Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Ramsgate, escrita en Manchester el 15 de agosto de 1870. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/4, Berlín, 1931, carta n.º 1398, pp. 365-367) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Manchester, 15 de agosto de 1870.

Querido Mohr:

Cuando uno, como yo, lleva 3 días con fuertes molestias de vientre y algo de fiebre de vez en cuando, no es, aun en vías de mejora, un gran placer extenderse sobre la politique de Wilhelm. Pero como tienes que recibir de vuelta los papeles, sea.1

Hasta qué punto el sin duda muy débil Bracke se ha dejado arrastrar personalmente por el entusiasmo nacional, no lo sé, y como recibo como mucho un número del Volksstaat cada 14 días, tampoco puedo juzgar al Comité2 a este respecto, salvo por la carta de Bonhorst a Wilhelm, que en conjunto es cool,3 pero delata inseguridad teórica. En cambio, la cerrada seguridad de Liebknecht en sus caballos de batalla de principios contrasta favorablemente, desde luego, de la manera que ya conocemos.

A mí me parece que el caso está así: Alemania se ha visto arrastrada por Badinguet a una guerra por su existencia nacional. Si sucumbe ante Badinguet, el bonapartismo queda consolidado para años y Alemania hundida para años, quizá para generaciones. Tampoco se puede hablar entonces de un movimiento obrero alemán independiente: la lucha por restablecer la existencia nacional lo absorbe entonces todo y, en el mejor de los casos, los obreros alemanes van a remolque de los franceses. Si vence Alemania, el bonapartismo francés queda en todo caso hundido, la eterna trifulca por el establecimiento de la unidad alemana queda por fin eliminada, los obreros alemanes pueden organizarse a una escala nacional muy distinta de la de hasta ahora, y los franceses, sea cual sea el gobierno que venga allí, tendrán seguramente un campo más libre que bajo el bonapartismo. Toda la masa del pueblo alemán, de todas las clases, ha comprendido que se trata ante todo, precisamente, de la existencia nacional, y por eso ha saltado enseguida. Que un partido político alemán predique en estas circunstancias, a lo Wilhelm, la obstrucción total y ponga toda clase de consideraciones secundarias por encima de la principal, me parece imposible.

A esto se añade que Badinguet no habría podido hacer esta guerra sin el chovinismo de la masa de la población francesa: los burgueses, los pequeños burgueses, los campesinos y el proletariado de la construcción imperialista, haussmanniano,4 salido del campesinado, creado por Bonaparte en las grandes ciudades. Mientras no se le dé a este chovinismo en la cabeza, y como es debido, la paz entre Alemania y Francia es imposible. Se podía esperar que una revolución proletaria se encargara de este trabajo; pero desde que existe la guerra, a los alemanes no les queda otra que hacerlo ellos mismos, y enseguida.

Que —y ahora vienen las consideraciones secundarias— esta guerra la manden Lehmann,5 Bismarck y compañía y tenga que servirles para su gloire momentánea si la llevan a buen término, se lo debemos a la miseria de la burguesía alemana. Es sin duda muy asqueroso, pero no tiene remedio. Pero elevar por ello el antibismarckismo a principio rector único sería absurdo. En primer lugar, Bismarck hace ahora, como en 1866, siempre un trozo de nuestro trabajo, a su manera y sin quererlo, pero lo hace. Nos deja el terreno más despejado que antes. Y además ya no estamos en 1815. Los alemanes del sur entran ahora necesariamente en el Reichstag, y con ello surge un contrapeso al prusianismo. A eso se suman los deberes nacionales que le corresponden y que, como ya escribiste, le prohíben de antemano la alianza rusa. En general, querer deshacer, a lo Liebknecht, toda la historia desde 1866 porque no le gusta, es una estupidez. Pero ya conocemos a nuestros alemanes del sur modelo. Con ese loco no hay nada que hacer.

Yo creo que la gente puede:

  1. sumarse al movimiento nacional —lo fuerte que es lo ves por la carta de Kugelmann— en la medida y mientras se limite a la defensa de Alemania (lo cual no excluye, según las circunstancias, la ofensiva hasta la paz);

  2. subrayar al hacerlo la diferencia entre los intereses nacionales alemanes y los dinástico-prusianos;

  3. oponerse a toda anexión de Alsacia y Lorena: Bismarck deja ahora entrever la intención de anexionarlas a Baviera y a Baden;

  4. en cuanto haya en París un gobierno republicano y no chovinista, trabajar por una paz honrosa con él;

  5. destacar constantemente la unidad de intereses de los obreros alemanes y franceses, que no han aprobado la guerra y que tampoco se hacen la guerra entre sí;

  6. Rusia, como en el manifiesto de la Internacional.6

Tiene gracia en Wilhelm la afirmación de que, como Bismarck es un antiguo compinche de Badinguet, la verdadera postura es mantenerse neutral. Si esa fuera la opinión general en Alemania, pronto tendríamos otra vez la Confederación del Rin,7 y el noble Wilhelm tendría que ver qué papel haría en ella y dónde quedaría el movimiento obrero. Un pueblo que no recibe más que palos y patadas es, desde luego, el idóneo para hacer una revolución social, ¡y encima en los queridos X Estados enanos de Wilhelm!

¡Qué bonito, también, cómo el pobre hombrecillo intenta denunciarme por algo que «habría» aparecido en la Elberfelder Zeitung! ¡Pobre animal!

La débâcle en Francia parece espantosa. Todo descuidado, vendido, estafado. Los chassepots, mal fabricados, fallan en combate; ya no quedan, y van a sacar otra vez los viejos fusiles de chispa. Aun así, un gobierno revolucionario, si llega pronto, no tiene por qué desesperar. Pero tiene que abandonar París a su suerte y continuar la guerra desde el sur. Entonces todavía es posible que pueda sostenerse hasta que se hayan comprado armas y organizado nuevos ejércitos con los que ir empujando poco a poco al enemigo otra vez hasta la frontera. Ese sería en realidad el verdadero final de la guerra: que los dos países se dieran mutuamente la prueba de que son invencibles. Pero si eso no ocurre pronto, se acabó la comedia. Las operaciones de Moltke son verdaderamente modélicas —el viejo Guillermo parece dejarle hacer del todo—, y los cuartos batallones se incorporan ya al ejército, mientras que los franceses todavía no existen.

Si Badinguet no se ha ido ya de Metz, puede irle mal.

Para el reumatismo, los baños de mar no son buenos. Pero Gumpert —que está en Gales para 4 semanas— sostiene que lo especialmente eficaz es el aire del mar. Espero que te libres pronto de los dolores; es algo de lo más infame. En todo caso, no es peligroso, y el restablecimiento de la salud general es mucho más importante.

Muchos saludos.

Tuyo, F. E.

Por cierto, ya ves cómo el miserable Wilhelm hace trampas constantemente con los particularistas reaccionarios —Wulster, Obermüller, etc.— y mete en el lío al partido.

Wilhelm ha contado claramente con la victoria de Bonaparte, solo para que en ella se hundiera su Bismarck. Recuerda cómo le amenazaba siempre con los franceses. ¡Tú, naturalmente, también estás del lado de Wilhelm!

  1. Las cartas de Liebknecht y del Comité de Brunswick que Marx había enviado a Engels para que opinara. ↩

  2. El Comité de Brunswick del Partido Obrero Socialdemócrata (Wilhelm Bracke, Leonhard von Bonhorst y otros), que se había pronunciado por la guerra defensiva, frente a Liebknecht y Bebel, que se habían abstenido en la votación de los créditos de guerra en el Reichstag. ↩

  3. «Sereno», «frío». ↩

  4. Por el barón Haussmann, prefecto del Sena, que transformó París con grandes obras. ↩

  5. Apodo de Guillermo I, rey de Prusia, que en 1848 había huido a Inglaterra bajo ese nombre. ↩

  6. El Primer manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana. ↩

  7. La Confederación del Rin (1806-1813), alianza de Estados alemanes bajo protectorado de Napoleón I. ↩