Escritos por Friedrich Engels en Londres el 28 de abril y el 12 de mayo de 1883 y publicados en Der Sozialdemokrat (Zúrich), n.º 19, 3 de mayo de 1883, y n.º 21, 17 de mayo de 1883. Traducido del alemán, según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 340-347), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

I

Me han llegado todavía con posterioridad algunas manifestaciones con motivo de esta muerte que prueban hasta qué punto fue general la participación en el duelo, y de las que tengo que rendir cuenta.

El 20 de marzo la señorita Eleanor Marx recibió de la redacción del Daily News el siguiente telegrama, en francés:

«Moscú, 18 de marzo. Redacción del Daily News, Londres. Tengan la bondad de transmitir al señor Engels, autor de La situación de la clase obrera en Inglaterra y amigo íntimo del difunto Karl Marx, nuestro ruego de que deposite sobre el ataúd del inolvidable autor de El capital una corona con la siguiente inscripción:

"Al defensor de los derechos de los obreros en la teoría y de su realización en la vida, los estudiantes de la Academia de Agricultura Petrovski de Moscú."

Se ruega al señor Engels que comunique su dirección y el precio de la corona; el importe se le enviará inmediatamente.

Los estudiantes de la Academia Petrovski de Moscú.»

El telegrama llegaba en todo caso demasiado tarde para el entierro, que se había celebrado el día 17.

Además, el amigo P. Lavrov me envió desde París, el 31 de marzo, un giro de 124,50 francos (4 libras esterlinas, 18 chelines y 9 peniques), remitido por los estudiantes del Instituto Tecnológico de San Petersburgo y por mujeres rusas estudiantes, igualmente para una corona sobre la tumba de Karl Marx.

En tercer lugar, el Sozialdemokrat anunció la semana pasada que unos estudiantes de Odesa deseaban también que se depositara en su nombre una corona sobre la tumba de Marx.

Como el dinero recibido de San Petersburgo basta holgadamente para las tres coronas, me he permitido costear con él también la corona de Moscú y la de Odesa. La confección de las inscripciones, cosa bastante desacostumbrada aquí, ha causado cierto retraso, pero la colocación tendrá lugar a comienzos de la semana próxima, y entonces podré rendir cuentas en el Sozialdemokrat del dinero recibido.

De Solingen nos llegó, a través de la Asociación Cultural de los Obreros Comunistas de aquí, una hermosa y gran corona «para la tumba de Karl Marx, de los obreros de la industria de tijeras, cuchillos y espadas de Solingen». Cuando la depositamos el 24 de marzo, encontramos que una mano profanadora de tumbas había cortado y robado los largos extremos de las cintas de seda roja de las coronas del Sozialdemokrat y de la Asociación Cultural de los Obreros Comunistas. La queja ante el consejo de administración no sirvió de nada, pero probablemente servirá de protección en el futuro.

Una asociación eslava de Suiza espera

«que se erija un recuerdo especial a la memoria de Karl Marx mediante la fundación de un fondo internacional que lleve su nombre, para ayudar a las víctimas de la gran lucha de emancipación y para fomentar esa misma lucha»,

y envía una primera contribución, que por el momento he guardado. La suerte de esta propuesta depende, naturalmente, en primer lugar de que encuentre eco, y por eso la publico aquí.

Para oponer algo real a los falsos rumores que circulan en los periódicos, comunico los siguientes breves detalles sobre la enfermedad y la muerte de nuestro gran jefe teórico.

Casi curado de antiguas dolencias del hígado gracias a tres curas en Karlsbad,1 Marx ya solo sufría de afecciones crónicas de estómago y de agotamiento nervioso, que se manifestaba en dolores de cabeza, pero sobre todo en un insomnio tenaz. Ambas dolencias desaparecían más o menos tras una estancia de verano en una playa o en un lugar de cura climática, y solo después de Año Nuevo volvían a hacerse más molestas. Las afecciones crónicas de garganta, la tos, que también contribuía al insomnio, y una bronquitis crónica molestaban menos en conjunto. Pero precisamente de ellas iba a sucumbir. Cuatro o cinco semanas antes de la muerte de su mujer le atacó de repente una violenta inflamación de la pleura (pleuritis), acompañada de bronquitis y de un comienzo de inflamación pulmonar (neumonía). El asunto era muy peligroso, pero salió bien. Lo enviaron primero a la isla de Wight (comienzos de 1882) y después a Argel. El viaje fue frío, y llegó a Argel con una nueva pleuritis. En circunstancias normales eso no habría tenido tanta importancia. Pero el invierno y la primavera fueron en Argel fríos y lluviosos como nunca; ¡en abril se intentaba en vano calentar el comedor! Así, el resultado final fue un empeoramiento del estado general en lugar de una mejoría.

Enviado desde Argel a Montecarlo (Mónaco), Marx llegó allí, a consecuencia de una travesía húmeda y fría, con una tercera pleuritis, aunque más leve. Además, un tiempo malo persistente, que parecía haber traído consigo precisamente de África. También aquí, pues, lucha con una nueva enfermedad en lugar de fortalecimiento. Hacia el comienzo del verano se fue con su hija, la señora Longuet, a Argenteuil, y desde allí utilizó contra su bronquitis crónica los baños sulfurosos de la vecina Enghien. Pese a un verano persistentemente húmedo, la cura dio resultado, lentamente, pero a satisfacción de los médicos. Estos lo enviaron luego a Vevey, a orillas del lago de Ginebra, y allí se recuperó más que en ninguna otra parte, de modo que le permitieron pasar el invierno, no en Londres, pero sí en la costa sur de Inglaterra. Allí quería por fin reanudar sus trabajos. Cuando llegó a Londres en septiembre, tenía aspecto sano y a menudo subía conmigo sin fatiga la colina de Hampstead (unos 300 pies más alta que su casa). Cuando amenazaron las nieblas de noviembre, lo enviaron a Ventnor, en el extremo sur de la isla de Wight. Enseguida, otra vez tiempo húmedo y nieblas; consecuencia necesaria: nuevo resfriado, tos, etc.; en resumen, un debilitante encierro en la habitación en lugar de un ejercicio fortalecedor al aire libre. Entonces murió la señora Longuet. Al día siguiente (12 de enero) Marx llegó a Londres, y con una bronquitis declarada. Pronto se le añadió una laringitis que le hacía casi imposible tragar. Él, que sabía soportar los mayores dolores con la más estoica serenidad, prefería beberse un litro de leche (que toda su vida le había repugnado) antes que tomar el alimento sólido correspondiente. En febrero se formó un absceso en el pulmón. Los medicamentos no hacían ya efecto alguno en aquel cuerpo atiborrado de medicinas desde hacía quince meses; lo que conseguían, como mucho, era debilitar el apetito y la digestión. Adelgazaba a ojos vistas, casi de día en día. Pese a ello, la enfermedad en su conjunto evolucionaba de manera relativamente favorable. La bronquitis estaba casi superada, tragar se le hacía más fácil. Los médicos daban las mejores esperanzas. Y de pronto —entre las dos y las tres era la mejor hora para verlo— encuentro la casa en lágrimas: estaba tan débil que seguramente era el final. Y, sin embargo, aquella mañana todavía había tomado con apetito vino, leche y sopa. La vieja y fiel Lenchen Demuth, que había criado a todos sus hijos desde la cuna y llevaba cuarenta años en la casa, sube a verlo y baja enseguida: «Venga usted, está medio dormido». Cuando entramos, estaba dormido del todo, pero para siempre. No cabe desear una muerte más dulce que la que encontró Karl Marx en su sillón.

Y ahora, para terminar, todavía una buena noticia:

El manuscrito del libro segundo de El capital se conserva completo. Hasta qué punto puede imprimirse en su forma actual no puedo juzgarlo todavía; son más de 1.000 páginas en folio. Pero «El proceso de circulación del capital» y «Las configuraciones del proceso de conjunto» están concluidos en una redacción que corresponde a los años 1867-1870. Existe el comienzo de una redacción posterior, así como abundante material en extractos críticos, sobre todo acerca de las relaciones rusas de propiedad de la tierra, del que quizá pueda aprovecharse todavía algo.2

Por disposición verbal nos ha nombrado a su hija menor, Eleanor, y a mí sus albaceas literarios.

Londres, 28 de abril de 1883

Friedrich Engels

II

De los socialdemócratas de Erfurt llegó a Argenteuil una hermosa corona con inscripción sobre cintas rojas; por suerte se encontró a alguien que la trajo aquí aprovechando un viaje; cuando la depositamos sobre la tumba, las cintas de seda roja de la corona de Solingen habían vuelto a ser robadas.

Las tres coronas de Moscú, San Petersburgo y Odesa también quedaron listas entretanto. Para impedir el robo de las cintas, nos vimos obligados a inutilizarlas para cualquier otro uso mediante pequeños cortes en el borde. La colocación tuvo lugar ayer. La cinta de Erfurt había quedado estropeada para otros fines por un chaparrón, y así escapó al robo.

Estas tres coronas costaron cada una 1 libra, 1 chelín y 8 peniques, es decir, en total 3 libras y 5 chelines. Quedan, pues, de las 4 libras, 18 chelines y 9 peniques que se me enviaron, 1 libra, 13 chelines y 9 peniques, que devuelvo a P. Lavrov para que disponga de ellos según la voluntad de los donantes.

La muerte de un gran hombre es una magnífica ocasión para que la gente pequeña saque de ella capital político, literario y en dinero contante. He aquí solo un par de ejemplos que son de dominio público, por no hablar de los muchos que se han producido en el terreno de la correspondencia privada.

Philip Van Patten, secretario de la Central Labor Union de Nueva York, me escribió (con fecha del 2 de abril) lo siguiente:3

«En relación con la reciente manifestación en honor de Karl Marx, cuando todas las fracciones se unieron para rendir homenaje al pensador fallecido, Johann Most y sus amigos afirmaron a voz en grito que él, Most, había tenido intimidad con Karl Marx, que él había popularizado en Alemania su obra El capital y que Marx estaba de acuerdo con la propaganda dirigida por Most.

Tenemos una alta opinión del talento y de la obra de Marx; pero no podemos creer que simpatizara con la manera de pensar y de actuar anarquista y desorganizadora de Most. Por eso querría que usted me diera su opinión sobre la posición de Marx en la cuestión de la anarquía y la socialdemocracia. La charlatanería inoportuna y necia de Most ha creado ya demasiada confusión, y nos resulta muy desagradable tener que oír que una autoridad tan alta como Marx aprobaba semejante táctica.»

Le respondí el 18 de abril lo que sigue, en traducción alemana:4

«Mi respuesta a su pregunta del 2 de abril sobre la posición de Karl Marx respecto de los anarquistas en general y de Johann Most en particular será breve y clara:

Marx y yo hemos sostenido desde 1845 la opinión de que una de las consecuencias finales de la futura revolución proletaria será la disolución gradual de la organización política designada con el nombre de Estado. El fin principal de esta organización ha sido siempre asegurar, por medio de la fuerza armada, la opresión económica de la mayoría trabajadora por la minoría que posee en exclusiva la riqueza. Con la desaparición de una minoría que posea en exclusiva la riqueza desaparece también la necesidad de un poder armado de opresión, o poder del Estado. Pero al mismo tiempo ha sido siempre nuestra opinión que, para llegar a este y a los otros fines, mucho más importantes, de la futura revolución social, la clase obrera tiene que tomar primero posesión del poder político organizado del Estado y, con su ayuda, aplastar la resistencia de la clase capitalista y organizar de nuevo la sociedad. Esto puede leerse ya en el Manifiesto Comunista de 1848, capítulo II, al final.5

Los anarquistas ponen la cosa cabeza abajo. Declaran que la revolución proletaria tiene que empezar aboliendo la organización política del Estado. Pero la única organización que el proletariado encuentra ya hecha después de su victoria es precisamente el Estado. Este Estado podrá necesitar cambios muy considerables antes de poder cumplir sus nuevas funciones. Pero destruirlo en un momento así significaría destruir el único organismo por medio del cual el proletariado victorioso puede hacer valer el poder que acaba de conquistar, mantener sometidos a sus adversarios capitalistas e imponer aquella revolución económica de la sociedad sin la cual toda la victoria tendría que acabar en una nueva derrota y en una matanza en masa de los obreros semejante a la que siguió a la Comuna de París.

¿Hace falta que le asegure expresamente que Marx se opuso a este disparate anarquista desde el primer día en que Bakunin lo presentó en su forma actual? Toda la historia interna de la Asociación Internacional de los Trabajadores lo atestigua. Desde 1867 los anarquistas intentaron, con los medios más infames, conquistar la dirección de la Internacional; el principal obstáculo en su camino era Marx. El final de la lucha de cinco años fue, en el Congreso de La Haya, en septiembre de 1872, la expulsión de los anarquistas de la Internacional; y el hombre que más hizo por imponer esa expulsión fue Marx. Nuestro viejo amigo F. A. Sorge, de Hoboken, que estuvo presente como delegado, puede darle, si lo desea, más detalles.6

Y ahora, vamos con Johann Most.

Si alguien afirma que Most, desde que se hizo anarquista, ha tenido alguna relación con Marx o ha recibido de Marx ayuda de cualquier tipo, es que lo han engañado o es un mentiroso premeditado. Desde la aparición del primer número de la Freiheit de Londres, Most no nos visitó a Marx o a mí más que una vez, dos como mucho. Tampoco fuimos nosotros a verle; ni siquiera nos lo encontramos nunca por casualidad, de ningún modo ni en ninguna ocasión. Al final incluso dejamos de estar suscritos a su periódico, porque «de verdad no traía absolutamente nada». Por su anarquismo y su táctica anarquista sentíamos el mismo desprecio que por la gente de la que había aprendido una y otra.

Cuando aún estaba en Alemania, Most publicó un «extracto popular de El capital de Marx». Se pidió a Marx que lo revisara para una segunda edición. Hice este trabajo junto con Marx. Vimos que era imposible eliminar más que los peores disparates de Most, si no queríamos reescribir todo aquello de principio a fin. Y Marx solo permitió que se incorporaran sus correcciones con la condición expresa de que su nombre no se relacionara nunca de ningún modo ni siquiera con esta edición corregida del engendro de Johann Most.7

Puede usted publicar esta carta si así lo desea.»

De América a Italia.

Hace unos dos años, un joven italiano, el señor Achille Loria, de Mantua, envió a Marx un libro suyo sobre la renta de la tierra, junto con una carta escrita en alemán en la que se declaraba su discípulo y admirador; mantuvo además correspondencia con él durante algún tiempo. En el verano de 1882 vino a Londres y me visitó dos veces; la segunda tuve ocasión de decirle seriamente mi opinión sobre el hecho de que, en un folleto publicado entretanto, hubiera reprochado a Marx haber citado a sabiendas de forma falsa.8

Ahora este hombrecillo, que ha ido a buscar su sabiduría entre los socialistas de cátedra alemanes, escribe un artículo sobre Marx en la Nuova Antologia y tiene la desvergüenza de enviarme a mí, «su muy estimado amigo» (!), una separata. En qué consistía la desvergüenza lo mostrará la siguiente traducción de mi respuesta (le escribí en su lengua, porque su alemán es todavía más vacilante que mi italiano):9

«He recibido su opúsculo sobre Karl Marx. Es usted libre de someter sus doctrinas a la crítica más dura e incluso de entenderlas mal; es usted libre de trazar una biografía de Marx que sea pura fantasía. Pero lo que no es usted libre de hacer, y lo que no permitiré nunca a nadie, es calumniar el carácter de mi amigo muerto.

Ya en una obra anterior se había permitido usted acusar a Marx de citar falsamente a propósito. Cuando Marx lo leyó, cotejó sus citas y las de usted con los originales y me dijo que sus citas eran correctas y que, si alguien citaba aquí falsamente a propósito, era usted. Y cuando veo cómo cita usted ahora a Marx, cómo tiene la desfachatez de hacerle hablar de "ganancia" allí donde él habla de "plusvalía" —cuando él se ha defendido repetidamente contra el error de creer que ambas cosas son lo mismo— (lo que, por otra parte, el señor Moore y yo ya le explicamos a usted de palabra aquí en Londres),10 sé a quién tengo que creer y quién cita falsamente a propósito.

Pero eso no es más que una bagatela comparado con su "convicción firme y profunda… de que todas ellas" (las doctrinas de Marx) "están dominadas por un sofisma consciente"; de que Marx "no se dejaba detener por conclusiones falsas, sabiendo muy bien que eran falsas"; de que "fue muchas veces un sofista que quería llegar, a costa de la verdad, a la negación de la sociedad existente", y de que, como dice Lamartine, "jugaba con las mentiras y las verdades como los niños con las tabas".

En Italia, que es un país de civilización antigua, esto puede pasar quizá por un cumplido. También entre los socialistas de cátedra es posible que algo así pase por un gran elogio, ya que estos buenos profesores nunca habrían podido sacar adelante sus innumerables sistemas de otro modo que "a costa de la verdad". Nosotros, los comunistas revolucionarios, vemos la cosa de otra manera. Consideramos tales afirmaciones como acusaciones infamantes, y como sabemos que son mentira, las devolvemos a su autor, que se ha infamado a sí mismo, él y solo él, con semejantes invenciones.

Me parece que habría sido su deber comunicar al público en qué consiste en realidad ese famoso "sofisma consciente" que domina todas las doctrinas de Marx. Pero lo busco en vano. Nagott!» (expresión lombarda enérgica por: nada de nada).

«¡Qué alma de enano hace falta para imaginarse que un hombre como Marx "amenazaba siempre a sus adversarios con un segundo tomo" que "no se le pasó por la cabeza ni por un momento" escribir; que ese segundo tomo no es más que "un astuto recurso de Marx para eludir los argumentos científicos"! Ese segundo tomo existe y se publicará en breve. Quizá entonces aprenda usted por fin a comprender la diferencia entre plusvalía y ganancia.

Una traducción alemana de esta carta aparecerá en el próximo número del Sozialdemokrat de Zúrich.

Tengo el honor de saludarle con todos los sentimientos que usted merece.»

Basta por hoy.

Londres, 12 de mayo de 1883

Friedrich Engels

  1. Marx hizo curas en Karlsbad (Karlovy Vary, Bohemia) en 1874, 1875 y 1876. ↩

  2. Engels publicó el libro segundo de El capital en 1885 y el tercero, cuyo título definitivo fue «El proceso de conjunto de la producción capitalista», en 1894, a partir de estos manuscritos. ↩

  3. Philip Van Patten, secretario nacional del Socialistic Labor Party norteamericano. Johann Most (1846-1906), antiguo diputado socialdemócrata en el Reichstag, expulsado del partido en 1880, publicaba en Londres desde 1879 el periódico Freiheit y se había pasado al anarquismo; en 1882 emigró a Nueva York. ↩

  4. La carta, escrita en inglés, la traduce aquí el propio Engels al alemán. ↩

  5. Véase el Manifiesto del Partido Comunista, final del capítulo II. ↩

  6. Friedrich Adolph Sorge (1828-1906), emigrado de 1848, dirigente de la Internacional en Estados Unidos y secretario del Consejo General después de su traslado a Nueva York en 1872. ↩

  7. Johann Most, Kapital und Arbeit. Ein populärer Auszug aus «Das Kapital» von Karl Marx (Chemnitz, 1873; segunda edición, revisada, 1876). ↩

  8. Achille Loria (1857-1943), economista italiano, autor de La rendita fondiaria e la sua elisione naturale (1880). ↩

  9. El artículo de Loria, «Karl Marx», apareció en la Nuova Antologia (Roma) en 1883. La carta de Engels está escrita en italiano; aquí la da él mismo en alemán. ↩

  10. Samuel Moore (1838-1911), abogado, amigo de Marx y Engels, traductor al inglés del Manifiesto y de El capital. ↩