Alarme, n.º 2, octubre-noviembre-diciembre de 1978 (págs. 1-4). PDF del número completo · Texto original en francés
El F.O.R. nació en 1959 sobre las bases aproximadas de la escisión respecto de la IV Internacional de los miembros de la sección española exiliados en México, en el congreso de 1948. Esa escisión se produjo sobre la cuestión del derrotismo revolucionario, es decir, de la no participación en la guerra imperialista, acompañada de una reconsideración de la naturaleza del Estado ruso y del periodo, y por tanto de la práctica de los revolucionarios y del «programa de transición». Esas posiciones las desarrolló en el seno de la IV Internacional, a partir de 1941, un grupo de militantes entre los que estaban Benjamin Péret, poeta surrealista, y G. Munis, antiguo miembro del grupo bolchevique-leninista español (pro IV Internacional), que durante las jornadas de mayo del 37 en Barcelona supo oponerse, igual que el grupo de los Amigos de Durruti, anarquistas disidentes de la FAI-CNT, a los stalinistas aliados a los republicanos, sepultureros de la revolución española. Tras una efímera tentativa de constituir una organización, y después de que la represión franquista se abatiera sobre los militantes que iban a constituirlo, el F.O.R. vio por fin la luz. Hoy existe un grupo F.O.R. en España y, desde hace poco, un grupo F.O.R. en Francia, cuyo órgano es Alarme.
Si hemos querido trazar la historia del F.O.R., ha sido con el único fin de orientar al lector sobre el origen de nuestro grupo. No pretendemos en absoluto reivindicar con ello un derecho de antigüedad ni un hilo histórico cualquiera del que seríamos los actuales herederos. Lo que importa no es en absoluto que nuestro grupo naciera hace mucho o hace poco tiempo. Lo importante son las posiciones que defendemos hoy, y afirmar, como debe hacerlo todo grupo revolucionario, que estamos dispuestos a revisar nuestras posiciones actuales si se revelaran inadaptadas o caducas respecto de la evolución del sistema capitalista y de las fuerzas que lo sostienen, sin perder de vista el espíritu con que están formuladas nuestras posiciones presentes, de las que damos a continuación un breve resumen, exposición incompleta que solo podrá profundizarse con la lectura de Alarme y de las publicaciones del F.O.R.
El sistema capitalista está en decadencia. Con esta expresión entendemos la disociación y la oposición entre progreso social y sistema capitalista. La decadencia del capitalismo no se mide por tablas económicas, sino por la lista de los crímenes que el sistema capitalista comete contra la humanidad y por los peligros cada vez mayores que hace pesar sobre ella. Los genocidios y las destrucciones que se han sucedido desde la primera guerra mundial, el poder siempre creciente del Estado y de sus apéndices, la destrucción cada vez más manifiesta de las relaciones humanas en los países más industrializados y en los países capitalistas de Estado, los peligros que hacen pesar la contaminación y la utilización antihumana de la técnica, la desertización creciente de la superficie del planeta; todas esas evidencias, señaladas a menudo por movimientos y personas que se equivocan en su análisis o que intentan conscientemente servirse de ellas para apoyar de forma no declarada la evolución del sistema que engendra todos esos fenómenos, contra la revolución, única que podrá eliminarlos; todas esas evidencias, pues, prueban la nocividad cada vez mayor del capitalismo para la humanidad. Tanto más cuanto que la relación simbiótica° entre su existencia y las necesidades humanas ha caducado desde que la clase obrera internacional mostró con su acción de entreguerras la realidad del comunismo del que es portadora. El capitalismo decadente, pues, ha perdido todo papel histórico y es en adelante un freno a la evolución de la sociedad.
Una de las marcas de la decadencia del capitalismo, y a la vez de aquello a lo que tiende el capitalismo por su evolución mundial, es la instauración, que se extiende como una mancha de aceite, de capitalismos de Estado (Rusia, China, Cuba, Yugoslavia, países del Este, Vietnam, Camboya (1), etc.), formas de la explotación capitalista de una barbarie nunca alcanzada antes en la historia. Usando la denominación de «socialistas» o de «Estados obreros» con que se han bautizado, y una reputación progresista difundida también por los buenos oficios de los «trotskistas» y demás degenerados, subyugan de ese modo a la clase obrera y se sirven de ella para saciar sus apetitos imperialistas o para apoyar su política exterior. El proletariado de esos países, como el de cualquier otro, tendrá que realizar la revolución social, trastornando las relaciones económicas y sociales tanto como las políticas.
La constatación de la decadencia del capitalismo y de la barbarie a la que conduce la evolución de un sistema hoy nefasto para el desarrollo social implica que «ya no se puede hablar de desarrollar el sistema en ninguna parte, sino de destrozarlo en todas» (Pro Segundo Manifiesto Comunista).
Por consiguiente, y a consecuencia del poder mundial del imperialismo y de la división del mundo en dos bloques imperialistas, el proletariado solo puede concebir su acción a escala mundial y de la misma forma en todos los países, es decir, en el terreno de la revolución comunista y no en el de la nación capitalista. Las «luchas de liberación nacional» y la «industrialización de los países subdesarrollados mediante la revolución nacional» son otras tantas mistificaciones que sirven para desviar al proletariado de su terreno de clase y hacer de él el instrumento de un imperialismo contra otro. «Sin la revolución social no es posible ir más que de la órbita de Washington a la de Moscú, y a la inversa» (Pro Segundo Manifiesto Comunista).
Nuestra negativa a participar en cualquier mistificación sobre la posibilidad de un progreso social dentro del sistema capitalista hoy, cuando este nos muestra desde hace más de medio siglo que es incapaz de toda progresividad real, nos lleva a considerar la acción parlamentaria y la acción sindical, es decir, estrictamente económica, opuestas a la revolución, cualquiera que sea el contenido que pretendan tener. La utilización del parlamentarismo y el sindicalismo, prácticas en absoluto revolucionarias, permitían, antes de que el capitalismo entrase en su fase de decadencia, empujar a reformas progresistas que el capitalismo era capaz de realizar por su evolución misma, otorgando a la clase obrera mejores condiciones económicas, políticas y culturales. Hoy, el capitalismo ha recuperado la mayor parte de las concesiones hechas antes a la clase obrera, y las condiciones de vida social del proletariado y de la humanidad no dejan de degradarse día tras día. Por su propia función —empujar al capitalismo en su evolución—, el sindicalismo se ha integrado en el aparato estatal capitalista. El primer jalón de esa integración fue la participación de los sindicatos en la Unión Sagrada de 1914, que alistó a los proletarios para llevarlos a la carnicería productora de beneficio. Desde hace unos sesenta años, a los sindicatos les incumbe una función: encuadrar a la clase obrera y aislar sus luchas, volverla lo más dócil posible lanzando huelgas que sirven de válvula de seguridad, concediéndole, de acuerdo con la patronal, lo menos posible, pero lo suficiente para calmar una eventual explosión; pero también reprimirla físicamente si alguna vez se subleva, combatir por la fuerza a sus elementos más avanzados. Los sindicatos son tentáculos del Estado capitalista en el medio obrero, donde asumen el papel de cómitres y de policía, y en consecuencia la revolución solo podrá hacerse fuera de ellos y contra ellos. El terreno en el que combaten los revolucionarios, pues, ya no puede ser ni el terreno parlamentario ni el terreno sindical, sino únicamente el de la subversión social, en cualquier ocasión en que pueda presentarse.
La revolución comunista la hará el proletariado, y por su abolición, como la de toda otra clase, dominante o dominada, instaurando en adelante la comunidad humana mundial, sin fronteras ni clases. Desde los primeros momentos de la revolución, después de destruir el Estado capitalista del país en que se haya sublevado e instaurar soberanamente su propio Estado, formado por los organismos que se haya dado en su lucha (consejos obreros, comités, milicias obreras, etc.), el proletariado deberá, en la mayor medida que pueda según el estado de abundancia en que se encuentre el país, intentar realizar el principio «a cada uno según sus necesidades», es decir, abatir la base económica sobre la que descansa la existencia de las clases, actuando a la vez para que el proletariado de los demás países siga cuanto antes su ejemplo, ya que la victoria de la revolución solo puede ser mundial; ahora bien, la abolición del salariado y del valor no dejará de estimular el entusiasmo del proletariado internacional, mostrándole a la vez el camino que ha de seguir. En cuanto la dictadura del proletariado se haya establecido a escala mundial, se extinguirá a medida que se constituya la comunidad humana, lo mismo que el organismo estatal que forma parte de ella, que irá perdiendo cada vez más sus funciones coercitivas. Así, la instauración del comunismo integral se realizará cuando las mentalidades de clase hayan sido destruidas y sustituidas en el espíritu de los hombres por la mentalidad comunista, ligada a una humanidad unida. El trabajo dejará entonces de ser una carga para cualquier individuo, para convertirse en una necesidad, y el principio «a cada uno según sus necesidades» irá acompañado en adelante del principio «de cada uno según sus capacidades». Considerando el nivel alcanzado por las fuerzas productivas y la influencia que ese alto nivel puede tener para facilitar la transformación de las mentalidades, puede considerarse hoy que el proceso evolutivo en el seno de la revolución que desembocará en el comunismo integral puede realizarse muy rápidamente.
El F.O.R. se fija como tarea ayudar al proletariado en su acción, empujarlo con sus intervenciones a ir siempre más lejos, socializar la experiencia de sus luchas, ayudar a la generalización de su consciencia de clase en el seno del proletariado, combatir en todo lugar y en todo momento, incluso en el seno de los organismos de la dictadura del proletariado, como en pleno reflujo de las luchas, a todas las fuerzas que se oponen a la victoria de la revolución social.
El partido comunista, es decir, el conjunto de los grupos e individuos comunistas, al que pertenece el F.O.R., encontrará su unidad en la práctica, es decir, en el movimiento de la clase obrera, del que es «la parte más decidida».1 (K. Marx, Manifiesto del Partido Comunista).
° Relativo a la simbiosis, asociación recíprocamente favorable entre dos seres vivos.
(1) En este caso, para ser más precisos, deberíamos hablar de esclavismo de Estado. Sin embargo, es evidente que esa forma de explotación (y este solo ejemplo podría bastar para probar hasta qué punto el sistema capitalista se ha vuelto retrógrado, puesto que llega incluso a engendrar el esclavismo) no es más que provisional y que le sucederá inevitablemente un capitalismo de Estado.
Nota. El FOR publicó en español una versión reelaborada y más breve de esta presentación, «Presentación de F.O.R.», Alarma, tercera serie, número especial, marzo-abril de 1979. Como no es el mismo texto, traducimos el francés, pero tomamos de Alarma su forma española allí donde coinciden (en particular la cita del punto 3, que no hemos podido localizar en el texto español del Pro Segundo Manifiesto). Diferencias de contenido de la versión española: dice que la escisión de 1948 «se basó en el tema del internacionalismo proletario frente a la guerra imperialista», no menciona la fecha de 1941, presenta a Péret y Munis como «dos de los iniciadores de F.O.R.», añade un «núcleo FOR en los EEUU»; en el punto 1 habla de las destrucciones «tras la guerra mundial» y de la «desfertilización» de la tierra, y omite la frase sobre la relación simbiótica; en el punto 2 omite la lista de países y la nota sobre Camboya; en el punto 5 no menciona la Unión Sagrada de 1914 y concluye que el terreno de lucha del proletariado es «organizarse independientemente para hacer la subversión social»; en el punto 6 no habla de que el proletariado instaure «su propio Estado»; en el punto 8 cita a Marx como «la fracción más avanzada».
El francés cita «la fraction la plus résolue»; damos la frase según la traducción de la Escuela: los comunistas son «la parte más decidida de los partidos obreros de todos los países». ↩