Alarme, n.º 4, abril-mayo-junio de 1979 (págs. 8-9). PDF del número completo · Texto original en francés

La breve exposición que sigue es un resumen del análisis del doble carácter del producto del trabajo en el intercambio y de las relaciones sociales ligadas a esta especificidad de la mercancía. Contenido ya en Salario, precio y ganancia o en los Manuscritos de 1844, por citar solo algunas de sus primeras obras de crítica de la economía política, este análisis lo retomó y desarrolló K. Marx en el capítulo primero del Libro I de El capital (del que incluso se han tomado directamente algunas frases de nuestra exposición; si no las ponemos entre comillas, es con el único fin de no hacer más pesada la lectura de un texto que a algunos puede parecer árido).1

Comprender bien lo que se oculta tras el intercambio y la mercancía es de gran importancia para quienes hoy quieren ser revolucionarios. Por eso este artículo tiene la ambición de disipar algunas de las concepciones erróneas comúnmente difundidas sobre la pretendida neutralidad de una parte de la organización económica —en realidad íntimamente ligada a la sociedad capitalista y a la explotación asalariada— que podría heredar la organización económica y social comunista.

Sin la desaparición completa de la totalidad de la organización económica capitalista, y ello tanto a escala mundial como a escala local, la sociedad socialista no podrá existir jamás, y la humanidad entera seguirá hundiéndose en la barbarie hasta que la guerra imperialista, también ella indisolublemente ligada al sistema capitalista, ponga fin a la historia de los hombres.

Consideremos una mesa y una silla. Estos dos objetos tienen cada uno una utilidad dada. Son valores de uso.

Pero cuando interviene el intercambio, ¿qué ocurre con estos dos objetos, convertidos ya en mercancías? Una mesa se cambia por una silla. ¡Sea! Pero ¿en virtud de qué propiedad común a la mesa y a la silla pueden cambiarse? ¿Es porque ambas son valores de uso? No; lo que caracteriza el intercambio es justamente la abstracción que se hace del valor de uso de las mercancías. Su propiedad común está, pues, en otra parte. Al desaparecer los caracteres útiles particulares de los productos del trabajo, desaparecen también el carácter útil de los trabajos que encierran y las diversas formas concretas que distinguen una clase de trabajo de otra. Lo que es común a la silla y a la mesa cuando entran en relación en el intercambio es, pues, que en su producción se ha gastado fuerza de trabajo humana, que en ellas se ha acumulado trabajo humano. Como cristales de esa sustancia social común, las mercancías se consideran valores.

¿Cómo medir la magnitud de valor de una mesa o de una silla? Por la cantidad de trabajo que contienen, cantidad de trabajo que tiene por medida su duración en el tiempo. Pero el trabajo que se mide es el que exige cualquier trabajo ejecutado con el grado medio de destreza e intensidad y en condiciones que, respecto de la sociedad dada, son normales. Al tiempo medido se le llama, pues, tiempo socialmente necesario para la producción de las mercancías. Dos mercancías que pueden producirse en el mismo tiempo, según las condiciones sociales existentes, tienen igual valor. No es, pues, el intercambio lo que regula la magnitud de valor de una mercancía, sino, al contrario, la magnitud de valor de una mercancía lo que regula el intercambio.

Así, la mercancía es doble: es a la vez valor de uso (pues para producir una mercancía hay que producir ante todo un valor de uso, pero un valor de uso para otros, un valor de uso social) y valor. Si decimos que, como valores, todas las mercancías no son más que trabajo humano cristalizado, nuestro análisis las reduce a la abstracción valor; pero, antes como después, no poseen más que una sola forma, su forma natural de objetos útiles. Y, sin embargo, todo cambia en cuanto una mercancía se pone en relación de valor con otra mercancía. Desde ese momento, su carácter de valor sale a la luz y se afirma como propiedad inherente a ella, que determina su relación con la otra mercancía. El trabajo gastado en la producción de los objetos útiles reviste, pues, el carácter de una cualidad inherente a esas cosas, que se opone entonces a su forma natural, la de objetos de uso.

La forma de valor y la relación de valor de los productos del trabajo no tienen absolutamente nada que ver con su naturaleza física. Es solo una relación social determinada de los hombres entre sí lo que aquí adopta para ellos la forma fantasmagórica de una relación entre cosas. Como los productores solo entran en contacto social mediante el intercambio de sus productos, solo dentro de los límites de ese intercambio se afirman en un primer momento los caracteres sociales de sus trabajos privados. De ahí resulta que, para ellos, las relaciones entre sus trabajos privados se manifiestan como lo que son, es decir, no como relaciones sociales inmediatas entre las personas en sus trabajos mismos, sino más bien como relaciones sociales entre las cosas, como si estas estuvieran animadas de vida propia. Hay, pues, escisión y oposición totales entre el productor y el producto de su trabajo, así como entre los productores mismos.

Por otra parte, la ley de los intercambios solo estipula la igualdad respecto del valor de los artículos enajenados el uno por el otro, pero presupone una diferencia entre sus valores de uso y no tiene nada que ver con su consumo, que solo empieza cuando el trato ya está cerrado. Tomemos una mercancía particular: la fuerza de trabajo. Su poseedor la vende y recibe el valor de su mercancía, es decir, el equivalente de lo que ha sido necesario para producirla. Aquel a quien se ha vendido esa fuerza de trabajo tiene desde entonces toda la libertad de usar la mercancía que ha comprado. Al obtener el valor de cambio de su fuerza de trabajo, el asalariado obtiene los medios de reconstituirla y reproducirla. Sin embargo, ha enajenado también su valor de uso, como ocurre en toda compra y venta de mercancía. De este uso de la fuerza de trabajo del obrero, el capitalista extrae un plustrabajo cuyo valor se llama plusvalía, base del sistema capitalista.

De la sola exposición que antecede podemos deducir la necesidad de abolir toda economía basada en el intercambio. En efecto, por una parte, los hombres deben —hoy que las condiciones sociales y económicas lo permiten más que nunca en el pasado— abolir todo lo que pueda parecerles enigmático, incomprensible, entre las estructuras que ellos mismos han creado a lo largo de la historia bajo el peso de la necesidad; y, por otra parte, como hemos visto, puesto que el intercambio está en la base del salariado y de la plusvalía, y por tanto del capital, su supervivencia supondría siempre la posibilidad de que la explotación capitalista (o cualquier otra forma de explotación) renaciera.*

Cualquier forma de explotación, en efecto, porque el intercambio supone división entre los hombres, y de esa división nace la explotación. Solo la Unión (real, y no ficticia como la que parece crear el intercambio) entre los hombres podrá prevenir para siempre todo renacimiento de la explotación y de la opresión.

Algunos, que se pretenden socialistas, hablan de la economía autogestionaria como de una economía progresista, e incluso socialista. La autogestión, o sea, la gestión por cada cual de sus propios asuntos o por cada cuerpo de la sociedad de los asuntos que le conciernen, es una economía en la que los hombres siguen separados unos de otros por el intercambio, en la que la sociedad sigue organizada en clases que tienen cada una una tarea particular en la producción y el intercambio de mercancías. La autogestión no tiene, pues, nada que ver con el socialismo, ni carácter progresista alguno, puesto que hoy todo lo que no es socialismo es reaccionario.

La supresión por la revolución social de la contradicción entre valor de uso y valor de cambio, mediante la reducción del producto del trabajo a mero valor de uso, equivaldrá a eliminar el principio «a cada cual según su trabajo» y a sustituirlo en las relaciones sociales por el principio socialista «de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades», principio que resume el libre desarrollo de cada uno en una sociedad liberada de sus divisiones. La abolición de las relaciones de intercambio, con todo lo que va unido a ellas, como el dinero (forma general de la mercancía) y el salariado (relación social de explotación nacida de la venta de la fuerza-de-trabajo-mercancía), abrirá la vía al establecimiento del modo de producción y de distribución socialista, en el que solo se producirá en función de la satisfacción de las necesidades de todos.

* Esto, por supuesto, si se supone un estado ideal y totalmente ilusorio en el que la explotación hubiera desaparecido mientras seguía subsistiendo el intercambio.

  1. Salario, precio y ganancia es de 1865 y no se publicó hasta 1898; los Manuscritos económico-filosóficos son de 1844. El análisis de la doble naturaleza de la mercancía aparece por primera vez desarrollado en la Contribución a la crítica de la economía política (1859). ↩