidad extrema. Y ha muerto venerado, amado, llorado por millones de compañeros de lucha revolucionarios que viven desde las minas de Siberia, a lo largo de toda Europa y América, hasta California, y puedo decirlo con audacia: podía tener todavía muchos adversarios, pero apenas un enemigo personal.
¡Su nombre vivirá a través de los siglos, y también su obra!»
El yerno de Marx, Longuet, leyó a continuación los siguientes mensajes, llegados en francés:
I. Depositado sobre la tumba de Karl Marx por los socialistas rusos:
«En nombre de todos los socialistas rusos envío un último saludo de despedida al maestro eminente entre todos los socialistas de nuestro tiempo. Se ha dormido una de las mayores inteligencias, ha muerto uno de los luchadores más enérgicos contra los explotadores del proletariado.
Los socialistas rusos se inclinan ante la tumba del hombre que simpatizó con sus aspiraciones a lo largo de todas las vicisitudes de su terrible lucha; una lucha que proseguirán hasta que los principios de la revolución social hayan triunfado definitivamente. La lengua rusa fue la primera en tener una traducción de El capital, ese evangelio del socialismo contemporáneo.3 Los estudiantes de las universidades rusas fueron los primeros a quienes cupo escuchar una exposición simpatizante de las teorías del poderoso pensador que ahora hemos perdido. Incluso quienes se hallaban en oposición con el fundador de la Asociación Internacional de los Trabajadores en cuestiones prácticas de organización tuvieron que inclinarse siempre ante la ciencia amplísima y la elevada fuerza de pensamiento que supieron penetrar la esencia del capital moderno, el desarrollo de las formas económicas de la sociedad y la dependencia de toda la historia de la humanidad respecto de esas formas de desarrollo. E incluso los adversarios más apasionados que encontró entre las filas de los socialistas revolucionarios no pudieron sino obedecer al llamamiento que había lanzado al mundo hace treinta y cinco años junto con el amigo de su vida:4
"¡Proletarios de todos los países, uníos!"
La muerte de Karl Marx la lloran todos aquellos que han sabido comprender su pensamiento y apreciar su influencia en nuestra época.
Y me permito añadir que la lloran aún más dolorosamente quienes conocieron a Marx en el trato íntimo, y en especial quienes lo quisieron como amigo. París, 15 de marzo de 1883
P. Lavrov»5
II. Telegrama.
«La agrupación parisiense del Partido Obrero francés expresa su dolor por la pérdida del pensador cuya concepción materialista de la historia y cuyo análisis de la producción capitalista han creado el socialismo científico y el actual movimiento comunista revolucionario. Expresa además su veneración por el hombre que fue Marx y su completo acuerdo con sus doctrinas.
París, 16 de marzo de 1883
El secretario: Lépine»
III. Telegrama.
«En mi propio nombre y como delegado del Partido Obrero español (agrupación de Madrid), me uno al inmenso dolor de los amigos y de las hijas de Marx por la tan cruel pérdida del gran socialista que fue el maestro de todos nosotros.
París, 16 de marzo de 1883
José Mesa y Leompart»6
A continuación habló Liebknecht en alemán, del modo siguiente:
«He venido desde el corazón de Alemania para expresar mi amor y mi gratitud al maestro inolvidable y al amigo fiel. ¡Al amigo fiel! Su amigo y compañero de lucha más antiguo acaba de llamar a Karl Marx el hombre más odiado de este siglo. Bien. Fue el más odiado, pero también ha sido el más amado. El más odiado por los opresores y explotadores del pueblo, el más amado por los oprimidos y explotados, en la medida en que son conscientes de su situación. El pueblo de los oprimidos y explotados lo ama porque él lo amó. Porque el muerto cuya pérdida lloramos fue grande en su amor como en su odio. Su odio nacía del amor. Era un gran corazón, como era un gran espíritu. Lo saben todos los que lo conocieron.
Pero no estoy aquí solo como discípulo y amigo; estoy aquí también como representante de la socialdemocracia alemana, que me ha encargado expresar los sentimientos que tiene por su maestro, por el hombre que ha creado nuestro partido, en la medida en que en este terreno puede hablarse de crear.
No sería apropiado que me entregara aquí a discursos floridos. Nadie fue un enemigo de la frase más apasionado que Karl Marx. Ese es precisamente su mérito inmortal: haber liberado de la frase al proletariado, al partido del pueblo trabajador, y haberle dado la base firme e inquebrantable de la ciencia. Revolucionario de la ciencia, revolucionario por medio de la ciencia, escaló la cumbre más alta de la ciencia para descender hasta el pueblo y hacer de la ciencia un bien común del pueblo.
La ciencia es la liberadora de la humanidad.
La ciencia de la naturaleza nos libera de Dios. Pero el Dios del cielo sigue viviendo, aunque la ciencia lo haya matado.
La ciencia de la sociedad, que Marx ha abierto al pueblo, mata al capitalismo, y con él a los ídolos y señores de la tierra, que, mientras viven, no dejan morir a Dios.
La ciencia no es alemana. No conoce fronteras, y menos que ninguna las fronteras de la nacionalidad. Y así el creador de El capital tenía que convertirse naturalmente también en el creador de la Asociación Internacional de los Trabajadores.
La base de la ciencia que debemos a Marx nos pone en condiciones de desafiar todos los ataques de los enemigos y de proseguir con fuerzas siempre crecientes la lucha que hemos emprendido.
Marx ha hecho de la socialdemocracia, de una secta, de una escuela, un partido, el partido que ya ahora lucha invicto y que conquistará la victoria.
Y esto no vale solo para nosotros, los alemanes. Marx pertenece al proletariado. A los proletarios de todos los países estuvo dedicada toda su vida. Los proletarios capaces de pensar, los proletarios pensantes de todos los países, le profesan una veneración agradecida.
Es un golpe duro el que nos ha alcanzado. Pero no nos lamentamos. El muerto no está muerto. Vive en el corazón, vive en la cabeza del proletariado. Su recuerdo no palidecerá, su doctrina actuará en círculos cada vez más amplios.
En lugar de lamentarnos, queremos actuar en el espíritu del gran muerto, esforzarnos con todas nuestras fuerzas para que lo antes posible se haga realidad lo que él enseñó y por lo que luchó. Así honraremos mejor su memoria.
¡Amigo muerto y vivo! Seguiremos el camino que nos has señalado hasta la meta. ¡Lo juramos ante tu tumba!»
Ante la tumba estaban presentes, además de los ya nombrados, entre otros, el otro yerno de Marx, Paul Lafargue; Friedrich Lessner, condenado en 1852 en el proceso de los comunistas de Colonia a tres años de fortaleza; G. Lochner, también antiguo miembro de la Liga de los Comunistas. Las ciencias naturales estaban representadas por dos celebridades de primer rango, el zoólogo profesor Ray Lankester y el químico profesor Schorlemmer, ambos miembros de la Academia de Ciencias de Londres (Royal Society).7
Fr. Engels
Gottlieb Lemke, miembro de la Asociación Cultural de los Obreros Comunistas (Kommunistischer Arbeiterbildungsverein), la asociación de obreros alemanes de Londres fundada en 1840, en la que Marx y Engels habían militado. ↩
Marcel Deprez (1843-1918), ingeniero francés que en 1882 realizó la primera transmisión de energía eléctrica a larga distancia, entre Miesbach y Múnich. ↩
La traducción rusa del libro primero de El capital, de Lopatin y Danielson, apareció en San Petersburgo en 1872. ↩
Según la MEW, en la carta original de Lavrov se leía: «junto con Friedrich Engels, el amigo de su vida». La frase alude al Manifiesto del Partido Comunista de 1848. ↩
Piotr Lavrovich Lavrov (1823-1900), filósofo y revolucionario populista ruso, emigrado en París, miembro de la Internacional y amigo de Marx y Engels. ↩
José Mesa y Leompart (1840-1904), tipógrafo, uno de los fundadores de la Internacional en España y del Partido Socialista Obrero, vivía entonces en París. ↩
Friedrich Lessner (1825-1910), sastre, miembro de la Liga de los Comunistas y del Consejo General de la Internacional. Georg Lochner, carpintero, miembro de la Liga y del Consejo General. Edwin Ray Lankester (1847-1929), zoólogo. Carl Schorlemmer (1834-1892), químico, profesor en Manchester, amigo de Marx y Engels. ↩