Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción del capital. Primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1867. Se traduce de la cuarta edición alemana (1890), revisada por Friedrich Engels, según el texto de la MEW 23 (Berlín, 1962) cotejado con la MEGA II/10; las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras; las demás son de Marx o, entre corchetes con «— F. E.», de Engels. Texto original en alemán
Prólogos y epílogos · I · II · III · IV · V · VI · VII
Capítulo decimoséptimo. Transformación del valor o del precio de la fuerza de trabajo en salario
En la superficie de la sociedad burguesa, el salario del obrero aparece como precio del trabajo, como una cantidad determinada de dinero que se paga por una cantidad determinada de trabajo. Se habla aquí del valor del trabajo y se llama a su expresión monetaria su precio necesario o natural. Se habla, por otra parte, de precios de mercado del trabajo, es decir, de precios que oscilan por encima o por debajo de su precio necesario.
Pero ¿qué es el valor de una mercancía? La forma objetiva del trabajo social gastado en su producción. ¿Y con qué medimos la magnitud de su valor? Con la magnitud del trabajo contenido en ella. ¿Por qué estaría determinado, pues, el valor de una jornada laboral de doce horas, por ejemplo? Por las 12 horas de trabajo contenidas en una jornada laboral de 12 horas, lo cual es una tautología absurda.1
Para venderse como mercancía en el mercado, el trabajo tendría que existir en todo caso antes de ser vendido. Pero si el obrero pudiera darle una existencia independiente, vendería una mercancía y no trabajo.2
Prescindiendo de estas contradicciones, un intercambio directo de dinero, es decir, de trabajo objetivado, por trabajo vivo suprimiría o bien la ley del valor, que precisamente solo se desarrolla libremente sobre la base de la producción capitalista, o bien la producción capitalista misma, que descansa precisamente en el trabajo asalariado. La jornada laboral de 12 horas se representa, por ejemplo, en un valor monetario de 6 chelines. O bien se intercambian equivalentes, y entonces el obrero recibe 6 chelines por un trabajo de doce horas. El precio de su trabajo sería igual al precio de su producto. En ese caso no produciría plusvalía alguna para el comprador de su trabajo, los 6 chelines no se transformarían en capital, desaparecería la base de la producción capitalista; pero precisamente sobre esa base vende el obrero su trabajo y su trabajo es trabajo asalariado. O bien recibe por 12 horas de trabajo menos de 6 chelines, es decir, menos de 12 horas de trabajo. Doce horas de trabajo se intercambian por 10, 6, etc., horas de trabajo. Esta equiparación de magnitudes desiguales no solo suprime la determinación del valor. Una contradicción semejante, que se suprime a sí misma, no puede siquiera enunciarse o formularse como ley.3
De nada sirve derivar el intercambio de más trabajo por menos de la diferencia de forma consistente en que uno está objetivado y el otro es vivo.4 Esto es tanto más absurdo cuanto que el valor de una mercancía no está determinado por la cantidad de trabajo realmente objetivado en ella, sino por la cantidad de trabajo vivo necesario para su producción. Supongamos que una mercancía representa 6 horas de trabajo. Si se hacen inventos gracias a los cuales puede producirse en 3 horas, el valor de la mercancía ya producida baja también a la mitad. Ahora representa 3 horas de trabajo social necesario en lugar de 6 como antes. Lo que determina su magnitud de valor es, pues, la cantidad de trabajo requerida para su producción, no su forma objetiva.
Lo que se enfrenta directamente en el mercado de mercancías al poseedor de dinero no es en realidad el trabajo, sino el obrero. Lo que este vende es su fuerza de trabajo. En cuanto su trabajo comienza realmente, ha dejado ya de pertenecerle y, por tanto, ya no puede venderlo. El trabajo es la sustancia y la medida inmanente de los valores, pero él mismo no tiene valor.5
En la expresión «valor del trabajo», el concepto de valor no solo está borrado por completo, sino que está convertido en su contrario. Es una expresión imaginaria, como, por ejemplo, valor de la tierra. Pero estas expresiones imaginarias brotan de las propias relaciones de producción. Son categorías de formas de manifestación de relaciones esenciales. Que en su manifestación las cosas se presentan a menudo invertidas es bastante conocido en todas las ciencias, salvo en la economía política.6
La economía política clásica tomó prestada de la vida cotidiana, sin más crítica, la categoría «precio del trabajo», para preguntarse después cómo se determina ese precio. Pronto reconoció que el cambio en la relación entre demanda y oferta no explica nada del precio del trabajo, como del de cualquier otra mercancía, salvo su cambio, es decir, la oscilación de los precios de mercado por debajo o por encima de cierta magnitud. Si la demanda y la oferta se equilibran, cesa, permaneciendo iguales las demás circunstancias, la oscilación de los precios. Pero entonces también la demanda y la oferta dejan de explicar nada. El precio del trabajo, cuando la demanda y la oferta se equilibran, es su precio natural, determinado con independencia de la relación entre demanda y oferta, y ese precio natural resultó ser así el objeto que propiamente había que analizar. O bien se tomaba un período más largo de oscilaciones del precio de mercado, por ejemplo un año, y se encontraba entonces que sus subidas y bajadas se compensan en una magnitud media, en una magnitud constante. Esta tenía que estar determinada, naturalmente, de otro modo que las desviaciones que se compensan respecto de ella misma. Este precio que domina los precios de mercado fortuitos del trabajo y los regula, el «precio necesario» (fisiócratas) o «precio natural» del trabajo (Adam Smith), solo puede ser, como en las demás mercancías, su valor expresado en dinero. De este modo creía la economía política llegar, a través de los precios fortuitos del trabajo, hasta su valor. Como en las demás mercancías, este valor se determinaba luego por los costes de producción. Pero ¿cuáles son los costes de producción... del obrero, es decir, los costes de producir o reproducir al propio obrero? Esta cuestión vino a sustituir inconscientemente, para la economía política, a la cuestión original, ya que con los costes de producción del trabajo como tal daba vueltas en círculo sin avanzar un paso. Lo que ella llama valor del trabajo (value of labour) es en realidad el valor de la fuerza de trabajo, que existe en la personalidad del obrero y es tan distinta de su función, el trabajo, como una máquina de sus operaciones. Ocupados con la diferencia entre los precios de mercado del trabajo y su llamado valor, con la relación de ese valor con la tasa de ganancia, con los valores de las mercancías producidas por medio del trabajo, etc., nunca descubrieron que la marcha del análisis no solo había conducido de los precios de mercado del trabajo a su supuesto valor, sino que había llevado a disolver a su vez ese valor del trabajo en el valor de la fuerza de trabajo. La inconsciencia acerca de este resultado de su propio análisis, la aceptación acrítica de las categorías «valor del trabajo», «precio natural del trabajo», etc., como expresiones últimas y adecuadas de la relación de valor tratada, enredó, como se verá más adelante, a la economía política clásica en confusiones y contradicciones insolubles, mientras que ofreció a la economía vulgar una base de operaciones segura para su superficialidad, que por principio solo rinde culto a la apariencia.
Veamos ahora, en primer lugar, cómo se representan el valor y el precio de la fuerza de trabajo en su forma transformada como salario.
Sabemos que el valor diario de la fuerza de trabajo está calculado sobre una cierta duración de la vida del obrero, a la que corresponde una cierta duración de la jornada laboral. Supongamos que la jornada laboral habitual es de 12 horas y el valor diario de la fuerza de trabajo de 3 chelines, expresión monetaria de un valor en el que se representan 6 horas de trabajo. Si el obrero recibe 3 chelines, recibe el valor de su fuerza de trabajo, que funciona durante 12 horas. Si ahora este valor diario de la fuerza de trabajo se expresa como valor del trabajo de un día, resulta la fórmula: el trabajo de doce horas tiene un valor de 3 chelines. El valor de la fuerza de trabajo determina así el valor del trabajo o, expresado en dinero, su precio necesario. Si, en cambio, el precio de la fuerza de trabajo se aparta de su valor, también el precio del trabajo se aparta de su llamado valor.
Como el valor del trabajo no es más que una expresión irracional del valor de la fuerza de trabajo, se sigue por sí mismo que el valor del trabajo tiene que ser siempre menor que su producto de valor, pues el capitalista hace funcionar siempre la fuerza de trabajo más tiempo del necesario para reproducir su propio valor. En el ejemplo anterior, el valor de la fuerza de trabajo que funciona durante 12 horas es de 3 chelines, un valor para cuya reproducción necesita 6 horas. Su producto de valor, en cambio, es de 6 chelines, porque en realidad funciona durante 12 horas y su producto de valor no depende de su propio valor, sino de la duración de su función. Se obtiene así el resultado, absurdo a primera vista, de que un trabajo que crea un valor de 6 chelines posee un valor de 3 chelines.7
Se ve además que el valor de 3 chelines en el que se representa la parte pagada de la jornada laboral, es decir, un trabajo de seis horas, aparece como valor o precio de toda la jornada laboral de 12 horas, que contiene 6 horas no pagadas. La forma del salario borra, pues, toda huella de la división de la jornada laboral en trabajo necesario y plustrabajo, en trabajo pagado y no pagado. Todo el trabajo aparece como trabajo pagado. En la corvea se distinguen en el espacio y en el tiempo, de manera tangible y sensible, el trabajo del siervo para sí mismo y su trabajo forzado para el señor. En el trabajo esclavo, incluso la parte de la jornada laboral en que el esclavo no hace más que reponer el valor de sus propios medios de subsistencia, en que, por tanto, trabaja en realidad para sí mismo, aparece como trabajo para su amo. Todo su trabajo aparece como trabajo no pagado.8 En el trabajo asalariado, a la inversa, incluso el plustrabajo o trabajo no pagado aparece como pagado. Allí la relación de propiedad oculta el trabajo del esclavo para sí mismo; aquí la relación monetaria oculta el trabajo gratuito del obrero asalariado.
Se comprende, por tanto, la importancia decisiva de la transformación del valor y el precio de la fuerza de trabajo en la forma del salario, o en valor y precio del trabajo mismo. Sobre esta forma de manifestación, que hace invisible la relación real y muestra precisamente lo contrario, descansan todas las ideas jurídicas tanto del obrero como del capitalista, todas las mistificaciones del modo de producción capitalista, todas sus ilusiones de libertad, todas las patrañas apologéticas de la economía vulgar.
Si la historia universal necesita mucho tiempo para dar con el secreto del salario, nada es, en cambio, más fácil de entender que la necesidad, las raisons d'être de esta forma de manifestación.
El intercambio entre capital y trabajo se presenta a la percepción, al principio, exactamente del mismo modo que la compra y venta de todas las demás mercancías. El comprador da una suma determinada de dinero; el vendedor, un artículo distinto del dinero. La conciencia jurídica reconoce aquí, a lo sumo, una diferencia material, que se expresa en las fórmulas jurídicamente equivalentes: Do ut des, do ut facias, facio ut des y facio ut facias.9
Además: como el valor de cambio y el valor de uso son en sí y por sí magnitudes inconmensurables, la expresión «valor del trabajo», «precio del trabajo», no parece más irracional que la expresión «valor del algodón», «precio del algodón». A esto se añade que al obrero se le paga después de haber suministrado su trabajo. Pero en su función de medio de pago, el dinero realiza posteriormente el valor o el precio del artículo suministrado, es decir, en el caso dado, el valor o el precio del trabajo suministrado. Por último, el «valor de uso» que el obrero suministra al capitalista no es en realidad su fuerza de trabajo, sino su función, un trabajo útil determinado, trabajo de sastre, de zapatero, de hilandero, etc. Que ese mismo trabajo sea, por otro lado, el elemento general formador de valor, propiedad por la que se distingue de todas las demás mercancías, queda fuera del alcance de la conciencia ordinaria.
Si nos ponemos en el punto de vista del obrero, que por un trabajo de doce horas recibe, por ejemplo, el producto de valor de un trabajo de seis horas, digamos 3 chelines, para él su trabajo de doce horas es en realidad el medio de compra de los 3 chelines. El valor de su fuerza de trabajo puede variar con el valor de sus medios de subsistencia habituales de 3 a 4 chelines o de 3 a 2, o, si el valor de su fuerza de trabajo no cambia, su precio, a consecuencia de un cambio en la relación entre demanda y oferta, puede subir a 4 chelines o bajar a 2; él da siempre 12 horas de trabajo. Todo cambio en la magnitud del equivalente que recibe le aparece, pues, necesariamente como cambio en el valor o en el precio de sus 12 horas de trabajo. Esta circunstancia llevó, a la inversa, a Adam Smith, que trata la jornada laboral como una magnitud constante,10 a afirmar que el valor del trabajo es constante, aunque cambie el valor de los medios de subsistencia y, por tanto, la misma jornada laboral se represente para el obrero en más o menos dinero.
Si tomamos, en cambio, al capitalista, este quiere, desde luego, obtener el mayor trabajo posible por el menor dinero posible. En la práctica, solo le interesa, pues, la diferencia entre el precio de la fuerza de trabajo y el valor que crea su función. Pero procura comprar todas las mercancías lo más baratas posible y se explica en todas partes su ganancia por la simple estafa, por la compra por debajo del valor y la venta por encima de él. No llega, por tanto, a comprender que, si existiera realmente una cosa como el valor del trabajo y él pagara realmente ese valor, no existiría el capital, su dinero no se transformaría en capital.
Además, el movimiento real del salario muestra fenómenos que parecen probar que no se paga el valor de la fuerza de trabajo, sino el valor de su función, del trabajo mismo. Estos fenómenos podemos reducirlos a dos grandes clases. Primera: cambio del salario con una duración cambiante de la jornada laboral. Del mismo modo podría concluirse que no se paga el valor de la máquina, sino el de su operación, porque cuesta más alquilar una máquina por una semana que por un día. Segunda: la diferencia individual entre los salarios de distintos obreros que desempeñan la misma función. Esta diferencia individual se encuentra también, aunque sin dar pie a ilusiones, en el sistema de la esclavitud, donde la fuerza de trabajo misma se vende franca y abiertamente, sin adornos. Solo que la ventaja de una fuerza de trabajo superior a la media, o la desventaja de una fuerza de trabajo inferior a la media, recae en el sistema esclavista en el dueño del esclavo y en el sistema del trabajo asalariado en el propio obrero, porque en un caso es él mismo quien vende su fuerza de trabajo y en el otro una tercera persona.
Por lo demás, de la forma de manifestación «valor y precio del trabajo» o «salario», a diferencia de la relación esencial que se manifiesta en ella, el valor y el precio de la fuerza de trabajo, vale lo mismo que de todas las formas de manifestación y su trasfondo oculto. Las primeras se reproducen de manera inmediata y espontánea, como formas de pensamiento corrientes; el segundo tiene que ser descubierto por la ciencia. La economía política clásica tropieza aproximadamente con el verdadero estado de cosas, pero sin formularlo conscientemente. No puede hacerlo mientras siga metida en su piel burguesa.
Capítulo decimoctavo. El salario por tiempo
El salario adopta a su vez formas muy variadas, circunstancia que no se reconoce en los compendios económicos, que, en su brutal interés por la materia, descuidan toda diferencia de forma. Una exposición de todas estas formas corresponde, sin embargo, a la teoría especial del trabajo asalariado, y no, por tanto, a esta obra. En cambio, hay que desarrollar aquí brevemente las dos formas fundamentales dominantes.
La venta de la fuerza de trabajo se efectúa siempre, como se recordará, por períodos de tiempo determinados. La forma transformada en la que se representan directamente el valor diario, el valor semanal, etc., de la fuerza de trabajo es, por tanto, la del «salario por tiempo», es decir, el jornal, etc.
Hay que observar ante todo que las leyes expuestas en el capítulo decimoquinto sobre el cambio de magnitud del precio de la fuerza de trabajo y de la plusvalía se transforman, mediante un simple cambio de forma, en leyes del salario. Asimismo, la diferencia entre el valor de cambio de la fuerza de trabajo y la masa de medios de subsistencia en que se convierte ese valor aparece ahora como diferencia entre salario nominal y salario real. Sería inútil repetir en la forma de manifestación lo que ya se ha desarrollado en la forma esencial. Nos limitamos, por tanto, a unos pocos puntos que caracterizan el salario por tiempo.
La suma de dinero11 que el obrero recibe por su trabajo diario, su trabajo semanal, etc., constituye el importe de su salario nominal o estimado según su valor. Pero está claro que, según la duración de la jornada laboral, es decir, según la cantidad de trabajo que suministre diariamente, el mismo jornal, el mismo salario semanal, etc., puede representar un precio del trabajo muy distinto, es decir, sumas de dinero muy distintas por la misma cantidad de trabajo.12 En el salario por tiempo hay que distinguir, pues, de nuevo entre el importe total del salario, del jornal, del salario semanal, etc., y el precio del trabajo. ¿Cómo encontrar ahora ese precio, es decir, el valor en dinero de una cantidad dada de trabajo? El precio medio del trabajo resulta de dividir el valor diario medio de la fuerza de trabajo por el número de horas de la jornada laboral media. Si, por ejemplo, el valor diario de la fuerza de trabajo es de 3 chelines, producto de valor de 6 horas de trabajo, y la jornada laboral es de doce horas, el precio de una hora de trabajo = (3 chelines)/12 = 3 peniques. El precio de la hora de trabajo hallado así sirve de unidad de medida del precio del trabajo.
Se sigue, por tanto, que el jornal, el salario semanal, etc., pueden seguir siendo los mismos aunque el precio del trabajo baje continuamente. Si, por ejemplo, la jornada laboral habitual era de 10 horas y el valor diario de la fuerza de trabajo de 3 chelines, el precio de la hora de trabajo ascendía a 3⅗ peniques; baja a 3 peniques en cuanto la jornada laboral sube a 12 horas, y a 2⅖ peniques en cuanto sube a 15 horas. El jornal o el salario semanal siguen, pese a ello, sin cambiar. A la inversa, el jornal o el salario semanal pueden subir aunque el precio del trabajo siga constante o incluso baje. Si, por ejemplo, la jornada laboral era de diez horas y el valor diario de la fuerza de trabajo es de 3 chelines, el precio de una hora de trabajo es de 3⅗ peniques. Si el obrero, a consecuencia de un aumento de la ocupación y sin que cambie el precio del trabajo, trabaja 12 horas, su jornal sube ahora a 3 chelines 7⅕ peniques sin variación en el precio del trabajo. El mismo resultado podría darse si, en lugar de la magnitud extensiva del trabajo, aumentara su magnitud intensiva.13 La subida del jornal o del salario semanal nominal puede ir acompañada, por tanto, de un precio del trabajo igual o decreciente. Lo mismo vale para los ingresos de la familia obrera en cuanto la cantidad de trabajo suministrada por el cabeza de familia se ve aumentada por el trabajo de los miembros de la familia. Hay, pues, métodos para rebajar el precio del trabajo independientes de la reducción del jornal o del salario semanal nominal.14
Pero como ley general se sigue: si está dada la cantidad de trabajo diario, semanal, etc., el jornal o el salario semanal dependen del precio del trabajo, que a su vez varía, bien con el valor de la fuerza de trabajo, bien con las desviaciones de su precio respecto de su valor. Si, en cambio, está dado el precio del trabajo, el jornal o el salario semanal dependen de la cantidad de trabajo diario o semanal.
La unidad de medida del salario por tiempo, el precio de la hora de trabajo, es el cociente del valor diario de la fuerza de trabajo dividido por el número de horas de la jornada laboral habitual. Supongamos que esta asciende a 12 horas y el valor diario de la fuerza de trabajo a 3 chelines, producto de valor de 6 horas de trabajo. El precio de la hora de trabajo es en estas circunstancias de 3 peniques, y su producto de valor de 6 peniques. Si ahora se ocupa al obrero menos de 12 horas diarias (o menos de 6 días a la semana), por ejemplo solo 6 u 8 horas, con este precio del trabajo solo recibe 2 o 1½ chelines de jornal.15 Como, según el supuesto, tiene que trabajar por término medio 6 horas diarias solo para producir un jornal correspondiente al valor de su fuerza de trabajo, y como, según el mismo supuesto, de cada hora trabaja solo ½ para sí mismo y ½ para el capitalista, está claro que no puede sacar el producto de valor de 6 horas si se le ocupa menos de 12 horas. Si antes se vieron las consecuencias destructoras del exceso de trabajo, aquí se descubren las fuentes de los sufrimientos que nacen para el obrero de su subocupación.
Si el salario por horas se fija de manera que el capitalista no se compromete a pagar un jornal o un salario semanal, sino solo las horas de trabajo durante las que le place ocupar al obrero, puede ocuparlo menos tiempo del que sirvió originariamente de base para calcular el salario por horas o la unidad de medida del precio del trabajo. Como esta unidad de medida está determinada por la proporción (valor diario de la fuerza de trabajo)/(jornada laboral de un número de horas dado), pierde naturalmente todo sentido en cuanto la jornada laboral deja de contar un número de horas determinado. Se suprime la conexión entre el trabajo pagado y el no pagado. El capitalista puede ahora sacarle al obrero una cantidad determinada de plustrabajo sin concederle el tiempo de trabajo necesario para su propia conservación. Puede aniquilar toda regularidad de la ocupación y, a su comodidad, a su capricho y según su interés del momento, hacer alternar el exceso de trabajo más monstruoso con la desocupación relativa o total. Puede, con el pretexto de pagar el «precio normal del trabajo», prolongar anormalmente la jornada laboral sin compensación correspondiente alguna para el obrero. De ahí la rebelión plenamente racional (1860) de los obreros de la construcción de Londres contra el intento de los capitalistas de imponerles este salario por horas. La limitación legal de la jornada laboral pone fin a semejante abuso, aunque naturalmente no a la subocupación que nace de la competencia de la maquinaria, del cambio en la calidad de los obreros empleados y de las crisis parciales y generales.
Con un jornal o un salario semanal crecientes, el precio del trabajo puede mantenerse nominalmente constante y, sin embargo, bajar por debajo de su nivel normal. Esto sucede cada vez que, con un precio constante del trabajo o de la hora de trabajo, la jornada laboral se prolonga más allá de su duración habitual. Si en la fracción (valor diario de la fuerza de trabajo)/(jornada laboral) crece el denominador, el numerador crece todavía más deprisa. El valor de la fuerza de trabajo, puesto que crece su desgaste, crece con la duración de su función, y en una proporción más rápida que el incremento de la duración de su función. En muchas ramas industriales donde predomina el salario por tiempo, sin limitaciones legales del tiempo de trabajo, se ha formado por ello espontáneamente la costumbre de que la jornada laboral solo se considere normal hasta cierto punto, por ejemplo hasta el final de la décima hora (normal working day, the day's work, the regular hours of work). Más allá de ese límite, el tiempo de trabajo constituye tiempo extra (overtime) y, tomando la hora como unidad de medida, se paga mejor (extra pay), aunque a menudo en una proporción ridículamente pequeña.16 La jornada laboral normal existe aquí como fracción de la jornada laboral real, y esta última dura a menudo, durante todo el año, más que la primera.17 El aumento del precio del trabajo con la prolongación de la jornada laboral más allá de cierto límite normal adopta en diversas ramas industriales británicas tal forma que el bajo precio del trabajo durante el llamado tiempo normal obliga al obrero a hacer el tiempo extra, mejor pagado, si quiere sacar un salario mínimamente suficiente.18 La limitación legal de la jornada laboral pone fin a este placer.19
Es un hecho generalmente conocido que, cuanto más larga es la jornada laboral en una rama industrial, tanto más bajo es el salario.20 El inspector fabril A. Redgrave lo ilustra con un panorama comparativo del período de veinte años de 1839 a 1859, según el cual el salario subió en las fábricas sometidas a la ley de las diez horas, mientras que bajó en las fábricas donde se trabaja de 14 a 15 horas diarias.21
De la ley «Dado el precio del trabajo, el jornal o el salario semanal dependen de la cantidad de trabajo suministrada» se sigue, en primer lugar, que cuanto más bajo es el precio del trabajo, tanto mayor tiene que ser la cantidad de trabajo, o tanto más larga la jornada laboral, para que el obrero se asegure siquiera un mísero salario medio. Lo bajo del precio del trabajo actúa aquí como acicate para prolongar el tiempo de trabajo.22
Pero, a la inversa, la prolongación del tiempo de trabajo produce a su vez una caída del precio del trabajo y, con ella, del jornal o del salario semanal.
La determinación del precio del trabajo por
(valor diario de la fuerza de trabajo)/(jornada laboral de un número de horas dado)
da como resultado que la mera prolongación de la jornada laboral rebaja el precio del trabajo si no interviene ninguna compensación. Pero las mismas circunstancias que capacitan al capitalista para prolongar a la larga la jornada laboral lo capacitan primero y lo obligan finalmente a rebajar también nominalmente el precio del trabajo, hasta que baja el precio total del número de horas aumentado, es decir, el jornal o el salario semanal. Basta aquí con señalar dos circunstancias. Si un hombre hace el trabajo de 1½ o 2 hombres, la oferta de trabajo crece aunque la oferta de fuerzas de trabajo que hay en el mercado se mantenga constante. La competencia así suscitada entre los obreros capacita al capitalista para rebajar el precio del trabajo, mientras que el precio decreciente del trabajo lo capacita, a la inversa, para estirar todavía más el tiempo de trabajo.23 Pronto, sin embargo, esta disposición sobre cantidades anormales de trabajo no pagado, es decir, que desbordan el nivel medio social, se convierte en medio de competencia entre los propios capitalistas. Una parte del precio de la mercancía consiste en el precio del trabajo. La parte no pagada del precio del trabajo no necesita contarse en el precio de la mercancía. Puede regalársele al comprador de la mercancía. Este es el primer paso al que empuja la competencia. El segundo paso, al que obliga, consiste en excluir del precio de venta de la mercancía al menos una parte de la plusvalía anormal producida por la prolongación de la jornada laboral. De este modo se forma, primero esporádicamente, y se fija poco a poco, un precio de venta anormalmente bajo de la mercancía, que a partir de entonces se convierte en la base constante de un salario mísero con un tiempo de trabajo excesivo, del mismo modo que originariamente fue producto de esas circunstancias. Nos limitamos a apuntar este movimiento, pues el análisis de la competencia no tiene cabida aquí. Pero dejemos hablar por un momento al propio capitalista.
«En Birmingham la competencia entre los maestros es tan grande que más de uno de nosotros se ve obligado a hacer como patrono lo que de otro modo le daría vergüenza hacer; y sin embargo no se gana más dinero (and yet no more money is made), sino que solo el público saca provecho de ello.»24
Recuérdense las dos clases de panaderos londinenses, una de las cuales vende el pan a precio completo (the "fullpriced" bakers), y la otra por debajo de su precio normal ("the underpriced", "the undersellers"). Los fullpriced denuncian a sus competidores ante la comisión parlamentaria de investigación:
«Solo existen, en primer lugar, engañando al público» (falsificando la mercancía) «y, en segundo lugar, sacando a su gente 18 horas de trabajo por el salario de un trabajo de doce horas... El trabajo no pagado (the unpaid labour) de los obreros es el medio con que se libra la lucha competitiva... La competencia entre los maestros panaderos es la causa de la dificultad para suprimir el trabajo nocturno. Un vendedor a bajo precio, que vende su pan por debajo del precio de coste, que cambia con el precio de la harina, se resarce sacando más trabajo a su gente. Si yo saco a mi gente solo 12 horas de trabajo y mi vecino, en cambio, 18 o 20, tiene que ganarme en el precio de venta. Si los obreros pudieran exigir que se les pagara el tiempo extra, esta maniobra se acabaría pronto... Un gran número de los empleados por los vendedores a bajo precio son extranjeros, muchachos y otros, obligados a contentarse casi con cualquier salario que puedan conseguir.»25
Esta jeremiada es interesante también porque muestra cómo en el cerebro del capitalista solo se refleja la apariencia de las relaciones de producción. El capitalista no sabe que también el precio normal del trabajo incluye una cantidad determinada de trabajo no pagado y que precisamente ese trabajo no pagado es la fuente normal de su ganancia. La categoría del tiempo de plustrabajo no existe en absoluto para él, pues está incluida en la jornada laboral normal, que él cree pagar con el jornal. Pero sí existe para él el tiempo extra, la prolongación de la jornada laboral más allá del límite que corresponde al precio habitual del trabajo. Frente a su competidor que vende a bajo precio, insiste incluso en el pago extra (extra pay) por ese tiempo extra. De nuevo no sabe que ese pago extra incluye tanto trabajo no pagado como el precio de la hora de trabajo ordinaria. Por ejemplo, el precio de una hora de la jornada laboral de doce horas es de 3 peniques, producto de valor de ½ hora de trabajo, mientras que el precio de la hora de trabajo extra es de 4 peniques, producto de valor de ⅔ de hora de trabajo. En el primer caso, el capitalista se apropia sin pagar de la mitad de una hora de trabajo; en el otro, de ⅓.
Capítulo decimonoveno. El salario a destajo
El salario a destajo no es más que una forma transformada del salario por tiempo, del mismo modo que el salario por tiempo es la forma transformada del valor o del precio de la fuerza de trabajo.
En el salario a destajo parece a primera vista como si el valor de uso vendido por el obrero no fuera la función de su fuerza de trabajo, trabajo vivo, sino trabajo ya objetivado en el producto, y como si el precio de ese trabajo no estuviera determinado, como en el salario por tiempo, por la fracción (valor diario de la fuerza de trabajo)/(jornada laboral de un número de horas dado), sino por la capacidad de rendimiento del productor.26
Ante todo, la confianza de quien cree en esta apariencia debería verse ya fuertemente sacudida por el hecho de que ambas formas del salario coexisten al mismo tiempo en las mismas ramas de negocio. Por ejemplo:
«Los cajistas de Londres trabajan por regla general a destajo, mientras que el salario por tiempo es entre ellos la excepción. Lo contrario ocurre con los cajistas de provincias, donde el salario por tiempo es la regla y el destajo la excepción. A los carpinteros de ribera del puerto de Londres se les paga a destajo; en todos los demás puertos ingleses, por tiempo.»27
En los mismos talleres de guarnicionería de Londres se paga a menudo, por el mismo trabajo, a destajo a los franceses y por tiempo a los ingleses. En las fábricas propiamente dichas, donde el destajo predomina en general, algunas funciones del trabajo escapan por razones técnicas a esta medición y se pagan, por tanto, por tiempo.28 Pero en sí y por sí está claro que la diferencia de forma en el pago del salario no cambia nada en su esencia, aunque una forma pueda ser más favorable que la otra para el desarrollo de la producción capitalista.
Supongamos que la jornada laboral corriente es de 12 horas, de las cuales 6 pagadas y 6 no pagadas. Sea su producto de valor de 6 chelines, y el de una hora de trabajo, por tanto, de 6 peniques. Supongamos que la experiencia muestra que un obrero que trabaja con el grado medio de intensidad y de destreza, es decir, que en realidad solo emplea el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de un artículo, suministra en 12 horas 24 piezas, ya sean unidades separadas o partes mensurables de un producto continuo. El valor de esas 24 piezas, descontada la parte de capital constante contenida en ellas, es entonces de 6 chelines, y el valor de cada pieza de 3 peniques. El obrero recibe 1½ peniques por pieza y gana así 3 chelines en 12 horas. Así como en el salario por tiempo es indiferente suponer que el obrero trabaja 6 horas para sí y 6 para el capitalista, o que de cada hora trabaja una mitad para sí y la otra para el capitalista, también aquí es indiferente decir que cada pieza está pagada a medias y a medias no pagada, o que el precio de 12 piezas solo repone el valor de la fuerza de trabajo, mientras que en las otras 12 se materializa la plusvalía.
La forma del salario a destajo es tan irracional como la del salario por tiempo. Mientras que, por ejemplo, dos piezas de mercancía, descontado el valor de los medios de producción consumidos en ellas, valen 6 peniques como producto de una hora de trabajo, el obrero recibe por ellas un precio de 3 peniques. El salario a destajo no expresa en realidad, de manera inmediata, ninguna relación de valor. No se trata de medir el valor de la pieza por el tiempo de trabajo materializado en ella, sino, a la inversa, de medir el trabajo gastado por el obrero por el número de piezas que ha producido. En el salario por tiempo, el trabajo se mide por su duración inmediata; en el salario a destajo, por la cantidad de producto en que el trabajo se condensa durante un tiempo determinado.29 El precio del tiempo de trabajo mismo está determinado, en último término, por la ecuación: valor del trabajo de una jornada = valor diario de la fuerza de trabajo. El salario a destajo no es, pues, más que una forma modificada del salario por tiempo.
Examinemos ahora algo más de cerca las peculiaridades características del salario a destajo.
La calidad del trabajo está controlada aquí por la propia obra, que debe poseer la bondad media para que se pague íntegramente el precio por pieza. En este aspecto, el salario a destajo se convierte en la fuente más fecunda de descuentos salariales y de estafas capitalistas.
Ofrece a los capitalistas una medida enteramente determinada de la intensidad del trabajo. Solo el tiempo de trabajo que se materializa en una cantidad de mercancías determinada de antemano y fijada por la experiencia cuenta como tiempo de trabajo socialmente necesario y se paga como tal. En los grandes talleres de sastrería de Londres se llama por eso a una determinada pieza de trabajo, por ejemplo un chaleco, etc., una hora, media hora, etc., a 6 peniques la hora. La práctica enseña cuánto es el producto medio de una hora. Con las nuevas modas, las reparaciones, etc., surgen disputas entre el patrono y el obrero sobre si una determinada pieza de trabajo equivale a una hora, etc., hasta que también aquí decide la experiencia. Lo mismo ocurre en las ebanisterías de Londres, etc. Si el obrero no posee la capacidad de rendimiento media y no puede, por tanto, suministrar un mínimo determinado de trabajo diario, se le despide.30
Como la calidad y la intensidad del trabajo están controladas aquí por la forma misma del salario, esta hace superflua gran parte de la vigilancia del trabajo. Constituye, por tanto, la base tanto del moderno trabajo a domicilio descrito anteriormente como de un sistema jerárquicamente articulado de explotación y opresión. Este último tiene dos formas fundamentales. Por una parte, el salario a destajo facilita la interposición de parásitos entre el capitalista y el obrero asalariado: el subarriendo del trabajo (subletting of labour). La ganancia de los intermediarios brota exclusivamente de la diferencia entre el precio del trabajo que paga el capitalista y la parte de ese precio que ellos dejan llegar realmente al obrero.31 Este sistema se llama en Inglaterra, de manera característica, el sweating system (sistema del sudor). Por otra parte, el salario a destajo permite al capitalista concertar con el obrero principal —en la manufactura, con el jefe de un grupo; en las minas, con el picador del carbón, etc.; en la fábrica, con el obrero de máquina propiamente dicho— un contrato a tanto por pieza, a un precio por el que el propio obrero principal se encarga de contratar y pagar a sus obreros auxiliares. La explotación de los obreros por el capital se realiza aquí por medio de la explotación del obrero por el obrero.32
Dado el salario a destajo, el interés personal del obrero es, naturalmente, tensar su fuerza de trabajo lo más intensamente posible, lo que facilita al capitalista elevar el grado normal de intensidad.33
Del mismo modo, el interés personal del obrero es prolongar la jornada laboral, porque así sube su jornal o su salario semanal.34 Con ello se produce la reacción ya descrita en el salario por tiempo, prescindiendo de que la prolongación de la jornada laboral, aun con un salario a destajo constante, implica en sí y por sí una baja del precio del trabajo.
En el salario por tiempo rige, con pocas excepciones, el mismo salario para las mismas funciones, mientras que en el salario a destajo, aunque el precio del tiempo de trabajo se mide por una cantidad determinada de producto, el jornal o el salario semanal cambian con las diferencias individuales de los obreros, de los que uno suministra en un tiempo dado solo el mínimo del producto, otro la media y un tercero más que la media. En cuanto a los ingresos reales, surgen aquí, pues, grandes diferencias según la distinta destreza, fuerza, energía, resistencia, etc., de los obreros individuales.35 Esto no cambia, naturalmente, nada en la relación general entre capital y trabajo asalariado. En primer lugar, las diferencias individuales se compensan en el conjunto del taller, de modo que este suministra en un tiempo de trabajo determinado el producto medio, y el salario total pagado será el salario medio de la rama. En segundo lugar, la proporción entre salario y plusvalía no cambia, puesto que al salario individual de cada obrero corresponde la masa de plusvalía suministrada individualmente por él. Pero el mayor margen que el salario a destajo ofrece a la individualidad tiende, por una parte, a desarrollar la individualidad y, con ella, el sentimiento de libertad, la independencia y el autocontrol de los obreros, y, por otra, su competencia entre ellos y unos contra otros. Tiene, por tanto, la tendencia a rebajar el propio nivel medio al elevar salarios individuales por encima de él. Pero allí donde un determinado salario a destajo se había consolidado tradicionalmente desde hacía mucho y su reducción ofrecía, por tanto, dificultades particulares, los maestros recurrieron excepcionalmente también a su transformación violenta en salario por tiempo. Contra ello hubo, por ejemplo, en 1860 una gran huelga (strike) entre los tejedores de cintas de Coventry.36 El salario a destajo es, por último, uno de los principales puntales del sistema de salario por horas descrito anteriormente.37
De la exposición anterior se desprende que el salario a destajo es la forma del salario más adecuada al modo de producción capitalista. Aunque no es en absoluto nuevo —figura oficialmente junto al salario por tiempo, entre otros, en los estatutos de los trabajadores franceses e ingleses del siglo XIV—, solo adquiere un margen mayor durante el período manufacturero propiamente dicho. En el período de Sturm und Drang de la gran industria, especialmente de 1797 a 1815, sirve de palanca para prolongar el tiempo de trabajo y rebajar el salario. Material muy importante para el movimiento del salario durante aquel período se encuentra en los libros azules: Report and Evidence from the Select Committee on Petitions respecting the Corn Laws (sesión parlamentaria de 1813-1814) y Reports from the Lords' Committee, on the state of the Growth, Commerce, and Consumption of Grain, and all Laws relating thereto (sesión de 1814-1815). Se encuentra aquí la prueba documental de la continua baja del precio del trabajo desde el comienzo de la guerra antijacobina.38 En el tejido, por ejemplo, el salario a destajo había caído tanto que, a pesar de la jornada laboral muy prolongada, el jornal estaba ahora más bajo que antes.
«Los ingresos reales del tejedor son muchísimo menores que antes: su superioridad sobre el obrero ordinario, que al principio era muy grande, ha desaparecido casi por completo. De hecho, la diferencia entre los salarios del trabajo cualificado y del trabajo ordinario es ahora mucho menos importante que en cualquier período anterior.»39
Lo poco que aprovecharon al proletariado rural la intensidad y la extensión del trabajo aumentadas con el salario a destajo lo muestra el siguiente pasaje, tomado de un escrito partidista a favor de los terratenientes y los arrendatarios:
«La mayor parte, con mucho, de las operaciones agrícolas la realizan personas contratadas por día o a destajo. Su salario semanal asciende a unos 12 chelines; y aunque se puede suponer que un hombre a destajo, con el mayor acicate para el trabajo, gana 1 chelín o quizá 2 más que con el salario semanal, se encuentra sin embargo, al calcular sus ingresos totales, que su pérdida de ocupación en el transcurso del año contrarresta ese suplemento... Se encontrará además, en general, que los salarios de estos hombres guardan cierta proporción con el precio de los medios de subsistencia necesarios, de modo que un hombre con dos hijos es capaz de mantener a su familia sin recurrir al socorro de la parroquia.»40
Malthus observaba entonces, refiriéndose a los hechos publicados por el Parlamento:
«Confieso que veo con desagrado la gran extensión de la práctica del salario a destajo. Un trabajo realmente duro durante 12 o 14 horas al día, por períodos de tiempo algo largos, es demasiado para un ser humano.»41
En los talleres sometidos a la ley fabril, el salario a destajo se convierte en regla general, porque allí el capital ya solo puede ampliar la jornada laboral intensivamente.42
Con la productividad cambiante del trabajo, la misma cantidad de producto representa un tiempo de trabajo cambiante. Cambia, por tanto, también el salario a destajo, puesto que es expresión del precio de un tiempo de trabajo determinado. En nuestro ejemplo anterior, en 12 horas se producían 24 piezas, mientras que el producto de valor de las 12 horas era de 6 chelines, el valor diario de la fuerza de trabajo de 3 chelines, el precio de la hora de trabajo de 3 peniques y el salario por pieza de 1½ peniques. En una pieza estaba absorbida ½ hora de trabajo. Si la misma jornada laboral suministra ahora, por ejemplo a consecuencia de la duplicación de la productividad del trabajo, 48 piezas en lugar de 24, y todas las demás circunstancias permanecen inalteradas, el salario a destajo baja de 1½ peniques a ¾ de penique, puesto que cada pieza representa ahora solo ¼ de hora de trabajo en lugar de ½. 24 × 1½ peniques = 3 chelines, e igualmente 48 × ¾ de penique = 3 chelines. En otras palabras: el salario a destajo se rebaja en la misma proporción en que crece el número de piezas producidas durante el mismo tiempo,43 es decir, en que disminuye el tiempo de trabajo empleado en la misma pieza. Este cambio del salario a destajo, en la medida en que es puramente nominal, provoca luchas constantes entre el capitalista y el obrero. Bien porque el capitalista usa el pretexto para rebajar realmente el precio del trabajo, bien porque el aumento de la fuerza productiva del trabajo va acompañado de un aumento de su intensidad. O bien porque el obrero toma en serio la apariencia del salario a destajo, como si se le pagara su producto y no su fuerza de trabajo, y se resiste, por tanto, a una rebaja del salario a la que no corresponde una rebaja del precio de venta de la mercancía.
«Los obreros vigilan cuidadosamente el precio de la materia prima y el precio de los bienes fabricados, y son así capaces de estimar con exactitud las ganancias de sus maestros.»44
El capital despacha con razón semejante pretensión como un grosero error acerca de la naturaleza del trabajo asalariado.45 Pone el grito en el cielo ante esa arrogancia de gravar con impuestos el progreso de la industria, y declara rotundamente que la productividad del trabajo no le importa en absoluto al obrero.46
Capítulo vigésimo. Diversidad nacional de los salarios
En el capítulo decimoquinto nos ocupamos de las múltiples combinaciones que pueden producir un cambio en la magnitud de valor absoluta o relativa (es decir, comparada con la plusvalía) de la fuerza de trabajo, mientras que, por otra parte, la cantidad de medios de subsistencia en que se realiza el precio de la fuerza de trabajo podía recorrer, a su vez, movimientos independientes47 del cambio de ese precio o distintos de él. Como ya se ha observado, mediante la simple traducción del valor o del precio de la fuerza de trabajo a la forma exotérica del salario, todas aquellas leyes se transforman en leyes del movimiento del salario. Lo que dentro de este movimiento aparece como combinación cambiante puede aparecer, para distintos países, como diversidad simultánea de los salarios nacionales. Al comparar salarios nacionales hay que sopesar, por tanto, todos los momentos que determinan el cambio en la magnitud de valor de la fuerza de trabajo: precio y volumen de las necesidades vitales primarias, naturales e históricamente desarrolladas, costes de formación del obrero, papel del trabajo de las mujeres y de los niños, productividad del trabajo, su magnitud extensiva e intensiva. Incluso la comparación más superficial exige reducir primero el jornal medio para los mismos oficios en distintos países a jornadas laborales de igual magnitud. Tras esta igualación de los jornales, el salario por tiempo tiene que volver a traducirse en salario a destajo, pues solo este último es un indicador tanto de la productividad como de la magnitud intensiva del trabajo.
En todo país rige cierta intensidad media del trabajo, por debajo de la cual el trabajo consume en la producción de una mercancía más tiempo del socialmente necesario y no cuenta, por tanto, como trabajo de calidad normal. Solo un grado de intensidad que se eleva por encima de la media nacional modifica, en un país dado, la medida del valor por la mera duración del tiempo de trabajo. No ocurre así en el mercado mundial, cuyas partes integrantes son los distintos países. La intensidad media del trabajo cambia de país a país; aquí es mayor, allí menor. Estas medias nacionales forman, pues, una escala cuya unidad de medida es la unidad media del trabajo universal. Comparado con el menos intenso, el trabajo nacional más intenso produce, pues, en el mismo tiempo más valor, que se expresa en más dinero.
Pero la ley del valor se modifica todavía más en su aplicación internacional por el hecho de que en el mercado mundial el trabajo nacional más productivo cuenta también como más intenso, siempre que la nación más productiva no se vea obligada por la competencia a rebajar el precio de venta de su mercancía hasta su valor.
En la medida en que la producción capitalista está desarrollada en un país, en esa misma medida se elevan allí también la intensidad y la productividad nacionales del trabajo por encima del nivel internacional.48 Las distintas cantidades de mercancías de la misma clase que se producen en distintos países en el mismo tiempo de trabajo tienen, pues, valores internacionales desiguales, que se expresan en precios distintos, es decir, en sumas de dinero que varían según los valores internacionales. El valor relativo del dinero será, por tanto, menor en la nación con un modo de producción capitalista más desarrollado que en la nación en que está poco desarrollado. Se sigue, por tanto, que el salario nominal, el equivalente de la fuerza de trabajo expresado en dinero, será también más alto en la primera nación que en la segunda; lo cual no quiere decir en absoluto que esto valga también para el salario real, es decir, para los medios de subsistencia puestos a disposición del obrero.
Pero incluso prescindiendo de esta diferencia relativa del valor del dinero en distintos países, a menudo se encontrará que el jornal, el salario semanal, etc., es más alto en la primera nación que en la segunda, mientras que el precio relativo del trabajo, es decir, el precio del trabajo en relación tanto con la plusvalía como con el valor del producto, está más alto en la segunda nación que en la primera.49
J. W. Cowell, miembro de la comisión fabril de 1833, llegó, tras una cuidadosa investigación de la hilatura, a la conclusión de que
«en Inglaterra los salarios son en realidad más bajos para el fabricante que en el continente, aunque para el obrero puedan ser más altos» (Ure, p. 314).
El inspector fabril inglés Alexander Redgrave demuestra en el informe fabril del 31 de octubre de 1866, mediante una estadística comparativa con los Estados continentales, que, pese al salario más bajo y al tiempo de trabajo mucho más largo, el trabajo continental es, en proporción al producto, más caro que el inglés. Un director inglés (manager) de una fábrica de algodón de Oldemburgo declara que allí el tiempo de trabajo dura de las 5.30 de la mañana a las 8 de la tarde, sábados incluidos, y que los obreros de allí, cuando están bajo capataces ingleses, no suministran durante ese tiempo tanto producto como los ingleses en 10 horas, y bajo capataces alemanes, mucho menos todavía. El salario está mucho más bajo que en Inglaterra, en muchos casos un 50%, pero el número de brazos en relación con la maquinaria es mucho mayor, en diversos departamentos en la proporción de 5 : 3. El señor Redgrave da detalles muy precisos sobre las fábricas de algodón rusas. Los datos se los ha proporcionado un manager inglés empleado allí hasta hace poco. En este suelo ruso, tan fecundo en toda clase de infamias, florecen también en todo su esplendor los viejos horrores de la infancia de las factories inglesas. Los dirigentes son naturalmente ingleses, pues el capitalista ruso nativo no sirve para el negocio fabril. Pese a todo el exceso de trabajo, al trabajo diurno y nocturno ininterrumpido y a la más vergonzosa remuneración insuficiente de los obreros, el producto fabril ruso solo vegeta gracias a la prohibición del extranjero. — Doy, por último, un cuadro comparativo del señor Redgrave sobre el número medio de husos por fábrica y por hilandero en distintos países de Europa. El señor Redgrave observa él mismo que reunió estas cifras hace algunos años y que desde entonces han crecido en Inglaterra el tamaño de las fábricas y el número de husos por obrero. Pero supone un progreso proporcionalmente igual en los países continentales enumerados, de modo que las cifras habrían conservado su valor comparativo.
Número medio de husos por fábrica En Inglaterra, número medio de husos por fábrica 12.600 En Suiza, número medio de husos por fábrica 8.000 En Austria, número medio de husos por fábrica 7.000 En Sajonia, número medio de husos por fábrica 4.500 En Bélgica, número medio de husos por fábrica 4.000 En Francia, número medio de husos por fábrica 1.500 En Prusia, número medio de husos por fábrica 1.500
Número medio de husos por persona En Francia una persona por cada 14 husos En Rusia una persona por cada 28 husos En Prusia una persona por cada 37 husos En Baviera una persona por cada 46 husos En Austria una persona por cada 49 husos En Bélgica una persona por cada 50 husos En Sajonia una persona por cada 50 husos En los Estados alemanes más pequeños una persona por cada 55 husos En Suiza una persona por cada 55 husos En Gran Bretaña una persona por cada 74 husos
«Esta comparación —dice el señor Redgrave— es, además de por otras razones, especialmente desfavorable para Gran Bretaña porque allí existe un número muy grande de fábricas en las que el tejido mecánico está unido a la hilatura, mientras que el cálculo no descuenta ninguna persona por los telares. Las fábricas extranjeras, en cambio, son en su mayoría meras hilaturas. Si pudiéramos comparar exactamente lo igual con lo igual, podría enumerar muchas hilaturas de algodón de mi distrito en las que mules de 2.200 husos son vigiladas por un solo hombre (minder) y dos ayudantas y en las que se fabrican diariamente 220 libras de hilo, de 400 millas (inglesas) de longitud.» (Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1866, pp. 31-37 passim.)
Es sabido que en Europa oriental, al igual que en Asia, compañías inglesas han emprendido la construcción de ferrocarriles y emplean en ella, junto a obreros nativos, cierto número de obreros ingleses. Obligadas por la necesidad práctica a tener en cuenta de este modo las diferencias nacionales en la intensidad del trabajo, no han sufrido con ello daño alguno. Su experiencia enseña que, aunque la cuantía del salario corresponda más o menos a la intensidad media del trabajo, el precio relativo del trabajo (en relación con el producto) se mueve en general en sentido opuesto.
En el Ensayo sobre la tasa del salario,50 uno de sus primeros escritos económicos, H. Carey trata de demostrar que los distintos salarios nacionales están en proporción directa con los grados de productividad de las jornadas laborales nacionales, para sacar de esta relación internacional la conclusión de que el salario en general sube y baja como la productividad del trabajo. Todo nuestro análisis de la producción de la plusvalía demuestra lo absurdo de esta conclusión, aun cuando Carey hubiera demostrado su premisa en lugar de revolver, según su costumbre, un material estadístico recogido sin crítica y a la ligera. Lo mejor es que no afirma que la cosa se comporte realmente como debería comportarse según la teoría. La intervención del Estado, en efecto, ha falseado la relación económica natural. Hay que calcular, por tanto, los salarios nacionales como si la parte de ellos que le corresponde al Estado en forma de impuestos le correspondiera al propio obrero. ¿No debería el señor Carey seguir reflexionando sobre si estos «costes del Estado» no son también «frutos naturales» del desarrollo capitalista? El razonamiento es del todo digno del hombre que primero declaró las relaciones de producción capitalistas leyes eternas de la naturaleza y de la razón, cuyo juego libre y armonioso solo perturba la intervención del Estado, para descubrir después que la influencia diabólica de Inglaterra en el mercado mundial, una influencia que, al parecer, no brota de las leyes naturales de la producción capitalista, hace necesaria la intervención del Estado, a saber, la protección de aquellas leyes de la naturaleza y de la razón por el Estado, alias el sistema proteccionista. Descubrió además que los teoremas de Ricardo, etc., en los que se formulan las oposiciones y contradicciones sociales existentes, no son el producto ideal del movimiento económico real, sino que, a la inversa, ¡las oposiciones reales de la producción capitalista en Inglaterra y en otras partes son el resultado de la teoría de Ricardo, etc.! Descubrió, por último, que en última instancia es el comercio lo que destruye las bellezas y armonías innatas del modo de producción capitalista. Un paso más, y quizá descubra que el único mal de la producción capitalista es el capital mismo. Solo un hombre de tan espantosa falta de crítica y de una erudición de faux aloi, de tan mala ley, merecía, a pesar de su herejía proteccionista, convertirse en la fuente secreta de la sabiduría armónica de un Bastiat y de todos los demás optimistas librecambistas de nuestros días.
«El señor Ricardo, con bastante ingenio, evita una dificultad que, a primera vista, amenaza con estorbar su doctrina de que el valor depende de la cantidad de trabajo empleada en la producción. Si se sigue rigurosamente este principio, se sigue que el valor del trabajo depende de la cantidad de trabajo empleada en producirlo, lo cual es evidentemente absurdo. Por eso, con un hábil giro, el señor Ricardo hace depender el valor del trabajo de la cantidad de trabajo requerida para producir los salarios; o, para concederle el beneficio de su propio lenguaje, sostiene que el valor del trabajo ha de estimarse por la cantidad de trabajo requerida para producir los salarios, con lo que se refiere a la cantidad de trabajo requerida para producir el dinero o las mercancías que se dan al trabajador. Es como decir que el valor del paño se estima, no por la cantidad de trabajo invertida en su producción, sino por la cantidad de trabajo invertida en la producción de la plata por la que se cambia el paño.» (A Critical Dissertation on the Nature etc. of Value, pp. 50 y 51.) ↩
«Si llamáis mercancía al trabajo, no es como una mercancía que se produce primero para el intercambio y luego se lleva al mercado, donde debe cambiarse por otras mercancías según las cantidades respectivas de cada una que haya en ese momento en el mercado; el trabajo se crea en el momento en que se lleva al mercado; más aún, se lleva al mercado antes de ser creado.» (Observations on some verbal disputes etc., pp. 75 y 76.) ↩
«Si se trata el trabajo como una mercancía y el capital, producto del trabajo, como otra, entonces, si los valores de esas dos mercancías estuvieran regulados por cantidades iguales de trabajo, una cantidad dada de trabajo... se cambiaría por la cantidad de capital que se hubiera producido con la misma cantidad de trabajo; el trabajo anterior... se cambiaría por la misma cantidad que el trabajo presente. Pero el valor del trabajo, en relación con otras mercancías... no está determinado por cantidades iguales de trabajo.» (E. G. Wakefield, en su edición de Wealth of Nations de A. Smith, Londres, 1835, vol. I, pp. 230 y 231, nota.) ↩
«Hubo que convenir» (otra edición más del contrat social) «en que, siempre que se cambiara trabajo hecho por trabajo por hacer, el segundo» (el capitalista) «tendría un valor superior al primero» (el trabajador). (Simonde [es decir, Sismondi], De la Richesse Commerciale, Ginebra, 1803, t. I, p. 37.) ↩
«El trabajo, patrón exclusivo del valor... creador de toda riqueza, no es una mercancía.» (Th. Hodgskin, l. c., p. 186.) ↩
En cambio, declarar estas expresiones simple licentia poetica solo demuestra la impotencia del análisis. Por eso, frente a la frase de Proudhon: «Se dice que el trabajo vale, no en cuanto mercancía él mismo, sino en vista de los valores que se supone encerrados potencialmente en él. El valor del trabajo es una expresión figurada, etc.», observo: «En el trabajo-mercancía, que es de una realidad espantosa, no ve más que una elipsis gramatical. Así pues, toda la sociedad actual, fundada en el trabajo-mercancía, está fundada en adelante en una licencia poética, en una expresión figurada. ¿Quiere la sociedad "eliminar todos los inconvenientes" que la aquejan? Pues bien, que elimine los términos malsonantes, que cambie de lenguaje, y para ello no tiene más que dirigirse a la Academia para pedirle una nueva edición de su diccionario.» (K. Marx, Misère de la Philosophie, pp. 34 y 35.) Más cómodo aún es, naturalmente, no pensar nada en absoluto bajo la palabra valor. Entonces puede subsumirse sin más ceremonias cualquier cosa bajo esta categoría. Así, por ejemplo, J.-B. Say. ¿Qué es la valeur? Respuesta: «Es lo que una cosa vale». ¿Y qué es el prix? Respuesta: «El valor de una cosa expresado en moneda». ¿Y por qué tiene «el trabajo de la tierra... un valor»? «Porque se le pone un precio.» Así pues, el valor es lo que una cosa vale, y la tierra tiene un «valor» porque su valor se «expresa en dinero». Es, en todo caso, un método muy sencillo para entenderse sobre el porqué y el para qué (why and wherefore) de las cosas. ↩
Cf. Zur Kritik der politischen Oekonomie, p. 40, donde anuncio que el problema se resolverá al estudiar el capital: «¿Cómo conduce la producción sobre la base del valor de cambio determinado por el mero tiempo de trabajo al resultado de que el valor de cambio del trabajo sea menor que el valor de cambio de su producto?». ↩
El Morning Star, órgano librecambista londinense de una ingenuidad que rayaba en la necedad, aseguraba una y otra vez durante la guerra civil americana, con toda la indignación moral humanamente posible, que los negros de los Confederate States trabajaban completamente gratis. Habría hecho bien en comparar los costes diarios de uno de esos negros con los del obrero libre del East End de Londres, por ejemplo. ↩
(Nota de la traducción.) «Doy para que des, doy para que hagas, hago para que des y hago para que hagas»: fórmulas del derecho romano para los contratos innominados. ↩
A. Smith alude solo incidentalmente a la variación de la jornada laboral, a propósito del salario a destajo. ↩
El valor del dinero mismo se supone aquí siempre constante. ↩
«El precio del trabajo es la suma pagada por una cantidad dada de trabajo.» (Sir Edward West, Price of Corn and Wages of Labour, Londres, 1826, p. 67.) West es el autor del escrito anónimo que hizo época en la historia de la economía política: Essay on the Application of Capital to Land. By a Fellow of Univ. of Oxford, Londres, 1815. ↩
«Los salarios del trabajo dependen del precio del trabajo y de la cantidad de trabajo realizado... Un aumento de los salarios del trabajo no implica necesariamente una elevación del precio del trabajo. Con una ocupación más plena y mayores esfuerzos, los salarios del trabajo pueden aumentar considerablemente, mientras el precio del trabajo sigue siendo el mismo.» (West, l. c., pp. 67, 68 y 112.) Por lo demás, West despacha con frases banales la cuestión principal: ¿cómo se determina el price of labour? ↩
Lo intuye certeramente, aunque expone la cosa de manera confusa, el representante más fanático de la burguesía industrial del siglo XVIII, el autor, citado a menudo por nosotros, del Essay on Trade and Commerce: «Es la cantidad de trabajo, y no su precio» (entiende por tal el jornal o el salario semanal nominal), «lo que está determinado por el precio de las provisiones y de otros artículos de primera necesidad: rebajad mucho el precio de los artículos de primera necesidad y naturalmente rebajaréis en proporción la cantidad de trabajo... Los maestros manufactureros saben que hay varias maneras de subir y bajar el precio del trabajo además de la de alterar su importe nominal.» (L. c., pp. 48 y 61.) En sus Three Lectures on the Rate of Wages, Londres, 1830, en las que N. W. Senior utiliza el escrito de West sin citarlo, dice entre otras cosas: «Al obrero le interesa principalmente la cuantía del salario». (P. 15.) ¡Así pues, al obrero le interesa principalmente lo que recibe, el importe nominal del salario, no lo que da, la cantidad de trabajo! ↩
El efecto de tal subocupación anormal es completamente distinto del de una reducción general de la jornada laboral impuesta por ley. La primera no tiene nada que ver con la duración absoluta de la jornada laboral y puede darse tanto con una jornada de 15 horas como con una de 6. El precio normal del trabajo está calculado, en el primer caso, sobre la base de que el obrero trabaja por término medio 15 horas diarias; en el segundo, sobre la base de que trabaja 6. El efecto sigue siendo, pues, el mismo si en un caso solo se le ocupa 7½ horas y en el otro solo 3. ↩
«La tarifa de pago del tiempo extra» (en la manufactura de encajes) «es tan pequeña, ½ penique, etc., por hora, que contrasta penosamente con el daño masivo que causa a la salud y a la fuerza vital de los obreros... El pequeño excedente así ganado tiene que gastarse además a menudo en refrigerios extraordinarios.» (Child. Empl. Comm., II. Rep., p. XVI, n. 117.) ↩
Por ejemplo, en la estampación de papel pintado antes de la reciente introducción de la ley fabril. «Trabajábamos sin pausa para las comidas, de modo que la jornada de 10½ horas termina a las cuatro y media de la tarde, y todo lo que viene después es tiempo extra, que rara vez acaba antes de las 6 de la tarde, de modo que en realidad trabajamos tiempo extra todo el año.» (Declaración del señor Smith en Child. Empl. Comm., I. Rep., p. 125.) ↩
Por ejemplo, en los blanqueos escoceses. «En algunas partes de Escocia esta industria» (antes de la introducción de la ley fabril en 1862) «se llevaba según el sistema del tiempo extra, es decir, 10 horas valían como jornada laboral normal. Por ellas el hombre recibía 1 chelín 2 peniques. A esto se añadía cada día un tiempo extra de 3 o 4 horas, por el que se pagaban 3 peniques la hora. Consecuencia de este sistema: un hombre que solo trabajaba el tiempo normal solo podía ganar 8 chelines de salario semanal. Sin tiempo extra, el salario no alcanzaba.» (Reports of Insp. of Fact., 30th April 1863, p. 10.) El «pago extra por tiempo extra es una tentación a la que los obreros no pueden resistirse». (Rep. of Insp. of Fact., 30th April 1848, p. 5.) La encuadernación de la City de Londres emplea a muchísimas muchachas a partir de los 14-15 años, y además con el contrato de aprendizaje, que prescribe horas de trabajo determinadas. Sin embargo, en la última semana de cada mes trabajan hasta las 10, las 11, las 12 y la 1 de la noche, junto con los obreros mayores, en una compañía muy mezclada. «Los maestros las tientan (tempt) con un salario extra y dinero para una buena cena», que toman en tabernas vecinas. El gran libertinaje que así se produce entre estas young immortals (Child. Empl. Comm., V. Rep., p. 44, n. 191) encuentra su compensación en que, entre otras cosas, ellas encuadernan también muchas biblias y libros de devoción. ↩
Véase Reports of Insp. of Fact., 30th April 1863, l. c. Con una crítica muy acertada de la situación, los obreros de la construcción de Londres declararon durante la gran huelga y el gran cierre patronal (strike y lock-out) de 1860 que solo aceptarían el salario por horas con dos condiciones: 1) que con el precio de la hora de trabajo se fijara una jornada laboral normal de 9 y de 10 horas, respectivamente, y que el precio de la hora de la jornada de diez horas fuera mayor que el de la de nueve; 2) que toda hora más allá de la jornada normal se pagara proporcionalmente más alta como tiempo extra. ↩
«Es también algo muy notable que allí donde las jornadas largas son la regla, también lo son los salarios bajos.» (Rep. of Insp. of Fact., 31st Oct. 1863, p. 9.) «El trabajo que obtiene la escasa pitanza de alimento está en su mayor parte excesivamente prolongado.» (Public Health, Sixth Rep. 1863, p. 15.) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1864».] ↩
Reports of Insp. of Fact., 30th April 1860, pp. 31 y 32. ↩
Los fabricantes de clavos a mano en Inglaterra, por ejemplo, tienen que trabajar 15 horas diarias, a causa del bajo precio del trabajo, para sacar el más mísero salario semanal. «Son muchas, muchas horas al día, y durante todo ese tiempo tiene que bregar duro para sacar 11 peniques o 1 chelín, y de eso se van de 2½ a 3 peniques en desgaste de las herramientas, combustible y merma del hierro.» (Child. Empl. Comm., III. Rep., p. 136, n. 671.) Las mujeres, con el mismo tiempo de trabajo, solo ganan un salario semanal de 5 chelines. (L. c., p. 137, n. 674.) ↩
Si un obrero fabril, por ejemplo, se negaba a trabajar el largo número de horas acostumbrado, «... pronto sería sustituido por alguien que trabajara cualquier número de horas, y se quedaría así sin empleo». (Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1848, Evidence, p. 39, n. 58.) «Si un hombre realiza el trabajo de dos... la tasa de ganancia aumentará por lo general... a consecuencia de que la oferta adicional de trabajo ha disminuido su precio.» (Senior, l. c., p. 15.) ↩
Child. Empl. Comm., III. Rep., Evidence, p. 66, n. 22. ↩
Report etc. relative to the Grievances complained of by the journeymen bakers, Londres, 1862, p. LII, e ib., Evidence, nn. 479, 359, 27. Sin embargo, también los fullpriced, como se mencionó anteriormente y como reconoce su propio portavoz Bennet, hacen a su gente «empezar el trabajo a las 11 de la noche o antes y prolongarlo a menudo hasta las 7 de la tarde siguiente». (L. c., p. 22.) ↩
«El sistema del trabajo a destajo señala una época en la historia del trabajador; está a medio camino entre la posición del mero jornalero, que depende de la voluntad del capitalista, y la del artesano cooperativo, que en un futuro no lejano promete reunir en su propia persona al artesano y al capitalista. Los destajistas son de hecho sus propios patronos, aun cuando trabajen con el capital del empleador.» (John Watts, Trade Societies and Strikes, Machinery and Cooperative Societies, Manchester, 1865, pp. 52 y 53.) Cito este opúsculo porque es una verdadera cloaca de todos los lugares comunes apologéticos, podridos desde hace mucho. Este mismo señor Watts negociaba antes con el owenismo y publicó en 1842 otro opúsculo, Facts and Fictions of Political Economy, en el que, entre otras cosas, declara que la propiedad es un robo (property is robbery). Ha pasado ya mucho tiempo. ↩
T. J. Dunning, Trade's Unions and Strikes, Londres, 1860, p. 22. ↩
Cómo la coexistencia simultánea de estas dos formas del salario favorece las estafas de los fabricantes: «Una fábrica emplea a 400 personas, la mitad de las cuales trabajan a destajo y tienen un interés directo en trabajar más horas. Las otras 200 cobran por día, trabajan tanto como las demás y no reciben más dinero por su tiempo extra... El trabajo de estas 200 personas durante media hora al día equivale al trabajo de una persona durante 50 horas, o a ⅚ del trabajo de una persona en una semana, y es una ganancia positiva para el patrono.» (Reports of Insp. of Fact., 31st October 1860, p. 9.) «El exceso de trabajo sigue prevaleciendo en una medida muy considerable, y en la mayoría de los casos con esa seguridad frente al descubrimiento y el castigo que la propia ley proporciona. En muchos informes anteriores he mostrado... el perjuicio para todos los obreros que no trabajan a destajo, sino que reciben un salario semanal.» (Leonard Horner, en Reports of Insp. of Fact., 30th April 1859, pp. 8 y 9.) ↩
«El salario puede medirse de dos maneras: o por la duración del trabajo o por su producto.» (Abrégé élémentaire des principes de l'Écon. Pol., París, 1796, p. 32.) Autor de este escrito anónimo: G. Garnier. ↩
«Se le entrega» (al hilandero) «tanto peso de algodón, y tiene que devolver en un tiempo determinado, a cambio de él, un peso dado de torzal o de hilo de un determinado grado de finura, y se le paga tanto por libra de todo lo que así devuelve. Si su trabajo es defectuoso en calidad, la sanción recae sobre él; si es inferior en cantidad al mínimo fijado para un tiempo dado, se le despide y se busca un operario más capaz.» (Ure, l. c., pp. 316 y 317.) ↩
«Cuando el trabajo pasa por varias manos, cada una de las cuales ha de llevarse una parte de las ganancias, mientras que solo la última hace el trabajo, la paga que llega a la obrera es miserablemente desproporcionada.» (Child. Empl. Comm. II. Rep., p. LXX, n. 424.) ↩
Hasta el apologético Watts observa: «Sería una gran mejora del sistema de trabajo a destajo que todos los hombres empleados en una obra fueran partícipes del contrato, cada uno según su capacidad, en lugar de que un hombre esté interesado en hacer trabajar en exceso a sus compañeros en su propio beneficio». (L. c., p. 53.) Sobre las infamias de este sistema, cf. Child. Emp. Comm. Rep. III, p. 66, n. 22; p. 11, n. 124; p. XI, nn. 13, 53, 59, etc. ↩
A este resultado espontáneo se le echa a menudo una mano de forma artificial. En el Engineering Trade de Londres, por ejemplo, es un truco (trick) tradicional «que el capitalista elija como jefe de cierto número de obreros a un hombre de fuerza física y destreza superiores. Le paga trimestralmente o en otros plazos un salario suplementario, con el acuerdo de que haga todo lo posible por espolear a sus compañeros de trabajo, que solo reciben el salario ordinario, a la más extrema emulación... Esto explica sin más comentario la queja de los capitalistas sobre "la paralización de la actividad o de la destreza superior y de la fuerza de trabajo (stinting the action, superior skill and working power) por las Trade's Unions"». (Dunning, l. c., pp. 22 y 23.) Como el autor es él mismo obrero y secretario de una Trade's Union, esto podría pasar por exageración. Pero véase, por ejemplo, la highly respectable enciclopedia agronómica de J. Ch. Morton, artículo «Labourer», donde se recomienda este método a los arrendatarios como probado. ↩
«Todos los que cobran a destajo... sacan provecho de la transgresión de los límites legales del trabajo. Esta observación sobre la disposición a trabajar tiempo extra es especialmente aplicable a las mujeres empleadas como tejedoras y devanadoras.» (Rep. of Insp. of Fact., 30th April 1858, p. 9.) «Este sistema de destajo, tan ventajoso para el capitalista..., tiende directamente a animar al joven alfarero a un gran exceso de trabajo durante los 4 o 5 años en los que se le paga por pieza, pero a bajo precio. Es esta una de las grandes causas a las que hay que atribuir la degeneración física de los alfareros.» (Child. Empl. Comm. I. Rep., p. XIII.) ↩
«Cuando el trabajo en cualquier oficio se paga por pieza, a tanto por obra..., los salarios pueden diferir muy sustancialmente en cuantía... Pero en el trabajo por día hay en general una tarifa uniforme... reconocida tanto por el patrono como por el empleado como el salario tipo para el común de los obreros del oficio.» (Dunning, l. c., p. 17.) ↩
«El trabajo de los oficiales artesanos se regula por día o por pieza (à la journée ou à la pièce)... Los maestros saben aproximadamente cuánta obra pueden hacer los obreros al día en cada métier y por eso les pagan a menudo en proporción a la obra que hacen; así, estos oficiales trabajan cuanto pueden, en su propio interés, sin más vigilancia.» (Cantillon, Essai sur la Nature du Commerce en Général, ed. de Ámsterdam, 1756, pp. 185 y 202. La primera edición apareció en 1755.) Cantillon, de quien bebieron abundantemente Quesnay, sir James Steuart y A. Smith, presenta, pues, ya aquí el salario a destajo como forma simplemente modificada del salario por tiempo. La edición francesa de Cantillon se anuncia en la portada como traducción del inglés, pero la edición inglesa, The Analysis of Trade, Commerce etc., by Philip Cantillon, late of the City of London, Merchant, no solo es de fecha posterior (de 1759), sino que por su contenido resulta ser una refundición posterior. Así, por ejemplo, en la edición francesa no se menciona todavía a Hume, mientras que, a la inversa, en la inglesa apenas figura ya Petty. La edición inglesa es teóricamente menos importante, pero contiene toda clase de cosas referidas específicamente al comercio inglés, al comercio de metales preciosos, etc., que faltan en el texto francés. Las palabras de la portada de la edición inglesa según las cuales el escrito está «Taken chiefly from the Manuscript of a very ingenious Gentleman deceased, and adapted etc.» parecen, por tanto, algo más que una mera ficción, entonces muy habitual. ↩
«¡Cuántas veces no hemos visto en ciertos talleres contratar a muchos más obreros de los que requería el trabajo que había que poner en marcha! A menudo, en previsión de un trabajo aleatorio, a veces incluso imaginario, se admite a obreros: como se les paga a destajo, uno se dice que no corre ningún riesgo, porque todas las pérdidas de tiempo correrán a cargo de los desocupados.» (H. Gregoir, Les Typographes devant le Tribunal Correctionnel de Bruxelles, Bruselas, 1865, p. 9.) ↩
(Nota de la traducción.) Las guerras de Inglaterra contra la Francia revolucionaria y napoleónica (1793-1815). ↩
Remarks on the Commercial Policy of Great Britain, Londres, 1815, p. 48. ↩
A Defence of the Landowners and Farmers of Great Britain, Londres, 1814, pp. 4 y 5. [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «Considerations upon the Corn Bill..., London 1815, p. 34».] ↩
Malthus, Inquiry into the Nature etc. of Rent, Londres, 1815. ↩
«Los obreros a destajo forman probablemente ⅘ de todos los obreros de las fábricas.» (Reports of Insp. of Fact. for 30th April 1858, p. 9.) ↩
«La fuerza productiva de su máquina de hilar se mide con exactitud, y la tarifa de pago por el trabajo hecho con ella disminuye con el aumento de su fuerza productiva, aunque no en la misma medida.» (Ure, l. c., p. 317.) Este último giro apologético lo anula el propio Ure. Admite que, al alargar la mule, por ejemplo, el alargamiento origina un trabajo adicional. El trabajo no disminuye, pues, en la medida en que crece su productividad. Además: «Con este alargamiento, la fuerza productiva de la máquina aumentará en una quinta parte. Cuando esto ocurre, al hilandero ya no se le paga a la misma tarifa por el trabajo hecho que antes; pero como esa tarifa no disminuirá en la proporción de una quinta parte, la mejora aumentará sus ganancias en dinero para cualquier número dado de horas de trabajo» —pero, pero—, «la afirmación anterior requiere cierta modificación... el hilandero tiene que pagar algo adicional, de sus seis peniques adicionales, por ayuda juvenil, acompañado ello del desplazamiento de una parte de los adultos» (l. c., pp. 320 y 321 [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «p. 321».]), lo que no tiene en absoluto una tendencia a elevar el salario. ↩
H. Fawcett, The Economic Position of the British Labourer, Cambridge y Londres, 1865, p. 178. ↩
En el Standard de Londres del 26 de octubre de 1861 se encuentra la crónica de un proceso de la firma John Bright & Co. ante los magistrados de Rochdale «para perseguir por intimidación a los agentes de la Trade Union de los tejedores de alfombras. Los socios de Bright habían introducido nueva maquinaria que produciría 240 yardas de alfombra en el tiempo y con el trabajo (!) que antes se requerían para producir 160 yardas. Los obreros no tenían derecho alguno a participar en las ganancias obtenidas por la inversión del capital de su patrono en mejoras mecánicas. En consecuencia, los señores Bright propusieron rebajar la tarifa de pago de 1½ peniques por yarda a 1 penique, con lo que las ganancias de los hombres quedaban exactamente iguales que antes por el mismo trabajo. Pero había una reducción nominal, de la que, según se afirma, los operarios no habían sido advertidos lealmente de antemano». ↩
«¡Las Trades Unions, en su afán de mantener el salario, tratan de participar en la ganancia de la maquinaria mejorada!» (Quelle horreur!) «... exigen un salario más alto porque el trabajo se ha abreviado... en otras palabras, se empeñan en gravar con un impuesto las mejoras industriales.» (On Combinations of Trades, nueva ed., Londres, 1834, p. 42.) ↩
«No es exacto decir que los salarios» (se trata aquí de su precio) «aumentan porque compran más de un artículo más barato.» (David Buchanan, en su edición de Wealth etc. de A. Smith, 1814, vol. I, p. 417, nota.) ↩
En otro lugar investigaremos qué circunstancias pueden modificar esta ley, en relación con la productividad, para ramas de producción particulares. ↩
James Anderson observa, polemizando contra A. Smith: «Merece observarse igualmente que, aunque el precio aparente del trabajo es por lo general más bajo en los países pobres, donde el producto del suelo, y el grano en general, es barato, en realidad es en su mayor parte más alto que en otros países. Pues no es el salario que se da al trabajador por día lo que constituye el precio real del trabajo, aunque sea su precio aparente. El precio real es lo que una cantidad determinada de trabajo realizado le cuesta efectivamente al patrono; y, considerado de este modo, el trabajo es en casi todos los casos más barato en los países ricos que en los más pobres, aunque el precio del grano y de otras provisiones sea por lo general mucho más bajo en los últimos que en los primeros... El trabajo estimado por día es mucho más bajo en Escocia que en Inglaterra...; el trabajo a destajo es por lo general más barato en Inglaterra.» (James Anderson, Observations on the means of exciting a spirit of National Industry etc., Edimburgo, 1777, pp. 350 y 351.) A la inversa, lo bajo del salario produce a su vez el encarecimiento del trabajo. «Siendo el trabajo más caro en Irlanda que en Inglaterra... porque los salarios son mucho más bajos.» (N.º 2074 en Royal Commission on Railways, Minutes, 1867.) ↩
Essay on the Rate of Wages: with an Examination of the Causes of the Differences in the Conditions of the Labouring Population throughout the World, Filadelfia, 1835. ↩