Carta de Karl Marx a Ferdinand Lassalle, que vivía en Düsseldorf, escrita en Londres el 6 de abril de 1854. Se conserva completa. Traducida de la edición de Gustav Mayer, Ferdinand Lassalle. Nachgelassene Briefe und Schriften, t. III (Stuttgart y Berlín, 1922), carta n.º 31, pp. 77-80, que la imprime según el original, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Londres, 6 de abril de 1854.

(Ya sabes la dirección.)

Querido Lassalle:

He recibido bien tu carta del 7 de marzo. Tengo que hacerte algunas observaciones, primero sobre tus views1 militares y segundo sobre las diplomáticas.

Ad 1. A mi observación sobre Enos y Rodosto2 respondes —en esto de acuerdo con los periódicos ministeriales ingleses— que hay que cubrir Constantinopla. Si no la cubren las dos flotas en el mar Negro y el ejército del Danubio, tampoco la cubrirán 100 000 franceses e ingleses. Lo que, naturalmente, no niego es que en Rodosto están más a mano que en Malta o en Tolón para lanzarlos sobre Sebastopol o sobre Odesa.

La idea de que los austriacos, al entrar en Serbia, quedarían «a la espalda del ejército turco del Danubio» no me parece del todo exacta. Los austriacos tienen que cruzar por Belgrado o no mucho más abajo, o bien entrar en Valaquia por Mehadia, por la orilla izquierda del Danubio. En el primer caso se sitúan en la prolongación del ala izquierda turca; en el segundo, en su frente. Que entonces haya que abandonar Kalafat y Vidin,3 salvo una guarnición que se quede allí, está claro; pero no que esa ala izquierda turca esté perdida y que sus restos tengan que replegarse sobre la línea de Shumla. Au contraire, la táctica acertada de los austriacos es marchar enseguida por Nish sobre Sofía, y por lo tanto la acertada de los turcos es replegarse también desde Vidin sobre Sofía. Como tienen el camino más corto, llegan antes que los austriacos y pueden sostenerse en los Balcanes o retirarse sobre Adrianópolis.

Si los austriacos se dejaran tentar a marchar sobre Vidin, los turcos irían de todos modos a Sofía. Esa separación del cuerpo principal de Omer Bajá4 no es entonces una dispersión de fuerzas, porque el nuevo enemigo exige una nueva línea de operaciones Adrianópolis-Sofía-Belgrado-Vidin. El ala izquierda turca se convierte así en un ejército independiente.

Pero si, pese a todo, se produjera la conducción de la guerra que tú supones, de nada serviría replegarse sobre la línea de Shumla, porque esta ya estaría rebasada por el abandono de la carretera principal de Belgrado a Constantinopla, y al contrario habría que abandonarla aún más deprisa, a toda prisa, para reunir todas las reservas en Adrianópolis y avanzar contra el primer enemigo que cruzara los Balcanes.

Ad 2. Ad vocem Palmerston.5 Tu opinión sobre Palmerston es la que predomina en el continente y en la masa liberal del público inglés. Para mí no hay conclusión más firme que esta: Palmerston —a quien, en passant, la princesa Lieven6 le pagó las deudas en 1827, a quien el príncipe Lieven llevó al Foreign Office en 1830 y contra quien Canning previno en su lecho de muerte— es un agente ruso. He llegado a este resultado mediante un examen sumamente concienzudo y cuidadoso de toda su carrera, a saber, de los «Blue books», de los «Parliamentary Debates»7 y de las declaraciones de sus propios agentes diplomáticos. El trabajo no fue nada divertido y además me llevó mucho tiempo, pero ha merecido la pena en la medida en que contiene la clave de la historia diplomática secreta de los últimos treinta años. (En passant. Algunos de mis artículos de la Tribune sobre Palmerston se han vuelto a imprimir en Londres como folletos sueltos, en tiradas de 50 000 ejemplares.)8 Palmerston no es un genio; un genio no se presta a tales papeles. Pero es uno de los mayores talentos y un táctico consumado. Su arte no consiste en servir a Rusia, sino en saber mantenerse en el papel de «truly English minister»9 mientras la sirve. Solo se diferencia de Aberdeen10 en que Aberdeen sirve a Rusia porque no lo entiende, y Palmerston la sirve aunque lo entiende. Por eso el primero es el partidario declarado y el segundo el agente secreto de Rusia; el primero gratis, el segundo a cambio de honorarios. Aunque ahora quisiera volverse contra Rusia, no puede, porque está en sus manos y tendría que temer cada día ser sacrificado en Petersburgo. Es el hombre que en 1829 acusó a Aberdeen de que su política no era lo bastante rusa; el hombre a quien Robert Peel declaró en la Cámara de los Comunes que no sabía de quién era representante; el que en 1831 sacrificó a los polacos, el que en 1833 impuso a la Puerta el tratado de Unkiar Skelessi,11 el que en 1836 entregó a Rusia el Cáucaso y las bocas del Danubio, el que provocó los tratados de 1840 y 1841 y una nueva Santa Alianza contra Francia, el que hizo la guerra de Afganistán en interés de los rusos, el que en 1831, 1836 y 1840 preparó la incorporación de Cracovia para luego, en 1846, ¡protestar contra ella!,12 etc. Dondequiera que ha metido la mano ha trabajado contra el interés comercial inglés, con el pretexto de protegerlo. Así en la cuestión del azufre de Nápoles.13 Hizo fracasar tratados de comercio favorables con Francia que estaban a punto de ratificarse. Es el hombre que entregó Italia y Hungría. Si solo hubiera actuado contra nacionalidades revolucionarias, sería explicable. Pero en cuestiones en las que se trataba de intereses exclusivamente ingleses, los ha traicionado siempre a favor de Rusia de la manera más refinada. Por lo demás, aquí empiezan a entenderle. A la espera de noticias tuyas pronto,

Tuyo, K. M.

  1. «Opiniones». ↩

  2. Enos (Enez) y Rodosto (Tekirdağ), puertos de Tracia, en el Egeo y el mar de Mármara, donde podían desembarcar las tropas francesas e inglesas. Francia e Inglaterra declararon la guerra a Rusia el 27 y el 28 de marzo de 1854. ↩

  3. Kalafat, en la orilla valaca del Danubio, y Vidin, enfrente, en la orilla búlgara, eran las posiciones del ala izquierda turca; Shumla (Shumen), en Bulgaria, la gran plaza fuerte de la línea de defensa turca ante los Balcanes. ↩

  4. Omer Bajá (1806-1871), general en jefe del ejército turco del Danubio. ↩

  5. «A propósito de Palmerston». Henry John Temple, vizconde de Palmerston (1784-1865), ministro de Asuntos Exteriores en 1830-1834, 1835-1841 y 1846-1851, entonces ministro del Interior en el gabinete Aberdeen. ↩

  6. Dorothea von Lieven (1785-1857), mujer del embajador ruso en Londres, Christoph von Lieven, figura destacada de la diplomacia europea. ↩

  7. Los Libros Azules (las colecciones de documentos diplomáticos presentadas al Parlamento) y las actas de los debates parlamentarios. ↩

  8. La serie que Marx publicó en el People's Paper y en la New-York Daily Tribune en octubre-diciembre de 1853, en parte reeditada como folleto: Lord Palmerston. ↩

  9. «Ministro auténticamente inglés». ↩

  10. George Hamilton-Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), ministro de Asuntos Exteriores en 1828-1830 y 1841-1846, jefe del gobierno de coalición de 1852-1855. ↩

  11. El tratado de Unkiar Skelessi (Hünkâr İskelesi), de julio de 1833, alianza defensiva entre Rusia y Turquía por la que la Puerta se comprometía a cerrar los Dardanelos a los buques de guerra extranjeros. ↩

  12. La república de Cracovia, creada en 1815, fue anexionada por Austria en 1846. ↩

  13. En 1838 el reino de Nápoles concedió a una compañía francesa el monopolio del azufre siciliano; Palmerston forzó su anulación en 1840. ↩