Cuadernos II a IV de los manuscritos económicos de Karl Marx, escritos en Londres entre noviembre de 1857 y enero de 1858. Los Grundrisse (Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, «Elementos fundamentales para la crítica de la economía política») son el primer borrador de conjunto de la obra económica de Marx; se publicaron por primera vez en Moscú en 1939-1941. Traducido del texto de la MEGA² II/1.1-1.2 (Berlín, 1976-1981) en su versión digital (MEGAdigital, Academia de las Ciencias de Berlín-Brandeburgo), sin el aparato de los editores, por la Escuela de marxismo, 2026. Entre barras, la paginación del manuscrito (|I-1|, ||20|); ❲ ❳, corchetes del propio Marx; [ ], complementos y títulos de los editores. Las notas son nuestras, salvo las marcadas como de Marx. Los Grundrisse en este archivo: I. El capítulo del dinero; II. El capítulo del capital. El proceso de producción; III. El proceso de circulación. Formas que preceden a la producción capitalista; IV. Capital fijo y circulante. El fragmento sobre las máquinas; V. El capital como fructífero. Complementos. Texto original en alemán.

[III. El capítulo del capital]

[Primera sección: El proceso de producción del capital]

/8/ El capítulo del dinero como capital

[Transformación del dinero en capital]

Lo que hace particularmente difícil concebir el dinero en su plena determinidad como dinero —dificultades de las que la economía política intenta escapar olvidando una de sus determinaciones por la otra y, cuando se le opone una, apelando a la otra— es que aquí una relación social, una relación determinada de los individuos entre sí, aparece como un metal, una piedra, una cosa puramente corpórea fuera de ellos, que como tal se encuentra en la naturaleza y en la que ya no queda tampoco por distinguir una determinación formal de su existencia natural. El oro y la plata no son dinero en sí y para sí. La naturaleza no produce dinero, como tampoco produce un tipo de cambio o banqueros. En el Perú y en México el oro y la plata no servían como dinero, aunque aparecen como adorno y allí se encuentra un sistema de producción desarrollado. Ser dinero no es una propiedad natural del oro y la plata, y por eso es del todo desconocida para el físico, el químico, etc., en cuanto tales. Pero el dinero es inmediatamente oro y plata. Considerado como medida, en el dinero predomina todavía la determinación formal; más aún como moneda, donde esto aparece también exteriormente en su cuño; pero en la 3.ª determinación, es decir, en su consumación, donde ser medida y moneda aparecen solo como funciones del dinero, toda determinación formal ha desaparecido, o coincide inmediatamente con su ser metal. No se ve en él en absoluto que la determinación de ser dinero sea mero resultado del proceso social; es dinero. Esto es tanto más duro cuanto que su valor de uso inmediato para el individuo vivo no guarda ninguna relación con este papel, y en general en él, como encarnación del valor de cambio puro, el recuerdo del valor de uso a diferencia de este está del todo borrado. Por eso aparece aquí en toda su pureza la contradicción fundamental contenida en el valor de cambio y en el modo de producción de la sociedad que le corresponde. Los intentos de superar esta contradicción quitando al dinero su forma metálica y poniéndolo también exteriormente como algo puesto por la sociedad, como expresión de una relación social —cuya última forma sería la del dinero-trabajo—, ya han sido criticados más arriba. A estas alturas debe haber quedado del todo claro que eso es una chapuza mientras se mantenga la base del valor de cambio, y que la ilusión de que el dinero metálico falsea el cambio procede de un desconocimiento completo de su naturaleza. Por otro lado, está igualmente claro que, a medida que crece la oposición contra las relaciones de producción dominantes y estas mismas empujan con más violencia a mudar de piel, la polémica se dirige contra el dinero metálico o contra el dinero en general, como la manifestación más llamativa, más contradictoria y más dura en la que el sistema se presenta de modo palpable. Con toda clase de artificios aplicados a él se pretende entonces superar las oposiciones de las que él no es más que la manifestación sensible. Igual de claro es que con él se pueden hacer algunas operaciones revolucionarias, en la medida en que un ataque contra él parece dejar todo lo demás como estaba y limitarse a rectificar. Se pega al saco pensando en el asno. Pero mientras el asno no sienta los golpes dados al saco, en realidad solo se golpea el saco y no el asno. En cuanto los siente, se golpea al asno y no al saco.1 Mientras las operaciones se dirijan contra el dinero como tal, no son más que un ataque a consecuencias cuyas causas siguen en pie; es decir, una perturbación del proceso productivo que la base sólida tiene luego también fuerza para poner y dominar, mediante una reacción más o menos violenta, como meras perturbaciones pasajeras. Por otro lado, está en la determinación de la relación dineraria, en la medida en que hasta ahora se ha desarrollado en su pureza y sin referencia a relaciones de producción más desarrolladas, que en las relaciones dinerarias concebidas de modo simple todas las oposiciones inmanentes de la sociedad burguesa aparezcan borradas; y por ese lado la democracia burguesa, más aún que los economistas burgueses (estos al menos son lo bastante consecuentes para retroceder a determinaciones todavía más simples del valor de cambio y del cambio), vuelve a refugiarse en ella para hacer la apologética de las relaciones económicas existentes. En efecto, en la medida en que la mercancía o el trabajo están determinados solo como valor de cambio, y la relación por la que las diversas mercancías se relacionan entre sí como cambio de estos valores de cambio unos por otros, como su equiparación, los individuos, los sujetos entre los que transcurre este proceso, están determinados simplemente como los que cambian. No existe absolutamente ninguna diferencia entre ellos en lo que toca a la determinación formal, y esta es la determinación económica, la determinación en la que están unos con otros en la relación de intercambio; el indicador [indicator] de su función social o de su relación social entre sí. Cada uno de los sujetos es uno que cambia; es decir, cada uno tiene con el otro la misma relación social que el otro tiene con él. Como sujetos del cambio, su relación es por tanto la de la igualdad. Es imposible rastrear entre ellos ninguna diferencia, y mucho menos una oposición, ni siquiera una diversidad. Además, las mercancías que cambian son, como valores de cambio, equivalentes, o al menos valen como tales (solo podría darse un error subjetivo en la estimación recíproca, y si un individuo, pongamos por caso, engañara al otro, no ocurriría por la naturaleza de la función social en la que se enfrentan, pues esta es la misma; en ella son iguales; sino solo [por] la astucia natural, el arte de persuadir, etc., en suma, solo por la superioridad puramente individual de un individuo sobre otro. La diferencia sería natural, no afectaría en nada a la naturaleza de la relación como tal y, como cabe decir en vista del desarrollo posterior, incluso la competencia, etc., la debilita y la priva de su potencia original). En cuanto se considera la forma pura, el lado económico de la relación —el contenido fuera de esta forma cae aquí en realidad todavía del todo fuera de la economía, o está puesto como contenido natural distinto del económico, del que puede decirse que está todavía completamente separado de la relación económica porque todavía coincide inmediatamente con ella—, solo aparecen 3 momentos formalmente distintos: los sujetos de la relación, los que cambian, puestos en la misma determinación; los objetos de su cambio, valores de cambio, equiva||9|lentes, que no solo son iguales, sino que deben serlo expresamente y están puestos como iguales; por último, el acto mismo del cambio, la mediación por la que los sujetos se ponen precisamente como los que cambian, como iguales, y sus objetos como equivalentes, como iguales. Los equivalentes son la objetivación de un sujeto para otros; es decir, ellos mismos valen lo mismo y se acreditan en el acto del cambio como equivalentes y a la vez como indiferentes unos respecto de otros. Los sujetos solo son en el cambio unos para otros por medio de los equivalentes, como equivalentes, y se acreditan como tales por el trueque de la objetividad en la que uno es para el otro. Como solo de este modo son unos para otros equivalentes, poseedores de equivalentes y garantes de esta equivalencia en el cambio, son, como equivalentes, a la vez indiferentes entre sí; su diferencia individual por lo demás no les importa; son indiferentes a todas sus demás particularidades individuales.2 Ahora bien, en lo que toca al contenido fuera del acto del cambio, que es tanto poner y acreditar los valores de cambio como poner y acreditar a los sujetos como sujetos que cambian, este contenido, que cae fuera de la determinación formal económica, solo puede ser: 1) la particularidad natural de la mercancía que se cambia; 2) la necesidad natural particular de los que cambian, o, juntando ambas cosas, el valor de uso diverso de las mercancías que se van a cambiar. Este, el contenido del cambio, que está por completo fuera de su determinación económica, lejos de poner en peligro la igualdad social de los individuos, convierte más bien su diversidad natural en fundamento de su igualdad social. Si el individuo A tuviera la misma necesidad que el individuo B y hubiera realizado su trabajo en el mismo objeto que el individuo B, no habría entre ellos relación alguna; considerados por el lado de su producción, no serían en absoluto individuos diferentes. Ambos tienen la necesidad de respirar; para ambos el aire existe como atmósfera; eso no los pone en ningún contacto social; como individuos que respiran, solo están en relación entre sí como cuerpos naturales, no como personas. La diversidad de su necesidad y de su producción es lo único que da ocasión al cambio y a su equiparación social en él; esta diversidad natural es por tanto el presupuesto de su igualdad social en el acto del cambio y en esta relación en general, en la que entran unos con otros como productivos. Considerado según esta diversidad natural, el individuo [A] es poseedor de un valor de uso para B, y B poseedor de un valor de uso para A. Por este lado la diversidad natural los pone a su vez recíprocamente en la relación de igualdad. Pero entonces no son indiferentes entre sí, sino que se integran, se necesitan, de modo que el individuo B, objetivado en la mercancía, es una necesidad para el individuo A, y viceversa; de modo que no solo están en una relación igual, sino también social, unos con otros. Y esto no es todo. Que la necesidad de uno pueda satisfacerse con el producto del otro y viceversa, y que uno sea capaz de producir el objeto para la necesidad del otro y cada uno se enfrente al otro como propietario del objeto de la necesidad del otro, muestra que cada uno, como hombre, va más allá de su propia necesidad particular, etc., y que se comportan unos con otros como hombres; que todos saben de su ser genérico común. No ocurre por lo demás que los elefantes produzcan para los tigres o unos animales para otros. Por ejemplo, un enjambre de abejas forma en el fondo [au fond] una sola abeja, y todas producen lo mismo. Además. En la medida en que esta diversidad natural de los individuos y de sus mercancías (los productos, el trabajo, etc., no se distinguen todavía aquí en absoluto, sino que existen solo en la forma de mercancías, o, como quiere el señor Bastiat siguiendo a Say, de servicios; Bastiat se figura que, al reducir la determinación económica del valor de cambio a su contenido natural, mercancía o servicio, y ser por tanto incapaz de retener la relación económica del valor de cambio como tal, ha hecho un gran progreso sobre los economistas clásicos de la escuela inglesa, que son capaces de retener las relaciones de producción en su determinidad como tales, en su forma pura) constituye el motivo de la integración de estos individuos, de su relación social como los que cambian, en la que están presupuestos como iguales y se acreditan como tales, a la determinación de la igualdad se añade la de la libertad. Aunque el individuo A siente necesidad de la mercancía del individuo B, no se apodera de ella por la fuerza, ni viceversa, sino que se reconocen recíprocamente como propietarios, como personas cuya voluntad impregna sus mercancías. Con ello entra aquí, en primer lugar, el momento jurídico de la persona y de la libertad, en cuanto está contenida en él. Ninguno se apodera por la fuerza de la propiedad del otro. Cada uno se desprende de ella voluntariamente. Pero esto no es todo: el individuo A sirve a la necesidad del individuo B por medio de la mercancía a solo en la medida en que y porque el individuo B sirve a la necesidad del individuo A por medio de la mercancía b, y viceversa. Cada uno sirve al otro para servirse a sí mismo; cada uno se sirve recíprocamente del otro como de su medio. Ambas cosas están presentes en la conciencia de los dos individuos: 1) que cada uno solo alcanza su fin en la medida en que sirve de medio al otro; 2) que cada uno solo se convierte en medio para el otro (ser para otro) como fin en sí mismo (ser para sí); 3) que la reciprocidad según la cual cada uno es a la vez medio y fin, y solo alcanza su fin en la medida en que se convierte en medio, y solo se convierte en medio en la medida en que se pone como fin en sí mismo; que cada uno se pone, pues, como ser para otro en la medida en que es ser para sí, y al otro como ser para él en la medida en que este es ser para sí —que esta reciprocidad es un hecho [fact] necesario, presupuesto como condición natural del cambio, pero que como tal es indiferente a cada uno de los dos sujetos del cambio, y que esta reciprocidad solo tiene interés para él en la medida en que satisface su interés como algo que excluye el del otro, sin referencia a él. Es decir, el interés común, que aparece como motivo del acto global, es reconocido sin duda como hecho por ambas partes, pero como tal no es motivo, sino que transcurre, por así decirlo, solo a espaldas de los intereses particulares reflejados en sí mismos, del interés singular opuesto al del otro. Por este último lado el individuo puede tener a lo sumo la consoladora conciencia de que la satisfacción de su interés singular opuesto es precisamente la realización de la oposición superada, ||10| del interés social general. A partir del acto mismo del cambio, el individuo, cada uno de ellos, está reflejado en sí como sujeto exclusivo y dominante (determinante) de ese acto. Con ello queda puesta, pues, la libertad completa del individuo: transacción voluntaria; ninguna violencia por ninguna de las partes; ponerse como medio, o como sirviente, solo como medio para ponerse como fin en sí mismo, como lo dominante y lo que abarca al otro; por último, el interés egoísta, que no realiza ningún interés situado por encima de él; también el otro es reconocido y sabido como alguien que realiza igualmente su interés egoísta, de modo que ambos saben que el interés común no es precisamente más que la bilateralidad, la multilateralidad y la autonomización según los diversos lados, el cambio del interés egoísta. El interés general es precisamente la generalidad de los intereses egoístas. Así pues, si la forma económica, el cambio, pone por todos lados la igualdad de los sujetos, el contenido, la materia, tanto individual como objetiva, que empuja al cambio, pone la libertad. La igualdad y la libertad, por tanto, no solo se respetan en el cambio basado en valores de cambio, sino que el cambio de valores de cambio es la base productiva, real, de toda igualdad y libertad. Como ideas puras, son meras expresiones idealizadas de él; desarrolladas en relaciones jurídicas, políticas y sociales, no son más que esa misma base elevada a otra potencia. Así se ha confirmado también históricamente. La igualdad y la libertad en esta extensión son precisamente lo contrario de la libertad y la igualdad antiguas, que no tienen por fundamento precisamente el valor de cambio desarrollado, sino que más bien se van a pique [caput gehn] con su desarrollo. Presuponen relaciones de producción que no estaban realizadas todavía en el mundo antiguo, ni tampoco en la Edad Media. El trabajo forzado directo es el fundamento de las primeras; la entidad comunitaria descansa sobre él como sobre la base existente; el trabajo mismo como privilegio, todavía en su particularización, no como productor general de valores de cambio, es el fundamento de las segundas. El trabajo no es ni trabajo forzado ni, como en el 2.º caso, se efectúa con miras a algo común como algo superior (corporaciones). Ahora bien, es cierto que la [relación de los] que cambian descansa también, por el lado de los motivos, es decir, de los motivos naturales que caen fuera del proceso económico, en cierta coacción; pero esta, por un lado, no es ella misma más que la indiferencia del otro hacia mi necesidad como tal, hacia mi individualidad natural, es decir, su igualdad conmigo y su libertad, que es sin embargo en igual medida el presupuesto de la mía; por otro lado, en la medida en que soy determinado, forzado por mis necesidades, no es más que mi propia naturaleza, que es un conjunto de necesidades e impulsos, lo que me hace violencia, nada ajeno (o mi interés puesto en forma general, reflejada). Pero es precisamente también este lado por el que yo ejerzo coacción sobre el otro, lo empujo al sistema de cambio.

En el derecho romano, por eso, el servus está correctamente determinado como alguien que no puede adquirir nada para sí por medio del cambio (véase Institut.).3 Está igual de claro, por tanto, que este derecho, aunque corresponde a un estado social en el que el cambio no estaba en modo alguno desarrollado, pudo sin embargo, en la medida en que lo estaba en un círculo determinado, desarrollar las determinaciones de la persona jurídica, precisamente del individuo del cambio, y anticipar así el derecho (en sus determinaciones fundamentales) para la sociedad industrial; pero, sobre todo, frente a la Edad Media tuvo que hacerse valer como el derecho de la sociedad burguesa naciente. Su desarrollo mismo coincide, además, por completo con la disolución de la entidad comunitaria romana.

Como el dinero no es más que la realización del valor de cambio, y el sistema de los valores de cambio solo se ha realizado con el sistema monetario desarrollado, o a la inversa, el sistema monetario solo puede ser en efecto la realización de este sistema de la libertad y la igualdad. Como medida, el dinero no hace más que dar al equivalente la expresión determinada, lo convierte en equivalente también por la forma. En la circulación aparece todavía, sin duda, una diferencia de forma: los dos que cambian aparecen en las determinaciones distintas de comprador y vendedor; el valor de cambio aparece unas veces como general, en la forma del dinero, y otras como particular, en la mercancía natural que tiene un precio; pero, en primer lugar, estas determinaciones se alternan; la circulación misma no es un desigualar, sino solo un igualar, una supresión de la diferencia meramente supuesta. La desigualdad es puramente formal. Por último, en el dinero mismo como circulante, de modo que aparece ora en una mano, ora en otra, y es indiferente a este aparecer, la igualdad [se] pone ya de manera objetiva, como cosa. Cada uno aparece frente al otro como poseedor del dinero, él mismo como dinero, en la medida en que se considera el proceso del cambio. Por eso la indiferencia y la equivalencia están expresamente presentes en la forma de la cosa. La diversidad natural particular que había en la mercancía está borrada, y la circulación la borra constantemente. Un obrero que compra mercancía por 3 chelines aparece ante el vendedor en la misma función, en la misma igualdad —en la forma de 3 chelines— que el rey que hace lo mismo. Toda diferencia entre ellos está borrada. El vendedor en cuanto tal [qua solcher] solo aparece como poseedor de una mercancía al precio de 3 chelines, de modo que ambos son perfectamente iguales; solo que los 3 chelines existen una vez en plata y la otra en azúcar, etc. En la 3.ª forma del dinero podría parecer que entra una determinación diferente entre los sujetos del proceso. Pero en la medida en que el dinero aparece aquí como material, como mercancía general de los contratos, toda diferencia entre los contratantes queda más bien borrada. En la medida en que se convierte en objeto de la acumulación, el sujeto parece aquí sustraer a la circulación solo dinero, la forma general de la riqueza, ||11| en la medida en que no le sustrae mercancías al mismo precio. Así pues, si un individuo acumula y el otro no, ninguno lo hace a costa del otro. Uno disfruta de la riqueza real; el otro se pone en posesión de la forma general de la riqueza. Si uno se empobrece y el otro se enriquece, es por su libre voluntad y no procede en absoluto de la relación económica, de la conexión económica misma en la que están puestos el uno respecto del otro. Ni siquiera la herencia y demás relaciones jurídicas de ese tipo, que perpetúan las desigualdades así surgidas, menoscaban esta libertad e igualdad naturales. Si la relación originaria del individuo A no está en contradicción con este sistema, esta contradicción no puede producirse, ciertamente, por el hecho de que el individuo B ocupe el lugar del individuo A y lo perpetúe. Es más bien un hacer valer la determinación social más allá del límite natural de la vida: un afianzamiento de esta frente al efecto casual de la naturaleza, cuya intervención como tal sería más bien supresión de la libertad del individuo. Además, como en esta relación el individuo no es más que la individuación del dinero, como tal es tan inmortal como el dinero, y su representación por herederos es más bien la puesta en práctica de esta determinación. Si este modo de ver no se destaca en su significación histórica, sino que se opone como refutación a las relaciones económicas más desarrolladas, en las que los individuos ya no aparecen meramente como los que cambian o como compradores y vendedores, sino en relaciones determinadas unos con otros, y ya no están todos puestos en la misma determinidad, es lo mismo que si se quisiera afirmar que no existe ninguna diferencia, y menos aún oposición y contradicción, entre los cuerpos naturales, porque, considerados por ejemplo en la determinación de la gravedad, todos son pesados y por tanto iguales; o que son iguales porque todos ocupan las 3 dimensiones del espacio. El valor de cambio mismo se retiene aquí igualmente en su determinidad simple frente a sus formas opuestas más desarrolladas. Consideradas en la marcha de la ciencia, estas determinaciones abstractas aparecen precisamente como las primeras y más pobres, tal como en parte se presentan también históricamente; lo más desarrollado, como lo posterior. En el conjunto de la sociedad burguesa existente, este ponerse como precios y su circulación, etc., aparece como el proceso superficial bajo el cual, sin embargo, en lo profundo transcurren procesos muy distintos, en los que desaparecen esta igualdad y esta libertad aparentes de los individuos. Por un lado, se olvida que de antemano el presupuesto del valor de cambio, como fundamento objetivo del conjunto del sistema de producción, encierra ya en sí la coacción para el individuo de que su producto inmediato no sea un producto para él, sino que solo llegue a serlo en el proceso social y tenga que adoptar esta forma general y, sin embargo, exterior; que el individuo ya solo tenga existencia como productor de valor de cambio, y que por tanto esté ya incluida en ello la negación completa de su existencia natural; que esté, por tanto, completamente determinado por la sociedad; que esto presupone además la división del trabajo, etc., en la que el individuo está ya puesto en relaciones distintas de las de los que meramente cambian, etc. Que, por tanto, el presupuesto no solo no procede en modo alguno de la voluntad ni de la naturaleza inmediata del individuo, sino que es un presupuesto histórico y pone ya al individuo como determinado por la sociedad. Por otro lado, se olvida que las formas superiores en las que [aparece] ahora el cambio, o las relaciones de producción que se realizan en él, no se quedan en modo alguno en esta determinidad simple, en la que la diferencia más alta a la que se llega es formal y, por tanto, indiferente. Por último, no se ve que ya en la determinación simple del valor de cambio y del dinero está contenida de modo latente la oposición entre salario y capital, etc. Toda esta sabiduría se reduce, pues, a quedarse en las relaciones económicas más simples, que, tomadas aisladamente, son puras abstracciones, pero que en la realidad están más bien mediadas por las oposiciones más profundas y solo representan un lado, en el que la expresión de estas está desdibujada. Por otro lado, se muestra igualmente la necedad de los socialistas (en particular de los franceses, que quieren demostrar que el socialismo es la realización de las ideas de la sociedad burguesa proclamadas por la Revolución francesa), que demuestran que el cambio, el valor de cambio, etc., son originariamente (en el tiempo) o según su concepto (en su forma adecuada) un sistema de la libertad y la igualdad de todos, pero que han sido falseados por el dinero, el capital, etc. O también que la historia ha hecho hasta ahora intentos fallidos de llevarlos a cabo de la manera que corresponde a su verdad, y que ellos, como Proudhon, por ejemplo, han dado ahora con la verdadera fórmula [den wahren Jacob], con la que se ha de suministrar la historia auténtica de estas relaciones en lugar de su historia falsa. Hay que responderles que el valor de cambio, o más exactamente el sistema monetario, es en efecto el sistema de la igualdad y la libertad, y que lo que se les opone como perturbación en el desarrollo ulterior del sistema son perturbaciones inmanentes a él, precisamente la realización de la igualdad y la libertad, que resultan ser desigualdad y falta de libertad. Es un deseo tan piadoso como necio que el valor de cambio no se desarrolle en capital, o que el trabajo que produce valor de cambio no se desarrolle en trabajo asalariado. Lo que distingue a estos señores de los apologetas burgueses es, por un lado, el sentimiento de las contradicciones que el sistema encierra; por otro, el utopismo de no comprender la diferencia necesaria entre la figura real y la figura ideal de la sociedad burguesa, y de querer emprender por ello la tarea superflua de volver a realizar la expresión ideal misma, cuando en realidad esta no es más que la fotografía de esa realidad.||12| Y la sosa demostración que, en oposición a estos socialistas, hace la economía novísima venida a menos (cuyo representante clásico puede ser Frederick Bastiat [en lo que toca a] sosería, afectación de dialéctica, engreimiento campechano, simpleza de lugares comunes satisfecha de sí y completa incapacidad de concebir los procesos históricos, pues el americano Carey al menos hace valer las relaciones americanas determinadas frente a las europeas), que prueba que las relaciones económicas expresan en todas partes las mismas determinaciones simples, y por tanto en todas partes la igualdad y la libertad del cambio de valores de cambio determinado de modo simple, se reduce pura y simplemente a una abstracción infantilizada. Por ejemplo, la relación entre capital e interés se reduce al cambio de valores de cambio. Así, después de tomar primero de la empiria que el valor de cambio no solo existe en esta determinidad simple, sino también en la determinidad esencialmente distinta del capital, se vuelve a reducir el capital al concepto simple del valor de cambio, y el interés, que expresa nada menos que una relación determinada del capital como tal, se arranca igualmente de su determinidad y se pone igual al valor de cambio; se hace abstracción de toda la relación en su determinidad específica y se retrocede a la relación no desarrollada del cambio de mercancía por mercancía. En la medida en que hago abstracción de lo que distingue un concretum de su abstractum, este es naturalmente el abstractum y no se distingue en absoluto de él. Según esto, todas las categorías económicas no son más que otros y otros nombres para la misma relación de siempre, y esta burda incapacidad de captar las diferencias reales ha de representar luego el puro sentido común [common sense] como tal. Las «armonías económicas» del señor Bastiat4 se reducen entonces en el fondo a que existe una sola relación económica que adopta nombres distintos, o a que la diversidad solo se da en el nombre. La reducción no es siquiera científica, al menos formalmente, hasta el punto de reducirlo todo a una relación económica real dejando caer la diferencia que constituye el desarrollo, sino que se deja caer ora este lado, ora aquel, para sacar la identidad ora por un lado, ora por el otro. Por ejemplo: el salario es el pago de un servicio que un individuo presta a otro. (La forma económica como tal, como ya se ha señalado más arriba, se deja caer aquí.) La ganancia es también el pago de un servicio que un individuo presta a otro. Por tanto, salario y ganancia son idénticos, y en realidad es un extravío del lenguaje llamar a un pago salario y al otro ganancia. Pero ahora, la ganancia y el interés. En la ganancia el pago del servicio está expuesto al azar; en el interés está fijado. Así pues, como en el salario, relativamente hablando [relativement parlant], el pago está fijado, mientras que en la ganancia, a diferencia del trabajo, está expuesto al azar, la relación entre el interés y la ganancia es la misma que la que hay entre el salario y la ganancia, que, como hemos visto, es el cambio de equivalentes entre sí. Los adversarios toman entonces al pie de la letra esta simpleza [fadaise] (que, por el hecho de retroceder desde las relaciones económicas en las que la oposición está expresada hasta aquellas en las que todavía está meramente latente y encubierta) y demuestran que, por ejemplo, en el capital y el interés no hay simple cambio, puesto que el capital no se repone con un equivalente, sino que, después de que el poseedor se haya comido 20 veces el equivalente en forma de intereses, lo sigue conservando en forma de capital y puede volver a cambiarlo por 20 equivalentes nuevos.5 De ahí el desabrido debate en el que uno afirma que entre el valor de cambio desarrollado y el no desarrollado no hay ninguna diferencia, y los otros que, por desgracia, la hay, pero que en equidad no debería haberla. El dinero como capital es una determinación del dinero que va más allá de su determinación simple como dinero. Puede considerarse como una realización superior, igual que puede decirse que el mono se desarrolla en el hombre. Pero entonces la forma inferior queda puesta como el sujeto que abarca a la superior. En todo caso, el dinero como capital es distinto del dinero como dinero. Hay que desarrollar la nueva determinación. Por otro lado, el capital como dinero parece un retroceso del capital a una forma inferior. Pero no es más que su posición en una particularidad que ya existe antes que él como no-capital y que constituye uno de sus presupuestos. El dinero vuelve a aparecer en todas las relaciones posteriores; pero entonces precisamente ya no funciona como mero dinero. Si, como aquí, se trata en primer lugar de seguirlo hasta su totalidad como mercado de dinero, se presupone el resto del desarrollo, que hay que traer a colación de cuando en cuando. Así, aquí, la determinación general del capital antes de pasar a su particularidad como dinero.

Si digo, como Say por ejemplo, que el capital es una suma de valores, no digo más que capital = valor de cambio. Toda suma de valores es un valor de cambio, y todo valor de cambio es una suma de valores. Por simple adición no puedo llegar del valor de cambio al capital. En la mera acumulación de dinero, como hemos visto, todavía no está puesta la relación de capitalizar.

En el llamado comercio al por menor, el intercambio cotidiano de la vida burguesa tal como transcurre directamente entre productores y consumidores, el pequeño comercio, en el que el fin es por un lado el cambio de la mercancía por dinero y por el otro el cambio del dinero por mercancía, para satisfacer necesidades individuales —solo en este movimiento, que transcurre en la superficie del mundo burgués, transcurre en estado puro el movimiento de los valores de cambio, su circulación—. Un obrero que compra una hogaza de pan y un millonario que la compra aparecen en este acto solo como simples compradores, igual que el tendero aparece frente a ellos solo como vendedor. Todas las demás determinaciones están borradas aquí. El contenido de sus compras, como su volumen, aparece ||13| del todo indiferente frente a esta determinación formal.

Si en la teoría el concepto de valor precede al de capital, pero, por otro lado, para su desarrollo puro supone a su vez un modo de producción fundado en el capital, lo mismo ocurre en la práctica. Por eso los economistas consideran también necesariamente el capital unas veces como creador de los valores, como su fuente, mientras que, por otro lado, presuponen valores para la formación del capital y lo presentan a él mismo solo como una suma de valores en una función determinada. La existencia del valor en su pureza y generalidad presupone un modo de producción en el que el producto singular ha dejado de ser tal para el productor en general, y más aún para el obrero singular, y no es nada sin la realización por medio de la circulación. Para quien crea una parte infinitesimal de una vara de percal, que esta sea valor, valor de cambio, no es una determinación formal. Si no hubiera creado un valor de cambio, dinero, no habría creado nada en absoluto. Esta determinación del valor misma tiene, pues, por presupuesto una fase histórica dada del modo de producción social y es ella misma una relación dada con este, es decir, histórica.

Por otro lado, momentos singulares de la determinación del valor se desarrollan en fases anteriores del proceso histórico de producción de la sociedad y aparecen como su resultado.

Por eso, dentro del sistema de la sociedad burguesa, al valor le sigue inmediatamente el capital. En la historia le preceden otros sistemas, que forman la base material del desarrollo más imperfecto del valor. Como el valor de cambio solo desempeña aquí un papel accesorio junto al valor de uso, no aparece como su base real el capital, sino la relación de propiedad del suelo. La propiedad moderna del suelo, en cambio, no puede comprenderse en absoluto, porque no puede existir sin el presupuesto del capital, y aparece en efecto históricamente como una forma, producida por el capital y puesta de modo adecuado a él, de la figura histórica precedente de la propiedad del suelo. Es precisamente en el desarrollo de la propiedad del suelo, por tanto, donde puede estudiarse la victoria gradual y la formación del capital, razón por la cual Ricardo, el economista de la época moderna, con gran sentido histórico, consideró las relaciones de capital, trabajo asalariado y renta del suelo dentro de los límites de la propiedad del suelo, para fijarlas en su forma específica. La relación del capitalista industrial con el propietario del suelo aparece como una relación situada fuera de la propiedad del suelo. Pero, como relación del arrendatario [farmer] moderno con el rentista del suelo, aparece como una relación inmanente a la propiedad del suelo misma, y la otra, como puesta de tal modo que ya solo existe en su relación con el capital. La historia de la propiedad del suelo, que mostrara la transformación gradual del señor [Landlord] feudal en rentista del suelo, del colono hereditario, semitributario y a menudo no libre, en el arrendatario moderno, y de los siervos y campesinos sujetos a prestaciones personales, asentados y pertenecientes a la tierra, en jornaleros agrícolas, sería en efecto la historia de la formación del capital moderno. Incluiría la relación con el capital urbano, el comercio, etc. Pero aquí nos las habemos con la sociedad burguesa ya constituida, que se mueve sobre su propia base.

El capital procede en primer lugar de la circulación, y concretamente del dinero como su punto de partida. Hemos visto que el dinero que entra en la circulación y a la vez regresa de ella a sí mismo es la última forma en la que el dinero se supera. Es a la vez el primer concepto del capital y su primera forma de manifestación. El dinero se ha negado como algo que se agota meramente en la circulación; pero se ha negado igualmente como algo que se enfrenta a ella de modo autónomo. Esta negación, resumida en sus determinaciones positivas, contiene los primeros elementos del capital. El dinero es la primera forma en que aparece el capital como tal. D – M – M – D: que el dinero se cambie por mercancía y la mercancía por dinero; este movimiento de comprar para vender, que constituye la determinación formal del comercio, el capital como capital comercial, se encuentra en los estados más tempranos del desarrollo económico; es el primer movimiento en el que el valor de cambio como tal constituye el contenido, no es solo forma, sino su propio contenido. El movimiento puede darse dentro de pueblos y entre pueblos para cuya producción el valor de cambio no se ha convertido todavía en modo alguno en presupuesto. El movimiento solo afecta al excedente [Surplus] de su producción calculada para el uso inmediato y solo transcurre en el límite de esta. Como los judíos dentro de la antigua sociedad polaca o de la sociedad medieval en general, pueblos comerciantes enteros, como en la Antigüedad, y más tarde los lombardos, pueden ocupar esta posición entre pueblos cuyo modo de producción todavía no ha tenido por condición el valor de cambio como presupuesto fundamental. El capital comercial es mero capital circulante, y el capital circulante es su primera forma; en ella no se ha convertido todavía en modo alguno en fundamento de la producción. Una forma más desarrollada es el capital dinerario y el interés del dinero, la usura, cuya aparición autónoma pertenece igualmente a una fase temprana. Por último, la forma M – D – D – M, en la que el dinero y la circulación en general aparecen como mero medio para la mercancía circulante, que a su vez sale de la circulación y satisface directamente la necesidad, es ella misma el presupuesto de aquella aparición originaria del capital comercial. Los presupuestos aparecen repartidos entre pueblos distintos, o bien, dentro de la sociedad, el capital comercial como tal aparece solo condicionado por esta circulación dirigida puramente al consumo. Por otro lado, la mercancía circulante, la mercancía que solo se realiza adoptando la forma de otra mercancía que sale de la circulación y sirve a necesidades ||14| inmediatas, es igualmente la primera forma del capital, que es esencialmente capital-mercancía. Por otro lado, está igual de claro que el simple movimiento de los valores de cambio, tal como existe en la circulación pura, nunca puede realizar capital. Puede llevar a sustraer y amontonar dinero, pero en cuanto el dinero vuelve a entrar en la circulación se disuelve en una serie de procesos de cambio con mercancías que se consumen; se pierde, por tanto, en cuanto se agota su poder adquisitivo. Igualmente, la mercancía que se ha cambiado por mercancía por medio del dinero sale de la circulación para ser consumida, destruida. Pero si se autonomiza en el dinero frente a la circulación, ya solo representa la forma general, sin sustancia, de la riqueza. Como se cambian equivalentes unos por otros, la forma de la riqueza fijada como dinero desaparece en cuanto este se cambia por la mercancía, y el valor de uso presente en la mercancía, en cuanto esta se cambia por dinero. Por el simple acto del cambio, cada uno solo puede perderse en su determinación frente al otro en cuanto se realiza en él. Ninguno puede conservarse en su determinación pasando al otro. Frente a la sofistería de los economistas burgueses que embellecen el capital queriendo reducirlo al cambio puro, se ha planteado por eso, a la inversa, la exigencia igual de sofística, pero justificada frente a ellos, de reducir de verdad el capital al cambio puro, con lo que desaparecería como poder y quedaría destruido, ya sea en la forma de la mercancía o en la del dinero.6

La repetición del proceso desde ambos puntos, dinero o mercancía, no está puesta en las condiciones del cambio mismo. El acto solo puede repetirse hasta que esté consumado, es decir, hasta que se haya cambiado todo el importe del valor de cambio. No puede volver a encenderse por sí mismo. La circulación no lleva, por tanto, en sí misma el principio de su autorrenovación. Sus momentos le están presupuestos, no puestos por ella misma. Hay que arrojar a ella mercancías una y otra vez desde fuera, como combustible al fuego. De lo contrario se extingue en la indiferencia. Se extinguiría en el dinero como resultado indiferente, que, en cuanto ya no estuviera en relación con mercancías, precios, circulación, habría dejado de ser dinero, de expresar una relación de producción; del que solo quedaría su existencia metálica, mientras que la económica estaría destruida. La circulación, pues, que aparece como lo inmediatamente presente en la superficie de la sociedad burguesa, solo es en cuanto está constantemente mediada. Considerada en sí misma, es la mediación de extremos presupuestos. Pero no pone estos extremos. Tiene, por tanto, que estar mediada ella misma, no solo en cada uno de sus momentos, sino como conjunto de la mediación, como proceso total. Su ser inmediato es por eso pura apariencia. Es el fenómeno de un proceso que transcurre detrás de ella. Ahora está negada en cada uno de sus momentos: como mercancía, como dinero y como relación de ambos, como cambio simple y circulación de ambos. Si originariamente el acto de la producción social aparecía como posición de valores de cambio, y esto, en su desarrollo ulterior, como circulación —como movimiento plenamente desarrollado de los valores de cambio unos frente a otros—, ahora la circulación misma retrocede a la actividad que pone o produce valor de cambio. Retrocede a ella como a su fundamento. Lo que le está presupuesto son mercancías (ya sea en la forma particular, ya en la general del dinero), que son la realización de un tiempo de trabajo determinado y, como tales, valores; su presupuesto es, por tanto, tanto la producción de mercancías por el trabajo como su producción como valores de cambio. Este es su punto de partida, y por su propio movimiento retrocede a la producción creadora de valores de cambio como a su resultado. Hemos vuelto, pues, al punto de partida, a la producción que pone, que crea valores de cambio, pero esta vez de modo que esta presupone la circulación como momento desarrollado y aparece como un proceso constante que pone la circulación y regresa constantemente de ella a sí mismo para volver a ponerla. El movimiento que pone valor de cambio aparece aquí, pues, ahora en una forma mucho más complicada, puesto que ya no es solo el movimiento de los valores de cambio presupuestos, o el que los pone formalmente como precios, sino que a la vez los crea, los engendra como presupuestos. La producción misma ya no está aquí presente antes de sus resultados, es decir, presupuesta, sino que aparece como produciendo ella misma a la vez esos resultados; pero ya no los produce, como en la primera fase, como algo que meramente conduce a la circulación, sino suponiendo a la vez en su proceso la circulación, la circulación desarrollada. (La circulación consiste en el fondo solo en el proceso formal de poner el valor de cambio una vez en la determinación de la mercancía y otra en la determinación del dinero.)

Este movimiento aparece en figuras diversas, tanto históricamente, como conducente al trabajo productor de valor, como, por otro lado, dentro del sistema de la producción burguesa, es decir, de la producción que pone valor de cambio, misma. Entre pueblos semibárbaros o del todo bárbaros, al principio se interponen los pueblos que se dedican al comercio, o bien entran en contacto tribus cuya producción es naturalmente distinta y cambian su sobrante. El primer caso es la forma más clásica. Quedémonos, pues, en él. El cambio del sobrante es un intercambio que pone cambio y valor de cambio. Pero se extiende solo al cambio [del sobrante] y discurre al lado de la producción ||15| misma. Ahora bien, si se repite la aparición de los comerciantes que incitan al cambio (los lombardos, los normandos, etc., desempeñan este papel frente a casi todos los pueblos europeos) y se desarrolla un comercio continuado en el que el pueblo productor ya solo practica el llamado comercio pasivo, puesto que el impulso a la actividad que pone valor de cambio viene de fuera y no de la configuración interna de su producción, el excedente de la producción ya no tiene que ser solo casual, presente de vez en cuando, sino que tiene que repetirse constantemente, y así la producción interior misma adquiere una tendencia dirigida a la circulación, a la posición de valores de cambio. Al principio el efecto es más bien material. El círculo de las necesidades se amplía; el fin es la satisfacción de las nuevas necesidades y, por tanto, mayor regularidad y aumento de la producción. La organización de la producción interior misma está ya modificada por la circulación y el valor de cambio; pero todavía no está captada por ellos ni en toda su superficie ni en toda su profundidad. Esto es lo que se llama el efecto civilizador del comercio exterior. Depende entonces, en parte, de la intensidad de este efecto desde fuera y, en parte, del grado en que estén ya desarrollados los elementos de la producción interior —división del trabajo, etc.—, hasta qué punto el movimiento que pone valor de cambio afecta al conjunto de la producción. En Inglaterra, por ejemplo, en el siglo XVI y a comienzos del XVII, la importación de las mercancías neerlandesas hace esencialmente decisivo el excedente de lana que Inglaterra tenía que dar a cambio. Para producir más lana, se transformó tierra de labor en pasto de ovejas, se desmanteló el sistema de pequeños arrendamientos, etc., se practicó el despeje de fincas [clearing von estates], etc.7 La agricultura perdió así el carácter de trabajo para el valor de uso, y el cambio de su sobrante perdió el carácter de algo indiferente respecto de ella considerada en su construcción interna. En ciertos puntos, la agricultura misma pasa a estar determinada puramente por la circulación, transformada en producción que pone valor de cambio. Con ello no solo cambió el modo de producción, sino que se disolvieron todas las antiguas relaciones de población y de producción, las relaciones económicas que le correspondían. Así pues, a la circulación le estaba presupuesta aquí una producción que solo creaba valores de cambio como sobrante; pero retrocedió a una producción que ya solo tenía lugar en relación con la circulación, a una producción que pone valores de cambio como su contenido exclusivo.

Por otro lado, en la producción moderna, en la que se presuponen el valor de cambio y la circulación desarrollada, por un lado los precios determinan la producción; por otro, la producción determina los precios.

Cuando se dice que el capital es «trabajo acumulado (realizado) (propiamente, trabajo objetivado) que sirve como medio para un nuevo trabajo (producción)», se considera la simple materia del capital, prescindiendo de la determinación formal sin la cual no es capital. Eso no quiere decir más que: el capital es instrumento de producción, pues en el sentido más amplio todo objeto, incluso el suministrado puramente por la naturaleza, como las piedras por ejemplo, tiene que ser apropiado primero por alguna actividad antes de poder servir como instrumento, como medio de producción. Según esto, el capital habría existido en todas las formas de sociedad, es algo absolutamente ahistórico. Según esto, todo miembro del cuerpo es capital, puesto que cada uno tiene que ser no solo desarrollado, sino alimentado, reproducido, por la actividad, por el trabajo, para poder actuar como órgano. El brazo y en particular la mano son así capital. El capital no sería más que un nombre nuevo para una cosa tan vieja como el género humano, ya que todo tipo de trabajo, incluso el menos desarrollado, la caza, la pesca, etc., presupone que el producto de un trabajo anterior se emplea como medio para el trabajo inmediato, vivo. La determinación ulterior contenida en la definición anterior, la de que se hace completa abstracción de la materia material de los productos y se considera el trabajo pasado mismo como su único contenido (materia); la de que igualmente se hace abstracción del fin determinado, particular, para cuya obtención ese producto ha de servir a su vez como medio, y se pone más bien como fin solo una producción en general: todo esto parecía solo obra de la abstracción, que es igual de verdadera en todos los estados de la sociedad y que no hace más que llevar más lejos el análisis y formularlo de manera más abstracta (más general) de lo que solía hacerse. Si se hace así abstracción de la forma determinada del capital y se subraya solo el contenido, en cuanto el cual es un momento necesario de todo trabajo, entonces naturalmente nada es más fácil de demostrar que el capital es una condición necesaria de toda producción humana. La demostración se hace precisamente por abstracción de las determinaciones específicas que hacen de él el momento de una fase histórica particularmente desarrollada de la producción humana. La gracia está en que, si todo capital es trabajo objetivado que sirve como medio para una nueva producción, no todo trabajo objetivado que sirve como medio para una nueva producción es capital. El capital se concibe como cosa, no como relación.

Si, por otro lado, se dice que el capital es una suma de valores empleada para la producción de valores, eso quiere decir: el capital es el valor de cambio que se reproduce a sí mismo. Pero formalmente el valor de cambio se reproduce también en la circulación simple. En esta explicación se retiene, sin duda, la forma por la que el valor de cambio es el punto de partida, pero se deja caer la relación con el contenido (que en el capital no es indiferente como en el valor de cambio simple). Si se dice que el capital es valor de cambio que produce una ganancia, o que al menos se emplea con la intención de producir una ganancia, se presupone ya el capital para explicarlo a él mismo, pues la ganancia es una relación determinada del capital consigo mismo. El capital no es una relación simple, sino un proceso, en cuyos diversos momentos es siempre capital. Hay que desarrollarlo, por tanto. En el trabajo acumulado hay ya también algo subrepticio, puesto que ||16| en la determinación conceptual ha de ser solo trabajo objetivado, en el que, ciertamente, está acumulada una cantidad determinada de trabajo. Pero el trabajo acumulado abarca ya una cantidad de esos objetos en los que está realizado trabajo.

«Al principio cada cual se contentaba, pues el cambio solo versaba sobre objetos sin valor para cada uno de los que cambiaban; no se le daba importancia, y cada cual se daba por satisfecho con recibir una cosa útil a cambio de una cosa sin utilidad. Pero cuando la división del trabajo hubo hecho de cada uno un comerciante y de la sociedad una sociedad mercantil, cada cual no quiso entregar sus productos sino a cambio de su equivalente; para determinar ese equivalente, fue preciso entonces conocer el valor de lo que se recibía.» (Ganilh. 12, b.)8 Es decir, en otras palabras, que el cambio no se quedó en la posición formal de valores de cambio, sino que pasó necesariamente a someter la producción misma al valor de cambio.

1) La circulación y el valor de cambio que procede de la circulación, presupuesto del capital.

Para desarrollar el concepto del capital es necesario partir no del trabajo, sino del valor, y concretamente del valor de cambio ya desarrollado en el movimiento de la circulación. Es tan imposible pasar directamente del trabajo al capital como de las diversas razas humanas directamente al banquero, o de la naturaleza a la máquina de vapor. Hemos visto que en el dinero como tal el valor de cambio ha recibido ya una forma autónoma frente a la circulación, pero solo una forma negativa, evanescente o, si se fija, ilusoria. Solo existe en relación con la circulación y como posibilidad de entrar en ella; pero pierde esta determinación en cuanto se realiza, y recae en las dos determinaciones anteriores, como medida de los valores de cambio y como medio de cambio. En cuanto el dinero se pone como valor de cambio que no solo se autonomiza frente a la circulación, sino que se conserva en ella, ya no es dinero —pues este, como tal, no va más allá de la determinación negativa—, sino capital. Que el dinero sea la primera forma en la que el valor de cambio avanza hasta la determinación del capital, y que por eso la primera forma de manifestación del capital se confunda con el capital mismo o se considere como su única forma adecuada, es un hecho [fact] histórico que, lejos de contradecir nuestro desarrollo, más bien lo confirma. La primera determinación del capital es, pues, esta: que el valor de cambio procedente de la circulación, y que por tanto la presupone, se conserva en ella y por medio de ella; no se pierde al entrar en ella; que la circulación no es el movimiento de su desaparición, sino más bien el movimiento de su real ponerse como valor de cambio, su realización como valor de cambio. No puede decirse que en la circulación simple el valor de cambio se realice como tal. Solo se realiza siempre en el momento de su desaparición. Si la mercancía se cambia por mercancía por medio del dinero, su determinación de valor desaparece en el momento en que se realiza, y la mercancía sale de la relación, se vuelve indiferente a ella y ya solo es objeto directo de la necesidad. Si se cambia dinero por mercancía, se pone incluso la desaparición de la forma del cambio como mediación meramente formal para hacerse con el material natural de la mercancía. Si se cambia mercancía por dinero, la forma del valor de cambio, el valor de cambio puesto como valor de cambio, el dinero, solo persiste mientras se mantiene fuera del cambio, se sustrae a él; es, por tanto, una realización puramente ilusoria, puramente ideal en esta forma, en la que la autonomía del valor de cambio existe de modo palpable. Por último, si se cambia dinero por dinero —la 4.ª forma en que puede analizarse la circulación, pero en el fondo solo la tercera forma expresada en la forma del cambio—, ya no aparece tampoco una diferencia formal entre los términos diferenciados; una distinción sin diferencia [distinction without a difference]; no solo desaparece el valor de cambio, sino que desaparece el movimiento formal de su desaparición. En el fondo, estas 4 determinaciones formales de la circulación simple se reducen a 2, que, ciertamente, coinciden en sí; la diferencia consiste en sobre cuál de las dos se pone el énfasis, el acento; en cuál de los dos momentos —dinero y mercancía— constituye el punto de partida. A saber: dinero por mercancía, es decir, el valor de cambio de la mercancía desaparece frente a su contenido material; o mercancía por dinero, es decir, su contenido desaparece frente a su forma como valor de cambio. En el primer caso se borra la forma del valor de cambio; en el segundo, su sustancia; en ambos, por tanto, su realización es evanescente. Solo en el capital está puesto el valor de cambio como valor de cambio, por el hecho de conservarse en la circulación, es decir, por tanto, ni se queda sin sustancia, sino que se realiza en sustancias siempre distintas, en una totalidad de ellas, ni pierde su determinación formal, sino que en cada una de las diversas sustancias conserva su identidad consigo mismo. Sigue siendo, pues, siempre dinero y siempre mercancía. Es en cada momento ambos momentos, que en la circulación desaparecen el uno en el otro. Pero solo es esto siendo él mismo un circuito de cambios que se renueva constantemente. También en este aspecto su circulación se distingue de la de los valores de cambio simples como tales. La circulación simple solo es en realidad circulación desde el punto de vista del observador, o en sí, no puesta como tal. No es el mismo valor de cambio —precisamente porque su sustancia es una mercancía determinada— el que primero se convierte en dinero y luego otra vez en mercancía, sino que son siempre otros valores de cambio, otras mercancías, las que aparecen frente al dinero. La circulación, el circuito, consiste meramente en la simple repetición o alternancia de la ||17| determinación de mercancía y dinero, no en que el punto de partida real sea también el punto de retorno. Por eso, en cuanto se considera la circulación simple como tal y solo el dinero es el momento que persiste, se la ha designado como mera circulación del dinero, como mero curso del dinero. «Los valores capitales se perpetúan.» (Say, 14.) «Capital: valor permanente ("que se multiplica" no corresponde todavía aquí), que ya no perecía; este valor se desprende de la mercancía que lo había creado; permanecía, como una cualidad metafísica, insustancial, siempre en posesión del mismo cultivador [cultivateur] (aquí indiferente: digamos poseedor), para el cual revestía formas diversas.» (Sism. VI.)9

La imperecibilidad a la que aspiraba el dinero al ponerse negativamente frente a la circulación, al sustraerse a ella, la alcanza el capital conservándose precisamente por el hecho de entregarse a la circulación. El capital, como valor de cambio presupuesto a la circulación, o que presupone la circulación y se conserva en ella, no solo es en cada momento, idealmente [idealiter], cada uno de los dos momentos contenidos en la circulación simple, sino que adopta alternativamente la forma del uno y del otro, pero ya no de modo que, como en la circulación simple, se limite a pasar del uno al otro, sino que en cada una de las determinaciones es a la vez relación con la opuesta, es decir, la contiene idealmente en sí. El capital se convierte alternativamente en mercancía y en dinero; pero 1) él mismo es el cambio de estas dos determinaciones; 2) se convierte en mercancía, pero no en esta o aquella mercancía, sino en una totalidad de mercancías. No es indiferente a la sustancia, pero sí a la forma determinada; por este lado aparece como una metamorfosis constante de esta sustancia; en la medida, pues, en que está puesto como contenido particular del valor de cambio, esta particularidad es ella misma una totalidad de particularidad; por eso es indiferente no a la particularidad como tal, sino a la particularidad singular o aislada. La identidad, la forma de la generalidad que conserva, es la de ser valor de cambio y, como tal, dinero. Por eso se pone todavía como dinero, se cambia de hecho [in fact] como mercancía por dinero. Pero, puesto como dinero, es decir, como esta forma opuesta de la generalidad del valor de cambio, está puesto a la vez en él que no ha de perder, como en la circulación simple, la generalidad, sino su determinación opuesta, o que solo la adopta de modo evanescente, y por tanto vuelve a cambiarse por la mercancía, pero por la mercancía como algo que, en su particularidad misma, expresa la generalidad del valor de cambio y que, por eso, cambia constantemente su forma determinada.

Si aquí hablamos de capital, por ahora esto no es más que un nombre. La única determinidad en la que el capital está puesto a diferencia del valor de cambio inmediato y del dinero es la del valor de cambio que se conserva y se perpetúa en la circulación y por medio de la circulación. Hasta ahora solo hemos considerado un lado, el de la autoconservación en la circulación y por medio de ella. El otro lado, igual de importante, es que el valor de cambio está presupuesto, no ya como valor de cambio simple, tal como existe como determinación meramente ideal en la mercancía antes de que esta entre en la circulación, o más bien como determinación solo supuesta, puesto que la mercancía solo se convierte en valor de cambio de modo evanescente en la circulación; ni como el valor de cambio tal como existe como un momento en la circulación, como dinero; existe aquí como dinero, como valor de cambio objetivado, pero de modo que en él está puesta la relación que acabamos de describir. Lo que distingue la 2.ª determinación de la primera es que el valor de cambio 1) existe en la forma de la objetividad; 2) procede de la circulación, y por tanto la presupone, pero a la vez parte de sí mismo como presupuesto frente a ella.

Hay 2 lados según los cuales puede expresarse el resultado de la circulación simple:

Lo simplemente negativo: las mercancías arrojadas a la circulación han alcanzado su fin; se han cambiado unas por otras; cada una se convierte en objeto de la necesidad y se consume. Con ello, pues, la circulación ha llegado a su fin. No queda nada más que el dinero como simple residuo. Pero, como tal residuo, ha dejado de ser dinero, pierde su determinación formal. Se desmorona en su materia, que queda como ceniza inorgánica de todo el proceso.

Lo positivamente negativo: el dinero no está negado como valor de cambio objetivado, [que es] para sí —que no se limita a desaparecer en la circulación—, sino que está negada la autonomía opuesta, la generalidad meramente abstracta en la que se ha fijado; pero

tercero: el valor de cambio como presupuesto y a la vez resultado de la circulación, tal como se supone salido de ella, tiene que volver a salir de ella igualmente. Si esto ocurre solo de modo formal, volvería a ser simplemente dinero; si sale como mercancía real, como en la circulación simple, se convertiría en simple objeto de la necesidad, se consumiría como tal y perdería igualmente su determinación formal. Para que la salida sea real, tiene que convertirse igualmente en objeto de la necesidad y consumirse como tal, pero tiene que ser consumido por el trabajo y reproducirse así de nuevo.

Dicho de otro modo: el valor de cambio era originariamente, por su contenido, una cantidad objetivada de trabajo o de tiempo de trabajo; como tal, avanzó por la circulación en su objetivación hasta la existencia como dinero, dinero palpable. Ahora tiene que volver a poner él mismo el punto de partida de la circulación, que estaba fuera de ella, que le estaba presupuesto y para el que ella misma aparecía como un movimiento que lo agarraba desde fuera y lo transformaba dentro de sí, a saber, el trabajo; pero ahora ya no como simple equivalente o simple objetivación del trabajo, sino como el valor de cambio objetivado y autonomizado, que solo se entrega al trabajo, se convierte en su material, para renovarse a sí mismo y volver a empezar por sí mismo la circulación. Con ello ya no es tampoco simple equiparación, conservación de su identidad, como en la circulación, sino multiplicación de sí mismo. El valor de cambio solo se pone como valor de cambio valorizándose, es decir, aumentando su valor. El dinero (como regresado a sí desde la circulación) ha perdido como capital su rigidez y de cosa palpable se ha convertido en proceso. Pero, por otro lado, el trabajo ha cambiado su relación con su objetividad: también él ha regresado a sí. Pero el regreso consiste en que el trabajo objetivado en el valor de cambio pone el trabajo vivo como un medio de su reproducción, mientras que originariamente el valor de cambio solo aparecía como un producto del trabajo.|

|18| 2) El valor de cambio que procede de la circulación, presuponiéndose a ella, conservándose y multiplicándose en ella por medio del trabajo.

❲I. 1) Concepto general del capital. — 2) Particularidad del capital: capital circulante, capital fijo. (El capital como medios de subsistencia, como materia prima, como instrumento de trabajo.) 3) El capital como dinero. II. 1) Cantidad del capital. Acumulación. — 2) El capital medido en sí mismo. Ganancia. Interés. Valor del capital; es decir, el capital a diferencia de sí mismo como interés y ganancia. 3) La circulación de los capitales. α) Cambio del capital con capital. Cambio del capital con rédito. Capital y precios. β) Competencia de los capitales. γ) Concentración de los capitales. III. El capital como crédito. IV. El capital como capital por acciones. V. El capital como mercado de dinero. VI. El capital como fuente de la riqueza. El capitalista. Después del capital habría que tratar la propiedad del suelo. Después de esta, el trabajo asalariado. Presupuestos los 3, el movimiento de los precios, como la circulación ahora determinada en su totalidad interna. Por otro lado, las 3 clases como la producción puesta en sus 3 formas fundamentales y presupuestos de la circulación. Luego el Estado. (Estado y sociedad burguesa. — El impuesto, o la existencia de las clases improductivas. — La deuda pública. — La población. — El Estado hacia fuera: colonias. Comercio exterior. Tipo de cambio. El dinero como moneda internacional. — Por último, el mercado mundial. La sociedad burguesa desborda al Estado. Las crisis. Disolución del modo de producción y de la forma de sociedad fundados en el valor de cambio. Posición real del trabajo individual como social, y viceversa.)❳

(Nada es más falso que la manera en que tanto los economistas como los socialistas consideran la sociedad en relación con las condiciones económicas. Por ejemplo, Proudhon dice contra Bastiat (XVI, 29): «La diferencia para la sociedad entre capital y producto no existe. Esta diferencia es enteramente subjetiva a los individuos.» Así pues, a lo social precisamente lo llama subjetivo, y a la abstracción subjetiva la llama sociedad. La diferencia entre producto y capital es precisamente que, como capital, el producto expresa una relación determinada, perteneciente a una forma histórica de sociedad. La llamada consideración desde el punto de vista de la sociedad no significa más que pasar por alto las diferencias que expresan precisamente la relación social (relación de la sociedad burguesa). La sociedad no consta de individuos, sino que expresa la suma de las relaciones, de los vínculos en que estos individuos están unos con otros. Como si alguien quisiera decir: desde el punto de vista de la sociedad no existen esclavos y ciudadanos [citizens]: ambos son hombres. Más bien lo son fuera de la sociedad. Ser esclavo y ser ciudadano son determinaciones sociales, relaciones de los hombres A y B. El hombre A no es esclavo como tal. Es esclavo en la sociedad y por medio de la sociedad. Lo que el señor Proudhon dice aquí del capital y del producto significa en él que, desde el punto de vista de la sociedad, no existe diferencia entre capitalistas y obreros, una diferencia que precisamente solo existe desde el punto de vista de la sociedad.)

(En el escrito polémico de Proudhon contra Bastiat, Gratuidad del crédito [Gratuité du Crédit],10 todo se reduce a que quiere reducir el cambio entre capital y trabajo al cambio simple de mercancías como valores de cambio, a los momentos de la circulación simple, es decir, hace abstracción precisamente de la diferencia específica de la que todo depende. Dice: «Todo producto se convierte en un momento dado en capital, porque todo lo que se consume se consume en un momento dado reproductivamente.» Esto es muy falso, pero no importa [but never mind]. «¿Qué es lo que hace que la noción de producto se transforme de repente en la de capital? Es la idea de valor. Eso quiere decir que el producto, para convertirse en capital, tiene que haber pasado por una evaluación auténtica, haber sido comprado o vendido, su precio discutido y fijado por una especie de convención legal. Por ejemplo, el cuero, al salir de la carnicería, es el producto del carnicero. ¿Compra el curtidor este cuero? Al punto lo lleva, o lleva su valor, a su fondo de explotación. Por el trabajo del curtidor, este capital vuelve a ser producto, etc.» Todo capital es aquí «un valor hecho» [une valeur faite]. El dinero es el «valor más perfecto», el valor hecho elevado a la máxima potencia. Es decir, por tanto: 1) el producto se convierte en capital por el hecho de convertirse en valor. O el capital no es nada más que valor simple. No existe diferencia entre ellos. Por eso dice alternativamente unas veces mercancía (expresando su lado natural como producto) y otras valor, o más bien, puesto que supone el acto de comprar y vender, precio. 2) Como el dinero aparece como la forma acabada del valor tal como este es en la circulación simple, también el dinero es por eso el verdadero valor hecho.)

El paso del valor de cambio simple y su circulación al capital puede expresarse también así: en la circulación, el valor de cambio aparece doblemente: una vez como mercancía, otra como dinero. Cuando está en una determinación, no está en la otra. Esto vale para toda mercancía particular. Pero el conjunto de la circulación, considerado en sí, consiste en que el mismo valor de cambio, el valor de cambio como sujeto, se pone una vez como mercancía y otra como dinero, y es precisamente el movimiento de ponerse en esta doble determinación y de conservarse en cada una de ellas como su contrario, en la mercancía como dinero y en el dinero como mercancía. Pero esto, que está presente en sí en la circulación simple, no está puesto en ella. El valor de cambio puesto como unidad de mercancía y dinero es el capital, y este poner mismo aparece como la circulación del capital. (Que, sin embargo, es una espiral, una curva que se ensancha, no un círculo simple.)

Analicemos primero las determinaciones simples contenidas en la relación entre capital y trabajo, para encontrar así la conexión interna —tanto de estas determinaciones como de sus desarrollos ulteriores— con lo anterior.|

|19| El primer presupuesto es que de un lado esté el capital y del otro el trabajo, ambos como figuras autónomas uno frente a otro; ambos, por tanto, también ajenos el uno al otro. El trabajo que se enfrenta al capital es trabajo ajeno, y el capital que se enfrenta al trabajo es capital ajeno. Los extremos que se enfrentan son específicamente distintos. En la primera posición del valor de cambio simple, el trabajo estaba determinado de tal modo que el producto no era valor de uso inmediato para el obrero, no era medio de subsistencia directo. Esta era la condición general de la creación de un valor de cambio y del cambio en general. De lo contrario, el obrero solo habría producido un producto —un valor de uso inmediato para sí—, pero no un valor de cambio. Este valor de cambio, sin embargo, estaba materializado en un producto que como tal tenía valor de uso para otros y como tal era objeto de sus necesidades. El valor de uso que el obrero tiene que ofrecer frente al capital, el que tiene que ofrecer en general a otros, no está materializado en un producto, no existe en absoluto fuera de él, es decir, no existe realmente, sino solo en cuanto posibilidad, como su capacidad. Solo se hace realidad en cuanto el capital lo solicita, lo pone en movimiento, pues una actividad sin objeto no es nada, o a lo sumo es actividad del pensamiento, de la que aquí no se trata. En cuanto ha recibido del capital el movimiento, este valor de uso es como la actividad determinada, productiva, del obrero; es su vitalidad misma, dirigida a un fin determinado y que por eso se exterioriza en forma determinada.

En la relación entre capital y trabajo, el valor de cambio y el valor de uso están puestos en relación mutua: un lado (el capital) se enfrenta en primer lugar al otro lado como valor de cambio11, y el otro (el trabajo) se enfrenta al capital como valor de uso. En la circulación simple, cada una de las mercancías puede considerarse alternativamente en una u otra determinación. En ambos casos, cuando vale como mercancía en cuanto tal, sale de la circulación como objeto de la necesidad y cae por completo fuera de la relación económica. En la medida en que la mercancía se fija como valor de cambio —dinero—, tiende a la misma falta de forma, pero como algo que cae dentro de la relación económica. En todo caso, las mercancías solo tienen interés en la relación de cambio (circulación simple) en la medida en que tienen valores de cambio; por otro lado, su valor de cambio solo tiene un interés pasajero, en cuanto suprime la unilateralidad —la utilidad, el valor de uso referido solo al individuo determinado y que por tanto existe inmediatamente para él—, pero no este valor de uso mismo; más bien lo pone y lo media, como valor de uso para otros, etc. Pero en la medida en que el valor de cambio como tal se fija en el dinero, el valor de uso ya solo se le enfrenta como caos abstracto; y precisamente por la separación de su sustancia el valor de cambio se desmorona en sí mismo y empuja fuera de la esfera del valor de cambio simple, cuyo movimiento más alto es la circulación simple y cuya consumación más alta es el dinero. Pero dentro de la esfera misma, la diferencia solo existe de hecho [in fact] como una diversidad superficial, una distinción puramente formal. El dinero mismo, en su máxima fijeza, es a su vez mercancía y como tal solo se distingue de las demás por expresar más perfectamente el valor de cambio, pero precisamente por eso, como moneda, pierde su valor de cambio como determinación inmanente ||20| y se convierte en mero valor de uso, aunque sea valor de uso para la fijación de precios, etc., de las mercancías. Las determinaciones todavía coinciden inmediatamente y se separan con la misma inmediatez. Donde se comportan de modo autónomo una frente a otra, positivamente, como en la mercancía que se convierte en objeto del consumo, la mercancía deja de ser momento del proceso económico; donde lo hacen negativamente, como en el dinero, se convierte en locura; la locura, ciertamente, como un momento de la economía y como algo que determina la vida práctica de los pueblos.

Hemos visto antes que no puede decirse que el valor de cambio se realice en la circulación simple. Pero esto ocurre porque el valor de uso no se le enfrenta como tal, como un valor de uso determinado como tal por el valor de cambio mismo; mientras que, a la inversa, el valor de uso como tal no está en relación con el valor de cambio, sino que solo se convierte en valor de cambio determinado por el hecho de que se le aplica como patrón externo lo que los valores de uso tienen en común: ser tiempo de trabajo. Su unidad todavía se separa inmediatamente, y su diferencia todavía coincide inmediatamente en una sola cosa. Ahora tiene que quedar puesto que el valor de uso como tal llega a ser por medio del valor de cambio, y que el valor de cambio se media a sí mismo por medio del valor de uso. En la circulación del dinero solo teníamos 2 formas distintas del valor de cambio (precio de la mercancía – dinero) o solo valores de uso distintos (M – M), para los que el dinero, el valor de cambio, es mera mediación evanescente. No se daba una relación real entre valor de cambio y valor de uso. Por eso la mercancía como tal —su particularidad— es también un contenido indiferente, solo casual y representado en general [en général], que cae fuera de la relación formal económica; o la relación formal económica es solo una forma superficial, una determinación formal fuera de cuyo ámbito está la sustancia real y que no se comporta en absoluto con esta como tal; por eso, si esta determinación formal como tal ha de retenerse en el dinero, se convierte bajo mano en un producto natural indiferente, un metal, en el que está borrada también la última relación, ya sea con el individuo, ya con el intercambio de los individuos. El metal como tal no expresa, naturalmente, relaciones sociales; también está borrada en él la forma de la moneda, el último signo de vida de su significación social. El valor de cambio que se enfrenta al valor de uso mismo, puesto como lado de la relación, se le enfrenta como dinero, pero el dinero que así se le enfrenta ya no es dinero en su determinación como tal, sino capital. El valor de uso o mercancía que se enfrenta al capital o al valor de cambio puesto ya no es la mercancía tal como aparecía frente al dinero, cuya determinidad formal era tan indiferente como su contenido y que solo aparecía como una sustancia cualquiera en general. 1) En primer lugar, como valor de uso para el capital, es decir, por tanto, como un objeto en cuyo cambio el capital no pierde su determinación de valor, como le pasa, por ejemplo, al dinero cuando se cambia por una mercancía determinada. La única utilidad que un objeto puede tener en general para el capital solo puede ser conservarlo o aumentarlo. Ya hemos visto en el dinero cómo el valor autonomizado como tal —o la forma general de la riqueza— no es capaz de otro movimiento que el cuantitativo: aumentar. Según su concepto, es la quintaesencia de todos los valores de uso; pero, como no es nunca más que una cantidad determinada de dinero (aquí, de capital), su límite cuantitativo está en contradicción con su cualidad. Por eso está en su naturaleza empujar constantemente más allá de su propio límite. (Como riqueza que disfruta, por ejemplo en la época imperial romana, aparece por eso como derroche sin límites, que intenta elevar también el disfrute a la ilimitación imaginaria, tragándose ensaladas de perlas, etc.)12 Ya por esto, para el valor que se aferra en sí a su condición de valor, aumentar coincide con conservarse, y solo se conserva precisamente empujando constantemente más allá de su límite cuantitativo, que contradice su determinación formal, su generalidad interna. El enriquecerse es así fin en sí mismo. La actividad del capital que determina sus fines solo puede ser la del enriquecimiento, es decir, la del agrandamiento, el aumento de sí mismo. Una suma determinada de dinero (y el dinero solo existe siempre para su poseedor en una cantidad determinada; está siempre ahí como suma de dinero determinada) (esto ya hay que desarrollarlo en el capítulo del dinero) puede bastar plenamente para un consumo determinado, en el que precisamente deja de ser dinero. Pero como representante de la riqueza general no puede. Como suma cuantitativamente determinada, suma limitada, es también solo representante limitado de la riqueza general, o representante de una riqueza limitada, que llega exactamente hasta donde llega su valor de cambio; está medida exactamente por él. No tiene en modo alguno, por tanto, la capacidad que debe tener según su concepto general, la de comprar todos los disfrutes, todas las mercancías, la totalidad de las sustancias materiales de la riqueza; no es un «compendio de todas las cosas» [précis de toutes les choses], etc. Retenido como riqueza, como forma general de la riqueza, como valor que vale como valor, es por tanto el impulso constante a ir más allá de su límite cuantitativo: proceso sin fin. Su propia vitalidad consiste exclusivamente en esto: solo se conserva como valor de cambio que vale para sí, distinto del valor de uso, multiplicándose constantemente. (A los señores economistas se les hace endiabladamente difícil avanzar teóricamente desde la autoconservación del valor en el capital hasta su multiplicación, es decir, hasta esta en su determinación fundamental, no solo como accidente o solo como resultado. Véase por ejemplo cómo Storch introduce esta determinación fundamental mediante un adverbio, «propiamente». Ciertamente, los economistas intentan introducir esto como esencial en la relación del capital, pero, cuando no ocurre en la forma brutal de determinar el capital como lo que reporta ganancia, donde el aumento del capital mismo está ya puesto en la ganancia como forma económica particular, ||21| ocurre solo de tapadillo y muy débilmente, como mostraremos más adelante mediante una breve revista de todo lo que los economistas han aportado a la determinación conceptual del capital. La cháchara de que nadie emplearía su capital sin sacar provecho de él se reduce o bien a la necedad de que los buenos capitalistas seguirían siendo capitalistas aun sin emplear su capital, o bien a decir en una forma muy casera que el empleo lucrativo está en el concepto del capital. Bien [Well]. Entonces habría que demostrarlo precisamente.) — El dinero como suma de dinero está medido por su cantidad. Este estar medido contradice su determinación, que tiene que estar dirigida a lo desmedido. Todo lo que aquí se ha dicho del dinero vale aún más del capital, en el que el dinero, en su determinación consumada, se desarrolla propiamente por primera vez. Como valor de uso, es decir, como útil, frente al capital como tal solo puede estar lo que lo aumenta, lo multiplica y, por tanto, lo conserva como capital. 2) El capital es, según su concepto, dinero, pero dinero que ya no existe en la forma simple de oro y plata, ni tampoco como dinero en oposición a la circulación, sino en la forma de todas las sustancias: mercancías. En esa medida, como capital, no está por tanto en oposición al valor de uso, sino que, fuera del dinero, existe precisamente solo en valores de uso. Su sustancia misma es, pues, ahora perecedera: valores de uso que, por un lado, no tendrían valor de cambio si no tuvieran valor de uso, pero que, como valores de uso, pierden su valor, son disueltos por el simple metabolismo de la naturaleza si no se usan realmente, y que, si se usan realmente, desaparecen con mayor razón. Por este lado, lo contrario del capital no puede ser a su vez una mercancía particular; pues como tal no constituye ninguna oposición al capital, ya que la sustancia del capital mismo es valor de uso; no es esta o aquella mercancía, sino toda mercancía. La sustancia común de todas las mercancías, es decir, su sustancia, una vez más, no como su materia material, o sea como determinación física, sino su sustancia común como mercancías y por tanto como valores de cambio, es la de ser trabajo objetivado. ❲Pero solo puede hablarse de esta sustancia económica (social) de los valores de uso, es decir, de su determinación económica como contenido a diferencia de su forma (en cuanto esta forma es valor por ser una cantidad determinada de este trabajo), cuando se busca una oposición a ellos. En cuanto a sus diversidades naturales, ninguna de ellas impide al capital tomar asiento en ella, convertirla en su propio cuerpo, en la medida en que ninguna excluye la determinación del valor de cambio y de la mercancía.❳ Lo único distinto del trabajo objetivado es el trabajo no objetivado, el que todavía se está objetivando, el trabajo como subjetividad. O bien el trabajo objetivado, es decir, el trabajo presente en el espacio, puede oponerse también, como trabajo pasado, al trabajo presente en el tiempo. En la medida en que ha de estar presente en el tiempo, como trabajo vivo, solo puede estar presente como sujeto vivo, en el que existe como capacidad, como posibilidad; por tanto, como obrero. El único valor de uso, por tanto, que puede constituir una oposición al capital es el trabajo ❲y, por cierto, el trabajo que crea valor, es decir [i. e.], el trabajo productivo. Esta observación marginal se ha anticipado; hay que desarrollarla primero; poco a poco [by and by]. El trabajo como mero servicio para satisfacer necesidades inmediatas no tiene nada que ver con el capital, puesto que este no lo busca. Si un capitalista se hace cortar leña para asar su cordero [mutton], no solo el leñador está con él, sino él con el leñador, en la relación del cambio simple. El leñador le da su servicio, un valor de uso que no aumenta el capital, sino en el que este se consume, y el capitalista le da a cambio otra mercancía bajo la forma de dinero. Así ocurre con todos los servicios que los obreros cambian directamente por el dinero de otras personas y que estas personas consumen. Es consumo del rédito, que como tal cae siempre en la circulación simple, no consumo del capital. Como uno de los contratantes no se enfrenta al otro como capitalista, esta prestación del que sirve no puede caer bajo la categoría del trabajo productivo. Desde la puta hasta el papa hay una masa de esa chusma. Pero también el lumpenproletariado honrado y «trabajador» cae bajo ella; por ejemplo, las grandes bandas de mozos de cuerda que prestan ayuda, etc., en las ciudades portuarias, etc. El que representa el dinero solo pide el servicio por su valor de uso, que desaparece inmediatamente para él; pero el mozo pide el dinero, y como al que da el dinero le importa la mercancía y al que da la mercancía le importa el dinero, solo representan uno frente a otro los 2 lados de la circulación simple; siempre está claro que el mozo, a quien le importa el dinero, es decir, inmediatamente la forma general de la riqueza, intenta enriquecerse a costa de su amigo improvisado, lo que a este, un calculador frío [hard calculator], le ofende tanto más cuanto que ese servicio que ahora necesita solo es atribuible a su debilidad humana general y no se le pide en absoluto en cuanto capitalista. A. Smith tenía en lo esencial razón con su trabajo productivo e improductivo, razón desde el punto de vista de la economía burguesa. Lo que los demás economistas aducen en contra es o bien chorradas (por ejemplo [f. i.], Storch, Senior aún más piojoso,13 etc.), a saber, que toda acción produce al fin y al cabo algún efecto, es decir, confusión del producto en su sentido natural y en su sentido económico; de este modo un ratero es también un obrero productivo, puesto que ||22| produce indirectamente libros de derecho penal (al menos este razonamiento es tan correcto como cuando a un juez se le llama obrero productivo porque protege frente al robo). O bien los economistas modernos se han hecho tan sicofantes del burgués que quieren hacerle creer que es trabajo productivo que alguien le busque los piojos en la cabeza o le frote el rabo, porque este último movimiento acaso le despeje la cabeza espesa —de alcornoque [blockhead]— para la oficina al día siguiente. Por eso es del todo correcto —pero a la vez característico— que para los economistas consecuentes los obreros, por ejemplo, de las tiendas de lujo sean obreros productivos, aunque a los tipos que consumen tales objetos se les castiga expresamente como derrochadores improductivos. El hecho [fact] es que estos obreros son, en efecto, productivos en la medida en que aumentan el capital de su patrón; improductivos en cuanto al resultado material de su trabajo [indeed, productiv … as far as they increase the capital of their master; unproductive as to the material result of their labour]. De hecho [in fact], este obrero «productivo» está tan interesado en la mierda que tiene que hacer como el propio capitalista que lo emplea, al que la baratija le importa también un rábano. Pero, mirándolo más de cerca, resulta en efecto que la verdadera definición de un obrero productivo consiste en esto: un hombre que no necesita ni pide exactamente más de lo necesario para capacitarlo a fin de que reporte a su capitalista la mayor ventaja posible. Todo esto es una necedad [All this nonsense]. Digresión. Pero volvamos más de cerca a lo productivo y lo no productivo.❳

[Cambio entre capital y trabajo]

El valor de uso que se enfrenta al capital como valor de cambio puesto es el trabajo. El capital se cambia, o es en esta determinidad, solo en relación con el no-capital, la negación del capital, únicamente en relación con la cual es capital; el no-capital real es el trabajo.

Si consideramos el cambio entre capital y trabajo, encontramos que se descompone en 2 procesos no solo formalmente, sino cualitativamente distintos, e incluso contrapuestos:

  1. El obrero cambia su mercancía, el trabajo, el valor de uso, que como mercancía tiene también un precio, como todas las demás mercancías, por una suma determinada de valores de cambio, una suma determinada de dinero, que el capital le cede.

  2. El capitalista recibe a cambio el trabajo mismo, el trabajo como actividad que pone valor, como trabajo productivo; es decir, recibe a cambio la fuerza productiva que conserva y multiplica el capital y que con ello se convierte en fuerza productiva y fuerza reproductora del capital, en una fuerza que pertenece al capital mismo.

La separación de estos dos procesos es tan patente que pueden separarse en el tiempo y en modo alguno tienen que coincidir. El primer proceso puede estar consumado, y por lo general lo está en cierto grado, antes de que el segundo siquiera empiece. La consumación del 2.º acto supone la consumación del producto. El pago del salario no puede esperar a esta. Incluso encontraremos que es una determinación esencial de la relación que no espere a ella.

En el cambio simple, en la circulación, no tiene lugar este proceso doble. Si la mercancía a se cambia por el dinero b, y este luego por la mercancía c destinada al consumo —el objeto originario del cambio para a—, el uso de la mercancía c, su consumo, cae por completo fuera de la circulación; no concierne a la forma de la relación; está más allá de la circulación misma y es un interés puramente material, que ya solo expresa una relación del individuo A, en su naturalidad, con un objeto de su necesidad aislada. Lo que haga con la mercancía c es una cuestión que queda fuera de la relación económica. Aquí, en cambio, el valor de uso de lo cambiado por el dinero aparece como relación económica particular, y el empleo determinado de lo cambiado por el dinero constituye el fin último de ambos procesos. Esto distingue, pues, ya formalmente el cambio entre capital y trabajo del cambio simple: dos procesos distintos.

Si consideramos ahora además en qué se distingue, por su contenido, el cambio entre capital y trabajo del cambio simple (circulación), encontramos que esta diferencia no sale a la luz por una relación o comparación exterior, sino que en la totalidad del último proceso la segunda forma se distingue a sí misma de la primera, que esta comparación está incluida en él. La diferencia del segundo acto respecto del primero —a saber, el proceso particular de apropiación del trabajo por parte del capital es el segundo acto— es exactamente la diferencia entre el cambio entre capital y trabajo y el cambio tal como el dinero lo media entre mercancías. En el cambio entre capital y trabajo, el primer acto es un cambio, cae por completo en la circulación ordinaria; el segundo es un proceso cualitativamente distinto del cambio, y solo por abuso [by misuse] podría llamársele en general cambio de ninguna clase. Se contrapone directamente al cambio; es una categoría esencialmente distinta.

❲Capital. I. Generalidad: 1) a) Devenir del capital a partir del dinero. b) Capital y trabajo (mediándose por trabajo ajeno). c) Los elementos del capital, descompuestos según su relación con el trabajo (Producto. Materia prima. Instrumento de trabajo). 2) Particularización del capital: a) Capital circulante. Capital fijo. Curso del capital. 3) La singularidad del capital. Capital y ganancia. Capital e interés. El capital como valor, distinto de sí mismo como interés y ganancia.

II. Particularidad: 1) Acumulación de los capitales. 2) Competencia de los capitales. 3) Concentración de los capitales (diferencia cuantitativa del capital como a la vez cualitativa, como medida de su magnitud y de su acción)./

/23/III. Singularidad: 1) El capital como crédito. 2) El capital como capital por acciones. 3) El capital como mercado de dinero. En el mercado de dinero el capital está puesto en su totalidad; en él es determinante de los precios, dador de trabajo, regulador de la producción, en una palabra, fuente de la producción; pero el capital, no solo como productor de sí mismo (materialmente, por medio de la industria, etc., poniendo precios, desarrollando fuerzas productivas), sino a la vez como creador de valores, tiene que poner un valor o una forma de la riqueza específicamente distinta del capital. Es la renta del suelo. Es la única creación de valor del capital como valor distinto de él mismo, de su propia producción. Tanto por su naturaleza como históricamente, el capital es el creador de la moderna propiedad del suelo, de la renta del suelo; por eso su acción aparece también como disolución de la vieja forma de la propiedad del suelo. La nueva surge por la acción del capital sobre la vieja. El capital es esto —considerado desde un lado— como creador de la agricultura moderna. En las relaciones económicas de la moderna propiedad del suelo, que aparece como un proceso: renta del suelo — capital — trabajo asalariado (la forma del silogismo puede concebirse también de otro modo: como trabajo asalariado — capital — renta del suelo; pero el capital tiene que aparecer siempre como el término medio activo), está puesta, pues, la construcción interna de la sociedad moderna, o el capital en la totalidad de sus relaciones. Se pregunta ahora: ¿cómo se da el paso de la propiedad del suelo al trabajo asalariado? (El paso del trabajo asalariado al capital se da por sí mismo, puesto que este ha regresado aquí a su fundamento activo.) Históricamente, el paso es indiscutible. Está ya en el hecho de que la propiedad del suelo es producto del capital. Por eso encontramos en todas partes que allí donde, por la reacción del capital sobre las formas más antiguas de la propiedad del suelo, esta se transforma en renta en dinero (lo mismo ocurre de otra manera donde se crea el campesino moderno) y donde, por tanto, al mismo tiempo la agricultura, explotada por el capital, se transforma en agronomía industrial, los arrendatarios de parcela [cottiers], siervos, campesinos sujetos a prestaciones personales, arrendatarios hereditarios, caseros, etc., se convierten necesariamente en jornaleros, en asalariados, y que, por tanto, el trabajo asalariado en su totalidad solo se crea por la acción del capital sobre la propiedad del suelo y luego, en cuanto esta se ha elaborado como forma, por el propio propietario del suelo. Este mismo despeja [clears] entonces, como dice Steuart, la tierra de sus bocas sobrantes, arranca a los hijos de la tierra del pecho en que crecieron y transforma así el propio trabajo de la tierra, que por su naturaleza aparece como fuente inmediata de subsistencia, en fuente mediada de subsistencia, que depende puramente de relaciones sociales. (La dependencia recíproca tiene que haberse elaborado primero en toda su pureza antes de que pueda pensarse en una comunidad social real. Todas las relaciones como puestas por la sociedad, no como determinadas por la naturaleza.) Solo así se hace posible la aplicación de la ciencia y se desarrolla la plena fuerza productiva. No puede caber, pues, duda alguna de que el trabajo asalariado en su forma clásica, como algo que atraviesa toda la extensión de la sociedad y que, en lugar de la tierra, se convierte en el suelo sobre el que esta se asienta, solo lo crea la moderna propiedad del suelo, es decir, la propiedad del suelo como valor creado por el capital mismo. Por eso, la propiedad del suelo remite de nuevo al trabajo asalariado. Considerada desde un lado, no es más que la transferencia del trabajo asalariado de las ciudades al campo, es decir, el trabajo asalariado extendido por toda la superficie de la sociedad. El viejo propietario del suelo, si es rico, no necesita a ningún capitalista para convertirse en propietario moderno del suelo. Solo necesita transformar a sus trabajadores en asalariados y producir para la ganancia en lugar de para el rédito. Entonces están presupuestos en su persona el arrendatario moderno y el propietario moderno del suelo. Pero el que cambie la forma en que percibe su rédito, o la forma en que se paga al trabajador, no es una diferencia formal, sino que supone una transformación total del modo de producción (de la agricultura) mismo; tiene, por tanto, presupuestos que descansan en un desarrollo determinado de la industria, del comercio y de la ciencia, en suma, de las fuerzas productivas. Como, en general, la producción basada en el capital y el trabajo asalariado no solo es formalmente distinta de otros modos de producción, sino que presupone igualmente una revolución y un desarrollo totales de la producción material. Aunque el capital como capital comercial puede desarrollarse plenamente (solo que no tanto cuantitativamente) sin esta transformación de la propiedad del suelo, no así como capital industrial. Incluso el desarrollo de la manufactura presupone una disolución incipiente de las viejas relaciones económicas de la propiedad del suelo. Por otra parte, solo a partir de esta disolución puntual surge la nueva forma en su totalidad y en toda su extensión, en cuanto la industria moderna se ha desarrollado hasta un alto grado de formación, y esta a su vez avanza tanto más deprisa cuanto más se han desarrollado la agricultura moderna, la forma de propiedad que le corresponde y las relaciones económicas que le corresponden. De ahí que Inglaterra sea, en este aspecto, el país modelo para los demás países del continente. Igualmente: si la primera forma de la industria, la gran manufactura, presupone ya disolución de la propiedad del suelo, esta, a su vez, está condicionada por el desarrollo más subordinado del capital que ha tenido lugar en las ciudades, en sus formas todavía no desarrolladas (medievales), y a la vez por la acción de la manufactura que florece en otros países al mismo tiempo que el comercio (así actúa Holanda sobre Inglaterra en el siglo XVI y en la primera mitad del XVII). En estos países el proceso ya se ha recorrido, y la agricultura se ha sacrificado a la ganadería, y el grano se obtiene de países atrasados, como Polonia, etc., por la importación (de nuevo Holanda). Hay que tener en cuenta que las nuevas fuerzas productivas y relaciones de producción no se desarrollan de la nada, ni del aire, ni del seno de la idea que se pone a sí misma, sino dentro del desarrollo existente de la producción y de las relaciones de propiedad heredadas, tradicionales, y en oposición a ellos. Si en el sistema burgués acabado cada relación económica presupone la otra en la forma económica burguesa, y así cada cosa puesta es a la vez presupuesto, lo mismo ocurre con todo ||24| sistema orgánico. Este sistema orgánico mismo, como totalidad, tiene sus presupuestos, y su desarrollo hasta la totalidad consiste precisamente [en] subordinarse todos los elementos de la sociedad o en crear a partir de ella los órganos que todavía le faltan. Así es como llega a ser históricamente totalidad. El devenir de esta totalidad constituye un momento de su proceso, de su desarrollo. — Por otra parte, si dentro de una sociedad las relaciones de producción modernas, es decir, el capital, se han desarrollado hasta su totalidad, y esta sociedad se apodera ahora de un terreno nuevo, como, por ejemplo, en las colonias, se encuentra, y en particular su representante, el capitalista, con que su capital deja de ser capital sin trabajo asalariado, y con que uno de los presupuestos de este no es solo la propiedad del suelo en general, sino la moderna propiedad del suelo; una propiedad del suelo que, como renta capitalizada, es cara, y como tal excluye el aprovechamiento inmediato de la tierra por los individuos. De ahí la teoría de la colonización de Wakefield, que el gobierno inglés siguió en la práctica en Australia. La propiedad del suelo se encarece aquí artificialmente para transformar a los trabajadores en asalariados, para hacer que el capital actúe como capital y así hacer productiva la nueva colonia; para desarrollar en ella la riqueza, en lugar de emplearla, como en América, para el suministro momentáneo de asalariados. La teoría de Wakefield es infinitamente importante para la comprensión correcta de la moderna propiedad del suelo. — El capital, al crear la renta del suelo, remite, pues, a la producción del trabajo asalariado como su fundamento creador general. El capital sale de la circulación y pone el trabajo como trabajo asalariado; se forma así y, desarrollado como un todo, pone la propiedad del suelo, a la vez como su condición y como su opuesto. Pero resulta que con ello solo ha creado el trabajo asalariado como su presupuesto general. Este hay que considerarlo, pues, ahora por sí mismo. Por otra parte, la moderna propiedad del suelo misma aparece con su máximo poder en el proceso del despeje de fincas [clearing of estates] y de la transformación de los trabajadores del campo en asalariados. Así, doble paso al trabajo asalariado. Esto, por el lado positivo. Negativamente, después de que el capital ha puesto la propiedad del suelo, y con ello ha alcanzado su doble fin: 1) agricultura industrial y, por ella, desarrollo de la fuerza productiva de la tierra; 2) trabajo asalariado, es decir, dominio general del capital en el campo, considera la existencia misma de la propiedad del suelo como un desarrollo meramente transitorio, necesario como acción del capital sobre las viejas relaciones de propiedad del suelo y como un producto de su descomposición; pero que, como tal —una vez alcanzado ese fin—, es una mera limitación de la ganancia, no una necesidad para la producción. Trata, pues, de disolver la propiedad del suelo como propiedad privada y transferirla al Estado. Este es el lado negativo. Así, transformar toda la sociedad interior en capitalistas y asalariados. Cuando el capital ha llegado hasta ahí, también el trabajo asalariado ha llegado hasta el punto de que, por un lado, trata de eliminar al propietario del suelo como una superfetación, para simplificar la relación, aliviar los impuestos, etc., de la misma forma que el burgués; por otro lado, para escapar del trabajo asalariado y convertirse en productor independiente —para el uso inmediato—, exige la división de la gran propiedad del suelo. La propiedad del suelo es negada así desde 2 lados; la negación por parte del capital es solo cambio de forma, en favor de su dominio exclusivo. (La renta del suelo como la renta (el impuesto) general del Estado, de modo que la sociedad burguesa reproduce de otra manera el sistema medieval, pero como su completa negación.) La negación por parte del trabajo asalariado es solo negación encubierta del capital, y por tanto también de sí mismo. Ahora hay que considerarlo, pues, como independiente frente al capital. Así, el paso es doble. 1) Paso positivo desde la moderna propiedad del suelo, o del capital por medio de la moderna propiedad del suelo, [al] trabajo asalariado general; 2) paso negativo: negación de la propiedad del suelo por el capital, es decir, negación del valor independiente por el capital, es decir, precisamente negación del capital por sí mismo. Pero su negación es el trabajo asalariado. Luego, negación de la propiedad del suelo, y por medio de ella del capital, por parte del trabajo asalariado. Es decir, el trabajo asalariado que quiere ponerse como lo independiente.❳ ❲El mercado, que al principio aparece en la economía como determinación abstracta, adopta configuraciones totales. En primer lugar, el mercado de dinero. Este abarca el mercado de letras de cambio; en general, el mercado de empréstitos; por tanto, el comercio de dinero, el mercado de metal en barras. Como mercado de préstamo de dinero aparece tanto en los bancos, p. ej. en el descuento, para el que descuentan: mercado de préstamos [loanmarket], corredores de letras [billbrokers], etc.; pero luego también como mercado de todos los papeles que rinden interés: fondos del Estado y mercado de acciones [share market]. Estos últimos se separan en grupos mayores. En primer lugar, las acciones de los institutos monetarios mismos; acciones de bancos; acciones de bancos por acciones [jointstock bank shares]; acciones de los medios de comunicación (acciones de ferrocarriles, las más importantes; acciones de canales; acciones de navegación a vapor, acciones de telégrafos, acciones de ómnibus); acciones de empresas industriales generales (las acciones de minas, las principales). Luego, para el suministro de elementos generales (acciones de gas, acciones de conducciones de agua). Varias [Miscellaneous], que se cuentan por miles. Para el almacenaje de las mercancías (acciones de muelles, etc.). Varias, que llegan al infinito, como las de las empresas industriales o compañías comerciales fundadas sobre acciones. Por último, como seguro del conjunto, acciones de seguros de todas clases. Así como el mercado, a grandes rasgos, se divide en mercado interior [home market] y mercado exterior [foreign market], así el mercado interior mismo vuelve a dividirse en mercado de acciones nacionales, fondos nacionales, etc., y fondos extranjeros, ||25| acciones extranjeras, etc. Pero en realidad este desarrollo pertenece al mercado mundial, que no es solo el mercado interior en relación con todos los mercados exteriores que existen fuera de él, sino a la vez el [mercado] interior de todos los mercados exteriores, como partes integrantes, a su vez, del mercado interior. La concentración del mercado de dinero en una plaza principal dentro de un país, mientras que los demás mercados se reparten más según la división del trabajo; aunque también aquí hay gran concentración [en] la capital, si esta es a la vez puerto de exportación. — Los mercados distintos del mercado de dinero son, en primer lugar, tan diversos como lo son los productos y las ramas de la producción, y forman otros tantos mercados diversos. Los mercados principales de estos diversos productos se forman en centros que lo son, o bien en relación con la importación o la exportación, o bien porque son ellos mismos centros de una producción determinada, o los lugares de abastecimiento inmediato de tales centros. Pero de la mera diversidad estos mercados pasan además a una separación más o menos orgánica en grandes grupos, que se dividen necesariamente según los elementos fundamentales del capital mismo en: mercado de productos y mercado de productos brutos. El instrumento de producción como tal no constituye un mercado particular; existe como tal, principalmente, en primer lugar en las materias primas mismas, que se venden como medios de producción; pero luego, en particular, en los metales, puesto que estos excluyen toda idea de consumo inmediato, y además en los productos, como el carbón, el aceite, las sustancias químicas, que están destinados a desaparecer como medios accesorios de la producción. Igualmente, los colorantes, la madera, las drogas, etc. Por consiguiente:

I. Productos. 1) Mercado de grano con sus diversas subdivisiones. Por ejemplo, mercado de semillas; arroz; sagú, patata, etc. Este, económicamente muy importante; a la vez mercado para la producción y para el consumo inmediato. 2) Mercado de productos coloniales. Café, té, cacao, azúcar; tabaco; especias (pimienta, pimienta de Jamaica, canela, casia leñosa, clavo, jengibre, macis, nuez moscada, etc.); 3) Frutas. Almendras, pasas de Corinto, higos, ciruelas, ciruelas pasas, uvas pasas, naranjas, limones, etc. Melazas (para la producción, etc.); 4) Provisiones. Mantequilla; queso; tocino; jamones; manteca de cerdo; carne de cerdo; carne de vaca (ahumada), pescado, etc. 5) Bebidas espirituosas. Vino, ron, cerveza, etc. II. Productos brutos. 1) Las materias primas de la industria mecánica. Lino; cáñamo; algodón; seda; lana; pieles; cuero; gutapercha, etc.; 2) Materias primas de la industria química. Potasa, salitre; trementina; nitrato de sosa, etc. III. Materias primas que son a la vez instrumentos de producción: metales (cobre, hierro, estaño, cinc, plomo, acero, etc.). Madera. Madera [Wood]. Madera de construcción [Timber]. Maderas tintóreas. Madera de construcción naval, etc. Medios accesorios de producción y materias primas. Drogas y tintes (cochinilla, índigo, etc.). Alquitrán. Sebo. Aceites. Carbón, etc. Todo producto tiene que ir, naturalmente, al mercado; pero mercados realmente grandes, a diferencia del comercio al por menor, solo los forman los grandes productos de consumo (económicamente importantes solo el mercado de grano, el del té, el del azúcar y el del café; en cierta medida, el mercado del vino, y el de las bebidas espirituosas en general) o los que constituyen las materias primas de la industria (mercado de la lana, de la seda, de la madera, de los metales, etc.). Ya se verá en qué lugar tiene que entrar la categoría abstracta del mercado.❳

El cambio del obrero con el capitalista es un cambio simple; cada uno recibe un equivalente: el uno, dinero; el otro, una mercancía cuyo precio es exactamente igual al dinero pagado por ella; lo que el capitalista recibe en este cambio simple es un valor de uso: la disposición sobre trabajo ajeno. Por parte del obrero —y este es el cambio en el que aparece como vendedor—, es evidente que en su caso, tan poco como en el del vendedor de cualquier otra mercancía, de un valor de uso, concierne a la determinación formal de la relación el uso que el comprador haga de la mercancía que se le ha cedido. Lo que vende es la disposición sobre su trabajo, que es un trabajo determinado, una destreza determinada, etc. Es del todo indiferente lo que el capitalista haga con su trabajo, aunque naturalmente solo puede emplearlo según su determinidad, y su disposición misma se limita a un trabajo determinado y a una facultad de disponer de él determinada en el tiempo (tanto y cuanto tiempo de trabajo). El sistema de pago a destajo introduce, ciertamente, la apariencia de que recibiera una parte determinada del producto. Pero esto es solo otra forma de medir el tiempo (en lugar de decir: trabajas durante 12 horas, se dice: recibes tanto por pieza; es decir, medimos el tiempo que has trabajado por el número de productos); no nos concierne en absoluto aquí, al considerar la relación general. Si el capitalista se conformara con la mera facultad de disponer, sin hacer trabajar realmente al obrero, por ejemplo, para tener su trabajo como reserva, etc., o para quitarle a su competidor la facultad de disponer de él (como, por ejemplo, los directores de teatro compran cantantes para una temporada, no para hacerlas cantar, sino para que no canten en un teatro de la competencia), el cambio habría tenido lugar por completo. En el dinero, el obrero recibe ciertamente el valor de cambio, la forma general de la riqueza en un quantum determinado, y el más o el menos que recibe le procura una participación mayor o menor en la riqueza general. Cómo se determina este más o menos, cómo se mide la cantidad de dinero que recibe, concierne tan poco a la relación general que no puede desarrollarse a partir de ella como tal. Considerado en general, el valor de cambio de su mercancía no puede estar determinado por la manera en que el comprador use su mercancía, sino solo por el quantum de trabajo objetivado que existe en ella misma; aquí, pues, por el quantum de trabajo que cuesta producir al obrero mismo. Pues el valor de uso que ||26| ofrece existe solo como facultad, como capacidad de su corporeidad; no tiene existencia fuera de ella. El trabajo objetivado que es necesario tanto para conservar la sustancia general en la que existe su capacidad de trabajo, es decir, a él mismo corporalmente, como para modificar esa sustancia general con vistas al desarrollo de la capacidad particular, es el trabajo objetivado en ella. Este mide, en general, el quantum del valor, la suma de dinero que recibe en el cambio. El desarrollo ulterior, cómo se mide el salario, igual que todas las demás mercancías, por el tiempo de trabajo necesario para producir al obrero como tal, no corresponde todavía aquí. En la circulación, cuando cambio una mercancía por dinero, compro con él una mercancía y satisfago mi necesidad, el acto ha terminado. Así ocurre con el obrero. Pero él tiene la posibilidad de empezarlo de nuevo, porque su vitalidad es la fuente en la que su propio valor de uso, hasta cierto tiempo, hasta que se ha gastado, vuelve a encenderse siempre de nuevo y sigue estando siempre frente al capital para empezar de nuevo el mismo cambio. Como todo individuo que está como sujeto en la circulación, el obrero es poseedor de un valor de uso; lo convierte en dinero, la forma general de la riqueza, pero solo para volver a convertir esta en mercancías como objetos de su consumo inmediato, como los medios para satisfacer sus necesidades. Como cambia su valor de uso por la forma general de la riqueza, se convierte en copartícipe en el disfrute de la riqueza general hasta el límite de su equivalente; un límite cuantitativo que, ciertamente, se convierte en cualitativo, como en todo cambio. Pero no está atado a objetos particulares ni a una manera particular de satisfacción. No está excluido cualitativamente —el círculo de sus disfrutes—, sino solo cuantitativamente. Esto lo distingue del esclavo, del siervo, etc. El consumo repercute ciertamente sobre la producción misma; pero esta repercusión no concierne al obrero en su cambio, tan poco como a cualquier otro vendedor de una mercancía; antes bien, desde el punto de vista de la mera circulación —y todavía no tenemos ante nosotros ninguna otra relación desarrollada—, cae fuera de la relación económica. Sin embargo, ya ahora puede observarse de pasada que la limitación relativa del círculo de los disfrutes de los obreros, solo cuantitativa, no cualitativa, y solo cualitativa en cuanto puesta por la cantidad, les da también como consumidores (en el desarrollo ulterior del capital habrá que considerar más de cerca, en general, la relación entre consumo y producción) una importancia completamente distinta como agentes de la producción de la que tienen y tenían, por ejemplo, en la Antigüedad, en la Edad Media o en Asia. Pero esto, como se ha dicho, no corresponde todavía aquí. Igualmente, al recibir el obrero el equivalente en la forma del dinero, la forma de la riqueza general, está en este cambio como igual frente al capitalista, como cualquier otro que cambia; al menos según la apariencia. De hecho, esta igualdad está ya perturbada por el hecho de que su relación como obrero con el capitalista, como valor de uso en la forma específicamente distinta del valor de cambio, en oposición al valor puesto como valor, está presupuesta para este cambio aparentemente simple; por el hecho, pues, de que ya se encuentra en una relación determinada económicamente de otro modo, aparte de la del cambio, en la que la naturaleza del valor de uso, el valor de uso particular de la mercancía como tal, es indiferente. Esta apariencia existe, sin embargo, como ilusión por parte suya y, hasta cierto grado, por la otra parte, y por eso modifica también esencialmente su relación, a diferencia de la de los trabajadores en otros modos sociales de producción. Pero, y esto es lo esencial, el fin del cambio para él es la satisfacción de su necesidad. El objeto de su cambio es objeto inmediato de la necesidad, no el valor de cambio como tal. Recibe ciertamente dinero, pero solo en su determinación de moneda; es decir, solo como mediación que se suprime a sí misma y desaparece. Lo que obtiene en el cambio no es, por tanto, el valor de cambio, no es la riqueza, sino medios de vida, objetos para la conservación de su vitalidad, la satisfacción de sus necesidades en general, físicas, sociales, etc. Es un equivalente determinado en medios de vida, en trabajo objetivado, medido por los costes de producción de su trabajo. Lo que cede es la disposición sobre él. Por otra parte, es cierto que incluso dentro de la circulación simple la moneda progresa hasta el dinero, y que, por tanto, en la medida en que recibe moneda en el cambio, puede transformarla en dinero atesorándola, etc., sustrayéndola a la circulación; fijándola como forma general de la riqueza, en lugar de como medio de cambio evanescente. Por este lado podría decirse, pues, que en el cambio del obrero con el capital su objeto —y por tanto también el producto del cambio para él— no es el medio de vida, sino la riqueza; no un valor de uso particular, sino el valor de cambio como tal. Según esto, el obrero solo podría hacer del valor de cambio su propio producto del modo en que la riqueza en general solo puede aparecer como producto de la circulación simple, en la que se cambian equivalentes: a saber, sacrificando la satisfacción sustancial a la forma de la riqueza, es decir, sustrayendo a la circulación, por la renuncia, el ahorro, la mezquindad en su consumo, menos de lo que le da en bienes. Esta es la única forma de enriquecerse que está puesta por la circulación misma. La renuncia podría aparecer entonces también en la forma más activa, que no está puesta en la circulación simple, de que renuncie en mayor grado al reposo, y en general a su ser como separado de su ser como obrero, y sea en lo posible solo obrero; de que renueve, pues, más a menudo el acto del cambio o lo extienda cuantitativamente; es decir, por la laboriosidad. Por eso también en la sociedad actual la exigencia de laboriosidad y, en particular, también de ahorro, de renuncia, no se dirige a los capitalistas, sino a los obreros, y en particular la dirigen los ||27| capitalistas. La sociedad actual plantea precisamente la exigencia paradójica de que renuncie aquel para quien el objeto del cambio es el medio de vida, no aquel para quien es el enriquecimiento. La ilusión de que los capitalistas «renunciaran» de hecho —y por ello se hicieran capitalistas—, una exigencia y una representación que en general solo tenía sentido en los tiempos primitivos en que el capital se forma a partir de relaciones feudales, etc., la han abandonado todos los economistas modernos en su sano juicio. El obrero debe ahorrar, y se ha hecho mucho ruido con las cajas de ahorro, etc. (En cuanto a estas últimas, sin embargo, incluso los economistas admiten que su verdadero fin tampoco es la riqueza, sino solo una distribución más adecuada del gasto, para que en la vejez, o cuando sobrevienen enfermedades, crisis, etc., no sean una carga para los asilos de pobres, para el Estado, para la mendicidad (en una palabra, para la clase obrera misma, y en particular no para los capitalistas, ni vegeten a costa de su bolsillo); es decir, ahorrar para los capitalistas; reducir para ellos sus costes de producción.) Pero ningún economista negará que, si los obreros en general, es decir, como obreros (lo que el obrero singular hace o puede hacer a diferencia de su género [genus] solo puede existir precisamente como excepción, no como regla, porque no está en la determinación de la relación misma), es decir, como regla, cumplieran estas exigencias (prescindiendo del daño que causarían al consumo general —la merma sería enorme—, y por tanto también a la producción, y por tanto también al número y a la medida de los cambios que podrían hacer con el capital, y por tanto a sí mismos como obreros), emplearían medios absolutamente contrarios a su propio fin, que tendrían que degradarlos precisamente a la condición del irlandés, al nivel del asalariado en el que el mínimo más animal de necesidades, de medios de vida, le aparece como el único objeto y fin de su cambio con el capital. Al convertir en su fin la riqueza, en lugar del valor de uso, no solo no llegaría por ello a riqueza alguna, sino que encima perdería el valor de uso. Pues, como regla, el máximo de laboriosidad, de trabajo, y el mínimo de consumo —y este es el máximo de su renuncia y de su hacer dinero— no podría conducir a otra cosa sino a que recibiera por un máximo de trabajo un mínimo de salario. Con su esfuerzo solo habría reducido el nivel general de los costes de producción de su propio trabajo y, por ello, su precio general. Solo como excepción puede el obrero, por fuerza de voluntad, fuerza física y resistencia, avaricia, etc., transformar su moneda en dinero, como excepción respecto de su clase y de las condiciones generales de su existencia. Si todos o la mayoría son excesivamente laboriosos (en la medida en que la laboriosidad, en la industria moderna, se deja en general a su albedrío, lo que no ocurre en las ramas de la producción más importantes y más desarrolladas), no aumentan el valor de su mercancía, sino solo su cantidad; es decir, las exigencias que se les plantearían como valor de uso. Si ahorran todos, una reducción general del salario los volverá a poner en su justo sitio; pues el ahorro general mostraría al capitalista que su salario está en general demasiado alto, que reciben más que su equivalente por su mercancía, la facultad de disponer de su trabajo; ya que la esencia del cambio simple —y en esta relación están con él— es precisamente que nadie echa en la circulación más de lo que le sustrae, pero también que solo puede sustraerle lo que ha echado en ella. Un obrero singular solo puede ser laborioso por encima del nivel, más de lo que tiene que serlo para vivir como obrero, porque otro está por debajo del nivel, es más perezoso; solo puede ahorrar porque y cuando otro derrocha. Lo más que puede conseguir por término medio con su ahorro es soportar mejor la compensación de los precios —altos y bajos, su ciclo—; es decir, solo distribuir más adecuadamente sus disfrutes, no adquirir riqueza. Y esa es también la verdadera exigencia de los capitalistas. Los obreros deben ahorrar tanto en la época de buenos negocios que en la mala puedan vivir más o menos, soportar la jornada reducida [short time], o la rebaja de los salarios, etc. (Entonces caería todavía más bajo.) Es decir, la exigencia de que se mantengan siempre en un mínimo de disfrute de la vida y faciliten a los capitalistas las crisis, etc. De que se paguen a sí mismos, en lo posible, como puras máquinas de trabajo, su propio desgaste [tear and wear]. Prescindiendo del puro embrutecimiento en que esto desembocaría —y semejante embrutecimiento haría imposible siquiera aspirar a la riqueza en forma general, como dinero, como dinero acumulado— (y la participación que el obrero toma en disfrutes más elevados, también espirituales; la agitación por sus propios intereses, el tener periódicos, el oír conferencias, el educar a los hijos, el desarrollar el gusto, etc., su única participación en la civilización, que lo separa del esclavo, solo es posible económicamente porque amplía el círculo de sus disfrutes en las épocas de buenos negocios, es decir, en las épocas en que el ahorro es posible hasta cierto grado), si ahorrara de manera verdaderamente ascética y acumulara así premios para el lumpenproletariado, los bribones, etc., que crecerían en proporción a la demanda, solo podría conservar sus ahorros —si van más allá de la hucha de las cajas de ahorro oficiales, que le pagan un mínimo de interés para que los capitalistas saquen grandes intereses de sus ahorros o el Estado se los coma, con lo que solo aumenta el poder de sus adversarios y su propia dependencia— y hacerlos fructificar depositándolos en bancos, etc., de modo que luego, en épocas de crisis, pierde sus depósitos, mientras que en épocas de prosperidad ha renunciado a todo disfrute de la vida para aumentar el poder del capital; es decir, ha ahorrado de todas las maneras para el capital, no ||28| para sí. Por lo demás —en la medida en que todo ello no es frase hipócrita de la «filantropía» burguesa, que consiste en general en despachar al obrero con «buenos deseos»—, todo capitalista exige ciertamente que sus obreros ahorren, pero solo los suyos, porque se le enfrentan como obreros; de ningún modo el resto del mundo de los obreros, pues estos se le enfrentan como consumidores. A pesar de todas las frases «piadosas», busca, por tanto, todos los medios para incitarlos al consumo, para dar nuevos atractivos a sus mercancías, para hacerles creer, a fuerza de palabras, en nuevas necesidades, etc. Es precisamente este lado de la relación entre capital y trabajo el que es un momento esencial de civilización, y en el que descansa la justificación histórica, pero también el poder actual, del capital. (Esta relación entre producción y consumo, desarrollarla solo en: Capital y ganancia, etc.) (o también en la Acumulación y competencia de los capitales.) Todas estas son, sin embargo, consideraciones exotéricas, pertinentes en la medida en que se demuestra que las exigencias de la hipócrita filantropía burguesa se disuelven en sí mismas y confirman, por tanto, precisamente lo que deben refutar: que en el cambio del obrero con el capital este se encuentra en la relación de la circulación simple y, por tanto, no recibe riqueza, sino solo medios de vida, valores de uso para el consumo inmediato. Que esta exigencia contradice la relación misma se desprende de la simple reflexión (de la exigencia, presentada últimamente a veces con complacencia, de dar a los obreros cierta participación en la ganancia hay que hablar en la sección Salario; salvo como prima particular, que solo puede alcanzar su fin como excepción a la regla y que de hecho se limita también, en una práctica digna de mención, a comprar a algunos capataces [overlookers], etc., en interés del patrono y contra el interés de su clase; o a dependientes, etc.; en suma, ya no a obreros simples, y por tanto ya no a la relación general; o es una manera particular de estafar a los obreros y retenerles una parte de su salario bajo la forma más precaria de una ganancia que depende de la marcha del negocio) de que, si el ahorro del obrero no ha de quedarse en mero producto de la circulación —dinero ahorrado, que solo puede realizarse si tarde o temprano se convierte en el contenido sustancial de la riqueza, en disfrutes—, el dinero acumulado mismo tendría que convertirse en capital, es decir, comprar trabajo, comportarse con el trabajo como valor de uso. Supone, pues, de nuevo trabajo que no es capital, y supone que el trabajo se ha convertido en su contrario: no-trabajo. Para convertirse en capital, supone él mismo el trabajo como no-capital frente al capital. Es decir, el restablecimiento de la oposición que ha de superarse en un punto en otro punto. Si, pues, en la relación originaria misma el objeto y el producto del cambio del obrero —como producto del mero cambio no puede ser otro producto— no fuera el valor de uso, los medios de vida, la satisfacción de la necesidad inmediata, la sustracción a la circulación del equivalente puesto en ella para aniquilarlo mediante el consumo, el trabajo no se enfrentaría al capital como trabajo, como no-capital, sino como capital. Pero tampoco el capital puede enfrentarse al capital si al capital no se le enfrenta el trabajo, ya que el capital solo es capital como no-trabajo; en esta relación de oposición. Así pues, el concepto y la relación del capital mismo quedarían aniquilados. Que hay situaciones en las que propietarios que trabajan ellos mismos cambian entre sí, ciertamente no se niega. Pero tales situaciones no son las de la sociedad en la que el capital existe desarrollado como tal; por eso son también aniquiladas en todos los puntos por su desarrollo. Como capital, solo puede ponerse poniendo el trabajo como no-capital, como puro valor de uso. (Como esclavo, el obrero tiene valor de cambio, un valor; como obrero libre no tiene valor; solo tiene valor la disposición sobre su trabajo, efectuada por el cambio con él. No se enfrenta al capitalista como valor de cambio, sino que es el capitalista el que se le enfrenta como tal. Su carencia de valor y su desvalorización son el presupuesto del capital y la condición del trabajo libre en general. Linguet la considera un retroceso; olvida que con ello el obrero queda puesto formalmente como persona, que es para sí algo más aparte de su trabajo y que solo vende su manifestación vital como medio para su propia vida. Mientras el obrero como tal tenga valor de cambio, el capital industrial como tal no puede existir, y por tanto no puede existir en absoluto el capital desarrollado. Frente a este tiene que estar el trabajo como puro valor de uso, que es ofrecido como mercancía por su propio poseedor a cambio de él, a cambio de su valor de cambio [, la moneda], que, ciertamente, en manos del obrero solo se hace real en su determinación de medio general de cambio; si no, desaparece.) Bien. El obrero se encuentra, pues, solo en la relación de la circulación simple, del cambio simple, y solo recibe moneda por su valor de uso; medios de vida, pero mediados. Esta forma de la mediación es, como hemos visto, esencial y característica de la relación. Que pueda avanzar hasta la transformación de la moneda en dinero —hasta el ahorro— prueba precisamente solo que su relación es la de la circulación simple; puede ahorrar más o menos, pero no pasa de ahí; solo puede realizar lo ahorrado ampliando momentáneamente el círculo de sus disfrutes. Es importante —y afecta a la determinación de la relación misma— que, al ser el dinero el producto de su cambio, la riqueza general, como ilusión, lo empuje hacia delante; lo haga laborioso. Al mismo tiempo, con ello no solo se abre formalmente un margen para el arbitrio en la reali| | [29] | [zación …] [El obrero, en este cambio, recibe de hecho el dinero solo como moneda, es decir, como forma meramente evanescente de los medios de vida por los que lo cambia. Los medios de vida, no la riqueza, son para él el fin del cambio. Se ha llamado a la capacidad de trabajo el capital del obrero en cuanto es el fondo que no consume en un cambio aislado, sino que puede repetir siempre de nuevo durante su vida como obrero. Según esto, sería capital todo lo que es un fondo de procesos repetidos] ||III-8| del mismo sujeto; así, por ejemplo, la sustancia del ojo sería el capital de la vista, etc. Semejantes frases literarias, que por una analogía cualquiera lo meten todo bajo todo, pueden incluso parecer ingeniosas la primera vez que se dicen, y tanto más cuanto más identifican las cosas más dispares. Repetidas, y encima con complacencia, repetidas como sentencias de valor científico, son sencillamente [tout bonnement] necias. Solo sirven para los literatos que todo lo pintan de verde y para los charlatanes que hablan al aire, que embadurnan todas las ciencias con su porquería dulce como el regaliz. Que el trabajo sea siempre nueva fuente de cambio para el obrero mientras es capaz de trabajar —a saber, no del cambio sin más, sino del cambio con el capital— está en la determinación conceptual misma: que solo vende la disposición temporal sobre su capacidad de trabajar y que, por tanto, puede empezar siempre de nuevo el cambio en cuanto ha ingerido la medida debida de materia para poder reproducir de nuevo su manifestación vital. En lugar de dirigir su asombro hacia eso —y de apuntar en la cuenta del capital, como gran mérito suyo ante el obrero, el que este viva en absoluto, es decir, el que pueda repetir diariamente determinados procesos vitales en cuanto ha dormido lo suficiente y ha comido hasta saciarse—, los sicofantes edulcoradores de la economía burguesa habrían debido fijarse más bien en que, tras un trabajo siempre repetido, siempre tiene que cambiar solo su trabajo vivo, inmediato, mismo. La repetición misma es de hecho solo aparente. Lo que cambia por el capital es toda su capacidad de trabajar, que gasta, digamos, en 20 años. En lugar de pagársela de una vez, el capital se la paga en dosis, a medida que el obrero la pone a su disposición, digamos semanalmente. Esto no cambia, pues, absolutamente nada en la naturaleza de la cosa y no autoriza a nada menos que a la conclusión de que, porque el obrero tiene que dormir 10‒12 horas antes de ser capaz de repetir su trabajo y su cambio con el capital, el trabajo constituya su capital. Lo que según esto se concibe de hecho como capital es la barrera, la interrupción de su trabajo, el hecho de que no es un perpetuum mobile. La lucha por la ley de las 10 horas, etc., demuestra que el capitalista no desea nada más que el que derroche sus dosis de fuerza vital todo lo posible sin interrupción. Llegamos ahora al segundo proceso, que constituye la relación entre trabajo y capital después de este cambio. Aquí solo queremos añadir que los economistas mismos expresan la tesis anterior así: el salario no es productivo. Ser productivo significa para ellos, por supuesto, productivo de riqueza. Ahora bien, como el salario es el producto del cambio entre obrero y capital —y el único producto que está puesto en este acto mismo—, admiten que el obrero en este cambio no produce riqueza alguna, ni para el capitalista —pues para este el pago de dinero por un valor de uso, y este pago constituye la única función del capital en esta relación, es renuncia a riqueza, no creación de ella, por lo que procura pagar lo menos posible—, ni para el obrero, pues solo le crea medios de vida, satisfacción de necesidades individuales, más o menos; nunca la forma general de la riqueza, nunca riqueza. Tampoco puede hacerlo, ya que el contenido de la mercancía que vende no la sitúa en modo alguno por encima de las leyes generales de la circulación: obtener, por el valor que echa en la circulación, un equivalente, por medio de la moneda, en otro valor de uso, que consume. Una operación semejante no puede, por supuesto, enriquecer nunca, sino que tiene que devolver a quien la realiza, al final del proceso, precisamente al punto en que se encontraba al principio. Esto no excluye, como hemos visto, sino que más bien incluye, que el círculo de sus satisfacciones inmediatas sea susceptible de cierto estrechamiento o ampliación. Por otra parte, si el capitalista —que en este cambio no está puesto todavía en absoluto como capitalista, sino solo como dinero— repitiera este acto una y otra vez, su dinero pronto se lo habría comido el obrero, y él lo ||9| habría derrochado en una serie de otros disfrutes, pantalones remendados, botas lustradas; en suma, servicios recibidos. En todo caso, la repetición de esta operación estaría medida exactamente por el límite de su bolsa. No lo enriquecería más que el gasto [dépense] de dinero en otros valores de uso para su querida persona, que, como es sabido, no le reportan nada, sino que le cuestan. Puede parecer extraño que, puesto que en la relación entre trabajo y capital, y también en esta primera relación de cambio entre ambos, el obrero compra el valor de cambio y el capitalista el valor de uso, al enfrentarse el trabajo al capital no como un valor de uso, sino como el valor de uso sin más, el capitalista haya de recibir riqueza y el obrero solo un valor de uso que se extingue en el consumo. ❲En lo que concierne al capitalista, solo hay que desarrollarlo en el 2.º proceso.❳ Esto aparece como una dialéctica que se convierte precisamente en lo contrario de lo que cabría esperar. Pero, considerado más de cerca, se ve que el obrero que cambia su mercancía recorre en el proceso de cambio la forma M ‒ D ‒ D ‒ M. Si en la circulación se parte de la mercancía, del valor de uso como principio del cambio, llegamos necesariamente de nuevo a la mercancía, puesto que el dinero solo aparece como moneda y, como medio de cambio, es una mediación solo evanescente; pero la mercancía como tal, después de haber descrito su ciclo, se consume como objeto directo de la necesidad. Por otra parte, el capital representa D ‒ M ‒ M ‒ D; el momento opuesto.

La separación de la propiedad respecto del trabajo aparece como ley necesaria de este cambio entre capital y trabajo. El trabajo, puesto como el no-capital en cuanto tal, es: 1) Trabajo no objetivado, concebido negativamente (él mismo todavía objetivo; lo no objetivo mismo en forma objetiva). Como tal, es no-materia prima, no-instrumento de trabajo, no-producto bruto: el trabajo separado de todos los medios de trabajo y objetos de trabajo, de toda su objetividad. El trabajo vivo existente como abstracción de estos momentos de su realidad efectiva (igualmente no-valor); este total despojamiento, existencia puramente subjetiva del trabajo, desprovista de toda objetividad. El trabajo como la pobreza absoluta: la pobreza, no como carencia, sino como exclusión completa de la riqueza objetiva. O también, como el no-valor existente y, por tanto, valor de uso puramente objetivo, existente sin mediación, esta objetividad solo puede ser una objetividad no separada de la persona: solo una que coincida con su corporeidad inmediata. Al ser la objetividad puramente inmediata, es igualmente de modo inmediato no-objetividad. En otras palabras, ninguna objetividad que caiga fuera de la existencia inmediata del individuo mismo. 2) Trabajo no objetivado, no-valor, concebido positivamente, o negatividad que se refiere a sí misma, es la existencia no objetivada, es decir, no objetiva, esto es, subjetiva, del trabajo mismo. El trabajo no como objeto, sino como actividad; no como valor él mismo, sino como la fuente viva del valor. La riqueza general, frente al capital, en el que existe objetivamente, como realidad efectiva, como posibilidad general de esta, que se acredita como tal en la acción. No se contradice, pues, en modo alguno, o más bien la tesis, contradictoria en todos los sentidos, de que el trabajo es, por un lado, la pobreza absoluta como objeto y, por otro, la posibilidad general de la riqueza como sujeto y como actividad, se condicionan recíprocamente y se siguen de la esencia del trabajo, tal como está presupuesto por el capital como su opuesto, como existencia opuesta del capital, y tal como, por otra parte, presupone a su vez el capital.

El último punto sobre el que todavía hay que llamar la atención en el trabajo, tal como se enfrenta al capital, es que, como el valor de uso que se enfrenta al dinero puesto como capital, no es este o aquel trabajo, sino trabajo sin más, trabajo abstracto; absolutamente indiferente a su determinidad particular, pero capaz de toda determinidad. A la sustancia particular en que consiste un capital determinado tiene que corresponderle, naturalmente, el trabajo como trabajo particular; pero como el capital como tal es indiferente a toda particularidad de su sustancia, y es tanto la totalidad de esta como abstracción de todas sus particularidades, el trabajo que se le enfrenta tiene subjetivamente en sí la misma totalidad y abstracción. En el trabajo gremial, artesanal, por ejemplo, donde el capital mismo tiene todavía una forma limitada, está todavía enteramente sumergido en una sustancia determinada y, por tanto, no es todavía capital como tal, también el trabajo aparece todavía sumergido en su determinidad particular: no en la totalidad y la abstracción, como el trabajo, tal como se enfrenta al capital. Es decir, el trabajo es ciertamente en cada caso singular un trabajo determinado; pero el capital puede enfrentarse a todo trabajo determinado; la totalidad de todos los trabajos se le enfrenta δυνάμει [en potencia], y es casual cuál se le enfrenta en un momento dado. Por otra parte, el obrero mismo es absolutamente indiferente a la determinidad de su trabajo; esta no tiene como tal interés para él, sino solo en cuanto es en general trabajo y, como tal, valor de uso para el capital. ||10| Ser portador del trabajo como tal, es decir, del trabajo como valor de uso para el capital, constituye, por tanto, su carácter económico; es obrero en oposición al capitalista. Este no es el carácter de los artesanos, de los agremiados, etc., cuyo carácter económico reside precisamente en la determinidad de su trabajo y en la relación con un maestro determinado, etc. Esta relación económica —el carácter que capitalista y obrero tienen como los extremos de una relación de producción— se desarrolla, por tanto, de forma tanto más pura y adecuada cuanto más pierde el trabajo todo carácter de arte; cuanto más se convierte su destreza particular en algo abstracto, indiferente, y cuanto más se convierte él en actividad puramente abstracta, puramente mecánica y, por ello, indiferente, en actividad indiferente a su forma particular; en actividad meramente formal o, lo que es lo mismo, meramente material, actividad en general, indiferente a la forma. Aquí se muestra entonces de nuevo cómo la determinidad particular de la relación de producción, de la categoría —aquí capital y trabajo—, solo se hace verdadera con el desarrollo de un modo material de producción particular y de una fase particular del desarrollo de las fuerzas productivas industriales. (Este punto, en general, habrá que desarrollarlo en particular en esta relación, más adelante; puesto que aquí está ya puesto en la relación misma, mientras que en las determinaciones abstractas, valor de cambio, circulación, dinero, cae todavía más en nuestra reflexión subjetiva.) 2) Llegamos ahora al segundo lado del proceso. El cambio entre el capital o el capitalista y el obrero está ya terminado, en la medida en que se trata en general del proceso del cambio. Ahora avanza hacia la relación del capital con el trabajo como su valor de uso. El trabajo no es solo el valor de uso que se enfrenta al capital, sino que es el valor de uso del capital mismo. Como no-ser de los valores en cuanto objetivados, el trabajo es su ser en cuanto no objetivados, su ser ideal; la posibilidad de los valores y, como actividad, la posición de valor. Frente al capital es la mera forma abstracta, la mera posibilidad de la actividad que pone valor, que solo existe como facultad, como capacidad, en la corporeidad del obrero. Pero, puesto en actividad real por el contacto con el capital —por sí mismo no puede llegar a ello, puesto que carece de objeto—, se convierte en una actividad real que pone valor, productiva. En relación con el capital, la actividad en general solo puede consistir en la reproducción de él mismo: en su conservación y multiplicación como valor real y efectivo, no meramente supuesto, como en el dinero como tal. Por el cambio con el obrero, el capital se ha apropiado el trabajo mismo; este se ha convertido en uno de sus momentos, que ahora, como vitalidad fecundante, actúa sobre su objetividad solo existente y, por tanto, muerta. El capital es dinero (valor de cambio puesto para sí), pero ya no dinero como existente en una sustancia particular y, por tanto, excluido de las demás sustancias de los valores de cambio, junto a ellas, sino conservando su determinación ideal en todas las sustancias, en los valores de cambio de toda forma y modo de existencia del trabajo objetivado. En la medida en que el capital, como dinero existente en todas las formas particulares del trabajo objetivado, entra ahora en proceso con el trabajo no objetivado, sino vivo, que existe como proceso y como acto, es ante todo esta diferencia cualitativa entre la sustancia en que consiste y la forma en que ahora también consiste como trabajo. Es el proceso de esta diferenciación y de su superación aquel en el que el capital mismo se convierte en proceso. El trabajo es el fermento que se echa en él y que ahora lo hace fermentar. Por un lado, la objetividad en que consiste tiene que ser elaborada, es decir, consumida por el trabajo; por otro, tiene que superarse la mera subjetividad del trabajo como mera forma, y este tiene que objetivarse en el material del capital. La relación del capital, según su contenido, con el trabajo, del trabajo objetivado con el trabajo vivo —en esta relación, en que el capital aparece como pasivo frente al trabajo, es su existencia pasiva, como sustancia particular, la que entra en relación con el trabajo como actividad formadora— solo puede ser, en general, la relación del trabajo con su objetividad, con su materia —(lo que ya hay que exponer en el primer capítulo, que debe preceder al [del] valor de cambio y tratar de la producción en general)—, y en relación con el trabajo como actividad, la materia, el trabajo objetivado, solo tiene 2 relaciones: la de la materia prima, es decir, de la materia informe, del mero material para la actividad del trabajo que pone forma, conforme a un fin, y la del instrumento de trabajo, del medio él mismo objetivo por el que la actividad subjetiva interpone entre ella y el objeto un objeto como su conductor. La determinación de producto, que los economistas introducen aquí, no corresponde todavía en absoluto aquí, como determinación distinta de la materia prima y del instrumento de trabajo. Aparece como resultado, no como presupuesto del proceso entre el contenido pasivo del capital y el trabajo como actividad. Como presupuesto, el producto no es una relación del objeto con el trabajo distinta de la materia prima y del instrumento de trabajo, puesto que la materia prima y el instrumento de trabajo, como sustancia de valores, son ya ellos mismos trabajo objetivado, productos. La sustancia del valor no es en absoluto la sustancia natural particular, sino el trabajo objetivado. Este mismo ||11| aparece de nuevo, en relación con el trabajo vivo, como materia prima e instrumento de trabajo. Considerado el mero acto de la producción en sí, el instrumento de trabajo y la materia prima pueden aparecer como encontrados en la naturaleza, de modo que solo necesitan ser apropiados, es decir, convertidos en objeto y medio del trabajo, lo cual no es por sí mismo un proceso de trabajo. Frente a ellos, el producto aparece, pues, como algo cualitativamente distinto, y es producto no solo como resultado del trabajo por medio del instrumento sobre la materia, sino como primera objetivación del trabajo junto a ellos. Pero como partes integrantes del capital, la materia prima y el instrumento de trabajo son ya ellos mismos trabajo objetivado, es decir, producto. Esto no agota todavía la relación. Pues, por ejemplo, en la producción en la que no existen en absoluto valores de cambio, ni por tanto capital, el producto del trabajo puede convertirse en medio y objeto de un nuevo trabajo. Por ejemplo, en la agricultura que produce puramente para el valor de uso. El arco del cazador, la red del pescador, en suma, las situaciones más simples presuponen ya un producto que deja de valer como producto y se convierte en materia prima o, sobre todo, en instrumento de producción, pues esta es propiamente la primera forma específica en que el producto aparece como medio de la reproducción. Esta relación no agota, pues, en modo alguno la relación en que la materia prima y el instrumento de trabajo se presentan como momentos del capital mismo. Por lo demás, los economistas introducen también el producto como 3.er elemento de la sustancia del capital en una relación completamente distinta. Es el producto en cuanto tiene la determinación de salir tanto del proceso de producción como de la circulación y de ser objeto inmediato del consumo individual, el aprovisionamiento [approvisionnement], como lo llama Cherbuliez. A saber, los productos que se presuponen para que el obrero viva como obrero y sea capaz de vivir durante la producción, antes de que se haya creado un nuevo producto. Que el capitalista posee esta capacidad está puesto en el hecho de que todo elemento del capital es dinero y, como tal, puede transformarse a partir de sí mismo, como forma general de la riqueza, en la materia de esta, en objeto de consumo. El aprovisionamiento de los economistas se refiere, por tanto, solo a los obreros; es decir, es el dinero expresado en forma de objetos de consumo, de valor de uso, que estos reciben del capitalista en el acto del cambio entre ambos. Pero esto pertenece al primer acto. En qué medida este primero está en relación con el 2.º, de eso no se trata todavía aquí. La única dirimición que está puesta por el proceso de producción mismo es la dirimición originaria, puesta por la diferencia misma entre el trabajo objetivo y el vivo, es decir, la que hay entre materia prima e instrumento de trabajo. Que los economistas revuelvan estas determinaciones está perfectamente en orden, puesto que tienen que revolver los 2 momentos de la relación entre capital y trabajo y no deben retener su diferencia específica. Así pues: la materia prima se consume al ser transformada, formada por el trabajo, y el instrumento de trabajo se consume al ser gastado en este proceso, al desgastarse. Por otra parte, el trabajo se consume igualmente al ser empleado, puesto en movimiento, y al gastarse así un quantum determinado de fuerza muscular, etc., del obrero, con lo que este se agota. Pero no solo se consume, sino que a la vez se fija, se materializa, pasando de la forma de la actividad a la del objeto, a la del reposo; como transformación del objeto, transforma su propia figura y de actividad se convierte en ser. El final del proceso es el producto, en el que la materia prima aparece como unida al trabajo, y el instrumento de trabajo se ha traducido igualmente de la mera posibilidad a la realidad efectiva, al convertirse en conductor real del trabajo, pero con ello, por su relación mecánica o química con el material de trabajo, ha sido consumido él mismo en su forma de reposo. Los 3 momentos del proceso, el material, el instrumento, el trabajo, coinciden en un resultado neutro: el producto. En el producto están a la vez reproducidos los momentos del proceso de producción que se han consumido en él. Todo el proceso aparece, por tanto, como consumo productivo, es decir, como consumo que no acaba en la nada ni en la mera subjetivación de lo objetivo, sino que está puesto él mismo de nuevo como un objeto. El consumir no es simple consumir lo material, sino consumir el consumir mismo; en la superación de lo material, superación de esta superación y, por tanto, posición de lo material. La actividad que da forma consume el objeto y se consume a sí misma, pero solo consume la forma dada del objeto para ponerlo en una forma objetiva nueva, y solo se consume a sí misma en su forma subjetiva como actividad. Consume lo objetivo del objeto —la indiferencia frente a la forma— y lo subjetivo de la actividad; forma lo uno, materializa lo otro. Pero, como producto, el resultado del proceso de producción es valor de uso. |

|12| Si consideramos ahora el resultado obtenido hasta aquí, encontramos:

Primero: Por la apropiación, la incorporación del trabajo al capital —el dinero, es decir, el acto de comprar la facultad de disponer del obrero, aparece aquí solo como medio para provocar este proceso, no como momento de él mismo—, el capital entra en fermentación y se convierte en proceso, en proceso de producción, en el que, como totalidad, como trabajo vivo, se relaciona consigo mismo no solo como trabajo objetivado, sino, por ser objetivado, [como] mero objeto del trabajo.

Segundo: En la circulación simple, la sustancia de la mercancía y del dinero era por sí misma indiferente para la determinación formal, es decir, en la medida en que mercancía y dinero seguían siendo momentos de la circulación. La mercancía, en cuanto importaba su sustancia, caía fuera de la relación económica como objeto del consumo (de la necesidad); el dinero, en cuanto su forma se independizaba, se refería todavía a la circulación, pero solo negativamente, y no era más que este referirse negativo. Fijado para sí, se extinguía igualmente en una materialidad muerta, dejaba de ser dinero. Mercancía y dinero eran ambos expresiones del valor de cambio y solo se distinguían como valor de cambio general y particular. Esta diversidad misma era de nuevo meramente supuesta, puesto que tanto en la circulación real se permutaban ambas determinaciones como, considerada cada una para sí, el dinero mismo era una mercancía particular y la mercancía, como precio, era ella misma dinero general. La diferencia era solo formal. Cada uno estaba puesto en una determinación solo porque y en cuanto no estaba puesto en la otra. Ahora, en cambio, en el proceso de producción, el capital se distingue a sí mismo como forma de sí mismo como sustancia. Es a la vez ambas determinaciones y a la vez la relación de ambas entre sí. Pero:

Tercero: Aparecía como esta relación todavía solo en sí. No está todavía puesta, o solo está puesta, por ahora, bajo la determinación de uno de los dos momentos, el material, que se distingue en sí mismo como materia (materia prima e instrumento) y forma (trabajo), y que, como relación de ambos, como proceso real, vuelve a ser solo relación material: relación de los dos elementos materiales que constituyen el contenido del capital, a diferencia de su relación formal como capital. Si consideramos el capital por el lado en que aparece originariamente a diferencia del trabajo, en el proceso es solo existencia pasiva, solo objetiva, en la que la determinación formal según la cual es capital —es decir, una relación social que es para sí— está completamente extinguida. Entra en el proceso solo por el lado de su contenido —como trabajo objetivado en general—; pero que sea trabajo objetivado le es completamente indiferente al trabajo, cuya relación con él constituye el proceso; antes bien, entra en el proceso, es elaborado, solo como objeto, no como trabajo objetivado. El algodón que se convierte en hilo de algodón, o el hilo de algodón que se convierte en tejido, o el tejido que se convierte en material del estampado y del teñido, existen para el trabajo solo como algodón, hilo de algodón, tejido existentes. En cuanto son ellos mismos productos del trabajo, trabajo objetivado, no entran en proceso alguno, sino solo como existencias materiales con determinadas propiedades naturales. Cómo se pusieron en ellos estas propiedades no le concierne a la relación del trabajo vivo con ellos; para este solo existen en cuanto existen a diferencia de él, es decir, como materia de trabajo. Esto, en la medida en que se parte del capital en su forma objetiva presupuesta al trabajo. Por otra parte, en la medida en que el trabajo mismo se ha convertido, por el cambio con el obrero, en uno de sus elementos objetivos, su diferencia respecto de los elementos objetivos del capital es ella misma solo una diferencia objetiva; los unos en la forma del reposo, el otro en la forma de la actividad. La relación es la relación material de uno de sus elementos con el otro, pero no su propia relación con ambos. Aparece, pues, por un lado, solo como objeto pasivo, en el que toda relación formal está borrada; aparece, por otro lado, solo como simple proceso de producción, en el que el capital como tal, como distinto de su sustancia, no entra. Ni siquiera aparece en la sustancia que le corresponde a él mismo —como trabajo objetivado, pues este es la sustancia del valor de cambio—, sino solo en la forma natural de existencia de esta sustancia, en la que está borrada toda relación con el valor de cambio, con el trabajo objetivado, con el trabajo mismo como valor de uso del capital y, por eso, toda relación con el capital mismo. Considerado por este ||13| lado, el proceso del capital coincide con el simple proceso de producción como tal, en el que su determinación como capital está borrada en la forma del proceso exactamente igual que el dinero como dinero estaba borrado en la forma del valor. En la medida en que hemos considerado hasta ahora el proceso, el capital que es para sí —es decir, el capitalista— no entra en absoluto. No es el capitalista el que es consumido por el trabajo como materia prima e instrumento de trabajo. Tampoco es el capitalista el que consume, sino el trabajo. El proceso de producción del capital no aparece así como proceso de producción del capital, sino como proceso de producción sin más, y, a diferencia del trabajo, el capital aparece solo en la determinidad material de materia prima e instrumento de trabajo. Es este lado —que no es solo una abstracción arbitraria, sino una abstracción que desaparece en el proceso mismo— el que fijan los economistas para presentar el capital como elemento necesario de todo proceso de producción. Naturalmente, solo lo hacen olvidando que hay que fijarse en su comportamiento como capital durante este proceso.

Es este el lugar para llamar la atención sobre un momento que aquí, por primera vez, no solo se destaca desde el punto de vista de la observación, sino que está puesto en la relación económica misma. En el primer acto, en el cambio entre capital y trabajo, el trabajo existente como tal, para sí, aparecía necesariamente como obrero. Igualmente aquí, en el 2.º proceso: el capital en general está puesto como valor que es para sí, como valor egoísta, por así decir (lo que en el dinero solo era una aspiración). Pero el capital que es para sí es el capitalista. Los socialistas dicen, desde luego, que necesitamos el capital, pero no al capitalista. Entonces el capital aparece como pura cosa, no como relación de producción, que, reflejada en sí, es precisamente el capitalista. Puedo, desde luego, separar el capital de este capitalista singular, y puede pasar a otro. Pero, al perder el capital, este pierde la cualidad de ser capitalista. El capital es, pues, separable del capitalista singular, pero no del capitalista que, como tal, se enfrenta al obrero. Así, también el obrero singular puede dejar de ser el ser para sí del trabajo; puede heredar dinero, robarlo, etc. Pero entonces deja de ser obrero. Como obrero, es solo el trabajo que es para sí. (Esto, desarrollarlo más adelante.)

[Proceso de trabajo y proceso de valorización]

Al final del proceso no puede salir nada que no apareciera al comienzo como presupuesto y condición del mismo. Pero, por otro lado, también tiene que salir todo. Si, por tanto, al final del proceso de producción, que había empezado bajo el presupuesto del capital, el capital aparece al final desaparecido como relación formal, eso solo puede deberse a que se han pasado por alto los hilos invisibles que el capital tiende a través del proceso. Examinemos, pues, este lado.

El primer resultado es, pues:

α) Por la incorporación del trabajo al capital, el capital se convierte en proceso de producción; pero, para empezar, en proceso de producción material; en proceso de producción en general, de modo que el proceso de producción del capital no se distingue del proceso material de producción en general. Su determinación formal se ha extinguido por completo. Por haber cambiado el capital una parte de su ser objetivo por trabajo, su propia existencia objetiva se ha escindido en sí misma en objeto y trabajo; la relación de ambos forma el proceso de producción o, con más precisión, el proceso de trabajo. Con ello, el proceso de trabajo puesto antes del valor, como punto de partida —que, por su abstracción, por su pura materialidad, es igualmente propio de todas las formas de producción—, aparece de nuevo dentro del capital, como un proceso que transcurre dentro de su materia y forma su contenido.

(Ya se verá que también dentro del proceso de producción mismo esta extinción de la determinación formal es solo apariencia.)

En la medida en que el capital es valor, pero como proceso aparece primero bajo la forma del proceso simple de producción, del proceso de producción no puesto en ninguna determinidad económica particular, sino del proceso de producción en general, puede decirse —según se fije uno u otro lado particular del proceso simple de producción (que como tal, según hemos visto, no presupone en modo alguno el capital, sino que es propio de todos los modos de producción)— que el capital se convierte en producto, o que es instrumento de trabajo, o también materia prima del trabajo. Si además se lo concibe de nuevo como uno de los lados que se enfrentan al trabajo como materia o mero medio, se dice con razón que el capital no es productivo, porque entonces se lo considera precisamente solo como el objeto, la materia, que se enfrenta al trabajo; como algo meramente pasivo. Lo correcto, sin embargo, es que no aparece como uno de los lados, ni como diferencia de uno de los lados en sí mismo, ni como mero resultado (producto), sino como el proceso simple de producción mismo; que este aparece ahora como el contenido del capital que se mueve a sí mismo.|

|14| β) Ahora hay que examinar el lado de la determinación formal, tal como se conserva y se modifica en el proceso de producción.

❲Qué sea trabajo productivo o no, punto sobre el que se ha discutido mucho de un lado y de otro desde que Adam Smith hizo esta distinción, tiene que resultar del análisis de los distintos lados del capital mismo. Trabajo productivo es solo el que produce capital. ¿No es una locura, pregunta por ejemplo (al menos de modo parecido) el señor Senior, que el fabricante de pianos sea un trabajador productivo, pero el pianista no, cuando sin el pianista el piano sería un sinsentido? Pues así es exactamente. El fabricante de pianos reproduce capital; el pianista solo cambia su trabajo por rédito. ¿Pero el pianista no produce música y satisface nuestro sentido musical, y en cierto modo no lo produce también? De hecho, así es: su trabajo produce algo; no por eso es trabajo productivo en sentido económico; como tampoco es productivo el trabajo del loco que produce quimeras. El trabajo solo es productivo en cuanto produce su propio contrario. Otros economistas hacen, por eso, que el llamado trabajador improductivo sea indirectamente productivo. Por ejemplo: el pianista estimula la producción, ya sea porque dispone nuestra individualidad de modo más enérgico y vital, ya en el sentido vulgar de que despierta una nueva necesidad para cuya satisfacción se aplica más laboriosidad en la producción material inmediata. Con eso ya se admite que solo es productivo el trabajo que produce capital; que, por tanto, el trabajo que no lo hace, por útil que sea —igual puede ser nocivo—, no es productivo para la capitalización y, por tanto, es trabajo improductivo. Otros economistas dicen que la diferencia entre productivo e improductivo no ha de referirse a la producción, sino al consumo. Todo lo contrario. El productor de tabaco es productivo, aunque el consumo de tabaco sea improductivo. La producción para el consumo improductivo es tan productiva como la producción para el consumo productivo, siempre que produzca o reproduzca capital. «Trabajador productivo es el que aumenta directamente la riqueza de su amo», dice por eso Malthus, con mucha razón (IX, 40); con razón al menos por un lado. La expresión es demasiado abstracta, pues en esta formulación vale igualmente para el esclavo. La riqueza del amo, en su relación con el trabajador, es la forma de la riqueza misma en su relación con el trabajo, el capital. Trabajador productivo es el que aumenta directamente el capital.❳ Como valor de uso, el trabajo solo es para el capital, y es el valor de uso del capital mismo, es decir, la actividad mediadora por la que este se valoriza. El capital, en cuanto reproduce y acrecienta su valor, es el valor de cambio autónomo (el dinero) como proceso, como proceso de valorización. El trabajo, por tanto, no existe como valor de uso para el trabajador; no es, por tanto, para él como fuerza productiva de la riqueza, como medio o como actividad de enriquecimiento. El trabajador lo aporta como valor de uso al cambio con el capital, que de este modo se le enfrenta no como capital, sino como dinero. Capital como capital solo lo es en relación con el trabajador gracias al consumo del trabajo, que primero queda fuera de este cambio y es independiente de él. Valor de uso para el capital, el trabajo es mero valor de cambio para el trabajador; valor de cambio existente. Como tal se pone en el acto del cambio con el capital, mediante su venta por dinero. El valor de uso de una cosa no le importa a su vendedor en cuanto tal, sino solo a su comprador. La propiedad del salitre de poder emplearse para hacer pólvora no determina el precio del salitre, sino que este precio está determinado por los costes de producción del salitre mismo, por la cantidad de trabajo objetivado en él. En la circulación, en la que los valores de uso entran como precios, su valor no resulta de la circulación, aunque solo se realice en ella; le está presupuesto y solo se hace efectivo mediante el cambio por dinero. Así, el trabajo que el trabajador vende al capital como valor de uso es para el trabajador su valor de cambio, que quiere realizar, pero que ya está determinado antes del acto de este cambio, le está presupuesto como condición, determinado como el valor de cualquier otra mercancía por la oferta y la demanda o, en general —que es lo único de que aquí nos ocupamos—, por los costes de producción, por la cantidad de trabajo objetivado con la que se ha producido la capacidad de trabajo del trabajador y que, por tanto, esta recibe como equivalente. El ||15| valor de cambio del trabajo, cuya realización tiene lugar en el proceso del cambio con el capitalista, está, pues, presupuesto, predeterminado, y solo sufre la modificación formal que todo precio puesto solo idealmente recibe al realizarse. No está determinado por el valor de uso del trabajo. Para el trabajador mismo, el trabajo solo tiene valor de uso en la medida en que es valor de cambio, no en cuanto produce valores de cambio. Para el capital solo tiene valor de cambio en la medida en que es valor de uso. Como valor de uso distinto de su valor de cambio no lo es para el trabajador mismo, sino solo para el capital. El trabajador cambia, pues, el trabajo como valor de cambio simple, predeterminado, determinado por un proceso pasado —cambia el trabajo mismo como trabajo objetivado; solo en cuanto objetiva ya una cantidad determinada de trabajo y su equivalente es, por tanto, uno ya medido, dado—; el capital lo adquiere como trabajo vivo, como la fuerza productiva general de la riqueza; como actividad que acrecienta la riqueza. Está claro, por tanto, que el trabajador no puede enriquecerse con este cambio, ya que, igual que Esaú dio su primogenitura por un plato de lentejas, él da la fuerza creadora del trabajo a cambio de la capacidad de trabajo como magnitud existente. Más bien tiene que empobrecerse, como veremos más adelante, porque la fuerza creadora de su trabajo se establece frente a él como la fuerza del capital, como poder ajeno. Enajena el trabajo como fuerza productiva de la riqueza; el capital se lo apropia como tal. La separación entre el trabajo y la propiedad sobre el producto del trabajo, entre trabajo y riqueza, está puesta, pues, en este acto mismo del cambio. Lo que como resultado parece paradójico se encuentra ya en el presupuesto mismo. Los economistas lo han expresado de modo más o menos empírico. Frente al trabajador, pues, la productividad de su trabajo se convierte en un poder ajeno, y en general su trabajo, en la medida en que no es capacidad, sino movimiento, trabajo efectivo; el capital, a la inversa, se valoriza a sí mismo mediante la apropiación de trabajo ajeno. (Al menos con ello queda puesta la posibilidad de la valorización, como resultado del cambio entre trabajo y capital. La relación solo se realiza en el acto mismo de la producción, donde el capital consume efectivamente el trabajo ajeno.) Igual que para el trabajador el trabajo, como valor de cambio presupuesto, se cambia por un equivalente en dinero, este se cambia de nuevo por un equivalente en mercancía, que se consume. En este proceso de cambio el trabajo no es productivo; solo llega a serlo para el capital; de la circulación solo puede sacar lo que ha echado en ella, una cantidad predeterminada de mercancía, que es tan poco su propio producto como su propio valor. Los trabajadores, dice Sismondi, cambian su trabajo por grano y lo consumen, mientras que el trabajo «se ha convertido en capital para su amo». (Sism. VI.) «Al dar su trabajo en cambio, los trabajadores lo transforman en capital» (id. VIII). Al vender su trabajo al capitalista, el trabajador solo adquiere un derecho al precio del trabajo, no al producto de este trabajo, ni al valor que el trabajo le ha añadido. (Cherbuliez XXVIII.) «Vender el trabajo = renunciar a todos los frutos del trabajo». (l. c.) Todos los progresos de la civilización, por tanto, o, en otras palabras, todo aumento de las fuerzas productivas sociales, si se quiere de las fuerzas productivas del trabajo mismo —tal como resultan de la ciencia, los inventos, la división y combinación del trabajo, la mejora de los medios de comunicación, la creación del mercado mundial, la maquinaria, etc.—, no enriquecen al trabajador, sino al capital; no hacen, pues, más que agrandar el poder que domina el trabajo; solo aumentan la fuerza productiva del capital. Como el capital es lo opuesto al trabajador, solo aumentan el poder objetivo sobre el trabajo. La transformación del trabajo (como actividad viva conforme a un fin) en capital es en sí el resultado del cambio entre capital y trabajo, en cuanto da al capitalista el derecho de propiedad sobre el producto del trabajo (y el mando sobre este). Esta transformación solo queda puesta en el proceso de producción mismo. La pregunta de si el capital es productivo o no es, por tanto, absurda. El trabajo mismo solo es productivo en cuanto absorbido en el capital, allí donde el capital forma la base de la producción y el capitalista es, por tanto, el comandante de la producción. La productividad del trabajo se convierte en fuerza productiva del capital igual que el valor de cambio general de las mercancías se fija en el dinero. El trabajo tal como existe para sí en el trabajador, en oposición al capital, el trabajo, pues, en su existencia inmediata, separado del capital, no es productivo. Como actividad del trabajador tampoco llega a ser nunca productivo, porque solo entra en el proceso simple de la circulación, que solo cambia la forma. Quienes demuestran, por tanto, que toda la fuerza productiva atribuida al ||16| capital es un desplazamiento, una transposición de la fuerza productiva del trabajo, olvidan precisamente que el capital mismo es esencialmente este desplazamiento, esta transposición y que el trabajo asalariado como tal presupone el capital y, por tanto, considerado también por su lado, es esta transustanciación; el proceso necesario de poner sus propias fuerzas como ajenas al trabajador. Dejar subsistir el trabajo asalariado y a la vez suprimir el capital es, por tanto, una exigencia que se contradice y se disuelve a sí misma. Otros, incluso economistas, por ejemplo Ricardo, Sismondi, etc., dicen que solo el trabajo, no el capital, es productivo. Pero entonces no conciben el capital en su determinidad formal específica, como relación de producción reflejada en sí misma, sino que solo piensan en su sustancia material, materia prima, etc. Pero estos elementos materiales no hacen del capital capital. Por otro lado, se les ocurre entonces de nuevo que el capital, por uno de sus lados, es valor, algo inmaterial, indiferente a su existencia material. Así Say: «El capital es siempre de esencia inmaterial, puesto que no es la materia lo que hace el capital, sino el valor de esa materia, valor que no tiene nada de corpóreo». (Say, 21.) O Sismondi: «El capital es una idea comercial». (Sism. LX.) Pero entonces se les ocurre que el capital es también una determinación económica distinta del valor, porque de lo contrario no podría hablarse en absoluto de capital a diferencia del valor y porque, si bien todos los capitales son valores, los valores como tales todavía no son capital. Entonces vuelven a refugiarse en su figura material dentro del proceso de producción, por ejemplo cuando Ricardo define el capital como trabajo acumulado empleado en la producción de nuevo trabajo [accumulated labour employed in the production of new labour], es decir, como mero instrumento de trabajo o material de trabajo. En este sentido Say llega a hablar del servicio productivo del capital [service productif du capital], en el que debería fundarse su remuneración, como si el instrumento de trabajo como tal tuviera derecho a la gratitud del trabajador y no fuera precisamente solo por medio de este como se pone como instrumento de trabajo, como productivo. La autonomía del instrumento de trabajo, es decir, una determinación social de este, es decir, su determinación como capital, se presupone así para deducir de ella las pretensiones del capital. La frase de Proudhon «el capital vale, el trabajo produce» no significa absolutamente nada más que esto: el capital es valor y, como aquí no se dice del capital nada más que es valor, el valor es valor (el sujeto del juicio es aquí mero otro nombre del predicado); y el trabajo produce, es actividad productiva, es decir, el trabajo es trabajo, pues no es precisamente nada fuera del «producir». Que estos juicios idénticos no contienen ningún fondo especial de sabiduría tiene que saltar a la vista, y también que, en particular, no pueden expresar una relación en la que el valor y el trabajo entren en relación, en la que se refieran el uno al otro y se distingan el uno del otro, en vez de yacer uno junto al otro como indiferentes. Ya el hecho de que el trabajo aparezca frente al capital como sujeto, es decir, de que el trabajador solo aparezca en la determinación del trabajo, y que este no sea él mismo, debería abrir los ojos. Ya en ello hay, prescindiendo del capital, una referencia, una relación del trabajador con su propia actividad que no es en modo alguno la «natural», sino que contiene ya ella misma una determinación económica específica.

El capital, tal como aquí lo consideramos, como relación que hay que distinguir del valor y del dinero, es el capital en general, es decir, el conjunto de las determinaciones que distinguen el valor como capital de sí mismo como mero valor o dinero. Valor, dinero, circulación, etc., precios, etc., están presupuestos, igual que el trabajo, etc. Pero todavía no tenemos que ver ni con una forma particular del capital ni con el capital singular distinto de otros capitales singulares, etc. Asistimos a su proceso de génesis. Este proceso dialéctico de génesis es solo la expresión ideal del movimiento real en el que el capital llega a ser. Las relaciones posteriores han de considerarse como desarrollo a partir de este germen. Pero es necesario fijar la forma determinada en la que está puesto en un punto determinado. De lo contrario surge la confusión. |

|17| Hasta ahora se ha considerado el capital por su lado material como proceso simple de producción. Pero este proceso es, por el lado de la determinidad formal, proceso de autovalorización. La autovalorización incluye tanto la conservación del valor presupuesto como su multiplicación.

El valor se presenta como sujeto. El trabajo es actividad conforme a un fin y, así, por el lado material se presupone que en el proceso de producción el instrumento de trabajo se ha usado efectivamente como medio para un fin y que la materia prima ha recibido como producto un valor de uso superior al que tenía antes, ya sea por un metabolismo químico o por una transformación mecánica. Pero este lado mismo, en cuanto concierne meramente al valor de uso, pertenece todavía al proceso simple de producción. No se trata aquí —eso está más bien incluido, presupuesto— de que se haya producido un valor de uso superior (lo cual es en sí muy relativo; cuando el grano se transforma en aguardiente, el valor de uso superior está ya puesto con referencia a la circulación); tampoco se ha producido un valor de uso superior para el individuo, para el productor. Eso es, cuando menos, casual y no afecta a la relación como tal; se trata de un valor de uso superior para otros. De lo que se trata es de que se haya producido un valor de cambio superior. En la circulación simple, el proceso terminaba para la mercancía singular cuando llegaba como valor de uso a quien la quería y se consumía. Con ello salía de la circulación; perdía su valor de cambio y, en general, su determinación formal económica. El capital ha consumido su material mediante el trabajo, y el trabajo mediante su material; se ha consumido como valor de uso, pero solo como valor de uso para sí mismo, como capital. Su consumo como valor de uso cae, pues, aquí dentro de la circulación misma o, más bien, él mismo pone el comienzo de la circulación, o su fin, como se quiera. El consumo del valor de uso cae aquí dentro del proceso económico mismo, porque el valor de uso está aquí determinado él mismo por el valor de cambio. En ningún momento del proceso de producción deja el capital de ser capital, ni el valor de ser valor y, como tal, valor de cambio. Nada más necio que decir, como hace el señor Proudhon, que mediante el acto del cambio, es decir, por entrar de nuevo en la circulación simple, el capital se convierte ahora de producto en valor de cambio. Con ello nos veríamos arrojados de nuevo al comienzo, incluso hasta el trueque inmediato, donde se considera el nacimiento del valor de cambio a partir del producto. Que el capital, tras acabar el proceso de producción, tras su consumo como valor de uso, entre y pueda entrar de nuevo como mercancía en la circulación se debe ya a que estaba presupuesto como valor de cambio que se conserva. Pero en la medida en que solo como producto vuelve a ser mercancía, y como mercancía valor de cambio, recibe un precio y como tal se realiza en dinero, es mercancía simple, valor de cambio en general, y como tal en la circulación está tan expuesto al destino de realizarse en dinero como al de no realizarse en él; es decir, a que su valor de cambio se convierta o no en dinero. Su valor de cambio, por tanto, más que nacer, se ha vuelto problemático, cuando antes estaba puesto idealmente. Y no digamos ya que se ponga realmente en la circulación como un valor de cambio superior: eso no puede proceder de la circulación misma, en la que, según su determinación simple, solo se cambian equivalentes. Si sale de ella como valor de cambio superior, tiene que haber entrado en ella como tal. Por la forma, el capital no consiste en objetos de trabajo y trabajo, sino en valores y, más precisamente, en precios. Que sus elementos de valor hayan adoptado diferentes sustancias durante el proceso de producción no afecta a su determinación como valores; no los altera. Si, desde la forma de la inquietud —del proceso—, al final de este vuelven a reunirse en una figura quieta, objetiva, en el producto, también esto es un mero metabolismo con respecto al valor, que no lo altera. Ciertamente, las sustancias como tales han sido destruidas, pero no en nada, sino en una sustancia formada de otro modo. Antes aparecían como condiciones elementales, indiferentes, del producto. Ahora son producto. El valor del producto, por tanto, solo puede ser = a la suma de los valores que estaban materializados en los elementos materiales determinados del proceso, como materia prima, instrumento de trabajo (a lo que pertenecen también las mercancías meramente instrumentales) y como trabajo mismo. La materia prima se ha consumido por completo, el trabajo se ha consumido por completo, el instrumento solo se ha consumido en parte y, por tanto, sigue poseyendo una parte del valor del capital en el modo de existencia determinado que le pertenecía antes del proceso. Esta parte, por tanto, no entra para nada aquí en consideración, ya que no ha sufrido cambio alguno. Los distintos modos de existencia de los valores eran pura apariencia; el valor mismo formaba, en su desaparición, la esencia que permanece igual a sí misma. El producto, considerado como valor, no es por este lado producto, sino que más bien ha permanecido idéntico, valor inalterado, que solo es en otro modo de existencia, que además le es indiferente y puede cambiarse por dinero. El valor del producto es = al valor de la materia prima + el valor de la parte destruida del instrumento de trabajo, es decir, de la parte que ha pasado al producto y está suprimida en su forma originaria, + el valor del trabajo. O el precio del producto es igual a sus costes de producción, i. e. = a la suma de los precios de las mercancías que se han consumido en el proceso de producción. Lo cual, dicho con otras palabras, no significa sino que el proceso de producción, por su lado material, era indiferente para el valor; ||18| que este, por tanto, ha permanecido idéntico a sí mismo y solo ha adoptado otro modo de existencia material, se ha materializado en otra sustancia y forma. (La forma de la sustancia no afecta a la forma económica, al valor como tal.) Si el capital era originariamente = 100 táleros, ha seguido siendo igual a 100 táleros, aunque los 100 táleros existían en el proceso de producción como 50 táleros de algodón, 40 táleros de salario + 10 tál. de máquina de hilar, y ahora existen como hilo de algodón al precio de 100 tál. Esta reproducción de los 100 táleros es simple permanecer igual a sí mismo, solo que mediado por el proceso material de producción. Este tiene que avanzar, por tanto, hasta el producto, pues de lo contrario el algodón pierde su valor, el instrumento de trabajo se ha desgastado en vano y el salario se ha pagado en vano. La única condición para la autoconservación del valor es que el proceso de producción sea un proceso efectivo, total, es decir, que avance hasta el producto. La totalidad del proceso de producción, es decir, que avance hasta el producto, es aquí de hecho condición de la autoconservación del valor, de que permanezca igual a sí mismo, pero esto está ya en la primera condición, la de que el capital se convierta efectivamente en valor de uso, en proceso de producción efectivo; en este punto está, pues, presupuesto. Por otro lado, el proceso de producción solo es proceso de producción para el capital en la medida en que este se conserva como valor en este proceso, es decir, en el producto. La proposición de que el precio necesario = a la suma de los precios de los costes de producción es, por tanto, puramente analítica. Es el presupuesto de la producción del capital mismo. Por un lado, el capital está puesto como 100 tál., como valor simple; luego está puesto en este proceso como suma de precios de determinados elementos de valor de sí mismo, determinados por el proceso de producción mismo. El precio del capital, su valor expresado en dinero, = al precio de su producto. Es decir, el valor del capital como resultado del proceso de producción es el mismo que era como presupuesto de este. Solo que durante el proceso no se mantiene ni en la simplicidad que tiene al comienzo ni en la que vuelve a tener al final como resultado, sino que se descompone en partes integrantes cuantitativas, al principio completamente indiferentes, como valor del trabajo (salario), valor del instrumento de trabajo y valor de la materia prima. No está puesta todavía otra relación que la de que en el proceso de producción el valor simple se despliega numéricamente, como una serie de valores que en el producto vuelve a juntarse en su simplicidad, pero ahora como suma. La suma es, sin embargo, = a la unidad originaria. Por lo demás, considerado el valor, aparte de la división cuantitativa no se contiene aquí todavía diferencia alguna en la relación entre las distintas cantidades de valor. 100 táleros era el capital originario; 100 táleros es el producto, pero los 100 táleros ahora como suma de 50 + 40 + 10 táleros. Habría podido considerar los 100 tál. también originariamente como una suma de 50 + 40 + 10 tál., pero igual de bien como una suma de 60 + 30 + 10 tál., etc. Que ahora aparezcan como suma de números determinados de unidades está puesto por el hecho de que los distintos elementos materiales en los que el capital se descomponía en el proceso de producción representaban cada uno una parte de su valor, pero una parte determinada. Más adelante se verá que estos números en los que se descompone la unidad originaria guardan a su vez relaciones determinadas entre sí, pero eso todavía no nos concierne aquí. En la medida en que durante el proceso de producción hay un movimiento puesto en el valor mismo, es puramente formal y consiste en el siguiente acto simple: que el valor existe primero como unidad, un número determinado de unidades que se considera a su vez como unidad, como un todo: capital de 100 táleros; en segundo lugar, que durante el proceso de producción esta unidad se divide en 50 tál., 40 tál. y 10 tál., división que es esencial en la medida en que el material de trabajo, el instrumento y el trabajo se emplean en cantidades determinadas, pero que aquí, con respecto a los 100 táleros mismos, solo es un indiferente descomponerse en diversos números de la misma unidad; por último, que en el producto los 100 táleros reaparecen como suma. El único proceso con respecto al valor es que aparece primero como un todo, unidad; luego como división de esta unidad en un número determinado; por último como suma. Los 100 tál. que al final aparecen como suma son igualmente, y precisamente, la misma suma que al comienzo aparecía como unidad. La determinación de la suma, de la adición, solo surgió de la división que tuvo lugar en el acto de producción; pero no existe en el producto como tal. La proposición de que el precio del producto = al precio de los costes de producción, o de que el valor del capital = al valor del producto, no dice, pues, nada más que el valor del capital se ha conservado en el acto de producción y aparece ahora como suma. Con esta mera identidad del capital, o reproducción de su valor a través del proceso de producción, no habríamos ido más allá de donde estábamos al comienzo. Lo que al comienzo estaba ahí como presupuesto está ahora ||19| ahí como resultado, y además en forma inalterada. Está claro que no es eso lo que en realidad quieren decir los economistas cuando hablan de la determinación del precio por los costes de producción. De lo contrario, nunca podría crearse un valor mayor que el que había originariamente; ningún valor de cambio mayor, aunque sí un valor de uso mayor, del que aquí no se trata en absoluto. Se trata del valor de uso del capital como tal, no del valor de uso de una mercancía. Cuando se dice que los costes de producción o el precio necesario de una mercancía es = 110, se calcula así: capital originario = 100 (por ejemplo, materia prima = 50; trabajo = 40; instrumento = 10) + 5 % de interés + 5 % de ganancia. Por tanto, los costes de producción = 110, no = 100; los costes de producción son, pues, mayores que los costes de la producción. No sirve absolutamente de nada huir, como gustan de hacer algunos economistas, del valor de cambio al valor de uso de la mercancía. Que este, como valor de uso, sea superior o inferior no determina como tal el valor de cambio. Las mercancías caen a menudo por debajo de sus precios de producción, aunque indiscutiblemente hayan recibido un valor de uso superior al que tenían en la época anterior a la producción. Igual de inútil es refugiarse en la circulación. Produzco a 100, pero vendo a 110. «La ganancia no se obtiene cambiando. Si no hubiera existido antes, tampoco podría existir después de esa transacción». (Ramsay IX, 88.) Es decir: querer explicar el aumento del valor a partir de la circulación simple, cuando esta, por el contrario, expresamente solo lo pone como equivalente. También empíricamente está claro que, si todos venden un 10 % demasiado caro, es lo mismo que si todos vendieran a los costes de producción. La plusvalía sería así puramente nominal, ficticia, convencional, una mera frase. Y como el dinero mismo es mercancía, producto, también se vendería un 10 % demasiado caro, es decir, el vendedor que recibiera los 110 táleros recibiría de hecho solo 100. (Véase también Ricardo sobre el comercio exterior, que concibe como circulación simple, por lo que dice: «El comercio exterior no puede nunca aumentar los valores de cambio de un país». (Ricardo, 39, 40.) Las razones que aduce para ello son absolutamente las mismas que «demuestran» que el cambio como tal, la circulación simple, y por tanto el comercio en general, en la medida en que se concibe como tal, no puede nunca aumentar los valores de cambio, no puede nunca producir el valor de cambio.) La proposición de que el precio = a los costes de producción tendría, si no, que decir también: el precio de una mercancía es siempre mayor que sus costes de producción. Además de la simple división numérica y de la adición, en el proceso de producción se añade al valor el elemento formal de que sus elementos aparecen ahora como costes de producción, es decir, precisamente de que los elementos del proceso de producción mismo no se retienen [en] su determinidad material, sino como valores que se consumen en el modo de existencia en que se encuentran antes del proceso de producción. Por otro lado, está claro que, si el acto de producción fuera solo la reproducción del valor del capital, solo habría tenido lugar en él un cambio material, no económico, y que semejante conservación simple de su valor contradice su concepto. Ciertamente no permanecería, como el dinero autónomo, fuera de la circulación, sino que adoptaría la figura de distintas mercancías, pero para nada; sería un proceso sin finalidad, ya que al final solo representaría la idéntica suma de dinero y solo habría corrido el riesgo de salir dañado del acto de producción —que puede fracasar y en el que el dinero abandona su forma imperecedera—. Bien. El proceso de producción ha terminado. El producto se ha realizado también de nuevo en dinero y ha adoptado de nuevo la forma originaria de los 100 tál. Pero el capitalista también tiene que comer y beber; no puede vivir de este cambio de forma del dinero. Una parte de los 100 tál. tendría, pues, que cambiarse por mercancías como valores de uso, no como capital, sino como moneda, y consumirse en esta forma. De los 100 tál. habrían salido 90 y, como al final él siempre reproduce el capital en la forma del dinero, y precisamente en la cantidad de dinero con la que empezó la producción, al final los 100 tál. se habrían comido y el capital habría desaparecido. Pero al capitalista se le paga por el trabajo de echar los 100 tál. como capital al proceso de producción en vez de comérselos. ¿Pero de dónde se le ha de pagar? ¿Y no parece su trabajo completamente inútil, puesto que el capital incluye el salario, de modo que los trabajadores podrían vivir mediante la simple reproducción de los costes de producción, cosa que el capitalista no puede? Aparecería, pues, entre los falsos gastos de producción [faux frais de production]. Pero, sea cual sea su mérito, la reproducción sería posible sin él, pues los trabajadores en el proceso de producción solo reclaman el valor que aportan y no necesitan, por tanto, toda la relación del capital para empezarlo siempre de nuevo; y, en segundo lugar, no habría ningún fondo del que pagar su mérito, ya que el precio de la mercancía = a los costes de producción. Pero si su trabajo se concibiera como un trabajo particular junto al de los trabajadores y fuera de él, por ejemplo la supervisión [superintendence] del trabajo, etc., recibiría como ellos un salario determinado, caería, por tanto, en su categoría y no se comportaría en modo alguno como capitalista respecto al trabajo; tampoco se enriquecería nunca, sino que solo recibiría un valor de cambio que tendría que consumir mediante la circulación. La existencia del capital frente al trabajo exige que el capital que es para sí, el capitalista, pueda estar ahí, vivir, como no trabajador. Por otro lado, está igual de claro que también desde ||20| las determinaciones económicas habituales el capital que solo pudiera conservar su valor no lo conservaría. Los riesgos de la producción tienen que estar compensados. El capital tiene que conservarse en las oscilaciones de los precios. La desvalorización del capital que se produce continuamente por el aumento de la fuerza productiva tiene que estar compensada, etc. Por eso dicen también los economistas, sin rodeos, que si no saliera ninguna ganancia, ningún beneficio, cada cual se comería su dinero en vez de echarlo a la producción, de emplearlo como capital. En suma, presupuesta esta no valorización, es decir, la no multiplicación del valor del capital, se presupone que el capital no es un eslabón real de la producción, no es una relación de producción particular; se presupone un estado en el que los costes de producción no tienen la forma del capital y el capital no está puesto como condición de la producción.

Es fácil comprender cómo el trabajo puede aumentar el valor de uso; la dificultad está en cómo puede crear valores de cambio superiores a los presupuestos.

Supongamos que el valor de cambio que el capital paga al trabajador sea un equivalente exacto del valor que el trabajo crea en el proceso de producción. En ese caso sería imposible un aumento del valor de cambio del producto. Lo que el trabajo como tal hubiera aportado al proceso de producción por encima del valor presupuesto de la materia prima y del instrumento de trabajo se le habría pagado al trabajador. El valor del producto mismo, en la medida en que es un excedente sobre el valor de la materia prima y del instrumento, le correspondería al trabajador; solo que el capitalista le paga este valor en el salario y que el trabajador se lo devuelve al capitalista en el producto.

❲Que por costes de producción no se entiende la suma de los valores que entran en la producción —ni siquiera por parte de los economistas que lo afirman— es palpable en el interés del capital prestado. Para el capitalista industrial, este forma parte directamente de sus gastos, de sus costes de producción efectivos. Pero el interés mismo supone ya que el capital sale de la producción como plusvalía, puesto que él mismo es solo una forma de esta plusvalía. Como, por tanto, desde el punto de vista del prestatario, el interés entra ya en sus costes de producción inmediatos, se muestra que el capital como tal entra en los costes de producción, pero que el capital como tal no es mera adición de sus partes integrantes de valor. — En el interés, el capital mismo aparece de nuevo en la determinación de mercancía, pero como mercancía específicamente distinta de todas las demás mercancías; el capital como tal —no como mera suma de valores de cambio— entra en la circulación y se convierte en mercancía. Aquí el carácter de mercancía está presente él mismo como determinación económica, específica, no indiferente como en la circulación simple, ni referido directamente al trabajo como su opuesto, como su valor de uso, como en el capital industrial; en el capital tal como es en sus determinaciones más inmediatas, las que surgen de la producción y de la circulación. La mercancía como capital, o el capital como mercancía, no se cambia, por tanto, en la circulación por un equivalente; conserva su ser para sí al entrar en la circulación; conserva, pues, su relación originaria con su propietario, aunque pase a manos de un poseedor ajeno. Por eso solo se presta. Su valor de uso como tal para su propietario es su valorización, el dinero como dinero, no como medio de circulación; su valor de uso como capital. La exigencia planteada por el señor Proudhon de que el capital no se preste ni rinda interés, sino que se venda como mercancía por su equivalente, como cualquier otra mercancía, no es en general más que la exigencia de que el valor de cambio no se convierta nunca en capital, sino que siga siendo valor de cambio simple; de que el capital como capital no exista. Esta exigencia, junto con la otra de que el trabajo asalariado siga siendo la base general de la producción, muestra una confusión regocijante sobre los conceptos económicos más simples. De ahí el miserable papel que desempeña en la polémica con Bastiat, de la que hablaremos más adelante. La palabrería sobre consideraciones de equidad y de derecho se reduce a querer aplicar la relación de propiedad o relación jurídica que corresponde al cambio simple como patrón a la relación de propiedad y jurídica de un nivel superior del valor de cambio. Por eso Bastiat, inconscientemente, vuelve a destacar él mismo los momentos de la circulación simple que empujan hacia el capital. — El capital mismo como mercancía es el dinero como capital o el capital como dinero.❳ ❲El 3er momento que hay que desarrollar en la formación del concepto de capital es la acumulación originaria frente al trabajo, y por tanto también el trabajo sin objeto frente a la acumulación. El primer momento partía del valor como procedente de la circulación y presuponiéndola. Era el concepto simple del capital; el dinero tal como se determina inmediatamente hasta convertirse en capital; el segundo momento partía del capital como presupuesto de la producción y resultado de ella; el tercer momento pone el capital como unidad determinada de la circulación y la producción. Hay que distinguir entre la acumulación ||21| de los capitales, que presupone capitales, la relación del capital como algo existente, y supone, por tanto, también sus relaciones con el trabajo, con los precios (capital fijo y circulante), con el interés y la ganancia. Pero el capital, para llegar a ser, presupone una cierta acumulación, que se encuentra ya en la oposición autónoma del trabajo objetivado frente al vivo, en la subsistencia autónoma de esta oposición. Esta acumulación, necesaria para el devenir del capital, que por tanto está ya acogida en su concepto como presupuesto —como un momento—, ha de distinguirse esencialmente de la acumulación del capital que ya ha llegado a ser capital, donde tiene que haber ya capitales.❳

❲Hasta aquí hemos visto ya que el capital presupone: 1) el proceso de producción en general, tal como es propio de todas las situaciones sociales, es decir, sin carácter histórico, humano, si se quiere; 2) la circulación, que ya en cada uno de sus momentos, y más aún en su totalidad, es un producto histórico determinado; 3) el capital como unidad determinada de ambos. En qué medida el proceso general de producción se modifica históricamente desde el momento en que ya solo aparece como elemento del capital tiene que resultar de su desarrollo, igual que de la simple comprensión de las diferencias específicas del capital tienen que resultar sus presupuestos históricos en general.❳

❲Todo lo demás es charla de aquí para allá. Qué determinaciones hay que incluir en la primera sección, De la producción en general, y en el 1er apartado de la 2a sección, Del valor de cambio en general, solo puede salir a la luz al final y como resultado de todo el desarrollo. Por ejemplo, ya hemos visto que la distinción entre valor de uso y valor de cambio pertenece a la economía misma y que el valor de uso no se queda muerto como simple presupuesto, como hace Ricardo. El capítulo de la producción termina objetivamente con el producto como resultado; el de la circulación empieza con la mercancía, que es a su vez valor de uso y valor de cambio (y, por tanto, también valor distinto de ambos); la circulación como unidad de ambos —unidad que solo es formal y que, por eso, se desmorona en la mercancía como mero objeto de consumo, fuera de la economía, y en el valor de cambio como dinero autonomizado—.❳

La plusvalía que el capital tiene al final del proceso de producción —una plusvalía que solo se realiza en la circulación como precio más alto del producto, pero del mismo modo que todos los precios se realizan en ella: porque ya le están idealmente presupuestos, están determinados antes de entrar en ella— significa, expresado conforme al concepto general del valor de cambio, que el tiempo de trabajo objetivado en el producto —o cantidad de trabajo (expresada en reposo, la magnitud del trabajo aparece como cantidad espacial, pero expresada en movimiento solo es medible por el tiempo)— es mayor que el presente en las partes integrantes originarias del capital. Pero esto solo es posible si el trabajo objetivado en el precio del trabajo es menor que el tiempo de trabajo vivo comprado con él. El tiempo de trabajo objetivado en el capital aparece, como hemos visto, como una suma formada por 3 partes: a) el tiempo de trabajo objetivado en la materia prima; b) el tiempo de trabajo objetivado en el instrumento; c) el tiempo de trabajo objetivado en el precio del trabajo. Ahora bien, las partes a) y b) permanecen inalteradas como partes integrantes del capital; aunque en el proceso cambien de figura, de modos materiales de existencia, como valores permanecen inalteradas. Solo c) es lo que el capital cambia por algo cualitativamente distinto: una cantidad dada de trabajo objetivado por una cantidad de trabajo vivo. Si el tiempo de trabajo vivo solo reprodujera el tiempo de trabajo objetivado en el precio del trabajo, también esto sería solo formal y, en lo que respecta al valor, solo habría tenido lugar un cambio por trabajo vivo como otro modo de existencia del mismo valor, igual que con respecto al valor del material de trabajo y del instrumento solo ha tenido lugar un cambio de su modo material de existencia. Si el capitalista ha pagado al trabajador un precio = a una jornada de trabajo y la jornada de trabajo del trabajador solo añade a la materia prima y al instrumento una jornada de trabajo, el capitalista habría cambiado simplemente el valor de cambio en una forma por el valor de cambio en otra. No habría actuado como capital. Por otro lado, el trabajador no habría permanecido en el proceso simple del cambio: habría recibido de hecho en pago el producto de su trabajo, solo que el capitalista le habría hecho el favor de pagarle por adelantado el precio del producto antes de su realización. El capitalista le habría dado crédito, y además gratis, por amor al arte [pour le roi de Prusse]. Eso es todo. El cambio entre capital y trabajo, cuyo resultado es el precio del trabajo, por mucho que por parte del trabajador sea cambio simple, tiene que ser por parte del capitalista no-cambio. Este tiene que recibir más valor del que ha dado. El cambio, considerado por el lado del capital, tiene que ser solo aparente, es decir, pertenecer a una determinación formal económica distinta de la del cambio, o el capital como capital y el trabajo como trabajo en oposición a él serían imposibles. Solo se cambiarían como valores de cambio iguales que existen materialmente en modos de existencia diferentes. — Para justificar el capital, para hacer su apología, los economistas recurren por eso a este proceso ||22| simple, lo explican precisamente por un proceso que hace imposible su existencia. Para demostrarlo, lo eliminan con su demostración. Tú me pagas mi trabajo, lo cambias por su propio producto y me descuentas el valor de la materia prima y del material que me has proporcionado. Es decir, somos socios [associés] que aportamos al proceso de producción elementos distintos y los cambiamos según su valor. Así pues, el producto se transforma en dinero y el dinero se reparte de modo que tú, capitalista, recibes el precio de tu materia prima y de tu instrumento, y yo, trabajador, el precio que el trabajo les ha añadido. La utilidad para ti es que ahora posees la materia prima y el instrumento en una forma consumible; para mí, que mi trabajo se ha valorizado. Ciertamente, pronto te verías en el caso de haberte comido tu capital en la forma del dinero, mientras que yo, como trabajador, llegaría a poseer ambas cosas. —

Lo que el trabajador cambia por el capital es su trabajo mismo (en el cambio, la facultad de disponer de él); lo enajena. Lo que recibe como precio es el valor de esta enajenación. Cambia la actividad que pone valor por un valor predeterminado, con independencia del resultado de su actividad.

❲Es una sabiduría inmensa del señor Bastiat que el salariado [salariat] sea una forma inesencial, meramente formal, una forma de la asociación que como tal no tiene nada que ver con la relación económica de trabajo y capital. Si los trabajadores, dice, fueran lo bastante ricos para poder esperar a que el producto estuviera terminado y vendido, el salariado, el trabajo asalariado, no les impediría hacer con el capitalista un contrato tan ventajoso como el que un capitalista hace con otro. Así pues, el mal no está en la forma del salariado, sino en condiciones independientes de él. Que estas condiciones mismas son las condiciones del salariado no se le ocurre, naturalmente. Si los trabajadores fueran a la vez capitalistas, se comportarían en efecto frente al capital que no trabaja no como trabajadores que trabajan, sino como capitalistas que trabajan, es decir, no en la forma de asalariados. Por eso también para él salario y ganancia son esencialmente lo mismo que ganancia e interés. A esto lo llama armonía de las relaciones económicas: a que solo existan en apariencia relaciones económicas y que de hecho, en esencia, solo haya una relación, la del cambio simple. Por eso las formas esenciales se le aparecen en sí como vacías de contenido, es decir, como formas que no son reales.❳

¿Cómo se determina ahora su valor? Por el trabajo objetivado contenido en su mercancía. Esta mercancía existe en su vitalidad. Para conservarla de hoy a mañana —de la clase obrera, es decir, de la reposición del desgaste [wear and tear] para que pueda conservarse como clase, no tenemos que ocuparnos todavía, ya que el trabajador se enfrenta aquí al capital como trabajador, y por tanto como sujeto perenne presupuesto, no todavía como individuo perecedero de la especie obrera—, tiene que consumir una masa determinada de medios de subsistencia, reponer la sangre gastada, etc. Solo recibe un equivalente. Así pues, mañana, una vez consumado el cambio —y cuando ha terminado formalmente el cambio, solo lo ejecuta en el proceso de producción—, su capacidad de trabajo existe del mismo modo que antes: ha recibido un equivalente exacto, pues el precio que ha recibido lo deja en posesión del mismo valor de cambio que tenía antes. La cantidad de trabajo objetivado contenida en su vitalidad se la ha pagado el capital. Él la ha consumido y, como no existía como cosa, sino como capacidad en un ser vivo, puede, en virtud de la naturaleza específica de su mercancía —la naturaleza específica del proceso vital—, entrar de nuevo en el cambio. Que, además del tiempo de trabajo objetivado en su vitalidad —es decir, del tiempo de trabajo que fue necesario para pagar los productos necesarios para la conservación de su vitalidad—, haya todavía más trabajo objetivado en su existencia inmediata, a saber, los valores que ha consumido para producir una determinada capacidad de trabajo, una destreza particular —y cuyo valor se muestra en los costes de producción a los que puede producirse una habilidad de trabajo determinada semejante—, no nos concierne aquí todavía, donde no se trata de un trabajo especialmente cualificado, sino del trabajo sin más, del trabajo simple.

Si se necesitara una jornada de trabajo para mantener con vida a un trabajador durante una jornada de trabajo, el capital no existiría, porque la jornada de trabajo se cambiaría por su propio producto y, por tanto, el capital como capital no podría valorizarse y, en consecuencia, tampoco conservarse. La autoconservación del capital es su autovalorización. Si el capital tuviera que trabajar también para vivir, no se conservaría como capital, sino como trabajo. La propiedad de las materias primas y de los instrumentos de trabajo sería solo nominal: eco||23|nómicamente pertenecerían al trabajador exactamente en la misma medida en que pertenecieran al capitalista, ya que solo le crearían valor en la medida en que él mismo fuera trabajador. No se comportaría, por tanto, con ellos como capital, sino como con simple materia y medio del trabajo, igual que hace el trabajador mismo en el proceso de producción. Si, en cambio, por ejemplo, solo se necesita media jornada de trabajo para mantener con vida a un trabajador durante una jornada entera, la plusvalía del producto resulta por sí sola, porque el capitalista solo ha pagado en el precio media jornada de trabajo y recibe objetivada en el producto una jornada entera; así pues, por la segunda mitad de la jornada de trabajo no ha dado nada a cambio. No el cambio, sino un proceso en el que recibe sin cambio tiempo de trabajo objetivado, es decir, valor, es lo único que puede convertirlo en capitalista. La media jornada de trabajo no le cuesta nada al capital; recibe, pues, un valor por el que no ha dado ningún equivalente. Y el aumento de los valores solo puede tener lugar porque se recibe, y por tanto se crea, un valor por encima del equivalente.

La plusvalía es, en general, valor por encima del equivalente. Equivalente, según su determinación, es solo la identidad del valor consigo mismo. Del equivalente no puede brotar nunca, por tanto, la plusvalía; tampoco, pues, originariamente de la circulación; tiene que surgir del proceso de producción del capital mismo. La cosa puede expresarse también así: si el trabajador solo necesita media jornada de trabajo para vivir una entera, para sustentar su existencia como trabajador solo necesita trabajar medio día. La segunda mitad de la jornada de trabajo es trabajo forzado; plustrabajo. Lo que por el lado del capital aparece como plusvalía aparece exactamente por el lado del trabajador como plustrabajo por encima de su necesidad como trabajador, es decir, por encima de su necesidad inmediata para conservar su vitalidad. El gran lado histórico del capital es crear este plustrabajo, trabajo superfluo desde el punto de vista del mero valor de uso, de la mera subsistencia, y su destino histórico se cumple en cuanto, por un lado, las necesidades se han desarrollado tanto que el plustrabajo por encima de lo necesario es él mismo necesidad general, surge de las propias necesidades individuales; por otro lado, la laboriosidad general, gracias a la severa disciplina del capital por la que han pasado las generaciones sucesivas, se ha desarrollado como patrimonio general de la nueva generación; por último, gracias al desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo, que el capital, con su ilimitado afán de enriquecimiento y en las condiciones en que únicamente puede realizarlo, azuza sin cesar, ha llegado tan lejos que la posesión y la conservación de la riqueza general, por un lado, solo exigen un tiempo de trabajo menor para la sociedad entera y la sociedad trabajadora se comporta científicamente respecto al proceso de su reproducción progresiva, de su reproducción en una abundancia cada vez mayor; que ha cesado, por tanto, el trabajo en el que el hombre hace lo que puede hacer que las cosas hagan por él. Capital y trabajo se comportan en esto, por consiguiente, como dinero y mercancía; si uno es la forma general de la riqueza, la otra es solo la sustancia que tiene por fin el consumo inmediato. Pero, como afán incesante por la forma general de la riqueza, el capital empuja el trabajo más allá de los límites de su necesidad natural y crea así los elementos materiales para el desarrollo de la individualidad rica, que es tan omnilateral en su producción como en su consumo y cuyo trabajo, por eso, tampoco aparece ya como trabajo, sino como pleno desarrollo de la actividad misma, en la que ha desaparecido la necesidad natural en su forma inmediata; porque en lugar de la necesidad natural ha entrado una necesidad producida históricamente. Por eso el capital es productivo; es decir, es una relación esencial para el desarrollo de las fuerzas productivas sociales. Solo deja de serlo cuando el desarrollo de estas fuerzas productivas encuentra en el capital mismo una barrera. En el Times de noviembre de 1857 hay un precioso grito de rabia de un plantador de las Indias Occidentales. Con gran indignación moral, este abogado —como alegato en favor de la reintroducción de la esclavitud de los negros— expone cómo los Quashees (los niggers libres de Jamaica)14 se contentan con producir lo estrictamente necesario para su propio consumo y consideran como verdadero artículo de lujo, junto a este «valor de uso», la holgazanería misma (complacencia y ociosidad [indulgence y idleness]); cómo les importan un comino el azúcar y el capital fijo invertido en las plantaciones, y más bien miran sonriendo con irónica alegría por el mal ajeno al plantador que se arruina, y hasta el cristianismo que les han enseñado solo lo explotan como barniz de este ánimo de regodeo y de esta indolencia. Han dejado de ser esclavos, pero no para hacerse asalariados, sino campesinos autosuficientes [self-sustaining peasants] que trabajan para su propio consumo indispensable. El capital como capital no existe frente a ellos, porque la riqueza autonomizada en general solo existe o bien mediante el trabajo forzado inmediato, la esclavitud, o bien mediante el trabajo forzado mediado, el trabajo asalariado. Al trabajo forzado inmediato la riqueza no se le enfrenta como capital, sino como relación de dominación; sobre su base, por tanto, solo se reproduce la relación de dominación, para la que la riqueza misma solo tiene valor como disfrute, no como riqueza misma, y que ||24| por eso tampoco puede crear nunca la industria general. (Volveremos sobre esta relación entre esclavitud y trabajo asalariado.) La dificultad de comprender el nacimiento del valor se muestra 1) en los economistas ingleses modernos, que reprochan a Ricardo no haber comprendido el excedente, no haber comprendido la plusvalía (véase Malthus On value, que al menos intenta proceder científicamente), aunque Ricardo es el único de todos los economistas que la ha comprendido, como prueba su polémica contra la confusión de A. Smith entre la determinación del valor por el salario y la determinación por el tiempo de trabajo objetivado en la mercancía. Los recientes son simples bobos superficiales. Ciertamente, Ricardo mismo cae a menudo en la confusión, ya que comprende bien el nacimiento de la plusvalía como presupuesto del capital, pero a menudo se extravía al querer comprender sobre esta base el aumento de los valores, salvo por el hecho de que en el mismo producto se invierte más tiempo de trabajo objetivado, en otras palabras, de que la producción se vuelve más difícil. De ahí, en él, la oposición absoluta entre valor [value] y riqueza. De ahí la unilateralidad de su teoría de la renta del suelo; su falsa teoría del comercio internacional, que solo produciría valor de uso (lo que él llama riqueza), no valor de cambio. La única salida para el aumento de los valores como tales sigue siendo, además de la creciente dificultad de la producción (teoría de la renta), solo el crecimiento de la población (el aumento natural de los trabajadores por el incremento del capital), aunque él mismo no ha resumido en ninguna parte de modo simple esta relación. El error fundamental: que no investiga en ninguna parte de dónde procede propiamente la diferencia entre la determinación del valor por el salario y la determinación por el trabajo objetivado. El dinero y el cambio mismo (la circulación) aparecen por eso solo como elemento puramente formal en su economía y, aunque según él en la economía se trata solo del valor de cambio, la ganancia, etc., aparecen solo como tasa de la participación en el producto, que tiene lugar igualmente sobre la base de la esclavitud. La forma de la mediación no la ha investigado en ninguna parte. 2) Los fisiócratas. Aquí se manifiesta palpablemente la dificultad de comprender el capital, la autovalorización del valor, de ahí la plusvalía que el capital crea en el acto de producción, y tenía que manifestarse en los padres de la economía moderna, igual que en la última culminación clásica de esta, en Ricardo, la creación de la plusvalía, que él [concibe] en la forma de la renta. En el fondo es la pregunta por el concepto del capital y del trabajo asalariado y, por tanto, la pregunta fundamental que se plantea en el umbral del sistema de la sociedad moderna. El sistema monetario solo había comprendido la autonomía del valor tal como resulta de la circulación simple: el dinero; por eso hicieron de esta forma abstracta de la riqueza el objeto exclusivo de las naciones, que entraban precisamente en el periodo en que el enriquecimiento como tal aparecía como el fin de la sociedad misma. Luego vino el sistema mercantil, que cae en la época en que aparece el capital industrial y, por tanto, el trabajo asalariado en la manufactura, y se desarrolla en oposición a la riqueza no industrial, a la propiedad feudal del suelo, y a costa de ella. Ante ellos flota ya el dinero como capital, pero propiamente solo de nuevo en la forma del dinero, de la circulación del capital mercantil, del capital que se transforma en dinero. El capital industrial tiene para ellos valor, y precisamente el valor más alto —como medio—, no como la riqueza misma en su proceso productivo, porque crea el capital mercantil y este se convierte en dinero en la circulación. El trabajo de manufactura —es decir, en el fondo, el trabajo industrial; el trabajo agrícola, en cambio, era y les parecía principalmente productor de valor de uso—: el producto bruto elaborado es más valioso porque, en forma clara, es decir, más apta para la circulación, para el comercio, en forma mercantil, crea más dinero (a ello se suma la visión histórica de la riqueza de los pueblos no agricultores, como Holanda sobre todo, en contraste con los agricultores, feudales; la agricultura no aparecía en absoluto en forma industrial, sino en forma feudal, es decir, como fuente de la riqueza feudal, no de la burguesa). Una forma del trabajo asalariado, la industrial, y una del capital, la industrial, se reconocían, pues, como fuente de la riqueza, pero solo en la medida en que creaban dinero. El valor de cambio mismo, por tanto, todavía no se comprende en la forma del capital. Ahora los fisiócratas. Distinguen el capital del dinero y lo conciben en su forma general como valor de cambio autonomizado que se conserva en la producción y se acrecienta por medio de ella. Por eso consideran también la relación para sí, tal como no es ella misma momento de la circulación simple, sino más bien su presupuesto, y a partir de ella misma se restablece constantemente como su presupuesto. Son, pues, los padres de la economía moderna. Comprenden también que la posición de la plusvalía por el trabajo asalariado es la autovalorización, es decir, la realización efectiva del capital. ¿Pero cómo se crea, mediante el capital, es decir, mediante valores existentes, una plusvalía por medio del trabajo? Aquí dejan caer por completo la forma y consideran solo el proceso simple de producción. Solo puede ser productivo, por tanto, el trabajo que tiene lugar en un campo en el que palpablemente la fuerza natural del instrumento de trabajo permite al trabajador producir más valores de los que consume. La plusvalía no procede, por tanto, del trabajo como tal, sino de la fuerza natural utilizada y dirigida ||25| por el trabajo: la agricultura. Esta es, por tanto, el único trabajo productivo, pues hasta ahí llegan: solo es productivo el trabajo que crea plusvalía (que la plusvalía tenga que expresarse en un producto material es una visión tosca que aparece todavía en A. Smith. Los actores son trabajadores productivos, no en cuanto producen el espectáculo, sino en cuanto aumentan la riqueza de su patrono [increase their employer's wealth]. Pero qué clase de trabajo se realice, es decir, en qué forma se materialice el trabajo, es absolutamente indiferente para esta relación. Desde puntos de vista posteriores, en cambio, no es indiferente); pero esta plusvalía se les transforma subrepticiamente en una cantidad mayor del valor de uso que sale de la producción, por encima del que se ha consumido en ella. Solo en la relación de la semilla natural con su producto aparece de modo palpable esta multiplicación de los valores de uso, el excedente del producto sobre la parte integrante de este que tiene que servir para nueva producción —y del que, por tanto, una parte puede consumirse improductivamente—. De la cosecha solo una parte tiene que devolverse directamente a la tierra como semilla; en productos que se encuentran ellos mismos en la naturaleza, en los elementos, aire, agua, tierra, luz, y en las sustancias aportadas con el abono y de otras maneras, las semillas lo vuelven a producir luego en cantidad multiplicada como grano, etc. En suma, el trabajo humano solo tiene que dirigir el metabolismo químico (en la agricultura), en parte también favorecerlo mecánicamente, o dirigir la reproducción misma de la vida (ganadería), para obtener el excedente, es decir, para transformar las mismas sustancias naturales de una forma sin valor para el uso en una valiosa. La verdadera figura de la riqueza general es, por tanto, el excedente de los productos de la tierra (grano, ganado, materias primas). Considerado económicamente, por eso, solo la renta es forma de la riqueza. Así ocurre que los primeros profetas del capital solo conciben como representante de la riqueza burguesa al no capitalista, al propietario feudal del suelo. Pero la consecuencia, cargar todos los impuestos sobre la renta, redunda entonces por completo en beneficio del capital burgués. Al feudalismo solo se lo glorifica burguesamente en el principio —lo que embaucó a algunos feudales, como el viejo Mirabeau—15 para arruinarlo en la aplicación práctica. Todos los demás valores solo representan materia prima + trabajo; el trabajo mismo representa el grano u otros productos de la tierra que consume el trabajador; así pues, el obrero fabril, etc., no añade a la materia prima más de lo que consume en materias primas. Su trabajo, igual que su patrono, no añade, pues, nada a la riqueza —la riqueza es el excedente sobre las mercancías consumidas en la producción—, sino que solo le da formas de consumo agradables y útiles. Por entonces todavía no se había desarrollado la aplicación de las fuerzas naturales en la industria, ni la división del trabajo, etc., que aumenta la fuerza natural del trabajo mismo. Pero en tiempos de A. Smith ese era el caso. En él, por tanto, el trabajo en general es fuente de los valores, igualmente de la riqueza, pero en rigor solo pone plusvalía en la medida en que en la división del trabajo el excedente aparece igualmente como don natural, fuerza natural de la sociedad, igual que en los fisiócratas como don de la tierra. De ahí el peso que A. Smith da a la división del trabajo. Por otro lado, en él el capital —(porque concibe ciertamente el trabajo como creador de valor, pero el trabajo mismo como valor de uso, como productividad que es para sí, como fuerza natural humana en general (esto lo distingue de los fisiócratas), pero no como trabajo asalariado, no en su determinación formal específica en oposición al capital)— no aparece originariamente como algo que contiene en sí, de modo contrapuesto, el momento del trabajo asalariado, sino tal como procede de la circulación, como dinero, y por tanto surgiendo de la circulación, por el ahorro. El capital, por tanto, originariamente no se valoriza a sí mismo, precisamente porque la apropiación de trabajo ajeno no está acogida en su concepto mismo. Solo aparece a posteriori, después de estar presupuesto ya como capital —círculo vicioso [mauvais cercle]—, como mando sobre trabajo ajeno. Por eso, según A. Smith, el trabajo debería propiamente tener como salario su propio producto, el salario debería ser = al producto y, por tanto, el trabajo no ser trabajo asalariado ni el capital capital. Así pues, para introducir la ganancia y la renta como elementos originarios de los costes de producción, es decir, para hacer que del proceso de producción del capital salga una plusvalía, las presupone en la forma más tosca. El capitalista no quiere ceder gratis el uso de su capital; tampoco el propietario del suelo quiere dar gratis a la producción la tierra. Exigen algo a cambio. Así, se los incorpora con sus pretensiones como hechos históricos, sin explicarlos. Propiamente, el salario es la única parte integrante de los costes de producción justificada económicamente, por ser necesaria. La ganancia y la renta son solo deducciones del salario, arrancadas arbitrariamente en el proceso histórico por el capital y la propiedad del suelo, y justificadas legalmente, no económicamente. Pero como, por otro lado, contrapone al trabajo los medios y materiales de producción como figuras autónomas en la forma de la propiedad del suelo y del capital, lo ha puesto esencialmente como trabajo asalariado. Así, contradicciones. De ahí sus vacilaciones en la determinación del valor; la equiparación de la ganancia y la renta del suelo; las falsas ||26| ideas sobre la influencia del salario en los precios, etc. Ahora Ricardo (véase 1). En él, sin embargo, el trabajo asalariado y el capital se conciben de nuevo como forma social natural, no históricamente determinada, para la producción de la riqueza como valor de uso, es decir, su forma como tal, precisamente por ser natural, es indiferente y no se concibe en su relación determinada con la forma de la riqueza, del mismo modo que la riqueza misma, en su forma de valor de cambio, aparece como mediación meramente formal de su existencia material; por eso no se comprende el carácter determinado de la riqueza burguesa —precisamente porque aparece como forma adecuada de la riqueza en general—, y por eso también económicamente, aunque se parte del valor de cambio, las formas económicas determinadas del cambio mismas no desempeñan papel alguno en su economía, sino que siempre se habla solo de la distribución del producto general del trabajo y de la tierra entre las 3 clases, como si en la riqueza fundada en el valor de cambio solo se tratara del valor de uso y el valor de cambio fuera solo una forma ceremonial, que en Ricardo desaparece exactamente igual que el dinero como medio de circulación en el cambio. Por eso, para hacer valer las verdaderas leyes de la economía, le gusta también remitirse a esta relación del dinero como meramente formal. De ahí también su debilidad en la doctrina propiamente dicha del dinero mismo.

Es necesario el desarrollo exacto del concepto de capital, ya que es el concepto fundamental de la economía moderna, igual que el capital mismo, cuya imagen abstracta es su concepto, es la base de la sociedad burguesa. De la concepción rigurosa del presupuesto fundamental de la relación tienen que resultar todas las contradicciones de la producción burguesa, así como el límite en el que esta relación empuja más allá de sí misma.

❲Es importante señalar que la riqueza como tal, i. e. la riqueza burguesa, está siempre expresada en la potencia más alta en el valor de cambio, allí donde este está puesto como mediador, como la mediación de los extremos mismos del valor de cambio y el valor de uso. Este término medio aparece siempre como la relación económica acabada, porque reúne los opuestos, y al final aparece siempre como una potencia superior unilateral frente a los extremos mismos; porque el movimiento o la relación que originariamente aparece como mediador entre los extremos conduce dialécticamente, de modo necesario, a que aparezca como mediación consigo mismo, como el sujeto cuyos momentos son solo los extremos, cuyo presupuesto autónomo suprime para ponerse, mediante su supresión, a sí mismo como lo único autónomo. Así, en la esfera religiosa, Cristo, el mediador entre Dios y el hombre —mero instrumento de circulación entre ambos—, se convierte en su unidad, en Dios-hombre, y como tal se vuelve más importante que Dios; los santos, más importantes que Cristo; los curas, más importantes que los santos. La expresión económica total, ella misma unilateral frente a los extremos, es siempre el valor de cambio allí donde está puesto como término medio; por ejemplo, el dinero en la circulación simple; el capital mismo como mediador entre producción y circulación. Dentro del capital mismo, una forma de este adopta a su vez la posición del valor de uso frente a la otra como valor de cambio. Así, por ejemplo, el capital industrial aparece como productor frente al comerciante, que aparece como circulación. Así, el primero representa el lado material, el otro el lado formal, es decir, la riqueza como riqueza. A la vez, el capital mercantil mismo es a su vez mediador entre la producción (el capital industrial) y la circulación (el público consumidor), o entre el valor de cambio y el valor de uso, donde ambos lados se ponen alternativamente, la producción como dinero y la circulación como valor de uso (público consumidor), o la primera como valor de uso (producto) y la segunda como valor de cambio (dinero). Lo mismo dentro del comercio mismo: el mayorista como mediador entre el fabricante y el minorista, o entre el fabricante y el agricultor, o entre distintos fabricantes, es el mismo término medio superior. Así, a su vez, los corredores de mercancías frente al mayorista. Luego el banquero frente a los industriales y los comerciantes; la sociedad anónima frente a la producción simple; el financiero como mediador entre el Estado y [la] sociedad burguesa en el nivel más alto. La riqueza como tal se representa de modo tanto más nítido y amplio cuanto más alejada está de la producción inmediata y cuanto más media a su vez entre lados que, considerados cada uno para sí, ya están puestos como relaciones formales económicas. Que el dinero pasa de medio a fin, y que la forma superior de la mediación pone en todas partes, como capital, a la inferior a su vez como trabajo, meramente como fuente de plusvalía. Por ejemplo, el corredor de letras [bill-broker], el banquero, etc., frente a los fabricantes y los arrendatarios [farmers], que frente a él están puestos relativamente en la determinación del trabajo (del valor de uso), mientras que él se pone frente a ellos como capital, creación de plusvalía; en la forma más disparatada, en el financiero.❳ El capital es unidad inmediata de producto y dinero o, mejor, de producción y circulación. Así, es a su vez él mismo algo inmediato, y su desarrollo consiste en ponerse y suprimirse a sí mismo como esta unidad —que está puesta como relación determinada y, por tanto, simple—. La unidad aparece primero en el capital como algo simple.|

|27| ❲El razonamiento de Ricardo es simplemente este: los productos se cambian —es decir, capital por capital— según las cantidades de trabajo objetivado contenidas en ellos. Una jornada de trabajo se cambia siempre por una jornada de trabajo. Este es el presupuesto. El cambio mismo puede, por tanto, dejarse completamente de lado. El producto —el capital puesto como producto— es en sí valor de cambio, al que el cambio solo añade la forma, en él forma formal. La cuestión es ahora solo en qué tasas se distribuye este producto. Estas tasas, ya se consideren como cuotas determinadas del valor de cambio presupuesto o de su contenido, de la riqueza material, es lo mismo. Más aún: como el cambio como tal es mera circulación —dinero como circulación—, es mejor hacer completa abstracción de él y considerar solo las cuotas de la riqueza material que se distribuyen entre los distintos agentes dentro del proceso de producción o como resultado de este. En la forma del cambio, todo valor, etc., es solo nominal; real lo es en la forma de la tasa. Todo el cambio, en la medida en que no crea una mayor variedad material, es nominal. Como siempre se cambia una jornada de trabajo entera por una jornada de trabajo entera, la suma de los valores sigue siendo la misma; el crecimiento de las fuerzas productivas solo actúa sobre el contenido de la riqueza, no sobre su forma. Un aumento de los valores, por tanto, solo puede surgir de una mayor dificultad de la producción, y esta solo puede darse allí donde la fuerza natural ya no presta el mismo servicio a iguales cantidades de trabajo humano, es decir, donde disminuye la fertilidad de los elementos naturales: en la agricultura. La caída de las ganancias la causa, por tanto, la renta. En primer lugar, el presupuesto falso de que en todas las situaciones de la sociedad se trabaja siempre una jornada de trabajo entera; etc., etc. (véase más arriba).❳

Hemos visto: el trabajador solo necesita trabajar, por ejemplo, media jornada de trabajo para vivir una entera y poder así empezar al día siguiente el mismo proceso. En su capacidad de trabajo —en la medida en que existe en él como ser vivo, o en él como instrumento de trabajo vivo— solo está objetivada media jornada de trabajo. El día vivo entero (día de vida) del trabajador es el resultado en reposo, la objetivación de medio día de trabajo. El capitalista, al apropiarse, mediante el cambio por el trabajo objetivado en el trabajador —es decir, por medio día de trabajo—, de la jornada de trabajo entera, y al consumirla luego en el proceso de producción en la materia de la que consta su capital, crea así la plusvalía de su capital: en el caso supuesto, medio día de trabajo objetivado. Supongamos ahora que las fuerzas productivas del trabajo se dupliquen, es decir, que en el mismo tiempo el mismo trabajo proporcione el doble de valor de uso. (Como valor de uso, en la relación actual, por el momento solo está determinado lo que el trabajador consume para conservarse con vida como trabajador; la cantidad de medios de subsistencia por la que, con la mediación del dinero, cambia el trabajo objetivado en su capacidad de trabajo viva.) El trabajador solo tendría entonces que trabajar 1/4 de día para vivir uno entero; el capitalista solo necesitaría ya dar al trabajador en el cambio 1/4 de día de trabajo objetivado para aumentar, por medio del proceso de producción, su plusvalía de 1/2 a 3/4, ya que en lugar de 1/2 día de trabajo objetivado ganaría 3/4 de día de trabajo objetivado. El valor del capital, tal como sale del proceso de producción, habría aumentado en 3/4 en lugar de en 2/4. El capitalista solo necesitaría ya, por tanto, hacer trabajar 3/4 de día para añadir al capital la misma plusvalía, la de 1/2 o 2/4 de trabajo objetivado. Pero el capital, en cuanto representa la forma general de la riqueza —el dinero—, es el impulso sin barreras ni medida de ir más allá de su barrera. Todo límite es y tiene que ser barrera para él. De lo contrario dejaría de ser capital, el dinero en cuanto se produce a sí mismo. En cuanto dejara de sentir un límite determinado como barrera y se sintiera a gusto en él como límite, habría descendido él mismo de valor de cambio a valor de uso, de la forma general de la riqueza a una existencia sustancial determinada de esta. El capital como tal crea una plusvalía determinada, porque no puede poner una infinita de una vez [at once]; pero es el movimiento constante de crear más. El límite cuantitativo de la plusvalía solo se le aparece como barrera natural, como necesidad que intenta constantemente vencer y rebasar constantemente.

❲La barrera aparece como un accidente que hay que vencer. Esto se manifiesta incluso en la visión más superficial. Si el capital crece de 100 a 1000, 1000 es ahora el punto de partida desde el que tiene que producirse el aumento; la multiplicación por diez, del 1000 %, no cuenta para nada; la ganancia y el interés se convierten a su vez en capital. Lo que aparecía como plusvalía aparece ahora como simple presupuesto, etc., como acogido en su simple existencia misma.❳

El capitalista (prescindiendo por completo de las determinaciones que se añadirán más adelante, competencia, precios, etc.) no hará trabajar, pues, al trabajador solo 3/4 de día porque los 3/4 de día le proporcionen la misma plusvalía que antes el día entero, sino que lo hará trabajar el día entero; y el aumento de la fuerza productiva que capacita al trabajador para vivir el día entero con 1/4 de jornada de trabajo se expresa ahora simplemente en que ahora tiene que trabajar 3/4 de día ||28| para el capital, mientras que antes solo trabajaba para él 2/4 de día. La fuerza productiva acrecentada de su trabajo, en la medida en que es acortamiento del tiempo para reponer el trabajo objetivado en él (para el valor de uso, la subsistencia), aparece como prolongación de su tiempo de trabajo para la valorización del capital (para el valor de cambio). Considerado desde el punto de vista del trabajador, este tiene que hacer ahora un plustrabajo de 3/4 de día para vivir un día, mientras que antes solo tenía que hacer un plustrabajo de 2/4 de día. Por el aumento de la fuerza productiva, por su duplicación, su plustrabajo ha aumentado en 1/4 [de día]. Hay que señalar aquí una cosa: la fuerza productiva se ha duplicado, el plustrabajo para el trabajador no se ha duplicado, sino que solo ha crecido en 1/4 [de día]; tampoco se ha duplicado la plusvalía del capital, sino que también ha crecido solo en 1/4 [de día]. Se muestra, pues, que el plustrabajo (desde el punto de vista del trabajador) o la plusvalía (desde el punto de vista del capital) no crecen en la misma proporción numérica en que crece la fuerza productiva. ¿A qué se debe esto? La duplicación de la fuerza productiva es la reducción del trabajo necesario (para el trabajador) en 1/4 [de día], y por tanto también la producción de la plusvalía [es mayor] en 1/4 [de día], porque la proporción originaria estaba puesta como 1/2. Si el trabajador hubiera tenido que trabajar originariamente 2/3 de día para vivir un día, la plusvalía habría sido de 1/3, igual que el plustrabajo. La duplicación de la fuerza productiva del trabajo habría capacitado, pues, al trabajador para limitar su trabajo para lo necesario a la mitad de 2/3, o 2/3 × 2, 2/6 o 1/3 de día, y el capitalista habría ganado 1/3 [de día] de valor. Pero el plustrabajo total habría pasado a ser 2/3 [de día]. La duplicación de la fuerza productiva, que en el primer ejemplo resultaba en 1/4 [de día] de plusvalía y plustrabajo, resultaría ahora en 1/3 [de día] de plusvalía o plustrabajo. El multiplicador de la fuerza productiva —el número por el que se multiplica— no es, por tanto, el multiplicador del plustrabajo o de la plusvalía, sino que, si la proporción originaria del trabajo objetivado en el precio del trabajo era 1/2 del trabajo objetivado en 1 jornada de trabajo, que aparece siempre como límite (los señores fabricantes la han prolongado, por cierto, también hasta la noche. Ley de las diez horas. Véase el informe de Leonhard Horner)16 (la jornada de trabajo misma no tiene límite en el día natural; puede prolongarse hasta muy entrada la noche; esto pertenece al capítulo del salario), la duplicación es igual a la división de 1/2 (la proporción originaria) por 2, o sea, 1/4. Si la proporción originaria era 2/3, la duplicación es igual a la división de 2/3 por 2 = 2/6 o 1/3. El multiplicador de la fuerza productiva no es, pues, nunca el multiplicador, sino el divisor de la proporción originaria; no el multiplicador de su numerador, sino de su denominador. Si fuera lo primero, a la multiplicación de la fuerza productiva correspondería la multiplicación de la plusvalía. Pero la plusvalía es siempre igual a una división de la proporción originaria por el multiplicador de la fuerza productiva. Si la proporción originaria era 8/9, es decir, si el trabajador necesita 8/9 de jornada de trabajo para vivir, de modo que el capital solo gana en el cambio por el trabajo vivo 1/9, y el plustrabajo es igual a 1/9, el trabajador podrá vivir ahora con la mitad de 8/9 de jornada de trabajo, i. e. con 8/18 = 4/9 (da lo mismo que dividamos el numerador o multipliquemos el denominador), y el capitalista, que ahora hace trabajar el día entero, tendría una plusvalía total de 5/9 de jornada de trabajo; descontada la plusvalía originaria de 1/9, quedan 4/9. La duplicación de la fuerza productiva es aquí, pues, = a un crecimiento de la plusvalía o [del] tiempo excedente de 4/9. Esto se debe simplemente a que la plusvalía es siempre igual a la relación entre la jornada de trabajo entera y la parte de la jornada de trabajo necesaria para mantener con vida al trabajador. La unidad con la que se calcula la plusvalía es siempre una fracción, i. e. la parte determinada de un día que representa exactamente el precio del trabajo. Si esta es = 1/2, el aumento de la ||29| fuerza productiva es = a la reducción del trabajo necesario a 1/4; si es = 1/3, a la disminución del trabajo necesario a 1/6; por tanto, en el primer [caso], la plusvalía total = 3/4; en el 2o = 5/6; la plusvalía relativa, es decir, la plusvalía en relación con la que existía antes, en el primer caso = 1/4, en el 2o igual a 1/6. El valor del capital no crece, pues, en la misma proporción en que se acrecienta la fuerza productiva, sino en la proporción en que el aumento de la fuerza productiva, el multiplicador de la fuerza productiva, divide la fracción de la jornada de trabajo que expresa la parte de esta que pertenece al trabajador. Cuánto aumente la fuerza productiva del trabajo el valor del capital depende, pues, de la proporción originaria en que la parte del trabajo objetivado en el trabajador está respecto a su trabajo vivo. Esta parte se expresa siempre como una fracción de la jornada de trabajo entera, 1/3, 2/3, etc. El aumento de la fuerza productiva, es decir, su multiplicación por un número determinado, es igual a una división del numerador o a la multiplicación del denominador de esta fracción por el mismo número. Lo grande o pequeño que sea el aumento del valor no depende, por tanto, solo del número que expresa la multiplicación de la fuerza productiva, sino en igual medida de la proporción dada de antemano que constituye la parte de la jornada de trabajo correspondiente al precio del trabajo. Si esta proporción es 1/3, la duplicación de la fuerza productiva de la jornada de trabajo es = a una reducción de esta a 1/6; si es 2/3, a una reducción a 2/6. El trabajo objetivado contenido en el precio del trabajo es siempre igual a una fracción del día entero; expresado aritméticamente, siempre una fracción; siempre una relación numérica, nunca un número simple. Si la fuerza productiva se duplica, se multiplica por 2, el trabajador solo necesita trabajar ya 1/2 del tiempo anterior para sacar el precio del trabajo; pero cuánto tiempo de trabajo necesita todavía para este fin depende de la primera proporción dada, a saber, del tiempo que necesitaba para ello antes del aumento de la fuerza productiva. El multiplicador de la fuerza productiva es el divisor de esta fracción originaria. El valor [excedente] o el plustrabajo no crece, pues, en la misma proporción numérica que la fuerza productiva. Si la proporción originaria es 1/2 y la fuerza productiva se duplica, el tiempo de trabajo necesario (para el trabajador) se reduce a 1/4 y la plusvalía crece solo en 1/4. Si la fuerza productiva se cuadruplica, la proporción originaria pasa a ser 1/8 y el valor [excedente] crece solo en 3/8. El valor [excedente] nunca puede ser igual a la jornada de trabajo entera; es decir, una parte determinada de la jornada de trabajo tiene que cambiarse siempre por el trabajo objetivado en el trabajador. La plusvalía es, en general, solo la relación del trabajo vivo con el trabajo objetivado en el trabajador; uno de los términos de la relación tiene, por tanto, que permanecer siempre. Ya por el hecho de que la relación es constante como relación, aunque sus factores cambien, está dada una relación determinada entre el aumento de la fuerza productiva y el aumento del valor. Por un lado vemos, pues, que la plusvalía relativa es exactamente igual al plustrabajo relativo: si la jornada de trabajo [necesaria] era 1/2 y la fuerza productiva se duplica, la parte que pertenece al trabajador, el trabajo necesario, se reduce a 1/4 y el valor que se añade de nuevo es también exactamente 1/4; pero el valor [excedente] total es ahora 3/4. Mientras que la plusvalía ha aumentado en 1/4, es decir, en la proporción de [1 : 4],17 la plusvalía total es = 3/4 = [3 : 4].

Supongamos ahora que 1/4 hubiera sido la jornada de trabajo necesaria originaria y que tuviera lugar una duplicación de la fuerza productiva; el trabajo necesario se reduce entonces a 1/8 y el plustrabajo [aumentado] o el valor [excedente aumentado] es exactamente = 1/8 = 1 : 8. En cambio, la plusvalía total es = [7 : 8]. En el primer ejemplo, la plusvalía total originaria era = [1 : 2] (1/2) y subió ahora a [3 : 4]; en el 2o caso, la plusvalía total originaria era 3/4 y ahora ha subido a [7 : 8] (7/8). En el primer caso ha crecido de 1/2 o 2/4 a 3/4; en el 2o, de 3/4 o 6/8 a 7/8; en el primer caso en 1/4, en el 2o en 1/8; es decir, en el 1er caso ha subido el doble que en el 2o; ||30| pero en el primer caso la plusvalía total es solo 3/4 o 6/8, mientras que en el 2o es 7/8, es decir, 1/8 más.

Supongamos que el trabajo necesario sea 1/16; la plusvalía total es entonces = 15/16, cuando en la proporción anterior era 6/8 = 12/16; la plusvalía total presupuesta es, pues, 3/16 más alta que en el caso anterior. Supongamos ahora que la fuerza productiva se duplique; el trabajo necesario es entonces = 1/32, cuando antes era = 2/32 (1/16); el tiempo excedente ha aumentado, pues, en 1/32, y por tanto también la plusvalía. Si consideramos la plusvalía total, que era 15/16 o 30/32, ahora es 31/32. Comparada con la proporción anterior (en la que el trabajo necesario era 1/4 u 8/32), la plusvalía total es ahora 31/32, cuando antes solo era 28/32; ha crecido, pues, en 3/32. Pero, considerada relativamente, en el primer caso aumentó por la duplicación de la producción en 1/8 o 4/32, mientras que ahora solo ha aumentado en 1/32, es decir, 3/32 menos.

Si el trabajo necesario estuviera ya reducido a 1/1000, la plusvalía total sería = 999/1000. Si ahora la fuerza productiva se multiplicara por mil, el trabajo necesario caería a 1/1000000 de jornada de trabajo, y la plusvalía total ascendería a 999999/1000000 de una jornada de trabajo; mientras que antes de este aumento de la fuerza productiva solo ascendía a 999/1000 o 999000/1000000; habría crecido, pues, en 999/1000000=1/1001 (más aún (1/1001 +1/999); es decir, el excedente total, con la multiplicación por mil de la fuerza productiva, no habría subido siquiera en 1/1001, es decir, no siquiera en 3/3003, mientras que en el caso anterior, por la mera duplicación de la fuerza productiva, subió en 1/32. Si el trabajo necesario cae de 1/1000 a 1/1000000, cae exactamente en 999/1000000 (pues 1/1000=1000/1000000), es decir, en la plusvalía.

Si resumimos esto, encontramos:

Primero: el aumento de la fuerza productiva del trabajo vivo aumenta el valor del capital (o disminuye el valor del trabajador) no porque aumente la cantidad de productos o valores de uso creados con el mismo trabajo —la fuerza productiva del trabajo es su fuerza natural—, sino porque disminuye el trabajo necesario y, por tanto, en la misma proporción en que lo disminuye, crea plustrabajo o, lo que es lo mismo, plusvalía; porque la plusvalía del capital, que este obtiene mediante el proceso de producción, consiste en general solo en el excedente del plustrabajo sobre el trabajo necesario. El aumento de la fuerza productiva solo puede aumentar el plustrabajo —es decir, el excedente del trabajo objetivado en el capital como producto sobre el trabajo objetivado en el valor de cambio de la jornada de trabajo— en la medida en que disminuye la relación entre el trabajo necesario y el plustrabajo, y solo en la proporción en que disminuye esta relación. La plusvalía es exactamente igual al plustrabajo; el aumento de la una se mide exactamente por la disminución del trabajo necesario.

Segundo. La plusvalía del capital no aumenta como el multiplicador de la fuerza productiva, es decir, el número por el que se multiplica la fuerza productiva (puesta como unidad, como multiplicando), sino en el excedente de la fracción de la jornada de trabajo viva que originariamente representa el trabajo necesario sobre esa misma fracción dividida por el multiplicador de la fuerza productiva. Así pues, si el trabajo necesario = 1/4 de la jornada de trabajo viva y la fuerza productiva se duplica, el valor del capital no crece el doble, sino ||31| en 1/8; lo cual es igual a 1/4 o 2/8 (la fracción originaria de la jornada de trabajo que representa el trabajo necesario) ‒ 1/4 dividido por 2, o = 2/8 - 1/8 = 1/8. (Que el valor se duplica puede expresarse también diciendo que se multiplica por 4/2 o 16/8. Así pues, si en el ejemplo anterior la fuerza productiva hubiera crecido en 16/8, la ganancia solo lo habría hecho en 1/8. Su crecimiento sería respecto al de la fuerza productiva = [1 : 16]. (¡Eso es!) Si la fracción era 1/1000 y la fuerza productiva crece mil veces, el valor del capital no crece mil veces, sino ni siquiera en 1/1001; crece en 1/1000 - 1/1000000, es decir, en 1000/1000000 - 1/1000000 = 999/1000000.)

Así pues, la suma absoluta en que el capital aumenta su valor mediante un aumento determinado de la fuerza productiva depende de la fracción dada de la jornada de trabajo, de la parte alícuota de la jornada de trabajo que representa el trabajo necesario y que, por tanto, expresa la relación originaria del trabajo necesario con la jornada de trabajo viva. El aumento de la fuerza productiva en una proporción determinada puede, por tanto, aumentar de modo distinto el valor del capital, por ejemplo, en los distintos países. Un aumento general de la fuerza productiva en la misma proporción puede aumentar de modo distinto el valor del capital en las distintas ramas de la industria, y lo hará según la distinta relación que haya en estas ramas entre el trabajo necesario y la jornada de trabajo viva. Esta relación sería, naturalmente, la misma en todas las ramas de negocio en un sistema de libre competencia si el trabajo fuera en todas partes trabajo simple y, por tanto, el trabajo necesario el mismo. (Si representara las mismas cantidades de trabajo objetivado.)

Tercero: cuanto mayor sea la plusvalía del capital antes del aumento de la fuerza productiva, cuanto mayor sea la cantidad de plustrabajo o de plusvalía presupuesta del capital o cuanto menor sea ya la fracción de la jornada de trabajo que forma el equivalente del trabajador, que expresa el trabajo necesario, tanto menor será el crecimiento de la plusvalía que el capital obtiene del aumento de la fuerza productiva. Su plusvalía sube, pero en proporción cada vez menor respecto al desarrollo de la fuerza productiva. Cuanto más desarrollado esté ya, pues, el capital, cuanto más plustrabajo haya creado, tanto más formidablemente tiene que desarrollar la fuerza productiva para valorizarse, es decir, para añadir plusvalía, aunque sea en pequeña proporción, porque su barrera sigue siendo siempre la relación entre la fracción del día que expresa el trabajo necesario y la jornada de trabajo entera. Solo dentro de estos límites puede moverse. Cuanto menor sea ya la fracción que corresponde al trabajo necesario, cuanto mayor el plustrabajo, tanto menos puede un aumento cualquiera de la fuerza productiva disminuir sensiblemente el trabajo necesario, ya que el denominador ha crecido enormemente. La autovalorización del capital se vuelve más difícil a medida que ya está valorizado. El aumento de las fuerzas productivas le resultaría indiferente al capital; y la valorización misma, porque sus proporciones se han vuelto mínimas; y habría dejado de ser capital. Si el trabajo necesario fuera 1/1000 y la fuerza productiva se triplicara, solo caería [a] 1/3000, o el plustrabajo solo habría crecido en 2/3000. Pero esto no sucede porque haya crecido el salario o la parte del trabajo en el producto, sino porque ha caído ya tan bajo, considerado en relación con el producto del trabajo o con la jornada de trabajo viva.

❲El trabajo objetivado en el trabajador se muestra aquí mismo como fracción de su propia jornada de trabajo viva; pues esa es la misma relación en la que el trabajo objetivado que recibe del capital como salario está respecto a la jornada de trabajo entera.❳

(Todas estas proposiciones solo son correctas, en esta abstracción, para la relación desde el punto de vista actual. Se añadirán otras relaciones que las modificarán considerablemente. El conjunto, en la medida en que no [se presenta] de modo completamente general, pertenece ya en general a la doctrina de la ganancia).

Valga por ahora esto en general: el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo —ante todo la posición del plustrabajo— es condición necesaria para el crecimiento del valor o la valorización del capital. Como impulso infinito al enriquecimiento, el capital tiende, por tanto, a un aumento infinito de las fuerzas productivas del trabajo y las da a luz. Pero, por otro lado, todo aumento de la fuerza productiva del trabajo —prescindiendo de que aumenta los valores de uso para el capitalista— es aumento de la fuerza productiva del capital y, desde el punto de vista actual, solo es fuerza productiva del trabajo en la medida en que es fuerza productiva del capital./

[Plusvalía absoluta y relativa]

/32/ Esto ya está claro ahora, o puede al menos indicarse de antemano: el aumento de la fuerza productiva no aumenta en sí y para sí los precios. Por ejemplo, el bushel de trigo. Si en un bushel de trigo se objetivaba medio día de trabajo, y este era el precio del obrero, el plustrabajo solo puede producir 1 bushel de trigo. 2 bushels de trigo, por tanto, el valor de un día de trabajo, y si eso en dinero = 26 sh., = 26 sh. El bushel = 13 sh. Si ahora se duplica la fuerza productiva, el bushel de trigo ya solo = 1/4 de día de trabajo; = 6 1/2 sh. El precio de esta parte fraccionaria de la mercancía ha caído por la fuerza productiva. Pero el precio total sigue igual; solo que ahora hay un excedente de 3/4 de día de trabajo. Cada cuarto = 1 bushel de trigo = 6 1/2 sh. Por tanto, el producto total = 26 sh. = 4 bushels. Tanto como antes. El valor del capital ha aumentado de 13 a 18 3/2 sh. El valor del trabajo ha disminuido de 13 a 6 1/2; la producción material ha subido de 2 bushels a 4. Ahora, 18 3/2. Si se duplicara también la fuerza productiva en la producción de oro, de modo que, si antes 13 sh. eran el producto de medio día de trabajo y medio día de trabajo el trabajo necesario, ahora de 1/4, entonces se producen 52 sh., o 52 ‒ 13, o sea 39 sh. más. 1 bushel de trigo ahora = 13 sh.; el mismo precio fraccionario que antes; pero el producto total = 52 sh.; antes solo = 26 sh. Por otro lado, los 52 sh. comprarían ahora 4 bushels, mientras que los 26 de antes solo compraban 2. Bien. Ante todo, está claro que, si el capital ya ha aumentado el plustrabajo hasta el punto de que todo el día de trabajo vivo se consume en el proceso de producción (y aquí tomamos el día de trabajo como el quantum natural de tiempo de trabajo que el obrero puede poner a disposición; él pone siempre su capacidad de trabajo a disposición solo por un tiempo determinado, es decir, por un tiempo de trabajo determinado), el aumento de la fuerza productiva no puede aumentar el tiempo de trabajo, y por tanto tampoco el tiempo de trabajo objetivado. En el producto está objetivado un día de trabajo, ya se represente el tiempo de trabajo necesario por 6 o por 3 horas, por 1/2 o por 1/4 del día de trabajo. La plusvalía del capital ha crecido; es decir, su valor en relación con el obrero —pues, si antes solo era = 2/4, ahora es = 3/4 de tiempo de trabajo objetivado—; pero su valor ha crecido no porque haya crecido el quantum absoluto, sino el quantum relativo de trabajo; es decir, no ha crecido el quantum total de trabajo; se sigue trabajando un día, como antes; así pues, no hay ningún incremento absoluto de tiempo excedente (tiempo de plustrabajo), sino que el quantum de trabajo necesario ha disminuido, y con ello ha aumentado el plustrabajo relativo. El obrero trabajaba de hecho antes todo el día, pero solo 1/2 día de tiempo excedente; trabaja como antes todo el día, pero 3/4 del día de trabajo de tiempo excedente. En esa medida, por tanto, el precio (presuponiendo que el valor del oro y la plata sigue siendo el mismo) o el valor de cambio del capital no ha aumentado por la duplicación de la fuerza productiva. Esto afecta, pues, a la tasa de ganancia, no al precio del producto ni al valor del capital, que en el producto se ha convertido de nuevo en mercancía. Pero de hecho también los valores absolutos aumentan de este modo, porque aumenta la parte de la riqueza que está puesta como capital, como valor que se valoriza a sí mismo. (Acumulación de los capitales.) Tomemos nuestro ejemplo anterior. Sea el capital = 100 táleros, y se divida en el proceso de producción en las siguientes partes: 50 tál. de algodón, 40 tál. de salario, 10 tál. de instrumento. Supón a la vez, para simplificar la cuenta, que todo el instrumento de trabajo se consume en un solo acto de producción (y esto aquí es todavía del todo indiferente), de modo que su valor reaparecería entero en la forma del producto. En este caso, supón que el trabajo, a cambio de los 40 táleros que expresan el tiempo de trabajo objetivado en su capacidad viva de trabajo, digamos un tiempo de trabajo de 4 horas, diera al capital 8 horas. Presupuestos el instrumento y la materia prima, el producto total ascendería a 100 táleros si el obrero solo trabajara 4 horas, es decir, si la materia prima y el instrumento le pertenecieran y él solo trabajara 4 horas. Aumentaría los 60 táleros en 40, que podría consumir, porque, en primer lugar, repone los 60 tál. —la materia prima y el instrumento necesarios para la producción— y les ha añadido una plusvalía de 40 táleros como reproducción de su propia capacidad viva de trabajo o del tiempo objetivado en ella. Podría empezar el trabajo una y otra vez de nuevo, porque en el proceso de producción habría reproducido tanto el ||33| valor de la materia prima como el del instrumento y el de la capacidad de trabajo, y esta última por el hecho de que aumenta constantemente el valor de las primeras en 4 horas de trabajo objetivado. Pero ahora solo recibiría los 40 tál. de salario trabajando 8 horas, es decir, dando al material de trabajo y al instrumento, que ahora se le enfrentan como capital, una plusvalía de 80 tál.; mientras que la primera plusvalía de 40 tál. que les daba era exactamente solo el valor de su trabajo. Añadiría así una plusvalía exactamente = al plustrabajo o tiempo excedente.

❲Para el punto en que estamos aquí, no es en absoluto necesario todavía suponer que con el plustrabajo o tiempo excedente tengan que aumentar también el material y el instrumento. Cómo el mero plustrabajo aumenta la materia prima, véase Babbage, por ejemplo, los trabajos en hilo de oro, etc.❳

El valor del capital habría aumentado, pues, de 100 tál. a 140.

❲Supón además que la materia prima se duplique y que el instrumento de trabajo crezca (para simplificar la cuenta) [en la misma proporción]. Los desembolsos del capital ascenderían ahora a 100 tál. de algodón, 20 tál. de instrumento, o sea, 120 táleros, y para el trabajo, como antes, 40 tál.; en total [altogether], 160 tál. Si el plustrabajo de 4 horas aumenta 100 tál. en un 40 por ciento, aumenta 160 tál. en 64 tál. Por tanto, el producto total = 224 tál. Aquí se presupone que la tasa de ganancia sigue siendo la misma con la magnitud del capital, y que el material y el instrumento de trabajo no se consideran todavía ellos mismos realizaciones de plustrabajo, capitalización de tiempo excedente; como hemos visto, cuanto mayor es el tiempo excedente ya puesto, es decir, la magnitud del capital como tal, tanto más, presupuesto que el aumento absoluto del tiempo de trabajo sea imposible, decrece el relativo por aumento de la fuerza productiva en proporción geométrica.❳

El capital, considerado ahora como simple valor de cambio, sería absolutamente mayor, 140 tál. en lugar de 100; pero de hecho solo se habría creado un valor nuevo, es decir, un valor que no es meramente necesario para reponer los 60 tál. adelantados para el material y el instrumento de trabajo y los 40 tál. para el trabajo, un valor nuevo de 40 tál. Los valores que se hallan en circulación habrían aumentado en 40 tál.; en 40 tál. más de tiempo de trabajo objetivado.

Pon ahora el mismo presupuesto. 100 tál. de capital; a saber, 50 para algodón, 40 tál. para trabajo, 10 para instrumento de producción; el tiempo de plustrabajo siga siendo el mismo que en el caso anterior, a saber, 4 horas, y el tiempo de trabajo total, 8 horas. Así, el producto en todos los casos solo = 8 horas de tiempo de trabajo = 140 tál. Supongamos ahora que la fuerza productiva del trabajo se duplica; es decir, que al obrero le bastan 2 horas para valorizar la materia prima y el instrumento tanto como es necesario para conservar su capacidad de trabajo. Si 40 tál. eran el tiempo de trabajo objetivado en plata de 4 horas, 20 tál. serán el tiempo de trabajo objetivado de 2 horas. Estos 20 tál. expresan ahora el mismo valor de uso que antes los 40 tál. El valor de cambio de la capacidad de trabajo ha disminuido a la mitad, porque la mitad del tiempo de trabajo originario crea el mismo valor de uso, y el valor de cambio del valor de uso se mide puramente por el tiempo de trabajo objetivado en él. Pero el capitalista sigue haciendo trabajar al obrero 8 horas, como antes, y su producto representa, por tanto, como antes, un tiempo de trabajo de 8 horas = 80 tál. de tiempo de trabajo, mientras que el valor de la materia prima y del instrumento ha seguido siendo el mismo, a saber, 60 tál.; en total [altogether], como antes, 140 tál. (El obrero mismo, para vivir, solo habría necesitado ya añadir a los 60 tál. de materia prima e instrumento un valor de 20 tál.; solo habría creado, por tanto, un valor de 80 tál. El valor total de su producto habría disminuido por la duplicación de la producción de 100 a 80, en 20 tál., es decir, en 1/5 de 100 = 20 %.) Pero el tiempo excedente o plusvalía del capital es ahora de 6 horas en vez de 4, o 60 tál. en vez de 40. Su incremento es de 2 horas, 20 táleros. Su cuenta se haría ahora así: para materia prima, 50; para trabajo, 20; para instrumento, 10; desembolsos = 80 tál. Ganancia = 60 tál. Vendería el producto, como antes, a 140 tál., pero obtendría una ganancia de 60 en lugar de los 40 tál. de antes. Por un lado, pues, solo arroja a la circulación el mismo valor de cambio que antes, 140 tál. Pero la plusvalía de su capital ha crecido en 20 tál. Según esto, solo [ha crecido] la parte que tiene en los 140 tál., la tasa de su ganancia. El obrero ha trabajado de hecho para él 2 horas más gratis; a saber, 6 horas en vez de 4, y para él es lo mismo que si, en la relación anterior, hubiera trabajado 10 horas en vez de 8, hubiera aumentado su tiempo de trabajo absoluto. Pero en realidad ha surgido también un valor nuevo; a saber, 20 táleros más están puestos como valor autónomo, como trabajo objetivado que ha quedado libre, desligado de servir solo para el cambio por la fuerza de trabajo anterior. Esto puede presentarse de dos maneras. O bien con los 20 tál. se pone en movimiento tanto más trabajo cuanto que se convierten en capital y crean un valor de cambio aumentado: hacen de más trabajo objetivado el punto de partida del nuevo proceso de producción; o bien el capitalista cambia los 20 táleros como dinero por mercancías distintas de las que necesita en su producción como capital ||34| industrial; todas las mercancías, salvo el trabajo y el dinero mismo, se cambian, por tanto, por 20 tál. más; por 2 horas más de tiempo de trabajo objetivado. Su valor de cambio ha subido, pues, justamente en esa suma que ha quedado libre. De hecho, 140 tál. son 140 tál., como observa contra Boisguillebert el muy «perspicaz» editor francés de los fisiócratas. Pero es falso que estos 140 tál. solo representen más valor de uso: representan una parte mayor de valor de cambio autónomo, de dinero, de capital latente; es decir, riqueza puesta como riqueza. Esto lo admiten los propios economistas cuando más tarde hacen que con la acumulación de los capitales se acumule no solo la masa de los valores de uso, sino también la de los valores de cambio; pues el elemento de la acumulación de los capitales, según el propio Ricardo, está puesto de manera igual de completa por el plustrabajo relativo —como no puede ser de otro modo— que por el absoluto. Por otra parte, ya está implícito en la exposición mejor desarrollada por el propio Ricardo que estos 20 táleros sobrantes, creados puramente por el aumento de la fuerza productiva, pueden convertirse de nuevo en capital. De los 140 tál., antes (dejando de lado por el momento el consumo del capital) solo 40 podían convertirse en capital nuevo; 100 no se convertían en capital, sino que seguían siendo capital; ahora 60, así que hay un capital mayor en un valor de cambio de 20 tál. Los valores de cambio, la riqueza como tal, han aumentado, pues, aunque su suma total, como antes, no ha crecido inmediatamente. ¿Por qué ha aumentado? Porque ha aumentado la parte de la suma total que no es mero medio de circulación, sino dinero, o que no es mero equivalente, sino valor de cambio que es para sí. O bien los 20 táleros que han quedado libres se acumularían como dinero, es decir, se añadirían en la forma abstracta del valor de cambio a los valores de cambio existentes; o bien circulan todos, y entonces suben los precios de las mercancías compradas con ellos; todas representan más oro y, como el coste de producción del oro no ha bajado (antes bien, ha subido en proporción a la mercancía producida con el capital que se ha vuelto más productivo), más trabajo objetivado (esto lleva a que el excedente que al principio aparecía del lado del capital productor único aparezca ahora del lado de los otros, que producen las mercancías que se han encarecido); o bien los 20 tál. son empleados directamente como capital por el propio capital que circulaba originariamente. Así se pone un capital nuevo de 20 tál., una suma de riqueza que se conserva y se valoriza a sí misma. El capital ha subido en el valor de cambio de 20 tál. (La circulación propiamente no nos concierne todavía, pues aquí tratamos del capital en general, y la circulación solo puede mediar entre la forma del capital como dinero y su forma como capital; el primer capital puede realizar el dinero como tal, es decir, cambiarlo por mercancías que consume además de las que consumía antes; pero en manos del productor de estas mercancías este dinero se convierte en capital. Se convierte, pues, en capital directamente en manos del primer capital o, por un rodeo, de otro capital. Pero el otro capital es siempre a su vez capital como tal; y aquí tratamos del capital como tal, digamos, del capital de toda la sociedad [say the capital of the whole society]. La diversidad, etc., de los capitales no nos concierne todavía.) Estos 20 tál. solo pueden aparecer, en general, en una doble forma. Como dinero, de modo que el capital mismo existe de nuevo en la determinación de dinero que todavía no se ha convertido en capital, su punto de partida; en la forma abstractamente autónoma del valor de cambio o de la riqueza general; o bien, a su vez, como capital, como nuevo dominio del trabajo objetivado sobre el vivo. ❲La fuerza productiva se ha duplicado, ha subido un 100 por ciento; el valor del capital ha subido un 50 por ciento en el ejemplo dado.❳ (Todo aumento de la masa del capital empleado puede aumentar la fuerza productiva en una proporción no solo aritmética, sino geométrica; mientras que justamente entonces, como multiplicador de la fuerza productiva, solo puede aumentar la ganancia en una proporción mucho menor. El efecto del aumento del capital sobre el aumento de la fuerza productiva es, pues, infinitamente mayor que el del aumento de la fuerza productiva sobre el crecimiento del capital.) Como riqueza general materializada en la forma del dinero (de la cosa en la que solo es abstracta) o de nuevo trabajo vivo. De los 140 táleros, el capitalista consume, digamos, 20 como valores de uso para sí mismo, por medio del dinero como medio de circulación. Así, con el primer presupuesto, solo podía empezar el proceso de autovalorización con un capital mayor, con un valor de cambio mayor de 120 tál. (frente a 100). Tras la duplicación de las fuerzas productivas puede hacerlo con 140 tál., sin restringir su consumo. Una parte mayor de los valores de cambio se fija como valor de cambio, en lugar de desaparecer en el valor de uso (ya se fije así directamente o mediante la producción). Crear un capital mayor significa crear un valor de cambio mayor; aunque el valor de cambio no ha aumentado en su forma inmediata, como simple valor de cambio, por el crecimiento de la productividad, sí lo ha hecho en su forma potenciada, como capital. Este capital mayor de 140 tál. representa absolutamente más trabajo objetivado que antes el capital de 120 tál. ||35| Por eso pone también en movimiento, al menos proporcionalmente, más trabajo vivo y, por tanto, reproduce también al final un valor de cambio simple mayor. El capital de 120 tál. al 40 % producía un producto o valor de cambio simple de 60 tál. al 40 %; el capital de 140 tál., un valor de cambio simple [de] 64 tál. Aquí, pues, el aumento del valor de cambio en la forma del capital está puesto también inmediatamente como aumento del valor de cambio en su forma simple. Es de la máxima importancia retener esto. No basta con decir, como Ricardo, que el valor de cambio no aumenta, i. e. la forma abstracta de la riqueza, sino solo el valor de cambio como capital. Con ello solo tiene a la vista el proceso de producción originario. Pero si aumenta el plustrabajo relativo —y por tanto el capital aumenta absolutamente—, aumenta necesariamente dentro de la circulación también el valor de cambio relativo que existe como valor de cambio, el dinero como tal, y por eso, por mediación del proceso de producción, el valor de cambio absoluto. En otras palabras: del mismo quantum de valor de cambio —o de dinero—, y en esta forma simple aparece el producto del proceso de valorización —(la plusvalía solo es el producto en relación con el capital, con el valor tal como existía antes del proceso de producción; considerada para sí misma, como existencia autónoma, es meramente valor de cambio cuantitativamente determinado)—, ha quedado libre una parte que no existe como equivalente de valores de cambio existentes, ni tampoco de tiempo de trabajo existente. Si se cambia por los existentes, no les da un equivalente, sino más que un equivalente, y por tanto deja libre por su lado una parte del valor de cambio. En reposo, este valor de cambio que ha quedado libre, con el que la sociedad se ha enriquecido, solo puede ser dinero; entonces solo ha aumentado la forma abstracta de la riqueza; en movimiento, solo puede realizarse en nuevo trabajo vivo (sea que se ponga en movimiento trabajo antes dormido, o que se creen nuevos obreros (se acelere la población), o bien que se amplíe un nuevo círculo de los valores de cambio, de los valores de cambio que se hallan en circulación, lo cual puede ocurrir por el lado de la producción, cuando el valor de cambio que ha quedado libre abre una nueva rama de producción, es decir, un nuevo objeto del cambio, el trabajo objetivado en la forma de un nuevo valor de uso; o bien que se logre lo mismo introduciendo en el círculo de la circulación trabajo objetivado en un país nuevo, mediante la ampliación del comercio). Este tiene, pues, que ser creado. La forma en que Ricardo intenta aclararse la cosa (y es muy poco claro a este respecto) en el fondo [au fond] tampoco dice otra cosa sino que introduce enseguida una proporción determinada, en lugar de decir sencillamente que de la misma suma de valores de cambio simples una parte menor se pone en la forma del valor de cambio simple (equivalente) y una parte mayor en la forma del dinero (del dinero como la forma originaria, antediluviana, de la que el capital surge siempre de nuevo; del dinero en su determinación como dinero, no como moneda, etc.); que, por tanto, aumenta la parte puesta como valor de cambio para sí, es decir, como valor, la riqueza en su forma de riqueza (mientras que él llega justamente a la falsa conclusión de que solo aumenta en la forma de la riqueza material, física, como valor de uso). El origen de la riqueza como tal, en la medida en que no procede de la renta, es decir, según él, no del aumento de la fuerza productiva, sino, al contrario, de su disminución, le resulta por ello del todo incomprensible, y se enreda en las contradicciones más disparatadas. Tomemos por una vez la cosa en su forma. Un capital de 1000 ponía en movimiento a 50 obreros, o 50 días de trabajo vivos; por la duplicación de la fuerza productiva podría poner en movimiento 100 días de trabajo. Pero estos no existen en el presupuesto y se introducen arbitrariamente, porque de otro modo —si no entran más días de trabajo reales— no comprende el aumento del valor de cambio por la mayor productividad. Por otro lado, el crecimiento de la población como elemento del aumento de los valores de cambio no está desarrollado en ninguna parte en su obra; ni siquiera está enunciado en ninguna parte con claridad y precisión. Sea el presupuesto dado un capital de 1000 y 50 obreros. La consecuencia correcta, que él también saca (véase el cuaderno): un capital de 500 con 25 obreros puede producir el mismo valor de uso que antes; los otros 500, con los otros 25 obreros, fundan un negocio nuevo y producen también un valor de cambio de 500. La ganancia sigue siendo la misma, pues no resulta del cambio de los 500 por los 500, sino de las proporciones en que ganancia y salario se reparten originariamente los 500, y el cambio es más bien un cambio de equivalentes, que, igual que en el comercio exterior, a propósito del cual Ricardo desarrolla esto expresamente, no puede aumentar el valor. Pues el cambio de equivalentes no significa precisamente más que esto: que el valor que existía en manos de A antes del cambio con B sigue existiendo en sus manos después del cambio con B. El valor total o la riqueza ha seguido siendo el mismo. Pero el valor de uso, o la materia de la riqueza, se ha duplicado. Ahora bien, no hay absolutamente ninguna razón por la que, en general, haya de crecer la riqueza como riqueza, el valor de cambio como tal, en la medida en que se considera el aumento de las fuerzas productivas. Si las fuerzas productivas se duplican de nuevo en ambas ||36| ramas, pueden ahora dividirse de nuevo el capital a en 250 con 12 1/2 días de trabajo y 250 con 12 1/2 días de trabajo, e igualmente el capital b. Existen ahora 4 capitales, con el mismo valor de cambio de 1000 l. st., que consumen juntos, como antes, 50 días de trabajo vivos ❲en el fondo es falso decir que el trabajo vivo consume el capital; el capital (el trabajo objetivado) consume el vivo en el proceso de producción❳ y producen un valor de uso 4 veces mayor [que] antes de la duplicación del valor de consumo. Ricardo es demasiado clásico para cometer necedades como sus mejoradores, que hacen surgir el mayor valor, a consecuencia del aumento de las fuerzas productivas, de que en la circulación uno venda más caro. En lugar de cambiar el capital de 500, en cuanto se ha convertido en mercancía, en valor de cambio simple, por 500, lo cambia por 550 (al 10 %); pero entonces el otro, evidentemente, solo recibe en valor de cambio 450 en lugar de 500, y la suma total sigue siendo 1000, como antes. Esto ocurre con bastante frecuencia en el comercio, pero solo explica la ganancia de un capital por la pérdida del otro capital, y no, por tanto, la ganancia del capital; y sin este presupuesto no existe ganancia ni de un lado ni del otro. El proceso de Ricardo puede, pues, proseguir sin que exista otro límite que el aumento de la fuerza productiva (y este es a su vez material, situado en principio fuera de la relación económica misma) que puede darse con un capital de mil y 50 obreros. Véase el siguiente pasaje: «El capital es la parte de la riqueza de un país que se emplea con vistas a la producción futura, y puede aumentarse del mismo modo que la riqueza [wealth]. (A saber, la riqueza es para él la abundancia de valores de uso, y, considerado desde el punto de vista del cambio simple, el mismo trabajo objetivado puede expresarse en valores de uso ilimitados y sigue siendo siempre el mismo valor de cambio mientras siga siendo el mismo quantum de trabajo objetivado, pues su equivalente no se mide por la masa de valores de uso en la que existe, sino por su propio quantum.) Un capital adicional será igualmente eficaz en la formación de la riqueza futura, ya se obtenga de mejoras de la destreza o de la maquinaria, ya de emplear más rédito productivamente; pues la riqueza (valor de uso) depende siempre de la cantidad de mercancías producidas (también algo de su variedad, al parecer), sin consideración de la facilidad con que puedan haberse producido los instrumentos empleados en la producción (es decir, el tiempo de trabajo objetivado en ellos). Una cantidad determinada de ropa y de víveres mantendrá y dará empleo al mismo número de hombres; pero tendrá el doble de valor (valor de cambio) si en su producción se han empleado 200.» Si por medio del aumento de la fuerza productiva 100 producen tantos valores de uso como antes 200, entonces: «si de los 200 se despide a la mitad, los 100 restantes producen tanto como antes los 200. La mitad del capital puede, pues, retirarse de la rama de negocio; ha quedado libre tanto capital como trabajo. Y como la mitad del capital presta exactamente el mismo servicio que antes el todo, se han formado ahora 2 capitales, etc.» (cf. 39, 40 ibid. sobre el comercio internacional, sobre el que tendremos que volver). Ricardo no habla aquí del día de trabajo —de que el capitalista, si antes cambiaba medio día de trabajo objetivado por el día de trabajo vivo entero del obrero, en el fondo solo ganaba medio día de trabajo vivo, pues la otra mitad se la da al obrero en la forma de la objetividad y la recibe de él en la forma de la vitalidad, es decir, paga al obrero una mitad del día de trabajo—, sino que habla en la forma de días de trabajo simultáneos, es decir, de obreros distintos; esto no cambia nada en la cosa, sino solo en la expresión. Cada uno de estos días de trabajo suministra tanto más tiempo excedente. Si el capitalista tenía antes como límite el día de trabajo, ahora tiene 50 días de trabajo, etc. Como se ha dicho, en esta forma, con el aumento de los capitales por la productividad, no está puesto ningún aumento de los valores de cambio, y según Ricardo, por tanto, la población podría también, supuestamente, descender de 10000000 a 10000 sin que disminuyera el valor de cambio ni la cantidad de los valores de uso (véase el final de su libro). Que en el capital hay contradicciones, somos los últimos en negarlo. Nuestro fin es más bien desarrollarlas por completo. Pero Ricardo no las desarrolla, sino que las aparta considerando el valor de cambio indiferente para la formación de la riqueza. Es decir, sostiene que en una sociedad basada en el valor de cambio, y en la riqueza que resulta de ese valor, no existen las contradicciones a las que se ve empujada esta forma de riqueza con el desarrollo de las fuerzas productivas, etc., y que en semejante sociedad no es necesario un progreso del valor para asegurar el progreso de la riqueza, ||37| y que, por consiguiente, el valor como forma de la riqueza no afecta en absoluto a esa riqueza misma ni a su desarrollo; es decir, considera el valor de cambio como meramente formal. Pero luego vuelve a ocurrírsele: 1) que al capitalista lo que le importa es el valor [value]; 2) que históricamente, con el progreso de las fuerzas productivas (y también del comercio internacional, debería haber pensado), crece la riqueza como tal, i. e. la suma de valor. ¿Cómo explicar esto ahora? Los capitales se acumulan más deprisa que la población; con ello sube el salario; con ello, la población; con ello, los precios del grano; con ello, la dificultad de la producción, y con ello los valores de cambio. A estos se llega, pues, finalmente, por un rodeo. El momento de la renta queremos dejarlo aquí todavía completamente de lado, pues no se trata de una mayor dificultad de la producción, sino, al contrario, del crecimiento de las fuerzas productivas. Con la acumulación de los capitales sube el salario si la población no crece al mismo tiempo; el obrero se casa, se da un acicate a la producción [de hijos], o sus hijos viven mejor, no mueren prematuramente, etc. En suma, la población crece. Pero su crecimiento provoca la competencia entre los obreros y obliga así al obrero a vender de nuevo al capitalista su capacidad de trabajo por su valor, o momentáneamente incluso por debajo de él. Ahora el capital acumulado, que entretanto ha crecido más despacio, dispone de nuevo, como dinero, del excedente que antes gastaba en la forma del salario, es decir, como moneda, para comprar el valor de uso del trabajo, para valorizarlo como capital en el trabajo vivo; y como ahora dispone también de una mayor cantidad de días de trabajo, su valor de cambio vuelve a crecer. (Ni siquiera esto está bien desarrollado en Ricardo, sino revuelto con la teoría de la renta; pues el crecimiento de la población le sustrae ahora en la forma de la renta el excedente que antes se le escapaba al capital en la forma del salario.) Pero incluso el crecimiento de la población no es realmente comprensible en su teoría. En ninguna parte ha desarrollado que tiene lugar una relación inmanente entre el todo del trabajo objetivado en el capital y el día de trabajo vivo (que este se represente como un día de trabajo de 50 × 12 horas o como trabajo de 12 horas de 50 obreros es lo mismo para la relación), y que esta relación inmanente es justamente la relación de la fracción del día de trabajo vivo, o del equivalente del trabajo objetivado con el que se paga al obrero, con el día de trabajo vivo; donde el todo es el día mismo, y la relación inmanente, la relación variable (el día mismo es una magnitud constante) entre la fracción de horas de trabajo necesarias y la de horas de plustrabajo. Tampoco ha desarrollado, precisamente porque no ha desarrollado esta relación (lo que hasta ahora todavía no nos concernía, pues se trataba para nosotros del capital como tal y habíamos introducido el desarrollo de las fuerzas productivas como relación externa), que el desarrollo de la fuerza productiva misma presupone tanto el aumento del capital como el de los días de trabajo simultáneos, pero que, dentro de la barrera dada del capital, que pone en movimiento un día de trabajo (aunque sea uno de 50 × 12 horas, 600 horas), este mismo es la barrera para el desarrollo de su fuerza productiva. El salario incluye no solo al obrero, sino también su reproducción; de modo que, cuando muere este ejemplar de la clase obrera, otro lo reemplaza; cuando los 50 obreros han muerto, hay 50 nuevos para sustituirlos. Los 50 obreros mismos —como capacidades vivas de trabajo— representan no solo los costes de su propia producción, sino los costes que hubo que pagar a sus padres por encima de su salario como individuos para reemplazarse en 50 nuevos individuos. Así pues, la población avanza también sin aumento del salario. ¿Por qué no avanza entonces con suficiente rapidez y tiene que recibir un estímulo especial? Solo porque al capital no le sirve meramente recibir más «riqueza» [wealth] en el sentido ricardiano, sino porque quiere disponer de más valor [value], de más trabajo objetivado. Pero, según él, en realidad solo puede disponer de este si baja el salario, es decir, si se cambian más días de trabajo vivos por trabajo objetivado para el mismo capital y, por tanto, se crea más valor. Para hacer bajar el salario, presupone un aumento de la población. Y para demostrar aquí el aumento de la población, presupone que aumenta la demanda de días de trabajo, en otras palabras, que el capital puede comprar más trabajo objetivado (objetivado en la capacidad de trabajo), que, por tanto, su valor ha crecido. Pero originariamente partía justamente del presupuesto contrario, y dio el rodeo solo porque partía de él. Si 1000 £ podían comprar 500 días de trabajo y crece la fuerza productiva, el capital puede o bien seguir empleando los 500 en la misma rama de trabajo, o bien dividirse y emplear 250 en una rama de trabajo y 250 en otra, de modo que también el capital se divide en 2 capitales de 500. Pero nunca puede disponer de más de 500 días de trabajo, pues de lo contrario, según Ricardo, no solo tendrían que haberse multiplicado los valores de uso producidos por él, sino su valor de cambio, el tiempo de trabajo objetivado del que dispone. Desde su presupuesto, por tanto, no puede darse una demanda mayor de trabajo. Pero si se ||38| da, entonces ha crecido el valor de cambio del capital. Compárese Malthus on value, que siente las contradicciones, pero que luego cae en la torpeza cuando quiere desarrollarlas él mismo. Hasta ahora siempre hemos hablado solo de los 2 elementos del capital, de las 2 partes del día de trabajo vivo, de las que una representa el salario y la otra la ganancia, una el trabajo necesario y la otra el plustrabajo. ¿Dónde quedan entonces las 2 otras partes del capital, que están realizadas en el material de trabajo y en el instrumento de trabajo? Por lo que respecta al proceso de producción simple, el trabajo supone la existencia de un instrumento que facilita el trabajo y de un material en el que se representa, al que da forma. Esta forma le da el valor de uso. En el cambio, este valor de uso se convierte en valor de cambio en la medida en que contiene trabajo objetivado. Pero, como partes integrantes del capital, ¿son valores que el trabajo tiene que reponer? Así, en el ejemplo anterior (y objeciones de este tipo se han hecho en masa contra Ricardo: que solo consideraría la ganancia y el salario como partes integrantes de los costes de producción, no la máquina y el material) parece que, si el capital es 100, dividido [en] 50 para algodón, 40 para salario, 10 para instrumento, y el salario de 40 tál. = 4 horas de trabajo objetivado, y el capital hace trabajar ahora 8 horas, el obrero, que tendría que reproducir 40 tál. de salario, 40 tál. de tiempo excedente (ganancia), 10 tál. de instrumento y 50 tál. de algodón = 140 tál., solo reproduce 80 tál. Pues 40 tál. son el producto de medio día de trabajo, y 40 la otra mitad, la del excedente. Pero 60 tál. es el valor de las otras dos partes integrantes del capital. Como el producto real del obrero es de 80 tál., solo puede reproducir 80, no 140. Más bien habría disminuido el valor de los 60, pues de los 80, 40 son reposición de su salario, y los 40 restantes de plustrabajo son [en] 20 menores que 60. En lugar de una ganancia de 40, el capitalista tendría una pérdida de 20 sobre la parte originaria de su capital que consiste en instrumento y material. ¿Cómo va a crear el obrero, además de los 80, otros 60 táleros de valor, si una mitad de su día de trabajo, como muestra su salario, solo crea 40 tál. con instrumento y material, y la otra mitad, solo lo mismo, y él solo dispone de un único día de trabajo y en un día de trabajo no puede trabajar 2? Pon los 50 tál. de material = x libras de hilo de algodón; los 10 tál. de instrumento = huso. Por lo que respecta, en primer lugar, al valor de uso, está claro que, si el algodón no tuviera ya la forma del hilo, ni la madera y el hierro la del huso, el obrero no podría producir ningún tejido, ningún valor de uso superior. Para él mismo, en el proceso de producción, los 50 tál. y los 10 tál. no son más que hilo y huso, no valores de cambio. Su trabajo les ha dado un valor de uso superior y les ha añadido un quantum de trabajo objetivado de 80 tál., a saber, 40 tál. en los que reproduce su salario y 40 de tiempo excedente. El valor de uso —el tejido— contiene un día de trabajo más, pero una mitad del cual solo repone la parte del capital por la que se ha cambiado la disposición sobre la capacidad de trabajo. El tiempo de trabajo objetivado que está contenido en el hilo y en el huso, y que forma parte del valor del producto, no lo ha creado el obrero; para él eran y siguieron siendo material, al que dio otra forma e incorporó trabajo nuevo. La única condición es que no los haya malgastado [wasted], y no lo ha hecho en la medida en que su producto tenía valor de uso, y un valor de uso superior al de antes. Contiene ahora 2 partes de trabajo objetivado: su día de trabajo y el contenido ya en su material, hilo y huso, independientemente de él y antes de su trabajo. El trabajo objetivado anteriormente era la condición de su trabajo; era lo que lo convertía en trabajo, y no le cuesta ningún trabajo. Supón que no estuvieran ya presupuestos como partes integrantes del capital, como valores, y que no le hubieran costado nada. Entonces el valor del producto, si hubiera trabajado un día entero, sería de 80, y si medio, de 40 tál. Sería precisamente = a un día de trabajo objetivado. De hecho, en la producción no le cuestan nada. Pero eso no suprime el tiempo de trabajo objetivado en ellos, que permanece y solo recibe otra forma. Si el obrero, además del tejido, hubiera tenido que crear también el hilo y el huso en el mismo día de trabajo, el proceso habría sido de hecho imposible. Así pues, que no requieran su trabajo ni como valores de uso en su forma originaria ni como valores de cambio, sino que estén ahí, es justamente lo que hace que la adición de un día de trabajo por su parte cree un producto de valor superior a un día de trabajo. Pero él crea esto en la medida en que no tiene que crear este más por encima del día de trabajo, sino que lo encuentra como material, como presupuesto. Así pues, solo puede decirse que reproduce estos valores en la medida en que sin el trabajo se pudrirían, serían inútiles; pero igualmente sería inútil el trabajo sin ellos. En la medida en que el obrero reproduce estos valores, no ocurre porque les dé un valor de cambio superior o entre en algún proceso con su valor de cambio, sino porque en general los somete al proceso simple de la producción, porque en general trabaja. ||39| Pero no le cuesta ningún tiempo de trabajo adicional junto al que necesita para elaborarlos y valorizarlos más. Es una condición en la que el capital lo ha puesto a trabajar. Solo los reproduce dándoles un valor superior, y este dar un valor superior es = a su día de trabajo. Por lo demás, los deja como están. Que su valor antiguo se conserve ocurre porque se les añade uno nuevo, no porque el antiguo mismo sea reproducido, creado. En la medida en que son producto de trabajo anterior, un producto de trabajo anterior, una suma de trabajo objetivado anteriormente, sigue siendo un elemento de su producto, y el producto contiene, además de su valor nuevo, también el antiguo. De hecho, pues, en este producto solo produce el día de trabajo que le añade, y la conservación del valor antiguo no le cuesta absolutamente nada, salvo lo que le cuesta añadir el nuevo. Para él este solo es material y lo sigue siendo, por mucho que cambie de forma; es decir, algo que está ahí independientemente de su trabajo. Que este material, que permanece, pues solo recibe otra forma, contenga ya él mismo tiempo de trabajo es cosa del capital, no suya; es igualmente independiente de su trabajo y subsiste después de él, como existía antes de él. Esta llamada reproducción no le cuesta tiempo de trabajo, sino que es la condición de su tiempo de trabajo, pues no es otra cosa que poner la materia existente como material de su trabajo, comportarse con ella como material. Repone, pues, el tiempo de trabajo antiguo mediante el acto mismo de trabajar, no mediante la adición de un tiempo de trabajo especial a este efecto. Lo repone simplemente añadiendo tiempo de trabajo nuevo, con lo cual el antiguo se conserva en el producto y se convierte en elemento de un producto nuevo. El obrero, por tanto, no repone con su día de trabajo la materia prima y el instrumento en la medida en que son valores. Esta conservación del valor antiguo la recibe, pues, el capitalista tan gratis como el plustrabajo. Pero la recibe gratis [no] porque no le cueste nada al obrero, sino que es el resultado de que el material y el instrumento de trabajo se encuentran en su mano ya por presupuesto, y de que el obrero, por tanto, no puede trabajar sin convertir en material de su trabajo el trabajo que ya existe en forma objetiva en manos del capital, y por tanto sin conservar también el trabajo objetivado en este material. El capitalista no paga, pues, nada al obrero por el hecho de que el hilo y el huso —su valor— se reencuentren según el valor en el tejido y, por tanto, se hayan conservado. Esta conservación se produce simplemente por la adición de trabajo nuevo, que añade un valor superior. De la relación originaria entre capital y trabajo se desprende, pues, que el mismo servicio que el trabajo vivo presta al objetivado por su relación como trabajo vivo no le cuesta nada al capital, como tampoco le cuesta nada al obrero, sino que solo expresa la relación de que el material y el instrumento del trabajo son frente a él capital, presupuestos independientes de él. La conservación del valor antiguo no es un acto separado de la adición del nuevo, sino que se hace por sí sola; aparece como resultado natural de esta. Pero que esta conservación no le cueste nada al capital y tampoco al obrero está ya puesto en la relación de capital y trabajo, que en sí es ya la ganancia del uno y el salario del otro. El capitalista individual puede imaginarse (y para su cuenta le presta el mismo servicio) que, si posee un capital de 100 tál. —50 tál. de algodón, 40 tál. de víveres para mantener trabajo, 10 tál. de instrumento— y cuenta entre sus costes de producción una ganancia del 10 por ciento, el trabajo tiene que reponerle 50 tál. de algodón, 40 tál. de víveres, 10 tál. de instrumento y el 10 por ciento sobre 50, sobre 40 y sobre 10; de modo que en su representación el trabajo le crea 55 tál. de materia prima, 44 tál. de víveres, 11 tál. de instrumento, en conjunto [together] = 110. Pero para economistas esta es una representación curiosa, aunque se haga valer con gran pretensión como una novedad frente a Ricardo. Si el día de trabajo del obrero = 10 horas, y en 8 horas puede crear 40 tál., es decir, crear su salario o, lo que es lo mismo, conservar y reponer su capacidad de trabajo, necesita 4/5 del día para reponer al capital el salario, y le da 1/5 de plustrabajo, o 10 tál. El capital recibe, pues, a cambio de los 40 táleros de salario, por 8 horas de trabajo objetivado, 10 de trabajo vivo, y este excedente constituye toda su ganancia. Todo el trabajo objetivado que el obrero ha creado es, pues, de 50 tál., y, sean cuales sean los costes del instrumento y de la materia prima, más no puede añadirles, porque su día no puede objetivarse en más trabajo; ahora bien, que, por haber añadido a los 60 tál. de materia prima e instrumento los 50 tál. —10 horas de trabajo (de las cuales 8 son solo reposición del salario)—, haya conservado a la vez el material y el instrumento —se conservan precisamente por volver a entrar en contacto con el trabajo vivo y ser utilizados como instrumento y material—, eso no le cuesta trabajo (tampoco tendría tiempo sobrante para ellos), ni se lo paga el capitalista. Esta fuerza natural vivificadora del trabajo —que, al utilizar el material y el instrumento, los conserva en esta o aquella forma, y por tanto conserva también el trabajo objetivado en ellos, su valor de cambio— se convierte, como toda fuerza natural o social del trabajo que no es producto de trabajo anterior, o no es producto de un trabajo anterior que tenga que repetirse (p. ej., el desarrollo histórico del obrero, etc.), en fuerza del capital, no del trabajo. Por tanto, tampoco la paga el capital. Como tampoco se le paga al obrero que pueda pensar, etc.|

|40| Hemos visto cómo originariamente el valor autonomizado frente a la circulación —es decir, la mercancía para la que la determinación del valor de cambio no es una determinación meramente formal y evanescente, para cambiarse por otro valor de uso y desaparecer finalmente como objeto del consumo—, el dinero como dinero, el dinero sustraído a la circulación y que se afirma negativamente frente a ella, es el presupuesto del que surge el capital. Por otro lado, el producto del capital, en la medida en que no es su propia mera reproducción (pero esta reproducción es solo formal, pues de las 3 partes de sus valores solo una se consume realmente y, por tanto, se reproduce, la que repone el salario; la ganancia, en cambio, no es reproducción, sino adición de valor, plusvalía), tiene a su vez por resultado el valor que ya no entra en la circulación como equivalente y que, por otro lado, todavía no se ha potenciado de nuevo en capital; es decir, valor autonomizado negativamente frente a la circulación: dinero (en su 3.ª forma, la adecuada). Así como el dinero apareció primero como presupuesto del capital, como su causa, ahora aparece como su efecto. En el primer movimiento, el dinero surgía de la circulación simple; en el segundo, surge del proceso de producción del capital. En el primero pasa al capital; en el segundo aparece como un presupuesto del capital puesto por el capital mismo, y por eso está ya en sí puesto como capital; tiene ya en sí la relación ideal con el capital. Ya no pasa simplemente al capital, sino que, como dinero, está ya puesto en él que puede transformarse en capital.

El aumento de los valores es, pues, el resultado de la autovalorización del capital, ya sea esta autovalorización el resultado de tiempo excedente absoluto o relativo, es decir, de un aumento real del tiempo de trabajo absoluto o de un aumento del plustrabajo relativo, es decir, de una disminución de la parte alícuota del día de trabajo que está destinada, como tiempo de trabajo necesario, a la conservación de la capacidad de trabajo; como trabajo necesario en general. El tiempo de trabajo vivo no reproduce nada más que la parte del tiempo de trabajo objetivado (del capital) que aparece como equivalente de la disposición sobre la capacidad viva de trabajo y que por eso, como equivalente, tiene que reponer el tiempo de trabajo objetivado en esa capacidad de trabajo, es decir, reponer los costes de producción de las capacidades vivas de trabajo; en otras palabras, mantener con vida al obrero como obrero. Lo que produce de más no es reproducción, sino creación nueva, y precisamente nueva creación de valor, porque es objetivación de nuevo tiempo de trabajo en un valor de uso. Que al mismo tiempo se conserve el tiempo de trabajo contenido en la materia prima y en el instrumento es resultado no de la cantidad del trabajo, sino de su cualidad como trabajo en general; y su cualidad general, que no es ninguna cualificación particular de él —no es trabajo específicamente determinado—, sino el hecho de que el trabajo como trabajo es trabajo, no se paga especialmente, porque el capital ha comprado esta cualidad en el cambio con el obrero. Pero el equivalente de esta cualidad (del valor de uso específico del trabajo) se mide simplemente por el quantum de tiempo de trabajo que lo ha producido. El obrero añade en primer lugar al valor de la materia prima y del instrumento, mediante la aplicación del instrumento como instrumento y la conformación de la materia prima, tanta forma nueva como es = al tiempo de trabajo contenido en su propio salario; lo que añade de más es tiempo de plustrabajo, plusvalía. Pero por la simple relación de que el instrumento se utiliza como instrumento y la materia prima se pone como materia prima del trabajo, por el simple proceso de que entran en contacto con el trabajo, de que se ponen como su medio y su objeto y así como objetivación del trabajo vivo, como momentos del trabajo mismo, se conservan, no según la forma, sino según la sustancia, y, considerado económicamente, el tiempo de trabajo objetivado es su sustancia. El tiempo de trabajo objetivado deja de existir en una forma objetiva unilateral —y, por tanto, de estar entregado como mera cosa a la disolución por el proceso químico, etc.— [por el hecho de] que se pone como modo material de existencia —medio y objeto— del trabajo vivo. A partir del tiempo de trabajo meramente objetivado, en cuya existencia cósica el trabajo solo subsiste ya como desaparecido, como forma exterior de su sustancia natural, que es exterior a esa sustancia misma (por ejemplo, la forma de la mesa a la madera, o la forma del cilindro al hierro), como algo que existe meramente en la forma externa de lo material, se desarrolla la indiferencia de la materia frente a la forma; no la conserva por ninguna ley viva e inmanente de reproducción, como, por ejemplo, el árbol conserva su forma de árbol (la madera se conserva como árbol en una forma determinada porque esta forma es una forma de la madera; mientras que la forma de mesa es accidental para la madera, no la forma inmanente de su sustancia); existe solo como forma externa a lo material, o ella misma solo existe materialmente. La disolución a la que por eso está expuesta su materia la disuelve igualmente a ella. Pero, puestos como condiciones del trabajo vivo, se reaniman ellos mismos. El trabajo objetivado deja de existir muerto en la materia como forma externa e indiferente, pues él mismo vuelve a estar puesto como momento del trabajo vivo; como relación del trabajo vivo consigo mismo en un material objetivo, como objetividad del trabajo vivo (como medio y objeto) (las condiciones objetivas del trabajo vivo). Al modificar así el trabajo vivo, mediante su realización en el material, este mismo —una modificación determinada por el fin del trabajo y por su actividad conforme a un fin (una modificación que no es, como en el objeto muerto, el poner la forma como exterior a la materia, mera apariencia evanescente de su subsistir)—, el material se conserva así en una forma determinada, y el cambio de forma de la materia queda sometido al fin del trabajo. El trabajo es el fuego vivo, configurador; la caducidad de las cosas, su temporalidad, ||41| como su conformación por el tiempo vivo. En el proceso de producción simple —prescindiendo del proceso de valorización— se utiliza la caducidad de la forma de las cosas para poner su utilidad. Al convertirse el algodón en hilo, el hilo en tejido, el tejido en tejido estampado, etc., o teñido, etc., y este, digamos, en un vestido, 1) la sustancia del algodón se ha conservado en todas estas formas. (En el proceso químico, en el metabolismo regulado por el trabajo, se han cambiado por todas partes equivalentes (naturales), etc.); 2) en todos estos procesos sucesivos la materia ha recibido una forma más útil, porque es una forma que la adapta más al consumo; hasta que por fin ha recibido la forma en que puede convertirse directamente en objeto de él, en la que, por tanto, el consumo de la materia y la supresión de su forma se convierten en disfrute humano, y su modificación es su uso mismo. La materia del algodón se conserva en todos estos procesos; en una forma del valor de uso perece para dejar sitio a otra superior, hasta que el objeto está ahí como objeto del consumo inmediato. Pero, al estar puesto el algodón como hilo [Twist], está puesto en una relación determinada con un tipo ulterior de trabajo. Si este trabajo no interviniera, no solo se habría puesto inútilmente la forma en él, es decir, el trabajo anterior no quedaría confirmado por el nuevo, sino que también la materia se habría echado a perder, pues en la forma de hilo solo tiene valor de uso en tanto se elabora de nuevo: solo es ya valor de uso en relación con el uso que de él hace el trabajo ulterior; solo es valor de uso en tanto se suprime su forma de hilo en la de tejido; mientras que el algodón, en su existencia como algodón, es susceptible de infinitas aplicaciones útiles. Así, sin el trabajo ulterior, el valor de uso del algodón y del hilo, material y forma, quedaría estropeado; habría sido aniquilado en lugar de producido. Tanto el material como la forma, la materia como la forma, se conservan por el trabajo ulterior —se conservan como valores de uso— hasta que reciben la figura del valor de uso como tal, cuyo uso es el consumo. Está, pues, en el proceso de producción simple que la etapa anterior de la producción se conserve por la posterior, y que, al ponerse el valor de uso superior, el antiguo se conserve, o solo se modifique en la medida en que se eleva como valor de uso. Es el trabajo vivo el que conserva el valor de uso del producto del trabajo inacabado, al convertirlo en material de un trabajo ulterior. Pero solo lo conserva, es decir, solo lo protege de la inutilidad y de la destrucción, elaborándolo conforme a su fin, convirtiéndolo en general en objeto de nuevo trabajo vivo. Este conservar el valor de uso antiguo no es un proceso que transcurra junto a su aumento o a su acabamiento por el trabajo nuevo, sino que se produce por este trabajo nuevo de elevación del valor de uso mismo. Al transformar el hilo en tejido, es decir, al tratarlo como materia prima del tejer (de un tipo particular de trabajo vivo) (y el hilo solo tiene valor de uso en tanto se teje), el trabajo de tejer conserva el valor de uso que el algodón tenía como tal y que había recibido específicamente en el hilo. Conserva el producto del trabajo convirtiéndolo en materia prima de trabajo nuevo; pero no es que 1) añada trabajo nuevo y 2) conserve aparte, mediante otro trabajo, el valor de uso de la materia prima. Conserva la utilidad del algodón como hilo tejiendo el hilo. ❲Todo esto pertenece ya al 1.er capítulo, de la producción en general.❳ La conserva mediante el tejido. Esta conservación del trabajo como producto, o del valor de uso del producto del trabajo, por el hecho de que se convierte en materia prima de trabajo nuevo, de que se pone de nuevo como objetividad material del trabajo vivo conforme a un fin, está dada en el proceso de producción simple. Con respecto al valor de uso, el trabajo posee la propiedad de conservar el valor de uso existente elevándolo, y lo eleva haciendo de él el objeto de un trabajo nuevo determinado por el fin último; haciéndolo pasar de nuevo de la forma del subsistir indiferente a la del material objetivo, a la del cuerpo del trabajo. (Lo mismo vale para el instrumento. Un huso solo se conserva como valor de uso utilizándose para hilar. De lo contrario, por la forma determinada que aquí se ha puesto en el hierro y la madera, tanto el trabajo que la puso como la materia en la que la puso se habrían echado a perder para el uso. Solo al ponerse como medio del trabajo vivo, como un momento objetivo de existencia de su vitalidad, se conserva el valor de uso de la madera y del hierro, exactamente igual que su forma. Desgastarse es su determinación como instrumento de trabajo, pero desgastarse en el proceso de hilado. La mayor productividad que confiere al trabajo crea más valores de uso y repone así el valor de uso consumido en el consumo del instrumento. Donde esto aparece con más claridad es en la agricultura, porque [su producto], inmediatamente como medio de subsistencia y valor de uso, aparece con más facilidad, por ser lo más originario, en su diferencia con el valor de cambio, como valor de uso. Si la azada le procura al labrador el doble de grano del que de otro modo podría obtener, necesita emplear menos tiempo en la producción de la azada misma; tiene provisiones suficientes para hacer una azada nueva.) Ahora bien, en el proceso de valorización, las partes integrantes de valor del capital —una de las cuales existe en la forma del material y la otra en la forma del instrumento— se presentan frente al obrero, es decir, frente al trabajo vivo (pues como tal solo existe el obrero en este proceso), no como valores, sino como simples momentos del proceso de producción; como valores de uso para el trabajo, como las condiciones objetivas de su eficacia, o como sus momentos objetivos. Que los conserve al utilizar el instrumento como instrumento y dar a la materia prima ||42| una forma superior de valor de uso está en la naturaleza del trabajo mismo. Pero los valores de uso del trabajo así conservados son, como partes integrantes del capital, valores de cambio, y como tales están determinados por los costes de producción contenidos en ellos, por el quantum de trabajo objetivado en ellos. (Para el valor de uso solo se trata de la cualidad del trabajo ya objetivado.) El quantum de trabajo objetivado se conserva porque su cualidad como valores de uso para un trabajo ulterior se conserva por el contacto con el trabajo vivo. El valor de uso del algodón, como su valor de uso como hilo, se conserva por el hecho de que se teje como hilo; por el hecho de que existe en el tejer como uno de los momentos objetivos (junto al torno de hilar). Con ello se conserva, por tanto, también el quantum de tiempo de trabajo que estaba contenido en el algodón y en el hilo de algodón. Lo que en el proceso de producción simple aparece como conservación de la cualidad del trabajo precedente —y con ello también del material en que está puesto—, aparece en el proceso de valorización como conservación del quantum del trabajo ya objetivado. Para el capital, esta conservación es [la conservación] del quantum del trabajo objetivado por el proceso de producción; para el trabajo vivo mismo, solo la del valor de uso ya existente, existente para el trabajo. El trabajo vivo añade un nuevo quantum de trabajo; pero no conserva el quantum de trabajo ya objetivado mediante esta adición cuantitativa, sino mediante su cualidad como trabajo vivo, o por el hecho de que se comporta como trabajo con los valores de uso en los que existe el trabajo pasado. Pero el trabajo vivo tampoco se paga por esta cualidad que posee como trabajo vivo —no se compraría en absoluto si no fuera trabajo vivo—, sino por el quantum de trabajo contenido en él mismo. Solo se paga el precio de su valor de uso, como el de todas las demás mercancías. La cualidad específica que posee de conservar, al añadir un nuevo quantum de trabajo al quantum de trabajo ya objetivado, el trabajo objetivado en su cualidad de trabajo objetivado no se le paga, y tampoco le cuesta nada al obrero, pues es la propiedad natural de su capacidad de trabajo. En el proceso de producción está superada la separación del trabajo respecto de sus momentos objetivos de existencia —instrumento y material—. En la separación descansa la existencia del capital y del trabajo asalariado. La superación de la separación, que se produce realmente en el proceso de producción —pues de lo contrario no podría trabajarse en absoluto—, no la paga el capital. (La superación tampoco se produce por el cambio con el obrero, sino por el trabajo mismo en el proceso de producción. Pero, como tal trabajo presente, está él mismo ya incorporado al capital, es un momento de este. Esta fuerza conservadora del trabajo aparece, pues, como fuerza de autoconservación del capital. El obrero solo ha añadido trabajo nuevo; el pasado —en tanto existe el capital— tiene una existencia eterna como valor, del todo independiente de su existencia material. Así se le presenta la cosa al capital y al obrero.) Si tuviera que pagar también esta, dejaría precisamente de ser capital. Esto cae puramente en el papel material que el trabajo desempeña por su naturaleza en el proceso de producción; en su valor de uso. Pero como valor de uso el trabajo pertenece al capitalista; como mero valor de cambio, al obrero. Su cualidad viva en el proceso de producción mismo —conservar el tiempo de trabajo objetivado convirtiéndolo en modo objetivo de existencia del trabajo vivo— no le concierne al obrero. Esta apropiación, por la cual en el proceso de producción mismo el trabajo vivo hace del instrumento y del material el cuerpo de su alma, y con ello los resucita de entre los muertos, está de hecho en oposición a que el trabajo [sea] carente de objeto, o solo sea realidad en el obrero en la vitalidad inmediata, y a que el material y el instrumento de trabajo existan en el capital como entes que son para sí mismos. (Volver sobre esto.) El proceso de valorización del capital se lleva a cabo por medio del proceso de producción simple y en él, por el hecho de que el trabajo vivo se pone en su relación natural con sus momentos materiales de existencia. Pero en la medida en que entra en esta relación, esta relación no existe para él mismo, sino para el capital; él mismo es ya momento del capital.

Se muestra, pues, que, por medio del proceso de cambio con el obrero, el capitalista —al pagar de hecho al obrero un equivalente por los costes de producción contenidos en su capacidad de trabajo, es decir, al darle los medios para conservar su capacidad de trabajo, pero apropiándose del trabajo vivo— recibe gratis dos cosas: en primer lugar, el plustrabajo, que aumenta el valor de su capital; pero a la vez, en segundo lugar, la cualidad del trabajo vivo que conserva el trabajo pasado materializado en las partes integrantes del capital y conserva así el valor del capital que existía antes. Pero esta conservación no se produce porque el trabajo vivo aumente el quantum del trabajo objetivado, cree valor, sino simplemente porque, al añadir un nuevo quantum de trabajo, existe como trabajo vivo, en la relación inmanente con el material y el instrumento del trabajo puesta por el proceso de producción; es decir, por su cualidad de trabajo vivo. Pero como tal cualidad es ella misma un momento del proceso de producción simple y le cuesta al capitalista tan poco como le cuestan el hilo y el huso, además de su precio, por el hecho de ser también momentos del proceso de producción.

Cuando, por ejemplo, en tiempos de estancamiento del comercio [stagnations of trade], etc., se paran las fábricas [mills], se muestra de hecho que la máquina se oxida y que el hilo es un lastre inútil y, además, se estropea en cuanto cesa su relación con el trabajo vivo. Si el capitalista solo ||43| hace trabajar para crear plusvalía —para crear valor que todavía no existe—, se muestra que, en cuanto deja de hacer trabajar, también su capital ya existente se desvaloriza; que, por tanto, el trabajo vivo no solo añade valor nuevo, sino que, por el acto mismo de añadir un valor nuevo al antiguo, lo mantiene, lo eterniza. (Así se muestra con claridad la necedad del reproche hecho a Ricardo de que concibe solo la ganancia y el salario como partes integrantes necesarias de los costes de producción, y no también la parte del capital contenida en la materia prima y en el instrumento. En la medida en que el valor existente en ellos solo se conserva, esto no constituye nuevos costes de producción. Pero, por lo que respecta a estos valores existentes mismos, todos ellos se resuelven a su vez en trabajo objetivado —trabajo necesario y plustrabajo—, salario y ganancia. El mero material natural, en la medida en que en él no hay objetivado trabajo humano alguno, en la medida, por tanto, en que es mera materia, existe independientemente del trabajo humano, no tiene valor, pues el valor solo es trabajo objetivado; tan poco valor como los elementos generales en general.) La conservación del capital existente por el trabajo que lo valoriza no le cuesta, por tanto, nada al capital y no pertenece, por tanto, a los costes de producción; aunque los valores existentes se conservan en el producto y, por tanto, en el cambio hay que dar equivalentes por ellos. Pero la conservación de estos valores en el producto no le cuesta nada al capital y, por eso, tampoco puede incluirla entre los costes de producción. Tampoco los repone el trabajo, pues no se consumen salvo en la medida en que se consumen en su modo de existencia indiferente para el trabajo y que subsiste fuera de él, es decir, en la medida en que precisamente el trabajo consume en ellos su caducidad (la suprime). Realmente solo se consume el salario.

[Plusvalía y ganancia]

Volvamos una vez más a nuestro ejemplo. 100 tál. de capital, a saber: 50 tál. de materia prima, 40 tál. de trabajo, 10 tál. de instrumento de producción. Supongamos que el obrero necesita 4 horas para crear los 40 tál., los medios necesarios para su vida, o la parte de la producción necesaria para su conservación; que su jornada de trabajo es de 8 horas. Con ello el capitalista obtiene gratis un excedente de 4 horas; su plusvalía es igual a 4 horas objetivadas, 40 tál.; por tanto, su producto = 50 + 10 (valores conservados, no reproducidos; han permanecido constantes, inalterados como valores) + 40 tál. (salario; reproducido, porque se ha consumido en la forma del salario) + 40 tál. de plusvalía. Suma: 140 tál. De estos 140 tál., 40 son ahora excedente. El capitalista tenía que vivir durante la producción y antes de empezar a producir; digamos 20 tál. Tenía que poseerlos además de su capital de 100 tál.; por tanto, tenían que existir equivalentes de ellos en la circulación. (Cómo hayan surgido no nos interesa aquí.) El capital supone la circulación como una magnitud constante. Estos equivalentes existen de nuevo. Consume, pues, 20 tál. de su ganancia. Estos entran en la circulación simple. Los 100 táleros entran también en la circulación simple, pero para volver a transformarse en condiciones de una nueva producción: 50 tál. de materia prima, 40 de medios de subsistencia para los obreros, 10 de instrumento. Queda añadida una plusvalía como tal, de nueva creación, de 20 tál. Esta es dinero, valor puesto negativamente como autónomo frente a la circulación. No puede entrar en la circulación como mero equivalente para cambiarse por objetos de simple consumo, puesto que la circulación se presupone constante. Pero la existencia autónoma, ilusoria, del dinero está superada; ya solo existe para valorizarse, es decir, para convertirse en capital. Pero para convertirse en tal tendría que cambiarse de nuevo por los momentos del proceso de producción, medios de subsistencia para los obreros, materia prima e instrumento; todos ellos se resuelven en trabajo objetivado, solo pueden ser puestos por trabajo vivo. El dinero, en cuanto ya existe ahora en sí como capital, es por tanto simplemente libranza sobre trabajo futuro (nuevo). Objetivamente solo existe como dinero. La plusvalía, el incremento del trabajo objetivado, en cuanto existe para sí, es dinero; pero el dinero es ya ahora en sí capital; como tal, libranza sobre trabajo nuevo. Aquí el capital ya no entra solamente en relación con el trabajo existente, sino con el futuro. Tampoco aparece ya resuelto en sus elementos simples en el proceso de producción, sino en el dinero como tal; pero no ya como dinero que es meramente la forma abstracta de la riqueza general, sino libranza sobre la posibilidad real de la riqueza general: la capacidad de trabajo, y precisamente la capacidad de trabajo en devenir. Como tal libranza, su existencia material como dinero es indiferente y puede sustituirse por cualquier título. Lo mismo que el acreedor del Estado, todo capitalista posee en su valor recién adquirido una libranza sobre trabajo futuro y, al apropiarse del presente, se ha apropiado ya al mismo tiempo del futuro. (Esta faceta del capital, desarrollarla más adelante. Aquí se muestra ya su propiedad de subsistir como valor separado de su sustancia. Con ello está ya puesta la base del crédito.) Su acumulación en la forma del dinero no es en modo alguno, por tanto, acumulación material de las condiciones materiales del trabajo, sino acumulación de los títulos de propiedad sobre trabajo. Posición del trabajo futuro como trabajo asalariado, como valor de uso del capital. Para el valor recién creado no existe ningún equivalente; su posibilidad está solo en trabajo ||44| nuevo.

En este ejemplo, pues, por medio del tiempo de plustrabajo absoluto —trabajar 8 horas en lugar de 4— se ha creado un valor nuevo, de 20 tál. de dinero, y dinero ya, en cuanto a su forma, como capital (ya como posibilidad puesta del capital, no como antes, que llegaba a serlo dejando de ser dinero como tal); se ha añadido a los valores antiguos, al mundo existente de la riqueza.

Si ahora se duplica la fuerza productiva, de modo que el obrero solo tenga que suministrar 2 horas de trabajo necesario en lugar de 4, y si el capitalista, en consecuencia, le sigue haciendo trabajar 8 horas como antes, la cuenta queda así: 50 tál. de material, 20 de salario, 10 de instrumento de trabajo; 60 de plusvalía. (6 horas, antes 4.) Incremento de plusvalía absoluta: 2 horas o 20 tál. Suma: 140 tál. (en el producto).

Suma, 140 tál. como antes; pero de ellos, 60 de plusvalía; de los cuales 40, como antes, por el aumento absoluto del tiempo excedente, y 20 por el relativo. Pero, como antes, solo hay 140 tál. contenidos en valor de cambio simple. ¿Se han aumentado solo los valores de uso, o se ha creado un valor nuevo? Antes el capital tenía que empezar de nuevo con 100 para aumentarse de nuevo en un 40 por ciento. ¿Qué es de los 20 de plusvalía? Antes el capital se comía 20; le quedaban 20 de valor. Ahora se come 20; le quedan 40. Por otro lado, antes el capital que entraba en la producción seguía siendo 100; ahora se ha convertido en 80. Lo que por un lado se ha ganado en valor en una determinación, se ha perdido por el otro como valor en la otra. El primer capital vuelve a entrar en el proceso de producción; produce de nuevo 20 de plusvalía (descontado su consumo). Al final de esta 2.ª operación hay un valor de nueva creación sin equivalente. 20 tál., junto con los primeros 40. Tomemos ahora el 2.º capital.

50 de material, 20 de salario (= 2 horas), 10 de instrumento de trabajo. Pero con las 2 horas produce un valor de 8, a saber, 80 tál. (de los cuales 20 para costes de producción). Quedan 60, puesto que 20 solo reproducen el salario (han desaparecido, por tanto, como salario). 60 + 60 = 120. Al final de esta 2.ª operación, 20 tál. de consumo; quedan 20 de plusvalía; junto con los primeros 60. En la 3.ª operación, en el primer [capital] 60, en el 2.º 80; en la cuarta [operación], en el primer [capital] 80, en el 2.º 100. En la misma medida en que el valor de cambio del primer capital como capital productivo ha disminuido, ha aumentado como valor.

Supongamos que ambos capitales estuvieran en condiciones de poder emplearse como capital con su excedente, es decir, de poder cambiarse por nuevo trabajo vivo por el importe del excedente. Obtenemos entonces la cuenta siguiente (dejando aparte el consumo): el primer capital produce un 40 %; el 2.º, un 60 %. El 40 % de 140 son 56; el 60 % de 140 (a saber, 80 de capital, 60 de plusvalía) son 84. El producto total, en el primer caso, 140 + 56 = 196; en el 2.º, 140 + 84 = 224. En el 2.º caso, pues, el valor de cambio absoluto es mayor en 28. El primer capital tiene 40 tál. para comprar nuevo tiempo de trabajo; se presuponía que el valor de la hora de trabajo era de 10 tál.; compra, pues, con 40 tál. 4 nuevas horas de trabajo que le producen 80 (de los cuales 40 reponen el salario) (a saber, dan 8 horas de trabajo). Al final era 140 + 80 (a saber, reproducción del capital de 100; plusvalía 40, o reproducción de 140; los primeros 100 tál. se reproducen como 140; los 2.os 40 (puesto que se gastan solo en la compra de nuevo trabajo y, por tanto, no reponen simplemente ningún valor —presupuesto imposible, por lo demás—) producen 80. 140 + 80 = 220. El segundo capital, de 140; los 80 producen 40; o los 80 tál. se reproducen como 120; pero los 60 restantes se reproducen (pues se gastan puramente en la compra de trabajo, y por tanto no reponen simplemente ningún valor, sino que se reproducen a partir de sí mismos y ponen el excedente) como 180; por tanto, 120 + 120 = 240. (40 táleros más producidos que el primer capital, exactamente el tiempo excedente de 2 horas, pues el primero es tiempo excedente de 2 horas, supuesto también en el primer capital.) Por tanto, mayor valor de cambio como resultado, porque se ha objetivado más trabajo; 2 horas más de plustrabajo.|

|45| Aquí hay que observar otra cosa: 140 tál. al 40 % rinden 56; capital e interés juntos = 140 + 56 = 196; pero hemos obtenido 220; según lo cual el interés de los 140 no sería 56, sino 84; lo que sería el 60 % de 140 (140 : 84 = 100 : x; x = 8400/140 = 60). Igualmente en el 2.º caso: 140 al 60 % = 84; capital e interés = 140 + 84 = 224; pero obtenemos 240; según lo cual el interés de los 140 no es 84, sino 100 (140 + 100 = 240); es decir, en tanto por ciento (140 : 100 = 100 : x; x = 10000/140) un 71 3/7 por ciento. ¿De dónde viene esto? (En el primer caso, 60 % en lugar de 40; en el 2.º, 71 3/7 por ciento en lugar de 60 por ciento.) En el primer caso, donde ha salido 60 en lugar de 40, un 20 % de más; en el 2.º caso, 71 3/7 en lugar de 60, un 11 3/7 por ciento de más. ¿De dónde viene, pues, en primer lugar, la diferencia entre ambos casos y, en segundo lugar, la discrepancia en cada caso?

En el primer caso, el capital originario 100 = 60 (material e instrumento de trabajo) y 40 de trabajo; 2/5 de trabajo, 3/5 (material). Los primeros 3/5 no dan ningún interés; los últimos 2/5 dan el 100 por ciento. Pero calculado sobre el capital entero, solo ha aumentado en un 40 %; 2/5 de 100 = 40. Pero el 100 por ciento sobre estos solo da un 40 por ciento sobre el 100 entero; es decir, un aumento del todo en 2/5. Si del capital de 40 que se ha añadido de nuevo también solo se hubieran aumentado 2/5 en un 100 por ciento, esto daría un aumento del todo en 16. 40 + 16 = 56. Esto, junto con los 140, = 196; lo cual es realmente el 40 % sobre 156, calculados juntos capital e intereses. 40 aumentado en un 100 %, duplicado, es 80; 2/5 de 40 aumentados en un 100 por ciento es 16. De los 80, 40 reponen el capital, 40 son ganancia.

La cuenta, pues: 100 C. + 40 de interés + 40 C. + 40 I. = 220; o capital de 140 con interés de 80; pero si hubiéramos calculado:

100 C. + 40 I. + 40 C. + 16 I. = 196; o el capital de 140 con interés de 56.

Sobre 40 C. se han calculado 24 de interés de más; pero 24 = 3/5 de 40 (3 × 8 = 24); es decir, junto al capital solo 2/5 del capital han crecido en un 100 %; el capital entero, por tanto, solo en 2/5, es decir, 16 táleros. El cálculo de intereses es 24 táleros demasiado grande sobre 40 (en un 100 % sobre 3/5 del capital); 24 sobre 24 son el 100 % sobre 3 × 8 (3/5 de 40). Pero sobre la suma entera de 140 resulta un 60 por ciento en lugar de 40; es decir, sobre 40 se han calculado 24 de más (3/5); 24 sobre 40 son el 60 %. Se ha calculado, pues, sobre el capital 40 : 60 por ciento de más (60 = 3/5 de 100). Pero calculados 24 de más sobre 140 (y esta es la diferencia de 220 a 196), solo se han calculado de más 1/5 de 100 y 1/12 de 100; 1/5 de 100 = 20 %; 1/12 de 100, 8 4/12 % u 8 1/3 %; por tanto, en total un 28 1/3 % de más. Así pues, sobre el todo no un 60 por ciento de más, como [sobre] los 40 C., sino solo 28 1/3; lo que da una diferencia del 31 2/3 %, según se calculen 24 de más sobre 40 de los 140 C. Lo mismo en el otro ejemplo.

En los primeros 80, que producen 120, se había repuesto simplemente 50 + 10; pero 20 reproducían 3 veces su propio valor, 60 (20 de reproducción, 40 de excedente).

Horas de trabajo
Si20......pone60, que [constituyen] 3 veces su valor
pone60......180.|

| IV ‒ 1 | No hay que detenerse más en esta cuenta sumamente fastidiosa. La gracia es simplemente esta: si, como en nuestro primer ejemplo, el material y el instrumento suman 3/5 (60 de los 100) y el salario 2/5 (40), y el capital ha rendido un 40 % de ganancia, al final es igual a 140 (este 40 % de ganancia equivale a que el capitalista, con 6 horas de trabajo necesarias, hiciera trabajar 12, ganando así el 100 % sobre el tiempo de trabajo necesario). Si los 40 tál. ganados vuelven a trabajar como capital bajo los mismos presupuestos —y en el punto en que estamos, los presupuestos todavía no han cambiado—, de los 40 táleros tienen que emplearse de nuevo 3/5, es decir, 24 tál., en material e instrumento, y 2/5 en trabajo; de modo que entonces solo el salario de 16 se duplica, se convierte en 32: 16 para la reproducción, 16 de plustrabajo; en total, pues, al final de la producción, 40 + 16 = 56, o el 40 %. El capital total de 140 habría producido así, en las mismas circunstancias, 196. No hay que suponer, como ocurre en la mayoría de las economías, que los 40 tál. se desembolsan puramente en salario, en la compra de trabajo vivo, y que por tanto al final de la producción rinden 80 tál.

Si se dice que un capital de 100 rinde un 10 % en una época y un 5 % en otra, nada hay más falso que concluir, como hacen Carey y consortes,18 que en el primer caso la participación del capital en la producción era de 1/10 y, por tanto, la del trabajo solo de 9/10; que en el 2.º caso la participación del capital era solo de 1/20 y, por tanto, la del trabajo de 19/20; que, por tanto, al caer la tasa de ganancia, sube la del trabajo. Desde el punto de vista del capital, que no tiene en modo alguno conciencia de la naturaleza de su proceso de valorización y solo en las crisis tiene interés en tenerla, la ganancia del 10 por ciento sobre un capital de 100 se considera, naturalmente, como si los componentes de valor de su capital —material, instrumento, salario— se hubieran aumentado indistintamente en un 10 por ciento y, por tanto, como si el capital, como suma de 100 tál. de valor, como este número de una determinada unidad de valores, se hubiera aumentado en un 10 %. Pero de hecho la cuestión es: 1) cómo se relacionaban entre sí los componentes del capital y 2) cuánto plustrabajo ha comprado con el salario, con las horas de trabajo objetivadas en el salario. Si conozco la suma total del capital, la proporción entre sus componentes de valor (en la práctica tendría que saber también qué fracción del instrumento de producción se desgasta en el proceso y, por tanto, entra realmente en él), y si conozco la ganancia, sé cuánto plustrabajo se ha creado. Si el capital consistía en 3/5 de material (del que aquí, por comodidad, se presupone que se convierte enteramente en material de la producción, que se consume enteramente de modo productivo), o sea, 60 tál., y en 40 de salario, y si la ganancia de los 100 tál. es 10, el trabajo comprado con 40 tál. de tiempo de trabajo objetivado ha creado en el proceso de producción 50 tál. de trabajo objetivado; ha trabajado, pues, un tiempo excedente o ha creado una plusvalía del 25 % = 1/4 del tiempo de trabajo necesario. Si el obrero trabaja, pues, una jornada de 12 horas, ha trabajado 3 horas de tiempo excedente, y su tiempo de trabajo necesario para mantenerse con vida un día era de 9 horas de trabajo. El valor nuevo creado en la producción es, ciertamente, solo de 10 tál., pero según la tasa real estos 10 tál. hay que calcularlos sobre los 40, no sobre los 100. Los 60 tál. de valor no han creado ningún valor nuevo; lo ha creado la jornada de trabajo. El obrero ha aumentado, pues, el capital cambiado por la capacidad de trabajo en un 25 %, no en un 10 %. El capital total ha recibido un incremento del 10 %. 10 es el 25 % sobre 40; solo es el 10 % sobre 100. La tasa de ganancia del capital no expresa, por tanto, en modo alguno la tasa en que el trabajo vivo aumenta el objetivado; pues este aumento es meramente = al excedente con que el obrero reproduce su salario, es decir, = al tiempo que trabaja de más de lo que tendría que trabajar para producir su salario. Si en el ejemplo anterior el obrero no fuera obrero del capitalista y no se comportara con los valores de uso contenidos en los 100 tál. como con un capital, sino simplemente como con condiciones objetivas de su trabajo, poseería, antes de empezar de nuevo el proceso de producción, 40 tál. de medios de subsistencia, que consumiría durante la jornada de trabajo, y 60 tál. de instrumento y material. Solo trabajaría 3/4 de día, 9 horas, y su producto al final del día no serían 110 táleros, sino 100, que volvería a cambiar en las proporciones anteriores, y empezaría el proceso una y otra vez de nuevo. Pero también trabajaría 3 horas menos; es decir, se ahorraría un 25 % de plustrabajo = un 25 % de plusvalía sobre el cambio que habría hecho entre 40 tál. de medios de subsistencia y su tiempo de trabajo; y si una vez trabajara 3 horas más, porque tuviera a mano el material y también el instrumento, no se le ocurriría decir que ha creado una ganancia nueva del 10 %, sino una del 25 %, porque podría comprar 1/4 más de medios de subsistencia, por 50 en lugar de por 40, y solo los medios de subsistencia tendrían valor para él, a quien le importa el valor de uso. En la ilusión de que la ganancia nueva no ||2| se crea por el cambio de las 9 horas de trabajo objetivadas en los 40 tál. por 12 horas vivas, de modo que se crea una plusvalía del 25 % sobre esta parte, sino de que el capital total se ha aumentado uniformemente en un 10 % —el 10 % sobre 60 es 6 y sobre 40 es 4—, descansa el cálculo de interés compuesto del célebre doctor Price,19 que llevó al Pitt «caído del cielo» [heaven born] al disparate de su fondo de amortización [sinking fund].20 Con la identidad de la plusganancia y el tiempo de plustrabajo —absoluto y relativo— se pone un límite cualitativo a la acumulación del capital: la jornada de trabajo, el tiempo en que la capacidad de trabajo del obrero puede estar activa dentro de las 24 horas; el grado de desarrollo de la fuerza productiva, y la población, que expresa el número de jornadas de trabajo simultáneas, etc. Si, en cambio, la plusganancia se concibe solo como interés —es decir, como la proporción en que el capital se aumenta por medio de algún imaginario juego de manos [sleight of hand]—, el límite es solo cuantitativo, y entonces no se ve en absoluto por qué el capital no ha de añadirse a sí mismo como capital los intereses cada nueva mañana y crear así interés de su interés en una progresión geométrica infinita. La imposibilidad del aumento de los intereses a lo Price los economistas la han visto por la práctica; el disparate que encierra no lo han descubierto nunca. De los 110 tál. que salen al final de la producción, 60 tál. (material e instrumento), en cuanto son valores, han permanecido absolutamente inalterados. El obrero no les ha quitado nada ni les ha añadido nada. Que conserve gratis al capital el trabajo objetivado por el mero hecho de que su trabajo es trabajo vivo aparece, desde el punto de vista del capitalista, ciertamente como si el obrero todavía tuviera que pagarle encima el permiso de que él, el capitalista, le deje entrar como trabajo en la relación adecuada con los momentos objetivados, con las condiciones objetivas. Por lo que toca a los otros 50 tál., 40 tál. de ellos no representan ahora mera conservación, sino reproducción real, puesto que el capital los ha enajenado de sí en la forma del salario y el obrero los ha consumido; 10 tál. representan la producción por encima de la reproducción, a saber, 1/4 de plustrabajo (de 3 horas). Producto del proceso de producción son solo estos 50 tál. Si, por tanto, como se afirma falsamente, el obrero repartiera el producto con el capitalista de modo que recibiera 9/10, no tendría que recibir 40 tál. (y los ha recibido por adelantado y a cambio los ha reproducido; de hecho, por tanto, se los ha devuelto por completo al capital y además le ha conservado gratis el valor ya existente), que son solo 8/10, sino que tendría que recibir 45, lo que solo le dejaría 5 al capital. El capitalista solo tendría al final, pues, 65 tál. como producto del proceso de producción que había empezado con 100 tál. Pero de los 40 tál. reproducidos el obrero no recibe nada, como tampoco de los 10 tál. de plusvalía. Si los 40 táleros reproducidos han de entenderse en el sentido de que están destinados a servir de nuevo como salario y, por tanto, a servir también de nuevo al capital para comprar trabajo vivo, entonces, si ha de hablarse de la proporción, solo puede decirse que el trabajo objetivado de 9 horas (40 tál.) compra uno vivo de 12 horas (50 tál.), y produce así una plusvalía del 25 % sobre el producto real del proceso de valorización (en parte reproducido como fondo para el salario, en parte nuevamente producido como plusvalía).

Hace un momento el capital originario de 100 era:

CondicionesInstru-Trabajo
de trabajo:mento:asalariado:
50—10—40. Produjo una plusganancia de 10 tál.
(25%de tiempo excedente). Juntos, 110 tál.

Supongamos ahora que hubiera sido:

60 ‒ 20 ‒ 20. Supongamos que el resultado es 110 táleros; entonces el economista corriente, y el capitalista todavía más corriente, dice que el 10 % se ha producido uniformemente a partir de todas las partes del capital. De nuevo se habrían conservado solamente 80 tál. de capital; no se habría producido ningún cambio en su valor. Solo los 20 tál. se habrían cambiado por 30; por tanto, el plustrabajo habría aumentado en un 50 %, no en un 25 % como antes.

Toma el 3.er caso:

[Condiciones[Instru-[Trabajo
de trabajo:]mento:]asalariado:]
100:70—20—10. Resultado, 100. Así, el valor inalterado, 90.

El producto nuevo, 20; por tanto, plusvalía o tiempo excedente del 100 por ciento. Tenemos aquí 3 casos en los que la ganancia del capital entero es siempre 10, pero en el primer caso el valor nuevo creado es el 25 % sobre el trabajo objetivado gastado en la compra del trabajo vivo; en el segundo caso, el 50 %; en el 3.º, el 100 %.

Que se lleve el diablo estas malditas cuentas falsas. Pero no importa. Empecemos de nuevo.

En el primer caso teníamos:

Valor invariableTrabajo asalariadoPlusvalíaSuma
604010110.

Suponemos siempre la jornada de trabajo = 12 horas. (Podríamos suponer también que la jornada de trabajo crece, por ejemplo, que antes era solo de x horas y ahora de x + b horas, y que la fuerza productiva permanece igual; o que ambos factores varían.) |

HorasTál.
| 3 |Si elobreroproduceen 1250;
en1hora4 1/6 tál.|en 12 horas
en9 3/5"40 tál.|50 tál.
en2 2/5"10 tál.|

El trabajo necesario del obrero asciende, pues, a 9 3/5 horas (40 tál.); el plustrabajo, por tanto, a 2 2/5 horas (valor de 10 tál.). 2 2/5 horas es la 5.ª parte de la jornada de trabajo. El plustrabajo del obrero asciende a 1/5 de día y es, por tanto, = al valor de 10 tál. Si consideramos ahora estas 2 2/5 horas como el tanto por ciento que el capital ha ganado sobre el tiempo de trabajo objetivado en 9 3/5 horas al cambiarlo por el trabajo vivo, entonces [2 2/5 : 9 3/5 = 12/5 : 48/5],21 es decir, [= 12 : 48 = 1 : 4]. Por tanto, 1/4 del capital = 25 % sobre él. Igualmente [10 tál. : 40 tál. = 1 : 4 = 25 %].

Resumamos ahora el resultado entero:

N.º I)CapitalValorValorPlusvalíaSumaTiempo excedentePor ciento
origi-inalte-repro-de la pro-totalysobre el
nario.radoducidoducciónplusvalía.trabajo
para salario.objetivado
cambiado
2 2/5 h
o
100 tál.60 tál.40 tál.10 tál.110 tál.10 tál.25 por ciento

(Podría decirse que el instrumento de trabajo, su valor, tiene que reproducirse, no solo reponerse, puesto que de hecho se desgasta, se consume en la producción. Esto hay que considerarlo en el capital fijo. De hecho, el valor del instrumento se traslada al del material; en cuanto es trabajo objetivado, solo cambia de forma. Si en el ejemplo anterior el valor del material era 50 y el del instrumento de trabajo 10, ahora, cuando el instrumento se ha desgastado en 5, el del material es 55 y el del instrumento 5; si desaparece por completo, el del material ha llegado a 60. Esto es un elemento del proceso de producción simple. El instrumento no se ha consumido, como el salario, fuera del proceso de producción.)

Pasemos ahora al segundo supuesto:

CapitalValorValorPlusvalíaSuma
origi-inalte-repro-de la pro-total
nario.rado.ducidoducción
para salario.
100802010 tál.110 tál.

Si el obrero produce en 12 horas 30 tál., en 1 hora produce 2 2/4 tál.; en 8 horas, 20 tál.; en 4 horas, 10 tál. 10 tál. son el 50 % sobre 20 tál.; lo mismo son 4 horas sobre 8 horas; la plusvalía = 4 horas, 1/3 de día o 10 tál. de plusvalía.

Por tanto:

N.º II)CapitalValorValorPlusvalíaSumaTiempo excedentePor ciento
origi-inalte-repro-de la pro-total.ysobre el
nario.rado.ducidoducción.plusvalía.capital
para el
salario.
4 h
100802010 tál.11010 tál.50 por ciento
8 h

Tanto en el primer caso como en el 2.º, la ganancia sobre el capital total de 100 es = 10 por ciento, pero en el primer caso la plusvalía real que el capital obtiene en el proceso de producción es del 25, y en el segundo del 50 por ciento.

Los supuestos del n.º II son en sí tan posibles como los del n.º I. Pero, referidos unos a otros, los del n.º II aparecen absurdos. El material y el instrumento se han elevado de 60 a 80 tál., la productividad del trabajo ha caído de 4 1/6 tál. por hora a 2 2/4 tál., y la plusvalía ha aumentado en un 100 %. (Pero supón que el gasto adicional en salario expresa en el primer caso más jornadas de trabajo y en el 2.º menos: entonces el supuesto es correcto.) Que el salario necesario, es decir, el valor del trabajo expresado en táleros, haya caído sería en sí indiferente. Se exprese el valor de una hora de trabajo en 2 o en 4 tál., tanto en el primer caso como en el segundo el producto de 12 horas de trabajo se cambia (en la circulación) por 12 horas de trabajo, y en ambos casos el plustrabajo aparece como plusvalía. Lo absurdo del supuesto se desprende de que 1) hemos puesto el máximo del tiempo de trabajo en 12 horas, de modo que no podemos introducir más o menos jornadas de trabajo; 2) cuanto más hacemos crecer el capital por un lado, tanto más no solo hacemos disminuir el tiempo de trabajo necesario, sino que tenemos que reducir su valor, mientras que el valor es el mismo. En el segundo caso el precio tendría más bien que subir. Que el obrero pueda vivir con menos trabajo, es decir, que produzca más en las mismas horas, tendría que mostrarse no en la ||4| disminución de los táleros por la hora de trabajo necesaria, sino en el número de horas de trabajo necesarias. Si, por ejemplo, como en el primer caso, recibe 4 1/6 tál., pero el valor de uso de este valor, que tiene que ser constante para expresar valor (no precio), se hubiera multiplicado de tal modo que ya no necesitara, como en el primer caso, 9 3/5 horas, sino solo 4, para la producción de su capacidad de trabajo viva, esto tendría que expresarse en el excedente del valor. Pero aquí, tal como hemos planteado las condiciones, tenemos variable el «valor inalterado», e inalterado el 10 por ciento, que aquí es constante como añadido al trabajo reproductivo, aunque expresa distintos tantos por ciento de este. En el primer caso tenemos el valor inalterado menor que en el 2.º caso y el producto total del trabajo mayor; puesto que, si un componente de 100 es menor, el otro tiene que ser mayor; y puesto que al mismo tiempo la fijeza del tiempo de trabajo absoluto es la misma; puesto que, además, el producto total del trabajo disminuye en la medida en que el «valor inalterado» aumenta, y aumenta en la medida en que este disminuye, obtenemos para el mismo tiempo de trabajo menos producto del trabajo (absoluto) en la misma proporción en que se emplea más capital. Esto sería enteramente correcto, puesto que, si de una suma dada como 100 se desembolsa más en «valor inalterado», puede desembolsarse menos en tiempo de trabajo y, por tanto, relativamente al capital desembolsado en general, puede crearse menos valor nuevo; pero entonces el tiempo de trabajo no tiene que estar fijado como aquí, o, si está fijado, el valor de la hora de trabajo no tiene que hacerse menor como aquí, lo cual es imposible si el «valor inalterado» se hace mayor y la plusvalía mayor; el número de horas de trabajo tendría que hacerse menor. Pero esto es lo que se presupone en nuestro ejemplo. Suponemos en el primer caso que en 12 horas de trabajo se producen 50 tál.; en el segundo, solo 30 tál. En el primero hacemos trabajar al obrero 9 3/5 horas; en el 2.º, solo 6, aunque produzca menos por hora. Es absurdo. Pero ¿no hay, sin embargo, algo correcto en estas cifras, entendidas de otro modo? ¿No disminuye el valor nuevo absoluto, aunque crezca el relativo, en cuanto entra en los componentes del capital proporcionalmente más material e instrumento con relación al trabajo? Con relación a un capital dado se emplea menos trabajo vivo; por tanto, aunque el excedente de este trabajo vivo sobre sus costes sea mayor y, por tanto, el tanto por ciento aumente precisamente con relación al salario, es decir, el tanto por ciento con relación al capital realmente consumido, ¿no se hace necesariamente el valor nuevo absoluto relativamente menor que en el capital que emplea menos material de trabajo e instrumento (este es sobre todo el punto principal en el cambio del valor inalterado, es decir, del valor que permanece inalterado como valor a través del proceso de producción) y más trabajo vivo, precisamente porque se emplea relativamente más trabajo vivo? Al aumento del instrumento de trabajo corresponde entonces el crecimiento de la fuerza productiva, puesto que su plusvalía, como en el modo de producción anterior, no guarda ninguna proporción con su valor de uso, con su fuerza productiva, y el mero aumento de la fuerza productiva crea plusvalía, aunque en modo alguno en la misma proporción numérica. El aumento de la fuerza productiva, que tiene que expresarse en el aumento del valor del instrumento —del espacio que ocupa en los desembolsos del capital—, trae necesariamente consigo un aumento del material, puesto que hay que elaborar más material para poder producir más producto. (Pero el aumento de la fuerza productiva se refiere también a la calidad; aunque solo a la cantidad para un producto dado de una calidad determinada, y a la calidad para una cantidad determinadamente dada; puede referirse a ambas.) Aunque haya ahora menos trabajo (necesario) en proporción al plustrabajo, al igual que, en general, haya necesariamente menos trabajo vivo con relación al capital, ¿no puede así aumentar su plusvalía, aunque disminuya en proporción al capital entero, es decir, aunque disminuya la llamada tasa de ganancia? Toma, por ejemplo, un capital de 100. Sea el material originariamente 30. Instrumento, 30. (Juntos, 60 de valor invariable.) Salario, 40 (4 jornadas de trabajo). Ganancia, 10. Aquí la ganancia es un 25 por ciento de valor nuevo sobre el trabajo objetivado en el salario y un 10 por ciento con relación al capital. Supongamos ahora que el material pasa a ser 40 y el instrumento 40. Que la productividad se duplique, de modo que ya solo sean necesarias 2 jornadas de trabajo = 20. Supongamos ahora que la ganancia absoluta es menor que 10, es decir, la ganancia sobre el capital total. ¿No puede la ganancia sobre el trabajo ocupado [ascender a] más del 25 por ciento, es decir, en el caso indicado, a más de la 4.ª parte de 20? De hecho, la 3.ª parte de 20 es 6 2/3; por tanto, menos de diez,||5| pero, sin embargo, un 33 1/3 por ciento sobre el trabajo empleado, mientras que en el caso anterior solo era un 25 %. Aquí solo tendríamos al final 106 2/3, mientras que antes teníamos 110, y, sin embargo, con la misma suma (100), el plustrabajo, la plusganancia, sería mayor con relación al trabajo empleado que en el primero; pero, puesto que se empleó absolutamente un 50 % menos de trabajo, mientras que la mayor ganancia sobre el trabajo empleado solo asciende a 8 1/3 más que en el primer caso, el resultado absoluto tiene que ser menor, y por tanto también la ganancia sobre el capital total. Pues 20 × 33 1/3 es menor que 40 × 25. Todo este caso es improbable y no puede valer como ejemplo general en la economía; pues aquí se presupone un aumento del instrumento de trabajo, un aumento del material elaborado, aunque no solo el número relativo de obreros, sino también el absoluto, haya disminuido. (Naturalmente, si 2 factores = un 3.º, uno tiene que disminuir cuando el otro aumenta.) Pero el aumento del instrumento de trabajo según el valor que ocupa en el capital y el aumento del material de trabajo según el valor con un trabajo relativamente disminuido presuponen en conjunto la división del trabajo y, por tanto, un aumento de los obreros al menos en términos absolutos, aunque no en proporción a la magnitud del capital empleado. Sin embargo, por ejemplo en la máquina litográfica, que cualquiera puede usar por sí mismo para tirar litografías, supón que el valor del instrumento recién inventado hubiera sido mayor que el que empleaban antes 4 obreros, antes de que se inventaran estos chismes manejables; que ya solo necesita 2 obreros (aquí, como en muchas máquinas que tienen carácter de instrumento, no se trata en absoluto de una división ulterior del trabajo, sino que más bien desaparece la división cualitativa); que los instrumentos solo hubieran tenido originariamente un valor de 30, pero el trabajo necesario (es decir, necesario para que el capitalista obtenga ganancia), de 4 jornadas de trabajo. (Hay máquinas, por ejemplo los tubos de calefacción por aire, en las que el trabajo como tal desaparece por completo, salvo en un punto; el tubo se abre en un punto; para trasladarlo a los demás no hacen falta en absoluto obreros. Este es en general el caso (véase Babbage)22 en los conductores de fuerza, donde antes la fuerza [se transportaba] en forma material de un lugar a otro por medio de otros tantos obreros, antes fogoneros; la conducción de un espacio a otro, que ahora se ha convertido en un proceso físico, aparecía como trabajo de tantos y tantos obreros.) Si emplea esta máquina de litografiar como fuente de lucro, como capital, no como valor de uso, el material aumenta necesariamente, puesto que en el mismo tiempo puede tirar más litografías, y de ahí precisamente procede su ganancia. Supongamos, pues, que este litógrafo emplea un instrumento de 40, material de 40 y 2 jornadas de trabajo (20), que le [rinden] el 33 1/3 por ciento, es decir, 6 2/3 sobre 20 de tiempo de trabajo objetivado; su capital consiste, como el del otro, en 100 y solo le rinde el 6 2/3 por ciento, pero gana 33 1/3 sobre el trabajo empleado; el otro gana 10 sobre el capital y solo el 25 % sobre el trabajo empleado. El valor obtenido sobre el trabajo empleado podrá ser menor, pero las ganancias del capital entero son mayores si los demás componentes del capital son proporcionalmente menores. Con todo, el negocio con el 6 2/3 por ciento sobre el capital total y el 33 1/3 por ciento sobre el trabajo empleado podría resultar más lucrativo que el basado originariamente en el 25 % sobre el trabajo y 10 de ganancia sobre el capital total. Supón, por ejemplo, que el trigo, etc., subiera de modo que el sustento del obrero subiera de valor en un 25 por ciento. Las 4 jornadas de trabajo le costarían ahora al primer litógrafo 50 en lugar de 40. Sus instrumentos y su material seguirían siendo los mismos: 60 tál. Tendría que desembolsar, pues, un capital de 110. Su ganancia, con un capital de 110, sería de 12 sobre los 50 tál. por 4 jornadas de trabajo (25 %). Por tanto, 12 tál. sobre 110 (es decir, el 9 1/6 % sobre el capital total de 110). El otro litógrafo: máquina, 40; material, 40; pero las 2 jornadas de trabajo, en lugar de 20, le costarán un 25 % más, es decir, 25. Tendría que desembolsar, pues, 105; su plusvalía sobre el trabajo, 33 1/3 por ciento, es decir, 1/3, o sea, 8 1/3. Ganaría, pues, 8 1/3 sobre 105; un 13 1/8 por ciento. Supón, pues, en un ciclo de 10 años, 5 cosechas malas y 5 buenas con las proporciones medias anteriores; el primer litógrafo ganaría, frente al 2.º, en los primeros 5 años 50 tál. de interés; en los 2.os, 45 5/6; en total, 95 5/6 tál.; interés medio en los 10 años, 9 7/12 tál. El otro capitalista habría ganado en los primeros 5 años 31 1/3; en los 2.os 5 años, 65 5/8; en total, 96 23/24 tál.; media de los 10 años, 9 87/120.23 Como el n.º II elabora más material al mismo precio, lo suministra más barato. Podría objetarse que, como desgasta más instrumento, lo suministra más caro; sobre todo porque la proporción en que necesita más valor de máquina es la misma en que desgasta más material; pero es prácticamente ||6| falso que las máquinas se desgasten más en la misma medida, es decir, que tengan que reponerse en el mismo plazo, en que elaboran más material. Pero todo esto no viene al caso. Supongamos constante en ambos casos la proporción entre el valor de la máquina y el del material. ‒

El ejemplo solo cobra importancia si suponemos un capital menor que emplea más trabajo y menos material y maquinaria, pero gana un tanto por ciento mayor sobre el capital entero; y un capital mayor que emplea más maquinaria, más material, proporcionalmente menos jornada de trabajo, pero absolutamente la misma, y un tanto por ciento menor sobre el todo, porque gana menos sobre el trabajo, que es más productivo, emplea división del trabajo, etc. Hay que suponer para ello que el valor de uso de la máquina (lo cual no se suponía arriba) es considerablemente mayor que su valor; es decir, que su desvalorización al servicio de la producción no está en la misma proporción que el aumento de la producción que ella produce.

Así pues, como arriba, prensa (esta vez prensa de imprimir, pero prensa de mano; la 2.ª vez, prensa de imprimir automática [selfacting]).

El capital I, de 100, emplea en material 30; en prensa de mano, 30; en trabajo, 4 jornadas de trabajo = 40 tál.; ganancia, 10 %; por tanto, un 25 % sobre el trabajo vivo (1/4 de tiempo excedente).

El capital II, de 200, emplea material, 100; prensa, 60; 4 jornadas de trabajo (40 tál.); ganancia sobre las 4 jornadas de trabajo, 13 1/3 tál.: 1 jornada de trabajo y 1/3, mientras que en el 1.er caso solo 1 jornada de trabajo; suma total: 413 1/3.24 Es decir, un 3 1/3 por ciento, mientras que en el primer caso un 10 por ciento. Sin embargo, en este 2.º caso la plusvalía sobre el trabajo empleado es 13 1/3, y en el primero solo 10; en el primero, 4 días crean en 4 días 1 día excedente; en el 2.º, 4 [días], un día y 1/3 excedente. Pero la tasa de ganancia sobre el capital total es menor que en el primero en la 3.ª parte, o un 33 1/3 por ciento; la suma total de la ganancia es mayor en 1/3. Supongamos ahora que los 30 y los 100 de material son pliegos de imprenta; que el instrumento se consume en el mismo tiempo, en 10 años, o 1/10 en un año. Entonces el n.º I tiene que reponer 1/10 de 30 en instrumento, es decir, 3; el n.º II, 1/10 de 60, es decir, 6. Por lo demás, el instrumento no entra por ninguna de las dos partes en la producción anual (las 4 jornadas de trabajo pueden valer como jornadas de 3 meses), que es la considerada arriba.

El capital I vende 30 pliegos a 30 de material + 3 de instrumento + 50 (tiempo de trabajo objetivado) = 83.

El capital II vende 100 pliegos a 100 de material + 6 de instrumento + 53 1/3 = 159 1/3.

El capital I vende 30 pliegos a 83 tál.; 1 pliego a 83/30 tál. = 2 tál. 23 Sgr.25

El capital II vende 100 pliegos a 159 tál. 10 Sgr.; 1 pliego a 159 tál. 10 Sgr./100, es decir, a 1 tál. 9 Sgr. 10 Pf.

Está claro, pues, que el capital I está jodido, porque vende infinitamente demasiado caro. Aunque en el primer caso la ganancia sobre el capital total era del 10 % y en el 2.º solo del 3 1/3 por ciento, el primer capital solo ha tomado un 25 % sobre el tiempo de trabajo, mientras que el 2.º toma un 33 1/3. En el capital I la proporción del trabajo necesario respecto del capital total empleado es mayor y, por eso, el plustrabajo, aunque absolutamente menor que en el capital II, aparece como una tasa de ganancia mayor sobre el capital total menor. 4 jornadas de trabajo respecto de 60 es más que 4 respecto de 160; en el primero, 1 jornada de trabajo por cada 15 de capital existente; en el 2.º, 1 jornada de trabajo por cada 40. Pero en el 2.º capital el trabajo es más productivo (lo cual está puesto tanto por el mayor acervo de maquinaria, y por tanto también por el mayor espacio que ocupa entre los valores del capital, como por el mayor material, en el que se expresa la jornada de trabajo ||7| que trabaja más tiempo excedente y que, por tanto, consume más material en el mismo tiempo). Crea más tiempo excedente (tiempo excedente relativo, es decir, condicionado por el desarrollo de la fuerza productiva). En el primer caso el tiempo excedente es 1/4; en el 2.º, 1/3. Crea, por tanto, en el mismo tiempo más valores de uso, así como un valor de cambio mayor; pero este último no en la misma proporción que los primeros, puesto que, como hemos visto, el valor de cambio no crece en la misma proporción numérica que la productividad del trabajo. El precio fraccionario es, por tanto, menor, y el precio total de la producción —es decir, el precio fraccionario multiplicado por la cantidad de precios fraccionarios producidos—, mayor. Si hubiéramos supuesto la suma total de las jornadas de trabajo, aunque relativamente menor que en el n.º I, absolutamente mayor, la cosa sería todavía más llamativa. La ganancia del capital mayor, que trabaja con mayor maquinaria, aparece, por tanto, menor que la del menor, que trabaja con relativa o absolutamente más trabajo vivo, precisamente porque la mayor ganancia sobre el trabajo vivo aparece menor al repartirse sobre un capital total en el que el trabajo vivo empleado está en menor proporción respecto del capital total, que la menor ganancia sobre el trabajo vivo, que está en mayor proporción respecto del capital total menor. Pero que en el n.º II la proporción sea tal que pueda elaborarse más material y que una parte mayor del valor esté invertida en instrumento de trabajo no es más que la expresión de la productividad del trabajo.

Esta es, pues, la famosa ocurrencia del desdichado Bastiat, que se había metido firmemente en la cabeza —sin que el señor Proudhon supiera qué responderle—26 que, puesto que la tasa de ganancia aparece menor sobre el capital total mayor y más productivo, la parte del obrero se ha hecho mayor, cuando justamente al revés lo que se ha hecho mayor es su plustrabajo.

Tampoco Ricardo parece haber entendido la cosa, puesto que, de otro modo, no se habría explicado la caída periódica de la ganancia simplemente por la subida de los salarios causada por la subida de los precios del trigo (y, con ella, de la renta). Pero en el fondo la plusvalía —en cuanto es, ciertamente, la base de la ganancia, pero se distingue también de lo que comúnmente se llama ganancia— no se ha desarrollado nunca. El desdichado Bastiat habría dicho en el caso indicado que, puesto que en el primer ejemplo la ganancia es del 10 % (es decir, 1/10) y en el segundo solo del 3 1/3 por ciento, es decir, 1/33 (deja de lado la fracción del tanto por ciento), el obrero recibe en el primer caso 9/10 y en el segundo 32/33. Ni es correcta la proporción en ninguno de los dos casos, ni la de los casos entre sí.

Por lo que toca a la relación ulterior del valor nuevo del capital con el capital como valor total indiferente (así se nos apareció en general el capital antes de pasar al proceso de producción, y así tiene que volver a aparecérsenos al final de este), hay que desarrollarla en parte bajo la rúbrica de la ganancia, donde el valor nuevo recibe una determinación nueva, y en parte bajo la rúbrica de la acumulación. Aquí se trata para nosotros, de momento, solo de desarrollar la naturaleza de la plusvalía como equivalente del tiempo de trabajo, absoluto o relativo, que el capital pone en obra por encima del tiempo de trabajo necesario.

Que el consumo, en el acto de producción, del componente de valor que consiste en el instrumento no puede en absoluto distinguir el instrumento de producción del material —aquí, donde solo se trata todavía de explicar la posición de la plusvalía, la autovalorización— se desprende simplemente de que este consumo pertenece al propio proceso de producción simple, de que, por tanto, ya en este —para que tenga la capacidad de empezar de nuevo a partir de sí mismo— el valor del instrumento consumido (sea del simple valor de uso mismo, sea del valor de cambio, si la producción ha avanzado ya hasta la división del trabajo y se cambia al menos el excedente) tiene que reaparecer en el valor (valor de cambio o valor de uso) del producto. El instrumento pierde su valor de uso en la misma medida en que ayuda a elevar el valor de cambio de la materia prima y sirve como medio del trabajo. Este punto hay que examinarlo, en efecto, puesto que la distinción entre el valor inalterado, como una parte del capital que se conserva, la otra que se reproduce (reproducida para el capital; desde el punto de vista de la producción real del trabajo, producida) y la que se produce de nuevo es de una importancia esencial.

Es ya hora de acabar con la cuestión relativa al valor que resulta del acrecentamiento de las fuerzas productivas. Hemos visto que se crea una plusvalía (no simplemente un valor de uso mayor), como en el incremento absoluto del plustrabajo. Si está dado un límite determinado, digamos, por ejemplo, que el obrero solo necesita media jornada para producirse los medios de subsistencia para una jornada entera —que se ha alcanzado el límite natural en que el obrero suministra plustrabajo con una cantidad de trabajo dada—, un aumento del tiempo de trabajo absoluto solo es posible empleando simultáneamente más obreros, de modo que la jornada de trabajo real se multiplique simultáneamente en lugar de solo alargarse —(el obrero individual, en este supuesto, solo puede trabajar 12 horas; si ha de ganarse un tiempo excedente de 24 horas, tienen que ponerse a ello 2 obreros)—. En este caso el capital, antes de entrar en el proceso de autovalorización, tiene que comprar en el acto de cambio con el obrero 6 horas de trabajo más, y por tanto ceder una parte mayor de sí mismo; por otro lado, por término medio, tiene que desembolsar más en material que ha de elaborarse (aparte de que el obrero adicional tiene que existir, es decir, la población trabajadora tiene que haber crecido). Así pues, la posibilidad del proceso ulterior de valorización ||8| depende aquí de una acumulación previa del capital (considerado según su existencia material). Si, en cambio, crece la fuerza productiva y, por tanto, el tiempo excedente relativo, entonces —en el punto de vista actual, el capital puede considerarse todavía como productor directo de medios de subsistencia, materia prima, etc.— es necesario un desembolso menor en salario, y el crecimiento del material lo crea el propio proceso de valorización. Pero esta cuestión se refiere más bien a la acumulación de los capitales.

Volvamos ahora al punto en que lo dejamos la última vez. La productividad creciente aumenta la plusvalía, aunque no aumente la suma absoluta de los valores de cambio. Aumenta los valores porque crea un valor nuevo como valor, es decir, un valor que no ha de cambiarse simplemente como equivalente, sino afirmarse; en una palabra, más dinero. La cuestión es: ¿aumenta finalmente también la suma de los valores de cambio? En el fondo esto se admite, puesto que también Ricardo admite que con la acumulación de los capitales crecen los ahorros y, por tanto, los valores de cambio que se producen. El crecimiento de los ahorros no significa otra cosa que crecimiento de valores autónomos, de dinero. Pero la demostración de R[icardo] contradice esta afirmación suya.

Nuestro viejo ejemplo. 100 tál. de capital; 60 tál. de valor inalterado; 40 de salario; que produzcan 80; por tanto, producto = 140.

❲Aquí se muestra de nuevo que la plusvalía sobre el todo del capital es = a la mitad del valor nuevamente producido, puesto que una mitad de este es = al trabajo necesario. La proporción que guarda esta plusvalía, que es siempre igual al tiempo excedente, es decir, = al producto total del obrero, con la parte que constituye su salario, depende 1) de la proporción entre la parte inalterada del capital y la productiva; 2) de la que guarda el tiempo de trabajo necesario con el tiempo excedente. En el caso anterior, la proporción del tiempo excedente con el necesario es del 100 %; da un 40 % sobre el capital de 100; por tanto, 3) no solo de la proporción indicada en 2), sino también de la magnitud absoluta del tiempo de trabajo necesario. Si del capital de 100 la parte inalterada fuera 80, la cambiada por el trabajo necesario sería = 20, y si esta creara un 100 % de tiempo excedente, la ganancia del capital sería del 20 %. Pero si el capital fuera = 200 con la misma proporción entre la parte constante y la variable (a saber, 3/5 a 2/5), la suma sería 280, lo que da 40 sobre 100. En este caso la cantidad absoluta de la ganancia crecería de 40 a 80, pero la proporción seguiría siendo del 40 %. Si, en cambio, en los 200 el elemento constante fuera, digamos, de nuevo 120 y la cantidad del trabajo necesario 80, pero este solo se aumentara en un 10 %, es decir, en 8, la suma total sería = 208, o sea, una ganancia del 4 %; si solo se aumentara en 5, la suma total sería 205; por tanto, un 2 1/2 por ciento.❳

Sean estos 40 de plusvalía tiempo de trabajo absoluto.

Supongamos ahora que la fuerza productiva se duplica: el obrero, por tanto, si suministra 8 horas de trabajo necesarias por 40, puede producir ahora en 4 horas una jornada entera de trabajo vivo. El tiempo excedente crecería entonces (antes, 2/3 de jornada para producir una entera; ahora, 1/3 de jornada) en 1/3. Del producto de la jornada de trabajo, 2/3 serían plusvalía, y si la hora de trabajo necesaria = 5 tál. (5 × 8 = 40), ahora solo necesitaría 5 × 4 = 20 tál. Para el capital, por tanto, una plusganancia de 20, a saber, 60 en lugar de 40. Al final, 140, de los cuales 60 = al valor constante, 20 = al salario y 60 = a la plusganancia; en total, 140. Con 80 tál. de capital el capitalista puede empezar ahora de nuevo la producción:

Que el capitalista A, en el mismo nivel de la producción antigua, emplee su capital de 140 en una nueva producción. Según la proporción originaria, necesita 3/5 para la parte invariable del capital, es decir, 3 × 140/5 = 3 × 28 = 84; quedan para el trabajo necesario 56. Antes empleaba 40 en trabajo; ahora, 56; 2/5 de 40 más. Al final, por tanto, su capital = 84 + 56 + 56 = 196.

El capitalista B, en el nivel de la producción acrecentada, emplearía igualmente los 140 tál. en una nueva producción. Si con un capital de 80 necesita 60 como valor invariable y solo 20 para trabajo, con 60 necesita 45 para valor invariable y 15 para trabajo; por tanto, la suma sería = 1) 60 + 20 + 20 = 100 y, en segundo lugar, 45 +15 + 15 = 75. Por tanto, su resultado total, 175, mientras que el del primero = 196. El aumento de la productividad del trabajo no significa otra cosa sino que el mismo capital crea el mismo valor con menos trabajo, o que el trabajo menor crea el mismo producto con un capital mayor. Menos trabajo necesario produce más plustrabajo. Que el trabajo necesario ||9| sea menor en proporción al capital es, para su proceso de valorización, evidentemente lo mismo que el que el capital sea proporcionalmente mayor respecto del trabajo necesario que pone en movimiento; pues el mismo capital pone en movimiento más plustrabajo y, por tanto, menos trabajo necesario.

❲Si se presupone, como en nuestro caso, que el capital sigue siendo el mismo, es decir, que ambos empiezan de nuevo con 140 tál., en el más productivo tiene que corresponder una parte mayor al capital (a saber, a su parte invariable) y en el menos productivo una parte mayor al trabajo. El primer capital de 140 pone, por tanto, en movimiento un trabajo necesario de 56, y este trabajo necesario supone para su proceso una parte invariable del capital de 84. El 2.º pone en movimiento un trabajo de 20 + 15, = 35, y un capital invariable de 60 + 45 = 105 (y de lo desarrollado antes se sigue también que el aumento de la fuerza productiva no aumenta el valor en la misma medida en que ella misma aumenta).❳

❲En el primer caso, como ya se mostró antes, el valor nuevo absoluto es mayor que en el 2.º, porque la masa de trabajo empleado es mayor en proporción al invariable; mientras que en el 2.º esta es menor, precisamente porque el trabajo es más productivo. Pero 1) la diferencia de que el valor nuevo en el primer caso solo fuera 40 y en el 2.º 60 excluye que el primero pueda empezar de nuevo la producción con el mismo capital que en el 2.º; pues una parte del valor nuevo, por ambos lados, tiene que entrar como equivalente en la circulación para que el capitalista viva, y precisamente del capital. Si ambos consumen 20 tál., el primero empieza el nuevo trabajo con 120 de capital, y el otro también con 120, etc. Véase arriba. Volver una vez más sobre todo esto; pero la cuestión de cómo se relaciona el valor nuevo creado por la mayor fuerza productiva con el valor nuevo creado por el trabajo absolutamente aumentado pertenece al capítulo de la acumulación y la ganancia.❳

Por eso se dice también de la maquinaria que ahorra trabajo; el mero ahorro de trabajo no es, sin embargo, como ha observado acertadamente Lauderdale,27 lo característico, puesto que con ayuda de la maquinaria el trabajo humano hace y crea cosas que sin ella no podría crear en absoluto. Esto último se refiere al valor de uso de la maquinaria. Lo característico es el ahorro del trabajo necesario y la creación del plustrabajo. La mayor productividad del trabajo se expresa en que el capital tiene que comprar menos trabajo necesario para crear el mismo valor y mayores cantidades de valores de uso, o en que un trabajo necesario menor crea el mismo valor de cambio, valoriza más material y una masa mayor de valores de uso. El crecimiento de la fuerza productiva supone, pues, si el valor total del capital sigue siendo el mismo, que la parte constante de este (la que consiste en material y máquinas) crece en proporción a la variable, es decir, a la parte de él que se cambia por el trabajo vivo, que forma el fondo del salario. Esto aparece al mismo tiempo como si una cantidad menor de trabajo pusiera en movimiento una cantidad mayor de capital. Si crece el valor total del capital que entra en el proceso de producción, el fondo de trabajo (esta parte variable del capital) tiene que disminuir relativamente, en comparación con la proporción que habría si la productividad del trabajo, es decir, la proporción del trabajo necesario con el plustrabajo, hubiera seguido siendo la misma. Supongamos en el caso anterior que el capital de 100 era un capital agrícola. 40 tál. de simiente, abono, etc., 20 tál. de instrumento de trabajo y 40 tál. de trabajo asalariado en el viejo nivel de la producción. (Supón estos 40 tál. = 4 jornadas de trabajo necesarias.) Estas crean una suma de 140 en el viejo nivel de la producción. Que la fertilidad se aumente al doble, sea por la mejora del instrumento o por un abono mejor, etc. En este caso el producto tiene que ser = 140 tál. (suponiendo que el instrumento se consuma por completo). Que la fertilidad se duplique, de modo que el precio de la jornada de trabajo necesaria caiga a la mitad; o que solo sean necesarias 4 medias jornadas de trabajo necesarias (es decir, 2 enteras) para producir 8. 2 jornadas de trabajo para producir 8 es lo mismo que el que a cada jornada de trabajo le correspondan 1/4 (3 horas) de trabajo necesario. En lugar de 40 tál., el arrendatario ya solo tiene que gastar 20 en trabajo. Al final del proceso, pues, los componentes del capital han cambiado; de los 40 originarios en simiente, etc., que ahora tienen doble valor de uso; 20 de instrumento de trabajo y 20 de trabajo (2 jornadas de trabajo enteras). Antes, la proporción de la parte constante del capital con la variable [= 60 : 40 = 3 : 2]; ahora [= 80 : 20] o [4 : 1]; o, si consideramos el capital entero, el trabajo necesario era 2/5; ahora, 1/5. Si el arrendatario quiere seguir empleando el trabajo en la proporción anterior, ¿en cuánto tendría que crecer entonces su capital? O, para evitar el supuesto malicioso de que siguió trabajando con 60 de capital constante y 40 de fondo de trabajo —después de producirse la duplicación de la fuerza productiva, con lo que se introdujeron proporciones falsas ❲aunque esto, por ejemplo, en el caso del arrendatario, es enteramente correcto si las estaciones duplican su fertilidad, o es correcto para cualquier industrial si la fuerza productiva se duplica no en su rama, sino en las que él utiliza; así, por ejemplo, si la lana en bruto costara un 50 % menos, y también el grano (y por tanto el salario) y, por último, el instrumento; entonces seguiría, como antes, desembolsando, en primer lugar, 40 tál. en lana en bruto, pero en una cantidad doble, 20 en maquinaria, 40 en trabajo❳—; con ello se supone, en efecto, que, a pesar de la fuerza productiva duplicada, el capital siguió trabajando con los mismos componentes, empleando la misma cantidad de trabajo necesario, sin gastar más en materia prima e instrumento de trabajo ❲Supón que solo el algodón se duplica en fuerza productiva y que la máquina sigue siendo la misma: entonces —esto hay que examinarlo más❳; así pues, que la fuerza productiva se duplique, de modo que, si antes tenía que gastar 40 tál. en trabajo, ahora solo necesite 20 tál.

(Si se supone que eran necesarias 4 jornadas de trabajo enteras —cada una = 10 tál.— para crearle un excedente de 4 jornadas de trabajo enteras, y que este excedente se le procura transformando los 40 tál. de algodón en hilo, ahora solo necesita 2 jornadas de trabajo enteras ||10| para crear el mismo valor, a saber, 8 jornadas de trabajo; el valor del hilo expresaba antes un tiempo excedente de 4 jornadas de trabajo; ahora, de 6. O bien cada uno de los obreros necesitaba antes 6 horas de tiempo de trabajo necesario para crear 12; ahora, 3. El tiempo de trabajo necesario ascendía a 12 × 4 = 48 [horas], o 4 días. En cada uno de estos días el tiempo excedente = 1/2 día (6 horas). Ahora [el tiempo de trabajo necesario] solo asciende a 12 × 2 = 24 [horas], o 2 días; 3 horas [por día]. Para obtener la plusvalía, cada uno de los 4 obreros tenía que trabajar 6 × 2 horas, es decir, 1 día; ahora solo necesita trabajar 3 × 2 = [6 horas], es decir, 1/2 día. Que 4 trabajen 1/2 día o que 2 trabajen un día entero es lo mismo. El capitalista podría despedir a 2 obreros. Incluso tendría que despedirlos, puesto que de una cantidad determinada de algodón solo puede hacer una cantidad determinada de hilo; por tanto, ya no puede hacer trabajar 4 días enteros, sino solo 4 medios. Pero si el obrero tiene que trabajar 12 horas para recibir 3 horas, es decir, su salario necesario, si trabaja 6 horas solo recibirá 1 1/2 horas de valor de cambio. Pero si con 3 horas de trabajo necesarias vive 12, con 1 1/2 solo puede vivir 6. Cada uno de los 4 obreros, por tanto, si se emplearan los 4, solo podría vivir medio día; es decir, los 4 no pueden mantenerse con vida como obreros del mismo capital, sino solo 2. El capitalista podría pagar a 4 con el viejo fondo por 4 medias jornadas de trabajo; entonces pagaría a 2 de más y haría a los obreros un regalo procedente de la fuerza productiva, puesto que solo puede emplear 4 medias jornadas de trabajo vivo; semejantes «posibilidades» ni se dan en la práctica, ni mucho menos puede hablarse de ellas aquí, donde se trata de la relación de capital como tal.)

20 táleros del capital de 100 ya no se emplean directamente en la producción. El capitalista emplea, como antes, 40 tál. en materia prima y 20 en instrumento, es decir, 60, pero ya solo 20 tál. en trabajo (2 jornadas de trabajo). Del capital entero de 80 emplea 3/4 (60) en la parte constante y solo 1/4 en trabajo. Si emplea, pues, los 20 restantes de la misma manera, 3/4 en capital constante y 1/4 en trabajo, es decir, 15 en lo primero y 5 en lo 2.º, entonces, puesto que se presupone una jornada de trabajo = 10 tál., 5 serían solo = 6 horas = 1/2 jornada de trabajo. Con el valor nuevo de 20 ganado por la productividad, el capital solo podría comprar 1/2 jornada de trabajo más para valorizarse en la misma proporción. Tendría que crecer 3 veces esa cantidad (a saber, 60) (junto con los 20, 80) para poder emplear por completo a los 2 obreros despedidos, o las 2 jornadas de trabajo empleadas antes. Según la nueva proporción, el capital emplea 3/4 en capital constante para emplear 1/4 de fondo de trabajo.

Con 20 de capital entero, por tanto, 3/4, es decir, 15 de constante, y 1/4 de trabajo (es decir, 5) = 1/2 jornada de trabajo.

Con 4 × 20 de capital entero, por tanto, 4 × 15 = 60 de constante, y por tanto 4 × 5 de salario = 4/2 jornadas de trabajo = 2 jornadas de trabajo.

Si, pues, la fuerza productiva del trabajo se duplica, de modo que un capital de 60 tál. en lana en bruto e instrumento ya solo necesita para su valorización 20 tál. de trabajo (2 jornadas de trabajo), donde antes necesitaba 100 [de capital total], el capital total tendría que crecer de 100 a 160, o el capital de 80 que ahora hay que contar tendría que duplicarse, para conservar todo el trabajo puesto en paro. Pero con la duplicación de la fuerza productiva solo se forma un capital nuevo de 20 tál. = 1/2 del tiempo de trabajo empleado antes; y este solo basta para emplear 1/2 jornada de trabajo más. El capital que antes de la duplicación de la fuerza productiva era 100 y empleaba 4 jornadas de trabajo (en el supuesto de que 2/5 = 40 eran fondo de trabajo) tendría ahora, cuando el fondo de trabajo ha caído a 1/5 de 100, a 20 = 2 jornadas de trabajo (pero a 1/4 de 80, el capital que entra de nuevo en el proceso de valorización), que subir a 160, en un 60 %, para poder emplear las viejas 4 jornadas de trabajo. Con los 20 tál. sustraídos al fondo de trabajo a consecuencia del aumento de la fuerza productiva, ahora solo puede emplear de nuevo 1/2 jornada de trabajo, si ha de seguir trabajando con todo el capital antiguo. Antes, con 100, empleaba 16/4 (4 días) jornadas de trabajo; ahora solo podría emplear 10/4. Si, pues, la fuerza productiva se duplica, el capital no necesita duplicarse para poner en movimiento el mismo trabajo necesario, 4 jornadas de trabajo, es decir, no necesita crecer hasta 200, sino que solo necesita crecer en el todo menos la parte sustraída al fondo de trabajo. (100 - 20 = 80) × 2 = 160. (En cambio, el 1.er capital, antes del aumento de la fuerza productiva, que con 100 gastaba 60 en constante y 40 en salario (4 jornadas de trabajo), para emplear 2 días más solo necesitaba crecer de 100 a 150; a saber, 3/5 de capital constante (30) y 2/5 de fondo de trabajo (20). Mientras que, presupuesto que en ambos casos la jornada de trabajo [total] aumenta en 2 días, el segundo ascendería al final a ||11| 160 y el primero solo a 150.) De la parte del capital sustraída al fondo de trabajo a consecuencia del crecimiento de la fuerza productiva, una parte tiene que volver a transformarse en materia prima e instrumento, y otra cambiarse por trabajo vivo; esto solo puede hacerse en las proporciones entre las distintas partes que pone la nueva productividad. Ya no puede hacerse en la proporción antigua, pues la proporción del fondo de trabajo con el fondo constante ha disminuido. Si el capital de 100 empleaba 2/5 en fondo de trabajo (40) y, a consecuencia de la duplicación de la fuerza productiva, solo 1/5 (20), ha quedado libre 1/5 del capital (20 tál.); la parte ocupada, 80, ya solo emplea 1/4 como fondo de trabajo. Igualmente, pues, los 20 ya solo 5 tál. (1/2 jornada de trabajo). El capital entero de 100 emplea, pues, ahora 2 1/2 jornadas de trabajo; o tendría que crecer hasta 160 para volver a emplear 4.

Si el capital originario hubiera sido de 1000 y se hubiera dividido de la misma manera, 3/5 de capital constante y 2/5 de fondo de trabajo, tendríamos 600 + 400 (sean 400 igual a 40 jornadas de trabajo; jornada de trabajo = 10 tál.). Si se duplica ahora la fuerza productiva del trabajo, de modo que para el mismo producto se requieren 20 jornadas de trabajo (= 200 tál.), el capital requerido para empezar de nuevo la producción sería = 800, a saber, 600 + 200; habrían quedado libres 200 tál. Si estos se emplean en la misma proporción, tendremos 3/4 de capital constante = 150 y 1/4 de fondo de trabajo = 50. Si, por tanto, se emplean por completo los 1000 táleros, tendremos ahora 750 de constante + 250 de fondo de trabajo = 1000 tál. Pero 250 de fondo de trabajo serían = 25 jornadas de trabajo (es decir, el nuevo fondo solo puede emplear el tiempo de trabajo en la nueva proporción, es decir, a razón de 1/4; para emplear todo el viejo tiempo de trabajo tendría que cuadruplicarse). El capital de 200 que ha quedado libre emplearía un fondo de trabajo de 50 = 5 jornadas de trabajo (1/4 del tiempo de trabajo que ha quedado libre). (La parte del fondo de trabajo desprendida del capital, empleada ella misma como capital, ya solo es fondo de trabajo en 1/4; es decir, justamente en la proporción en que la parte del nuevo capital que es fondo de trabajo está con la suma total del capital.) Para emplear, pues, 20 jornadas de trabajo (4 × 5 jornadas de trabajo), este fondo tendría que crecer de 50 a 4 × 50 = 200; por tanto, la parte que ha quedado libre tendría que aumentar de 200 a 600, es decir, triplicarse; de modo que el capital nuevo total ascendería a 800. Así, el capital total, 1600; de él, 1200 de parte constante y 400 de fondo de trabajo. Si, pues, el capital de 1000 contenía originariamente un fondo de trabajo de 400 (40 jornadas de trabajo) y, por la duplicación de la fuerza productiva, ya solo necesita emplear un fondo de trabajo de 200 para comprar el trabajo necesario, es decir, ya solo 1/2 del trabajo anterior, el capital tendría que crecer en 600 para emplear la totalidad del trabajo anterior (y ganar el mismo tiempo excedente). Tendría que poder emplear el doble de fondo de trabajo, a saber, 2 × 200 = 400; pero, puesto que la proporción del fondo de trabajo con el capital total es ahora = 1/4, esto requeriría un capital total de 4 × 400 = 1600.

❲El capital total que sería necesario para emplear el antiguo tiempo de trabajo es, pues, = al antiguo fondo de trabajo × el denominador de la fracción que expresa ahora la proporción del fondo de trabajo con el nuevo capital total. Si la duplicación de la fuerza productiva la ha reducido a 1/4, entonces × 4; si a 1/3, multiplicado por 3. Si la fuerza productiva se ha duplicado, el trabajo necesario, y con él el fondo de trabajo, queda reducido a 1/2 de su valor anterior; pero esto da 1/4 respecto del nuevo capital total de 800, o 1/5 respecto del antiguo capital total de 1000. O el nuevo capital total es = 2 × el capital antiguo menos la parte del fondo de trabajo que ha quedado libre; (1000 - 200) × 2 = (800) × 2 = 1600. El nuevo capital total expresa precisamente la suma total de capital constante y variable necesaria para emplear la mitad del antiguo tiempo de trabajo (1/3, 1/4, etc., 1/x, según que la fuerza productiva se haya aumentado 3 ×, 4 ×, x ×); 2 × el capital, por tanto, para emplearlo por completo (o 3 ×, 4 ×, x ×, etc., según la proporción en que haya crecido la fuerza productiva). Aquí tiene que estar dada siempre (tecnológicamente) la proporción en que estaban originariamente entre sí las partes del capital; de ella depende, por ejemplo, en qué fracciones se expresa la multiplicación de la fuerza productiva como división del trabajo necesario.❳

O, lo que es lo mismo, es ||12| = 2 × el nuevo capital, que a consecuencia de la nueva fuerza productiva sustituye al antiguo en la producción (800 × 2) (así, si la fuerza productiva se hubiera cuadruplicado, quintuplicado, etc., = 4 ×, 5 × el nuevo capital, etc. Si la fuerza productiva se ha duplicado, el trabajo necesario queda reducido a 1/2, e igualmente el fondo de trabajo. Si ascendía, pues, como en el caso anterior, del antiguo capital de 1000, a 400, es decir, 2/5 del capital total, ahora asciende a 1/5, o 200. Esta proporción en que se ha reducido es la parte del fondo de trabajo que ha quedado libre = 1/5 del capital antiguo = 200. 1/5 del antiguo = 1/4 del nuevo. El nuevo capital es = al antiguo + 3/5 de él. Estas minucias, más en detalle después, etc.).

Presupuestas las mismas proporciones originarias entre las partes del capital y el mismo aumento de la fuerza productiva, la magnitud o pequeñez del capital es completamente indiferente para las proposiciones generales. Una cuestión enteramente distinta es si, cuando el capital se agranda, las proporciones siguen siendo las mismas (pero esto pertenece a la acumulación). Pero, presupuesto esto, vemos cómo el aumento de la fuerza productiva altera las proporciones entre los componentes del capital. Para 100 como para 1000, la duplicación de la fuerza productiva actúa de la misma manera si en ambos casos había originariamente 3/5 de constante y 2/5 de fondo de trabajo. (La expresión fondo de trabajo se usa aquí solo por comodidad; todavía no hemos desarrollado el capital en esta determinidad. Hasta ahora, 2 partes: una, cambiada por mercancías (material e instrumento); la otra, por la capacidad de trabajo.) (El nuevo capital —es decir, la parte del capital antiguo que hace su función— es = al antiguo − la parte del fondo de trabajo que ha quedado libre; pero esta parte que ha quedado libre es = a la fracción que expresaba el trabajo necesario (o, lo que es lo mismo, el fondo de trabajo) dividida por el multiplicador de la fuerza productiva. Así pues, si el capital antiguo es 1000, la fracción que expresa el trabajo necesario o fondo de trabajo = 2/5, y la fuerza productiva se duplica, el nuevo capital que hace la función del antiguo es = 800: a saber, 2/5 del capital antiguo = 400; esto dividido por 2, el multiplicador de la fuerza productiva, = 2/10 = 1/5 = 200. Por tanto, el nuevo capital = 800 y la parte del fondo de trabajo que ha quedado libre = 200.)

Hemos visto que, en estas condiciones, un capital de 100 tál. tiene que crecer hasta 160, y uno de 1000 hasta 1600, para mantener el mismo tiempo de trabajo (de 4 o de 40 jornadas de trabajo), etc.; ambos tienen que crecer en un 60 %, es decir, en 3/5 de sí mismos (del capital antiguo), para poder emplear de nuevo como tal el 1/5 liberado (en el primer caso, 20 tál.; en el 2.º, 200), el fondo de trabajo liberado.

´❲Nb. Hace un momento vimos cómo el mismo tanto por ciento sobre el capital total puede expresar proporciones muy distintas en que el capital crea su plusvalía, es decir, pone plustrabajo, relativo o absoluto. Si la proporción entre la parte de valor inalterada del capital y la variable (cambiada por trabajo) fuera tal que esta última = 1/2 del capital total (es decir, capital 100 = 50 (constante) + 50 (alterado)), la parte cambiada por el trabajo solo necesitaría aumentarse en un 50 % para dar un 25 % sobre el capital; a saber, 50 + 50 (+ 25) = 125; mientras que en el ejemplo anterior 75 + 25 (+ 25) = 125; es decir, la parte cambiada por el trabajo vivo se aumentaba en un 100 % para dar 25 sobre el capital. Aquí vemos cómo, si las proporciones siguen siendo las mismas, el tanto por ciento sobre el capital total sigue siendo el mismo, por grande o pequeño que este sea; es decir, si la proporción del fondo de trabajo con el capital total sigue siendo la misma; así pues, arriba, 1/4. A saber: 100 da 125, 80 da 100, 1000 da 1250, 800 da 1000, 1600 da 2000, etc., siempre = 25 %. Si capitales cuyos componentes están en proporciones distintas, y por tanto también la fuerza productiva, dan el mismo tanto por ciento sobre el capital entero, la plusvalía real tiene que ser muy distinta en las distintas ramas.❳

❲Así es correcto el ejemplo: la fuerza productiva comparada, en las mismas proporciones, con el mismo capital antes de la subida de la fuerza productiva. Que un capital de 100 emplee 50 de valor constante y 50 = fondo de trabajo. Que el fondo se aumente en un 50 %, es decir, en 1/2; entonces el producto total = 125. Que el fondo de trabajo de 50 tál. emplee 10 jornadas de trabajo y pague 5 tál. por jornada. Puesto que el valor nuevo es 1/2, el tiempo excedente tiene que ser = 5 jornadas de trabajo; es decir, el obrero, que solo necesitaba trabajar 10 jornadas para vivir 15, tiene que trabajar para el capitalista 15 para vivir 15; y su plustrabajo de 5 días constituye la plusvalía del capital. Expresado en horas, si la jornada de trabajo = 12 horas, el plustrabajo = 6 por jornada. Trabaja así de más, en 10 días o 120 horas, 60 = 5 días. Pero ahora, con la duplicación de la ||13| productividad, la proporción de los 100 tál. sería 75 y 25; es decir, el mismo capital ya solo necesitaría emplear 5 obreros para crear el mismo valor de 125; así, pues, las 5 jornadas de trabajo = 10; se han duplicado; es decir, se pagan 5 jornadas de trabajo y se producen 10. El obrero solo necesitaría trabajar 5 días para vivir 10 (antes del aumento de la fuerza productiva tenía que trabajar 10 para vivir 15; si trabajaba 5, solo podía vivir, por tanto, 7 1/2); pero tiene que trabajar para el capitalista 10 para vivir 10; este obtiene, pues, una ganancia de 5 días; 1 día por día; o, expresado por día, antes tenía que trabajar 1/2 para vivir 1 (es decir, 6 horas para vivir 12); ahora solo necesitaría trabajar 1/4 para vivir 1 (es decir, 3 horas). Si trabajara un día entero, podría vivir 2; si trabajara 12 horas, 24; si trabajara 6, 12 horas. Pero ahora tiene que trabajar 12 horas para vivir 12. Solo necesitaría trabajar 1/2 para vivir 1; pero tiene que trabajar 2 × 1/2 = 1 para vivir 1. En el antiguo estado de la fuerza productiva tenía que trabajar 10 días para vivir 15, o 12 horas para vivir 18; o 1 hora para vivir 1 1/2, u 8 horas para vivir 12, es decir, 2/3 de día para vivir 3/3. Pero tiene que trabajar 3/3 para vivir 3/3, es decir, 1/3 de más. La duplicación de la fuerza productiva eleva la proporción del tiempo excedente de [1 : 1 1/2] (es decir, el 50 %) a [1 : 2] (es decir, el 100 %). Con relación al tiempo de trabajo anterior: necesitaba 8 para vivir 12, es decir, 2/3 de tiempo necesario de la jornada de trabajo entera; ahora ya solo necesita 1/2, es decir, 6, para vivir 12. Por eso el capital emplea ahora 5 obreros en lugar de 10. Si antes los 10 (costaban 50) producían 75, ahora los [5, que] cuestan 25 producen 50; es decir, los primeros solo el 50 %; los 2.os, el 100. Los obreros trabajan como antes 12 horas; pero en el primer caso el capital compraba 10 jornadas de trabajo, y ahora ya solo 5; como la fuerza productiva se ha duplicado, los 5 producen 5 jornadas de plustrabajo; como en el primer caso 10 jornadas de trabajo solo daban 5 jornadas de plustrabajo, ahora, cuando la fuerza productiva se ha duplicado, es decir, ha subido del 50 % al 100 %, 5 [jornadas de trabajo dan] 5; en el primer caso, 120 horas de trabajo (= 10 jornadas de trabajo) producen 180; en el 2.º, 60 [horas de trabajo], 60; es decir, en el primer caso el tiempo excedente asciende a 1/3 sobre la jornada entera (sobre el tiempo de trabajo necesario, al 50 %) (es decir, a 4 sobre 12 horas; el tiempo necesario, 8); en el 2.º caso el tiempo excedente asciende a 1/2 sobre la jornada entera (sobre el tiempo de trabajo necesario, al 100 %) (es decir, a 6 sobre 12 horas; el tiempo necesario, 6); por eso los 10 días en el primer caso daban 5 días de tiempo excedente (plustrabajo), y en el 2.º los 5 dan 5. (El tiempo excedente relativo se ha duplicado, pues; con relación a la primera proporción, solo ha crecido en 1/2 frente a 1/3; es decir, en 1/6, es decir, en un 16 4/6 por ciento.)❳

const.variable
10060+40(proporción originaria
10075+25(+25) = 125 (25 por ciento)
160120+40(+40) = 200 (25 por ciento)

Puesto que el plustrabajo, o tiempo excedente, es el presupuesto del capital, este descansa, pues, en el presupuesto fundamental de que existe un excedente sobre el tiempo de trabajo necesario para la conservación y reproducción del individuo; de que, por ejemplo, el individuo solo necesita trabajar 6 horas para vivir un día, o 1 día para vivir 2, etc. Con el desarrollo de las fuerzas productivas disminuye el tiempo de trabajo necesario y, con ello, aumenta el tiempo excedente. O también, de que un individuo puede trabajar para dos, etc. («La riqueza es tiempo disponible, y nada más. Si todo el trabajo de un país solo bastara para obtener el sustento de toda la población, no habría plustrabajo [surplus labour] y, por consiguiente, nada que pudiera dejarse acumular como capital… Una nación es verdaderamente rica cuando no existe interés o cuando se trabaja 6 horas en lugar de 12… Sea lo que fuere lo que se le deba al capitalista, solo puede recibir el plustrabajo del trabajador, pues el trabajador tiene que vivir». (The source and remedy of the national difficulties.) (p. 27, 28.))28

Propiedad. Su origen, en la productividad del trabajo. «Si cada uno, cada obrero, solo puede producir para uno, no puede haber propiedad. Cuando el trabajo de un hombre puede mantener a cinco, habrá 4 ociosos por cada uno empleado en la producción. La propiedad nace de las mejoras en el modo de producción… El crecimiento de la propiedad, esta mayor capacidad de mantener a hombres ociosos y a una industria improductiva = capital… La maquinaria misma rara vez puede aplicarse con éxito a abreviar los trabajos de un individuo: se perdería más tiempo en construirla del que podría ahorrarse con su aplicación. Solo es realmente útil cuando actúa sobre grandes masas, cuando una sola máquina puede ayudar a los trabajos de miles. Por eso es en los países más populosos, donde hay más hombres ociosos, donde siempre es más abundante. No la pone en acción la escasez de hombres, sino la facilidad con que se los reúne… Ni siquiera 1/4 de la población inglesa suministra ||14| todo lo que consumen todos. Bajo Guillermo el Conquistador, por ejemplo, el número de los que participaban directamente en la producción era mucho mayor en proporción a los ociosos». (Ravenstone. IX, 32.)29

Si, por un lado, el capital crea el plustrabajo, el plustrabajo es en igual medida presupuesto de la existencia del capital. Toda la evolución de la riqueza descansa en la creación de tiempo disponible. La proporción del tiempo de trabajo necesario con el superfluo (así es, de entrada, desde el punto de vista del trabajo necesario) cambia en las distintas fases del desarrollo de las fuerzas productivas. En las fases más primitivas del cambio, los hombres no cambian otra cosa que su tiempo de trabajo superfluo; este es la medida de su cambio, que por eso se extiende también solo a los productos superfluos. En la producción basada en el capital, la existencia del tiempo de trabajo necesario está condicionada por la creación de tiempo de trabajo superfluo. En las fases más bajas de la producción, en primer lugar, se producen todavía pocas necesidades humanas y, por tanto, también hay pocas que satisfacer. El tiempo de trabajo necesario es, por tanto, limitado, no porque el trabajo sea productivo, sino porque es poco necesario; y, en segundo lugar, en todas las fases de la producción existe cierta comunidad del trabajo, carácter social de este, etc. Más tarde se desarrolla la fuerza productiva social, etc. (Volver sobre esto.)

El tiempo excedente existe como excedente de la jornada de trabajo sobre la parte de ella que llamamos tiempo de trabajo necesario; en segundo lugar, como aumento de las jornadas de trabajo simultáneas, es decir, de la población trabajadora. (Puede generarse también —aunque esto solo hay que mencionarlo aquí de pasada; pertenece al capítulo del trabajo asalariado— mediante la prolongación violenta de la jornada de trabajo más allá de sus límites naturales; mediante la incorporación de mujeres y niños a la población trabajadora.) La primera proporción, la del tiempo excedente de la jornada con su tiempo necesario, puede ser modificada, y lo es, por el desarrollo de las fuerzas productivas, de modo que el trabajo necesario quede limitado a una parte alícuota cada vez menor. Lo mismo vale entonces relativamente para la población. Una población trabajadora, digamos de 6 millones, puede considerarse como una sola jornada de trabajo de 6 × 12, es decir, de 72 millones de horas: de modo que aquí son aplicables las mismas leyes.

Es, como hemos visto, ley del capital crear plustrabajo, tiempo disponible; solo puede hacerlo poniendo en movimiento trabajo necesario, es decir, entrando en el cambio con el obrero. Es, por tanto, su tendencia crear la mayor cantidad posible de trabajo, así como es igualmente su tendencia reducir el trabajo necesario a un mínimo. Es, por tanto, en igual medida tendencia del capital aumentar la población trabajadora y poner constantemente una parte de ella como sobrepoblación, población que de momento es inútil hasta que el capital pueda valorizarla. (De ahí lo acertado de la teoría de la sobrepoblación y el pluscapital.) Es en igual medida tendencia del capital hacer superfluo (relativamente) el trabajo humano y empujar el trabajo humano sin medida. El valor no es más que trabajo objetivado, y la plusvalía (valorización del capital) no es más que excedente sobre la parte del trabajo objetivado que es necesaria para la reproducción de la capacidad de trabajo. Pero el trabajo en general es y sigue siendo el presupuesto, y el plustrabajo solo existe en relación con el necesario, es decir, solo en cuanto este existe. El capital tiene, por tanto, que poner constantemente trabajo necesario para poner plustrabajo; tiene que aumentarlo (a saber, las jornadas de trabajo simultáneas) para poder aumentar el excedente; pero tiene en igual medida que suprimirlo como necesario para ponerlo como plustrabajo. Considerada la jornada de trabajo individual, el proceso es naturalmente simple: 1) prolongarla hasta los límites de la posibilidad natural; 2) acortar cada vez más su parte necesaria (es decir, elevar sin medida las fuerzas productivas). Pero la jornada de trabajo considerada espacialmente —el tiempo mismo considerado espacialmente— es la yuxtaposición de muchas jornadas de trabajo. Con cuantas más jornadas de trabajo a la vez pueda entrar el capital en el cambio en el que cambia trabajo objetivado por trabajo vivo, tanto mayor será su valorización a la vez. Solo puede saltar por encima del límite natural que forma la jornada de trabajo viva de un individuo, en una fase dada del desarrollo de las fuerzas productivas (y no cambia nada el que esta fase esté cambiando), poniendo junto a una jornada de trabajo otra simultáneamente, mediante la adición espacial de más jornadas de trabajo simultáneas. Yo, por ejemplo, solo puedo llevar el plustrabajo de A a 3 horas; pero, si añado las jornadas de B, C, D, etc., se convierten en 12 horas. En lugar de un tiempo excedente de 3, he creado uno de 12. Por eso el capital solicita el aumento de la población, y el proceso mismo por el que se reduce el trabajo necesario hace posible poner en obra nuevo trabajo necesario (y, por tanto, plustrabajo). (Es decir, la producción de obreros se abarata, pueden producirse más obreros en el mismo tiempo, en la misma medida en que el tiempo de trabajo necesario se hace menor o el tiempo requerido para la producción de la capacidad de trabajo viva se hace relativamente menor. Estas son proposiciones idénticas.) (Esto todavía sin tener en cuenta que el aumento de la población aumenta la fuerza productiva del trabajo, al hacer posible una mayor división y una mayor combinación del trabajo, etc. El aumento de la población es una fuerza natural ||15| del trabajo que no se paga. Fuerza natural llamamos, en este punto de vista, a la fuerza social. Todas las fuerzas naturales del trabajo social son ellas mismas productos históricos.) Por otro lado, es la tendencia del capital —en igual medida que antes con la jornada de trabajo individual— reducir ahora a un mínimo, en relación con las muchas jornadas de trabajo necesarias simultáneas (que, en cuanto solo se considera el valor, pueden considerarse como una sola jornada de trabajo), estas jornadas, es decir, poner el mayor número posible de ellas como no necesarias, y, lo mismo que antes, en la jornada de trabajo individual, las horas de trabajo necesarias, reducir ahora las jornadas de trabajo necesarias en proporción al total del tiempo de trabajo objetivado. (Si son necesarias 6 para producir 12 horas de trabajo superfluas, el capital trabaja para [que] solo sean necesarias 4. O bien las 6 jornadas de trabajo pueden considerarse como una sola jornada de trabajo de 72 horas; si se consigue reducir el tiempo de trabajo necesario en 24 horas, desaparecen 2 jornadas de trabajo necesarias, es decir, 2 obreros.) Por otro lado, el nuevo pluscapital que se crea solo puede valorizarse como tal mediante el cambio por trabajo vivo. De ahí, en igual medida, la tendencia del capital a aumentar la población obrera y a disminuir constantemente la parte necesaria de ella (a poner constantemente una parte de nuevo como reserva). Y el aumento de la población misma, medio principal para disminuirla. En el fondo, esto no es más que la aplicación de la proporción [del trabajo necesario y el plustrabajo] a la jornada de trabajo individual. Aquí se encuentran ya, pues, todas las contradicciones que la moderna teoría de la población ha enunciado como tales, aunque no las haya comprendido. El capital, como posición del plustrabajo, es en igual medida y en el mismo momento posición y no posición del trabajo necesario; solo es en cuanto este es y a la vez no es.

❲No corresponde todavía aquí, pero ya puede recordarse aquí cómo a la creación del plustrabajo por un lado corresponde por el otro una creación de menos-trabajo, de ociosidad relativa (o, en el mejor de los casos, de trabajo no productivo). Esto se entiende por sí mismo, en primer lugar, del capital; pero luego también de las clases con las que reparte; es decir, de los indigentes, lacayos, Jenkins,30 etc., que viven del plusproducto; en una palabra, de todo el séquito de servidores; de la parte de la clase servidora que no vive del capital, sino del rédito. Diferencia esencial entre esta clase servidora y la clase trabajadora. En relación con la sociedad entera, la creación del tiempo disponible es también creación del tiempo para la producción de ciencia, arte, etc. La marcha del desarrollo de la sociedad no es en modo alguno que, porque un individuo haya satisfecho su necesidad, cree ahora su sobrante; sino que, porque un individuo o una clase de individuos se ve obligado a trabajar más de lo necesario para satisfacer su necesidad —porque hay plustrabajo por un lado—, se ponen por el otro el no trabajo y la plusriqueza. En la realidad, el desarrollo de la riqueza solo existe en estos antagonismos; en la posibilidad, su desarrollo es precisamente la posibilidad de la superación de estos antagonismos. O bien porque un individuo solo puede satisfacer su propia necesidad satisfaciendo al mismo tiempo la necesidad de otro individuo y un excedente sobre ella. En la esclavitud, esto de modo brutal. Solo bajo la condición del trabajo asalariado conduce a la industria, al trabajo industrial. ‒ Por eso Malthus es también enteramente consecuente cuando, junto al plustrabajo y al pluscapital, plantea la exigencia de plusociosos [Surplusidlers] que consuman sin producir [consuming without producing], o la necesidad del despilfarro, el lujo, el gasto, etc.❳

Si la proporción de las jornadas de trabajo necesarias con el total de las jornadas de trabajo objetivadas era = [9 : 12] (es decir, plustrabajo = 1/4), el empeño del capital es reducirla a [6 : 9] (es decir, 2/3, es decir, plustrabajo = 1/3). (Esto hay que desarrollarlo más en detalle después; pero los rasgos fundamentales principales, aquí, donde se trata del concepto general del capital.)

  1. Refrán alemán («Man schlägt den Sack und meint den Esel»): se golpea una cosa cuando se apunta a otra. ↩

  2. Juego de palabras del original entre gleichgeltend («que vale lo mismo», equivalente) y gleichgültig («indiferente»), que se repite en las frases siguientes. ↩

  3. Las Institutiones de Justiniano (533), manual de derecho romano; según ellas, lo que adquiere el esclavo lo adquiere para su dueño. ↩

  4. Frédéric Bastiat, Harmonies économiques (París, 1850). ↩

  5. Alusión a la polémica sobre el interés entre Bastiat y Proudhon de 1849-1850 (véase más abajo el escrito Gratuité du crédit). ↩

  6. (Nota de Marx.) Igual que en el dinero el valor de cambio, es decir, todas las relaciones de las mercancías como valores de cambio, aparece como cosa, así en el capital aparecen como cosa todas las determinaciones de la actividad que crea valores de cambio, del trabajo. ↩

  7. Clearing of estates («despeje de fincas»): el desalojo de los campesinos de las fincas para convertir las tierras en pastos. ↩

  8. Charles Ganilh (1758-1836), economista francés. Las referencias abreviadas de este tipo (Ganilh, Say, Sismondi, Proudhon) remiten a los cuadernos de extractos de Marx. La cita está en francés en el original, salvo la frase central, que está en alemán. ↩

  9. Las dos citas, de Jean-Baptiste Say y de Jean-Charles-Léonard Simonde de Sismondi, están en francés en el original; las intercalaciones entre paréntesis son de Marx. ↩

  10. Gratuité du crédit. Discussion entre M. F. Bastiat et M. Proudhon (París, 1850), recopilación de las cartas que ambos cruzaron en La Voix du Peuple en 1849-1850. Las citas siguientes, en francés en el original. ↩

  11. (Nota de Marx.) ❲¿No hay que concebir el valor como la unidad de valor de uso y valor de cambio? ¿Es en sí y para sí el valor como tal lo general frente al valor de uso y al valor de cambio como formas particulares de él? ¿Tiene esto significación en la economía? El valor de uso está presupuesto también en el cambio simple o cambio puro. Pero aquí, donde el cambio tiene lugar precisamente solo en razón del uso recíproco de la mercancía, el valor de uso, es decir, el contenido, la particularidad natural de la mercancía como tal, no tiene consistencia como determinación formal económica. Su determinación formal es más bien el valor de cambio. El contenido fuera de esta forma es indiferente; no es contenido de la relación como relación social. Pero ¿no se desarrolla este contenido como tal en un sistema de necesidades y de producción? ¿No entra el valor de uso como tal en la forma misma, como determinante de la forma económica misma, por ejemplo en la relación entre capital y trabajo? ¿En las diversas formas del trabajo? —agricultura, industria, etc.— ¿La renta del suelo? —¿La influencia de las estaciones en los precios de los productos brutos?, etc. Si solo el valor de cambio como tal desempeñara un papel en la economía, ¿cómo podrían entrar más tarde elementos que se refieren puramente al valor de uso, como enseguida, por ejemplo, en el capital como materia prima, etc.? ¿Cómo es que en Ricardo cae de repente del cielo la constitución física de la tierra?, etc. La palabra mercancía [Waare] (en alemán Güter [bienes], ¿quizá como denrée a diferencia de marchandise?) contiene la relación. El precio aparece en ella como determinación meramente formal. Esto no contradice en absoluto que el valor de cambio sea la determinación predominante. Pero el uso no deja naturalmente de existir por el hecho de estar determinado solo por el cambio; aunque, naturalmente, recibe de este su dirección misma. En todo caso, esto hay que examinarlo con precisión en la investigación sobre el valor, y no hacer, como Ricardo, pura abstracción de ello, ni darse importancia, como el soso de Say, con el mero presupuesto de la palabra «utilidad». Sobre todo, en el desarrollo de las distintas secciones se verá y tiene que verse hasta qué punto el valor de uso no solo se queda como materia presupuesta, fuera de la economía y de sus determinaciones formales, y hasta qué punto entra en ellas. Sobre la simpleza [fadaise] de Proudhon, véase la Misère [la Miseria de la filosofía de Marx, 1847]. Esto al menos es seguro: en el cambio (en la circulación) tenemos la mercancía —valor de uso— como precio; que, además de su precio, sea mercancía, objeto de la necesidad, se entiende por sí mismo. Ambas determinaciones no entran en absoluto en relación mutua, salvo en la medida en que el valor [de uso] particular aparece como límite natural de la mercancía y por eso pone el dinero, es decir, su valor de cambio, a la vez como existencia fuera de ella misma en el dinero, pero solo formalmente. El dinero mismo es mercancía, tiene por sustancia un valor de uso.❳ ↩

  12. Alusión probable a las anécdotas que recoge Plinio el Viejo (Historia natural, IX) sobre perlas disueltas y tragadas en banquetes. ↩

  13. «Noch nisserner» en el texto: lectura dudosa; se entiende como formación burlesca a partir de Nisse (liendre). ↩

  14. Quashee (del nombre akan Kwasi): apelativo despectivo que se daba a los negros en las Indias Occidentales británicas; lo había popularizado Thomas Carlyle en su panfleto racista Occasional Discourse on the Negro Question (1849). Marx reproduce irónicamente el vocabulario del plantador, incluido el insulto inglés niggers. La esclavitud se había abolido en Jamaica en 1834-1838. ↩

  15. Victor Riqueti, marqués de Mirabeau (1715-1789), fisiócrata, autor de L'Ami des hommes y padre del revolucionario Honoré-Gabriel Riqueti de Mirabeau. ↩

  16. Leonard Horner (1785-1864), inspector de fábricas británico, cuyos informes semestrales Marx utilizó ampliamente. La Ley de las diez horas (Ten Hours Bill) de 1847 limitaba la jornada de mujeres y adolescentes en la industria textil. ↩

  17. Cifra perdida en la versión digital de la MEGA²; la restituimos, como las demás proporciones entre corchetes de este párrafo y de los siguientes (= [7 : 8], [1 : 2], [3 : 4], [7 : 8], [1 : 16]), por el cálculo de Marx y la edición de 1953. ↩

  18. Henry Charles Carey (1793-1879), economista estadounidense, sostenía que con el crecimiento del capital disminuye la parte proporcional del capitalista en el producto y aumenta la del obrero. ↩

  19. Richard Price (1723-1791), predicador y filósofo galés, que en An Appeal to the Public on the Subject of the National Debt (1772) ponderó los prodigios del interés compuesto como medio de amortizar la deuda pública. ↩

  20. William Pitt el Joven (1759-1806), primer ministro británico desde 1783, a quien sus partidarios llamaban el «ministro caído del cielo» (heaven-born minister); en 1786 creó un fondo de amortización de la deuda inspirado en las ideas de Price. ↩

  21. Cifra perdida en la versión digital de la MEGA²; la restituimos, como las demás cifras y proporciones entre corchetes de este tipo en esta parte (párrafos del capital agrícola, de los cuatro obreros, del ejemplo «Así es correcto…» y último párrafo), por el cálculo de Marx y la edición de 1953. ↩

  22. Charles Babbage (1791-1871), matemático inglés, autor de On the Economy of Machinery and Manufactures (1832). ↩

  23. Marx mezcla en estas sumas cantidades absolutas y tantos por ciento, y algunas cifras no cuadran (5 × 6 2/3 = 33 1/3, no 31 1/3; 8 1/3 sobre 105 es algo menos del 8 %, no 13 1/8); se reproducen como en el manuscrito. ↩

  24. Así en el manuscrito; la suma de 100 + 60 + 40 + 13 1/3 es 213 1/3. ↩

  25. En Prusia, 1 tálero = 30 Silbergroschen (Sgr.) y 1 Silbergroschen = 12 Pfennig (Pf.). ↩

  26. Alusión a la polémica entre Bastiat y Proudhon en La Voix du Peuple (1849-1850), reunida en el volumen Gratuité du crédit (París, 1850). ↩

  27. James Maitland, 8.º conde de Lauderdale (1759-1839), autor de An Inquiry into the Nature and Origin of Public Wealth (1804). ↩

  28. Folleto anónimo publicado en Londres en 1821 en forma de carta a lord John Russell, atribuido a Charles Wentworth Dilke. ↩

  29. Piercy Ravenstone (seudónimo), Thoughts on the Funding System, and its Effects (Londres, 1824). ↩

  30. «Jenkins» era el mote con que la prensa satírica inglesa (Punch) designaba al cronista adulador de la alta sociedad del Morning Post; aquí, los serviles en general. ↩