Carta de Friedrich Engels, de dieciocho años, a Wilhelm Graeber, escrita en Bremen el 8 de octubre de 1839 (el lugar lo fija la edición). Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 538-541, por la Escuela de marxismo, 2026. Se conserva completa. Las notas son nuestras. Texto original.

8 de octubre de 1839.

¡Oh Wilhelm, Wilhelm, Wilhelm!1 ¿Así que por fin se sabe algo de ti? Pues bien, hombrecito, ahora vas a oír una cosa: ahora soy un straussiano entusiasta.2 Venid ahora, venid, que ahora tengo armas, escudo y yelmo, ahora estoy seguro; venid, que os voy a zurrar, a pesar de vuestra Theologia, que no vais a saber adónde huir. Sí, Guillermo, jacta est alea,3 soy straussiano; yo, un pobre poeta, me cobijo bajo las alas del genial David Friedrich Strauss. ¡Escucha qué tipo es este! Ahí están los cuatro Evangelios, revueltos y abigarrados como el caos; la mística está postrada delante, adorándolos; y he aquí que entra David Strauss, como un dios joven, saca el caos a la luz del día y… ¡adiós, fe!, está tan agujereada como una esponja. Aquí y allá ve demasiados mitos, pero solo en minucias, y en lo demás es genial de cabo a rabo. Si sois capaces de refutar a Strauss, eh bien,4 entonces me vuelvo pietista otra vez. Además, por tu carta podría enterarme de que Mengs fue un artista importante,5 si por desgracia no lo supiera desde hace mucho. «La flauta mágica (música de Mozart)»: lo mismito. Lo de la sala de lectura es estupendo, y te llamo la atención sobre las últimas novedades literarias: König Saul, tragedia de Gutzkow; Skizzenbuch, del mismo; Dichtungen, de Th. Creizenach (un judío); Deutschland und die Deutschen, de Beurmann; Die Dramatiker der Jetztzeit, primer cuaderno, de L. Wienbarg, etc.6 Tengo muchas ganas de oír tu juicio sobre el Saul; en Deutschland und die Deutschen, Beurmann ha extractado mi artículo del Tel[egraph], donde habla del Wuppertal.7 En cambio, te prevengo contra la historia del levantamiento polaco (1830-31) de Smitt, Berlín, 1839, que sin duda se ha escrito por orden directa del rey de Prusia. El capítulo sobre el comienzo de la revolución lleva un lema de Tucídides que viene a decir: «Pero nosotros, que no esperábamos nada malo, nos vimos de pronto atacados por ellos sin motivo alguno».8 ¡¡¡¡¡¡Oh, disparate, qué grande eres!!!!!! En cambio, es magnífica la historia de este glorioso levantamiento del conde Sołtyk, que salió en alemán en Stuttgart en 1834;9 sí, en vuestra tierra estará prohibida, como todo lo bueno. Otra novedad importante es que estoy escribiendo una novela corta que se imprimirá en enero, bien entendido que si pasa la censura, lo cual es un dilema muy serio.

No sé ni siquiera si os tengo que mandar poemas o no, aunque creo que lo último que os mandé fue el Odysseus Redivivus,10 y os pido una crítica del último envío. Aquí hay ahora un candidato a pastor de ahí, Müller, que tiene que irse de predicador en un barco a los mares del Sur. Vive en nuestra casa y tiene unas ideas tremendamente forzadas sobre el cristianismo, cosa que entenderás enseguida si te digo que ha pasado su última temporada bajo la influencia de Gossner.11 No es fácil tener ideas más exaltadas sobre la fuerza de la oración y la intervención divina directa en la vida. En lugar de decir que uno puede aguzar los sentidos, el oído, la vista, dice: si el Señor me da un cargo, tiene que darme también fuerza para él; naturalmente, hace falta además oración ferviente y trabajar uno mismo en ello, si no, no hay manera; y así reduce a los creyentes solos este hecho conocido, común a todos los hombres. Que una visión del mundo así es demasiado infantil y pueril, hasta un Krummacher12 me lo tendría que conceder. Me alegra mucho que tengas mejor opinión de mi artículo del Telegraph. Por lo demás, el asunto está escrito en caliente, por lo que ha cobrado un estilo como el que solo puedo desear para mi novela, pero también adolece de unilateralidades y medias verdades. Krummacher ha conocido a Gutzkow (ya lo sabrás) en Fráncfort del Meno, y dicen que cuenta mirabilia13 de ello: prueba de que la teoría de los mitos de Strauss es acertada. Ahora me dedico al estilo moderno, que es sin duda el ideal de toda estilística. Sus modelos son los escritos de Heine, pero sobre todo Kühne y Gutzkow. Su maestro, sin embargo, es Wienbarg. De los elementos anteriores, han influido en él de manera especialmente favorable Lessing, Goethe, Jean Paul y, sobre todo, Börne.14 ¡Ay, Börne escribe con un estilo que está por encima de todo! Menzel der Franzosenfresser es, en cuanto al estilo, la primera obra de Alemania, y a la vez la primera en que se trata de aniquilar a un autor por completo; otra vez está prohibida en vuestra tierra, no vaya a ser que se escriba con mejor estilo que en las oficinas reales.15 El estilo moderno reúne en sí todas las virtudes del estilo: brevedad apretada y concisión, que da en el blanco con una sola palabra, alternando con la pintura épica y sosegada; lenguaje sencillo, alternando con imágenes resplandecientes y chispazos de ingenio deslumbrantes; un Ganímedes joven y vigoroso, con rosas ceñidas a la cabeza y en la mano la flecha que abatió a la serpiente Pitón.16 Y con ello se deja a la individualidad del autor el mayor margen, de modo que, pese al parentesco, ninguno imita al otro. Heine escribe de forma deslumbrante; Wienbarg, con calor cordial y radiante; Gutzkow, con una puntería milimétrica, a veces sobrevolado por un rayo de sol bienhechor; Kühne, con una pintura morosa y apacible, con demasiada luz y demasiado poca sombra; Laube imita a Heine y ahora también a Goethe, pero de una manera equivocada, porque imita al goethiano Varnhagen, y Mundt imita igualmente a Varnhagen. Marggraf escribe todavía de un modo muy general y soplando a dos carrillos, pero eso ya se le pasará, y la prosa de Beck no ha salido aún de los ejercicios.17 Si se junta el adorno de Jean Paul con la precisión de Börne, ahí están los rasgos fundamentales del estilo moderno. Gutzkow ha sabido asimilar con fortuna el estilo brillante, ligero, pero seco, de los franceses. Ese estilo francés es como un hilo de la Virgen; el moderno alemán es un copo de seda. (Esta imagen, por desgracia, no me ha salido.) Pero que lo nuevo no me hace olvidar lo antiguo lo demuestra mi estudio de las divinas canciones de Goethe. Hay que estudiarlas musicalmente, eso sí, y lo mejor es en distintas composiciones. Por ejemplo, voy a copiarte aquí la composición de Reichardt del «Bundeslied»:18

En todas las horas buenas, enaltecidos por el amor y el vino, cantemos juntos esta canción. Nos mantiene unidos el dios que aquí nos trajo; renueva vuestras llamas: él las encendió.19

Otra vez se me han olvidado las líneas divisorias de los compases; que te las ponga Heuser.20 La melodía es magnífica y, por su sencillez, que se mantiene siempre dentro del acorde, se ajusta a la canción como ninguna. Queda espléndida la subida del verso 6, del mi hasta el re de la séptima, y la rápida caída del verso 8, del si hasta el la de la novena. Sobre el Miserere de Leonardo Leo21 escribiré a Heuser.

Uno de estos días os voy a mandar a un buen amigo que va a estudiar ahí, Adolf Torstrick;22 es alegre y liberal y sabe bien el griego. Los demás bremenses que van para ahí no valen mucho. Torstrick llevará cartas mías para vosotros. Recibidlo bien; ojalá os guste. Fritz23 todavía no me ha escrito; el vermicul24 quería escribir desde Elberfeld, pero no lo ha hecho, por pereza, por lo que harás el favor de echarle una bronca. Si llega Heuser, a quien no puedo escribir a Elberfeld por miedo a no encontrarlo ya allí, dale esperanzas de que pronto recibirá algo.

Tu Friedrich Engels.

  1. Wilhelm Graeber (nacido en 1820), hijo de un pastor de Barmen y compañero de clase de Engels en el instituto de Elberfeld, estudió teología en Bonn y en Berlín; más tarde fue pastor en Essen. Por la carta siguiente, del 20 de octubre, estaba ya en Berlín. ↩

  2. David Friedrich Strauss (1808-1874), teólogo, autor de Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet («La vida de Jesús, examinada críticamente», 1835-1836), que explicaba los relatos evangélicos como mitos nacidos de la conciencia de la primera comunidad cristiana. ↩

  3. Guillermo, en español en el original. Jacta est alea: «la suerte está echada», las palabras que se atribuyen a César al cruzar el Rubicón. ↩

  4. «Pues bien» (en francés en el original). ↩

  5. Anton Raphael Mengs (1728-1779), pintor neoclásico. ↩

  6. Karl Gutzkow (1811-1878), König Saul («El rey Saúl», Hamburgo, 1839) y Skizzenbuch («Libro de bocetos», Kassel, 1839); Theodor Creizenach (1818-1877), Dichtungen («Poesías», Mannheim, 1839); Eduard Beurmann, Deutschland und die Deutschen («Alemania y los alemanes»); Ludolf Wienbarg (1802-1872), Die Dramatiker der Jetztzeit («Los dramaturgos de la época actual», Altona, 1839). ↩

  7. Las Cartas desde el Wuppertal, publicadas sin firma en el Telegraph für Deutschland de Gutzkow en marzo y abril de 1839. Según la edición, Beurmann las extracta en el tomo III de su libro, pp. 147 y ss. ↩

  8. Friedrich von Smitt, Geschichte des polnischen Aufstandes und Krieges in den Jahren 1830 und 1831 («Historia del levantamiento y la guerra de Polonia en los años 1830 y 1831», Berlín, 1839). El lema procede, según la edición, de Tucídides, III, 39 (el discurso de Cleón contra los mitilenios); Engels lo resume de memoria. ↩

  9. Roman Sołtyk (1791-1843), general polaco, que tomó parte en el levantamiento: Polen, geographisch und historisch geschildert («Polonia, descrita geográfica e históricamente»). La edición da como lugar de impresión Hamburgo, 1834. ↩

  10. «Ulises redivivo», un poema de Engels. ↩

  11. Johann Gossner (1773-1858), antiguo sacerdote católico del movimiento de los «despertados», pasado al protestantismo; desde 1829 predicador de la iglesia de Belén de Berlín y promotor de misiones. Müller, candidato a predicador procedente de Berlín, de su círculo, vivía en 1839 en la casa del pastor Treviranus, donde se alojaba Engels. ↩

  12. Friedrich Wilhelm Krummacher (1796-1868), predicador de Elberfeld y cabeza del pietismo del Wuppertal, al que Engels había retratado en las Cartas desde el Wuppertal. ↩

  13. «Maravillas». ↩

  14. Heinrich Heine (1797-1856); Gustav Kühne (1806-1888), del círculo de la Joven Alemania, como Gutzkow y Wienbarg; Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781); Jean Paul (Johann Paul Friedrich Richter, 1763-1825); Ludwig Börne (1786-1837), el gran publicista liberal, exiliado en París. ↩

  15. Menzel der Franzosenfresser («Menzel, el devorador de franceses», París, 1837), el último escrito de Börne, contra el crítico Wolfgang Menzel (1798-1873), que había denunciado a la Joven Alemania. ↩

  16. Engels mezcla las figuras mitológicas: Ganímedes era el copero de los dioses; quien mató con sus flechas a la serpiente Pitón fue Apolo. ↩

  17. Heinrich Laube (1806-1864) y Theodor Mundt (1808-1861), escritores de la Joven Alemania; Karl August Varnhagen von Ense (1785-1858), escritor y diplomático, gran admirador de Goethe; Hermann Marggraf (1809-1864), escritor e historiador de la literatura; Karl Beck (1817-1879), poeta. ↩

  18. En el manuscrito sigue, escrita por Engels en un pentagrama en clave de fa, la melodía con la letra debajo; la edición la reproduce. La letra es la primera estrofa del «Bundeslied» («Canción de la alianza», 1775) de Goethe. La edición identifica al compositor con Gustav Reichardt (1797-1884). ↩

  19. Engels escribe «eure Flammen» («vuestras llamas»); en Goethe se lee «unsre Flammen» («nuestras llamas»). ↩

  20. Gustav Heuser, de Elberfeld, amigo de juventud de Engels y aficionado a la música. ↩

  21. Leonardo Leo (1694-1744), compositor napolitano; su Miserere a ocho voces es de 1739. ↩

  22. Johann Adolf Torstrick (nacido en 1821), hijo del organista de la iglesia de San Martín de Bremen y amigo de juventud de Engels; más tarde filólogo y profesor del instituto de Bremen. ↩

  23. Friedrich (Fritz) Graeber, hermano de Wilhelm, que estudiaba teología. ↩

  24. Latinajo burlón: «el gusanillo» (de vermiculus); parece referirse al propio Fritz. ↩