Alarme, n.º 10, octubre-noviembre-diciembre de 1980 (págs. 8-9). PDF del número completo · Texto original en francés

Todas las organizaciones oficiales de la seudooposición «socialista», «comunista», «trotskista», etc., pretenden enfrentarse al capital proponiéndonos el control obrero de la producción como solución anticapitalista. Ese eslogan, sacado de su origen histórico, es uno de los más demagógicos hoy para mantener en pie el mismo sistema de explotación. Controla, trabaja y calla, ellos se ocuparán del resto. Por otra parte, sería injusto atribuir la defensa del control obrero solo a la «oposición», pues los representantes a los que comúnmente se llama de derechas no tienen inconveniente alguno en defenderlo: basta ver la propaganda que se hace periódicamente sobre la revalorización del trabajo manual y sobre la aceptación de fábricas cogestionadas o autogestionadas en países como Francia o Alemania Occidental.

La idea de control obrero de la producción defendida por los bolcheviques en Rusia (1917) solo era considerada como un momento transitorio en el proceso de transformación social, y estaba ligada a la necesidad absoluta de desarrollar el capitalismo en un país económicamente atrasado bajo el control de un poder político obrero, en espera de la revolución comunista en los países más industrializados, como Alemania. Hoy en día ya no se puede tratar de eso: el capitalismo está mundialmente más que suficientemente desarrollado para ser destruido en todas partes. Lo que originariamente fue considerado como un momento transitorio nos lo presentan como una medida socialista todos los que en definitiva se han aliado con el capital nacional o con uno de los dos imperialismos dominantes, Rusia y Estados Unidos.

A los defensores del capitalismo les interesa ante todo que el proletariado se vea obligado a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, necesidad básica para el mantenimiento del capitalismo como sistema. Sus defensores de todo tipo, conscientes de la inhumanidad y de la descomposición social cada vez mayores, buscan la forma de engañar a aquellos sobre quienes en definitiva descansa el sistema, a la clase explotada. No es en balde que todos los términos de significado revolucionario han sido deformados hasta hacerles perder su significado real. La contrarrevolución rusa nos ha dado la triste prueba de ello. Siempre nos están haciendo pasar gato por liebre a través de esos fantásticos órganos de propaganda que son los partidos antiobreros (P«C», P«S», L«C»R, etc.) y los sindicatos.

El capitalismo ha llegado a un grado de concentración nefasto para el desarrollo social; lo podemos constatar en todos los aspectos del mundo contemporáneo. Este es incluso incapaz de respetar «los derechos del hombre», derechos impuestos por la burguesía para la burguesía. ¿Qué podemos controlar, en el caso de aceptarlo, de un mundo que es incapaz de controlarse a sí mismo? Además de vender nuestra fuerza de trabajo tendríamos que discutir con el patrón o con el Estado sobre la producción que hay que realizar, sobre la venta de los productos (incluida nuestra fuerza de trabajo), etc. En definitiva, tendríamos que convertirnos en ayudantes accionistas al servicio del capitalismo que nos explota. Lo que quieren es interesarnos en nuestra propia explotación, explotación de la que el Estado (¡obrero, nos dirán!) se aprovechará mediante nacionalizaciones a ultranza. Todo eso sirve en realidad para apartarnos del terreno de la lucha de clases, de la transformación radical de esta sociedad.

Al proletariado revolucionario no le interesa ni el control, ni la cogestión, ni la autogestión, porque las considera alternativas que puede adoptar el capitalismo para explotarnos todavía más. El proletariado que se constituye en clase revolucionaria no tiene más que un objetivo: destruir el Estado, apropiarse de los medios de subsistencia, abolir el trabajo asalariado e imponer su voluntad a través de sus órganos de poder a fin de acabar internacionalmente con la sociedad dividida en clases.

Toda esa buena gente, «defensores de nuestra causa», se gargariza con las palabras «proletariado», «gestión», «autogestión», «control obrero de la producción», «Estado», etc., y deja de lado la cuestión fundamental, la única tarea que vale la pena llevar a cabo: la destrucción del capital, el rechazo a ser una clase explotada.

No se trata de que el proletariado aprenda a administrar el capital, sino de que acabe con él. «Por más que se combine de mil maneras la palabra pueblo con la palabra Estado, no se avanza en el problema ni un salto de pulga» (Marx, Crítica del programa de Gotha)1. Tras la experiencia de la Comuna de París quedó bien claro que no se trataba para el proletariado de apoderarse del aparato del Estado, sino de destruirlo, y de construir sobre sus escombros la nueva sociedad impuesta por los órganos que adoptara el proletariado.

Partiendo de ahí, uno se da cuenta enseguida de que conceptos como control obrero, autogestión y demás engañabobos sobran, y solo sirven a todos los adeptos del capitalismo.


Nota. Este artículo es la versión francesa, revisada, de «Controla y calla», firmado por Parra, Alarma, tercera serie, n.º 5, verano de 1978, pág. 7. Damos el texto español de Alarma allí donde ambas versiones coinciden y traducimos del francés los pasajes que este añade o reescribe. Las principales diferencias: Alarma atribuía la defensa del control obrero a «los representantes de la burguesía ya agonizante» y hablaba de «fábricas autogestionadas»; decía que el capitalismo estaba desarrollado para ser destruido «inmediatamente en cualquier parte del globo» y que el momento transitorio se hacía pasar «como un fin en sí» por quienes «se han plegado a uno de los dos imperialismos»; atribuía la deformación de los términos revolucionarios a «la contrarrevolución estalinista» y nombraba solo a «partidos y sindicatos», sin la lista de siglas; decía que el proletariado tiene por objetivo «destruir el Estado, el trabajo asalariado […] a fin de eliminarse como tal»; llamaba a esa gente «gentuza» y daba como lo fundamental «la tarea inmediata del proletariado, la abolición del trabajo asalariado, de la ley del valor»; precisaba que no se trata de administrar el capital «bajo control de un estado todopoderoso y ajeno a él», y que tras la Comuna había que destruir el Estado «inmediatamente». El francés añade la fecha de 1917, la mención del capital nacional, la apropiación de los medios de subsistencia y el carácter internacional de la abolición de las clases.

  1. Citamos según la traducción de la Escuela: Crítica del programa de Gotha. El francés remite a «Critiques des programmes socialistes». ↩