Carta de Friedrich Engels, de dieciocho años, a Friedrich Graeber, escrita en Bremen el domingo 20 de enero de 1839 (la fecha la da la propia carta; el lugar y el año los fija la edición). Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 493-498, por la Escuela de marxismo, 2026. Se conserva completa. Las notas son nuestras. Texto original.

A Fritz Graeber.1

Florida.2

I.
Habla el espíritu de la tierra:

Hace trescientos años llegó navegando el altivo pueblo blanco desde la otra orilla del océano, donde estaban sus ciudades.

Las islas fueron pronto botín de los fuertes; entonces alcé el puño desde el mar, por ver si también lo pisaba su pie atrevido.

Estaba cubierto de bosque y de flores, y por los hondos surcos de sus valles vagaba mi fiel linaje, el coro de los hombres morenos.

El Padre eterno derramaba mansamente sobre él la plenitud de su bendición… cuando llegaron los blancos: se acercó su barco, que erraba por el mar.

Y la tierra les gustó; se la quedaron, como se habían apropiado de las islas, y para mi pueblo trajeron la semilla de la esclavitud.

Negaron la frontera de los surcos, midieron mi mano con cuadrantes, trazaron en ella líneas extrañas.

Pronto inundaron todo el país; queda un dedo que aún no han cubierto: quien llega hasta allí corre a la muerte.

En ese dedo me he puesto ahora un anillo que forman mis morenos; han tendido sus lanzas,

y si no me protegen con sus escudos, si la soberbia de los blancos lima el anillo, entonces hundiré la mano, con los blancos y los salvajes, en la marea embravecida.

II.
Habla el seminola:

No quiero anunciar la paz a mis hermanos: guerra sea mi primera palabra, y batalla la última; y cuando vuestras miradas se enciendan entonces

como incendio del bosque avivado por el huracán, os diré que con razón me llamasteis un día sol de la palabra, ¡ante el que huye la noche!

Igual que antes ardíais en el salvaje placer de la caza, para cazar a los animales inocentes que huían de vosotros, igual que, persiguiéndolos, disparabais flecha tras flecha,

así piensa ahora el pueblo de los blancos cazaros a vosotros; que ellos son la presa y vosotros los cazadores, que se lo digan vuestras flechas.

A nosotros, los rojos, nos miran con envidia, y para que no se vea su odiado color blanco se tapan del todo con ropas de colores.

Llamaron a nuestra tierra la florida, porque aquí se abren flores de mil clases; todas ellas, azules, amarillas, pálidas,

han de vestirse un traje rojo, salpicadas de la sangre roja de los blancos, y que el flamenco no brille más rojo.

Para esclavos suyos no servíamos, por eso trajeron aquí a los negros cobardes: ¡que conozcan nuestra fuerza y nuestro valor!

Venid, pues, blancos, si tanto lo ansiáis, venid a recoger vosotros mismos el homenaje: desde cada cañaveral, desde cada árbol, os espera la flecha del seminola.

III.
Habla el blanco:

¡Sea! Así pues, por última vez quiero plantar cara con valor al duro destino, quiero mirar de frente, libre, el acero asesino.

¡Te conozco bien, furia del destino! Siempre me has amargado el gusto de vivir. ¿Creéis que florecieron para mí las alegrías del amor?

Me hizo añicos con su burla el pobre corazón la que amaba; busqué consuelo en la lucha por la libertad, y ante nuestra liga temblaron

no pocos reyes, y los príncipes vieron con espanto cómo se unían los jóvenes alemanes. Por ello he pagado siete años de mi vida

la culpa entre cadenas de bronce. Luego me llevaron al barco veloz: iba a ser libre, pero en tierras lejanas.

¡Ya hace señas la costa! Allí, en el arrecife, el barco revienta, y en el oleaje salvaje cae toda la gente; que yo solo agarrara

una tabla que se me ofreció para llegar a duras penas a tierra fue la primera suerte que tuve; los demás descansan bajo la arena de las olas.

Pero ¿podré escapar alguna vez de la desgracia? Los salvajes se me echan encima y me atan, a mí, a quien han escogido para la muerte, para su venganza.

Pensaba encontrar aquí otra vez la libertad, y los luchadores por la libertad me saludan con el asesinato: ¡así tengo que pagar los pecados de mis hermanos!

Pero mira, ¿qué viene flotando hacia la orilla? ¡Un crucifijo! ¡Con qué dulzura me miran los rasgos del Salvador! Ay, me falta su palabra

cuando, moribundo, yazgo en la arena ardiente, ¡y viene él mismo hasta mí, el lleno de gracia! Yo aquí refunfuño, y por mí, en la guerra, con furia infernal, Dios mismo se hace cadáver.

Ahí tienes mi aportación para la próxima tertulia;3 he visto que otra vez se ha celebrado en nuestra casa, y me supo muy mal no haber mandado nada. Ahora, a contestar tu carta. ¡Ajá! ¿Por qué no lees el periódico? Habrías visto enseguida lo que salió en el periódico del asunto y lo que no. No es culpa mía si haces el ridículo. En el periódico solo salieron informes oficiales del Senado,4 que, claro, eran lo que cabía esperar. La comedia de Plümacher5 debe de ser muy bonita; se la he pedido dos veces y no ha dicho ni pío. En cuanto a Jonghaus y sus amores,6 con él tengo todavía un capítulo aparte que despachar sobre eso. Vosotros siempre os dejáis apartar de escribir por «esto y aquello»; dime una cosa: ¿no puedes escribirme media hora cada día, desde el día en que recibes mi carta? Así terminas en tres días. Yo tengo que escribir todas estas cartas, cinco, escribo con la letra mucho más apretada que vosotros, y aun así termino en 4 o 5 días. Sí, es terrible. Tendréis ocho días de plazo, pero al noveno día después de recibir mi carta tenéis que echar la vuestra al correo, no hay otra; si con Wurm7 hubiera dispuesto otra cosa, por la presente lo cambio: tenéis 8 días de plazo; si no, se aplicarán las penas con que amenacé a Wurm: nada de versos y haceros esperar otro tanto.

Aquí tienes un grabado en madera à la libros populares,8 que te muestra a las claras cómo estoy al acecho de vosotros, es decir, de vuestras cartas.

Cartero: Señor cónsul, ¡una carta!
Cónsul Leupold: ¡Ajá! Bien.
Engels: ¿Nada para mí?
Cartero: No.9

Creía que hoy (domingo, 20 de enero) todavía podría despachar las cartas, pero dan las cuatro y media, y hoy el correo sale ya a las cinco. Otra vez me sale el tiro por la culata. Bueno, algo bueno tiene: ahora puedo cagar tranquilo y luego escribiros tranquilo. Para Peter J[onghaus] todavía no he podido empezar ninguna carta. Maldita sea, hay uno sentado en el retrete y a mí me aprieta de arriba abajo la necesidad de derramarme.

Es curioso que, si tomamos a nuestros mayores poetas, siempre se complementan de dos en dos: así Klopstock y Lessing, así Goethe y Schiller, así Tieck y Uhland.10 Pero ahora Rückert está completamente solo; ya tengo curiosidad por ver si le sale todavía una pareja o si se muere así; casi lo parece. Como poeta del amor se le podría juntar con Heine, pero, por desgracia, en todo lo demás son tan heterogéneos que no hay manera de unirlos. Klopstock y Wieland son al menos opuestos, pero Rückert y Heine no tienen el menor otro parecido, y los dos están absolutamente solos. ¡Menuda compañía es el partido berlinés de la Joven Alemania!11 Ahora quieren rebautizar nuestra época como una época de «situaciones y relaciones finas», lo que viene a significar: escribimos cualquier cosa para el mundo, y para llenar las páginas describimos cosas que no existen, y a eso lo llamamos situaciones, o mezclamos churras con merinas, y eso pasa por «relaciones finas». Ese Theodor Mundt garabatea para el mundo algo sobre la señorita Taglioni, que «baila a Goethe»,12 se adorna con florituras de Goethe, de Heine, de la Rahel y de la Stieglitz, dice los disparates más deliciosos sobre Bettina,13 pero todo tan moderno, tan moderno, que debe de ser un gusto leer esas cosas para un pisaverde o para una dama joven, vanidosa y lasciva. Ese Kühne, el agente de Mundt en Leipzig, dirige la Zeitung für die elegante Welt,14 y la revista parece ahora una dama cuyo cuerpo estaba hecho para el miriñaque y a la que meten ahora en un vestido moderno, de modo que a cada paso se le ve, a través de la tela ceñida, la graciosa curva de las piernas. ¡Es delicioso! ¡Y ese Heinrich Laube! El tipo emborrona sin parar caracteres que no existen, novelas de viaje que no lo son,15 disparate tras disparate; es terrible. No sé qué va a ser de la literatura alemana. Tenemos tres talentos: Karl Beck, Ferdinand Freiligrath y Julius Mosen;16 el tercero debe de ser judío y en su Ahasver hace que el judío errante desafíe al cristianismo por todas partes; Gutzkow, que todavía es de los más sensatos, se lo reprocha porque Ahasvero sería una naturaleza vulgar, un verdadero judío chalán;17 Theodor Creizenach, también un juif,18 arremete ahora furiosamente contra Gutzkow en la Zeitung für die elegante Welt, pero Gutzkow le queda demasiado alto. Ese Creizenach, un vulgar gacetillero, pone a Ahasvero por las nubes, como un gusano pisoteado, y despotrica contra Cristo como un Señor arbitrario y soberbio; y opina además que, ciertamente, en el libro popular Ahasvero no es más que un tipo vulgar, pero que en el papel secante de los puestos de feria Fausto tampoco es mucho más que un brujo vulgar, mientras que Goethe puso en él «la psicología de varios siglos».19 Esto último está claro ser un disparate (si no me equivoco, es una construcción del todo latina),20 pero a mí solo me toca por los libros populares. Desde luego, si Theodor Creizenach los pone verdes, deben de ser muy, muy malos; con todo, me atrevo a observar que en el Ahasvero popular hay más hondura y más poesía que en todo Th. Cr[eizenach] junto con sus loables consortes. Ahora tengo en el telar unas cuantas xenias,21 de las que te pongo aquí las que tengo terminadas.

Las revistas.

1. Telegraph.
Si tú mismo te llamas taquígrafo, ¿quién va a dudar ya de que lo que te llena las hojas está escrito a toda prisa?

2. Morgenblatt.
Si me lees por la mañana, por la noche habrás olvidado si miraste un papel en blanco o uno impreso.

3. Abendzeitung.
Si por la noche no te viene el sueño, toma esta hoja en las manos: un dulce sopor te invadirá enseguida, seguro.

4. Literaturblatt.
Es la hoja más criticona de todo el bosque de la literatura, ¡pero qué seca está! ¡Si hasta el viento la arranca!

No se me ocurren otras ahora mismo, así que tendré que dejarlo. Tengo que darme, según advierto, una prisa considerable si yo, pobre diablo, quiero que las cartas salgan todavía mañana; enseguida tenemos visita, y mañana gran ajetreo y mucho copiar, de modo que no será inoportuno escribir muy deprisa.

De Duller22 estoy leyendo ahora Kaiser und Papst, una novela en cuatro tomos. Duller tiene una fama desmesurada; sus Wittelsbacher (romances, muchos de los cuales están en el Hülstett)23 son espantosamente malos; quiso imitar el tono popular y le salió vulgar; su Loyola es un espantoso batiburrillo de todos los elementos buenos y malos de una novela histórica, recalentado en una mala salsa de estilo; su Vida de Grabbe es horriblemente deformada y parcial; la novela que tengo entre manos es ya mejor: algunos caracteres están bien dibujados, otros por lo menos no mal; algunas situaciones están bastante bien concebidas, y los personajes inventados son interesantes. Pero le faltan por completo, a juzgar por el primer tomo, la medida en la extensión y en el relieve de los personajes secundarios, y visiones nuevas y audaces de la historia. No le importa matar al personaje mejor dibujado al final del primer tomo; además tiene una gran predilección por las muertes estrafalarias: así, uno muere de rabia justo cuando va a clavarle el puñal en el pecho a su enemigo, y ese enemigo está en el cráter del Etna, a punto de envenenarse, cuando una grieta de la montaña lo sepulta en la corriente de lava. Luego el tomo termina, después de describir esta escena: «Las olas del océano se cierran por encima de la coronilla de la cabeza solar». Un final muy picante, pero en el fondo trillado y tonto. Que cierre también mi carta. Addio, adieu, á dios, a deos,24

Tu Friedrich Engels.

  1. Friedrich (Fritz) Graeber (1818-1895), compañero de Engels en el instituto de Elberfeld, estudiaba entonces teología en Berlín con su hermano Wilhelm; luego fue pastor. ↩

  2. Poema de Engels sobre la guerra que los seminolas de Florida sostenían desde 1835 contra los Estados Unidos (la segunda guerra seminola, que duró hasta 1842). El blanco de la tercera parte es un antiguo miembro de las asociaciones de estudiantes alemanas, condenado a prisión y luego deportado a América. En la edición las estrofas, tercetos encadenados, se marcan con sangría. ↩

  3. Kränzchen: la tertulia literaria de los amigos de Barmen y Elberfeld, para la que cada uno escribía alguna pieza. ↩

  4. El Senado de la ciudad libre de Bremen. No sabemos a qué asunto se refiere. ↩

  5. Friedrich Plümacher (nacido en 1819), compañero de Engels en el instituto de Elberfeld, donde aún estudiaba. ↩

  6. Peter Jonghaus (nacido en 1816), de Barmen, otro compañero de instituto, estudiaba teología en Berlín. ↩

  7. Gustav Wurm (1819-1888), amigo de juventud de Engels, estudiaba filología en Bonn. ↩

  8. Los Volksbücher, libros populares en prosa ilustrados con toscos grabados en madera, que interesaban mucho a Engels por entonces. ↩

  9. En el manuscrito, aquí, un dibujo de Engels a toda página, que la edición reproduce: a la izquierda, el cartero entrega una carta al cónsul Leupold, de pie junto a un pupitre alto; a la derecha, Engels, sentado en su taburete del escritorio, se vuelve hacia ellos estirando el brazo. Debajo, el diálogo. En la edición el dibujo corta la frase «Creía | que hoy…»; aquí ponemos el pie como párrafo aparte. ↩

  10. Friedrich Gottlieb Klopstock (1724-1803), Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781), Ludwig Tieck (1773-1853), Ludwig Uhland (1787-1862); más abajo, Friedrich Rückert (1788-1866), Heinrich Heine (1797-1856) y Christoph Martin Wieland (1733-1813). ↩

  11. La Joven Alemania (Junges Deutschland), grupo de escritores liberales cuyos escritos prohibió la Dieta federal en 1835. Los de Berlín eran sobre todo Theodor Mundt (1808-1861) y sus amigos. ↩

  12. La bailarina Marie Taglioni (1804-1884). Mundt hablaba de ella en Spaziergänge und Weltfahrten (Altona, 1838). ↩

  13. Rahel Varnhagen (1771-1833), Charlotte Stieglitz (1806-1834) y Bettina von Arnim (1785-1859), mujeres de letras muy citadas por la Joven Alemania. ↩

  14. Gustav Kühne (1806-1888) dirigía en Leipzig la Zeitung für die elegante Welt («Periódico para el mundo elegante»). ↩

  15. Heinrich Laube (1806-1884), autor de las Reisenovellen («Novelas de viaje», 1834-1837). ↩

  16. Karl Beck (1817-1879), Ferdinand Freiligrath (1810-1876) y Julius Mosen (1803-1867), cuyo poema épico Ahasver salió en 1838. Engels se equivoca: Mosen no era judío. ↩

  17. Karl Gutzkow (1811-1878), cabeza de la Joven Alemania, reseñó el Ahasver en su Telegraph für Deutschland (agosto de 1838). ↩

  18. «Judío» (francés). Theodor Creizenach (1818-1877) replicó con «Gutzkow über Ahasver» en la Zeitung für die elegante Welt del 27 de septiembre de 1838. ↩

  19. Según la MEGA¹, Creizenach escribió «la metafísica de varios siglos». ↩

  20. Engels imita en alemán el nominativo con infinitivo latino; lo calcamos. ↩

  21. Epigramas en dísticos, a imitación de las Xenien de Goethe y Schiller (1796). Las revistas son el Telegraph für Deutschland de Gutzkow (Hamburgo), cuyo nombre se presta al juego con Schnellschreiber, «el que escribe rápido»; el Morgenblatt für gebildete Stände («Hoja matutina para los estamentos cultos», Stuttgart); la Abendzeitung («Periódico vespertino», Dresde), y el Literaturblatt («Hoja literaria»), suplemento del Morgenblatt dirigido por Wolfgang Menzel. En el último hay juego con Blatt, «hoja» de papel y de árbol. ↩

  22. Eduard Duller (1809-1853), novelista: Kaiser und Papst («Emperador y papa», Leipzig, 1838), Die Wittelsbacher (1831), Loyola y una vida del dramaturgo Christian Dietrich Grabbe que sirvió de introducción a la edición de Die Hermannsschlacht de Grabbe (Düsseldorf, 1838). ↩

  23. La antología escolar de prosistas y poetas alemanes de G. Karl A. Hülstett (Düsseldorf, 1830). ↩

  24. «Adiós» en italiano, francés, español y portugués, con la ortografía de Engels. ↩