Escrito por Friedrich Engels en Londres el 15 de diciembre de 1887 como introducción a Sigismund Borkheim, Zur Erinnerung für die deutschen Mordspatrioten. 1806-1807 (Hottingen-Zúrich, 1888). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962, pp. 346-351), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

El autor del folleto que sigue, Sigismund Borkheim, nació el 29 de marzo de 1825 en Glogau. Después de terminar el bachillerato en Berlín en 1844, estudió sucesivamente en Breslau, Greifswald y Berlín. Como era demasiado pobre para costearse el servicio de voluntario de un año,1 para cumplir con su obligación militar tuvo que ingresar en 1847 como voluntario por tres años en la artillería de Glogau. Después de la revolución de 1848 participó en reuniones democráticas y por ello se le abrió una investigación ante un consejo de guerra, de la que escapó huyendo a Berlín. Allí siguió activo en el movimiento, al principio sin que lo persiguieran, y tomó parte destacada en el asalto al arsenal.2 De la detención que le amenazaba a consecuencia de ello escapó con una nueva huida, a Suiza. Cuando Struve organizó allí en septiembre de 1848 su expedición de voluntarios a la Selva Negra badense,3 Borkheim se unió a ella, cayó prisionero y siguió encerrado hasta que la revolución badense de mayo de 1849 liberó a los presos.

Borkheim fue a Karlsruhe para poner sus servicios de soldado a disposición de la revolución. Cuando Johann Philipp Becker fue nombrado comandante en jefe de toda la milicia popular, encargó a Borkheim la formación de una batería, para la cual el gobierno, sin embargo, solo puso al principio las piezas, sin tiro de caballos. Aún no se habían conseguido los tiros cuando estalló el movimiento del 6 de junio, con el que los elementos más resueltos querían empujar a una mayor energía al gobierno provisional, flojo y compuesto en parte de traidores declarados. Junto con Becker, también Borkheim había participado en la manifestación, que, sin embargo, no tuvo más resultado inmediato que el de que Becker fuera alejado de Karlsruhe con todos sus voluntarios y sus milicias y enviado al teatro de la guerra en el Neckar. Borkheim no pudo seguirlo con su batería hasta que le dieron caballos para sus cañones. Cuando por fin los recibió —pues el señor Brentano, el jefe del gobierno, tenía ahora todo el interés en quitarse de encima la batería revolucionaria—, los prusianos ya habían conquistado entretanto el Palatinado, y la primera acción de la batería Borkheim consistió en tomar posición en el puente de Knielingen para cubrir el paso del ejército del Palatinado a territorio badense.

Con los palatinos y las tropas badenses que todavía estaban en la zona de Karlsruhe, la batería Borkheim avanzó entonces hacia el norte. El 21 de junio entró en combate cerca de Blankenloch y tomó parte honrosa en el encuentro de Ubstadt (25 de junio). En la reorganización del ejército para tomar posiciones en el Murg, Borkheim fue destinado con sus piezas a la división Oborski4 y se distinguió en los combates en torno a Kuppenheim.

Tras la retirada del ejército revolucionario a territorio suizo, Borkheim fue a Ginebra. Allí encontró a su antiguo superior y amigo J. Ph. Becker y a unos cuantos camaradas de armas más jóvenes que, en medio de la miseria de la vida de refugiado, se habían juntado en una sociedad lo más alegre posible. Pasé con ellos unos días divertidos en el otoño de 1849, estando de paso. Es la misma sociedad que, con el nombre de «Banda del Azufre», alcanzó una celebridad póstuma de lo más inmerecida gracias a las colosales mentiras del señor Karl Vogt.5

Pero la diversión no había de durar mucho. En el verano de 1850 el brazo del severo Consejo Federal alcanzó también a la inofensiva «Banda del Azufre», y la mayoría de aquellos joviales señoritos tuvieron que abandonar Suiza, por pertenecer a las categorías de refugiados que debían ser expulsados. Borkheim fue a París y después a Estrasburgo. Pero tampoco allí pudo quedarse. En febrero de 1851 fue detenido y llevado por conducción de presos a Calais para embarcarlo hacia Inglaterra. Durante tres meses lo arrastraron así de un lugar a otro, casi siempre encadenado, por 25 cárceles distintas. Pero allá adonde llegaba, los republicanos estaban avisados de antemano, salían al encuentro del preso, se ocupaban de que estuviera bien alimentado, convidaban y sobornaban a los gendarmes y a los funcionarios y le procuraban medios de transporte donde podían. Así llegó por fin a Inglaterra.

En Londres encontró, desde luego, una miseria de refugiados mucho más aguda que en Ginebra o incluso en Francia, pero tampoco allí le abandonó su elasticidad. Buscó trabajo, fuera el que fuese, y lo encontró primero en una agencia de emigración de Liverpool que necesitaba dependientes alemanes como intérpretes para los numerosos emigrantes alemanes que decían adiós a la vieja patria, felizmente devuelta a la calma. Pero al mismo tiempo buscaba otras relaciones comerciales, y con tanto éxito que, tras estallar la guerra de Crimea, consiguió fletar un vapor con toda clase de mercancías hacia Balaklava y vender allí la carga, en parte a la intendencia del ejército y en parte a los oficiales ingleses, a precios inauditos. Cuando volvió, era dueño de un beneficio neto de 15.000 libras esterlinas (300.000 marcos). Pero este éxito no hizo más que espolearlo a nuevas especulaciones. Se comprometió en un nuevo contrato de suministro con el gobierno inglés. Pero como ya estaban en curso las negociaciones de paz, el gobierno puso en el contrato la condición de que podía negarse a aceptar las mercancías si a su llegada se habían firmado los preliminares de paz. Borkheim aceptó. Cuando llegó con su vapor al Bósforo, la paz ya estaba hecha. El capitán del barco, fletado solo para el viaje de ida, que ahora podía conseguir mucha carga de retorno rentable, exigió la descarga inmediata, y como Borkheim no encontró en ninguna parte del puerto, abarrotado, un sitio para la carga que le había quedado, el capitán lo descargó todo en el primer punto de la playa que encontró. Allí se quedó Borkheim con sus cajas, sus fardos y sus barriles inútiles, viendo impotente cómo la chusma que entonces se había juntado en el Bósforo desde todos los rincones de Turquía y de toda Europa le saqueaba la mercancía. Cuando volvió a Inglaterra, era otra vez el pobre diablo de antes: las quince mil libras se habían esfumado. Pero no su indestructible elasticidad. Había perdido su dinero especulando, pero había ganado conocimientos comerciales y relaciones en el mundo de los negocios. Descubrió además que tenía un paladar finísimo para el vino y se hizo con éxito representante de varias casas exportadoras de Burdeos.

Pero al mismo tiempo siguió en el movimiento político todo lo que pudo. A Liebknecht lo conocía de Karlsruhe y de Ginebra. Con Marx entró en relación a raíz del escándalo Vogt, y por ese camino volví a encontrarme también yo con él. Sin atarse a un programa determinado, Borkheim estuvo siempre con el partido de la revolución más extrema. Su principal ocupación política era combatir el gran baluarte de la reacción europea, el absolutismo ruso. Para poder seguir mejor las intrigas rusas destinadas a someter los países balcánicos y a dominar indirectamente la Europa occidental, aprendió ruso y estudió durante años la prensa diaria rusa y la literatura de la emigración. Entre otras cosas tradujo el folleto de Serno-Solovióvich Nuestros asuntos rusos,6 en el que se fustigaba la hipocresía introducida por Herzen (y continuada después por Bakunin), según la cual los refugiados rusos en la Europa occidental no difundían sobre Rusia la verdad que conocían, sino una leyenda convencional que convenía a sus cachivaches nacionales y paneslavistas. Escribió asimismo muchos artículos sobre Rusia en la Zukunft de Berlín, en el Volksstaat, etc.

En el verano de 1876, en un viaje por Alemania, sufrió en Badenweiler un ataque de apoplejía que le dejó paralizada para el resto de su vida toda la mitad izquierda del cuerpo. Tuvo que dejar su negocio. Pocos años después murió su mujer. Como estaba enfermo del pecho, tuvo que trasladarse a Hastings, al aire suave del mar en la costa sur de Inglaterra. Ni la parálisis ni la enfermedad, ni unos medios de vida escasos y no siempre seguros, pudieron quebrar su indestructible vigor de espíritu. Sus cartas eran siempre de una alegría casi desbordante, y cuando uno iba a verlo, tenía que ayudarle a reír. Su lectura favorita era el Sozialdemokrat de Zúrich. Atacado por una pulmonía, murió el 16 de diciembre de 1885.


Los «patrioteros asesinos» (Mordspatrioten)7 aparecieron justo después de la guerra francesa en el Volksstaat y poco después en tirada aparte. Resultaron un antídoto eficacísimo contra la embriaguez de victoria ultrapatriótica en la que se regodeaba, y se regodea todavía, la Alemania oficial y burguesa. En efecto, no había mejor remedio para desembriagarse que recordar la época en que la Prusia, hoy puesta por las nubes, se desplomó vergonzosa e ignominiosamente ante el ataque de los mismos franceses a los que ahora se desprecia como vencidos. Y el remedio tenía que obrar con tanta más fuerza cuanto que el relato de los hechos fatales podía tomarse de un libro en el que un general prusiano, director además de la Escuela General de Guerra,8 había descrito la época de la vergüenza a partir de documentos oficiales prusianos y, hay que reconocerlo, de manera imparcial y sin afeites. Un gran ejército, como cualquier otra gran organización social, nunca es mejor que cuando, tras una gran derrota, hace examen de conciencia y hace penitencia por sus pecados pasados. Así les ocurrió a los prusianos después de Jena, y así otra vez después de 1850, cuando no sufrieron, es cierto, una gran derrota, pero su completa decadencia militar se les hizo palpable a ellos mismos y al mundo en una serie de campañas menores —en Dinamarca y en el sur de Alemania— y en la primera gran movilización de 1850, y cuando solo habían escapado a una verdadera derrota gracias a la vergüenza política de Varsovia y de Olmütz.9 Se vieron obligados a someter su propio pasado a una crítica despiadada para aprender a hacerlo mejor. Su literatura militar, que había producido en Clausewitz un astro de primera magnitud pero que desde entonces había caído infinitamente bajo, volvió a elevarse con esta necesidad ineludible de examinarse a sí mismos. Y uno de los frutos de este examen fue el libro de Höpfner, del que Borkheim tomó el material para su folleto.

Todavía hoy será necesario recordar una y otra vez aquella época de soberbia y de derrotas, de incapacidad real, de la estupidez astuta de la diplomacia prusiana, atrapada en su propia doblez, de la fanfarronería de la nobleza de oficiales, que dio su medida en la traición más cobarde, del hundimiento general de un Estado ajeno al pueblo y fundado en la mentira y el engaño. El filisteo alemán (y a él pertenecen también la nobleza y los príncipes) es, si cabe, todavía más engreído y chovinista que entonces; la acción diplomática se ha vuelto bastante más insolente, pero conserva la vieja doblez; la nobleza de oficiales se ha multiplicado, por la vía natural y por la artificial, lo suficiente para volver a ejercer más o menos el viejo dominio en el ejército, y el Estado se aleja cada vez más de los intereses de las grandes masas del pueblo para convertirse en un consorcio de agrarios, bolsistas y grandes industriales destinado a explotar al pueblo. Es cierto que, si se volviera a la guerra, el ejército prusiano-alemán, aunque solo fuera porque ha servido de modelo de organización a todos los demás, tendría considerables ventajas tanto sobre sus adversarios como sobre sus aliados. Pero nunca más las que tuvo en las dos últimas guerras. La unidad del mando supremo, por ejemplo, tal como existía entonces gracias a circunstancias particularmente afortunadas, y la correspondiente obediencia incondicional de los jefes subordinados difícilmente podrán volver a darse así. El compadreo de negocios que reina hoy entre la nobleza agraria y militar —hasta en los ayudantes de campo del emperador— y los especuladores de Bolsa puede resultar fácilmente fatal para el abastecimiento del ejército en campaña. Alemania tendrá aliados, pero Alemania abandonará a sus aliados, y estos a Alemania, a la primera ocasión. Y por último, para la Prusia-Alemania ya no es posible otra guerra que una guerra mundial, y una guerra mundial de una extensión y una violencia hasta ahora nunca imaginadas. Ocho o diez millones de soldados se degollarán unos a otros y, al hacerlo, devorarán toda Europa como nunca la devoró una nube de langostas. Las devastaciones de la guerra de los Treinta Años concentradas en tres o cuatro años y extendidas por todo el continente; hambre, epidemias, embrutecimiento general de los ejércitos y de las masas populares provocado por la penuria aguda; confusión irremediable de nuestro artificioso mecanismo de comercio, industria y crédito, que acabará en la bancarrota general; hundimiento de los viejos Estados y de su sabiduría de Estado tradicional, hasta el punto de que las coronas rodarán por docenas por el empedrado de las calles y no habrá nadie que las recoja; absoluta imposibilidad de prever cómo terminará todo esto y quién saldrá vencedor de la lucha; un solo resultado absolutamente seguro: el agotamiento general y la creación de las condiciones para la victoria definitiva de la clase obrera. Esa es la perspectiva si el sistema de la puja mutua en armamentos, llevado al extremo, da por fin sus frutos inevitables. Ahí es, señores príncipes y estadistas, adonde han llevado ustedes con su sabiduría a la vieja Europa. Y si no les queda otro remedio que abrir el último gran baile de la guerra, a nosotros nos parece bien. Puede que la guerra nos relegue momentáneamente a un segundo plano, puede que nos arrebate más de una posición ya conquistada. Pero cuando hayan desencadenado ustedes las fuerzas que luego ya no podrán dominar, pase lo que pase: al final de la tragedia ustedes estarán arruinados y la victoria del proletariado o se habrá conseguido ya o será, de todos modos, inevitable.

Londres, 15 de diciembre de 1887

Friedrich Engels

  1. El servicio de voluntario de un año (Einjährig-Freiwilliger) permitía a los jóvenes con estudios cumplir el servicio en un año en lugar de tres, a condición de costearse ellos mismos el equipo, el uniforme y la manutención. ↩

  2. El asalto del pueblo de Berlín al arsenal (Zeughaus) el 14 de junio de 1848, para armarse frente a la contrarrevolución. ↩

  3. Gustav Struve (1805-1870), demócrata de Baden; el 21 de septiembre de 1848 proclamó la república en Lörrach, y su expedición fue derrotada en Staufen el 24 de septiembre. ↩

  4. Oficial polaco emigrado que mandó una división del ejército revolucionario de Baden en 1849. ↩

  5. El naturalista y diputado demócrata Karl Vogt presentó en 1859 a Marx y a sus amigos como cabecillas de una supuesta «Banda del Azufre» (Schwefelbande) de conspiradores y chantajistas; Marx le respondió en El señor Vogt (1860), donde recogió el testimonio de Borkheim. ↩

  6. Alexandr Serno-Solovióvich (1838-1869), revolucionario ruso emigrado en Suiza y adversario de Herzen. ↩

  7. Mordspatrioten: juego de palabras; Mords- es en alemán coloquial un aumentativo (‘tremendos patriotas’), pero Mord significa ‘asesinato’. ↩

  8. Eduard von Höpfner (1797-1858), general prusiano, director de la Escuela General de Guerra de Berlín, autor de Der Krieg von 1806 und 1807 (Berlín, 1850-1851). ↩

  9. En la conferencia de Varsovia (octubre de 1850) y en el acuerdo de Olmütz (29 de noviembre de 1850), Prusia, bajo la presión de Rusia y de Austria, renunció a su proyecto de unión alemana y aceptó la restauración de la Dieta federal. ↩