Escrito por Friedrich Engels en enero de 1894 y publicado en el folleto Internationales aus dem «Volksstaat» (1871-75) (Berlín, 1894), como epílogo al artículo «Sobre la cuestión social en Rusia», de 1875, que puede leerse en Literatura de emigrados (apartado V). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 421-435), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la señalada como nota de Engels. Texto original en alemán.

Ante todo tengo que rectificar que el señor P. Tkachov,1 hablando con propiedad, no era un bakuninista, es decir, un anarquista, sino que se hacía pasar por «blanquista». El error era natural, pues dicho señor, conforme a la costumbre de la emigración rusa de entonces, se solidarizaba ante Occidente con toda la emigración rusa y, en efecto, en su folleto defendió también a Bakunin y compañía contra mis ataques, como si estos hubieran ido dirigidos contra él mismo.

Las opiniones sobre la comunidad campesina comunista rusa que sostenía frente a mí eran en lo esencial las de Herzen.2 Este literato paneslavista, inflado hasta hacerlo pasar por revolucionario, se había enterado por los Estudios sobre Rusia de Haxthausen3 de que los campesinos siervos de sus fincas no conocían la propiedad privada de la tierra, sino que volvían a repartirse de tiempo en tiempo las tierras de labor y los prados. Como literato no necesitaba aprender lo que poco después llegó a ser de dominio público: que la propiedad común de la tierra es una forma de posesión que dominó en los tiempos primitivos entre los germanos, los celtas, los indios, en una palabra, entre todos los pueblos indoeuropeos, que todavía existe en la India, que en Irlanda y Escocia ha sido suprimida por la fuerza hace muy poco, que en Alemania aparece incluso todavía aquí y allá y está precisamente extinguiéndose, y que es, de hecho, común a todos los pueblos en un determinado grado de desarrollo. Pero como paneslavista, él, que a lo sumo era socialista de palabra, encontró en ello un nuevo pretexto para presentar con una luz todavía más brillante, frente a este mismo Occidente podrido, a su «santa» Rusia y su misión de rejuvenecer y regenerar, si era preciso por la fuerza de las armas, al Occidente corrompido y caduco. Lo que los gastados franceses e ingleses no logran hacer con todo su esfuerzo, los rusos lo tienen ya hecho en su casa.

«Conservar la comunidad campesina y establecer la libertad de la persona, extender la autonomía de la aldea a las ciudades y a todo el Estado, conservando la unidad nacional: en esto se resume toda la cuestión del futuro de Rusia, es decir, la cuestión de la misma antinomia social cuya solución ocupa y agita a los espíritus de Occidente» (Herzen, Cartas a Linton).

Así pues, puede haber para Rusia una cuestión política; la «cuestión social» está ya resuelta para Rusia.

Tan fácil como Herzen se lo puso su seguidor Tkachov. Aunque en 1875 ya no podía afirmar que la «cuestión social» estuviera ya resuelta en Rusia, según él los campesinos rusos, como comunistas natos, están infinitamente más cerca del socialismo y además viven infinitamente mejor que los pobres proletarios de Europa occidental, dejados de la mano de Dios. Si los republicanos franceses, en virtud de su actividad revolucionaria de cien años, tienen a su pueblo por el pueblo políticamente elegido, algunos socialistas rusos de entonces declaraban a Rusia el pueblo socialmente elegido; la regeneración del viejo mundo económico no había de venir de las luchas del proletariado de Europa occidental, sino de lo más íntimo del campesino ruso. Contra esta concepción pueril se dirigía mi ataque.

Pero ahora la comunidad rusa ha encontrado atención y reconocimiento también entre gente que está infinitamente por encima de los Herzen y los Tkachov. Entre ellos, Nikolái Chernyshevski,4 ese gran pensador al que Rusia debe tantísimo y cuyo lento asesinato mediante años de destierro entre los yakutos de Siberia seguirá siendo una mancha eterna en la memoria de Alejandro II, el «Libertador».

Chernyshevski, a causa del cordón intelectual que aislaba a Rusia, nunca conoció las obras de Marx, y cuando apareció El capital hacía tiempo que estaba en Viliuisk Medio, entre los yakutos. Todo su desarrollo intelectual tuvo que producirse en el medio creado por ese cordón intelectual. Lo que la censura rusa no dejaba entrar apenas existía, o no existía en absoluto, para Rusia. Si se encuentran en él algunas debilidades, alguna estrechez de miras, solo cabe admirarse de que no sean más.

También Chernyshevski ve en la comunidad campesina rusa un medio para pasar de la forma social existente a un nuevo grado de desarrollo, superior, por una parte, a la comunidad rusa y, por otra, a la sociedad capitalista de Europa occidental con sus antagonismos de clase. Y en que Rusia posea ese medio, mientras que a Occidente le falta, ve él una ventaja.

«La introducción de un orden social mejor se ve extraordinariamente dificultada en Europa occidental por la ampliación ilimitada de los derechos de la personalidad individual... No se renuncia tan fácilmente ni siquiera a una pequeña parte de aquello que uno está acostumbrado a disfrutar; en Europa occidental el individuo está ya acostumbrado a lo ilimitado de los derechos privados. La ventaja y la inevitabilidad de las concesiones mutuas solo las enseñan la amarga experiencia y una larga reflexión. En Occidente, una mejor ordenación de las relaciones económicas va unida a sacrificios y, por tanto, es difícil de establecer. Va en contra de las costumbres del campesino inglés y francés.» Pero: «Lo que allí parece una utopía existe aquí como un hecho... aquellas costumbres cuya introducción en la vida del pueblo les parece al inglés y al francés inmensamente difícil existen en el ruso como un hecho de la vida de su pueblo... el orden de cosas al que Occidente solo aspira por un camino largo y difícil existe ya entre nosotros en la poderosa costumbre popular de nuestra existencia rural... Vemos qué tristes consecuencias ha producido en Occidente la desaparición de la propiedad común de la tierra y qué difícil les resulta a los pueblos occidentales recuperar lo perdido. El ejemplo de Occidente no puede habérsenos dado en vano» (Chernyshevski, Obras, edición de Ginebra, V, pp. 16-19; citado por Plejánov, Nuestras diferencias, Ginebra, 1885).5

Y de los cosacos del Ural, entre los que todavía regía el cultivo en común de la tierra y el reparto posterior del producto entre las familias, dice:

«Si estos uralianos subsisten con sus instituciones actuales hasta la época en que se introduzcan máquinas en la producción de grano, estarán muy contentos de haber conservado un régimen de propiedad que les permite emplear incluso máquinas que presuponen unidades económicas de una escala colosal, de cientos de desiatinas»6 (ibíd., p. 131).

Sin olvidar, eso sí, que los uralianos, con su cultivo en común —preservado de la desaparición por consideraciones militares (también nosotros tenemos el comunismo de cuartel)—, están completamente solos en Rusia, más o menos como entre nosotros las Gehöferschaften7 del Mosela con sus repartos periódicos. Y si se quedan con su constitución actual hasta que estén maduros para la introducción de las máquinas, no serán ellos quienes saquen provecho, sino el fisco militar ruso, del que son siervos.

En todo caso, el hecho existía: en la misma época en que en Europa occidental la sociedad capitalista se descompone y amenaza con hundirse por las contradicciones necesarias de su propio desarrollo, en esa misma época en Rusia todavía aproximadamente la mitad de toda la tierra cultivada se encuentra en propiedad común de las comunidades campesinas. Ahora bien, si en Occidente la solución de las contradicciones mediante una reorganización de la sociedad tiene por condición previa el paso de todos los medios de producción, y por tanto también de la tierra, a propiedad común de la sociedad, ¿qué relación guarda con esta propiedad común de Occidente, que aún está por crear, la propiedad común ya, o más bien todavía, existente en Rusia? ¿No puede servir de punto de partida para una acción nacional que, saltándose todo el período capitalista, lleve de inmediato el comunismo campesino ruso a la moderna propiedad común socialista de todos los medios de producción, enriqueciéndolo con todas las conquistas técnicas de la era capitalista? O, por usar las palabras con que Marx, en una carta que citaremos más abajo, resume la concepción de Chernyshevski: «¿debe Rusia destruir primero la comuna campesina, como exigen los liberales, para pasar luego al sistema capitalista, o puede, por el contrario, sin pasar por los tormentos de este sistema, apropiarse todos sus frutos desarrollando sus propias premisas, históricamente dadas?».

El propio planteamiento de la cuestión indica ya la dirección en que hay que buscar su solución. La comunidad rusa ha existido cientos de años sin que de ella haya salido nunca un impulso para desarrollar a partir de ella misma una forma superior de propiedad común; como tampoco ocurrió con la constitución de la marca germánica, con los clanes celtas, con las comunidades indias y otras con instituciones comunistas primitivas. Todas ellas, con el paso del tiempo, bajo la influencia de la producción de mercancías que las rodeaba o que surgía en su propio seno y las iba penetrando poco a poco, y del intercambio entre familias y personas aisladas, fueron perdiendo cada vez más su carácter comunista y se disolvieron en comunidades de propietarios de tierras independientes unos de otros. Así pues, si puede plantearse siquiera la cuestión de si la comunidad rusa tendrá un destino distinto y mejor, no es mérito suyo, sino únicamente de la circunstancia de que se había conservado, con una vitalidad relativa, en un país europeo hasta una época en que no solo la producción de mercancías en general, sino incluso su forma más alta y última, la producción capitalista, ha entrado en Europa occidental en contradicción con las fuerzas productivas engendradas por ella misma, en que se muestra incapaz de seguir dirigiendo esas fuerzas y en que se hunde por estas contradicciones internas y los conflictos de clase que les corresponden. Ya de aquí se desprende que la iniciativa de una eventual transformación semejante de la comunidad rusa no puede partir de ella misma, sino única y exclusivamente de los proletarios industriales de Occidente. La victoria del proletariado de Europa occidental sobre la burguesía, y la sustitución, ligada a ella, de la producción capitalista por la producción dirigida socialmente: esa es la condición previa necesaria para elevar la comunidad rusa a ese mismo grado.

En efecto: nunca ni en ninguna parte ha desarrollado el comunismo agrario heredado de la sociedad gentilicia, por sí mismo, otra cosa que su propia descomposición. La propia comunidad campesina rusa era ya en 1861 una forma relativamente debilitada de este comunismo; el cultivo en común de la tierra, que todavía existe en algunas regiones de la India y en la comunidad doméstica de los eslavos del sur (zádruga), probable madre de la comunidad rusa, había tenido que dejar paso a la explotación por familias aisladas; la propiedad común solo se hacía valer ya en los repartos de la tierra, repetidos a intervalos muy distintos según las localidades. Basta con que estos repartos caigan en desuso o se supriman por acuerdo, y la aldea de campesinos parcelarios está hecha.

Pero el mero hecho de que, al mismo tiempo que existe la comunidad campesina rusa, la producción capitalista en Europa occidental se acerque al punto en que se rompe y en que ella misma apunta ya a una nueva forma de producción, en la que los medios de producción se emplearán con arreglo a un plan como propiedad social, este mero hecho no puede dar a la comunidad rusa la fuerza para desarrollar a partir de sí misma esta nueva forma social. ¿Cómo podría apropiarse las gigantescas fuerzas productivas de la sociedad capitalista como propiedad e instrumento sociales antes de que la propia sociedad capitalista haya llevado a cabo esta revolución? ¿Cómo podría la comunidad rusa enseñar al mundo cómo se explota la gran industria por cuenta común, cuando ya ha olvidado cómo cultivar su tierra por cuenta común?

Es cierto que en Rusia hay bastante gente que conoce con exactitud la sociedad capitalista occidental con todos sus antagonismos y conflictos irreconciliables, y que también tiene clara la salida que lleva fuera de este aparente callejón sin salida. Pero, en primer lugar, los pocos miles de personas que lo comprenden no viven en la comunidad, y los quizá cincuenta millones que en la Gran Rusia viven todavía en la propiedad común de la tierra no tienen ni la más remota idea de todo ello. Están ante esos pocos miles por lo menos tan extraños e incomprensivos como los proletarios ingleses de 1800-1840 ante los planes que Robert Owen ideó para salvarlos. Y entre los obreros que Owen empleaba en su fábrica de New Lanark, la mayoría eran también gente que se había criado en las instituciones y costumbres de una sociedad gentilicia comunista en descomposición, el clan celta-escocés; pero no cuenta ni con una sílaba que encontrara en ellos mejor comprensión. Y, en segundo lugar, es una imposibilidad histórica que un grado inferior de desarrollo económico resuelva los enigmas y conflictos que solo surgieron, y solo podían surgir, en un grado muy superior. Todas las formas de comunidad gentilicia surgidas antes de la producción de mercancías y del intercambio individual tienen en común con la futura sociedad socialista una sola cosa: que ciertas cosas, ciertos medios de producción, son propiedad común y de uso común de ciertos grupos. Pero esta única característica común no capacita a la forma social inferior para engendrar de sí misma la futura sociedad socialista, este producto más propio y último del capitalismo. Cada formación económica dada tiene que resolver sus propios problemas, que nacen de ella misma; querer resolver los de otra formación totalmente ajena sería un absoluto contrasentido. Y esto vale para la comunidad rusa no menos que para la zádruga de los eslavos del sur, para la economía doméstica gentilicia de la India o para cualquier otra forma social del salvajismo o de la barbarie caracterizada por la posesión en común de medios de producción.

En cambio, no solo es posible, sino seguro, que, tras la victoria del proletariado y el paso de los medios de producción a posesión común en los pueblos de Europa occidental, los países que acaban de caer en la producción capitalista y que han salvado todavía instituciones gentilicias o restos de ellas tienen en estos restos de posesión común y en las costumbres populares correspondientes un poderoso medio para acortar considerablemente su proceso de desarrollo hacia la sociedad socialista y ahorrarse la mayor parte de los sufrimientos y las luchas por los que nosotros tenemos que abrirnos paso en Europa occidental. Pero para ello el ejemplo y el apoyo activo del Occidente hasta ahora capitalista son una condición ineludible. Solo cuando la economía capitalista haya sido superada en su patria y en los países de su florecimiento, solo cuando los países atrasados vean por este ejemplo «cómo se hace», cómo se ponen las modernas fuerzas productivas industriales, como propiedad social, al servicio de la colectividad, solo entonces podrán emprender este proceso de desarrollo abreviado. Pero entonces, también con éxito seguro. Y esto vale para todos los países en estadio precapitalista, no solo para Rusia. Pero en Rusia será relativamente más fácil, porque aquí una parte de la población autóctona se ha apropiado ya los resultados intelectuales del desarrollo capitalista, y por ello será posible, en tiempos revolucionarios, llevar a cabo aquí la transformación social casi al mismo tiempo que en Occidente.

Esto lo dijimos ya Marx y yo el 21 de enero de 1882 en el prefacio a la traducción rusa del Manifiesto Comunista hecha por Plejánov.8 Allí se dice: «Junto a una especulación capitalista que se desarrolla rápidamente y a una propiedad burguesa de la tierra que apenas empieza a formarse, encontramos en Rusia que más de la mitad de la tierra es propiedad común de los campesinos. La cuestión es ahora: ¿puede la comunidad rusa, esta forma, de hecho ya muy descompuesta, de la primitiva propiedad común de la tierra, pasar directamente a una forma comunista superior de propiedad de la tierra, o tiene que recorrer antes el mismo proceso de disolución que caracteriza el desarrollo histórico de Occidente? La única respuesta hoy posible a esta pregunta es la siguiente: si la revolución rusa da la señal para una revolución obrera en Occidente, de modo que ambas se completen, la propiedad rusa de la tierra puede servir de punto de partida a un desarrollo comunista».

Pero no hay que olvidar que la fuerte descomposición de la propiedad común rusa aquí mencionada ha hecho desde entonces progresos considerables. Las derrotas de la guerra de Crimea habían puesto de manifiesto la necesidad de un rápido desarrollo industrial para Rusia. Ante todo hacían falta ferrocarriles, y estos no son posibles a gran escala sin una gran industria nacional. La condición previa para esta era la llamada emancipación de los campesinos; con ella empezó para Rusia la era capitalista, pero también la era del rápido socavamiento de la propiedad común de la tierra. Los pagos de rescate impuestos a los campesinos, junto con impuestos más altos y la reducción y el empeoramiento simultáneos de la tierra que se les asignó, los arrojaron sin remedio en manos de los usureros, casi siempre miembros enriquecidos de la comunidad campesina. Los ferrocarriles abrieron a muchas regiones hasta entonces apartadas un mercado para su grano, pero también llevaron allí los productos baratos de la gran industria, con los que desplazaron la industria doméstica de los campesinos, que hasta entonces habían fabricado productos semejantes en parte para su propio consumo y en parte para la venta. Las viejas condiciones de ganarse la vida se desordenaron, sobrevino la ruina que acompaña en todas partes al paso de la economía natural a la economía monetaria, y en la comunidad surgieron grandes diferencias de fortuna entre sus miembros: los pobres se convirtieron en esclavos por deudas de los ricos. En una palabra, el mismo proceso que en la época anterior a Solón había descompuesto la gens ateniense mediante la irrupción de la economía monetaria9 empezó aquí a descomponer la comunidad rusa. Es cierto que Solón pudo liberar a los esclavos por deudas mediante una intervención revolucionaria en el derecho de propiedad privada, entonces todavía bastante joven, anulando sencillamente las deudas. Pero no pudo devolver la vida a la vieja gens ateniense, y tampoco habrá poder en el mundo capaz de restablecer la comunidad rusa una vez que su ruina haya alcanzado un determinado punto culminante. Y por si fuera poco, el gobierno ruso ha prohibido repetir los repartos de la tierra entre los miembros de la comunidad con más frecuencia que cada doce años, para que el campesino se desacostumbre de ellos cada vez más y empiece a considerarse propietario privado de su lote.

En este sentido se había pronunciado ya Marx en 1877 en una carta a Rusia. Un tal señor Zhukovski,10 el mismo que ahora, como cajero del Banco del Estado, consagra con su firma los billetes de crédito rusos, había escrito algo sobre Marx en el Mensajero de Europa (Věstnik Jevropy), a lo que otro escritor11 había respondido en los Anales de la Patria (Otečestvennija Zapiski). Para rectificar este artículo escribió Marx una carta al director de los Anales, que, después de haber circulado largo tiempo en Rusia en copias del original francés, apareció en traducción rusa en el Mensajero de la Voluntad del Pueblo (Věstnik Narodnoj Voli) en 1886, en Ginebra, y más tarde también en la propia Rusia.12 La carta ha encontrado en los círculos rusos, como todo lo que procedía de Marx, gran atención e interpretaciones diversas; y por eso doy aquí su contenido esencial.

Ante todo, Marx rechaza la opinión que se le atribuía en los Anales, según la cual compartiría la de los liberales rusos de que Rusia no tenía nada más urgente que hacer que disolver la propiedad común de los campesinos y lanzarse al capitalismo. Su breve nota sobre Herzen en el apéndice a la primera edición de El capital no probaría nada. Esta nota dice así: «Si en el continente europeo la influencia de la producción capitalista, que socava la raza humana..., sigue desarrollándose como hasta ahora de la mano de la competencia en el tamaño de la soldadesca nacional, de las deudas públicas, de los impuestos, de la elegante manera de hacer la guerra, etc., el rejuvenecimiento de Europa por el knut y la obligada infusión de sangre calmuca, tan seriamente profetizado por el medio ruso y moscovita entero Herzen (este literato, dicho sea de paso, no hizo sus descubrimientos sobre el "comunismo ruso" en Rusia, sino en la obra del consejero de gobierno prusiano Haxthausen), podría acabar siendo inevitable» (El capital, I, primera edición, p. 763). Luego Marx prosigue: este pasaje «no puede en ningún caso dar la clave de mi opinión sobre los esfuerzos» (lo que sigue está citado en ruso en el original) «"de los hombres rusos por encontrar para su patria un camino de desarrollo distinto del que ha seguido y sigue todavía Europa occidental", etc. En el epílogo a la segunda edición alemana de El capital hablo de un "gran sabio y crítico ruso"» (Chernyshevski) «con el alto aprecio que merece. Este ha tratado en notables artículos la cuestión de si Rusia, como exigen los economistas liberales, tiene que empezar por destruir la comunidad campesina y pasar después al régimen capitalista, o si, por el contrario, puede, sin pasar por los tormentos de este sistema, apropiarse todos sus frutos desarrollando sus propias premisas, históricamente dadas. Él se pronuncia en este último sentido.

»En suma, como no me gusta "dejar nada por adivinar", hablaré sin reservas. Para poder juzgar con conocimiento de causa el desarrollo económico de Rusia, aprendí ruso y estudié luego durante largos años las publicaciones oficiales y de otro tipo referidas a él. El resultado al que he llegado es este: si Rusia sigue por el camino que ha emprendido desde 1861, perderá la ocasión más hermosa que la historia haya ofrecido jamás a un pueblo, para pasar en cambio por todas las funestas vicisitudes del sistema capitalista.»

Más adelante, Marx aclara algunos otros malentendidos de su crítico; el único pasaje referido a nuestra cuestión dice así:

«¿Qué aplicación a Rusia podía hacer mi crítico de este esbozo histórico?» (la exposición de la acumulación originaria en El capital). «Solo esta: si Rusia tiende a convertirse en una nación capitalista según el modelo de Europa occidental —y en los últimos años se ha tomado muchísimo trabajo en este sentido—, no lo conseguirá sin haber transformado antes en proletarios a buena parte de sus campesinos; y después, una vez arrastrada al torbellino de la economía capitalista, tendrá que soportar las leyes implacables de este sistema, exactamente igual que los demás pueblos profanos. Eso es todo.»

Así escribía Marx en 1877. Por entonces había en Rusia dos gobiernos: el del zar y el del comité ejecutivo secreto (ispolnitelny komitet) de los conspiradores terroristas.13 El poder de este gobierno paralelo secreto crecía día a día. La caída del zarismo parecía inminente; una revolución en Rusia tenía que privar a toda la reacción europea de su apoyo más fuerte, de su gran ejército de reserva, y dar con ello también al movimiento político de Occidente un nuevo y poderoso impulso y, además, condiciones de operación infinitamente más favorables. No es de extrañar que Marx aconseje entonces a los rusos que no tengan tanta prisa por dar el salto al capitalismo.

La revolución rusa no ha llegado. El zarismo se ha impuesto al terrorismo, que incluso le ha devuelto de momento a sus brazos a todas las clases poseedoras, «amantes del orden». Y durante los diecisiete años transcurridos desde aquella carta, tanto el capitalismo como la disolución de la comunidad campesina han hecho enormes progresos en Rusia. ¿Cómo está planteada hoy la cuestión, en 1894?

Cuando, tras las derrotas de la guerra de Crimea y el suicidio del emperador Nicolás,14 el viejo despotismo zarista siguió existiendo sin cambios, solo quedaba un camino abierto: el paso lo más rápido posible a la industria capitalista. El ejército se había arruinado por las gigantescas dimensiones del imperio, en las largas marchas hacia el teatro de la guerra; había que suprimir las distancias mediante una red ferroviaria estratégica. Pero ferrocarriles significan industria capitalista y revolución de la agricultura primitiva. Por un lado, el producto agrícola incluso de las comarcas más remotas entra en relación directa con el mercado mundial; por otro, no se puede construir y mantener en funcionamiento un sistema ferroviario extenso sin una industria nacional que suministre carriles, locomotoras, vagones, etc. Pero no se puede introducir una rama de la gran industria sin aceptar de paso todo el sistema; la industria textil sobre bases relativamente modernas, que ya antes había echado raíces en la región de Moscú y Vladímir y en las costas del Báltico, recibió un nuevo impulso. A los ferrocarriles y las fábricas siguieron la ampliación de bancos ya existentes y la fundación de otros nuevos; la liberación de los campesinos de la servidumbre estableció la libertad de movimiento, a la espera de la liberación, que pronto vendría por sí sola, de gran parte de esos campesinos también de la posesión de la tierra. Con ello se habían puesto en poco tiempo todas las bases del modo de producción capitalista en Rusia. Pero también se había puesto el hacha a la raíz de la comunidad campesina rusa.

Lamentarse ahora de ello es inútil. Si después de la guerra de Crimea se hubiera sustituido el despotismo zarista por una dominación parlamentaria directa de la nobleza y la burocracia, el proceso quizá se habría frenado algo; si llegaba al timón la burguesía naciente, sin duda se habría acelerado todavía más. Tal como estaban las cosas, no había otra opción. Al lado del Segundo Imperio en Francia, al lado del auge más brillante de la industria capitalista en Inglaterra, no se podía exigir de verdad a Rusia que se lanzara, sobre la base de la comunidad campesina, a experimentos de socialismo de Estado desde arriba. Algo tenía que ocurrir. Ocurrió lo que era posible en esas circunstancias, como siempre y en todas partes en los países de producción de mercancías, casi siempre con una consciencia solo a medias o de forma totalmente mecánica y sin saber lo que se hacía.

Luego llegó la nueva época de las revoluciones desde arriba, que partió de Alemania, y con ella la época del rápido crecimiento del socialismo en todos los países europeos. Rusia participó en el movimiento general. Aquí este adoptó, como era natural, la forma de un asalto para derribar el despotismo zarista, para conquistar la libertad intelectual y política de movimiento para la nación. La fe en la fuerza milagrosa de la comunidad campesina, de la que podía y debía venir la regeneración social —una fe de la que, como vemos, Chernyshevski no era del todo inocente—, esta fe contribuyó lo suyo a acrecentar el entusiasmo y la energía de los heroicos combatientes de vanguardia rusos. Con esa gente que, siendo apenas unos pocos cientos, llevó con su abnegación y su heroísmo al zarismo absoluto hasta el punto de tener que tomar ya en consideración la posibilidad y las condiciones de una capitulación, con esa gente no vamos a discutir porque tuvieran a su pueblo ruso por el pueblo elegido de la revolución social. Pero no por eso tenemos que compartir su ilusión. La época de los pueblos elegidos ha pasado para siempre.

Pero mientras duraba esta lucha, el capitalismo avanzaba a buen paso en Rusia y conseguía cada vez más lo que el terrorismo no había logrado: llevar al zarismo a capitular.

El zarismo necesitaba dinero. No solo para el lujo de su corte, para su burocracia, sobre todo para su ejército y para su política exterior basada en el soborno, sino especialmente también para su miserable gestión financiera y la estúpida política ferroviaria que le corresponde. El extranjero ya no quería ni podía seguir cubriendo todos los déficits del zar; el interior tenía que ayudar. Una parte de las acciones de los ferrocarriles tuvo que colocarse en el propio país, y también una parte de los empréstitos. La primera victoria de la burguesía rusa consistió en las concesiones ferroviarias, que cargaban a los accionistas todas las ganancias futuras y al Estado todas las pérdidas futuras. Luego vinieron las subvenciones y primas a las empresas industriales, los aranceles proteccionistas en favor de la industria nacional, que acabaron por hacer francamente imposible la importación de muchos artículos. El Estado ruso, con su endeudamiento sin límites y su crédito casi totalmente arruinado en el extranjero, tiene un interés fiscal directo en un desarrollo de invernadero de la industria nacional. Necesita continuamente oro para pagar los intereses de la deuda al extranjero. Pero en Rusia no hay oro; allí solo circula papel. Una parte la proporciona el pago obligatorio de los aranceles en oro, que de paso eleva estos aranceles en un 50 por ciento. Pero la mayor parte ha de proporcionarla el excedente de la exportación de materias primas rusas sobre la importación de productos industriales extranjeros; las letras sobre el extranjero libradas por este excedente las compra el gobierno en el interior a cambio de papel y recibe por ellas oro. Así pues, si el gobierno quiere pagar los intereses al extranjero de otro modo que con nuevos empréstitos extranjeros, tiene que procurar que la industria rusa se fortalezca rápidamente hasta satisfacer toda la demanda interior. De ahí la exigencia de que Rusia se convierta en un país industrial independiente del extranjero y autosuficiente; de ahí los esfuerzos convulsivos del gobierno por llevar en pocos años a su punto culminante el desarrollo capitalista de Rusia. Porque si no lo consigue, no queda más que echar mano del fondo de guerra metálico acumulado en el Banco del Estado y en el Tesoro, o bien la bancarrota del Estado. Y en ambos casos se habría acabado la política exterior rusa.

Una cosa está clara: en tales circunstancias, la joven burguesía rusa tiene al Estado completamente en su poder. En todas las cuestiones económicas importantes tiene que plegarse a su voluntad. Si entretanto todavía consiente la autocracia despótica del zar y de sus funcionarios, es solo porque esta autocracia, atenuada de todos modos por la venalidad de la burocracia, le ofrece más garantías que unos cambios, aunque fueran en sentido burgués liberal, cuyas consecuencias, dada la situación interior de Rusia, nadie puede prever. Y así avanzan a un ritmo cada vez más rápido la transformación del país en un país capitalista industrial, la proletarización de gran parte de los campesinos y la decadencia de la vieja comunidad comunista.

No me atrevo a responder si de esta comunidad se ha salvado todavía lo bastante como para que pueda llegar a ser, llegado el caso, como Marx y yo esperábamos todavía en 1882, el punto de partida de un desarrollo comunista, en concordancia con un vuelco en Europa occidental. Pero lo que es seguro es esto: si ha de conservarse todavía un resto de esta comunidad, la primera condición para ello es la caída del despotismo zarista, la revolución en Rusia. Esta no solo sacará a la gran masa de la nación, a los campesinos, del aislamiento de sus aldeas, que forman su mir, su «mundo», y la llevará al gran escenario, donde conocerá el mundo exterior y con ello a sí misma, su propia situación y los medios para salvarse de la miseria actual, sino que dará también al movimiento obrero de Occidente un nuevo impulso y nuevas y mejores condiciones de lucha, y acelerará así la victoria del proletariado industrial moderno, sin la cual la Rusia de hoy no puede llegar a una transformación socialista ni a partir de la comunidad ni a partir del capitalismo.

  1. Piotr Tkachov (1844-1886), revolucionario ruso emigrado, partidario de una toma del poder por una minoría conspirativa. En 1874 publicó contra Engels una Carta abierta al señor Friedrich Engels, a la que Engels respondió con los artículos IV y V de Literatura de emigrados. ↩

  2. Alexandr Herzen (1812-1870), escritor y publicista ruso emigrado, creador de la idea de un «socialismo ruso» basado en la comunidad campesina. ↩

  3. August von Haxthausen (1792-1866), funcionario prusiano que recorrió Rusia en 1843-1844 y describió la comunidad aldeana en sus Estudios sobre la situación interior, la vida popular y en especial las instituciones rurales de Rusia (1847-1852). ↩

  4. Nikolái Chernyshevski (1828-1889), filósofo, economista y crítico ruso; detenido en 1862, pasó casi veinte años en presidio y destierro en Siberia, la mayor parte en Viliuisk, en el país de los yakutos. ↩

  5. Gueorgui Plejánov (1856-1918), fundador en 1883, en Ginebra, del grupo Emancipación del Trabajo, primera organización marxista rusa; Nuestras diferencias (Nashi raznoglasiia) es su crítica de los narodnikí. ↩

  6. Desiatina: medida agraria rusa, algo más de una hectárea (1,09 ha). ↩

  7. Gehöferschaften: comunidades agrarias de la región de Tréveris, en el Mosela y el Sarre, que todavía en el siglo XIX volvían a repartir periódicamente la tierra entre sus miembros. ↩

  8. Véase el prefacio a la segunda edición rusa en Manifiesto del Partido Comunista. ↩

  9. (Nota de Engels.) Véase Engels, El origen de la familia, etc., 5.ª edición, Stuttgart, 1892, pp. 109-113. [Es el capítulo V de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.] ↩

  10. Yuli Zhukovski (1833-1907), economista y publicista ruso, autor del artículo «Karl Marx y su libro sobre el capital» (Věstnik Jevropy, 1877); más tarde director del Banco del Estado. ↩

  11. Nikolái Mijailovski (1842-1904), teórico de los narodnikí, con el artículo «Karl Marx ante el tribunal del señor Zhukovski» (Otečestvennija Zapiski, 1877). ↩

  12. Véase Carta a la redacción de Otéchestvennye Zapiski. ↩

  13. El Comité Ejecutivo de Naródnaia Volia («La Voluntad del Pueblo»), organización que preparó y llevó a cabo el atentado mortal contra Alejandro II el 1 (13) de marzo de 1881. ↩

  14. Nicolás I murió en marzo de 1855, en plena guerra de Crimea; corrió el rumor, que Engels recoge, de que se había suicidado. ↩