Cuaderno VII de los manuscritos económicos de Karl Marx, escrito en Londres entre febrero y mayo de 1858. Los Grundrisse (Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, «Elementos fundamentales para la crítica de la economía política») son el primer borrador de conjunto de la obra económica de Marx; se publicaron por primera vez en Moscú en 1939-1941. Traducido del texto de la MEGA² II/1.1-1.2 (Berlín, 1976-1981) en su versión digital (MEGAdigital, Academia de las Ciencias de Berlín-Brandeburgo), sin el aparato de los editores, por la Escuela de marxismo, 2026. Entre barras, la paginación del manuscrito (|I-1|, ||20|); ❲ ❳, corchetes del propio Marx; [ ], complementos y títulos de los editores. Las notas son nuestras, salvo las marcadas como de Marx. Los Grundrisse en este archivo: I. El capítulo del dinero; II. El capítulo del capital. El proceso de producción; III. El proceso de circulación. Formas que preceden a la producción capitalista; IV. Capital fijo y circulante. El fragmento sobre las máquinas; V. El capital como fructífero. Complementos. Texto original en alemán.
Tercera sección. El capital como fructífero. Interés. Ganancia. (Costes de producción, etc.)
El capital está puesto ahora como unidad de producción y circulación, y la plusvalía que crea en un periodo de tiempo determinado, p. ej. un año, es = SZ/p + c = SZ/U o = S ( Z/p ‒ Z/p × c/p + c). El capital está realizado ahora no solo como valor que se reproduce y por tanto perenne, sino también como valor que pone valor. Por la absorción en sí del tiempo de trabajo vivo, por un lado, y por el movimiento de la circulación que le pertenece a él mismo (en el que el movimiento del cambio está puesto como su propio movimiento, como proceso inmanente del trabajo objetivado), se comporta consigo mismo como poniendo nuevo valor, como produciendo valor. Se comporta como fundamento respecto a la plusvalía como lo fundado por él. Su movimiento consiste en que, al producirse, se comporta a la vez como fundamento de sí respecto a sí como fundado, como valor presupuesto respecto a sí mismo como plusvalía, o respecto a la plusvalía como puesta por él. En un periodo determinado, que está puesto como medida unitaria de sus rotaciones porque es la medida natural de su reproducción en la agricultura, el capital produce una plusvalía determinada, determinada no solo por la plusvalía que pone en un proceso de producción, sino por el número de repeticiones del proceso de producción, o de sus reproducciones, en un periodo determinado. Por haber quedado incorporada a su proceso de reproducción la circulación, su movimiento fuera del proceso inmediato de producción, la plusvalía ya no aparece puesta por su comportamiento simple e inmediato con el trabajo vivo; esa relación aparece más bien solo como un momento de su movimiento total. El capital, partiendo de sí como sujeto activo ‒sujeto del proceso‒ (y en la rotación el proceso inmediato de producción aparece de hecho determinado por su movimiento como capital, independientemente de su relación con el trabajo), se comporta consigo como valor que se multiplica, es decir, se comporta con la plusvalía como puesta y fundada por él; como fuente de producción, consigo mismo como producto; como valor que produce, consigo mismo como valor producido. Por eso ya no mide el valor nuevamente producido por su medida real, la relación entre el plustrabajo y el trabajo necesario, sino por sí mismo como su presupuesto. Un capital de un valor determinado produce en un periodo determinado una plusvalía determinada. La plusvalía así medida por el valor del capital presupuesto, el capital así puesto como valor que se valoriza, es la ganancia; considerada bajo esta especie ‒no aeterni, sino capitalis‒,1 la plusvalía es ganancia; y el capital se distingue en sí mismo, como capital, valor que produce y reproduce, de sí como ganancia, el valor nuevamente producido. El producto del capital es la ganancia. La magnitud de la plusvalía se mide, pues, por la magnitud de valor del capital, y la tasa de ganancia está determinada por eso por la proporción entre su valor y el valor del capital.
Una parte muy grande de lo que corresponde a este punto se ha desarrollado más arriba. Pero lo anticipado hay que ponerlo aquí. En la medida en que el valor nuevamente puesto, que es de la misma naturaleza que el capital, vuelve a incorporarse al proceso de producción y se conserva a su vez como capital, el capital mismo ha crecido y actúa ahora como capital de mayor valor. Después de distinguir la ganancia, como valor nuevamente producido, de sí como valor presupuesto que se valoriza, y de poner la ganancia como la medida de su valorización, supera de nuevo la separación y la pone en su identidad consigo como capital, que ahora, acrecentado con la ganancia, empieza de nuevo el mismo proceso en dimensiones mayores. Al describir su círculo se amplía como sujeto del círculo y describe así un círculo que se ensancha, una espiral.
Resumamos muy brevemente las leyes generales desarrolladas antes: la plusvalía real está determinada por la relación entre el plustrabajo y el trabajo necesario, o por la relación entre la porción del capital ‒la porción del trabajo objetivado que se cambia por trabajo vivo‒ y la porción de trabajo objetivado por la que es reemplazada. Pero la plusvalía en la forma de la ganancia se mide por el valor total del capital presupuesto al proceso de producción. La tasa de ganancia depende, pues, ‒presupuestas la misma plusvalía y el mismo plustrabajo en relación con el trabajo necesario‒ de la relación entre la parte del capital que se cambia por trabajo vivo y la parte que existe en la forma de materia prima y medios de producción. Cuanto menor se hace, pues, la porción cambiada por trabajo vivo, tanto menor se hace la tasa de ganancia. En la misma proporción, pues, en que en el proceso de producción el capital como capital ocupa mayor espacio en proporción al trabajo inmediato, cuanto más crece, pues, la plusvalía relativa ‒la fuerza creadora de valor del capital‒, tanto más cae la tasa de ganancia. Hemos visto que la magnitud del capital ya presupuesto, presupuesto a la reproducción, se expresa específicamente en el crecimiento del capital fijo, como fuerza productiva producida, trabajo objetivado dotado de una vida aparente. La magnitud total del valor del capital productor se expresará en cada porción de él como proporción disminuida del capital cambiado por trabajo vivo frente a la parte del capital que existe como valor constante. Tómese, p. ej., la industria manufacturera. En la misma proporción en que crece el capital fijo, la maquinaria, etc., tiene que crecer aquí la parte del capital que existe en materias primas, mientras disminuye la parte cambiada por trabajo vivo. En relación con la magnitud de valor del capital presupuesto a la producción ‒y de la parte del capital que actúa como capital en la producción‒, la tasa de ganancia cae, pues. Cuanto más ancha es la existencia que el capital ha conquistado ya, tanto más estrecha es la relación entre el valor recién||16|creado y el valor presupuesto (valor reproducido). Presupuestas la misma plusvalía, es decir, la misma relación entre plustrabajo y trabajo necesario, la ganancia puede ser por eso desigual, y tiene que ser desigual en proporción a la magnitud de los capitales. La tasa de ganancia puede caer aunque suba la plusvalía real. La tasa de ganancia puede subir aunque caiga la plusvalía real. De hecho, el capital puede crecer y en la misma proporción la tasa de ganancia si la proporción de la parte del capital presupuesta como valor, la que existe en la forma de materias primas y capital fijo, aumenta uniformemente con la parte del capital cambiada por trabajo vivo. Pero esta uniformidad supone crecimiento del capital sin crecimiento ni desarrollo de la fuerza productiva del trabajo. Un presupuesto suprime el otro. Esto contradice la ley de desarrollo del capital, y especialmente el desarrollo del capital fijo. Semejante progreso solo puede darse en etapas en que el modo de producción del capital todavía no le es adecuado, o en esferas de la producción en las que solo se ha arrogado formalmente el dominio, p. ej. en la agricultura. Aquí la fertilidad natural del suelo puede actuar como un aumento del capital fijo ‒es decir, puede crecer el tiempo de plustrabajo relativo‒ sin que se reduzca el quantum del necesario. (P. ej. en los Estados Unidos.) La ganancia bruta [gross profit], es decir, la plusvalía considerada al margen de su relación formal, no como proporción sino como simple magnitud de valor sin relación con otra, crecerá por término medio no como la tasa de ganancia, sino como la magnitud del capital. Si la tasa de ganancia está, pues, en proporción inversa al valor del capital, la suma de la ganancia estará en proporción directa con él. Pero también esta proposición solo es verdadera para una etapa limitada del desarrollo de la fuerza productiva del capital o del trabajo. Un capital de 100 con una ganancia del 10 por ciento da una suma de ganancia menor que un capital de 1000 con una ganancia del 2 por ciento. En el primer caso la suma es 10, en el 2.º, 20, es decir, la ganancia bruta del capital grande es el doble de la del capital 10 veces menor, aunque la tasa de ganancia del menor es 5 veces mayor que la del mayor. Pero si la ganancia del capital mayor fuera solo del 1 %, la suma de la ganancia sería 10, como para el capital 10 veces menor, porque la tasa de ganancia habría disminuido en la misma proporción que crece su magnitud. Si la tasa de ganancia para el capital de 1000 fuera solo del 1/2 por ciento, la suma de la ganancia sería solo la mitad de la del capital 10 veces menor, solo 5, porque la tasa de ganancia es 20 veces menor. Expresado en general, pues: si la tasa de ganancia disminuye para el capital mayor, pero no en proporción a su magnitud, la ganancia bruta crece aunque la tasa de ganancia disminuya. Si la tasa de ganancia disminuye en proporción a su magnitud, la ganancia bruta sigue siendo la misma que la del capital menor; se queda estacionaria. Si la tasa de ganancia disminuye en mayor proporción que crece su magnitud, la ganancia bruta del capital mayor, comparada con la del menor, disminuye tanto como disminuye la tasa de ganancia. Esta es, en todos los aspectos, la ley más importante de la economía política moderna y la más esencial para comprender las relaciones más difíciles. Desde el punto de vista histórico es la ley más importante. Es una ley que, pese a su sencillez, hasta ahora nunca se ha comprendido y menos aún se ha enunciado conscientemente. Como esta disminución de la tasa de ganancia equivale 1) a la fuerza productiva ya producida y a la base material que esta forma para una nueva producción, lo cual supone a la vez un enorme desarrollo de las fuerzas científicas [scientific powers]; 2) a la disminución de la parte del capital ya producido que tiene que cambiarse por trabajo inmediato, es decir, a la disminución del trabajo inmediato que se requiere para la reproducción de un valor inmenso, que se expresa en una gran masa de productos, gran masa de productos con precios bajos, porque la suma total de los precios es = al capital reproducido + la ganancia; 3) [a] la dimensión del capital en general, también de la porción de él que no es capital fijo; por tanto, a un intercambio desarrollado en gran escala, a una gran suma de operaciones de cambio, a la magnitud del mercado y a la universalidad del trabajo simultáneo; a los medios de comunicación, etc., a la existencia del fondo de consumo necesario para emprender este proceso inmenso (los obreros comen, se alojan, etc.), resulta que la fuerza productiva material ya existente, ya elaborada, que existe en la forma de capital fijo, igual que la fuerza científica, igual que la población, etc., en suma, todas las condiciones de la riqueza, que las mayores condiciones para la reproducción de la riqueza, es decir, el rico desarrollo del individuo social ‒que el desarrollo de las fuerzas productivas provocado por el capital mismo en su desarrollo histórico, llegado a cierto punto, suprime la autovalorización del capital en lugar de ponerla. Más allá de cierto punto, el desarrollo de las fuerzas productivas se convierte en una barrera para el capital; la relación de capital, por tanto, en una barrera para el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo. Llegado a este punto, el capital, es decir, el trabajo asalariado, entra en la misma relación con el desarrollo de la riqueza social y de las fuerzas productivas que el régimen gremial, la servidumbre y la esclavitud, y, como traba, se lo sacude necesariamente. La última figura servil que adopta la actividad humana, la del trabajo asalariado por un lado y la del capital por el otro, se desprende así como una piel, y este desprendimiento mismo es el resultado del modo de producción que corresponde al capital; las condiciones materiales y espirituales de la negación del trabajo asalariado y del capital, que son ya ellas mismas la negación de formas anteriores de la producción social no libre, son a su vez resultados de su proceso de producción. En contradicciones cortantes, crisis, convulsiones, se expresa la creciente inadecuación del desarrollo productivo de la sociedad a sus relaciones de producción anteriores. La destrucción violenta de capital, no por circunstancias exteriores a él, sino como condición de su autoconservación, es la forma más contundente en que se le da el consejo de que se marche y deje sitio a un estado superior de la producción social [advice … to be gone and to give room to a higher state of social production]. No es solo el crecimiento de la fuerza científica, sino la medida en que ya está puesta como capital fijo, el alcance, la amplitud con que está realizada y se ha adueñado de la totalidad de la producción. Es igualmente el desarrollo de la población, etc., en suma, de todos los momentos de la producción; puesto que la fuerza productiva del trabajo, igual que el empleo de la maquinaria, está en relación con la población, cuyo crecimiento es ya en y para sí tanto el presupuesto como el resultado del crecimiento de los valores de uso que hay que reproducir y, por tanto, también consumir. Como esta disminución de la ganancia equivale a la disminución proporcional del trabajo inmediato frente a la magnitud del trabajo objetivado que reproduce y pone de nuevo, el capital intentará todo para contrarrestar [checken] la pequeñez de la relación entre el trabajo vivo y la magnitud del capital en general, y por tanto también de la plusvalía, cuando se expresa como ganancia, con respecto al capital presupuesto, reduciendo la asignación hecha al trabajo necesario y ampliando todavía más la cantidad de plustrabajo con respecto al trabajo total empleado. De ahí que el máximo desarrollo de la fuerza productiva, junto con la máxima expansión de la riqueza existente, coincidirá con la depreciación del capital, la degradación del obrero y el más extremo agotamiento de sus energías vitales. Estas contradicciones conducen a explosiones, cataclismos, crisis, en las que, por la suspensión momentánea del trabajo y la aniquilación de una gran parte del capital, este se ve reducido violentamente al punto en que puede seguir ||17| empleando plenamente sus fuerzas productivas sin suicidarse. Sin embargo, estas catástrofes que se repiten regularmente conducen a su repetición en una escala más alta y, finalmente, a su derrocamiento violento. En el movimiento desarrollado del capital hay momentos que frenan este movimiento de otro modo que por crisis; así, p. ej., la desvalorización constante de una parte del capital existente; la transformación de una gran parte del capital en capital fijo que no sirve como agente de la producción directa; el derroche improductivo de una gran porción del capital, etc. (El capital empleado productivamente se repone siempre por partida doble; como hemos visto que la posición de valor del capital productivo supone un contravalor. El consumo improductivo del capital lo repone por un lado y lo destruye por el otro.) ❲La misma ley se expresa simplemente ‒aunque esta expresión ha de considerarse más adelante, en la teoría de la población‒ como la relación entre el crecimiento de la población ‒y en especial de su parte trabajadora‒ y el capital ya presupuesto.❳ (Que, además, la caída de la tasa de ganancia pueda frenarse por la desaparición de deducciones existentes de la ganancia, p. ej. una baja de los impuestos, una disminución de la renta del suelo, etc., no corresponde propiamente a este lugar, por grande que sea su importancia práctica, pues estas son ellas mismas porciones de la ganancia con otro nombre y apropiadas por personas distintas de los capitalistas mismos.) ❲Cómo se expresa de otro modo esta misma ley en la relación de los muchos capitales entre sí, es decir, en la competencia, corresponde igualmente a otra sección. También puede enunciarse como ley de la acumulación de los capitales; así, p. ej., Fullarton.2 Volveremos sobre ello en la próxima sección.❳ ❲Es importante llamar la atención sobre el hecho de que en esta ley no se trata simplemente del desarrollo de la fuerza productiva δυνάμει,3 sino a la vez del alcance en que esta fuerza productiva actúa como capital, está realizada como capital fijo, sobre todo, por un lado, y como población por el otro.❳ (Igualmente se frena la caída por la creación de nuevas ramas de producción en las que se necesita más trabajo inmediato en proporción al capital, o donde la fuerza productiva del trabajo, es decir, la fuerza productiva del capital, todavía no está desarrollada.) (Igualmente, los monopolios.) «Ganancia es un término que significa el aumento del capital o de la riqueza; así que no encontrar las leyes que rigen la tasa de ganancia es no encontrar las leyes de la formación del capital.» (W. Atkinson. Principles of Political Economy etc. Lond. 1840, p. 55.)4 Pero él no ha sabido comprender siquiera qué es la tasa de ganancia. A. Smith explicaba la caída de la tasa de ganancia con el crecimiento del capital por la competencia de los capitales entre sí. Ricardo le replicó que la competencia puede reducir las ganancias en las distintas ramas de negocio a un nivel medio, puede nivelar la tasa, pero no puede hacer bajar esta tasa media misma. La proposición de A. Smith es correcta en la medida en que solo en la competencia ‒la acción del capital sobre el capital‒ se realizan las leyes inmanentes al capital, sus tendencias. Pero es falsa en el sentido en que él la entiende, como si la competencia impusiera al capital leyes exteriores, introducidas desde fuera, que no son sus propias leyes. La competencia solo puede hacer bajar permanentemente la tasa de ganancia en todas las ramas de la industria, es decir, la tasa media de ganancia, si una caída general de la tasa de ganancia, y solo en la medida en que una caída general y permanente que actúa como ley, es comprensible también antes de la competencia y sin consideración a la competencia. La competencia ejecuta las leyes internas del capital; las convierte en leyes coercitivas frente al capital individual, pero no las inventa. Las realiza. Querer explicarlas, por tanto, simplemente a partir de la competencia significa admitir que no se las entiende. Ricardo, por su parte, dice: «Ninguna acumulación de los capitales puede hacer bajar permanentemente las ganancias si una causa igualmente permanente no eleva los salarios.» (p. 92, t. II, París 1835, traducción de Constancio.)5 Esta causa la encuentra en la creciente, relativamente creciente improductividad de la agricultura, «la creciente dificultad de aumentar la cantidad de las subsistencias», es decir, en el crecimiento del salario proporcional, de modo que el trabajo no recibe realmente más, pero recibe el producto de más trabajo; en una palabra, que se requiere una parte mayor de trabajo necesario para la producción de los productos agrícolas. A la tasa decreciente de la ganancia corresponde por eso en él un crecimiento nominal del salario y un crecimiento real de la renta del suelo. Su modo de ver unilateral, que solo capta un caso particular, exactamente como la tasa de ganancia puede caer porque el salario sube momentáneamente, etc., y que eleva a ley general una relación histórica de un periodo de 50 años que se invierte en los 50 años siguientes, y que descansa en general en la desproporción histórica entre el desarrollo de la industria y el de la agricultura ‒en y para sí era cómico que Ricardo, Malthus, etc., establecieran leyes generales y eternas sobre la química fisiológica en una época en que esta apenas existía todavía‒, este modo de ver de Ricardo ha sido atacado por eso desde todos los lados, más bien con el instinto de que era falso e insatisfactorio; pero casi siempre más por su lado verdadero que por su lado falso. «A. Smith pensaba que la acumulación o el aumento del capital en general rebajaba la tasa de las ganancias en general por el mismo principio por el que el aumento del capital en una rama particular rebaja las ganancias de esa rama. Pero tal aumento del capital en una rama particular significa un aumento mayor en proporción de lo que aumenta al mismo tiempo el capital en otras ramas: es relativo.» (p. 9, An Inquiry into those Principles respecting the Nature of Demand and the Necessity of Consumption, lately advocated by Mr. Malthus. London 1821.) «La competencia entre los capitalistas industriales puede nivelar las ganancias que se elevan especialmente por encima del nivel, pero no rebajar este nivel ordinario.» (Ramsay IX, 88.) (Ramsay y otros economistas distinguen con razón si la productividad crece en las ramas industriales que forman el capital fijo y, naturalmente, los salarios, o en otras industrias, p. ej. las industrias de lujo. Estas últimas no pueden reducir el tiempo de trabajo necesario. Pero pueden hacerlo mediante el cambio por productos agrícolas de pueblos extranjeros, con lo que entonces es lo mismo que si la productividad hubiera aumentado dentro de la agricultura. De ahí la importancia del libre comercio de cereales para los capitalistas industriales.) Ricardo dice (edición inglesa On the Principles of Political Economy and Taxation. 3 ed. London 1821): «El arrendatario y el fabricante no pueden vivir sin ganancias, como no puede el obrero sin salario.» (p. 123 l. c.) «Es una tendencia natural de las ganancias caer, porque en el progreso de la sociedad y de la riqueza el alimento adicional [additional (quantum of) food] requiere cada vez más trabajo. Esta tendencia, esta gravitación de la ganancia, es frenada a intervalos recurrentes por las mejoras de la maquinaria relacionadas con la producción de los artículos de primera necesidad, así como por los descubrimientos de la ciencia agrícola, que reducen los costes de producción.» (l. c. p. 120-121.) Ricardo confunde de entrada, inmediatamente, la ganancia con la plusvalía; en general, no ha hecho esa distinción. Pero mientras que la plusvalía está determinada por la relación entre el plustrabajo empleado por el capital y el trabajo necesario, la tasa de ganancia no es más que la relación entre la plusvalía y el valor total del capital presupuesto a la producción. Su proporción cae y sube, por tanto, según la relación entre la parte del capital cambiada por trabajo vivo y la que existe como material y capital fijo. En todas* las circunstancias, la plusvalía considerada como ganancia tiene que expresar una proporción de la ganancia obtenida menor que la proporción real de la plusvalía. Pues en todas las circunstancias se mide por el capital total, que siempre es mayor que el empleado en salarios y cambiado por trabajo vivo. Como Ricardo confunde tan simplemente plusvalía y ||18| ganancia, y la plusvalía solo puede disminuir de manera constante, disminuir tendencialmente, si disminuye la relación entre el plustrabajo y el trabajo necesario, es decir, el trabajo requerido para la reproducción de la capacidad de trabajo, y esto solo es posible si disminuye la fuerza productiva del trabajo, Ricardo supone que la fuerza productiva del trabajo, mientras crece en la industria con la acumulación del capital, disminuye en la agricultura. De la economía huye a la química orgánica. Nosotros hemos demostrado que esta tendencia es necesaria sin tener en cuenta para nada la renta del suelo, como tampoco teníamos que tener en cuenta, p. ej., la demanda creciente de trabajo, etc. Cómo se relacionan la renta del suelo y la ganancia es algo que solo hay que examinar al considerar la renta del suelo misma; no corresponde a este lugar. Pero que el postulado fisiológico de Ricardo, expresado como ley general, es falso, lo ha demostrado la química moderna.6 Ahora bien, los discípulos de Ricardo, en la medida en que no se limitan a repetirle como una letanía, han dejado caer tranquilamente, como la economía más reciente en general, lo que les resultaba desagradable en los principios de su maestro. Abandonar el problema es su método general de resolverlo. Otros economistas, como p. ej. Wakefield, se refugian en la consideración del campo de empleo* [field of employment] para el capital creciente. Esto corresponde al examen de la competencia y es más bien la dificultad del capital para realizar la ganancia creciente; por tanto, negación de la tendencia inmanente a la caída de la tasa de ganancia. Pero la necesidad para el capital de buscar un campo de empleo cada vez más extenso es a su vez una consecuencia. A Wakefield y similares no se les puede contar entre los que han planteado la cuestión misma. (Es en cierto modo una reproducción de la opinión de A. Smith.) Por último, los armonistas entre los economistas más modernos, a cuya cabeza está el norteamericano Carey y cuyo más importuno satélite fue el francés Bastiat (sea dicho de paso, es una bellísima ironía de la historia que los librecambistas del continente repitan como una letanía al señor Bastiat, que por su parte va a buscar su sabiduría al proteccionista Carey), admiten el hecho, la tendencia de la tasa de ganancia a caer a medida que crece el capital productivo. Pero lo explican lisa y llanamente [simplement et bonnement] porque crece el valor de la tasa del trabajo; la proporción que el obrero recibe del producto total, mientras que el capital se vería resarcido por el crecimiento de las ganancias brutas. Las desagradables oposiciones, los antagonismos en que se mueve la economía clásica, y que Ricardo subraya con implacabilidad científica, quedan así diluidos en armonías acomodadas [well-to-do harmonies]. El desarrollo de Carey tiene todavía alguna apariencia, como, en general, él piensa por sí mismo. Se refiere a una ley que solo tenemos que considerar en la doctrina de la competencia, donde entonces ajustaremos cuentas con él. La insulsez de Bastiat, que expresa los lugares comunes de forma paradójica, los talla en facetas [en facettes] y esconde la mayor pobreza de pensamiento bajo la lógica formal, puede despacharse aquí mismo. ❲En este lugar se puede incorporar algo del cuaderno III sobre la oposición entre Carey y Bastiat.❳ En «Gratuité du Crédit. Discussion entre M. Fr. Bastiat et M. Proudhon. Paris 1850»7 (Proudhon, sea dicho de paso, hace una figura sumamente ridícula en esta polémica, en la que esconde su impotencia dialéctica bajo una arrogancia retórica) se dice en la carta VIII de Bastiat (en la que el noble varón, sea dicho de paso, transforma lisa y llanamente [tout bonnement et tout simplement], con su dialéctica conciliadora, la ganancia que resulta de la simple división del trabajo y que corresponde tanto al constructor del camino como al que lo utiliza, en una ganancia que corresponde al «camino» mismo, es decir, al capital): «A medida que aumentan los capitales (y con ellos los productos), la parte absoluta que corresponde al capital aumenta y su parte proporcional disminuye. A medida que aumentan los capitales (y con ellos los productos), la parte proporcional y la parte absoluta del trabajo aumentan. Puesto que el capital ve engrosar su parte absoluta, aunque no detraiga sucesivamente más que 1/2, 1/3, 1/4, 1/5 del producto total, el trabajo, al que [le] corresponden sucesivamente 1/2, 2/3, 3/4, 4/5, entra evidentemente en el reparto por una parte progresiva, tanto en sentido proporcional como en sentido absoluto.» Como ilustración da:
| Producto | total | Parte del capital | Parte del trabajo | |
|---|---|---|---|---|
| 1) | periodo | 1000 | 1/2 o 500 | 1/2 o 500 |
| 2) | 1800 | 1/3 o 600 | 2/3 o 1200 | |
| 3) | 2800 | 1/4 o 700 | 3/4 o 2100 | |
| 4) | 4000 | 1/5 o 800 | 4/5 o 3200 |
([p.] 130, 131.)
La misma gracia se repite en la p. 288 en la forma de una ganancia bruta creciente con una tasa de ganancia decreciente, pero con una masa creciente de productos vendidos a precios más bajos, y con esa ocasión se habla con mucha gravedad de la «ley de un decrecimiento indefinido que nunca llega a cero, ley bien conocida de los matemáticos». (p. 288.) «Se ve aquí (el charlatán de feria) un multiplicador que decrece sin cesar porque el multiplicando crece siempre.» (p. 288 l. c.)
Ricardo había presentido a su Bastiat. Al destacar el crecimiento de la ganancia como suma con el capital creciente pese a la disminución de la tasa de ganancia ‒anticipando, pues, toda la sabiduría de Bastiat‒, no deja de observar que este progreso «solo es verdadero durante cierto tiempo». Dice literalmente: «Por mucho que disminuya la tasa de las ganancias del capital [profits of stock] a consecuencia de la acumulación del capital en la tierra y de una subida del salario» (por lo que, nótese bien, Ricardo entiende la subida de los costes de producción de los productos de la tierra indispensables para el sustento de la capacidad de trabajo), «el importe agregado de las ganancias tiene que crecer, sin embargo. Así, suponiendo que con acumulaciones repetidas de 100000 l. la tasa de ganancia cayera de 20 a 19, 18, 17 por ciento, podemos esperar que el importe total de las ganancias recibidas por los sucesivos propietarios del capital sería siempre progresivo; que sería mayor cuando el capital fuera de 200000 l. que cuando fuera de 100000; mayor todavía cuando fuera de 300000; y así sucesivamente, creciendo, aunque a una tasa decreciente, con cada aumento del capital. Sin embargo, este progreso solo es verdadero durante cierto tiempo: así, el 19 % sobre 200000 l. es más que el 20 sobre 100000; el 18 % sobre 300000, más que el 19 % sobre 200000; pero después de que el capital se ha acumulado hasta un importe grande y las ganancias han caído, la acumulación ulterior disminuye la suma de las ganancias. Así, suponiendo una acumulación de 1000000 y ganancias del 7 %, el importe total de las ganancias será de 70000 l.; ahora bien, si se hace una adición de 100000 l. al millón y las ganancias caen al 6 %, ||19| los propietarios del capital recibirán 66000 l., o sea una disminución de 4000 l., aunque el importe del capital haya crecido de 1000000 a 1100000.» (l. c. p. 124, 125.) Esto no impide, naturalmente, al señor Bastiat emprender la operación escolar de hacer crecer un multiplicando creciente de modo que con un multiplicador decreciente forme un producto creciente, como tampoco las leyes de la producción impidieron al Dr. Price establecer su cálculo del interés compuesto.8 Puesto que la tasa de ganancia disminuye, disminuye en relación con el salario, que en consecuencia tiene que crecer proporcional y absolutamente. Así razona Bastiat. (Ricardo veía esta tendencia a la caída de la tasa de ganancia con el aumento del capital; y como confunde la ganancia con la plusvalía, tenía que hacer crecer el salario para hacer caer la ganancia. Pero como al mismo tiempo veía que el salario real más bien disminuía que aumentaba, hizo crecer su valor, es decir, el quantum del trabajo necesario, sin hacer crecer su valor de uso. De hecho, pues, solo hizo crecer la renta del suelo. El armonioso Bastiat, en cambio, descubre que con la acumulación de los capitales el salario crece proporcional y absolutamente.) Supone lo que tiene que demostrar, que la disminución de la tasa de ganancia es idéntica al aumento de la tasa del salario, y luego «ilustra» su presupuesto con un ejemplo aritmético que parece haberle divertido mucho. Si la disminución de la tasa de ganancia no expresa sino la disminución de la proporción en que el capital total necesita trabajo vivo para su reproducción, eso es otra cosa. El señor Bastiat pasa por alto la pequeña circunstancia de que en su presupuesto, aunque la tasa de ganancia del capital disminuye, el capital mismo aumenta, el capital presupuesto a la producción. Que el valor del capital no puede crecer sin que se apropie plustrabajo, hasta el señor Bastiat habría podido presentirlo. Que el mero aumento de los productos no aumenta el valor, se lo podrían mostrar las lamentaciones por las cosechas excesivas que figuran en la historia de Francia. La cuestión giraría entonces simplemente en torno a la investigación de si la caída de la tasa de ganancia equivale al crecimiento de la tasa del plustrabajo en relación con el trabajo necesario o, más bien, a la caída de la tasa total del trabajo vivo empleado en relación con el capital reproducido. Por eso el señor Bastiat reparte también el producto simplemente entre capitalista y obrero, en lugar de repartirlo en materia prima, instrumento de producción y trabajo y de preguntarse en qué partes alícuotas se emplea su valor en el cambio por estas diversas porciones. La parte del producto cambiada por materia prima e instrumento de producción no concierne evidentemente en nada a los obreros. Lo que reparten con el capital, como salario y ganancia, no es sino el trabajo vivo mismo recién añadido. Pero lo que sobre todo preocupa a Bastiat es quién va a comerse el producto aumentado. Si el capitalista solo se come una parte relativamente pequeña, ¿no tendrá que comerse el obrero una relativamente grande? Precisamente en Francia, cuya producción total solo en la fantasía de Bastiat da mucho de comer, el señor Bastiat podría convencerse de que en torno al capital se adhiere una masa de cuerpos parásitos que, con uno u otro título, atraen hacia sí tanto de la producción total como para que al obrero no le crezcan los árboles hasta el cielo. Por lo demás, está claro que con la producción en gran escala la masa total del trabajo empleado puede aumentar aunque disminuya la proporción del trabajo empleado con respecto al capital, y que por tanto nada impide que, con el aumento del capital, una población obrera creciente necesite una mayor masa de productos. Por lo demás, Bastiat, en cuyo cerebro armonioso todas las vacas son grises9 (véase arriba, Salario), confunde la disminución del interés con el aumento del salario, cuando más bien es aumento de la ganancia industrial, que no concierne en absoluto a los obreros, sino solo a la proporción en que diversas especies de capitalistas se reparten la ganancia total. Volvamos a nuestros carneros [Retournons à nos moutons]. El producto del capital es, pues, la ganancia. Al comportarse consigo mismo como ganancia, se comporta consigo mismo como fuente productora de valor, y la tasa de ganancia expresa la proporción en que ha aumentado su propio valor. Pero el capitalista no es solo capital. Tiene que vivir, y como no vive del trabajo, tiene que vivir de la ganancia, es decir, del trabajo ajeno que se ha apropiado. Así queda puesto el capital como fuente de la riqueza. El capital se comporta con la ganancia ‒puesto que se ha incorporado la productividad como propiedad inmanente‒ como con un rédito. Puede consumir una parte de él (aparentemente todo, pero eso se revelará falso) sin dejar de ser capital. Después de consumir este fruto puede echar fruto de nuevo. Puede representar la riqueza que disfruta sin dejar de representar la forma general de la riqueza, lo que era imposible para el dinero en la circulación simple. Este tenía que renunciar para seguir siendo forma general de la riqueza; o, si se consumía cambiándose por riqueza real, por disfrutes, dejaba de ser la forma general de la riqueza. Así aparece la ganancia como forma de distribución, igual que el salario. Pero como el capital solo puede crecer por la reconversión de la ganancia en capital ‒en pluscapital‒, la ganancia es igualmente forma de producción del capital; exactamente igual que el salario es, desde el punto de vista del capital, mera relación de producción y, desde el punto de vista del obrero, relación de distribución. Aquí se muestra cómo las relaciones de distribución mismas son producidas por las relaciones de producción y las representan ellas mismas desde otro punto de vista [d'un autre point de vue]. Se muestra, además, cómo la relación de la producción con el consumo está puesta por la producción misma. La insipidez de todos los economistas burgueses, p. ej. también de J. St. Mill, que tiene las relaciones de producción burguesas por eternas, pero sus formas de distribución por históricas, muestra que no entiende ni las unas ni las otras. A propósito del cambio simple, Sismondi observa con razón: «Un cambio supone siempre 2 valores; cada uno puede tener una suerte distinta; pero la cualidad de capital y de rédito no sigue al objeto cambiado; se adhiere a la persona que es su propietaria.» (Sismondi. VI.) A partir de las relaciones de cambio simples no se puede explicar, pues, el rédito. La cualidad de representar capital o rédito que tiene un valor obtenido en el cambio está determinada por relaciones que están más allá del cambio simple. Es necio, por tanto, querer reducir estas formas más complicadas a aquellas relaciones de cambio simples, como hacen los armoniosos librecambistas. Desde el punto de vista del cambio simple, y considerando la acumulación como mera acumulación de dinero (valor de cambio), la ganancia y el rédito del capital son imposibles. «Si los ricos gastan la riqueza acumulada en productos de lujo ‒y solo pueden obtener mercancías mediante el cambio‒, su fondo pronto se agotaría … Pero en el orden social la riqueza ha adquirido la propiedad de reproducirse mediante trabajo ajeno. La riqueza, como el trabajo, y mediante el trabajo, da un fruto anual que puede ser destruido cada año sin que el rico se empobrezca por ello. Este fruto es el rédito que nace del capital.» (Sismondi. IV.) Si la ganancia aparece así como resultado del capital, aparece por otro lado como presupuesto de la formación del capital. Y así queda puesto de nuevo el movimiento circular en el que el resultado aparece como presupuesto. «Así una parte del rédito se transformó en capital, en un valor permanente que se multiplicaba y que ya no perecía; este valor se desprendió de la mercancía que lo había creado; permaneció, como una cualidad metafísica, insustancial, siempre en posesión del mismo cultivador [cultivateur] (capitalista), para quien revistió formas diversas.» (Sismondi. VI.)|
|20| Al estar puesto el capital como poniendo ganancia, como fuente de la riqueza independiente del trabajo, se supone que cada parte del capital es igualmente productiva. Así como en la ganancia la plusvalía se mide por el valor total del capital, así aparece producida por igual por sus diversos componentes. La parte circulante de él (la parte que consiste en materias primas y aprovisionamiento [Approvisionnement]) no rinde, pues, más ganancia que el componente que forma el capital fijo, y la ganancia se refiere por igual a estos componentes según su magnitud.
Como la ganancia del capital solo se realiza en el precio que se paga por él, que se paga por el valor de uso creado por él, la ganancia está determinada, pues, por el excedente del precio obtenido sobre el precio que cubre los desembolsos. Como, además, esta realización solo tiene lugar en el cambio, para el capital individual la ganancia no está necesariamente limitada por su plusvalía, por el plustrabajo contenido en él, sino que está en proporción con el excedente del precio que obtiene en el cambio. Puede cambiar más que su equivalente, y entonces la ganancia es mayor que su plusvalía. Esto solo puede ocurrir en la medida en que el otro que cambia no obtenga un equivalente. La plusvalía total, igual que la ganancia total, que no es sino la plusvalía misma calculada de otro modo, nunca puede crecer ni disminuir por esta operación; no ella misma, sino solo su distribución entre los diversos capitales queda modificada por ello. Sin embargo, esta consideración corresponde a la de los muchos capitales; todavía no a este lugar.
Frente a la ganancia, el valor del capital presupuesto en la producción aparece como adelantos ‒costes de producción‒ que tienen que reponerse en el producto. Deducida la parte del precio que los repone, el excedente forma la ganancia. Como el plustrabajo ‒del que ganancia e interés no son ambos sino porciones‒ no le cuesta nada al capital, y por tanto no figura en el valor adelantado por él ‒no figura en el valor que poseía antes del proceso de producción y de la valorización del producto‒, este plustrabajo, que está incluido en los costes de producción del producto y que forma la fuente de la plusvalía y por tanto también de la ganancia, no figura entre los costes de producción del capital. Estos solo son iguales a los valores realmente adelantados por él, no a la plusvalía apropiada en la producción y realizada en la circulación. Los costes de producción desde el punto de vista del capital no son, por tanto, los costes de producción reales, precisamente porque a él el plustrabajo no le cuesta nada. El excedente del precio del producto sobre el precio de los costes de producción le da ganancia. Por tanto, puede existir ganancia para el capital sin que se realicen sus costes de producción reales, es decir, todo el plustrabajo puesto en obra por él. La ganancia ‒el excedente sobre los adelantos hechos por el capital‒ puede ser menor que la plusvalía ‒el excedente de trabajo vivo obtenido en el cambio por el capital sobre el trabajo objetivado que ha cambiado por la capacidad de trabajo‒. Con la separación del interés respecto de la ganancia ‒que examinaremos enseguida‒, sin embargo, incluso para el capital productivo una parte de la plusvalía queda puesta como coste de producción. La confusión de los costes de producción desde el punto de vista del capital con el quantum de trabajo objetivado en el producto del capital, incluido el plustrabajo, ha hecho decir que «la ganancia no está incluida en el precio natural [natural price]». Sería «absurdo llamar al excedente o ganancia una parte del gasto». (Torrens. IX, 30.)10 Esto conduce luego a una masa de confusión: o bien a hacer que la ganancia no se realice en el cambio, sino que surja de él (lo que solo puede ocurrir siempre de modo relativo, si uno de los que cambian no obtiene su equivalente), o bien a atribuir al capital una fuerza mágica que hace algo de nada. Al realizar el valor puesto en el proceso de producción su precio en el cambio, el precio del producto aparece determinado de hecho por la suma de dinero que expresa un equivalente de la cantidad total de trabajo contenida en la materia prima, la maquinaria, los salarios y el plustrabajo no pagado. Aquí, pues, el precio aparece todavía solo como cambio de forma del valor; el valor expresado en dinero; pero la magnitud de este precio está presupuesta en el proceso de producción del capital. El capital aparece así como determinante del precio, de modo que el precio está determinado por los adelantos hechos por el capital + el plustrabajo realizado por él en el producto. Veremos más adelante cómo, a la inversa, el precio aparece como determinante de la ganancia. Y si aquí los costes de producción reales totales aparecen como determinantes del precio, más adelante el precio aparece como determinante de los costes de producción. La competencia, para imponer al capital sus leyes inmanentes como necesidad exterior, las invierte todas en apariencia. Las trastoca. Repitamos aún: la ganancia del capital no depende de su magnitud, sino, a igual magnitud, de la relación entre sus componentes (la parte constante y la variable); luego, de la productividad del trabajo (que se expresa, sin embargo, en aquella primera proporción, puesto que con una productividad menor el mismo capital no podría elaborar en el mismo tiempo, con la misma porción de trabajo vivo, el mismo material); del tiempo de rotación, que está determinado por diversas proporciones entre capital fijo y circulante, por la diversa durabilidad del capital fijo, etc., etc. (véase arriba). La desigualdad de la ganancia en distintas ramas de la industria para capitales de igual magnitud, es decir, la desigualdad de la tasa de ganancia, es condición y presupuesto de las nivelaciones de la competencia.
En la medida en que el capital obtiene materia prima, instrumento y trabajo mediante el cambio, los compra, sus elementos mismos existen ya en la forma de precios; ya están puestos como precios; le están presupuestos. La comparación del precio de mercado de su producto con los precios de sus elementos se vuelve entonces decisiva para él. Pero esto corresponde al capítulo de la competencia.
Así pues, la plusvalía que el capital pone en un tiempo de rotación dado adopta la forma de la ganancia en la medida en que se mide por el valor total del capital presupuesto a la producción. Mientras que la plusvalía se mide directamente por el tiempo de plustrabajo que el capital gana en el cambio con el trabajo vivo. La ganancia no es sino otra forma de la plusvalía, más desarrollada en el sentido del capital. La plusvalía se considera aquí más bien como cambiada en el proceso de producción por el capital mismo, no por el trabajo. Por eso el capital aparece como capital, como valor presupuesto que, por la mediación de su propio proceso, se refiere a sí como valor puesto, producido, y el valor puesto por él se llama ganancia.
Las 2 leyes inmediatas que se nos presentan en esta transformación de la plusvalía en la figura de la ganancia son estas: 1) La plusvalía expresada como ganancia aparece siempre como una proporción menor de la que realmente importa la plusvalía en su realidad inmediata. Pues en lugar de medirse por una parte del capital, la cambiada por trabajo vivo (una relación que resulta ser la del trabajo necesario con el plustrabajo), se mide por el todo. Sea cual sea la plusvalía que pone un capital a, y sea cual sea la proporción en a de c y v, la parte constante y la variable del capital, la plusvalía m tiene que aparecer menor medida por c + v que medida por su medida real v. La ganancia o ‒si no se considera como suma absoluta, sino, como se hace casi siempre, como proporción (la tasa de ganancia es la ganancia expresada como la relación en que el capital ha puesto plusvalía)‒ la ||21| tasa de ganancia nunca expresa la tasa real en que el capital explota el trabajo, sino siempre una relación mucho menor, y tanto más falsa es la relación que expresa cuanto mayor es el capital. La tasa de ganancia solo podría expresar la tasa real de la plusvalía si todo el capital se transformara meramente en salario; si todo el capital se cambiara por trabajo vivo, existiera por tanto solo como aprovisionamiento, y no solo no en la forma de materia prima ya producida (lo que ha ocurrido en la industria extractiva), es decir, si no solo la materia prima fuera = 0, sino también los medios de producción, sea en la forma de instrumentos o de capital fijo desarrollado, = 0. Este último caso no puede darse sobre la base del modo de producción que corresponde al capital. Si a = c + v, sea cual sea el número m, [es m/c + v < m/v].
- La 2.ª gran ley es que, a medida que el capital se ha apropiado ya el trabajo vivo en la forma del trabajo objetivado, a medida, pues, que el trabajo está ya capitalizado y por eso actúa también crecientemente en el proceso de producción en la forma de capital fijo, o a medida que crece la fuerza productiva del trabajo, la tasa de ganancia disminuye. El crecimiento de la fuerza productiva del trabajo equivale a) al crecimiento de la plusvalía relativa o del tiempo de plustrabajo relativo que el obrero da al capital; b) a la reducción del tiempo de trabajo necesario para la reproducción de la capacidad de trabajo; c) a la disminución de la parte del capital que se cambia en general por trabajo vivo [en comparación] con las partes de él que participan en el proceso de producción como trabajo objetivado y valor presupuesto. La tasa de ganancia está, por tanto, en proporción inversa al crecimiento de la plusvalía relativa o del plustrabajo relativo, al desarrollo de las fuerzas productivas y a la magnitud del capital empleado en la producción como capital [constante]. En otras palabras, la segunda ley es la tendencia de la tasa de ganancia a caer con el desarrollo del capital, tanto de su fuerza productiva como del alcance en que ya se ha puesto como valor objetivado; del alcance en que tanto el trabajo como la fuerza productiva están capitalizados.
Otras causas que por lo demás pueden actuar sobre la tasa de ganancia, que pueden hacerla bajar durante periodos más largos o más cortos, todavía no corresponden a este lugar. Es completamente cierto que, considerando el proceso de producción en su conjunto, el capital que actúa como material y capital fijo no solo es trabajo objetivado, sino que tiene que ser reproducido de nuevo por el trabajo, y reproducido constantemente. Su existencia supone, pues ‒el alcance que ha alcanzado su existencia supone, pues, un alcance de la población trabajadora, una gran población, que es en y para sí condición de toda fuerza productiva‒, pero esta reproducción tiene lugar en todas partes bajo el presupuesto de la acción del capital fijo, de la materia prima y de la fuerza científica, tanto como tal como apropiada por la producción y ya realizada en ella misma. Este punto solo ha de desarrollarse más de cerca al considerar la acumulación.
Está claro, además, que aunque la parte del capital que se cambia por trabajo vivo, considerada en relación con el capital total, disminuye, la masa total del trabajo vivo empleado puede aumentar o seguir siendo la misma si el capital crece en la misma o en mayor proporción. La población puede crecer, pues, constantemente en la proporción en que disminuye el trabajo necesario. Si el capital a gasta 1/2 en c y 1/2 en v, pero el capital a′ 3/4 en c y 1/4 en v, el capital a′ podría emplear en 6/4c 2/4v. Pero si originariamente era = 3/4c + 1/4v, ahora es = 6/4c + 2/4v, o ha crecido en 4/4; es decir, se ha duplicado. Sin embargo, también esta relación ha de examinarse más de cerca en la teoría de la acumulación y de la población. En general, no deben despistarnos de momento las consecuencias que se siguen de las leyes ni las vacilaciones en uno y otro sentido acerca de ellas.
La tasa de ganancia está determinada, pues, no solo por la relación entre el plustrabajo y el trabajo necesario, o por la relación en que el trabajo objetivado se cambia por el vivo, sino por la relación en general entre el trabajo vivo empleado y el trabajo objetivo; la porción del capital que se cambia en general por trabajo vivo frente a la parte que participa en el proceso de producción como trabajo objetivado. Pero esta porción disminuye en la misma proporción en que crece el plustrabajo frente al necesario.
(Como el obrero tiene que reproducir la parte del capital que se cambia por su capacidad de trabajo tanto como las otras partes del capital, la relación en que el capitalista gana en el cambio con la capacidad de trabajo aparece determinada por la relación entre el trabajo necesario y el plustrabajo. Originariamente esto aparece así: el trabajo necesario solo le repone el desembolso. Pero como no desembolsa nada más que el trabajo mismo ‒como se muestra en la reproducción‒, la relación puede expresarse simplemente así: la relación de la plusvalía como relación entre el trabajo necesario y el plustrabajo.)
❲Respecto al capital fijo ‒y a la durabilidad como condición de él, que no le viene de fuera‒, hay que observar todavía lo siguiente: en la medida en que el instrumento de producción mismo es valor, trabajo objetivado, no contribuye como fuerza productiva. Si una máquina cuya fabricación cuesta 100 jornadas de trabajo solo reemplazara 100 jornadas de trabajo, no aumentaría en modo alguno la fuerza productiva del trabajo ni reduciría en modo alguno el coste del producto. Cuanto más duradera es la máquina, tanto más a menudo puede crearse con ella la misma cantidad de producto, o tanto más a menudo puede renovarse el capital circulante, repetirse su reproducción, y tanto menor es la parte de valor (la necesaria para reponer el desgaste [déchet, wear and tear] de la máquina); es decir, tanto más se reduce el precio del producto y su coste de producción en cada caso. Sin embargo, aquí no podemos introducir todavía en el desarrollo la relación de precios. La rebaja del precio como condición para la conquista del mercado corresponde a la competencia. Por tanto, hay que desarrollarlo de otro modo. Si el capital pudiera tener el instrumento de producción sin costes, por 0, ¿cuál sería la consecuencia? La misma que si los costes de circulación fueran = 0. Es decir, el trabajo necesario para el mantenimiento de la capacidad de trabajo se reduciría y así [aumentaría] el plustrabajo, es decir, la plusvalía, sin que al capital le costara lo más mínimo. Tal aumento de la fuerza productiva, una maquinaria que no le cuesta nada, es la división del trabajo y la combinación del trabajo dentro del proceso de producción. Pero supone trabajo en gran escala, es decir, desarrollo del capital y del trabajo asalariado. Otra fuerza productiva que no le cuesta nada es la fuerza científica. (Que siempre tiene que pagar cierto tributo a curas, maestros de escuela y eruditos, desarrollen estos mucha o poca fuerza científica, se entiende por sí mismo.) Pero esta última solo puede apropiársela mediante el empleo de la maquinaria (en parte también en el proceso químico). El crecimiento de la población es una de esas fuerzas productivas que no le cuestan nada. En suma, todas las fuerzas sociales que se desarrollan con el crecimiento de la población y el desarrollo histórico de la sociedad no le cuestan nada. Pero en la medida en que, para emplearse en el proceso inmediato de producción, necesitan ellas mismas un sustrato producido por el trabajo, es decir, que existe en la forma de trabajo objetivado, y por tanto son ellas mismas valores, solo puede apropiárselas mediante equivalentes. Bien [Well]. Un capital fijo cuyo empleo costara más que el del trabajo vivo, ||22| es decir, que requiriera más trabajo vivo para su producción o mantenimiento del que reemplazara, sería un estorbo [nuisance]. Uno que no costara nada, sino que el capitalista solo necesitara apropiárselo, poseería el máximo de valor para el capital. De la simple proposición de que, si el valor de la maquinaria es = 0, es cuando más valiosa es para el capital, se sigue que toda reducción de su coste es una ganancia para él. Mientras que, por un lado, es tendencia del capital aumentar el valor total del capital fijo, [es] a la vez [su tendencia] reducir el valor de cada parte alícuota de él. En la medida en que el capital fijo entra como valor en la circulación, deja de actuar como valor de uso en el proceso de producción. Su valor de uso es precisamente el aumento de la fuerza productiva del trabajo, la reducción del trabajo necesario, el aumento del plustrabajo relativo y, por tanto, de la plusvalía. En la medida en que entra en la circulación, su valor solo se repone, no se aumenta. El producto, en cambio, el capital circulante, es el portador de la plusvalía, que solo se realiza en cuanto sale del proceso de producción y entra en la circulación. Si la máquina durara eternamente, si no consistiera ella misma en material perecedero que tuviera que reproducirse (aun prescindiendo por completo de la invención de máquinas perfeccionadas que le quitan su carácter de máquina), si fuera un perpetuum mobile, correspondería del modo más completo a su concepto. Su valor no necesitaría reponerse, porque perduraría en una materialidad indestructible. Como el capital fijo solo se emplea en la medida en que es menor como valor que como ponedor de valor, aunque él mismo nunca entrara [de una vez] como valor en la circulación, la plusvalía realizada en el capital circulante repondría pronto, sin embargo, los adelantos, y así actuaría como ponedor de valor después de que sus costes para el capitalista, igual que [los] del plustrabajo que este se apropia, fueran = 0. Seguiría actuando como fuerza productiva del trabajo y sería a la vez dinero en la 3.ª acepción, valor constante que es para sí. Tómese un capital de 1000 l.; sea 1/5 maquinaria; la plusvalía, en suma, = 50. El valor de la maquinaria, pues, igual a 200. Al cabo de 4 rotaciones la maquinaria estaría pagada. Y además de que el capital seguiría poseyendo en la maquinaria trabajo objetivado por valor de 200, a partir de la 5.ª rotación sería lo mismo que si con un capital que solo le cuesta 800 hiciera 50, por tanto, en lugar del 5 %, el 6 1/4 por ciento. En cuanto el capital fijo entra como valor en la circulación, cesa su valor de uso para el proceso de valorización del capital, o solo entra en ella en cuanto este ce[sa]. Por eso, cuanto más duradero es, cuanto menos necesita reparación, reproducción total o parcial, cuanto más largo es su tiempo de circulación, tanto más actúa como fuerza productiva del trabajo, como capital, es decir, como trabajo objetivado que pone plustrabajo vivo. La duración del capital fijo, idéntica a la longitud del tiempo de circulación de su valor o del tiempo requerido para su reproducción, se desprende como momento de valor suyo de su concepto mismo. (Que en y para sí, considerada de modo puramente material, está en el concepto de medio de producción no necesita explicación.)❳
La tasa de la plusvalía está determinada simplemente por la relación entre el plustrabajo y el trabajo necesario; la tasa de ganancia está determinada por la relación no solo entre el plustrabajo y el necesario, sino entre la parte del capital cambiada por trabajo vivo y el capital total que entra en la producción.
La ganancia, tal como la consideramos aquí todavía, es decir, como ganancia del capital, no de un capital individual a costa de otro, sino como ganancia de la clase capitalista, expresada en concreto, no puede ser nunca mayor que la suma de la plusvalía. Como suma, es la suma de la plusvalía, pero esta misma suma de valor como proporción con el valor total del capital, en lugar de con la parte de él cuyo valor crece realmente, es decir, que se cambia por trabajo vivo. En su forma inmediata, la ganancia no es sino la suma de la plusvalía expresada como proporción con el valor total del capital.
La transformación de la plusvalía en la forma de la ganancia, este modo de calcular la plusvalía por el capital, por mucho que descanse en una ilusión sobre la naturaleza de la plusvalía, o más bien la encubra, es necesaria desde el punto de vista del capital.
❲Uno puede imaginarse fácilmente que la máquina como tal, porque actúa como fuerza productiva del trabajo, pone valor. Pero si la máquina no necesitara trabajo, podría aumentar el valor de uso; pero el valor de cambio que creara nunca sería mayor que sus propios costes de producción, su propio valor, el trabajo objetivado en ella. No crea valor porque reemplace trabajo, sino solo en la medida en que es un medio para aumentar el plustrabajo, y solo este mismo es tanto la medida como la sustancia de la plusvalía puesta con ayuda de la máquina; por tanto, en general, el trabajo.❳
La reducción del trabajo necesario en relación con el plustrabajo se expresa, si consideramos la jornada de un obrero individual, en que una parte mayor de la jornada de trabajo es apropiada por el capital. El trabajo vivo que se emplea sigue siendo aquí el mismo. Supongamos que por un aumento de la fuerza productiva, p. ej. por el empleo de maquinaria, de 6 obreros que trabajan cada uno 6 días a la semana se hicieran superfluos 3. Si los 6 obreros mismos poseyeran la maquinaria, cada uno trabajaría solo medio día. Ahora 3 siguen trabajando un día entero cada día de la semana. Si el capital siguiera empleando a los 6, cada uno trabajaría solo medio día, pero no haría plustrabajo. Supongamos que el trabajo necesario era antes de 10 horas y el plustrabajo diario de 2; el plustrabajo total de los 6 obreros era, pues, de 2 × 6 al día, igual a un día, y a la semana igual a 6 días = 72 horas. Cada uno trabajaba gratis un día a la semana. O sería lo mismo que si el 6.º obrero hubiera trabajado gratis toda la semana. Los 5 obreros representan trabajo necesario, y si pudieran reducirse a 4 y el obrero restante siguiera trabajando gratis como antes, la plusvalía relativa habría crecido. Antes era = [1 : 6],11 y ahora sería como [1 : 5]. La ley anterior de aumentar el número de horas de plustrabajo adopta, pues, ahora la forma de reducir el número de obreros necesarios. Si fuera posible para el mismo capital emplear a los 6 obreros a esta nueva tasa, la plusvalía habría aumentado no solo relativa, sino absolutamente. El tiempo de plustrabajo importaría 14 2/5 horas. 2 2/5 horas sobre 6 obreros es, naturalmente, más que 2 2/5 sobre 5.
Si consideramos la plusvalía absoluta, aparece determinada por la prolongación absoluta de la jornada de trabajo más allá del tiempo de trabajo necesario. El tiempo de trabajo necesario trabaja para el mero valor de uso, para la subsistencia. La jornada de plustrabajo es trabajo para el valor de cambio, para la riqueza. Es el primer momento del trabajo industrial. El límite natural está puesto ‒en el presupuesto de que existen las condiciones de trabajo, materia prima e instrumento de trabajo, o una de las dos, según que el trabajo sea meramente extractivo o formador, que se limite a aislar el valor de uso del cuerpo de la tierra o le dé forma‒, el límite natural está puesto por el número de jornadas de trabajo simultáneas o de capacidades de trabajo vivas, es decir, por la población trabajadora. En esta etapa, la diferencia entre la producción del capital y etapas anteriores de producción es todavía solo formal. El robo de personas, la esclavitud, el comercio de esclavos y el trabajo forzado de estos, ||23| el aumento de estas máquinas que trabajan, máquinas que producen plusproducto [Surplusproduce], está aquí puesto directamente por la violencia; en el capital, mediado por el cambio.
Los valores de uso crecen aquí en la misma proporción simple que los valores de cambio, y por eso esta forma del plustrabajo aparece tanto en los modos de producción de la esclavitud, la servidumbre, etc., donde se trata principal y predominantemente del valor de uso, como en el modo de producción del capital, orientado directamente al valor de cambio y solo indirectamente al valor de uso. Este valor de uso puede ser puramente fantástico, como p. ej. en la construcción de las pirámides egipcias, en suma, en los trabajos de lujo religiosos a los que se obligaba a la masa de la nación en Egipto, la India, etc., o estar orientado a lo inmediatamente útil, como p. ej. entre los antiguos etruscos.
Pero en la 2.ª forma de la plusvalía, como plusvalía relativa, que aparece como desarrollo de la fuerza productiva de los obreros, en relación con la jornada de trabajo como reducción del tiempo de trabajo necesario y en relación con la población como reducción de la población trabajadora necesaria (esta es la forma antagónica), en esta forma aparece inmediatamente el carácter industrial y distintivamente histórico del modo de producción fundado en el capital.
A la primera forma corresponde la transformación violenta de la mayor parte de la población en asalariados y la disciplina que convierte su existencia en la de meros obreros. Durante 150 años, p. ej., a partir de Enrique VII, los anales de la legislación inglesa contienen, escritas con letra sangrienta, las medidas coercitivas que se aplicaron para transformar en asalariados libres a la masa de la población que había quedado sin propiedad y libre. La supresión de los séquitos feudales, la confiscación de los bienes de la Iglesia, la supresión de las guildas y la confiscación de su propiedad, la expulsión violenta de la población del campo mediante la transformación de tierras de labor en pastos para el ganado, los cercamientos de tierras comunales [enclosures of commons], etc., habían puesto a los obreros como mera capacidad de trabajo. Pero ellos preferían ahora, por supuesto, el vagabundeo, la mendicidad, etc., al trabajo asalariado, y hubo que acostumbrarlos a este por la fuerza. Esto se repite de forma parecida con la introducción de la gran industria, de las fábricas movidas por máquinas. Cf. Owen.12
Solo en cierta etapa del desarrollo del capital se vuelve el cambio de capital y trabajo de hecho formalmente libre. Puede decirse que el trabajo asalariado no se realizó plenamente en cuanto a la forma hasta finales del siglo XVIII en Inglaterra, con la abolición de la ley del aprendizaje [law of apprenticeship].13
La tendencia del capital es, por supuesto, combinar la plusvalía absoluta con la relativa; por tanto, la máxima extensión de la jornada de trabajo con el máximo número de jornadas de trabajo simultáneas, a la vez que la reducción, por un lado, del tiempo de trabajo necesario al mínimo, y por otro, del número de obreros necesarios al mínimo. Esta exigencia contradictoria, cuyo desarrollo se mostrará en diversas formas como sobreproducción, sobrepoblación, etc., se hace valer en la forma de un proceso en el que las determinaciones contradictorias se suceden en el tiempo. Una consecuencia necesaria de ella es la máxima multiplicación posible del valor de uso del trabajo ‒o de las ramas de producción‒, de modo que la producción del capital, así como por un lado produce constante y necesariamente el desarrollo de la intensidad [de la] fuerza productiva del trabajo, [así] por otro produce la ilimitada variedad de las ramas de trabajo, es decir, pues, la más universal riqueza de forma y de contenido de la producción, sometiéndole todos los lados de la naturaleza.
El aumento de la fuerza productiva tal como resulta por sí mismo, en la producción en gran escala, de la división y combinación del trabajo, la economía en ciertos gastos ‒condiciones del proceso de trabajo‒ que siguen siendo los mismos o disminuyen con el trabajo en común, como la calefacción, etc., los edificios de trabajo, etc., no le cuestan nada al capital; este obtiene gratis esa fuerza productiva aumentada del trabajo. Si la fuerza productiva aumentara simultáneamente en la producción de las diversas condiciones de producción, materia prima, medios de producción y medios de subsistencia, y en las [ramas de producción] determinadas [por ellas], su crecimiento no produciría ningún cambio en la relación de los diversos componentes del capital entre sí. Si la fuerza productiva del trabajo crece simultáneamente, p. ej., en la producción de lino, de telares y en el tejer mismo (por la división del trabajo), a la masa mayor que se tejiera en un día correspondería una masa mayor de materia prima, etc. En los trabajos extractivos, p. ej. en la industria minera, no se requiere, cuando el trabajo se hace más productivo, que crezca la materia prima, puesto que no se elabora materia prima alguna. Para hacer más productivas las cosechas no se requiere siquiera que los instrumentos hayan crecido en número, sino solo que estén concentrados y que el trabajo que antes hacían centenares por separado se haga en común. Pero lo que se requiere para todas las formas del plustrabajo es el crecimiento de la población; de la población obrera para la primera forma; de la población en general para la segunda, puesto que esta exige el desarrollo de la ciencia, etc. Pero la población aparece aquí como la fuente fundamental de la riqueza.
Pero tal como consideramos originariamente el capital, la materia prima y el instrumento aparecen procedentes de la circulación, no producidos por él mismo; como también en la realidad el capital individual obtiene de la circulación las condiciones de su producción, aunque estas, por su parte, han sido producidas a su vez por capital, pero por otro capital. De ahí se sigue, por un lado, la tendencia necesaria del capital a adueñarse de la producción en todos sus aspectos; su tendencia a poner la producción de los materiales de trabajo o de las materias primas, así como de los instrumentos, igualmente como producida por el capital, aunque sea por otro capital; la tendencia propagandística del capital. Pero, en segundo lugar, está claro que si las condiciones objetivas de producción que obtiene de la circulación siguen siendo las mismas en cuanto al valor, es decir, si en el mismo quantum de valor de uso se objetiva el mismo quantum de trabajo, puede desembolsarse en trabajo vivo una parte menor del capital, o cambia la proporción de los componentes del capital. Si el capital es, p. ej., de 100, la materia prima 2/5, el instrumento 1/5, el trabajo 2/5, y si por la duplicación de la fuerza productiva (división del trabajo) el mismo trabajo pudiera elaborar con el mismo instrumento el doble de materia prima, el capital tendría que crecer en 40; tendría que trabajar, pues, un capital de 140, del que 80 serían materia prima, 20 instrumento y 40 trabajo. El trabajo estaría ahora en la relación = [40 : 140] (antes = [40 : 100]); el trabajo estaba antes en la relación [4 : 10]; ahora solo en la relación [4 : 14]. O, en el mismo capital de 100, correspondería ahora a la materia prima 3/5, al instrumento 1/5 y al trabajo 1/5. La ganancia sería como antes de 20. Pero el plustrabajo sería del 100 % cuando antes era del 50. Solo necesita ya 20 de trabajo para 60 de materia prima y 20 de instrumento. 80.|20.|100.| Un capital de 80 le da una ganancia de 20. Si el capital tuviera que emplear ahora todo el trabajo en esta etapa de producción, tendría que crecer hasta 160; a saber, 80 de materia prima, 40 de instrumento y 40 de trabajo. Esto daría una plusvalía de 40. En la etapa anterior, en la que el capital de 100 solo da una plusvalía de 20, un capital de 160 solo daría una plusvalía de 32, es decir, 8 menos, y el capital tendría que crecer hasta 200 para producir la misma plusvalía de 40.
Hay que distinguir: 1) El trabajo creciente (o la intensidad, la velocidad del trabajo) no requiere un adelanto mayor en material o instrumento de trabajo. P. ej., los mismos 100 obreros con instrumentos del mismo valor pescan más peces, o cultivan mejor el suelo, o extraen más mineral de las minas o más carbón de las minas de carbón, o baten más láminas del mismo quantum de oro gracias a una mayor destreza, una mejor combinación y división del trabajo, etc., o desperdician menos materia prima, y por tanto llegan más lejos con el mismo quantum de valor en materia prima. En este caso, pues, si suponemos que sus productos mismos entran en su consumo, su tiempo de trabajo necesario disminuye; con los mismos ||24| costes de mantenimiento hacen un trabajo mayor. O una parte menor de su trabajo es necesaria para la reproducción de la capacidad de trabajo. La parte necesaria del tiempo de trabajo disminuye en relación con el tiempo de plustrabajo y, aunque el valor del producto sigue siendo el mismo, 100 jornadas de trabajo, aumenta la parte que corresponde al capital, la plusvalía. Si la [parte] total de plustrabajo era = 1/10, es decir, = 10 jornadas de trabajo, y ahora es 1/5, el tiempo de plustrabajo ha crecido en 10 días. Los obreros trabajan 80 días para sí y 20 para el capitalista, mientras que en el primer caso trabajaban 90 para sí y solo 10 para el capitalista. (Este cálculo por jornadas de trabajo, y el tiempo de trabajo como única sustancia del valor, se muestra abiertamente allí donde existen relaciones de servidumbre de la gleba. En el capital está encubierto por el dinero.) Del valor recién creado corresponde una porción mayor al capital. Pero las relaciones entre los diversos componentes del capital invariable siguen siendo, según el supuesto, las mismas. Es decir, aunque el capitalista emplea una masa mayor de plustrabajo porque paga menos salario, no emplea más capital en materias primas e instrumentos. Cambia una parte menor de trabajo objetivado por el mismo quantum de trabajo vivo, o el mismo quantum de trabajo objetivado por un quantum mayor de trabajo vivo. Esto solo es posible en la industria extractiva; en la manufacturera, en la medida en que se economiza más la materia prima; además, allí donde procesos químicos aumentan la materia, en la agricultura; en la industria del transporte.
La productividad aumenta simultáneamente no solo en la rama de producción determinada, sino también en sus condiciones, a saber, en el caso en que con la intensidad del trabajo, con el aumento de los productos del trabajo en el mismo tiempo, tiene que aumentarse la materia prima o el instrumento, o ambos. (La materia prima puede no costar nada, p. ej. en el trenzado de juncos; madera que no cuesta nada, etc.) En este caso, la relación del capital seguiría siendo la misma. Es decir, con la productividad creciente del trabajo, el capital no necesita desembolsar más valor en materia prima e instrumento.
La productividad aumentada del trabajo requiere que se desembolse una parte mayor del capital en materia prima e instrumento. Si la misma cantidad de obreros se ha hecho más productiva solo por la división del trabajo, etc., el instrumento sigue siendo el mismo; solo tiene que crecer la materia prima, puesto que el mismo número de obreros elabora en el mismo tiempo un quantum mayor de ella y, según el supuesto, la productividad solo ha resultado de una mayor destreza de los obreros, de la división y combinación del trabajo, etc. En este caso, la parte del capital cambiada por trabajo vivo no solo disminuye (sigue siendo la misma si solo crece el tiempo de trabajo absoluto; disminuye si crece el relativo) relativamente frente a los otros componentes del capital, que siguen siendo los mismos, en lo que importa su propia caída, sino igualmente en lo que importa el crecimiento de estos.
Si era
| Materia prima | Instrumento | Trabajo | m | |
|---|---|---|---|---|
| Jornadas de trabajo: | 180 | 90 | 80 | 10 |
| 411 3/7 | 90 | 70 | 20. |
En el primer caso: de modo que de 90 jornadas de trabajo, 10 son jornadas de plustrabajo; el plustrabajo, el 12 1/2 por ciento. En el segundo caso, la proporción de la materia prima ha subido en la misma proporción en que ha subido la proporción del plustrabajo, comparada con el primer caso.
Si en todos los casos el crecimiento de la plusvalía supone crecimiento de la población, en este caso supone igualmente acumulación, o un capital mayor que entra en la producción. (Esto se resuelve, en definitiva, también en una población obrera mayor ocupada en la producción de la materia prima.) En el primer caso, la parte total del capital que está empleada en trabajo forma 1/4 del capital total; y está con la parte constante del capital en la relación [1 : 3]; en el 2.º caso, menos de 1/6 del capital total, y la parte total del capital empleada en trabajo no llega a estar con la parte constante del capital en la relación [1 : 5]. Por eso, aunque el aumento de la fuerza productiva basado en la división y combinación del trabajo descansa en un aumento absoluto de la fuerza de trabajo empleada, está necesariamente ligado a la disminución de esta en relación con el capital que pone en movimiento. Y si en la primera forma, la del plustrabajo absoluto, la masa de trabajo empleada tiene que crecer en la misma proporción que el capital empleado, en el 2.º caso crece en menor proporción, y además en proporción inversa al crecimiento de la fuerza productiva.
Si con este último método de empleo del trabajo agrícola la productividad del suelo se duplicara, si la misma cantidad de trabajo diera 1 quarter de trigo en lugar de 1/2, el trabajo necesario bajaría en 1/2 y el capital podría emplear el doble número con el mismo salario. (Esto expresado solo en grano.) Pero supongamos que no necesita más obreros para el cultivo de su tierra. Entonces empleará el mismo trabajo con la mitad del salario anterior; una parte de su capital queda libre, de la que antes se desembolsaba en dinero; el tiempo de trabajo empleado ha seguido siendo el mismo en relación con el capital empleado, pero su parte excedente ha subido en relación con la necesaria. Si antes la relación del trabajo necesario con la jornada de trabajo total era = 3/4 de la jornada de trabajo o 9 horas, ahora será igual a 3/8 o = 4 1/2 horas. La plusvalía era en el primer caso de 3 horas; en el 2.º, = 7 1/2.
El curso del proceso es este: con una población obrera y una magnitud de la jornada de trabajo dadas, es decir, la magnitud de la jornada de trabajo multiplicada por el número de jornadas de trabajo simultáneas, el plustrabajo solo puede aumentarse ya relativamente, mediante una mayor fuerza productiva del trabajo, cuya posibilidad está ya puesta en el presupuesto crecimiento de la población y en su adiestramiento para el trabajo [training to labour] (con lo que también queda puesto cierto tiempo libre para la población no trabajadora, que no trabaja directamente, y por tanto el desarrollo de las capacidades espirituales, etc.; la apropiación espiritual de la naturaleza). Dada cierta etapa del desarrollo de las fuerzas productivas, el plustrabajo solo puede aumentarse ya absolutamente mediante la transformación de una parte mayor de la población en obreros y el aumento de las jornadas de trabajo simultáneas. El primer proceso es la reducción de la población obrera relativa, aunque absolutamente siga siendo la misma; el 2.º es el aumento de ella. Ambas tendencias son tendencias necesarias del capital. La unidad de estas tendencias contradictorias, y por tanto la contradicción viva, solo se da con la maquinaria, de la que hablaremos enseguida. La 2.ª forma solo permite evidentemente una proporción pequeña de la población no trabajadora con respecto a la trabajadora. La primera, puesto que con ella la cuota requerida de trabajo vivo aumenta más despacio que la cuota de capital empleado, permite una proporción mayor de la población no trabajadora con respecto a la trabajadora.
La relación de los diversos componentes del capital entre sí, tal como [estos] aparecen en su devenir, cuando obtiene de la circulación la materia prima y el instrumento, las condiciones del producto, y se comporta con ellos como con presupuestos dados, desaparece ciertamente si se considera más de cerca, puesto que todos los momentos aparecen producidos por igual por el capital, ya que de otro modo no se habría sometido las condiciones totales de su producción; pero para el capital individual permanecen siempre en la misma relación. Una parte de él puede considerarse, por tanto, siempre como valor constante, y solo la desembolsada en trabajo es la que varía. Estos componentes no se desarrollan uniformemente, pero la tendencia del capital es, como se mostrará en la competencia, repartir uniformemente la fuerza productiva.|
|25| Como la productividad creciente del trabajo haría que el capital encontrara una barrera en la masa no creciente de la materia prima y de la maquinaria, el curso del desarrollo industrial es que, cuanto más es la producción producción de materias primas para la industria, tanto materia prima para material de trabajo como [para] instrumento, cuanto más se acerca el material de trabajo a la mera materia prima, precisamente en esas ramas empieza la introducción del trabajo en gran escala, así como el empleo de maquinaria. Así, en la hilatura antes que en la tejeduría, en la tejeduría antes que en la estampación, etc. En la producción de los metales, que son la principal materia prima de los instrumentos de trabajo mismos, la primera. Si el producto bruto propiamente dicho, que suministra la materia prima de la industria en el nivel más bajo, no puede aumentarse rápidamente, se recurre a un sustituto que pueda aumentarse más deprisa. (El algodón en lugar del lino, la lana y la seda.) En la sustitución del grano por las patatas ocurre lo mismo con los medios de subsistencia. La mayor productividad en este último caso se obtiene produciendo un artículo peor, que contiene menos sustancias formadoras de sangre y, por tanto, condiciones orgánicas más baratas de su reproducción. Esto último corresponde al examen del salario. Al tratar del mínimo del salario, no olvidar a Rumford.14
Pasemos ahora al 3.er caso del plustrabajo relativo, tal como se presenta en el empleo de la maquinaria.
❲En el curso de nuestra exposición se ha mostrado cómo el valor, que aparecía como una abstracción, solo es posible como tal abstracción en cuanto está puesto el dinero; la circulación del dinero, por otro lado, conduce al capital y, por tanto, solo puede estar plenamente desarrollada sobre la base del capital, igual que, en general, solo sobre su base puede la circulación apoderarse de todos los momentos de la producción. En el desarrollo se muestra, pues, no solo el carácter histórico de las formas, como el capital, que pertenecen a una época histórica determinada, sino que determinaciones como el valor, que aparecen puramente abstractas, muestran la base histórica de la que están abstraídas y sobre la que, por tanto, únicamente pueden aparecer en esta abstracción; y determinaciones que pertenecen más o menos [plus ou moins] a todas las épocas, como p. ej. el dinero, muestran la modificación histórica que experimentan. El concepto económico de valor no aparece entre los antiguos. El valor, a diferencia del pretium,15 solo en sentido jurídico, contra el perjuicio en el precio, etc. El concepto de valor pertenece enteramente a la economía más moderna, porque es la expresión más abstracta del capital mismo y de la producción que descansa en él. En el concepto de valor se delata su secreto.❳
Lo que distingue al plustrabajo fundado en la maquinaria es la reducción del tiempo de trabajo necesario que se emplea, en la forma de que se emplean menos jornadas de trabajo simultáneas, menos obreros. El segundo momento es que el aumento de la fuerza productiva misma tiene que pagarlo el capital, no es gratuito. El medio por el que se pone en obra este aumento de la fuerza productiva es él mismo tiempo de trabajo inmediato objetivado, valor, y para apoderarse de él el capital tiene que cambiar por él una parte de su valor. Es fácil desarrollar la entrada de la maquinaria a partir de la competencia y de la ley de reducción de los costes de producción que esta desencadena. Aquí se trata de desarrollarla a partir de la relación del capital con el trabajo vivo, sin tener en cuenta otro capital.
Si un capitalista empleara en la hilatura de algodón 100 obreros que le cuestan anualmente 2400 l. est. y reemplazara a 50 obreros por una máquina de 1200 libras, pero de modo que la máquina se desgastara igualmente en el año y tuviera que reponerse de nuevo al comienzo del 2.º año, evidentemente no habría ganado nada; tampoco podría vender más baratos sus productos. Los 50 obreros restantes harían la misma obra que antes 100; el tiempo de plustrabajo de cada obrero individual habría aumentado en la misma proporción en que habría disminuido su número, y habría seguido siendo, por tanto, el mismo. Si antes era diariamente = 200 horas de trabajo, es decir, 2 horas por cada una de las 100 jornadas de trabajo, ahora sería igualmente = 200 horas de trabajo, es decir, = 4 por cada una de las 50 jornadas de trabajo. Con respecto al obrero, su tiempo excedente habría aumentado; para el capital la cosa sería la misma, puesto que ahora tendría que cambiar 50 jornadas de trabajo (tiempo necesario y tiempo excedente juntos) por la máquina. Las 50 jornadas de trabajo objetivadas que cambia por maquinaria solo le darían un equivalente, es decir, no tiempo excedente, como si hubiera cambiado 50 jornadas de trabajo objetivadas por 50 vivas. Pero esto quedaría compensado por el tiempo de plustrabajo de los 50 obreros restantes. Despojada de la forma del cambio, la cosa sería la misma que si el capitalista hiciera trabajar a 50 obreros cuya jornada de trabajo entera fuera solo trabajo necesario, y ocupara a cambio a otros 50 cuya jornada de trabajo compensara esta «pérdida». Pero supongamos que la máquina solo cuesta 960 l., es decir, solo 40 jornadas de trabajo, y que los obreros restantes siguen produciendo cada uno, como antes, 4 horas de tiempo de plustrabajo, es decir, 200 horas o 16 días y 8 horas (16 2/3 días); entonces el capitalista habría ahorrado en desembolso 240 l. Pero mientras que antes, sobre un desembolso de 2400, solo ganaba 16 días y 8 horas, ahora, sobre un desembolso de 960, ganaría igualmente 200 horas de trabajo. 200 es a 2400 = [1 : 12]; en cambio, [200 : 2160 = 20 : 216 = 1 : 10 4/5]. Expresado en jornadas de trabajo, en el primer caso ganaría 16 días y 8 horas sobre 100 jornadas de trabajo; en el 2.º, el mismo número sobre 90; en el primero, 200 sobre 1200 horas de trabajo diarias; en el segundo, sobre 1080. [200 : 1200 = 1 : 6, 200 : 1080 = 1 : 5 2/3].16 En el primer caso, el tiempo excedente del obrero individual = 1/6 de jornada de trabajo = 2 horas. En el 2.º caso, = 2 6/27 horas por 1 jornada de trabajo. A esto se añade que, con el empleo de la maquinaria, la parte del capital que antes se empleaba en instrumentos tiene que deducirse del coste adicional que causa la maquinaria.
[Complementos a los capítulos del dinero y del capital]
❲«El dinero que circula en un país es una cierta porción del capital del país, retirada por completo de los fines productivos para facilitar o aumentar la productividad del resto. Por tanto, para adoptar el oro como medio de circulación hace falta una cierta cantidad de riqueza, igual que para hacer una máquina con el fin de facilitar cualquier otra producción.» (Econ. vol. V p. 520.)❳ ❲«¿Cuál es la práctica? Un fabricante recibe de su banquero £ 500 en billetes el sábado para salarios; los reparte entre sus obreros. Ese mismo día la mayor parte de ellos va a parar al tendero [shopkeeper] y, a través de estos, vuelve a sus diversos banqueros.» (l. c. p. 575.)❳
❲«Un hilandero de algodón que, con un capital de 100000 l., invirtiera 95000 l. en su fábrica y su maquinaria, pronto se encontraría con que le faltan medios para comprar algodón y pagar salarios. Su negocio quedaría trabado y sus finanzas desarregladas. Y, sin embargo, se espera que una nación que ha hundido temerariamente el grueso de sus medios disponibles en ferrocarriles sea, pese a todo, capaz de llevar a cabo las infinitas operaciones de la manufactura y el comercio.» (l. c. p. 1271.)❳
«El dinero… un equivalente adecuado de cualquier cosa alienable.»17 (J. Steuart.) (p. 13) (t. I, p. 32 ed. Dublin, 1770.)
❲«En los tiempos antiguos, hacer que la humanidad trabajara por encima de sus necesidades, hacer que una parte de un Estado trabajara para mantener gratuitamente a la otra, solo podía lograrse mediante la esclavitud… Si no se obliga a la humanidad a trabajar, solo trabajará para sí misma; y si tiene pocas necesidades, habrá poco trabajo. Pero cuando llegan a formarse Estados y estos necesitan brazos ociosos que los defiendan de la violencia de sus enemigos, hay que procurar a toda costa alimento ||26| para los que no trabajan; y como, según el supuesto, las necesidades de los trabajadores son pequeñas, hay que hallar un método para aumentar su trabajo por encima de la proporción de sus necesidades. Para este fin estaba pensada la esclavitud… He aquí, pues, un método violento de hacer a los hombres laboriosos en la producción de alimentos;… los hombres estaban obligados entonces a trabajar porque eran esclavos de otros; los hombres están obligados ahora a trabajar porque son esclavos de sus propias necesidades.» (Steuart t. I, p. 38‒40.) «Es la infinita variedad de las necesidades, y de los tipos de mercancías necesarios para satisfacerlas, lo único que hace indefinida e insaciable la pasión por la riqueza.» (Wakefield sobre Ad. Smith, p. 64 nota.)❳ «Considero las máquinas como un método de aumentar (virtualmente) el número de los laboriosos sin el gasto de alimentar a un número adicional.» (Steuart t. I, p. 123.) («Cuando los manufactureros se reúnen en cuerpos, no dependen directamente de los consumidores, sino de los comerciantes.» Steuart, t. I, p. 153.) («La agricultura abusiva no es comercio, porque no implica ninguna alienación, sino que es puramente un método de subsistir.») (l. c. p. 156.) («El comercio es una operación por la cual la riqueza o el trabajo, ya de individuos, ya de sociedades, pueden cambiarse, por medio de un conjunto de hombres llamados comerciantes, por un equivalente apropiado para satisfacer cualquier necesidad, sin ninguna interrupción de la industria ni ningún freno al consumo.» (Steuart, I, p. 166.)) («Mientras las necesidades siguen siendo simples y pocas, un trabajador encuentra tiempo de sobra para dar salida a todo su trabajo; cuando las necesidades se multiplican, los hombres tienen que trabajar más duro: el tiempo se vuelve precioso; de ahí que se introduzca el comercio. El comerciante como mediador entre el trabajador y el consumidor.») (l. c., p. 171.) («El dinero, el precio común de todas las cosas.») (l. c., p. 177.) «El dinero, representado por el comerciante. Ante los consumidores, el comerciante representa la totalidad de los manufactureros; ante estos, la totalidad de los consumidores, y a ambas clases su crédito les suple el uso del dinero. Representa alternativamente las necesidades, a los manufactureros y el dinero.» (l. c., p. 177, 178.) (Steuart, véase t. I p. 181‒183, considera la ganancia —a diferencia del valor real [real value], que él determina de forma muy confusa (piensa en los costes de producción) como quantum de trabajo objetivado (lo que un trabajador puede hacer en un día, etc.), gasto necesario de los trabajadores, precio de la materia prima— como ganancia sobre la alienación [profit upon alienation], que fluctúa según la demanda.) (En Steuart las categorías cambian todavía mucho; aún no están fijadas, como en A. Smith. Acabamos de ver que el valor real es idéntico a los costes de producción, puesto que junto al trabajo de los trabajadores y al valor del material figuran además, confusamente, los salarios como componente particular. En otro lugar entiende por valor intrínseco [intrinsic value] de una mercancía el valor de su materia prima o la materia prima misma, mientras que por valor útil [useful value] entiende el tiempo de trabajo empleado en ella. «El primero es algo real en sí mismo; p. ej., la plata de una filigrana de plata. El valor intrínseco de una manufactura de seda, lana o lino es menor que el valor primitivo empleado, porque queda casi inservible para cualquier otro uso que no sea aquel al que se destina la manufactura; el valor útil, en cambio, debe estimarse según el trabajo que ha costado producirla. El trabajo empleado en la modificación representa una porción del tiempo de un hombre, que, empleado útilmente, ha dado una forma a alguna sustancia que la ha vuelto útil, ornamental o, en suma, apta para el hombre, mediata o inmediatamente.» (p. 361, 362, t. I, l. c.) ❲El valor de uso real es la forma dada a la sustancia. Pero esta forma misma no es más que trabajo en reposo.❳ «Cuando suponemos un patrón común en el precio de una cosa cualquiera, tenemos que suponer que su alienación es frecuente o habitual. En los países donde reina la sencillez, apenas es posible determinar patrón alguno para el precio de los artículos de primera necesidad… en tales estados de la sociedad, los alimentos y artículos de primera necesidad apenas se encuentran en el comercio: nadie los compra, porque la ocupación principal de todo el mundo es procurárselos por sí mismo… Solo la venta puede determinar los precios, y solo la venta frecuente puede fijar un patrón. Ahora bien, la venta frecuente de los artículos de primera necesidad indica una distribución de los habitantes en trabajadores y brazos libres», etc. (t. I, p. 395, 396 l. c.)) (La doctrina de la determinación de los precios por la masa del medio circulante, formulada por primera vez por Locke, repetida en el Spectator del 19 Oct. 1711, desarrollada y formulada con elegancia por Hume y Montesquieu, llevada formalmente al extremo en su fundamento por Ricardo y aplicada en la práctica, con todos sus absurdos, a la banca, etc., por Loyd, el coronel Torrens, etc.) Steuart polemiza contra ella, y su desarrollo anticipa en cuanto a la materia casi todo lo que más tarde han hecho valer Bosanquet, Tooke, Wilson. (Cuaderno p. 26.) (Dice, entre otras cosas, como ilustración histórica: «Es un hecho que en la época en que Grecia y Roma rebosaban de riqueza, cuando toda rareza y la obra de los artistas más selectos se pagaban a un precio excesivo, se compraba un buey por una mera bagatela y el grano era quizá más barato que nunca lo fue en Escocia… La demanda es proporcional no al número de los que consumen, sino al de los que compran: ahora bien, los que consumen son todos los habitantes, pero los que compran son solo los pocos laboriosos que son libres… En Grecia y Roma, esclavitud: los que se alimentaban del trabajo de sus propios esclavos, los esclavos del Estado, o del grano repartido gratis entre el pueblo no tenían ocasión de ir al mercado; no entraban en competencia con los compradores… Las pocas manufacturas entonces conocidas hacían que las necesidades fueran en general menos extensas; en consecuencia, el número de los laboriosos libres era pequeño, y ellos eran las únicas personas que podían tener ocasión de comprar alimentos y artículos de primera necesidad; en consecuencia, la competencia de los compradores tenía que ser pequeña en proporción, y los precios bajos; además, los mercados se abastecían en parte del excedente producido en las tierras de los grandes, trabajadas por esclavos; como estos se alimentaban de las tierras, el excedente no costaba en cierto modo nada a los propietarios; y como el número de los que tenían ocasión de comprar era muy reducido, este excedente se vendía barato. Además, el grano distribuido gratis al pueblo tenía que mantener necesariamente bajo el mercado, etc. En cambio, por un buen salmonete o por un artista, etc., gran competencia y, por tanto, precios que subían extraordinariamente. El lujo de aquellos tiempos, aunque excesivo, estaba limitado a unos pocos, y como el dinero, en general, circulaba muy despacio por las manos de la multitud, se estancaba constantemente en las de los ricos, que no hallaban otra medida que su propio capricho para regular los precios de lo que deseaban poseer.») (26, 27 cuaderno Steuart.)
«El dinero de cuenta [money of account] no es más que una escala arbitraria de partes iguales, inventada para medir el valor respectivo de las cosas vendibles. El dinero de cuenta es completamente distinto de la moneda acuñada [money-coin], que es precio, y podría existir aunque no hubiera en el mundo ninguna sustancia que fuera equivalente proporcional de todas las mercancías.» (t. II, p. 102.) «El dinero de cuenta presta al valor de las cosas el mismo servicio que los minutos, segundos, etc., a los ángulos, o las escalas a los mapas geográficos, etc. En todas estas invenciones se toma siempre alguna denominación como unidad.» (l. c.) «Pues la utilidad de todas estas instituciones se limita únicamente a señalar la proporción. Del mismo modo, la unidad en el dinero no puede tener ninguna proporción invariable y determinada con ninguna parte del valor, es decir, no puede fijarse a ninguna cantidad particular de oro, plata o cualquier otra mercancía. Una vez fijada la unidad, podemos, ||27| multiplicándola, ascender al valor más grande», etc. (p. 103.) «Así, el dinero, una escala para medir el valor.» (p. 102.) «Como el valor de las mercancías depende, pues, de una combinación general de circunstancias relativas a ellas mismas y [a] los caprichos de los hombres, su valor debería considerarse cambiante solo de unas con respecto a otras; en consecuencia, todo lo que perturbe o embrolle la averiguación de esos cambios de proporción por medio de una escala general, determinada e invariable tiene que ser perjudicial para el comercio y un estorbo para la alienación.» (p. 104.) «Hay que distinguir por completo entre el precio [price] (es decir, la moneda) considerado como medida y el precio [Preiß] considerado como equivalente del valor. Los metales no desempeñan igual de bien cada una de las dos funciones… El dinero es una escala ideal de partes iguales. Si se pregunta cuál debe ser el patrón de valor de una parte, respondo con otra pregunta: ¿cuál es la longitud patrón de un grado, de un minuto, de un segundo? No la tiene; pero en cuanto una parte queda determinada, por la naturaleza de una escala todas las demás tienen que seguir en proporción.» (p. 105.) «Ejemplos de este dinero ideal son el dinero de banco de Ámsterdam y el dinero de Angola [Angola money] en la costa africana. — El dinero de banco se mantiene invariable como una roca en el mar. Según este patrón ideal se regulan los precios de todas las cosas.» (p. 106, 107.)
En la colección de los economistas italianos de Custodi, Parte Antica, Tomo III: Montanari (Geminiano) Della moneta, escrito hacia 1683, dice de la «invención» del dinero: «la comunicación de los pueblos entre sí está tan difundida por todo el globo terrestre que casi puede decirse que el mundo entero se ha convertido en una sola ciudad en la que se celebra una feria perpetua de toda mercancía, y donde cualquier hombre, sin moverse de su casa, puede procurarse y disfrutar mediante el dinero de todo cuanto la tierra, los animales y la industria humana producen en otras partes. ¡Maravillosa invención!» (p. 40.) «Pero como es propio también de las medidas tener tal relación con las cosas medidas que en cierto modo lo medido se convierte en medida de lo que mide, de modo que, así como el movimiento es medida del tiempo, el tiempo es medida del movimiento mismo, sucede que no solo son las monedas medidas de nuestros deseos, sino que recíprocamente son también los deseos medida de las monedas mismas y del valor.» (p. 41, 42.) «Es bien manifiesto que cuanto mayor sea el número de monedas que corran en el comercio dentro del recinto de esa provincia en proporción a las cosas vendibles que hay en ella, tanto más caras serán estas, si es que puede llamarse cara una cosa porque valga mucho oro en un país donde el oro abunda, y no deba más bien llamarse vil en ese caso al oro mismo, del que se estima una porción tan grande como lo que vale otra cosa que en otras partes se tiene por más vil.» (p. 48.)
«100 años antes, el rasgo principal de la política comercial de las naciones era la acumulación [amassing] de oro y plata como una especie de riqueza por excelencia.» (p. 67.) (Gouge Wm. A Short History of Paper Money and Banking in the United States. Philadelphia. 1833.) (Trueque en los Estados Unidos (véase Gouge cuaderno VIII, p. 81 sqq.): «En Pensilvania, como en las demás colonias, se llevaba a cabo un tráfico considerable mediante el trueque… todavía en 1732 se aprobó en Maryland una ley que hacía del tabaco medio legal de pago [legal tender] a un penique la libra, y del maíz, a 20 d. la fanega [bushel].» (p. 5.) (Part II.) Pero pronto «su comercio con las Indias Occidentales y un comercio clandestino con los españoles hicieron la plata tan abundante que en 1652 se estableció en Nueva Inglaterra una casa de moneda para acuñar chelines, monedas de seis peniques y piezas de 3 peniques». (p. 5.) (l. c.) «Virginia prohibió en 1645 las transacciones por trueque y estableció la pieza española de a 8, a 6 sh., como moneda patrón de la colonia (el dólar español). Las demás colonias asignaron diversas denominaciones al dólar… El dinero de cuenta era en todas partes nominalmente el mismo que en Inglaterra. La moneda del país era sobre todo española y portuguesa», etc. cf. p. 81 cuaderno VIII.) (p. 6. Mediante una ley de la reina Ana se intentó poner fin a esta confusión.)
Tuckett: «A History of the Past and Present State of the Labouring Population» etc. 2 vol. London 1846.
«Manufactura de la lana: en tiempos de Isabel, el pañero [clothier] ocupaba el lugar del dueño de fábrica o manufacturero; era el capitalista que compraba la lana y la entregaba al tejedor, en porciones de unas 12 libras, para que la convirtiera en paño. Al principio la manufactura [estaba] confinada en las ciudades y en las villas con corporación y con mercado; los habitantes de las aldeas hacían poco más de lo que [bastaba] para el uso de sus familias. Más tarde, en villas sin corporación favorecidas por ventajas locales, y también en el campo, por arrendatarios, ganaderos y labradores que empezaron a hacer paño para la venta además de para el uso doméstico. (Las clases más bastas.) En 1551 se aprobó un estatuto que limitaba el número de telares y de aprendices que podían tener los pañeros y tejedores residentes fuera de las ciudades, y que disponía que ningún tejedor del campo tuviera un batán, ni ningún batanero un telar. Según una ley del mismo año, todos los tejedores de paño ancho tenían que pasar por un aprendizaje de 7 años. Pese a ello, la manufactura aldeana, como objeto de ganancia mercantil, echó raíces firmes. 5 y 6 Eduardo VI, c. 22, un estatuto, prohíbe el uso de maquinaria. Por eso flamencos y holandeses conservaron la superioridad en esta manufactura hasta finales del siglo XVII. En 1668 se introdujo desde Holanda el telar holandés.» (p. 136‒141.) «Gracias a la introducción de la maquinaria, en 1800 una persona podía hacer tanto trabajo como 46 en el año 1785. En el año 1800 el capital invertido en fábricas, maquinaria, etc., destinado al ramo de la lana no era inferior a 6 millones de l. St., y el número total de personas de todas las edades ocupadas en este ramo en Inglaterra, 1500000». (p. 142/143.) La fuerza productiva del trabajo había crecido, pues, un 4600 por ciento. Pero, en primer lugar, referida solo al capital fijo, esta cifra viene a ser solo 1/6; en relación con el capital total (materia prima, etc.), quizá solo 1/20. «Apenas hay manufactura que haya sacado tanto provecho de los progresos de la ciencia como el arte de teñir paño, mediante la aplicación de las leyes de la química.» (l. c. p. 143/144.)
Manufactura de la seda. Hasta comienzos del siglo XVIII, «el arte del torcido de la seda [silk throwing] [se practicó] con mayor éxito en Italia, donde se adoptó con este fin una maquinaria de un tipo particular. En 1715 John Lombe, uno de los 3 hermanos que tenían un negocio de torcedores y comerciantes de seda, viajó a Italia y logró procurarse un modelo en una de las fábricas. En 1719 Lombe y sus hermanos levantaron en Derby una fábrica de seda con la maquinaria mejorada. Esta fábrica contenía 26586 ruedas, todas movidas por una sola rueda hidráulica. El Parlamento le dio 14000 l. por poner el secreto a disposición del oficio. Esta fábrica se acercaba más a la idea de una fábrica moderna que cualquier establecimiento anterior de su clase. La máquina tenía 97746 ruedas, mecanismos y piezas sueltas ||28| que funcionaban día y noche, todas las cuales recibían su movimiento de una gran rueda hidráulica y estaban gobernadas por un solo regulador; y empleaba a 300 personas para atenderla y suministrarle trabajo». (133‒134.) (No se manifestó espíritu de invención alguno en el oficio inglés de la seda; la introdujeron primero los tejedores de Amberes, huidos tras el saqueo de la ciudad por el duque de Parma; luego, diversas ramas, los refugiados franceses de 1685‒1692.)
En 1740 se produjeron 1700 toneladas de hierro con 59 altos hornos; [en 1827, 690000]18 con 284. Los altos hornos habían crecido, pues, [= 1 : 4 48/49];19 ni siquiera se habían quintuplicado; las toneladas, [= 1 : 405 15/17]. (Véase sobre la relación en una serie de años l. c. cuaderno p. 12.)
En la manufactura del vidrio es donde mejor se ve cuánto depende de la manufactura el progreso de la ciencia. Por otro lado, p. ej., la invención de los cuadrantes había surgido de las necesidades de la navegación; el Parlamento puso premio a las invenciones.
8 máquinas algodoneras que en 1825 costaban £ 5000 se vendieron en 1833 por £ 300. (Véase sobre la hilatura del algodón l. c. p. 13, cuaderno.)
«Una fábrica de hilatura de algodón de primer orden no puede construirse, llenarse de maquinaria y dotarse de instalación de gas y máquina de vapor por menos de £ 100000. Una máquina de vapor de 100 caballos de fuerza moverá 50000 husos, que producirán 62500 millas de hilo de algodón fino al día. En una fábrica así, 1000 personas hilarán tanto hilo como podrían hilar 250000 personas sin maquinaria. McCulloch estima su número en Gran Bretaña en 130000.» (p. 218 l. c.)
«Donde no hay caminos regulares, apenas puede decirse que haya una comunidad; la gente no podría tener nada en común.» (p. 270. Tuckett l. c.)
«Del producto de la tierra útil a los hombres, 99/100 son producto de los hombres.» (l. c. p. 348.)
«Cuando se abolió la esclavitud o aprendizaje vitalicio, el trabajador se convirtió en su propio amo y quedó abandonado a sus propios recursos. Pero si [se encuentra] sin trabajo suficiente, etc., los hombres no se mueren de hambre mientras puedan mendigar o robar; en consecuencia, el primer carácter que adoptaron los pobres fue el de ladrones y mendigos.» (p. 637 nota, t. II, l. c.) «Una diferencia notable entre el estado actual de la sociedad y el de la época de Isabel es que su ley de pobres fue sobre todo una ley para imponer la laboriosidad, destinada a hacer frente a la masa de vagabundos que surgió de la supresión de los monasterios y de la transición de la esclavitud al trabajo libre. Como ejemplo de ello, la 5.ª ley de Isabel, que ordenaba a los cabezas de familia que cultivaran media yugada de tierra exigir a cualquier persona que encontraran desocupada que se hiciera su aprendiz en la labranza o en cualquier arte u oficio; y, si se resistía, llevarla ante un juez, que estaba casi obligado a encerrarla hasta que consintiera en obligarse. Bajo Isabel, de cada 100 hacían falta 85 para la producción de alimentos. Hoy no falta laboriosidad, sino empleo rentable… La gran dificultad entonces era vencer la propensión a la ociosidad y al vagabundaje, no procurarles una ocupación remunerada. Durante este reinado hubo varias leyes del legislativo para obligar a los ociosos a trabajar.» (p. 643, 644, t. II, l. c.)
«El capital fijo, una vez formado, deja de influir en la demanda de trabajo, pero durante su formación da empleo a tantos brazos como emplearía una suma igual de capital circulante o de rédito.» (p. 56. John Barton. Observations on the circumstances which influence the condition of the labouring classes of Society. London 1817.)
«La comunidad se compone de 2 clases de personas: una que consume y reproduce; la otra, que consume sin reproducir. Si toda la sociedad se compusiera de productores, tendría poca importancia a qué precio cambiaran entre sí sus mercancías; pero los que son solo consumidores forman una clase demasiado numerosa para pasarla por alto. Su capacidad de demanda procede de rentas, hipotecas, anualidades, profesiones y servicios de diversas clases prestados a la comunidad. Cuanto más alto sea el precio al que se pueda hacer comprar a la clase de los consumidores, mayor será la ganancia de los productores sobre la masa de mercancías que les venden. Entre estas clases puramente consumidoras, el gobierno ocupa el lugar más destacado.» (W. Blake. Observations on the Effects produced by the Expenditure of Government during the Restriction of Cash Payments. London 1823. p. 42, 43.) Blake, para mostrar que el capital prestado al Estado no es necesariamente capital que antes estuviera empleado productivamente, dice —y aquí solo nos importa que admita que una parte del capital está siempre durmiente—: «El error está en suponer: 1) que todo el capital del país [está] plenamente empleado; 2) que hay empleo inmediato para las sucesivas acumulaciones de capital a medida que van saliendo del ahorro. Creo que en todo momento hay algunas porciones de capital dedicadas a empresas que dan retornos muy lentos y ganancias exiguas, y algunas porciones que yacen enteramente durmientes en forma de bienes para los que no hay demanda suficiente… Ahora bien, si estas porciones durmientes y los ahorros pudieran transferirse a manos del gobierno a cambio de sus anualidades, se convertirían en fuentes de nueva demanda, sin invadir el capital existente.» (p. 54, 55 l. c.) «Toda cantidad de producto que la demanda del capitalista ahorrador retira del mercado vuelve a verterse en él, con un añadido, en los bienes que este reproduce. El gobierno, en cambio, la retira para el consumo sin reproducción. Cuando se hacen ahorros del rédito, está claro que la persona con derecho a disfrutar de la porción ahorrada se da por satisfecha sin consumirla. Esto prueba que la industria del país es capaz de obtener más producto del que requieren las necesidades de la comunidad. Si la cantidad ahorrada se emplea como capital en reproducir un valor equivalente a ella misma junto con una ganancia, esta nueva creación, al sumarse al fondo general, solo puede retirarla la persona que hizo los ahorros, es decir, la misma persona que ya ha mostrado su falta de inclinación a consumir… Si cada cual consume lo que tiene poder de consumir, tiene que haber por necesidad un mercado. Quien ahorra de su rédito renuncia a este poder, y su parte queda sin colocar. Si este espíritu de economía se generalizara, el mercado quedaría necesariamente saturado, y dependerá del grado en que se acumule este excedente que pueda encontrar o no nuevos empleos como capital.» (56, 57.) (Cf. este escrito en general en el apartado sobre la acumulación.) (Cf. cuaderno p. 68 y p. 70, donde se muestra que la tasa de las ganancias y de los salarios subió a consecuencia de los precios, por la demanda de guerra, sin relación alguna «con la calidad de la tierra puesta en cultivo en último lugar».) «Durante la guerra revolucionaria20 la tasa de mercado del ||29| interés subió al 7, 8, 9 e incluso 10 %, aunque durante todo ese tiempo se cultivaban tierras de la calidad más baja.» (l. c. p. 64‒66.) «La subida del interés al 6, 8, 10 e incluso 12 % prueba la subida de la ganancia. La depreciación del dinero, suponiendo que exista, no podría cambiar nada en la relación entre capital e interés. Si 200 l. ya solo valen 100 l., 10 l. de interés ya solo valen 5 l. Lo que afectara al valor del principal afectaría por igual al valor de las ganancias. No podría alterar la razón entre ambos.» (p. 73.) El razonamiento de Ricardo de que el precio de los salarios no puede hacer subir los precios de las mercancías no vale para una sociedad en la que una gran clase no es productora. (l. c.) «Los productores obtienen más de su justa parte a costa de la porción que corresponde por derecho a la clase de los que son solo consumidores.» (74.) Esto es naturalmente importante, puesto que el capital no solo se cambia por capital, sino también por rédito, y todo capital puede ser él mismo devorado como rédito. Sin embargo, no aporta nada a la determinación de la ganancia en general. Esta puede repartirse (igual que, incluso, una parte del salario) bajo las diversas formas de ganancia, interés, renta, pensiones, impuestos, etc., con diversos nombres y entre diversas clases de la población. Nunca pueden repartirse entre sí más que la plusvalía total o el plusproducto total. La proporción en que se lo reparten es, naturalmente, importante en lo económico; no cambia nada en la cuestión que nos ocupa.
«Si la circulación de mercancías por valor de 400 millones exigiera un medio circulante [currency] de 40 millones, y esta proporción de 1/10 fuera el nivel debido, entonces, si el valor de las mercancías que hay que hacer circular crece por causas naturales a 450 millones, el medio circulante, para mantenerse a su nivel, tendría que crecer a 45 millones, o habría que hacer circular los 40 millones con tal aumento de rapidez, mediante la banca u otras mejoras, que desempeñaran las funciones de 45 millones… Tal aumento, o tal rapidez, es la consecuencia y no la causa del aumento de los precios.» (W. Blake l. c. p. 80 sq. Cf. cuaderno p. 70.)
«Las clases alta y media de Roma obtuvieron una gran riqueza con la conquista de Asia; pero como no la habían creado el comercio ni las manufacturas, se parecía a la que obtuvo España de sus colonias americanas.» (p. 66 t. I, Mackinnon, Hist. of Civil. London, 1846, t. I.)
«En el siglo XV, Harrison asegura (véase también Eden) que los arrendatarios apenas podían pagar sus rentas sin vender una vaca, o un caballo, o parte de su producto, aunque pagaban a lo sumo 4 l. por una granja… El arrendatario de aquellos tiempos consumía la mayor parte del producto que había que obtener, y sus criados se sentaban con él a su mesa… Los principales materiales para vestirse no se compraban, sino que se obtenían por la industria de cada familia. Los aperos de labranza eran tan sencillos que muchos de ellos los hacía, o al menos los mantenía en buen estado, el propio arrendatario. De todo pequeño propietario libre [yeoman] se esperaba que supiera hacer yugos o arcos, y aparejos de arado; tal trabajo ocupaba sus veladas de invierno.» (p. 324, 325 l. c. Tuckett, t. II.)
Interés y ganancia: «Cuando un individuo emplea productivamente sus propios ahorros, [recibe] la remuneración de su tiempo y su habilidad —la actividad de superintendencia [agency for superintendence] (además, la ganancia incluye el riesgo al que su capital haya podido estar expuesto en su negocio particular)— y la remuneración por el empleo productivo de sus ahorros, el interés. El total de esta remuneración, la ganancia bruta. Cuando un individuo emplea los ahorros de otro, recibe solo la [remuneración de la] actividad. Cuando un individuo presta sus ahorros a otro, solo el interés o la ganancia neta.» (Westminster Review, January 1826, p. 107, 108.) Así pues, aquí interés = ganancia neta = remuneración por los empleos productivos de los ahorros; la ganancia propiamente dicha, la remuneración por la actividad de superintendencia durante este empleo productivo.
El mismo filisteo dice: «Toda mejora en las artes de la producción que no altere las proporciones entre las porciones del capital dedicadas y no dedicadas al pago de salarios va acompañada de un aumento del empleo para las clases trabajadoras; toda nueva aplicación de maquinaria y de trabajo de caballos va acompañada de un aumento del producto y, por consiguiente, del capital; en cualquier medida en que pueda disminuir la razón que guarda la parte del capital nacional que forma el fondo para el pago de salarios con la que se emplea de otro modo, su tendencia es no a disminuir, sino a aumentar el monto absoluto de ese fondo y, por tanto, a aumentar la cantidad de empleo.» (l. c. p. 123.)
[El dinero como medida de los valores]
De la determinación del dinero como medida, igual que, en segundo lugar, de la ley fundamental según la cual la masa del medio circulante, presupuesta una velocidad determinada de la circulación, está determinada por los precios de las mercancías y por la masa de las mercancías que circulan a precios determinados, o por el precio total, la magnitud agregada de las mercancías, que a su vez está determinada por 2 circunstancias: 1) el nivel del precio de las mercancías; 2) la masa de las mercancías que se hallan en circulación a precios determinados; y además, 3) de la ley de que el dinero como medio de circulación se convierte en moneda, en momento meramente evanescente, en mero signo de los valores que cambia, se siguen determinaciones más precisas que solo desarrollaremos donde y en la medida en que coincidan con relaciones económicas más complicadas: circulación de crédito, tipo de cambio, etc. Es necesario evitar todo detalle y, donde haya que introducirlo, introducirlo solo allí donde pierde el carácter elemental.
Para empezar, la circulación del dinero, como la forma más superficial (en el sentido de: empujada hacia la superficie) y más abstracta de todo el proceso de producción, carece en sí misma por completo de contenido, salvo en la medida en que sus propias diferencias formales, precisamente las determinaciones simples desarrolladas en la sección II, constituyen su contenido. Está claro que la simple circulación del dinero, considerada en sí misma, no se repliega sobre sí misma, sino que se compone de una infinidad de movimientos indiferentes y yuxtapuestos al azar. Puede considerarse, p. ej., la casa de moneda como punto de partida de la circulación del dinero, pero no hay ninguna ley de reflujo hacia la casa de moneda, salvo la depreciación por desgaste, que hace necesarias la refundición y una nueva emisión de monedas. Esto atañe solo al lado material y no constituye en absoluto un momento de la circulación misma. Dentro de la circulación misma, el punto de retorno puede ser distinto del punto de partida; en la medida en que se da un repliegue, la circulación del dinero aparece como mero fenómeno de una circulación que está detrás de ella y la determina, p. ej. cuando consideramos la circulación del dinero entre fabricante, obrero, tendero y banquero. Además, las causas que afectan a la masa de mercancías lanzadas a la circulación, a la subida y bajada de los precios, a la velocidad de la circulación, al quantum de los pagos simultáneos, etc., son todas circunstancias que están fuera de la simple circulación del dinero misma. Son relaciones que se expresan en ella; ella les presta, por así decir, los nombres; pero no pueden explicarse por su propia diferenciación. Sirven como dinero distintos metales que tienen entre sí una relación de valor diferente y cambiante. Así entra la cuestión del doble patrón [double standard], etc., que adopta formas de alcance histórico-universal. Pero solo las adopta, y el doble patrón mismo solo entra, a través del comercio exterior; supone, pues, para que se lo considere con provecho, el desarrollo de relaciones mucho más altas que la simple relación dineraria.
El dinero como medida del valor no se expresa en cuotas de metal en barras, sino en monedas de cuenta, nombres arbitrarios de partes alícuotas de un quantum determinado de la sustancia monetaria. Estos nombres pueden cambiarse; la relación de la moneda con su sustancia metálica puede alterarse mientras el nombre sigue siendo el mismo. De ahí las falsificaciones, que desempeñan un gran papel en la historia de los Estados. Además, las clases de dinero de los distintos países. Esta cuestión solo tiene interés para el tipo de cambio.|
|30| El dinero es solo medida porque materializa tiempo de trabajo en una sustancia determinada y es, por tanto, él mismo valor, y precisamente porque esta materialización determinada vale como su materialización objetiva universal, como la materialización del tiempo de trabajo en cuanto tal, a diferencia de sus encarnaciones meramente particulares; porque es, pues, equivalente. Pero como en su función de medida el dinero es solo un punto de comparación representado, solo necesita existir idealmente —solo tiene lugar la traducción ideal de las mercancías a su existencia universal como valor—; como, además, en esta cualidad de medidor figura primero como moneda de cuenta, y digo que una mercancía vale tantos chelines, francos, etc., cuando la traduzco a dinero, esto ha dado pie a la confusa representación de una medida ideal, desarrollada por Steuart y refrescada en distintas épocas, e incluso muy recientemente en Inglaterra, como profundo descubrimiento. Entendida, a saber, en el sentido de que los nombres libra, chelín, guinea, dólar, etc., que valen como unidades de cuenta, no son denominaciones determinadas de quanta determinados de oro, plata, etc., sino meros puntos de comparación arbitrarios que no expresan ellos mismos ningún valor, ningún quantum determinado de tiempo de trabajo objetivado. De ahí toda la palabrería sobre la fijación del precio del oro y la plata, entendiéndose aquí por precio el nombre con que se designan partes alícuotas. Una onza de oro se divide ahora en 3 l. 17 sh. 10 d. Esto se llama fijación del precio; no es, como observa acertadamente Locke, más que una fijación del nombre de partes alícuotas del oro, la plata, etc. Expresados en sí mismos, el oro y la plata son, naturalmente, iguales a sí mismos. Una onza es una onza, la llame yo 3 l. o 20 £. En suma, esta medida ideal en el sentido de Steuart quiere decir esto: si digo que la mercancía A) vale 12 £., la mercancía B) 6 y la mercancía C) 3, entonces se relacionan como = [12 : 6 : 3]. Los precios solo expresan las relaciones en que se cambian unas por otras. Se cambian 2B por 1A y 1 1/2 B por 3C. Ahora bien, en vez de [expresar] la relación de A, B, C en dinero real, que tiene él mismo valor, que es valor, ¿no podría yo, en lugar de la £, que expresa una masa determinada de oro, tomar igualmente cualquier nombre arbitrario y vacío de contenido (esto es aquí ideal), p. ej. caballa [Makrele]? A = 12 caballas; B = 6 M, C = 3 M. Esta palabra M es aquí solo un nombre, sin relación alguna con un contenido que le pertenezca. El ejemplo de Steuart con el grado, la línea, el segundo no prueba nada; pues aunque el grado, la línea, el segundo tienen magnitud variable, no son meros nombres, sino que expresan siempre la parte alícuota de una magnitud determinada de espacio o de tiempo. Tienen, pues, de hecho una sustancia. El hecho de que el dinero, en la determinación de medida, funcione solo como dinero representado se convierte aquí en que sea una representación arbitraria, un mero nombre, a saber, el nombre de la relación numérica de valor. Nombre de una mera relación numérica. Pero entonces lo correcto sería no expresar nombre alguno, sino solo la relación numérica, pues toda la gracia se reduce a esto: obtengo 6A por 12B, 3B por 6C; esta relación puede expresarse también así: A = 12 x, B = 6 x, C = 3 x; donde la x misma es solo un nombre para la relación de A : B y B : C. La mera relación numérica, sin nombre, no serviría. Pues A : B = 12 : 6 = 2 : 1, y B : C = 6 : 3 = 2 : 1. Así pues, C = 1/2. Así pues, B = 1/2, así pues, B = C. Así pues, A = 2 y B = 2; así pues, A = B.
Si tomo una lista cualquiera de precios corrientes, p. ej. potasa, quintal, 35 sh.; cacao, lb., 60 sh.; hierro (barras) (por tonelada), 145 sh., etc., para tener la relación de estas mercancías entre sí no solo puedo olvidarme de la plata del chelín: los meros números 35, 60, 145, etc., bastan para determinar las relaciones recíprocas de valor de la potasa, el cacao y las barras de hierro. Bastan ahora números sin nombre; y no solo puedo dar a su unidad, al 1, cualquier nombre sin relación con valor alguno: no necesito darle nombre alguno. Steuart insiste en que tengo que darle algún nombre, pero en que este, como nombre meramente arbitrario de la unidad, como mero señalamiento de la proporción [marking of proportion], no puede fijarse él mismo a ninguna cantidad particular de oro, plata o cualquier otra mercancía.
En toda medida, en cuanto sirve de punto de comparación, es decir, en cuanto los distintos objetos que hay que comparar se ponen en la relación de un número con la medida como unidad y se refieren luego unos a otros, la naturaleza de la medida se vuelve indiferente y desaparece en el acto mismo de la comparación; la unidad de medida se ha convertido en mera unidad numérica; ha desaparecido la cualidad de esta unidad, p. ej. el hecho de que ella misma sea una magnitud determinada de longitud o de tiempo, o un grado de ángulo, etc. Pero solo cuando los distintos objetos se presuponen ya como medidos, la unidad [de la] medida señala solo la proporción entre ellos, es decir, p. ej., en nuestro caso, la proporción de sus valores. La unidad de cuenta no solo tiene nombres distintos en países distintos, sino que es el nombre de distintas partes alícuotas de una onza de oro, p. ej. Pero el tipo de cambio las reduce todas a la misma unidad de peso de oro y plata. Así pues, si supongo las distintas magnitudes de mercancías, p. ej., como antes, = 35 sh., 60 sh., 145 sh., para compararlas, puesto que ahora se presupone que el 1 es igual en todas, puesto que se las ha hecho conmensurables, resulta del todo superflua la consideración de que sh. es una cantidad determinada de plata, el nombre de un quantum determinado de plata. Pero solo se vuelven comparables entre sí como meras magnitudes numéricas, como número de una unidad cualquiera del mismo nombre, y solo expresan proporciones entre sí, en cuanto cada mercancía singular se ha medido con la que sirve de unidad, de medida. Pero solo puedo medirlas unas con otras, solo hacerlas conmensurables, en la medida en que tienen una unidad: esta es el tiempo de trabajo contenido en ambas. La unidad de medida tiene que [ser], pues, un cierto quantum de una mercancía en el que esté objetivado un quantum de trabajo. Como la misma cantidad de trabajo no se expresa siempre en el mismo quantum de oro, p. ej., el valor de esta unidad de medida es él mismo variable. Pero en la medida en que el dinero se considera solo como medida, esta variabilidad no estorba. En el trueque mismo, en cuanto está algo desarrollado como trueque, es decir, en cuanto es una operación normal que se repite y no solo un acto de cambio aislado, aparece alguna otra mercancía como unidad de medida, p. ej. el ganado en Homero. Para el papú salvaje de la costa, que para «obtener un artículo extranjero trueca 1 o 2 de sus hijos y, si no los tiene a mano, toma prestados los de su vecino, prometiendo dar los suyos a cambio cuando los tenga a mano, petición que rara vez se rechaza», no existe medida alguna para el cambio. El único aspecto del cambio que existe para él es que solo puede apropiarse de la cosa ajena mediante la enajenación de la cosa que él posee. Esta enajenación misma no está regulada para él por nada más que por su capricho, por un lado, y por el volumen de su posesión mueble, por el otro. En el Economist del 13 de marzo de 1858 leemos, en una carta dirigida al director: «Como la sustitución de la plata por el oro en la acuñación en Francia (que ha sido hasta ahora el principal medio de absorber los nuevos descubrimientos de oro) debe de estar acercándose a su término, sobre todo porque se necesitará menos acuñación para un comercio estancado y unos precios reducidos, podemos esperar que dentro de poco nuestro precio fijo de 3 l. 17 sh. 10 1/2 d. la onza atraiga hacia aquí el oro.» ¿Qué significa, pues, este «nuestro precio fijo de una onza» de oro? ¿Nada más que el hecho de que una determinada parte alícuota de una onza se llama penique, un determinado múltiplo de este peso de oro de un penique, chelín, y un determinado múltiplo de este peso de oro de un chelín, libra? ¿Se imagina el señor que ||31| en otros países los florines de oro, los luises, etc., no designan igualmente un quantum determinado de oro, es decir, que un quantum determinado [de oro] no tiene un nombre fijo? ¿Y que esto es un privilegio de Inglaterra? ¿O una especialidad? ¿Que en Inglaterra una onza de oro expresada en dinero es más que una onza de oro y en otros países menos? Sería curioso saber qué se imagina este noble caballero por tipo de cambio. Lo que induce a error a Steuart es esto: los precios de las mercancías no expresan más que las relaciones en que son cambiables unas por otras. Proporciones en que se cambian unas por otras. Dadas estas proporciones, puedo dar a la unidad cualquier nombre, porque bastaría el número abstracto sin nombre, y en vez de decir esta mercancía = 6 stüber, esta = 3, etc., podría decir esta = 6 unidades, esta = 3; ni siquiera necesitaría dar nombre alguno a la unidad. Como ya solo se trata de la relación numérica, [puedo] darle, pues, cualquiera. Pero aquí ya se presupone que estas proporciones están dadas, que las mercancías se han convertido previamente en magnitudes conmensurables. En cuanto unas magnitudes quedan puestas como conmensurables, sus relaciones se convierten en simples relaciones numéricas. El dinero aparece precisamente como medida, y un quantum determinado de la mercancía en que se presenta, como unidad de medida, para encontrar las proporciones y para enunciar y manejar las mercancías como conmensurables. Esta unidad real es el tiempo de trabajo que está objetivado relativamente en ellas. Pero es el tiempo de trabajo mismo puesto como universal. El proceso por el que los valores se determinan, dentro del sistema monetario, por el tiempo de trabajo no pertenece a la consideración del dinero mismo y cae fuera de la circulación; está detrás de ella como fundamento activo y presupuesto. La pregunta solo podría ser esta: en vez de decir que esta mercancía es = a una onza de oro, ¿por qué no se dice directamente que es = x tiempo de trabajo objetivado en la onza de oro? ¿Por qué el tiempo de trabajo, la sustancia y la medida del valor, no es a la vez la medida de los precios o, en otras palabras, por qué son en general distintos precio y valor? La escuela de Proudhon cree hacer algo grande al exigir que se ponga esta identidad y que el precio de las mercancías se exprese en tiempo de trabajo. La coincidencia de precio y valor supone igualdad de demanda y oferta, mero cambio de equivalentes (y, por tanto, no de capital por trabajo), etc.; en suma, si se formula económicamente, se ve enseguida que esta exigencia es la negación de todo el fundamento de las relaciones de producción basadas en el valor de cambio. Pero si suponemos suprimida esta base, desaparece a su vez el problema, que solo existe sobre ella y con ella. Que la mercancía, en su existencia inmediata como valor de uso, no es valor, no es la forma adecuada del valor, = que lo es como algo cósicamente distinto o como puesta igual a otra cosa; o que el valor posee su forma adecuada en una cosa específica a diferencia de las demás. Las mercancías son, como valores, trabajo objetivado; por eso el valor adecuado tiene que aparecer él mismo en la forma de una cosa determinada, como forma determinada del trabajo objetivado. Steuart ilustra históricamente el desvarío del patrón ideal con 2 ejemplos, de los cuales el primero, el dinero de banco de Ámsterdam, muestra precisamente lo contrario, ya que no es más que la reducción de las monedas circulantes a su contenido en metal en barras (contenido metálico); el 2.º se lo han repetido todos los modernos que siguen la misma orientación. P. ej., Urquhart aduce el ejemplo de Berbería, donde vale como patrón una barra ideal, una barra de hierro, una barra de hierro meramente representada, que ni sube ni baja. Si la barra de hierro real baja, digamos, un 100 por ciento, la barra vale 2 barras de hierro; si vuelve a subir un 100 por ciento, solo una. El señor Urquhart asegura haber observado además que en Berbería no hay crisis comerciales ni industriales, y menos aún crisis monetarias, y lo atribuye a los efectos mágicos de este patrón ideal de valor [ideal standard of value]. Este patrón «ideal», representado, no es más que un valor real representado, una representación que, sin embargo, como el sistema monetario no ha desarrollado sus determinaciones ulteriores —un desarrollo que depende de relaciones completamente distintas—, no llega a ninguna realidad objetiva. Es lo mismo que si en la mitología se quisiera tener por superiores las religiones cuyas figuras divinas no se elaboran hasta hacerse intuibles, sino que se quedan atascadas en la representación y obtienen a lo sumo una existencia verbal, pero no artística. La barra descansa en una barra de hierro real que más tarde se transformó en un ser fantástico y quedó fijada como tal. Una onza de oro expresada en moneda de cuenta inglesa = 3 l. 17 sh. 10 1/2 d. Bien. Bien. Supongamos que una libra de seda haya tenido exactamente este precio, pero que este haya bajado después, como la seda cruda de Milán, que el 12 de marzo del 58 estaba en Londres a 1 l. 8 sh. la lb. Es la representación de un quantum de hierro, de una barra de hierro, que conserva el mismo valor 1) con respecto a todas las demás mercancías, 2) con respecto al tiempo de trabajo contenido en ella. Esta barra de hierro es, naturalmente, puramente imaginaria, pero no es tan fija ni se mantiene «como una roca en el mar», como creen Steuart y, casi 100 años después, Urquhart. Lo único fijo de la barra de hierro es el nombre; en un caso la barra de hierro real contiene 2 ideales; en el otro, solo 1. Esto se expresa diciendo que la misma barra ideal, invariable, es una vez = 2 y otra = 1 [barra] real. Puesto esto así, solo ha cambiado la relación de la barra de hierro real, no la ideal. Pero de hecho la barra de hierro ideal es en un caso el doble de larga que en el otro, y solo su nombre permanece invariable. Una vez se llama una barra, p. ej., a 100 lb. de hierro; otra vez, a 200 [lb.]. Supongamos que se emitiera un dinero que representara tiempo de trabajo, bonos horarios, por ejemplo; este bono horario podría a su vez recibir un nombre de pila cualquiera, p. ej.: una libra; 1/20 de hora, 1 sh.; 1/240 de hora, 1 d. El oro y la plata, como todas las demás mercancías, según el tiempo de producción que cuesten, expresarían distintos múltiplos o partes alícuotas de libras, chelines y peniques, y una onza de oro podría ser tanto = 8 l. 6 sh. 3 d. como = 3 l. 17 sh. 10 1/2 d. En estas cifras se expresaría siempre la proporción en que un quantum determinado de trabajo está contenido en la onza. En vez de decir que 3 l. 17 sh. 10 1/2 d. = una onza de oro ya solo cuestan 1/2 lb. de seda, puede uno representarse que la onza es ahora = 7 l. 15 sh. 9 d., o que 3 l. 17 sh. 10 1/2 d. ya solo equivalen a media onza, porque ya solo valen la mitad. Si comparamos los precios, p. ej., del siglo XV en Inglaterra con los del XVIII, podemos encontrar que dos mercancías, p. ej., tenían exactamente el mismo valor nominal en dinero, p. ej., 1 l. St. En este caso la l. St. es patrón, pero en el primer caso expresa 4 o 5 veces más valor que en el 2.º, y podríamos decir que si el valor de esta mercancía era en el siglo XV = 1/4 de onza, en el XVIII era = 1 onza de oro, porque en el XVIII 1 onza de oro expresa el mismo tiempo de trabajo que 1/4 de onza en el siglo XV. Podría decirse, pues, que la medida, la libra, ha seguido siendo la misma, pero que en un caso = 4 × tanto oro como en el otro. Esto es el patrón ideal. Esta comparación que hacemos aquí podrían hacerla las gentes del siglo XV si hubieran vivido hasta bien entrado el XVIII, y decir que 1 onza de oro, que ahora vale 1 £ St., antes solo valía 1/4. 4 libras de oro no valen ahora más que 1 en el siglo XV, p. ej. Si esta libra se llamaba antes livre, puedo imaginarme que una livre era entonces = 4 libras de oro y que ahora solo es = 1; que el valor del oro ha cambiado, pero que la medida del valor, la livre, ha seguido siendo invariable. De hecho, una livre significaba originalmente en Francia y en Inglaterra 1 libra de plata, y ahora solo 1/x. Puede decirse, pues, que el nombre livre, el patrón, ha seguido siendo nominalmente siempre el mismo, pero que la plata, en cambio, ha cambiado de ||32| valor. Un francés que hubiera vivido desde la época de Carlomagno hasta hoy podría decir que la livre de plata ha seguido siendo siempre patrón del valor, invariable, pero que unas veces ha valido 1 libra de plata y, tras múltiples vicisitudes, al final solo 1/x de un lot.21 La vara es la misma; solo su longitud es distinta en distintos países. Es de hecho lo mismo que si, p. ej., el producto de una jornada de trabajo, el oro que puede extraerse en una jornada de trabajo, recibiera el nombre de livre; esta livre seguiría siendo siempre la misma, aunque expresaría quanta de oro muy distintos en distintas épocas. ¿Cómo procedemos de hecho cuando comparamos 1 l. St. del siglo XV con 1 l. St. del XVIII? Ambas son la misma masa de metal (cada una = 20 sh.), pero de distinto valor, puesto que el metal valía entonces 4 veces más que ahora. Decimos, pues, que, comparada con hoy, la livre era entonces = 4 veces la masa de metal que contiene hoy. Y podría uno imaginarse que la livre ha seguido siendo invariable, pero que entonces era = 4 livres de oro reales y hoy solo = 1. La cosa solo sería correcta comparativamente, no con respecto a la cantidad de metal contenida en una livre, sino con respecto a su valor; pero este valor se expresa a su vez cuantitativamente de modo que 1/4 de livre de oro entonces = 1 livre de oro ahora. Bien; la livre es idéntica, pero entonces = 4 librae reales de oro (según el valor actual) y ahora ya solo = 1. Si el oro baja de valor, y su bajada o subida relativa con respecto a otros artículos se expresa en el precio de estos, en vez de decir que un objeto que antes costaba 1 l. de oro cuesta ahora 2, podría decirse que sigue costando una libra, pero que una libra vale ahora 2 livres de oro reales, etc.; es decir, 1 l. de 2 livres de oro reales, etc. En vez de decir: ayer vendí esta mercancía a 1 l., hoy la vendo a 4 l., [se dice] que la vendo a 1 l., pero ayer a una l. de 1 l. real, hoy a 1 l. de 4 libras reales. Todos los demás precios se siguen por sí solos en cuanto se fija la relación de la barra real con la imaginaria; pero esto es simplemente la comparación entre el valor pasado de la barra y su valor presente. Lo mismo que si lo calculáramos todo en la l. St. del siglo XV, por ejemplo. Lo mismo que tiene que hacer el historiador que sigue a lo largo de distintos siglos la misma clase de moneda, el mismo nombre de cuenta para una moneda del mismo contenido metálico —que, cuando la calcula en dinero actual, tiene que igualarla a más o menos oro según el valor cambiante en los distintos siglos—, eso es lo que hace este bereber o negro.22 Es el esfuerzo del semicivilizado por retener la unidad monetaria, la masa de metal que vale como medida, también como valor; por mantener también este valor como medida fija. Pero, a la vez, la astucia de saber que la barra ha cambiado su valor real. Con las pocas mercancías que este bereber tiene que medir y la viveza de la tradición entre los incivilizados, esta enrevesada forma de cálculo no es tan difícil como parece.
1 onza es = 3 l. 17 sh. 10 1/2 d., es decir, no del todo = 4 l. St. Pero supongamos, por comodidad, que sea exactamente = 4 l. Entonces 1/4 de onza de oro recibe el nombre de libra y sirve con este nombre como moneda de cuenta. Pero esta libra cambia su valor, en parte relativamente, con respecto al valor de otras mercancías que cambian su valor, en parte en la medida en que ella misma es producto de más o menos tiempo de trabajo. Lo único fijo en ella es el nombre, y la cantidad, la parte alícuota de la onza, la fracción de peso de oro de la que es nombre de pila; la que está contenida, pues, en una pieza de dinero llamada una libra.
El salvaje quiere retenerla como valor invariable, y así le cambia la cantidad de metal que contiene. Si el valor del oro baja un 100 por ciento, la libra sigue siendo para él medida del valor, pero 1 l. de 2/4 de onza de oro, etc. La libra es para él siempre igual a una masa de oro (hierro) que tiene el mismo valor. Pero como este valor cambia, unas veces es igual a una cantidad mayor y otras a una cantidad menor de oro o hierro real, según haya que dar más o menos de ellos a cambio de otras mercancías. Compara el valor presente con el pasado, que le sirve de patrón y solo sigue viviendo en su representación. En vez de calcular, pues, según 1/4 de onza de oro, cuyo valor cambia, calcula según el valor que 1/4 de onza de oro tenía antes, es decir, según un valor de 1/4 de onza representado como invariable, pero que se expresa en quanta cambiantes. Por un lado, el esfuerzo por retener la medida del valor como valor fijo; por otro, la astucia de no salir perjudicado, aunque sea dando un rodeo. Pero es del todo absurdo considerar como una forma orgánico-histórica, o incluso presentar como algo superior frente a las relaciones más desarrolladas, este desplazamiento fortuito con el que unos semisalvajes se han asimilado la medición de los valores con dinero que se les impuso desde fuera, primero desplazándola y luego volviendo a orientarse dentro del desplazamiento. También estos salvajes parten de un quantum, la barra de hierro; pero retienen como unidad de cuenta el valor que esta tenía tradicionalmente, etc. En la economía moderna toda esta cuestión cobró importancia principalmente por 2 circunstancias: 1) En distintas épocas se ha visto, en Inglaterra, p. ej., durante la guerra revolucionaria, que el precio del oro en bruto subía por encima del precio del oro acuñado. Este fenómeno histórico parecía demostrar, pues, irrefutablemente que los nombres que reciben determinadas fracciones alícuotas de peso del oro (metal precioso), libra, chelín, penique, etc., se comportan, por algún proceso inexplicable, de manera autónoma frente a la sustancia de la que son nombres. ¿Cómo, si no, podría una onza de oro valer más que la misma onza de oro acuñada en 3 l. 17 sh. 10 1/2 d.? ¿O cómo podría una onza de oro valer más que 4 livres de oro, si livre es el mero nombre de 1/4 de onza? Sin embargo, al examinarlo con más detenimiento, resultó que o bien las monedas que circulaban con el nombre de libras de hecho ya no tenían el contenido metálico normal, de modo que, por ejemplo, 5 libras circulantes de hecho solo pesaban una onza de oro (de la misma ley). Como una moneda que supuestamente representaba 1/4 de onza de oro (más o menos) en realidad ya solo representaba 1/5, era muy sencillo que la onza = 5 de esas £ circulantes; que, por tanto, el valor del precio del metal en barras [bullion price] subiera por encima del precio de la casa de moneda [mint price], ya que de hecho 1 libra ya no representaba, no designaba 1/4, sino solo 1/5 de onza de oro; ya solo era el nombre de 1/5 de onza. El mismo fenómeno se producía cuando el contenido metálico de las monedas de oro circulantes no había caído por debajo de su medida normal, pero circulaban al mismo tiempo que un papel moneda depreciado y estaba prohibido fundirlas y exportarlas. En este caso, el 1/4 de onza de oro que circulaba en forma de una £ participaba en la depreciación de los billetes; una suerte de la que estaba exento el oro en barras. El hecho era de nuevo ||33| el mismo: el nombre de cuenta libra había dejado de ser el nombre de 1/4 de onza, era el nombre de una cuota menor. La onza era, pues, igual a 5 de esas libras, p. ej. Esto quería decir entonces que el precio del metal en barras había subido por encima del precio de la casa de moneda. Estos o análogos fenómenos históricos, todos igual de sencillos de resolver y todos pertenecientes a la misma serie, dieron, pues, pie por primera vez a la medida ideal, o a la idea de que el dinero como medida solo es punto de comparación, no una cantidad determinada. Se han escrito cientos de volúmenes sobre este caso en Inglaterra desde hace 150 años.
Que una determinada clase de moneda suba por encima de su contenido en metal en barras no tiene en sí nada de extraño, pues a la moneda se le añade nuevo trabajo (en la forma). Pero, prescindiendo de esto, ocurre que el valor de una determinada clase de moneda sube por encima de su contenido en metal. Esto no tiene ningún interés económico, ni ha dado pie tampoco a investigaciones económicas. No significa más que, para determinados fines, se requería el oro o la plata precisamente en esta forma, digamos de libras británicas o de dólares españoles. Los directores del banco tenían, naturalmente, un interés particular en demostrar que no había bajado el valor de los billetes, sino que había subido el del oro. En cuanto a esta última cuestión, solo podrá tratarse más adelante.
- Pero la teoría de la medida ideal del valor [ideal measure] se planteó por primera vez a comienzos del siglo XVIII y se repitió en el 2.º decenio del XIX, cuando se trataba de cuestiones en las que el dinero no figura como medida ni tampoco como medio de cambio, sino como equivalente que permanece igual a sí mismo, como valor que es para sí (en la 3.ª determinación) y, por tanto, como materia universal de los contratos. Las dos veces se trataba de si las deudas del Estado y de otro tipo contraídas en un dinero depreciado debían pagarse y reconocerse o no en dinero de pleno valor. Era simplemente una cuestión entre los acreedores del Estado y la masa de la nación. Esta cuestión misma no nos interesa aquí. Los que exigían un reajuste [readjustment] de los créditos, por un lado, y de las prestaciones, por otro, se lanzaron a un terreno falso: ¿debía alterarse o no el patrón del dinero [standard of money]? Con esta ocasión se presentaron entonces burdas teorías sobre el patrón del dinero, la fijación del precio del oro, etc. («Alterar el patrón es como alterar las medidas o los pesos nacionales.» Steuart. Está claro a primera vista que la masa de grano de una nación no cambia porque la magnitud de medida de la fanega, p. ej., se duplique o se reduzca a la mitad. Pero este cambio sería muy importante, p. ej., para los arrendatarios que tuvieran que pagar una renta en grano de un número determinado de fanegas, si ahora, duplicada la medida, tuvieran que entregar el mismo número de fanegas que antes.) En este caso eran los acreedores del Estado los que se aferraban al nombre «libra», prescindiendo de la fracción alícuota de peso de oro que expresaba, es decir, al «patrón ideal» —pues este no es de hecho más que el nombre de cuenta de la fracción de peso de metal que sirve de medida—. Curiosamente, sin embargo, fueron precisamente sus adversarios los que formularon esta teoría del «patrón ideal», y ellos los que la combatieron. En vez de exigir simplemente un reajuste, o que a los acreedores del Estado solo se les devolviera el quantum en oro que habían adelantado efectivamente, exigían que se rebajara el patrón conforme a la depreciación; es decir, p. ej., si la l. St. había caído a 1/5 de onza de oro, que en adelante este 1/5 de onza llevara el nombre de libra, o que la libra se acuñara en, digamos, 21 chelines en vez de 20 sh. Esta rebaja del patrón significaba elevar el valor del dinero, ya que la onza era ahora = 5 l., en vez de = 4 como antes. No decían, pues, que quienes, p. ej., hubieran adelantado una onza de oro en 5 libras depreciadas debían recibir ahora solo 4 libras de pleno valor, sino que debían recibir 5 libras, pero que en adelante la libra debía expresar 1/20 de onza menos que antes. Cuando plantearon esta exigencia en Inglaterra tras la reanudación de los pagos en metálico [resumption of cash payment],23 la moneda de cuenta había recuperado su antiguo valor metálico. Con esta ocasión se formularon también otras burdas teorías sobre el dinero como medida del valor y, con el pretexto de refutar estas teorías, cuya falsedad era fácil de demostrar, se pasaron de contrabando los intereses de los acreedores del Estado. La primera lucha de este tipo, entre Locke y Lowndes. De 1688‒1695 los empréstitos del Estado se habían contraído en dinero depreciado, depreciado como consecuencia de que todo el dinero de peso completo se había fundido y solo circulaba el ligero. La guinea había subido a 30 sh. Lowndes (¿director de la casa de moneda?) quería que la £ St. se redujera un 20 %; Locke insistía en el antiguo patrón de Isabel. 1695, la refundición, reacuñación general. Locke se llevó la victoria. Deudas contraídas a 10 y 14 sh. la guinea, devueltas a razón de 20 sh. Para el Estado y los propietarios del suelo, esto fue igualmente ventajoso. «Lowndes planteó la cuestión en un terreno falso. Por un lado, afirmaba que su proyecto no era un envilecimiento [debasement] del antiguo patrón. Por otro, atribuía la subida del precio del metal en barras al valor interno de la plata y no a la ligereza de la moneda con que se compraba. Suponía siempre que es el cuño y no la sustancia lo que hace el medio circulante. Locke, por su parte, solo se preguntaba si el plan de Lowndes implicaba o no un envilecimiento, pero no examinaba los intereses de los que están comprometidos en contratos permanentes. El gran argumento del señor Lowndes para reducir el patrón era que la plata en barras había subido a 6 s. 5 d. la onza (es decir, que podía haberse comprado con 77 peniques en chelines de 1/77 de libra troy), y por eso opinaba que la libra troy debía acuñarse en 77 sh., lo que suponía una disminución del valor de la £ St. de un 20 % o 1/5. Locke le respondió que los 77 d. se pagaban en moneda cercenada y que en peso no superaban los 62 peniques de moneda patrón. Pero un hombre que tomó prestadas 1000 £ St. en esta moneda cercenada, ¿debe estar obligado a devolver 1000 l. de peso patrón? Lowndes y Locke solo desarrollaron muy superficialmente la influencia del cambio del patrón en la relación entre deudores y acreedores,… el sistema de crédito estaba entonces todavía poco desarrollado en Inglaterra… solo se atendió al interés de los terratenientes y al interés de la corona. El comercio estaba en aquella época casi paralizado y lo había arruinado una guerra de piratería… Restablecer el patrón era lo más favorable tanto para los terratenientes como para el erario; y así se hizo.» (Steuart l. c. t. II, p. 178, 179.) Steuart observa con ironía sobre toda la transacción: «Con esta elevación del patrón, el gobierno ganó considerablemente en cuanto a impuestos, y los acreedores en cuanto a su capital e intereses; y la nación, que era la principal perdedora, quedó satisfecha (pleased) (muy contenta) porque su patrón (es decir, la medida de su propio valor) no había sido envilecido; así quedaron satisfechas las tres partes.» (l. c. t. II, p. 156.) Compárese John Locke. Works. 4 vol. 7 ed. London. 1768; tanto el ensayo «Some Considerations of the Lowering of Interest, and Raising the Value of Money» (1691) como también «Further Considerations concerning raising the value of Money, wherein Mr. Lowndes's arguments for it, in his late Report concerning ‘An Essay for the amendment of the silver coins’ are particularly examined», ambos en el vol. II. En el primer tratado se dice, entre otras cosas:|
|34| «La elevación del dinero [raising of money], de la que ahora tanto se parlotea, es o bien elevar el valor de nuestro dinero, y eso no podéis hacerlo; o bien elevar la denominación de nuestra moneda.» (p. 53.) «Llamad, p. ej., corona a lo que antes se llamaba 1/2 corona. El valor sigue determinado por el contenido metálico. Si quitar 1/20 de la cantidad de plata de una moneda cualquiera no disminuye su valor, quitar 19/20 de la cantidad de plata de una moneda cualquiera no rebajará su valor. Así pues, según esta teoría, una sola pieza de tres peniques o un solo cuarto de penique [farthing], si se le llama corona, comprará tantas especias o tanta seda, o cualquier otra mercancía, como una pieza de una corona que contiene 20 o 60 veces más plata.» (p. 54.) «La elevación del dinero no es, pues, nada más que dar a una cantidad menor de plata el cuño y la denominación de una mayor.» (l. c.) «El cuño de la moneda es garantía para el público de que bajo tal denominación hay contenida tanta plata.» (57.) «Es la plata, y no los nombres, lo que paga las deudas y compra las mercancías.» (p. 58.) «El cuño de la moneda basta como garantía del peso y de la ley de la pieza; pero dejad que el dinero de oro así acuñado encuentre su propia cotización, como las demás mercancías.» (p. 66.) En general, con la elevación del dinero no se puede conseguir nada más que «más dinero en número» [more money in tale], pero no más «dinero en peso y en valor». (p. 73.)
«La plata es un patrón completamente distinto de los demás. La vara o el cuartillo con que miden los hombres pueden quedarse en manos del comprador, del vendedor o de una tercera persona: no importa de quién sean. Pero la plata no es solo la medida de los tratos, es la cosa por la que se trata, y pasa en el comercio del comprador al vendedor como equivalente, en tal cantidad, de la cosa vendida; y así no solo mide el valor de la mercancía a la que se aplica, sino que se da a cambio de ella como de igual valor. Pero esto lo hace solo por su cantidad, y por nada más.» (p. 92.) «Como la elevación no es más que dar a capricho nombres a partes alícuotas de una pieza cualquiera, a saber, que ahora la sexagésima parte de una onza se llame penique, puede hacerse con el aumento que se quiera.» (118.) «El privilegio que tiene el metal en barras de poder exportarse libremente le dará un pequeño adelanto en el precio sobre nuestra moneda, se eleve o se rebaje la denominación de esta como os plazca, mientras haya necesidad de exportarlo y la exportación de nuestra moneda esté prohibida por la ley.» (p. 119, 120.) La misma posición que adoptó Lowndes frente a Locke, al explicarse el primero la subida del precio del metal en barras por el hecho de que el valor del metal en barras había subido y por eso había bajado el valor de la moneda de cuenta (es decir, como había subido el valor del metal en barras, había bajado el valor de una parte alícuota de él llamada £), la adoptaron los partidarios del chelín pequeño [little shilling men] —Attwood y los demás de la escuela de Birmingham, 1819 sqq.—. (Cobbett había planteado la cuestión en su verdadero terreno: falta de reajuste de las deudas nacionales, las rentas, etc.; pero lo echó todo a perder con su falsa teoría, que rechazaba el papel moneda en general. Llegó curiosamente a esta consecuencia partiendo, como Ricardo, que llega a la consecuencia opuesta, de la misma premisa falsa: la determinación del precio por la cantidad del medio de circulación.) Toda su sabiduría, en las frases siguientes: «Sir R. Peel, en su trifulca con la Cámara de Comercio de Birmingham, pregunta: “¿Qué representará vuestro billete de una libra?”» (p. 266. «The Currency Question, The Gemini Letters», London 1844) (es decir, el billete de una libra, si no se paga en oro). «¿Qué hay que entender, pues, por el actual patrón de valor?… £ 3, sh. 17, d. 10 1/2, ¿significan una onza de oro o su valor? Si la onza misma, ¿por qué no llamar a las cosas por su nombre y decir, en lugar de libras, chelines y peniques, onzas, pennyweights y granos? Entonces volvemos a un sistema directo de trueque.» (p. 269. No del todo. Pero ¿qué habría ganado el señor Attwood si en lugar de 3 l. 17 sh. 10 1/2 d. se dijera onza, y en lugar de chelín, tantos pennyweights? Que por comodidad del cálculo las partes alícuotas reciban nombres —lo cual indica, además, que aquí se da al metal una determinación social que le es ajena—, ¿qué prueba a favor o en contra de la doctrina de Attwood?) «¿O el valor? Si una onza = £ 3, 17 sh., 10 1/2 d., ¿por qué en distintas épocas el oro a 5 l. 4 sh. y luego otra vez a 3,17,9?… la expresión libra hace referencia al valor, pero no a un valor patrón fijo… El trabajo es el padre del coste y da al oro o al hierro su valor relativo.» (Y por eso, de hecho, cambia el valor de una onza y de £ 3, 17 sh., 10 1/2 d.) «Sea cual sea la denominación verbal que se use para expresar el trabajo diario o semanal de un hombre, esas palabras expresan el coste de la mercancía producida.» (p. 270.) «La palabra una libra es la unidad ideal.» (p. 272.) La última frase es importante porque muestra cómo esta doctrina de la «unidad ideal» se resuelve en la exigencia de un dinero que represente directamente trabajo. La libra sería entonces, p. ej., la expresión de un trabajo de 12 días. La exigencia es que la determinación del valor no conduzca a la del dinero como una determinación distinta, o que el trabajo como medida de los valores no empuje a hacer del trabajo objetivado en una mercancía determinada la medida de los demás valores. Lo importante es que esta exigencia se plantea aquí desde el punto de vista de la economía burguesa (así también en Gray, que en realidad lleva esta cosa hasta el extremo y del que hablaremos enseguida), no desde el punto de vista de la negación de la economía burguesa, como, por ejemplo, en Bray. Los proudhonianos (véase, p. ej., el señor Darimon) han conseguido de hecho plantear la exigencia a la vez como acorde con las relaciones actuales de producción y como exigencia que las revoluciona totalmente y gran novedad, ya que, como sapos [crapauds] que son,24 no tienen, naturalmente, por qué saber nada de lo que se ha escrito o pensado al otro lado del Canal. En todo caso, el simple hecho de que la exigencia la haya planteado en Inglaterra desde hace más de 50 años una fracción de los economistas burgueses muestra ya cuán descaminados andan los socialistas que pretenden presentar con ella algo nuevo y antiburgués. Sobre la exigencia misma, véase más arriba. (Aquí solo puede aportarse algo de Gray. Por lo demás, solo en la banca podrá entrarse en el detalle de esta cuestión.) ‒
[El dinero como medio de circulación y como valor autónomo]
En lo que se refiere al dinero como equivalente que permanece igual a sí mismo, i. e. como valor en cuanto tal, y por tanto como materia de todos los contratos, está claro que los cambios en el valor del material en que se representa (directamente, como en el oro o la plata, o indirectamente, como libranza sobre una cantidad determinada de oro, plata, etc., en billetes) tienen que producir grandes revoluciones entre las distintas clases de un Estado. No hay que investigarlo aquí, porque estas relaciones presuponen a su vez el conocimiento de las distintas relaciones económicas. ||35| Solo esto, a modo de ilustración. Es sabido cómo en los siglos XVI y XVII la depreciación del oro y de la plata, a consecuencia del descubrimiento de América, depreció a la clase obrera y a la de los terratenientes, y elevó a la de los capitalistas (en especial, la de los capitalistas industriales). En la República romana, la apreciación del cobre hizo de los plebeyos esclavos de los patricios. «Como se estaba obligado a pagar las mayores sumas en cobre, había que guardar este metal en masas o en fragmentos informes que se daban y se recibían al peso. El cobre en este estado era el aes grave. Dinero metálico, al peso. ❲El cobre, entre los romanos, primero sin cuño; luego con el cuño de las monedas extranjeras. Servius rex ovium boumque effigie primus aes signavit [El rey Servio fue el primero que marcó el bronce con la efigie de ovejas y bueyes]. (Plin. Hist. nat. l. 18, c. 3.)❳ Después de que los patricios hubieran amontonado una masa de esta materia, de este metal oscuro y basto, trataron de librarse de ella, ya comprando a los plebeyos todas las tierras que estos consintieran en venderles, ya prestando a largo plazo. Tuvieron que malbaratar un valor que les estorbaba y que no les había costado nada adquirir. La competencia de todos los que tenían el mismo deseo de deshacerse de él tuvo que traer en poco tiempo un envilecimiento considerable del precio del cobre en Roma. A comienzos del siglo IV post u. c., como se ve por la Lex Menenia (302 a. u. c.), la relación del cobre con la plata = [1 : 960]25 … Este metal, tan depreciado en Roma, era al mismo tiempo uno de los artículos de comercio más buscados (porque los griegos hacían de bronce sus obras de arte, etc.) … Los metales nobles vinieron a cambiarse en Roma por el cobre con enormes ganancias, y un comercio tan lucrativo excitó día tras día nuevas importaciones … Poco a poco los patricios sustituyeron en su tesoro estos montones de cobre viejo, tan incómodos de colocar y tan poco agradables de ver, por lingotes de oro y de plata, aurum infectum, argentum infectum [oro y plata sin labrar]. Después de la derrota de Pirro, y sobre todo después de las conquistas en Asia … el aes grave había desaparecido ya por completo, y las necesidades de la circulación habían hecho necesaria la introducción de la dracma griega con el nombre de victoriatus, con un peso de 1 escrúpulo y 1/2 de plata, como la dracma ática numeraria; en el siglo VII a. u. c. la lex Clodia hizo de ella moneda romana. Se cambiaba de ordinario por la libra de cobre o el as de 12 onzas. Así, entre la plata y el cobre, la relación de [192 : 1], es decir, una relación 5 × más débil que en la época de la mayor depreciación del cobre, a consecuencia de la exportación; con todo, el cobre seguía siendo en Roma más barato que en Grecia y en Asia. Esta gran revolución en el valor de cambio de la materia monetaria, a medida que se fue consumando, empeoró del modo más cruel la suerte de los desgraciados plebeyos que habían recibido en préstamo el cobre envilecido y que, habiéndolo gastado o empleado según el curso que tenía entonces, debían, según el texto de sus compromisos, una suma 5 × mayor de la que realmente habían tomado prestada. No tenían ningún medio de rescatarse de la servidumbre … Quien había tomado prestados 3000 ases en la época en que esta suma = 300 bueyes o 900 escrúpulos de plata, solo podía procurárselos ya por 4500 escrúpulos de plata, cuando el as pasó a representarse por 1 1/2 escrúpulo de este metal … Si el plebeyo devolvía 1/5 del cobre que había recibido, había pagado en realidad su deuda, pues 1/5 [tenía] ahora el mismo valor que 1 en la época en que se hizo el contrato. El cobre, en efecto, había subido 5 × de valor frente a la plata … Los plebeyos exigían una revisión de la deuda, una nueva tasación de la suma debida y un cambio en el título de su obligación primitiva. Los acreedores no exigían, es cierto, la restitución del capital, pero el mismo pago de los intereses era insoportable, porque el interés, estipulado originariamente al 12 %, se había vuelto, por el encarecimiento excesivo del numerario, tan oneroso como si se hubiera fijado en el 60 % del principal. En vano obtuvieron los deudores una ley que descontaba del capital los intereses acumulados … A los senadores les repugnaba soltar de la mano los medios con que tenían al pueblo en la dependencia más abyecta. Dueños de casi toda la propiedad del suelo, armados con títulos jurídicos que los autorizaban a cargar de cadenas a sus deudores y a imponerles castigos corporales, reprimían las sediciones y se ensañaban con los más revoltosos. La casa de cada patricio era una cárcel. Por último, se hacía nacer guerras que procuraban al deudor una paga, con una suspensión de los apremios, y que abrían al acreedor nuevas fuentes de riqueza y de poder. Esta era la situación interior en Roma cuando la derrota de Pirro, la toma de Tarento y las importantes victorias sobre los samnitas, los lucanos y otros pueblos del sur de Italia, etc. En 483 o 485, la primera moneda romana de plata, la libella; se llamaba libella porque, con su pequeño peso, = la libra de 12 onzas de cobre.» (Garnier, Germain. Histoire de la Monnaie etc. 2 vol. Paris 1819. t. II. p. 15 sqq.)
❲Asignados. «Propiedad nacional. Asignado de 100 frs.»26 Curso legal. Se distinguían de todos los demás billetes en que ni siquiera pretendían representar ninguna cosa especificada. Las palabras «propiedad nacional» significaban que su valor podía obtenerse comprando con ellos la propiedad confiscada en las continuas subastas de esta. Pero no había ninguna razón para que ese valor se llamara 100 frs. Dependía de la cantidad comparativa de la propiedad que podía comprarse así y del número de asignados emitidos. (78, 79. Nassau W. Senior: Three lectures on the cost of obtaining money etc. London 1830.)
«La libra de cuenta [livre de compte], introducida por Carlomagno, casi nunca representada por una pieza real equivalente, conservó su nombre, así como sus divisiones en sueldos y dineros, hasta finales del siglo XVIII, mientras que las monedas reales variaron hasta el infinito de nombre, de forma, de talla y de valor, no solo con cada cambio de gobierno, sino bajo un mismo reinado. El valor de la libra de cuenta sufrió también, es cierto, disminuciones enormes, pero siempre de manera violenta.» (p. 76, t. I. Garnier, l. c.) Todas las monedas de los antiguos fueron originariamente pesos. (l. c.) «El dinero es, en primer lugar, la mercancía universalmente vendible, o aquella con la que todo el mundo trata con el fin de procurarse otras mercancías.» (Bailey: Money and its Vicissitudes etc. London 1837, p. l.) «Es la gran mercancía intermediaria [medial commodity].» (p. 2, l. c.) Es la mercancía general de los contratos, o aquella en la que se hace la mayoría de los tratos sobre la propiedad que han de completarse en un tiempo futuro. (p. 3.) Por último, es la «medida del valor … Ahora bien, como todos los artículos se cambian por dinero, los valores recíprocos de A y B se muestran necesariamente por sus valores en dinero o sus precios … ||36| igual que los pesos comparativos de las sustancias se ven por sus pesos en relación con el agua, o sus pesos específicos». (p. 4.) «El primer requisito esencial es que el dinero sea uniforme en sus cualidades físicas, de modo que cantidades iguales de él sean hasta tal punto idénticas que no presenten ningún motivo para preferir la una a la otra. Por ejemplo, el grano y el ganado ya por esta razón no sirven para ello, porque cantidades iguales de grano y números iguales de reses no son siempre semejantes en las cualidades por las que se los prefiere.» (p. 5, 6.) «La estabilidad del valor es muy deseable en el dinero como mercancía intermediaria y como mercancía de los contratos; es del todo inesencial para él en su función de medida del valor.» (p. 9.) «El dinero puede variar continuamente de valor y ser, sin embargo, una medida del valor tan buena como si permaneciera perfectamente estacionario. Supongamos, p. ej., que se reduce de valor, y que la reducción de valor implica una reducción de valor en relación con una o más mercancías; supongamos que se reduce de valor en relación con el trigo y el trabajo. Antes de la reducción, una guinea compraría tres bushels de trigo, o seis días de trabajo; después, compraría solo dos bushels de trigo o 4 días de trabajo. En ambos casos, dadas las relaciones del trigo y del trabajo con el dinero, pueden inferirse sus relaciones recíprocas; en otras palabras, podemos averiguar que un bushel de trigo vale 2 días de trabajo. Esto, que es todo lo que implica medir el valor, se hace tan fácilmente después de la reducción como antes. La excelencia de una cosa cualquiera como medida del valor es del todo independiente de su propia variabilidad de valor … Se confunde la invariabilidad del valor con la invariabilidad de ley y de peso … Como lo que constituye el valor es el dominio sobre una cantidad, hay que usar como unidad para medir el valor una cantidad definida de una sustancia de alguna mercancía uniforme; y lo que tiene que ser invariable es esta cantidad definida de una sustancia de calidad uniforme.» (p. 11.) En todos los contratos monetarios se trata de la cantidad del oro y la plata que se ha de prestar, no del valor. (p. 103.) «Si alguien insistiera en que se trata de un contrato por un valor determinado, estaría obligado a mostrar en relación con qué mercancía: con ello sostendría que un contrato pecuniario no se refiere a una cantidad de dinero tal como está expresada en él, sino a una cantidad de alguna mercancía de la que no se hace mención.» (p. 104.) «No es necesario limitar esto a los contratos en que realmente se presta dinero. Vale para todas las estipulaciones de pago futuro de dinero, ya sea por artículos de cualquier clase vendidos a crédito, ya por servicios o como renta de tierras o casas; están exactamente en la misma condición que los puros préstamos de la mercancía intermediaria. Si A vende a B una tonelada de hierro por 10 libras, a 12 meses de crédito, es exactamente lo mismo, en sus efectos, que prestarle las diez libras por un año, y los intereses de las dos partes contratantes se verán afectados de la misma manera por los cambios en la moneda en curso [currency].» (p. 110, 111.)
La confusión que mezcla el dar nombres a partes alícuotas determinadas e invariables de la sustancia monetaria, que han de servir como unidad de medida, con la fijación del precio del dinero se muestra, entre otros, también en el romántico de la economía política tan dado a las protestas solemnes, el señor Adam Müller27. Dice, entre otras cosas: «Todo el mundo comprende cuánto importa la verdadera determinación del precio de la moneda, sobre todo en un país como Inglaterra, donde el gobierno, con una generosa liberalidad» (es decir, a costa del país y en provecho de los traficantes en metal en barras del Banco de Inglaterra) «acuña gratuitamente, donde no cobra ningún derecho de braceaje, etc., y donde, por tanto, si fijara el precio de la moneda bastante por encima del precio de mercado, si en lugar de pagar una onza de oro, como ahora, a 3 l. 17 sh. 10 1/2 d. fijara 3 l. 19 sh. como precio de la moneda de una onza de oro, todo el oro afluiría a la Casa de la Moneda, la plata obtenida allí se cambiaría en el mercado por el oro, aquí más barato, y este se llevaría de nuevo a la Casa de la Moneda, y el sistema monetario caería en desorden.» (p. 280, 281, t. II. Die Elemente der Staatskunst. Berlin 1809.) El señor Müller no sabe, pues, que los peniques y el chelín no son aquí más que nombres de partes alícuotas de una moneda de oro. Como las piezas de plata y de cobre ‒ que, nota bene, no se acuñan según la relación de la plata y el cobre con el oro, sino que se emiten como meras fichas de las partes de oro del mismo nombre, por lo que solo hay obligación de aceptarlas en pago en un quantum muy pequeño ‒ circulan con los nombres de chelines y peniques, se figura que una onza de oro está dividida en piezas de oro, de plata y de cobre (es decir, un patrón de valor triple). Unos pasos más allá se le ocurre de nuevo que en Inglaterra no existe un patrón doble, y menos aún uno triple. La oscuridad del señor Müller sobre las relaciones económicas «vulgares» es la base real de su concepción «superior».
De la ley general según la cual el precio total de las mercancías en circulación determina la masa del medio circulante, presupuesto un grado determinado de la velocidad de circulación, se sigue que, en un grado determinado del crecimiento de los valores lanzados a la circulación, el metal más noble ‒ el metal de mayor valor específico, es decir, el que en un quantum más pequeño contiene más tiempo de trabajo ‒ ocupa el lugar del menos noble como medio de circulación dominante; así, el cobre, la plata y el oro se desplazan el uno al otro como medio de circulación dominante. La misma suma agregada de precios podrá hacerse circular, p. ej., con 14 veces menos monedas de oro que de plata. La moneda de cobre, y no digamos la de hierro, como medio de circulación dominante supone una circulación débil. Exactamente igual que el medio de transporte y de comunicación más potente, pero también de más valor, ocupa el lugar del de menos valor a medida que crece la masa de las mercancías en circulación y de la circulación en general.
Por otra parte, está claro que el pequeño intercambio al por menor de la vida diaria requiere cambios en una escala muy diminuta, tanto más pequeña cuanto más pobre es el país y más débil la circulación en general. En este intercambio al por menor, donde circulan por un lado quanta de mercancías muy pequeños, y por tanto también valores muy pequeños, es donde el dinero, en el sentido más propio de la palabra, aparece solo como medio de circulación evanescente y no se fija como precio realizado. Para este intercambio entra, por eso, un medio de circulación subsidiario, que no es más que signo de las partes alícuotas del medio de circulación dominante. Son las fichas de plata y de cobre, que por eso no se acuñan en proporción al valor de su sustancia respecto del valor del oro, p. ej. Aquí el dinero aparece ya solo como signo, aunque todavía en una sustancia relativamente valiosa. El oro, p. ej., tendría que dividirse en fracciones demasiado pequeñas para corresponder como equivalente a la división de las mercancías que requiere este intercambio al por menor.
Por eso estos medios de circulación subsidiarios solo tienen que ser aceptados en pago, por ley, ||37| hasta una cantidad pequeña, con lo que nunca pueden fijarse como realización del precio. Por ejemplo, en Inglaterra, el cobre por un importe de 6 d., la plata por un importe de 20 sh. Cuanto más desarrollada está la circulación en general y mayor es la masa de precios de las mercancías que entran en la circulación, tanto más se separa su cambio al por mayor [wholesale] de su cambio al por menor, y tanto más necesitan distintas clases de moneda para circular. La velocidad de circulación de las fichas está en razón inversa de su magnitud de valor.
«En la primera etapa de la sociedad, cuando las naciones son pobres y sus pagos insignificantes, se sabe que con frecuencia el cobre ha cumplido todas las funciones de la moneda en curso, y se acuña en piezas de denominaciones muy bajas para facilitar los cambios insignificantes que entonces tienen lugar. Así en la primera época de la República romana y en Escocia.» (p. 3.) (David Buchanan: Observations on the subjects treated of in Dr. Smith's Inquiry etc. Edinburgh. 1814.) «La riqueza general de un país se mide con mucha exactitud por la naturaleza de sus pagos y el estado de su moneda; y el claro predominio de un metal basto en su moneda en curso, unido al uso de monedas de denominaciones muy bajas, señala un estado tosco de la sociedad.» (p. 4.) «Más tarde, la tarea de la moneda en curso se divide en 2 departamentos distintos: el deber de efectuar los pagos principales, para los metales más preciosos; los metales inferiores, en cambio, se conservan para los cambios más triviales, y quedan así puramente subordinados a la moneda principal. Entre la primera introducción de un metal noble en la moneda de un país y su uso exclusivo en los pagos principales, un amplio intervalo; y los pagos del comercio al por menor tienen que haberse vuelto en el ínterin tan considerables, a consecuencia del aumento de la riqueza, que al menos en parte pudieran hacerse cómodamente con la moneda nueva y más valiosa; puesto que ninguna moneda puede usarse para los pagos principales» (esto es falso, como se ve en los billetes) «que no sea adecuada, al mismo tiempo, para las transacciones del comercio al por menor, ya que todo comercio recibe en último término del consumidor el retorno de su capital … La plata se ha mantenido en todas partes en el continente en los pagos principales … En Gran Bretaña la cantidad de plata en circulación no excede de lo necesario para los pagos menores … de hecho, pocos pagos por importe de 20 sh. se hacen en plata. Antes del reinado de Guillermo III, la plata se llevaba en grandes sacos al Tesoro en pago de las rentas nacionales. En este periodo tuvo lugar el gran cambio … La introducción exclusiva del oro en los pagos principales de Inglaterra fue una prueba clara de que los retornos del comercio al por menor se hacían en esa época sobre todo en oro; esto era posible sin que un solo pago excediera nunca, ni siquiera igualara, ninguna de las monedas de oro; porque, en la abundancia general de oro y la escasez de plata, se ofrecían naturalmente monedas de oro para sumas pequeñas y se pedía a cambio un saldo en plata; con lo cual el oro, ayudando así en el comercio al por menor y economizando el uso de la plata, incluso para los pagos pequeños, impediría su acumulación por el comerciante al por menor … Al mismo tiempo que en Inglaterra se sustituyó la plata por el oro (1695) para los pagos principales, en Suecia se sustituyó el cobre por la plata … Está claro que la moneda usada para los pagos mayores solo puede correr por su valor intrínseco … Pero el valor interno no es necesario para una moneda subsidiaria … En Roma, mientras el cobre fue la moneda predominante, corría solo por su valor intrínseco … 5 años antes del comienzo de la primera guerra púnica se introdujo la plata, que solo poco a poco desplazó al cobre en los pagos principales … 62 años después de la plata, el oro, pero no parece que excluyera nunca a la plata de los pagos principales … En la India el cobre no es una moneda subsidiaria; corre por ello por su valor intrínseco. La rupia, una moneda de plata de 2 sh. 3 d., es el dinero de cuenta; en relación con ella, se deja que el mohour, una moneda de oro, y el pice, una moneda de cobre, encuentren su valor en el mercado; el número de pice que se cambian corrientemente por una rupia varía siempre con el peso y el valor de la moneda, mientras que aquí 24 medios peniques son siempre = 1 sh., sin consideración de su peso. En la India el comerciante al por menor todavía tiene que aceptar cantidades considerables de cobre por sus mercancías y, por eso, no puede permitirse aceptarlo sino por su valor interno. En las monedas en curso de Europa el cobre pasa por cualquier valor que se le haya fijado, sin examen de su peso y su ley.» (p. 4-18.) «En Inglaterra, en 1798, comerciantes privados emitieron un exceso de cobre; y aunque el cobre solo era pago legal hasta 6 d., [el] excedente encontró su camino hasta los comerciantes al por menor; estos trataron de volver a ponerlo en circulación, pero acabó regresando a ellos. Cuando se detuvo esta moneda, el cobre se acumuló en manos de los comerciantes al por menor en sumas de 20, 30 y hasta 50 l., que al final tuvieron que vender por su valor intrínseco.» (p. 31.) En la moneda subsidiaria, el medio de circulación en cuanto tal, como medio meramente evanescente, adquiere una existencia particular junto al medio de circulación que es a la vez equivalente, realiza precios y se acumula como valor autónomo. Aquí, pues, signo puro. Por eso solo puede emitirse en la cantidad absolutamente requerida para el pequeño comercio al por menor, con lo que nunca puede acumularse. La cantidad tiene que estar determinada por la masa de los precios que hace circular, dividida por su velocidad. Como la masa del medio circulante de un valor dado está determinada por los precios, se sigue por sí mismo que, si se lanzara artificialmente a la circulación una cantidad mayor que la requerida por la circulación misma y no pudiera salir de ella (lo que aquí no es el caso, porque como medio de circulación está por encima de su valor intrínseco), se depreciaría; no porque la cantidad determine los precios, sino porque los precios determinan la cantidad, y por tanto solo puede quedarse en la circulación un quantum determinado a un valor determinado. Si no hay, pues, aberturas por las que la circulación pueda expulsar la cantidad superflua, si el medio circulante no puede transformar su forma de medio de circulación en la de valor para sí mismo, entonces tiene que caer el valor del medio de circulación. Pero esto solo puede ocurrir ‒ salvo obstáculos artificiales, prohibiciones de fundirlo, de exportarlo, etc. ‒ cuando el medio circulante es solo signo, cuando no posee él mismo un valor real que corresponda a su valor nominal, y por tanto no puede pasar de la forma de medio circulante a la de mercancía en general y despojarse de su cuño; cuando está encadenado a su existencia de moneda. Se sigue, por otro lado, que el signo, la ficha monetaria, puede circular por el valor nominal del dinero que representa ‒ sin poseer ningún valor propio ‒ en la medida en que represente el medio de circulación solo en la cantidad en que este mismo circularía. Pero la condición es entonces, a la vez, que o bien solo exista en una cantidad tan pequeña que circule solo en la forma subsidiaria, y por tanto no deje ni un instante de ser medio de circulación (donde sirve constantemente, en parte, en el cambio por pequeños quanta de mercancías y, en parte, solo para cambiar el medio de circulación efectivo), y por tanto nunca pueda acumularse; o bien que no posea ningún valor, de modo que su valor nominal nunca pueda compararse con su valor interno. En el último caso está puesto como mero signo, que por sí mismo remite al valor como algo que existe fuera de él. En el otro caso, nunca llega a ocurrir que su valor interno entre en comparación con su valor nominal.|
|38| De ahí que las falsificaciones del dinero se pongan de manifiesto en el acto, mientras que la destrucción total de su valor no lo perjudica. De otro modo podría parecer paradójico que el dinero pueda sustituirse por papel sin valor, mientras que el menor debilitamiento de su contenido metálico lo deprecia.
En general, la doble determinación del dinero en la circulación se contradice: servir como mero medio de circulación, donde es mediación evanescente; y, a la vez, como realización de los precios, forma en la que se acumula y se convierte en su tercera determinación como dinero. Como medio de circulación se desgasta; no contiene, por tanto, el contenido metálico que hace de él trabajo objetivado en un quantum fijo. Su correspondencia con su valor es, por eso, siempre más o menos ilusoria. Aducir un ejemplo.
Es importante introducir ya en este punto, en el capítulo del dinero, la determinación de la cantidad, pero con una conclusión justo inversa a la de la doctrina corriente. El dinero puede sustituirse porque su cantidad está determinada por los precios que hace circular. En la medida en que tiene valor él mismo ‒ como en el medio de circulación subsidiario ‒, su cantidad tiene que estar determinada de modo que nunca pueda acumularse como equivalente y que, de hecho, figure siempre solo como rueda auxiliar del medio de circulación propiamente dicho. Pero en la medida en que ha de sustituir a este, no debe tener ningún valor, es decir, su valor tiene que existir fuera de él. Las variaciones de la circulación están determinadas por el volumen y el número de las transacciones. (Econ.) La circulación puede aumentar: con precios constantes, por el aumento del volumen de las mercancías; con un volumen constante, por el aumento de sus precios; por ambas cosas a la vez.
En la tesis de que los precios regulan la cantidad de moneda en curso y no la cantidad de moneda en curso los precios, o en otras palabras, de que el comercio regula la moneda en curso (la cantidad del medio de circulación) y la moneda en curso no regula el comercio28, se supone, naturalmente, como ha mostrado nuestra deducción, que el precio es solo el valor traducido a otra lengua. El presupuesto es el valor, y el valor determinado por el tiempo de trabajo. Está claro, por eso, que esta ley no es aplicable por igual a las fluctuaciones de los precios en todas las épocas; p. ej., en el mundo antiguo, en Roma por ejemplo, donde el medio circulante no surge de la circulación misma, del cambio, sino del robo, del saqueo, etc.
«Ningún país puede tener consecuentemente más de un patrón; más de un patrón para la medida del valor; pues este patrón tiene que ser uniforme e inmutable. Ningún artículo tiene un valor uniforme e inmutable frente a otros: solo lo tiene consigo mismo. Una pieza de oro es siempre del mismo valor que otra, de exactamente la misma ley, el mismo peso y en el mismo lugar; pero esto no puede decirse del oro y de cualquier otro artículo, p. ej., la plata.» (Econ. Vol. I, p. 771.) «La libra no es más que una denominación de cuenta que se refiere a una cantidad dada y fija de oro de ley.» (l. c.) «Hablar de hacer que una onza de oro valga 5 l. en lugar de 3 l. 17 sh. 10 1/2 d. es solo decir que en adelante se acuñará en 5 soberanos en lugar de en 3 429/480 soberanos. Con ello no cambiaríamos el valor del oro, sino solo el peso y, por consiguiente, el valor de la libra o soberano. Una onza de oro seguiría teniendo el mismo valor relativo al trigo y a todas las demás mercancías, pero como una libra, aunque llevara el mismo nombre que antes, representaría una parte más pequeña de una onza de oro, representaría en correspondencia una cantidad más pequeña de trigo y de otras mercancías. Exactamente como si dijéramos que un quarter de trigo ya no ha de dividirse en 8, sino en 12 bushels; con ello no podríamos cambiar el valor del trigo, sino que disminuiríamos la cantidad contenida en un bushel y, por consiguiente, su valor.» (p. 772 l. c.) «Cualquiera que fuese el cambio temporal o permanente que tuviera lugar [en el valor del oro], su precio se expresará siempre en la misma cantidad de dinero: una onza de oro seguirá siendo 3 l. 17 sh. 10 1/2 d. de nuestro dinero. El cambio en su valor se señala por la cantidad mayor o menor de otras mercancías que puede comprar.» (l. c. p. 890.)
La barra ideal29 ha de compararse, p. ej., con el milreis ideal en Brasil (y también con la libra en Inglaterra durante la depreciación de los billetes, etc.). Lo que aquí es fijo es el nombre milreis; lo que fluctúa es el quantum de oro o de plata que expresa. En Buenos Aires la moneda en curso es papel moneda inconvertible (dólares de papel); estos dólares eran originariamente = 4 s. 6 d. cada uno; ahora, aproximadamente 3 3/4 d., y han llegado a estar tan bajos como 1 1/2 d. Una vara de paño valía antes 2 dls; ahora vale nominalmente 28 dls, a consecuencia del papel depreciado.
«En Escocia, el medio de cambio ‒ que no hay que confundir con el patrón de valor ‒ por un importe de 1 l. y más puede decirse que es exclusivamente papel, y el oro no circula en absoluto; y, sin embargo, el oro es tan patrón de valor como si no circulara ninguna otra cosa, porque el papel es convertible en la misma cantidad fija de ese metal, y circula solo en la confianza de que es así convertible.» (p. 1275.)
«Las guineas se atesoran en tiempos de desconfianza.» (Thornton, p. 48.) El principio del atesoramiento [hoarding principle], en el que el dinero funciona como valor autónomo, es necesario como un momento ‒ aparte de las formas llamativas en que aparece ‒ en el cambio basado en la circulación del dinero; ya que cada uno, como dice A. Smith, necesita, además de su propia mercancía, la cantidad intermediaria, una proporción determinada de la «mercancía general». «El hombre que comercia tiene propiedad en el comercio.» (l. c. p. 21.)❳
«Capitales iguales o, en otras palabras, cantidades iguales de trabajo acumulado pondrán en movimiento a menudo cantidades distintas de trabajo inmediato, pero eso no cambia nada en el asunto.» (p. 29‒30. Torrens. «An Essay on the Production of Wealth», Lond. 1821.) «En el primer periodo de la sociedad es la cantidad total de trabajo, acumulado e inmediato, gastada en la producción, la que determina el valor relativo de las mercancías. Pero en cuanto se acumula el stock y una clase de capitalistas se distingue de otra de obreros, cuando la persona que emprende una rama cualquiera de la industria no hace su propio trabajo, sino que adelanta a otros los medios de subsistencia y los materiales, entonces es el importe del capital, o la cantidad de trabajo acumulado gastada en la producción, lo que determina el poder de cambio de las mercancías.» (p. 33, 34.) «Mientras 2 capitales sean iguales, sus productos son de igual valor, por mucho que variemos la cantidad de trabajo inmediato que ponen en movimiento o que puedan requerir sus productos. Si son desiguales, sus productos son de valor desigual, aunque la cantidad total de trabajo gastada en cada uno sea exactamente igual.» (p. 39.) «Así pues, tras esta separación de capitalistas y trabajadores, es el importe del capital, la cantidad de trabajo acumulado, y no, como antes de esta separación, la suma de trabajo acumulado e inmediato gastada en la producción, lo que determina el valor de cambio.» (l. c.) La confusión del señor Torrens es acertada frente a la manera abstracta de los ricardianos. En sí, completamente falsa. En primer lugar, la determinación del valor por el puro tiempo de trabajo solo tiene lugar sobre la base de la producción ||39| del capital, y por tanto de la separación de las 2 clases. La igualación de los precios, a consecuencia de la misma tasa media de ganancia ‒ (y esto incluso cum grano salis) ‒, no tiene nada que ver con la determinación del valor; al contrario, la presupone. El pasaje es importante para mostrar la confusión de los ricardianos.
La tasa de la plusvalía como ganancia está determinada 1) por la magnitud de la plusvalía misma; 2) por la relación del trabajo vivo con el acumulado (la proporción del capital gastado en salario con el capital empleado en cuanto tal). Hay que investigar por separado las dos causas que determinan 1) y 2). La ley de la renta, p. ej., pertenece a la primera. Por el momento se presupone el trabajo necesario en cuanto tal; es decir, que el obrero recibe siempre solo el mínimo necesario del salario. Este supuesto es, naturalmente, necesario para establecer las leyes de la ganancia en la medida en que no están determinadas por la subida y la bajada del salario o por la influencia de la propiedad del suelo. Todos los supuestos fijos se vuelven fluidos en el curso del desarrollo. Pero solo fijándolos al comienzo es posible el desarrollo sin confundirlo todo. Además, es prácticamente seguro que, por mucho que el nivel del trabajo necesario difiera en distintas épocas y en distintos países, o por mucho que puedan cambiar su proporción, a consecuencia de los precios cambiantes de los productos en bruto, o su importe y su proporción, a consecuencia de la oferta y la demanda de trabajo, en cualquier época dada el capital ha de considerar ese nivel como fijo y actuar en consecuencia. Considerar esos cambios mismos corresponde por entero al capítulo que trata del trabajo asalariado.
«El valor de cambio no está determinado por el coste de producción absoluto, sino por el relativo. Si el coste de producir el oro siguiera siendo el mismo, mientras que el coste de producir todas las demás cosas se duplicara, el oro tendría menos poder que antes para comprar todas las demás cosas, y su valor de cambio caería en 1/2; y esta disminución de su valor de cambio sería exactamente la misma, en sus efectos, que si el coste de producir todas las demás cosas permaneciera inalterado, mientras que el de producir oro se hubiera reducido en 1/2.» (p. 56, 57. Torrens, l. c.) Esto es importante para los precios. Para la determinación del valor, en absoluto; mera tautología. Que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo que contiene quiere decir que se cambia por la misma cantidad de trabajo en cualquier otra forma del valor de uso. Está claro, por eso, que si se duplica el tiempo de trabajo necesario para la producción del objeto a, solo 1/2 de él = a su anterior equivalente b. Como la equivalencia está determinada por la igualdad del tiempo de trabajo o quantum de trabajo, la diferencia de valor está determinada, naturalmente, por su desigualdad; o el tiempo de trabajo es la medida del valor.
«En 1826, la diversa maquinaria usada en la manufactura del algodón permitía a 1 hombre hacer el trabajo de 150. Supongamos ahora que solo hubiera 280000 hombres ocupados en ella; medio siglo antes habrían tenido que estar en ella 42000000.» (p. 72.) (Hodgskin.) «El valor relativo de los metales preciosos respecto de otras mercancías determina cuánto hay que dar de ellos por otras cosas; y el número de ventas que se han de hacer dentro de un periodo dado determina, en la medida en que el dinero es el instrumento para efectuar las ventas, la cantidad de dinero requerida.» (l. c. p. 188.)
«Hay razones de sobra para creer que la práctica de acuñar se originó entre particulares y fue llevada a cabo por ellos antes de que los gobiernos se apoderaran de ella y la monopolizaran. Así fue durante mucho tiempo en Rusia.» (Véase Storch.) (l. c. p. 195 nota.)
Hodgskin es de otra opinión que el romántico Müller: «La Casa de la Moneda acuña solo lo que llevan los particulares, sin cobrarles, del modo más imprudente, nada por el trabajo de acuñar; y gravando a la nación en beneficio de los que trafican con dinero.» (p. 194. «Popular Polit. Econ.» etc. Lond. 1827.)❳
[Maquinaria y ganancia]
Después de todas estas digresiones sobre el dinero ‒ y aún tendremos que retomarlas ocasionalmente antes de terminar este capítulo ‒, volvamos al punto de partida [point de départ] (véase p. 25). Como ejemplo de cómo, también en la industria manufacturera, la mejora de la maquinaria y el aumento de la fuerza productiva que produce crean materia prima (relativamente), en lugar de exigir un aumento absoluto de esta: «El sistema fabril en el comercio del lino es muy nuevo. Antes de 1828, la gran masa del hilo de lino se hilaba a mano en Irlanda y en Inglaterra. Hacia esa época, la maquinaria de hilar lino se mejoró tanto, sobre todo gracias a la perseverancia del señor Peter Fairbairn, de Leeds, que llegó a ser de uso muy general. Desde entonces se levantaron hilaturas de forma muy extensa en Belfast y en otras partes del norte de Irlanda, así como en diferentes partes de Yorkshire, Lancashire y Escocia, para hilar hilos finos, y en pocos años se abandonó el hilado a mano. El hilo fino de estopa se fabrica ahora con lo que hace 20 años se tiraba como desecho.» (Econ. 31 Aug. 1850.)
En toda aplicación de maquinaria ‒ consideremos de momento el caso tal como se da inmediatamente: que un capitalista, en lugar de meter una parte de su capital en trabajo inmediato, la mete en maquinaria ‒, se quita una parte del capital a la porción variable y multiplicadora de este, es decir, a la que se cambia por trabajo vivo, para añadirla a la parte constante, cuyo valor solo se reproduce o se conserva en el producto. Pero esto ocurre para hacer más productiva la porción restante. Primer caso: El valor de la maquinaria es igual al valor de las capacidades de trabajo que sustituye. En este caso el valor nuevamente producido disminuiría, en lugar de aumentar, si el tiempo de plustrabajo de la parte restante de la capacidad de trabajo no creciera en la misma medida en que ha disminuido su número. Si de 100 obreros se despide a 50 y se los sustituye por maquinaria, estos 50 restantes tienen que crear tanto tiempo de plustrabajo como antes los 100. Si aquellos trabajaban diariamente, sobre 1200 horas de trabajo, 200 horas de tiempo de plustrabajo, ahora los 50 tienen que crear el mismo tiempo de plustrabajo; es decir, 4 horas diarias, si aquellos solo 2. En este caso, el tiempo de plustrabajo sigue siendo 50 × 4 = 200, el mismo que antes, 100 × 2 = 200, aunque el tiempo de trabajo absoluto haya disminuido. En este caso, para el capital, al que solo le importa la producción de plustrabajo, la situación es la misma. En este caso, la materia prima elaborada seguiría siendo la misma; y por tanto también el desembolso en ella; el desembolso en instrumento de trabajo habría aumentado; el desembolso en trabajo, disminuido. El valor del producto total sería el mismo, porque = a la misma suma de tiempo de trabajo objetivado y de plustrabajo. Semejante caso no sería en absoluto un incentivo para el capital. Lo que ganara de un lado en tiempo de plustrabajo lo perdería en la parte del capital que entra en la producción como trabajo objetivado, es decir, como valor invariable. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la maquinaria ocupa el lugar de instrumentos de producción más imperfectos, que poseían un valor determinado, es decir, se habían adquirido a cambio de una suma determinada de dinero. Si no para el capitalista que ya está en el negocio, sí para el que empieza de nuevo el negocio, de los costes de la maquinaria se descuenta la parte del capital que se empleaba en el grado imperfecto de la fuerza productiva.|
|40| Si, pues, p. ej., en cuanto se introduce la máquina por 1200 l. (50 capacidades de trabajo), desaparece un gasto anterior de, digamos, 240 libras en instrumentos de producción, el gasto adicional del capital asciende solo a 960 l., el precio de 40 obreros al año. En este caso, pues, si los 50 obreros restantes producen juntos exactamente tanto plustrabajo como antes los 100, ahora se producen 200 horas de plustrabajo con un capital de 2160; antes, con un capital de 2400. El número de obreros ha disminuido a la mitad, el plustrabajo absoluto ha seguido siendo el mismo, como antes 200 horas de trabajo; el capital desembolsado en material de trabajo también ha seguido siendo el mismo; pero la relación del plustrabajo con la parte invariable del capital ha aumentado absolutamente.
Como el capital desembolsado en materia prima ha seguido siendo el mismo, y el desembolsado en maquinaria ha aumentado, pero no en la misma proporción en que ha disminuido el desembolsado en trabajo, el desembolso total del capital ha disminuido; el plustrabajo ha seguido siendo el mismo y, por tanto, ha crecido en relación con el capital, no solo en la proporción en que el tiempo de plustrabajo tiene que crecer para seguir siendo el mismo con la mitad de obreros, sino en más; a saber, en la proporción en que el [desembolso] en los viejos medios de producción se descuenta de los costes de los nuevos.
La introducción de maquinaria ‒ o, más en general, el aumento de la fuerza productiva de tal modo que esta fuerza productiva tenga ella misma por sustrato trabajo objetivado y, por tanto, cueste; cuando, pues, una parte de la porción del capital antes desembolsada en trabajo se desembolsa como componente de la parte del capital que entra en el proceso de producción como valor permanente ‒ solo puede tener lugar si la proporción del tiempo de plustrabajo no solo sigue siendo la misma, y por tanto crece en relación con el trabajo vivo empleado, sino que crece en una proporción mayor que la relación entre el valor de la maquinaria y el valor de los obreros despedidos. Esto puede ocurrir, o bien porque haya que descontar todo el gasto que se hacía en el anterior instrumento de producción. En este caso disminuye la suma total del capital desembolsado, y aunque la proporción de la suma total del trabajo empleado con respecto a la parte constante del capital haya disminuido, el tiempo de plustrabajo ha seguido siendo el mismo y, por tanto, ha crecido no solo con respecto al capital desembolsado en trabajo, frente al tiempo de trabajo necesario, sino frente al capital total; frente al valor total del capital, porque este ha disminuido. O bien el valor de la maquinaria puede ser tan grande como el desembolsado antes en trabajo vivo, ahora superfluo; pero la proporción del plustrabajo de la parte restante del capital ha aumentado, de modo que los 50 obreros no solo suministran tanto plustrabajo como antes los 100, sino más. Digamos, p. ej., cada uno 4 1/4 horas en lugar de 4. En este caso, sin embargo, hace falta una parte mayor del capital para materia prima, etc.; en suma, un capital total mayor. Si un capitalista que antes ocupaba a 100 obreros por 2400 l. al año despide a 50 y pone en su lugar una máquina de 1200 l., esta máquina ‒ aunque le cueste tanto como antes 50 obreros ‒ es el producto de menos obreros, porque al capitalista al que compra la máquina no solo le paga el trabajo necesario, sino también el plustrabajo. O bien habría empleado a una parte de los obreros solo en trabajo necesario si hubiera hecho construir él mismo la máquina. En el caso de la maquinaria, pues, aumento del plustrabajo con disminución absoluta del tiempo de trabajo necesario. Puede ir acompañado tanto de una disminución absoluta del capital empleado como de un crecimiento de este. La plusvalía, en cuanto puesta por el capital mismo y medida por su relación numérica con el valor total del capital, es la ganancia. El trabajo vivo, en cuanto apropiado y absorbido por el capital, aparece como su propia fuerza vital; su fuerza autorreproductora, modificada además por su propio movimiento, la circulación, y por el tiempo que pertenece a su propio movimiento, el tiempo de circulación. Solo así está puesto el capital como valor que se perpetúa y se multiplica a sí mismo, al distinguirse en cuanto valor presupuesto de sí mismo en cuanto valor puesto. Como el capital entra por entero en la producción y sus distintos componentes, en cuanto capital, solo se distinguen formalmente unos de otros y son por igual sumas de valor, el poner valor aparece como algo igualmente inmanente a todos ellos. Además, como la parte del capital que se cambia por trabajo solo actúa productivamente en la medida en que están puestas a la vez las otras partes del capital ‒ y la proporción de esta productividad está condicionada por la magnitud de valor, etc., por la distinta determinación de estas partes entre sí (como capital fijo, etc.) ‒, el poner la plusvalía, la ganancia, aparece determinado por igual por todas las partes del capital. Como, por un lado, las condiciones del trabajo están puestas como componentes objetivos del capital y, por otro, el trabajo mismo como actividad incorporada a él, todo el proceso de trabajo aparece como su propio proceso, y el poner la plusvalía como su producto, cuya magnitud, por eso, tampoco se mide por el plustrabajo que obliga a hacer al obrero, sino que aparece como la productividad acrecentada que confiere al trabajo. El producto propiamente dicho del capital es la ganancia. En este sentido está puesto ahora como fuente de la riqueza. Pero en la medida en que crea valores de uso, produce valores de uso, pero valores de uso determinados por el valor: el valor hace el producto [la valeur fait le produit]. (Say.) Produce, por consiguiente, para el consumo. En la medida en que se perpetúa por la constante renovación del trabajo, aparece como el valor permanente, presupuesto para la producción, que depende de su conservación. En la medida en que se cambia siempre de nuevo por trabajo, aparece como fondo de trabajo. El obrero no puede producir, naturalmente, sin las condiciones objetivas del trabajo. ||41| Ahora bien, en el capital estas están separadas de él, se le enfrentan como autónomas. Solo puede relacionarse con ellas como condiciones del trabajo en la medida en que su trabajo mismo haya sido apropiado previamente por el capital. Desde el punto de vista del capital, lo que aparece como necesario para el obrero no son las condiciones objetivas del trabajo, sino el hecho de que existan autónomamente frente a él ‒ su separación de ellas, el ser propiedad del capitalista ‒, y que la superación de esta separación solo se lleve a cabo cediendo él su fuerza productora al capital, a cambio de lo cual este lo conserva como capacidad de trabajo abstracta, es decir, precisamente como mera capacidad de reproducir la riqueza, en el capital, como un poder que lo domina y se le enfrenta. Todas las partes del capital rinden, pues, ganancia al mismo tiempo, tanto la parte circulante (desembolsada en salario y materia prima, etc.) como la desembolsada en capital fijo. El capital puede reproducirse ahora bien en la forma de capital circulante, bien en la forma de capital fijo. Como antes, al considerar la circulación, hemos visto que su valor retorna en forma distinta según esté presupuesto en una u otra de estas dos formas, y como desde el punto de vista del capital que produce ganancia no retorna simplemente el valor, sino el valor del capital y la ganancia, el valor como él mismo y como valorizándose, en estas dos formas el capital estará puesto como productor de ganancia en forma distinta. El capital circulante entra por entero en la circulación, con su valor de uso como portador de su valor de cambio, y así se cambia por dinero. Es decir, pues, se vende ‒ por entero, aunque cada vez entre en la circulación solo una parte de él ‒. Pero en una rotación ha pasado por entero, como producto, al consumo (sea este individual o, a su vez, productivo), y se ha reproducido completamente como valor. Este valor incluye la plusvalía, que ahora aparece como ganancia. Se enajena como valor de uso para realizarse como valor de cambio. Es, pues, venta con ganancia. En cambio, hemos visto que el capital fijo solo retorna por porciones en el curso de varios años, de varios ciclos del capital circulante, y precisamente solo en la medida en que se consume (entonces, en el acto inmediato de producción), entra en la circulación como valor de cambio y retorna como tal. Pero ahora la entrada, igual que el retorno, del valor de cambio está puesta como entrada y retorno no solo del valor del capital, sino a la vez de la ganancia, de modo que a una parte alícuota de capital le corresponde una parte alícuota de ganancia.
«El capitalista espera igual ventaja de todas las partes del capital que adelanta.» (Malthus, Princ. of Pol. Ec. 2 ed. Lond. 1836, p. 268.)
«Donde la riqueza y el valor están quizá más estrechamente conectados es en la necesidad del segundo para la producción de la primera.» (l. c. p. 301.)
❲«El capital fijo (en las fábricas de algodón) es de ordinario = al circulante, de modo que si un fabricante tiene 50000 l., gasta 40000 l. en levantar su fábrica y llenarla de maquinaria y solo 10000 l. en la compra de materia prima (algodón, carbón, etc.) y en el pago de salarios.» (Nassau W. Senior. Letters on the Factory Act etc. 1837. 11, 12.) «El capital fijo está sujeto a un deterioro incesante, no solo por el desgaste, sino también por las constantes mejoras mecánicas …» (l. c.) «Bajo la ley actual, ninguna fábrica en la que se empleen personas menores de 18 años puede trabajar más de 11 1/2 horas diarias, i. e. 12 horas durante 5 días y 9 el sábado. Pues bien, el análisis siguiente muestra que, en una fábrica que trabaje así, toda la ganancia neta procede de la última hora. Supongamos que un fabricante invierte 100000 l.: 80000 en su fábrica y su maquinaria, y 20000 en materia prima y salarios. El rendimiento anual de la fábrica, suponiendo que el capital rote una vez al año y que la ganancia bruta sea del 15 %, tiene que ser de mercancías por valor de 115000 l., producidas por la constante conversión y reconversión de las 20000 l. de capital circulante, de dinero en mercancías y de mercancías en dinero (de hecho, la conversión y reconversión del plustrabajo primero en mercancía y luego de nuevo en trabajo necesario, etc.), en periodos de algo más de 2 meses. De estas 115000 l., cada una de las 23 medias horas de trabajo produce 5/115 o 1/23. De los 23/23 que constituyen el total de 115000, 20/23, i. e. 100000 l. de las 115000, solo reponen el capital; 1/23 (o 5000 de las 115000) compensa el deterioro de la fábrica y de la maquinaria. Los 2/23 restantes, es decir, las 2 últimas de las 23 medias horas de cada día, producen la ganancia neta del 10 %. Si por eso (permaneciendo iguales los precios) la fábrica pudiera mantenerse en marcha 13 horas en lugar de 11 1/2, con una adición de unas 2600 l. al capital circulante, la ganancia neta se duplicaría con creces.» (I. e., se elaborarían 2600 sin que se usara proporcionalmente más capital fijo, y sin pagar en absoluto el trabajo. La ganancia bruta y la neta son = al material que se elabora gratis para el capitalista, y entonces, naturalmente, una hora más = 100 % si el plustrabajo, como supone erróneamente el señor Mierda30, es solo = 1/12 de jornada o solo 2/23, como dice Senior.) «Por otra parte, si las horas de trabajo diarias se redujeran en 1 hora por día (permaneciendo iguales los precios), se destruiría la ganancia neta; si se redujeran en 1 1/2 horas, también la ganancia bruta. El capital circulante se repondría, pero no habría ningún fondo para compensar el deterioro progresivo del capital fijo.» (12, 13.) (Tan falsos como son los datos del señor Senior, tan importante es su ilustración para nuestra teoría.) «La relación del capital fijo con el circulante crece constantemente por 2 razones: 1) la tendencia de las mejoras mecánicas a echar sobre la maquinaria una parte cada vez mayor del trabajo de producción; 2) la mejora de los medios de transporte y la consiguiente disminución de las existencias de materia prima que esperan su uso en manos del fabricante. Antes, cuando el carbón y el algodón llegaban por agua, la incertidumbre y la irregularidad del suministro lo obligaban a tener a mano el consumo de 2 o 3 meses. Ahora, un ferrocarril se lo trae semana a semana, o más bien día a día, desde el puerto o la mina. En tales circunstancias preveo plenamente que, en muy pocos años, el capital fijo, en lugar de su proporción actual, estará con el circulante como 6 o 7 o incluso 10 a 1; y, en consecuencia, que los motivos para las jornadas largas serán mayores, como único medio de hacer rentable una gran proporción de capital fijo. "Cuando un jornalero", me dijo el señor Ashworth31, "deja la pala, deja inútil, durante ese tiempo, un capital que vale 18 d. Cuando uno de los nuestros deja la fábrica, deja inútil un capital que ha costado 100000 l.".» (13, 14.) (Esta es una prueba muy bonita de que, bajo el dominio del capital, la aplicación de la maquinaria no acorta el trabajo, sino que lo alarga. Lo que acorta es el trabajo necesario, no el trabajo necesario para el capitalista. Como el capital fijo se desvaloriza en la medida en que no se emplea en la producción, su crecimiento va unido a la tendencia a hacer perpetuo el trabajo. En lo que toca al otro punto que destaca Senior, ||42| la disminución del capital circulante en relación con el capital fijo sería tan grande como él supone si los precios permanecieran constantes. Pero si, p. ej., el algodón ha caído, según el cálculo medio, por debajo de su precio medio, el fabricante comprará tantas existencias como le permita su capital flotante, y vice versa. En el carbón, en cambio, cuya producción es uniforme y donde ninguna circunstancia especial hace esperar una subida extraordinaria de la demanda, la observación de Senior es acertada. Hemos visto que el transporte (y, por tanto, los medios de comunicación) no determina la circulación en la medida en que se refiere a llevar el producto al mercado o a su transformación en mercancía. Pues por este lado está incluido en la fase de producción misma. Pero determina la circulación en la medida en que determina 1) el retorno; 2) la reconversión del capital de la forma de dinero en la de las condiciones de producción. El capitalista necesita comprar existencias tanto menores de material y de materias instrumentales [matières instrumentales] cuanto más rápido e ininterrumpido es su suministro. Puede, pues, hacer rotar o reproducir en esta forma el mismo capital circulante tanto más a menudo, en lugar de tenerlo parado como capital durmiente. Por otra parte, como ya observó Sismondi, esto también repercute en que el comerciante al por menor, el tendero [shopkeeper], pueda renovar sus existencias con tanta mayor rapidez, y tenga también menos necesidad de mantener mercancías en reserva, porque puede renovar el suministro en cualquier momento. Todo esto muestra cómo, con el desarrollo de la producción, la acumulación en el sentido del atesoramiento disminuye relativamente; aumenta solo en la forma de capital fijo, mientras que el trabajo (la producción) continuo y simultáneo aumenta en regularidad, en intensidad y en extensión. La velocidad de los medios de transporte, junto con su universalidad, transforma cada vez más (con excepción de la agricultura) la necesidad de trabajo antecedente, en lo que respecta al capital circulante, en la de una producción simultánea, diferenciada y cuyas partes dependen unas de otras. Esta observación es importante para el apartado sobre la acumulación.)❳ «Nuestras fábricas de algodón, en sus comienzos, se mantenían en marcha las 24 horas enteras. La dificultad de limpiar y reparar la maquinaria, y la responsabilidad dividida que nacía de la necesidad de emplear un doble personal de capataces, tenedores de libros, etc., casi han acabado con esta práctica; pero hasta que la ley de Hobhouse32 las redujo a 69, nuestras fábricas trabajaban por lo general de 70 a 80 horas por semana.» (p. 15 l. c.)
«Según Baines33, una fábrica de hilar algodón de primera categoría no puede construirse, llenarse de maquinaria y dotarse de máquinas de vapor y de instalaciones de gas por menos de 100000 l. Una máquina de vapor de 100 caballos moverá 50000 husos, que producirán 62500 millas de hilo fino de algodón al día. En una fábrica así, 1000 personas hilarán tanto hilo como 250000 personas podrían hilar sin maquinaria.» (75. S. Laing. National Distress etc. Lond. 1844.)
«Cuando caen las ganancias, el capital circulante tiende a convertirse en cierta medida en capital fijo. Cuando el interés está al 5 P. C., no se emplea el capital en hacer nuevas carreteras, canales o ferrocarriles hasta que estas obras rinden un P. C. correspondientemente alto; pero cuando el interés está solo al 4 o al 3 P. C., se adelantaría capital para tales mejoras aunque obtuviera solo un porcentaje proporcionalmente más bajo. Las sociedades por acciones para llevar a cabo grandes mejoras son el vástago natural de una tasa de ganancia decreciente. También induce a los particulares a fijar sus capitales en la forma de edificios y maquinaria.» (p. 232. Hopkins (Th.) Great Britain for the last 40 years etc. London. 1834.) «McCulloch calcula así el número y los ingresos de los ocupados en la manufactura del algodón:
| 833 000 | tejedores, hiladores, blanqueadores, etc., a | |||
|---|---|---|---|---|
| 24l. cada uno al año............................ | £ 20 000 000 | |||
| 110 000 | carpinteros, mecánicos, constructores de máquinas, | |||
| etc., a 30 l. cada uno .......................... | 3 333 000 | |||
| Ganancia, dirección, carbón y | ||||
| materiales de las máquinas.................... | 6 667 000 | |||
| ‒‒‒‒‒‒ | ‒‒‒‒‒‒‒‒‒‒ | |||
| 944 000 | ...... | ........................................................... | ....... | £ 30 000 000 |
De los 6 2/3 millones, se supone que 2 millones van a carbón, hierro y otros materiales, a maquinaria y otros gastos, lo que daría ocupación, a £ 30 al año cada uno, a 66666, con lo que el total de personas ocupadas es de 1010666; a estos hay que añadir 1/2 de su número en niños, ancianos, etc., que dependen de los que trabajan, o 505330 más; así, un total de 1515996 personas mantenidas con salarios. A estos hay que añadir los que se mantienen, directa o indirectamente, con los 4 2/3 millones de ganancia», etc. (Hopkins, l. c. 336, 337.) Según este cálculo, pues, 833000 ocupados directamente en la producción; 177666 en la producción de la maquinaria y de las materias instrumentales, requeridas solo a consecuencia de la aplicación de la maquinaria. Pero estos últimos están calculados a 30 l. por cabeza; así pues, para reducir su número a trabajo de la misma calidad que el de los 833000, hay que calcularlos a 24 l. por cabeza; según esto, 5333000 l. darían unos 222208 obreros; lo que daría aproximadamente 1 ocupado en la producción de la maquinaria y de las materias instrumentales por cada 3 3/4 ocupados en la producción de los artículos de algodón. Menos de 1 por cada 4, pero digamos 1 por cada 4. Si ahora los 4 obreros restantes trabajaran solo tanto como antes 5, es decir, cada uno 1/4 más de tiempo de plustrabajo, no habría ganancia para el capital. Los 4 restantes tienen que suministrar más plustrabajo que antes los 5; o el número de obreros empleados en la maquinaria tiene que ser menor que el número de obreros desplazados por la máquina. La maquinaria solo es rentable para el capital en la proporción en que agranda el tiempo de plustrabajo de los obreros ocupados en la maquinaria (no en la medida en que lo acorta; solo en la medida en que disminuye la proporción del tiempo de plustrabajo con respecto al necesario, de modo que este último no solo ha disminuido relativamente, quedando igual el número de jornadas de trabajo simultáneas, sino que ha disminuido absolutamente).
El aumento del tiempo de trabajo absoluto supone el mismo número, o un número creciente, de jornadas de trabajo simultáneas; ídem el aumento de la fuerza productiva mediante la división del trabajo, etc. En ambos casos el tiempo de trabajo agregado sigue siendo el mismo o crece. Con la aplicación de la maquinaria, el tiempo de plustrabajo relativo crece no solo en relación con el tiempo de trabajo necesario, y por tanto relativamente al tiempo de trabajo agregado, sino que la relación con el tiempo de trabajo necesario crece mientras que disminuye el trabajo agregado, i. e. el número de las jornadas de trabajo simultáneas (en relación con el tiempo de plustrabajo).
Un fabricante de Glasgow dio a Symons (J. C.) «Arts and Artisans at Home and Abroad, Edinb. 1839» los datos siguientes (damos aquí varios para tener ejemplos de la relación entre el capital fijo, el circulante, la parte del capital desembolsada en salarios, etc.): |
|43| Glasgow: «Gasto de levantar una fábrica de telares mecánicos de 500 telares, calculada para tejer un buen tejido de calicó o de tela para camisas, como el que se hace por lo general
| en Glasgow, sería aproximadamente de......................... | £ 18000 |
|---|---|
| Producción anual, digamos 150 000 piezas de 24 yardas | |
| a 6 sh.................................................................. | £ 45000 |
| Que cuestan lo siguiente: | |
| Interés del capital inmovilizado, y por depreciación | |
| del valor de la maquinaria........................................... | 1800 |
| Fuerza de vapor, aceite, sebo, etc., mantenimiento de la maqui- | |
| naria, utensilios, etc.................................................... | 2000 |
| Hilos y lino...................................................... | 32000 |
| Salarios de los obreros.............................................. | 7500 |
| Supuesto como ganancia.................................................. | 1700 |
| ‒‒‒‒‒‒‒‒ | |
| 45000.» | |
| (p. 233.) |
Si tomamos, pues, un interés del 5 % sobre la maquinaria, la ganancia bruta es 1700 + 900 = 2600. Pero el capital desembolsado en salario asciende solo a 7500. La ganancia es, pues, al salario = [26 : 75 = 5 1/5 : 15], es decir, = 34 2/3 P. C.
«Gasto probable de levantar una hilatura de algodón con mules manuales, calculada para producir hilo del n.º 40
| de buena calidad......................................................... | £ 23000 |
|---|---|
| Si son self-actors patentados, 2000 l. más. | |
| Producción anual a los precios actuales del algodón | |
| y a los que podría venderse el hilo.................... | 25000 |
| Cuyo coste es el siguiente: | |
| Interés del capital inmovilizado, descuento por depre- | |
| ciación del valor de la maquinaria 10%.............................. | 2300 |
| Algodón........................................................................ | 14000 |
| Fuerza de vapor, aceite, sebo, gas y gastos | |
| generales de mantener en buen estado utensilios y | |
| maquinaria........................................................................... | 1800 |
| Salarios de los obreros................................................. | 5400 |
|---|---|
| Ganancia..................................................................... | 1500 |
| ‒‒‒‒‒‒‒‒ | |
| 25000.» | |
| (p. 234.) |
(Se supone, pues, un capital flotante de 7000 l., ya que 1500 es el 5 % de 30000.)
«La producción de la fábrica, tomada a 10000 lb. semanales.» (234 l. c.) Aquí, pues, la ganancia = 1150 + 1500 = 2650; [2650 : 5400] (con respecto al salario) = [1 : 2 2/53], = 49 8/108 P. C.
| «Coste de una hilatura de algodón de 10000 | |
|---|---|
| throstles, calculada para producir hilo de buena calidad | |
| del n.º 24................................................................ | 20000 l. |
| Tomando el valor actual de la producción, el importe | |
| costaría anualmente........................................ | 23000 l. |
| Interés del capital inmovilizado, depreciación del | |
| valor de la maquinaria, al 10 P.C................................. | 2000 |
| Algodón.................................................................... | 13300 |
| Fuerza de vapor, aceite, sebo, aceite, gas, mantener | |
| la maquinaria en buen estado, etc. .......................................... | 2500 |
| Salarios de los obreros.................................................. | 3800 |
| Ganancia...................................................................... | 1400 |
| ‒‒‒‒‒‒‒‒ | |
| 23000.» | |
| (p. 235.) |
Así pues, ganancia bruta = 2400; salarios, 3800; 2400 : 3800 = 24 : 38 = 12 : 19 = 63 3/19 P. C.
En el primer caso, 34 2/3 P. C.; en el segundo, 49 8/108 P. C., y en el último, 63 3/19 P. C. En el primer caso el salario es 1/6 del precio total del producto; en el segundo, más de 1/5; en el último, menos de 1/6. Pero en el primer caso el salario es al valor del capital = 1 : 4 8/15; en el segundo caso, = 1 : 5 15/27; en el tercero, = 1 : 7 7/19. En la misma proporción en que disminuye la proporción total de la parte del capital desembolsada en salario respecto de la desembolsada en maquinaria y capital circulante (que juntas suman en el primer caso 34000; en el segundo, 30000; en el tercero, 28000), tiene que aumentar, naturalmente, la ganancia sobre la parte desembolsada en salario para que el porcentaje de la ganancia siga siendo el mismo.
La disminución absoluta del trabajo agregado, i. e. de la jornada de trabajo × el número de las jornadas de trabajo simultáneas, en relación con el plustrabajo, puede aparecer de dos maneras. En la forma indicada primero: que una parte de los obreros ocupados hasta entonces sea despedida a consecuencia del uso de capital fijo (maquinaria). O que la introducción de la maquinaria disminuya el aumento de las jornadas de trabajo empleadas, aunque la productividad crezca, y precisamente en una proporción mayor (naturalmente) que aquella en que disminuye a consecuencia del «valor» de la maquinaria recién introducida. En la medida en que el capital fijo tiene valor, no aumenta, sino que disminuye la productividad del trabajo. «Los brazos sobrantes permitirían a los fabricantes rebajar la tasa de los salarios; pero la certeza de que cualquier reducción considerable iría seguida de inmediato de inmensas pérdidas por huelgas, paros prolongados y otros diversos impedimentos que se les pondrían en el camino les hace preferir el proceso más lento de la mejora mecánica, con el que, aunque tripliquen la producción, no necesitan hombres nuevos.» (Gaskell. Artisans and Machinery. Lond. 1836.) (p. 314.) «Cuando las mejoras no desplazan del todo al obrero, harán a un hombre capaz de producir, o más bien de vigilar la producción de una cantidad que ahora requiere 10 o 20 trabajadores.» (315, l. c.). «Se han inventado máquinas que permiten a un hombre producir tanto hilo como 250, o incluso 300, podían haber producido hace 70 años, y que permiten a 1 hombre y 1 muchacho estampar tantos géneros como antes podían estampar 100 hombres y 100 muchachos. Los 150000 obreros de las hilaturas producen tanto hilo como habrían podido producir 40 millones con el torno de un solo hilo.» (316 l. c.) |
|44| «El mercado inmediato para el capital, o campo para el capital, puede decirse que es el trabajo. El importe de capital que puede invertirse en un momento dado, en un país dado o en el mundo, de modo que rinda no menos de una tasa dada de ganancias, parece depender principalmente de la cantidad de trabajo que, desembolsando ese capital, sea posible inducir a realizar al número de seres humanos entonces existente.» (p. 20. An Inquiry into those Principles respecting the Nature of Demand etc. Lond. 1821.) (De un ricardiano, contra los Principles de Malthus, etc.)
[Extrañamiento]
El hecho de que, con el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo, las condiciones objetivas del trabajo, el trabajo objetivado, tengan que crecer en relación con el trabajo vivo ‒ lo que es en realidad una proposición tautológica, pues ¿qué quiere decir fuerza productiva creciente del trabajo sino que se requiere menos trabajo inmediato para crear un producto mayor y que, por tanto, la riqueza social se expresa cada vez más en las condiciones del trabajo creadas por el trabajo mismo? ‒ aparece, desde el punto de vista del capital, no como que uno de los momentos de la actividad social ‒ el trabajo objetivo ‒ se convierte en el cuerpo cada vez más poderoso del otro momento, el trabajo subjetivo, vivo, sino como que ‒ y esto es importante para el trabajo asalariado ‒ las condiciones objetivas del trabajo adquieren frente al trabajo vivo una autonomía cada vez más colosal, que se presenta en su misma extensión, y la riqueza social se enfrenta al trabajo en porciones cada vez más poderosas como poder ajeno y dominante. El acento no se pone en el ser objetivado, sino en el ser extrañado, enajenado, vendido34; en que el inmenso poder objetivado que el propio trabajo social se ha contrapuesto como uno de sus momentos no pertenece al obrero, sino a las condiciones de producción personificadas, i. e. al capital. En la medida en que, en el terreno del capital y del trabajo asalariado, la producción de este cuerpo objetivo de la actividad tiene lugar en oposición a la capacidad de trabajo inmediata ‒ en que este proceso de objetivación aparece de hecho como proceso de enajenación desde el punto de vista del trabajo, o de apropiación de trabajo ajeno desde el punto de vista del capital ‒, esta torsión e inversión es real, no meramente pensada, no existe solo en la representación de los obreros y de los capitalistas. Pero es evidente que este proceso de inversión es solo una necesidad histórica, solo una necesidad para el desarrollo de las fuerzas productivas a partir de un punto de partida histórico determinado, o de una base determinada, pero en modo alguno una necesidad absoluta de la producción; antes bien, una necesidad evanescente, y el resultado y el fin (inmanente) de este proceso es superar esta base misma, así como esta forma del proceso. Los economistas burgueses están tan encerrados en las representaciones de un grado histórico determinado del desarrollo de la sociedad que la necesidad de la objetivación de los poderes sociales del trabajo les parece inseparable de la necesidad de su extrañamiento frente al trabajo vivo. Pero con la superación del carácter inmediato del trabajo vivo como meramente singular, o como general solo interiormente o solo exteriormente, con el poner la actividad de los individuos como inmediatamente general o social, los momentos objetivos de la producción quedan despojados de esta forma de extrañamiento; quedan puestos así como propiedad, como el cuerpo social orgánico en el que los individuos se reproducen como singulares, pero como singulares sociales. Las condiciones para ser así en la reproducción de su vida, en su proceso vital productivo, solo han sido puestas por el propio proceso histórico económico; tanto las objetivas como las subjetivas, que no son más que las dos formas distintas de las mismas condiciones. La carencia de propiedad del obrero y la propiedad del trabajo objetivado sobre el trabajo vivo, o la apropiación de trabajo ajeno por el capital ‒ ambas cosas expresan solo la misma relación en dos polos opuestos ‒, son condiciones fundamentales del modo de producción burgués, en modo alguno accidentes que le sean indiferentes. Estos modos de distribución son las relaciones de producción mismas, solo que sub specie distributionis. Es, por eso, sumamente absurdo que, p. ej., J. St. Mill diga (Principles of Polit. Econ. 2 ed. Lond. 1849, t. I, p. 240): «Las leyes y condiciones de la producción de la riqueza participan del carácter de las verdades físicas … No ocurre así con la distribución de la riqueza. Esta es una cuestión exclusivamente de institución humana.» (p. 239, 240.) Las «leyes y condiciones» de la producción de la riqueza y las leyes de la «distribución de la riqueza» son las mismas leyes bajo una forma distinta, y ambas cambian, pasan por el mismo proceso histórico; no son en general más que momentos de un proceso histórico.
No hace falta una especial agudeza para comprender que, partiendo, p. ej., del trabajo libre o trabajo asalariado surgido de la disolución de la servidumbre, las máquinas solo pueden surgir en oposición al trabajo vivo, como propiedad ajena a él y como poder hostil que se le enfrenta; es decir, que tienen que enfrentársele como capital. Pero igual de fácil es ver que las máquinas no dejarán de ser agentes de la producción social en cuanto se conviertan, p. ej., en propiedad de los obreros asociados. En el primer caso, sin embargo, su distribución, es decir, el hecho de que no pertenezcan al obrero, es igualmente condición del modo de producción fundado en el trabajo asalariado. En el segundo caso, la distribución modificada partiría de una base nueva de la producción, modificada, surgida solo por el proceso histórico.
[Miscelánea]
El oro, en el lenguaje figurado de los peruanos, «las lágrimas lloradas por el Sol». (Prescott.) «Sin el uso de las herramientas o de la maquinaria familiares al europeo, cada individuo (en el Perú) habría podido hacer bien poco; pero, actuando en grandes masas y bajo una dirección común, pudieron, con una perseverancia infatigable, alcanzar resultados», etc. (l. c.)
❲El dinero que se encuentra entre los mexicanos (más bien junto con el trueque [barter] y la propiedad oriental del suelo), «una moneda en curso regulada de diferentes valores. Consistía en cañones de pluma transparentes llenos de polvo de oro; en trocitos de estaño cortados en forma de T; y en sacos de cacao que contenían un número especificado de granos. "¡Oh feliz moneda", dice Pedro Mártir (de Orbe novo), "que proporciona al género humano una bebida suave y útil, y preserva a sus poseedores de la peste infernal de la avaricia, porque no puede enterrarse ni guardarse mucho tiempo!"35» (Prescott.) «Eschwege (1823) estima el valor total de las explotaciones de diamantes en 80 años en una suma que apenas excede la producción de 18 meses de azúcar o de café en el Brasil.» (Merivale.) «Los primeros colonos (británicos) (en Norteamérica) cultivaban en común el suelo desbrozado en torno a sus aldeas … Esta costumbre prevalece hasta 1619 en Virginia», etc. (Merivale, t. I. p. 91‒92.) (Cuaderno, p. 52.)
(«Las Cortes de 1593 hicieron a Felipe II la siguiente representación: "Las Cortes de Valladolid del año 48 suplicaron a V. M. que no permitiera más la entrada en el reino de las bujías, vidrios, bisutería, cuchillos y otras cosas semejantes que venían de fuera, para cambiar estos artículos tan inútiles para la vida humana por oro, como si los españoles fueran indios".» (Sempéré.))
«En las colonias densamente pobladas, el trabajador, aunque libre, depende naturalmente del capitalista; en las escasamente pobladas, la falta de esta dependencia natural tiene que suplirse con restricciones artificiales.» (Merivale, 314, v. II. Lectures on Colonization etc. Lond. 1842.)❳ |
|45| Dinero romano: aes grave, libra de cobre (emere per aes et libram [comprar por el bronce y la balanza]). Este es el as 36. 485 a. U. c.: dineros de plata [deniers d'argent] = 10 ases (estos denarii, 40 por libra; 510 [a. U. c.], 75 denarii por libra; cada denarius sigue = 10 ases, pero 10 ases de 4 onzas). En 513 el as se reduce a 2 onzas; el denarius, siempre = 10 ases, ya solo 1/84 de la libra de plata. Esta última cifra, 1/84, se mantuvo hasta el final de la República, pero en 537 el denarius valía 16 ases de una onza y en 665 ya solo 16 ases de media onza … El denarius de plata, en el año 485 de la República = 1 franco 63; en 510 = 87 céntimos; de 513 a 707 = 78 céntimos. De Galba a los Antoninos, 1 franco. (Dureau de La Malle37, t. I.) En la época del primer denarius de plata, 1 libra de plata con respecto a 1 libra de cobre = [400 : 1].38 A comienzos de la segunda guerra púnica = [112 : 1]. (l. c., t. I, p. 76‒77, 81‒82.) «Las colonias griegas del sur de Italia sacaban de Grecia y de Asia, directamente o a través de Tiro y Cartago, la plata con la que fabricaban monedas desde los siglos V y VI antes de Cristo. Pese a esta vecindad, los romanos, por razones políticas, proscribieron el uso del oro y la plata. El pueblo y el Senado sentían que un medio de circulación tan ligero traería la concentración, el aumento de los esclavos, la decadencia de las viejas costumbres y de la agricultura.» (l. c. p. 64, 65.) «Según Varrón, el esclavo es un instrumentum vocale [instrumento dotado de voz], el animal un instrumentum semi-mutum [instrumento semimudo], el arado un instrumentum mutum [instrumento mudo].» (l. c. p. 253, 254.) (El consumo diario de un habitante de la ciudad de Roma, algo más de 2 libras francesas; el de un campesino, 3 libras. Un parisino consume de pan 0,93; un campesino de los 20 departamentos donde el trigo es el alimento principal, 1,70. (l. c.) En Italia (la actual), 1 l. 8 onzas, donde el trigo es el alimento principal. ¿Por qué comían los romanos relativamente más? Originariamente comían el trigo crudo o solo ablandado en agua; después se les ocurrió tostarlo. Más tarde se llegó al arte de moler, y al principio se comía cruda la pasta hecha con esa harina. Para moler el grano se usó una mano de mortero o 2 piedras golpeadas y giradas una sobre otra … Esta pasta cruda, puls, se la preparaba el soldado romano para varios días. Luego se inventó el bieldo, que limpia el grano; se encontró el medio de separar el salvado de la harina; por último se añadió la levadura, y al principio se comió el pan crudo, hasta que el azar enseñó que, cociéndolo, se impedía que se agriara y se conservaba mucho más tiempo. Solo después de la guerra contra Perseo, en 580, tuvo Roma panaderos. (p. 279 l. c.) «Antes de la era cristiana los romanos no conocían los molinos de viento.» (280 l. c.)) «Parmentier ha demostrado que en Francia, desde Luis XIV, el arte de moler ha hecho grandes progresos, y que la diferencia entre la molienda antigua y la nueva alcanza a 1/2 del pan suministrado por el mismo grano. Primero se asignaban 4, luego 3, luego 2 y finalmente 1 1/3 sextarios de trigo para el consumo anual de un habitante de París. Así se explica fácilmente la enorme desproporción entre el consumo diario de trigo entre los romanos y entre nosotros: por la imperfección de los procedimientos de molienda y de panificación.» (p. 281 l. c.)
«La ley agraria era una limitación de la propiedad territorial entre los ciudadanos activos. Esta limitación de la propiedad formaba el fundamento de la existencia y la prosperidad de las antiguas repúblicas.» (l. c. p. 256.) «Las rentas del Estado consistían en dominios, contribuciones en especie, prestaciones personales y algunos impuestos en dinero pagados a la entrada y a la salida de las mercancías, o percibidos sobre la venta de ciertos géneros. Este modo existe todavía casi sin cambios en el Imperio otomano. En la época de la dictadura de Sila, e incluso a finales del siglo VII, la República romana ingresaba solo 40 millones de francos al año, en el año 697 … En 1780, el rédito del sultán turco, en piastras en moneda, era solo de 35000000 de piastras o 70 millones de francos … Los romanos y los turcos percibían en especie la mayor parte de sus rentas. Entre los romanos, 1/10 de los granos, 1/5 de los frutos; entre los turcos, variando de 1/2 a 1/10 de los productos … Como el Imperio romano no era más que una inmensa aglomeración de municipios independientes, la mayor parte de las cargas y los gastos siguió siendo municipal.» (p. 402‒405.) (La Roma de Augusto y de Nerón, sin los arrabales, solo 266684 habitantes. Supone que en el siglo IV de la era cristiana los arrabales tenían 120000 habitantes, el recinto de Aureliano 382695, juntos 502695, más 30000 soldados y 30000 extranjeros; en total, 562000 cabezas en números redondos. Madrid, capital durante 1 1/2 siglos, desde Carlos V, de una parte de Europa y de la mitad del Nuevo Mundo, tiene muchas semejanzas con Roma. Tampoco su población creció en proporción a su importancia política. (405, 406, l. c.)) «El estado social de los romanos se parecía entonces mucho más al de Rusia o al del Imperio otomano que al de Francia o Inglaterra: poco comercio o industria; fortunas inmensas al lado de una miseria extrema.» (p. 214, l. c.) (Lujo solo en la capital y en las sedes de los sátrapas romanos.) «La Italia romana, desde la destrucción de Cartago hasta la fundación de Constantinopla, había estado frente a Grecia y Oriente en el mismo estado en que España se encontró respecto de Europa durante el siglo XVIII. Alberoni39 decía: "España es para Europa lo que la boca para el cuerpo: todo pasa por ella, nada se queda".» (l. c. p. 399‒400.)
La usura era originariamente libre en Roma. La ley de las 12 tablas (303 a. U. c.) había fijado el interés del dinero en el 1 % anual (Niebuhr dice 10). Estas leyes fueron pronto violadas. Duilio (398 a. U. c.) redujo de nuevo el interés del dinero al 1 %, unciario foenore. Reducido al 1/2 P. C. en 408; en 413 el préstamo a interés fue absolutamente prohibido por un plebiscito promovido por el tribuno Genucio. No es de extrañar que en una república en la que la industria y el comercio al por mayor y al por menor estaban prohibidos a los ciudadanos se prohibiera también el comercio del dinero. (p. 260, 261 t. II l. c.) Este estado de cosas duró 300 años, hasta la toma de Cartago. 12 %, ahora; 6 %, el tipo común del interés anual. (261 l. c.) Justiniano fija el interés en el 4 %; la usura quincunx es, con Trajano, el interés legal del 5 %. El 12 % era el interés comercial en Egipto 146 años antes de J. C. (l. c. p. 263.) |
|46| La alienación involuntaria de la propiedad feudal del suelo se desarrolla con la usura y el dinero: «La introducción del dinero, que compra todas las cosas, y con ello el favor al acreedor que presta dinero al terrateniente, trae consigo la necesidad de la alienación legal por el adelanto.» (124. John Dalrymple. An Essay towards a general history of Feudal Property in Great Britain, 4 ed. Lond. 1759.)
En la Europa medieval: «Los pagos en oro solo eran habituales en algunos artículos de comercio, sobre todo en los objetos preciosos. Se daban sobre todo fuera del círculo mercantil, en los regalos de los grandes, en ciertos derechos elevados, en multas cuantiosas y en compras de tierras. El oro sin acuñar se pesaba no pocas veces por libras o por marcos (medias libras) … 8 onzas = 1 marco; una onza, pues, = 2 lotes o 3 quilates. De oro acuñado solo se conocían, hasta los tiempos de las Cruzadas, los solidi bizantinos, los tari italianos y los maurabotini árabes» (más tarde maravedíes). (Hüllmann, Städtewesen des Mittelalters. I Th. Bonn 1826.) (p. 402‒404.) «En las leyes francas, también los solidi como mera moneda de cuenta, en la que se expresaba el valor de los productos agrícolas que habían de entregarse como multas. P. ej., entre los sajones, por un solidus se entendía un buey de un año tal como suele estar en otoño. Según el derecho ripuario, una vaca sana hacía las veces de un solidus … 12 denarios = 1 solidus de oro.» (405, 406.) 4 tari = 1 solidus bizantino … Desde el siglo XIII se acuñaron luego distintas monedas de oro en Europa. Augustales (del emperador Federico II en Sicilia: Brindisi y Mesina); Florentini o Floreni (de Florencia, 1252); … ducados o cequíes (Venecia, desde 1285). (408‒411, l. c.) «En Hungría, Alemania y los Países Bajos se acuñaron también, desde el siglo XIV, monedas de oro mayores; en Alemania se llamaban simplemente florines [Gulden].» (l. c. 413.) «En los pagos en plata, el pesar, la mayoría de las veces por marcos, era el uso dominante en todos los pagos grandes. También la plata acuñada se pesaba en tales pagos, porque las monedas eran todavía de plata casi del todo pura y, por tanto, solo importaba el peso. De ahí los nombres de libra (Livre, Lire) ❲Nota bene: En México encontramos dinero, pero no pesos; en el Perú, pesos, pero no dinero.❳ y de marco, que pasaron en parte a designar monedas imaginarias o de cuenta y en parte a monedas reales de plata. Moneda de plata: denarios o kreuzer. En Alemania estos denarios se llamaban Pfennige (Pennig, Penning, Phenning) ya desde el siglo IX. Originariamente Pending, Penthing, Pfentinc, de pfündig, en la forma antigua pfünding, que es tanto como de peso cabal: así pues, denarios pfündige, abreviado Pfündinge. Otro nombre más de los denarios, desde comienzos del siglo XII, en Francia, Alemania, los Países Bajos e Inglaterra, por la estrella representada en ellos en lugar de las cruces: Sternlinge, Sterlinge, Starlinge. Denarios esterlinos = peniques esterlinos. De los esterlinos neerlandeses entraban en el siglo XIV 320 en la libra, 20 piezas en la onza. Los solidi de plata, en alemán Schildlinge, Schillinge. Los solidi de plata no eran en la primera Edad Media monedas reales, sino conjuntos de 12 denarios cada uno. 1 solidus de oro = 12 denarios o esterlinos, porque esta era la relación media entre el oro y la plata. Como moneda fraccionaria circulaban los oboli, medios peniques, Hälblinge … Con la creciente difusión del pequeño oficio, cada vez más ciudades comerciales y pequeños príncipes se procuraron el derecho de batir su moneda local, es decir, en su mayor parte moneda fraccionaria. Le mezclaban cobre, y esto fue cada vez a más … Los Dickpfennige, gros deniers, grossi, Groschen, groten, acuñados primero en Tours antes de mediados del siglo XIII. Estos Groschen eran originariamente peniques dobles.» (415‒433.) «Que los papas impusieran tributos eclesiásticos a casi todos los países católicos contribuyó no poco, primero, al desarrollo del sistema monetario en su conjunto en la Europa industriosa y luego, como consecuencia, al nacimiento de diversos intentos de eludir el precepto de la Iglesia (contra los intereses). El papa se servía de los lombardos para cobrar a los arzobispados los derechos de palio40 y los demás derechos. Estos eran los principales usureros y prestamistas sobre prendas, bajo protección papal. Conocidos ya desde mediados del siglo XII. Sobre todo de Siena. "Usurarii públicos." En Inglaterra se llamaban a sí mismos "cambistas del obispo de Roma". Algunos obispos de Basilea, entre otros, empeñaron por poca cosa a judíos el anillo episcopal, las vestiduras de seda, todo el ajuar de la iglesia, y pagaban intereses. Pero también obispos, abades y curas practicaban ellos mismos la usura con el ajuar de la iglesia, empeñándolo a cambio de una parte de la ganancia a cambistas toscanos de Florencia, Siena y otras ciudades», etc. (véase l. c. cuaderno, p. 39).
Como el dinero es el equivalente general, el poder general de compra [general power of purchasing], todo es comprable, todo es convertible en dinero. Pero solo puede convertirse en dinero si se aliena, si su poseedor se enajena de ello. Todo es, por tanto, alienable, o indiferente para el individuo, exterior a él. Las llamadas posesiones inalienables, eternas, y las relaciones de propiedad inmóviles y fijas que les corresponden, se derrumban, pues, ante el dinero. Además, como el propio dinero solo es en la circulación, y se cambia a su vez por disfrutes, etc. ‒ por valores ‒ que en último término pueden disolverse todos en disfrutes puramente individuales, todo tiene valor solo en la medida en que es para el individuo. El valor autónomo de las cosas, salvo en la medida en que consiste en su mero ser para otro, en su relatividad, en su cambiabilidad, el valor absoluto de todas las cosas y relaciones, queda con ello disuelto. Todo se sacrifica al disfrute egoísta. Pues, así como todo es alienable por dinero, todo es también adquirible por dinero. Todo puede tenerse por «dinero contante», que, como algo que existe exteriormente al individuo, puede atraparse con el fraude, la violencia, etc. Todo es, pues, apropiable por todos, y depende del azar lo que el individuo pueda apropiarse o no, porque depende del dinero que esté en su poder. Con ello el individuo está puesto en sí como señor de todo. No hay valores absolutos, porque para el dinero el valor en cuanto tal es relativo. No hay nada inalienable, porque todo es alienable por dinero. No hay nada superior, sagrado, etc., porque todo es apropiable por dinero. Las «res sacrae» y «religiosae» [cosas sagradas y religiosas], que pueden estar «in nullius bonis» [entre los bienes de nadie] y «nec aestimationem recipere, nec obligari alienarique posse» [no pueden recibir estimación, ni ser obligadas ni alienadas], que están exentas del «commercio hominum», no existen ante el dinero, igual que ante Dios todos son iguales. Es hermoso cómo la Iglesia romana fue ella misma, en la Edad Media, la principal propagandista del dinero.
«Como la ley eclesiástica contra la usura había perdido hacía tiempo toda significación, Martín la abolió en 1425 también de nombre41.» (Hüllmann, II Th. l. c. Bonn 1827, p. 55.) «En la Edad Media no había en ningún país un tipo de interés general. Primero, el rigor de los curas. Inseguridad de las instituciones judiciales para garantizar el préstamo. Tanto más alto el tipo de interés en los casos particulares. La escasa circulación del dinero, la necesidad de hacer al contado la mayoría de los pagos ||47| en dinero, porque el negocio de las letras de cambio no estaba todavía desarrollado. De ahí la gran diversidad en lo tocante a los intereses y [al] concepto de la usura. En tiempos de Carlomagno solo se consideraba usurario tomar el 100 %. En Lindau, junto al lago de Constanza, en 1344, ciudadanos del lugar tomaron el 216 2/3 %. En Zúrich el Consejo fijó como interés legal el 43 1/3 %. En Italia hubo que pagar a veces el 40 %, aunque del siglo XII al XIV el tipo habitual no pasaba del 20 %. Verona dispuso como interés legal el 12 1/2 %. Federico II, en su ordenanza, el 10 %, pero solo para los judíos. Por los cristianos no quiso pronunciarse. El 10 % era ya lo habitual en la Alemania renana en el siglo XIII.» (55‒57 l. c.)
«Consumo productivo, donde el consumo de una mercancía es una parte del proceso de producción.» (Newman etc. cuaderno XVII, 10.) «Se observará que en estos casos no hay consumo de valor, pues el mismo valor existe bajo una forma nueva.» (l. c.) Además, «consumo … la aplicación del rédito individual a sus diferentes usos». (p. 297.) (l. c.)
«Que vender por dinero sea en todo momento tan fácil como lo es ahora comprar con dinero, y la producción se convertiría en la causa uniforme e infalible de la demanda.» (John Gray. The Social System etc., Edinburgh 1831.) (p. 16.) «Después de la tierra, el capital y el trabajo, la cuarta condición necesaria de la producción es: el poder inmediato de cambiar [instant power of exchanging].» (l. c. 18.) «Poder cambiar es para el hombre en sociedad tan importante como lo era para Robinson Crusoe poder producir.» (l. c. 21.)
«Según Say, el crédito solo desplaza el capital, pero no crea ninguno. Esto solo es cierto en el único caso del préstamo hecho a un industrial por un capitalista, pero no del crédito entre productores en sus adelantos mutuos. Lo que un productor adelanta a otro no son capitales; son productos, mercancías. Estos productos, estas mercancías, podrán convertirse y se convertirán sin duda, en manos del prestatario, en capitales activos, i. e. en instrumentos de trabajo, pero actualmente, en manos de su poseedor, no son más que productos por vender y, por tanto, inactivos … Hay que distinguir entre producto o mercancía y agente de trabajo o capital productivo. Mientras un producto permanece en manos de su productor, es solo mercancía o, si se quiere, capital inactivo, inerte. Lejos de que el industrial que lo tiene saque de él ninguna ventaja, es para él una carga, una causa incesante de molestias, de falsos gastos y de pérdidas: gastos de almacenaje, de conservación y de custodia, intereses de los fondos, etc., sin contar la merma o el derrame que sufren casi todas las mercancías cuando están mucho tiempo inactivas … Si vende, pues, estas mercancías suyas a crédito, poniéndolas en manos de otro industrial que podrá aplicarlas al género de trabajo que le es propio, de mercancía inerte que eran se convertirán para este último en un capital activo. Habrá, pues, aquí aumento de capital productivo de un lado sin ninguna disminución del otro. Más aún: si se admite que el vendedor, aun entregando sus mercancías a crédito, ha recibido no obstante a cambio efectos que puede negociar en el acto, ¿no está claro que se procura con ello mismo el medio de renovar a su vez sus materias primas y sus instrumentos de trabajo para ponerse de nuevo a la obra? Hay, pues, aquí un doble aumento de capital productivo; en otros términos, poder adquirido por los 2 lados.» (Charles Coquelin42: Du Crédit et des Banques dans l'Industrie. Revue des deux mondes, t. 31, 1842, p. 799‒800.) «[Supongamos] que toda la masa de las mercancías por vender pasa rápidamente, sin lentitudes ni obstáculos, del estado de producto inerte al de capital activo: ¡qué actividad nueva en el país! … esta transformación rápida es precisamente el beneficio que realiza el crédito. Esta es la actividad de la circulación. Así puede el crédito decuplicar los negocios de los industriales. En un intervalo de tiempo dado, el negociante o productor ha renovado 10 veces, en lugar de una, sus materias y sus productos. El crédito consigue esto aumentando en todo el mundo el poder de comprar. En lugar de reservar este poder a los que tienen actualmente la facultad de pagar, lo da a todos los que, por su posición y su moralidad, ofrecen la garantía de un pago futuro; lo da a cualquiera que sea capaz de utilizar los productos mediante el trabajo. Así pues, el primer beneficio del crédito es aumentar, si no la suma de los valores que posee un país, al menos la de los valores activos. Este es el efecto inmediato. De él se sigue el aumento de las fuerzas productivas y, por tanto, también de la suma de los valores, etc.» (l. c.)
«Alquilar es una venta condicional, o venta del uso de una cosa por un tiempo limitado.» (Corbet Th. An Inquiry into the Causes and Modes of the Wealth of Individuals etc. Lond. 1841, p. 81.)
«Transformaciones a que se somete el capital en el trabajo de producción. El capital, para volverse productivo, tiene que consumirse.» (p. 80. S. P. Newman. Elements of Politic. Econ. Andover und New-York. 1835.) «Ciclo económico … todo el curso de la producción, desde el momento en que se hacen los desembolsos hasta que se reciben los retornos. En la agricultura, la siembra es su comienzo y la cosecha su final.» (81.) La diferencia entre capital fijo y circulante se basa en que, durante cada ciclo económico, una parte se consume parcialmente y otra totalmente. (l. c.) El capital en cuanto dirigido a diferentes empleos. (l. c.) Pertenece a la teoría de la competencia. «Un medio de cambio: En las naciones no desarrolladas, cualquier mercancía que constituya la mayor parte de la riqueza de la comunidad, o que por cualquier causa se convierta con más frecuencia que otras en objeto de cambio, suele usarse como medio circulante. Así, el ganado es medio de cambio entre las tribus pastoras, el pescado seco en Terranova, el azúcar en las Indias Occidentales, el tabaco en Virginia. Ventaja de los metales preciosos: a) igualdad de calidad en todas las partes del mundo; b) admiten una división minuciosa y un reparto exacto; c) rareza y dificultad de obtención; d) admiten la acuñación.» (100 l. c.)
La representación del capital como un ser que se reproduce a sí mismo ‒ como un valor que se perpetúa y [se] multiplica en virtud de una cualidad innata ‒ ha llevado a las ocurrencias fabulosas del Dr. Price43, que dejan muy atrás las fantasías de los alquimistas y en las que Pitt creyó seriamente, hasta hacer de ellas, en sus leyes sobre el fondo de amortización [sinking fund] (véase Lauderdale), pilares de su sabiduría financiera. He aquí algunos extractos contundentes del hombre: |
|48| «El dinero que devenga interés compuesto crece al principio lentamente. Pero, como la tasa de crecimiento se acelera continuamente, al cabo de algún tiempo se vuelve tan rápido que burla todos los poderes de la imaginación. Un penique puesto a interés compuesto del 5 % en el nacimiento de nuestro Salvador habría crecido antes de ahora hasta una suma mayor que la que cabría en 150 millones de Tierras, todas de oro macizo. Pero, puesto a interés simple, en el mismo tiempo no habría ascendido a más de 7 chelines 4 1/2 d. Nuestro gobierno ha preferido hasta ahora hacer fructificar el dinero de la última de estas maneras, más que de la primera.» (18, 19. Price, Richard: An Appeal to the Public on the Subject of the National Debt. Lond. 1772, 2 ed.) (Su gracia: el gobierno debería pedir prestado a interés simple y prestar el dinero así obtenido a interés compuesto.) En sus «Observations on Reversionary Payments» etc. Lond. 1772, vuela todavía más alto: «Un chelín puesto a interés compuesto del 6 % en el nacimiento de nuestro Salvador habría … crecido hasta una suma mayor de la que podría contener todo el sistema solar, suponiendo que fuera una esfera de diámetro igual al diámetro de la órbita de Saturno.» (l. c. XIII, nota.) «Un Estado no necesita, por tanto, encontrarse nunca en dificultades; pues, con los más pequeños ahorros, puede pagar las deudas más grandes en tan poco tiempo como pueda requerir su interés.» (p. XIII‒XIV.) El bueno de Price quedó sencillamente deslumbrado por las enormes cantidades que resultan de la progresión geométrica de los números. Como consideraba el capital, sin ninguna consideración de las condiciones de reproducción del trabajo, como una cosa que actúa por sí misma, un mero número que se multiplica a sí mismo, pudo creer que había encontrado la ley de su crecimiento en aquella fórmula (véase más arriba). Pitt, en 1792, en un discurso en el que proponía aumentar la suma destinada al fondo de amortización, toma completamente en serio la mistificación del Dr. Price. (S = C (1 + i)n.)
McCulloch da en su Dictionary of commerce, 1841, como propiedades del dinero metálico: «El material tiene que ser: 1) divisible en las porciones más pequeñas; 2) conservable por un periodo indefinido sin deterioro; 3) fácilmente transportable de un lugar a otro por tener gran valor en poco volumen; 4) una pieza de dinero de una determinada denominación, siempre igual, en tamaño y calidad, a cualquier otra pieza de la misma denominación; 5) su valor, relativamente estable.» (865.) En toda la polémica del señor Proudhon con Bastiat en «Gratuité du crédit. Discussion entre M. Fr. Bastiat et M. Proudhon», Paris 1850, la gracia del bueno de Proudhon gira en torno a que prestar le parece algo completamente distinto de vender. Prestar a interés «es la facultad de vender siempre de nuevo el mismo objeto y de recibir siempre de nuevo su precio, sin ceder nunca la propiedad de lo que se vende». (9, en la primera carta, de Chevé, uno de los redactores de «La Voix du Peuple».) La forma distinta en que aparece aquí la reproducción del capital le oculta que esta reproducción constante del capital ‒ del que siempre se recupera el precio y que siempre se cambia de nuevo con ganancia por trabajo, una ganancia que se realiza siempre de nuevo en la compra y la venta ‒ constituye su concepto. Lo que lo extravía es que el «objeto» no cambia de propietario, como en la compra y la venta; es decir, en el fondo, solo la forma de reproducción que el capital prestado a interés tiene en común con el capital fijo. En el alquiler de casas, del que habla Chevé, es directamente la forma del capital fijo. Si se considera el capital circulante en su proceso entero, se ve que, aunque no se venda siempre de nuevo el mismo objeto (esta libra determinada de azúcar, p. ej.), el mismo valor se reproduce siempre de nuevo, y la enajenación solo atañe a la forma, no a la sustancia. La gente capaz de hacer semejantes objeciones no tiene claros, evidentemente, ni siquiera los primeros conceptos elementales de la economía política. Proudhon no comprende cómo la ganancia, y por tanto tampoco el interés, surgen de la ley del cambio de valores. La «casa», el dinero, etc., no deben cambiarse por eso como «capital», sino como «mercancía … a precio de coste». ([43,] 44.) El buen mozo no comprende que todo el asunto estriba en que el valor se cambia por trabajo según la ley de los valores; que, por tanto, para suprimir el interés tendría que suprimir el capital mismo, el modo de producción basado en el valor de cambio y, por tanto, también el trabajo asalariado. La incapacidad del señor Proudhon para encontrar siquiera una diferencia entre préstamo y venta: «En efecto, el sombrerero que vende los sombreros … recibe por ellos el valor, ni más ni menos. Pero el capitalista prestamista … no solo recobra íntegramente su capital; recibe más que el capital, más de lo que aporta al cambio; recibe, además del capital, un interés.» (69.) Los sombrereros del señor Proudhon no cuentan, pues, en su precio de coste ni ganancia ni interés. No comprende que, precisamente al recibir el valor de sus sombreros, reciben más de lo que estos les han costado, porque una parte de ese valor se ha apropiado sin equivalente en el cambio con el trabajo. Aquí también su gran tesis, explicada más arriba: «Es imposible que, añadiéndose en el comercio el interés del capital al salario del obrero para componer el precio de la mercancía, el obrero pueda volver a comprar lo que él mismo ha producido. Vivir trabajando es un principio que, bajo el régimen del interés, implica contradicción.» (105.) En la carta IX (p. 144‒152) el bueno de Proudhon confunde el dinero como medio de circulación con el capital y concluye de ahí que el «capital» existente en Francia rinde el 160 % (a saber, 1600 millones de interés anual en deuda pública, hipotecas, etc., por 1 capital de mil millones, … la suma del numerario … que circula en Francia). Lo poco que entiende del capital en general y de su reproducción constante, lo muestra lo siguiente, que atribuye como algo específico al capital-dinero, es decir, al dinero prestado como capital: «Como, por la acumulación de los intereses, el capital-dinero, de cambio en cambio, vuelve siempre a su fuente, se sigue que el realquiler, hecho siempre por la misma mano, aprovecha siempre al mismo personaje.» (154.) «todo trabajo debe dejar un excedente». (Todo ha de venderse, nada prestarse. Esta es la simple gracia. Incapacidad de ver cómo el cambio de las mercancías descansa en el cambio entre capital y trabajo, y en este último la ganancia y el interés. P[roudhon] quiere aferrarse a la forma más simple y más abstracta del cambio.)
La siguiente bonita demostración del señor Proudhon: «Puesto que el valor no es otra cosa que una proporción, y que todos los productos son necesariamente proporcionales entre sí, se sigue que, desde el punto de vista social, los productos son siempre valores y valores hechos: la diferencia, para la sociedad, entre capital y producto no existe. Esta diferencia es del todo subjetiva para los individuos.» (250.)
La naturaleza antagónica del capital y la necesidad que tiene del obrero desposeído de propiedad están expresadas ingenuamente en economistas ingleses más antiguos, p. ej. el reverendo Mr. J. Townsend, el padre de la teoría de la población, con cuya apropiación fraudulenta Malthus (en general un plagiario desvergonzado; así, p. ej., su teoría de la renta está tomada del arrendatario Anderson)44 se convirtió en un gran hombre. Townsend ||49| dice: «Parece ser una ley de la naturaleza que los pobres sean hasta cierto punto imprevisores, para que siempre haya algunos que desempeñen los oficios más serviles, más sórdidos y más innobles de la comunidad. Con ello aumenta mucho el caudal de la felicidad humana. Los más delicados quedan así liberados de la faena penosa [drudgery] y pueden dedicarse sin estorbo a vocaciones más elevadas, etc.» (A Dissertation on the Poor-laws. Edition of 1817, p. 39.) «La coacción legal al trabajo va acompañada de demasiada molestia, violencia y ruido, crea malquerencia, etc., mientras que el hambre no es solo una presión pacífica, silenciosa e incesante, sino que, como el motivo más natural de la industria y el trabajo, suscita los esfuerzos más poderosos.» (15.) (Esta es, de hecho, la respuesta a la pregunta de qué trabajo es más productivo, el del esclavo o el del obrero libre. A. Smith no podía plantear la pregunta, puesto que el modo de producción del capital presupone el trabajo libre. Por otra parte, A. Smith queda igualmente justificado, por la relación desarrollada entre capital y trabajo, en su división entre trabajos productivos e improductivos. Las bromas insulsas de Lord Brougham contra ella y las objeciones que pretenden ser serias de Say, Storch, McCulloch y tutti quanti rebotan en ella. A. Smith solo yerra en que concibe la objetivación del trabajo de un modo algo demasiado tosco, como trabajo que se fija en un objeto tangible. Pero esto es en él cosa secundaria, torpeza de expresión.) También en Galiani los obreros [workmen] se encuentran ahí por ley natural. En 1750 publicó G[aliani] el libro. «Dios hace que los hombres que ejercen oficios de primera utilidad nazcan en abundancia.» (78. Della Moneta. Vol. III. Scrittori Classici Italiani di Economia Politica. Parte Moderna. Milano 1803.) Pero tiene ya también el concepto correcto del valor: «La fatiga… es lo único que da valor a la cosa.» (74.) Ciertamente, el trabajo es también cualitativamente distinto, no solo en tanto que se da en distintas ramas de la producción, sino en tanto que es más o menos intenso, etc. El modo en que se produce la nivelación de estas diferencias y todo trabajo queda reducido a trabajo simple no cualificado [simple unskilled labour] no puede, naturalmente, investigarse todavía aquí. Basta con que esta reducción esté consumada de hecho al poner como valores los productos de todas las clases de trabajo. Como valores son equivalentes en ciertas proporciones; las clases superiores de trabajo están estimadas ellas mismas en trabajo simple. Esto se aclara en seguida si se considera que, p. ej., el oro de California es producto del trabajo simple. Y, sin embargo, con él se paga toda clase de trabajo. La diferencia cualitativa está, pues, superada, y el producto de una clase superior de trabajo está reducido de hecho a un quantum de trabajo simple. Estos cálculos de las distintas calidades de trabajo son, pues, aquí completamente indiferentes y no menoscaban en nada el principio. «Los metales se usan como dinero porque valen; no valen porque se usen como dinero.» (l. c. 95.) «Es la velocidad del giro del dinero, no la cantidad de los metales, lo que hace aparecer mucho o poco dinero.» (99.) «De dos clases es la moneda, ideal y real, y se emplea para dos usos distintos: para valorar las cosas y para comprarlas. Para valorar es buena la moneda ideal lo mismo que la real, y quizá incluso más… El otro uso de la moneda es comprar esas mismas cosas que ella aprecia… Los precios y los contratos se valoran en moneda ideal y se ejecutan en real.» (p. 112 sq.) «Los metales tienen esto de propio y singular: que en ellos solos todas las razones se reducen a una, que es su cantidad, pues no han recibido de la naturaleza diversa calidad ni en su constitución interna ni en su forma y hechura externas.» (126, 127.) Esta es una observación muy importante. El valor supone una sustancia común y todas las diferencias, proporciones, reducidas a diferencias meramente cuantitativas. Este es el caso de los metales nobles, que aparecen así como la sustancia natural del valor. «La moneda… como una regla de la proporción que tienen todas las cosas con las necesidades de la vida, es lo que se llama con una sola voz precio de las cosas.» (152.) «Esa misma moneda ideal suele ser la de cuenta, es decir, con ella se estipula, se contrata y se valora toda cosa; lo cual ha nacido de una misma causa: que las monedas que hoy son ideales son las más antiguas de cada nación, y todas fueron en otro tiempo reales; y porque eran reales, con ellas se contaba.» (153.) (Esta es también la explicación formal del dinero ideal de Urquhart, etc. Para los negros,45 etc., la barra [bar] de hierro era originariamente dinero real; se transformó en ideal, pero a la vez procuraron mantener su valor anterior. Ahora bien, como el valor del hierro, según se les muestra en el comercio, varía frente al oro, etc., la barra ideal, para conservar su valor, expresa proporciones cambiantes de quanta reales de hierro: un cálculo trabajoso que honra la capacidad de abstracción de estos señores.) (Castlereagh, en los debates provocados por el Comité del Metal en Barras [Bullion Committee] de 1810, sostuvo nociones confusas parecidas.) Hermosa frase de Galiani: «Lo infinito que (las cosas) no tienen en la progresión lo tienen en el giro.» (156.)
Sobre el valor de uso dice Galiani bellamente: «El precio es una razón… El precio de las cosas es su proporción con nuestra necesidad… no tiene todavía una medida fija. Quizá se encuentre. Yo, por mi parte, creo que es el hombre mismo.» ([159,] 162.) «España, en el mismo tiempo en que era la mayor potencia y también la más rica, contaba con reales y con los pequeñísimos maravedís.» (172, 173.) «Antes bien, él (el hombre) es la única y verdadera riqueza.» (188.) «La riqueza es una razón entre dos personas.» (221.) «Cuando el precio de una cosa, o sea su proporción con las demás, cambia proporcionalmente con todas, es signo evidente de que el valor de esta sola, y no el de todas las demás, ha cambiado.» (154.)
(Los costes de conservar [preserve] y reparar el capital deben tenerse también en cuenta.)
«La limitación positiva de la cantidad en el dinero de papel cumpliría el único fin útil que cumplen los costes de producción en el otro.» (300.) (Opdyke.) La diferencia meramente cuantitativa en la materia del dinero: «El dinero se devuelve solo en especie (en los préstamos); hecho que distingue a este agente de toda otra maquinaria… indica la naturaleza de su servicio… prueba claramente la singularidad de su función.» (267.) «Con el dinero en posesión, solo tenemos que hacer un cambio para asegurarnos el objeto deseado, mientras que con otros productos excedentes tenemos que hacer dos, el primero de los cuales (conseguir el dinero) es infinitamente más difícil que el segundo.» (287, 288.)
«El banquero se diferencia del antiguo usurero… en que presta a los ricos y rara vez o nunca a los pobres. Por eso presta con menos riesgo y puede permitirse hacerlo en condiciones más baratas; y por ambas razones evita el odio popular que acompañaba al usurero.» (44.) (Newman, F. W. Lectures on Polit. Econ. London 1851.)|
|50| Todos esconden y entierran su dinero muy secretamente y muy hondo, pero sobre todo los gentiles [gentils],46 que son casi los únicos dueños del negocio y del dinero, infatuados como están con la creencia de que el oro y la plata que esconden durante su vida les servirán después de la muerte. (312‒314.) (Franç. Bernier, t. I. Voyages contenant la description des états du Grand Mogol etc. Paris 1830.)
En su estado natural, la materia está siempre desprovista de valor. Solo por el trabajo obtiene valor de cambio y se convierte en elemento de riqueza. (McCulloch. Discours sur l'origine de l'écon. polit. etc. Trad. par Prévost. Genève et Paris, 1825. p. 57.)
Las mercancías, en el cambio, son recíprocamente medida unas de otras. (Storch. Cours d'Econ. Polit. avec des notes etc par J. B. Say. Paris 1823, t. I, p. 81.) «En el comercio entre Rusia y China, la plata sirve para evaluar todas las mercancías; y, sin embargo, este comercio se hace por trueques.» (p. 88.) «Así como el trabajo no es la fuente del valor de las riquezas, tampoco es su medida.» (p. 123 l. c.) «Smith se dejó arrastrar a la persuasión de que la misma causa que hace existir las cosas materiales era también la fuente y la medida de su valor.» (p. 124.) «Interés: el precio que se paga por el uso de un capital.» (p. 336.) El numerario tiene que tener un valor directo, pero fundado en una necesidad ficticia. Su materia no debe ser indispensable para la existencia del hombre, pues toda la cantidad de ella que se emplea como numerario no puede emplearse individualmente; tiene que circular siempre. (t. II, p. 113, 114.) «El dinero hace las veces de todo.» (p. 133.) T. V. «Considérations sur la nature du revenu national», Paris 1824: «Los consumos reproductivos no son propiamente gastos, sino solo adelantos, puesto que se reembolsan a quienes los hacen.» (p. 54.) «¿No hay una contradicción manifiesta en esta proposición de que los pueblos se enriquecen con sus ahorros o sus privaciones, es decir, condenándose voluntariamente a la pobreza?» (p. 176.) «En la época en que las pieles y la peletería servían de dinero en Rusia, la incomodidad unida a la circulación de un numerario tan voluminoso y tan perecedero dio origen a la idea de sustituirlas por pequeños trozos de cuero sellados, que se convirtieron así en signos pagaderos en pieles y peletería… Conservaron este empleo hasta 1700 (a saber, más tarde, el de representar las fracciones de los kopeks de plata), al menos en la ciudad de Kaluga y sus alrededores, hasta que Pedro I (1700) ordenó entregarlos a cambio de pequeña moneda de cobre.» (p. 79.)
Una alusión a las maravillas del interés compuesto se encuentra ya en el gran adversario de los usureros del siglo XVII, Jos. Child. (Traités sur le commerce etc. trad. de l'anglois (publicado en inglés en 1669), Amsterd. et Berlin, 1754.) (p. 115‒117.)
«De hecho, una mercancía se cambiará siempre por más trabajo que el que la ha producido; y es este exceso lo que constituye las ganancias.» (p. 221. McCulloch. «The Principles of Political Economy». Lond. 1825.) Muestra qué bien ha entendido el señor McCull. el principio ricardiano. Distingue entre valor real y valor de cambio; el primero es 1) la cantidad de trabajo gastada en su apropiación o producción; 2) el 2.º, el poder de compra sobre ciertas cantidades de trabajo o de otras mercancías. (p. 211.) El hombre es tanto un producto del trabajo como cualquiera de las máquinas construidas por su intervención; y nos parece que en todas las investigaciones económicas debería considerárselo exactamente desde el mismo punto de vista. (115 l. c.) Los salarios consisten realmente en una parte del producto de la industria del trabajador. (p. 295.) Las ganancias del capital no son más que otro nombre para los salarios del trabajo acumulado. (p. 291.)
«Una destrucción periódica de capital se ha convertido en condición necesaria de la existencia de cualquier tipo de interés de mercado. Y, considerados desde ese punto de vista, estos terribles azotes, que solemos esperar con tanta inquietud y aprensión y que tanto ansiamos evitar, quizá no sean otra cosa que el correctivo natural y necesario de una opulencia desmedida e hinchada, la vis medicatrix47 por la que nuestro sistema social, tal como está constituido actualmente, puede aliviarse de vez en cuando de una plétora siempre recurrente que amenaza su existencia, y recobrar un estado sano y saludable.» (p. 165. Fullarton (John): On the regulation of currency etc. Lond. 1844.)
Dinero: poder general de compra [General Power of Purchasing]. (Chalmers.)
Capital… servicios y mercancías empleados en la producción. Dinero: la medida del valor, el medio de cambio y el equivalente universal; más prácticamente: el medio de obtener capital; el único medio de pagar el capital obtenido previamente a crédito; virtualmente, una garantía para obtener su valor equivalente en capital. El comercio es el cambio de capital por capital a través del medio del dinero, y, como el contrato es por el medio, solo el dinero puede satisfacer el contrato y saldar la deuda. Al vender, se dispone de una clase de capital por dinero para obtener su valor equivalente especificado en cualquier clase de capital. Interés: la contraprestación dada por el préstamo de dinero. Si el dinero se toma prestado con el fin de procurarse capital, la contraprestación dada es una remuneración por el uso del capital (materias primas, trabajo, mercaderías, etc.) que con él se obtiene. Si se toma prestado con el fin de saldar una deuda, de pagar un capital obtenido y usado previamente (que se contrató pagar en dinero), la contraprestación se da por el uso del dinero mismo, y en este aspecto el interés y el descuento son semejantes. El descuento es únicamente la remuneración por el dinero mismo, por convertir dinero de crédito en dinero real. Una buena letra da el mismo dominio sobre el capital que los billetes de banco, menos el cargo por el descuento; y las letras se descuentan con el fin de obtener dinero de una denominación más cómoda para salarios y pequeños pagos al contado, o para hacer frente a compromisos mayores que vencen; y también por la ventaja que se obtiene cuando puede conseguirse dinero contante descontando a una tasa inferior al 5 %, la bonificación habitual por pago al contado. Pero el fin principal del descuento depende fundamentalmente de la oferta y la demanda de dinero de curso legal… La tasa de interés depende principalmente de la demanda y la oferta de capital, y la tasa de descuento, por entero, de la oferta y la demanda de dinero. (March 13, '58, Econ., carta al director.)|
|51| El señor K. Arnd, muy en su sitio, donde razona sobre el «impuesto sobre los perros», ha hecho el siguiente descubrimiento interesante:
«En la marcha natural de la producción de bienes solo hay un fenómeno que, en los países enteramente cultivados, parece destinado a regular en cierta medida el tipo de interés: es la proporción en que las masas de madera de los bosques europeos aumentan por su crecimiento anual; este crecimiento se produce, con total independencia de su valor de cambio, en la proporción de 3 a 4 por ciento.» (S. 124, 125. Die naturgemässe Volkswirthschaft etc. Hanau 1845.) Esto merece llamarse el tipo de interés silvestre originario.48
«El valor restante o excedente estará en cada ramo en proporción al valor del capital empleado.» (Ricardo.)
En el interés hay que considerar dos cosas: primero, la escisión de la ganancia en interés y ganancia. (Como unidad de ambos, los ingleses la llaman ganancia bruta [gross profit].) La diferencia se hace sensible, palpable, en cuanto una clase de capitalistas del dinero [monied capitalists] se enfrenta a una clase de capitalistas industriales [industrial capitalists]. Segundo: el capital mismo se convierte en mercancía, o la mercancía (dinero) se vende como capital. Así se dice, p. ej., que el capital, como cualquier otra mercancía, ajusta su precio a la demanda y la oferta. Esta determina, pues, el tipo de interés. Aquí, por tanto, el capital como tal entra en la circulación.
Los capitalistas del dinero y los capitalistas industriales solo pueden formar 2 clases particulares porque la ganancia es capaz de separarse en 2 ramas de rédito. Las 2 clases de capitalistas no hacen más que expresar el hecho; pero la escisión tiene que estar ahí, la separación de la ganancia en 2 formas particulares de rédito, para que sobre ella puedan crecer 2 clases particulares de capitalistas.
La forma del interés es más antigua que la de la ganancia. La altura del interés en la India para los agricultores comunes [common agriculturists] no indica en modo alguno la altura de la ganancia, sino que tanto la ganancia como parte del salario mismo se los apropia el usurero en forma de interés. Es una operación muy digna del sentido histórico del señor Carey comparar este interés con el que rige en el mercado de dinero inglés, el que paga el capitalista inglés, y deducir de ahí cuánto más alta es la «tasa del trabajo» (la parte del trabajo en el producto) en Inglaterra que en la India. Habría tenido que comparar el interés que pagan en Inglaterra los tejedores a mano [handloom-weavers], p. ej. en Derbyshire, a quienes el capitalista adelanta (presta) el material y el instrumento. Habría encontrado que el interés es aquí tan alto que, una vez saldadas todas las partidas, el obrero sigue siendo al final el deudor, después de haber devuelto al capitalista no solo sus adelantos, sino de haberles añadido gratis su propio trabajo. Históricamente, la forma de la ganancia industrial solo aparece cuando el capital ya no se presenta junto al trabajador independiente. Por eso la ganancia aparece originariamente determinada por el interés. Pero en la economía burguesa el interés está determinado por la ganancia y es solo una parte de ella. La ganancia tiene que ser, pues, tan grande que una parte de ella pueda desgajarse como interés. Históricamente, a la inversa. El interés tiene que haber sido rebajado tanto que una parte de la plusganancia pueda autonomizarse como ganancia. Hay una relación natural entre salario y ganancia ‒trabajo necesario y plustrabajo‒; pero ¿la hay entre ganancia e interés, salvo la que determina la competencia entre estas dos clases dispuestas bajo estas distintas formas de rédito? Pero para que exista esta competencia, y las dos clases, ya está presupuesta la división de la plusvalía en ganancias e intereses. Considerar el capital en general no es una mera abstracción. Si considero, p. ej., el capital global de una nación a diferencia del trabajo asalariado global (o también de la propiedad del suelo), o si considero el capital como la base económica general de una clase a diferencia de otra clase, lo considero en general. Igual que si, p. ej., considero fisiológicamente al hombre a diferencia del animal. La diferencia real entre ganancia e interés existe como la diferencia entre una clase de capitalistas del dinero [moneyed class of capitalists] y una clase de capitalistas industriales [industrial class of capitalists]. Pero para que 2 clases así puedan enfrentarse, su doble existencia presupone una dirimición en la plusvalía puesta por el capital. (La economía política tiene que ver con las formas sociales específicas de la riqueza o, mejor dicho, de la producción de la riqueza. La materia de esta, sea subjetiva, como el trabajo, u objetiva, como los objetos para la satisfacción de necesidades naturales o históricas, aparece en primer lugar como común a todas las épocas de la producción. Por eso esta materia aparece en primer lugar como mero presupuesto, que queda por completo fuera de la consideración de la economía política y solo entra en la esfera de su consideración cuando es modificada por las relaciones formales o aparece modificándolas. Lo que suele decirse en general sobre ella se limita a abstracciones que tuvieron un valor histórico en los primeros intentos de la economía política, en los que las formas se desprendían todavía trabajosamente de la materia y se fijaban con gran esfuerzo como objeto propio de consideración. Más tarde se convierten en lugares comunes acartonados, tanto más repugnantes cuanto más se presentan con pretensión científica. Esto vale para todo lo que los economistas alemanes suelen parlotear bajo la categoría de «bienes».) Lo importante es que interés y ganancia expresan ambos relaciones del capital. Como forma particular, el capital que rinde interés no se enfrenta al trabajo, sino al capital que rinde ganancia. La relación en la que, por un lado, el obrero aparece todavía como independiente, es decir, no como asalariado, pero, por otro, sus condiciones objetivas poseen ya una existencia independiente junto a él y forman la propiedad de una clase particular de usureros, se desarrolla necesariamente ‒en todos los modos de producción que descansan más o menos en el cambio‒ con el desarrollo del patrimonio mercantil o patrimonio dinerario en oposición a las formas particulares y limitadas del patrimonio agrícola o artesanal. El desarrollo de este patrimonio mercantil mismo puede considerarse como desarrollo del valor de cambio y, por tanto, de la circulación y de las relaciones dinerarias en aquellas esferas. Esta relación nos muestra, por un lado, ciertamente, la autonomización, el desprendimiento de las condiciones de trabajo ‒que proceden cada vez más de la circulación y dependen de ella‒ respecto de la existencia económica del obrero. Por otro, esta última no está todavía subsumida en el proceso del capital. Por eso el modo de producción no se altera todavía esencialmente. Donde esta relación se repite dentro de la economía burguesa, es en ramas industriales atrasadas o en las que todavía ||52| se resisten a hundirse en el modo de producción moderno. En ellas tiene lugar todavía la explotación más odiosa del trabajo, sin que la relación entre capital y trabajo lleve aquí en sí en modo alguno la base del desarrollo de nuevas fuerzas productivas ni el germen de nuevas formas históricas. En el modo de producción mismo, el capital aparece aquí todavía materialmente subsumido bajo el obrero individual o la familia obrera, ya sea en la explotación artesanal o en la pequeña agricultura. Hay explotación por el capital sin el modo de producción del capital. El tipo de interés aparece muy alto porque incluye la ganancia e incluso una parte del salario. Esta forma de la usura, en la que el capital no se apodera de la producción y, por tanto, solo es capital formalmente, presupone como dominantes formas de producción preburguesas; pero se reproduce de nuevo, en esferas subordinadas, dentro de la economía burguesa misma.
Segunda forma histórica del interés: el préstamo de capital a la riqueza que consume. Aparece aquí como históricamente importante por ser ella misma un momento del nacimiento del capital, en la medida en que el ingreso (y a menudo también la tierra) de los propietarios del suelo se acumula y se capitaliza en los bolsillos del usurero. Este es uno de los procesos por los que el capital circulante, o también el capital en forma de dinero, se concentra en una clase independiente de los propietarios del suelo.
La forma tanto del capital realizado como de su plusvalía realizada es el dinero. La ganancia (no solo el interés) se expresa, pues, en dinero, porque en él se realiza y se mide el valor.
La necesidad de los pagos en dinero ‒no solo del dinero para la compra de mercancías, etc.‒ se desarrolla en todas partes donde hay relaciones de cambio y circulación de dinero. No es en modo alguno necesario que el cambio sea simultáneo. Con el dinero existe la posibilidad de que una parte entregue su mercancía y la otra no haga su pago hasta más tarde. La necesidad de dinero para este fin (desarrollada más tarde en préstamos y descuentos) es una fuente histórica principal del interés. Esta no nos importa todavía aquí en absoluto; solo ha de considerarse en las relaciones de crédito.
Diferencia entre comprar [buying] (D-M) y vender [selling] (M-D): «Cuando vendo, 1) he cargado y obtenido la ganancia sobre la mercancía; 2) un artículo universalmente representativo o convertible, el dinero, con el que, como el dinero siempre es vendible, puedo dominar en todo momento cualquier otra mercancía; la mayor vendibilidad del dinero es el efecto exacto o la consecuencia natural de la menor vendibilidad de las mercancías. Al comprar, es distinto. Si compra para volver a vender o para abastecer a sus clientes, por grande que sea la probabilidad, no hay certeza absoluta de que vaya a vender a un precio remunerador. Pero no todos compran para volver a vender, sino para su propio uso o consumo», etc. (p. 117 sq. Corbet, Th. An Inquiry into the Causes and Modes of the Wealth of Individuals. London. 1841.)
Econ., April 10: «Un informe parlamentario solicitado por Mr. James Wilson muestra que la Casa de la Moneda acuñó en 1857 oro por valor de 4859000 l., de las cuales 364000 l. en medios soberanos. La acuñación de plata del año ascendió a 373000 l., y el coste del metal empleado fue de 363000 l. El total acuñado en los diez años que terminan el 31 de diciembre de 1857 fue de 55239000 l. en oro y 2434000 en plata. La acuñación de cobre del año pasado ascendió en valor a 6720 l., siendo el valor del cobre de 3492 l.; de ello, 3136 en peniques, 2464 en medios peniques y 1120 en cuartos de penique [farthings]. El valor total de la acuñación de cobre de los diez últimos años fue de 141477 l., y el cobre de que se componía se compró por 73503 l.»
«Según Thomas Culpeper (1641), Josias Child (1670), Paterson (1694) y Locke (1700), la riqueza depende de la reducción, incluso forzada, de la tasa de interés del oro y la plata. Se siguió en Inglaterra durante casi 2 siglos.» (Ganilh.) Cuando Hume, en oposición a Locke, desarrolló la determinación del tipo de interés por la tasa de ganancia, tenía ya ante los ojos un desarrollo mucho mayor del capital; y aún más Bentham, cuando a finales del siglo XVIII escribió su defensa de la usura. (De Enrique VIII a Ana, rebaja legal del interés.)
«En todo país: 1) una clase productora y 2) una clase del dinero [monied class], que vive de los intereses de su capital.» (p. 110.) (J. St. Mill. Some unsettled questions of polit. econ. Lond. 1844.)
«Es por la frecuente fluctuación dentro de un mes, y por empeñar un artículo para desempeñar otro, cuando se obtiene una pequeña suma, por lo que la prima del dinero se vuelve tan excesiva. Hay 240 prestamistas sobre prendas con licencia en Londres y unos 1450 en provincias. El capital empleado se estima en alrededor de 1 millón. Rota al menos 3 × al año, y cada vez, por término medio, con un 33 1/2 % de ganancia; de modo que las clases inferiores de Inglaterra pagan 1 millón al año por un préstamo temporal de un solo millón, sin contar lo que pierden por los objetos que caen en comiso.» (p. 114.) (vol. I. J. D. Tuckett: A History of the Past and Present State of the Labouring Population etc. Lond. 1846.)
«Algunos trabajos no pueden hacerse de otro modo que en grande, p. ej. la fabricación de porcelana, de vidrio, etc. Por eso nunca son oficios artesanos. Ya en los siglos XIII y XIV se hacían en grande algunos trabajos, como los tejidos.» (Poppe.)
«En tiempos más antiguos todas las fábricas pertenecían al oficio artesano, y el comerciante seguía siendo solo el editor [Verleger] y promotor del oficio. En las manufacturas de paños y de tejidos es donde más estrictamente se observaba esto. Pero poco a poco, en muchos lugares, los comerciantes empezaron a erigirse en maestros» (naturalmente, sin los prejuicios gremiales, las tradiciones, la relación con los oficiales que tenían los antiguos maestros) «y a tomar oficiales a jornal para trabajar.» (Poppe. S. 70, 71, I Bd. Geschichte der Technologie. Göttingen. 1807-1811.) Esta fue una razón principal de que en Inglaterra la industria propiamente dicha se asentara y surgiera en ciudades no incorporadas.49
El capital comercial, o el dinero tal como aparece como patrimonio mercantil, es la primera forma del capital, es decir, del valor que procede exclusivamente de la circulación (del cambio), se conserva, se reproduce y se acrecienta en ella; y así el fin exclusivo de este movimiento y de esta actividad es el valor de cambio. Los dos movimientos, comprar para vender y vender para comprar; pero predomina la ||53| forma D-M-M-D. El dinero y su acrecentamiento aparecen como fin exclusivo de la operación. El comerciante no compra la mercancía para su propia necesidad, por su valor de uso, ni la vende, p. ej., para pagar contratos estipulados en dinero o para obtener otra mercancía para su necesidad. Su fin directo es el acrecentamiento del valor, y precisamente en su forma inmediata como dinero. El patrimonio comercial es, en primer lugar, el dinero como medio de cambio; el dinero como movimiento mediador de la circulación; cambia mercancía por dinero, dinero por mercancía, y viceversa. Del mismo modo, el dinero aparece aquí como fin en sí mismo, pero sin existir por ello en su existencia metálica. Es aquí la transformación viva del valor en las dos formas de mercancía y dinero: la indiferencia del valor frente a la forma determinada del valor de uso que adopta, y a la vez su metamorfosis en todas estas formas, que sin embargo solo aparecen como disfraces. Si la acción del comercio reúne así los movimientos de la circulación y, por tanto, el dinero como patrimonio mercantil es por un lado la primera existencia del capital, y también aparece así históricamente, por otro lado esta forma aparece en directa contradicción con el concepto del valor. Comprar barato y vender caro es la ley del comercio. Así pues, no el cambio de equivalentes, con el que más bien el comercio sería imposible como rama particular de lucro.
El dinero como patrimonio comercial ‒tal como aparece en las más diversas formas de sociedad y en los más diversos grados de desarrollo de las fuerzas productivas sociales‒ no es, sin embargo, más que el movimiento mediador entre extremos que no domina y presupuestos que no crea.
A. Smith t. II 1. III. (ed. Garnier): «El gran comercio de toda sociedad civilizada es el que se establece entre los habitantes de la ciudad y los del campo… consiste en el cambio del producto bruto por el producto manufacturado… ya sea inmediatamente, ya por la intervención del dinero.» (p. 403.) El comercio siempre reúne; la producción es originariamente en pequeño. «La ciudad es una feria o mercado continuo adonde acuden los habitantes del campo para cambiar su producto bruto por producto manufacturado. Es este comercio el que proporciona a los habitantes de la ciudad tanto la materia de su trabajo como los medios de su subsistencia. La cantidad de obra hecha que venden a los habitantes del campo determina necesariamente la cantidad de materias y de víveres que compran.» (p. 408 [, 409].)
Mientras «los medios de subsistencia y de disfrute» son el fin principal, predomina el valor de uso.
En el concepto del valor está que solo se conserva y se acrecienta por el cambio. Pero el valor existente es, en primer lugar, el dinero.
«Esta industria, que se propone algo más allá de lo absolutamente necesario, se fijó en las ciudades mucho antes de que pudieran ponerla en práctica comúnmente los cultivadores del campo.» (p. 452.)
«Aunque los habitantes de una ciudad saquen en último término del campo su subsistencia y todos los medios y materiales de su industria, los de una ciudad situada cerca de la orilla del mar o de un río navegable pueden sacarlos también de los rincones más alejados del mundo, ya sea a cambio del producto manufacturado de su propia industria, ya prestando recíprocamente el servicio de acarreadores entre países alejados y cambiando entre sí los productos de esos países. Así, una ciudad puede hacerse muy rica mientras no solo el campo de sus alrededores inmediatos, sino todo el país con el que comercia, es pobre. Cada uno de estos países, tomado por separado, solo puede ofrecerle una parte muy pequeña de la subsistencia y de los negocios; pero todos estos países, tomados colectivamente, pueden suministrarle una gran cantidad de subsistencias y una gran variedad de ocupación.» (p. [452,] 453.) (Las ciudades italianas fueron las primeras en Europa que se elevaron por el comercio; durante las Cruzadas ‒Venecia, Génova, Pisa‒, en parte por el transporte de hombres y siempre por el de los víveres que había que suministrarles. Estas repúblicas eran, por así decir, los comisarios de víveres de esos ejércitos.) (l. c.)
El patrimonio mercantil, como algo que está constantemente comprendido en el cambio y cambia por el valor de cambio, es de hecho el dinero vivo.
«Los habitantes de las ciudades comerciales importaban de países más ricos objetos refinados y artículos de lujo de gran precio, y ofrecían así un alimento a la vanidad de los grandes propietarios del suelo, que los compraban con avidez [empressement] pagando por ellos grandes cantidades del producto bruto de sus tierras. Así, el comercio de una gran parte de Europa era en aquel tiempo cambio del producto bruto de un país por el producto manufacturado de un país más avanzado en la industria.» (p. [454,] 455.) «Cuando este gusto se hubo generalizado lo bastante para crear una demanda considerable, los comerciantes, para ahorrarse los costes de transporte, trataron de establecer en su país manufacturas parecidas. Este es el origen de las primeras manufacturas para la venta a lo lejos.» (l. c.) Manufacturas de lujo, nacidas del comercio exterior, establecidas por comerciantes (p. 456) (trabajan materias extranjeras). Ad. Smith habla de una 2.ª clase: manufacturas que «surgieron natural y espontáneamente por el refinamiento sucesivo de los oficios bastos y domésticos». Trabajan materiales del propio país [homegrown materials]. (p. 459.)
Los pueblos comerciantes de los antiguos, como los dioses de Epicuro en los intermundos del universo50 o, más bien, como los judíos en los poros de la sociedad polaca. La mayoría de los pueblos o ciudades comerciantes independientes, desarrollados de manera independiente y grandiosa: comercio de transporte [carrying trade], que descansaba en la barbarie de los pueblos productores entre los que desempeñaban el papel del dinero (de los mediadores).
En los estadios previos de la sociedad burguesa, el comercio domina a la industria; en la sociedad moderna, a la inversa.
El comercio repercutirá naturalmente, más o menos, sobre las entidades comunitarias entre las que se lleva a cabo. Someterá cada vez más la producción al valor de cambio; empujará cada vez más al segundo plano el valor de uso inmediato, al hacer que la subsistencia dependa más de la venta que del uso inmediato del producto. Disuelve las viejas relaciones. Aumenta con ello la circulación del dinero. Al principio solo se apodera del excedente de la producción; poco a poco echa mano de esta misma. Sin embargo, el efecto disolvente depende mucho de la naturaleza de las entidades comunitarias productoras entre las que opera. Por ejemplo, apenas ha conmovido las antiguas entidades comunitarias indias y, en general, las relaciones asiáticas. El fraude en el cambio es la ||54| base del comercio tal como aparece de forma independiente.
Pero el capital solo surge allí donde el comercio se apodera de la producción misma y el comerciante se convierte en productor o el productor en mero comerciante. En contra, la constitución gremial medieval, el régimen de castas, etc. Pero el surgimiento del capital en su forma adecuada presupone a este como capital comercial, de modo que ya no se produce, más o menos mediado por el dinero, para el uso, sino para el comercio en grande.
El patrimonio comercial como forma económica independiente y como fundamento de ciudades y pueblos comerciantes existe y ha existido entre pueblos que se encuentran en los más diversos grados del desarrollo económico, y en la ciudad comercial misma (la del Asia antigua, p. ej., la griega y la italiana, etc., de la Edad Media) la producción puede seguir existiendo en la forma del gremio, etc.
Steuart. «El comercio es una operación por la cual la riqueza o el trabajo, ya sea de individuos, ya de sociedades, pueden ser cambiados por un conjunto de hombres llamados comerciantes por un equivalente apropiado para satisfacer cualquier necesidad, sin interrupción alguna de la industria ni freno alguno al consumo. La industria es la aplicación a un trabajo ingenioso en un hombre libre, con el fin de procurarse, por medio del comercio, un equivalente apto para satisfacer cualquier necesidad.» (t. I, p. 166.)
«Mientras las necesidades siguen siendo simples y pocas, un trabajador encuentra tiempo suficiente para distribuir todo su trabajo; cuando las necesidades se multiplican, los hombres tienen que trabajar más; el tiempo se vuelve precioso; por eso se introduce el comercio… El comerciante [merchant] como mediador entre los trabajadores y los consumidores.» (p. 171.)
La reunión (de los productos) en pocas manos es la introducción del comercio. (l. c.) El consumidor no compra para volver a vender. El comerciante compra y vende solo con miras a la ganancia [with a view to gain] (p. 174) (es decir, por el valor). «El más simple de todos los comercios, el que se realiza mediante el trueque de los medios de vida más necesarios» (entre el excedente de alimentos [surplusfood] de los arrendatarios y los brazos libres [free hands]). El progreso ha de atribuirse principalmente a la introducción del dinero. (p. 176.) Mientras las necesidades recíprocas se satisfacen mediante el trueque, no hay la menor ocasión para el dinero. Esta es la combinación más simple. Cuando las necesidades se multiplican, el trueque se hace más difícil; entonces se introduce el dinero. Este es el precio común de todas las cosas. Un equivalente apropiado en manos de quienes tienen necesidad. Esta operación de comprar y vender es algo más compleja que la primera. Así pues, 1) trueque [barter]; 2) venta [sale]; 3) comercio [commerce]… El comerciante tiene que intervenir en medio. Lo que antes se llamaba necesidades está representado ahora por el consumidor; la industria, por el fabricante; el dinero, por el comerciante. El comerciante representa el dinero sustituyéndolo por el crédito; y así como el dinero se inventó para facilitar el trueque, el comerciante, con el crédito, es un nuevo refinamiento en el uso del dinero. Esta operación de comprar y vender es ahora el comercio [trade]; libera a ambas partes de toda la molestia del transporte y de ajustar necesidades a necesidades, o necesidades al dinero; el comerciante representa sucesivamente al consumidor, al fabricante y al dinero. Ante el consumidor representa al conjunto de los fabricantes; ante estos, al conjunto de los consumidores, y a ambas clases su crédito les suple el uso del dinero. (p. 177, 178.) Se supone que los comerciantes compran y venden no por necesidad, sino con miras a la ganancia. (p. 201.)
«Solo el industrial produce para el uso ajeno y no para el propio; estos bienes solo empiezan a serle útiles en el momento en que los cambia. Hacen, pues, necesario el comercio o el arte de los cambios [l'art des échanges]. Solo son apreciados por su valor de cambio.» (p. 161.) (Sismondi: Etudes sur l'économie politique, t. II. Bruxelles 1838.) El comercio ha arrebatado a las cosas, a las riquezas, su carácter primitivo de utilidad: es la oposición entre el valor usual y el valor de cambio, a la que el comercio ha reducido todas las cosas. (p. 162.) Al principio, la utilidad es la verdadera medida de los valores; el comercio existe entonces, en el estado patriarcal de la sociedad; pero no la ha absorbido por completo; solo se ejerce sobre el excedente de las producciones de cada cual, y no sobre lo que constituye su existencia. (p. 162, 163.) En cambio, el carácter de nuestro progreso económico es que el comercio se ha cargado con la distribución de la totalidad de la riqueza producida anualmente y, en consecuencia, ha suprimido por completo su carácter de valor útil para no dejar subsistir más que el de valor de cambio. (163.) Antes de la introducción del comercio, el aumento en la cantidad de lo producido era un aumento directo de las riquezas. Poco importaba entonces la cantidad de trabajo por medio de la cual se había adquirido esa cosa útil. Y, en efecto, la cosa demandada no pierde nada de su utilidad aunque no hiciera falta ningún trabajo para procurársela; el trigo y el lienzo no serían menos necesarios a sus poseedores aunque les hubieran caído del cielo. Esa es sin duda la verdadera estimación de la riqueza: disfrute y utilidad. Pero desde el momento en que los hombres… hicieron depender su subsistencia de los cambios que pudieran hacer, o del comercio, se vieron obligados a atenerse a otra estimación, al valor de cambio, al valor que no resulta de la utilidad, sino de la relación entre la necesidad de toda la sociedad y la cantidad de trabajo que bastaba para satisfacer esa necesidad, o también según la cantidad de trabajo que en el futuro podría satisfacerla. (p. 266, l. c.) En la estimación de los valores, que se ha tratado de medir mediante la institución del numerario, el concepto de utilidad se ha dejado por completo de lado. Es el trabajo, el esfuerzo necesario para procurarse las dos cosas cambiadas una por otra, lo único que se ha considerado. (p. 267.)
Sobre el interés dice Gilbart (J. W.) The History and Principles of Banking. London 1834:
«Que un hombre que toma dinero prestado con la intención de sacar ganancia de él deba dar una porción de la ganancia al prestamista es un principio evidente de la justicia natural. Un hombre obtiene una ganancia, por lo común, por medio del tráfico. Pero en la Edad Media la población era puramente agrícola. Y allí, como bajo el gobierno feudal, solo puede haber poco tráfico y, por tanto, poca ganancia. De ahí que las leyes contra la usura estuvieran justificadas en la Edad Media. Además, en un país agrícola una persona rara vez necesita tomar dinero prestado, a no ser que la miseria la haya reducido a la pobreza o la penuria.» (p. 163.) Enrique VIII limitó el interés al 10 %, Jacobo I al 8, Carlos II al 6 y Ana al 5. (164, 165) En aquellos ||55| tiempos los prestamistas eran, si no monopolistas legales, sí monopolistas efectivos, y por eso era necesario someterlos a restricción, como a otros monopolistas. (p. 165.) En nuestro tiempo la tasa de ganancia regula la tasa de interés; en aquellos tiempos la tasa de interés regulaba la tasa de las ganancias. Si el prestamista de dinero cargaba al comerciante con una tasa de interés alta, el comerciante tenía que poner una tasa de ganancia más alta sobre sus mercancías, y con ello se sacaba una gran suma de dinero de los bolsillos de los compradores para llevarla a los bolsillos de los prestamistas de dinero. Este precio adicional puesto sobre las mercancías hacía al público menos capaz y menos dispuesto a comprarlas. (p. 165) (l. c.)
«Bajo el régimen de equivalentes invariables, el comercio, etc., sería imposible.» (G. Opdyke: A Treatise on Political Econ. New York 1851, p. 67.)
«La limitación positiva de la cantidad en este instrumento (es decir, el dinero de papel) cumpliría el único fin útil que cumplen los costes de producción en el otro» (el dinero metálico). (l. c. 300.)
Interés. «Si una suma fija de metal precioso baja de valor, eso no es razón para que se tome una cantidad menor de dinero por su uso, pues si el principal vale menos para el prestatario, el interés le resulta en la misma medida menos gravoso de pagar. En California, 3 % al mes, 36 % al año, por la situación inestable. En el Indostán, donde los préstamos de los príncipes indios son para gastos improductivos, hay un interés muy alto, del 30 %, para compensar por término medio las pérdidas de capital de los prestamistas, que no guarda relación alguna con la ganancia que pudiera obtenerse en las operaciones industriales.» (Econ. 22 Jan. 1853.) (El prestamista «carga aquí un interés tan alto que basta para reponer el principal en poco tiempo, o al menos que, en el promedio de todas sus operaciones de préstamo, pueda servir para compensar sus pérdidas en casos particulares con las ganancias aparentemente exorbitantes obtenidas en otros». (l. c.))
La tasa del interés depende: 1) de la tasa de ganancia; 2) de la proporción en que la ganancia entera se reparte entre el prestamista y el prestatario. (l. c.)
La abundancia o escasez de los metales preciosos, la escala alta o baja de los precios generales vigentes, determina solo si se requerirá una cantidad mayor o menor de dinero para efectuar los cambios entre prestatarios y prestamistas, igual que cualquier otra especie de cambio… La diferencia es solo que haría falta una suma mayor de dinero para representar y transferir el capital prestado… la relación entre la suma pagada por el uso del capital y el capital expresa la tasa de interés medida en dinero. (l. c.)
Doble patrón [Double Standard]. Antes, en los países donde el oro y la plata eran patrón legal, circulaba hasta ahora casi solo la plata, porque de 1800 a 1850 la tendencia fue que el oro se encareciera respecto de la plata. El oro había subido algo frente a la plata; en Francia tenía prima frente a la proporción con la plata fijada en 1802. Así también en los Estados Unidos y en la India. (En esta última hay ahora patrón plata, como en Holanda, etc.) La circulación de los Estados Unidos fue la primera afectada. Gran importación de oro de California, prima de la plata en Europa, envío masivo de monedas de plata y sustitución por oro. El gobierno de los Estados Unidos acuñó monedas de oro de valor tan bajo como 1 dólar. Sustitución de la plata por el oro en Francia. (Econ. 15 November 1851.)
Sea el «patrón de valor» el que sea, «y represente el dinero corriente cualquier porción fija de ese patrón que se determine, los dos solo pueden tener un valor fijo y permanente el uno respecto del otro si son convertibles a voluntad del tenedor». (Econ.)
El único modo en que una clase de monedas puede obtener prima es que nadie esté obligado a pagar con ellas, mientras que todo el mundo está obligado a aceptarlas como moneda de curso legal [legal tender]. (Econ.)
Ningún país puede, si es consecuente, tener más de un patrón (más de un patrón de la medida del valor); pues este patrón tiene que ser uniforme e inmutable. Ningún artículo tiene un valor uniforme e inmutable respecto de otro; solo lo tiene consigo mismo. Una pieza de oro tiene siempre el mismo valor que otra, de exactamente la misma ley, el mismo peso y el mismo valor en el mismo lugar; pero esto no puede decirse del oro y de cualquier otro artículo, p. ej. la plata. (Econ. 1844.)
La £ St. inglesa, algo menos de 1/3 de su valor original; el florín alemán = 1/6; Escocia, antes de la Unión, había envilecido su libra a 1/36; la libra [livre] francesa = 1/74; el maravedí español = menos de 1/1000; el real [re] portugués, todavía más bajo. (p. 13, Morrison.)
Antes de la ley de 1819, causas existentes, además de la circulación de los billetes de banco, en la determinación del precio del metal en barras: 1) el estado más o menos perfecto de la moneda. Si la moneda metálica circulante está envilecida por debajo de su peso legal [standard weight], el menor giro del cambio que provoque una demanda para la exportación tiene que elevar el precio del metal en barras no acuñado al menos en la medida del envilecimiento de la moneda. 2) Las leyes penales que prohibían fundir y exportar la moneda y permitían el tráfico de metal en barras. Esto daba, con una demanda intensa para la exportación, margen para la variación del precio del metal en barras frente a la moneda incluso en épocas en que el papel era completamente convertible. En 1783, 1792, 1795, 1796… En 1816 el precio del metal en barras subió por encima del precio de la Casa de la Moneda [mint-price] porque los directores del banco, en su afán de prepararse para la reanudación de los pagos en metálico, aceptaban el oro considerablemente por encima del precio de la Casa de la Moneda. (Fullarton.)
El patrón puede ser el oro sin que circule una onza de oro. (Econ.)
Bajo Jorge III (1774), la plata era moneda de curso legal solo hasta 25 l. También el banco pagaba ya legalmente solo en oro. (Morrison.) Con Lord Liverpool (a comienzos del siglo XIX), la plata y el cobre se convirtieron en monedas puramente representativas. (l. c.)
El disparate de Urquhart sobre el patrón del dinero: «El valor del oro ha de medirse por sí mismo; ¿cómo puede una sustancia ser la medida de su propio valor en otras cosas? El valor del oro ha de establecerse por su propio peso, bajo una denominación falsa de ese peso, y una onza ha de valer tantas libras y fracciones de libra. ¡Esto es falsear una medida, no establecer un patrón!» (Familiar Words.) |
|56| Ad. Smith llama al trabajo la medida real y al dinero la medida nominal del valor [the real … the nominal measure of value]; presenta la primera como la originaria.
Valor del dinero. J. St. Mill. «Dada la cantidad de los bienes vendidos y el número de ventas y reventas de esos bienes, el valor del dinero depende de su cantidad, junto con el número de veces que cada pieza de dinero cambia de manos en este proceso.» «La cantidad de dinero en circulación = el valor en dinero de todas las mercancías vendidas, dividido por el número que expresa la velocidad de la circulación.» «Si está dado el importe de las mercancías y de las transacciones, el valor del dinero está en razón inversa a su cantidad x por la velocidad de su circulación.» Pero todas estas proposiciones han de entenderse solo en el sentido de «que se habla solo de la cantidad de dinero que circula realmente y se cambia de hecho por mercancías». «La cantidad necesaria de dinero está determinada en parte por sus costes de producción, en parte por la velocidad de su circulación. Si está dada la velocidad de la circulación, son determinantes los costes de producción; si están dados los costes de producción, la cantidad del dinero depende de la velocidad de la circulación.»
El dinero no tiene otro equivalente que él mismo o lo que es mercancía. Por eso lo degrada todo. A comienzos del siglo XV, en Francia, hasta los vasos sagrados de las iglesias (cálices del altar), etc., se empeñaban a los judíos. (Augier.)
El dinero no es objeto directo de consumo: el numerario nunca se convierte en objeto de consumo, sigue siendo siempre mercancía, nunca se convierte en género [denrée]. Tiene valor interno directo solo para la sociedad; valor de cambio para cada individuo. Su materia tiene que tener por eso valor, pero fundado en una necesidad ficticia [besoin factice]; no debe ser indispensable para la existencia del hombre, pues toda la cantidad de ella que se emplea como numerario no puede emplearse nunca individualmente; tiene que circular siempre. (Storch.) |
|57| John Gray: The Social System. A treatise on the principle of Exchange. Edinburgh. 1831.
«Vender por dinero debería hacerse en todo momento tan fácil como comprar con dinero; la producción se convertiría entonces en la causa uniforme e infalible de la demanda.» (16.) Es la cantidad que puede venderse con ganancia, no la cantidad que puede hacerse, lo que constituye el límite actual de la producción. (59.)
El dinero debería ser simplemente un recibo, una prueba de que su tenedor ha contribuido con un cierto valor al caudal nacional de riqueza, o de que ha adquirido un derecho a dicho valor de alguien que ha contribuido a él… El dinero no debería ser ni más ni menos que pruebas portátiles, transferibles, divisibles e inimitables de la existencia de riqueza almacenada. (63, 64.) Puesto previamente un valor estimado sobre el producto, deposítese este en un banco y retírese de nuevo siempre que se necesite, estipulando simplemente, de común acuerdo, que quien deposite cualquier clase de propiedad en el Banco nacional propuesto pueda sacar de él un valor igual de cualquier cosa que contenga, en vez de estar obligado a retirar la misma cosa que depositó… El banquero nacional propuesto debería recibir y tomar a su cargo toda clase de objetos de valor y devolver en su lugar cualquier clase de objetos de valor. (l. c. 68.)
«Si el dinero», dice Gray, «tiene igual valor que aquello que representa, deja por completo de ser un representante. Una de las principales cosas deseables en el dinero es que su tenedor se vea obligado, en un momento u otro, a presentarlo al pago en el lugar del que lo recibió. Pero si el dinero tiene el mismo valor intrínseco que aquello que se da por él, no existe tal necesidad.» (74.)
«La depreciación de las existencias debería constituir una partida de cargo nacional.» (p. [115,] 116.) «Los negocios de todo país han de llevarse a cabo con un capital nacional.» (171.) «Toda la tierra ha de transformarse en propiedad nacional.» (298.)
Gray (John): Lectures on the nature and use of Money (Edinb. 1848): «El hombre, colectivamente, no debería conocer más límite a sus medios físicos de disfrute que el del agotamiento ya sea de su industria o [de] sus fuerzas productivas; mientras que nosotros, al adoptar un sistema monetario falso en su principio y destructivo en la práctica, hemos consentido en restringir la cantidad de nuestros medios físicos de disfrute a esa cantidad precisa que puede cambiarse con ganancia por una mercancía, una de las menos susceptibles de multiplicarse por el ejercicio de la industria humana de cuantas hay sobre la faz de la tierra.» (29.) Lo que se requiere para un buen sistema es 1) un sistema bancario mediante cuyas operaciones se restablecería la relación natural de la oferta y la demanda; 2) una medida verdadera del valor, en lugar de la ficción existente. (108.) (En este libro se desarrolla aún más la idea del banco de cambio, hasta en el detalle y conservando el modo de producción actual.) «Tiene que haber un precio mínimo del trabajo pagadero en dinero patrón.» (p. 160.) Llamemos, p. ej., a la tasa más baja de salarios semanales, por 60‒72 horas, que pueda darse legalmente, 20 sh. o 1 l. patrón. (161.) «¿Conservaremos nuestro patrón de valor ficticio, el oro, y mantendremos así en servidumbre los recursos productivos del país, o recurriremos al patrón de valor natural, el trabajo, y liberaremos con ello nuestros recursos productivos?» (p. 169.) Una vez fijado el importe de este salario mínimo…, debería seguir siendo el mismo para siempre. (174.) «Dejad simplemente que el oro y la plata ocupen el lugar que les corresponde en el mercado, junto a la mantequilla y los huevos y el paño y el calicó, y entonces el valor de los metales nobles no nos interesará más que el del diamante», etc. (182.) No hay que poner objeción alguna a que el oro y la plata se usen como instrumentos de cambio, sino solo como medidas del valor… En poco tiempo se vería cuántas onzas de oro o de plata podrían obtenerse en Londres, Edimburgo o Dublín a cambio de un billete patrón de cien libras. (p. 188.)
Interés. A medida que aumenta la clase de los rentistas, aumenta también la de los prestamistas de capital, pues son una y la misma. Solo por esta causa el interés tenía que tender a bajar en los países viejos. (202, Ramsay.)
«Es probable que en todas las épocas los metales preciosos hayan costado en su producción más de lo que su valor reembolsó nunca.» (101, II. Jacob, W.: An Historical Enquiry into the Prod. and Consumpt. of Prec. Metals. Lond. 1831.)
Valor del dinero. El valor de todas las cosas, dividido por el número de transacciones [marchés] de que han sido objeto desde el productor hasta el consumidor = el valor de los escudos [écus] empleados en comprarlas, dividido por el número de veces que estos escudos han sido transmitidos en el mismo espacio de tiempo. (Sismondi. Nouv. Principes d'Ec. Pol. etc.)
Donde de modo más formal se encuentra desarrollada la falsa teoría de los precios es en James Mill (citado según la traducción de J. T. Parisot, Paris 1823. Elémens d'Econ. Pol.).
Los pasajes principales de Mill son:
«El valor del dinero = la proporción en que se lo cambia por otros artículos, o la cantidad de dinero que se da a cambio de una cantidad determinada de otras cosas.» (p. 128.) Esta relación está determinada por la cantidad total del dinero existente en un país. Si se supone de un lado todas las mercancías de un país reunidas y del otro todo el dinero, es evidente que, al cambiarse los dos lados, el valor del dinero, es decir, la cantidad de mercancías que se cambian por él, depende por completo de su propia cantidad. (l. c.) El caso es exactamente el mismo en el estado real de las cosas. La masa total de las mercancías de un país no se cambia de una vez por la masa total del dinero, sino que las mercancías se cambian por porciones, y a menudo por porciones muy pequeñas, en distintas épocas del año. La misma pieza de dinero que hoy ha servido para este cambio puede servir mañana para otro. Una parte del dinero se emplea en un ||58| gran número de cambios, otra en un número muy pequeño, una 3.ª se atesora y no sirve para ningún cambio. Entre estas variaciones habrá una tasa media, fundada en el número de cambios para los que se emplearía cada pieza de dinero si todas hubieran efectuado un número igual de cambios. Fíjese esta tasa en un número cualquiera, p. ej. 10. Si cada pieza de dinero que se encuentra en el país ha servido para 10 compras, es lo mismo que si el número total de piezas de dinero se hubiera decuplicado y cada una hubiera servido solo para una única compra. En este caso, el valor de todas las mercancías es igual a 10 veces el valor de todo el dinero, etc. (p. 129, 130.) Si, en lugar de servir cada pieza de dinero para 10 compras al año, se hubiera decuplicado la masa total del dinero y la pieza de dinero sirviera solo para un cambio, es evidente que todo aumento de esta masa causaría una disminución proporcional en el valor de cada una de estas piezas tomada por separado. Puesto que se supone que la masa de todas las mercancías por las que puede cambiarse el dinero sigue siendo la misma, el valor de la masa global del dinero no se ha hecho mayor tras el aumento de su cantidad que antes. Si se supone un aumento de una décima parte, el valor de cada una de sus partes, de una onza, p. ej., tiene que haber disminuido en una décima parte. (p. 130, 131.) «Así pues, sea cual sea el grado de aumento o de disminución de la masa total del dinero, si la cantidad de las otras cosas sigue siendo la misma, esta masa global y cada una de sus partes experimentan recíprocamente una disminución o un aumento proporcional. Es claro que esta proposición es de una verdad absoluta. Siempre que el valor del dinero ha experimentado una subida o una caída, y siempre que la cantidad de mercancías por las que se lo podía cambiar y el movimiento de la circulación siguieron siendo los mismos, este cambio ha tenido que tener por causa una disminución o un aumento proporcional del dinero y no puede atribuirse a ninguna otra causa. Si la masa de las mercancías disminuye mientras la cantidad del dinero sigue siendo la misma, es como si la totalidad del dinero hubiera aumentado, y a la inversa. Cambios semejantes son el resultado de toda alteración en el movimiento de la circulación. Todo aumento del número de las compras produce el mismo efecto que un aumento total del dinero; una disminución de ese número produce directamente el efecto contrario.» (p. 131, 132.) Si una porción del producto anual no se ha cambiado en absoluto, como lo que consumen los productores o lo que no se cambia por dinero, esta porción no debe tenerse en cuenta, porque lo que no se cambia por moneda está, respecto de la moneda, en el mismo estado que si no existiera. (p. 132, 133.) Siempre que el aumento o la disminución del dinero puede producirse libremente, esta cantidad está regulada por el valor del metal… Pero el oro y la plata son mercancías, productos… Los costes de producción regulan el valor del oro y de la plata, como el de todos los demás productos. (p. 137.)
La insulsez de este razonamiento salta a la vista.
Si se supone que la masa de las mercancías sigue siendo la misma, y también la velocidad de la circulación, pero que, sin embargo, una masa mayor de oro o de plata se cambia por la misma masa de mercancías (sin que se haya alterado el valor, es decir, el quantum de trabajo contenido en el oro y la plata), se supone exactamente lo que se quería demostrar, a saber, que los precios de las mercancías están determinados por la cantidad del medio circulante, y no a la inversa.
Mill admite que las mercancías no lanzadas a la circulación no existen para el dinero. Es igualmente claro que el dinero no lanzado a la circulación no existe para las mercancías. Por tanto, no existe ninguna relación fija entre el valor del dinero en general y la masa de él que entra en la circulación. Que la masa que se encuentra realmente en circulación, dividida por el número de sus vueltas, sea igual al valor del dinero es solo una perífrasis tautológica de que el valor de la mercancía expresado en dinero es su precio; porque el dinero que se encuentra en circulación expresa el valor de las mercancías que hace circular; y de ahí se pretende que el valor de estas mercancías está determinado por la masa del dinero circulante.
La confusión de la opinión de Mill se muestra claramente en que, según él, el valor del dinero disminuye o aumenta con «toda alteración en el movimiento de la circulación». Circule una libra esterlina 1 vez o 10 veces en un día, en cada cambio expresa un equivalente de la mercancía, se cambia por el mismo valor en mercancía. Su propio valor sigue siendo el mismo en cada cambio y, por tanto, no se altera ni por una circulación lenta ni por una rápida. Lo que se altera es la masa del dinero circulante; pero ni el valor de la mercancía ni el valor del dinero. «Cuando se dice que una pieza de paño vale 5 l., se quiere decir que posee el valor de 616370 granos de oro de ley. La razón aducida más arriba puede parafrasearse así: “los precios tienen que bajar porque las mercancías se estiman como si valieran tantas onzas de oro, y la cantidad de oro en este país ha disminuido”.» (Hubbard J. G. The Currency and the Country. Lond. 1843, p. 44.)
Mill supone primero, en la teoría, que la masa entera del dinero que se encuentra en un país se cambia de una vez por la masa entera de las mercancías que se encuentran en él. Dice después que en la realidad ocurre así, y precisamente por la razón principal de que en la práctica ocurre justamente lo contrario, y solo se cambian porciones de dinero por porciones de mercancías, y los menos de los pagos se arreglan mediante pago en el acto [arranged by payment on the spot]: operaciones a plazo [time bargains]. Se sigue, por tanto, que el conjunto de las transacciones o compras hechas en un día es completamente independiente del dinero que circula ese día, y que la masa de dinero que circula en un día determinado no es la causa, sino el efecto de una masa de transacciones anteriores y completamente independientes de la reserva de dinero de cada momento.
Por último, Mill mismo admite que, con libre circulación del dinero, y solo con esta tenemos que ver, el valor del dinero está determinado por sus costes de producción, es decir, según él mismo, por el tiempo de trabajo contenido en él. |
|59| Historias del dinero. En el folleto de Ricardo «Proposals for an Economical and Secure Currency with Observations on the profits of the Bank of England. Lond. 1816» se encuentra un pasaje en el que echa por tierra toda su opinión. Dice, en efecto: «El importe de los billetes en circulación depende… del importe que se requiere para la circulación del país, y este está regulado por el valor del patrón, el monto de los pagos y la economía empleada para efectuarlos.» (p. 17, 18 l. c.)
Bajo Luis XIV, XV y XVI había todavía en Francia impuestos en especie [impôts en nature] de la población campesina para las contribuciones del gobierno. (Augier.)
Precios y masa del medio circulante. Una simple subida del precio no basta para crear demanda de circulante adicional. Esto solo ocurre cuando aumentan a la vez la producción y el consumo. P. ej., el precio del trigo sube, pero su oferta disminuye. Puede así regularse con el mismo quantum de circulante… Pero si la subida de los precios es consecuencia de una demanda creciente, de nuevos mercados, de una escala de producción ampliada, en una palabra, subida de los precios y de la suma general de las transacciones, entonces se requiere que la intervención del dinero se multiplique en número y se amplíe en magnitud. (Fullarton.)
El comercio gobierna el dinero, no el dinero el comercio. El servidor del comercio tiene que seguir las variaciones ❲en los precios❳ de las demás mercancías. (D'Avenant.)
Bajo los reyes feudales, los pocos artículos que el pueblo compraba en masa habían bajado tanto que ninguna pieza de oro o de plata era lo bastante pequeña para corresponder a los pagos de las necesidades diarias del trabajador… Por eso el dinero corriente eran, como en la antigua Roma, solo los metales inferiores, el cobre, el estaño, el hierro. (Jacob.)
Jacob supone que en este siglo 2/3 del oro y la plata de Europa están en otros objetos, utensilios y ornamentos, no en moneda. (En otro lugar calcula el metal noble así empleado en Europa y América en 400 millones de £ St.)
Precios y masa del medio circulante. Locke, el Spectator (19 Oct. 1711), Hume, Montesquieu: su doctrina descansa en 3 proposiciones:
- los precios de las mercancías son proporcionales a la cantidad de dinero en el país; 2) la moneda y el dinero corriente de un país son los representantes de todo su trabajo y sus mercancías, de modo que, cuanto mayor o menor es la representación, tanto mayor o menor cantidad de la cosa representada corresponde a la misma cantidad de ella; 3) si aumentan las mercancías, se abaratan; si aumenta el dinero, suben en su valor. (Steuart.)
Fichas (dinero menudo de cobre o de plata, counters) en oposición al dinero de valor intrínseco. (l. c.)
Efecto disolvente del dinero. El dinero, medio de cortar la posesión (casas, otro capital) en innumerables fragmentos y consumirla pieza a pieza mediante el cambio. (Bray.) (Sin dinero, una masa de objetos no cambiables, inalienables.) «Cuando las cosas inmuebles e inmutables entraron en el comercio entre los hombres igual que las cosas muebles y hechas para el cambio, el dinero entró en uso como regla y medida (escuadra [square]), por la que estas cosas recibieron estimación y valor.» (Free trade. Lond. 1622.)
Moneda. Las fichas de plata y de cobre son representantes de partes fraccionarias de la libra esterlina. (Así en una respuesta reciente de los Lores del Tesoro.)
Valor de cambio. F. Vidal dice (igual que Lauderdale) (y en ciertos aspectos Ricardo): «El verdadero valor social es el valor de utilidad o de consumo; el valor de cambio no hace más que caracterizar la riqueza relativa de cada uno de los miembros de la sociedad respecto de los demás.» (70. De la Répartition des Richesses etc. Paris. 1846.) Por otra parte, el valor de cambio expresa la forma social del valor, mientras que el valor de uso no es en absoluto una forma económica de él, sino solo el ser del producto, etc., para el hombre en general.
❲Del hecho de que la ganancia pueda estar por debajo de la plusvalía, es decir, de que el capital [pueda] cambiarse con ganancia sin valorizarse en sentido estricto, se sigue que no solo los capitalistas individuales, sino las naciones, pueden cambiar continuamente entre sí, e incluso repetir continuamente el cambio en una escala siempre creciente, sin que por ello necesiten ganar por igual. Una puede apropiarse continuamente una parte del plustrabajo de la otra, por la que no devuelve nada en el cambio, solo que aquí la medida no es la misma que en el cambio entre capitalista y obrero.❳
El dinero en la 3.ª determinación, como dinero. (Valor que es para sí, equivalente, etc.) Qué papel tan importante sigue desempeñando el dinero en esta determinación ‒incluso en su forma inmediata‒ se muestra en épocas de crisis, de malas cosechas, etc., en suma, cada vez que una nación tiene que liquidar de repente la cuenta con otra. El dinero, en su forma inmediata, metálica, aparece entonces como el único medio de pago absoluto, es decir, como el único contravalor, el único equivalente aceptable. Por eso sigue también un movimiento que contradice directamente el de todas las demás mercancías. Las mercancías se transportan, como medio de pago, etc., del país donde son más baratas al país donde son más caras. El dinero, a la inversa, en todos los periodos en que saca a relucir su naturaleza específica, en que, por tanto, se requiere el dinero, en oposición a todas las demás mercancías, como valor que es para sí, equivalente absoluto, forma general de la riqueza, en la forma determinada de oro y plata ‒y tales momentos son siempre, más o menos, momentos de crisis, ya sea general o crisis del trigo‒: el oro y la plata se transmiten entonces siempre del país donde son más caros ‒es decir, donde todos los precios de las mercancías han bajado relativamente más‒ al país donde son más baratos, es decir, donde los precios de las mercancías son relativamente más altos. «Es una anomalía singular en la economía de los cambios, y que merece especialmente observarse, que… el curso del tránsito (del oro entre dos naciones que emplean igualmente el oro como medio circulante) es siempre del país donde por el momento el metal es más caro al país donde es más barato; una subida del precio de mercado del metal hasta su límite más alto en el mercado interior y una caída de la prima en el mercado exterior son los resultados seguros de esa tendencia a la salida de oro que sigue a una depresión de los cambios.» (J. Fullarton: On the Regulation of Currencies etc. 2 ed. Lond. 1845.) ||60| Así como, en general, el cambio comienza donde terminan las entidades comunitarias, y el dinero, como la medida, el medio de cambio y el equivalente general engendrados por el cambio mismo, adquiere su importancia específica no en el intercambio interior, sino en el intercambio entre distintas entidades comunitarias, pueblos, etc., así también fue en cuanto ζω̃ον πολιτιϰόν,51 en cuanto medio internacional de pago ‒para la liquidación de las deudas internacionales‒, como el dinero cautivó en el siglo XVI, en el periodo de infancia de la sociedad burguesa, el interés exclusivo de los Estados y el de la incipiente economía política. El importante papel que el dinero (el oro y la plata) desempeña todavía en esta 3.ª forma en el intercambio internacional solo se ha vuelto del todo claro, y solo ha vuelto a ser reconocido por los economistas, desde la sucesión regular de crisis monetarias en 1825, 1839, 1847 y 1857. Los economistas salen del paso diciendo que aquí el dinero no se requiere como medio de circulación, sino como capital. Esto es correcto. Solo que no habría que olvidar que el capital se requiere en la forma determinada de oro y plata, y no en la de cualquier otra mercancía. El oro y la plata aparecen en el papel de medios absolutos de pago internacionales porque son el dinero como valor que es para sí, como equivalente autónomo. «Esto, de hecho, no es una cuestión de circulante [currency], sino de capital.» (Esto es más bien una cuestión de dinero [money], no de circulante, y tampoco de capital, porque lo que se requiere no es capital, que es indiferente frente a la forma especial en que existe, sino valor en la forma específica de dinero.) «… Todas esas diversas causas que, en la situación actual de los asuntos monetarios, son capaces… de dirigir la corriente de metal en barras de un país a otro» (es decir, de dar origen a una salida de metal en barras [drain of bullion]) «se reducen a un único capítulo, a saber, el estado de la balanza de los pagos exteriores y la necesidad continuamente recurrente de transferir capital» (¡pero notabene!, capital en forma de dinero) «de un país a otro para saldarla». P. ej., la pérdida de las cosechas. «Que ese capital se transmita en mercancías o en metálico es un punto que no afecta en modo alguno a la naturaleza de la transacción» (¡la afecta muy sustancialmente!). Además, los gastos de guerra. (El caso de la transmisión de capital para colocarlo a interés con mayor ventaja no nos importa aquí; tampoco el de una cantidad excedente de mercancías extranjeras importadas, que cita el señor Fullarton, aunque este caso pertenece ciertamente aquí cuando esa importación excedente coincide con crisis.) (Fullarton, l. c. 130, 132.) «Se prefiere el oro para esta transmisión de capital ❲pero en los casos de salidas violentas de metal en barras no se trata en absoluto de preferencia❳ solo en aquellos casos en que es probable que efectúe el pago de manera más cómoda, rápida o ventajosa que cualquier otra clase de existencias o de capital.» (El señor Fullarton trata la transmisión de oro o de otra forma de capital, erróneamente, como cosa de libre elección, cuando se trata precisamente de casos en que el oro tiene que ser transmitido en el comercio internacional, igual que entonces, en el interior, las letras tienen que saldarse en el dinero legal y no en ningún sustituto.) «El oro y la plata… pueden siempre transportarse al lugar donde se necesitan con precisión y celeridad, y puede contarse con que realicen a su llegada casi exactamente la suma que se requiere proveer, en vez de correr el riesgo de enviarla en té, café, azúcar o índigo. El oro y la plata poseen una ventaja infinita sobre todas las demás clases de mercancías para tales ocasiones, por la circunstancia de estar universalmente en uso como dinero. No es en té, café, azúcar o índigo en lo que suele contratarse el pago de las deudas, extranjeras o interiores, sino en moneda; y, por tanto, una remesa, ya sea en la misma moneda designada, ya en metal en barras que pueda convertirse prontamente en esa moneda a través de la Casa de la Moneda o del mercado del país al que se envía, ha de ofrecer siempre al remitente el medio más seguro, inmediato y exacto de lograr este objeto, sin riesgo de decepción por la falta de demanda o la fluctuación del precio.» (132, 133.) Aduce, pues, precisamente su cualidad de ser dinero, mercancía general de los contratos, patrón de los valores, y con la posibilidad a la vez de transformarse a voluntad [ad libitum] en medio de circulación. Los ingleses tienen la buena expresión currency para el dinero como medio de circulación (moneda [Münze, coin] no corresponde a ello, porque es a su vez el medio de circulación en una particularidad) y money para él en la 3.ª cualidad. Pero como no desarrollan especialmente esta, declaran que este money es capital, aunque luego se ven de nuevo obligados a distinguirlo de hecho, como esta forma determinada del capital, del capital en general.
«Ricardo parece haber sostenido opiniones muy peculiares y extremas en cuanto al alcance limitado de las funciones que desempeñan el oro y la plata en el ajuste de los saldos exteriores. Mr. Ricardo había pasado su vida en medio de las controversias que nacieron de la Ley de Restricción [Restriction Act],52 y se había acostumbrado durante tanto tiempo a considerar todas las grandes fluctuaciones del cambio y del precio del oro como resultado de las emisiones excesivas del Banco de Inglaterra, que en cierto momento pareció apenas dispuesto a admitir que pudiera existir algo así como un saldo desfavorable de los pagos comerciales… Y en tan poco tenía las funciones que desempeña el oro en tales ajustes que incluso llegó a prever que las salidas para la exportación cesarían por completo en cuanto se reanudaran los pagos en metálico y el circulante volviera al nivel metálico. (Véase Ricardo's Evidence before the Lords' Committee of 1819 on the Bank of England, p. 186.) Pero desde 1800, cuando el papel había desplazado por completo al oro en Inglaterra, nuestros comerciantes realmente no lo necesitaron; pues, debido a la situación inestable de la Europa continental y al aumento del consumo allí de manufacturas importadas, a consecuencia de la interrupción que el incesante movimiento de los ejércitos invasores causó a la industria y a toda mejora interior, junto con el monopolio completo del comercio colonial que Inglaterra había obtenido gracias a su superioridad naval, la exportación de mercancías de Gran Bretaña al continente siguió superando con mucho sus importaciones de allí mientras el intercambio permaneció abierto; y, después de que ese intercambio quedara interrumpido por los decretos de Berlín y de Milán,53 las transacciones comerciales se hicieron demasiado insignificantes para afectar a los cambios en un sentido u otro. Fueron los gastos militares en el exterior y los subsidios, y no las necesidades del comercio, lo que contribuyó de manera tan extraordinaria a desarreglar los cambios y a elevar el precio del metal en barras en los últimos años de la guerra. Los distinguidos economistas de aquel periodo tuvieron, pues, pocas o ninguna oportunidad real de estimar en la práctica el margen del que son susceptibles los saldos comerciales exteriores.» (Creían que con la guerra y la sobreemisión [overissue] cesaría la transmisión internacional de metal en barras.) «Si Mr. Ricardo hubiera vivido para presenciar las salidas de 1825 y 1839, sin duda habría visto motivos para cambiar de opinión.» (l. c. 133 bis 136.) |
|61| El precio es el valor en dinero de las mercancías. (Hubbard.) El dinero tiene la cualidad de ser siempre cambiable por lo que mide, y la cantidad requerida para los fines del cambio tiene que variar, naturalmente, según la cantidad de propiedad que se haya de cambiar. (100. J. W. Bosanquet. Metallic, Paper, and Credit Currency etc. Lond. 1842.) «Estoy dispuesto a admitir que el oro es una mercancía de una demanda tan general que puede encontrar siempre mercado, que siempre puede comprar todas las demás mercancías, mientras que las demás mercancías no siempre pueden comprar oro. Los mercados del mundo le están abiertos como mercancía, en caso de apuro, con menos sacrificio del que acompañaría a la exportación de cualquier otro artículo que pudiera, en cantidad o en clase, exceder la demanda habitual en el país al que se envía.» (Th. Tooke. An Enquiry into the Currency Principle etc. 2 ed. Lond. 1844, p. 10.) «Tiene que haber un importe muy considerable de metales preciosos aplicables y aplicados como el modo más cómodo de ajustar los saldos internacionales, por ser una mercancía de demanda más general y menos expuesta a fluctuaciones en el valor de mercado que cualquier otra.» (p. 13.)
(Causas, según Fullarton, de la subida del precio del metal en barras por encima del precio de la Casa de la Moneda: «La moneda envilecida por el desgaste hasta un 3 o 4 % por debajo de su peso legal; leyes penales que prohibían fundir y exportar la moneda, mientras que el tráfico del metal de que estaba compuesta seguía siendo perfectamente libre. Estas causas mismas, sin embargo, solo actuaban con un tipo de cambio desfavorable. [El precio de mercado del oro en barras] cayó, sin embargo, de 1816 a 1821, siempre al precio del banco para el metal en barras cuando el cambio era favorable a Inglaterra; cuando el cambio era desfavorable, no subió nunca más que hasta un nivel tal que indemnizara a los fundidores de la moneda por su envilecimiento por el desgaste y por las consecuencias penales de fundirla, pero no más alto.» (Fullarton, véase su libro, p. 8, 9.) «Desde 1819 hasta el presente, entre todas las vicisitudes que ha sufrido el dinero durante ese agitado periodo, el precio de mercado del oro no ha subido en ninguna ocasión por encima de 78 sh. por onza ni ha bajado de 77 sh. 6 d., una oscilación extrema de solo 6 d. por onza. Y ni siquiera esa amplitud de fluctuación sería ahora posible; pues solo se debió al nuevo deterioro de la moneda que se produjera una subida tan insignificante como la de 1 1/2 d. por onza, o alrededor de 1/6 p. c. sobre el precio de la Casa de la Moneda; y la caída a 77 sh. 6 d. se explica enteramente por la circunstancia de que el Banco tuvo a bien en cierto momento establecer ese nivel como límite para sus compras. Esas circunstancias, sin embargo, ya no existen. Desde hace muchos años el Banco tiene la práctica de abonar 77 sh. 9 d. por todo el oro que se le lleva para acuñar» (es decir, el banco se mete en el bolsillo 1 1/2 d. de señoreaje, que la Casa de la Moneda le hace gratis); «y, en cuanto se complete la reacuñación de soberanos ahora en curso, habrá una barrera eficaz, hasta que la moneda vuelva a deteriorarse, contra cualquier fluctuación futura del precio del oro en barras en nuestro mercado más allá de la pequeña diferencia fraccionaria entre los 77 sh. 9 d. que abona el Banco y el precio de la Casa de la Moneda de 77 sh. 10 1/2 d.») (l. c. p. 9, 10.)
Contradicción entre el dinero como medida y equivalente, por un lado, y como medio de circulación, por otro. En este último, abrasión, pérdida de peso metálico. Ya Garnier observa que «si un escudo algo desgastado se estimara como si valiera algo menos que uno completamente nuevo, la circulación estaría constantemente trabada y cada pago daría lugar a disputas».
(En el reino mineral se busca y se elige naturalmente la materia destinada a la acumulación. Garnier.)
«Siendo evidente que la moneda, por la naturaleza misma de las cosas, ha de estar siempre, pieza a pieza, cayendo en depreciación por la mera acción de la abrasión ordinaria e inevitable (por no hablar del incentivo que toda restauración de la moneda ofrece a toda la legión de “taponadores” [pluggers] y “sudadores” [sweaters]),54 es una imposibilidad física, en cualquier momento, aunque sea por un solo día, exterminar por completo de la circulación las monedas faltas de peso.» (The Currency Theory reviewed etc. By a Banker in England. Edinb. 1845.) Esto se escribió en diciembre de 1844, comentando el efecto de las proclamas entonces recientes sobre el oro falto de peso en circulación, en una carta al Times. (Así pues, dificultad: si se rechaza el oro ligero, todo patrón se vuelve inseguro. Si se acepta, se abren las puertas de par en par al fraude, y el mismo resultado.) Por eso se dice, en relación con las proclamas antes citadas: «Su efecto… ha sido virtualmente denunciar el conjunto de la moneda de oro corriente como un medio inseguro e ilegal para las transacciones monetarias.» (p. 68, 69 l. c.) «Según la ley inglesa, si a un soberano de oro le faltan en peso más de 0.774 granos, ya no debe pasar como corriente. No hay tal ley para el dinero de plata.» (54. Wm. H. Morrison: Observations on the system of Metallic Currency adopted in this country. Lond. 1837.)
Afirmación de la gente de la «currency»,55 de que el valor de un circulante depende de su cantidad. (Fullarton, p. 13.) Si está dado el valor del circulante y, por otro lado, los precios y la masa de las transacciones (así como la velocidad de la circulación), naturalmente solo puede circular una cantidad determinada. Dados los precios y la masa de las transacciones y la velocidad de la circulación, esta cantidad depende exclusivamente del valor del circulante. Dados este valor y la velocidad de la circulación, depende exclusivamente de los precios y de la masa de las transacciones. La cantidad se encuentra así determinada. Por eso, cuando circula dinero representativo ‒meros signos de valor‒, depende del patrón que representan qué cantidad de ellos puede circular. De ahí se ha concluido falsamente que la mera cantidad determina su valor. P. ej., de billetes que representan libras no puede circular la misma cantidad que de billetes que representan chelines.|
|62| El capital que rinde ganancia es el capital real, el valor puesto a la vez como algo que se reproduce y se multiplica, y como presupuesto que permanece igual a sí mismo, diferenciado de sí mismo como plusvalía puesta por él. El capital que rinde interés es, a su vez, la forma puramente abstracta del que rinde ganancia.
Una vez puesto el capital como capital que rinde ganancia, en correspondencia con su valor (presupuesto un grado determinado de la fuerza productiva), la mercancía, o ella puesta en su forma de dinero (la forma que le corresponde como valor autonomizado o, como podemos decir ahora, como capital realizado), puede entrar en la circulación como capital; puede convertirse, como capital, en mercancía. En este caso es capital prestado a interés. La forma de su circulación ‒o del cambio al que se somete‒ aparece entonces específicamente distinta de la considerada hasta ahora. Hemos visto cómo el capital se pone tanto en la determinación de la mercancía como en la determinación del dinero; pero esto solo ocurre en la medida en que ambos aparecen como momentos del ciclo del capital, en el que este se realiza alternativamente. No son más que modos de existencia evanescentes y constantemente regenerados de él, momentos de su proceso vital. Pero el capital como capital no se ha convertido él mismo en un momento de la circulación; el capital mismo como mercancía. La mercancía no se ha vendido como capital; ni el dinero como capital. En una palabra, ni la mercancía ni el dinero ‒y en realidad solo tenemos que considerar este último como la forma adecuada‒ han entrado en la circulación como valores que rinden ganancia.
Maclaren dice:
«Mr Tooke, Mr Fullarton y Mr Wilson consideran que el dinero posee valor intrínseco como mercancía y se cambia por los bienes según ese valor, y no simplemente en función de la oferta de piezas en cada momento; y suponen, con el Dr. Smith, que las exportaciones de metal en barras se hacen, con total independencia del estado del circulante, para saldar los balances de la deuda internacional y pagar mercancías, como el trigo, para las que hay una demanda repentina, y que se toman de un fondo que no forma parte de la circulación interior ni afecta a los precios, sino que está reservado para estos fines… Dificultad para explicar de qué manera el metal en barras que, según dicen, está reservado para este fin y no tiene efecto sobre los precios puede escapar a las leyes de la oferta y la demanda, y, aunque existe en forma de dinero ocioso del que se sabe que está disponible para hacer compras, ni se aplica a ese fin ni afecta a los precios por la posibilidad de que se aplique a él.»
La respuesta a esto es que la reserva de metal en barras en cuestión representa pluscapital, no plusrédito, y, por tanto, no está disponible simplemente para aumentar la demanda de mercancías, salvo a condición de aumentar también la oferta. El capital que busca empleo no es una pura adición al poder de demanda de la comunidad. No puede perderse en el circulante. Si tiende a elevar los precios por una demanda, tiende a bajarlos por una oferta correspondiente. El dinero, como garantía del capital, no es un mero poder de compra: compra solo para vender, y finalmente sale al extranjero a cambio de mercancías extranjeras antes que gastarse en simplemente aumentar el circulante interior. El dinero, como garantía del capital, nunca entra en el mercado de modo que se contraponga a las mercancías, porque su fin es reproducir mercancías; solo el dinero que representa consumo puede afectar finalmente a los precios. (Econ. May 15, '58.)
«Mr Ricardo sostenía que los precios dependen de la cantidad relativa de la circulación, que está en la raíz de la teoría de Lord Overstone, la oferta de medio circulante y de mercancías respectivamente; que los precios suben solo por una depreciación del circulante, es decir, por una abundancia demasiado grande de él en proporción a las mercancías; que bajan bien por una reducción de la cantidad del circulante, bien por un aumento relativo de la reserva de mercancías generales que hace circular. Todo el metal en barras y la moneda de oro del país ha de contarse, según Mr Ricardo, como circulante, y si este aumenta sin un aumento correspondiente de las mercancías, el circulante se deprecia y resulta ventajoso exportar metal en barras antes que mercancías. Por otro lado, si una mala cosecha o cualquier otra calamidad causa una gran destrucción de mercancías sin ningún cambio correspondiente en la cantidad de la circulación, el circulante, cuya cantidad estaba proporcionada al mercado estimado de mercancías y no al mercado repentinamente reducido, vuelve a ser redundante o “depreciado”, y tiene que disminuirse mediante la exportación antes de que pueda restablecerse su valor. Según esta visión de la circulación, que está en la raíz de la teoría de Lord Overstone, la oferta de medio circulante o circulante es siempre susceptible de aumentarse indefinidamente en cantidad y disminuye de valor según ese aumento; y solo puede restablecerse a su valor adecuado mediante la exportación de la porción sobreabundante. Por eso, toda emisión de papel moneda que pudiera llenar el hueco causado por la exportación del metal en barras e impedir así la caída “natural” de los precios que de otro modo se produciría con certeza, es considerada por la escuela de Mr Ricardo como una interferencia en las leyes económicas del precio y un apartamiento de los principios que regularían necesariamente un circulante puramente metálico.» (l. c.)|
|63| 1) Valor.
Esta sección, retomarla más adelante.
La primera categoría en que se presenta la riqueza burguesa es la de la mercancía. La mercancía misma aparece como unidad de dos determinaciones. Es valor de uso, es decir, objeto de la satisfacción de algún sistema de necesidades humanas. Este es su lado material, que puede ser común a las épocas de producción más dispares y cuya consideración queda, por tanto, más allá de la economía política. El valor de uso entra en su ámbito en cuanto es modificado por las relaciones de producción modernas o interviene a su vez modificándolas. Lo que en general suele decirse sobre él por decoro se limita a lugares comunes que tuvieron un valor histórico en los primeros comienzos de la ciencia, cuando las formas sociales de la producción burguesa se desprendían todavía trabajosamente de la materia y se fijaban con gran esfuerzo como objetos independientes de consideración. Pero, de hecho, el valor de uso de la mercancía es un presupuesto dado: la base material en la que se presenta una relación económica determinada. Solo esta relación determinada es la que sella el valor de uso como mercancía. El trigo, p. ej., posee el mismo valor de uso tanto si lo cultivan esclavos como siervos o trabajadores libres. No perdería su valor de uso si cayera del cielo como la nieve. ¿Cómo se transforma, pues, el valor de uso en mercancía? Portador del valor de cambio. Aunque inmediatamente unidos en la mercancía, el valor de uso y el valor de cambio se separan de manera igualmente inmediata. No solo el valor de cambio no aparece determinado por el valor de uso, sino que, más bien, la mercancía solo se convierte en mercancía, solo se realiza como valor de cambio, en la medida en que su poseedor no se relaciona con ella como valor de uso. Solo mediante su enajenación, su cambio por otras mercancías, se apropia él valores de uso. La apropiación mediante la enajenación es la forma fundamental del sistema social de producción cuya expresión más simple y más abstracta aparece como valor de cambio. Está presupuesto el valor de uso de la mercancía, pero no para su propietario, sino para la sociedad en general. ❲Así como una familia de obreros fabriles de Manchester, en la que los hijos están en relación de cambio con sus padres y les pagan la comida y el alojamiento, no representa la organización económica tradicional de la familia, tampoco el sistema del cambio privado moderno es en general la economía natural, surgida espontáneamente,56 de las sociedades. El cambio no comienza entre los individuos dentro de una entidad comunitaria, sino allí donde terminan las entidades comunitarias: en su límite, en el punto de contacto de distintas entidades comunitarias. La propiedad comunal ha sido redescubierta recientemente como una curiosidad eslava particular.57 Pero, de hecho, la India nos ofrece un muestrario de las más diversas formas de tal entidad comunitaria económica, más o menos disuelta, pero todavía perfectamente reconocible; y una investigación histórica más a fondo la vuelve a encontrar como punto de partida en todos los pueblos civilizados. El sistema de producción fundado en el cambio privado es, en primer lugar, la disolución histórica de este comunismo natural. Sin embargo, hay de nuevo toda una serie de sistemas económicos entre el mundo moderno, en el que el valor de cambio domina la producción en toda su profundidad y extensión, y las formaciones sociales cuyo fundamento es ya ciertamente la propiedad común disuelta, sin que|
|64| Máquinas de pesar oro [Gold-weighing Machines].
«La máquina de Mr. Cotton… la más delicada que se ha construido nunca para pesar moneda de oro. Adoptada por el Banco de Inglaterra. Separa las ovejas de los cabritos…58 En las transacciones entre el Banco de Inglaterra y el público, el pesaje de la moneda de oro ha sido un proceso de lo más inquietante y tedioso. Entre el Banco y la Casa de la Moneda, el trabajo no es tan minucioso, pues, una vez pesados con exactitud 200 soberanos, todos los demás se pesan en grupos de 200. A los funcionarios de la Casa de la Moneda se les permite una desviación de 12 granos en unos 50 soberanos; pero por lo general trabajan dentro de la mitad de ese margen de error; y si los grupos de soberanos son correctos dentro de los límites prescritos, no se hace un pesaje más fino. En las transacciones entre el Banco y el público, en cambio, las cosas tienen que tratarse con más detalle. A Smith no le sirve de consuelo saber que, si su soberano es ligero, Brown tiene uno correcto y Jones uno pesado, de modo que el Banco es justo en el conjunto; cada uno exige que su soberano tenga el peso debido… Se dice que, si existiera una diferencia de siquiera 1/100 de grano entre 2 soberanos, esta máquina la detectaría. Por término medio aproximado, pasan cada día por el mostrador del Banco 30000 soberanos; cada máquina puede pesar 10000 soberanos en 6 horas; y hay 6 máquinas; de modo que el Banco puede pesar por estos medios todas sus emisiones de oro y aún le sobra capacidad de reserva. Entre 1844 y 1848, estas máquinas pesaron en el Banco 48 millones de monedas de oro… Estas máquinas ahorran al Banco £ 1000 al año en salarios de pesadores. (Un niño puede girar la manivela, pero la máquina juzga por sí misma, echa los soberanos de peso completo a 1 lado y los ligeros al otro.) (Antes, la propensión al error por parte de los pesadores (la “ecuación personal”, como la llamarían los astrónomos) no era igual.) Un pesador experto podía pesar unos 700 soberanos por hora con la balanza antigua; pero la agitación del aire por la apertura repentina de una puerta, la respiración de las personas cercanas al aparato, el estado de fatiga de la mano y del ojo del pesador, todo ello conducía a errores mínimos.» (Dodd's Curiosities of Industry. Lond. 1854.)
Curiosidades del dinero. «Cuando la sociedad se eleva por encima del nivel de las meras transacciones de trueque, cualquier sustancia que sea igualmente valorada por el comprador y el vendedor puede convertirse en dinero;… Una de las más tempranas, el ganado; pero esta es evidentemente una moneda inaplicable a los compradores pequeños, pues al vendedor le costaría dar el cambio de un buey. Las conchas se usan en gran medida como dinero en la India, en las islas índicas y en África; las conchas de cauri de la India tienen un valor de unas 32 por un cuarto de penique inglés. Los cocos, las almendras y el maíz han tenido todos que hacer las veces de dinero. En los países de caza, las pieles… la sal… El pescado seco es a menudo el dinero en Islandia y Terranova; el azúcar ha sido a veces dinero en las Indias Occidentales.»
«El oro, muy sólido y denso; divisible o separable en grado extraordinario; muy poco afectado por el aire o la humedad, o el uso ordinario, etc. (su oferta, muy limitada).
Desgaste de la moneda de oro por el roce constante al que está expuesta. Nadie puede decir adónde van las partículas desgastadas… Una vez perdidas, alguien tiene que soportar la pérdida. Un panadero que recibe un soberano un día y se lo paga al día siguiente a su molinero no paga el mismo soberano verdadero; es uno más ligero que cuando lo recibió… Según Jacob, cada moneda de oro sufre en Inglaterra una pérdida anual de alrededor de 1/900 por el roce (poco más de un cuarto de penique por libra). En las monedas de plata se supone que la pérdida es 5 o 6 veces mayor, debido a la circulación más incesante de la plata que del oro y a la menor aptitud del metal para soportar el roce.» |
Juego con la fórmula de Spinoza sub specie aeternitatis, «bajo la especie de la eternidad»: la plusvalía considerada no bajo la especie de lo eterno, sino bajo la del capital. ↩
John Fullarton (h. 1780-1849), economista escocés, autor de On the Regulation of Currencies (1844), crítico de la escuela monetaria [currency school]. ↩
δυνάμει (gr.): en potencia, en el sentido aristotélico, por oposición a lo realizado en acto. ↩
William Atkinson, economista inglés proteccionista, autor de Principles of Political Economy (1840). ↩
Francisco Solano Constancio (1777-1846), médico y diplomático portugués, traductor al francés de los Principios de Ricardo, cuya edición de 1835 cita Marx. ↩
Probable alusión a la química agrícola de Justus von Liebig (1803-1873), que mostró que la fertilidad del suelo puede restituirse y aumentarse con abonos, contra la idea de un rendimiento decreciente natural de la tierra. ↩
Polémica epistolar entre Bastiat y Proudhon publicada en 1849-1850 en La Voix du Peuple, el periódico de Proudhon, y recogida luego en libro. ↩
Richard Price (1723-1791), filósofo y matemático galés, que en An Appeal to the Public on the Subject of the National Debt (1772) proponía amortizar la deuda pública con un fondo acumulado a interés compuesto, cuyo crecimiento suponía ilimitado. ↩
Alusión al prólogo de la Fenomenología del espíritu de Hegel, que reprocha a Schelling un absoluto que es «la noche en que todas las vacas son negras»; Marx escribe «grises» (grau). ↩
Robert Torrens (1780-1864), economista y militar inglés, autor de An Essay on the Production of Wealth (1821). ↩
Cifras perdidas en la versión digital de la MEGA²; las restituimos entre corchetes, aquí y en los párrafos siguientes, por el cálculo de Marx y la edición de 1953. ↩
Robert Owen (1771-1858), fabricante y socialista utópico británico, que dirigió las hilaturas de New Lanark y escribió sobre los efectos del sistema fabril en los obreros. ↩
El Estatuto de los Artesanos [Statute of Artificers] de 1563, bajo Isabel I, que imponía el aprendizaje de siete años para ejercer un oficio; sus cláusulas de aprendizaje se derogaron en 1814. ↩
Benjamin Thompson, conde de Rumford (1753-1814), físico y administrador angloamericano, que en sus Essays, Political, Economical, and Philosophical (1796-1802) daba recetas de sopas baratas para alimentar a los pobres y a los obreros con el menor coste. ↩
Pretium (lat.): precio. En el derecho romano, el valor de la cosa solo contaba como criterio jurídico frente al perjuicio en el precio (la laesio enormis, que permitía rescindir una venta por menos de la mitad del justo precio). ↩
Así en la edición de 1953; la cuenta exacta da 1 : 5 2/5. ↩
En James Steuart, alienation («alienación», y alienable, «alienable») designa la venta, el paso de una cosa a otras manos a cambio de un equivalente; así se traduce en todo este extracto. ↩
Cifras perdidas en la versión digital de la MEGA²; las restituimos entre corchetes, aquí y más abajo, por el cálculo de Marx y la edición de 1953. ↩
Así en la edición de 1953; la cuenta exacta (284 : 59) da 1 : 4 48/59. ↩
Las guerras de Gran Bretaña contra la Francia revolucionaria y napoleónica (1793-1815), durante las cuales el Banco de Inglaterra suspendió los pagos en metálico (1797-1821). ↩
Lot: antigua unidad de peso alemana, 1/32 de libra (unos 15-16 gramos). ↩
Marx escribe Nigger, término despectivo de la época. ↩
La reanudación de los pagos en metálico del Banco de Inglaterra, decidida por la ley de 1819 (Peel's Act) y efectiva en 1821. ↩
Crapaud («sapo»): apodo despectivo de los franceses, que Marx aplica a menudo al pequeñoburgués francés. ↩
Cifra perdida en la versión digital de la MEGA²; la restituimos entre corchetes, aquí y más abajo, por el cálculo de Marx y la edición de 1953. ↩
Papel moneda emitido por la Asamblea Nacional francesa desde 1789-1790 con la garantía de los bienes nacionales (los de la Iglesia y, después, los de los emigrados) confiscados; se depreció sin cesar hasta su supresión en 1796. ↩
Adam Heinrich Müller (1779-1829), publicista y economista alemán, figura del romanticismo político; autor de Die Elemente der Staatskunst (1809). ↩
Es la tesis de la llamada escuela bancaria (Tooke, Fullarton) frente a la escuela monetaria (currency principle). ↩
Unidad de cuenta ideal del comercio en la costa occidental de África, a la que no correspondía ninguna moneda real. ↩
«Herr Scheisse» en el manuscrito: insulto de Marx, que traducimos literalmente. ↩
Henry Ashworth (1794-1880), fabricante algodonero de Lancashire y miembro destacado de la Liga contra las Leyes de Granos. ↩
La ley fabril de 1831, promovida por John Cam Hobhouse, que limitó la jornada de los menores de 18 años en las fábricas de algodón a 12 horas diarias y 9 el sábado. ↩
Edward Baines (1800-1890), periodista de Leeds, autor de History of the Cotton Manufacture in Great Britain (1835). ↩
«das Entfremdet-, Entäussert-, Veräussertsein»: Marx encadena los tres términos, que traducimos siempre por extrañamiento, enajenación y venta (alienación). ↩
Pedro Mártir de Anglería (1457-1526), humanista italiano al servicio de Castilla, cronista de Indias. Marx da el latín: «O felicem monetam, quae suavem utilemque praebet humano generi potum, et a tartareâ peste avaritiae suos immunes servat possessores, quod suffodi aut diu servari nequeat». ↩
(Nota de Marx.) As o libra = 12 onzas; 1 onza = 24 scrupula; 288 scrupula por libra. ↩
Adolphe Dureau de La Malle (1777-1857), autor de Économie politique des Romains (París, 1840), que Marx extracta en las páginas siguientes. ↩
Cifras perdidas en la versión digital de la MEGA²; las restituimos con la edición de 1953 y con el propio Marx, que da las mismas relaciones entre la plata y el cobre en el capítulo del dinero («Oscilaciones de la relación de valor entre los diferentes metales»): «hasta el comienzo de la guerra púnica = 400 : 1 […] de la 2.ª guerra púnica = 112 : 1». ↩
Giulio Alberoni (1664-1752), cardenal italiano, primer ministro de Felipe V de España. ↩
Mantelgelder: lo que pagaban los arzobispos a la curia romana por la concesión del palio. ↩
Martín V, papa de 1417 a 1431. ↩
Charles Coquelin (1802-1852), economista liberal francés. ↩
Richard Price (1723-1791), filósofo y matemático galés. William Pitt el Joven creó en 1786 un fondo de amortización de la deuda pública inspirado en sus cálculos de interés compuesto. ↩
James Anderson (1739-1808), agrónomo y economista escocés, que expuso en 1777 la teoría de la renta diferencial del suelo antes que Malthus, West y Ricardo. ↩
Marx usa aquí la palabra inglesa despectiva niggers. La «barra» de hierro servía de unidad de cuenta en el comercio de la costa occidental de África. ↩
En Bernier, los hindúes, por oposición a los musulmanes del Imperio mogol. ↩
Vis medicatrix naturae: «fuerza curativa de la naturaleza», expresión de la medicina hipocrática. ↩
«Waldursprünglich»: juego de palabras de Marx con ursprünglich (originario) y Wald (bosque), a costa del título del libro de Karl Arnd (1788-1877), La economía nacional conforme a la naturaleza. ↩
Es decir, ciudades sin carta de corporación municipal y, por tanto, sin los privilegios y las trabas de los gremios. ↩
Según Epicuro, los dioses viven en los espacios vacíos entre los mundos (metakosmia, en latín intermundia), sin influir en ellos. ↩
«Animal político», la definición aristotélica del hombre (Política, I, 2), que Marx aplica aquí al dinero en su papel de medio de pago entre Estados. ↩
La ley de 1797 que suspendió la convertibilidad en oro de los billetes del Banco de Inglaterra; los pagos en metálico no se reanudaron hasta 1821. ↩
Los decretos de Napoleón de 1806 y 1807 que establecieron el bloqueo continental contra Gran Bretaña. ↩
Defraudadores de la moneda: los pluggers taladraban las piezas y rellenaban el hueco con metal vil; los sweaters las agitaban en bolsas para desprender polvo de oro. ↩
Los partidarios de la llamada «currency theory» o «currency principle» (Overstone, Norman, Torrens), en cuya doctrina se inspiró la Ley bancaria de Peel de 1844. ↩
Naturwüchsig: lo que ha crecido por sí mismo, sin plan ni designio, a partir de condiciones naturales dadas; aquí y más abajo («comunismo natural») se traduce por «natural». ↩
Alusión sobre todo a August von Haxthausen, cuyos estudios sobre el campo ruso (1847-1852) dieron a conocer en Occidente la comunidad aldeana rusa. ↩
Alusión a Mateo 25, 32, donde en el Juicio Final se separa a las ovejas de los cabritos. ↩