Alarme, n.º 9, julio-agosto-septiembre de 1980 (págs. 18-19). PDF del número completo · Texto original en francés
Una fuerte oleada de huelgas tiene lugar actualmente en Polonia. El movimiento, que partió de reivindicaciones relativas a las subidas de precios de los productos de primera necesidad, se extendió rápidamente a la mayor parte de los puertos del Báltico y, en mayor o menor medida, al interior del país. Las reivindicaciones también se han desarrollado, hasta llegar últimamente a las 21 reivindicaciones del comité interempresas de Gdansk. El movimiento, aun teniendo aspectos positivos —solidaridad de clase, etc.—, no ataca al capital; en efecto, sigue actualmente en gran parte influido por el K.O.R.1 («oposición»), que lo lleva al terreno «democrático», nacionalista, al terreno autogestionario.
Ese terreno es un callejón sin salida para el proletariado.
El terreno del proletariado es el del ataque al centro nervioso del capital, el ataque a la plusvalía, mediante reivindicaciones que no deben considerarse como un fin en sí, sino como medios de dar la mayor dinámica posible al movimiento revolucionario. Por ejemplo: reducción masiva de las horas de trabajo, todo aumento de la producción debe revertir al proletariado (véase Pro segundo manifiesto comunista, del F.O.R.)... Este ataque al Capital solo puede hacerse fuera de todos los sindicatos y contra todos ellos. Porque todo sindicato, sea «libre» o no, es decir, esté o no totalmente controlado por el Estado, es un organismo contrarrevolucionario (véase «Sindicalismo y decadencia» en este mismo número).
Los revolucionarios no pueden, pues, sino oponerse a la creación de sindicatos «libres». Además, un sindicato realmente libre, independiente del Estado, es imposible en periodo de «paz social», en la medida en que dos órganos capitalistas que no están en lucha abierta por la toma del poder colaboran más o menos estrechamente para mantener la explotación.
[ilegible] declarado que no cederían en las reivindicaciones de los huelguistas. En realidad no consideran todavía que la situación lo requiera, pero, si la situación lo requiere, una parte al menos del capitalismo internacional, por intermedio del capitalismo polaco, puede perfectamente ceder provisionalmente en las 21 reivindicaciones. Si los sindicatos oficiales ya no son aptos para contener a los proletarios, se tratará de crear sindicatos «libres», que serán un arma adaptada a las circunstancias en caso de que el movimiento se limitara al terreno gobierno-«oposición». Si lo necesita, el Estado polaco puede ceder mucho más que este programa para poder destruir mejor el movimiento.
En Polonia, como en todos los países del mundo, el juego gobierno/«oposición» es muy útil al capital. La alternativa revolución social, comunismo, o explotación reforzada y barbarie, queda así sustituida, pese a la lucha del proletariado, por la alternativa mal dirigente/buen dirigente. El proletariado es así desviado de su terreno de clase. Y, en efecto, en Polonia cada una de las 21 reivindicaciones está en el terreno gobierno-«oposición». No se trata, para los revolucionarios, de pedir nuevos sindicatos, nuevas fuerzas para el capital, sino de destruirlos. No se trata de reclamar «el acceso a los medios de comunicación de los representantes de todas las Iglesias», ni de colgar fotos del Papa en tal o cual fábrica en huelga, ni de oír misa a la entrada de tal o cual fábrica ocupada, sino de destruir la religión como apoyo del capital. No se trata de «sacar al país de la crisis», ni de gritar «viva Polonia», ni de luchar por la autogestión, sino de destruir el capital y con él todas las fronteras y toda la miseria que sufrimos. No se trata de reclamar «la escala móvil de salarios» en el momento en que solo la revolución social está a la orden del día y, por tanto, solo están a la orden del día las reivindicaciones que atacan la plusvalía y que no tienen por qué tener en cuenta lo que puede darnos el capital, sino que apuntan únicamente a su destrucción.
El Este, igual que el Oeste, tiembla ante la eventualidad de un movimiento revolucionario en Polonia, en el que puede desembocar la actual oleada de huelgas. Y así es, principalmente, como hay que entender las declaraciones y acciones de las personalidades occidentales, su apoyo a la «oposición» o al gobierno según estimen que una u otro es más apto para controlar, y luego para domar, la oleada de huelgas. Desde Schmidt, canciller alemán, que parece haber optado por el gobierno polaco y acaba de ofrecerle un préstamo, hasta Strauss, líder de la «oposición» alemana, que por su parte apoya a la «oposición» polaca y querría que dicho préstamo se subordinara a la satisfacción de las 21 reivindicaciones, pasando por los sindicatos (la CGT, en apoyo del gobierno; la CFDT, en apoyo de la oposición) y por la Iglesia, que todavía da bordadas entre «oposición» y gobierno. Todas las fuerzas, todos los defensores del capitalismo, se afanan como hienas alrededor de esta oleada de huelgas, bien para desviarla y utilizarla, bien para destruirla en nombre de los «derechos del hombre» o de cualquier otra pamplina. Finalmente, el proletariado internacional, y entre otros el polaco, tiene pues, si quiere vencer, si quiere acabar con la esclavitud asalariada, que atacar a todas las fuerzas capitalistas —«oposición», sindicatos, religión, etc.— para hacer tabla rasa de ellas.
24/08/80.
Comité de Defensa de los Obreros, grupo de la oposición intelectual polaca fundado en 1976. ↩