Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción del capital. Primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1867. Se traduce de la cuarta edición alemana (1890), revisada por Friedrich Engels, según el texto de la MEW 23 (Berlín, 1962) cotejado con la MEGA II/10; las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras; las demás son de Marx o, entre corchetes con «— F. E.», de Engels. Texto original en alemán

Prólogos y epílogos · I · II · III · IV · V · VI · VII

Capítulo quinto. Proceso de trabajo y proceso de valorización

1. El proceso de trabajo

El uso de la fuerza de trabajo es el trabajo mismo. El comprador de la fuerza de trabajo la consume haciendo trabajar a su vendedor. Con ello este se convierte en acto en fuerza de trabajo que se pone en actividad, en obrero, lo que antes solo era en potencia. Para representar su trabajo en mercancías, tiene que representarlo ante todo en valores de uso, en cosas que sirven para satisfacer necesidades de cualquier clase. Lo que el capitalista hace fabricar al obrero es, pues, un valor de uso particular, un artículo determinado. La producción de valores de uso o de bienes no cambia de naturaleza general por hacerse para el capitalista y bajo su control. Por eso el proceso de trabajo ha de considerarse primero con independencia de toda forma social determinada.

El trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y controla mediante su propia acción su metabolismo con la naturaleza. Se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales que pertenecen a su corporeidad, brazos y piernas, cabeza y manos, para apropiarse de la materia natural en una forma útil para su propia vida. Al actuar por medio de ese movimiento sobre la naturaleza exterior a él y transformarla, transforma a la vez su propia naturaleza. Desarrolla las potencias que dormitan en ella y somete el juego de sus fuerzas a su propio dominio. No nos ocupamos aquí de las primeras formas del trabajo, animales e instintivas. Un abismo de tiempo separa la situación en que el obrero se presenta en el mercado de mercancías como vendedor de su propia fuerza de trabajo de aquella otra en que el trabajo humano no se había despojado aún de su primera forma instintiva. Suponemos el trabajo en una forma en que pertenece exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que se asemejan a las del tejedor, y una abeja avergüenza con la construcción de sus celdas de cera a más de un arquitecto. Pero lo que distingue de antemano al peor arquitecto de la mejor abeja es que ha construido la celda en su cabeza antes de construirla en cera. Al final del proceso de trabajo sale un resultado que al empezar este ya existía en la representación del obrero, es decir, idealmente. No es solo que efectúe un cambio de forma en lo natural; en lo natural realiza a la vez su fin, un fin que él conoce, que determina como una ley el modo de su actuación y al que tiene que subordinar su voluntad. Y esta subordinación no es un acto aislado. Además del esfuerzo de los órganos que trabajan, se requiere durante todo el tiempo que dura el trabajo una voluntad orientada a un fin, que se manifiesta como atención, y tanto más cuanto menos atraiga el trabajo al obrero por su propio contenido y por el modo de ejecutarlo, cuanto menos lo disfrute, por tanto, como juego de sus propias fuerzas físicas y mentales.

Los momentos simples del proceso de trabajo son la actividad orientada a un fin, o sea, el trabajo mismo, su objeto y su medio.

La tierra (en la que, económicamente, se incluye también el agua), tal como provee originariamente al hombre de víveres, de medios de subsistencia ya listos,1 existe sin intervención suya como el objeto general del trabajo humano. Todas las cosas que el trabajo no hace más que separar de su conexión inmediata con el conjunto de la tierra son objetos de trabajo que la naturaleza ofrece ya dados. Así, el pez al que se pesca separándolo de su elemento vital, el agua; la madera que se tala en la selva virgen; el mineral que se arranca de su veta. Si, por el contrario, el objeto de trabajo ya está, por así decirlo, filtrado por un trabajo anterior, lo llamamos materia prima. Por ejemplo, el mineral ya arrancado que ahora se lava. Toda materia prima es objeto de trabajo, pero no todo objeto de trabajo es materia prima. El objeto de trabajo solo es materia prima cuando ya ha sufrido una transformación mediada por el trabajo.

El medio de trabajo es una cosa o un complejo de cosas que el obrero interpone entre él y el objeto de trabajo y que le sirven de conductor de su actividad sobre ese objeto. Se vale de las propiedades mecánicas, físicas y químicas de las cosas para hacerlas actuar, conforme a su fin, como medios de poder sobre otras cosas.2 El objeto de que el obrero se apodera inmediatamente —dejando aparte la toma de medios de subsistencia ya listos, de los frutos por ejemplo, en la que solo sus propios órganos corporales sirven de medios de trabajo— no es el objeto de trabajo, sino el medio de trabajo. Así, lo natural mismo se convierte en órgano de su actividad, un órgano que añade a sus propios órganos corporales, prolongando su estatura natural, pese a lo que diga la Biblia.3 Del mismo modo que la tierra es su despensa originaria, es también su arsenal originario de medios de trabajo. Le proporciona, por ejemplo, la piedra con que lanza, frota, aprieta, corta, etc. La tierra misma es un medio de trabajo, pero para servir como tal en la agricultura presupone a su vez toda una serie de otros medios de trabajo y un desarrollo ya relativamente alto de la fuerza de trabajo.4 En cuanto el proceso de trabajo está mínimamente desarrollado, necesita ya medios de trabajo elaborados. En las cavernas humanas más antiguas encontramos herramientas y armas de piedra. Junto a la piedra, la madera, los huesos y las conchas elaborados, el papel principal como medio de trabajo lo desempeña en los comienzos de la historia humana el animal domesticado y criado, es decir, transformado ya él mismo por el trabajo.5 El uso y la creación de medios de trabajo, aunque en germen sean ya propios de ciertas especies animales, caracterizan el proceso de trabajo específicamente humano, y por eso Franklin define al hombre como «a toolmaking animal», un animal que fabrica herramientas.6 La misma importancia que tiene la estructura de los restos óseos para conocer la organización de especies animales extinguidas la tienen los restos de medios de trabajo para juzgar formaciones económicas de la sociedad desaparecidas. Lo que distingue a las épocas económicas no es lo que se hace, sino cómo, con qué medios de trabajo se hace.7 Los medios de trabajo no solo miden el grado de desarrollo de la fuerza de trabajo humana, sino que son también indicadores de las relaciones sociales en que se trabaja. Entre los medios de trabajo mismos, los mecánicos, cuyo conjunto puede llamarse el sistema óseo y muscular de la producción, ofrecen rasgos característicos de una época social de producción mucho más decisivos que aquellos medios de trabajo que solo sirven de recipientes del objeto de trabajo y cuyo conjunto puede designarse de modo muy general como el sistema vascular de la producción, por ejemplo tubos, toneles, cestos, cántaros, etc. Solo en la fabricación química desempeñan estos un papel importante.8

En un sentido más amplio, el proceso de trabajo cuenta entre sus medios, además de las cosas que median la acción del trabajo sobre su objeto y sirven, por tanto, de una u otra manera como conductores de la actividad, todas las condiciones objetivas que en general se requieren para que el proceso tenga lugar. No entran directamente en él, pero sin ellas no puede efectuarse en absoluto o solo de manera imperfecta. El medio de trabajo general de esta clase es, de nuevo, la tierra misma, pues da al obrero el lugar donde estar (locus standi) y a su proceso el espacio en que actuar (field of employment). Medios de trabajo de esta clase ya mediados por el trabajo son, por ejemplo, los edificios de trabajo, los canales, los caminos, etc.

En el proceso de trabajo, pues, la actividad del hombre efectúa, por medio del medio de trabajo, una transformación del objeto de trabajo perseguida de antemano. El proceso se extingue en el producto. Su producto es un valor de uso, una materia natural adaptada a las necesidades humanas mediante un cambio de forma. El trabajo se ha unido a su objeto. Se ha objetivado, y el objeto ha sido elaborado. Lo que en el obrero aparecía en la forma de la agitación aparece ahora en el producto como propiedad en reposo, en la forma del ser. El obrero ha hilado, y el producto es un hilado.

Si se considera el proceso entero desde el punto de vista de su resultado, del producto, ambos, medio de trabajo y objeto de trabajo, aparecen como medios de producción,9 y el trabajo mismo, como trabajo productivo.10

Cuando un valor de uso sale del proceso de trabajo como producto, entran en él como medios de producción otros valores de uso, productos de procesos de trabajo anteriores. El mismo valor de uso que es producto de un trabajo constituye el medio de producción de otro. Por eso los productos no son solo resultado, sino a la vez condición del proceso de trabajo.

Con excepción de la industria extractiva, que encuentra su objeto de trabajo en la naturaleza, como la minería, la caza, la pesca, etc. (la agricultura solo en la medida en que empieza por roturar la tierra virgen), todas las ramas de la industria trabajan un objeto que es materia prima, es decir, objeto de trabajo ya filtrado por el trabajo, producto del trabajo él mismo. Así, por ejemplo, la semilla en la agricultura. Los animales y las plantas que se suelen considerar productos de la naturaleza no son solo productos, quizá, del trabajo del año anterior, sino, en sus formas actuales, productos de una transformación continuada durante muchas generaciones bajo control humano, por medio del trabajo humano. Y en lo que toca en particular a los medios de trabajo, su inmensa mayoría muestra a la mirada más superficial la huella del trabajo pasado.

La materia prima puede constituir la sustancia principal de un producto o entrar en su formación solo como materia auxiliar. La materia auxiliar la consume el medio de trabajo, como el carbón la máquina de vapor, el aceite la rueda, el heno el caballo de tiro; o se añade a la materia prima para provocar en ella una transformación material, como el cloro al lienzo crudo, el carbón al hierro, el tinte a la lana; o bien sirve de apoyo a la ejecución del trabajo mismo, como, por ejemplo, las materias empleadas para alumbrar y calentar el local de trabajo. La diferencia entre materia principal y materia auxiliar se difumina en la fabricación química propiamente dicha, porque ninguna de las materias primas empleadas reaparece como sustancia del producto.11

Como toda cosa posee múltiples propiedades y es susceptible, por tanto, de diversas aplicaciones útiles, el mismo producto puede constituir la materia prima de procesos de trabajo muy distintos. El grano, por ejemplo, es materia prima para el molinero, el fabricante de almidón, el destilador, el ganadero, etc. Como semilla, se convierte en materia prima de su propia producción. Del mismo modo, el carbón sale como producto de la industria minera y entra en ella como medio de producción.

El mismo producto puede servir en el mismo proceso de trabajo de medio de trabajo y de materia prima. Así ocurre en el engorde del ganado, por ejemplo, donde el ganado, la materia prima que se elabora, es a la vez medio para preparar el abono.

Un producto que existe en una forma ya lista para el consumo puede volver a convertirse en materia prima de otro producto, como la uva en materia prima del vino. O bien el trabajo entrega su producto en formas en que solo es aprovechable a su vez como materia prima. La materia prima en este estado se llama producto semielaborado, y mejor se llamaría producto escalonado, como, por ejemplo, el algodón, la hebra, el hilo, etc. Aunque ya sea producto, la materia prima originaria puede tener que recorrer toda una escala de procesos distintos en los que, bajo una figura siempre cambiante, funciona siempre de nuevo como materia prima, hasta el último proceso de trabajo, que la expulsa de sí como medio de subsistencia o medio de trabajo acabado.

Se ve, pues, que el que un valor de uso aparezca como materia prima, como medio de trabajo o como producto depende enteramente de su función determinada en el proceso de trabajo, del lugar que ocupa en él, y que con el cambio de ese lugar cambian aquellas determinaciones.

Al entrar como medios de producción en nuevos procesos de trabajo, los productos pierden, pues, el carácter de producto. Ya solo funcionan como factores objetivos del trabajo vivo. El hilandero trata el huso solo como el medio con que hila, y el lino solo como el objeto que hila. Desde luego, no se puede hilar sin material de hilar y sin huso. La existencia de estos productos está, pues, presupuesta al empezar a hilar. Pero en este proceso mismo es tan indiferente que el lino y el huso sean productos de trabajo pasado como es indiferente en el acto de alimentarse que el pan sea producto de los trabajos pasados del campesino, el molinero, el panadero, etc. Al contrario. Si en el proceso de trabajo los medios de producción hacen valer su carácter de productos de trabajo pasado, es por sus defectos. Un cuchillo que no corta, un hilo que se rompe a cada momento, etc., recuerdan vivamente al cuchillero A y al aprestador de hilo E. En el producto logrado, la mediación de sus propiedades de uso por el trabajo pasado está borrada.

Una máquina que no sirve en el proceso de trabajo es inútil. Además, cae bajo el poder destructor del metabolismo natural. El hierro se oxida, la madera se pudre. El hilo que no se teje ni se convierte en punto es algodón echado a perder. El trabajo vivo tiene que apoderarse de estas cosas, resucitarlas de entre los muertos, convertirlas de valores de uso solo posibles en valores de uso reales y operantes. Lamidas por el fuego del trabajo, apropiadas por este como cuerpos suyos, animadas para cumplir en el proceso las funciones que corresponden a su concepto y a su destino, también se consumen, es cierto, pero con un fin, como elementos que forman nuevos valores de uso, nuevos productos, capaces de entrar como medios de subsistencia en el consumo individual o como medios de producción en un nuevo proceso de trabajo.

Así pues, si los productos existentes no son solo resultados, sino también condiciones de existencia del proceso de trabajo, por otro lado el arrojarlos a él, y por tanto su contacto con el trabajo vivo, es el único medio de conservar y realizar como valores de uso estos productos de trabajo pasado.

El trabajo gasta sus elementos materiales, su objeto y su medio, los devora y es, por tanto, proceso de consumo. Este consumo productivo se distingue del consumo individual en que este último consume los productos como medios de subsistencia del individuo vivo, y aquel, como medios de subsistencia del trabajo, de la fuerza de trabajo del individuo puesta en actividad. Por eso el producto del consumo individual es el consumidor mismo; el resultado del consumo productivo, un producto distinto del consumidor.

En la medida en que su medio y su objeto son ya productos, el trabajo consume productos para crear productos, o gasta productos como medios de producción de productos. Pero, así como el proceso de trabajo se desarrolla originariamente solo entre el hombre y la tierra, existente sin intervención suya, en él siguen sirviendo también medios de producción que, existentes por naturaleza, no representan ninguna combinación de materia natural y trabajo humano.

El proceso de trabajo, tal como lo hemos expuesto en sus momentos simples y abstractos, es actividad orientada a un fin para producir valores de uso, apropiación de lo natural para las necesidades humanas, condición general del metabolismo entre el hombre y la naturaleza, condición natural eterna de la vida humana y, por tanto, independiente de toda forma de esa vida, o más bien común por igual a todas sus formas sociales. Por eso no necesitábamos presentar al obrero en su relación con otros obreros. Bastaban el hombre y su trabajo de un lado y la naturaleza y sus materias del otro. Del mismo modo que el sabor del trigo no dice quién lo ha cultivado, tampoco se ve en este proceso bajo qué condiciones se desarrolla: si bajo el látigo brutal del capataz de esclavos o bajo la mirada inquieta del capitalista, si lo ejecuta Cincinato labrando sus pocas yugadas o el salvaje que abate una fiera con una piedra.1213

Volvamos a nuestro capitalista en ciernes. Lo dejamos cuando había comprado en el mercado de mercancías todos los factores necesarios para un proceso de trabajo, los factores objetivos o medios de producción y el factor personal o fuerza de trabajo. Con su astuto ojo de entendido ha escogido los medios de producción y las fuerzas de trabajo adecuados para su negocio particular, hilatura, fabricación de botas, etc. Nuestro capitalista se pone, pues, a consumir la mercancía que ha comprado, la fuerza de trabajo, es decir, hace que el portador de la fuerza de trabajo, el obrero, consuma con su trabajo los medios de producción. La naturaleza general del proceso de trabajo no cambia, naturalmente, porque el obrero lo efectúe para el capitalista en lugar de para sí mismo. Pero tampoco el modo determinado de hacer botas o de hilar puede cambiar, de entrada, por la intervención del capitalista. Este tiene que tomar la fuerza de trabajo, de entrada, tal como la encuentra en el mercado, y por tanto también su trabajo tal como surgió en un período en que aún no había capitalistas. La transformación del modo de producción mismo por la subordinación del trabajo al capital solo puede producirse más tarde y, por tanto, solo más tarde ha de considerarse.

El proceso de trabajo, tal como se desarrolla en cuanto proceso de consumo de la fuerza de trabajo por el capitalista, muestra ahora dos fenómenos peculiares.

El obrero trabaja bajo el control del capitalista, a quien pertenece su trabajo. El capitalista vigila que el trabajo se haga como es debido y que los medios de producción se empleen conforme a su fin, es decir, que no se desperdicie materia prima y que el instrumento de trabajo se cuide, esto es, que solo se destruya en la medida en que lo exija su uso en el trabajo.

Pero, en segundo lugar, el producto es propiedad del capitalista, no del productor inmediato, del obrero. El capitalista paga, por ejemplo, el valor diario de la fuerza de trabajo. Su uso, como el de cualquier otra mercancía, por ejemplo el de un caballo alquilado por un día, le pertenece, pues, durante ese día. Al comprador de la mercancía le pertenece el uso de la mercancía, y el poseedor de la fuerza de trabajo, al dar su trabajo, no da de hecho más que el valor de uso que ha vendido. Desde el momento en que entró en el taller del capitalista, el valor de uso de su fuerza de trabajo, y por tanto su uso, el trabajo, pertenecía al capitalista. Mediante la compra de la fuerza de trabajo, el capitalista ha incorporado el trabajo mismo, como fermento vivo, a los elementos muertos que forman el producto y que le pertenecen igualmente. Desde su punto de vista, el proceso de trabajo no es más que el consumo de la mercancía fuerza de trabajo que ha comprado, la cual, sin embargo, solo puede consumir añadiéndole medios de producción. El proceso de trabajo es un proceso entre cosas que el capitalista ha comprado, entre cosas que le pertenecen. El producto de este proceso le pertenece, por tanto, exactamente igual que el producto del proceso de fermentación en su bodega.14

2. El proceso de valorización

El producto —propiedad del capitalista— es un valor de uso, hilo, botas, etc. Pero aunque las botas, por ejemplo, constituyan en cierto modo la base del progreso social y nuestro capitalista sea un progresista decidido, no fabrica las botas por ellas mismas. En la producción de mercancías, el valor de uso no es en absoluto la cosa «que se ama por sí misma». Aquí solo se producen valores de uso porque son, y en la medida en que son, sustrato material, portadores del valor de cambio. Y a nuestro capitalista le importan dos cosas. En primer lugar, quiere producir un valor de uso que tenga un valor de cambio, un artículo destinado a la venta, una mercancía. Y en segundo lugar, quiere producir una mercancía cuyo valor sea mayor que la suma de valor de las mercancías requeridas para producirla, los medios de producción y la fuerza de trabajo, para las cuales adelantó su buen dinero en el mercado de mercancías. No solo quiere producir un valor de uso, sino una mercancía; no solo valor de uso, sino valor; y no solo valor, sino también plusvalía.

En efecto, puesto que aquí se trata de la producción de mercancías, hasta ahora, evidentemente, solo hemos considerado un lado del proceso. Así como la mercancía misma es unidad de valor de uso y valor, su proceso de producción tiene que ser unidad de proceso de trabajo y proceso de formación de valor.

Consideremos ahora el proceso de producción también como proceso de formación de valor.

Sabemos que el valor de toda mercancía está determinado por la cantidad de trabajo materializado en su valor de uso, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Esto vale también para el producto que le ha resultado a nuestro capitalista del proceso de trabajo. Hay que calcular, pues, ante todo el trabajo objetivado en este producto.

Sea, por ejemplo, hilo.

Para fabricar el hilo hacía falta ante todo su materia prima, por ejemplo 10 libras de algodón. No hay que averiguar cuál es el valor del algodón, pues el capitalista lo ha comprado en el mercado por su valor, por ejemplo por 10 chelines. En el precio del algodón, el trabajo requerido para producirlo ya está representado como trabajo social general. Supongamos, además, que la masa de husos consumida al elaborar el algodón, que representa para nosotros todos los demás medios de trabajo empleados, posee un valor de 2 chelines. Si una masa de oro de 12 chelines es el producto de 24 horas de trabajo o de dos jornadas laborales, se sigue, para empezar, que en el hilo están objetivadas dos jornadas laborales.

La circunstancia de que el algodón haya cambiado de forma y de que la masa de husos consumida haya desaparecido por completo no debe confundirnos. Según la ley general del valor, por ejemplo, 10 libras de hilo son un equivalente de 10 libras de algodón y ¼ de huso si el valor de 40 libras de hilo = el valor de 40 libras de algodón + el valor de un huso entero, es decir, si se requiere el mismo tiempo de trabajo para producir los dos lados de esta ecuación. En ese caso, el mismo tiempo de trabajo se representa una vez en el valor de uso hilo y otra en los valores de uso algodón y huso. Al valor le es indiferente, pues, aparecer en hilo, en husos o en algodón. Que el huso y el algodón, en lugar de estar tranquilamente uno al lado del otro, entren en el proceso de hilado en una combinación que cambia sus formas de uso y los convierte en hilo, afecta a su valor tan poco como si se hubieran cambiado, por simple intercambio, por un equivalente en hilo.

El tiempo de trabajo requerido para producir el algodón es parte del tiempo de trabajo requerido para producir el hilo, cuya materia prima constituye, y por eso está contenido en el hilo. Lo mismo ocurre con el tiempo de trabajo requerido para producir la masa de husos sin cuyo desgaste o consumo no puede hilarse el algodón.15

Así pues, en lo que respecta al valor del hilo, al tiempo de trabajo requerido para fabricarlo, los diversos procesos de trabajo particulares, separados en el tiempo y en el espacio, que hay que recorrer para producir el algodón mismo y la masa de husos gastada, y finalmente para hacer hilo con el algodón y los husos, pueden considerarse como fases distintas y sucesivas de un mismo proceso de trabajo. Todo el trabajo contenido en el hilo es trabajo pasado. Que el tiempo de trabajo requerido para producir sus elementos formadores haya pasado antes, esté en pluscuamperfecto, mientras que el trabajo empleado directamente en el proceso final, el hilado, esté más cerca del presente, en pretérito perfecto, es una circunstancia del todo indiferente. Si para construir una casa hace falta una determinada masa de trabajo, por ejemplo de 30 jornadas, no cambia nada en la cantidad total de tiempo de trabajo incorporado a la casa que la trigésima jornada entrara en la producción 29 días después que la primera. Y así, el tiempo de trabajo contenido en el material y en el medio de trabajo puede considerarse exactamente como si se hubiera gastado solo en un estadio anterior del proceso de hilado, antes del trabajo añadido en último lugar bajo la forma de hilar.

Los valores de los medios de producción, del algodón y de los husos, expresados en el precio de 12 chelines, constituyen, pues, partes integrantes del valor del hilo o del valor del producto.

Solo que han de cumplirse dos condiciones. En primer lugar, el algodón y los husos tienen que haber servido realmente para producir un valor de uso. En nuestro caso, tiene que haber salido hilo de ellos. Al valor le es indiferente qué valor de uso lo porte, pero algún valor de uso tiene que portarlo. En segundo lugar, se presupone que solo se ha empleado el tiempo de trabajo necesario en las condiciones sociales de producción dadas. Así, si solo hiciera falta 1 libra de algodón para hilar 1 libra de hilo, solo puede haberse consumido 1 libra de algodón en la formación de 1 libra de hilo. Lo mismo ocurre con los husos. Si al capitalista se le antoja emplear husos de oro en vez de husos de hierro, en el valor del hilo solo cuenta, a pesar de ello, el trabajo socialmente necesario, es decir, el tiempo de trabajo necesario para producir husos de hierro.

Sabemos ahora qué parte del valor del hilo constituyen los medios de producción, algodón y husos. Es igual a 12 chelines, o la materialización de dos jornadas laborales. Se trata ahora, pues, de la parte de valor que el trabajo del propio hilandero añade al algodón.

Tenemos que considerar ahora este trabajo desde un punto de vista totalmente distinto del que adoptábamos al tratar del proceso de trabajo. Allí se trataba de la actividad orientada a un fin de convertir algodón en hilo. Cuanto más adecuado a su fin sea el trabajo, mejor será el hilo, suponiendo que todas las demás circunstancias permanezcan iguales. El trabajo del hilandero era específicamente distinto de otros trabajos productivos, y la diferencia se manifestaba subjetiva y objetivamente, en el fin particular del hilado, en su modo particular de operar, en la naturaleza particular de sus medios de producción, en el valor de uso particular de su producto. El algodón y los husos sirven de medios de subsistencia al trabajo de hilar, pero con ellos no se pueden hacer cañones rayados. En cambio, en la medida en que el trabajo del hilandero forma valor, es decir, es fuente de valor, no se distingue en nada del trabajo del barrenador de cañones o, lo que aquí nos toca más de cerca, de los trabajos del cultivador de algodón y del fabricante de husos realizados en los medios de producción del hilo. Solo gracias a esta identidad pueden el cultivo de algodón, la fabricación de husos y el hilado constituir partes, que solo se distinguen cuantitativamente, de un mismo valor total, el valor del hilo. Aquí ya no se trata de la calidad, la índole y el contenido del trabajo, sino solo de su cantidad. Esta es fácil de contar. Suponemos que el trabajo de hilar es trabajo simple, trabajo social medio. Más adelante se verá que la suposición contraria no cambia nada en la cuestión.

Durante el proceso de trabajo, el trabajo pasa constantemente de la forma de la agitación a la del ser, de la forma del movimiento a la de la objetividad. Al cabo de una hora, el movimiento de hilar está representado en cierta cantidad de hilo, y por tanto una cantidad determinada de trabajo, una hora de trabajo, está objetivada en el algodón. Decimos hora de trabajo, es decir, el gasto de la fuerza vital del hilandero durante una hora, porque el trabajo de hilar solo cuenta aquí en tanto que gasto de fuerza de trabajo, no en tanto que trabajo específico de hilar.

Ahora bien, es de importancia decisiva que, mientras dura el proceso, es decir, la transformación del algodón en hilo, solo se consuma el tiempo de trabajo socialmente necesario. Si en condiciones de producción normales, es decir, sociales medias, a libras de algodón deben transformarse durante una hora de trabajo en b libras de hilo, solo cuenta como jornada laboral de 12 horas aquella que transforma 12 × a libras de algodón en 12 × b libras de hilo. Pues solo el tiempo de trabajo socialmente necesario cuenta como formador de valor.

Al igual que el trabajo mismo, también la materia prima y el producto aparecen aquí bajo una luz totalmente distinta de la que tenían desde el punto de vista del proceso de trabajo propiamente dicho. La materia prima solo cuenta aquí como absorbente de una cantidad determinada de trabajo. Mediante esta absorción se convierte, en efecto, en hilo, porque la fuerza de trabajo se gastó en la forma del hilado y se le añadió. Pero el producto, el hilo, ya solo es el indicador del trabajo absorbido por el algodón. Si en una hora se hilan 1⅔ libras de algodón, o se convierten en 1⅔ libras de hilo, 10 libras de hilo indican 6 horas de trabajo absorbidas. Cantidades de producto determinadas y fijadas por la experiencia no representan ahora más que cantidades determinadas de trabajo, una masa determinada de tiempo de trabajo cuajado. Ya solo son la materialización de una hora, de dos horas, de un día de trabajo social.

Que el trabajo sea precisamente trabajo de hilar, su material algodón y su producto hilo, se vuelve aquí tan indiferente como que el objeto de trabajo sea ya él mismo producto, es decir, materia prima. Si el obrero, en vez de en la hilandería, estuviera empleado en la mina de carbón, el objeto de trabajo, el carbón, existiría por naturaleza. Y, sin embargo, una cantidad determinada de carbón arrancado del yacimiento, por ejemplo un quintal, representaría una cantidad determinada de trabajo absorbido.

Al vender la fuerza de trabajo se supuso que su valor diario = 3 chelines, que en estos están incorporadas 6 horas de trabajo y que, por tanto, esta cantidad de trabajo se requiere para producir la suma media de los medios de subsistencia diarios del obrero. Si nuestro hilandero convierte ahora durante una hora de trabajo 1⅔ libras de algodón en 1⅔ libras de hilo,16 en 6 horas convertirá 10 libras de algodón en 10 libras de hilo. Mientras dura el proceso de hilado, el algodón absorbe, pues, 6 horas de trabajo. El mismo tiempo de trabajo se representa en una cantidad de oro de 3 chelines. Así pues, mediante el hilado mismo se añade al algodón un valor de 3 chelines.

Examinemos ahora el valor total del producto, de las 10 libras de hilo. En ellas están objetivadas 2½ jornadas laborales: 2 días contenidos en el algodón y en la masa de husos, ½ día de trabajo absorbido durante el proceso de hilado. El mismo tiempo de trabajo se representa en una masa de oro de 15 chelines. El precio adecuado al valor de las 10 libras de hilo asciende, pues, a 15 chelines, y el precio de una libra de hilo, a 1 chelín y 6 peniques.

Nuestro capitalista se queda perplejo. El valor del producto es igual al valor del capital adelantado. El valor adelantado no se ha valorizado, no ha engendrado plusvalía; el dinero, por tanto, no se ha convertido en capital. El precio de las 10 libras de hilo es de 15 chelines, y 15 chelines se gastaron en el mercado de mercancías en los elementos formadores del producto o, lo que es lo mismo, en los factores del proceso de trabajo: 10 chelines en algodón, 2 chelines en la masa de husos consumida y 3 chelines en fuerza de trabajo. De nada sirve que el valor del hilo se haya hinchado, pues su valor no es más que la suma de los valores antes repartidos entre el algodón, los husos y la fuerza de trabajo, y de semejante mera adición de valores existentes no puede brotar jamás una plusvalía.17 Estos valores están ahora concentrados todos en una sola cosa, pero así lo estaban también en la suma de dinero de 15 chelines antes de que esta se fraccionara en tres compras de mercancías.

En sí y por sí, este resultado no tiene nada de extraño. El valor de una libra de hilo es de 1 chelín y 6 peniques, y por 10 libras de hilo nuestro capitalista tendría que pagar, por tanto, 15 chelines en el mercado de mercancías. Compre su casa particular ya hecha en el mercado o la haga construir él mismo, ninguna de estas operaciones aumentará el dinero gastado en adquirir la casa.

El capitalista, que está al tanto de la economía vulgar, dirá quizá que adelantó su dinero con la intención de sacar de él más dinero. Pero el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, y lo mismo podría haber tenido la intención de hacer dinero sin producir.18 Amenaza. No volverán a cogerle. En adelante comprará la mercancía ya hecha en el mercado, en vez de fabricarla él mismo. Pero si todos sus hermanos capitalistas hacen lo mismo, ¿dónde va a encontrar mercancías en el mercado? Y el dinero no se puede comer. Se pone a catequizar. Que se tenga en cuenta su abstinencia. Podía haber despilfarrado sus 15 chelines. En vez de eso, los ha consumido productivamente y ha hecho hilo con ellos. Pero precisamente por eso está en posesión de hilo en lugar de remordimientos. No debe en modo alguno recaer en el papel del atesorador, que ya nos mostró a qué conduce el ascetismo. Además, donde no hay nada, el rey pierde su derecho. Sea cual sea el mérito de su renuncia, no hay nada con que pagarla aparte, ya que el valor del producto que sale del proceso es igual a la suma de los valores de las mercancías arrojadas en él. Que se consuele, pues, pensando que la virtud lleva en sí su recompensa. Pero en vez de eso se pone pesado. El hilo no le sirve de nada. Lo ha producido para venderlo. Pues que lo venda, o, más sencillo aún, que en el futuro produzca solo cosas para su propio consumo, receta que ya le ha prescrito su médico de cabecera MacCulloch19 como remedio probado contra la epidemia de la sobreproducción. Se encabrita, desafiante. ¿Iba a crear el obrero con sus propios miembros productos del trabajo en el aire, a producir mercancías? ¿No le dio él la materia con la que y en la que únicamente puede corporeizar su trabajo? Y como la mayor parte de la sociedad se compone de semejantes desposeídos, ¿no ha prestado él, con sus medios de producción, su algodón y sus husos, un servicio inconmensurable a la sociedad, y al propio obrero, al que además ha provisto de medios de subsistencia? ¿Y no va a cobrar ese servicio? Pero ¿no le ha prestado a su vez el obrero el servicio de convertir en hilo el algodón y los husos? Además, aquí no se trata de servicios.20 Un servicio no es más que el efecto útil de un valor de uso, ya sea de la mercancía, ya sea del trabajo.21 Pero aquí lo que cuenta es el valor de cambio. Pagó al obrero el valor de 3 chelines. El obrero le devolvió un equivalente exacto en el valor de 3 chelines añadido al algodón. Valor por valor. Nuestro amigo, hace un momento tan soberbio con su capital, adopta de pronto la actitud modesta de su propio obrero. ¿No ha trabajado él también? ¿No ha realizado el trabajo de vigilancia, de inspección del hilandero? ¿No forma valor también este trabajo suyo? Su propio capataz (overlooker) y su gerente se encogen de hombros. Entretanto, sin embargo, él ya ha recobrado con una sonrisa jovial su vieja fisonomía. Nos estaba tomando el pelo con toda esa letanía. No da un ochavo por ella. Deja estas y otras parecidas excusas de mal pagador y vanas patrañas a los profesores de economía política, a quienes se paga expresamente para eso. Él es un hombre práctico que, si bien no siempre piensa lo que dice fuera del negocio, sabe siempre lo que hace en el negocio.

Miremos más de cerca. El valor diario de la fuerza de trabajo ascendía a 3 chelines porque en ella misma está objetivada media jornada laboral, es decir, porque los medios de subsistencia necesarios diariamente para producir la fuerza de trabajo cuestan media jornada laboral. Pero el trabajo pasado que encierra la fuerza de trabajo y el trabajo vivo que puede rendir, sus costes diarios de mantenimiento y su gasto diario, son dos magnitudes completamente distintas. La primera determina su valor de cambio; la otra constituye su valor de uso. Que haga falta media jornada laboral para mantener al obrero con vida durante 24 horas no le impide en modo alguno trabajar una jornada entera. El valor de la fuerza de trabajo y su valorización en el proceso de trabajo son, pues, dos magnitudes distintas. Esta diferencia de valor es la que el capitalista tenía a la vista cuando compró la fuerza de trabajo. Su propiedad útil de hacer hilo o botas no era más que una conditio sine qua non, porque el trabajo tiene que gastarse en forma útil para formar valor. Pero lo decisivo era el valor de uso específico de esta mercancía, el de ser fuente de valor, y de más valor del que ella misma tiene. Este es el servicio específico que el capitalista espera de ella. Y al hacerlo procede conforme a las leyes eternas del intercambio de mercancías. En efecto, el vendedor de la fuerza de trabajo, como el vendedor de cualquier otra mercancía, realiza su valor de cambio y enajena su valor de uso. No puede obtener el uno sin desprenderse del otro. El valor de uso de la fuerza de trabajo, el trabajo mismo, pertenece a su vendedor tan poco como el valor de uso del aceite vendido pertenece al aceitero. El poseedor de dinero ha pagado el valor diario de la fuerza de trabajo; por tanto, le pertenece su uso durante el día, el trabajo de toda la jornada. La circunstancia de que el mantenimiento diario de la fuerza de trabajo solo cueste media jornada laboral, aunque la fuerza de trabajo pueda actuar, trabajar, una jornada entera, y de que, por tanto, el valor que crea su uso durante un día sea el doble de su propio valor diario, es una suerte especial para el comprador, pero no es en absoluto una injusticia para el vendedor.

Nuestro capitalista ha previsto el caso que le hace reír. Por eso el obrero encuentra en el taller los medios de producción necesarios no ya para un proceso de trabajo de seis horas, sino de doce. Si 10 libras de algodón absorbían 6 horas de trabajo y se convertían en 10 libras de hilo, 20 libras de algodón absorberán 12 horas de trabajo y se convertirán en 20 libras de hilo. Examinemos el producto del proceso de trabajo prolongado. En las 20 libras de hilo están ahora objetivadas 5 jornadas laborales: 4 en la masa de algodón y de husos consumida, 1 absorbida por el algodón durante el proceso de hilado. Pero la expresión en oro de 5 jornadas laborales es de 30 chelines, o 1 £ y 10 chelines. Este es, pues, el precio de las 20 libras de hilo. La libra de hilo sigue costando 1 chelín y 6 peniques. Pero la suma de valor de las mercancías arrojadas al proceso ascendía a 27 chelines. El valor del hilo asciende a 30 chelines. El valor del producto ha crecido en ⅑ sobre el valor adelantado para producirlo. Así, 27 chelines se han convertido en 30. Han puesto una plusvalía de 3 chelines. El truco por fin ha salido bien. El dinero se ha convertido en capital.

Todas las condiciones del problema están resueltas, y las leyes del intercambio de mercancías no han sido violadas en modo alguno. Se ha intercambiado equivalente por equivalente. El capitalista, como comprador, pagó cada mercancía por su valor: el algodón, la masa de husos, la fuerza de trabajo. Después hizo lo que hace cualquier otro comprador de mercancías. Consumió su valor de uso. El proceso de consumo de la fuerza de trabajo, que es a la vez proceso de producción de la mercancía, dio un producto de 20 libras de hilo con un valor de 30 chelines. El capitalista vuelve ahora al mercado y vende mercancía después de haber comprado mercancía. Vende la libra de hilo a 1 chelín y 6 peniques, ni un ochavo por encima ni por debajo de su valor. Y, sin embargo, saca de la circulación 3 chelines más de los que echó en ella al principio. Todo este curso, la transformación de su dinero en capital, ocurre en la esfera de la circulación y no ocurre en ella. Por mediación de la circulación, porque está condicionado por la compra de la fuerza de trabajo en el mercado de mercancías. No en la circulación, porque esta solo pone en marcha el proceso de valorización, que tiene lugar en la esfera de la producción. Y así, «todo va de la mejor manera en el mejor de los mundos posibles».22

Al convertir el dinero en mercancías que sirven de materiales para formar un nuevo producto o de factores del proceso de trabajo, al incorporar a su objetividad muerta fuerza de trabajo viva, el capitalista convierte valor, trabajo pasado, objetivado, muerto, en capital, en valor que se valoriza a sí mismo, en un monstruo animado que empieza a «trabajar» como si tuviera el amor metido en el cuerpo.23

Si comparamos ahora el proceso de formación de valor y el proceso de valorización, el proceso de valorización no es más que un proceso de formación de valor prolongado más allá de cierto punto. Si este último dura solo hasta el punto en que el valor de la fuerza de trabajo pagado por el capital queda sustituido por un nuevo equivalente, es simple proceso de formación de valor. Si el proceso de formación de valor dura más allá de ese punto, se convierte en proceso de valorización.

Si comparamos además el proceso de formación de valor con el proceso de trabajo, este último consiste en el trabajo útil que produce valores de uso. El movimiento se considera aquí cualitativamente, en su modo particular, según su fin y su contenido. El mismo proceso de trabajo, en el proceso de formación de valor, solo se presenta por su lado cuantitativo. Ya solo se trata del tiempo que el trabajo necesita para su operación, o de la duración durante la cual se gasta útilmente la fuerza de trabajo. Aquí las mercancías que entran en el proceso de trabajo tampoco cuentan ya como factores materiales, funcionalmente determinados, de la fuerza de trabajo que actúa conforme a un fin. Solo cuentan ya como cantidades determinadas de trabajo objetivado. Contenido en los medios de producción o añadido por la fuerza de trabajo, el trabajo ya solo cuenta por su medida temporal. Asciende a tantas horas, días, etc.

Pero solo cuenta en la medida en que el tiempo gastado en producir el valor de uso sea socialmente necesario. Esto abarca varias cosas. La fuerza de trabajo tiene que funcionar en condiciones normales. Si la máquina de hilar es el medio de trabajo socialmente dominante en la hilatura, no se puede poner en manos del obrero una rueca. En vez de algodón de calidad normal no debe recibir borra que se rompe a cada instante. En ambos casos gastaría en producir una libra de hilo más tiempo de trabajo que el socialmente necesario, pero ese tiempo sobrante no formaría valor ni dinero. Ahora bien, el carácter normal de los factores objetivos del trabajo no depende del obrero, sino del capitalista. Otra condición es el carácter normal de la propia fuerza de trabajo. En la rama en que se emplea tiene que poseer la medida media dominante de habilidad, destreza y rapidez. Pero nuestro capitalista compró en el mercado de trabajo fuerza de trabajo de calidad normal. Esta fuerza tiene que gastarse con la medida media habitual de esfuerzo, con el grado de intensidad socialmente usual. El capitalista vela por ello con el mismo celo con que vela por que no se desperdicie tiempo sin trabajar. Ha comprado la fuerza de trabajo por un plazo determinado. Insiste en recibir lo suyo. No quiere que le roben. Por último —y para esto el mismo señor tiene su propio código penal—, no puede haber consumo de materia prima y de medios de trabajo contrario a su fin, porque el material o los medios de trabajo desperdiciados representan cantidades de trabajo objetivado gastadas de más, que, por tanto, no cuentan ni entran en el producto de la formación de valor.24

Se ve, pues, que la diferencia, obtenida antes del análisis de la mercancía, entre el trabajo en cuanto crea valor de uso y el mismo trabajo en cuanto crea valor se ha presentado ahora como distinción de los diversos lados del proceso de producción.

Como unidad de proceso de trabajo y proceso de formación de valor, el proceso de producción es proceso de producción de mercancías; como unidad de proceso de trabajo y proceso de valorización, es proceso de producción capitalista, forma capitalista de la producción de mercancías.

Ya se señaló antes que para el proceso de valorización es del todo indiferente que el trabajo apropiado por el capitalista sea trabajo simple, trabajo social medio, o trabajo más complejo, trabajo de mayor peso específico. El trabajo que cuenta como trabajo superior, más complejo, frente al trabajo social medio es la manifestación de una fuerza de trabajo en la que entran mayores costes de formación, cuya producción cuesta más tiempo de trabajo y que tiene, por tanto, un valor más alto que la fuerza de trabajo simple. Si el valor de esta fuerza es más alto, se manifiesta también, por eso, en un trabajo superior y se objetiva, por tanto, en los mismos espacios de tiempo, en valores proporcionalmente más altos. Pero, sea cual sea la diferencia de grado entre el trabajo de hilar y el trabajo de joyería, la porción de trabajo con la que el joyero solo repone el valor de su propia fuerza de trabajo no se distingue cualitativamente en nada de la porción adicional de trabajo con la que crea plusvalía. Igual que antes, la plusvalía solo resulta de un excedente cuantitativo de trabajo, de la duración prolongada del mismo proceso de trabajo, que en un caso es proceso de producción de hilo y en el otro proceso de producción de joyas.25

Por otra parte, en todo proceso de formación de valor el trabajo superior tiene que reducirse siempre a trabajo social medio, por ejemplo un día de trabajo superior a x días de trabajo simple.26 Se ahorra, pues, una operación superflua y se simplifica el análisis suponiendo que el obrero empleado por el capital ejecuta trabajo social medio simple.

Capítulo sexto. Capital constante y capital variable

Los diversos factores del proceso de trabajo toman parte de manera diversa en la formación del valor del producto.

El obrero añade al objeto de trabajo un valor nuevo al añadirle una cantidad determinada de trabajo, prescindiendo del contenido, el fin y el carácter técnico determinados de su trabajo. Por otro lado, reencontramos los valores de los medios de producción consumidos como partes integrantes del valor del producto, por ejemplo los valores del algodón y de los husos en el valor del hilo. El valor de los medios de producción se conserva, pues, al transferirse al producto. Esta transferencia se produce durante la transformación de los medios de producción en producto, en el proceso de trabajo. Está mediada por el trabajo. Pero ¿cómo?

El obrero no trabaja dos veces en el mismo tiempo, una para añadir con su trabajo un valor al algodón y otra para conservar su valor antiguo o, lo que es lo mismo, para transferir al producto, al hilo, el valor del algodón que elabora y el de los husos con que trabaja. Al contrario, por el mero hecho de añadir valor nuevo conserva el valor antiguo. Pero, como la adición de valor nuevo al objeto de trabajo y la conservación de los valores antiguos en el producto son dos resultados completamente distintos que el obrero produce en el mismo tiempo, aunque en ese tiempo solo trabaja una vez, este doble carácter del resultado solo puede explicarse, evidentemente, por el doble carácter de su propio trabajo. En el mismo momento, este tiene que crear valor en virtud de una propiedad y conservar o transferir valor en virtud de otra.

¿Cómo añade cada obrero tiempo de trabajo y, por tanto, valor? Siempre y únicamente en la forma de su modo de trabajo productivo peculiar. El hilandero solo añade tiempo de trabajo hilando; el tejedor, tejiendo; el herrero, forjando. Pero mediante la forma orientada a un fin en que añaden trabajo en general, y por tanto valor nuevo, mediante el hilar, el tejer, el forjar, los medios de producción, algodón y husos, hilo y telar, hierro y yunque, se convierten en elementos formadores de un producto, de un nuevo valor de uso.27 La forma antigua de su valor de uso desaparece, pero solo para resurgir en una nueva forma de valor de uso. Ahora bien, al considerar el proceso de formación de valor resultó que, en la medida en que un valor de uso se gasta conforme a su fin para producir un nuevo valor de uso, el tiempo de trabajo necesario para fabricar el valor de uso gastado constituye una parte del tiempo de trabajo necesario para fabricar el nuevo valor de uso, es decir, es tiempo de trabajo que se transfiere del medio de producción gastado al nuevo producto. Así pues, el obrero conserva los valores de los medios de producción gastados, o los transfiere como partes integrantes de valor al producto, no por su adición de trabajo en general, sino por el carácter útil particular, por la forma específicamente productiva de este trabajo adicional. En cuanto actividad productiva de este tipo, orientada a un fin —hilar, tejer, forjar—, el trabajo, por su mero contacto, resucita de entre los muertos a los medios de producción, los anima como factores del proceso de trabajo y se combina con ellos para formar productos.

Si el trabajo productivo específico del obrero no fuera hilar, no convertiría el algodón en hilo y tampoco transferiría, por tanto, al hilo los valores del algodón y de los husos. En cambio, si el mismo obrero cambia de oficio y se hace carpintero, seguirá añadiendo valor a su material con una jornada laboral. Lo añade, pues, con su trabajo, no en cuanto es trabajo de hilar o de carpintería, sino en cuanto es trabajo social abstracto en general, y añade una magnitud de valor determinada no porque su trabajo tenga un contenido útil particular, sino porque dura un tiempo determinado. Así pues, en su propiedad abstracta, general, como gasto de fuerza de trabajo humana, el trabajo del hilandero añade valor nuevo a los valores del algodón y de los husos, y en su propiedad concreta, particular, útil, como proceso de hilar, transfiere al producto el valor de estos medios de producción y conserva así su valor en el producto. De ahí el doble carácter de su resultado en el mismo momento.

Mediante la adición puramente cuantitativa de trabajo se añade valor nuevo; mediante la calidad del trabajo añadido se conservan en el producto los valores antiguos de los medios de producción. Este doble efecto del mismo trabajo, consecuencia de su doble carácter, se muestra palpablemente en diversos fenómenos.

Supón que algún invento permite al hilandero hilar en 6 horas tanto algodón como antes en 36. Como actividad útil, productiva, orientada a un fin, su trabajo ha sextuplicado su fuerza. Su producto es seis veces mayor: 36 libras de hilo en vez de 6. Pero las 36 libras de algodón absorben ahora solo tanto tiempo de trabajo como antes 6 libras. Se les añade seis veces menos trabajo nuevo que con el método antiguo y, por tanto, solo una sexta parte del valor anterior. Por otro lado, existe ahora en el producto, en las 36 libras de hilo, el séxtuplo del valor de algodón. En las 6 horas de hilado se conserva y se transfiere al producto un valor de materia prima seis veces mayor, aunque a la misma materia prima se le añade un valor nuevo seis veces menor. Esto muestra cómo la propiedad en virtud de la cual el trabajo, durante el mismo proceso indivisible, conserva valores es esencialmente distinta de la propiedad en virtud de la cual crea valor. Cuanto más tiempo de trabajo necesario se emplea durante la operación de hilar en la misma cantidad de algodón, tanto mayor es el valor nuevo que se añade al algodón; pero cuantas más libras de algodón se hilan en el mismo tiempo de trabajo, tanto mayor es el valor antiguo que se conserva en el producto.

Supón, a la inversa, que la productividad del trabajo de hilar no varía, que el hilandero sigue necesitando, pues, el mismo tiempo para convertir una libra de algodón en hilo. Pero que el valor de cambio del algodón mismo cambia, que una libra de algodón sube o baja seis veces su precio. En ambos casos el hilandero sigue añadiendo a la misma cantidad de algodón el mismo tiempo de trabajo, y por tanto el mismo valor, y en ambos casos produce en el mismo tiempo la misma cantidad de hilo. Y, sin embargo, el valor que transfiere del algodón al hilo, al producto, es una vez seis veces menor y otra seis veces mayor que antes. Lo mismo ocurre si los medios de trabajo se encarecen o se abaratan pero siguen prestando el mismo servicio en el proceso de trabajo.

Si las condiciones técnicas del proceso de hilado no cambian y tampoco se produce ningún cambio de valor en sus medios de producción, el hilandero sigue consumiendo en tiempos de trabajo iguales cantidades iguales de materia prima y de maquinaria de valores constantes. El valor que conserva en el producto está entonces en relación directa con el valor nuevo que añade. En dos semanas añade el doble de trabajo que en una, y por tanto el doble de valor, y a la vez gasta el doble de material de doble valor y desgasta el doble de maquinaria de doble valor; conserva, pues, en el producto de dos semanas el doble de valor que en el producto de una. En condiciones de producción dadas y constantes, el obrero conserva tanto más valor cuanto más valor añade, pero no conserva más valor porque añada más valor, sino porque lo añade en condiciones constantes e independientes de su propio trabajo.

Sin duda puede decirse, en un sentido relativo, que el obrero conserva siempre valores antiguos en la misma proporción en que añade valor nuevo. Suba el algodón de 1 chelín a 2 o baje a 6 peniques, en el producto de una hora conserva siempre solo la mitad de valor de algodón, por mucho que este cambie, que en el producto de dos horas. Si cambia además la productividad de su propio trabajo, si sube o baja, hilará por ejemplo en una hora de trabajo más o menos algodón que antes, y conservará en consecuencia más o menos valor de algodón en el producto de una hora de trabajo. Con todo, en dos horas de trabajo conservará el doble de valor que en una.

El valor, dejando aparte su representación meramente simbólica en el signo de valor, solo existe en un valor de uso, en una cosa. (El hombre mismo, considerado como mera existencia de fuerza de trabajo, es un objeto natural, una cosa, aunque sea una cosa viva, consciente de sí, y el trabajo mismo es la manifestación material de esa fuerza.) Por eso, si se pierde el valor de uso, se pierde también el valor. Los medios de producción no pierden su valor al mismo tiempo que su valor de uso, porque en el proceso de trabajo, en efecto, solo pierden la figura originaria de su valor de uso para ganar en el producto la figura de otro valor de uso. Pero tan importante como es para el valor existir en algún valor de uso, tan indiferente le es en cuál existe, como muestra la metamorfosis de las mercancías. De aquí se sigue que en el proceso de trabajo solo pasa valor del medio de producción al producto en la medida en que el medio de producción pierde, junto con su valor de uso independiente, también su valor de cambio. Solo cede al producto el valor que pierde como medio de producción. Pero los factores objetivos del proceso de trabajo se comportan de manera diferente a este respecto.

El carbón con que se calienta la máquina desaparece sin dejar rastro, y lo mismo el aceite con que se engrasa el eje de la rueda, etc. El tinte y otras materias auxiliares desaparecen, pero se muestran en las propiedades del producto. La materia prima constituye la sustancia del producto, pero ha cambiado de forma. La materia prima y las materias auxiliares pierden, pues, la figura independiente con que entraron en el proceso de trabajo como valores de uso. Otra cosa ocurre con los medios de trabajo propiamente dichos. Un instrumento, una máquina, un edificio fabril, un recipiente, etc., solo sirven en el proceso de trabajo mientras conservan su figura originaria y entran mañana en el proceso de trabajo exactamente en la misma forma que ayer. Así como durante su vida, el proceso de trabajo, conservan su figura independiente frente al producto, así también después de su muerte. Los cadáveres de máquinas, herramientas, edificios de trabajo, etc., siguen existiendo separados de los productos que ayudaron a formar. Si consideramos ahora todo el período durante el cual sirve un medio de trabajo de este tipo, desde el día en que entra en el taller hasta el día en que se le destierra al trastero, durante ese período su valor de uso ha sido consumido por completo por el trabajo y su valor de cambio ha pasado, por tanto, íntegramente al producto. Si una máquina de hilar, por ejemplo, ha vivido 10 años, durante el proceso de trabajo de diez años su valor total ha pasado al producto de diez años. El período de vida de un medio de trabajo abarca, pues, un número mayor o menor de procesos de trabajo repetidos siempre de nuevo con él. Y al medio de trabajo le pasa lo que al hombre. Todo hombre va muriendo 24 horas cada día. Pero a ningún hombre se le ve con exactitud cuántos días lleva ya muerto. Esto no impide, sin embargo, a las compañías de seguros de vida sacar de la vida media de los hombres conclusiones muy seguras y, lo que es mucho más, muy provechosas. Lo mismo con el medio de trabajo. Se sabe por experiencia cuánto dura por término medio un medio de trabajo, por ejemplo una máquina de cierto tipo. Supongamos que su valor de uso en el proceso de trabajo dure solo 6 días. Entonces pierde por término medio cada jornada laboral ⅙ de su valor de uso y cede, por tanto, ⅙ de su valor al producto diario. De este modo se calcula el desgaste de todos los medios de trabajo, es decir, por ejemplo, su pérdida diaria de valor de uso y la correspondiente cesión diaria de valor al producto.

Se muestra así de manera contundente que un medio de producción nunca cede al producto más valor del que pierde en el proceso de trabajo por la destrucción de su propio valor de uso. Si no tuviera valor que perder, es decir, si no fuera él mismo producto del trabajo humano, no cedería ningún valor al producto. Serviría como formador de valor de uso sin servir como formador de valor de cambio. Este es, por tanto, el caso de todos los medios de producción que existen por naturaleza, sin intervención humana: la tierra, el viento, el agua, el hierro en la veta, la madera de la selva virgen, etc.

Aquí nos sale al paso otro fenómeno interesante. Supongamos que una máquina vale, por ejemplo, 1.000 £ y se desgasta en 1.000 días. En este caso pasa cada día 1/1.000 del valor de la máquina de esta a su producto diario. Al mismo tiempo, aunque con una fuerza vital decreciente, actúa siempre en el proceso de trabajo la máquina entera. Resulta, pues, que un factor del proceso de trabajo, un medio de producción, entra entero en el proceso de trabajo, pero solo en parte en el proceso de valorización. La diferencia entre proceso de trabajo y proceso de valorización se refleja aquí en sus factores objetivos, pues el mismo medio de producción cuenta en un mismo proceso de producción entero como elemento del proceso de trabajo y solo a trozos como elemento de la formación de valor.28

Por otra parte, a la inversa, un medio de producción puede entrar entero en el proceso de valorización aunque solo entre a trozos en el proceso de trabajo. Supón que, al hilar el algodón, de cada 115 libras se pierden diariamente 15 que no dan hilo, sino solo polvo del diablo (devil's dust). Pues bien, si esta merma de 15 libras es normal, inseparable de la elaboración media del algodón, el valor de las 15 libras de algodón que no son elemento del hilo entra en el valor del hilo exactamente igual que el valor de las 100 libras que forman su sustancia. El valor de uso de 15 libras de algodón tiene que hacerse polvo para hacer 100 libras de hilo. La pérdida de este algodón es, pues, una condición de producción del hilo. Precisamente por eso cede su valor al hilo. Esto vale para todos los excrementos del proceso de trabajo, por lo menos en la medida en que estos excrementos no vuelven a formar nuevos medios de producción y, por tanto, nuevos valores de uso independientes. Así, en las grandes fábricas de maquinaria de Manchester se ven montañas de desechos de hierro, arrancados como virutas de cepillo por máquinas ciclópeas, salir al anochecer de la fábrica en grandes carros hacia la fundición, para volver al día siguiente de la fundición a la fábrica como hierro macizo.

Los medios de producción solo transfieren valor a la nueva figura del producto en la medida en que, durante el proceso de trabajo, pierden valor en la figura de sus antiguos valores de uso. El máximo de pérdida de valor que pueden sufrir en el proceso de trabajo está limitado, evidentemente, por la magnitud de valor originaria con que entran en el proceso de trabajo, o por el tiempo de trabajo requerido para su propia producción. Por eso los medios de producción nunca pueden añadir al producto más valor del que poseen independientemente del proceso de trabajo al que sirven. Por útil que sea un material de trabajo, una máquina, un medio de producción: si cuesta 150 £, digamos 500 jornadas laborales, nunca añade al producto total en cuya formación sirve más de 150 £. Su valor no está determinado por el proceso de trabajo en que entra como medio de producción, sino por el proceso de trabajo del que sale como producto. En el proceso de trabajo solo sirve como valor de uso, como cosa con propiedades útiles, y por tanto no cedería ningún valor al producto si no hubiera poseído valor antes de entrar en el proceso.29

Cuando el trabajo productivo convierte medios de producción en elementos formadores de un nuevo producto, con el valor de estos se opera una transmigración de las almas. Pasa del cuerpo consumido al cuerpo de nueva figura. Pero esta transmigración se produce, por así decirlo, a espaldas del trabajo real. El obrero no puede añadir trabajo nuevo, ni por tanto crear valor nuevo, sin conservar valores antiguos, pues siempre tiene que añadir el trabajo en una forma útil determinada, y no puede añadirlo en forma útil sin convertir productos en medios de producción de un nuevo producto y transferir con ello su valor al nuevo producto. Es, pues, un don natural de la fuerza de trabajo puesta en actividad, del trabajo vivo, conservar valor añadiendo valor; un don natural que al obrero no le cuesta nada, pero que al capitalista le reporta mucho: la conservación del valor de capital existente.30 Mientras el negocio marcha viento en popa, el capitalista está demasiado absorto en sacar plus para ver este regalo gratuito del trabajo. Las interrupciones violentas del proceso de trabajo, las crisis, se lo hacen notar dolorosamente.31

Lo que en general se consume de los medios de producción es su valor de uso, mediante cuyo consumo el trabajo forma productos. Su valor, en realidad, no se consume,32 y por tanto tampoco puede reproducirse. Se conserva, pero no porque en el proceso de trabajo se opere con él mismo, sino porque el valor de uso en que existe originariamente desaparece, es cierto, pero solo desaparece en otro valor de uso. Por eso el valor de los medios de producción reaparece en el valor del producto, pero, hablando con propiedad, no se reproduce. Lo que se produce es el nuevo valor de uso en el que reaparece el antiguo valor de cambio.33

Otra cosa ocurre con el factor subjetivo del proceso de trabajo, con la fuerza de trabajo puesta en actividad. Mientras el trabajo, por su forma orientada a un fin, transfiere al producto y conserva el valor de los medios de producción, cada momento de su movimiento forma valor adicional, valor nuevo. Supongamos que el proceso de producción se interrumpe en el punto en que el obrero ha producido un equivalente del valor de su propia fuerza de trabajo, en que ha añadido, por ejemplo, mediante seis horas de trabajo, un valor de 3 chelines. Este valor constituye el excedente del valor del producto sobre sus partes integrantes debidas al valor de los medios de producción. Es el único valor original surgido dentro de este proceso, la única parte del valor del producto producida por el proceso mismo. Es cierto que solo repone el dinero adelantado por el capitalista al comprar la fuerza de trabajo y gastado por el propio obrero en medios de subsistencia. Con respecto a los 3 chelines gastados, el valor nuevo de 3 chelines aparece solo como reproducción. Pero está realmente reproducido, no solo en apariencia, como el valor de los medios de producción. La sustitución de un valor por otro está mediada aquí por una nueva creación de valor.

Pero ya sabemos que el proceso de trabajo continúa más allá del punto en que se habría reproducido y añadido al objeto de trabajo un mero equivalente del valor de la fuerza de trabajo. En vez de las 6 horas que bastan para ello, el proceso dura, por ejemplo, 12. Mediante la puesta en actividad de la fuerza de trabajo, pues, no solo se reproduce su propio valor, sino que se produce un valor excedente. Esta plusvalía constituye el excedente del valor del producto sobre el valor de los formadores del producto consumidos, es decir, de los medios de producción y de la fuerza de trabajo.

Al exponer los diversos papeles que desempeñan los diversos factores del proceso de trabajo en la formación del valor del producto, hemos caracterizado en realidad las funciones de las diversas partes integrantes del capital en su propio proceso de valorización. El excedente del valor total del producto sobre la suma de valor de sus elementos formadores es el excedente del capital valorizado sobre el valor de capital adelantado originariamente. Los medios de producción por un lado y la fuerza de trabajo por otro no son más que las distintas formas de existencia que adoptó el valor de capital originario al despojarse de su forma de dinero y convertirse en los factores del proceso de trabajo.

La parte del capital, pues, que se convierte en medios de producción, es decir, en materia prima, materias auxiliares y medios de trabajo, no altera su magnitud de valor en el proceso de producción. Por eso la llamo parte constante del capital o, más brevemente, capital constante.

La parte del capital convertida en fuerza de trabajo, en cambio, altera su valor en el proceso de producción. Reproduce su propio equivalente y un excedente sobre él, la plusvalía, que a su vez puede variar, ser mayor o menor. Esta parte del capital se convierte continuamente de magnitud constante en magnitud variable. Por eso la llamo parte variable del capital o, más brevemente, capital variable. Las mismas partes integrantes del capital que, desde el punto de vista del proceso de trabajo, se distinguen como factores objetivos y subjetivos, como medios de producción y fuerza de trabajo, se distinguen, desde el punto de vista del proceso de valorización, como capital constante y capital variable.

El concepto de capital constante no excluye en modo alguno una revolución en el valor de sus partes integrantes. Supón que la libra de algodón cuesta hoy 6 peniques y mañana, a consecuencia de una mala cosecha de algodón, sube a 1 chelín. El algodón viejo que se sigue elaborando se compró al valor de 6 peniques, pero ahora añade al producto una parte de valor de 1 chelín. Y el algodón ya hilado, que quizá circula ya como hilo en el mercado, añade igualmente al producto el doble de su valor original. Pero se ve que estos cambios de valor son independientes de la valorización del algodón en el propio proceso de hilado. Si el algodón viejo aún no hubiera entrado en el proceso de trabajo, podría revenderse ahora a 1 chelín en vez de a 6 peniques. Al contrario: cuantos menos procesos de trabajo haya recorrido, más seguro es este resultado. Por eso es ley de la especulación, en tales revoluciones del valor, especular con la materia prima en su forma menos elaborada, es decir, antes con el hilo que con el tejido y antes con el algodón mismo que con el hilo. El cambio de valor surge aquí en el proceso que produce el algodón, no en el proceso en que este funciona como medio de producción y, por tanto, como capital constante. El valor de una mercancía está determinado, es cierto, por la cantidad de trabajo contenida en ella, pero esta cantidad misma está determinada socialmente. Si ha cambiado el tiempo de trabajo socialmente requerido para producirla —y la misma cantidad de algodón, por ejemplo, representa en las malas cosechas una cantidad de trabajo mayor que en las buenas—, se produce un efecto retroactivo sobre la mercancía antigua, que solo cuenta siempre como ejemplar individual de su especie34 y cuyo valor se mide siempre por el trabajo socialmente necesario, es decir, también por el trabajo necesario siempre en las condiciones sociales presentes.

Al igual que el valor de la materia prima, puede cambiar el valor de los medios de trabajo que ya sirven en el proceso de producción, la maquinaria, etc., y por tanto también la parte de valor que ceden al producto. Si, por ejemplo, a consecuencia de un nuevo invento, se reproduce maquinaria del mismo tipo con menor gasto de trabajo, la maquinaria antigua se desvaloriza en mayor o menor medida y transfiere, por tanto, proporcionalmente menos valor al producto. Pero también aquí el cambio de valor surge fuera del proceso de producción en que la máquina funciona como medio de producción. En este proceso nunca cede más valor del que posee independientemente de él.

Así como un cambio en el valor de los medios de producción, aunque repercuta en ellos después de haber entrado ya en el proceso, no altera su carácter de capital constante, tampoco un cambio en la proporción entre capital constante y capital variable afecta a su diferencia funcional. Las condiciones técnicas del proceso de trabajo pueden transformarse, por ejemplo, de tal modo que, donde antes 10 obreros con 10 herramientas de poco valor elaboraban una masa relativamente pequeña de materia prima, ahora 1 obrero con una máquina cara elabore cien veces más materia prima. En este caso, el capital constante, es decir, la masa de valor de los medios de producción empleados, habría crecido mucho, y la parte variable del capital, la adelantada en fuerza de trabajo, habría disminuido mucho. Pero este cambio solo altera la relación de magnitud entre capital constante y capital variable, o la proporción en que el capital total se descompone en partes constantes y variables; en cambio, no afecta a la diferencia entre constante y variable.

Capítulo séptimo. La tasa de plusvalía

1. El grado de explotación de la fuerza de trabajo

La plusvalía que el capital adelantado C ha engendrado en el proceso de producción, o la valorización del valor de capital adelantado C, se presenta en primer lugar como excedente del valor del producto sobre la suma de valor de sus elementos de producción.

El capital C se descompone en dos partes: una suma de dinero c, que se gasta en medios de producción, y otra suma de dinero v, que se gasta en fuerza de trabajo; c representa la parte de valor transformada en capital constante, v la transformada en capital variable. Así pues, originariamente C = c + v; por ejemplo, el capital adelantado de 500 £ = 410 £ + 90 £. Al final del proceso de producción sale una mercancía cuyo valor = c + v + p, donde p es la plusvalía35; por ejemplo, 410 £ + 90 £ + 90 £. El capital originario C se ha transformado en C', de 500 £ en 590 £. La diferencia entre ambos es = p, una plusvalía de 90. Como el valor de los elementos de producción es igual al valor del capital adelantado, es de hecho una tautología decir que el excedente del valor del producto sobre el valor de sus elementos de producción es igual a la valorización del capital adelantado o igual a la plusvalía producida.

Sin embargo, esta tautología exige una determinación más precisa. Lo que se compara con el valor del producto es el valor de los elementos de producción consumidos en su formación. Ahora bien, hemos visto que la parte del capital constante empleado que consiste en medios de trabajo solo cede al producto un trozo de su valor, mientras que otro trozo perdura en su antigua forma de existencia. Como este último no desempeña ningún papel en la formación de valor, hay que hacer aquí abstracción de él. Meterlo en la cuenta no cambiaría nada. Supongamos que c = 410 £ consta de materia prima por valor de 312 £, materias auxiliares por 44 £ y maquinaria que se desgasta en el proceso por 54 £, pero que el valor de la maquinaria realmente empleada asciende a 1.054 £. Como adelantado para la producción del valor del producto contamos solo el valor de 54 £ que la maquinaria pierde por su funcionamiento y que, por tanto, cede al producto. Si contáramos también las 1.000 £ que siguen existiendo en su antigua forma como máquina de vapor, etc., tendríamos que contarlas en ambos lados, en el lado del valor adelantado y en el lado del valor del producto 36, y obtendríamos respectivamente 1.500 £ y 1.590 £. La diferencia, o la plusvalía, seguiría siendo de 90 £. Por capital constante adelantado para la producción de valor entendemos, pues, siempre, salvo que del contexto se desprenda lo contrario, solo el valor de los medios de producción consumidos en la producción.

Supuesto esto, volvamos a la fórmula C = c + v, que se transforma en C' = c + v + p, y precisamente por eso transforma C en C'. Ya se sabe que el valor del capital constante no hace más que reaparecer en el producto. El producto de valor realmente engendrado de nuevo en el proceso es, pues, distinto del valor del producto obtenido del proceso; por lo tanto, no es, como parece a primera vista, c + v + p, o 410 £ + 90 £ + 90, sino v + p, o 90 £ + 90 £; no 590 £, sino 180 £. Si c, el capital constante, fuera = 0; en otras palabras, si hubiera ramas de la industria en las que el capitalista no tuviera que emplear medios de producción producidos —ni materia prima, ni materias auxiliares, ni instrumentos de trabajo—, sino solo materiales existentes por naturaleza y fuerza de trabajo, no habría ninguna parte constante de valor que transferir al producto. Este elemento del valor del producto, 410 £ en nuestro ejemplo, desaparecería, pero el producto de valor de 180 £, que contiene 90 £ de plusvalía, seguiría siendo exactamente igual de grande que si c representara la mayor suma de valor. Tendríamos C = 0 + v = v, y C', el capital valorizado, = v + p; C' − C seguiría siendo = p. Si, a la inversa, p fuera = 0; en otras palabras, si la fuerza de trabajo cuyo valor se adelanta en el capital variable solo hubiera producido un equivalente, entonces C = c + v y C' (el valor del producto) = c + v + 0, y por tanto C = C'. El capital adelantado no se habría valorizado.

En realidad ya sabemos que la plusvalía es mera consecuencia del cambio de valor que se opera en v, la parte del capital convertida en fuerza de trabajo, y que, por consiguiente, v + p = v + Δv (v más un incremento de v). Pero el cambio de valor real y la proporción en que el valor cambia quedan oscurecidos por el hecho de que, a consecuencia del crecimiento de su componente variable, crece también el capital total adelantado. Era 500 y se convierte en 590. El análisis puro del proceso exige, pues, hacer completa abstracción de la parte del valor del producto en la que solo reaparece valor de capital constante, es decir, poner el capital constante c = 0, y aplicar así una ley de las matemáticas, cuando estas operan con magnitudes variables y constantes y la magnitud constante solo está ligada a la variable por adición o sustracción.

Otra dificultad nace de la forma originaria del capital variable. Así, en el ejemplo anterior, C' = 410 £ de capital constante + 90 £ de capital variable + 90 £ de plusvalía. Pero noventa libras son una magnitud dada, por tanto constante, y parece absurdo tratarlas como magnitud variable. Sin embargo, las 90 £, o 90 £ de capital variable, no son aquí, en realidad, más que el símbolo del proceso que este valor recorre. La parte del capital adelantada en la compra de la fuerza de trabajo es una cantidad determinada de trabajo objetivado y, por tanto, una magnitud de valor constante, como el valor de la fuerza de trabajo comprada. Pero en el proceso de producción mismo, el lugar de las 90 £ adelantadas lo ocupa la fuerza de trabajo en acción; el lugar del trabajo muerto, el trabajo vivo; el de una magnitud en reposo, una magnitud fluyente; el de una constante, una variable. El resultado es la reproducción de v más un incremento de v. Desde el punto de vista de la producción capitalista, todo este curso es movimiento propio del valor originariamente constante convertido en fuerza de trabajo. A él se le abonan en cuenta el proceso y su resultado. Así pues, si la fórmula «90 £ de capital variable», o «valor que se valoriza», parece contradictoria, no hace sino expresar una contradicción inmanente a la producción capitalista.

Igualar el capital constante a 0 extraña a primera vista. Sin embargo, es algo que se hace constantemente en la vida diaria. Si alguien quiere calcular, por ejemplo, lo que Inglaterra gana con la industria algodonera, empieza por restar el precio del algodón pagado a los Estados Unidos, la India, Egipto, etc.; es decir, pone = 0 el valor de capital que no hace más que reaparecer en el valor del producto.

Es cierto que la relación de la plusvalía, no solo con la parte del capital de la que nace directamente y cuyo cambio de valor representa, sino también con el capital total adelantado, tiene una gran importancia económica. Por eso tratamos esta relación con detalle en el libro tercero. Para valorizar una parte del capital convirtiéndola en fuerza de trabajo, hay que transformar otra parte del capital en medios de producción. Para que el capital variable funcione, hay que adelantar capital constante en las proporciones correspondientes, según el carácter técnico determinado del proceso de trabajo. Pero la circunstancia de que para un proceso químico se necesiten retortas y otros recipientes no impide, en el análisis, hacer abstracción de la retorta misma. En la medida en que la creación de valor y el cambio de valor se consideran por sí mismos, es decir, en estado puro, los medios de producción, esas figuras materiales del capital constante, solo suministran la materia en la que ha de fijarse la fuerza fluida, creadora de valor. Por eso también es indiferente la naturaleza de esa materia, sea algodón o hierro. También es indiferente el valor de esa materia. Basta con que exista en masa suficiente para poder absorber la cantidad de trabajo que ha de gastarse durante el proceso de producción. Dada esa masa, ya suba o baje su valor, o carezca de valor, como la tierra y el mar, el proceso de creación de valor y de cambio de valor no se ve afectado.37

Así pues, empezamos por poner la parte constante del capital igual a cero. El capital adelantado se reduce, por tanto, de c + v a v, y el valor del producto, c + v + p, al producto de valor v + p. Dado el producto de valor = 180 £, en el que se representa el trabajo que fluye durante toda la duración del proceso de producción, tenemos que restar el valor del capital variable = 90 £ para obtener la plusvalía = 90 £. La cifra de 90 £ = p expresa aquí la magnitud absoluta de la plusvalía producida. Su magnitud proporcional, en cambio, es decir, la proporción en que se ha valorizado el capital variable, está evidentemente determinada por la relación entre la plusvalía y el capital variable, o se expresa en p/v. En el ejemplo anterior, pues, en 90/90 = 100 %. A esta valorización proporcional del capital variable, o magnitud proporcional de la plusvalía, la llamo tasa de plusvalía.38

Hemos visto que el obrero, durante un tramo del proceso de trabajo, solo produce el valor de su fuerza de trabajo, es decir, el valor de sus medios de subsistencia necesarios. Como produce en una situación basada en la división social del trabajo, no produce sus medios de subsistencia directamente, sino que, en forma de una mercancía particular, por ejemplo el hilo, produce un valor igual al valor de sus medios de subsistencia o al dinero con que los compra. La parte de su jornada laboral que consume en ello es mayor o menor según el valor de sus medios de subsistencia diarios medios, es decir, según el tiempo de trabajo diario medio requerido para producirlos. Si el valor de sus medios de subsistencia diarios representa por término medio 6 horas de trabajo objetivadas, el obrero tiene que trabajar por término medio 6 horas diarias para producirlo. Si no trabajara para el capitalista, sino para sí mismo, de forma independiente, tendría que seguir trabajando, en igualdad de circunstancias, la misma parte alícuota media de la jornada para producir el valor de su fuerza de trabajo y obtener con ello los medios de subsistencia necesarios para su propia conservación o reproducción continua. Pero como en la parte de la jornada laboral en que produce el valor diario de la fuerza de trabajo, digamos 3 chelines, solo produce un equivalente de su valor ya pagado 39 por el capitalista, es decir, como con el valor nuevamente creado solo repone el valor de capital variable adelantado, esta producción de valor aparece como mera reproducción. A la parte de la jornada laboral en que tiene lugar esta reproducción la llamo, pues, tiempo de trabajo necesario, y al trabajo gastado durante ella, trabajo necesario.40 Necesario para el obrero, porque es independiente de la forma social de su trabajo. Necesario para el capital y su mundo, porque la existencia continua del obrero es su base.

El segundo período del proceso de trabajo, en el que el obrero se afana más allá de los límites del trabajo necesario, le cuesta ciertamente trabajo, gasto de fuerza de trabajo, pero no forma ningún valor para él. Forma plusvalía, que sonríe al capitalista con todo el encanto de una creación de la nada. A esta parte de la jornada laboral la llamo tiempo de plustrabajo, y al trabajo gastado en ella, plustrabajo (surplus labour). Si para conocer el valor en general es decisivo concebirlo como mera coagulación de tiempo de trabajo, como trabajo meramente objetivado, igual de decisivo es para conocer la plusvalía concebirla como mera coagulación de tiempo de plustrabajo, como plustrabajo meramente objetivado. Solo la forma en que este plustrabajo se le arranca al productor inmediato, al obrero, distingue las formaciones económicas de la sociedad, por ejemplo la sociedad de la esclavitud de la del trabajo asalariado.41

Como el valor del capital variable = valor de la fuerza de trabajo comprada con él; como el valor de esta fuerza de trabajo determina la parte necesaria de la jornada laboral, mientras que la plusvalía, por su parte, está determinada por la parte sobrante de la jornada laboral, se sigue que la plusvalía es al capital variable lo que el plustrabajo es al trabajo necesario, o que la tasa de plusvalía p/v = plustrabajo / trabajo necesario. Ambas proporciones expresan la misma relación en forma distinta: una vez en forma de trabajo objetivado, la otra en forma de trabajo fluyente.

La tasa de plusvalía es, por tanto, la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital, o del obrero por el capitalista.42

Según nuestra hipótesis, el valor del producto era = 410 £ + 90 £ + 90, y el capital adelantado, = 500 £. Como la plusvalía = 90 y el capital adelantado = 500, con el método habitual de cálculo se sacaría que la tasa de plusvalía (que se confunde con la tasa de ganancia) = 18 %, una proporción tan baja que podría enternecer al señor Carey y a otros armonicistas. Pero en realidad la tasa de plusvalía no es = p/C ni p/(c + v), sino = p/v; no es, pues, 90/500, sino 90/90 = 100 %, más del quíntuple del grado aparente de explotación. Aunque en el caso dado no conocemos la magnitud absoluta de la jornada laboral, ni tampoco el período del proceso de trabajo (día, semana, etc.), ni, por último, el número de obreros que el capital variable de 90 £ pone simultáneamente en movimiento, la tasa de plusvalía p/v, por ser convertible en plustrabajo / trabajo necesario, nos muestra con exactitud la relación entre las dos partes componentes de la jornada laboral. Es del 100 %. Así pues, el obrero trabajó la mitad de la jornada para sí y la otra mitad para el capitalista.

En resumen, el método para calcular la tasa de plusvalía es este: tomamos el valor total del producto y ponemos igual a cero el valor de capital constante que no hace más que reaparecer en él. La suma de valor que queda es el único producto de valor realmente engendrado en el proceso de formación de la mercancía. Si está dada la plusvalía, la restamos de este producto de valor para hallar el capital variable. A la inversa, si está dado este y buscamos la plusvalía. Si ambos están dados, solo queda por hacer la operación final: calcular la relación entre la plusvalía y el capital variable, p/v.

Por sencillo que sea el método, parece oportuno ejercitar al lector, con algunos ejemplos, en el modo de ver en que se basa y que le resulta desacostumbrado.

Primero, el ejemplo de una hilandería de 10.000 husos mule que hila hilo del n.º 32 con algodón americano y produce 1 libra de hilo por huso a la semana. El desperdicio es del 6 %. Así pues, se elaboran semanalmente 10.600 libras de algodón, que dan 10.000 libras de hilo y 600 libras de desperdicio. En abril de 1871 este algodón cuesta 7 3/4 peniques la libra, o sea, en números redondos, 342 £ las 10.600 libras. Los 10.000 husos, incluidas la maquinaria de preparación y la máquina de vapor, cuestan 1 £ por huso, o sea, 10.000 £. Su desgaste asciende al 10 % = 1.000 £, o 20 £ semanales. El alquiler del edificio de la fábrica es de 300 £, o 6 £ por semana. El carbón (4 libras por hora y caballo de vapor, sobre 100 caballos de vapor (indicador) y 60 horas semanales, incluida la calefacción del edificio), 11 toneladas por semana a 8 chelines y 6 peniques la tonelada, cuesta en números redondos 4 1/2 £ por semana; el gas, 1 £ por semana; el aceite, 4 1/2 £ por semana; por tanto, todas las materias auxiliares, 10 £ por semana. La parte constante de valor es, pues, de 378 £ por semana. El salario asciende a 52 £ por semana. El precio del hilo es de 12 1/4 peniques la libra, o sea, 10.000 libras = 510 £; la plusvalía, por tanto, 510 − 430 = 80 £. Ponemos = 0 la parte constante de valor de 378 £, puesto que no interviene en la formación semanal de valor. Queda el producto de valor semanal de 132 = 52 + 80 £. La tasa de plusvalía es, pues, = 80/52 = 153 11/13 %. Con una jornada laboral media de diez horas, esto da: trabajo necesario = 3 31/33 horas y plustrabajo = 6 2/33 horas.43

Jacob, suponiendo para el año 1815 un precio del trigo de 80 chelines el quarter y un rendimiento medio de 22 bushels por acre, de modo que el acre rinde 11 £, da el siguiente cálculo, muy defectuoso por la compensación previa de diversas partidas, pero suficiente para nuestro propósito.

Producción de valor por acre

Simiente (trigo)1 £9 chel.Diezmos, rates, taxes1 £1 chel.
Abono2 £10 chel.Renta1 £8 chel.
Salario3 £10 chel.Ganancia e interés del arrendatario1 £2 chel.
Suma:7 £9 chel.Suma:3 £11 chel.

La plusvalía, siempre en el supuesto de que el precio del producto = su valor, se reparte aquí entre las distintas rúbricas: ganancia, interés, diezmos, etc. Estas rúbricas nos son indiferentes. Las sumamos y obtenemos una plusvalía de 3 £ 11 chelines. Las 3 £ 19 chelines de simiente y abono las ponemos, como parte constante del capital, igual a cero. Queda un capital variable adelantado de 3 £ 10 chelines, en cuyo lugar se ha producido un valor nuevo de 3 £ 10 chelines + 3 £ 11 chelines. Así pues, p/v = 3 £ 11 chel. / 3 £ 10 chel., más del 100 %. El obrero emplea más de la mitad de su jornada laboral en producir una plusvalía que diversas personas se reparten entre sí con diversos pretextos.44

2. Representación del valor del producto en partes proporcionales del producto

Volvamos ahora al ejemplo que nos mostró cómo el capitalista hace capital del dinero. El trabajo necesario de su hilandero era de 6 horas, el plustrabajo otro tanto, y el grado de explotación de la fuerza de trabajo, por tanto, del 100 %.

El producto de la jornada laboral de doce horas son 20 libras de hilo por valor de 30 chelines. No menos de 8/10 de este valor del hilo (24 chelines) están formados por el valor, que no hace más que reaparecer, de los medios de producción consumidos (20 libras de algodón a 20 chelines, husos, etc., a 4 chelines), o consisten en capital constante. Los 2/10 restantes son el valor nuevo de 6 chelines surgido durante el proceso de hilado, una mitad del cual repone el valor diario adelantado de la fuerza de trabajo, o el capital variable, y la otra mitad forma una plusvalía de 3 chelines. El valor total de las 20 libras de hilo se compone, pues, del modo siguiente:

Valor del hilo de 30 chel. = 24 chel. + 3 chel. + 3 chel.

Como este valor total se representa en el producto total de 20 libras de hilo, también los distintos elementos de valor tienen que poder representarse en partes proporcionales del producto.

Si en 20 libras de hilo existe un valor del hilo de 30 chelines, 8/10 de este valor, o su parte constante de 24 chelines, existen en 8/10 del producto, es decir, en 16 libras de hilo. De ellas, 13 1/3 libras representan el valor de la materia prima, el algodón hilado, por 20 chelines, y 2 2/3 libras el valor de las materias auxiliares y medios de trabajo consumidos, husos, etc., por 4 chelines.

13 1/3 libras de hilo representan, pues, todo el algodón hilado en el producto total de 20 libras de hilo, la materia prima del producto total, pero tampoco nada más. Es cierto que en ellas solo hay 13 1/3 libras de algodón por valor de 13 1/3 chelines, pero su valor adicional de 6 2/3 chelines constituye un equivalente del algodón hilado en las otras 6 2/3 libras de hilo. Es como si a estas últimas se les hubiera arrancado el algodón y todo el algodón del producto total se hubiera embutido en 13 1/3 libras de hilo. Estas, en cambio, no contienen ahora ni un átomo del valor de las materias auxiliares y medios de trabajo consumidos, ni del valor nuevo creado en el proceso de hilado.

Del mismo modo, otras 2 2/3 libras de hilo, en las que está el resto del capital constante (= 4 chelines), no representan nada más que el valor de las materias auxiliares y medios de trabajo consumidos en el producto total de 20 libras de hilo.

Ocho décimas partes del producto, o 16 libras de hilo, aunque corporalmente, consideradas como valor de uso, como hilo, sean tan obra del trabajo de hilar como las restantes partes del producto, no contienen, por tanto, en este contexto, trabajo de hilar alguno, ningún trabajo absorbido durante el proceso de hilado mismo. Es como si se hubieran convertido en hilo sin ser hiladas y su figura de hilo fuera puro engaño. En efecto, cuando el capitalista las vende a 24 chelines y vuelve a comprar con ellos sus medios de producción, se ve que 16 libras de hilo no son más que algodón, husos, carbón, etc., disfrazados.

A la inversa, los 2/10 restantes del producto, o 4 libras de hilo, no representan ahora nada más que el valor nuevo de 6 chelines producido en el proceso de hilado de doce horas. Lo que había en ellas del valor de las materias primas y medios de trabajo consumidos ya se les ha sacado y se ha incorporado a las primeras 16 libras de hilo. El trabajo de hilar materializado en 20 libras de hilo está concentrado en 2/10 del producto. Es como si el hilandero hubiera tejido las 4 libras de hilo en el aire, o con un algodón y unos husos que, existentes por naturaleza sin añadido de trabajo humano, no añaden valor alguno al producto.

De las 4 libras de hilo en las que existe así todo el producto de valor del proceso diario de hilado, una mitad solo representa el valor de reposición de la fuerza de trabajo consumida, es decir, el capital variable de 3 chelines; las otras 2 libras de hilo, solo la plusvalía de 3 chelines.

Como 12 horas de trabajo del hilandero se objetivan en 6 chelines, en el valor del hilo de 30 chelines están objetivadas 60 horas de trabajo. Existen en 20 libras de hilo, de las cuales 8/10, o 16 libras, son la materialización de 48 horas de trabajo pasadas antes del proceso de hilado, a saber, del trabajo objetivado en los medios de producción del hilo, mientras que 2/10, o 4 libras, son la materialización de las 12 horas de trabajo gastadas en el proceso de hilado mismo.

Antes vimos que el valor del hilo es igual a la suma del valor nuevo engendrado en su producción más los valores ya preexistentes en sus medios de producción. Ahora se ha mostrado cómo los componentes funcional o conceptualmente distintos del valor del producto pueden representarse en partes proporcionales del producto mismo.

Esta descomposición del producto —del resultado del proceso de producción— en una cantidad de producto que representa solo el trabajo contenido en los medios de producción, o la parte constante del capital; otra cantidad que representa solo el trabajo necesario añadido en el proceso de producción, o la parte variable del capital; y una última cantidad de producto que representa solo el plustrabajo añadido en el mismo proceso, o la plusvalía, es tan sencilla como importante, como mostrará su aplicación posterior a problemas complicados y todavía sin resolver.

Acabamos de considerar el producto total como resultado acabado de la jornada laboral de doce horas. Pero también podemos acompañarlo en su proceso de formación y representar, aun así, los productos parciales como partes del producto funcionalmente distintas.

El hilandero produce en 12 horas 20 libras de hilo, y por tanto en una hora 1 2/3 y en 8 horas 13 1/3 libras, es decir, un producto parcial que tiene el valor total del algodón hilado durante toda la jornada laboral. Del mismo modo, el producto parcial de la hora y 36 minutos siguientes es = 2 2/3 libras de hilo, y representa, por tanto, el valor de los medios de trabajo consumidos durante las 12 horas de trabajo. Asimismo, en la hora y 12 minutos siguientes el hilandero produce 2 libras de hilo = 3 chelines, un valor del producto igual a todo el producto de valor que crea en 6 horas de trabajo necesario. Por último, en las 6/5 horas finales produce igualmente 2 libras de hilo, cuyo valor es igual a la plusvalía engendrada por su media jornada de plustrabajo. Este modo de cálculo le sirve al fabricante inglés para su uso casero, y dirá, por ejemplo, que en las primeras 8 horas, o 2/3 de la jornada laboral, saca su algodón, etc. Como se ve, la fórmula es correcta; de hecho, no es más que la primera fórmula traducida del espacio, donde las partes del producto yacen acabadas unas junto a otras, al tiempo, donde se suceden unas a otras. Pero la fórmula puede ir acompañada también de representaciones muy bárbaras, sobre todo en cabezas que están tan interesadas prácticamente en el proceso de valorización como interesadas en malentenderlo teóricamente. Así, puede uno figurarse que nuestro hilandero, por ejemplo, produce o repone en las primeras 8 horas de su jornada laboral el valor del algodón; en la hora y 36 minutos siguientes, el valor de los medios de trabajo consumidos; en la hora y 12 minutos siguientes, el valor del salario, y que solo dedica al patrono, a la producción de plusvalía, la tan famosa «última hora». Al hilandero se le carga así con el doble milagro de producir algodón, husos, máquina de vapor, carbón, aceite, etc., en el mismo instante en que hila con ellos, y de hacer, de una jornada laboral de un grado de intensidad dado, cinco jornadas como esa. En nuestro caso, en efecto, la producción de la materia prima y los medios de trabajo requiere 24/6 = 4 jornadas laborales de doce horas, y su transformación en hilo otra jornada de doce horas. Que la rapacidad cree en tales milagros y nunca echa en falta al sicofante doctrinario que los demuestra, lo mostrará ahora un ejemplo de celebridad histórica.

3. La «última hora» de Senior

Una hermosa mañana del año 1836, Nassau W. Senior, renombrado por su ciencia económica y por su bello estilo, una especie de Clauren de los economistas ingleses, fue convocado de Oxford a Manchester para aprender allí economía política, en lugar de enseñarla en Oxford. Los fabricantes lo eligieron como su campeón contra la Factory Act recién promulgada y contra la agitación por las diez horas, que aspiraba a ir aún más allá. Con su habitual sagacidad práctica habían reconocido que el señor profesor wanted a good deal of finishing («necesitaba que lo pulieran bastante»). Por eso lo hicieron venir a Manchester. El señor profesor, por su parte, puso en estilo la lección recibida de los fabricantes en Manchester en el panfleto Letters on the Factory Act, as it affects the cotton manufacture, Londres, 1837. Allí puede leerse, entre otras, la siguiente edificante enseñanza:

«Con la ley actual, ninguna fábrica que emplee a personas menores de 18 años puede trabajar más de 11 1/2 horas diarias, es decir, 12 horas durante los 5 primeros días y 9 horas el sábado. Pues bien, el siguiente análisis (!) muestra que en una fábrica así toda la ganancia neta se deriva de la última hora. Un fabricante invierte 100.000 £: 80.000 £ en edificios fabriles y máquinas, 20.000 en materia prima y salarios. La cifra anual de negocios de la fábrica, suponiendo que el capital rote una vez al año y que la ganancia bruta sea del 15 %, tiene que ascender a mercancías por valor de 115.000 £… De estas 115.000 £, cada una de las 23 medias horas de trabajo diarias produce 5/115, o 1/23. De estos 23/23, que forman la totalidad de las 115.000 £ (constituting the whole 115.000 £), 20/23, es decir, 100.000 de las 115.000, solo reponen el capital; 1/23, o 5.000 £ de las 15.000 de ganancia bruta (!), reponen el desgaste de la fábrica y la maquinaria. Los 2/23 restantes, es decir, las dos últimas medias horas de cada día, producen la ganancia neta del 10 %. Por eso, si con precios constantes se permitiera a la fábrica trabajar 13 horas en vez de 11 1/2, con un aumento de unas 2.600 £ del capital circulante, la ganancia neta se duplicaría con creces. Por otro lado, si las horas de trabajo se redujeran en 1 hora diaria, la ganancia neta desaparecería, y si se redujeran en 1 1/2 horas, también la ganancia bruta.»45

¡Y a esto lo llama el señor profesor un «análisis»! Si daba crédito a la queja de los fabricantes de que los obreros desperdician la mejor parte del día en la producción, y por tanto en la reproducción o reposición, del valor de los edificios, las máquinas, el algodón, el carbón, etc., todo análisis sobraba. Le bastaba con responder: «¡Señores míos! Si hacéis trabajar 10 horas en vez de 11 1/2, el consumo diario de algodón, maquinaria, etc., disminuirá, en igualdad de las demás circunstancias, en 1 1/2 horas. Ganáis, pues, exactamente tanto como perdéis. Vuestros obreros desperdiciarán en adelante 1 1/2 horas menos en la reproducción o reposición del valor de capital adelantado». Si no les creía bajo palabra y, como experto, juzgaba necesario un análisis, lo primero que debía hacer, en una cuestión que gira exclusivamente en torno a la relación entre la ganancia neta y la magnitud de la jornada laboral, era rogar a los señores fabricantes que no revolvieran en un batiburrillo maquinaria y edificios fabriles, materia prima y trabajo, sino que tuvieran la bondad de poner a un lado el capital constante contenido en los edificios, la maquinaria, la materia prima, etc., y al otro el capital adelantado en salarios. Si entonces resultaba, por ejemplo, que según la cuenta de los fabricantes el obrero reproduce o repone el salario en 2/2 horas de trabajo, o sea, en una hora, el analista tenía que proseguir:

Según vuestros datos, el obrero produce en la penúltima hora su salario y en la última vuestra plusvalía o ganancia neta. Como en lapsos iguales produce valores iguales, el producto de la penúltima hora tiene el mismo valor que el de la última. Además, solo produce valor en la medida en que gasta trabajo, y la cantidad de su trabajo se mide por su tiempo de trabajo. Este asciende, según vuestros datos, a 11 1/2 horas diarias. Una parte de estas 11 1/2 horas la consume en producir o reponer su salario; la otra, en producir vuestra ganancia neta. No hace nada más durante la jornada laboral. Pero como, según vuestros datos, su salario y la plusvalía que suministra son valores iguales, es evidente que produce su salario en 5 3/4 horas y vuestra ganancia neta en otras 5 3/4 horas. Como, además, el valor del producto en hilo de dos horas es igual a la suma de valor de su salario más vuestra ganancia neta, este valor del hilo tiene que medirse por 11 1/2 horas de trabajo: el producto de la penúltima hora, por 5 3/4 horas de trabajo, y el de la última, ídem. Llegamos ahora a un punto delicado. ¡Atención, pues! La penúltima hora de trabajo es una hora de trabajo corriente, como la primera. Ni plus, ni moins. ¿Cómo puede entonces el hilandero producir en una hora de trabajo un valor en hilo que representa 5 3/4 horas de trabajo? En realidad no hace semejante milagro. Lo que produce en una hora de trabajo en valor de uso es una cantidad determinada de hilo. El valor de este hilo se mide por 5 3/4 horas de trabajo, de las cuales 4 3/4 están, sin intervención suya, en los medios de producción consumidos cada hora, en el algodón, la maquinaria, etc., y 4/4, o una hora, las ha añadido él mismo. Así pues, como su salario se produce en 5 3/4 horas y el producto en hilo de una hora de hilar contiene igualmente 5 3/4 horas de trabajo, no hay en absoluto brujería alguna en que el producto de valor de sus 5 3/4 horas de hilar sea igual al valor del producto de una hora de hilar. Pero vais completamente descaminados si creéis que pierde un solo átomo de tiempo de su jornada laboral en la reproducción o «reposición» de los valores del algodón, la maquinaria, etc. Por el hecho de que su trabajo hace hilo del algodón y del huso, por el hecho de que hila, el valor del algodón y del huso pasa por sí solo al hilo. Esto se debe a la calidad de su trabajo, no a su cantidad. Es cierto que en una hora transferirá al hilo más valor del algodón, etc., que en 1/2 hora, pero solo porque en 1 hora hila más algodón que en 1/2. Comprendéis, pues: vuestra expresión de que el obrero produce en la penúltima hora el valor de su salario y en la última la ganancia neta no quiere decir sino que en el producto en hilo de dos horas de su jornada laboral, estén delante o detrás, están materializadas 11 1/2 horas de trabajo, exactamente tantas horas como cuenta toda su jornada laboral. Y la expresión de que en las primeras 5 3/4 horas produce su salario y en las últimas 5 3/4 horas vuestra ganancia neta tampoco quiere decir otra cosa sino que pagáis las primeras 5 3/4 horas y no pagáis las últimas 5 3/4 horas. Hablo de pago del trabajo, en lugar de pago de la fuerza de trabajo, para hablar vuestra jerga (slang). Si ahora, señores, comparáis la relación entre el tiempo de trabajo que pagáis y el tiempo de trabajo que no pagáis, encontraréis que es de media jornada a media jornada, es decir, del 100 %, lo que sin duda es un bonito porcentaje. Tampoco cabe la menor duda de que, si hacéis bregar a vuestros «brazos» 13 horas en vez de 11 1/2 y, cosa que os pega como un huevo a otro, añadís la hora y media de más al simple plustrabajo, este crecerá de 5 3/4 horas a 7 1/4 horas, y la tasa de plusvalía, por tanto, del 100 % al 126 2/23 %. En cambio, sois unos optimistas demasiado alocados si esperáis que, con la adición de 1 1/2 horas, suba del 100 al 200 % e incluso a más del 200 %, es decir, que «se duplique con creces». Por otra parte —el corazón del hombre es cosa extraña, sobre todo cuando el hombre lleva el corazón en la bolsa—, sois unos pesimistas demasiado chiflados si teméis que, con la reducción de la jornada laboral de 11 1/2 a 10 1/2 horas, toda vuestra ganancia neta se vaya a pique. Nada de eso. Suponiendo constantes todas las demás circunstancias, el plustrabajo bajará de 5 3/4 a 4 3/4 horas, lo que sigue dando una tasa de plusvalía la mar de considerable, a saber, el 82 14/23 %. Pero la funesta «última hora», de la que habéis fabulado más que los quiliastas del fin del mundo, es all bosh (una patraña). Su pérdida no os costará a vosotros la «ganancia neta», ni a los niños de uno y otro sexo que elaboráis en vuestras fábricas la «pureza del alma».46

Cuando por fin suene de verdad vuestra «última horita», acordaos del profesor de Oxford. Y ahora: en un mundo mejor desearé tener más trato con vosotros. Addio!47… La señal de la «última hora» descubierta por Senior en 1836 la volvió a tocar el 15 de abril de 1848, en polémica contra la ley de las diez horas, James Wilson, uno de los principales mandarines de la economía, en el London Economist.

4. El plusproducto

A la parte del producto (1/10 de 20 libras de hilo, o 2 libras de hilo, en el ejemplo del apartado 2) en la que se representa la plusvalía la llamamos plusproducto (surplus produce, produit net). Así como la tasa de plusvalía se determina por su relación no con la suma total del capital, sino con su componente variable, así también el nivel del plusproducto se determina por su relación no con el resto del producto total, sino con la parte del producto en la que se representa el trabajo necesario. Así como la producción de plusvalía es el fin determinante de la producción capitalista, así también lo que mide el grado de la riqueza no es la magnitud absoluta del producto, sino la magnitud relativa del plusproducto.48

La suma del trabajo necesario y el plustrabajo, de los lapsos en que el obrero produce el valor de reposición de su fuerza de trabajo y la plusvalía, forma la magnitud absoluta de su tiempo de trabajo: la jornada laboral (working day).

Capítulo octavo. La jornada laboral

1. Los límites de la jornada laboral

Partíamos del supuesto de que la fuerza de trabajo se compra y se vende por su valor. Su valor, como el de cualquier otra mercancía, se determina por el tiempo de trabajo necesario para producirla. Si la producción de los medios de subsistencia diarios del obrero, por término medio, exige 6 horas, este tendrá que trabajar por término medio 6 horas diarias para producir diariamente su fuerza de trabajo o para reproducir el valor obtenido con su venta. La parte necesaria de su jornada laboral asciende entonces a 6 horas y es, por tanto, en igualdad de las demás circunstancias, una magnitud dada. Pero con ello aún no está dada la magnitud de la jornada laboral misma.

Supongamos que la línea a__b representa la duración o longitud del tiempo de trabajo necesario, pongamos que 6 horas. Según se prolongue el trabajo más allá de a b en 1, 3 o 6 horas, etc., obtenemos las 3 líneas distintas:

Jornada laboral I
a__b_c,

Jornada laboral II
a__b___c,

Jornada laboral III
a__b__c,

que representan tres jornadas laborales distintas, de 7, 9 y 12 horas. La línea de prolongación b c representa la longitud del plustrabajo. Como la jornada laboral = a b + b c, o a c, varía con la magnitud variable b c. Como a b está dada, siempre puede medirse la proporción de b c con respecto a a b. En la jornada laboral I es de 1/6 de a b; en la jornada laboral II, de 3/6, y en la jornada laboral III, de 6/6. Y como la proporción (tiempo de plustrabajo)/(tiempo de trabajo necesario) determina la tasa de plusvalía, esta viene dada por aquella proporción. En las tres jornadas laborales distintas es, respectivamente, del 16 2/3, del 50 y del 100%. A la inversa, la tasa de plusvalía por sí sola no nos daría la magnitud de la jornada laboral. Si fuera, por ejemplo, del 100%, la jornada laboral podría ser de 8, 10, 12 horas, etc. Indicaría que las dos partes integrantes de la jornada laboral, el trabajo necesario y el plustrabajo, son de igual magnitud, pero no qué magnitud tiene cada una de esas partes.

La jornada laboral no es, pues, una magnitud constante, sino variable. Una de sus partes está determinada, ciertamente, por el tiempo de trabajo que exige la reproducción constante del obrero mismo, pero su magnitud total cambia con la longitud o duración del plustrabajo. La jornada laboral es, por tanto, determinable, pero en sí y por sí indeterminada.49

Ahora bien, aunque la jornada laboral no es una magnitud fija, sino fluida, por otro lado solo puede variar dentro de ciertos límites. Su límite mínimo es, sin embargo, indeterminable. Desde luego, si hacemos = 0 la línea de prolongación b c, o sea, el plustrabajo, obtenemos un límite mínimo: la parte del día que el obrero tiene necesariamente que trabajar para su autoconservación. Pero, sobre la base del modo de producción capitalista, el trabajo necesario nunca puede formar más que una parte de su jornada laboral; la jornada laboral, pues, nunca puede reducirse a ese mínimo. En cambio, la jornada laboral sí tiene un límite máximo. No puede prolongarse más allá de cierto límite. Ese límite máximo está doblemente determinado. En primer lugar, por el límite físico de la fuerza de trabajo. Durante el día natural de 24 horas, un hombre solo puede gastar una determinada cantidad de fuerza vital. Del mismo modo, un caballo solo puede trabajar, un día tras otro, 8 horas. Durante una parte del día, la fuerza tiene que descansar, dormir; durante otra parte, el hombre tiene que satisfacer otras necesidades físicas: alimentarse, asearse, vestirse, etc. Además de este límite puramente físico, la prolongación de la jornada laboral tropieza con límites morales. El obrero necesita tiempo para satisfacer necesidades intelectuales y sociales, cuyo volumen y número están determinados por el nivel general de cultura. La variación de la jornada laboral se mueve, por tanto, dentro de límites físicos y sociales. Pero ambos límites son de naturaleza muy elástica y permiten el más amplio margen. Así, encontramos jornadas laborales de 8, 10, 12, 14, 16, 18 horas, es decir, de la longitud más variada.

El capitalista ha comprado la fuerza de trabajo por su valor diario. Le pertenece su valor de uso durante una jornada laboral. Ha adquirido, pues, el derecho a hacer trabajar al obrero para él durante un día. Pero ¿qué es una jornada laboral?50 En todo caso, algo menos que un día natural de vida. ¿Cuánto menos? El capitalista tiene su propia opinión sobre esta ultima Thule, el límite necesario de la jornada laboral. Como capitalista, no es más que capital personificado. Su alma es el alma del capital. Pero el capital tiene un único impulso vital, el impulso de valorizarse, de crear plusvalía, de absorber con su parte constante, los medios de producción, la mayor masa posible de plustrabajo.51 El capital es trabajo muerto que solo se reanima, a la manera de un vampiro, chupando trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa. El tiempo durante el cual trabaja el obrero es el tiempo durante el cual el capitalista consume la fuerza de trabajo que ha comprado.52 Si el obrero consume para sí mismo su tiempo disponible, roba al capitalista.53

El capitalista invoca, pues, la ley del intercambio de mercancías. Como cualquier otro comprador, procura sacar el mayor provecho posible del valor de uso de su mercancía. Pero de pronto se alza la voz del obrero, que había enmudecido en el Sturm und Drang del proceso de producción:

La mercancía que te he vendido se distingue de la restante chusma de mercancías en que su uso crea valor, y un valor mayor del que ella misma cuesta. Por eso la compraste. Lo que de tu lado aparece como valorización del capital es de mi lado gasto excedente de fuerza de trabajo. Tú y yo no conocemos en el mercado más que una ley, la del intercambio de mercancías. Y el consumo de la mercancía no pertenece al vendedor que la enajena, sino al comprador que la adquiere. Te pertenece, por tanto, el uso de mi fuerza de trabajo diaria. Pero por medio de su precio de venta diario tengo que reproducirla diariamente y poder así venderla de nuevo. Prescindiendo del desgaste natural por la edad, etc., tengo que ser capaz de trabajar mañana con el mismo estado normal de fuerza, salud y frescura que hoy. Tú me predicas constantemente el evangelio del «ahorro» y de la «abstinencia». ¡Muy bien! Quiero administrar mi único patrimonio, la fuerza de trabajo, como un administrador sensato y ahorrativo, y abstenerme de todo derroche insensato de ella. Quiero poner cada día en movimiento, convertir en trabajo, hacer fluir de ella solo tanto como sea compatible con su duración normal y su desarrollo sano. Mediante una prolongación desmesurada de la jornada laboral puedes hacer fluir en un solo día una cantidad de mi fuerza de trabajo mayor de la que yo puedo reponer en tres. Lo que tú ganas así en trabajo, lo pierdo yo en sustancia de trabajo. La utilización de mi fuerza de trabajo y su expolio son cosas completamente distintas. Si el período medio que un obrero medio puede vivir con una medida razonable de trabajo es de 30 años, el valor de mi fuerza de trabajo que me pagas un día tras otro es 1/(365 × 30), o 1/10950, de su valor total. Pero si la consumes en 10 años, me pagas diariamente 1/10950 en lugar de 1/3650 de su valor total, es decir, solo 1/3 de su valor diario, y me robas, por tanto, cada día 2/3 del valor de mi mercancía. Me pagas una fuerza de trabajo de un día cuando consumes la de tres. Eso va contra nuestro contrato y contra la ley del intercambio de mercancías. Exijo, pues, una jornada laboral de duración normal, y la exijo sin apelar a tu corazón, porque en cuestiones de dinero se acaban los sentimientos. Puedes ser un ciudadano modelo, quizá miembro de la Sociedad Protectora de Animales y, por añadidura, estar en olor de santidad; pero la cosa que representas frente a mí no tiene corazón que le lata en el pecho. Lo que parece latir en él son los latidos de mi propio corazón. Exijo la jornada laboral normal porque exijo el valor de mi mercancía, como cualquier otro vendedor.54

Como se ve, prescindiendo de límites muy elásticos, de la naturaleza misma del intercambio de mercancías no se desprende ningún límite de la jornada laboral, ni, por tanto, ningún límite del plustrabajo. El capitalista afirma su derecho como comprador cuando procura hacer la jornada laboral lo más larga posible y, si puede, hacer dos jornadas de una. Por otro lado, la naturaleza específica de la mercancía vendida implica un límite a su consumo por el comprador, y el obrero afirma su derecho como vendedor cuando quiere limitar la jornada laboral a una magnitud normal determinada. Tiene lugar aquí, por tanto, una antinomia: derecho contra derecho, ambos sellados por igual por la ley del intercambio de mercancías. Entre derechos iguales decide la fuerza. Y así, en la historia de la producción capitalista, la reglamentación de la jornada laboral se presenta como una lucha en torno a los límites de la jornada laboral: una lucha entre el capitalista colectivo, es decir, la clase de los capitalistas, y el obrero colectivo, o sea, la clase obrera.

2. El hambre canina de plustrabajo. Fabricante y boyardo

El capital no ha inventado el plustrabajo. Dondequiera que una parte de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción, el obrero, libre o no libre, tiene que añadir al tiempo de trabajo necesario para su autoconservación un tiempo de trabajo excedente, a fin de producir los medios de subsistencia para el propietario de los medios de producción55, ya sea ese propietario un καλὸς κἀγαθός ateniense, un teócrata etrusco, un civis romanus, un barón normando, un esclavista norteamericano, un boyardo valaco, un landlord moderno o un capitalista.56 Está claro, sin embargo, que cuando en una formación económica de la sociedad predomina no el valor de cambio, sino el valor de uso del producto, el plustrabajo está limitado por un círculo más estrecho o más amplio de necesidades, pero del carácter mismo de la producción no brota ninguna necesidad ilimitada de plustrabajo. De ahí que en la Antigüedad el exceso de trabajo se muestre de un modo espantoso allí donde se trata de obtener el valor de cambio en su figura autónoma de dinero: en la producción de oro y plata. Hacer trabajar violentamente hasta la muerte es aquí la forma oficial del exceso de trabajo. Basta leer a Diodoro Sículo.57 Pero en el mundo antiguo estas son excepciones. En cuanto pueblos cuya producción se mueve todavía en las formas inferiores del trabajo esclavo, del trabajo servil, etc., se ven arrastrados a un mercado mundial dominado por el modo de producción capitalista, que convierte la venta de sus productos en el extranjero en el interés predominante, a los horrores bárbaros de la esclavitud, la servidumbre, etc., se injerta el horror civilizado del exceso de trabajo. Por eso el trabajo de los negros en los estados del sur de la Unión norteamericana conservó un carácter moderadamente patriarcal mientras la producción se orientó principalmente a la satisfacción inmediata de las propias necesidades. Pero a medida que la exportación de algodón se convirtió en un interés vital para esos estados, el exceso de trabajo impuesto al negro, y aquí y allá el consumo de su vida en siete años de trabajo, pasó a ser factor de un sistema calculado y calculador. Ya no se trataba de sacarle una cierta masa de productos útiles. Se trataba ahora de la producción de la plusvalía misma. Algo parecido ocurre con la corvea, por ejemplo en los principados del Danubio.

La comparación del hambre canina de plustrabajo en los principados del Danubio con la misma hambre canina en las fábricas inglesas ofrece un interés particular, porque en la corvea el plustrabajo tiene una forma autónoma, perceptible por los sentidos.

Supongamos que la jornada laboral consta de 6 horas de trabajo necesario y 6 horas de plustrabajo. El obrero libre suministra entonces al capitalista 6 × 6, o sea, 36 horas de plustrabajo a la semana. Es lo mismo que si trabajara 3 días a la semana para sí y 3 días a la semana gratis para el capitalista. Pero esto no se ve. Plustrabajo y trabajo necesario se confunden el uno con el otro. Por eso puedo expresar la misma proporción diciendo, por ejemplo, que el obrero trabaja en cada minuto 30 segundos para sí y 30 segundos para el capitalista, etc. Otra cosa ocurre con la corvea. El trabajo necesario que realiza, por ejemplo, el campesino valaco para su autoconservación está separado en el espacio de su plustrabajo para el boyardo. Uno lo realiza en su propio campo; el otro, en la finca señorial. Las dos partes del tiempo de trabajo existen, pues, de forma autónoma, una junto a otra. En la forma de la corvea, el plustrabajo está nítidamente separado del trabajo necesario. Esta forma de manifestación distinta no altera, evidentemente, en nada la proporción cuantitativa entre plustrabajo y trabajo necesario. Tres días de plustrabajo a la semana siguen siendo tres días de trabajo que no constituyen ningún equivalente para el propio obrero, ya se llame trabajo de corvea o trabajo asalariado. Pero en el capitalista el hambre canina de plustrabajo se manifiesta en el afán de prolongar desmesuradamente la jornada laboral; en el boyardo, de manera más simple, en la caza directa de días de corvea.58

La corvea iba unida en los principados del Danubio a rentas en especie y demás accesorios de la servidumbre, pero constituía el tributo decisivo a la clase dominante. Donde así ocurría, la corvea rara vez nació de la servidumbre; antes bien, la servidumbre nació por lo general, a la inversa, de la corvea.59 Así ocurrió en las provincias rumanas.

Su modo de producción originario se basaba en la propiedad comunal, pero no en la propiedad comunal en su forma eslava, y menos aún en la india. Una parte de las tierras la cultivaban por separado los miembros de la comunidad como propiedad privada libre; otra parte —el ager publicus— la labraban en común. Los productos de este trabajo común servían, en parte, como fondo de reserva para las malas cosechas y otras contingencias y, en parte, como tesoro público para cubrir los gastos de guerra, de religión y otros gastos de la comunidad. Con el tiempo, los dignatarios militares y eclesiásticos usurparon, junto con la propiedad comunal, las prestaciones destinadas a ella. El trabajo de los campesinos libres en su tierra comunal se transformó en corvea para los ladrones de la tierra comunal. Con ello se desarrollaron al mismo tiempo relaciones de servidumbre, aunque solo de hecho, no legalmente, hasta que Rusia, la liberadora del mundo, so pretexto de abolir la servidumbre, la elevó a ley. El código de la corvea que proclamó en 1831 el general ruso Kiseliov fue dictado, naturalmente, por los propios boyardos. Así, Rusia conquistó de un golpe a los magnates de los principados del Danubio y los aplausos de los cretinos liberales de toda Europa.

Según el Règlement organique, que así se llama aquel código de la corvea, todo campesino valaco debe al llamado propietario de la tierra, además de una masa de tributos en especie detallados: 1) doce jornadas de trabajo en general; 2) una jornada de trabajo en el campo, y 3) una jornada de acarreo de leña. Summa summarum, 14 días al año. Pero, con profunda comprensión de la economía política, la jornada laboral no se toma en su sentido ordinario, sino como la jornada laboral necesaria para obtener un producto diario medio; y el producto diario medio está fijado, con mucha astucia, de tal modo que ningún cíclope acabaría con él en 24 horas. Con las secas palabras de una ironía genuinamente rusa, el propio Règlement declara, pues, que por 12 jornadas de trabajo ha de entenderse el producto de un trabajo manual de 36 días; por una jornada de trabajo en el campo, tres días, y por una jornada de acarreo de leña, también el triple. Total: 42 días de corvea. A ello se añade la llamada jobagie, prestaciones de servicio que se deben al señor de la tierra para necesidades extraordinarias de la producción. Cada aldea tiene que aportar anualmente a la jobagie un contingente determinado, en proporción al tamaño de su población. Esta corvea adicional se calcula en 14 días para cada campesino valaco. Así, la corvea prescrita asciende a 56 jornadas de trabajo al año. Pero en Valaquia, a causa del mal clima, el año agrícola solo tiene 210 días, de los que se pierden 40 por domingos y festivos y, por término medio, 30 por mal tiempo; en total, 70 días. Quedan 140 jornadas de trabajo. La proporción entre la corvea y el trabajo necesario, 56/84, o sea, el 66 2/3 por ciento, expresa una tasa de plusvalía mucho menor que la que regula el trabajo del obrero agrícola o fabril inglés. Pero esta es solo la corvea legalmente prescrita. Y con un espíritu aún más «liberal» que el de la legislación fabril inglesa, el Règlement organique ha sabido facilitar su propia elusión. Después de haber hecho 54 días de 12, vuelve a fijar la tarea nominal de cada uno de los 54 días de corvea de modo que una parte tenga que recaer sobre los días siguientes. En un día, por ejemplo, hay que escardar una extensión de tierra que, para esta operación, sobre todo en los maizales, exige el doble de tiempo. La tarea diaria legal para algunas labores agrícolas es tan interpretable que el día empieza en el mes de mayo y termina en el mes de octubre. Para Moldavia, las disposiciones son aún más duras.

«Los doce días de corvea del Règlement organique —exclamó un boyardo ebrio de victoria— ¡equivalen a 365 días al año!»60

Si el Règlement organique de los principados del Danubio era una expresión positiva del hambre canina de plustrabajo, que legaliza cada uno de sus párrafos, las Factory Acts inglesas son expresiones negativas de la misma hambre canina. Estas leyes refrenan el afán del capital por chupar desmesuradamente la fuerza de trabajo mediante una limitación coactiva de la jornada laboral por parte del Estado, y precisamente de un Estado dominado por el capitalista y el landlord. Prescindiendo de un movimiento obrero que crecía de día en día de modo más amenazador, la limitación del trabajo fabril fue dictada por la misma necesidad que derramó el guano sobre los campos ingleses. La misma rapacidad ciega que en un caso agota la tierra había atacado en el otro, en su raíz, la fuerza vital de la nación. Las epidemias periódicas hablaban aquí con tanta claridad como la disminución de la talla de los soldados en Alemania y en Francia.61

La Factory Act de 1850, vigente ahora (1867), permite para el día laborable medio 10 horas, a saber, 12 horas para los 5 primeros días de la semana, de 6 de la mañana a 6 de la tarde, de las que, sin embargo, se descuentan por ley media hora para el desayuno y una hora para la comida, de modo que quedan 10 1/2 horas de trabajo; y 8 horas para el sábado, de 6 de la mañana a 2 de la tarde, de las que se descuenta media hora para el desayuno. Quedan 60 horas de trabajo: 10 1/2 para cada uno de los cinco primeros días de la semana y 7 1/2 para el último.62 Hay guardianes propios de la ley, los inspectores fabriles, subordinados directamente al Ministerio del Interior, cuyos informes se publican semestralmente por orden del Parlamento. Suministran, pues, una estadística continua y oficial del hambre canina de plustrabajo de los capitalistas.

Escuchemos un momento a los inspectores fabriles.63

«El fabricante tramposo empieza el trabajo un cuarto de hora antes de las 6 de la mañana, a veces antes, a veces después, y lo termina un cuarto de hora después de las 6 de la tarde, a veces antes, a veces después. Quita 5 minutos al principio y al final de la media hora fijada nominalmente para el desayuno, y recorta 10 minutos al principio y al final de la hora fijada para la comida. El sábado trabaja un cuarto de hora, a veces más, a veces menos, después de las 2 de la tarde. Así, su ganancia es:

Antes de las 6 de la mañana15 minutos
Después de las 6 de la tarde6415 minutos
En el tiempo del desayuno10 minutos
En la comida20 minutos
60 minutos

Total en 5 días: 300 minutos

Los sábados
Antes de las 6 de la mañana15 minutos
En el desayuno10 minutos
Después de las 2 de la tarde15 minutos

Ganancia semanal total: 340 minutos

O sea, 5 horas y 40 minutos a la semana, lo que, multiplicado por 50 semanas de trabajo, descontadas 2 semanas por festivos o interrupciones ocasionales, da 27 jornadas de trabajo.»65

«Si se prolonga la jornada laboral 5 minutos diarios por encima de su duración normal, esto da 2 1/2 días de producción al año.»66 «Una hora adicional al día, ganada atrapando aquí un pedacito de tiempo y allá otro, hace de los 12 meses del año 13.»67

Las crisis, en las que la producción se interrumpe y solo se trabaja a «jornada reducida», solo algunos días a la semana, no cambian, naturalmente, nada en el impulso a prolongar la jornada laboral. Cuantos menos negocios se hacen, mayor ha de ser la ganancia sobre el negocio hecho. Cuanto menos tiempo puede trabajarse, más tiempo de trabajo excedente ha de trabajarse. Así informan los inspectores fabriles sobre el período de la crisis de 1857 a 1858:

«Podrá parecer una inconsecuencia que se haga trabajar en exceso en una época en que el comercio va tan mal; pero su mal estado incita a gente sin escrúpulos a cometer infracciones; se aseguran así una ganancia extra...» «Al mismo tiempo —dice Leonard Horner— que en mi distrito 122 fábricas han cerrado por completo, 143 están paradas y todas las demás trabajan a jornada reducida, continúa el exceso de trabajo por encima del tiempo fijado por la ley.»68 «Aunque —dice el señor Howell— en la mayoría de las fábricas, por el mal estado de los negocios, solo se trabaja media jornada, sigo recibiendo el mismo número de quejas de que se arrebata (snatched) a los obreros media hora o tres cuartos de hora diarios invadiendo los intervalos para comidas y descanso que la ley les garantiza.»69

El mismo fenómeno se repite en menor escala durante la terrible crisis algodonera de 1861 a 1865.70

«A veces se alega, cuando sorprendemos a obreros trabajando durante las horas de comida o en otros momentos no permitidos por la ley, que no quieren de ningún modo abandonar la fábrica y que hace falta obligarlos para que interrumpan su trabajo» (limpieza de las máquinas, etc.), «sobre todo los sábados. Pero si los "brazos" permanecen en la fábrica después de parada la maquinaria, es solo porque entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde, en las horas de trabajo fijadas por la ley, no se les ha concedido ningún intervalo para realizar esas tareas.»71

«La ganancia extra que puede obtenerse haciendo trabajar en exceso más allá del tiempo legal parece ser para muchos fabricantes una tentación demasiado grande para resistirla. Cuentan con la probabilidad de no ser descubiertos, y calculan que, aun en caso de ser descubiertos, la insignificancia de las multas y las costas judiciales les sigue asegurando un saldo favorable.»72 «Cuando el tiempo adicional se gana mediante una multiplicación de pequeños hurtos (a multiplication of small thefts) en el transcurso del día, los inspectores tropiezan con dificultades casi insuperables para aportar pruebas.»73

Estos «pequeños hurtos» que el capital comete contra el tiempo de comida y de descanso de los obreros los llaman también los inspectores fabriles «petty pilferings of minutes», raterías de minutos74, «snatching a few minutes», arrebatar minutos75, o, como los llaman técnicamente los obreros, «nibbling and cribbling at meal times».76

Se ve que en esta atmósfera la formación de la plusvalía mediante el plustrabajo no es ningún secreto.

«Si usted me permite —me dijo un fabricante muy respetable— hacer trabajar diariamente solo 10 minutos de tiempo extra, me mete usted 1000 £ al año en el bolsillo.»77 «Los átomos de tiempo son los elementos de la ganancia.»78

Nada es más característico a este respecto que el hecho de que a los obreros que trabajan la jornada completa se los denomine «full times», y a los niños menores de 13 años, que solo pueden trabajar 6 horas, «half times».79

El obrero no es aquí más que tiempo de trabajo personificado. Todas las diferencias individuales se disuelven en la de «jornada completa» y «media jornada».

3. Ramas de la industria inglesa sin límites legales a la explotación

Hasta ahora hemos observado el impulso a prolongar la jornada laboral, el hambre canina de hombre lobo por el plustrabajo, en un terreno donde unos excesos desmesurados, no superados —según dice un economista burgués inglés— por las crueldades de los españoles contra los pieles rojas de América80, han acabado por poner al capital la cadena de la regulación legal. Echemos ahora una mirada a algunas ramas de la producción en las que la succión de la fuerza de trabajo sigue aún hoy libre de trabas, o lo estaba todavía ayer.

«El señor Broughton, county magistrate, declaró como presidente de un meeting celebrado en el ayuntamiento de Nottingham el 14 de enero de 1860 que en la parte de la población urbana ocupada en la fabricación de encajes reina un grado de sufrimiento y de privación desconocido en el resto del mundo civilizado... A las 2, las 3, las 4 de la madrugada se arranca a niños de 9 a 10 años de sus sucias camas y se les obliga a trabajar por la mera subsistencia hasta las 10, las 11, las 12 de la noche, mientras sus miembros se consumen, su figura se encoge, sus rasgos se embotan y todo su ser humano se paraliza en un sopor pétreo cuya sola visión estremece. No nos sorprende que el señor Mallett y otros fabricantes se presentaran a protestar contra toda discusión... El sistema, tal como lo describió el reverendo Montagu Valpy, es un sistema de esclavitud ilimitada, de esclavitud en el aspecto social, físico, moral e intelectual... ¡Qué pensar de una ciudad que celebra un meeting público para pedir que la jornada de trabajo de los hombres se limite a 18 horas diarias!... Declamamos contra los plantadores de Virginia y de Carolina. Pero ¿es su mercado de negros, con todos los horrores del látigo y el tráfico de carne humana, más abominable que esta lenta matanza de seres humanos que se lleva a cabo para que se fabriquen velos y cuellos en provecho de los capitalistas?81

La alfarería (pottery) de Staffordshire ha sido objeto en los últimos 22 años de tres investigaciones parlamentarias. Los resultados están consignados en el informe del señor Scriven de 1841 a los Children's Employment Commissioners, en el informe del doctor Greenhow de 1860, publicado por orden del funcionario médico del Privy Council (Public Health, 3rd Report, I, 102-113), y, por último, en el informe del señor Longe de 1863, en el First Report of the Children's Employment Commission del 13 de junio de 1863.82 Para mi propósito basta con tomar de los informes de 1860 a 1863 algunas declaraciones de los propios niños explotados. Por los niños puede juzgarse de los adultos, sobre todo de las muchachas y las mujeres, y precisamente en una rama de la industria al lado de la cual la hilatura de algodón y otras semejantes parecen una ocupación muy agradable y sana.83

William Wood, de nueve años, «tenía 7 años y 10 meses cuando empezó a trabajar». Desde el principio «ran moulds» (llevaba la pieza ya moldeada al secadero, para traer luego de vuelta el molde vacío). Llega todos los días de la semana a las 6 de la mañana y termina hacia las 9 de la noche. «Trabajo hasta las 9 de la noche todos los días de la semana. Así, por ejemplo, durante las últimas 7 u 8 semanas.» ¡Quince horas de trabajo, pues, para un niño de siete años! M. Murray, un muchacho de doce años, declara:

«I run moulds and turn jigger (hago girar la rueda). Llego a las 6, a veces a las 4 de la mañana. Ayer trabajé toda la noche hasta las 6 de esta mañana. No me he acostado desde anoche. Además de mí, otros 8 o 9 muchachos trabajaron toda la noche pasada. Todos menos uno han vuelto esta mañana. Me pagan 3 chelines y 6 peniques a la semana» (1 tálero y 5 Groschen). «No me pagan más cuando trabajo toda la noche. La semana pasada trabajé dos noches enteras.»

Fernyhough, un muchacho de diez años:

«No siempre tengo una hora entera para comer; a menudo solo media hora; todos los jueves, viernes y sábados.»84

El doctor Greenhow declara que la duración de la vida en los distritos alfareros de Stoke-upon-Trent y Wolstanton es extraordinariamente corta. Aunque en el distrito de Stoke solo el 36,6% y en Wolstanton solo el 30,4% de la población masculina mayor de 20 años trabaja en las alfarerías, entre los hombres de esta categoría corresponden a los alfareros, en el primer distrito, más de la mitad y, en el segundo, unos 2/5 de las muertes por enfermedades del pecho. El doctor Boothroyd, médico en Hanley85, declara:

«Cada generación sucesiva de alfareros es más enana y más débil que la anterior.»

Lo mismo otro médico, el señor McBean:

«Desde que empecé a ejercer entre los alfareros hace 25 años, la llamativa degeneración de esta clase se ha mostrado progresivamente en la disminución de la estatura y del peso.»

Estas declaraciones están tomadas del informe del doctor Greenhow de 1860.86

Del informe de los comisionados de 1863, lo siguiente. El doctor J. T. Arledge, médico jefe del hospital de North Staffordshire, dice:

«Como clase, los alfareros, hombres y mujeres..., representan una población degenerada, física y moralmente. Por regla general son raquíticos, mal formados y a menudo deformes del pecho. Envejecen prematuramente y viven poco; flemáticos y anémicos, delatan la debilidad de su constitución con pertinaces ataques de dispepsia, trastornos del hígado y de los riñones y reumatismo. Pero, sobre todo, son propensos a las enfermedades del pecho: la neumonía, la tisis, la bronquitis y el asma. Una forma de esta última les es peculiar y se conoce con el nombre de asma de los alfareros o tisis de los alfareros. La escrofulosis, que ataca las amígdalas, los huesos u otras partes del cuerpo, es una enfermedad de más de dos tercios de los alfareros. Si la degeneración (degenerescence) de la población de este distrito no es todavía mucho mayor, se debe exclusivamente al reclutamiento en los distritos rurales circundantes y a los matrimonios mixtos con razas más sanas.»

El señor Charles Parsons, hasta hace poco house surgeon del mismo hospital, escribe en una carta al comisionado Longe, entre otras cosas:

«Solo puedo hablar por observación personal, no estadísticamente, pero no vacilo en asegurar que mi indignación se encendió una y otra vez al ver a estos pobres niños, cuya salud se sacrificaba para satisfacer la codicia de sus padres y de sus patronos.»

Enumera las causas de las enfermedades de los alfareros y las culmina con «long hours» («largas horas de trabajo»). El informe de la comisión espera que

«una manufactura que ocupa una posición tan eminente a los ojos del mundo no siga llevando por mucho tiempo la mancha de que su gran éxito vaya acompañado de la degeneración física, de los más variados sufrimientos corporales y de la muerte temprana de la población obrera por cuyo trabajo y destreza se han logrado tan grandes resultados».87

Lo que vale para las alfarerías de Inglaterra vale para las de Escocia.88

La manufactura de cerillas data de 1833, del invento de aplicar el fósforo a la cerilla misma. Desde 1845 se ha desarrollado rápidamente en Inglaterra y se ha extendido desde las zonas densamente pobladas de Londres sobre todo a Manchester, Birmingham, Liverpool, Bristol, Norwich, Newcastle y Glasgow, y con ella el trismo, que un médico vienés descubrió ya en 1845 como enfermedad peculiar de los fabricantes de cerillas. La mitad de los obreros son niños menores de 13 años y jóvenes menores de 18. La manufactura tiene tan mala fama por su insalubridad y su carácter repugnante que solo la parte más degradada de la clase obrera, viudas medio muertas de hambre, etc., le entrega niños: «niños harapientos, medio muertos de hambre, completamente abandonados y sin educación».89 De los testigos interrogados por el comisionado White (1863), 270 eran menores de 18 años, 40 menores de 10, 10 tenían solo 8 años y 5 solo 6. Jornadas que varían entre 12 y 14 y 15 horas, trabajo nocturno, comidas irregulares, casi siempre en los propios locales de trabajo, emponzoñados por el fósforo. Dante encontraría superadas en esta manufactura sus más crueles fantasías infernales.

En la fábrica de papel pintado, las clases más bastas se estampan a máquina y las más finas a mano (block printing). Los meses de mayor actividad caen entre principios de octubre y finales de abril. Durante este período, el trabajo dura a menudo, y casi sin interrupción, de 6 de la mañana a 10 de la noche y hasta bien entrada la noche.

J. Leach declara:

«El invierno pasado» (1862) «de 19 muchachas faltaron 6 a causa de enfermedades contraídas por exceso de trabajo. Para mantenerlas despiertas tengo que gritarles.» W. Duffy: «A menudo los niños no podían tener los ojos abiertos de cansancio; en realidad, a nosotros mismos a menudo nos cuesta.» J. Lightbourne: «Tengo 13 años... El invierno pasado trabajábamos hasta las 9 de la noche, y el anterior hasta las 10. El invierno pasado solía llorar casi todas las noches por el dolor de los pies llagados.» G. Aspden: «A este hijo mío, cuando tenía 7 años, solía llevarlo a cuestas por la nieve, ida y vuelta, ¡y trabajaba 16 horas!... A menudo me arrodillaba para darle de comer mientras estaba junto a la máquina, porque no podía dejarla ni pararla.» Smith, socio gerente de una fábrica de Manchester: «Nosotros» (se refiere a sus «brazos», que trabajan para «nosotros») «trabajamos sin interrupción para las comidas, de modo que la jornada de 10 1/2 horas está terminada a las 4 1/2 de la tarde, y todo lo que viene después es tiempo extra.»90 (¿No tomará este señor Smith ninguna comida durante 10 1/2 horas?) «Nosotros» (el mismo Smith) «rara vez paramos antes de las 6 de la tarde» (se refiere al consumo de «nuestras» máquinas de fuerza de trabajo), «de modo que» (iterum Crispinus) «en realidad trabajamos tiempo extra todo el año... Los niños y los adultos (152 niños y jóvenes menores de 18 años y 140 adultos) han trabajado por igual, durante los últimos 18 meses, una media de 7 días y 5 horas a la semana como mínimo, o sea, 78 1/2 horas semanales. En las 6 semanas que terminaron el 2 de mayo de este año» (1863) «la media fue mayor: ¡8 días u 84 horas a la semana!»

Pero el mismo señor Smith, tan dado al plural mayestático, añade con una sonrisa: «El trabajo a máquina es ligero». Y los que emplean el block printing dicen: «El trabajo a mano es más sano que el trabajo a máquina». En conjunto, los señores fabricantes se pronuncian con indignación contra la propuesta de «parar la máquina al menos durante las comidas».

«Una ley —dice el señor Ottley, manager de una fábrica de papel pintado en el Borough (en Londres)— que permitiera un horario de trabajo de 6 de la mañana a 9 de la noche nos (!) convendría muy bien, pero las horas de la Factory Act, de 6 de la mañana a 6 de la tarde, no nos (!) convienen... Nuestra máquina se para durante la comida» (qué magnanimidad). «La parada no ocasiona ninguna pérdida digna de mención de papel y de color.» «Pero —añade con simpatía— comprendo que la pérdida que conlleva no guste.»

El informe de la comisión opina ingenuamente que el temor de algunas «firmas principales» a perder tiempo, es decir, tiempo de apropiación de trabajo ajeno, y con ello a «perder ganancia», no es «razón suficiente» para «hacer perder» la comida del mediodía durante 12 a 16 horas a niños menores de 13 años y a jóvenes menores de 18, o para suministrársela como se suministra a la máquina de vapor carbón y agua, a la lana jabón, a la rueda aceite, etc., durante el proceso mismo de producción, como simple materia auxiliar del medio de trabajo.91

Ninguna rama de la industria en Inglaterra —prescindimos del pan hecho a máquina, que solo recientemente empieza a abrirse paso— ha conservado hasta hoy un modo de producción tan arcaico, e incluso, como puede verse en los poetas de la época imperial romana, tan precristiano como la panadería. Pero el capital, como se ha observado antes, es en un principio indiferente al carácter técnico del proceso de trabajo del que se apodera. Lo toma, de entrada, tal como lo encuentra.

La increíble adulteración del pan, sobre todo en Londres, fue revelada por primera vez por el comité de la Cámara de los Comunes «sobre la adulteración de los alimentos» (1855-1856) y por el escrito del doctor Hassall Adulterations detected.92 La consecuencia de estas revelaciones fue la ley del 6 de agosto de 1860 for preventing the adulteration of articles of food and drink, una ley ineficaz, ya que, naturalmente, guarda la máxima delicadeza con todo freetrader que se propone ganar, comprando y vendiendo mercancías adulteradas, «to turn an honest penny».93 El propio comité formula de manera más o menos ingenua su convicción de que el librecambio significa esencialmente el comercio con sustancias adulteradas o, como dice con ingenio el inglés, «sofisticadas». En efecto, esta clase de «sofística» sabe hacer lo negro blanco y lo blanco negro mejor que Protágoras, y demostrar ad oculos la mera apariencia de todo lo real mejor que los eléatas.94

En todo caso, el comité había dirigido los ojos del público hacia su «pan de cada día» y, con ello, hacia la panadería. Al mismo tiempo resonaba en meetings públicos y en peticiones al Parlamento el clamor de los oficiales panaderos de Londres contra el exceso de trabajo, etc. El clamor se hizo tan apremiante que el señor H. S. Tremenheere, miembro también de la comisión de 1863 mencionada varias veces, fue nombrado comisionado real de investigación. Su informe95, junto con las declaraciones de los testigos, conmovió al público, no en su corazón, sino en su estómago. El inglés, buen conocedor de la Biblia, sabía, es verdad, que el hombre, a menos que por predestinación de la gracia sea capitalista, landlord o titular de una sinecura, está llamado a comer el pan con el sudor de su frente; pero no sabía que tiene que comer a diario en su pan cierta cantidad de sudor humano, impregnado de supuración de abscesos, telarañas, cadáveres de cucarachas y levadura alemana podrida, por no hablar del alumbre, la arenisca y otros agradables ingredientes minerales. Sin el menor respeto por su santidad, el free trade, la panadería, hasta entonces «libre», quedó, pues, sometida a la vigilancia de inspectores del Estado (al final de la legislatura de 1863), y por la misma ley del Parlamento se prohibió el trabajo entre las 9 de la noche y las 5 de la mañana a los oficiales panaderos menores de 18 años. Esta última cláusula dice mucho sobre el exceso de trabajo en esta rama de la industria, que tan entrañablemente nos evoca los tiempos de nuestros abuelos.

«El trabajo de un oficial panadero de Londres empieza por regla general a las 11 de la noche. A esa hora hace la masa, un proceso muy penoso que dura de media hora a tres cuartos de hora, según el tamaño de la hornada y su finura. Luego se acuesta sobre la tabla de amasar, que sirve a la vez de tapa de la artesa en que se hace la masa, y duerme un par de horas con un saco de harina bajo la cabeza y otro saco de harina encima del cuerpo. Después comienza un trabajo rápido e ininterrumpido de 5 horas: echar, pesar y formar la masa, meterla en el horno, sacarla del horno, etc. La temperatura de una tahona es de 75 a 90 grados, y en las tahonas pequeñas más bien más que menos. Terminada la tarea de hacer el pan, los panecillos, etc., empieza el reparto del pan; y una parte considerable de los jornaleros, después de haber realizado el duro trabajo nocturno descrito, lleva durante el día el pan en cestas o lo empuja en carretillas de casa en casa, y entretanto trabaja también a veces en la tahona. Según la estación y el volumen del negocio, el trabajo termina entre la 1 y las 6 de la tarde, mientras que otra parte de los oficiales está ocupada en la tahona hasta bien entrada la tarde.»96 «Durante la temporada de Londres, los oficiales de los panaderos que venden a precio "completo" en el West End empiezan regularmente a las 11 de la noche y se ocupan en hacer el pan, con una o dos interrupciones, a menudo muy cortas, hasta las 8 de la mañana siguiente. Luego se les utiliza hasta las 4, las 5, las 6 e incluso las 7 para repartir el pan o, a veces, para cocer galletas en la tahona. Terminada la faena, disfrutan de un sueño de 6 horas, a menudo de solo 5 y 4. Los viernes el trabajo empieza siempre antes, digamos a las 10 de la noche, y dura sin pausa, ya sea en la preparación, ya en la distribución del pan, hasta las 8 de la noche del sábado siguiente, pero las más de las veces hasta las 4 o las 5 de la madrugada del domingo. También en las panaderías distinguidas que venden el pan a "precio completo" hay que hacer el domingo, una vez más, de 4 a 5 horas de trabajo preparatorio para el día siguiente... Los oficiales de los underselling masters» (los que venden el pan por debajo del precio completo), «y estos constituyen, como se ha observado antes, más de 3/4 de los panaderos de Londres, tienen jornadas aún más largas, pero su trabajo se limita casi por completo a la tahona, ya que sus patronos, salvo el suministro a pequeñas tiendas de comestibles, solo venden en su propio establecimiento. Hacia el final de la semana..., es decir, el jueves, el trabajo empieza aquí a las 10 de la noche y dura, con solo breves interrupciones, hasta bien entrada la noche del domingo.»97

Respecto a los underselling masters, hasta el punto de vista burgués comprende que «el trabajo no pagado de los oficiales (the unpaid labour of the men) constituye la base de su competencia».98 Y el full priced baker denuncia ante la comisión investigadora a sus competidores underselling como ladrones de trabajo ajeno y adulteradores.

«Solo prosperan engañando al público y sacando a sus oficiales 18 horas por el salario de 12.»99

La adulteración del pan y la formación de una clase de panaderos que vende el pan por debajo del precio completo se desarrollaron en Inglaterra desde principios del siglo XVIII, tan pronto como decayó el carácter gremial del oficio y el capitalista, en la figura del molinero o del agente de harinas, se colocó detrás del maestro panadero nominal.100 Con ello quedó sentada la base para la producción capitalista, para la prolongación desmesurada de la jornada laboral y para el trabajo nocturno, aunque este último solo arraigó seriamente, incluso en Londres, en 1824.101

Por lo dicho se comprenderá que el informe de la comisión cuente a los oficiales panaderos entre los obreros de vida corta, que, después de escapar felizmente al diezmamiento infantil que es normal en todos los sectores de la clase obrera, rara vez alcanzan los 42 años. No obstante, el oficio de panadero está siempre abarrotado de aspirantes. Las fuentes de abastecimiento de estas «fuerzas de trabajo» para Londres son Escocia, los distritos agrícolas del oeste de Inglaterra y... Alemania.

En los años 1858-1860, los oficiales panaderos de Irlanda organizaron a sus propias expensas grandes meetings de agitación contra el trabajo nocturno y dominical. El público, por ejemplo en el meeting de mayo de 1860 en Dublín, tomó partido por ellos con calor irlandés. Gracias a este movimiento se impuso efectivamente el trabajo exclusivamente diurno en Wexford, Kilkenny, Clonmel, Waterford, etc.

«En Limerick, donde los padecimientos de los oficiales asalariados sobrepasaban notoriamente toda medida, este movimiento fracasó por la oposición de los maestros panaderos, sobre todo de los panaderos-molineros. El ejemplo de Limerick provocó un retroceso en Ennis y en Tipperary. En Cork, donde la indignación pública se manifestó de la forma más viva, los maestros frustraron el movimiento haciendo uso de su poder de poner a los oficiales en la calle. En Dublín, los maestros opusieron la resistencia más decidida y, persiguiendo a los oficiales que estaban a la cabeza de la agitación, obligaron a los demás a ceder, a someterse al trabajo nocturno y dominical.»102

La comisión del Gobierno inglés, armado en Irlanda hasta los dientes, protesta en tono de plañidera contra los implacables maestros panaderos de Dublín, Limerick, Cork, etc.:

«El comité cree que las horas de trabajo están limitadas por leyes naturales que no se violan impunemente. Al obligar a sus obreros, con la amenaza de despedirlos, a violar sus convicciones religiosas, a desobedecer la ley del país y a despreciar la opinión pública» (todo esto último se refiere al trabajo dominical), «los maestros siembran la discordia entre el capital y el trabajo y dan un ejemplo peligroso para la religión, la moralidad y el orden público... El comité cree que la prolongación de la jornada laboral por encima de 12 horas es una intromisión usurpadora en la vida doméstica y privada del obrero y conduce a resultados morales funestos, al interferir en el hogar de un hombre y en el cumplimiento de sus deberes familiares como hijo, hermano, esposo y padre. El trabajo de más de 12 horas tiende a minar la salud del obrero, conduce al envejecimiento prematuro y a una muerte temprana y, por tanto, a la desgracia de las familias obreras, que se ven privadas» (are deprived) «de los cuidados y del sostén del cabeza de familia justo en el momento más necesario.»103

Acabamos de estar en Irlanda. Al otro lado del canal, en Escocia, el trabajador agrícola, el hombre del arado, denuncia su jornada de 13 a 14 horas, en el clima más inclemente, con cuatro horas de trabajo adicional los domingos (¡en este país de santificadores del sábado!)104, mientras al mismo tiempo comparecen ante un gran jurado de Londres tres trabajadores ferroviarios: un revisor de pasajeros, un maquinista y un guardavía. Un gran accidente ferroviario ha despachado al otro mundo a cientos de pasajeros. La negligencia de los ferroviarios es la causa del accidente. Declaran unánimemente ante los jurados que hace 10 o 12 años su trabajo solo duraba 8 horas diarias. Durante los últimos 5 o 6 años se lo ha ido subiendo a 14, 18 y 20 horas, y cuando la afluencia de viajeros es especialmente intensa, como en los períodos de trenes de excursión, dura a menudo 40 o 50 horas ininterrumpidas. Son hombres corrientes y no cíclopes. En un punto dado, su fuerza de trabajo falla. El sopor se apodera de ellos. Su cerebro deja de pensar y sus ojos de ver. El muy «respectable British juryman» responde con un veredicto que los envía ante los assizes por manslaughter (homicidio) y, en un benévolo apéndice, expresa el piadoso deseo de que los señores magnates capitalistas del ferrocarril sean en el futuro más pródigos en la compra del número necesario de «fuerzas de trabajo» y más «abstinentes», o «sacrificados», o «ahorrativos» en la succión de la fuerza de trabajo pagada.105

De entre la abigarrada muchedumbre de obreros de todas las profesiones, edades y sexos que se agolpan en torno a nosotros con más afán que las almas de los muertos en torno a Ulises, y en los que, aun sin los libros azules bajo el brazo, se advierte a primera vista el exceso de trabajo, escogemos todavía dos figuras cuyo contraste chocante prueba que ante el capital todos los hombres son iguales: una modista y un herrero.

En las últimas semanas de junio de 1863, todos los diarios de Londres publicaron una noticia con el titular «sensacional»: «Death from simple Overwork» (Muerte por simple exceso de trabajo). Se trataba de la muerte de la modista Mary Anne Walkley, de veinte años, empleada en una muy respetable casa de modas proveedora de la corte, explotada por una dama con el entrañable nombre de Elise. Se descubrió de nuevo la vieja historia tantas veces contada106 de que estas muchachas trabajan por término medio 16 1/2 horas, pero durante la temporada a menudo 30 horas sin interrupción, manteniendo fluida su «fuerza de trabajo» desfalleciente mediante la administración ocasional de jerez, oporto o café. Y era precisamente el apogeo de la temporada. Había que hacer surgir en un abrir y cerrar de ojos, como por arte de magia, los vestidos de gala de nobles ladies para el baile de homenaje a la recién importada princesa de Gales. Mary Anne Walkley había trabajado 26 1/2 horas sin descanso, junto con otras 60 muchachas, 30 en cada habitación, que apenas proporcionaba 1/3 de las pulgadas cúbicas de aire necesarias, mientras que por la noche compartían cama de dos en dos en uno de los cuchitriles asfixiantes en que se divide un dormitorio con diversos tabiques de tablas.107 Y esta era una de las mejores casas de modas de Londres. Mary Anne Walkley cayó enferma el viernes y murió el domingo sin haber terminado siquiera, para asombro de madame Elise, la última pieza de adorno. El médico, el señor Keys, llamado demasiado tarde al lecho de muerte, declaró ante la Coroner's Jury con secas palabras:

«Mary Anne Walkley ha muerto a causa de las largas horas de trabajo en un taller abarrotado y de un dormitorio demasiado estrecho y mal ventilado.»

Para dar al médico una lección de buenos modales, la Coroner's Jury declaró en cambio:

«La difunta ha muerto de apoplejía, pero hay motivos para temer que su muerte se haya acelerado por exceso de trabajo en un taller abarrotado, etc.»

«Nuestros "esclavos blancos" —exclamó el Morning Star, órgano de los señores del librecambio Cobden y Bright—, nuestros esclavos blancos trabajan hasta caer en la tumba, y se consumen y mueren sin pena ni gloria.»108

«Trabajar hasta la muerte está a la orden del día, no solo en los talleres de las modistas, sino en mil lugares, más aún, en todo lugar donde el negocio marcha... Tomemos como ejemplo al herrero. Si hemos de creer a los poetas, no hay hombre tan vigoroso y alegre como el herrero. Se levanta temprano y saca chispas antes que el sol; come, bebe y duerme como ningún otro. Desde un punto de vista puramente físico, con un trabajo moderado, se encuentra, en efecto, en una de las mejores situaciones humanas. Pero sigámoslo a la ciudad y veamos la carga de trabajo que se echa sobre los hombros de este hombre fuerte, ¿y qué lugar ocupa en las listas de mortalidad de nuestro país? En Marylebone» (uno de los mayores barrios de Londres) «los herreros mueren en la proporción de 31 por 1000 al año, es decir, 11 por encima de la mortalidad media de los varones adultos de Inglaterra. La ocupación, un arte casi instintivo de la humanidad, irreprochable en sí misma, se convierte, por la mera exageración del trabajo, en la destructora del hombre. Puede dar tantos martillazos al día, andar tantos pasos, hacer tantas respiraciones, realizar tanto trabajo y vivir por término medio, digamos, 50 años. Se le obliga a dar tantos martillazos más, a andar tantos pasos más, a respirar tantas veces más al día y, en conjunto, a aumentar diariamente en una cuarta parte su gasto de vida. Lo intenta, y el resultado es que durante un período limitado realiza una cuarta parte más de trabajo y muere a los 37 años en lugar de a los 50.»109

4. Trabajo diurno y nocturno. El sistema de relevos

El capital constante, los medios de producción, considerados desde el punto de vista del proceso de valorización, solo existen para absorber trabajo y, con cada gota de trabajo, una cantidad proporcional de plustrabajo. En la medida en que no lo hacen, su mera existencia constituye una pérdida negativa para el capitalista, pues durante el tiempo en que están ociosos representan un adelanto de capital inútil, y esta pérdida se vuelve positiva en cuanto la interrupción exige desembolsos adicionales para reanudar la obra. La prolongación de la jornada laboral más allá de los límites del día natural, adentrándose en la noche, solo actúa como paliativo, solo calma aproximadamente la sed vampírica de sangre viva de trabajo. Apropiarse de trabajo durante las 24 horas del día es, por tanto, el impulso inmanente de la producción capitalista. Pero como esto es físicamente imposible si las mismas fuerzas de trabajo hubieran de ser chupadas sin cesar día y noche, para superar el obstáculo físico se requiere la alternancia entre las fuerzas de trabajo consumidas de día y las consumidas de noche, una alternancia que admite distintos métodos; puede organizarse, por ejemplo, de modo que una parte del personal obrero haga una semana el turno de día y la semana siguiente el turno de noche, etc. Es sabido que este sistema de relevos, esta rotación, predominó en el período de juventud fogosa de la industria algodonera inglesa, etc., y que hoy florece, entre otros lugares, en las hilaturas de algodón de la gobernación de Moscú. Como sistema, este proceso de producción de 24 horas existe todavía hoy en muchas ramas de la industria de Gran Bretaña que hasta ahora son «libres», entre otras en los altos hornos, forjas, laminadores y demás manufacturas metalúrgicas de Inglaterra, Gales y Escocia. El proceso de trabajo abarca aquí, además de las 24 horas de los 6 días laborables, en gran parte también las 24 horas del domingo. Los obreros son hombres y mujeres, adultos y niños de ambos sexos. La edad de los niños y de los jóvenes recorre todos los grados intermedios desde los 8 años (en algunos casos desde los 6) hasta los 18.110 En algunas ramas trabajan también de noche las muchachas y las mujeres, junto con el personal masculino.111

Prescindiendo de los efectos perjudiciales generales del trabajo nocturno112, la duración ininterrumpida del proceso de producción durante veinticuatro horas ofrece una ocasión muy bienvenida para sobrepasar el límite de la jornada laboral nominal. Por ejemplo, en las ramas de la industria antes mencionadas, muy agotadoras, la jornada laboral oficial de cada obrero es casi siempre de 12 horas, nocturnas o diurnas. Pero el exceso de trabajo por encima de este límite es en muchos casos, para usar las palabras del informe oficial inglés, «verdaderamente espantoso» (truly fearful).113

«Ninguna mente humana —se dice— puede considerar la masa de trabajo que, según las declaraciones de los testigos, realizan muchachos de 9 a 12 años sin llegar irresistiblemente a la conclusión de que no puede permitirse por más tiempo este abuso de poder de los padres y de los patronos.»114

«El método de hacer trabajar a los muchachos alternativamente de día y de noche conduce, tanto en los momentos de mucho trabajo como en el curso ordinario de las cosas, a una prolongación vergonzosa de la jornada laboral. Esta prolongación no solo es en muchos casos cruel, sino sencillamente increíble. No puede dejar de ocurrir que, por una causa u otra, falte de vez en cuando algún muchacho de relevo. Uno o varios de los muchachos presentes, que ya han cumplido su jornada, tienen entonces que cubrir la falta. Este sistema es tan generalmente conocido que el manager de un laminador, cuando le pregunté cómo se cubría el puesto de los muchachos de relevo ausentes, me contestó: "Sé muy bien que usted lo sabe tan bien como yo", y no tuvo reparo en confesar el hecho.»115

«En un laminador donde la jornada nominal iba de las 6 de la mañana a las 5 1/2 de la tarde, un muchacho trabajó 4 noches cada semana hasta por lo menos las 8 1/2 de la tarde del día siguiente..., y esto durante 6 meses.» «Otro, a la edad de 9 años, trabajó a veces tres turnos seguidos de doce horas, y a la edad de 10 años, dos días y dos noches seguidos.» «Un tercero, que ahora tiene 10 años, trabajó desde las 6 de la mañana hasta las 12 de la noche tres noches seguidas, y hasta las 9 de la noche las demás noches.» «Un cuarto, que ahora tiene 13 años, trabajó desde las 6 de la tarde hasta las 12 del mediodía del día siguiente durante una semana entera, y a veces tres turnos seguidos, por ejemplo, desde el lunes por la mañana hasta el martes por la noche.» «Un quinto, que ahora tiene 12 años, trabajó en una fundición de hierro en Stavely desde las 6 de la mañana hasta las 12 de la noche durante 14 días, y ya no puede seguir haciéndolo.» George Allinsworth, de nueve años: «Vine aquí el viernes pasado. Al día siguiente teníamos que empezar a las 3 de la mañana. Por eso me quedé aquí toda la noche. Vivo a 5 millas de aquí. Dormí en el suelo con un mandil de cuero debajo y una chaquetita encima. Los otros dos días estuve aquí a las 6 de la mañana. ¡Sí, este es un sitio caluroso! Antes de venir aquí trabajé también durante un año entero en un alto horno. Era una fábrica muy grande en el campo. También empezaba los sábados a las 3 de la mañana, pero al menos podía irme a dormir a casa, porque estaba cerca. Los otros días empezaba a las 6 de la mañana y terminaba a las 6 o las 7 de la tarde», etc.116

Oigamos ahora cómo concibe el propio capital este sistema de veinticuatro horas. Las exageraciones del sistema, su abuso para prolongar la jornada laboral de manera «cruel e increíble», las pasa, naturalmente, en silencio. Solo habla del sistema en su forma «normal».

Los señores Naylor y Vickers, fabricantes de acero, que emplean entre 600 y 700 personas, de las que solo el 10% son menores de 18 años, y de estas, a su vez, solo 20 muchachos en el personal de noche, se expresan así:

«Los muchachos no sufren en absoluto por el calor. La temperatura es probablemente de 86° a 90°... En las forjas y los laminadores, los brazos trabajan día y noche por relevos, pero, en cambio, todo el resto del trabajo es trabajo diurno, de 6 de la mañana a 6 de la tarde. En la forja se trabaja de 12 a 12. Algunos brazos trabajan continuamente de noche, sin alternar entre el día y la noche... No encontramos que el trabajo diurno o nocturno suponga ninguna diferencia para la salud» (¿la de los señores Naylor y Vickers?), «y probablemente la gente duerme mejor cuando disfruta del mismo período de descanso que cuando este cambia... Unos veinte muchachos menores de 18 años trabajan con el equipo de noche... No podríamos arreglarnos bien (not well do) sin el trabajo nocturno de muchachos menores de 18 años. Nuestra objeción es el aumento de los costes de producción. Es difícil conseguir brazos hábiles y jefes de sección, pero muchachos se consiguen cuantos se quiera... Naturalmente, teniendo en cuenta la escasa proporción de muchachos que empleamos, las restricciones al trabajo nocturno tendrían para nosotros poca importancia o interés.»117

El señor J. Ellis, de la firma de los señores John Brown & Co., fábricas de acero y de hierro que emplean a 3000 hombres y muchachos, y ello «día y noche, por relevos» en una parte del trabajo pesado del acero y del hierro, declara que en las fábricas de acero pesado hay uno o dos muchachos por cada dos hombres. Su empresa cuenta con 500 muchachos menores de 18 años, y de ellos aproximadamente 1/3, o sea, 170, menores de 13. Respecto a la reforma legal propuesta, el señor Ellis opina:

«No creo que fuera muy censurable (very objectionable) no hacer trabajar a ninguna persona menor de 18 años más de 12 horas de las 24. Pero no creo que pueda trazarse ninguna línea en cuanto a prescindir de los muchachos mayores de 12 años para el trabajo nocturno. Aceptaríamos incluso antes una ley que nos prohibiera emplear en absoluto a muchachos menores de 13 años, o incluso menores de 15, que una prohibición de utilizar durante la noche a los muchachos que ya tenemos. Los muchachos del turno de día tienen que trabajar alternativamente también en el turno de noche, porque los hombres no pueden hacer trabajo nocturno sin parar; eso arruinaría su salud. Creemos, sin embargo, que el trabajo nocturno, si se alterna por semanas, no hace daño.»

(Los señores Naylor y Vickers, en cambio, de acuerdo con lo que más convenía a su negocio, creían que el trabajo nocturno que posiblemente hace daño no es el continuo, sino precisamente el que alterna periódicamente.)

«Encontramos que la gente que hace el trabajo nocturno alterno está tan sana como la que solo trabaja de día... Nuestras objeciones a no emplear a muchachos menores de 18 años en el trabajo nocturno se harían por razón del aumento del gasto, pero esta es también la única razón.» (¡Qué ingenuidad tan cínica!) «Creemos que este aumento sería mayor de lo que el negocio (the trade), con la debida consideración a su ejecución con éxito, podría razonablemente soportar. (As the trade with due regard to etc. could fairly bear!)» (¡Qué fraseología tan pastosa!) «Aquí la mano de obra es escasa y podría volverse insuficiente con semejante regulación»

(es decir, Ellis, Brown & Co. podrían verse en el fatal aprieto de tener que pagar íntegramente el valor de la fuerza de trabajo).118

Las «fábricas de acero y de hierro Cíclope» de los señores Cammell & Co. se explotan a la misma gran escala que las del mencionado John Brown & Co. El director gerente había entregado por escrito su declaración al comisionado del Gobierno White, pero más tarde encontró oportuno escamotear el manuscrito que se le había devuelto para su revisión. Sin embargo, el señor White tiene una memoria tenaz. Recuerda con toda exactitud que, para estos señores cíclopes, la prohibición del trabajo nocturno de niños y jóvenes era «una cosa imposible; sería lo mismo que parar sus fábricas», ¡y, sin embargo, su empresa cuenta con poco más del 6% de muchachos menores de 18 años y solo el 1% de menores de 13!119

Sobre el mismo asunto declara el señor E. F. Sanderson, de la firma Sanderson, Bros. & Co., fábricas de acero, laminadores y forjas, en Attercliffe:

«La prohibición de hacer trabajar de noche a los muchachos menores de 18 años originaría grandes dificultades, la principal de ellas el aumento de los costes que acarrearía necesariamente la sustitución del trabajo de los muchachos por el de los hombres. No sé decir a cuánto ascendería, pero probablemente no sería tanto como para que el fabricante pudiera subir el precio del acero, y, por consiguiente, la pérdida recaería sobre él, ya que los hombres» (¡qué gente tan testaruda!) «se negarían naturalmente a soportarla.»

El señor Sanderson no sabe cuánto paga a los niños, pero

«quizá sean 4 o 5 chelines por cabeza a la semana... El trabajo de los muchachos es de una clase para la que, en general» («generally», naturalmente no siempre «en particular»), «basta justamente la fuerza de los muchachos, y, por consiguiente, de la mayor fuerza de los hombres no resultaría ninguna ganancia que compensara la pérdida, o solo en los pocos casos en que el metal es muy pesado. A los hombres tampoco les gustaría no tener muchachos a sus órdenes, ya que los hombres son menos obedientes. Además, los muchachos tienen que empezar jóvenes para aprender el oficio. Limitar a los muchachos al mero trabajo diurno no cumpliría este fin.»

¿Y por qué no? ¿Por qué no pueden los muchachos aprender su oficio de día? ¿Tu razón?

«Porque así los hombres, que en semanas alternas trabajan unas veces de día y otras de noche, separados durante ese mismo tiempo de los muchachos de su turno, perderían la mitad del provecho que les sacan. En efecto, la instrucción que dan a los muchachos se computa como parte del salario de estos y permite, por tanto, a los hombres obtener más barato el trabajo de los muchachos. Cada hombre perdería la mitad de su provecho.»

En otras palabras, los señores Sanderson tendrían que pagar una parte del salario de los hombres adultos de su propio bolsillo en lugar de pagarla con el trabajo nocturno de los muchachos. La ganancia de los señores Sanderson bajaría un poco con este motivo, y esta es la buena razón sandersoniana de por qué los muchachos no pueden aprender su oficio de día.120 Además, esto echaría el trabajo nocturno regular sobre los hombres, a los que ahora relevan los muchachos, y ellos no lo aguantarían. En una palabra, las dificultades serían tan grandes que probablemente llevarían a la supresión completa del trabajo nocturno. «En lo que se refiere a la producción misma de acero —dice E. F. Sanderson—, no supondría la menor diferencia, ¡pero...!» Pero los señores Sanderson tienen algo más que hacer que fabricar acero. La fabricación de acero es mero pretexto para la fabricación de plusvalía. Los hornos de fundición, los laminadores, etc., los edificios, la maquinaria, el hierro, el carbón, etc., tienen algo más que hacer que transformarse en acero. Están ahí para absorber plustrabajo, y, naturalmente, absorben más en 24 horas que en 12. De hecho, por la gracia de Dios y del derecho, dan a los Sanderson una libranza sobre el tiempo de trabajo de cierto número de brazos durante las 24 horas completas del día, y pierden su carácter de capital, son, por tanto, pura pérdida para los Sanderson, en cuanto se interrumpe su función de absorber trabajo.

«Pero entonces estaría la pérdida de tanta maquinaria costosa, que estaría parada la mitad del tiempo, y para una masa de productos como la que somos capaces de suministrar con el sistema actual tendríamos que duplicar los locales y la maquinaria, lo cual duplicaría el gasto.»

Pero ¿por qué reclaman precisamente estos Sanderson un privilegio frente a los demás capitalistas, a los que solo se permite hacer trabajar de día y cuyos edificios, maquinaria y materia prima están, por tanto, «parados» de noche?

«Es verdad —responde E. F. Sanderson en nombre de todos los Sanderson—, es verdad que esta pérdida por maquinaria parada afecta a todas las manufacturas en que solo se trabaja de día. Pero el uso de los hornos de fundición ocasionaría en nuestro caso una pérdida extra. Si se los mantiene encendidos, se derrocha combustible» (mientras que ahora lo que se derrocha es el material vital de los obreros), «y si no se los mantiene encendidos, se pierde tiempo en volver a encender el fuego y alcanzar el grado de calor necesario» (mientras que la pérdida de tiempo de sueño, aunque sea de niños de ocho años, es ganancia de tiempo de trabajo para la estirpe de los Sanderson), «y los propios hornos sufrirían por los cambios de temperatura» (mientras que esos mismos hornos no sufren nada por la alternancia diurna y nocturna del trabajo).121

5. La lucha por la jornada laboral normal. Leyes coercitivas para prolongar la jornada laboral desde mediados del siglo XIV hasta finales del XVII

«¿Qué es una jornada laboral?» ¿Cuánto tiempo puede el capital consumir la fuerza de trabajo cuyo valor diario paga? ¿Hasta dónde puede prolongarse la jornada laboral más allá del tiempo de trabajo necesario para reproducir la propia fuerza de trabajo? A estas preguntas, ya lo hemos visto, el capital responde: la jornada laboral cuenta cada día 24 horas completas, descontadas las pocas horas de descanso sin las cuales la fuerza de trabajo se niega en absoluto a reanudar su servicio. De entrada se sobrentiende que el obrero, durante toda su vida, no es otra cosa que fuerza de trabajo, y que, por lo tanto, todo su tiempo disponible es, por naturaleza y por derecho, tiempo de trabajo, perteneciente, pues, a la autovalorización del capital. Tiempo para la formación humana, para el desarrollo intelectual, para el cumplimiento de funciones sociales, para el trato con los demás, para el libre juego de las fuerzas vitales físicas y espirituales, incluso el descanso dominical —y aunque fuera en el país de los santificadores del sábado122—: ¡puras pamplinas! Pero en su impulso ciego y desmedido, en su hambre canina de plustrabajo, propia de un hombre lobo, el capital no solo atropella los límites máximos morales de la jornada laboral, sino también los puramente físicos. Usurpa el tiempo necesario para el crecimiento, el desarrollo y la conservación sana del cuerpo. Roba el tiempo que exige el consumo de aire libre y de luz solar. Escatima el tiempo de las comidas y, siempre que puede, lo incorpora al propio proceso de producción, de modo que al obrero, como a un mero medio de producción, se le echa comida como a la caldera de vapor carbón y a la maquinaria sebo o aceite. El sueño sano, que sirve para recoger, renovar y refrescar la fuerza vital, lo reduce a tantas horas de sopor como sean imprescindibles para reanimar un organismo absolutamente agotado. En lugar de ser la conservación normal de la fuerza de trabajo la que determina aquí el límite de la jornada laboral, es, a la inversa, el mayor gasto diario posible de fuerza de trabajo, por morbosamente violento y penoso que sea, el que determina el límite del tiempo de descanso del obrero. Al capital no le preocupa la duración de la vida de la fuerza de trabajo. Lo que le interesa es única y exclusivamente el máximo de fuerza de trabajo que puede ponerse en movimiento en una jornada laboral. Y alcanza esa meta acortando la duración de la fuerza de trabajo, como el agricultor codicioso logra un mayor rendimiento del suelo esquilmando su fertilidad.

Así pues, la producción capitalista, que es esencialmente producción de plusvalía, absorción de plustrabajo, no solo produce con la prolongación de la jornada laboral la atrofia de la fuerza de trabajo humana, a la que se despoja de sus condiciones normales, morales y físicas, de desarrollo y de actividad. Produce el agotamiento prematuro y la extinción de la propia fuerza de trabajo.123 Prolonga el tiempo de producción del obrero durante un plazo dado acortando su tiempo de vida.

Ahora bien, el valor de la fuerza de trabajo incluye el valor de las mercancías que se requieren para la reproducción del obrero o para la perpetuación de la clase obrera. Por lo tanto, si la prolongación antinatural de la jornada laboral, a la que el capital tiende necesariamente en su impulso desmedido de autovalorización, acorta la vida de cada obrero y, con ello, la duración de su fuerza de trabajo, se hace necesaria una sustitución más rápida de las fuerzas desgastadas y, por consiguiente, entran mayores costes de desgaste en la reproducción de la fuerza de trabajo, exactamente igual que la parte de valor de una máquina que hay que reproducir cada día es tanto mayor cuanto más deprisa se desgasta. El capital parece, pues, empujado por su propio interés hacia una jornada laboral normal.

El esclavista compra a su obrero como compra su caballo. Con el esclavo pierde un capital que tiene que reponer con un nuevo desembolso en el mercado de esclavos. Pero

«los arrozales de Georgia y los pantanos del Misisipi pueden actuar de forma fatalmente destructiva sobre la constitución humana; sin embargo, esa devastación de vidas humanas no es tan grande que no pueda repararse con los rebosantes criaderos de Virginia y Kentucky. Las consideraciones económicas que podrían ofrecer cierta garantía de que el esclavo reciba un trato humano, en la medida en que identifican el interés del amo con la conservación del esclavo, se convierten, una vez introducida la trata de esclavos, en razones para destruir al esclavo de la manera más extrema; pues en cuanto su puesto puede cubrirse con el suministro procedente de criaderos de negros extranjeros, la duración de su vida importa menos que su productividad mientras dura. Por eso es máxima de la economía esclavista en los países que importan esclavos que la economía más eficaz consiste en exprimir al ganado humano (human chattle) la mayor masa posible de rendimiento en el menor tiempo posible. Precisamente en los cultivos tropicales, donde los beneficios anuales igualan a menudo el capital total de las plantaciones, es donde con menos miramientos se sacrifica la vida de los negros. Es la agricultura de las Indias Occidentales, durante siglos cuna de riquezas fabulosas, la que ha devorado a millones de individuos de la raza africana. Es hoy en Cuba, cuyas rentas se cuentan por millones y cuyos plantadores son príncipes, donde vemos que a la clase esclava, además de la alimentación más tosca y del trabajo más agotador e incesante, se la destruye directamente cada año en buena parte con la lenta tortura del exceso de trabajo y de la falta de sueño y de descanso.»124

Mutato nomine de te fabula narratur!125 Léase, en lugar de trata de esclavos, mercado de trabajo; en lugar de Kentucky y Virginia, Irlanda y los distritos agrícolas de Inglaterra, Escocia y Gales; en lugar de África, ¡Alemania! Ya oímos cómo el exceso de trabajo diezma a los panaderos de Londres, y sin embargo el mercado de trabajo londinense está siempre abarrotado de candidatos a la muerte alemanes y de otras partes para la panadería. La alfarería, como vimos, es una de las ramas industriales de vida más corta. ¿Faltan por eso alfareros? Josiah Wedgwood, el inventor de la alfarería moderna, él mismo obrero corriente en su origen, declaró en 1785 ante la Cámara de los Comunes que toda la manufactura empleaba de 15.000 a 20.000 personas.126 En 1861, la población de las sedes urbanas de esta industria en Gran Bretaña ascendía, ella sola, a 101.302 habitantes.

«La industria algodonera cuenta 90 años... En tres generaciones de la raza inglesa ha devorado nueve generaciones de obreros del algodón.»127

Es cierto que en algunas épocas de auge febril el mercado de trabajo mostró huecos preocupantes. Así, por ejemplo, en 1834. Pero entonces los señores fabricantes propusieron a los Poor Law Commissioners128 enviar al norte la «superpoblación» de los distritos agrícolas, explicando que «los fabricantes la absorberían y la consumirían». Estas fueron sus palabras textuales.129

«Se nombraron agentes en Manchester con el consentimiento de los Poor Law Commissioners. Se confeccionaron listas de obreros agrícolas y se entregaron a esos agentes. Los fabricantes acudían corriendo a las oficinas y, una vez escogido lo que les convenía, se expedía a las familias desde el sur de Inglaterra. Esos paquetes humanos se entregaban con etiquetas, como otros tantos fardos de mercancías, por canal y en carros; algunos los seguían a pie vagabundeando, y muchos erraban perdidos y medio muertos de hambre por los distritos manufactureros. Aquello se convirtió en un verdadero ramo del comercio. La Cámara de los Comunes apenas podrá creerlo. Este comercio regular, este chalaneo con carne humana, continuó, y aquellas personas eran compradas y vendidas por los agentes de Manchester a los fabricantes de Manchester con la misma regularidad que los negros a los plantadores de algodón de los estados del sur... El año 1860 marca el cenit de la industria algodonera... Volvieron a faltar brazos. Los fabricantes se dirigieron de nuevo a los agentes de carne humana... y estos rastrearon las dunas de Dorset, las colinas de Devon y las llanuras de Wilts, pero la superpoblación ya estaba devorada.»

El Bury Guardian se lamentaba de que, tras la conclusión del tratado comercial anglo-francés, podrían absorberse 10.000 brazos adicionales y pronto harían falta unos 30.000 o 40.000 más. Después de que los agentes y subagentes del comercio de carne humana barrieran en 1860 los distritos agrícolas con bastante poco resultado,

«una diputación de fabricantes se dirigió al señor Villiers, presidente del Poor Law Board, solicitando que volviera a permitirse el suministro de niños pobres y huérfanos procedentes de las workhouses»130.

Lo que la experiencia muestra al capitalista, en general, es una superpoblación constante, es decir, una superpoblación en relación con la necesidad momentánea de valorización del capital, aunque forme su caudal con generaciones humanas atrofiadas, de vida breve, que se desplazan rápidamente unas a otras, cosechadas, por así decirlo, antes de madurar.131 Es cierto que, por otro lado, la experiencia muestra al observador sensato con qué rapidez y profundidad la producción capitalista, que, hablando en términos históricos, data apenas de ayer, ha atacado la fuerza del pueblo en la raíz misma de su vida; cómo la degeneración de la población industrial solo se retrasa mediante la absorción constante de elementos vitales naturales del campo, y cómo incluso los obreros rurales, pese al aire libre y al principle of natural selection132 que impera tan omnipotente entre ellos y que solo deja prosperar a los individuos más fuertes, empiezan ya a extinguirse.133 El capital, que tiene tan «buenas razones» para negar los sufrimientos de la generación obrera que lo rodea, se deja determinar en su movimiento práctico por la perspectiva de una futura putrefacción de la humanidad y, en definitiva, de una despoblación imparable, tan poco y tanto como por la posible caída de la Tierra en el Sol. En toda especulación bursátil fraudulenta, todo el mundo sabe que algún día ha de estallar la tormenta, pero cada cual espera que el rayo caiga sobre la cabeza de su prójimo, después de haber recogido él mismo la lluvia de oro y haberla puesto a buen recaudo. Après moi le déluge!134 es el lema de todo capitalista y de toda nación capitalista. Por eso el capital no tiene miramiento alguno con la salud y la duración de la vida del obrero, salvo cuando la sociedad lo obliga a tenerlo.135 A la queja por la atrofia física y mental, la muerte prematura, la tortura del exceso de trabajo, responde: ¿Por qué ha de atormentarnos este tormento, si acrecienta nuestro placer (el beneficio)?136 Pero, en conjunto, esto tampoco depende de la buena o mala voluntad del capitalista individual. La libre competencia hace valer las leyes inmanentes de la producción capitalista frente al capitalista individual como ley coercitiva exterior.137

El establecimiento de una jornada laboral normal es el resultado de una lucha de muchos siglos entre capitalista y obrero. Pero la historia de esta lucha muestra dos corrientes opuestas. Compárese, por ejemplo, la legislación fabril inglesa de nuestra época con los estatutos laborales ingleses desde el siglo XIV hasta bien entrada la mitad del XVIII.138 Mientras que la ley fabril moderna acorta violentamente la jornada laboral, aquellos estatutos procuran prolongarla violentamente. Es cierto que las pretensiones del capital en estado embrionario, cuando apenas está naciendo y, por lo tanto, no se asegura aún su derecho a absorber una cantidad suficiente de plustrabajo solo por la mera fuerza de las relaciones económicas, sino también con la ayuda del poder del Estado, parecen del todo modestas si se las compara con las concesiones que, gruñendo y a regañadientes, tiene que hacer en su edad adulta. Hacen falta siglos para que el obrero «libre», como consecuencia del desarrollo del modo de producción capitalista, consienta voluntariamente, es decir, se vea socialmente obligado, a vender todo el tiempo activo de su vida, incluso su propia capacidad de trabajo, por el precio de sus medios de subsistencia habituales; a vender su primogenitura por un plato de lentejas. Es natural, pues, que la prolongación de la jornada laboral que el capital, desde mediados del siglo XIV hasta finales del XVII, procura imponer a los obreros adultos con la fuerza del Estado coincida aproximadamente con el límite del tiempo de trabajo que, en la segunda mitad del siglo XIX, el Estado traza aquí y allá a la transformación de sangre infantil en capital. Lo que hoy, por ejemplo en el estado de Massachusetts, hasta hace poco el estado más libre de la república norteamericana, se proclama como límite estatal al trabajo de los niños menores de 12 años, era en Inglaterra, todavía a mediados del siglo XVII, la jornada laboral normal de artesanos en la flor de la vida, de robustos mozos de labranza y de herreros gigantescos.139

El primer «Statute of Labourers» (23 Eduardo III, 1349) encontró su pretexto inmediato (no su causa, pues la legislación de este tipo se prolonga durante siglos sin necesidad del pretexto) en la gran peste, que diezmó a la población, de manera que, como dice un escritor tory, «la dificultad de poner a trabajar a obreros a precios razonables» (es decir, a precios que dejaran a quienes los empleaban una cantidad razonable de plustrabajo) «se hizo verdaderamente insoportable»140. Por eso se dictaron por ley coercitiva salarios razonables, lo mismo que el límite de la jornada laboral. Este último punto, el único que aquí nos interesa, se repite en el estatuto de 1496 (bajo Enrique VII). La jornada laboral de todos los artesanos (artificers) y obreros agrícolas debía durar entonces de marzo a septiembre, cosa que sin embargo nunca llegó a imponerse, desde las 5 de la mañana hasta entre las 7 y las 8 de la tarde, pero las horas de comida sumaban 1 hora para el desayuno, 1½ horas para la comida del mediodía y ½ hora para la merienda de las cuatro, es decir, exactamente el doble que según la ley fabril hoy vigente.141 En invierno debía trabajarse desde las 5 de la mañana hasta que oscureciera, con las mismas interrupciones. Un estatuto de Isabel de 1562 para todos los obreros «contratados por un salario diario o semanal» deja intacta la duración de la jornada laboral, pero procura limitar los intervalos a 2½ horas en verano y 2 en invierno. La comida del mediodía solo debe durar una hora, y «la siesta de ½ hora» solo se permite entre mediados de mayo y mediados de agosto. Por cada hora de ausencia se descontará del salario 1 penique (unos 8 pfennig). En la práctica, sin embargo, la situación era mucho más favorable para los obreros que en el libro de estatutos. El padre de la economía política y, en cierto modo, el inventor de la estadística, William Petty, dice en un escrito que publicó en el último tercio del siglo XVII:

«Los obreros» (labouring men, en realidad entonces obreros agrícolas) «trabajan 10 horas al día y hacen 20 comidas a la semana, a saber, tres diarias en los días laborables y dos los domingos; de donde se ve claramente que, si quisieran ayunar los viernes por la noche y comer al mediodía en hora y media, mientras que ahora emplean en esta comida dos horas, de 11 a 1 de la mañana, es decir, si trabajaran 1/20 más y consumieran 1/20 menos, podría recaudarse la décima parte del impuesto arriba mencionado.»142

¿No tenía razón el doctor Andrew Ure al denunciar a gritos la ley de las doce horas de 1833 como un retroceso a los tiempos de las tinieblas? Es cierto que las disposiciones mencionadas en los estatutos y por Petty valen también para los apprentices (aprendices). Pero cómo estaban las cosas con el trabajo infantil todavía a finales del siglo XVII se ve por la siguiente queja:

«Nuestra juventud, aquí en Inglaterra, no hace absolutamente nada hasta el momento en que entra de aprendiz, y entonces, naturalmente, necesita mucho tiempo —siete años— para formarse como artesanos consumados.»

En cambio se elogia a Alemania, porque allí a los niños, desde la cuna, se los «educa al menos en un poco de ocupación»143.

Todavía durante la mayor parte del siglo XVIII, hasta la época de la gran industria, el capital no había conseguido en Inglaterra, pagando el valor semanal de la fuerza de trabajo, adueñarse de toda la semana del obrero, con la excepción, sin embargo, de los obreros agrícolas. El hecho de que pudieran vivir una semana entera con el salario de 4 días no les parecía a los obreros razón suficiente para trabajar también los otros dos días para el capitalista. Una parte de los economistas ingleses, al servicio del capital, denunciaba con la mayor furia esta obstinación; otra parte defendía a los obreros. Escuchemos, por ejemplo, la polémica entre Postlethwayt, cuyo diccionario de comercio gozaba entonces de la misma fama que hoy escritos parecidos de MacCulloch y MacGregor, y el autor, ya citado, del Essay on Trade and Commerce144.

Postlethwayt dice, entre otras cosas:

«No puedo concluir estas pocas observaciones sin señalar ese dicho trivial en boca de demasiada gente, según el cual, si el obrero (industrious poor) puede obtener en 5 días lo suficiente para vivir, no quiere trabajar 6 días completos. De ahí concluyen la necesidad de encarecer, mediante impuestos o por cualquier otro medio, incluso los medios de subsistencia necesarios, para obligar al artesano y al obrero de manufactura a trabajar sin interrupción seis días a la semana. Debo pedir permiso para disentir de esos grandes políticos que rompen lanzas por la esclavitud perpetua de la población trabajadora de este reino (the perpetual slavery of the working people); olvidan el refrán: all work and no play (todo trabajo y nada de juego) embrutece. ¿No se jactan los ingleses del ingenio y la destreza de sus artesanos y obreros de manufactura, que hasta ahora han dado a las mercancías británicas crédito y fama universales? ¿A qué circunstancia se debía esto? Probablemente a ninguna otra que a la manera en que nuestro pueblo trabajador sabe distraerse a su antojo. Si se los obligara a trabajar todo el año, los seis días de la semana, en la repetición constante de la misma tarea, ¿no se embotaría su ingenio y no se volverían torpes y apáticos en lugar de despiertos y diestros? ¿Y no perderían nuestros obreros su fama, en lugar de conservarla, a consecuencia de semejante esclavitud perpetua?... ¿Qué clase de habilidad podríamos esperar de animales tan duramente explotados (hard driven animals)?... Muchos de ellos realizan en 4 días tanto trabajo como un francés en 5 o 6. Pero si los ingleses han de ser eternos peones, es de temer que degeneren (degenerate) hasta quedar por debajo de los franceses. Si nuestro pueblo es famoso por su valentía en la guerra, ¿no decimos que esto se debe, por un lado, al buen roastbeef inglés y al pudding que lleva en el cuerpo y, por otro, no menos a nuestro espíritu constitucional de libertad? ¿Y por qué el mayor ingenio, energía y destreza de nuestros artesanos y obreros de manufactura no habrían de deberse a la libertad con que se distraen a su manera? ¡Espero que nunca vuelvan a perder estos privilegios, ni la buena vida de la que proceden por igual su aptitud para el trabajo y su valor!»145

A lo que responde el autor del Essay on Trade and Commerce:

«Si se tiene por institución divina santificar el séptimo día de la semana, ello implica que los demás días de la semana pertenecen al trabajo» (se refiere al capital, como enseguida se verá), «y no puede tacharse de cruel el hacer cumplir este mandamiento de Dios... Que la humanidad en general se inclina por naturaleza a la comodidad y a la pereza es algo de lo que tenemos la funesta experiencia en el comportamiento de nuestra plebe manufacturera, que por término medio no trabaja más de 4 días a la semana, salvo en caso de carestía de los víveres... Supongamos que un bushel de trigo represente todos los medios de subsistencia del obrero, que cueste 5 chelines y que el obrero gane un chelín diario con su trabajo. Entonces solo necesita trabajar 5 días a la semana; solo 4 si el bushel cuesta 4 chelines... Pero como en este reino el salario es mucho más alto en comparación con el precio de los medios de subsistencia, el obrero de manufactura que trabaja 4 días posee un excedente de dinero con el que vive ocioso el resto de la semana... Espero haber dicho lo suficiente para dejar claro que un trabajo moderado durante 6 días a la semana no es esclavitud alguna. Nuestros obreros agrícolas lo hacen y, a todas luces, son los más felices de los trabajadores (labouring poor)146; también los holandeses lo hacen en las manufacturas y parecen un pueblo muy feliz. Los franceses lo hacen, siempre que no se interpongan los muchos días festivos147... Pero nuestra plebe se ha metido en la cabeza la idea fija de que, como ingleses, les corresponde por derecho de nacimiento el privilegio de ser más libres e independientes que» (el pueblo trabajador) «de cualquier otro país de Europa. Ahora bien, esta idea, en la medida en que influye en la valentía de nuestros soldados, puede tener alguna utilidad; pero cuanto menos tengan de ella los obreros de manufactura, tanto mejor para ellos mismos y para el Estado. Los obreros nunca deberían considerarse independientes de sus superiores (independent of their superiors)... Es extraordinariamente peligroso alentar a la turba (mobs) en un Estado comercial como el nuestro, donde quizá 7 de cada 8 partes de la población total son gentes con poca o ninguna propiedad148... La cura no será completa hasta que nuestros pobres industriosos se resignen a trabajar 6 días por la misma suma que ahora ganan en 4.»149

Con este fin, así como para «extirpar la holgazanería, el libertinaje y las ensoñaciones románticas de libertad», e ítem «para reducir el impuesto de pobres, fomentar el espíritu de la industria y hacer bajar el precio del trabajo en las manufacturas», nuestro fiel Eckart150 del capital propone el remedio probado de encerrar a esos obreros que caen a cargo de la beneficencia pública, en una palabra, a los paupers, en una «casa de trabajo ideal» (an ideal Workhouse). «Una casa así debe convertirse en una casa del terror (House of Terror).»151 En esta «casa del terror», en este «ideal de workhouse», se ha de trabajar «14 horas diarias, incluido, eso sí, el tiempo adecuado para las comidas, de modo que queden 12 horas completas de trabajo»152.

¡Doce horas de trabajo diarias en la workhouse ideal, en la casa del terror de 1770! Sesenta y tres años después, en 1833, cuando el Parlamento inglés redujo en cuatro ramas fabriles la jornada laboral de los niños de 13 a 18 años a 12 horas de trabajo completas, ¡pareció que había llegado el Día del Juicio de la industria inglesa! En 1852, cuando L. Bonaparte intentó afianzarse entre los burgueses sacudiendo la jornada laboral legal, el pueblo francés gritó a una sola voz: «¡La ley que reduce la jornada laboral a 12 horas es todo el bien que nos ha quedado de la legislación de la República!»153 En Zúrich, el trabajo de los niños de más de 10 años está limitado a 12 horas; en Argovia se redujo en 1862 el trabajo de los niños de 13 a 16 años, de 12½ a 12 horas; en Austria, en 1860, ídem a 12 horas para los niños de 14 a 16 años.154 ¡Qué «progreso desde 1770»!, exclamaría Macaulay jubiloso, «con exultation».

La «casa del terror» para paupers con que todavía soñaba el alma del capital en 1770 se alzó pocos años después como gigantesca «casa de trabajo» para los propios obreros de manufactura. Se llamó fábrica. Y esta vez el ideal palideció ante la realidad.

6. La lucha por la jornada laboral normal. Limitación del tiempo de trabajo por ley coercitiva. La legislación fabril inglesa de 1833 a 1864

Después de que el capital necesitara siglos para prolongar la jornada laboral hasta sus límites máximos normales y luego, más allá de ellos, hasta los límites del día natural de 12 horas155, se produjo, desde el nacimiento de la gran industria en el último tercio del siglo XVIII, una avalancha de excesos violentos y desmedidos. Toda barrera de costumbre y naturaleza, de edad y sexo, de día y noche, quedó hecha añicos. Hasta los conceptos de día y noche, de una sencillez campesina en los viejos estatutos, se desdibujaron hasta tal punto que todavía en 1860 un juez inglés tuvo que desplegar una sagacidad verdaderamente talmúdica para declarar «con fuerza de sentencia» qué era el día y qué la noche.156 El capital celebraba sus orgías.

En cuanto la clase obrera, aturdida por el estruendo de la producción, recobró en alguna medida el sentido, comenzó su resistencia, primero en la patria de la gran industria, en Inglaterra. Sin embargo, durante tres decenios las concesiones que arrancó siguieron siendo puramente nominales. El Parlamento promulgó 5 leyes sobre el trabajo entre 1802 y 1833, pero tuvo la astucia de no votar ni un penique para su ejecución obligatoria, para el personal de funcionarios necesario, etc.157 Quedaron en letra muerta.

«El hecho es que, antes de la ley de 1833, a los niños y a las personas jóvenes se los hacía trabajar (were worked) toda la noche, todo el día, o ambas cosas ad libitum.»158

Solo a partir de la ley fabril de 1833, que comprendía las fábricas de algodón, lana, lino y seda, data para la industria moderna una jornada laboral normal. ¡Nada caracteriza mejor el espíritu del capital que la historia de la legislación fabril inglesa de 1833 a 1864!

La ley de 1833 declara que la jornada laboral ordinaria en las fábricas debe empezar a las cinco y media de la mañana y terminar a las ocho y media de la tarde, y que dentro de estos límites, un período de 15 horas, será legal emplear a personas jóvenes (es decir, de 13 a 18 años) a cualquier hora del día, siempre a condición de que una misma persona joven no trabaje más de 12 horas en un mismo día, salvo ciertos casos especialmente previstos. La sección 6.ª de la ley dispone «que en el curso de cada día se concederá a toda persona de jornada limitada al menos 1½ horas para las comidas». Se prohibió el empleo de niños menores de 9 años, con una excepción que mencionaremos más adelante, y el trabajo de los niños de 9 a 13 años se limitó a 8 horas diarias. El trabajo nocturno, es decir, según esta ley, el trabajo entre las ocho y media de la tarde y las cinco y media de la mañana, quedó prohibido para todas las personas de 9 a 18 años.

Los legisladores estaban tan lejos de querer tocar la libertad del capital para chupar la fuerza de trabajo adulta, o, como ellos lo llamaban, «la libertad del trabajo», que urdieron un sistema propio para prevenir semejante consecuencia espeluznante de la ley fabril.

«El gran mal del sistema fabril, tal como está organizado actualmente», dice el primer informe del consejo central de la comisión, de 25 de junio de 1833, «consiste en que crea la necesidad de extender el trabajo infantil hasta la duración máxima de la jornada laboral de los adultos. El único remedio para este mal, sin limitar el trabajo de los adultos, de lo cual resultaría un mal mayor que el que se trata de prevenir, parece ser el plan de emplear dobles tandas de niños.»

Con el nombre de sistema de relevos (System of Relays; relay significa en inglés, lo mismo que en francés, el cambio de los caballos de posta en las distintas estaciones) se puso en práctica, pues, este «plan», de modo que, por ejemplo, de las cinco y media de la mañana a la una y media de la tarde se enganchaba una tanda de niños de 9 a 13 años, de la una y media de la tarde a las ocho y media de la noche otra tanda, etc.

Ahora bien, como recompensa por haber ignorado con el mayor descaro todas las leyes sobre el trabajo infantil promulgadas durante los últimos 22 años, a los señores fabricantes se les doró también la píldora. El Parlamento dispuso que después del 1 de marzo de 1834 ningún niño menor de 11 años, después del 1 de marzo de 1835 ningún niño menor de 12 y después del 1 de marzo de 1836 ningún niño menor de 13 trabajaría más de 8 horas en una fábrica. Este «liberalismo», tan considerado con el «capital», era tanto más digno de reconocimiento cuanto que el doctor Farre, sir A. Carlisle, sir B. Brodie, sir C. Bell, Mr. Guthrie, etc., en una palabra, los más eminentes physicians y surgeons159 de Londres, habían declarado en sus testimonios ante la Cámara de los Comunes que periculum in mora!160 El doctor Farre se expresó de manera todavía algo más ruda:

«La legislación es igualmente necesaria para prevenir la muerte en todas las formas en que puede infligirse prematuramente, y sin duda esta» (el modo fabril) «debe considerarse como uno de los métodos más crueles de infligirla.»161

El mismo Parlamento «reformado» que, por delicadeza hacia los señores fabricantes, mantuvo durante años a niños menores de 13 años encadenados al infierno de 72 horas semanales de trabajo fabril, prohibió en cambio desde el primer momento a los plantadores, en la ley de emancipación, que también administraba la libertad gota a gota, hacer trabajar a ningún esclavo negro más de 45 horas semanales.

Pero el capital, en modo alguno aplacado, abrió entonces una agitación ruidosa que duró varios años. Giraba principalmente en torno a la edad de las categorías que, con el nombre de niños, habían quedado limitadas a 8 horas de trabajo y sometidas a cierta escolaridad obligatoria. Según la antropología capitalista, la infancia terminaba a los 10 años o, como mucho, a los 11. Cuanto más se acercaba el plazo de la plena aplicación de la ley fabril, el fatídico año 1836, más furiosa se ponía la chusma de los fabricantes. En efecto, logró intimidar al gobierno hasta el punto de que este propuso en 1835 rebajar de 13 a 12 años el límite de la infancia. Entretanto, sin embargo, la pressure from without162 crecía amenazadora. A la Cámara de los Comunes le faltó el valor. Se negó a arrojar a los niños de trece años, más de 8 horas diarias, bajo la rueda del Juggernaut163 del capital, y la ley de 1833 entró plenamente en vigor. Se mantuvo sin cambios hasta junio de 1844.

Durante el decenio en que reguló el trabajo fabril, primero en parte y luego por completo, los informes oficiales de los inspectores fabriles rebosan de quejas sobre la imposibilidad de aplicarla. Como la ley de 1833 dejaba a los señores del capital la libertad de hacer que, dentro del período de quince horas que va de las cinco y media de la mañana a las ocho y media de la tarde, cada «persona joven» y cada «niño» empezara, interrumpiera y terminara su trabajo de doce o, respectivamente, de ocho horas a cualquier hora que les diera la gana, y asimismo de asignar a las distintas personas distintas horas para las comidas, los señores no tardaron en inventar un nuevo «sistema de relevos», según el cual los caballos de tiro no se cambiaban en estaciones fijas, sino que se los volvía a enganchar una y otra vez en estaciones cambiantes. No nos detendremos más en la belleza de este sistema, porque tendremos que volver sobre él más adelante. Pero salta a la vista que anulaba la ley fabril entera, no solo en su espíritu, sino también en su letra. ¿Cómo iban a hacer cumplir los inspectores fabriles, con esta complicada contabilidad de cada niño y cada persona joven, el tiempo de trabajo fijado por la ley y la concesión de las comidas legales? En gran parte de las fábricas, los viejos abusos brutales no tardaron en florecer de nuevo impunemente. En una reunión con el ministro del Interior (1844), los inspectores fabriles demostraron la imposibilidad de todo control bajo el sistema de relevos recién urdido.164 Entretanto, sin embargo, las circunstancias habían cambiado mucho. Los obreros fabriles, sobre todo desde 1838, habían hecho del proyecto de ley de las diez horas su consigna económica, como de la Carta165 su consigna política. Una parte de los propios fabricantes, que habían ajustado la explotación de sus fábricas a la ley de 1833, abrumaba al Parlamento con memoriales sobre la inmoral «competencia» de los «falsos hermanos», a quienes un mayor descaro o circunstancias locales más afortunadas permitían violar la ley. Además, por mucho que cada fabricante individual quisiera dar rienda suelta a su vieja rapacidad, los portavoces y dirigentes políticos de la clase fabricante exigían otra actitud y otro lenguaje frente a los obreros. ¡Habían abierto la campaña por la abolición de las leyes cerealistas y necesitaban la ayuda de los obreros para vencer! Por eso prometieron no solo duplicar la hogaza de pan, sino aprobar el proyecto de ley de las diez horas bajo el reino milenario del Free Trade.166 Tanto menos podían, pues, combatir una medida que solo debía hacer realidad la ley de 1833. Amenazados en su interés más sagrado, la renta de la tierra, los tories acabaron tronando con filantrópica indignación contra las «prácticas infames»167 de sus enemigos.

Así nació la ley fabril complementaria de 7 de junio de 1844. Entró en vigor el 10 de septiembre de 1844.168 Coloca entre los protegidos a una nueva categoría de obreros, a saber, las mujeres mayores de 18 años. Se las equiparó en todos los aspectos a las personas jóvenes, se limitó su tiempo de trabajo a 12 horas, se les prohibió el trabajo nocturno, etc. Por primera vez, pues, la legislación se vio obligada a controlar de manera directa y oficial también el trabajo de personas mayores de edad. En el informe fabril de 1844-1845 se dice con ironía:

«No ha llegado a nuestro conocimiento un solo caso en que mujeres adultas se hayan quejado de esta intromisión en sus derechos.»169

El trabajo de los niños menores de 13 años se redujo a 6½ horas diarias y, en determinadas condiciones, a 7.170

Para eliminar los abusos del falso «sistema de relevos», la ley estableció, entre otras, las siguientes importantes disposiciones de detalle:

«La jornada laboral de los niños y de las personas jóvenes se contará desde el momento en que cualquier niño o persona joven empiece a trabajar por la mañana en la fábrica.»

De modo que si, por ejemplo, A empieza a trabajar a las 8 de la mañana y B a las 10, la jornada laboral de B tiene que terminar, no obstante, a la misma hora que la de A. El comienzo de la jornada laboral se indicará por un reloj público, por ejemplo el reloj de la estación de ferrocarril más próxima, por el que se pondrá en hora la campana de la fábrica. El fabricante tiene que colgar en la fábrica un aviso impreso en letras grandes en el que se indiquen el comienzo, el final y las pausas de la jornada laboral. Los niños que empiezan su trabajo por la mañana antes de las 12 no pueden volver a emplearse después de la 1 de la tarde. La tanda de la tarde tiene que componerse, pues, de niños distintos de los de la tanda de la mañana. La hora y media para las comidas tiene que concederse a todos los obreros protegidos en los mismos períodos del día, una hora por lo menos antes de las 3 de la tarde. Los niños o las personas jóvenes no pueden emplearse más de 5 horas antes de la 1 de la tarde sin una pausa de al menos media hora para comer. Los niños, las personas jóvenes y las mujeres no pueden permanecer durante ninguna comida en un local de la fábrica en el que se esté efectuando cualquier proceso de trabajo, etc.

Ya se ha visto: estas minuciosas disposiciones, que regulan con uniformidad tan militar, a toque de campana, el período, los límites y las pausas del trabajo, no eran en modo alguno producto de cavilaciones parlamentarias. Se desarrollaron gradualmente a partir de las circunstancias, como leyes naturales del modo de producción moderno. Su formulación, su reconocimiento oficial y su proclamación por el Estado fueron el resultado de prolongadas luchas de clases. Una de sus consecuencias más inmediatas fue que la práctica sometió también la jornada laboral de los obreros fabriles varones adultos a los mismos límites, ya que en la mayoría de los procesos de producción la cooperación de los niños, las personas jóvenes y las mujeres era imprescindible. Por eso, en líneas generales, durante el período de 1844 a 1847 rigió de forma general y uniforme la jornada laboral de doce horas en todas las ramas industriales sometidas a la legislación fabril.

Los fabricantes, sin embargo, no permitieron este «progreso» sin un «retroceso» compensatorio. A instancias suyas, la Cámara de los Comunes rebajó de 9 a 8 años la edad mínima de los niños que podían ponerse a trabajar, para asegurar el «suministro adicional de niños para las fábricas»171 que se le debe al capital por la gracia de Dios y por derecho.

Los años 1846-1847 hacen época en la historia económica de Inglaterra. ¡Revocación de las leyes cerealistas, abolición de los aranceles de importación sobre el algodón y otras materias primas, el librecambio proclamado estrella polar de la legislación! En una palabra, despuntaba el reino milenario. Por otro lado, en esos mismos años el movimiento cartista y la agitación por las diez horas alcanzaron su punto culminante. Encontraron aliados en los tories, que bufaban de sed de venganza. Pese a la resistencia fanática del perjuro ejército librecambista, con Bright y Cobden a la cabeza, el tan anhelado proyecto de ley de las diez horas fue aprobado por el Parlamento.

La nueva ley fabril de 8 de junio de 1847 estableció que el 1 de julio de 1847 entraría en vigor una reducción provisional a 11 horas de la jornada laboral de las «personas jóvenes» (de 13 a 18 años) y de todas las obreras, y el 1 de mayo de 1848 la limitación definitiva a 10 horas. Por lo demás, la ley no era más que un complemento enmendatorio de las leyes de 1833 y 1844.

El capital emprendió una campaña preliminar para impedir la plena aplicación de la ley el 1 de mayo de 1848. Y precisamente los propios obreros, supuestamente escarmentados por la experiencia, debían ayudar a destruir su propia obra. El momento estaba hábilmente elegido.

«Hay que recordar que, a consecuencia de la terrible crisis de 1846-1847, reinaba una gran miseria entre los obreros fabriles, pues muchas fábricas solo habían trabajado a jornada reducida y otras se habían parado por completo. Un número considerable de obreros se hallaba, por lo tanto, en la situación más apremiante, y muchos estaban endeudados. Podía suponerse, pues, con bastante certeza, que preferirían el tiempo de trabajo más largo para resarcirse de las pérdidas pasadas, quizá para pagar deudas o sacar sus muebles de la casa de empeños o reponer los enseres vendidos o procurarse ropa nueva para sí mismos y para sus familias.»172

Los señores fabricantes trataron de reforzar el efecto natural de estas circunstancias con una rebaja general de los salarios del 10%. Esto se hizo, por así decirlo, como fiesta de inauguración de la nueva era del librecambio. Luego siguió una nueva rebaja del 8⅓% en cuanto la jornada laboral se redujo a 11 horas, y del doble en cuanto se redujo definitivamente a 10. Allí donde las circunstancias lo permitían de algún modo, se produjo, pues, una rebaja salarial de al menos el 25%.173 Con oportunidades tan favorablemente preparadas se empezó la agitación entre los obreros para revocar la ley de 1847. No se desdeñó ningún medio de engaño, de seducción ni de amenaza, pero todo en vano. Respecto a la media docena de peticiones en las que los obreros tuvieron que quejarse de «su opresión por la ley», los propios peticionarios declararon, al ser interrogados de palabra, que se les habían arrancado las firmas. «Estaban oprimidos, pero por otra cosa que la ley fabril.»174 Y si los fabricantes no lograban hacer hablar a los obreros en el sentido que ellos querían, gritaban ellos mismos tanto más fuerte en la prensa y en el Parlamento en nombre de los obreros. Denunciaban a los inspectores fabriles como una especie de comisarios de la Convención que sacrificaban sin piedad al desdichado obrero a su manía de arreglar el mundo. También esta maniobra fracasó. El inspector fabril Leonard Horner, en persona y por medio de sus subinspectores, tomó numerosas declaraciones a testigos en las fábricas de Lancashire. Alrededor del 70% de los obreros interrogados se declararon a favor de las 10 horas, un porcentaje mucho menor a favor de las 11 y una minoría del todo insignificante a favor de las antiguas 12 horas.175

Otra maniobra «amistosa» consistió en hacer trabajar a los obreros varones adultos de 12 a 15 horas y presentar luego este hecho como la mejor expresión de los deseos más íntimos del proletariado. Pero el «despiadado» inspector fabril Leonard Horner volvió a estar sobre el terreno. La mayoría de los que hacían horas extraordinarias declararon

«que preferirían con mucho trabajar 10 horas por un salario menor, pero que no tenían elección; que había tantos de ellos parados, tantos hiladores obligados a trabajar como simples piecers176, que, si se negaban a trabajar más tiempo, otros ocuparían inmediatamente sus puestos, de modo que la cuestión se les planteaba así: o trabajar más tiempo o quedarse en la calle»177.

La campaña preliminar del capital había fracasado, y la ley de las diez horas entró en vigor el 1 de mayo de 1848. Entretanto, sin embargo, el fiasco del partido cartista, cuyos dirigentes estaban encarcelados y cuya organización estaba deshecha, había quebrantado ya la confianza en sí misma de la clase obrera inglesa. Poco después, la insurrección de junio en París y su sangriento aplastamiento unieron, tanto en la Europa continental como en Inglaterra, a todas las fracciones de las clases dominantes, terratenientes y capitalistas, lobos de la Bolsa y tenderos, proteccionistas y librecambistas, gobierno y oposición, curas y librepensadores, jóvenes putas y viejas monjas, bajo el grito común de ¡salvar la propiedad, la religión, la familia, la sociedad! La clase obrera fue en todas partes proscrita, excomulgada, puesta bajo la loi des suspects178. Los señores fabricantes no tenían, pues, por qué andarse con miramientos. Estallaron en abierta revuelta, no solo contra la ley de las diez horas, sino contra toda la legislación que desde 1833 trataba de poner algo de freno a la succión «libre» de la fuerza de trabajo. Fue una Proslavery Rebellion179 en miniatura, llevada a cabo durante más de dos años con cínica falta de escrúpulos y con energía terrorista, ambas tanto más baratas cuanto que el capitalista rebelde no arriesgaba más que el pellejo de sus obreros.

Para entender lo que sigue hay que recordar que las leyes fabriles de 1833, 1844 y 1847 estaban las tres en vigor, en la medida en que una no enmendaba a la otra; que ninguna de ellas limitaba la jornada laboral del obrero varón mayor de 18 años, y que desde 1833 el período de quince horas que va de las cinco y media de la mañana a las ocho y media de la tarde seguía siendo el «día» legal dentro del cual había que efectuar, en las condiciones prescritas, el trabajo de las personas jóvenes y de las mujeres, primero de doce horas y luego de diez.

Los fabricantes empezaron aquí y allá por despedir a una parte, a veces la mitad, de las personas jóvenes y de las obreras que empleaban, y restablecieron en cambio entre los obreros varones adultos el trabajo nocturno, casi caído en el olvido. ¡La ley de las diez horas, gritaban, no les dejaba otra alternativa!180

El segundo paso se refirió a las pausas legales para las comidas. Escuchemos a los inspectores fabriles.

«Desde la limitación de las horas de trabajo a 10, los fabricantes sostienen, aunque en la práctica todavía no llevan su opinión hasta las últimas consecuencias, que si, por ejemplo, se trabaja de las 9 de la mañana a las 7 de la tarde, cumplen lo suficiente con las prescripciones legales dando una hora para comer antes de las 9 de la mañana y media hora después de las 7 de la tarde, es decir, 1½ horas para las comidas. En algunos casos conceden ahora media hora o una hora entera para la comida del mediodía, pero insisten al mismo tiempo en que no están obligados en modo alguno a conceder ninguna parte de esa hora y media en el curso de la jornada laboral de diez horas.»181

¡Así pues, los señores fabricantes sostenían que las disposiciones meticulosamente precisas de la ley de 1844 sobre las comidas solo daban a los obreros permiso para comer y beber antes de entrar en la fábrica y después de salir de ella, es decir, en su casa! ¿Y por qué no habían de tomar los obreros su comida del mediodía antes de las 9 de la mañana? Los juristas de la Corona decidieron, sin embargo, que las comidas prescritas

«tienen que darse en pausas durante la jornada laboral efectiva, y que es ilegal hacer trabajar 10 horas seguidas, de las 9 de la mañana a las 7 de la tarde, sin interrupción»182.

Tras estas apacibles demostraciones, el capital inició su revuelta con un paso que se ajustaba a la letra de la ley de 1844 y que era, por lo tanto, legal.

La ley de 1844 prohibía, en efecto, volver a emplear después de la 1 de la tarde a los niños de 8 a 13 años que hubieran trabajado antes de las 12 del mediodía. ¡Pero no regulaba en modo alguno el trabajo de 6½ horas de los niños cuyo tiempo de trabajo empezaba a las 12 del mediodía o más tarde! Así, los niños de ocho años, si empezaban a trabajar a las 12 del mediodía, podían emplearse de 12 a 1, 1 hora; de 2 a 4 de la tarde, 2 horas, y de 5 a las ocho y media de la tarde, 3½ horas; ¡en total, las 6½ horas legales! O mejor todavía. Para ajustar su empleo al trabajo de los obreros varones adultos hasta las ocho y media de la tarde, los fabricantes no necesitaban darles tarea antes de las 2 de la tarde, ¡y podían tenerlos entonces sin interrupción en la fábrica hasta las ocho y media de la tarde!

«Y ahora se reconoce expresamente que últimamente, a consecuencia del afán de los fabricantes por tener su maquinaria en marcha más de 10 horas, se ha introducido en Inglaterra la práctica de hacer trabajar a niños de ambos sexos de ocho a trece años, solos con los hombres adultos, hasta las ocho y media de la tarde, después de haber retirado de la fábrica a todas las personas jóvenes y mujeres.»183

Obreros e inspectores fabriles protestaron por razones higiénicas y morales. Pero el capital respondió:

«¡Caigan mis actos sobre mi cabeza! ¡Reclamo mi derecho,
la pena y la prenda de mi pagaré!»184

En efecto, según un estado estadístico presentado a la Cámara de los Comunes el 26 de julio de 1850, pese a todas las protestas, el 15 de julio de 1850 había 3.732 niños sometidos a esta «práctica» en 257 fábricas.185 ¡Y todavía no bastaba! El ojo de lince del capital descubrió que la ley de 1844 no permitía trabajar 5 horas por la mañana sin una pausa de al menos 30 minutos para reponer fuerzas, pero no prescribía nada parecido para el trabajo de la tarde. Por eso exigió y arrancó a la fuerza el gusto de hacer no solo bregar, sino también pasar hambre, a niños obreros de ocho años, sin interrupción, desde las 2 hasta las ocho y media de la tarde.

«Sí, el pecho;
así lo dice el pagaré.»186

Este aferrarse, a lo Shylock, a la letra de la ley de 1844, en la medida en que regula el trabajo infantil, solo debía servir, sin embargo, para preparar la revuelta abierta contra la misma ley en la medida en que regula el trabajo de las «personas jóvenes y mujeres». Se recordará que la abolición del «falso sistema de relevos» constituye el fin principal y el contenido principal de esa ley. Los fabricantes abrieron su revuelta con la simple declaración de que las secciones de la ley de 1844 que prohíben disponer a voluntad de las personas jóvenes y de las mujeres en fracciones más cortas, elegidas a voluntad, de la jornada fabril de quince horas

«habían sido relativamente inofensivas (comparatively harmless) mientras el tiempo de trabajo estuvo limitado a 12 horas. Bajo la ley de las diez horas eran un perjuicio insoportable (hardship)»187.

Por eso comunicaron a los inspectores con la mayor frialdad que pasarían por encima de la letra de la ley y restablecerían por su cuenta el antiguo sistema.188 Lo hacían, decían, en interés de los propios obreros, mal aconsejados,

«para poder pagarles salarios más altos». «Era el único plan posible para mantener, bajo la ley de las diez horas, la supremacía industrial de Gran Bretaña.»189 «Quizá fuera difícil descubrir irregularidades bajo el sistema de relevos, pero ¿y qué? (what of that?) ¿Se va a tratar el gran interés fabril de este país como algo secundario, para ahorrar a los inspectores y subinspectores fabriles un poquito más de molestia (some little trouble)?»190

Naturalmente, de nada sirvieron todas estas patrañas. Los inspectores fabriles recurrieron a los tribunales. Pero pronto una nube de polvo tal de peticiones de fabricantes cayó sobre el ministro del Interior, sir George Grey, que este, en una circular de 5 de agosto de 1848, dio instrucciones a los inspectores

«de no intervenir, en general, por violación de la letra de la ley, siempre que no se demostrara que se abusaba del sistema de relevos para hacer trabajar a personas jóvenes y mujeres más de 10 horas».

Acto seguido, el inspector fabril J. Stuart permitió el llamado sistema de relevos durante el período de quince horas de la jornada fabril en toda Escocia, donde pronto volvió a florecer a la vieja usanza. Los inspectores fabriles ingleses, en cambio, declararon que el ministro no tenía ningún poder dictatorial para suspender las leyes, y continuaron con los procedimientos judiciales contra los rebeldes esclavistas.

Pero ¿de qué servía citar a nadie ante los tribunales, si los tribunales, los county magistrates191, absolvían? En esos tribunales, los señores fabricantes se juzgaban a sí mismos. Un ejemplo. Un tal Eskrigge, hilador de algodón de la firma Kershaw, Leese & Co., había presentado al inspector fabril de su distrito el esquema de un sistema de relevos destinado a su fábrica. Al ser rechazado, se mantuvo de momento pasivo. Pocos meses después comparecía ante los Borough Justices192 de Stockport un individuo llamado Robinson, también hilador de algodón y, si no el Viernes, al menos sí pariente de Eskrigge, acusado de haber implantado el mismo plan de relevos urdido por Eskrigge. Formaban el tribunal 4 jueces, entre ellos 3 hiladores de algodón, presididos por el mismo e inevitable Eskrigge. Eskrigge absolvió a Robinson y declaró entonces que lo que valía para Robinson valía también para Eskrigge. Apoyándose en su propia sentencia firme, implantó inmediatamente el sistema en su propia fábrica.193 Ciertamente, ya la composición de esos tribunales era una violación abierta de la ley.194

«Esta clase de farsas judiciales», exclama el inspector Howell, «claman por un remedio... o bien adaptad la ley a estas sentencias, o bien haced que la administre un tribunal menos falible, que ajuste sus decisiones a la ley... en todos estos casos. ¡Cómo se echa de menos a un juez pagado!»195

Los juristas de la Corona declararon absurda la interpretación que los fabricantes hacían de la ley de 1848, pero los salvadores de la sociedad no se dejaron desconcertar.

«Después de haber intentado», informa Leonard Horner, «hacer cumplir la ley mediante 10 procesos en 7 circunscripciones judiciales distintas, y de haber sido apoyado por los magistrados en un solo caso..., considero inútil seguir persiguiendo la elusión de la ley. La parte de la ley redactada para crear uniformidad en las horas de trabajo... ya no existe en Lancashire. Tampoco dispongo, con mis subagentes, de medio alguno para asegurarnos de que las fábricas en que impera el llamado sistema de relevos no emplean a personas jóvenes y mujeres más de 10 horas... A finales de abril de 1849, ya trabajaban con este método 114 fábricas de mi distrito, y su número aumenta últimamente a toda velocidad. En general trabajan ahora 13½ horas, de las 6 de la mañana a las siete y media de la tarde; en algunos casos, 15 horas, de las cinco y media de la mañana a las ocho y media de la tarde.»196

Ya en diciembre de 1848 tenía Leonard Horner una lista de 65 fabricantes y 29 capataces de fábrica que declaraban unánimemente que, con ese sistema de relevos, ningún sistema de vigilancia podía impedir el exceso de trabajo más extenso.197 Unas veces se trasladaba (shifted) a los mismos niños y personas jóvenes de la sala de hilar a la de tejer, etc.; otras, durante 15 horas, de una fábrica a otra.198 ¿Cómo controlar un sistema

«que abusa de la palabra relevo para barajar los brazos como si fueran naipes en una variedad infinita y desplazar cada día las horas de trabajo y de descanso de los distintos individuos de tal manera que un mismo surtido completo de brazos nunca coincide trabajando en el mismo lugar al mismo tiempo»?199

Pero, aun dejando completamente aparte el exceso real de trabajo, este llamado sistema de relevos era un engendro de la fantasía del capital como Fourier no lo superó jamás en sus humorísticos bosquejos de las courtes séances200, solo que la atracción del trabajo se había transformado en atracción del capital. Véanse aquellos esquemas de los fabricantes que la buena prensa ensalzaba como modelo de «lo que puede lograr un grado razonable de cuidado y de método» (what a reasonable degree of care and method can accomplish). El personal obrero se distribuía a veces en 12 a 15 categorías, que a su vez cambiaban constantemente sus componentes. Durante el período de quince horas de la jornada fabril, el capital atraía al obrero ora por 30 minutos, ora por una hora, y luego volvía a repelerlo, para atraerlo de nuevo a la fábrica y expulsarlo de nuevo de ella, acosándolo de acá para allá en retazos de tiempo dispersos, sin perderlo nunca de la mano, hasta completar las diez horas de trabajo. Como en el teatro, las mismas personas tenían que salir alternativamente a escena en las distintas escenas de los distintos actos. Pero así como un actor pertenece al escenario durante toda la duración del drama, así pertenecían ahora los obreros a la fábrica durante 15 horas, sin contar el tiempo para ir y volver de ella. Las horas de descanso se convertían así en horas de ociosidad forzosa que empujaban al joven obrero a la taberna y a la joven obrera al burdel. Con cada nueva ocurrencia que el capitalista urdía a diario para mantener su maquinaria en marcha 12 o 15 horas sin aumentar el personal obrero, el obrero tenía que engullir su comida ora en este retal de tiempo, ora en aquel. En tiempos de la agitación por las diez horas, los fabricantes gritaban que la chusma obrera presentaba peticiones con la esperanza de cobrar un salario de doce horas por un trabajo de diez. Ahora habían dado la vuelta a la medalla. ¡Pagaban un salario de diez horas por disponer de las fuerzas de trabajo durante doce y quince horas!201 ¡Ahí estaba el meollo de la cuestión,202 esa era la edición fabricante de la ley de las diez horas! Eran los mismos librecambistas untuosos, rebosantes de amor al prójimo, que durante 10 años enteros, durante la agitación contra las leyes cerealistas, habían demostrado a los obreros con cuentas hasta el último céntimo que, con la libre importación de trigo, un trabajo de diez horas, con los medios de la industria inglesa, bastaría sobradamente para enriquecer a los capitalistas.203

La revuelta del capital, que duró dos años, se vio finalmente coronada por la sentencia de uno de los cuatro tribunales supremos de Inglaterra, el Court of Exchequer204, que en un caso sometido a él decidió, el 8 de febrero de 1850, que los fabricantes actuaban, ciertamente, contra el sentido de la ley de 1844, pero que esta misma ley contenía ciertas palabras que la hacían absurda. «Con esta decisión quedaba abolida la ley de las diez horas.»205 Una masa de fabricantes que hasta entonces había rehuido todavía el sistema de relevos para personas jóvenes y obreras se lanzó ahora sobre él con ambas manos.206

Pero con esta victoria aparentemente definitiva del capital se produjo de inmediato un vuelco. Hasta entonces los obreros habían opuesto una resistencia pasiva, aunque inflexible y renovada cada día. Ahora protestaron en mítines de tono amenazador en Lancashire y Yorkshire. ¡Así que la supuesta ley de las diez horas no era más que una patraña, un engaño parlamentario, y nunca había existido! Los inspectores fabriles advirtieron con urgencia al gobierno que el antagonismo de clases había alcanzado una tensión increíble. Una parte de los propios fabricantes refunfuñaba:

«Por las decisiones contradictorias de los magistrados reinaba una situación completamente anormal y anárquica. Una ley regía en Yorkshire, otra en Lancashire, una ley en una parroquia de Lancashire y otra en su vecindad inmediata. El fabricante de las grandes ciudades podía eludir la ley; el de los pueblos no encontraba el personal necesario para el sistema de relevos, y menos aún para trasladar a los obreros de una fábrica a otra, etc.»

Y la explotación igual de la fuerza de trabajo es el primer derecho humano del capital. En estas circunstancias se llegó a un compromiso entre fabricantes y obreros, sellado parlamentariamente en la nueva ley fabril complementaria de 5 de agosto de 1850. Para las «personas jóvenes y mujeres», la jornada laboral se elevó de 10 a 10½ horas en los cinco primeros días de la semana y se limitó a 7½ horas el sábado. El trabajo tiene que efectuarse en el período que va de las 6 de la mañana a las 6 de la tarde207, con pausas de 1½ horas para las comidas, que han de concederse simultáneamente y conforme a las disposiciones de 1844, etc. Con ello se puso fin de una vez por todas al sistema de relevos.208 Para el trabajo infantil siguió en vigor la ley de 1844.

Una categoría de fabricantes se aseguró esta vez, como antes, derechos señoriales particulares sobre los hijos de los proletarios. Eran los fabricantes de seda. En 1833 habían aullado amenazadores que, «si se les arrebataba la libertad de hacer bregar 10 horas diarias a niños de cualquier edad, pararían sus fábricas» (if the liberty of working children of any age for 10 hours a day was taken away, it would stop their works). Les era imposible, decían, comprar un número suficiente de niños mayores de 13 años.209 Arrancaron el privilegio deseado. El pretexto resultó ser, en una investigación posterior, una pura mentira210, lo que, sin embargo, no les impidió hilar seda durante un decenio, 10 horas diarias, con la sangre de niños pequeños a los que había que subir a sillas para que pudieran realizar su trabajo.211 Es cierto que la ley de 1844 los «despojó» de la «libertad» de emplear a niños menores de 11 años más de 6½ horas, pero en cambio les aseguró el privilegio de consumir a niños de 11 a 13 años 10 horas diarias, y anuló para ellos la escolaridad obligatoria prescrita para los demás niños de las fábricas. El pretexto, esta vez:

«La delicadeza del tejido exigía una finura de dedos que solo podía asegurarse con la entrada temprana en la fábrica.»212

Por la finura de sus dedos se sacrificaba a los niños enteros, como al ganado vacuno en el sur de Rusia por su piel y su sebo. Por fin, en 1850, el privilegio concedido en 1844 se limitó a las secciones de torcido y devanado de la seda, pero aquí, para resarcir al capital despojado de su «libertad», el tiempo de trabajo de los niños de 11 a 13 años se elevó de 10 a 10½ horas. Pretexto: «El trabajo era más ligero en las fábricas de seda que en las demás fábricas y en modo alguno tan perjudicial para la salud.»213 Una investigación médica oficial demostró después que, por el contrario,

«la tasa media de mortalidad en los distritos sederos es excepcionalmente alta y, entre la parte femenina de la población, incluso más alta que en los distritos algodoneros de Lancashire»214.

Pese a las protestas de los inspectores fabriles, repetidas cada semestre, el abuso continúa hasta el día de hoy.215

La ley de 1850 solo transformó para las «personas jóvenes y mujeres» el período de quince horas, de las cinco y media de la mañana a las ocho y media de la tarde, en el período de doce horas de las 6 de la mañana a las 6 de la tarde. No, pues, para los niños, que seguían siendo aprovechables media hora antes del comienzo y 2½ horas después del final de ese período, aunque la duración total de su trabajo no podía exceder de 6½ horas. Durante la discusión de la ley, los inspectores fabriles presentaron al Parlamento una estadística de los abusos infames de aquella anomalía. Pero en vano. En el trasfondo acechaba la intención de volver a elevar, en los años de prosperidad, la jornada laboral de los obreros adultos a 15 horas con ayuda de los niños. La experiencia de los 3 años siguientes mostró que semejante intento tenía que fracasar ante la resistencia de los obreros varones adultos.216 Por eso, en 1853, la ley de 1850 se completó por fin con la prohibición de «emplear a niños por la mañana antes y por la tarde después de las personas jóvenes y mujeres». A partir de entonces, con pocas excepciones, la ley fabril de 1850 reguló la jornada laboral de todos los obreros en las ramas industriales sometidas a ella.217 Había transcurrido ya medio siglo desde la promulgación de la primera ley fabril.218

La legislación rebasó por primera vez su esfera originaria con la «Printworks' Act» (ley sobre las estampaciones de indianas, etc.) de 1845. ¡La desgana con que el capital admitió esta nueva «extravagancia» habla en cada línea de la ley! Limita la jornada laboral de los niños de 8 a 13 años y de las mujeres a 16 horas entre las 6 de la mañana y las 10 de la noche, sin ninguna pausa legal para las comidas. Permite hacer trabajar a voluntad, día y noche, a los obreros varones mayores de 13 años.219 Es un aborto parlamentario.220

Sin embargo, el principio había triunfado con su triunfo en las grandes ramas industriales, que son la criatura más genuina del modo de producción moderno. Su maravilloso desarrollo de 1853 a 1860, de la mano del renacimiento físico y moral de los obreros fabriles, saltaba a la vista del más ciego. Los propios fabricantes, a quienes los límites y la regulación legales de la jornada laboral se habían arrancado paso a paso con medio siglo de guerra civil, señalaban jactanciosos el contraste con los campos de explotación todavía «libres».221 Los fariseos de la «economía política» proclamaban ahora que comprender la necesidad de una jornada laboral regulada por ley era una nueva conquista característica de su «ciencia».222 Se comprende fácilmente que, una vez que los magnates de la fábrica se resignaron a lo inevitable y se reconciliaron con ello, la fuerza de resistencia del capital se debilitara gradualmente, mientras que al mismo tiempo la fuerza de ataque de la clase obrera crecía con el número de sus aliados en las capas sociales que no estaban directamente interesadas. De ahí el progreso relativamente rápido desde 1860.

Las tintorerías y blanquerías223 quedaron sometidas en 1860, y las fábricas de encajes y de géneros de punto en 1861, a la ley fabril de 1850. A raíz del primer informe de la «Comisión sobre el empleo de los niños» (1863) corrieron la misma suerte la manufactura de todos los artículos de barro (no solo las alfarerías), la de cerillas, pistones, cartuchos, la fabricación de papel pintado, el tundido del terciopelo de algodón (fustian cutting) y numerosos procesos que se agrupan bajo la expresión finishing (apresto final). En 1863, el «blanqueo al aire libre»224 y la panadería quedaron sujetos a leyes propias, la primera de las cuales prohíbe, entre otras cosas, el trabajo de niños, personas jóvenes y mujeres en horario nocturno (de las 8 de la tarde a las 6 de la mañana), y la segunda el empleo de oficiales panaderos menores de 18 años entre las 9 de la noche y las 5 de la mañana. Sobre las propuestas posteriores de la citada comisión, que amenazan con despojar de su «libertad» a todas las ramas industriales importantes de Inglaterra, con excepción de la agricultura, las minas y los transportes, volveremos más adelante.225

7. La lucha por la jornada laboral normal. Repercusión de la legislación fabril inglesa en otros países

El lector recordará que la producción de plusvalía o la extracción de plustrabajo constituye el contenido y el fin específicos de la producción capitalista, prescindiendo de cualquier transformación del propio modo de producción que pudiera derivarse de la subordinación del trabajo al capital. Recordará que, desde el punto de vista desarrollado hasta aquí, solo el obrero independiente y, por lo tanto, legalmente mayor de edad contrata con el capitalista como vendedor de una mercancía. Si, pues, en nuestro esbozo histórico desempeñan un papel principal, por un lado, la industria moderna y, por otro, el trabajo de los menores de edad física y jurídicamente, la primera solo nos interesaba como esfera particular y el segundo solo como ejemplo particularmente contundente de la succión del trabajo. Sin embargo, sin anticipar el desarrollo posterior, de la mera conexión de los hechos históricos se desprende:

Primero: En las industrias revolucionadas en primer lugar por el agua, el vapor y la maquinaria, en estas primeras creaciones del modo de producción moderno, las hilanderías y tejedurías de algodón, lana, lino y seda, es donde primero se satisface el impulso del capital a prolongar desmedida y desconsideradamente la jornada laboral. El modo de producción material transformado y las relaciones sociales de los productores, transformadas en consonancia con él226, crean primero el exceso desmedido y provocan luego, por contraposición, el control social que limita, regula y uniforma legalmente la jornada laboral con sus pausas. Por eso, durante la primera mitad del siglo XIX, este control aparece simplemente como legislación de excepción.227 En cuanto hubo conquistado el territorio originario del nuevo modo de producción, resultó que entretanto no solo muchas otras ramas de la producción habían entrado en el régimen fabril propiamente dicho, sino que manufacturas con métodos de explotación más o menos anticuados, como las alfarerías, las vidrierías, etc., oficios artesanos a la antigua, como la panadería, y por último incluso el llamado trabajo a domicilio disperso, como la fabricación de clavos, etc.228, habían caído desde hacía mucho en manos de la explotación capitalista tanto como la fábrica. La legislación se vio obligada, por eso, a despojarse gradualmente de su carácter excepcional o, allí donde procede con casuística a la romana, como en Inglaterra, a declarar fábrica (factory), a voluntad, cualquier casa en la que se trabaje.229

Segundo: La historia de la regulación de la jornada laboral en algunos modos de producción y, en otros, la lucha que todavía continúa por esa regulación demuestran palpablemente que el obrero aislado, el obrero como vendedor «libre» de su fuerza de trabajo, sucumbe sin resistencia al llegar la producción capitalista a cierto grado de madurez. La creación de una jornada laboral normal es, por eso, el producto de una larga guerra civil, más o menos encubierta, entre la clase capitalista y la clase obrera. Así como la lucha se abre en el ámbito de la industria moderna, así se libra primero en su patria, Inglaterra.230 Los obreros fabriles ingleses fueron los campeones no solo de la clase obrera inglesa, sino de la clase obrera moderna en general, del mismo modo que sus teóricos fueron los primeros en arrojar el guante a la teoría del capital.231 Por eso el filósofo de la fábrica, Ure, denuncia como oprobio imborrable de la clase obrera inglesa que inscribiera en su bandera «la esclavitud de las leyes fabriles» frente al capital, que luchaba virilmente por la «perfecta libertad del trabajo».232

Francia cojea lentamente detrás de Inglaterra. Necesita la revolución de febrero para dar a luz la ley de las doce horas233, mucho más deficiente que su original inglés. Aun así, el método revolucionario francés hace valer también sus ventajas propias. De un solo golpe dicta a todos los talleres y fábricas sin distinción el mismo límite de la jornada laboral, mientras que la legislación inglesa cede a regañadientes a la presión de las circunstancias, ora en este punto, ora en aquel, y va camino de incubar un nuevo rey de ratas234 jurídico.235 Por otro lado, la ley francesa proclama como principio lo que en Inglaterra solo se ha conquistado en nombre de los niños, los menores y las mujeres, y solo últimamente se reclama como derecho general.236

En los Estados Unidos de Norteamérica, todo movimiento obrero independiente quedó paralizado mientras la esclavitud desfiguró una parte de la república. El trabajo de piel blanca no puede emanciparse allí donde se marca a fuego el trabajo de piel negra. Pero de la muerte de la esclavitud brotó enseguida una vida nueva y rejuvenecida. El primer fruto de la guerra civil fue la agitación por las ocho horas, que avanzó con las botas de siete leguas de la locomotora desde el Atlántico hasta el Pacífico, desde Nueva Inglaterra hasta California. El congreso general obrero de Baltimore (agosto de 1866) declara:

«La primera y gran exigencia del momento presente, para liberar el trabajo de este país de la esclavitud capitalista, es la promulgación de una ley por la que 8 horas constituyan la jornada laboral normal en todos los estados de la Unión americana. Estamos resueltos a emplear todo nuestro poder hasta alcanzar este glorioso resultado.»237

Al mismo tiempo (a comienzos de septiembre de 1866), el «Congreso Obrero Internacional» de Ginebra, a propuesta del Consejo General de Londres, resolvió: «Declaramos que la limitación de la jornada laboral es una condición previa sin la cual han de fracasar todos los demás esfuerzos de emancipación... Proponemos 8 horas de trabajo como límite legal de la jornada laboral.»

Así, el movimiento obrero, surgido instintivamente a ambos lados del océano Atlántico de las propias relaciones de producción, sella la sentencia del inspector fabril inglés R. J. Saunders:

«Nunca podrán darse con alguna perspectiva de éxito nuevos pasos hacia la reforma de la sociedad si no se limita antes la jornada laboral y se impone estrictamente el límite prescrito.»238

Hay que reconocer que nuestro obrero sale del proceso de producción de otro modo que como entró en él. En el mercado se enfrentaba, como poseedor de la mercancía «fuerza de trabajo», a otros poseedores de mercancías: poseedor de mercancías frente a poseedor de mercancías. El contrato por el que vendía su fuerza de trabajo al capitalista demostraba, por así decirlo, negro sobre blanco, que disponía libremente de sí mismo. Una vez cerrado el trato, se descubre que «no era un agente libre», que el tiempo durante el cual es libre de vender su fuerza de trabajo es el tiempo durante el cual está obligado a venderla239, que en realidad su vampiro no lo suelta «mientras quede por explotar un músculo, un tendón, una gota de sangre»240. Para «protegerse» contra la serpiente de sus tormentos, los obreros tienen que juntar sus cabezas y arrancar, como clase, una ley del Estado, una barrera social todopoderosa que les impida a ellos mismos venderse, a sí mismos y a su descendencia, a la muerte y a la esclavitud mediante un contrato voluntario con el capital.241 En lugar del pomposo catálogo de los «derechos inalienables del hombre» aparece la modesta Carta Magna de una jornada laboral limitada por la ley, que «deja claro por fin cuándo termina el tiempo que vende el obrero y cuándo empieza el tiempo que le pertenece a él mismo»242. Quantum mutatus ab illo!243

Capítulo noveno. Tasa y masa de la plusvalía

En este capítulo, como hasta ahora, se supone que el valor de la fuerza de trabajo, es decir, la parte de la jornada laboral necesaria para la reproducción o conservación de la fuerza de trabajo, es una magnitud dada y constante.

Supuesto esto, con la tasa está dada a la vez la masa de plusvalía que el obrero individual suministra al capitalista en un período de tiempo determinado. Si el trabajo necesario asciende, por ejemplo, a 6 horas diarias, expresadas en una cantidad de oro de 3 chelines = 1 tálero, el tálero es el valor diario de una fuerza de trabajo, o el valor de capital adelantado en la compra de una fuerza de trabajo. Si, además, la tasa de plusvalía es del 100 %, este capital variable de 1 tálero produce una masa de plusvalía de 1 tálero, o el obrero suministra diariamente una masa de plustrabajo de 6 horas.

Pero el capital variable es la expresión en dinero del valor total de todas las fuerzas de trabajo que el capitalista emplea simultáneamente. Su valor es, pues, igual al valor medio de una fuerza de trabajo multiplicado por el número de fuerzas de trabajo empleadas. Así pues, dado el valor de la fuerza de trabajo, la magnitud del capital variable está en razón directa del número de obreros empleados simultáneamente. Si el valor diario de una fuerza de trabajo es = 1 tálero, hay que adelantar un capital de 100 táleros para explotar diariamente 100 fuerzas de trabajo, y de n táleros para explotar n fuerzas de trabajo.

Del mismo modo: si un capital variable de 1 tálero, el valor diario de una fuerza de trabajo, produce una plusvalía diaria de 1 tálero, un capital variable de 100 táleros producirá una plusvalía diaria de 100, y uno de n táleros una plusvalía diaria de 1 tálero × n. La masa de la plusvalía producida es, pues, igual a la plusvalía que suministra la jornada laboral del obrero individual multiplicada por el número de obreros empleados. Pero como, además, la masa de plusvalía que produce el obrero individual está determinada, dado el valor de la fuerza de trabajo, por la tasa de plusvalía, se sigue esta primera ley: la masa de la plusvalía producida es igual a la magnitud del capital variable adelantado multiplicada por la tasa de plusvalía, o está determinada por la razón compuesta entre el número de fuerzas de trabajo explotadas simultáneamente por el mismo capitalista y el grado de explotación de cada fuerza de trabajo individual.

Llamemos, pues, P a la masa de la plusvalía244; p a la plusvalía suministrada por el obrero individual como promedio diario; v al capital variable adelantado diariamente en la compra de la fuerza de trabajo individual; V a la suma total del capital variable; k al valor de una fuerza de trabajo media; a'/a (plustrabajo / trabajo necesario) a su grado de explotación, y n al número de obreros empleados; obtenemos:

P = p/v × V
P = k × a'/a × n.

Se supone en todo momento no solo que el valor de una fuerza de trabajo media es constante, sino también que los obreros empleados por un capitalista se reducen a obreros medios. Hay casos excepcionales en que la plusvalía producida no crece en proporción al número de obreros explotados, pero entonces tampoco el valor de la fuerza de trabajo permanece constante.

En la producción de una masa determinada de plusvalía, la disminución de un factor puede compensarse, pues, con el aumento del otro. Si se reduce el capital variable y al mismo tiempo se eleva en la misma proporción la tasa de plusvalía, la masa de la plusvalía producida permanece invariable. Si, con las hipótesis anteriores, el capitalista tiene que adelantar 100 táleros para explotar diariamente a 100 obreros, y la tasa de plusvalía asciende al 50 %, este capital variable de 100 rinde una plusvalía de 50 táleros, o de 100 × 3 horas de trabajo. Si la tasa de plusvalía se duplica, o la jornada laboral, en vez de prolongarse de 6 a 9 horas, se prolonga de 6 a 12, el capital variable reducido a la mitad, de 50 táleros, rinde igualmente una plusvalía de 50 táleros, o de 50 × 6 horas de trabajo. La reducción del capital variable puede compensarse, pues, con un aumento proporcional del grado de explotación de la fuerza de trabajo, o la disminución del número de obreros empleados con una prolongación proporcional de la jornada laboral. Dentro de ciertos límites, la oferta de trabajo que el capital puede arrancar se vuelve, pues, independiente de la oferta de obreros.245 A la inversa, una disminución de la tasa de plusvalía deja invariable la masa de la plusvalía producida si crece proporcionalmente la magnitud del capital variable o el número de obreros empleados.

Sin embargo, la sustitución del número de obreros o de la magnitud del capital variable por una tasa de plusvalía mayor o por la prolongación de la jornada laboral tiene límites infranqueables. Cualquiera que sea el valor de la fuerza de trabajo, y por tanto ya ascienda a 2 o a 10 horas el tiempo de trabajo necesario para la conservación del obrero, el valor total que un obrero puede producir día tras día es siempre menor que el valor en que se objetivan 24 horas de trabajo: menor que 12 chelines o 4 táleros, si esa es la expresión en dinero de 24 horas de trabajo objetivadas. Con nuestra hipótesis anterior, según la cual hacen falta diariamente 6 horas de trabajo para reproducir la propia fuerza de trabajo o reponer el valor de capital adelantado en su compra, un capital variable de 500 táleros que emplea a 500 obreros a una tasa de plusvalía del 100 %, o con una jornada laboral de doce horas, produce diariamente una plusvalía de 500 táleros, o 6 × 500 horas de trabajo. Un capital de 100 táleros que emplea diariamente a 100 obreros a una tasa de plusvalía del 200 %, o con una jornada laboral de 18 horas, solo produce una masa de plusvalía de 200 táleros, o 12 × 100 horas de trabajo. Y todo su producto de valor, equivalente del capital variable adelantado más plusvalía, nunca puede alcanzar, día tras día, la suma de 400 táleros, o 24 × 100 horas de trabajo. El límite absoluto de la jornada laboral media, que por naturaleza es siempre inferior a 24 horas, constituye un límite absoluto para la sustitución de un capital variable reducido por una tasa de plusvalía mayor, o de un número menor de obreros explotados por un grado mayor de explotación de la fuerza de trabajo. Esta segunda ley, palpable, es importante para explicar muchos fenómenos que nacen de la tendencia del capital, que expondremos más adelante, a reducir todo lo posible el número de obreros que emplea, o su parte componente variable, convertida en fuerza de trabajo, en contradicción con su otra tendencia a producir la mayor masa posible de plusvalía. A la inversa: si crece la masa de las fuerzas de trabajo empleadas, o la magnitud del capital variable, pero no en proporción a la disminución de la tasa de plusvalía, la masa de la plusvalía producida desciende.

Una tercera ley se desprende de la determinación de la masa de la plusvalía producida por los dos factores: tasa de plusvalía y magnitud del capital variable adelantado. Dados la tasa de plusvalía, o el grado de explotación de la fuerza de trabajo, y el valor de la fuerza de trabajo, o la magnitud del tiempo de trabajo necesario, es evidente que cuanto mayor sea el capital variable, tanto mayor será la masa del valor y de la plusvalía producidos. Si está dado el límite de la jornada laboral, y también el límite de su parte necesaria, la masa de valor y de plusvalía que produce un capitalista individual depende evidentemente de forma exclusiva de la masa de trabajo que pone en movimiento. Pero esta depende, con las hipótesis dadas, de la masa de fuerza de trabajo, o del número de obreros, que explota, y este número, a su vez, está determinado por la magnitud del capital variable que adelanta. Dados la tasa de plusvalía y el valor de la fuerza de trabajo, las masas de la plusvalía producida están, pues, en razón directa de las magnitudes de los capitales variables adelantados. Ahora bien, ya se sabe que el capitalista divide su capital en dos partes. Una parte la invierte en medios de producción. Esta es la parte constante de su capital. La otra parte la convierte en fuerza de trabajo viva. Esta parte forma su capital variable. Sobre la base del mismo modo de producción, en distintas ramas de la producción se da una división distinta del capital en parte componente constante y variable. Dentro de la misma rama de la producción, esta relación cambia al cambiar la base técnica y la combinación social del proceso de producción. Pero, como quiera que un capital dado se descomponga en parte constante y variable, ya sea la segunda a la primera como 1 : 2, 1 : 10 o 1 : x, la ley que acabamos de establecer no se ve afectada, puesto que, según el análisis anterior, el valor del capital constante reaparece ciertamente en el valor del producto, pero no entra en el producto de valor nuevamente formado. Para emplear a 1.000 hilanderos hacen falta, naturalmente, más materias primas, husos, etc., que para emplear a 100. Pero el valor de estos medios de producción adicionales puede subir, bajar, permanecer invariable, ser grande o pequeño: no tiene influencia alguna en el proceso de valorización de las fuerzas de trabajo que los mueven. La ley establecida más arriba adopta, pues, esta forma: las masas de valor y de plusvalía producidas por distintos capitales están, dados el valor y un grado de explotación igual de la fuerza de trabajo, en razón directa de las magnitudes de las partes componentes variables de esos capitales, es decir, de sus partes componentes convertidas en fuerza de trabajo viva.

Esta ley contradice manifiestamente toda la experiencia fundada en las apariencias. Todo el mundo sabe que un hilandero de algodón que, calculados los tantos por ciento del capital total empleado, emplea relativamente mucho capital constante y poco variable, no se embolsa por ello una ganancia o plusvalía menor que un panadero que pone en movimiento relativamente mucho capital variable y poco constante. Para resolver esta contradicción aparente hacen falta todavía muchos eslabones intermedios, igual que, desde el punto de vista del álgebra elemental, hacen falta muchos eslabones intermedios para comprender que 0/0 puede representar una magnitud real. Aunque nunca ha formulado esta ley, la economía clásica se aferra a ella instintivamente, porque es una consecuencia necesaria de la ley del valor en general. Intenta salvarla de las contradicciones del fenómeno mediante una abstracción violenta. Más adelante 246 se verá cómo la escuela de Ricardo tropezó en esta piedra de escándalo. La economía vulgar, que «tampoco ha aprendido nada en realidad», se atiene aquí, como en todas partes, a la apariencia frente a la ley del fenómeno. Cree, en contra de Spinoza, que «la ignorancia es razón suficiente».

El trabajo que el capital total de una sociedad pone en movimiento día tras día puede considerarse como una sola jornada laboral. Si, por ejemplo, el número de obreros es de un millón y la jornada laboral media de un obrero es de 10 horas, la jornada laboral social consta de 10 millones de horas. Dada la duración de esta jornada laboral, ya estén trazados sus límites física o socialmente, la masa de la plusvalía solo puede aumentarse aumentando el número de obreros, es decir, la población obrera. El crecimiento de la población forma aquí el límite matemático de la producción de plusvalía por el capital social total. A la inversa: dada la magnitud de la población, este límite lo forma la prolongación posible de la jornada laboral.247 En el capítulo siguiente se verá que esta ley solo rige para la forma de la plusvalía tratada hasta ahora.

De lo examinado hasta aquí sobre la producción de la plusvalía se desprende que no cualquier suma de dinero o de valor es transformable en capital, sino que esta transformación presupone, más bien, un mínimo determinado de dinero o de valor de cambio en manos del poseedor individual de dinero o de mercancías. El mínimo de capital variable es el precio de coste de una sola fuerza de trabajo que se consuma durante todo el año, día tras día, para obtener plusvalía. Si este obrero poseyera sus propios medios de producción y se contentara con vivir como obrero, le bastaría el tiempo de trabajo necesario para reproducir sus medios de subsistencia, digamos 8 horas diarias. Por tanto, también necesitaría medios de producción solo para 8 horas de trabajo. El capitalista, en cambio, que además de esas 8 horas le hace realizar, digamos, 4 horas de plustrabajo, necesita una suma de dinero adicional para procurarse los medios de producción adicionales. Pero con nuestra hipótesis tendría que emplear ya a dos obreros para poder vivir como un obrero con la plusvalía apropiada diariamente, es decir, para poder satisfacer sus necesidades indispensables. En este caso, el fin de su producción sería el mero sustento, no el aumento de la riqueza, y esto último es lo que se presupone en la producción capitalista. Para vivir solo el doble de bien que un obrero corriente y volver a transformar en capital la mitad de la plusvalía producida, tendría que multiplicar por ocho, a la vez que el número de obreros, el mínimo del capital adelantado. Es cierto que él mismo puede, igual que su obrero, echar una mano directamente en el proceso de producción, pero entonces no es más que algo intermedio entre capitalista y obrero, un «pequeño maestro». Cierto nivel de desarrollo de la producción capitalista exige que el capitalista pueda emplear todo el tiempo durante el cual funciona como capitalista, es decir, como capital personificado, en la apropiación, y por tanto en el control, del trabajo ajeno y en la venta de los productos de ese trabajo.248 El régimen gremial de la Edad Media trataba de impedir por la fuerza la transformación del maestro artesano en capitalista limitando a un máximo muy reducido el número de obreros que podía emplear un maestro individual. El poseedor de dinero o de mercancías solo se transforma realmente en capitalista allí donde la suma mínima adelantada para la producción supera con mucho el máximo medieval. Aquí, como en las ciencias de la naturaleza, se confirma la exactitud de la ley descubierta por Hegel en su Lógica, según la cual unos cambios meramente cuantitativos se convierten, al llegar a cierto punto, en diferencias cualitativas.249

El mínimo de la suma de valor de que debe disponer el poseedor individual de dinero o de mercancías para convertirse en capitalista varía según los distintos grados de desarrollo de la producción capitalista y, en un grado de desarrollo dado, es distinto en las distintas esferas de la producción, según sus condiciones técnicas particulares. Ciertas esferas de la producción exigen ya en los comienzos de la producción capitalista un mínimo de capital que todavía no se encuentra en manos de individuos aislados. Esto da lugar, en parte, a subsidios del Estado a esos particulares, como en Francia en tiempos de Colbert y como en algunos Estados alemanes hasta nuestra época, y en parte a la formación de sociedades con monopolio legal para la explotación de ciertas ramas de la industria y el comercio 250, las precursoras de las modernas sociedades por acciones.


No nos detenemos en el detalle de los cambios que experimentó la relación entre capitalista y obrero asalariado en el curso del proceso de producción, ni tampoco, por tanto, en las determinaciones ulteriores del propio capital. Aquí solo se subrayan unos pocos puntos principales.

Dentro del proceso de producción, el capital se desarrolló hasta convertirse en mando sobre el trabajo, es decir, sobre la fuerza de trabajo en acción o sobre el obrero mismo. El capital personificado, el capitalista, vigila que el obrero ejecute su obra como es debido y con el grado de intensidad apropiado.

El capital se desarrolló, además, hasta convertirse en una relación coactiva que obliga a la clase obrera a realizar más trabajo del que prescribía el estrecho círculo de sus propias necesidades vitales. Y como productor de laboriosidad ajena, como extractor de plustrabajo y explotador de fuerza de trabajo, supera en energía, desmesura y eficacia a todos los sistemas de producción anteriores, basados en el trabajo forzado directo.

El capital empieza por subordinarse el trabajo con las condiciones técnicas en que lo encuentra históricamente. Por eso no modifica de inmediato el modo de producción. La producción de plusvalía en la forma considerada hasta ahora, mediante la simple prolongación de la jornada laboral, aparecía, por tanto, como independiente de todo cambio del modo de producción mismo. No era menos eficaz en la panadería a la antigua que en la moderna hilandería de algodón.

Si consideramos el proceso de producción desde el punto de vista del proceso de trabajo, el obrero no se comportaba con los medios de producción como con capital, sino como con meros medios y materiales de su actividad productiva conforme a un fin. En una curtiduría, por ejemplo, trata las pieles como su mero objeto de trabajo. No es al capitalista a quien curte la piel. Otra cosa ocurre en cuanto consideramos el proceso de producción desde el punto de vista del proceso de valorización. Los medios de producción se transformaban en el acto en medios para absorber trabajo ajeno. Ya no es el obrero quien emplea los medios de producción, sino que son los medios de producción los que emplean al obrero. En lugar de ser consumidos por él como elementos materiales de su actividad productiva, lo consumen a él como fermento de su propio proceso vital, y el proceso vital del capital no consiste más que en su movimiento como valor que se valoriza a sí mismo. Los hornos de fundición y los talleres que de noche descansan y no absorben trabajo vivo son una «pérdida pura» (mere loss) para el capitalista. Por eso los hornos de fundición y los talleres constituyen un «derecho al trabajo nocturno» de las fuerzas de trabajo. La mera transformación del dinero en factores objetivos del proceso de producción, en medios de producción, transforma estos últimos en títulos jurídicos y títulos coactivos sobre trabajo y plustrabajo ajenos. Un ejemplo, por último, mostrará cómo esta inversión, e incluso trastorno, de la relación entre trabajo muerto y trabajo vivo, entre el valor y la fuerza creadora de valor, propia y característica de la producción capitalista, se refleja en la consciencia de las cabezas capitalistas. Durante la revuelta de los fabricantes ingleses de 1848-1850, escribió

«el jefe de la hilandería de lino y algodón de Paisley, una de las firmas más antiguas y respetables del oeste de Escocia, la compañía Carlile, Hijos y Cía., que existe desde 1752 y es dirigida, generación tras generación, por la misma familia» —

este gentleman sumamente inteligente, pues, escribió en el Glasgow Daily Mail del 25 de abril de 1849 una carta 251 titulada «El sistema de relevos», en la que se le escapa, entre otras cosas, el siguiente pasaje, grotescamente ingenuo:

«Consideremos ahora los males que se derivan de una reducción del tiempo de trabajo de 12 a 10 horas… “Ascienden” al más grave perjuicio de las perspectivas y la propiedad del fabricante. Si trabajaba» (es decir, sus «brazos») «12 horas y se le limita a 10, entonces cada 12 máquinas o husos de su establecimiento se encogen hasta quedar en 10 (then every 12 machines or spindles, in his establishment, shrink to 10), y si quisiera vender su fábrica, solo se tasarían como 10, de modo que así se restaría una sexta parte del valor de cada fábrica de todo el país.»252

A este cerebro capitalista hereditario del oeste de Escocia, el valor de los medios de producción, husos, etc., se le confunde hasta tal punto con su cualidad de capital, la de valorizarse a sí mismos o tragarse diariamente una cantidad determinada de trabajo gratuito ajeno, que el jefe de la casa Carlile y Cía. se figura realmente que, al vender su fábrica, no solo se le pagará el valor de los husos, sino además su valorización; no solo el trabajo que hay en ellos y que es necesario para producir husos de la misma clase, sino también el plustrabajo que ayudan a extraer diariamente a los buenos escoceses occidentales de Paisley; ¡y que precisamente por eso, piensa él, con la reducción de la jornada laboral en dos horas el precio de venta de cada 12 máquinas de hilar se encoge hasta quedar en el de 10!

  1. «Siendo las producciones espontáneas de la tierra escasas en cantidad y del todo independientes del hombre, parecen, por así decirlo, proporcionadas por la naturaleza del mismo modo que se da una pequeña suma a un joven para encaminarlo por la senda de la laboriosidad y de hacer fortuna.» (James Steuart, Principles of Polit. Econ., ed. Dublín, 1770, vol. I, p. 116.) ↩

  2. «La razón es tan astuta como poderosa. La astucia consiste, en general, en la actividad mediadora que, dejando que los objetos actúen unos sobre otros conforme a su propia naturaleza y se desgasten unos contra otros, sin inmiscuirse directamente en este proceso, no hace sin embargo más que llevar a cabo su propio fin.» (Hegel, Enzyklopädie, primera parte, Die Logik, Berlín, 1840, p. 382.) ↩

  3. (Nota de la traducción.) Alusión a Mateo 6, 27: «¿Quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir un codo a su estatura?». ↩

  4. En su obra, por lo demás miserable, Théorie de l'Écon. Polit., París, 1815, Ganilh enumera acertadamente frente a los fisiócratas la gran serie de procesos de trabajo que constituyen el presupuesto de la agricultura propiamente dicha. ↩

  5. En las Réflexions sur la Formation et la Distribution des Richesses (1766), Turgot expone bien la importancia del animal domesticado para los comienzos de la civilización. ↩

  6. (Nota de la traducción.) Benjamin Franklin (1706-1790), impresor, científico y político norteamericano. ↩

  7. De todas las mercancías, las mercancías de lujo propiamente dichas son las menos significativas para la comparación tecnológica de las distintas épocas de producción. ↩

  8. Nota a la 2.ª ed. Por poco que la historiografía hasta hoy conozca el desarrollo de la producción material, es decir, la base de toda la vida social y, por tanto, de toda historia real, al menos se ha dividido la época prehistórica, sobre la base de investigaciones de las ciencias naturales y no de las llamadas investigaciones históricas, según el material de las herramientas y las armas, en Edad de Piedra, Edad del Bronce y Edad del Hierro. ↩

  9. Parece paradójico, por ejemplo, llamar al pez que aún no se ha pescado medio de producción de la pesca. Pero hasta ahora no se ha inventado el arte de pescar peces en aguas donde no los hay. ↩

  10. Esta determinación del trabajo productivo, tal como resulta desde el punto de vista del proceso de trabajo simple, no basta en modo alguno para el proceso de producción capitalista. ↩

  11. Storch distingue la materia prima propiamente dicha, como matière, de las materias auxiliares, como matériaux; Cherbuliez llama a las materias auxiliares matières instrumentales. ↩

  12. Por esta razón tan sumamente lógica descubre sin duda el coronel Torrens en la piedra del salvaje… el origen del capital. «En la primera piedra que el salvaje arroja a la fiera que persigue, en el primer palo que agarra para bajar la fruta que no alcanza con las manos, vemos la apropiación de un artículo con el fin de adquirir otro, y descubrimos así… el origen del capital.» (R. Torrens, An Essay on the Production of Wealth etc., pp. 70-71.) De aquel primer palo (Stock) se explica probablemente también por qué stock es en inglés sinónimo de capital.
    (Nota de la traducción.) Juego de palabras: en alemán, Stock significa «palo, bastón»; en inglés, stock significa también «existencias, capital». ↩

  13. (Nota de la traducción.) Lucio Quincio Cincinato, patricio romano del siglo V a. C., a quien la tradición presenta labrando su pequeña finca cuando fueron a ofrecerle la dictadura. La yugada (jugerum, plural jugera) era la medida agraria romana, aproximadamente un cuarto de hectárea. ↩

  14. «Los productos son apropiados antes de convertirse en capital; esta conversión no los sustrae a aquella apropiación.» (Cherbuliez, Riche ou Pauvre, ed. París, 1841, p. 54.) «Al vender su trabajo por una cantidad determinada de medios de subsistencia (approvisionnement), el proletario renuncia por completo a toda participación en el producto. La apropiación de los productos sigue siendo la misma que antes; no queda en modo alguno alterada por la mencionada convención. El producto pertenece exclusivamente al capitalista, que ha suministrado las materias primas y el approvisionnement. Es esta una consecuencia rigurosa de la ley de la apropiación, cuyo principio fundamental era, a la inversa, el derecho de propiedad exclusivo de cada trabajador sobre su producto.» (Ibid., p. 58.) James Mill, Elements of Pol. Econ. etc., pp. 70-71: «Cuando los obreros trabajan por un salario, el capitalista es propietario no solo del capital» (se refiere aquí a los medios de producción), «sino también del trabajo (of the labour also). Si se incluye en el concepto de capital, como es costumbre, lo que se paga en salarios, es absurdo hablar del trabajo separado del capital. La palabra capital, en este sentido, incluye ambas cosas, capital y trabajo.» ↩

  15. «No solo el trabajo aplicado inmediatamente a las mercancías influye en su valor, sino también el trabajo empleado en los utensilios, herramientas y edificios con que se ayuda a ese trabajo.» (Ricardo, loc. cit., p. 16.) ↩

  16. Las cifras son aquí del todo arbitrarias. ↩

  17. Esta es la proposición fundamental en que descansa la doctrina de los fisiócratas sobre la improductividad de todo trabajo no agrícola, y es irrefutable para el economista… de oficio. «Esta manera de imputar a una sola cosa el valor de varias otras» (por ejemplo, al lino el consumo del tejedor), «de aplicar, por así decirlo, capa sobre capa varios valores sobre uno solo, hace que este crezca otro tanto… El término adición describe muy bien la manera en que se forma el precio de las obras de mano de obra; ese precio no es más que el total de varios valores consumidos y sumados juntos; ahora bien, sumar no es multiplicar.» (Mercier de la Rivière, loc. cit., p. 599.) ↩

  18. Así, por ejemplo, en 1844-1847 retiró parte de su capital del negocio productivo para especular con acciones de ferrocarriles. Así, durante la guerra civil norteamericana, cerró la fábrica y echó a la calle al obrero fabril para jugar en la bolsa algodonera de Liverpool. ↩

  19. (Nota de la traducción.) John Ramsay McCulloch (1789-1864), economista escocés, divulgador de la doctrina de Ricardo. ↩

  20. «Deja que se jacte, adorne y engalane… Pero quien toma más o mejor» (de lo que da), «eso es usura, y no se llama hacer servicio, sino daño a su prójimo, como sucede con el hurto y el robo. No es servicio y beneficio al prójimo todo lo que se llama servicio y beneficio. Pues una adúltera y un adúltero se hacen el uno al otro gran servicio y placer. Un jinete hace a un incendiario asesino gran servicio de jinete ayudándole a robar en los caminos y a hacer la guerra a tierras y gentes. Los papistas hacen a los nuestros gran servicio en que no los ahogan, queman, asesinan ni dejan pudrirse en la cárcel a todos, sino que dejan vivir a algunos y los expulsan o les quitan lo que tienen. El mismo diablo hace a sus servidores grande e inconmensurable servicio… En suma, el mundo está lleno de grandes, excelentes, diarios servicios y beneficios.» (Martín Lutero, An die Pfarrherrn, wider den Wucher zu predigen etc., Wittenberg, 1540.) ↩

  21. Observo al respecto en Zur Kritik der Pol. Oek., p. 14, entre otras cosas: «Se comprende qué “servicio” tiene que prestar la categoría “servicio” (service) a una clase de economistas como J. B. Say y F. Bastiat.» ↩

  22. (Nota de la traducción.) En francés en el original: «tout pour le mieux dans le meilleur des mondes possibles». Es la máxima del doctor Pangloss en el Cándido de Voltaire. ↩

  23. (Nota de la traducción.) Eco del estribillo «als hätte sie Lieb' im Leibe» de la canción de la rata en la escena de la taberna de Auerbach, en el Fausto de Goethe (primera parte); Marx escribe «es» (el monstruo) en lugar de «sie» (la rata). ↩

  24. Esta es una de las circunstancias que encarecen la producción basada en la esclavitud. El obrero, según la certera expresión de los antiguos, solo ha de distinguirse aquí como instrumento dotado de habla (instrumentum vocale) del animal, instrumento dotado de voz (instrumentum semivocale), y del utensilio de trabajo inanimado, instrumento mudo (instrumentum mutum). Pero él mismo hace sentir al animal y al utensilio que no es su igual, sino un hombre. Se procura el sentimiento de su diferencia respecto de ellos maltratándolos y destrozándolos con amore. Por eso rige como principio económico en este modo de producción emplear únicamente los instrumentos de trabajo más toscos y pesados, pero difíciles de estropear precisamente por su torpe pesadez. Hasta el estallido de la guerra civil se encontraban por eso, en los estados esclavistas ribereños del golfo de México, arados de construcción china antigua que hozan la tierra como un cerdo o un topo, pero no la hienden ni la voltean. Véase J. E. Cairnes, The Slave Power, Londres, 1862, p. 46 y ss. En sus Seaboard Slave States cuenta Olmsted, entre otras cosas: «Aquí me han mostrado herramientas con las que ningún hombre en su sano juicio, entre nosotros, permitiría que se cargara a un trabajador a quien pagara un salario; y su excesivo peso y torpeza harían, a mi juicio, el trabajo por lo menos un diez por ciento más pesado que con las que se usan corrientemente entre nosotros. Y me aseguran que, dada la manera descuidada y torpe en que por fuerza las usan los esclavos, no se les podría proporcionar nada más ligero o menos tosco con buena economía, y que herramientas como las que nosotros damos constantemente a nuestros trabajadores, y con provecho para nosotros, no durarían ni un día en un maizal de Virginia, por mucho más ligero y libre de piedras que sea que los nuestros. Asimismo, cuando pregunto por qué en las granjas se sustituyen tan universalmente los caballos por mulos, la primera razón que se da, y confesadamente la más concluyente, es que los caballos no pueden soportar el trato que por fuerza reciben siempre de los negros; los caballos acaban siempre pronto despeados o lisiados por ellos, mientras que los mulos aguantan los palos, o perder de vez en cuando un pienso o dos, sin sufrir daño material, y no se resfrían ni enferman si se los descuida o se los hace trabajar en exceso. Pero no necesito ir más allá de la ventana de la habitación en que escribo para ver casi a cualquier hora un trato del ganado que en el Norte acarrearía el despido inmediato del boyero por casi cualquier granjero que fuera su dueño.» ↩

  25. La diferencia entre trabajo superior y trabajo simple, skilled y unskilled labour, descansa en parte en meras ilusiones o, por lo menos, en diferencias que hace tiempo que han dejado de ser reales y solo sobreviven en una convención tradicional; en parte, en la situación más desvalida de ciertas capas de la clase obrera, que les permite, menos que a otras, arrancar el valor de su fuerza de trabajo. Las circunstancias fortuitas desempeñan en ello un papel tan grande que las mismas clases de trabajo cambian de lugar. Allí donde, por ejemplo, la sustancia física de la clase obrera está debilitada y relativamente agotada, como en todos los países de producción capitalista desarrollada, los trabajos brutales, que exigen mucha fuerza muscular, se convierten por lo general en trabajos superiores frente a trabajos mucho más finos, que descienden al rango de trabajo simple; así, por ejemplo, el trabajo de un bricklayer (albañil) ocupa en Inglaterra un rango mucho más alto que el de un tejedor de damasco. Por otro lado, el trabajo de un fustian cutter (tundidor de fustán), aunque cuesta mucho esfuerzo físico y además es muy insalubre, figura como trabajo «simple». Por lo demás, no hay que imaginarse que el llamado skilled labour ocupe un volumen cuantitativamente importante en el trabajo nacional. Laing calcula que en Inglaterra (y Gales) la existencia de más de 11 millones de personas descansa en el trabajo simple. Una vez deducidos de los 18 millones de habitantes que había en la época de su escrito un millón de aristócratas y millón y medio de paupers, vagabundos, delincuentes, prostitutas, etc., quedan 4.650.000 de clase media, incluidos los pequeños rentistas, funcionarios, escritores, artistas, maestros de escuela, etc. Para obtener estos 4⅔ millones, cuenta en la parte trabajadora de la clase media, además de los banqueros, etc., ¡a todos los «obreros fabriles» mejor pagados! Tampoco faltan los bricklayers entre los «trabajadores potenciados». Le quedan entonces los susodichos 11 millones. (S. Laing, National Distress etc., Londres, 1844.) «La gran clase que no tiene nada que dar a cambio de alimento salvo el trabajo ordinario es la gran masa del pueblo.» (James Mill, en el artículo «Colony», Supplement to the Encyclop. Brit., 1831.) ↩

  26. «Cuando se habla del trabajo como medida del valor, se entiende necesariamente trabajo de una clase particular… siendo fácil averiguar la proporción que guardan con él las demás clases.» (Outlines of Polit. Economy, Londres, 1832, pp. 22-23.) ↩

  27. «El trabajo da una nueva creación a cambio de otra extinguida.» (An Essay on the Polit. Econ. of Nations, Londres, 1821, p. 13.) ↩

  28. No se trata aquí de las reparaciones de los medios de trabajo, máquinas, edificios, etc. Una máquina que se repara no funciona como medio de trabajo, sino como material de trabajo. No se trabaja con ella, sino que se trabaja en ella misma para remendar su valor de uso. Para nuestro propósito, estos trabajos de reparación pueden considerarse siempre incluidos en el trabajo requerido para producir el medio de trabajo. En el texto se trata del desgaste que ningún médico puede curar y que trae poco a poco la muerte, de «… esa clase de desgaste que no puede repararse de vez en cuando y que, en el caso de un cuchillo, acabaría por dejarlo en un estado tal que el cuchillero diría de él que no vale una hoja nueva». Se ha visto en el texto que una máquina, por ejemplo, entra entera en cada proceso de trabajo particular, pero solo a trozos en el proceso de valorización simultáneo. Júzguese según esto la siguiente confusión de conceptos: «El señor Ricardo habla de la porción del trabajo del mecánico que hace telares de medias…», como contenida, por ejemplo, en el valor de un par de medias. «Sin embargo, el trabajo total que produjo cada par de medias… incluye el trabajo entero del mecánico, no una porción; pues una máquina hace muchos pares, y ninguno de esos pares podría haberse hecho prescindiendo de cualquier parte de la máquina.» (Observations on certain verbal disputes in Pol. Econ., particularly relating to Value, and to Demand and Supply, Londres, 1821, p. 54.) El autor, un wiseacre (sabihondo) extraordinariamente pagado de sí mismo, solo tiene razón con su confusión, y por tanto con su polémica, en la medida en que ni Ricardo ni ningún otro economista, antes o después de él, ha separado con exactitud los dos lados del trabajo, y menos aún, por tanto, ha analizado su distinto papel en la formación del valor. ↩

  29. Se comprende, pues, lo disparatado del insulso J. B. Say, que quiere derivar la plusvalía (interés, ganancia, renta) de los «servicios productivos» (services productifs) que los medios de producción —tierra, instrumentos, cuero, etc.— prestan en el proceso de trabajo mediante sus valores de uso. El señor Wilhelm Roscher, que no deja escapar ocasión de poner negro sobre blanco ocurrencias apologéticas primorosas, exclama: «Muy acertadamente observa J. B. Say, Traité, t. I, cap. 4: el valor producido por un molino de aceite, deducidos todos los costes, es sin duda algo nuevo, algo esencialmente distinto del trabajo con que se creó el propio molino.» (Loc. cit., p. 82, nota.) ¡Muy acertadamente! El «aceite» producido por el molino de aceite es algo muy distinto del trabajo que cuesta construir el molino. Y por «valor» entiende el señor Roscher cosas como el «aceite», ya que el «aceite» tiene valor, mientras que «en la naturaleza» se encuentra aceite de piedra, aunque relativamente no «muchísimo», a lo cual apunta sin duda su otra observación: «Valores de cambio no los produce» (¡la naturaleza!) «casi en absoluto». A la naturaleza de Roscher le pasa con el valor de cambio lo que a la doncella insensata con el niño, que «era solo muy pequeñito». El mismo «sabio» (savant sérieux) observa además, con la ocasión antes mencionada: «La escuela de Ricardo suele subsumir también el capital bajo el concepto de trabajo, como “trabajo ahorrado”. Esto es torpe (!), porque (!) el (!) poseedor del capital (!) ha hecho (!) sin duda (!) más (!) que la mera (?!) producción (?) y (??) conservación del mismo (¿de cuál mismo?): precisamente (?!?) la abstención del propio goce, por la que, por ejemplo (!!!), exige intereses.» (Loc. cit.) ¡Qué «hábil» este «método anatómico-fisiológico» de la economía política, que de la mera «exigencia» hace brotar, nada menos, «valor»!
    (Nota de la traducción.) Alusión a la novela de Frederick Marryat Mr. Midshipman Easy (1836), en la que una nodriza se disculpa de haber tenido un hijo ilegítimo alegando que era muy pequeñito. ↩

  30. «De todos los instrumentos del oficio del agricultor, el trabajo del hombre… es aquel en que más tiene que confiar para el reembolso de su capital. Los otros dos —el ganado de labor y los… carros, arados, palas, etc.—, sin una porción dada del primero, no son nada en absoluto.» (Edmund Burke, Thoughts and Details on Scarcity, originally presented to the Rt. Hon. W. Pitt in the Month of November 1795, ed. Londres, 1800, p. 10.) ↩

  31. En el Times del 26 de noviembre de 1862, un fabricante cuya hilandería emplea a 800 obreros y consume por término medio cada semana 150 balas de algodón de las Indias Orientales o unas 130 balas de algodón norteamericano se lamenta ante el público de los costes anuales que le supone tener parada su fábrica. Los calcula en 6.000 £. Entre estos gastos figuran muchas partidas que aquí no nos interesan, como la renta del suelo, los impuestos, las primas de seguro, los sueldos de los obreros contratados por año, del gerente, el contable, el ingeniero, etc. Pero luego carga 150 £ de carbón para calentar la fábrica de vez en cuando y poner en marcha ocasionalmente la máquina de vapor, más los salarios de los obreros que con trabajos ocasionales mantienen «engrasada» la maquinaria. Por último, 1.200 £ por deterioro de la maquinaria, ya que «el tiempo y el principio natural de la decadencia no suspenden sus operaciones porque la máquina de vapor deje de girar». Hace notar expresamente que esta suma de 1.200 £ está calculada tan baja porque la maquinaria se encuentra ya en un estado muy desgastado. ↩

  32. «Consumo productivo: cuando el consumo de una mercancía es parte del proceso de producción… En estos casos no hay consumo de valor.» (S. P. Newman, loc. cit., p. 296.) ↩

  33. En un compendio norteamericano que quizá ha alcanzado 20 ediciones se lee: «No importa en qué forma reaparezca el capital». Tras una prolija enumeración de todos los ingredientes posibles de la producción cuyo valor reaparece en el producto, se dice por fin: «Las diversas clases de alimento, vestido y abrigo necesarias para la existencia y la comodidad del ser humano también se transforman. Se consumen de tiempo en tiempo, y su valor reaparece en ese nuevo vigor comunicado a su cuerpo y a su mente, que forma capital fresco para emplearlo de nuevo en la obra de la producción.» (F. Wayland, loc. cit., pp. 31-32.) Dejando aparte todas las demás rarezas, lo que reaparece en la fuerza renovada no es, por ejemplo, el precio del pan, sino sus sustancias formadoras de sangre. En cambio, lo que reaparece como valor de la fuerza no son los medios de subsistencia, sino su valor. Los mismos medios de subsistencia, si cuestan solo la mitad, producen exactamente tanto músculo, hueso, etc., en suma, la misma fuerza, pero no fuerza del mismo valor. Esta conversión del «valor» en «fuerza» y toda esa farisaica vaguedad encubren el intento, por lo demás vano, de sacar a fuerza de torno una plusvalía del mero reaparecer de valores adelantados. ↩

  34. «Todas las producciones de un mismo género no forman propiamente más que una masa, cuyo precio se determina en general y sin atender a las circunstancias particulares.» (Le Trosne, loc. cit., p. 893.) ↩

  35. (Nota de la traducción.) En las fórmulas usamos letras españolas, como en el Diccionario marxista de la Escuela: p = plusvalía (Mehrwert; en el original, m); como en los capítulos anteriores, M = mercancía (Ware) y D = dinero (Geld). C, c y v (capital total, constante y variable) son las mismas que en alemán. ↩

  36. «Si contamos el valor del capital fijo empleado como parte de los adelantos, debemos contar el valor restante de dicho capital al final del año como parte de los rendimientos anuales.» (Malthus, Princ. of Pol. Econ., 2.ª ed., Londres, 1836, p. 269.) ↩

  37. Nota a la 2.ª ed. Se entiende por sí mismo, con Lucrecio, nil posse creari de nihilo. De la nada no sale nada. La «creación de valor» es conversión de fuerza de trabajo en trabajo. La fuerza de trabajo, por su parte, es ante todo materia natural convertida en organismo humano. ↩

  38. Del mismo modo que el inglés emplea rate of profits, rate of interest, etc. Se verá en el libro III que la tasa de ganancia es fácil de comprender en cuanto se conocen las leyes de la plusvalía. Por el camino inverso no se comprende ni l'un, ni l'autre. ↩

  39. [Nota a la 3.ª ed. El autor emplea aquí el lenguaje económico corriente. Se recordará que más arriba (cap. 4, apartado 3) se demostró que en realidad no es el capitalista quien «adelanta» al obrero, sino el obrero quien «adelanta» al capitalista. —F. E.] ↩

  40. Hasta ahora hemos empleado en esta obra la expresión «tiempo de trabajo necesario» para el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de una mercancía cualquiera. En adelante la empleamos también para el tiempo de trabajo necesario para la producción de la mercancía específica fuerza de trabajo. Emplear los mismos termini technici en sentidos distintos es enojoso, pero no puede evitarse del todo en ninguna ciencia. Compárense, por ejemplo, las partes superiores e inferiores de las matemáticas. ↩

  41. Con una genialidad verdaderamente digna de Gottsched, el señor Wilhelm Tucídides Roscher descubre que, si hoy en día la formación de plusvalía o plusproducto, y la acumulación ligada a ella, se debe a la «parsimonia» del capitalista, que a cambio «exige, por ejemplo, intereses», en cambio «en los grados más bajos de la cultura… los más débiles son obligados por los más fuertes a la parsimonia». (L. c., pp. 82, 78.) ¿A ahorrar trabajo? ¿O productos sobrantes que no existen? Es, junto a la ignorancia real, el temor apologético a un análisis concienzudo del valor y la plusvalía, y a un resultado acaso capcioso y contrario al orden público, lo que obliga a un Roscher y compañía a tergiversar los motivos de justificación más o menos plausibles que alega el capitalista para su apropiación de plusvalías ya existentes, convirtiéndolos en motivos del origen de la plusvalía. ↩

  42. Nota a la 2.ª ed. Aunque es expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo, la tasa de plusvalía no es expresión de la magnitud absoluta de la explotación. Por ejemplo, si el trabajo necesario = 5 horas y el plustrabajo = 5 horas, el grado de explotación = 100 %. La magnitud de la explotación se mide aquí por 5 horas. Si, en cambio, el trabajo necesario = 6 horas y el plustrabajo = 6 horas, el grado de explotación del 100 % sigue invariable, mientras que la magnitud de la explotación crece un 20 %, de 5 a 6 horas. ↩

  43. Nota a la 2.ª ed. El ejemplo de una hilandería del año 1860 dado en la primera edición contenía algunos errores de hecho. Los datos del texto, totalmente exactos, me los ha suministrado un fabricante de Manchester. Hay que señalar que en Inglaterra el antiguo caballo de vapor se calculaba según el diámetro del cilindro, mientras que el nuevo cuenta la fuerza real que marca el indicador. ↩

  44. Los cálculos dados solo valen como ilustración. En efecto, se supone que los precios = los valores. En el libro III se verá que esta equiparación, incluso para los precios medios, no se hace de un modo tan sencillo. ↩

  45. Senior, l. c., pp. 12, 13. No entramos en las curiosidades indiferentes para nuestro propósito, por ejemplo la afirmación de que los fabricantes cuentan la reposición de la maquinaria desgastada, etc., es decir, de una parte componente del capital, como ganancia, bruta o neta, sucia o limpia. Tampoco en la exactitud o falsedad de las cifras. Que no valen más que el llamado «análisis» lo demostró Leonard Horner en A Letter to Mr. Senior etc., Londres, 1837. Leonard Horner, uno de los Factory Inquiry Commissioners de 1833 e inspector fabril —en realidad, censor fabril— hasta 1859, se ganó méritos inmortales ante la clase obrera inglesa. Libró una lucha de toda la vida no solo con los fabricantes exasperados, sino también con los ministros, para quienes era incomparablemente más importante contar los «votos» de los patronos en la Cámara de los Comunes que las horas de trabajo de los «brazos» en la fábrica.

    Adición a la nota. La exposición de Senior es confusa, aun prescindiendo de la falsedad de su contenido. Lo que en realidad quería decir era esto: el fabricante emplea a los obreros 11 1/2 o 23/2 horas diarias. Igual que la jornada laboral individual, el trabajo anual consta de 11 1/2 o 23/2 horas (multiplicadas por el número de jornadas laborales del año). Supuesto esto, las 23/2 horas de trabajo producen el producto anual de 115.000 £; 1/2 hora de trabajo produce 1/23 × 115.000 £; 20/2 horas de trabajo producen 20/23 × 115.000 £ = 100.000 £, es decir, solo reponen el capital adelantado. Quedan 3/2 horas de trabajo, que producen 3/23 × 115.000 £ = 15.000, es decir, la ganancia bruta. De estas 3/2 horas de trabajo, 1/2 hora de trabajo produce 1/23 × 115.000 £ = 5.000 £, es decir, solo produce la reposición del desgaste de la fábrica y la maquinaria. Las dos últimas medias horas de trabajo, es decir, la última hora de trabajo, producen 2/23 × 115.000 £ = 10.000 £, es decir, la ganancia neta. En el texto, Senior convierte los últimos 2/23 del producto en partes de la jornada laboral misma. ↩

  46. Si Senior demostró que de «la última hora de trabajo» dependen la ganancia neta de los fabricantes, la existencia de la industria algodonera inglesa y la grandeza de Inglaterra en el mercado mundial, el doctor Andrew Ure demostró de propina que los niños de las fábricas y las personas jóvenes menores de 18 años a los que no se encierra 12 horas cabales en la cálida y pura atmósfera moral del taller, sino que se expulsa «una hora» antes al frío y frívolo mundo exterior, son estafados por la ociosidad y el vicio en la salvación de su alma. Desde 1848, los inspectores fabriles no se cansan de pinchar a los fabricantes en sus Reports semestrales con «la última», con «la hora fatal». Así, el señor Howell dice en su informe fabril del 31 de mayo de 1855: «Si el siguiente cálculo sagaz» (cita a Senior) «fuera correcto, todas las fábricas de algodón del Reino Unido habrían trabajado con pérdidas desde 1850». (Reports of the Insp. of Fact. for the half year ending 30th April 1855, pp. 19, 20.) Cuando en 1848 el proyecto de ley de las diez horas pasaba por el Parlamento, los fabricantes impusieron a algunos obreros adultos de las hilanderías de lino rurales, dispersas entre los condados de Dorset y Somerset, una contrapetición en la que se dice, entre otras cosas: «Vuestros peticionarios, padres de familia, creen que una hora de ocio adicional no puede tener más efecto que la desmoralización de sus hijos, pues la ociosidad es la madre de todos los vicios». A esto observa el informe fabril del 31 de octubre de 1848: «La atmósfera de las hilanderías de lino en que trabajan los hijos de estos padres tan virtuosos y tiernos está tan cargada de innumerables partículas de polvo y fibra de la materia prima que resulta extraordinariamente desagradable pasar aunque sea 10 minutos en las salas de hilar, pues no podéis hacerlo sin la más penosa sensación, ya que ojos, oídos, fosas nasales y boca se llenan en el acto de nubes de polvo de lino de las que no hay escapatoria. El trabajo mismo exige, por la prisa febril de la maquinaria, un despliegue incesante de destreza y movimiento bajo el control de una atención que nunca se fatiga, y parece algo duro dejar que unos padres apliquen el término “holgazanería” a sus propios hijos, que, descontado el tiempo de las comidas, están encadenados 10 horas cabales a semejante ocupación, en semejante atmósfera… Estos niños trabajan más tiempo que los mozos de labranza de las aldeas vecinas… Semejante palabrería despiadada sobre “ociosidad y vicio” debe estigmatizarse como el más puro cant y la más desvergonzada hipocresía… La parte del público que hace unos doce años se escandalizó ante la seguridad con que se proclamaba en público, y con toda seriedad, bajo la sanción de una alta autoridad, que toda la “ganancia neta” del fabricante procede de “la última hora” de trabajo, y que, por tanto, la reducción de la jornada laboral en una hora aniquila la ganancia neta; esa parte del público, decimos, apenas dará crédito a sus ojos cuando encuentre ahora que el descubrimiento original sobre las virtudes de “la última hora” se ha perfeccionado desde entonces hasta el punto de abarcar por igual la “moral” y la “ganancia”; de modo que, si la duración del trabajo infantil se reduce a 10 horas cabales, la moral de los niños se irá al garete junto con la ganancia neta de quienes los emplean, pues ambas dependen de esta última, de esta hora fatal». (Repts. of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1848, p. 101.) El mismo informe fabril da luego muestras de la «moral» y la «virtud» de estos señores fabricantes, de los ardides, tretas, halagos, amenazas, falsificaciones, etc., que emplearon para hacer firmar semejantes peticiones a unos pocos obreros completamente embrutecidos y endosárselas luego al Parlamento como peticiones de toda una rama de la industria, de condados enteros. Lo más característico del estado actual de la llamada «ciencia» económica sigue siendo que ni el propio Senior, que más tarde, en su honor, intervino enérgicamente en favor de la legislación fabril, ni sus adversarios originarios y posteriores supieron deshacer los paralogismos del «descubrimiento original». Apelaban a la experiencia de los hechos. El why y el wherefore siguieron siendo un misterio. ↩

  47. ¡Pero algo había sacado el señor profesor de su excursión a Manchester! En las Letters on the Factory Act, toda la ganancia neta, «ganancia» e «interés», e incluso something more («algo más»), depende de una hora de trabajo no pagada del obrero. Un año antes, en sus Outlines of Political Economy, escritas para el bien común de los estudiantes de Oxford y de los filisteos cultos, todavía había «descubierto», frente a la determinación del valor por el tiempo de trabajo de Ricardo, que la ganancia procede del trabajo del capitalista y el interés de su ascetismo, de su «abstinencia». La patraña era vieja, pero la palabra «abstinencia» era nueva. El señor Roscher la germaniza correctamente con Enthaltung («abstención»). Sus compatriotas, menos duchos en latín, los Wirth, los Schulze y demás Micheles, la han vuelto cosa de frailes con Entsagung («renuncia»). ↩

  48. «Para un individuo con un capital de 20.000 £, cuyas ganancias ascienden a 2.000 £ anuales, sería algo del todo indiferente que su capital empleara a 100 o a 1.000 obreros, que las mercancías producidas se vendieran por 10.000 o por 20.000 £, siempre que sus ganancias no bajen en ningún caso de 2.000 £. ¿No es el mismo el interés real de una nación? Siempre que su ingreso neto real, sus rentas y ganancias sigan siendo los mismos, no tiene la menor importancia que la nación conste de 10 o de 12 millones de habitantes.» (Ricardo, l. c., p. 416.) Mucho antes que Ricardo, el fanático del plusproducto Arthur Young, escritor por lo demás prolijo y sin sentido crítico, cuya fama está en razón inversa de su mérito, decía, entre otras cosas: «¿De qué utilidad sería en un reino moderno una provincia entera cuyo suelo estuviera cultivado a la manera de la antigua Roma, por pequeños campesinos independientes, por muy bien cultivado que estuviera? ¿Con qué fin, salvo el único de criar hombres (the mere purpose of breeding men), lo cual en sí y por sí no tiene fin alguno (is a most useless purpose)?». (Arthur Young, Political Arithmetic etc., Londres, 1774, p. 47.)

    Adición a la nota. Es extraña… «la fuerte inclinación […] a presentar la riqueza neta como beneficiosa para la clase trabajadora…, aunque evidentemente no lo es por ser neta». (Th. Hopkins, On Rent of Land etc., Londres, 1828, p. 126.) ↩

  49. «Una jornada de trabajo es algo vago; puede ser larga o corta.» (An Essay on Trade and Commerce, containing Observations on Taxation etc., Londres, 1770, p. 73.) ↩

  50. Esta pregunta es infinitamente más importante que la famosa pregunta de sir Robert Peel a la Cámara de Comercio de Birmingham: «¿Qué es una libra?» (What is a pound?), pregunta que solo pudo plantearse porque Peel tenía tan poca claridad sobre la naturaleza del dinero como los little shilling men de Birmingham. ↩

  51. «La tarea del capitalista es sacar del capital desembolsado la mayor suma posible de trabajo.» («D'obtenir du capital dépensé la plus forte somme de travail possible.») (J.-G. Courcelle-Seneuil, Traité théorique et pratique des entreprises industrielles, 2.ª ed., 1857, p. 62.) ↩

  52. «Una hora de trabajo perdida al día es un perjuicio enorme para un Estado comercial.» «Hay un consumo muy grande de artículos de lujo entre los pobres trabajadores de este reino, particularmente entre el populacho manufacturero; con lo cual consumen también su tiempo, el más funesto de los consumos.» (An Essay on Trade and Commerce etc., pp. 47 y 153.) ↩

  53. «Si el jornalero libre se toma un instante de descanso, la sórdida economía que lo sigue con ojos inquietos pretende que la está robando.» (N. Linguet, Théorie des loix civiles etc., Londres, 1767, t. II, p. 466.) ↩

  54. Durante la gran huelga de los obreros de la construcción de Londres (London builders), en 1860-1861, por la reducción de la jornada laboral a 9 horas, su comité publicó una declaración que viene a coincidir en buena parte con el alegato de nuestro obrero. La declaración alude, no sin ironía, a que el más ávido de ganancias de los «patronos de la construcción» (building masters), un tal sir M. Peto, estaba «en olor de santidad». (Este mismo Peto acabó después de 1867... ¡como Strousberg!) ↩

  55. «Los que trabajan... alimentan en realidad tanto a los pensionistas llamados ricos como a sí mismos.» (Edmund Burke, l. c., pp. 2, 3.) ↩

  56. Muy ingenuamente observa Niebuhr en su Historia romana: «No puede ocultarse que obras como las etruscas, que asombran en sus ruinas, suponen en Estados pequeños (!) señores y siervos». Mucho más profundamente dijo Sismondi que los «encajes de Bruselas» suponen patronos y asalariados. ↩

  57. «No se puede mirar a estos desdichados» (en las minas de oro entre Egipto, Etiopía y Arabia), «que ni siquiera pueden mantener limpio su cuerpo ni cubrir su desnudez, sin lamentar su miserable suerte. Pues allí no hay indulgencia ni miramiento para los enfermos, los impedidos, los ancianos ni la debilidad femenina. Todos tienen que seguir trabajando, obligados a golpes, hasta que la muerte pone fin a sus tormentos y a su miseria.» (Diod. Sic., Biblioteca histórica, libro 3, c. 13.) ↩

  58. Lo que sigue se refiere a la situación de las provincias rumanas tal como se había configurado antes de la conmoción iniciada con la guerra de Crimea. ↩

  59. [Nota a la 3.ª edición. — Esto vale también para Alemania, y especialmente para la Prusia al este del Elba. En el siglo XV, el campesino alemán era casi en todas partes un hombre sujeto a ciertas prestaciones en productos y en trabajo, pero, por lo demás, libre al menos de hecho. Los colonos alemanes de Brandeburgo, Pomerania, Silesia y Prusia Oriental estaban reconocidos incluso jurídicamente como hombres libres. La victoria de la nobleza en la guerra campesina puso fin a ello. No solo los campesinos vencidos del sur de Alemania volvieron a ser siervos. Ya desde mediados del siglo XVI, los campesinos libres de Prusia Oriental, Brandeburgo, Pomerania y Silesia, y poco después también los de Schleswig-Holstein, quedan rebajados a siervos. (Maurer, Fronhöfe, t. IV; Meitzen, Der Boden des Pr. Staats; Hanssen, Leibeigenschaft in Schleswig-Holstein.) — F. E.] ↩

  60. Más detalles en È. Regnault, Histoire politique et sociale des Principautés Danubiennes, París, 1855. ↩

  61. «En general, dentro de ciertos límites, el sobrepasar la talla media de su especie es señal de prosperidad de los seres orgánicos. En el hombre, la talla disminuye cuando su prosperidad se ve menoscabada, ya sea por circunstancias físicas o sociales. En todos los países europeos donde existe la conscripción, desde su introducción ha disminuido la talla media de los hombres adultos y, en conjunto, su aptitud para el servicio militar. Antes de la Revolución (1789), el mínimo para el soldado de infantería en Francia era de 165 centímetros; en 1818 (ley del 10 de marzo), de 157; según la ley del 21 de marzo de 1832, de 156 centímetros; en Francia se declara inútil por término medio a más de la mitad por falta de talla y por defectos físicos. La talla militar era en Sajonia, en 1780, de 178 centímetros; ahora, de 155. En Prusia es de 157. Según los datos del doctor Meyer en la Bayrische Zeitung del 9 de mayo de 1862, de un promedio de 9 años resulta que en Prusia, de cada 1000 reclutas, 716 eran inútiles para el servicio militar: 317 por falta de talla y 399 por defectos físicos... En 1858, Berlín no pudo cubrir su contingente de reemplazos; le faltaron 156 hombres.» (J. v. Liebig, Die Chemie in ihrer Anwendung auf Agrikultur und Physiologie, 1862, 7.ª ed., t. I, pp. 117, 118.) ↩

  62. La historia de la ley fabril de 1850 se expone en el curso de este capítulo. ↩

  63. Al período que va desde el comienzo de la gran industria en Inglaterra hasta 1845 solo me refiero aquí y allá, y remito al lector a La situación de la clase obrera en Inglaterra de Friedrich Engels, Leipzig, 1845. Cuán profundamente comprendió Engels el espíritu del modo de producción capitalista lo muestran los Factory Reports, Reports on Mines, etc., publicados desde 1845, y con qué admirable detalle pintó la situación lo muestra la comparación más superficial de su escrito con los Reports oficiales de la Children's Employment Commission (1863-1867), publicados de 18 a 20 años más tarde. Estos tratan, en efecto, de ramas de la industria en las que hasta 1862 aún no se había introducido la legislación fabril, y en parte todavía no se ha introducido. Aquí, por tanto, no se impuso desde fuera ningún cambio más o menos grande a la situación descrita por Engels. Tomo mis ejemplos principalmente del período del librecambio posterior a 1848, de aquella época paradisíaca de la que tantas fábulas cuentan a los alemanes unos buhoneros del librecambio tan fanfarrones como científicamente descuidados. Por lo demás, Inglaterra figura aquí en primer plano solo porque representa de modo clásico la producción capitalista y es la única que posee una estadística oficial continua de los asuntos tratados. ↩

  64. (Nota de la traducción.) Así en la MEW y en la lógica del cuadro (los minutos se roban antes de empezar y después de terminar la jornada); la 4.ª ed. dice «después de las 6 de la mañana». ↩

  65. Suggestions etc. by Mr. L. Horner, Inspector of Factories, en Factories Regulation Act. Ordered by the House of Commons to be printed 9 Aug. 1859, pp. 4, 5. ↩

  66. Reports of the Insp. of Fact. for the half year, Oct. 1856, p. 35. ↩

  67. Report etc. 30th April 1858, p. 9. ↩

  68. Reports etc., l. c., p. 10. ↩

  69. Reports etc., l. c., p. 25. ↩

  70. Reports etc. for the half year ending 30th April 1861. Véase el apéndice n.º 2; Reports etc. 31st Octob. 1862, pp. 7, 52, 53. Las infracciones vuelven a ser más numerosas en el último semestre de 1863. Cf. Reports etc. ending 31st Oct. 1863, p. 7. ↩

  71. Reports etc. 31st Oct. 1860, p. 23. Con qué fanatismo, según las declaraciones judiciales de los fabricantes, se oponen sus brazos de fábrica a toda interrupción del trabajo fabril lo muestra la siguiente curiosidad. A principios de junio de 1836 llegaron a los magistrates de Dewsbury (Yorkshire) denuncias según las cuales los propietarios de 8 grandes fábricas de las cercanías de Batley habían infringido la ley fabril. Una parte de estos señores estaba acusada de haber hecho trabajar a 5 muchachos de entre 12 y 15 años desde las 6 de la mañana del viernes hasta las 4 de la tarde del sábado siguiente sin permitirles ningún descanso, salvo para las comidas y una hora de sueño a medianoche. ¡Y estos niños tenían que hacer este trabajo incesante de 30 horas en el shoddy-hole, como se llama el agujero donde se deshilachan los trapos de lana y donde un mar de polvo, desperdicios, etc., obliga incluso al obrero adulto a taparse constantemente la boca con pañuelos para proteger sus pulmones! Los señores acusados aseguraron en lugar de juramento —como cuáqueros, eran hombres demasiado escrupulosamente religiosos para prestar juramento— que en su gran misericordia habían permitido a los míseros niños 4 horas de sueño, ¡pero que aquellos testarudos niños no querían de ningún modo irse a la cama! Los señores cuáqueros fueron condenados a una multa de 20 £. Dryden presintió a estos cuáqueros:

    «Un zorro lleno de aparente santidad,
    que temía un juramento, pero mentía como el diablo,
    que parecía la Cuaresma y tenía la mirada beata
    ¡y no osaba pecar antes de haber dicho su oración!» ↩

  72. Rep. etc. 31st Oct. 1856, p. 34. ↩

  73. L. c., p. 35. ↩

  74. L. c., p. 48. ↩

  75. L. c. ↩

  76. L. c. ↩

  77. L. c., p. 48. ↩

  78. «Moments are the elements of profit.» (Rep. of the Insp. etc. 30th April 1860, p. 56.) ↩

  79. La expresión tiene carta de ciudadanía oficial, tanto en la fábrica como en los informes fabriles. ↩

  80. «La codicia de los fabricantes, cuyas crueldades en la persecución de la ganancia apenas han sido superadas por las que cometieron los españoles en la conquista de América en la persecución del oro.» (John Wade, History of the Middle and Working Classes, 3.ª ed., Londres, 1835, p. 114.) La parte teórica de este libro, una especie de compendio de economía política, contiene para su época algunas cosas originales, por ejemplo sobre las crisis comerciales. La parte histórica adolece de un plagio desvergonzado de sir M. Eden, The State of the Poor, Londres, 1797. ↩

  81. Daily Telegraph de Londres del 17 de enero de 1860. ↩

  82. (Nota de la traducción.) Así en la MEW; la 4.ª ed. dice «15 de junio». ↩

  83. Cf. Engels, Lage etc., pp. 249-251. ↩

  84. Children's Employment Commission, First Report etc. 1863, Appendix, pp. 16, 19, 18. ↩

  85. (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. y la MEW dicen «Haley»; la 1.ª ed. alemana (1867) y la traducción francesa revisada por Marx dicen Hanley, ciudad alfarera de Staffordshire. ↩

  86. Public Health, 3rd Report etc., pp. 103, 105. ↩

  87. Children's Employm. Commission, 1863, pp. 24, 22 y XI. ↩

  88. L. c., p. XLVII. ↩

  89. L. c., p. LIV. ↩

  90. Esto no ha de tomarse en nuestro sentido de tiempo de trabajo excedente. Estos señores consideran el trabajo de 10 1/2 horas como jornada laboral normal, que incluye, por tanto, también el plustrabajo normal. Después empieza el «tiempo extra», que se paga algo mejor. Se verá en una ocasión posterior que la utilización de la fuerza de trabajo durante la llamada jornada normal se paga por debajo de su valor, de modo que el «tiempo extra» es una mera artimaña capitalista para exprimir más «plustrabajo», cosa que, por lo demás, sigue siendo aun cuando la fuerza de trabajo empleada durante la «jornada normal» se pague realmente por completo. ↩

  91. L. c., Appendix, pp. 123, 124, 125, 140 y LXIV.
    (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «Evidence» en lugar de «Appendix»; seguimos la MEW. ↩

  92. El alumbre, finamente molido o mezclado con sal, es un artículo comercial normal que lleva el significativo nombre de baker's stuff, «material de panadero». ↩

  93. El hollín es, como es sabido, una forma muy enérgica del carbono y constituye un abono que los deshollinadores capitalistas venden a los arrendatarios ingleses. Pues bien, en 1862 el juryman británico tuvo que decidir en un proceso si un hollín al que, sin saberlo el comprador, se le había mezclado un 90% de polvo y arena era hollín «auténtico» en sentido «comercial» u hollín «adulterado» en sentido «legal». Los «amigos del comercio» (amis du commerce) decidieron que era hollín comercial «auténtico» y desestimaron la demanda del arrendatario, que encima tuvo que pagar las costas del proceso. ↩

  94. El químico francés Chevallier, en un tratado sobre las sophistications de las mercancías, enumera, de entre los seiscientos y pico artículos que pasa en revista, para muchos de ellos 10, 20, 30 métodos diferentes de adulteración. Añade que no conoce todos los métodos y que no menciona todos los que conoce. Para el azúcar da 6 clases de adulteración, 9 para el aceite de oliva, 10 para la mantequilla, 12 para la sal, 19 para la leche, 20 para el pan, 23 para el aguardiente, 24 para la harina, 28 para el chocolate, 30 para el vino, 32 para el café, etc. Ni siquiera el buen Dios escapa a esta suerte. Véase Rouard de Card, De la falsification des substances sacramentelles, París, 1856. ↩

  95. Report etc. relating to the Grievances complained of by the Journeymen Bakers etc., Londres, 1862, y Second Report etc., Londres, 1863. ↩

  96. L. c., First Report etc., pp. VI/VII. ↩

  97. L. c., p. LXXI. ↩

  98. George Read, The History of Baking, Londres, 1848, p. 16. ↩

  99. Report (First) etc. Evidence. Declaración del full priced baker Cheesman, p. 108. ↩

  100. George Read, l. c. A finales del siglo XVII y principios del XVIII, los factors (agentes) que se introducían en toda clase de oficios todavía eran denunciados oficialmente como public nuisances. Así, por ejemplo, el grand jury, en la sesión trimestral de los jueces de paz del condado de Somerset, dirigió a la Cámara de los Comunes un presentment en el que se dice, entre otras cosas, «que estos agentes de Blackwell Hall son una molestia pública y un perjuicio para el oficio pañero, y deberían ser suprimidos como una molestia». (The Case of our English Wool etc., Londres, 1685, pp. 6, 7.) ↩

  101. First Report etc., p. VIII. ↩

  102. Report of Committee on the Baking Trade in Ireland for 1861. ↩

  103. L. c. ↩

  104. Meeting público de los trabajadores agrícolas en Lasswade, cerca de Glasgow, del 5 de enero de 1866. (Véase el Workman's Advocate del 13 de enero de 1866.) La formación, desde finales de 1865, de una trade's union entre los trabajadores agrícolas, primero en Escocia, es un acontecimiento histórico. En uno de los distritos agrícolas más oprimidos de Inglaterra, en Buckinghamshire, los asalariados hicieron en marzo de 1867 una gran huelga por el aumento del salario semanal de 9-10 chelines a 12 chelines. (Se ve por lo anterior que el movimiento del proletariado agrícola inglés, completamente quebrantado desde la represión de sus manifestaciones violentas después de 1830 y sobre todo desde la introducción de la nueva ley de pobres, vuelve a empezar en los años sesenta, hasta que finalmente, en 1872, hace época. Vuelvo sobre esto en el tomo II, así como sobre los libros azules acerca de la situación del trabajador agrícola inglés publicados desde 1867. Añadido a la 3.ª edición.) ↩

  105. Reynolds' Paper, enero de 1866. Semana tras semana, el mismo semanario publica a continuación, bajo los sensational headings «Fearful and fatal accidents», «Appalling tragedies», etc., toda una lista de nuevas catástrofes ferroviarias. A ello responde un obrero de la línea de North Stafford: «Todo el mundo conoce las consecuencias cuando la atención del maquinista y del fogonero se relaja un instante. ¿Y cómo puede ser de otro modo con una prolongación desmesurada del trabajo, con el tiempo más inclemente, sin pausa ni descanso? Tomad como ejemplo el siguiente caso, que ocurre a diario. El lunes pasado un fogonero empezó su jornada muy de mañana. La terminó al cabo de 14 horas y 50 minutos. Antes de que hubiera tenido siquiera tiempo de tomar su té, lo llamaron de nuevo al trabajo. Tuvo, pues, que bregar 29 horas y 15 minutos sin interrupción. El resto de su trabajo semanal se desglosaba así: miércoles, 15 horas y 35 minutos; viernes, 14 1/2 horas; sábado, 14 horas y 10 minutos; en total, 88 horas y 30 minutos en la semana. Y figuraos ahora su asombro cuando solo se le pagaron 6 jornadas de trabajo. El hombre era nuevo y preguntó qué se entendía por una jornada. Respuesta: 13 horas, es decir, 78 horas por semana. ¿Y qué pasaba con el pago de las 10 horas y 30 minutos excedentes? Tras largo forcejeo recibió una compensación de 10 peniques» (ni siquiera 10 Silbergroschen). (L. c., número del 4 de febrero de 1866.) ↩

  106. Cf. F. Engels, l. c., pp. 253, 254. ↩

  107. El doctor Letheby, médico en funciones en el Board of Health, declaró entonces: «El mínimo para los adultos debería ser de 300 pies cúbicos de aire en un dormitorio y de 500 pies cúbicos en una sala de estar». El doctor Richardson, médico jefe de un hospital de Londres: «Las costureras de toda clase, modistas, sastras y costureras corrientes, sufren una triple miseria: exceso de trabajo, falta de aire y falta de alimento o falta de digestión. En general, esta clase de trabajo conviene en cualquier circunstancia más a las mujeres que a los hombres. Pero la desgracia del oficio es que, sobre todo en la capital, lo monopolizan unos 26 capitalistas, que, por medios de poder que brotan del capital (that spring from capital), arrancan economía al trabajo (force economy out of labour; quiere decir: economizan desembolsos derrochando fuerza de trabajo). Su poder se deja sentir en el ámbito de toda esta clase de obreras. Si una costurera de vestidos logra hacerse con un pequeño círculo de clientes, la competencia la obliga a matarse a trabajar en casa para conservarlo, y con el mismo exceso de trabajo tiene necesariamente que agobiar a sus ayudantes. Si su negocio fracasa o no puede establecerse por su cuenta, acude a un establecimiento donde el trabajo no es menor, pero el pago es seguro. En esta situación se convierte en una pura esclava, zarandeada de acá para allá por cada oleaje de la sociedad: ora muriéndose de hambre en casa, en un cuartito, o casi; ora ocupada de nuevo 15, 16 y hasta 18 horas de las 24 en un aire apenas respirable y con una alimentación que, aunque sea buena, no puede digerirse por falta de aire puro. De estas víctimas vive la tisis, que no es sino una enfermedad del aire.» (Dr. Richardson, «Work and Overwork», en Social Science Review, 18 de julio de 1863.) ↩

  108. Morning Star, 23 de junio de 1863. El Times aprovechó el suceso para defender a los esclavistas norteamericanos contra Bright, etc. «Muchos de nosotros —dice— pensamos que, mientras hagamos trabajar hasta la muerte a nuestras propias muchachas con el azote del hambre en lugar del chasquido del látigo, apenas tenemos derecho a lanzar el fuego y la espada contra familias que nacieron esclavistas y que, al menos, alimentan bien a sus esclavos y los hacen trabajar con moderación.» (Times, 2 de julio de 1863.) De la misma manera sermoneó el Standard, un periódico tory, al reverendo Newman Hall: «Excomulga a los esclavistas, pero reza con la buena gente que hace trabajar a los cocheros y conductores de ómnibus de Londres, etc., solo 16 horas diarias por un salario de perro». Por último habló el oráculo, el señor Thomas Carlyle, de quien ya en 1850 publiqué: «El genio se fue al diablo; el culto ha quedado». En una breve parábola reduce el único acontecimiento grandioso de la historia contemporánea, la guerra civil norteamericana, a que el Pedro del Norte quiere romperle a toda costa la cabeza al Pablo del Sur porque el Pedro del Norte alquila a su obrero «por días» y el Pablo del Sur «de por vida». (Macmillan's Magazine, «Ilias Americana in nuce», número de agosto de 1863.) Así ha estallado por fin la pompa de jabón de la simpatía tory por el asalariado urbano —¡de ningún modo por el rural!—. El meollo se llama... ¡esclavitud! ↩

  109. Dr. Richardson, l. c. ↩

  110. Children's Employment Commission. Third Report, Londres, 1864, pp. IV, V, VI. ↩

  111. «Tanto en Staffordshire como en el sur de Gales se emplea a muchachas y mujeres en las bocaminas y en los montones de coque, no solo de día, sino también de noche. Esta práctica se ha señalado a menudo en los informes presentados al Parlamento como acompañada de grandes y notorios males. Estas mujeres, que trabajan con los hombres, apenas se distinguen de ellos por la ropa y van tiznadas de suciedad y de humo, quedan expuestas al deterioro del carácter que nace de la pérdida del respeto de sí mismas, que difícilmente puede dejar de seguir a su ocupación impropia de mujeres.» (L. c., 194, p. XXVI. Cf. Fourth Report (1865), 61, p. XIII.) Lo mismo en las fábricas de vidrio. ↩

  112. «Parece natural —observaba un fabricante de acero que emplea niños en el trabajo nocturno— que los muchachos que trabajan de noche no puedan dormir de día ni encontrar un descanso como es debido, sino que anden de un lado a otro sin parar al día siguiente.» (L. c., Fourth Rep., 63, p. XIII.) Sobre la importancia de la luz del sol para la conservación y el desarrollo del cuerpo observa un médico, entre otras cosas: «La luz actúa también directamente sobre los tejidos del cuerpo, a los que da firmeza y elasticidad. Los músculos de los animales a los que se priva de la cantidad normal de luz se vuelven esponjosos y pierden elasticidad; la fuerza nerviosa pierde su tono por falta de estímulo, y la elaboración de todo lo que está en crecimiento se atrofia... En el caso de los niños, el acceso constante a abundante luz del día y a los rayos directos del sol durante una parte del día es absolutamente esencial para la salud. La luz ayuda a transformar los alimentos en buena sangre plástica y endurece la fibra después de formada. Actúa asimismo como estimulante sobre los órganos de la vista y provoca con ello una mayor actividad de diversas funciones cerebrales». El señor W. Strange, médico jefe del General Hospital de Worcester, de cuyo escrito sobre la «salud» (1864) está tomado este pasaje, escribe en una carta a uno de los comisionados investigadores, el señor White: «Antes, en Lancashire, tuve ocasión de observar los efectos del trabajo nocturno en los niños de las fábricas, y, en contra de la afirmación tan socorrida de algunos patronos, declaro con toda firmeza que la salud de los niños pronto se resentía». (Children's Employment Commission. Fourth Report, 284, p. 55.) Que tales cosas sean siquiera objeto de controversias serias muestra mejor que nada cómo actúa la producción capitalista sobre las «funciones cerebrales» de los capitalistas y de sus retainers. ↩

  113. L. c., 57, p. XII. ↩

  114. L. c. (4th Rep., 1865), 58, p. XII. ↩

  115. L. c. ↩

  116. L. c., p. XIII. ¡El nivel de instrucción de estas «fuerzas de trabajo» tiene que ser, naturalmente, el que aparece en los siguientes diálogos con uno de los comisionados investigadores! Jeremiah Haynes, de 12 años: «... Cuatro por cuatro es ocho, pero cuatro cuatros (4 fours) son 16... Un rey es él que tiene todo el dinero y el oro. (A king is him that has all the money and gold.) Tenemos un rey, dicen que es una reina, la llaman princesa Alejandra. Dicen que se casó con el hijo de la reina. Una princesa es un hombre». Wm. Turner, de doce años: «No vivo en Inglaterra. Creo que hay un país así, no sabía nada de él antes». John Morris, de catorce años: «He oído decir que Dios hizo el mundo y que toda la gente se ahogó menos uno; he oído que ese uno era un pajarito». William Smith, de quince años: «Dios hizo al hombre; el hombre hizo a la mujer». Edward Taylor, de quince años: «No sé nada de Londres». Henry Matthewman, de diecisiete años: «Voy a veces a la iglesia... Un nombre del que predican era un tal Jesucristo, pero no sé decir otros nombres, y tampoco sé decir nada de él. No lo asesinaron, sino que murió como los demás. No era como los demás en cierto modo, porque era religioso en cierto modo, y los otros no lo es. (He was not the same as other people in some ways, because he was religious in some ways, and others isn't.)» (L. c., 74, p. XV.) «El diablo es una buena persona. No sé dónde vive. Cristo era un mal tipo.» («The devil is a good person. I don't know where he lives. Christ was a wicked man.») «Esta muchacha (10 años) deletrea God como Dog y no sabía el nombre de la reina.» (Ch. Empl. Comm. V. Rep., 1866, p. 55, n. 278.) El mismo sistema que en las manufacturas metalúrgicas mencionadas impera en las fábricas de vidrio y de papel. En las fábricas de papel donde el papel se hace a máquina, el trabajo nocturno es la regla en todos los procesos, salvo en el de la clasificación de trapos. En algunos casos, el trabajo nocturno, mediante relevos, se prolonga sin cesar toda la semana, habitualmente desde la noche del domingo hasta las 12 de la noche del sábado siguiente. El equipo que está en el turno de día trabaja 5 días de 12 horas y uno de 18, y el del turno de noche, 5 noches de 12 horas y una de 6, cada semana. En otros casos, cada turno trabaja 24 horas, uno después de otro, en días alternos. Un turno trabaja 6 horas el lunes y 18 el sábado para completar las 24 horas. En otros casos se ha introducido un sistema intermedio en el que todos los empleados en la maquinaria papelera trabajan todos los días de la semana de 15 a 16 horas. Este sistema, dice el comisionado investigador Lord, parece reunir todos los males de los relevos de doce y de veinticuatro horas. Niños menores de 13 años, jóvenes menores de 18 y mujeres trabajan bajo este sistema nocturno. A veces, en el sistema de doce horas, tenían que trabajar, por la ausencia de los relevos, el turno doble de 24 horas. Las declaraciones de los testigos prueban que muchachos y muchachas trabajan muy a menudo tiempo extra, que no pocas veces se extiende a 24 y hasta 36 horas de trabajo ininterrumpido. En el proceso «continuo e invariable» de las salas de satinado se encuentran muchachas de 12 años que trabajan todo el mes 14 horas diarias, «sin ningún descanso ni interrupción regular, salvo dos, a lo sumo tres pausas de media hora para las comidas». En algunas fábricas donde se ha abandonado por completo el trabajo nocturno regular se trabaja una cantidad espantosa de tiempo extra, «y ello a menudo en los procesos más sucios, más calurosos y más monótonos». (Children's Employment Commission. Report IV, 1865, pp. XXXVIII y XXXIX.) ↩

  117. Fourth Report etc., 1865, 79, p. XVI. ↩

  118. L. c., 80, pp. XVI, XVII. ↩

  119. L. c., 82, p. XVII. ↩

  120. «En nuestra época, tan rica en reflexión y razonadora, muy poco adelantado ha de estar quien no sepa dar una buena razón de todo, incluso de lo peor y más absurdo. Todo lo que se ha echado a perder en el mundo se ha echado a perder por buenas razones.» (Hegel, l. c., p. 249.) ↩

  121. Children's Employment Commission. Fourth Report, 1865, 85, p. XVII. A un tierno escrúpulo semejante del señor fabricante de vidrio, según el cual las «comidas regulares» de los niños son imposibles porque con ellas cierta cantidad de calor irradiado por los hornos sería «pura pérdida» o se «derrocharía», responde el comisionado investigador White, que no se conmueve en absoluto, como Ure, Senior, etc., y sus raquíticos perrillos alemanes que ladran detrás de ellos, como Roscher, etc., ante la «abstinencia», la «renuncia» y el «ahorro» de los capitalistas en el gasto de su dinero y ante su «derroche» a lo Timur-Tamerlán de vidas humanas: «Puede que se derroche cierta cantidad de calor por encima de la medida actual a consecuencia de asegurar comidas regulares, pero, aun en valor monetario, no es nada comparado con el derroche de fuerza vital (the waste of animal power) que ahora sufre el reino porque los niños en edad de crecimiento empleados en las fábricas de vidrio no encuentran siquiera el sosiego para tomar sus comidas con comodidad y digerirlas». (L. c., p. XLV.) ¡Y esto en el «año del progreso» de 1865! Sin contar el gasto de fuerza en levantar y cargar, un niño de esos, en las fábricas que hacen botellas y vidrio flint, recorre durante la ejecución continua de su trabajo ¡de 15 a 20 millas (inglesas) en 6 horas! ¡Y el trabajo dura a menudo de 14 a 15 horas! En muchas de estas fábricas de vidrio impera, como en las hilaturas de Moscú, el sistema de relevos de seis horas. «Durante el tiempo de trabajo de la semana, seis horas son el período de descanso ininterrumpido más largo, y de ellas hay que descontar el tiempo de ir a la fábrica y volver, lavarse, vestirse, comer, todo lo cual lleva tiempo. Así que en realidad solo queda el más corto tiempo de descanso. No hay tiempo para el juego y el aire libre si no es a costa del sueño, tan indispensable para niños que hacen un trabajo tan agotador en una atmósfera tan calurosa... Incluso ese corto sueño se ve interrumpido, porque el niño tiene que despertarse solo por la noche o lo despierta de día el ruido de fuera.» El señor White cita casos en que un muchacho trabajó 36 horas seguidas, y otros en que muchachos de 12 años bregan hasta las 2 de la madrugada y luego duermen en la fábrica hasta las 5 de la mañana (¡3 horas!) para volver a empezar la jornada. «La masa de trabajo —dicen los redactores del informe general, Tremenheere y Tufnell— que muchachos, muchachas y mujeres realizan en el curso de su turno de trabajo (spell of labour) diurno o nocturno es fabulosa.» (L. c., pp. XLIII y XLIV.) Entretanto, quizá alguna noche, tarde, el «abnegado» capital vidriero, aturdido de oporto, vuelve a casa desde el club tambaleándose y canturreando idiotamente: «Britons never, never shall be slaves!». ↩

  122. En Inglaterra, por ejemplo, todavía de vez en cuando se condena en el campo a un obrero a pena de cárcel por profanar el sábado trabajando en el huertecillo que tiene delante de su casa. Al mismo obrero se le castiga por incumplimiento de contrato si falta el domingo a la fábrica metalúrgica, papelera o vidriera, aunque sea por escrúpulos religiosos. El Parlamento ortodoxo no tiene oídos para la profanación del sábado cuando esta ocurre en el «proceso de valorización» del capital. En un memorial (agosto de 1863) en el que los jornaleros de las pescaderías y pollerías de Londres piden que se suprima el trabajo dominical, se dice que su trabajo dura, durante los 6 primeros días de la semana, una media de 15 horas diarias, y el domingo de 8 a 10 horas. De ese mismo memorial se desprende que es precisamente la delicada glotonería de los mojigatos aristocráticos de Exeter Hall la que fomenta este «trabajo dominical». Estos «santos», tan celosos in cute curanda, acreditan su cristianismo con la resignación con que soportan el exceso de trabajo, las privaciones y el hambre de terceras personas. Obsequium ventris istis (a los obreros) perniciosius est.
    (Nota de la traducción.) in cute curanda, «en el cuidado de su piel», es decir, de su bienestar corporal (Horacio, Epístolas, I, 2, 29); Obsequium ventris istis perniciosius est, «la complacencia del vientre es más perniciosa para ellos». Exeter Hall era la sede londinense de las sociedades religiosas y filantrópicas evangélicas). ↩

  123. «En nuestros informes anteriores hemos recogido las declaraciones de varios fabricantes experimentados en el sentido de que las horas extraordinarias... tienden ciertamente a agotar prematuramente la fuerza de trabajo de los hombres.» (L. c., 64, p. XIII). ↩

  124. Cairnes, l. c., pp. 110 y 111. ↩

  125. (Nota de la traducción.) «Con otro nombre, de ti habla la fábula» (Horacio, Sátiras, I, 1, 69-70). ↩

  126. John Ward, History of the Borough of Stoke-upon-Trent etc., Londres, 1843, p. 42. ↩

  127. Discurso de Ferrand en la House of Commons el 27 de abril de 1863. ↩

  128. (Nota de la traducción.) Comisarios de la Ley de Pobres: la autoridad central creada por la reforma de la Ley de Pobres de 1834. ↩

  129. «That the manufacturers would absorb it and use it up. Those were the very words used by the cotton manufacturers.» (L. c.). ↩

  130. L. c. Villiers, pese a su mejor voluntad, se vio «legalmente» en la situación de tener que rechazar la petición de los fabricantes. Los señores, sin embargo, lograron sus fines gracias a la complacencia de las juntas locales de pobres. El señor A. Redgrave, inspector fabril, asegura que esta vez el sistema por el que los huérfanos y los hijos de paupers se consideran «legalmente» apprentices (aprendices) «no fue acompañado de los antiguos abusos» —(sobre estos «abusos», véase Engels, l. c.)—, aunque, ciertamente, en un caso «se abusó del sistema con respecto a muchachas y mujeres jóvenes traídas de los distritos agrícolas de Escocia a Lancashire y Cheshire». En este «sistema», el fabricante celebra con las autoridades de los asilos de pobres un contrato por períodos determinados. Alimenta, viste y aloja a los niños y les da un pequeño suplemento en dinero. Suena extraña la siguiente observación del señor Redgrave, sobre todo si se tiene en cuenta que, incluso entre los años prósperos de la industria algodonera inglesa, el año 1860 es único y que, además, los salarios estaban altos porque la extraordinaria demanda de trabajo chocaba con la despoblación de Irlanda, con una emigración sin precedentes de los distritos agrícolas ingleses y escoceses a Australia y América, con una disminución absoluta de la población en algunos distritos agrícolas ingleses a consecuencia, en parte, del quebranto de la fuerza vital felizmente logrado y, en parte, del anterior desnatado de la población disponible por los traficantes de carne humana. Y a pesar de todo, el señor Redgrave dice: «Esta clase de trabajo» (el de los niños de los asilos) «solo se busca, sin embargo, cuando no puede encontrarse otro, pues es un trabajo caro (high-priced labour). El salario ordinario de un muchacho de 13 años es de unos 4 chelines semanales; pero alojar, vestir y alimentar a 50 o 100 de esos muchachos, proporcionarles asistencia médica y una vigilancia adecuada y darles encima un pequeño suplemento en dinero es imposible por 4 chelines por cabeza a la semana.» (Rep. of the Insp. of Factories for 30th April 1860, p. 27). El señor Redgrave olvida decir cómo el propio obrero puede proporcionar todo esto a sus muchachos por los 4 chelines de su salario, si el fabricante no puede hacerlo para 50 o 100 muchachos alojados, alimentados y vigilados en común. Para prevenir conclusiones erróneas a partir del texto, debo observar aquí todavía que la industria algodonera inglesa, desde que se sometió a la Factory Act de 1850, con su regulación del tiempo de trabajo, etc., tiene que considerarse como la industria modelo de Inglaterra. El obrero algodonero inglés está en todos los aspectos por encima de su compañero de infortunio continental. «El obrero fabril prusiano trabaja por lo menos 10 horas más a la semana que su rival inglés, y si trabaja en su propio telar en casa, desaparece incluso este límite de sus horas de trabajo adicionales.» (Rep. of Insp. of Fact. 31st Oct. 1855, p. 103). El mencionado inspector fabril Redgrave viajó por el continente después de la Exposición Industrial de 1851, especialmente por Francia y Prusia, para estudiar las condiciones fabriles de esos países. Del obrero fabril prusiano dice: «Recibe un salario que le basta para procurarse una comida sencilla y las pocas comodidades a las que está acostumbrado y con las que está satisfecho... Vive peor y trabaja más duro que su rival inglés.» (Rep. of Insp. of Fact. 31st Oct. 1853, p. 85). ↩

  131. «Los que trabajan en exceso mueren con una rapidez sorprendente; pero los puestos de los que sucumben se cubren de inmediato, y un cambio frecuente de personas no produce ninguna alteración en el escenario.» England and America, Londres, 1833, t. I, p. 55. (Autor: E. G. Wakefield). ↩

  132. (Nota de la traducción.) «Principio de la selección natural», en la expresión de Darwin. ↩

  133. Véase Public Health. Sixth Report of the Medical Officer of the Privy Council. 1863, publicado en Londres en 1864. Este informe trata principalmente de los obreros agrícolas. «Se ha presentado el condado de Sutherland como un condado muy mejorado, pero una investigación reciente ha descubierto que aquí, en distritos antes tan famosos por sus hombres apuestos y sus soldados valientes, los habitantes han degenerado en una raza flaca y atrofiada. En los parajes más sanos, en las laderas de las colinas frente al mar, las caras de sus niños son tan delgadas y pálidas como solo pueden serlo en la atmósfera podrida de un callejón de Londres.» (Thornton, l. c., pp. 74 y 75). Se parecen, en efecto, a los 30.000 gallant Highlanders (gallardos montañeses) que Glasgow amontona en sus wynds y closes (callejas y patios) con prostitutas y ladrones. ↩

  134. (Nota de la traducción.) «¡Después de mí, el diluvio!», frase atribuida a Luis XV o a Madame de Pompadour. ↩

  135. «Aunque la salud de la población es un elemento tan importante del capital nacional, tememos tener que confesar que los capitalistas no están en absoluto dispuestos a conservar y apreciar este tesoro... La consideración por la salud de los obreros se impuso a los fabricantes.» (Times, 5 de noviembre de 1861). «Los hombres del West Riding se convirtieron en los pañeros de la humanidad... se sacrificó la salud del pueblo trabajador, y en un par de generaciones la raza habría degenerado, pero se produjo una reacción. Se limitaron las horas del trabajo infantil, etc.» (Twenty-second annual report of the Registrar-General, 1861). ↩

  136. (Nota de la traducción.) Variación sobre unos versos de Goethe, «An Suleika», en el West-östlicher Divan. ↩

  137. Por eso encontramos, por ejemplo, que a comienzos de 1863 veintiséis firmas propietarias de grandes alfarerías en Staffordshire, entre ellas J. Wedgwood e Hijos, solicitan en un memorial «una intervención coactiva del Estado». La «competencia con otros capitalistas», dicen, no les permite ninguna limitación «voluntaria» del tiempo de trabajo de los niños, etc. «Por mucho que lamentemos, pues, los males antes mencionados, sería imposible impedirlos mediante cualquier tipo de acuerdo entre los fabricantes... Considerados todos estos puntos, hemos llegado al convencimiento de que es necesaria una ley coercitiva.» (Children's Emp. Comm., Rep. 1, 1863, p. 322).

    Adición a la nota 114. Un ejemplo mucho más llamativo lo ha ofrecido el pasado más reciente. Lo elevado de los precios del algodón, en una época de negocios febriles, había llevado a los propietarios de tejedurías de algodón de Blackburn a acortar, por acuerdo común, el tiempo de trabajo en sus fábricas durante un plazo determinado. Este plazo expiraba hacia finales de noviembre (1871). Entretanto, los fabricantes más ricos, que combinan hilado y tejido, aprovecharon la caída de la producción provocada por aquel acuerdo para ampliar su propio negocio y obtener así grandes beneficios a costa de los pequeños patronos. ¡Estos se dirigieron entonces, en su apuro, a los obreros fabriles, los llamaron a impulsar en serio la agitación por la jornada de nueve horas y prometieron contribuciones en dinero con ese fin! ↩

  138. Estos estatutos obreros, que se encuentran también al mismo tiempo en Francia, los Países Bajos, etc., no se abolieron formalmente en Inglaterra hasta 1813, cuando las relaciones de producción los habían eliminado hacía mucho. ↩

  139. «Ningún niño menor de 12 años será empleado en ningún establecimiento manufacturero más de 10 horas en un día.» (General Statutes of Massachusetts, cap. 60, § 3. Las ordenanzas se promulgaron de 1836 a 1858). «El trabajo realizado durante un período de 10 horas en cualquier día en todas las fábricas de algodón, lana, seda, papel, vidrio y lino, o en las manufacturas de hierro y latón, se considerará jornada legal de trabajo. Y se dispone que en adelante ningún menor empleado en una fábrica será obligado ni requerido a trabajar más de 10 horas en un día ni más de 60 horas en una semana, y que en adelante ningún menor de 10 años será admitido como trabajador en ninguna fábrica de este estado.» (State of New Jersey. An act to limit the hours of labour etc., §§ 1 y 2. Ley de 18 de marzo de 1851). «Ningún menor que haya cumplido 12 años y no haya cumplido 15 será empleado en ningún establecimiento manufacturero más de 11 horas en un día, ni antes de las 5 de la mañana ni después de las 7½ de la tarde.» (Revised Statutes of the State of Rhode Island etc., cap. 139, § 23, 1 de julio de 1857). ↩

  140. Sophisms of Free Trade, 7.ª ed., Londres, 1850, p. 205. Por lo demás, el mismo tory reconoce: «Las leyes del Parlamento que regulaban los salarios contra los obreros y a favor de los patronos duraron el largo período de 164 años. La población creció. Estas leyes se volvieron entonces superfluas y gravosas.» (L. c., p. 206). ↩

  141. J. Wade observa con razón a propósito de este estatuto: «Del estatuto de 1496 se desprende que la alimentación se consideraba equivalente a ⅓ de los ingresos de un artesano y a ½ de los ingresos de un obrero agrícola, y esto indica un grado mayor de independencia entre los obreros que el que impera ahora, cuando la alimentación de los obreros de la agricultura y de la manufactura representa una proporción mucho más alta de sus salarios.» (J. Wade, l. c., pp. 24, 25 y 577). La opinión de que esta diferencia se debería acaso a la diferencia en la relación de precios entre alimentos y prendas de vestir, ahora y entonces, la refuta la ojeada más superficial al Chronicon Preciosum etc., by Bishop Fleetwood, 1.ª ed., Londres, 1707; 2.ª ed., Londres, 1745.
    (Nota de la traducción.) Las páginas son las de la MEW; la 4.ª ed. dice «p. 25». ↩

  142. W. Petty, Political Anatomy of Ireland 1672, ed. de 1691, p. 10. ↩

  143. A Discourse on the Necessity of Encouraging Mechanick Industry, Londres, 1690, p. 13. Macaulay, que ha falseado la historia inglesa en interés de los whigs y de la burguesía, declama lo siguiente: «La práctica de poner prematuramente a los niños a trabajar imperaba en el siglo XVII en un grado casi increíble para el estado de la industria de entonces. En Norwich, sede principal de la industria lanera, un niño de 6 años se consideraba apto para el trabajo. Diversos escritores de aquella época, y entre ellos algunos tenidos por extraordinariamente bienintencionados, mencionan con exultation (entusiasmo) el hecho de que en esa ciudad los niños y niñas, solo ellos, creaban una riqueza que, por encima de su propio sustento, ascendía a £12.000 al año. Cuanto más a fondo estudiamos la historia del pasado, tantas más razones encontramos para rechazar la opinión de quienes consideran que nuestra época es fecunda en nuevos males sociales. Lo que es nuevo es la inteligencia que descubre los males y la humanidad que los cura.» (History of England, vol. I, p. 417). Macaulay habría podido seguir contando que en el siglo XVII unos amis du commerce «extraordinariamente bienintencionados» relatan con exultation cómo en un asilo de pobres de Holanda se empleaba a un niño de 4 años, y que este ejemplo de la vertu mise en pratique (virtud puesta en práctica) pasa por modelo en todos los escritos de humanitarios a lo Macaulay hasta la época de A. Smith. Es cierto que con el surgimiento de la manufactura, a diferencia del artesanado, aparecen huellas de la explotación infantil, que siempre había existido hasta cierto punto entre los campesinos, y tanto más desarrollada cuanto más duro era el yugo que pesaba sobre el labrador. La tendencia del capital es inconfundible, pero los hechos mismos siguen siendo todavía tan aislados como la aparición de niños de dos cabezas. Por eso los registraron con exultation, como algo especialmente notable y admirable, amis du commerce clarividentes, para sus contemporáneos y para la posteridad, y los recomendaron como ejemplo a imitar. El mismo sicofante y retórico escocés Macaulay dice: «Hoy solo se oye hablar de retroceso y solo se ve progreso.» ¡Qué ojos y, sobre todo, qué oídos! ↩

  144. Entre los acusadores de los obreros, el más feroz es el autor anónimo, mencionado en el texto, de An Essay on Trade and Commerce: containing Observations on Taxation etc., Londres, 1770. Ya antes en su escrito Considerations on Taxes, Londres, 1765. También Polonio Arthur Young, el inefable charlatán estadístico, sigue la misma línea. Entre los defensores de los obreros destacan: Jacob Vanderlint en Money answers all things, Londres, 1734; el reverendo Nathaniel Forster, D. D., en An Enquiry into the Causes of the Present Price of Provisions, Londres, 1767; el doctor Price, y sobre todo también Postlethwayt, tanto en un suplemento a su Universal Dictionary of Trade and Commerce como en Great-Britain's Commercial Interest explained and improved, 2.ª ed., Londres, 1759. Los hechos mismos se encuentran constatados en muchos otros escritores contemporáneos, entre otros en Josiah Tucker. ↩

  145. Postlethwayt, l. c., First Preliminary Discourse, p. 14. ↩

  146. An Essay etc. Él mismo cuenta, en la p. 96, en qué consistía ya en 1770 «la felicidad» de los obreros agrícolas ingleses. «Sus fuerzas de trabajo (their working powers) están siempre tensas al máximo (on the stretch); no pueden vivir peor de lo que viven (they cannot live cheaper than they do), ni trabajar más duro (nor work harder).» ↩

  147. El protestantismo, ya por su transformación de casi todas las fiestas tradicionales en días laborables, desempeña un papel importante en la génesis del capital. ↩

  148. An Essay etc., pp. 41, 15, 96, 97, 55, 56 y 57. ↩

  149. L. c., p. 69. Jacob Vanderlint declaraba ya en 1734 que el secreto de las quejas de los capitalistas sobre la holgazanería del pueblo trabajador era sencillamente que reclamaban por el mismo salario 6 días de trabajo en lugar de 4. ↩

  150. (Nota de la traducción.) El fiel Eckart es una figura de la leyenda germánica: el consejero leal que advierte de los peligros. ↩

  151. An Essay etc., pp. 242 y 243: «Esa workhouse ideal debe convertirse en una “casa del terror”, y no en un asilo para los pobres, donde se les alimente en abundancia, se les vista con abrigo y decencia y donde apenas trabajen.» ↩

  152. «In this ideal workhouse the poor shall work 14 hours in a day, allowing proper time for meals, in such manner that there shall remain 12 hours of neat labour.» (L. c.). «Los franceses», dice, «se ríen de nuestras entusiastas ideas de libertad.» (L. c., p. 78). ↩

  153. «Se oponían especialmente a trabajar más allá de las 12 horas diarias, porque la ley que fijó esas horas es el único bien que les queda de la legislación de la República.» (Rep. of Insp. of Fact. 31st Octob. 1855, p. 80). La ley francesa de las doce horas de 5 de septiembre de 1850, edición aburguesada del decreto del gobierno provisional de 2 de marzo de 1848, se extiende a todos los talleres sin distinción. Antes de esta ley, la jornada laboral en Francia era ilimitada. Duraba en las fábricas 14, 15 y más horas. Véase Des classes ouvrières en France, pendant l'année 1848. Par M. Blanqui. El señor Blanqui, el economista, no el revolucionario, había recibido del gobierno el encargo de la encuesta sobre las condiciones de trabajo. ↩

  154. También en lo que respecta a la regulación de la jornada laboral, Bélgica se acredita como Estado burgués modelo. Lord Howard de Walden, plenipotenciario inglés en Bruselas, informa al Foreign Office con fecha de 12 de mayo de 1862: «El ministro Rogier me declaró que ni una ley general ni reglamentos locales limitan en modo alguno el trabajo infantil; que el gobierno, durante los últimos 3 años, en cada legislatura acariciaba la idea de presentar a las cámaras una ley sobre la materia, pero que siempre había encontrado un obstáculo insuperable en el celoso temor ante cualquier legislación contraria al principio de la perfecta libertad del trabajo». ↩

  155. «Es sin duda muy lamentable que una clase cualquiera de personas tenga que matarse a trabajar 12 horas diarias. Si se añaden las comidas y el tiempo para ir al taller y volver de él, esto supone en realidad 14 de las 24 horas del día... Dejando aparte la salud, nadie, espero, vacilará en admitir que, desde el punto de vista moral, una absorción tan completa del tiempo de las clases trabajadoras, sin descanso, desde la temprana edad de 13 años, y en las ramas industriales “libres” incluso desde una edad mucho más temprana, es extraordinariamente perjudicial y un mal terrible... En interés de la moral pública, para la crianza de una población sana y para procurar a la gran masa del pueblo un disfrute razonable de la vida, hay que insistir en que en todas las ramas de actividad se reserve una parte de cada jornada laboral para el recreo y el ocio.» (Leonard Horner en Reports of Insp. of Fact. 31st Dec. 1841). ↩

  156. Véase Judgment of Mr. J. H. Otway, Belfast, Hilary Sessions, County Antrim 1860. ↩

  157. Es muy característico del régimen de Luis Felipe, el roi bourgeois (rey burgués), que la única ley fabril promulgada bajo él, la de 22 de marzo de 1841, nunca llegara a aplicarse. Y esta ley se refería únicamente al trabajo infantil. Fija 8 horas para los niños de 8 a 12 años, doce horas para los niños de 12 a 16 años, etc., con muchas excepciones que permiten el trabajo nocturno incluso a niños de ocho años. La vigilancia y el cumplimiento forzoso de la ley quedaron, en un país donde cada ratón está administrado por la policía, a la buena voluntad de los amis du commerce. Solo desde 1853 hay en un único departamento, el Departamento del Norte, un inspector gubernamental retribuido. ¡No menos característico del desarrollo de la sociedad francesa en general es que la ley de Luis Felipe se mantuvo como única, hasta la revolución de 1848, en la fábrica de leyes francesa, que todo lo envuelve en su tela! ↩

  158. Rep. of Insp. of Fact. 30th April 1860, p. 50. ↩

  159. (Nota de la traducción.) Médicos y cirujanos. ↩

  160. (Nota de la traducción.) «El peligro está en la demora.» ↩

  161. «Legislation is equally necessary for the prevention of death, in any form in which it can be prematurely inflicted, and certainly this must be viewed as a most cruel mode of inflicting it.» ↩

  162. (Nota de la traducción.) «Presión desde fuera», es decir, la de los obreros y la opinión pública sobre el Parlamento. ↩

  163. (Nota de la traducción.) Juggernaut (Jagannath), forma del dios Visnú cuya imagen se paseaba en un enorme carro bajo cuyas ruedas, según los relatos europeos, se arrojaban algunos fieles. ↩

  164. Rep. of Insp. of Fact. 31st October 1849, p. 6. ↩

  165. (Nota de la traducción.) La Carta del Pueblo (People's Charter), programa de reformas políticas de los cartistas publicado en 1838. ↩

  166. Rep. of Insp. of Fact. 31st October 1848, p. 98. ↩

  167. Por cierto, Leonard Horner emplea oficialmente la expresión nefarious practices (prácticas infames). (Reports of Insp. of Fact. 31st October 1859, p. 7). ↩

  168. (Nota de la traducción.) Así en la MEW; la 4.ª ed. dice «1 de octubre». ↩

  169. Rep. etc. for 30th Sept. 1844, p. 15. ↩

  170. La ley permite emplear a los niños 10 horas si no trabajan día tras día, sino solo un día sí y otro no. En conjunto, esta cláusula quedó sin efecto. ↩

  171. «Como una reducción de sus horas de trabajo obligaría a emplear a un número mayor» (de niños), «se pensó que el suministro adicional de niños de ocho a nueve años de edad cubriría el aumento de la demanda.» (L. c., p. 13). ↩

  172. Rep. of Insp. of Fact. 31st Oct. 1848, p. 16. ↩

  173. «Comprobé que a personas que habían cobrado 10 chelines semanales se les descontaba 1 chelín en concepto de la rebaja general de salarios del 10% y otro chelín y 6 peniques por la reducción de la jornada, en total 2 chelines y 6 peniques, y a pesar de todo la mayoría se mantenía firme en favor de la ley de las diez horas.» (L. c.). ↩

  174. «Cuando firmé la petición, declaré al mismo tiempo que con ello hacía algo malo. —¿Por qué la firmasteis entonces? —Porque, si me hubiera negado, me habrían puesto en la calle. —El peticionario se sentía, en efecto, “oprimido”, pero no precisamente por la ley fabril.» (L. c., p. 102). ↩

  175. L. c., p. 17. En el distrito del señor Horner se interrogó así a 10.270 obreros varones adultos en 181 fábricas. Sus declaraciones se encuentran en el apéndice del informe fabril del semestre que termina en octubre de 1848. Estos interrogatorios de testigos ofrecen también en otros aspectos un material valioso. ↩

  176. (Nota de la traducción.) Empalmadores: los que anudaban los hilos rotos en las máquinas de hilar, por lo general niños o jóvenes. ↩

  177. L. c. Véanse las declaraciones recogidas por el propio Leonard Horner, núms. 69, 70, 71, 72, 92 y 93, y las recogidas por el subinspector A., núms. 51, 52, 58, 59, 62 y 70 del «Appendix». Un fabricante habló incluso con toda claridad. Véase el núm. 14, después del núm. 265, l. c. ↩

  178. (Nota de la traducción.) «Ley de sospechosos», nombre de la ley de 17 de septiembre de 1793 durante el Terror de la Revolución francesa. ↩

  179. (Nota de la traducción.) «Rebelión esclavista», como se llamó en el norte a la secesión de los estados del sur de los Estados Unidos (1861). ↩

  180. Reports etc. for 31st October 1848, pp. 133 y 134. ↩

  181. Reports etc. for 30th April 1848, p. 47. ↩

  182. Reports etc. for 31st Oct. 1848, p. 130. ↩

  183. Reports etc., l. c., p. 142. ↩

  184. (Nota de la traducción.) Palabras de Shylock en El mercader de Venecia de Shakespeare, acto IV, escena 1, citadas por Marx en la traducción alemana de Schlegel, lo mismo que los versos siguientes. ↩

  185. Reports etc. for 31st Oct. 1850, pp. 5 y 6. ↩

  186. La naturaleza del capital sigue siendo la misma en sus formas no desarrolladas que en las desarrolladas. En el código que la influencia de los esclavistas impuso al territorio de Nuevo México poco antes del estallido de la guerra civil norteamericana se dice: el obrero, en la medida en que el capitalista ha comprado su fuerza de trabajo, «es su dinero (el del capitalista)». (The labourer is his (the capitalist's) money). La misma concepción era corriente entre los patricios romanos. El dinero que habían adelantado al deudor plebeyo se había convertido, por medio de los medios de subsistencia de este, en carne y sangre del deudor. Esa «carne y sangre» era, por lo tanto, «su dinero». ¡De ahí la ley shylockiana de las Doce Tablas! La hipótesis de Linguet de que los acreedores patricios celebraban de vez en cuando, al otro lado del Tíber, festines de carne de deudor cocida quede tan en el aire como la hipótesis de Daumer sobre la eucaristía cristiana. ↩

  187. Report etc. for 31st Oct. 1848, p. 133. ↩

  188. Así, entre otros, el filántropo Ashworth en una carta, de una repugnancia muy cuáquera, a Leonard Horner. (Rep. Apr. 1849, p. 4). ↩

  189. Reports etc. for 31st Oct. 1848, p. 138. ↩

  190. L. c., p. 140. ↩

  191. Estos county magistrates, los great unpaid (grandes no retribuidos), como los llama W. Cobbett, son una especie de jueces de paz no retribuidos, formados por los notables de los condados. Constituyen, de hecho, los tribunales patrimoniales de las clases dominantes. ↩

  192. (Nota de la traducción.) Jueces de paz del municipio (borough). ↩

  193. Reports etc. for 30th April 1849, pp. 21 y 22. Compárense ejemplos parecidos, ibid., pp. 4 y 5. ↩

  194. La ley 1 y 2 William IV, c. 29, s. 10, conocida como Sir John Hobhouse's Factory Act, prohíbe que cualquier propietario de una hilandería o tejeduría de algodón, o el padre, hijo o hermano de tal propietario, actúe como juez de paz en cuestiones relativas a la Factory Act. ↩

  195. Reports etc. for 30th April 1849. ↩

  196. Reports etc. for 30th April 1849, p. 5. ↩

  197. Rep. etc. for 31st Oct. 1849, p. 6. ↩

  198. Rep. etc. for 30th April 1849, p. 21. ↩

  199. Rep. etc. 31st Oct. 1848, p. 95. ↩

  200. (Nota de la traducción.) «Sesiones cortas»: en el falansterio de Fourier, el trabajo se repartía en sesiones breves y variadas para hacerlo atractivo. ↩

  201. Véanse Reports etc. for 30th April 1849, p. 6, y la extensa exposición del shifting system (sistema de turnos) por los inspectores fabriles Howell y Saunders en Reports etc. for 31st Oct. 1848. Véase también la petición del clero de Ashton y alrededores, primavera de 1849, a la reina, contra el shift system. ↩

  202. (Nota de la traducción.) En alemán, «des Pudels Kern», «el fondo del perro de aguas», expresión del Fausto de Goethe (parte I, escena «Gabinete de estudio»). ↩

  203. Véase, por ejemplo, The Factory Question and the Ten Hours Bill, de R. H. Greg, 1837. ↩

  204. (Nota de la traducción.) Tribunal del Tesoro, uno de los tribunales superiores de common law de Inglaterra. ↩

  205. F. Engels, «Die englische Zehnstundenbill» [La ley inglesa de las diez horas] (en la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, editada por mí, cuaderno de abril de 1850, p. 13). El mismo «alto» tribunal descubrió también, durante la guerra civil norteamericana, un retorcimiento de palabras que convertía en todo lo contrario la ley contra el armamento de buques piratas. ↩

  206. Rep. etc. for 30th April 1850. ↩

  207. En invierno, el período de 7 de la mañana a 7 de la tarde puede sustituirlo. ↩

  208. «La ley actual» (de 1850) «fue un compromiso por el cual los empleados renunciaron al beneficio de la ley de las diez horas a cambio de la ventaja de un período uniforme para el comienzo y el final del trabajo de aquellos cuyo trabajo está restringido.» (Reports etc. for 30th April 1852, p. 14). ↩

  209. (Nota de la traducción.) Así en la MEW; la 4.ª ed. dice «mayores de 11 años». ↩

  210. Reports etc. for 30th Sept. 1844, p. 13. ↩

  211. L. c. ↩

  212. «The delicate texture of the fabric in which they were employed requiring a lightness of touch, only to be acquired by their early introduction to these factories.» (Rep. etc. for 31st Oct. 1846, p. 20). ↩

  213. Reports etc. for 31st Oct. 1861, p. 26. ↩

  214. L. c., p. 27. En general, la población obrera sometida a la ley fabril ha mejorado mucho físicamente. Todos los testimonios médicos coinciden en ello, y mi propia observación personal en distintos períodos me ha convencido. Sin embargo, y dejando aparte la enorme tasa de mortalidad de los niños en los primeros años de vida, los informes oficiales del doctor Greenhow muestran el desfavorable estado de salud de los distritos fabriles en comparación con los «distritos agrícolas de salud normal». Como prueba, entre otras cosas, el siguiente cuadro de su informe de 1861: ↩

    Porcentaje de varones adultos empleados en la manufacturaTasa de mortalidad por afecciones pulmonares por cada 100.000 varonesNombre del distritoTasa de mortalidad por afecciones pulmonares por cada 100.000 mujeresPorcentaje de mujeres adultas empleadas en la manufacturaClase de ocupación femenina
    14,9598Wigan64418,0Algodón
    42,6708Blackburn73434,9ídem
    37,3547Halifax56420,4Estambre
    41,9611Bradford60330,0ídem
    31,0691Macclesfield80426,0Seda
    14,9588Leek70517,2ídem
    36,6721Stoke-upon-Trent66519,3Loza
    30,4726Woolstanton72713,9ídem
    -305Ocho distritos agrícolas sanos340-
  215. Sabido es con qué resistencia renunciaron los «librecambistas» ingleses al arancel protector de la manufactura de la seda. En lugar de la protección contra la importación francesa sirve ahora la desprotección de los niños de las fábricas inglesas. ↩

  216. Reports etc. for 30th April 1853, p. 30. ↩

  217. Durante los años cenitales de la industria algodonera inglesa, 1859 y 1860, algunos fabricantes intentaron, con el cebo de salarios altos por las horas extraordinarias, inducir a los hiladores varones adultos, etc., a prolongar la jornada laboral. Los hand-mule spinners y self-actor minders pusieron fin al experimento con un memorial a sus patronos en el que se dice, entre otras cosas: «Hablando claro, nuestra vida se nos hace una carga, y mientras estemos encadenados a la fábrica casi 2 días por semana» (20 horas) «más que los demás obreros, nos sentimos como ilotas en el país y nos reprochamos perpetuar un sistema que nos daña física y moralmente a nosotros mismos y a nuestros descendientes... Por eso les notificamos aquí respetuosamente que, a partir del día de Año Nuevo, no trabajaremos ni un minuto más de 60 horas semanales, de 6 a 6, descontadas las pausas legales de 1½ horas.» (Reports etc. for 30th April 1860, p. 30).
    (Nota de la traducción.) Hand-mule spinners y self-actor minders: hiladores de mule manual y vigilantes de la selfactina, la máquina de hilar automática. ↩

  218. Sobre los medios que la redacción de esta ley ofrece para infringirla, véase el Parliamentary Return «Factories Regulation Acts» (9 de agosto de 1859) y, en él, las Suggestions for Amending the Factory Acts to enable the Inspectors to prevent illegal working, now become very prevalent de Leonard Horner. ↩

  219. «En mi distrito se ha hecho bregar a niños de 8 años en adelante, en efecto, desde las 6 de la mañana hasta las 9 de la noche, durante el último semestre» (1857). (Reports etc. for 31st Oct. 1857, p. 39). ↩

  220. «Se reconoce que la Printworks' Act es un fracaso, tanto en lo que se refiere a sus disposiciones educativas como a las protectoras.» (Reports etc. for 31st Oct. 1862, p. 52). ↩

  221. Así, por ejemplo, E. Potter en una carta al Times de 24 de marzo de 1863. El Times le recuerda la revuelta de los fabricantes contra la ley de las diez horas. ↩

  222. Así, entre otros, el señor W. Newmarch, colaborador y editor de la History of Prices de Tooke. ¿Es progreso científico hacer cobardes concesiones a la opinión pública? ↩

  223. La ley sobre blanquerías y tintorerías promulgada en 1860 dispone que la jornada laboral se reduzca el 1 de agosto de 1861 provisionalmente a 12 horas y el 1 de agosto de 1862 definitivamente a 10, es decir, a 10½ en los días laborables y a 7½ los sábados. Cuando llegó el funesto año de 1862, se repitió la vieja farsa. Los señores fabricantes pidieron al Parlamento que tolerara solo un único año más el empleo de personas jóvenes y mujeres durante doce horas... «En la situación actual de los negocios» (en la época de la escasez de algodón) «sería una gran ventaja para los obreros que se les permitiera trabajar 12 horas diarias y sacar todo el salario posible... Ya se había conseguido presentar en la Cámara de los Comunes un proyecto de ley en este sentido. Cayó ante la agitación de los obreros de las blanquerías de Escocia.» (Reports etc. for 31st Oct. 1862, pp. 14 y 15). Derrotado así por los propios obreros, en cuyo nombre pretendía hablar, el capital descubrió entonces, con ayuda de las gafas de los juristas, que la ley de 1860, redactada como todas las leyes del Parlamento para la «protección del trabajo» en retorcimientos de palabras que confunden el sentido, ofrecía un pretexto para excluir de su ámbito a los calenderers y finishers (satinadores y aprestadores). La jurisdicción inglesa, siempre fiel servidora del capital, sancionó la triquiñuela por medio del tribunal de los Common Pleas (tribunal civil). «Ha provocado gran descontento entre los obreros, y es muy lamentable que la clara intención de la legislación se vea frustrada con el pretexto de una definición defectuosa de las palabras.» (L. c., p. 18). ↩

  224. Los «blanqueadores al aire libre» se habían sustraído a la ley de 1860 sobre «blanquerías» con la mentira de que no hacían trabajar a mujeres de noche. Los inspectores fabriles descubrieron la mentira, y al mismo tiempo las peticiones de los obreros despojaron al Parlamento de sus frescas ideas, con olor a prado, sobre el «blanqueo al aire libre». En este blanqueo al aire se emplean secaderos de 90 a 100 grados Fahrenheit, en los que trabajan principalmente muchachas. Cooling (enfriamiento) es la expresión técnica para la escapada ocasional del secadero al aire libre. «Quince muchachas en los secaderos. Calor de 80 a 90° para el lienzo, de 100° y más para los cambrics (batistas). Doce muchachas planchan y doblan (los cambrics, etc.) en una habitación pequeña de unos 10 pies en cuadro, con una estufa bien cerrada en el centro. Las muchachas están de pie alrededor de la estufa, que irradia un calor terrible y seca rápidamente los cambrics para las planchadoras. El número de horas de estos brazos es ilimitado. Cuando hay mucho trabajo, trabajan hasta las 9 o las 12 de la noche muchos días seguidos.» (Reports etc. for 31st Oct. 1862, p. 56). Un médico declara: «No se conceden horas especiales para el enfriamiento, pero cuando la temperatura se vuelve demasiado insoportable o las manos de las obreras se ensucian de sudor, se les permite salir unos minutos... Mi experiencia en el tratamiento de las enfermedades de estas obreras me obliga a constatar que su estado de salud está muy por debajo del de las hilanderas de algodón» (¡y el capital, en sus peticiones al Parlamento, las había pintado rebosantes de salud a la manera de Rubens!). «Sus enfermedades más llamativas son la tisis, la bronquitis, las enfermedades uterinas, la histeria en su forma más espantosa y el reumatismo. Todas ellas proceden, a mi juicio, directa o indirectamente, del aire recalentado de sus salas de trabajo y de la falta de ropa suficiente y cómoda que las proteja de la atmósfera fría y húmeda al volver a casa durante los meses de invierno.» (L. c., pp. 56 y 57). Los inspectores fabriles observan sobre la ley de 1863, arrancada a posteriori a los joviales «blanqueadores al aire libre»: «Esta ley no solo no ha logrado dar a los obreros la protección que parece dar... está formulada de tal manera que la protección solo se aplica cuando se sorprende trabajando a niños y mujeres después de las 8 de la tarde, y aun entonces el método de prueba prescrito está tan lleno de cláusulas que difícilmente puede llegarse a una sanción.» (L. c., p. 52). «Como ley con fines humanitarios y educativos es un fracaso completo. Difícilmente podrá llamarse humanitario permitir a mujeres y niños, o, lo que viene a ser lo mismo, obligarlos, a trabajar 14 horas diarias, con o sin comidas, según caiga, y quizá más horas todavía, sin límite de edad, sin distinción de sexo y sin consideración por las costumbres sociales de las familias del vecindario en que se encuentran las blanquerías.» (Reports etc. for 30th April 1863, p. 40). ↩

  225. Nota a la 2.ª edición. Desde 1866, cuando escribí lo que figura en el texto, se ha producido de nuevo una reacción. ↩

  226. «La conducta de cada una de estas clases» (capitalistas y obreros) «ha sido el resultado de la situación relativa en que se las ha colocado.» (Reports etc. for 31st Oct. 1848, p. 113). ↩

  227. «Las ocupaciones sometidas a restricción estaban relacionadas con la fabricación de tejidos con ayuda de la fuerza del vapor o del agua. Había dos condiciones a las que una ocupación tenía que estar sujeta para ser inspeccionada, a saber, el empleo de la fuerza del vapor o del agua y la fabricación con determinadas fibras especificadas.» (Reports etc. for 31st October 1864, p. 8). ↩

  228. Sobre la situación de esta llamada industria doméstica, material extremadamente abundante en los últimos informes de la Children's Employment Commission. ↩

  229. «Las leyes de la última legislatura» (1864) «... abarcan una diversidad de ocupaciones cuyas costumbres difieren mucho, y el empleo de fuerza mecánica para mover la maquinaria ya no es, como antes, uno de los elementos necesarios para constituir, en lenguaje jurídico, una fábrica.» (Reports etc. for 31st Oct. 1864, p. 8). ↩

  230. Bélgica, el paraíso del liberalismo continental, tampoco muestra rastro alguno de este movimiento. Incluso en sus minas de carbón y de metales se consume a obreros de ambos sexos y de todas las edades con perfecta «libertad», durante cualquier tiempo y en cualquier período. De cada 1.000 personas empleadas en ellas, 733 son hombres, 88 mujeres, 135 muchachos y 44 muchachas menores de 16 años; en los altos hornos, etc., de cada 1.000: 668 hombres, 149 mujeres, 98 muchachos y 85 muchachas menores de 16 años. Añádase a esto un salario bajo por una explotación enorme de fuerzas de trabajo maduras e inmaduras, por término medio diario 2 chelines y 8 peniques para los hombres, 1 chelín y 8 peniques para las mujeres, 1 chelín y 2½ peniques para los muchachos. Pero a cambio Bélgica también ha duplicado aproximadamente en 1863, en comparación con 1850, la cantidad y el valor de su exportación de carbón, hierro, etc. ↩

  231. Cuando Robert Owen, poco después del primer decenio de este siglo, no solo defendió teóricamente la necesidad de limitar la jornada laboral, sino que implantó efectivamente la jornada de diez horas en su fábrica de New Lanark, se burlaron de ello como de una utopía comunista, exactamente igual que de su «combinación del trabajo productivo con la educación de los niños» y de las cooperativas obreras que él puso en marcha. Hoy la primera utopía es ley fabril, la segunda figura como frase oficial en todas las Factory Acts y la tercera sirve ya incluso de tapadera para estafas reaccionarias. ↩

  232. Ure (trad. francesa), Philosophie des Manufactures, París, 1836, t. II, pp. 39, 40, 67, 77, etc. ↩

  233. En el Compte rendu (informe) del «Congreso Internacional de Estadística de París, 1855» se dice, entre otras cosas: «La ley francesa, que limita a 12 horas la duración del trabajo diario en fábricas y talleres, no circunscribe este trabajo a determinadas horas fijas» (períodos de tiempo), «pues solo para el trabajo infantil se prescribe el período entre las 5 de la mañana y las 9 de la noche. Por eso una parte de los fabricantes se sirve del derecho que les da este funesto silencio para hacer trabajar sin interrupción día tras día, quizá con excepción de los domingos. Emplean para ello dos tandas distintas de obreros, ninguna de las cuales pasa más de 12 horas en el taller, pero la obra del establecimiento dura día y noche. La ley queda satisfecha, pero ¿lo queda también la humanidad?» Además de la «influencia destructiva del trabajo nocturno sobre el organismo humano», se subraya también «la influencia funesta de la asociación nocturna de ambos sexos en los mismos talleres mal iluminados». ↩

  234. (Nota de la traducción.) Rey de ratas (Rattenkönig): grupo de ratas con las colas enredadas sin remedio; de ahí, enredo inextricable. ↩

  235. «Por ejemplo, en mi distrito, en los mismos edificios fabriles, el mismo fabricante es blanqueador y tintorero bajo la “ley de blanquerías y tintorerías”, estampador bajo la “Printworks' Act” y aprestador bajo la “ley fabril”...» (Report of Mr. Baker, en Reports etc. for 31st Oct. 1861, p. 20). Tras enumerar las distintas disposiciones de estas leyes y la complicación que de ello se sigue, dice el señor Baker: «Se ve lo difícil que ha de ser asegurar el cumplimiento de estas 3 leyes del Parlamento si el propietario de la fábrica tiene a bien eludir la ley». Lo que con ello queda asegurado a los señores juristas son los pleitos. ↩

  236. Así se atreven por fin los inspectores fabriles a decir: «Estas objeciones» (del capital contra la limitación legal del tiempo de trabajo) «tienen que ceder ante el gran principio de los derechos del trabajo... hay un momento en que el derecho del patrono sobre el trabajo de su obrero cesa y el tiempo de este pasa a ser suyo, aunque no se tratara de agotamiento.» (Reports etc. for 31st Oct. 1862, p. 54). ↩

  237. «Nosotros, los obreros de Dunkirk, declaramos que la duración del tiempo de trabajo exigida bajo el sistema actual es excesiva y no deja al obrero tiempo alguno para el descanso y el desarrollo, sino que más bien lo rebaja a una condición de servidumbre poco mejor que la esclavitud (a condition of servitude but little better than slavery). Por eso hemos resuelto que 8 horas bastan para una jornada laboral y tienen que reconocerse legalmente como suficientes; que pedimos el apoyo de la prensa, esa poderosa palanca..., y que consideraremos a todos los que nieguen este apoyo como enemigos de la reforma del trabajo y de los derechos de los obreros.» (Resoluciones de los obreros de Dunkirk, estado de Nueva York, 1866). ↩

  238. Reports etc. for 31st Oct. 1848, p. 112. ↩

  239. «Estos procedimientos» (las maniobras del capital, por ejemplo, de 1848 a 1850) «han proporcionado, además, la prueba irrefutable de la falsedad de la afirmación tan a menudo sostenida de que los obreros no necesitan protección, sino que pueden considerarse agentes libres en la disposición de la única propiedad que poseen, el trabajo de sus manos y el sudor de su frente.» (Reports etc. for 30th April 1850, p. 45). «El trabajo libre, si así puede llamarse, necesita para protegerse, incluso en un país libre, el brazo fuerte de la ley.» (Reports etc. for 31st Oct. 1864, p. 34). «Permitir, lo que equivale a obligar..., trabajar 14 horas al día con o sin comidas, etc.» (Reports etc. for 30th April 1863, p. 40). ↩

  240. Friedrich Engels, «Die englische Zehnstundenbill», l. c., p. 5. ↩

  241. La ley de las diez horas, en las ramas industriales sometidas a ella, «ha salvado a los obreros de la degeneración completa y ha protegido su estado físico». (Reports etc. for 31st Oct. 1859, p. 47). «El capital» (en las fábricas) «nunca puede mantener la maquinaria en movimiento más allá de un período de tiempo limitado sin perjudicar la salud y la moral de los obreros empleados; y ellos no están en situación de protegerse a sí mismos.» (L. c., p. 8). ↩

  242. «Un beneficio todavía mayor es la distinción por fin establecida con claridad entre el tiempo propio del obrero y el de su patrono. El obrero sabe ahora cuándo termina el tiempo que vende y cuándo empieza el suyo propio, y, al tener un conocimiento seguro y anticipado de ello, puede disponer de antemano de sus propios minutos para sus propios fines.» (L. c., p. 52). «Al hacerlos dueños de su propio tiempo, ellas» (las leyes fabriles) «les han dado una energía moral que los encamina a la posesión final del poder político.» (L. c., p. 47). Con ironía contenida y en términos muy prudentes, los inspectores fabriles insinúan que la actual ley de las diez horas ha liberado también en cierta medida al capitalista de su brutalidad natural como mera encarnación del capital y le ha dado tiempo para alguna «cultura». Antes, «el patrono no tenía tiempo más que para el dinero; el criado no tenía tiempo más que para el trabajo». (L. c., p. 48). ↩

  243. (Nota de la traducción.) «¡Cuán distinto de aquel!» (Virgilio, Eneida, II, 274). ↩

  244. (Nota de la traducción.) Letras españolas: P = masa de la plusvalía (en el original, M, de Masse); p = plusvalía (Mehrwert; en el original, m); M = mercancía (Ware) y D = dinero (Geld). Las demás letras son las del original. ↩

  245. Esta ley elemental parece desconocida para los señores de la economía vulgar, que, Arquímedes al revés, creen haber encontrado en la determinación de los precios de mercado del trabajo por la oferta y la demanda el punto de apoyo, no para sacar al mundo de quicio, sino para pararlo. ↩

  246. Más detalles sobre esto en el «Libro cuarto». ↩

  247. «El trabajo, es decir, el tiempo económico, de la sociedad es una porción dada, digamos diez horas diarias de un millón de personas, o diez millones de horas… El capital tiene su límite de crecimiento. Este límite puede alcanzarse, en cualquier período dado, en la extensión real del tiempo económico empleado.» (An Essay on the Political Economy of Nations, Londres, 1821, pp. 47, 49.) ↩

  248. «El arrendatario no puede contar con su propio trabajo, y si lo hace, sostengo que sale perdiendo. Su ocupación debería ser una atención general al conjunto: hay que vigilar a su trillador, o pronto perderá su salario en grano sin trillar; hay que vigilar a sus segadores, guadañadores, etc.; debe recorrer constantemente sus cercas; debe comprobar que no haya descuido alguno, lo que ocurriría si estuviera confinado en un solo lugar.» (An Enquiry into the Connection between the Price of Provisions, and the Size of Farms etc. By a Farmer, Londres, 1773, p. 12.) Este escrito es muy interesante. En él puede estudiarse la génesis del capitalist farmer («arrendatario capitalista») o merchant farmer («arrendatario comerciante»), como se le llama expresamente, y escuchar su autoglorificación frente al small farmer («pequeño arrendatario»), al que lo que le importa esencialmente es la subsistencia. «La clase capitalista queda primero en parte y finalmente del todo liberada de la necesidad del trabajo manual.» (Textbook of Lectures on the Polit. Economy of Nations. By the Rev. Richard Jones, Hertford, 1852, Lecture III, p. 39.)
    (Nota de la traducción.) Así en la MEW; la 4.ª ed. dice «Herford». ↩

  249. La teoría molecular aplicada en la química moderna, desarrollada científicamente por primera vez por Laurent y Gerhardt, no se basa en ninguna otra ley. [Adición a la 3.ª ed.] Para explicar esta nota, bastante oscura para quien no sea químico, observamos que el autor habla aquí de las «series homólogas» de compuestos de carbono, así llamadas por primera vez por C. Gerhardt en 1843, cada una de las cuales tiene su propia fórmula algebraica de composición. Así, la serie de las parafinas: CₙH₂ₙ₊₂; la de los alcoholes normales: CₙH₂ₙ₊₂O; la de los ácidos grasos normales: CₙH₂ₙO₂, y muchas otras. En los ejemplos anteriores, por la simple adición cuantitativa de CH₂ a la fórmula molecular se forma cada vez un cuerpo cualitativamente distinto. Sobre la participación, sobrestimada por Marx, de Laurent y Gerhardt en el establecimiento de este importante hecho, véase Kopp, Entwicklung der Chemie, Múnich, 1873, pp. 709 y 716, y Schorlemmer, Rise and Development of Organic Chemistry, Londres, 1879, p. 54. —F. E.
    (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. y la MEW dan también para los alcoholes CₙH₂ₙ₊₂, errata evidente que corregimos. ↩

  250. Die Gesellschaft Monopolia («La sociedad Monopolia»), llama Martín Lutero a instituciones de este tipo. ↩

  251. Reports of Insp. of Fact. for 30th April 1849, p. 59. ↩

  252. L. c., p. 60. El inspector fabril Stuart, escocés él mismo y, a diferencia de los inspectores fabriles ingleses, preso por completo de la mentalidad capitalista, observa expresamente que esta carta, que incorpora a su informe, «es la comunicación más útil que haya hecho cualquiera de los fabricantes que emplean el sistema de relevos, y la más particularmente calculada para disipar los prejuicios y reparos contra ese sistema». ↩