Alarme, n.º 10, octubre-noviembre-diciembre de 1980 (págs. 13-14). PDF del número completo · Texto original en francés
El capitalismo, sistema mundial que hoy padecemos, fue el producto de la lucha de clases, lucha que llevó al poder a la clase burguesa. Esta, apoyándose en las capas pobres de la sociedad, barrió las instituciones feudales, preconizó la libre competencia y desarrolló en el mundo las fuerzas productivas industriales, todo ello en nombre del concepto «igualdad, libertad, fraternidad», utilizado como una maza contra una clase que empezaba a constituirse como tal, con intereses específicos que defender frente a la nueva clase dirigente. Las jornadas de febrero y luego de junio de 1848, así como la Comuna de París, lo muestran muy bien. El régimen burgués tiene desde entonces un enemigo que no puede desdeñar, porque a medida que su sistema se universaliza y que las fuerzas productivas crecen y se concentran, su enemigo crece y se organiza.
Pero el burgués, propietario individual de los medios de producción, se enfrenta también a la dinámica misma del sistema que ama, que defiende y del que se nutre. La máquina que ayudó a poner en marcha se le escapará cada vez más como propietario individual, hasta el punto de que se borrará por completo como tal. El «burgués insaciable y cruel» desaparece. El sistema, «insaciable y más cruel todavía», continúa. Ello se debe a la ley intrínseca del capitalismo, la de la concentración y la centralización del capital. La dinámica misma del capitalismo ha eliminado y elimina la propiedad individual de los medios de producción, pasando por las sociedades por acciones y los trusts, hasta desembocar en su última consecuencia: la concentración de todos los medios en manos del Estado.
En los cambios sufridos por la propiedad (individual, de grupo, por acciones, de Estado), la base misma del funcionamiento económico del sistema no se ha alterado en nada: en efecto, sigue descansando en quienes no tienen otra cosa que intercambiar que su fuerza de trabajo, en la esclavitud asalariada, en la extorsión de trabajo no pagado (plusvalía). El capitalismo de Estado representa, pues, la culminación del sistema que había modelado la burguesía. Al enunciar estas simples constataciones no hemos hecho más que esbozar el problema del capitalismo de Estado. En efecto, hay fuerzas directamente interesadas en esta forma de propiedad y que, por tanto, la defienden. Ahí reside la importancia del problema para el porvenir de la humanidad, tanto más cuanto que esas fuerzas nos la presentan como progresista o, sin más, como forma de propiedad socialista.
El capitalismo de Estado no apareció como tal por primera vez por simple «evolución» del capital, sino que fue la consecuencia del fracaso de la primera tentativa de revolución mundial, en 1917, y de su transformación en contrarrevolución victoriosa. De ahí proceden todas las incomprensiones teórico-prácticas y toda la chusma que se ha acomodado a la derrota y a la matanza del proletariado insurrecto. Pero no se trata aquí de argumentar nuestras posiciones sobre la revolución y la contrarrevolución rusas (véase principalmente el libro Partido-Estado, stalinismo, revolución)1.
Quienes han visto y siguen viendo en el sistema ruso el modelo del género, o quienes se lo representan como tal aunque critiquen la falta de democracia, son como los carroñeros: se alimentan de la putrefacción de los cuerpos. En efecto, llegado a este grado de concentración y de acumulación, el sistema del trabajo asalariado es un cuerpo en plena descomposición; es la barbarie en el pleno sentido de la palabra. Está claro que los países llamados socialistas se rigen por las mismas leyes económicas de explotación que los regímenes que se reconocen capitalistas. Fundan su existencia en la compra y venta de la fuerza de trabajo, en la ley del valor, piedra angular de su economía. Pero en esos países la producción y la reproducción ampliada del capital se realizan con un desprecio todavía mayor por el hombre. Todo está determinado por y para el reforzamiento del Estado-patrón, que no se preocupa más que de exprimir al máximo el rendimiento de los productores a fin de apropiarse de la mayor plusvalía posible. Sabiendo de lo que es capaz la religión, no hay más remedio que constatar (caso de Polonia hoy) que hay algo más pernicioso y reaccionario que ella: el Estado-patrón. Todas las justificaciones teóricas del capitalismo de Estado no pueden sino quedarse en baldío ante la realidad clamorosa. Pero incluso si apartáramos la vista de la atrocidad de esta forma de dominación del capital, los argumentos del tipo Estado obrero degenerado, socialismo, progresista, no se tienen realmente en pie.
¿Estado obrero degenerado? En más de 40 años de «degeneración», ¿no ha tenido tiempo de regenerarse gracias a la economía supuestamente socialista? No, y con motivo, pues su economía es capitalista y descansa, por tanto, en la misma relación de producción que en los países occidentales. Un obrero, sea ruso, chino o francés, sufre la misma explotación. Los sacrificios que se le imponen en nombre de Alá, del Papa, de la salvaguardia de la economía nacional o del «socialismo» tienen el mismo resultado en su vida real: el de ser el pilar que sostiene las piedras que lo aplastan. El propio Trotski, fundador de esa teoría, había querido sin embargo precisar: «Si, contra toda probabilidad, durante la presente guerra o inmediatamente después de ella, la revolución de Octubre no hallase continuación en un país avanzado; si, por el contrario, el proletariado fuese rechazado en todas partes, tendríamos entonces, sin la menor duda, que plantear la revisión de nuestra concepción de la presente época y de sus fuerzas motrices...»2
¿Socialismo? Vayan a preguntar a los obreros polacos, rusos o chinos qué beneficios les procura el reinado de la economía socialista.
¿Progresista? La Iglesia casi podría parecer menos reaccionaria que el Partido-Estado-patrón. ¡Reconocerán que no es decir poco!
La propiedad de los medios de producción en manos del Estado no acerca al socialismo ni hace más fáciles de realizar las tareas socialistas. Son los hechos materiales los que nos lo confirman, desde la revolución rusa hasta nuestros días. La posición expresada por el propio Engels en Del socialismo utópico al socialismo científico es de rechazar, puesto que consideraba que la propiedad del Estado, aun sin transformar en nada la naturaleza capitalista del Estado, acercaba el problema a su solución3. En efecto, los revolucionarios no deben reproducir al pie de la letra todas las bellas frases de los teóricos del pasado si no quieren caer en un dogmatismo antirrevolucionario. Deben confrontar en todo momento la teoría con los hechos, aunque la teoría salga de ello totalmente transformada. Por nuestra parte, hacemos completamente nuestro lo que escribió en 1883 Gabriel Deville (véase este mismo número de Alarme) en su ojeada sobre el socialismo científico4: «No hay que perfeccionar, sino suprimir el Estado, que no es más que la organización de la clase explotadora para garantizar su explotación y mantener sometidos a sus explotados. Ahora bien, es un mal sistema para destruir algo empezar por fortalecerlo. Y sería aumentar la fuerza de resistencia del Estado favorecer que acaparara los medios de producción, es decir, de dominación. ¿No vemos a los obreros de las industrias del Estado doblegados, en comparación con los demás, bajo un yugo más penoso de sacudir?»
Sí, el capitalismo de Estado es la forma más despótica de dominación del capitalismo. A lo que se añade que nos la quieren hacer pasar por socialista. Toda medida que no apunte a romper la acumulación del capital, así como su concentración y centralización, es reaccionaria. Solo las medidas que apuntan a su destrucción son progresistas, porque solo ellas están a la orden del día. Las condiciones materiales están archimaduras para llevarlo a cabo.
«LA HORA ACTUAL YA NO ES SAZÓN PARA DESARROLLAR EL CAPITALISMO EN PARTE ALGUNA, SINO PARA ABATIRLO EN TODAS».
(Pro segundo manifiesto comunista, del F.O.R.)5
Libro de G. Munis sobre la contrarrevolución rusa y el capitalismo de Estado stalinista. ↩
León Trotski, «La URSS en la guerra» (septiembre de 1939). Traducimos la versión francesa que cita el artículo, cotejada con la española que se cita en El trotskismo stalinizado. ↩
Véase Del socialismo utópico al socialismo científico, apartado III: «La propiedad del Estado sobre las fuerzas productivas no es la solución del conflicto, pero encierra en sí el medio formal, el resorte de la solución». ↩
Gabriel Deville, Aperçu sur le socialisme scientifique, que acompañaba su resumen de El capital (1883). Véanse en este número los extractos de esa obra. ↩
Texto español del Pro segundo manifiesto comunista según la cita de «Lucha sin tregua ni divisiones», Alarma, tercera serie, n.º 16, 1983. ↩