Carta de Friedrich Engels, de diecisiete años, a su hermana Marie (1824-1901), de catorce, en Barmen, escrita en Bremen el 11 de septiembre de 1838 (el lugar y el año los fija la edición). Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 569-571, por la Escuela de marxismo, 2026. Se conserva completa. Las notas son nuestras. Texto original.

11 de sept.
Querida Marie:

«Con la esperanza de recibir otra vez de ti una carta de 4 páginas, quedo, etc.» Sí, gansita, 4 páginas vas a tener, pero ya verás qué páginas: con la medida con que tú midas se te medirá a ti,1 y aun así es demasiado para ti. Porque yo en una página pequeña como esta escribo tanto como tú en una grande, y ese despilfarro de papel te ruego que en adelante me lo ahorres; si el Gordo escribe tan separado, eso ya es otra cosa. ¿Me ha entendido usted, señorita? Si este año no vais a Xanten,2 tenéis que deciros:

Consuélate con Job, un schmear de Monk met Syrop.3

No hay quien lo remedie, como dicen aquí en Bremen.4 Podéis haceros cuenta de que ya habéis estado, y además, ¿no te acuerdas de lo que hacía Hermann5 cuando le daban un vaso de vino? Se lo bebía despacito, despacito, para que le durara mucho el gusto. Pues así tenéis que decir vosotras: si ahora estuviéramos en Xanten, ya no podríamos alegrarnos de que todavía vamos a ir; en cambio, así tenemos por delante todo un año lleno de esperanzas, y podemos alegrarnos todo lo que queramos. Mira, eso es ser político, y así lo dirían también Sócrates y Eulenspiegel.6 Apúntatelo para el futuro. Ya ves que yo también sé darte consejos, lo mismo que tú a mí. Y cuando me vuelvas a escribir, no me empieces cada párrafo con «Figúrate». ¿De dónde has sacado esa noble costumbre? ¿Cómo puedes decir «ya no sé qué escribir», si todavía no me has contado qué nota general os han dado a ti y a Anna,7 ni quién ha escrito este año la disertación que va delante de vuestro programa?8 El Gordo también habrá soltado algún chiste en las 8 semanas que llevo fuera; ¿no me lo podías haber contado? ¿Y cuántas cosas más habrán pasado de las que yo no puedo saber nada? A ver, dime: ¿es eso una excusa, «no sé qué escribir»? Yo tampoco sé qué escribir; cuando empiezo una línea, todavía no sé qué voy a poner en la siguiente, y sin embargo siempre me viene algo, y espero además que lo que te escribo te sea provechoso y de no poca utilidad. Pero tú, en cuanto has sembrado dos páginas de renglones bien separados, ya te crees que has hecho un trabajo de Hércules; ¿y qué piensas entonces de mí? Cuando acabe esta carta para ti, todavía tengo que escribir otras tres, y mañana o pasado tienen que estar en el correo. Y encima no tengo mucho tiempo, porque esta tarde se despacha el barco Panchita para La Habana, y tengo que copiar cartas en vez de escribir las mías; a mediodía espero una carta de Strücker,9 y ese también querrá respuesta; y tampoco puedo escribirle a uno lo mismo que le he escrito al otro. ¿Ves ahora que lo justo sería que tú me escribieras seis páginas y no tuvieras derecho a quejarte aunque yo te escribiera solo ⅙ de página? Por lo demás, el sermón ya es tan largo como toda tu carta, y para que veas que también sé escribir de otras cosas, me voy a tomar la libertad de decirte que, si consigo pinceles antes de que salga esta carta, te mandaré unos figurines de la moda campesina de Bremen. Pero ahora sí que tienes razón: ya no sé qué escribir; voy a ver, de todos modos, si no me cae algo más que hacer; las 4 páginas tienen que quedar llenas, y llenas como es debido. Una cosa muy desagradable: por la noche, al oscurecer, cierran las puertas de la ciudad, y el que quiera salir o entrar tiene que pagar peaje; ahora empieza ya a las siete, y entonces hay que pagar 2 grote,10 y luego sube con la hora: después de las 9 se pagan 3 grote; a las 10, 6, y a las 11, 12. A caballo hay que pagar todavía más. A mí ya me ha pasado un par de veces tener que pagar el peaje. Ahora mismo está el cónsul11 hablando con el señor Grave12 de las cartas que hay que escribir esta tarde; lo escucho con el alma en vilo, como un granuja que ve salir al jurado y espera el «culpable» o el «inocente». Porque en cuanto Grave se pone a escribir, antes de que me dé cuenta tengo delante seis, siete, ocho o más cartas de 1, 2 y hasta 3 páginas. En el tiempo que llevo aquí ya he copiado 40 páginas, 40 páginas en un libro copiador así de gigantesco. Ya tengo otra vez delante una carta para Baltimore, y mira por dónde, las 4 páginas están llenas, son las once y media y me voy a correos con el pretexto de recoger las cartas del cónsul, aunque en realidad es para ver si hay carta de Strücker. Adiós, querida Marie, espero 4 páginas grandes.

Tu hermano
Friedrich.

  1. Mateo 7, 2: «con la medida con que midáis se os medirá». ↩

  2. Ciudad del Bajo Rin, cerca de la frontera holandesa. ↩

  3. Dicho popular en el bajoalemán del Rin: «y úntale jarabe al monje»; rima Hiob (Job) con Syrop. ↩

  4. En el original, Ich kann’s nicht helfen, giro del bajoalemán (como el inglés I can’t help it) que no es alemán corriente. ↩

  5. Hermann Engels (1822-1905), hermano de Friedrich. ↩

  6. Till Eulenspiegel, el pícaro burlón de los libros populares alemanes. ↩

  7. Anna Engels (1825-1853), otra hermana de Engels. ↩

  8. Los centros de enseñanza publicaban cada año un «programa» con la memoria del curso, encabezado por una disertación de uno de los profesores. ↩

  9. Amigo de juventud de Engels en Barmen. ↩

  10. Moneda pequeña de Bremen; 72 grote hacían un tálero. ↩

  11. Heinrich Leupold (m. 1865), cónsul de Sajonia y dueño de la casa de exportación de Bremen en la que Engels hacía su aprendizaje. ↩

  12. Empleado de la casa Leupold. ↩