Carta de Karl Marx a Friedrich Engels, que vivía en Manchester, escrita en Londres el 19 de octubre de 1851. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 127, pp. 279-281) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.
19 de octubre de 1851. 28, Deanstreet, Soho.
Querido Engels:
Hace unos días recibí carta de Dronke,1 en la que me anuncia que llegará a Londres el 23 o el 24 de este mes; dice que por causa de una expulsión. Aquí la cuestión de la supervivencia le va a apretar más que nunca.
Una noticia todavía más funesta es esta: últimamente llevaba la correspondencia con Colonia de manera que las cartas para mí las hacía llegar el revisor de ferrocarril Schmidt hasta Lieja, y yo, por mi parte, le mandaba a él, bajo sobre, una carta a Lieja por medio de una tercera persona. A este Schmidt lo han detenido y luego soltado, pero la instrucción sigue. En este asunto parece que hay traición directa. Según lo convenido, por cierto, Pieper2 tendría que haber mandado hace tiempo noticias de Colonia, donde los Rothschild pararon un día, y de Fráncfort. En vez de eso, veo por una carta de Ebner3 (desde Fráncfort) a Freiligrath que, aunque lleva ya ocho días en Fráncfort, aún no ha ido a ver a Ebner, a quien tenía que entregar una carta mía. Nuestra gran desgracia es que nuestros agentes llevan siempre las cosas con muchísima dejadez, y siempre como cosa secundaria. Los otros están, sin duda, mejor servidos.
En Nueva York, Kinkel,4 como le pareció que el grosero Heinzen5 le había minado el terreno y como solo sabe presentarse allí donde se le tiene sin discusión por el Salvador, no ha dado ningún mitin ni ha colocado ninguno de sus «bonos con interés» sobre la futura república alemana. En cambio, en Filadelfia, según escribe al club de la emigración, ha colocado por valor de 4000 dólares. En Pensilvania, en general, encuentra la masa conveniente de católicos alemanes amigos de la luz. Kinkel no ha hecho otra cosa que recoger la herencia de Johannes Ronge.6 Aquel era el Juan. Este es el Cristo.
Con Göhringer7 me veré esta noche. La cosa viene directamente de Willich y compañía. Resulta que, a petición insistente de estos granujas, les ha regalado supuestamente el dinero que yo le debo. Le firmaré una letra a cuatro semanas. Creo que la aceptará. Si no, que vaya a los tribunales. Tengo todas las posibilidades de haber cerrado para entonces el contrato con el de Dessau, que naturalmente tiene que pagar una suma por adelantado.
Weerth8 vuelve a estar en Bradford. Il importe9 que le escribas a ver si puede llevar en persona una carta a Haupt.10 Toda la calumnia me parece que viene de dos fuentes: por un lado, Stechan-Dietz;11 por otro, el alguacil de mendigos Willich, que fue el primero que aquí hizo sospechar de Haupt como espía ante el público de Schärttner.12 Willich, en efecto, estuvo siempre en relación con el exsuboficial prusiano Berthold. Haupt había colocado a este animal en Hamburgo en casa de un comerciante. Berthold robó al comerciante y luego lo persiguió la policía. Haupt declaró, naturalmente, contra el bribón, que quizá repartía el botín con su amigo Willich. Y ahora este último puso el grito en el cielo por la traición a «un pobre patriota refugiado». Si esta historia llega al público, el «noble» Willich se va a quedar con la boca abierta. Ahora sería importante no solo pedir a Haupt que nos aclare las sospechas, secretas y públicas, contra él, sino que, si es inocente, tiene que hacer una declaración pública, contar que toda la historia descansa en la calumnia de Willich e insinuar al mismo tiempo la relación de este, quizá como socio, con el bribón Berthold. Haupt, en efecto, no sabe todavía nada de esta infamia de Willich, fuente primera de las sospechas contra él. Si Weerth está dispuesto, podrías darle una carta para Haupt redactada en este sentido. La chose presse.13 Haupt tendría que referirse también en su declaración al tal «Dietz» y a la equívoca apertura de su escritorio.
En cuanto a Ewerbeck,14 tienes que escribirme al menos en unas cuantas líneas los datos que te atañen hasta el año 1845.
El súbito viraje del señor Luis Bonaparte, sean cuales sean sus consecuencias, es una jugada maestra de Girardin.15 Ya sabes que este señor se había aliado en Londres con Ledru-Rollin, y su periódico se volvió durante un tiempo, en efecto, tan estúpido como cabe esperar de un aliado de Ledru-Rollin y de Mazzini. Inesperadamente dio el golpe del suffrage universel,16 al que ha llevado a Bonaparte con sus artículos, por medio del doctor Véron17 y con entrevues18 personales. Así queda rota la conspiración realista. La rabia del Journal des Débats, tan diplomático de ordinario, lo demuestra con la mayor claridad. Todos estaban confabulados, Faucher, Carlier, Changarnier, y hasta los nobles Berryer y Broglie, que en apariencia se habían adherido a Bonaparte.19 En todo caso, la «revolución» —en el sentido de echarse a la calle— queda ahora escamoteada. Con el suffrage universel no hay ni que pensar en ella. Al señor Girardin, sin embargo, no le gusta la escenificación revolucionaria. Ha engañado por igual a los realistas y a los revolucionarios de oficio, y aún está por ver si no ha engañado también deliberadamente a Luis Bonaparte. Porque, restablecido el suffrage universel, ¿quién garantiza a Bonaparte la revisión,20 y, conseguida la revisión, quién le garantiza que saldrá a su gusto? Con todo, dada la estupidez natural de los campesinos franceses, cabe preguntarse si el Elu du suffrage universel,21 como restaurador de ese suffrage, no será reelegido por gratitud, sobre todo si by and by22 nombra ministros liberales y con hábiles panfletos echa toda la culpa a los realistas conspiradores que lo han tenido preso durante tres años. Dependerá de su habilidad. Bonaparte sabe ahora, en todo caso, que del parti de l'ordre23 no puede esperar nada bueno.
Uno de los intermedios más cómicos de este juego de intrigas es la conducta melancólica del National y del Siècle,24 que, como es sabido, llevan mucho tiempo clamando por el suffrage universel. Ahora que Francia corre el peligro de que se lo vuelvan a regalar, no consiguen ocultar su resentimiento. Pues, igual que los realistas con el suffrage restreint25 contaban con la elección de Changarnier, ellos contaban con la de Cavaignac. Girardin les dice sin rodeos que sabe que, bajo el horror republicano a la revisión —que abriría a Bonaparte la perspectiva de la reelección—, no hacen sino ocultar su odio al suffrage universel, que hace imposibles a su Cavaignac y a toda su camarilla. El pobre National s'était déjà consolé du départ du suffrage universel.26
Una cosa es segura. Con este golpe queda frustrado el motín de mayo de 1852. A lo sumo podría estallar ahora antes, si una de las camarillas dominantes intentase un coup d'état.27
Tu K. M.
Ernst Dronke (1822-1891), miembro de la Liga de los Comunistas y redactor de la Neue Rheinische Zeitung; vivía entonces en Suiza. ↩
Wilhelm Pieper (1826-1899), filólogo, emigrado en Londres y allegado de Marx; trabajaba como preceptor en casa de los Rothschild, con quienes estaba de viaje por Alemania. ↩
Hermann Ebner, periodista de Fráncfort que hacía de intermediario de Marx con editores alemanes; mucho después se supo que informaba a la policía austriaca. ↩
Gottfried Kinkel (1815-1882), poeta y profesor de Bonn, condenado por su participación en la campaña de Baden de 1849 y liberado de la prisión de Spandau en 1850 por Carl Schurz. En 1851-1852 recorrió los Estados Unidos para colocar un empréstito destinado a financiar la futura revolución alemana. ↩
Karl Heinzen (1809-1880), periodista demócrata, enemigo declarado de los comunistas; emigró a los Estados Unidos en 1850. ↩
Johannes Ronge (1813-1887), sacerdote suspendido que fundó en 1844-1845 el «catolicismo alemán», movimiento de ruptura con Roma emparentado con los «amigos de la luz» protestantes; emigrado en Londres desde 1849. Marx juega con los nombres: Ronge, el Bautista; Kinkel, el Mesías. ↩
Carl Göhringer, emigrado de Baden, tabernero en Londres y acreedor de Marx. ↩
Georg Weerth (1822-1856), poeta, folletinista de la Neue Rheinische Zeitung, empleado de comercio en Bradford. ↩
«Importa». ↩
Hermann Wilhelm Haupt, dependiente de comercio y miembro de la Liga en Hamburgo, detenido en 1851; sus declaraciones a la policía sirvieron luego a la acusación en el proceso de los comunistas de Colonia. ↩
Gottlieb Ludwig Stechan, carpintero de Hannover, y Oswald Dietz, arquitecto, emigrado en Londres; ambos de la fracción Willich-Schapper. ↩
August Willich (1810-1878), antiguo oficial prusiano, jefe militar en la campaña de Baden y, con Karl Schapper, cabeza de la fracción que se separó de la Liga en septiembre de 1850. August Schärttner, tonelero de Hanau y tabernero en Londres, era de la misma fracción, que se reunía en su local. ↩
«La cosa urge». ↩
August Hermann Ewerbeck (1816-1860), médico, antiguo dirigente de la Liga de los Justos en París. ↩
Émile de Girardin (1806-1881), director de La Presse. En octubre de 1851 Luis Bonaparte, presidente de la República, pidió la derogación de la ley electoral del 31 de mayo de 1850, que había dejado sin voto a cerca de tres millones de electores. Marx analiza todo este periodo en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, cap. VI. ↩
«Sufragio universal». ↩
Louis Véron (1798-1867), director del Constitutionnel, bonapartista. ↩
«Entrevistas». ↩
Léon Faucher, ministro del Interior hasta octubre de 1851; Pierre Carlier, prefecto de policía; el general Nicolas Changarnier, destituido por Bonaparte en enero de 1851; Pierre-Antoine Berryer, jefe de los legitimistas, y el duque Victor de Broglie, orleanista. ↩
La revisión de la Constitución de 1848, que prohibía la reelección del presidente; la Asamblea la había rechazado en julio de 1851. ↩
«Elegido del sufragio universal». ↩
«Poco a poco». ↩
El partido del orden, coalición de legitimistas y orleanistas que dominaba la Asamblea Legislativa. ↩
Le National y Le Siècle, diarios republicanos moderados de París. ↩
«Sufragio restringido». ↩
«El pobre National ya se había consolado de la partida del sufragio universal». ↩
«Golpe de Estado». Lo dio Bonaparte el 2 de diciembre de 1851. ↩