Escrito en francés por Friedrich Engels en Londres el 26 de enero de 1894, en respuesta a Filippo Turati, y publicado en traducción italiana en la Critica Sociale (Milán). El original francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana, hecha sobre el manuscrito, de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 439-442), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

A mi juicio, la situación en Italia es la siguiente. La burguesía, que llegó al poder durante la emancipación nacional y después de ella, no pudo ni quiso completar su victoria. No ha destruido los restos del feudalismo ni ha reorganizado la producción nacional según el modelo burgués moderno. Incapaz de hacer participar al país de las ventajas relativas y pasajeras del sistema capitalista, le ha echado encima todas sus cargas y todos sus inconvenientes. Y por si fuera poco, en sucios negocios financieros ha perdido para siempre el último resto de respeto y de confianza.1

El pueblo trabajador, campesinos, artesanos, obreros agrícolas e industriales, se encuentra así bajo una fuerte opresión, de un lado por abusos anticuados, herencia no solo de la época feudal, sino incluso de la Antigüedad (la mezzadria;2 los latifundios del Sur, donde el ganado desplaza a los hombres), y de otro por el sistema fiscal más voraz que haya ideado jamás un sistema burgués. Aquí se puede decir con Marx: a nosotros nos «atormenta, como a todo el resto del Occidente continental de Europa, no solo el desarrollo de la producción capitalista, sino también la falta de ese desarrollo. Junto a las calamidades modernas nos agobia toda una serie de calamidades heredadas, que brotan de la pervivencia vegetativa de modos de producción arcaicos, ya caducos, con su cortejo de relaciones sociales y políticas anacrónicas. No solo padecemos por los vivos, sino también por los muertos. Le mort saisit le vif!»3

Esta situación empuja hacia una crisis. Por todas partes fermenta la masa productora; aquí y allá se levanta. ¿Adónde nos llevará esta crisis?4

Es evidente que el Partido Socialista es demasiado joven y, por la situación económica, demasiado débil para poder esperar una victoria inmediata del socialismo. En este país la población rural supera con mucho a la urbana; en las ciudades la gran industria está poco desarrollada, y por eso el proletariado típico es poco numeroso; la mayoría la forman artesanos, tenderos y desclasados, una masa que oscila entre la pequeña burguesía y el proletariado. La pequeña y mediana burguesía medieval está en decadencia y descomposición; son en su mayoría los proletarios de mañana, pero todavía no los de hoy. Solo esta clase, que tiene a diario ante los ojos la ruina económica y está ahora empujada a la desesperación, podrá dar tanto el grueso de los combatientes como los jefes de un movimiento revolucionario. La secundarán los campesinos, a quienes su dispersión territorial y su analfabetismo impiden toda iniciativa eficaz, pero que serán, sin embargo, aliados fuertes e indispensables.

En caso de un éxito obtenido de manera más o menos pacífica, habrá un simple cambio de ministerio, y los republicanos «convertidos», los Cavallotti y compañía,5 llegarán al timón; en caso de revolución, vendrá la república burguesa.

Ante estas posibilidades, ¿qué papel tendría que desempeñar el Partido Socialista?

Desde 1848, la táctica que más éxitos ha dado a los socialistas es la del Manifiesto comunista: los socialistas representan, «en las distintas etapas de desarrollo por las que atraviesa la lucha entre proletariado y burguesía, siempre el interés del movimiento en su conjunto... Luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera, pero en el movimiento presente representan a la vez el porvenir del movimiento».6 Toman parte activa, por consiguiente, en todas las fases de desarrollo de la lucha entre las dos clases, sin perder nunca de vista que esas fases no son más que otras tantas etapas que conducen a la gran meta suprema: la conquista del poder político por el proletariado como medio de transformación social. Su puesto está en las filas de quienes combaten por cada éxito inmediato que pueda lograrse en interés de la clase obrera; aceptan todos esos éxitos políticos o sociales, pero solo como pagos a cuenta. Por eso consideran todo movimiento revolucionario o progresista como un paso adelante en su propio camino, y su tarea particular es empujar hacia delante a los demás partidos revolucionarios y, si uno de esos partidos llegara a vencer, salvaguardar los intereses del proletariado. Esta táctica, que no pierde nunca de vista la gran meta, preserva a los socialistas de los desengaños a los que sucumben sin remedio los otros partidos, menos clarividentes, ya sean republicanos puros o socialistas sentimentales, porque toman una simple etapa por el fin último de la marcha.

Apliquemos todo esto a Italia.

La victoria de la pequeña burguesía en descomposición y de los campesinos llevará, pues, posiblemente a la formación de un ministerio de republicanos «convertidos». Eso nos dará el sufragio universal y una libertad de movimiento considerablemente mayor (libertad de prensa, de reunión y de asociación, supresión de la ammonizione,7 etc.): armas nuevas que no son de despreciar.

O se llega a la fundación de la república burguesa, con la misma gente y unos cuantos mazzinianos.8 Eso ampliaría todavía mucho más nuestra libertad y nuestro campo de acción, al menos de momento. Y la república burguesa, ha dicho Marx, es la forma política en la que únicamente puede resolverse la lucha entre proletariado y burguesía.9 Por no hablar de la repercusión que eso tendría en Europa.

La victoria del actual movimiento revolucionario solo puede, pues, hacernos más fuertes y crearnos un ambiente más favorable. Cometeríamos, por tanto, el mayor de los errores si nos abstuviéramos y limitáramos nuestra actitud ante los partidos «afines» a una crítica puramente negativa. Puede llegar el momento en que tengamos que colaborar positivamente con ellos, y ¿quién sabe cuándo llegará ese momento?

Por supuesto, no nos corresponde preparar directamente un movimiento que no sea precisamente el movimiento de la clase que representamos. Si los radicales y los republicanos creen que ha llegado la hora de salir a la calle, que den rienda suelta a su ímpetu. En cuanto a nosotros, demasiadas veces nos han engañado las grandes promesas de esos señores para caer otra vez en la trampa. Ni sus proclamas ni sus conspiraciones deben afectarnos. Si estamos obligados a apoyar todo movimiento popular real, también lo estamos a no sacrificar inútilmente el núcleo apenas formado de nuestro partido proletario y a no dejar que el proletariado sea diezmado en estériles levantamientos locales.

Si, por el contrario, el movimiento es verdaderamente nacional, los nuestros estarán en él sin necesidad de que se les llame, y nuestra participación en un movimiento así se da por supuesta. Pero entonces hay que tener claro, y tenemos que proclamarlo abiertamente, que participamos como partido independiente, aliados de momento con los radicales y los republicanos, pero completamente distintos de ellos; que, en caso de victoria, no nos hacemos ilusiones sobre el resultado de la lucha; que ese resultado, lejos de satisfacernos, no será para nosotros más que una etapa ganada, una nueva base de operaciones para ulteriores conquistas; que el mismo día de la victoria se separarán nuestros caminos; que desde ese día formaremos frente al nuevo gobierno la nueva oposición, no una oposición reaccionaria, sino progresista, una oposición de extrema izquierda, que avanzará hacia nuevas conquistas más allá del terreno ganado.

Después de la victoria común, tal vez nos ofrezcan algunos puestos en el nuevo gobierno, pero siempre de manera que estemos en minoría. Ese es el mayor peligro. Después de febrero de 1848, los demócratas socialistas franceses (los de La Réforme, Ledru-Rollin, Louis Blanc, Flocon, etc.)10 cometieron el error de aceptar tales puestos. Como minoría en el gobierno, compartieron voluntariamente la responsabilidad de todas las infamias y traiciones que la mayoría, compuesta de republicanos puros, cometió contra los obreros; entretanto, la participación de esos señores en el gobierno paralizó por completo la acción revolucionaria de la clase obrera a la que pretendían representar.

Con todo esto no hago más que expresar mi opinión personal, puesto que se me ha pedido, y lo hago con la mayor reserva. En cuanto a la táctica general, he comprobado su eficacia durante toda mi vida; nunca me ha fallado. Pero en cuanto a su aplicación a las condiciones actuales de Italia, eso es otra cosa; eso hay que decidirlo sobre el terreno, y han de decidirlo quienes están en medio de los acontecimientos.

  1. Alusión al escándalo de la Banca Romana (1892-1893), que salpicó a varios gobiernos y a numerosos diputados y llevó a la caída del gabinete de Giolitti en noviembre de 1893. ↩

  2. Aparcería: el cultivador entrega al propietario una parte de la cosecha, por lo común la mitad. ↩

  3. Marx, prólogo a la primera edición del libro primero de El capital (1867). La frase francesa, «el muerto ase al vivo», es una fórmula del antiguo derecho francés sobre la transmisión de la herencia. ↩

  4. En enero de 1894 el gobierno de Crispi aplastó con el estado de sitio el movimiento de los Fasci de Sicilia, en lucha desde 1893, y la sublevación de la Lunigiana. ↩

  5. Felice Cavallotti (1842-1898), jefe de la extrema izquierda radical en la Cámara italiana, antiguo republicano. ↩

  6. Manifiesto del Partido Comunista, capítulo II; citamos la traducción de nuestra edición del Manifiesto. La segunda frase procede del capítulo IV. ↩

  7. Amonestación policial: medida administrativa que sometía a vigilancia y a restricciones de movimiento a personas consideradas sospechosas, sin juicio. ↩

  8. Partidarios de Giuseppe Mazzini (1805-1872), el dirigente republicano de la unificación italiana. ↩

  9. Idea que Marx expone en Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 y en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. ↩

  10. La Réforme, diario de los demócratas republicanos de París. Alexandre Ledru-Rollin, Louis Blanc y Ferdinand Flocon formaron parte del Gobierno provisional surgido de la revolución de febrero de 1848. ↩