Carta de Karl Marx a Friedrich Engels, que vivía en Manchester, escrita en Londres (el lugar no figura en la carta) el 26 de noviembre de 1869. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/4, Berlín, 1931, carta n.º 1322, pp. 247-251) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

26 de noviembre de 1869.

Dear Fred:

Esta semana no he estado muy en forma, y lo que tengo debajo del brazo sigue dando guerra.1 Por eso no te he dado antes las gracias por tus notas sobre Carey, cuyo volume2 recibí también ayer.

En mi escrito contra Proudhon, donde todavía aceptaba por completo la teoría ricardiana de la renta, ya expuse lo que tiene de falso, incluso desde su propio punto de vista (el de Ricardo).3

«Ricardo, después de haber supuesto la producción burguesa como necesaria para determinar la renta, la aplica sin embargo a la propiedad de la tierra de todas las épocas y de todos los países. Ese es el extravío de todos los economistas, que presentan las relaciones de la producción burguesa como categorías eternas.» El señor Proudhon, naturalmente, había traducido enseguida la teoría de Ricardo a expresión de moral igualitaria, y por eso encontraba en la renta determinada a la manera de Ricardo «un inmenso catastro, ejecutado contradictoriamente por los propietarios y los arrendatarios... en un interés superior, y cuyo resultado definitivo ha de ser igualar la posesión de la tierra, etc.».

A eso observo, entre otras cosas:

«Para que un catastro cualquiera, formado por la renta, tenga un valor práctico, hay que mantenerse siempre dentro de las condiciones de la sociedad actual. Ahora bien, hemos demostrado que el arriendo que paga el arrendatario al propietario solo expresa con alguna exactitud la renta en los países más adelantados en la industria y el comercio. Y aun así, ese arriendo incluye a menudo el interés pagado al propietario por el capital incorporado a la tierra. La situación de los terrenos, la vecindad de las ciudades y muchas otras circunstancias influyen en el arriendo y modifican la renta... Por otra parte, la renta no podría ser el índice constante del grado de fertilidad de un terreno... la aplicación moderna de la química viene a cada instante a cambiar la naturaleza del terreno, y los conocimientos geológicos empiezan precisamente en nuestros días a trastocar toda la antigua estimación de la fertilidad relativa... la fertilidad no es una cualidad tan natural como podría creerse: está íntimamente ligada a las relaciones sociales actuales.»

En cuanto al avance del cultivo en los propios Estados Unidos, el señor Carey ignora los hechos más conocidos. Por ejemplo, el químico agrícola inglés Johnston expone en sus Notes sobre los Estados Unidos:4 los emigrantes agrícolas de Nueva Inglaterra al estado de Nueva York dejaron un suelo peor por otro mejor (mejor no en el sentido de Carey, de un suelo que hay que fabricar primero, sino en sentido químico y a la vez económico); los emigrantes agrícolas del estado de Nueva York que se establecieron primero al otro lado de los Grandes Lagos, say en Michigan, f. i.,5 dejaron un suelo mejor por otro peor, etc. Los colonos de Virginia explotaron de forma tan atroz el terreno más favorable tanto por su situación como por su fertilidad para su producto principal, el tabaco, que tuvieron que avanzar hacia Ohio, un terreno peor para ese mismo producto (aunque no para el trigo, etc.), etc. La nacionalidad de los inmigrantes se hizo valer también en sus asentamientos. La gente de Noruega y de nuestro Hochwald6 buscó las ásperas tierras boscosas del norte de Wisconsin; los yanquis, en ese mismo estado, se quedaron con las praderas, etc.

Las praderas, tanto en los Estados Unidos como en Australia, son in fact7 una espina clavada en la carne de Carey. Según él, un suelo que no esté absolutamente cubierto de bosque es estéril por naturaleza, y por tanto lo es toda la pradera natural.

Lo más bonito es que los dos grandes resultados finales de Carey (en lo que respecta a los Estados Unidos) están en contradicción directa con su dogma. En primer lugar, por la influencia diabólica de Inglaterra, la gente, en vez de cultivar socialmente el buen suelo modelo de Nueva Inglaterra, se ve disseminated8 por las tierras peores (!) del Oeste. O sea, avance de un suelo mejor a otro peor. (Por cierto, by the by, la dispersión de Carey en oposición a la asociación está toda copiada de Wakefield.)9 En segundo lugar, en el sur de los Estados Unidos la desgracia es que los esclavistas (a quienes, por lo demás, el señor Carey, como armonista, defiende en todos sus escritos anteriores) ponen en cultivo demasiado pronto el suelo mejor y se saltan el peor. ¡O sea, lo que no debería ser: empezar por el suelo mejor! Si Carey se convence con este ejemplo de que los cultivadores reales, en este caso los esclavos, no se ven movidos por razones económicas ni de ninguna otra clase of their own,10 sino por una coacción exterior, podría haber contado con los 5 dedos de la mano que esta circunstancia se da también en otros países.

Según su teoría, el cultivo en Europa tendría que haber partido de las montañas de Noruega y avanzado desde allí hacia los países del Mediterráneo, en vez de marchar al revés.

La engorrosa circunstancia económica de que, a diferencia de todas las demás máquinas mejoradas, la máquina tierra, que según él es cada vez mejor, encarezca sus productos —al menos por periodos— en vez de abaratarlos (esta fue una de las circunstancias que decidieron a Ricardo; tampoco él veía más allá de sus narices que la historia de los precios del grano en Inglaterra desde about11 1780 hasta 1815), Carey intenta escamotearla por arte de magia con una teoría del dinero de lo más insulsa y fantástica.

Como armonista, demostró primero que no hay antagonism entre capitalista y obrero asalariado. El segundo paso fue demostrar la armonía entre terrateniente y capitalista, y lo hace presentando la propiedad de la tierra como normal allí donde todavía no se ha desarrollado. La gran diferencia decisiva entre la colonia y el país de vieja civilización —que en este último la masa del pueblo está excluida de la tierra, fértil o estéril, cultivada o sin cultivar, por la propiedad de la tierra, mientras que en la colonia el suelo, relatively speaking,12 todavía puede ser apropiado por el propio cultivador—, esa circunstancia no debe mencionarse por nada del mundo. No debe desempeñar absolutamente ningún papel en el rápido desarrollo de las colonias. La asquerosa «cuestión de la propiedad», y además en su forma más asquerosa, le pondría la zancadilla a la armonía.

En cuanto a la tergiversación deliberada según la cual, como en un país de producción desarrollada la fertilidad natural del suelo es una circunstancia importante para la producción de plusvalía (o, como dice Ricardo, afecta a la tasa de ganancia), resultaría a la inversa que en las regiones más fértiles por naturaleza tendría que darse también la producción más rica y desarrollada, y que por ejemplo en México tendría que estar más alta que en Nueva Inglaterra, ya he respondido a ella en El capital, pp. 502 y ss.13

El único mérito de Carey es que sostiene con la misma unilateralidad el paso del suelo peor al mejor que Ricardo el contrario, mientras que en la realidad siempre se cultivan a la vez tierras de distinto grado de fertilidad, y por eso entre germanos, eslavos y celtas se hacía a este respecto un reparto muy cuidadoso de parcelas de las distintas clases entre los miembros de la comunidad, que más tarde hizo tan difícil la partición de las tierras comunales. Pero en lo que toca al avance del cultivo a lo largo de la historia, unas veces —según una masa de circunstancias— se avanza a la vez en ambas direcciones, y otras predomina por épocas una u otra.

Lo que convierte el interés del capital incorporado al suelo en un componente de la renta diferencial es precisamente la circunstancia de que el terrateniente cobra ese interés por un capital que no ha invertido él, sino el arrendatario, en el suelo. Este fact, conocido en toda Europa, no debe existir económicamente porque en los Estados Unidos el sistema de arrendamiento todavía no está desarrollado. Pero allí la cosa ocurre en otra forma. Es el especulador de tierras, y no el arrendatario, quien se hace pagar al final el capital desembolsado por este último en el precio del suelo. La historia de los pioneers y de los landjobbers14 en los Estados Unidos recuerda de hecho a menudo las mayores atrocidades que ocurren, por ejemplo, en Irlanda.

But now damn Carey! Vivat for O'Donovan Rossa!15

La última sesión del martes fue muy ardiente, acalorada, violenta. El señor Muddlehead, o como diablos se llame el tipo16 —cartista, viejo amigo de Harney—,17 se había traído por precaución a Odger y a Applegarth.18 Faltaban en cambio Weston y Lucraft, porque estaban en un baile irlandés.19 El Reynolds's había publicado en su número del sábado mis resolutions, junto con un abstract de mi speech20 (tan bien como podía hacerlo Eccarius, que no es taquígrafo), y el Reynolds's lo había impreso nada menos que en la primera página del periódico, detrás de su editorial de entrada.21 Esto parece haber asustado a los que coquetean con Gladstone. Hence la aparición de Odger y a long rambling speech of Muddershead,22 al que Milner (irlandés él mismo) le dio en la cabeza de lo lindo.23 Applegarth estaba sentado a mi lado y por eso no se atrevió a hablar en contra; habló más bien a favor, evidentemente con la conciencia oprimida. Odger dijo que, si se forzaba el vote, él tendría que votar a favor de las resolutions. Pero que la unanimidad sería mejor, y que podía lograrse con algunas pequeñas modifications, etc. Entonces —como precisamente quiero meterle a él en el lío— declaré que él propusiera sus modificaciones en la próxima sesión. En la última sesión, aunque faltaban muchos de nuestros miembros más seguros, habríamos sacado adelante la resolución, pues, contra un solo voto. El martes estaremos in full force.24

Salut.

Tuyo, K. M.

  1. Un ántrax; Marx padecía estos forúnculos desde hacía años. ↩

  2. «Volumen», el libro de Henry Charles Carey The Past, the Present, and the Future (Filadelfia, 1848); véanse las notas de Engels en 1869-11-19 Engels a Marx. ↩

  3. Miseria de la filosofía (1847), capítulo II, apartado 4, «La propiedad o la renta». Marx cita en francés su propio texto y el de Proudhon; damos los pasajes en la versión de nuestra traducción de esa obra. ↩

  4. James F. W. Johnston, químico agrícola escocés, Notes on North America, Agricultural, Economical, and Social (1851). ↩

  5. Say: «digamos»; f. i. (for instance): «por ejemplo». ↩

  6. Comarca boscosa del Hunsrück, cerca de Tréveris, la tierra natal de Marx. ↩

  7. «De hecho». ↩

  8. «Diseminada». ↩

  9. Edward Gibbon Wakefield, teórico de la colonización sistemática, al que Marx dedica el último capítulo del tomo I de El capital. ↩

  10. «Propias». ↩

  11. «Aproximadamente». ↩

  12. «Relativamente hablando». ↩

  13. Paginación de la primera edición alemana del tomo I (Hamburgo, 1867): el pasaje sobre las condiciones naturales de la productividad del trabajo como base de la plusvalía. ↩

  14. Pioneros y especuladores de tierras. ↩

  15. «¡Pero ahora, al diablo Carey! ¡Viva O'Donovan Rossa!» Jeremiah O'Donovan Rossa, dirigente feniano condenado a trabajos forzados, acababa de ser elegido diputado por el condado de Tipperary estando en la cárcel. ↩

  16. Muddlehead: «cabeza de chorlito». Se trata de Thomas Mottershead, miembro del Consejo General. ↩

  17. George Julian Harney, antiguo dirigente cartista. ↩

  18. George Odger y Robert Applegarth, dirigentes sindicales y miembros del Consejo General. ↩

  19. John Weston y Benjamin Lucraft, miembros del Consejo General. ↩

  20. Resolutions: resoluciones; abstract: resumen; speech: discurso. ↩

  21. Reynolds's Newspaper, semanario radical de Londres. ↩

  22. Hence: «De ahí». A long rambling speech of Muddershead: «un discurso largo y deshilvanado de Muddershead». ↩

  23. George Milner, miembro del Consejo General, seguidor de Bronterre O'Brien. ↩

  24. «Con todas nuestras fuerzas». ↩