Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción del capital. Primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1867. Se traduce de la cuarta edición alemana (1890), revisada por Friedrich Engels, según el texto de la MEW 23 (Berlín, 1962) cotejado con la MEGA II/10; las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras; las demás son de Marx o, entre corchetes con «— F. E.», de Engels. Texto original en alemán

Prólogos y epílogos · I · II · III · IV · V · VI · VII

Capítulo primero. La mercancía

1. Los dos factores de la mercancía: valor de uso y valor (sustancia del valor, magnitud del valor)

La riqueza de las sociedades en las que impera el modo de producción capitalista se presenta como un «enorme cúmulo de mercancías»1, y la mercancía individual, como su forma elemental. Nuestra investigación comienza, por eso, con el análisis de la mercancía.

La mercancía es, ante todo, un objeto exterior, una cosa que por sus propiedades satisface necesidades humanas de cualquier clase. La naturaleza de esas necesidades, el que broten, por ejemplo, del estómago o de la fantasía, no altera en nada la cuestión2. Tampoco se trata aquí de cómo satisface la cosa la necesidad humana, si directamente, como medio de subsistencia, es decir, como objeto de disfrute, o por un rodeo, como medio de producción.

Toda cosa útil, como el hierro, el papel, etc., ha de considerarse desde un doble punto de vista: según su cualidad y según su cantidad. Cada una de esas cosas es un conjunto de muchas propiedades y puede, por tanto, ser útil en diversos aspectos. Descubrir esos diversos aspectos y, con ellos, los múltiples modos de uso de las cosas es un acto histórico3. Lo mismo el hallazgo de medidas sociales para la cantidad de las cosas útiles. La diversidad de las medidas de las mercancías procede en parte de la diversa naturaleza de los objetos que hay que medir y en parte de la convención.

La utilidad de una cosa hace de ella un valor de uso4. Pero esa utilidad no flota en el aire. Condicionada por las propiedades del cuerpo de la mercancía, no existe sin él. El cuerpo mismo de la mercancía, como el hierro, el trigo, el diamante, etc., es, por tanto, un valor de uso o un bien. Este carácter suyo no depende de que la apropiación de sus propiedades útiles le cueste al hombre mucho o poco trabajo. Al considerar los valores de uso se presupone siempre su determinación cuantitativa: una docena de relojes, una vara de lienzo, una tonelada de hierro, etc. Los valores de uso de las mercancías proporcionan la materia de una disciplina propia, la merceología5. El valor de uso solo se realiza en el uso o el consumo. Los valores de uso forman el contenido material de la riqueza, sea cual sea la forma social de esta. En la forma de sociedad que vamos a estudiar son, a la vez, los portadores materiales del… valor de cambio.

El valor de cambio se presenta, en primer lugar, como la relación cuantitativa, la proporción en que se intercambian valores de uso de una clase por valores de uso de otra clase6, una relación que cambia constantemente con el tiempo y el lugar. Por eso el valor de cambio parece algo fortuito y puramente relativo, y un valor de cambio interior, inmanente a la mercancía (valeur intrinsèque), parece una contradictio in adjecto [contradicción en los términos]7. Examinemos la cuestión más de cerca.

Una mercancía determinada, un quarter8 de trigo, por ejemplo, se intercambia por x de betún, o por y de seda, o por z de oro, etc., en suma, por otras mercancías en las proporciones más diversas. El trigo tiene, pues, múltiples valores de cambio en lugar de uno solo. Pero como x de betún, e igualmente y de seda e igualmente z de oro, etc., son el valor de cambio de un quarter de trigo, x de betún, y de seda, z de oro, etc., tienen que ser valores de cambio sustituibles entre sí o de igual magnitud. De ahí se sigue, en primer lugar, que los valores de cambio vigentes de una misma mercancía expresan algo igual. Y, en segundo lugar, que el valor de cambio no puede ser, en general, más que el modo de expresión, la «forma de manifestación», de un contenido distinguible de él.

Tomemos además dos mercancías, por ejemplo trigo y hierro. Sea cual sea su relación de intercambio, siempre puede representarse en una ecuación en la que una cantidad dada de trigo se iguala a una cantidad cualquiera de hierro; por ejemplo: 1 quarter de trigo = a quintales de hierro. ¿Qué dice esta ecuación? Que en dos cosas distintas, en 1 quarter de trigo y también en a quintales de hierro, existe algo común de la misma magnitud. Ambas cosas son, pues, iguales a una tercera, que en sí y para sí no es ni la una ni la otra. Cada una de ellas, en cuanto valor de cambio, tiene que poder reducirse, por tanto, a esa tercera.

Un sencillo ejemplo geométrico lo ilustrará. Para determinar y comparar la superficie de todas las figuras rectilíneas, se las descompone en triángulos. El triángulo mismo se reduce a una expresión enteramente distinta de su figura visible: la mitad del producto de su base por su altura. Del mismo modo, los valores de cambio de las mercancías han de reducirse a algo común del que representan un más o un menos.

Ese algo común no puede ser una propiedad geométrica, física, química ni ninguna otra propiedad natural de las mercancías. Sus propiedades corpóreas solo entran en consideración en la medida en que las hacen útiles, es decir, valores de uso. Pero, por otra parte, lo que caracteriza visiblemente la relación de intercambio de las mercancías es justamente la abstracción de sus valores de uso. Dentro de ella, un valor de uso vale exactamente lo mismo que cualquier otro con tal de que se presente en la proporción debida. O, como dice el viejo Barbon:

«Una clase de mercancías vale tanto como otra si su valor es igual. No hay diferencia ni distinción entre cosas de igual valor.»9

Como valores de uso, las mercancías son ante todo de distinta cualidad; como valores de cambio, solo pueden ser de distinta cantidad y no contienen, por tanto, ni un átomo de valor de uso.

Si se prescinde del valor de uso de los cuerpos de las mercancías, solo les queda una propiedad: la de ser productos del trabajo. Pero también el producto del trabajo se nos ha transformado ya entre las manos. Si abstraemos de su valor de uso, abstraemos también de los componentes y formas corpóreos que hacen de él un valor de uso. Ya no es mesa, ni casa, ni hilo, ni ninguna otra cosa útil. Todas sus cualidades sensibles se han borrado. Tampoco es ya el producto del trabajo del carpintero, del albañil o del hilandero, ni de ningún otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo desaparece el carácter útil de los trabajos representados en ellos y, por tanto, desaparecen también las diversas formas concretas de esos trabajos; estos dejan de distinguirse y quedan reducidos todos ellos a trabajo humano igual, a trabajo humano abstracto.

Consideremos ahora lo que queda de los productos del trabajo. No ha quedado de ellos más que una misma objetividad espectral, una mera gelatina de trabajo humano indiferenciado, es decir, de gasto de fuerza de trabajo humana sin atender a la forma en que se gasta. Estas cosas ya solo representan que en su producción se ha gastado fuerza de trabajo humana, que se ha acumulado trabajo humano. Como cristales de esa sustancia social común a todas ellas, son valores: valores de mercancía.

En la relación de intercambio de las mercancías mismas, su valor de cambio se nos presentó como algo completamente independiente de sus valores de uso. Si ahora se abstrae realmente del valor de uso de los productos del trabajo, se obtiene su valor tal como acaba de determinarse. Lo común que se representa en la relación de intercambio o valor de cambio de la mercancía es, pues, su valor. El curso de la investigación nos devolverá al valor de cambio como modo de expresión o forma de manifestación necesaria del valor, al que, sin embargo, hay que considerar primero con independencia de esa forma.

Un valor de uso o un bien solo tiene, pues, valor porque en él está objetivado o materializado trabajo humano abstracto. ¿Cómo medir entonces la magnitud de su valor? Por la cantidad de «sustancia creadora de valor», de trabajo, que contiene. La cantidad de trabajo misma se mide por su duración, y el tiempo de trabajo tiene a su vez su patrón en determinadas fracciones de tiempo, como la hora, el día, etc.

Podría parecer que, si el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo gastada durante su producción, cuanto más perezoso o torpe sea un hombre, tanto más valiosa será su mercancía, porque necesitará más tiempo para hacerla. Pero el trabajo que constituye la sustancia de los valores es trabajo humano igual, gasto de la misma fuerza de trabajo humana. La fuerza de trabajo total de la sociedad, que se representa en los valores del mundo de las mercancías, cuenta aquí como una y la misma fuerza de trabajo humana, aunque se componga de innumerables fuerzas de trabajo individuales. Cada una de estas fuerzas de trabajo individuales es la misma fuerza de trabajo humana que cualquier otra en la medida en que posee el carácter de una fuerza de trabajo social media y opera como tal fuerza de trabajo social media, es decir, en la medida en que, para producir una mercancía, solo emplea el tiempo de trabajo necesario por término medio, o socialmente necesario. Tiempo de trabajo socialmente necesario es el tiempo de trabajo requerido para producir un valor de uso cualquiera en las condiciones de producción socialmente normales existentes y con el grado social medio de destreza e intensidad del trabajo. Tras la introducción del telar de vapor en Inglaterra, por ejemplo, bastaba quizá la mitad del trabajo que antes para transformar en tejido una cantidad dada de hilo. El tejedor manual inglés seguía necesitando de hecho para esa transformación el mismo tiempo de trabajo que antes, pero el producto de su hora de trabajo individual ya solo representaba media hora de trabajo social, y su valor cayó, por tanto, a la mitad del anterior.

Es, pues, únicamente la cantidad de trabajo socialmente necesario, o el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir un valor de uso, lo que determina la magnitud de su valor10. La mercancía individual cuenta aquí, en general, como ejemplar medio de su especie11. Las mercancías que contienen cantidades iguales de trabajo, o que pueden producirse en el mismo tiempo de trabajo, tienen, por tanto, la misma magnitud de valor. El valor de una mercancía es al valor de cualquier otra lo que el tiempo de trabajo necesario para producir la una es al tiempo de trabajo necesario para producir la otra. «Como valores, todas las mercancías no son más que determinadas medidas de tiempo de trabajo coagulado.»12

La magnitud de valor de una mercancía permanecería, pues, constante si fuese constante el tiempo de trabajo requerido para producirla. Pero este cambia con cada cambio en la fuerza productiva del trabajo. La fuerza productiva del trabajo está determinada por múltiples circunstancias, entre otras por el grado medio de destreza de los obreros, el nivel de desarrollo de la ciencia y de su aplicabilidad tecnológica, la combinación social del proceso de producción, el volumen y la eficacia de los medios de producción, y por condiciones naturales. La misma cantidad de trabajo se representa, por ejemplo, en 8 bushels13 de trigo con una estación favorable y en solo 4 con una desfavorable. La misma cantidad de trabajo da más metal en las minas ricas que en las pobres, etc. Los diamantes se encuentran raramente en la corteza terrestre y hallarlos cuesta, por eso, mucho tiempo de trabajo por término medio. En consecuencia, representan mucho trabajo en poco volumen. Jacob14 duda de que el oro haya pagado nunca todo su valor. Esto vale aún más para el diamante. Según Eschwege15, en 1823 el producto total de ochenta años de las minas de diamantes brasileñas aún no había alcanzado el precio del producto medio de año y medio de las plantaciones brasileñas de azúcar o de café, aunque representaba mucho más trabajo y, por tanto, más valor. Con minas más ricas, la misma cantidad de trabajo se representaría en más diamantes y el valor de estos bajaría. Si se consiguiera transformar carbón en diamante con poco trabajo, el valor del diamante podría caer por debajo del de los ladrillos. En general: cuanto mayor es la fuerza productiva del trabajo, tanto menor es el tiempo de trabajo requerido para producir un artículo, tanto menor la masa de trabajo cristalizada en él y tanto menor su valor. A la inversa, cuanto menor es la fuerza productiva del trabajo, tanto mayor es el tiempo de trabajo necesario para producir un artículo y tanto mayor su valor. La magnitud de valor de una mercancía varía, pues, en razón directa de la cantidad y en razón inversa de la fuerza productiva del trabajo que se realiza en ella.

Una cosa puede ser valor de uso sin ser valor. Así ocurre cuando su utilidad para el hombre no está mediada por el trabajo: el aire, la tierra virgen, los prados naturales, la madera que crece silvestre, etc. Una cosa puede ser útil y producto del trabajo humano sin ser mercancía. Quien satisface su propia necesidad con su producto crea, ciertamente, valor de uso, pero no mercancía. Para producir mercancía no solo tiene que producir valor de uso, sino valor de uso para otros, valor de uso social. [Y no solo para otros, sin más. El campesino medieval producía el grano del tributo para el señor feudal y el grano del diezmo para el cura. Pero ni el grano del tributo ni el del diezmo se convertían en mercancía por el hecho de producirse para otros. Para convertirse en mercancía, el producto tiene que transferirse por medio del intercambio a aquel a quien sirve como valor de uso.]16 Por último, ninguna cosa puede ser valor sin ser objeto de uso. Si es inútil, también es inútil el trabajo contenido en ella; no cuenta como trabajo y no crea, por tanto, valor alguno.

2. Doble carácter del trabajo representado en las mercancías

Al principio la mercancía se nos presentó como algo doble: valor de uso y valor de cambio. Más tarde se vio que también el trabajo, en cuanto se expresa en el valor, ya no posee los mismos rasgos que le corresponden como creador de valores de uso. Esta naturaleza doble del trabajo contenido en la mercancía la he demostrado críticamente yo por primera vez17. Como este es el punto decisivo en torno al cual gira la comprensión de la economía política, hay que examinarlo aquí más de cerca.

Tomemos dos mercancías, por ejemplo una levita y 10 varas de lienzo. Supongamos que aquella tiene el doble de valor que estas, de modo que, si 10 varas de lienzo = V, la levita = 2 V.

La levita es un valor de uso que satisface una necesidad particular. Para producirla hace falta una clase determinada de actividad productiva. Esta está determinada por su fin, su modo de operar, su objeto, sus medios y su resultado. Al trabajo cuya utilidad se representa así en el valor de uso de su producto, o en el hecho de que su producto sea un valor de uso, lo llamamos sencillamente trabajo útil. Desde este punto de vista se lo considera siempre en relación con su efecto útil.

Así como la levita y el lienzo son valores de uso cualitativamente distintos, también lo son los trabajos que median su existencia: la sastrería y la tejeduría. Si esas cosas no fueran valores de uso cualitativamente distintos y, por tanto, productos de trabajos útiles cualitativamente distintos, no podrían enfrentarse en absoluto como mercancías. La levita no se intercambia por levita, el mismo valor de uso no se intercambia por el mismo valor de uso.

En el conjunto de los diversos valores de uso o cuerpos de mercancías se manifiesta un conjunto de trabajos útiles igualmente variados, distintos por su género, especie, familia, subespecie y variedad: una división social del trabajo. Esta es condición de existencia de la producción de mercancías, aunque, a la inversa, la producción de mercancías no sea condición de existencia de la división social del trabajo. En la antigua comunidad india el trabajo está dividido socialmente sin que los productos se conviertan en mercancías. O, por tomar un ejemplo más cercano, en toda fábrica el trabajo está dividido sistemáticamente, pero esa división no está mediada por el intercambio de sus productos individuales entre los obreros. Solo los productos de trabajos privados autónomos e independientes unos de otros se enfrentan entre sí como mercancías.

Se ha visto, pues, que en el valor de uso de cada mercancía hay una determinada actividad productiva conforme a un fin, o trabajo útil. Los valores de uso no pueden enfrentarse como mercancías si no encierran trabajos útiles cualitativamente distintos. En una sociedad cuyos productos adoptan en general la forma de mercancía, es decir, en una sociedad de productores de mercancías, esta diferencia cualitativa entre los trabajos útiles, que se ejercen independientemente unos de otros como negocios privados de productores autónomos, se desarrolla hasta formar un sistema de múltiples ramas, una división social del trabajo.

A la levita, por lo demás, le es indiferente que la lleve el sastre o el cliente del sastre. En ambos casos actúa como valor de uso. Tampoco se altera en sí y para sí la relación entre la levita y el trabajo que la produce porque la sastrería se convierta en una profesión particular, en un miembro autónomo de la división social del trabajo. Allí donde le obligaba la necesidad de vestirse, el hombre estuvo cortando y cosiendo ropa durante milenios antes de que de un hombre saliera un sastre. Pero la existencia de la levita, del lienzo, de todo elemento de la riqueza material que no exista en la naturaleza, siempre tuvo que estar mediada por una actividad productiva especial, conforme a un fin, que asimila determinadas materias naturales a determinadas necesidades humanas. Como creador de valores de uso, como trabajo útil, el trabajo es, por tanto, una condición de existencia del hombre independiente de todas las formas de sociedad, una necesidad natural eterna para mediar el metabolismo entre el hombre y la naturaleza y, por tanto, la vida humana.

Los valores de uso levita, lienzo, etc., en suma, los cuerpos de las mercancías, son combinaciones de dos elementos: materia natural y trabajo. Si se descuenta la suma total de los diversos trabajos útiles que encierran la levita, el lienzo, etc., siempre queda un sustrato material que existe por naturaleza, sin intervención del hombre. En su producción, el hombre solo puede proceder como la naturaleza misma, es decir, solo puede cambiar las formas de las materias18. Más aún: en ese mismo trabajo de dar forma le asisten constantemente fuerzas naturales. El trabajo no es, pues, la única fuente de los valores de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es su padre, como dice William Petty, y la tierra su madre.

Pasemos ahora de la mercancía como objeto de uso al valor de la mercancía.

Según nuestro supuesto, la levita tiene el doble de valor que el lienzo. Pero esto es solo una diferencia cuantitativa, que de momento no nos interesa. Recordemos, pues, que si el valor de una levita es el doble del de 10 varas de lienzo, 20 varas de lienzo tienen la misma magnitud de valor que una levita. Como valores, la levita y el lienzo son cosas de la misma sustancia, expresiones objetivas de un trabajo de la misma clase. Pero la sastrería y la tejeduría son trabajos cualitativamente distintos. Hay, sin embargo, estados de la sociedad en que el mismo hombre cose y teje alternativamente, y en que estos dos modos de trabajo distintos no son, por tanto, más que modificaciones del trabajo del mismo individuo y no todavía funciones particulares y fijas de individuos distintos, exactamente igual que la levita que nuestro sastre hace hoy y los pantalones que hace mañana no suponen más que variaciones del mismo trabajo individual. La simple observación enseña, además, que en nuestra sociedad capitalista, según la dirección cambiante de la demanda de trabajo, una porción dada de trabajo humano se aporta alternativamente en forma de sastrería o en forma de tejeduría. Este cambio de forma del trabajo quizá no se produzca sin fricciones, pero tiene que producirse. Si se prescinde del carácter determinado de la actividad productiva y, por tanto, del carácter útil del trabajo, queda en él el hecho de ser un gasto de fuerza de trabajo humana. La sastrería y la tejeduría, aunque son actividades productivas cualitativamente distintas, son ambas un gasto productivo de cerebro, músculo, nervio, mano, etc., humanos, y en ese sentido ambas son trabajo humano. No son más que dos formas distintas de gastar fuerza de trabajo humana. Desde luego, la fuerza de trabajo humana misma tiene que estar más o menos desarrollada para gastarse en esta o aquella forma. Pero el valor de la mercancía representa trabajo humano sin más, gasto de trabajo humano en general. Y así como en la sociedad burguesa un general o un banquero desempeñan un gran papel y el hombre sin más, en cambio, un papel muy mezquino19, lo mismo ocurre aquí con el trabajo humano. Es gasto de fuerza de trabajo simple, que por término medio todo hombre corriente, sin desarrollo especial, posee en su organismo corporal. El trabajo medio simple cambia, ciertamente, de carácter según los países y las épocas de la cultura, pero en una sociedad existente está dado. El trabajo más complejo solo cuenta como trabajo simple potenciado o, más bien, multiplicado, de modo que una cantidad menor de trabajo complejo equivale a una cantidad mayor de trabajo simple. La experiencia muestra que esta reducción se efectúa constantemente. Una mercancía puede ser el producto del trabajo más complejo; su valor la equipara al producto del trabajo simple y, por tanto, ella misma solo representa una cantidad determinada de trabajo simple20. Las diversas proporciones en que las distintas clases de trabajo se reducen a trabajo simple como a su unidad de medida se fijan mediante un proceso social que se desarrolla a espaldas de los productores, y por eso a estos les parecen dadas por la costumbre. Para simplificar, en lo que sigue toda clase de fuerza de trabajo contará para nosotros directamente como fuerza de trabajo simple, con lo cual solo nos ahorramos la molestia de la reducción.

Así como en los valores levita y lienzo se ha abstraído de la diferencia de sus valores de uso, así también, en los trabajos que se representan en esos valores, se ha abstraído de la diferencia de sus formas útiles, la sastrería y la tejeduría. Así como los valores de uso levita y lienzo son combinaciones de actividades productivas conformes a un fin con el paño y el hilo, mientras que los valores levita y lienzo son meras gelatinas de trabajo homogéneo, así también los trabajos contenidos en estos valores no cuentan por su relación productiva con el paño y el hilo, sino solo como gastos de fuerza de trabajo humana. La sastrería y la tejeduría son elementos formadores de los valores de uso levita y lienzo precisamente por sus distintas cualidades; solo son sustancia del valor de la levita y del valor del lienzo en la medida en que se abstrae de su cualidad particular y ambas poseen la misma cualidad, la cualidad de trabajo humano.

Pero la levita y el lienzo no son solo valores en general, sino valores de una magnitud determinada, y, según nuestro supuesto, la levita vale el doble que 10 varas de lienzo. ¿De dónde viene esta diferencia entre sus magnitudes de valor? De que el lienzo solo contiene la mitad de trabajo que la levita, de modo que para producir esta hay que gastar fuerza de trabajo durante el doble de tiempo que para producir aquel.

Así pues, si con respecto al valor de uso el trabajo contenido en la mercancía solo cuenta cualitativamente, con respecto a la magnitud de valor solo cuenta cuantitativamente, una vez reducido a trabajo humano sin más cualidad. Allí se trata del cómo y el qué del trabajo; aquí, de su cuánto, de su duración. Como la magnitud de valor de una mercancía no representa más que la cantidad de trabajo contenida en ella, las mercancías, en determinada proporción, tienen que ser siempre valores de igual magnitud.

Si la fuerza productiva, digamos, de todos los trabajos útiles requeridos para producir una levita permanece inalterada, la magnitud de valor de las levitas aumenta con su propia cantidad. Si 1 levita representa x días de trabajo, 2 levitas representan 2 x días de trabajo, etc. Pero supongamos que el trabajo necesario para producir una levita aumenta al doble o disminuye a la mitad. En el primer caso, una levita tiene tanto valor como antes dos levitas; en el segundo, dos levitas solo tienen tanto valor como antes una, aunque en ambos casos la levita sigue prestando los mismos servicios y el trabajo útil contenido en ella sigue siendo de la misma calidad. Lo que ha cambiado es la cantidad de trabajo gastada en su producción.

Una cantidad mayor de valor de uso constituye en sí y para sí una riqueza material mayor: dos levitas, más que una. Con dos levitas se puede vestir a dos personas; con una, solo a una, etc. Sin embargo, a una masa creciente de riqueza material puede corresponderle una caída simultánea de su magnitud de valor. Este movimiento antagónico surge del doble carácter del trabajo. La fuerza productiva es, naturalmente, siempre fuerza productiva de un trabajo útil, concreto, y de hecho solo determina el grado de eficacia de una actividad productiva conforme a un fin en un período de tiempo dado. El trabajo útil se convierte, pues, en una fuente de productos más rica o más pobre en proporción directa al aumento o a la disminución de su fuerza productiva. Por el contrario, un cambio de la fuerza productiva no afecta en sí y para sí en absoluto al trabajo representado en el valor. Como la fuerza productiva pertenece a la forma útil concreta del trabajo, naturalmente ya no puede afectar al trabajo en cuanto se abstrae de su forma útil concreta. El mismo trabajo da, por tanto, en los mismos períodos de tiempo siempre la misma magnitud de valor, por mucho que cambie la fuerza productiva. Pero en el mismo período de tiempo suministra cantidades diferentes de valores de uso: más si la fuerza productiva aumenta, menos si disminuye. El mismo cambio de la fuerza productiva que aumenta la fecundidad del trabajo y, por tanto, la masa de valores de uso que este suministra reduce, pues, la magnitud de valor de esa masa total aumentada si acorta la suma del tiempo de trabajo necesario para producirla. Y a la inversa.

Todo trabajo es, por una parte, gasto de fuerza de trabajo humana en sentido fisiológico, y en esta cualidad de trabajo humano igual o trabajo humano abstracto crea el valor de las mercancías. Todo trabajo es, por otra parte, gasto de fuerza de trabajo humana en una forma particular, orientada a un fin, y en esta cualidad de trabajo útil concreto produce valores de uso21.

3. La forma de valor o el valor de cambio

Las mercancías vienen al mundo bajo la forma de valores de uso o de cuerpos de mercancías: hierro, lienzo, trigo, etc. Esta es su prosaica forma natural. Pero solo son mercancías porque son algo doble: objetos de uso y, a la vez, portadores de valor. Por eso solo se presentan como mercancías, o solo poseen la forma de mercancías, en la medida en que poseen una forma doble: forma natural y forma de valor.

La objetividad de valor de las mercancías se diferencia de la viuda Quickly22 en que no se sabe por dónde agarrarla. En franca oposición a la tosca objetividad sensible de los cuerpos de las mercancías, en su objetividad de valor no entra ni un átomo de materia natural. Por eso se puede dar vueltas y más vueltas a una mercancía cualquiera: como cosa de valor sigue siendo inaprensible. Pero si recordamos que las mercancías solo poseen objetividad de valor en la medida en que son expresiones de la misma unidad social, el trabajo humano, y que, por tanto, su objetividad de valor es puramente social, se entiende también por sí mismo que esa objetividad solo puede manifestarse en la relación social de una mercancía con otra. De hecho, partimos del valor de cambio o relación de intercambio de las mercancías para seguir la pista de su valor, que se esconde en ella. Ahora tenemos que volver a esa forma de manifestación del valor.

Todo el mundo sabe, aunque no sepa nada más, que las mercancías poseen una forma de valor común que contrasta de la manera más llamativa con las abigarradas formas naturales de sus valores de uso: la forma de dinero. Pero aquí se trata de hacer lo que la economía burguesa ni siquiera intentó: demostrar la génesis de esa forma de dinero, es decir, seguir el desarrollo de la expresión de valor contenida en la relación de valor de las mercancías desde su figura más simple y menos aparente hasta la deslumbrante forma de dinero. Con ello desaparece a la vez el enigma del dinero.

La relación de valor más simple es, evidentemente, la relación de valor de una mercancía con una sola mercancía de otra clase, sea la que sea. La relación de valor de dos mercancías proporciona, por tanto, la expresión de valor más simple de una mercancía.

A) Forma de valor simple, singular o accidental

x mercancía A = y mercancía B, o: x mercancía A vale y mercancía B.
(20 varas de lienzo = 1 levita, o: 20 varas de lienzo valen 1 levita.)

1. Los dos polos de la expresión de valor: forma relativa de valor y forma de equivalente

El secreto de toda forma de valor se esconde en esta forma de valor simple. Su análisis presenta, por eso, la verdadera dificultad.

Dos mercancías de clase distinta, A y B, en nuestro ejemplo el lienzo y la levita, desempeñan aquí evidentemente dos papeles distintos. El lienzo expresa su valor en la levita; la levita sirve de material para esa expresión de valor. La primera mercancía desempeña un papel activo; la segunda, uno pasivo. El valor de la primera mercancía se representa como valor relativo, o sea, esta mercancía se encuentra en forma relativa de valor. La segunda mercancía funciona como equivalente, o sea, se encuentra en forma de equivalente.

La forma relativa de valor y la forma de equivalente son momentos que se corresponden, que se condicionan recíprocamente y que son inseparables, pero a la vez son extremos que se excluyen o se oponen entre sí, es decir, polos de la misma expresión de valor; siempre se reparten entre las distintas mercancías que la expresión de valor pone en relación. No puedo, por ejemplo, expresar el valor del lienzo en lienzo. 20 varas de lienzo = 20 varas de lienzo no es una expresión de valor. La ecuación dice más bien lo contrario: 20 varas de lienzo no son más que 20 varas de lienzo, una cantidad determinada del objeto de uso lienzo. El valor del lienzo solo puede expresarse, pues, relativamente, es decir, en otra mercancía. La forma relativa de valor del lienzo supone, por tanto, que alguna otra mercancía se encuentra frente a él en la forma de equivalente. Por otra parte, esa otra mercancía que figura como equivalente no puede encontrarse a la vez en forma relativa de valor. No es ella la que expresa su valor. Solo proporciona el material para la expresión de valor de otra mercancía.

Ciertamente, la expresión «20 varas de lienzo = 1 levita», o «20 varas de lienzo valen 1 levita», incluye también la relación inversa: 1 levita = 20 varas de lienzo, o 1 levita vale 20 varas de lienzo. Pero entonces tengo que invertir la ecuación para expresar relativamente el valor de la levita, y en cuanto lo hago, el equivalente es el lienzo en lugar de la levita. La misma mercancía no puede, por tanto, presentarse a la vez en ambas formas en la misma expresión de valor. Más bien, estas se excluyen polarmente.

Que una mercancía se encuentre en forma relativa de valor o en la forma opuesta, la de equivalente, depende exclusivamente del lugar que ocupe en cada caso en la expresión de valor, es decir, de si es la mercancía cuyo valor se expresa o la mercancía en la que se expresa valor.

2. La forma relativa de valor
a) Contenido de la forma relativa de valor

Para averiguar cómo se esconde la expresión de valor simple de una mercancía en la relación de valor entre dos mercancías, hay que considerar primero esta relación con total independencia de su aspecto cuantitativo. Por lo general se procede justamente al revés y en la relación de valor no se ve más que la proporción en que se equiparan determinadas cantidades de dos clases de mercancías. Se pasa por alto que las magnitudes de cosas distintas solo se vuelven comparables cuantitativamente una vez reducidas a la misma unidad. Solo como expresiones de la misma unidad son magnitudes de la misma denominación y, por tanto, conmensurables23.

Ya sea 20 varas de lienzo = 1 levita, o = 20, o = x levitas, es decir, valga una cantidad dada de lienzo muchas o pocas levitas, toda proporción de este tipo implica siempre que el lienzo y las levitas, como magnitudes de valor, son expresiones de la misma unidad, cosas de la misma naturaleza. Lienzo = levita es el fundamento de la ecuación.

Pero las dos mercancías equiparadas cualitativamente no desempeñan el mismo papel. Solo se expresa el valor del lienzo. ¿Y cómo? Por su relación con la levita como su «equivalente» o como lo «intercambiable» con él. En esta relación, la levita cuenta como forma de existencia del valor, como cosa de valor, pues solo como tal es lo mismo que el lienzo. Por otra parte, sale a la luz el propio ser de valor del lienzo, o adquiere una expresión autónoma, pues solo como valor puede referirse a la levita como a algo de igual valor o intercambiable con él. Así, el ácido butírico es un cuerpo distinto del formiato de propilo. Ambos constan, sin embargo, de las mismas sustancias químicas —carbono (C), hidrógeno (H) y oxígeno (O)— y, además, en la misma composición porcentual, a saber: C₄H₈O₂. Si se equiparase el formiato de propilo al ácido butírico, en esta relación, en primer lugar, el formiato de propilo solo contaría como forma de existencia de C₄H₈O₂ y, en segundo lugar, se diría que también el ácido butírico consta de C₄H₈O₂. Mediante la equiparación del formiato de propilo con el ácido butírico se expresaría, pues, su sustancia química a diferencia de su forma corpórea.

Si decimos que, como valores, las mercancías son meras gelatinas de trabajo humano, nuestro análisis las reduce a la abstracción de valor, pero no les da ninguna forma de valor distinta de sus formas naturales. Otra cosa ocurre en la relación de valor de una mercancía con otra. Su carácter de valor sale aquí a relucir por su propia relación con la otra mercancía.

Cuando, por ejemplo, la levita, como cosa de valor, se equipara al lienzo, el trabajo que encierra se equipara al trabajo que encierra el lienzo. Ahora bien, la sastrería, que hace la levita, es un trabajo concreto de clase distinta de la tejeduría, que hace el lienzo. Pero la equiparación con la tejeduría reduce de hecho la sastrería a lo que es realmente igual en ambos trabajos, a su carácter común de trabajo humano. Por este rodeo se dice, pues, que también la tejeduría, en cuanto teje valor, no tiene rasgos que la distingan de la sastrería, es decir, que es trabajo humano abstracto. Solo la expresión de equivalencia de mercancías de distinta clase saca a la luz el carácter específico del trabajo creador de valor, al reducir de hecho los trabajos de distinta clase que se encierran en las mercancías de distinta clase a lo que tienen en común, a trabajo humano en general24.

Pero no basta con expresar el carácter específico del trabajo del que consta el valor del lienzo. La fuerza de trabajo humana en estado fluido, o el trabajo humano, crea valor, pero no es valor. Se convierte en valor en estado coagulado, en forma objetiva. Para expresar el valor del lienzo como gelatina de trabajo humano, hay que expresarlo como una «objetividad» que sea materialmente distinta del lienzo mismo y que, a la vez, le sea común con otras mercancías. El problema ya está resuelto.

En la relación de valor del lienzo, la levita cuenta como lo cualitativamente igual a él, como cosa de la misma naturaleza, porque es un valor. Cuenta aquí, por tanto, como una cosa en la que se manifiesta valor o que representa valor en su tangible forma natural. Ahora bien, la levita, el cuerpo de la mercancía levita, es un mero valor de uso. Una levita expresa tan poco valor como el primer trozo de lienzo que se tenga a mano. Esto solo demuestra que, dentro de la relación de valor con el lienzo, la levita significa más que fuera de ella, igual que más de un hombre significa más dentro de una levita con galones que fuera de ella.

En la producción de la levita se ha gastado efectivamente fuerza de trabajo humana bajo la forma de sastrería. Se ha acumulado, pues, trabajo humano en ella. Por este lado, la levita es «portadora de valor», aunque esa propiedad suya no se transparente ni siquiera cuando está más raída. Y en la relación de valor del lienzo solo cuenta por este lado y, por tanto, como valor encarnado, como cuerpo de valor. Pese a su aspecto tan abotonado, el lienzo ha reconocido en ella un alma de valor bella y afín por linaje. Sin embargo, la levita no puede representar valor frente al lienzo sin que, para este, el valor adopte al mismo tiempo la forma de una levita. Del mismo modo, el individuo A no puede comportarse con el individuo B como con una majestad sin que, para A, la majestad adopte a la vez la figura corporal de B y, con ello, cambie de rasgos faciales, de cabellos y de muchas otras cosas con cada nuevo padre de la patria.

En la relación de valor en que la levita constituye el equivalente del lienzo, la forma de levita cuenta, pues, como forma de valor. El valor de la mercancía lienzo se expresa, por tanto, en el cuerpo de la mercancía levita; el valor de una mercancía, en el valor de uso de la otra. Como valor de uso, el lienzo es una cosa sensiblemente distinta de la levita; como valor, es «igual a levita» y, por eso, tiene el aspecto de una levita. Así adquiere una forma de valor distinta de su forma natural. Su ser de valor se manifiesta en su igualdad con la levita como la naturaleza ovejuna del cristiano en su igualdad con el Cordero de Dios.

Como se ve, todo lo que antes nos dijo el análisis del valor de las mercancías lo dice el propio lienzo en cuanto entra en trato con otra mercancía, la levita. Solo que revela sus pensamientos en la única lengua que domina, la lengua de las mercancías. Para decir que el trabajo, en su propiedad abstracta de trabajo humano, crea su propio valor, dice que la levita, en cuanto le es equivalente, es decir, en cuanto es valor, consta del mismo trabajo que el lienzo. Para decir que su sublime objetividad de valor es distinta de su almidonado cuerpo de lienzo, dice que el valor tiene el aspecto de una levita y que, por tanto, él mismo, como cosa de valor, se parece a la levita como un huevo a otro. Dicho sea de paso, la lengua de las mercancías tiene también, además del hebreo, otros muchos dialectos más o menos correctos. La palabra alemana «Wertsein» [ser valor], por ejemplo, expresa con menos fuerza que el verbo románico valere, valer, valoir que la equiparación de la mercancía B con la mercancía A es la expresión propia del valor de la mercancía A25. Paris vaut bien une messe! [¡París bien vale una misa!]26

Mediante la relación de valor, la forma natural de la mercancía B se convierte, pues, en la forma de valor de la mercancía A, o el cuerpo de la mercancía B, en el espejo de valor de la mercancía A27. Al referirse a la mercancía B como cuerpo de valor, como materialización de trabajo humano, la mercancía A hace del valor de uso B el material de su propia expresión de valor. El valor de la mercancía A, así expresado en el valor de uso de la mercancía B, posee la forma del valor relativo.

b) Determinación cuantitativa de la forma relativa de valor

Toda mercancía cuyo valor se ha de expresar es un objeto de uso de una cantidad dada: 15 fanegas de trigo, 100 libras de café, etc. Esta cantidad dada de mercancía contiene una cantidad determinada de trabajo humano. La forma de valor no solo tiene que expresar, pues, valor en general, sino valor cuantitativamente determinado, o magnitud de valor. En la relación de valor de la mercancía A con la mercancía B, del lienzo con la levita, la clase de mercancía levita no solo se equipara cualitativamente al lienzo como cuerpo de valor en general, sino que a una cantidad determinada de lienzo, por ejemplo 20 varas, se le equipara una cantidad determinada del cuerpo de valor o equivalente, por ejemplo 1 levita.

La ecuación «20 varas de lienzo = 1 levita, o: 20 varas de lienzo valen 1 levita» supone que en 1 levita se encierra exactamente tanta sustancia de valor como en 20 varas de lienzo, es decir, que ambas cantidades de mercancía cuestan el mismo trabajo o el mismo tiempo de trabajo. Pero el tiempo de trabajo necesario para producir 20 varas de lienzo o 1 levita cambia con cada cambio en la fuerza productiva de la tejeduría o de la sastrería. Vamos a examinar ahora más de cerca la influencia de tales cambios sobre la expresión relativa de la magnitud de valor.

I. Supongamos que varía el valor del lienzo28 mientras el valor de la levita permanece constante. Si se duplica el tiempo de trabajo necesario para producir el lienzo, por ejemplo a consecuencia de la creciente esterilidad del suelo en que se cultiva el lino, se duplica su valor. En lugar de 20 varas de lienzo = 1 levita, tendríamos 20 varas de lienzo = 2 levitas, porque 1 levita contiene ahora solo la mitad de tiempo de trabajo que 20 varas de lienzo. Si, por el contrario, el tiempo de trabajo necesario para producir el lienzo disminuye a la mitad, por ejemplo a consecuencia de mejoras en los telares, el valor del lienzo baja a la mitad. En consecuencia, ahora: 20 varas de lienzo = ½ levita. El valor relativo de la mercancía A, es decir, su valor expresado en la mercancía B, sube y baja, pues, en razón directa del valor de la mercancía A si el valor de la mercancía B permanece igual.

II. Supongamos que el valor del lienzo permanece constante mientras varía el valor de la levita. Si en estas circunstancias se duplica el tiempo de trabajo necesario para producir la levita, por ejemplo a consecuencia de una mala esquila, en lugar de 20 varas de lienzo = 1 levita tenemos ahora: 20 varas de lienzo = ½ levita. Si, por el contrario, el valor de la levita baja a la mitad, entonces 20 varas de lienzo = 2 levitas. Si el valor de la mercancía A permanece igual, su valor relativo, expresado en la mercancía B, baja o sube, por tanto, en razón inversa del cambio de valor de B.

Si se comparan los distintos casos de I y II, resulta que el mismo cambio de magnitud del valor relativo puede deberse a causas completamente opuestas. Así, 20 varas de lienzo = 1 levita se convierte: 1) en la ecuación 20 varas de lienzo = 2 levitas, ya sea porque el valor del lienzo se duplica o porque el valor de las levitas baja a la mitad, y 2) en la ecuación 20 varas de lienzo = ½ levita, ya sea porque el valor del lienzo baja a la mitad o porque el valor de la levita sube al doble.

III. Supongamos que las cantidades de trabajo necesarias para producir el lienzo y la levita cambian a la vez, en la misma dirección y en la misma proporción. En este caso, sigue siendo 20 varas de lienzo = 1 levita, por mucho que hayan cambiado sus valores. Su cambio de valor se descubre en cuanto se las compara con una tercera mercancía cuyo valor haya permanecido constante. Si los valores de todas las mercancías subieran o bajaran a la vez y en la misma proporción, sus valores relativos permanecerían inalterados. Su cambio real de valor se vería en que, en el mismo tiempo de trabajo, se suministraría ahora en general una cantidad de mercancías mayor o menor que antes.

IV. Supongamos que los tiempos de trabajo necesarios para producir, respectivamente, el lienzo y la levita, y por tanto sus valores, cambian a la vez en la misma dirección, pero en grado desigual, o en dirección opuesta, etc. La influencia de todas las combinaciones posibles de este tipo sobre el valor relativo de una mercancía se deduce sencillamente aplicando los casos I, II y III.

Los cambios reales de la magnitud de valor no se reflejan, pues, ni de manera inequívoca ni de manera exhaustiva en su expresión relativa o en la magnitud del valor relativo. El valor relativo de una mercancía puede cambiar aunque su valor permanezca constante. Su valor relativo puede permanecer constante aunque su valor cambie, y, por último, los cambios simultáneos de su magnitud de valor y de la expresión relativa de esta magnitud de valor no tienen por qué coincidir en absoluto29.

3. La forma de equivalente

Se ha visto que, cuando una mercancía A (el lienzo) expresa su valor en el valor de uso de una mercancía de clase distinta B (la levita), imprime a esta última una forma de valor peculiar, la del equivalente. La mercancía lienzo saca a la luz su propio ser de valor por el hecho de que la levita, sin adoptar una forma de valor distinta de su forma corpórea, le es equivalente. El lienzo expresa, pues, de hecho su propio ser de valor por el hecho de que la levita es directamente intercambiable con él. La forma de equivalente de una mercancía es, en consecuencia, la forma de su intercambiabilidad directa con otra mercancía.

Que una clase de mercancía, como las levitas, sirva de equivalente a otra clase de mercancía, como el lienzo, y que, por tanto, las levitas adquieran la propiedad característica de encontrarse en forma directamente intercambiable con el lienzo, no da en modo alguno la proporción en que son intercambiables levitas y lienzo. Esta depende, dada la magnitud de valor del lienzo, de la magnitud de valor de las levitas. Exprésese la levita como equivalente y el lienzo como valor relativo o, a la inversa, el lienzo como equivalente y la levita como valor relativo, la magnitud de valor de la levita sigue estando determinada por el tiempo de trabajo necesario para producirla y, por tanto, independientemente de su forma de valor. Pero en cuanto la clase de mercancía levita ocupa en la expresión de valor el lugar del equivalente, su magnitud de valor no recibe expresión alguna como magnitud de valor. En la ecuación de valor solo figura, más bien, como cantidad determinada de una cosa.

Por ejemplo: 40 varas de lienzo «valen»… ¿qué? 2 levitas. Como la clase de mercancía levita desempeña aquí el papel del equivalente y el valor de uso levita cuenta frente al lienzo como cuerpo de valor, basta también una cantidad determinada de levitas para expresar una cantidad determinada de valor de lienzo. Dos levitas pueden expresar, pues, la magnitud de valor de 40 varas de lienzo, pero nunca pueden expresar su propia magnitud de valor, la magnitud de valor de las levitas. La interpretación superficial de este hecho, el de que el equivalente solo posee siempre en la ecuación de valor la forma de una simple cantidad de una cosa, de un valor de uso, ha llevado a Bailey, como a muchos de sus predecesores y sucesores, a no ver en la expresión de valor más que una relación cuantitativa. La forma de equivalente de una mercancía no contiene, por el contrario, ninguna determinación cuantitativa de valor.

La primera peculiaridad que llama la atención al considerar la forma de equivalente es esta: el valor de uso se convierte en la forma de manifestación de su contrario, el valor.

La forma natural de la mercancía se convierte en forma de valor. Pero, nota bene, este quid pro quo solo ocurre para una mercancía B (levita, trigo, hierro, etc.) dentro de la relación de valor en que entra con ella otra mercancía cualquiera A (lienzo, etc.), solo dentro de esta relación. Como ninguna mercancía puede referirse a sí misma como equivalente, ni puede, por tanto, hacer de su propia piel natural la expresión de su propio valor, tiene que referirse a otra mercancía como equivalente, o hacer de la piel natural de otra mercancía su propia forma de valor.

Ilustrémoslo con el ejemplo de una medida que corresponde a los cuerpos de las mercancías como tales cuerpos, es decir, como valores de uso. Un pilón de azúcar, por ser un cuerpo, es pesado y tiene, por tanto, un peso, pero a ningún pilón de azúcar se le puede ver ni palpar su peso. Tomemos ahora varios trozos de hierro cuyo peso se ha determinado previamente. La forma corpórea del hierro, considerada en sí misma, es tan poco forma de manifestación de la pesantez como la del pilón de azúcar. Sin embargo, para expresar el pilón de azúcar como pesantez, lo ponemos en una relación de peso con el hierro. En esta relación, el hierro cuenta como un cuerpo que no representa nada más que pesantez. Las cantidades de hierro sirven, por tanto, de medida del peso del azúcar y representan frente al cuerpo del azúcar mera figura de pesantez, forma de manifestación de la pesantez. El hierro solo desempeña este papel dentro de esta relación, en la que entra con él el azúcar o cualquier otro cuerpo cuyo peso se trate de hallar. Si ambas cosas no fueran pesadas, no podrían entrar en esta relación, y la una no podría servir, por tanto, para expresar la pesantez de la otra. Si las ponemos en los platillos de la balanza, vemos de hecho que, como pesantez, son lo mismo y que, por tanto, en determinada proporción, tienen también el mismo peso. Así como el cuerpo del hierro, como medida de peso, solo representa pesantez frente al pilón de azúcar, en nuestra expresión de valor el cuerpo de la levita solo representa valor frente al lienzo.

Pero aquí termina la analogía. En la expresión del peso del pilón de azúcar, el hierro representa una propiedad natural común a ambos cuerpos, su pesantez, mientras que en la expresión de valor del lienzo la levita representa una propiedad sobrenatural de ambas cosas: su valor, algo puramente social.

Cuando la forma relativa de valor de una mercancía, por ejemplo del lienzo, expresa su ser de valor como algo completamente distinto de su cuerpo y de las propiedades de este, por ejemplo como algo igual a levita, esta misma expresión indica que oculta una relación social. Con la forma de equivalente ocurre lo contrario. Esta consiste precisamente en que un cuerpo de mercancía, como la levita, esta cosa tal como está y se presenta, expresa valor y posee, por tanto, por naturaleza forma de valor. Esto, ciertamente, solo vale dentro de la relación de valor en que la mercancía lienzo se refiere a la mercancía levita como equivalente30. Pero como las propiedades de una cosa no surgen de su relación con otras cosas, sino que en esa relación solo se activan, también la levita parece poseer por naturaleza su forma de equivalente, su propiedad de intercambiabilidad directa, igual que posee su propiedad de ser pesada o de abrigar. De ahí lo enigmático de la forma de equivalente, que no llama la atención de la tosca mirada burguesa del economista político hasta que esa forma se le presenta acabada en el dinero. Entonces trata de disipar con explicaciones el carácter místico del oro y la plata sustituyéndolos por mercancías menos deslumbrantes, y recita con placer siempre renovado el catálogo de toda la chusma de mercancías que en su tiempo desempeñó el papel de equivalente. No sospecha que ya la expresión de valor más simple, como 20 varas de lienzo = 1 levita, plantea, para que se resuelva, el enigma de la forma de equivalente.

El cuerpo de la mercancía que sirve de equivalente cuenta siempre como encarnación de trabajo humano abstracto y es siempre el producto de un trabajo útil, concreto, determinado. Este trabajo concreto se convierte, pues, en expresión de trabajo humano abstracto. Si la levita, por ejemplo, cuenta como mera realización de trabajo humano abstracto, la sastrería, que se realiza de hecho en ella, cuenta como mera forma de realización de trabajo humano abstracto. En la expresión de valor del lienzo, la utilidad de la sastrería no consiste en que haga ropa y, con ella, hombres, sino en que hace un cuerpo en el que se ve que es valor y, por tanto, gelatina de un trabajo que no se distingue en absoluto del trabajo objetivado en el valor del lienzo. Para hacer semejante espejo de valor, la sastrería misma no debe reflejar nada más que su propiedad abstracta de ser trabajo humano.

Tanto en la forma de la sastrería como en la forma de la tejeduría se gasta fuerza de trabajo humana. Ambas poseen, por tanto, la propiedad general del trabajo humano y, en determinados casos, por ejemplo en la producción de valor, pueden entrar en consideración solo desde este punto de vista. Nada de esto es misterioso. Pero en la expresión de valor de la mercancía la cosa se invierte. Para expresar, por ejemplo, que el tejer no crea el valor del lienzo en su forma concreta de tejer, sino en su propiedad general de trabajo humano, se le contrapone la sastrería, el trabajo concreto que produce el equivalente del lienzo, como la forma tangible de realización del trabajo humano abstracto.

Una segunda peculiaridad de la forma de equivalente es, pues, que el trabajo concreto se convierte en la forma de manifestación de su contrario, el trabajo humano abstracto.

Pero como este trabajo concreto, la sastrería, cuenta como mera expresión de trabajo humano indiferenciado, posee la forma de la igualdad con otro trabajo, con el trabajo que se encierra en el lienzo, y por eso, aunque es trabajo privado, como todo otro trabajo productor de mercancías, es sin embargo trabajo en forma directamente social. Precisamente por eso se representa en un producto que es directamente intercambiable con otra mercancía. Una tercera peculiaridad de la forma de equivalente es, pues, que el trabajo privado se convierte en la forma de su contrario, en trabajo en forma directamente social.

Las dos peculiaridades de la forma de equivalente que acabamos de desarrollar se vuelven aún más comprensibles si nos remontamos al gran investigador que analizó por primera vez la forma de valor, como tantas formas de pensamiento, formas de sociedad y formas naturales. Se trata de Aristóteles.

Aristóteles expresa en primer lugar con claridad que la forma de dinero de la mercancía no es más que la figura más desarrollada de la forma de valor simple, es decir, de la expresión del valor de una mercancía en otra mercancía cualquiera, pues dice:

«5 lechos = 1 casa»
Κλῖναι πέντε ἀντὶ οἰκίας

«no se diferencia» de:

«5 lechos = tanto o cuanto dinero»
Κλῖναι πέντε ἀντὶ ... ὅσου αἱ πέντε κλῖναι

Comprende, además, que la relación de valor en que se encierra esta expresión de valor exige a su vez que la casa se equipare cualitativamente al lecho y que, sin esa igualdad esencial, estas cosas sensiblemente distintas no podrían relacionarse entre sí como magnitudes conmensurables. «El intercambio», dice, «no puede existir sin la igualdad, ni la igualdad sin la conmensurabilidad» (οὔτ᾽ ἰσότης μὴ οὔσης συμμετρίας). Pero aquí se detiene perplejo y abandona el análisis ulterior de la forma de valor. «En verdad, sin embargo, es imposible (τῇ μὲν οὖν ἀληθείᾳ ἀδύνατον) que cosas de clases tan distintas sean conmensurables», es decir, cualitativamente iguales. Esta equiparación solo puede ser algo ajeno a la verdadera naturaleza de las cosas, es decir, un mero «recurso para la necesidad práctica».

Aristóteles mismo nos dice, pues, dónde fracasa su análisis ulterior: en la falta del concepto de valor. ¿Qué es lo igual, es decir, la sustancia común que la casa representa para el lecho en la expresión de valor del lecho? Algo así «no puede existir en verdad», dice Aristóteles. ¿Por qué? La casa representa frente al lecho algo igual en la medida en que representa lo que es realmente igual en ambos, en el lecho y en la casa. Y eso es… el trabajo humano.

Pero que en la forma de los valores de las mercancías todos los trabajos se expresan como trabajo humano igual y, por tanto, como equivalentes, Aristóteles no podía leerlo en la forma de valor misma, porque la sociedad griega descansaba en el trabajo esclavo y tenía, por tanto, como base natural la desigualdad de los hombres y de sus fuerzas de trabajo. El secreto de la expresión de valor, la igualdad y la equivalencia de todos los trabajos porque son trabajo humano en general y en la medida en que lo son, solo puede descifrarse cuando el concepto de la igualdad humana posee ya la firmeza de un prejuicio popular. Y esto solo es posible en una sociedad en la que la forma de mercancía es la forma general del producto del trabajo y en la que, por tanto, también la relación de los hombres entre sí como poseedores de mercancías es la relación social dominante. El genio de Aristóteles brilla precisamente en que descubre en la expresión de valor de las mercancías una relación de igualdad. Solo el límite histórico de la sociedad en que vivía le impide averiguar en qué consiste «en verdad» esta relación de igualdad.

4. El conjunto de la forma de valor simple

La forma de valor simple de una mercancía está contenida en su relación de valor con una mercancía de otra clase, o en su relación de intercambio con ella. El valor de la mercancía A se expresa cualitativamente mediante la intercambiabilidad directa de la mercancía B con la mercancía A. Se expresa cuantitativamente mediante la intercambiabilidad de una cantidad determinada de la mercancía B con la cantidad dada de la mercancía A. Con otras palabras: el valor de una mercancía se expresa de manera autónoma al representarse como «valor de cambio». Cuando al comienzo de este capítulo se decía, a la manera corriente, que la mercancía es valor de uso y valor de cambio, esto, hablando con precisión, era falso. La mercancía es valor de uso u objeto de uso y «valor». Se presenta como lo doble que es en cuanto su valor posee una forma de manifestación propia, distinta de su forma natural, la del valor de cambio, y nunca posee esta forma considerada aisladamente, sino siempre solo en la relación de valor o de intercambio con una segunda mercancía de otra clase. Pero, una vez que se sabe esto, aquel modo de hablar no hace daño, sino que sirve de abreviatura.

Nuestro análisis demostró que la forma de valor o la expresión de valor de la mercancía surge de la naturaleza del valor de la mercancía, y no, a la inversa, el valor y la magnitud de valor de su modo de expresión como valor de cambio. Esta es, sin embargo, la ilusión tanto de los mercantilistas y de sus modernos recalentadores, como Ferrier, Ganilh, etc.31, como de sus antípodas, los modernos viajantes de comercio del librecambio, como Bastiat32 y consortes. Los mercantilistas ponen el acento principal en el aspecto cualitativo de la expresión de valor y, por tanto, en la forma de equivalente de la mercancía, que posee en el dinero su figura acabada; los modernos buhoneros del librecambio, en cambio, que tienen que colocar su mercancía a cualquier precio, lo ponen en el aspecto cuantitativo de la forma relativa de valor. Para ellos, por tanto, no existen ni el valor ni la magnitud de valor de la mercancía fuera de su expresión en la relación de intercambio y, por tanto, fuera de la hoja de la cotización diaria de precios. El escocés Macleod33, en su función de engalanar con la mayor erudición posible las ideas embrolladas de Lombard Street, constituye la lograda síntesis entre los supersticiosos mercantilistas y los ilustrados buhoneros del librecambio.

El examen más detenido de la expresión de valor de la mercancía A contenida en su relación de valor con la mercancía B ha mostrado que, dentro de ella, la forma natural de la mercancía A solo cuenta como figura de valor de uso, y la forma natural de la mercancía B, solo como forma de valor o figura de valor. La oposición interna entre valor de uso y valor, envuelta en la mercancía, se representa, pues, mediante una oposición externa, es decir, mediante la relación entre dos mercancías en la que una de ellas, aquella cuyo valor se trata de expresar, solo cuenta directamente como valor de uso, y la otra, en cambio, aquella en la que se expresa valor, solo cuenta directamente como valor de cambio. La forma de valor simple de una mercancía es, pues, la forma de manifestación simple de la oposición entre valor de uso y valor que se encierra en ella.

El producto del trabajo es objeto de uso en todos los estados de la sociedad, pero solo una época de desarrollo históricamente determinada, que representa el trabajo gastado en la producción de una cosa útil como propiedad «objetiva» de esta, es decir, como su valor, transforma el producto del trabajo en mercancía. De ello se sigue que la forma de valor simple de la mercancía es a la vez la forma de mercancía simple del producto del trabajo y que, por tanto, también el desarrollo de la forma de mercancía coincide con el desarrollo de la forma de valor.

La primera ojeada muestra la insuficiencia de la forma de valor simple, de esta forma germinal, que solo madura hasta llegar a la forma de precio a través de una serie de metamorfosis.

La expresión en una mercancía cualquiera B solo distingue el valor de la mercancía A de su propio valor de uso y, por tanto, solo la pone en una relación de intercambio con una clase singular cualquiera de mercancía distinta de ella misma, en lugar de representar su igualdad cualitativa y su proporcionalidad cuantitativa con todas las demás mercancías. A la forma relativa de valor simple de una mercancía corresponde la forma de equivalente singular de otra mercancía. Así, en la expresión relativa de valor del lienzo, la levita solo posee forma de equivalente, o forma de intercambiabilidad directa, con respecto a esta clase singular de mercancía, el lienzo.

Sin embargo, la forma de valor singular pasa por sí misma a una forma más completa. Mediante ella, el valor de una mercancía A se expresa, ciertamente, en una sola mercancía de otra clase. Pero de qué clase sea esta segunda mercancía, levita, hierro, trigo, etc., es completamente indiferente. Según entre en relación de valor con esta o aquella otra clase de mercancía, surgen, pues, distintas expresiones de valor simples de una y la misma mercancía34. El número de sus posibles expresiones de valor solo está limitado por el número de clases de mercancías distintas de ella. Su expresión de valor aislada se transforma, por tanto, en la serie, siempre prolongable, de sus distintas expresiones de valor simples.

B) Forma de valor total o desplegada

z mercancía A = u mercancía B, o = v mercancía C, o = w mercancía D, o = x mercancía E, o = etc.

(20 varas de lienzo = 1 levita, o = 10 libras de té, o = 40 libras de café, o = 1 quarter de trigo, o = 2 onzas de oro, o = ½ tonelada de hierro, o = etc.)

1. La forma relativa de valor desplegada

El valor de una mercancía, del lienzo por ejemplo, se expresa ahora en innumerables otros elementos del mundo de las mercancías. Todo otro cuerpo de mercancía se convierte en espejo del valor del lienzo35. Solo así se manifiesta verdaderamente este valor como gelatina de trabajo humano indiferenciado. Pues el trabajo que lo crea se representa ahora expresamente como trabajo al que todo otro trabajo humano es equivalente, sea cual sea su forma natural y, por tanto, ya se objetive en levita, en trigo, en hierro, en oro, etc. Por su forma de valor, el lienzo se encuentra ahora, por tanto, en relación social no ya con una sola clase singular de mercancía, sino con el mundo de las mercancías. Como mercancía, es ciudadano de ese mundo. A la vez, en la serie infinita de sus expresiones está implícito que al valor de la mercancía le es indiferente la forma particular del valor de uso en que se manifiesta.

En la primera forma, 20 varas de lienzo = 1 levita, puede ser un hecho fortuito que estas dos mercancías sean intercambiables en una proporción cuantitativa determinada. En la segunda forma, en cambio, se transparenta en seguida un trasfondo esencialmente distinto de la manifestación fortuita y que la determina. El valor del lienzo sigue siendo de la misma magnitud tanto si se representa en levita como en café o hierro, etc., en innumerables mercancías distintas que pertenecen a los más diversos poseedores. Desaparece la relación fortuita entre dos poseedores individuales de mercancías. Se hace evidente que no es el intercambio el que regula la magnitud de valor de la mercancía, sino, a la inversa, la magnitud de valor de la mercancía la que regula sus relaciones de intercambio.

2. La forma de equivalente particular

Cada mercancía, levita, té, trigo, hierro, etc., cuenta en la expresión de valor del lienzo como equivalente y, por tanto, como cuerpo de valor. La forma natural determinada de cada una de estas mercancías es ahora una forma de equivalente particular junto a muchas otras. Igualmente, las múltiples clases de trabajo determinadas, concretas, útiles, contenidas en los diversos cuerpos de mercancías cuentan ahora como otras tantas formas particulares de realización o de manifestación del trabajo humano sin más.

3. Defectos de la forma de valor total o desplegada

En primer lugar, la expresión relativa de valor de la mercancía está incompleta, porque su serie de representaciones nunca se cierra. La cadena en que una ecuación de valor se une a otra puede prolongarse continuamente con cada nueva clase de mercancía que aparece y proporciona el material de una nueva expresión de valor. En segundo lugar, forma un mosaico abigarrado de expresiones de valor dispersas y heterogéneas. Si, por último, como tiene que ocurrir, el valor relativo de cada mercancía se expresa en esta forma desplegada, la forma relativa de valor de cada mercancía es una serie infinita de expresiones de valor distinta de la forma relativa de valor de cualquier otra mercancía. Los defectos de la forma relativa de valor desplegada se reflejan en la forma de equivalente que le corresponde. Como la forma natural de cada clase singular de mercancía es aquí una forma de equivalente particular junto a otras innumerables formas de equivalente particulares, solo existen en general formas de equivalente limitadas, cada una de las cuales excluye a las demás. Igualmente, la clase de trabajo determinada, concreta, útil, contenida en cada equivalente particular de mercancía no es más que una forma de manifestación particular y, por tanto, no exhaustiva del trabajo humano. Este posee, ciertamente, su forma de manifestación completa o total en el círculo entero de esas formas de manifestación particulares. Pero así no posee ninguna forma de manifestación unitaria.

La forma relativa de valor desplegada no consiste, sin embargo, más que en una suma de expresiones relativas de valor simples o ecuaciones de la primera forma, como:

20 varas de lienzo = 1 levita
20 varas de lienzo = 10 libras de té, etc.

Pero cada una de estas ecuaciones contiene también, en sentido inverso, la ecuación idéntica:

1 levita = 20 varas de lienzo
10 libras de té = 20 varas de lienzo, etc.

En efecto: si un hombre intercambia su lienzo por muchas otras mercancías y expresa, por tanto, su valor en una serie de otras mercancías, también los muchos otros poseedores de mercancías tienen que intercambiar necesariamente sus mercancías por lienzo y expresar, por tanto, los valores de sus diversas mercancías en la misma tercera mercancía, en lienzo. Invirtamos, pues, la serie 20 varas de lienzo = 1 levita, o = 10 libras de té, o = etc., es decir, expresemos la relación inversa que en realidad ya está contenida en la serie, y obtendremos:

C) Forma general de valor

1 levita =
10 libras de té =
40 libras de café =
1 quarter de trigo =
2 onzas de oro =} 20 varas de lienzo
½ tonelada de hierro =
x mercancía A =
etc. mercancía =
1. Carácter modificado de la forma de valor

Las mercancías representan ahora sus valores 1) de manera simple, porque los representan en una sola mercancía, y 2) de manera unitaria, porque los representan en la misma mercancía. Su forma de valor es simple y común y, por tanto, general.

Las formas I y II solo llegaban a expresar el valor de una mercancía como algo distinto de su propio valor de uso o de su cuerpo de mercancía.

La primera forma daba ecuaciones de valor como: 1 levita = 20 varas de lienzo, 10 libras de té = ½ tonelada de hierro, etc. El valor de la levita se expresa como algo igual a lienzo; el valor del té, como algo igual a hierro, etc.; pero lo igual a lienzo y lo igual a hierro, estas expresiones de valor de la levita y del té, son tan distintas como el lienzo y el hierro. Esta forma, evidentemente, solo se da en la práctica en los primeros comienzos, cuando los productos del trabajo se transforman en mercancías mediante un intercambio fortuito y ocasional.

La segunda forma distingue más completamente que la primera el valor de una mercancía de su propio valor de uso, pues el valor de la levita, por ejemplo, se enfrenta ahora a su forma natural en todas las formas posibles, como algo igual a lienzo, igual a hierro, igual a té, etc., como cualquier cosa menos como algo igual a levita. Por otra parte, aquí queda directamente excluida toda expresión de valor común de las mercancías, pues en la expresión de valor de cada mercancía todas las demás mercancías aparecen ahora solo en la forma de equivalentes. La forma de valor desplegada aparece de hecho por primera vez cuando un producto del trabajo, el ganado por ejemplo, ya no se intercambia excepcionalmente, sino de manera habitual, por otras mercancías diversas.

La forma recién adquirida expresa los valores del mundo de las mercancías en una misma clase de mercancía separada de él, por ejemplo en lienzo, y representa así los valores de todas las mercancías por su igualdad con el lienzo. Como algo igual a lienzo, el valor de cada mercancía no solo se distingue ahora de su propio valor de uso, sino de todo valor de uso, y precisamente por eso se expresa como lo que tiene en común con todas las mercancías. Solo esta forma, por tanto, relaciona realmente las mercancías entre sí como valores o las hace aparecer unas frente a otras como valores de cambio.

Las dos formas anteriores expresan el valor de cada mercancía, ya sea en una sola mercancía de otra clase, ya en una serie de muchas mercancías distintas de ella. En ambos casos es, por así decirlo, asunto privado de cada mercancía singular darse una forma de valor, y lo lleva a cabo sin intervención de las demás mercancías. Estas desempeñan frente a ella el papel meramente pasivo del equivalente. La forma general de valor, en cambio, solo surge como obra común del mundo de las mercancías. Una mercancía solo adquiere una expresión general de valor porque, al mismo tiempo, todas las demás mercancías expresan su valor en el mismo equivalente, y cada nueva clase de mercancía que aparece tiene que imitarlas. Con ello sale a la luz que la objetividad de valor de las mercancías, por ser la mera «existencia social» de estas cosas, solo puede expresarse también mediante su relación social omnilateral y que, por tanto, su forma de valor tiene que ser una forma socialmente válida.

En la forma de cosas iguales a lienzo, todas las mercancías aparecen ahora no solo como cualitativamente iguales, como valores en general, sino a la vez como magnitudes de valor cuantitativamente comparables. Como reflejan sus magnitudes de valor en un mismo material, en lienzo, estas magnitudes de valor se reflejan recíprocamente. Por ejemplo, 10 libras de té = 20 varas de lienzo y 40 libras de café = 20 varas de lienzo. Por tanto, 10 libras de té = 40 libras de café. O bien: en 1 libra de café se encierra solo ¼ de la sustancia de valor, del trabajo, que en 1 libra de té.

La forma relativa general de valor del mundo de las mercancías imprime a la mercancía equivalente excluida de él, al lienzo, el carácter de equivalente general. Su propia forma natural es la figura de valor común de este mundo y, por tanto, el lienzo es directamente intercambiable con todas las demás mercancías. Su forma corpórea cuenta como la encarnación visible, como la crisálida social general de todo trabajo humano. La tejeduría, el trabajo privado que produce lienzo, se encuentra al mismo tiempo en forma social general, en la forma de la igualdad con todos los demás trabajos. Las innumerables ecuaciones de que consta la forma general de valor equiparan sucesivamente el trabajo realizado en el lienzo a cada uno de los trabajos contenidos en otras mercancías y hacen así de la tejeduría la forma general de manifestación del trabajo humano en general. De este modo, el trabajo objetivado en el valor de las mercancías no solo se representa negativamente, como trabajo en el que se abstrae de todas las formas concretas y propiedades útiles de los trabajos reales. Su propia naturaleza positiva sale expresamente a relucir. Es la reducción de todos los trabajos reales al carácter, común a todos ellos, de trabajo humano, de gasto de fuerza de trabajo humana.

La forma general de valor, que representa los productos del trabajo como meras gelatinas de trabajo humano indiferenciado, muestra con su propia armazón que es la expresión social del mundo de las mercancías. Revela así que, dentro de este mundo, el carácter humano general del trabajo constituye su carácter específicamente social.

2. Relación de desarrollo entre la forma relativa de valor y la forma de equivalente

Al grado de desarrollo de la forma relativa de valor corresponde el grado de desarrollo de la forma de equivalente. Pero —y esto hay que tenerlo muy en cuenta— el desarrollo de la forma de equivalente no es más que la expresión y el resultado del desarrollo de la forma relativa de valor.

La forma relativa de valor simple o aislada de una mercancía hace de otra mercancía un equivalente singular. La forma desplegada del valor relativo, esta expresión del valor de una mercancía en todas las demás mercancías, les imprime la forma de equivalentes particulares de distinta clase. Por último, una clase particular de mercancía adquiere la forma de equivalente general porque todas las demás mercancías hacen de ella el material de su forma de valor unitaria, general.

Pero en el mismo grado en que se desarrolla la forma de valor en general, se desarrolla también la oposición entre sus dos polos, la forma relativa de valor y la forma de equivalente.

Ya la primera forma —20 varas de lienzo = 1 levita— contiene esta oposición, pero no la fija. Según se lea la misma ecuación hacia delante o hacia atrás, cada uno de los dos extremos, el lienzo y la levita, se encuentra por igual unas veces en la forma relativa de valor y otras en la forma de equivalente. Aquí todavía cuesta trabajo retener la oposición polar.

En la forma II, solo una clase de mercancía cada vez puede desplegar totalmente su valor relativo, o solo ella misma posee forma relativa de valor desplegada, porque y en la medida en que todas las demás mercancías se encuentran frente a ella en la forma de equivalente. Aquí ya no se pueden intercambiar los dos lados de la ecuación de valor —como 20 varas de lienzo = 1 levita, o = 10 libras de té, o = 1 quarter de trigo, etc.— sin cambiar su carácter global y transformarla de forma de valor total en forma general de valor.

La última forma, la forma III, da por fin al mundo de las mercancías una forma relativa de valor social y general, porque y en la medida en que, con una sola excepción, todas las mercancías que pertenecen a él están excluidas de la forma de equivalente general. Una mercancía, el lienzo, se encuentra, por tanto, en la forma de intercambiabilidad directa con todas las demás mercancías, o en forma directamente social, porque y en la medida en que todas las demás mercancías no se encuentran en ella3637.

A la inversa, la mercancía que figura como equivalente general está excluida de la forma relativa de valor unitaria y, por tanto, general del mundo de las mercancías. Si el lienzo, es decir, cualquier mercancía que se encuentre en la forma de equivalente general, participase también a la vez en la forma relativa general de valor, tendría que servirse a sí misma de equivalente. Obtendríamos entonces: 20 varas de lienzo = 20 varas de lienzo, una tautología en la que no se expresan ni el valor ni la magnitud de valor. Para expresar el valor relativo del equivalente general, tenemos que invertir más bien la forma III. Este no posee una forma relativa de valor común con las demás mercancías, sino que su valor se expresa relativamente en la serie infinita de todos los demás cuerpos de mercancías. Así, la forma relativa de valor desplegada, o forma II, aparece ahora como la forma relativa de valor específica de la mercancía equivalente.

3. Tránsito de la forma general de valor a la forma de dinero

La forma de equivalente general es una forma del valor en general. Puede corresponder, pues, a cualquier mercancía. Por otra parte, una mercancía solo se encuentra en forma de equivalente general (forma III) porque y en la medida en que todas las demás mercancías la excluyen de sí como equivalente. Y solo a partir del momento en que esta exclusión se limita definitivamente a una clase específica de mercancía, la forma relativa de valor unitaria del mundo de las mercancías ha adquirido firmeza objetiva y validez social general.

La clase específica de mercancía con cuya forma natural se funde socialmente la forma de equivalente se convierte en mercancía dineraria o funciona como dinero. Desempeñar el papel de equivalente general dentro del mundo de las mercancías se convierte en su función específicamente social y, por tanto, en su monopolio social. Este lugar privilegiado lo ha conquistado históricamente, entre las mercancías que en la forma II figuran como equivalentes particulares del lienzo y en la forma III expresan en común su valor relativo en lienzo, una mercancía determinada: el oro. Si en la forma III ponemos, pues, la mercancía oro en lugar de la mercancía lienzo, obtenemos:

D) Forma de dinero

20 varas de lienzo =
1 levita =
10 libras de té =
40 libras de café =} 2 onzas de oro
1 quarter de trigo =
½ tonelada de hierro =
x mercancía A =

En el paso de la forma I a la forma II y de la forma II a la forma III se producen cambios esenciales. La forma IV, en cambio, no se distingue en nada de la forma III, salvo en que ahora es el oro, en lugar del lienzo, el que posee la forma de equivalente general. En la forma IV, el oro sigue siendo lo que el lienzo era en la forma III: equivalente general. El progreso consiste únicamente en que la forma de la intercambiabilidad general directa, o forma de equivalente general, se ha fundido ahora definitivamente, por la costumbre social, con la forma natural específica de la mercancía oro.

El oro solo se enfrenta a las demás mercancías como dinero porque antes ya se enfrentaba a ellas como mercancía. Igual que todas las demás mercancías, funcionaba también como equivalente, ya fuese como equivalente singular en actos de intercambio aislados, ya como equivalente particular junto a otros equivalentes. Poco a poco fue funcionando, en círculos más estrechos o más amplios, como equivalente general. En cuanto conquista el monopolio de este lugar en la expresión de valor del mundo de las mercancías, se convierte en mercancía dineraria, y solo desde el momento en que se ha convertido ya en mercancía dineraria se distingue la forma IV de la forma III, o la forma general de valor se ha transformado en forma de dinero.

La expresión relativa de valor simple de una mercancía, por ejemplo del lienzo, en la mercancía que ya funciona como mercancía dineraria, por ejemplo el oro, es la forma de precio. La «forma de precio» del lienzo es, por tanto:

20 varas de lienzo = 2 onzas de oro

o, si 2 libras esterlinas es el nombre monetario de 2 onzas de oro,

20 varas de lienzo = 2 £

La dificultad del concepto de la forma de dinero se reduce a comprender la forma de equivalente general y, por tanto, la forma general de valor en general, la forma III. La forma III se resuelve, retrocediendo, en la forma II, la forma de valor desplegada, y su elemento constitutivo es la forma I: 20 varas de lienzo = 1 levita, o x mercancía A = y mercancía B. La forma de mercancía simple es, pues, el germen de la forma de dinero.

4. El carácter fetichista de la mercancía y su secreto

A primera vista, una mercancía parece una cosa trivial, que se entiende por sí misma. Su análisis muestra que es una cosa muy enrevesada, llena de sutilezas metafísicas y de caprichos teológicos. En cuanto valor de uso, no hay en ella nada misterioso, ya la considere desde el punto de vista de que satisface necesidades humanas con sus propiedades, o desde el de que solo adquiere esas propiedades como producto del trabajo humano. Es claro como la luz del día que el hombre, con su actividad, cambia las formas de las materias naturales de un modo que le es útil. La forma de la madera, por ejemplo, cambia cuando se hace con ella una mesa. No obstante, la mesa sigue siendo madera, una cosa ordinaria y sensible. Pero en cuanto se presenta como mercancía, se transforma en una cosa sensiblemente suprasensible. No solo se apoya con sus patas en el suelo, sino que, frente a todas las demás mercancías, se pone cabeza abajo y de su cabeza de madera saca antojos mucho más extraños que si se pusiera a bailar por su propia iniciativa3839.

El carácter místico de la mercancía no surge, pues, de su valor de uso. Tampoco surge del contenido de las determinaciones de valor. Pues, en primer lugar, por distintos que sean los trabajos útiles o las actividades productivas, es una verdad fisiológica que son funciones del organismo humano y que toda función de este tipo, sean cuales sean su contenido y su forma, es esencialmente gasto de cerebro, nervio, músculo, órganos de los sentidos, etc., humanos. En segundo lugar, en cuanto a lo que sirve de base a la determinación de la magnitud de valor, la duración de ese gasto o la cantidad del trabajo, la cantidad puede distinguirse incluso de modo perceptible por los sentidos de la cualidad del trabajo. En todos los estados de la sociedad tuvo que interesar a los hombres el tiempo de trabajo que cuesta producir los medios de subsistencia, aunque no por igual en los distintos grados de desarrollo40. Por último, en cuanto los hombres trabajan unos para otros de algún modo, su trabajo adquiere también una forma social.

¿De dónde surge, pues, el carácter enigmático del producto del trabajo en cuanto adopta la forma de mercancía? Evidentemente, de esta forma misma. La igualdad de los trabajos humanos adquiere la forma, propia de cosas, de la igual objetividad de valor de los productos del trabajo; la medida del gasto de fuerza de trabajo humana por su duración adquiere la forma de la magnitud de valor de los productos del trabajo; por último, las relaciones de los productores, en las que se ejercen aquellas determinaciones sociales de sus trabajos, adquieren la forma de una relación social entre los productos del trabajo.

Lo misterioso de la forma de mercancía consiste, pues, sencillamente en que devuelve a los hombres, como un espejo, los caracteres sociales de su propio trabajo como caracteres objetivos de los productos del trabajo mismos, como propiedades naturales sociales de estas cosas y, por tanto, también la relación social de los productores con el trabajo total como una relación social entre objetos existente fuera de ellos. Por este quid pro quo los productos del trabajo se convierten en mercancías, en cosas sensiblemente suprasensibles o sociales. Del mismo modo, la impresión luminosa de una cosa sobre el nervio óptico no se presenta como estímulo subjetivo del propio nervio óptico, sino como forma objetiva de una cosa situada fuera del ojo. Pero en la visión se proyecta realmente luz desde una cosa, el objeto exterior, sobre otra cosa, el ojo. Es una relación física entre cosas físicas. En cambio, la forma de mercancía y la relación de valor de los productos del trabajo en que esta se representa no tienen absolutamente nada que ver con su naturaleza física ni con las relaciones materiales que de ella se derivan. Lo que aquí adopta para los hombres la forma fantasmagórica de una relación entre cosas no es más que la relación social determinada entre los hombres mismos. Para encontrar una analogía tenemos que refugiarnos, pues, en la región nebulosa del mundo religioso. Aquí, los productos de la cabeza humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia, que mantienen relaciones entre sí y con los hombres. Lo mismo ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto lo llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo en cuanto se producen como mercancías y que es, por tanto, inseparable de la producción de mercancías.

Este carácter fetichista del mundo de las mercancías surge, como ya ha mostrado el análisis precedente, del peculiar carácter social del trabajo que produce mercancías.

Los objetos de uso solo se convierten en general en mercancías porque son productos de trabajos privados ejercidos independientemente unos de otros. El conjunto de estos trabajos privados constituye el trabajo total de la sociedad. Como los productores solo entran en contacto social mediante el intercambio de los productos de su trabajo, los caracteres específicamente sociales de sus trabajos privados solo se manifiestan también dentro de ese intercambio. O, dicho de otro modo, los trabajos privados solo se acreditan de hecho como miembros del trabajo total de la sociedad mediante las relaciones en que el intercambio pone a los productos del trabajo y, por medio de estos, a los productores. A estos últimos, por tanto, las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les manifiestan como lo que son, es decir, no como relaciones directamente sociales entre las personas en sus trabajos mismos, sino más bien como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas.

Solo dentro de su intercambio adquieren los productos del trabajo una objetividad de valor socialmente igual, separada de su objetividad de uso, que es sensiblemente distinta. Esta escisión del producto del trabajo en cosa útil y cosa de valor solo se activa prácticamente cuando el intercambio ha adquirido ya la extensión y la importancia suficientes para que se produzcan cosas útiles para el intercambio y, por tanto, el carácter de valor de las cosas se tenga en cuenta ya en su producción misma. A partir de este momento, los trabajos privados de los productores adquieren de hecho un doble carácter social. Por una parte, como trabajos útiles determinados, tienen que satisfacer una necesidad social determinada y acreditarse así como miembros del trabajo total, del sistema espontáneo de la división social del trabajo. Por otra parte, solo satisfacen las múltiples necesidades de sus propios productores en la medida en que cada trabajo privado útil particular es intercambiable con cualquier otra clase de trabajo privado útil, es decir, en la medida en que le es equivalente. La igualdad de trabajos toto coelo [totalmente] distintos solo puede consistir en una abstracción de su desigualdad real, en su reducción al carácter común que poseen como gasto de fuerza de trabajo humana, como trabajo humano abstracto. El cerebro de los productores privados solo refleja este doble carácter social de sus trabajos privados en las formas que se manifiestan en el tráfico práctico, en el intercambio de productos: el carácter socialmente útil de sus trabajos privados, en la forma de que el producto del trabajo tiene que ser útil, y además útil para otros; el carácter social de la igualdad de los trabajos de distinta clase, en la forma del carácter de valor común de estas cosas materialmente distintas, los productos del trabajo.

Los hombres no relacionan, pues, los productos de su trabajo entre sí como valores porque estas cosas sean para ellos meras envolturas materiales de un trabajo humano de igual clase. Al contrario. Al equiparar entre sí como valores, en el intercambio, sus productos de distinta clase, equiparan entre sí como trabajo humano sus distintos trabajos. No lo saben, pero lo hacen41. El valor no lleva, pues, escrito en la frente lo que es. Más bien transforma cada producto del trabajo en un jeroglífico social. Más tarde, los hombres tratan de descifrar el sentido del jeroglífico, de desentrañar el secreto de su propio producto social, pues la determinación de los objetos de uso como valores es producto social suyo, igual que el lenguaje. El tardío descubrimiento científico de que los productos del trabajo, en cuanto valores, no son más que expresiones materiales del trabajo humano gastado en su producción hace época en la historia del desarrollo de la humanidad, pero no disipa en modo alguno la apariencia objetiva de los caracteres sociales del trabajo. Lo que solo es válido para esta forma particular de producción, la producción de mercancías, a saber, que el carácter específicamente social de los trabajos privados independientes entre sí consiste en su igualdad como trabajo humano y adopta la forma del carácter de valor de los productos del trabajo, les parece a los que están atrapados en las relaciones de la producción de mercancías, antes como después de aquel descubrimiento, tan definitivo como que la descomposición científica del aire en sus elementos deja subsistir la forma de aire como una forma corpórea física.

Lo que interesa en primer lugar prácticamente a quienes intercambian productos es la cuestión de cuántos productos ajenos obtienen por el suyo, es decir, en qué proporciones se intercambian los productos. En cuanto estas proporciones han llegado a madurar hasta adquirir cierta firmeza consuetudinaria, parecen surgir de la naturaleza de los productos del trabajo, de modo que, por ejemplo, una tonelada de hierro y 2 onzas de oro valen lo mismo, igual que una libra de oro y una libra de hierro pesan lo mismo pese a sus distintas propiedades físicas y químicas. De hecho, el carácter de valor de los productos del trabajo solo se consolida al actuar estos como magnitudes de valor. Estas cambian constantemente, independientemente de la voluntad, la previsión y la acción de quienes intercambian. Su propio movimiento social posee para ellos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control se encuentran, en lugar de controlarlas ellos. Hace falta una producción de mercancías plenamente desarrollada para que de la experiencia misma brote la comprensión científica de que los trabajos privados, ejercidos independientemente unos de otros, pero dependientes por todos lados unos de otros como miembros espontáneos de la división social del trabajo, se reducen continuamente a su medida socialmente proporcional porque, en las relaciones de intercambio fortuitas y siempre fluctuantes de sus productos, el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlos se impone violentamente como ley natural reguladora, como se impone, por ejemplo, la ley de la gravedad cuando a uno se le cae la casa encima42. La determinación de la magnitud de valor por el tiempo de trabajo es, por tanto, un secreto oculto bajo los movimientos aparentes de los valores relativos de las mercancías. Su descubrimiento suprime la apariencia de una determinación meramente fortuita de las magnitudes de valor de los productos del trabajo, pero en modo alguno su forma de cosa.

La reflexión sobre las formas de la vida humana, y por tanto también su análisis científico, sigue en general un camino opuesto al del desarrollo real. Comienza post festum [después de la fiesta] y, por tanto, con los resultados acabados del proceso de desarrollo. Las formas que dan a los productos del trabajo el sello de mercancías y que, por tanto, son presupuestos de la circulación de mercancías poseen ya la firmeza de formas naturales de la vida social antes de que los hombres traten de darse cuenta, no del carácter histórico de esas formas, que más bien les parecen ya inmutables, sino de su contenido. Así, solo el análisis de los precios de las mercancías condujo a la determinación de la magnitud de valor, y solo la expresión común de las mercancías en dinero condujo a la fijación de su carácter de valor. Pero es precisamente esta forma acabada —la forma de dinero— del mundo de las mercancías la que encubre bajo la forma de cosas, en lugar de revelarlos, el carácter social de los trabajos privados y, por tanto, las relaciones sociales entre los trabajadores privados. Si digo que la levita, las botas, etc., se refieren al lienzo como encarnación general de trabajo humano abstracto, salta a la vista lo disparatado de esta expresión. Pero cuando los productores de levitas, botas, etc., refieren estas mercancías al lienzo —o al oro y la plata, lo que no cambia nada— como equivalente general, la relación de sus trabajos privados con el trabajo total de la sociedad se les presenta exactamente en esta forma disparatada.

Formas de este tipo constituyen precisamente las categorías de la economía burguesa. Son formas de pensamiento socialmente válidas y, por tanto, objetivas para las relaciones de producción de este modo de producción social históricamente determinado, la producción de mercancías. Todo el misticismo del mundo de las mercancías, toda la magia y la fantasmagoría que envuelven en niebla los productos del trabajo sobre la base de la producción de mercancías, desaparecen, por eso, en cuanto nos refugiamos en otras formas de producción.

Como a la economía política le gustan las robinsonadas4344, comparezca en primer lugar Robinson en su isla. Por modesto que sea de natural, tiene que satisfacer necesidades de distinta clase y, por tanto, que ejecutar trabajos útiles de distinta clase: hacer herramientas, fabricar muebles, domesticar llamas, pescar, cazar, etc. De rezar y cosas por el estilo no hablamos aquí, porque nuestro Robinson encuentra placer en ello y considera tal actividad como descanso. Pese a la diversidad de sus funciones productivas, sabe que no son más que distintas formas de actividad del mismo Robinson y, por tanto, distintos modos de trabajo humano. La necesidad misma le obliga a repartir con exactitud su tiempo entre sus distintas funciones. Que una ocupe más espacio y otra menos en su actividad total depende de la mayor o menor dificultad que haya que vencer para conseguir el efecto útil perseguido. La experiencia se lo enseña, y nuestro Robinson, que salvó del naufragio reloj, libro mayor, tinta y pluma, empieza pronto, como buen inglés, a llevar la contabilidad de sí mismo. Su inventario contiene una relación de los objetos de uso que posee, de las distintas operaciones requeridas para producirlos y, por último, del tiempo de trabajo que le cuestan por término medio determinadas cantidades de estos distintos productos. Todas las relaciones entre Robinson y las cosas que constituyen la riqueza creada por él mismo son aquí tan simples y transparentes que hasta el señor M. Wirth45 podría entenderlas sin especial esfuerzo mental. Y, sin embargo, en ellas están contenidas todas las determinaciones esenciales del valor.

Trasladémonos ahora de la luminosa isla de Robinson a la tenebrosa Edad Media europea. En lugar del hombre independiente, encontramos aquí a todo el mundo dependiente: siervos y señores, vasallos y señores feudales, laicos y clérigos. La dependencia personal caracteriza tanto las relaciones sociales de la producción material como las esferas de vida construidas sobre ella. Pero precisamente porque las relaciones de dependencia personal constituyen la base social dada, los trabajos y los productos no necesitan adoptar una figura fantástica distinta de su realidad. Entran en el engranaje social como servicios y prestaciones en especie. La forma natural del trabajo, su particularidad, y no, como sobre la base de la producción de mercancías, su generalidad, es aquí su forma directamente social. La prestación personal se mide por el tiempo igual que el trabajo productor de mercancías, pero todo siervo sabe que lo que gasta al servicio de su señor es una cantidad determinada de su fuerza de trabajo personal. El diezmo que hay que entregar al cura es más claro que la bendición del cura. Júzguense como se quiera, por tanto, las máscaras de carácter con que los hombres se enfrentan aquí unos a otros, las relaciones sociales de las personas en sus trabajos se manifiestan en todo caso como sus propias relaciones personales y no están disfrazadas de relaciones sociales entre las cosas, entre los productos del trabajo.

Para considerar el trabajo común, es decir, directamente socializado, no necesitamos remontarnos a su forma espontánea, la que encontramos en el umbral de la historia de todos los pueblos civilizados46. Un ejemplo más cercano lo ofrece la industria rural y patriarcal de una familia campesina que produce para su propio consumo trigo, ganado, hilo, lienzo, prendas de vestir, etc. Estas distintas cosas se presentan ante la familia como distintos productos de su trabajo familiar, pero no se enfrentan entre sí como mercancías. Los distintos trabajos que crean estos productos —labranza, ganadería, hilado, tejido, sastrería, etc.— son funciones sociales en su forma natural, porque son funciones de la familia, que posee su propia división espontánea del trabajo, igual que la producción de mercancías. Las diferencias de sexo y de edad, así como las condiciones naturales del trabajo, que cambian con las estaciones, regulan su distribución dentro de la familia y el tiempo de trabajo de cada uno de sus miembros. Pero el gasto de las fuerzas de trabajo individuales, medido por su duración, se presenta aquí desde un principio como determinación social de los trabajos mismos, porque las fuerzas de trabajo individuales actúan desde un principio solo como órganos de la fuerza de trabajo común de la familia.

Imaginemos por último, para variar, una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción comunes y que gasten conscientemente sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una sola fuerza de trabajo social. Todas las determinaciones del trabajo de Robinson se repiten aquí, solo que de modo social en lugar de individual. Todos los productos de Robinson eran su producto exclusivamente personal y, por tanto, objetos de uso directos para él. El producto total de la asociación es un producto social. Una parte de este producto vuelve a servir como medio de producción. Sigue siendo social. Pero otra parte la consumen los miembros de la asociación como medios de subsistencia. Por eso hay que repartirla entre ellos. El modo de este reparto cambiará con la clase particular del propio organismo social de producción y con el correspondiente nivel histórico de desarrollo de los productores. Solo para establecer el paralelo con la producción de mercancías suponemos que la parte de cada productor en los medios de subsistencia está determinada por su tiempo de trabajo. El tiempo de trabajo desempeñaría, pues, un doble papel. Su distribución socialmente planificada regula la proporción adecuada entre las distintas funciones del trabajo y las distintas necesidades. Por otra parte, el tiempo de trabajo sirve al mismo tiempo de medida de la participación individual del productor en el trabajo común y, por tanto, también en la parte del producto común consumible individualmente. Las relaciones sociales de los hombres con sus trabajos y con los productos de su trabajo siguen siendo aquí transparentemente simples, tanto en la producción como en la distribución.

Para una sociedad de productores de mercancías, cuya relación social general de producción consiste en comportarse con sus productos como mercancías, es decir, como valores, y en relacionar entre sí sus trabajos privados bajo esta forma de cosas como trabajo humano igual, el cristianismo, con su culto del hombre abstracto, sobre todo en su desarrollo burgués, el protestantismo, el deísmo, etc., es la forma de religión más adecuada. En los modos de producción del Asia antigua, de la Antigüedad, etc., la transformación del producto en mercancía y, por tanto, la existencia de los hombres como productores de mercancías desempeña un papel subordinado, que sin embargo se hace tanto más importante cuanto más entran las comunidades en la fase de su decadencia. Pueblos propiamente comerciantes solo existen en los intermundos del mundo antiguo, como los dioses de Epicuro47, o como los judíos en los poros de la sociedad polaca. Aquellos antiguos organismos sociales de producción son muchísimo más simples y transparentes que el burgués, pero descansan o bien en la inmadurez del hombre individual, que aún no se ha desprendido del cordón umbilical de su conexión natural de especie con los demás, o bien en relaciones directas de dominio y servidumbre. Están condicionados por un bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo y por relaciones correspondientemente estrechas de los hombres dentro de su proceso material de producción de la vida y, por tanto, de unos con otros y con la naturaleza.

Esta estrechez real se refleja idealmente en las antiguas religiones naturales y populares. El reflejo religioso del mundo real solo puede desaparecer en general cuando las relaciones de la vida práctica cotidiana representan día tras día para los hombres relaciones transparentes y racionales entre ellos y con la naturaleza. La figura del proceso social de la vida, es decir, del proceso material de producción, solo se despoja de su místico velo de niebla cuando, como producto de hombres libremente socializados, queda bajo su control consciente y planificado. Pero para ello hace falta una base material de la sociedad o una serie de condiciones materiales de existencia que son a su vez el producto espontáneo de una larga y penosa historia de desarrollo.

Ahora bien, la economía política ha analizado, aunque de manera incompleta48, el valor y la magnitud de valor, y ha descubierto el contenido oculto en estas formas. Pero nunca se ha planteado siquiera la pregunta de por qué este contenido adopta esa forma, es decir, por qué el trabajo se representa en el valor, y la medida del trabajo por su duración, en la magnitud de valor del producto del trabajo49. Fórmulas que llevan escrito en la frente que pertenecen a una formación social en la que el proceso de producción domina a los hombres, y no el hombre al proceso de producción, le parecen a su conciencia burguesa una necesidad natural tan evidente como el propio trabajo productivo. Por eso trata las formas preburguesas del organismo social de producción más o menos como los Padres de la Iglesia trataban las religiones precristianas50.

Hasta qué punto una parte de los economistas se deja engañar por el fetichismo que se adhiere al mundo de las mercancías, o por la apariencia objetiva de las determinaciones sociales del trabajo, lo demuestra, entre otras cosas, la aburrida e insulsa disputa sobre el papel de la naturaleza en la formación del valor de cambio. Como el valor de cambio es una determinada manera social de expresar el trabajo empleado en una cosa, no puede contener más materia natural que, por ejemplo, el tipo de cambio.

Como la forma de mercancía es la forma más general y menos desarrollada de la producción burguesa, por lo que aparece pronto, aunque no de la misma manera dominante y, por tanto, característica que hoy en día, su carácter fetichista parece todavía relativamente fácil de penetrar. En formas más concretas desaparece incluso esta apariencia de simplicidad. ¿De dónde proceden las ilusiones del sistema monetario? No le notaba al oro y a la plata que, como dinero, representan una relación social de producción, aunque en la forma de cosas naturales con extrañas propiedades sociales. ¿Y la economía moderna, que mira con aires de superioridad y una sonrisa burlona al sistema monetario, no se le hace palpable su fetichismo en cuanto trata del capital? ¿Cuánto hace que desapareció la ilusión fisiocrática de que la renta de la tierra brota de la tierra y no de la sociedad?

Pero, para no adelantarnos, baste aquí un ejemplo más relativo a la forma de mercancía misma. Si las mercancías pudieran hablar, dirían: puede que nuestro valor de uso interese a los hombres. A nosotras, como cosas, no nos corresponde. Lo que nos corresponde como cosas es nuestro valor. Nuestro propio trato como cosas mercantiles lo demuestra. Solo nos relacionamos entre nosotras como valores de cambio. Óigase ahora cómo habla el economista desde el alma de la mercancía:

«El valor» (valor de cambio) «es una propiedad de las cosas; la riqueza» (valor de uso), «del hombre. El valor, en este sentido, implica necesariamente intercambio; la riqueza, no.»51 «La riqueza» (valor de uso) «es un atributo del hombre; el valor, un atributo de las mercancías. Un hombre o una comunidad es rico; una perla o un diamante es valioso… Una perla o un diamante es valioso como perla o diamante.»52

Hasta ahora ningún químico ha descubierto valor de cambio en la perla o el diamante. Pero los descubridores económicos de esta sustancia química, que tienen especiales pretensiones de profundidad crítica, encuentran que el valor de uso de las cosas es independiente de sus propiedades materiales, mientras que su valor les corresponde como cosas. Lo que les confirma en esto es la extraña circunstancia de que el valor de uso de las cosas se realiza para el hombre sin intercambio, es decir, en la relación directa entre la cosa y el hombre, y su valor, a la inversa, solo en el intercambio, es decir, en un proceso social. ¿Quién no recuerda aquí al buen Dogberry, que alecciona al sereno Seacoal?

«Ser un hombre bien parecido es un don de la fortuna, pero saber leer y escribir viene de la naturaleza.»5354

Capítulo segundo. El proceso de intercambio

Las mercancías no pueden ir por sí solas al mercado ni intercambiarse por sí mismas. Tenemos, pues, que volver la vista hacia sus custodios, los poseedores de mercancías. Las mercancías son cosas y, por tanto, no ofrecen resistencia al hombre. Si no se avienen de buen grado, este puede emplear la fuerza; en otras palabras, tomarlas.55 Para relacionar estas cosas entre sí como mercancías, sus custodios tienen que comportarse unos con otros como personas cuya voluntad habita en esas cosas, de modo que el uno solo con la voluntad del otro, es decir, cada uno solo mediante un acto de voluntad común a ambos, se apropie de la mercancía ajena al enajenar la propia. Tienen, pues, que reconocerse mutuamente como propietarios privados. Esta relación jurídica, cuya forma es el contrato, esté o no legalmente desarrollada, es una relación de voluntades en la que se refleja la relación económica. El contenido de esta relación jurídica o de voluntades viene dado por la relación económica misma.56 Las personas solo existen aquí unas para otras como representantes de mercancías y, por tanto, como poseedores de mercancías. En el curso de la exposición veremos, en general, que las máscaras de carácter económicas de las personas no son más que las personificaciones de las relaciones económicas como portadoras de las cuales se enfrentan unas a otras.

Lo que distingue al poseedor de mercancías de la mercancía es, sobre todo, la circunstancia de que para ella todo otro cuerpo de mercancía solo cuenta como forma de manifestación de su propio valor. Niveladora y cínica de nacimiento, está siempre dispuesta a cambiar no solo el alma, sino el cuerpo, con cualquier otra mercancía, aunque esta tenga más desgracias que Maritornes. El poseedor de mercancías suple esta falta de sentido de la mercancía para lo concreto del cuerpo de las mercancías con sus propios cinco sentidos, y alguno más. Su mercancía no tiene para él ningún valor de uso inmediato. De lo contrario, no la llevaría al mercado. Tiene valor de uso para otros. Para él solo tiene inmediatamente el valor de uso de ser portadora de valor de cambio y, por tanto, medio de cambio.57 Por eso quiere enajenarla a cambio de una mercancía cuyo valor de uso le satisfaga. Todas las mercancías son no-valores de uso para sus poseedores y valores de uso para sus no-poseedores. Tienen, pues, que cambiar de manos en todas direcciones. Pero este cambio de manos constituye su intercambio, y su intercambio las relaciona entre sí como valores y las realiza como valores. Las mercancías tienen, pues, que realizarse como valores antes de poder realizarse como valores de uso.

Por otra parte, tienen que acreditarse como valores de uso antes de poder realizarse como valores. Pues el trabajo humano gastado en ellas solo cuenta en la medida en que se haya gastado en una forma útil para otros. Pero solo su intercambio puede demostrar si es útil para otros y si, por tanto, su producto satisface necesidades ajenas.

Todo poseedor de mercancías solo quiere enajenar su mercancía a cambio de otra cuyo valor de uso satisfaga su necesidad. En este sentido, el intercambio es para él un proceso meramente individual. Por otra parte, quiere realizar su mercancía como valor, es decir, en cualquier otra mercancía del mismo valor que le plazca, tenga o no su propia mercancía valor de uso para el poseedor de la otra. En este sentido, el intercambio es para él un proceso social general. Pero el mismo proceso no puede ser a la vez, para todos los poseedores de mercancías, meramente individual y, al mismo tiempo, meramente social y general.

Si lo miramos más de cerca, para todo poseedor de mercancías toda mercancía ajena cuenta como equivalente particular de la suya, y su mercancía, por tanto, como equivalente general de todas las demás. Pero como todos los poseedores de mercancías hacen lo mismo, ninguna mercancía es equivalente general, y las mercancías no poseen, por tanto, ninguna forma relativa de valor general en la que equipararse como valores y compararse como magnitudes de valor. No se enfrentan, pues, en absoluto como mercancías, sino solo como productos o valores de uso.

En su apuro, nuestros poseedores de mercancías piensan como Fausto: en el principio era la acción.58 Por eso ya han actuado antes de haber pensado. Las leyes de la naturaleza de la mercancía se pusieron en práctica en el instinto natural de los poseedores de mercancías. Solo pueden relacionar entre sí sus mercancías como valores, y por tanto como mercancías, relacionándolas por oposición con otra mercancía cualquiera como equivalente general. Eso es lo que dio el análisis de la mercancía. Pero solo la acción social puede hacer de una mercancía determinada el equivalente general. La acción social de todas las demás mercancías aparta, pues, a una mercancía determinada, en la que todas representan sus valores. Con ello, la forma natural de esta mercancía se convierte en forma de equivalente socialmente válida. Ser equivalente general pasa a ser, por obra del proceso social, la función específicamente social de la mercancía apartada. Así se convierte en... dinero.

«Estos tienen un mismo designio, y entregarán su poder y su autoridad a la bestia. Y que nadie pueda comprar ni vender, sino el que tenga la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre». (Apocalipsis.)59

El cristal de dinero es un producto necesario del proceso de intercambio, en el que productos del trabajo de distinto tipo se equiparan efectivamente entre sí y se convierten así efectivamente en mercancías. La ampliación y profundización históricas del intercambio desarrollan la oposición entre valor de uso y valor que dormitaba en la naturaleza de la mercancía. La necesidad de representar esta oposición exteriormente para el tráfico empuja hacia una forma autónoma del valor de la mercancía, y no ceja ni descansa hasta alcanzarla definitivamente mediante el desdoblamiento de la mercancía en mercancía y dinero. En la misma medida, pues, en que se lleva a cabo la transformación de los productos del trabajo en mercancías, se lleva a cabo la transformación de la mercancía en dinero.60

El intercambio directo de productos tiene, por un lado, la forma de la expresión simple del valor y, por otro, todavía no la tiene. Aquella forma era: x mercancía A = y mercancía B. La forma del intercambio directo de productos es: x objeto de uso A = y objeto de uso B.61 Las cosas A y B no son aquí mercancías antes del intercambio, sino que solo llegan a serlo por él. El primer modo en que un objeto de uso es en potencia valor de cambio es su existencia como no-valor de uso, como cantidad de valor de uso que excede las necesidades inmediatas de su poseedor. Las cosas son, en sí y para sí, exteriores al hombre y, por tanto, enajenables. Para que esta enajenación sea recíproca, basta con que los hombres se enfrenten tácitamente como propietarios privados de esas cosas enajenables y, precisamente por ello, como personas independientes unas de otras. Semejante relación de extrañeza recíproca no existe, sin embargo, para los miembros de una comunidad natural y espontánea, ya tenga esta la forma de una familia patriarcal, de una antigua comunidad india, de un Estado inca, etc. El intercambio de mercancías empieza donde terminan las comunidades, en sus puntos de contacto con comunidades extrañas o con miembros de comunidades extrañas. Pero en cuanto las cosas se convierten en mercancías en la vida exterior de la comunidad, se convierten también en mercancías, por repercusión, en su vida interior. Su proporción cuantitativa de intercambio es al principio enteramente casual. Son intercambiables por el acto de voluntad de sus poseedores de enajenarlas recíprocamente. Sin embargo, la necesidad de objetos de uso ajenos va arraigando poco a poco. La repetición constante del intercambio lo convierte en un proceso social regular. Con el tiempo, por tanto, al menos una parte de los productos del trabajo tiene que producirse deliberadamente con vistas al intercambio. A partir de ese momento se consolida, por un lado, la separación entre la utilidad de las cosas para la necesidad inmediata y su utilidad para el intercambio. Su valor de uso se separa de su valor de cambio. Por otro lado, la proporción cuantitativa en que se intercambian pasa a depender de su propia producción. La costumbre las fija como magnitudes de valor.

En el intercambio directo de productos, toda mercancía es inmediatamente medio de cambio para su poseedor y equivalente para quien no la posee, aunque solo en la medida en que tenga valor de uso para este. El artículo de intercambio no adquiere, pues, todavía ninguna forma de valor independiente de su propio valor de uso o de la necesidad individual de quienes intercambian. La necesidad de esta forma se desarrolla con el número y la variedad crecientes de las mercancías que entran en el proceso de intercambio. El problema surge a la vez que los medios para resolverlo. Un tráfico en el que los poseedores de mercancías intercambian y comparan sus propios artículos con otros artículos diversos nunca se produce sin que, dentro de ese tráfico, diversas mercancías de diversos poseedores se intercambien con una y la misma tercera clase de mercancía y se comparen con ella como valores. Esa tercera mercancía, al convertirse en equivalente de otras diversas, adquiere inmediatamente, aunque dentro de estrechos límites, la forma de equivalente general o social. Esta forma de equivalente general nace y muere con el contacto social momentáneo que la hizo surgir. Recae alternativa y fugazmente en esta o aquella mercancía. Pero con el desarrollo del intercambio de mercancías se adhiere en exclusiva a determinadas clases de mercancías, o cristaliza en la forma de dinero. A qué clase de mercancía queda adherida es al principio casual. Con todo, en términos generales deciden dos circunstancias. La forma de dinero se adhiere o bien a los principales artículos de intercambio venidos de fuera, que de hecho son formas espontáneas de manifestación del valor de cambio de los productos del país, o bien al objeto de uso que constituye el elemento principal de la propiedad enajenable del país, como, por ejemplo, el ganado. Los pueblos nómadas son los primeros en desarrollar la forma de dinero, porque todos sus bienes se encuentran en forma móvil y, por tanto, inmediatamente enajenable, y porque su modo de vida los pone constantemente en contacto con comunidades extrañas y los incita así al intercambio de productos. Los hombres han convertido a menudo al hombre mismo, en la figura del esclavo, en material originario del dinero, pero nunca a la tierra. Semejante idea solo podía surgir en una sociedad burguesa ya formada. Data del último tercio del siglo XVII, y su ejecución a escala nacional no se intentó hasta un siglo después, en la revolución burguesa de los franceses.

En la misma proporción en que el intercambio de mercancías rompe sus lazos meramente locales y en que, por tanto, el valor de las mercancías se amplía hasta ser materialización del trabajo humano en general, la forma de dinero pasa a mercancías que por naturaleza son aptas para la función social de equivalente general: los metales preciosos.

Que «aunque el oro y la plata no sean por naturaleza dinero, el dinero es por naturaleza oro y plata»62 lo muestra la congruencia de sus propiedades naturales con las funciones de este.63 Hasta ahora, sin embargo, solo conocemos una función del dinero: servir de forma de manifestación del valor de las mercancías, o de material en el que las magnitudes de valor de las mercancías se expresan socialmente. Forma de manifestación adecuada del valor, o materialización de trabajo humano abstracto y, por tanto, igual, solo puede serlo una materia cuyos ejemplares posean todos la misma calidad uniforme. Por otra parte, como la diferencia entre las magnitudes de valor es puramente cuantitativa, la mercancía dineraria tiene que ser susceptible de diferencias puramente cuantitativas, es decir, divisible a voluntad y recomponible a partir de sus partes. Y el oro y la plata poseen por naturaleza estas propiedades.

El valor de uso de la mercancía dineraria se desdobla. Junto a su valor de uso particular como mercancía —el oro, por ejemplo, sirve para empastar dientes cariados, como materia prima de artículos de lujo, etc.—, adquiere un valor de uso formal, que nace de sus funciones sociales específicas.

Como todas las demás mercancías no son más que equivalentes particulares del dinero, y el dinero su equivalente general, se comportan como mercancías particulares respecto del dinero como mercancía general.64

Se ha visto que la forma de dinero no es más que el reflejo, adherido a una sola mercancía, de las relaciones de todas las demás. Que el dinero es mercancía65 solo es, pues, un descubrimiento para quien parte de su figura acabada para analizarla después. El proceso de intercambio no da a la mercancía que convierte en dinero su valor, sino su forma de valor específica. La confusión de ambas determinaciones llevó a considerar imaginario el valor del oro y de la plata.66 Como el dinero puede ser sustituido en determinadas funciones por simples signos de sí mismo, surgió el otro error: que es un mero signo. Por otra parte, en ello se encerraba el presentimiento de que la forma de dinero de la cosa es exterior a la cosa misma y mera forma de manifestación de relaciones humanas ocultas tras ella. En este sentido, toda mercancía sería un signo, porque como valor no es más que envoltura material del trabajo humano gastado en ella.67 Pero al declarar meros signos los caracteres sociales que adquieren las cosas, o los caracteres materiales que adquieren las determinaciones sociales del trabajo sobre la base de un modo de producción determinado, se los declara a la vez producto arbitrario de la reflexión de los hombres. Era esta la manera favorita de la Ilustración del siglo XVIII para despojar, al menos provisionalmente, de la apariencia de extrañeza a las enigmáticas figuras de las relaciones humanas cuyo proceso de formación aún no se sabía descifrar.

Se observó antes que la forma de equivalente de una mercancía no incluye la determinación cuantitativa de su magnitud de valor. Sabiendo que el oro es dinero y, por tanto, inmediatamente intercambiable con todas las demás mercancías, no se sabe por ello cuánto valen, por ejemplo, 10 libras de oro. Como toda mercancía, el dinero solo puede expresar su propia magnitud de valor relativamente, en otras mercancías. Su propio valor está determinado por el tiempo de trabajo que requiere su producción, y se expresa en la cantidad de cualquier otra mercancía en la que se haya cuajado el mismo tiempo de trabajo.68 Esta fijación de su magnitud relativa de valor tiene lugar en su fuente de producción, en el trueque directo. En cuanto entra en la circulación como dinero, su valor ya está dado. Si ya en las últimas décadas del siglo XVII saber que el dinero es mercancía era un comienzo del análisis del dinero ampliamente superado, era también solo el comienzo. La dificultad no está en comprender que el dinero es mercancía, sino en cómo, por qué y por medio de qué la mercancía es dinero.69

Vimos cómo ya en la expresión de valor más simple, x mercancía A = y mercancía B, la cosa en la que se representa la magnitud de valor de otra cosa parece poseer su forma de equivalente con independencia de esta relación, como propiedad natural social. Seguimos la consolidación de esta falsa apariencia. Queda consumada en cuanto la forma de equivalente general se ha fundido con la forma natural de una clase particular de mercancía, o ha cristalizado en la forma de dinero. Una mercancía no parece llegar a ser dinero porque las demás mercancías representen en ella por todos lados sus valores, sino que, a la inversa, estas parecen representar en ella sus valores de manera general porque ella es dinero. El movimiento mediador desaparece en su propio resultado y no deja huella alguna. Sin intervención suya, las mercancías encuentran ya hecha su propia figura de valor como un cuerpo de mercancía que existe fuera de ellas y junto a ellas. Estas cosas, el oro y la plata, tal como salen de las entrañas de la tierra, son a la vez la encarnación inmediata de todo trabajo humano. De ahí la magia del dinero. El comportamiento meramente atomístico de los hombres en su proceso social de producción y, por tanto, la figura material de sus propias relaciones de producción, independiente de su control y de su actuar individual consciente, se manifiestan ante todo en que los productos de su trabajo adoptan de manera general la forma de mercancía. El enigma del fetiche del dinero no es, pues, más que el enigma del fetiche de la mercancía, ahora visible y deslumbrante.

Capítulo tercero. El dinero o la circulación de mercancías

1. Medida de los valores

En toda esta obra supongo, para simplificar, que el oro es la mercancía dineraria.

La primera función del oro consiste en suministrar al mundo de las mercancías el material para la expresión de su valor, o en representar los valores de las mercancías como magnitudes del mismo nombre, cualitativamente iguales y cuantitativamente comparables. Así funciona como medida general de los valores, y solo por esta función el oro, la mercancía equivalente específica, se convierte primero en dinero.

Las mercancías no se vuelven conmensurables por obra del dinero. Al contrario. Como todas las mercancías, en cuanto valores, son trabajo humano objetivado y, por tanto, conmensurables en sí y para sí, pueden medir en común sus valores en la misma mercancía específica y convertir así a esta en su medida común de los valores, o en dinero. El dinero como medida de los valores es la forma de manifestación necesaria de la medida inmanente del valor de las mercancías: el tiempo de trabajo.70

La expresión del valor de una mercancía en oro —x mercancía A = y mercancía dineraria— es su forma de dinero o su precio. Una ecuación aislada, como 1 tonelada de hierro = 2 onzas de oro, basta ahora para representar el valor del hierro de manera socialmente válida. La ecuación ya no necesita desfilar en formación junto a las ecuaciones de valor de las demás mercancías, porque la mercancía equivalente, el oro, posee ya el carácter de dinero. La forma relativa de valor general de las mercancías vuelve a tener, pues, la figura de su forma relativa de valor originaria, simple o singular. Por otra parte, la expresión relativa de valor desplegada, o la serie interminable de expresiones relativas de valor, se convierte en la forma relativa de valor específica de la mercancía dineraria. Pero esta serie está ya dada socialmente en los precios de las mercancías. Léanse al revés las cotizaciones de una lista de precios y se encontrará la magnitud de valor del dinero representada en toda clase de mercancías. El dinero, en cambio, no tiene precio. Para participar de esta forma relativa de valor unitaria de las demás mercancías, tendría que relacionarse consigo mismo como su propio equivalente.

El precio, o la forma de dinero de las mercancías, es, como su forma de valor en general, una forma distinta de su forma corpórea palpable y real; por tanto, una forma solo ideal o representada. El valor del hierro, del lienzo, del trigo, etc., existe, aunque invisible, en estas cosas mismas; se representa mediante su igualdad con el oro, una relación con el oro que, por así decirlo, solo ronda por sus cabezas. Por eso su custodio tiene que prestarles su lengua o colgarles etiquetas de papel para comunicar sus precios al mundo exterior.71 Como la expresión de los valores de las mercancías en oro es ideal, para esta operación basta también con oro solo representado o ideal. Todo custodio de mercancías sabe que está lejos de haber dorado sus mercancías cuando da a su valor la forma de precio, o forma de oro representada, y que no necesita ni un adarme de oro real para tasar en oro millones de valores de mercancías. En su función de medida de los valores, el dinero sirve, pues, como dinero solo representado o ideal. Esta circunstancia ha dado pie a las teorías más disparatadas.72 Aunque para la función de medida de los valores solo sirve dinero representado, el precio depende enteramente del material dinerario real. El valor, es decir, la cantidad de trabajo humano contenida, por ejemplo, en una tonelada de hierro, se expresa en una cantidad representada de la mercancía dineraria que contiene la misma cantidad de trabajo. Según sirvan de medida del valor el oro, la plata o el cobre, el valor de la tonelada de hierro recibe, pues, expresiones de precio completamente distintas, o se representa en cantidades completamente distintas de oro, plata o cobre.

Por eso, si dos mercancías distintas, por ejemplo el oro y la plata, sirven a la vez de medidas de los valores, todas las mercancías poseen dos expresiones de precio distintas, precios en oro y precios en plata, que corren tranquilamente en paralelo mientras la proporción de valor entre la plata y el oro permanezca invariable, por ejemplo = 1:15. Pero cada alteración de esta proporción de valor perturba la relación entre los precios en oro y los precios en plata de las mercancías y prueba así de hecho que la duplicación de la medida del valor contradice su función.73

Las mercancías con precio determinado se representan todas en la forma: a mercancía A = x oro, b mercancía B = z oro, c mercancía C = y oro, etc., donde a, b, c representan masas determinadas de las clases de mercancías A, B, C, y x, z, y masas determinadas de oro. Los valores de las mercancías se han convertido, pues, en cantidades representadas de oro de distinta magnitud y, por tanto, a pesar de la confusa variedad de los cuerpos de las mercancías, en magnitudes del mismo nombre, magnitudes de oro. Como tales cantidades distintas de oro, se comparan y miden entre sí, y se desarrolla técnicamente la necesidad de referirlas a una cantidad fija de oro como su unidad de medida. Esta unidad de medida, a su vez, se desarrolla hasta convertirse en patrón mediante su ulterior división en partes alícuotas. Antes de convertirse en dinero, el oro, la plata y el cobre poseen ya tales patrones en sus pesos metálicos, de modo que, por ejemplo, una libra sirve de unidad de medida y, por un lado, se divide a su vez en onzas, etc., y, por otro, se suma en quintales, etc.74 Por eso, en toda circulación metálica, los nombres preexistentes del patrón de peso forman también los nombres originarios del patrón monetario o patrón de los precios.

Como medida de los valores y como patrón de los precios, el dinero desempeña dos funciones completamente distintas. Es medida de los valores en cuanto encarnación social del trabajo humano; patrón de los precios, en cuanto peso metálico fijado. Como medida del valor sirve para convertir en precios, en cantidades representadas de oro, los valores de las mercancías más variadas; como patrón de los precios mide estas cantidades de oro. Con la medida de los valores se miden las mercancías como valores; el patrón de los precios, en cambio, mide cantidades de oro por una cantidad de oro, no el valor de una cantidad de oro por el peso de otra. Para el patrón de los precios hay que fijar como unidad de medida un peso determinado de oro. Aquí, como en todas las demás determinaciones de medida de magnitudes del mismo nombre, la fijeza de las proporciones de medida es decisiva. El patrón de los precios cumple, pues, tanto mejor su función cuanto más invariablemente sirva de unidad de medida una y la misma cantidad de oro. Como medida de los valores, el oro solo puede servir porque él mismo es producto del trabajo y, por tanto, en potencia, un valor variable.75

Ante todo está claro que un cambio en el valor del oro no perjudica en modo alguno su función de patrón de los precios. Por mucho que cambie el valor del oro, distintas cantidades de oro guardan siempre entre sí la misma proporción de valor. Si el valor del oro cayera un 1.000 %, 12 onzas de oro seguirían poseyendo 12 veces más valor que una onza de oro, y en los precios solo se trata de la proporción entre distintas cantidades de oro. Como, por otra parte, una onza de oro no altera en absoluto su peso al bajar o subir su valor, tampoco se altera el de sus partes alícuotas, y así el oro, como patrón fijo de los precios, presta siempre el mismo servicio, por mucho que cambie su valor.

El cambio de valor del oro tampoco impide su función de medida del valor. Afecta a todas las mercancías a la vez y deja, por tanto, caeteris paribus, invariables sus valores relativos recíprocos, aunque ahora todas se expresen en precios en oro más altos o más bajos que antes.

Igual que al representar el valor de una mercancía en el valor de uso de otra cualquiera, al tasar las mercancías en oro solo se presupone que, en un momento dado, la producción de una cantidad determinada de oro cuesta una cantidad dada de trabajo. En cuanto al movimiento de los precios de las mercancías en general, rigen las leyes de la expresión relativa simple del valor expuestas anteriormente.

Los precios de las mercancías solo pueden subir de manera general, permaneciendo igual el valor del dinero, si suben los valores de las mercancías; permaneciendo iguales los valores de las mercancías, si cae el valor del dinero. E inversamente. Los precios de las mercancías solo pueden caer de manera general, permaneciendo igual el valor del dinero, si caen los valores de las mercancías; permaneciendo iguales los valores de las mercancías, si sube el valor del dinero. No se sigue de ello en absoluto que una subida del valor del dinero acarree una caída proporcional de los precios de las mercancías, ni que una caída del valor del dinero acarree una subida proporcional de los precios de las mercancías. Esto solo vale para mercancías de valor invariable. Las mercancías, por ejemplo, cuyo valor sube de manera uniforme y simultánea con el valor del dinero conservan los mismos precios. Si su valor sube más despacio o más deprisa que el valor del dinero, la caída o la subida de sus precios estarán determinadas por la diferencia entre el movimiento de su valor y el del dinero, etc.

Volvamos ahora al examen de la forma de precio.

Los nombres monetarios de los pesos metálicos se separan poco a poco de sus nombres de peso originarios por diversas razones, entre las cuales son históricamente decisivas: 1. La introducción de dinero extranjero en pueblos menos desarrollados; así, por ejemplo, en la antigua Roma las monedas de plata y oro circularon al principio como mercancías extranjeras. Los nombres de este dinero extranjero son distintos de los nombres de peso del país. 2. Con el desarrollo de la riqueza, el metal menos noble es desplazado de la función de medida del valor por el más noble: el cobre por la plata, la plata por el oro, por mucho que este orden contradiga toda cronología poética.76 «Libra», por ejemplo, era el nombre monetario de una libra real de plata. En cuanto el oro desplaza a la plata como medida del valor, el mismo nombre se adhiere quizá a 1/15, etc., de libra de oro, según la proporción de valor entre el oro y la plata. La libra como nombre monetario y como nombre corriente del peso del oro están ahora separadas.77 3. La falsificación de la moneda practicada durante siglos por los príncipes, que del peso originario de las monedas no dejó, de hecho, más que el nombre.78

Estos procesos históricos convierten en costumbre popular la separación entre el nombre monetario de los pesos metálicos y su nombre de peso corriente. Como el patrón monetario es, por un lado, puramente convencional y, por otro, necesita validez general, acaba regulándose por ley. Una parte determinada del peso del metal precioso, por ejemplo una onza de oro, se divide oficialmente en partes alícuotas que reciben nombres de pila legales, como libra, tálero, etc. Esa parte alícuota, que pasa a ser la verdadera unidad de medida del dinero, se subdivide en otras partes alícuotas con nombres de pila legales, como chelín, penique, etc.79 Como antes, determinados pesos metálicos siguen siendo el patrón del dinero metálico. Lo que ha cambiado es la división y la nomenclatura.

Los precios, o las cantidades de oro en las que se han convertido idealmente los valores de las mercancías, se expresan ahora, pues, en los nombres monetarios o nombres de cuenta legalmente válidos del patrón oro. En vez de decir, por tanto, que el quarter de trigo es igual a una onza de oro, en Inglaterra se diría que es igual a 3 £ 17 chelines 10½ peniques. Las mercancías se dicen así unas a otras, en sus nombres monetarios, lo que valen, y el dinero sirve de dinero de cuenta siempre que se trata de fijar una cosa como valor y, por tanto, en forma de dinero.80

El nombre de una cosa es completamente exterior a su naturaleza. No sé nada de un hombre por saber que se llama Jacobo. Del mismo modo, en los nombres monetarios libra, tálero, franco, ducado, etc., desaparece toda huella de la relación de valor. La confusión acerca del sentido oculto de estos signos cabalísticos es tanto mayor cuanto que los nombres monetarios expresan el valor de las mercancías y, a la vez, partes alícuotas de un peso metálico, el patrón monetario.81 Por otra parte, es necesario que el valor, a diferencia de los abigarrados cuerpos del mundo de las mercancías, se desarrolle hasta esta forma material y carente de concepto, pero también simplemente social.82

El precio es el nombre monetario del trabajo objetivado en la mercancía. La equivalencia de la mercancía y de la cantidad de dinero cuyo nombre es su precio es, por tanto, una tautología83, como en general la expresión relativa del valor de una mercancía es siempre la expresión de la equivalencia de dos mercancías. Pero si el precio, como exponente de la magnitud de valor de la mercancía, es exponente de su proporción de intercambio con el dinero, no se sigue a la inversa que el exponente de su proporción de intercambio con el dinero sea necesariamente el exponente de su magnitud de valor. Supongamos que un trabajo socialmente necesario de igual magnitud se representa en 1 quarter de trigo y en 2 £ (aproximadamente ½ onza de oro). Las 2 £ son la expresión dineraria de la magnitud de valor del quarter de trigo, o su precio. Si las circunstancias permiten cotizarlo a 3 £, u obligan a cotizarlo a 1 £, entonces 1 £ y 3 £ son demasiado pequeñas o demasiado grandes como expresiones de la magnitud de valor del trigo, pero son, con todo, precios de este, pues, en primer lugar, son su forma de valor, dinero, y, en segundo lugar, exponentes de su proporción de intercambio con el dinero. Si las condiciones de producción, o la fuerza productiva del trabajo, permanecen iguales, para reproducir el quarter de trigo hay que gastar, como antes, el mismo tiempo de trabajo social. Esta circunstancia no depende de la voluntad ni del productor de trigo ni de los demás poseedores de mercancías. La magnitud de valor de la mercancía expresa, pues, una relación necesaria, inmanente a su proceso de formación, con el tiempo de trabajo social. Con la transformación de la magnitud de valor en precio, esta relación necesaria aparece como proporción de intercambio de una mercancía con la mercancía dineraria que existe fuera de ella. Pero en esta proporción puede expresarse tanto la magnitud de valor de la mercancía como el más o el menos por el que, en circunstancias dadas, es enajenable. La posibilidad de una incongruencia cuantitativa entre precio y magnitud de valor, o de una desviación del precio respecto de la magnitud de valor, reside, pues, en la propia forma de precio. Y esto no es un defecto de esta forma, sino que, al contrario, la convierte en la forma adecuada de un modo de producción en el que la regla solo puede imponerse como ley media de la falta de regla, que actúa ciegamente.

Pero la forma de precio no solo admite la posibilidad de una incongruencia cuantitativa entre magnitud de valor y precio, es decir, entre la magnitud de valor y su propia expresión dineraria, sino que puede albergar una contradicción cualitativa, de modo que el precio deje de ser en absoluto expresión de valor, aunque el dinero no sea más que la forma de valor de las mercancías. Cosas que en sí y para sí no son mercancías, por ejemplo la conciencia, el honor, etc., pueden ser puestas en venta por dinero por sus poseedores y recibir así, mediante su precio, la forma de mercancía. Una cosa puede, por tanto, tener formalmente un precio sin tener un valor. La expresión de precio se vuelve aquí imaginaria, como ciertas magnitudes de las matemáticas. Por otra parte, también la forma de precio imaginaria —como, por ejemplo, el precio de la tierra no cultivada, que no tiene valor porque no hay en ella trabajo humano objetivado— puede ocultar una relación de valor real o una relación derivada de ella.

Como la forma relativa de valor en general, el precio expresa el valor de una mercancía, por ejemplo de una tonelada de hierro, porque una cantidad determinada de equivalente, por ejemplo una onza de oro, es inmediatamente intercambiable por hierro, pero en modo alguno a la inversa, que el hierro, por su parte, sea inmediatamente intercambiable por oro. Para ejercer prácticamente el efecto de un valor de cambio, la mercancía tiene, pues, que despojarse de su cuerpo natural y convertirse de oro solo representado en oro real, aunque esta transustanciación le resulte «más ardua» que al «concepto» hegeliano el paso de la necesidad a la libertad, a una langosta romper su caparazón o al padre de la Iglesia Jerónimo despojarse del viejo Adán.84 Junto a su figura real, de hierro por ejemplo, la mercancía puede poseer en el precio una figura de valor ideal o figura de oro representada, pero no puede ser a la vez realmente hierro y realmente oro. Para ponerle precio basta con equipararle oro representado. Pero tiene que ser sustituida por oro para prestar a su poseedor el servicio de un equivalente general. Si el poseedor del hierro, por ejemplo, se enfrentara al poseedor de una mercancía mundana y le remitiera al precio del hierro, que es forma de dinero, el mundano le respondería como san Pedro en el cielo a Dante, que acababa de recitarle el credo:

«Muy bien examinadas están ya
la ley y el peso de esta moneda,
pero dime si la tienes en tu bolsa».85

La forma de precio implica la enajenabilidad de las mercancías a cambio de dinero y la necesidad de esta enajenación. Por otra parte, el oro solo funciona como medida ideal del valor porque ya se mueve en el proceso de intercambio como mercancía dineraria. En la medida ideal de los valores acecha, pues, el dinero contante y sonante.

2. Medio de circulación

a) La metamorfosis de las mercancías

Se vio que el proceso de intercambio de las mercancías encierra relaciones contradictorias y mutuamente excluyentes. El desarrollo de la mercancía no suprime estas contradicciones, pero crea la forma en la que pueden moverse. Este es, en general, el método por el que se resuelven las contradicciones reales. Es, por ejemplo, una contradicción que un cuerpo caiga constantemente hacia otro y se aleje de él con la misma constancia. La elipse es una de las formas de movimiento en las que esta contradicción tanto se realiza como se resuelve.

En la medida en que el proceso de intercambio transfiere mercancías de la mano en la que son no-valores de uso a la mano en la que son valores de uso, es metabolismo social. El producto de un modo de trabajo útil sustituye al de otro. Una vez llegada al lugar en el que sirve como valor de uso, la mercancía cae de la esfera del intercambio de mercancías a la esfera del consumo. Aquí solo nos interesa la primera. Tenemos, pues, que considerar todo el proceso por el lado de la forma; es decir, solo el cambio de forma o la metamorfosis de las mercancías que media el metabolismo social.

La concepción completamente defectuosa de este cambio de forma se debe, aparte de la falta de claridad sobre el concepto mismo de valor, a la circunstancia de que todo cambio de forma de una mercancía se lleva a cabo en el intercambio de dos mercancías, una mercancía común y la mercancía dineraria. Si uno se atiene únicamente a este momento material, al intercambio de mercancía por oro, pasa por alto precisamente lo que debería ver, a saber, lo que ocurre con la forma. Pasa por alto que el oro como mera mercancía no es dinero y que las demás mercancías, en sus precios, se refieren al oro como a su propia figura de dinero.

Las mercancías entran al principio en el proceso de intercambio sin dorar ni azucarar, tal como les ha crecido la cresta. Este produce un desdoblamiento de la mercancía en mercancía y dinero, una oposición externa en la que representan su oposición inmanente entre valor de uso y valor. En esta oposición, las mercancías se enfrentan como valores de uso al dinero como valor de cambio. Por otra parte, ambos lados de la oposición son mercancías, es decir, unidades de valor de uso y valor. Pero esta unidad de diferencias se representa a la inversa en cada uno de los dos polos, y representa con ello a la vez su relación recíproca. La mercancía es realmente valor de uso; su ser valor aparece solo idealmente en el precio, que la refiere al oro que tiene enfrente como a su figura de valor real. A la inversa, el material áureo solo cuenta como materialización del valor, como dinero. Es, por tanto, realmente valor de cambio. Su valor de uso solo aparece ya idealmente en la serie de las expresiones relativas del valor, en la que se refiere a las mercancías que tiene enfrente como al círculo de sus figuras de uso reales. Estas formas opuestas de las mercancías son las formas reales de movimiento de su proceso de intercambio.

Acompañemos ahora a un poseedor de mercancías cualquiera, nuestro viejo conocido el tejedor de lienzo, por ejemplo, al escenario del proceso de intercambio, al mercado de mercancías. Su mercancía, 20 varas de lienzo, tiene un precio determinado. Su precio es de 2 £. La cambia por 2 £ y, como hombre chapado a la antigua, vuelve a cambiar las 2 £ por una biblia familiar del mismo precio. El lienzo, que para él es solo mercancía, portador de valor, se aliena a cambio de oro, su figura de valor, y desde esta figura se vuelve a enajenar a cambio de otra mercancía, la biblia, que como objeto de uso ha de ir a parar a la casa del tejedor y satisfacer allí necesidades de edificación. El proceso de intercambio de la mercancía se lleva a cabo, pues, en dos metamorfosis opuestas y complementarias: transformación de la mercancía en dinero y su reconversión de dinero en mercancía.86 Los momentos de la metamorfosis de la mercancía son a la vez tratos del poseedor de mercancías: venta, intercambio de la mercancía por dinero; compra, intercambio del dinero por mercancía; y unidad de ambos actos: vender para comprar.

Si el tejedor de lienzo examina ahora el resultado final del negocio, posee biblia en lugar de lienzo; en lugar de su mercancía originaria, otra del mismo valor, pero de distinta utilidad. Del mismo modo se apropia de sus demás medios de subsistencia y de producción. Desde su punto de vista, todo el proceso no hace más que mediar el intercambio del producto de su trabajo por producto del trabajo ajeno, el intercambio de productos.

El proceso de intercambio de la mercancía se lleva a cabo, pues, en el siguiente cambio de forma:

Mercancía – Dinero – Mercancía.
M – D – M.87

Por su contenido material, el movimiento es M – M, intercambio de mercancía por mercancía, metabolismo del trabajo social, en cuyo resultado se extingue el proceso mismo.

M – D. Primera metamorfosis de la mercancía, o venta. El salto del valor de la mercancía desde el cuerpo de la mercancía al cuerpo del oro es, como lo he llamado en otro lugar, el salto mortale de la mercancía. Si falla, no es la mercancía la burlada, pero sí su poseedor. La división social del trabajo hace su trabajo tan unilateral como polifacéticas sus necesidades. Precisamente por eso su producto solo le sirve como valor de cambio. Pero solo en el dinero adquiere la forma de equivalente general socialmente válida, y el dinero se encuentra en bolsillo ajeno. Para sacarlo de ahí, la mercancía tiene que ser ante todo valor de uso para el poseedor de dinero; el trabajo gastado en ella tiene, pues, que haberse gastado en forma socialmente útil o acreditarse como miembro de la división social del trabajo. Pero la división del trabajo es un organismo de producción natural y espontáneo cuyos hilos se tejieron y se siguen tejiendo a espaldas de los productores de mercancías. Quizá la mercancía sea producto de un nuevo modo de trabajo que pretende satisfacer una necesidad recién surgida, o que quiere por su cuenta empezar por suscitar una necesidad. Ayer todavía una función entre las muchas funciones de un mismo productor de mercancías, una operación de trabajo particular se desprende quizá hoy de ese conjunto, se independiza y envía, precisamente por ello, su producto parcial al mercado como mercancía independiente. Las circunstancias pueden estar maduras o no para este proceso de separación. El producto satisface hoy una necesidad social. Mañana quizá sea desplazado total o parcialmente de su lugar por una clase de producto similar. Aunque el trabajo, como el de nuestro tejedor de lienzo, sea miembro patentado de la división social del trabajo, con ello no está garantizado en absoluto el valor de uso precisamente de sus 20 varas de lienzo. Si la necesidad social de lienzo —y tiene su medida, como todo lo demás— ya está saciada por tejedores rivales, el producto de nuestro amigo se vuelve excedente, superfluo y, con ello, inútil. A caballo regalado no se le mira el diente, pero él no acude al mercado a hacer regalos. Supongamos, sin embargo, que el valor de uso de su producto se acredita y que, por tanto, la mercancía atrae dinero. Pero entonces se pregunta: ¿cuánto dinero? La respuesta, ciertamente, ya está anticipada en el precio de la mercancía, el exponente de su magnitud de valor. Prescindimos de eventuales errores de cálculo puramente subjetivos del poseedor de mercancías, que en el mercado se corrigen enseguida de manera objetiva. Supongamos que solo ha gastado en su producto el promedio socialmente necesario de tiempo de trabajo. El precio de la mercancía no es, pues, más que el nombre monetario de la cantidad de trabajo social objetivada en ella. Pero sin permiso y a espaldas de nuestro tejedor de lienzo, las condiciones de producción del tejido de lienzo, garantizadas desde antiguo, entraron en fermentación. Lo que ayer era sin duda tiempo de trabajo socialmente necesario para producir una vara de lienzo deja hoy de serlo, como el poseedor de dinero demuestra con el mayor celo a partir de las cotizaciones de precios de diversos rivales de nuestro amigo. Para su desgracia, hay muchos tejedores en el mundo. Supongamos, por último, que cada pieza de lienzo que hay en el mercado solo contiene tiempo de trabajo socialmente necesario. Aun así, la suma total de esas piezas puede contener tiempo de trabajo gastado en exceso. Si el estómago del mercado no puede absorber la cantidad total de lienzo al precio normal de 2 chelines la vara, ello prueba que se ha gastado en forma de tejido de lienzo una parte demasiado grande del tiempo de trabajo social total. El efecto es el mismo que si cada tejedor de lienzo hubiera empleado en su producto individual más tiempo de trabajo que el socialmente necesario. Aquí rige aquello de: juntos los cogieron, juntos los colgaron. Todo el lienzo que hay en el mercado solo cuenta como un único artículo comercial, y cada pieza solo como parte alícuota de él. Y, de hecho, el valor de cada vara individual no es más que la materialización de la misma cantidad, socialmente determinada, de trabajo humano de la misma clase.

Se ve que la mercancía ama al dinero, pero «the course of true love never does run smooth».88 Tan natural y espontáneamente casual como la articulación cualitativa del organismo social de producción, que representa sus membra disjecta en el sistema de la división del trabajo, es su articulación cuantitativa. Nuestros poseedores de mercancías descubren, pues, que la misma división del trabajo que los convierte en productores privados independientes vuelve independientes de ellos mismos el proceso social de producción y sus relaciones en ese proceso, y que la independencia de las personas entre sí se complementa con un sistema de dependencia material omnilateral.

La división del trabajo convierte el producto del trabajo en mercancía y hace con ello necesaria su transformación en dinero. Al mismo tiempo, hace casual que esta transustanciación salga bien. Pero aquí hay que considerar el fenómeno en estado puro y, por tanto, presuponer su desarrollo normal. Por lo demás, si el proceso se produce, es decir, si la mercancía no es invendible, siempre tiene lugar su cambio de forma, aunque de manera anómala en ese cambio de forma pueda perderse o añadirse sustancia: magnitud de valor.

A un poseedor de mercancías el oro le sustituye su mercancía, y al otro la mercancía le sustituye su oro. El fenómeno palpable es el cambio de manos o de lugar de la mercancía y el oro, de 20 varas de lienzo y 2 £, es decir, su intercambio. Pero ¿por qué se cambia la mercancía? Por su propia figura de valor general. ¿Y el oro? Por una figura particular de su valor de uso. ¿Por qué se enfrenta el oro al lienzo como dinero? Porque su precio de 2 £, o su nombre monetario, la refiere ya al oro como dinero. La alienación de la forma originaria de la mercancía se lleva a cabo mediante la enajenación de la mercancía, es decir, en el momento en que su valor de uso atrae realmente el oro solo representado en su precio. La realización del precio, o de la forma de valor solo ideal de la mercancía, es, pues, a la vez, a la inversa, realización del valor de uso solo ideal del dinero; la transformación de mercancía en dinero es a la vez transformación de dinero en mercancía. El proceso único es un proceso bilateral: desde el polo del poseedor de mercancías, venta; desde el polo opuesto, el del poseedor de dinero, compra. O la venta es compra, M – D es a la vez D – M.89

Hasta ahora no conocemos otra relación económica entre los hombres que la de poseedores de mercancías, una relación en la que solo se apropian del producto del trabajo ajeno alienando el propio. Un poseedor de mercancías solo puede, pues, enfrentarse al otro como poseedor de dinero, bien porque su producto del trabajo posee por naturaleza la forma de dinero, es decir, es material dinerario, oro, etc., bien porque su propia mercancía ya ha mudado de piel y se ha despojado de su forma de uso originaria. Para funcionar como dinero, el oro tiene que entrar, naturalmente, en algún punto en el mercado de mercancías. Este punto se encuentra en su fuente de producción, donde se intercambia, como producto inmediato del trabajo, por otro producto del trabajo del mismo valor. Pero desde ese momento representa constantemente precios de mercancías realizados.90 Prescindiendo del intercambio del oro por mercancía en su fuente de producción, el oro, en manos de cualquier poseedor de mercancías, es la figura alienada de su mercancía enajenada, producto de la venta o de la primera metamorfosis de la mercancía, M – D.91 El oro se convirtió en dinero ideal o medida de los valores porque todas las mercancías medían en él sus valores y hacían así de él lo contrario representado de su figura de uso, su figura de valor. Se convierte en dinero real porque las mercancías, mediante su enajenación omnilateral, hacen de él su figura de uso realmente alienada o transformada y, por tanto, su figura de valor real. En su figura de valor, la mercancía se despoja de toda huella de su valor de uso natural y del trabajo útil particular al que debe su origen, para crisalidarse en la materialización social uniforme de trabajo humano indiferenciado. Al dinero no se le nota, por tanto, de qué ralea es la mercancía transformada en él. Una, en su forma de dinero, tiene exactamente el mismo aspecto que otra. El dinero puede ser, pues, basura, aunque la basura no sea dinero. Supongamos que los dos soberanos de oro por los que nuestro tejedor enajena su mercancía son la figura transformada de un quarter de trigo. La venta del lienzo, M – D, es a la vez su compra, D – M. Pero como venta del lienzo, este proceso inicia un movimiento que termina con su contrario, con la compra de la biblia; como compra del lienzo, termina un movimiento que empezó con su contrario, con la venta del trigo. M – D (lienzo - dinero), esta primera fase de M – D – M (lienzo - dinero - biblia), es a la vez D – M (dinero - lienzo), la última fase de otro movimiento M – D – M (trigo - dinero - lienzo). La primera metamorfosis de una mercancía, su transformación de la forma de mercancía en dinero, es siempre a la vez la segunda metamorfosis, opuesta, de otra mercancía, su reconversión de la forma de dinero en mercancía.92

D – M. Segunda metamorfosis, o metamorfosis final, de la mercancía: compra. Como figura alienada de todas las demás mercancías, o producto de su enajenación general, el dinero es la mercancía absolutamente enajenable. Lee todos los precios al revés y se refleja así en todos los cuerpos de las mercancías como en el material que se entrega para su propio devenir mercancía. Al mismo tiempo, los precios, las miradas amorosas con que le hacen guiños las mercancías, muestran el límite de su capacidad de transformación, a saber, su propia cantidad. Como la mercancía desaparece al convertirse en dinero, al dinero no se le nota cómo ha llegado a manos de su poseedor ni qué se ha transformado en él. Non olet, sea cual sea su origen. Si por un lado representa mercancía vendida, por otro representa mercancía comprable.93

D – M, la compra, es a la vez venta, M – D; la última metamorfosis de una mercancía es, pues, a la vez la primera metamorfosis de otra. Para nuestro tejedor de lienzo, la vida de su mercancía termina con la biblia, en la que ha reconvertido las 2 £. Pero el vendedor de la biblia convierte en aguardiente de grano las 2 £ que le ha dado el tejedor. D – M, la fase final de M – D – M (lienzo - dinero - biblia), es a la vez M – D, la primera fase de M – D – M (biblia - dinero - aguardiente). Como el productor de mercancías solo suministra un producto unilateral, a menudo lo vende en grandes cantidades, mientras que sus necesidades polifacéticas le obligan a fraccionar constantemente en numerosas compras el precio realizado o la suma de dinero obtenida. Una venta desemboca, pues, en muchas compras de mercancías distintas. La metamorfosis final de una mercancía forma así una suma de primeras metamorfosis de otras mercancías.

Si consideramos ahora la metamorfosis total de una mercancía, por ejemplo del lienzo, vemos ante todo que consta de dos movimientos opuestos y complementarios, M – D y D – M. Estas dos transformaciones opuestas de la mercancía se llevan a cabo en dos procesos sociales opuestos del poseedor de mercancías y se reflejan en dos caracteres económicos opuestos de este. Como agente de la venta se convierte en vendedor; como agente de la compra, en comprador. Pero así como en cada transformación de la mercancía existen a la vez sus dos formas, la forma de mercancía y la forma de dinero, aunque en polos opuestos, así también al mismo poseedor de mercancías se le enfrenta, cuando es vendedor, otro como comprador y, cuando es comprador, otro como vendedor. Así como la misma mercancía recorre sucesivamente las dos transformaciones inversas, de mercancía se convierte en dinero y de dinero en mercancía, así también el mismo poseedor de mercancías cambia los papeles de vendedor y comprador. No son, pues, caracteres fijos, sino caracteres que, dentro de la circulación de mercancías, cambian constantemente de persona.

La metamorfosis total de una mercancía supone, en su forma más simple, cuatro extremos y tres personae dramatis. Primero, a la mercancía se le enfrenta el dinero como su figura de valor, que, al otro lado, en bolsillo ajeno, posee una realidad material contundente. Así, al poseedor de mercancías se le enfrenta un poseedor de dinero. En cuanto la mercancía se ha transformado en dinero, este se convierte en su forma de equivalente pasajera, cuyo valor de uso o contenido existe, a este lado, en otros cuerpos de mercancías. Como punto final de la primera transformación de la mercancía, el dinero es a la vez punto de partida de la segunda. Así, el vendedor del primer acto se convierte en comprador en el segundo, donde se le enfrenta un tercer poseedor de mercancías como vendedor.94

Las dos fases inversas del movimiento de la metamorfosis de la mercancía forman un ciclo: forma de mercancía, despojo de la forma de mercancía, retorno a la forma de mercancía. Ciertamente, la mercancía misma está aquí determinada de manera opuesta. En el punto de partida es no-valor de uso; en el punto final, valor de uso para su poseedor. Así, el dinero aparece primero como el cristal de valor fijo en que se transforma la mercancía, para disolverse después como su mera forma de equivalente.

Las dos metamorfosis que forman el ciclo de una mercancía forman a la vez las metamorfosis parciales inversas de otras dos mercancías. La misma mercancía (el lienzo) abre la serie de sus propias metamorfosis y cierra la metamorfosis total de otra mercancía (el trigo). Durante su primera transformación, la venta, desempeña en persona estos dos papeles. En cambio, como crisálida de oro, en la que ella misma sigue el camino de toda carne, termina a la vez la primera metamorfosis de una tercera mercancía. El ciclo que describe la serie de metamorfosis de cada mercancía se entrelaza, pues, inextricablemente con los ciclos de otras mercancías. El proceso total se presenta como circulación de mercancías.

La circulación de mercancías se distingue del intercambio directo de productos no solo formalmente, sino esencialmente. Basta con echar una mirada retrospectiva a lo ocurrido. El tejedor de lienzo ha cambiado sin duda lienzo por biblia, mercancía propia por mercancía ajena. Pero este fenómeno solo es verdad para él. El agente de biblias, que prefiere lo caliente a lo fresco, no pensaba en cambiar biblia por lienzo, como tampoco el tejedor sabe que se ha cambiado trigo por su lienzo, etc. La mercancía de B sustituye a la mercancía de A, pero A y B no intercambian recíprocamente sus mercancías. Puede ocurrir, de hecho, que A y B se compren el uno al otro, pero semejante relación particular no está condicionada en absoluto por las relaciones generales de la circulación de mercancías. Por un lado, se ve aquí cómo el intercambio de mercancías rompe los límites individuales y locales del intercambio directo de productos y desarrolla el metabolismo del trabajo humano. Por otro, se desarrolla todo un círculo de conexiones sociales naturales que escapan al control de las personas actuantes. El tejedor solo puede vender lienzo porque el campesino ha vendido trigo; el fogoso solo puede vender la biblia porque el tejedor ha vendido lienzo; el destilador solo puede vender aguardiente porque el otro ya ha vendido el agua de la vida eterna, etc.

Por eso el proceso de circulación tampoco se extingue, como el intercambio directo de productos, en el cambio de lugar o de manos de los valores de uso. El dinero no desaparece porque finalmente salga de la serie de metamorfosis de una mercancía. Se precipita siempre en un lugar de la circulación desalojado por las mercancías. Por ejemplo, en la metamorfosis total del lienzo: lienzo - dinero - biblia, primero sale el lienzo de la circulación y el dinero ocupa su lugar; después sale la biblia de la circulación y el dinero ocupa su lugar. La sustitución de mercancía por mercancía deja a la vez la mercancía dineraria en una tercera mano.95 La circulación exuda constantemente dinero.

Nada puede ser más necio que el dogma según el cual la circulación de mercancías implica un equilibrio necesario entre ventas y compras, porque toda venta es compra, y vice versa. Si esto significa que el número de las ventas efectivamente realizadas es igual al mismo número de compras, es una tautología trivial. Pero lo que pretende probar es que el vendedor lleva consigo al mercado a su propio comprador. Venta y compra son un acto idéntico como relación recíproca entre dos personas polarmente opuestas, el poseedor de mercancías y el poseedor de dinero. Forman dos actos polarmente opuestos como acciones de la misma persona. La identidad de venta y compra implica, pues, que la mercancía se vuelve inútil si, arrojada a la retorta alquímica de la circulación, no sale de ella como dinero, si su poseedor no la vende y, por tanto, el poseedor de dinero no la compra. Esa identidad implica además que el proceso, si sale bien, forma un punto de reposo, un periodo de la vida de la mercancía que puede durar más o menos. Como la primera metamorfosis de la mercancía es a la vez venta y compra, este proceso parcial es a la vez un proceso independiente. El comprador tiene la mercancía; el vendedor tiene el dinero, es decir, una mercancía que conserva una forma apta para circular, ya vuelva a aparecer en el mercado antes o después. Nadie puede vender sin que otro compre. Pero nadie necesita comprar inmediatamente por haber vendido. La circulación rompe los límites temporales, locales e individuales del intercambio de productos precisamente porque escinde en la oposición de venta y compra la identidad inmediata que existe en este último entre la entrega del producto del trabajo propio y la obtención del ajeno. Que los procesos que se enfrentan como independientes formen una unidad interna significa igualmente que su unidad interna se mueve en oposiciones externas. Si la independización externa de lo que internamente no es independiente, por ser mutuamente complementario, avanza hasta cierto punto, la unidad se impone violentamente mediante una... crisis. La oposición inmanente a la mercancía entre valor de uso y valor, entre trabajo privado que a la vez tiene que representarse como trabajo inmediatamente social, entre trabajo concreto particular que a la vez solo cuenta como trabajo abstracto general, entre personificación de la cosa y cosificación de las personas, esta contradicción inmanente adquiere en las oposiciones de la metamorfosis de la mercancía sus formas de movimiento desarrolladas. Estas formas implican, pues, la posibilidad, pero solo la posibilidad, de las crisis. El desarrollo de esta posibilidad hasta la realidad requiere todo un conjunto de relaciones que, desde el punto de vista de la circulación simple de mercancías, aún no existen en absoluto.96

Como mediador de la circulación de mercancías, el dinero adquiere la función de medio de circulación.

b) El curso del dinero

El cambio de forma en el que se lleva a cabo el metabolismo de los productos del trabajo, M – D – M, implica que el mismo valor forme como mercancía el punto de partida del proceso y vuelva como mercancía al mismo punto. Este movimiento de las mercancías es, pues, un ciclo. Por otra parte, la misma forma excluye el ciclo del dinero. Su resultado es el alejamiento constante del dinero respecto de su punto de partida, no el retorno a él. Mientras el vendedor retiene la figura transformada de su mercancía, el dinero, la mercancía se encuentra en el estadio de la primera metamorfosis, o solo ha recorrido su primera mitad de circulación. Cuando se completa el proceso, vender para comprar, también el dinero se ha alejado de nuevo de la mano de su poseedor originario. Ciertamente, si el tejedor de lienzo, después de haber comprado la biblia, vende de nuevo lienzo, también el dinero vuelve a su mano. Pero no vuelve por la circulación de las primeras 20 varas de lienzo, por la que más bien se ha alejado de las manos del tejedor para ir a las del vendedor de biblias. Solo vuelve por la renovación o repetición del mismo proceso de circulación para una nueva mercancía, y termina aquí como allí con el mismo resultado. La forma de movimiento que la circulación de mercancías imprime inmediatamente al dinero es, pues, su alejamiento constante del punto de partida, su paso de la mano de un poseedor de mercancías a la de otro, o su curso (currency, cours de la monnaie).

El curso del dinero muestra la repetición constante y monótona del mismo proceso. La mercancía está siempre del lado del vendedor; el dinero, siempre del lado del comprador, como medio de compra. Funciona como medio de compra al realizar el precio de la mercancía. Al realizarlo, transfiere la mercancía de la mano del vendedor a la del comprador, mientras él mismo se aleja a la vez de la mano del comprador hacia la del vendedor, para repetir el mismo proceso con otra mercancía. Que esta forma unilateral del movimiento del dinero nazca del movimiento formal bilateral de la mercancía queda velado. La naturaleza misma de la circulación de mercancías engendra la apariencia contraria. La primera metamorfosis de la mercancía es visible no solo como movimiento del dinero, sino como su propio movimiento; pero su segunda metamorfosis solo es visible como movimiento del dinero. En su primera mitad de circulación, la mercancía cambia de lugar con el dinero. Con ello, su figura de uso sale a la vez de la circulación y pasa al consumo.97 Su figura de valor, o larva de dinero, ocupa su lugar. La segunda mitad de la circulación ya no la recorre en su propia piel natural, sino en su piel de oro. La continuidad del movimiento recae así enteramente del lado del dinero, y el mismo movimiento que para la mercancía encierra dos procesos opuestos encierra siempre, como movimiento propio del dinero, el mismo proceso: su cambio de lugar con mercancías siempre distintas. El resultado de la circulación de mercancías, la sustitución de una mercancía por otra, no aparece, pues, mediado por su propio cambio de forma, sino por la función del dinero como medio de circulación, que hace circular las mercancías, inmóviles en sí y para sí, transfiriéndolas de la mano en la que son no-valores de uso a la mano en la que son valores de uso, siempre en dirección opuesta a su propio curso. Aleja constantemente las mercancías de la esfera de la circulación al ocupar constantemente su lugar en la circulación, alejándose así de su propio punto de partida. Por eso, aunque el movimiento del dinero no es más que la expresión de la circulación de mercancías, la circulación de mercancías aparece, a la inversa, como mero resultado del movimiento del dinero.98

Por otra parte, al dinero solo le corresponde la función de medio de circulación porque es el valor autonomizado de las mercancías. Su movimiento como medio de circulación no es, pues, de hecho, más que el movimiento formal de estas. Por eso este tiene que reflejarse también sensiblemente en el curso del dinero. Así, por ejemplo, el lienzo transforma primero su forma de mercancía en su forma de dinero. El último extremo de su primera metamorfosis, M – D, la forma de dinero, se convierte después en el primer extremo de su última metamorfosis, D – M, su reconversión en la biblia. Pero cada uno de estos dos cambios de forma se lleva a cabo mediante un intercambio entre mercancía y dinero, mediante su cambio de lugar recíproco. Las mismas piezas de dinero llegan a la mano del vendedor como figura alienada de la mercancía y la abandonan como figura absolutamente enajenable de la mercancía. Cambian de lugar dos veces. La primera metamorfosis del lienzo lleva estas piezas de dinero al bolsillo del tejedor; la segunda vuelve a sacarlas. Los dos cambios de forma opuestos de la misma mercancía se reflejan, pues, en el doble cambio de lugar del dinero en dirección opuesta.

Si, en cambio, solo tienen lugar metamorfosis unilaterales de las mercancías, simples ventas o simples compras, como se quiera, el mismo dinero solo cambia también una vez de lugar. Su segundo cambio de lugar expresa siempre la segunda metamorfosis de la mercancía, su reconversión desde el dinero. En la frecuente repetición del cambio de lugar de las mismas piezas de dinero se refleja no solo la serie de metamorfosis de una sola mercancía, sino también el entrelazamiento de las innumerables metamorfosis del mundo de las mercancías en general. Por lo demás, se entiende por sí solo que todo esto solo vale para la forma de la circulación simple de mercancías que aquí se considera.

Toda mercancía, en su primer paso en la circulación, en su primer cambio de forma, sale de la circulación, en la que entra constantemente mercancía nueva. El dinero, en cambio, como medio de circulación, habita constantemente en la esfera de la circulación y se mueve constantemente en ella. Surge, pues, la pregunta de cuánto dinero absorbe constantemente esta esfera.

En un país tienen lugar cada día numerosas metamorfosis unilaterales de mercancías, simultáneas y, por tanto, paralelas en el espacio; en otras palabras, simples ventas por un lado y simples compras por otro. En sus precios, las mercancías ya están equiparadas a determinadas cantidades representadas de dinero. Ahora bien, como la forma inmediata de circulación que aquí se considera enfrenta siempre corporalmente la mercancía y el dinero, la una en el polo de la venta y el otro en el polo opuesto de la compra, la masa de medios de circulación que requiere el proceso de circulación del mundo de las mercancías ya está determinada por la suma de los precios de las mercancías. De hecho, el dinero no hace más que representar realmente la suma de oro ya expresada idealmente en la suma de los precios de las mercancías. La igualdad de estas sumas se entiende, pues, por sí sola. Sabemos, sin embargo, que, permaneciendo iguales los valores de las mercancías, sus precios cambian con el valor del oro (del material dinerario) mismo: suben proporcionalmente cuando este cae y caen cuando sube. Suba o caiga así la suma de los precios de las mercancías, la masa del dinero circulante tiene que subir o caer en la misma medida. El cambio en la masa de los medios de circulación nace aquí, ciertamente, del dinero mismo, pero no de su función de medio de circulación, sino de su función de medida del valor. El precio de las mercancías cambia primero en razón inversa al valor del dinero, y después la masa de los medios de circulación cambia en razón directa al precio de las mercancías. Exactamente el mismo fenómeno se produciría si, por ejemplo, no cayera el valor del oro, sino que la plata lo sustituyera como medida del valor, o si no subiera el valor de la plata, sino que el oro la desplazara de la función de medida del valor. En un caso tendría que circular más plata que antes oro; en el otro, menos oro que antes plata. En ambos casos habría cambiado el valor del material dinerario, es decir, de la mercancía que funciona como medida de los valores; por tanto, la expresión en precios de los valores de las mercancías; por tanto, la masa del dinero circulante que sirve para realizar esos precios. Se ha visto que la esfera de circulación de las mercancías tiene un agujero por el que el oro (la plata, en suma, el material dinerario) entra en ella como mercancía de valor dado. Este valor está presupuesto en la función del dinero como medida del valor, es decir, en la determinación de los precios. Si cae, por ejemplo, el valor de la medida del valor misma, esto aparece primero en el cambio de precio de las mercancías que se intercambian directamente con los metales preciosos, como mercancías, en sus fuentes de producción. Sobre todo en estados menos desarrollados de la sociedad burguesa, gran parte de las demás mercancías seguirá tasándose aún durante bastante tiempo según el valor, ya ilusorio y anticuado, de la medida del valor. Pero una mercancía contagia a otra mediante su relación de valor con ella; los precios en oro o en plata de las mercancías se igualan poco a poco en las proporciones determinadas por sus propios valores, hasta que finalmente todos los valores de las mercancías se tasan conforme al nuevo valor del metal dinerario. Este proceso de igualación va acompañado del aumento continuo de los metales preciosos, que afluyen en sustitución de las mercancías intercambiadas directamente por ellos. En la misma medida, pues, en que se generaliza la nueva fijación de precios rectificada de las mercancías, o en que sus valores se tasan conforme al nuevo valor del metal, caído y que hasta cierto punto sigue cayendo, existe ya también la masa adicional de este necesaria para realizarlos. Una observación unilateral de los hechos que siguieron al descubrimiento de las nuevas fuentes de oro y plata llevó en el siglo XVII, y sobre todo en el XVIII, a la falsa conclusión de que los precios de las mercancías habían subido porque funcionaban como medios de circulación más oro y más plata. En lo que sigue se presupone dado el valor del oro, como lo está de hecho en el momento de la tasación de los precios.

Bajo este supuesto, pues, la masa de los medios de circulación está determinada por la suma de los precios de las mercancías que hay que realizar. Si suponemos además dado el precio de cada clase de mercancía, la suma de los precios de las mercancías depende evidentemente de la masa de mercancías que se encuentra en circulación. No hace falta romperse mucho la cabeza para comprender que, si 1 quarter de trigo cuesta 2 £, 100 quarters 200 £, 200 quarters 400 £, etc., la masa de dinero que cambia de lugar con el trigo en su venta tiene que crecer con la masa del trigo.

Supuesta dada la masa de mercancías, la masa del dinero circulante sube y baja con las oscilaciones de los precios de las mercancías. Sube y cae porque la suma de los precios de las mercancías aumenta o disminuye a consecuencia de su cambio de precio. Para ello no es necesario en absoluto que los precios de todas las mercancías suban o caigan a la vez. La subida de precio de cierto número de artículos principales en un caso, o su bajada en el otro, basta para elevar o reducir la suma de los precios a realizar de todas las mercancías circulantes y, por tanto, para poner en circulación más o menos dinero. Refleje el cambio de precio de las mercancías cambios de valor reales o meras oscilaciones de los precios de mercado, el efecto sobre la masa de los medios de circulación es el mismo.

Supongamos dado un número de ventas o metamorfosis parciales inconexas, simultáneas y, por tanto, paralelas en el espacio, por ejemplo de 1 quarter de trigo, 20 varas de lienzo, 1 biblia y 4 galones de aguardiente de grano. Si el precio de cada artículo es de 2 £ y la suma de precios a realizar es, por tanto, de 8 £, tiene que entrar en la circulación una masa de dinero de 8 £. Si, en cambio, las mismas mercancías forman eslabones de la serie de metamorfosis que ya conocemos: 1 quarter de trigo - 2 £ - 20 varas de lienzo - 2 £ - 1 biblia - 2 £ - 4 galones de aguardiente de grano - 2 £, las 2 £ hacen circular una tras otra las diversas mercancías, realizando sucesivamente sus precios y, por tanto, también la suma de precios de 8 £, para acabar reposando en la mano del destilador. Efectúan cuatro rotaciones. Este cambio de lugar repetido de las mismas piezas de dinero representa el doble cambio de forma de la mercancía, su movimiento a través de dos estadios opuestos de la circulación y el entrelazamiento de las metamorfosis de distintas mercancías.99 Las fases opuestas y complementarias por las que transcurre este proceso no pueden coincidir en paralelo en el espacio, sino solo sucederse en el tiempo. Por eso son periodos de tiempo los que forman la medida de su duración, o el número de rotaciones de las mismas piezas de dinero en un tiempo dado mide la velocidad del curso del dinero. Supongamos que el proceso de circulación de aquellas cuatro mercancías dura, por ejemplo, un día. La suma de precios a realizar asciende entonces a 8 £, el número de rotaciones de las mismas piezas de dinero durante el día, a 4, y la masa del dinero circulante, a 2 £; o, para un periodo dado del proceso de circulación:
(suma de los precios de las mercancías)/(número de rotaciones de las piezas de dinero del mismo nombre) = masa del dinero que funciona como medio de circulación. Esta ley es de validez general. El proceso de circulación de un país en un periodo dado comprende, ciertamente, por un lado, muchas ventas (o compras) o metamorfosis parciales dispersas, simultáneas y paralelas en el espacio, en las que las mismas piezas de dinero solo cambian una vez de lugar o solo efectúan una rotación, y, por otro, muchas series de metamorfosis, unas paralelas y otras entrelazadas, con más o menos eslabones, en las que las mismas piezas de dinero recorren más o menos rotaciones. Pero el número total de rotaciones de todas las piezas de dinero del mismo nombre que se encuentran en circulación da el número medio de rotaciones de cada pieza, o la velocidad media del curso del dinero. La masa de dinero que se lanza, por ejemplo, al comienzo del proceso diario de circulación está determinada, naturalmente, por la suma de los precios de las mercancías que circulan simultáneamente y en paralelo en el espacio. Pero dentro del proceso, una pieza de dinero se hace, por así decirlo, responsable de la otra. Si una acelera su velocidad de curso, la de la otra se ralentiza, o sale volando por completo de la esfera de la circulación, puesto que esta solo puede absorber una masa de oro que, multiplicada por el número medio de rotaciones de su elemento individual, sea igual a la suma de precios a realizar. Por eso, si crece el número de rotaciones de las piezas de dinero, disminuye su masa circulante. Si disminuye el número de sus rotaciones, crece su masa. Como, dada la velocidad media, está dada la masa del dinero que puede funcionar como medio de circulación, basta, por ejemplo, con lanzar a la circulación una cantidad determinada de billetes de una libra para sacar de ella otros tantos soberanos, artimaña bien conocida de todos los bancos.

Así como en el curso del dinero en general solo se manifiesta el proceso de circulación de las mercancías, es decir, su ciclo a través de metamorfosis opuestas, en la velocidad del curso del dinero se manifiesta la velocidad de su cambio de forma, el engranaje continuo de las series de metamorfosis, la prisa del metabolismo, la rápida desaparición de las mercancías de la esfera de la circulación y su no menos rápida sustitución por mercancías nuevas. En la velocidad del curso del dinero se manifiesta, pues, la unidad fluida de las fases opuestas y complementarias, transformación de la figura de uso en figura de valor y reconversión de la figura de valor en figura de uso, o de los dos procesos de venta y compra. A la inversa, en la ralentización del curso del dinero se manifiesta la separación y la independización antagónica de estos procesos, el estancamiento del cambio de forma y, por tanto, del metabolismo. De dónde nace este estancamiento no se nota, naturalmente, en la circulación misma. Esta solo muestra el fenómeno mismo. A la concepción popular, que con la ralentización del curso del dinero ve aparecer y desaparecer el dinero con menos frecuencia en todos los puntos de la periferia de la circulación, le resulta fácil explicar el fenómeno por una cantidad insuficiente de medios de circulación.100

La cantidad total del dinero que funciona como medio de circulación en cada periodo está determinada, pues, por un lado, por la suma de los precios del mundo de las mercancías en circulación y, por otro, por el flujo más lento o más rápido de sus procesos de circulación opuestos, del que depende qué fracción de aquella suma de precios pueden realizar las mismas piezas de dinero. Pero la suma de los precios de las mercancías depende tanto de la masa como de los precios de cada clase de mercancía. Ahora bien, los tres factores —el movimiento de los precios, la masa de mercancías en circulación y, por último, la velocidad del curso del dinero— pueden cambiar en distinto sentido y en distintas proporciones, de modo que la suma de precios a realizar y, por tanto, la masa de medios de circulación que depende de ella pueden pasar por muy numerosas combinaciones. Aquí enumeramos solo las más importantes en la historia de los precios de las mercancías.

Con precios de las mercancías constantes, la masa de los medios de circulación puede crecer porque aumente la masa de las mercancías circulantes, o porque disminuya la velocidad del curso del dinero, o porque ambas cosas actúen juntas. A la inversa, la masa de los medios de circulación puede disminuir si disminuye la masa de mercancías o aumenta la velocidad de circulación.

Con precios de las mercancías en alza general, la masa de los medios de circulación puede permanecer igual si la masa de las mercancías circulantes disminuye en la misma proporción en que aumenta su precio, o si la velocidad del curso del dinero aumenta tan deprisa como la subida de los precios, mientras la masa de mercancías circulante permanece constante. La masa de los medios de circulación puede caer si la masa de mercancías disminuye, o la velocidad del curso aumenta, más deprisa que los precios.

Con precios de las mercancías en baja general, la masa de los medios de circulación puede permanecer igual si la masa de mercancías crece en la misma proporción en que cae su precio, o si la velocidad del curso del dinero disminuye en la misma proporción que los precios. Puede crecer si la masa de mercancías crece, o la velocidad de circulación disminuye, más deprisa de lo que caen los precios de las mercancías.

Las variaciones de los distintos factores pueden compensarse recíprocamente, de modo que, a pesar de su constante inestabilidad, la suma total de los precios de las mercancías a realizar permanezca constante y, por tanto, también la masa de dinero circulante. Por eso, sobre todo si se consideran periodos algo largos, se encuentra un nivel medio de la masa de dinero circulante en cada país mucho más constante de lo que cabría esperar a simple vista y, salvo fuertes perturbaciones que nacen periódicamente de las crisis de producción y comerciales, y con menos frecuencia de un cambio en el valor mismo del dinero, desviaciones mucho menores respecto de ese nivel medio.

La ley según la cual la cantidad de los medios de circulación está determinada por la suma de los precios de las mercancías circulantes y por la velocidad media del curso del dinero101 puede expresarse también diciendo que, dada la suma de valor de las mercancías y dada la velocidad media de sus metamorfosis, la cantidad del dinero en curso o del material dinerario depende de su propio valor. La ilusión de que, a la inversa, los precios de las mercancías están determinados por la masa de los medios de circulación, y esta, a su vez, por la masa del material dinerario existente en un país102, tiene sus raíces, en sus representantes originarios, en la absurda hipótesis de que las mercancías entran en el proceso de circulación sin precio y el dinero sin valor, y de que allí una parte alícuota de la papilla de mercancías se intercambia después por una parte alícuota de la montaña de metal.103

c) La moneda. El signo de valor

De la función del dinero como medio de circulación nace su figura de moneda. La parte de peso de oro representada en el precio o nombre monetario de las mercancías tiene que enfrentárseles en la circulación como pieza de oro del mismo nombre, o moneda. Como la fijación del patrón de los precios, la tarea de acuñar recae en el Estado. En los distintos uniformes nacionales que llevan el oro y la plata como monedas, y de los que vuelven a despojarse en el mercado mundial, se manifiesta la separación entre las esferas internas o nacionales de la circulación de mercancías y su esfera general del mercado mundial.

La moneda de oro y el oro en barras solo se distinguen, pues, de entrada por la figura, y el oro es constantemente convertible de una forma en otra.104 Pero el camino que sale de la ceca es a la vez el que lleva al crisol. En el curso, en efecto, las monedas de oro se desgastan, unas más y otras menos. Título y sustancia del oro, contenido nominal y contenido real, inician su proceso de separación. Monedas de oro del mismo nombre pasan a tener valor desigual, porque tienen peso distinto. El oro como medio de circulación se desvía del oro como patrón de los precios y deja con ello también de ser verdadero equivalente de las mercancías cuyos precios realiza. La historia de estas confusiones constituye la historia monetaria de la Edad Media y de la Edad Moderna hasta el siglo XVIII. La tendencia natural y espontánea del proceso de circulación a convertir el ser oro de la moneda en apariencia de oro, o la moneda en un símbolo de su contenido metálico oficial, está reconocida incluso por las leyes más modernas sobre el grado de pérdida de metal que deja a una pieza de oro sin curso legal o la desmonetiza.

Si el curso del dinero mismo separa el contenido real del contenido nominal de la moneda, su existencia metálica de su existencia funcional, encierra latente la posibilidad de sustituir el dinero metálico, en su función de moneda, por fichas de otro material o por símbolos. Los obstáculos técnicos para acuñar partes de peso diminutas de oro o de plata, y la circunstancia de que metales inferiores sirvieron originariamente de medida del valor en lugar de los más nobles —la plata en lugar del oro, el cobre en lugar de la plata— y circulan, por tanto, como dinero en el momento en que el metal más noble los destrona, explican históricamente el papel de las fichas de plata y de cobre como sustitutos de la moneda de oro. Sustituyen al oro en los círculos de la circulación de mercancías en los que la moneda circula más deprisa y, por tanto, se desgasta más deprisa, es decir, donde compras y ventas se renuevan sin cesar en la escala más pequeña. Para impedir que estos satélites se instalen en el lugar del oro mismo, la ley determina las proporciones, muy bajas, en las que hay que aceptarlos obligatoriamente como pago en lugar del oro. Los círculos particulares en los que circulan las distintas clases de moneda se entrecruzan, naturalmente. La moneda fraccionaria aparece junto al oro para pagar fracciones de la moneda de oro más pequeña; el oro entra constantemente en la circulación al por menor, pero es expulsado de ella con la misma constancia al cambiarse por moneda fraccionaria.105

El contenido metálico de las fichas de plata o de cobre lo determina arbitrariamente la ley. En el curso se desgastan aún más deprisa que la moneda de oro. Su función de moneda se vuelve, pues, de hecho, completamente independiente de su peso, es decir, de todo valor. La existencia del oro como moneda se separa por completo de su sustancia de valor. Cosas relativamente carentes de valor, billetes de papel, pueden, por tanto, funcionar como moneda en su lugar. En las fichas dinerarias metálicas, el carácter puramente simbólico está todavía en cierta medida oculto. En el papel moneda sale a la luz a ojos vistas. Se ve: ce n'est que le premier pas qui coûte.106

Aquí solo se trata del papel moneda del Estado con curso forzoso. Este surge directamente de la circulación metálica. El dinero crediticio, en cambio, presupone relaciones que, desde el punto de vista de la circulación simple de mercancías, nos son aún completamente desconocidas. Sea dicho de pasada, sin embargo, que así como el papel moneda propiamente dicho nace de la función del dinero como medio de circulación, el dinero crediticio tiene su raíz natural y espontánea en la función del dinero como medio de pago.107

El Estado lanza desde fuera al proceso de circulación billetes de papel en los que van impresos nombres monetarios como 1 £, 5 £, etc. En la medida en que circulan realmente en lugar de la suma de oro del mismo nombre, en su movimiento solo se reflejan las leyes del curso del dinero mismo. Una ley específica de la circulación de papel solo puede nacer de su relación de representación con el oro. Y esta ley es sencillamente que la emisión de papel moneda tiene que limitarse a la cantidad en que tendría que circular realmente el oro (o la plata) que simbólicamente representa. Ahora bien, la cantidad de oro que puede absorber la esfera de la circulación oscila constantemente por encima o por debajo de cierto nivel medio. Sin embargo, la masa del medio circulante en un país dado nunca baja de cierto mínimo, que se establece por la experiencia. Que esta masa mínima cambie continuamente de componentes, es decir, que conste siempre de piezas de oro distintas, no altera naturalmente en nada su volumen ni su constante circular en la esfera de la circulación. Por eso puede sustituirse por símbolos de papel. Si, en cambio, se llenan hoy de papel moneda todos los canales de la circulación hasta el grado máximo de su capacidad de absorber dinero, mañana pueden estar rebosantes a consecuencia de las oscilaciones de la circulación de mercancías. Se pierde toda medida. Pero si el papel rebasa su medida, es decir, la cantidad de moneda de oro de la misma denominación que podría circular, entonces, prescindiendo del peligro del descrédito general, dentro del mundo de las mercancías sigue representando solo la cantidad de oro determinada por sus leyes inmanentes y, por tanto, la única representable. Si la masa de billetes de papel representa, por ejemplo, 2 onzas de oro por cada una en vez de 1 onza, 1 £, por ejemplo, se convierte de hecho en el nombre monetario de, digamos, ⅛ de onza en vez de ¼ de onza. El efecto es el mismo que si se hubiera alterado el oro en su función de medida de los precios. Los mismos valores que antes se expresaban en el precio de 1 £ se expresan ahora, por tanto, en el precio de 2 £.

El papel moneda es signo de oro o signo de dinero. Su relación con los valores de las mercancías consiste solo en que estos están expresados idealmente en las mismas cantidades de oro que el papel representa simbólica y sensiblemente. Solo en la medida en que el papel moneda representa cantidades de oro, que, como todas las demás cantidades de mercancía, son también cantidades de valor, es signo de valor.108

Se pregunta, por último, por qué el oro puede ser sustituido por simples signos de sí mismo carentes de valor. Pero, como se ha visto, solo es sustituible así en la medida en que se aísla o se autonomiza en su función de moneda o de medio de circulación. Ahora bien, la autonomización de esta función no tiene lugar, ciertamente, para las monedas de oro individuales, aunque se manifieste en que siguen circulando piezas de oro desgastadas. Las piezas de oro solo son mera moneda o medio de circulación mientras se encuentran realmente en curso. Pero lo que no vale para la moneda de oro individual vale para la masa mínima de oro sustituible por papel moneda. Esta habita constantemente en la esfera de la circulación, funciona continuamente como medio de circulación y existe, por tanto, exclusivamente como portadora de esta función. Su movimiento no representa, pues, más que la conversión continua de los procesos opuestos de la metamorfosis de las mercancías, M – D – M, en la que a la mercancía solo se le enfrenta su figura de valor para volver a desaparecer enseguida. La representación autónoma del valor de cambio de la mercancía es aquí solo un momento fugaz. Enseguida es sustituida de nuevo por otra mercancía. Por eso basta también la existencia meramente simbólica del dinero en un proceso que lo aleja constantemente de una mano a otra. Su existencia funcional absorbe, por así decirlo, su existencia material. Reflejo evanescentemente objetivado de los precios de las mercancías, ya solo funciona como signo de sí mismo y puede, por tanto, ser sustituido también por signos.109 Solo que el signo del dinero necesita su propia validez objetivamente social, y esta la recibe el símbolo de papel mediante el curso forzoso. Esta coacción estatal solo rige dentro de la esfera de circulación interna, la circunscrita por los límites de una comunidad, pero también es solo aquí donde el dinero se resuelve por completo en su función de medio de circulación o de moneda y puede, por tanto, adquirir en el papel moneda un modo de existencia exteriormente separado de su sustancia metálica y meramente funcional.

3. Dinero

La mercancía que funciona como medida del valor y, por tanto, también, en persona o por medio de representantes, como medio de circulación es dinero. El oro (o la plata) es, pues, dinero. Funciona como dinero, por un lado, allí donde tiene que aparecer en su corporeidad áurea (o argéntea), es decir, como mercancía dineraria, ni de manera meramente ideal, como en la medida del valor, ni susceptible de representación, como en el medio de circulación; por otro lado, allí donde su función, ya la lleve a cabo en persona o por medio de representantes, lo fija como figura única del valor, o existencia única adecuada del valor de cambio, frente a todas las demás mercancías como meros valores de uso.

a) Atesoramiento

El ciclo continuo de las dos metamorfosis opuestas de las mercancías, o la conversión fluida de venta y compra, se manifiesta en el curso incesante del dinero, o en su función de perpetuum mobile de la circulación. El dinero queda inmovilizado o, como dice Boisguillebert, se transforma de meuble en immeuble, de moneda en dinero, en cuanto se interrumpe la serie de metamorfosis y la venta no se completa con una compra subsiguiente.

Con el primer desarrollo de la circulación de mercancías misma se desarrollan la necesidad y la pasión de retener el producto de la primera metamorfosis, la figura transformada de la mercancía o su crisálida de oro.110 La mercancía se vende no para comprar mercancía, sino para sustituir la forma de mercancía por la forma de dinero. De mera mediación del metabolismo, este cambio de forma se convierte en fin en sí mismo. Se impide que la figura alienada de la mercancía funcione como su figura absolutamente enajenable o forma de dinero solo pasajera. El dinero se petrifica así en tesoro, y el vendedor de mercancías se convierte en atesorador.

Precisamente en los comienzos de la circulación de mercancías solo se convierte en dinero el excedente de valores de uso. El oro y la plata se convierten así por sí solos en expresiones sociales de la superabundancia o de la riqueza. Esta forma ingenua del atesoramiento se perpetúa en los pueblos en los que al modo de producción tradicional y orientado a la satisfacción de las propias necesidades corresponde un círculo de necesidades firmemente cerrado. Así ocurre entre los asiáticos, sobre todo entre los indios. Vanderlint, que se figura que los precios de las mercancías están determinados por la masa de oro y plata existente en un país, se pregunta por qué son tan baratas las mercancías indias. Respuesta: porque los indios entierran el dinero. De 1602 a 1734, observa, enterraron 150 millones de libras esterlinas en plata, que habían llegado originariamente de América a Europa.111 De 1856 a 1866, es decir, en 10 años, Inglaterra exportó a la India y a China (el metal exportado a China refluye en gran parte a la India) 120 millones de libras esterlinas en plata, que antes se habían cambiado por oro australiano.

Con una producción de mercancías más desarrollada, todo productor de mercancías tiene que asegurarse el nexus rerum112, la «prenda social».113 Sus necesidades se renuevan sin cesar y exigen la compra incesante de mercancía ajena, mientras que la producción y la venta de su propia mercancía cuestan tiempo y dependen del azar. Para comprar sin vender, tiene que haber vendido antes sin comprar. Esta operación, ejecutada a escala general, parece contradecirse a sí misma. En sus fuentes de producción, sin embargo, los metales preciosos se intercambian directamente por otras mercancías. Hay aquí venta (por parte de los poseedores de mercancías) sin compra (por parte de los poseedores de oro y plata).114 Y ventas posteriores sin compras subsiguientes no hacen más que mediar la distribución ulterior de los metales preciosos entre todos los poseedores de mercancías. Así surgen en todos los puntos del tráfico tesoros de oro y plata del más diverso volumen. Con la posibilidad de retener la mercancía como valor de cambio, o el valor de cambio como mercancía, despierta la sed de oro. Con la expansión de la circulación de mercancías crece el poder del dinero, la forma de la riqueza siempre dispuesta, absolutamente social.

«¡El oro es una cosa maravillosa! Quien lo posee es dueño de todo lo que desea. Con el oro se puede incluso hacer que las almas lleguen al paraíso». (Colón, en la carta desde Jamaica, 1503.)

Como al dinero no se le nota qué se ha transformado en él, todo, sea mercancía o no, se transforma en dinero. Todo se vuelve vendible y comprable. La circulación se convierte en la gran retorta social a la que todo va a parar para salir de nuevo como cristal de dinero. A esta alquimia no se resisten ni siquiera los huesos de los santos, y mucho menos otras res sacrosanctae, extra commercium hominum menos burdas.115 Así como en el dinero se ha borrado toda diferencia cualitativa entre las mercancías, él, por su parte, como nivelador radical, borra todas las diferencias.116 Pero el dinero es él mismo mercancía, una cosa exterior que puede convertirse en propiedad privada de cualquiera. El poder social se convierte así en poder privado de la persona privada. Por eso la sociedad antigua lo denuncia como la moneda fraccionaria de su orden económico y moral.117 La sociedad moderna, que ya en sus años de infancia saca a Pluto de los pelos de las entrañas de la tierra118, saluda en el grial de oro la encarnación resplandeciente de su principio vital más propio.

La mercancía como valor de uso satisface una necesidad particular y forma un elemento particular de la riqueza material. Pero el valor de la mercancía mide el grado de su fuerza de atracción sobre todos los elementos de la riqueza material y, por tanto, la riqueza social de su poseedor. Para el poseedor de mercancías bárbaramente simple, e incluso para un campesino de Europa occidental, el valor es inseparable de la forma de valor, y el aumento del tesoro de oro y plata es, por tanto, aumento de valor. Ciertamente, el valor del dinero cambia, ya sea a consecuencia de su propio cambio de valor, ya del cambio de valor de las mercancías. Pero esto no impide, por un lado, que 200 onzas de oro sigan conteniendo más valor que 100, 300 más que 200, etc., ni, por otro, que la forma natural metálica de esta cosa siga siendo la forma de equivalente general de todas las mercancías, la encarnación inmediatamente social de todo trabajo humano. El impulso del atesoramiento es por naturaleza desmedido. Cualitativamente, o por su forma, el dinero no tiene límites, es decir, es representante general de la riqueza material, porque es inmediatamente convertible en cualquier mercancía. Pero al mismo tiempo toda suma real de dinero está cuantitativamente limitada y es, por tanto, solo medio de compra de eficacia limitada. Esta contradicción entre el límite cuantitativo y la ilimitación cualitativa del dinero empuja constantemente al atesorador de nuevo al trabajo de Sísifo de la acumulación. Le ocurre como al conquistador del mundo, que con cada nuevo país no conquista más que una nueva frontera.

Para retener el oro como dinero y, por tanto, como elemento del atesoramiento, hay que impedirle que circule o que se disuelva, como medio de compra, en medios de disfrute. Por eso el atesorador sacrifica al fetiche del oro los placeres de la carne. Se toma en serio el evangelio de la renuncia. Por otra parte, solo puede retirar de la circulación en dinero lo que le da en mercancía. Cuanto más produce, más puede vender. Laboriosidad, ahorro y avaricia forman, pues, sus virtudes cardinales; vender mucho y comprar poco, la suma de su economía política.119

Junto a la forma inmediata del tesoro corre su forma estética, la posesión de objetos de oro y plata. Esta crece con la riqueza de la sociedad burguesa. «Soyons riches ou paraissons riches» (Diderot).120 Se forma así, por una parte, un mercado cada vez más amplio para el oro y la plata, independiente de sus funciones monetarias, y, por otra, una fuente latente de aprovisionamiento de dinero que fluye sobre todo en los periodos de tormenta social.

El atesoramiento cumple diversas funciones en la economía de la circulación metálica. La función más inmediata nace de las condiciones de curso de la moneda de oro o de plata. Se ha visto cómo, con las constantes oscilaciones de la circulación de mercancías en volumen, precios y velocidad, la masa del dinero en curso refluye y afluye sin descanso. Tiene que ser, pues, susceptible de contracción y de expansión. Unas veces hay que atraer dinero como moneda; otras, repeler moneda como dinero. Para que la masa de dinero realmente en curso corresponda siempre al grado de saturación de la esfera de la circulación, la cantidad de oro o de plata existente en un país tiene que ser mayor que la que se encuentra en función de moneda. Esta condición se cumple mediante la forma de tesoro del dinero. Los depósitos del tesoro sirven a la vez de canales de desagüe y de alimentación del dinero circulante, que por eso nunca desborda sus canales de curso.121

b) Medio de pago

En la forma inmediata de la circulación de mercancías considerada hasta ahora, la misma magnitud de valor estaba siempre presente por partida doble: mercancías en un polo, dinero en el polo opuesto. Los poseedores de mercancías solo entraban, pues, en contacto como representantes de equivalentes presentes por ambas partes. Pero con el desarrollo de la circulación de mercancías se desarrollan relaciones por las que la enajenación de la mercancía se separa en el tiempo de la realización de su precio. Basta con apuntar aquí las más sencillas de estas relaciones. Una clase de mercancía requiere más tiempo para su producción; otra, menos. La producción de distintas mercancías está ligada a distintas estaciones del año. Una mercancía nace en su propio mercado; otra tiene que viajar a un mercado lejano. Un poseedor de mercancías puede, pues, presentarse como vendedor antes de que el otro se presente como comprador. Con la repetición constante de las mismas transacciones entre las mismas personas, las condiciones de venta de las mercancías se regulan según sus condiciones de producción. Por otra parte, el uso de ciertas clases de mercancías, por ejemplo de una casa, se vende por un periodo determinado. Solo al expirar el plazo ha recibido realmente el comprador el valor de uso de la mercancía. La compra, pues, antes de pagarla. Un poseedor de mercancías vende mercancía existente; el otro compra como mero representante de dinero, o como representante de dinero futuro. El vendedor se convierte en acreedor; el comprador, en deudor. Como aquí cambia la metamorfosis de la mercancía, o el desarrollo de su forma de valor, también el dinero adquiere otra función. Se convierte en medio de pago.122

El carácter de acreedor o de deudor nace aquí de la circulación simple de mercancías. El cambio de forma de esta imprime estos nuevos sellos al vendedor y al comprador. Al principio, pues, son papeles tan pasajeros y desempeñados alternativamente por los mismos agentes de la circulación como los de vendedor y comprador. Sin embargo, la oposición tiene ya de entrada un aspecto menos apacible y es capaz de mayor cristalización.123 Pero los mismos caracteres pueden aparecer también con independencia de la circulación de mercancías. La lucha de clases del mundo antiguo, por ejemplo, se mueve principalmente en la forma de una lucha entre acreedor y deudor, y termina en Roma con la ruina del deudor plebeyo, sustituido por el esclavo. En la Edad Media, la lucha termina con la ruina del deudor feudal, que pierde su poder político junto con la base económica de este. Con todo, la forma de dinero —y la relación entre acreedor y deudor posee la forma de una relación dineraria— no hace aquí más que reflejar el antagonismo de condiciones económicas de vida más profundas.

Volvamos a la esfera de la circulación de mercancías. La aparición simultánea de los equivalentes mercancía y dinero en los dos polos del proceso de venta ha cesado. Ahora el dinero funciona, en primer lugar, como medida del valor en la determinación del precio de la mercancía vendida. Su precio, fijado por contrato, mide la obligación del comprador, es decir, la suma de dinero que este debe en un plazo determinado. Funciona, en segundo lugar, como medio de compra ideal. Aunque solo existe en la promesa de dinero del comprador, produce el cambio de manos de la mercancía. Solo al vencer el plazo de pago entra realmente el medio de pago en la circulación, es decir, pasa de la mano del comprador a la del vendedor. El medio de circulación se transformó en tesoro porque el proceso de circulación se interrumpió tras la primera fase, o porque la figura transformada de la mercancía fue retirada de la circulación. El medio de pago entra en la circulación, pero después de que la mercancía ya ha salido de ella. El dinero ya no media el proceso. Lo cierra de manera independiente, como existencia absoluta del valor de cambio o mercancía general. El vendedor transformaba mercancía en dinero para satisfacer una necesidad mediante el dinero; el atesorador, para conservar la mercancía en forma de dinero; el comprador endeudado, para poder pagar. Si no paga, se ejecutan ventas forzosas de sus bienes. La figura de valor de la mercancía, el dinero, se convierte ahora, pues, en fin en sí mismo de la venta, por una necesidad social que nace de las relaciones del propio proceso de circulación.

El comprador reconvierte dinero en mercancía antes de haber convertido mercancía en dinero, o lleva a cabo la segunda metamorfosis de la mercancía antes de la primera. La mercancía del vendedor circula, pero solo realiza su precio en un título de derecho privado sobre dinero. Se convierte en valor de uso antes de haberse convertido en dinero. La consumación de su primera metamorfosis solo se produce después.124

En cada periodo determinado del proceso de circulación, las obligaciones vencidas representan la suma de los precios de las mercancías cuya venta las originó. La masa de dinero necesaria para realizar esta suma de precios depende ante todo de la velocidad del curso de los medios de pago. Esta está condicionada por dos circunstancias: el encadenamiento de las relaciones entre acreedores y deudores, de modo que A, que recibe dinero de su deudor B, lo paga a su vez a su acreedor C, etc.; y el lapso entre los distintos plazos de pago. La cadena en curso de los pagos, o de primeras metamorfosis aplazadas, se distingue esencialmente del entrelazamiento de las series de metamorfosis considerado antes. En el curso del medio de circulación no solo se expresa la conexión entre vendedores y compradores. La conexión misma solo nace en y con el curso del dinero. En cambio, el movimiento del medio de pago expresa una conexión social que ya existía, acabada, antes de él.

La simultaneidad y el paralelismo de las ventas limitan la sustitución de la masa de monedas por la velocidad del curso. Constituyen, a la inversa, una nueva palanca en la economía de los medios de pago. Con la concentración de los pagos en un mismo lugar se desarrollan de manera natural y espontánea instituciones y métodos propios para su compensación. Así, por ejemplo, los virements en el Lyon medieval. Basta con confrontar los créditos de A contra B, de B contra C, de C contra A, etc., para que se anulen recíprocamente, hasta cierto importe, como magnitudes positivas y negativas. Así solo queda por liquidar un saldo deudor. Cuanto más masiva es la concentración de los pagos, más pequeño es relativamente el saldo y, por tanto, la masa de los medios de pago circulantes.

La función del dinero como medio de pago encierra una contradicción sin mediación. En la medida en que los pagos se compensan, solo funciona idealmente como dinero de cuenta o medida de los valores. En la medida en que hay que efectuar un pago real, no se presenta como medio de circulación, como forma solo pasajera y mediadora del metabolismo, sino como la encarnación individual del trabajo social, existencia autónoma del valor de cambio, mercancía absoluta. Esta contradicción estalla en el momento de las crisis de producción y comerciales que se llama crisis monetaria.125 Esta solo se produce donde la cadena en curso de los pagos y un sistema artificial de compensación de estos están plenamente desarrollados. Con perturbaciones más generales de este mecanismo, vengan de donde vengan, el dinero pasa de golpe y sin mediación de la figura meramente ideal del dinero de cuenta a dinero contante y sonante. Se vuelve insustituible por mercancías profanas. El valor de uso de la mercancía pierde todo valor, y su valor desaparece ante su propia forma de valor. Hace un momento, el burgués, con la presunción ilustrada que da la embriaguez de la prosperidad, declaraba el dinero una vana ilusión. Solo la mercancía es dinero. ¡Solo el dinero es mercancía!, resuena ahora por el mercado mundial. Como el ciervo brama por agua fresca, así brama su alma por dinero, la única riqueza.126 En la crisis, la oposición entre la mercancía y su figura de valor, el dinero, se lleva hasta la contradicción absoluta. Por eso la forma de manifestación del dinero es aquí también indiferente. La hambruna de dinero es la misma, haya que pagar en oro o en dinero crediticio, en billetes de banco, por ejemplo.127

Si consideramos ahora la suma total del dinero en curso en un periodo dado, esta, dada la velocidad de curso de los medios de circulación y de pago, es igual a la suma de los precios de las mercancías a realizar, más la suma de los pagos vencidos, menos los pagos que se compensan entre sí, menos, por último, el número de rotaciones en que la misma pieza de dinero funciona alternativamente ya como medio de circulación, ya como medio de pago. Por ejemplo, el campesino vende su grano por 2 £, que sirven así de medio de circulación. El día del vencimiento paga con ellas el lienzo que le ha suministrado el tejedor. Las mismas 2 £ funcionan ahora como medio de pago. El tejedor compra entonces una biblia al contado —funcionan de nuevo como medio de circulación—, etc. Aun dados los precios, la velocidad del curso del dinero y la economía de los pagos, la masa de dinero en curso y la masa de mercancías circulante durante un periodo, un día por ejemplo, ya no coinciden, por tanto. Circula dinero que representa mercancías retiradas hace tiempo de la circulación. Circulan mercancías cuyo equivalente en dinero solo aparecerá en el futuro. Por otra parte, los pagos contraídos cada día y los pagos que vencen ese mismo día son magnitudes completamente inconmensurables.128

El dinero crediticio nace directamente de la función del dinero como medio de pago, al circular a su vez certificados de deuda por las mercancías vendidas para transferir los créditos. Por otra parte, a medida que se extiende el sistema de crédito, se extiende también la función del dinero como medio de pago. Como tal, adquiere formas de existencia propias en las que habita la esfera de las grandes transacciones comerciales, mientras que la moneda de oro o de plata queda relegada principalmente a la esfera del comercio al por menor.129

A cierto grado de altura y de extensión de la producción de mercancías, la función del dinero como medio de pago rebasa la esfera de la circulación de mercancías. Se convierte en la mercancía general de los contratos.130 Rentas, impuestos, etc., pasan de entregas en especie a pagos en dinero. Hasta qué punto esta transformación está condicionada por la figura general del proceso de producción lo prueba, por ejemplo, el intento, fracasado dos veces, del Imperio romano de recaudar en dinero todos los tributos. La inmensa miseria del campesinado francés bajo Luis XIV, que Boisguillebert, el mariscal Vauban, etc., denuncian con tanta elocuencia, no se debía solo a la altura de los impuestos, sino también a la transformación del impuesto en especie en impuesto en dinero.131 Si, por otra parte, la forma natural de la renta de la tierra, que en Asia es a la vez el elemento principal del impuesto del Estado, descansa allí en relaciones de producción que se reproducen con la inmutabilidad de relaciones naturales, esa forma de pago conserva a su vez la antigua forma de producción. Constituye uno de los secretos de la autoconservación del Imperio turco. Si el comercio exterior impuesto al Japón por Europa trae consigo la transformación de la renta en especie en renta en dinero, su agricultura modélica estará perdida. Sus estrechas condiciones económicas de existencia se disolverán.

En cada país se fijan ciertos plazos generales de pago. En parte descansan, prescindiendo de otros ciclos de la reproducción, en las condiciones naturales de la producción ligadas al cambio de las estaciones. Regulan también pagos que no nacen directamente de la circulación de mercancías, como impuestos, rentas, etc. La masa de dinero que se requiere en ciertos días del año para estos pagos, dispersos por toda la superficie de la sociedad, provoca perturbaciones periódicas, pero completamente superficiales, en la economía de los medios de pago.132

De la ley sobre la velocidad del curso de los medios de pago se sigue que, para todos los pagos periódicos, sea cual sea su fuente, la masa necesaria de medios de pago está en razón inversa a la duración del periodo de pago.133134

El desarrollo del dinero como medio de pago hace necesarias acumulaciones de dinero para los vencimientos de las sumas adeudadas. Mientras el atesoramiento como forma autónoma de enriquecimiento desaparece con el progreso de la sociedad burguesa, crece, a la inversa, con este en la forma de fondos de reserva de medios de pago.

c) Dinero mundial

Al salir de la esfera interna de la circulación, el dinero vuelve a despojarse de las formas locales que allí brotan —patrón de los precios, moneda, moneda fraccionaria y signo de valor— y recae en la forma originaria de barras de los metales preciosos. En el comercio mundial, las mercancías despliegan su valor universalmente. Por eso su figura de valor autónoma se les enfrenta aquí también como dinero mundial. Solo en el mercado mundial funciona el dinero en toda su extensión como la mercancía cuya forma natural es a la vez forma de realización inmediatamente social del trabajo humano in abstracto. Su modo de existencia se vuelve adecuado a su concepto.

En la esfera interna de la circulación solo una mercancía puede servir de medida del valor y, por tanto, de dinero. En el mercado mundial impera una medida doble del valor, el oro y la plata.135

El dinero mundial funciona como medio de pago general, medio de compra general y materialización absolutamente social de la riqueza en general (universal wealth). Predomina la función de medio de pago, para saldar las balanzas internacionales. De ahí la consigna del sistema mercantil: ¡balanza comercial!136 El oro y la plata sirven esencialmente de medio de compra internacional siempre que se perturba de pronto el equilibrio tradicional del metabolismo entre distintas naciones. Por último, como materialización absolutamente social de la riqueza, cuando no se trata ni de compra ni de pago, sino de transferencia de riqueza de un país a otro, y cuando esta transferencia en forma de mercancías queda excluida, ya sea por las coyunturas del mercado de mercancías, ya por el fin mismo que se persigue.137

Como para su circulación interna, cada país necesita un fondo de reserva para la circulación del mercado mundial. Las funciones de los tesoros nacen, pues, en parte de la función del dinero como medio interno de circulación y de pago, y en parte de su función como dinero mundial.138 En este último papel se requiere siempre la mercancía dineraria real, oro y plata en carne y hueso, por lo que James Steuart caracteriza expresamente el oro y la plata, a diferencia de sus representantes meramente locales, como money of the world.

El movimiento de la corriente de oro y plata es doble. Por un lado, se extiende desde sus fuentes por todo el mercado mundial, donde las distintas esferas nacionales de circulación la captan en distinto volumen, para entrar en sus canales internos de curso, sustituir las monedas de oro y plata desgastadas, suministrar el material de las mercancías de lujo y solidificarse en tesoros.139 Este primer movimiento está mediado por el intercambio directo de los trabajos nacionales realizados en mercancías por el trabajo, realizado en metales preciosos, de los países productores de oro y plata. Por otro lado, el oro y la plata van y vienen continuamente entre las distintas esferas nacionales de circulación, un movimiento que sigue las incesantes oscilaciones del tipo de cambio.140

Los países de producción burguesa desarrollada limitan los tesoros, concentrados masivamente en los depósitos de los bancos, al mínimo que requieren sus funciones específicas.141 Con ciertas excepciones, un llenado llamativo de los depósitos del tesoro por encima de su nivel medio indica estancamiento de la circulación de mercancías o un flujo interrumpido de la metamorfosis de las mercancías.142

  1. Karl Marx, Zur Kritik der Politischen Ökonomie, Berlín, 1859, p. 3. ↩

  2. «El deseo implica necesidad; es el apetito del espíritu, y tan natural como el hambre para el cuerpo… la mayor parte (de las cosas) tienen su valor por satisfacer las necesidades del espíritu.» (Nicholas Barbon, A Discourse on coining the new money lighter. In answer to Mr. Locke's Considerations etc., Londres, 1696, pp. 2-3.) ↩

  3. «Las cosas tienen una intrinsick vertue» (esta es en Barbon la designación específica del valor de uso) «que en todas partes es la misma, como la de la piedra imán para atraer el hierro» (l. c., p. 6). La propiedad del imán de atraer el hierro solo se volvió útil cuando, gracias a ella, se descubrió la polaridad magnética. ↩

  4. «El worth natural de toda cosa consiste en su aptitud para satisfacer las necesidades o servir a las comodidades de la vida humana.» (John Locke, Some Considerations of the Consequences of the Lowering of Interest, 1691, en Works, ed. Londres, 1777, vol. II, p. 28.) En el siglo XVII encontramos todavía con frecuencia en los escritores ingleses «worth» para el valor de uso y «value» para el valor de cambio, muy en el espíritu de una lengua que gusta de expresar la cosa inmediata con una palabra germánica y la cosa reflexionada con una palabra románica. ↩

  5. En la sociedad burguesa impera la fictio juris [ficción jurídica] de que todo hombre, como comprador de mercancías, posee un conocimiento enciclopédico de las mercancías. ↩

  6. «El valor consiste en la relación de intercambio que se da entre tal cosa y tal otra, entre tal medida de un producto y tal medida de otro.» (Le Trosne, De l'Intérêt Social, en Physiocrates, ed. Daire, París, 1846, p. 889.) ↩

  7. «Nada puede tener un valor intrínseco» (N. Barbon, l. c., p. 6), o, como dice Butler:
    «El valor de una cosa
    es justo lo que se saque por ella.» ↩

  8. (Nota de la traducción.) Medida inglesa de capacidad para áridos, equivalente a ocho bushels (unos 290 litros). ↩

  9. «One sort of wares are as good as another, if the value be equal. There is no difference or distinction in things of equal value… One hundred pounds worth of lead or iron, is of as great a value as one hundred pounds worth of silver and gold.» (N. Barbon, l. c., pp. 53 y 7.) ↩

  10. Nota a la 2.ª edición. «The value of them (the necessaries of life) when they are exchanged the one for another, is regulated by the quantity of labour necessarily required, and commonly taken in producing them.» «El valor de ellos (de los artículos de primera necesidad), cuando se intercambian unos por otros, está regulado por la cantidad de trabajo necesariamente requerida y comúnmente empleada para producirlos.» (Some Thoughts on the Interest of Money in general, and particularly in the Public Funds etc., Londres, pp. 36-37.) Este notable escrito anónimo del siglo pasado no lleva fecha. Pero de su contenido se deduce que apareció bajo Jorge II, hacia 1739 o 1740. ↩

  11. «Todos los productos de un mismo género no forman propiamente más que una masa, cuyo precio se determina en general y sin atender a las circunstancias particulares.» (Le Trosne, l. c., p. 893.) ↩

  12. K. Marx, l. c., p. 6. ↩

  13. (Nota de la traducción.) Medida inglesa de capacidad para áridos, de unos 36 litros. ↩

  14. (Nota de la traducción.) William Jacob (h. 1762-1851), comerciante y economista inglés, autor de una historia de la producción y el consumo de los metales preciosos (1831). ↩

  15. (Nota de la traducción.) Wilhelm Ludwig von Eschwege (1777-1855), ingeniero de minas alemán que trabajó en Brasil y escribió sobre su minería (Pluto Brasiliensis, 1833). ↩

  16. (Nota de Engels a la 4.ª ed.) Intercalo lo que va entre corchetes porque su omisión ha dado lugar con mucha frecuencia al malentendido de que, para Marx, todo producto que consume alguien distinto del productor cuenta como mercancía. — F. E. ↩

  17. L. c., pp. 12-13 y passim. ↩

  18. «Todos los fenómenos del universo, ya sean producidos por la mano del hombre o por las leyes universales de la física, no nos dan idea de una creación efectiva, sino únicamente de una modificación de la materia. Juntar y separar son los únicos elementos que el ingenio humano encuentra al analizar la idea de la reproducción; y tan reproducción es de valor» (valor de uso, aunque Verri, en su polémica contra los fisiócratas, no sabe bien él mismo de qué clase de valor habla) «y de riqueza que la tierra, el aire y el agua se transmuten en grano en los campos, como que por la mano del hombre la secreción de un insecto se transmute en terciopelo o unos trocitos de metal se organicen para formar un reloj de repetición.» (Pietro Verri, Meditazioni sulla Economia Politica —impreso por primera vez en 1771—, en la edición de los economistas italianos de Custodi, Parte Moderna, t. XV, pp. 21-22.) ↩

  19. Cf. Hegel, Philosophie des Rechts, Berlín, 1840, p. 250, § 190. ↩

  20. El lector debe advertir que aquí no se trata del salario o valor que el obrero recibe, digamos, por una jornada de trabajo, sino del valor de la mercancía en que se objetiva su jornada de trabajo. La categoría del salario no existe todavía en absoluto en esta fase de nuestra exposición. ↩

  21. Nota a la 2.ª edición. Para demostrar «que el trabajo es la única medida definitiva y real con la que puede estimarse y compararse en todo tiempo el valor de todas las mercancías», dice A. Smith: «Cantidades iguales de trabajo tienen que tener en todo tiempo y en todo lugar el mismo valor para el trabajador mismo. En su estado normal de salud, fuerza y actividad, y con el grado medio de destreza que pueda poseer, tiene que entregar siempre la misma porción de su descanso, de su libertad y de su felicidad.» (Wealth of Nations, lib. I, cap. V.) Por una parte, A. Smith confunde aquí (no en todas partes) la determinación del valor por la cantidad de trabajo gastada en la producción de la mercancía con la determinación de los valores de las mercancías por el valor del trabajo, y trata por eso de demostrar que cantidades iguales de trabajo tienen siempre el mismo valor. Por otra parte, intuye que el trabajo, en cuanto se representa en el valor de las mercancías, solo cuenta como gasto de fuerza de trabajo, pero vuelve a concebir este gasto únicamente como sacrificio de descanso, libertad y felicidad, y no también como actividad vital normal. Es verdad que tiene ante los ojos al obrero asalariado moderno. — Mucho más acertadamente dice el predecesor anónimo de A. Smith citado en la nota 9: «Un hombre ha empleado una semana en procurarse este artículo de primera necesidad… y quien le da otro a cambio no puede estimar mejor qué es un equivalente adecuado que calculando qué le ha costado a él exactamente el mismo labour y el mismo tiempo; lo cual, en efecto, no es más que intercambiar el labour de un hombre en una cosa durante un tiempo determinado por el labour de otro hombre en otra cosa durante el mismo tiempo.» (Some Thoughts on the Interest of Money in general etc., p. 39.) — [A la 4.ª edición: La lengua inglesa tiene la ventaja de poseer dos palabras distintas para estos dos aspectos distintos del trabajo. El trabajo que crea valores de uso y está determinado cualitativamente se llama work, por oposición a labour; el trabajo que crea valor y solo se mide cuantitativamente se llama labour, por oposición a work. Véase la nota a la traducción inglesa, p. 14. — F. E.] ↩

  22. (Nota de la traducción.) «Wittib Hurtig» es el nombre alemán de Mistress Quickly, la posadera del Enrique IV de Shakespeare, de la que Falstaff dice que no se sabe por dónde agarrarla (primera parte, acto III, escena 3). ↩

  23. Los pocos economistas que, como S. Bailey, se han ocupado del análisis de la forma de valor no pudieron llegar a ningún resultado: en primer lugar, porque confunden la forma de valor con el valor; en segundo lugar, porque, bajo la tosca influencia del burgués práctico, solo atienden desde el principio a la determinación cuantitativa. «El poder de disponer de una cantidad… constituye el valor.» (Money and its Vicissitudes, Londres, 1837, p. 11.) El autor es S. Bailey. ↩

  24. Nota a la 2.ª edición. Uno de los primeros economistas que, después de William Petty, penetraron la naturaleza del valor, el célebre Franklin, dice: «Como el comercio en general no es más que el intercambio de un trabajo por otro trabajo, el valor de todas las cosas se estima con la mayor exactitud en trabajo.» (The Works of B. Franklin etc., edited by Sparks, Boston, 1836, vol. II, p. 267.) Franklin no es consciente de que, al estimar el valor de todas las cosas «en trabajo», abstrae de la diversidad de los trabajos intercambiados y los reduce así a trabajo humano igual. Pero lo que no sabe, lo dice. Habla primero de «un trabajo», luego «de otro trabajo» y, por último, de «trabajo» sin más especificación, como sustancia del valor de todas las cosas. ↩

  25. (Nota de la traducción.) El alemán «Wertsein» se forma con el verbo «ser» («ser valor»); las lenguas románicas, entre ellas el español, tienen para lo mismo un verbo propio: valer. ↩

  26. (Nota de la traducción.) Frase atribuida a Enrique IV de Francia, que se convirtió al catolicismo en 1593 para asegurarse la corona. ↩

  27. En cierto modo, al hombre le ocurre lo que a la mercancía. Como no viene al mundo con un espejo, ni como filósofo fichteano —«Yo soy yo»—, el hombre se mira primero en otro hombre. Solo mediante su relación con el hombre Pablo como con su igual se relaciona el hombre Pedro consigo mismo como hombre. Pero con ello también Pablo, con toda su piel y su pelo, en su corporeidad paulina, cuenta para él como forma de manifestación del género hombre. ↩

  28. La expresión «valor» se emplea aquí, como ya se hizo de pasada en algunos lugares anteriores, para el valor cuantitativamente determinado, es decir, para la magnitud de valor. ↩

  29. Nota a la 2.ª edición. Esta incongruencia entre la magnitud de valor y su expresión relativa ha sido explotada por la economía vulgar con su habitual perspicacia. Por ejemplo: «Admitid por un momento que A baja porque B, por el que se intercambia, sube, aunque entretanto no se gaste menos trabajo en A, y vuestro principio general del valor se viene abajo… Si se admite que, porque el valor de A sube en relación con B, el valor de B baja en relación con A, se retira el suelo sobre el que Ricardo asienta su gran tesis de que el valor de una mercancía está siempre determinado por la cantidad de trabajo incorporada a ella; pues si un cambio en los costes de A no solo altera su propio valor en relación con B, por el que se intercambia, sino también el valor de B en relación con el de A, aunque no se haya producido ningún cambio en la cantidad de trabajo requerida para producir B, entonces no solo se viene abajo la doctrina que asegura que la cantidad de trabajo gastada en un artículo regula su valor, sino también la doctrina de que los costes de producción de un artículo regulan su valor.» (J. Broadhurst, Political Economy, Londres, 1842, pp. 11 y 14.)

    El señor Broadhurst podría decir igualmente: considérense las fracciones 10/20, 10/50, 10/100, etc. El número 10 permanece invariable y, sin embargo, su magnitud proporcional, su magnitud en relación con los denominadores 20, 50, 100, disminuye constantemente. Por tanto, se viene abajo el gran principio de que la magnitud de un número entero, como el 10, por ejemplo, está «regulada» por el número de unidades que contiene. ↩

  30. Con estas determinaciones de la reflexión ocurre en general algo singular. Este hombre, por ejemplo, solo es rey porque otros hombres se comportan con él como súbditos. Ellos creen, a la inversa, que son súbditos porque él es rey. ↩

  31. Nota a la 2.ª edición. F. L. A. Ferrier (sous-inspecteur des douanes [subinspector de aduanas]), Du Gouvernement considéré dans ses rapports avec le commerce, París, 1805, y Charles Ganilh, Des Systèmes d'Économie Politique, 2.ª ed., París, 1821. [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «Des Systèmes de l'Économie Politique».] ↩

  32. (Nota de la traducción.) Frédéric Bastiat (1801-1850), economista francés, apóstol del librecambio y de la armonía entre las clases. ↩

  33. (Nota de la traducción.) Henry Dunning Macleod (1821-1902), economista escocés que escribió sobre la banca y el crédito. Lombard Street es la calle de la City de Londres en la que se concentraban los bancos. ↩

  34. Nota a la 2.ª edición. En Homero, por ejemplo, el valor de una cosa se expresa en una serie de cosas distintas. ↩

  35. Por eso se habla del valor en levitas del lienzo cuando se representa su valor en levitas, de su valor en grano cuando se representa en grano, etc. Cada una de estas expresiones dice que es su valor el que se manifiesta en los valores de uso levita, grano, etc. «Como el valor de cualquier mercancía denota su relación en el intercambio, podemos hablar de él como… valor en grano, valor en paño, según la mercancía con que se compare; y entonces hay mil clases distintas de valor, tantas clases de valor como mercancías existen, y todas son igualmente reales e igualmente nominales.» (A Critical Dissertation on the Nature, Measures, and Causes of Value; chiefly in reference to the writings of Mr. Ricardo and his followers. By the Author of Essays on the Formation etc. of Opinions, Londres, 1825, p. 39.) S. Bailey, el autor de este escrito anónimo, que en su tiempo armó mucho ruido en Inglaterra, cree haber aniquilado toda determinación conceptual del valor con esta referencia a las abigarradas expresiones relativas del mismo valor de una mercancía. Que, por lo demás, pese a su propia estrechez de miras, había tocado puntos débiles de la teoría de Ricardo lo demostró la irritación con que lo atacó la escuela ricardiana, por ejemplo en la Westminster Review. ↩

  36. A la forma de la intercambiabilidad general directa no se le nota en absoluto que es una forma de mercancía antagónica, tan inseparable de la forma de la intercambiabilidad no directa como la positividad de un polo magnético de la negatividad del otro. Uno puede imaginarse, por eso, que se puede imprimir a la vez a todas las mercancías el sello de la intercambiabilidad directa, igual que puede imaginarse que se puede hacer papas a todos los católicos. Para el pequeñoburgués, que ve en la producción de mercancías el nec plus ultra de la libertad humana y de la independencia individual, sería naturalmente muy deseable verse libre de los inconvenientes ligados a esta forma, en particular de la intercambiabilidad no directa de las mercancías. La pintura de esta utopía de filisteo constituye el socialismo de Proudhon, que, como he mostrado en otro lugar, ni siquiera tiene el mérito de la originalidad, sino que, mucho antes que él, Gray, Bray y otros lo desarrollaron bastante mejor. Esto no impide que semejante sabiduría haga estragos hoy en ciertos círculos con el nombre de «science». Ninguna escuela ha manejado a diestro y siniestro la palabra «science» como la proudhoniana, pues «donde faltan los conceptos,
    a tiempo se presenta una palabra». ↩

  37. (Nota de la traducción.) Goethe, Fausto, primera parte, escena del estudio: palabras de Mefistófeles al estudiante. ↩

  38. Recuérdese que China y las mesas empezaron a bailar cuando todo el resto del mundo parecía quedarse quieto… pour encourager les autres [para animar a los demás]. ↩

  39. (Nota de la traducción.) Alusión a la rebelión Taiping, que sacudía China desde 1850, y a la moda espiritista de las «mesas giratorias», que se extendió por Europa hacia 1853, en plena reacción tras la derrota de las revoluciones de 1848. Pour encourager les autres es la expresión de Voltaire (Cándido, cap. 23) sobre el fusilamiento del almirante inglés Byng. ↩

  40. Nota a la 2.ª edición. Entre los antiguos germanos, la extensión de una yugada de tierra se calculaba por el trabajo de un día, y por eso la yugada se llamaba Tagwerk [obra de un día] (también Tagwanne) (jurnale o jurnalis, terra jurnalis, jornalis o diurnalis), Mannwerk [obra de un hombre], Mannskraft, Mannsmaad, Mannshauet, etc. Véase Georg Ludwig von Maurer, Einleitung zur Geschichte der Mark-, Hof-, usw. Verfassung, Múnich, 1854, pp. 129 ss. ↩

  41. Nota a la 2.ª edición. Así pues, cuando Galiani dice que el valor es una relación entre personas —«La Ricchezza è una ragione tra due persone» [La riqueza es una relación entre dos personas]—, habría tenido que añadir: una relación oculta bajo una envoltura material. (Galiani, Della Moneta, p. 221, t. III de la colección de Custodi Scrittori Classici Italiani di Economia Politica, Parte Moderna, Milán, 1803.) ↩

  42. «¿Qué pensar de una ley que solo puede imponerse mediante revoluciones periódicas? Es precisamente una ley natural que descansa en la inconsciencia de los participantes.» (Friedrich Engels, «Umrisse zu einer Kritik der Nationalökonomie», en Deutsch-Französische Jahrbücher, editados por Arnold Ruge y Karl Marx, París, 1844.) ↩

  43. Nota a la 2.ª edición. Tampoco Ricardo está libre de su robinsonada. «Al pescador primitivo y al cazador primitivo los hace intercambiar en seguida pescado y caza como poseedores de mercancías, en proporción al tiempo de trabajo objetivado en estos valores de cambio. Con este motivo cae en el anacronismo de que el pescador y el cazador primitivos consultan, para calcular sus instrumentos de trabajo, las tablas de anualidades corrientes en la Bolsa de Londres en 1817. Los “paralelogramos del señor Owen” parecen ser la única forma de sociedad que conocía además de la burguesa.» (Karl Marx, Zur Kritik etc., pp. 38-39.) ↩

  44. (Nota de la traducción.) Robert Owen (1771-1858) proyectaba sus colonias comunistas con planta de cuadrado o de paralelogramo. ↩

  45. (Nota de la traducción.) Max Wirth (1822-1900), economista y periodista alemán, divulgador de la economía vulgar. ↩

  46. Nota a la 2.ª edición. «Es un prejuicio ridículo, difundido en los últimos tiempos, que la forma de la propiedad común espontánea sea una forma específicamente eslava e incluso exclusivamente rusa. Es la forma primitiva, cuya existencia podemos demostrar entre los romanos, los germanos y los celtas, y de la que todavía se encuentra entre los indios todo un muestrario con variadas muestras, aunque en parte en ruinas. Un estudio más preciso de las formas asiáticas, y especialmente indias, de propiedad común demostraría cómo de las distintas formas de la propiedad común espontánea resultan distintas formas de su disolución. Así, por ejemplo, los distintos tipos originales de la propiedad privada romana y germánica pueden derivarse de distintas formas de la propiedad común india.» (Karl Marx, Zur Kritik etc., p. 10.) ↩

  47. (Nota de la traducción.) Según Epicuro, los dioses habitan en los espacios que hay entre los mundos (intermundia) y no intervienen en ellos. ↩

  48. Lo insuficiente del análisis que hace Ricardo de la magnitud de valor —y es el mejor— se verá en los libros tercero y cuarto de esta obra. Pero en lo que respecta al valor en general, la economía política clásica no distingue en ninguna parte expresamente y con clara conciencia el trabajo tal como se representa en el valor del mismo trabajo en cuanto se representa en el valor de uso de su producto. Naturalmente, hace de hecho la distinción, puesto que considera el trabajo unas veces cuantitativamente y otras cualitativamente. Pero no se le ocurre que la diferencia meramente cuantitativa de los trabajos presupone su unidad o igualdad cualitativa y, por tanto, su reducción a trabajo humano abstracto. Ricardo, por ejemplo, se declara de acuerdo con Destutt de Tracy cuando este dice: «Como es cierto que nuestras facultades físicas y morales son nuestra única riqueza originaria, el empleo de esas facultades, un trabajo de algún tipo, es nuestro tesoro originario, y siempre es de este empleo de donde se crean todas aquellas cosas que llamamos riquezas… Es cierto también que todas esas cosas no hacen más que representar el trabajo que las ha creado, y si tienen un valor, o incluso dos valores distintos, solo pueden derivarlos del» (valor) «del trabajo del que emanan.» (Ricardo, The principles of Pol. Econ., 3.ª ed., Londres, 1821, p. 334.) Solo señalamos que Ricardo atribuye a Destutt su propio sentido, más profundo. Destutt dice, en efecto, por una parte, que todas las cosas que constituyen la riqueza «representan el trabajo que las ha creado», pero, por otra, que reciben sus «dos valores distintos» (valor de uso y valor de cambio) del «valor del trabajo». Cae así en la superficialidad de la economía vulgar, que presupone el valor de una mercancía (aquí, el trabajo) para determinar después con él el valor de las demás mercancías. Ricardo lo lee como si dijera que tanto en el valor de uso como en el valor de cambio se representa trabajo (no valor del trabajo). Pero él mismo distingue tan poco el doble carácter del trabajo, que se representa de dos maneras, que en todo el capítulo «Value and Riches, their Distinctive Properties» tiene que debatirse penosamente con las trivialidades de un J. B. Say. Al final, por eso, se queda completamente asombrado de que Destutt esté de acuerdo, por un lado, con él mismo sobre el trabajo como fuente del valor y, sin embargo, por otro, con Say sobre el concepto de valor. ↩

  49. Uno de los defectos fundamentales de la economía política clásica es que nunca logró descubrir, partiendo del análisis de la mercancía y, más especialmente, del valor de la mercancía, la forma del valor que lo convierte precisamente en valor de cambio. Justamente en sus mejores representantes, como A. Smith y Ricardo, trata la forma de valor como algo completamente indiferente o exterior a la naturaleza de la mercancía misma. La razón no es solo que el análisis de la magnitud de valor absorba por completo su atención. Es más profunda. La forma de valor del producto del trabajo es la forma más abstracta, pero también la más general, del modo de producción burgués, que de este modo queda caracterizado como una clase particular de producción social y, por tanto, a la vez, históricamente. Si se la toma equivocadamente por la forma natural eterna de la producción social, se pasa por alto necesariamente también lo específico de la forma de valor y, por tanto, de la forma de mercancía y, en su desarrollo ulterior, de la forma de dinero, de la forma de capital, etc. Por eso se encuentran en economistas que están plenamente de acuerdo sobre la medida de la magnitud de valor por el tiempo de trabajo las ideas más abigarradas y contradictorias sobre el dinero, es decir, sobre la figura acabada del equivalente general. Esto se pone de manifiesto de manera palmaria, por ejemplo, al tratar de la banca, donde ya no bastan las definiciones manidas del dinero. Por oposición, surgió de ahí un sistema mercantil restaurado (Ganilh, etc.) que en el valor solo ve la forma social o, más bien, su mera apariencia sin sustancia. — Para decirlo de una vez por todas, entiendo por economía política clásica toda la economía, desde W. Petty, que investiga la conexión interna de las relaciones burguesas de producción, por oposición a la economía vulgar, que solo se mueve dentro de la conexión aparente, que rumia una y otra vez el material proporcionado hace tiempo por la economía científica para dar una explicación plausible de los fenómenos, por así decirlo, más groseros y para el consumo doméstico de la burguesía, y que, por lo demás, se limita a sistematizar, a dar forma pedante y a proclamar como verdades eternas las ideas triviales y satisfechas de sí mismas que los agentes burgueses de la producción tienen sobre su propio mundo, el mejor de los mundos. ↩

  50. «Los economistas tienen una singular manera de proceder. Para ellos no hay más que dos clases de instituciones: las del arte y las de la naturaleza. Las instituciones del feudalismo son instituciones artificiales; las de la burguesía, instituciones naturales. Se parecen en esto a los teólogos, que también establecen dos clases de religiones. Toda religión que no es la suya es una invención de los hombres, mientras que su propia religión es una emanación de Dios. — Así pues, ha habido historia, pero ya no la hay.» (Karl Marx, Misère de la Philosophie. Réponse à la Philosophie de la Misère de M. Proudhon, 1847, p. 113.) Verdaderamente gracioso es el señor Bastiat, que se imagina que los antiguos griegos y romanos vivían solo del robo. Pero si se vive del robo durante muchos siglos, tiene que haber constantemente algo que robar, o el objeto del robo tiene que reproducirse continuamente. Parece, por tanto, que también los griegos y los romanos tenían un proceso de producción y, por tanto, una economía que constituía la base material de su mundo exactamente igual que la economía burguesa constituye la del mundo actual. ¿O quiere decir acaso Bastiat que un modo de producción basado en el trabajo esclavo descansa en un sistema de robo? En tal caso pisa terreno peligroso. Si un gigante del pensamiento como Aristóteles se equivocaba en su apreciación del trabajo esclavo, ¿por qué iba a acertar un economista enano como Bastiat en su apreciación del trabajo asalariado? — Aprovecho esta ocasión para rechazar brevemente una objeción que me hizo un periódico germanoamericano cuando apareció mi obra Zur Kritik der Pol. Oekonomie, 1859. Según él, mi opinión de que el modo de producción determinado y las relaciones de producción que le corresponden en cada caso, en suma, «la estructura económica de la sociedad, es la base real sobre la que se alza una superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas sociales de conciencia», de que «el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general», todo esto sería cierto para el mundo actual, en el que dominan los intereses materiales, pero no para la Edad Media, en la que dominaba el catolicismo, ni para Atenas y Roma, donde dominaba la política. En primer lugar, resulta extraño que alguien tenga a bien suponer que estos lugares comunes archiconocidos sobre la Edad Media y el mundo antiguo hayan quedado desconocidos para alguien. Lo que está claro es que la Edad Media no podía vivir del catolicismo, ni el mundo antiguo de la política. Al contrario, el modo y manera en que se ganaban la vida explica por qué en uno desempeñaba el papel principal la política y en la otra el catolicismo. Por lo demás, basta conocer un poco, por ejemplo, la historia de la república romana para saber que la historia de la propiedad de la tierra constituye su historia secreta. Por otra parte, ya Don Quijote pagó el error de creer que la caballería andante era igualmente compatible con todas las formas económicas de la sociedad. ↩

  51. «Value is a property of things, riches of man. Value, in this sense, necessarily implies exchanges, riches do not.» (Observations on some verbal disputes in Pol. Econ., particularly relating to value, and to supply and demand, Londres, 1821, p. 16.) ↩

  52. «Riches are the attribute of man, value is the attribute of commodities. A man or a community is rich, a pearl or a diamond is valuable… A pearl or a diamond is valuable as a pearl or diamond.» (S. Bailey, l. c., pp. 165 ss.) ↩

  53. El autor de las Observations y S. Bailey acusan a Ricardo de haber convertido el valor de cambio de algo meramente relativo en algo absoluto. Al contrario. Lo que hizo fue reducir la relatividad aparente que poseen estas cosas, el diamante y las perlas, por ejemplo, como valores de cambio a la verdadera relación oculta tras la apariencia, a su relatividad como meras expresiones de trabajo humano. Si los ricardianos responden a Bailey con rudeza, pero sin contundencia, es solo porque en el propio Ricardo no encontraron ninguna explicación de la conexión interna entre el valor y la forma de valor o valor de cambio. ↩

  54. (Nota de la traducción.) Shakespeare, Mucho ruido y pocas nueces, acto III, escena 3; Dogberry es el alguacil y Seacoal, uno de los serenos de la ronda. Se traduce del original inglés: «To be a well-favoured man is the gift of fortune; but to write and read comes by nature.» ↩

  55. En el siglo XII, tan famoso por su piedad, figuran a menudo entre estas mercancías cosas muy delicadas. Así, un poeta francés de aquella época enumera entre las mercancías que se encontraban en la feria del Landit, junto a telas, zapatos, cueros, aperos de labranza, pieles, etc., también femmes folles de leur corps [mujeres de cuerpo ardiente]. ↩

  56. Proudhon empieza por sacar su ideal de la justicia, de la justice éternelle [justicia eterna], de las relaciones jurídicas correspondientes a la producción de mercancías, con lo cual, dicho sea de paso, se aporta también la prueba, tan consoladora para todos los filisteos, de que la forma de la producción de mercancías es tan eterna como la justicia. Después, a la inversa, quiere remodelar conforme a este ideal la producción real de mercancías y el derecho real que le corresponde. ¿Qué se pensaría de un químico que, en lugar de estudiar las leyes reales del metabolismo y resolver determinados problemas sobre su base, quisiera remodelar el metabolismo mediante las «ideas eternas» de la naturalité [naturalidad] y de la affinité [afinidad]? ¿Se sabe acaso algo más sobre la «usura» cuando se dice que contradice la justice éternelle, la équité éternelle [equidad eterna], la mutualité éternelle [mutualidad eterna] y otras vérités éternelles [verdades eternas], de lo que sabían los padres de la Iglesia cuando decían que contradecía la grâce éternelle [gracia eterna], la foi éternelle [fe eterna] y la volonté éternelle de Dieu [voluntad eterna de Dios]? ↩

  57. «Pues doble es el uso de todo bien. Uno es propio de la cosa como tal; el otro no: así, de una sandalia, servir de calzado y ser intercambiable. Ambos son valores de uso de la sandalia, pues también quien cambia la sandalia por lo que le falta, por ejemplo por alimento, usa la sandalia como sandalia. Pero no en su modo de uso natural. Pues no existe para el intercambio». (Aristóteles, De Republica, lib. I, cap. 9.) ↩

  58. (Nota de la traducción.) Goethe, Fausto, primera parte, escena «Gabinete de estudio»: «Im Anfang war die Tat». ↩

  59. (Nota de la traducción.) Marx cita la Vulgata en latín (Apocalipsis 17, 13 y 13, 17): «Illi unum consilium habent et virtutem et potestatem suam bestiae tradunt. Et ne quis possit emere aut vendere, nisi qui habet characterem aut nomen bestiae, aut numerum nominis ejus». ↩

  60. Júzguese por ello la astucia del socialismo pequeñoburgués, que quiere eternizar la producción de mercancías y abolir a la vez la «oposición entre dinero y mercancía», es decir, el dinero mismo, pues este solo existe en esa oposición. Lo mismo daría abolir al papa y dejar en pie el catolicismo. Más detalles sobre esto en mi escrito Contribución a la crítica de la economía política, pp. 61 ss. ↩

  61. Mientras no se intercambian todavía dos objetos de uso distintos, sino que, como encontramos a menudo entre los salvajes, se ofrece una masa caótica de cosas como equivalente de una tercera, el intercambio directo de productos mismo no ha pasado todavía de su vestíbulo. ↩

  62. Karl Marx, ob. cit., p. 135. «Los metales [...] son por naturaleza dinero». (Galiani, Della Moneta, en la colección de Custodi, Parte Moderna, t. III, p. 137.) ↩

  63. Más detalles al respecto en mi escrito recién citado, apartado «Los metales preciosos». ↩

  64. «El dinero es la mercancía universal». (Verri, ob. cit., p. 16.) ↩

  65. «La plata y el oro mismos, a los que podemos llamar con el nombre general de metal en barras, son [...] mercancías [...] que suben y bajan de [...] valor [...] Puede considerarse entonces que el metal en barras tiene mayor valor cuando un peso menor compra mayor cantidad del producto o de las manufacturas del país, etc.». (A Discourse of the General Notions of Money, Trade, and Exchange, as they stand in relations to each other. By a Merchant, Londres, 1695, p. 7.) «La plata y el oro, acuñados o sin acuñar, aunque se empleen como medida de todas las demás cosas, no son menos mercancía que el vino, el aceite, el tabaco, el paño o las telas». (A Discourse concerning Trade, and that in particular of the East-Indies etc., Londres, 1689, p. 2.) «Las existencias y la riqueza del reino no pueden limitarse propiamente al dinero, ni hay que excluir el oro y la plata de la condición de mercancías». (The East India Trade a most Profitable Trade, Londres, 1677, p. 4.) ↩

  66. «El oro y la plata tienen valor como metales antes de ser dinero». (Galiani, ob. cit.) Locke dice: «El consentimiento general de los hombres atribuyó a la plata, por sus cualidades, que la hacían apta para el dinero, un valor imaginario». En cambio, Law: «¿Cómo podrían naciones distintas dar a una cosa cualquiera un valor imaginario [...] o cómo habría podido mantenerse ese valor imaginario?». Pero qué poco entendía él mismo de la cuestión: «La plata se intercambiaba según el valor de uso que tenía, es decir, según su valor real; por su destino como dinero recibió un valor adicional (une valeur additionnelle)». (Jean Law, Considérations sur le numéraire et le commerce, en la edición de E. Daire de los Économistes financiers du XVIIIe siècle, pp. 469-470.) ↩

  67. «El dinero es su» (de las mercancías) «signo». (V. de Forbonnais, Éléments du commerce, nueva ed., Leiden, 1766, t. II, p. 143.) «Como signo, lo atraen las mercancías». (Ob. cit., p. 155.) «El dinero es signo de una cosa y la representa». (Montesquieu, Esprit des lois, Œuvres, Londres, 1767, t. II, p. 3.) «El dinero no es simple signo, pues es él mismo riqueza; no representa los valores, los equivale». (Le Trosne, ob. cit., p. 910.) «Si se considera el concepto del valor, la cosa misma solo se considera como un signo, y no cuenta como ella misma, sino como lo que vale». (Hegel, ob. cit., p. 100.) Mucho antes que los economistas, los juristas pusieron en circulación la idea del oro como mero signo y del valor solo imaginario de los metales preciosos, al servicio sicofántico del poder real, cuyo derecho a falsificar la moneda apoyaron durante toda la Edad Media en las tradiciones del Imperio romano y en los conceptos monetarios de las Pandectas. «Que nadie pueda ni deba dudar», dice su aplicado discípulo Felipe de Valois en un decreto de 1346, «de que solo a nos y a nuestra majestad real pertenece [...] el oficio, la hechura, el estado, la provisión y toda la ordenación de las monedas, darles tal curso y por tal precio como nos plazca y bien nos parezca». Era dogma jurídico romano que el emperador decreta el valor del dinero. Estaba expresamente prohibido tratar el dinero como mercancía. «A nadie le será lícito comprar dinero, pues, establecido para el uso público, no debe ser mercancía». Buena exposición sobre esto en G. F. Pagnini, Saggio sopra il giusto pregio delle cose, 1751, en Custodi, Parte Moderna, t. II. Sobre todo en la segunda parte del escrito, Pagnini polemiza contra los señores juristas. ↩

  68. «Si un hombre puede traer a Londres una onza de plata sacada de la tierra en el Perú en el mismo tiempo en que puede producir un bushel de trigo, entonces lo uno es el precio natural de lo otro; ahora bien, si gracias a minas nuevas y más fáciles un hombre puede obtener dos onzas de plata con la misma facilidad con que antes obtenía una, el trigo será tan barato a 10 chelines el bushel como lo era antes a 5 chelines, caeteris paribus». (William Petty, A Treatise of Taxes and Contributions, Londres, 1667, p. 31.) ↩

  69. Después de que el señor profesor Roscher nos ha enseñado que «las definiciones falsas del dinero pueden dividirse en dos grupos principales: las que lo tienen por más y las que lo tienen por menos que una mercancía», sigue un catálogo abigarrado de escritos sobre el sistema monetario, a través del cual no se trasluce ni la más remota comprensión de la historia real de la teoría, y después la moraleja: «No puede negarse, por lo demás, que la mayoría de los economistas recientes no han tenido suficientemente en cuenta las peculiaridades que distinguen al dinero de otras mercancías» (¿así que, después de todo, más o menos que mercancía?) «[...] En este sentido, la reacción semimercantilista de Ganilh, etc., no carece del todo de fundamento». (Wilhelm Roscher, Die Grundlagen der Nationalökonomie, 3.ª ed., 1858, pp. 207-210.) ¡Más, menos, no suficientemente, en este sentido, no del todo! ¡Qué determinaciones conceptuales! ¡Y a semejante palabrería ecléctica de profesor el señor Roscher la bautiza modestamente «el método anatómico-fisiológico» de la economía política! Una cosa le debemos, sin embargo: el descubrimiento de que el dinero es «una mercancía agradable». ↩

  70. La pregunta de por qué el dinero no representa inmediatamente el tiempo de trabajo mismo, de modo que, por ejemplo, un billete de papel represente x horas de trabajo, se reduce sencillamente a la pregunta de por qué, sobre la base de la producción de mercancías, los productos del trabajo tienen que presentarse como mercancías, pues la presentación de la mercancía implica su desdoblamiento en mercancía y mercancía dineraria. O de por qué el trabajo privado no puede tratarse como trabajo inmediatamente social, como su contrario. He examinado en detalle en otro lugar el utopismo superficial de un «dinero-trabajo» sobre la base de la producción de mercancías (ob. cit., pp. 61 ss.). Aquí solo cabe observar que, por ejemplo, el «dinero-trabajo» de Owen es tan poco «dinero» como, pongamos, una contraseña de teatro. Owen presupone trabajo inmediatamente socializado, una forma de producción diametralmente opuesta a la producción de mercancías. El certificado de trabajo solo hace constar la parte individual del productor en el trabajo común y su derecho individual a la parte del producto común destinada al consumo. Pero a Owen no se le ocurre presuponer la producción de mercancías y querer, no obstante, eludir sus condiciones necesarias mediante chapuzas monetarias. ↩

  71. El salvaje o semisalvaje usa la lengua de otro modo. El capitán Parry observa, por ejemplo, de los habitantes de la costa occidental de la bahía de Baffin: «En este caso» (en el intercambio de productos) «[...] lo lamían» (lo que se les presentaba) «dos veces con la lengua, tras lo cual parecían considerar el trato concluido a satisfacción». Del mismo modo, entre los esquimales orientales, el que recibía algo en intercambio lamía cada vez el artículo al recibirlo. Si la lengua sirve así en el norte como órgano de apropiación, no es de extrañar que en el sur el vientre cuente como órgano de la propiedad acumulada y que el cafre estime la riqueza de un hombre por su panza. Los cafres son tipos muy listos, pues mientras el informe oficial británico de sanidad de 1864 lamenta la falta de sustancias que forman grasa en gran parte de la clase obrera, un tal doctor Harvey —que no es, sin embargo, el que descubrió la circulación de la sangre— hacía fortuna ese mismo año con recetas charlatanas que prometían librar a la burguesía y a la aristocracia de la carga de su exceso de grasa. ↩

  72. Véase Karl Marx, Contribución a la crítica, etc., «Teorías sobre la unidad de medida del dinero», pp. 53 ss. ↩

  73. Nota a la 2.ª ed. «Allí donde el oro y la plata coexisten legalmente como dinero, es decir, como medida del valor, siempre se ha hecho el vano intento de tratarlos como una y la misma materia. Suponer que el mismo tiempo de trabajo tiene que objetivarse invariablemente en la misma proporción de plata y de oro es suponer, de hecho, que la plata y el oro son la misma materia y que una masa determinada del metal menos valioso, la plata, constituye la fracción invariable de una masa determinada de oro. Desde el reinado de Eduardo III hasta la época de Jorge II, la historia del sistema monetario inglés discurre en una serie continua de perturbaciones, surgidas de la colisión entre la fijación legal de la proporción de valor del oro y la plata y sus oscilaciones reales de valor. Unas veces se sobrevaloraba el oro; otras, la plata. El metal infravalorado se retiraba de la circulación, se fundía y se exportaba. La proporción de valor de ambos metales se alteraba entonces de nuevo por ley, pero el nuevo valor nominal entraba pronto en el mismo conflicto que el antiguo con la proporción de valor real. En nuestra propia época, la caída, muy débil y pasajera, del valor del oro frente a la plata a consecuencia de la demanda indo-china de plata ha producido en Francia, en la escala más grande, el mismo fenómeno: exportación de plata y su expulsión de la circulación por el oro. Durante los años 1855, 1856 y 1857, el excedente de las importaciones de oro en Francia sobre las exportaciones de oro de Francia ascendió a 41.580.000 £, mientras que el excedente de las exportaciones de plata sobre las importaciones de plata ascendió a 34.704.000 £. De hecho, en los países en los que ambos metales son medidas legales del valor y, por tanto, ambos tienen que aceptarse en pago, pero cada cual puede pagar a su arbitrio en plata o en oro, el metal cuyo valor sube cobra un agio y mide, como cualquier otra mercancía, su precio en el metal sobrevalorado, mientras que solo este sirve de medida del valor. Toda la experiencia histórica en este terreno se reduce simplemente a que, allí donde la ley encomienda a dos mercancías la función de medida del valor, de hecho solo una mantiene siempre esa posición». (Karl Marx, ob. cit., pp. 52-53.) ↩

  74. Nota a la 2.ª ed. La rareza de que en Inglaterra la onza de oro, como unidad del patrón monetario, no esté dividida en partes alícuotas se explica como sigue: «Nuestra acuñación se adaptó originariamente al empleo exclusivo de la plata; por eso una onza de plata siempre puede dividirse en un número adecuado de piezas de moneda; pero como el oro se introdujo en época posterior en una acuñación adaptada solo a la plata, una onza de oro no puede acuñarse en un número adecuado de piezas». (Maclaren, History of the Currency, Londres, 1858, p. 16.) ↩

  75. Nota a la 2.ª ed. En los escritos ingleses, la confusión entre medida de los valores (measure of value) y patrón de los precios (standard of value) es indecible. Las funciones, y por tanto sus nombres, se confunden constantemente. ↩

  76. Por lo demás, tampoco tiene validez histórica general. ↩

  77. Nota a la 2.ª ed. Así, la libra inglesa designa menos de un tercio de su peso originario; la libra escocesa antes de la Unión, solo 1/36; la livre francesa, 1/74; el maravedí español, menos de 1/1000; el real portugués, una proporción aún mucho menor. ↩

  78. Nota a la 2.ª ed. «Las monedas que hoy son ideales son las más antiguas de toda nación, y todas fueron en un tiempo reales, y precisamente porque eran reales se contaba con ellas». (Galiani, Della Moneta, ob. cit., p. 153.) ↩

  79. Nota a la 2.ª ed. El señor David Urquhart observa en sus Familiar Words, sobre lo monstruoso (!) de que hoy una libra (£), la unidad del patrón monetario inglés, sea igual a aproximadamente ¼ de onza de oro: «Esto es falsificar una medida, no establecer un patrón». [P. 105.] En esta «falsa denominación» del peso del oro ve, como en todas partes, la mano falsificadora de la civilización. ↩

  80. Nota a la 2.ª ed. «Cuando le preguntaron a Anacarsis para qué usaban los helenos el dinero, respondió: para contar». (Ateneo, Deipnosofistas, lib. IV, 49, v. 2, ed. Schweighäuser, 1802.) ↩

  81. Nota a la 2.ª ed. «Como el oro, en cuanto patrón de los precios, aparece con los mismos nombres de cuenta que los precios de las mercancías, y por tanto una onza de oro, por ejemplo, se expresa igual que el valor de una tonelada de hierro en 3 £ 17 chelines 10½ peniques, se ha llamado a estos nombres de cuenta suyos su precio de acuñación. De ahí nació la extraña idea de que el oro (o la plata) se tasaba en su propio material y recibía del Estado, a diferencia de todas las mercancías, un precio fijo. Se tomó la fijación de nombres de cuenta para pesos determinados de oro por la fijación del valor de esos pesos». (Karl Marx, ob. cit., p. 52.) ↩

  82. Cf. «Teorías sobre la unidad de medida del dinero», en Contribución a la crítica de la economía política, etc., pp. 53 ss. Las fantasías sobre la elevación o la rebaja del «precio de acuñación», que consiste en que el Estado transfiere los nombres monetarios legales de pesos de oro o plata legalmente fijados a pesos mayores o menores y, en consecuencia, acuña por ejemplo ¼ de onza de oro en adelante en 40 chelines en vez de en 20, estas fantasías, en la medida en que no persiguen torpes operaciones financieras contra acreedores públicos y privados, sino «curas milagrosas» económicas, las trató Petty de manera tan exhaustiva en Quantulumcunque concerning Money. To the Lord Marquis of Halifax, 1682, que ya sus sucesores inmediatos, sir Dudley North y John Locke, por no hablar de los posteriores, no pudieron sino aplanarlo. «Si la riqueza de una nación», dice entre otras cosas, «pudiera decuplicarse por una proclama, sería extraño que nuestros gobernantes no hubieran hecho hace tiempo semejantes proclamas». (Ob. cit., p. 36.) ↩

  83. «O bien hay que consentir en decir que un valor de un millón en dinero vale más que un valor igual en mercancías» (Le Trosne, ob. cit., p. 919), es decir, «que un valor vale más que un valor igual». ↩

  84. Si Jerónimo tuvo que luchar mucho en su juventud con la carne material, como muestra su combate en el desierto con hermosas imágenes de mujeres, en su vejez tuvo que luchar con la carne espiritual. «Me vi», dice por ejemplo, «en espíritu ante el juez del mundo». «¿Quién eres tú?», preguntó una voz. «Soy cristiano». «Mientes», tronó el juez del mundo. «¡No eres más que un ciceroniano!». ↩

  85. (Nota de la traducción.) Dante, Paraíso, XXIV, 83-85; Marx lo cita en italiano: «Assai bene è trascorsa / D'esta moneta già la lega e'l peso, / Ma dimmi se tu l'hai nella tua borsa». ↩

  86. «Del [...] fuego, en cambio, se hacen por intercambio todas las cosas, dice Heráclito, y el fuego de todas, como del oro los bienes y de los bienes el oro». (F. Lassalle, Die Philosophie Herakleitos des Dunkeln, Berlín, 1858, t. I, p. 222.) La nota de Lassalle a este pasaje, p. 224, n. 3, declara erróneamente que el dinero es un mero signo de valor. ↩

  87. (Nota de la traducción.) M = mercancía (Ware), D = dinero (Geld). El original alemán escribe W – G – W. ↩

  88. (Nota de la traducción.) «El curso del amor verdadero nunca fue sereno»: Shakespeare, El sueño de una noche de verano, acto I, escena 1. ↩

  89. «Toda venta es compra» (Dr. Quesnay, Dialogues sur le commerce et les travaux des artisans, en Physiocrates, ed. Daire, I parte, París, 1846, p. 170), o, como dice Quesnay en sus Maximes générales: «Vender es comprar». ↩

  90. «Como el precio de una mercancía solo puede pagarse con el precio de otra mercancía». (Mercier de la Rivière, L'Ordre naturel et essentiel des sociétés politiques, en Physiocrates, ed. Daire, II parte, p. 554.) ↩

  91. «Para tener ese dinero, hay que haber vendido». (Ob. cit., p. 543.) ↩

  92. La excepción la forma, como se ha observado antes, el productor de oro o de plata, que intercambia su producto sin haberlo vendido antes. ↩

  93. «Si el dinero representa, en nuestras manos, las cosas que podemos desear comprar, representa también las cosas que hemos vendido por [...] ese dinero». (Mercier de la Rivière, ob. cit., p. 586.) ↩

  94. «Hay, pues, [...] cuatro términos y tres contratantes, uno de los cuales interviene dos veces». (Le Trosne, ob. cit., p. 909.) ↩

  95. Nota a la 2.ª ed. Por palpable que sea este fenómeno, los economistas políticos lo pasan casi siempre por alto, sobre todo el librecambista vulgaris. ↩

  96. Compárense mis observaciones sobre James Mill en Contribución a la crítica, etc., pp. 74-76. Dos puntos son aquí característicos del método de la apologética economicista. Primero, la identificación de la circulación de mercancías y del intercambio directo de productos por simple abstracción de sus diferencias. Segundo, el intento de negar las contradicciones del proceso de producción capitalista disolviendo las relaciones entre sus agentes de producción en las relaciones simples que nacen de la circulación de mercancías. Pero la producción y la circulación de mercancías son fenómenos que pertenecen a los más diversos modos de producción, aunque en distinto volumen y alcance. No se sabe, pues, nada todavía de la differentia specifica de estos modos de producción, ni se puede, por tanto, juzgarlos, cuando solo se conocen las categorías abstractas de la circulación de mercancías comunes a todos ellos. En ninguna ciencia fuera de la economía política reina tanta fanfarronería con lugares comunes elementales. Por ejemplo, J.-B. Say se arroga el derecho de dictaminar sobre las crisis porque sabe que la mercancía es producto. ↩

  97. Aun cuando la mercancía se venda una y otra vez, fenómeno que aquí todavía no existe para nosotros, con la última venta definitiva cae de la esfera de la circulación a la del consumo, para servir aquí como medio de subsistencia o como medio de producción. ↩

  98. «Él» (el dinero) «no tiene otro movimiento que el que le imprimen los productos». (Le Trosne, ob. cit., p. 885.) ↩

  99. «Son los productos los que lo» (el dinero) «ponen en movimiento y lo hacen circular [...] La celeridad de su movimiento» (es decir, del dinero) «suple su cantidad. Cuando es necesario, no hace más que deslizarse de una mano a otra sin detenerse un instante». (Le Trosne, ob. cit., pp. 915-916.) ↩

  100. «Como el dinero es [...] la medida común de la compra y la venta, todo el que tiene algo que vender y no encuentra compradores se inclina enseguida a pensar que la falta de dinero en el reino, o en el país, es la causa de que sus bienes no tengan salida; y así, la falta de dinero es el clamor general; lo cual es un gran error [...] ¿Qué es lo que necesitan esas gentes que claman por dinero? [...] El arrendatario se queja [...] piensa que, si hubiera más dinero en el país, obtendría un precio por sus bienes [...] Parece, pues, que lo que le falta no es dinero, sino un precio para su trigo y su ganado, que querría vender y no puede [...] ¿Por qué no puede obtener un precio? [...] 1) O bien hay demasiado trigo y ganado en el país, de modo que la mayoría de los que acuden al mercado necesitan vender, como él, y pocos comprar; o 2) falta la salida habitual al exterior por exportación [...] o 3) el consumo decae, como cuando la gente, a causa de la pobreza, no gasta tanto en sus casas como antes; por lo que no es el aumento del dinero acuñado lo que mejoraría en algo los bienes del arrendatario, sino la supresión de cualquiera de estas tres causas, que son las que realmente deprimen el mercado [...] Al comerciante y al tendero les falta dinero de la misma manera, es decir, les falta salida para los bienes con que comercian, porque los mercados decaen [...] una nación nunca prospera más que cuando las riquezas pasan rápidamente de mano en mano». (Sir Dudley North, Discourses upon Trade, Londres, 1691, pp. 11-15 passim.) Todas las patrañas de Herrenschwand se reducen a que las contradicciones que nacen de la naturaleza de la mercancía y que, por tanto, aparecen en la circulación de mercancías podrían eliminarse aumentando los medios de circulación. Por lo demás, de la ilusión popular que atribuye los estancamientos del proceso de producción y de circulación a una falta de medios de circulación no se sigue, a la inversa, que una falta real de medios de circulación, por ejemplo a consecuencia de chapuzas oficiales con la regulation of currency [regulación de la circulación monetaria], no pueda provocar a su vez estancamientos. ↩

  101. «Hay una medida y una proporción determinadas de dinero necesarias para mover el comercio de una nación; más o menos que ella lo perjudicaría. Del mismo modo que en un pequeño comercio al por menor hace falta cierta proporción de farthings para cambiar la moneda de plata y saldar las cuentas que no pueden ajustarse con las piezas de plata más pequeñas [...] Ahora bien, así como la proporción del número de farthings necesarios en el comercio ha de deducirse del número de personas, de la frecuencia de sus intercambios y también, y principalmente, del valor de las piezas de plata más pequeñas, del mismo modo la proporción de dinero (moneda de oro y plata) necesaria para nuestro comercio ha de deducirse igualmente de la frecuencia de los cambios y de la magnitud de los pagos». (William Petty, A Treatise of Taxes and Contributions, Londres, 1667, p. 17.) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «p. 17, 18».] La teoría de Hume la defendió contra J. Steuart y otros A. Young en su Political Arithmetic, Londres, 1774, donde hay un capítulo propio: «Prices depend on quantity of money» [Los precios dependen de la cantidad de dinero], pp. 112 ss. Observo en Contribución a la crítica, etc., p. 149: «La cuestión de la cantidad de la moneda circulante la elimina él (A. Smith) tácitamente al tratar el dinero, de manera completamente falsa, como mera mercancía». Esto solo vale en la medida en que A. Smith trata el dinero ex officio. Ocasionalmente, sin embargo, por ejemplo en la crítica de los sistemas anteriores de economía política, dice lo correcto: «La cantidad de moneda en cada país está regulada por el valor de las mercancías que debe hacer circular [...] El valor de los bienes comprados y vendidos anualmente en un país requiere cierta cantidad de dinero para hacerlos circular y distribuirlos a sus consumidores propiamente dichos, y no puede dar empleo a más. El canal de la circulación atrae necesariamente una suma suficiente para llenarlo, y nunca admite más». (Wealth of Nations, lib. IV, cap. 1.) Del mismo modo, A. Smith abre su obra ex officio con una apoteosis de la división del trabajo. Después, en el último libro, sobre las fuentes de los ingresos del Estado, reproduce ocasionalmente la denuncia de la división del trabajo hecha por su maestro A. Ferguson. ↩

  102. «Los precios de las cosas subirán sin duda en toda nación a medida que el oro y la plata aumenten entre la gente; y, en consecuencia, donde el oro y la plata disminuyan en una nación, los precios de todas las cosas tienen que caer en proporción a esa disminución del dinero». (Jacob Vanderlint, Money answers all Things, Londres, 1734, p. 5.) Una comparación más detallada entre Vanderlint y los Essays de Hume no me deja la menor duda de que Hume conocía y utilizó el escrito de V., por lo demás importante. La opinión de que la masa de los medios de circulación determina los precios se encuentra también en Barbon y en escritores mucho más antiguos. «Ningún inconveniente», dice Vanderlint, «puede surgir de un comercio sin trabas, sino una ventaja muy grande; porque, si el numerario de la nación disminuye por él, que es lo que las prohibiciones pretenden impedir, las naciones que obtienen el numerario verán sin duda que todo sube de precio a medida que el numerario aumenta entre ellas. Y [...] nuestras manufacturas y todo lo demás se volverán pronto tan baratos que la balanza comercial se inclinará a nuestro favor y hará así volver el dinero». (Ob. cit., pp. 43-44.) ↩

  103. Que cada clase de mercancía, mediante su precio, forma un elemento de la suma de los precios de todas las mercancías circulantes es evidente. Pero cómo valores de uso inconmensurables entre sí han de intercambiarse en masse por la masa de oro o de plata existente en un país es completamente incomprensible. Si se escamotea el mundo de las mercancías convirtiéndolo en una única mercancía total, de la que cada mercancía solo forma una parte alícuota, sale el bonito ejemplo aritmético: mercancía total = x quintales de oro; mercancía A = parte alícuota de la mercancía total = la misma parte alícuota de x quintales de oro. Esto lo dice con toda franqueza Montesquieu: «Si se compara la masa del oro y la plata que hay en el mundo con la suma de las mercancías que hay en él, es seguro que cada producto o mercancía en particular podrá compararse con cierta porción [...] de la otra. Supongamos que no haya más que un solo producto o mercancía en el mundo, o que no haya más que uno que se compre, y que se divida como el dinero: tal parte de esta mercancía corresponderá a tal parte de la masa del dinero; la mitad del total de la una, a la mitad del total de la otra, etc. [...] la fijación del precio de las cosas depende siempre, en el fondo, de la razón entre el total de las cosas y el total de los signos». (Montesquieu, ob. cit., t. III, pp. 12-13.) Sobre el desarrollo ulterior de esta teoría por Ricardo, su discípulo James Mill, lord Overstone, etc., véase Contribución a la crítica, etc., pp. 140-146 y pp. 150 ss. El señor J. St. Mill sabe, con la lógica ecléctica que le es familiar, ser de la opinión de su padre, J. Mill, y a la vez de la contraria. Si se compara el texto de su compendio, Principles of Political Economy, con el prólogo (de la primera edición), en el que se anuncia a sí mismo como el Adam Smith de la época presente, no se sabe qué admirar más, si la ingenuidad del hombre o la del público, que lo aceptó de buena fe como Adam Smith, con quien guarda más o menos la relación que el general Williams de Kars con el duque de Wellington. Las investigaciones originales del señor J. St. Mill en el terreno de la economía política, ni extensas ni sustanciosas, se encuentran todas desplegadas en formación en su opúsculo de 1844 Some Unsettled Questions of Political Economy. Locke expresa directamente la conexión entre la carencia de valor del oro y la plata y la determinación de su valor por la cantidad. «Habiendo consentido los hombres en dar un valor imaginario al oro y la plata [...] el valor intrínseco que se ve en estos metales [...] no es otra cosa que la cantidad». (Some Considerations etc., 1691, en Works, ed. de 1777, vol. II, p. 15.) ↩

  104. Queda, naturalmente, muy fuera de mi propósito tratar detalles como los derechos de acuñación y cosas semejantes. Frente al sicofante romántico Adam Müller, sin embargo, que admira «la grandiosa liberalidad» con que «el Gobierno inglés acuña gratuitamente», el siguiente juicio de sir Dudley North: «La plata y el oro, como otras mercancías, tienen sus flujos y reflujos. A la llegada de cantidades de España [...] se llevan a la Torre y se acuñan. Poco después llegará una demanda de metal en barras para volver a exportarlo. Si no lo hay, sino que todo resulta estar acuñado, ¿qué hacer entonces? Volver a fundirlo; no hay pérdida en ello, porque la acuñación no le cuesta nada al propietario. Así se ha engañado a la nación, a la que se ha hecho pagar por trenzar paja para que la coman los asnos. Si el comerciante» (North era él mismo uno de los mayores comerciantes de la época de Carlos II) «tuviera que pagar el precio de la acuñación, no habría enviado su plata a la Torre sin pensarlo, y el dinero acuñado conservaría siempre un valor superior al de la plata sin acuñar». (North, ob. cit., p. 18.) ↩

  105. «Si la plata nunca excede de lo que se necesita para los pagos más pequeños, no puede reunirse en cantidades suficientes para los pagos más grandes [...] el uso del oro en los pagos principales implica necesariamente también su uso en el comercio al por menor: los que tienen moneda de oro la ofrecen para compras pequeñas y reciben con la mercancía comprada un saldo en plata; por este medio, el excedente de plata que de otro modo estorbaría al minorista se le retira y se dispersa en la circulación general. Pero si hay tanta plata como para efectuar los pagos pequeños independientemente del oro, el minorista tendrá entonces que recibir plata por las compras pequeñas, y esta tendrá necesariamente que acumularse en sus manos». (David Buchanan, Inquiry into the Taxation and Commercial Policy of Great Britain, Edimburgo, 1844, pp. 248-249.) ↩

  106. (Nota de la traducción.) «Solo cuesta el primer paso». ↩

  107. El mandarín de finanzas Wan Mao-in se atrevió a presentar al Hijo del Cielo un proyecto que apuntaba encubiertamente a convertir los asignados imperiales chinos en billetes de banco convertibles. En el informe del Comité de Asignados de abril de 1854 recibe el debido rapapolvo. No se dice si recibió también la preceptiva tanda de bastonazos de bambú. «El comité», reza al final del informe, «ha examinado atentamente su proyecto y encuentra que todo en él redunda en provecho de los comerciantes y nada es ventajoso para la Corona». (Arbeiten der Kaiserlich Russischen Gesandtschaft zu Peking über China. Traducido del ruso por el Dr. K. Abel y F. A. Mecklenburg. Tomo primero, Berlín, 1858, p. 54.) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «p. 47 sqq.».] Sobre la constante desmetalización de las monedas de oro por su curso, un governor del Banco de Inglaterra dice como testigo ante el House of Lords' Committee (sobre las Bankacts): «Cada año una nueva clase de soberanos» (esto no en sentido político, sino que sovereign es el nombre de la libra esterlina) «se vuelve demasiado ligera. La clase que un año pasa como de peso completo pierde por el desgaste lo bastante para inclinar al año siguiente la balanza en su contra». (H. o. Lords' Committee, 1848, n.º 429.) ↩

  108. Nota a la 2.ª ed. Lo poco claro que conciben incluso los mejores autores sobre el sistema monetario las distintas funciones del dinero lo muestra, por ejemplo, el siguiente pasaje de Fullarton: «Que, en lo que concierne a nuestros intercambios internos, todas las funciones monetarias que suelen desempeñar las monedas de oro y plata pueden desempeñarse con la misma eficacia mediante una circulación de billetes inconvertibles, que no tengan más valor que ese valor ficticio y convencional [...] que les da la ley, es un hecho que, a mi juicio, no admite negación. Un valor de esta clase puede hacerse servir para todos los fines del valor intrínseco, y suplir incluso la necesidad de un patrón, con tal solo de que la cantidad de [...] emisiones se mantenga dentro de los límites debidos». (Fullarton, Regulation of Currencies, 2.ª ed., Londres, 1845, p. 21.) ¡Así que, porque la mercancía dineraria puede ser sustituida en la circulación por meros signos de valor, sobra como medida de los valores y patrón de los precios! ↩

  109. Del hecho de que el oro y la plata, como moneda o en la función exclusiva de medio de circulación, se conviertan en signos de sí mismos, Nicholas Barbon deduce el derecho de los Gobiernos to raise money [a elevar el valor del dinero], es decir, por ejemplo, a dar a una cantidad de plata que se llamaba Groschen el nombre de una cantidad mayor de plata, como Taler, y devolver así a los acreedores Groschen en vez de Taler. «El dinero se gasta y se vuelve más ligero de tanto contarlo [...] Es la denominación y el curso del dinero lo que la gente mira al negociar, y no la cantidad de plata [...] Es la autoridad pública impresa en el metal lo que lo hace dinero». (N. Barbon, ob. cit., pp. 29, 30, 25.) ↩

  110. «Una riqueza en dinero no es más que [...] riqueza en productos convertidos en dinero». (Mercier de la Rivière, ob. cit., p. 573.) «Un valor en productos no ha hecho más que cambiar de forma». (Ibid., p. 486.) ↩

  111. «Con esta práctica mantienen todos sus bienes y manufacturas a precios tan bajos». (Vanderlint, ob. cit., pp. 95-96.) ↩

  112. (Nota de la traducción.) Así en la cuarta edición (nexus rerum, «el nexo de las cosas»), que seguimos; la MEW lee nervus rerum, «el nervio de las cosas», es decir, el dinero. ↩

  113. «El dinero es una prenda». (John Bellers, Essays about the Poor, Manufactures, Trade, Plantations, and Immorality, Londres, 1699, p. 13.) ↩

  114. La compra en sentido categórico presupone, en efecto, el oro o la plata como figura ya transformada de la mercancía, o como producto de la venta. ↩

  115. Enrique III, rey cristianísimo de Francia, roba sus reliquias a los conventos, etc., para convertirlas en plata. Es sabido el papel que desempeña en la historia griega el saqueo de los tesoros del templo de Delfos por los focenses. Entre los antiguos, como es sabido, los templos servían de morada al dios de las mercancías. Eran «bancos sagrados». Para los fenicios, pueblo comerciante par excellence, el dinero era la figura alienada de todas las cosas. Estaba, pues, en el orden de las cosas que las doncellas que en las fiestas de la diosa del amor se entregaban a los forasteros ofrecieran a la diosa la moneda recibida como paga. ↩

  116. «¡Oro! ¡Oro amarillo, reluciente, precioso!
    Un poco de esto vuelve blanco lo negro; bello lo feo;
    justo lo injusto; noble lo vil; joven lo viejo; valiente al cobarde.
    [...] ¿Qué es esto, dioses? ¡Esto
    arrancará de vuestro lado a vuestros sacerdotes y servidores;
    quitará la almohada de debajo de la cabeza a los hombres robustos!
    Este esclavo amarillo
    atará y desatará religiones; bendecirá al maldito;
    hará adorable la lepra blanca; dará puesto a los ladrones
    y les dará título, reverencias y aprobación
    con los senadores en el estrado; él es
    el que hace que la viuda marchita vuelva a casarse.
    [...] ¡Ven, tierra maldita,
    puta común del género humano!».
    (Shakespeare, Timón de Atenas.) ↩

  117. «Pues ninguna institución tan funesta como el dinero
    ha brotado entre los hombres. Él arrasa incluso las ciudades,
    él expulsa a los hombres de sus casas;
    él instruye y pervierte los nobles sentidos
    de los mortales para que se dediquen a acciones vergonzosas;
    él enseñó a los hombres a practicar toda maldad
    y a conocer la impiedad de toda obra».
    (Sófocles, Antígona.) ↩

  118. «Pues la codicia espera sacar de las entrañas de la tierra al mismo Plutón». (Ateneo, Deipnosofistas.) ↩

  119. «Aumentar cuanto se pueda el número de vendedores de toda mercancía y disminuir cuanto se pueda el número de compradores: estos son los quicios sobre los que giran todas las operaciones de la economía política». (Verri, ob. cit., pp. 52-53.) ↩

  120. (Nota de la traducción.) «Seamos ricos o parezcamos ricos». ↩

  121. «Para llevar el comercio de la nación se requiere una suma determinada de dinero acuñado, que varía y es unas veces mayor y otras menor, según lo exijan las circunstancias en que nos hallamos [...] Este flujo y reflujo del dinero se surte y se acomoda por sí mismo, sin ayuda alguna de los políticos [...] Los cubos trabajan alternativamente: cuando escasea el dinero, se acuña metal en barras; cuando escasea el metal en barras, se funde el dinero». (Sir D. North, ob. cit. [Postscript], p. 3.) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «p. III».] John Stuart Mill, durante mucho tiempo funcionario de la Compañía de las Indias Orientales, confirma que en la India las joyas de plata siguen funcionando directamente como tesoro. Los «adornos de plata se sacan y se acuñan cuando el tipo de interés es alto, y vuelven a su sitio cuando el tipo de interés baja». (Declaración de J. St. Mill en los Reports on Bankacts, 1857, n.º 2084, 2101.) Según un documento parlamentario de 1864 sobre la importación y exportación de oro y plata en la India, en 1863 la importación de oro y plata superó a la exportación en 19.367.764 £. En los últimos 8 años antes de 1864, el excedente de la importación sobre la exportación de metales preciosos ascendió a 109.652.917 £. Durante este siglo se acuñaron en la India mucho más de 200.000.000 £. ↩

  122. Lutero distingue entre el dinero como medio de compra y como medio de pago. «Me haces un gemelo de la pérdida, que aquí no puedo pagar y allí no puedo comprar». (Martín Lutero, An die Pfarrherrn, wider den Wucher zu predigen, Wittenberg, 1540.) ↩

  123. Sobre las relaciones entre deudores y acreedores entre los comerciantes ingleses a comienzos del siglo XVIII: «Reina aquí en Inglaterra entre los hombres de comercio un espíritu de crueldad tal que no se encuentra en ninguna otra sociedad de hombres ni en ningún otro reino del mundo». (An Essay on Credit and the Bankrupt Act, Londres, 1707, p. 2.) ↩

  124. Nota a la 2.ª ed. Por la siguiente cita, tomada de mi escrito publicado en 1859, se verá por qué en el texto no tengo en cuenta una forma opuesta: «A la inversa, en el proceso D – M el dinero puede enajenarse como medio de compra real y realizarse así el precio de la mercancía antes de que se realice el valor de uso del dinero o de que se enajene la mercancía. Esto ocurre, por ejemplo, en la forma cotidiana del pago por adelantado. O en la forma en que el Gobierno inglés compra el opio de los ryots en la India [...] Pero así el dinero solo actúa en la forma ya conocida de medio de compra [...] El capital, naturalmente, también se adelanta en forma de dinero [...] Pero este punto de vista no cae dentro del horizonte de la circulación simple». (Contribución a la crítica, etc., pp. 119-120.) ↩

  125. La crisis monetaria, tal como se determina en el texto, como fase particular de toda crisis general de producción y comercial, ha de distinguirse bien de la clase especial de crisis que también se llama crisis monetaria, pero que puede presentarse de manera independiente, de modo que solo repercute de rebote sobre la industria y el comercio. Son crisis cuyo centro de movimiento es el capital-dinero y cuya esfera inmediata son, por tanto, la banca, la bolsa y las finanzas. (Nota de M. a la 3.ª ed.) ↩

  126. «Este súbito vuelco del sistema crediticio al sistema monetario añade el terror teórico al pánico práctico, y los agentes de la circulación se estremecen ante el misterio impenetrable de sus propias relaciones». (Karl Marx, ob. cit., p. 126.) «Los pobres están parados porque los ricos no tienen dinero para emplearlos, aunque tienen la misma tierra y las mismas manos para proveer víveres y ropa que siempre tuvieron; y esto es la verdadera riqueza de una nación, y no el dinero». (John Bellers, Proposals for raising a Colledge of Industry, Londres, 1696, pp. 3-4.) ↩

  127. Cómo explotan tales momentos los amis du commerce [amigos del comercio]: «En una ocasión» (1839) «un viejo banquero codicioso» (de la City) «levantó en su despacho privado la tapa del escritorio ante el que estaba sentado y mostró a un amigo rollos de billetes de banco, diciendo con intenso regocijo que había 600.000 £, que se retenían para hacer escasear el dinero y que se soltarían todos después de las tres de ese mismo día». (The Theory of the Exchanges. The Bank Charter Act of 1844, Londres, 1864, p. 81.) El órgano semioficial The Observer observa el 24 de abril de 1864: «Circulan rumores muy curiosos sobre los medios a los que se ha recurrido para crear escasez de billetes de banco [...] Por dudoso que parezca suponer que se haya adoptado una artimaña de esa clase, el rumor ha estado tan extendido que realmente merece mención». ↩

  128. «El importe de las ventas o contratos concertados en el curso de un día cualquiera no afectará a la cantidad de dinero en circulación ese día concreto, sino que, en la inmensa mayoría de los casos, se resolverá en múltiples giros sobre la cantidad de dinero que pueda estar en circulación en fechas posteriores más o menos lejanas [...] Las letras libradas o los créditos abiertos hoy no tienen por qué guardar ningún parecido, ni en cantidad, ni en importe, ni en plazo, con los librados o concertados mañana o pasado mañana; más aún, muchas de las letras y créditos de hoy, al vencer, coinciden con una masa de obligaciones cuyos orígenes recorren una serie de fechas anteriores completamente indefinida; letras a 12, 6, 3 meses o a 1 se suman a menudo para engrosar las obligaciones comunes de un día concreto [...]». (The Currency Theory Reviewed; a letter to the Scotch people. By a Banker in England, Edimburgo, 1845, pp. 29-30 passim.) ↩

  129. Como ejemplo de lo poco que entra el dinero real en las operaciones comerciales propiamente dichas, sigue aquí el cuadro de una de las mayores casas comerciales de Londres (Morrison, Dillon & Co.) sobre sus ingresos y pagos anuales en dinero. Sus transacciones del año 1856, que abarcan muchos millones de libras esterlinas, están reducidas a la escala de un millón.

    Ingresos£Pagos£
    Letras de banqueros y comerciantes pagaderas a plazo553.596Letras pagaderas a plazo302.674
    Cheques de banqueros, etc., pagaderos a la vista357.715Cheques contra banqueros de Londres663.672
    Billetes de bancos provinciales9.627Billetes del Banco de Inglaterra22.743
    Billetes del Banco de Inglaterra68.554Oro9.427
    Oro28.089Plata y cobre1.484
    Plata y cobre1.486
    Giros postales (Post Office Orders)933
    Suma total:1.000.000Suma total:1.000.000

    (Report from the Select Committee on the Bankacts, julio de 1858, p. LXXI.) ↩

  130. «Habiéndose cambiado así el curso del comercio, del intercambio de bienes por bienes, o del entregar y recibir, al vender y pagar, todos los tratos [...] se establecen ahora sobre la base de un precio en dinero». (An Essay upon Publick Credit, 3.ª ed., Londres, 1710, p. 8.) ↩

  131. «El dinero [...] se ha convertido en el verdugo de todas las cosas». El arte de las finanzas es «el alambique que ha hecho evaporarse una cantidad espantosa de bienes y de productos para obtener ese funesto extracto». «El dinero [...] declara la guerra [...] a todo el género humano». (Boisguillebert, Dissertation sur la nature des richesses, de l'argent et des tributs, ed. Daire, Économistes financiers, París, 1843, t. I, pp. 413, 419, 417, 418.) ↩

  132. «El lunes de Pentecostés de 1824», cuenta el señor Craig a la comisión parlamentaria de investigación de 1826, «hubo en Edimburgo una demanda tan enorme de billetes de banco que a las 11 no nos quedaba ni un solo billete en custodia. Enviamos sucesivamente a los distintos bancos para pedirlos prestados, pero no pudimos obtener ninguno, y muchas transacciones solo pudieron liquidarse mediante slips of paper [tiras de papel]. Pero a las 3 de la tarde todos los billetes habían vuelto ya a los bancos de los que habían salido. No habían hecho más que cambiar de manos». Aunque la circulación media efectiva de billetes de banco en Escocia es inferior a 3 millones de libras esterlinas, en distintos plazos de pago del año se pone en actividad cada billete que está en poder de los banqueros, unos 7 millones de libras esterlinas en total. En estas ocasiones los billetes tienen que cumplir una función única y específica, y en cuanto la han cumplido refluyen a los bancos respectivos de los que salieron. (John Fullarton, Regulation of Currencies, 2.ª ed., Londres, 1845, p. 86, nota.) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «p. 86, 87 Nte.».] Para entenderlo hay que añadir que en Escocia, en la época del escrito de Fullarton, no se emitían cheques contra los depósitos, sino solo billetes. ↩

  133. (Nota de la traducción.) Así en todas las ediciones publicadas por Marx y Engels, incluida la cuarta, que seguimos («in umgekehrtem Verhältnis»); la MEW corrige «en razón directa» («in geradem Verhältnis»), que es lo que pide el razonamiento: cuanto más largo el periodo de pago, mayor la masa de medios de pago necesaria. ↩

  134. A la pregunta de «si, en caso de tener que recaudar 40 millones al año, los mismos 6 millones» (de oro) «bastarían para las revoluciones y circulaciones que el comercio requiere», Petty responde con su maestría habitual: «Respondo que sí: pues, siendo el gasto de 40 millones, si las revoluciones se hicieran en círculos tan cortos, es decir, semanales, como ocurre entre los artesanos y trabajadores pobres, que cobran y pagan cada sábado, bastarían para esos fines 40/52 partes de 1 millón de dinero; pero si los círculos son trimestrales, según nuestra costumbre de pagar la renta y recaudar los impuestos, harían falta 10 millones. Por tanto, suponiendo que los pagos en general sean de un círculo mixto entre una semana y 13, súmense 10 millones a 40/52, cuya mitad será 5½, de modo que, si tenemos 5½ millones, tenemos bastante». (William Petty, Political Anatomy of Ireland, 1672, ed. de Londres, 1691, pp. 13-14.) ↩

  135. De ahí lo absurdo de toda legislación que prescribe a los bancos nacionales atesorar solo el metal precioso que funciona como dinero en el interior del país. Son conocidos, por ejemplo, los «gratos obstáculos» que así se ha creado el Banco de Inglaterra. Sobre las grandes épocas históricas del cambio de valor relativo del oro y la plata, véase Karl Marx, ob. cit., pp. 136 ss. Adición a la 2.ª ed.: sir Robert Peel, en su Bank Act de 1844, intentó remediar el inconveniente permitiendo al Banco de Inglaterra emitir billetes contra plata en barras, aunque de modo que la reserva de plata no excediera nunca de la cuarta parte de la reserva de oro. El valor de la plata se tasa para ello según su precio de mercado (en oro) en el mercado de Londres. [A la 4.ª ed. Nos encontramos de nuevo en una época de fuerte cambio de valor relativo del oro y la plata. Hace unos 25 años, la proporción de valor del oro respecto de la plata era = 15½ : 1; ahora es aproximadamente = 22 : 1, y la plata sigue cayendo continuamente frente al oro. Esto es esencialmente consecuencia de una revolución en el modo de producción de ambos metales. Antes, el oro se obtenía casi exclusivamente lavando capas aluviales auríferas, productos de la meteorización de rocas auríferas. Ahora este método ya no basta y ha quedado relegado a segundo plano por la explotación de los propios filones de cuarzo aurífero, antes practicada solo en segunda línea, aunque bien conocida ya por los antiguos (Diodoro, III, 12-14). Por otra parte, no solo se descubrieron al oeste de las Montañas Rocosas norteamericanas enormes yacimientos nuevos de plata, sino que estos y las minas de plata mexicanas quedaron abiertos por los ferrocarriles, que permitieron el aporte de maquinaria moderna y de combustible y, con ello, la extracción de plata a la mayor escala y con menores costes. Pero hay una gran diferencia en el modo en que ambos metales se presentan en los filones. El oro suele estar en estado nativo, pero en cambio disperso en cantidades diminutas en el cuarzo; toda la ganga tiene, pues, que triturarse y el oro lavarse o extraerse con mercurio. De 1.000.000 de gramos de cuarzo salen entonces a menudo apenas 1-3 gramos de oro, muy rara vez 30-60. La plata rara vez se presenta en estado nativo, pero en cambio aparece en minerales propios, relativamente fáciles de separar de la ganga, que contienen en su mayoría entre un 40 y un 90 % de plata; o bien está contenida en cantidades menores en minerales de cobre, plomo, etc., que ya de por sí compensa explotar. Ya de aquí se desprende que, mientras el trabajo de producción del oro ha aumentado más bien, el de la plata ha disminuido decididamente, por lo que la caída de valor de esta última se explica de manera completamente natural. Esta caída de valor se expresaría en una caída de precio aún mayor si el precio de la plata no se mantuviera todavía alto por medios artificiales. Pero los tesoros de plata de América solo se han hecho accesibles en pequeña parte, y hay todas las perspectivas de que el valor de la plata siga cayendo todavía durante bastante tiempo. A ello tiene que contribuir aún más la disminución relativa de la demanda de plata para artículos de uso y de lujo, su sustitución por artículos chapados, aluminio, etc. Mídase por ello el utopismo de la idea bimetalista de que un curso forzoso internacional volverá a elevar la plata a la antigua proporción de valor de 1 : 15½. Es más probable que la plata vaya perdiendo cada vez más su condición de dinero también en el mercado mundial. — F. E.] ↩

  136. Los adversarios del sistema mercantil, que trataba como finalidad del comercio mundial la liquidación en oro y plata de una balanza comercial excedentaria, desconocieron por su parte por completo la función del dinero mundial. He mostrado en detalle a propósito de Ricardo (ob. cit., pp. 150 ss.) cómo la falsa concepción de las leyes que regulan la masa de los medios de circulación no hace más que reflejarse en la falsa concepción del movimiento internacional de los metales preciosos. Su falso dogma: «Una balanza comercial desfavorable nunca surge sino de una circulación monetaria excesiva [...] La exportación de la moneda la causa su baratura, y no es el efecto, sino la causa, de una balanza desfavorable», se encuentra ya, por tanto, en Barbon: «La balanza comercial, si la hay, no es la causa de que el dinero salga de una nación, sino que esto procede de la diferencia de valor del metal en barras en cada país». (N. Barbon, ob. cit., p. 59.) MacCulloch, en The Literature of Political Economy: a classified Catalogue, Londres, 1845, alaba a Barbon por esta anticipación, pero evita prudentemente siquiera mencionar las formas ingenuas en que en B. aparecen todavía los supuestos absurdos del currency principle. La falta de crítica, e incluso la falta de honradez, de aquel catálogo culminan en los apartados sobre la historia de la teoría del dinero, porque MacCulloch mueve allí la cola como sicofante de lord Overstone (el exbanquero Loyd), al que llama facile princeps argentariorum [el primero, con mucho, de los banqueros]. ↩

  137. Por ejemplo, en subsidios, empréstitos en dinero para hacer la guerra o para que los bancos reanuden los pagos en metálico, etc., puede requerirse el valor precisamente en forma de dinero. ↩

  138. Nota a la 2.ª ed. «No desearía, en efecto, prueba más convincente de la capacidad del mecanismo de los tesoros en los países de circulación metálica para desempeñar toda función necesaria de ajuste internacional, sin ayuda apreciable de la circulación general, que la facilidad con que Francia, cuando apenas empezaba a recobrarse del choque de una invasión extranjera destructiva, completó en el plazo de 27 meses el pago de la contribución forzosa de casi 20 millones a las potencias aliadas, y una parte considerable de esa suma en metálico, sin contracción ni trastorno perceptible de su circulación interna, ni siquiera fluctuación alarmante alguna de su tipo de cambio». (Fullarton, ob. cit., p. 141.) [A la 4.ª ed. Un ejemplo aún más contundente lo tenemos en la facilidad con que la misma Francia pudo saldar en 1871-1873, en 30 meses, una indemnización de guerra más de diez veces mayor, también en buena parte en metálico. — F. E.] ↩

  139. «El dinero se reparte entre las naciones en proporción a la necesidad que tienen de él [...] siendo siempre atraído por los productos». (Le Trosne, ob. cit., p. 916.) «Las minas, que dan continuamente oro y plata, dan lo suficiente para proporcionar a cada nación ese saldo necesario». (J. Vanderlint, ob. cit., p. 40.) ↩

  140. «Los cambios suben y bajan cada semana, y en ciertas épocas del año se elevan mucho en contra de una nación, y en otras se elevan otro tanto a su favor». (N. Barbon, ob. cit., p. 39.) ↩

  141. Estas distintas funciones pueden entrar en conflicto peligroso en cuanto se añade la función de fondo de conversión de los billetes de banco. ↩

  142. «El dinero que excede de lo absolutamente necesario para el comercio interior es un capital muerto, y no reporta ningún beneficio al país en el que se guarda, salvo cuando se exporta en el comercio, igual que cuando se importa». (John Bellers, Essays etc., p. 13.) «¿Y si tenemos demasiada moneda? Podemos fundir la más pesada y convertirla en el esplendor de vajillas, vasos o utensilios de oro y plata; o enviarla fuera como mercancía adonde se necesite o se desee; o prestarla a interés donde el interés sea alto». (W. Petty, Quantulumcunque, p. 39.) «El dinero no es más que la grasa del cuerpo político, de la que el exceso entorpece tan a menudo su agilidad como la escasez lo enferma [...] así como la grasa lubrica el movimiento de los músculos, alimenta cuando faltan víveres, rellena las cavidades desiguales y embellece el cuerpo, así el dinero aviva en el Estado sus acciones, lo alimenta desde fuera en tiempo de escasez en el interior, salda las cuentas [...] y embellece el conjunto; aunque», concluye irónicamente, «más especialmente a las personas particulares que lo tienen en abundancia». (W. Petty, Political Anatomy of Ireland, pp. 14-15.) ↩