Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción del capital. Primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1867. Se traduce de la cuarta edición alemana (1890), revisada por Friedrich Engels, según el texto de la MEW 23 (Berlín, 1962) cotejado con la MEGA II/10; las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras; las demás son de Marx o, entre corchetes con «— F. E.», de Engels. Texto original en alemán

Prólogos y epílogos · I · II · III · IV · V · VI · VII

Dedicatoria

Dedicado a mi inolvidable amigo, el audaz, fiel y noble paladín del proletariado

Wilhelm Wolff1

Nacido en Tarnau el 21 de junio de 1809. Muerto en el exilio, en Manchester, el 9 de mayo de 1864

Prólogo a la primera edición

Londres, 25 de julio de 1867. Publicado por primera vez en: Karl Marx, Das Kapital. Kritik der politischen Oekonomie. Erster Band, Hamburgo, 1867.

La obra cuyo primer tomo entrego al público es la continuación de mi escrito publicado en 1859, Contribución a la crítica de la economía política. La larga pausa entre el comienzo y la continuación se debe a una enfermedad de muchos años que interrumpió mi trabajo una y otra vez.

El contenido de aquel escrito anterior se resume en el primer capítulo de este tomo. No lo he hecho solo por razones de coherencia y para que la obra esté completa. La exposición ha mejorado. En la medida en que el asunto lo permitía, muchos puntos que antes solo se apuntaban se desarrollan aquí más a fondo, mientras que, a la inversa, lo que allí se desarrollaba por extenso aquí solo se apunta. Los apartados sobre la historia de la teoría del valor y del dinero desaparecen ahora, naturalmente, por completo. Pero el lector del escrito anterior encontrará en las notas al primer capítulo nuevas fuentes para la historia de aquella teoría.

Todo comienzo es difícil: esto vale para cualquier ciencia. La comprensión del primer capítulo, y en particular del apartado que contiene el análisis de la mercancía, será por eso la que más dificultad ofrezca. En lo que se refiere más concretamente al análisis de la sustancia del valor y de la magnitud de valor, he procurado hacerlo lo más asequible posible.2 La forma de valor, cuya figura acabada es la forma de dinero, es muy simple y pobre de contenido. Y sin embargo el espíritu humano lleva más de dos mil años intentando en vano desentrañarla, mientras que ha logrado, al menos aproximadamente, analizar formas mucho más ricas de contenido y más complicadas. ¿Por qué? Porque el cuerpo ya formado es más fácil de estudiar que la célula del cuerpo. Además, en el análisis de las formas económicas no sirven ni el microscopio ni los reactivos químicos. La fuerza de abstracción tiene que sustituir a ambos. Ahora bien, para la sociedad burguesa la forma de mercancía del producto del trabajo, o la forma de valor de la mercancía, es la forma celular económica. Al profano le parece que su análisis se pierde en meras sutilezas. Se trata, en efecto, de sutilezas, pero solo en el mismo sentido en que de ellas se trata en la anatomía micrológica.

Salvo el apartado sobre la forma de valor, por tanto, no se podrá acusar a este libro de ser difícil de entender. Supongo, naturalmente, lectores que quieran aprender algo nuevo y, por consiguiente, también pensar por sí mismos.

El físico observa los procesos naturales allí donde se presentan en la forma más nítida y menos enturbiada por influencias perturbadoras o, cuando es posible, hace experimentos en condiciones que garanticen el desarrollo puro del proceso. Lo que he de investigar en esta obra es el modo de producción capitalista y las relaciones de producción y de intercambio que le corresponden. Su sede clásica es hasta hoy Inglaterra. Esa es la razón de que me sirva de ilustración principal de mi desarrollo teórico. Pero si el lector alemán se encogiera de hombros con gesto fariseo ante la situación de los obreros industriales y agrícolas ingleses, o se tranquilizara con la idea optimista de que en Alemania las cosas no están ni mucho menos tan mal, tendría que gritarle: ¡De ti habla la fábula!3

En sí y por sí, no se trata del grado más o menos alto de desarrollo de los antagonismos sociales que brotan de las leyes naturales de la producción capitalista. Se trata de estas leyes mismas, de estas tendencias que actúan y se imponen con férrea necesidad. El país industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro.

Pero dejemos esto aparte. Allí donde la producción capitalista ha arraigado plenamente entre nosotros, por ejemplo en las fábricas propiamente dichas, la situación es mucho peor que en Inglaterra, porque falta el contrapeso de las leyes fabriles. En todas las demás esferas nos atormenta, como a todo el resto de la Europa occidental continental, no solo el desarrollo de la producción capitalista, sino también la falta de ese desarrollo. Además de las calamidades modernas nos agobia toda una serie de calamidades heredadas, que nacen de la supervivencia vegetativa de modos de producción arcaicos y caducos, con su séquito de relaciones sociales y políticas anacrónicas. No solo padecemos por los vivos, sino también por los muertos. ¡El muerto atrapa al vivo!4

Comparada con la inglesa, la estadística social de Alemania y del resto de la Europa occidental continental es miserable. Con todo, levanta el velo lo justo para dejar entrever tras él una cabeza de Medusa. Nos espantaríamos de nuestra propia situación si nuestros gobiernos y parlamentos nombraran, como en Inglaterra, comisiones periódicas de investigación sobre las condiciones económicas; si esas comisiones estuvieran dotadas, como en Inglaterra, de plenos poderes para buscar la verdad; si se lograra encontrar para ello hombres tan competentes, imparciales e implacables como los inspectores fabriles de Inglaterra, sus médicos informantes sobre la «Public Health» (salud pública), sus comisionados que investigan la explotación de las mujeres y los niños, las condiciones de vivienda y de alimentación, etc. Perseo necesitaba un yelmo de niebla para perseguir a los monstruos. Nosotros nos calamos el yelmo de niebla hasta los ojos y las orejas para poder negar la existencia de los monstruos.

No hay que engañarse. Así como la guerra de independencia americana del siglo XVIII tocó a rebato para la clase media europea, la guerra civil americana del siglo XIX ha tocado a rebato para la clase obrera europea. En Inglaterra el proceso de transformación se palpa con las manos. Al llegar a cierto punto culminante, tiene que repercutir en el continente. Allí adoptará formas más brutales o más humanas según el grado de desarrollo de la propia clase obrera. Prescindiendo de motivos más elevados, su propio interés exige, pues, a las clases hoy dominantes que eliminen todos los obstáculos legalmente controlables que traban el desarrollo de la clase obrera. Por eso, entre otras cosas, he dado en este tomo un lugar tan amplio a la historia, el contenido y los resultados de la legislación fabril inglesa. Una nación debe y puede aprender de otra. Aun cuando una sociedad haya dado con la pista de la ley natural de su movimiento —y el fin último de esta obra es, en efecto, desvelar la ley económica del movimiento de la sociedad moderna—, no puede saltarse fases naturales de desarrollo ni abolirlas por decreto. Pero sí puede abreviar y mitigar los dolores del parto.

Una palabra para evitar posibles malentendidos. No pinto en modo alguno de color de rosa las figuras del capitalista y del terrateniente. Pero aquí solo se trata de las personas en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadoras de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, que concibe el desarrollo de la formación económica de la sociedad como un proceso de historia natural, puede menos que ningún otro hacer responsable al individuo de unas relaciones de las que socialmente sigue siendo criatura, por mucho que subjetivamente se eleve sobre ellas.

En el terreno de la economía política, la libre investigación científica no solo se encuentra con el mismo enemigo que en todos los demás terrenos. La naturaleza peculiar de la materia que trata llama al campo de batalla contra ella a las pasiones más violentas, mezquinas y odiosas del pecho humano, a las furias del interés privado. La alta Iglesia anglicana, por ejemplo, perdona antes un ataque contra 38 de sus 39 artículos de fe que contra 1/39 de sus ingresos en dinero. Hoy en día el propio ateísmo es una culpa levis, una falta leve, comparado con la crítica de las relaciones de propiedad heredadas. Sin embargo, aquí es innegable un progreso. Remito, por ejemplo, al libro azul5 publicado en las últimas semanas: «Correspondence with Her Majesty's Missions Abroad, regarding Industrial Questions and Trades Unions». Los representantes de la Corona inglesa en el exterior declaran aquí sin rodeos que en Alemania, en Francia, en suma, en todos los Estados civilizados del continente europeo, una transformación de las relaciones existentes entre capital y trabajo es tan perceptible y tan inevitable como en Inglaterra. Al mismo tiempo, al otro lado del océano Atlántico, el señor Wade, vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamérica,6 declaraba en mítines públicos: ¡abolida la esclavitud, la transformación de las relaciones del capital y de la propiedad de la tierra pasa al orden del día! Son signos de los tiempos que no se dejan ocultar con mantos de púrpura ni con sotanas negras. No significan que mañana vayan a ocurrir milagros. Muestran cómo hasta en las clases dominantes empieza a alborear el presentimiento de que la sociedad actual no es un cristal sólido, sino un organismo capaz de transformarse y en constante proceso de transformación.

El segundo tomo de esta obra tratará del proceso de circulación del capital (libro II) y de las configuraciones del proceso en su conjunto (libro III); el tercero, que la cerrará (libro IV), de la historia de la teoría.

Todo juicio de crítica científica será bienvenido. Frente a los prejuicios de la llamada opinión pública, a la que nunca he hecho concesiones, sigue valiendo para mí la divisa del gran florentino:

¡Sigue tu camino y deja que la gente hable!7

Londres, 25 de julio de 1867

Karl Marx

Epílogo a la segunda edición

Londres, 24 de enero de 1873. Publicado por primera vez en: Karl Marx, Das Kapital. Kritik der politischen Oekonomie. Erster Band, segunda edición corregida, Hamburgo, 1872 [1873].

A los lectores de la primera edición les debo ante todo cuenta de los cambios introducidos en la segunda. Salta a la vista la división más clara del libro. Las notas añadidas se señalan en todas partes como notas a la segunda edición. En cuanto al texto mismo, lo más importante es lo siguiente:

En el capítulo I, 1, la derivación del valor mediante el análisis de las ecuaciones en que se expresa todo valor de cambio se lleva a cabo con mayor rigor científico, y del mismo modo se pone expresamente de relieve la conexión, solo apuntada en la primera edición, entre la sustancia del valor y la determinación de la magnitud de valor por el tiempo de trabajo socialmente necesario. El capítulo I, 3 (La forma de valor) ha sido reelaborado por completo, cosa que ya imponía la doble exposición de la primera edición. Dicho sea de paso, aquella doble exposición se debió a mi amigo el doctor L. Kugelmann, de Hannover.8 Me encontraba de visita en su casa en la primavera de 1867, cuando llegaron de Hamburgo las primeras pruebas de imprenta, y él me convenció de que la mayoría de los lectores necesitaba una explicación complementaria, más didáctica, de la forma de valor. El último apartado del primer capítulo, «El carácter fetichista de la mercancía, etc.», ha cambiado en gran parte. El capítulo III, 1 (Medida de los valores) ha sido revisado cuidadosamente, porque en la primera edición este apartado se había tratado con descuido, remitiendo a la explicación ya dada en la Contribución a la crítica de la economía política, Berlín, 1859. El capítulo VII, sobre todo su segunda parte, ha sido reelaborado considerablemente.

Sería inútil entrar en detalle en los cambios del texto aquí y allá, a menudo solo de estilo. Se extienden a todo el libro. Sin embargo, al revisar ahora la traducción francesa que se está publicando en París, encuentro que algunas partes del original alemán habrían requerido aquí una reelaboración más a fondo, allá mayores correcciones de estilo o también una eliminación más cuidadosa de descuidos ocasionales. Me faltó tiempo para ello, porque no recibí hasta el otoño de 1871, en medio de otros trabajos urgentes, la noticia de que el libro estaba agotado, mientras que la impresión de la segunda edición debía comenzar ya en enero de 1872.

La comprensión que El capital ha encontrado rápidamente en amplios círculos de la clase obrera alemana es la mejor recompensa de mi trabajo. Un hombre que en lo económico se sitúa en el punto de vista burgués, el señor Mayer, fabricante vienés, demostró certeramente en un folleto publicado durante la guerra franco-alemana que el gran sentido teórico que pasaba por herencia alemana se ha perdido por completo en las llamadas clases cultas de Alemania, y que, en cambio, revive en su clase obrera.

La economía política ha seguido siendo en Alemania, hasta el día de hoy, una ciencia extranjera. Gustav von Gülich, en su Exposición histórica del comercio, las industrias, etc., sobre todo en los dos primeros tomos de su obra, publicados en 1830, ya examinó en gran parte las circunstancias históricas que frenaron entre nosotros el desarrollo del modo de producción capitalista y, por tanto, también la construcción de la sociedad burguesa moderna. Faltaba, pues, el suelo vivo de la economía política. Se importó como mercancía acabada de Inglaterra y Francia; sus profesores alemanes siguieron siendo discípulos. La expresión teórica de una realidad ajena se convirtió en sus manos en una colección de dogmas, interpretados por ellos en el sentido del mundo pequeñoburgués que los rodeaba, es decir, malinterpretados. El sentimiento, no del todo reprimible, de impotencia científica, y la inquietante conciencia de tener que hacer de maestros de escuela en un terreno que en realidad les era extraño, se intentaron ocultar bajo el boato de la erudición histórico-literaria o mediante la mezcla de materias ajenas, tomadas de las llamadas ciencias camerales,9 un batiburrillo de conocimientos por cuyo purgatorio ha de pasar el desesperanzado10 candidato a la burocracia alemana.

Desde 1848 la producción capitalista se ha desarrollado rápidamente en Alemania y hoy da ya su floración especulativa. Pero la suerte siguió siendo igual de adversa a nuestros especialistas. Mientras pudieron cultivar la economía política sin prejuicios, faltaban en la realidad alemana las relaciones económicas modernas. En cuanto estas relaciones cobraron vida, fue en circunstancias que ya no permiten estudiarlas sin prejuicios dentro del horizonte burgués. En la medida en que es burguesa, es decir, en que concibe el orden capitalista no como una fase de desarrollo históricamente transitoria, sino, al revés, como la forma absoluta y última de la producción social, la economía política solo puede seguir siendo ciencia mientras la lucha de clases permanezca latente o se manifieste solo en fenómenos aislados.

Tomemos Inglaterra. Su economía política clásica pertenece al período en que la lucha de clases no se había desarrollado. Su último gran representante, Ricardo, convierte por fin conscientemente en punto de partida de sus investigaciones la oposición de los intereses de clase, del salario y la ganancia, de la ganancia y la renta de la tierra, al concebir ingenuamente esa oposición como ley natural de la sociedad. Pero con ello la ciencia burguesa de la economía había llegado también a su límite infranqueable. Ya en vida de Ricardo, y en oposición a él, se le enfrentó la crítica en la persona de Sismondi.11

El período siguiente, de 1820 a 1830, se distingue en Inglaterra por la vitalidad científica en el terreno de la economía política. Fue el período tanto de la vulgarización y difusión de la teoría ricardiana como de su lucha con la vieja escuela. Se celebraron torneos brillantes. Lo que entonces se hizo es poco conocido en el continente europeo, porque la polémica está dispersa en gran parte en artículos de revista, escritos de circunstancias y panfletos. El carácter desprejuiciado de esta polémica —aunque la teoría ricardiana sirve ya, excepcionalmente, de arma de ataque contra la economía burguesa— se explica por las circunstancias de la época. Por un lado, la gran industria misma apenas salía de su infancia, como lo prueba ya el hecho de que no abre el ciclo periódico de su vida moderna hasta la crisis de 1825. Por otro lado, la lucha de clases entre el capital y el trabajo quedaba relegada a un segundo plano: en lo político, por la contienda entre los gobiernos y los señores feudales agrupados en torno a la Santa Alianza y la masa popular dirigida por la burguesía; en lo económico, por la querella del capital industrial con la propiedad aristocrática de la tierra, que en Francia se ocultaba tras la oposición entre la propiedad parcelaria y la gran propiedad territorial, y en Inglaterra estalló abiertamente desde las leyes cerealistas. La literatura de economía política de Inglaterra recuerda durante este período a la época de Sturm und Drang económico de Francia tras la muerte del doctor Quesnay, pero solo como un veranillo de San Martín recuerda a la primavera. Con el año 1830 sobrevino la crisis decisiva de una vez por todas.

La burguesía había conquistado el poder político en Francia y en Inglaterra. Desde entonces la lucha de clases adoptó, en la práctica y en la teoría, formas cada vez más acusadas y amenazadoras. Tocó a muerto por la economía burguesa científica. Ya no se trataba de si tal o cual teorema era verdadero, sino de si era útil o dañino, cómodo o incómodo para el capital, de si iba o no contra el reglamento de policía. La investigación desinteresada dejó paso a la esgrima a sueldo; el examen científico sin prejuicios, a la mala conciencia y las malas intenciones de la apologética. Con todo, incluso los importunos folletitos que la Anti-Corn-Law League,12 con los fabricantes Cobden y Bright a la cabeza, lanzaba al mundo ofrecían, si no un interés científico, sí un interés histórico, por su polémica contra la aristocracia terrateniente. Pero también este último aguijón se lo arrancó a la economía vulgar la legislación librecambista a partir de sir Robert Peel.

La revolución continental de 1848 repercutió también en Inglaterra. Hombres que aún aspiraban a cierta relevancia científica y querían ser algo más que meros sofistas y sicofantes de las clases dominantes trataron de conciliar la economía política del capital con las reivindicaciones del proletariado, que ya no podían seguir ignorándose. De ahí un sincretismo sin espíritu, cuyo mejor representante es John Stuart Mill. Es una declaración de bancarrota de la economía «burguesa», que el gran sabio y crítico ruso N. Chernyshevski ya ha puesto magistralmente de relieve en su obra Esbozos de economía política según Mill.

En Alemania, pues, el modo de producción capitalista llegó a la madurez cuando su carácter antagónico ya se había revelado ruidosamente en Francia y en Inglaterra a través de luchas históricas, y cuando el proletariado alemán poseía ya una consciencia teórica de clase mucho más decidida que la burguesía alemana. Por eso, en el momento en que parecía hacerse posible aquí una ciencia burguesa de la economía política, ya se había vuelto imposible otra vez.

En estas circunstancias, sus portavoces se dividieron en dos filas. Unos, gente lista, ávida de ganancias y práctica, se agruparon bajo la bandera de Bastiat, el representante más superficial y por eso mismo más logrado de la apologética de la economía vulgar; los otros, orgullosos de la dignidad profesoral de su ciencia, siguieron a J. St. Mill en su intento de conciliar lo inconciliable. Como en la época clásica de la economía burguesa, también en la época de su decadencia los alemanes siguieron siendo meros discípulos, repetidores y seguidores, buhoneros al por menor del gran comercio extranjero.

El peculiar desarrollo histórico de la sociedad alemana excluía, pues, aquí todo perfeccionamiento original de la economía «burguesa», pero no su… crítica. En la medida en que tal crítica representa a una clase, solo puede representar a la clase cuya misión histórica es la transformación revolucionaria del modo de producción capitalista y la abolición final de las clases: el proletariado.

Los portavoces doctos e indoctos de la burguesía alemana intentaron primero matar El capital con el silencio, como habían logrado hacer con mis escritos anteriores. En cuanto esta táctica dejó de corresponder a las circunstancias de la época, escribieron, con el pretexto de criticar mi libro, instrucciones «para tranquilizar la conciencia burguesa», pero encontraron en la prensa obrera —véanse, por ejemplo, los artículos de Joseph Dietzgen en el Volksstaat— adalides superiores a quienes todavía hoy deben la respuesta.13

En la primavera de 1872 apareció en San Petersburgo una excelente traducción rusa de El capital. La tirada de 3000 ejemplares está ya casi agotada. Ya en 1871 el señor N. Sieber,14 profesor de economía política en la Universidad de Kiev, había demostrado en su escrito La teoría del valor y del capital de D. Ricardo, etc. que mi teoría del valor, del dinero y del capital es, en sus rasgos fundamentales, la continuación necesaria de la doctrina de Smith y Ricardo. Lo que sorprende al europeo occidental al leer su sólido libro es la fidelidad consecuente al punto de vista puramente teórico.

El método empleado en El capital ha sido poco comprendido, como ya lo prueban las concepciones contradictorias que de él se tienen.

Así, la Revue Positiviste de París me reprocha, por una parte, que trato la economía de manera metafísica y, por otra —¡adivínenlo!—, que me limito a descomponer críticamente lo dado, en lugar de recetar fórmulas (¿comtianas?) para los figones del porvenir. Contra el reproche de metafísica observa el profesor Sieber:

«En lo que respecta a la teoría propiamente dicha, el método de Marx es el método deductivo de toda la escuela inglesa, cuyos defectos y virtudes son comunes a los mejores economistas teóricos.»

El señor M. Block —Les Théoriciens du Socialisme en Allemagne. Extrait du Journal des Économistes, juillet et août 1872— descubre que mi método es analítico y dice, entre otras cosas:

«Con esta obra, el señor Marx se sitúa entre los espíritus analíticos más eminentes.»

Los recensionistas alemanes, naturalmente, ponen el grito en el cielo contra la sofística hegeliana. El Mensajero de Europa15 de San Petersburgo, en un artículo dedicado exclusivamente al método de El capital (número de mayo de 1872, pp. 427-436), encuentra que mi método de investigación es estrictamente realista, pero mi método de exposición, por desgracia, dialéctico a la alemana. Dice:

«A primera vista, si se juzga por la forma externa de la exposición, Marx es el mayor de los filósofos idealistas, y además en el sentido alemán, es decir, en el mal sentido de la palabra. Pero en realidad es infinitamente más realista que todos sus predecesores en el oficio de la crítica económica… No se le puede llamar idealista en modo alguno.»

No puedo responder mejor al señor autor16 que con algunos extractos de su propia crítica, que además pueden interesar a algunos de mis lectores para quienes el original ruso es inaccesible.

Tras citar mi prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, Berlín, 1859, pp. IV-VII,17 donde expuse la base materialista de mi método, el señor autor prosigue:

«Para Marx solo una cosa es importante: encontrar la ley de los fenómenos de cuya investigación se ocupa. Y no solo le importa la ley que los rige en la medida en que tienen una forma acabada y están en una conexión tal como la que se observa en un período de tiempo dado. Para él importa además, y sobre todo, la ley de su cambio, de su desarrollo, es decir, el paso de una forma a otra, de un orden de conexión a otro. Una vez que ha descubierto esta ley, investiga en detalle las consecuencias en que se manifiesta en la vida social… En consecuencia, Marx solo se esfuerza por una cosa: demostrar, mediante una investigación científica exacta, la necesidad de determinados órdenes de relaciones sociales y constatar, del modo más irreprochable posible, los hechos que le sirven de punto de partida y de apoyo. Para ello le basta plenamente con demostrar, junto con la necesidad del orden actual, la necesidad de otro orden en el que el primero tiene que transformarse inevitablemente, sin que importe en absoluto que los hombres lo crean o no lo crean, que sean conscientes de ello o no lo sean. Marx considera el movimiento social como un proceso de historia natural regido por leyes que no solo son independientes de la voluntad, la conciencia y la intención de los hombres, sino que, por el contrario, determinan su querer, su conciencia y sus intenciones… Si el elemento consciente desempeña un papel tan subordinado en la historia de la cultura, se comprende por sí mismo que la crítica cuyo objeto es la cultura misma no puede tener por fundamento, menos que ninguna otra cosa, una forma o un resultado cualquiera de la conciencia. Es decir, no la idea, sino solo el fenómeno externo puede servirle de punto de partida. La crítica se limitará a comparar y confrontar un hecho no con la idea, sino con el otro hecho. Para ella solo importa que ambos hechos se investiguen con la mayor exactitud posible y que constituyan realmente, el uno frente al otro, momentos distintos del desarrollo; pero importa sobre todo que se investigue con no menor exactitud la serie de los órdenes, la sucesión y el enlace en que aparecen las fases de desarrollo. Pero, se dirá, las leyes generales de la vida económica son unas y las mismas, tanto da que se apliquen al presente o al pasado. Eso es precisamente lo que Marx niega. Según él, tales leyes abstractas no existen… En su opinión, por el contrario, cada período histórico tiene sus propias leyes… En cuanto la vida ha dejado atrás un período de desarrollo dado, en cuanto pasa de un estadio dado a otro, empieza también a regirse por otras leyes. En una palabra, la vida económica nos ofrece un fenómeno análogo a la historia de la evolución en otros dominios de la biología… Los viejos economistas desconocían la naturaleza de las leyes económicas cuando las comparaban con las leyes de la física y de la química… Un análisis más profundo de los fenómenos demostró que los organismos sociales se distinguen entre sí tan radicalmente como los organismos vegetales y animales… Más aún: un mismo fenómeno está sujeto a leyes completamente distintas a causa de la distinta estructura general de aquellos organismos, de la diferencia de sus órganos particulares, de la diversidad de las condiciones en que funcionan, etc. Marx niega, por ejemplo, que la ley de la población sea la misma en todos los tiempos y en todos los lugares. Asegura, por el contrario, que cada fase de desarrollo tiene su propia ley de población… Con el distinto desarrollo de la fuerza productiva cambian las relaciones y las leyes que las regulan. Al proponerse el objetivo de investigar y explicar desde este punto de vista el orden económico capitalista, Marx no hace más que formular con rigor científico el objetivo que debe tener toda investigación exacta de la vida económica… El valor científico de tal investigación reside en el esclarecimiento de las leyes particulares que regulan el nacimiento, la existencia, el desarrollo y la muerte de un organismo social dado y su sustitución por otro superior. Y ese valor lo tiene, en efecto, el libro de Marx.»

Al describir de modo tan certero lo que él llama mi verdadero método y, en lo que atañe a mi aplicación personal de este, de modo tan benévolo, ¿qué otra cosa ha descrito el señor autor sino el método dialéctico?

Ciertamente, el modo de exposición tiene que distinguirse formalmente del modo de investigación. La investigación tiene que apropiarse en detalle de la materia, analizar sus distintas formas de desarrollo y rastrear su nexo interno. Solo después de concluido ese trabajo puede exponerse adecuadamente el movimiento real. Si esto se logra y la vida de la materia se refleja ahora idealmente, puede parecer que se tiene delante una construcción a priori.

Mi método dialéctico no solo es, en su fundamento, distinto del hegeliano, sino que es su opuesto directo. Para Hegel el proceso del pensamiento, al que bajo el nombre de idea llega a convertir incluso en un sujeto independiente, es el demiurgo de lo real, que no es más que su manifestación externa. Para mí, a la inversa, lo ideal no es otra cosa que lo material traspuesto y traducido en la cabeza del hombre.

Critiqué el lado mistificador de la dialéctica hegeliana hace casi treinta años,18 en una época en que todavía estaba de moda. Pero precisamente cuando yo elaboraba el primer tomo de El capital, los epígonos gruñones, presuntuosos y mediocres que hoy llevan la voz cantante en la Alemania culta se complacían en tratar a Hegel como el buen Moses Mendelssohn trató a Spinoza en tiempos de Lessing, es decir, como a un «perro muerto».19 Por eso me declaré abiertamente discípulo de aquel gran pensador, y hasta coqueteé aquí y allá, en el capítulo sobre la teoría del valor, con el modo de expresión que le es propio. La mistificación que sufre la dialéctica en manos de Hegel no impide en modo alguno que él haya sido el primero en exponer sus formas generales de movimiento de manera amplia y consciente. En él la dialéctica está cabeza abajo. Hay que darle la vuelta para descubrir el núcleo racional dentro de la envoltura mística.

En su forma mistificada, la dialéctica se puso de moda en Alemania porque parecía glorificar lo existente. En su figura racional es un escándalo y una abominación para la burguesía y sus portavoces doctrinarios, porque en la comprensión positiva de lo existente incluye a la vez la comprensión de su negación, de su ocaso necesario; porque concibe toda forma devenida en el fluir del movimiento y, por tanto, también por su lado perecedero; porque no se deja imponer por nada y es, por su esencia, crítica y revolucionaria.

El movimiento contradictorio de la sociedad capitalista se hace sentir al burgués práctico de la manera más contundente en las vicisitudes del ciclo periódico que recorre la industria moderna y en su punto culminante: la crisis general. Esta vuelve a estar en marcha, aunque todavía se halla en sus fases preliminares, y por la universalidad de su escenario y por la intensidad de sus efectos hará que les entre la dialéctica a la fuerza incluso a los afortunados advenedizos del nuevo sacro imperio prusiano-alemán.

Londres, 24 de enero de 1873

Karl Marx

Carta a Maurice La Châtre (prólogo a la edición francesa)

Londres, 18 de marzo de 1872. El original francés se publicó en facsímil del manuscrito en: Karl Marx, Le Capital, París, Lachâtre, [1872-1875]; se traduce aquí de la versión alemana de la MEW, tomo 23.

Londres, 18 de marzo de 1872

Al ciudadano Maurice La Châtre20

¡Estimado ciudadano!

Celebro su idea de publicar la traducción de El capital por entregas periódicas. En esta forma la obra será más accesible a la clase obrera, y esta consideración pesa para mí más que todas las demás.

Esa es la cara de su medalla; pero he aquí también la cruz: el método de investigación que he empleado, y que todavía no se había aplicado a los problemas económicos, hace bastante difícil la lectura de los primeros capítulos, y es de temer que el público francés, siempre impaciente por llegar al resultado y ávido de conocer la conexión entre los principios generales y las cuestiones que le apasionan de inmediato, se desanime porque no pueda avanzar enseguida.

Es un inconveniente contra el que no puedo hacer otra cosa que advertir y prevenir de antemano a los lectores que buscan la verdad. En la ciencia no hay calzadas reales, y solo tienen esperanza de alcanzar sus cumbres luminosas quienes no temen la fatiga de escalar sus senderos escarpados.

Karl Marx

Advertencia al lector (epílogo a la edición francesa)

Londres, 28 de abril de 1875. Publicado en: Karl Marx, Le Capital, traducción de J. Roy enteramente revisada por el autor, París, Maurice Lachâtre et Cie, [1872-1875].

El señor J. Roy se había comprometido a dar una traducción lo más exacta e incluso literal posible; ha cumplido escrupulosamente su tarea. Pero sus mismos escrúpulos me han obligado a modificar la redacción para hacerla más accesible al lector. Estas modificaciones, hechas día a día, puesto que el libro se publicaba por entregas, se han llevado a cabo con desigual atención y han tenido que producir discordancias de estilo.

Una vez emprendido este trabajo de revisión, me vi llevado a aplicarlo también al fondo del texto original (la segunda edición alemana): a simplificar algunos desarrollos, a completar otros, a aportar materiales históricos o estadísticos adicionales, a añadir observaciones críticas, etc. Sean cuales sean, pues, las imperfecciones literarias de esta edición francesa, posee un valor científico independiente del original y debe consultarla incluso el lector familiarizado con la lengua alemana.

Doy a continuación las partes del epílogo a la segunda edición alemana que tratan del desarrollo de la economía política en Alemania y del método empleado en esta obra.21

Londres, 28 de abril de 1875.

Karl Marx

Prólogo a la tercera edición

Londres, 7 de noviembre de 1883. Publicado por primera vez en: Karl Marx, Das Kapital, Erster Band, tercera edición aumentada, Hamburgo, 1883.

A Marx no le fue dado dejar lista para la imprenta esta tercera edición. El poderoso pensador, ante cuya grandeza se inclinan ahora también sus adversarios, murió el 14 de marzo de 1883.

Sobre mí, que perdí en él al amigo de cuarenta años, al mejor y más inquebrantable de los amigos, al amigo a quien debo más de lo que puede decirse con palabras, sobre mí recayó entonces el deber de cuidar la publicación tanto de esta tercera edición como del segundo tomo, que dejó manuscrito. Debo rendir cuentas aquí al lector de cómo he cumplido la primera parte de este deber.

Al principio Marx se proponía reelaborar en gran parte el texto del primer tomo, formular con más precisión algunos puntos teóricos, introducir otros nuevos y completar el material histórico y estadístico hasta la fecha más reciente. Su estado de salud y el apremio por llegar a la redacción final del segundo tomo le hicieron renunciar a ello. Solo debía cambiarse lo más necesario e introducirse únicamente los añadidos que ya contenía la edición francesa aparecida entretanto (Le Capital. Par Karl Marx, París, Lachâtre, 1873).

En efecto, entre sus papeles se encontró un ejemplar alemán corregido por él en algunos pasajes y provisto de remisiones a la edición francesa, y también un ejemplar francés en el que había señalado con exactitud los pasajes que debían utilizarse. Estos cambios y añadidos se limitan, con pocas excepciones, a la última parte del libro, la sección «El proceso de acumulación del capital». Aquí el texto anterior seguía más que en otras partes el primer borrador, mientras que las secciones anteriores habían sido reelaboradas más a fondo. Por eso el estilo era más vivo, más de una pieza, pero también más descuidado, salpicado de anglicismos y en algunos pasajes poco claro; la marcha de la exposición presentaba aquí y allá lagunas, pues algunos momentos importantes solo estaban apuntados.

En cuanto al estilo, Marx había revisado él mismo a fondo varias subsecciones, y con ello, así como con frecuentes indicaciones orales, me había dado la medida de hasta dónde podía llegar en la supresión de términos técnicos ingleses y demás anglicismos. Los añadidos y complementos, Marx los habría reelaborado sin duda y habría sustituido el francés fluido por su propio alemán conciso; yo tuve que contentarme con trasladarlos ciñéndome lo más posible al texto original.

En esta tercera edición, por tanto, no se ha cambiado ni una palabra que yo no sepa con certeza que el autor mismo habría cambiado. No podía ocurrírseme introducir en El capital la jerga corriente en que suelen expresarse los economistas alemanes, ese galimatías en el que, por ejemplo, quien se hace dar el trabajo de otros a cambio de dinero contante se llama Arbeitgeber («dador de trabajo»), y Arbeitnehmer («tomador de trabajo») aquel cuyo trabajo le es tomado a cambio de un salario.22 También en francés se usa travail en la vida corriente en el sentido de «ocupación». Pero los franceses tendrían con razón por loco al economista que quisiera llamar al capitalista donneur de travail y al obrero receveur de travail.

Tampoco me he permitido reducir a sus equivalentes neoalemanes las monedas, medidas y pesos ingleses que se usan en todo el texto. Cuando apareció la primera edición había en Alemania tantas clases de medidas y pesos como días tiene el año; además, dos clases de marcos (el marco imperial solo existía entonces en la cabeza de Soetbeer, que lo inventó a finales de los años treinta), dos clases de florines y por lo menos tres clases de táleros, uno de ellos con el «nuevo dos tercios» por unidad. En las ciencias naturales dominaban las medidas y pesos métricos; en el mercado mundial, los ingleses. En tales circunstancias, las unidades de medida inglesas eran lo natural para un libro que se veía obligado a tomar sus pruebas de hecho casi exclusivamente de las condiciones industriales inglesas. Y esta última razón sigue siendo decisiva todavía hoy, tanto más cuanto que las condiciones correspondientes en el mercado mundial apenas han cambiado y que, sobre todo en las industrias determinantes —el hierro y el algodón—, siguen dominando casi exclusivamente las medidas y pesos ingleses.

Por último, una palabra sobre la manera de citar de Marx, poco comprendida. En los datos y descripciones puramente fácticos, las citas, por ejemplo de los libros azules ingleses, sirven evidentemente de simples pruebas documentales. Otra cosa ocurre allí donde se citan opiniones teóricas de otros economistas. Aquí la cita solo debe dejar sentado dónde, cuándo y por quién se formuló claramente por primera vez una idea económica que surge en el curso de la exposición. Lo único que importa es que la concepción económica en cuestión tenga importancia para la historia de la ciencia, que sea la expresión teórica más o menos adecuada de la situación económica de su tiempo. Pero que esa concepción conserve aún validez absoluta o relativa desde el punto de vista del autor, o que haya pasado ya por completo a la historia, no importa en absoluto. Estas citas forman, pues, solo un comentario continuo al texto, tomado de la historia de la ciencia económica, y fijan por fecha y autor los diversos progresos más importantes de la teoría económica. Y eso era muy necesario en una ciencia cuyos historiadores solo se han distinguido hasta ahora por una ignorancia tendenciosa, casi de arribista. Se comprenderá ahora también por qué Marx, de acuerdo con el epílogo a la segunda edición, solo muy excepcionalmente llega a citar a economistas alemanes.

Es de esperar que el segundo tomo pueda aparecer en el curso del año 1884.

Londres, 7 de noviembre de 1883

Friedrich Engels

Prólogo a la edición inglesa

[Londres,] 5 de noviembre de 1886. Publicado por primera vez en: Karl Marx, Capital: A Critical Analysis of Capitalist Production, vol. I, Londres, Swan Sonnenschein, Lowrey & Co., 1887. Escrito por Engels en inglés; se traduce del texto de esa edición.

La publicación de una versión inglesa de Das Kapital no necesita justificación. Al contrario, cabría esperar una explicación de por qué esta versión inglesa se ha retrasado hasta ahora, cuando desde hace algunos años las teorías defendidas en este libro se mencionan, atacan y defienden, interpretan y tergiversan constantemente en la prensa periódica y en la literatura de actualidad de Inglaterra y de América.

Cuando, poco después de la muerte del autor en 1883, se vio que una edición inglesa de la obra era realmente necesaria, el señor Samuel Moore, amigo durante muchos años de Marx y de quien esto escribe, y que conoce quizá el libro mismo mejor que nadie, accedió a emprender la traducción que los albaceas literarios de Marx deseaban presentar al público. Se convino en que yo cotejaría el manuscrito con la obra original y propondría los cambios que considerara aconsejables. Cuando poco a poco se vio que las ocupaciones profesionales del señor Moore le impedían terminar la traducción tan deprisa como todos deseábamos, aceptamos con gusto el ofrecimiento del doctor Aveling de encargarse de una parte del trabajo; al mismo tiempo, la señora Aveling, la hija menor de Marx, se ofreció a comprobar las citas y a restituir el texto original de los numerosos pasajes tomados de autores ingleses y de libros azules y traducidos al alemán por Marx. Así se ha hecho en todo el libro, con solo unas pocas excepciones inevitables.

Las siguientes partes del libro las ha traducido el doctor Aveling: 1) los capítulos X (La jornada laboral) y XI (Tasa y masa de la plusvalía); 2) la parte VI (El salario, que comprende los capítulos XIX a XXII); 3) desde el capítulo XXIV, sección 4 (Circunstancias que, etc.), hasta el final del libro, lo que comprende la última parte del capítulo XXIV, el capítulo XXV y toda la parte VIII (capítulos XXVI a XXXIII);23 4) los dos prólogos del autor. Todo el resto del libro lo ha hecho el señor Moore. Así, aunque cada uno de los traductores solo es responsable de su parte del trabajo, yo comparto la responsabilidad del conjunto.

La tercera edición alemana, que ha servido de base a todo nuestro trabajo, la preparé yo en 1883 con ayuda de las notas dejadas por el autor, que indicaban los pasajes de la segunda edición que debían sustituirse por determinados pasajes del texto francés publicado en 1873.24 Los cambios así introducidos en el texto de la segunda edición coincidían en general con los prescritos por Marx en una serie de instrucciones manuscritas para una traducción inglesa que se proyectó hace unos diez años en América, pero que se abandonó sobre todo por falta de un traductor competente y adecuado. Este manuscrito nos lo puso a disposición nuestro viejo amigo el señor F. A. Sorge, de Hoboken (Nueva Jersey). Indica algunas interpolaciones más de la edición francesa; pero, como es tantos años anterior a las instrucciones definitivas para la tercera edición, no me he considerado autorizado a utilizarlo sino con moderación, y sobre todo en los casos en que nos ayudaba a salvar dificultades. Del mismo modo, en la mayoría de los pasajes difíciles se ha recurrido al texto francés como indicador de lo que el autor mismo estaba dispuesto a sacrificar dondequiera que hubiera que sacrificar en la traducción algo del pleno alcance del original.

Hay, sin embargo, una dificultad que no hemos podido ahorrar al lector: el empleo de ciertos términos en un sentido distinto del que tienen no solo en la vida corriente, sino en la economía política ordinaria. Pero era inevitable. Todo aspecto nuevo de una ciencia implica una revolución en los términos técnicos de esa ciencia. Lo muestra mejor que nada la química, donde toda la terminología cambia radicalmente más o menos cada veinte años y donde apenas se encontrará un compuesto orgánico que no haya pasado por toda una serie de nombres distintos. La economía política se ha contentado por lo general con tomar tal como eran los términos de la vida comercial e industrial y con operar con ellos, sin ver en absoluto que, al hacerlo, se encerraba en el estrecho círculo de ideas que esos términos expresan. Así, aunque sabía perfectamente que tanto la ganancia como la renta no son más que subdivisiones, fragmentos de esa parte no pagada del producto que el obrero tiene que entregar a su patrono (su primer apropiador, aunque no su último y exclusivo poseedor), ni siquiera la economía política clásica fue nunca más allá de las nociones recibidas de ganancia y renta, nunca examinó esa parte no pagada del producto (llamada por Marx plusproducto) en su integridad, como un todo, y por eso nunca llegó a comprender con claridad ni su origen y naturaleza ni las leyes que regulan la distribución ulterior de su valor. Del mismo modo, toda industria que no sea agrícola o artesanal se engloba indistintamente en el término «manufacture», y con ello se borra la distinción entre dos grandes períodos de la historia económica, esencialmente distintos: el período de la manufactura propiamente dicha, basado en la división del trabajo manual, y el período de la industria moderna, basado en la maquinaria. Pero es evidente que una teoría que ve en la producción capitalista moderna una mera fase transitoria de la historia económica de la humanidad tiene que emplear términos distintos de los habituales en escritores que consideran esa forma de producción imperecedera y definitiva.

No estará quizá fuera de lugar una palabra sobre el método de citar del autor. En la mayoría de los casos, las citas sirven, de la manera habitual, como pruebas documentales en apoyo de las afirmaciones hechas en el texto. Pero en muchos casos se citan pasajes de escritores económicos para indicar cuándo, dónde y por quién se enunció claramente por primera vez una determinada proposición. Esto se hace en los casos en que la proposición citada importa como expresión más o menos adecuada de las condiciones de producción e intercambio sociales que prevalecían en la época, y con total independencia de que Marx reconozca o no su validez general. Estas citas, por tanto, acompañan el texto con un comentario continuo tomado de la historia de la ciencia.

Nuestra traducción comprende solo el primer libro de la obra. Pero este primer libro es en gran medida un todo en sí mismo y durante veinte años ha pasado por una obra independiente. El segundo libro, que edité en alemán en 1885, está decididamente incompleto sin el tercero, que no podrá publicarse antes de finales de 1887. Cuando el libro III haya salido en el original alemán, será lo bastante pronto para pensar en preparar una edición inglesa de ambos.

En el continente se llama a menudo a Das Kapital «la Biblia de la clase obrera». Que las conclusiones a que se llega en esta obra se están convirtiendo cada día más en los principios fundamentales del gran movimiento de la clase obrera, no solo en Alemania y Suiza, sino en Francia, en Holanda y Bélgica, en América e incluso en Italia y España; que en todas partes la clase obrera reconoce cada vez más en esas conclusiones la expresión más adecuada de su situación y de sus aspiraciones, nadie que conozca ese movimiento lo negará. Y también en Inglaterra las teorías de Marx ejercen en este mismo momento una poderosa influencia sobre el movimiento socialista, que se extiende entre las filas de la gente «culta» no menos que entre las de la clase obrera. Pero eso no es todo. Se acerca rápidamente el momento en que un examen a fondo de la situación económica de Inglaterra se impondrá como una necesidad nacional irresistible. El funcionamiento del sistema industrial de este país, imposible sin una extensión constante y rápida de la producción y, por tanto, de los mercados, está llegando a un punto muerto. El librecambio ha agotado sus recursos; hasta Manchester duda de lo que antaño fue su evangelio económico.25 La industria extranjera, en rápido desarrollo, planta cara a la producción inglesa en todas partes, no solo en los mercados protegidos, sino también en los neutrales, e incluso a este lado del Canal. Mientras la fuerza productiva crece en progresión geométrica, la extensión de los mercados avanza, en el mejor de los casos, en progresión aritmética. El ciclo decenal de estancamiento, prosperidad, sobreproducción y crisis, que se repitió una y otra vez de 1825 a 1867, parece en efecto haber concluido su carrera, pero solo para dejarnos en el cenagal del desaliento26 de una depresión permanente y crónica. El suspirado período de prosperidad no llegará; cuantas veces creemos percibir sus síntomas precursores, otras tantas vuelven a desvanecerse en el aire. Entretanto, cada invierno que pasa vuelve a plantear la gran pregunta: «¿qué hacer con los parados?». Pero mientras el número de parados no deja de crecer año tras año, no hay nadie que responda a esa pregunta; y casi podemos calcular el momento en que los parados, perdida la paciencia, tomarán su destino en sus propias manos. En un momento así debería escucharse, sin duda, la voz de un hombre cuya teoría entera es el resultado de toda una vida de estudio de la historia y la situación económicas de Inglaterra, y a quien ese estudio llevó a la conclusión de que, al menos en Europa, Inglaterra es el único país donde la inevitable revolución social podría llevarse a cabo enteramente por medios pacíficos y legales. Cierto que nunca olvidó añadir que apenas esperaba que las clases dominantes inglesas se sometieran a esa revolución pacífica y legal sin una «rebelión esclavista».27

Friedrich Engels

5 de noviembre de 1886

Prólogo a la cuarta edición

Londres, 25 de junio de 1890. Publicado por primera vez en: Karl Marx, Das Kapital, Erster Band, cuarta edición revisada, Hamburgo, 1890.

La cuarta edición me exigía fijar el texto y las notas de la manera más definitiva posible. He aquí, en pocas palabras, cómo he cumplido esta exigencia.

Tras comparar de nuevo la edición francesa y las notas manuscritas de Marx, he incorporado al texto alemán algunos añadidos más tomados de aquella. Se encuentran en la p. 80 (tercera edición, p. 88), pp. 458-460 (tercera, pp. 509-510), pp. 547-551 (tercera, p. 600), pp. 591-593 (tercera, p. 644) y p. 596 (tercera, p. 648), en la nota 79.28 Asimismo, siguiendo el ejemplo de las ediciones francesa e inglesa, he pasado al texto la larga nota sobre los mineros (tercera ed., pp. 509-515) (cuarta ed., pp. 461-467). Los demás pequeños cambios son de naturaleza puramente técnica.

He añadido además algunas notas aclaratorias, sobre todo allí donde parecían exigirlo las circunstancias históricas cambiadas. Todas estas notas añadidas van entre corchetes y llevan mis iniciales o «D. H.».29

Una revisión completa de las numerosas citas se había hecho necesaria a causa de la edición inglesa aparecida entretanto. Para ella, la hija menor de Marx, Eleanor, se tomó el trabajo de cotejar con los originales todos los pasajes citados, de modo que en las citas de fuentes inglesas, que son con mucho las más numerosas, no aparece allí una retraducción del alemán, sino el propio texto original inglés. Me correspondía, pues, consultar ese texto para la cuarta edición. Al hacerlo se encontraron diversas pequeñas inexactitudes. Referencias a números de página equivocados, en parte por errores al copiar de los cuadernos, en parte por erratas acumuladas en el curso de tres ediciones. Comillas o puntos suspensivos mal colocados, como es inevitable cuando se cita en masa de cuadernos de extractos. Aquí y allá, una palabra de la traducción no del todo bien elegida. Algunos pasajes citados de los viejos cuadernos de París de 1843-1845, cuando Marx aún no sabía inglés y leía a los economistas ingleses en traducción francesa; en ellos, a la doble traducción correspondía un ligero cambio de matiz, por ejemplo en Steuart, Ure y otros, y ahora había que utilizar el texto inglés. Y otras pequeñas inexactitudes y descuidos por el estilo. Pero si se compara la cuarta edición con las anteriores, uno se convencerá de que todo este laborioso proceso de corrección no ha cambiado en el libro absolutamente nada que merezca mencionarse. Solo una cita no ha podido encontrarse, la de Richard Jones (4.ª ed., p. 562, nota 47); probablemente Marx se equivocó al escribir el título del libro. Todas las demás conservan su plena fuerza probatoria, o la refuerzan en su forma exacta actual.

Pero aquí me veo obligado a volver sobre una vieja historia.

Solo conozco, en efecto, un caso en que se haya puesto en duda la exactitud de una cita de Marx. Como se ha prolongado hasta después de la muerte de Marx, no puedo pasarlo por alto aquí.

En la Concordia de Berlín, órgano de la Liga de Fabricantes Alemanes, apareció el 7 de marzo de 1872 un artículo anónimo: «Cómo cita Karl Marx». En él se afirmaba, con un derroche desmesurado de indignación moral y de expresiones poco parlamentarias, que la cita del discurso de Gladstone sobre el presupuesto del 16 de abril de 1863 (en el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores de 1864, y repetida en El capital, I, p. 617 de la cuarta edición, pp. 670-671 de la tercera) estaba falseada. La frase «este embriagador aumento de riqueza y de poder… está enteramente limitado a las clases poseedoras» no figuraría, ni una palabra de ella, en el acta taquigráfica (cuasioficial) de Hansard.30 «Pero esta frase no se encuentra en ninguna parte del discurso de Gladstone. En él se dice precisamente lo contrario.» (En negrita:) «¡Marx ha añadido la frase mintiendo, en la forma y en el fondo!»

Marx, a quien le enviaron ese número de la Concordia en el mes de mayo siguiente, respondió al anónimo en el Volksstaat del 1 de junio. Como ya no recordaba por qué reseña periodística había citado, se limitó a mostrar primero la misma cita, en idénticos términos, en dos escritos ingleses, y a citar después la reseña del Times, según la cual Gladstone dice:

«Este es el estado de la cuestión en lo que respecta a la riqueza de este país. Debo decir por mi parte que miraría casi con aprensión y con pena este embriagador aumento de riqueza y de poder si creyera que se limita a las clases que viven con desahogo. Esto no tiene en cuenta en absoluto la situación de la población trabajadora. El aumento que he descrito, y que se basa, creo, en datos exactos, es un aumento enteramente limitado a las clases propietarias.»

Así pues, Gladstone dice aquí que lamentaría que así fuera, pero que es así: este embriagador aumento de poder y de riqueza está enteramente limitado a las clases poseedoras. Y en cuanto al cuasioficial Hansard, Marx dice además: «En su edición, chapuceramente arreglada aquí a posteriori, el señor Gladstone tuvo la astucia de escamotear el pasaje, ciertamente comprometedor en boca de un ministro de Hacienda inglés. Es, por lo demás, costumbre parlamentaria inglesa tradicional, y en modo alguno un invento del pequeño Lasker contra Bebel.»31

El anónimo se enfurece cada vez más. Dejando a un lado, en su respuesta (Concordia, 4 de julio), las fuentes de segunda mano, insinúa pudorosamente que es «costumbre» citar los discursos parlamentarios por el acta taquigráfica; pero que también la reseña del Times (en la que figura la frase «añadida mintiendo») y la de Hansard (en la que falta) «coinciden por completo en el fondo», y que además la reseña del Times contiene «exactamente lo contrario de aquel famoso pasaje del Manifiesto inaugural», con lo cual el hombre calla cuidadosamente que, junto a ese pretendido «contrario», contiene expresamente «aquel famoso pasaje». Pese a todo, el anónimo siente que está atrapado y que solo una nueva argucia puede salvarlo. Así, mientras salpica su artículo, rebosante, como acabamos de demostrar, de «mendacidad insolente», de edificantes insultos tales como «mala fides», «falta de honradez», «dato mendaz», «aquella cita mendaz», «mendacidad insolente», «una cita completamente falseada», «esta falsificación», «sencillamente infame», etc., juzga necesario llevar la cuestión a otro terreno y promete por eso «exponer en un segundo artículo qué significado atribuimos» (el anónimo no «mendaz») «al contenido de las palabras de Gladstone». ¡Como si esta opinión suya, sin la menor autoridad, tuviera algo que ver con el asunto! Este segundo artículo aparece en la Concordia del 11 de julio.

Marx respondió una vez más en el Volksstaat del 7 de agosto, aportando ahora también las reseñas del pasaje en cuestión del Morning Star y del Morning Advertiser del 17 de abril de 1863. Según ambas, Gladstone dice que miraría con aprensión, etc., este embriagador aumento de riqueza y de poder si creyera que se limitaba a las clases realmente acomodadas (classes in easy circumstances). Pero que este aumento está limitado a las clases que poseen propiedad (entirely confined to classes possessed of property). Así pues, también estas reseñas traen literalmente la frase pretendidamente «añadida mintiendo». Además, comparando los textos del Times y de Hansard, volvió a dejar sentado que la frase —constatada como realmente pronunciada por tres reseñas periodísticas aparecidas a la mañana siguiente, independientes entre sí y coincidentes— falta en la reseña de Hansard, revisada según la conocida «costumbre», y que Gladstone, en palabras de Marx, «la ha escamoteado a posteriori»; y declaró, por último, que no tenía tiempo para seguir tratando con el anónimo. Este también parece haber tenido bastante; al menos, Marx no recibió más números de la Concordia.

Con esto el asunto parecía muerto y enterrado. Es verdad que desde entonces nos llegaron una o dos veces, de gente relacionada con la Universidad de Cambridge, rumores misteriosos sobre un indecible crimen literario que Marx habría cometido en El capital; pero, pese a todas las averiguaciones, no hubo manera de saber nada más concreto. Entonces, el 29 de noviembre de 1883, ocho meses después de la muerte de Marx, apareció en el Times una carta fechada en el Trinity College de Cambridge y firmada por Sedley Taylor,32 en la que, con una ocasión traída por los pelos, este hombrecillo, que hace de la más mansa cooperativería su oficio, nos ilustró por fin no solo sobre los cuchicheos de Cambridge, sino también sobre el anónimo de la Concordia.

«Lo que parece sumamente extraño», dice el hombrecillo del Trinity College, «es que estuviera reservado al profesor Brentano33 (entonces en Breslau, hoy en Estrasburgo)… desenmascarar la mala fides que evidentemente había dictado la cita del discurso de Gladstone en el Manifiesto» (inaugural). «El señor Karl Marx, que… intentó defender la cita, tuvo la osadía, en las convulsiones de agonía (deadly shifts) a que lo redujeron rápidamente los ataques magistralmente dirigidos de Brentano, de afirmar que el señor Gladstone había amañado la reseña de su discurso en el Times del 17 de abril de 1863 antes de que apareciera en Hansard, para escamotear un pasaje ciertamente comprometedor para un ministro de Hacienda inglés. Cuando Brentano, mediante un cotejo detallado de los textos, demostró que las reseñas del Times y de Hansard coincidían en excluir absolutamente el sentido que una cita astutamente aislada había atribuido a las palabras de Gladstone, ¡Marx se retiró con el pretexto de que le faltaba tiempo!»

¡Así que ese era el meollo del perro de aguas!34 ¡Y así de gloriosamente se reflejaba en la fantasía cooperativista de Cambridge la campaña anónima del señor Brentano en la Concordia! Así estaba él, y así llevaba su espada,35 en su «ataque magistralmente dirigido», este san Jorge de la Liga de Fabricantes Alemanes, mientras a sus pies el dragón infernal Marx, «rápidamente reducido a convulsiones de agonía», exhala el último estertor.

Sin embargo, toda esta descripción de combate a lo Ariosto solo sirve para encubrir las argucias de nuestro san Jorge. Aquí ya no se habla de «añadir mintiendo» ni de «falsificación», sino de «cita astutamente aislada» (craftily isolated quotation). Toda la cuestión se había desplazado, y san Jorge y su escudero de Cambridge sabían muy bien por qué.

Eleanor Marx respondió —ya que el Times se negó a publicarla— en la revista mensual To-Day, de febrero de 1884, reduciendo el debate al único punto de que se había tratado: ¿añadió Marx aquella frase mintiendo, o no? A esto replica el señor Sedley Taylor:

«La cuestión de si cierta frase figuraba o no en el discurso del señor Gladstone» había sido, en su opinión, «de muy secundaria importancia» en la disputa entre Marx y Brentano, «comparada con la cuestión de si la cita se había hecho con la intención de reproducir el sentido de Gladstone o de desfigurarlo».

Y luego admite que la reseña del Times «contiene en efecto una contradicción en los términos»; pero que, pero que el resto del contexto, rectamente explicado, es decir, en el sentido liberal-gladstoniano, muestra lo que el señor Gladstone quería decir. (To-Day, marzo de 1884.) Lo más cómico es que nuestro hombrecillo de Cambridge insiste ahora en citar el discurso no según Hansard, como es «costumbre» según el anónimo Brentano, sino según la reseña del Times, calificada por ese mismo Brentano de «necesariamente chapucera». ¡Naturalmente, como que en Hansard la frase fatal falta!

A Eleanor Marx le resultó fácil disipar esta argumentación en el mismo número de To-Day. O bien el señor Taylor había leído la controversia de 1872, y en tal caso ahora había «mentido», no solo «añadiendo», sino también «quitando». O bien no la había leído, y entonces estaba obligado a callarse. En todo caso, quedaba claro que no se atrevía a sostener ni por un momento la acusación de su amigo Brentano de que Marx había «añadido mintiendo». Al contrario, ahora resulta que Marx no habría añadido nada mintiendo, sino que habría suprimido una frase importante. Pero esa misma frase está citada en la p. 5 del Manifiesto inaugural, pocas líneas antes de la pretendidamente «añadida mintiendo». Y en cuanto a la «contradicción» en el discurso de Gladstone, ¿no es precisamente Marx quien, en El capital, p. 618 (3.ª ed., p. 672), nota 105, habla de las «continuas y clamorosas contradicciones de los discursos presupuestarios de Gladstone de 1863 y 1864»? Solo que no se atreve, a la manera de Sedley Taylor, a disolverlas en complacencia liberal. Y el resumen final de la respuesta de E. Marx dice así: «Al contrario, Marx no ha suprimido nada digno de citarse ni ha añadido lo más mínimo mintiendo. Pero ha restituido y rescatado del olvido cierta frase de un discurso de Gladstone que sin duda se pronunció, pero que, de un modo u otro, encontró su camino… fuera de Hansard.»

Con esto el señor Sedley Taylor también tuvo bastante, y el resultado de toda esta camarilla profesoral, urdida a lo largo de dos decenios y a través de dos grandes países, fue que ya nadie se ha atrevido a poner en duda la probidad literaria de Marx, pero que desde entonces el señor Sedley Taylor probablemente confiará tan poco en los partes de batalla literarios del señor Brentano como el señor Brentano en la infalibilidad papal de Hansard.

Londres, 25 de junio de 1890

F. Engels

  1. (Nota de la traducción.) Wilhelm Wolff (1809-1864), hijo de campesinos siervos de Silesia, maestro y periodista, miembro de la Liga de los Comunistas, redactor de la Neue Rheinische Zeitung en 1848-1849 y diputado en la Asamblea Nacional de Fráncfort; emigrado a Inglaterra, vivió en Manchester. Dejó a Marx la mayor parte de sus ahorros. ↩

  2. Esto parecía tanto más necesario cuanto que incluso el apartado del escrito de F. Lassalle contra Schulze-Delitzsch en el que declara dar «la quintaesencia intelectual» de mi exposición sobre esos temas contiene graves malentendidos. En passant: si F. Lassalle tomó de mis escritos casi literalmente, hasta en la terminología creada por mí, y además sin indicar la fuente, todas las tesis teóricas generales de sus trabajos económicos, por ejemplo sobre el carácter histórico del capital, sobre la conexión entre relaciones de producción y modo de producción, etc., etc., ese proceder respondía sin duda a consideraciones de propaganda. No hablo, naturalmente, de sus desarrollos de detalle ni de sus aplicaciones prácticas, con los que no tengo nada que ver. ↩

  3. (Nota de la traducción.) En latín en el original: «De te fabula narratur!» (Horacio, Sátiras, I, 1, 69-70). ↩

  4. (Nota de la traducción.) En francés en el original: «Le mort saisit le vif!», máxima del antiguo derecho francés según la cual la herencia pasa al heredero en el instante de la muerte. ↩

  5. (Nota de la traducción.) Blue books: publicaciones oficiales del Parlamento británico (informes, documentos, correspondencia diplomática), llamadas así por el color de sus cubiertas. ↩

  6. (Nota de la traducción.) Benjamin Franklin Wade (1800-1878), senador republicano radical por Ohio; como presidente pro tempore del Senado desde marzo de 1867 ocupaba de hecho el lugar del vicepresidente, vacante desde que Andrew Johnson sucedió a Lincoln. ↩

  7. (Nota de la traducción.) En italiano en el original: «Segui il tuo corso, e lascia dir le genti!». Variación de un verso de Dante, Purgatorio, V, 13: «Vien dietro a me, e lascia dir le genti» («Ven tras de mí y deja que la gente hable»). ↩

  8. (Nota de la traducción.) Ludwig Kugelmann (1828-1902), médico de Hannover, miembro de la Internacional y corresponsal de Marx. ↩

  9. (Nota de la traducción.) Kameralwissenschaften: conjunto de disciplinas administrativas, financieras y económicas que se enseñaban en las universidades alemanas a los futuros funcionarios del Estado. ↩

  10. (Nota de la traducción.) Así en la tercera y la cuarta edición (hoffnungslose, «desesperanzado»), que seguimos; la segunda edición y la MEW dicen hoffnungsvolle, «esperanzado». ↩

  11. Véase mi escrito Contribución a la crítica, etc., p. 39. ↩

  12. (Nota de la traducción.) La Liga contra las Leyes Cerealistas, fundada en 1838 en Manchester; dirigida por los fabricantes Richard Cobden y John Bright, luchó por la abolición de los aranceles sobre el grano, que derogó en 1846 el gobierno de Robert Peel. ↩

  13. Los charlatanes de boca pastosa de la economía vulgar alemana critican el estilo y la exposición de mi obra. Nadie puede juzgar los defectos literarios de El capital con más severidad que yo mismo. Sin embargo, para provecho y solaz de estos señores y de su público, quiero citar aquí un juicio inglés y otro ruso. La Saturday Review, completamente hostil a mis ideas, decía en su reseña de la primera edición alemana que la exposición «confiere incluso a las cuestiones económicas más áridas un encanto (charm)». La St.-Petersburger Zeitung observa, entre otras cosas, en su número del 20 de abril de 1872: «La exposición, salvo unas pocas partes demasiado especializadas, se distingue por ser accesible a todos, por su claridad y, pese a la altura científica del tema, por una vivacidad poco común. En este aspecto el autor… no se parece ni de lejos a la mayoría de los sabios alemanes, que… escriben sus libros en un lenguaje tan oscuro y árido que a los simples mortales les estalla la cabeza.» A los lectores de la literatura profesoral nacional-liberal alemana al uso, sin embargo, lo que les estalla es algo muy distinto de la cabeza. ↩

  14. (Nota de la traducción.) Nikolái Ivánovich Ziber (1844-1888), economista ruso, profesor en Kiev. ↩

  15. (Nota de la traducción.) Viéstnik Yevropy (en alemán, Europäischer Bote), revista liberal de San Petersburgo. ↩

  16. (Nota de la traducción.) El autor del artículo era el economista ruso Illarión Ignátievich Kaufman (1848-1916). ↩

  17. (Nota de la traducción.) El prólogo de 1859 puede leerse aparte: Contribución a la crítica de la economía política. Prólogo. ↩

  18. (Nota de la traducción.) Sobre todo en el manuscrito de 1843 Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, que no se publicó en vida de Marx. ↩

  19. (Nota de la traducción.) Según contó F. H. Jacobi en su libro sobre la doctrina de Spinoza en cartas a Moses Mendelssohn (1785), Lessing se había quejado en 1780 de que la gente hablaba de Spinoza «como de un perro muerto». ↩

  20. (Nota de la traducción.) Maurice La Châtre o Lachâtre (1814-1900), editor y publicista francés, partidario de la Comuna de París, que publicó la traducción francesa de El capital por entregas entre 1872 y 1875. ↩

  21. (Nota de la traducción.) En la edición francesa seguían aquí esos extractos; el epílogo a la segunda edición se da completo más arriba. ↩

  22. (Nota de la traducción.) Arbeitgeber y Arbeitnehmer son en alemán los términos corrientes para «patrono» y «empleado». ↩

  23. (Nota de la traducción.) La edición inglesa se divide en ocho partes y treinta y tres capítulos: sus capítulos X y XI corresponden a los capítulos 8 y 9 de la edición alemana; la parte VI (capítulos XIX a XXII), a la sección sexta (capítulos 17 a 20); los capítulos XXIV y XXV, a los capítulos 22 y 23, y la parte VIII (capítulos XXVI a XXXIII), a los capítulos 24 y 25. ↩

  24. Le Capital, par Karl Marx. Traduction de M. J. Roy, entièrement révisée par l'auteur, París, Lachâtre. Esta traducción, sobre todo en la última parte del libro, contiene modificaciones y añadidos considerables respecto al texto de la segunda edición alemana. ↩

  25. En la reunión trimestral de la Cámara de Comercio de Manchester, celebrada esta tarde, hubo una viva discusión sobre el librecambio. Se presentó una resolución en el sentido de que, «tras haber esperado en vano durante cuarenta años a que otras naciones siguieran el ejemplo librecambista de Inglaterra, esta Cámara considera que ha llegado el momento de reconsiderar esa posición». La resolución fue rechazada por una mayoría de un solo voto: 21 a favor y 22 en contra. (Evening Standard, 1 de noviembre de 1886.) ↩

  26. (Nota de la traducción.) En inglés, slough of despond, el pantano del desaliento de El progreso del peregrino, de John Bunyan. ↩

  27. (Nota de la traducción.) En el original, «pro-slavery rebellion», como se llamó a la rebelión de los estados esclavistas del Sur que desencadenó la guerra civil americana. ↩

  28. (Nota de la traducción.) Páginas de la cuarta edición alemana; los añadidos están en los capítulos 3, 13, 22 y 23 de esta edición. ↩

  29. (Nota de la traducción.) Der Herausgeber, «el editor». En esta edición esas notas de Engels van entre corchetes y firmadas «F. E.». ↩

  30. (Nota de la traducción.) Las actas de los debates del Parlamento británico, que publicaba la casa Hansard. ↩

  31. (Nota de la traducción.) Eduard Lasker (1829-1884), dirigente del Partido Nacional-Liberal en el Reichstag y adversario de August Bebel. ↩

  32. (Nota de la traducción.) Sedley Taylor (1834-1920), profesor del Trinity College de Cambridge, defensor de las cooperativas y de la participación de los obreros en los beneficios. ↩

  33. (Nota de la traducción.) Lujo Brentano (1844-1931), economista alemán, uno de los llamados socialistas de cátedra. ↩

  34. (Nota de la traducción.) «Das also war des Pudels Kern!»: verso del Fausto de Goethe (primera parte, escena del gabinete de estudio), cuando el perro de aguas se transforma en Mefistófeles. ↩

  35. (Nota de la traducción.) Palabras de Falstaff en Shakespeare, Enrique IV, primera parte, acto II, escena 4, citadas por la traducción alemana de Schlegel. ↩