Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción del capital. Primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1867. Se traduce de la cuarta edición alemana (1890), revisada por Friedrich Engels, según el texto de la MEW 23 (Berlín, 1962) cotejado con la MEGA II/10; las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras; las demás son de Marx o, entre corchetes con «— F. E.», de Engels. Texto original en alemán
Prólogos y epílogos · I · II · III · IV · V · VI · VII
Capítulo décimo. Concepto de la plusvalía relativa
La parte de la jornada laboral que produce solamente un equivalente del valor de la fuerza de trabajo pagado por el capital se ha considerado hasta aquí como una magnitud constante, y lo es, en efecto, en unas condiciones de producción dadas, en una fase existente del desarrollo económico de la sociedad. Más allá de este su tiempo de trabajo necesario, el obrero podía trabajar 2, 3, 4, 6, etc., horas. De la magnitud de esta prolongación dependían la tasa de plusvalía y la magnitud de la jornada laboral. Si el tiempo de trabajo necesario era constante, la jornada laboral total era, en cambio, variable. Supongamos ahora una jornada laboral cuya magnitud y cuya división en trabajo necesario y plustrabajo están dadas. La línea a c, a __ b __ c, represente, por ejemplo, una jornada laboral de doce horas; el segmento a b, 10 horas de trabajo necesario; el segmento b c, 2 horas de plustrabajo. ¿Cómo puede aumentarse ahora la producción de plusvalía, es decir, prolongarse el plustrabajo, sin ninguna otra prolongación de a c o independientemente de toda otra prolongación de a c?
Pese a estar dados los límites de la jornada laboral a c, b c parece prolongable, si no extendiéndolo más allá de su punto final c, que es a la vez el punto final de la jornada laboral a c, sí desplazando su punto inicial b en dirección contraria, hacia a. Supongamos que b' _ b, en a ___ b' _ b c, sea igual a la mitad de b c, o igual a una hora de trabajo. Si ahora, en la jornada laboral de doce horas a c, se desplaza el punto b hasta b', b c se extiende hasta b' c; el plustrabajo crece en la mitad, de 2 a 3 horas, aunque la jornada laboral siga contando solo 12 horas. Pero esta extensión del plustrabajo de b c a b' c, de 2 a 3 horas, es a todas luces imposible sin una contracción simultánea del trabajo necesario de a b a a b', de 10 a 9 horas. A la prolongación del plustrabajo correspondería el acortamiento del trabajo necesario; dicho de otro modo, una parte del tiempo de trabajo que el obrero consumía hasta ahora, en realidad, para sí mismo se transforma en tiempo de trabajo para el capitalista. Lo que habría cambiado no sería la duración de la jornada laboral, sino su división en trabajo necesario y plustrabajo.
Por otra parte, la magnitud del plustrabajo está evidentemente dada ella misma cuando están dadas la magnitud de la jornada laboral y el valor de la fuerza de trabajo. El valor de la fuerza de trabajo, es decir, el tiempo de trabajo requerido para producirla, determina el tiempo de trabajo necesario para reproducir su valor. Si una hora de trabajo se representa en una cantidad de oro de medio chelín o 6 peniques, y el valor diario de la fuerza de trabajo asciende a 5 chelines, el obrero tiene que trabajar 10 horas diarias para reponer el valor diario de su fuerza de trabajo que le ha pagado el capital, o para producir un equivalente del valor de sus medios de subsistencia diarios necesarios. Con el valor de estos medios de subsistencia está dado el valor de su fuerza de trabajo1, y con el valor de su fuerza de trabajo está dada la magnitud de su tiempo de trabajo necesario. Ahora bien, la magnitud del plustrabajo se obtiene restando de la jornada laboral total el tiempo de trabajo necesario. Diez horas restadas de doce dejan dos, y no se ve cómo podría prolongarse el plustrabajo, en las condiciones dadas, más allá de dos horas. Cierto que el capitalista puede pagar al obrero, en lugar de 5 chelines, solo 4 chelines y 6 peniques, o aún menos. Para reproducir este valor de 4 chelines y 6 peniques bastarían 9 horas de trabajo; de la jornada laboral de doce horas corresponderían entonces al plustrabajo 3 horas en vez de 2, y la plusvalía misma subiría de 1 chelín a 1 chelín y 6 peniques. Pero este resultado solo se habría conseguido rebajando el salario del obrero por debajo del valor de su fuerza de trabajo. Con los 4 chelines y 6 peniques que produce en 9 horas dispone de ⅒ menos de medios de subsistencia que antes, y así solo tiene lugar una reproducción atrofiada de su fuerza de trabajo. El plustrabajo solo se prolongaría aquí traspasando sus límites normales; su dominio solo se extendería mediante una usurpación del dominio del tiempo de trabajo necesario. Pese al importante papel que este método desempeña en el movimiento real del salario, aquí queda excluido por el supuesto de que las mercancías, y por tanto también la fuerza de trabajo, se compran y se venden por su valor íntegro. Una vez supuesto esto, el tiempo de trabajo necesario para producir la fuerza de trabajo o para reproducir su valor no puede disminuir porque el salario del obrero caiga por debajo del valor de su fuerza de trabajo, sino solamente cuando este valor mismo baja. Dada la duración de la jornada laboral, la prolongación del plustrabajo tiene que surgir del acortamiento del tiempo de trabajo necesario, y no, a la inversa, el acortamiento del tiempo de trabajo necesario de la prolongación del plustrabajo. En nuestro ejemplo, el valor de la fuerza de trabajo tiene que bajar realmente en ⅒ para que el tiempo de trabajo necesario disminuya en ⅒, de 10 a 9 horas, y el plustrabajo se prolongue así de 2 a 3 horas.
Ahora bien, semejante descenso del valor de la fuerza de trabajo en ⅒ requiere a su vez que la misma masa de medios de subsistencia que antes se producía en 10 horas se produzca ahora en 9. Y esto es imposible sin un aumento de la fuerza productiva del trabajo. Con unos medios dados, un zapatero, por ejemplo, puede hacer un par de botas en una jornada laboral de 12 horas. Si ha de hacer dos pares de botas en el mismo tiempo, la fuerza productiva de su trabajo tiene que duplicarse, y no puede duplicarse sin un cambio en sus medios de trabajo o en su método de trabajo, o en ambos a la vez. Tiene que producirse, por tanto, una revolución en las condiciones de producción de su trabajo, es decir, en su modo de producción y, por ende, en el proceso de trabajo mismo. Por aumento de la fuerza productiva del trabajo entendemos aquí, en general, un cambio en el proceso de trabajo por el cual se acorta el tiempo de trabajo socialmente requerido para producir una mercancía, de modo que una cantidad menor de trabajo adquiere la fuerza de producir una cantidad mayor de valor de uso.2 Así pues, mientras que en la producción de plusvalía bajo la forma considerada hasta ahora se suponía dado el modo de producción, para producir plusvalía transformando trabajo necesario en plustrabajo no basta en modo alguno con que el capital se apodere del proceso de trabajo en su figura históricamente heredada o existente y se limite a prolongar su duración. Tiene que trastocar las condiciones técnicas y sociales del proceso de trabajo, y por tanto el modo de producción mismo, para aumentar la fuerza productiva del trabajo, para rebajar, mediante el aumento de la fuerza productiva del trabajo, el valor de la fuerza de trabajo y acortar así la parte de la jornada laboral necesaria para reproducir este valor.
A la plusvalía producida mediante la prolongación de la jornada laboral la llamo plusvalía absoluta; a la plusvalía que, en cambio, surge del acortamiento del tiempo de trabajo necesario y del correspondiente cambio en la proporción de magnitud entre las dos partes integrantes de la jornada laboral, plusvalía relativa.
Para rebajar el valor de la fuerza de trabajo, el aumento de la fuerza productiva tiene que alcanzar a ramas industriales cuyos productos determinan el valor de la fuerza de trabajo, es decir, que pertenecen al ámbito de los medios de subsistencia habituales o pueden sustituirlos. Pero el valor de una mercancía no está determinado solamente por la cantidad de trabajo que le da su forma última, sino también por la masa de trabajo contenida en sus medios de producción. Por ejemplo, el valor de una bota no lo determina solo el trabajo del zapatero, sino también el valor del cuero, la pez, el hilo, etc. El aumento de la fuerza productiva y el consiguiente abaratamiento de las mercancías en las industrias que suministran los elementos materiales del capital constante, los medios de trabajo y el material de trabajo, para la elaboración de los medios de subsistencia necesarios, rebajan también, por tanto, el valor de la fuerza de trabajo. En cambio, en las ramas de producción que no suministran ni medios de subsistencia necesarios ni medios de producción para elaborarlos, el aumento de la fuerza productiva deja intacto el valor de la fuerza de trabajo.
La mercancía abaratada solo rebaja naturalmente el valor de la fuerza de trabajo pro tanto, es decir, solo en la proporción en que entra en la reproducción de la fuerza de trabajo. Las camisas, por ejemplo, son un medio de subsistencia necesario, pero solo uno entre muchos. Su abaratamiento disminuye únicamente el gasto del obrero en camisas. Ahora bien, la suma total de los medios de subsistencia necesarios no consiste más que en diversas mercancías, todas ellas productos de industrias particulares, y el valor de cada una de esas mercancías constituye siempre una parte alícuota del valor de la fuerza de trabajo. Este valor disminuye con el tiempo de trabajo necesario para su reproducción, cuyo acortamiento total es igual a la suma de sus acortamientos en todas esas ramas particulares de la producción. Tratamos aquí este resultado general como si fuera resultado inmediato y fin inmediato en cada caso particular. Cuando un capitalista individual abarata, por ejemplo, las camisas aumentando la fuerza productiva del trabajo, no se propone en modo alguno necesariamente el fin de rebajar pro tanto el valor de la fuerza de trabajo y, por tanto, el tiempo de trabajo necesario; pero solo en la medida en que acaba contribuyendo a este resultado contribuye a elevar la tasa general de plusvalía.3 Hay que distinguir las tendencias generales y necesarias del capital de sus formas de manifestación.
No vamos a examinar ahora el modo en que las leyes inmanentes de la producción capitalista se manifiestan en el movimiento externo de los capitales, se imponen como leyes coercitivas de la competencia y llegan por ello a la consciencia del capitalista individual como motivos impulsores; pero desde el principio está claro lo siguiente: el análisis científico de la competencia solo es posible una vez que se ha comprendido la naturaleza interna del capital, del mismo modo que el movimiento aparente de los cuerpos celestes solo es comprensible para quien conoce su movimiento real, aunque no perceptible por los sentidos. Con todo, para comprender la producción de la plusvalía relativa, y basándonos únicamente en los resultados ya obtenidos, cabe observar lo siguiente.
Si una hora de trabajo se representa en una cantidad de oro de 6 peniques o ½ chelín, en una jornada laboral de doce horas se produce un valor de 6 chelines. Supongamos que, con la fuerza productiva del trabajo dada, se elaboran en estas 12 horas de trabajo 12 piezas de mercancía. El valor de los medios de producción, materia prima, etc., consumidos en cada pieza sea de 6 peniques. En estas circunstancias, la mercancía individual cuesta 1 chelín: 6 peniques por el valor de los medios de producción y 6 peniques por el valor nuevo añadido al elaborarlos. Supongamos ahora que un capitalista consigue duplicar la fuerza productiva del trabajo y producir así 24 piezas de esta clase de mercancía en lugar de 12 en la jornada laboral de doce horas. Si el valor de los medios de producción no varía, el valor de la mercancía individual baja ahora a 9 peniques: 6 peniques por el valor de los medios de producción y 3 peniques por el valor nuevo añadido por el último trabajo. Pese a haberse duplicado la fuerza productiva, la jornada laboral sigue creando solo un valor nuevo de 6 chelines, que ahora, sin embargo, se reparte entre el doble de productos. A cada producto individual le corresponde, pues, solo 1/24 en vez de 1/12 de este valor total, 3 peniques en vez de 6, o, lo que es lo mismo, a los medios de producción, calculado por pieza, se les añade ahora, al transformarse en producto, solo media hora de trabajo en lugar de una hora entera como antes. El valor individual de esta mercancía está ahora por debajo de su valor social, es decir, cuesta menos tiempo de trabajo que el grueso de esos mismos artículos producidos en las condiciones sociales medias. La pieza cuesta por término medio 1 chelín, o representa 2 horas de trabajo social; con el modo de producción modificado cuesta solo 9 peniques, o contiene solo 1½ horas de trabajo. Pero el valor real de una mercancía no es su valor individual, sino su valor social, es decir, no se mide por el tiempo de trabajo que efectivamente le cuesta al productor en el caso individual, sino por el tiempo de trabajo socialmente requerido para producirla. Por tanto, si el capitalista que aplica el nuevo método vende su mercancía a su valor social de 1 chelín, la vende 3 peniques por encima de su valor individual y realiza así una plusvalía extraordinaria de 3 peniques. Pero, por otra parte, la jornada laboral de doce horas se representa ahora para él en 24 piezas de mercancía en lugar de 12 como antes. Para vender, pues, el producto de una jornada laboral, necesita una salida doble o un mercado dos veces mayor. Si las demás circunstancias no varían, sus mercancías solo conquistan un mayor espacio de mercado mediante la contracción de sus precios. Las venderá, por tanto, por encima de su valor individual, pero por debajo de su valor social, digamos a 10 peniques la pieza. Así seguirá sacando de cada pieza una plusvalía extraordinaria de 1 penique. Este aumento de la plusvalía se produce para él tanto si su mercancía pertenece al ámbito de los medios de subsistencia necesarios, y entra por tanto como factor determinante en el valor general de la fuerza de trabajo, como si no. Prescindiendo, pues, de esta última circunstancia, existe para cada capitalista individual el motivo de abaratar la mercancía mediante el aumento de la fuerza productiva del trabajo.
Sin embargo, incluso en este caso el aumento de la producción de plusvalía surge del acortamiento del tiempo de trabajo necesario y de la correspondiente prolongación del plustrabajo.4 Supongamos que el tiempo de trabajo necesario es de 10 horas, o el valor diario de la fuerza de trabajo de 5 chelines; el plustrabajo, de 2 horas, y la plusvalía producida diariamente, por tanto, de 1 chelín. Pero nuestro capitalista produce ahora 24 piezas, que vende a 10 peniques la pieza, o en total por 20 chelines. Como el valor de los medios de producción es igual a 12 chelines, 14⅖ piezas de mercancía no hacen más que reponer el capital constante adelantado. La jornada laboral de doce horas se representa en las 9⅗ piezas restantes. Como el precio de la fuerza de trabajo = 5 chelines, en el producto de 6 piezas se representa el tiempo de trabajo necesario, y en 3⅗ piezas el plustrabajo. La proporción entre el trabajo necesario y el plustrabajo, que en las condiciones sociales medias era de 5 : 1, es ahora solo de 5 : 3. Se obtiene el mismo resultado de esta manera: el valor del producto de la jornada laboral de doce horas es de 20 chelines. De ellos, 12 chelines pertenecen al valor de los medios de producción, que no hace más que reaparecer. Quedan, pues, 8 chelines como expresión dineraria del valor en que se representa la jornada laboral. Esta expresión dineraria es más alta que la del trabajo social medio de la misma clase, del que 12 horas se expresan solo en 6 chelines. El trabajo de fuerza productiva excepcional actúa como trabajo potenciado, o crea en lapsos iguales valores más altos que el trabajo social medio de la misma clase. Pero nuestro capitalista sigue pagando solo 5 chelines por el valor diario de la fuerza de trabajo. El obrero necesita, por tanto, para reproducir este valor, solo 7½ horas en lugar de las 10 de antes. Su plustrabajo crece así en 2½ horas, y la plusvalía producida por él, de 1 a 3 chelines. El capitalista que aplica el modo de producción mejorado se apropia, pues, para el plustrabajo una parte mayor de la jornada laboral que los demás capitalistas del mismo ramo. Hace en lo particular lo que el capital hace en conjunto en la producción de la plusvalía relativa. Pero, por otra parte, aquella plusvalía extraordinaria desaparece en cuanto el nuevo modo de producción se generaliza y desaparece con ello la diferencia entre el valor individual de las mercancías producidas más baratas y su valor social. La misma ley de la determinación del valor por el tiempo de trabajo que el capitalista que emplea el nuevo método siente bajo la forma de tener que vender su mercancía por debajo de su valor social empuja a sus competidores, como ley coercitiva de la competencia, a introducir el nuevo modo de producción.5 La tasa general de plusvalía solo resulta afectada finalmente por todo el proceso, por tanto, cuando el aumento de la fuerza productiva del trabajo ha alcanzado a ramas de producción, y ha abaratado así mercancías, que entran en el círculo de los medios de subsistencia necesarios y constituyen, por tanto, elementos del valor de la fuerza de trabajo.
El valor de las mercancías está en razón inversa de la fuerza productiva del trabajo. Lo mismo ocurre, por estar determinado por valores de mercancías, con el valor de la fuerza de trabajo. En cambio, la plusvalía relativa está en razón directa de la fuerza productiva del trabajo. Sube cuando la fuerza productiva sube y baja cuando baja. Una jornada laboral social media de 12 horas, suponiendo constante el valor del dinero, produce siempre el mismo producto de valor de 6 chelines, se reparta como se reparta esta suma de valor entre el equivalente del valor de la fuerza de trabajo y la plusvalía. Pero si, a consecuencia del aumento de la fuerza productiva, el valor de los medios de subsistencia diarios, y por tanto el valor diario de la fuerza de trabajo, baja de 5 chelines a 3, la plusvalía crece de 1 chelín a 3. Para reproducir el valor de la fuerza de trabajo hacían falta 10 horas de trabajo, y ahora solo 6. Han quedado libres cuatro horas de trabajo, que pueden anexionarse al dominio del plustrabajo. Por eso el impulso inmanente y la tendencia constante del capital es aumentar la fuerza productiva del trabajo para abaratar la mercancía y, mediante el abaratamiento de la mercancía, abaratar al obrero mismo.6
El valor absoluto de la mercancía le es de por sí indiferente al capitalista que la produce. Solo le interesa la plusvalía que encierra y que puede realizarse en la venta. La realización de la plusvalía implica de suyo la reposición del valor adelantado. Ahora bien, como la plusvalía relativa crece en razón directa del desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, mientras que el valor de las mercancías baja en razón inversa de ese mismo desarrollo, y como, por tanto, un mismo e idéntico proceso abarata las mercancías y aumenta la plusvalía que contienen, se resuelve el enigma de que el capitalista, a quien solo le importa producir valor de cambio, se esfuerce constantemente por rebajar el valor de cambio de las mercancías: una contradicción con la que uno de los fundadores de la economía política, Quesnay, atormentaba a sus adversarios y a la que estos no le dieron respuesta.
«Admitís», dice Quesnay, «que cuanto más se puedan ahorrar, sin perjuicio para la producción, gastos o trabajos costosos en la fabricación de los productos industriales, tanto más ventajoso será este ahorro, porque disminuye el precio de esas obras. Y, sin embargo, creéis que la producción de riqueza que resulta de los trabajos de los industriales consiste en el aumento del valor de cambio de sus obras.»7
La economía de trabajo mediante el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo8 no persigue, pues, en modo alguno, en la producción capitalista, el acortamiento de la jornada laboral. Persigue solo el acortamiento del tiempo de trabajo necesario para producir una determinada cantidad de mercancías. Que el obrero, al aumentar la fuerza productiva de su trabajo, produzca en una hora, por ejemplo, 10 veces más mercancía que antes, y necesite por tanto para cada pieza de mercancía 10 veces menos tiempo de trabajo, no impide en absoluto que se le siga haciendo trabajar 12 horas y producir en esas 12 horas 1.200 piezas en lugar de las 120 de antes. Es más, su jornada laboral puede prolongarse al mismo tiempo, de modo que ahora produzca 1.400 piezas en 14 horas, etc. Por eso, en economistas del estilo de un MacCulloch, Ure, Senior y tutti quanti puede leerse en una página que el obrero debe gratitud al capital por el desarrollo de las fuerzas productivas, porque acorta el tiempo de trabajo necesario, y en la página siguiente, que debe demostrar esa gratitud trabajando en adelante 15 horas en lugar de 10. El desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, dentro de la producción capitalista, tiene por objeto acortar la parte de la jornada laboral que el obrero tiene que trabajar para sí mismo, precisamente para prolongar la otra parte de la jornada laboral, la que puede trabajar gratis para el capitalista. Hasta qué punto puede alcanzarse este resultado también sin abaratar las mercancías es algo que se verá en los métodos particulares de producción de la plusvalía relativa, a cuyo examen pasamos ahora.
Capítulo undécimo. Cooperación
La producción capitalista, como hemos visto, solo comienza de hecho allí donde un mismo capital individual emplea simultáneamente a un número bastante grande de obreros, es decir, allí donde el proceso de trabajo amplía su volumen y suministra producto en una escala cuantitativa mayor. La actividad de un número mayor de obreros al mismo tiempo, en el mismo lugar (o, si se quiere, en el mismo campo de trabajo), para producir la misma clase de mercancía, bajo el mando del mismo capitalista, constituye histórica y conceptualmente el punto de partida de la producción capitalista. En lo que respecta al modo de producción mismo, la manufactura, por ejemplo, apenas se distingue en sus comienzos de la industria artesanal gremial más que por el mayor número de obreros empleados simultáneamente por el mismo capital. El taller del maestro gremial no ha hecho más que ampliarse.
La diferencia es, pues, al principio meramente cuantitativa. Ya se vio que la masa de plusvalía que produce un capital dado es igual a la plusvalía que suministra el obrero individual multiplicada por el número de obreros empleados simultáneamente. Este número no cambia de por sí nada en la tasa de plusvalía o en el grado de explotación de la fuerza de trabajo, y en lo que respecta a la producción de valor de las mercancías en general, cualquier cambio cualitativo del proceso de trabajo parece indiferente. Esto se desprende de la naturaleza del valor. Si una jornada laboral de doce horas se objetiva en 6 chelines, 1.200 jornadas semejantes se objetivan en 6 chelines × 1.200. En un caso se han incorporado a los productos 12 × 1.200 horas de trabajo; en el otro, 12. En la producción de valor, muchos cuentan siempre solo como muchos individuos. Para la producción de valor es indiferente, por tanto, que 1.200 obreros produzcan aisladamente o unidos bajo el mando del mismo capital.
Sin embargo, dentro de ciertos límites se produce una modificación. El trabajo objetivado en valor es trabajo de calidad social media, es decir, la manifestación de una fuerza de trabajo media. Pero una magnitud media no existe nunca sino como media de muchas magnitudes individuales distintas de la misma especie. En cada rama industrial, el obrero individual, Pedro o Pablo, se aparta más o menos del obrero medio. Estas desviaciones individuales, que en matemáticas se llaman «errores», se compensan y desaparecen en cuanto se toma en conjunto un número bastante grande de obreros. El célebre sofista y sicofante Edmund Burke pretende saber incluso, por sus experiencias prácticas de arrendatario, que ya «en un pelotón tan pequeño» como el de 5 peones agrícolas desaparece toda diferencia individual del trabajo, es decir, que cinco peones agrícolas ingleses cualesquiera en la edad adulta, tomados en conjunto, realizan en el mismo tiempo exactamente tanto trabajo como otros cinco peones agrícolas ingleses cualesquiera.9 Sea como fuere, está claro que la jornada laboral total de un número bastante grande de obreros empleados simultáneamente, dividida por el número de obreros, es de por sí una jornada de trabajo social medio. Supongamos, por ejemplo, que la jornada laboral del individuo es de doce horas. La jornada laboral de 12 obreros empleados simultáneamente forma entonces una jornada laboral total de 144 horas, y aunque el trabajo de cada uno de la docena se aparte más o menos del trabajo social medio y cada individuo pueda necesitar, por tanto, algo más o algo menos de tiempo para la misma operación, la jornada laboral de cada uno, como doceava parte de la jornada laboral total de 144 horas, posee la calidad social media. Ahora bien, para el capitalista que emplea a una docena, la jornada laboral existe como jornada laboral total de la docena. La jornada laboral de cada individuo existe como parte alícuota de la jornada laboral total, con total independencia de que los doce se ayuden mutuamente en el trabajo o de que toda la conexión entre sus trabajos consista solo en que trabajan para el mismo capitalista.
Si, en cambio, de los 12 obreros cada dos son empleados por un pequeño maestro, pasa a ser fortuito que cada maestro produzca la misma masa de valor y realice, por tanto, la tasa general de plusvalía. Se producirían desviaciones individuales. Si un obrero consumiera en la producción de una mercancía considerablemente más tiempo del socialmente requerido, si el tiempo de trabajo individualmente necesario para él se apartara considerablemente del socialmente necesario o tiempo de trabajo medio, su trabajo no contaría como trabajo medio, ni su fuerza de trabajo como fuerza de trabajo media. No se vendería en absoluto, o solo por debajo del valor medio de la fuerza de trabajo. Se presupone, pues, un determinado mínimo de destreza en el trabajo, y más adelante veremos que la producción capitalista encuentra medios para medir este mínimo. No obstante, el mínimo se aparta de la media, aunque, por otra parte, haya que pagar el valor medio de la fuerza de trabajo. De los seis pequeños maestros, uno sacaría, pues, más y otro menos que la tasa general de plusvalía. Las desigualdades se compensarían para la sociedad, pero no para el maestro individual. La ley de la valorización en general solo se realiza plenamente para el productor individual, por tanto, desde el momento en que produce como capitalista, emplea simultáneamente a muchos obreros y pone así en movimiento, desde el principio, trabajo social medio.10
Aun cuando el modo de trabajar no varíe, el empleo simultáneo de un número mayor de obreros provoca una revolución en las condiciones objetivas del proceso de trabajo. Edificios en que trabajan muchos, almacenes para la materia prima, etc., recipientes, instrumentos, aparatos, etc., que sirven a muchos simultánea o alternativamente; en una palabra, una parte de los medios de producción se consume ahora en común en el proceso de trabajo. Por un lado, el valor de cambio de las mercancías, y por tanto también el de los medios de producción, no se eleva en absoluto por un aprovechamiento mayor, cualquiera que sea, de su valor de uso. Por otro lado, crece la escala de los medios de producción utilizados en común. Un cuarto en que trabajan 20 tejedores con sus 20 telares tiene que ser más espacioso que el cuarto de un tejedor independiente con dos oficiales. Pero producir un taller para 20 personas cuesta menos trabajo que producir 10 talleres para dos personas cada uno, y así, en general, el valor de los medios de producción concentrados en masa y comunes no crece en proporción a su volumen y a su efecto útil. Los medios de producción consumidos en común transfieren al producto individual una parte de valor menor, en parte porque el valor total que transfieren se reparte a la vez entre una masa mayor de productos, en parte porque, comparados con los medios de producción aislados, entran en el proceso de producción con un valor absolutamente mayor, sí, pero relativamente menor si se considera su radio de acción. Con ello baja una parte del valor del capital constante y, por tanto, en proporción a su magnitud, también el valor total de la mercancía. El efecto es el mismo que si los medios de producción de la mercancía se produjeran más baratos. Esta economía en el empleo de los medios de producción surge únicamente de su consumo en común en el proceso de trabajo de muchos. Y adquieren este carácter de condiciones del trabajo social o de condiciones sociales del trabajo, a diferencia de los medios de producción dispersos y relativamente costosos de obreros independientes aislados o de pequeños maestros, aun cuando los muchos no hagan más que trabajar juntos en el espacio, no unos con otros. Una parte de los medios de trabajo adquiere este carácter social antes de que lo adquiera el proceso de trabajo mismo.
La economía de los medios de producción ha de considerarse, en general, desde un doble punto de vista. Por una parte, en cuanto abarata mercancías y rebaja con ello el valor de la fuerza de trabajo. Por otra, en cuanto modifica la proporción entre la plusvalía y el capital total adelantado, es decir, la suma de valor de sus partes integrantes constante y variable. Este último punto no se trata hasta la primera sección del libro tercero de esta obra, adonde remitimos también, para no romper la ilación, algunas cosas que ya tendrían su lugar aquí. La marcha del análisis impone este desgarramiento del objeto, que corresponde a la vez al espíritu de la producción capitalista. Como aquí, en efecto, las condiciones de trabajo se enfrentan al obrero como algo independiente, también su economía aparece como una operación particular que no le incumbe y que está separada, por tanto, de los métodos que elevan su productividad personal.
La forma del trabajo de muchos que trabajan planificadamente unos junto a otros y unos con otros en el mismo proceso de producción, o en procesos de producción distintos pero conectados, se llama cooperación.11
Así como la fuerza de ataque de un escuadrón de caballería o la fuerza de resistencia de un regimiento de infantería difieren esencialmente de la suma de las fuerzas de ataque y de resistencia desplegadas aisladamente por cada jinete y cada infante, la suma mecánica de las fuerzas de obreros aislados difiere de la potencia social de fuerza que se despliega cuando muchas manos colaboran simultáneamente en una misma operación indivisa, por ejemplo, cuando se trata de levantar una carga, de hacer girar una manivela o de apartar un obstáculo del camino.12 El efecto del trabajo combinado no podría producirlo aquí en absoluto el trabajo aislado, o solo en lapsos mucho más largos, o solo a una escala diminuta. No se trata aquí solamente de aumentar la fuerza productiva individual mediante la cooperación, sino de crear una fuerza productiva que de por sí tiene que ser fuerza de masas.13
Prescindiendo de la nueva potencia de fuerza que surge de la fusión de muchas fuerzas en una fuerza total, en la mayoría de los trabajos productivos el mero contacto social provoca una emulación y una excitación peculiar de los espíritus vitales (animal spirits) que elevan la capacidad de rendimiento individual de cada uno, de modo que una docena de personas juntas suministran, en una jornada laboral simultánea de 144 horas, un producto total mucho mayor que doce obreros aislados que trabajen 12 horas cada uno, o que un obrero que trabaje 12 días seguidos.14 Esto se debe a que el hombre es por naturaleza, si no un animal político, como cree Aristóteles15, en todo caso un animal social.
Aunque muchos realicen juntos y simultáneamente la misma tarea o tareas de la misma clase, el trabajo individual de cada uno puede representar, sin embargo, como parte del trabajo total, distintas fases del proceso de trabajo mismo, que el objeto de trabajo recorre más deprisa gracias a la cooperación. Por ejemplo, cuando unos albañiles forman una hilera de manos para subir piedras de construcción desde el pie de un andamio hasta lo alto, cada uno de ellos hace lo mismo, pero las operaciones individuales constituyen, no obstante, partes continuas de una operación total, fases particulares que cada piedra tiene que recorrer en el proceso de trabajo y gracias a las cuales las 24 manos, pongamos, del obrero colectivo la hacen avanzar más deprisa que las dos manos de cada obrero individual que subiera y bajara por el andamio.16 El objeto de trabajo recorre el mismo espacio en menos tiempo. Por otra parte, se produce una combinación del trabajo cuando, por ejemplo, se acomete una construcción simultáneamente por distintos lados, aunque los que cooperan hagan lo mismo o cosas de la misma clase. La jornada laboral combinada de 144 horas, que acomete el objeto de trabajo en el espacio por muchos lados, porque el obrero combinado u obrero colectivo tiene ojos y manos delante y detrás y posee en cierto grado ubicuidad, hace avanzar el producto total más deprisa que 12 jornadas laborales de doce horas de obreros más o menos aislados, que tienen que acometer su obra de manera más unilateral. En el mismo tiempo maduran distintas partes espaciales del producto.
Hemos subrayado que los muchos que se complementan entre sí hacen lo mismo o cosas de la misma clase, porque esta forma, la más simple, de trabajo en común desempeña un gran papel también en la figura más desarrollada de la cooperación. Si el proceso de trabajo es complejo, la mera masa de los que trabajan juntos permite repartir las distintas operaciones entre distintas manos, realizarlas por tanto simultáneamente y acortar así el tiempo de trabajo necesario para elaborar el producto total.17
En muchas ramas de la producción hay momentos críticos, es decir, períodos determinados por la naturaleza misma del proceso de trabajo durante los cuales tienen que obtenerse determinados resultados del trabajo. Si se trata, por ejemplo, de esquilar un rebaño de ovejas o de segar y recoger un cierto número de yugadas de cereal, la cantidad y la calidad del producto dependen de que la operación se empiece en un momento determinado y se termine en un momento determinado. El lapso que puede ocupar el proceso de trabajo está aquí prescrito, como ocurre, por ejemplo, en la pesca del arenque. El individuo solo puede recortar de un día una jornada laboral, digamos de 12 horas; pero la cooperación de 100, por ejemplo, amplía un día de doce horas a una jornada laboral de 1.200 horas. La brevedad del plazo de trabajo se compensa con la magnitud de la masa de trabajo que se lanza en el momento decisivo al campo de producción. El efecto oportuno depende aquí del empleo simultáneo de muchas jornadas laborales combinadas; el volumen del efecto útil, del número de obreros, que siempre sigue siendo, sin embargo, menor que el número de obreros que, trabajando aisladamente, llenarían en el mismo lapso el mismo espacio de acción.18 La falta de esta cooperación es lo que hace que en el oeste de los Estados Unidos se eche a perder todos los años una masa de cereal, y en aquellas partes de las Indias Orientales donde el dominio inglés ha destruido la antigua comunidad, una masa de algodón.19
Por un lado, la cooperación permite extender la esfera espacial del trabajo, y por eso ya la exige, en ciertos procesos de trabajo, la conexión espacial del objeto de trabajo, como en la desecación de tierras, la construcción de diques, el riego, la construcción de canales, carreteras y ferrocarriles, etc. Por otro lado, permite, en proporción a la escala de la producción, una reducción espacial del ámbito de producción. Esta limitación de la esfera espacial del trabajo, acompañada de una ampliación simultánea de su esfera de acción, con la que se ahorran una masa de gastos falsos (faux frais), surge de la aglomeración de los obreros, de la aproximación de distintos procesos de trabajo y de la concentración de los medios de producción.20
Comparada con una suma igual de jornadas laborales individuales aisladas, la jornada laboral combinada produce mayores masas de valor de uso y disminuye, por tanto, el tiempo de trabajo necesario para producir un determinado efecto útil. Ya obtenga en el caso dado esta fuerza productiva aumentada porque eleva la potencia mecánica de fuerza del trabajo, o porque amplía su esfera espacial de acción, o porque reduce el campo espacial de la producción en proporción a su escala, o porque en el momento crítico moviliza mucho trabajo en poco tiempo, o porque despierta la emulación de los individuos y tensa sus espíritus vitales, o porque imprime a las tareas de la misma clase de muchos el sello de la continuidad y la multilateralidad, o porque realiza simultáneamente operaciones distintas, o porque economiza los medios de producción mediante su uso en común, o porque confiere al trabajo individual el carácter de trabajo social medio, en todas las circunstancias la fuerza productiva específica de la jornada laboral combinada es fuerza productiva social del trabajo o fuerza productiva del trabajo social. Surge de la cooperación misma. En la colaboración planificada con otros, el obrero se despoja de sus límites individuales y desarrolla su capacidad como especie.21
Si los obreros no pueden colaborar directamente sin estar juntos, y su aglomeración en un espacio determinado es, por tanto, condición de su cooperación, los obreros asalariados no pueden cooperar sin que un mismo capital, un mismo capitalista, los emplee simultáneamente, es decir, compre simultáneamente sus fuerzas de trabajo. El valor total de estas fuerzas de trabajo, o la suma de los salarios de los obreros por día, por semana, etc., tiene que estar reunido, por tanto, en el bolsillo del capitalista antes de que las fuerzas de trabajo mismas se reúnan en el proceso de producción. Pagar a 300 obreros de una vez, aunque sea solo por un día, exige un desembolso mayor de capital que pagar a unos pocos obreros semana tras semana durante todo el año. El número de obreros que cooperan, o la escala de la cooperación, depende, pues, en primer lugar de la magnitud del capital que el capitalista individual puede desembolsar en la compra de fuerza de trabajo, es decir, de la medida en que cada capitalista dispone de los medios de subsistencia de muchos obreros.
Y lo que ocurre con el capital variable ocurre con el constante. El desembolso en materia prima, por ejemplo, es 30 veces mayor para el capitalista que emplea a 300 obreros que para cada uno de los 30 capitalistas que emplean a 10 obreros cada uno. El volumen de valor y la masa material de los medios de trabajo utilizados en común no crecen, ciertamente, en el mismo grado que el número de obreros empleados, pero crecen considerablemente. La concentración de masas mayores de medios de producción en manos de capitalistas individuales es, por tanto, condición material de la cooperación de obreros asalariados, y el volumen de la cooperación, o la escala de la producción, depende del volumen de esa concentración.
En un principio, una cierta magnitud mínima del capital individual aparecía como necesaria para que el número de obreros explotados simultáneamente, y por tanto la masa de plusvalía producida, bastara para liberar del trabajo manual al propio empleador del trabajo, para convertir a un pequeño maestro en capitalista y establecer así formalmente la relación de capital. Ahora aparece como condición material de la transformación de muchos procesos de trabajo individuales, dispersos e independientes entre sí, en un proceso de trabajo social combinado.
Del mismo modo, en un principio el mando del capital sobre el trabajo solo aparecía como consecuencia formal de que el obrero trabaja, en lugar de para sí, para el capitalista y, por tanto, bajo el capitalista. Con la cooperación de muchos obreros asalariados, el mando del capital se convierte en un requisito para la ejecución del proceso de trabajo mismo, en una verdadera condición de la producción. La orden del capitalista en el campo de la producción se vuelve ahora tan indispensable como la orden del general en el campo de batalla.
Todo trabajo directamente social o colectivo realizado a una escala bastante grande necesita, en mayor o menor medida, una dirección que establezca la armonía entre las actividades individuales y cumpla las funciones generales que surgen del movimiento del cuerpo productivo total, a diferencia del movimiento de sus órganos independientes. Un violinista solo se dirige a sí mismo; una orquesta necesita director. Esta función de dirección, vigilancia y mediación se convierte en función del capital en cuanto el trabajo que le está subordinado se vuelve cooperativo. Como función específica del capital, la función de dirección adquiere rasgos característicos específicos.
Ante todo, el motivo impulsor y el fin determinante del proceso de producción capitalista es la mayor autovalorización posible del capital22, es decir, la mayor producción posible de plusvalía y, por tanto, la mayor explotación posible de la fuerza de trabajo por el capitalista. Con la masa de los obreros empleados simultáneamente crece su resistencia y, con ella, necesariamente, la presión del capital para vencer esa resistencia. La dirección del capitalista no es solo una función particular que surge de la naturaleza del proceso de trabajo social y le pertenece; es a la vez función de la explotación de un proceso de trabajo social y está condicionada, por tanto, por el inevitable antagonismo entre el explotador y la materia prima de su explotación. Asimismo, con el volumen de los medios de producción que se enfrentan al obrero asalariado como propiedad ajena crece la necesidad de controlar su empleo adecuado.23 La cooperación de los obreros asalariados es, además, un mero efecto del capital que los emplea simultáneamente. La conexión entre sus funciones y su unidad como cuerpo productivo total se hallan fuera de ellos, en el capital que los reúne y los mantiene unidos. Por eso la conexión entre sus trabajos se les enfrenta idealmente como plan y prácticamente como autoridad del capitalista, como poder de una voluntad ajena que somete su actividad al fin de esa voluntad.
Si la dirección capitalista es, por tanto, doble en cuanto a su contenido, debido a la doble naturaleza del propio proceso de producción que hay que dirigir, que es, por un lado, proceso de trabajo social para elaborar un producto y, por otro, proceso de valorización del capital, en cuanto a su forma es despótica. Con el desarrollo de la cooperación a mayor escala, este despotismo desarrolla sus formas peculiares. Así como el capitalista queda liberado primero del trabajo manual en cuanto su capital alcanza aquella magnitud mínima con la que comienza la producción propiamente capitalista, así ahora cede a su vez la función de vigilancia directa y continua de los obreros individuales y de los grupos de obreros a una clase particular de obreros asalariados. Del mismo modo que un ejército necesita oficiales y suboficiales militares, una masa de obreros que colabora bajo el mando del mismo capital necesita oficiales superiores industriales (directores, managers) y suboficiales (capataces, foremen, overlookers, contre-maîtres) que durante el proceso de trabajo mandan en nombre del capital. El trabajo de supervisión se consolida como función exclusiva de ellos. Cuando compara el modo de producción de campesinos independientes o de artesanos autónomos con la economía de plantación basada en la esclavitud, el economista político cuenta este trabajo de supervisión entre los faux frais de production [gastos falsos de producción].24 Cuando examina el modo de producción capitalista, en cambio, identifica la función de dirección, en cuanto surge de la naturaleza del proceso de trabajo colectivo, con esa misma función en cuanto está condicionada por el carácter capitalista y, por tanto, antagónico de ese proceso.25 El capitalista no es capitalista porque sea director industrial, sino que se convierte en comandante industrial porque es capitalista. El mando supremo en la industria se convierte en atributo del capital, como en la época feudal el mando supremo en la guerra y en la justicia era atributo de la propiedad de la tierra.26
El obrero es propietario de su fuerza de trabajo mientras regatea con el capitalista como vendedor de ella, y solo puede vender lo que posee: su fuerza de trabajo individual, aislada. Esta relación no cambia en modo alguno porque el capitalista compre 100 fuerzas de trabajo en lugar de una, o cierre contratos con 100 obreros independientes entre sí en lugar de con uno solo. Puede emplear a los 100 obreros sin hacerlos cooperar. El capitalista paga, por tanto, el valor de las 100 fuerzas de trabajo independientes, pero no paga la fuerza de trabajo combinada de los cien. Como personas independientes, los obreros son individuos aislados que entran en relación con el mismo capital, pero no entre sí. Su cooperación solo comienza en el proceso de trabajo, pero en el proceso de trabajo ya han dejado de pertenecerse a sí mismos. Al entrar en él quedan incorporados al capital. Como cooperantes, como miembros de un organismo laborioso, ellos mismos no son más que un modo particular de existencia del capital. La fuerza productiva que el obrero despliega como obrero social es, por tanto, fuerza productiva del capital. La fuerza productiva social del trabajo se desarrolla gratuitamente en cuanto los obreros son colocados en determinadas condiciones, y el capital los coloca en esas condiciones. Como la fuerza productiva social del trabajo no le cuesta nada al capital y, por otra parte, el obrero no la desarrolla antes de que su trabajo mismo pertenezca al capital, aparece como fuerza productiva que el capital posee por naturaleza, como su fuerza productiva inmanente.
El efecto de la cooperación simple se muestra en proporciones colosales en las obras gigantescas de los antiguos asiáticos, egipcios, etruscos, etc.
«Sucedió en tiempos pasados que estos Estados asiáticos, tras cubrir sus gastos civiles y militares, se encontraron en posesión de un excedente de medios de subsistencia que podían gastar en obras de magnificencia y de utilidad. Su mando sobre las manos y los brazos de casi toda la población no agrícola y la disposición exclusiva del monarca y del sacerdocio sobre aquel excedente les ofrecían los medios para levantar aquellos poderosos monumentos con que llenaron el país ... En el traslado de las estatuas colosales y de las enormes masas cuyo transporte causa asombro, se empleó con prodigalidad casi exclusivamente trabajo humano. Bastaban el número de los obreros y la concentración de sus esfuerzos. Así vemos poderosos arrecifes de coral elevarse desde las profundidades del océano hasta formar islas y tierra firme, aunque cada depositante (depositary) individual sea diminuto, débil y despreciable. Los trabajadores no agrícolas de una monarquía asiática tienen poco que aportar a la obra aparte de sus esfuerzos corporales individuales, pero su número es su fuerza, y el poder de dirección sobre esas masas dio origen a aquellas obras gigantescas. Fue la concentración en una o en pocas manos de las rentas de que viven los trabajadores lo que hizo posibles tales empresas.»27
Este poder de los reyes asiáticos y egipcios, o de los teócratas etruscos, etc., ha pasado en la sociedad moderna al capitalista, ya actúe como capitalista aislado o, como en las sociedades por acciones, como capitalista combinado.
La cooperación en el proceso de trabajo, tal como la encontramos predominando en los comienzos de la civilización humana, entre los pueblos cazadores28 o, por ejemplo, en la agricultura de las comunidades indias, se basa, por un lado, en la propiedad común de las condiciones de producción y, por otro, en que el individuo aislado no se ha desprendido todavía del cordón umbilical de la tribu o de la comunidad, como tampoco la abeja individual de la colmena. Ambas cosas la distinguen de la cooperación capitalista. El empleo esporádico de la cooperación a gran escala en el mundo antiguo, en la Edad Media y en las colonias modernas se basa en relaciones directas de dominación y servidumbre, las más de las veces en la esclavitud. La forma capitalista, en cambio, presupone desde el principio al obrero asalariado libre que vende su fuerza de trabajo al capital. Históricamente, sin embargo, se desarrolla en oposición a la economía campesina y a la explotación artesanal independiente, tenga esta forma gremial o no.29 Frente a ellas, la cooperación capitalista no aparece como una forma histórica particular de la cooperación, sino que la cooperación misma aparece como una forma histórica peculiar del proceso de producción capitalista y que lo distingue específicamente.
Así como la fuerza productiva social del trabajo desarrollada por la cooperación aparece como fuerza productiva del capital, la cooperación misma aparece como una forma específica del proceso de producción capitalista, en oposición al proceso de producción de obreros independientes aislados o también de pequeños maestros. Es el primer cambio que experimenta el proceso de trabajo real por su subsunción en el capital. Este cambio se produce de manera espontánea. Su presupuesto, el empleo simultáneo de un número bastante grande de obreros asalariados en el mismo proceso de trabajo, constituye el punto de partida de la producción capitalista. Este coincide con la existencia misma del capital. Si el modo de producción capitalista se presenta, por tanto, por un lado, como necesidad histórica para la transformación del proceso de trabajo en un proceso social, por otro lado esta forma social del proceso de trabajo se presenta como un método empleado por el capital para explotarlo con más provecho aumentando su fuerza productiva.
En su figura simple, tal como la hemos considerado hasta aquí, la cooperación coincide con la producción a mayor escala, pero no constituye una forma fija y característica de una época particular de desarrollo del modo de producción capitalista. A lo sumo aparece aproximadamente así en los comienzos todavía artesanales de la manufactura30 y en aquella clase de gran agricultura que corresponde al período manufacturero y que solo se distingue esencialmente de la economía campesina por la masa de los obreros empleados simultáneamente y por el volumen de los medios de producción concentrados. La cooperación simple sigue siendo la forma predominante en aquellas ramas de la producción en que el capital opera a gran escala sin que la división del trabajo o la maquinaria desempeñen un papel importante.
La cooperación sigue siendo la forma fundamental del modo de producción capitalista, aunque su figura simple aparezca ella misma como forma particular junto a sus formas más desarrolladas.
Capítulo duodécimo. División del trabajo y manufactura
1. Doble origen de la manufactura
La cooperación basada en la división del trabajo adquiere su figura clásica en la manufactura. Como forma característica del proceso de producción capitalista, predomina durante el período manufacturero propiamente dicho, que, a grandes rasgos, dura desde mediados del siglo XVI hasta el último tercio del XVIII.
La manufactura surge de dos maneras.
O bien se reúnen en un taller, bajo el mando del mismo capitalista, obreros de oficios diversos e independientes por cuyas manos tiene que pasar un producto hasta su acabado final. Un coche, por ejemplo, era el producto total de los trabajos de un gran número de artesanos independientes, como carreteros, guarnicioneros, sastres, cerrajeros, correeros, torneros, pasamaneros, vidrieros, pintores, barnizadores, doradores, etc. La manufactura de coches reúne a todos estos artesanos diversos en un mismo obrador, donde trabajan simultáneamente pasándose la obra unos a otros. Es cierto que no se puede dorar un coche antes de que esté hecho. Pero si se hacen muchos coches a la vez, una parte puede estar dorándose continuamente mientras otra parte recorre una fase anterior del proceso de producción. Hasta aquí seguimos aún en el terreno de la cooperación simple, que encuentra ya dado su material de hombres y cosas. Pero muy pronto se produce un cambio esencial. El sastre, el cerrajero, el correero, etc., ocupado solo en hacer coches, pierde poco a poco, junto con la costumbre, la capacidad de ejercer su antiguo oficio en toda su extensión. Por otra parte, su actividad, que se ha vuelto unilateral, adquiere ahora la forma más adecuada para su estrecha esfera de acción. En un principio, la manufactura de coches aparecía como una combinación de oficios independientes. Poco a poco se convierte en una división de la producción de coches en sus diversas operaciones particulares, cada una de las cuales cristaliza en función exclusiva de un obrero, y cuyo conjunto realiza la asociación de estos obreros parciales. Del mismo modo surgieron la manufactura de paños y toda una serie de otras manufacturas a partir de la combinación de diversos oficios bajo el mando del mismo capital.31
Pero la manufactura surge también por el camino opuesto. Muchos artesanos que hacen lo mismo o cosas de la misma clase, por ejemplo papel, tipos de imprenta o agujas, son empleados simultáneamente por el mismo capital en el mismo taller. Es la cooperación en su forma más simple. Cada uno de estos artesanos (quizá con uno o dos oficiales) hace la mercancía entera y efectúa, por tanto, sucesivamente las diversas operaciones que requiere su elaboración. Sigue trabajando a su antigua manera artesanal. Pero pronto circunstancias externas inducen a aprovechar de otro modo la concentración de los obreros en el mismo lugar y la simultaneidad de sus trabajos. Hay que entregar, por ejemplo, una cantidad mayor de mercancía acabada en un plazo determinado. Se reparte entonces el trabajo. En lugar de hacer que el mismo artesano realice las diversas operaciones en una sucesión temporal, se separan unas de otras, se aíslan, se colocan unas junto a otras en el espacio, se asigna cada una de ellas a un artesano distinto, y los que cooperan las ejecutan todas juntas simultáneamente. Este reparto fortuito se repite, muestra sus ventajas peculiares y se va osificando poco a poco en una división sistemática del trabajo. De producto individual de un artesano independiente que hace muchas cosas, la mercancía se transforma en producto social de una asociación de artesanos, cada uno de los cuales realiza continuamente una sola y misma operación parcial. Las mismas operaciones que se fundían unas con otras como tareas sucesivas del papelero gremial alemán se independizaron en la manufactura holandesa de papel como operaciones parciales paralelas de muchos obreros que cooperan. El fabricante de agujas gremial de Núremberg constituye el elemento básico de la manufactura inglesa de agujas. Pero mientras que aquel fabricante de agujas recorría una tras otra una serie de quizá 20 operaciones, aquí pronto fueron 20 fabricantes de agujas los que, uno junto a otro, realizaban cada uno solo una de las 20 operaciones, que, gracias a la experiencia, se escindieron, aislaron e independizaron todavía mucho más como funciones exclusivas de obreros individuales.
El modo de origen de la manufactura, su formación a partir del artesanado, es, pues, doble. Por un lado, parte de la combinación de oficios diversos e independientes, que pierden su independencia y se vuelven unilaterales hasta el punto de no formar ya más que operaciones parciales complementarias en el proceso de producción de una sola y misma mercancía. Por otro lado, parte de la cooperación de artesanos de la misma clase, descompone el mismo oficio individual en sus diversas operaciones particulares y aísla e independiza estas hasta el punto de que cada una de ellas se convierte en función exclusiva de un obrero particular. Por un lado, pues, la manufactura introduce la división del trabajo en un proceso de producción o la desarrolla; por otro, combina oficios antes separados. Pero sea cual sea su punto de partida particular, su figura final es la misma: un mecanismo de producción cuyos órganos son hombres.
Para comprender correctamente la división del trabajo en la manufactura es esencial retener los puntos siguientes. En primer lugar, el análisis del proceso de producción en sus fases particulares coincide aquí por completo con la descomposición de una actividad artesanal en sus diversas operaciones parciales. Compuesta o simple, la operación sigue siendo artesanal y depende, por tanto, de la fuerza, la habilidad, la rapidez y la seguridad del obrero individual en el manejo de su instrumento. El oficio sigue siendo la base. Esta estrecha base técnica excluye un análisis verdaderamente científico del proceso de producción, ya que cada proceso parcial que recorre el producto tiene que poder ejecutarse como trabajo parcial artesanal. Precisamente porque la habilidad artesanal sigue siendo así el fundamento del proceso de producción, cada obrero queda adscrito exclusivamente a una función parcial y su fuerza de trabajo se transforma en órgano vitalicio de esa función parcial. Por último, esta división del trabajo es una clase particular de cooperación, y muchas de sus ventajas surgen de la naturaleza general de la cooperación, no de esta forma particular.
2. El obrero parcial y su herramienta
Si entramos ahora más en detalle, está claro, en primer lugar, que un obrero que realiza durante toda su vida una sola y misma operación simple convierte todo su cuerpo en órgano automático y unilateral de esa operación y, por tanto, emplea en ella menos tiempo que el artesano que ejecuta alternativamente toda una serie de operaciones. Ahora bien, el obrero colectivo combinado que forma el mecanismo vivo de la manufactura se compone exclusivamente de estos obreros parciales unilaterales. En comparación con el oficio independiente, se produce, por tanto, más en menos tiempo, o aumenta la fuerza productiva de los obreros.32 También el método del trabajo parcial se perfecciona una vez que se ha independizado como función exclusiva de una persona. La repetición constante de la misma actividad limitada y la concentración de la atención en ese ámbito limitado enseñan por experiencia a alcanzar el efecto útil buscado con el menor gasto de fuerza. Pero como siempre conviven simultáneamente diversas generaciones de obreros y colaboran en las mismas manufacturas, los artificios técnicos así adquiridos pronto se consolidan, se acumulan y se transmiten.33
La manufactura produce de hecho el virtuosismo del obrero de detalle al reproducir dentro del taller, y al llevar sistemáticamente al extremo, la separación espontánea de los oficios que encontró ya en la sociedad. Por otra parte, su transformación del trabajo parcial en profesión vitalicia de un hombre corresponde a la tendencia de sociedades anteriores a hacer hereditarios los oficios, a petrificarlos en castas o a osificarlos en gremios cuando determinadas condiciones históricas engendran una variabilidad del individuo que contradice el régimen de castas. Las castas y los gremios surgen de la misma ley natural que regula la separación de plantas y animales en especies y subespecies, solo que, en cierto grado de desarrollo, el carácter hereditario de las castas o el exclusivismo de los gremios se decretan como ley social.34
«Las muselinas de Dacca nunca han sido superadas en finura, ni los calicós y otros tejidos de Coromandel en esplendor y duración de los colores. Y, sin embargo, se producen sin capital, maquinaria, división del trabajo ni ninguno de los demás medios que tantas ventajas ofrecen a la fabricación en Europa. El tejedor es un individuo aislado, que hace el tejido por encargo de un cliente y con un telar de la construcción más simple, compuesto a veces solo de varas de madera toscamente ensambladas. Ni siquiera posee un aparato para enrollar la urdimbre; el telar tiene que quedar, por tanto, extendido en toda su longitud y se vuelve tan aparatoso y ancho que no cabe en la choza del productor, quien tiene que hacer su trabajo al aire libre, donde lo interrumpe cualquier cambio del tiempo.»35
Solo la habilidad especial acumulada de generación en generación y heredada de padres a hijos es lo que confiere al hindú, como a la araña, este virtuosismo. Y, sin embargo, un tejedor indio de este tipo realiza un trabajo muy complicado comparado con la mayoría de los obreros de la manufactura.
Un artesano que ejecuta uno tras otro los diversos procesos parciales en la producción de una obra tiene que cambiar ora de lugar, ora de instrumentos. El paso de una operación a otra interrumpe el flujo de su trabajo y forma, en cierto modo, poros en su jornada laboral. Estos poros se cierran en cuanto realiza continuamente durante todo el día una sola y misma operación, o desaparecen en la medida en que disminuye el cambio de operación. El aumento de productividad se debe aquí o bien al creciente gasto de fuerza de trabajo en un lapso dado, es decir, a la creciente intensidad del trabajo, o bien a una disminución del consumo improductivo de fuerza de trabajo. El exceso de gasto de fuerza que requiere todo paso del reposo al movimiento se compensa, en efecto, cuando se prolonga durante más tiempo la velocidad normal una vez alcanzada. Por otra parte, la continuidad de un trabajo uniforme destruye la tensión y el impulso de los espíritus vitales, que encuentran su descanso y su estímulo en el cambio mismo de actividad.
La productividad del trabajo no depende solo del virtuosismo del obrero, sino también de la perfección de sus herramientas. Herramientas de la misma clase, como instrumentos cortantes, perforadores, de empuje, de percusión, etc., se usan en distintos procesos de trabajo, y en el mismo proceso de trabajo el mismo instrumento sirve para distintas operaciones. Pero en cuanto las diversas operaciones de un proceso de trabajo se separan unas de otras y cada operación parcial adquiere en manos del obrero parcial la forma más adecuada posible y, por tanto, exclusiva, se hacen necesarias modificaciones de las herramientas que antes servían para distintos fines. La dirección de su cambio de forma resulta de la experiencia de las dificultades particulares que opone la forma inalterada. La diferenciación de los instrumentos de trabajo, por la cual instrumentos de la misma clase reciben formas fijas particulares para cada aplicación útil particular, y su especialización, por la cual cada uno de esos instrumentos especiales solo actúa en toda su amplitud en manos de obreros parciales específicos, caracterizan a la manufactura. Solo en Birmingham se producen unas 500 variedades de martillos, cada una de las cuales sirve no solo para un proceso de producción particular, sino que a menudo varias variedades sirven únicamente para distintas operaciones dentro del mismo proceso. El período manufacturero simplifica, mejora y diversifica las herramientas de trabajo adaptándolas a las funciones especiales exclusivas de los obreros parciales.36 Con ello crea a la vez una de las condiciones materiales de la maquinaria, que consiste en una combinación de instrumentos simples.
El obrero de detalle y su instrumento constituyen los elementos simples de la manufactura. Pasemos ahora a su figura de conjunto.
3. Las dos formas fundamentales de la manufactura: manufactura heterogénea y manufactura orgánica
La articulación de la manufactura tiene dos formas fundamentales que, pese a entrelazarse ocasionalmente, constituyen dos clases esencialmente distintas y desempeñan también, sobre todo, un papel muy diferente en la posterior transformación de la manufactura en gran industria movida por máquinas. Este doble carácter surge de la naturaleza misma de la obra. O bien esta se forma por mera composición mecánica de productos parciales independientes, o bien debe su figura acabada a una sucesión de procesos y manipulaciones conectados entre sí.
Una locomotora, por ejemplo, consta de más de 5.000 piezas independientes. Sin embargo, no puede servir de ejemplo de la primera clase de manufactura propiamente dicha, porque es una creación de la gran industria. Pero sí el reloj, con el que también William Petty ilustra la división manufacturera del trabajo. De obra individual de un artesano de Núremberg, el reloj se transformó en producto social de una infinidad de obreros parciales, como el fabricante de movimientos en bruto, el de muelles, el de esferas, el de espirales, el de agujeros de piedra y palancas de rubí, el de agujas, el de cajas, el de tornillos, el dorador, con muchas subdivisiones, como por ejemplo el fabricante de ruedas (separándose a su vez las ruedas de latón y las de acero), el de piñones, el del mecanismo de las agujas, el acheveur de pignon (fija las ruedas en los piñones, pule las facettes, etc.), el de pivotes, el planteur de finissage (coloca diversas ruedas y piñones en el mecanismo), el finisseur de barillet (talla los dientes, da a los agujeros el diámetro justo, templa el tope y el trinquete), el de escapes, y en el escape de cilindro, a su vez, el de cilindros, el de ruedas de escape, el de volantes, el de raquetas (el dispositivo con que se regula el reloj), el planteur d'échappement (el fabricante de escapes propiamente dicho); luego el repasseur de barillet (termina por completo el barrilete y el tope), el pulidor de acero, el pulidor de ruedas, el pulidor de tornillos, el pintor de números, el fabricante de esferas (funde el esmalte sobre el cobre), el fabricant de pendants (solo hace las asas de la caja), el finisseur de charnière (inserta el pasador de latón en el centro de la caja, etc.), el faiseur de secret (hace los muelles de la caja que hacen saltar la tapa), el graveur, el ciseleur, el polisseur de boîte, etc., etc., y por último el repasseur, que monta el reloj entero y lo entrega en marcha. Solo pocas piezas del reloj pasan por distintas manos, y todos estos membra disjecta no se reúnen hasta llegar a la mano que finalmente los une en un todo mecánico. Esta relación externa del producto acabado con sus diversos elementos hace que aquí, como en obras semejantes, la combinación de los obreros parciales en el mismo taller sea fortuita. Los trabajos parciales pueden ejercerse a su vez como oficios independientes unos de otros, como en los cantones de Vaud y Neuchâtel, mientras que en Ginebra, por ejemplo, existen grandes manufacturas de relojes, es decir, hay una cooperación directa de los obreros parciales bajo el mando de un capital. También en este último caso la esfera, el muelle y la caja rara vez se fabrican en la manufactura misma. La explotación manufacturera combinada solo es aquí rentable en circunstancias excepcionales, porque la competencia entre los obreros que quieren trabajar en su casa es máxima, porque la fragmentación de la producción en una masa de procesos heterogéneos permite poco empleo de medios de trabajo comunes y porque el capitalista, con la fabricación dispersa, se ahorra el desembolso en edificios de trabajo, etc.37 Sin embargo, también la posición de estos obreros de detalle que trabajan en su casa, pero para un capitalista (fabricante, établisseur), es completamente distinta de la del artesano independiente que trabaja para sus propios clientes.38
La segunda clase de manufactura, su forma acabada, produce obras que recorren fases de desarrollo conectadas entre sí, una sucesión de procesos escalonados, como por ejemplo el alambre en la manufactura de agujas de coser, que pasa por las manos de 72 y hasta 92 obreros parciales específicos.
En la medida en que esta manufactura combina oficios originalmente dispersos, reduce la separación espacial entre las fases particulares de producción de la obra. Se acorta el tiempo de su paso de un estadio a otro, y también el trabajo que media en esos pasos.39 En comparación con el oficio se gana así fuerza productiva, y esta ganancia surge del carácter cooperativo general de la manufactura. Por otra parte, su principio peculiar de la división del trabajo implica un aislamiento de las distintas fases de producción, independizadas entre sí como otros tantos trabajos parciales artesanales. Establecer y mantener la conexión entre las funciones aisladas exige transportar constantemente la obra de una mano a otra y de un proceso a otro. Desde el punto de vista de la gran industria, esto se presenta como una limitación característica, costosa e inmanente al principio de la manufactura.40
Si se considera una cantidad determinada de materia prima, por ejemplo de trapos en la manufactura de papel o de alambre en la de agujas, esta recorre en manos de los distintos obreros parciales una sucesión temporal escalonada de fases de producción hasta su figura final. Si, en cambio, se considera el taller como un mecanismo total, la materia prima se encuentra simultáneamente en todas sus fases de producción a la vez. Con una parte de sus muchas manos armadas de instrumentos, el obrero colectivo, combinado a partir de los obreros de detalle, estira el alambre, mientras que con otras manos y herramientas lo endereza, con otras lo corta, lo afila, etc. De una sucesión en el tiempo, los distintos procesos escalonados se han transformado en una yuxtaposición en el espacio. De ahí que se entregue más mercancía acabada en el mismo lapso.41 Esa simultaneidad surge, ciertamente, de la forma cooperativa general del proceso total, pero la manufactura no solo encuentra dadas las condiciones de la cooperación, sino que en parte las crea ella misma mediante la descomposición de la actividad artesanal. Por otra parte, solo consigue esta organización social del proceso de trabajo encadenando al mismo obrero al mismo detalle.
Como el producto parcial de cada obrero parcial no es a la vez más que una fase particular de desarrollo de la misma obra, un obrero suministra a otro, o un grupo de obreros a otro, su materia prima. El resultado del trabajo de uno constituye el punto de partida del trabajo del otro. Un obrero ocupa, pues, aquí directamente al otro. El tiempo de trabajo necesario para alcanzar el efecto útil buscado en cada proceso parcial se establece por experiencia, y el mecanismo total de la manufactura descansa en el supuesto de que en un tiempo de trabajo dado se obtiene un resultado dado. Solo bajo este supuesto pueden los diversos procesos de trabajo complementarios avanzar ininterrumpidamente, simultáneamente y unos junto a otros en el espacio. Está claro que esta dependencia directa de los trabajos, y por tanto de los obreros, entre sí obliga a cada uno a emplear en su función solo el tiempo necesario, y que así se engendra una continuidad, uniformidad, regularidad, orden42 y, sobre todo, también una intensidad del trabajo completamente distintas de las del oficio independiente o incluso de las de la cooperación simple. Que en una mercancía se emplee solo el tiempo de trabajo socialmente necesario para elaborarla aparece en la producción de mercancías en general como coerción externa de la competencia, porque, dicho superficialmente, cada productor individual tiene que vender la mercancía a su precio de mercado. En la manufactura, en cambio, suministrar una cantidad dada de producto en un tiempo de trabajo dado se convierte en ley técnica del proceso de producción mismo.43
Pero las distintas operaciones requieren lapsos desiguales y suministran, por tanto, en lapsos iguales cantidades desiguales de productos parciales. Así pues, si el mismo obrero ha de realizar día tras día siempre la misma operación, para las distintas operaciones han de emplearse números proporcionales distintos de obreros; por ejemplo, 4 fundidores y 2 desbarbadores por cada pulidor en una manufactura de tipos de imprenta, donde el fundidor funde 2.000 tipos por hora, el desbarbador desbarba 4.000 y el pulidor da brillo a 8.000. Aquí vuelve el principio de la cooperación en su forma más simple, el empleo simultáneo de muchos que hacen lo mismo, pero ahora como expresión de una relación orgánica. La división manufacturera del trabajo no solo simplifica y diversifica, pues, los órganos cualitativamente distintos del obrero colectivo social, sino que crea también una proporción matemáticamente fija para el volumen cuantitativo de esos órganos, es decir, para el número relativo de obreros o la magnitud relativa de los grupos de obreros en cada función especial. Junto con la articulación cualitativa, desarrolla la regla cuantitativa y la proporcionalidad del proceso de trabajo social.
Una vez fijado por experiencia el número proporcional más adecuado de los distintos grupos de obreros parciales para una escala determinada de producción, esa escala solo puede ampliarse empleando un múltiplo de cada grupo particular de obreros.44 A esto se añade que un mismo individuo realiza ciertos trabajos tan bien a escala mayor como menor, por ejemplo, el trabajo de supervisión, el transporte de los productos parciales de una fase de producción a otra, etc. La independización de estas funciones, o su asignación a obreros particulares, solo resulta ventajosa, por tanto, cuando aumenta el número de obreros empleados; pero ese aumento tiene que afectar inmediatamente y en proporción a todos los grupos.
El grupo individual, un número de obreros que realizan la misma función parcial, consta de elementos homogéneos y constituye un órgano particular del mecanismo total. Sin embargo, en diversas manufacturas el grupo mismo es un cuerpo de trabajo articulado, mientras que el mecanismo total se forma por la repetición o multiplicación de estos organismos productivos elementales. Tomemos, por ejemplo, la manufactura de botellas de vidrio. Se divide en tres fases esencialmente distintas. Primero, la fase preparatoria: la preparación de la composición del vidrio, la mezcla de arena, cal, etc., y la fusión de esta composición en una masa de vidrio líquida.45 En la primera fase se ocupan diversos obreros parciales, y lo mismo en la fase final, que consiste en sacar las botellas de los hornos de secado, clasificarlas, embalarlas, etc. Entre ambas fases, en medio, está la vidriería propiamente dicha, o elaboración de la masa de vidrio líquida. En la misma boca de un horno de vidrio trabaja un grupo que en Inglaterra se llama el hole (agujero) y que se compone de un bottle maker o finisher, un blower, un gatherer, un putter up o whetter off y un taker in. Estos cinco obreros parciales forman otros tantos órganos especiales de un único cuerpo de trabajo, que solo puede actuar como unidad, es decir, solo por la cooperación directa de los cinco. Si falta un miembro de este cuerpo de cinco partes, queda paralizado. Pero el mismo horno de vidrio tiene varias aberturas, en Inglaterra, por ejemplo, de 4 a 6, cada una de las cuales alberga un crisol de barro con vidrio líquido y cada una de las cuales ocupa a un grupo propio de obreros de la misma forma de cinco miembros. La articulación de cada grupo individual se basa aquí directamente en la división del trabajo, mientras que el vínculo entre los distintos grupos de la misma clase es cooperación simple, que consume de manera más económica, mediante su consumo en común, uno de los medios de producción, aquí el horno de vidrio. Un horno de este tipo, con sus 4 a 6 grupos, forma un taller de vidrio, y una manufactura de vidrio comprende varios de esos talleres, junto con las instalaciones y los obreros para las fases de producción preparatorias y finales.
Por último, así como la manufactura surge en parte de la combinación de diversos oficios, puede desarrollarse hasta convertirse en una combinación de diversas manufacturas. Los grandes talleres de vidrio ingleses, por ejemplo, fabrican ellos mismos sus crisoles de barro, porque de su calidad depende esencialmente el éxito o el fracaso del producto. La manufactura de un medio de producción se une aquí a la manufactura del producto. A la inversa, la manufactura del producto puede unirse a manufacturas en las que este sirve a su vez de materia prima o con cuyos productos se ensambla más tarde. Así, por ejemplo, se encuentra la manufactura del vidrio de sílex combinada con el pulido de vidrio y la fundición de latón, esta última para las monturas metálicas de múltiples artículos de vidrio. Las distintas manufacturas combinadas forman entonces departamentos más o menos separados en el espacio de una manufactura total, y a la vez procesos de producción independientes entre sí, cada uno con su propia división del trabajo. Pese a algunas ventajas que ofrece la manufactura combinada, sobre su propia base no alcanza una verdadera unidad técnica. Esta solo surge con su transformación en la explotación mecánica.
El período manufacturero, que pronto enuncia como principio consciente la reducción del tiempo de trabajo necesario para la producción de mercancías46, desarrolla también esporádicamente el uso de máquinas, sobre todo para ciertos procesos iniciales simples que han de ejecutarse en masa y con gran gasto de fuerza. Así, por ejemplo, pronto se trituran los trapos en la manufactura de papel mediante molinos papeleros, y en la metalurgia se machaca el mineral mediante los llamados bocartes.47 El Imperio romano había legado la forma elemental de toda maquinaria en el molino de agua.48 El período artesanal legó los grandes inventos de la brújula, la pólvora, la imprenta y el reloj automático. En conjunto, sin embargo, la maquinaria desempeña aquel papel secundario que Adam Smith le asigna junto a la división del trabajo.49 El empleo esporádico de la maquinaria en el siglo XVII fue muy importante porque ofreció a los grandes matemáticos de aquella época puntos de apoyo prácticos y estímulos para crear la mecánica moderna.
La maquinaria específica del período manufacturero sigue siendo el obrero colectivo mismo, combinado a partir de muchos obreros parciales. Las distintas operaciones que el productor de una mercancía realiza alternativamente, y que se entrelazan en el conjunto de su proceso de trabajo, lo solicitan de maneras diversas. En una tiene que desplegar más fuerza; en otra, más destreza; en una tercera, más atención mental, etc., y el mismo individuo no posee estas cualidades en el mismo grado. Tras la separación, independización y aislamiento de las distintas operaciones, los obreros se dividen, clasifican y agrupan según sus cualidades predominantes. Si sus particularidades naturales constituyen la base sobre la que se injerta la división del trabajo, la manufactura, una vez introducida, desarrolla fuerzas de trabajo que por naturaleza solo sirven para una función especial unilateral. El obrero colectivo posee ahora todas las cualidades productivas en el mismo alto grado de virtuosismo y las gasta a la vez del modo más económico, al emplear todos sus órganos, individualizados en obreros o grupos de obreros particulares, exclusivamente en sus funciones específicas.50 La unilateralidad e incluso la imperfección del obrero parcial se convierten en su perfección como miembro del obrero colectivo.51 La costumbre de una función unilateral lo transforma en órgano de esa función que actúa con la seguridad de la naturaleza, mientras que la conexión del mecanismo total lo obliga a actuar con la regularidad de una pieza de máquina.52
Como las distintas funciones del obrero colectivo son más simples o más complejas, más bajas o más altas, sus órganos, las fuerzas de trabajo individuales, requieren grados de formación muy distintos y poseen, por tanto, valores muy distintos. La manufactura desarrolla, pues, una jerarquía de las fuerzas de trabajo, a la que corresponde una escala de salarios. Si, por un lado, el obrero individual queda adscrito a una función unilateral y anexionado a ella de por vida, del mismo modo las distintas operaciones de trabajo se adaptan a aquella jerarquía de habilidades naturales y adquiridas.53 Pero todo proceso de producción requiere ciertas manipulaciones simples de las que es capaz cualquier hombre tal como va por la calle. También estas se desprenden ahora de su conexión fluida con los momentos de la actividad de más contenido y se osifican en funciones exclusivas.
La manufactura engendra, por tanto, en cada oficio del que se apodera una clase de los llamados obreros no cualificados, que el régimen artesanal excluía rigurosamente. Si desarrolla hasta el virtuosismo la especialidad completamente unilateral a costa de la capacidad de trabajo entera, empieza también a convertir en especialidad la falta de todo desarrollo. Junto a la gradación jerárquica aparece la simple separación de los obreros en cualificados y no cualificados. Para estos últimos desaparecen por completo los costes de aprendizaje; para los primeros disminuyen, en comparación con el artesano, gracias a la simplificación de la función. En ambos casos baja el valor de la fuerza de trabajo.54 Hay excepción en la medida en que la descomposición del proceso de trabajo engendra nuevas funciones de conjunto que en el régimen artesanal no se daban en absoluto o no en la misma medida. La desvalorización relativa de la fuerza de trabajo, que surge de la desaparición o la disminución de los costes de aprendizaje, implica directamente una mayor valorización del capital, pues todo lo que acorta el tiempo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo prolonga el dominio del plustrabajo.
4. División del trabajo dentro de la manufactura y división del trabajo dentro de la sociedad
Hemos considerado primero el origen de la manufactura, luego sus elementos simples, el obrero parcial y su herramienta, y por último su mecanismo total. Tocamos ahora brevemente la relación entre la división manufacturera del trabajo y la división social del trabajo, que constituye la base general de toda producción de mercancías.
Si solo se tiene presente el trabajo mismo, puede designarse la separación de la producción social en sus grandes géneros, como la agricultura, la industria, etc., como división del trabajo en general; la separación de estos géneros de producción en especies y subespecies, como división del trabajo en particular, y la división del trabajo dentro de un taller, como división del trabajo en detalle.55
La división del trabajo dentro de la sociedad y la correspondiente limitación de los individuos a esferas profesionales particulares se desarrollan, como la división del trabajo dentro de la manufactura, a partir de puntos de partida opuestos. Dentro de una familia56, y, en un desarrollo ulterior, de una tribu, surge una división espontánea del trabajo a partir de las diferencias de sexo y de edad, es decir, sobre una base puramente fisiológica, que amplía su material con la expansión de la comunidad, el aumento de la población y, sobre todo, el conflicto entre distintas tribus y el sometimiento de una tribu por otra. Por otra parte, como observé antes, el intercambio de productos surge en los puntos en que entran en contacto distintas familias, tribus o comunidades, pues en los comienzos de la civilización no son personas privadas, sino familias, tribus, etc., las que se enfrentan como entidades independientes. Distintas comunidades encuentran en su entorno natural distintos medios de producción y distintos medios de subsistencia. Su modo de producción, su modo de vida y sus productos son, por tanto, distintos. Es esta diversidad espontánea la que, al entrar en contacto las comunidades, provoca el intercambio de sus productos respectivos y, con ello, la paulatina transformación de esos productos en mercancías. El intercambio no crea la diferencia de las esferas de producción, sino que relaciona entre sí las ya diferentes y las convierte así en ramas más o menos dependientes unas de otras de una producción social total. Aquí la división social del trabajo surge por el intercambio entre esferas de producción originariamente distintas, pero independientes entre sí. Allí donde la división fisiológica del trabajo constituye el punto de partida, los órganos particulares de un todo directamente cohesionado se desprenden unos de otros, se descomponen —proceso de descomposición al que el intercambio de mercancías con comunidades extrañas da el impulso principal— y se independizan hasta el punto en que la conexión de los distintos trabajos se establece mediante el intercambio de los productos como mercancías. En un caso hay pérdida de independencia de lo que antes era independiente; en el otro, independización de lo que antes no era independiente.
La base de toda división del trabajo desarrollada y mediada por el intercambio de mercancías es la separación entre la ciudad y el campo.57 Puede decirse que toda la historia económica de la sociedad se resume en el movimiento de esta oposición, en la que, sin embargo, no vamos a entrar aquí.
Así como para la división del trabajo dentro de la manufactura un cierto número de obreros empleados simultáneamente constituye el presupuesto material, para la división del trabajo dentro de la sociedad lo constituyen la magnitud de la población y su densidad, que aquí ocupa el lugar de la aglomeración en el mismo taller.58 Sin embargo, esta densidad es algo relativo. Un país relativamente poco poblado con medios de comunicación desarrollados tiene una población más densa que un país más poblado con medios de comunicación poco desarrollados, y en este sentido, por ejemplo, los estados del norte de la Unión americana están más densamente poblados que la India.59
Como la producción y la circulación de mercancías son el presupuesto general del modo de producción capitalista, la división manufacturera del trabajo requiere una división del trabajo dentro de la sociedad madurada ya hasta cierto grado de desarrollo. A la inversa, la división manufacturera del trabajo desarrolla y multiplica, por reacción, aquella división social del trabajo. Con la diferenciación de los instrumentos de trabajo se diferencian cada vez más los oficios que producen esos instrumentos.60 Si la explotación manufacturera se apodera de un oficio que hasta entonces estaba unido a otros como oficio principal o accesorio y era ejercido por el mismo productor, se produce de inmediato la separación y la independización recíproca. Si se apodera de una fase particular de la producción de una mercancía, las distintas fases de su producción se transforman en otros tantos oficios independientes. Ya se ha indicado que, allí donde la obra es un todo meramente ensamblado mecánicamente a partir de productos parciales, los trabajos parciales pueden independizarse a su vez como oficios propios. Para llevar a cabo de manera más perfecta la división del trabajo dentro de una manufactura, la misma rama de la producción se escinde, según la diversidad de sus materias primas o las distintas formas que puede recibir la misma materia prima, en distintas manufacturas, en parte completamente nuevas. Así, ya en la primera mitad del siglo XVIII se tejían solo en Francia más de 100 clases distintas de tejidos de seda, y en Aviñón, por ejemplo, era ley que «cada aprendiz se dedicase siempre a una sola clase de fabricación y no aprendiese a la vez a confeccionar varias clases de tejidos». La división territorial del trabajo, que confina ramas particulares de la producción en distritos particulares de un país, recibe un nuevo impulso de la explotación manufacturera, que explota todas las particularidades.61 La ampliación del mercado mundial y el sistema colonial, que forman parte del ámbito de sus condiciones generales de existencia, suministran al período manufacturero un rico material para la división del trabajo dentro de la sociedad. No es este el lugar para demostrar con más detalle cómo esa división, además de la esfera económica, se apodera de todas las demás esferas de la sociedad y sienta en todas partes la base de aquel desarrollo de la especialización, de las especialidades, y de una parcelación del hombre que ya hizo exclamar a A. Ferguson, el maestro de A. Smith: «Estamos haciendo una nación de ilotas, y no hay hombres libres entre nosotros».62
Sin embargo, pese a las numerosas analogías y conexiones entre la división del trabajo en el interior de la sociedad y la división dentro de un taller, ambas difieren no solo en grado, sino esencialmente. La analogía parece indiscutiblemente más patente allí donde un vínculo interno entrelaza distintas ramas de negocio. El ganadero, por ejemplo, produce pieles; el curtidor transforma las pieles en cuero; el zapatero, el cuero en botas. Cada uno produce aquí un producto escalonado, y la última figura acabada es el producto combinado de sus trabajos especiales. A esto se añaden las múltiples ramas de trabajo que suministran medios de producción al ganadero, al curtidor y al zapatero. Uno puede figurarse entonces, con A. Smith, que esta división social del trabajo solo se distingue de la manufacturera subjetivamente, es decir, para el observador, que en la segunda ve de un vistazo los múltiples trabajos parciales reunidos en el espacio, mientras que en la primera su dispersión por grandes superficies y el gran número de los ocupados en cada rama especial oscurecen la conexión.63 Pero ¿qué establece la conexión entre los trabajos independientes del ganadero, el curtidor y el zapatero? La existencia de sus productos respectivos como mercancías. ¿Qué caracteriza, en cambio, a la división manufacturera del trabajo? Que el obrero parcial no produce mercancía alguna.64 Solo el producto común de los obreros parciales se transforma en mercancía.65 La división del trabajo en el interior de la sociedad está mediada por la compra y venta de los productos de distintas ramas de trabajo; la conexión de los trabajos parciales en la manufactura, por la venta de distintas fuerzas de trabajo al mismo capitalista, que las emplea como fuerza de trabajo combinada. La división manufacturera del trabajo supone la concentración de los medios de producción en manos de un capitalista; la división social del trabajo, la dispersión de los medios de producción entre muchos productores de mercancías independientes entre sí. Mientras que en la manufactura la ley férrea del número proporcional o de la proporcionalidad subsume determinadas masas de obreros bajo determinadas funciones, el azar y la arbitrariedad juegan su abigarrado juego en la distribución de los productores de mercancías y de sus medios de producción entre las distintas ramas del trabajo social. Es cierto que las distintas esferas de producción tienden constantemente a equilibrarse, por cuanto, por un lado, cada productor de mercancías tiene que producir un valor de uso, es decir, satisfacer una necesidad social particular, pero el volumen de esas necesidades es cuantitativamente distinto y un vínculo interno encadena las distintas masas de necesidades en un sistema espontáneo; y por cuanto, por otro lado, la ley del valor de las mercancías determina cuánto de todo su tiempo de trabajo disponible puede gastar la sociedad en la producción de cada clase particular de mercancía. Pero esta tendencia constante de las distintas esferas de producción a equilibrarse solo se ejerce como reacción contra la constante supresión de ese equilibrio. La regla que en la división del trabajo en el interior del taller se sigue a priori y planificadamente actúa en la división del trabajo en el interior de la sociedad solo a posteriori, como necesidad natural interna, muda, perceptible en las oscilaciones barométricas de los precios de mercado, que se impone a la arbitrariedad sin reglas de los productores de mercancías. La división manufacturera del trabajo supone la autoridad incondicional del capitalista sobre hombres que constituyen meros miembros de un mecanismo total que le pertenece; la división social del trabajo enfrenta entre sí a productores de mercancías independientes que no reconocen otra autoridad que la de la competencia, la coerción que ejerce sobre ellos la presión de sus intereses recíprocos, del mismo modo que también en el reino animal el bellum omnium contra omnes [guerra de todos contra todos] mantiene más o menos las condiciones de existencia de todas las especies. Por eso la misma consciencia burguesa que celebra la división manufacturera del trabajo, la anexión vitalicia del obrero a una operación de detalle y la subordinación incondicional de los obreros parciales al capital como una organización del trabajo que aumenta su fuerza productiva, denuncia con igual estrépito todo control y regulación social conscientes del proceso social de producción como una intromisión en los inviolables derechos de propiedad, la libertad y la «genialidad» autodeterminada del capitalista individual. Es muy característico que los entusiastas apologistas del sistema fabril no sepan decir nada peor contra cualquier organización general del trabajo social que el que convertiría a toda la sociedad en una fábrica.
Si en la sociedad del modo de producción capitalista la anarquía de la división social del trabajo y el despotismo de la división manufacturera del trabajo se condicionan mutuamente, en cambio formas anteriores de sociedad, en las que la particularización de los oficios se ha desarrollado espontáneamente, luego ha cristalizado y finalmente se ha fijado por ley, ofrecen, por un lado, la imagen de una organización planificada y autoritaria del trabajo social, mientras que, por otro, excluyen por completo la división del trabajo dentro del taller o solo la desarrollan a escala diminuta, o solo esporádica y fortuitamente.66
Aquellas pequeñas comunidades indias antiquísimas, por ejemplo, que en parte siguen existiendo, descansan en la posesión común de la tierra, en la unión directa de agricultura y oficio y en una división fija del trabajo que, al fundarse nuevas comunidades, sirve de plan y planta dados. Forman conjuntos productivos autosuficientes, cuyo territorio de producción varía de 100 a unos cuantos miles de acres. La masa principal de los productos se produce para el consumo propio inmediato de la comunidad, no como mercancía, y la producción misma es, por tanto, independiente de la división del trabajo mediada por el intercambio de mercancías en el conjunto de la sociedad india. Solo el excedente de los productos se transforma en mercancía, y en parte ni siquiera esto hasta que llega a manos del Estado, al que desde tiempos inmemoriales afluye una cantidad determinada como renta en especie. Distintas partes de la India tienen distintas formas de comunidad. En la forma más simple, la comunidad cultiva la tierra en común y reparte sus productos entre sus miembros, mientras que cada familia hila, teje, etc., como ocupación doméstica accesoria. Junto a esta masa ocupada de manera homogénea encontramos al «habitante principal», juez, policía y recaudador de impuestos en una sola persona; al contable, que lleva las cuentas del cultivo y catastra y registra todo lo relativo a él; a un tercer funcionario que persigue a los delincuentes, protege a los viajeros forasteros y los escolta de una aldea a otra; al guardián de lindes, que vigila los límites de la comunidad frente a las comunidades vecinas; al inspector de aguas, que distribuye para fines agrícolas el agua de los depósitos comunes; al brahmán, que desempeña las funciones del culto religioso; al maestro de escuela, que enseña a los niños de la comunidad a escribir y a leer en la arena; al brahmán del calendario, que, como astrólogo, indica las fechas de la siembra y de la cosecha y las horas buenas y malas para todas las labores agrícolas particulares; a un herrero y un carpintero, que fabrican y reparan todas las herramientas agrícolas; al alfarero, que hace todas las vasijas de la aldea; al barbero, al lavandero para la limpieza de la ropa, al platero, y aquí y allá al poeta, que en algunas comunidades sustituye al platero y en otras al maestro de escuela. Esta docena de personas se mantiene a costa de toda la comunidad. Si la población crece, se asienta una nueva comunidad, según el modelo de la antigua, en tierra no cultivada. El mecanismo comunal muestra una división planificada del trabajo, pero su división manufacturera es imposible, pues el mercado para el herrero, el carpintero, etc., permanece invariable, y a lo sumo, según la diferencia de tamaño de las aldeas, aparecen dos o tres herreros, alfareros, etc., en lugar de uno.67 La ley que regula la división del trabajo comunal actúa aquí con la autoridad inquebrantable de una ley natural, mientras que cada artesano particular, como el herrero, etc., realiza según el modo tradicional, pero de manera independiente y sin reconocer ninguna autoridad en su taller, todas las operaciones propias de su oficio. El organismo productivo simple de estas comunidades autosuficientes, que se reproducen constantemente en la misma forma y que, cuando por azar son destruidas, se reconstruyen en el mismo lugar y con el mismo nombre68, suministra la clave del secreto de la inmutabilidad de las sociedades asiáticas, que contrasta de manera tan llamativa con la constante disolución y reconstitución de los Estados asiáticos y el incesante cambio de dinastías. La estructura de los elementos económicos fundamentales de la sociedad permanece intacta ante las tormentas de la región nubosa de la política.
Las leyes gremiales, como ya se ha observado antes, impedían planificadamente la transformación del maestro gremial en capitalista, limitando al extremo el número de oficiales que podía emplear. Del mismo modo, solo podía emplear oficiales en el oficio exclusivo del que él mismo era maestro. El gremio rechazaba celosamente toda intromisión del capital comercial, la única forma libre del capital que se le enfrentaba. El comerciante podía comprar todas las mercancías, salvo el trabajo como mercancía. Solo se le toleraba como intermediario y distribuidor de los productos artesanales. Si circunstancias externas provocaban una división progresiva del trabajo, los gremios existentes se escindían en subespecies o se instalaban gremios nuevos junto a los antiguos, pero sin reunir distintos oficios en un mismo taller. Por mucho que su particularización, aislamiento y perfeccionamiento de los oficios formen parte de las condiciones materiales de existencia del período manufacturero, la organización gremial excluía, por tanto, la división manufacturera del trabajo. En conjunto, el obrero y sus medios de producción seguían unidos como el caracol y su concha, y así faltaba la primera base de la manufactura: la independización de los medios de producción como capital frente al obrero.
Mientras que la división del trabajo en el conjunto de una sociedad, mediada o no por el intercambio de mercancías, pertenece a las formaciones económicas de sociedad más diversas, la división manufacturera del trabajo es una creación completamente específica del modo de producción capitalista.
5. El carácter capitalista de la manufactura
Un número bastante grande de obreros bajo el mando del mismo capital constituye el punto de partida espontáneo tanto de la cooperación en general como de la manufactura. A la inversa, la división manufacturera del trabajo convierte el crecimiento del número de obreros empleados en una necesidad técnica. El mínimo de obreros que tiene que emplear un capitalista individual le viene prescrito ahora por la división del trabajo existente. Por otra parte, las ventajas de una división ulterior están condicionadas por un nuevo aumento del número de obreros, que ya solo es realizable por múltiplos. Pero junto con la parte variable del capital tiene que crecer también la constante; además del volumen de las condiciones comunes de producción, como edificios, hornos, etc., tiene que crecer sobre todo, y mucho más deprisa que el número de obreros, la materia prima. Su masa, consumida en un tiempo dado por una cantidad dada de trabajo, aumenta en la misma proporción que la fuerza productiva del trabajo a consecuencia de su división. El volumen mínimo creciente de capital en manos de los capitalistas individuales, o la creciente transformación de los medios sociales de subsistencia y de producción en capital, es, por tanto, una ley que surge del carácter técnico de la manufactura.69
Como en la cooperación simple, en la manufactura el cuerpo de trabajo en funcionamiento es una forma de existencia del capital. El mecanismo social de producción, compuesto de muchos obreros parciales individuales, pertenece al capitalista. Por eso la fuerza productiva que surge de la combinación de los trabajos aparece como fuerza productiva del capital. La manufactura propiamente dicha no solo somete al mando y a la disciplina del capital al obrero antes independiente, sino que crea además una articulación jerárquica entre los propios obreros. Mientras que la cooperación simple deja, en conjunto, inalterado el modo de trabajar de los individuos, la manufactura lo revoluciona desde los cimientos y ataca la fuerza de trabajo individual en su raíz misma. Mutila al obrero hasta convertirlo en una anomalía, fomentando como en un invernadero su habilidad de detalle a costa de sofocar todo un mundo de impulsos y disposiciones productivas, del mismo modo que en los Estados del Plata se mata a un animal entero para quedarse con su piel o su sebo. Los trabajos parciales particulares no solo se reparten entre distintos individuos, sino que el individuo mismo es dividido, transformado en el mecanismo automático de un trabajo parcial70, y se hace realidad la insulsa fábula de Menenio Agripa, que presenta a un hombre como mero fragmento de su propio cuerpo.71 Si en un principio el obrero vende su fuerza de trabajo al capital porque le faltan los medios materiales para producir una mercancía, ahora su propia fuerza de trabajo individual deja de prestar servicio si no se vende al capital. Solo funciona ya en una conexión que no existe sino después de su venta, en el taller del capitalista. Incapacitado por su propia constitución natural para hacer algo independiente, el obrero de la manufactura solo despliega ya actividad productiva como accesorio del taller del capitalista.72 Así como el pueblo elegido llevaba escrito en la frente que era propiedad de Jehová, la división del trabajo imprime al obrero de la manufactura un sello que lo marca a fuego como propiedad del capital.
Los conocimientos, el juicio y la voluntad que el campesino o el artesano independiente despliegan, aunque sea en pequeña escala, del mismo modo que el salvaje ejerce todo el arte de la guerra como astucia personal, ya solo se requieren ahora para el conjunto del taller. Las potencias intelectuales de la producción amplían su escala por un lado porque desaparecen por muchos lados. Lo que pierden los obreros parciales se concentra frente a ellos en el capital.73 Es un producto de la división manufacturera del trabajo el enfrentarles las potencias intelectuales del proceso material de producción como propiedad ajena y como poder que los domina. Este proceso de escisión comienza en la cooperación simple, donde el capitalista representa frente a los obreros individuales la unidad y la voluntad del cuerpo social de trabajo. Se desarrolla en la manufactura, que mutila al obrero convirtiéndolo en obrero parcial. Se consuma en la gran industria, que separa del trabajo la ciencia como potencia productiva independiente y la obliga a servir al capital.74
En la manufactura, el enriquecimiento del obrero colectivo, y por tanto del capital, en fuerza productiva social está condicionado por el empobrecimiento del obrero en fuerzas productivas individuales.
«La ignorancia es la madre de la industria como de la superstición. La reflexión y la imaginación están sujetas al error; pero el hábito de mover el pie o la mano no depende ni de la una ni de la otra. Las manufacturas prosperan, pues, más allí donde más se prescinde del espíritu, de tal modo que el taller puede considerarse como una máquina cuyas piezas son hombres.»75
En efecto, a mediados del siglo XVIII algunas manufacturas empleaban de preferencia a semiidiotas para ciertas operaciones simples que, sin embargo, constituían secretos de fábrica.76
«El espíritu de la gran mayoría de los hombres», dice A. Smith, «se forma necesariamente a partir de sus ocupaciones cotidianas y en ellas. Un hombre que pasa toda su vida realizando unas pocas operaciones simples ... no tiene ocasión de ejercitar su entendimiento ... Por lo general se vuelve tan estúpido e ignorante como es posible que llegue a serlo una criatura humana.»
Tras describir el embrutecimiento del obrero parcial, Smith prosigue:
«La uniformidad de su vida estacionaria corrompe naturalmente también el valor de su espíritu ... Destruye incluso la energía de su cuerpo y lo incapacita para emplear su fuerza con vigor y perseverancia, salvo en la ocupación de detalle para la que se le ha adiestrado. Su destreza en su oficio particular parece así adquirida a costa de sus virtudes intelectuales, sociales y guerreras. Pero en toda sociedad industrial y civilizada este es el estado en que necesariamente tiene que caer el pobre que trabaja (the labouring poor), es decir, la gran masa del pueblo.»77
Para impedir la completa atrofia de la masa del pueblo que surge de la división del trabajo, A. Smith recomienda la instrucción popular a cargo del Estado, aunque en dosis prudentemente homeopáticas. Consecuentemente, polemiza contra ello su traductor y comentarista francés, G. Garnier, que bajo el primer Imperio francés se reveló, como era natural, senador. La instrucción popular, dice, contraviene las primeras leyes de la división del trabajo, y con ella «se proscribiría todo nuestro sistema social».
«Como todas las demás divisiones del trabajo», decía, «la que existe entre el trabajo manual y el trabajo intelectual78 se hace más pronunciada y más tajante a medida que la sociedad» (emplea con acierto esta expresión para designar el capital, la propiedad de la tierra y su Estado) «se enriquece. Como cualquier otra, esta división del trabajo es efecto de progresos pasados y causa de progresos futuros ... ¿Debe acaso el gobierno contrarrestar esta división del trabajo y frenarla en su curso natural? ¿Debe emplear una parte de los ingresos públicos en intentar confundir y mezclar dos clases de trabajo que tienden a su división y separación?»79
Una cierta mutilación intelectual y física es inseparable incluso de la división del trabajo en el conjunto de la sociedad. Pero como el período manufacturero lleva mucho más lejos esta escisión social de las ramas de trabajo y, por otra parte, solo con la división que le es peculiar ataca al individuo en la raíz de su vida, es también el primero que suministra el material y el impulso para la patología industrial.80
«Subdividir a un hombre es ejecutarlo si merece la pena de muerte, y asesinarlo si no la merece. La subdivisión del trabajo es el asesinato de un pueblo.»81
La cooperación basada en la división del trabajo, o manufactura, es en sus comienzos una formación espontánea. En cuanto ha adquirido cierta consistencia y amplitud de existencia, se convierte en la forma consciente, planificada y sistemática del modo de producción capitalista. La historia de la manufactura propiamente dicha muestra cómo la división del trabajo que le es peculiar adquiere primero por experiencia, por así decirlo a espaldas de los actores, las formas adecuadas, pero luego, como el oficio gremial, tiende a conservar por tradición la forma una vez hallada y en algunos casos la conserva durante siglos. Si esta forma cambia, ello ocurre siempre, salvo en cosas accesorias, a consecuencia de una revolución de los instrumentos de trabajo. La manufactura moderna —no hablo aquí de la gran industria basada en la maquinaria— o bien encuentra ya listos, como por ejemplo la manufactura de ropa, en las grandes ciudades donde surge, los disjecta membra poetae [miembros dispersos del poeta] y no tiene más que reunirlos de su dispersión, o bien el principio de la división salta a la vista, pues simplemente se asignan en exclusiva a obreros particulares las distintas tareas de la producción artesanal (por ejemplo, en la encuadernación). En tales casos no hace falta ni una semana de experiencia para encontrar el número proporcional de las manos necesarias para cada función.82
La división manufacturera del trabajo, mediante el análisis de la actividad artesanal, la especificación de los instrumentos de trabajo, la formación de los obreros parciales y su agrupación y combinación en un mecanismo total, crea la articulación cualitativa y la proporcionalidad cuantitativa de los procesos sociales de producción, es decir, una determinada organización del trabajo social, y desarrolla así a la vez una nueva fuerza productiva social del trabajo. Como forma específicamente capitalista del proceso social de producción —y sobre las bases que encontró dadas no podía desarrollarse sino en la forma capitalista—, no es más que un método particular de producir plusvalía relativa o de aumentar a costa de los obreros la autovalorización del capital, lo que se llama riqueza social, Wealth of Nations, etc. Desarrolla la fuerza productiva social del trabajo no solo para el capitalista, en lugar de para el obrero, sino mediante la mutilación del obrero individual. Produce nuevas condiciones de la dominación del capital sobre el trabajo. Por eso, si por un lado aparece como progreso histórico y momento necesario del desarrollo en el proceso de formación económica de la sociedad, por otro aparece como un medio de explotación civilizada y refinada.
La economía política, que solo surge como ciencia propia en el período manufacturero, considera la división social del trabajo en general únicamente desde el punto de vista de la división manufacturera del trabajo83, como medio para producir más mercancía con la misma cantidad de trabajo, y por tanto para abaratar las mercancías y acelerar la acumulación del capital. En la más estricta oposición a esta acentuación de la cantidad y del valor de cambio, los escritores de la Antigüedad clásica se atienen exclusivamente a la calidad y al valor de uso.84 A consecuencia de la separación de las ramas sociales de la producción, las mercancías se hacen mejor, los distintos impulsos y talentos de los hombres eligen sus esferas de acción adecuadas85, y sin limitación no se puede hacer nada importante en ninguna parte.86 Así pues, el producto y el productor mejoran gracias a la división del trabajo. Si ocasionalmente se menciona también el crecimiento de la masa de productos, es solo en relación con la mayor abundancia de valor de uso. No se dedica ni una sílaba al valor de cambio, al abaratamiento de las mercancías. Este punto de vista del valor de uso domina tanto en Platón87, que trata la división del trabajo como base de la separación social de los estamentos, como en Jenofonte88, que con su instinto característicamente burgués se acerca ya más a la división del trabajo dentro de un taller. La República de Platón, en la medida en que desarrolla en ella la división del trabajo como principio configurador del Estado, no es más que la idealización ateniense del régimen de castas egipcio, del mismo modo que Egipto pasa por país industrial modélico también para otros contemporáneos suyos, por ejemplo para Isócrates89, y conservó esta significación incluso para los griegos de la época imperial romana.90
Durante el período manufacturero propiamente dicho, es decir, el período en que la manufactura es la forma dominante del modo de producción capitalista, la plena realización de sus propias tendencias choca con múltiples obstáculos. Aunque, como hemos visto, crea junto a la articulación jerárquica de los obreros una simple separación entre obreros cualificados y no cualificados, el número de estos últimos sigue siendo muy limitado debido a la influencia preponderante de los primeros. Aunque adapta las operaciones especiales a los distintos grados de madurez, fuerza y desarrollo de sus órganos vivos de trabajo, y empuja por tanto a la explotación productiva de mujeres y niños, esta tendencia fracasa en conjunto ante las costumbres y la resistencia de los obreros varones. Aunque la descomposición de la actividad artesanal rebaja los costes de formación y, por tanto, el valor de los obreros, para el trabajo de detalle más difícil sigue siendo necesario un tiempo de aprendizaje más largo, y los obreros lo mantienen celosamente incluso allí donde sería superfluo. Encontramos, por ejemplo, en Inglaterra las laws of apprenticeship [leyes de aprendizaje], con su aprendizaje de siete años, en pleno vigor hasta el final del período manufacturero, y solo la gran industria las echa por tierra. Como la habilidad artesanal sigue siendo la base de la manufactura y el mecanismo total que funciona en ella no posee un esqueleto objetivo independiente de los propios obreros, el capital lucha constantemente con la insubordinación de los obreros.
«La debilidad de la naturaleza humana», exclama el amigo Ure, «es tan grande que el obrero, cuanto más hábil, más obstinado y difícil de manejar se vuelve, y en consecuencia causa grave daño al mecanismo total con sus caprichos de cabeza loca.»91
Por eso a lo largo de todo el período manufacturero corre la queja sobre la falta de disciplina de los obreros.92 Y aunque no tuviéramos los testimonios de escritores contemporáneos, hablarían bibliotecas enteras los simples hechos de que, desde el siglo XVI hasta la época de la gran industria, el capital no consigue apoderarse de todo el tiempo de trabajo disponible de los obreros de la manufactura, de que las manufacturas son efímeras y, con la inmigración o emigración de los obreros, abandonan su sede en un país y la establecen en otro. «Hay que establecer el orden de una manera o de otra», exclama en 1770 el autor, citado repetidas veces, del Essay on Trade and Commerce. Orden, resuena 66 años después en boca del doctor Andrew Ure: el «orden» faltaba en la manufactura basada en «el dogma escolástico del trabajo», y «Arkwright creó el orden».
Al mismo tiempo, la manufactura no podía ni apoderarse de la producción social en toda su extensión ni trastocarla en su profundidad. Culminaba como obra de arte económica sobre la amplia base del artesanado urbano y de la industria doméstica rural. Su propia estrecha base técnica entró, en cierto grado de desarrollo, en contradicción con las necesidades de producción que ella misma había creado.
Una de sus formaciones más acabadas era el taller para producir los propios instrumentos de trabajo, y sobre todo también los aparatos mecánicos más complicados ya en uso.
«Un taller así», dice Ure, «ofrecía a la vista la división del trabajo en sus múltiples gradaciones. El taladro, el cincel y el torno tenían cada uno sus propios obreros, jerárquicamente articulados según su grado de habilidad.»
Este producto de la división manufacturera del trabajo producía a su vez... máquinas. Estas suprimen la actividad artesanal como principio regulador de la producción social. Así, por un lado, se elimina la razón técnica de la anexión vitalicia del obrero a una función parcial. Por otro lado, caen las barreras que ese mismo principio imponía todavía a la dominación del capital.
Capítulo decimotercero. Maquinaria y gran industria
1. Desarrollo de la maquinaria
John Stuart Mill dice en sus Principios de economía política:
«Es dudoso que todos los inventos mecánicos hechos hasta ahora hayan aliviado la fatiga cotidiana de un solo ser humano».93
Pero tampoco es ese, en modo alguno, el fin de la maquinaria empleada de forma capitalista. Como cualquier otro desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, debe abaratar las mercancías y acortar la parte de la jornada laboral que el obrero necesita para sí mismo, para alargar la otra parte de su jornada, la que da gratis al capitalista. Es un medio para producir plusvalía.
En la manufactura, la revolución del modo de producción toma como punto de partida la fuerza de trabajo; en la gran industria, el medio de trabajo. Hay que investigar, pues, en primer lugar, qué es lo que transforma el medio de trabajo de herramienta en máquina, o en qué se diferencia la máquina del instrumento artesanal. Se trata aquí solo de rasgos generales y a grandes líneas, pues las épocas de la historia de la sociedad no están separadas por límites abstractamente rigurosos, como tampoco lo están las de la historia de la Tierra.
Matemáticos y mecánicos —y esto se encuentra repetido aquí y allá por economistas ingleses— declaran que la herramienta es una máquina simple y la máquina una herramienta compuesta. No ven en ello ninguna diferencia esencial, y llaman incluso máquinas a las potencias mecánicas simples, como la palanca, el plano inclinado, el tornillo, la cuña, etc.94 En efecto, toda máquina se compone de esas potencias simples, por mucho que se disfracen y se combinen. Pero desde el punto de vista económico la explicación no sirve de nada, porque le falta el elemento histórico. Por otra parte, se busca la diferencia entre herramienta y máquina en que en la herramienta la fuerza motriz es el hombre, y en la máquina una fuerza natural distinta de la humana, como el animal, el agua, el viento, etc.95 Según eso, un arado tirado por bueyes, que pertenece a las épocas de producción más diversas, sería una máquina, y el circular loom de Claussen, que, movido por la mano de un solo obrero, hace 96.000 mallas por minuto, una simple herramienta. Más aún: el mismo loom sería herramienta si se moviera a mano y máquina si se moviera a vapor. Como el empleo de la fuerza animal es uno de los inventos más antiguos de la humanidad, la producción a máquina habría precedido de hecho a la producción artesanal. Cuando John Wyatt anunció en 1735 su máquina de hilar, y con ella la revolución industrial del siglo XVIII, no mencionó ni con una palabra que la máquina la movería un asno en lugar de un hombre, y sin embargo ese papel le tocó al asno. Una máquina «para hilar sin dedos»: tal era su programa.96
Toda maquinaria desarrollada consta de tres partes esencialmente distintas: la máquina motriz, el mecanismo de transmisión y, por último, la máquina-herramienta o máquina de trabajo. La máquina motriz actúa como fuerza impulsora de todo el mecanismo. Genera su propia fuerza motriz, como la máquina de vapor, la máquina calórica, la máquina electromagnética, etc., o recibe el impulso de una fuerza natural ya disponible fuera de ella, como la rueda hidráulica del salto de agua, las aspas del molino, del viento, etc. El mecanismo de transmisión, compuesto de volantes, árboles motores, ruedas dentadas, poleas, ejes, cuerdas, correas, engranajes y trenes de transmisión de los tipos más diversos, regula el movimiento, transforma su forma donde hace falta —por ejemplo, de perpendicular en circular—, lo distribuye y lo transmite a la maquinaria-herramienta. Ambas partes del mecanismo existen solo para comunicar a la máquina-herramienta el movimiento con el que esta agarra el objeto de trabajo y lo transforma conforme a un fin. Esta parte de la maquinaria, la máquina-herramienta, es aquella de la que parte la revolución industrial del siglo XVIII. Y sigue siendo cada día el punto de partida siempre que la explotación artesanal o manufacturera pasa a la explotación mecánica.
Si miramos ahora más de cerca la máquina-herramienta o máquina de trabajo propiamente dicha, reaparecen en conjunto, aunque a menudo en forma muy modificada, los aparatos y herramientas con los que trabajan el artesano y el obrero manufacturero, pero ya no como herramientas del hombre, sino como herramientas de un mecanismo, como herramientas mecánicas. O bien la máquina entera no es más que una edición mecánica, más o menos modificada, del viejo instrumento artesanal, como en el telar mecánico97, o bien los órganos activos montados en el armazón de la máquina de trabajo son viejos conocidos, como los husos en la máquina de hilar, las agujas en el telar de medias, las hojas de sierra en la máquina de serrar, las cuchillas en la máquina de picar, etc. La diferencia entre estas herramientas y el cuerpo propiamente dicho de la máquina de trabajo se remonta hasta su nacimiento. En efecto, todavía se producen en gran parte de forma artesanal o manufacturera, y solo después se fijan al cuerpo de la máquina de trabajo, producido a máquina.98 La máquina-herramienta es, pues, un mecanismo que, una vez que se le comunica el movimiento correspondiente, ejecuta con sus herramientas las mismas operaciones que antes ejecutaba el obrero con herramientas semejantes. Que la fuerza motriz parta del hombre o, a su vez, de una máquina no cambia en nada la esencia de la cosa. Una vez transferida la herramienta propiamente dicha del hombre a un mecanismo, una máquina ocupa el lugar de una simple herramienta. La diferencia salta a la vista enseguida, aunque el propio hombre siga siendo el primer motor. El número de instrumentos de trabajo con los que puede actuar a la vez está limitado por el número de sus instrumentos naturales de producción, de sus propios órganos corporales. En Alemania se intentó primero que un hilandero pisara dos tornos de hilar, es decir, que trabajara a la vez con las dos manos y los dos pies. Era demasiado fatigoso. Más tarde se inventó un torno de pedal con dos husos, pero los virtuosos del hilado capaces de hilar dos hebras a la vez eran casi tan raros como los hombres de dos cabezas. La jenny, en cambio, hila desde el principio con 12 a 18 husos, el telar de medias teje con muchos miles de agujas a la vez, etc. El número de herramientas que una misma máquina-herramienta hace funcionar a la vez está emancipado desde el principio de la barrera orgánica que limita la herramienta manual de un obrero.
En muchas herramientas manuales, la diferencia entre el hombre como simple fuerza motriz y como obrero que maneja el órgano operador propiamente dicho tiene una existencia sensiblemente separada. En el torno de hilar, por ejemplo, el pie actúa solo como fuerza motriz, mientras que la mano, que trabaja en el huso, tira y retuerce, ejecuta la operación de hilar propiamente dicha. Es precisamente de esta última parte del instrumento artesanal de la que se apodera primero la revolución industrial, y al hombre, además del nuevo trabajo de vigilar la máquina con los ojos y corregir sus errores con la mano, le deja por el momento el papel puramente mecánico de fuerza motriz. En cambio, las herramientas sobre las que el hombre actúa desde el principio solo como simple fuerza motriz, como al dar vueltas a la manivela de un molino99, al bombear, al subir y bajar el brazo de un fuelle, al machacar en un mortero, etc., son las primeras en provocar el empleo de animales, agua y viento100 como fuerzas motrices. Se alargan hasta convertirse en máquinas, en parte dentro de la manufactura, esporádicamente ya mucho antes de ella, pero no revolucionan el modo de producción. Que incluso en su forma artesanal son ya máquinas se muestra en el período de la gran industria. Las bombas con las que los holandeses desecaron en 1836-1837 el lago de Haarlem, por ejemplo, estaban construidas según el principio de las bombas corrientes, solo que en vez de manos humanas movían sus émbolos máquinas de vapor ciclópeas. El fuelle corriente y muy imperfecto del herrero se transforma todavía a veces en Inglaterra en una bomba de aire mecánica, con solo unir su brazo a una máquina de vapor. La propia máquina de vapor, tal como se inventó a finales del siglo XVII, durante el período manufacturero, y siguió existiendo hasta comienzos de la década de 1780101, no provocó ninguna revolución industrial. Fue más bien al contrario: la creación de las máquinas-herramienta hizo necesaria la máquina de vapor revolucionada. En cuanto el hombre, en lugar de actuar con la herramienta sobre el objeto de trabajo, actúa solo como fuerza motriz sobre una máquina-herramienta, el hecho de que la fuerza motriz se revista de músculos humanos se vuelve casual, y el viento, el agua, el vapor, etc., pueden ocupar su lugar. Esto no excluye, naturalmente, que tal cambio exija a menudo grandes modificaciones técnicas del mecanismo construido originariamente solo para la fuerza motriz humana. Hoy en día, todas las máquinas que tienen que abrirse camino, como las máquinas de coser, las máquinas de hacer pan, etc., se construyen a la vez para la fuerza motriz humana y para la puramente mecánica, si su destino no excluye de antemano la pequeña escala.
La máquina de la que parte la revolución industrial sustituye al obrero que maneja una sola herramienta por un mecanismo que opera de una vez con una masa de herramientas iguales o similares y que es movido por una sola fuerza motriz, sea cual sea su forma.102 Aquí tenemos la máquina, pero solo como elemento simple de la producción mecánica.
La ampliación del tamaño de la máquina de trabajo y del número de sus herramientas que operan a la vez exige un mecanismo motor de mayores dimensiones, y este mecanismo, para vencer su propia resistencia, una fuerza motriz más poderosa que la humana, aparte de que el hombre es un instrumento de producción muy imperfecto de movimiento uniforme y continuo. Supuesto que actúe ya solo como simple fuerza motriz, es decir, que una máquina-herramienta haya ocupado el lugar de su herramienta, también pueden sustituirlo ahora fuerzas naturales como fuerza motriz. De todas las grandes fuerzas motrices heredadas del período manufacturero, la del caballo era la peor, en parte porque el caballo tiene su propia cabeza, en parte por lo costoso que es y por lo limitado del ámbito en el que se le puede emplear en las fábricas.103 Pese a todo, el caballo se empleó con frecuencia durante la infancia de la gran industria, como atestigua, además de las lamentaciones de los agrónomos de la época, la expresión de la fuerza mecánica en caballos de fuerza, que ha llegado hasta hoy. El viento era demasiado inconstante e incontrolable y, además, en Inglaterra, cuna de la gran industria, ya durante el período manufacturero predominaba el empleo de la fuerza hidráulica. Ya en el siglo XVII se había intentado mover con una sola rueda hidráulica dos muelas y, por tanto, dos moliendas. Pero el tamaño hinchado del mecanismo de transmisión entró entonces en conflicto con la fuerza hidráulica, ahora insuficiente, y esta es una de las circunstancias que impulsaron a investigar con más precisión las leyes del rozamiento. Del mismo modo, la acción irregular de la fuerza motriz en los molinos que se movían empujando y tirando de palancas condujo a la teoría y la aplicación del volante104, que más tarde desempeña un papel tan importante en la gran industria. De esta manera desarrolló el período manufacturero los primeros elementos científicos y técnicos de la gran industria. La hilatura de throstle de Arkwright se movió desde el principio con agua. Sin embargo, también el uso de la fuerza hidráulica como fuerza motriz dominante iba unido a circunstancias que lo dificultaban. No se la podía aumentar a voluntad ni remediar su escasez, a veces fallaba y, sobre todo, era de naturaleza puramente local.105 Solo con la segunda máquina de vapor de Watt, la llamada de doble efecto, se encontró un primer motor que genera él mismo su fuerza motriz consumiendo carbón y agua, cuya potencia está por completo bajo control humano, que es móvil y un medio de locomoción, urbano y no rural como la rueda hidráulica, que permite concentrar la producción en las ciudades en lugar de dispersarla por el campo como la rueda hidráulica106, universal en su aplicación tecnológica y relativamente poco condicionado en su emplazamiento por las circunstancias locales. El gran genio de Watt se muestra en la especificación de la patente que obtuvo en abril de 1784, en la que su máquina de vapor no se describe como un invento para fines particulares, sino como agente general de la gran industria. Apunta allí aplicaciones de las que algunas, como el martillo de vapor, no se introdujeron hasta más de medio siglo después. Dudaba, sin embargo, de que la máquina de vapor pudiera aplicarse a la navegación marítima. Sus sucesores, Boulton y Watt, expusieron en 1851, en la exposición industrial de Londres, la máquina de vapor más colosal para ocean steamers [vapores transoceánicos].
Una vez transformadas las herramientas, de herramientas del organismo humano, en herramientas de un aparato mecánico, la máquina-herramienta, también la máquina motriz adquirió una forma independiente, completamente emancipada de las barreras de la fuerza humana. Con ello, la máquina-herramienta aislada que hemos considerado hasta ahora se rebaja a simple elemento de la producción mecánica. Una sola máquina motriz podía ahora mover a la vez muchas máquinas de trabajo.
Con el número de máquinas de trabajo movidas a la vez crece la máquina motriz, y el mecanismo de transmisión se extiende hasta convertirse en un aparato vasto.
Hay que distinguir ahora dos cosas: la cooperación de muchas máquinas de la misma clase y el sistema de máquinas.
En un caso, toda la obra la ejecuta la misma máquina de trabajo. Esta realiza todas las diversas operaciones que ejecutaba un artesano con su herramienta, por ejemplo el tejedor con su telar, o que varios artesanos con diversas herramientas, ya fuera de manera independiente o como miembros de una manufactura, ejecutaban sucesivamente.107 En la manufactura moderna de sobres, por ejemplo, un obrero plegaba el papel con la plegadera, otro ponía la goma, un tercero doblaba la solapa sobre la que se imprime la divisa, un cuarto repujaba la divisa, etc., y en cada una de estas operaciones parciales cada sobre tenía que cambiar de manos. Una sola máquina de sobres ejecuta todas estas operaciones de una vez y hace 3.000 sobres y más en una hora. Una máquina americana para hacer cucuruchos de papel, expuesta en la exposición industrial de Londres de 1862, corta el papel, lo engoma, lo pliega y termina 300 piezas por minuto. El proceso total, dividido dentro de la manufactura y ejecutado en una sucesión, lo realiza aquí una sola máquina de trabajo que actúa mediante la combinación de diversas herramientas. Ya sea tal máquina de trabajo un mero renacimiento mecánico de una herramienta artesanal más complicada o la combinación de instrumentos simples diferentes, particularizados en la manufactura, en la fábrica, es decir, en el taller basado en la explotación mecánica, reaparece siempre la cooperación simple, y en primer lugar (prescindimos aquí del obrero) como aglomeración espacial de máquinas de trabajo de la misma clase que operan a la vez y juntas. Así, una fábrica de tejidos está formada por la yuxtaposición de muchos telares mecánicos, y una fábrica de costura por la yuxtaposición de muchas máquinas de coser, en el mismo edificio de trabajo. Pero existe aquí una unidad técnica, ya que las muchas máquinas de trabajo de la misma clase reciben su impulso a la vez y por igual del latido del primer motor común, transmitido a ellas por el mecanismo de transmisión, que también les es en parte común, pues solo se ramifican de él derivaciones particulares para cada máquina-herramienta. Exactamente igual que muchas herramientas son los órganos de una máquina de trabajo, muchas máquinas de trabajo no son ya sino órganos de la misma clase de un mismo mecanismo motor.
Pero un sistema de máquinas propiamente dicho no ocupa el lugar de la máquina independiente aislada hasta que el objeto de trabajo recorre una serie concatenada de procesos graduales distintos, ejecutados por una cadena de máquinas-herramienta de diferentes clases, pero que se complementan entre sí. Aquí reaparece la cooperación por división del trabajo propia de la manufactura, pero ahora como combinación de máquinas de trabajo parciales. Las herramientas específicas de los distintos obreros parciales —en la manufactura de la lana, por ejemplo, las del batidor, el cardador, el tundidor, el hilandero de lana, etc.— se transforman ahora en las herramientas de máquinas de trabajo especializadas, cada una de las cuales forma un órgano particular para una función particular en el sistema del mecanismo de herramientas combinado. La propia manufactura suministra al sistema de máquinas, en las ramas en que este se introduce primero, la base surgida espontáneamente de la división y, por tanto, de la organización del proceso de producción.108 Pero enseguida aparece una diferencia esencial. En la manufactura, los obreros, aislados o en grupos, tienen que ejecutar cada proceso parcial particular con su herramienta artesanal. Si el obrero es asimilado al proceso, también el proceso ha sido adaptado previamente al obrero. Este principio subjetivo de la división desaparece en la producción mecánica. Aquí el proceso total se considera objetivamente, en sí y para sí, se analiza en sus fases constitutivas, y el problema de ejecutar cada proceso parcial y de enlazar los distintos procesos parciales se resuelve mediante la aplicación técnica de la mecánica, la química, etc.109, aunque, naturalmente, la concepción teórica tenga que seguir perfeccionándose mediante la experiencia práctica acumulada en gran escala. Cada máquina parcial suministra a la que le sigue inmediatamente su materia prima, y como todas actúan a la vez, el producto se encuentra continuamente tanto en las diversas fases de su proceso de formación como en el tránsito de una fase de producción a otra. Así como en la manufactura la cooperación directa de los obreros parciales crea determinadas proporciones numéricas entre los grupos particulares de obreros, en el sistema articulado de máquinas la ocupación constante de unas máquinas parciales por otras crea una proporción determinada entre su número, su tamaño y su velocidad. La máquina de trabajo combinada, ahora un sistema articulado de máquinas de trabajo individuales de distintas clases y de grupos de ellas, es tanto más perfecta cuanto más continuo es su proceso total, es decir, cuanto con menos interrupciones pasa la materia prima de su primera fase a la última y, por tanto, cuanto más la hace avanzar de una fase de producción a otra el propio mecanismo en lugar de la mano humana. Si en la manufactura el aislamiento de los procesos particulares es un principio dado por la propia división del trabajo, en la fábrica desarrollada impera, por el contrario, la continuidad de los procesos particulares.
Un sistema de maquinaria, ya descanse en la mera cooperación de máquinas de trabajo de la misma clase, como en la tejeduría, o en una combinación de máquinas de clases distintas, como en la hilatura, forma en sí y para sí un gran autómata en cuanto lo mueve un primer motor que se mueve a sí mismo. Sin embargo, el sistema entero puede ser movido, por ejemplo, por la máquina de vapor, aunque algunas máquinas-herramienta sigan necesitando al obrero para ciertos movimientos —como el movimiento necesario para hacer entrar el carro de la mule antes de la introducción de la selfacting mule, y todavía hoy en la hilatura fina—, o aunque determinadas partes de la máquina, para ejecutar su labor, tengan que ser guiadas por el obrero igual que una herramienta, como en la construcción de maquinaria antes de que el slide rest (un aparato de tornear) se transformara en selfactor. En cuanto la máquina de trabajo ejecuta sin ayuda humana todos los movimientos necesarios para elaborar la materia prima y solo necesita la intervención humana como auxilio, tenemos un sistema automático de maquinaria, que, no obstante, es susceptible de un perfeccionamiento constante en los detalles. Así, por ejemplo, el aparato que detiene por sí solo la máquina de hilar en cuanto se rompe una sola hebra y el selfacting stop, que detiene el telar de vapor perfeccionado en cuanto a la canilla de la lanzadera se le acaba el hilo de trama, son inventos completamente modernos. Como ejemplo tanto de la continuidad de la producción como de la aplicación del principio automático puede servir la fábrica de papel moderna. En la producción de papel pueden estudiarse con provecho y en detalle, en general, la diferencia entre los distintos modos de producción, sobre la base de distintos medios de producción, así como la conexión de las relaciones sociales de producción con esos modos de producción, ya que la antigua fabricación de papel alemana nos ofrece el modelo de la producción artesanal, Holanda en el siglo XVII y Francia en el XVIII el modelo de la manufactura propiamente dicha, y la Inglaterra moderna el modelo de la fabricación automática en esta rama, y además existen todavía en China y en la India dos formas antiguas asiáticas distintas de la misma industria.
Como sistema articulado de máquinas de trabajo que reciben su movimiento de un autómata central solo por mediación de la maquinaria de transmisión, la explotación mecánica posee su figura más desarrollada. Aquí, en lugar de la máquina individual, aparece un monstruo mecánico cuyo cuerpo llena edificios fabriles enteros y cuya fuerza demoníaca, oculta al principio por el movimiento casi solemne y acompasado de sus miembros gigantescos, estalla en el torbellino febril y enloquecido de sus innumerables órganos de trabajo propiamente dichos.
Hubo mules, máquinas de vapor, etc., antes de que hubiera obreros cuya ocupación exclusiva fuera hacer máquinas de vapor, mules, etc., exactamente igual que el hombre llevó ropa antes de que hubiera sastres. Pero los inventos de Vaucanson, Arkwright, Watt, etc., solo fueron realizables porque estos inventores encontraron una cantidad considerable de obreros mecánicos hábiles, suministrada ya lista por el período manufacturero. Una parte de estos obreros eran artesanos independientes de distintos oficios; otra parte estaba reunida en manufacturas en las que, como se ha mencionado antes, la división del trabajo imperaba con especial rigor. Con el aumento de los inventos y la creciente demanda de las máquinas recién inventadas se desarrolló cada vez más, por un lado, la separación de la fabricación de máquinas en múltiples ramas independientes y, por otro, la división del trabajo en el interior de las manufacturas constructoras de máquinas. Vemos aquí, pues, en la manufactura la base técnica inmediata de la gran industria. Aquella produjo la maquinaria con la que esta abolió la explotación artesanal y manufacturera en las esferas de producción de las que se apoderó primero. La explotación mecánica se levantó, pues, de manera espontánea sobre una base material que no le era adecuada. Al llegar a cierto grado de desarrollo, tuvo que revolucionar esta base, que primero encontró ya hecha y luego siguió elaborando en su vieja forma, y crearse una base nueva que correspondiera a su propio modo de producción. Así como la máquina individual sigue siendo enana mientras solo la mueven hombres, así como el sistema de máquinas no pudo desarrollarse libremente antes de que la máquina de vapor ocupara el lugar de las fuerzas motrices heredadas —animal, viento e incluso agua—, del mismo modo la gran industria estuvo paralizada en todo su desarrollo mientras su medio de producción característico, la propia máquina, debía su existencia a la fuerza y la destreza personales, es decir, dependía del desarrollo muscular, la agudeza de la vista y el virtuosismo de la mano con que el obrero parcial en la manufactura y el artesano fuera de ella manejaban su instrumento enano. Aparte del encarecimiento de las máquinas debido a este modo de origen —circunstancia que domina al capital como motivo consciente—, la expansión de la industria ya movida a máquina y la penetración de la maquinaria en nuevas ramas de la producción quedaban así condicionadas exclusivamente por el crecimiento de una categoría de obreros que, por la naturaleza semiartística de su oficio, solo podía aumentar poco a poco y no a saltos. Pero al llegar a cierta fase de su desarrollo, la gran industria entró también técnicamente en contradicción con su base artesanal y manufacturera. La ampliación del tamaño de las máquinas motrices, del mecanismo de transmisión y de las máquinas-herramienta, la mayor complicación, diversidad y la regularidad más estricta de sus componentes, a medida que la máquina-herramienta se desprendía del modelo artesanal que originariamente dominaba su construcción y adquiría una figura libre, determinada solo por su tarea mecánica110, el perfeccionamiento del sistema automático y el empleo cada vez más inevitable de materiales difíciles de dominar, por ejemplo hierro en vez de madera: la solución de todas estas tareas, surgidas espontáneamente, chocaba en todas partes con las barreras personales, que tampoco el personal obrero combinado en la manufactura rompe sino en grado, no en esencia. Máquinas como la moderna prensa de imprimir, el moderno telar de vapor y la moderna máquina de cardar, por ejemplo, no podían ser suministradas por la manufactura.
La revolución del modo de producción en una esfera de la industria condiciona su revolución en las demás. Esto vale en primer lugar para aquellas ramas de la industria que, aunque aisladas por la división social del trabajo, de modo que cada una produce una mercancía independiente, se entrelazan sin embargo como fases de un proceso total. Así, la hilatura mecánica hizo necesaria la tejeduría mecánica, y ambas juntas la revolución mecánico-química del blanqueo, el estampado y el tinte. Así, por otro lado, la revolución en la hilatura del algodón provocó la invención de la gin para separar la fibra del algodón de la semilla, con la que se hizo posible por primera vez la producción de algodón en la gran escala ahora requerida.111 Pero la revolución del modo de producción de la industria y la agricultura hizo necesaria, sobre todo, una revolución en las condiciones generales del proceso social de producción, es decir, en los medios de comunicación y de transporte. Así como los medios de comunicación y transporte de una sociedad cuyo pivot —por emplear una expresión de Fourier— eran la pequeña agricultura con su industria doméstica accesoria y el artesanado urbano no podían satisfacer ya en absoluto las necesidades de producción del período manufacturero, con su división ampliada del trabajo social, su concentración de medios de trabajo y obreros y sus mercados coloniales, y por eso fueron de hecho revolucionados, así también los medios de transporte y comunicación heredados del período manufacturero se convirtieron pronto en trabas insoportables para la gran industria, con su velocidad febril de producción, su escala masiva, su constante lanzamiento de masas de capital y de obreros de una esfera de producción a otra y sus nuevos vínculos con el mercado mundial. Aparte de la construcción de veleros, revolucionada por completo, el sistema de comunicaciones y transportes se fue adaptando poco a poco al modo de producción de la gran industria mediante un sistema de vapores fluviales, ferrocarriles, vapores transoceánicos y telégrafos. Pero las tremendas masas de hierro que ahora había que forjar, soldar, cortar, taladrar y moldear exigían a su vez máquinas ciclópeas, cuya creación estaba fuera del alcance de la construcción manufacturera de máquinas.
La gran industria tuvo, pues, que apoderarse de su medio de producción característico, la propia máquina, y producir máquinas por medio de máquinas. Solo así se creó su base técnica adecuada y se sostuvo sobre sus propios pies. Con el creciente desarrollo de la explotación mecánica en los primeros decenios del siglo XIX, la maquinaria se apoderó de hecho poco a poco de la fabricación de las máquinas-herramienta. Pero solo en los últimos decenios la enorme construcción de ferrocarriles y la navegación transoceánica a vapor dieron vida a las máquinas ciclópeas empleadas para construir primeros motores.
La condición de producción más esencial para fabricar máquinas por medio de máquinas era una máquina motriz capaz de cualquier potencia y, sin embargo, a la vez perfectamente controlable. Existía ya en la máquina de vapor. Pero se trataba a la vez de producir a máquina las formas estrictamente geométricas necesarias para las distintas piezas de las máquinas, como la línea, el plano, el círculo, el cilindro, el cono y la esfera. Este problema lo resolvió Henry Maudslay en el primer decenio del siglo XIX con la invención del slide rest [carro portaherramientas], que pronto se hizo automático y que, en forma modificada, se transfirió del torno, para el que se había ideado en un principio, a otras máquinas de construcción. Este dispositivo mecánico no sustituye a ninguna herramienta particular, sino a la propia mano humana, que produce una forma determinada presentando, ajustando y dirigiendo el filo de instrumentos cortantes, etc., contra o sobre el material de trabajo, por ejemplo el hierro. Se consiguió así producir las formas geométricas de las distintas piezas de las máquinas
«con un grado de facilidad, exactitud y rapidez que ninguna experiencia acumulada podría haber dado a la mano del obrero más hábil».112
Si consideramos ahora la parte de la maquinaria empleada en la construcción de máquinas que forma la máquina-herramienta propiamente dicha, reaparece el instrumento artesanal, pero en dimensiones ciclópeas. El órgano operador de la taladradora, por ejemplo, es una barrena gigantesca movida por una máquina de vapor, sin la cual, a la inversa, no podrían producirse los cilindros de las grandes máquinas de vapor y de las prensas hidráulicas. El torno mecánico es el renacimiento ciclópeo del torno de pedal corriente; la cepilladora, un carpintero de hierro que trabaja el hierro con las mismas herramientas con que el carpintero trabaja la madera; la herramienta que corta las chapas en los astilleros de Londres es una navaja de afeitar gigantesca; la herramienta de la cizalla mecánica, que corta el hierro como las tijeras del sastre el paño, unas tijeras monstruosas, y el martillo de vapor opera con una cabeza de martillo corriente, pero de tal peso que ni el propio Thor podría blandirla.113 Uno de estos martillos de vapor, por ejemplo, que son invento de Nasmyth, pesa más de 6 toneladas y cae con una caída perpendicular de 7 pies sobre un yunque de 36 toneladas de peso. Pulveriza como si nada un bloque de granito y no es menos capaz de clavar un clavo en madera blanda con una serie de golpes suaves.114
Como maquinaria, el medio de trabajo adquiere un modo material de existencia que implica la sustitución de la fuerza humana por fuerzas naturales y de la rutina empírica por la aplicación consciente de las ciencias de la naturaleza. En la manufactura, la articulación del proceso social de trabajo es puramente subjetiva, combinación de obreros parciales; en el sistema de máquinas, la gran industria posee un organismo de producción completamente objetivo, que el obrero encuentra ya hecho como condición material de producción. En la cooperación simple, e incluso en la especializada por la división del trabajo, el desplazamiento del obrero aislado por el obrero socializado sigue apareciendo todavía como más o menos fortuito. La maquinaria, con algunas excepciones que mencionaremos más adelante, solo funciona en manos de un trabajo directamente socializado o común. El carácter cooperativo del proceso de trabajo se convierte ahora, pues, en una necesidad técnica dictada por la naturaleza misma del medio de trabajo.
2. Transferencia de valor de la maquinaria al producto
Hemos visto que las fuerzas productivas que surgen de la cooperación y de la división del trabajo no le cuestan nada al capital. Son fuerzas naturales del trabajo social. Las fuerzas naturales, como el vapor, el agua, etc., que se apropian para procesos productivos, tampoco cuestan nada. Pero así como el hombre necesita un pulmón para respirar, necesita una «obra de la mano humana»115 para consumir productivamente las fuerzas naturales. Hace falta una rueda hidráulica para aprovechar la fuerza motriz del agua, una máquina de vapor para aprovechar la elasticidad del vapor. Con la ciencia ocurre lo mismo que con las fuerzas naturales. Una vez descubierta, la ley de la desviación de la aguja magnética en el campo de acción de una corriente eléctrica, o la de la generación de magnetismo en el hierro alrededor del cual circula una corriente eléctrica, no cuesta un céntimo.116 Pero para explotar estas leyes en la telegrafía, etc., se necesita un aparato muy costoso y vasto. La máquina, como hemos visto, no desplaza a la herramienta. Esta, de herramienta enana del organismo humano, se alarga en tamaño y en número hasta convertirse en herramienta de un mecanismo creado por el hombre. En lugar de hacerle trabajar con la herramienta manual, el capital hace trabajar ahora al obrero con una máquina que maneja ella misma sus herramientas. Por eso, si a primera vista está claro que la gran industria, al incorporar al proceso de producción enormes fuerzas naturales y las ciencias de la naturaleza, tiene que aumentar extraordinariamente la productividad del trabajo, no está en absoluto igual de claro que esta fuerza productiva acrecentada no se compre con un mayor gasto de trabajo por otro lado. Como cualquier otro componente del capital constante, la maquinaria no crea valor, sino que transfiere su propio valor al producto en cuya fabricación sirve. En la medida en que tiene valor y, por tanto, transfiere valor al producto, forma un componente del valor de este. En lugar de abaratarlo, lo encarece en proporción a su propio valor. Y es palpable que la máquina, y la maquinaria desarrollada sistemáticamente, el medio de trabajo característico de la gran industria, se hincha desproporcionadamente de valor en comparación con los medios de trabajo de la industria artesanal y manufacturera.
Ahora bien, hay que observar en primer lugar que la maquinaria entra siempre por entero en el proceso de trabajo y siempre solo en parte en el proceso de valorización. Nunca añade más valor del que pierde, por término medio, con su desgaste. Hay, pues, una gran diferencia entre el valor de la máquina y la parte de valor que transfiere periódicamente al producto. Hay una gran diferencia entre la máquina como elemento formador de valor y como elemento formador del producto. Cuanto más largo es el período durante el cual la misma maquinaria sirve repetidamente en el mismo proceso de trabajo, tanto mayor es esa diferencia. Es cierto que hemos visto que todo medio de trabajo o instrumento de producción propiamente dicho entra siempre por entero en el proceso de trabajo y siempre solo por partes, en proporción a su desgaste medio diario, en el proceso de valorización. Pero esta diferencia entre uso y desgaste es mucho mayor en la maquinaria que en la herramienta, porque aquella, construida con un material más duradero, vive más tiempo; porque su empleo, regulado por leyes estrictamente científicas, permite una mayor economía en el gasto de sus componentes y de sus medios de consumo, y, por último, porque su campo de producción es desproporcionadamente mayor que el de la herramienta. Si a ambas, a la maquinaria y a la herramienta, les descontamos sus costes medios diarios, o el componente de valor que añaden al producto por su desgaste medio diario y por el consumo de materias auxiliares como el aceite, el carbón, etc., trabajan gratis, exactamente igual que las fuerzas naturales existentes sin intervención del trabajo humano. Cuanto mayor es el radio de acción productivo de la maquinaria comparado con el de la herramienta, tanto mayor es el alcance de su servicio gratuito comparado con el de la herramienta. Solo en la gran industria aprende el hombre a hacer que el producto de su trabajo pasado, ya objetivado, trabaje gratis en gran escala, igual que una fuerza natural.117
Al estudiar la cooperación y la manufactura se vio que ciertas condiciones generales de producción, como los edificios, etc., se economizan mediante el consumo común en comparación con las condiciones de producción dispersas de obreros aislados y, por tanto, encarecen menos el producto. En la maquinaria no solo consumen en común el cuerpo de una máquina de trabajo sus muchas herramientas, sino que la misma máquina motriz, junto con una parte del mecanismo de transmisión, la consumen en común muchas máquinas de trabajo.
Dada la diferencia entre el valor de la maquinaria y la parte de valor transferida a su producto diario, el grado en que esta parte de valor encarece el producto depende en primer lugar del volumen del producto, de su superficie, por así decir. El señor Baynes, de Blackburn, calcula en una conferencia publicada en 1857 que
«cada caballo de fuerza mecánico real118 mueve 450 husos de selfacting mule con su maquinaria preparatoria, o 200 husos de throstle, o 15 telares para tela de 40 pulgadas con los dispositivos para urdir, encolar, etc.».
En el primer caso es el producto diario de 450 husos de mule, en el segundo el de 200 husos de throstle, en el tercero el de 15 telares mecánicos, sobre el que se reparten los costes diarios de un caballo de vapor y el desgaste de la maquinaria que pone en movimiento, de modo que con ello solo se transfiere a una onza de hilo o a una vara de tejido una parte de valor minúscula. Lo mismo ocurre en el ejemplo anterior del martillo de vapor. Como su desgaste diario, su consumo de carbón, etc., se reparten entre las tremendas masas de hierro que martillea cada día, a cada quintal de hierro se le pega solo una pequeña parte de valor, que sería muy grande si el ciclópeo instrumento tuviera que clavar clavos pequeños.
Dado el radio de acción de la máquina de trabajo, es decir, el número de sus herramientas o, cuando se trata de fuerza, su magnitud, la masa de productos dependerá de la velocidad con que opere; por ejemplo, de la velocidad con que gire el huso o del número de golpes que el martillo descargue por minuto. Algunos de esos martillos colosales dan 70 golpes por minuto; la máquina de forjar patentada de Ryder, que emplea martillos de vapor de dimensiones más pequeñas para forjar husos, 700.
Dada la proporción en que la maquinaria transfiere valor al producto, la magnitud de esta parte de valor depende de su propia magnitud de valor.119 Cuanto menos trabajo contiene ella misma, tanto menos valor añade al producto. Cuanto menos valor cede, tanto más productiva es y tanto más se acerca su servicio al de las fuerzas naturales. Ahora bien, la producción de maquinaria por medio de maquinaria reduce su valor en proporción a su extensión y a su eficacia.
Un análisis comparativo de los precios de mercancías producidas de forma artesanal o manufacturera y de los precios de las mismas mercancías como producto de la máquina da en general el resultado de que, en el producto de la máquina, el componente de valor debido al medio de trabajo crece relativamente, pero disminuye en términos absolutos. Es decir, su magnitud absoluta disminuye, pero su magnitud en proporción al valor total del producto, por ejemplo de una libra de hilo, aumenta.120
Está claro que lo que tiene lugar es un mero desplazamiento del trabajo, es decir, que no se reduce la suma total del trabajo necesario para producir una mercancía ni se aumenta la fuerza productiva del trabajo, si la producción de una máquina cuesta tanto trabajo como el que ahorra su empleo. Pero la diferencia entre el trabajo que cuesta y el trabajo que ahorra, o el grado de su productividad, no depende evidentemente de la diferencia entre su propio valor y el valor de la herramienta que sustituye. La diferencia dura mientras el coste en trabajo de la máquina y, por tanto, la parte de valor que añade al producto, sea menor que el valor que el obrero añadiría al objeto de trabajo con su herramienta. La productividad de las máquinas se mide, pues, por el grado en que sustituyen fuerza de trabajo humana. Según el señor Baynes, a 450 husos de mule con su maquinaria preparatoria, movidos por un caballo de vapor, les corresponden 2 1/2 obreros121, y con cada selfacting mule spindle se hilan, en una jornada laboral de diez horas, 13 onzas de hilo (número medio), es decir, semanalmente 365 5/8 libras de hilo por 2 1/2 obreros. Al transformarse en hilo, unas 366 libras de algodón (prescindimos, para simplificar, del desperdicio) absorben, pues, solo 150 horas de trabajo, o 15 jornadas laborales de diez horas, mientras que con el torno de hilar, si el hilandero a mano entrega 13 onzas de hilo en 60 horas, la misma cantidad de algodón absorbería 2.700 jornadas de 10 horas, o 27.000 horas de trabajo.122 Allí donde el viejo método del blockprinting, o estampado de calicó a mano, ha sido desplazado por el estampado a máquina, una sola máquina, con la ayuda de un hombre o un muchacho, estampa en una hora tanto calicó de cuatro colores como antes 200 hombres.123 Antes de que Eli Whitney inventara en 1793 la cottongin, separar de la semilla una libra de algodón costaba una jornada laboral media. Gracias a su invento, una negra podía obtener 100 libras de algodón al día, y desde entonces la eficacia de la gin ha aumentado todavía considerablemente. Una libra de fibra de algodón, producida antes a 50 centavos, se vende más tarde a 10 centavos con mayor ganancia, es decir, incluyendo más trabajo no pagado. En la India se emplea para separar la fibra de la semilla un instrumento semimecánico, la churka, con el que un hombre y una mujer limpian 28 libras al día. Con la churka inventada hace algunos años por el doctor Forbes, 1 hombre y 1 muchacho producen 250 libras diarias; donde se emplean como fuerza motriz bueyes, vapor o agua, solo se requieren unos pocos muchachos y muchachas como feeders (peones que abastecen de material a la máquina). Dieciséis de estas máquinas, movidas por bueyes, hacen cada día lo que antes era el trabajo diario medio de 750 personas.124
Como ya se ha mencionado, en el arado de vapor la máquina de vapor hace en una hora, por 3 peniques o 1/4 de chelín, tanto trabajo como 66 hombres por 15 chelines por hora. Vuelvo sobre este ejemplo para salir al paso de una idea falsa. Los 15 chelines no son en modo alguno la expresión del trabajo añadido durante una hora por los 66 hombres. Si la proporción entre plustrabajo y trabajo necesario era del 100 %, estos 66 obreros producían por hora un valor de 30 chelines, aunque solo 33 horas se representan en un equivalente para ellos mismos, es decir, en el salario de 15 chelines. Supongamos, pues, que una máquina cuesta tanto como el salario anual de 150 obreros desplazados por ella, digamos 3.000 £: estas 3.000 £ no son en modo alguno la expresión monetaria del trabajo suministrado por los 150 obreros y añadido al objeto de trabajo, sino solo de la parte de su trabajo anual que se representa para ellos mismos en salario. En cambio, el valor monetario de la máquina, 3.000 £, expresa todo el trabajo gastado durante su producción, en cualquier proporción en que este trabajo forme salario para el obrero y plusvalía para el capitalista. Así pues, si la máquina cuesta tanto como la fuerza de trabajo que sustituye, el trabajo objetivado en ella es siempre mucho menor que el trabajo vivo al que sustituye.125
Considerada exclusivamente como medio para abaratar el producto, el límite del uso de la maquinaria está dado en que su propia producción cueste menos trabajo que el trabajo que sustituye su empleo. Pero para el capital este límite se expresa de manera más estrecha. Como no paga el trabajo empleado, sino el valor de la fuerza de trabajo empleada, el uso de la máquina le está limitado por la diferencia entre el valor de la máquina y el valor de la fuerza de trabajo que ella sustituye. Como la división de la jornada laboral en trabajo necesario y plustrabajo es distinta en distintos países, e igualmente en un mismo país en distintos períodos, o durante el mismo período en distintas ramas de negocio; como, además, el salario real del obrero tan pronto cae por debajo del valor de su fuerza de trabajo como sube por encima de él, la diferencia entre el precio de la maquinaria y el precio de la fuerza de trabajo que ha de sustituir puede variar mucho, aunque la diferencia entre la cantidad de trabajo necesaria para producir la máquina y la cantidad total del trabajo que sustituye siga siendo la misma.126 Pero solo la primera diferencia es la que determina los costes de producción de la mercancía para el propio capitalista y la que influye en él a través de las leyes coercitivas de la competencia. Por eso se inventan hoy en Inglaterra máquinas que solo se emplean en Norteamérica, igual que Alemania inventó en los siglos XVI y XVII máquinas que solo empleó Holanda, y que algún invento francés del siglo XVIII solo se explotó en Inglaterra. En los países de desarrollo más antiguo, la máquina misma, al aplicarse a algunas ramas de negocio, produce en otras ramas tal exceso de trabajo (redundancy of labour, dice Ricardo) que allí la caída del salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo impide el uso de la maquinaria y lo hace superfluo, a menudo imposible, desde el punto de vista del capital, cuya ganancia surge de todos modos de la reducción no del trabajo empleado, sino del trabajo pagado. En algunas ramas de la manufactura inglesa de la lana, el trabajo infantil se ha reducido mucho durante los últimos años, y aquí y allá casi se ha suprimido. ¿Por qué? La ley fabril obligaba a tener una doble tanda de niños, de los que una trabajaba 6 horas y la otra 4, o cada una solo 5. Pero los padres no querían vender a los half-times (medio tiempo) más baratos que antes a los full-times (tiempo completo). De ahí la sustitución de los half-times por maquinaria.127 Antes de que se prohibiera el trabajo de mujeres y niños (menores de 10 años) en las minas, el capital encontró el método de consumir en las minas de carbón y otras a mujeres y muchachas desnudas, a menudo atadas junto con hombres, tan conforme con su código moral y, sobre todo, con su libro mayor, que solo después de la prohibición recurrió a la maquinaria. Los yanquis han inventado máquinas para picar piedra. Los ingleses no las emplean porque al «desgraciado» (wretch es el término técnico de la economía política inglesa para el obrero agrícola) que hace este trabajo se le paga una parte tan pequeña de su trabajo que la maquinaria encarecería la producción para el capitalista.128 En Inglaterra todavía se emplea a veces a mujeres, en lugar de caballos, para sirgar, etc., las barcazas de los canales129, porque el trabajo necesario para producir caballos y máquinas es una cantidad dada matemáticamente, mientras que el necesario para mantener a las mujeres de la población sobrante está por debajo de todo cálculo. Por eso en ninguna parte se encuentra un derroche más desvergonzado de fuerza humana en cosas miserables que precisamente en Inglaterra, el país de las máquinas.
3. Efectos inmediatos de la explotación mecánica sobre el obrero
El punto de partida de la gran industria lo constituye, como se ha mostrado, la revolución del medio de trabajo, y el medio de trabajo revolucionado adquiere su figura más desarrollada en el sistema articulado de máquinas de la fábrica. Antes de ver cómo se incorpora material humano a este organismo objetivo, consideremos algunos efectos generales de esa revolución sobre el propio obrero.
a) Apropiación por el capital de fuerzas de trabajo suplementarias. Trabajo de mujeres y niños
En la medida en que la maquinaria hace prescindible la fuerza muscular, se convierte en medio para emplear obreros sin fuerza muscular o de desarrollo corporal inmaduro, pero de miembros más flexibles. ¡Trabajo de mujeres y niños fue, por eso, la primera palabra del empleo capitalista de la maquinaria! Este poderoso medio de sustituir trabajo y obreros se transformó así enseguida en un medio de aumentar el número de asalariados, sometiendo a todos los miembros de la familia obrera, sin distinción de sexo ni edad, al dominio inmediato del capital. El trabajo forzado para el capitalista usurpó no solo el lugar del juego infantil, sino también el del trabajo libre en el círculo doméstico, dentro de límites morales, para la propia familia.130
El valor de la fuerza de trabajo estaba determinado no solo por el tiempo de trabajo necesario para mantener al obrero adulto individual, sino por el necesario para mantener a la familia obrera. Al arrojar al mercado de trabajo a todos los miembros de la familia obrera, la maquinaria reparte el valor de la fuerza de trabajo del hombre entre toda su familia. Desvaloriza, por tanto, su fuerza de trabajo. Comprar la familia parcelada, por ejemplo, en 4 fuerzas de trabajo cuesta quizá más que antes la compra de la fuerza de trabajo del cabeza de familia, pero a cambio 4 jornadas laborales ocupan el lugar de una, y su precio cae en proporción al excedente del plustrabajo de los cuatro sobre el plustrabajo del uno. Ahora tienen que ser cuatro los que suministren al capital no solo trabajo, sino plustrabajo, para que viva una familia. Así, desde el principio, la maquinaria amplía, junto con el material humano de explotación, que es el campo de explotación más propio del capital131, también el grado de explotación.
Revoluciona asimismo de raíz la mediación formal de la relación capitalista, el contrato entre obrero y capitalista. Sobre la base del intercambio de mercancías, la primera premisa era que capitalista y obrero se enfrentaran como personas libres, como poseedores independientes de mercancías, el uno poseedor de dinero y de medios de producción, el otro poseedor de fuerza de trabajo. Pero ahora el capital compra menores de edad o semimenores. Antes, el obrero vendía su propia fuerza de trabajo, de la que disponía como persona formalmente libre. Ahora vende a su mujer y a su hijo. Se convierte en tratante de esclavos.132 La demanda de trabajo infantil se parece a menudo, también en la forma, a la demanda de esclavos negros tal como solía leerse en los anuncios de los periódicos americanos.
«Mi atención», dice por ejemplo un inspector fabril inglés, «fue atraída hacia un anuncio en el periódico local de una de las ciudades manufactureras más importantes de mi distrito, cuya copia es la siguiente: Se necesitan de 12 a 20 muchachos, no más jóvenes de lo que pueda pasar por 13 años. Salario: 4 chelines por semana. Informes, etc.».133
La frase «lo que pueda pasar por 13 años» se refiere a que, según la Factory Act, los niños menores de 13 años solo pueden trabajar 6 horas. Un médico oficialmente habilitado (certifying surgeon) tiene que certificar la edad. El fabricante pide, pues, muchachos que parezcan tener ya trece años. La disminución, a veces a saltos, del número de niños menores de 13 años empleados por los fabricantes, sorprendente en la estadística inglesa de los últimos 20 años, fue en gran parte, según declaran los propios inspectores fabriles, obra de certifying surgeons que desplazaban la edad infantil conforme al afán de explotación de los capitalistas y a la necesidad de mercadeo de los padres. En el tristemente célebre distrito londinense de Bethnal Green se celebra cada lunes y martes por la mañana un mercado público en el que niños de ambos sexos, a partir de los 9 años, se alquilan ellos mismos a las manufacturas de seda de Londres. «Las condiciones habituales son 1 chelín y 8 peniques a la semana (que son para los padres) y 2 peniques para mí, más el té». Los contratos solo valen por una semana. Las escenas y el lenguaje mientras dura este mercado son verdaderamente indignantes.134 Todavía ocurre en Inglaterra que algunas mujeres «sacan muchachos del workhouse y los alquilan a cualquier comprador por 2 chelines y 6 peniques semanales».135 A pesar de la legislación, todavía hay en Gran Bretaña por lo menos 2.000 muchachos vendidos por sus propios padres como máquinas vivientes de deshollinar (aunque existen máquinas para sustituirlos).136 La revolución provocada por la maquinaria en la relación jurídica entre el comprador y el vendedor de la fuerza de trabajo, de modo que la transacción entera pierde incluso la apariencia de un contrato entre personas libres, ofreció más tarde al Parlamento inglés el pretexto jurídico para la intervención del Estado en el régimen fabril. Siempre que la ley fabril limita a 6 horas el trabajo infantil en ramas de la industria hasta entonces no afectadas, resuena una y otra vez la lamentación de los fabricantes: una parte de los padres sustraería ahora a sus hijos a la industria reglamentada para venderlos a aquellas donde todavía reina la «libertad de trabajo», es decir, donde los niños menores de 13 años están obligados a trabajar como adultos y, por tanto, pueden colocarse más caros. Pero como el capital es por naturaleza un leveller [nivelador], es decir, exige en todas las esferas de producción igualdad de las condiciones de explotación del trabajo como su innato derecho humano, la limitación legal del trabajo infantil en una rama de la industria se convierte en causa de su limitación en la otra.
Ya se ha aludido antes a la ruina física de los niños y de las personas jóvenes, así como de las mujeres obreras, a quienes la maquinaria somete a la explotación del capital, primero directamente en las fábricas que surgen sobre su base y luego indirectamente en todas las demás ramas de la industria. Aquí, por tanto, nos detenemos solo en un punto: la enorme mortalidad de los hijos de los obreros en sus primeros años de vida. En Inglaterra hay 16 distritos de registro en los que, por cada 100.000 niños vivos menores de un año, solo se dan como media anual 9.085 defunciones (en un distrito, solo 7.047); en 24 distritos, más de 10.000 pero menos de 11.000; en 39 distritos, más de 11.000 pero menos de 12.000; en 48 distritos, más de 12.000 pero menos de 13.000; en 22 distritos, más de 20.000; en 25 distritos, más de 21.000; en 17, más de 22.000; en 11, más de 23.000; en Hoo, Wolverhampton, Ashton-under-Lyne y Preston, más de 24.000; en Nottingham, Stockport y Bradford, más de 25.000; en Wisbeach, 26.001, y en Manchester, 26.125.137 Como demostró una investigación médica oficial en 1861, las altas tasas de mortalidad se deben, aparte de las circunstancias locales, sobre todo a la ocupación de las madres fuera de casa y al consiguiente abandono y maltrato de los niños —entre otras cosas, alimentación inadecuada, falta de alimento, administración de opiáceos, etc.—, a lo que se suma el desapego antinatural de las madres hacia sus hijos y, a raíz de ello, el hambre y el envenenamiento intencionados.138 En cambio, en aquellos distritos agrícolas «donde existe un mínimo de ocupación femenina, la tasa de mortalidad es la más baja».139 Sin embargo, la comisión investigadora de 1861 dio el resultado inesperado de que en algunos distritos puramente agrícolas situados junto al mar del Norte la tasa de mortalidad de los niños menores de un año alcanzaba casi la de los distritos fabriles de peor fama. Por eso se encargó al doctor Julian Hunter que investigara este fenómeno sobre el terreno. Su informe está incorporado al VI. Report on Public Health.140 Hasta entonces se había supuesto que la malaria y otras enfermedades propias de las comarcas bajas y pantanosas diezmaban a los niños. La investigación dio justo lo contrario, a saber,
«que la misma causa que había expulsado la malaria, es decir, la transformación del suelo, de marisma en invierno y pobre pasto en verano, en fértil tierra de cereal, había creado la extraordinaria tasa de mortalidad de los lactantes».141
Los 70 médicos que el doctor Hunter interrogó en aquellos distritos estaban «maravillosamente de acuerdo» sobre este punto. Con la revolución del cultivo del suelo, en efecto, se había introducido el sistema industrial.
«Mujeres casadas que trabajan en cuadrillas junto con muchachas y muchachos son puestas a disposición del arrendatario, por una suma determinada, por un hombre al que llaman el “gangmaster” [capataz de cuadrilla] y que contrata las cuadrillas en bloque. Estas cuadrillas se alejan a menudo muchas millas de sus aldeas; se las encuentra por la mañana y por la tarde en los caminos, las mujeres vestidas con enaguas cortas y faldas a juego, con botas y a veces pantalones, de aspecto muy fuerte y sano, pero corrompidas por un libertinaje habitual y despreocupadas de las funestas consecuencias que su preferencia por este modo de vida activo e independiente hace recaer sobre sus vástagos, que se consumen en casa».142
Todos los fenómenos de los distritos fabriles se reproducen aquí, y en grado aún mayor el infanticidio encubierto y el tratamiento de los niños con opiáceos.143
«Mi conocimiento de los males que produce», dice el doctor Simon, funcionario médico del Privy Council inglés y redactor jefe de los informes sobre Public Health, «tiene que excusar la profunda aversión con que miro toda ocupación industrial extensa de mujeres adultas».144 «Será», exclama el inspector fabril R. Baker en un informe oficial, «será en verdad una suerte para los distritos manufactureros de Inglaterra que se prohíba a toda mujer casada que tenga familia trabajar en cualquier fábrica».145
La degradación moral que surge de la explotación capitalista del trabajo de mujeres y niños ha sido expuesta de manera tan exhaustiva por F. Engels en su Situación de la clase obrera en Inglaterra y por otros escritores que aquí me limito a recordarla. Pero la desolación intelectual, producida artificialmente por la transformación de seres humanos inmaduros en meras máquinas de fabricar plusvalía, y que hay que distinguir bien de aquella ignorancia natural que deja el espíritu en barbecho sin estropear su capacidad de desarrollo, su propia fecundidad natural, obligó por fin incluso al Parlamento inglés a hacer de la enseñanza elemental, en todas las industrias sometidas a la ley fabril, condición legal para el consumo «productivo» de niños menores de 14 años. El espíritu de la producción capitalista resplandecía con claridad en la redacción chapucera de las llamadas cláusulas educativas de las leyes fabriles, en la falta de maquinaria administrativa, que vuelve en gran parte ilusoria esta enseñanza obligatoria, en la oposición de los fabricantes incluso contra esta ley de enseñanza y en sus mañas y artimañas prácticas para eludirla.
«Solo hay que culpar a la legislación, porque ha promulgado una ley engañosa (delusive law) que, bajo la apariencia de velar por la educación de los niños, no contiene ni una sola disposición que pueda asegurar este pretendido fin. No dispone nada, salvo que los niños estén encerrados durante un número determinado de horas» (3 horas) «al día entre las cuatro paredes de un lugar llamado escuela, y que el patrono del niño reciba semanalmente un certificado de ello de una persona que firme con su nombre como maestro o maestra de escuela».146
Antes de promulgarse la ley fabril enmendada de 1844 no eran raros los certificados de asistencia escolar firmados con una cruz por el maestro o la maestra, porque estos mismos no sabían escribir.
«En la visita que hice a una de esas escuelas que extienden certificados, me impresionó tanto la ignorancia del maestro que le dije: “Por favor, señor, ¿sabe usted leer?”. Su respuesta fue: “Pos sí, argo (summat)”. Para justificarse añadió: “En todo caso, estoy por delante de mis alumnos”».
Durante la preparación de la ley de 1844, los inspectores fabriles denunciaron el vergonzoso estado de los lugares llamados escuelas cuyos certificados tenían que admitir como plenamente válidos ante la ley. Todo lo que consiguieron fue que desde 1844
«las cifras del certificado escolar tengan que estar rellenadas de puño y letra del maestro, y que este firme además personalmente con su nombre y apellido».147
Sir John Kincaid, inspector fabril para Escocia, cuenta experiencias oficiales semejantes.
«La primera escuela que visitamos la regentaba una tal Mrs. Ann Killin. Cuando le pedí que deletreara su nombre, cometió enseguida un desliz al empezar por la letra C, pero, corrigiéndose al momento, dijo que su nombre empezaba por K. Sin embargo, al ver su firma en los libros de certificados escolares, observé que lo deletreaba de diversas maneras, mientras que la letra no dejaba duda alguna sobre su incapacidad para enseñar. Ella misma admitió además que no sabía llevar el registro… En una segunda escuela encontré el aula de 15 pies de largo por 10 de ancho, y conté en este espacio 75 niños que chillaban algo ininteligible».148 «Pero no son solo esos antros de miseria donde los niños reciben certificados escolares pero ninguna enseñanza, pues en muchas escuelas en las que el maestro es competente sus esfuerzos fracasan casi por completo ante el desconcertante revoltijo de niños de todas las edades, a partir de los tres años. Su sustento, miserable en el mejor de los casos, depende por completo del número de peniques recibidos del mayor número de niños que sea posible meter en una habitación. A esto se suma un mobiliario escolar escaso, la falta de libros y de otro material didáctico y el efecto deprimente de un aire viciado y repugnante sobre los propios pobres niños. He estado en muchas escuelas así, donde vi filas enteras de niños que no hacían absolutamente nada; y esto se certifica como asistencia escolar, y tales niños figuran en la estadística oficial como educados (educated)».149
En Escocia, los fabricantes procuran excluir en lo posible a los niños sujetos a la asistencia escolar.
«Esto basta para probar la gran animadversión de los fabricantes contra las cláusulas educativas».150
De manera grotesca y espantosa se manifiesta esto en las estampaciones de calicó, etc., que están reguladas por una ley fabril propia. Según las disposiciones de la ley,
«todo niño, antes de ser empleado en una de esas estampaciones, tiene que haber asistido a la escuela durante por lo menos 30 días y no menos de 150 horas en los 6 meses inmediatamente anteriores al primer día de su empleo. Mientras siga empleado en la estampación, tiene que asistir a la escuela igualmente durante un período de 30 días y 150 horas en cada período semestral sucesivo… La asistencia a la escuela ha de tener lugar entre las 8 de la mañana y las 6 de la tarde. Ninguna asistencia de menos de 2 1/2 horas o de más de 5 horas en un mismo día debe contarse como parte de las 150 horas. En circunstancias normales, los niños asisten a la escuela por la mañana y por la tarde durante 30 días, 5 horas al día, y, transcurridos los 30 días, cuando se ha alcanzado la suma total reglamentaria de 150 horas, cuando, por hablar en su propia lengua, han liquidado su libro, vuelven a la estampación, donde se quedan otra vez 6 meses, hasta que vence otro plazo de asistencia escolar, y entonces se quedan de nuevo en la escuela hasta que el libro está otra vez liquidado… Muchísimos muchachos que asisten a la escuela durante las 150 horas reglamentarias están, al volver de su estancia semestral en la estampación, exactamente igual que al principio… Naturalmente, han vuelto a perder todo lo que habían ganado con la asistencia escolar anterior. En otras estampaciones de calicó, la asistencia escolar se hace depender por completo de las necesidades de negocio de la fábrica. El número de horas exigido se completa en cada período semestral mediante pagos a cuenta de 3 a 5 horas cada vez, dispersos quizá a lo largo de 6 meses. Por ejemplo, un día se asiste a la escuela de 8 a 11 de la mañana, otro día de 1 a 4 de la tarde, y después de que el niño haya faltado de nuevo durante una serie de días, vuelve de repente de 3 a 6 de la tarde; luego aparece quizá durante 3 o 4 días seguidos, o durante una semana, desaparece de nuevo durante 3 semanas o un mes entero y vuelve algunos días sueltos para unas horas sobrantes, cuando da la casualidad de que sus patronos no lo necesitan; y así el niño es, por así decir, zarandeado (buffeted) de la escuela a la fábrica y de la fábrica a la escuela, hasta que se ha completado la cuenta de las 150 horas».151
Mediante la adición preponderante de niños y mujeres al personal obrero combinado, la maquinaria quiebra por fin la resistencia que el obrero varón todavía oponía en la manufactura al despotismo del capital.152
b) Prolongación de la jornada laboral
Si la maquinaria es el medio más poderoso de aumentar la productividad del trabajo, es decir, de acortar el tiempo de trabajo necesario para producir una mercancía, como portadora del capital se convierte, en primer lugar en las industrias de las que se apodera directamente, en el medio más poderoso de prolongar la jornada laboral más allá de todo límite natural. Crea, por una parte, nuevas condiciones que capacitan al capital para dar rienda suelta a esta tendencia constante suya y, por otra, nuevos motivos que aguzan su hambre canina de trabajo ajeno.
En primer lugar, en la maquinaria el movimiento y la actividad del medio de trabajo se independizan frente al obrero. El medio de trabajo se convierte en sí y para sí en un perpetuum mobile industrial que seguiría produciendo ininterrumpidamente si no tropezara con ciertas barreras naturales en sus auxiliares humanos: su debilidad física y su voluntad propia. Como capital —y como tal el autómata posee conciencia y voluntad en el capitalista—, está animado, pues, por el impulso de reducir a la mínima resistencia la barrera natural humana, reacia pero elástica.153 Esta resistencia está de por sí disminuida por la aparente facilidad del trabajo en la máquina y por el elemento femenino e infantil, más dócil y flexible.154
La productividad de la maquinaria está, como hemos visto, en razón inversa de la magnitud del componente de valor que transfiere a la obra. Cuanto más largo es el período durante el cual funciona, tanto mayor es la masa de productos entre la que se reparte el valor que añade, y tanto menor la parte de valor que añade a cada mercancía. Pero el período de vida activa de la maquinaria está determinado evidentemente por la duración de la jornada laboral, o duración del proceso diario de trabajo, multiplicada por el número de días en que este se repite.
El desgaste de la máquina no corresponde en modo alguno con exactitud matemática a su tiempo de uso. E incluso suponiendo esto, una máquina que sirve 16 horas diarias durante 7 1/2 años abarca un período de producción igual de grande, y no añade al producto total más valor, que la misma máquina sirviendo solo 8 horas diarias durante 15 años. Pero en el primer caso el valor de la máquina se reproduciría el doble de rápido que en el segundo, y el capitalista se habría tragado por medio de ella, en 7 1/2 años, tanto plustrabajo como en otro caso en 15.
El desgaste material de la máquina es doble. Uno surge de su uso, como las monedas se desgastan con la circulación; el otro, de su falta de uso, como una espada ociosa se oxida en la vaina. Es su consunción por los elementos. El desgaste de la primera clase está más o menos en razón directa de su uso; el segundo, hasta cierto punto, en razón inversa.155
Pero además del material, la máquina sufre también un desgaste, por así decir, moral. Pierde valor de cambio en la medida en que pueden reproducirse más baratas máquinas de la misma construcción o en que aparecen a su lado, compitiendo con ella, máquinas mejores.156 En ambos casos su valor, por joven y llena de vida que pueda estar por lo demás, ya no está determinado por el tiempo de trabajo efectivamente objetivado en ella misma, sino por el tiempo de trabajo necesario para su propia reproducción o para la reproducción de la máquina mejor. Por eso está más o menos desvalorizada. Cuanto más corto es el período en que se reproduce su valor total, tanto menor es el peligro del desgaste moral, y cuanto más larga es la jornada laboral, tanto más corto es ese período. Cuando la maquinaria se introduce por primera vez en una rama cualquiera de la producción, se suceden sin pausa nuevos métodos para reproducirla más barata157 y mejoras que afectan no solo a piezas o aparatos sueltos, sino a toda su construcción. Por eso, en su primer período de vida, este motivo particular de prolongar la jornada laboral actúa con la mayor agudeza.158
En circunstancias por lo demás iguales y con una jornada laboral dada, explotar un número doble de obreros exige duplicar tanto la parte del capital constante desembolsada en maquinaria y edificios como la desembolsada en materia prima, materias auxiliares, etc. Con la jornada laboral prolongada se amplía la escala de la producción, mientras que la parte del capital desembolsada en maquinaria y edificios permanece invariable.159 Por eso no solo crece la plusvalía, sino que disminuyen los desembolsos necesarios para explotarla. Es cierto que esto ocurre también en otros casos, en mayor o menor medida, con toda prolongación de la jornada laboral, pero aquí pesa de manera más decisiva, porque la parte del capital transformada en medios de trabajo pesa en general más.160 En efecto, el desarrollo de la explotación mecánica fija una parte cada vez mayor del capital en una forma en la que, por un lado, es continuamente valorizable y, por otro, pierde valor de uso y valor de cambio en cuanto se interrumpe su contacto con el trabajo vivo. «Cuando», aleccionaba el señor Ashworth, un magnate inglés del algodón, al profesor Nassau W. Senior,
«cuando un labrador deja su pala, inutiliza durante ese período un capital de 18 peniques. Cuando uno de nuestros hombres» (es decir, de los obreros fabriles) «abandona la fábrica, inutiliza un capital que ha costado 100.000 £».161
¡Imagínese! ¡Inutilizar aunque sea por un instante un capital que ha costado 100.000 £! ¡Es en verdad un escándalo que clama al cielo que uno de nuestros hombres abandone alguna vez la fábrica! El volumen creciente de la maquinaria hace «deseable», como comprende Senior, aleccionado por Ashworth, una prolongación siempre creciente de la jornada laboral.162
La máquina produce plusvalía relativa no solo desvalorizando directamente la fuerza de trabajo y abaratándola indirectamente mediante el abaratamiento de las mercancías que entran en su reproducción, sino también porque, en su primera introducción esporádica, transforma el trabajo empleado por el dueño de la máquina en trabajo potenciado, eleva el valor social del producto de la máquina por encima de su valor individual y capacita así al capitalista para reponer el valor diario de la fuerza de trabajo con una parte de valor menor del producto diario. Durante este período de transición, en el que la explotación mecánica sigue siendo una especie de monopolio, las ganancias son, por tanto, extraordinarias, y el capitalista procura explotar a fondo este «primer tiempo del amor joven»163 mediante la mayor prolongación posible de la jornada laboral. La magnitud de la ganancia aguza el hambre canina de más ganancia.
Con la generalización de la maquinaria en la misma rama de la producción, el valor social del producto de la máquina cae hasta su valor individual, y se impone la ley según la cual la plusvalía no surge de las fuerzas de trabajo que el capitalista ha sustituido por la máquina, sino, a la inversa, de las fuerzas de trabajo que emplea en ella. La plusvalía surge solo de la parte variable del capital, y hemos visto que la masa de la plusvalía está determinada por dos factores: la tasa de plusvalía y el número de obreros empleados a la vez. Con una duración dada de la jornada laboral, la tasa de plusvalía está determinada por la proporción en que la jornada laboral se divide en trabajo necesario y plustrabajo. El número de obreros empleados a la vez depende, a su vez, de la proporción entre la parte variable del capital y la constante. Ahora bien, está claro que la explotación mecánica, por mucho que extienda el plustrabajo a costa del trabajo necesario aumentando la fuerza productiva del trabajo, solo produce este resultado reduciendo el número de obreros empleados por un capital dado. Transforma una parte del capital que antes era variable, es decir, que se convertía en fuerza de trabajo viva, en maquinaria, es decir, en capital constante, que no produce plusvalía. Es imposible, por ejemplo, exprimir a dos obreros tanta plusvalía como a 24. Si cada uno de los 24 obreros suministra solo una hora de plustrabajo de cada 12, suministran juntos 24 horas de plustrabajo, mientras que el trabajo total de los dos obreros asciende solo a 24 horas. En el empleo de la maquinaria para producir plusvalía hay, pues, una contradicción inmanente, ya que de los dos factores de la plusvalía que suministra un capital de magnitud dada solo aumenta uno, la tasa de plusvalía, a fuerza de reducir el otro, el número de obreros. Esta contradicción inmanente sale a la luz en cuanto, con la generalización de la maquinaria en una rama de la industria, el valor de la mercancía producida a máquina se convierte en el valor social regulador de todas las mercancías de la misma clase, y es esta contradicción la que, a su vez, empuja al capital, sin que este sea consciente de ello164, a la más violenta prolongación de la jornada laboral, para compensar la disminución del número relativo de obreros explotados mediante el aumento no solo del plustrabajo relativo, sino también del absoluto.
Así pues, si el empleo capitalista de la maquinaria crea, por un lado, nuevos y poderosos motivos para prolongar desmesuradamente la jornada laboral y revoluciona el propio modo de trabajo, así como el carácter del cuerpo social de trabajo, de tal manera que quiebra la resistencia contra esta tendencia, produce, por otro lado, en parte incorporando al capital capas de la clase obrera antes inaccesibles para él, en parte dejando libres a los obreros desplazados por la máquina, una población obrera sobrante165 que tiene que dejarse dictar la ley por el capital. De ahí el notable fenómeno de la historia de la industria moderna de que la máquina eche por tierra todas las barreras morales y naturales de la jornada laboral. De ahí la paradoja económica de que el medio más poderoso para acortar el tiempo de trabajo se trueque en el medio más infalible de transformar todo el tiempo de vida del obrero y de su familia en tiempo de trabajo disponible para la valorización del capital. «Si», soñaba Aristóteles, el mayor pensador de la Antigüedad,
«si cada herramienta pudiera ejecutar, a una orden o incluso anticipándose, la obra que le corresponde, como las obras de arte de Dédalo se movían por sí solas o los trípodes de Hefesto acudían por propio impulso a su trabajo sagrado, si así las lanzaderas tejieran por sí solas, ni el maestro artesano necesitaría ayudantes ni los amos esclavos».166
¡Y Antípatro, un poeta griego de la época de Cicerón, saludó la invención del molino de agua para moler el grano, esa forma elemental de toda maquinaria productiva, como libertadora de las esclavas y restauradora de la edad de oro!167 «¡Los paganos, ah, los paganos!». No entendían nada, como ha descubierto el sagaz Bastiat, y antes que él el todavía más listo MacCulloch, de economía política ni de cristianismo. No entendían, entre otras cosas, que la máquina es el medio más probado para prolongar la jornada laboral. Disculpaban, si acaso, la esclavitud de unos como medio para el pleno desarrollo humano de otros. Pero predicar la esclavitud de las masas para convertir a unos cuantos advenedizos toscos o semicultos en eminent spinners [eminentes hilanderos], extensive sausage makers [grandes fabricantes de embutidos] e influential shoe black dealers [influyentes comerciantes de betún], para eso les faltaba el órgano específicamente cristiano.
c) Intensificación del trabajo
La prolongación desmesurada de la jornada laboral que produce la maquinaria en manos del capital provoca más tarde, como hemos visto, una reacción de la sociedad, amenazada en la raíz misma de su vida, y con ello una jornada laboral normal limitada por la ley. Sobre la base de esta última se desarrolla hasta adquirir una importancia decisiva un fenómeno con el que ya nos encontramos antes: la intensificación del trabajo. En el análisis de la plusvalía absoluta se trataba en primer lugar de la magnitud extensiva del trabajo, mientras que el grado de su intensidad se presuponía dado. Ahora tenemos que considerar el trueque de la magnitud extensiva en magnitud intensiva o de grado.
Es evidente que, con el progreso de la maquinaria y la experiencia acumulada de una clase particular de obreros de máquinas, la velocidad del trabajo, y con ella su intensidad, aumentan de manera espontánea. Así, en Inglaterra, durante medio siglo, la prolongación de la jornada laboral va de la mano de la creciente intensidad del trabajo fabril. Sin embargo, se comprende que en un trabajo en el que no se trata de paroxismos pasajeros, sino de una uniformidad regular repetida día tras día, tiene que llegarse a un punto nodal en el que la extensión de la jornada laboral y la intensidad del trabajo se excluyen mutuamente, de modo que la prolongación de la jornada laboral solo sigue siendo compatible con un grado más débil de intensidad del trabajo y, a la inversa, un grado mayor de intensidad solo con el acortamiento de la jornada. En cuanto la indignación de la clase obrera, que iba creciendo poco a poco, obligó al Estado a acortar por la fuerza el tiempo de trabajo y a dictar, en primer lugar a la fábrica propiamente dicha, una jornada laboral normal, es decir, desde el momento en que quedó cortado de una vez por todas el aumento de la producción de plusvalía mediante la prolongación de la jornada laboral, el capital se lanzó con todas sus fuerzas y con plena conciencia a la producción de plusvalía relativa mediante el desarrollo acelerado del sistema de máquinas. Al mismo tiempo se produce un cambio en el carácter de la plusvalía relativa. En general, el método de producción de la plusvalía relativa consiste en capacitar al obrero, aumentando la fuerza productiva del trabajo, para producir más en el mismo tiempo con el mismo gasto de trabajo. El mismo tiempo de trabajo sigue añadiendo al producto total el mismo valor, aunque este valor de cambio invariable se represente ahora en más valores de uso y, por tanto, el valor de cada mercancía disminuya. Pero es distinto en cuanto el acortamiento forzoso de la jornada laboral, con el impulso enorme que da al desarrollo de la fuerza productiva y a la economización de las condiciones de producción, impone a la vez al obrero un mayor gasto de trabajo en el mismo tiempo, una tensión mayor de la fuerza de trabajo, un relleno más denso de los poros del tiempo de trabajo, es decir, una condensación del trabajo, en un grado que solo puede alcanzarse dentro de la jornada acortada. Esta compresión de una masa mayor de trabajo en un período de tiempo dado cuenta ahora como lo que es, como una cantidad mayor de trabajo. Junto a la medida del tiempo de trabajo como «magnitud extensa» aparece ahora la medida de su grado de condensación.168 La hora más intensa de la jornada de diez horas contiene ahora tanto trabajo o más, es decir, fuerza de trabajo gastada, que la hora más porosa de la jornada de doce horas. Su producto tiene, por tanto, tanto valor o más que el de las más porosas 1 1/5 horas. Aparte del aumento de la plusvalía relativa por la fuerza productiva acrecentada del trabajo, ahora, por ejemplo, 3 1/3 horas de plustrabajo sobre 6 2/3 horas de trabajo necesario suministran al capitalista la misma masa de valor que antes 4 horas de plustrabajo sobre 8 horas de trabajo necesario.
La pregunta es ahora: ¿cómo se intensifica el trabajo?
El primer efecto de la jornada laboral acortada se basa en la ley evidente de que la capacidad de rendimiento de la fuerza de trabajo está en razón inversa de su tiempo de actuación. Por eso, dentro de ciertos límites, se gana en grado de manifestación de la fuerza lo que se pierde en su duración. Pero que el obrero ponga también realmente en movimiento más fuerza de trabajo es algo de lo que el capital se encarga mediante el método de pago.169 En las manufacturas, en la alfarería por ejemplo, donde la maquinaria no desempeña ningún papel o uno insignificante, la introducción de la ley fabril ha demostrado de manera contundente que el mero acortamiento de la jornada laboral aumenta maravillosamente la regularidad, la uniformidad, el orden, la continuidad y la energía del trabajo.170 Pero este efecto parecía dudoso en la fábrica propiamente dicha, porque allí la dependencia del obrero respecto del movimiento continuo y uniforme de la máquina había creado hacía mucho la disciplina más estricta. Por eso, cuando en 1844 se debatió la reducción de la jornada laboral por debajo de las 12 horas, los fabricantes declararon casi por unanimidad que
«sus capataces vigilaban en las distintas salas de trabajo que los brazos no perdieran tiempo», que «el grado de vigilancia y atención por parte de los obreros (the extent of vigilance and attention on the part of the workmen) apenas era susceptible de aumento» y que, suponiendo invariables todas las demás circunstancias, como la marcha de la maquinaria, etc., «era por tanto un disparate esperar en fábricas bien dirigidas algún resultado apreciable de una mayor atención, etc., de los obreros».171
Esta afirmación fue refutada por experimentos. El señor R. Gardner hizo trabajar en sus dos grandes fábricas de Preston, a partir del 20 de abril de 1844, solo 11 horas diarias en lugar de 12. Al cabo de aproximadamente un año, el resultado fue que
«se obtuvo la misma cantidad de producto con los mismos costes, y todos los obreros ganaron en 11 horas tanto salario como antes en 12».172
Paso por alto aquí los experimentos en las salas de hilado y de cardado, porque iban unidos a un aumento de la velocidad de la maquinaria (del 2 %). En el departamento de tejeduría, en cambio, donde además se tejían clases muy diversas de artículos de fantasía ligeros y con dibujos, no hubo cambio alguno en las condiciones objetivas de producción. El resultado fue:
«Del 6 de enero al 20 de abril de 1844, con jornada de doce horas, salario medio semanal de cada obrero: 10 chelines y 1 1/2 peniques; del 20 de abril al 29 de junio de 1844, con jornada de once horas, salario medio semanal: 10 chelines y 3 1/2 peniques».173
Aquí se produjo en 11 horas más que antes en 12, exclusivamente gracias a una mayor perseverancia uniforme de los obreros y a la economía de su tiempo. Mientras ellos recibían el mismo salario y ganaban 1 hora de tiempo libre, el capitalista obtenía la misma masa de productos y se ahorraba durante una hora el gasto de carbón, gas, etc. Experimentos parecidos se hicieron con el mismo éxito en las fábricas de los señores Horrocks y Jacson.174
En cuanto el acortamiento de la jornada laboral, que crea en primer lugar la condición subjetiva de la condensación del trabajo, a saber, la capacidad del obrero de poner en movimiento más fuerza en un tiempo dado, se vuelve obligatorio por ley, la máquina se convierte en manos del capital en el medio objetivo y sistemáticamente empleado de arrancar más trabajo en el mismo tiempo. Esto ocurre de dos maneras: mediante una mayor velocidad de las máquinas y mediante la ampliación del volumen de la maquinaria que un mismo obrero tiene que vigilar, o de su campo de trabajo. La construcción mejorada de la maquinaria es en parte necesaria para ejercer una presión mayor sobre el obrero y en parte acompaña por sí misma a la intensificación del trabajo, porque la barrera de la jornada laboral obliga al capitalista a administrar con la mayor estrictez los costes de producción. La mejora de la máquina de vapor aumenta el número de golpes de émbolo por minuto y permite a la vez, mediante un mayor ahorro de fuerza, mover un mecanismo más voluminoso con el mismo motor, con un consumo de carbón igual o incluso menor. La mejora del mecanismo de transmisión reduce el rozamiento y —lo que distingue tan visiblemente la maquinaria moderna de la más antigua— reduce el diámetro y el peso de los árboles de transmisión grandes y pequeños a un mínimo cada vez menor. Por último, las mejoras de la maquinaria de trabajo, con mayor velocidad y efecto más extenso, reducen su volumen, como en el telar de vapor moderno, o aumentan, junto con el cuerpo, el tamaño y el número de las herramientas que maneja, como en la máquina de hilar, o aumentan la movilidad de estas herramientas mediante modificaciones de detalle poco vistosas, como cuando, de este modo, a mediados de la década de 1850 se aumentó en 1/5 la velocidad de los husos de la selfacting mule.
El acortamiento de la jornada laboral a 12 horas data en Inglaterra de 1832. Ya en 1836 declaraba un fabricante inglés:
«Comparado con antes, el trabajo que hay que hacer en las fábricas ha crecido mucho a consecuencia de la mayor atención y actividad que la velocidad considerablemente aumentada de la maquinaria exige del obrero».175
En 1844, lord Ashley, hoy conde de Shaftesbury, presentó en la Cámara de los Comunes las siguientes exposiciones, apoyadas en documentos:
«El trabajo de los empleados en los procesos fabriles es ahora tres veces mayor que cuando se introdujeron tales operaciones. La maquinaria ha realizado sin duda una obra que sustituye a los tendones y los músculos de millones de personas, pero también ha aumentado asombrosamente (prodigiously) el trabajo de las personas dominadas por su terrible movimiento… El trabajo de seguir de un lado a otro a un par de mules durante 12 horas, para hilar hilo del número 40, suponía en 1815 recorrer una distancia de 8 millas. En 1832, la distancia que había que recorrer durante 12 horas siguiendo a un par de mules, para hilar el mismo número, era de 20 millas, y a menudo más. En 1825, el hilandero tenía que hacer durante 12 horas 820 estiradas en cada mule, lo que daba un total de 1.640 en 12 horas. En 1832, el hilandero tenía que hacer durante su jornada de doce horas 2.200 estiradas en cada mule, 4.400 en total; en 1844, 2.400 en cada mule, 4.800 en total; y en algunos casos la masa de trabajo exigida (amount of labour) es todavía mayor… Tengo aquí en la mano otro documento de 1842 en el que se demuestra que el trabajo aumenta progresivamente, no solo porque hay que recorrer una distancia mayor, sino porque la cantidad de mercancías producidas aumenta mientras el número de brazos disminuye proporcionalmente; y, además, porque ahora se hila a menudo algodón de peor calidad, que exige más trabajo… En la sala de cardado ha habido también un gran aumento del trabajo. Una persona hace ahora el trabajo que antes se repartía entre dos… En la tejeduría, en la que está empleado un gran número de personas, en su mayoría del sexo femenino, el trabajo ha crecido durante los últimos años en un 10 % largo, a consecuencia de la mayor velocidad de la maquinaria. En 1838, el número de hanks [madejas] que se hilaban semanalmente era de 18.000; en 1843 ascendía a 21.000. En 1819, el número de picks [pasadas] en el telar de vapor era de 60 por minuto; en 1842 era de 140, lo que indica un gran aumento del trabajo».176
A la vista de esta notable intensidad que el trabajo había alcanzado ya en 1844 bajo el imperio de la ley de las doce horas, parecía justificada entonces la declaración de los fabricantes ingleses de que todo nuevo progreso en esta dirección era imposible y de que, por tanto, toda nueva reducción del tiempo de trabajo equivalía a una reducción de la producción. La aparente exactitud de su razonamiento queda probada del mejor modo por la siguiente manifestación contemporánea de su infatigable censor, el inspector fabril Leonard Horner:
«Como la cantidad producida está regulada principalmente por la velocidad de la maquinaria, el interés del fabricante tiene que ser moverla al grado de velocidad más alto que sea compatible con las siguientes condiciones: preservar la maquinaria de un deterioro demasiado rápido, mantener la calidad del artículo fabricado y que el obrero pueda seguir el movimiento sin un esfuerzo mayor del que puede realizar de manera continuada. Ocurre a menudo que el fabricante, en su precipitación, acelera demasiado el movimiento. Las roturas y el trabajo defectuoso compensan entonces con creces la velocidad, y se ve obligado a moderar la marcha de la maquinaria. Como un fabricante activo e inteligente averigua el máximo alcanzable, concluí que es imposible producir en 11 horas tanto como en 12. Supuse además que el obrero pagado a destajo se esfuerza al máximo en la medida en que puede soportar de manera continuada el mismo grado de trabajo».177
Horner concluyó, por tanto, a pesar de los experimentos de Gardner, etc., que una nueva reducción de la jornada laboral por debajo de las 12 horas tendría que disminuir la cantidad del producto.178 Él mismo cita 10 años más tarde sus reparos de 1845 como prueba de lo poco que comprendía entonces la elasticidad de la maquinaria y de la fuerza de trabajo humana, que se tensan ambas por igual al máximo con el acortamiento forzoso de la jornada laboral.
Pasemos ahora al período posterior a 1847, desde la introducción de la ley de las diez horas en las fábricas inglesas de algodón, lana, seda y lino.
«La velocidad de los husos ha aumentado en 500 revoluciones por minuto en las throstles y en 1.000 en las mules, es decir, la velocidad del huso de throstle, que en 1839 era de 4.500 revoluciones por minuto, es ahora» (1862) «de 5.000, y la del huso de mule, que era de 5.000, es ahora de 6.000 por minuto; esto supone en el primer caso 1/10 y en el segundo 1/6 de velocidad adicional».179
Jas. Nasmyth, el célebre ingeniero civil de Patricroft, cerca de Manchester, expuso en 1852, en una carta a Leonard Horner, las mejoras introducidas en la máquina de vapor entre 1848 y 1852. Después de observar que el caballo de vapor, que en la estadística fabril oficial se sigue calculando según su rendimiento en el año 1828180, ya es solo nominal y solo puede servir como índice de la fuerza real, dice entre otras cosas:
«No cabe duda de que la maquinaria de vapor del mismo peso, a menudo las mismas máquinas idénticas a las que solo se han aplicado las mejoras modernas, ejecuta por término medio un 50 % más de trabajo que antes, y que en muchos casos las mismas máquinas de vapor idénticas que en los días de la velocidad limitada de 220 pies por minuto suministraban 50 caballos de fuerza suministran hoy más de 100, con un consumo de carbón menor… La máquina de vapor moderna de la misma potencia nominal se mueve con más fuerza que antes gracias a las mejoras en su construcción, al menor volumen y a la construcción de las calderas, etc.… Por eso, aunque se emplee el mismo número de brazos que antes en proporción a la fuerza nominal en caballos, se emplean menos brazos en proporción a la maquinaria de trabajo».181
En 1850, las fábricas del Reino Unido empleaban 134.217 caballos de fuerza nominales para mover 25.638.716 husos y 301.445 telares. En 1856, el número de husos y telares ascendía respectivamente a 33.503.580 y 369.205. Si la fuerza en caballos requerida hubiera seguido siendo la misma que en 1850, en 1856 habrían sido necesarios 175.000 caballos de fuerza. Pero, según la estadística oficial, solo ascendía a 161.435, es decir, más de 10.000 caballos de fuerza menos que si se calcula sobre la base de 1850.182
«Los hechos establecidos por el último Return de 1856» (estadística oficial) «son que el sistema fabril se extiende con enorme rapidez, que el número de brazos ha disminuido en proporción a la maquinaria, que la máquina de vapor, por economía de fuerza y otros métodos, mueve un peso mayor de maquinaria y que se obtiene una cantidad mayor de obra a consecuencia de máquinas de trabajo mejoradas, de métodos de fabricación cambiados, de una mayor velocidad de la maquinaria y de muchas otras causas».183 «Las grandes mejoras introducidas en máquinas de todas clases han aumentado mucho su fuerza productiva. Sin ninguna duda, el acortamiento de la jornada laboral… dio el aguijón para estas mejoras. Estas y el esfuerzo más intenso del obrero han hecho que en la jornada acortada» (en dos horas, o 1/6) «se suministre por lo menos tanta obra como antes durante la más larga».184
Cómo aumentó el enriquecimiento de los fabricantes con la explotación más intensa de la fuerza de trabajo lo prueba ya la sola circunstancia de que el crecimiento medio de las fábricas inglesas de algodón, etc., fue de 32 por año de 1838 a 1850 y, en cambio, de 86 anuales de 1850 a 1856.
Por grande que fuera en los 8 años de 1848 a 1856, bajo el imperio de la jornada de diez horas, el progreso de la industria inglesa, fue superado de nuevo con mucho en el siguiente período de seis años, de 1856 a 1862. En la fábrica de seda, por ejemplo, en 1856: husos, 1.093.799; 1862: 1.388.544; 1856: telares, 9.260, y 1862: 10.709. En cambio, en 1856: número de obreros, 56.137, y 1862: 52.429. Esto da un aumento del número de husos del 26,9 % y de los telares del 15,6 %, con una disminución simultánea del número de obreros del 7 %. En 1850 se empleaban en la fábrica de worsted [estambre] 875.830 husos; en 1856, 1.324.549 (aumento del 51,2 %), y en 1862, 1.289.172 (disminución del 2,7 %). Pero si se descuentan los husos de doblar, que figuran en la enumeración del año 1856 pero no en la de 1862, el número de husos permaneció bastante estacionario desde 1856. En cambio, desde 1850 la velocidad de los husos y de los telares se duplicó en muchos casos. El número de telares de vapor en la fábrica de worsted: 1850, 32.617; 1856, 38.956, y 1862, 43.048. Estaban ocupadas en ellos, en 1850, 79.737 personas; en 1856, 87.794, y en 1862, 86.063; pero de ellas, niños menores de 14 años: en 1850, 9.956; en 1856, 11.228, y en 1862, 13.178. A pesar del número muy aumentado de telares en 1862 comparado con 1856, el número total de obreros ocupados disminuyó, pues, y el de niños explotados aumentó.185
El 27 de abril de 1863, el diputado Ferrand declaró en la Cámara de los Comunes:
«Delegados obreros de 16 distritos de Lancashire y Cheshire, en cuyo nombre hablo, me han comunicado que el trabajo en las fábricas crece constantemente a consecuencia de la mejora de la maquinaria. Mientras que antes una persona con ayudantes atendía dos telares, ahora atiende tres sin ayudantes, y no es nada raro que una persona atienda cuatro, etc. Doce horas de trabajo, como se desprende de los hechos comunicados, se comprimen ahora en menos de 10 horas de trabajo. Se comprende, pues, en qué medida enorme han aumentado en los últimos años las fatigas de los obreros fabriles».186
Por eso, aunque los inspectores fabriles alaban incansablemente, y con toda razón, los resultados favorables de las leyes fabriles de 1844 y 1850, confiesan no obstante que el acortamiento de la jornada laboral ha provocado ya una intensidad del trabajo que destruye la salud de los obreros y, por tanto, la propia fuerza de trabajo.
«En la mayoría de las fábricas de algodón, de worsted y de seda, el estado agotador de excitación necesario para el trabajo en la maquinaria, cuyo movimiento se ha acelerado tan extraordinariamente en los últimos años, parece ser una de las causas del exceso de mortalidad por enfermedades pulmonares que el doctor Greenhow ha demostrado en su reciente y admirable informe».187
No cabe la menor duda de que la tendencia del capital, en cuanto la ley le ha cerrado de una vez por todas la prolongación de la jornada laboral, a resarcirse mediante el aumento sistemático del grado de intensidad del trabajo y a convertir toda mejora de la maquinaria en un medio para absorber más a fondo la fuerza de trabajo, tiene que llevar pronto de nuevo a un punto de inflexión en el que se haga inevitable una nueva reducción de las horas de trabajo.188 Por otra parte, la marcha a paso de carga de la industria inglesa desde 1848 hasta el presente, es decir, durante el período de la jornada de diez horas, supera todavía mucho más el período de 1833 a 1847, es decir, el período de la jornada de doce horas, de lo que este superó al medio siglo transcurrido desde la introducción del sistema fabril, es decir, al período de la jornada laboral ilimitada.189
4. La fábrica
Al comienzo de este capítulo examinamos el cuerpo de la fábrica, la articulación del sistema de máquinas. Vimos después cómo la maquinaria aumenta el material humano de explotación del capital mediante la apropiación del trabajo de las mujeres y los niños, cómo confisca la vida entera del obrero mediante la prolongación desmesurada de la jornada laboral y cómo su progreso, que permite suministrar un producto que crece enormemente en un tiempo cada vez más corto, sirve por último de medio sistemático para poner en movimiento más trabajo en cada momento o para explotar cada vez más intensamente la fuerza de trabajo. Pasamos ahora al conjunto de la fábrica, y precisamente en su forma más desarrollada.
El doctor Ure, el Píndaro de la fábrica automática, la describe, por una parte, como
«cooperación de distintas clases de obreros, adultos y no adultos, que vigilan con destreza y diligencia un sistema de maquinaria productiva puesto en actividad ininterrumpidamente por una fuerza central (el primer motor)»,
y, por otra, como
«un enorme autómata, compuesto de innumerables órganos mecánicos y dotados de consciencia, que obran de común acuerdo y sin interrupción para producir un mismo y único objeto, de modo que todos esos órganos están subordinados a una fuerza motriz que se mueve por sí misma».
Estas dos expresiones no son en modo alguno idénticas. En la una, el obrero colectivo combinado o cuerpo social de trabajo aparece como sujeto dominante y el autómata mecánico como objeto; en la otra, el sujeto es el propio autómata, y los obreros solo están coordinados como órganos conscientes a sus órganos inconscientes y, junto con estos, subordinados a la fuerza motriz central. La primera expresión vale para cualquier empleo posible de la maquinaria en gran escala; la otra caracteriza su empleo capitalista y, por tanto, el moderno sistema fabril. Por eso a Ure le gusta presentar la máquina central, de la que parte el movimiento, no solo como autómata, sino como autócrata.
«En estos grandes talleres, el benéfico poder del vapor reúne en torno de sí a sus miríadas de súbditos.»190
Con la herramienta de trabajo pasa también del obrero a la máquina el virtuosismo en su manejo. La capacidad de rendimiento de la herramienta se emancipa de los límites personales de la fuerza de trabajo humana. Con ello queda suprimida la base técnica sobre la que descansa la división del trabajo en la manufactura. En lugar de la jerarquía de obreros especializados que la caracteriza, aparece por eso en la fábrica automática la tendencia a la equiparación o nivelación de los trabajos que tienen que realizar los auxiliares de la maquinaria191; en lugar de las diferencias artificialmente creadas entre los obreros parciales, aparecen predominantemente las diferencias naturales de edad y de sexo.
En la medida en que la división del trabajo reaparece en la fábrica automática, es ante todo distribución de obreros entre las máquinas especializadas y de masas de obreros, que sin embargo no forman grupos articulados, entre los distintos departamentos de la fábrica, donde trabajan en máquinas-herramienta de la misma clase colocadas unas junto a otras, de modo que entre ellos solo hay cooperación simple. El grupo articulado de la manufactura queda sustituido por la conexión del obrero principal con unos pocos auxiliares. La separación esencial es la que se da entre los obreros que están realmente ocupados en las máquinas-herramienta (a los que se añaden algunos obreros encargados de vigilar o, en su caso, de alimentar la máquina motriz) y los meros peones (casi exclusivamente niños) de esos obreros de máquina. Entre los peones se cuentan, más o menos, todos los feeders («alimentadores», que se limitan a suministrar a las máquinas el material de trabajo). Junto a estas clases principales aparece un personal numéricamente insignificante que se ocupa del control de toda la maquinaria y de su constante reparación, como ingenieros, mecánicos, carpinteros, etc. Es una clase de obreros superior, en parte con formación científica, en parte de carácter artesanal, que está fuera del círculo de los obreros fabriles y solo agregada a ellos.192 Esta división del trabajo es puramente técnica.
Todo trabajo en la máquina exige que el obrero aprenda desde temprano a adaptar su propio movimiento al movimiento uniforme y continuo de un autómata. En la medida en que la maquinaria en su conjunto forma por sí misma un sistema de máquinas diversas, combinadas y que actúan simultáneamente, también la cooperación basada en ella exige una distribución de grupos de obreros de distinta clase entre las máquinas de distinta clase. Pero la explotación mecánica suprime la necesidad de fijar esa distribución a la manera de la manufactura, adscribiendo continuamente a los mismos obreros a la misma función.193 Como el movimiento de conjunto de la fábrica no parte del obrero, sino de la máquina, puede haber un cambio continuo de personas sin que se interrumpa el proceso de trabajo. La prueba más contundente de ello la ofrece el sistema de relevos puesto en práctica durante la revuelta de los fabricantes ingleses de 1848-1850. Por último, la rapidez con que se aprende el trabajo en la máquina en edad juvenil suprime igualmente la necesidad de formar una clase especial de obreros exclusivamente como obreros de máquina.194 Los servicios de los meros peones, por su parte, pueden en la fábrica sustituirse en parte por máquinas195, y en parte permiten, por su total simplicidad, un cambio rápido y constante de las personas cargadas con esta faena.
Aunque la maquinaria echa por tierra técnicamente el viejo sistema de la división del trabajo, este se arrastra al principio por costumbre en la fábrica, como tradición de la manufactura, para ser luego reproducido y consolidado sistemáticamente por el capital, en una forma todavía más repugnante, como medio de explotación de la fuerza de trabajo. De la especialidad de toda la vida, manejar una herramienta parcial, se pasa a la especialidad de toda la vida, servir a una máquina parcial. Se abusa de la maquinaria para transformar al obrero mismo, desde la infancia, en pieza de una máquina parcial.196 Así no solo se reducen considerablemente los costes necesarios para su propia reproducción, sino que al mismo tiempo se completa su desamparada dependencia respecto del conjunto de la fábrica y, por tanto, respecto del capitalista. Aquí, como en todas partes, hay que distinguir entre la mayor productividad que se debe al desarrollo del proceso social de producción y la mayor productividad que se debe a su explotación capitalista.
En la manufactura y el artesanado, el obrero se sirve de la herramienta; en la fábrica, sirve a la máquina. Allí el movimiento del medio de trabajo parte de él; aquí tiene que seguir el movimiento del medio de trabajo. En la manufactura, los obreros forman miembros de un mecanismo vivo. En la fábrica existe un mecanismo muerto independiente de ellos, y se les incorpora a él como apéndices vivos.
«La lúgubre rutina de un tormento laboral sin fin, en el que se repite una y otra vez el mismo proceso mecánico, se parece al trabajo de Sísifo; la carga del trabajo, como la roca, vuelve a caer una y otra vez sobre el obrero extenuado.»197
El trabajo en la máquina, al tiempo que ataca en grado extremo el sistema nervioso, reprime el juego multilateral de los músculos y confisca toda libre actividad corporal y espiritual.198 Hasta el alivio del trabajo se convierte en medio de tortura, pues la máquina no libera al obrero del trabajo, sino a su trabajo del contenido. Toda producción capitalista, en cuanto no es solo proceso de trabajo, sino al mismo tiempo proceso de valorización del capital, tiene en común que no es el obrero quien emplea las condiciones de trabajo, sino, a la inversa, las condiciones de trabajo las que emplean al obrero; pero solo con la maquinaria adquiere esta inversión una realidad técnicamente palpable. Por su transformación en autómata, el medio de trabajo se enfrenta al obrero, durante el propio proceso de trabajo, como capital, como trabajo muerto que domina y succiona la fuerza de trabajo viva. La separación entre las potencias intelectuales del proceso de producción y el trabajo manual, y la transformación de aquellas en poderes del capital sobre el trabajo, se consuma, como ya se indicó antes, en la gran industria edificada sobre la base de la maquinaria. La destreza de detalle del obrero de máquina individual, vaciado, desaparece como una minúscula insignificancia ante la ciencia, las enormes fuerzas naturales y el trabajo social de masas que están encarnados en el sistema de máquinas y que forman con él el poder del «patrón» (master). Por eso este patrón, en cuyo cerebro la maquinaria y su monopolio sobre ella están inseparablemente fundidos, les grita despectivamente a los «brazos» cuando hay conflictos:
«Los obreros fabriles harían bien en recordar, para su provecho, que su trabajo es en realidad una especie muy inferior de trabajo calificado; que no hay ninguno que se adquiera con más facilidad ni que, en relación con su calidad, esté mejor pagado; que no hay ninguno que, con un breve adiestramiento del menos experto, pueda suministrarse en tan poco tiempo y en tal abundancia. La maquinaria del patrón desempeña en realidad un papel mucho más importante en el negocio de la producción que el trabajo y la destreza del obrero, que se enseñan con una educación de seis meses y que cualquier peón del campo puede aprender.»199
La subordinación técnica del obrero a la marcha uniforme del medio de trabajo y la composición peculiar del cuerpo de trabajo, formado por individuos de ambos sexos y de las más diversas edades, crean una disciplina cuartelera que se desarrolla hasta convertirse en un régimen fabril completo y que desarrolla plenamente el trabajo de vigilancia ya mencionado antes y, con él, la división de los obreros en obreros manuales y capataces, en soldados rasos de la industria y suboficiales de la industria.
«La dificultad principal en la fábrica automática consistía en la disciplina necesaria para hacer que los hombres renunciaran a sus hábitos irregulares en el trabajo e identificarlos con la regularidad invariable del gran autómata. Pero inventar un código disciplinario adecuado a las necesidades y a la velocidad del sistema automático y aplicarlo con éxito era una empresa digna de Hércules: ¡esa es la noble obra de Arkwright! Incluso hoy, cuando el sistema está organizado con toda su perfección, es casi imposible encontrar entre los obreros que han pasado la edad de la pubertad auxiliares útiles para el sistema automático.»200
El código fabril, en el que el capital formula, como legislador privado y por su propio arbitrio, su autocracia sobre sus obreros, sin la división de poderes tan apreciada por lo demás por la burguesía ni el sistema representativo, todavía más apreciado, no es más que la caricatura capitalista de la regulación social del proceso de trabajo que se hace necesaria con la cooperación en gran escala y con el empleo de medios de trabajo comunes, sobre todo de la maquinaria. El látigo del negrero se sustituye por el libro de sanciones del capataz. Todas las sanciones se reducen, naturalmente, a multas y descuentos del salario, y la sagacidad legisladora de los Licurgos de la fábrica hace que la infracción de sus leyes les resulte, si cabe, todavía más lucrativa que su cumplimiento.201
Solo aludiremos a las condiciones materiales en que se realiza el trabajo fabril. Todos los órganos de los sentidos resultan igualmente dañados por la temperatura elevada artificialmente, por la atmósfera cargada de desechos de la materia prima, por el ruido ensordecedor, etc., por no hablar del peligro de muerte entre una maquinaria densamente amontonada, que, con la regularidad de las estaciones, produce sus partes de guerra industriales.202 El ahorro de los medios sociales de producción, madurado como en invernadero solo en el sistema fabril, se convierte en manos del capital, al mismo tiempo, en el robo sistemático de las condiciones de vida del obrero durante el trabajo: de espacio, aire y luz, y de los medios personales de protección contra las circunstancias del proceso de producción que ponen en peligro la vida o la salud, por no hablar de instalaciones para la comodidad del obrero.203 ¿Se equivoca Fourier cuando llama a las fábricas «presidios mitigados»204?
5. Lucha entre el obrero y la máquina
La lucha entre el capitalista y el obrero asalariado comienza con la relación de capital misma. Sigue bramando durante todo el período manufacturero.205 Pero solo desde la introducción de la maquinaria combate el obrero el medio de trabajo mismo, el modo material de existencia del capital. Se rebela contra esta forma determinada del medio de producción como base material del modo de producción capitalista.
Casi toda Europa vivió durante el siglo XVII revueltas obreras contra el llamado telar de cintas (también llamado molino de cintas o telar de molino), una máquina para tejer cintas y galones.206 A finales del primer tercio del siglo XVII, una aserradora movida por el viento, instalada por un holandés en las cercanías de Londres, sucumbió a los excesos de la plebe. Todavía a comienzos del siglo XVIII, las sierras mecánicas movidas por agua solo vencieron a duras penas en Inglaterra la resistencia popular, apoyada por el Parlamento. Cuando Everet construyó en 1758 la primera máquina de esquilar lana movida por agua, la incendiaron 100.000 personas que habían quedado sin trabajo. Contra las scribbling mills («máquinas de carduzar») y las máquinas de cardar de Arkwright elevaron una petición al Parlamento 50.000 obreros que hasta entonces habían vivido de cardar lana a mano. La destrucción masiva de máquinas en los distritos manufactureros ingleses durante los primeros quince años del siglo XIX, sobre todo a raíz de la explotación del telar mecánico, ofreció, bajo el nombre de movimiento ludita, el pretexto para las medidas de fuerza más reaccionarias al gobierno antijacobino de un Sidmouth, un Castlereagh, etc. Hace falta tiempo y experiencia para que el obrero aprenda a distinguir la maquinaria de su empleo capitalista y, por tanto, a trasladar sus ataques del medio material de producción mismo a su forma social de explotación.207
Las luchas por el salario dentro de la manufactura presuponen la manufactura y no van dirigidas en modo alguno contra su existencia. En la medida en que se combate la formación de las manufacturas, lo hacen los maestros de los gremios y las ciudades privilegiadas, no los obreros asalariados. Por eso, en los escritores del período manufacturero la división del trabajo se concibe predominantemente como medio de sustituir virtualmente a obreros, pero no de desplazar realmente a obreros. Esta diferencia es evidente. Si se dice, por ejemplo, que harían falta en Inglaterra 100 millones de personas para hilar con el viejo torno de hilar el algodón que ahora hilan 500.000 con la máquina, eso no significa, naturalmente, que la máquina haya ocupado el lugar de esos millones, que nunca han existido. Solo significa que harían falta muchos millones de obreros para sustituir a la maquinaria de hilar. Si se dice, en cambio, que el telar mecánico echó a la calle en Inglaterra a 80.000 tejedores, no se habla de una maquinaria existente que tendría que ser sustituida por un número determinado de obreros, sino de un número existente de obreros que ha sido de hecho sustituido o desplazado por la maquinaria. Durante el período manufacturero, la explotación artesanal, aunque descompuesta, siguió siendo la base. Los nuevos mercados coloniales no podían quedar satisfechos con el número relativamente escaso de obreros urbanos heredado de la Edad Media, y las manufacturas propiamente dichas abrieron al mismo tiempo nuevos campos de producción a la población rural expulsada de la tierra con la disolución del feudalismo. Entonces, pues, destacaba más en la división del trabajo y en la cooperación en los talleres el lado positivo: que hacen más productivos a los obreros ocupados.208 La cooperación y la combinación de los medios de trabajo en manos de unos pocos provocan, sin duda, aplicadas a la agricultura, revoluciones grandes, súbitas y violentas del modo de producción y, por tanto, de las condiciones de vida y de los medios de ocupación de la población rural, en muchos países mucho antes del período de la gran industria. Pero esta lucha se libra originariamente más entre grandes y pequeños propietarios de tierras que entre el capital y el trabajo asalariado; por otra parte, en la medida en que se desplaza a los obreros mediante medios de trabajo, ovejas, caballos, etc., los actos de violencia directa forman aquí, en primera instancia, el presupuesto de la revolución industrial. Primero se expulsa a los obreros de la tierra, y luego vienen las ovejas. Solo el robo de tierras en gran escala, como en Inglaterra, crea a la gran agricultura su campo de aplicación.209 En sus comienzos, por eso, esta transformación de la agricultura tiene más bien la apariencia de una revolución política.
Como máquina, el medio de trabajo se convierte de inmediato en competidor del propio obrero.210 La autovalorización del capital por medio de la máquina está en razón directa del número de obreros cuyas condiciones de existencia destruye. Todo el sistema de la producción capitalista se basa en que el obrero vende su fuerza de trabajo como mercancía. La división del trabajo reduce unilateralmente esta fuerza de trabajo a la destreza completamente particularizada de manejar una herramienta parcial. En cuanto el manejo de la herramienta recae en la máquina, se extingue, junto con el valor de uso, el valor de cambio de la fuerza de trabajo. El obrero se vuelve invendible, como el papel moneda retirado de la circulación. La parte de la clase obrera que la maquinaria transforma así en población superflua, es decir, ya no inmediatamente necesaria para la autovalorización del capital, sucumbe por un lado en la lucha desigual de la vieja explotación artesanal y manufacturera contra la mecánica, e inunda por otro todas las ramas industriales de acceso más fácil, abarrota el mercado de trabajo y hace bajar por tanto el precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor. Un gran consuelo para los obreros pauperizados ha de ser, por una parte, que sus sufrimientos son solo «temporales» (a temporary inconvenience), y, por otra, que la maquinaria solo se apodera gradualmente de un campo entero de la producción, con lo que se quebrarían el alcance y la intensidad de su efecto destructor. Un consuelo anula al otro. Allí donde la máquina se apodera gradualmente de un campo de la producción, produce miseria crónica en la capa obrera que compite con ella. Donde la transición es rápida, actúa de forma masiva y aguda. La historia universal no ofrece espectáculo más espantoso que la ruina de los tejedores manuales de algodón ingleses, gradual, arrastrada a lo largo de decenios y sellada por fin en 1838. Muchos de ellos murieron de hambre; muchos vegetaron largo tiempo con sus familias con 2 1/2 peniques diarios.211 En cambio, la maquinaria algodonera inglesa actuó de forma aguda sobre las Indias Orientales, cuyo gobernador general hacía constar en 1834/35:
«La miseria apenas encuentra parangón en la historia del comercio. Los huesos de los tejedores de algodón blanquean las llanuras de la India.»
Es verdad que, en cuanto estos tejedores abandonaron lo temporal, la máquina solo les causó «molestias temporales».212 Por lo demás, el efecto «temporal» de la maquinaria es permanente, pues se apodera constantemente de nuevos campos de producción. La forma autonomizada y enajenada que el modo de producción capitalista en general da a las condiciones de trabajo y al producto del trabajo frente al obrero se desarrolla, pues, con la maquinaria hasta convertirse en antagonismo completo.213 De ahí que con ella aparezca por primera vez la revuelta brutal del obrero contra el medio de trabajo.
El medio de trabajo mata al obrero. Este antagonismo directo aparece, ciertamente, de la forma más palpable cada vez que maquinaria recién introducida compite con la explotación artesanal o manufacturera tradicional. Pero dentro de la propia gran industria la continua mejora de la maquinaria y el desarrollo del sistema automático actúan de modo análogo.
«El objetivo constante de la maquinaria perfeccionada es disminuir el trabajo manual o completar un eslabón de la cadena de producción de la fábrica sustituyendo aparatos humanos por aparatos de hierro.»214 «La aplicación de la fuerza del vapor y del agua a maquinaria movida hasta ahora a mano es cosa de todos los días... Las pequeñas mejoras de la maquinaria cuyo objeto es economizar fuerza motriz, mejorar el producto, aumentar la producción en el mismo tiempo o desplazar a un niño, una mujer o un hombre son constantes y, aunque en apariencia no tienen gran peso, tienen no obstante resultados importantes.»215 «Siempre que una operación exige mucha destreza y una mano segura, se la retira lo antes posible de los brazos del obrero, demasiado diestro y a menudo propenso a irregularidades de toda clase, para confiarla a un mecanismo especial, tan bien regulado que un niño puede vigilarlo.»216 «En el sistema automático, el talento del obrero va siendo desplazado progresivamente.»217 «La mejora de la maquinaria no solo exige disminuir el número de obreros adultos ocupados para obtener un resultado determinado, sino que pone una clase de individuos en lugar de otra, una menos diestra en lugar de otra más diestra, niños en lugar de adultos, mujeres en lugar de hombres. Todos estos cambios causan fluctuaciones constantes en la tasa del salario.»218 «La maquinaria arroja incesantemente a adultos fuera de la fábrica.»219
La extraordinaria elasticidad de la maquinaria, debida a la experiencia práctica acumulada, al volumen ya existente de medios mecánicos y al progreso constante de la técnica, nos la mostró su marcha arrolladora bajo la presión de una jornada laboral acortada. Pero ¿quién habría sospechado en 1860, el año cenital de la industria algodonera inglesa, las mejoras galopantes de la maquinaria y el correspondiente desplazamiento del trabajo manual que provocaron los tres años siguientes bajo el aguijón de la guerra civil norteamericana? De las declaraciones oficiales de los inspectores fabriles ingleses sobre este punto bastan aquí unos pocos ejemplos. Un fabricante de Manchester declara:
«En lugar de 75 máquinas de cardar necesitamos ahora solo 12, que suministran la misma cantidad, de calidad igual de buena, si no mejor... El ahorro en salarios asciende a 10 £ semanales, y el de desperdicio de algodón, al 10 %.»
En una hilatura de hilo fino de Manchester,
«mediante la aceleración del movimiento y la introducción de distintos procesos self-acting («automáticos»), se ha suprimido en un departamento 1/4 y en otro más de 1/2 del personal obrero, mientras que la peinadora, puesta en lugar de la segunda máquina de cardar, ha reducido mucho el número de brazos ocupados antes en la sala de cardado».
Otra hilatura calcula su ahorro general de «brazos» en un 10 %. Los señores Gilmore, hiladores de Manchester, declaran:
«En nuestro blowing department («sección de batanes») calculamos en un tercio completo el ahorro de brazos y de salarios obtenido gracias a la nueva maquinaria...; en la sala de jack frame y drawing frame («mecheras y manuares»), aproximadamente 1/3 menos en gastos y en brazos; en la sala de hilado, aproximadamente 1/3 menos en gastos. Pero eso no es todo: cuando nuestro hilo va ahora al tejedor, está tan mejorado por el empleo de la nueva maquinaria que producen más tejido, y mejor, que con el hilo de las máquinas viejas.»220
El inspector fabril A. Redgrave observa a este respecto:
«La disminución de obreros con una producción aumentada avanza rápidamente; en las fábricas de lana ha comenzado hace poco una nueva reducción de brazos, y continúa; hace pocos días un maestro de escuela que vive cerca de Rochdale me decía que la gran disminución en las escuelas de niñas no se debía solo a la presión de la crisis, sino también a los cambios en la maquinaria de la fábrica de lana, a consecuencia de los cuales se había producido una reducción media de 70 obreros de media jornada.»221
El resultado global de las mejoras mecánicas que la guerra civil norteamericana trajo a la industria algodonera inglesa lo muestra la tabla siguiente:
| Número de fábricas | 1856 | 1861 | 1868 |
|---|---|---|---|
| Inglaterra y Gales | 2.046 | 2.715 | 2.405 |
| Escocia | 152 | 163 | 131 |
| Irlanda | 12 | 9 | 13 |
| Reino Unido | 2.210 | 2.887 | 2.549 |
| Número de telares mecánicos | 1856 | 1861 | 1868 |
|---|---|---|---|
| Inglaterra y Gales | 275.590 | 367.125 | 344.719 |
| Escocia | 21.624 | 30.110 | 31.864 |
| Irlanda | 1.622 | 1.757 | 2.746 |
| Reino Unido | 298.847 | 399.992 | 379.329 |
| Número de husos | 1856 | 1861 | 1868 |
|---|---|---|---|
| Inglaterra y Gales | 25.818.576 | 28.352.125 | 30.478.228 |
| Escocia | 2.041.129 | 1.915.398 | 1.397.546 |
| Irlanda | 150.512 | 119.944 | 124.240 |
| Reino Unido | 28.010.217 | 30.387.467 | 32.000.014 |
| Número de personas ocupadas | 1856 | 1861 | 1868 |
|---|---|---|---|
| Inglaterra y Gales | 341.170 | 407.598 | 357.052 |
| Escocia | 34.698 | 41.237 | 39.809 |
| Irlanda | 3.345 | 2.734 | 4.203 |
| Reino Unido | 379.213 | 451.569 | 401.064 |
De 1861 a 1868 desaparecieron, pues, 338 fábricas de algodón; es decir, una maquinaria más productiva y de mayores proporciones se concentró en manos de un número menor de capitalistas. El número de telares mecánicos disminuyó en 20.663; pero su producto había aumentado al mismo tiempo, de modo que un telar perfeccionado rendía ahora más que uno viejo. Por último, el número de husos creció en 1.612.547, mientras que el número de obreros ocupados disminuyó en 50.505. La miseria «pasajera» con que la crisis algodonera aplastó a los obreros se vio, pues, agravada y consolidada por el progreso rápido y sostenido de la maquinaria.
Pero la maquinaria no solo actúa como competidor todopoderoso, siempre al acecho para hacer «superfluo» al obrero asalariado. El capital la proclama y la maneja abierta e intencionadamente como potencia hostil a él. Se convierte en el arma de guerra más poderosa para aplastar los levantamientos obreros periódicos, los strikes («huelgas»), etc., contra la autocracia del capital.222 Según Gaskell, ya la máquina de vapor fue un antagonista de la «fuerza humana» que permitió al capitalista aplastar las crecientes exigencias de los obreros, que amenazaban con llevar a la crisis al naciente sistema fabril.223 Podría escribirse toda una historia de los inventos que, desde 1830, vieron la luz solo como armas de guerra del capital contra los motines obreros. Recordemos ante todo la selfacting mule («selfactina»), porque abre una nueva época del sistema automático.224
En su declaración ante la Trades Unions Commission, Nasmyth, el inventor del martillo de vapor, informa en estos términos sobre las mejoras de la maquinaria que introdujo a raíz de la gran y larga huelga de los obreros mecánicos de 1851:
«El rasgo característico de nuestras modernas mejoras mecánicas es la introducción de máquinas-herramienta automáticas. Lo que ahora tiene que hacer un obrero mecánico, y lo que cualquier muchacho puede hacer, no es trabajar él mismo, sino vigilar el hermoso trabajo de la máquina. Toda la clase de obreros que dependía exclusivamente de su destreza ha quedado ahora eliminada. Antes yo empleaba cuatro muchachos por cada mecánico. Gracias a estas nuevas combinaciones mecánicas he reducido el número de hombres adultos de 1.500 a 750. La consecuencia fue un aumento considerable de mi ganancia.»
Ure dice de una máquina para la estampación en color en las fábricas de estampados de percal:
«Por fin los capitalistas trataron de librarse de esta esclavitud insoportable» (a saber, las condiciones contractuales de los obreros, que les resultaban molestas) «recurriendo a los recursos de la ciencia, y pronto quedaron reintegrados en sus derechos legítimos, los de la cabeza sobre las demás partes del cuerpo.»
Dice de un invento para el encolado de la urdimbre, cuyo motivo inmediato fue una huelga:
«La horda de los descontentos, que se creía atrincherada invenciblemente tras las viejas líneas de la división del trabajo, se vio así atacada de flanco y sus medios de defensa aniquilados por la moderna táctica mecánica. Tuvieron que rendirse sin condiciones.»
Dice del invento de la selfacting mule:
«Estaba llamada a restablecer el orden entre las clases industriales... Este invento confirma la doctrina, ya desarrollada por nosotros, de que el capital, al poner a la ciencia a su servicio, obliga siempre a la docilidad a la mano rebelde del trabajo.»225
Aunque el escrito de Ure apareció en 1835, es decir, en una época en que el sistema fabril estaba todavía relativamente poco desarrollado, sigue siendo la expresión clásica del espíritu fabril, no solo por su cinismo franco, sino también por la ingenuidad con que deja escapar las contradicciones irreflexivas del cerebro del capital. Después de desarrollar, por ejemplo, la «doctrina» de que el capital, con ayuda de la ciencia que ha tomado a sueldo,
«obliga siempre a la docilidad a la mano rebelde del trabajo», se indigna de «que desde cierto lado se acuse a la ciencia físico-mecánica de prestarse al despotismo de ricos capitalistas y de servir de medio de opresión de las clases pobres».
Después de predicar a los cuatro vientos lo ventajoso que es para los obreros el rápido desarrollo de la maquinaria, les advierte que con su resistencia, sus huelgas, etc., aceleran el desarrollo de la maquinaria.
«Revueltas violentas de esta clase», dice, «muestran la miopía humana en su carácter más despreciable, el carácter de un hombre que se convierte en su propio verdugo.»
Pocas páginas antes se dice lo contrario:
«Sin las violentas colisiones e interrupciones causadas por las opiniones erróneas de los obreros, el sistema fabril se habría desarrollado aún mucho más deprisa y de un modo mucho más útil para todas las partes interesadas.»
Luego vuelve a exclamar:
«Por fortuna para la población de los distritos fabriles de Gran Bretaña, las mejoras de la mecánica solo se producen gradualmente.» «Sin razón», dice, «se acusa a las máquinas de disminuir el salario de los adultos al desplazar a una parte de ellos, con lo que su número supera la necesidad de trabajo. Pero aumentan la demanda de trabajo infantil y elevan así la tasa del salario de estos.»
Por otro lado, este mismo dispensador de consuelos defiende lo bajo de los salarios infantiles con el argumento de que «impiden a los padres enviar demasiado pronto a sus hijos a las fábricas». Todo su libro es una apología de la jornada laboral ilimitada, y a su alma liberal le recuerda los tiempos más oscuros de la Edad Media que la legislación prohíba deslomar a niños de 13 años más de 12 horas al día. Esto no le impide exhortar a los obreros fabriles a elevar una oración de gracias a la Providencia, que mediante la maquinaria «les ha proporcionado el ocio para meditar sobre sus intereses inmortales».226
6. La teoría de la compensación con respecto a los obreros desplazados por la maquinaria
Toda una serie de economistas burgueses, como James Mill, MacCulloch, Torrens, Senior, J. St. Mill, etc., afirma que toda maquinaria que desplaza obreros libera siempre, al mismo tiempo y necesariamente, un capital adecuado para ocupar a esos mismos e idénticos obreros.227
Supongamos que un capitalista emplea a 100 obreros, por ejemplo en una manufactura de papel pintado, a 30 £ anuales por cabeza. El capital variable que desembolsa anualmente asciende, pues, a 3.000 £. Despide a 50 obreros y ocupa a los 50 restantes con una maquinaria que le cuesta 1.500 £. Para simplificar, se prescinde de edificios, carbón, etc. Se supone además que la materia prima consumida anualmente cuesta, como antes, 3.000 £.228 ¿Se ha «liberado» algún capital con esta metamorfosis? En el antiguo modo de explotación, la suma total desembolsada de 6.000 £ constaba por mitades de capital constante y de capital variable. Ahora consta de 4.500 £ (3.000 £ para materia prima y 1.500 £ para maquinaria) de capital constante y 1.500 £ de capital variable. En lugar de la mitad, la parte variable del capital, es decir, la convertida en fuerza de trabajo viva, solo forma ya 1/4 del capital total. En lugar de liberación hay aquí inmovilización de capital en una forma en la que deja de intercambiarse por fuerza de trabajo, es decir, transformación de capital variable en constante. El capital de 6.000 £, en circunstancias por lo demás iguales, no puede ocupar ya nunca a más de 50 obreros. Con cada mejora de la maquinaria ocupa a menos. Si la maquinaria recién introducida costara menos que la suma de la fuerza de trabajo y de las herramientas de trabajo desplazadas por ella, por ejemplo, en lugar de 1.500, solo 1.000 £, se transformaría en constante, o se inmovilizaría, un capital variable de 1.000 £, mientras que se liberaría un capital de 500 £. Este último, suponiendo el mismo salario anual, constituye un fondo de ocupación para unos 16 obreros, mientras que se ha despedido a 50; o, mejor dicho, para muchos menos de 16 obreros, ya que las 500 £, para convertirse en capital, tienen que transformarse a su vez en parte en capital constante y, por tanto, solo en parte pueden convertirse en fuerza de trabajo.
Pero supongamos incluso que la fabricación de la nueva maquinaria ocupe a un número mayor de mecánicos: ¿ha de ser eso una compensación para los fabricantes de papel pintado echados a la calle? En el mejor de los casos, su fabricación ocupa a menos obreros de los que desplaza su empleo. La suma de 1.500 £, que solo representaba el salario de los fabricantes de papel pintado despedidos, representa ahora, bajo la forma de maquinaria: 1) el valor de los medios de producción necesarios para su fabricación; 2) el salario de los mecánicos que la fabrican; 3) la plusvalía que corresponde a su «patrón». Además, una vez terminada, la máquina no necesita renovarse hasta después de su muerte. Así pues, para ocupar de forma duradera al número adicional de mecánicos, un fabricante de papel pintado tras otro tiene que desplazar obreros con máquinas.
En realidad, aquellos apologistas tampoco se refieren a esta clase de liberación de capital. Se refieren a los medios de subsistencia de los obreros liberados. No puede negarse que en el caso anterior, por ejemplo, la maquinaria no solo libera a 50 obreros y los hace así «disponibles», sino que al mismo tiempo suprime su conexión con medios de subsistencia por valor de 1.500 £ y «libera» así esos medios de subsistencia. El hecho simple, y en modo alguno nuevo, de que la maquinaria libera al obrero de medios de subsistencia se enuncia, pues, en términos económicos diciendo que la maquinaria libera medios de subsistencia para el obrero o los transforma en capital para emplearlo. Ya se ve: todo depende de la manera de expresarse. Nominibus mollire licet mala.229
Según esta teoría, los medios de subsistencia por valor de 1.500 £ eran un capital valorizado por el trabajo de los cincuenta obreros despedidos. Este capital pierde, por consiguiente, su ocupación en cuanto los cincuenta se quedan de fiesta, y no tiene paz ni sosiego hasta que encuentra una nueva «inversión» en la que dichos cincuenta puedan volver a consumirlo productivamente. Tarde o temprano, pues, el capital y los obreros tienen que volver a encontrarse, y entonces llega la compensación. Los sufrimientos de los obreros desplazados por la maquinaria son, pues, tan pasajeros como las riquezas de este mundo.
Los medios de subsistencia por importe de 1.500 £ nunca se enfrentaron a los obreros despedidos como capital. Lo que se les enfrentaba como capital eran las 1.500 £ ahora transformadas en maquinaria. Mirándolo más de cerca, estas 1.500 £ solo representaban una parte del papel pintado producido anualmente por medio de los 50 obreros despedidos, parte que estos recibían de su empleador como salario en forma de dinero en lugar de en especie. Con el papel pintado transformado en 1.500 £ compraban medios de subsistencia por el mismo importe. Estos no existían para ellos, por tanto, como capital, sino como mercancías, y ellos mismos no existían para estas mercancías como obreros asalariados, sino como compradores. El hecho de que la maquinaria los haya «liberado» de medios de compra los transforma de compradores en no compradores. De ahí una demanda disminuida de aquellas mercancías. Voilà tout («Eso es todo»). Si esta demanda disminuida no se compensa con una demanda aumentada por otro lado, el precio de mercado de las mercancías baja. Si esto dura más tiempo y en mayor medida, se produce un desplazamiento de los obreros ocupados en la producción de esas mercancías. Una parte del capital que antes producía medios de subsistencia necesarios se reproduce en otra forma. Durante la caída de los precios de mercado y el desplazamiento del capital, también los obreros ocupados en la producción de los medios de subsistencia necesarios quedan «liberados» de una parte de su salario. En lugar de demostrar, pues, que la maquinaria, al liberar a los obreros de medios de subsistencia, transforma al mismo tiempo estos últimos en capital para emplear a aquellos, el señor apologista demuestra, con la acreditada ley de la oferta y la demanda, lo contrario: que la maquinaria echa a la calle a obreros no solo en la rama de producción en la que se introduce, sino también en las ramas de producción en las que no se introduce.
Los hechos reales, disfrazados por el optimismo económico, son estos: los obreros desplazados por la maquinaria son arrojados del taller al mercado de trabajo y aumentan allí el número de fuerzas de trabajo ya disponibles para la explotación capitalista. En la sección séptima se verá que este efecto de la maquinaria, que aquí se nos presenta como una compensación para la clase obrera, golpea por el contrario al obrero como el más terrible de los azotes. Aquí solo esto: los obreros arrojados de una rama industrial pueden, desde luego, buscar ocupación en alguna otra. Si la encuentran, y se reanuda con ello el lazo entre ellos y los medios de subsistencia liberados junto con ellos, esto ocurre por medio de un capital nuevo, adicional, que busca inversión, pero en modo alguno por medio del capital que ya funcionaba antes y que ahora se ha transformado en maquinaria. ¡Y aun entonces, qué pocas perspectivas tienen! Lisiados por la división del trabajo, estos pobres diablos valen tan poco fuera de su antiguo círculo de trabajo que solo encuentran acceso a unas pocas ramas de trabajo inferiores y, por eso, constantemente abarrotadas y mal pagadas.230 Además, cada rama industrial atrae anualmente una nueva corriente humana que le suministra su contingente para la reposición regular y el crecimiento. En cuanto la maquinaria libera a una parte de los obreros ocupados hasta entonces en una rama industrial determinada, también la tropa de reemplazo se redistribuye y es absorbida por otras ramas de trabajo, mientras que las víctimas originarias se degradan y se consumen en gran parte durante el período de transición.
Es un hecho indudable que la maquinaria en sí no es responsable de la «liberación» de los obreros de los medios de subsistencia. Abarata y aumenta el producto en la rama de la que se apodera y deja, en un primer momento, inalterada la masa de medios de subsistencia producida en otras ramas industriales. Antes y después de su introducción, la sociedad posee, pues, tantos o más medios de subsistencia para los obreros desplazados, sin contar la enorme parte del producto anual que derrochan los no trabajadores. ¡Y este es el quid de la apologética económica! Las contradicciones y antagonismos inseparables del empleo capitalista de la maquinaria no existen, ¡porque no nacen de la maquinaria misma, sino de su empleo capitalista! Así pues, como la maquinaria, considerada en sí, acorta el tiempo de trabajo, mientras que, empleada capitalistamente, prolonga la jornada laboral; en sí aligera el trabajo, empleada capitalistamente aumenta su intensidad; en sí es una victoria del hombre sobre la fuerza natural, empleada capitalistamente subyuga al hombre por medio de la fuerza natural; en sí aumenta la riqueza del productor, empleada capitalistamente lo pauperiza, etc., el economista burgués declara sencillamente que la consideración de la maquinaria en sí demuestra con toda precisión que todas aquellas contradicciones palpables son mera apariencia de la vulgar realidad, pero que en sí, y por tanto también en la teoría, no existen en absoluto. Se ahorra así todo ulterior quebradero de cabeza y achaca encima a su adversario la estupidez de combatir no el empleo capitalista de la maquinaria, sino la maquinaria misma.
El economista burgués no niega en modo alguno que de ello resulten también molestias temporales; pero ¡dónde hay medalla sin reverso! Para él es imposible un aprovechamiento de la maquinaria distinto del capitalista. La explotación del obrero por la máquina es para él, por tanto, idéntica a la explotación de la máquina por el obrero. ¡Así pues, quien pone al descubierto lo que en realidad ocurre con el empleo capitalista de la maquinaria no quiere su empleo en absoluto, es un adversario del progreso social!231 Exactamente el razonamiento del célebre degollador Bill Sikes232:
«Señores del jurado: es cierto que a este viajante de comercio le han cortado el cuello. Pero ese hecho no es culpa mía, es culpa del cuchillo. ¿Vamos a abolir el uso del cuchillo por semejantes molestias temporales? ¡Piénsenlo bien! ¿Dónde estarían la agricultura y los oficios sin cuchillo? ¿No es tan saludable en la cirugía como docto en la anatomía? ¿Y además, servicial ayudante en el alegre banquete? Supriman el cuchillo y nos arrojarán a la más profunda barbarie.»233
Aunque la maquinaria desplaza necesariamente obreros en las ramas de trabajo en las que se introduce, puede, sin embargo, provocar un aumento de la ocupación en otras ramas de trabajo. Pero este efecto no tiene nada en común con la llamada teoría de la compensación. Como todo producto de la máquina, por ejemplo una vara de tejido mecánico, es más barato que el producto manual de la misma clase que desplaza, se sigue como ley absoluta que, si la cantidad total del artículo producido a máquina sigue siendo igual a la cantidad total del artículo producido artesanal o manufactureramente al que sustituye, la suma total del trabajo empleado disminuye. El aumento de trabajo que pueda exigir la producción de los propios medios de trabajo, de la maquinaria, del carbón, etc., tiene que ser menor que la disminución de trabajo causada por el empleo de la maquinaria. De lo contrario, el producto de la máquina sería tan caro o más caro que el producto manual. Pero, en lugar de seguir siendo igual, la masa total del artículo mecánico producido por un número menor de obreros crece de hecho muy por encima de la masa total del artículo artesanal desplazado. Supongamos que 400.000 varas de tejido mecánico las producen menos obreros que 100.000 varas de tejido a mano. En el producto cuadruplicado hay cuatro veces más materia prima. La producción de la materia prima tiene, pues, que cuadruplicarse. Pero, en lo que se refiere a los medios de trabajo consumidos, como edificios, carbón, máquinas, etc., el límite dentro del cual puede crecer el trabajo adicional que exige su producción varía con la diferencia entre la masa del producto mecánico y la masa del producto manual que puede fabricar el mismo número de obreros.
Con la extensión de la explotación mecánica en una rama industrial aumenta, pues, en primer lugar la producción en las demás ramas que le suministran sus medios de producción. Hasta qué punto crece con ello la masa de obreros ocupados depende, dadas la duración de la jornada laboral y la intensidad del trabajo, de la composición de los capitales empleados, es decir, de la proporción entre sus componentes constante y variable. Esta proporción, a su vez, varía mucho según la medida en que la maquinaria se haya apoderado ya o se esté apoderando de esos mismos oficios. El número de personas condenadas a las minas de carbón y de metales aumentó enormemente con el progreso del maquinismo inglés, aunque en los últimos decenios su crecimiento se haya hecho más lento por el uso de nueva maquinaria para la minería.234 Con la máquina surge una nueva clase de obreros: su productor. Sabemos ya que la explotación mecánica se apodera de esta misma rama de producción en una escala cada vez más masiva.235 En cuanto a la materia prima236, no cabe ninguna duda, por ejemplo, de que la marcha arrolladora de la hilatura del algodón no solo impulsó como en invernadero el cultivo del algodón en los Estados Unidos y, con él, la trata de esclavos africanos, sino que al mismo tiempo hizo de la cría de negros el negocio principal de los llamados estados esclavistas fronterizos. Cuando en 1790 se levantó en los Estados Unidos el primer censo de esclavos, su número era de 697.000; en 1861, en cambio, de unos cuatro millones. Por otra parte, no es menos cierto que el florecimiento de la fábrica de lana mecánica, con la transformación progresiva de tierras de labor en pastos para ovejas, provocó la expulsión masiva de los obreros agrícolas y su conversión en «supernumerarios». Irlanda está pasando todavía en este momento por el proceso de reducir aún más su población, disminuida casi a la mitad desde 1845, a la medida que corresponde exactamente a las necesidades de sus landlords y de los señores fabricantes de lana ingleses.
Si la maquinaria se apodera de fases previas o intermedias que un objeto de trabajo tiene que recorrer hasta alcanzar su forma última, con el material de trabajo aumenta la demanda de trabajo en los oficios, practicados todavía de modo artesanal o manufacturero, en los que entra el producto de la máquina. La hilatura mecánica, por ejemplo, suministraba el hilo tan barato y tan abundante que los tejedores a mano pudieron al principio trabajar a tiempo completo sin aumentar sus gastos. Así subieron sus ingresos.237 De ahí la afluencia de gente al tejido del algodón, hasta que finalmente los 800.000 tejedores de algodón que, por ejemplo, la jenny, la throstle y la mule habían hecho surgir en Inglaterra fueron a su vez aniquilados por el telar mecánico. Del mismo modo, con la abundancia de las telas para vestir producidas a máquina crece el número de sastres, modistas, costureras, etc., hasta que aparece la máquina de coser.
A medida que aumenta la masa de materias primas, productos semielaborados, instrumentos de trabajo, etc., que la explotación mecánica suministra con un número relativamente pequeño de obreros, la elaboración de estas materias primas y productos semielaborados se divide en innumerables subespecies, y crece, pues, la diversidad de las ramas sociales de producción. La explotación mecánica lleva la división social del trabajo incomparablemente más lejos que la manufactura, porque aumenta en un grado incomparablemente mayor la fuerza productiva de los oficios de los que se apodera.
El resultado inmediato de la maquinaria es aumentar la plusvalía y, al mismo tiempo, la masa de productos en que se representa y, por tanto, junto con la sustancia de la que vive la clase capitalista con todo su séquito, aumentar estas mismas capas sociales. Su riqueza creciente y el número relativamente decreciente de obreros que exige la producción de los medios de subsistencia de primera necesidad engendran, junto con nuevas necesidades de lujo, nuevos medios de satisfacerlas. Una parte mayor del producto social se transforma en plusproducto, y una parte mayor del plusproducto se reproduce y se consume en formas refinadas y diversificadas. Dicho de otro modo: la producción de lujo crece.238 El refinamiento y la diversificación de los productos nacen igualmente de las nuevas relaciones de mercado mundial que crea la gran industria. No solo se intercambian más artículos de consumo extranjeros por el producto nacional, sino que también entra en la industria nacional, como medios de producción, una masa mayor de materias primas, ingredientes, productos semielaborados, etc., extranjeros. Con estas relaciones de mercado mundial aumenta la demanda de trabajo en la industria del transporte, y esta se escinde en numerosas subespecies nuevas.239
El aumento de los medios de producción y de subsistencia, con un número relativamente decreciente de obreros, impulsa la extensión del trabajo en ramas industriales cuyos productos, como canales, muelles, túneles, puentes, etc., solo dan fruto en un futuro lejano. Se forman, ya sea directamente sobre la base de la maquinaria, ya sea sobre la de la revolución industrial general que le corresponde, ramas de producción completamente nuevas y, por tanto, nuevos campos de trabajo. Sin embargo, el espacio que ocupan en la producción total no es en modo alguno importante ni siquiera en los países más desarrollados. El número de obreros que ocupan aumenta en la medida directa en que se reproduce la necesidad del trabajo manual más tosco. Como principales industrias de esta clase pueden considerarse actualmente las fábricas de gas, la telegrafía, la fotografía, la navegación a vapor y los ferrocarriles. El censo de 1861 (para Inglaterra y Gales) da en la industria del gas (fábricas de gas, producción de los aparatos mecánicos, agentes de las compañías de gas, etc.) 16.211 personas; en la telegrafía, 2.399; en la fotografía, 2.366; en el servicio de vapores, 3.570, y en los ferrocarriles, 70.599, entre ellas unos 28.000 peones de explanación «no calificados», ocupados de forma más o menos permanente, además de todo el personal administrativo y comercial. Es decir, un número total de 94.145 individuos en estas cinco industrias nuevas.
Por último, la fuerza productiva extraordinariamente aumentada en las esferas de la gran industria, acompañada como está de una explotación intensiva y extensivamente acrecentada de la fuerza de trabajo en todas las demás esferas de la producción, permite emplear improductivamente una parte cada vez mayor de la clase obrera y, así, reproducir de forma cada vez más masiva sobre todo a los antiguos esclavos domésticos bajo el nombre de «clase de servicio»: criados, doncellas, lacayos, etc. Según el censo de 1861, la población total de Inglaterra y Gales sumaba 20.066.224 personas, de ellas 9.776.259 varones y 10.289.965 mujeres. Si se descuenta de esta cifra a los demasiado viejos o demasiado jóvenes para trabajar, a todas las mujeres, personas jóvenes y niños «improductivos», después a los estamentos «ideológicos», como gobierno, clero, juristas, militares, etc., además a todos aquellos cuya ocupación exclusiva es consumir trabajo ajeno en forma de renta de la tierra, interés, etc., y por último a los paupers, vagabundos, delincuentes, etc., quedan en números redondos 8 millones de ambos sexos y de las edades más diversas, incluidos todos los capitalistas que funcionan de algún modo en la producción, el comercio, las finanzas, etc. De estos 8 millones corresponden a:
| Obreros agrícolas (incluidos los pastores y los mozos y mozas de labranza que viven en casa de los arrendatarios) | 1.098.261 personas |
| Todos los ocupados en fábricas de algodón, lana, worsted (estambre), lino, cáñamo, seda y yute y en la fabricación mecánica de medias y de encajes | 642.607 personas240 |
| Todos los ocupados en minas de carbón y de metales | 565.835 personas |
| Ocupados en todas las fundiciones (altos hornos, laminadores, etc.) y manufacturas metalúrgicas de toda clase | 396.998 personas241 |
| Clase de servicio | 1.208.648 personas242 |
Si sumamos a los ocupados en todas las fábricas textiles con el personal de las minas de carbón y de metales, obtenemos 1.208.442; si los sumamos con el personal de todas las fundiciones y manufacturas metalúrgicas, el total es 1.039.605: en ambos casos, menos que el número de los modernos esclavos domésticos. ¡Qué resultado edificante de la maquinaria explotada capitalistamente!
7. Repulsión y atracción de obreros con el desarrollo de la explotación mecánica. Crisis de la industria algodonera
Todos los representantes en su sano juicio de la economía política admiten que la nueva introducción de maquinaria actúa como una peste sobre los obreros de los oficios y manufacturas tradicionales con los que compite en un primer momento. Casi todos se lamentan de la esclavitud del obrero fabril. ¿Y cuál es la gran baza que todos juegan? ¡Que la maquinaria, tras los horrores de su período de introducción y desarrollo, en última instancia aumenta los esclavos del trabajo en lugar de disminuirlos a fin de cuentas! Sí, la economía política se deshace en júbilo con el abominable teorema —abominable para todo «filántropo» que crea en la eterna necesidad natural del modo de producción capitalista— de que incluso la fábrica ya basada en la explotación mecánica, tras cierto período de crecimiento, tras un «período de transición» más o menos largo, ¡hace deslomarse a más obreros de los que originariamente echó a la calle!243
Es cierto que ya se ha visto con algunos ejemplos, como el de las fábricas inglesas de estambre y de seda, que en cierto grado de desarrollo una extensión extraordinaria de ramas fabriles puede ir unida a una disminución no solo relativa, sino absoluta, del número de obreros empleados. En el año 1860, cuando por orden del Parlamento se levantó un censo especial de todas las fábricas del Reino Unido, la sección de los distritos fabriles de Lancashire, Cheshire y Yorkshire asignada al inspector fabril R. Baker contaba 652 fábricas; de ellas, 570 tenían: telares mecánicos, 85.622; husos (excluidos los husos de doblar), 6.819.156; caballos de fuerza en máquinas de vapor, 27.439, y en ruedas hidráulicas, 1.390; personas ocupadas, 94.119. En 1865, en cambio, esas mismas fábricas tenían: telares, 95.163; husos, 7.025.031; caballos de fuerza en máquinas de vapor, 28.925, y en ruedas hidráulicas, 1.445; personas ocupadas, 88.913. De 1860 a 1865, el aumento de estas fábricas fue, pues, del 11 % en telares mecánicos, del 3 % en husos y del 5 % en caballos de vapor, mientras que al mismo tiempo el número de personas ocupadas disminuyó en un 5,5 %.244 Entre 1852 y 1862 se produjo un crecimiento considerable de la fabricación inglesa de lana, mientras que el número de obreros empleados permaneció casi estacionario.
«Esto muestra en qué gran medida la maquinaria recién introducida había desplazado el trabajo de los períodos anteriores.»245
En los casos empíricamente dados, el aumento de los obreros fabriles ocupados es a menudo solo aparente, es decir, no se debe a la extensión de la fábrica ya basada en la explotación mecánica, sino a la anexión gradual de ramas accesorias. Por ejemplo, el aumento de los telares mecánicos y de los obreros fabriles ocupados en ellos de 1838 a 1858 se debió en la fábrica de algodón (británica) simplemente a la extensión de esta rama de negocio; en las demás fábricas, en cambio, a la nueva aplicación de la fuerza del vapor a los telares de alfombras, cintas, lienzo, etc., movidos antes por la fuerza muscular humana.246 El aumento de estos obreros fabriles no era, pues, más que la expresión de una disminución del número total de obreros ocupados. Por último, aquí se prescinde por completo de que en todas partes, con excepción de las fábricas metalúrgicas, los obreros jóvenes (menores de 18 años), las mujeres y los niños forman el elemento muy predominante del personal fabril.
Se comprende, sin embargo, que, pese a la masa de obreros desplazada de hecho y sustituida virtualmente por la explotación mecánica, con el crecimiento de esta misma, expresado en un número mayor de fábricas de la misma clase o en las dimensiones ampliadas de las fábricas existentes, los obreros fabriles puedan llegar a ser más numerosos que los obreros de manufactura o los artesanos desplazados por ellos. Supongamos que el capital empleado semanalmente, de 500 £, consta en el antiguo modo de explotación de 2/5 de componente constante y 3/5 de variable, es decir, que se desembolsan 200 £ en medios de producción y 300 £ en fuerza de trabajo, digamos 1 £ por obrero. Con la explotación mecánica cambia la composición del capital total. Ahora se divide, por ejemplo, en 4/5 de componente constante y 1/5 de variable, o sea, solo se desembolsan ya 100 £ en fuerza de trabajo. Se despide, pues, a dos tercios de los obreros ocupados antes. Si esta explotación fabril se extiende y, en condiciones de producción por lo demás iguales, el capital total empleado crece de 500 a 1.500, se ocupa ahora a 300 obreros, tantos como antes de la revolución industrial. Si el capital empleado sigue creciendo hasta 2.000, se ocupa a 400 obreros, es decir, 1/3 más que con el antiguo modo de explotación. En términos absolutos, el número de obreros empleados ha subido en 100; en términos relativos, es decir, en proporción al capital total adelantado, ha bajado en 800, pues el capital de 2.000 £ habría ocupado en el antiguo modo de explotación a 1.200 obreros en lugar de 400. La disminución relativa del número de obreros ocupados es, pues, compatible con su aumento absoluto. Más arriba se supuso que, con el crecimiento del capital total, su composición permanece constante, porque también lo hacen las condiciones de producción. Pero ya se sabe que con cada progreso del maquinismo la parte constante del capital, compuesta de maquinaria, materia prima, etc., crece, mientras que la variable, desembolsada en fuerza de trabajo, disminuye, y se sabe a la vez que en ningún otro modo de explotación la mejora es tan constante y, por tanto, la composición del capital total tan variable. Pero este cambio constante se ve interrumpido no menos constantemente por puntos de reposo y por una extensión puramente cuantitativa sobre una base técnica dada. Con ello crece el número de obreros ocupados. Así, el número de todos los obreros de las fábricas de algodón, lana, estambre, lino y seda del Reino Unido era en 1835 de solo 354.684, mientras que en 1861 solo el número de tejedores de telar de vapor (de ambos sexos y de las edades más diversas a partir de los 8 años) ascendía a 230.654. Este crecimiento parece, sin duda, menos grande si se considera que los tejedores manuales de algodón británicos, con las familias ocupadas por ellos mismos, sumaban todavía en 1838 800.000247, por no hablar de los desplazados en Asia y en el continente europeo.
En las pocas observaciones que aún hay que hacer sobre este punto tocamos en parte relaciones puramente de hecho a las que nuestra exposición teórica misma todavía no ha llegado.
Mientras la explotación mecánica se extiende en una rama industrial a costa del artesanado tradicional o de la manufactura, sus éxitos son tan seguros como lo sería, por ejemplo, el éxito de un ejército armado con fusiles de aguja contra un ejército de arqueros. Este primer período, en el que la máquina empieza conquistando su esfera de acción, tiene una importancia decisiva por las ganancias extraordinarias que ayuda a producir. Estas no solo constituyen de por sí una fuente de acumulación acelerada, sino que atraen a la esfera de producción favorecida una gran parte del capital adicional social que se forma constantemente y busca nueva inversión. Las ventajas particulares del primer período de Sturm und Drang se repiten constantemente en las ramas de producción en las que se introduce la maquinaria por primera vez. Pero en cuanto el régimen fabril ha alcanzado cierta amplitud de existencia y un determinado grado de madurez, en cuanto, sobre todo, su propia base técnica, la maquinaria, se produce a su vez por medio de máquinas, en cuanto se revolucionan la extracción del carbón y del hierro, así como la elaboración de los metales y los transportes, y en general se establecen las condiciones generales de producción correspondientes a la gran industria, este modo de explotación adquiere una elasticidad, una capacidad de expansión súbita y a saltos, que solo encuentra límites en la materia prima y en el mercado. La maquinaria provoca, por una parte, un aumento directo de la materia prima, como, por ejemplo, la cotton gin («desmotadora de algodón») aumentó la producción de algodón.248 Por otra parte, la baratura del producto de la máquina y la revolución de los transportes y las comunicaciones son armas para conquistar mercados extranjeros. Arruinando su producto artesanal, la explotación mecánica los convierte por la fuerza en campos de producción de su materia prima. Así se obligó a las Indias Orientales a producir algodón, lana, cáñamo, yute, índigo, etc., para Gran Bretaña.249 La constante conversión de los obreros en «supernumerarios» en los países de la gran industria fomenta como en invernadero la emigración y la colonización de países extranjeros, que se transforman en criaderos de materia prima para la metrópoli, como, por ejemplo, Australia en un criadero de lana.250 Se crea una nueva división internacional del trabajo, correspondiente a las sedes principales de la explotación mecánica, que transforma una parte del globo en campo de producción preferentemente agrícola para la otra, como campo de producción preferentemente industrial. Esta revolución está relacionada con transformaciones de la agricultura que aún no es momento de examinar aquí.251
A propuesta del señor Gladstone, la Cámara de los Comunes ordenó el 18 de febrero de 1867 una estadística de todos los granos, cereales y harinas de toda clase importados en el Reino Unido y exportados de él entre 1831 y 1866. Doy a continuación el resultado resumido. La harina está reducida a quarters de grano. (Véase la tabla siguiente.)
Períodos quinquenales y año 1866
| 1831-1835 | 1836-1840 | 1841-1845 | 1846-1850 | 1851-1855 | 1856-1860 | 1861-1865 | 1866 | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Promedio anual. | ||||||||
| Importación (qrs.) | 1.096.373 | 2.389.729 | 2.843.865 | 8.776.552 | 8.345.237 | 10.913.612 | 15.009.871 | 16.457.340 |
| Promedio anual. | ||||||||
| Exportación (qrs.) | 225.263 | 251.770 | 139.056 | 155.461 | 307.491 | 341.150 | 302.754 | 216.218 |
| Exceso de la importación sobre la exportación en los años medios. | 871.110 | 2.137.959 | 2.704.809 | 8.621.091 | 8.037.746 | 10.572.462 | 14.707.117 | 16.241.122 |
| Población. | ||||||||
| Cifra media anual en cada período. | 24.621.107 | 25.929.507 | 27.262.569 | 27.797.598 | 27.572.923 | 28.391.544 | 29.381.760 | 29.935.404 |
| Cantidad media de grano, etc., en quarters, consumida anualmente por individuo, en reparto igual entre la población, por encima de la producción nacional. | 0,036 | 0,082 | 0,099 | 0,310 | 0,291 | 0,372 | 0,501 | 0,543 |
La enorme capacidad de expansión a sacudidas del régimen fabril y su dependencia del mercado mundial engendran necesariamente una producción febril y la consiguiente saturación de los mercados, con cuya contracción sobreviene la parálisis. La vida de la industria se transforma en una sucesión de períodos de animación media, prosperidad, sobreproducción, crisis y estancamiento. La inseguridad y la inestabilidad a que la explotación mecánica somete la ocupación y, con ella, la situación vital del obrero se vuelven normales con este cambio periódico del ciclo industrial. Descontados los tiempos de prosperidad, se desencadena entre los capitalistas la lucha más encarnizada por su parte individual en el mercado. Esta parte está en razón directa de la baratura del producto. Además de la rivalidad que esto engendra en el uso de maquinaria perfeccionada, que sustituye fuerza de trabajo, y de nuevos métodos de producción, llega cada vez un punto en que se procura abaratar la mercancía mediante una presión violenta del salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo.252
El crecimiento del número de obreros fabriles está, pues, condicionado por un crecimiento proporcionalmente mucho más rápido del capital total invertido en las fábricas. Pero este proceso solo se realiza dentro de los períodos de flujo y reflujo del ciclo industrial. Además, lo interrumpe constantemente el progreso técnico, que unas veces sustituye virtualmente a obreros y otras los desplaza de hecho. Este cambio cualitativo en la explotación mecánica aleja constantemente obreros de la fábrica o cierra sus puertas a la nueva corriente de reclutas, mientras que la extensión puramente cuantitativa de las fábricas devora, junto a los expulsados, contingentes frescos. Los obreros se ven así continuamente repelidos y atraídos, lanzados de un lado a otro, y esto con un cambio constante en el sexo, la edad y la destreza de los reclutados.
Los avatares del obrero fabril se ilustran mejor con un rápido repaso de los avatares de la industria algodonera inglesa.
De 1770 a 1815, la industria algodonera estuvo deprimida o estancada 5 años. Durante este primer período de 45 años, los fabricantes ingleses tenían el monopolio de la maquinaria y del mercado mundial. De 1815 a 1821, depresión; 1822 y 1823, prosperidad; 1824, abolición de las leyes contra las coaliciones, gran expansión general de las fábricas; 1825, crisis; 1826, gran miseria y levantamientos entre los obreros algodoneros; 1827, ligera mejora; 1828, gran aumento de los telares mecánicos y de la exportación; 1829, la exportación, sobre todo a la India, supera a todos los años anteriores; 1830, mercados saturados, gran penuria; de 1831 a 1833, depresión continuada; el comercio con el Asia oriental (India y China) se sustrae al monopolio de la Compañía de las Indias Orientales. 1834, gran aumento de fábricas y de maquinaria, escasez de brazos. La nueva ley de pobres fomenta la emigración de los obreros agrícolas a los distritos fabriles. Los condados rurales, barridos de niños. Trata de esclavos blancos. 1835, gran prosperidad. Al mismo tiempo, los tejedores manuales de algodón mueren de hambre; 1836, gran prosperidad. 1837 y 1838, situación de depresión y crisis. 1839, reactivación. 1840, gran depresión, levantamientos, intervención del ejército. 1841 y 1842, sufrimientos terribles de los obreros fabriles. 1842, los fabricantes dejan a los brazos fuera de las fábricas para forzar la derogación de las leyes de cereales. Los obreros afluyen a Yorkshire por miles y miles, el ejército los hace retroceder y sus dirigentes son llevados ante los tribunales en Lancaster. 1843, gran miseria. 1844, reactivación. 1845, gran prosperidad. 1846, primero auge continuado, luego síntomas de reacción. Derogación de las leyes de cereales. 1847, crisis. Reducción general de los salarios en un 10 % y más, para celebrar el big loaf («pan grande»). 1848, depresión continuada. Manchester bajo protección militar. 1849, reactivación. 1850, prosperidad. 1851, precios de las mercancías en baja, salarios bajos, huelgas frecuentes. 1852, comienzo de mejora. Las huelgas continúan; los fabricantes amenazan con importar obreros extranjeros. 1853, exportación en alza. Huelga de ocho meses y gran miseria en Preston. 1854, prosperidad, saturación de los mercados. 1855, llegan en tropel noticias de quiebras de los Estados Unidos, el Canadá y los mercados del Asia oriental. 1856, gran prosperidad. 1857, crisis. 1858, mejora. 1859, gran prosperidad, aumento de las fábricas. 1860, cénit de la industria algodonera inglesa. Mercados de la India, de Australia y otros tan atiborrados que en 1863 apenas han absorbido todavía todo el género. Tratado comercial con Francia. Crecimiento enorme de fábricas y maquinaria. 1861, el auge continúa durante algún tiempo; reacción, guerra civil norteamericana, escasez de algodón. De 1862 a 1863, hundimiento completo.
La historia de la escasez de algodón es demasiado característica para no detenernos en ella un momento. Por los indicios sobre la situación del mercado mundial en 1860-1861 se ve que la escasez de algodón vino bien a los fabricantes y les fue en parte ventajosa, hecho reconocido en informes de la Cámara de Comercio de Manchester, proclamado en el Parlamento por Palmerston y Derby y confirmado por los acontecimientos.253 Es cierto que en 1861, entre las 2.887 fábricas de algodón del Reino Unido, había muchas pequeñas. Según el informe del inspector fabril A. Redgrave, cuyo distrito administrativo comprende 2.109 de esas 2.887 fábricas, de estas últimas 392, o sea el 19 %, empleaban menos de 10 caballos de vapor; 345, o sea el 16 %, 10 y menos de 20, y 1.372, en cambio, 20 o más caballos.254 La mayoría de las fábricas pequeñas eran tejedurías, erigidas durante el período de prosperidad posterior a 1858, sobre todo por especuladores, de los que uno suministraba el hilo, otro la maquinaria y el tercero el edificio, y regentadas por antiguos overlookers («capataces») u otras personas sin recursos. Estos pequeños fabricantes se hundieron en su mayoría. La misma suerte les habría deparado la crisis comercial que la mala suerte del algodón impidió. Aunque constituían 1/3 del número de fabricantes, sus fábricas absorbían una parte incomparablemente menor del capital invertido en la industria algodonera. En cuanto al alcance de la parálisis, según las estimaciones auténticas, en octubre de 1862 estaban parados el 60,3 % de los husos y el 58 % de los telares. Esto se refiere a toda la rama industrial y variaba mucho, naturalmente, de un distrito a otro. Solo muy pocas fábricas trabajaban a tiempo completo (60 horas por semana); las demás, con interrupciones. Incluso para los pocos obreros ocupados a tiempo completo y con el salario a destajo habitual, el salario semanal se redujo necesariamente a consecuencia de la sustitución de algodón mejor por otro peor: del Sea Island por el egipcio (en las hilaturas finas), del americano y el egipcio por el Surat (de las Indias Orientales), y del algodón puro por mezclas de desperdicios de algodón con Surat. La fibra más corta del algodón Surat, su naturaleza sucia, la mayor fragilidad de los hilos, la sustitución de la harina por toda clase de ingredientes pesados en el encolado de la urdimbre, etc., disminuían la velocidad de la maquinaria o el número de telares que un tejedor podía vigilar, aumentaban el trabajo con los fallos de la máquina y, con la masa de productos, reducían el salario a destajo. Con el empleo del Surat y con ocupación completa, la pérdida del obrero ascendía al 20, al 30 y a más por ciento. Pero la mayoría de los fabricantes rebajó además la tarifa del salario a destajo en un 5, un 7 1/2 y un 10 por ciento. Se comprende, pues, la situación de los que solo estaban ocupados 3, 3 1/2 o 4 días por semana, o solo 6 horas al día. En 1863, cuando ya se había producido una mejora relativa, los salarios semanales de tejedores, hiladores, etc., eran de 3 chelines 4 peniques, 3 chelines 10 peniques, 4 chelines 6 peniques, 5 chelines 1 penique, etc.255 Incluso en estas penosas circunstancias, el espíritu inventivo del fabricante en materia de descuentos del salario no se detuvo. Estos se imponían en parte como sanción por los defectos del producto debidos a su mal algodón, a su maquinaria inadecuada, etc. Y allí donde el fabricante era propietario de los cottages («casitas») de los obreros, se resarcía del alquiler mediante descuentos del salario nominal. El inspector fabril Redgrave habla de selfacting minders (que vigilan un par de selfacting mules) que
«al final de catorce días de trabajo completo ganaban 8 chelines 11 peniques, y de esta suma se descontaba el alquiler de la casa, del que el fabricante, sin embargo, devolvía la mitad como regalo, de modo que los minders se llevaban a casa 6 chelines 11 peniques enteros. El salario semanal de los tejedores iba de 2 chelines 6 peniques para arriba durante la última parte de 1862.»256
Incluso cuando los brazos solo trabajaban poco tiempo se les descontaba a menudo el alquiler de los salarios.257 ¡No es de extrañar que en algunas partes de Lancashire estallara una especie de peste del hambre! Pero más característico que todo esto fue el modo en que la revolución del proceso de producción se llevó a cabo a costa del obrero. Eran auténticos experimenta in corpore vili («experimentos en un cuerpo sin valor»), como los de los anatomistas con las ranas.
«Aunque he dado», dice el inspector fabril Redgrave, «los ingresos reales de los obreros en muchas fábricas, no hay que concluir que perciban la misma cantidad semana tras semana. Los obreros están sometidos a las mayores fluctuaciones por el constante experimentar (experimentalizing) de los fabricantes... sus ingresos suben y bajan con la calidad de la mezcla de algodón; unas veces se acercan en un 15 % a sus ingresos anteriores, y a la semana siguiente o a la otra caen en un 50 o un 60 %.»258
Estos experimentos no se hacían solo a costa de los medios de subsistencia de los obreros. Tenían que pagarlos con sus cinco sentidos.
«Los ocupados en abrir el algodón me informan de que el hedor insoportable les produce náuseas... A los empleados en las salas de mezcla, de carduzado y de cardado, el polvo y la suciedad que se desprenden les irritan todos los orificios de la cabeza y les provocan tos y dificultad para respirar... Por la cortedad de la fibra, al hilo se le añade en el encolado una gran cantidad de materia, y precisamente toda clase de sustitutos en lugar de la harina empleada antes. De ahí las náuseas y la dispepsia de los tejedores. La bronquitis predomina a causa del polvo, lo mismo que la inflamación de garganta, y además una enfermedad de la piel debida a la irritación que produce en ella la suciedad contenida en el Surat.»
Por otra parte, los sustitutos de la harina eran una bolsa de Fortunato259 para los señores fabricantes, porque aumentaban el peso del hilo. Hacían «que 15 libras de materia prima, una vez tejidas, pesen 20 libras».260 En el informe de los inspectores fabriles del 30 de abril de 1864 se lee:
«La industria explota ahora este recurso en una medida verdaderamente indecente. Sé de buena fuente que un tejido de ocho libras se hace con 5 1/4 libras de algodón y 2 3/4 libras de apresto. Otro tejido de 5 1/4 libras contenía dos libras de apresto. Eran shirtings («tejidos para camisas») corrientes para la exportación. En otras clases se añadía a veces un 50 % de apresto, de modo que los fabricantes pueden jactarse, y de hecho se jactan, de que se hacen ricos vendiendo tejidos por menos dinero de lo que cuesta el hilo nominalmente contenido en ellos.»261
Pero los obreros no solo tuvieron que padecer los experimentos de los fabricantes dentro de las fábricas y de los municipios fuera de ellas, no solo la reducción del salario y el paro, la penuria y la limosna, los panegíricos de los lores y de los diputados de los Comunes.
«Mujeres desdichadas, sin ocupación a consecuencia de la escasez de algodón, se convirtieron en desechos de la sociedad y siguieron siéndolo... El número de prostitutas jóvenes ha aumentado más que en los últimos 25 años.»262
En los primeros 45 años de la industria algodonera británica, de 1770 a 1815, solo se encuentran, pues, 5 años de crisis y estancamiento, pero este fue el período de su monopolio mundial. El segundo período, de 48 años, de 1815 a 1863, solo cuenta 20 años de reactivación y prosperidad frente a 28 de depresión y estancamiento. De 1815 a 1830 comienza la competencia con la Europa continental y los Estados Unidos. Desde 1833, la expansión de los mercados asiáticos se impone mediante la «destrucción de la raza humana». Desde la derogación de las leyes de cereales, de 1846 a 1863, frente a ocho años de animación media y prosperidad, 9 años de depresión y estancamiento. La situación de los obreros algodoneros adultos varones, incluso durante la época de prosperidad, puede juzgarse por la nota adjunta.263
8. Revolucionamiento de la manufactura, el artesanado y el trabajo a domicilio por la gran industria
a) Supresión de la cooperación basada en el artesanado y en la división del trabajo
Hemos visto cómo la maquinaria suprime la cooperación basada en el artesanado y la manufactura basada en la división del trabajo artesanal. Un ejemplo del primer tipo es la segadora mecánica, que sustituye a la cooperación de los segadores. Un ejemplo contundente del segundo tipo es la máquina de fabricar agujas de coser. Según Adam Smith, en su tiempo 10 hombres hacían diariamente, mediante la división del trabajo, más de 48.000 agujas. Una sola máquina, en cambio, suministra 145.000 en una jornada laboral de 11 horas. Una mujer o una muchacha vigila por término medio 4 de esas máquinas y produce, por tanto, con la maquinaria cerca de 600.000 agujas al día, más de 3.000.000 a la semana.264 En la medida en que una sola máquina de trabajo ocupa el lugar de la cooperación o de la manufactura, puede convertirse a su vez en base de una explotación artesanal. Pero esta reproducción del oficio artesano sobre la base de la maquinaria solo constituye la transición a la explotación fabril, que por regla general aparece en cuanto una fuerza motriz mecánica, el vapor o el agua, sustituye a los músculos humanos en el movimiento de la máquina. Esporádicamente, y también solo de manera pasajera, la pequeña explotación puede combinarse con la fuerza motriz mecánica alquilando el vapor, como en algunas manufacturas de Birmingham, o utilizando pequeñas máquinas calóricas, como en ciertas ramas de la tejeduría, etc.265 En la tejeduría de seda de Coventry se desarrolló de modo espontáneo el experimento de las «fábricas-cottage». En el centro de hileras de cottages dispuestas en cuadro se levantó un llamado engine house (casa de máquinas) para la máquina de vapor, unida mediante ejes con los telares de los cottages. En todos los casos el vapor era alquilado, por ejemplo a 2½ chelines por telar. Este alquiler del vapor se pagaba semanalmente, funcionaran o no los telares. Cada cottage contenía de 2 a 6 telares, propiedad de los obreros, comprados a crédito o alquilados. La lucha entre la fábrica-cottage y la fábrica propiamente dicha duró más de 12 años. Terminó con la ruina completa de las 300 cottage factories.266 Allí donde la naturaleza del proceso no exigía de antemano la producción a gran escala, las industrias surgidas en los últimos decenios, como por ejemplo la fabricación de sobres o de plumillas de acero, etc., pasaron por regla general primero por la explotación artesanal y después por la manufacturera, como fases de transición efímeras hacia la explotación fabril. Esta metamorfosis resulta más difícil allí donde la producción manufacturera del artículo no comprende una serie escalonada de procesos de desarrollo, sino una multiplicidad de procesos dispares. Este fue, por ejemplo, un gran obstáculo para la fábrica de plumillas de acero. Sin embargo, ya hace aproximadamente decenio y medio se inventó un autómata que ejecuta de un golpe 6 procesos dispares. El artesanado suministró las primeras 12 docenas de plumillas de acero en 1820 a 7 £ 4 chelines; la manufactura las suministraba en 1830 a 8 chelines, y la fábrica las suministra hoy al comercio al por mayor a entre 2 y 6 peniques.267
b) Repercusión del sistema fabril sobre la manufactura y el trabajo a domicilio
Con el desarrollo del sistema fabril y la revolución de la agricultura que lo acompaña, no solo se amplía la escala de producción en todas las demás ramas de la industria, sino que también cambia su carácter. El principio de la explotación mecánica, el de analizar el proceso de producción en sus fases constitutivas y resolver los problemas así planteados aplicando la mecánica, la química, etc., en una palabra, las ciencias naturales, se vuelve determinante en todas partes. La maquinaria irrumpe, pues, en las manufacturas, ora para este proceso parcial, ora para aquel. La rígida cristalización de su articulación, procedente de la antigua división del trabajo, se disuelve con ello y deja paso a un cambio continuo. Prescindiendo de esto, la composición del obrero colectivo o del personal de trabajo combinado se revoluciona de raíz. A diferencia del período manufacturero, el plan de la división del trabajo se funda ahora en el empleo del trabajo de las mujeres, del trabajo de niños de todas las edades, de obreros no cualificados, dondequiera que sea factible; en una palabra, del cheap labour, del trabajo barato, como lo llama de modo característico el inglés. Esto vale no solo para toda producción combinada a gran escala, emplee o no maquinaria, sino también para la llamada industria a domicilio, ya se ejerza en las viviendas particulares de los obreros o en pequeños talleres. Esta llamada industria a domicilio moderna no tiene en común con la antigua, que presupone un artesanado urbano independiente, una economía campesina autónoma y, sobre todo, una casa de la familia obrera, nada más que el nombre. Se ha transformado ahora en el departamento exterior de la fábrica, de la manufactura o del almacén. Junto a los obreros fabriles, los obreros de manufactura y los artesanos, a los que concentra espacialmente en grandes masas y manda directamente, el capital mueve con hilos invisibles otro ejército: el de los trabajadores a domicilio dispersos por las grandes ciudades y por el campo. Ejemplo: la fábrica de camisas de los señores Tillie en Londonderry, Irlanda, que emplea a 1.000 obreros fabriles y a 9.000 trabajadores a domicilio dispersos por el campo.268
La explotación de fuerzas de trabajo baratas e inmaduras se vuelve en la manufactura moderna más desvergonzada que en la fábrica propiamente dicha, porque la base técnica existente en esta, la sustitución de la fuerza muscular por máquinas y la facilidad del trabajo, falta en gran parte en aquella, y al mismo tiempo el cuerpo femenino o todavía inmaduro queda expuesto del modo más inescrupuloso a la influencia de sustancias tóxicas, etc. En el llamado trabajo a domicilio se vuelve más desvergonzada que en la manufactura, porque la capacidad de resistencia de los obreros disminuye con su dispersión, porque toda una serie de parásitos rapaces se interpone entre el verdadero empleador y el obrero, porque el trabajo a domicilio lucha en todas partes con la explotación mecánica o al menos manufacturera en la misma rama de la producción, porque la pobreza roba al obrero las condiciones de trabajo más necesarias, espacio, luz, ventilación, etc., porque crece la irregularidad del empleo y, por último, porque en estos últimos refugios de los que la gran industria y la agricultura han vuelto «sobrantes» la competencia entre los obreros alcanza necesariamente su máximo. La economización de los medios de producción, desarrollada sistemáticamente por primera vez con la explotación mecánica, que desde el principio es a la vez el despilfarro más despiadado de la fuerza de trabajo y el despojo de los presupuestos normales de la función laboral, saca ahora a relucir su lado antagónico y homicida tanto más cuanto menos desarrolladas están en una rama industrial la fuerza productiva social del trabajo y la base técnica de los procesos de trabajo combinados.
c) La manufactura moderna
Quiero ilustrar ahora con algunos ejemplos los principios establecidos más arriba. En realidad, el lector conoce ya pruebas en masa por el apartado sobre la jornada laboral. Las manufacturas metalúrgicas de Birmingham y sus alrededores emplean, en gran parte para trabajos muy pesados, a 30.000 niños y personas jóvenes, además de 10.000 mujeres. Se los encuentra aquí en las insalubres fundiciones de latón, fábricas de botones y trabajos de esmaltado, galvanizado y lacado.269 Los excesos de trabajo para adultos y no adultos han asegurado a diversas imprentas de periódicos y de libros de Londres el glorioso nombre de «el matadero».270 Los mismos excesos, cuyas víctimas son aquí sobre todo mujeres, muchachas y niños, en la encuadernación. Trabajo pesado para no adultos en las cordelerías; trabajo nocturno en las salinas, en las manufacturas de velas y otras manufacturas químicas; desgaste homicida de muchachos en las tejedurías de seda no mecanizadas para hacer girar los telares.271 Uno de los trabajos más infames, más sucios y peor pagados, para el que se emplea con preferencia a muchachas jóvenes y mujeres, es la clasificación de trapos. Es sabido que Gran Bretaña, aparte de sus propios trapos innumerables, constituye el emporio del comercio trapero de todo el mundo. Afluyen allí desde Japón, los más remotos estados de Sudamérica y las islas Canarias. Pero sus principales fuentes de suministro son Alemania, Francia, Rusia, Italia, Egipto, Turquía, Bélgica y Holanda. Sirven de abono, para fabricar borra (para ropa de cama), shoddy (lana artificial) y como materia prima del papel. Las clasificadoras de trapos sirven de vehículo para propagar la viruela y otras epidemias contagiosas, de las que ellas mismas son las primeras víctimas.272 Como ejemplo clásico de exceso de trabajo, trabajo pesado e inadecuado y, por consiguiente, del embrutecimiento de los obreros consumidos desde la niñez, puede valer, junto a la producción minera y hullera, la fabricación de tejas o ladrillos, para la que en Inglaterra la máquina recién inventada solo se emplea todavía esporádicamente (1866). Entre mayo y septiembre el trabajo dura de las 5 de la mañana a las 8 de la tarde y, donde el secado se hace al aire libre, a menudo de las 4 de la mañana a las 9 de la noche. La jornada laboral de 5 de la mañana a 7 de la tarde se considera «reducida», «moderada». Se emplea a niños de ambos sexos desde los 6 e incluso desde los 4 años. Trabajan el mismo número de horas que los adultos, a menudo más. El trabajo es duro, y el calor del verano aumenta todavía el agotamiento. En una tejería de Mosley, por ejemplo, una muchacha de 24 años hacía 2.000 ladrillos al día, ayudada por dos muchachas no adultas que acarreaban el barro y apilaban los ladrillos. Estas muchachas subían cada día 10 toneladas por las paredes resbaladizas del barrero, desde una profundidad de 30 pies y a lo largo de una distancia de 210 pies.
«Es imposible para un niño pasar por el purgatorio de una tejería sin una gran degradación moral... El lenguaje indigno que oyen desde la más tierna edad, los hábitos groseros, indecentes y desvergonzados entre los que crecen ignorantes y asilvestrados, los hacen para el resto de su vida ajenos a toda ley, depravados, disolutos... Una terrible fuente de desmoralización es el tipo de alojamiento. Cada moulder (moldeador)» (el obrero propiamente cualificado y jefe de un grupo de obreros) «proporciona a su cuadrilla de 7 personas alojamiento y comida en su choza o cottage. Pertenezcan o no a su familia, hombres, muchachos y muchachas duermen en la choza. Esta consta por lo general de 2 habitaciones, solo excepcionalmente de 3, todas a ras de suelo y con poca ventilación. Los cuerpos están tan agotados por la gran transpiración durante el día que no se observan en absoluto ni las reglas de higiene ni la limpieza ni la decencia. Muchas de estas chozas son verdaderos modelos de desorden, suciedad y polvo... El mayor mal del sistema que emplea a muchachas jóvenes en esta clase de trabajo consiste en que, por regla general, las encadena desde la infancia y para toda su vida posterior a la chusma más depravada. Se convierten en muchachos rudos y malhablados (rough, foulmouthed boys) antes de que la naturaleza les haya enseñado que son mujeres. Vestidas con unos pocos harapos sucios, las piernas desnudas hasta muy por encima de la rodilla, el pelo y la cara embadurnados de barro, aprenden a tratar con desprecio todo sentimiento de recato y de pudor. Durante la hora de comer se tumban en los campos o miran a los muchachos que se bañan en un canal vecino. Cuando por fin han terminado su pesada jornada, se ponen ropa mejor y acompañan a los hombres a las tabernas.»
Que en toda esta clase reine desde la niñez la mayor afición a la bebida no es sino natural.
«Lo peor es que los ladrilleros desesperan de sí mismos. Igual podría usted intentar, dijo uno de los mejores al capellán de Southallfield, elevar y enmendar al diablo que a un ladrillero, ¡señor! (You might as well try to raise and improve the devil as a brickie, Sir!)»273
Sobre la economización capitalista de las condiciones de trabajo en la manufactura moderna (por la que han de entenderse aquí todos los talleres a gran escala, salvo las fábricas propiamente dichas) se encuentra un material oficial y abundantísimo en el IV (1861) y el VI (1864) Public Health Report. La descripción de los workshops (locales de trabajo), sobre todo de los impresores y sastres de Londres, supera las fantasías más repugnantes de nuestros novelistas. El efecto sobre el estado de salud de los obreros se comprende por sí mismo. El doctor Simon, médico jefe del Privy Council y editor oficial de los Public Health Reports, dice, entre otras cosas:
«En mi cuarto informe» (1861) «mostré cómo a los obreros les es prácticamente imposible insistir en lo que es su primer derecho sanitario, el derecho a que, sea cual sea la obra para la que su patrono los reúna, el trabajo, en la medida en que dependa de él, esté libre de todas las circunstancias insalubres evitables. Demostré que, mientras los obreros son prácticamente incapaces de procurarse por sí mismos esta justicia sanitaria, no pueden obtener ninguna ayuda eficaz de los administradores nombrados de la policía sanitaria... La vida de miríadas de obreros y obreras se ve hoy torturada y acortada inútilmente por el interminable sufrimiento físico que engendra su mera ocupación.»274
Para ilustrar la influencia de los locales de trabajo sobre el estado de salud, el doctor Simon da la siguiente lista de mortalidad:
| Número de personas de todas las edades empleadas en las industrias respectivas | Industrias comparadas en lo relativo a la salud | Tasa de mortalidad por 100.000 hombres en las industrias respectivas en las edades indicadas: de 25 a 35 años | de 35 a 45 años | de 45 a 55 años |
|---|---|---|---|---|
| 958.265 | Agricultura en Inglaterra y Gales | 743 | 805 | 1.145 |
| 22.301 hombres, 12.377 mujeres | Sastres de Londres | 958 | 1.262 | 2.093 |
| 13.803 | Impresores de Londres | 894 | 1.747 | 2.367275 |
d) El trabajo a domicilio moderno
Paso ahora al llamado trabajo a domicilio. Para hacerse una idea de esta esfera de explotación del capital, erigida sobre el trasfondo de la gran industria, y de sus monstruosidades, considérese por ejemplo la fabricación de clavos, en apariencia del todo idílica, que se practica en algunas aldeas apartadas de Inglaterra.276 Aquí bastarán algunos ejemplos de las ramas de la fabricación de encajes y del trenzado de paja, que todavía no se explotan en absoluto mecánicamente o que compiten con la explotación mecánica y manufacturera.
De las 150.000 personas ocupadas en la producción inglesa de encajes, unas 10.000 caen bajo la jurisdicción de la ley fabril de 1861. La inmensa mayoría de las 140.000 restantes son mujeres, personas jóvenes y niños de ambos sexos, aunque el sexo masculino solo está débilmente representado. El estado de salud de este material de explotación «barato» se desprende del siguiente cuadro del doctor Trueman, médico del General Dispensary de Nottingham. De cada 686 pacientes, encajeras, la mayoría de entre 17 y 24 años, estaban tísicas:
| 1852 | 1 de cada 45 | 1857 | 1 de cada 13 |
|---|---|---|---|
| 1853 | 1 de cada 28 | 1858 | 1 de cada 15 |
| 1854 | 1 de cada 17 | 1859 | 1 de cada 9 |
| 1855 | 1 de cada 18 | 1860 | 1 de cada 8 |
| 1856 | 1 de cada 15 | 1861 | 1 de cada 8.277 |
Este progreso en la tasa de tisis debería bastarle al más optimista de los progresistas y al más mentiroso de los buhoneros alemanes del librecambio.
La ley fabril de 1861 regula la confección propiamente dicha de los encajes en la medida en que se hace con maquinaria, y esto es la regla en Inglaterra. Las ramas que consideramos aquí brevemente, y no en la medida en que los obreros están concentrados en manufacturas, almacenes, etc., sino solo en cuanto son llamados trabajadores a domicilio, se dividen en: 1) el finishing (el acabado final de los encajes fabricados a máquina, una categoría que a su vez comprende numerosas subdivisiones), y 2) el encaje de bolillos.
El lace finishing se practica como trabajo a domicilio, ya sea en las llamadas mistresses houses («casas de maestras»), ya por mujeres, solas o con sus hijos, en sus propias viviendas. Las mujeres que tienen las mistresses houses son también pobres. El local de trabajo forma parte de su vivienda. Reciben encargos de fabricantes, propietarios de almacenes, etc., y emplean a mujeres, muchachas y niños pequeños según el tamaño de sus habitaciones y la fluctuante demanda del negocio. El número de obreras ocupadas varía de 20 a 40 en algunos de estos locales y de 10 a 20 en otros. La edad mínima media a la que empiezan los niños es de 6 años, pero algunos tienen menos de 5. El horario habitual va de las 8 de la mañana a las 8 de la tarde, con hora y media para las comidas, que se hacen de forma irregular y a menudo en los propios cuchitriles de trabajo, apestosos. Cuando el negocio va bien, el trabajo dura a menudo desde las 8 (a veces desde las 6) de la mañana hasta las 10, las 11 o las 12 de la noche. En los cuarteles ingleses el espacio reglamentario para cada soldado es de 500 a 600 pies cúbicos; en los hospitales militares, de 1.200. En aquellos cuchitriles corresponden de 67 a 100 pies cúbicos a cada persona. Al mismo tiempo, la luz de gas consume el oxígeno del aire. Para mantener limpios los encajes, los niños tienen que quitarse a menudo los zapatos, también en invierno, aunque el suelo sea de baldosas o de ladrillo.
«No es nada raro en Nottingham encontrar de 15 a 20 niños apiñados como en salazón en una habitación pequeña de quizá no más de 12 pies en cuadro, ocupados 15 horas de cada 24 en un trabajo de por sí agotador por el hastío y la monotonía, y que además se ejecuta en todas las condiciones insalubres imaginables... Incluso los niños más pequeños trabajan con una atención tensa y una rapidez asombrosas, sin conceder casi nunca a sus dedos descanso ni un movimiento más lento. Si se les dirigen preguntas, no levantan la vista del trabajo por miedo a perder un instante.»
El «palo largo» sirve a las mistresses de estimulante en la proporción en que se alarga el tiempo de trabajo.
«Los niños se van cansando poco a poco y se vuelven tan inquietos como pájaros hacia el final de su larga sujeción a una ocupación monótona, que daña la vista y agota por la uniformidad de la postura corporal. Es un verdadero trabajo de esclavos» (Their work is like slavery).278
Donde las mujeres trabajan con sus propios hijos en casa, es decir, en el sentido moderno, en una habitación alquilada, a menudo en una buhardilla, la situación es, si cabe, todavía peor. Esta clase de trabajo se reparte en un radio de 80 millas en torno a Nottingham. Cuando el niño empleado en los almacenes sale de ellos a las 9 o las 10 de la noche, a menudo se le da todavía un fardo para el camino, a fin de terminarlo en casa. El fariseo capitalista, representado por uno de sus siervos asalariados, lo hace naturalmente con la frase untuosa de que «es para la madre», pero sabe muy bien que el pobre niño tiene que quedarse en pie y ayudar.279
La industria del encaje de bolillos se practica principalmente en dos distritos agrícolas ingleses: el distrito encajero de Honiton, de 20 a 30 millas a lo largo de la costa sur de Devonshire, incluidos algunos lugares del norte de Devon, y otro distrito que comprende gran parte de los condados de Buckingham, Bedford y Northampton y las partes vecinas de Oxfordshire y Huntingdonshire. Los cottages de los jornaleros agrícolas forman por término medio los locales de trabajo. Algunos patronos manufactureros emplean a más de 3.000 de estos trabajadores a domicilio, principalmente niños y personas jóvenes, exclusivamente del sexo femenino. Se repiten las condiciones descritas a propósito del lace finishing. Solo que el lugar de las mistresses houses lo ocupan las llamadas lace schools (escuelas de encaje), regentadas por mujeres pobres en sus chozas. Desde los 5 años, a veces antes, hasta los 12 o los 15 trabajan los niños en estas escuelas; durante el primer año, los más pequeños de 4 a 8 horas; más tarde, de las 6 de la mañana a las 8 y las 10 de la noche.
«Las habitaciones son por lo general salas de estar corrientes de cottages pequeños, con la chimenea tapada para impedir las corrientes de aire, y sus ocupantes, a veces incluso en invierno, calentados solo por su propio calor animal. En otros casos, estas llamadas aulas son cuartos parecidos a pequeñas despensas, sin hogar... El hacinamiento de estos agujeros y la viciación del aire que provoca son a menudo extremos. A ello se añade el efecto nocivo de las alcantarillas, las letrinas, las materias en descomposición y otras inmundicias, habituales en los accesos a los cottages más pequeños.»
En cuanto al espacio:
«En una escuela de encaje, 18 muchachas y la maestra, 33 pies cúbicos por persona; en otra, donde el hedor era insoportable, 18 personas, 24½ pies cúbicos por cabeza. En esta industria se encuentran empleados niños de 2 y de 2½ años.»280
Donde termina el encaje de bolillos en los condados rurales de Buckingham y Bedford empieza el trenzado de paja. Se extiende por gran parte de Hertfordshire y por las partes occidental y septentrional de Essex. En 1861 estaban ocupadas en el trenzado de paja y la fabricación de sombreros de paja 48.043 personas, 3.815 de ellas del sexo masculino y de todas las edades, y las demás del sexo femenino, 14.913 de ellas menores de 20 años, entre ellas unos 7.000 niños. En lugar de las escuelas de encaje aparecen aquí las straw plait schools (escuelas de trenzado de paja). Los niños empiezan aquí el aprendizaje del trenzado de paja por lo general a los 4 años, a veces entre los 3 y los 4. Educación, naturalmente, no reciben ninguna. Los propios niños llaman a las escuelas elementales natural schools («escuelas naturales»), a diferencia de estas instituciones chupasangres en las que simplemente se los mantiene trabajando para terminar la tarea prescrita por sus madres medio muertas de hambre, casi siempre 30 yardas al día. Estas madres a menudo los hacen trabajar luego todavía en casa hasta las 10, las 11 o las 12 de la noche. La paja les corta los dedos y la boca, con la que la humedecen constantemente. Según la opinión de conjunto de los funcionarios médicos de Londres, resumida por el doctor Ballard, 300 pies cúbicos son el espacio mínimo para cada persona en un dormitorio o un cuarto de trabajo. Pero en las escuelas de trenzado de paja el espacio se mide todavía con mayor parquedad que en las escuelas de encaje: 12⅔, 17, 18½ y menos de 22 pies cúbicos por persona.
«La menor de estas cifras», dice el comisionado White, «representa menos de la mitad del espacio que ocuparía un niño metido en una caja de 3 pies en todas sus dimensiones.»
Así disfrutan de la vida los niños hasta los 12 o los 14 años. Los padres, miserables y degradados, solo piensan en sacar a los niños tanto como sea posible. Una vez crecidos, los niños, naturalmente, no se preocupan lo más mínimo de sus padres y los abandonan.
«No es de extrañar que la ignorancia y el vicio desborden en una población criada de este modo... Su moralidad está en el nivel más bajo... Un gran número de las mujeres tiene hijos ilegítimos, y algunas a una edad tan inmadura que hasta los familiarizados con la estadística criminal se quedan atónitos.»281
¡Y la patria de estas familias modelo es, según dice el conde Montalembert, sin duda competente en materia de cristianismo, el país cristiano modelo de Europa!282
El salario, en general miserable en las ramas industriales que acabamos de tratar (el salario máximo excepcional de los niños en las escuelas de trenzado de paja es de 3 chelines), se reduce todavía muy por debajo de su importe nominal mediante el truck system, predominante sobre todo en los distritos encajeros.283
e) Transición de la manufactura moderna y del trabajo a domicilio a la gran industria. Aceleración de esta revolución por la aplicación de las leyes fabriles a esos modos de explotación
El abaratamiento de la fuerza de trabajo mediante el mero abuso de fuerzas de trabajo femeninas e inmaduras, el mero despojo de todas las condiciones normales de trabajo y de vida y la mera brutalidad del exceso de trabajo y del trabajo nocturno choca finalmente con ciertos límites naturales que ya no pueden traspasarse, y con él también el abaratamiento de las mercancías basado en estos fundamentos y la explotación capitalista en general. En cuanto se alcanza por fin este punto, y tarda mucho, suena la hora de la introducción de la maquinaria y de la transformación, ahora rápida, del disperso trabajo a domicilio (o también de la manufactura) en explotación fabril.
El ejemplo más colosal de este movimiento lo ofrece la producción de wearing apparel (artículos de vestir). Según la clasificación de la Child. Empl. Comm., esta industria comprende a los sombrereros de paja y de señora, gorreros, sastres, milliners y dressmakers284, camiseros y costureras, corseteros, guanteros, zapateros, además de muchas ramas menores, como la fabricación de corbatas, cuellos, etc. El personal femenino ocupado en estas industrias en Inglaterra y Gales ascendía en 1861 a 586.298, de las cuales al menos 115.242 tenían menos de 20 años y 16.560 menos de 15. Número de estas obreras en el Reino Unido (1861): 750.334. El número de obreros varones ocupados al mismo tiempo en la sombrerería, la zapatería, la guantería y la sastrería en Inglaterra y Gales: 437.969, de los cuales 14.964 tenían menos de 15 años, 89.285 entre quince y veinte, y 333.117 más de 20. En este dato faltan muchas ramas menores que pertenecen a este apartado. Pero, si tomamos las cifras tal como están, resulta para Inglaterra y Gales solamente, según el censo de 1861, una suma de 1.024.267 personas, es decir, aproximadamente tantas como absorben la agricultura y la ganadería. Se empieza a comprender para qué ayuda la maquinaria a hacer surgir por arte de magia masas tan enormes de productos y a «liberar» masas tan enormes de obreros.
La producción del wearing apparel la llevan a cabo manufacturas que en su interior no hacían más que reproducir la división del trabajo cuyos membra disjecta285 encontraban ya hechos; pequeños maestros artesanos que, sin embargo, ya no trabajan como antes para consumidores individuales, sino para manufacturas y almacenes, de manera que a menudo ciudades y comarcas enteras ejercen como especialidad ramas como la zapatería, etc.; y, por último, en la mayor medida, los llamados trabajadores a domicilio, que forman el departamento exterior de las manufacturas, los almacenes e incluso de los maestros más pequeños.286 Las masas de material de trabajo, materias primas, productos semielaborados, etc., las suministra la gran industria; la masa del material humano barato (taillable à merci et miséricorde)287 la forman los «liberados» por la gran industria y la agricultura. Las manufacturas de esta esfera debieron su origen principalmente a la necesidad del capitalista de tener a mano un ejército dispuesto a acudir a cada movimiento de la demanda.288 Pero estas manufacturas dejaron subsistir junto a ellas, como amplia base, la explotación artesanal y a domicilio dispersa. La gran producción de plusvalía en estas ramas de trabajo, junto con el abaratamiento progresivo de sus artículos, se debió y se debe principalmente al salario mínimo necesario para una vegetación mísera, unido al máximo de tiempo de trabajo humanamente posible. Fue precisamente la baratura del sudor y la sangre humanos transformados en mercancía lo que ampliaba constantemente el mercado de venta y lo amplía cada día, para Inglaterra sobre todo también el mercado colonial, donde además predominan las costumbres y el gusto ingleses. Por fin se llegó a un punto nodal. La base del viejo método, la mera explotación brutal del material obrero, acompañada en mayor o menor grado de una división del trabajo desarrollada sistemáticamente, ya no bastaba al mercado creciente y a la competencia todavía más rápidamente creciente de los capitalistas. Sonó la hora de la maquinaria. La máquina decisivamente revolucionaria, que se apodera por igual de todas las innumerables ramas de esta esfera de la producción, como la confección de sombreros de señora, la sastrería, la zapatería, la costura, la sombrerería, etc., es... la máquina de coser.
Su efecto inmediato sobre los obreros es aproximadamente el de toda maquinaria que, en el período de la gran industria, conquista nuevas ramas de negocio. Se aparta a los niños de la edad más inmadura. El salario de los obreros de las máquinas sube en proporción al de los trabajadores a domicilio, muchos de los cuales pertenecen a «los más pobres entre los pobres» (the poorest of the poor). Baja el salario de los artesanos mejor situados con los que compite la máquina. Los nuevos obreros de las máquinas son exclusivamente muchachas y mujeres jóvenes. Con la ayuda de la fuerza mecánica destruyen el monopolio del trabajo masculino en las tareas más pesadas y expulsan de las más ligeras a masas de mujeres viejas y de niños inmaduros. La competencia avasalladora aplasta a los trabajadores manuales más débiles. El espantoso aumento de las muertes por hambre (death from starvation) en Londres durante el último decenio corre paralelo a la extensión de la costura a máquina.289 Las nuevas obreras de la máquina de coser, que la mueven con la mano y el pie o con la mano sola, sentadas o de pie, según el peso, el tamaño y la especialidad de la máquina, gastan mucha fuerza de trabajo. Su ocupación se vuelve insalubre por la duración del proceso, aunque este sea casi siempre más corto que en el antiguo sistema. Allí donde la máquina de coser invade talleres ya de por sí estrechos y abarrotados, como en la fabricación de zapatos, corsés, sombreros, etc., aumenta las influencias insalubres.
«El efecto», dice el comisionado Lord, «al entrar en locales de trabajo de techo bajo, donde trabajan juntos de 30 a 40 obreros de máquina, es insoportable... El calor, debido en parte a las estufas de gas para calentar las planchas, es terrible... Aunque incluso en esos locales predominen los llamados horarios moderados, es decir, de las 8 de la mañana a las 6 de la tarde, todos los días se desmayan regularmente 3 o 4 personas.»290
La revolución del modo social de explotación, este producto necesario de la transformación del medio de producción, se lleva a cabo en un abigarrado embrollo de formas de transición. Varían según la amplitud en que, y el tiempo durante el cual, la máquina de coser se ha adueñado ya de una u otra rama industrial; según la situación previa de los obreros, el predominio de la explotación manufacturera, artesanal o a domicilio, el precio de alquiler de los locales de trabajo291, etc. En la confección de sombreros de señora, por ejemplo, donde el trabajo estaba ya casi siempre organizado, principalmente mediante la cooperación simple, la máquina de coser no forma al principio más que un nuevo factor de la explotación manufacturera. En la sastrería, la camisería, la zapatería, etc., se entrecruzan todas las formas. Aquí, explotación fabril propiamente dicha. Allí, patronos intermediarios reciben la materia prima del capitalista en chef y agrupan en «cuartos» o «buhardillas» de 10 a 50 y aún más asalariados en torno a máquinas de coser. Por último, como ocurre con toda maquinaria que no forma un sistema articulado y puede emplearse en formato diminuto, también artesanos o trabajadores a domicilio, con su propia familia o con la ayuda de unos pocos obreros ajenos, utilizan máquinas de coser de su propiedad.292 De hecho, en Inglaterra predomina ahora el sistema en que el capitalista concentra un número mayor de máquinas en sus locales y luego reparte el producto de las máquinas, para su elaboración posterior, entre el ejército de los trabajadores a domicilio.293 Pero la variedad de las formas de transición no oculta la tendencia a la transformación en explotación fabril propiamente dicha. Esta tendencia se alimenta del carácter mismo de la máquina de coser, cuya múltiple aplicabilidad empuja a reunir ramas de negocio antes separadas en el mismo local y bajo el mando del mismo capital; de la circunstancia de que el hilvanado previo y algunas otras operaciones se ejecutan del modo más adecuado en el lugar donde está la máquina; y, finalmente, de la inevitable expropiación de los artesanos y trabajadores a domicilio que producen con máquinas propias. Este destino los ha alcanzado ya en parte. La masa siempre creciente del capital invertido en máquinas de coser294 espolea la producción y provoca estancamientos del mercado que dan la señal para que los trabajadores a domicilio vendan sus máquinas. La sobreproducción de estas mismas máquinas obliga a sus productores, necesitados de salida, a alquilarlas por semanas, y crea así una competencia mortal para los pequeños propietarios de máquinas.295 Los cambios de construcción, que todavía continúan, y el abaratamiento de las máquinas deprecian con la misma constancia sus viejos ejemplares y solo permiten emplearlos con provecho en masa, comprados a precios irrisorios, en manos de grandes capitalistas. Por último, la sustitución del hombre por la máquina de vapor decide aquí, como en todos los procesos de transformación semejantes. La aplicación de la fuerza del vapor tropieza al principio con obstáculos puramente técnicos, como la vibración de las máquinas, la dificultad para dominar su velocidad, el rápido deterioro de las máquinas más ligeras, etc., obstáculos todos que la experiencia enseña pronto a superar.296 Si, por un lado, la concentración de muchas máquinas de trabajo en manufacturas mayores empuja a aplicar la fuerza del vapor, por otro lado la competencia del vapor con los músculos humanos acelera la concentración de obreros y máquinas de trabajo en grandes fábricas. Así, Inglaterra vive actualmente en la colosal esfera de producción del wearing apparel, como en la mayoría de los demás oficios, la transformación de la manufactura, el artesanado y el trabajo a domicilio en explotación fabril, después de que todas esas formas, completamente cambiadas, descompuestas y desfiguradas bajo la influencia de la gran industria, hubieran reproducido ya hacía tiempo, e incluso exagerado, todas las monstruosidades del sistema fabril sin sus momentos positivos de desarrollo.297
Esta revolución industrial que avanza de modo espontáneo se acelera artificialmente mediante la extensión de las leyes fabriles a todas las ramas industriales en las que trabajan mujeres, personas jóvenes y niños. La regulación obligatoria de la jornada laboral en cuanto a duración, pausas, hora de comienzo y de terminación, el sistema de relevos para los niños, la exclusión de todos los niños por debajo de cierta edad, etc., hacen necesaria, por una parte, más maquinaria298 y la sustitución de los músculos por el vapor como fuerza motriz.299 Por otra parte, para ganar en espacio lo que se pierde en tiempo, se produce una ampliación de los medios de producción utilizados en común, los hornos, los edificios, etc., es decir, en una palabra, una mayor concentración de los medios de producción y la correspondiente mayor aglomeración de obreros. La principal objeción, repetida apasionadamente por toda manufactura amenazada con la ley fabril, es de hecho la necesidad de un mayor desembolso de capital para continuar el negocio en su antigua escala. Pero, en lo que respecta a las formas intermedias entre la manufactura y el trabajo a domicilio, y a este mismo, su terreno se hunde con la limitación de la jornada laboral y del trabajo infantil. La explotación ilimitada de fuerzas de trabajo baratas constituye la única base de su capacidad de competir.
Condición esencial de la explotación fabril, sobre todo en cuanto está sometida a la regulación de la jornada laboral, es la seguridad normal del resultado, es decir, la producción de una cantidad determinada de mercancía o de un efecto útil buscado en un período dado. Las pausas legales de la jornada laboral regulada suponen además la detención súbita y periódica del trabajo sin daño para el artículo que se halla en el proceso de producción. Esta seguridad del resultado y esta posibilidad de interrumpir el trabajo son, naturalmente, más fáciles de conseguir en los oficios puramente mecánicos que allí donde desempeñan un papel procesos químicos y físicos, como por ejemplo en la alfarería, el blanqueo, el tinte, la panadería y la mayoría de las manufacturas metalúrgicas. Con la rutina de la jornada laboral ilimitada, del trabajo nocturno y de la libre devastación de seres humanos, todo obstáculo surgido de modo espontáneo pasa pronto por un eterno «límite natural» de la producción. Ningún veneno extermina las alimañas con más seguridad que la ley fabril acaba con tales «límites naturales». Nadie gritó más fuerte sobre «imposibilidades» que los señores de la alfarería. En 1864 se les impuso la ley fabril, y todas las imposibilidades habían desaparecido ya 16 meses después. El
«método mejorado, provocado por la ley fabril, de hacer la pasta de alfarero (slip) por presión en lugar de por evaporación, la nueva construcción de los hornos para secar la mercancía sin cocer, etc., son acontecimientos de gran importancia en el arte de la alfarería y señalan un progreso de esta como el que no puede mostrar el siglo pasado... La temperatura de los hornos se ha reducido considerablemente, con una notable disminución del consumo de carbón y una acción más rápida sobre la mercancía.»300
Pese a todas las profecías, no subió el precio de coste de los artículos de loza, pero sí la masa de productos, de manera que la exportación de los 12 meses que van de diciembre de 1864 a diciembre de 1865 arrojó un excedente de valor de 138.628 £ sobre el promedio de los tres años anteriores. En la fabricación de cerillas se tenía por ley natural que los muchachos, incluso mientras engullían su comida del mediodía, mojaran las cerillas en una composición caliente de fósforo cuyo vapor venenoso les subía a la cara. Con la necesidad de economizar tiempo, la ley fabril (1864) impuso una dipping machine (máquina de inmersión) cuyos vapores no pueden alcanzar al obrero.301 Así, en las ramas de la manufactura de encajes todavía no sometidas a la ley fabril se afirma ahora que las comidas no pueden ser regulares a causa de los distintos tiempos que necesitan para secarse los diversos materiales del encaje, y que varían de 3 minutos a una hora y más. A esto responden los comisionados de la Children's Employment Comm.:
«Las circunstancias son las mismas que en la estampación de papeles pintados. Algunos de los principales fabricantes de esta rama alegaron con vehemencia que la naturaleza de los materiales empleados y la diversidad de los procesos por los que pasan no permitían, sin grandes pérdidas, una parada súbita del trabajo para las comidas... Por la cláusula 6 de la sección 6 de la Factory Acts Extension Act» (1864) «se les concedió un plazo de dieciocho meses a partir de la fecha de promulgación de la ley, transcurrido el cual tendrían que ajustarse a las pausas para comer especificadas por la ley fabril.»302
Apenas había recibido la ley la sanción parlamentaria cuando los señores fabricantes descubrieron también:
«Los inconvenientes que esperábamos de la introducción de la ley fabril no se han producido. No vemos que la producción se haya paralizado en modo alguno. De hecho, producimos más en el mismo tiempo.»303
Como se ve, el Parlamento inglés, al que nadie acusará de genialidad, ha llegado por experiencia a comprender que una ley coercitiva puede eliminar sencillamente, por decreto, todos los llamados obstáculos naturales de la producción que se oponen a la limitación y la regulación de la jornada laboral. Por eso, al introducir la ley fabril en una rama industrial se fija un plazo de 6 a 18 meses dentro del cual es cosa del fabricante eliminar los obstáculos técnicos. El Impossible? Ne me dites jamais ce bête de mot! de Mirabeau304 vale sobre todo para la tecnología moderna. Pero si la ley fabril hace madurar así como en invernadero los elementos materiales necesarios para transformar la explotación manufacturera en explotación fabril, acelera al mismo tiempo, por la necesidad de un mayor desembolso de capital, la ruina de los maestros más pequeños y la concentración del capital.305
Aparte de los obstáculos puramente técnicos y técnicamente eliminables, la regulación de la jornada laboral choca con hábitos irregulares de los propios obreros, sobre todo donde predomina el salario a destajo y el tiempo malgastado en una parte del día o de la semana puede recuperarse luego con trabajo excesivo o nocturno, un método que embrutece al obrero adulto y arruina a sus compañeros inmaduros y femeninos.306 Aunque esta irregularidad en el gasto de la fuerza de trabajo es una reacción tosca y espontánea contra el tedio de la monótona brega del trabajo, nace, sin embargo, en un grado incomparablemente mayor de la anarquía de la producción misma, que a su vez presupone la explotación desenfrenada de la fuerza de trabajo por el capital. Junto a las vicisitudes periódicas generales del ciclo industrial y las oscilaciones particulares del mercado en cada rama de la producción aparecen sobre todo la llamada temporada, ya se base en la periodicidad de las estaciones favorables a la navegación, ya en la moda, y lo repentino de pedidos grandes que hay que ejecutar en el plazo más breve. La costumbre de estos últimos se extiende con los ferrocarriles y la telegrafía.
«La extensión del sistema ferroviario por todo el país», dice por ejemplo un fabricante londinense, «ha fomentado mucho la costumbre de los pedidos con plazo corto. Los compradores vienen ahora de Glasgow, Manchester y Edimburgo una vez cada 14 días, o para comprar al por mayor, a los almacenes de la City a los que suministramos las mercancías. Hacen pedidos que tienen que ejecutarse inmediatamente, en lugar de comprar de las existencias, como era costumbre. En años anteriores siempre podíamos adelantar trabajo durante la temporada floja para la demanda de la temporada siguiente, pero ahora nadie puede predecir qué se demandará entonces.»307
En las fábricas y manufacturas todavía no sometidas a la ley fabril reina periódicamente el más terrible exceso de trabajo durante la llamada temporada, a golpes, a consecuencia de pedidos repentinos. En el departamento exterior de la fábrica, la manufactura y el almacén, en la esfera del trabajo a domicilio, que es ya de por sí completamente irregular y depende por entero, para su materia prima y sus pedidos, de los caprichos del capitalista, al que aquí no ata ninguna consideración por la valorización de edificios, máquinas, etc., y que aquí no arriesga más que la piel de los propios obreros, se cría así sistemáticamente un ejército industrial de reserva siempre disponible, diezmado durante una parte del año por la más inhumana coacción al trabajo y reducido a la miseria durante la otra parte por la falta de trabajo.
«Los patronos», dice la Child. Empl. Comm., «explotan la irregularidad habitual del trabajo a domicilio para forzarlo, en las épocas en que hace falta trabajo extra, hasta las 11, las 12 o las 2 de la noche, de hecho, como dice la frase hecha, a todas horas», y eso en locales «donde el hedor basta para tumbarle a uno (the stench is enough to knock you down). Uno llega quizá hasta la puerta y la abre, pero retrocede estremecido sin atreverse a seguir.»308 «Son unos tipos raros nuestros patronos», dice uno de los testigos interrogados, un zapatero, «creen que a un muchacho no le hace ningún daño que lo maten a trabajar durante medio año y que durante la otra mitad casi lo obliguen a andar de vago.»309
Como los obstáculos técnicos, también estas llamadas «costumbres del negocio» (usages which have grown with the growth of trade) fueron y son presentadas por capitalistas interesados como «límites naturales» de la producción, grito favorito de los lores del algodón cuando la ley fabril los amenazó por primera vez. Aunque su industria depende más que ninguna otra del mercado mundial y, por tanto, de la navegación, la experiencia los desmintió. Desde entonces, los inspectores fabriles ingleses tratan todo pretendido «obstáculo del negocio» como un pretexto vacío.310 Las investigaciones, minuciosamente concienzudas, de la Child. Empl. Comm. demuestran en efecto que en algunas industrias la masa de trabajo ya empleada no haría sino repartirse de modo más uniforme a lo largo de todo el año mediante la regulación de la jornada laboral311; que esta sería el primer freno racional a los caprichos de la moda, homicidas, vacíos de contenido e inadecuados de suyo al sistema de la gran industria312; que el desarrollo de la navegación oceánica y de los medios de comunicación en general ha suprimido la razón propiamente técnica del trabajo de temporada313; que todas las demás circunstancias supuestamente incontrolables se eliminan con nuevos edificios, maquinaria adicional, un mayor número de obreros ocupados simultáneamente314 y la repercusión que de ello se sigue por sí sola sobre el sistema del comercio al por mayor.315 Sin embargo, el capital, como declara repetidamente por boca de sus representantes, solo se aviene a semejante transformación «bajo la presión de una ley general del Parlamento»316 que regule coercitivamente la jornada laboral.
9. Legislación fabril. (Cláusulas sanitarias y educativas.) Su generalización en Inglaterra
La legislación fabril, esta primera reacción consciente y planificada de la sociedad sobre la forma espontánea de su proceso de producción, es, como se ha visto, un producto tan necesario de la gran industria como el hilo de algodón, las selfactors y el telégrafo eléctrico. Antes de pasar a su generalización en Inglaterra, hay que mencionar todavía brevemente algunas cláusulas de la ley fabril inglesa que no se refieren al número de horas de la jornada laboral.
Prescindiendo de su redacción, que facilita al capitalista eludirlas, las cláusulas sanitarias son extremadamente pobres; en realidad se limitan a prescripciones sobre el blanqueo de las paredes y algunas otras medidas de limpieza, la ventilación y la protección contra la maquinaria peligrosa. En el libro tercero volveremos sobre la lucha fanática de los fabricantes contra la cláusula que les impone un pequeño gasto para proteger los miembros de sus «brazos». Aquí se confirma de nuevo brillantemente el dogma librecambista según el cual, en una sociedad de intereses antagónicos, cada uno promueve el bien común persiguiendo su propio interés. Basta un ejemplo. Es sabido que durante el último período de veinte años la industria del lino, y con ella los scutching mills (fábricas para agramar y espadar el lino), se han multiplicado mucho en Irlanda. En 1864 había allí unos 1.800 de esos mills. Periódicamente, en otoño e invierno, se saca del trabajo del campo sobre todo a personas jóvenes y a mujeres, los hijos, hijas y esposas de los pequeños arrendatarios vecinos, gente toda ella completamente desconocedora de la maquinaria, para alimentar con lino los laminadores de los scutching mills. Los accidentes no tienen precedente, por su número y su gravedad, en la historia de la maquinaria. Un solo scutching mill de Kildinan (cerca de Cork) registró de 1852 a 1856 seis muertes y 60 mutilaciones graves, todas las cuales podrían haberse evitado con los dispositivos más sencillos, al precio de unos pocos chelines. El doctor W. White, certifying surgeon de las fábricas de Downpatrick, declara en un informe oficial del 16 de diciembre de 1865:
«Los accidentes en los scutching mills son de la clase más terrible. En muchos casos se arranca del tronco una cuarta parte del cuerpo. La muerte o un porvenir de miserable invalidez y sufrimiento son consecuencias habituales de las heridas. El aumento de las fábricas en este país extenderá naturalmente estos espantosos resultados. Estoy convencido de que mediante una supervisión estatal adecuada de los scutching mills podrían evitarse grandes sacrificios de cuerpos y de vidas.»317
¿Qué podría caracterizar mejor al modo de producción capitalista que la necesidad de imponerle por ley coercitiva del Estado las instalaciones de limpieza y de higiene más sencillas?
«La ley fabril de 1864 ha hecho blanquear y limpiar en las alfarerías más de 200 talleres, tras veinte años de abstención, o de abstención total, de toda operación semejante» (¡he aquí la «abstinencia» del capital!318), «en lugares en los que trabajan 27.878 obreros y en los que hasta ahora, durante un trabajo diurno excesivo y a menudo nocturno, respiraban una atmósfera mefítica que preñaba de enfermedad y muerte una ocupación por lo demás relativamente inofensiva. La ley ha multiplicado mucho los medios de ventilación.»319
Al mismo tiempo, esta rama de la ley fabril muestra de manera contundente cómo el modo de producción capitalista, por su esencia, excluye a partir de cierto punto toda mejora racional. Se ha observado repetidamente que los médicos ingleses declaran unánimes que 500 pies cúbicos de espacio de aire por persona son el mínimo apenas suficiente para un trabajo continuado. ¡Pues bien! Si la ley fabril, con todas sus medidas coercitivas, acelera indirectamente la transformación de los talleres más pequeños en fábricas, interviene por tanto indirectamente en el derecho de propiedad de los capitalistas más pequeños y asegura a los grandes el monopolio, la imposición legal del espacio de aire necesario para cada obrero en el taller expropiaría de golpe, directamente, a miles de pequeños capitalistas. Atacaría la raíz del modo de producción capitalista, es decir, la autovalorización del capital, grande o pequeño, mediante la compra y el consumo «libres» de la fuerza de trabajo. Ante estos 500 pies cúbicos de aire, a la legislación fabril se le corta, pues, la respiración. Las autoridades sanitarias, las comisiones industriales de investigación, los inspectores fabriles repiten una y otra vez la necesidad de los 500 pies cúbicos y la imposibilidad de imponérselos al capital. Declaran así, de hecho, la tisis y las demás enfermedades pulmonares de los obreros condición de vida del capital.320
Por mezquinas que parezcan en conjunto las cláusulas educativas de la ley fabril, proclaman la enseñanza elemental condición obligatoria del trabajo.321 Su éxito demostró por primera vez la posibilidad de unir la enseñanza y la gimnasia322 con el trabajo manual y, por tanto, también el trabajo manual con la enseñanza y la gimnasia. Los inspectores fabriles descubrieron pronto, por las declaraciones de los maestros, que los niños de las fábricas, aunque solo reciben la mitad de enseñanza que los alumnos regulares de jornada completa, aprenden tanto como ellos y a menudo más.
«La cosa es sencilla. Los que solo pasan medio día en la escuela están siempre frescos y casi siempre capaces y dispuestos a recibir enseñanza. El sistema de medio trabajo y media escuela hace de cada una de las dos ocupaciones descanso y recreo de la otra y, por consiguiente, es mucho más adecuado para el niño que la continuación ininterrumpida de una de las dos. Un muchacho que está sentado en la escuela desde muy temprano, y no digamos con tiempo caluroso, no puede en modo alguno competir con otro que llega animado y despierto de su trabajo.»323
Pueden encontrarse más pruebas en el discurso de Senior en el congreso sociológico de Edimburgo de 1863. Muestra aquí también, entre otras cosas, cómo la jornada escolar unilateral, improductiva y prolongada de los niños de las clases altas y medias aumenta inútilmente el trabajo de los maestros, «mientras que malgasta el tiempo, la salud y la energía de los niños no solo de modo infructuoso, sino absolutamente dañino».324 Del sistema fabril, como puede seguirse en detalle en Robert Owen, brotó el germen de la educación del futuro, que unirá, para todos los niños por encima de cierta edad, el trabajo productivo con la enseñanza y la gimnasia, no solo como método para aumentar la producción social, sino como el único método para producir seres humanos plenamente desarrollados.
Hemos visto que la gran industria suprime técnicamente la división manufacturera del trabajo, con su anexión de por vida de un ser humano entero a una operación de detalle, mientras que al mismo tiempo la forma capitalista de la gran industria reproduce esa división del trabajo de modo aún más monstruoso: en la fábrica propiamente dicha, mediante la transformación del obrero en accesorio consciente de una máquina parcial; en todas las demás partes, en parte mediante el uso esporádico de las máquinas y del trabajo a máquina325, en parte mediante la introducción del trabajo de mujeres, de niños y no cualificado como nueva base de la división del trabajo. La contradicción entre la división manufacturera del trabajo y la esencia de la gran industria se impone con violencia. Se manifiesta, entre otras cosas, en el hecho terrible de que una gran parte de los niños ocupados en las fábricas y manufacturas modernas, encadenados desde la más tierna edad a las manipulaciones más simples, son explotados durante años sin aprender ningún trabajo que los haga útiles más tarde, ni siquiera en la misma manufactura o fábrica. En las imprentas inglesas, por ejemplo, tenía lugar antes, conforme al sistema de la antigua manufactura y del artesanado, un paso de los aprendices de los trabajos más ligeros a los de más contenido. Hacían un aprendizaje hasta ser impresores completos. Saber leer y escribir era para todos una exigencia del oficio. Todo esto cambió con la máquina de imprimir. Emplea dos clases de obreros: un obrero adulto, el vigilante de la máquina, y muchachos de máquina, casi siempre de 11 a 17 años, cuya tarea consiste exclusivamente en poner un pliego de papel en la máquina o en retirarle el pliego impreso. Efectúan, sobre todo en Londres, esta brega 14, 15, 16 horas seguidas varios días a la semana, y a menudo 36 horas consecutivas, ¡con solo dos horas de descanso para comer y dormir!326 Una gran parte de ellos no sabe leer y son, por regla general, criaturas completamente asilvestradas y anormales.
«Para capacitarlos para su tarea no se necesita formación intelectual de ningún tipo; tienen poca ocasión para la destreza y menos aún para el juicio; su salario, aunque en cierto modo alto para muchachos, no crece en proporción a como ellos mismos crecen, y la gran mayoría no tiene perspectiva alguna de llegar al puesto, más lucrativo y de más responsabilidad, de vigilante de máquina, porque a cada máquina solo le corresponde un vigilante y a menudo 4 muchachos.»327
En cuanto se hacen demasiado mayores para su trabajo infantil, es decir, a los 17 años como muy tarde, se los despide de la imprenta. Se convierten en reclutas del crimen. Algunos intentos de procurarles ocupación en otra parte fracasaron por su ignorancia, su rudeza y su degradación física y mental.
Lo que vale para la división manufacturera del trabajo en el interior del taller vale para la división del trabajo en el interior de la sociedad. Mientras el artesanado y la manufactura constituyen la base general de la producción social, la subsunción del productor en una rama de producción exclusiva, el desgarramiento de la diversidad originaria de sus ocupaciones328, es un momento necesario del desarrollo. Sobre esa base, cada rama particular de la producción encuentra empíricamente la forma técnica que le corresponde, la perfecciona lentamente y la cristaliza con rapidez en cuanto alcanza cierto grado de madurez. Lo que aquí y allá provoca cambios es, además del nuevo material de trabajo que suministra el comercio, la modificación paulatina del instrumento de trabajo. Una vez obtenida la forma que la experiencia muestra adecuada, también él se osifica, como prueba su paso, a menudo durante milenios, de las manos de una generación a las de la siguiente. Es característico que hasta bien entrado el siglo XVIII los oficios particulares se llamaran mysteries (mystères)329, en cuya oscuridad solo podía penetrar el iniciado por la experiencia y la profesión. La gran industria desgarró el velo que ocultaba a los hombres su propio proceso social de producción y que convertía las diversas ramas de producción, particularizadas de modo espontáneo, en enigmas unas para otras e incluso para el iniciado en cada rama. Su principio, el de descomponer cada proceso de producción, en sí y por sí y de entrada sin consideración alguna por la mano humana, en sus elementos constitutivos, creó la ciencia completamente moderna de la tecnología. Las configuraciones abigarradas, aparentemente inconexas y osificadas del proceso social de producción se disolvieron en aplicaciones de la ciencia natural conscientemente planificadas y sistemáticamente particularizadas según el efecto útil buscado. La tecnología descubrió asimismo las pocas grandes formas fundamentales del movimiento en las que se desarrolla necesariamente toda actividad productiva del cuerpo humano, pese a toda la diversidad de los instrumentos empleados, del mismo modo que la mecánica no se deja engañar por la mayor complicación de la maquinaria acerca de la constante repetición de las potencias mecánicas simples. La industria moderna nunca considera ni trata como definitiva la forma existente de un proceso de producción. Su base técnica es, por tanto, revolucionaria, mientras que la de todos los modos de producción anteriores era esencialmente conservadora.330 Mediante la maquinaria, los procesos químicos y otros métodos revoluciona constantemente, con la base técnica de la producción, las funciones de los obreros y las combinaciones sociales del proceso de trabajo. Con ello revoluciona con la misma constancia la división del trabajo en el interior de la sociedad y lanza sin cesar masas de capital y masas de obreros de una rama de producción a otra. La naturaleza de la gran industria implica, por tanto, el cambio del trabajo, la fluidez de la función, la movilidad del obrero en todos los sentidos. Por otra parte, en su forma capitalista reproduce la vieja división del trabajo con sus particularidades osificadas. Hemos visto cómo esta contradicción absoluta suprime toda tranquilidad, firmeza y seguridad en la situación vital del obrero, amenaza constantemente con quitarle de las manos, junto con el medio de trabajo, el medio de subsistencia331 y con hacerlo superfluo a él mismo junto con su función parcial; cómo esta contradicción se desahoga en el sacrificio ininterrumpido de la clase obrera, en el despilfarro más desmedido de las fuerzas de trabajo y en los estragos de la anarquía social. Este es el lado negativo. Pero si el cambio del trabajo solo se impone ahora como una ley natural avasalladora y con la acción ciegamente destructiva de una ley natural que tropieza por todas partes con obstáculos332, la gran industria, por sus mismas catástrofes, convierte en una cuestión de vida o muerte reconocer el cambio de los trabajos y, por tanto, la mayor polivalencia posible de los obreros como ley general de la producción social, y adaptar las condiciones a su realización normal. Convierte en una cuestión de vida o muerte sustituir esa monstruosidad que es una mísera población obrera disponible, mantenida en reserva para las cambiantes necesidades de explotación del capital, por la disponibilidad absoluta del ser humano para las cambiantes exigencias del trabajo; sustituir al individuo parcial, mero portador de una función social de detalle, por el individuo plenamente desarrollado, para el cual las diversas funciones sociales son modos de actividad que se relevan unos a otros. Un momento de este proceso de transformación, desarrollado de modo espontáneo sobre la base de la gran industria, son las escuelas politécnicas y agronómicas; otro son las écoles d'enseignement professionnel (escuelas de formación profesional), en las que los hijos de los obreros reciben alguna enseñanza de tecnología y del manejo práctico de los diversos instrumentos de producción. Si la legislación fabril, como primera concesión arrancada a duras penas al capital, solo une la enseñanza elemental con el trabajo fabril, no cabe ninguna duda de que la inevitable conquista del poder político por la clase obrera conquistará también para la enseñanza tecnológica, teórica y práctica, su lugar en las escuelas obreras. Tampoco cabe duda de que la forma capitalista de la producción y las condiciones económicas de los obreros que le corresponden se hallan en la contradicción más diametral con tales fermentos de transformación y con su objetivo, la supresión de la vieja división del trabajo. Pero el desarrollo de las contradicciones de una forma histórica de producción es el único camino histórico de su disolución y su reconfiguración. Ne sutor ultra crepidam!333, este nec plus ultra de la sabiduría artesanal, se convirtió en una terrible necedad desde el momento en que el relojero Watt inventó la máquina de vapor; el barbero Arkwright, el telar de urdimbre334, y el obrero joyero Fulton, el barco de vapor.335
En la medida en que la legislación fabril regula el trabajo en las fábricas, las manufacturas, etc., esto aparece de entrada solo como una injerencia en los derechos de explotación del capital. En cambio, toda regulación del llamado trabajo a domicilio336 se presenta de inmediato como una intervención directa en la patria potestas, es decir, interpretada modernamente, en la autoridad de los padres, un paso ante el que el delicado Parlamento inglés fingió retroceder durante mucho tiempo. Pero la fuerza de los hechos obligó por fin a reconocer que la gran industria, con la base económica de la antigua familia y del trabajo familiar correspondiente, disuelve también las antiguas relaciones familiares mismas. Hubo que proclamar el derecho de los niños.
«Desgraciadamente», se dice en el informe final de la Child. Empl. Comm. de 1866, «del conjunto de las declaraciones de los testigos se desprende que los niños de ambos sexos de nadie necesitan tanto protección como de sus padres.» El sistema de la explotación desmedida del trabajo infantil en general y del trabajo a domicilio en particular se «mantiene porque los padres ejercen sobre sus hijos jóvenes y tiernos un poder arbitrario y funesto, sin freno ni control... Los padres no deben poseer el poder absoluto de convertir a sus hijos en meras máquinas para sacar tanto o cuanto salario semanal... Los niños y las personas jóvenes tienen derecho a la protección del legislador contra el abuso del poder paterno, que quebranta prematuramente su fuerza física y los degrada en la escala de los seres morales e intelectuales.»337
Sin embargo, no es el abuso del poder paterno lo que creó la explotación directa o indirecta de las fuerzas de trabajo inmaduras por el capital, sino que es, a la inversa, el modo de explotación capitalista el que, al suprimir la base económica correspondiente al poder paterno, ha convertido a este en un abuso. Por terrible y repugnante que parezca la disolución de la antigua familia dentro del sistema capitalista, la gran industria, con el papel decisivo que asigna a las mujeres, a las personas jóvenes y a los niños de ambos sexos en procesos de producción socialmente organizados, más allá de la esfera doméstica, crea no obstante la nueva base económica para una forma superior de la familia y de la relación entre ambos sexos. Es naturalmente igual de absurdo tener por absoluta la forma cristiano-germánica de la familia que la forma romana antigua, la griega antigua o la oriental, que por lo demás forman entre sí una serie histórica de desarrollo. Es igualmente evidente que la composición del personal de trabajo combinado a partir de individuos de ambos sexos y de las más diversas edades, aunque en su forma espontánea, brutal y capitalista, en la que el obrero existe para el proceso de producción y no el proceso de producción para el obrero, es una fuente pestilente de corrupción y esclavitud, tiene que trocarse, en las condiciones adecuadas, en fuente de desarrollo humano.338
La necesidad de generalizar la ley fabril, de ley de excepción para las hilanderías y tejedurías, estas primeras criaturas de la explotación mecánica, en ley de toda la producción social, nace, como se ha visto, de la marcha histórica del desarrollo de la gran industria, sobre cuyo trasfondo se revoluciona por completo la forma tradicional de la manufactura, el artesanado y el trabajo a domicilio: la manufactura se trueca constantemente en fábrica, el artesanado constantemente en manufactura y, finalmente, las esferas del artesanado y del trabajo a domicilio se convierten, en un tiempo relativamente corto, asombrosamente corto, en cuevas de miseria en las que las más locas monstruosidades de la explotación capitalista campan a sus anchas. Hay dos circunstancias que deciden en último término: primero, la experiencia, siempre repetida, de que el capital, en cuanto queda sometido al control del Estado solo en algunos puntos de la periferia social, se resarce tanto más desmedidamente en los demás puntos339; segundo, el clamor de los propios capitalistas por la igualdad de las condiciones de competencia, es decir, por iguales límites a la explotación del trabajo.340 Escuchemos a este respecto dos suspiros salidos del corazón. Los señores W. Cooksley (fabricantes de clavos, cadenas, etc., de Bristol) introdujeron voluntariamente en su negocio la regulación fabril.
«Como el viejo sistema irregular continúa en los establecimientos vecinos, están expuestos a la injusticia de ver a sus muchachos atraídos (enticed) a seguir trabajando en otra parte después de las 6 de la tarde. “Esto”, dicen naturalmente, “es una injusticia contra nosotros y una pérdida, puesto que agota una parte de la fuerza de los muchachos, cuyo pleno provecho nos corresponde a nosotros”.»341
El señor J. Simpson (paper-box bag maker, fabricante de cajas y bolsas de cartón, Londres) declara a los comisionados de la Children Empl. Comm.:
«Firmaría cualquier petición para que se introdujeran las leyes fabriles. Tal como están las cosas, siempre se sentía inquieto por la noche (he always felt restless at night), después de cerrar su taller, pensando que otros hacían trabajar más tiempo y le quitaban los encargos delante de las narices.»342 «Sería una injusticia», dice la Child. Empl. Comm. resumiendo, «para los patronos mayores someter sus fábricas a regulación mientras en su propia rama la pequeña explotación no está sujeta a ninguna limitación legal del tiempo de trabajo. A la injusticia de unas condiciones de competencia desiguales en lo que respecta a las horas de trabajo, si se exceptuaran los talleres más pequeños, se añadiría para los fabricantes mayores la otra desventaja de que su suministro de trabajo juvenil y femenino se desviaría hacia los talleres que la ley dejara a salvo. Por último, esto daría impulso a la multiplicación de los talleres más pequeños, que son casi sin excepción los menos favorables para la salud, la comodidad, la educación y el mejoramiento general del pueblo.»343
En su informe final, la Children's Employment Commission propone someter a la ley fabril a más de 1.400.000 niños, personas jóvenes y mujeres, de los cuales aproximadamente la mitad son explotados por la pequeña explotación y el trabajo a domicilio.344
«Si el Parlamento», dice, «adoptara nuestra propuesta en toda su amplitud, no cabe duda de que tal legislación ejercería la influencia más benéfica, no solo sobre los jóvenes y los débiles, de los que se ocupa en primer lugar, sino sobre la masa aún mayor de obreros adultos que caen directamente» (las mujeres) «e indirectamente» (los hombres) «bajo su radio de acción. Les impondría horas de trabajo regulares y moderadas; administraría y acumularía la reserva de fuerza física de la que tanto dependen su propio bienestar y el del país; protegería a la generación que está brotando del esfuerzo excesivo a temprana edad, que socava su constitución y conduce a una decadencia prematura; ofrecería, por último, al menos hasta los 13 años, la oportunidad de la enseñanza elemental y pondría fin así a la increíble ignorancia que tan fielmente se describe en los informes de la comisión y que solo puede contemplarse con el sentimiento más doloroso y con un profundo sentimiento de humillación nacional.»345
El gabinete tory anunció en el discurso de la Corona del 5 de febrero de 1867 que había formulado en bills las propuestas346 de la comisión de investigación industrial. Para ello había hecho falta un nuevo experimentum in corpore vili347 de veinte años. Ya en 1840 se había nombrado una comisión parlamentaria para investigar el trabajo infantil. Su informe de 1842 desplegó, según las palabras de N. W. Senior,
«el cuadro más terrible de codicia, egoísmo y crueldad de los capitalistas y de los padres, de miseria, degradación y destrucción de los niños y las personas jóvenes, que jamás haya herido los ojos del mundo... Quizá se crea que el informe describe los horrores de una época pasada. Pero, por desgracia, hay informes de que estos horrores continúan, tan intensos como siempre. Un folleto publicado por Hardwicke hace dos años declara que los abusos denunciados en 1842 están hoy» (1863) «en plena floración... Este informe» (el de 1842) «permaneció desatendido durante veinte años, durante los cuales a aquellos niños, crecidos sin la menor idea de lo que llamamos moral, ni de instrucción escolar, religión o amor familiar natural, a esos niños se les permitió llegar a ser los padres de la generación actual.»348
Entretanto, la situación social había cambiado. El Parlamento no se atrevió a rechazar las exigencias de la comisión de 1863 como había rechazado en su día las de 1842. Por eso, ya en 1864, cuando la comisión solo había publicado una parte de sus informes, la industria de la loza (incluida la alfarería), la fabricación de papeles pintados, cerillas, cartuchos y pistones, así como el tundido del terciopelo, se sometieron a las leyes vigentes para la industria textil. En el discurso de la Corona del 5 de febrero de 1867, el gabinete tory de entonces anunció nuevos bills basados en las propuestas finales de la comisión, que entretanto había concluido su obra en 1866.
El 15 de agosto de 1867 recibió la sanción real la Factory Acts Extension Act, y el 21 de agosto la Workshops' Regulation Act; la primera ley regula las grandes ramas de negocio; la segunda, las pequeñas.
La Factory Acts Extension Act regula los altos hornos, las fábricas de hierro y de cobre, las fundiciones, las fábricas de maquinaria, los talleres metalúrgicos, las fábricas de gutapercha, papel, vidrio y tabaco, además de las imprentas y encuadernaciones y, en general, todos los talleres industriales de esta clase en los que se ocupen simultáneamente 50 o más personas durante al menos 100 días al año.
Para dar una idea de la extensión del terreno que abarca esta ley, siguen aquí algunas de las definiciones fijadas en ella:
«Oficio significará» (en esta ley) «cualquier trabajo manual ejercido como negocio o con fines de lucro en la fabricación, modificación, ornamentación, reparación o acabado para la venta de cualquier artículo o de una parte de él, o con ocasión de ellos.»
«Taller significará cualquier cuarto o lugar, cubierto o al aire libre, en el que ejerza un “oficio” cualquier niño, obrero joven o mujer, y sobre el cual quien emplee a tal niño, obrero joven o mujer tenga derecho de acceso y de control.»
«Empleado significará ocupado en un “oficio”, a cambio de salario o no, a las órdenes de un maestro o de uno de los padres, como se determina con más detalle a continuación.»
«Padres significará padre, madre, tutor u otra persona que tenga la tutela o el control sobre cualquier... niño u obrero joven.»
La cláusula 7, la cláusula penal para el empleo de niños, obreros jóvenes y mujeres en contra de las disposiciones de esta ley, establece multas no solo para el titular del taller, sea o no uno de los padres, sino también para
«los padres u otras personas que tengan a su cargo al niño, al obrero joven o a la mujer o que saquen provecho directo de su trabajo».
La Factory Acts Extension Act, que afecta a los grandes establecimientos, queda por detrás de la ley fabril a causa de un sinfín de miserables disposiciones de excepción y de cobardes compromisos con los capitalistas.
La Workshops' Regulation Act, lamentable en todos sus detalles, siguió siendo letra muerta en manos de las autoridades municipales y locales encargadas de su aplicación. Cuando en 1871 el Parlamento les retiró esta facultad para transferirla a los inspectores fabriles, cuyo distrito de inspección amplió así de golpe en más de 100.000 talleres y, solo en tejerías, en 300, su personal se aumentó con el mayor cuidado en solo ocho ayudantes, cuando ya hasta entonces estaba muy escaso de efectivos.349
Lo que llama la atención en esta legislación inglesa de 1867 es, pues, por una parte, la necesidad impuesta al Parlamento de las clases dominantes de adoptar en principio medidas tan extraordinarias y amplias contra los excesos de la explotación capitalista; por otra parte, las medias tintas, la aversión y la mala fides con que luego da realmente vida a esas medidas.
La comisión de investigación de 1862 propuso también una nueva regulación de la industria minera, una industria que se distingue de todas las demás porque en ella los intereses de los terratenientes y los de los capitalistas industriales van de la mano. El antagonismo entre estos dos intereses había favorecido la legislación fabril; la ausencia de este antagonismo basta para explicar las dilaciones y los subterfugios en la legislación minera.
La comisión de investigación de 1840 había hecho revelaciones tan espantosas e indignantes y provocado tal escándalo ante toda Europa que el Parlamento tuvo que salvar su conciencia con la Mining Act de 1842, en la que se limitó a prohibir el trabajo bajo tierra de las mujeres y de los niños menores de 10 años.
Después vino, en 1860, la Mines' Inspection Act, según la cual las minas serían inspeccionadas por funcionarios públicos nombrados especialmente para ello, y no se ocuparía a muchachos de entre 10 y 12 años salvo si poseían un certificado escolar o asistían a la escuela un cierto número de horas. Esta ley siguió siendo letra muerta por completo a causa del número ridículamente pequeño de inspectores nombrados, de la insignificancia de sus atribuciones y de otras causas que se irán viendo con más detalle.
Uno de los más recientes libros azules sobre las minas es el Report from the Select Committee on Mines, together with... Evidence, 23 July 1866. Es obra de una comisión de miembros de la Cámara de los Comunes facultada para citar e interrogar a testigos; un grueso volumen en folio en el que el Report propiamente dicho ocupa solo cinco líneas, con este contenido: ¡que la comisión no sabe qué decir y que hay que interrogar a más testigos!
La manera de interrogar a los testigos recuerda las cross examinations (repreguntas) ante los tribunales ingleses, en las que el abogado intenta, con preguntas desvergonzadas, desconcertantes y retorcidas, sacar de quicio al testigo y torcerle las palabras en la boca. Los abogados aquí son los propios examinadores parlamentarios, entre ellos propietarios y explotadores de minas; los testigos, obreros de las minas, sobre todo de las minas de carbón. Toda la farsa es demasiado característica del espíritu del capital para no dar aquí algunos extractos. Para facilitar la visión de conjunto, doy los resultados de la investigación, etc., por rúbricas. Recuerdo que en los Blue Books ingleses la pregunta y la respuesta obligada van numeradas y que los testigos cuyas declaraciones se citan aquí son obreros de las minas de carbón.
- Empleo de los muchachos en las minas desde los 10 años. El trabajo, junto con el obligado camino de ida y vuelta a las minas, dura por regla general de 14 a 15 horas, excepcionalmente más, desde las 3, 4 o 5 de la mañana hasta las 4 y las 5 de la tarde (n. 6, 452, 83). Los obreros adultos trabajan en dos turnos, es decir, 8 horas, pero para los muchachos no hay tal relevo, para ahorrar costes (n. 80, 203, 204). A los niños pequeños se los emplea principalmente en abrir y cerrar las puertas de ventilación en las diversas secciones de la mina; a los mayores, en trabajos pesados, el transporte del carbón, etc. (n. 122, 739, 740). Las largas horas de trabajo bajo tierra duran hasta los 18 o los 22 años, cuando tiene lugar el paso al trabajo minero propiamente dicho (n. 161). Los niños y las personas jóvenes son hoy más reventados de trabajo que en cualquier período anterior (n. 1663-1667). Los mineros exigen casi unánimemente una ley del Parlamento que prohíba el trabajo en las minas hasta los 14 años. Y ahora pregunta Hussey Vivian (él mismo explotador de minas):
«¿No depende esta exigencia de la mayor o menor pobreza de los padres?». Y míster Bruce: «¿No sería duro, cuando el padre ha muerto o está mutilado, etc., quitarle a la familia este recurso? Y tiene que regir una regla general. ¿Queréis prohibir en todos los casos el empleo de los niños bajo tierra hasta los 14 años?». Respuesta: «En todos los casos» (n. 107-110). Vivian: «Si se prohibiera el trabajo en las minas antes de los 14 años, ¿no mandarían los padres a sus hijos a las fábricas, etc.? —Por regla general, no» (n. 174). Obrero: «Abrir y cerrar las puertas parece fácil. Es una tarea muy penosa. Aparte de la corriente constante, el muchacho está preso, exactamente igual que en una oscura celda de cárcel». El burgués Vivian: «¿No puede el muchacho leer mientras guarda la puerta, si tiene una luz? —En primer lugar, tendría que comprarse las velas. Pero, además, no se le permitiría. Está allí para atender a su tarea, tiene un deber que cumplir. Nunca he visto a un muchacho leer en la mina» (n. 139, 141-160).
- Educación. Los mineros exigen una ley de enseñanza obligatoria para los niños, como en las fábricas. Declaran puramente ilusoria la cláusula de la ley de 1860 según la cual se requiere un certificado escolar para emplear a los muchachos de 10 a 12 años. El «penoso» procedimiento de interrogatorio de los jueces de instrucción capitalistas se vuelve aquí verdaderamente cómico.
(n. 115.) «¿Es más necesaria la ley contra los patronos o contra los padres? —Contra ambos.» (n. 116.) «¿Más contra unos que contra otros? —¿Cómo voy a contestar a eso?» (n. 137.) «¿Muestran los patronos algún deseo de adaptar las horas de trabajo a la enseñanza escolar? —Nunca.» (n. 211.) «¿Mejoran después los mineros su educación? —En general empeoran; adquieren malos hábitos; se dan a la bebida y al juego y cosas por el estilo, y naufragan del todo.» (n. 454.) «¿Por qué no mandar a los niños a escuelas nocturnas? —En la mayoría de los distritos carboníferos no existen. Pero lo principal es que están tan agotados por el largo exceso de trabajo que se les cierran los ojos de cansancio.» «Entonces», concluye el burgués, «¿estáis contra la educación? —De ningún modo, pero, etc.» (n. 443.) «¿No están obligados los propietarios de minas, etc., por la ley de 1860, a exigir certificados escolares cuando emplean a niños de entre 10 y 12 años? —Por la ley sí, pero los patronos no lo hacen.» (n. 444.) «¿En vuestra opinión, esta cláusula de la ley no se cumple en general? —No se cumple en absoluto.» (n. 717.) «¿Se interesan mucho los mineros por la cuestión de la educación? —La gran mayoría.» (n. 718.) «¿Desean vivamente que se aplique la ley? —La gran mayoría.» (n. 720.) «¿Por qué no imponen entonces su aplicación? —Más de un obrero desea rechazar a muchachos sin certificado escolar, pero se convierte en un hombre señalado (a marked man).» (n. 721.) «¿Señalado por quién? —Por su patrono.» (n. 722.) «¿No creeréis que los patronos perseguirían a un hombre por obedecer la ley? —Creo que lo harían.» (n. 723.) «¿Por qué no se niegan los obreros a emplear a tales muchachos? —No se deja a su elección.» (n. 1634.) «¿Pedís la intervención del Parlamento? —Si ha de hacerse algo eficaz por la educación de los hijos de los mineros, tiene que hacerse obligatorio por una ley del Parlamento.» (n. 1636.) «¿Ha de valer eso para los hijos de todos los obreros de Gran Bretaña o solo para los mineros? —Estoy aquí para hablar en nombre de los mineros.» (n. 1638.) «¿Por qué distinguir a los hijos de los mineros de los demás? —Porque constituyen una excepción a la regla.» (n. 1639.) «¿En qué sentido? —En el físico.» (n. 1640.) «¿Por qué habría de ser la educación más valiosa para ellos que para los muchachos de otras clases? —No digo que sea más valiosa para ellos, pero por su exceso de trabajo en las minas tienen menos oportunidades de educarse en las escuelas diurnas y dominicales.» (n. 1644.) «¿No es cierto que es imposible tratar de modo absoluto cuestiones de esta clase?» (n. 1646.) «¿Hay suficientes escuelas en los distritos? —No.» (n. 1647.) «Si el Estado exigiera que todo niño fuera enviado a la escuela, ¿de dónde saldrían las escuelas para todos esos niños? —Creo que, en cuanto las circunstancias lo exijan, las escuelas surgirán por sí solas.» «La gran mayoría, no solo de los niños, sino de los mineros adultos, no sabe ni escribir ni leer.» (n. 705, 726.)
- Trabajo de las mujeres. Desde 1842 ya no se emplea a obreras bajo tierra, pero sí en la superficie, para cargar el carbón, etc., arrastrar las vagonetas hasta los canales y los vagones del ferrocarril, clasificar el carbón, etc. Su empleo ha aumentado mucho en los últimos 3 o 4 años (n. 1727). Son en su mayoría mujeres, hijas y viudas de mineros, de entre 12 y 50 y 60 años (n. 647, 1779, 1781).
(n. 648.) «¿Qué piensan los mineros del empleo de mujeres en las minas? —Lo condenan en general.» (n. 649.) «¿Por qué? —Lo consideran degradante para el sexo... Llevan una especie de ropa de hombre. En muchos casos se ahoga todo pudor. Algunas mujeres fuman. El trabajo es tan sucio como el de los pozos mismos. Entre ellas hay muchas mujeres casadas que no pueden cumplir sus deberes domésticos.» (n. 651 sqq., 701.) (n. 709.) «¿Pueden encontrar las viudas en otra parte una ocupación tan lucrativa (de 8 a 10 chelines semanales)? —No puedo decir nada sobre eso.» (n. 710.) «¿Y aun así» (¡corazón de piedra!) «estáis decididos a cortarles este medio de vida? —Desde luego.» (n. 1715.) «¿De dónde viene esa actitud? —Nosotros, los mineros, tenemos demasiado respeto por el bello sexo para verlo condenado a la mina de carbón... Este trabajo es en gran parte muy pesado. Muchas de estas muchachas levantan 10 toneladas al día.» (n. 1732.) «¿Creéis que las obreras empleadas en las minas son más inmorales que las empleadas en las fábricas? —El porcentaje de las malas es mayor que entre las muchachas de fábrica.» (n. 1733.) «¿Pero tampoco estáis satisfecho con el estado de la moralidad en las fábricas? —No.» (n. 1734.) «¿Queréis entonces prohibir también el trabajo de las mujeres en las fábricas? —No, no quiero.» (n. 1735.) «¿Por qué no? —Es más honroso y más adecuado para el sexo femenino.» (n. 1736.) «¿Pero opináis que es dañino para su moralidad? —No, ni mucho menos tanto como el trabajo en la mina. Por lo demás, no hablo solo por razones morales, sino también físicas y sociales. La degradación social de las muchachas es lamentable y extrema. Cuando estas muchachas se casan con mineros, los hombres sufren profundamente por esta degradación, y eso los echa de casa y los empuja a la bebida.» (n. 1737.) «¿Pero no valdría lo mismo para las mujeres empleadas en las ferrerías? —No puedo hablar por otras ramas.» (n. 1740.) «¿Pero qué diferencia hay entre las mujeres empleadas en las ferrerías y en las minas? —No me he ocupado de esta cuestión.» (n. 1741.) «¿Podéis descubrir alguna diferencia entre una clase y otra? —No he comprobado nada al respecto, pero conozco, por haber visitado casa por casa, el vergonzoso estado de cosas en nuestro distrito.» (n. 1750.) «¿No os gustaría mucho suprimir el empleo de mujeres dondequiera que sea degradante? —Sí... los mejores sentimientos de los niños tienen que venir de la crianza materna.» (n. 1751.) «¿Pero eso vale también para el empleo agrícola de las mujeres? —Ese solo dura dos temporadas; con nosotros trabajan las cuatro estaciones seguidas, a veces día y noche, empapadas hasta los huesos, con la constitución debilitada y la salud quebrantada.» (n. 1753.) «¿No habéis estudiado la cuestión» (la del empleo de mujeres) «en general? —He mirado a mi alrededor y puedo decir que en ninguna parte he encontrado nada paralelo al empleo de mujeres en las minas de carbón. [n. 1793, 1794, 1808.] Es trabajo de hombres, y de hombres fuertes. La mejor clase de los mineros, que intenta elevarse y humanizarse, en lugar de encontrar algún apoyo en sus mujeres, se ve arrastrada hacia abajo por ellas.»
Después de que los burgueses han seguido preguntando a diestro y siniestro, sale por fin a la luz el secreto de su «compasión» por las viudas, las familias pobres, etc.:
«El propietario de la mina nombra a ciertos gentlemen para la supervisión, y su política consiste en ponerlo todo, para ganarse aplausos, en el pie más económico posible, y las muchachas empleadas reciben de 1 chelín a 1 chelín y 6 peniques diarios, donde un hombre tendría que recibir 2 chelines y 6 peniques.» (n. 1816.)
- Jurados de las indagatorias forenses.
(n. 360.) «En lo relativo a los coroner's inquests (indagatorias del juez de instrucción forense) en vuestros distritos, ¿están satisfechos los obreros con el procedimiento judicial cuando ocurren accidentes? —No, no lo están.» (n. 361-375.) «¿Por qué no? —Sobre todo porque se hace jurados a personas que no saben absolutamente nada de minas. A los obreros nunca se los llama, salvo como testigos. Por lo general se toma a tenderos de la vecindad, que están bajo la influencia de los propietarios de las minas, sus clientes, y que ni siquiera entienden los términos técnicos de los testigos. Pedimos que los mineros formen parte del jurado. Por término medio, el veredicto está en contradicción con las declaraciones de los testigos.» (n. 378.) «¿No deben ser imparciales los jurados? —Sí.» (n. 379.) «¿Lo serían los obreros? —No veo motivo alguno por el que no hubieran de ser imparciales. Conocen la materia.» (n. 380.) «¿Pero no tenderían a dictar, en interés de los obreros, veredictos injustamente duros? —No, no lo creo.»
- Pesas y medidas falsas, etc. Los obreros piden pago semanal en lugar de quincenal, medición por peso en lugar de por volumen de las vagonetas, protección contra el empleo de pesas falsas, etc.
(n. 1071.) «Si las vagonetas se agrandan fraudulentamente, ¿no puede un hombre dejar la mina con 14 días de preaviso? —Pero si va a otro sitio, encuentra lo mismo.» (n. 1072.) «¿Pero puede dejar el lugar donde se comete la injusticia? —Es algo general.» (n. 1073.) «¿Pero el hombre puede dejar su puesto, sea cual sea, con 14 días de preaviso? —Sí.»
¡Asunto concluido!350
- Inspección de minas. Los obreros no solo sufren por los accidentes debidos a las explosiones de gas.
(n. 234 sqq.) «Tenemos igualmente que quejarnos de la mala ventilación de las minas de carbón, que hace que la gente apenas pueda respirar en ellas; eso los incapacita para cualquier clase de ocupación. Así, por ejemplo, precisamente ahora, en la parte de la mina donde trabajo, el aire pestilente ha postrado en cama a mucha gente durante semanas. Las galerías principales son en su mayoría bastante aireadas, pero no los lugares en que trabajamos. Si un hombre envía una queja sobre la ventilación al inspector, se le despide y es un hombre “señalado”, que tampoco encuentra ocupación en otra parte. La Mining Inspection Act de 1860 es un puro papel mojado. El inspector, y su número es demasiado pequeño, hace quizá una visita formal una vez cada 7 años. Nuestro inspector es un hombre de setenta años, completamente incapaz, que tiene a su cargo más de 130 minas de carbón. Además de más inspectores, necesitamos subinspectores.» (n. 280.) «¿Debe entonces el Gobierno mantener tal ejército de inspectores que puedan hacer todo lo que pedís sin información de los propios obreros? —Eso es imposible, pero deberían venir a buscar la información a las minas mismas.» (n. 285.) «¿No creéis que el efecto sería desplazar la responsabilidad (!) por la ventilación, etc., del propietario de la mina a los funcionarios del Gobierno? —En absoluto; su tarea tiene que ser imponer el cumplimiento de las leyes ya existentes.» (n. 294.) «Cuando habláis de subinspectores, ¿os referís a gente con menos sueldo y de carácter inferior al de los inspectores actuales? —No los deseo en modo alguno inferiores, si podéis tenerlos mejores.» (n. 295.) «¿Queréis más inspectores o una clase de gente inferior a los inspectores? —Necesitamos gente que se mueva por las minas mismas, gente que no tenga miedo por su propia piel.» (n. 297.) «Si se cumpliera vuestro deseo de inspectores de peor clase, ¿no engendraría peligros su falta de destreza, etc.? —No; es asunto del Gobierno nombrar a sujetos adecuados.»
Esta clase de interrogatorio acaba por resultar demasiado disparatada incluso para el presidente de la comisión investigadora.
«Queréis», interviene, «gente práctica que inspeccione por sí misma las minas e informe al inspector, que entonces puede emplear su ciencia superior.» (n. 531.) «¿No ocasionaría muchos gastos la ventilación de todas estas viejas explotaciones? —Sí, podrían originarse gastos, pero se protegerían vidas humanas.»
(n. 581.) Un minero protesta contra la sección 17 de la ley de 1860:
«Actualmente, cuando el inspector de minas encuentra alguna parte de la mina en un estado que no permite trabajar en ella, tiene que informar de ello al propietario de la mina y al ministro del Interior. Después, el propietario de la mina tiene 20 días para pensárselo; al final de los 20 días puede negarse a cualquier cambio. Pero, si lo hace, tiene que escribir al ministro del Interior y proponerle 5 ingenieros de minas, entre los cuales el ministro tiene que elegir a los árbitros. Sostenemos que en este caso el propietario de la mina nombra virtualmente a sus propios jueces.»
(n. 586.) El examinador burgués, él mismo propietario de minas:
«Esta es una objeción puramente especulativa.» (n. 588.) «¿Tenéis entonces una opinión muy pobre de la honradez de los ingenieros de minas? —Digo que es muy poco equitativo e injusto.» (n. 589.) «¿No poseen los ingenieros de minas una especie de carácter público que eleva sus decisiones por encima de la parcialidad que teméis? —Me niego a contestar preguntas sobre el carácter personal de esa gente. Estoy convencido de que en muchos casos actúan de manera muy parcial y de que habría que quitarles ese poder allí donde están en juego vidas humanas.»
El mismo burgués tiene la desvergüenza de preguntar:
«¿No creéis que también los propietarios de minas sufren pérdidas con las explosiones?»
Por último (n. 1042):
«¿No podéis los obreros cuidar vosotros mismos de vuestros propios intereses sin invocar la ayuda del Gobierno? —No.»
En el año 1865 había en Gran Bretaña 3.217 minas de carbón y... 12 inspectores. Un propietario de minas de Yorkshire (Times, 26 de enero de 1867) calcula él mismo que, aparte de sus tareas puramente burocráticas, que absorben todo su tiempo, cada mina solo podría visitarse una vez cada 10 años. No es de extrañar que las catástrofes hayan aumentado progresivamente en los últimos años (sobre todo también en 1866 y 1867) en número y en magnitud (a veces con 200-300 obreros como víctimas). ¡Estas son las bellezas de la producción capitalista «libre»!
En todo caso, la ley de 1872, por defectuosa que sea, es la primera que regula las horas de trabajo de los niños ocupados en las minas y hace a los explotadores y propietarios de minas responsables en cierta medida de los llamados accidentes.
La comisión real de 1867 para investigar el empleo de niños, personas jóvenes y mujeres en la agricultura ha publicado algunos informes muy importantes. Se han hecho diversos intentos de aplicar a la agricultura, en forma modificada, los principios de la legislación fabril, pero hasta ahora todos han fracasado por completo. Sobre lo que aquí he de llamar la atención es sobre la existencia de una tendencia irresistible a la aplicación general de estos principios.
Si la generalización de la legislación fabril se ha vuelto inevitable como medio de protección física y espiritual de la clase obrera, generaliza y acelera por otra parte, como ya se ha indicado, la transformación de procesos de trabajo dispersos en escala diminuta en procesos de trabajo combinados en una gran escala social, es decir, la concentración del capital y el dominio exclusivo del régimen fabril. Destruye todas las formas arcaicas y de transición tras las cuales se oculta todavía en parte el dominio del capital y las sustituye por su dominio directo, sin velos. Con ello generaliza también la lucha directa contra este dominio. Mientras impone en los talleres individuales uniformidad, regularidad, orden y economía, aumenta, con el enorme acicate que el límite y la regla de la jornada laboral imprimen a la técnica, la anarquía y las catástrofes de la producción capitalista en su conjunto, la intensidad del trabajo y la competencia de la maquinaria con el obrero. Con las esferas de la pequeña explotación y del trabajo a domicilio destruye los últimos refugios de los «sobrantes» y, con ello, la válvula de seguridad que hasta ahora tenía todo el mecanismo social. Con las condiciones materiales y la combinación social del proceso de producción hace madurar las contradicciones y los antagonismos de su forma capitalista y, por tanto, a la vez los elementos formadores de una nueva sociedad y los momentos de transformación de la vieja.351
10. Gran industria y agricultura
La revolución que la gran industria provoca en la agricultura y en las relaciones sociales de sus agentes de producción solo podrá exponerse más adelante. Aquí basta una breve indicación de algunos resultados anticipados. Si bien el uso de la maquinaria en la agricultura está en gran parte libre de los perjuicios físicos que causa al obrero fabril352, actúa aquí con más intensidad todavía y sin contrapeso en la conversión de los obreros en «sobrantes», como se verá más adelante en detalle. En los condados de Cambridge y Suffolk, por ejemplo, la superficie de la tierra cultivada se ha extendido mucho en los últimos veinte años, mientras que en el mismo período la población rural ha disminuido no solo relativa, sino absolutamente. En los Estados Unidos de Norteamérica las máquinas agrícolas solo sustituyen por ahora a los obreros de modo virtual, es decir, permiten al productor cultivar una superficie mayor, pero no echan realmente a obreros ocupados. En Inglaterra y Gales el número de personas que participaban en 1861 en la fabricación de máquinas agrícolas era de 1.034, mientras que el número de obreros agrícolas ocupados en máquinas de vapor y máquinas de trabajo solo era de 1.205.
En la esfera de la agricultura, la gran industria actúa del modo más revolucionario en cuanto aniquila el baluarte de la vieja sociedad, el «campesino», y pone en su lugar al obrero asalariado. Las necesidades sociales de transformación y los antagonismos del campo se igualan así con los de la ciudad. En lugar de la explotación más rutinaria e irracional aparece la aplicación tecnológica consciente de la ciencia. El desgarramiento del vínculo familiar originario entre la agricultura y la manufactura, que envolvía la configuración infantil y sin desarrollar de ambas, lo consuma el modo de producción capitalista. Pero crea a la vez los presupuestos materiales de una síntesis nueva, superior, de la unión de la agricultura y la industria sobre la base de sus configuraciones elaboradas en oposición. Con el predominio siempre creciente de la población urbana, que la producción capitalista amontona en grandes centros, esta acumula, por un lado, la fuerza motriz histórica de la sociedad y perturba, por otro lado, el metabolismo entre el hombre y la tierra, es decir, el retorno al suelo de los componentes del suelo consumidos por el hombre en forma de alimentos y vestido, y por tanto la eterna condición natural de una fertilidad duradera del suelo. Con ello destruye a la vez la salud física de los obreros urbanos y la vida espiritual de los obreros rurales.353 Pero, al mismo tiempo, mediante la destrucción de las circunstancias de aquel metabolismo surgidas de modo meramente espontáneo, obliga a restablecerlo sistemáticamente como ley reguladora de la producción social y en una forma adecuada al pleno desarrollo humano. En la agricultura, como en la manufactura, la transformación capitalista del proceso de producción aparece a la vez como martirologio de los productores, el medio de trabajo como medio de sojuzgamiento, medio de explotación y medio de empobrecimiento del obrero, la combinación social de los procesos de trabajo como opresión organizada de su vitalidad, su libertad y su independencia individuales. La dispersión de los obreros rurales por superficies mayores quebranta a la vez su fuerza de resistencia, mientras que la concentración aumenta la de los obreros urbanos. Como en la industria urbana, en la agricultura moderna la fuerza productiva acrecentada y la mayor movilización del trabajo se compran con la devastación y el agotamiento de la propia fuerza de trabajo. Y todo progreso de la agricultura capitalista no es solo un progreso en el arte de despojar al obrero, sino a la vez en el arte de despojar al suelo; todo progreso en el aumento de su fertilidad para un plazo dado es a la vez un progreso en la ruina de las fuentes duraderas de esa fertilidad. Cuanto más parte un país, como por ejemplo los Estados Unidos de Norteamérica, de la gran industria como trasfondo de su desarrollo, tanto más rápido es este proceso de destrucción.354 La producción capitalista, por tanto, solo desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo los manantiales de toda riqueza: la tierra y el obrero.
El valor del salario medio diario está determinado por lo que el obrero necesita «... para vivir, trabajar y procrear». (William Petty, Political Anatomy of Ireland, 1672, p. 64.) «El precio del trabajo está constituido siempre por el precio de los artículos de primera necesidad.» El obrero no recibe el salario correspondiente «siempre que ... el salario del trabajador no alcance para mantener, conforme a su bajo rango y condición de trabajador, una familia tan numerosa como la que a menudo les toca tener a muchos de ellos». (J. Vanderlint, l. c., p. 15.) «El simple obrero, que no tiene más que sus brazos y su industria, no tiene nada salvo en la medida en que consigue vender a otros su esfuerzo ... En todo género de trabajo tiene que ocurrir, y ocurre en efecto, que el salario del obrero se limita a lo que le es necesario para procurarse la subsistencia.» (Turgot, Réflexions etc., Œuvres, ed. Daire, t. I, p. 10.) «El precio de los artículos de primera necesidad es, de hecho, el coste de producir trabajo.» (Malthus, Inquiry into etc. Rent, Londres, 1815, p. 48, nota.) ↩
«Cuando se perfeccionan las artes, lo cual no es otra cosa que el descubrimiento de nuevos caminos por los que pueda acabarse una manufactura con menos gente o (lo que es lo mismo) en menos tiempo que antes.» (Galiani, l. c., pp. 158-159.) «El ahorro en los gastos de producción no puede ser otra cosa que el ahorro en la cantidad de trabajo empleado para producir.» (Sismondi, Études etc., t. I, p. 22.) ↩
«Si el fabricante, mejorando la maquinaria, duplica sus productos ..., solo gana (a fin de cuentas) en la medida en que con ello se ve capacitado para vestir más barato al obrero ..., y así recae sobre el obrero una parte menor del producto total.» (Ramsay, l. c., pp. 168-169.) ↩
«El beneficio de un hombre no depende de su dominio sobre el producto del trabajo de otros hombres, sino de su dominio sobre el trabajo mismo. Si puede vender sus mercancías a un precio más alto mientras los salarios de sus obreros permanecen inalterados, es evidente que sale ganando ... Una proporción menor de lo que produce basta para poner en movimiento ese trabajo, y en consecuencia le queda a él una proporción mayor.» (Outlines of Polit. Econ., Londres, 1832, pp. 49-50.) ↩
«Si mi vecino, haciendo mucho con poco trabajo, puede vender barato, yo tengo que ingeniármelas para vender tan barato como él. De modo que todo arte, oficio o máquina que hace el trabajo con la labor de menos manos y, por consiguiente, más barato, engendra en los demás una especie de necesidad y de emulación, ya sea de usar el mismo arte, oficio o máquina, ya de inventar algo semejante, para que todos estén en pie de igualdad y nadie pueda vender más barato que su vecino.» (The Advantages of the East-India Trade to England, Londres, 1720, p. 67.) ↩
«En la proporción en que disminuyan los gastos de un trabajador, en esa misma proporción disminuirá su salario, si al mismo tiempo se suprimen las trabas a la industria.» (Considerations concerning taking off the Bounty on Corn exported etc., Londres, 1753, p. 7.) «El interés del comercio exige que el trigo y todas las provisiones sean lo más baratos posible; pues lo que los encarezca tiene que encarecer también el trabajo ... en todos los países donde la industria no está trabada, el precio de las provisiones tiene que influir en el precio del trabajo. Este disminuirá siempre que los artículos de primera necesidad se abaraten.» (L. c., p. 3.) «Los salarios disminuyen en la misma proporción en que aumentan las fuerzas productivas. Es cierto que la maquinaria abarata los artículos de primera necesidad, pero también abarata al trabajador.» (A Prize Essay on the comparative merits of Competition and Cooperation, Londres, 1834, p. 27.) ↩
«Convienen en que, cuanto más se pueda ahorrar, sin perjuicio, en gastos o en trabajos costosos en la fabricación de las obras de los artesanos, tanto más provechoso es ese ahorro por la disminución de los precios de esas obras. Sin embargo, creen que la producción de riqueza que resulta de los trabajos de los artesanos consiste en el aumento del valor venal de sus obras.» (Quesnay, Dialogues sur le Commerce et sur les Travaux des Artisans, pp. 188-189.) ↩
«Esos especuladores tan ahorradores del trabajo de los obreros que tendrían que pagar.» (J. N. Bidaut, Du Monopole qui s'établit dans les arts industriels et le commerce, París, 1828, p. 13.) «El patrono se desvivirá siempre por economizar tiempo y trabajo.» (Dugald Stewart, Works, ed. de sir W. Hamilton, vol. VIII, Edimburgo, 1855, Lectures on Polit. Econ., p. 318.) «Su» (de los capitalistas) «interés está en que las fuerzas productivas de los trabajadores que emplean sean lo mayores posible. En promover esa fuerza tienen puesta su atención, y casi exclusivamente puesta.» (R. Jones, l. c., Lecture III.) ↩
«Sin duda hay una gran diferencia entre el valor del trabajo de un hombre y el de otro por la fuerza, la destreza y la aplicación honrada. Pero estoy completamente seguro, por mi mejor observación, de que cinco hombres cualesquiera suministrarán en conjunto una cantidad de trabajo igual a la de otros cinco cualesquiera dentro de los períodos de la vida que he indicado; es decir, que entre esos cinco hombres habrá uno que posea todas las cualidades de un buen trabajador, uno malo, y los otros tres medianos, que se aproximarán al primero y al último. De modo que en un pelotón tan pequeño como el de solo cinco hallaréis el complemento íntegro de todo lo que cinco hombres pueden ganar.» (E. Burke, l. c., pp. 15-16.) Cf. Quételet sobre el individuo medio. ↩
El señor profesor Roscher pretende haber descubierto que una costurera a la que la señora profesora emplea durante dos días suministra más trabajo que dos costureras a las que la señora profesora emplea el mismo día. Que el señor profesor no haga sus observaciones sobre el proceso de producción capitalista en el cuarto de los niños, ni en circunstancias en que falta el personaje principal: el capitalista. ↩
«Concours de forces» [concurso de fuerzas]. (Destutt de Tracy, l. c., p. 80.) ↩
«Hay numerosas operaciones de índole tan simple que no admiten división en partes, y que no pueden realizarse sin la cooperación de muchos pares de manos. Por ejemplo, subir un árbol grande a una carreta ...; en suma, todo lo que no puede hacerse si muchos pares de manos no se ayudan mutuamente en la misma ocupación indivisa y al mismo tiempo.» (E. G. Wakefield, A View of the Art of Colonization, Londres, 1849, p. 168.) ↩
«Mientras que un hombre no puede, y 10 hombres tienen que esforzarse, para levantar una tonelada de peso, cien hombres pueden hacerlo con solo la fuerza de un dedo de cada uno.» (John Bellers, Proposals for raising a colledge of industry, Londres, 1696, p. 21.) ↩
«Hay también» (cuando el mismo número de obreros es empleado por un arrendatario en 300 acres, en lugar de por 10 arrendatarios en 30 acres cada uno) «una ventaja en la proporción de criados que no entenderán fácilmente sino los hombres prácticos; pues es natural decir que como 1 es a 4, así son 3 a 12; pero esto no se sostiene en la práctica; pues en el tiempo de la cosecha y en muchas otras operaciones que requieren esa clase de premura, juntando muchas manos el trabajo se hace mejor y con más rapidez: por ejemplo, en la cosecha, 2 carreteros, 2 cargadores, 2 horquilleros, 2 rastrilladores y el resto en la hacina o en el granero despacharán el doble de trabajo que el mismo número de manos repartidas en cuadrillas distintas, en granjas distintas.» (An Enquiry into the Connection between the present price of provisions and the size of farms. By a Farmer, Londres, 1773, pp. 7-8.) ↩
La definición de Aristóteles es propiamente que el hombre es por naturaleza ciudadano. Es tan característica de la Antigüedad clásica como la definición de Franklin, según la cual el hombre es por naturaleza fabricante de instrumentos, lo es del yanquismo. ↩
«Hay que señalar además que esta división parcial del trabajo puede darse aun cuando los obreros estén ocupados en una misma tarea. Unos albañiles, por ejemplo, ocupados en hacer pasar de mano en mano unos ladrillos hasta un andamio superior, hacen todos la misma tarea, y sin embargo existe entre ellos una especie de división del trabajo, que consiste en que cada uno de ellos hace pasar el ladrillo por un espacio dado, y en que todos juntos lo hacen llegar mucho más deprisa al lugar señalado de lo que lo harían si cada uno de ellos llevara su ladrillo por separado hasta el andamio superior.» (F. Skarbek, Théorie des richesses sociales, 2.ª ed., París, 1839, t. I, pp. 97-98.) ↩
«¿Se trata de ejecutar un trabajo complicado? Varias cosas han de hacerse simultáneamente. Uno hace una mientras otro hace otra, y todos contribuyen al efecto que un hombre solo no habría podido producir. Uno rema mientras otro lleva el timón y un tercero echa la red o arponea el pez, y la pesca tiene un éxito imposible sin este concurso.» (Destutt de Tracy, l. c., p. 78.) ↩
«Hacerlo» (el trabajo en la agricultura) «en el momento crítico es de tanto mayor consecuencia.» (An Inquiry into the Connection between the present price etc., p. 7.) «En la agricultura no hay factor más importante que el factor tiempo.» (Liebig, Über Theorie und Praxis in der Landwirthschaft, 1856, p. 23.) ↩
«El siguiente mal es uno que difícilmente esperaría uno encontrar en un país que exporta más trabajo que ningún otro del mundo, con la excepción quizá de China e Inglaterra: la imposibilidad de procurarse un número suficiente de brazos para limpiar el algodón. La consecuencia es que grandes cantidades de la cosecha quedan sin recoger, mientras que otra parte se recoge del suelo cuando ya ha caído y está, naturalmente, descolorida y en parte podrida, de modo que, por falta de mano de obra en la estación adecuada, el cultivador se ve realmente obligado a resignarse a la pérdida de una gran parte de esa cosecha que Inglaterra espera con tanta ansiedad.» (Bengal Hurkaru. Bi-Monthly Overland Summary of News, 22 de julio de 1861.) ↩
«Con el progreso del cultivo, todo el capital y el trabajo, y quizá más que todo, que antes ocupaban de manera dispersa 500 acres, se concentran ahora en la labranza más completa de 100.» Aunque, «en relación con el monto de capital y trabajo empleado, el espacio se ha concentrado, es una esfera de producción ampliada, comparada con la esfera de producción que antes ocupaba o trabajaba un solo agente de producción independiente». (R. Jones, An Essay on the Distribution of Wealth, On Rent, Londres, 1831, p. 191.) ↩
«La fuerza de cada hombre es mínima, pero la reunión de las fuerzas mínimas forma una fuerza total mayor incluso que la suma de esas mismas fuerzas, de modo que las fuerzas, por el solo hecho de estar reunidas, pueden disminuir el tiempo y aumentar el espacio de su acción.» (G. R. Carli, nota a P. Verri, l. c., t. XV, p. 196.) ↩
«Los beneficios ... son el único fin del comercio.» (J. Vanderlint, l. c., p. 11.) ↩
Un periódico filisteo inglés, el Spectator del 26 de mayo de 1866, cuenta que, tras introducirse una especie de sociedad entre capitalista y obreros en la wirework company of Manchester [compañía de trefilería de Manchester], «... el primer resultado fue una repentina disminución del desperdicio, pues los hombres no veían por qué habían de desperdiciar su propia propiedad más que la de cualquier otro patrono, y el desperdicio es quizá, junto a las deudas incobrables, la mayor fuente de pérdidas en las fábricas». El mismo periódico descubre como defecto fundamental de los Rochdale cooperative experiments [experimentos cooperativos de Rochdale]: «Demostraron que las asociaciones de obreros podían llevar con éxito tiendas, fábricas y casi todas las formas de industria, y mejoraron inmensamente la condición de los hombres, pero ¡es que no dejaban un sitio claro para los patronos!». («Demostraron que las asociaciones obreras pueden manejar con éxito tiendas, fábricas y casi todas las formas de la industria, y mejoraron extraordinariamente la situación de la propia gente; pero, ¡ay!, ¡ay!, no dejaban ningún sitio visible para los capitalistas.» Quelle horreur! [¡Qué horror!]) ↩
Después de haber presentado la superintendence of labour [vigilancia del trabajo] como un rasgo principal de la producción esclavista en los estados del sur de Norteamérica, el profesor Cairnes prosigue: «El campesino propietario» (del Norte), «que se apropia todo el producto de su suelo, no necesita ningún otro estímulo para el esfuerzo. La vigilancia se hace aquí completamente innecesaria». (Cairnes, l. c., pp. 48-49.) ↩
Sir James Steuart, que se distingue en general por tener una mirada abierta para las diferencias sociales características de los diversos modos de producción, observa: «¿Por qué arruinan a la industria privada las grandes empresas del ramo manufacturero, sino porque se acercan más a la simplicidad de los esclavos?». (Princ. of Pol. Econ., Londres, 1767, vol. I, pp. 167-168.) ↩
Auguste Comte y su escuela habrían podido demostrar, por tanto, del mismo modo la necesidad eterna de los señores feudales, como lo han hecho con la de los señores del capital. ↩
R. Jones, Text-book of Lectures etc., pp. 77-78. Las colecciones asirias antiguas, egipcias, etc., de Londres y de otras capitales europeas nos convierten en testigos oculares de aquellos procesos de trabajo cooperativos. ↩
Linguet, en su Théorie des Lois civiles, quizá no ande desencaminado cuando declara que la caza es la primera forma de la cooperación, y la caza de hombres (la guerra), una de las primeras formas de la caza. ↩
La pequeña economía campesina y la explotación artesanal independiente, que en parte constituyen la base del modo de producción feudal y en parte aparecen junto a la explotación capitalista tras la disolución de aquel, constituyen a la vez la base económica de las comunidades clásicas en su mejor época, después de haberse disuelto la propiedad común originariamente oriental y antes de que la esclavitud se haya apoderado seriamente de la producción. ↩
«¿No es la habilidad, la laboriosidad y la emulación unidas de muchos juntos en la misma obra el camino para hacerla avanzar? ¿Y habría sido posible de otro modo que Inglaterra llevara su manufactura de lana a tan gran perfección?» (Berkeley, The Querist, Londres, 1750, p. 56, § 521.) ↩
Para citar un ejemplo más moderno de este modo de formarse la manufactura, he aquí la cita siguiente. La hilatura y la tejeduría de seda de Lyon y Nîmes «... es completamente patriarcal; emplea a muchas mujeres y niños, pero sin agotarlos ni corromperlos; los deja en sus hermosos valles del Drôme, del Var, del Isère, de Vaucluse, para criar allí gusanos y devanar sus capullos; nunca entra en una verdadera fábrica. Para observarse tan bien ..., el principio de la división del trabajo adquiere aquí un carácter especial. Hay ciertamente devanadoras, torcedores, tintoreros, encoladores y luego tejedores; pero no están reunidos en un mismo establecimiento ni dependen de un mismo patrón; todos son independientes». (A. Blanqui, Cours d'Écon. Industrielle, recogido por A. Blaise, París, 1838-1839, p. 79.) Desde que Blanqui escribió esto, los diversos obreros independientes se han reunido en parte en fábricas. [A la 4.ª ed.: Y desde que Marx escribió lo anterior, el telar mecánico se ha implantado en esas fábricas y desplaza rápidamente al telar manual. La industria sedera de Krefeld también sabe algo de esto. — F. E.] ↩
«Cuanto más se distribuya y asigne a distintos artífices una manufactura de mucha variedad, tanto mejor y con mayor rapidez habrá de hacerse necesariamente, con menos pérdida de tiempo y de trabajo.» (The Advantages of the East India Trade, Londres, 1720, p. 71.) ↩
«El trabajo fácil es habilidad transmitida.» (Th. Hodgskin, Popular Political Economy, p. 48.) ↩
«También las artes han llegado en Egipto ... al grado debido de perfección. Pues solo en este país no pueden los artesanos inmiscuirse en absoluto en los asuntos de otra clase de ciudadanos, sino únicamente ejercer la profesión que por ley corresponde hereditariamente a su linaje ... En otros pueblos se encuentra que los menestrales reparten su atención entre demasiados objetos ... Tan pronto prueban suerte con la agricultura como se meten en negocios comerciales, o se ocupan de dos o tres artes a la vez. En los Estados libres acuden la mayoría de las veces a las asambleas populares ... En Egipto, en cambio, todo artesano incurre en graves penas si se mezcla en los asuntos del Estado o ejerce varias artes a la vez. Así nada puede perturbar su diligencia profesional ... Además, como han recibido de sus antepasados muchas reglas, se afanan en descubrir nuevas ventajas.» (Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, l. I, c. 74.) ↩
Historical and descriptive Account of Brit. India etc., por Hugh Murray, James Wilson, etc., Edimburgo, 1832, vol. II, pp. 449-450. El telar indio es de lizos altos, es decir, la urdimbre está tendida verticalmente. ↩
Darwin observa en su obra, que hace época, El origen de las especies, refiriéndose a los órganos naturales de las plantas y los animales: «Mientras un mismo órgano tiene que realizar trabajos diversos, quizá pueda hallarse una razón de su variabilidad en que la selección natural conserva o suprime cada pequeña desviación de la forma con menos cuidado que si ese mismo órgano estuviera destinado a un único fin particular. Así, unos cuchillos destinados a cortar toda clase de cosas pueden tener en conjunto más o menos una misma forma, mientras que una herramienta destinada a un solo uso tiene que tener también otra forma para cada uso distinto». ↩
Ginebra produjo en 1854 80.000 relojes, ni siquiera la quinta parte de la producción relojera del cantón de Neuchâtel. Solo La Chaux-de-Fonds, que puede considerarse una única manufactura de relojes, suministra anualmente el doble que Ginebra. De 1850 a 1861, Ginebra suministró 720.000 relojes. Véase «Report from Geneva on the Watch Trade», en Reports by H. M.'s Secretaries of Embassy and Legation on the Manufactures, Commerce etc., n.º 6, 1863. Si la falta de conexión entre los procesos en que se descompone la producción de obras meramente ensambladas dificulta mucho de por sí la transformación de tales manufacturas en la explotación mecánica de la gran industria, en el caso del reloj se añaden otros dos obstáculos: la pequeñez y delicadeza de sus elementos y su carácter de artículo de lujo, y por tanto su variedad, de modo que, por ejemplo, en las mejores casas de Londres apenas se hace en todo el año una docena de relojes que se parezcan. La fábrica de relojes de Vacheron & Constantin, que emplea con éxito maquinaria, suministra a lo sumo 3 o 4 variedades distintas de tamaño y forma. ↩
En la relojería, ese ejemplo clásico de manufactura heterogénea, puede estudiarse con mucha exactitud la diferenciación y especialización de los instrumentos de trabajo antes mencionada, que surge de la descomposición de la actividad artesanal. ↩
«En una convivencia tan estrecha de la gente, el acarreo tiene que ser necesariamente menor.» (The Advantages of the East India Trade, p. 106.) ↩
«El aislamiento de las distintas fases de la manufactura, consecuencia del empleo del trabajo manual, aumenta enormemente el coste de producción, y la pérdida procede principalmente de los meros traslados de un proceso a otro.» (The Industry of Nations, Londres, 1855, parte II, p. 200.) ↩
«Ella» (la división del trabajo) «produce también un ahorro de tiempo, al separar el trabajo en sus distintas ramas, todas las cuales pueden llevarse a ejecución en el mismo momento ... Al realizar a la vez todos los distintos procesos que un individuo habría tenido que ejecutar por separado, se hace posible producir, por ejemplo, una multitud de alfileres completamente acabados en el mismo tiempo en que, de otro modo, un solo alfiler habría podido ser cortado o aguzado.» (Dugald Stewart, l. c., p. 319.) ↩
«Cuanta más variedad de artífices haya en cada manufactura ..., mayor es el orden y la regularidad de cada obra; esta tiene que hacerse necesariamente en menos tiempo, y el trabajo tiene que ser menor.» (The Advantages etc., p. 68.) ↩
Sin embargo, la explotación manufacturera solo alcanza imperfectamente este resultado en muchas ramas, porque no sabe controlar con seguridad las condiciones químicas y físicas generales del proceso de producción. ↩
«Una vez que la experiencia, según la naturaleza particular de los productos de cada manufactura, ha enseñado tanto la manera más ventajosa de dividir la fabricación en operaciones parciales como el número de obreros necesario para ella, todos los establecimientos que no empleen un múltiplo exacto de ese número fabricarán con más costes ... Esta es una de las causas de la extensión colosal de los establecimientos industriales.» (Ch. Babbage, On the Economy of Machinery, Londres, 1832, cap. XXI, pp. 172-173.) ↩
En Inglaterra el horno de fusión está separado del horno de vidrio en que se trabaja el vidrio; en Bélgica, por ejemplo, el mismo horno sirve para ambos procesos. ↩
Puede verse esto, entre otros, en W. Petty, John Bellers, Andrew Yarranton, The Advantages of the East-India Trade y J. Vanderlint. ↩
Todavía a finales del siglo XVI Francia se sirve de morteros y cribas para triturar y lavar el mineral. ↩
Toda la historia del desarrollo de la maquinaria puede seguirse en la historia de los molinos de cereal. La fábrica se sigue llamando en inglés mill [molino]. En escritos tecnológicos alemanes de los primeros decenios del siglo XIX se encuentra todavía la expresión Mühle [molino] no solo para toda maquinaria movida por fuerzas naturales, sino incluso para todas las manufacturas que emplean aparatos de tipo mecánico. ↩
Como se verá con más detalle en el libro cuarto de esta obra, A. Smith no estableció ni una sola tesis nueva sobre la división del trabajo. Pero lo que lo caracteriza como el economista político que resume el período manufacturero es el acento que pone en la división del trabajo. El papel subordinado que asigna a la maquinaria provocó al comienzo de la gran industria la polémica de Lauderdale, y en una época más desarrollada la de Ure. A. Smith confunde también la diferenciación de los instrumentos, en la que los propios obreros parciales de la manufactura fueron muy activos, con la invención de máquinas. No son los obreros de la manufactura, sino sabios, artesanos e incluso campesinos (Brindley), etc., los que desempeñan aquí un papel. ↩
«Dividiendo la obra en varias operaciones distintas, cada una de las cuales requiere distintos grados de destreza y de fuerza, el dueño de la manufactura puede procurarse exactamente la cantidad de fuerza y destreza que corresponde a cada operación. Si, en cambio, toda la obra hubiera de hacerla un solo obrero, el mismo individuo tendría que poseer destreza suficiente para las operaciones más delicadas y fuerza suficiente para las más penosas.» (Ch. Babbage, l. c., cap. XIX.) ↩
Por ejemplo, desarrollo unilateral de los músculos, deformación de los huesos, etc. ↩
Muy acertadamente contesta el señor Wm. Marshall, general manager [director general] de una manufactura de vidrio, a la pregunta del comisario investigador sobre cómo se mantiene la laboriosidad entre los muchachos empleados: «No pueden descuidar su trabajo; una vez que empiezan, tienen que seguir; son exactamente igual que piezas de una máquina». (Child. Empl. Comm., Fourth Report, 1865, p. 247.) ↩
El doctor Ure, en su apoteosis de la gran industria, percibe los rasgos peculiares de la manufactura con más agudeza que economistas anteriores, que no tenían su interés polémico, e incluso que sus contemporáneos, por ejemplo Babbage, que le es ciertamente superior como matemático y como mecánico, pero que en realidad solo concibe la gran industria desde el punto de vista de la manufactura. Ure observa: «La adscripción de los obreros a cada operación especial constituye la esencia de la distribución de los trabajos». Por otra parte, designa esta distribución como «adaptación de los trabajos a las distintas capacidades individuales» y caracteriza, por último, todo el sistema manufacturero como «un sistema de gradaciones según el rango de la habilidad», como «una división del trabajo según los distintos grados de destreza», etc. (Ure, Philos. of Manuf., pp. 19-23 passim.) ↩
«Cada artesano, al ser ... capacitado para perfeccionarse con la práctica en un solo punto, se convirtió en ... un obrero más barato.» (Ure, l. c., p. 19.) ↩
«La división del trabajo avanza desde la separación de las profesiones más diversas hasta aquella división en que varios obreros se reparten la confección de un único y mismo producto, como en la manufactura.» (Storch, Cours d'Écon. Pol., edición de París, t. I, p. 173.) «En los pueblos que han llegado a cierto grado de civilización encontramos tres géneros de división de la industria: la primera, que llamamos general, lleva a distinguir a los productores en agricultores, manufactureros y comerciantes, y corresponde a las tres ramas principales de la industria nacional; la segunda, que podría llamarse especial, es la división de cada género de industria en especies ...; la tercera división de la industria, la que, por último, debería calificarse de división de la tarea o del trabajo propiamente dicho, es la que se establece en las artes y los oficios separados ..., la que se establece en la mayoría de las manufacturas y los talleres.» (Skarbek, l. c., pp. 84-85.) ↩
[Nota a la 3.ª ed.: Estudios posteriores muy a fondo de los estados primitivos de la humanidad llevaron al autor a la conclusión de que originariamente no fue la familia la que se desarrolló hasta formar la tribu, sino, a la inversa, que la tribu era la forma originaria y espontánea de la socialización humana basada en el parentesco de sangre, de modo que solo más tarde, a partir de la incipiente disolución de los lazos tribales, se desarrollaron las muy diversas formas de la familia. — F. E.] ↩
Sir James Steuart es quien mejor ha tratado este punto. Cuán poco conocida es hoy su obra, que apareció 10 años antes de la Wealth of Nations, se ve, entre otras cosas, en que los admiradores de Malthus ni siquiera saben que este, en la primera edición de su escrito sobre la Population, aparte de la parte puramente declamatoria, apenas copia otra cosa que a Steuart, además de a los curas Wallace y Townsend. ↩
«Hay una cierta densidad de población que es conveniente tanto para el trato social como para aquella combinación de fuerzas por la que se aumenta el producto del trabajo.» (James Mill, l. c., p. 50.) «A medida que aumenta el número de trabajadores, la fuerza productiva de la sociedad aumenta en la razón compuesta de ese aumento, multiplicada por los efectos de la división del trabajo.» (Th. Hodgskin, l. c., p. 120.) ↩
A consecuencia de la gran demanda de algodón desde 1861, en algunos distritos de las Indias Orientales, por lo demás muy poblados, se amplió la producción de algodón a costa de la de arroz. Se produjo por ello una hambruna parcial, porque, por falta de medios de comunicación y, por tanto, de conexión física, la merma de arroz en un distrito no pudo compensarse con aportes de otros distritos. ↩
Así, la fabricación de lanzaderas de tejedor constituía ya durante el siglo XVII una rama industrial particular en Holanda. ↩
«¿No está dividida la manufactura de lana de Inglaterra en varias partes o ramas asignadas a lugares particulares, donde se fabrican únicamente o principalmente: paños finos en Somersetshire, bastos en Yorkshire, long ells en Exeter, sedas en Sudbury, crespones en Norwich, linseys en Kendal, mantas en Whitney, y así sucesivamente?» (Berkeley, The Querist, 1750, § 520.) ↩
A. Ferguson, History of Civil Society, Edimburgo, 1767, parte IV, secc. II, p. 285. ↩
En las manufacturas propiamente dichas, dice, la división del trabajo parece mayor porque «... los empleados en cada rama distinta del trabajo pueden reunirse a menudo en el mismo obrador y quedar a la vez a la vista del espectador. En aquellas grandes manufacturas (!), en cambio, que están destinadas a satisfacer las grandes necesidades del grueso del pueblo, cada rama distinta del trabajo emplea a un número tan grande de obreros que es imposible reunirlos a todos en el mismo obrador ... la división no es ni de lejos tan evidente». (A. Smith, Wealth of Nations, lib. I, cap. I.) El famoso pasaje del mismo capítulo que empieza con las palabras: «Observad las comodidades del artesano o jornalero más común en un país civilizado y próspero, etc.», y que luego describe cuán innumerables y variados oficios cooperan para satisfacer las necesidades de un obrero corriente, está copiado casi literalmente de las Remarks de B. de Mandeville a su Fable of the Bees, or, Private Vices, Publick Benefits. (Primera edición, sin las Remarks, 1705; con las Remarks, 1714.) ↩
«Ya no hay nada que podamos llamar la recompensa natural del trabajo individual. Cada trabajador produce solo una parte de un todo, y como cada parte no tiene por sí misma valor ni utilidad, no hay nada de lo que el trabajador pueda apoderarse y decir: este es mi producto, esto me lo quedo para mí.» (Labour defended against the claims of Capital, Londres, 1825, p. 25.) El autor de este excelente escrito es Th. Hodgskin, ya citado. ↩
Nota a la 2.ª edición. Esta diferencia entre la división social y la división manufacturera del trabajo se les ilustró prácticamente a los yanquis. Uno de los impuestos ideados en Washington durante la guerra civil fue el impuesto especial del 6 % sobre «todos los productos industriales». Pregunta: ¿qué es un producto industrial? Respuesta del legislador: una cosa está producida «cuando está hecha» (when it is made), y está hecha cuando está lista para la venta. Veamos un ejemplo entre muchos. Algunas manufacturas de Nueva York y Filadelfia «hacían» antes paraguas con todos sus accesorios. Pero como un paraguas es un mixtum compositum de componentes completamente heterogéneos, estos fueron convirtiéndose poco a poco en obras de ramas de negocio independientes entre sí y establecidas en distintos lugares. Sus productos parciales entraban ahora como mercancías independientes en la manufactura de paraguas, que ya solo los ensambla en un todo. Los yanquis han bautizado esta clase de artículos como assembled articles (artículos reunidos), nombre que merecían sobre todo como lugares de reunión de impuestos. Así, el paraguas «reunía» primero un 6 % de impuesto sobre el precio de cada uno de sus elementos y, otra vez, un 6 % sobre su propio precio total. ↩
«Puede ... establecerse como regla general que cuanto menos preside la autoridad la división del trabajo en el interior de la sociedad, más se desarrolla la división del trabajo en el interior del taller y más sometida está allí a la autoridad de uno solo. Así, la autoridad en el taller y la autoridad en la sociedad, en lo que respecta a la división del trabajo, están en razón inversa la una de la otra.» (Karl Marx, l. c., pp. 130-131.) ↩
Lieut. Col. Mark Wilks, Historical Sketches of the South of India, Londres, 1810-1817, vol. I, pp. 118-120. Una buena recopilación de las distintas formas de la comunidad india se encuentra en Modern India de George Campbell, Londres, 1852. ↩
«Bajo esta forma simple ... han vivido los habitantes del país desde tiempo inmemorial. Los límites de las aldeas rara vez se han alterado, y aunque las propias aldeas han sido a veces dañadas, e incluso asoladas, por la guerra, el hambre y las epidemias, el mismo nombre, los mismos límites, los mismos intereses y hasta las mismas familias han continuado durante siglos. A los habitantes no les preocupan el desmoronamiento y la división de los reinos; mientras la aldea permanezca entera, no les importa a qué poder se transfiere ni a qué soberano pasa; su economía interna permanece inalterada.» (Th. Stamford Raffles, late Lieut. Gov. of Java [antiguo vicegobernador de Java], The History of Java, Londres, 1817, vol. I, p. 285.) ↩
«No basta con que el capital necesario para la subdivisión de los oficios» (debería decir: los medios de subsistencia y de producción necesarios para ello) «se encuentre disponible en la sociedad; es necesario además que esté acumulado en manos de los empresarios en masas lo bastante considerables para capacitarlos para trabajar a gran escala ... Cuanto más aumenta la división, tanto más considerable es el capital en herramientas, materias primas, etc., que exige la ocupación constante de un mismo número de obreros.» (Storch, Cours d'Écon. Polit., ed. de París, t. I, pp. 250-251.) «La concentración de los instrumentos de producción y la división del trabajo son tan inseparables la una de la otra como lo son, en el régimen político, la concentración de los poderes públicos y la división de los intereses privados.» (Karl Marx, l. c., p. 134.) ↩
Dugald Stewart llama a los obreros de la manufactura «... autómatas vivientes ... empleados en los detalles del trabajo». (L. c., p. 318.) ↩
En los corales, cada individuo constituye de hecho el estómago de todo el grupo. Pero le aporta sustancias nutritivas, en lugar de llevárselas, como el patricio romano. ↩
«El obrero que lleva en sus brazos todo un oficio puede ir a cualquier parte a ejercer su industria y encontrar medios de subsistencia; el otro» (el obrero de la manufactura) «no es más que un accesorio que, separado de sus compañeros, ya no tiene ni capacidad ni independencia, y que se ve obligado a aceptar la ley que se juzgue oportuno imponerle.» (Storch, l. c., ed. de Petersburgo, 1815, t. I, p. 204.) ↩
A. Ferguson, l. c., p. 281: «El uno puede haber ganado lo que el otro ha perdido». ↩
«El hombre de saber y el trabajador productivo están muy separados entre sí, y la ciencia, en lugar de aumentar en manos del trabajador sus propias fuerzas productivas para él mismo, se le ha enfrentado casi en todas partes ... El conocimiento se convierte en un instrumento capaz de separarse del trabajo y de oponerse a él.» (W. Thompson, An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, Londres, 1824, p. 274.) ↩
A. Ferguson, l. c., p. 280. ↩
J. D. Tuckett, A History of the Past and Present State of the Labouring Population, Londres, 1846, vol. I, p. 148. ↩
A. Smith, Wealth of Nations, lib. V, cap. I, art. II. Como discípulo de A. Ferguson, que había expuesto las consecuencias perjudiciales de la división del trabajo, A. Smith tenía las cosas completamente claras en este punto. Al comienzo de su obra, donde la división del trabajo se celebra ex professo, solo la apunta de pasada como fuente de las desigualdades sociales. Hasta el libro V, sobre los ingresos del Estado, no reproduce a Ferguson. En Misère de la Philosophie he dicho lo necesario sobre la relación histórica entre Ferguson, A. Smith, Lemontey y Say en su crítica de la división del trabajo, y allí presenté también por primera vez la división manufacturera del trabajo como forma específica del modo de producción capitalista. (L. c., pp. 122 y ss.) ↩
Ferguson dice ya, l. c., p. 281: «Y el pensar mismo, en esta era de separaciones, puede convertirse en un oficio particular». ↩
G. Garnier, t. V de su traducción, pp. 4-5. ↩
Ramazzini, profesor de medicina práctica en Padua, publicó en 1713 su obra De morbis artificum, traducida al francés en 1777 y reimpresa en 1841 en la Encyclopédie des Sciences Médicales. 7me Div. Auteurs Classiques. El período de la gran industria ha aumentado naturalmente mucho su catálogo de enfermedades obreras. Véanse, entre otros, Hygiène physique et morale de l'ouvrier dans les grandes villes en général, et dans la ville de Lyon en particulier, por el doctor A. L. Fonteret, París, 1858, y Die Krankheiten, welche verschiednen Ständen, Altern und Geschlechtern eigenthümlich sind, 6 vols., Ulm, 1840. En 1854 la Society of Arts nombró una comisión investigadora sobre patología industrial. La lista de los documentos reunidos por esta comisión se encuentra en el catálogo del Twickenham Economic Museum. Muy importantes, los Reports on Public Health oficiales. Véase también Eduard Reich, M. D., Ueber die Entartung des Menschen, Erlangen, 1868. ↩
«Subdividir a un hombre es ejecutarlo si merece la sentencia, y asesinarlo si no la merece ... la subdivisión del trabajo es el asesinato de un pueblo.» (D. Urquhart, Familiar Words, Londres, 1855, p. 119.) Hegel tenía opiniones muy heréticas sobre la división del trabajo. «Por hombres cultos pueden entenderse ante todo los que saben hacer todo lo que hacen otros», dice en su Filosofía del derecho. ↩
La cándida creencia en el genio inventivo que el capitalista individual ejercería a priori en la división del trabajo ya solo se encuentra entre profesores alemanes, como, por ejemplo, el señor Roscher, que en agradecimiento dedica «salarios diversos» al capitalista de cuya cabeza de Júpiter brotaría ya acabada la división del trabajo. La mayor o menor aplicación de la división del trabajo depende del largo de la bolsa, no de la grandeza del genio. ↩
Más que A. Smith, escritores anteriores, como Petty o el autor anónimo de Advantages of the East-India Trade, etc., fijan el carácter capitalista de la división manufacturera del trabajo. ↩
Constituyen una excepción entre los modernos algunos escritores del siglo XVIII, como Beccaria y James Harris, que en lo que respecta a la división del trabajo casi no hacen más que repetir a los antiguos. Así, Beccaria: «Cada cual comprueba por experiencia que, aplicando la mano y el ingenio siempre al mismo género de obras y de productos, obtiene de ellos resultados más fáciles, más abundantes y mejores que si cada uno hiciera aisladamente por sí solo todas las cosas que le son necesarias ... Dividiéndose de este modo los hombres, para la utilidad común y privada, en diversas clases y condiciones». (Cesare Beccaria, Elementi di Econ. Pubblica, ed. Custodi, Parte Moderna, t. XI, p. 28.) James Harris, más tarde conde de Malmesbury, célebre por los Diaries sobre su embajada en Petersburgo, dice él mismo en una nota a su Dialogue concerning Happiness, Londres, 1741, reimpreso más tarde en Three Treatises etc., 3.ª ed., Londres, 1772: «Todo el argumento para probar que la sociedad es natural» (es decir, por la «división de las ocupaciones») «está tomado del libro segundo de la República de Platón». ↩
Así, en la Odisea, XIV, 228: «Ἄλλος γάρ τ᾽ ἄλλοισιν ἀνὴρ ἐπιτέρπεται ἔργοις» [pues cada hombre se complace en trabajos distintos], y Arquíloco en Sexto Empírico: «Ἄλλος ἄλλῳ έπ' ἔργῳ καρδίην ἰαίνεται» [cada cual alegra su corazón en una labor distinta]. [(Nota de la traducción.) El griego de esta nota y de las dos siguientes se da como en la 4.ª edición (MEGA II/10), con sus erratas de acentuación y de letra.] ↩
«Πολλ' ήπίστατο ἔργα, κακῶς δ’ ὴπίστατο πάντα» [Sabía muchos oficios, pero todos los sabía mal]. El ateniense se sentía, como productor de mercancías, superior al espartano, porque este podía disponer en la guerra de hombres, pero no de dinero, como Tucídides hace decir a Pericles en el discurso en que incita a los atenienses a la guerra del Peloponeso: «Σῶμασί τε ἑτοιμότεροι οἱ αὐτουγοὶ τῶν ἀνθρῶπων ἢ χρήμασι πολεμεῖν» [los que trabajan con sus propias manos están más dispuestos a hacer la guerra con sus cuerpos que con su dinero]. (Tucídides, l. I, c. 141.) Sin embargo, su ideal, también en la producción material, siguió siendo la αὐτάρκεια [autarquía], que se opone a la división del trabajo, «παρ’ ὧν γὰρ τὸ εὖ, παρὰ τούτων καὶ τὸ αὕταρκες» [pues de quienes procede el bienestar procede también la independencia]. Hay que tener en cuenta que todavía en la época de la caída de los Treinta Tiranos no había 5.000 atenienses sin propiedad de la tierra. ↩
Platón desarrolla la división del trabajo dentro de la comunidad a partir de la multiplicidad de las necesidades y la unilateralidad de las aptitudes de los individuos. Su punto de vista principal es que el obrero tiene que ajustarse a la obra, y no la obra al obrero, lo que es inevitable si ejerce varias artes a la vez, es decir, una u otra como ocupación accesoria. «Οὐ γὰρ οἶμαι ἐθέλει τὸ πραττόμενον τὴν τοῦ πράττοντος σχολὴν περιμένειν, ἀλλ’ ἀνάγκη τὸν πράττοντα τῷ πραττομένῳ ἐπακολουθεῖν μὴ ἐν παρέργου μέρει. – Ἀνάγκη. – Ἐκ δὴ τούτων πλείω τε ἕκαστα γίγνεται καὶ κάλλιον καὶ ῥᾷον, ὅταν εἷς ἓν κατὰ φύσιν καὶ ἐν καιρῷ, σχολὴν τῶν ἄλλων ἄγων, πράττῃ» [Pues no creo que la obra quiera esperar al ocio de quien la hace, sino que es necesario que quien la hace atienda a la obra, y no como ocupación accesoria. – Es necesario. – De ahí se sigue que se producen más cosas, mejores y con más facilidad cuando uno solo hace una sola cosa, conforme a su naturaleza y en el momento oportuno, libre de las demás ocupaciones]. (De Republica, II, 2.ª ed., Baiter, Orelli, etc.) Algo parecido en Tucídides, l. c., c. 142: «La navegación es un arte como cualquier otro, y no puede ejercerse como ocupación accesoria cuando se presenta la ocasión; antes bien, ninguna otra cosa puede ejercerse como ocupación accesoria junto a ella». Si la obra, dice Platón, tiene que esperar al obrero, a menudo se pierde el momento crítico de la producción y la obra se echa a perder: «ἔργου καιρὸς βιόλλυται» [se pierde el momento oportuno de la obra; la MEW lee «καιρὸν διόλλυται»]. La misma idea platónica vuelve a encontrarse en la protesta de los propietarios de blanqueos ingleses contra la cláusula de la ley fabril que fija una hora de comida determinada para todos los obreros. Su negocio, decían, no podía ajustarse a los obreros, pues «en las diversas operaciones de chamuscado, lavado, blanqueo, calandrado, prensado y teñido, ninguna puede detenerse en un momento dado sin riesgo de daño ... imponer la misma hora de comida a todos los trabajadores podría exponer ocasionalmente mercancías valiosas al riesgo de perderse por operaciones incompletas». Le platonisme où va-t-il se nicher! [¡Hasta dónde irá a anidar el platonismo!] ↩
Jenofonte cuenta que no solo era honroso recibir manjares de la mesa del rey de Persia, sino que esos manjares eran también mucho más sabrosos que otros. «Y esto no tiene nada de extraño, pues así como las demás artes están especialmente perfeccionadas en las grandes ciudades, así también los manjares reales se preparan de manera muy particular. Pues en las ciudades pequeñas un mismo hombre hace camas, puertas, arados, mesas; a menudo construye además casas, y se da por contento si así encuentra una clientela suficiente para su sustento. Es del todo imposible que un hombre que hace tantas cosas las haga todas bien. Pero en las grandes ciudades, donde cada uno encuentra muchos compradores, basta también un oficio para alimentar a un hombre. Es más, a menudo ni siquiera hace falta un oficio entero, sino que uno hace zapatos de hombre y otro de mujer. Aquí y allá uno vive solo de coser, otro de cortar los zapatos; uno solo corta la ropa, otro no hace más que juntar las piezas. Es necesario, pues, que quien realiza el trabajo más simple lo haga también, sin duda, mejor que nadie. Lo mismo ocurre con el arte de cocinar.» (Jenofonte, Ciropedia, l. VIII, c. 2.) Aquí se fija exclusivamente la calidad que ha de alcanzar el valor de uso, aunque ya Jenofonte sabe que la escala de la división del trabajo depende de la extensión del mercado. ↩
«Él» (Busiris) «dividió a todos en castas particulares ... ordenó que siempre los mismos ejercieran las mismas ocupaciones, porque sabía que quienes cambian de ocupación no llegan a dominar a fondo ningún oficio, mientras que quienes permanecen constantemente en las mismas ocupaciones llevan cada una a la máxima perfección. Y, en efecto, hallaremos también que en lo tocante a las artes y los oficios han aventajado a sus rivales más de lo que el maestro aventaja al chapucero, y que en lo tocante a las instituciones con que conservan la monarquía y el resto de la constitución del Estado son tan excelentes que los filósofos célebres que han emprendido hablar de ello han alabado la constitución de Egipto por encima de las demás.» (Isócrates, Busiris, c. 8.) ↩
Cf. Diodoro Sículo. ↩
Ure, l. c., p. 20. ↩
Lo dicho en el texto vale mucho más para Inglaterra que para Francia, y más para Francia que para Holanda. ↩
«It is questionable, if all the mechanical inventions yet made have lightened the day's toil of any human being». Mill debería haber dicho «of any human being not fed by other people's labour» [de un solo ser humano que no se alimente del trabajo de otros], pues la maquinaria ha aumentado sin duda mucho el número de los distinguidos ociosos. ↩
Véase, por ejemplo, el Course of Mathematics de Hutton. ↩
«Desde este punto de vista puede trazarse también una frontera nítida entre herramienta y máquina: pala, martillo, cincel, etc., mecanismos de palanca y de tornillo, para los que, por ingeniosos que sean, la fuerza motriz es el hombre…, todo esto cae bajo el concepto de herramienta; mientras que el arado, con la fuerza animal que lo mueve, y los molinos de viento, etc., han de contarse entre las máquinas». (Wilhelm Schulz, Die Bewegung der Produktion, Zúrich, 1843, p. 38.) Un escrito digno de elogio en muchos aspectos. ↩
Ya antes de él se emplearon máquinas, aunque muy imperfectas, para el hilado previo [Vorspinnen], probablemente primero en Italia. Una historia crítica de la tecnología mostraría en general cuán poco pertenece a un solo individuo cualquier invento del siglo XVIII. Hasta ahora no existe una obra así. Darwin ha dirigido el interés hacia la historia de la tecnología natural, es decir, hacia la formación de los órganos vegetales y animales como instrumentos de producción para la vida de las plantas y los animales. ¿No merece igual atención la historia de la formación de los órganos productivos del hombre social, de la base material de toda organización social particular? ¿Y no sería más fácil de escribir, puesto que, como dice Vico, la historia humana se distingue de la historia natural en que la una la hemos hecho nosotros y la otra no? La tecnología pone al descubierto el comportamiento activo del hombre frente a la naturaleza, el proceso inmediato de producción de su vida y, con ello, también de sus relaciones sociales de vida y de las representaciones espirituales que brotan de ellas. Incluso toda historia de la religión que haga abstracción de esta base material es… acrítica. En efecto, es mucho más fácil encontrar mediante el análisis el núcleo terrenal de las brumosas formaciones religiosas que, a la inversa, desarrollar a partir de las relaciones reales de vida de cada momento sus formas celestializadas. Este último es el único método materialista y, por tanto, científico. Los defectos del materialismo abstracto de las ciencias naturales, que excluye el proceso histórico, se ven ya en las representaciones abstractas e ideológicas de sus portavoces en cuanto se aventuran fuera de su especialidad. ↩
Sobre todo en la forma originaria del telar mecánico se reconoce a primera vista el viejo telar. En su forma moderna aparece esencialmente modificado. ↩
Solo desde 1850 aproximadamente se fabrica a máquina en Inglaterra una parte cada vez mayor de las herramientas de las máquinas de trabajo, aunque no por los mismos fabricantes que hacen las máquinas mismas. Máquinas para fabricar tales herramientas mecánicas son, por ejemplo, la automatic bobbin-making engine [máquina automática de hacer carretes], la card-setting engine [máquina de montar cardas], las máquinas de hacer lizos y las máquinas de forjar husos de mule y de throstle. ↩
Moisés de Egipto dice: «No pondrás bozal al buey que trilla». Los filántropos cristiano-germánicos, en cambio, ponían al siervo de la gleba al que empleaban como fuerza motriz para moler un gran disco de madera alrededor del cuello, para que no pudiera llevarse harina a la boca con la mano. ↩
En parte la falta de saltos de agua vivos, en parte la lucha contra el exceso de agua por otro lado, obligaron a los holandeses a emplear el viento como fuerza motriz. El propio molino de viento lo recibieron de Alemania, donde este invento provocó una bonita disputa entre la nobleza, los curas y el emperador sobre a cuál de los tres «pertenecía» el viento. El aire hace siervo [Luft macht eigen], se decía en Alemania, mientras que el viento hizo libre a Holanda. Lo que el viento hizo aquí «propio» [eigen] no fue al holandés, sino al suelo para el holandés. Todavía en 1836 se empleaban en Holanda 12.000 molinos de viento de 6.000 caballos de fuerza para impedir que dos terceras partes del país volvieran a convertirse en marisma. ↩
Fue ya muy mejorada, ciertamente, por la primera máquina de vapor de Watt, la llamada de simple efecto, pero en esta forma siguió siendo una simple máquina elevadora de agua y de salmuera. ↩
«La reunión de todos estos instrumentos simples, puestos en movimiento por un solo motor, forma una máquina». (Babbage, l. c.) ↩
En diciembre de 1859, John C. Morton leyó en la Society of Arts un trabajo sobre «las fuerzas empleadas en la agricultura». En él se dice, entre otras cosas: «Toda mejora que favorece la uniformidad del suelo hace la máquina de vapor más aplicable a la producción de fuerza puramente mecánica… Se requiere la fuerza del caballo donde los setos sinuosos y otros obstáculos impiden una acción uniforme. Estos obstáculos desaparecen más cada día. En las operaciones que exigen más ejercicio de la voluntad y menos fuerza real, solo es aplicable la fuerza dirigida minuto a minuto por la mente humana, es decir, la fuerza humana». El señor Morton reduce luego la fuerza del vapor, la fuerza del caballo y la fuerza humana a la unidad de medida habitual en las máquinas de vapor, a saber, la fuerza necesaria para levantar 33.000 libras un pie en un minuto, y calcula el coste de un caballo de vapor en la máquina de vapor en 3 peniques, y en el caballo en 5 1/2 peniques por hora. Además, el caballo, si ha de conservar plenamente su salud, solo puede emplearse 8 horas diarias. Mediante la fuerza del vapor pueden ahorrarse en tierra cultivada, durante todo el año, por lo menos 3 de cada 7 caballos, a un coste no mayor que el de los caballos despedidos durante los 3 o 4 meses en que se utilizan realmente. Por último, en las operaciones agrícolas en que puede emplearse la fuerza del vapor, esta mejora la calidad del trabajo comparada con la fuerza del caballo. Para hacer el trabajo de la máquina de vapor habría que emplear 66 obreros por hora, por 15 chelines en total, y para hacer el de los caballos, 32 hombres, por 8 chelines en total por hora. ↩
Faulhaber, 1625; De Cous, 1688. ↩
El moderno invento de las turbinas libera la explotación industrial de la fuerza hidráulica de muchas barreras anteriores. ↩
«En los primeros tiempos de las manufacturas textiles, el emplazamiento de la fábrica dependía de la existencia de una corriente de agua con desnivel suficiente para mover una rueda hidráulica; y aunque el establecimiento de los molinos de agua fue el comienzo de la desintegración del sistema doméstico de manufactura, los molinos, situados necesariamente junto a corrientes de agua y a menudo a distancias considerables unos de otros, formaban parte de un sistema rural más que urbano; y no fue hasta la introducción de la fuerza del vapor como sustituto de la corriente cuando las fábricas se congregaron en ciudades y en lugares donde se encontraban en cantidad suficiente el carbón y el agua necesarios para producir vapor. La máquina de vapor es la madre de las ciudades fabriles». (A. Redgrave, en Reports of the Insp. of Fact. 30th April 1860, p. 36.) ↩
Desde el punto de vista de la división manufacturera, tejer no era un trabajo artesanal simple, sino más bien complicado, y por eso el telar mecánico es una máquina que ejecuta operaciones muy diversas. En general, es una idea falsa la de que la maquinaria moderna se apoderó originariamente de operaciones que la división manufacturera del trabajo había simplificado. Durante el período manufacturero, la hilatura y la tejeduría se separaron en nuevas variedades y sus herramientas se mejoraron y diversificaron, pero el proceso de trabajo mismo, sin dividirse en modo alguno, siguió siendo artesanal. No es del trabajo, sino del medio de trabajo, de donde parte la máquina. ↩
Antes de la época de la gran industria, la manufactura de la lana era la manufactura dominante en Inglaterra. Por eso fue en ella donde se hicieron la mayoría de los experimentos durante la primera mitad del siglo XVIII. Al algodón, cuya elaboración mecánica exige preparativos menos laboriosos, le sirvieron las experiencias hechas con la lana de oveja, igual que más tarde, a la inversa, la industria mecánica de la lana se desarrolló sobre la base de la hilatura y la tejeduría mecánicas del algodón. Algunos elementos de la manufactura de la lana no se han incorporado al sistema fabril hasta los últimos decenios; por ejemplo, el peinado de la lana. «La aplicación de fuerza mecánica al proceso de peinar la lana…, ampliamente en funcionamiento desde la introducción de la “peinadora”, en especial la de Lister…, tuvo sin duda el efecto de dejar sin trabajo a un número muy grande de hombres. Antes la lana se peinaba a mano, casi siempre en la cottage del peinador. Ahora se peina en general en la fábrica, y el trabajo manual ha sido desplazado, salvo en algunas clases particulares de trabajo en las que todavía se prefiere la lana peinada a mano. Muchos de los peinadores a mano encontraron empleo en las fábricas, pero el producto del peinador a mano guarda una proporción tan pequeña con el de la máquina que ha desaparecido el empleo de un número muy grande de peinadores». (Rep. of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1856, p. 16.) ↩
«El principio del sistema fabril consiste, pues, en sustituir… la división o gradación del trabajo entre los artesanos por la descomposición de un proceso en sus elementos constitutivos esenciales». (Ure, l. c., p. 20.) ↩
El telar mecánico en su primera forma está hecho sobre todo de madera; el perfeccionado, el moderno, de hierro. Hasta qué punto domina al principio la vieja forma del medio de producción su nueva forma lo muestra, entre otras cosas, la comparación más superficial del telar de vapor moderno con el antiguo, de los modernos aparatos de soplado de las fundiciones de hierro con el primer renacimiento mecánico, torpe, del fuelle corriente, y, quizá de manera más contundente que nada, una locomotora ensayada antes de la invención de las actuales, que tenía de hecho dos pies que levantaba alternativamente como un caballo. Solo tras un ulterior desarrollo de la mecánica y una experiencia práctica acumulada llega la forma a estar determinada por completo por el principio mecánico y, por tanto, completamente emancipada de la forma corporal heredada de la herramienta que se transforma en máquina. ↩
La cottongin [desmotadora de algodón] del yanqui Eli Whitney había cambiado hasta los tiempos más recientes, en lo esencial, menos que cualquier otra máquina del siglo XVIII. Solo en los últimos decenios (antes de 1867) otro americano, el señor Emery, de Albany (Nueva York), ha dejado anticuada la máquina de Whitney con una mejora tan sencilla como eficaz. ↩
The Industry of Nations, Londres, 1855, parte II, p. 239. Allí mismo se dice: «Por simple y exteriormente insignificante que pueda parecer este accesorio del torno, creemos no exagerar si afirmamos que su influencia en la mejora y la extensión del uso de la maquinaria ha sido tan grande como la producida por los perfeccionamientos de Watt en la propia máquina de vapor. Su introducción sirvió enseguida para perfeccionar toda la maquinaria, abaratarla y estimular la invención y la mejora». ↩
Una de estas máquinas, en Londres, que sirve para forjar paddle-wheel shafts [ejes de ruedas de paletas], lleva el nombre de «Thor». Forja un eje de 16 1/2 toneladas de peso con la misma facilidad con que el herrero forja una herradura. ↩
Las máquinas que trabajan la madera, que pueden emplearse también en pequeña escala, son en su mayoría invento americano. ↩
(Nota de la traducción.) «Gebild von Menschenhand»: eco de Schiller, Das Lied von der Glocke («La canción de la campana»): «Denn die Elemente hassen / Das Gebild der Menschenhand» («Pues los elementos odian / la obra de la mano humana»). ↩
La ciencia, en general, no le cuesta «nada» al capitalista, lo que no le impide en absoluto explotarla. La ciencia «ajena» se incorpora al capital igual que el trabajo ajeno. Pero la apropiación «capitalista» y la apropiación «personal», ya sea de ciencia o de riqueza material, son cosas completamente dispares. El propio doctor Ure se lamentaba de la burda ignorancia de la mecánica que mostraban sus queridos fabricantes explotadores de máquinas, y Liebig tiene mucho que contar sobre la espeluznante ignorancia de la química de los fabricantes químicos ingleses. ↩
Ricardo enfoca a veces de manera tan preferente este efecto de las máquinas —que, por lo demás, tampoco desarrolla, como no desarrolla la diferencia general entre proceso de trabajo y proceso de valorización— que olvida ocasionalmente el componente de valor que las máquinas ceden al producto y las confunde por completo con las fuerzas naturales. Así, por ejemplo: «Adam Smith no infravalora en ninguna parte los servicios que nos prestan los agentes naturales y la maquinaria, pero distingue muy acertadamente la naturaleza del valor que añaden a las mercancías…: como hacen su trabajo gratuitamente, la ayuda que nos prestan no añade nada al valor de cambio». (Ricardo, l. c., pp. 336-337.) La observación de Ricardo es naturalmente correcta frente a J. B. Say, que se cuenta a sí mismo el disparate de que las máquinas prestan el «servicio» de crear valor, que formaría parte del «beneficio». ↩
[Nota a la 3.ª ed.: Un «caballo de fuerza» equivale a la fuerza de 33.000 pies-libra por minuto, es decir, a la fuerza que levanta 33.000 libras un pie (inglés) en un minuto, o 1 libra 33.000 pies. Este es el caballo de fuerza al que se alude arriba. Pero en el lenguaje comercial corriente, y también aquí y allá en citas de este libro, se distingue entre caballos de fuerza «nominales» y «comerciales» o «indicados» de una misma máquina. El caballo de fuerza antiguo o nominal se calcula exclusivamente a partir de la carrera del émbolo y del diámetro del cilindro, y deja por completo fuera de consideración la presión del vapor y la velocidad del émbolo. Es decir, de hecho dice: esta máquina de vapor tiene, por ejemplo, 50 caballos de fuerza si se la mueve con la misma débil presión de vapor y la misma escasa velocidad del émbolo que en tiempos de Boulton y Watt. Pero estos dos últimos factores han crecido enormemente desde entonces. Para medir la fuerza mecánica que una máquina suministra realmente hoy se inventó el indicador, que señala la presión del vapor. La velocidad del émbolo es fácil de determinar. Así, la medida de los caballos de fuerza «indicados» o «comerciales» de una máquina es una fórmula matemática que tiene en cuenta a la vez el diámetro del cilindro, la longitud de la carrera del émbolo, la velocidad del émbolo y la presión del vapor, y que indica así cuántas veces rinde realmente la máquina 33.000 pies-libra por minuto. Un caballo de fuerza nominal puede, pues, rendir en realidad tres, cuatro y hasta cinco caballos de fuerza indicados o reales. Sirva esto para aclarar diversas citas posteriores. — F. E.] ↩
El lector preso de las ideas capitalistas echará en falta aquí, naturalmente, el «interés» que la máquina, pro rata de su valor de capital, añade al producto. Pero es fácil comprender que la máquina, como no produce valor nuevo, igual que cualquier otro componente del capital constante, no puede añadir ninguno bajo el nombre de «interés». Además, está claro que aquí, donde se trata de la producción de la plusvalía, no puede presuponerse a priori ninguna parte de ella bajo el nombre de «interés». La forma capitalista de calcular, que prima facie parece absurda y contraria a las leyes de la formación del valor, encuentra su explicación en el libro tercero de esta obra. ↩
Este componente de valor añadido por la máquina disminuye, en términos absolutos y relativos, allí donde esta desplaza a los caballos y, en general, a los animales de trabajo que solo se utilizan como fuerza motriz y no como máquinas de metabolismo. Dicho sea de paso, Descartes, con su definición de los animales como meras máquinas, ve con los ojos del período manufacturero, a diferencia de la Edad Media, para la que el animal era el ayudante del hombre, como lo volvió a ser más tarde para el señor von Haller en su Restauración de la ciencia del Estado. Que Descartes, al igual que Bacon, consideraba una forma cambiada de la producción y el dominio práctico de la naturaleza por el hombre como resultado del método de pensamiento cambiado lo muestra su Discurso del método, donde se dice, entre otras cosas: «Es posible» (mediante el método introducido por él en la filosofía) «llegar a conocimientos muy útiles para la vida y, en lugar de esa filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, hallar una práctica por la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros y de todos los demás cuerpos que nos rodean tan distintamente como conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos, podríamos emplearlos del mismo modo en todos los usos para los que son apropiados, y hacernos así como dueños y poseedores de la naturaleza», y así «contribuir al perfeccionamiento de la vida humana». En el prefacio a los Discourses upon Trade (1691) de sir Dudley North se dice que el método de Descartes, aplicado a la economía política, había empezado a liberarla de viejas fábulas y de ideas supersticiosas sobre el dinero, el comercio, etc. Por término medio, sin embargo, los economistas ingleses de la época anterior se adhieren a Bacon y a Hobbes como sus filósofos, mientras que Locke llegó a ser más tarde «el filósofo» κατ ἐξοχήν [por excelencia] de la economía política para Inglaterra, Francia e Italia. ↩
Según un informe anual de la Cámara de Comercio de Essen (octubre de 1863), la fábrica de acero fundido de Krupp produjo en 1862, con 161 hornos de fundición, de recocido y de cementación, 32 máquinas de vapor (en 1800 este era aproximadamente el número total de máquinas de vapor empleadas en Manchester) y 14 martillos de vapor, que representan en conjunto 1.236 caballos de fuerza, 49 fraguas, 203 máquinas-herramienta y unos 2.400 obreros, 13 millones de libras de acero fundido. Aquí no llegan a 2 obreros por caballo de fuerza. ↩
Babbage calcula que en Java se añade al valor del algodón un 117 % casi solo mediante el trabajo de hilar. Por la misma época (1832), en Inglaterra el valor total que la maquinaria y el trabajo añadían al algodón en la hilatura fina ascendía aproximadamente al 33 % del valor de la materia prima. (On the Economy of Machinery, pp. 165-166.) ↩
Con el estampado a máquina se ahorra además color. ↩
Cf. Paper read by Dr. Watson, Reporter on Products to the Government of India, before the Society of Arts, 17 de abril de 1860. ↩
«Estos agentes mudos» (las máquinas) «son siempre producto de mucho menos trabajo que aquel al que desplazan, incluso cuando tienen el mismo valor en dinero». (Ricardo, l. c., p. 40.) ↩
Nota a la 2.ª edición. En una sociedad comunista, la maquinaria tendría, pues, un margen de acción completamente distinto del que tiene en la sociedad burguesa. ↩
«Los empleadores de trabajo no querrían retener innecesariamente dos tandas de niños menores de trece años… De hecho, una clase de fabricantes, los hilanderos de hilo de lana, rara vez emplean hoy niños menores de trece años, es decir, de medio tiempo. Han introducido maquinaria mejorada y nueva de diversas clases, que hace del todo superfluo el empleo de niños» (es decir, menores de 13 años); «por ejemplo: mencionaré, como ilustración de esta disminución del número de niños, un proceso en el que, añadiendo a las máquinas existentes un aparato llamado máquina de empalmar, el trabajo de seis o cuatro niños de medio tiempo, según la peculiaridad de cada máquina, puede ejecutarlo una sola persona joven» (mayor de 13 años) «… el sistema de medio tiempo» estimuló «la invención de la máquina de empalmar». (Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1858.) ↩
«La maquinaria… a menudo no puede emplearse mientras no suba el trabajo» (quiere decir los salarios). (Ricardo, l. c., p. 479.) ↩
Véase Report of the Social Science Congress at Edinburgh. Octob. 1863. ↩
Durante la crisis algodonera que acompañó a la guerra civil americana, el gobierno inglés envió al doctor Edward Smith a Lancashire, Cheshire, etc., para que informara sobre el estado de salud de los obreros del algodón. Informa, entre otras cosas, de que, desde el punto de vista higiénico, la crisis, aparte de alejar a los obreros de la atmósfera de la fábrica, tenía muchas otras ventajas. Las mujeres de los obreros encontraban ahora el ocio necesario para dar el pecho a sus hijos en lugar de envenenarlos con Godfrey's Cordial (un opiáceo). Habían ganado tiempo para aprender a cocinar. Por desgracia, este arte culinario llegó en un momento en que no tenían nada que comer. Pero se ve cómo el capital ha usurpado para su autovalorización el trabajo familiar necesario para el consumo. La crisis se aprovechó asimismo para enseñar a coser a las hijas de los obreros en escuelas especiales. ¡Hicieron falta una revolución americana y una crisis mundial para que las muchachas obreras, que hilan para el mundo entero, aprendieran a coser! ↩
«El número de los obreros ha aumentado mucho por la creciente sustitución del trabajo masculino por el femenino y, sobre todo, del adulto por el infantil. Tres muchachas de 13 años, con salarios de 6 a 8 chelines a la semana, han reemplazado al hombre de edad madura, con un salario que variaba de 18 a 45 chelines». (Th. de Quincey, The Logic of Politic. Econ., Londres, 1844, nota a la p. 147.) Como ciertas funciones de la familia, por ejemplo cuidar y amamantar a los niños, etc., no pueden suprimirse del todo, las madres de familia confiscadas por el capital tienen que contratar sustitutas en mayor o menor medida. Los trabajos que exige el consumo familiar, como coser, remendar, etc., tienen que sustituirse por la compra de mercancías ya hechas. Al menor gasto de trabajo doméstico le corresponde, pues, un mayor gasto de dinero. Los costes de producción de la familia obrera crecen, por tanto, y compensan el ingreso adicional. A esto se añade que la economía y la conveniencia en el uso y la preparación de los medios de subsistencia se vuelven imposibles. Sobre estos hechos, ocultados por la economía política oficial, se encuentra abundante material en los Reports de los inspectores fabriles, de la Children's Employment Commission y, en particular, también en los Reports on Public Health. ↩
En contraste con el gran hecho de que la limitación del trabajo de mujeres y niños en las fábricas inglesas se la arrancaron al capital los obreros varones adultos, se encuentran todavía en los más recientes informes de la Children's Employment Commission rasgos verdaderamente indignantes y del todo propios de tratantes de esclavos en los padres obreros en lo que toca al chalaneo con los niños. Pero el fariseo capitalista, como puede verse en los mismos Reports, denuncia esta bestialidad creada, perpetuada y explotada por él mismo, a la que de ordinario bautiza como «libertad de trabajo». «Se ha recurrido a la ayuda del trabajo de los niños pequeños…, incluso para trabajar por su propio pan cotidiano. Sin fuerza para soportar un esfuerzo tan desproporcionado, sin instrucción que guíe su vida futura, han sido arrojados a una situación física y moralmente contaminada. El historiador judío ha observado, a propósito de la destrucción de Jerusalén por Tito, que no era de extrañar que fuera destruida, y con una destrucción tan señalada, cuando una madre inhumana sacrificaba a su propio hijo para satisfacer las ansias del hambre absoluta». (Public Economy Concentrated, Carlisle, 1833, p. 66.) ↩
A. Redgrave, en Reports of Insp. of Fact. for 31st October 1858, pp. 40-41. ↩
Children's Employment Commission, V. Report, Londres, 1866, p. 81, n.º 31. [A la 4.ª ed.: La industria de la seda de Bethnal Green está ahora casi aniquilada. — F. E.] ↩
Child. Employm. Comm., III. Report, Londres, 1864, p. 53, n.º 15. ↩
L. c., V. Report, p. XXII, n.º 137. ↩
Sixth Report on Public Health, Londres, 1864, p. 34. ↩
«Ella» (la investigación de 1861) «… mostró además que, mientras en las circunstancias descritas los niños pequeños perecen por el abandono y la mala atención que implican las ocupaciones de sus madres, las madres se desnaturalizan en grado lamentable respecto de sus hijos; por lo común no se preocupan mucho de su muerte e incluso a veces… toman medidas directas para provocarla». (L. c.) ↩
L. c., p. 454. ↩
L. c., pp. 454-462. Reports by Dr. Henry Julian Hunter on the excessive mortality of infants in some rural districts of England. ↩
L. c., p. 35, y pp. 455-456. ↩
L. c., p. 456. ↩
Como en los distritos fabriles ingleses, también en los distritos agrícolas se extiende cada día el consumo de opio entre los obreros y las obreras adultos. «Fomentar la venta de opiáceos… es el gran objetivo de algunos emprendedores comerciantes al por mayor. Los droguistas lo consideran el artículo principal». (L. c., p. 459.) Los lactantes a los que se daban opiáceos «se arrugaban hasta quedar como viejecillos o se encogían hasta quedar como monitos». (L. c., p. 460.) Se ve cómo la India y China se vengan de Inglaterra. ↩
L. c., p. 37. ↩
Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1862, p. 59. Este inspector fabril había sido antes médico. ↩
Leonard Horner, en Reports of Insp. of Fact. for 30th April 1857, p. 17. ↩
Id., en Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1855, pp. 18-19. ↩
Sir John Kincaid, en Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1858, pp. 31-32. ↩
Leonard Horner, en Reports etc. for 30th Apr. 1857, pp. 17-18. ↩
Sir J. Kincaid, Rep. Insp. Fact. 31st Oct. 1856, p. 66. ↩
A. Redgrave, en Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1857, pp. 41-43. En las ramas industriales inglesas en las que rige desde hace tiempo la ley fabril propiamente dicha (no la Print Work's Act citada en último lugar en el texto), los obstáculos contra las cláusulas educativas se han vencido en cierta medida en los últimos años. En las industrias no sometidas a la ley fabril siguen dominando las opiniones del fabricante de vidrio J. Geddes, que alecciona en estos términos al comisario investigador White: «Por lo que puedo ver, la mayor cantidad de educación de que ha disfrutado una parte de la clase obrera en los últimos años es un mal. Es peligrosa, porque la hace demasiado independiente». (Children's Empl. Commission, IV. Report, Londres, 1865, p. 253.) ↩
«El señor E., un fabricante, me informó de que emplea exclusivamente mujeres en sus telares mecánicos; da preferencia a las mujeres casadas, sobre todo a las que tienen en casa una familia que depende de ellas para su sustento; son mucho más atentas y dóciles que las solteras y están obligadas al esfuerzo más extremo de sus fuerzas para procurarse los medios de subsistencia necesarios. Así, las virtudes, las virtudes peculiares del carácter femenino, se tergiversan en su perjuicio; así, todo lo que hay de moral y delicado en su naturaleza se convierte en medio de su esclavitud y de su sufrimiento». (Ten Hours' Factory Bill. The Speech of Lord Ashley, 15th March, Londres, 1844, p. 20.) ↩
«Desde la introducción general de maquinaria costosa, se ha forzado a la naturaleza humana mucho más allá de su fuerza media». (Robert Owen, Observations on the effects of the manufacturing system, 2.ª ed., Londres, 1817.) ↩
Los ingleses, que gustan de tomar la primera forma empírica en que se manifiesta una cosa por su causa, dan a menudo como causa de la larga jornada de trabajo en las fábricas el gran robo de niños, digno de Herodes, que el capital perpetró en los comienzos del sistema fabril en los asilos de pobres y orfanatos, y con el que se incorporó un material humano completamente privado de voluntad. Así, por ejemplo, Fielden, él mismo fabricante inglés: «Es evidente que las largas horas de trabajo se debieron a la circunstancia de que se suministraba desde distintas partes del país un número tan grande de niños desvalidos que los patronos eran independientes de los brazos, y que, una vez establecida la costumbre por medio del miserable material que habían obtenido de este modo, podían imponérsela con mayor facilidad a sus vecinos». (J. Fielden, The Curse of the Factory System, Londres, 1836, p. 11.) En cuanto al trabajo de las mujeres, dice el inspector fabril Saunders en el informe fabril de 1844 [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1843».]: «Entre las obreras hay mujeres que trabajan durante muchas semanas seguidas, con la excepción de unos pocos días, de 6 de la mañana a 12 de la noche, con menos de 2 horas para las comidas, de modo que 5 días a la semana, de las 24 horas del día, solo les quedan 6 para ir a casa y volver y descansar en la cama». ↩
«Ocasión… de daño a las delicadas piezas móviles del mecanismo metálico por la inacción». (Ure, l. c., p. 28.) ↩
El ya mencionado «Manchester Spinner» (Times, 26 de noviembre de 1862) enumera entre los costes de la maquinaria: «Ella» (a saber, la «allowance for deterioration of machinery» [deducción por deterioro de la maquinaria]) «tiene también por objeto cubrir la pérdida que surge constantemente de la sustitución de las máquinas, antes de que se hayan gastado, por otras de construcción nueva y mejor». ↩
«Se calcula a grandes rasgos que construir una sola máquina según un modelo nuevo cuesta cinco veces más que reconstruir la misma máquina según el mismo modelo». (Babbage, l. c., pp. 211-212.) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «p. 349».] ↩
«Desde hace algunos años se han hecho en la fabricación de tul mejoras tan importantes y numerosas que una máquina bien conservada, de un precio de coste original de 1.200 £, se vendió algunos años después por 60 £… Las mejoras se sucedieron con tal rapidez que algunas máquinas se quedaron sin terminar en manos de sus constructores porque inventos más afortunados ya las habían dejado anticuadas». En este período de Sturm und Drang [tempestad e ímpetu], los fabricantes de tul prolongaron pronto la jornada originaria de 8 horas, con doble equipo, a 24 horas. (L. c., p. 233.) ↩
«Es evidente que, entre los flujos y reflujos del mercado y las alternativas expansiones y contracciones de la demanda, se presentarán constantemente ocasiones en que el fabricante puede emplear capital circulante adicional sin emplear capital fijo adicional…, si pueden elaborarse cantidades adicionales de materia prima sin incurrir en un gasto adicional en edificios y maquinaria». (R. Torrens, On Wages and Combination, Londres, 1834, p. 64.) ↩
La circunstancia mencionada en el texto solo se menciona en aras de la integridad, pues hasta el libro tercero no trato de la tasa de ganancia, es decir, de la proporción entre la plusvalía y el capital total adelantado. ↩
«Cuando un labrador», dijo el señor Ashworth, «deja su pala, inutiliza durante ese período un capital de 18 peniques. Cuando uno de nuestros hombres abandona la fábrica, inutiliza un capital que ha costado 100.000 libras». (Senior, Letters on the Factory Act, Londres, 1837, p. 14.) ↩
«La gran proporción del capital fijo respecto del circulante… hace deseables las largas horas de trabajo». Con el volumen creciente de la maquinaria, etc., «los motivos para trabajar largas horas se harán mayores, como único medio de hacer rentable una gran proporción de capital fijo». (L. c., pp. 11-14.) «En una fábrica hay diversos gastos que permanecen constantes tanto si la fábrica trabaja más tiempo como menos; por ejemplo, la renta de los edificios, los impuestos locales y generales, el seguro contra incendios, el salario de diversos obreros permanentes, el deterioro de la maquinaria y otras diversas cargas, cuya proporción respecto de la ganancia disminuye en la misma medida en que aumenta el volumen de la producción». (Reports of the Insp. of Fact. for 31st Oct. 1862, p. 19.) ↩
(Nota de la traducción.) Alusión a Schiller, Das Lied von der Glocke: «O daß sie ewig grünen bliebe, / Die schöne Zeit der jungen Liebe!» («¡Ojalá siguiera siempre verde / el hermoso tiempo del amor joven!»). ↩
Por qué esta contradicción inmanente no llega a la conciencia del capitalista individual, ni por tanto de la economía política presa de sus ideas, se verá en las primeras secciones del libro tercero. ↩
Uno de los grandes méritos de Ricardo es haber comprendido la maquinaria no solo como medio de producción de mercancías, sino también de redundant population [población sobrante]. ↩
F. Biese, Die Philosophie des Aristoteles, tomo segundo, Berlín, 1842, p. 408. ↩
Doy aquí la traducción del poema de Stolberg porque, exactamente igual que las citas anteriores sobre la división del trabajo, caracteriza la oposición entre la concepción antigua y la moderna.
«¡Dad descanso a la mano que muele, molineras, y dormid
en paz! ¡Que en vano os anuncie el gallo la mañana!
Deo ha encomendado a las ninfas el trabajo de las muchachas,
y ahora saltan ligeras sobre las ruedas,
de modo que los ejes sacudidos giran con sus radios
y hacen dar vueltas en círculo al peso de la muela.
Vivamos la vida de los padres, y gocemos
sin trabajo de los dones que nos regala la diosa». (Gedichte aus dem Griechischen übersetzt von Christian Graf zu Stolberg, Hamburgo, 1782.) ↩Hay, naturalmente, diferencias en general en la intensidad de los trabajos de distintas ramas de la producción. Estas se compensan en parte, como ya mostró A. Smith, por las circunstancias accesorias propias de cada tipo de trabajo. Pero también aquí solo se produce un efecto sobre el tiempo de trabajo como medida del valor en la medida en que la magnitud intensiva y la extensiva se presentan como expresiones opuestas y mutuamente excluyentes de la misma cantidad de trabajo. ↩
Sobre todo mediante el salario a destajo, forma que se desarrolla en la sección sexta. ↩
Véase Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1865. ↩
Reports of Insp. of Fact. for 1844 and the quarter ending 30th April 1845, pp. 20-21. ↩
L. c., p. 19. Como el salario a destajo siguió siendo el mismo, la cuantía del salario semanal dependía de la cantidad de producto. ↩
L. c., p. 20. ↩
L. c., p. 21. El elemento moral desempeñó un papel importante en los experimentos mencionados. «Nosotros», declararon los obreros al inspector fabril, «nosotros trabajamos con más ánimo, tenemos siempre ante nosotros la recompensa de salir antes por la noche, y un espíritu activo y alegre impregna toda la fábrica, desde el más joven de los empalmadores hasta el obrero más viejo, y podemos ayudarnos mucho unos a otros». (L. c.) ↩
John Fielden, l. c., p. 32. ↩
Lord Ashley, l. c., pp. 6-9 passim. ↩
Reports of Insp. of Fact. to 30th April 1845, p. 20. ↩
L. c., p. 22. ↩
Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1862, p. 62. ↩
Esto ha cambiado con el Parliamentary Return de 1862. Aquí, la fuerza real en caballos de vapor de las máquinas de vapor y las ruedas hidráulicas modernas ocupa el lugar de la nominal (véase la nota 109a). Tampoco se mezclan ya los husos de doblar con los husos de hilar propiamente dichos (como en los Returns de 1839, 1850 y 1856); además, para las fábricas de lana se ha añadido el número de gigs [perchas], se ha introducido la separación entre las fábricas de yute y cáñamo, por un lado, y las de lino, por otro, y, por último, se ha incluido por primera vez en el informe la fabricación de medias. ↩
Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1856, pp. 14 y 20. ↩
L. c., pp. 14-15. ↩
L. c., p. 20. ↩
Reports etc. for 31st Oct. 1858, p. 10. Cf. Reports etc. for 30th April 1860, pp. 30 y ss. ↩
Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1862, pp. 100, 103, 129 y 130. ↩
Con el telar de vapor moderno, un tejedor fabrica ahora en 60 horas semanales, con 2 telares, 26 piezas de cierta clase, de una longitud y anchura determinadas, de las que en el viejo telar de vapor solo podía fabricar 4. Los costes de tejer una de estas piezas habían bajado ya a comienzos de la década de 1850 de 2 chelines y 9 peniques a 5 1/8 peniques.
Adición a la 2.ª edición. «Hace 30 años» (1841) «a un hilandero de algodón con 3 ayudantes solo se le exigía la vigilancia de un par de mules con 300 a 324 husos. Ahora» (finales de 1871) «tiene que vigilar, con 5 ayudantes, mules cuyo número de husos asciende a 2.200, y produce por lo menos siete veces más hilo que en 1841». (Alexander Redgrave, inspector fabril, en Journal of the Soc. of Arts, 5 de enero de 1872.) ↩
Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1861, pp. 25-26. ↩
La agitación por las ocho horas ha comenzado ahora (1867) entre los obreros fabriles de Lancashire. ↩
Las siguientes pocas cifras muestran el progreso de las factories propiamente dichas en el Reino Unido desde 1848:
Exportación: cantidad
1848 1851 1860 1865 Fábrica de algodón Hilo de algodón (libras) 135.831.162 143.966.106 197.343.655 103.751.455 Hilo de coser (libras) 4.392.176 6.297.554 4.648.611 Tejido de algodón (yardas) 1.091.373.930 1.543.161.789 2.776.218.427 2.015.237.851 Fábrica de lino y cáñamo Hilo (libras) 11.722.182 18.841.326 31.210.612 36.777.334 Tejido (yardas) 88.901.519 129.106.753 143.996.773 247.012.329 Fábrica de seda Hilo de urdimbre, torzal, hilo (libras) (1846) 466.825 462.513 897.402 812.589 Tejido (yardas) (libras) 1.181.455 (libras) 1.307.293 2.869.837 Fábrica de lana Hilo de lana y de worsted (libras) 14.670.880 27.533.968 31.669.267 Tejido (yardas) 151.231.153 190.371.537 278.837.418 Exportación: valor (en £)
1848 1851 1860 1865 Fábrica de algodón Hilo de algodón 5.927.831 6.634.026 9.870.875 10.351.049 Tejido de algodón 16.753.369 23.454.810 42.141.505 46.903.796 Fábrica de lino y cáñamo Hilo 493.449 951.426 1.801.272 2.505.497 Tejido 1.802.789 4.107.396 4.804.803 9.155.358 Fábrica de seda Hilo de urdimbre, torzal, hilo 77.789 196.380 826.107 768.064 Tejido 1.130.398 1.587.303 1.409.221 Fábrica de lana Hilo de lana y de worsted 776.975 1.484.544 3.843.450 5.424.047 Tejido 5.733.828 8.377.183 12.156.998 20.102.259 (Véanse los libros azules: Statistical Abstract for the U. Kingd., n.º 8 y n.º 13, Londres, 1861 y 1866.) [(Nota de la traducción.) Se siguen las cifras de la MEW. La 4.ª ed. da para 1848, en la cantidad exportada de hilo de seda, 194.815 libras (la MEW: 466.825, cifra de 1846), y en el valor exportado, 493.419 £ para el hilo y 2.802.789 £ para el tejido de lino y cáñamo (la MEW: 493.449 y 1.802.789).]
En Lancashire, las fábricas aumentaron entre 1839 y 1850 solo un 4 %, entre 1850 y 1856 un 19 % y entre 1856 y 1862 un 33 %, mientras que en los dos períodos de once años el número de personas ocupadas aumentó en términos absolutos y disminuyó en términos relativos. Cf. Reports of Fact. for 31st Oct. 1862, p. 63. En Lancashire predomina la fábrica de algodón. Pero qué espacio proporcional ocupa en la fabricación de hilo y tejido en general se ve en que a ella sola le corresponden, de todas las fábricas de este tipo de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda, el 45,2 %, de todos los husos el 83,3 %, de todos los telares de vapor el 81,4 %, de toda la fuerza en caballos de vapor que los mueve el 72,6 % y del número total de personas ocupadas el 58,2 %. (L. c., pp. 62 y 73.) ↩
Ure, l. c., p. 18. ↩
L. c., p. 20. Cf. Karl Marx, Misère etc., pp. 140-141. ↩
Es característico de la intención de fraude estadístico, que podría demostrarse también en otros detalles, que la legislación fabril inglesa excluya expresamente de su ámbito, como no obreros fabriles, a los obreros mencionados en último lugar en el texto, mientras que, por otra parte, los Returns («estadísticas») publicados por el Parlamento incluyen no menos expresamente en la categoría de obreros fabriles no solo a ingenieros, mecánicos, etc., sino también a directores de fábrica, empleados, recaderos, encargados de almacén, embaladores, etc.; en suma, a todo el mundo, excepto al propio dueño de la fábrica. ↩
Ure lo admite. Dice que los obreros «en caso de necesidad pueden ser trasladados de una máquina a otra a voluntad del director», y exclama triunfalmente: «Semejante cambio está en abierta contradicción con la vieja rutina que divide el trabajo y asigna a un obrero la tarea de dar forma a la cabeza de un alfiler y a otro la de afilar su punta». Más bien debería haberse preguntado por qué en la fábrica automática solo se abandona esta «vieja rutina» «en caso de necesidad». ↩
Cuando falta gente, como, por ejemplo, durante la guerra civil norteamericana, el burgués emplea excepcionalmente al obrero fabril en los trabajos más bastos, como la construcción de carreteras, etc. Los ateliers nationaux («talleres nacionales») ingleses de 1862 y años siguientes para los obreros algodoneros sin trabajo se diferenciaban de los franceses de 1848 en que en estos el obrero tenía que realizar, a costa del Estado, trabajos improductivos, y en aquellos, en provecho del burgués, trabajos urbanos productivos, y además más baratos que los obreros regulares, con los que de este modo se le echaba a competir. «El aspecto físico de los obreros algodoneros ha mejorado sin duda. Lo atribuyo... en lo que se refiere a los hombres, al trabajo al aire libre en obras públicas.» (Se trata aquí de los obreros fabriles de Preston, a los que se ocupó en el «Preston Moor».) (Rep. of Insp. of Fact. Oct. 1863, p. 59.) ↩
Ejemplo: los distintos aparatos mecánicos introducidos en la fábrica de lana desde la ley de 1844 para sustituir el trabajo infantil. En cuanto los hijos de los señores fabricantes tengan que pasar ellos mismos «su escuela» como peones de la fábrica, este campo de la mecánica, todavía casi sin cultivar, experimentará pronto un notable auge. «Las self-acting mules son quizá una maquinaria tan peligrosa como cualquier otra. La mayoría de los accidentes les ocurren a niños pequeños, y precisamente porque se meten a gatas bajo las mules para barrer el suelo mientras las mules están en movimiento. Varios minders» (obreros de la mule) «han sido perseguidos judicialmente» (por los inspectores fabriles) «y condenados a multas por esta falta, pero sin ningún provecho general. Si los constructores de máquinas inventaran un barredor automático cuyo uso hiciera innecesario que estos niños pequeños se metieran a gatas bajo la maquinaria, sería una feliz aportación a nuestras medidas de protección.» (Reports of Insp. of Factories for 31st October 1866, p. 63.) ↩
Apréciese, pues, la fabulosa ocurrencia de Proudhon, que «construye» la maquinaria no como síntesis de medios de trabajo, sino como síntesis de trabajos parciales para los propios obreros. ↩
F. Engels, Lage etc., p. 217. Hasta un librecambista completamente ordinario y optimista, el señor Molinari, observa: «Un hombre se desgasta más deprisa vigilando quince horas al día la evolución uniforme de un mecanismo que ejerciendo, en el mismo espacio de tiempo, su fuerza física. Este trabajo de vigilancia, que quizá serviría de gimnasia útil a la inteligencia si no se prolongara demasiado, destruye a la larga, por su exceso, la inteligencia y el cuerpo mismo.» (G. de Molinari, Études Économiques, París, 1846.) ↩
F. Engels, l. c., p. 216. ↩
«Los obreros fabriles harían bien en recordar, para su provecho, que el suyo es en realidad una especie inferior de trabajo calificado, y que no hay ninguno que se adquiera con más facilidad o que, en relación con su calidad, esté mejor remunerado, ni que, mediante un breve adiestramiento del menos experto, pueda adquirirse más rápidamente y en mayor abundancia... La maquinaria del patrón desempeña en realidad un papel mucho más importante en el negocio de la producción que el trabajo y la destreza del obrero, que seis meses de educación pueden enseñar y que cualquier peón puede aprender.» (The Master Spinners' and Manufacturers' Defence Fund. Report of the Committee, Manchester, 1854, p. 17.) Más adelante se verá que el master («patrón») cambia de tono en cuanto se ve amenazado con perder sus autómatas «vivos». ↩
Ure, l. c., p. 15. Quien conozca la biografía de Arkwright nunca arrojará a la cara de este genial barbero la palabra «noble». De todos los grandes inventores del siglo XVIII fue, sin discusión, el mayor ladrón de inventos ajenos y el tipo más vil. ↩
«La esclavitud en que la burguesía tiene encadenado al proletariado no sale a la luz en ninguna parte con más claridad que en el sistema fabril. Aquí cesa toda libertad, de derecho y de hecho. El obrero tiene que estar en la fábrica a las cinco y media de la mañana; si llega unos minutos tarde, se le castiga; si llega diez minutos tarde, ya no se le deja entrar hasta que ha pasado el desayuno, y pierde un cuarto de jornal. Tiene que comer, beber y dormir a la orden... La campana despótica lo saca de la cama, lo saca del desayuno y de la comida. ¿Y qué ocurre ya dentro de la fábrica? Aquí el fabricante es legislador absoluto. Dicta reglamentos fabriles como le viene en gana; modifica su código y le hace añadidos a su antojo; y aunque meta en él los mayores disparates, los tribunales le dicen al obrero: puesto que os habéis sometido voluntariamente a este contrato, ahora tenéis que cumplirlo... Estos obreros están condenados a vivir desde los nueve años hasta su muerte bajo la férula espiritual y corporal.» (F. Engels, l. c., pp. 217 y ss.) Lo que «dicen los tribunales» quiero ilustrarlo con dos ejemplos. El primer caso ocurre en Sheffield a finales de 1866. Allí un obrero se había contratado por dos años en una fábrica metalúrgica. A raíz de una disputa con el fabricante, dejó la fábrica y declaró que en ningún caso volvería a trabajar para él. Fue demandado por incumplimiento de contrato y condenado a dos meses de cárcel. (Si el que rompe el contrato es el fabricante, solo se le puede demandar civiliter y solo se arriesga a una multa.) Cumplidos los dos meses, el mismo fabricante lo cita para que vuelva a la fábrica de acuerdo con el antiguo contrato. El obrero responde: no. Ya ha expiado la ruptura del contrato. El fabricante vuelve a demandarlo, el tribunal vuelve a condenarlo, aunque uno de los jueces, Mr. Shee, denuncia públicamente como una monstruosidad jurídica que un hombre pueda ser castigado periódicamente, toda su vida, una y otra vez, por la misma e idéntica falta o, en su caso, delito. Esta sentencia no la dictaron los Great Unpaid, los Dogberrys de provincias [(Nota de la traducción.) Great Unpaid («los grandes no pagados»): apodo de los jueces de paz ingleses, que ejercían sin sueldo. Dogberry es el alguacil necio de Mucho ruido y pocas nueces, de Shakespeare.], sino en Londres uno de los tribunales más altos. [A la 4.ª ed.: Esto está ya abolido. Salvo unos pocos casos —por ejemplo, en las fábricas públicas de gas—, en Inglaterra el obrero está ahora equiparado al patrono en caso de ruptura de contrato y solo puede ser demandado por la vía civil. — F. E.] — El segundo caso ocurre en Wiltshire, a finales de noviembre de 1863. Unas treinta tejedoras de telar mecánico, empleadas por un tal Harrupp, fabricante de paños de Leower's Mill, Westbury Leigh, se declararon en strike («huelga») porque ese mismo Harrupp tenía la agradable costumbre de descontarles del salario los retrasos de la mañana, y además a razón de 6 peniques por 2 minutos, 1 chelín por 3 minutos y 1 chelín y 6 peniques por 10 minutos. Esto da, a 9 chelines la hora, 4 £ 10 chelines al día, mientras que su salario medio a lo largo del año nunca pasa de 10 a 12 chelines semanales. Harrupp ha encargado además a un muchacho que toque la hora de la fábrica, cosa que a veces hace antes de las seis de la mañana, y si los «brazos» no están allí justo en el momento en que termina, se cierran las puertas y a los que quedan fuera se les multa; y como en el edificio no hay reloj, los desdichados «brazos» están a merced del joven guardián del tiempo inspirado por Harrupp. Los «brazos» en strike, madres de familia y muchachas, declararon que estaban dispuestas a volver al trabajo si se sustituía al guardián del tiempo por un reloj y se introducía una tarifa de multas más racional. Harrupp citó a 19 mujeres y muchachas ante los magistrados por ruptura de contrato. Fueron condenadas a 6 peniques de multa cada una y 2 chelines y 6 peniques de costas, entre la indignación ruidosa del público. A la salida del tribunal, a Harrupp lo acompañó una multitud que lo abucheaba. — Una de las operaciones favoritas de los fabricantes consiste en castigar a los obreros con descuentos del salario por los defectos del material que se les suministra. Este método provocó en 1866 una huelga general en los distritos alfareros ingleses. Los informes de la Ch. Employm. Commiss. (1863-1866) recogen casos en que el obrero, en vez de recibir salario, se convierte, por su trabajo y en virtud del reglamento de sanciones, encima en deudor de su ilustre master. También la reciente crisis algodonera ha proporcionado rasgos edificantes de la sagacidad de los autócratas fabriles en materia de descuentos del salario. «Yo mismo», dice el inspector fabril R. Baker, «he tenido que iniciar hace poco un procedimiento judicial contra un fabricante de algodón porque, en estos tiempos difíciles y penosos, descontaba a algunos de los obreros “jóvenes”» (de más de trece años) «que empleaba 10 peniques por el certificado médico de edad, que a él solo le cuesta 6 peniques y por el que la ley solo permite un descuento de 3 peniques y la costumbre ninguno... Otro fabricante, para conseguir el mismo fin sin entrar en conflicto con la ley, carga a cada uno de los pobres niños que trabajan para él con un chelín como derechos por el aprendizaje del arte y misterio de hilar, en cuanto el certificado médico los declara aptos para esta ocupación. Existen, pues, corrientes subterráneas que hay que conocer para comprender fenómenos tan extraordinarios como las huelgas en tiempos como los presentes» (se trata de una huelga de los tejedores mecánicos en la fábrica de Darven, en junio de 1863). (Reports of Insp. of Fact. for 30th April 1863, pp. 50-51.) (Los informes fabriles van siempre más allá de su fecha oficial.) ↩
Las leyes de protección contra la maquinaria peligrosa han tenido efectos benéficos. «Pero... existen ahora nuevas fuentes de accidentes que hace veinte años no existían, sobre todo la mayor velocidad de la maquinaria. Ruedas, cilindros, husos y telares se mueven ahora con una fuerza mayor y que no deja de crecer; los dedos tienen que agarrar más deprisa y con más seguridad el hilo roto, pues si se acercan con vacilación o descuido, quedan sacrificados... Un gran número de accidentes lo causa el afán de los obreros por hacer deprisa su trabajo. Hay que recordar que para los fabricantes es de la mayor importancia mantener su maquinaria en movimiento ininterrumpido, es decir, producir hilo y tejido. Cada parada de un minuto no es solo una pérdida de fuerza motriz, sino de producción. Por eso los capataces, interesados en la cantidad de lo producido, azuzan a los obreros a mantener la maquinaria en movimiento; y esto no es menos importante para los obreros a los que se paga por peso o por pieza. Por eso, aunque en la mayoría de las fábricas está formalmente prohibido limpiar la maquinaria mientras está en movimiento, la práctica es general. Esta sola causa ha producido en los últimos seis meses 906 accidentes... Aunque la limpieza se hace día tras día, el sábado se fija por lo general para limpiar a fondo la maquinaria, y esto se hace en gran parte con la maquinaria en movimiento... Es una operación no pagada, y por eso los obreros procuran acabarla lo más deprisa posible. De ahí que el número de accidentes los viernes y, muy especialmente, los sábados sea mucho mayor que los demás días de la semana. Los viernes el exceso sobre la cifra media de los cuatro primeros días de la semana es de un 12 % aproximadamente; los sábados, el exceso de accidentes sobre la media de los cinco días anteriores es del 25 %; pero si se tiene en cuenta que la jornada fabril de los sábados solo tiene 7 1/2 horas, y la de los demás días de la semana 10 1/2, el exceso sube a más del 65 %.» (Reports of Insp. of Factories for etc. 31st October 1866, Londres, 1867, pp. 9, 15, 16, 17.) ↩
En la primera sección del libro tercero daré cuenta de una campaña reciente de los fabricantes ingleses contra las cláusulas de la ley fabril destinadas a proteger los miembros de los «brazos» frente a la maquinaria que pone en peligro la vida. Baste aquí una cita de un informe oficial del inspector fabril Leonard Horner: «He oído a fabricantes hablar con una frivolidad imperdonable de algunos de los accidentes; por ejemplo, que la pérdida de un dedo es una bagatela. La vida y las perspectivas de un obrero dependen tanto de sus dedos que semejante pérdida es para él un acontecimiento gravísimo. Cuando oigo esa cháchara irreflexiva, hago la pregunta: supongan que necesitan un obrero más y se presentan dos, ambos igual de capaces en todo lo demás, pero uno sin pulgar o sin índice: ¿a cuál elegirían? No vacilarían ni un instante en decidirse por el que tiene todos los dedos... Estos señores fabricantes tienen falsos prejuicios contra lo que llaman legislación seudofilantrópica.» (Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1855.) ¡Estos señores son «gente lista» y no en vano se entusiasman por la rebelión de los esclavistas! ↩
En las fábricas sometidas desde hace más tiempo a la ley fabril, con su limitación obligatoria del tiempo de trabajo y sus demás regulaciones, han desaparecido no pocos males de antes. La mejora de la propia maquinaria exige, llegado cierto punto, una «construcción mejorada de los edificios fabriles» que redunda en beneficio de los obreros. (Cf. Reports etc. for 31st Oct. 1863, p. 109.) ↩
Véanse, entre otros, John Houghton, Husbandry and Trade improved, Londres, 1727; The Advantages of the East India Trade, 1720; John Bellers, l. c. «Los patronos y los obreros están por desgracia en guerra perpetua unos con otros. El objetivo invariable de los primeros es conseguir que se les haga el trabajo lo más barato posible, y no dejan de emplear todos los artificios con ese fin, mientras que los segundos están igualmente atentos a cualquier ocasión de poner en apuros a sus patronos para obligarlos a acceder a mayores exigencias.» An Inquiry into the causes of the Present High Prices of Provisions, 1767, pp. 61-62. (Su autor es el reverendo Nathaniel Forster, que está completamente del lado de los obreros.) ↩
El telar de cintas se inventó en Alemania. El abate italiano Lancellotti, en un escrito aparecido en Venecia en 1636, cuenta: «Anton Müller, de Danzig, había visto hacía unos cincuenta años» (L. escribía en 1629) «en Danzig una máquina muy ingeniosa que fabricaba de una vez de cuatro a seis tejidos; pero como el Consejo de la ciudad temió que este invento convirtiera en mendigos a una masa de obreros, suprimió el invento e hizo asfixiar o ahogar en secreto al inventor». En Leiden se empleó esta misma máquina por primera vez en 1629. Los motines de los pasamaneros obligaron primero al magistrado a prohibirla; mediante distintas ordenanzas de 1623, 1639, etc., los Estados Generales intentaron limitar su uso; por fin se permitió, en determinadas condiciones, por la ordenanza del 15 de diciembre de 1661. «En esta ciudad», dice Boxhorn (Inst. Pol., 1663) de la introducción del telar de cintas en Leiden, «unos individuos inventaron hace unos veinte años un instrumento para tejer con el que uno solo podía hacer más paño, y con más facilidad, que varios en el mismo tiempo. De ahí surgieron disturbios y quejas de los tejedores, hasta que el magistrado prohibió el uso de este instrumento.» Esta misma máquina se prohibió en Colonia en 1676, mientras que su introducción en Inglaterra provocaba al mismo tiempo disturbios obreros. Por edicto imperial del 19 de febrero de 1685 se prohibió su uso en toda Alemania. En Hamburgo se la quemó públicamente por orden del magistrado. Carlos VI renovó el 9 de febrero de 1719 el edicto de 1685, y el electorado de Sajonia no permitió su uso público hasta 1765. Esta máquina, que tanto ruido ha hecho en el mundo, fue en realidad la precursora de las máquinas de hilar y de tejer y, por tanto, de la revolución industrial del siglo XVIII. Permitía a un muchacho completamente inexperto en el tejido poner en movimiento todo el telar con todas sus lanzaderas con solo empujar y tirar de una barra, y en su forma perfeccionada producía de 40 a 50 piezas a la vez. ↩
En las manufacturas anticuadas, la forma tosca de las rebeliones obreras contra la maquinaria se repite todavía hoy de vez en cuando. Así, por ejemplo, entre los afiladores de limas de Sheffield en 1865. ↩
También Sir James Steuart entiende todavía el efecto de la maquinaria enteramente en este sentido. «Considero, pues, las máquinas como medios de aumentar (virtualmente) el número de las personas laboriosas a las que no hay que alimentar... ¿En qué se diferencia el efecto de una máquina del de nuevos habitantes?» (Trad. franc., t. I, l. I, cap. XIX.) Mucho más ingenuo es Petty, que dice que sustituyen a la «poligamia». Este punto de vista vale a lo sumo para algunas partes de los Estados Unidos. En cambio: «Rara vez puede emplearse con éxito la maquinaria para abreviar el trabajo de un individuo; se perdería más tiempo en construirla del que podría ahorrarse con su empleo. Solo es realmente útil cuando actúa sobre grandes masas, cuando una sola máquina puede asistir el trabajo de miles. Por eso es más abundante en los países más poblados, donde hay más hombres ociosos... No se la pone en uso por escasez de hombres, sino por la facilidad con que se les puede hacer trabajar en masa.» (Piercy Ravenstone, Thoughts on the Funding System and its Effects, Londres, 1824, p. 45.) ↩
[A la 4.ª ed.: Esto vale también para Alemania. Donde entre nosotros existe la gran agricultura, es decir, sobre todo en el Este, solo se hizo posible gracias al Bauernlegen («despojo de los campesinos»), que se generalizó desde el siglo XVI, pero sobre todo desde 1648. — F. E.] ↩
«La maquinaria y el trabajo están en competencia constante.» (Ricardo, l. c., p. 479.) ↩
La competencia entre el tejido a mano y el tejido a máquina se prolongó en Inglaterra, antes de la introducción de la ley de pobres de 1834, porque los salarios, caídos muy por debajo del mínimo, se completaban con socorros parroquiales. «El reverendo Mr. Turner era en 1827 rector de Wilmslow, en Cheshire, un distrito manufacturero. Las preguntas del Comité de Emigración y las respuestas de Mr. Turner muestran cómo se mantiene la competencia del trabajo humano contra la maquinaria. Pregunta: “¿No ha sustituido el empleo del telar mecánico al del telar manual?” Respuesta: “Sin duda; lo habría sustituido mucho más de lo que lo ha hecho si los tejedores manuales no se hubieran visto en condiciones de someterse a una reducción del salario”. Pregunta: “¿Pero al someterse ha aceptado un salario insuficiente para mantenerse, y cuenta con la contribución parroquial para el resto de su sustento?” Respuesta: “Sí, y de hecho la competencia entre el telar manual y el telar mecánico se mantiene a costa de la contribución de pobres”. Así pues, un pauperismo degradante o la expatriación es el beneficio que los laboriosos reciben de la introducción de la maquinaria: verse rebajados de artesanos respetables y en cierto grado independientes a miserables serviles que viven del pan envilecedor de la caridad. Esto lo llaman una molestia temporal.» (A Prize Essay on the comparative merits of Competition and Co-operation, Londres, 1834, p. 29.) ↩
(Nota de la traducción.) Juego de palabras intraducible: das Zeitliche segnen («bendecir lo temporal») significa en alemán «morir»; los «zeitliche Mißstände» son las «molestias temporales» (temporary inconvenience) de los apologistas. ↩
«La misma causa que puede aumentar la renta del país» (es decir, como explica Ricardo en el mismo pasaje, las revenues of landlords and capitalists [«rentas de los terratenientes y capitalistas»], cuya wealth [«riqueza»], considerada económicamente, es en general = Wealth of the Nation [«riqueza de la nación»]) «puede al mismo tiempo hacer redundante a la población y empeorar la condición del obrero.» (Ricardo, l. c., p. 469.) «El objetivo constante y la tendencia de todo perfeccionamiento del mecanismo es, en efecto, prescindir por completo del trabajo del hombre o reducir su precio sustituyendo el trabajo de los obreros adultos varones por el de mujeres y niños, o el de los obreros diestros por el de obreros toscos.» (Ure.) ↩
Reports of Insp. of Fact. 31st Oct. 1858, p. 43. ↩
Reports etc. 31st Oct. 1856, p. 15. ↩
Ure, l. c., p. 19. «La gran ventaja de la maquinaria empleada en la fabricación de ladrillos consiste en hacer al empleador completamente independiente de los obreros diestros.» (Ch. Empl. Comm., V. Report, Londres, 1866, p. 130, n.º 46.)
Adición a la 2.ª ed. El señor Sturrock, superintendente del departamento de máquinas del Great Northern Railway, declara con respecto a la construcción de máquinas (locomotoras, etc.): «Cada día se necesitan menos obreros ingleses costosos (expensive). La producción aumenta gracias al empleo de instrumentos perfeccionados, y estos instrumentos los maneja una clase inferior de trabajo (a low class of labour)... Antes, el trabajo calificado producía necesariamente todas las piezas de la máquina de vapor. Esas mismas piezas las produce ahora un trabajo con menos destreza, pero con buenos instrumentos... Por instrumentos entiendo las máquinas empleadas en la construcción de máquinas.» (Royal Commission on Railways. Minutes of Evidence, n.º 17862 y 17863, Londres, 1867.) ↩
Ure, l. c., p. 20. ↩
L. c., p. 321. ↩
L. c., p. 23. ↩
Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1863, pp. 108 y ss. ↩
L. c., p. 109. La rápida mejora de la maquinaria durante la crisis algodonera permitió a los fabricantes ingleses, nada más terminar la guerra civil norteamericana, volver a saturar en un abrir y cerrar de ojos el mercado mundial. Ya durante los últimos seis meses de 1866 los tejidos se volvieron casi invendibles. Empezó entonces la consignación de las mercancías a China y la India, lo que, naturalmente, hizo todavía más intenso el glut («atasco del mercado»). A comienzos de 1867, los fabricantes recurrieron a su escapatoria habitual: la reducción del salario en un 5 %. Los obreros se opusieron y declararon, con toda razón desde el punto de vista teórico, que el único remedio era trabajar a jornada reducida, cuatro días por semana. Tras resistirse largo tiempo, los autoproclamados capitanes de la industria tuvieron que decidirse a ello, en algunos sitios con reducción del salario del 5 % y en otros sin ella. ↩
«La relación entre patronos y brazos en los talleres de soplado de vidrio de cristal y de botellas es una huelga crónica.» De ahí el auge de la manufactura del vidrio prensado, en la que las operaciones principales se realizan con maquinaria. Una firma cercana a Newcastle, que antes producía anualmente 350.000 libras de cristal soplado, produce ahora en su lugar 3.000.500 libras de vidrio prensado. (Ch. Empl. Comm. IV. Rep., 1865, pp. 272, 263.) ↩
Gaskell, The Manufacturing Population of England, Londres, 1833, pp. 11-12. ↩
Algunas aplicaciones muy importantes de máquinas a la construcción de máquinas las inventó el señor Fairbairn a raíz de huelgas en su propia fábrica de maquinaria. ↩
Ure, l. c., pp. 367-370. ↩
Ure, l. c., pp. 368, 7, 370, 280, 321, 281, 475. ↩
Ricardo compartió en un principio esta opinión, pero la retiró más tarde expresamente, con la imparcialidad científica y el amor a la verdad que lo caracterizan. Véase l. c., cap. XXXI, «On Machinery». ↩
N. B.: doy el ejemplo enteramente a la manera de los economistas antes mencionados. ↩
(Nota de la traducción.) «Con nombres es lícito suavizar los males»: Ovidio, Ars amatoria, II, 657. ↩
Un ricardiano observa sobre este punto, contra las sandeces de J. B. Say: «Con una división del trabajo desarrollada, la destreza de los obreros solo es aplicable en la rama particular en la que se les ha adiestrado; ellos mismos son una especie de máquinas. Por eso no sirve absolutamente de nada repetir como un loro que las cosas tienen tendencia a encontrar su nivel. Tenemos que mirar a nuestro alrededor y ver que durante mucho tiempo no pueden encontrar su nivel; que, cuando lo encuentran, el nivel está más bajo que al comienzo del proceso.» (An Inquiry into those Principles respecting the Nature of Demand etc., Londres, 1821, p. 72.) ↩
Un virtuoso de este cretinismo presuntuoso es, entre otros, MacCulloch. «Si es ventajoso», dice, por ejemplo, con la ingenuidad afectada de un niño de ocho años, «desarrollar cada vez más la destreza del obrero, de modo que llegue a ser capaz de producir una cantidad de mercancías siempre creciente con la misma cantidad de trabajo o con una menor, también tiene que ser ventajoso que se sirva, como auxilio, de la maquinaria que más eficazmente lo ayude a alcanzar este resultado.» (MacCulloch, Princ. of Pol. Econ., Londres, 1830, p. 182.) ↩
(Nota de la traducción.) Bill Sikes, el ladrón y asesino de Oliver Twist, de Dickens. ↩
«El inventor de la máquina de hilar ha arruinado la India, lo cual, por lo demás, nos conmueve poco.» (A. Thiers, De la Propriété.) El señor Thiers confunde aquí la máquina de hilar con el telar mecánico, «lo cual, por lo demás, nos conmueve poco». ↩
Según el censo de 1861 (vol. II, Londres, 1863), el número de obreros ocupados en las minas de carbón de Inglaterra y Gales era de 246.613, de ellos 73.546 menores y 173.067 mayores de 20 años. Al primer grupo pertenecen 835 de cinco a diez años, 30.701 de diez a quince y 42.010 de quince a diecinueve. El número de los ocupados en las minas de hierro, cobre, plomo, estaño y todos los demás metales: 319.222. ↩
En Inglaterra y Gales había en 1861 60.807 personas ocupadas en la producción de maquinaria, contando a los fabricantes con sus empleados, etc., e igualmente a todos los agentes y comerciantes del ramo. Quedan excluidos, en cambio, los productores de máquinas más pequeñas, como máquinas de coser, etc., así como los productores de las herramientas para las máquinas de trabajo, como husos, etc. El número de todos los ingenieros civiles ascendía a 3.329. ↩
Como el hierro es una de las materias primas más importantes, observemos aquí que en 1861 había en Inglaterra y Gales 125.771 fundidores de hierro, de ellos 123.430 varones y 2.341 mujeres. De los primeros, 30.810 menores y 92.620 mayores de 20 años. ↩
«Una familia de cuatro personas adultas (tejedores de algodón) con dos niños como winders («devanadores») ganaba a finales del siglo pasado y a comienzos del presente 4 £ semanales con una jornada de diez horas; si el trabajo apremiaba mucho, podían ganar más... Antes siempre habían sufrido por falta de suministro de hilo.» (Gaskell, l. c., pp. 34-35.) ↩
F. Engels, en Lage usw., pone de manifiesto la situación lamentable de una gran parte precisamente de estos obreros del lujo. Nuevas pruebas en masa de ello en los informes de la Child. Empl. Comm. ↩
En 1861 había en Inglaterra y Gales 94.665 marineros ocupados en la marina mercante. ↩
De ellos, solo 177.596 varones mayores de 13 años. ↩
De ellos, 30.501 mujeres. ↩
De ellos, varones: 137.447. De los 1.208.648 queda excluido todo el personal que no sirve en casas particulares.
Adición a la 2.ª ed. De 1861 a 1870 el número de criados varones casi se duplicó. Había aumentado hasta 267.671. En 1847 había 2.694 guardabosques (para los cotos de caza aristocráticos); en 1869, en cambio, 4.921. — A las muchachas jóvenes que sirven en casa de los pequeños filisteos de Londres se las llama en el habla popular little slaveys, «pequeñas esclavas». ↩
Ganilh, en cambio, considera como resultado final de la explotación mecánica un número absolutamente menor de esclavos del trabajo, a cuyas expensas vive entonces un número mayor de gens honnêtes («gente honrada») que desarrolla su conocida perfectibilité perfectible («perfectibilidad perfectible»). Por poco que entienda el movimiento de la producción, siente al menos que la maquinaria es una institución muy funesta si su introducción convierte en paupers a obreros ocupados mientras su desarrollo da vida a más esclavos del trabajo de los que ha aniquilado. El cretinismo de su propio punto de vista solo puede expresarse con sus propias palabras: «Las clases condenadas a producir y a consumir disminuyen, y las clases que dirigen el trabajo, que alivian, consuelan e ilustran a toda la población, se multiplican... y se apropian de todos los beneficios que resultan de la disminución de los costes del trabajo, de la abundancia de los productos y de la baratura de los consumos. En esta dirección, la especie humana se eleva a las más altas concepciones del genio, penetra en las profundidades misteriosas de la religión, establece los principios saludables de la moral» (que consiste en «apropiarse de todos los beneficios, etc.»), «las leyes tutelares de la libertad» (¿de la libertad para «las clases condenadas a producir»?) «y del poder, de la obediencia y de la justicia, del deber y de la humanidad». Este galimatías, en Des Systèmes d'Économie Politique etc. Par M. Ch. Ganilh, 2.ª ed., París, 1821, t. I, p. 224; cf. ib., p. 212. ↩
Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1865, pp. 58 y ss. Al mismo tiempo, sin embargo, ya estaba dada la base material para la ocupación de un número creciente de obreros en 110 fábricas nuevas con 11.625 telares mecánicos, 628.576 husos y 2.695 caballos de fuerza de vapor y de agua. (L. c.) ↩
Reports etc. for 31st Oct. 1862, p. 79.
Adición a la 2.ª ed. A finales de diciembre de 1871, el inspector fabril A. Redgrave dijo en una conferencia pronunciada en Bradford, en la New Mechanics' Institution: «Lo que me ha llamado la atención desde hace algún tiempo es el aspecto cambiado de las fábricas de lana. Antes estaban llenas de mujeres y niños; ahora la maquinaria parece hacer todo el trabajo. A una pregunta mía, un fabricante me dio la siguiente explicación: con el sistema antiguo yo empleaba a 63 personas; tras introducir maquinaria perfeccionada, reduje mis brazos a 33, y recientemente, a consecuencia de nuevos grandes cambios, he podido reducirlos de 33 a 13». ↩
Reports etc. for 31st Oct. 1856, p. 16. ↩
«Los sufrimientos de los tejedores manuales» (de algodón y de tejidos mezclados con algodón) «fueron objeto de investigación por una comisión real, pero, aunque su miseria se reconoció y se deploró, la mejora (!) de su situación se dejó al azar y al cambio de los tiempos, y cabe esperar que estos sufrimientos» (¡20 años después!) «se hayan extinguido ahora casi (nearly), a lo que con toda probabilidad ha contribuido la gran extensión actual de los telares mecánicos.» (Rep. Insp. Fact., 31st Oct. 1856, p. 15.) ↩
Otros métodos por los que la maquinaria actúa sobre la producción de materias primas se mencionan en el libro tercero. ↩
Exportación de algodón de las Indias Orientales a Gran Bretaña
1846 1860 1865 34.540.143 libras 204.141.168 libras 445.947.600 libras Exportación de lana de las Indias Orientales a Gran Bretaña ↩
1846 1860 1865 4.570.581 libras 20.214.173 libras 20.679.111 libras Exportación de lana del Cabo de Buena Esperanza a Gran Bretaña
1846 1860 1865 2.958.457 libras 16.574.345 libras 28.820.623 libras Exportación de lana de Australia a Gran Bretaña ↩
1846 1860 1865 21.789.346 libras 59.166.616 libras 109.734.261 libras El desarrollo económico de los Estados Unidos es a su vez un producto de la gran industria europea, y más concretamente de la inglesa. En su forma actual (1866) todavía hay que considerarlos como un país colonial de Europa. [A la 4.ª ed.: Desde entonces se han convertido en el segundo país industrial del mundo, sin haber perdido por ello del todo su carácter colonial. — F. E.]
Exportación de algodón de los Estados Unidos a Gran Bretaña (en libras)
1846 401.949.393 1852 765.630.544 1859 961.707.264 1860 1.115.890.608 Exportación de grano, etc., de los Estados Unidos a Gran Bretaña (1850 y 1862) ↩
Trigo, cwts. 1850 16.202.312 1862 41.033.503 Cebada, cwts. 1850 3.669.653 1862 6.624.800 Avena, cwts. 1850 3.174.801 1862 4.426.994 Centeno, cwts. 1850 388.749 1862 7.108 Harina de trigo, cwts. 1850 3.819.440 1862 7.207.113 Alforfón, cwts. 1850 1.054 1862 19.571 Maíz, cwts. 1850 5.473.161 1862 11.694.818 Bere o bigg (una clase particular de cebada), cwts. 1850 2.039 1862 7.675 Guisantes, cwts. 1850 811.620 1862 1.024.722 Judías, cwts. 1850 1.822.972 1862 2.037.137 Importación total, cwts. 1850 35.365.801 1862 74.083.441 En un llamamiento de los obreros echados a la calle por los fabricantes de calzado de Leicester mediante un lock out («cierre patronal») a las Trade Societies of England, julio de 1866, se dice, entre otras cosas: «Desde hace unos 20 años, la zapatería de Leicester se revolucionó con la introducción del remachado en lugar del cosido. Entonces se podían ganar buenos salarios. Pronto este nuevo negocio se extendió mucho. Hubo una gran competencia entre las distintas firmas por ver cuál suministraba el artículo de más gusto. Poco después, sin embargo, surgió una clase peor de competencia, a saber, la de venderse unos a otros por debajo en el mercado (undersell). Las consecuencias perjudiciales se revelaron pronto en la reducción de los salarios, y la caída del precio del trabajo fue tan vertiginosa que muchas firmas solo pagan ya la mitad del salario original. Y, sin embargo, aunque los salarios bajan cada vez más, las ganancias parecen crecer con cada cambio de la tarifa del trabajo.» — Los fabricantes aprovechan incluso los períodos desfavorables de la industria para obtener ganancias extraordinarias mediante reducciones exageradas del salario, es decir, mediante el robo directo de los medios de subsistencia más necesarios del obrero. Un ejemplo. Se trata de la crisis de la tejeduría de seda de Coventry: «De los datos que he recibido tanto de fabricantes como de obreros se sigue sin duda alguna que los salarios se recortaron en mayor medida de lo que exigían la competencia de los productores extranjeros u otras circunstancias. La mayoría de los tejedores trabaja con una reducción del salario del 30 al 40 %. Una pieza de cinta por la que el tejedor recibía cinco años antes 6 o 7 chelines le reporta ahora solo 3 chelines 3 peniques o 3 chelines 6 peniques; otro trabajo, pagado antes a 4 chelines y 4 chelines 3 peniques, recibe ahora solo 2 chelines o 2 chelines 3 peniques. La reducción del salario es mayor de lo que se requiere para estimular la demanda. De hecho, en muchas clases de cinta la reducción del salario no fue acompañada siquiera de ninguna reducción del precio del artículo.» (Informe del comisario F. D. Longe en Ch. Emp. Comm., V. Rep. 1866, p. 114, n.º 1.) ↩
Cf. Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1862, p. 30. ↩
L. c., pp. 18-19. ↩
Reports of Fact. for 31st Oct. 1863, pp. 41-45, 51. ↩
Reports etc. 31st Oct. 1863, pp. 41-42. ↩
L. c., p. 57. ↩
L. c., pp. 50-51. ↩
(Nota de la traducción.) La bolsa inagotable de Fortunato, héroe del libro popular alemán Fortunatus (1509). ↩
L. c., pp. 62-63. ↩
Reports etc. 30th April 1864, p. 27. ↩
De una carta del chief constable («jefe de policía») Harris, de Bolton, en Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1865, pp. 61-62. ↩
En un llamamiento de los obreros algodoneros de la primavera de 1863 para formar una sociedad de emigración se dice, entre otras cosas: «Que una gran emigración de obreros fabriles es ahora absolutamente necesaria, pocos lo negarán. Pero que se requiere en todo tiempo una corriente constante de emigración y que sin ella es imposible mantener nuestra posición en circunstancias ordinarias lo muestran los hechos siguientes. En el año 1814, el valor oficial (que es solo un índice de la cantidad) de los géneros de algodón exportados ascendía a 17.665.378 £, y su valor real de mercado, a 20.070.824 £. En el año 1858, el valor oficial de los géneros de algodón exportados ascendía a 182.221.681 £, y su valor real de mercado, a solo 43.001.322 £, de modo que decuplicar la cantidad produjo poco más que duplicar el equivalente. Este resultado, tan funesto para el país en general y para los obreros fabriles en particular, lo produjeron varias causas concurrentes. Una de las más destacadas es la constante sobreabundancia de trabajo, indispensable para esta rama de negocio, que, so pena de aniquilación, necesita una expansión constante del mercado. Nuestras fábricas de algodón pueden quedar paradas por el estancamiento periódico del comercio, que, con la organización actual, es tan inevitable como la muerte misma. Pero no por eso se detiene el ingenio humano. Aunque, calculando por lo bajo, 6 millones de personas han abandonado este país durante los últimos 25 años, sin embargo, a consecuencia del continuo desplazamiento de trabajo para abaratar el producto, un gran porcentaje de los hombres adultos se encuentra, incluso en las épocas de mayor prosperidad, en la imposibilidad de hallar ocupación de ninguna clase, en ninguna condición, en las fábricas.» (Reports of Insp. of Fact., 30th April 1863, pp. 51-52.) En un capítulo posterior se verá cómo los señores fabricantes, durante la catástrofe algodonera, trataron por todos los medios, incluso por medio del Estado, de impedir la emigración de los obreros fabriles. ↩
Ch. Empl. Comm., III. Report, 1864, p. 108, n. 447. ↩
En los Estados Unidos es frecuente esta clase de reproducción del artesanado sobre la base de la maquinaria. Precisamente por eso, la concentración, en el inevitable paso a la explotación fabril, marchará allí con botas de siete leguas en comparación con Europa e incluso con Inglaterra. ↩
Véase Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1865, p. 64. ↩
El señor Gillott fundó en Birmingham la primera manufactura de plumillas de acero a gran escala. Ya en 1851 suministraba más de 180 millones de plumillas y consumía anualmente 120 toneladas de chapa de acero. Birmingham, que monopoliza esta industria en el Reino Unido, produce ahora anualmente miles de millones de plumillas de acero. El número de personas ocupadas ascendía según el censo de 1861 a 1.428, entre ellas 1.268 obreras, enroladas desde los 5 años. ↩
Ch. Empl. Comm., II. Rep., 1864, p. LXVIII, n. 415. ↩
¡Y no digamos los niños en el afilado de limas de Sheffield! ↩
Ch. Empl. Comm., V. Rep., 1866, p. 3, n. 24; p. 6, n. 55, 56; p. 7, n. 59, 60. ↩
L. c., pp. 114, 115, n. 6-7. El comisionado observa acertadamente que, si en otros casos la máquina sustituye al hombre, aquí el muchacho sustituye literalmente a la máquina. ↩
Véase el informe sobre el comercio de trapos y numerosas pruebas en Public Health, VIII. Report, Londres, 1866, Appendix, pp. 196-208. ↩
Child. Empl. Comm., V. Report, 1866, pp. XVI-XVIII, n. 86-97, y pp. 130-133, n. 39-71. Véase también ib., III. Report, 1864, pp. 48, 56. ↩
Public Health, VI. Rep., Londres, 1864, pp. 29, 31. ↩
L. c., p. 30. El doctor Simon observa que la mortalidad de los sastres e impresores de Londres de 25 a 35 años es en realidad mucho mayor, porque sus patronos londinenses reciben del campo un gran número de jóvenes de hasta 30 años como «aprendices» e improvers (que quieren perfeccionarse en su oficio). Estos figuran en el censo como londinenses e hinchan el número de cabezas sobre el que se calcula la tasa de mortalidad de Londres sin contribuir proporcionalmente al número de defunciones de Londres. Una gran parte de ellos, en efecto, vuelve al campo, y muy especialmente en los casos de enfermedad grave (l. c.). ↩
Se trata aquí de clavos forjados a martillo, a diferencia de los clavos cortados, fabricados a máquina. Véase Child. Empl. Comm., III. Report, p. XI, p. XIX, n. 125-130; p. 52, n. 11; pp. 113-114, n. 487; p. 137, n. 674. ↩
Child. Empl. Comm., II. Report, p. XXII, n. 166. ↩
Child. Empl. Comm., II. Report, 1864, pp. XIX, XX, XXI. ↩
L. c., pp. XXI, XXII. ↩
L. c., pp. XXIX, XXX. ↩
L. c., pp. XL, XLI. ↩
(Nota de la traducción.) Charles de Montalembert (1810-1870), político y publicista católico francés, admirador de las instituciones inglesas (De l'avenir politique de l'Angleterre, 1856). ↩
Child. Empl. Comm., I. Rep., 1863, p. 185. ↩
Millinery se refiere en rigor solo a los tocados, pero también a los abrigos y mantillas de señora, mientras que las dressmakers son idénticas a nuestras modistas. ↩
(Nota de la traducción.) «Miembros dispersos»; eco de Horacio, Sátiras, I, 4 (disiecti membra poetae). ↩
La millinery y el dressmaking ingleses se practican en su mayoría en los locales de los patronos, en parte por obreras que viven allí y están contratadas, en parte por jornaleras que viven fuera. ↩
(Nota de la traducción.) «Sujeto a talla a merced y misericordia»: fórmula del derecho feudal francés para los siervos a los que el señor podía gravar a su arbitrio. ↩
El comisionado White visitó una manufactura de uniformes militares que ocupaba de 1.000 a 1.200 personas, casi todas del sexo femenino, y una manufactura de calzado con 1.300 personas, de las que casi la mitad eran niños y personas jóvenes, etc. (Child. Empl. Comm., II. Rep., p. XLVII, n. 319). ↩
Un ejemplo. El 26 de febrero de 1864, el informe semanal de mortalidad del Registrar General contiene 5 casos de muerte por hambre. El mismo día, el Times informa de un nuevo caso de muerte por hambre. ¡Seis víctimas de la muerte por hambre en una semana! ↩
Child. Empl. Comm., II. Rep., 1864, p. LXVII, n. 406-409; p. 84, n. 124; p. LXXIII, n. 441; p. 68, n. 6; p. 84, n. 126; p. 78, n. 85; p. 76, n. 69; p. LXXII, n. 438. ↩
«El alquiler de los locales necesarios como cuartos de trabajo parece ser el elemento que en último término decide la cuestión, y por consiguiente es en la metrópoli donde el viejo sistema de dar trabajo a pequeños patronos y a familias se ha conservado más tiempo y antes se ha vuelto a él» (l. c., p. 83, n. 123). La frase final se refiere exclusivamente a la zapatería. ↩
En la guantería, etc., donde la situación de los obreros apenas se distingue de la de los paupers, esto no ocurre. ↩
L. c., p. 83, n. 122. ↩
Solo en la fabricación de botas y zapatos de Leicester, que produce para la venta al por mayor, se utilizaban ya en 1864 800 máquinas de coser. ↩
L. c., p. 84, n. 124. ↩
Así en el depósito de vestuario del ejército en Pimlico, Londres; en la fábrica de camisas de Tillie y Henderson en Londonderry; en la fábrica de ropa de la casa Tait en Limerick, que consume unos 1.200 «brazos». ↩
«Tendencia al sistema fabril» (l. c., p. LXVII). «Todo el ramo se encuentra en este momento en un estado de transición y está experimentando el mismo cambio que se produjo en la industria del encaje, en la tejeduría, etc.» (l. c., n. 405). «Una revolución completa» (l. c., p. XLVI, n. 318). En tiempos de la Child. Empl. Comm. de 1840, la fabricación de medias era todavía trabajo manual. Desde 1846 se introdujo maquinaria diversa, movida ahora por vapor. El número total de personas de ambos sexos y de todas las edades, desde los 3 años, ocupadas en la fabricación inglesa de medias ascendía en 1862 a unas 120.000. De ellas, según el Parliamentary Return del 11 de febrero de 1862, solo 4.063 estaban sometidas a la ley fabril. ↩
Así, por ejemplo, en la alfarería, la casa Cochran, de la Britannia Pottery, Glasgow, informa: «Para mantener nuestra cantidad de producción, hemos recurrido ampliamente a máquinas manejadas por trabajo no cualificado, y cada día nos convence de que podemos producir una cantidad mayor que con el viejo método» (Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1865, p. 13). «El efecto de la ley fabril es empujar a una mayor introducción de maquinaria» (l. c., pp. 13, 14). ↩
Así, tras la introducción de la ley fabril en la alfarería, gran aumento de los power jiggers (tornos movidos mecánicamente) en lugar de los handmoved jiggers (tornos movidos a mano). ↩
Rep. Insp. Fact., 31st Oct. 1865, pp. 96 y 127. ↩
La introducción de esta y otra maquinaria en la fábrica de cerillas ha sustituido, en uno de sus departamentos, a 230 personas jóvenes por 32 muchachos y muchachas de 14 a 17 años. Este ahorro de obreros se llevó más lejos en 1865 mediante el empleo de la fuerza del vapor. ↩
Child. Empl. Comm., II. Rep., 1864, p. IX, n. 50. ↩
Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1865, p. 22. ↩
(Nota de la traducción.) «¿Imposible? ¡No me digáis nunca esa palabra estúpida!»; frase atribuida a Mirabeau. ↩
«Las mejoras necesarias... no pueden introducirse en muchas manufacturas antiguas sin un desembolso de capital que supera los medios de muchos de los actuales propietarios... Una desorganización pasajera acompaña necesariamente a la introducción de las leyes fabriles. La magnitud de esta desorganización está en proporción directa con la magnitud de los males que hay que curar» (l. c., pp. 96, 97). ↩
En los altos hornos, por ejemplo, «... el trabajo hacia el final de la semana se prolonga por lo general mucho en su duración, a consecuencia de la costumbre de los hombres de holgazanear el lunes y a veces también durante una parte o la totalidad del martes» (Child. Empl. Comm., III. Rep., p. VI). «Los pequeños maestros tienen por lo general horarios muy irregulares. Pierden 2 o 3 días y luego trabajan toda la noche para recuperarlos... Siempre emplean a sus propios hijos, si los tienen» (l. c., p. VII). «La falta de regularidad en la llegada al trabajo, alentada por la posibilidad y la práctica de compensarla trabajando más horas» (l. c., p. XVIII). «Enorme pérdida de tiempo en Birmingham... holgazanear parte del tiempo, deslomarse el resto» (l. c., p. XI). ↩
Child. Empl. Comm., IV. Rep., p. XXXII. «Se dice que la extensión del sistema ferroviario ha contribuido mucho a esta costumbre de hacer pedidos repentinos, y a la consiguiente prisa, el descuido de las horas de comida y el trabajo hasta tarde de los obreros» (l. c., p. XXXI). ↩
Child. Empl. Comm., IV. Rep., p. XXXV, n. 235 y 237. ↩
L. c., p. 127, n. 56. ↩
«En cuanto a la pérdida de negocio por no completar a tiempo los pedidos de embarque, recuerdo que este era el argumento favorito de los patronos fabriles en 1832 y 1833. Nada de lo que pueda aducirse ahora sobre este tema podría tener la fuerza que tenía entonces, antes de que el vapor hubiera reducido a la mitad todas las distancias e implantado nuevas reglas para el transporte. En aquel tiempo no resistió en absoluto la prueba cuando se sometió a ella, y de nuevo fracasará sin duda si hubiera que ponerlo a prueba» (Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1862, pp. 54, 55). ↩
Child. Empl. Comm., III. Rep., p. XVIII, n. 118. ↩
John Bellers observa ya en 1699: «La incertidumbre de las modas aumenta los pobres necesitados. Encierra dos grandes males: 1.º) Los oficiales están en la miseria en invierno por falta de trabajo, pues los merceros y los maestros tejedores no se atreven a emplear sus existencias en mantener ocupados a los oficiales antes de que llegue la primavera y sepan qué estará entonces de moda; 2.º) En primavera no bastan los oficiales, sino que los maestros tejedores tienen que tomar muchos aprendices para poder abastecer el comercio del reino en un trimestre o medio año, lo que roba brazos al arado, despoja al campo de trabajadores, llena en gran parte la ciudad de mendigos y hace morir de hambre en invierno a algunos que se avergüenzan de mendigar» (Essays about the Poor, Manufactures etc., p. 9). ↩
Child. Empl. Comm., V. Rep., p. 171, n. 34. ↩
Así, por ejemplo, se dice en las declaraciones de los comerciantes exportadores de Bradford: «En estas circunstancias está claro que no hace falta tener ocupados a los muchachos en los almacenes más que de las 8 de la mañana a las 7 o las 7½ de la tarde. Es solo una cuestión de gasto extra y de brazos extra. Los muchachos no tendrían que trabajar hasta tan entrada la noche si algunos patronos no tuvieran tanta hambre de ganancia; una máquina extra cuesta solo 16 o 18 £... Todas las dificultades nacen de instalaciones insuficientes y de falta de espacio» (l. c., p. 171, n. 35, 36 y 38). ↩
L. c. Un fabricante londinense, que por lo demás considera la regulación obligatoria de la jornada laboral como medio de protección de los obreros frente a los fabricantes y de los propios fabricantes frente al comercio al por mayor, declara: «La presión en nuestro negocio la causan los exportadores, que, por ejemplo, quieren enviar la mercancía en un velero para que esté en el lugar a tiempo para una temporada determinada y embolsarse al mismo tiempo la diferencia de flete entre el velero y el vapor, o que, de dos vapores, eligen el primero para aparecer en el mercado extranjero antes que sus competidores». ↩
«Esto podría remediarse», dice un fabricante, «a costa de una ampliación de las instalaciones bajo la presión de una ley general del Parlamento» (l. c., p. X, n. 38). ↩
L. c., p. XV, n. 72 sqq. ↩
(Nota de la traducción.) Alusión a la teoría de Nassau W. Senior, que explicaba la ganancia del capital como remuneración de la «abstinencia» del capitalista. ↩
Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1865, p. 127. ↩
Se ha comprobado por experiencia que un individuo medio sano consume aproximadamente 25 pulgadas cúbicas de aire en cada respiración de intensidad media y que se producen unas 20 respiraciones por minuto. El consumo de aire de un individuo en 24 horas sería, pues, de unas 720.000 pulgadas cúbicas, o 416 pies cúbicos. Pero se sabe que el aire una vez respirado ya no puede servir para el mismo proceso antes de haber sido purificado en el gran taller de la naturaleza. Según los experimentos de Valentin y Brunner, un hombre sano parece exhalar unas 1.300 pulgadas cúbicas de ácido carbónico por hora, lo que daría unas 8 onzas de carbono sólido expulsadas por los pulmones en 24 horas. «Cada hombre debería tener al menos 800 pies cúbicos» (Huxley). ↩
Según la ley fabril inglesa, los padres no pueden mandar a niños menores de 14 años a las fábricas «controladas» sin hacer que se les dé al mismo tiempo enseñanza elemental. El fabricante es responsable del cumplimiento de la ley. «La enseñanza fabril es obligatoria, y es una condición del trabajo» (Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1865, p. 111). ↩
Sobre los resultados más ventajosos de la unión de la gimnasia (para los muchachos, también ejercicios militares) con la enseñanza obligatoria de los niños de las fábricas y los alumnos de las escuelas de pobres, véase el discurso de N. W. Senior en el 7.º congreso anual de la National Association for the Promotion of Social Science, en Report of Proceedings etc., Londres, 1863, pp. 63, 64, así como el informe de los inspectores fabriles del 31 de octubre de 1865, pp. 118, 119, 120, 126 sqq. ↩
Reports of Insp. of Fact., l. c., pp. 118, 119. Un ingenuo fabricante de seda declara a los comisionados investigadores de la Child. Empl. Comm.: «Estoy absolutamente convencido de que el verdadero secreto de la producción de obreros competentes se encuentra en la unión del trabajo con la enseñanza desde el período de la infancia. Naturalmente, el trabajo no debe ser ni demasiado fatigoso ni repugnante e insalubre. Desearía que mis propios hijos tuvieran trabajo y juego para alternar con la escuela» (Child. Empl. Comm., V. Rep., p. 82, n. 36). ↩
Senior, l. c., p. 66. Cómo la gran industria, llegada a cierta altura, mediante la revolución del modo material de producción y de las relaciones sociales de producción revoluciona también las cabezas, lo muestra de modo contundente una comparación entre el discurso de N. W. Senior de 1863 y su filípica contra la ley fabril de 1833, o una comparación de las opiniones del mencionado congreso con el hecho de que en ciertas partes rurales de Inglaterra todavía se prohíbe a los padres pobres, so pena de morir de hambre, educar a sus hijos. Así, por ejemplo, el señor Snell informa como práctica habitual en Somersetshire de que, cuando una persona pobre solicita socorro parroquial, se la obliga a sacar a sus hijos de la escuela. Así cuenta el señor Wollaston, párroco de Feltham, casos en que se negó todo socorro a ciertas familias ¡«porque mandaban a sus muchachos a la escuela»! ↩
Allí donde máquinas artesanales, movidas por fuerza humana, compiten directa o indirectamente con una maquinaria desarrollada y que, por tanto, presupone una fuerza motriz mecánica, se produce una gran transformación en lo que respecta al obrero que mueve la máquina. Originariamente, la máquina de vapor sustituyó a este obrero; ahora es él quien ha de sustituir a la máquina de vapor. La tensión y el gasto de su fuerza de trabajo se vuelven, por tanto, monstruosos, ¡y no digamos para los no adultos condenados a esta tortura! Así, el comisionado Longe encontró en Coventry y sus alrededores a muchachos de 10 a 15 años empleados en hacer girar los telares de cintas, aparte de niños más pequeños que tenían que hacer girar telares de menores dimensiones. «Es un trabajo extraordinariamente penoso.» «El muchacho es un mero sustituto de la fuerza del vapor» (Child. Empl. Comm., V. Rep. 1866, p. 114, n. 6). Sobre las consecuencias homicidas de «este sistema de esclavitud», como lo llama el informe oficial, l. c. sq. ↩
L. c., p. 3, n. 24. ↩
L. c., p. 7, n. 60. ↩
«En algunas partes de las Highlands de Escocia... aparecían muchos pastores y cotters (campesinos con choza y parcela) con su mujer y sus hijos, según el Statistical Account, con zapatos que ellos mismos habían hecho de cuero que ellos mismos habían curtido, con ropas que no había tocado otra mano que la suya, cuyo material habían esquilado ellos mismos de las ovejas o para las que ellos mismos habían cultivado el lino. En la confección de la ropa apenas entraba ningún artículo comprado, salvo la lezna, la aguja, el dedal y muy pocas piezas del herraje empleado en el tejido. Los tintes los obtenían las propias mujeres de árboles, arbustos y hierbas, etc.» (Dugald Stewart, Works, ed. Hamilton, vol. VIII, pp. 327-328). ↩
En el famoso Livre des métiers de Étienne Boileau se prescribe, entre otras cosas, que un oficial, al ser admitido entre los maestros, preste juramento de «amar fraternalmente a sus hermanos, apoyarlos, cada uno en su métier, no traicionar voluntariamente los secretos del oficio e incluso, en interés de la comunidad, no llamar la atención del comprador sobre los defectos de la obra de otros para recomendar su propia mercancía». ↩
«La burguesía no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción, y con ello las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. La conservación inalterada del viejo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales anteriores. La transformación constante de la producción, la conmoción ininterrumpida de todas las condiciones sociales, la inseguridad y el movimiento perpetuos distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones fijas y enmohecidas, con su séquito de representaciones e ideas veneradas durante siglos, se disuelven; las nuevas envejecen antes de llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado se evapora, todo lo sagrado es profanado, y los hombres se ven por fin obligados a mirar con ojos desapasionados su posición en la vida y sus relaciones recíprocas» (F. Engels y Karl Marx, Manifest der Kommunistischen Partei, Londres, 1848, p. 5). ↩
«Me quitáis la vida / cuando me quitáis los medios con que vivo» (Shakespeare). [(Nota de la traducción.) El mercader de Venecia, acto IV, escena 1: palabras de Shylock.] ↩
Un obrero francés escribe a su regreso de San Francisco: «Nunca habría creído que fuera capaz de ejercer todos los oficios que he desempeñado en California. Estaba firmemente convencido de que, fuera de la imprenta, no servía para nada... Una vez en medio de este mundo de aventureros, que cambian de oficio con más facilidad que de camisa, ¡a fe mía!, hice como los demás. Como el trabajo en las minas no resultaba bastante lucrativo, lo dejé y me fui a la ciudad, donde fui sucesivamente tipógrafo, techador, fundidor de plomo, etc. A consecuencia de esta experiencia de ser apto para todos los trabajos, me siento menos molusco y más hombre» (A. Corbon, De l'enseignement professionnel, 2.ª ed., p. 50). ↩
(Nota de la traducción.) «¡Zapatero, no pases del zapato!», es decir, «zapatero, a tus zapatos»: dicho que Plinio el Viejo atribuye al pintor Apeles. ↩
(Nota de la traducción.) El original dice Kettenstuhl. El invento de Arkwright fue la máquina de hilar continua movida por agua (water frame, patentada en 1769). ↩
John Bellers, un verdadero fenómeno en la historia de la economía política, comprendió ya a finales del siglo XVII con la más plena claridad la necesaria supresión de la educación y la división del trabajo actuales, que producen hipertrofia y atrofia en ambos extremos de la sociedad, aunque en direcciones opuestas. Dice, entre otras cosas, con acierto: «Un aprendizaje ocioso no es mucho mejor que el aprendizaje de la ociosidad... El trabajo corporal es una institución primitiva de Dios... El trabajo es tan propio para la salud del cuerpo como el comer para su vida; pues el dolor que un hombre se ahorra con la comodidad lo encontrará en la enfermedad... el trabajo añade aceite a la lámpara de la vida cuando el pensar la inflama... Una ocupación infantil y boba» (esto, como un presentimiento, contra los Basedow [(Nota de la traducción.) Johann Bernhard Basedow (1724-1790), pedagogo alemán de la Ilustración, fundador del Philanthropinum de Dessau, que quería enseñar jugando.] y sus modernos chapuceros imitadores) «deja bobas las mentes de los niños» (Proposals for raising a Colledge of Industry of all useful Trades and Husbandry, Londres, 1696, pp. 12, 14, 16, 18). ↩
Este, por lo demás, se da en gran parte también en talleres más pequeños, como hemos visto en la manufactura de encajes y el trenzado de paja, y como podría mostrarse con más detalle sobre todo en las manufacturas metalúrgicas de Sheffield, Birmingham, etc. ↩
Child. Empl. Comm., V. Rep., p. XXV, n. 162, y II. Rep., p. XXXVIII, n. 285, 289, pp. XXV, XXVI, n. 191. ↩
«El trabajo fabril puede ser tan puro y tan excelente como el trabajo doméstico, y quizá más» (Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1865, p. 129). ↩
L. c., pp. 27, 32. ↩
Pruebas en masa de ello en los Rep. of Insp. of Fact. ↩
Child. Empl. Comm., V. Rep., p. X, n. 35. ↩
L. c., p. IX, n. 28. ↩
L. c., p. XXV, n. 165-167. Sobre las ventajas de la gran explotación comparada con la explotación diminuta, véase Child. Empl. Comm., III. Rep., p. 13, n. 144; p. 25, n. 121; p. 26, n. 125; p. 27, n. 140, etc. ↩
Las ramas industriales que habían de reglamentarse son: manufactura de encajes, fabricación de medias, trenzado de paja, manufactura del wearing apparel con sus numerosas variedades, fabricación de flores artificiales, zapatería, sombrerería y guantería, sastrería, todas las fábricas metalúrgicas, desde los altos hornos hasta las fábricas de agujas, etc., fábrica de papel, manufactura de vidrio, manufactura de tabaco, fábricas de India-rubber (caucho), fabricación de lizos (para la tejeduría), tejeduría manual de alfombras, manufactura de paraguas y sombrillas, fabricación de husos y carretes, imprenta, encuadernación, comercio de artículos de escritorio (stationery, al que pertenece la confección de cajas de papel, tarjetas, tintes para papel, etc.), cordelería, manufactura de joyas de azabache, tejerías, manufactura manual de seda, tejeduría de Coventry, salinas, fábricas de velas de sebo y de cemento, refinerías de azúcar, fabricación de galletas, diversos trabajos en madera y otros trabajos mixtos. ↩
L. c., p. XXV, n. 169. ↩
La Factory Acts Extension Act se aprobó el 12 de agosto de 1867. Regula todas las fundiciones, forjas y manufacturas de metal, incluidas las fábricas de maquinaria, además de las manufacturas de vidrio, papel, gutapercha, caucho y tabaco, las imprentas, las encuadernaciones y, por último, todos los talleres en los que se ocupen más de 50 personas. La Hours of Labour Regulation Act, aprobada el 17 de agosto de 1867, regula los talleres más pequeños y el llamado trabajo a domicilio. Volveré sobre estas leyes, sobre la nueva Mining Act de 1872, etc., en el tomo II. ↩
(Nota de la traducción.) «Experimento en un cuerpo sin valor.» ↩
Senior, Social Science Congress, pp. 55-58. ↩
El personal de la inspección fabril se componía de 2 inspectores, 2 inspectores auxiliares y 41 subinspectores. En 1871 se nombraron otros ocho subinspectores. El coste total de la aplicación de las leyes fabriles en Inglaterra, Escocia e Irlanda ascendió en 1871/72 a solo 25.347 £, incluidas las costas judiciales de los procesos por infracciones. ↩
(Nota de la traducción.) Streusand drauf!, literalmente «¡arena secante encima!», como la que se echaba sobre la tinta fresca de un documento para darlo por cerrado. ↩
Robert Owen, el padre de las fábricas y tiendas cooperativas, pero que, como se ha observado antes, no compartía en absoluto las ilusiones de sus seguidores sobre el alcance de estos elementos aislados de transformación, no solo partió de hecho del sistema fabril en sus ensayos, sino que lo declaró también teóricamente punto de partida de la revolución social. El señor Vissering, profesor de economía política en la Universidad de Leiden, parece barruntar algo así cuando, en su Handboek van Praktische Staathuishoudkunde, 1860-1862, que expone las vulgaridades de la economía vulgar en la forma más apropiada, aboga por la explotación artesanal contra la gran industria. [A la 4.ª ed.: El «nuevo rey de ratas jurídico» [(Nota de la traducción.) Engels recoge una expresión de Marx al final del capítulo octavo (apartado 7): juristischer Rattenkönig, «rey de ratas jurídico»; un «rey de ratas» es una maraña de ratas con las colas enredadas y, en sentido figurado, un embrollo inextricable.] que la legislación inglesa había creado mediante las contradictorias Factory Acts, Factory Acts Extension Act y Workshops' Act se volvió por fin insoportable, y así se llegó, con la Factory and Workshop Act de 1878, a una codificación de toda la legislación correspondiente. Naturalmente, no puede hacerse aquí una crítica detallada de este código industrial de Inglaterra, hoy vigente. Bastarán, pues, las siguientes indicaciones. La ley comprende: 1. Fábricas textiles. Aquí todo sigue más o menos como antes: tiempo de trabajo permitido para los niños de más de 10 años, 5½ horas diarias, o bien 6 horas, y entonces el sábado libre; personas jóvenes y mujeres, 10 horas durante cinco días, 6½ como máximo el sábado. 2. Fábricas no textiles. Aquí las disposiciones se han acercado más que antes a las del n.º 1, pero siguen existiendo algunas excepciones favorables a los capitalistas, que en algunos casos pueden ampliarse todavía mediante un permiso especial del ministro del Interior. 3. Workshops, definidos aproximadamente como en la ley anterior; en la medida en que se ocupan en ellos niños, obreros jóvenes o mujeres, los workshops quedan prácticamente equiparados a las fábricas no textiles, aunque de nuevo con facilidades en los detalles. 4. Workshops en los que no se ocupan niños ni obreros jóvenes, sino solo personas de ambos sexos mayores de 18 años; para esta categoría rigen todavía más facilidades. 5. Domestic workshops, en los que solo trabajan miembros de la familia en la vivienda familiar; disposiciones todavía más elásticas y, al mismo tiempo, la restricción de que el inspector, sin permiso especial ministerial o judicial, solo puede entrar en los locales que no se usen a la vez como vivienda; y, por último, la liberación incondicional del trenzado de paja, del encaje de bolillos y de la guantería dentro de la familia. Con todos sus defectos, la ley sigue siendo, junto con la ley federal suiza sobre las fábricas del 23 de marzo de 1877, con mucho la mejor ley sobre la materia. Compararla con la mencionada ley federal suiza tiene especial interés porque pone muy a la vista las ventajas y los inconvenientes de los dos métodos legislativos: el inglés, «histórico», que interviene caso por caso, y el continental, más generalizador, construido sobre las tradiciones de la Revolución francesa. Por desgracia, el código inglés, en su aplicación a los workshops, sigue siendo en gran parte letra muerta, a causa de la insuficiencia del personal de inspección. — F. E.] ↩
Una exposición detallada de la maquinaria empleada en la agricultura inglesa se encuentra en Die landwirthschaftlichen Geräthe und Maschinen Englands, del doctor W. Hamm, 2.ª ed., 1856. En su esbozo de la marcha del desarrollo de la agricultura inglesa, el señor Hamm sigue con demasiada poca crítica al señor Léonce de Lavergne. [A la 4.ª ed.: Ahora, naturalmente, anticuado. — F. E.] ↩
«Dividís al pueblo en dos campos hostiles de patanes zafios y enanos afeminados. ¡Santo cielo! Una nación dividida en intereses agrícolas y comerciales que se llama sana, más aún, que se tiene por ilustrada y civilizada, no solo a pesar de esta división monstruosa y antinatural, sino a consecuencia de ella» (David Urquhart, l. c., p. 119). Este pasaje muestra a la vez la fuerza y la debilidad de una clase de crítica que sabe juzgar y condenar el presente, pero no comprenderlo. ↩
Véase Liebig, Die Chemie in ihrer Anwendung auf Agrikultur und Physiologie, 7.ª ed., 1862, y en particular, en el primer tomo, la «Einleitung in die Naturgesetze des Feldbaus» («Introducción a las leyes naturales de la agricultura»). Haber desarrollado el lado negativo de la agricultura moderna desde el punto de vista de la ciencia natural es uno de los méritos inmortales de Liebig. También sus apreciaciones históricas sobre la historia de la agricultura, aunque no carentes de errores groseros, contienen destellos de luz. Es de lamentar que se aventure al azar con afirmaciones como la siguiente: «Mediante una pulverización llevada más lejos y un arado más frecuente se favorece la renovación del aire en el interior de las partes porosas de la tierra, y se aumenta y renueva la superficie de las partes de la tierra sobre las que el aire ha de actuar; pero es fácil de comprender que los rendimientos adicionales del campo no pueden ser proporcionales al trabajo empleado en el campo, sino que aumentan en una proporción mucho menor». «Esta ley», añade Liebig, «la ha enunciado por primera vez J. St. Mill en sus Princ. of Pol. Econ., v. I, p. 17, de la manera siguiente: “Que el producto de la tierra aumenta, caeteris paribus, en una proporción decreciente respecto al aumento del número de trabajadores empleados”» (el señor Mill repite incluso la ley de la escuela ricardiana en una fórmula falsa, pues, como en Inglaterra la disminución de los trabajadores empleados, the decrease of the labourers employed, ha ido constantemente al paso del progreso de la agricultura, la ley inventada para Inglaterra y en Inglaterra no encontraría aplicación, al menos en Inglaterra) «“es la ley universal de la industria agrícola”, cosa bastante notable, ya que él desconocía su fundamento» (Liebig, l. c., t. I, p. 143 y nota). Prescindiendo de la errónea interpretación de la palabra «trabajo», por la que Liebig entiende algo distinto que la economía política, es en todo caso «bastante notable» que convierta al señor J. St. Mill en primer heraldo de una teoría que James Anderson publicó por primera vez en tiempos de A. Smith y repitió en diversos escritos hasta comienzos del siglo XIX; de la que Malthus, maestro del plagio en general (toda su teoría de la población es un plagio desvergonzado), se apropió en 1815; que West desarrolló al mismo tiempo e independientemente de Anderson; que Ricardo puso en 1817 en conexión con la teoría general del valor y que desde entonces ha dado la vuelta al mundo con el nombre de Ricardo; que vulgarizó en 1820 James Mill (el padre de J. St. Mill) y que, por último, también el señor J. St. Mill, entre otros, repite como dogma de escuela convertido ya en lugar común. Es innegable que J. St. Mill debe su autoridad, «notable» en todo caso, casi únicamente a quid pro quos semejantes. ↩