Alarme, n.º 24, abril-mayo-junio de 1984 (págs. 11-13). PDF del número completo · Texto original en francés
Los recientes éxitos de los astronautas norteamericanos han excitado a nuestros buenos medios de información como en los felices días de los alunizajes del programa Apolo. Y todos, a coro, se han puesto a parlotear sobre los «reparadores del vacío», el «servicio posventa de la NASA» o los «peones especialistas del espacio». Con una inagotable banalidad, periodistas tecnócratas y otros especialistas de la mentira se han turnado para airear los méritos y la importancia de la misión realizada con éxito por el «transbordador espacial»; a saber, el ahorro de dólares obtenido al no traer a tierra el satélite «Solar Max» para repararlo, y la perspectiva de un desarrollo industrial espacial, nuevo y limpio.1
Todo esto es falso. Veamos: si efectivamente una reparación en el espacio es más barata que en tierra firme, permite a la NASA invertir mucho más en su programa de desarrollo gracias al transbordador y lanzarse más a fondo en nuevos programas para los años 90. Cada uno de sus éxitos ve aumentar (directa o indirectamente) su parte en el presupuesto de los Estados Unidos y pesar más duramente sobre la sociedad. Ahora bien, esto no concierne solo a la NASA, ya que todo aumento del déficit presupuestario norteamericano repercute directamente sobre la orientación política, militar, etc., de los Estados Unidos y, por tanto, sobre la economía mundial. Todo lo que aumenta el déficit presupuestario de los Estados Unidos o frena su disminución produce un mantenimiento o un alza del tipo de interés del dólar y bloquea el crecimiento de los países menos potentes que los Estados Unidos, y ello en cascada, hasta el hundimiento de los más frágiles, como Brasil, México, etc. Evidentemente, los primeros, o los únicos, en pagarlo son los proletarios.
Además, las perspectivas de desarrollo industrial espacial se presentan como un iceberg: la parte sumergida es el desarrollo militar. El 75 % de los catorce mil millones de dólares del presupuesto de la NASA están ya destinados al sector militar, y los programas de los años 90, que se ensayarán en el transbordador, apuntan sencillamente a conseguir un arsenal militar (de intercepción y de guiado de ataques) basado en los rayos láser. Desde ahora mismo, los asesinos del Pentágono reestructuran (una moda que hace furor) la estrategia norteamericana en función del nuevo terreno de operaciones que es el espacio, en el que su superioridad es aplastante. ¡Qué excitante! Basta ir al cine a ver La guerra de las galaxias para quedar convencidos del ardiente encanto de la guerra espacial. El freno posible (¡aparte de la lucha por la revolución comunista!) a esta carrera está en la degeneración del sistema de enseñanza y de reclutamiento de los técnicos militares, de los centros urbanos y de los sistemas de transporte que no sean los de información; pero, en todo caso, solo se conseguiría así una ralentización de la carrera.
Lo menos que se puede decir es que el contraste es llamativo entre la ficción prometeica y la macabra realidad, entre el lirismo de los «pioneros del espacio» y la triste banalidad tecnológica. Entre los «seis viajes a la Luna» de Cyrano de Bergerac y los tan célebres peones especialistas del espacio (¡quizá porque se hace difícil venderse como peón especialista en los tiempos que corren!) hay un abismo de miseria.
Ante esta miseria se conmueven especialistas, periodistas, etc. Han surgido ya múltiples propuestas de utilización de esa riada de dólares: programas de desarrollo escolar y agrario en los Estados Unidos y en el «tercer mundo», para un poco más de justicia social, para acabar con cierto número de enfermedades, etc. Ninguno de esos proyectos pone en cuestión el funcionamiento mismo de la sociedad. Todos proponen repartir de otro modo la riqueza producida, pero ninguno ataca el modo de producción de esa riqueza. De ahí su impotencia frente al argumento: «Nuestros problemas vienen de que aún no estamos a punto; paciencia y ánimo: la tecnología moderna tiene respuesta para todo». Pero resulta que, además de que la tecnología moderna segrega nuevos problemas cada vez más engorrosos e insolubles (¡y sobre todo no «tecnológicamente»!), no resuelve nada y no hace más que aumentar la miseria.
Todos, «humanistas» y «tecnócratas», ¡mienten! Nada de lo que sugieren o prometen puede realizarse por el simple movimiento del capital. Tanto si nos imponen un beneficio «limpio» (se hace en lo social) como «sucio» (militarista, contaminante, etc.), el movimiento del capital no crea más que plusvalía y miseria. El capitalismo es desde sus orígenes una sociedad antihumana, y su progresividad nunca ha residido más que en la destrucción de las relaciones sociales locales en beneficio de relaciones sociales mundiales, realizadas en la guerra y en la oleada revolucionaria mundiales. Esa miseria intentan esconderla con el discurso oficial sobre su carácter supuestamente accidental (¡sería culpa de las condiciones naturales!) y únicamente económico (falta de dinero, de víveres...). Solo reconocen su existencia para mentir, proponiendo o prometiendo un medio de remediarla en el marco de este sistema.
Hay que hacer notar que, si algunas soluciones más «humanistas» se jactan de hacer acumular más capital a largo plazo, son siempre las soluciones «tecnológicas» y «sucias» las que se imponen. Y no porque los dirigentes sean malvados o incompetentes (aunque generalmente lo sean), sino sencillamente porque el capital no puede dejar de acumularse, y lo hace allí donde puede conseguirlo más rápida y eficazmente. De ahí las «elecciones» de las inversiones y su discordancia con las «buenas» intenciones.
En fin, no existe una solución tecnológica al capital, porque una solución así es en sí misma una manifestación del capital. Efectivamente, la base misma de esos razonamientos es que una buena tecnología, bien aplicada, sobre un sustrato adecuado, da buenos resultados. Aparentemente, nada más sencillo; y, sin embargo, es más sencillo todavía, aunque haya que dar un «rodeo» para explicarlo. Entre la tecnología, el útil, y su sustrato, aparentemente no hay nada. En los esquemas más «humanizados», el hombre se sitúa al principio —él aplica— y al final —él recibe— del proceso. Ahora bien, la intervención del hombre está en todas partes: en la producción del útil, en su transporte, en la producción del sustrato, en su acondicionamiento o su degradación, etc. Y la relación entre un útil y su sustrato, aparentemente inanimada, es en realidad una relación entre estructuras que han cristalizado ya toda una serie de relaciones de producción, en las que unos hombres han atribuido, con su tiempo de trabajo, un poco más de valor en cada etapa, a cada componente del útil y de su sustrato.
Así, el discurso del capital sobre la tecnología y su aplicación, por simple que sea, vela el complejo tejido de las relaciones en la sociedad, en la que cada objeto, cada relación entre objetos, oculta a los hombres, mediatiza sus relaciones y obstruye toda relación directa entre ellos. En lo que parece ser una relación entre objetos se sitúa una inmensa cadena que alterna las mercancías y los hombres que las producen y las hacen circular; esa cadena es la del capital, que recorre toda la sociedad.
Y es ahí donde reside nuestra verdad, tan simple: el capital es una relación social, y por eso una acción que no se enfrente a su raíz no puede hacer otra cosa que someterse a su ley, a la acumulación desenfrenada, cada vez más amplia y más rápida. Como los hombres no están en relación entre sí más que en la medida en que esa relación tiene por intermediaria a la mercancía, el capital mediatiza todas las relaciones sociales y constituye la comunidad inhumana (mercantil) y totalitaria que aplasta al hombre, haciendo aparecer las relaciones sociales como simples relaciones entre objetos.
De ahí la imposibilidad, para los capitalistas, de decir la verdad, porque sería desvelar que, para encontrar una solución humana a los problemas del hombre, hay que romper la comunidad del capital e instaurar la comunidad humana: el comunismo, un mundo sin dinero, sin clases, sin fronteras y sin Estado.
Nota. Texto español según el FOR, «¿Humanistas o tecnócratas?», Alarma, tercera serie, n.º 18, 1984, págs. 1-3, cotejado con el francés de Alarme, del que es traducción, y corregido allí donde se aparta de él: Alarma dice que el ahorro se obtuvo «al no enviar contra el sol» el satélite (el francés, «en ne ramenant pas au sol», al no traerlo a tierra); «ataque» por «guiado de ataques»; «huelga revolucionaria mundial» por «oleada revolucionaria»; «estúpidos o embusteros» por «malvados o incompetentes»; que las soluciones humanistas acumulan capital «a base de soluciones tecnológicas», donde el francés dice que son siempre estas las que se imponen; y omite la frase «y, sin embargo, es más sencillo todavía». Añade además a Julio Verne junto a Cyrano de Bergerac. Seguimos la división en párrafos del francés.
La misión STS-41-C del transbordador Challenger capturó y reparó en órbita, en abril de 1984, el satélite Solar Maximum Mission. ↩