Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que estaba entonces en Ventnor (isla de Wight), escrita en Londres el 22 de noviembre de 1882. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/4, Berlín, 1931, carta n.º 1555, pp. 573-574) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Londres, 22 de noviembre de 1882.

Querido Mohr:

Habrás recibido mi carta de ayer con el cheque de 30 £.

Hartmann estuvo aquí el domingo por la noche en plena borrachera de inventor. Su pila, dice, funciona desde el viernes y mueve un galvanómetro de gran resistencia que al principio marcaba más de 50° y ahora marca constantemente 46°. No ya tres, sino de seis meses a un año funcionaría de manera regular sin necesidad de recargarla. Pero no quería enseñársela a los compradores por las mejoras que le ha hecho, aún sin patentar. Y ahí tenía yo que intervenir otra vez. Me negué en redondo, hice que Percy arreglara el asunto —muy sencillo y fácil de resolver— (cosa que ya está hecha) y le aconsejé que en adelante entregara a sus compradores ingleses el artículo que les había vendido, y no otro, ni mejor ni peor. Que le sirva de algo es dudoso. El tipo trabaja con fanatismo; el trabajo y el fanatismo lo consumen, solo duerme de 3 a 5 de la mañana y tiene muy mala cara; a cambio, su ropa es tanto mejor: cada vez viene con un traje distinto. Entre las nuevas mejoras patentadas está también esta: para proteger la lejía de potasa cáustica KOH de la pila del ácido carbónico del aire e impedir que se convierta en carbonato potásico, echó aceite sobre la solución y, según cuenta Percy, no conseguía entender que con eso no lograba su propósito, sino que la grasa y el álcali formaban juntos algo que parecía jabón, ¡y que en efecto era jabón!

Por fin he conseguido hace poco, de segunda mano, los Geschichtschreiber der deutschen Vorzeit completos y encuadernados,1 y adivina de qué biblioteca subastada. ¡Del doctor Strousberg!2 Y en ellos he encontrado un pasaje de la vida de Mario de Plutarco que, puesto al lado de César y Tácito, aclara toda la conexión agraria. Los cimbros, dice, «emigraron, pero no de un solo empujón ni en una marcha ininterrumpida, sino que año tras año avanzaban siempre en la buena estación, y así, en mucho tiempo, recorrieron el continente entre luchas y guerras».3 Este pasaje, puesto al lado del cambio anual de tierras de cultivo de los suevos tal como lo describe César 70 años más tarde, da el modo de la inmigración germánica: donde se había pasado el invierno, se sembraba en primavera y, tras la cosecha, se seguía adelante hasta que el invierno obligaba a detenerse. Que por regla general cultivaban la tierra en verano (donde el saqueo no la sustituía) parece indudable en gente que trajo consigo la agricultura de Asia. En los cimbros vemos aún el proceso migratorio; en César, su final, desde que el Rin era una frontera infranqueable. Ambas cosas juntas explican también por qué en César privati ac separati agri apud eos nihil est:4 en la migración solo era posible el cultivo en común organizado por linajes; medir campos individuales habría sido absurdo. El progreso, o mejor dicho el retroceso, al cultivo individual con propiedad común viene luego en Tácito.5

Tussy me ha hecho entregar varios periódicos para ti, a los que añado una Égalité. La desfachatez de la Égalité parece imponer de verdad al parquet;6 las señas siguen siendo de puño y letra de Lafargue.

Un cordial saludo.

Tuyo, F. E.

  1. Die Geschichtschreiber der deutschen Vorzeit («Los historiadores de la Antigüedad alemana»), colección de traducciones alemanas de las fuentes antiguas y medievales de la historia de Alemania, publicada desde 1847. ↩

  2. Bethel Henry Strousberg, el «rey de los ferrocarriles» prusiano, que había quebrado en los años setenta. ↩

  3. Plutarco, Vida de Mario, cap. 11, citado por Engels en la traducción alemana. Engels trabajaba entonces en la historia agraria de los germanos para «La Marca», apéndice de la edición alemana de Del socialismo utópico al socialismo científico. ↩

  4. «Entre ellos no hay campos privados ni separados» (César, La guerra de las Galias, IV, 1, sobre los suevos). ↩

  5. Tácito, Germania, cap. 26. ↩

  6. La fiscalía. ↩