Cuadernos IV y V de los manuscritos económicos de Karl Marx, escritos en Londres entre diciembre de 1857 y enero de 1858. Los Grundrisse (Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, «Elementos fundamentales para la crítica de la economía política») son el primer borrador de conjunto de la obra económica de Marx; se publicaron por primera vez en Moscú en 1939-1941. Traducido del texto de la MEGA² II/1.1-1.2 (Berlín, 1976-1981) en su versión digital (MEGAdigital, Academia de las Ciencias de Berlín-Brandeburgo), sin el aparato de los editores, por la Escuela de marxismo, 2026. Entre barras, la paginación del manuscrito (|I-1|, ||20|); ❲ ❳, corchetes del propio Marx; [ ], complementos y títulos de los editores. Las notas son nuestras, salvo las marcadas como de Marx. Los Grundrisse en este archivo: I. El capítulo del dinero; II. El capítulo del capital. El proceso de producción; III. El proceso de circulación. Formas que preceden a la producción capitalista; IV. Capital fijo y circulante. El fragmento sobre las máquinas; V. El capital como fructífero. Complementos. Texto original en alemán.
[III. El capítulo del capital (continuación)]
[Sección segunda: El proceso de circulación del capital]
[Reproducción y acumulación del capital]
/15/ Hemos visto, pues, cómo por medio del proceso de valorización el capital 1) ha conservado su valor mediante el cambio mismo (a saber, el cambio con el trabajo vivo); 2) lo ha aumentado, ha creado plusvalía. Como resultado de esta unidad de proceso de producción y proceso de valorización aparece ahora el producto del proceso, es decir, el capital mismo tal como sale como producto del proceso del que era el presupuesto: como producto que es valor, o bien el valor mismo aparece como producto de este proceso, y además como un valor superior, porque contiene más trabajo objetivado que aquel del que se había partido originariamente. Este valor como tal es dinero. Sin embargo, esto solo ocurre en sí; no está puesto como tal; lo que de momento está puesto, lo que existe, es una mercancía de un precio (ideal) determinado, es decir, que solo existe idealmente como una suma determinada de dinero y que únicamente en el cambio ha de realizarse como tal; que, por tanto, ha de volver a entrar en el proceso de la circulación simple para ser puesta como dinero. Llegamos así ahora al 3er aspecto del proceso, en el que el capital es puesto como tal.
- Bien mirado, el proceso de valorización del capital (y el dinero solo se convierte en capital mediante el proceso de valorización) aparece a la vez como su proceso de desvalorización, su desmonetización [its demonetisation]. Y eso en un doble sentido. Primero, en la medida en que el capital no aumenta el tiempo de trabajo absoluto, sino que reduce el tiempo de trabajo necesario relativo mediante el aumento de la fuerza productiva, reduce sus propios costes de producción; en la medida en que estaba presupuesto como una suma determinada de mercancías, reduce su valor de cambio: una parte del capital existente se desvaloriza constantemente por la reducción de los costes de producción a los que puede ser reproducido; no por la reducción del trabajo que está objetivado en él, sino del trabajo vivo que ahora hace falta para objetivarse en este producto determinado. Esta constante ||16| desvalorización del capital existente no corresponde a este lugar, puesto que presupone ya el capital acabado. Aquí solo hay que dejar constancia de ella para indicar cómo lo posterior está ya contenido en el concepto general del capital. Corresponde a la teoría de la concentración y de la competencia de los capitales. La desvalorización de que aquí se trata es esta: que el capital ha pasado de la forma de dinero a la de una mercancía, de un producto que tiene un precio determinado que ha de ser realizado. Como dinero existía como valor. Ahora existe como producto, y solo idealmente como precio; pero no como valor como tal. Para valorizarse, es decir, para conservarse y multiplicarse como valor, tenía que pasar primero de la forma de dinero a la de valores de uso (materia prima, instrumento, salario); pero con ello perdía la forma de valor, y ahora ha de entrar de nuevo en la circulación para poner de nuevo esta forma de la riqueza general. El capitalista ya no entra en el proceso de circulación simplemente como uno que cambia, sino como productor frente a los demás que cambian en cuanto consumidores. Ellos han de dar dinero en cambio para obtener su mercancía para su consumo, mientras que él da en cambio su producto para obtener el dinero de ellos. Supongamos que este proceso fracase (y con la mera separación está dada la posibilidad de este fracaso en el caso singular): entonces el dinero del capitalista se ha convertido en un producto sin valor, y no solo no ha ganado ningún valor nuevo, sino que ha perdido el originario. Pero sea o no sea así, en cualquier caso la desvalorización constituye un momento del proceso de valorización; cosa que ya está implicada simplemente en que el producto del proceso, en su forma inmediata, no es valor, sino que primero ha de entrar de nuevo en la circulación para realizarse como tal. Así pues, si mediante el proceso de producción el capital se ha reproducido como valor y valor nuevo, a la vez está puesto como no valor, como algo que solo ha de valorizarse mediante el cambio. Los 3 procesos cuya unidad forma el capital son exteriores, están separados unos de otros en el tiempo y en el espacio. Como tal, el paso de uno al otro, es decir, su unidad, considerada en relación con los capitalistas singulares, es contingente. Existen independientes unos junto a otros pese a su unidad interna, y cada uno como presupuesto del otro. A grandes rasgos esta unidad tiene que acreditarse, en la medida en que el conjunto de la producción descansa en el capital, que por tanto tiene que realizar todos los momentos necesarios de su propia configuración y contener las condiciones para su realización. En el punto al que hemos llegado hasta ahora, el capital no aparece todavía como algo que condiciona la circulación (el cambio) misma, sino solo como momento de ella, y deja de ser capital precisamente en el instante en que entra en ella. Como mercancía en general, el capital comparte ahora el destino de la mercancía; se vuelve contingente que se cambie o no por dinero, que su precio se realice o no se realice.
En el proceso de producción mismo, donde el capital seguía presupuesto en todo momento como valor, su valorización aparecía enteramente dependiente solo de la relación del capital como trabajo objetivado con el trabajo vivo; es decir, de la relación del capital con el trabajo asalariado. Pero ahora, como producto, como mercancía, aparece dependiente de la circulación, que está fuera de este proceso. (En realidad, como hemos visto, vuelve a él como a su fundamento, pero sale de él en la misma medida.) Como mercancía tiene 1) que ser valor de uso y, como tal, objeto de la necesidad, objeto del consumo; 2) que ser cambiada por su equivalente, en dinero. Solo en la venta puede realizarse el valor nuevo.
Si antes contenía trabajo objetivado por un precio de 100 tál. y ahora por un precio de 110 (en la medida en que el precio expresa en dinero la medida del trabajo objetivado), esto tiene que demostrarse en que el trabajo contenido ahora en la mercancía producida se cambie por 110 tál. De momento, el producto está desvalorizado en tanto que tiene que cambiarse en general por dinero para recobrar su forma de valor.
Dentro del proceso de producción la valorización aparecía enteramente idéntica a la producción de plustrabajo (la objetivación de tiempo excedente) y, por tanto, sin más límites que los que dentro de este proceso mismo en parte están presupuestos, en parte son puestos; pero que siempre están puestos en él como barreras1 que hay que vencer. Ahora aparecen barreras suyas que están fuera de él. En primer lugar, considerada muy superficialmente, la mercancía solo es valor de cambio en tanto que es a la vez valor de uso, es decir, objeto del consumo (aquí todavía es del todo indiferente de qué tipo de consumo); deja de ser valor de cambio cuando deja de ser valor de uso (puesto que todavía no existe de nuevo como dinero, sino en un modo de existencia determinado que coincide con su cualidad natural). Su primera barrera es, pues, el consumo mismo: la necesidad que hay de ella. (De una necesidad no solvente, es decir, de una necesidad de una mercancía que no tuviera ella misma una mercancía o dinero que dar en el cambio, ||17| no se puede hablar todavía en modo alguno según los presupuestos establecidos hasta ahora.) Pero, en segundo lugar, tiene que existir un equivalente para ella y, como originariamente la circulación estaba presupuesta como una magnitud fija (como de un volumen determinado), mientras que, por otra parte, el capital ha creado en el proceso de producción un valor nuevo, parece que para este no puede existir en realidad ningún equivalente. Así, cuando el capital sale del proceso de producción y vuelve a entrar en la circulación, aparece a) como producción que encuentra una barrera en la magnitud existente del consumo o de la capacidad de consumo. Como un valor de uso determinado, su cantidad es indiferente hasta cierto punto; pero a partir de cierto grado (puesto que solo satisface una necesidad determinada) deja de ser requerido para el consumo. Como valor de uso determinado, unilateral, cualitativo, por ejemplo trigo, su cantidad misma solo es indiferente hasta cierto grado; solo se requiere en una cantidad determinada, es decir, en cierta medida. Pero esta medida está dada en parte por su cualidad como valor de uso (su utilidad, su aplicabilidad específica), en parte por el número de los que cambian y tienen necesidad de este consumo determinado. Número de los consumidores × la magnitud de su necesidad de este producto específico. El valor de uso en sí no tiene la desmesura del valor como tal. Ciertos objetos solo pueden consumirse, y solo son objetos de la necesidad, hasta cierto grado. Por ejemplo, solo se come una cantidad determinada de trigo, etc. Como valor de uso, el producto tiene, por tanto, en sí mismo una barrera (precisamente la barrera de la necesidad que hay de él), que sin embargo ahora no se mide por la necesidad del productor, sino por la necesidad total de los que cambian. Donde cesa la demanda de un valor de uso determinado, deja de ser valor de uso. Como valor de uso se mide por la demanda que hay de él. Pero en cuanto deja de ser valor de uso, deja de ser objeto de la circulación (en la medida en que no es dinero). b) Pero como valor nuevo y valor en general parece tener una barrera en la magnitud de los equivalentes existentes, en primer lugar el dinero, no como medio de circulación, sino como dinero. La plusvalía (respecto de la originaria, se entiende por sí mismo) requiere un plusequivalente. Esto aparece ahora como segunda barrera. c) Originariamente el dinero (es decir, la riqueza como tal, es decir, la riqueza que existe en y por el cambio por trabajo objetivado ajeno) parecía hundirse sobre sí mismo en la medida en que no pasaba al cambio por trabajo vivo ajeno, es decir, al proceso de producción. La circulación era incapaz de renovarse a partir de sí misma. Por otra parte, ahora el proceso de producción aparece en un aprieto [in a fix] en la medida en que no es capaz de pasar al proceso de circulación. El capital, como producción basada en el trabajo asalariado, presupone la circulación como condición necesaria y momento de todo el movimiento. Esta forma determinada de la producción presupone esta forma determinada del cambio, que encuentra su expresión en la circulación del dinero. Para renovarse, el producto entero tiene que convertirse en dinero; no como en fases anteriores de la producción, en que el cambio solo alcanza a la producción sobrante y a los productos sobrantes, pero en modo alguno a su totalidad. Estas son, pues, las contradicciones tal como se ofrecen por sí mismas a una concepción simple, objetiva, imparcial. Cómo se superan constantemente en la producción basada en el capital, pero también se generan constantemente de nuevo, y solo se superan por la violencia (aunque esta superación, hasta cierto punto, aparece meramente como una nivelación tranquila), es otra cuestión. Lo importante, para empezar, es constatar la existencia de estas contradicciones. Todas las contradicciones de la circulación reviven en una forma nueva. El producto como valor de uso está en contradicción consigo mismo como valor; es decir, en la medida en que existe con una cualidad determinada, como una cosa específica, producto de determinadas propiedades naturales, como sustancia de la necesidad, está en contradicción con su sustancia, que como valor posee exclusivamente en el trabajo objetivado. Pero esta vez la contradicción ya no está puesta, como en la circulación, solo de modo que es una diferencia meramente formal, sino que el ser medido por el valor de uso está aquí fijado como el ser medido por la necesidad total que de este producto tienen los que cambian, es decir, por la cantidad del consumo total. Este aparece aquí como medida del producto como valor de uso y, por tanto, también como valor de cambio. En la circulación simple se trataba simplemente de traducirlo de la forma del valor de uso particular a la del valor de cambio. Su barrera aparecía solo en que, como valor de uso, por su constitución natural, existía en una forma particular, en vez de en la forma de valor en la que era directamente cambiable por todas las demás mercancías. Pero ahora está puesto que en su constitución natural misma está dada la medida de su existencia. Para ser traducido a la forma general, el valor de uso solo puede existir en una cantidad determinada; una cantidad cuya medida no está en el trabajo objetivado en él, sino que surge de su naturaleza como valor de uso, y precisamente como valor de uso para otros. Por otra parte, la contradicción anterior, que el dinero que es para sí ||18| tenía que pasar a cambiarse por el trabajo vivo, aparece ahora todavía mayor, ya que el plusdinero, para ser como tal, o la plusvalía, tiene que cambiarse por plusvalía. Tiene, pues, como valor su barrera en la producción ajena en la misma medida que, como valor de uso, en el consumo ajeno; aquí su medida en la cantidad de la demanda del producto específico, allí en la cantidad de trabajo objetivado que existe en la circulación. La indiferencia del valor como tal frente al valor de uso queda así puesta en una posición falsa, igual que, por otra parte, la sustancia y la medida del valor como trabajo objetivado en general.
❲Todavía no se puede pasar a la relación entre demanda, oferta y precios, que en su desarrollo propiamente dicho presuponen el capital. En la medida en que demanda y oferta son categorías abstractas que todavía no expresan relaciones económicas determinadas, ¿habría que considerarlas quizá ya en la circulación simple o en la producción?❳
Lo que importa aquí, donde se considera el concepto general del capital, es que este no es inmediatamente esta unidad de producción y valorización, sino solo como un proceso ligado a condiciones y, tal como ha aparecido, a condiciones exteriores.
❲ Hemos visto antes, en el proceso de valorización del capital, cómo este supone desarrollado previamente el proceso de producción simple. Lo mismo ocurrirá con la demanda y la oferta, en la medida en que en el cambio simple se presupone la necesidad del producto. La necesidad propia del productor (del inmediato) como necesidad de una demanda ajena. En este desarrollo mismo tiene que resultar lo que hay que presuponerle, y todo eso hay que echarlo después a los primeros capítulos.❳
La creación de plusvalía absoluta por el capital (más trabajo objetivado) tiene por condición que el círculo de la circulación se amplíe, y además que se amplíe constantemente. La plusvalía creada en un punto requiere la creación de plusvalía en otro punto, por la que se cambie; aunque al principio solo sea producción de más oro y plata, de más dinero, de modo que, si la plusvalía no puede convertirse inmediatamente de nuevo en capital, existe en la forma del dinero como posibilidad de nuevo capital. Una condición de la producción basada en el capital es, por tanto, la producción de un círculo de la circulación siempre ampliado, ya sea que el círculo se amplíe directamente, o que se creen en él más puntos como puntos de producción. Si la circulación aparecía al principio como magnitud dada, aquí aparece como magnitud en movimiento que se expande por obra de la producción misma. Según esto, aparece ya ella misma como un momento de la producción. Así como el capital tiene, por un lado, la tendencia a crear siempre más plustrabajo, tiene también la tendencia complementaria a crear más puntos de cambio; es decir, aquí, desde el punto de vista de la plusvalía o el plustrabajo absolutos, a suscitar más plustrabajo como complemento de sí mismo; en el fondo [au fond], a propagar la producción basada en el capital o el modo de producción que le corresponde. La tendencia a crear el mercado mundial está dada inmediatamente en el concepto mismo del capital. Todo límite aparece como barrera que hay que superar. Primero, someter al cambio todo momento de la producción misma y suprimir la producción de valores de uso inmediatos que no entran en el cambio, es decir, poner precisamente la producción basada en el capital en lugar de modos de producción anteriores que, desde su punto de vista, son naturales2. El comercio ya no aparece aquí como función que se desarrolla entre las producciones independientes para el cambio de su excedente, sino como presupuesto esencial y omnicomprensivo y momento de la producción misma.
Desde luego [Of course], toda producción orientada al valor de uso inmediato reduce tanto el número de los que cambian como la suma de los valores de cambio en general que se lanzan a la circulación, y sobre todo la producción de plusvalías. De ahí la tendencia del capital 1) a ampliar continuamente la periferia de la circulación; 2) a transformarla en todos sus puntos en producción realizada por el capital.
Por otra parte, la producción de plusvalía relativa, es decir, la producción de plusvalía fundada en el aumento y el desarrollo de las fuerzas productivas, requiere la producción de nuevo consumo; que el círculo del consumo se amplíe dentro de la circulación igual que antes el círculo productivo. Primero, ampliación cuantitativa del consumo existente; segundo, creación de nuevas necesidades por la propagación de las existentes en un círculo mayor; tercero, producción de necesidades nuevas y descubrimiento y creación de nuevos valores de uso. Dicho de otro modo: que el plustrabajo obtenido no quede como mero excedente cuantitativo, sino que a la vez el círculo de las diferencias cualitativas del trabajo (y con ello del plustrabajo) aumente constantemente, se haga más variado, se diferencie más en sí mismo. Por ejemplo, si al duplicarse la fuerza productiva basta con emplear un capital de 50 donde antes uno de 100, de modo que quedan libres un capital de 50 y el trabajo necesario que le corresponde, ||19| entonces hay que crear para el capital y el trabajo liberados una rama de producción nueva, cualitativamente distinta, que satisfaga y produzca una necesidad nueva. El valor de la vieja industria se conserva [por el hecho de] que se crea el fondo [fund] para una nueva, en la que la relación de capital y trabajo [labour] se pone en una forma nueva. Así pues, exploración de la naturaleza entera para descubrir nuevas propiedades útiles de las cosas; cambio universal de los productos de todos los climas y países extranjeros; nuevas preparaciones (artificiales) de los objetos naturales, que les dan nuevos valores de uso. ❲El papel que desempeña el lujo entre los antiguos a diferencia de los modernos: aludir a él más adelante.❳ La exploración de la tierra en todas direcciones, tanto para descubrir nuevos objetos útiles como nuevas propiedades de uso de los viejos, o nuevas propiedades de estos como materias primas, etc.; por tanto, el desarrollo de la ciencia natural hasta su punto más alto; igualmente, el descubrimiento, la creación y la satisfacción de nuevas necesidades que surgen de la sociedad misma; el cultivo de todas las propiedades del hombre social y su producción como un hombre lo más rico posible en necesidades, porque es rico en propiedades y en relaciones; su producción como producto social lo más total y universal posible (pues para disfrutar en muchos sentidos tiene que ser capaz de disfrute, es decir, estar cultivado en alto grado): todo ello es igualmente una condición de la producción fundada en el capital. Esto no es solo división del trabajo, esta creación de nuevas ramas de producción, es decir, de tiempo excedente cualitativamente nuevo; sino que la producción determinada se repele de sí misma como trabajo de nuevo valor de uso; desarrollo de un sistema siempre en expansión y cada vez más amplio de tipos de trabajo, de tipos de producción, al que corresponde un sistema de necesidades siempre ampliado y más rico.
Así pues, del mismo modo que la producción fundada en el capital crea, por un lado, la industria universal (es decir, plustrabajo, trabajo creador de valor), crea, por otro, un sistema de la explotación general de las propiedades naturales y humanas, un sistema de la utilidad general, del que aparecen como soporte tanto la ciencia misma como todas las propiedades físicas y espirituales, mientras que nada aparece como superior en sí, como justificado por sí mismo, fuera de este círculo de la producción y el cambio sociales. Así, el capital crea por primera vez la sociedad burguesa y la apropiación universal de la naturaleza y del propio nexo social por los miembros de la sociedad. De ahí la gran influencia civilizadora del capital [Hence the great civilising influence of capital]; su producción de un nivel de la sociedad frente al cual todos los anteriores aparecen solo como desarrollos locales de la humanidad y como idolatría de la naturaleza. La naturaleza se convierte por primera vez en puro objeto para el hombre, en pura cosa de utilidad; deja de ser reconocida como poder para sí; y el conocimiento teórico de sus leyes autónomas aparece él mismo solo como ardid para someterla a las necesidades humanas, ya sea como objeto del consumo, ya como medio de la producción. Según esta tendencia suya, el capital va más allá tanto de las barreras y los prejuicios nacionales como de la divinización de la naturaleza y de la satisfacción tradicional de las necesidades existentes, encerrada autosuficientemente dentro de límites determinados, y de la reproducción del viejo modo de vida. Es destructivo frente a todo esto y constantemente revolucionario, derriba todas las barreras que frenan el desarrollo de las fuerzas productivas, la ampliación de las necesidades, la variedad de la producción y la explotación y el cambio de las fuerzas de la naturaleza y del espíritu.
Pero del hecho de que el capital ponga todo límite de este tipo como barrera y, por tanto, esté idealmente por encima de él, no se sigue en modo alguno que lo haya superado realmente, y como toda barrera semejante contradice su determinación, su producción se mueve en contradicciones que se superan constantemente, pero que se ponen con la misma constancia. Más aún. La universalidad hacia la que tiende incesantemente encuentra barreras en su propia naturaleza, que en cierta fase de su desarrollo harán reconocer en él mismo la mayor barrera de esta tendencia y, por tanto, lo empujarán a su superación por sí mismo.
Los economistas que, como Ricardo, conciben la producción como inmediatamente idéntica a la autovalorización del capital (despreocupándose, por tanto, ya de las barreras del consumo, ya de las barreras existentes de la circulación misma, en la medida en que esta tiene que representar contravalores en todos sus puntos, y no teniendo a la vista más que el desarrollo de las fuerzas productivas y el crecimiento de la población industrial: la oferta sin consideración de la demanda) han captado, por tanto, la esencia positiva del capital de manera más acertada y más profunda que los que, como Sismondi, subrayan las barreras del consumo y del círculo existente de contravalores, aunque este último ha comprendido más profundamente la estrechez de la producción fundada en el capital, su unilateralidad negativa. El primero, más su tendencia universal; el segundo, su limitación particular. Toda la disputa sobre si la sobreproducción es posible y necesaria desde el punto de vista del capital gira en torno a si el proceso de valorización del capital en la producción pone inmediatamente su valorización en la circulación; si su ||20| valorización puesta en el proceso de producción es su valorización real. Ricardo, naturalmente, también tiene la sospecha [a suspicion] de que el valor de cambio no es valor fuera del cambio y solo se acredita como valor mediante el cambio; pero considera las barreras con que tropieza así la producción como contingentes, barreras que se superan. Concibe, pues, el hecho mismo de que tales barreras se superen como parte de la esencia del capital, aunque él mismo, al desarrollarlo, cae a menudo en lo absurdo; mientras que Sismondi, a la inversa, no solo subraya el tropiezo con la barrera, sino su creación por el propio capital, que entra así en contradicciones de las que barrunta que tienen que llevar a su hundimiento [downbreak]. Por eso querría poner barreras a la producción desde fuera, mediante la costumbre, la ley, etc., barreras que, precisamente por ser solo exteriores y artificiales, el capital echa necesariamente por tierra. Por otra parte, Ricardo y toda su escuela nunca comprendieron las verdaderas crisis modernas, en las que esta contradicción del capital se descarga en grandes tormentas que lo amenazan cada vez más como fundamento de la sociedad y de la producción misma.
Los intentos que se han hecho desde el punto de vista económico ortodoxo de negar la sobreproducción general en un momento dado son, en realidad, pueriles. O bien (véase, por ejemplo, MacCulloch), para salvar la producción fundada en el capital, se prescinde de todas sus propiedades específicas, de sus determinaciones conceptuales, y, al revés, se la concibe como simple producción para el valor de uso inmediato. Se hace abstracción completa de las relaciones esenciales. De hecho [In fact], para limpiarla de contradicciones, se la deja caer sin más y se la niega. O bien, como por ejemplo Mill, con más agudeza (imitado por el soso Say): oferta y demanda serían idénticas y tendrían, por tanto, que corresponderse. La oferta sería, en efecto, una demanda medida por su propia cantidad. Aquí hay una gran confusión: 1) esta identidad de la oferta, de modo que sea una demanda medida por su propia cantidad, solo es cierta en la medida en que la oferta es valor de cambio = una cantidad determinada de trabajo objetivado. En esa medida es la medida de su propia demanda, en lo que toca al valor. Pero como tal valor solo se realiza por el cambio por dinero, y como objeto de cambio por dinero depende 2) de su valor de uso; y como valor de uso, de la masa de necesidades existentes de ella, de la demanda que hay de ella. Ahora bien, como valor de uso no está medida en absoluto por el tiempo de trabajo objetivado en ella, sino que se le aplica una escala que está fuera de su naturaleza como valor de cambio. O se dice además: la oferta misma es demanda de un producto determinado de cierto valor (que se expresa en la cantidad pedida del producto). Así pues, si el producto ofrecido es invendible, eso es la prueba de que se ha producido demasiado de la mercancía ofrecida y demasiado poco de la que demanda el oferente. Así que no habría sobreproducción general, sino sobreproducción en uno o varios artículos y, en cambio, subproducción en otros. Con ello se olvida a su vez que lo que pide el capital que produce no es un valor de uso determinado, sino valor para sí, es decir, dinero; dinero no en la determinación de medio de circulación, sino como forma general de la riqueza o forma de la realización del capital, por un lado, y vuelta a su estado durmiente originario, por otro. Pero la afirmación de que se produce demasiado poco dinero no significa en realidad sino lo que se afirma: que la producción no coincide con la valorización, que es, por tanto, sobreproducción o, lo que es lo mismo, producción no convertible en dinero, no convertible en valor; que no se acredita en la circulación. De ahí la ilusión [Hence the illusion] de los artistas del dinero (también Proudhon, etc.) de que hay escasez de medios de circulación (por lo caro del dinero) y de que hay que crear artificialmente más dinero. (Véanse también los de Birmingham3, por ejemplo los Gemini4.) O bien se dice que, considerados desde el punto de vista social, producción y consumo son lo mismo y que, por tanto, nunca puede darse un excedente o una desproporción entre ambos. Por punto de vista social se entiende aquí la abstracción que prescinde precisamente de la articulación y de las relaciones sociales determinadas y, por tanto, también de las contradicciones que surgen de ella. Muy acertadamente observó ya, por ejemplo, Storch contra Say que una gran parte del consumo no es consumo para el uso inmediato, sino consumo en el proceso de producción, por ejemplo consumo en máquinas, carbón, aceite, edificios necesarios, etc. Este consumo ||21| no es en modo alguno idéntico al consumo de que aquí se trata. Igualmente, Malthus y Sismondi han observado con razón que, por ejemplo, el consumo de los obreros no es en modo alguno un consumo de suyo satisfactorio para el capitalista. Aquí se arroja por completo fuera el momento de la valorización y se contraponen simplemente producción y consumo, es decir, se presupone una producción basada directamente en el valor de uso y, por tanto, no en el capital. O, dicho en términos socialistas: el trabajo y el cambio del trabajo, es decir, la producción y su cambio (la circulación), serían todo el proceso; ¿cómo podría surgir ahí una desproporción si no es por descuido, por un cálculo erróneo? Aquí no se considera el trabajo como trabajo asalariado ni el capital como capital. Por un lado, se recogen los resultados de la producción fundada en el capital; por otro, se niega el presupuesto y la condición de estos resultados: el trabajo necesario como trabajo puesto por y para el plustrabajo. O bien (Ricardo, por ejemplo), como la producción misma está regida por los costes de producción, se regularía a sí misma, y si una rama de producción no se valoriza, el capital se retiraría de ella en cierto grado y se lanzaría a otro punto donde hiciera falta. Pero, aparte de que esta necesidad misma de la nivelación presupone la desigualdad, la desarmonía y, por tanto, la contradicción, en la crisis general de sobreproducción la contradicción no se da entre los distintos tipos del capital productivo, sino entre el capital industrial y el capital prestable [loanable]: entre el capital tal como aparece directamente implicado en el proceso de producción y tal como aparece como dinero, de forma autónoma (relativamente [relativement]), fuera de él. Por último: producción proporcionada [proportionate production] (esto ya está también en Ricardo, etc.) solo si la tendencia del capital a repartirse en proporciones correctas es a la vez, en la misma medida, su tendencia necesaria (puesto que aspira sin medida al plustrabajo, a la plusproductividad, al plusconsumo, etc.) a ir más allá de la proporción. (En la competencia, esta tendencia interna del capital aparece como una coacción que le impone el capital ajeno y que lo empuja más allá de la proporción correcta con un constante ¡Marche, marche! [¡adelante, adelante!]. La libre competencia, como husmea acertadamente el señor Wakefield en su comentario a Smith5, nunca ha sido desarrollada por los economistas, por mucho que se charlatanee sobre ella y por mucho que sea el fundamento de toda la producción burguesa, basada en el capital. Solo se ha entendido negativamente: es decir, como negación de los monopolios, de la corporación, de las regulaciones legales, etc. Como negación de la producción feudal. Pero también tiene que ser algo para sí, puesto que el mero 0 es negación vacía, abstracción de una barrera que, por ejemplo en la forma del monopolio, de los monopolios naturales, etc., resucita enseguida. Conceptualmente, la competencia no es más que la naturaleza interna del capital, su determinación esencial, que aparece y se realiza como acción recíproca de los muchos capitales entre sí, la tendencia interna como necesidad exterior.) (El capital existe y solo puede existir como muchos capitales, y su autodeterminación aparece, por tanto, como acción recíproca de estos entre sí.) El capital es tanto el poner constante como el suprimir constante de la producción proporcionada. La proporción existente tiene que suprimirse siempre por la creación de plusvalías y el aumento de las fuerzas productivas. Pero esta exigencia de que la producción se amplíe a la vez y simultáneamente [simultaneously] en la misma proporción impone al capital exigencias exteriores que en modo alguno surgen de él mismo; al mismo tiempo, la salida de la proporción dada en una rama de producción saca de ella a todas, y en proporciones desiguales. Hasta aquí (pues todavía no hemos llegado a la determinación del capital como capital circulante [capital circulant] y tenemos aún, de un lado, la circulación y, del otro, el capital, o la producción como su presupuesto o fundamento del que ella surge), la circulación tiene ya, desde el punto de vista de la producción, la relación con el consumo y con la producción; en otras palabras, plustrabajo como contravalor y especificación del trabajo en una forma cada vez más rica.
En el concepto simple del capital tienen que estar contenidas en sí sus tendencias civilizadoras, etc.; no aparecer, como en las economías anteriores, meramente como consecuencias exteriores. Igualmente, hay que mostrar que las contradicciones que más tarde quedan libres están ya latentes en él.
Hasta aquí, en el proceso de valorización, tenemos solo la indiferencia de los distintos momentos entre sí; que se condicionan internamente y se buscan externamente; pero que pueden encontrarse o no, cubrirse o no, corresponderse o no. La necesidad interna de lo que va unido, y su existencia autónoma, indiferente de unos frente a otros, son ya fun||22|damento de contradicciones.
Sin embargo, todavía no hemos terminado, ni mucho menos. La contradicción entre la producción y la valorización (cuya unidad es el capital según su concepto) tiene que captarse de manera aún más inmanente que como la mera aparición indiferente, aparentemente independiente, de los distintos momentos del proceso, o más bien de la totalidad de procesos, unos frente a otros.
Para acercarnos al asunto: de entrada [D'abord], hay un límite que no es inherente a la producción en general, sino a la producción fundada en el capital [there is a limit, not inherent to production generally, but to production founded on capital], y este límite es doble o, más bien, es el mismo considerado en dos direcciones. Basta aquí con demostrar que el capital contiene una limitación particular de la producción (que contradice su tendencia general a ir más allá de toda barrera de esta) para haber descubierto el fundamento de la sobreproducción, la contradicción fundamental del capital desarrollado; para haber descubierto en general que no es, como creen los economistas, la forma absoluta del desarrollo de las fuerzas productivas: forma absoluta de este y forma de la riqueza que coincidiera absolutamente con el desarrollo de las fuerzas productivas. Las fases de la producción que preceden al capital aparecen, consideradas desde su punto de vista, como otras tantas trabas de las fuerzas productivas. Pero él mismo, bien entendido, aparece como condición del desarrollo de las fuerzas productivas mientras estas necesitan un acicate exterior, que aparece a la vez como su freno. Disciplina de las fuerzas productivas que se vuelve superflua y molesta a cierta altura de su desarrollo, exactamente igual que las corporaciones, etc. Estos límites inmanentes tienen que coincidir con la naturaleza del capital, con sus determinaciones conceptuales esenciales mismas. Estos límites [limits] necesarios son:
El trabajo necesario como límite del valor de cambio de la capacidad de trabajo viva o del salario de la población industrial;
La plusvalía como límite del tiempo de plustrabajo; y, en relación con el tiempo de plustrabajo relativo, como barrera del desarrollo de las fuerzas productivas;
Lo que es lo mismo, la conversión en dinero, el valor de cambio en general como límite de la producción; o el cambio fundado en el valor, o el valor fundado en el cambio, como límite de la producción. Esto es:
de nuevo lo mismo como limitación de la producción de valores de uso por el valor de cambio; o que la riqueza real tiene que adoptar una forma determinada, distinta de ella misma, y por tanto no absolutamente idéntica a ella, para llegar a ser siquiera objeto de la producción.
Por otra parte, de la tendencia general del capital resulta (lo mismo que en la circulación simple se manifestaba en que el dinero como medio de circulación aparecía como algo meramente evanescente, sin necesidad propia, y por eso no como límite y barrera) que olvida y hace abstracción:
- del trabajo necesario como límite del valor de cambio de la capacidad de trabajo viva; 2) de la plusvalía como límite del plustrabajo y del desarrollo de las fuerzas productivas; 3) del dinero como límite de la producción; 4) de la limitación de la producción de valores de uso por el valor de cambio.
De aquí [Hinc] la sobreproducción: es decir, el repentino recuerdo de todos estos momentos necesarios de la producción fundada en el capital; de ahí la desvalorización general como consecuencia de haberlos olvidado. Con ello, a la vez, se le plantea al capital la tarea de empezar de nuevo su intento desde un grado superior de desarrollo de las fuerzas productivas, etc., con un colapso [collapse] cada vez mayor como capital. Está claro, por tanto, que cuanto más alto es el desarrollo del capital, tanto más aparece como barrera de la producción, y por tanto también del consumo, aparte de las demás contradicciones que lo hacen aparecer como barrera molesta de la producción y del intercambio.
❲Todo el sistema de crédito, y el exceso de comercio [overtrading], el exceso de especulación [overspeculation], etc., que van unidos a él, descansan en la necesidad de ampliar y saltar la barrera de la circulación y de la esfera del cambio. Esto aparece de modo más colosal, más clásico, en la relación entre pueblos que en la relación entre individuos. Así, por ejemplo, los ingleses se ven obligados a prestar a naciones extranjeras para tenerlas como clientes [customers]. En el fondo [Au fond], el capitalista inglés cambia con el capital productivo inglés de dos maneras: 1) como él mismo, 2) como yanqui, etc., o bajo cualquier otra forma en que haya colocado su dinero.❳
❲El capital como barrera de la producción se encuentra apuntado, por ejemplo, en Hodgskin6: «En el estado actual, toda acumulación de capital aumenta la cantidad de ganancia que se exige al obrero y extingue todo aquel trabajo que solo le procuraría al obrero una existencia holgada… La ganancia, la limitación de la producción». (IX, p. 46.) Con el comercio exterior [foreign trade] se amplía la barrera de la esfera del cambio y se hace posible a los capitalistas consumir más plustrabajo: «A lo largo de una serie de años el mundo no puede tomar de nosotros más de lo que nosotros podemos tomar del mundo. Incluso las ganancias que obtienen nuestros comerciantes en su comercio exterior las paga aquí el consumidor de las mercancías de retorno. El comercio exterior es mero trueque y, como tal, cambio para la comodidad y el disfrute del capitalista. ||23| Pero este solo puede consumir mercancías hasta cierto grado. Cambia algodones, etc., por los vinos y las sedas de los países extranjeros. Pero estos representan solo el plustrabajo de nuestra propia población tanto como las ropas y los algodones, y de esta manera el poder destructivo del capitalista aumenta más allá de todo límite. Así se burla a la naturaleza». (Source and Remedy etc p. 27, 28.)7 Hasta qué punto la saturación [Glut] está relacionada con la barrera del trabajo necesario: «El significado mismo de un aumento de la demanda por parte de los obreros es una disposición a tomar menos para sí mismos y dejar una parte mayor para sus patronos; y si se dice que esto, al disminuir el consumo, aumenta la saturación, solo puedo decir que la saturación es entonces sinónimo de altas ganancias». (Enquiry etc Lond. 1821, p. 12.)8 Aquí está plenamente expresado uno de los lados de la contradicción. «La práctica de detener el trabajo en el punto en que puede producir, además de la subsistencia del obrero, una ganancia para el capitalista, se opone a la ley natural que regula la producción». (H[odgskin] 41, IX.) «Cuanto más se acumula el capital, más lo hace la cantidad total de ganancia exigida; así surge un freno artificial a la producción y a la población». (H[odgskin] 46.) Las contradicciones entre el capital como instrumento de producción en general e instrumento de producción de valor [value], así las desarrolla Malthus (IX, 40 sqq.)9: «Las ganancias se miden invariablemente por el valor y nunca por la cantidad… La riqueza de un país depende en parte de la cantidad de producto obtenida por su trabajo y en parte de una adaptación tal de esta cantidad a las necesidades y los medios de la población existente que sea apropiada para darle valor. Nada puede ser más seguro que el hecho de que no está determinada por ninguna de las dos cosas por sí sola. Pero donde la riqueza y el valor están quizá más estrechamente relacionados es en la necesidad del segundo para la producción de la primera. El valor que se atribuye a las mercancías, es decir, el sacrificio de trabajo que la gente está dispuesta a hacer para mantenerlas, puede decirse que en el estado actual de cosas es casi la única causa de la existencia de la riqueza… La demanda de consumo que ocasionan solo los obreros empleados en trabajo productivo nunca puede por sí sola proporcionar un motivo para la acumulación y el empleo de capital… las fuerzas de producción por sí solas no aseguran la creación de un grado proporcionado de riqueza, como tampoco el aumento de la población. Lo que hace falta es una distribución del producto tal, y una adaptación tal de este producto a las necesidades de quienes han de consumirlo, que aumente constantemente el valor de cambio de la masa entera, es decir, las fuerzas de producción solo se ponen plenamente en movimiento por la demanda sin trabas de todo lo que se produce»… Esto se consigue, ciertamente, por un lado, mediante ramas de la industria siempre nuevas (y la ampliación recíproca de las viejas), con lo que las viejas obtienen nuevos mercados [markets], etc. La producción crea de hecho ella misma demanda [demand], al emplear más obreros en la misma rama de negocio y al crear nuevas ramas de negocio en las que nuevos capitalistas emplean a su vez nuevos obreros y a la vez se convierten recíprocamente en mercado para las viejas; pero «la demanda creada por el propio obrero productivo nunca puede ser una demanda adecuada, porque no llega a todo lo que él produce. Si llegara, no habría ganancia y, en consecuencia, ningún motivo para emplearlo. La existencia misma de una ganancia sobre una mercancía cualquiera presupone una demanda exterior a la del obrero que la ha producido». «Tanto los obreros como el capital pueden ser excesivos en comparación con los medios de emplearlos con provecho».❳ ❲Hay que observar para 3), al que pasaremos pronto, que la acumulación previa como la cual aparece el capital frente al trabajo, y por la que es dominio [command] sobre él, no es en un primer momento nada más que el plustrabajo [surplus labour] mismo en la forma de plusproducto [surplus produce] y, por otro lado, libranza sobre trabajo ajeno coexistente [co-existing labour].❳
Aquí no se trata todavía, desde luego [of course], de desarrollar la sobreproducción en su determinidad, sino solo su germen, tal como está puesto primitivamente en la relación del capital mismo. Por eso tenemos que dejar fuera aquí también la consideración de las demás clases poseedoras y consumidoras, etc., que no producen, sino que viven de su rédito y, por tanto, cambian con el capital; forman centros de cambio para él. Solo podemos tenerlas en cuenta en parte (aunque mejor en la acumulación) en la medida en que son importantísimas [most important] para la formación histórica del capital.
En la producción basada en la esclavitud, igual que en la producción rural-industrial patriarcal, en la que la mayor parte de la población satisface inmediatamente con su trabajo la mayor parte de su necesidad, el círculo de la circulación y del cambio es muy estrecho, y en la primera, sobre todo, el esclavo no cuenta para nada como uno que cambia. Pero en la producción fundada en el capital el consumo está mediado en todos los puntos por el cambio, y el trabajo nunca tiene valor de uso inmediato para el que trabaja. Toda su ||24| base es el trabajo como valor de cambio y como creador de valor de cambio.
Bien [Well]. De entrada [D'abord]
el asalariado, a diferencia del esclavo, es él mismo un centro autónomo de la circulación, uno que cambia, que pone valor de cambio y que lo conserva mediante el cambio. Primero: mediante el cambio entre la parte del capital destinada a salario y la capacidad de trabajo viva, el valor de cambio de esta parte del capital queda inmediatamente puesto antes de que el capital salga del proceso de producción y vuelva a entrar en la circulación, o bien esto puede concebirse todavía como acto de la circulación. Segundo: con excepción de sus propios obreros, frente a cada capitalista la masa total de todos los demás obreros no aparece como obreros, sino como consumidores; poseedores de valores de cambio (salario), de dinero que cambian por su mercancía. Son otros tantos centros de la circulación de los que parte el acto del cambio y por los que se conserva el valor de cambio del capital. Forman una parte proporcionalmente muy grande de los consumidores, aunque no tan grande como generalmente se imagina [not quite so great as is generally imagined] si se tiene a la vista a los obreros propiamente industriales. Cuanto mayor es su número (el número de la población industrial) y la masa de dinero de que disponen, tanto mayor es la esfera del cambio para el capital. Hemos visto que es tendencia del capital aumentar lo más posible la masa de la población industrial.
Enero (1858)
En realidad, aquí no nos concierne todavía para nada la relación de un capitalista con los obreros de otros capitalistas. Solo muestra la ilusión de cada capitalista, pero no cambia nada en la relación del capital en general con el trabajo. Todo capitalista sabe de su obrero que no está frente a él como productor frente al consumidor y desea limitar todo lo posible su consumo, es decir, su capacidad de cambio, su salario. Naturalmente, desea que los obreros de los otros capitalistas sean los mayores consumidores posibles de su mercancía. Pero la relación de cada capitalista con sus obreros es la relación en general de capital y trabajo, la relación esencial. Ahora bien, precisamente de ahí surge la ilusión (verdadera para el capitalista singular a diferencia de todos los demás) de que, fuera de sus obreros, toda la restante clase obrera está frente a él como consumidora y como la que cambia [Austauscher], no como obreros: como dispensadora de dinero. Se olvida que, como dice Malthus, «la existencia misma de una ganancia sobre una mercancía cualquiera presupone una demanda exterior a la del obrero que la ha producido» y que, por tanto, la «demanda del propio obrero nunca puede ser una demanda adecuada». Como una producción pone en movimiento a la otra y se crea así consumidores en los obreros del capital ajeno, para cada capital singular la demanda de la clase obrera, que está puesta por la producción misma, aparece como «demanda adecuada» [adequate demand]. Esta demanda puesta por la producción misma la empuja, por un lado, más allá de la proporción en la que tendría que producir en relación con los obreros; tiene que empujarla más allá; por otro lado, si desaparece o se encoge la demanda exterior a la demanda del propio obrero [exterior to the demand of the labourer himself], sobreviene el colapso. El capital mismo considera entonces la demanda por parte de los obreros (es decir, el pago del salario en que descansa esta demanda) no como ganancia, sino como pérdida. Es decir, se impone la relación inmanente entre capital y trabajo. Aquí es de nuevo la competencia de los capitales, su indiferencia unos frente a otros y su autonomía recíproca, lo que lleva a que el capital singular se comporte con los obreros de todo el capital restante no como con obreros: de ahí [Hinc] que se vea empujado más allá de la proporción correcta. Lo que distingue precisamente al capital de la relación de dominio es que el obrero se le presenta como consumidor y como alguien que pone valor de cambio, en la forma del poseedor de dinero, del dinero, que se convierte en simple centro de la circulación, en uno de sus infinitos centros, en el que está borrada su determinidad como obrero.
❲Ocurre exactamente lo mismo con la demanda, generada por la producción misma, de materia prima, productos semielaborados, maquinaria, medios de comunicación y las materias auxiliares consumidas en la producción, como colorantes, carbón, sebo, jabón, etc. Esta demanda, como demanda solvente que pone valor de cambio, es adecuada y suficiente mientras los productores cambien entre sí. Su inadecuación se muestra en cuanto el producto final encuentra su límite en el consumo inmediato y final. También esta apariencia, que empuja más allá de la proporción correcta, está fundada en la esencia del capital, que, como hay que desarrollar más de cerca en la competencia, es muchos capitales que se repelen de sí, totalmente indiferentes unos frente a otros. En la medida en que un capitalista compra a otro, compra o vende mercancía, están en la relación de cambio simple; no se comportan entre sí como capital. La proporción correcta (imaginaria) en que tienen que cambiar entre sí para poder valorizarse finalmente como capital está fuera de su relación mutua.❳
En primer lugar: el capital obliga a los obreros a ir más allá del trabajo necesario, al plustrabajo. Solo así se valoriza y crea plusvalía. Pero, por otro lado, solo pone el trabajo necesario en la medida y en tanto que es plustrabajo y este es realizable como plusvalía. Pone, pues, el plustrabajo como condición del trabajo necesario, y la plusvalía como límite del trabajo objetivado, del valor en general. En cuanto no puede poner el primero, no pone el segundo, y sobre su base solo él puede ponerlo. Limita, pues (como dicen los ingleses, mediante un freno artificial [artificial check]), el trabajo y la creación de valor, y precisamente por la misma razón por la que, y en la medida en que, pone plustrabajo y plusvalía. Por su naturaleza, pues, pone ||25| una barrera al trabajo y a la creación de valor que está en contradicción con su tendencia a ampliarlos sin medida. Y en tanto que pone una barrera que le es específica y a la vez empuja más allá de toda barrera, es la contradicción viva.
❲Como el valor constituye la base del capital y este, por tanto, solo existe necesariamente mediante el cambio por un contravalor, se repele necesariamente de sí mismo. Un capital universal, sin capitales ajenos frente a sí con los que cambiar (y desde el punto de vista actual no tiene frente a sí más que el trabajo asalariado o a sí mismo), es por tanto un absurdo. La repulsión de los capitales entre sí está ya en él como valor de cambio realizado.❳
Así como el capital, por un lado, hace del plustrabajo y de su cambio por plustrabajo la condición del trabajo necesario y, por tanto, de que la capacidad de trabajo se ponga como centro de cambio (con lo que, por este lado, ya estrecha y condiciona la esfera del cambio), por otro lado le es igual de esencial restringir el consumo del obrero a lo necesario para la reproducción de su capacidad de trabajo: hacer del valor que expresa el trabajo necesario la barrera de la valorización de la capacidad de trabajo y, por tanto, de la capacidad de cambio del obrero, y procurar reducir a un mínimo la relación de este trabajo necesario con el plustrabajo. Nueva barrera de la esfera del cambio, que, exactamente igual que la primera, es idéntica a la tendencia del capital a comportarse con todo límite de su autovalorización como con una barrera. El aumento desmesurado de su valor (el desmesurado poner valor) es, pues, aquí absolutamente idéntico al poner barreras a la esfera del cambio, es decir, a la posibilidad de la valorización, de la realización del valor puesto en el proceso de producción.
Lo mismo ocurre con la fuerza productiva. Por un lado, la tendencia necesaria del capital a aumentarla al máximo para incrementar el tiempo excedente relativo. Por otro, con ello disminuye el tiempo de trabajo necesario y, por tanto, la capacidad de cambio de los obreros. Además, como hemos visto, la plusvalía relativa crece en una proporción mucho menor que la fuerza productiva, y esta proporción disminuye tanto más cuanto más se ha elevado ya la fuerza productiva. Pero la masa de los productos crece en una proporción semejante (si no, quedaría liberado nuevo capital, igual que trabajo, que no entraría en la circulación). Pero en la misma medida en que crece la masa de los productos, crece la dificultad de valorizar el tiempo de trabajo contenido en ellos, porque aumenta la exigencia que se plantea al consumo. (Aquí solo nos ocupamos todavía de cómo el proceso de valorización del capital es a la vez su proceso de desvalorización. Hasta qué punto también, mientras tiene la tendencia a aumentar desmesuradamente las fuerzas productivas, vuelve igualmente unilateral, limita, etc., a la principal fuerza productiva, el hombre mismo, no corresponde a este lugar; tiene en general la tendencia a restringir las fuerzas productivas.)
El capital pone, pues, el tiempo de trabajo necesario como barrera del valor de cambio de la capacidad de trabajo viva; el tiempo de plustrabajo como barrera del tiempo de trabajo necesario, y la plusvalía como barrera del tiempo de plustrabajo; mientras que a la vez pasa por encima de todas estas barreras en la medida en que se contrapone la capacidad de trabajo como algo que simplemente cambia, como dinero, y el tiempo de plustrabajo como la única barrera, por ser creador de la plusvalía. (O, por el primer lado, pone el cambio de las plusvalías como barrera del cambio de los valores necesarios.)
En el mismo momento pone los valores existentes en la circulación (o, lo que es lo mismo, la proporción del valor puesto por él con el valor presupuesto en él mismo y en la circulación) como barrera, barrera necesaria de su creación de valor; por otro lado, su productividad como la única barrera y creadora de los valores. Empuja, pues, continuamente, por un lado, a su propia desvalorización y, por otro, a frenar las fuerzas productivas y el trabajo que se objetiva en valores.
(La necedad de la imposibilidad de la sobreproducción (en otras palabras, la afirmación de la identidad inmediata del proceso de producción y el proceso de valorización del capital) la ha expresado James Mill de manera por lo menos sofística, es decir, ingeniosa, como se ha mencionado más arriba: la oferta = su propia demanda, demanda y oferta se cubren, pues, lo que en otras palabras solo significa que el valor está determinado por el tiempo de trabajo y que, por tanto, el cambio no le añade nada; con lo que solo se olvida que el cambio tiene que tener lugar y que esto depende (en última instancia) del valor de uso. Así, como dice Mill, si demanda y oferta no se cubren, esto se debe a que de un producto determinado (el ofrecido) se ha producido demasiado y del otro (el demandado) demasiado poco. Este demasiado y demasiado poco no afecta al valor de cambio, sino al valor de uso. Hay más del producto ofrecido del que se «usa»; a eso viene a parar la gracia. Es decir, que la sobreproducción procede del valor de uso y, por tanto, del cambio mismo. En Say esto se vuelve estúpido: los productos solo se cambian por productos; así que, a lo sumo, se ha producido demasiado de unos y demasiado poco de otros. Con ello se olvida 1) que los valores se cambian por valores y que un producto solo se cambia por otro en la medida en que es valor, es decir, en la medida en que es o se convierte en dinero; 2) que se cambia por trabajo. El buen hombre se pone en el punto de vista del cambio simple, en el que de hecho no es posible ninguna sobreproducción, porque de hecho no se trata del valor de cambio, sino del valor de uso. La sobreproducción tiene lugar en relación con la valorización, y no en otra cosa [not else].)|
|26| Proudhon, que oye campanas pero nunca sabe dónde, deriva la sobreproducción de que «el obrero no puede volver a comprar su producto». Entiende por ello que se le carga encima interés y ganancia; o que el precio del producto está recargado por encima de su valor real. Esto prueba de entrada [d'abord] que no entiende nada de la determinación del valor, que, en términos generales [generally spoken], no puede incluir en absoluto ningún recargo [overcharge]. En el comercio práctico el capitalista a puede timar al capitalista b. Lo que uno se embolsa de más, el otro se lo embolsa de menos. Si sumamos a ambos, la suma de su cambio = la suma del tiempo de trabajo objetivado en ella, de la cual solo el capitalista a se ha embolsado más de lo que le correspondía en proporción a B. De todas las ganancias que obtiene el capital, es decir, la masa total de los capitalistas, se descuentan 1) la parte constante del capital; 2) el salario, o el tiempo de trabajo objetivado necesario para reproducir la capacidad de trabajo viva. No pueden, pues, repartirse entre sí nada más que la plusvalía. Las proporciones (justas o injustas) en que se reparten entre sí esta plusvalía no cambian absolutamente nada en el cambio ni en la relación de cambio entre capital y trabajo. Podría decirse que el tiempo de trabajo necesario (es decir, el salario), que por tanto no incluye ganancia, sino que más bien [rather] hay que descontarlo de ella, está a su vez determinado por los precios de productos que ya incluyen la ganancia. ¿De dónde, si no, podría venir la ganancia que obtiene en el cambio con este obrero el capitalista que no lo emplea directamente? Por ejemplo, el obrero del hilandero [spinner] cambia su salario por tantos bushels de trigo. Pero en el precio de cada bushel está ya incluida la ganancia del arrendatario, es decir, del capital. De modo que el precio de los medios de vida que compra el propio tiempo de trabajo necesario incluye ya tiempo de plustrabajo. De entrada [D'abord] está claro que el salario que paga el hilandero a sus obreros [workingmen] tiene que ser lo bastante grande para comprar el bushel de trigo necesario, sea cual sea la ganancia del arrendatario que entre en el precio del bushel de trigo; pero que, en la misma medida, por otro lado, el salario que paga el arrendatario a sus obreros tiene que ser lo bastante grande para procurarles la cantidad necesaria de prendas de vestir, sea cual sea la ganancia del hilandero y del tejedor [weaver] que entre en el precio de estas prendas. //27/ La gracia procede simplemente de que 1) se confunden precio y valor; 2) intervienen relaciones que no atañen a la determinación del valor como tal. Supón primero (lo que es la relación conceptual) que el capitalista A produce él mismo todos los medios de vida que necesita el obrero, o que representan la suma de los valores de uso en los que se objetiva su trabajo necesario. El obrero tendría, pues, que volver a comprar al capitalista, con el dinero que ha recibido de él (el dinero aparece aquí, en esta transacción, solo como medio de circulación), una parte alícuota del producto: la que representa su trabajo necesario. El precio de una parte alícuota del producto del capitalista A es, desde luego [of course], el mismo para el obrero que para cualquier otro que cambia. Desde el momento en que compra al capitalista, su cualidad específica de obrero se ha extinguido; en su dinero ha desaparecido toda huella de la relación y de la operación por la que lo obtuvo; está frente al capitalista en la circulación simplemente como D, frente a quien el capitalista está como M; como realizador del precio de M, que por tanto está presupuesto para él igual que para cualquier otro representante de D, es decir, comprador. Bien [Well]. Pero en el precio de las partes alícuotas de la mercancía que compra está incluida la ganancia, en la que aparece la plusvalía que le corresponde al capital. Por tanto, si su tiempo de trabajo necesario representa 20 tál. = una parte alícuota determinada del producto, el capitalista, si la ganancia es del 10 por ciento, le vende la mercancía a 22 tál.
Así opina Proudhon, y concluye de ello que el obrero no puede volver a comprar su producto, es decir, la parte alícuota del producto total que objetiva su trabajo necesario. (Sobre su otra conclusión, que por eso el capital no puede cambiar adecuadamente y que por eso hay sobreproducción, volveremos enseguida.) Digamos, para hacer el asunto palpable, que los 20 tál. del obrero = 4 fanegas de trigo. Según esto, el obrero (si 20 tál. son el valor de las 4 fanegas expresado en dinero y el capitalista las vende por 22) no podría volver a comprar sus 4 fanegas, o solo podría comprar 3 7/11 fanegas. En otras palabras, uno se imagina que la transacción monetaria falsea la relación. 20 tál. es el precio del trabajo necesario = 4 fanegas; y esto es lo que el capitalista da al obrero; pero en cuanto este quiere tener las 4 fanegas por sus 20 tál., solo recibe 3 7/11. Como con ello no recibiría el salario necesario, no podría vivir en absoluto, y así el señor Proudhon demuestra demasiado.
❲Que en la práctica el capital intente estafar el trabajo necesario, tanto como tendencia general como directamente a través del precio, como por ejemplo en el sistema de pago en especie [Trucksystem]10, y rebajarlo por debajo de su escala, tanto la natural como la dada en un estado determinado de la sociedad, no corresponde a este lugar. Aquí hemos de suponer en todo momento que se paga el salario económicamente justo, es decir, determinado por las leyes generales de la economía. Las contradicciones tienen que seguirse aquí de las relaciones generales mismas, no de las trampas de los capitalistas singulares. Cómo se configura esto después en la realidad corresponde a la teoría del salario.❳
Pero el presupuesto es, con perdón, falso. Si 5 tál. expresan el valor de una fanega, es decir, el tiempo de trabajo objetivado en ella, y 4 fanegas el salario necesario, el capitalista A no vende estas 4 fanegas, como cree Proudhon, a 22, sino a 20 tál. Pero el asunto es este: sea el producto total (incluidos el tiempo de trabajo necesario y el tiempo de plustrabajo) 110 tál. = 22 fanegas; de ellas, 16 fanegas = 80 tál. representan el capital desembolsado en simiente, maquinaria, etc.; 4 fanegas = 20 tál., el tiempo de trabajo necesario; 2 fanegas = 10 tál., el tiempo de plustrabajo. El capitalista vende cada fanega a 5 táleros, el valor necesario de la fanega, y sin embargo gana en cada fanega el 10 por ciento, o 5/10 tál., 1/2 tál. = 15 sgr. ¿De dónde sale esto? De que vende 22 × 5 en lugar de 20 × 5. Podemos poner aquí = 0 el capital que tiene que desembolsar de más para producir 2 fanegas más, ya que pueden resolverse en puro plustrabajo: arar más a fondo, arrancar las malas hierbas, hacer acarrear estiércol animal que quizá no le cueste nada, etc. ||28| El valor contenido en las 2 fanegas excedentes no le ha costado nada; forma, por tanto, un excedente sobre sus desembolsos. Que de las 22 fanegas venda 20 por lo que le han costado, por 100 tál., y 2, que no le han costado nada (pero cuyo valor = el trabajo contenido en ellas), por 10 tál., es para él lo mismo que vender cada fanega a 15 sgr. más de lo que le ha costado. (A 1/2 tál. o 10 por ciento sobre 5 tál. = 5/10.) Así pues, aunque en las 4 fanegas vendidas al obrero gana 2 táleros, el obrero recibe la fanega a su valor necesario. Solo gana 2 tál. con ellas porque, además de estas 4 fanegas, vende otras 18 al mismo precio. Si solo vendiera 16, no ganaría nada, pues en total vendería entonces: 5 × 20 = 100, su capital desembolsado.
En la manufactura también es posible, de hecho, que los desembolsos del capital no crezcan para que el [capitalista] venda una plusvalía; es decir, no es necesario que crezca el desembolso en materia prima y maquinaria. Supón que el mismo producto, por mero trabajo manual (puesta como constante la masa de materia prima e instrumento necesaria), recibe un acabado [finish] superior, un valor de uso superior, y que por tanto el valor de uso del producto crece no porque se aumente su cantidad, sino su calidad, por el mayor trabajo manual empleado en él. Su valor de cambio (el trabajo objetivado en él) crece simplemente en proporción a este trabajo. Si el capitalista vende entonces un 10 por ciento más caro, la parte alícuota del producto que representa el trabajo necesario se paga al obrero expresada en dinero, y si el producto pudiera dividirse, el obrero podría comprar esta parte alícuota. La ganancia del capitalista no procedería de que le recargara esta parte alícuota, sino de que en el todo vende una parte alícuota que no ha pagado y que representa precisamente tiempo de plustrabajo. El producto como valor siempre es divisible; en su forma natural no tiene por qué serlo. La ganancia procede aquí siempre de que el valor entero contiene una parte alícuota que no está pagada y de que, por tanto, en cada parte alícuota del todo se paga una parte alícuota de plustrabajo. Así en el ejemplo de arriba. Cuando el capitalista vende 22 fanegas, es decir, 2 que representan plustrabajo, es lo mismo que si en cada fanega vendiera 1/10 de fanega de más, es decir, 1/10 de plusvalía. Si, por ejemplo, solo se ha producido 1 reloj, con la misma relación de trabajo, capital y plusvalía, la calidad del reloj se ha elevado, por 1/10 de tiempo de trabajo, en 1/10 de valor que al capitalista no le cuesta nada.
Tercer caso: que el capitalista, como ocurre casi siempre en la manufactura (aunque no en la industria extractiva), necesite más materia prima (el instrumento queda constante; aunque no cambia nada si también se pone como variable) en la que se objetive el tiempo de plustrabajo. (Esto todavía no corresponde propiamente a este lugar, ya que aquí puede o debe suponerse igualmente que el capital produce también la materia prima, por ejemplo el algodón, y que la producción adicional tiene que resolverse en algún punto en mero plustrabajo o, más bien, lo que es lo real, presupone el plustrabajo simultáneo en todos los puntos de la circulación.) Supongamos que hila 25 libras de algodón, que le cuestan 50 tál., para lo que necesita maquinaria (que supondremos consumida por completo en el proceso de producción) por 30 tál. y salario por 20 tál., y obtiene 25 libras de hilo [Twist], que vende por 110. Vende entonces la libra de hilo a 4 2/5 tál., o 4 tál. 12 sgr. El obrero, pues, si quiere volver a comprar, recibe 4 6/11 libras de hilo. Si el obrero trabajara para sí, también vendería la libra a 4 tál. 12 sgr. y no obtendría ganancia (suponiendo que solo realizara el trabajo necesario); pero hilaría menos algodón.
/29/ Como sabemos, el valor de una libra de hilo consiste exclusivamente en la cantidad de tiempo de trabajo objetivado en ella. Supón ahora que el valor de la libra de hilo = 5 tál. Supuesto que 4/5, es decir, 4 tál., representan algodón, instrumento, etc., 1 tál. representa el trabajo realizado en el algodón mediante el instrumento. Si el obrero, para vivir de hilar, necesita, digamos, 20 tál. al mes, tendría que hilar 20 libras de hilo, ya que por hilar una libra de hilo gana 1 tál. pero tiene que ganar 20. Si poseyera él mismo algodón, instrumento, etc., y trabajara para sí mismo, es decir, si fuera su propio patrón, tendría que vender 20 libras de hilo; como de cada una solo ganaría 1/5, un tálero, y 1 × 20 = 20. Si lo hace trabajar el capitalista, el trabajo que hila 20 libras de algodón solo representa el trabajo necesario; pues, según el presupuesto, de las 20 libras de hilo, o 20 × 5 = 100 tál., 80 tál. representan solo el algodón y el instrumento comprados, y el valor nuevamente reproducido no es nada más que el trabajo necesario. De las 20 libras de hilo, 4 libras = 20 tál. representarían el trabajo necesario y 16 nada más que la parte constante del capital. 16 × 5 = 80 tál. En cada libra más que el capitalista haga trabajar por encima de las 20, 1/5 es plustrabajo, plusvalía para él. (Trabajo objetivado que vende sin haberlo pagado.) Si hace hilar 1 libra más, gana 1 tál.; 10 libras más, 10. Sobre 10 libras o 50 tál., el capitalista tendría 40 tál. como reposición de sus desembolsos y 10 tál. de plustrabajo; u 8 libras de hilo para comprar el material para 10 (maquinaria y algodón) y 2 libras de hilo, o su valor, que no le cuestan nada. Si juntamos ahora la cuenta del capitalista, encontramos que ha desembolsado
| Tál. | Tál. | Tál. | Tál. | ||
|---|---|---|---|---|---|
| Sala- | Plus- | ||||
| rio | valía | ||||
| 80 + 40 = | 120 | (materia prima, instrumento, etc.) | 20 | 10 | |
| 120 | 20 | 10 = | 150. |
Ha producido en total 30 libras de hilo (30 × 5 = 150); la libra a 5 tál., el valor exacto de la libra, es decir, determinado puramente por el trabajo objetivado en ella y derivando su valor solo de este. De estas 30 libras, 24 representan capital constante, 4 libras van a salario y 2 forman la plusvalía. Esta plusvalía, calculada, como hace el capitalista, sobre su desembolso total, que asciende a 140 tál. (o 28 libras), forma 1/14 = 7 1/7 por ciento (aunque en el ejemplo dado la plusvalía asciende al 50 por ciento respecto al trabajo).|
|30| Supongamos que la productividad del trabajo crece de modo que, con el mismo desembolso en trabajo, es capaz de hilar 40 libras. Según nuestro presupuesto, vendería estas 40 libras a su valor real, a saber, la libra a 5 tál., de los que 4 tál. representan trabajo objetivado en algodón, etc., y 1 tál. trabajo nuevamente añadido. Vendería, pues,
| Tál. | Tál. | ||
|---|---|---|---|
| 40 lb. - la lb. a 5 = 40 × 5 | = | 200; | de estas 40 lb. se descontarían |
| 20 lb. por trabajo necesario, etc. | = | 100 | |
| ‒‒‒‒ | |||
| 100. | En las primeras 20 libras no habría ganado ni 1 farthing; | ||
| de las cien restantes se descontarían | |||
| 4/5 = 4 × 20 = 80. | |||
| 80 | por material, etc. Quedarían: | ||
| ‒‒‒‒ | |||
| 20 | tál. |
Sobre un desembolso de 200 tál. el capitalista habría ganado 20, o el 10 por ciento. El 10 por ciento sobre el desembolso total; pero en realidad 20 sobre los 2os cien táleros, o sobre las 2as 20 libras, en las que no ha pagado el trabajo objetivado. Supón ahora que es capaz de hacer el doble, digamos
| Lb. | Tál. | |
|---|---|---|
| 80....................................... | 400. | De estas se descuentan 20 lb. por |
| 20 por trabajo necesario, etc. = | 100. | Quedan |
| ‒‒‒‒ | ||
| 300. | De estas se descuentan por | |
| material, etc., 4/5. | ||
| 240. | Quedan | |
| ‒‒‒‒ | ||
| 60; | Una ganancia de 60 sobre 400 | |
| es = 6 sobre 40 = 15 por ciento. |
De hecho [In fact], en el ejemplo de arriba el desembolso del capitalista es solo de 180; sobre este gana 20, o el 11 1/9 por ciento.
Cuanto menor se vuelve la parte del desembolso que representa el trabajo necesario, tanto mayor es la ganancia, aunque no esté en ninguna relación evidente con la plusvalía real, es decir, con el plustrabajo. Por ejemplo, para que el capitalista gane el 10 por ciento tiene que hilar 40 libras de hilo; el obrero solo necesita hilar 20 = trabajo necesario. El plustrabajo = el necesario, 100 por ciento de plusvalía. Esta es nuestra vieja ley. Pero no es el asunto de que aquí se trata.
En el ejemplo de arriba de las 40 libras, el valor real de la libra es de 5 táleros, y el obrero, si llevara su propio negocio como obrero que pudiera adelantarse a sí mismo los anticipos para poder valorizar la materia prima, etc., lo suficiente para poder vivir como obrero, vendería la libra a 5 táleros, igual que el capitalista. Pero solo produciría 20 libras y emplearía del producto de su venta 4/5 en mantener nueva materia prima y 1/5 en vivir. De los 100 tál. solo sacaría su salario. La ganancia del capitalista no procede de que venda la libra demasiado cara (la vende a su valor exacto), sino de que la vende por encima de los costes de producción que le supone a él (no de los que supone en sí; pues ese 1/5 le cuesta al obrero el plustrabajo). Si vendiera por debajo de 5 tál., vendería por debajo del valor, y el comprador tendría gratis el 1/5 de trabajo que hay en cada libra de hilo por encima de los desembolsos, etc. Pero el capitalista calcula así:
| Valor de | 1 libra = | 5 | tál. |
|---|---|---|---|
| de | 40 libras = | 200 | tál.; de ahí se descuentan costes: |
| 180 | |||
| ‒‒‒‒ | |||
| 20. | Quedan 20. No calcula |
que gana 20 sobre los ||31| 2os 100 tál., sino que gana 20 sobre todo su desembolso de 180… Esto le da una ganancia del 11 1/9 por ciento en vez del 20. Además calcula que, para obtener esta ganancia, tiene que vender 40 libras. 40 libras a 5 táleros no le dan 1/5, o el 20 por ciento, sino 20 tál. repartidos entre 40 libras, o 1/2 tál. por libra. Sobre el precio al que vende la libra gana, sobre 5 tál., 1/2 tál.; o sobre 10 tál., 1; el 10 por ciento sobre el precio de venta. El precio está determinado por el precio de la unidad alícuota (1 libra) × el número al que se vende; aquí 1 libra a 5 tál. × 40. Por acertada que sea esta determinación del precio para el bolsillo del capitalista, es igual de apta para inducir a error teóricamente, ya que ahora parece como si en cada libra singular tuviera lugar un recargo sobre el valor real, y el origen de la plusvalía de la libra singular se ha vuelto invisible. Esta determinación del precio por la multiplicación del valor de la unidad (medida) del valor de uso (libra, vara, quintal, etc.) por el número de estas unidades que se ha producido es importante más adelante en la teoría de los precios. De ella se sigue, entre otras cosas, que la baja del precio de la unidad y el aumento de su número (que se producen con el crecimiento de las fuerzas productivas) muestran que la ganancia sube en relación con el trabajo, o que la proporción del trabajo necesario respecto del plustrabajo baja; no lo contrario, como cree el señor Bastiat, etc. Si, por ejemplo, el trabajo creciera por la productividad de modo que el obrero produjera en el mismo tiempo el doble de libras que antes (suponiendo que 1 libra de hilo, por ejemplo, le preste exactamente el mismo servicio cueste lo que cueste, y que solo necesitara para vivir hilo, ropa), en 20 libras de hilo el valor añadido por el trabajo ya no ascendería a 1/5, sino solo a 1/10, porque transformaría las 20 libras de algodón en hilo en 1/2 del tiempo. A los 80 táleros que cuesta la materia prima ya no se añadirían 20 tál., sino solo 10. Las 20 libras costarían 90 tál. y la libra 90/20 o 4 9/20 tál. Pero si el tiempo de trabajo total siguiera siendo el mismo, el trabajo transformaría ahora en hilo 80 libras de algodón en vez de 40. 80 libras de hilo, la libra a 4 9/20 tál., = 356 tál. La cuenta del capitalista sería: ingreso total, 356 tál.; menos por trabajo, etc.:
| 90 | ||
|---|---|---|
| ‒‒‒‒ | ||
| 266. | De ahí se descontaría por desembolsos, etc. | |
| 239 | 17/89 | |
| ‒‒‒ | ‒‒ | |
| 26 | 72/89. | La ganancia del capitalista, pues, 26 72/89 en vez de 20. |
| Digamos 27, lo que es algo de más (17/89 de más). Su | ||
| desembolso total, 330; más del 12 por ciento, aunque | ||
| en la libra singular tendría menos ganancia. |
La ganancia del capitalista sobre el valor de la medida (unidad) del valor de uso (libra, vara, quarter, etc.) disminuye en la proporción en que disminuye la proporción del trabajo vivo respecto de la materia prima, etc. (del trabajo nuevamente añadido); es decir, cuanto menos tiempo de trabajo hace falta para dar a la materia prima la forma que expresa la unidad. Vara de paño, etc. Pero, por otro lado (puesto que esto es idéntico a la mayor productividad del trabajo, o al crecimiento del tiempo de plustrabajo), crece el número de estas unidades en las que está contenido tiempo de plustrabajo, es decir, tiempo de trabajo por el que no paga.
Del razonamiento anterior se desprende además que el precio puede caer por debajo del valor y el capital puede seguir teniendo ganancia; solo que tiene que vender un número x por la unidad que forme un excedente sobre el número × [por] la unidad que forma el precio necesario del trabajo. Si la proporción del trabajo respecto de la materia prima, etc., es de 1/5, puede vender, por ejemplo, solo a 1/10 ||32| por encima del valor constante, ya que el plustrabajo no le cuesta nada. Regala entonces al consumidor 1/10 del plustrabajo y solo valoriza 1/10 para sí. Esto es muy importante en la competencia; Ricardo, sobre todo, lo pasa por alto. La determinación del precio tiene por fundamento la determinación del valor; pero se añaden elementos nuevos. El precio, que al principio solo aparece como el valor expresado en dinero, se sigue determinando como magnitud específica él mismo. Si 5 tál. son el valor de una libra de hilo, es decir, si en una libra de hilo está contenido el mismo tiempo de trabajo que en 5 tál., no cambia nada en esta determinación del valor el que se tasen 4 × o 4 millones de veces libras de hilo. El momento del número de libras, porque expresa en otra forma la proporción del plustrabajo respecto del necesario, se vuelve decisivamente importante en la determinación del precio. En la cuestión de la ley de las diez horas11, etc., se hizo popularmente palpable este asunto.
De lo anterior resulta además:
El obrero solo hilaría 20 libras de hilo, solo valorizaría materia prima, maquinaria, etc., por valor de 80 tál. al mes, en cuanto que se limitaría al trabajo necesario. El capitalista, además de la materia prima, maquinaria, etc., necesarias para la reproducción, la autoconservación del obrero, tiene que desembolsar necesariamente capital en materia prima (y maquinaria, aunque no en la misma proporción) para la objetivación del plustrabajo. (En la agricultura, la pesca, en una palabra, en las industrias extractivas, esto no es absolutamente necesario; pero siempre lo es en cuanto se explotan a gran escala, es decir, industrialmente; aparece entonces como desembolso adicional no en la materia prima misma, sino en los instrumentos para obtenerla.) Estos desembolsos excedentes (es decir, el ofrecimiento del material para el plustrabajo, de los elementos objetivos de su realización) son propiamente los que forman la llamada acumulación previa específica del capital; la acumulación de la reserva (digámoslo así de momento) específica del capital. Pues es absurdo, como veremos más de cerca, considerar como específico del capital que tengan que existir en general las condiciones objetivas del trabajo vivo, ya sean suministradas por la naturaleza o producidas históricamente. Estos anticipos [Advances] específicos que hace el capital no significan nada más que esto: que valoriza el plustrabajo objetivado (el plusproducto) en nuevo plustrabajo vivo, en lugar de invertirlo (gastarlo), como, por ejemplo, los reyes egipcios o los aristócratas-sacerdotes etruscos, en pirámides, etc.
En la determinación del precio (como veremos también con la ganancia) se añade además el engaño, la estafa recíproca. Uno puede ganar en el cambio lo que el otro pierde; solo pueden repartirse entre sí la plusvalía: el capital como clase. Pero las proporciones abren un campo a la astucia individual, etc. (aparte de la demanda y la oferta), que no tiene nada que ver con la determinación del valor como tal.
Así pues, nada del descubrimiento del señor Proudhon de que el obrero no puede volver a comprar su producto. Se basa en que él (P[roudhon]) no entiende nada ni de la determinación del valor ni de la del precio. Pero, aun prescindiendo de esto, su conclusión de que por eso hay sobreproducción es falsa en esta abstracción. En la relación de esclavitud no se produce ninguna molestia [gêne] para los señores porque los trabajadores no compitan con ellos como consumidores. (La producción de lujo, tal como aparece entre los antiguos, es, sin embargo, resultado necesario de la relación de esclavitud. No sobreproducción, sino sobreconsumo y consumo demente, que, desbordándose en lo monstruoso y lo extravagante, señala el hundimiento del viejo sistema de Estados.)
El capital, después de salir del proceso de producción como producto, tiene que convertirse de nuevo en dinero. El dinero, que antes solo aparecía como mercancía realizada, etc., aparece ahora como capital realizado, o el capital realizado como dinero. Esta es una nueva determinación del dinero (como del capital). Que la masa del dinero como medio de circulación no tiene nada que ver con la dificultad de realizar, es decir, de valorizar el capital se desprende ya del desarrollo anterior. |
|33| Supón, en el ejemplo de arriba, en el que el capitalista, si vende la libra de hilo a 5 tál. (a saber, 40 libras a 5 tál. [cada una]), vende, por tanto, la libra de hilo a su valor real y gana con ello 1/2 tál. sobre 5 (el precio de venta), el 10 por ciento sobre el precio de venta, o 1/2 sobre 4 1/2, es decir, el 11 1/9 por ciento sobre su desembolso, que solo vende al 10 por ciento: que solo toma 9/20 tál. de ganancia sobre 4 1/2 tál. (esto es 1/20 de diferencia respecto de 1/2 sobre 4 1/2 tál.; justamente la diferencia del 1 1/9 por ciento). Vende, pues, la libra a 4 1/2 tál. + 9/20 tál.; es decir, a 4 19/20 tál., o las 40 libras a 198 tál. Son posibles entonces distintos casos. El capitalista con el que cambia (al que vende sus 40 libras), supón que es propietario de minas de plata, es decir, productor de plata, solo le paga 198 táleros; le da, pues, 2 táleros de menos de trabajo objetivado en plata por el trabajo objetivado en 40 libras de hilo. Supuesto que en este capitalista B las proporciones de los desembolsos sean exactamente las mismas, etc. Si el capitalista B también toma solo 10 en vez de 11 1/9, por 200 tál. no podría pedir 40 libras de hilo, sino solo 39 3/5. Es, pues, imposible que ambos capitalistas se vendan a la vez un 1 1/9 por ciento demasiado barato; o bien uno ofrecería 40 libras por 198 tál. y el otro ofrecería 200 tál. por 39 3/5 libras, un caso que no puede darse. El capitalista B, en el caso supuesto, habría pagado un 1 1/9 por ciento de menos al comprar las 40 libras de hilo; es decir, además de la ganancia que no obtiene en el cambio, sino que en el cambio solo se confirma, una ganancia del 11 1/9 por ciento, habría ganado por la pérdida del otro capitalista un 1 1/9 por ciento más, o el 12 2/9 por ciento. Con sus propios obreros (con el trabajo puesto en movimiento por su propio capital) habría ganado el 11 1/9 por ciento; el 1 1/9 por ciento de más es plustrabajo de los obreros del capitalista A, que se apropia él. La tasa general de ganancia puede, pues, caer en una u otra rama de negocio porque la competencia, etc., obligue al capitalista a vender por debajo del valor, es decir, a valorizar una parte del plustrabajo no para sí, sino para sus compradores. Pero la tasa general no puede caer así; solo puede caer porque la proporción del plustrabajo respecto del necesario cae relativamente, y esto, como hemos visto antes, ocurre cuando la proporción es ya muy grande o, dicho de otro modo, cuando la proporción del trabajo vivo puesto en movimiento por el capital es muy pequeña: cuando la parte del capital que se cambia por trabajo vivo es muy pequeña frente a la que se cambia por maquinaria y materia prima. La tasa general de ganancia puede caer entonces aunque el plustrabajo absoluto suba. Con ello llegamos también a otro punto. Una tasa general de ganancia solo es posible en general porque la tasa de ganancia es demasiado grande en una rama de negocio y demasiado pequeña en otra; es decir, porque una parte de la plusvalía (la que corresponde al plustrabajo) se transfiere de un capitalista a otro. Si en 5 ramas de negocio, por ejemplo, la tasa de ganancia es respectivamente a b c d e 15, 12, 10, 8, 5 por ciento, la tasa media es del 10 por ciento; pero para que esta exista en la realidad, los capitalistas A y B tienen que ceder el 7 por ciento a D y E, a saber, 2 a D y 5 a E, mientras que en C las cosas siguen como estaban. La igualdad de la tasa de ganancia sobre el mismo capital de 100 es imposible, puesto que las proporciones del plustrabajo son del todo distintas según la productividad del trabajo y la proporción entre materia prima, maquinaria y salario, y según el volumen en que haya que producir en general. Pero, supuesto que la rama de negocio e sea necesaria, por ejemplo la de los panaderos [bakers], hay que pagarle el 10 por ciento medio. Pero esto solo puede ocurrir si a y b dejan que una parte de su plustrabajo redunde en beneficio de e. La clase capitalista reparte así hasta cierto punto la plusvalía total de modo que, hasta cierto grado [to a certain degree], [participa en ella] por igual en proporción a la magnitud de su capital, en lugar de según las plusvalías realmente creadas por los capitales en las distintas ramas de negocio. La ganancia mayor (que surge del plustrabajo real dentro de una rama de producción, de la plusvalía realmente creada) es rebajada al nivel por la competencia, y el menos de plusvalía en la otra rama de negocio es elevado al nivel por la retirada de capitales de ella, es decir, por una relación favorable de demanda y oferta. La competencia no puede rebajar este nivel mismo, sino que solo tiene la tendencia a crear tal nivel. Lo demás corresponde a la sección sobre la competencia. Esto se realiza mediante la proporción de los precios en las distintas ramas de negocio, que en unas caen por debajo de su valor y en otras suben por encima de él. De ahí surge la apariencia de que la misma suma de capital crea en ramas de negocio desiguales el mismo plustrabajo o la misma plusvalía. ||34| Supuesto, en el ejemplo de arriba, que el capitalista A, digamos que obligado por la competencia, venda con un 10 por ciento de ganancia en vez de un 11 1/9 y, por tanto, venda la libra de hilo 1/20 tál. demasiado barata, el obrero, según el presupuesto, seguiría recibiendo como antes 20 tál., en dinero su salario necesario; pero en hilo recibiría, en vez de 4 libras, 4 4/99 libras. Comparado con el hilo, recibiría por encima de su salario necesario 4/20 tál. = 1/5 tál., o 6 sgr., es decir, el 1 por ciento sobre su salario. Si el obrero trabaja en una rama de negocio cuyo producto está enteramente fuera de la esfera de su consumo, no gana ni un farthing con esta operación, sino que para él la cosa es que realiza una parte de su plustrabajo, en vez de directamente para el capitalista A, indirectamente para el capitalista B, es decir, por mediación del capitalista A. Solo puede ganar algo con el hecho de que el capitalista A ceda gratis una parte del trabajo objetivado en su producto si él mismo es consumidor de este producto, y solo en el grado en que lo es. Así, si su consumo de hilo asciende a 1/10 de su gasto, gana exactamente [exactly] 1/50 tál. con la operación (2/100 tál. sobre 2 tál., 1/100 sobre 1, exactamente el 1 por ciento sobre los 2 tál.), es decir, el 1/10 por ciento sobre su salario total de 20 tál., o 7 1/5 pfennigs. Esta sería la proporción (7 1/5 pfennigs) en que participaría en su propio plustrabajo de 20 tál. Y a tales proporciones se reduce el plussalario que el obrero obtiene, en el mejor de los casos, por la caída del precio, por debajo del valor necesario, en la rama de negocio en la que él mismo está ocupado. En el mejor de los casos (y es imposible), el límite [limit] es (en el caso indicado) de 6 sgr., o el 1 por ciento, es decir, si pudiera vivir exclusivamente de hilo; es decir, en el mejor de los casos su plussalario está determinado por la proporción del tiempo de trabajo necesario respecto del tiempo de plustrabajo. En las industrias de lujo propiamente dichas, de cuyo consumo él mismo está excluido, es siempre = 0. Supongamos ahora que los capitalistas A, B, C cambian entre sí; en todos el producto total = 200 tál. A produce hilo, B trigo y C plata; las proporciones de plustrabajo y trabajo necesario, y de desembolsos y ganancia, son exactamente las mismas. A vende 40 libras de hilo a 198 en vez de a 200 tál. y pierde el 1 1/9 por ciento de ganancia; ídem B sus, digamos, 40 fanegas de trigo a 198 en vez de a 200; pero C cambia íntegramente su trabajo objetivado en los 200 táleros. Entre A y B la relación es tal que, si cada uno cambiara íntegramente con el otro, ninguno pierde. A recibiría 40 fanegas de trigo, B 40 libras de hilo; pero cada uno solo un valor de 198. C recibe por 198 tál. 40 libras de hilo o 40 bushels de trigo, y paga en ambos casos 2 tál. de menos, o recibe de más 2/5 de libra de hilo o 2/5 de bushel de trigo. Pero supón que la relación se configura de modo que A vende sus 40 libras por 200 tál. al hombre de la plata C, pero este tiene que pagar 202 al hombre del trigo B, o B recibe 2 tál. por encima de su valor. Entre el hilo A y la plata C todo va bien [all right]; ambos cambian valor por valor; pero, como [en] B el precio ha subido por encima de su valor, las 40 libras de hilo y los 200 tál. de plata, expresados en trigo, han caído un 1 1/9 por ciento; o bien ambos, de hecho, con los 200 tál. ya no podrían comprar 40 bushels de trigo, sino solo 39 61/101. 39 61/101 bushels de trigo costarían 200 tál., o el bushel de trigo, en vez de 5 tál., 5 1/20 tál.; 5 tál. 1 1/2 sgr. Supón ahora, en esta última relación, que el consumo del obrero consiste en 1/2 en trigo; su consumo de hilo era 1/10 de su ingreso; su consumo de trigo, 5/10. En el 1/10 ganaba el 1/10 por ciento sobre su salario total; en el trigo pierde 5/10; pierde, pues, en total 4/10 por ciento en vez de ganar. Aunque el capitalista le hubiera pagado su trabajo necesario, su salario caería por debajo del salario necesario a consecuencia del recargo del hombre del trigo B. Si esto continuara, su salario necesario tendría que subir. Así pues, si la venta del hilo por el capitalista A procede de una subida de los precios del trigo o de otros valores de uso que forman la parte más esencial del consumo del obrero por encima de su valor, el obrero del capitalista A pierde en la misma proporción en que su consumo del producto encarecido es mayor que el del producto más barato producido por él mismo. Pero si el hilo A hubiera vendido un 1 1/9 por ciento por encima de su valor y el trigo B un 1 1/9 por ciento por debajo, el obrero, si solo consumiera trigo, no podría ganar en el mejor de los casos más de 6 sgr., o, como hemos supuesto que [consume] la mitad en trigo, solo 3 sgr., o el 1/2 por ciento ||35| sobre su salario de 20 tál. Pueden darse, pues, para el obrero los 3 casos: su ganancia o pérdida en la operación = 0; puede depreciar su salario necesario, de modo que ya no alcance, es decir, hacerlo caer por debajo del mínimo necesario; puede, en 3er lugar, procurarle un plussalario que se resuelve en una participación extremadamente pequeña [extremely small] en su propio plustrabajo.
Hemos visto más arriba que, si la proporción del trabajo necesario respecto de las demás condiciones de producción = 1/4 (20 de 100 de desembolso total) o = el 20 por ciento del valor total (en 20 libras de hilo = 4 libras de hilo) (o, de 100 tál., 80 materia prima e instrumento, 20 trabajo) y la proporción del plustrabajo respecto del necesario es del 100 por ciento (a saber, la misma cantidad), el capitalista obtiene el 11 1/9 por ciento sobre su desembolso.
Si solo tomara el 10 por ciento y regalara a los consumidores el 1 1/9, o 2 tál. (les transfiriera plusvalía), el obrero, en la medida en que es consumidor, también ganaría, y en el mejor caso (imposible), en que solo viviera de los productos de su patrón [master], como hemos visto, [ocurriría lo siguiente:]
| 1 1/9 por ciento | 1 por ciento = 6 sgr. | |
|---|---|---|
| (= 2 tál.) pérdida | sobre 20 tál. | |
| por parte del | ganancia sobre el | |
| capitalista | salario para | |
| el obrero | ||
| Supuesto que el capitalista vendiera la | ||
| libra de hilo, en vez de a 5 tál., a 4 15/20 | ||
| (4 3/4), el obrero ganaría | ||
| en la libra 5/20 y en las | ||
| [4] lb.12 20/20 = 1; pero 1 sobre 20 | ||
| = 1/20 = 5 por ciento; (1 tál. sobre 20); el | = 1 tál. | |
| capitalista vendería las 40 lb. | ||
| a 4 15/20 tál. = 95/20 tál. | ||
| × 40 = 190 tál.; sus desembolsos, | ||
| 180; su ganancia = 10 = 5 5/9 [por ciento], | 5 5/9 | |
|36| Si, en cambio, el capitalista hubiera aumentado el salario un 10 por ciento, de 20 a 22 tál., por ejemplo porque en su rama de negocio la demanda de trabajo hubiera subido por encima de la oferta, mientras sigue vendiendo como antes la libra de hilo a su valor, es decir, a 5 tál., su ganancia solo habría caído 2 tál., de 20 a 18, es decir, un 1 1/9 por ciento, y seguiría siendo del 10 por ciento.
De aquí se sigue que, si el capitalista, por ejemplo por consideración al señor Proudhon, vendiera sus mercancías a los costes de producción que a él le suponen, y su ganancia total fuera = 0, esto solo sería una transferencia de la plusvalía o del tiempo de plustrabajo del capitalista A a B, C, D, etc., y, respecto de su obrero, en el mejor de los casos la ganancia (es decir, su participación en su propio plustrabajo) se limitaría a la parte del salario que consume en la mercancía depreciada; y si gastara todo su salario en ella, no podría ser mayor que la proporción en que está el trabajo necesario respecto del producto total (en el ejemplo de arriba [20/200]13, 1/10, 1/10 sobre 20 = 2 tál.). Respecto de los obreros ajenos el caso es exactamente el mismo; ganan con la mercancía depreciada solo en la proporción 1) en que la consumen; 2) en proporción a la magnitud de su salario, que está determinada por el trabajo necesario. Si la mercancía depreciada fuera, por ejemplo, el trigo (uno de los sostenes de la vida [one of the staffs of life]), primero su productor, el arrendatario, y luego todos los demás capitalistas harían el descubrimiento de que el salario necesario del obrero ya no es el salario necesario, sino que está por encima de su nivel; por tanto, se rebajaría; por tanto, en definitiva solo aumentarían la plusvalía de los capitales a, b, c, etc., y el plustrabajo de los ocupados en ellos.
Supongamos 5 capitalistas A, B, C, D y E. E produce una mercancía que solo consumen los obreros. E realizaría entonces su ganancia puramente mediante el cambio de su mercancía por salario; pero esta no procedería, como en otros casos, del cambio de su mercancía por el dinero de los obreros, sino del cambio de su capital con el trabajo vivo. Supongamos que el trabajo necesario es en las 5 ramas de negocio 1/5; que el plustrabajo es 1/5 en todas; que el capital constante es en todas = 3/5. El capitalista E cambia su producto por 1/5 del capital a, 1/5 del capital b, 1/5 del capital c, 1/5 del capital d, y 1/5 constituye su propio salario. Con este último 1/5 no obtendría ninguna ganancia, como hemos visto; o más bien [rather], su ganancia no procedería de que da a los obreros 1/5 de su capital en dinero y ellos le vuelven a comprar el mismo 1/5 como producto; no procedería del cambio con ellos como consumidores o centros de la circulación. Con ellos como consumidores de su producto, toda su transacción se basa en que les da su producto en la forma del dinero y ellos le devuelven el mismo dinero por exactamente la misma parte alícuota del producto. Con los obreros de A, B, C, D no está en la relación de capitalista con obrero, sino de M con D, de vendedor con comprador. Según el presupuesto, los obreros de A, B, C, D no consumen nada de los productos de sus patronos; E, ciertamente, cambia un 1/5 del producto de A, B, C y D, es decir, 4/5 de su producto; pero este cambio no es, dando un rodeo, más que el salario que A, B, C y D pagan a sus propios obreros. Dan a los obreros dinero, cada uno por valor de 1/5 de su producto, o 1/5 de su producto como pago del trabajo necesario, y estos compran con él, con 4/5 del valor de su producto o capital, la mercancía de E. Este cambio con E es, pues, solo una forma indirecta en la que adelantan la parte del capital que representa trabajo necesario, es decir, una deducción de su capital. No pueden, pues, ganar con ello. La ganancia procede de la valorización de los 4/5 restantes de los capitales a, b, c, d, y esta valorización consiste precisamente en que cada uno recupera, mediante el cambio, en otra forma el trabajo objetivado en su producto. 3/5 reponen a cada uno, puesto que entre ellos existe división del trabajo, su capital constante, materia prima e instrumento de trabajo. En la valorización recíproca del último 1/5 consiste su ganancia: la valorización del tiempo de plustrabajo; su posición como plusvalía. No es necesario que los capitales a, b, c, d cambien entre sí íntegramente los 4/5. Puesto que, como capitalistas, son a la vez grandes consumidores y en modo alguno pueden vivir del aire, pero, también como capitalistas, no viven de su trabajo, no tienen nada que cambiar o consumir más que el producto del trabajo ajeno. Es decir, para su consumo cambian precisamente el 1/5 que representa el tiempo de plustrabajo, el trabajo creado por el capital. Supongamos que cada uno consume 1/5 de este 1/5, es decir, 1/25, en la forma de su ||37| propio producto. Quedan entonces 4/25 que hay que valorizar mediante el cambio o convertir en valor de uso para el consumo propio. A cambia 2/25 con B, 1/25 con C, 1/25 con E, y de modo semejante por parte de B, C, E. El caso tal como lo hemos puesto, en el que el capital E realiza íntegramente su ganancia en el cambio por salario, es el más favorable; o, más bien, expresa la única relación correcta en la que es posible que el capital realice en el cambio, por el consumo de los obreros, la plusvalía creada en la producción. Pero en este caso los capitales a, b, c, d solo pueden realizar su valor mediante el cambio entre ellos, es decir, mediante el cambio de los capitalistas entre sí mismos. El capitalista E no consume nada de su propia mercancía, puesto que ha pagado 1/5 de ella a sus propios obreros y ha cambiado 1/5 por 1/5 del capital a, 1/5 por 1/5 del capital b, 1/5 por 1/5 del capital c, 1/5 por 1/5 del capital d. De este cambio A, B, C, D no obtienen ninguna ganancia, ya que es el 1/5 respectivo con el que han pagado a sus propios obreros.
Según la proporción que hemos supuesto, de 2/5 de materia prima, 1/5 de maquinaria, 1/5 de bienes de primera necesidad de los obreros [Arbeiternecessaries] y 1/5 de plusproducto [Surplusproduce], del que a la vez viven los señores capitalistas y realizan su plusvalía, necesitamos, si el producto total de cada uno de A, B, C, D, E = 100, un productor E de bienes de primera necesidad [necessaries] para los obreros, 2 capitalistas A y B que produzcan materias primas para todos los demás, 1 C que produzca la maquinaria y un D que prepare el plusproducto. La cuenta sería así (el constructor de máquinas, etc., tiene que producir cada uno una parte de su mercancía para sí mismo):
| para | Materia | Maqui- | Plus- | ||||||||
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| trabajo | prima | naria | producto | ||||||||
| A) | Fabricantes de | ||||||||||
| materias primas | 20 | ‒ | 40 | ‒ | 20 | ‒ | 20 | = | 100 | 2 1/2 | |
| B) | ídem | 20 | ‒ | 40 | ‒ | 20 | ‒ | 20 | = | 100 | 2 1/2 |
| C) | Constructor de máquinas | 20 | ‒ | 40 | ‒ | 20 | ‒ | 20 | = | 100 | 2 1/2 |
| E) | Bienes de primera | ||||||||||
| necesidad de los obreros | 20 | ‒ | 40 | ‒ | 20 | ‒ | 20 | = | 100 | 2 1/2 | |
| D) | Productor de | ||||||||||
| plusproducto | 20 | ‒ | 40 | ‒ | 20 | ‒ | 20 | = | 100 | ||
| 10 | 20 | 10 | 10 | = | 50 |
E cambia, pues, todo su producto de 100 por el salario: 20 para sus propios obreros, 20 para los obreros de la materia prima A, 20 para los obreros de la materia prima B, 20 para los obreros del fabricante de máquinas C, 20 para los obreros del productor de plusproducto D; a cambio recibe 40 en materia prima, 20 en maquinaria, recupera 20 en artículos de primera necesidad para los obreros [necessaries] y le quedan 20 para la compra de plusproducto, del que vive él mismo. Lo mismo, en proporción, los demás. Lo que constituye su plusvalía es ese 1/5, o 20, que todos ellos pueden cambiar por plusproducto. Si consumieran todo el excedente, al final estarían igual que al principio, y la plusvalía de su capital no crecería. Supongamos que solo consumen 10, o 1/10, la mitad de la plusvalía; entonces el productor de plusproducto D consumiría él mismo 10 menos, y cada uno de los demás 10 menos: en total, solo vendería, pues, la mitad de su mercancía = 50 y no podría volver a empezar su negocio. Supongamos, pues, que solo produce 50 en artículos de consumo. A los 400 tál. que existen en materias primas, máquinas y artículos de primera necesidad para los obreros les corresponden, pues, solo 50 en artículos de consumo para los capitalistas. Pero cada uno de los capitalistas posee ahora un excedente de 10, de los cuales 4 en materia prima, 2 en máquinas, 2 en artículos de primera necesidad para los obreros, sobre los cuales debe ganar 2 (como antes con 80 … 100); D ha ganado 10 sobre sus 40 y puede, por tanto, aumentar su producción en la misma proporción, a saber, en 5. Al año siguiente produce 7 1/2 más = 57 1/2.|
/38/ Este ejemplo puede desarrollarse más adelante o no. En realidad no corresponde aquí. Lo que está claro es que la valorización tiene lugar aquí en el cambio de los capitalistas entre sí, pues, aunque E solo produce para el consumo de los obreros, en la forma del salario obtiene a cambio 1/5 de A, 1/5 de B, 1/5 de C, 1/5 de D, etc. Del mismo modo, A, B, C y D cambian con E: no directamente, pero sí indirectamente, porque cada uno necesita de él 1/5 como artículos de primera necesidad para sus obreros. La valorización consiste en que cada uno cambia su propio producto por partes alícuotas de los productos de los otros 4, y de tal modo que, del plusproducto, una parte se destina al consumo del capitalista y otra se transforma en pluscapital con el que poner en movimiento nuevo trabajo. La valorización consiste en la posibilidad real de una valorización mayor: producción de valores nuevos y mayores. Aquí está claro que, si D y E —de los cuales E representa todas las mercancías consumidas por el obrero y D todas las consumidas por el capitalista— hubieran producido demasiado —es decir, demasiado en relación con la proporción de la parte del capital destinada a los obreros, o demasiado en relación con la parte del capital consumible por los capitalistas ❲demasiado en relación con la proporción en que tienen que aumentar el capital; y esta proporción recibe más tarde un límite mínimo en el interés❳—, se produciría una sobreproducción general, no porque se [consumiera] relativamente demasiado poco de las mercancías que han de consumir los obreros o demasiado poco de las que han de consumir los capitalistas, sino porque se habría producido demasiado de ambas: demasiado no para el consumo, sino para mantener la proporción correcta entre consumo y valorización; demasiado para la valorización.
En otras palabras: en un nivel dado del desarrollo de las fuerzas productivas —(pues este determinará la relación del trabajo necesario con el plustrabajo)— se da una relación fija en la que el producto se divide en una parte correspondiente a materia prima, maquinaria, trabajo necesario y plustrabajo, y, por último, el plustrabajo mismo se divide en una parte que va a parar al consumo y otra que vuelve a convertirse en capital. Esta división interna, conceptual, del capital aparece en el cambio de modo que para el cambio de los capitales entre sí se dan proporciones determinadas y limitadas, aunque cambien constantemente en el curso de la producción. Si las proporciones son, p. ej., de 2/5 materia prima, 1/5 maquinaria, 1/5 salario, 1/5 plusproducto, del cual 1/10 se destina de nuevo al consumo y 1/10 a nueva producción, esta división dentro del capital aparece en el cambio como reparto, digamos [say], entre 5 capitales. En todo caso, con ello están dadas tanto la suma del cambio que puede tener lugar como las proporciones en que cada uno de estos capitales tiene que cambiar y producir. Si la relación del trabajo necesario con la parte constante del capital es, p. ej., como en el ejemplo anterior, = [1/5 : 3/5]14, hemos visto que el capital que trabaja para el consumo de capitalistas y obreros juntos no puede ser mayor que 1/5 + 1/10 de los 5 capitales, cada uno de los cuales representa 1, = 1 1/2 capitales. Del mismo modo está dada la proporción en que cada capital tiene que cambiar con el otro, que representa un momento determinado de él mismo. Por último, en qué proporción tiene que cambiar cada uno en general. Si la proporción, p. ej., de la materia prima es = 2/5, los capitales que producen la materia prima, en algún punto último, solo pueden cambiar siempre 3/5, mientras que 2/5 han de considerarse fijos. (P. ej., como semilla, etc., en la agricultura.) El cambio en sí y para sí da a estos momentos, conceptualmente determinados unos respecto de otros, una existencia indiferente; existen independientemente unos de otros; su necesidad interna aparece en la crisis, que pone fin violentamente a su apariencia de indiferencia recíproca.
Una revolución en las fuerzas productivas, además, altera estas relaciones, cambia estas mismas relaciones, cuyo fundamento —desde el punto de vista del capital y, por tanto, también de la valorización mediante el cambio— sigue siendo siempre la relación del trabajo necesario con el plustrabajo o, si se quiere [if you please], de los distintos momentos del trabajo objetivado con el trabajo vivo. Es posible, como ya hemos indicado antes, que tanto el capital liberado por el aumento de las fuerzas productivas como la capacidad de trabajo viva liberada tengan que quedar ambos ociosos, porque no existen en las proporciones en que tiene que darse la producción sobre la base de las fuerzas productivas recién desarrolladas. Si la producción sigue adelante sin hacer caso de ello, al final tiene que aparecer en el cambio, de un lado o del otro, un menos, una magnitud negativa.
El límite sigue siendo siempre que el cambio —y, por tanto, también la producción— tenga lugar de modo que la relación del plustrabajo con el trabajo necesario siga siendo la misma, pues esto es = a que la valorización del capital siga siendo igual. La segunda relación —la proporción entre la parte del plusproducto consumida por el capital y la que se vuelve a transformar en capital— está determinada por la primera. En primer lugar, la magnitud de la suma que ha de dividirse en estas 2 partes depende de esta relación originaria; en segundo lugar, si la creación de la plusvalía del capital descansa en la creación de plustrabajo, el aumento del capital como capital (la acumulación, y sin ella el capital no puede constituir la base de la producción, pues ||39| quedaría estancado y no sería ningún elemento de progreso, necesario ya por el simple crecimiento de la población, etc.) depende de la transformación de una parte de este plusproducto en nuevo capital. Si la plusvalía se consumiera sin más, el capital no se habría valorizado ni producido como capital, es decir, como valor que produce valor.
Hemos visto que, si 40 libras de hilo por valor de 200 tál. —porque contienen tiempo de trabajo objetivado por 200 tál.— se cambiaran por 198, no solo pierde el fabricante de hilo un 1 1/9 por ciento de ganancia, sino que su producto queda desvalorizado, se vende por debajo de su valor real, aunque se venda a un precio que todavía le deja una ganancia del 10 por ciento. Por otro lado, el productor de plata gana 2 tál. Se queda con 2 tál. como capital liberado. Y, sin embargo, si se considera la suma total, ha tenido lugar una desvalorización. Pues la suma es de 398 tál. en lugar de 400. Pues en manos del productor de plata los 200 tál. de hilo ya solo valen también 198; para él es lo mismo que si la fuerza productiva de su trabajo hubiera aumentado de modo que en 200 tál. siguiera contenido el mismo trabajo objetivado, pero 2 tál. de ellos hubieran pasado de la cuenta de los desembolsos necesarios a la de la plusvalía, como si hubiera pagado 2 tál. menos por trabajo necesario. Lo contrario solo podría ocurrir si el productor de plata fuera capaz de revender a 200 tál. las 40 libras de hilo que ha comprado por 198. Tendría entonces 202 táleros; y digamos que las ha vendido a un fabricante de seda que le ha dado en seda el valor de 200 tál. por las 40 libras de hilo. Las 40 libras de hilo se habrían vendido entonces por su verdadero valor, si no de primera mano por su productor, sí de segunda por su comprador, y la cuenta total quedaría así: se han cambiado 3 productos, cada uno de los cuales contiene trabajo objetivado por valor de 200; por tanto, suma de los valores de los capitales: 600. A, el fabricante de hilo; B, el fabricante de plata; C, el fabricante de seda: A 198, B 202 (a saber, 2 de excedente del primer cambio y 200 en seda), C 200. Suma, 600. En este caso, el valor total de los capitales ha seguido siendo el mismo y solo ha tenido lugar un desplazamiento, al haber cobrado B de más una parte del valor que a A le ha tocado de menos.
Si A, el fabricante de hilo, solo pudiera vender por 180 (lo que la cosa le cuesta a él) y no pudiera dar salida en absoluto a 20 [en] hilo, se habría vuelto sin valor un trabajo objetivado de 20 táleros. Lo mismo ocurriría si diera un valor de 200 por 180 táleros; para B —el fabricante de plata—, en la medida en que esta necesidad hubiera surgido para A de una sobreproducción de hilo y B, por tanto, tampoco pudiera deshacerse del valor contenido en las 40 libras de hilo por más de 180, [B] habría liberado 20 tál. de su capital. Tendría en la mano una plusvalía relativa de 20 tál., pero en suma de valor absoluto —tiempo de trabajo objetivado, en la medida en que es cambiable— seguiría teniendo solo 200: a saber, 40 libras de hilo por 180 y 20 tál. de capital liberado. Para él sería lo mismo que si los costes de producción del hilo hubieran disminuido, es decir, que, gracias al aumento de la fuerza productiva del trabajo, las 40 libras de hilo contuvieran tiempo de trabajo por 20 tál. menos o, si la jornada de trabajo = 4 tál., que hicieran falta 5 jornadas menos para convertir x libras de algodón en 40 libras de hilo; que él, por tanto, tuviera que cambiar menos tiempo de trabajo objetivado en plata por el tiempo de trabajo objetivado en hilo. Pero la suma total de los valores existentes sería de 380 en lugar de 400. Habría tenido lugar, pues, una desvalorización general de 20 tál., o una destrucción de capital por el importe de 20 tál. Tiene lugar, por tanto, una desvalorización general, aunque la depreciación —que el fabricante de hilo venda las 40 libras a 180 en vez de a 200— aparezca necesariamente como una apreciación del lado de la plata, una depreciación del hilo frente a la plata, y aunque una depreciación general de los precios incluya siempre una apreciación del dinero, es decir, de la mercancía en que se tasan todas las demás. En una crisis —una depreciación general de los precios— tiene lugar, pues, al mismo tiempo, hasta cierto momento, una desvalorización general o destrucción de capital. La desvalorización puede ser general, absoluta, y no solo relativa como la depreciación, porque el valor no expresa solo, como el precio, la relación de una mercancía con otra, sino la relación del precio de la mercancía con el trabajo objetivado en ella, o de una cantidad de trabajo objetivado con otra de la misma calidad. Si estas cantidades no son iguales, tiene lugar una desvalorización que no se compensa con una apreciación del otro lado, puesto que el otro lado expresa una cantidad fija de trabajo objetivado, que el cambio no puede alterar. En las crisis generales, esta desvalorización se extiende hasta la propia capacidad de trabajo viva. Según lo indi ||40| cado arriba, la destrucción de valor y de capital que tiene lugar en una crisis coincide —o equivale— con un crecimiento general de las fuerzas productivas, que, sin embargo, no se produce por un aumento real de la fuerza productiva del trabajo (en la medida en que este se dé a consecuencia de las crisis, no corresponde aquí), sino por la disminución del valor existente de las materias primas, las máquinas y la capacidad de trabajo. P. ej., el fabricante de algodón pierde capital en sus productos (el hilo, por ejemplo [f. i.]), pero compra a un precio más bajo el mismo valor en algodón, trabajo, etc. Para él es lo mismo que si el valor real del trabajo, del algodón, etc., hubiera disminuido, es decir, como si se hubieran producido más baratos gracias a una mayor fuerza productiva del trabajo. Del mismo modo, por otro lado, un crecimiento general y repentino de las fuerzas productivas desvalorizaría relativamente todos los valores existentes que objetivan trabajo en un nivel inferior de las fuerzas productivas y, por tanto, destruiría capital existente, igual que capacidad de trabajo existente. El otro lado de la crisis se resuelve en una disminución real de la producción, del trabajo vivo, para restablecer la proporción correcta entre trabajo necesario y plustrabajo, en la que todo descansa en última instancia. (No, pues, en modo alguno, como cree lord Overstone15 —como auténtico usurero que es—, que las crisis se resuelvan simplemente en ganancias enormes para unos y pérdidas tremendas para otros [enormous profits for the one, and tremendous losses for the other].)
El cambio no altera las condiciones internas de la valorización, pero las arroja hacia fuera; les da una forma autónoma unas frente a otras y deja así existir la unidad interna solo como necesidad interna, que por eso se manifiesta exteriormente, de forma violenta, en las crisis. Ambas cosas están, pues, puestas en la esencia del capital: tanto la desvalorización del capital por el proceso de producción como su superación y el restablecimiento de las condiciones para la valorización del capital. El movimiento en que esto sucede realmente solo puede examinarse cuando se haya examinado el capital real, es decir, la competencia, etc.: las condiciones reales efectivas. No corresponde todavía aquí. Por otro lado, sin el cambio no existiría la producción del capital como tal, puesto que la valorización como tal no existe sin cambio. Sin cambio solo se trataría de medir, etc., el valor de uso producido; en general, solo del valor de uso.
Una vez que el capital, mediante el proceso de producción, 1) se ha valorizado, es decir, ha creado un valor nuevo, y 2) se ha desvalorizado, es decir, ha pasado de la forma de dinero a la de una mercancía determinada, 3) se valoriza junto con su valor nuevo cuando el producto se arroja de nuevo a la circulación y se cambia como M por D. Las dificultades reales de este 3.er proceso, en el punto en que estamos ahora, en que el capital solo se considera en general, existen solo como posibilidades y, por tanto, quedan igualmente superadas como posibilidades. El producto, pues, queda ahora puesto como transformado de nuevo en dinero.
El capital está, pues, puesto ahora de nuevo como dinero, y el dinero, por tanto, en la nueva determinación de capital realizado, no ya solo como precio realizado de la mercancía. O bien la mercancía realizada en el precio es ahora capital realizado. Esta nueva determinación del dinero, o más bien del capital como dinero, la examinaremos más adelante. Para empezar, por la naturaleza del dinero, en el capital —al transformarse en dinero— solo aparece medido el valor nuevo que ha creado; es decir, se repite la primera determinación del dinero como medida general de las mercancías; ahora, como medida de la plusvalía, de la valorización del capital. En la forma de dinero, esta valorización aparece como medida en sí misma; como si tuviera su medida en sí misma. El capital era originariamente de 100 tál.; al ser ahora de 110, la medida de su valorización está puesta en su propia forma: como proporción entre el capital que ha retornado del proceso de producción y del cambio (que ha retornado a su forma de dinero) y el capital originario; ya no como relación entre dos cosas cualitativamente desiguales —trabajo objetivado y trabajo vivo—, o entre el trabajo necesario y el plustrabajo creado. Al estar puesto como dinero, el capital está puesto así en la primera determinación del dinero, como medida del valor. Pero este valor es aquí su propio valor, o la medida de su autovalo[rización]. Volveremos sobre esto (en la ganancia).
La segunda forma del dinero era la de medio de circulación, y por este lado la forma dineraria del capital aparece solo como un momento evanescente, para volver a cambiarlo, pero no, como en el caso del dinero como medio de circulación en general, para cambiarlo por mercancías —valores de uso— destinadas al consumo, sino para cambiarlo por los valores de uso particulares —de un lado, materia prima e instrumento; de otro, capacidad de trabajo viva— en los que puede empezar de nuevo su curso como capital. ||41| En esta determinación es capital circulante [capital circulant], del que hablaremos más adelante. Pero el resultado de su existencia como dinero en la determinación del medio de circulación es el comienzo del acto de producción a partir del capital puesto, y ese es el punto que examinaremos aquí en primer lugar antes de seguir adelante. (En la primera determinación, la de medida, el valor nuevo aparece, es verdad, medido; pero la diferencia es solo formal: en vez de plustrabajo, dinero, plustrabajo objetivado en una mercancía determinada. Pero también la naturaleza cualitativa de este valor nuevo sufre un cambio, es decir, la propia magnitud de la medida, que solo se examinará más adelante. En segundo lugar, como medio de circulación, la desaparición de la forma dineraria también es todavía solo formal. Solo se vuelve esencial cuando se ha completado no solo el primer ciclo, sino también el 2.º. Así pues, de momento solo da como resultado que volvemos a estar al comienzo del proceso de valorización. Es, pues, en este punto donde retomamos ahora la marcha.)
La tercera forma del dinero, como valor autónomo que se comporta negativamente respecto de la circulación, es el capital que no vuelve a entrar en el cambio como mercancía salida del proceso de producción para hacerse dinero, sino el capital que, en la forma del valor que se refiere a sí mismo, se hace mercancía y entra en la circulación. (Capital e interés.) Esta 3.a forma presupone el capital en las anteriores y constituye a la vez la transición del capital a los capitales particulares, los capitales reales; puesto que ahora, en esta última forma, el capital, según su concepto, se escinde ya en dos capitales de existencia autónoma. Con la dualidad está dada después la pluralidad en general. Tal es la marcha de este desarrollo [Such is the march of this development].
❲Antes de seguir adelante, todavía esta observación. El capital en general, a diferencia de los capitales particulares, aparece ciertamente 1) solo como una abstracción; no una abstracción arbitraria, sino una abstracción que capta la diferencia específica [differentia specifica] del capital a diferencia de todas las demás formas de la riqueza, o modos en que se desarrolla la producción (social). Son determinaciones comunes a todo capital como tal, o que hacen de toda suma determinada de valores un capital. Y las diferencias dentro de esta abstracción son igualmente particularidades abstractas que caracterizan toda clase de capital, al ser su posición o su negación (p. ej., capital fijo o capital circulante); 2) pero el capital en general, a diferencia de los capitales reales particulares, es él mismo una existencia real. Esto lo reconoce la economía corriente, aunque no lo entienda, y constituye un momento muy importante para su doctrina de las nivelaciones, etc. P. ej., el capital en esta forma general, aunque pertenezca a capitalistas individuales, en su forma elemental como capital, constituye el capital que se acumula en los bancos o se distribuye por medio de ellos y que, como dice Ricardo, se reparte de manera tan admirable en proporción a las necesidades de la producción. Del mismo modo, mediante préstamos, etc., establece un nivel [level] entre los distintos países. Si, por tanto, es p. ej. una ley del capital en general que, para valorizarse, tiene que ponerse doblemente y valorizarse doblemente en esta doble forma, entonces el capital de una nación particular que, en contraposición con otra, representa el capital por excelencia [par excellence] tendrá que prestarse, p. ej., a una 3.a nación para poder valorizarse. El ponerse doblemente, el referirse a sí mismo como a algo ajeno, se vuelve en este caso condenadamente real. Así pues, mientras que lo general es, por un lado, solo diferencia específica pensada, es a la vez una forma real particular junto a la forma de lo particular y lo singular. (Volveremos más adelante sobre este punto, que, aunque de carácter más lógico que económico, resultará sin embargo de gran importancia para el progreso de nuestra investigación. Lo mismo ocurre en el álgebra. P. ej., a, b, c son números sin más, en general; pero después son números enteros frente a a/b, b/c, c/b, c/a, b/a, etc., que, sin embargo, los presuponen como elementos generales.)❳|
|42| El valor nuevo, pues, puesto él mismo de nuevo como capital, entrando como trabajo objetivado en el proceso de cambio con el trabajo vivo y dividiéndose, por tanto, en una parte constante —las condiciones objetivas del trabajo, material e instrumento— y las condiciones para la condición subjetiva del trabajo, la existencia de la capacidad de trabajo viva, los artículos de primera necesidad, medios de vida para el obrero. En esta 2.ª aparición del capital en esta forma aparecen aclarados puntos que en su primera aparición —el dinero que pasa de su determinación como valor a la de capital— eran completamente oscuros. Ahora han quedado explicados por el propio proceso de valorización y de producción. En la primera aparición, los presupuestos mismos aparecían como procedentes de fuera, de la circulación; como presupuestos externos para el nacimiento del capital; por tanto, no como surgidos de su esencia interna ni explicados por ella. Estos presupuestos exteriores aparecerán ahora como momentos del movimiento del propio capital, de modo que él mismo los ha presupuesto —como quiera que hayan surgido históricamente— como sus propios momentos.
Dentro del propio proceso de producción, la plusvalía, la plusvalía arrancada por la coacción del capital, aparecía como plustrabajo; ella misma en la forma del trabajo vivo, que, sin embargo, como no puede crear de la nada, encuentra ya dadas sus condiciones objetivas. Ahora este plustrabajo aparece objetivado como plusproducto, y este plusproducto, para valorizarse como capital, se divide en una doble forma: como condición objetiva del trabajo —material e instrumento—; como condición subjetiva —medios de vida para el trabajo vivo que ahora hay que poner en obra—. La forma general como valor —trabajo objetivado— y trabajo objetivado procedente de la circulación es, naturalmente, el presupuesto general que se sobrentiende. Además, el plusproducto en su totalidad —que objetiva el plustrabajo en su totalidad— aparece ahora como pluscapital (comparado con el capital originario, antes de que hubiera efectuado este curso), es decir, como valor de cambio autonomizado que se enfrenta a la capacidad de trabajo viva como a su valor de uso específico. Todos los momentos que se enfrentaban a la capacidad de trabajo viva como poderes ajenos, exteriores, que la consumían y empleaban bajo ciertas condiciones independientes de ella misma, están puestos ahora como su propio producto y resultado.
Primero: la plusvalía o plusproducto no es más que una suma determinada de trabajo vivo objetivado: la suma del plustrabajo. Este nuevo valor, que se enfrenta al trabajo vivo como autónomo, como algo que se cambia con él, como capital, es el producto del trabajo. No es él mismo más que el excedente del trabajo en general sobre el trabajo necesario, en forma objetiva y, por eso, como valor.
Segundo: las figuras particulares que este valor tiene que adoptar para volver a valorizarse, es decir, para ponerse como capital —de un lado, como materia prima e instrumento; de otro, como medios de vida para el trabajo durante el acto de producción—, son igualmente, por tanto, solo formas particulares del propio plustrabajo. La materia prima y el instrumento los ha producido él mismo en proporciones tales —o él mismo está puesto objetivamente como materia prima e instrumento en la proporción— que permiten no solo que en ellos se objetive una suma determinada de trabajo vivo necesario, es decir, que reproduce los medios de vida (su valor), y que se objetive continuamente, de modo que pueda volver a empezar siempre de nuevo la dirimición en las condiciones objetivas y subjetivas de su autoconservación y autorreproducción, sino que, al llevar a cabo el trabajo vivo este proceso de reproducción de sus condiciones objetivas, ha puesto a la vez la materia prima y el instrumento en proporciones tales que puede realizarse en ellos como plustrabajo, como trabajo por encima del necesario, y convertirlos así en material de una nueva creación de valor. Las condiciones objetivas del plustrabajo —que se limitan a la proporción de materia prima e instrumento por encima de lo que exige el trabajo necesario, mientras que las condiciones objetivas del trabajo necesario se descomponen, dentro de su objetividad, en objetivas y subjetivas, en momentos materiales del trabajo y subjetivos (medios de vida del trabajo vivo)— aparecen, pues, ahora, están, pues, ahora puestas como producto, resultado, forma objetiva, existencia exterior del propio plustrabajo. Originariamente, en cambio, le parecía ajeno al propio trabajo vivo —un hecho del lado del capital— que el instrumento y los medios de vida existieran en un volumen que hacía posible al trabajo vivo realizarse no solo como trabajo necesario, sino como plustrabajo.
Tercero: el ser para sí autónomo del valor frente a la capacidad de trabajo viva —y, por tanto, su existencia como capital—; la indiferencia objetiva, que se mantiene en sí, la ajenidad de las condiciones objetivas del trabajo frente a la capacidad de ||43| trabajo viva, que llega hasta el punto de que estas condiciones se enfrentan a la persona del obrero en la persona del capitalista —como personificaciones con voluntad e interés propios—; esta absoluta escisión, separación de la propiedad, es decir, de las condiciones materiales del trabajo, respecto de la capacidad de trabajo viva —que se le enfrenten como propiedad ajena, como la realidad de otra persona jurídica, como el dominio absoluto de la voluntad de esta—, y que, por tanto, por otro lado, el trabajo aparezca como trabajo ajeno frente al valor personificado en el capitalista, o frente a las condiciones de trabajo; esta separación absoluta entre propiedad y trabajo, entre la capacidad de trabajo viva y las condiciones de su realización, entre trabajo objetivado y trabajo vivo, entre el valor y la actividad creadora de valor —y, por tanto, también la ajenidad del contenido del trabajo respecto del propio obrero—: esta escisión aparece ahora igualmente como producto del propio trabajo, como objetivación, objetivización de sus propios momentos. Pues mediante el nuevo acto de producción mismo —que no ha hecho más que confirmar el cambio entre capital y trabajo vivo que lo precedió— el plustrabajo y, por tanto, la plusvalía, el plusproducto, en general el resultado total del trabajo (tanto el del plustrabajo como el del trabajo necesario), han quedado puestos como capital, como valor de cambio que se enfrenta a la capacidad de trabajo viva de manera autónoma e indiferente, o que se enfrenta a ella como a su mero valor de uso. La capacidad de trabajo solo se ha apropiado las condiciones subjetivas del trabajo necesario —los medios de vida para la capacidad de trabajo productora, es decir, su reproducción como mera capacidad de trabajo separada de las condiciones de su realización—, y ha puesto estas condiciones mismas como cosas, valores, que se le enfrentan en una personificación ajena y dominante. No solo no sale del proceso más rica, sino que sale más pobre de lo que entró. Pues no solo ha producido las condiciones del trabajo necesario como pertenecientes al capital, sino que la valorización que yacía en ella como posibilidad, la posibilidad creadora de valor, existe ahora igualmente como plusvalía, plusproducto, en una palabra, como capital, como dominio sobre la capacidad de trabajo viva, como valor dotado de poder y voluntad propios, frente a ella en su pobreza abstracta, carente de objeto, puramente subjetiva. No solo ha producido la riqueza ajena y la pobreza propia, sino también la relación de esta riqueza, como riqueza que se refiere a sí misma, con ella como pobreza, mediante cuyo consumo la riqueza absorbe en sí nuevos espíritus vitales y vuelve a valorizarse. Todo esto surgió del cambio en el que la capacidad de trabajo cambió su capacidad de trabajo viva por una cantidad de trabajo objetivado, solo que ahora este trabajo objetivado —estas condiciones de su existencia que existen fuera de ella, y el ser autónomo fuera de ella de estas condiciones materiales— aparece como su propio producto, como puesto por ella misma, tanto como su propia objetivación como objetivación de sí misma en cuanto poder independiente de ella y que, más bien, la domina, que la domina por obra de su propio hacer.
En el pluscapital, todos los momentos son producto del trabajo ajeno, plustrabajo ajeno transformado en capital: medios de vida para el trabajo necesario; las condiciones objetivas —material e instrumento— para que el trabajo necesario pueda reproducir el valor cambiado por él en medios de vida; por último, la cantidad necesaria de material e instrumento para que en él pueda realizarse nuevo plustrabajo o crearse nueva plusvalía.
Ha desaparecido aquí la apariencia que todavía existía en el primer examen del proceso de producción, como si el capital aportara por su parte algún valor procedente de la circulación. Las condiciones objetivas del trabajo aparecen ahora más bien como su producto, tanto en la medida en que son valor en general como en la medida en que son valores de uso para la producción. Pero si el capital aparece así como producto del trabajo, el producto del trabajo aparece igualmente como capital: ya no como simple producto, ni como mercancía cambiable, sino como capital; trabajo objetivado como dominio, como mando sobre el trabajo vivo. Aparece igualmente como producto del trabajo que su producto aparezca como propiedad ajena, como modo de existencia que se enfrenta de manera autónoma al trabajo vivo, e igualmente como valor que es para sí; que el producto del trabajo, el trabajo objetivado, esté dotado por el propio trabajo vivo de un alma propia y se afirme frente a él como poder ajeno. Considerado desde el punto de vista del trabajo, este aparece activo en el proceso de producción de tal modo que repele de sí su realización en condiciones objetivas como realidad ajena y, por tanto, se pone a sí mismo como capacidad de trabajo sin sustancia, meramente necesitada, frente a esta realidad extrañada de él, que no le pertenece a él, sino a otros; que pone su propia realidad no como ser para sí, sino como mero ser para otro y, por tanto, también como mero ser otro, o ser de lo otro frente a él mismo. Este proceso de realización es igualmente el proceso de desrealización16 del trabajo. Se pone objetivamente, pero pone esta objetividad suya como su propio no ser o como el ser de su no ser: del capital. Vuelve a sí como mera posibilidad de poner valor o de valorización, porque toda la riqueza real, el mundo del valor real, e igualmente las condiciones reales de su propia ||44| realización, están puestos frente a él como existencias autónomas. Son las posibilidades que reposan en el propio seno del trabajo vivo las que, a consecuencia del proceso de producción, existen como realidades fuera de él, pero como realidades ajenas a él, que forman la riqueza en contraposición a él.
En la medida en que el plusproducto se valoriza de nuevo como pluscapital, entra de nuevo en el proceso de producción y de autovalorización, se divide 1) en medios de vida para los obreros, para cambiarlos por la capacidad de trabajo viva; designemos esta parte del capital como fondo de trabajo; este fondo de trabajo, la parte destinada a la conservación de la capacidad de trabajo —y a su conservación progresiva, puesto que el pluscapital crece constantemente—, aparece ahora tanto como producto del trabajo ajeno, del trabajo ajeno al capital, como 2) sus demás componentes: las condiciones materiales para la reproducción de un valor = estos medios de vida + una plusvalía. Además, si se considera este pluscapital, la división del capital en una parte constante —que existe antediluvianamente antes del trabajo: materia prima e instrumentos de trabajo— y una parte variable, a saber, los medios de vida cambiables por capacidad de trabajo viva, aparece como puramente formal, en la medida en que ambas están igualmente puestas por el trabajo e igualmente puestas por él como sus propios presupuestos. Esta división del capital dentro de sí mismo aparece ahora más bien de tal modo que el propio producto del trabajo —el plustrabajo objetivado— se escinde en dos componentes: las condiciones objetivas para una nueva valorización del trabajo (1) y un fondo de trabajo para conservar la posibilidad de este trabajo vivo, es decir, de la capacidad de trabajo viva como viva (2); pero de tal modo que la capacidad de trabajo solo puede volver a apropiarse la parte de su propio resultado —de su propia existencia en forma objetiva— determinada como fondo de trabajo, solo puede sacarla de la forma de la riqueza ajena que se le enfrenta, si no solo reproduce su valor, sino que valoriza también la parte del nuevo capital que representa las condiciones objetivas para la realización de nuevo plustrabajo y de nueva plusproducción, o producción de plusvalías. El propio trabajo ha creado un nuevo fondo para el empleo de nuevo trabajo necesario o, lo que es lo mismo, un fondo para la conservación de nuevas capacidades de trabajo vivas, de obreros, pero a la vez la condición de que este fondo solo pueda ser apropiado si se emplea nuevo plustrabajo en la parte sobrante del pluscapital. En el pluscapital producido por el trabajo —plusvalía— está creada, pues, a la vez la necesidad real de nuevo plustrabajo, y así el propio pluscapital es la posibilidad real a la vez de nuevo plustrabajo y de nuevo pluscapital. Aquí se muestra cómo el mundo objetivo de la riqueza, por obra del propio trabajo, se extiende progresivamente frente a él como poder ajeno y adquiere una existencia cada vez más amplia y más plena, de modo que, relativamente, en proporción a los valores creados o a las condiciones reales de la creación de valor, la subjetividad indigente de la capacidad de trabajo viva forma un contraste cada vez más estridente. Cuanto más se objetiva él —el trabajo—, mayor se hace el mundo objetivo de los valores que se le enfrenta como ajeno, como propiedad ajena. Con la creación del pluscapital, el propio trabajo se impone la obligación de crear otra vez nuevo pluscapital, etc., etc.
En relación con el capital originario —el que no es pluscapital—, la relación ha cambiado para la capacidad de trabajo en el sentido de que 1) la parte de él que se cambia por trabajo necesario ha sido reproducida por este mismo trabajo y, por tanto, ya no le llega desde la circulación, sino que es su propio producto; y 2) la parte del valor que, en materia prima e instrumento, representa las condiciones reales para la valorización del trabajo vivo ha sido conservada por él mismo en el proceso de producción; y como todo valor de uso consiste por su naturaleza en un material perecedero, y el valor de cambio solo está ahí, solo existe, en el valor de uso, esta conservación = protección frente a la ruina, o negación de la naturaleza perecedera de los valores poseídos por los capitalistas y, por tanto, su posición como valor que es para sí, como riqueza imperecedera. Como capital, pues, esta suma originaria de valores no ha quedado puesta sino en el proceso de producción, por el trabajo vivo.
Ahora, desde el punto de vista del capital: en la medida en que se considera el pluscapital, el capitalista representa el valor que es para sí, el dinero en su 3.er momento, la riqueza, mediante la simple apropiación de trabajo ajeno, puesto que cada momento del pluscapital —material, instrumento, medios de vida— se resuelve en trabajo ajeno que el capitalista no se ha apropiado mediante el cambio por valores existentes, sino que se ha apropiado sin cambio. Es cierto que como condición originaria de este pluscapital aparece el cambio de una parte de valores que le pertenecen, o de trabajo objetivado que posee, por capacidad de trabajo viva ajena. Para la formación del pluscapital I, si llamamos así al pluscapital tal como sale del proceso de producción originario, es decir, para la apropiación de trabajo ajeno, de trabajo ajeno objetivado, aparece como condición la posesión de valores por parte del capitalista, una parte de los cuales cambia formalmente por la capacidad de trabajo viva. Decimos formalmente porque el trabajo vivo tiene que devolverle, que reponerle también los valores cambiados. Pero sea como fuere. En todo caso, como condición para la formación del pluscapital I, es decir, para la apropiación de trabajo ajeno o de los valores en que se ha objetivado, aparece el cambio de valores que pertenecen al capitalista, que este ha arrojado a la circulación y ha suministrado a la capacidad de trabajo viva; de valores que no proceden de su ||45| cambio con el trabajo vivo, o no de su comportamiento como capital respecto del trabajo.
Pero imaginemos ahora el pluscapital arrojado de nuevo al proceso de producción, realizando de nuevo su plusvalía en el cambio y apareciendo de nuevo como nuevo pluscapital al comienzo de un tercer proceso de producción. Este pluscapital II tiene otros presupuestos que el pluscapital I. Los presupuestos del pluscapital I eran valores pertenecientes al capitalista y arrojados por él a la circulación, más exactamente al cambio con la capacidad de trabajo viva. El presupuesto del pluscapital II no es otro que la existencia del pluscapital I; es decir, en otras palabras, el presupuesto de que el capitalista ya se ha apropiado trabajo ajeno sin cambio. Esto lo pone en condiciones de empezar el proceso una y otra vez. Es cierto que, para crear el pluscapital II, tuvo que cambiar una parte del valor del pluscapital I, en forma de medios de vida, por capacidad de trabajo viva; pero lo que cambió así eran originariamente valores que no había introducido en la circulación de su propio fondo, sino trabajo ajeno objetivado que se había apropiado sin equivalente alguno y que ahora vuelve a cambiar por trabajo vivo ajeno, del mismo modo que el material, etc., en que este nuevo trabajo se realiza y crea plusvalía ha llegado a sus manos sin cambio, por mera apropiación. La apropiación pasada de trabajo ajeno aparece ahora como la simple condición de una nueva apropiación de trabajo ajeno; o bien, que haya trabajo ajeno en forma objetiva, en la forma de valores existentes, en su propiedad aparece como condición para que pueda volver a apropiarse capacidades de trabajo vivas ajenas —y, por tanto, plustrabajo—, trabajo sin equivalente. Que ya se enfrentara al trabajo vivo como capital aparece como condición única para que no solo se conserve como capital, sino que, como capital creciente, se apropie de manera creciente trabajo ajeno sin equivalente, o extienda su poder, su existencia como capital frente a la capacidad de trabajo viva y, por otro lado, ponga siempre de nuevo la capacidad de trabajo viva, en su indigencia subjetiva, sin sustancia, como capacidad de trabajo viva. La propiedad de trabajo ajeno pasado u objetivado aparece como condición única para seguir apropiándose trabajo ajeno presente o vivo. En la medida en que un pluscapital I se creó mediante el simple cambio entre trabajo objetivado y capacidad de trabajo viva —un cambio fundado por completo en las leyes del cambio de equivalentes, tasados por la cantidad de trabajo o tiempo de trabajo contenida en ellos— y en la medida en que este cambio, expresado jurídicamente, no presuponía nada más que el derecho de propiedad de cada cual sobre sus propios productos y la libre disposición sobre ellos; en la medida, pues, en que la relación del pluscapital II con el I es consecuencia de esta primera relación, vemos que, por una extraña consecuencia, el derecho de propiedad se invierte dialécticamente: del lado del capital, en el derecho al producto ajeno o en el derecho de propiedad sobre el trabajo ajeno, en el derecho a apropiarse trabajo ajeno sin equivalente; y del lado de la capacidad de trabajo, en el deber de comportarse respecto de su propio trabajo o de su propio producto como respecto de propiedad ajena. El derecho de propiedad se invierte en el derecho, de un lado, a apropiarse trabajo ajeno y, del otro, en el deber de respetar el producto del propio trabajo y el propio trabajo mismo como valores que pertenecen a otros. Pero el cambio de equivalentes, que aparecía como la operación originaria que expresaba jurídicamente el derecho de propiedad, ha dado tal vuelta que de un lado solo se cambia en apariencia, puesto que la parte del capital cambiada por capacidad de trabajo viva, en primer lugar, es ella misma trabajo ajeno, apropiado sin equivalente, y, en 2.º lugar, tiene que ser repuesta por la capacidad de trabajo con un excedente, de modo que en realidad [in fact] no se entrega, sino que solo se transforma de una forma en otra. La relación de cambio ha desaparecido, pues, por completo, o es mera apariencia. Además, originariamente el derecho de propiedad aparecía fundado en el trabajo propio. La propiedad aparece ahora como derecho al trabajo ajeno y como imposibilidad del trabajo de apropiarse su propio producto. La separación completa entre la propiedad, y más aún la riqueza, y el trabajo aparece ahora como consecuencia de la ley que partía de su identidad.
Por último, como resultado del proceso de producción y de valorización aparece ante todo la reproducción y nueva producción de la relación misma entre capital y trabajo, entre capitalista y obrero. Esta relación social, relación de producción, aparece en realidad [in fact] como un resultado del proceso todavía más importante que sus resultados materiales. Y, en efecto, dentro de este proceso el obrero se produce a sí mismo como capacidad de trabajo y produce el capital que se le enfrenta, igual que, por otro lado, el capitalista se produce como capital y produce la capacidad de trabajo viva que se le enfrenta. Cada uno se reproduce a sí mismo al reproducir a su otro, su negación. El capitalista produce el trabajo como ajeno; el trabajo produce el producto como ajeno. El capitalista produce al obrero y el obrero al capitalista, etc.
Una vez presupuesta la producción fundada en el capital —el dinero, en rigor, no se ha transformado en capital hasta el final del primer proceso de producción, que dio como resultado su reproducción y la nueva producción del pluscapital I; pero el pluscapital I mismo no está puesto, realizado, como pluscapital hasta que ha producido el pluscapital II, hasta que, por tanto, han desaparecido los presupuestos del dinero que pasa a capital que todavía quedaban fuera del movimiento del capital real, y el capital, por tanto, ha puesto en realidad [in fact] él mismo, conforme a su esencia inmanente, las condiciones de las que parte en la producción—, la condición de que el capitalista, para ponerse como capital, tenga que introducir en la circulación valores creados por su propio trabajo o de cualquier otro modo —salvo por trabajo asalariado ya existente, pasado— ||46| pertenece a las condiciones antediluvianas del capital; a sus presupuestos históricos, que precisamente como presupuestos históricos son pasados y pertenecen, por tanto, a la historia de su formación, pero en modo alguno a su historia contemporánea, es decir, no forman parte del sistema real del modo de producción dominado por él. Si, p. ej., la huida de los siervos a las ciudades es una de las condiciones y presupuestos históricos del régimen urbano, no es una condición, no es un momento de la realidad del régimen urbano desarrollado, sino que pertenece a sus presupuestos pasados, a los presupuestos de su devenir, que están superados en su existencia. Las condiciones y presupuestos del devenir, del nacimiento del capital, suponen precisamente que todavía no es, sino que apenas está deviniendo; desaparecen, pues, con el capital real, con el capital que, partiendo de su realidad, pone él mismo las condiciones de su realización. Así, p. ej., si en el devenir originario del dinero, o del valor que es para sí, en capital se presupone por parte del capitalista una acumulación —sea mediante el ahorro de los productos y valores creados por su propio trabajo, etc.— que ha llevado a cabo como no capitalista; si, por tanto, los presupuestos del devenir del dinero en capital aparecen como presupuestos externos dados para el nacimiento del capital, una vez que el capital ha llegado a ser como tal crea sus propios presupuestos, a saber, la posesión de las condiciones reales para la creación de valores nuevos sin cambio, mediante su propio proceso de producción. Estos presupuestos, que originariamente aparecían como condiciones de su devenir —y que, por tanto, todavía no podían surgir de su acción como capital—, aparecen ahora como resultados de su propia realización, de su realidad, como puestos por él: no como condiciones de su nacimiento, sino como resultados de su existencia. Ya no parte de presupuestos para llegar a ser, sino que él mismo está presupuesto y, partiendo de sí, crea él mismo los presupuestos de su conservación y de su crecimiento. Por eso las condiciones que precedieron a la creación del pluscapital I, o que expresan el devenir del capital, no caen dentro de la esfera del modo de producción al que el capital sirve de presupuesto; quedan detrás de él como fases previas históricas de su devenir, del mismo modo que los procesos por los que la Tierra pasó de un mar fluido de fuego y vapores a su forma actual quedan más allá de su vida como Tierra acabada. Es decir, los capitales individuales pueden seguir naciendo, p. ej., por atesoramiento [hoarding]. Pero el tesoro [hoard] solo se transforma en capital mediante la explotación del trabajo. Los economistas burgueses, que consideran el capital una forma de la producción eterna y conforme a la naturaleza (no conforme a la historia), intentan luego justificarlo enunciando las condiciones de su devenir como las condiciones de su realización actual, es decir, haciendo pasar los momentos en que el capitalista todavía se apropia como no capitalista —porque apenas está deviniendo— por las condiciones mismas [very conditions] en que se apropia como capitalista. Estos intentos de apologética delatan mala conciencia y la impotencia para poner en armonía el modo de apropiación del capital como capital con las leyes generales de la propiedad proclamadas por la propia sociedad del capital. Por otro lado, y esto es mucho más importante para nosotros, nuestro método muestra los puntos en que tiene que intervenir el examen histórico, o en que la economía burguesa, como figura meramente histórica del proceso de producción, remite más allá de sí misma a modos históricos anteriores de la producción. Por eso, para desarrollar las leyes de la economía burguesa, no es necesario escribir la historia real de las relaciones de producción. Pero la concepción y la deducción correctas de estas como relaciones que han llegado a ser históricamente conducen siempre a primeras ecuaciones —como los números empíricos, p. ej., en las ciencias de la naturaleza— que remiten a un pasado que queda detrás de este sistema. Estas indicaciones, junto con la comprensión correcta del presente, ofrecen también la clave para entender el pasado: un trabajo aparte, al que esperamos llegar también algún día. Del mismo modo, este examen correcto conduce, por otro lado, a puntos en los que se insinúa la superación de la figura actual de las relaciones de producción y, así, la prefiguración [foreshadowing] del futuro, un movimiento en devenir. Si, por un lado, las fases preburguesas aparecen como presupuestos solo históricos, es decir [i. e.], superados, por el otro las condiciones actuales de la producción aparecen como condiciones que se superan a sí mismas y, por tanto, como condiciones que ponen los presupuestos históricos de un nuevo estado de la sociedad. Si consideramos ahora, para empezar, la relación ya devenida, el haberse convertido el valor en capital, y el trabajo vivo como mero valor de uso que se le enfrenta, de modo que el trabajo vivo aparece como simple medio para valorizar el trabajo objetivado, muerto, para impregnarlo de un alma vivificadora y perder en él su propia alma, y como resultado haber producido, por un lado, la riqueza creada como ajena y, como propia, solo la indigencia de la capacidad de trabajo viva, entonces la cosa aparece sencillamente así: en el proceso y mediante el proceso mismo, las condiciones materiales del trabajo vivo —(a saber, el material en que valorizarse, el instrumento con que valorizarse, ||47| y los medios de vida con que avivar para el trabajo la llama de la capacidad de trabajo viva y protegerla de extinguirse, suministrando a su proceso vital las sustancias necesarias)— están puestas como existencias ajenas, autónomas, o como modo de existencia de una persona ajena, como valores que son para sí, que se mantienen en sí [frente a] la capacidad de trabajo viva, la cual está ahí igualmente aislada de ellos, subjetiva, y, por tanto, como valores que forman una riqueza ajena a la capacidad de trabajo, la riqueza del capitalista. Las condiciones objetivas del trabajo vivo aparecen como valores separados, autonomizados, frente a la capacidad de trabajo viva como existencia subjetiva, que frente a ellos, por tanto, aparece también solo como valor de otra clase (distinto de ellos no como valor, sino como valor de uso). Una vez presupuesta esta separación, el proceso de producción solo puede producirla de nuevo, reproducirla y reproducirla a mayor escala. Ya hemos visto cómo lo hace. Las condiciones objetivas de la capacidad de trabajo viva están presupuestas como existencia autónoma frente a ella, como la objetividad de un sujeto distinto de la capacidad de trabajo viva y que se le enfrenta de manera autónoma; la reproducción y valorización, es decir, la ampliación de estas condiciones objetivas, es, por tanto, a la vez la reproducción y nueva producción de ellas como riqueza de un sujeto ajeno, que se enfrenta a la capacidad de trabajo de manera indiferente y autónoma. Lo que se reproduce y se produce de nuevo no es solo la existencia de estas condiciones objetivas del trabajo vivo, sino su existencia como valores autónomos, es decir, pertenecientes a un sujeto ajeno, frente a esta capacidad de trabajo viva. Las condiciones objetivas del trabajo adquieren existencia subjetiva frente a la capacidad de trabajo viva: del capital sale el capitalista; por otro lado, la existencia meramente subjetiva de la capacidad de trabajo frente a sus propias condiciones le da una forma objetiva meramente indiferente respecto de ellas: no es más que un valor de un valor de uso particular junto a las propias condiciones de su valorización como valores de otro valor de uso. En lugar de que estas se realicen en el proceso de producción como condiciones de su realización, ella sale de él, por el contrario, como mera condición de la valorización y conservación de estas como valor que es para sí frente a ella. El material que elabora es material ajeno; el instrumento, igualmente, instrumento ajeno; su trabajo aparece solo como accesorio de ellos en cuanto sustancia y, por tanto, se objetiva en algo que no le pertenece. Más aún, el propio trabajo vivo aparece como ajeno frente a la capacidad de trabajo viva cuyo trabajo es, cuya propia manifestación vital es, pues ha sido cedido al capital a cambio de trabajo objetivado, a cambio del producto del propio trabajo. La capacidad de trabajo se comporta respecto de él como respecto de algo ajeno, y si el capital quisiera pagarle sin hacerla trabajar, aceptaría el trato con gusto. Su propio trabajo le es, pues, tan ajeno —y lo es también en cuanto a su dirección, etc.— como el material y el instrumento. Por eso también el producto se le presenta como una combinación de material ajeno, instrumento ajeno y trabajo ajeno, como propiedad ajena, y después de la producción solo se ha vuelto más pobre por la fuerza vital gastada, pero por lo demás vuelve a empezar la faena [drudgery] como capacidad de trabajo meramente subjetiva que existe separada de sus condiciones de vida. El reconocimiento del producto como suyo y el juicio sobre la separación de las condiciones de su realización como algo indebido, impuesto por la fuerza, es una conciencia enorme, producto ella misma del modo de producción que descansa en el capital, y es el toque a muerto de su perdición [knell to its doom] en la misma medida en que, con la conciencia del esclavo de que no puede ser propiedad de un 3.º, con su conciencia como persona, la esclavitud ya solo sigue vegetando en una existencia artificial y ha dejado de poder perdurar como base de la producción. Si consideramos, en cambio, la relación originaria, antes de la entrada del dinero en el proceso de autovalorización, aparecen distintas condiciones que tienen que haber surgido históricamente o estar dadas para que el dinero se convierta en capital y el trabajo en trabajo que pone capital, que crea capital, en trabajo asalariado. (El trabajo asalariado, aquí, en el sentido económico estricto, el único en que lo empleamos —y más adelante tendremos que distinguirlo de otras formas del trabajo a jornal, etc.—, es trabajo que pone capital, que produce capital, es decir, trabajo vivo que produce, como poderes ajenos frente a sí mismo, tanto las condiciones objetivas de su realización como actividad como los momentos objetivos de su existencia como capacidad de trabajo, como valores que son para sí, independientes de él.) Las condiciones esenciales están puestas en la propia relación tal como aparece originariamente: 1) de un lado, la existencia de la capacidad de trabajo viva como existencia meramente subjetiva, separada de los momentos de su realidad objetiva; separada, por tanto, tanto de las condiciones del trabajo vivo como de los medios de existencia, medios de vida, medios de autoconservación de la capacidad de trabajo viva; la posibilidad viva del trabajo, de un lado, en esta abstracción completa; 2) el valor que se encuentra del otro lado, o trabajo objetivado, tiene que ser una acumulación de valores de uso lo bastante grande para suministrar las condiciones objetivas no solo para la producción de los productos o valores necesarios para reproducir o conservar la capacidad de trabajo viva, sino para absorber plustrabajo, para proporcionarle el ||48| material objetivo; 3) una relación de cambio libre —circulación de dinero— entre ambos lados; una relación entre los extremos fundada en los valores de cambio, no en una relación de dominio y servidumbre; es decir, por tanto, una producción que no suministra inmediatamente al productor los medios de vida, sino que está mediada por el cambio, y que tampoco puede apoderarse inmediatamente del trabajo ajeno, sino que tiene que comprárselo al propio obrero, que obtenerlo mediante el cambio; por último, 4) uno de los lados —el que representa las condiciones objetivas del trabajo en forma de valores autónomos, que son para sí— tiene que presentarse como valor y considerar como fin último la posición de valor, la autovalorización, la creación de dinero, no el disfrute inmediato o la creación de valor de uso.
Mientras ambos lados solo cambian entre sí su trabajo en la forma de trabajo objetivado, la relación es imposible; igual de imposible es si la capacidad de trabajo viva misma aparece como propiedad del otro lado y, por tanto, no como algo que cambia. (No contradice esto que dentro del sistema burgués de producción sea posible la esclavitud en puntos aislados. Pero entonces solo es posible porque no existe en otros puntos, y aparece como anomalía frente al propio sistema burgués.)
Las condiciones bajo las que la relación aparece originariamente, o que aparecen como presupuestos históricos de su devenir, muestran a primera vista un carácter de doble cara: de un lado, disolución de formas inferiores del trabajo vivo; del otro, disolución de relaciones más felices de este.
Para empezar, el primer presupuesto es que se haya abolido la relación de esclavitud o de servidumbre. La capacidad de trabajo viva se pertenece a sí misma y dispone, mediante el cambio, de su propia manifestación de fuerza. Ambos lados se enfrentan como personas. Formalmente, su relación es la relación igual y libre de los que cambian en general. Que esta forma sea apariencia, y apariencia engañosa, aparece, en la medida en que se considera la relación jurídica, como algo que cae fuera de ella. Lo que vende el obrero libre es siempre solo una medida determinada, particular, de manifestación de fuerza; por encima de cada manifestación particular está la capacidad de trabajo como totalidad. Vende la manifestación particular de fuerza a un capitalista particular, al que se enfrenta de manera independiente como individuo. Está claro que esta no es su relación con la existencia del capital como capital, es decir, con la clase capitalista. Pero así, en lo que respecta a la persona individual, real, se le deja un amplio campo de elección, de arbitrio y, por tanto, de libertad formal. En la relación de esclavitud pertenece al propietario individual, particular, cuya máquina de trabajo es. Como totalidad de manifestación de fuerza, como capacidad de trabajo, es una cosa que pertenece a otro y, por tanto, no se comporta como sujeto respecto de su manifestación particular de fuerza, o del acto vivo de trabajo. En la relación de servidumbre aparece como momento de la propia propiedad del suelo, es un accesorio de la tierra, exactamente igual que el ganado de labor. En la relación de esclavitud, el obrero no es más que una máquina de trabajo viva, que por eso tiene un valor para otros o, más bien, es un valor. Para el obrero libre, la capacidad de trabajo en su totalidad aparece ella misma como su propiedad, como uno de sus momentos, al que abarca como sujeto y que conserva al alienarlo.17 Esto se desarrollará más adelante, en el trabajo asalariado.
El cambio de trabajo objetivado por trabajo vivo no constituye todavía ni el capital, de un lado, ni el trabajo asalariado, del otro. Toda la clase de los llamados servicios, desde el limpiabotas hasta el rey, cae en esta categoría. Lo mismo el jornalero libre, que encontramos esporádicamente en todas partes donde la entidad comunitaria oriental o la comunidad occidental compuesta de propietarios libres del suelo se disuelve en elementos individuales: a consecuencia del aumento de la población, de la liberación de prisioneros de guerra, de azares por los que el individuo se empobrece y pierde las condiciones objetivas de su trabajo autosuficiente [selfsustaining labour], a consecuencia de la división del trabajo, etc. Si A cambia un valor o dinero, es decir, trabajo objetivado, para obtener un servicio de B, es decir, trabajo vivo, esto puede pertenecer:
- a la relación de la circulación simple. Ambos, de hecho, solo cambian entre sí valores de uso: el uno, medios de vida; el otro, un trabajo, un servicio que el primero quiere consumir, ya sea directamente —prestación de servicio personal—, ya sea que le suministra al otro el material, etc., en el que este, mediante su trabajo, mediante la objetivación de su trabajo, le crea un valor de uso, un valor de uso destinado a su consumo. P. ej., cuando el campesino acoge en su casa a un sastre ambulante, como los que había antes, y le da la tela para que le haga ropa. O cuando doy dinero a un médico para que me remiende la salud. Lo importante en estos casos es el servicio que ambos se prestan. El do ut facias («doy para que hagas») aparece aquí exactamente en el mismo plano que el facio ut des («hago para que des») o el do ut des («doy para que des»).18 El hombre que me hace un traje con un paño cuyo material le he suministrado yo me da un valor de uso. Pero, en vez de dármelo inmediatamente en forma objetiva, me lo da en la forma de la actividad. Yo le doy un valor de uso acabado; él me confecciona otro. La diferencia entre el trabajo pasado, objetivado, y el vivo, presente, aparece aquí solo como diferencia formal entre los distintos tiempos [tempora] del trabajo, que una vez está en pretérito perfecto y la otra en presente. De hecho, aparece solo como diferencia formal, mediada por la división del trabajo y el cambio, el que B produzca él mismo los medios de vida de los que tiene que subsistir o que los reciba de A y, en vez de producir directamente los medios de vida, produzca en su lugar un traje a cambio del cual los recibe de A. En ambos casos solo puede apoderarse del valor de uso que posee A dándole por él un equivalente que, en última instancia, se resuelve siempre en su propio trabajo vivo, sea cual sea la forma objetiva que este adopte, ya antes de cerrarse el cambio, ya a consecuencia de él. Ahora bien, el traje no solo contiene un trabajo determinado que da forma —una forma determinada de utilidad comunicada al paño por el movimiento del trabajo—, sino que contiene una cierta cantidad de trabajo y, por tanto, no solo valor de uso, sino valor en general, valor como tal. Pero este valor no existe para A, puesto que consume el traje y no es comerciante de ropa. Por tanto, no ha obtenido a cambio el trabajo como trabajo que pone valor, sino como actividad que crea utilidad, valor de uso. ||49| En las prestaciones de servicios personales, este valor de uso se consume como tal sin pasar de la forma del movimiento a la de la cosa. Si, como ocurre a menudo en relaciones simples, el que presta el servicio no recibe dinero, sino directamente valores de uso, desaparece también la apariencia de que aquí, de un lado o del otro, se trate de valores a diferencia de valores de uso. Pero, aun suponiendo que A pague dinero por el servicio, esto no es una transformación de su dinero en capital, sino más bien ponerlo como simple medio de circulación para obtener un objeto de consumo, un valor de uso determinado. Por eso este acto tampoco es un acto que produzca riqueza, sino, al contrario, un acto que consume riqueza. Para A no se trata en absoluto de que en el paño se objetive trabajo como tal, un cierto tiempo de trabajo, es decir, valor, sino de que se satisfaga una cierta necesidad. A no valoriza, sino que desvaloriza su dinero al trasladar[lo] de la forma del valor a la del valor de uso. El trabajo se obtiene aquí a cambio no como valor de uso para el valor, sino como valor de uso él mismo particular, como valor para el uso. Cuanto más a menudo repite A el cambio, más se empobrece. Este cambio no es para él un acto de enriquecimiento, un acto de creación de valor, sino de desvalorización de valores existentes que se encuentran en su posesión. El dinero que A cambia aquí por trabajo vivo —servicio en especie o servicio que se objetiva en una cosa— no es capital, sino rédito, dinero como medio de circulación para obtener un valor de uso, en el que la forma del valor está puesta como meramente evanescente, no dinero que quiera conservarse y valorizarse como tal mediante la compra del trabajo. El cambio del dinero como rédito, como mero medio de circulación, por trabajo vivo nunca puede poner el dinero como capital ni, por tanto, el trabajo como trabajo asalariado en sentido económico. No hace falta una explicación prolija para mostrar que consumir dinero no es producir dinero. En situaciones en que la mayor parte del plustrabajo aparece como trabajo agrícola y el propietario de la tierra, por tanto, como el propietario tanto del plustrabajo como del plusproducto, es el rédito del propietario del suelo el que forma el fondo de trabajo para los obreros libres, para los obreros de la manufactura (aquí, artesanos) en contraposición con los obreros agrícolas. El cambio con ellos es una forma del consumo del propietario del suelo, que reparte directamente otra parte de su rédito, a cambio de prestaciones de servicios personales, a menudo solo la apariencia de prestaciones de servicios, con un montón de criados y allegados [retainers]. En las sociedades asiáticas, donde el monarca aparece como poseedor exclusivo del plusproducto de la tierra, surgen ciudades enteras, que en el fondo [au fond] no son más que campamentos ambulantes, mediante el cambio de su rédito con los brazos libres [free hands], como los llama Steuart.19 En esta relación no hay nada de trabajo asalariado, aunque puede estar en contraposición con la esclavitud y la servidumbre, no tiene que estarlo, pues se repite siempre bajo distintas formas de la organización global del trabajo. En la medida en que el dinero media este cambio, la determinación del precio llegará a ser importante para ambos lados, pero para A solo en la medida en que no quiere pagar demasiado caro el valor de uso del trabajo, no en la medida en que le interese su valor. Que este precio, originariamente más bien convencional y tradicional, se determine poco a poco económicamente, primero por la relación entre demanda y oferta, finalmente por los costes de producción con los que pueden producirse los propios vendedores de tales servicios vivos, no cambia en nada la esencia de la relación, puesto que la determinación del precio sigue siendo solo un momento formal para el cambio de meros valores de uso. Pero esta determinación misma la producen otras relaciones: las leyes generales y la autodeterminación del modo de producción dominante, que actúan, por así decirlo, a espaldas de este acto particular de cambio. Una de las formas en que primero aparece en las antiguas entidades comunitarias este tipo de remuneración es el ejército. La soldada del soldado raso se reduce también a un mínimo: está determinada puramente por los costes de producción con los que se le puede procurar. Pero aquello por lo que cambia su prestación de servicio es el rédito del Estado, no capital. En la propia sociedad burguesa pertenece a esta rúbrica todo cambio de prestaciones de servicios personales —también el trabajo para el consumo personal, cocinar, coser, etc., el trabajo de jardinería, etc., hasta llegar a todas las clases improductivas, funcionarios del Estado, médicos, abogados, eruditos, etc.— por rédito; cae en esta categoría. Todos los criados domésticos [menial servants], etc. Todos estos trabajadores, del más bajo al más alto, se procuran mediante sus prestaciones de servicios —a menudo impuestas— una participación en el plusproducto, en el rédito del capitalista. Pero a nadie se le ocurre pensar que, al cambiar su rédito por tales prestaciones de servicios, es decir, mediante su consumo privado, el capitalista se ponga como capital. Más bien gasta con ello los frutos de su capital. Que las proporciones en que el rédito se cambia por este trabajo vivo estén determinadas a su vez por las leyes generales de la producción no cambia nada la naturaleza de la relación.
Como ya mencionamos en el apartado del dinero, es más bien el que presta el servicio quien aquí pone propiamente valor: convierte un valor de uso —un cierto tipo de trabajo, de servicio, etc.— en valor, dinero. Por eso en la Edad Media, en parte en contraposición con la nobleza terrateniente que consume, los que se orientan a la producción y acumulación de dinero proceden, por este lado, del lado del trabajo vivo; acumulan y se convierten así en capitalistas en potencia [δυνάμει]20 para un periodo posterior. Del siervo emancipado sale, en parte, el capitalista.
Por eso tampoco depende de la relación en general, sino de la cualidad natural, particular, del servicio, que el que recibe la soldada perciba un jornal, unos honorarios o una lista civil, y que aparezca como más distinguido o más humilde que el que paga el servicio. Bajo el presupuesto del capital como poder dominante, todas estas relaciones quedarán, desde luego, más o menos deshonradas. Pero esto no corresponde todavía aquí: esta desdivinización de las prestaciones de servicios personales, sea cual sea el carácter sublime que la tradición, etc., haya querido atribuirles.
No es, pues, simplemente el cambio de trabajo objetivado por trabajo vivo —que desde este punto de vista aparecen como dos determinaciones distintas, valores de uso de forma distinta, la una como determinación en forma objetiva, la otra en forma subjetiva— lo que constituye el capital y, por tanto, el trabajo asalariado, sino el cambio de trabajo objetivado como valor, como valor que se mantiene en sí, por trabajo vivo como su valor de uso, como valor de uso no para un uso o consumo determinado, particular, sino como valor de uso para el valor. |
|50| En el cambio de dinero por trabajo o servicio para el consumo inmediato tiene lugar siempre un cambio real; que de ambos lados se cambien cantidades de trabajo solo tiene un interés formal: medir entre sí las formas particulares de utilidad del trabajo. Afecta solo a la forma del cambio, pero no constituye su contenido. En el cambio de capital por trabajo, el valor no es la medida para el cambio de dos valores de uso, sino el contenido del cambio mismo.
- En épocas de disolución de relaciones preburguesas aparecen esporádicamente obreros libres cuyo servicio se compra no con fines de consumo, sino de producción; pero, en primer lugar, incluso a gran escala, solo para la producción de valores de uso inmediatos, no de valores; y, en segundo lugar, si el noble, p. ej., añade el obrero libre a sus siervos, vende también de nuevo parte de su producto y el obrero libre le crea así valor, este cambio solo tiene lugar para lo superfluo y solo se hace en interés de lo superfluo, del consumo de lujo; en el fondo [au fond], pues, no es más que una compra disfrazada de trabajo ajeno para el consumo inmediato o como valor de uso. Por lo demás, allí donde estos obreros libres se multiplican y esta relación aumenta, el antiguo modo de producción —comunal, patriarcal, feudal, etc.— está en vías de disolución y se preparan los elementos para el verdadero trabajo asalariado. Pero estos criados libres pueden también aparecer, como p. ej. en Polonia, etc., y volver a desaparecer sin que cambie el modo de producción.
❲Para expresar como relaciones de propiedad o leyes las relaciones en que entran el capital y el trabajo asalariado, no tenemos más que expresar el comportamiento de ambos lados en el proceso de valorización como proceso de apropiación. P. ej., que el plustrabajo se ponga como plusvalía del capital significa que el obrero no se apropia el producto de su propio trabajo; que este se le presenta como propiedad ajena; e, inversamente, que el trabajo ajeno aparece como propiedad del capital. Esta segunda ley de la propiedad burguesa, en la que se invierte la primera —y que, por el derecho de herencia, etc., adquiere una existencia independiente del azar de la caducidad de los capitalistas individuales—, se establece como ley igual que la primera. La primera es la identidad del trabajo con la propiedad; la segunda, el trabajo como propiedad negada o la propiedad como negación de la ajenidad del trabajo ajeno. En realidad [in fact], en el proceso de producción del capital, como se mostrará todavía más al desarrollarlo, el trabajo es una totalidad —una combinación de trabajos— cuyos componentes individuales son ajenos entre sí, de modo que el trabajo total como totalidad no es la obra del obrero individual, y tampoco es la obra de los distintos obreros juntos sino en la medida en que están combinados, no en la medida en que se comportan unos con otros como agentes de la combinación. En su combinación, este trabajo aparece tanto al servicio de una voluntad ajena y de una inteligencia ajena, y dirigido por ella —con su unidad anímica fuera de sí—, como subordinado, en su unidad material, a la unidad objetiva de la maquinaria, del capital fijo [capital fixe], que, como monstruo animado, objetiva el pensamiento científico y es de hecho lo que lo reúne todo, y que en modo alguno se comporta como instrumento respecto del obrero individual, sino que más bien es este quien existe como puntualidad individual animada, como accesorio vivo y aislado de ella. El trabajo combinado es así, por un doble lado, combinación en sí; no combinación como relación mutua de los individuos que trabajan juntos, ni como su abarcar, ya sea su función particular o aislada, ya sea el instrumento de trabajo. Por eso, si el obrero se comporta respecto del producto de su trabajo como respecto de algo ajeno, igualmente se comporta respecto del trabajo combinado como respecto de algo ajeno, y respecto de su propio trabajo como respecto de una manifestación vital que, aunque le pertenece, le es ajena, forzada, y que por eso A. Smith, etc., concibe como fatiga, sacrificio, etc. El trabajo mismo, como su producto, está negado como trabajo del obrero particular, aislado. El trabajo aislado negado es ahora, de hecho, el trabajo comunitario o combinado puesto. Pero el trabajo comunitario o combinado así puesto —tanto como actividad como pasado a la forma en reposo del objeto— está puesto a la vez inmediatamente como un otro del trabajo individual realmente existente: tanto como objetividad ajena (propiedad ajena) como subjetividad ajena (la del capital). El capital representa, pues, tanto el trabajo como su producto en cuanto trabajo aislado negado y, por tanto, en cuanto propiedad negada del obrero aislado. Es, pues, la existencia del trabajo social —su combinación como sujeto y como objeto—, pero esta existencia como algo que existe a su vez de manera autónoma frente a sus momentos reales; por tanto, ella misma como existencia particular junto a ellos. El capital, por su parte, aparece por eso como el sujeto que abarca y propietario del trabajo ajeno, y su relación misma es la de una contradicción tan completa como la del trabajo asalariado.❳
[Formas que preceden a la producción capitalista]
Si el trabajo libre y el cambio de este trabajo libre por dinero, para reproducir y valorizar el dinero, para ser consumido por el dinero como valor de uso, no para el disfrute, sino como valor de uso para el dinero, es presupuesto del trabajo asalariado y una de las condiciones históricas del capital, la separación del trabajo libre respecto de las condiciones objetivas de su realización —respecto del medio de trabajo y del material de trabajo— es otro presupuesto. Así pues, ante todo, desprendimiento del obrero respecto de la tierra como su laboratorio natural; y, por tanto, disolución tanto de la pequeña propiedad libre del suelo como de la propiedad comunitaria del suelo basada en la comuna oriental. En ambas formas el obrero se relaciona con las condiciones objetivas de su trabajo como con su propiedad; es esta la unidad natural del trabajo con sus presupuestos materiales. El obrero tiene por eso, independientemente del trabajo, una existencia objetiva. El individuo se relaciona consigo mismo como propietario, como señor ||51| de las condiciones de su realidad. Del mismo modo se relaciona con los demás y, según que este presupuesto esté puesto como procedente de la entidad comunitaria o de las familias individuales que constituyen la comunidad, se relaciona con los demás como con copropietarios, otras tantas encarnaciones de la propiedad común, o como con propietarios independientes junto a él, propietarios privados independientes, junto a los cuales la propiedad común, que antes lo absorbía todo y lo abarcaba todo, queda puesta ella misma como ager publicus particular al lado de los muchos propietarios privados del suelo.
En ambas formas los individuos no se relacionan como obreros, sino como propietarios y miembros de una entidad comunitaria, que al mismo tiempo trabajan. El fin de este trabajo no es la creación de valor —aunque puedan realizar plustrabajo para obtener a cambio productos ajenos, es decir, plusproductos—, sino que su fin es la conservación del propietario individual y de su familia, así como de la entidad comunitaria en su conjunto. La posición del individuo como obrero, en esta desnudez, es ella misma un producto histórico.
En la primera forma de esta propiedad del suelo aparece ante todo, como primer presupuesto, una entidad comunitaria natural.21 La familia y la familia ampliada en tribu, o por medio de matrimonios entre familias, o la combinación de tribus. Como podemos suponer que el pastoreo y, en general, la migración es la primera forma del modo de existencia —no que la tribu se asiente en un lugar determinado, sino que pasta lo que encuentra (los hombres no son sedentarios por naturaleza, a no ser en un entorno natural tan especialmente fértil que se queden sentados en él como los monos en un árbol; si no, vagan [roaming] como los animales salvajes)—, la comunidad tribal, la entidad comunitaria natural, no aparece como resultado, sino como presupuesto de la apropiación comunitaria (temporal) y de la utilización del suelo. Cuando por fin se asientan, el grado en que se modifique esta comunidad originaria dependerá tanto de diversas condiciones externas, climáticas, geográficas, físicas, etc., como de su disposición natural particular, etc., de su carácter tribal. La comunidad tribal natural o, si se quiere, la vida gregaria, es el primer presupuesto —la comunidad de sangre, lengua, costumbres, etc.— de la apropiación de las condiciones objetivas de su vida y de la actividad que la reproduce y la objetiva (actividad como pastores, cazadores, agricultores, etc.). La tierra es el gran laboratorio, el arsenal que proporciona tanto el medio de trabajo como el material de trabajo, así como el asiento, la base de la entidad comunitaria. Se relacionan ingenuamente con ella como con la propiedad de la entidad comunitaria, y de la entidad comunitaria que se produce y se reproduce en el trabajo vivo. Cada individuo se relaciona solo como eslabón, como miembro de esta entidad comunitaria, como propietario o poseedor. La apropiación real por medio del proceso de trabajo tiene lugar bajo estos presupuestos, que no son ellos mismos producto del trabajo, sino que aparecen como sus presupuestos naturales o divinos. Esta forma, en cuya base está la misma relación fundamental, puede realizarse a su vez de maneras muy diversas. Por ejemplo, no la contradice en absoluto que, como en la mayoría de las formas fundamentales asiáticas, la unidad que lo abarca todo, situada por encima de todas estas pequeñas entidades comunitarias, aparezca como el propietario superior o como el único propietario, y las comunidades reales, por tanto, solo como poseedoras hereditarias. Como la unidad es el propietario real y el presupuesto real de la propiedad comunitaria, puede aparecer ella misma como algo particular por encima de las muchas entidades comunitarias particulares reales, con lo que el individuo carece entonces de hecho de propiedad, o bien la propiedad —es decir, la relación del individuo con las condiciones naturales del trabajo y de la reproducción como pertenecientes a él, como el cuerpo objetivo de su subjetividad, encontrado ya ahí como naturaleza inorgánica— aparece para él mediada por la cesión que la unidad global, realizada en el déspota como padre de las muchas entidades comunitarias, hace al individuo por la mediación de la comunidad particular. El plusproducto —que, por lo demás, se determina legalmente a consecuencia de la apropiación real por medio del trabajo— pertenece con ello por sí mismo a esta unidad suprema. En medio del despotismo oriental y de la carencia de propiedad que jurídicamente parece existir en él, existe por tanto de hecho como fundamento esta propiedad tribal o comunal, producida la mayoría de las veces por una combinación de manufactura y agricultura dentro de la pequeña comunidad, que de este modo se basta enteramente a sí misma [self-sustaining] y contiene en sí todas las condiciones de la reproducción y de la producción excedente. Una parte de su plustrabajo pertenece a la comunidad superior, que existe en último término como persona, y este plustrabajo se hace valer tanto en el tributo, etc., como en trabajos comunes para glorificar la unidad, en parte el déspota real, en parte el ente tribal imaginado, el dios. Esta clase de propiedad comunal puede ahora, en la medida en que se realiza realmente en el trabajo, aparecer o bien de tal modo que las pequeñas comunidades vegeten independientes unas al lado de otras, y dentro de ellas el individuo trabaje con su familia, independientemente, en el lote que le ha sido asignado (un trabajo determinado, por un lado, para la reserva comunitaria, el seguro, por así decirlo, y, por otro, para sufragar los costes de la entidad comunitaria como tal, es decir, para la guerra, el culto, etc.; el dominium señorial en el sentido más originario solo se encuentra aquí, p. ej., en las comunidades eslavas, en las rumanas, etc. Aquí está el paso a la prestación personal [Frohndienst], etc.), o bien la unidad puede extenderse a la comunidad en el trabajo mismo, que puede ser un sistema en toda regla, como en México, en Perú sobre todo, entre los antiguos celtas, en algunas tribus de la India. Además, la comunidad dentro del régimen tribal puede aparecer más bien de tal modo que la unidad esté representada en un jefe de la familia tribal o como la relación de los padres de familia entre sí. De ahí, entonces, una forma más despótica o más democrática de esta entidad comunitaria. Las condiciones comunitarias de la apropiación real por medio del trabajo, los acueductos, muy importantes entre los pueblos asiáticos, los medios de comunicación, etc., aparecen entonces como obra de la unidad superior, del gobierno despótico que se cierne sobre las pequeñas comunidades. Las ciudades propiamente dichas solo se forman aquí, junto a estas aldeas, allí donde hay un punto especialmente favorable para el comercio exterior, o allí donde el jefe del Estado y sus sátrapas cambian su rédito (plusproducto) por trabajo, lo gastan como fondo de trabajo [labour-fonds].||52| La 2a forma —que, como la primera, ha producido modificaciones esenciales, locales, históricas, etc.—, producto de una vida histórica más agitada, [de los] destinos y de la modificación de las tribus originarias, supone también la entidad comunitaria como primer presupuesto, pero no, como en el primer caso, como sustancia de la que los individuos son meros accidentes o de la que forman parte de un modo puramente natural; no supone la tierra como base, sino la ciudad como asiento ya creado de los campesinos (propietarios del suelo). El campo aparece como territorio de la ciudad, no la aldea como mero accesorio de la tierra. La tierra en sí —por muchos obstáculos que pueda oponer a que se la trabaje, a que se la apropie realmente— no opone obstáculo alguno a que uno se relacione con ella como con la naturaleza inorgánica del individuo vivo, su taller, el medio de trabajo, el objeto de trabajo y el medio de vida del sujeto. Las dificultades con que tropieza la entidad comunitaria solo pueden proceder de otras entidades comunitarias que ya han ocupado el suelo o que inquietan a la comunidad en su ocupación. La guerra es, por eso, la gran tarea colectiva, el gran trabajo comunitario que se requiere, ya sea para ocupar las condiciones objetivas de la existencia viva, ya sea para proteger y perpetuar su ocupación. Por eso la comunidad compuesta de familias está organizada en primer lugar militarmente, como organización guerrera y militar, y esta es una de las condiciones de su existencia como propietaria. La concentración de las residencias en la ciudad es el fundamento de esta organización guerrera. El régimen tribal conduce de por sí a linajes superiores e inferiores, una diferencia que se desarrolla todavía más por la mezcla con tribus sojuzgadas, etc. La propiedad comunal —como propiedad del Estado—, el ager publicus, está aquí separada de la propiedad privada. La propiedad del individuo no es aquí, como en el primer caso, inmediatamente ella misma propiedad comunal, caso en el que no es propiedad del individuo separada de la comunidad, pues él es más bien solo su poseedor. Cuanto menos pueda valorizarse de hecho la propiedad del individuo solo por medio del trabajo común —como, p. ej., los acueductos en Oriente—, cuanto más se haya quebrado el carácter puramente natural de la tribu por el movimiento histórico, por la migración; cuanto más, además, se aleje la tribu de su asiento originario y ocupe suelo ajeno, y entre así en condiciones de trabajo esencialmente nuevas, y más desarrollada esté la energía del individuo —y su carácter común aparezca más como unidad negativa hacia fuera, y así tenga que aparecer—, tanto más se dan las condiciones para que el individuo se convierta en propietario privado del suelo, de una parcela particular cuyo cultivo particular le corresponde a él y a su familia. La comunidad —como Estado— es, por un lado, la relación de estos propietarios privados libres e iguales entre sí, su unión frente al exterior, y es al mismo tiempo su garantía. La entidad comunitaria descansa aquí tanto en que sus miembros consten de propietarios del suelo que trabajan, de campesinos parcelarios, como la independencia de estos últimos consiste en su relación mutua como miembros de la comunidad, en el aseguramiento del ager publicus para las necesidades comunitarias y la gloria comunitaria, etc. Ser miembro de la comunidad sigue siendo aquí el presupuesto para la apropiación del suelo, pero como miembro de la comunidad el individuo es propietario privado. Se relaciona con su propiedad privada como suelo, pero al mismo tiempo como con su ser de miembro de la comunidad, y su conservación como tal es igualmente la conservación de la comunidad, y a la inversa, etc. Como la comunidad, aunque aquí ya producto histórico, no solo de hecho, sino sabido como tal, y por tanto surgida, es aquí el presupuesto de la propiedad del suelo —es decir, de la relación del sujeto que trabaja con los presupuestos naturales del trabajo como pertenecientes a él—, esta pertenencia está mediada, sin embargo, por su ser de miembro del Estado, por el ser del Estado, y por tanto por un presupuesto que se considera divino, etc. Concentración en la ciudad con el campo como territorio; pequeña agricultura que trabaja para el consumo inmediato; manufactura como industria doméstica accesoria de las mujeres y las hijas (hilar y tejer) o independizada solo en ramas aisladas (fabri, etc.). El presupuesto de la persistencia de esta entidad comunitaria es la conservación de la igualdad entre sus campesinos libres que se bastan a sí mismos [self-sustaining peasants] y el trabajo propio como condición de la persistencia de su propiedad. Se relacionan como propietarios con las condiciones naturales del trabajo; pero estas condiciones tienen que ser puestas todavía constantemente, por medio del trabajo personal, realmente como condiciones y elementos objetivos de la personalidad del individuo, de su trabajo personal. Por otro lado, la orientación de esta pequeña entidad comunitaria guerrera la empuja más allá de estos límites, etc. (Roma, Grecia, los judíos, etc.).
«Cuando los augurios», dice Niebuhr, «hubieron asegurado a Numa la aprobación divina de su elección, el primer cuidado del piadoso rey no fue el culto de los templos, sino humano. Repartió las tierras que Rómulo había ganado en la guerra y abandonado a la ocupación: instituyó el culto de Término. Todos los legisladores antiguos, y Moisés antes que ninguno, fundaron el éxito de sus disposiciones en favor de la virtud, la rectitud y las buenas costumbres en la propiedad de la tierra o, al menos, en una posesión hereditaria y asegurada de la tierra para el mayor número posible de ciudadanos».22 (Bd I, 245, 2te Ausgabe. Röm. Gesch.) El individuo está situado en tales condiciones para ganarse la vida que su fin no es la adquisición de riqueza, sino el propio sustento, su propia reproducción como miembro de la comunidad; la reproducción de sí mismo como propietario de la parcela de tierra y, en esa calidad, como miembro de la comuna. La persistencia de la comuna es la reproducción de todos sus miembros como campesinos que se bastan a sí mismos, cuyo tiempo excedente pertenece precisamente a la comuna, al trabajo de la guerra, etc. La propiedad del trabajo propio está mediada por la propiedad de la condición del trabajo —el lote [Hufe] de tierra—, garantizada a su vez por la existencia de la comunidad, y esta, a su vez, por el plustrabajo de los miembros de la comunidad en forma de servicio militar, etc. No es la cooperación en el trabajo productor de riqueza [wealth producing] lo que permite al miembro de la comunidad reproducirse, sino la cooperación en el trabajo para los intereses comunes (imaginarios y reales), para mantener la asociación hacia fuera y hacia dentro. La propiedad es quiritaria, romana; el propietario privado del suelo solo lo es como romano, pero como romano es propietario privado del suelo.23|
|53| Una 3a forma de la propiedad de los individuos que trabajan, miembros de la comunidad que se bastan a sí mismos [selfsustaining members of the community], sobre las condiciones naturales de su trabajo es la germánica. Aquí ni es, como en la forma específicamente oriental, el miembro de la comunidad como tal copropietario de la propiedad comunitaria (donde la propiedad existe solo como propiedad comunal, el miembro individual como tal es solo poseedor de una parte particular, hereditaria o no, ya que ninguna fracción de la propiedad pertenece a ningún miembro para sí, sino como miembro inmediato de la comunidad; por tanto, como directamente en unidad con ella, no en diferencia respecto de ella. Este individuo es, pues, solo poseedor. Solo existe propiedad comunitaria y solo posesión privada. El modo de esta posesión en relación con la propiedad comunitaria puede estar modificado de maneras muy diversas, histórica y localmente, etc., según que el trabajo mismo lo realice aisladamente el poseedor privado o esté a su vez determinado por la comunidad o por la unidad que se cierne sobre la comunidad particular); ni es tampoco, como en la forma romana, griega (en suma, la de la Antigüedad clásica) —aquí el suelo está ocupado por la comunidad, es suelo romano; una parte queda para la comunidad como tal a diferencia de los miembros de la comunidad, el ager publicus en sus diversas formas; la otra parte se reparte, y cada parcela del suelo es romana porque es la propiedad privada, el dominio de un romano, la parte que le pertenece del laboratorio; pero él, a su vez, solo es romano en la medida en que posee este derecho soberano sobre una parte de la tierra romana—. ❲«En la Antigüedad, la industria urbana y el comercio, poco estimados, pero la agricultura, muy estimada; en la Edad Media, el juicio opuesto».❳24 ❲«El derecho de utilización de la tierra comunal por medio de la posesión [correspondía] originariamente a los patricios, que luego enfeudaban a sus clientes; la asignación de propiedad procedente del ager publicus correspondía exclusivamente a los plebeyos; todas las asignaciones a favor de los plebeyos, e indemnización por una parte de la tierra comunal. La propiedad de la tierra propiamente dicha, exceptuada la zona bajo las murallas de la ciudad, estaba originariamente solo en manos de los plebeyos» (comunidades rurales admitidas más tarde).❳ ❲«Carácter fundamental de la plebe romana como conjunto de campesinos, tal como queda designado en su propiedad quiritaria. Los antiguos tenían unánimemente la agricultura por la ocupación propia del hombre libre, escuela del soldado. En ella se conserva el viejo tronco de la nación; esta cambia en las ciudades, donde se establecen comerciantes y artesanos extranjeros, del mismo modo que los nativos se trasladan allí adonde los atrae la ganancia. Dondequiera que hay esclavitud, el liberto busca su sustento en tales ocupaciones, con las que a menudo acumula riquezas; así, también en la Antigüedad estos oficios estaban la mayoría de las veces en sus manos y, por eso, no eran decorosos para el ciudadano; de ahí la opinión de que era peligroso admitir a los artesanos a la plena ciudadanía (por regla general, entre los griegos más antiguos estaban excluidos). “A ningún romano le estaba permitido llevar vida de artesano”.25 Los antiguos no tenían la menor idea de un régimen gremial digno, como en la historia de las ciudades medievales; e incluso aquí el espíritu guerrero decayó a medida que los gremios se impusieron a los linajes, y acabó por extinguirse del todo; y con él, también el respeto exterior y la libertad de las ciudades».❳ ❲«Las tribus de los Estados antiguos se fundaban de dos maneras: o por linajes o por lugares. Las tribus de linaje preceden en antigüedad a las tribus de lugar y casi en todas partes son desplazadas por ellas. Su forma extrema y más rígida es la institución de las castas, en la que cada una está separada de la otra, sin derecho recíproco de matrimonio, completamente distintas en dignidad; cada una con una profesión exclusiva e inmutable. Las tribus de lugar corresponden originariamente a una división del territorio en distritos y aldeas; de modo que quien, en la época en que se establecieron, en el Ática bajo Clístenes, estaba asentado en una aldea, quedaba inscrito como su demota en la fila a cuya región pertenecía aquella. Por regla general, sus descendientes permanecían luego, sin consideración de su lugar de residencia, en la misma fila y el mismo demo; con lo que también esta división adoptó una apariencia de ascendencia».26 Que los linajes romanos no eran parientes de sangre: Cicerón añade como rasgo distintivo, además del nombre común, la descendencia de hombres libres. Los gentiles romanos tenían sacra comunes; esto cesó más tarde (ya en tiempos de Cicerón). Lo que más duró fue la herencia de los miembros del linaje muertos sin parientes ni disposición testamentaria. Obligación, en la época más antigua, de los gennetas de ayudar a soportar cargas extraordinarias al necesitado de entre los suyos. (Entre los alemanes, originariamente en todas partes; durante más tiempo, entre los dithmarscos.) Las gentes, corporaciones. «En el mundo antiguo no había ninguna organización más general que los linajes. Así, entre los gaélicos, los nobles Campbell y sus vasallos, que formaban un clan». ❳ Como el patricio representa en mayor grado la entidad comunitaria, es el possessor del ager publicus y lo utiliza por medio de sus clientes, etc. (y también se lo va apropiando poco a poco). La comunidad germánica no se concentra en la ciudad; por esta simple concentración —la ciudad como centro de la vida rural, residencia de los trabajadores de la tierra y, del mismo modo, centro de la conducción de la guerra—, la comunidad como tal posee ahora una existencia exterior, distinta de la del individuo. La historia clásica antigua es historia de ciudades, pero de ciudades fundadas en la propiedad del suelo y la agricultura; la historia asiática es una especie de unidad indiferenciada de ciudad y campo (las ciudades realmente grandes han de considerarse aquí solo como campamentos principescos, como una superfetación sobre la construcción propiamente económica); la Edad Media (época germánica) parte del campo como sede de la historia, cuyo desarrollo ulterior se produce luego en la oposición entre ciudad y campo; la [historia] moderna es urbanización del campo, no, como entre los antiguos, ruralización de la ciudad.| | V‒1 | En la unión en la ciudad, la comunidad como tal posee una existencia económica; la mera existencia de la ciudad como tal es distinta de una mera multiplicidad de casas independientes. El todo no consiste aquí en sus partes. Es una especie de organismo independiente. Entre los germanos, donde los jefes de familia individuales se establecen en los bosques, separados por largas distancias, la comunidad, considerada ya exteriormente, solo existe por la reunión periódica de los miembros de la comunidad, aunque su unidad que es en sí está puesta en la ascendencia, la lengua, el pasado y la historia comunes, etc. La comunidad aparece, pues, como reunión [Vereinigung], no como asociación [Verein], como unificación cuyos sujetos independientes son los propietarios de la tierra, no como unidad. Por eso la comunidad no existe de hecho como Estado, como entidad estatal, como existe entre los antiguos, porque no existe como ciudad. Para que la comunidad entre en existencia real, los propietarios libres de la tierra tienen que celebrar asamblea, mientras que en Roma, p. ej., la comunidad existe, fuera de estas asambleas, en la existencia de la ciudad misma y de los magistrados puestos a su frente, etc. Ciertamente, también entre los germanos aparece el ager publicus, la tierra comunal o tierra del pueblo, a diferencia de la propiedad del individuo. Es terreno de caza, de pastos, de leña, etc., la parte de la tierra que no puede dividirse si ha de servir como medio de producción en esta forma determinada. Sin embargo, este ager publicus no aparece, como entre los romanos, p. ej., como la existencia económica particular del Estado junto a los propietarios privados, de modo que estos son propiamente propietarios privados como tales en la medida en que estaban excluidos, privados, como los plebeyos, [de] la utilización del ager publicus. El ager publicus aparece más bien entre los germanos solo como complemento de la propiedad individual y solo figura como propiedad en la medida en que se defiende frente a las tribus enemigas como posesión común de una tribu. La propiedad del individuo no aparece mediada por la comunidad, sino que es la existencia de la comunidad y de la propiedad comunal la que aparece como mediada, es decir, como relación de los sujetos independientes entre sí. El todo económico está contenido en el fondo [au fond] en cada casa individual, que forma para sí un centro independiente de la producción (manufactura puramente como trabajo doméstico accesorio de las mujeres, etc.). En el mundo antiguo, la ciudad con su término rural [Landmark] es el todo económico; en el germánico, la residencia individual, que a su vez aparece solo como un punto en la tierra que le pertenece, que no es una concentración de muchos propietarios, sino la familia como unidad independiente. En la forma asiática (al menos en la predominante), no hay propiedad, sino solo posesión del individuo; la comunidad es el propietario real propiamente dicho; por tanto, propiedad solo como propiedad comunitaria del suelo. Entre los antiguos (los romanos como el ejemplo más clásico, la cosa en la forma más pura y acusada), forma antitética de propiedad estatal del suelo y propiedad privada del suelo, de modo que la segunda está mediada por la primera o la primera existe ella misma en esta doble forma. El propietario privado del suelo es, por eso, al mismo tiempo ciudadano urbano. Económicamente, la ciudadanía se disuelve en la forma simple de que el campesino es habitante de una ciudad. En la forma germánica, el campesino no es ciudadano del Estado, es decir, no es habitante de ciudad, sino que el fundamento es la vivienda familiar aislada e independiente, garantizada por la unión con otras viviendas familiares semejantes de la misma tribu y por su reunión ocasional, para la guerra, la religión, la solución de litigios, etc., con vistas a esa garantía recíproca. La propiedad individual del suelo no aparece aquí como forma antitética de la propiedad del suelo de la comunidad, ni como mediada por ella, sino a la inversa. La comunidad solo existe en la relación mutua de estos propietarios individuales del suelo como tales. La propiedad comunal como tal aparece solo como accesorio comunitario de las residencias tribales y de las apropiaciones del suelo individuales. Ni es la comunidad la sustancia en la que el individuo aparece solo como accidente, ni lo general que, como tal, tanto en su representación como en la existencia de la ciudad y de sus necesidades urbanas a diferencia de las del individuo, o en su suelo urbano como su existencia particular a diferencia de la existencia económica particular del miembro de la comunidad, es una unidad que es; sino que, por un lado, la comunidad en sí, como lo comunitario en la lengua, la sangre, etc., está presupuesta al propietario individual; pero, por otro lado, como existencia solo existe en su asamblea real para fines comunitarios y, en la medida en que tiene una existencia económica particular, en las tierras de caza, de pastos, etc., utilizadas en común, la utiliza así cada propietario individual como tal, no como representante (como en Roma) del Estado; propiedad realmente común de los propietarios individuales, no de la asociación de estos propietarios como poseedora, en la ciudad misma, de una existencia separada de ellos como individuos. De lo que propiamente se trata aquí es de esto: en todas estas formas, en las que la propiedad del suelo y la agricultura forman la base del orden económico y, por tanto, la producción de valores de uso es el fin económico, la reproducción del individuo en las relaciones determinadas con su comunidad en las que forma la base de esta, se da: 1) apropiación, no por medio del trabajo, sino como presupuesta al trabajo, de la condición natural del trabajo, de la tierra, como instrumento originario de trabajo, laboratorio y depósito de las materias primas. El individuo se relaciona simplemente con las condiciones objetivas del trabajo como con las suyas; con ellas como con la naturaleza inorgánica de su subjetividad, en la que esta se realiza a sí misma; la principal condición objetiva del trabajo no aparece ella misma como producto del trabajo, sino que se encuentra ya ahí como naturaleza; ||2| de un lado, el individuo vivo; del otro, la tierra como condición objetiva de su reproducción; 2) pero esta relación con el suelo, con la tierra, como propiedad del individuo que trabaja —que, por tanto, no aparece de entrada como individuo que meramente trabaja, en esta abstracción, sino que en la propiedad de la tierra tiene un modo objetivo de existencia que está presupuesto a su actividad y no aparece como su mero resultado, y que es tanto un presupuesto de su actividad como su piel o sus órganos de los sentidos, que ciertamente también reproduce y desarrolla, etc., en el proceso vital, pero que a su vez están presupuestos a este proceso de reproducción— está mediada inmediatamente por la existencia natural, más o menos desarrollada y modificada históricamente, del individuo como miembro de una comunidad: su existencia natural como miembro de una tribu, etc. Un individuo aislado no podría tener propiedad del suelo, como tampoco podría hablar. Ciertamente, podría alimentarse de él como de la sustancia, como hacen los animales. La relación con la tierra como propiedad está siempre mediada por la ocupación, pacífica o violenta, del suelo por la tribu, por la comunidad, en alguna forma más o menos natural o ya históricamente más desarrollada. El individuo no puede aparecer aquí nunca en la puntualidad en la que aparece como mero obrero libre. Si las condiciones objetivas de su trabajo están presupuestas como pertenecientes a él, él mismo está subjetivamente presupuesto como miembro de una comunidad por la que está mediada su relación con el suelo. Su relación con las condiciones objetivas del trabajo está mediada por su existencia como miembro de la comunidad; por otro lado, la existencia real de la comunidad está determinada por la forma determinada de su propiedad sobre las condiciones objetivas del trabajo. Ya aparezca esta propiedad mediada por la existencia en la comunidad como propiedad comunitaria, en la que el individuo es solo poseedor y no hay propiedad privada del suelo; ya aparezca la propiedad en la doble forma de propiedad estatal y propiedad privada una junto a otra, pero de modo que la segunda aparece como puesta por la primera, y por eso solo el ciudadano del Estado es y tiene que ser propietario privado, mientras que, por otro lado, su propiedad como ciudadano del Estado tiene a la vez una existencia particular; o ya aparezca, por último, la propiedad comunal solo como complemento de la propiedad individual, pero esta como la base, y la comunidad no tenga en absoluto existencia para sí fuera de la asamblea de los miembros de la comunidad y de su unión para fines comunes: estas diversas formas de relación de los miembros de la comunidad o de la tribu con el suelo de la tribu —la tierra en la que se ha asentado— dependen en parte de las disposiciones naturales de la tribu, en parte de las condiciones económicas en que se relaciona ahora realmente como propietaria con el suelo, es decir, en que se apropia sus frutos por medio del trabajo, y esto dependerá a su vez del clima, de la constitución física del suelo, del modo físicamente condicionado de su explotación, de la relación con tribus enemigas o tribus vecinas y de los cambios que introducen las migraciones, las vivencias históricas, etc. Para que la comunidad siga existiendo a la antigua manera, como tal, es necesaria la reproducción de sus miembros bajo las condiciones objetivas presupuestas. La producción misma, el aumento de la población (también este pertenece a la producción), suprime necesariamente poco a poco estas condiciones; las destruye en lugar de reproducirlas, etc., y con ello sucumbe la entidad comunitaria junto con las relaciones de propiedad en que se fundaba. La forma que necesariamente se mantiene con más tenacidad y durante más tiempo es la asiática. Esto se debe a su presupuesto: que el individuo no se vuelve independiente frente a la comunidad; que hay un círculo de la producción que se basta a sí mismo, unidad de agricultura y manufactura manual, etc. Si el individuo cambia su relación con la comunidad, cambia con ello la comunidad y actúa destructivamente sobre ella, así como sobre su presupuesto económico; por otro lado, el cambio de este presupuesto económico, producido por su propia dialéctica, el empobrecimiento, etc. Sobre todo la influencia del régimen guerrero y de la conquista, que en Roma, p. ej., pertenece esencialmente a las condiciones económicas de la comunidad misma, suprime el vínculo real en que esta descansa. En todas estas formas, la reproducción de relaciones presupuestas —más o menos naturales o también nacidas históricamente, pero convertidas en tradicionales— del individuo con su comunidad, y una existencia objetiva determinada, predeterminada para él, tanto en la relación con las condiciones del trabajo como con sus compañeros de trabajo, los miembros de su tribu, etc., es el fundamento del desarrollo, que por eso es de entrada un desarrollo limitado, pero que, con la supresión del límite, representa decadencia y ruina. El desarrollo de la esclavitud, la concentración de la propiedad de la tierra, el cambio, el sistema monetario, la conquista, etc., así entre los romanos, aunque todos estos elementos parecen hasta cierto punto compatibles con el fundamento y en parte parecen solo ampliarlo inocentemente, en parte brotar de él como meros abusos. Pueden tener lugar aquí grandes desarrollos dentro de un círculo determinado. Los individuos pueden parecer grandes. Pero en un desarrollo libre y pleno, ni del individuo ni de la sociedad, no cabe pensar aquí, ya que tal desarrollo está en contradicción con la relación originaria.||3| Nunca encontramos entre los antiguos una investigación sobre qué forma de la propiedad del suelo, etc., es la más productiva, la que crea mayor riqueza. La riqueza no aparece como fin de la producción, aunque Catón pueda muy bien investigar qué cultivo del campo es el más rentable, o Bruto incluso prestar su dinero al mejor interés.27 La investigación es siempre qué modo de propiedad crea los mejores ciudadanos. La riqueza solo aparece como fin en sí entre los pocos pueblos comerciantes —monopolistas del comercio de transporte [carrying trade]— que viven en los poros del mundo antiguo, como los judíos en la sociedad medieval. Ahora bien, la riqueza es, por un lado, cosa, realizada en cosas, en productos materiales, frente a los que el hombre está como sujeto; por otro lado, como valor, es mero mando sobre trabajo ajeno, no con el fin del dominio, sino del disfrute privado, etc. En todas las formas aparece en figura de cosa, ya sea cosa, ya sea relación por medio de la cosa, que está fuera del individuo y accidentalmente a su lado. Así, la vieja concepción, en la que el hombre, en cualquier determinación nacional, religiosa o política estrecha que sea, aparece como fin de la producción, parece muy elevada frente al mundo moderno, en el que la producción aparece como fin del hombre y la riqueza como fin de la producción. Pero, de hecho, una vez despojada de la estrecha forma burguesa, ¿qué es la riqueza sino la universalidad de las necesidades, capacidades, disfrutes, fuerzas productivas, etc., de los individuos, engendrada en el cambio universal? ¿El pleno desarrollo del dominio humano sobre las fuerzas naturales, tanto sobre las de la llamada naturaleza como sobre las de su propia naturaleza? ¿La elaboración absoluta de sus disposiciones creadoras, sin otro presupuesto que el desarrollo histórico precedente, que convierte en fin en sí esta totalidad del desarrollo, es decir, del desarrollo de todas las fuerzas humanas como tales, no medidas con un patrón dado de antemano? ¿Donde el hombre no se reproduce en una determinidad, sino que produce su totalidad? ¿Donde no busca seguir siendo algo ya devenido, sino que está en el movimiento absoluto del devenir? En la economía burguesa —y en la época de la producción a la que corresponde— esta plena elaboración de la interioridad humana aparece como pleno vaciamiento; esta objetivación universal, como extrañamiento total, y el derribo de todos los fines determinados y unilaterales, como sacrificio del fin en sí a un fin completamente externo. Por eso, por un lado, el pueril mundo antiguo aparece como lo más elevado. Por otro lado, lo es en todo aquello en que se busca figura cerrada, forma y limitación dada. Es satisfacción desde un punto de vista estrecho; mientras que lo moderno deja insatisfecho o, allí donde aparece satisfecho consigo mismo, es vulgar. Lo que el señor Proudhon llama el origen extraeconómico de la propiedad, por el que entiende precisamente la propiedad del suelo,28 es la relación preburguesa del individuo con las condiciones objetivas del trabajo, y en primer lugar con las condiciones objetivas naturales del trabajo; pues, así como el sujeto que trabaja [era] individuo natural, existencia natural, [así] la primera condición objetiva de su trabajo apareció como naturaleza, tierra, su cuerpo inorgánico; él mismo no es solo el cuerpo orgánico, sino esta naturaleza inorgánica como sujeto. Esta condición no es producto suyo, sino que la encuentra ya ahí; le está presupuesta como existencia natural fuera de él. Antes de seguir analizando esto, todavía una cosa: el bueno de Proudhon no solo podría, sino que tendría que acusar igualmente al capital y al trabajo asalariado —como formas de propiedad— de origen extraeconómico. Pues el hecho de que el obrero encuentre ya ahí las condiciones objetivas del trabajo como separadas de él, como capital, y de que el capitalista encuentre ya ahí al obrero como desposeído, como obrero abstracto —el cambio tal como se produce entre valor y trabajo vivo—, supone un proceso histórico, por mucho que el capital y el trabajo asalariado reproduzcan ellos mismos esta relación y la elaboren en su extensión objetiva, así como en profundidad: un proceso histórico, como hemos visto, que constituye la historia del nacimiento del capital y del trabajo asalariado. En otras palabras: el origen extraeconómico de la propiedad no significa otra cosa que el origen histórico de la economía burguesa, de las formas de producción que las categorías de la economía política expresan teórica o idealmente. Pero que la historia preburguesa, y cada fase suya, tenga también su economía y una base económica del movimiento es, en el fondo, la mera tautología de que la vida de los hombres se ha basado desde siempre en la producción, de una manera u otra [d'une manière ou d'une autre] en una producción social, cuyas relaciones llamamos precisamente relaciones económicas. Las condiciones originarias de la producción (o, lo que es lo mismo, de la reproducción de un número de hombres que crece por el proceso natural de los dos sexos; pues esta reproducción, si por un lado aparece como apropiación de los objetos por los sujetos, por el otro aparece igualmente como conformación, como sometimiento de los objetos a un fin subjetivo; como transformación de estos en resultados y receptáculos de la actividad subjetiva) no pueden ser originariamente producidas ellas mismas, no pueden ser resultados de la producción. No es la unidad de los hombres vivos y activos con las condiciones naturales, inorgánicas, de su metabolismo con la naturaleza, y por tanto su apropiación de la naturaleza, lo que requiere explicación o es resultado de un ||4| proceso histórico, sino la separación entre estas condiciones inorgánicas de la existencia humana y esta existencia activa, una separación que solo está plenamente puesta en la relación entre trabajo asalariado y capital. En la relación de esclavitud y de servidumbre no tiene lugar esta separación; sino que una parte de la sociedad es tratada por la otra como mera condición inorgánica y natural de su propia reproducción. El esclavo no está en relación alguna con las condiciones objetivas de su trabajo; sino que el trabajo mismo, tanto en la forma del esclavo como en la del siervo, es colocado como condición inorgánica de la producción en la serie de los demás seres naturales, junto al ganado o como apéndice de la tierra. En otras palabras: las condiciones originarias de la producción aparecen como presupuestos naturales, condiciones naturales de existencia del productor, exactamente igual que su cuerpo vivo, por mucho que él lo reproduzca y lo desarrolle, no está originariamente puesto por él mismo, sino que aparece como el presupuesto de sí mismo; su propia existencia (corporal) es un presupuesto natural que él no ha puesto. Estas condiciones naturales de existencia, con las que se relaciona como con un cuerpo inorgánico que le pertenece a él mismo, son a su vez dobles: de naturaleza 1) subjetiva y 2) objetiva. Se encuentra ya como miembro de una familia, de un linaje, de una tribu, etc. —que luego, por la mezcla y la oposición con otras, adoptan históricamente figuras diversas—, y como tal miembro se refiere a una naturaleza determinada (digamos aquí todavía la tierra, el suelo) como existencia inorgánica de sí mismo, como condición de su producción y reproducción. Como miembro natural de la entidad comunitaria, tiene parte en la propiedad comunitaria y una parte particular de ella en posesión; del mismo modo que, como ciudadano romano de nacimiento, tiene un derecho ideal (al menos [at least]) al ager publicus y un derecho real a tantas y tantas yugadas [juggera] de tierra, etc. Su propiedad, es decir, la relación con los presupuestos naturales de su producción como pertenecientes a él, como los suyos, está mediada por el hecho de que él mismo es miembro natural de una entidad comunitaria. (La abstracción de una entidad comunitaria en la que los miembros no tienen nada en común, salvo quizá la lengua, etc., y apenas esta, es evidentemente el producto de situaciones históricas muy posteriores.) Con respecto al individuo es claro, por ejemplo, que él mismo solo se relaciona con la lengua como suya propia en cuanto miembro natural de una entidad comunitaria humana. La lengua como producto de un individuo es un absurdo. Pero igualmente lo es la propiedad. La lengua misma es tanto el producto de una entidad comunitaria como, desde otro punto de vista, la existencia misma de la entidad comunitaria, y su existencia que habla por sí misma. ❲La producción comunitaria y la propiedad común, tal como se dan, p. ej., en Perú, son evidentemente una forma secundaria; introducida y trasplantada por tribus conquistadoras que conocían en su propia casa la propiedad común y la producción comunitaria en la forma antigua y más simple, tal como se da en la India y entre los eslavos. Del mismo modo, la forma que encontramos, p. ej., entre los celtas de Gales parece una forma trasplantada a ellos, secundaria, introducida por conquistadores entre las tribus conquistadas, que estaban en un nivel inferior. La perfección y la elaboración sistemática de estos sistemas a partir de un centro supremo muestran su origen posterior. Exactamente igual que el feudalismo introducido en Inglaterra era más acabado en la forma que el surgido naturalmente en Francia.❳ ❲Entre las tribus de pastores nómadas —y todos los pueblos pastores son originariamente nómadas— la tierra aparece, igual que las demás condiciones naturales, en una ilimitación elemental, p. ej., en las estepas asiáticas y en la meseta asiática. Es pastada, etc., consumida por los rebaños, de los que a su vez viven los pueblos pastores. Se relacionan con ella como con su propiedad, aunque nunca fijan esta propiedad. Así ocurre con el terreno de caza entre las tribus indias salvajes de América; la tribu considera una determinada región como su territorio de caza y lo afirma por la violencia frente a otras tribus, o trata de expulsar a otras tribus del que ellas afirman como suyo. Entre las tribus de pastores nómadas, la comunidad está de hecho siempre reunida: compañía de viaje, caravana, horda, y las formas de supraordenación y subordinación se desarrollan a partir de las condiciones de este modo de vida. Lo que de hecho se apropia y se reproduce aquí es solo el rebaño, no la tierra; esta, sin embargo, se utiliza siempre comunitariamente de forma temporal en cada lugar de estancia.❳ El único límite que puede encontrar la entidad comunitaria en su relación con las condiciones naturales de la producción —la tierra— (si saltamos enseguida a los pueblos sedentarios) como suyas es otra entidad comunitaria que ya las reclama como su cuerpo inorgánico. La guerra es, por eso, uno de los trabajos más originarios de cada una de estas entidades comunitarias naturales, tanto para afirmar la propiedad como para adquirirla de nuevo. (Podemos contentarnos aquí, de hecho, con hablar de la propiedad originaria del suelo, pues entre los pueblos pastores la propiedad de los productos de la tierra encontrados naturalmente —las ovejas, por ejemplo [f. i.]— es al mismo tiempo la de los pastos que recorren. En general, en la propiedad del suelo está comprendida la de sus productos orgánicos.) ❲Si se conquista ||5| al hombre mismo junto con el suelo, como accesorio orgánico de este, se le conquista como una de las condiciones de la producción, y así nacen la esclavitud y la servidumbre, que pronto falsean y modifican las formas originarias de todas las entidades comunitarias y llegan a ser ellas mismas su base. La construcción simple queda con ello determinada negativamente.❳ Propiedad no significa, pues, originariamente nada más que la relación del hombre con sus condiciones naturales de producción como pertenecientes a él, como las suyas, como presupuestas con su propia existencia; relación con ellas como presupuestos naturales de sí mismo, que, por así decirlo, solo forman su cuerpo prolongado. Propiamente no se relaciona con sus condiciones de producción, sino que existe doblemente, tanto subjetivamente como él mismo como objetivamente en estas condiciones naturales inorgánicas de su existencia. Las formas de estas condiciones naturales de producción son dobles: 1) su existencia como miembro de una entidad comunitaria; por tanto, la existencia de esta entidad comunitaria, que en su forma originaria es régimen tribal, un régimen tribal más o menos modificado; 2) la relación con el suelo por medio de la entidad comunitaria, como suyo, propiedad comunitaria del suelo, a la vez posesión individual para el individuo, o de tal modo que solo se reparten los frutos, mientras que el suelo mismo y su cultivo siguen siendo comunes. (Sin embargo, las residencias, etc., aunque sean los carros de los escitas, aparecen siempre, con todo, en posesión del individuo.) Una condición natural de producción para el individuo vivo es su pertenencia a una sociedad natural, tribu, etc. Esta es ya, p. ej., condición de su lengua, etc. Su propia existencia productiva solo se da bajo esta condición. Su existencia subjetiva está como tal condicionada por ello, tanto como está condicionada por la relación con la tierra como su laboratorio. (Ciertamente, la propiedad es originariamente móvil, pues el hombre se apodera primero [d'abord] de los frutos ya hechos de la tierra, a los que pertenecen, entre otros, también los animales y, para él especialmente, los domesticables. Sin embargo, incluso esta situación —caza, pesca, pastoreo, vida de los frutos de los árboles, etc.— supone siempre la apropiación de la tierra, ya sea para una residencia fija, ya sea para vagar [roaming], ya sea para el pastoreo de los animales, etc.)
La propiedad significa, pues, pertenecer a una tribu (entidad comunitaria) (tener en ella una existencia subjetivo-objetiva) y, por medio de la relación de esta entidad comunitaria con el suelo, con la tierra como su cuerpo inorgánico, relación del individuo con el suelo, con la condición primordial externa de la producción —pues la tierra es a la vez materia prima, instrumento y fruto—, como con presupuestos que pertenecen a su individualidad; modos de existencia de esta. Reducimos esta propiedad a la relación con las condiciones de la producción. ¿Por qué no a las del consumo, puesto que originariamente el producir del individuo se limita a reproducir su propio cuerpo mediante la apropiación de objetos ya hechos, preparados por la naturaleza misma para el consumo? Incluso allí donde solo hay que encontrar y descubrir, esto exige pronto esfuerzo, trabajo —como en la caza, la pesca, el pastoreo— y producción (es decir, desarrollo) de ciertas capacidades por parte del sujeto. Pero, además, las situaciones en las que se puede echar mano de lo existente sin instrumento alguno (es decir, sin productos del trabajo destinados ya ellos mismos a la producción), sin cambio de forma (que tiene lugar ya en el pastoreo), etc., son muy pronto pasajeras y no pueden considerarse en ninguna parte como situaciones normales; tampoco como situaciones primitivas normales. Por lo demás, las condiciones originarias de la producción incluyen por sí mismas materias consumibles directamente, sin trabajo, como frutos, animales, etc.; así pues, el fondo de consumo aparece él mismo como una parte integrante del fondo originario de producción.
La condición fundamental de la propiedad que descansa en el régimen tribal (en el que originariamente se resuelve la entidad comunitaria) —ser miembro de la tribu— convierte a la tribu extraña conquistada por la tribu, a la sometida, en desposeída de propiedad y la arroja a ella misma entre las condiciones inorgánicas de su reproducción, con las que la entidad comunitaria se relaciona como con las suyas. La esclavitud y la servidumbre no son, por eso, más que desarrollos ulteriores de la propiedad basada en el régimen tribal. Modifican necesariamente todas sus formas. Donde menos pueden hacerlo es en la forma asiática. En la unidad autosuficiente [self-sustaining] de manufactura y agricultura en que descansa esta forma, la conquista no es una condición tan necesaria como allí donde predominan exclusivamente la propiedad del suelo y la agricultura. Por otro lado, como en esta forma el individuo nunca llega a ser propietario, sino solo poseedor, en el fondo es él mismo la propiedad, el esclavo de aquello [en] lo que existe la unidad de la comunidad, y la esclavitud no suprime aquí las condiciones del trabajo ni modifica la relación esencial. |
|6| Además, ahora está claro:
La propiedad, en la medida en que es solo la relación consciente —y, con respecto al individuo, puesta por la entidad comunitaria y proclamada y garantizada como ley— con las condiciones de producción como suyas, de modo que la existencia del productor aparece como una existencia en las condiciones objetivas que le pertenecen, solo se realiza por medio de la producción misma. La apropiación real no tiene lugar en la relación pensada, sino en la relación activa, real, con estas condiciones: en el poner real de estas como condiciones de su actividad subjetiva.
Pero con ello está claro al mismo tiempo que estas condiciones cambian. Solo por la caza de las tribus se convierte una región de la tierra en coto de caza; solo por la agricultura queda puesta la tierra, el suelo, como el cuerpo prolongado del individuo. Una vez construida la ciudad de Roma y cultivado por sus ciudadanos el término rural circundante, las condiciones de la entidad comunitaria habían llegado a ser distintas de las de antes. El fin de todas estas entidades comunitarias es la conservación, es decir, la reproducción de los individuos que las forman como propietarios, es decir, en el mismo modo objetivo de existencia que forma a la vez la relación de los miembros entre sí y, por tanto, la comunidad misma. Pero esta reproducción es a la vez necesariamente producción nueva y destrucción de la forma antigua. P. ej., allí donde cada uno de los individuos ha de poseer tantas yugadas de tierra, ya el aumento de la población es un obstáculo. Si se quiere poner coto a esto, entonces colonización, y esta hace necesaria la guerra de conquista. Con ello, esclavos, etc. También ampliación del ager publicus, p. ej., y con ello de los patricios, que representan la entidad comunitaria, etc. Así, la conservación de la antigua entidad comunitaria incluye la destrucción de las condiciones en que descansa, se trueca en su contrario. Si se pensara, p. ej., que la productividad en el mismo espacio podría aumentarse mediante el desarrollo de las fuerzas productivas, etc. (que en la agricultura tradicional es precisamente lo más lento de todo), esto incluiría nuevos modos, combinaciones del trabajo, una gran parte del día dedicada a la agricultura, etc., y con ello suprimiría de nuevo las antiguas condiciones económicas de la entidad comunitaria. En el acto mismo de la reproducción no solo cambian las condiciones objetivas —p. ej., la aldea se hace ciudad, el yermo, campo roturado, etc.—, sino que cambian los productores, al sacar de sí nuevas cualidades, al desarrollarse y transformarse a sí mismos por medio de la producción, al formar nuevas fuerzas y nuevas representaciones, nuevos modos de intercambio, nuevas necesidades y nueva lengua. Cuanto más tradicional es el modo de producción mismo —y este dura mucho en la agricultura, y todavía más en la complementación oriental de agricultura y manufactura—, es decir, cuanto más permanece igual a sí mismo el proceso real de la apropiación, tanto más constantes son las antiguas formas de propiedad y, con ellas, la entidad comunitaria en general. Allí donde ya hay separación de los miembros de la comunidad como propietarios privados respecto de sí mismos como comunidad urbana y propietarios del territorio urbano, allí aparecen también ya condiciones por las que el individuo puede perder su propiedad, es decir, la doble relación que hace de él un ciudadano de igual rango, miembro de la entidad comunitaria, y que hace de él un propietario. En la forma oriental este perder apenas es posible, salvo por influencias completamente externas, ya que el miembro individual de la comunidad nunca entra en una relación libre con ella por la que pudiera perder su vínculo (objetivo, económico) con ella. Está enraizado en ella. Esto se debe también a la unión de manufactura y agricultura, de ciudad (la aldea) y campo. Entre los antiguos, la manufactura aparece ya como corrupción (ocupación de libertos, clientes, extranjeros), etc. Este desarrollo del trabajo productivo (desprendido de la pura subordinación a la agricultura como trabajo doméstico, trabajo de libres, manufactura destinada solo a la agricultura y a la guerra o dedicada al culto y a la entidad comunitaria, como la construcción de casas, de calles, de templos), que se desarrolla necesariamente por el intercambio con extranjeros, los esclavos, el afán de cambiar el plusproducto, etc., disuelve el modo de producción en que descansa la entidad comunitaria y, por tanto, el individuo objetivo, es decir, el individuo determinado como romano, griego, etc. El cambio actúa del mismo modo: el endeudamiento, etc. La unidad originaria entre una forma particular de la entidad comunitaria (régimen tribal) y la propiedad de la naturaleza ligada a ella, o la relación con las condiciones objetivas de la producción como existencia natural, como existencia objetiva del individuo mediada por la comunidad —esta unidad, que por un lado aparece como la forma particular de propiedad— tiene su realidad viva en un modo de producción determinado, un modo que aparece tanto como relación de los individuos entre sí como en su relación activa determinada ||7| con la naturaleza inorgánica, un modo de trabajo determinado (que es siempre trabajo familiar, a menudo trabajo comunal). Como la primera gran fuerza productiva aparece la entidad comunitaria misma; para el tipo particular de condiciones de producción (p. ej., ganadería, agricultura) se desarrollan un modo de producción particular y fuerzas productivas particulares, tanto subjetivas, que aparecen como cualidades de los individuos, como objetivas.
Un estadio determinado del desarrollo de las fuerzas productivas de los sujetos que trabajan, al que corresponden relaciones determinadas de estos entre sí y con la naturaleza: en ello se disuelven en última instancia tanto su entidad comunitaria como la propiedad fundada en ella. Hasta cierto punto, reproducción. Después se trueca en disolución.
La propiedad significa, pues, originariamente —y así en su forma asiática, eslava, antigua, germánica— la relación del sujeto que trabaja (que produce) (o que se reproduce) con las condiciones de su producción o reproducción como suyas. Tendrá, por eso, también formas distintas según las condiciones de esta producción. La producción misma tiene por fin la reproducción del productor en y con estas condiciones objetivas suyas de existencia. Esta relación como propietario —no como resultado, sino como presupuesto del trabajo, es decir, de la producción— presupone una existencia determinada del individuo como miembro de una entidad tribal o comunitaria (de la que él mismo es propiedad hasta cierto punto). La esclavitud, la servidumbre, etc., en las que el obrero mismo aparece entre las condiciones naturales de la producción para un 3er individuo o una 3a entidad comunitaria (esto no es el caso, p. ej., en la esclavitud general de Oriente, solo desde el punto de vista [point of view] europeo) —en las que, por tanto, la propiedad ya no es la relación del individuo que trabaja él mismo con las condiciones objetivas del trabajo—, son siempre secundarias, nunca originarias, aunque sean un resultado necesario y consecuente de la propiedad fundada en la entidad comunitaria y en el trabajo dentro de la entidad comunitaria. Es muy fácil, ciertamente, imaginarse que un poderoso, físicamente superior, después de haber capturado primero al animal, captura luego a hombres para hacer que capturen animales para él; en una palabra, que se sirve del hombre como de una condición natural, encontrada ya ahí, de su reproducción (con lo que su propio trabajo se resuelve en dominar, etc.), igual que de cualquier otro ser natural. Pero semejante concepción es absurda —por muy correcta que sea desde el punto de vista de entidades tribales o comunitarias dadas—, ya que parte del desarrollo de hombres aislados. El hombre solo se aísla por medio del proceso histórico. Aparece originariamente como un ser genérico, ser tribal, animal gregario, aunque en modo alguno como un ζῷον πολιτικόν29 en sentido político. El cambio mismo es uno de los principales medios de este aislamiento. Hace superflua la vida gregaria y la disuelve. En cuanto la cosa ha dado tal vuelta que él, como aislado, ya solo se refiere a sí mismo, mientras que los medios para ponerse como aislado se han convertido en su hacerse general y común. En esta entidad comunitaria está presupuesta la existencia objetiva del individuo como propietario, digamos, p. ej., como propietario del suelo, y precisamente bajo ciertas condiciones que lo encadenan a la entidad comunitaria o, más bien, hacen de él un eslabón de su cadena. En la sociedad burguesa, el obrero, p. ej., está ahí de un modo puramente subjetivo, sin objeto; pero la cosa que se le contrapone se ha convertido ahora en la verdadera entidad comunitaria, que él trata de devorar y por la que es devorado.
Todas las formas (más o menos naturales, pero todas a la vez también resultados de un proceso histórico) en las que la entidad comunitaria supone a los sujetos en una unidad objetiva determinada con sus condiciones de producción, o en las que una existencia subjetiva determinada supone a las entidades comunitarias mismas como condiciones de producción, corresponden necesariamente solo a un desarrollo limitado, y limitado por principio, de las fuerzas productivas. El desarrollo de las fuerzas productivas las disuelve, y su disolución misma es un desarrollo de las fuerzas productivas humanas. Primero se trabaja a partir de cierta base —primero natural—, luego presupuesto histórico. Pero después esta base o presupuesto queda ella misma suprimida o puesta como un presupuesto evanescente, que se ha vuelto demasiado estrecho para el despliegue de la manada humana progresiva.
En la medida en que la propiedad antigua del suelo reaparece en la moderna propiedad parcelaria, pertenece ella misma a la economía política, y volveremos sobre ella en la sección sobre la propiedad del suelo.|
|8| (Volver sobre todo esto con más profundidad y detalle.)
Aquello de lo que se trata para nosotros aquí en primer lugar: la relación del trabajo con el capital, o con las condiciones objetivas del trabajo como capital, presupone un proceso histórico que disuelve las diversas formas en que el obrero es propietario o el propietario trabaja. Así pues, ante todo: 1) disolución de la relación con la tierra —el suelo— como condición natural de producción, con la que el obrero se relaciona como con su propia existencia inorgánica; el laboratorio de sus fuerzas y el dominio de su voluntad. Todas las formas en que se da esta propiedad suponen una entidad comunitaria cuyos miembros, aunque pueda haber diferencias formales entre ellos, son propietarios en cuanto miembros de ella. La forma originaria de esta propiedad es, por eso, ella misma propiedad común inmediata (forma oriental, modificada en la eslava; desarrollada hasta la oposición, pero todavía como el fundamento secreto, aunque antitético, en la propiedad antigua y germánica). 2) Disolución de las relaciones en las que el obrero aparece como propietario del instrumento. Así como la forma de propiedad del suelo antes vista supone una entidad comunitaria real, así esta propiedad del obrero sobre el instrumento supone una forma particular de desarrollo del trabajo manufacturero como trabajo artesanal; ligado a ello, el régimen de gremios y corporaciones, etc. (La antigua manufactura oriental puede considerarse ya bajo el punto 1.) Aquí el trabajo mismo es todavía medio artístico, medio fin en sí, etc. Maestría. El capitalista mismo es todavía maestro. Con la destreza particular en el trabajo queda asegurada también la posesión del instrumento, etc., etc. Después, en cierto modo, carácter hereditario del modo de trabajo junto con la organización del trabajo y el instrumento de trabajo. Régimen urbano medieval. El trabajo, todavía como suyo propio; desarrollo determinado y autosuficiente de capacidades unilaterales, etc. 3) Incluido en ambos casos, que el obrero tiene en su posesión, antes de la producción, los medios de consumo necesarios para vivir como productor, es decir, durante su producción, antes de que esta se complete. Como propietario del suelo, aparece directamente provisto del fondo de consumo necesario. Como maestro artesano, lo ha heredado, ganado, ahorrado, y como mozo artesano es primero aprendiz, cuando todavía no aparece en absoluto como obrero propiamente dicho, independiente, sino que comparte patriarcalmente la mesa con el maestro. Como oficial (de verdad), hay cierta comunidad en el fondo de consumo que posee el maestro. Aunque este no sea propiedad del oficial, por las leyes del gremio, por su tradición, etc., es al menos su coposesión, etc. (Entrar más en esto.) 4) Por otro lado, disolución, igualmente, de las relaciones en las que los obreros mismos, las capacidades de trabajo vivas mismas, pertenecen todavía inmediatamente a las condiciones objetivas de la producción y son apropiadas como tales; es decir, son esclavos o siervos. Para el capital, la condición de producción no es el obrero, sino solo el trabajo. Si puede hacer que lo realicen máquinas, o incluso el agua o el aire, tanto mejor [tant mieux]. Y no se apropia del obrero, sino de su trabajo; no inmediatamente, sino por la mediación del cambio.
Estos son, pues, por un lado, presupuestos históricos para que el obrero se encuentre como obrero libre, como capacidad de trabajo puramente subjetiva, sin objeto, frente a las condiciones objetivas de la producción como su no propiedad, como propiedad ajena, como valor que es para sí, como capital. Pero, por otro lado, la pregunta es: ¿qué condiciones son necesarias para que encuentre frente a sí un capital?
❲En la fórmula del capital, en la que el trabajo vivo se relaciona tanto con la materia prima como con el instrumento y con los medios de vida necesarios durante el trabajo como con algo negativo, como no propiedad, está incluida en primer lugar [d'abord] la no propiedad del suelo, o negada la situación en la que el individuo que trabaja se relaciona con el suelo, con la tierra, como con algo suyo propio, es decir, trabaja, produce como propietario del suelo. En el mejor de los casos no se relaciona con el suelo solo como obrero, sino que se relaciona como propietario del suelo consigo mismo como sujeto que trabaja. La propiedad del suelo incluye en potencia tanto la propiedad de la materia prima como la del instrumento primordial, la tierra misma, y la de sus frutos espontáneos. Puesto en la forma más originaria, relacionarse con la tierra como su dueño significa encontrar ya en ella materia prima, instrumento y medios de vida creados no por el trabajo, sino por la tierra misma. Una vez reproducida ya esta relación, los instrumentos secundarios y los frutos de la tierra creados por el trabajo mismo aparecen como incluidos en la propiedad del suelo en sus formas primitivas. Esta situación histórica es, pues, negada en primer lugar [d'abord], como la relación de propiedad más plena, en la relación del obrero con las condiciones de trabajo como capital. Esta es la situación histórica n.º I, que en esta relación es negada o está presupuesta como históricamente disuelta. Pero, en segundo ||9| lugar, allí donde la propiedad del instrumento, o la relación del obrero con el instrumento como algo propio, allí donde trabaja como propietario del instrumento (lo que presupone a la vez la subsunción del instrumento bajo su trabajo individual, es decir, un estadio de desarrollo particular y estrecho de la fuerza productiva del trabajo), allí donde esta forma del obrero como propietario o del propietario que trabaja está puesta ya como forma independiente, junto a y fuera de la propiedad del suelo —el desarrollo artesanal y urbano del trabajo—, no como en el primer caso como accidente de la propiedad del suelo y subsumida bajo ella —y, por tanto, también la materia prima y los medios de vida solo están mediados como propiedad del artesano, mediados por su oficio, por su propiedad del instrumento—, está presupuesto ya un segundo estadio histórico junto a y fuera del primero, que ya tiene que aparecer a su vez considerablemente modificado por la independización de esta 2a clase de propiedad o de propietario que trabaja. Como el instrumento mismo es ya producto del trabajo, y por tanto el elemento que constituye la propiedad está ya puesto como puesto por el trabajo, la entidad comunitaria —la entidad comunitaria en la que se funda este tipo de propiedad— ya no puede aparecer aquí en la forma natural, como en el primer caso, sino como una entidad comunitaria ella misma ya producida, surgida, secundaria, producida por el obrero mismo. Está claro que allí donde la propiedad del instrumento es la relación con las condiciones de producción del trabajo como propiedad, en el trabajo real el instrumento aparece solo como medio del trabajo individual; el arte de apropiarse realmente del instrumento, de manejarlo como medio de trabajo, aparece como una destreza particular del obrero que lo pone como propietario del instrumento. En suma, el carácter esencial del régimen de gremios y corporaciones, del trabajo artesanal como constitutivo de su sujeto como propietario, ha de resolverse en la relación con el instrumento de producción —el instrumento de trabajo como propiedad—, a diferencia de la relación con la tierra, con el suelo (con la materia prima como tal), como algo propio. Que la relación con este único momento de las condiciones de producción constituya al sujeto que trabaja como propietario, haga de él un propietario que trabaja: esta situación histórica n.º II, que por su naturaleza solo puede existir como oposición o, si se quiere, a la vez como complemento de la primera modificada, queda igualmente negada en la primera fórmula del capital. La 3a forma posible, relacionarse como propietario solo con los medios de vida, encontrarlos ya ahí como condición natural del sujeto que trabaja, sin relacionarse como con algo propio ni con el suelo ni con el instrumento, y por tanto tampoco con el trabajo mismo, es en el fondo la fórmula de la esclavitud y la servidumbre, que igualmente está negada, puesta como situación históricamente disuelta, en la relación del obrero con las condiciones de producción como capital. Las formas primitivas de la propiedad se resuelven necesariamente en la relación con los diversos momentos objetivos que condicionan la producción como algo propio; forman tanto la base económica de diversas formas de la entidad comunitaria como tienen a su vez por presupuesto formas determinadas de la entidad comunitaria. Estas formas quedan modificadas esencialmente por el traslado del trabajo mismo a las condiciones objetivas de la producción (servidumbre y esclavitud), con lo que se pierde y se modifica el carácter simplemente afirmativo de todas las formas de propiedad que figuran bajo el n.º I. Todas ellas contienen en sí la esclavitud como posibilidad y, por tanto, como su propia supresión. En lo que respecta al n.º II, donde el tipo particular de trabajo —la maestría en él y, en correspondencia, la propiedad del instrumento de trabajo = propiedad de las condiciones de producción—, excluye ciertamente la esclavitud y la servidumbre; pero en la forma del régimen de castas puede experimentar un desarrollo negativo análogo.❳ ❲La 3a forma, la de la propiedad de los medios de vida —si no se resuelve en esclavitud y servidumbre—, no puede contener una relación del individuo que trabaja con las condiciones de producción y, por tanto, de existencia; solo puede ser, por eso, la relación del miembro de la entidad comunitaria originaria fundada en la propiedad del suelo que ha perdido su propiedad del suelo y todavía no ha pasado a la clase de propiedad del n.º II, como la plebe romana en la época del pan y circo [panes et circenses].❳ ❲La relación de los servidores [retainer] con su señor territorial, o la de la prestación de servicios personales, es esencialmente distinta. Pues en el fondo solo constituye un modo de existencia del propietario del suelo mismo, que ya no trabaja, sino cuya propiedad incluye entre las condiciones de producción a los obreros mismos como siervos, etc. Aquí, la relación de dominio como relación esencial de la apropiación. Con el animal, el suelo, etc., en el fondo no puede darse, por la apropiación, ninguna relación de dominio, aunque el animal sirva. La apropiación de voluntad ajena es presupuesto de la relación de dominio. Lo que carece de voluntad, pues, como el animal, p. ej., puede ciertamente servir, pero no hace del dueño un señor. Pero lo que sí vemos aquí es cómo la relación de dominio y de servidumbre pertenece igualmente a esta fórmula de la apropiación de los instrumentos de producción; y constituyen un fermento necesario del desarrollo y del ocaso de todas las relaciones originarias de propiedad y relaciones de producción, del mismo modo que expresan también su estrechez. Ciertamente, en el capital se reproducen, en forma mediada, y constituyen así igualmente un fermento de su disolución y son el blasón de su estrechez.❳ |
|10| ❲«La facultad de venderse a sí mismo y a los suyos en caso de necesidad era un penoso derecho general; regía en el Norte como entre los griegos y en Asia; la del acreedor de tomar como siervo suyo al deudor que no pagaba y cobrarse con su trabajo o con la venta de su persona, hasta donde alcanzara, estaba casi igual de extendida». Niebuhr. I, p. 600.❳ ❲Niebuhr dice en un pasaje que, para los escritores griegos que escribieron en la época de Augusto, la dificultad y la falsa comprensión de la relación entre patricios y plebeyos, y su confusión de esta relación con la de patronos y clientes, venían de que «escribían en una época en que ricos y pobres eran las únicas clases verdaderas de ciudadanos; en que el necesitado, por noble que fuera su origen, necesitaba un protector, y el millonario, aunque fuera un liberto, era buscado como protector. De las relaciones hereditarias de adhesión apenas conocían ya rastro alguno». I, 620.❳ ❲«En ambas clases» —metecos y libertos y sus descendientes— «se encontraban los artesanos, y a la ciudadanía a la que estos estaban limitados pasaba el plebeyo que abandonaba la agricultura. Tampoco carecían del honor de corporaciones legales; y sus gremios eran tan estimados que se nombraba a Numa como su fundador: eran 9: flautistas, orfebres, carpinteros, tintoreros, guarnicioneros, curtidores, caldereros, alfareros, y el 9o gremio, el de los demás oficios en general. Los que de ellos eran burgueses de extramuros [Pfahlbürger] independientes; isopolitas que no se habían encomendado a ningún patrono, si es que existía semejante derecho; y descendientes de siervos cuyo vínculo se había disuelto por la extinción del linaje de sus patronos: estos, sin duda, fueron tan ajenos a la querella entre los antiguos ciudadanos y la plebe como los gremios florentinos a las contiendas de los linajes como güelfos y gibelinos; los siervos quizá estaban todavía todos a disposición de los patricios». I, 623.❳30
Por un lado se presuponen procesos históricos que han puesto a una masa de individuos de una nación, etc., en la situación, si no en primer lugar de verdaderos obreros libres, sí de obreros que lo son δυνάμει [en potencia], cuya única propiedad es su capacidad de trabajo y la posibilidad de cambiarla por valores existentes; individuos a los que todas las condiciones objetivas de la producción se les contraponen como propiedad ajena, como su no propiedad, pero al mismo tiempo como valores susceptibles de cambio y, por tanto, apropiables hasta cierto grado [to a certain degree] por el trabajo vivo. Tales procesos históricos de disolución son tanto la disolución de las relaciones de servidumbre que atan al obrero al suelo y al señor del suelo, pero que presuponen de hecho su propiedad de medios de vida —este es en verdad su proceso de desprendimiento de la tierra—; la disolución de las relaciones de propiedad del suelo que lo constituían como yeoman,31 pequeño propietario del suelo o arrendatario (colonus) libre que trabaja, campesino libre; ❲la disolución de las formas aún más antiguas de propiedad comunitaria y de entidad comunitaria real se sobreentiende❳; la disolución de las relaciones gremiales, que presuponen su propiedad del instrumento de trabajo y el trabajo mismo, como destreza artesanal determinada, como propiedad (no solo como fuente de ella); como también la disolución de las relaciones de clientela en sus diversas formas, en las que no propietarios aparecen como coconsumidores del plusproducto en el séquito de sus señores y, como equivalente, llevan la librea de su señor, toman parte en sus contiendas, prestan servicios personales, imaginarios o reales, etc. En todos estos procesos de disolución se mostrará, en un examen más preciso, que se disuelven relaciones de producción en las que predomina el valor de uso, la producción para el uso inmediato; el valor de cambio y su producción tienen como presupuesto el predominio de la otra forma, y por eso también en todas estas relaciones las entregas en especie y los servicios en especie predominan sobre el pago en dinero y la prestación en dinero. Pero esto solo de pasada. En un examen más detenido se encontrará igualmente que todas las relaciones disueltas solo eran posibles con un grado determinado de desarrollo de las fuerzas productivas materiales (y, por tanto, también de las espirituales). Lo que aquí nos interesa en primer lugar es esto: el proceso de disolución que transforma una masa de individuos de una nación, etc., en asalariados libres δυνάμει —individuos obligados al trabajo y a la venta de su trabajo solo por su carencia de propiedad— supone, por otro lado, no que las fuentes de ingresos y, en parte, las condiciones de propiedad que estos individuos tenían hasta entonces hayan desaparecido, sino, a la inversa, que solo su empleo ha pasado a ser otro, que su modo de existencia se ha transformado, que han pasado a otras manos como fondo libre o también se han quedado en parte en las mismas. Pero esto está claro: el mismo proceso que ha separado a una multitud de individuos de sus relaciones anteriores —de una manera u otra [d'une manière or d'une autre]— afirmativas con las condiciones objetivas del trabajo, que ha negado estas relaciones y, con ello, ha transformado a estos individuos en obreros libres, ese mismo proceso ha liberado δυνάμει estas condiciones objetivas del trabajo —suelo, materia prima, medios de vida, instrumentos de trabajo, dinero o todo ello— de su vinculación anterior a los individuos ahora desprendidos de ellas. Siguen existiendo, pero existen en otra forma: como fondo libre, en el que se han borrado todas las antiguas relaciones [relations] políticas, etc., y que ya solo se contraponen a aquellos individuos desprendidos y desposeídos en la forma de valores, de valores que se aferran a sí mismos. El mismo proceso que ha contrapuesto la masa, como obreros libres, a las condiciones objetivas del trabajo ha contrapuesto también estas condiciones, como ||11| capital, a los obreros libres. El proceso histórico fue la separación de elementos hasta entonces unidos; su resultado no es, por eso, que uno de los elementos desaparezca, sino que cada uno de ellos aparece en relación negativa con el otro: el obrero libre (en posibilidad) de un lado, el capital (en posibilidad) del otro. La separación de las condiciones objetivas respecto de las clases transformadas en obreros libres tiene que aparecer igualmente como una independización de estas mismas condiciones en el polo opuesto. Si la relación entre capital y trabajo asalariado no se considera como ya ella misma determinante y dominante sobre el conjunto de la producción ❲pues en este caso el capital presupuesto como condición del trabajo asalariado es producto de este y, como condición suya, presupuesto por él mismo, creado por él mismo como presupuesto para sí ❳, sino como naciendo históricamente —es decir, si se considera la transformación originaria de dinero en capital, el proceso de cambio entre el capital, que solo existe δυνάμει, de un lado, y los obreros libres, que existen δυνάμει, del otro—, se impone naturalmente la simple observación, de la que los economistas hacen gran alarde, de que la parte que se presenta como capital tiene que estar en posesión de materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida para que el obrero pueda vivir durante la producción, antes de que la producción esté terminada. Esto aparece, además, como si en el lado del capitalista tuviera que haberse producido una acumulación —una acumulación que precede al trabajo y no brota de él— que lo capacita para poner al obrero a trabajar y mantenerlo en actividad, mantenerlo como capacidad de trabajo viva. ❲❲En cuanto el capital y el trabajo asalariado están puestos como su propio presupuesto, como base presupuesta a la producción misma, la cosa aparece en primer lugar de tal modo que el capitalista, además del fondo de materia prima y medios de trabajo necesario para que el obrero se reproduzca a sí mismo, cree los medios de vida necesarios, es decir, realice el trabajo necesario, posee un fondo de materia prima y medios de trabajo en el que el obrero realiza su plustrabajo, es decir, la ganancia del capitalista. En un análisis ulterior resulta que el obrero crea constantemente un doble fondo para el capitalista, o en la forma del capital, del que una parte satisface continuamente las condiciones de su propia existencia y la otra las condiciones de existencia del capital. Como hemos visto, en el pluscapital —y pluscapital en relación con su relación antediluviana con el trabajo— todo el capital real, presente, cada elemento suyo, está igualmente apropiado como trabajo ajeno objetivado y apropiado por el capital, sin cambio, sin equivalente entregado a cambio.❳❳ Este acto del capital, independiente del trabajo, no puesto por él, se traslada luego, además, desde esta historia de su nacimiento al presente, se transforma en un momento de su realidad y de su eficacia, de su autoformación. De ahí se deriva luego, por último, el derecho eterno del capital a los frutos del trabajo ajeno, o, más bien, su modo de adquisición se desarrolla a partir de las leyes simples y «justas» del cambio de equivalentes.
La riqueza existente en forma de dinero solo puede convertirse en las condiciones objetivas del trabajo porque estas están desprendidas del trabajo mismo, y cuando lo están. Que en parte puede acumularse dinero por la pura vía del cambio de equivalentes, ya lo hemos visto; pero esto constituye una fuente tan insignificante que no merece mención histórica, si se presupone que el dinero se ha ganado mediante el cambio de trabajo propio. Es más bien el patrimonio mobiliario acumulado mediante la usura —ejercida también, en especial, contra la propiedad del suelo— y mediante las ganancias comerciales, el patrimonio dinerario, el que se transforma en capital en sentido propio, en capital industrial. De ambas formas tendremos ocasión de hablar más adelante, en la medida en que aparecen no como formas del capital ellas mismas, sino como formas anteriores del patrimonio, como presupuestos del capital.
Está en el concepto del capital, como hemos visto —en su nacimiento—, que parte del dinero y, por tanto, del patrimonio que existe en la forma del dinero. Está igualmente en él que aparece como procedente de la circulación, como producto de la circulación. La formación del capital no parte, por eso, de la propiedad del suelo (aquí, a lo sumo, del arrendatario, en la medida en que es comerciante de productos agrícolas), ni tampoco del gremio (aunque en este último punto hay una posibilidad), sino del patrimonio comercial y usurario. Pero este solo encuentra las condiciones para comprar trabajo libre en cuanto este, por un proceso histórico, se ha desprendido de sus condiciones objetivas de existencia. Solo entonces encuentra también la posibilidad de comprar estas condiciones mismas. Bajo las condiciones gremiales, p. ej., el mero dinero que no es él mismo gremial, que no tiene maestría, no puede comprar los telares para hacer trabajar en ellos; está prescrito cuántos puede trabajar uno, etc. En suma, el instrumento mismo está todavía tan entrelazado con el trabajo vivo mismo, como cuyo dominio aparece, que no circula verdaderamente. Lo que capacita al patrimonio dinerario para convertirse en capital es que encuentra ya ahí, por un lado, a los obreros libres y, en segundo lugar, que encuentra igualmente libres y vendibles los medios de vida y materiales, etc., que antes eran de una manera u otra [d'une manière ou d'une autre] propiedad de las masas que ahora se han quedado sin objeto. Pero la otra condición del trabajo —cierta destreza técnica, el instrumento como medio de trabajo, etc.— el capital la encuentra ya ahí en este período previo o primer período suyo, en parte como resultado del régimen gremial urbano, en parte de la industria doméstica o de la que va adherida como accesorio a la agricultura. El proceso histórico no es el resultado del capital, sino su presupuesto. Por él se interpone también luego el capitalista como intermediario (históricamente) entre la propiedad del suelo, o entre la propiedad en general, y el trabajo. De las plácidas fantasías según las cuales el capitalista y el obrero conciertan una asociación, etc., ||12| ni la historia sabe nada ni se encuentra rastro alguno en el desarrollo conceptual del capital. La manufactura puede desarrollarse esporádicamente, localmente, en medio de un marco que pertenece todavía a un período completamente distinto, como, p. ej., en las ciudades italianas, junto a los gremios. Pero, como forma dominante general de una época, las condiciones para el capital tienen que estar desarrolladas no solo localmente, sino a gran escala. (No es obstáculo que, en la disolución de los gremios, algunos maestros gremiales se transformen en capitalistas industriales; pero el caso es raro, y lo es por la naturaleza de la cosa. En conjunto, el régimen gremial, el maestro y el oficial, desaparecen allí donde surgen el capitalista y el obrero.) Es evidente —y se muestra al entrar más de cerca en la época histórica de que aquí se trata— que, ciertamente, la época de la disolución de los modos de producción anteriores y de los modos de relación del obrero con las condiciones objetivas del trabajo es a la vez una época en la que, por un lado, el patrimonio dinerario ya se ha desarrollado hasta cierta amplitud y, por otro, crece y se expande rápidamente por las mismas circunstancias que aceleran aquella disolución. Es él mismo, a la vez, uno de los agentes de aquella disolución, del mismo modo que aquella disolución es la condición de su transformación en capital. Pero la mera existencia del patrimonio dinerario, e incluso la conquista por su parte de una especie de supremacía [supremacy], no basta en modo alguno para que se produzca aquella disolución en capital. De lo contrario, la antigua Roma, Bizancio, etc., habrían acabado su historia con trabajo libre y capital, o, más bien, habrían empezado una historia nueva. También allí la disolución de las antiguas relaciones de propiedad estuvo ligada al desarrollo del patrimonio dinerario, del comercio, etc. Pero, en lugar de conducir a la industria, esta disolución condujo de hecho al dominio del campo sobre la ciudad. La formación primitiva del capital no se produce de tal modo que el capital acumule, como se imagina, medios de vida, instrumentos de trabajo y materias primas, en suma, las condiciones objetivas del trabajo desprendidas del suelo y ya amalgamadas ellas mismas con trabajo humano.
❲Salta a la vista qué círculo absurdo sería si, por un lado, los obreros que el capital tiene que poner a trabajar para ponerse como capital tuvieran primero que ser creados, llamados a la vida por su acumulación, esperaran su ¡Hágase!, mientras que, por otro lado, el capital mismo fuera incapaz de acumular sin trabajo ajeno, y a lo sumo pudiera acumular su propio trabajo, es decir, existir él mismo en la forma de no capital y no dinero, ya que el trabajo, antes de la existencia del capital, solo puede valorizarse a sí mismo en formas como la del trabajo artesanal, la pequeña agricultura, etc., en suma, en formas todas ellas que no pueden acumular, o solo escasamente; en formas que solo permiten un pequeño plusproducto [surplus produce] y en gran parte lo consumen. En general, tendremos que examinar todavía más de cerca esta representación de la acumulación.❳
No es que el capital cree las condiciones objetivas del trabajo. Su formación primitiva se produce simplemente porque el valor que existe como patrimonio dinerario, por el proceso histórico de disolución del antiguo modo de producción, queda capacitado, por un lado, para comprar las condiciones objetivas del trabajo y, por otro, para obtener a cambio de dinero el trabajo vivo mismo de los obreros que han quedado libres. Todos estos momentos existen; su separación misma es un proceso histórico, un proceso de disolución, y es este el que capacita al dinero para transformarse en capital. El dinero mismo, en la medida en que actúa en esta historia, solo lo hace en la medida en que interviene él mismo en este proceso como un medio de separación sumamente enérgico y, en esa medida, contribuye a producir a los obreros libres desplumados, sin objeto; pero, desde luego, no creando para ellos las condiciones objetivas de su existencia, sino ayudando a acelerar su separación respecto de ellas, su carencia de propiedad. Cuando, p. ej., los grandes propietarios ingleses del suelo despidieron a sus servidores [retainers], que consumían con ellos el plusproducto [surplus produce] de la tierra, y además sus arrendatarios expulsaron a los pequeños caseros, etc., con ello se arrojó, en primer lugar, una masa de fuerzas de trabajo vivas al mercado de trabajo, una masa que era libre en un doble sentido: libre de las antiguas relaciones de clientela o de servidumbre y de las relaciones de servicio, y, en segundo lugar, libre de todo haber y de toda forma de existencia objetiva, material, libre de toda propiedad; reducida, como única fuente de ingresos, a la venta de su capacidad de trabajo o a la mendicidad, el vagabundeo y el robo. Que intentó primero esto último, pero que la horca, la picota y el látigo la empujaron de este camino al estrecho camino que lleva al mercado de trabajo —con lo que los gobiernos, por ejemplo [f. i.] Enrique VII, VIII, etc., aparecen como condiciones del proceso histórico de disolución y como productores de las condiciones para la existencia del capital—, es un hecho históricamente comprobado.32 Por otro lado, los medios de vida, etc., que los propietarios del suelo se comían antes con los servidores, estaban ahora a disposición del dinero que quisiera comprarlos para comprar trabajo por su medio [through their instrumentality]. El dinero no había creado ni acumulado estos medios de vida; estaban ahí, se consumían y se reproducían antes de que se consumieran y reprodujeran por su mediación. Lo que había cambiado no era más que [el hecho de que] estos medios de vida estaban ahora arrojados al mercado de cambio, separados de su conexión inmediata con las bocas de los servidores, etc., y transformados de valores de uso en valores de cambio, y así caían en el dominio y la ||13| soberanía del patrimonio dinerario. Lo mismo con los instrumentos de trabajo. El patrimonio dinerario no inventó ni fabricó el torno de hilar ni el telar. Pero, desprendidos de su suelo, los hilanderos y tejedores, con sus telares y tornos, cayeron bajo el poder del patrimonio dinerario, etc. Lo propio del capital no es más que la unión de las masas de brazos y de instrumentos que encuentra ya ahí. Las aglomera bajo su poder. Esa es su acumulación real: la acumulación de obreros en determinados puntos junto con sus instrumentos. De esto habrá que tratar más de cerca a propósito de la llamada acumulación del capital. El patrimonio dinerario —como patrimonio comercial— había ayudado, ciertamente, a acelerar y disolver las antiguas relaciones de producción y había hecho posible, p. ej., al propietario del suelo, como ya desarrolla con gracia A. Smith,33 cambiar su grano, su ganado, etc., por valores de uso traídos del extranjero, en lugar de dilapidar con sus servidores los producidos por él mismo y de encontrar su riqueza en gran parte en la masa de sus servidores que consumían con él. Había dado para él una significación superior al valor de cambio de su rédito. Lo mismo ocurrió con respecto a sus arrendatarios, que ya eran medio capitalistas, aunque todavía muy disfrazados. El desarrollo del valor de cambio —favorecido por el dinero que existe en la forma del estamento comercial— disuelve la producción orientada más bien al valor de uso inmediato y las formas de propiedad que le corresponden —relaciones del trabajo con sus condiciones objetivas— y empuja así a la creación del mercado de trabajo (que hay que distinguir bien del mercado de esclavos). Sin embargo, también este efecto del dinero solo es posible bajo el presupuesto de la industria urbana, que no descansa en el capital y el trabajo asalariado, sino en la organización del trabajo en gremios, etc. El trabajo urbano mismo había creado medios de producción para los que los gremios se volvieron tan molestos [gênant] como las antiguas relaciones de propiedad del suelo para una agricultura mejorada, que en parte era a su vez consecuencia de la mayor venta de productos agrícolas a las ciudades, etc. Las demás circunstancias que, p. ej., en el siglo XVI aumentaron la masa de las mercancías en circulación tanto como la del dinero, crearon nuevas necesidades y, por tanto, elevaron el valor de cambio de los productos nacionales, etc., hicieron subir los precios, etc., todo esto favoreció, por un lado, la disolución de las antiguas relaciones de producción, aceleró el desprendimiento del obrero, o del no obrero pero capaz de trabajar, respecto de las condiciones objetivas de su reproducción, y favoreció así la transformación del dinero en capital. No puede haber, por eso, nada más necio que concebir esta formación primitiva del capital como si este hubiera acumulado y creado las condiciones objetivas de la producción —medios de vida, materia prima, instrumentos— y se las hubiera ofrecido al obrero despojado de ellas. Más bien, el patrimonio dinerario ayudó en parte a despojar de estas condiciones a las fuerzas de trabajo de los individuos capaces de trabajar; en parte, este proceso de separación avanzó sin él. Cuando este hubo alcanzado cierto nivel, el patrimonio dinerario pudo interponerse como mediador entre las condiciones objetivas de la vida así liberadas y las fuerzas de trabajo vivas liberadas, pero también sueltas y desamparadas, y comprar con unas las otras. Pero, en lo que respecta a la formación del patrimonio dinerario mismo, antes de su transformación en capital, pertenece a la prehistoria de la economía burguesa. La usura, el comercio, el régimen urbano y el fisco que surge con ellos desempeñan en ella el papel principal. También el atesoramiento [Hoarden] de los arrendatarios, campesinos, etc., aunque en menor grado. Aquí se muestra al mismo tiempo cómo el desarrollo del cambio y del valor de cambio, que está mediado en todas partes por el comercio, o cuya mediación puede llamarse comercio —el dinero adquiere existencia independiente en el estamento comercial, igual que la circulación en el comercio—, trae consigo tanto la disolución de las relaciones de propiedad del trabajo sobre sus condiciones de existencia, por un lado, como la del trabajo, incluido él mismo entre las condiciones objetivas de la producción; relaciones todas ellas que expresan tanto un predominio del valor de uso y de la producción orientada al uso inmediato como el de una entidad comunitaria real que existe todavía inmediatamente ella misma como presupuesto de la producción. La producción basada en el valor de cambio y la entidad comunitaria basada en el cambio de estos valores de cambio —por mucho que, como vimos en el capítulo anterior, sobre el dinero, tengan la apariencia de poner la propiedad como emanación solo del trabajo, de poner como condición la propiedad privada del producto del trabajo propio, y el trabajo como condición general de la riqueza— suponen y producen la separación del trabajo respecto de sus condiciones objetivas. Este cambio de equivalentes tiene lugar, pero es solo la capa superficial de una producción que descansa en la apropiación de trabajo ajeno sin cambio, pero bajo la apariencia del cambio. Este sistema del cambio descansa en el capital como su fundamento y, si se lo considera separado de él, tal como se muestra en la superficie misma, como sistema independiente, eso es mera apariencia, pero una apariencia necesaria. Ya no hay, pues, por qué asombrarse de que el sistema de los valores de cambio —cambio de equivalentes medidos por el trabajo— se trueque en apropiación de trabajo ajeno sin cambio, separación completa de trabajo y propiedad, o, más bien, la muestre como su trasfondo oculto. En efecto, el dominio del valor de cambio mismo y de la producción que produce valores de cambio supone ||14| la capacidad de trabajo ajena misma como valor de cambio, es decir, separación de la capacidad de trabajo viva respecto de sus condiciones objetivas; relación con estas —o con su propia objetividad— como con propiedad ajena; relación con ellas, en una palabra, como con capital. Solo en las épocas del ocaso del feudalismo, pero cuando este todavía lucha consigo mismo —así, en Inglaterra, en el siglo XIV y en la primera mitad del XV—, se da la edad de oro del trabajo que se emancipa.34 Para que el trabajo vuelva a relacionarse con sus condiciones objetivas como con su propiedad, tiene que ocupar el lugar del sistema del cambio privado otro sistema, ya que el cambio privado, como hemos visto, pone el cambio de trabajo objetivado por capacidad de trabajo y, por tanto, la apropiación del trabajo vivo sin cambio. El modo en que el dinero se transforma en capital se muestra a menudo históricamente de un modo completamente simple y tangible: p. ej., el comerciante hace trabajar para él a varios tejedores e hilanderos que hasta entonces practicaban el tejido y el hilado como industria rural accesoria, y convierte su industria accesoria en su ocupación principal; pero entonces ya está seguro de ellos y los ha puesto bajo su poder como asalariados. Sacarlos después de sus hogares y reunirlos en un taller es un paso más. En este proceso simple está claro que el comerciante no ha preparado ni materia prima, ni instrumento, ni medios de vida para el tejedor y el hilandero. Todo lo que ha hecho es limitarlos poco a poco a un tipo de trabajo en el que se vuelven dependientes de la venta, del comprador, del comerciante, y finalmente ya solo producen para él y por medio de él. Originariamente solo ha comprado su trabajo por medio de la compra de su producto; en cuanto se limitan a la producción de este valor de cambio y, por tanto, tienen que producir inmediatamente valores de cambio, tienen que cambiar su trabajo enteramente por dinero para poder seguir existiendo, caen bajo su poder, y al final desaparece también la apariencia de que le vendan productos. Compra su trabajo y les quita la propiedad primero del producto, pronto también del instrumento, o se la deja como propiedad aparente para reducir sus propios costes de producción. Las formas históricas originarias en que el capital aparece primero esporádica o localmente, junto a los antiguos modos de producción, pero haciéndolos saltar poco a poco en todas partes, son, por un lado, la manufactura propiamente dicha (todavía no la fábrica); esta surge allí donde se produce en masa para la exportación, para el mercado exterior, es decir, sobre la base de un gran comercio marítimo y terrestre, en sus emporios, como en las ciudades italianas, Constantinopla, las ciudades flamencas y holandesas, algunas españolas, como Barcelona, etc. La manufactura no se apodera en primer lugar de la llamada industria urbana, sino de la industria rural accesoria, el hilado y el tejido, el trabajo que menos destreza gremial, menos formación artística exige. Fuera de aquellos grandes emporios, donde encuentra la base de un mercado exterior y donde la producción está, por así decirlo, orientada naturalmente al valor de cambio —es decir, manufacturas ligadas directamente a la navegación, la construcción naval misma, etc.—, no establece sus primeras residencias en las ciudades, sino en el campo, en aldeas no sometidas a los gremios, etc. La industria rural accesoria contiene la amplia base de la manufactura, mientras que la industria urbana exige un gran progreso de la producción para poder explotarse al modo de fábrica. Del mismo modo, ramas de la producción como las fábricas de vidrio, las fábricas de metales, los aserraderos, etc., que desde el principio exigen más concentración de fuerzas de trabajo, desde el principio valorizan más fuerzas naturales, exigen producción en masa e igualmente concentración de los medios de trabajo, etc. Lo mismo las fábricas de papel, etc. Por otro lado, la aparición del arrendatario y la transformación de la población agrícola en jornaleros libres. Aunque esta transformación en el campo es la última en imponerse en sus últimas consecuencias y en su forma más pura, es también en él donde empieza más pronto. Los antiguos, que nunca fueron más allá de la industria artística propiamente urbana, nunca pudieron llegar, por eso, a la gran industria. Su primer presupuesto es la incorporación del campo en toda su amplitud a la producción, no de valores de uso, sino de valores de cambio. Las fábricas de vidrio, los molinos de papel, las ferrerías, etc., no pueden explotarse al modo gremial. Exigen producción en masa; venta en un mercado general; patrimonio dinerario por parte del empresario, no como si este creara las condiciones, ni las subjetivas ni las objetivas, sino porque bajo las antiguas relaciones de propiedad y de producción estas condiciones no pueden reunirse. La disolución de las relaciones de servidumbre, así como la aparición de la manufactura, transforman luego poco a poco todas las ramas del trabajo en ramas explotadas por el capital. Las ciudades mismas contienen ciertamente también, en el jornalerismo no gremial, los peones, etc., un elemento para la formación del trabajo asalariado propiamente dicho. |
|15| Si hemos visto así que la transformación del dinero en capital presupone un proceso histórico que ha separado las condiciones objetivas del trabajo, que las ha independizado frente al obrero, por otro lado el efecto del capital, una vez surgido, y de su proceso es someterse toda la producción y desarrollar y llevar a cabo en todas partes la separación entre trabajo y propiedad, entre el trabajo y las condiciones objetivas del trabajo. En el desarrollo ulterior se mostrará cómo el capital aniquila el trabajo artesanal, la pequeña propiedad del suelo que trabaja, etc., y a sí mismo en las formas en que no aparece en oposición al trabajo: en el pequeño capital y en los tipos intermedios, híbridos, entre los antiguos modos de producción (o tal como se han renovado sobre la base del capital) y el modo de producción clásico, adecuado, del capital mismo.
La única acumulación presupuesta en el nacimiento del capital es la del patrimonio dinerario, que, considerado en sí y para sí, es completamente improductivo, ya que solo brota de la circulación y solo pertenece a ella. El capital se forma rápidamente un mercado interior aniquilando todas las industrias rurales accesorias, es decir, hilando y tejiendo para todos, vistiendo a todos, etc.; en suma, dando la forma de valores de cambio a las mercancías creadas antes como valores de uso inmediatos, un proceso que resulta por sí mismo del desprendimiento de los obreros respecto del suelo y de la propiedad (aunque sea en forma servil) de las condiciones de producción.
En el artesanado urbano, aunque descansa esencialmente en el cambio y en la creación de valores de cambio, el fin inmediato, el fin principal de esta producción es la subsistencia como artesano, como maestro artesano, es decir, el valor de uso; no el enriquecimiento, no el valor de cambio como valor de cambio. Por eso la producción está en todas partes subordinada a un consumo presupuesto, la oferta a la demanda, y solo se amplía lentamente.
La producción de capitalistas y asalariados es, pues, un producto principal del proceso de valorización del capital. La economía corriente, que solo tiene a la vista las cosas producidas, lo olvida por completo. Al estar puesto en este proceso el trabajo objetivado a la vez como no objetividad del obrero, como objetividad de una subjetividad contrapuesta al obrero, como propiedad de una voluntad ajena a él, el capital es necesariamente a la vez capitalista, y la idea de algunos socialistas de que necesitamos el capital, pero no a los capitalistas, es completamente falsa. En el concepto del capital está puesto que las condiciones objetivas del trabajo —y estas son su propio producto— adquieren frente a él personalidad o, lo que es lo mismo, que están puestas como propiedad de una personalidad ajena al obrero. En el concepto del capital está contenido el capitalista. Sin embargo, este error no es en modo alguno mayor que el de, p. ej., todos los filólogos que hablan de capital en la Antigüedad, de capitalistas romanos y griegos. Esto no es más que otra manera de decir que el trabajo en Roma y en Grecia era libre, cosa que estos señores difícilmente querrían afirmar. Que ahora no solo llamemos capitalistas a los dueños de plantaciones de América, sino que lo sean, se basa en que existen como anomalías dentro de un mercado mundial basado en el trabajo libre. Si se trata de la palabra capital, que no aparece entre los antiguos (aunque le corresponde, para la principalis summa rei creditae [la suma principal de lo prestado], ἀρχαῖα [lo principal] entre los griegos), entonces las hordas todavía nómadas con sus rebaños en las estepas del Asia alta son los mayores capitalistas, ya que capital significa originariamente ganado, por lo que todavía el contrato de aparcería que se celebra a menudo en el sur de Francia por falta de capital [se llama], justamente por excepción, Bail de bestes à Chaptel [arriendo de bestias a capital].35 Si uno quiere meterse en el mal latín, nuestros capitalistas o Capitales Homines serían aquellos «qui debent censum de capite» [que deben el censo por cabeza].
En la determinación conceptual del capital aparecen dificultades que no se dan en el dinero; el capital es esencialmente capitalista; pero al mismo tiempo, a su vez, como elemento de su existencia distinto del capitalista, o la producción en general, capital. Así encontraremos más adelante que bajo el capital se subsume mucho que, por su concepto, no parece pertenecer a él. El capital se presta, p. ej. Se acumula, etc. En todas estas designaciones parece ser una mera cosa y coincidir por completo con la materia en que consiste. Pero esto y otras cosas se aclararán en el curso del desarrollo. (Dicho todavía de paso, como broma: el bueno de Adam Müller,36 que toma de manera muy mística todos los giros figurados, ha oído hablar también en la vida corriente de capital vivo en oposición al muerto, y se lo arregla ahora teosóficamente. El rey Æthelstan37 podría haberle instruido al respecto: «Reddam de meo proprio decimas Deo tam in Vivente Capitali, (ganado vivo), quam in mortuis fructibus terrae (frutos muertos de la tierra)» [Daré de lo mío propio los diezmos a Dios tanto en capital vivo como en frutos muertos de la tierra].) El dinero sigue siendo siempre la misma forma en el mismo sustrato, y por eso puede concebirse más fácilmente como mera cosa. Pero una misma cosa, mercancía, dinero, etc., puede representar capital o rédito, etc. Así, incluso para los economistas está claro que el dinero no es nada tangible, sino que la misma cosa puede quedar subsumida unas veces bajo la determinación de capital y otras bajo otra determinación opuesta, y según eso es o no es capital. Es evidente, pues, que es una relación y que solo puede ser una relación de producción.|
[Ciclo del capital]
|16| Hemos visto que la verdadera naturaleza del capital solo se manifiesta al final del ciclo. Lo que tenemos que examinar ahora es el ciclo mismo o la circulación del capital. Al principio parecía que la producción quedaba más allá de la circulación y la circulación más allá de la producción. El ciclo del capital —la circulación puesta como circulación del capital— abarca ambos momentos. En él la producción aparece como punto final y punto de partida de la circulación, y viceversa. La autonomía de la circulación queda ahora rebajada a una mera apariencia, lo mismo que el estar la producción más allá de ella.
❲Sobre lo anterior hay que observar además una cosa: el cambio de equivalentes, que parece suponer la propiedad sobre el producto del trabajo propio —y, por tanto, poner como idénticos la apropiación por el trabajo, el proceso económico real del hacer suyo, y la propiedad sobre el trabajo objetivado; lo que antes aparecía como proceso real, aquí reconocido como relación jurídica, es decir, como condición general de la producción, y por eso reconocido legalmente, puesto como expresión de la voluntad general—, se trueca en su contrario, se muestra, por una dialéctica necesaria, como separación absoluta de trabajo y propiedad y como apropiación de trabajo ajeno sin cambio, sin equivalente. La producción basada en el valor de cambio, en cuya superficie tiene lugar aquel cambio libre e igual de equivalentes, es en su base cambio de trabajo objetivado como valor de cambio por el trabajo vivo como valor de uso o, como también puede expresarse, comportamiento del trabajo respecto de sus condiciones objetivas —y, por tanto, respecto de la objetividad creada por él mismo— como propiedad ajena: enajenación del trabajo. Por otro lado, la condición del valor de cambio es su medición por el tiempo de trabajo y, por tanto, el trabajo vivo —no su valor— como medida de los valores. Es una ilusión [delusion] creer que en todos los estados de la producción la producción, y por tanto la sociedad, descansa en el cambio de mero trabajo por trabajo. En las diversas formas en que el trabajo se comporta respecto de sus condiciones de producción como propiedad suya, la reproducción del obrero no está puesta en modo alguno por el mero trabajo, pues su relación de propiedad no es el resultado, sino el presupuesto de su trabajo. En la propiedad del suelo está claro; en el sistema gremial también tiene que quedar claro que el tipo particular de propiedad que constituye el trabajo no descansa en el mero trabajo o en el cambio del trabajo, sino en una conexión objetiva del obrero con una entidad comunitaria y con unas condiciones que encuentra ya dadas, de las que parte como de su base. También ellas son productos de un trabajo, del trabajo de la historia universal; del trabajo de la entidad comunitaria, de su desarrollo histórico, que no parte del trabajo de los individuos sueltos ni del cambio de sus trabajos. Por eso tampoco es el mero trabajo el presupuesto de la valorización. Un estado en el que se cambia simplemente trabajo por trabajo —sea en la forma de la vitalidad inmediata, sea en la forma del producto— supone que el trabajo se ha desprendido de su originaria unión orgánica con sus condiciones objetivas, por lo cual, de un lado, aparece como mero trabajo y, de otro, su producto, como trabajo objetivado, adquiere frente a él una existencia enteramente autónoma como valor. El cambio de trabajo por trabajo —en apariencia la condición de la propiedad del obrero— descansa sobre la carencia de propiedad del obrero como su base.❳
(Que la forma extrema del extrañamiento, en la que, en la relación del capital con el trabajo asalariado, aparece el trabajo, la actividad productiva, respecto de sus propias condiciones y de su propio producto, es un punto de paso necesario —y que por eso contiene ya en sí, aunque solo en forma invertida, puesta cabeza abajo, la disolución de todos los presupuestos limitados de la producción, y más bien crea y produce los presupuestos incondicionados de la producción, y por tanto las plenas condiciones materiales para el desarrollo total y universal de las fuerzas productivas del individuo—, se examinará más adelante.)
La circulación del dinero partía de infinitos puntos y volvía a infinitos puntos. El punto de retorno no estaba puesto en modo alguno como punto de partida. En la circulación del capital, el punto de partida está puesto como punto de retorno y el punto de retorno como punto de partida. El propio capitalista es el punto de partida y de retorno. Cambia dinero por las condiciones de la producción, produce, valoriza el producto, es decir, lo transforma en dinero, y luego empieza de nuevo el proceso. La circulación del dinero, considerada por sí misma, se extingue necesariamente en el dinero como cosa inmóvil. La circulación del capital se enciende siempre de nuevo en sí misma, se dirime en sus distintos momentos y es un perpetuum mobile. La fijación de precios del lado de la circulación del dinero era puramente formal, en la medida en que el valor está presupuesto con independencia de la circulación del dinero. La circulación del capital pone precios, no solo formalmente, sino realmente, en la medida en que pone el valor. Donde el valor mismo aparece dentro de ella como presupuesto, solo puede ser como valor puesto por otro capital. La circulación del dinero encuentra ya medida la extensión de su recorrido, y las circunstancias que la aceleran o la retardan son impulsos externos. El capital, en su circulación, se amplía a sí mismo y ||17| amplía su recorrido, y la rapidez o lentitud de la circulación constituye ella misma un momento inmanente de este. El capital cambia cualitativamente en la circulación, y la totalidad de los momentos de su circulación son ellos mismos los momentos de su producción, tanto de su reproducción como de su nueva producción.
❲Hemos visto que al final del 2.º ciclo, es decir, el de la plusvalía valorizada como pluscapital, desaparece la ilusión de que el capitalista cambie con el obrero algo así como una parte del propio trabajo objetivado de este. Dentro del modo de producción que ya se funda en el capital mismo, la parte del capital individual que representa materias primas e instrumento aparece ciertamente para él como un valor presupuesto, y del mismo modo aparece presupuesto el trabajo vivo que compra. Estas 2 partidas se resuelven en valores puestos por un capital ajeno, es decir, de nuevo por el capital, solo que por otro. Lo que para un capitalista es materia prima es el producto del otro. Lo que para uno es producto es para el otro materia prima. El instrumento de uno es el producto del otro, y puede incluso servir como materia prima para la producción de otro instrumento. Lo que así aparece en el capital individual como presupuesto, lo que hemos llamado el valor constante, no es sino la presuposición del capital por el capital: que los capitales de los distintos ramos de la industria se ponen recíprocamente como presupuesto y condición. Cada uno, considerado por sí mismo, se resuelve en trabajo muerto autonomizado como valor frente al trabajo vivo. En última instancia, ninguno contiene otra cosa que trabajo, fuera de la materia natural sin valor. La entrada de los muchos capitales no debe perturbar aquí el examen. La relación de los muchos se explicará más bien después de haber examinado lo que todos tienen en común: ser capital.❳
La circulación del capital es al mismo tiempo su devenir, su crecimiento, su proceso vital. Si algo podía compararse con la circulación de la sangre, no era la circulación formal del dinero, sino la circulación del capital, llena de contenido.
Si la circulación presupone en todos sus puntos la producción —y es circulación de productos, sean dinero o mercancía, que salen siempre del proceso de producción, el cual es a su vez proceso del capital—, la propia circulación del dinero aparece ahora determinada por la circulación del capital, mientras que antes parecía estar junto al proceso de producción. Volveremos sobre este punto.
Si consideramos ahora la circulación o curso del capital como un todo, aparecen como las dos grandes diferencias dentro de ella 2 momentos, el proceso de producción y la circulación misma, ambos como momentos de su circulación. Cuánto tiempo se detiene el capital en la esfera del proceso de producción depende de las condiciones tecnológicas de este, y la permanencia dentro de esta fase coincide inmediatamente —por mucho que la duración tenga que ser distinta según el tipo de producción, su objeto, etc.— con el desarrollo de las fuerzas productivas. La duración no es aquí otra cosa que el tiempo de trabajo necesario para la fabricación del producto. (¡Falso!) Cuanto menor es este tiempo de trabajo, mayor es, como hemos visto, la plusvalía relativa. Es lo mismo que para una cantidad dada de productos se requiera menos tiempo de trabajo o que en un tiempo de trabajo dado puedan entregarse más productos acabados. El acortamiento de la duración durante la cual una determinada cantidad de capital permanece en el proceso de producción, se sustrae a la circulación propiamente dicha, está embarcada [embarked], coincide con el acortamiento del tiempo de trabajo necesario para la fabricación de un producto: con el desarrollo de las fuerzas productivas, tanto el empleo de fuerzas naturales, maquinaria, como el de las fuerzas naturales del trabajo social: aglomeración de los obreros, combinación y división del trabajo. Por este lado no parece, pues, que se añada ningún momento nuevo. Sin embargo, si se tiene en cuenta que, con respecto al capital individual, la parte de él que constituye la materia prima y el instrumento (medio de trabajo) es el producto de un capital ajeno, se ve que la rapidez con que puede renovar el proceso de producción está determinada a la vez por el desarrollo de las fuerzas productivas en todos los demás ramos de la industria. Esto queda del todo claro si uno se imagina que el mismo capital produce sus materias primas, sus instrumentos y sus productos finales. La duración de la permanencia del capital en la fase del proceso de producción se convierte ella misma en un momento de la circulación si se suponen capitales diversos. Pero aquí no tenemos que ver todavía con los muchos capitales. Este momento no corresponde, pues, aquí. El segundo momento es el lapso que transcurre desde que el capital está transformado en producto [hasta] que se transforma en dinero. De la rapidez con que se recorre este lapso, o de su duración, depende evidentemente cuántas veces en un tiempo dado puede el capital empezar de nuevo el proceso de producción, la autovalorización. Si el capital —digamos de 100 tál. al principio— realiza 4 rotaciones en un año, y la ganancia es cada vez del 5 por ciento de sí mismo, entonces, si el nuevo valor no se vuelve a capitalizar, es lo mismo que si un capital de una masa 4 veces mayor, digamos de 400, realizara con el mismo porcentaje una rotación en un año: cada vez 20 tál. La rapidez de la rotación —siendo iguales las demás condiciones de producción— sustituye, pues, a la masa del capital. O bien, si ||18| un valor 4 veces menor se realiza 4 veces como capital en el mismo periodo en que uno 4 veces mayor se realiza como capital una sola vez, la ganancia —la producción de plusvalía— del lado del capital menor es tan grande —por lo menos tan grande— como del lado del mayor. Decimos por lo menos. Puede ser mayor, porque la plusvalía misma puede emplearse de nuevo como pluscapital. Supón, p. ej., que con un capital de 100 la ganancia (aquí, para el cálculo, anticipamos esta forma de la plusvalía) es cada vez del 10 por ciento, rote las veces que rote. Al final de los primeros 3 meses sería 110, al de los segundos 121, al de los terceros 133 1/10 y al de la última rotación 146 41/100, mientras que con un capital de 400 con una sola rotación al año sería solo 440. En el primer caso la ganancia = 46 41/100, en el 2.º solo = 40. (Que el supuesto es falso en la medida en que el capital no rinde con cada aumento la misma tasa de ganancia no afecta al ejemplo, pues aquí no importa el cuánto de más, con tal de que en el primer caso sea en general más de 40, y lo es.) Con la ley de la sustitución de la rapidez por la masa y de la masa por la rapidez ya nos encontramos una vez en el curso del dinero. Rige tanto en la producción como en la mecánica. Es una circunstancia sobre la que habrá que volver al tratar de la nivelación de la tasa de ganancia, de los precios, etc. La pregunta que aquí nos interesa es esta: ¿no entra aquí un momento de la determinación del valor que es independiente del trabajo, que no procede directamente de él, sino que deriva de la circulación misma? ❲Que el crédito compense las diferencias en la rotación del capital no corresponde todavía aquí. Pero la pregunta misma sí corresponde aquí, porque surge del simple concepto del capital, considerado en general.❳ La rotación más frecuente del capital en un periodo de tiempo dado se parece a la repetición más frecuente de la cosecha a lo largo del año natural en los países más meridionales, comparados con los septentrionales. Aquí hacemos por completo abstracción, como ya se ha dicho arriba, del tiempo distinto que el capital tiene que permanecer en la fase de producción, en el proceso productivo de valorización mismo. Así como el grano, puesto en la tierra como semilla, pierde su valor de uso inmediato, queda desvalorizado como valor de uso inmediato, así también el capital está desvalorizado desde que se completa el proceso de producción hasta su retransformación en dinero y, de ahí, de nuevo en capital. ❲Esta rapidez con que puede volver a convertirse de la forma de dinero en las condiciones de producción —entre estas condiciones de producción no aparece, como en la esclavitud, el obrero mismo, sino el cambio con él— depende de la rapidez de producción y de la continuidad de los demás capitales que le suministran materia prima e instrumento, así como de la existencia de obreros, y en este último aspecto la sobrepoblación relativa es la mejor condición para el capital.❳ ❲Con total independencia del proceso de producción del capital a), la rapidez y la continuidad del proceso de producción b) aparecen como un momento que condiciona la retransformación del capital a) de la forma de dinero en la de capital industrial. La duración del proceso de producción del capital b) aparece así como un momento en la rapidez del proceso de circulación del capital a). La duración de la fase de producción de uno determina la rapidez de la fase de circulación del otro. Su simultaneidad es condición para que la circulación de a) no se vea frenada: que sus propios elementos, por los que tiene que cambiarse, sean lanzados simultáneamente a la producción y a la circulación. P. ej.: en el último tercio del siglo XVIII, la hilatura a mano era incapaz de suministrar en la masa requerida la materia prima para los tejidos; o, lo que es lo mismo, la hilatura no podía hacer pasar al lino o al algodón por el proceso de producción, su transformación en hilado, con la simultaneidad exigida, con la rapidez simultánea exigida. La consecuencia fue la invención de la máquina de hilar, que en igual tiempo de trabajo suministraba un producto incomparablemente mayor o, lo que es lo mismo, necesitaba para el mismo producto un tiempo de trabajo incomparablemente menor, una permanencia incomparablemente más breve en el proceso de la hilatura. Todos los momentos del capital que aparecen implicados en él cuando se lo considera según su concepto general adquieren realidad autónoma y solo se muestran también cuando aparece realmente como muchos capitales. La organización interna y viva que tiene lugar así dentro de la competencia y por medio de ella solo se desarrolla entonces con más amplitud.❳
Si consideramos la circulación entera del capital, aparecen 4 momentos, o bien, considerados los 2 grandes momentos del proceso de producción y del proceso de circulación como 2 momentos, cada uno de ellos vuelve a desdoblarse: podemos partir para ello de la circulación o de la producción. Esto ya se ha dicho: que la circulación misma es un momento de la producción, pues solo por medio de ella el capital se hace capital; que la producción solo es momento de la circulación en la medida en que esta misma se considera como el todo del proceso de producción. Los momentos son: I) El proceso real de producción y su duración. II) ||19| Transformación del producto en dinero. Duración de esta operación. III) Transformación del dinero, en las proporciones debidas, en materia prima, medio de trabajo y trabajo; en suma, en los elementos del capital como capital productivo. IV) El cambio de una parte del capital por capacidad de trabajo viva puede considerarse como un momento particular, y debe considerarse así, porque el mercado de trabajo se rige por leyes distintas de las del mercado de productos [produce market], etc. Aquí lo principal es la población; no la absoluta, sino la relativa. El momento I), como se ha dicho, no entra aquí en consideración, porque coincide con las condiciones de la valorización en general. El momento III) solo puede entrar en consideración cuando no se trata del capital en general, sino de muchos capitales. El momento IV) corresponde a la sección del salario, etc.
Aquí solo tenemos que ver con el momento II. En la circulación del dinero solo había una alternancia formal del valor de cambio como dinero y como mercancía. Aquí está el dinero, la mercancía como condición de la producción, y por último el proceso de producción. Los momentos tienen aquí otro contenido. La diferencia en la rotación del capital, tal como está puesta en II) —puesto que no depende ni de una mayor dificultad en el cambio con el trabajo, ni de la demora por la existencia no simultánea en la circulación de la materia prima y el medio de trabajo, ni de la distinta duración del proceso de producción—, solo podría proceder, pues, de mayores dificultades en la valorización. Evidentemente este no es un caso inmanente que surja de la relación misma, sino que, aquí, donde consideramos el capital en general, coincide con lo que hemos dicho de la desvalorización que resulta al mismo tiempo que la valorización. Ningún negocio se montará con la idea de que pueda colocar sus productos con más dificultad que otro. Si eso procediera de un mercado más pequeño, no se emplearía un capital mayor —como se ha supuesto—, sino uno menor que en el negocio con el mercado más grande. Pero podría referirse a la mayor distancia del mercado en el espacio y, por tanto, a un retorno más tardío. El tiempo más largo que el capital a) necesitaba para valorizarse procedería aquí de la mayor distancia espacial que tiene que recorrer tras el proceso de producción para cambiarse como M por D. Pero, p. ej., un producto que se produce para China, ¿no puede considerarse de modo que el producto, su proceso de producción, solo está acabado cuando se lo ha llevado al mercado chino? Sus costes de valorización subirían por los costes de transporte de Inglaterra a China. (De la compensación por la inactividad más prolongada del capital no puede hablarse todavía aquí, porque para ello tendrían que estar ya presupuestas las formas secundarias y derivadas de la plusvalía: el interés.) Los costes de producción se resolverían en el tiempo de trabajo objetivado en el proceso inmediato de producción + el tiempo de trabajo contenido en el transporte. La pregunta es ahora, en primer lugar, esta: ¿se puede sacar una plusvalía de los costes de transporte según los principios que hemos establecido hasta ahora? Descontemos la parte constante del capital que se consume en el transporte, barco, carro, etc., y todo lo que pertenece a su empleo, porque este elemento no aporta nada a la cuestión y da igual que se lo ponga = 0 o = x. ¿Es posible, entonces, que haya plustrabajo metido en los costes de transporte y que, por tanto, el capital pueda sacar plusvalía de ellos? La cuestión se responde sencillamente con la pregunta: ¿cuál es el trabajo necesario, o el valor en que se objetiva? El producto tiene que pagar 1) su propio valor de cambio, el trabajo objetivado en él mismo; 2) el tiempo excedente que el marinero, el carretero, etc., emplean en su transporte. Que pueda o no sacarlo depende de la riqueza del país al que lleva el producto, y de su necesidad, etc., del valor de uso del producto para ese país. En la producción inmediata está claro que todo el plustrabajo que el fabricante hace trabajar al obrero es plusvalía para él, en cuanto que es trabajo objetivado en nuevos valores de uso que no le cuesta nada. Pero evidentemente, en el tiempo de transporte no puede emplearlo durante más tiempo del que el transporte exige. Con ello tiraría tiempo de trabajo, no lo valorizaría, es decir, no lo objetivaría en un valor de uso. Si el barquero, el carretero, etc., solo necesitan medio año de tiempo de trabajo (si esa es en general [generally] la proporción del trabajo necesario para la subsistencia) para vivir un año, el capitalista los emplea un año entero y les paga medio. Al cargar en el valor de los productos transportados un año entero de tiempo de trabajo, pero pagar solo 1/2, gana una plusvalía del 100 por ciento sobre el trabajo necesario. El caso es exactamente el mismo que en la producción inmediata, y la plusvalía originaria del producto transportado solo puede proceder de que una parte del tiempo de transporte no se paga a los obreros, porque es tiempo excedente por encima de su trabajo necesario para vivir. Que un producto aislado se encareciera tanto por los costes de transporte que no pudiera cambiarse —por la desproporción entre el valor del producto y su plusvalía como producto transportado, una cualidad que se extingue en él en cuanto ha llegado a su destino— no cambia nada en el asunto. Si un fabricante pusiera en movimiento toda su maquinaria para hilar 1 lb de hilo [twist], el valor de esa libra subiría igualmente tanto que difícilmente encontraría salida. La carestía de los productos extranjeros, así como su escaso consumo en la Edad Media, etc., procede precisamente de esta razón. Tanto es movimiento local ||20| sacar metales de las minas como llevar mercancías al lugar de su consumo. La mejora de los medios de transporte y comunicación entra asimismo en la categoría del desarrollo de las fuerzas productivas en general. Que pueda depender del valor de los productos hasta qué punto soportan costes de transporte; que, además, haga falta un intercambio masivo para reducir los costes de transporte —un barco de 100 toneladas de capacidad puede llevar con los mismos costes de producción 2 y 100 toneladas, etc.— y para hacer rentables los medios de comunicación, etc.: todo esto no corresponde aquí. (Sin embargo, será necesario dedicar una sección especial a los medios de comunicación, porque constituyen una forma del capital fijo [capital fixe] que tiene leyes propias de valorización.) Si uno se imagina el mismo capital produciendo y transportando, ambos actos caen en la producción inmediata, y la circulación tal como la hemos considerado hasta ahora, es decir, la transformación en dinero en cuanto el producto ha recibido su última forma para el uso, la forma apta para circular, solo empezaría cuando se lo hubiera llevado a su lugar de destino. El retorno más tardío de este capitalista, a diferencia de otro que coloca su producto en el mismo lugar, se resolvería en otra forma de mayor uso de capital fijo, de la que aquí no hablamos todavía. Que a) necesite 100 táleros más de instrumento que b), o que necesite 100 táleros más para llevar su producto al lugar de destino, al mercado, es lo mismo. En ambos casos se emplea un capital fijo mayor; más medios de producción, que se consumen en la producción inmediata. Por este lado no estaría puesto aquí, pues, ningún caso [case] inmanente; entraría en el examen de la diferencia entre capital fijo y capital circulante [capital circulant].
Sin embargo, aquí se añade un momento: los costes de circulación, que no están en el simple concepto de la circulación y que todavía no nos conciernen aquí. De los costes de circulación que proceden de la circulación como acto económico —como relación de producción, no como momento inmediato de la producción, como en el caso de los medios de transporte y comunicación— solo puede hablarse al tratar del interés y, sobre todo, del crédito. La circulación tal como la consideramos es proceso de transformación, proceso cualitativo del valor, tal como aparece en las distintas formas de dinero, proceso de producción, producto, retransformación en dinero y pluscapital. En la medida en que dentro de este proceso de transformación como tal —en este pasar de una determinación a otra— se generan nuevas determinaciones. Los costes de la circulación no están incluidos necesariamente, p. ej., en el paso del producto al dinero. Pueden ser = 0.
Sin embargo, en la medida en que la circulación misma ocasiona costes, exige ella misma plustrabajo, aparece ella misma como incluida en el proceso de producción. Por este lado, la circulación aparece como momento del proceso inmediato de producción. En la producción dirigida inmediatamente al uso, que solo cambia el excedente, los costes de circulación aparecen solo para el excedente, no para el producto principal. Cuanto más descansa la producción en el valor de cambio, y por tanto en el cambio, tanto más importantes se vuelven para ella las condiciones físicas del cambio: los medios de comunicación y de transporte. El capital, por su naturaleza, empuja más allá de toda barrera espacial. La creación de las condiciones físicas del cambio —de medios de comunicación y de transporte— se convierte, pues, para él en una necesidad en una medida completamente distinta: la aniquilación del espacio por el tiempo. En la medida en que el producto inmediato solo puede valorizarse masivamente en mercados lejanos a medida que disminuyen los costes de transporte, y en la medida en que, por otro lado, los medios de comunicación y el transporte mismos solo pueden ofrecer esferas de valorización, del trabajo puesto en marcha por el capital, en la medida en que tiene lugar un intercambio masivo —por el que se repone más que el trabajo necesario—, la producción de medios de transporte y comunicación baratos es condición de la producción fundada en el capital y, por eso, este la lleva a cabo. Todo el trabajo que se requiere para lanzar el producto acabado a la circulación —en la circulación económica solo se encuentra cuando está en el mercado— es, desde el punto de vista del capital, una barrera que hay que superar, como todo trabajo que se requiere como condición del proceso de producción (así, p. ej., los costes de la seguridad del cambio, etc.). La vía fluvial como camino que anda solo, que se mueve por sí mismo, es el camino de los pueblos comerciantes por excelencia [ϰατ ̓ ἐξοχήν]. Por otro lado, las vías de comunicación corresponden originariamente a la entidad comunitaria y más tarde, durante mucho tiempo, a los gobiernos, como meras deducciones de la producción, que salen del plusproducto común del país, pero no constituyen una fuente de su riqueza, es decir, no cubren sus costes de producción. En las entidades comunitarias asiáticas originarias, autosuficientes [self-sustaining], por un lado no hay necesidad de caminos; por otro, la falta de ellos las mantiene encerradas en su aislamiento y constituye por eso un momento esencial de su persistencia sin cambios (como en la India). La construcción de caminos mediante prestaciones personales o, lo que es otra forma, mediante impuestos, es la transformación forzosa de una parte del plustrabajo o del plusproducto del país en caminos. Para que el capital individual se haga cargo de ello, es decir, para que produzca las condiciones del proceso de producción que están fuera de este proceso inmediato, el trabajo tiene que valorizarse. Presupuesto un camino determinado entre a y b (el suelo no ha de costar nada), ||21| este contiene solo una cantidad determinada de trabajo y, por tanto, de valor. Que lo haga construir el capitalista o el Estado es lo mismo. ¿Gana, pues, aquí el capitalista al crear plustrabajo y, por eso, plusvalía? Quitemos primero del camino lo que es desconcertante [puzzling] y procede de su naturaleza de capital fijo. Imagina que el camino pudiera venderse de una vez [at once], como una levita o una tonelada de hierro. Si la producción del camino cuesta, digamos, 12 meses, su valor = 12 meses. Si el nivel general del trabajo [general standard of labour] es tal que el obrero puede vivir, digamos, de 6 meses de trabajo objetivado, entonces, si construyera él todo el camino, crearía para sí 6 meses de trabajo de plusvalía; o bien, si la comunidad construyera el camino y el obrero solo quisiera trabajar el tiempo necesario, habría que traer a otro obrero que trabajara 6 meses. El capitalista, en cambio, obliga a un solo obrero a trabajar 12 meses y le paga 6. La parte del valor del camino que contiene su plustrabajo constituye la ganancia del capitalista. La forma real en que aparece el producto no tiene por qué perturbar en absoluto el fundamento de la teoría del valor por el tiempo de trabajo objetivado. Pero la cuestión es precisamente si el capitalista podría valorizar el camino, si podría realizar su valor por medio del cambio. Esta cuestión existe, naturalmente, para todo producto, pero adopta una forma particular en el caso de las condiciones generales de producción. Supongamos que el valor del camino no se valoriza. Pero se construye porque es un valor de uso necesario. ¿Cómo está entonces la cosa? Hay que hacerlo y hay que pagarlo, en la medida en que hay que cambiar por él sus costes de producción. Solo llega a existir mediante cierto consumo de trabajo, medios de trabajo, materias primas, etc. Que se haga mediante prestaciones personales o mediante impuestos es lo mismo. Pero solo se hace porque es un valor de uso necesario para la comunidad, porque esta lo necesita a toda costa [à tout prix]. Esto es, ciertamente, un plustrabajo que el individuo, sea en la forma de la prestación personal, sea en la forma mediada del impuesto, tiene que realizar por encima del trabajo inmediato necesario para su subsistencia. Pero en la medida en que es necesario para la comunidad, y para cada individuo como miembro de ella, no es un plustrabajo que él realiza, sino una parte de su trabajo necesario, del trabajo que es necesario para que él se reproduzca como miembro de la comunidad y, con ello, se reproduzca la entidad comunitaria, lo cual es a su vez una condición general de su actividad productiva. Si el tiempo de trabajo se consumiera por entero en la producción inmediata (o, expresado de forma mediada, si fuera imposible recaudar impuestos adicionales para este fin determinado), el camino tendría que quedar sin construir. Si se considera la sociedad entera como un solo individuo, el trabajo necesario consistiría en la suma de todas las funciones laborales particulares autonomizadas por la división del trabajo. Ese único individuo tendría que emplear, p. ej., tanto tiempo en la agricultura, tanto en la industria, tanto en el comercio, tanto en la fabricación de instrumentos, tanto, para volver a nuestros carneros, en la construcción de caminos y en medios de comunicación. Todas estas necesidades se resuelven en otro tanto tiempo de trabajo que tiene que dirigirse a fines diversos y gastarse en actividades particularizadas. Cuánto tiempo de trabajo de este tipo puede emplearse dependería de la cantidad de capacidad de trabajo (= la masa de los individuos aptos para el trabajo que constituyen la sociedad) y del desarrollo de la fuerza productiva del trabajo (la masa de productos que puede crear en un tiempo dado). El valor de cambio, que presupone una división del trabajo más o menos desarrollada según el grado de los propios cambios, presupone que, en lugar de que el único individuo (la sociedad) realice trabajos diversos, emplee su tiempo de trabajo en formas diversas, el tiempo de trabajo de cada individuo se dedique solo a las funciones particulares necesarias. Cuando hablamos del tiempo de trabajo necesario, los ramos de trabajo particulares y separados aparecen como necesarios. Esta necesidad recíproca está mediada, sobre la base del valor de cambio, por el cambio, y se muestra precisamente en que todo trabajo objetivado particular, todo tiempo de trabajo particularmente especificado y materializado, se cambia por el producto y símbolo del tiempo de trabajo general, del tiempo de trabajo objetivado sin más, por el dinero, y así puede cambiarse de nuevo por cualquier trabajo particular. Esta necesidad es ella misma cambiante, puesto que las necesidades se producen tanto como los productos y las diversas destrezas de trabajo. Dentro de estas necesidades y trabajos necesarios se da un más o un menos. Cuanto más estén puestas como necesarias las necesidades generadas a su vez históricamente, por la producción misma, las necesidades sociales —necesidades que son a su vez el vástago [offspring] de la producción y el intercambio sociales [social production and intercourse]—, tanto más desarrollada está la riqueza real. La riqueza, considerada materialmente, solo consiste en la diversidad de las necesidades. El oficio artesano mismo no aparece como necesario junto a la agricultura autosuficiente [self-sustaining agriculture], que practica el hilado, el tejido, etc., como ocupación doméstica accesoria. Pero si, p. ej., la agricultura misma ||22| descansa en una explotación científica —si necesita máquinas, abonos químicos traídos por el comercio, semillas de países lejanos, etc.— y si, además, ha desaparecido la manufactura rural patriarcal, cosa que ya está en el supuesto, entonces la fábrica de máquinas, el comercio exterior, el oficio artesano, etc., aparecen como necesidad para la agricultura. El guano quizá solo pueda conseguirlo mediante la exportación de sedería. Así, la manufactura de la seda ya no aparece como industria de lujo, sino como industria necesaria para la agricultura. Es, pues, principal y esencialmente por esto, en este caso porque la agricultura ya no encuentra en sí misma, de modo natural,38 las condiciones de su propia producción, sino que estas existen fuera de ella como industria autónoma —y con su existencia fuera de ella también queda arrastrada al círculo de las condiciones de producción de la agricultura toda la intrincada conexión en que existe esta industria ajena—, por lo que lo que antes aparecía como lujo es ahora necesario, y las llamadas necesidades de lujo aparecen, p. ej., como necesidad para la industria más natural y surgida de la más pura necesidad natural. Este retirar el suelo natural bajo el suelo de toda industria y trasladar sus condiciones de producción fuera de ella a una conexión general —y por eso la transformación de lo que parecía superfluo en necesario, en necesidad producida históricamente— es la tendencia del capital. La base general de todas las industrias pasa a ser el cambio general mismo, el mercado mundial y, por tanto, el conjunto de las actividades, intercambios, necesidades, etc., de que se compone. El lujo es lo opuesto a lo naturalmente necesario. Las necesidades necesarias son las del individuo reducido él mismo a sujeto natural. El desarrollo de la industria supera tanto esta necesidad natural como aquel lujo; en la sociedad burguesa, ciertamente, solo de modo antagónico, pues ella misma vuelve a poner solo una determinada medida social como la necesaria frente al lujo. Estas cuestiones sobre el sistema de las necesidades y el sistema de los trabajos, ¿en qué lugar hay que tratarlas? Se verá en el curso de la exposición. Volvamos ahora a nuestro camino. Si se puede construir, eso prueba que la sociedad posee el tiempo de trabajo (trabajo vivo y objetivado) para construirlo. ❲Naturalmente, aquí se supone que sigue un instinto correcto. Podría comerse la simiente, dejar el campo en barbecho y construir caminos. Con ello no habría realizado el trabajo necesario, porque no se reproduciría, no se conservaría como capacidad de trabajo viva mediante este trabajo. O también pueden asesinarse directamente las capacidades de trabajo vivas, como hizo, p. ej., Pedro I para construir Petersburgo.39 Cosas así no corresponden aquí.❳ ¿Por qué, entonces, en cuanto aparecen la producción fundada en el valor de cambio y la división del trabajo, la construcción de caminos no se convierte en negocio privado de individuos? Y allí donde la lleva a cabo el Estado mediante impuestos, no lo es. Ante todo [d'abord]: la sociedad, los individuos unidos, puede que posean el tiempo excedente para construir el camino, pero solo unidos. La unión es siempre adición de la parte de capacidad de trabajo que cada individuo puede emplear en la construcción de caminos además de su trabajo particular; pero no es solo la adición. En la medida en que la unión de sus fuerzas aumenta su fuerza productiva, no está dicho en modo alguno que poseerían numéricamente la capacidad de trabajo, todos tomados juntos, si no trabajaran juntos, es decir, si a la suma de sus capacidades de trabajo no se añadiera el excedente que solo existe por medio de su trabajo unido, combinado, y en él. De ahí la reunión violenta del pueblo en Egipto, Etruria, la India, etc., para construcciones forzosas y obras públicas forzosas. El capital produce la misma unión de otro modo, por su manera de cambiar con el trabajo libre. ❲Que el capital no tenga que ver con el trabajo aislado, sino con el combinado, como él mismo es ya en sí y para sí una fuerza social, combinada, es un punto que quizá haya que tratar ya aquí, en la historia general del surgimiento del capital.❳ En segundo lugar: la población puede estar, por un lado, lo bastante desarrollada, y el apoyo que encuentra en el empleo de maquinaria, etc., por otro, lo bastante avanzado como para que la fuerza que surge meramente de la unión material, masiva —y en la Antigüedad se trata siempre de esta acción masiva del trabajo reunido a la fuerza—, sea superflua y se necesite proporcionalmente una masa de trabajo vivo menor. ❲Cuanto más descansa todavía la producción en el mero trabajo manual, en el empleo de la fuerza muscular, etc., en suma, en el esfuerzo físico y el trabajo de los individuos, tanto más consiste el aumento de la fuerza productiva en su cooperación masiva. En el oficio semiartístico aparece lo opuesto, la particularización y el aislamiento: la destreza del trabajo individual, pero no combinado. El capital, en su verdadero desarrollo, combina el ||23| trabajo masivo con la destreza, pero de tal modo que el primero pierde su poder físico y la destreza no existe en el obrero, sino en la máquina y en la fábrica [factory], que actúa como un todo por la combinación científica con la máquina. El espíritu social del trabajo adquiere una existencia objetiva fuera de los obreros individuales.❳ Puede formarse una clase particular de constructores de caminos empleada por el Estado, ❲Entre los romanos había en el ejército una masa —pero ya separada del pueblo en su conjunto— disponible, disciplinada para el trabajo, y cuyo tiempo excedente pertenecía a la vez al Estado; que vendían al Estado todo su tiempo de trabajo por un salario exactamente igual, que cambiaban toda su capacidad de trabajo por un salario necesario para la conservación de su vida exactamente igual que lo hace el obrero con el capitalista. Esto vale para la época en que el ejército romano ya no era un ejército de ciudadanos, sino un ejército de mercenarios. También aquí hay una venta libre del trabajo por parte del soldado. Pero el Estado no lo compra con vistas a la producción de valores. Y así, aunque la forma del salario pueda parecer que aparece originariamente en los ejércitos, este régimen de la soldada es sin embargo esencialmente distinto del trabajo asalariado. Hay alguna semejanza en que el Estado consume el ejército para obtener un aumento de poder y de riqueza.❳ o se consume para ello una parte de la población ocasionalmente desocupada, con un número de maestros de obras, etc., que, sin embargo, no trabajan como capitalistas, sino como criados [menials] de formación superior. (Sobre la relación de este trabajo cualificado, etc., más adelante.) Los obreros son entonces asalariados, pero el Estado no los emplea como tales, sino como sirvientes domésticos [menial servants]. Ahora bien, para que el capitalista emprenda la construcción de caminos como negocio, a su costa, ❲si el Estado hace llevar a cabo cosas así por medio de arrendatarios del Estado, sucede siempre, de forma mediada, por medio de prestaciones personales o de impuestos.❳, son necesarias diversas condiciones, que coinciden todas en que el modo de producción fundado en el capital ya está desarrollado hasta su grado más alto. En primer lugar: se presupone la magnitud del capital mismo, del capital concentrado en sus manos, para poder emprender trabajos de tales dimensiones y de rotación, de valorización, tan lenta. De ahí que sea sobre todo capital por acciones, forma en la que el capital se ha abierto paso hasta su forma última, en la que no solo es en sí, según su sustancia, sino que está puesto en su forma como fuerza y producto social. En segundo lugar: se le exige que rinda intereses, no que rinda ganancia. (Puede rendir más que intereses, pero no es necesario.) Este punto no hay que investigarlo todavía aquí. En tercer lugar: como presupuesto, un intercambio tal —sobre todo comercial— que el camino sea rentable, es decir, que el precio que se pide por el uso del camino valga para los productores otro tanto valor de cambio, o les suministre una fuerza productiva que puedan pagar así de cara. En cuarto lugar: una parte de la riqueza que disfruta y que gasta su rédito en este artículo de la locomoción. Pero lo principal siguen siendo los 2 presupuestos: 1) capital utilizable para este objeto en la masa requerida, que se contente con el interés; 2) tiene que valorizarse para los capitales productivos, para el capital industrial, pagar el precio por un camino. Así, p. ej., el primer ferrocarril entre Liverpool y Manchester; se había convertido en una necesidad de la producción para los corredores de algodón [cotton brokers] de Liverpool y, más aún, para los fabricantes [manufacturers] de Manchester. ❲La competencia puede generar la necesidad, p. ej., de ferrocarriles en un país donde el desarrollo anterior de sus fuerzas productivas todavía no empujaría a ello. El efecto de la competencia entre naciones corresponde a la sección del intercambio internacional. Aquí se muestran especialmente los efectos civilizadores del capital.❳ El capital como tal —puesta su existencia en la extensión necesaria— solo producirá caminos cuando la producción de caminos se haya convertido en una necesidad para los productores, especialmente para el propio capital productivo; en una condición para que el capitalista obtenga ganancia. Entonces el camino también es rentable. Pero en estos casos ya se presupone un gran intercambio. Es el mismo presupuesto por partida doble: de un lado, la riqueza del país lo bastante concentrada y transformada en la forma del capital como para emprender tales trabajos como procesos de valorización del capital; del otro, la masa del intercambio lo bastante grande, y la barrera que forma la falta de medios de comunicación lo bastante sentida como tal, para que el capitalista pueda realizar el valor del camino (por porciones y por partes en el tiempo) como camino (es decir, su uso). Todas las condiciones generales de la producción, como caminos, canales, etc., ya faciliten la circulación o incluso la hagan posible por primera vez, ya aumenten la fuerza productiva (como los regadíos, etc., construidos por los gobiernos en Asia y, por lo demás, también en Europa), suponen, para que las emprenda el capital en lugar del gobierno, que representa a la entidad comunitaria como tal, el desarrollo más alto de la producción fundada en el capital. El desprendimiento de las obras públicas [travaux publics] respecto del Estado y su paso al dominio de los trabajos emprendidos por el capital mismo indica el grado en que la entidad comunitaria real se ha constituido en la forma del capital. Un país, p. ej. los Estados Unidos, puede sentir la necesidad de ferrocarriles incluso en el aspecto productivo; y, sin embargo, la ventaja inmediata ||24| que de ello se sigue para la producción puede ser demasiado pequeña para que el desembolso aparezca de otro modo que a fondo perdido [à fonds perdu]. Entonces el capital lo carga sobre los hombros del Estado o, donde el Estado ocupa todavía tradicionalmente una posición superior frente a él, este posee todavía el privilegio y la voluntad de obligar al conjunto a [poner] una parte de su rédito, no de su capital, en tales trabajos de utilidad general, que aparecen a la vez como condiciones generales de la producción y, por tanto, no como condición particular de un capitalista cualquiera; y mientras el capital no adopta la forma de la sociedad anónima, solo busca siempre las condiciones particulares de su valorización; las comunitarias se las endosa a todo el país como necesidades nacionales. El capital solo emprende empresas ventajosas, ventajosas en su sentido. Ciertamente, también especula en falso y, como veremos, tiene que especular así. Emprende entonces inversiones que no son rentables y que solo lo son cuando se han desvalorizado en cierto grado. De ahí las muchas empresas en las que la primera inversión de capital [mise de capital] es a fondo perdido, los primeros empresarios se van a pique y solo se valorizan en segunda o 3.ª mano, cuando el capital invertido se ha reducido por la desvalorización. Por lo demás, el Estado mismo y todo lo que lleva colgado pertenece a estas deducciones del rédito, por así decir, a los costes de consumo para el individuo, a los costes de producción para la sociedad. Un camino puede aumentar de tal modo las fuerzas productivas que cree un intercambio gracias al cual pasa entonces a ser rentable. Puede haber trabajos y desembolsos necesarios sin que sean productivos en el sentido del capital, es decir, sin que el plustrabajo que contienen se realice como plusvalía por medio de la circulación, del cambio. Si un obrero, p. ej., trabaja 12 horas diarias durante el año en un camino y el tiempo de trabajo generalmente necesario es por término medio = 6 horas, ha trabajado un plustrabajo de 6 horas. Pero si el camino no puede venderse a 12 horas, quizá solo a 6, la construcción del camino no es una empresa para el capital, y el trabajo de construir caminos no es trabajo productivo para él. El capital tiene que poder vender el camino (el plazo y el modo de venderlo no nos conciernen aquí), de modo que se valoricen tanto el trabajo necesario como el plustrabajo, o que del fondo general de las ganancias, de las plusvalías, le toque una parte tal como si hubiera creado plusvalía. Esta relación habrá que investigarla más adelante, al tratar de la ganancia y del trabajo necesario. El desarrollo más alto del capital se da cuando las condiciones generales del proceso social de producción no se producen a partir de la deducción del rédito social, de los impuestos del Estado —donde es el rédito, y no el capital, lo que aparece como fondo de trabajo [labour fonds] y el obrero, aunque sea un asalariado libre como cualquier otro, está sin embargo en otra relación económica—, sino a partir del capital como capital. Esto muestra, por un lado, el grado en que el capital se ha sometido todas las condiciones de la producción social y, por tanto, por otro lado, hasta qué punto está capitalizada la riqueza social reproductiva y todas las necesidades se satisfacen en la forma del cambio; también las necesidades del individuo puestas como sociales, es decir, las que no consume y necesita como individuo aislado en la sociedad, sino en común con otros —cuyo modo de consumo es, por la naturaleza de la cosa, social—, también estas no solo se consumen, sino que se producen, por medio del cambio, del cambio individual. En el camino del que hablábamos arriba, la construcción tiene que ser tan ventajosa que un tiempo de trabajo determinado transformado en camino le reproduzca al obrero su capacidad de trabajo exactamente igual que si lo transformara en la agricultura. El valor está determinado por el tiempo de trabajo objetivado, sea cual sea su forma. Pero que este valor sea realizable depende del valor de uso en que se realiza. Aquí se presupone que el camino es una necesidad para la comunidad y, por tanto, se presupone el valor de uso. Por otro lado, para que el capital emprenda la construcción del camino, se presupone que se pague no solo el tiempo de trabajo necesario, sino también el tiempo de plustrabajo que trabaja el obrero; de ahí su ganancia. (Mediante aranceles protectores, monopolios, coacción estatal, el capitalista impone a menudo este pago allí donde cada uno de los que cambian, en un cambio libre, pagarían a lo sumo el trabajo necesario.) Es muy posible que haya tiempo de plustrabajo y que no se pague (cosa que, por lo demás, le puede pasar a cualquier capitalista individual). Donde domina el capital (exactamente igual que donde hay esclavitud y servidumbre o prestaciones personales de cualquier tipo), el tiempo de trabajo absoluto del obrero está puesto para él como condición para que se le permita trabajar el necesario, es decir, para poder realizar para sí en valores de uso el tiempo necesario para la conservación de su capacidad de trabajo. En todo tipo de trabajo, la competencia trae entonces consigo que tenga que trabajar el tiempo completo, es decir, tiempo de plustrabajo. Pero puede darse el caso de que este tiempo de plustrabajo, aunque esté contenido en el producto, no sea cambiable. Para el obrero mismo —comparado con los demás asalariados— es plustrabajo. Para quien lo emplea es trabajo que, ciertamente, tiene para él un valor de uso, como, p. ej., su cocinero, pero no valor de cambio, de modo que toda la distinción ||25| entre tiempo de trabajo necesario y tiempo de plustrabajo no existe. El trabajo puede ser necesario sin ser productivo. Todas las condiciones generales, comunitarias de la producción —mientras su producción por el capital como tal, en sus condiciones, no puede tener lugar todavía— se sufragan por eso con una parte del rédito del país, con la caja del gobierno, y los obreros no aparecen como obreros productivos, aunque aumenten la fuerza productiva del capital. El resultado de nuestra digresión es, por lo demás, que la producción de medios de comunicación, de las condiciones físicas de la circulación, entra en la categoría de la producción del capital fijo y no constituye, pues, un caso [case] particular. Solo que, de paso, se nos ha abierto la perspectiva, que en este punto todavía no puede trazarse con nitidez, de una relación específica del capital con las condiciones comunitarias, generales, de la producción social, a diferencia de las del capital particular y de su proceso particular de producción.
La circulación tiene lugar en el espacio y en el tiempo. La condición espacial, el traslado del producto al mercado, pertenece, considerada económicamente, al proceso de producción mismo. El producto solo está realmente acabado cuando está en el mercado. El movimiento por el que llega allí forma parte todavía de sus costes de fabricación. No constituye un momento necesario de la circulación considerada como proceso particular del valor, puesto que un producto puede comprarse e incluso consumirse en el mismo lugar de su producción. Pero este momento espacial es importante en la medida en que de él depende la extensión del mercado, la posibilidad de cambio del producto. El acortamiento de los costes de esta circulación real (en el espacio) forma parte del desarrollo de las fuerzas productivas por el capital, de la disminución de los costes de su valorización. Pero en ciertos aspectos, como condición externa de existencia para el proceso económico de la circulación, este momento puede contarse también entre los costes de producción de la circulación, de modo que la circulación, según este momento, aparece ella misma como momento no solo del proceso de producción en general, sino del proceso inmediato de producción. En cualquier caso, aquí aparece la determinación de este momento por el grado general de desarrollo de las fuerzas productivas y de la producción fundada en el capital en general. Más exactamente, este momento local —el llevar el producto al mercado—, que es una condición necesaria de su circulación salvo en el caso de que el propio lugar de producción sea mercado, podría considerarse como transformación del producto en mercancía. Solo en el mercado es mercancía. (Que constituya o no [whether or not] un momento particular es contingente. Si el capital trabaja por encargo, no existen para él ni este momento ni la transformación en dinero como momento particular. El trabajo por encargo, es decir, una oferta que responde a una demanda previa, como estado general o predominante no corresponde a la gran industria y no surge en modo alguno como condición de la naturaleza del capital.)
En segundo lugar, el momento del tiempo. Este forma parte esencialmente del concepto de la circulación. Supongamos que el acto de pasar de mercancía a dinero está fijado por contrato: aun así cuesta tiempo: calcular, pesar, medir. El acortamiento de este momento es asimismo desarrollo de la fuerza productiva. Aquí el tiempo solo se entiende también como condición externa para el paso del estado de mercancía al de dinero; el paso está presupuesto; se trata del tiempo que transcurre durante este acto presupuesto. Esto forma parte de los costes de circulación. Otra cosa es el tiempo que transcurre en general antes de que la mercancía pase a dinero; o el tiempo durante el cual sigue siendo mercancía, valor solo potencial, no real. Este es pura pérdida.
De todo lo dicho se desprende que la circulación aparece como proceso esencial del capital. El proceso de producción no puede empezar de nuevo antes de la transformación de la mercancía en dinero. La continuidad constante del proceso, el paso sin trabas y fluido del valor de una forma a otra, o de una fase del proceso a otra, aparece como condición fundamental de la producción fundada en el capital en un grado completamente distinto que en todas las formas anteriores de producción. Por otro lado, mientras está puesta la necesidad de esta continuidad, las fases se separan en el tiempo y en el espacio como procesos particulares e indiferentes entre sí. Así, para la producción fundada en el capital aparece como contingente que se produzca o no su condición esencial, la continuidad de los diversos procesos que constituyen su proceso global. La superación de esta contingencia por el capital mismo es el crédito. (Tiene otros aspectos; pero este aspecto surge de la naturaleza inmediata del proceso de producción y es por eso el fundamento de la necesidad del crédito.) De ahí que el crédito no aparezca en ninguna forma desarrollada en ningún modo de producción anterior. También en estados anteriores se tomaba y se daba prestado, y la usura es incluso la más antigua de las formas antediluvianas del capital. Pero el tomar y dar prestado constituye el crédito tan poco como el trabajar constituye el trabajo industrial o el trabajo asalariado libre. Como relación de producción esencial, desarrollada, el crédito solo aparece también históricamente en la circulación fundada en el capital o en el trabajo asalariado. (El dinero mismo es una forma de superar la desigualdad del tiempo requerido en los diversos ramos de la producción, en la medida en que se opone al ||26| cambio.) La usura, aunque en su forma aburguesada, adaptada al capital, es ella misma una forma del crédito, en su forma preburguesa es más bien expresión de la falta de crédito.
(La retransformación del dinero en momentos o condiciones objetivos de la producción presupone que se los encuentre ya dados. Constituye los diversos mercados en los que el productor los encuentra como mercancía —en manos del comerciante—, mercados (junto al mercado de trabajo [labour market]) esencialmente distintos de los mercados para el consumo individual inmediato, final.)
El dinero se transformaba en su circulación en mercancía, y en el cambio D-M el consumo ponía fin al proceso; o la mercancía se cambiaba por dinero, y en el cambio M-D o bien D era evanescente, para volver a cambiarse por M, con lo que el proceso volvía a terminar en el consumo, o bien el dinero se retiraba de la circulación y se transformaba en tesoro muerto y riqueza solo imaginada. En ninguna parte se encendía el proceso en sí mismo, sino que los presupuestos de la circulación del dinero estaban fuera de ella, y esta necesitaba constantemente un nuevo impulso desde fuera. En la medida en que ambos momentos se cambiaban, el cambio de forma, dentro de la circulación, era solo formal. Pero en la medida en que adquiría contenido, quedaba fuera del proceso económico; el contenido no pertenecía a él. Ni la mercancía se conservaba como dinero, ni el dinero como mercancía; cada uno era lo uno o lo otro. El valor como tal no se conservaba en la circulación y por medio de ella como algo que abarca su proceso de transformación, su cambio de forma; ni el valor de uso mismo era producido por el valor de cambio (lo que ocurre en el proceso de producción del capital).
En el capital, el consumo de la mercancía misma no es final; cae dentro del proceso de producción; aparece él mismo como momento de la producción, es decir, del poner valor. Pero el capital está puesto ahora, en cada uno de los momentos en que aparece ya como dinero, ya como mercancía, ya como valor de cambio, ya como valor de uso, como valor que en este cambio de forma no solo se conserva formalmente, sino que se valoriza, como valor que se refiere a sí mismo como valor. El paso de un momento a otro aparece como proceso particular, pero cada uno de estos procesos es el paso al otro. El capital está así puesto como valor en proceso, que en cada momento es capital. Está así puesto como capital circulante; en cada momento capital y que circula en ciclo de una determinación a otra. El punto de retorno es a la vez el punto de partida, y viceversa: a saber, el capitalista. Todo capital es originariamente capital circulante, producto de la circulación y productor de la circulación, a la que describe como su propio recorrido. La circulación del dinero —desde su punto de vista actual— aparece ahora ella misma solo como un momento de la circulación del capital, y su autonomía está puesta como mera apariencia. Aparece en todos los aspectos determinada por la circulación del capital, sobre lo que volveremos. En la medida en que forma un movimiento autónomo junto al del capital, esta autonomía solo está puesta por la continuidad de la circulación del capital, de modo que este único momento puede fijarse y considerarse por sí mismo.
❲«Capital, valor permanente que se multiplica, que ya no perece. Este valor se desprende de la mercancía que lo ha creado; permanece, como una cualidad metafísica, insustancial, siempre en posesión del mismo agricultor [cultivateur] (por ejemplo [f. i.]), para el que reviste diversas formas.» (Sism. VI) «En el cambio del trabajo por capital, el obrero pide la subsistencia para vivir; el capitalista, trabajo para ganar.» (Sism. l.c.) «El jefe de taller [chef d'atelier] gana, saca provecho de todo el aumento de los poderes productivos que había producido la división del trabajo.» (l. c.) «Vender el trabajo = renuncia a todos los frutos del trabajo.» (Cherbuliez ch. XXVIII) «Los 3 componentes del capital (a saber, materia prima, instrumento, aprovisionamiento [approvisionnement]) no crecen proporcionalmente, ni están en la misma proporción en las distintas etapas de la sociedad. El aprovisionamiento sigue siendo el mismo durante un tiempo determinado, por mucho que crezca la rapidez de la producción y, en consecuencia, la cantidad de los productos. Así pues, el aumento del capital productivo no trae consigo necesariamente el aumento del aprovisionamiento destinado a formar el precio del trabajo; puede ir acompañado de una disminución de este.» (l. c.)❳ ❲En la medida en que la renovación de la producción depende de la venta de los productos acabados, de la transformación de la mercancía en dinero y de la retransformación del dinero en las condiciones de producción —materia prima, instrumento, salario—; en la medida en que el recorrido que hace el capital para pasar de una de estas determinaciones a otra forma tramos de la circulación, y estos tramos se recorren en lapsos determinados (incluso la distancia local se resuelve en tiempo; no importa, p. ej., la lejanía espacial del mercado, sino la rapidez, la cantidad de tiempo en que se lo alcanza), depende, pues, de la rapidez de la circulación, del tiempo en que se recorre, cuántos productos pueden producirse en un lapso dado; cuántas veces puede valorizarse el capital en un lapso dado, reproducir y multiplicar su valor. Aquí entra, pues, de hecho un momento de la determinación del valor que ||27| no procede de la relación directa del trabajo con el capital. La proporción en que el mismo capital puede repetir en un lapso dado el proceso de producción (creación de nuevo valor) es evidentemente una condición que no está puesta directamente por el proceso de producción mismo. Por eso, si la circulación no produce ningún momento de la determinación del valor misma, que reside exclusivamente en el trabajo, de su rapidez depende la rapidez con que se repite el proceso de producción, con que se crean valores; es decir, si no los valores, [sí] la masa de los valores en cierto grado. A saber, los valores y plusvalías puestos por el proceso de producción × el número de veces que el proceso de producción puede repetirse en un lapso dado. Cuando hablamos de la rapidez de la rotación del capital, suponemos que solo barreras externas detienen el paso de una fase a otra, no barreras que surjan del proceso de producción y de la circulación mismos (como en las crisis, la sobreproducción, etc.). Además del tiempo de trabajo realizado en el producto, entra, pues, como momento de la creación de valor —del propio tiempo de trabajo productivo— el tiempo de circulación del capital. Si el tiempo de trabajo aparece como la actividad que pone valor, este tiempo de circulación del capital aparece como el tiempo de la desvalorización. La diferencia se muestra simplemente en esto: si la totalidad del tiempo de trabajo comandado por el capital se pone en un máximo, digamos el infinito ∞, de modo que el tiempo de trabajo necesario formara una parte infinitamente pequeña y el tiempo de plustrabajo una parte infinitamente grande de este ∞, eso sería el máximo de la valorización del capital, y esta es la tendencia hacia la que se esfuerza. Por otro lado, si el tiempo de circulación del capital se pusiera = 0, si las distintas etapas de su transformación tuvieran lugar en la realidad tan deprisa como en el pensamiento, eso sería igualmente el máximo del factor por el que podría repetirse el proceso de producción, es decir, del número de procesos de valorización del capital en un lapso determinado. La repetición del proceso de producción solo estaría limitada por el tiempo que este mismo dura, que transcurre para transformar la materia prima en producto. El tiempo de circulación no es, por tanto, un elemento positivo creador de valor; si fuera igual a 0, la creación de valor sería la más alta. Si el tiempo de plustrabajo o el tiempo de trabajo necesario fueran = 0, es decir, si el tiempo de trabajo necesario absorbiera todo el tiempo, o si la producción pudiera tener lugar sin trabajo alguno, no existiría ni valor, ni capital, ni creación de valor. El tiempo de circulación solo determina, pues, el valor en la medida en que aparece como barrera natural de la valorización del tiempo de trabajo. Es, pues, de hecho [in fact] una deducción del tiempo de plustrabajo, es decir, un aumento del tiempo de trabajo necesario. Está claro que el tiempo de trabajo necesario tiene que pagarse, vaya despacio o deprisa el proceso de circulación. P. ej., en oficios en los que se requieren obreros específicos, pero estos solo pueden estar ocupados durante una parte del año, porque los productos, digamos, solo son vendibles durante una temporada [season], habría que pagar a los obreros el año entero; es decir, el tiempo de plustrabajo disminuye en la misma proporción en que pueden estar ocupados menos tiempo durante un lapso dado, pero de un modo o de otro [d'une manière ou d'une autre] hay que pagarles. (P. ej., en la forma de que su salario de 4 meses baste para mantenerlos durante el año.) Si el capital pudiera emplearlos durante 12 meses, no pagaría más salario y habría ganado otro tanto plustrabajo. El *tiempo de circulación aparece, pues, como barrera de la productividad del trabajo* = aumento del tiempo de trabajo necesario = disminución del tiempo de plustrabajo = disminución de la plusvalía = freno, barrera del proceso de autovalorización del capital. Así pues, mientras que el capital, por un lado, tiene que tender a derribar toda barrera local del intercambio, es decir, del cambio, a conquistar la tierra entera como su mercado, por otro lado tiende a aniquilar el espacio por el tiempo; es decir, a reducir a un mínimo el tiempo que cuesta el movimiento de un lugar a otro. Cuanto más desarrollado está el capital, cuanto más extenso es, por tanto, el mercado en el que circula, que forma el recorrido espacial de su circulación, tanto más tiende a la vez a una mayor extensión espacial del mercado y a una mayor aniquilación del espacio por el tiempo. (Si el tiempo de trabajo no se considera como jornada de trabajo del obrero individual, sino como jornada de trabajo indeterminada de un número indeterminado de obreros, entran aquí todas las relaciones de población; las doctrinas fundamentales de la población están, pues, contenidas en este primer capítulo del capital tanto como las de la ganancia, el precio, el crédito, etc.) Aquí aparece la tendencia universal del capital, que lo distingue de todas las etapas anteriores de la producción. Aunque por su naturaleza es él mismo limitado, tiende al desarrollo universal de las fuerzas productivas y se convierte así en el presupuesto de un nuevo modo de producción, fundado no en el desarrollo de las fuerzas productivas para reproducir y, a lo sumo, ampliar un estado determinado, sino en el que el desarrollo libre, sin trabas, progresivo y universal de las fuerzas productivas mismas constituye el presupuesto de la sociedad y, por tanto, de su reproducción; en el que el único presupuesto es ir más allá del punto de partida. Esta tendencia —que el capital tiene, pero que a la vez lo contradice a él mismo como forma de producción limitada y lo empuja por eso a su disolución— distingue al capital de todos los modos de producción anteriores y contiene a la vez en sí que está puesto como mero punto de paso. Todas las formas de sociedad anteriores ||28| sucumbieron al desarrollo de la riqueza o, lo que es lo mismo, de las fuerzas productivas sociales. Entre los antiguos, que tenían conciencia de ello, la riqueza se denuncia por eso directamente como disolución de la entidad comunitaria. La constitución feudal, por su parte, sucumbió a la industria urbana, al comercio, a la agricultura moderna. (Incluso a invenciones sueltas, como la pólvora y la imprenta.) Con el desarrollo de la riqueza —y, por tanto, también de nuevas fuerzas y de un intercambio ampliado de los individuos— se disolvieron las condiciones económicas en que descansaba la entidad comunitaria, las relaciones políticas de los distintos componentes de la entidad comunitaria que les correspondían: la religión, en la que se la contemplaba idealizada (y ambas cosas descansaban a su vez en una relación dada con la naturaleza, en la que se resuelve toda fuerza productiva); el carácter, la visión, etc., de los individuos. El desarrollo de la ciencia por sí solo —es decir, de la forma más sólida de la riqueza, tanto producto como productor de ella— bastaba para disolver estas entidades comunitarias. Pero el desarrollo de la ciencia, de esta riqueza ideal y a la vez práctica, es solo un aspecto, una forma en que aparece el desarrollo de las fuerzas productivas humanas, es decir, de la riqueza. Considerado idealmente, bastaba la disolución de una forma determinada de conciencia para matar una época entera. Realmente, esta barrera de la conciencia corresponde a un grado determinado de desarrollo de las fuerzas productivas materiales y, por tanto, de la riqueza. Ciertamente, el desarrollo no tuvo lugar solo sobre la vieja base, sino que hubo desarrollo de esta base misma. El desarrollo más alto de esta base misma (la flor en que se transforma; pero sigue siendo siempre esta base, esta planta como flor; de ahí el marchitarse después de la flor y como consecuencia de la flor) es el punto en que ella misma ha sido elaborada hasta la forma en que es compatible con el desarrollo más alto de las fuerzas productivas y, por tanto, también con el desarrollo más rico de los individuos. En cuanto se alcanza este punto, el desarrollo ulterior aparece como decadencia, y el nuevo desarrollo empieza desde una nueva base. Hemos visto antes que la propiedad sobre las condiciones de producción estaba puesta como idéntica a una forma limitada, determinada, de la entidad comunitaria; por tanto, del individuo con unas cualidades —cualidades limitadas y desarrollo limitado de sus fuerzas productivas— tales que formen esa entidad comunitaria. Este presupuesto mismo era a su vez, por su parte, el resultado de una etapa histórica limitada del desarrollo de las fuerzas productivas; tanto de la riqueza como del modo de crearla. El fin de la entidad comunitaria, del individuo —así como la condición de la producción—, es la reproducción de estas condiciones de producción determinadas y de los individuos, tanto aislados como en sus separaciones y relaciones sociales, como portadores vivos de estas condiciones. El capital pone la producción de la riqueza misma y, por tanto, el desarrollo universal de las fuerzas productivas, la subversión constante de sus presupuestos existentes, como presupuesto de su reproducción. El valor no excluye ningún valor de uso; no incluye, pues, ningún tipo particular de consumo, etc., de intercambio, etc., como condición absoluta; y del mismo modo, todo grado de desarrollo de las fuerzas productivas sociales, del intercambio, del saber, etc., aparece para él solo como una barrera que tiende a vencer. Su presupuesto mismo —el valor— está puesto como producto, no como un presupuesto superior que flota por encima de la producción. La barrera del capital es que todo este desarrollo transcurre de modo antagónico, y la elaboración de las fuerzas productivas, de la riqueza general, etc., del saber, etc., aparece de tal modo que el individuo que trabaja se enajena a sí mismo; se comporta respecto de lo elaborado a partir de él no como condiciones de su propia riqueza, sino de una riqueza ajena y de su propia pobreza. Pero esta misma forma antagónica es evanescente y produce las condiciones reales de su propia superación. El resultado es: el desarrollo de las fuerzas productivas —de la riqueza en general—, general según su tendencia y en potencia [δυνάμει], como base; igualmente, la universalidad del intercambio y, por tanto, el mercado mundial como base. La base como posibilidad del desarrollo universal del individuo, y el desarrollo real de los individuos a partir de esta base como superación constante de su barrera, que se sabe como barrera y no vale como límite sagrado. La universalidad del individuo no como universalidad pensada o imaginada, sino como universalidad de sus relaciones reales e ideales. De ahí también la comprensión de su propia historia como un proceso y el saber de la naturaleza (presente también como poder práctico sobre ella) como su cuerpo real. El proceso de desarrollo mismo, puesto y sabido como presupuesto de este. Pero para ello hace falta ante todo que el pleno desarrollo de las fuerzas productivas se haya convertido en condición de producción; que no estén puestas condiciones de producción determinadas como límite para el desarrollo de las fuerzas productivas. —
Si volvemos ahora al tiempo de circulación del capital, su acortamiento (en la medida en que no sea desarrollo de los medios de comunicación y de transporte necesarios para llevar el producto al mercado) es en parte creación de un mercado continuo y, por tanto, de un mercado cada vez más extenso; en parte desarrollo de relaciones económicas, desarrollo de formas del capital ||29| por las que este acorta artificialmente el tiempo de circulación. (Todas las formas del crédito.)❲ ❲Puede observarse todavía en este lugar que, puesto que solo el capital tiene las condiciones de producción del capital, es decir, las satisface y tiende a realizarlas, es tendencia general del capital, en todos los puntos que son presupuestos de la circulación, centros productivos de ella, asimilarse estos puntos, es decir, transformarlos en producción capitalizadora o producción de capital. Esta tendencia propagandística (civilizadora) es propia solo del capital, a diferencia de las condiciones de producción anteriores.❳ Los modos de producción en los que la circulación no constituye una condición inmanente, dominante, de la producción no [tienen], naturalmente, las necesidades de circulación específicas del capital y, por tanto, tampoco la elaboración de las formas económicas, así como de las fuerzas productivas reales, que les corresponden.
Originariamente, la producción fundada en el capital partía de la circulación; ahora vemos cómo pone la circulación como su propia condición y, del mismo modo, el proceso de producción en su inmediatez como momento del proceso de circulación, así como el proceso de circulación como una fase del proceso de producción en su totalidad.
En la medida en que distintos capitales tienen distintos tiempos de circulación (p. ej., uno un mercado más lejano, otro uno cercano; uno una transformación asegurada en dinero, otro una azarosa; uno más capital fijo, otro más capital circulante), eso forma para ellos diferencias en la valorización. Pero esto solo se da en el proceso secundario de valorización. El tiempo de circulación en sí es barrera de la valorización (el tiempo de trabajo necesario es ciertamente también barrera; pero a la vez elemento, porque sin él desaparecerían el valor y el capital). Deducción del tiempo de plustrabajo o aumento del tiempo de trabajo necesario en relación con el tiempo de plustrabajo. La circulación del capital realiza valor, como el trabajo vivo crea valor. El tiempo de circulación es solo una barrera de esta realización del valor y, en esa medida, de la creación de valor; una barrera que no surge de la producción en general, sino que es específica de la producción del capital, y cuya superación —o la lucha con la cual— pertenece por eso también al desarrollo específicamente económico del capital y da el impulso al desarrollo de sus formas en el crédito, etc.❳ ❲El capital es él mismo la contradicción de que busca constantemente superar el tiempo de trabajo necesario (y esto es a la vez la reducción del obrero a un mínimo, es decir, su existencia como mera capacidad de trabajo viva), pero el tiempo de plustrabajo solo existe antagónicamente, solo en oposición al tiempo de trabajo necesario; el capital pone, pues, el tiempo de trabajo necesario como necesario para la condición de su reproducción y valorización. Un desarrollo de las fuerzas productivas materiales —que es a la vez desarrollo de las fuerzas de la clase obrera— supera, en un punto determinado, al capital mismo.❳
❲«El empresario [entrepreneur] solo puede reanudar la producción después de haber vendido el producto acabado y de haber empleado el precio en la compra de nuevas materias y nuevos salarios: cuanto más pronta es, pues, la circulación para operar estos dos efectos, tanto antes está en condiciones de empezar de nuevo su producción, y tantos más productos suministra el capital en un lapso dado.» (Storch 34)❳ ❲«Los anticipos específicos del capitalista no consisten en paño, etc., sino en trabajo.» (Malthus. IX, 26.)❳
❲«La acumulación del capital general de la comunidad en otras manos que las de los obreros que trabajan retrasa necesariamente el progreso de toda industria, salvo el de la remuneración habitual del capital, que el tiempo y las circunstancias procuran a los poseedores del capital… En los sistemas anteriores, la fuerza productiva se considera en relación con las acumulaciones reales y subordinada a ellas, y a la perpetuación de los modos de distribución existentes. La acumulación y la distribución reales han de subordinarse al poder de producir.» Thompson, 3.❳
De la relación del tiempo de circulación con el proceso de producción se sigue que la suma de los valores que se producen, o la valorización total del capital en una época dada, no está determinada simplemente por el nuevo valor que crea en el proceso de producción, o por el tiempo excedente que se realiza en el proceso de producción, sino por este tiempo excedente (plusvalía) multiplicado por el número que expresa cuántas veces puede repetirse el proceso de producción del capital en un lapso determinado. El número que expresa esta repetición puede considerarse como el coeficiente del proceso de producción o de la plusvalía creada por él. Este coeficiente, sin embargo, no está determinado positiva, sino negativamente por la rapidez de la circulación. Es decir, si la rapidez de la circulación fuera absoluta, es decir, si no tuviera lugar ninguna interrupción del proceso de producción por la circulación, este coeficiente sería el máximo. Si, p. ej., las condiciones reales de la producción de trigo en un país dado solo permiten una cosecha, ninguna rapidez de la circulación puede hacer de ella dos cosechas. Pero si hubiera un freno en la circulación, si el arrendatario no pudiera vender su trigo lo bastante pronto, p. ej., para contratar de nuevo obreros, la producción se detendría. El máximo del coeficiente del proceso de producción o de valorización en un lapso dado está determinado por el tiempo absoluto que dura la ||30| fase de producción misma. Concluida la circulación, el capital es capaz de empezar de nuevo su proceso de producción. Así pues, si la circulación no causara ninguna demora, si su rapidez fuera absoluta y su duración igual a 0, es decir, si se recorriera en un tiempo nulo [in no time], eso sería solo lo mismo que si el capital hubiera podido empezar de nuevo inmediatamente su proceso de producción en cuanto este estaba acabado; es decir, la circulación no habría existido como barrera condicionante de la producción, y la repetición del proceso de producción en un lapso determinado dependería absolutamente de la duración del proceso de producción, coincidiría con ella. Así pues, si el desarrollo de la industria permitiera producir con un capital de 100 l. x libras de hilo en 4 meses, el proceso de producción con el mismo capital solo podría repetirse 3 veces al año, solo podrían producirse 3x libras de hilo. Ninguna rapidez de la circulación podría elevar la reproducción del capital, o más bien la repetición de su proceso de valorización, más allá de este punto. Esto solo podría suceder a consecuencia de un aumento de las fuerzas productivas. El tiempo de circulación en sí no es una fuerza productiva del capital, sino una barrera de su fuerza productiva, que surge de su naturaleza como valor de cambio. El recorrido de las distintas fases de la circulación aparece aquí como barrera de la producción, una barrera puesta por la naturaleza específica del capital mismo. Todo lo que puede conseguirse mediante la aceleración y el acortamiento del tiempo de circulación —del proceso de circulación— es reducir la barrera puesta por la naturaleza del capital. Las barreras naturales para la repetición del proceso de producción, p. ej. en la agricultura, coinciden con la duración de un ciclo de la fase de producción. La barrera puesta por el capital es la duración que transcurre no entre la siembra y la cosecha, sino entre la cosecha y la transformación de la cosecha en dinero, y la retransformación del dinero, digamos, p. ej., en la compra de trabajo. Los artistas de la circulación que se imaginan que por medio de la rapidez de la circulación pueden hacer otra cosa que acortar los obstáculos a su reproducción puestos por el capital mismo van por mal camino (todavía más disparatados son, naturalmente, los artistas de la circulación que se imaginan que, mediante instituciones e inventos de crédito que suprimen la duración del tiempo de circulación, no solo pueden eliminar la demora, la interrupción en la producción que exige la transformación del producto acabado en capital, sino hacer superfluo el capital mismo por el que se cambia el capital productor; es decir, quieren a la vez producir sobre la base del valor de cambio y eliminar, hacer desaparecer por arte de magia, a la vez las condiciones necesarias de la producción sobre esta base). Lo más que puede hacer el crédito por este lado —el que concierne a la mera circulación— es mantener la continuidad del proceso de producción si existen todas las demás condiciones para esta continuidad, es decir, si existe realmente el capital por el que hay que cambiar, etc.
En el proceso de circulación está puesto que, para la valorización del capital por la producción, para la explotación del trabajo por el capital, está puesta como condición la transformación del capital en dinero, o el cambio de capital por capital ❲pues, desde el punto de vista actual, en todos los puntos de la circulación ya solo tenemos trabajo o capital❳, como barrera para el cambio de capital por trabajo y viceversa.
El capital solo existe como capital en la medida en que recorre las fases de la circulación, los distintos momentos de su transformación, para poder empezar de nuevo el proceso de producción, y estas fases son ellas mismas fases de su valorización, pero a la vez, como hemos visto, de su desvalorización. Mientras el capital permanece fijado en la figura del producto acabado, no puede actuar como capital, es capital negado. Su proceso de valorización queda detenido en el mismo grado, y su valor en proceso, negado. Esto aparece, pues, como pérdida para el capital, como pérdida relativa de su valor, pues su valor consiste precisamente en el proceso de valorización. Esta pérdida del capital no significa, en otras palabras, sino que transcurre para él sin aprovecharse un tiempo en el que, mediante el cambio con el trabajo vivo, podría apropiarse tiempo de plustrabajo, trabajo ajeno, si no se hubiera producido el punto muerto [dead lock]. Imaginémonos ahora muchos capitales en ramos de negocio particulares, todos necesarios (lo que se mostraría en que, si el capital emigrara en masa de uno de los ramos de negocio, la oferta de los productos en ese ramo caería por debajo de la demanda y, por tanto, el precio de mercado subiría por encima del natural), y supongamos que un ramo de negocio exige, p. ej., que el capital a) permanezca más tiempo en la forma de la desvalorización, es decir, que el tiempo en que recorre las distintas fases de la circulación sea más largo que en todos los demás ramos de negocio; entonces este capital a) consideraría el nuevo valor de menos que podría crear como una pérdida positiva, como si tuviera otro tanto más de desembolsos para producir el mismo valor. Por eso cargaría por sus productos un valor de cambio proporcionalmente más alto que los demás capitales, para participar de la misma tasa de ganancia. Pero, de hecho [in fact], eso solo podría suceder repartiendo la pérdida entre los demás capitales. Si a) pide por el producto más valor de cambio que el trabajo objetivado en él, ||31| solo puede obtener este más si los otros obtienen menos que el valor real de sus productos. Es decir, las condiciones más desfavorables en que a) ha producido las soportarían en partes alícuotas todos los capitalistas que cambian con él, y así resultaría una ganancia media igual. Pero, considerada la suma de las plusvalías creadas por los capitales en conjunto, esta habría disminuido exactamente en la menor valorización del capital a) respecto de los demás capitales; solo que esta disminución, en lugar de recaer exclusivamente sobre el capital a), la soportan como pérdida general, como pérdida en partes alícuotas, todos los capitales. Nada puede ser, pues, más ridículo que la ilusión (véase, p. ej., Ramsay) de que, además de la explotación del trabajo, el capital constituye una fuente originaria de creación de valor, separada del trabajo, porque el reparto del plustrabajo entre los capitales no se hace en proporción al tiempo de plustrabajo que ha creado el capital individual, sino al plustrabajo global que ha creado la totalidad de los capitales y, por tanto, al capital individual le puede tocar una creación de valor más alta de la que se explica directamente por su explotación particular de la fuerza de trabajo. Pero este más de un lado tiene que estar compensado por un menos del otro. De lo contrario, media no significa absolutamente nada. La cuestión de cómo la relación del capital con el capital ajeno, es decir, la competencia de los capitales entre sí, reparte la plusvalía no tiene evidentemente nada que ver con la cantidad absoluta de esta plusvalía. Nada más absurdo, por tanto, que concluir que, porque el capital se hace compensar su tiempo de circulación excepcional, es decir, pone en la cuenta su menor valorización relativa como mayor valorización positiva, los capitales tomados en conjunto, el capital, son capaces de hacer algo de la nada, un más de un menos, de un menos de tiempo de plustrabajo o de un menos de plusvalía un más de plusvalía, y poseen por tanto una fuente mística de creación de valor, independiente de la apropiación de trabajo ajeno. El modo en que los capitales calculan, entre otras cosas, su parte alícuota de la plusvalía —no solo por el tiempo de plustrabajo que han puesto en obra, sino también según el tiempo que su capital como tal ha trabajado, es decir, ha estado inactivo, se ha encontrado en la fase de la desvalorización— no cambia naturalmente lo más mínimo la suma de la plusvalía que tienen que repartirse. Esta suma misma no puede crecer por el hecho de ser más pequeña de lo que sería si el capital a), en lugar de estar inactivo, hubiera creado plusvalía, es decir, por el hecho de que ha creado menos plusvalía en el mismo tiempo que los demás capitales. Esta inactividad solo se le compensa al capital a) en la medida en que surge necesariamente de las condiciones del ramo de producción particular y, por tanto, con respecto al capital en general, aparece como dificultad de la valorización, como barrera necesaria de su valorización en general. La división del trabajo hace que esta barrera se considere solo como barrera del proceso de producción de este capital particular. Considerado el proceso de producción como llevado a cabo por el capital en general, es una barrera general de su valorización. Si uno se imagina solo el trabajo mismo produciendo, todos los adelantos mayores que necesita durante su valorización aparecen como lo que son: deducciones de la plusvalía.
La circulación solo puede crear valor en la medida en que requiere un empleo nuevo —de trabajo ajeno— además del consumido inmediatamente en el proceso de producción. Es entonces lo mismo que si en el proceso de producción se empleara inmediatamente más trabajo necesario. Solo los costes de circulación reales aumentan el valor del producto, pero disminuyen la plusvalía.
En la medida en que la circulación del capital (el producto, etc.) no expresa solo las fases necesarias para empezar de nuevo el proceso de producción, esta circulación (véase el ejemplo de Storch) no constituye un momento de la producción en su totalidad; no es, pues, circulación puesta por la producción, y en la medida en que ocasiona costes, estos son falsos gastos de producción [faux frais de production]. Los costes de circulación en general, es decir, los costes de producción de la circulación, en la medida en que conciernen a los momentos meramente económicos, a la circulación propiamente dicha (el llevar el producto al mercado le da un nuevo valor de uso), han de considerarse como deducciones de la plusvalía, es decir, como aumento del trabajo necesario en relación con el plustrabajo.
La continuidad de la producción supone que el tiempo de circulación está suprimido. Si no está suprimido, tiene que transcurrir tiempo entre las distintas metamorfosis por las que tiene que pasar el capital; su tiempo de circulación tiene que aparecer como deducción de su tiempo de producción. Por otro lado, la naturaleza del capital supone que recorre las distintas fases de la circulación, y no en la representación, donde un concepto se trueca en otro con la velocidad del pensamiento, en un tiempo nulo [in no time], sino como estados separados en el tiempo. Tiene que estar un tiempo en crisálida antes de poder volar como mariposa. Las condiciones de su producción que surgen de la naturaleza del capital mismo se contradicen, pues. La contradicción solo puede ser superada y vencida ❲a no ser que uno se imagine que todos los capitales trabajan por encargo mutuo y que, por tanto, el producto es siempre inmediatamente dinero, una representación que contradice la naturaleza del capital y, por tanto, también la práctica de la gran industria❳ ||32| de dos maneras:
En primer lugar, el crédito: un comprador aparente B) —es decir, que realmente paga, pero no compra realmente— le facilita al capitalista A) la transformación de su producto en dinero. Pero a B) mismo solo se le paga cuando el capitalista C) ha comprado el producto de A). Que este hombre del crédito [credit-man] B) le dé a A) dinero para comprar trabajo, o materia prima e instrumento de trabajo, antes de que A) pueda reponer ambas cosas con la venta de su producto, no cambia nada el asunto. En el fondo [au fond], según nuestro supuesto, tiene que darle ambas cosas, es decir, todas las condiciones de producción (pero estas representan un valor mayor que el originario con el que A) empezó el proceso de producción). En este caso, el capital B) sustituye al capital A); pero ambos no se valorizan simultáneamente. B) ocupa ahora el lugar de A; es decir, su capital está inactivo hasta que se cambia con el capital C). Está fijado en el producto de A), que ha hecho líquido su producto en el capital B).
Marx distingue aquí, a la manera de Hegel, entre Grenze («límite», el término de una cosa) y Schranke («barrera», el límite que se experimenta como traba y se tiende a rebasar). Traducimos sistemáticamente Grenze por «límite» y Schranke por «barrera»; el inglés limit que usa Marx va también como «límite». ↩
Naturwüchsig: surgido espontáneamente, de modo natural, no producido por el capital. ↩
La «escuela de Birmingham» de los little shilling men, en torno al banquero Thomas Attwood (1783-1856), que atribuía las crisis a la escasez de medios de pago y pedía un papel moneda no convertible. ↩
The Currency Question. The Gemini Letters (Londres, 1844), cartas firmadas con el seudónimo «Gemini», de la misma escuela de Birmingham. ↩
Edward Gibbon Wakefield publicó una edición comentada de La riqueza de las naciones de Adam Smith (Londres, 1835-1839). ↩
Thomas Hodgskin (1787-1869), economista inglés que usó la teoría ricardiana del valor contra el capital. Las indicaciones «IX, p. 46» y semejantes remiten a los cuadernos de extractos de Marx. ↩
The Source and Remedy of the National Difficulties, deduced from principles of political economy, in a letter to Lord John Russell (Londres, 1821), folleto anónimo. ↩
An Inquiry into those Principles, respecting the Nature of Demand and the Necessity of Consumption, lately advocated by Mr. Malthus (Londres, 1821), folleto anónimo de orientación ricardiana. ↩
En la cita de Malthus se ha deslizado una frase alemana de Marx («Was dazu gehört», «lo que hace falta»), que traducimos sin marcarla. ↩
Trucksystem: pago del salario, total o parcialmente, en mercancías o en vales canjeables en tiendas del patrono, que las vendía caras. ↩
La ley británica de 1847 (Ten Hours Bill) que limitó a diez horas la jornada de mujeres y jóvenes en las fábricas textiles. ↩
El manuscrito dice «44 Pf.», errata evidente por 4 (5/20 por libra × 4 libras = 20/20), como trae la edición de 1953. ↩
Cifra perdida en la versión digital de la MEGA²; la restituimos por el cálculo de Marx (20 de salario sobre 200 de producto) y la edición de 1953. ↩
Fracción perdida en la versión digital de la MEGA²; la restituimos por el cálculo de Marx (1/5 de salario frente a 2/5 + 1/5 de parte constante) y la edición de 1953. ↩
Samuel Jones Loyd (1796-1883), lord Overstone desde 1850, banquero londinense y principal teórico de la «escuela monetaria» (currency school), inspiradora de la ley bancaria de Peel de 1844. ↩
La transcripción digital de la MEGA² lee Entwicklungsprocess («proceso de desarrollo»); el paralelismo con Verwirklichungsprocess («proceso de realización») pide Entwirklichungsprocess, «proceso de desrealización», que es la lectura de la edición de 1953 y como se cita habitualmente el pasaje. ↩
«Alienar» traduce aquí veräußern, «vender», «deshacerse de algo» (no Entäußerung, «enajenación»). ↩
Fórmulas del derecho romano para clasificar los contratos innominados: «doy para que hagas», «hago para que des», «doy para que des». ↩
James Steuart (1712-1780), economista escocés tardomercantilista, autor de An Inquiry into the Principles of Political Oeconomy (1767). ↩
Dynámei, «en potencia», término de Aristóteles (opuesto a enérgeia, «en acto»). ↩
«Natural» traduce naturwüchsig: lo que ha surgido espontáneamente, por crecimiento natural, y no por obra consciente de los hombres. ↩
Barthold Georg Niebuhr (1776-1831), historiador alemán, autor de una Römische Geschichte (Historia de Roma, 1811-1832). Numa Pompilio es el segundo rey legendario de Roma, sucesor de Rómulo; Término, el dios de los mojones y linderos. ↩
Quiritaria: según el derecho de los quirites, es decir, de los ciudadanos romanos (dominium ex iure Quiritium). ↩
Los pasajes entre comillas de estos corchetes de Marx son extractos, a veces abreviados, de la Römische Geschichte de Niebuhr. ↩
En griego en el original: οὐδενὶ ἐξῆν Ῥωμαίων οὔτε χειροτέχνην βίον ἔχειν. Es una frase del historiador griego Dionisio de Halicarnaso que cita Niebuhr. ↩
Clístenes reorganizó Atenas en 508-507 a. C.: dividió el Ática en demos (aldeas o distritos) agrupados en diez filas (phylai, tribus territoriales); el demota es el ciudadano inscrito en un demo. ↩
Catón el Viejo (234-149 a. C.) escribió un tratado de agricultura (De agri cultura). Marco Junio Bruto, el que conspiró contra César, prestó dinero a la ciudad de Salamina de Chipre a un interés del 48 % anual, como cuenta Cicerón en sus cartas a Ático. ↩
Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865); la alusión remite a su Système des contradictions économiques ou Philosophie de la misère (1846), que atribuye a la propiedad del suelo un origen ajeno a la economía. ↩
«Animal político»: la definición del hombre en la Política de Aristóteles; Marx la cita también en la Introducción de 1857. ↩
Metecos: extranjeros residentes en una ciudad griega, sin derechos de ciudadanía. Isopolitas: ciudadanos de comunidades unidas por un derecho recíproco de ciudadanía. Güelfos y gibelinos: los bandos de las ciudades italianas medievales partidarios del papa y del emperador. ↩
Yeoman: en Inglaterra, el campesino libre que cultivaba su propia tierra. ↩
Enrique VII (reinó de 1485 a 1509) y Enrique VIII (de 1509 a 1547), reyes de Inglaterra, bajo los que se dictaron leyes sangrientas contra los vagabundos; Marx las estudia en el capítulo de la llamada acumulación originaria del libro I de El capital. ↩
Adam Smith, La riqueza de las naciones (1776), libro III, capítulo 4. ↩
La época que siguió a la peste negra de 1348-1349, cuando la escasez de brazos hizo subir los salarios en Inglaterra. ↩
El bail à cheptel es en Francia el contrato de arrendamiento de ganado; cheptel (en la grafía antigua, chaptel) viene, como «capital», del latín capitale. ↩
Adam Müller (1779-1829), economista y publicista alemán del romanticismo político, autor de Die Elemente der Staatskunst (1809). ↩
Æthelstan, rey de Inglaterra de 924 a 939. ↩
«De modo natural»: naturwüchsig, lo que ha surgido espontáneamente, por crecimiento natural, sin haber sido producido de forma consciente o histórica; aquí y después («la industria más natural») se traduce «natural». ↩
Pedro I el Grande hizo construir San Petersburgo a partir de 1703 en las marismas del Nevá con trabajo forzado de siervos, soldados y prisioneros, que murió en gran número. ↩