Carta de Karl Marx a Friedrich Engels, que vivía en Manchester, escrita en Londres (el lugar no figura en la carta) el 28 de enero de 1863. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/3, Berlín, 1930, carta n.º 819, pp. 122-126) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

28 de enero de 1863.

Querido Frederick:

Por una serie de casualidades extrañas, ayer me fue del todo imposible acusarte recibo de la carta y de la letra.1

Sé perfectamente lo arriesgado que era para ti prestar de este modo una ayuda tan grande e inesperada. No sé cómo agradecértelo, aunque yo, en mi fuero interno, no necesitaba ninguna prueba nueva de tu amistad para convencerme de lo abnegada que es. Por lo demás, si hubieras visto la alegría de mis hijas, te habría parecido una hermosa recompensa.

Ahora también puedo decirte sin más rodeos que, pese a todos los aprietos en que he vivido estas últimas semanas, nada me apretaba, ni de lejos, tanto como el miedo a que hubiera una ruptura en nuestra amistad. Le dije repetidas veces a mi mujer que toda esa porquería no me importaba nada comparada con el hecho de que, por esas miserias burguesas y por su excitación excéntrica, yo hubiera sido capaz, en un momento así, en lugar de consolarte, de venirte encima con mis necesidades privadas. Consequently,2 la paz doméstica quedó muy alterada, y la pobre mujer tuvo que pagar el pato de un asunto del que en realidad era inocente en la medida en que las mujeres suelen pedir lo imposible. Naturalmente, no tenía ni idea de lo que yo te había escrito, pero con un poco de reflexión habría podido calcular que algo así tenía que salir. Las mujeres son unas criaturas curiosas, incluso las que están dotadas de mucho entendimiento. Por la mañana mi mujer lloraba por Marie3 y por tu pérdida, hasta el punto de olvidar del todo su propia desgracia, que precisamente aquel día llegaba al colmo, y por la noche creía que, aparte de nosotros, nadie en el mundo podía sufrir de verdad si no tenía en casa al broker y, además, hijos.

En la carta anterior te pregunté por la selfactor.4 La pregunta es esta: de qué manera intervenía el llamado hilador antes de su invención. La selfactor me la explico, pero el estado de cosas anterior no.

Estoy intercalando algunas cosas en el apartado sobre la maquinaria.5 Hay ahí algunas cuestiones curiosas que pasé por alto en la primera redacción. Para aclararme, he releído enteros mis cuadernos (extractos) sobre tecnología, y asisto ditto a un curso práctico (puramente experimental) para obreros del profesor Willis6 (en Jermyn Street, el Instituto de Geología, donde también dio Huxley7 sus lecciones). Con la mecánica me pasa como con las lenguas. Las leyes matemáticas las entiendo, pero la realidad técnica más simple, para la que hace falta intuición, me cuesta más que los nudos más gordos.

Sabrás, o quizá no, porque la cosa en sí es indiferente, que hay una gran disputa sobre qué distingue la máquina de la herramienta. Los mecánicos (matemáticos) ingleses, a su tosca manera, llaman a la tool a simple machine y a la machine a complicated tool.8 Los tecnólogos ingleses, en cambio, que tienen algo más en cuenta la economía, las distinguen (y tras ellos muchos economistas ingleses, la mayoría) por el hecho de que en un caso la motive power procede del hombre y en el otro de a natural force.9 Los burros alemanes, que en estas pequeñeces son grandes, han concluido de ahí que un arado, por ejemplo, es una máquina, y la jenny10 más complicada, en cuanto se mueve a mano, no. Ahora bien, no cabe la menor duda de que, si buscamos la máquina en su forma elemental, la revolución industrial no parte de la fuerza motriz, sino de la parte de la maquinaria que el inglés llama la working machine,11 es decir, no, por ejemplo, de la sustitución del pie que mueve el torno de hilar por el agua o el vapor, sino de la transformación del propio proceso inmediato de hilado y del desplazamiento de aquella parte del trabajo humano que no era mero exertion of power12 (como al pisar la rueda), sino que concernía a la elaboración, a la acción directa sobre el material que se trabaja. Por otro lado, tampoco cabe duda de que, en cuanto ya no se trata del desarrollo histórico de la maquinaria, sino de la maquinaria sobre la base del modo de producción actual, la máquina de trabajo (por ejemplo, en la máquina de coser) es la única decisiva, porque, una vez que ese proceso ha quedado a cargo del mecanismo, hoy todo el mundo sabe que, según las dimensiones del artefacto, se puede mover a mano, con agua o con una máquina de vapor.

Para los meros matemáticos estas cuestiones son indiferentes, pero se vuelven muy importantes cuando se trata de demostrar la conexión entre las relaciones sociales humanas y el desarrollo de estos modos materiales de producción.

Releer los extractos de historia de la tecnología me ha llevado a la opinión de que, dejando aparte los inventos de la pólvora, la brújula y la imprenta —esos presupuestos necesarios del desarrollo burgués—, desde el siglo XVI hasta mediados del XVIII, es decir, para el periodo de la manufactura que se desarrolla a partir del artesanado hasta la gran industria propiamente dicha, las dos bases materiales sobre las que se forma, dentro de la manufactura, el trabajo preparatorio de la industria maquinizada son el reloj y el molino (primero el molino de grano, y en concreto el molino de agua), ambos heredados de la Antigüedad. (El molino de agua fue llevado a Roma desde Asia Menor en tiempos de Julio César.) El reloj es el primer autómata empleado con fines prácticos; toda la teoría de la producción de un movimiento uniforme se desarrolló en él. Por la naturaleza misma de la cosa, se basa a su vez en la unión del oficio semiartístico con la teoría directa. Cardano,13 por ejemplo, escribió sobre la construcción de relojes (y dio recetas prácticas). «Oficio docto (no gremial)» llaman a la relojería los escritores alemanes del siglo XVI, y en el desarrollo del reloj se podría mostrar qué distinta es, sobre la base del artesanado, la relación entre saber y práctica de lo que es, por ejemplo, en la gran industria. Tampoco cabe ninguna duda de que en el siglo XVIII fue el reloj el que dio la primera idea de aplicar autómatas (movidos, en concreto, por resortes) a la producción. Los ensayos de Vaucanson14 en este terreno influyeron extraordinariamente, de modo históricamente demostrable, en la imaginación de los inventores ingleses.

En el molino, por otra parte, desde el principio, en cuanto existió el molino de agua, aparecen las diferencias esenciales en el organismo de una máquina. La fuerza impulsora mecánica. El primo motor,15 del que depende. El mecanismo de transmisión. Por último, la máquina de trabajo, que agarra el material; todas ellas con existencia independiente unas respecto de otras. La teoría del rozamiento, y con ella las investigaciones sobre las formas matemáticas de los engranajes, los dientes, etc., se hicieron todas en el molino; ditto aquí, por primera vez, la teoría de la medida del grado de la fuerza motriz, de la mejor manera de aplicarla, etc. Casi todos los grandes matemáticos desde mediados del siglo XVII, en cuanto se ocupan de la mecánica práctica y la teorizan, parten del simple molino de grano movido por agua. De ahí, en efecto, también el nombre de Mühle y mill,16 que surgió durante el periodo manufacturero, para todo mecanismo de accionamiento dirigido a fines prácticos.

Pero en el molino, exactamente igual que en la prensa, el martinete, el arado, etc., desde el principio el trabajo propiamente dicho —golpear, triturar, moler, desmenuzar, etc.— se hace sin trabajo humano, aunque la moving force17 sea humana o animal. Por eso esta clase de maquinaria es muy antigua, al menos en sus comienzos, y en ella se empleó antes una fuerza impulsora propiamente mecánica. Por eso es también casi la única maquinaria que aparece en el periodo manufacturero. La revolución industrial empieza en cuanto se aplica el mecanismo allí donde desde antiguo el resultado final exige trabajo humano, es decir, no allí donde, como con aquellas herramientas, el material propiamente dicho que hay que trabajar desde siempre no ha tenido nunca nada que ver con la mano del hombre; allí donde el hombre, por la naturaleza de la cosa, no actúa desde el principio como mera power.18 Si se quiere, con los burros alemanes, considerar maquinaria el empleo de powers animales (es decir, de un movimiento tan voluntario como el humano), entonces el uso de esta clase de locomotoras es en todo caso mucho más antiguo que la más sencilla herramienta de artesano.

Itzig19 me manda, cosa inevitable, su discurso de defensa ante el tribunal (le han condenado a 4 meses). Macte puer virtute!20 Para empezar, este fanfarrón ha hecho reimprimir en Suiza el folleto que tú tienes, el discurso sobre «el estamento obrero», con el pomposo título de Programa obrero.21

Ya sabes que la cosa no es más que una mala vulgarización del Manifiesto22 y de otras cosas que hemos predicado tantas veces que en cierto modo se han convertido ya en lugares comunes. (El tipo llama, por ejemplo, «estamento» a la clase obrera.)

Well. En su discurso ante el tribunal de Berlín tiene la desvergüenza de decir:

«Afirmo además que este folleto no es solo una obra científica como tantas otras que resumen resultados ya conocidos, sino que es incluso, en muchísimos aspectos, una hazaña científica, un desarrollo de pensamientos científicos nuevos. . . . En diversos y difíciles campos de la ciencia he dado a luz obras voluminosas, no he escatimado esfuerzos ni vigilias para ensanchar los límites de la ciencia misma, y quizá pueda decir con Horacio: militavi non sine gloria.23 Pero yo mismo les declaro: nunca, ni en mis obras más voluminosas, he escrito una sola línea pensada de manera más rigurosamente científica que esta producción, de su primera página a la última. . . . Echen, pues, una mirada al contenido de este folleto. Este contenido no es otra cosa que una filosofía de la historia comprimida en 44 páginas. . . . Es un desarrollo del proceso objetivo y racional del pensamiento que sirve de fundamento a la historia europea desde hace más de un milenio, un despliegue del alma interior, etc.»

¿No es una desvergüenza como una catedral? Por lo visto, el tipo cree que es el hombre llamado a tomar posesión de nuestro inventario. ¡Y encima, lo grotescamente ridículo!

Salut.

Tuyo, K. M.

Pídele a lupus el Star24 de hoy y mira allí la reproducción de las cartas sobre el Times y Delane25 sacadas del Morning Herald.

  1. La carta de Engels del 26 de enero (1863-01-26 Engels a Marx), con una letra de 100 £. ↩

  2. «En consecuencia». ↩

  3. Mary Burns, la compañera de Engels, muerta el 6 de enero de 1863. ↩

  4. La carta del 24 de enero (1863-01-24 Marx a Engels). La selfactor o selfactina (self-acting mule) es la mula de hilar automática, perfeccionada por Richard Roberts hacia 1825-1830. ↩

  5. El apartado sobre la maquinaria del gran manuscrito económico de 1861-1863, origen del capítulo «Maquinaria y gran industria» del tomo I de El capital (1867), donde Marx desarrolla buena parte de lo que aquí apunta. ↩

  6. Robert Willis (1800-1875), ingeniero y profesor de Cambridge, que daba también cursos de mecánica para obreros en el Museo de Geología Práctica de Jermyn Street, en Londres. ↩

  7. Thomas Henry Huxley (1825-1895), naturalista, que daba allí lecciones para obreros. ↩

  8. «La herramienta, una máquina simple, y la máquina, una herramienta complicada». ↩

  9. Motive power, «fuerza motriz»; a natural force, «una fuerza natural». ↩

  10. La spinning jenny, máquina de hilar de varios husos inventada por James Hargreaves hacia 1764, movida a mano. ↩

  11. «Máquina de trabajo»: la parte de la máquina que actúa sobre el material (en alemán, Arbeitsmaschine; en las traducciones españolas de El capital, a menudo «máquina-herramienta»). ↩

  12. «Despliegue de fuerza». ↩

  13. Girolamo Cardano (1501-1576), médico, matemático y filósofo italiano. ↩

  14. Jacques de Vaucanson (1709-1782), mecánico francés, célebre por sus autómatas; construyó también un telar automático. ↩

  15. «Primer motor». ↩

  16. «Molino», en alemán y en inglés. ↩

  17. «Fuerza que mueve». ↩

  18. «Fuerza». ↩

  19. Apodo burlón de Ferdinand Lassalle (1825-1864) entre Marx y Engels. Juzgado en Berlín en enero de 1863 por incitar al odio entre las clases con su discurso de 1862, fue condenado a cuatro meses de cárcel, pena que en apelación se conmutó por una multa. Su defensa se publicó con el título Die Wissenschaft und die Arbeiter (La ciencia y los obreros). ↩

  20. «¡Bravo, muchacho, por tu valor!» (Virgilio, Eneida, IX, 641). ↩

  21. El discurso de Lassalle Über den besondern Zusammenhang der gegenwärtigen Geschichtsperiode mit der Idee des Arbeiterstandes (Sobre la relación particular del actual periodo histórico con la idea del estamento obrero), pronunciado en Berlín en abril de 1862, reeditado en Zúrich en 1863 como Arbeiterprogramm. ↩

  22. 1848 Manifiesto del Partido Comunista. ↩

  23. «He combatido no sin gloria» (Horacio, Odas, III, 26, 2). ↩

  24. The Morning Star, diario liberal de Londres, próximo a Cobden y Bright. ↩

  25. John Thadeus Delane (1817-1879), director del Times. ↩