Cuadernos I y comienzo del II de los manuscritos económicos de Karl Marx, escritos en Londres en octubre y noviembre de 1857. Los Grundrisse (Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, «Elementos fundamentales para la crítica de la economía política») son el primer borrador de conjunto de la obra económica de Marx; se publicaron por primera vez en Moscú en 1939-1941. Traducido del texto de la MEGA² II/1.1-1.2 (Berlín, 1976-1981) en su versión digital (MEGAdigital, Academia de las Ciencias de Berlín-Brandeburgo), sin el aparato de los editores, por la Escuela de marxismo, 2026. Entre barras, la paginación del manuscrito (|I-1|, ||20|); ❲ ❳, corchetes del propio Marx; [ ], complementos y títulos de los editores. Las notas son nuestras, salvo las marcadas como de Marx. Los Grundrisse en este archivo: I. El capítulo del dinero; II. El capítulo del capital. El proceso de producción; III. El proceso de circulación. Formas que preceden a la producción capitalista; IV. Capital fijo y circulante. El fragmento sobre las máquinas; V. El capital como fructífero. Complementos. Texto original en alemán.
Cuaderno M. Índice
| Índice
A.) Introducción.
| 1) | La producción en general. |
|---|---|
| 2) | Relación general de producción, distribución, cambio |
| y consumo. | |
| 3) | El método de la economía política. |
| [Fuerzas] (productivas) | |
| 4) | Medios de producción y relaciones de producción, relaciones de produc- |
| ción y relaciones de intercambio, etc. |
[En el cuaderno M sigue a este índice la «Introducción» de agosto-septiembre de 1857, que es el mismo manuscrito publicado aparte en este archivo: Introducción a la crítica de la economía política. Por eso no se repite aquí.]
|I-1| II.) El capítulo del dinero.
Alfred Darimon: De la Réforme des Banques. París 1856.1
I.
«Todo el mal viene del predominio que uno se empeña en conservar a los metales preciosos en la circulación y en los cambios.» (1,2.)
Empieza con las medidas que tomó en octubre de 1855 la Banque de France para remediar la disminución progresiva de su encaje. (2) Quiere darnos un cuadro estadístico del estado de este banco durante los 5 últimos meses que precedieron a sus medidas de octubre. Con este fin compara su reserva de metal en barras durante cada uno de esos 5 meses y las «fluctuaciones de cartera», es decir, la masa de los descuentos hechos por él (de los efectos de comercio que se encuentran en su cartera, letras de cambio). La cifra que expresa el valor de los títulos [securities] que están en posesión del banco «representa», según Darimon, «el más o el menos de necesidad que el público sentía de sus servicios, o, lo que viene a ser lo mismo, las necesidades de la circulación». (2) ¿Lo que viene a ser lo mismo? En absoluto. Si la masa de las letras presentadas al descuento fuera idéntica a las «necesidades de la circulación», de la circulación del dinero en sentido propio, la circulación de billetes tendría que estar determinada por la masa de las letras descontadas. Ahora bien, este movimiento no solo no es, por término medio, paralelo, sino que con frecuencia es inverso. La masa de las letras descontadas y sus fluctuaciones expresan las necesidades del crédito, mientras que la masa del dinero en circulación está determinada por influencias completamente distintas. Para llegar a conclusiones de alguna clase sobre la circulación, Darimon habría tenido que poner ante todo, junto a la rúbrica de la reserva de metal en barras y la rúbrica de las letras descontadas, una rúbrica con el importe de los billetes en circulación. Para hablar de las necesidades de la circulación, lo natural era, en efecto, constatar primero las fluctuaciones en la circulación real. La omisión de este término necesario de la comparación delata en el acto la chapucería de aficionado y la confusión deliberada de las necesidades del crédito con las de la circulación del dinero, una confusión en la que descansa, en efecto, todo el secreto de la sabiduría proudhoniana. (Una estadística de mortalidad en la que figurasen de un lado las enfermedades y del otro las defunciones, pero se hubieran olvidado los nacimientos.)
Las dos rúbricas (véase p.3) que da Darimon, la de la reserva metálica del banco de abril a septiembre por un lado y el movimiento de su cartera por otro, no expresan más que el hecho tautológico, para el que no hace falta ningún despliegue de ilustraciones estadísticas, de que en la misma medida en que se llevaban letras al banco para sacarle su metal, su cartera se llenaba de letras y su sótano se vaciaba de metal. Y ni siquiera esta tautología, que Darimon quiere probar con su tabla, queda expresada en ella limpiamente. La tabla muestra, más bien, que del 12 de abril al 13 de septiembre de 1855 la reserva metálica del banco bajó unos 144 millones, mientras que los efectos de su cartera subieron unos 101 millones. La disminución de la reserva de metal en barras superó, pues, en 43 millones el aumento de los efectos de comercio descontados. La identidad de ambos movimientos se estrella contra este resultado de conjunto del movimiento de 5 meses. Una comparación más exacta de las cifras nos muestra otras incongruencias.
| Reserva metálica en el banco | Efectos descontados por el banco | |||||
|---|---|---|---|---|---|---|
| 12 de abril | ‒ | 432614797 | fcs. | 12 de abril | ‒ | 322904313 |
| 10 de mayo | ‒ | 420914028 | 10 de mayo | ‒ | 310744925. |
En otras palabras: del 12 de abril al 10 de mayo la reserva metálica cae en 11700769, mientras que la cifra de los títulos aumenta en 12159388; es decir, el aumento de los títulos supera en cerca de 1/2 millón (458619 fcs) la disminución de la reserva metálica. El hecho inverso, pero en una proporción mucho más sorprendente, aparece si comparamos el mes de mayo con el de junio:
| Reserva metálica en el banco | Efectos descontados por el banco | ||||
|---|---|---|---|---|---|
| 10 de mayo | ‒ | 420914028 | 10 de mayo | ‒ | 310744925 |
| 14 de junio | ‒ | 407769813 | 14 de junio | ‒ | 310369439.| |
|2| Del 10 de mayo al 14 de junio, por tanto, la reserva metálica había disminuido en 13144215 fcs. ¿Habían crecido sus títulos en la misma medida? Al contrario: habían bajado en el mismo periodo en 375486 fcs. Aquí ya no tenemos, pues, una mera desproporción cuantitativa entre la caída de un lado y la subida del otro. Ha desaparecido la relación inversa misma de los dos movimientos. Una caída enorme de un lado va acompañada de una caída relativamente débil del otro.
| Reserva metálica en el banco | Efectos descontados por el banco | ||||
|---|---|---|---|---|---|
| 14 de junio | ‒ | 407769813 | 14 de junio | ‒ | 310369439 |
| 12 de julio | ‒ | 314629614 | 12 de julio | ‒ | 381699256. |
La comparación de los meses de junio y julio muestra una disminución de la reserva metálica en 93140199 y un aumento de los títulos en 71329717, es decir, la disminución de la reserva metálica es 21810482 fcs mayor que el aumento de la cartera.
| Reserva metálica en el banco | Efectos descontados por el banco | ||||
|---|---|---|---|---|---|
| 12 de julio | ‒ | 314629614 | 12 de julio | ‒ | 381699256 |
| 9 de agosto | ‒ | 338784444 | 9 de agosto | ‒ | 458689605. |
Vemos aumento por ambos lados: del lado de la reserva metálica en 24154830 y del lado de la cartera, mucho más considerable, en 66990349 fcs.
| Reserva metálica en el banco | [Efectos descontados por el banco] | ||||
|---|---|---|---|---|---|
| 9 de agosto | ‒ | 338784444 | 9 de agosto | ‒ | 458689605 |
| 13 de sept. | ‒ | 288645333 | [13 de sept.] | ‒ | 431390562. |
La caída de la reserva metálica en 50139111 fcs. va acompañada aquí de una caída de los títulos en 27299043 fcs. (En diciembre de 1855, pese a las medidas restrictivas de la Banque de France, su encaje había vuelto a disminuir en 24 millones.)
Lo que vale para el ganso vale para la gansa.2 Las verdades que resultan de una comparación sucesiva de los 5 meses tienen el mismo derecho a la certeza que las verdades que se desprenden de la comparación que hace el señor Darimon entre los dos extremos de la serie. ¿Y qué muestra la comparación? Verdades que se devoran unas a otras. Dos veces, crecimiento de la cartera con caída de la reserva metálica, pero de modo que la caída de esta no alcanza el crecimiento de aquella (meses de abril a mayo y de junio a julio). Dos veces, caída de la reserva metálica acompañada de caída de la cartera, pero de modo que la caída de esta no cubre la de aquella (meses de mayo a junio y de agosto a septiembre); por último, una vez, aumento de la reserva metálica y aumento de la cartera, pero de modo que el primero no cubre el segundo. Caída de un lado, aumento del otro; caída por ambos lados; aumento por ambos lados; es decir, cualquier cosa menos una ley que se mantenga igual, y sobre todo no una relación inversa, ni siquiera una acción recíproca, puesto que la caída de la cartera no puede ser la causa de la caída de la reserva metálica, ni el aumento de la cartera la causa del aumento de la reserva metálica. La relación inversa y la acción recíproca no quedan constatadas ni siquiera por la comparación aislada que Darimon establece entre el primer mes y el último. Si el aumento de la cartera en 101 millones no cubre la disminución de la reserva metálica en 144 millones, queda la posibilidad de que el aumento de un lado ||3| y la disminución del otro no tengan entre sí ningún nexo causal. La ilustración estadística, en vez de dar una respuesta, ha planteado más bien una masa de preguntas que se entrecruzan; en vez de un enigma, una sesentena.3 Los enigmas desaparecerían, en efecto, en cuanto el señor Darimon pusiera junto a sus rúbricas de la reserva metálica y de la cartera (de los efectos descontados) las rúbricas de la circulación de billetes y de los depósitos. Una caída de la reserva metálica menor que el aumento de la cartera se explicaría porque el depósito de metal había crecido al mismo tiempo, o porque una parte de los billetes emitidos para el descuento no se cambió por metal, sino que se quedó en la circulación, o, por último, porque los billetes emitidos volvieron enseguida, sin aumentar la circulación, en forma de depósitos o en pago de letras vencidas. Una caída de la reserva metálica acompañada de una caída menor de la cartera se explicaría porque se retiraron depósitos del banco o se le llevaron billetes para cambiarlos por metal, y su propio negocio de descuento se vio así perjudicado por los poseedores de los depósitos retirados o de los billetes convertidos en plata. Por último, una caída pequeña de la reserva metálica acompañada de una caída menor de la cartera se explicaría por las mismas razones. (Dejamos completamente de lado la salida para reponer la moneda de plata en el interior del país, porque Darimon no la incluye en el campo de su examen.) Pero las rúbricas que se habrían explicado así unas a otras habrían probado también lo que no debía probarse: que la satisfacción por parte del banco de unas necesidades comerciales crecientes no implica necesariamente un aumento de su circulación de billetes, que la disminución o el aumento de esta circulación no corresponde a la disminución o el aumento de su reserva metálica, que el banco no controla la masa de los medios de circulación, etc., resultados todos que no le venían bien al señor Darimon. En su prisa por presentar a gritos su opinión preconcebida, la oposición entre la base metálica del banco, representada en su reserva metálica, y las necesidades de la circulación, representadas a su juicio en la cartera, arranca dos rúbricas de su complemento necesario, y en este aislamiento pierden todo sentido o, a lo sumo, declaran contra él. Nos hemos detenido en este hecho para aclarar con un ejemplo todo el valor de las ilustraciones estadísticas y positivas de los proudhonianos. En lugar de que los hechos económicos proporcionen la prueba de sus teorías, proporcionan la prueba de que no han dominado los hechos para poder jugar con ellos. Su manera de jugar con los hechos muestra más bien la génesis de su abstracción teórica.
Sigamos a Darimon.
Cuando el Banco de Francia vio disminuida su reserva metálica en 144 millones y crecida su cartera en 101 millones, tomó el 4 y el 18 de octubre de 1855 medidas para defender su sótano contra su cartera. Elevó el descuento sucesivamente del 4 al 5 y del 5 al 6 % y redujo el plazo de vencimiento de las letras presentadas al descuento de 90 a 75 días. En otras palabras: endureció las condiciones en que ponía su metal a disposición del comercio. ¿Qué prueba esto? «Que», dice Darimon, «un banco organizado según los principios actuales, es decir, fundado en el predominio del oro y la plata, se sustrae al servicio del público justo en el momento en que el público más necesita de sus servicios.» ¿Necesitaba el señor Darimon sus cifras para probar que la oferta encarece sus servicios en la misma medida en que la demanda le plantea exigencias (y la rebasa)? ¿Y no siguen los señores que representan al «público» frente al banco la misma «agradable costumbre de la existencia»?4 Los filantrópicos comerciantes de grano que presentaban sus letras al banco para obtener billetes, para cambiar los billetes por el oro del banco, para cambiar el oro del banco por el grano del extranjero, para cambiar el grano del extranjero por el dinero del público francés, ¿partían acaso de la idea de que, puesto que el público necesitaba ahora más que nunca el grano, era su deber cedérselo en condiciones más baratas, o no se precipitaban más bien sobre el banco para explotar la subida de los precios del grano, la penuria del público, la desproporción entre su demanda y la oferta? ¿Y el banco ha de quedar exceptuado de esta ley económica general? ¡Qué idea! Pero ¿no puede ser que la organización actual de los bancos obligue a amontonar oro en tan gran cantidad que condene a quedar ocioso el medio de compra que, en caso de escasez de grano, podría emplearse del modo más útil para la nación; que haga, en general, del capital, que debería recorrer las fecundas ||4| transformaciones de la producción, la base improductiva y perezosa de la circulación? En este caso se trataría, pues, de que en la organización actual de los bancos la reserva metálica improductiva está todavía por encima de su mínimo necesario, porque el ahorro de oro y plata dentro de la circulación no ha sido todavía empujado hasta su límite económico. Se trataría de un más o un menos sobre la misma base. Pero la cuestión habría descendido de las alturas socialistas a la llanura práctica burguesa por la que la vemos pasearse en la mayor parte de los adversarios burgueses ingleses del Banco de Inglaterra. ¡Qué caída! ¿O no se trata de un más o un menos en el ahorro del metal mediante billetes y otros dispositivos bancarios, sino del abandono completo de la base metálica? Pero entonces tampoco sirven ni la fábula estadística ni su moraleja. Si el banco, en las condiciones que sean, ha de enviar metales preciosos al extranjero en caso de necesidad, tiene que haberlos acumulado antes, y si el extranjero ha de aceptarlos a cambio de sus mercancías, tienen que haber afirmado su predominio. Las causas que arrebataron al banco su metal precioso fueron, según Darimon, la mala cosecha y, por tanto, la necesidad de importar grano del extranjero. Se olvida de la pérdida en la cosecha de seda y de la necesidad de comprarla en masa a China. Dice además Darimon: las grandes y numerosas empresas que coincidieron con los últimos meses de la Exposición Industrial de París.5 Vuelve a olvidarse de las grandes especulaciones y empresas en el extranjero que acometieron el Crédit mobilier y sus rivales para mostrar, como dice Isaac Péreire,6 que el capital francés se distingue de los demás capitales por su naturaleza cosmopolita tanto como la lengua francesa de las demás lenguas. A eso se añade el gasto improductivo causado por la guerra de Oriente, un empréstito de 750 millones.7 ¡Así pues, por un lado, una pérdida grande y repentina en dos de las ramas más importantes de la producción francesa! ¡Por el otro, un empleo extraordinario del capital francés en mercados extranjeros, en empresas que no creaban en modo alguno un equivalente inmediato y que en parte quizá nunca cubran sus costes de producción! Para cubrir, por un lado, la disminución de la producción interior mediante la importación y, por otro, el aumento de las empresas industriales en el extranjero, no se requerían signos de circulación que sirven para el cambio de equivalentes, sino los equivalentes mismos; no dinero, sino capital. La pérdida en la producción interior francesa no era en ningún caso un equivalente del empleo de capital francés en el extranjero. Supongamos ahora que el Banco de Francia no hubiera descansado en una base metálica y que el extranjero hubiera estado dispuesto a aceptar el equivalente francés, o el capital, en cualquier forma, no solo en la forma específica de los metales preciosos. ¿No se habría visto el banco igualmente obligado a endurecer las condiciones de su descuento justo en el momento en que su «público» más le apremiaba para obtener sus servicios? Los billetes con que descuenta las letras de este público no son ahora más que libranzas sobre oro y plata. En nuestro supuesto serían libranzas sobre las existencias de productos de la nación y sobre su fuerza de trabajo inmediatamente utilizable: las primeras, limitadas; la segunda, ampliable solo dentro de límites muy positivos y en periodos de tiempo determinados. Por otro lado, la máquina de papel, inagotable y actuando como por arte de magia. ¡Al mismo tiempo, mientras las malas cosechas de grano y de seda disminuían enormemente la riqueza directamente cambiable de la nación, las empresas ferroviarias, mineras, etc., en el extranjero fijaban esa misma riqueza directamente cambiable en una forma que no crea ningún equivalente inmediato y que, por tanto, la devora de momento sin reposición! ¡La riqueza de la nación directamente cambiable, capaz de circular, susceptible de enviarse al extranjero, disminuida, pues, absolutamente! Por otro lado, crecimiento ilimitado de las libranzas bancarias. Consecuencia inmediata: subida del precio de los productos, de las materias primas y del trabajo. Por otro lado, caída del precio de las libranzas bancarias. El banco no habría aumentado por arte de magia la riqueza nacional, sino que, mediante una operación muy corriente, solo habría desvalorizado su propio papel. ¿Con esta desvalorización, parálisis repentina de la producción? Pero no, exclama el proudhoniano. Nuestra nueva organización bancaria no ||5| se contentaría con el mérito negativo de suprimir la base metálica y dejar todo lo demás como estaba. Crearía condiciones de producción y de intercambio completamente nuevas, y por tanto intervendría bajo presupuestos completamente nuevos. ¿No revolucionó también en su día la introducción de los bancos actuales las condiciones de producción? ¿Habría sido posible sin la concentración del crédito que produjeron, sin la renta del Estado que crearon en oposición a la renta del suelo, y con ello las finanzas en oposición a la propiedad del suelo, el interés dinerario [moneyed interest] en oposición al interés terrateniente [landed interest]; habría sido posible sin esta nueva institución de circulación la gran industria moderna, las sociedades por acciones, etc.?, ¿las mil formas de papeles de circulación, que son tanto productos como condiciones de producción del comercio moderno y de la industria moderna? Hemos llegado aquí a la cuestión de fondo, que ya no tiene que ver con el punto de partida. La cuestión, en general, sería: ¿pueden revolucionarse las relaciones de producción existentes y las relaciones de distribución que les corresponden mediante un cambio en el instrumento de circulación, en la organización de la circulación? Y además: ¿puede emprenderse una transformación tal de la circulación sin tocar las relaciones de producción existentes ni las relaciones sociales que descansan en ellas? Si cada una de estas transformaciones de la circulación presupusiera a su vez cambios en las demás condiciones de producción y conmociones sociales, se vendría abajo, naturalmente, desde el principio la doctrina que propone sus artificios de circulación para, por un lado, evitar el carácter violento de los cambios y, por otro, hacer de estos cambios no el presupuesto, sino, al revés, el resultado gradual de la transformación de la circulación. La falsedad de este presupuesto fundamental bastaría para probar el mismo malentendido acerca de la conexión interna de las relaciones de producción, de distribución y de circulación. El caso histórico apuntado más arriba no puede, naturalmente, ser decisivo, porque las instituciones de crédito modernas fueron tanto efecto como causa de la concentración del capital, solo forman un momento de ella, y la concentración de la fortuna se acelera tanto por falta de circulación (como en la antigua Roma) como por una circulación facilitada. Habría que investigar además, o más bien entraría en la cuestión general, si las diferentes formas civilizadas del dinero —dinero metálico, dinero de papel, dinero de crédito, dinero-trabajo (este último como forma socialista)— pueden conseguir lo que se les pide sin suprimir la relación de producción misma expresada en la categoría dinero, y si, por otro lado, no es a su vez una exigencia que se disuelve a sí misma querer pasar por encima de las condiciones esenciales de una relación mediante su transformación formal. Las diferentes formas del dinero pueden corresponder mejor a la producción social en diferentes estadios, eliminar inconvenientes con los que otra no puede; pero ninguna, mientras sigan siendo formas del dinero y mientras el dinero siga siendo una relación de producción esencial, puede suprimir las contradicciones inherentes a la relación del dinero, sino solo representarlas en una u otra forma. Ninguna forma del trabajo asalariado, aunque una pueda superar los males de la otra, puede superar los males del trabajo asalariado mismo. Una palanca puede vencer mejor que otra la resistencia de la materia en reposo. Todas descansan en que la resistencia permanece. Esta cuestión general de la relación de la circulación con las demás relaciones de producción solo puede plantearse, naturalmente, al final. Ya desde el principio resulta sospechoso que Proudhon y consortes ni siquiera la planteen en su forma pura, sino que solo declamen sobre ella de vez en cuando. Allí donde se la roce, habrá que mirar cada vez con atención.
Ya de la entrada de Darimon se desprende que circulación del dinero y crédito se identifican por completo, lo cual es económicamente falso. (El crédito gratuito,8 dicho sea de paso, no es más que una forma hipócrita, filistea y timorata de aquello de: la propiedad es un robo [La propriété c'est le vol].9 En lugar de que los obreros tomen el capital a los capitalistas, se ha de obligar a los capitalistas a que se lo den.) También sobre esto habrá que volver.
En el tema tratado, Darimon solo ha llegado a que los bancos, que comercian con crédito, como los comerciantes, que comercian con mercancías, o los obreros, que comercian con trabajo, venden más caro cuando la demanda sube en relación con la oferta, es decir, dificultan sus servicios al público en el mismo momento en que este más los necesita. Hemos visto que el banco tiene que hacerlo así, emita billetes convertibles o inconvertibles.
La actuación del Banco de Francia en octubre de 1855 dio lugar a un «inmenso clamor» (p.4.) y a un «gran debate» entre él y los portavoces del público. Darimon resume, o pretende resumir, este debate. Aquí solo lo seguimos ocasionalmente, porque su resumen muestra la debilidad de ambos adversarios por su constante saltar inconexo de una cosa a otra. Un andar a tientas entre razones exteriores. Cada uno de los dos contendientes deja caer a cada instante su arma para buscar otra. Ninguno de los dos llega a combatir, no solo porque cambian sin cesar las armas con que deben batirse, sino igualmente porque solo se encuentran en un terreno para huir enseguida a otro.
(Desde 1806 hasta 1855 el descuento no se había elevado en Francia al 6 %; desde hacía 50 años, casi inmutable en 90 días el plazo máximo de vencimiento de los efectos de comercio.)
La debilidad con que Darimon hace defenderse al banco, y su propia idea falsa, se ven, por ejemplo, en el siguiente pasaje de su diálogo ficticio ||6|:
Dice el adversario del banco: «Gracias a vuestro monopolio, sois la dispensadora y la reguladora del crédito. Cuando os mostráis rigurosa, no solo os imitan los descontadores, sino que además exageran vuestros rigores… Con vuestras medidas habéis paralizado los negocios.» (5.)
Dice el banco, y además «humildemente»: «¿Qué queréis que haga?, dice humildemente el Banco… Para guardarme del extranjero, tengo que guardarme de los nacionales… Ante todo, tengo que impedir la salida del numerario, sin el cual no soy ni puedo nada.» (5.)
Al banco se le atribuye una necedad. Se le hace saltar fuera de la cuestión y esfumarse en una frase general, para poder responderle con una frase general. En este diálogo el banco comparte la ilusión de Darimon de que con su monopolio regula realmente el crédito. En realidad, el poder del banco solo empieza donde termina el de los «descontadores» privados, y por tanto en un momento en que su poder mismo está ya extraordinariamente limitado. Que se quede en el 5 % en un momento de holgura del mercado de dinero [easy state of the money market], cuando todo el mundo descuenta al 2 1/2 %, y los descontadores, en vez de imitarlo, le quitarán todos los negocios de descuento delante de las narices. En ninguna parte se ha mostrado esto con más claridad que en la historia del Banco de Inglaterra desde la ley de 1844,10 que lo convirtió en verdadero rival de los banqueros privados en el negocio del descuento, etc. El Banco de Inglaterra, para asegurarse durante los periodos de holgura del mercado de dinero una parte, y una parte creciente, del negocio del descuento, se vio constantemente obligado a rebajarlo, no solo al nivel de los banqueros privados, sino con frecuencia por debajo de él. Su «regulación del crédito» hay que tomarla, pues, con un grano de sal [cum grano salis], mientras que Darimon toma como punto de partida su superstición en el control absoluto del banco sobre el mercado de dinero y sobre el crédito.
En vez de investigar críticamente las condiciones de su poder real sobre el mercado de dinero, se aferra enseguida a la frase de que el dinero en efectivo [cash] lo es todo para él y de que tiene que impedir su salida [efflux] al extranjero. Un profesor del Collège de France (Chevalier)11 responde: «El oro y la plata son mercancías como todas las demás… Vuestra reserva metálica solo sirve para enviarse al extranjero en los momentos apremiantes para hacer compras.» El banco responde: «El dinero metálico no es una mercancía como las demás; es un instrumento de cambio y, en virtud de este título, goza del privilegio de dictar leyes a todas las demás mercancías.» Aquí salta Darimon entre los combatientes: «Así pues, hay que atribuir a este privilegio de que gozan el oro y la plata, el de ser los únicos instrumentos auténticos de la circulación y del cambio, no solo la crisis actual, sino las crisis comerciales periódicas.» Para remediar todos los inconvenientes de las crisis «bastaría con que el oro y la plata se convirtieran en mercancías como las demás o, hablando con exactitud, con que todas las mercancías se convirtieran en instrumentos de cambio con el mismo rango (au même titre) (en virtud del mismo título) que el oro y la plata; con que los productos se cambiaran verdaderamente por productos». (5-7.)
Superficialidad con que se presenta aquí la cuestión debatida. Si el banco emite libranzas sobre dinero (billetes) y reconocimientos de deuda sobre capital reembolsables en oro (plata) (depósitos), se entiende por sí mismo que solo puede contemplar y soportar hasta cierto grado la disminución de su reserva metálica sin reaccionar contra ella. Esto nada tiene que ver con la teoría del dinero metálico. Volveremos sobre la teoría de las crisis de Darimon.
En el apartado «Petite Histoire des crises de circulation» [Pequeña historia de las crisis de circulación], el señor Darimon omite la crisis inglesa de 1809-11 y se limita a anotar bajo 1810 el nombramiento de la Comisión del Metal en Barras [Bullion Committee],12 y bajo 1811 vuelve a omitir la crisis real (que empezó en 1809) y se limita a la aprobación por la Cámara de los Comunes de la resolución según la cual «la depreciación de los billetes frente al metal en barras no proviene de una depreciación del papel moneda, sino de un encarecimiento del metal en barras», y al panfleto de Ricardo13 que sostiene la afirmación contraria y cuya conclusión sería: «El dinero, en su estado más perfecto, es el papel moneda.» (p.22, 23.) Las crisis de 1809 y 1811 eran importantes aquí porque el banco emitía entonces billetes inconvertibles, de modo que las crisis no nacían en ningún caso de la convertibilidad de los billetes en oro (metal) y tampoco podían, por tanto, contenerse en ningún caso con la supresión de esta convertibilidad. Darimon salta con agilidad de sastre por encima de estos hechos, que refutan su teoría de las crisis. Se aferra al aforismo de Ricardo, que nada tenía que ver con el verdadero objeto en cuestión ni con el del panfleto, la depreciación de los billetes de banco. Ignora que la teoría del dinero de Ricardo está completamente refutada, con sus falsos presupuestos de que el banco controla el número de billetes en circulación y de que el número de medios de circulación determina los precios, cuando, al revés, los precios determinan el número de medios de circulación, etc. En tiempos de Ricardo faltaban todavía todas las investigaciones de detalle sobre los fenómenos de la circulación del dinero. Esto, de paso. El oro y la plata son mercancías como las demás. El oro y la plata no son mercancías como las demás: como instrumento general de cambio son las mercancías privilegiadas y degradan a las demás mercancías justamente en virtud de este privilegio. Este es el último análisis al que Darimon reduce el antagonismo. Suprimid el privilegio del oro y la plata, degradadlos al rango de todas las demás mercancías, decide Darimon en última instancia. Entonces no suprimís los males específicos del dinero de oro y plata, o de los billetes convertibles en oro y plata. Suprimís todos los males. O, más bien, elevad todas las mercancías al monopolio que ahora poseen exclusivamente el oro y la plata. Dejad que siga el papa, pero haced papa a todo el mundo. Suprimid el dinero haciendo de cada mercancía dinero y dotándola de las propiedades específicas del dinero. Se pregunta aquí precisamente si el problema no expresa su propio absurdo y si, por tanto, la imposibilidad de la solución no está ya en las condiciones planteadas por el enunciado. La respuesta a menudo solo puede consistir en la crítica de la cuestión, y a menudo solo puede resolverse ||7| negando la cuestión misma. La verdadera cuestión es: ¿no hace necesario el propio sistema burgués de cambio un instrumento de cambio específico? ¿No crea necesariamente un equivalente particular para todos los valores? Una forma de este instrumento de cambio o de este equivalente puede ser más manejable, más adecuada, acarrear menos inconvenientes que otra. Pero los inconvenientes que nacen de la existencia de un instrumento de cambio particular, de un equivalente particular y, sin embargo, general, tendrían que reproducirse en cualquier forma, aunque de manera diferente. Por encima de esta cuestión misma pasa Darimon, naturalmente, con entusiasmo. ¡Suprimid el dinero y no lo suprimáis! Suprimid el privilegio exclusivo que el oro y la plata poseen como dinero por su exclusividad, pero haced de todas las mercancías dinero, es decir, dadles a todas en común una propiedad que, separada de la exclusividad, ya no existe.
En las salidas de metal en barras [bullion drains] aparece en efecto una contradicción que Darimon concibe con la misma superficialidad con que la supera. Se muestra que el oro y la plata no son mercancías como las demás, y la economía moderna se ve de pronto, y con espanto, volver una y otra vez, temporalmente, a los prejuicios del sistema mercantil. Los economistas ingleses intentan resolver la dificultad mediante una distinción. Lo que se pide en los momentos de tales crisis monetarias, dicen, no es oro y plata como dinero, oro y plata como moneda, sino oro y plata como capital. Se olvidan de añadir: capital, pero capital en la forma determinada de oro y plata. ¿De dónde, si no, la salida precisamente de estas mercancías, mientras la mayoría de las demás se deprecian por falta de salida, si el capital fuera exportable en cualquier forma?
Tomemos ejemplos determinados: salida [drain] a consecuencia de una mala cosecha interior en un alimento principal (el grano, por ejemplo), o de una mala cosecha extranjera y, por tanto, del encarecimiento de un artículo de consumo importado principal (por ejemplo, el té); salida a consecuencia de una mala cosecha en las materias primas decisivas de la industria (algodón, lana, seda, lino); salida causada por exceso de importación (debido a la especulación, la guerra, etc.). La reposición de una pérdida repentina o duradera (de grano, té, algodón, lino, etc.) priva doblemente a la nación, en el caso de la mala cosecha interior. Una parte de su capital invertido o de su trabajo no se ha reproducido: pérdida real en la producción. Una parte del capital reproducido tiene que cederse para llenar este hueco, y además una parte que no está en simple relación aritmética con la pérdida, porque el producto que falta sube, y tiene que subir, en el mercado mundial a consecuencia de la menor oferta y de la mayor demanda. Es necesario investigar con exactitud qué aspecto tendrían tales crisis prescindiendo del dinero y qué determinidad introduce el dinero dentro de las relaciones dadas. (Mala cosecha de grano y exceso de importación, los casos principales. La guerra se entiende por sí misma, porque económicamente es, de modo inmediato, lo mismo que si la nación arrojara al agua una parte de su capital.)
Caso de una mala cosecha de grano: considerada la nación frente a otra nación, está claro que su capital (no solo su riqueza real) ha disminuido, tan claro como que un campesino que ha quemado su masa de pan y tiene que comprarlo ahora en la panadería se ha empobrecido en el importe de su compra. Respecto del interior, la subida del precio del grano parece, en lo que atañe al valor, dejarlo todo como estaba. Prescindiendo solo de que la cantidad disminuida de grano x con el precio aumentado nunca es, en las malas cosechas reales, = la cantidad normal x con el precio menor. Supongamos que en Inglaterra solo se produjera 1 quarter14 y que este 1 quarter alcanzara el mismo precio que antes los 30 millones de quarters de trigo. La nación, prescindiendo de que le faltarían los medios para reproducir la vida y el grano, si ponemos la jornada de trabajo necesaria para reproducir 1 quarter = a, cambiaría a x 30 millones de jornadas de trabajo (costes de producción) por 1 x a jornada de trabajo (producto); la fuerza productiva de su capital se habría reducido millones de veces y la suma de los valores poseídos en el país habría disminuido, puesto que cada jornada de trabajo se habría depreciado 30 millones de veces. Cada porción de capital representaría solo 1/30000000 de su valor anterior, de su equivalente en costes de producción, aunque en el caso indicado el valor nominal del capital del país no habría disminuido en nada (prescindiendo de la depreciación de la tierra), porque el valor disminuido de los demás productos quedaría exactamente compensado por el valor aumentado del 1 quarter de trigo. La subida del precio del trigo 30 millones de veces sería la expresión de una depreciación igual de todos los demás productos. Por lo demás, esta distinción entre interior y exterior es completamente ilusoria. Como se comporta la nación que sufre la pérdida de grano con la nación extranjera a la que compra, así se comporta cada individuo de la nación con el arrendatario o con el comerciante de grano. La suma adicional que tiene que gastar en comprar el grano es una disminución directa de su capital, de sus medios disponibles.
Para no enturbiar la cuestión con influencias no esenciales, hay que suponer una nación en la que exista el libre comercio [free trade] de grano. Aunque el grano importado fuera tan barato como el producido en el país, la nación sería más pobre en el capital no reproducido por los arrendatarios. Pero en el supuesto hecho, la nación importa siempre tanto grano extranjero como puede importarse al precio normal. El crecimiento de la importación supone, pues, un crecimiento del precio.
La subida del precio del grano es = a la caída del precio de todas las demás mercancías. Los costes de producción aumentados (representados en el precio) con que se obtiene el quarter de grano son = a la productividad disminuida del capital que existe en todas las demás formas. Al excedente que se emplea en comprar el grano tiene que corresponderle un menos en la compra de todos los demás productos y, ya por eso, una caída de sus precios. Con o sin dinero metálico o cualquier otro dinero, la nación se encontraría en una crisis que no se extendería solo al grano, sino a todas las demás ramas de la producción, puesto que no solo habría disminuido positivamente su productividad y estaría depreciado el precio de su producción frente al valor determinado por los costes de producción normales, sino que además todos los contratos, obligaciones, etc., descansan en los precios medios de los productos. Por ejemplo, hay que entregar x fanegas de grano para la deuda del Estado, pero los costes de producción de estas x fanegas han aumentado en una proporción determinada. Sin tener en cuenta para nada el dinero, la nación se encontraría ||8| así en una crisis general. Prescindiendo no solo del dinero, sino incluso del valor de cambio de los productos, los productos se habrían depreciado y la productividad de la nación habría disminuido, mientras que todas sus relaciones económicas están fundadas en una productividad media de su trabajo.
La crisis causada por una pérdida de grano no la produce, pues, en ningún caso la salida de metal en barras [drain of bullion], aunque pueda agravarla con los obstáculos que se oponen a esa salida.
En todo caso, tampoco puede decirse con Proudhon que la crisis provenga de que solo los metales preciosos posean un valor auténtico en oposición a las demás mercancías, porque la subida del precio del grano solo significa, en primera instancia, que hay que dar a cambio más oro y plata por una cantidad dada de grano, es decir, que el precio del oro y la plata ha caído en relación con el precio del grano. El oro y la plata comparten, pues, con todas las demás mercancías la depreciación en relación con el grano, y ningún privilegio los protege de ella. La depreciación del oro y la plata frente al grano es idéntica a la subida de los precios del grano (no del todo exacto. El quarter de grano sube de 50 a 100 sh., es decir, un 50 %, pero las mercancías de algodón caen 100. La plata solo ha caído 50 frente al grano; las mercancías de algodón han caído 100 % frente a él (a consecuencia del estancamiento de la demanda, etc.). Es decir, los precios de las demás mercancías caen más de lo que suben los del grano. Pero también ocurre lo contrario. Por ejemplo, en los últimos años, cuando el grano subió temporalmente un 100 %, a los productos industriales no se les ocurrió caer en la misma proporción en que había caído, pues, el oro frente al grano. Esta circunstancia no afecta de momento a la tesis general).15 Tampoco puede decirse que el oro posea un privilegio por el hecho de que, como moneda, su cantidad esté determinada de modo exacto y auténtico. Un tálero (de plata) sigue siendo en cualquier circunstancia un tálero. Así, una fanega de trigo sigue siendo una fanega y una vara de lienzo una vara.
La depreciación de la mayoría de las mercancías (incluido el trabajo) y la crisis que de ahí se sigue en caso de una mala cosecha de grano importante no pueden atribuirse, pues, primariamente a la exportación de oro, porque la depreciación y la crisis se producirían aunque no se exportara nada de oro del país ni se importara nada de grano extranjero. La crisis se reduce simplemente a la ley de la oferta y la demanda, que, como es sabido, actúa en la esfera de las necesidades primarias —considerada a escala nacional— de modo incomparablemente más agudo y enérgico que en todas las demás esferas. La exportación de oro no es la causa de la crisis del grano, sino que la crisis del grano es la causa de la exportación de oro.
Considerados por sí mismos, del oro y la plata solo puede afirmarse en dos sentidos que intervengan por su parte en la crisis y agraven sus síntomas: 1) en la medida en que la exportación de oro se dificulta a causa de las condiciones metálicas a las que están atados los bancos, y en la medida en que las medidas que por eso toma el banco contra esta exportación de oro repercuten desfavorablemente en la circulación interior; 2) en la medida en que la exportación de oro se hace necesaria porque las naciones extranjeras solo quieren aceptar capital en forma de oro y en ninguna otra forma.
La dificultad n.º 2 puede subsistir aun cuando se haya eliminado la dificultad n.º 1. El Banco de Inglaterra la experimentó precisamente durante el periodo en que estaba legalmente autorizado a emitir billetes inconvertibles. Los billetes cayeron frente al oro en barras, pero igualmente cayó el precio de acuñación del oro [mint price of gold] frente a su precio en barras. El oro se había convertido frente al billete en una clase particular de mercancía. Puede decirse que el billete seguía dependiendo del oro en la medida en que nominalmente representaba una cantidad determinada de oro que de hecho [in fact] no podía obtenerse a cambio de él. El oro había seguido siendo su denominador, aunque legalmente ya no fuera canjeable en el banco por esa cantidad de oro.
No cabe duda (?) (hay que investigarlo más adelante y no pertenece directamente al objeto en cuestión [object in question]) de que, mientras el papel moneda reciba su denominación del oro (es decir, mientras, por ejemplo, un billete de 5 libras sea el representante en papel de 5 soberanos), la convertibilidad del billete en oro sigue siendo para él una ley económica, exista o no políticamente. Los billetes del Banco de Inglaterra siguieron declarando también de 1799 a 181916 que representaban el valor de una cantidad determinada de oro. ¿Cómo poner a prueba esta afirmación si no por el hecho de que el billete disponga en efecto de tanto o cuanto metal en barras? Desde el momento en que por un billete de 5 £ ya no podía obtenerse un valor en barras = 5 soberanos, el billete estaba depreciado, aunque fuera inconvertible. La igualdad del valor del billete con un valor determinado en oro, que declara su título, entró enseguida en contradicción con la desigualdad efectiva entre billete y oro. La controversia entre los ingleses que mantienen el oro como denominador del billete no gira, pues, en realidad en torno a la convertibilidad del billete en oro —que no es más que la equiparación práctica que el título del billete declara en teoría—, sino en torno a cómo asegurar esta convertibilidad: ¿ha de asegurarse mediante limitaciones impuestas legalmente al banco o ha de dejarse a sí misma? Estos últimos afirman que en un banco emisor que adelanta sobre letras, y cuyos billetes tienen por tanto un reflujo asegurado, esta convertibilidad está garantizada por término medio [on an average], y que sus adversarios nunca van más allá de esta seguridad media. Esto último es un hecho. El término medio, dicho sea de paso, no es despreciable, y los cálculos de medias pueden y deben constituir la base de los bancos igual que la de todos los seguros, etc. En este lado son sobre todo los bancos escoceses los que con razón se ponen como modelo. Los bullionistas estrictos, por su parte, dicen que ellos se toman en serio la ||9| convertibilidad, que la necesidad de esta convertibilidad viene dada por la denominación misma del billete, que la obligación del banco de convertir mantiene convertible el billete y forma una barrera contra la sobreemisión [overissue], y que sus adversarios son pseudopartidarios de la inconvertibilidad. Entre estos dos lados, diversos matices, una masa de pequeñas «especies». Los defensores de la inconvertibilidad, por último, los antibullionistas decididos, son, sin saberlo, tan pseudopartidarios de la convertibilidad como sus adversarios lo son de la inconvertibilidad, porque dejan en pie la denominación del billete y hacen así de la equiparación práctica de un billete de determinada denominación con una cantidad determinada de oro la medida del valor pleno de sus billetes. En Prusia existe papel moneda de curso forzoso. (Tiene asegurado un reflujo en la medida en que una cuota de los impuestos ha de pagarse en papel.) Estos táleros de papel no son libranzas sobre plata, no son canjeables legalmente por ella en ningún banco, etc. Ningún banco comercial los presta sobre letras, sino que el gobierno los paga al cubrir sus gastos. Pero su denominación es la de la plata. Un tálero de papel declara representar el mismo valor que 1 tálero de plata. Si se quebrantara a fondo la confianza en el gobierno, o si este papel moneda se emitiera en proporciones mayores de lo que exigen las necesidades de la circulación, el tálero de papel dejaría de equivaler en la práctica al tálero de plata y estaría depreciado, porque habría descendido por debajo del valor que declara su título. Se depreciaría incluso si no se diera ninguna de las circunstancias antes mencionadas, sino que una necesidad particular de plata, para la exportación por ejemplo, le diera a esta un privilegio frente al tálero de papel. La convertibilidad en oro y plata es, pues, la medida práctica del valor de todo papel moneda que recibe su denominación del oro o de la plata, sea el papel legalmente convertible o no. Un valor nominal solo corre como una sombra al lado de su cuerpo; si ambos coinciden, tiene que probarlo la convertibilidad (canjeabilidad) real de aquel. La caída del valor real por debajo del valor nominal es depreciación. El correr realmente el uno junto al otro, el cambiarse entre sí, es convertibilidad. En los billetes no convertibles la convertibilidad no se muestra en la caja del banco, sino en el cambio cotidiano entre el papel y el dinero metálico cuya denominación lleva. En realidad, la convertibilidad de los billetes convertibles ya está en peligro cuando ya no ha de confirmarse en el intercambio diario en todas las partes del país, sino mediante grandes experimentos particulares en la caja del banco. En el campo escocés se prefiere incluso el papel moneda al dinero metálico. Escocia antes de 1845, cuando se le impuso la ley inglesa del 44,17 pasó naturalmente por todas las crisis sociales inglesas, y por algunas en mayor grado, porque el despeje de tierras [clearing of the land]18 se desarrolló allí con menos miramientos. Sin embargo, Escocia no ha conocido verdaderas crisis monetarias (que algunos bancos quebraran excepcionalmente por haber dado crédito a la ligera no hace al caso), ni depreciación de los billetes, ni quejas ni investigaciones sobre si la cantidad del medio circulante [currency] en circulación era suficiente o no, etc. Escocia es importante aquí porque, por un lado, muestra cómo el sistema monetario puede estar perfectamente regulado sobre la base actual —suprimidos todos los males que lamenta Darimon— sin abandonar la base social actual; y ello mientras, al mismo tiempo, sus contradicciones, antagonismos, la oposición de clases, etc., alcanzan un grado aún mayor que en ningún otro país del mundo. Es característico que tanto Darimon como el protector que presenta su libro —Émile Girardin,19 que completa su estafa práctica con utopismo teórico— no encuentren la contrapartida de los bancos de monopolio como el Banco de Inglaterra y el Banco de Francia en Escocia, sino que la busquen en los Estados Unidos, donde el sistema bancario, a consecuencia de las cartas del Estado requeridas, solo es libre nominalmente, donde no existe la libre concurrencia de los bancos, sino un sistema federativo de bancos de monopolio. Ciertamente, el sistema bancario y monetario escocés era el escollo más peligroso para las ilusiones de los artistas de la circulación. Del dinero de oro o de plata (donde no hay doble patrón legal [standard] de la moneda) no se dice que se deprecie cada vez que cambia su valor relativo frente a todas las demás mercancías. ¿Por qué no? Porque forman su propio denominador; porque su título no es el de un valor, es decir, no se tasan en una tercera mercancía, sino que solo expresan partes alícuotas de su propia materia. 1 soberano = tanta cantidad de oro de tal y tal peso. El oro es, pues, nominalmente indepreciable, no porque sea el único que expresa un valor auténtico, sino porque como dinero no expresa ningún valor en absoluto [at all], sino una cantidad determinada de su propia materia; lleva en la frente su propia determinidad cuantitativa. (Habrá que investigar más adelante si este rasgo distintivo del dinero de oro y plata es en última instancia una propiedad inmanente de todo dinero.) Engañados por esta indepreciabilidad nominal del dinero metálico, Darimon y consortes solo ven un lado, el que irrumpe en las crisis: la apreciación del oro y la plata frente a casi todas las demás mercancías; no ven el otro lado, la depreciación del oro y la plata o del dinero frente a todas las demás mercancías (quizá con la excepción, no siempre, del trabajo) en los periodos de la llamada prosperidad, los periodos de subida general temporal de los precios. Como esta depreciación del dinero metálico (y de todas las clases de dinero que descansan en él) precede siempre a su apreciación, tendrían que haber planteado su problema al revés: prevenir la depreciación del dinero que retorna periódicamente (en su lenguaje, suprimir los privilegios de las mercancías frente al dinero). Con esta última formulación el problema se habría disuelto en el acto: suprimir la subida y la bajada de los precios. Es decir: suprimir los precios. Es decir: abolir el valor de cambio. Este problema: abolir el cambio tal como corresponde a la organización burguesa ||10| de la sociedad. Este último problema: revolucionar económicamente la sociedad burguesa. Se habría mostrado entonces desde el principio que el mal de la sociedad burguesa no se remedia con «transformaciones» bancarias ni con la fundación de un «sistema monetario» racional. La convertibilidad —legal o no— sigue siendo, pues, una exigencia para todo dinero cuyo título lo convierte en un signo de valor, es decir, lo equipara a la cantidad de una tercera mercancía. La equiparación incluye ya la contraposición, la posible desigualdad; la convertibilidad incluye su contrario, la inconvertibilidad; la apreciación incluye la depreciación, δυνάμει [en potencia], como diría Aristóteles. Supongamos, por ejemplo, que el soberano no se llamara solo soberano, que es un mero nombre honorífico para la x-ésima parte alícuota de una onza de oro (nombre de cuenta), como metro lo es para una longitud determinada, sino que se llamara, digamos, x horas de tiempo de trabajo. 1/x de onza de oro no es, en efecto, nada más que x horas de tiempo de trabajo materializadas, objetivadas. Pero el oro es tiempo de trabajo pasado, tiempo de trabajo determinado. Su título haría de una cantidad determinada de trabajo en general su patrón de medida. La libra de oro tendría que ser convertible en x horas de tiempo de trabajo, tendría que poder comprarlas en cualquier momento; en cuanto pudiera comprar más o menos, estaría apreciada o depreciada; en el último caso habría cesado su convertibilidad. Lo que determina el valor no es el tiempo de trabajo incorporado en los productos, sino el tiempo de trabajo necesario en el presente. Tómese la propia libra de oro: sea el producto de 20 horas de tiempo de trabajo. Supongamos que, por las circunstancias que sean, se necesitan más tarde 10 horas para producir una libra de oro. La libra de oro cuyo título declara que es = 20 horas de tiempo de trabajo solo sería ahora = 10 horas de tiempo de trabajo, puesto que 20 horas de tiempo de trabajo = 2 libras de oro. 10 horas de trabajo se cambian de hecho por 1 libra de oro; por tanto, 1 libra de oro ya no puede cambiarse por 20 horas de trabajo. El dinero de oro con el título plebeyo de x horas de trabajo estaría expuesto a mayores oscilaciones que cualquier otro dinero, y en particular que el dinero de oro actual, porque el oro no puede subir ni bajar frente al oro (es igual a sí mismo), mientras que el tiempo de trabajo pasado contenido en una cantidad determinada de oro tiene que subir o bajar constantemente frente al tiempo de trabajo vivo presente. Para mantenerlo convertible, habría que mantener estacionaria la productividad de la hora de trabajo. Más aún, según la ley económica general de que los costes de producción bajan constantemente, de que el trabajo vivo se vuelve constantemente más productivo y de que, por tanto, el tiempo de trabajo objetivado en los productos se deprecia constantemente, la depreciación constante sería el destino inevitable de este dinero-trabajo de oro. Para remediar este inconveniente podría decirse que no ha de ser el oro el que reciba el título de horas de trabajo, sino, como propuso Weitling20 y antes de él ingleses y después de él franceses, entre ellos Proudhon y cía., el papel moneda, un mero signo de valor. El tiempo de trabajo que está incorporado en el papel mismo no entraría en cuenta, como tampoco el valor del papel de los billetes de banco. Uno sería mero representante de las horas de trabajo, como el otro lo es del oro o de la plata. Si la hora de trabajo se hiciera más productiva, el bono que la representa aumentaría su poder adquisitivo, y al revés, exactamente igual que ahora un billete de 5 libras compra más o menos según que el valor relativo del oro en comparación con otras mercancías suba o baje. Según la misma ley por la que el dinero-trabajo de oro sucumbiría a una depreciación constante, el dinero-trabajo de papel disfrutaría de una apreciación constante. ¡Eso es justamente lo que queremos! El obrero se alegraría de la creciente productividad de su trabajo, en vez de crear ahora, en proporción a ella, riqueza ajena y su propia desvalorización. Así los socialistas. Pero, por desgracia, surgen algunos pequeños escrúpulos [But, unfortunately, there arise some small scruples]. Para empezar: una vez que suponemos dinero, aunque solo sean bonos horarios, tenemos que presuponer también la acumulación de este dinero, y contratos, obligaciones, cargas fijas, etc., contraídos en la forma de este dinero. Los bonos acumulados se apreciarían constantemente, igual que los recién emitidos, y así, por un lado, la creciente productividad del trabajo redundaría en beneficio de los que no trabajan y, por otro, las cargas contraídas anteriormente seguirían el mismo paso que el mayor rendimiento del trabajo. La bajada y la subida del valor del oro o de la plata serían completamente indiferentes si el mundo pudiera empezar de nuevo a cada momento y las obligaciones contraídas de pagar una cantidad determinada de oro no sobrevivieran a las oscilaciones del valor del oro. Así ocurre aquí con el bono horario y la productividad de la hora. El punto que hay que investigar aquí es la convertibilidad del bono horario. Llegamos a la misma meta si damos un rodeo. Aunque todavía es demasiado pronto, puede observarse algo sobre los engaños [delusions] que están en la base del bono horario y que nos dejan ver el secreto más profundo que une la teoría de la circulación de P. con su teoría general, su teoría de la determinación del ||11|valor. Encontramos esta misma conexión, por ejemplo, en Bray y en Gray.21 Lo que pueda haber de verdadero en su base, habrá que investigarlo más adelante. (Antes todavía, incidentalmente: considerados los billetes de banco como meras libranzas sobre oro, nunca podrían emitirse por encima de la cantidad de dinero de oro que pretenden sustituir sin depreciarse. 3 libranzas de 15 l. que extiendo a 3 acreedores distintos sobre las mismas 15 l. en oro no son en realidad, cada una, más que una libranza sobre 15/3 l. = 5 libras. Cada uno de estos billetes estaría, pues, depreciado de antemano en un 33 1/3 %.) El valor (el valor de cambio real) de todas las mercancías (incluido el trabajo) está determinado por sus costes de producción, en otras palabras, por el tiempo de trabajo que se requiere para producirlas. El precio es este valor de cambio suyo expresado en dinero. La sustitución del dinero metálico (y del dinero de papel o de crédito, que recibe de él su denominación) por un dinero-trabajo que recibiera su denominación del tiempo de trabajo mismo equipararía, pues, el valor real (valor de cambio) de las mercancías y su valor nominal, precio, valor en dinero. Equiparación del valor real y el valor nominal, del valor y el precio. Pero esto solo se conseguiría bajo el presupuesto de que valor y precio solo se distinguen nominalmente. Y no es así en modo alguno. El valor de las mercancías determinado por el tiempo de trabajo es solo su valor medio. Una media que aparece como una abstracción exterior en la medida en que se obtiene sumando como la cifra media de una época, por ejemplo, 1 libra de café 1 sh., si se saca la media, digamos, de los precios del café de 25 años; pero que es muy real cuando se la reconoce a la vez como la fuerza impulsora y el principio motor de las oscilaciones que recorren los precios de las mercancías durante una época determinada. Esta realidad no solo tiene importancia teórica: constituye la base de la especulación comercial, cuyo cálculo de probabilidades parte tanto de los precios medios, que para ella valen como centro de la oscilación, como de las alturas medias y las profundidades medias de la oscilación por encima o por debajo de este centro. El valor de mercado de la mercancía es siempre distinto de este valor medio y está siempre o por debajo o por encima de él. El valor de mercado se iguala con el valor real mediante sus constantes oscilaciones, nunca mediante una ecuación con el valor real como con un tercero, sino mediante la constante desigualación de sí mismo (no, como diría Hegel, mediante la identidad abstracta, sino mediante la constante negación de la negación, es decir, de sí mismo como negación del valor real). Que el valor real mismo, a su vez —independientemente de su dominio sobre las oscilaciones del precio de mercado (prescindiendo de él como ley de estas oscilaciones)—, se niega a sí mismo y pone constantemente el valor real de las mercancías en contradicción con su propia determinación, deprecia o aprecia el valor real de las mercancías existentes, lo he mostrado en mi panfleto contra Proudhon,22 y no es este el lugar de entrar en ello con más detalle. El precio se distingue, pues, del valor no solo como lo nominal de lo real; no solo por la denominación en oro y plata, sino porque el segundo aparece como ley de los movimientos que recorre el primero. Pero son constantemente distintos y nunca coinciden, o solo de modo enteramente casual y excepcional. El precio de las mercancías está constantemente por encima o por debajo del valor de las mercancías, y el valor de las mercancías mismo solo existe en el sube y baja [up and down] de los precios de las mercancías. La demanda y la oferta determinan constantemente los precios de las mercancías; nunca coinciden, o solo por casualidad; pero los costes de producción determinan por su parte las oscilaciones de la demanda y la oferta. El oro o la plata en que se expresa el precio de una mercancía, su valor de mercado, es a su vez una cantidad determinada de trabajo acumulado, una medida determinada de tiempo de trabajo materializado. Bajo el presupuesto de que los costes de producción de la mercancía y los costes de producción del oro y la plata sigan siendo los mismos, la subida o la bajada de su precio de mercado no significa sino que una mercancía, = x tiempo de trabajo, dispone constantemente en el mercado de > o < x tiempo de trabajo, está por encima o por debajo de su valor medio determinado por el tiempo de trabajo. La primera ilusión fundamental de los partidarios de los bonos horarios consiste en creer que, al suprimir la diferencia nominal entre valor real y valor de mercado, entre valor de cambio y precio —es decir, al expresar el valor no en una objetivación determinada del tiempo de trabajo, digamos el oro y la plata, sino en el tiempo de trabajo mismo—, eliminan también la diferencia y la contradicción reales entre precio y valor. Así se entiende por sí mismo cómo la mera introducción del bono horario eliminaría todas las crisis, todos los males de la producción burguesa. El precio en dinero de las mercancías = a su valor real; la demanda = a la oferta; la producción = al consumo; el dinero a la vez abolido y conservado; bastaría con constatar el tiempo de trabajo cuyo producto es la mercancía, que se materializa en la mercancía, para generar una contrafigura que le correspondiera en un signo de valor, en dinero, en bonos horarios. Cada mercancía quedaría así convertida directamente en dinero, y el oro y la plata, por su parte, rebajados al rango de todas las demás mercancías. No hace falta explicar que la contradicción entre valor de cambio y precio —entre el precio medio y los precios cuya media es—, la diferencia entre las magnitudes y su magnitud media, /12/ no se suprime suprimiendo la mera diferencia de nombre entre ambos, es decir, diciendo, en vez de: 1 libra de pan cuesta 8 d., 1 libra de pan = 1/x hora de trabajo. Al contrario, si 8 d. = 1/x hora de trabajo, y si el tiempo de trabajo materializado en una libra de pan es más o menos que 1/x hora de trabajo, la diferencia entre valor y precio, por el hecho de que la medida del valor sería a la vez el elemento en que se expresa el precio, no haría sino resaltar crudamente esa diferencia suya que en el precio en oro o en plata está oculta. Saldría una ecuación infinita. 1/x hora de trabajo (contenida en 8 d. o expresada por un bono) > < que 1/x hora de trabajo (contenida en la libra de pan).
El bono horario, que representa el tiempo de trabajo medio, nunca correspondería al tiempo de trabajo real ni sería nunca convertible en él; es decir, el tiempo de trabajo objetivado en una mercancía nunca dispondría de una cantidad igual a sí misma de dinero-trabajo, ni a la inversa, sino de más o de menos, igual que ahora cada oscilación de los valores de mercado se expresa en una subida o una bajada de sus precios en oro y plata.
La depreciación constante de las mercancías —en periodos más largos— frente a los bonos horarios, de la que hablábamos antes, nacía de la ley de la productividad creciente del tiempo de trabajo, de las perturbaciones en el valor relativo mismo creadas por su propio principio inherente, el tiempo de trabajo. La inconvertibilidad de los bonos horarios de la que hablamos ahora no es más que otra expresión de la inconvertibilidad entre valor real y valor de mercado, entre valor de cambio y precio. El bono horario representaría, frente a todas las mercancías, un tiempo de trabajo ideal que se cambiaría unas veces por más y otras por menos tiempo de trabajo real, y que recibiría en el bono una existencia separada, propia, correspondiente a esta desigualdad real. El equivalente general, medio de circulación y medida de las mercancías, volvería a enfrentárseles individualizado, siguiendo sus propias leyes, extrañado, es decir, con todas las propiedades del dinero actual, pero sin prestar sus servicios. Pero la confusión alcanzaría un grado completamente distinto por el hecho de que el medio en que se comparan las mercancías, estos quanta objetivados de tiempo de trabajo, no sería una 3.ª mercancía, sino su propia medida del valor, el tiempo de trabajo mismo. La mercancía a, objetivación de 3 horas de tiempo de trabajo, es = 2 bonos de horas de trabajo; la mercancía b, objetivación ídem de 3 horas de trabajo, es = 4 bonos de horas de trabajo. Esta contradicción está expresada en realidad, solo que velada, en los precios en dinero. La diferencia entre precio y valor, entre la mercancía medida por el tiempo de trabajo cuyo producto es y el producto del tiempo de trabajo por el que [ella] se cambia, esta diferencia exige una 3.ª mercancía como medida en la que se exprese el valor de cambio real de la mercancía. Como el precio no es igual al valor, el elemento que determina el valor —el tiempo de trabajo— no puede ser el elemento en que se expresan los precios, porque el tiempo de trabajo tendría que expresarse a la vez como lo determinante y lo no determinante, como lo igual y lo desigual de sí mismo. Como el tiempo de trabajo solo existe idealmente como medida del valor, no puede servir de materia para la comparación de los precios. (Aquí se aclara a la vez cómo y por qué la relación de valor recibe en el dinero una existencia material y particularizada. Esto hay que desarrollarlo más.) La diferencia entre precio y valor exige que los valores, como precios, se midan con un patrón distinto del suyo propio. El precio, a diferencia del valor, es necesariamente precio en dinero. Aquí se ve que la diferencia nominal entre precio y valor está condicionada por su diferencia real.
[Origen y esencia del dinero]
Mercancía a = 1 chelín (es decir, = 1/x de plata); mercancía b = 2 chelines (es decir, 2/x de plata). Por tanto, la mercancía b = el doble del valor de la mercancía a. La relación de valor entre a y b está expresada por la proporción en que ambas se cambian por el cuanto de una tercera mercancía, por plata; no por una relación de valor.
Toda mercancía (producto o instrumento de producción) es = la objetivación de un tiempo de trabajo determinado. Su valor, la relación en que se cambia por otras mercancías o en que otras mercancías se cambian por ella, es = el cuanto de tiempo de trabajo realizado en ella. Si la mercancía es, p. ej., = 1 hora de tiempo de trabajo, se cambia por todas las demás mercancías que son el producto de 1 hora de tiempo de trabajo. (Todo este razonamiento, en el supuesto de que el valor de cambio = el valor de mercado; el valor real = el precio.) El valor de la mercancía es distinto de la mercancía misma. Valor (valor de cambio) la mercancía solo lo es en el cambio (real o representado): el valor no es solo la capacidad de cambio de esta mercancía en general, sino su cambiabilidad específica. Es a la vez el exponente de la relación en que se cambia con otras mercancías y el exponente de la relación en que ya se ha cambiado en la producción con otras mercancías (tiempo de trabajo materializado); es cambiabilidad ||13| cuantitativamente determinada. Las mercancías, p. ej. una vara de algodón y una medida de aceite, consideradas como algodón y aceite, son naturalmente distintas, poseen propiedades distintas, se miden con medidas distintas, son inconmensurables. Como valores, todas las mercancías son cualitativamente iguales y solo cuantitativamente distintas; se miden, pues, todas recíprocamente y se sustituyen (se cambian, son convertibles unas en otras) en proporciones cuantitativas determinadas. El valor es su relación social, su cualidad económica. Un libro que posee un valor determinado y una hogaza de pan que posee el mismo valor se cambian uno por otro: son el mismo valor, solo que en material distinto. Como valor, la mercancía es a la vez equivalente de todas las demás mercancías en una proporción determinada. Como valor, la mercancía es equivalente; como equivalente, todas sus propiedades naturales quedan borradas en ella; ya no está en ninguna relación cualitativa particular con las demás mercancías, sino que es tanto la medida general como el representante general como el medio general de cambio de todas las demás mercancías. Como valor, es dinero. Pero, como la mercancía, o más bien el producto o el instrumento de producción, es distinta de sí misma como valor, como valor es distinta de sí misma como producto. Su propiedad de valor no solo puede, sino que tiene que adquirir a la vez una existencia distinta de su existencia natural. ¿Por qué? Porque, como las mercancías, en tanto que valores, solo se distinguen cuantitativamente unas de otras, cada mercancía tiene que ser cualitativamente distinta de su propio valor. Su valor tiene que poseer, por tanto, una existencia cualitativamente distinguible de ella, y en el cambio real esta separabilidad tiene que convertirse en separación real, porque la diversidad natural de las mercancías tiene que entrar en contradicción con su equivalencia económica, y ambas solo pueden coexistir si la mercancía adquiere una existencia doble: junto a la natural, una puramente económica, en la que es un mero signo, una letra, de una relación de producción, un mero signo de su propio valor. Como valor, toda mercancía es divisible por igual; en su existencia natural no lo es. Como valor, sigue siendo la misma por muchas metamorfosis y formas de existencia que recorra; en la realidad, las mercancías solo se cambian porque son desiguales y responden a sistemas distintos de necesidades. Como valor es general; como mercancía real, una particularidad. Como valor es siempre cambiable; en el cambio real solo lo es si cumple condiciones particulares. Como valor, la medida de su cambiabilidad está determinada por ella misma: el valor de cambio expresa precisamente la proporción en que sustituye a otras mercancías; en el cambio real solo es cambiable en cantidades que dependen de sus propiedades naturales y que responden a las necesidades de los que cambian. (En suma, todas las propiedades que se enumeran como propiedades particulares del dinero son propiedades de la mercancía como valor de cambio; del producto como valor a diferencia del valor como producto.) (El valor de cambio de la mercancía, como existencia particular junto a la mercancía misma, es el dinero; la forma en que todas las mercancías se igualan, se comparan, se miden; en la que todas las mercancías se disuelven y que se disuelve en todas las mercancías; el equivalente general.) A cada momento, al hacer cuentas, al llevar libros, etc., transformamos las mercancías en signos de valor, las fijamos como meros valores de cambio, abstrayendo de su materia y de todas sus propiedades naturales. Sobre el papel, en la cabeza, esta metamorfosis se produce por mera abstracción; pero en el cambio real hace falta una mediación real, un medio para llevar a cabo esa abstracción. La mercancía, en sus propiedades naturales, no es ni constantemente cambiable ni cambiable por cualquier otra mercancía; no lo es en su igualdad natural consigo misma, sino puesta como desigual a sí misma, como algo desigual de sí, como valor de cambio. Tenemos que convertirla primero en sí misma en valor de cambio, para luego comparar ese valor de cambio con otros y trocarlo. En el trueque más tosco, cuando se cambian 2 mercancías una por otra, cada una se iguala primero a un signo que expresa su valor de cambio; p. ej., entre ciertos negros de las costas de África occidental, = x bars [barras]. Una mercancía es = 1 bar; la otra, = 2 bars. En esa proporción se cambian. Las mercancías se convierten primero en la cabeza y en el lenguaje en bars, antes de cambiarse unas por otras. Se tasan antes de cambiarse, y para tasarlas hay que ponerlas en proporciones numéricas determinadas unas con otras. Para ponerlas en tales proporciones numéricas y hacerlas conmensurables, tienen que recibir la misma denominación (unidad). (La bar posee una existencia meramente imaginaria, del mismo modo que, en general, una relación solo puede recibir por abstracción una encarnación particular, ser a su vez individualizada.) Para cubrir en el cambio el excedente de un valor sobre el otro, para liquidar el saldo [balance], ya en el trueque más tosco, como ahora en el comercio internacional, se requiere el pago en dinero. Los productos (o actividades) solo se cambian como mercancías; las mercancías, en el cambio mismo, solo existen como valores; solo como tales se comparan. Para determinar el peso de pan que puedo cambiar por una vara de lienzo, pongo primero la vara de lienzo = su valor de cambio, es decir, = 1/x de tiempo de trabajo. Igualmente pongo la libra de pan = su valor de cambio = 1/x o 2/x, etc., de tiempo de trabajo. Pongo cada una de las mercancías = un tercero; es decir, ||14| desigual a sí misma. Este tercero, distinto de ambas, puesto que expresa una relación, existe de entrada en la cabeza, en la representación, del mismo modo que las relaciones en general solo pueden ser pensadas si se las quiere fijar, a diferencia de los sujetos que están en relación. Cuando un producto (o actividad) se convierte en valor de cambio, no solo se transforma en una relación cuantitativa determinada, en un número relativo —a saber, en un número que expresa qué cantidad de otras mercancías le es igual, su equivalente, o en qué proporción es el equivalente de otras mercancías—, sino que tiene que transformarse a la vez cualitativamente, convertirse en otro elemento, para que ambas mercancías se conviertan en magnitudes denominadas, con la misma unidad, y por tanto conmensurables. La mercancía tiene que convertirse primero en tiempo de trabajo, es decir, en algo cualitativamente distinto de ella (cualitativamente distinto 1) porque ella no es tiempo de trabajo como tiempo de trabajo, sino tiempo de trabajo materializado; tiempo de trabajo no en la forma del movimiento, sino del reposo; no del proceso, sino del resultado; 2) porque no es la objetivación del tiempo de trabajo en general, que solo existe en la representación (que no es él mismo más que el trabajo separado de su cualidad, solo cuantitativamente distinto), sino el resultado determinado de un trabajo determinado, naturalmente determinado, cualitativamente distinto de otros trabajos), para luego, como cuanto determinado de tiempo de trabajo, como magnitud determinada de trabajo, compararse con otros cuantos de tiempo de trabajo, con otras magnitudes de trabajo. Para la mera comparación —la tasación de los productos—, para su determinación ideal del valor, basta con llevar a cabo esta transformación en la cabeza (una transformación en la que el producto existe meramente como expresión de relaciones cuantitativas de producción). Para comparar las mercancías basta esta abstracción; en el cambio real, la abstracción tiene que volver a objetivarse, simbolizarse, realizarse mediante un signo. Esta necesidad aparece: 1) como ya hemos dicho, las mercancías que se han de cambiar se convierten ambas en la cabeza en relaciones de magnitud comunes, en valores de cambio, y así se tasan una frente a otra. Pero, si han de trocarse realmente, sus propiedades naturales entran en contradicción con su determinación como valores de cambio y como números meramente denominados. No son divisibles a voluntad, etc. 2) En el cambio real se cambian siempre mercancías particulares por mercancías particulares, y la cambiabilidad de cada mercancía, como la proporción en que es cambiable, depende de condiciones locales y temporales, etc. Pero la transformación de la mercancía en valor de cambio no la iguala a una determinada otra mercancía, sino que la expresa como equivalente, expresa su relación de cambiabilidad con todas las demás mercancías. Esta comparación, que en la cabeza se hace de un golpe, en la realidad solo se realiza en un ámbito determinado, determinado por la necesidad, y solo sucesivamente. (P. ej., cambio sucesivamente una renta de 100 táleros, según lo piden mis necesidades, por todo un ámbito de mercancías cuya suma = el valor de cambio de 100 táleros.) Así pues, para realizar de un golpe la mercancía como valor de cambio y darle el efecto general del valor de cambio, no basta el cambio por una mercancía particular. Tiene que cambiarse por una tercera cosa que no sea a su vez una mercancía particular, sino el símbolo de la mercancía como mercancía, del valor de cambio de la mercancía misma; que represente, pues, digamos, el tiempo de trabajo como tal, digamos un trozo de papel o de cuero que represente una parte alícuota de tiempo de trabajo. (Semejante símbolo supone el reconocimiento general; solo puede ser un símbolo social; de hecho, no expresa más que una relación social.) Este símbolo representa las partes alícuotas del tiempo de trabajo; el valor de cambio en partes alícuotas tales que sean capaces de expresar, por simple combinación aritmética, todas las relaciones de los valores de cambio entre sí. Este símbolo, este signo material del valor de cambio, es un producto del cambio mismo, no la ejecución de una idea concebida a priori. (De hecho [in fact], la mercancía que se usa como mediadora del cambio solo poco a poco se convierte en dinero, en un símbolo; en cuanto eso ha ocurrido, un símbolo de ella puede a su vez sustituirla. Se convierte ahora en signo consciente del valor de cambio.)
El proceso es, pues, simplemente este: el producto se convierte en mercancía, es decir, en mero momento del cambio. La mercancía se transforma en valor de cambio. Para igualarla a sí misma como valor de cambio, se troca por un signo que la representa como el valor de cambio en cuanto tal. Como tal valor de cambio simbolizado, puede entonces cambiarse de nuevo en proporciones determinadas por cualquier otra mercancía. Al convertirse el producto en mercancía y la mercancía en valor de cambio, recibe primero en la cabeza una existencia doble. Esta duplicación ideal llega (y tiene que llegar) a que la mercancía aparezca doble en el cambio real: como producto natural por un lado, como valor de cambio por el otro. Es decir, su valor de cambio recibe una existencia materialmente separada de ella.|
|15| La determinación del producto en el valor de cambio trae consigo necesariamente, pues, que el valor de cambio reciba una existencia separada, desprendida del producto. El valor de cambio desprendido de las mercancías mismas y que existe él mismo como una mercancía junto a ellas es: el dinero. Todas las propiedades de la mercancía como valor de cambio aparecen en el dinero como un objeto distinto de ella, como una forma social de existencia desprendida de su forma natural de existencia. (Demostrar esto con más detalle enumerando las propiedades habituales del dinero.) (El material en que se expresa este símbolo no es en modo alguno indiferente, por diversas que sean las formas en que aparece en la historia. El desarrollo de la sociedad elabora, junto con el símbolo, también el material que le corresponde cada vez más, del cual luego vuelve a tratar de desprenderse; un símbolo, si no es arbitrario, requiere ciertas condiciones en el material en que se representa. Así, p. ej., los signos de las palabras tienen una historia. La escritura alfabética, etc.) El valor de cambio del producto engendra, pues, el dinero junto al producto. Del mismo modo que es imposible suprimir las complicaciones y contradicciones que nacen de la existencia del dinero junto a las mercancías particulares cambiando la forma del dinero (aunque las dificultades propias de una forma inferior del mismo puedan evitarse con una superior), igualmente imposible es suprimir el dinero mismo mientras el valor de cambio siga siendo la forma social de los productos. Hay que comprender esto con claridad para no plantearse tareas imposibles y para conocer los límites dentro de los cuales las reformas monetarias y las transformaciones de la circulación pueden remodelar las relaciones de producción y las relaciones sociales que descansan en ellas.
Las propiedades del dinero —1) como medida del cambio de mercancías; 2) como medio de cambio; 3) como representante de las mercancías (y por eso como objeto de los contratos); 4) como mercancía general junto a las mercancías particulares— se siguen todas simplemente de su determinación de valor de cambio separado de las mercancías mismas y objetivado. (La propiedad del dinero como mercancía general frente a todas las demás, como encarnación de su valor de cambio, lo convierte a la vez en la forma realizada y siempre realizable del capital; en la forma de manifestación siempre válida del capital, propiedad que se pone de relieve en las fugas de metal en barras [bullion drains]; que hace que el capital aparezca históricamente primero solo en la forma del dinero; que explica, por último, la conexión del dinero con el tipo de interés y su influencia sobre él.)
Cuanto más se configura la producción de tal modo que cada productor pasa a depender del valor de cambio de su mercancía, es decir, cuanto más se convierte realmente el producto en valor de cambio y el valor de cambio en el objeto inmediato de la producción, tanto más tienen que desarrollarse las relaciones dinerarias y las contradicciones inmanentes a la relación dineraria, a la relación del producto consigo mismo como dinero. La necesidad del cambio y la transformación del producto en puro valor de cambio avanzan en la misma medida que la división del trabajo, es decir, con el carácter social de la producción. Pero en la misma medida en que este crece, crece el poder del dinero, es decir, la relación de cambio se fija como un poder exterior a los productores e independiente de ellos. Lo que en un principio aparecía como medio para fomentar la producción se convierte en una relación ajena a los productores. En la misma proporción en que los productores pasan a depender del cambio, el cambio parece independizarse de ellos y crecer el abismo entre el producto como producto y el producto como valor de cambio. El dinero no produce estas oposiciones y contradicciones; es el desarrollo de estas contradicciones y oposiciones el que produce el poder aparentemente trascendental del dinero. (Desarrollar la influencia de la transformación de todas las relaciones en relaciones dinerarias: del impuesto en especie en impuesto en dinero, de la renta en especie en renta en dinero, del servicio militar en tropa mercenaria, en general de todas las prestaciones personales en prestaciones en dinero, del trabajo patriarcal, esclavo, de siervo y gremial en puro trabajo asalariado.)
El producto se convierte en mercancía; la mercancía se convierte en valor de cambio; el valor de cambio de la mercancía es su propiedad dineraria inmanente; esta propiedad dineraria suya se desprende de ella como dinero, adquiere una existencia social general, separada de todas las mercancías particulares y de su modo natural de existencia; la relación del producto consigo mismo como valor de cambio se convierte en su relación con un dinero que existe junto a él, o en la relación de todos los productos con el dinero que existe fuera de todos ellos. Así como el cambio real de los productos engendra su valor de cambio, su valor de cambio engendra el dinero.
La pregunta siguiente que se nos plantea ahora es esta: la existencia del dinero junto a las mercancías ¿no encierra de antemano contradicciones dadas con esta relación misma?
Primero: el simple hecho de que la mercancía existe doblemente, una vez como producto determinado que contiene idealmente su valor de cambio en su forma natural de existencia (lo contiene latente), y otra como valor de cambio manifiesto (dinero), que a su vez se ha despojado de toda conexión con la forma natural de existencia del producto, esta existencia doble y distinta tiene que avanzar hasta la diferencia, la diferencia hasta la oposición y la ||16| contradicción. La misma contradicción entre la naturaleza particular de la mercancía como producto y su naturaleza general como valor de cambio, que engendró la necesidad de ponerla doblemente, una vez como esta mercancía determinada, la otra como dinero, la contradicción entre sus propiedades naturales particulares y sus propiedades sociales generales, contiene de antemano la posibilidad de que estas dos formas separadas de existencia de la mercancía no sean convertibles una en otra. La cambiabilidad de la mercancía existe en el dinero como una cosa junto a ella, como algo distinto de ella, ya no inmediatamente idéntico. En cuanto el dinero es una cosa exterior junto a la mercancía, la cambiabilidad de la mercancía por dinero queda ligada de inmediato a condiciones exteriores, que pueden darse o no; queda a merced de condiciones exteriores. La mercancía se demanda en el cambio por sus propiedades naturales, por las necesidades de las que es objeto. El dinero, en cambio, solo por su valor de cambio, como valor de cambio. Si la mercancía es convertible en dinero, si puede cambiarse por él, si puede ponerse por ella su valor de cambio, depende por tanto de circunstancias que, en principio, nada tienen que ver con ella como valor de cambio y son independientes de ello. La convertibilidad de la mercancía depende de las propiedades naturales del producto; la del dinero coincide con su existencia como valor de cambio simbolizado. Se hace, pues, posible que la mercancía, en su forma determinada de producto, ya no pueda trocarse, igualarse con su forma general de dinero.
Al existir la cambiabilidad de la mercancía fuera de ella como dinero, se ha convertido en algo distinto de ella, ajeno a ella; con lo que primero tiene que ser igualada, a lo que, por tanto, es de entrada [d'abord] desigual; mientras que la igualación misma pasa a depender de condiciones exteriores, y se vuelve, pues, fortuita.
Segundo: así como el valor de cambio de la mercancía existe doblemente, como la mercancía determinada y como dinero, el acto del cambio se descompone en 2 actos independientes entre sí: cambio de la mercancía por dinero, cambio del dinero por mercancía; compra y venta. Como estos han adquirido ahora una forma de existencia separada en el espacio y en el tiempo, indiferentes uno a otro, cesa su identidad inmediata. Pueden corresponderse y no corresponderse; pueden coincidir o no; pueden entrar en desproporción entre sí. Tratarán, es cierto, de igualarse constantemente; pero en lugar de la anterior igualdad inmediata ha aparecido ahora el movimiento constante de la igualación, que presupone precisamente una constante desigualación. La consonancia plena solo puede alcanzarse ahora, posiblemente, atravesando las disonancias más extremas.
Tercero. Con la separación de la compra y la venta, con la escisión del cambio en dos actos independientes entre sí en el espacio y en el tiempo, surge además otra relación nueva.
Así como el cambio mismo se escinde en dos actos independientes entre sí, el movimiento global del cambio se separa a su vez de los que cambian, de los productores de las mercancías. El cambio por el cambio se separa del cambio por las mercancías. Entre los productores se interpone un estamento mercantil, un estamento que solo compra para vender y solo vende para volver a comprar, y que en esta operación no persigue la posesión de las mercancías como productos, sino únicamente la obtención de valores de cambio como tales, de dinero. (En el mero trueque puede formarse un estamento mercantil. Pero, como solo dispone del excedente de la producción de ambas partes, su influencia sobre la producción misma sigue siendo enteramente secundaria, como toda su importancia.) A la autonomización del valor de cambio en el dinero, arrancado de los productos, corresponde la autonomización del cambio (del comercio) como función arrancada de los que cambian. El valor de cambio era la medida del cambio de mercancías; pero su fin era la posesión directa de la mercancía cambiada, su consumo (ya consista este consumo en que sirva directamente para satisfacer necesidades, como producto, o a su vez como herramienta de producción). El fin del comercio no es directamente el consumo, sino la adquisición de dinero, de valores de cambio. Con esta duplicación del cambio —del cambio por el consumo y del cambio por el cambio— surge una nueva desproporción. El comerciante, en su cambio, solo está determinado por la diferencia entre la compra y la venta de las mercancías; pero el consumidor tiene que reponer definitivamente el valor de cambio de la mercancía que compra. La circulación, el cambio dentro del estamento mercantil, y el término de la circulación, el cambio entre el estamento mercantil y los consumidores, por mucho que al final tengan que condicionarse recíprocamente, están determinados por leyes y motivos completamente distintos y pueden entrar en la mayor contradicción entre sí. Ya en esta separación reside la posibilidad de las crisis comerciales. Pero, como la producción trabaja inmediatamente para el comercio y solo mediatamente para ||17| el consumo, tiene que verse alcanzada por esta incongruencia entre el comercio y el cambio para el consumo tanto como, por su parte, tiene que engendrarla. (Las relaciones de demanda y oferta se invierten por completo.) (Del comercio propiamente dicho se separa luego a su vez el negocio del dinero.) Aforismos. (Todas las mercancías son dinero perecedero; el dinero es la mercancía imperecedera. Cuanto más se desarrolla la división del trabajo, tanto más deja el producto inmediato de ser un medio de cambio. Surge la necesidad de un medio de cambio general, es decir, de un medio de cambio independiente de la producción específica de cada cual. En el dinero, el valor de las cosas está separado de su sustancia. El dinero es originariamente el representante de todos los valores; en la práctica la cosa se invierte, y todos los productos y trabajos reales se convierten en los representantes del dinero. En el trueque inmediato no todo artículo puede cambiarse por cualquier artículo, y una actividad determinada solo puede cambiarse por productos determinados. Las dificultades que encierra el trueque solo puede suprimirlas el dinero generalizándolas, haciéndolas universales. Es absolutamente necesario que los elementos separados violentamente, que en esencia van juntos, se muestren mediante una erupción violenta como separación de algo que en esencia va junto. La unidad se restablece violentamente. En cuanto la escisión hostil lleva a erupciones, los economistas señalan la unidad esencial y abstraen del extrañamiento. Su sabiduría apologética consiste en olvidar, en todos los momentos decisivos, sus propias determinaciones. El producto como medio de cambio inmediato está 1) todavía inmediatamente ligado a su cualidad natural, y por tanto limitado por ella en todos los sentidos; puede, p. ej., deteriorarse, etc.; 2) a la necesidad inmediata que el otro tenga o no tenga precisamente de este producto, o también de su producto. Al someterse al cambio el producto del trabajo y el trabajo mismo, entra un momento en que se separan de su poseedor. Que de esta separación vuelvan a él bajo otra figura se vuelve fortuito. Al entrar el dinero en el cambio, me veo obligado a cambiar mi producto por el valor de cambio general o la capacidad de cambio general, y así mi producto pasa a depender del comercio [commerce] general y es arrancado de sus límites locales, naturales e individuales. Precisamente por ello puede dejar de ser un producto.) Cuarto: así como el valor de cambio, en el dinero, se coloca como mercancía general junto a todas las mercancías particulares, así también, por ello mismo, el valor de cambio se coloca en el dinero como mercancía particular (puesto que posee una existencia particular) junto a todas las demás mercancías. No solo surge con ello una incongruencia, porque el dinero, al existir solo en el cambio, se enfrenta como la capacidad de cambio general a la capacidad de cambio particular de las mercancías y la borra inmediatamente, y sin embargo ambas deben seguir siendo constantemente convertibles una en otra; sino que, además, el dinero entra en contradicción consigo mismo y con su determinación por el hecho de ser él mismo una mercancía particular (aunque solo sea un signo) y de quedar sometido, por tanto, en su cambio por otras mercancías, a su vez a condiciones de cambio particulares que contradicen su cambiabilidad general e incondicionada. (Aquí aún no se habla en absoluto del dinero como fijado en la sustancia de un producto determinado, etc.) El valor de cambio adquirió, junto a su existencia en la mercancía, una existencia propia en el dinero; fue separado de su sustancia precisamente porque la determinidad natural de esa sustancia contradecía su determinación general como valor de cambio. Cada mercancía es igual a la otra (o comparable con ella) como valor de cambio (cualitativamente: cada una ya solo representa un + o − cuantitativo del valor de cambio). Por eso esta igualdad suya, esta unidad suya, es distinta de su diversidad natural; y aparece por tanto en el dinero a la vez como su elemento común y como un tercero frente a ellas. Pero, por un lado, el valor de cambio sigue siendo naturalmente a la vez una cualidad inherente a las mercancías, mientras que al mismo tiempo existe fuera de ellas; por otro, el dinero, al no existir ya como propiedad de las mercancías, como algo general de ellas, sino individualizado junto a ellas, se convierte él mismo en una mercancía particular junto a las demás mercancías, determinable por la demanda y la oferta; se descompone en clases particulares de dinero, etc.). Se convierte en una mercancía como las demás mercancías, y a la vez no es una mercancía como las demás mercancías. A pesar de su determinación general, es algo cambiable junto a otras cosas cambiables. No es solo el valor de cambio general, sino a la vez un valor de cambio particular junto a otros valores de cambio particulares. He aquí una nueva fuente de contradicciones, que se hacen valer en la práctica. (En la separación del negocio del dinero respecto del comercio real vuelve a salir a la luz la naturaleza particular del dinero.)
Vemos, pues, cómo es inmanente al dinero cumplir sus fines negándolos a la vez; autonomizarse frente a las mercancías; pasar de medio a fin; realizar el valor de cambio de las mercancías desprendiéndolas de él; facilitar el cambio escindiéndolo; ||18| superar las dificultades del cambio inmediato de mercancías generalizándolas; autonomizar el cambio frente a los productores en el mismo grado en que los productores pasan a depender del cambio.
(Será necesario más adelante, antes de dejar esta cuestión, corregir la manera idealista de la exposición, que produce la apariencia de que se trata solo de determinaciones conceptuales y de la dialéctica de esos conceptos. Así, ante todo, la frase: el producto (o la actividad) se convierte en mercancía; la mercancía, en valor de cambio; el valor de cambio, en dinero.)
(Econ. 24 Jan. 1857. La frase siguiente, a tener en cuenta en su momento a propósito de los bancos:
«En la medida en que las clases mercantiles participan, como hoy hacen muy en general, en las ganancias de los bancos —y pueden hacerlo en grado aún mayor con la difusión más amplia de los bancos por acciones, la abolición de todos los privilegios corporativos y la extensión de la plena libertad al negocio bancario—, se han enriquecido con el alza de los tipos del dinero. En verdad, las clases mercantiles, por el volumen de sus depósitos, son virtualmente sus propios banqueros; y en la medida en que es así, el tipo de descuento tiene que importarles poco. Todas las reservas bancarias y de otra clase tienen que ser, por supuesto, el resultado de una industria continua y de ahorros apartados de las ganancias; y, por consiguiente, tomando en conjunto a las clases mercantiles o industriosas, tienen que ser sus propios banqueros; y basta con que los principios del librecambio se extiendan a todos los negocios para que se igualen o neutralicen para ellas las ventajas y desventajas de todas las fluctuaciones del mercado de dinero».)
Todas las contradicciones del sistema monetario y del cambio de productos bajo el sistema monetario son el desarrollo de la relación de los productos como valores de cambio, de su determinación como valor de cambio o valor sin más.
(Morn. Star. 12 Febr. 1857. «La estrechez de dinero del año pasado, y el alto tipo de descuento que se adoptó en consecuencia, han sido muy beneficiosos para la cuenta de ganancias del Banco de Francia. Su dividendo no ha dejado de aumentar: 118 francos en 1852, 154 francos en 1853, 194 francos en 1854, 200 francos en 1855, 272 francos en 1856».)
De notar también el pasaje siguiente: «Las monedas de plata inglesas se emiten a un precio superior al valor de la plata que contienen. Una libra de plata, que en valor intrínseco era de 60-62 chelines (3 libras esterlinas en oro, por término medio), se acuñaba en 66 chelines. La Casa de la Moneda paga el precio de mercado del día, de 5 chelines a 5 chelines 2 peniques la onza, y emite a razón de 5 chelines 6 peniques la onza. Hay dos razones que impiden que de este arreglo resulte inconveniente práctico alguno: (de fichas de plata [silver tokens], no de valor intrínseco) primera, la moneda solo puede obtenerse en la Casa de la Moneda, y a ese precio; como circulación interior, pues, no puede depreciarse, y no puede enviarse al extranjero porque aquí circula por más de su valor intrínseco; y segunda, como solo es de curso legal [legal tender] hasta 40 chelines, nunca interfiere con las monedas de oro ni afecta a su valor». Aconseja a Francia que emita igualmente monedas subsidiarias de fichas de plata, sin valor intrínseco, y que limite la cuantía hasta la cual sean de curso legal. Pero, al mismo tiempo, que al fijar la ley de la moneda tome un margen entre el valor intrínseco y el nominal mayor que el que tenemos en Inglaterra, porque el valor creciente de la plata respecto del oro puede muy probablemente subir dentro de poco hasta nuestro actual precio de la Casa de la Moneda, y entonces podemos vernos obligados a alterarlo de nuevo. Nuestra moneda de plata está ahora poco más de un 5% por debajo del valor intrínseco: hace poco tiempo, un 10%. (Econ. 24 Jan. 1857)
Podría pensarse ahora que la emisión de bonos horarios supera todas estas dificultades. (La existencia del bono horario presupone naturalmente ya condiciones que no están dadas inmediatamente en el examen de la relación entre valor de cambio y dinero, y sin las cuales ambos pueden existir y existen: «crédito público», banco, etc.; pero no hay que tocar aquí nada de todo esto, ya que los hombres del bono horario lo consideran naturalmente como el producto último de la «serie», que, si es lo que más responde al concepto «puro» del dinero, es lo último en «aparecer» en la realidad.) Ante todo: si se dan por cumplidos los presupuestos bajo los cuales el precio de las mercancías = su valor de cambio —coincidencia de demanda y oferta, de producción y consumo, en última instancia producción proporcionada [proportionate production] (las llamadas relaciones de distribución son ellas mismas relaciones de producción)—, la cuestión del dinero se vuelve enteramente secundaria, y en especial la cuestión de si se emiten bonos [tickets], azules o verdes, de hojalata o de papel, o en qué otra forma se lleva la contabilidad social. Es entonces de lo más absurdo mantener el pretexto de que se trata de investigar las relaciones dinerarias reales.||19| El banco (cualquier banco [any bank]) emite los bonos horarios. La mercancía a = el valor de cambio x, es decir, = x tiempo de trabajo, se cambia por dinero que representa x tiempo de trabajo. El banco tendría igualmente que comprar la mercancía, es decir, cambiarla por su representante monetario, como, p. ej., el Banco de Inglaterra tiene que dar hoy billetes por oro. La mercancía, la existencia sustancial y por ello fortuita del valor de cambio, se cambia por la existencia simbólica del valor de cambio como valor de cambio. No hay así dificultad alguna en convertirla de la forma de la mercancía en la forma del dinero. El tiempo de trabajo que contiene solo necesita ser verificado auténticamente (lo cual, dicho sea de paso, no es tan fácil como probar la ley y el peso del oro y la plata), y con ello engendra en el acto su contravalor [contrevaleur], su existencia como dinero. Por más vueltas que le demos a la cosa, en última instancia se reduce a esto: el banco que emite los bonos horarios compra la mercancía a sus costes de producción, compra todas las mercancías, y además comprar no le cuesta nada más que la producción de recortes de papel, que da al vendedor, en lugar del valor de cambio que este posee en una forma sustancial determinada, el valor de cambio simbólico de la mercancía; en otras palabras, una libranza sobre todas las demás mercancías por el importe del mismo valor de cambio. El valor de cambio como tal solo puede existir, naturalmente, de modo simbólico, aunque este símbolo, para poder emplearlo como cosa —no solo como forma de representación—, posee existencia material [sachlich]; no es solo representación ideal, sino que está realmente representado de modo objetivo. (Una medida puede guardarse en la mano; el valor de cambio mide, pero solo cambia si la medida pasa de una mano a otra.) Así pues, el banco da dinero por la mercancía; dinero que es exactamente una libranza sobre el valor de cambio de la mercancía, es decir, sobre todas las mercancías del mismo valor: el banco compra. El banco es el comprador general, el comprador no solo de esta o aquella mercancía, sino de toda mercancía. Pues ha de efectuar precisamente la conversión de cada mercancía en su existencia simbólica como valor de cambio. Pero, si es el comprador general, tiene que ser también el vendedor general; no solo el depósito [Dock] donde se depositan todas las mercancías, no solo el almacén general, sino el poseedor de las mercancías, en el mismo sentido en que lo es cualquier otro comerciante. He cambiado mi mercancía a por el bono horario b, que representa su valor de cambio; pero solo para poder ahora metamorfosear a voluntad este b en todas las mercancías reales c, d, e, etc. ¿Puede ahora este dinero circular fuera del banco? ¿De otro modo que entre el tenedor del bono y el banco? ¿Qué asegura la convertibilidad de este bono? Solo caben 2 casos. O bien todos los poseedores de mercancías (productos o trabajo) quieren vender su mercancía a su valor de cambio, o bien unos quieren y otros no. Si todos quieren vender a su valor de cambio, no esperarán al azar de que se encuentre o no un comprador, sino que irán en el acto al banco, le cederán la mercancía y recibirán a cambio su signo de valor de cambio, dinero: la canjearán por su propio dinero. En este caso el banco es a la vez el comprador y el vendedor general en una sola persona. O bien ocurre lo contrario. En este caso el billete del banco es mero papel, pretende solo ser el símbolo generalmente reconocido del valor de cambio, pero no tiene valor. Pues este símbolo tiene de propio que no solo representa el valor de cambio, sino que en el cambio real es ese mismo valor. En el último caso, el billete del banco no sería dinero, o solo sería dinero convencional entre el banco y sus clientes, no en el mercado general. Sería lo mismo que una docena de vales de comida que recibo por abono en una fonda, o una docena de entradas de teatro, que representan ambos dinero, pero los unos solo son dinero en esta mesa determinada, y las otras en este teatro determinado. El billete del banco habría dejado de responder a las exigencias del dinero, puesto que no circularía en el público general [general public], sino solo entre el banco y sus clientes. Tenemos, pues, que abandonar este último supuesto. El banco sería, pues, el comprador y el vendedor general. En lugar de billetes, podría emitir también cheques, y en lugar de estos llevar simples cuentas en libros [bookaccounts]. Según la suma de valores de mercancías que X le hubiera cedido, tendría a su favor la misma suma de valor en otras mercancías. Un segundo atributo del banco sería necesariamente fijar de modo auténtico el valor de cambio de todas las mercancías, es decir, el tiempo de trabajo materializado en ellas. Pero sus funciones no podrían acabar aquí. Tendría que determinar el tiempo de trabajo en que pueden producirse las mercancías con los medios de que dispone la industria por término medio, el tiempo en que tienen que producirse. Pero tampoco eso bastaría. No solo tendría que determinar el tiempo en que tiene que producirse una cierta cantidad de productos y poner a los productores en condiciones tales que su trabajo sea igualmente productivo (y, por tanto, igualar y ordenar también la distribución de los medios de trabajo), sino que tendría que ||20| determinar los cuantos de tiempo de trabajo que han de dedicarse a las distintas ramas de la producción. Esto último sería necesario porque, para realizar el valor de cambio, para hacer realmente convertible su dinero, habría que asegurar la producción general, y en proporciones tales que se satisfagan las necesidades de los que cambian. Eso no es todo. El mayor cambio no es el de mercancías, sino el de trabajo por mercancías. (Enseguida más sobre esto.) Los obreros no venderían su trabajo al banco, sino que recibirían el valor de cambio por el producto íntegro de su trabajo, etc. Bien mirado, el banco no sería entonces solo el comprador y el vendedor general, sino también el productor general. De hecho, o sería el gobierno despótico de la producción y administrador de la distribución, o no sería de hecho más que una junta [board] que llevara los libros y las cuentas de la sociedad que trabaja en común. Se presupone la comunidad de los medios de producción, etc., etc. Los saintsimonianos hicieron de su banco el papado de la producción.
La disolución de todos los productos y actividades en valores de cambio presupone tanto la disolución de todas las relaciones fijas de dependencia personal (históricas) en la producción como la dependencia universal de los productores unos de otros. Tanto la producción de cada individuo depende de la producción de todos los demás como la transformación de su producto en medios de vida para él mismo ha pasado a depender del consumo de todos los demás. Los precios son antiguos; también el cambio; pero tanto la determinación de los unos cada vez más por los costes de producción como la extensión del otro a todas las relaciones de producción solo se han desarrollado plenamente, y se desarrollan cada vez más plenamente, en la sociedad burguesa, la sociedad de la libre concurrencia. Lo que Adam Smith, a la auténtica manera del siglo XVIII, sitúa en el periodo prehistórico, hace preceder a la historia, es más bien su producto.
Esta dependencia recíproca se expresa en la constante necesidad del cambio y en el valor de cambio como mediador universal. Los economistas lo expresan así: cada uno persigue su interés privado y solo su interés privado, y con ello sirve, sin quererlo ni saberlo, a los intereses privados de todos, a los intereses generales. La gracia no está en que, al perseguir cada uno su interés privado, se alcance el conjunto de los intereses privados, es decir, el interés general. Más bien podría deducirse de esta frase abstracta que cada uno obstaculiza recíprocamente la afirmación del interés de los demás, y que de esta guerra de todos contra todos [bellum omnium contra omnes] resulta, en lugar de una afirmación general, más bien una negación general. La clave está más bien en que el interés privado mismo es ya un interés socialmente determinado y solo puede alcanzarse dentro de las condiciones puestas por la sociedad y con los medios dados por ella; que está ligado, por tanto, a la reproducción de esas condiciones y medios. Es el interés de los particulares; pero su contenido, así como la forma y los medios de su realización, están dados por condiciones sociales independientes de todos.
La dependencia recíproca y universal de los individuos indiferentes unos a otros constituye su conexión social. Esta conexión social se expresa en el valor de cambio, en el que para cada individuo su propia actividad o su producto solo se convierte en una actividad y un producto para él; tiene que producir un producto general: el valor de cambio o, aislado este para sí, individualizado, el dinero. Por otro lado, el poder que cada individuo ejerce sobre la actividad de los demás o sobre las riquezas sociales reside en él como propietario de valores de cambio, de dinero. Lleva consigo en el bolsillo su poder social, así como su conexión con la sociedad. La actividad, sea cual sea su forma individual de manifestación, y el producto de la actividad, sea cual sea su índole particular, es el valor de cambio, es decir, algo general en lo que toda individualidad, toda peculiaridad, queda negada y borrada. Es este, de hecho, un estado muy distinto de aquel en que el individuo, o el individuo ampliado de modo natural23 o histórico en la familia y la tribu (más tarde, la entidad comunitaria), se reproduce directamente a partir de la naturaleza, o en que su actividad productiva y su participación en la producción están asignadas a una forma determinada del trabajo y del producto, y su relación con otros está determinada de igual modo.
El carácter social de la actividad, así como la forma social del producto y la participación del individuo en la producción, aparecen aquí frente a los individuos como algo ajeno, como algo cósico [sachlich];24 no como el comportarse de unos con otros, sino como su subordinación a relaciones que existen independientemente de ellos y que nacen del choque de los individuos indiferentes unos con otros. El cambio general de las actividades y los productos, que se ha convertido en condición de vida para cada individuo singular, su conexión recíproca, se les aparece a ellos mismos como ajeno, independiente, como una cosa. En el valor de cambio, la relación social de las personas se ha transformado en un comportamiento ||21| social de las cosas; la capacidad personal, en una capacidad cósica. Cuanto menos fuerza social posee el medio de cambio, cuanto más ligado está todavía a la naturaleza del producto inmediato del trabajo y a las necesidades inmediatas de los que cambian, tanto mayor tiene que ser todavía la fuerza de la entidad comunitaria que mantiene unidos a los individuos: relación patriarcal, entidad comunitaria antigua, feudalismo y régimen gremial. (Véase mi cuaderno, XII, 34 b.) Cada individuo posee el poder social bajo la forma de una cosa. Arrebatad a la cosa este poder social y tendréis que dárselo a personas sobre personas. Las relaciones de dependencia personal (al principio enteramente naturales) son las primeras formas de sociedad, en las que la productividad humana solo se desarrolla en escasa medida y en puntos aislados. La independencia personal fundada en la dependencia cósica es la segunda gran forma, en la que solo entonces se forma un sistema de metabolismo social general, de relaciones universales, de necesidades multilaterales y de capacidades universales. La individualidad libre, fundada en el desarrollo universal de los individuos y en la subordinación de su productividad comunitaria, social, como su patrimonio social, es el 3.er estadio. El 2.º crea las condiciones del 3.º. Los estados patriarcales, como los antiguos (e igualmente los feudales), decaen, por tanto, con el desarrollo del comercio, del lujo, del dinero, del valor de cambio, en la misma medida en que la sociedad moderna crece al mismo paso que ellos.
El cambio y la división del trabajo se condicionan recíprocamente. Como cada uno trabaja para sí y su producto no es nada para él, tiene naturalmente que cambiar, no solo para participar de la capacidad general de producción, sino para transformar su propio producto en un medio de vida para sí mismo. (Véanse mis «Observaciones sobre economía», p. V (13, 14).) El cambio, en cuanto mediado por el valor de cambio y el dinero, presupone ciertamente la dependencia universal de los productores unos de otros, pero a la vez el aislamiento completo de sus intereses privados y una división del trabajo social cuya unidad y complementación recíproca existen, por así decirlo, como una relación natural fuera de los individuos, independientemente de ellos. La presión mutua de la demanda y la oferta generales media la conexión de los indiferentes unos a otros.
La necesidad misma de transformar primero el producto o la actividad de los individuos en la forma del valor de cambio, en dinero, y el hecho de que solo en esta forma cósica reciban y demuestren su poder social, demuestran dos cosas: 1) que los individuos ya solo producen para la sociedad y en la sociedad; 2) que su producción no es inmediatamente social, no es el fruto de una asociación [the offspring of association] que reparta el trabajo entre sus miembros. Los individuos están subsumidos bajo la producción social, que existe fuera de ellos como una fatalidad; pero la producción social no está subsumida bajo los individuos que la manejen como su patrimonio común. Nada puede ser, pues, más falso y absurdo que presuponer, sobre la base del valor de cambio, del dinero, el control de los individuos asociados sobre su producción global, como se hizo más arriba con el banco de los bonos horarios. El cambio privado de todos los productos del trabajo, capacidades y actividades está en oposición tanto a la distribución fundada en la supraordinación y subordinación (natural o política) de los individuos entre sí (en la que el cambio propiamente dicho solo corre al margen o, en general, más que apoderarse de la vida de entidades comunitarias enteras, se produce entre entidades comunitarias distintas, y en modo alguno somete todas las relaciones de producción y de intercambio) (sea cual sea el carácter que adopte esta supraordinación y subordinación: patriarcal, antiguo o feudal) como al libre cambio de individuos asociados sobre la base de la apropiación y el control comunes de los medios de producción. (Esta última asociación no es nada arbitrario: presupone el desarrollo de condiciones materiales y espirituales que no hay que exponer más en este punto.) Así como la división del trabajo engendra la aglomeración, la combinación, la cooperación, la oposición de los intereses privados, los intereses de clase, la concurrencia, la concentración del capital, el monopolio, las sociedades por acciones —todas ellas formas antagónicas de la unidad, que provoca la oposición misma—, así el cambio privado engendra el comercio mundial; la independencia privada, una dependencia completa del llamado mercado mundial; y los actos dispersos del cambio, un sistema bancario y crediticio cuya contabilidad ||22| constata al menos las compensaciones del cambio privado. En el tipo de cambio —por mucho que los intereses privados de cada nación la dividan en tantas naciones como individuos adultos [fullgrown individuals] posee, y que los intereses de los exportadores y los importadores de la misma nación se enfrenten aquí— el comercio nacional recibe una apariencia de existencia, etc., etc. Nadie creerá por ello poder suprimir mediante una reforma de la Bolsa los fundamentos del comercio privado interior o exterior. Pero dentro de la sociedad burguesa, basada en el valor de cambio, se engendran relaciones tanto de intercambio como de producción que son otras tantas minas para hacerla saltar. (Una masa de formas antagónicas de la unidad social, cuyo carácter antagónico, sin embargo, nunca puede hacerse saltar mediante una metamorfosis silenciosa. Por otra parte, si no encontráramos ocultas en la sociedad tal como es las condiciones materiales de producción y las relaciones de intercambio correspondientes para una sociedad sin clases, todos los intentos de hacerla saltar serían quijotadas.) Hemos visto que, aunque el valor de cambio = el tiempo de trabajo relativo materializado en los productos, y el dinero, por su parte, = el valor de cambio de las mercancías desprendido de su sustancia, en este valor de cambio o relación dineraria están contenidas contradicciones entre las mercancías y su valor de cambio, entre las mercancías como valores de cambio y el dinero. Hemos visto que un banco que engendre inmediatamente la contrafigura de la mercancía en el dinero-trabajo es una utopía. Así pues, aunque el dinero solo es el valor de cambio desprendido de la sustancia de las mercancías, y solo debe su origen a la tendencia de este valor de cambio a ponerse en estado puro, la mercancía no puede transformarse inmediatamente en dinero; es decir, el certificado auténtico del cuanto de tiempo de trabajo realizado en ella no puede servirle de precio en el mundo de los valores de cambio. ¿Cómo es esto? [How is this?]
(En una forma del dinero —en tanto que es medio de cambio (no medida del valor de cambio)— los economistas ven claro que la existencia del dinero presupone la cosificación de la conexión social; a saber, en la medida en que el dinero aparece como prenda que uno tiene que dejar en manos del otro para recibir de él una mercancía. Aquí los propios economistas dicen que los hombres conceden a la cosa (al dinero) la confianza que no se conceden unos a otros como personas. Pero ¿por qué conceden la confianza a la cosa? Evidentemente, solo como relación cosificada de las personas entre sí; como valor de cambio cosificado, y el valor de cambio no es más que una relación de la actividad productiva de las personas entre sí. Cualquier otra prenda puede ser útil directamente, como tal, al tenedor de la prenda; el dinero solo le es útil como «prenda de la sociedad», pero solo es tal prenda por su propiedad social (simbólica); y solo puede poseer propiedad social porque los individuos han extrañado de sí, como objeto, su propia relación social.)
En las listas de precios corrientes, en las que todos los valores se miden en dinero, se manifiesta a la vez la independencia del carácter social de las cosas respecto de las personas y, al mismo tiempo, la actividad del comercio por volver a someter a los individuos singulares, sobre esta base de extrañeza, las relaciones globales de producción y de intercambio, que aparecen frente al individuo singular, frente a todos los individuos singulares, como algo extraño. Como la autonomización del mercado mundial, si se quiere [if you please], (en el que está encerrada la actividad de cada individuo singular) crece con el desarrollo de las relaciones dinerarias (del valor de cambio), y viceversa, y crecen la conexión general y la dependencia universal en la producción y el consumo a la vez que la independencia e indiferencia recíprocas de consumidores y productores; como esta contradicción lleva a crisis, etc., se intenta, al mismo tiempo que se desarrolla este extrañamiento, suprimirlo en su propio terreno: listas de precios corrientes, cursos del cambio, conexiones de los comerciantes entre sí por cartas, telégrafos, etc. (los medios de comunicación crecen, naturalmente, al mismo tiempo), por los que cada individuo singular se procura información sobre la actividad de todos los demás y trata de ajustar la suya en consecuencia. (Es decir, aunque la demanda y la oferta de todos se desenvuelven independientemente de todos, cada uno trata de informarse del estado de la demanda y la oferta generales; y este saber actúa luego a su vez prácticamente sobre ellas. Aunque todo esto, desde el punto de vista dado, no suprime la extrañeza, da lugar a relaciones y conexiones que encierran en sí la posibilidad de suprimir el viejo punto de vista.) (La posibilidad de una estadística general, etc.) (Por lo demás, esto hay que desarrollarlo bajo las categorías de «precios, demanda y oferta». Aquí solo hay que señalar, por lo demás, que la visión de conjunto del comercio global y de la producción global, en la medida en que se tiene de hecho en las listas de precios corrientes, ofrece en efecto la mejor prueba de cómo su propio cambio y su propia producción se enfrentan a los individuos singulares como una relación cósica, independiente de ellos. En el mercado mundial, la conexión del individuo singular con todos, pero a la vez también la independencia ||23| de esta conexión respecto de los individuos singulares mismos, se ha desarrollado a tal altura que su formación contiene ya a la vez la condición de transición para salir de él.) La comparación en lugar de la comunidad y la generalidad reales. (Se ha dicho, y puede decirse, que lo bello y lo grande reside precisamente en esta conexión natural, en este metabolismo material y espiritual, independiente del saber y del querer de los individuos y que presupone justamente su independencia e indiferencia recíprocas. Y, sin duda, esta conexión cósica es preferible a su falta de conexión, o a una conexión solo local fundada en la sangre, en relaciones primitivas y naturales y en relaciones de señorío y servidumbre.25 Es igualmente cierto que los individuos no pueden subordinarse sus propias conexiones sociales antes de haberlas creado. Pero es absurdo concebir esa conexión meramente cósica como la conexión natural, inseparable de la naturaleza de la individualidad (en oposición al saber y querer reflexivos) e inmanente a ella. Es su producto. Es un producto histórico. Pertenece a una fase determinada de su desarrollo. La extrañeza y la autonomía con que aún existe frente a ellos solo prueban que todavía están ocupados en crear las condiciones de su vida social, en lugar de haberla empezado a partir de esas condiciones. Es la conexión, la conexión natural, de individuos dentro de relaciones de producción determinadas, limitadas. Los individuos universalmente desarrollados, cuyas relaciones sociales, como relaciones suyas propias, comunitarias, están sometidas también a su propio control comunitario, no son un producto de la naturaleza, sino de la historia. El grado y la universalidad del desarrollo de las capacidades en que se hace posible esta individualidad presuponen precisamente la producción sobre la base de los valores de cambio, que solo produce, con la generalidad del extrañamiento del individuo respecto de sí y de los demás, también la generalidad y universalidad de sus relaciones y facultades. En estadios anteriores del desarrollo, el individuo singular aparece más pleno, precisamente porque todavía no ha elaborado la plenitud de sus relaciones ni la ha contrapuesto a sí como poderes y relaciones sociales independientes de él. Tan ridículo como añorar aquella plenitud originaria es creer que hay que quedarse en este vaciamiento completo. La concepción burguesa nunca ha ido más allá de la oposición a esa concepción romántica, y por eso esta la acompañará como oposición legítima hasta su bienaventurado fin.)
(Como ejemplo puede tomarse aquí la relación del individuo singular con la ciencia.)
(Comparar el dinero con la sangre —la palabra circulación dio pie a ello— es más o menos tan acertado como el símil de Menenio Agripa entre los patricios y el estómago.26) (Comparar el dinero con el lenguaje no es menos falso. Las ideas no se transforman en el lenguaje de modo que se disuelva su peculiaridad y su carácter social exista junto a ellas en el lenguaje, como los precios junto a las mercancías. Las ideas no existen separadas del lenguaje. Las ideas que primero tienen que traducirse de su lengua materna a una lengua extranjera para circular, para hacerse cambiables, ofrecen ya más analogía; pero entonces la analogía no está en el lenguaje, sino en su extranjería.)
(La cambiabilidad de todos los productos, actividades y relaciones por un tercero, cósico, que a su vez puede cambiarse por todo sin distinción —es decir, el desarrollo de los valores de cambio (y de las relaciones dinerarias)— es idéntica a la venalidad general, a la corrupción. La prostitución general aparece como una fase necesaria del desarrollo del carácter social de las disposiciones, capacidades, facultades y actividades personales. Dicho más cortésmente: la relación general de utilidad y de aprovechamiento. La igualación de lo heterogéneo: qué bien concibe Shakespeare el dinero.27 El afán de enriquecimiento como tal es imposible sin dinero; toda otra acumulación y afán de acumulación aparece como natural, limitado, condicionado por las necesidades, por un lado, y por la naturaleza limitada de los productos, por otro (maldita hambre de oro [sacra auri fames]).28)
(El sistema monetario, en su desarrollo, supone evidentemente ya otros desarrollos generales.)
Si se consideran relaciones sociales que engendran un sistema no desarrollado de cambio, de valores de cambio y de dinero, o a las que corresponde un grado no desarrollado de ellos, está claro de antemano que los individuos, aunque sus relaciones aparezcan más personales, solo entran en relación unos con otros como individuos en una determinidad, como señor feudal y vasallo, señor territorial y siervo, etc., o como miembros de castas, etc., o como pertenecientes a un estamento, etc. En la relación dineraria, en el sistema de cambio desarrollado (y esta apariencia seduce a la democracia), los lazos de la dependencia personal están de hecho rotos, desgarrados, y también las diferencias de sangre, de cultura, etc. (los lazos personales aparecen al menos todos como relaciones personales); y los individuos parecen chocar unos con otros independientemente (esta independencia, que en general es mera ilusión y que más exactamente se llamaría indiferencia, en el sentido de la falta de diferencia), libremente, y cambiar en esta libertad; pero así solo lo parecen para quien abstrae de las condiciones, de las condiciones de existencia (y estas son a su vez independientes de los individuos y, aunque engendradas por la sociedad, aparecen como condiciones naturales, es decir, incontrolables por los individuos), bajo las cuales estos individuos entran en contacto. La ||24| determinidad que en el primer caso aparece como una limitación personal del individuo por otro aparece en el último, desarrollada, como una limitación cósica del individuo por relaciones independientes de él y que descansan en sí mismas. (Como el individuo singular no puede despojarse de su determinidad personal, pero sí puede superar relaciones exteriores y subordinárselas, su libertad parece mayor en el caso 2. Un examen más detenido de esas relaciones exteriores, de esas condiciones, muestra, sin embargo, la imposibilidad de que los individuos de una clase, etc., las superen en masa sin suprimirlas. El individuo singular puede por azar arreglárselas con ellas; la masa de los dominados por ellas no, ya que su mera existencia expresa la subordinación, y la subordinación necesaria, de los individuos a ellas.) Estas relaciones exteriores son tan poco una eliminación de las «relaciones de dependencia» que solo son su disolución en una forma general; son más bien la elaboración del fundamento general de las relaciones de dependencia personal. También aquí los individuos solo entran en relación unos con otros como individuos determinados. Estas relaciones cósicas de dependencia, en oposición a las personales, aparecen también de este modo (la relación cósica de dependencia no es otra cosa que las relaciones sociales que se enfrentan de modo autónomo a los individuos aparentemente independientes, es decir, sus relaciones recíprocas de producción, autonomizadas frente a ellos mismos): los individuos son ahora dominados por abstracciones, mientras que antes dependían unos de otros. Pero la abstracción o idea no es más que la expresión teórica de esas relaciones materiales que son dueñas de ellos. Las relaciones, naturalmente, solo pueden expresarse en ideas, y así los filósofos han concebido como lo peculiar de la Edad Moderna el estar dominada por ideas, y han identificado la creación de la individualidad libre con el derrocamiento de este dominio de las ideas. El error era tanto más fácil de cometer desde el punto de vista ideológico cuanto que ese dominio de las relaciones (esa dependencia cósica, que por lo demás se trueca a su vez en relaciones determinadas de dependencia personal, solo que despojadas de toda ilusión) aparece en la conciencia de los propios individuos como dominio de las ideas, y la creencia en la eternidad de esas ideas, es decir, de esas relaciones cósicas de dependencia, la consolidan, alimentan e inculcan de todas las maneras, por supuesto [of course], las clases dominantes.
(Frente a la ilusión de las «relaciones puramente personales» de los tiempos feudales, etc., no hay que olvidar, naturalmente, ni por un momento, 1) que estas relaciones mismas adoptaron, dentro de su esfera, en una fase determinada, un carácter cósico, como muestra, p. ej., el desarrollo de las relaciones de propiedad del suelo a partir de relaciones de subordinación puramente militares; pero 2) que la relación cósica en la que sucumben tiene ella misma un carácter limitado, determinado por la naturaleza, y por eso aparece como personal, mientras que en el mundo moderno las relaciones personales se presentan como pura emanación de las relaciones de producción y de cambio.)
El producto se convierte en mercancía. La mercancía se convierte en valor de cambio. El valor de cambio de la mercancía recibe una existencia particular junto a la mercancía; es decir, la mercancía en la forma en que [ella] 1) es cambiable por todas las demás mercancías; en que 2), por tanto, es mercancía general y su particularidad natural está borrada; 3) en que está puesta la medida de su cambiabilidad, la proporción determinada en que se iguala a todas las demás mercancías, es la mercancía como dinero, y no como dinero en general, sino como una suma determinada de dinero, pues, para representar el valor de cambio en todas sus diferencias, el dinero tiene que ser contable, cuantitativamente divisible.
El dinero, la forma común en que se transforman todas las mercancías como valores de cambio, la mercancía general, tiene que existir él mismo como una mercancía particular junto a las demás, puesto que estas no solo tienen que medirse con él en la cabeza, sino que en el cambio real tienen que cambiarse y canjearse por él. La contradicción que así se introduce hay que desarrollarla en otro lugar. El dinero no nace por convención, como tampoco el Estado. Nace del cambio y en el cambio de modo natural, es un producto suyo. Originariamente servirá como dinero —es decir, se tomará en cambio no como objeto de la necesidad y del consumo, sino para volver a cambiarla por otras mercancías— la mercancía que más se tome en cambio como objeto de la necesidad, la que circule; la que, por tanto, ofrezca más seguridad de poder volver a cambiarse por otras mercancías particulares; la que, por tanto, en la organización social dada, represente la riqueza por excelencia [ϰατ’ ἐξοχήν], sea objeto de la demanda y la oferta más generales y posea un valor de uso particular. Así, la sal, las pieles, el ganado, los esclavos. Una mercancía semejante, en su figura particular de mercancía, se corresponde de hecho a sí misma como (lástima que en alemán no pueda reproducirse adecuadamente la diferencia entre denrée [género] y marchandise [mercancía]) valor de cambio más que las demás mercancías. La utilidad particular de la mercancía, sea como objeto de consumo particular (pieles), sea como herramienta de producción inmediata (esclavo), la sella aquí como dinero. En el curso del desarrollo ocurrirá precisamente lo contrario, es decir, la mercancía que sea menos inmediatamente objeto de consumo o herramienta de producción representará mejor precisamente el aspecto de que sirve a la necesidad del cambio como tal. En el primer ||25| caso, la mercancía se convierte en dinero por su valor de uso particular; en el segundo, recibe su valor de uso particular del hecho de servir como dinero. Durabilidad, inalterabilidad, divisibilidad y posibilidad de recomponerse, transportabilidad relativamente fácil, porque encierran un gran valor de cambio en poco espacio: todo eso hace a los metales preciosos especialmente adecuados en el último estadio. Al mismo tiempo, constituyen el tránsito natural desde la primera forma del dinero. En un estadio algo superior de la producción y del cambio, el instrumento de producción se sitúa por encima de los productos; y los metales (antes, las piedras) son las primeras y más imprescindibles herramientas de producción. En el cobre, que desempeña un papel tan grande en el dinero de los antiguos, se encuentran todavía ambas cosas juntas: el valor de uso particular como instrumento de producción y las demás propiedades, que no derivan del valor de uso de la mercancía, sino que corresponden a su determinación como valor de cambio (en la que está incluido el medio de cambio). De los demás metales se separan luego a su vez los preciosos, por no ser oxidables, etc., por ser de calidad más uniforme, etc., y por responder entonces mejor al estadio superior, en cuanto su utilidad inmediata para el consumo y la producción pasa a segundo plano, mientras que, ya por su rareza, representan mejor el valor fundado puramente en el cambio. Representan de antemano la abundancia, la forma en que aparece originariamente la riqueza. También se cambian metales más a gusto por metales que por otras mercancías.
La primera forma del dinero corresponde a un estadio bajo del cambio y del trueque, en el que el dinero se presenta todavía más en su determinación de medida que como verdadero instrumento de cambio. En este estadio, la medida puede ser todavía puramente imaginaria (aunque la bar de los negros incluye el hierro) (las conchas, etc., corresponden más bien a la serie cuya cúspide última son el oro y la plata).
Del hecho de que la mercancía se convierte en valor de cambio general se sigue que el valor de cambio se convierte en una mercancía particular: solo puede hacerlo si una mercancía particular recibe frente a todas las demás el privilegio de representar, de simbolizar su valor de cambio; es decir, de convertirse en dinero. Que, para la propiedad dineraria de todas las mercancías, aparezca una mercancía particular como sujeto del dinero se sigue de la esencia misma del valor de cambio. En el curso del desarrollo, el valor de cambio del dinero puede recibir a su vez una existencia separada de su materia, de su sustancia, como en el papel moneda, sin suprimir por ello el privilegio de esta mercancía particular, ya que la existencia particularizada tiene que seguir recibiendo su denominación de la mercancía particular. Como la mercancía es valor de cambio, es cambiable por dinero, está puesta = dinero. La proporción en que se iguala al dinero, es decir, la determinidad de su valor de cambio, está presupuesta a su conversión en dinero. La proporción en que la mercancía particular se cambia por dinero, es decir, el cuanto de dinero en que es convertible un cuanto determinado de mercancía, está determinada por el tiempo de trabajo objetivado en la mercancía. Como realización de un tiempo de trabajo determinado, la mercancía es valor de cambio; en el dinero, la cuota de tiempo de trabajo que representa está tanto medida como contenida en su forma general, conforme al concepto, cambiable. El dinero es el medio [Medium] cósico en el que, sumergidos, los valores de cambio reciben una figura conforme a su determinación general. Adam Smith dice que el trabajo (el tiempo de trabajo) es el dinero originario con el que se compran todas las mercancías. Considerado el acto de la producción, esto sigue siendo siempre cierto (lo mismo en lo que respecta a la determinación de los valores relativos). Toda mercancía se cambia continuamente en la producción por tiempo de trabajo. La necesidad de un dinero distinto del tiempo de trabajo surge precisamente porque la cuota de tiempo de trabajo debe expresarse no en su producto inmediato y particular, sino en un producto mediado y general, en su producto particular como igual y convertible por todos los demás productos del mismo tiempo de trabajo; del tiempo de trabajo no en una mercancía, sino en todas las mercancías a la vez, y por eso en una mercancía particular que representa a todas las demás. El tiempo de trabajo no puede ser inmediatamente él mismo el dinero (exigencia que, en otras palabras, coincide con la de que cada mercancía sea inmediatamente su propio dinero), precisamente porque de hecho solo existe siempre en productos particulares (como objeto): como objeto general solo puede existir simbólicamente, a su vez en una mercancía particular que se pone como dinero. El tiempo de trabajo no existe como objeto general del cambio, independiente de las particularidades naturales de las mercancías y apartado (desprendido) de ellas. Como tal tendría que existir para cumplir inmediatamente las condiciones del dinero. La objetivación del carácter general, social, del trabajo (y por tanto del tiempo de trabajo contenido en el valor de cambio) es lo que hace precisamente de su producto un valor de cambio; da a la mercancía la propiedad del dinero, que, sin embargo, implica a su vez un sujeto del dinero que exista de modo autónomo fuera de ella.
El tiempo de trabajo determinado está objetivado en una mercancía determinada, particular, de propiedades particulares y de relaciones particulares con las necesidades; pero como valor de cambio ha de estar objetivado en una mercancía que solo exprese su cuotidad o cantidad, que sea indiferente a sus propiedades naturales y que, por tanto, pueda metamorfosearse, es decir, cambiarse, en cualquier otra mercancía que objetive el mismo tiempo de trabajo. Como objeto ha de poseer este carácter general,||26| que contradice su particularidad natural. Esta contradicción solo puede resolverse objetivándose ella misma; es decir, poniéndose la mercancía doblemente, una vez en su forma natural inmediata, y luego en su forma mediada, como dinero. Esto último solo es posible si una mercancía particular se convierte, por así decirlo, en la sustancia general de los valores de cambio, o si el valor de cambio de las mercancías se identifica con una sustancia particular, con una mercancía particular a diferencia de todas las demás. Es decir, si la mercancía tiene que trocarse primero por esta mercancía general, por el producto general simbólico u objetivación del tiempo de trabajo, para ser luego, como valor de cambio, indiferente a todas las demás mercancías, trocable a voluntad por ellas, metamorfoseable en ellas. El dinero es el tiempo de trabajo como objeto general, o la objetivación del tiempo de trabajo general, el tiempo de trabajo como mercancía general. Así pues, si parece muy sencillo que el tiempo de trabajo, puesto que regula los valores de cambio, sea de hecho no solo su medida inherente, sino su sustancia misma (pues, como valores de cambio, las mercancías no poseen otra sustancia, ninguna índole natural), y que pueda servir también inmediatamente como su dinero, es decir, proporcionar el elemento en el que los valores de cambio se realizan como tales, esta apariencia de sencillez engaña. Antes bien, la relación de los valores de cambio —de las mercancías como objetivaciones del tiempo de trabajo iguales entre sí e igualables— encierra contradicciones que reciben su expresión cósica en un dinero distinto del tiempo de trabajo.
En Adam Smith, esta contradicción aparece todavía como una yuxtaposición. Junto al producto particular del trabajo (el tiempo de trabajo como objeto particular), el obrero tiene que producir además un cuanto de mercancía general (el tiempo de trabajo como objeto general). Las dos determinaciones del valor de cambio se le aparecen exteriormente una junto a otra. El interior de la mercancía entera no aparece todavía alcanzado y penetrado por la contradicción. Esto corresponde al estadio de la producción que tenía ante sí, en el que el obrero todavía poseía directamente en su producto una parte de su subsistencia; en el que ni toda su actividad ni todo su producto habían pasado a depender del cambio; es decir, en el que la agricultura de subsistencia (o como la llame Steuart, de modo parecido)29 dominaba todavía en gran medida, e igualmente la industria patriarcal (tejido a mano, hilado en casa y ligado a la agricultura). Solo se cambia todavía el excedente en un amplio círculo de la nación. El valor de cambio y la determinación por el tiempo de trabajo aún no están plenamente desarrollados a escala nacional.
(Incidental: del oro y la plata es menos cierto que de cualquier otra mercancía que su consumo solo pueda crecer en proporción a la disminución de sus costes de producción. Crece más bien en proporción al crecimiento de la riqueza general, ya que su uso representa específicamente la riqueza, la abundancia, el lujo, porque ellos mismos representan la riqueza general. Aparte de su uso como dinero, la plata y el oro se consumen más en proporción al crecimiento de la riqueza general. Por eso, si su oferta crece de repente, aun sin que sus costes de producción o su valor disminuyan proporcionalmente, encuentran un mercado que se amplía con rapidez y que frena su depreciación. Así se explica buena parte de lo que en el caso [case] australiano-californiano30 resulta inexplicable para los economistas —que hacen depender en general el consumo de oro y plata solo de la baja de sus costes de producción—, y en lo que se mueven en círculo. Esto está exactamente ligado a que representan la riqueza, es decir, a su propiedad de dinero.)
(La oposición del oro y la plata como mercancía eterna [eternal] frente a las demás, que encontramos en Petty, está ya en Jenofonte, de Vectigal. c. 1, a propósito del mármol y la plata. «Pero el país no solo sobresale en lo que florece y envejece cada año, sino que tiene también bienes perennes. Pues hay en él por naturaleza piedra en abundancia», etc. (a saber, el mármol)… «Hay también una tierra que, sembrada, no da fruto, pero que, excavada, alimenta a muchos más que si diera trigo».31). (Hay que tener bien presente que el cambio entre distintas tribus o pueblos —y esta, no el cambio privado, es su primera figura— solo empieza cuando a una tribu no civilizada se le compra (se le saca con engaños) un excedente que no es el producto de su trabajo, sino producto natural del suelo y de la naturaleza que ocupa.)
(Desarrollar las contradicciones económicas ordinarias que nacen de que el dinero tenga que estar simbolizado en una mercancía determinada, y luego de esta mercancía misma (oro, etc.). Esto, n.º II. Luego, como todas las mercancías tienen que cambiarse por el dinero para determinarse como precios, tenga lugar este cambio realmente o solo en la cabeza, determinar la relación entre la cantidad de oro o plata y los precios de las mercancías. Esto, n.º III. Está claro que, si solo se mide en oro o plata, su cantidad no ejerce influencia alguna sobre el precio de las mercancías; la dificultad entra con el cambio real, en la medida en que sirve realmente como instrumento de circulación; las relaciones de demanda y oferta, etc. Pero lo que afecta a su valor como instrumento de circulación lo afecta evidentemente como medida.)|
|27| El tiempo de trabajo mismo solo existe como tal subjetivamente, solo en la forma de la actividad. En la medida en que es cambiable como tal (es él mismo mercancía), no solo está determinado cuantitativamente, sino cualitativamente, y es distinto; no es en modo alguno tiempo de trabajo general, igual a sí mismo; sino que, como sujeto, corresponde tan poco al tiempo de trabajo general que determina los valores de cambio como le corresponden como objeto las mercancías y productos particulares.
La tesis de A. Smith de que el obrero tiene que producir, junto a su mercancía particular, una mercancía general, en otras palabras, que tiene que dar a una parte de sus productos la forma del dinero, y en general a su mercancía, en la medida en que no ha de servirle como valor de uso, sino como valor de cambio, no significa, expresada subjetivamente, sino que su tiempo de trabajo particular no puede cambiarse inmediatamente por cualquier otro tiempo de trabajo particular, sino que esta cambiabilidad general suya tiene que ser primero mediada, que tiene que adoptar una forma objetiva, distinta de él mismo, para alcanzar esa cambiabilidad general.
El trabajo del individuo singular, considerado en el acto mismo de la producción, es el dinero con el que compra inmediatamente el producto, el objeto de su actividad particular; pero es un dinero particular, que solo compra precisamente este producto determinado. Para ser inmediatamente el dinero general, tendría que ser de antemano no trabajo particular, sino general, es decir, estar puesto de antemano como miembro de la producción general. Pero, bajo este presupuesto, no sería el cambio el que le diera el carácter general, sino que su carácter comunitario presupuesto determinaría la participación en los productos. El carácter comunitario de la producción haría de antemano del producto un producto comunitario, general. El cambio que tiene lugar originariamente en la producción —que no sería un cambio de valores de cambio, sino de actividades determinadas por necesidades comunitarias, por fines comunitarios— incluiría de antemano la participación del individuo singular en el mundo comunitario de los productos. Sobre la base de los valores de cambio, el trabajo solo se pone como general mediante el cambio. Sobre aquella base estaría puesto como tal antes del cambio; es decir, el cambio de los productos no sería en absoluto el medio [Medium] por el que se mediara la participación del individuo singular en la producción general. Naturalmente, tiene que haber mediación. En el primer caso, que parte de la producción autónoma de los individuos singulares —por mucho que estas producciones autónomas se determinen y modifiquen post festum por sus relaciones mutuas—, la mediación se produce mediante el cambio de las mercancías, el valor de cambio, el dinero, que son todas expresiones de una y la misma relación. En el segundo caso, el presupuesto mismo está mediado; es decir, se presupone una producción comunitaria, la comunidad como base de la producción. El trabajo del individuo singular está puesto de antemano como trabajo social. Por eso, sea cual sea la figura material particular del producto que crea o ayuda a crear, lo que ha comprado con su trabajo no es un producto particular determinado, sino una parte determinada de la producción comunitaria. Por eso tampoco tiene que cambiar ningún producto particular. Su producto no es un valor de cambio. El producto no tiene que convertirse primero en una forma particular para recibir un carácter general para el individuo singular. En lugar de una división del trabajo que se engendra necesariamente en el cambio de valores de cambio, habría una organización del trabajo que tendría por consecuencia la participación del individuo singular en el consumo comunitario. En el primer caso, el carácter social de la producción solo se pone post festum mediante la elevación de los productos a valores de cambio y el cambio de estos valores de cambio. En el segundo caso, el carácter social de la producción está presupuesto, y la participación en el mundo de los productos, en el consumo, no está mediada por el cambio de trabajos o de productos del trabajo independientes entre sí. Está mediada por las condiciones sociales de producción dentro de las cuales actúa el individuo. Querer hacer, pues, inmediatamente del trabajo del individuo singular (es decir, también de su producto) dinero, valor de cambio realizado, significa determinarlo inmediatamente como trabajo general, es decir, negar precisamente las condiciones bajo las cuales tiene que convertirse en dinero y valores de cambio y depende del cambio privado. La exigencia solo puede satisfacerse en condiciones en las que ya no puede plantearse. El trabajo sobre la base de los valores de cambio presupone precisamente que ni el trabajo del individuo singular ni su producto son inmediatamente generales; que solo alcanzan esta forma mediante una mediación objetiva, mediante un dinero distinto de ellos. Presupuesta la producción comunitaria, la determinación del tiempo sigue siendo, naturalmente, esencial. Cuanto menos tiempo necesite la sociedad para producir trigo, ganado, etc., tanto más tiempo gana para otra producción, material o espiritual. Como en el caso de un individuo singular, la universalidad de su desarrollo, de su disfrute y de su actividad depende del ahorro de tiempo. Economía del tiempo: a eso se reduce en último término toda economía. Igualmente, la sociedad tiene que repartir su tiempo de manera adecuada a su fin para lograr una producción acorde con el conjunto de sus necesidades; como el individuo singular tiene que repartir bien su tiempo para adquirir conocimientos en proporciones adecuadas o para satisfacer las distintas exigencias que se plantean a su actividad. La economía del tiempo, así como la distribución planificada del tiempo de trabajo entre las distintas ramas de la producción, sigue siendo, pues, la primera ley económica sobre la base de la producción comunitaria. Llega a ser incluso ley en un grado mucho más alto. Pero esto es esencialmente ||28| distinto de medir los valores de cambio (trabajos o productos del trabajo) por el tiempo de trabajo. Los trabajos de los individuos singulares en la misma rama de trabajo, y las distintas clases de trabajo, no solo son cuantitativamente distintos, sino cualitativamente. ¿Qué presupone la diferencia meramente cuantitativa de las cosas? La mismidad de su cualidad. Así pues, la medición cuantitativa de los trabajos presupone su igualdad de rango, la mismidad de su cualidad.
(Estrabón, libro XI. De los albanos del Cáucaso:
«Y los hombres se distinguen por su belleza y su estatura; son sencillos y no mercachifles; pues en general no usan moneda, ni conocen un número mayor que cien, sino que hacen sus trueques con mercancías». Más adelante se dice allí: «Desconocen también las medidas y los pesos exactos».32)
El dinero aparece antes como medida (para lo que, p. ej., en Homero sirven los bueyes)33 que como medio de cambio, porque en el trueque cada mercancía es todavía ella misma su medio de cambio. Pero no puede ser su medida ni su propio patrón de comparación.
[Los metales preciosos como portadores de la relación dineraria]
- De lo desarrollado hasta aquí se desprende lo siguiente: un producto particular (mercancía) (material) tiene que convertirse en el sujeto del dinero, que existe como propiedad de todo valor de cambio. El sujeto en que se representa este símbolo no es indiferente, puesto que las exigencias que se plantean a lo que representa están contenidas en las condiciones —determinaciones conceptuales, relaciones determinadas— de lo que ha de ser representado. La investigación sobre los metales preciosos como sujetos de la relación dineraria, como encarnaciones de esta, no queda por tanto en modo alguno, como cree Proudhon, fuera del ámbito de la economía política, del mismo modo que la constitución física de los colores y del mármol no queda fuera del ámbito de la pintura y de la escultura. Las propiedades que tiene la mercancía como valor de cambio, y a las que no son adecuadas sus cualidades naturales, expresan las exigencias que hay que plantear a las mercancías que son por excelencia [ϰατ’ ἐξοχήν]34 el material del dinero. Estas exigencias, en el único nivel del que hasta ahora podemos hablar, se realizan del modo más completo en los metales preciosos. Los metales en sí, como instrumentos de producción, [tienen] preferencia sobre las demás mercancías, y entre los metales la tiene el que se encuentra antes que ningún otro en su plenitud y pureza físicas: el oro; después el cobre, después la plata y el hierro. Los metales preciosos realizan a su vez, con preferencia sobre los otros, el metal, como diría Hegel.
Los metales preciosos son uniformes en sus cualidades físicas, de modo que cantidades iguales de ellos han de ser idénticas hasta el punto de no ofrecer motivo alguno para preferir una a otra. Esto no vale, por ejemplo, para números iguales de cabezas de ganado ni para cantidades iguales de grano.
a) El oro y la plata en relación con los demás metales
Los metales no preciosos se oxidan al aire; los preciosos (mercurio, plata, oro, platino) son inalterables al aire.
Aurum (Au). Densidad = 19,5; punto de fusión: 1200 °C. «El oro reluciente es el más espléndido de todos los metales, y por eso ya los antiguos lo llamaron el sol o el rey de los metales. Bastante extendido, nunca en grandes masas, y por eso también más precioso que los demás metales. Por regla general se lo encuentra nativo, en parte en trozos más grandes, en parte en granitos pequeños diseminados en otra roca. De la meteorización de esta nace la arena aurífera que arrastran muchos ríos, y de la cual el oro, por su gran densidad, puede sacarse por lavado. Extraordinaria ductilidad del oro: puede estirarse en un hilo de alambre de hasta 500 pies de largo, y batirse en laminillas cuyo grosor apenas llega a 1/200000 [de pulgada]. El oro no es atacado por ningún ácido; solo lo disuelve el cloro libre (agua regia, una mezcla de ácido nítrico y ácido clorhídrico). Dorar.
Argentum (Ag.) Densidad = 10. Punto de fusión = 1000 °C. Brillo claro; el más amable de todos los metales; muy blanco y dúctil; se deja repujar en bellos trabajos y estirar en hilos finos. La plata se encuentra nativa; muy a menudo aleada con el plomo en minerales de plomo argentífero.
Hasta aquí, propiedades químicas del oro y de la plata. (La divisibilidad y la posibilidad de volver a componerlos, la uniformidad del oro y de la plata puros, etc., son conocidas.) Mineralógicas:
Oro. Es ciertamente notable que los metales, cuanto más nobles son, tanto más aislados y separados aparecen de los cuerpos que se presentan habitualmente: naturalezas superiores, alejadas de las vulgares. Así, por regla general encontramos el oro nativo, cristalino en diversas formas del cubo o en las formas más variadas: trozos y granos irregulares, arena y polvo, como el cual se halla diseminado en muchas clases de roca, por ejemplo en el granito, y, por la desintegración de estas, se encuentra en la arena de los ||29| ríos y en los cantos rodados del terreno de aluvión. Como en este estado la densidad del oro llega hasta 19,4, pueden obtenerse incluso esas finas partículas de oro removiendo con agua la arena aurífera. De esta se deposita primero el metal específicamente más pesado, y así, como se dice, se saca por lavado. Al oro lo acompaña con la mayor frecuencia la plata, y se encuentran aleaciones naturales de ambos metales que contienen del 0,16 al 38,7 por ciento de plata; lo que trae consigo, naturalmente, diferencias de color y de densidad.
Plata. Con una variedad considerable de sus minerales, aparece como uno de los metales más frecuentes, tanto nativa como aleada con otros metales o combinada con arsénico y azufre. (Cloruro de plata, bromuro de plata, carbonato de óxido de plata, mineral de bismuto argentífero, sternbergita, polibasita, etc.)
Las principales propiedades químicas son: de todos los metales preciosos: la inoxidabilidad al aire; del oro (y del platino), la insolubilidad en ácidos, pues el primero solo se disuelve en el cloro. El no oxidarse al aire los mantiene puros, libres de herrumbre; se presentan como lo que son. Resisten a la disolución por el oxígeno: imperecederos (tan alabados por los antiguos entusiastas del oro y de la plata).
Propiedades físicas: peso específico, es decir, mucho peso en poco espacio; tan especialmente importante para el instrumento de circulación. Oro 19,5; plata 10. Brillo de color. Brillo del oro, blancura de la plata, esplendor, ductilidad; de ahí que se presten tanto a las joyas y a realzar los demás objetos. El color blanco de la plata (que refleja todos los rayos de luz en su mezcla originaria); el amarillo rojizo del oro (que destruye todos los rayos de color de la luz mezclada que cae sobre él y solo refleja el rojo). Difícil fusibilidad.
Propiedades geognósticas:35 la presencia (sobre todo en el caso del oro) en estado nativo, separado de los demás cuerpos; aislado, individualizado. Aparición individual, independiente frente a lo elemental.
De los otros dos metales preciosos: 1) el platino no tiene el color: gris sobre gris (el hollín de los metales); demasiado raro; desconocido para los antiguos; solo conocido después del descubrimiento de América; en el siglo XIX descubierto también en los Urales; solo lo ataca el cloro; siempre nativo; peso específico = 21; infusible a los fuegos más intensos; tiene más valor científico. 2) El mercurio: se presenta líquido; evaporable; los vapores, venenosos; capaz de entrar en mezclas líquidas (amalgamas). (Densidad = 13,5, punto de ebullición = 360 °C.) Así pues, ni el platino ni, menos aún, el mercurio sirven como dinero.
Una de las propiedades geognósticas común a todos los metales preciosos: la rareza. La rareza es elemento del valor (prescindiendo de la demanda y la oferta) en la medida en que lo no raro en y para sí, la negación de la rareza, lo elemental, no tiene valor, porque no aparece como resultado de la producción. En la determinación originaria del valor, lo más independiente de la producción consciente y querida es lo más valioso, presupuesta la demanda. Los guijarros no tienen valor, hablando en términos relativos [relativement parlant], porque se encuentran sin producción (aunque esta consista solo en buscar). Para que algo constituya el objeto del cambio, tenga valor de cambio, no debe poder tenerlo cualquiera sin la mediación del cambio; no debe aparecer en una forma tan elemental que sea un bien común. La rareza es en esa medida elemento del valor de cambio, y por eso esta propiedad de los metales preciosos es importante, aun prescindiendo de la relación más precisa entre demanda y oferta.
Si se considera en general la preferencia de los metales como instrumentos de producción, al oro le favorece que en el fondo [au fond] es el primer metal descubierto en cuanto metal. Y ello por una doble razón. Primero, porque es el más metálico de todos y aparece en la naturaleza como metal distinto y distinguible; segundo, porque en su preparación la naturaleza se ha encargado de la obra del arte, y para su primer hallazgo solo se requería trabajo tosco [rough labour], ni ciencia ni instrumentos de producción desarrollados.
«Lo cierto es que el oro debe ocupar su lugar como el metal más antiguo conocido, y en el primer registro del progreso del hombre aparece como indicador de la posición del hombre» (porque como excedente, forma en que la riqueza aparece por primera vez. La primera forma del valor es el valor de uso, lo cotidiano, que expresa la relación del individuo con la naturaleza; la 2.ª, el valor de cambio junto al valor de uso, su mando sobre los valores de uso de otros, su relación social: originariamente, a su vez, valor del uso de los domingos, que va más allá de la necesidad inmediata).|
|30| Descubrimiento muy temprano del oro por el hombre:
«El oro se distingue notablemente de los demás metales, con muy pocas excepciones, por el hecho de que se encuentra en la naturaleza en su estado metálico. El hierro y el cobre, el estaño, el plomo y la plata se descubren de ordinario en combinaciones químicas con oxígeno, azufre, arsénico o carbono; y los pocos casos excepcionales en que estos metales aparecen sin combinar o, como se decía antes, en estado virgen, han de citarse más bien como curiosidades mineralógicas que como producciones comunes. El oro, sin embargo, se encuentra siempre nativo o metálico… Por eso, como masa metálica, llamativa por su color amarillo, atraería la mirada del hombre más inculto, mientras que las demás sustancias que probablemente se cruzaran en su camino no ofrecerían rasgo alguno de atracción a sus facultades de observación apenas despiertas. Además, el oro, por haberse formado en aquellas rocas que están más expuestas a la acción atmosférica, se encuentra en los detritos de las montañas. Por las influencias disgregadoras de la atmósfera, de los cambios de temperatura, de la acción del agua y particularmente por los efectos del hielo, se desprenden continuamente fragmentos de roca. Las crecidas los arrastran a los valles y la acción constante del agua corriente los convierte en cantos rodados. Entre estos se descubren guijas o partículas de oro. Los calores del verano, al secar las aguas, convertían aquellos lechos que habían formado cauces fluviales y cursos de torrentes invernales en caminos para los viajes del hombre migratorio; y aquí podemos imaginar el temprano descubrimiento del oro.
El oro se presenta con la mayor frecuencia puro o, en todo caso, tan cerca de serlo que su naturaleza metálica puede reconocerse en seguida, tanto en los ríos como en las vetas de cuarzo.
El peso específico del cuarzo y de la mayoría de las demás rocas compactas pesadas es de unos 2 1/2, mientras que el peso específico del oro es de 18 o 19. El oro es, pues, alrededor de 7 veces más pesado que cualquier roca o piedra a la que probablemente esté asociado. Por consiguiente, una corriente de agua con fuerza suficiente para arrastrar arena o guijarros de cuarzo o de cualquier otra roca podría no ser capaz de mover los fragmentos de oro asociados a ellos. El agua en movimiento ha hecho, pues, antaño con las rocas auríferas exactamente lo que el minero haría ahora: romperlas en fragmentos, barrer las partículas más ligeras y dejar detrás el oro. Los ríos son, en efecto, grandes artesas naturales,36 que barren de una vez todas las partículas más ligeras y finas, mientras las más pesadas, o bien se quedan prendidas contra obstáculos naturales, o bien quedan depositadas allí donde la corriente afloja su fuerza o su velocidad. (Véase Gold (Lectures on). London 1852.) (p. 12 y 13.)
Según toda probabilidad, por la tradición y la historia antigua, el descubrimiento del oro en la arena y la grava de los arroyos parece haber sido el primer paso en el reconocimiento de los metales, y en casi todos los países de Europa, África y Asia, quizá en todos, desde tiempos muy antiguos se han lavado con artificios sencillos cantidades mayores o menores de oro de los depósitos auríferos. En ocasiones, el éxito de los lavaderos de oro ha sido lo bastante grande como para producir una oleada de excitación que ha vibrado durante un tiempo a través de una comarca, pero que luego se ha vuelto a acallar. En 760 la gente pobre salió en masa a lavar oro de las arenas fluviales al sur de Praga, y tres hombres conseguían extraer en un día un marco (1/2 1b.) de oro; y tan grande fue la consiguiente avalancha hacia las “excavaciones” [diggings] que al año siguiente el país sufrió hambre. Leemos que hechos semejantes se repitieron varias veces en los siglos siguientes, aunque aquí, como en otras partes, la atracción general por las riquezas esparcidas en la superficie ha desembocado en una minería regular y sistemática.
Hay dos clases de depósitos en que se encuentra el oro: los filones o vetas, que cortan la roca sólida en una dirección más o menos perpendicular al horizonte, y los lechos de acarreo o “placeres” [drift-beds o streams], en los que el oro, mezclado con grava, arena o arcilla, ha sido depositado por la acción mecánica del agua sobre la superficie de aquellas rocas que los filones penetran hasta profundidades desconocidas. A la primera clase pertenece más especialmente el arte de la minería; a la segunda, las simples operaciones de excavación [digging]. La minería del oro propiamente dicha es, como cualquier otra minería, un arte que requiere el ||31| empleo de capital y de una destreza que solo se adquiere con años de experiencia. No hay arte practicado por el hombre civilizado que requiera para su pleno desarrollo la aplicación de tantas ciencias y artes colaterales. Pero aunque sean tan esenciales para el minero, casi ninguna de ellas es necesaria para el lavador de oro o buscador de placeres, que tiene que confiar sobre todo en la fuerza de su brazo o en el vigor de su salud. El aparato que emplea tiene que ser necesariamente sencillo, para poder llevarlo de un lugar a otro, repararlo con facilidad si se estropea y no requerir ninguna de aquellas sutilezas de manipulación que le harían perder tiempo al obtener pequeñas cantidades.
Diferencia entre el depósito de acarreo del oro, cuyo mejor ejemplo se da hoy en día en Siberia, California y Australia, y las arenas finas que los ríos traen anualmente, algunas de las cuales también resultan contener oro en cantidades explotables. Estas últimas se encuentran, naturalmente, literalmente en la superficie; los primeros pueden hallarse bajo una cubierta de 1 a 70 pies de espesor, compuesta de tierra, turba, arena, grava, etc. Los modos de explotar los 2 tienen que ser idénticos en principio.
Para los placeres, la naturaleza ha derribado las partes más altas, más orgullosas y más ricas de los filones, y ha triturado y lavado los materiales de tal modo que el buscador de placeres tiene ya hecha la parte más pesada del trabajo; mientras que el minero, que ataca los filones más pobres, pero más duraderos y que van más hondo, tiene que ayudarse con todos los recursos del arte más fino.
El oro ha sido considerado con justicia el más noble de los metales por diversas propiedades físicas y químicas. Es inalterable al aire y no se oxida. (La condición de imperecedero es precisamente la resistencia al oxígeno de la atmósfera.) De un color amarillo rojizo brillante cuando está en estado compacto, y muy denso. Sumamente maleable. Requiere un calor intenso para fundirse. Peso específico.
Así pues, 3 tipos de producción del oro: 1) En la arena de los ríos. Simple hallazgo en la superficie. Lavado. 2) En los lechos de aluvión. Excavación [Digging]. 3) Minería [Mining]. Su producción no exige, por tanto, ningún desarrollo de las fuerzas productivas. La naturaleza hace en ella la mayor parte de la obra.
(Las raíces de las palabras para oro, plata, etc. (véase Grimm);37 aquí se encuentran conceptos generales de brillo y de color, que fácilmente se transfieren a estas palabras. Plata, blanco; oro, amarillo… Erz [bronce, mineral] y oro, Erz y hierro intercambian sus nombres. Entre los alemanes, el bronce se usó antes que el hierro. Parentesco inmediato entre aes y aurum.)
El cobre (Erz, bronce: estaño y cobre) y el oro se usaron antes que la plata y el hierro.
«El oro se empleó mucho antes que la plata, porque se encuentra puro y solo un poco aleado con plata; se obtiene por simple lavado. La plata existe en general en filones encajados en las rocas más duras de los terrenos primitivos; exige para su extracción máquinas y trabajos complicados. En la América meridional no se explotaba el oro en filones, sino el oro diseminado en polvo y en granos en los terrenos de aluvión. Lo mismo en tiempos de Heródoto. Los monumentos más antiguos de Grecia, Asia, el norte de Europa y el Nuevo Mundo prueban que el uso del oro en utensilios y joyas era posible en un estado semibárbaro; y el empleo de la plata para el mismo uso denota por sí solo un estado social bastante avanzado.» Véase Dureau de la Malle, cuaderno. (2.)38
El cobre, como instrumento principal de la guerra y de la paz. (ibid. 2.) (como dinero en Italia ibid.)
b) Oscilaciones de la relación de valor entre los diferentes metales.
Si se considera en general el uso de los metales como cuerpo del dinero, su uso relativo entre sí, su aparición más temprana o más tardía, hay que considerar al mismo tiempo las oscilaciones de su valor relativo. (Letronne, Böckh, Jacob.)39 (En la medida en que esta cuestión está ligada a la masa en general de los metales circulantes y a su relación con los precios, se considerará más adelante, como apéndice histórico al capítulo sobre la relación del dinero con los precios.)
El cambio sucesivo entre oro, plata y cobre en las diferentes épocas tuvo que depender ante todo de la naturaleza de los yacimientos de estos 3 metales y del estado más o menos puro en que se encuentran. Después, de los cambios políticos, como la invasión de Asia y de una parte de África por los persas y los macedonios, y más tarde la conquista por los romanos de la parte de los 3 continentes (el orbis Romanus, etc.). Depende, pues, del estado relativo de pureza en que se encuentran y de su yacimiento.
La relación de valor entre los diferentes metales puede determinarse sin tener en cuenta los precios: por la simple relación cuantitativa en que se cambian unos por otros. Así podemos proceder en general cuando comparamos solo unas pocas mercancías ||32| entre sí que tienen una medida del mismo nombre; por ejemplo, tantos quarters de centeno, cebada, avena por tantos quarters de trigo. En el trueque, donde en general se cambia todavía poco y aún entran pocas mercancías en el intercambio, se aplica este método, y por eso no hace falta todavía dinero.
Entre los árabes vecinos de los sabeos, según Estrabón, el oro nativo era tan abundante que se daban 10 libras de oro por 1 libra de hierro, y 2 libras por 1 libra de plata. Riqueza en oro de los terrenos de Bactriana (Bujará, etc., en suma, el Turquestán) y de la parte de Asia situada entre el Paropamiso (Hindu Kush) y el Imaus (montes Mustag), es decir, el Desertum arenosum auro abundans [desierto arenoso abundante en oro] (desierto de Gobi): según Dureau de la M., es por tanto probable que del siglo XV al VI antes de la era cristiana la proporción entre el oro y la plata fuera = 1:6 o 1:8, proporción que existió en China y en Japón hasta comienzos del siglo XIX; en 1:13 la fija Heródoto para Persia bajo Darío Histaspes. Según el código de Manú, escrito entre 1300 y 600 antes de C., el oro respecto a la plata = 1:2 1/2. En efecto, las minas de plata apenas se encuentran sino en los terrenos primitivos, sobre todo en los terrenos estratificados, y en algunos filones de los terrenos secundarios. Las gangas de la plata, en lugar de ser arenas de aluvión, son de ordinario las rocas más compactas y más duras, como el cuarzo, etc. Este metal es más común en las regiones frías, sea por su latitud, sea por su altitud absoluta, que el oro, que en general se da en los países cálidos. Al contrario que el oro, la plata solo se encuentra muy raramente en estado puro, etc. (casi siempre combinada con arsénico o azufre) (muriatic, clorhídrico; nitric, nítrico). En cuanto a la cantidad de la difusión de los dos metales (antes del descubrimiento de Australia y California): Humboldt, 1811, estima la relación entre oro y plata en América = 1:46, en Europa (incluida la Rusia asiática) = 1:40. Los mineralogistas de la Academia de Ciencias hoy en día (1842) = 52:1; sin embargo, una libra de oro vale solo 15 libras de plata; por tanto, la relación de valor = 1:15.
Cobre. Densidad = 8,9. Hermoso color de aurora; dureza considerable; requiere una temperatura muy alta para fundirse. Se encuentra con frecuencia en estado nativo; a menudo combinado con oxígeno o azufre. Tiene por yacimiento los antiguos terrenos primordiales. Pero se encuentra también a menudo, más que los otros minerales, en la superficie de la tierra o a pequeñas profundidades, aglomerado en masas puras, a veces de un peso considerable. Empleado antes que el hierro en la guerra y en la paz. (El oro es, como material del dinero, respecto a la plata, lo que el cobre, como instrumento de trabajo, respecto al hierro en el desarrollo histórico.) En gran masa en circulación en la Italia sometida a los romanos del siglo I al V. Se puede determinar a priori el grado de civilización de un pueblo por el solo conocimiento de la especie de metal, oro, cobre, plata o hierro, que emplea para sus armas, sus herramientas o su adorno. Hesíodo, en su poema sobre la agricultura:
«Trabajaban con bronce; no había aún negro hierro» [Χαλϰω̃ δ ̓ ἐργάζοντο· μέλας δ ̓ οὐϰ έ̓σϰε σίδηρος].40
Lucrecio: «Y el uso del bronce se conoció antes que el del hierro» [Et prior aeris erat quam ferri cognitus usus].41 Jacob cita en Nubia y Siberia minas de cobre antiquísimas (véase Dureau I, 58); Heródoto dice que los maságetas solo tenían bronce y nada de hierro. El hierro, según los mármoles de Oxford,42 no era conocido antes de 1431 antes de C. En Homero el hierro es raro; en cambio, el uso muy común del bronce [airain] (Erz, bronce), esa aleación de cobre, cinc y estaño de la que las sociedades griega y romana se sirvieron tanto tiempo, incluso para fabricar hachas y navajas. Italia, bastante rica en cobre nativo; por eso la moneda de cobre formó hasta 247 antes de C., si no el numerario único, al menos la moneda normal, la unidad monetaria en la Italia central. Las colonias griegas del sur de Italia recibían de Grecia y de Asia, directamente o a través de Tiro y Cartago, la plata con la que hacían dinero desde los siglos V y VI. Los romanos, según parece, poseían dinero de plata antes de la expulsión de los reyes, pero, dice Plinio, «una antigua resolución de los senadores lo había prohibido, ordenando que se preservara Italia» (es decir, sus minas de plata) [interdictum id vetere consulto patrum, Italiae parci jubentium]. Temían las consecuencias de un medio de circulación cómodo: lujo, aumento de los esclavos, acumulación, concentración de la propiedad del suelo. También entre los etruscos el cobre sirvió de dinero antes que el oro.
Es falso lo que dice Garnier43 (véase cuaderno III, p.22): «En el reino mineral se buscó y eligió naturalmente la materia destinada a la acumulación.» Al revés: después de que se encontró el dinero metálico (fuera como dinero propiamente dicho o solo como medio de cambio preferido, al peso), comenzó la acumulación. Sobre este punto, hablar en particular del oro. Reitemeier44 dice con razón (véase cuaderno III, p.34): «El oro, la plata y el cobre se usaron primero entre los pueblos antiguos como herramientas para cortar y romper, a pesar de su relativa debilidad, antes que el hierro y antes que para el uso como dinero.» (Mejora de las herramientas cuando se aprendió a dar al cobre, templándolo, una dureza que resistía a la roca firme. Con un cobre muy endurecido se hacían los cinceles y martillos de que se servían para someter la roca. Finalmente se descubrió el hierro.) Jacob dice: «En el estado patriarcal (véase cuaderno IV, p.3), donde los metales con que se hacían las armas, como 1) el latón [brass] y 2) el hierro, eran raros y enormemente caros en comparación con los alimentos y vestidos comunes que se usaban entonces, aunque no se conocía dinero acuñado de los metales preciosos, el oro y la plata habían adquirido sin embargo la facultad de cambiarse por los otros metales de forma más fácil y conveniente que el grano y el ganado.»|
|33| Por lo demás, para obtener oro puro o casi puro de los inmensos terrenos de aluvión situados entre las cordilleras del Hindu Kush y del Himalaya bastaba un simple lavado. Entonces la población era abundante en estas comarcas de Asia, y por consiguiente la mano de obra muy barata. La plata, por la dificultad (técnica) de su explotación, relativamente más cara. El efecto contrario se produjo en Asia y en Grecia a partir de la muerte de Alejandro. Las arenas auríferas se agotaron; el precio de los esclavos y de la mano de obra aumentó; como la mecánica y la geometría habían hecho inmensos progresos desde Euclides hasta Arquímedes, se pudo explotar con provecho los ricos filones de las minas de plata de Asia, de Tracia y de España, y como la plata era 52 veces más abundante que el oro, la relación de valor entre los 2 metales tuvo que cambiar, y la libra de oro, que en tiempos de Jenofonte, 350 a. C., se cambiaba por 10 libras de plata, valió 18 libras de este último metal el año 422 después de Cristo. Así pues, de 1:10 subió a 1:18.
A finales del siglo V d. C., masa de numerario extraordinariamente disminuida, estancamiento de la minería. En la Edad Media, hasta finales del siglo XV, una parte proporcionalmente considerable del dinero en monedas de oro. (La disminución recayó sobre todo en la plata, que antes era la que más circulaba.) Relación en el siglo XV = 1 : 10, en el siglo XVIII = 1 : 14 en el continente; en Inglaterra = 1 : 15. En el Asia moderna la plata, más como mercancía en el comercio; sobre todo en China, donde el dinero de cobre (tehen, composición de cobre, cinc y plomo) es la moneda del país; en China el oro (y la plata), al peso, como mercancía para el saldo del comercio exterior.
Grandes oscilaciones en Roma entre el valor del cobre y el de la plata (en las monedas). Hasta Servio, para el cambio, el metal en lingotes: aes rude. La unidad monetaria, el as de cobre, = 1 libra de cobre. En tiempos de Servio, la plata respecto al cobre = 279 : 1; hasta el comienzo de la guerra púnica = 400 : 1; en tiempos de la 1.ª guerra púnica = 140 : 1; de la 2.ª guerra púnica = 112 : 1.
El oro, al principio, muy caro en Roma, mientras que la plata venía de Cartago (y de España); el oro solo se usaba en lingotes hasta 547. El oro respecto a la plata en el comercio = 13,71 : 1; en las monedas = 17,14 : 1; bajo César = 12 : 1 (al estallar la guerra civil, tras el saqueo del aerarium [tesoro público] por César, solo = 8,9 : 1); bajo Honorio y Arcadio (397) fijado = 14,4 : 1; bajo Honorio y Teodosio el Joven (422) = 18 : 1. La plata respecto al cobre = 100 : 1; el oro respecto a la plata = 18 : 1. Primera moneda de plata acuñada en Roma, en 485 a. u. c.;45 primera moneda de oro: 547. En cuanto el as, después de la 2.ª guerra púnica, se redujo a 1 onza, ya solo fue moneda fraccionaria; el sestercio (plata), unidad monetaria, y todos los pagos grandes se hacían en plata. (En el intercambio diario el cobre (más tarde el hierro) siguió siendo el metal principal. Bajo los emperadores de Oriente y de Occidente, el solidus (aureus), es decir, el oro, fue el dinero regulador.)
Así pues, en el mundo antiguo, si se saca el promedio:
Primero: valor proporcionalmente más alto de la plata sobre el oro. Prescindiendo de fenómenos aislados (los árabes), en que el oro era más barato que la plata y aún más barato que el hierro, en Asia, del siglo XV al VI antes de C., el oro respecto a la plata = 6 : 1 u 8 : 1 (esta última proporción en China y Japón hasta comienzos del siglo XIX). En el código de Manú incluso = 2 1/2 : 1. Esta proporción más baja surge de las mismas causas que hacen que el oro sea el primero en hallarse como metal. El oro procedía entonces principalmente de Asia y de Egipto. A este período corresponde en el desarrollo italiano el cobre como dinero. Así como, en general, el cobre como instrumento principal de la paz y de la guerra corresponde al oro como metal precioso predominante. Todavía en tiempos de Jenofonte, el oro respecto a la plata = 10 : 1.
Segundo: desde la muerte de Alejandro, aumento proporcional del valor del oro respecto a la plata con el agotamiento de las arenas auríferas, el progreso de la técnica y de la civilización; y, con ello, apertura de las minas de plata; ahora, influencia de la mayor presencia cuantitativa de plata que de oro en la tierra. Pero sobre todo los cartagineses, la explotación de España, que tuvo que revolucionar la relación entre el oro y la plata de modo semejante a como lo hizo el descubrimiento de la plata americana a finales del siglo XV. Relación antes de la época de César = 17 : 1; más tarde 14 : 1; por último, desde 422 d. C. = 18 : 1. (La caída del oro bajo César, por razones accidentales.) A la caída de la plata en relación con el oro corresponde el hierro como instrumento principal de producción en la guerra y en la paz. Si en el primer período hubo aflujo de oro del Oriente, en el 2.º hubo aflujo de plata del Occidente, más fresco.
Tercero, en la Edad Media: de nuevo la relación de la época de Jenofonte. 10 : 1. (¿En algunos lugares = 12 : 1?)
Cuarto: después del descubrimiento de América: de nuevo, aproximadamente [about], la relación de la época de Honorio y Arcadio (397); de 14 a 15 : 1. Aunque desde aproximadamente [about] finales de 1815-1844 crece la producción de oro, el oro llevaba primas (por ejemplo, en Francia). Es probable que el descubrimiento de California y Australia
quinto, vuelva a traer la relación de la época imperial romana, 18 : 1, si no aún mayor. El abaratamiento relativo de la plata con el avance de la producción de metales preciosos, tanto en la Antigüedad como en la época moderna, de Oriente a Occidente, hasta que California y Australia invierten esto. En lo particular, grandes oscilaciones; pero si se consideran las diferencias principales, se repiten de modo llamativo.|
|34| Entre los antiguos, el cobre era 3 o 4 x más caro que hoy. (Garnier.)
c) Hay que considerar ahora las fuentes de abastecimiento de oro y plata y su conexión con el desarrollo histórico.
d) El dinero como moneda. Lo histórico sobre las monedas, brevemente. Rebaja y alza, etc.
[La circulación del dinero]
La circulación o curso del dinero46 corresponde a una circulación o curso de las mercancías opuesto. La mercancía de A pasa a manos de B, mientras el dinero de B pasa a manos de A, etc. La circulación del dinero, como la de la mercancía, parte de puntos infinitamente diversos y vuelve a puntos infinitamente diversos. La salida desde un centro hacia los diversos puntos de la periferia y el retorno desde todos los puntos de la periferia hacia un centro no tienen lugar en el curso del dinero en el nivel en que lo consideramos aquí, el de su circulación inmediata, sino solo en la circulación mediada por el sistema bancario. Esta primera circulación natural47 consiste, eso sí, en una masa de cursos. Pero la circulación propiamente dicha solo empieza donde el oro y la plata dejan de ser mercancía; entre los países que exportan metales preciosos y los que los importan no tiene lugar circulación alguna en este sentido, sino simple cambio, pues el oro y la plata no figuran aquí como dinero, sino como mercancía. En la medida en que el dinero media el cambio de las mercancías, es decir, aquí, su circulación, y es por tanto medio de cambio, es instrumento de la circulación, rueda de la circulación; pero en la medida en que en este proceso mismo es circulado, corre, sigue un movimiento propio, tiene él mismo una circulación, circulación del dinero, curso del dinero. Se trata de averiguar hasta qué punto esta circulación está determinada por leyes particulares. Desde el principio está claro que, si el dinero es rueda de la circulación para la mercancía, la mercancía es igualmente rueda de la circulación para el dinero. Si el dinero hace circular las mercancías, las mercancías hacen circular el dinero. La circulación de las mercancías y la circulación del dinero se condicionan, pues, recíprocamente. En el curso del dinero hay que considerar tres cosas: 1) la forma del movimiento mismo; la línea que describe (su concepto); 2) la cantidad del dinero circulante; 3) el grado de velocidad con que realiza su movimiento, circula. Esto solo puede hacerse en relación con la circulación de mercancías. Desde el principio está claro que la circulación de mercancías posee momentos que son por completo independientes de la circulación del dinero y que más bien la determinan directamente, o bien de modo que las mismas circunstancias que determinan, por ejemplo, la velocidad de la circulación de mercancías determinan también la de la circulación del dinero. El carácter de conjunto del modo de producción determinará ambas, y más directamente la circulación de mercancías. La masa de los que cambian (cantidad de población); su distribución entre ciudad y campo; la cantidad absoluta de las mercancías, de los productos y de los agentes de producción; la masa relativa de las mercancías puestas en circulación; el desarrollo de los medios de comunicación y de transporte, en el doble sentido de que determinan tanto el círculo de los que cambian entre sí y entran en contacto como la velocidad con que la materia prima llega al productor y el producto al consumidor; por último, el desarrollo de la industria, que concentra diferentes ramas de producción, por ejemplo hilado, tejido, tinte, etc., y hace así superflua una serie de actos de cambio intermedios. La circulación de mercancías es el presupuesto originario de la circulación del dinero. Queda por ver hasta qué punto esta determina a su vez, por su parte, la circulación de mercancías.
Ante todo hay que fijar el concepto general de la circulación o del curso.
Hay que señalar además que lo que el dinero hace circular son valores de cambio, y por tanto precios. En la circulación de mercancías, pues, no solo hay que tener en cuenta su masa, sino igualmente sus precios. Una gran cantidad de mercancías de escaso valor de cambio, de escaso precio, requieren evidentemente para su circulación menos dinero que una masa pequeña al doble de precio. Así pues, en rigor, el concepto del precio ha de desarrollarse antes que el de la circulación. La circulación es el poner los precios, el movimiento en que las mercancías se transforman en precios: su realización como precios. La doble determinación del dinero como 1) medida o elemento en que la mercancía se realiza como valor de cambio, y su determinación como 2) medio de cambio, instrumento de circulación, actúan en direcciones completamente diferentes. El dinero solo hace circular mercancías que idealmente ya están transformadas en dinero, no solo en la cabeza del individuo, sino en la representación de la sociedad (inmediatamente, de las partes en el proceso de compra y venta). Esta transformación ideal en dinero y la real no están determinadas en modo alguno por las mismas leyes. Hay que investigar su relación mutua.
a) [El dinero como medida de los valores]
Una determinación esencial de la circulación es que hace circular valores de cambio, y precisamente valores de cambio determinados como precios. Por eso, no cualquier tipo de cambio de mercancías, por ejemplo el trueque [barter], las entregas en especie, los servicios feudales, etc., constituye ya la circulación. Para la circulación hacen falta ante todo dos cosas: primero, el presupuesto de las mercancías como precios; segundo, no actos de cambio aislados, sino un círculo de cambios, una totalidad de ellos, en flujo constante y que se desarrolle más o menos sobre toda la superficie de la sociedad; un sistema de actos de cambio. ||35| La mercancía está determinada como valor de cambio. Como valor de cambio es, en una proporción determinada (en proporción al tiempo de trabajo contenido en ella), equivalente de todos los demás valores (mercancías); pero no corresponde inmediatamente a esta determinidad suya. Como valor de cambio es diferente de sí misma en su existencia natural. Hace falta una mediación para ponerla como tal. Por eso, en el dinero el valor de cambio se le enfrenta como algo distinto. Solo la mercancía puesta como dinero es la mercancía como puro valor de cambio, o la mercancía como puro valor de cambio es dinero. Pero al mismo tiempo el dinero existe ahora fuera de la mercancía y junto a ella; su valor de cambio, el valor de cambio de todas las mercancías, ha adquirido una existencia independiente de ella, autonomizada en un material propio, en una mercancía específica. El valor de cambio de la mercancía expresa el conjunto de las relaciones cuantitativas en que todas las demás mercancías pueden cambiarse por ella, determinadas por las cantidades desiguales de ellas que pueden producirse en el mismo tiempo de trabajo. El dinero existe ahora como valor de cambio de todas las mercancías junto a ellas y fuera de ellas. Es, para empezar, la materia general en que tienen que ser sumergidas, doradas y plateadas, para adquirir su existencia libre como valores de cambio. Tienen que ser traducidas al dinero, expresadas en él. El dinero se convierte en el denominador común de los valores de cambio, de las mercancías como valores de cambio. El valor de cambio expresado en dinero, es decir, igualado al dinero, es el precio. Después de que el dinero ha sido puesto como algo autónomo frente a los valores de cambio, los valores de cambio se ponen ahora en la determinidad del dinero que se les enfrenta como sujeto. Pero todo valor de cambio es un quantum determinado; valor de cambio cuantitativamente determinado. Como tal, es = a un quantum determinado de dinero. Esta determinidad está dada, según la ley general, por el tiempo de trabajo realizado en el valor de cambio. Así pues, un valor de cambio que es el producto, digamos [say], de un día se expresa en un quantum de oro o de plata que es = a un día de tiempo de trabajo; que es el producto de una jornada de trabajo. La medida general de los valores de cambio se convierte ahora en la medida entre cada valor de cambio y el dinero al que se iguala. (El oro y la plata están determinados ante todo por sus costes de producción en los países donde se producen. «En los países mineros [mining countries] todos los precios dependen en último término de los costes de producción de los metales preciosos; la remuneración pagada al minero ofrece la escala con arreglo a la cual se calcula la remuneración de todos los demás productores… El valor en oro y plata de todas las mercancías no sometidas a monopolio depende, en un país que no posee minas, del oro y la plata que pueden obtenerse exportando el resultado de una cantidad dada de trabajo, de la tasa corriente de ganancia y, en cada caso particular, del importe de los salarios que se han pagado y del tiempo por el que se han adelantado.» (Senior.)48 En otras palabras, de la cantidad de oro y plata que, directa o indirectamente, se obtiene de los países que poseen minas a cambio de una cierta cantidad de trabajo (de productos exportables).) El dinero es, para empezar, lo que expresa la relación de igualdad de todos los valores de cambio: en él tienen el mismo nombre. El valor de cambio puesto en la determinidad del dinero es el precio. En el precio, el valor de cambio se expresa como un quantum determinado de dinero. En el precio el dinero aparece, primero, como la unidad de todos los valores de cambio; segundo, como la unidad de la que estos contienen un número determinado, de modo que por la comparación con él se expresa su determinidad cuantitativa, su relación cuantitativa recíproca. El dinero está puesto aquí, pues, como la medida de los valores de cambio, y los precios, como los valores de cambio medidos en el dinero. Que el dinero sea la medida de los precios, y por tanto que en él se comparen entre sí los valores de cambio, es la determinación que se desprende por sí misma. Pero la más importante para el desarrollo es que en el precio el valor de cambio se compara con el dinero. Después de que el dinero ha sido puesto como el valor de cambio separado, autónomo frente a las mercancías, la mercancía singular, el valor de cambio particular, se iguala de nuevo al dinero, es decir, se pone igual a un quantum determinado de dinero, se expresa como dinero, se traduce a dinero. Por el hecho de ser igualadas al dinero, las mercancías vuelven a estar referidas unas a otras como lo estaban según su concepto como valores de cambio: de modo que se cubren y se comparan en proporciones determinadas. El valor de cambio particular, la mercancía, se expresa, se subsume, se pone bajo la determinidad del valor de cambio autonomizado, del dinero. Cómo ocurre esto (es decir, cómo se encuentra la relación cuantitativa entre el valor de cambio cuantitativamente determinado y una cantidad determinada de dinero), véase arriba. Pero como el dinero tiene una existencia autónoma fuera de las mercancías, el precio de la mercancía aparece como una relación externa de los valores de cambio o mercancías con el dinero; la mercancía no es precio del modo en que, por su sustancia social, era valor de cambio; esta determinidad no coincide inmediatamente con ella, sino que está mediada por su comparación con el dinero; la mercancía es valor de cambio, pero tiene un precio. El primero estaba en unidad inmediata con ella, era su determinidad inmediata, de la que se separaba igual de inmediatamente, de modo que de un lado se encontraba la mercancía y del otro (en el dinero) su valor de cambio; pero ahora, en el precio, la mercancía se refiere, por un lado, al dinero como algo que existe fuera de ella, y, en segundo lugar, está ella misma puesta idealmente como dinero, puesto que el dinero tiene una realidad distinta de ella. El precio es una propiedad de la mercancía, una determinación en la que esta es representada como dinero. Ya no es una determinidad inmediata de ella, sino una determinidad reflejada.||36| Junto al dinero real existe ahora la mercancía como dinero puesto idealmente.
Esta determinación inmediata, tanto del dinero como medida como de la mercancía como precio, se ilustra del modo más sencillo por la diferencia entre dinero real y dinero de cuenta. Como medida, el dinero sirve siempre como dinero de cuenta, y como precio la mercancía está siempre solo idealmente transformada en dinero.
«La estimación de la mercancía por el vendedor, la oferta hecha por el comprador, las cuentas, obligaciones, rentas, inventarios, etc., en suma, todo lo que conduce al acto material del pago y lo precede, tiene que expresarse en dinero de cuenta. El dinero real solo interviene para realizar los pagos y saldar (liquidar) las cuentas. Si tengo que pagar 24 libras [livres] 12 sueldos [sous], el dinero de cuenta presenta 24 unidades de una especie y 12 de otra, mientras que en realidad pagaré en 2 piezas materiales: una pieza de oro que vale 24 libras y una pieza de plata que vale 12 sueldos. La masa total del dinero real tiene límites necesarios en las necesidades de la circulación. El dinero de cuenta es una medida ideal que no tiene más límites que la representación. Se emplea para expresar toda clase de riqueza, con tal de que se considere solo desde el punto de vista de su valor de cambio; así la riqueza nacional, el ingreso del Estado y de los particulares; los valores de cuenta, sea cual sea la forma en que existan estos valores, se regulan según la misma forma; de modo que no hay un solo artículo en la masa de las cosas consumibles que no sea transformado varias veces en dinero por el pensamiento, mientras que, comparada con esta masa, la suma total del dinero efectivo es a lo sumo = 1 : 10.» Garnier. (Esta última proporción es mala. 1 : muchos millones sería más exacto. Pero esto es del todo inconmensurable.)
Así pues, si originariamente el dinero expresaba el valor de cambio, ahora la mercancía, como precio, como valor de cambio puesto idealmente, realizado en la cabeza, expresa una suma de dinero: dinero en una proporción determinada. Como precios, todas las mercancías son, bajo formas diferentes, representantes del dinero, mientras que antes el dinero, como valor de cambio autonomizado, era el representante de todas las mercancías. Después de que el dinero fue puesto realmente como mercancía, la mercancía es puesta idealmente como dinero.
Ahora bien, está claro para empezar que en esta transformación ideal de las mercancías en dinero, o en la posición de las mercancías como precios, la cantidad del dinero realmente existente es del todo indiferente, en un doble aspecto. Primero: la transformación ideal de las mercancías en dinero es, a primera vista [prima facie], independiente de la masa del dinero real y no está limitada por ella. No hace falta ni una sola pieza de dinero para este proceso, del mismo modo que no hace falta emplear realmente una medida de longitud (digamos, la vara) para expresar, por ejemplo, el ecuador terrestre en varas. Cuando, por ejemplo, se estima en dinero toda la riqueza nacional de Inglaterra, es decir, se expresa como precio, todo el mundo sabe que no hay en el mundo dinero suficiente para realizar ese precio. El dinero solo es necesario aquí como categoría, como relación pensada. Segundo: como el dinero vale como unidad, y la mercancía se expresa por tanto de modo que contiene una suma determinada de partes alícuotas del dinero, es medida por él, la medida entre ambos es la medida general de los valores de cambio: los costes de producción o el tiempo de trabajo. Así pues, si 1/3 de onza de oro es el producto de 1 jornada de trabajo y la mercancía x es el producto de 3 jornadas de trabajo, la mercancía x = 1 onza o 3 £ St. 17 sh. 7 d. Al medir dinero y mercancía, vuelve a intervenir la medida originaria de los valores de cambio. En lugar de en 3 jornadas de trabajo, la mercancía se expresa en el quantum de oro o plata que es el producto de 3 jornadas de trabajo. El quantum del dinero realmente disponible no tiene evidentemente nada que ver con esta proporción.
(Error de James Mill:49 pasa por alto que son los costes de producción, no la cantidad de los metales preciosos, los que determinan su valor, y que los precios de las mercancías se miden en valor metálico [measured in metallic value].)
(«Las mercancías, en el cambio, se sirven recíprocamente de medida. Pero este procedimiento requeriría tantos puntos de comparación como mercancías hay en circulación. Si una mercancía solo se cambiara por 1 mercancía, no por 2, no podría servir como término de comparación. De ahí la necesidad de un término común de comparación [terme commun de comparaison]. Este término puede ser puramente ideal. La determinación de medida es la originaria, más importante que la de prenda [gage]. En el comercio entre Rusia y China la plata sirve para evaluar todas las mercancías; sin embargo, este comercio se hace por trueques.» (Storch.) «La operación de medir por el dinero es semejante al empleo de pesas en la comparación de cantidades materiales. El mismo nombre para las dos unidades que estaban destinadas a contar tanto el peso como el valor de cada cosa. Las medidas de peso y las medidas de valor, los mismos nombres. Un patrón [étalon] que tuviera siempre un peso idéntico era fácil de encontrar. En el dinero se trataba, a su vez, del valor de la libra de plata = sus costes de producción.» (Sismondi. No solo los mismos nombres. El oro y la plata, originariamente pesados. Así el as = 1 libra de cobre entre los romanos.)|
|37| «Ovejas y bueyes, no oro y plata, eran el dinero en Homero y Hesíodo, como medida del valor. En el campo de Troya, trueque.» (Jacob.) (Lo mismo los esclavos en la Edad Media. ibid.)
El dinero puede estar puesto en la determinación de medida y de elemento general de los valores de cambio sin estar realizado en sus determinaciones ulteriores; por tanto, también antes de haber adoptado la forma del dinero metálico. En el simple trueque. Sin embargo, entonces se presupone que en general solo tiene lugar poco cambio; que las mercancías no están desarrolladas como valores de cambio, ni por tanto como precios. («Un patrón común en el precio de cualquier cosa presupone su enajenación frecuente y familiar [its frequent und familiar alienation].50 Este no es el caso en estados sociales simples. En países no industriales, muchas cosas sin precio determinado. Solo la venta puede determinar los precios, y solo la venta frecuente puede fijar un patrón. La venta frecuente de artículos de 1.ª necesidad depende de la relación entre ciudad y campo», etc.)
La determinación desarrollada de los precios presupone que el individuo no produce directamente sus medios de vida, sino que su producto inmediato es valor de cambio, y por tanto tiene que ser mediado primero por un proceso social para convertirse para él en medio de vida. Entre el pleno desarrollo de esta base de la sociedad industrial y el estado patriarcal, muchas fases intermedias, infinitos matices.
De a) resulta lo siguiente: si suben los costes de producción de los metales preciosos, bajan todos los precios de las mercancías; si bajan los costes de producción de los metales preciosos, suben todos los precios de las mercancías. Esta es la ley general, que, como veremos, se modifica en lo particular.
b) [El dinero como medio de circulación]
Si en los precios los valores de cambio se transforman idealmente en dinero, en el cambio, en la compra y la venta, se transforman realmente en dinero, se cambian por dinero, para cambiarse después de nuevo, como dinero, por mercancía. El valor de cambio particular tiene que cambiarse primero por el general, para después cambiarse de nuevo por valores particulares. La mercancía solo se realiza como valor de cambio por medio de este movimiento mediador, en el que el dinero hace de mediador. El dinero corre, pues, en dirección opuesta a la de las mercancías. Aparece como el mediador del cambio de mercancías, como el medio de cambio. Es rueda de la circulación, instrumento de circulación para el curso de las mercancías; pero como tal tiene al mismo tiempo su propia circulación: curso del dinero, circulación del dinero. El precio de la mercancía solo se realiza en su cambio por dinero efectivo, o en su cambio efectivo por dinero.
De lo anterior resulta ahora lo siguiente. Las mercancías solo se cambian realmente por dinero, se transforman en dinero efectivo, después de haberse transformado antes idealmente en dinero, es decir, de haber recibido una determinación de precio, como precios. Los precios son, pues, el presupuesto de la circulación del dinero, por mucho que su realización aparezca como resultado de esta. Las circunstancias que hacen subir o bajar los precios de las mercancías por encima o por debajo de su valor medio, porque hacen subir o bajar su valor de cambio, han de desarrollarse en la sección sobre el valor de cambio y preceden al proceso de su realización efectiva en dinero; aparecen, pues, para empezar, completamente independientes de él. Las relaciones de los números entre sí siguen siendo, naturalmente, las mismas aunque yo los represente en fracciones decimales. Es solo otra denominación. Para hacer circular realmente las mercancías hacen falta instrumentos de transporte, y eso no puede llevarlo a cabo el dinero. Si he comprado 1000 lb. de hierro por el importe de x £, la propiedad del hierro ha pasado a mis manos. Mis x £ han prestado su servicio como medio de cambio y han circulado, igual que el título de propiedad. El vendedor, a la inversa, ha realizado el precio del hierro, el hierro como valor de cambio. Pero para llevar ahora el hierro de él a mí, el dinero no hace nada; para eso hace falta un carro, caballos, caminos, etc. La circulación efectiva de las mercancías en el espacio y en el tiempo no la lleva a cabo el dinero. Este solo realiza su precio y transfiere así el título sobre la mercancía al comprador, a aquel que ha ofrecido los medios de cambio. Lo que el dinero hace circular no son las mercancías, sino los títulos de propiedad sobre ellas; y lo que se realiza contra él en esta circulación, sea en la compra o en la venta, no son tampoco las mercancías, sino sus precios. La cantidad de dinero que se requiere para la circulación está, pues, determinada ante todo por el nivel alto o bajo de los precios de las mercancías lanzadas a la circulación. Pero la suma total de estos precios está determinada, primero, por los precios de las mercancías singulares; segundo, por la masa de mercancías a precios determinados que entra en la circulación. Por ejemplo, para hacer circular un quarter de trigo a 60 chelines hacen falta el doble de chelines que para hacerlo circular al precio de 30 chelines. Y si han de circular 500 de estos quarters a 60 chelines, hacen falta 30000 chelines, mientras que para la circulación de 200 quarters semejantes solo hacen falta 12000 chelines. Depende, pues, del nivel alto o bajo de los precios de las mercancías y de los quanta de mercancías de precio fijado.
Pero, en segundo lugar, la cantidad de dinero requerida para la circulación no depende solo de la suma total de los precios que se han de realizar, sino de la velocidad con que el dinero corre, con que lleva a cabo el negocio de esta realización. Si 1 tálero hace en una hora 10 compras, cada una al precio de un tálero, si se cambia 10 veces, realiza exactamente [quite] el mismo negocio que harían 10 táleros que solo efectuaran 1 compra en una hora. La velocidad es el momento negativo; sustituye a la cantidad; por ella se multiplica una pieza de dinero.
Las circunstancias que determinan, por un lado, la masa de los precios de las mercancías que se han de realizar y, por otro, la velocidad del curso del dinero han de investigarse más adelante. Lo que está claro es que los precios no son altos o bajos porque circule mucho o poco dinero, sino que circula mucho o poco dinero porque los precios son altos o bajos; y además, que la velocidad del dinero circulante no depende de su cantidad, pero sí ||38| la cantidad del medio circulante de su velocidad (los pagos grandes [heavy payments] no se cuentan, sino que se pesan; con ello se abrevia el tiempo).
Sin embargo, como ya se ha mencionado, el curso del dinero no parte de un centro, ni vuelve a un centro desde todos los puntos de la periferia (como en el caso de los bancos emisores [banks of issue] y, en parte, del dinero del Estado), sino que parte de infinitos puntos y vuelve a infinitos puntos (este retorno mismo, y el tiempo en que se recorre, son contingentes). La velocidad del medio de circulación solo puede, pues, sustituir hasta cierto punto la cantidad del medio circulante. (Los fabricantes y los arrendatarios, por ejemplo, pagan al obrero; este, al tendero, etc.; de este vuelve el dinero a los fabricantes y arrendatarios.) El mismo quantum de dinero solo puede efectuar una serie de pagos sucesivamente, sea cual sea su velocidad. Pero hay que hacer simultáneamente una masa determinada de pagos. La circulación toma su punto de partida simultáneamente en una masa de muchos puntos. Hace falta, pues, para la circulación un quantum determinado de dinero, que se encontrará siempre en circulación y que está determinado por la suma total que parte de los puntos de partida simultáneos de la circulación y por la velocidad con que recorre su trayectoria (con que vuelve). Por mucho que esta cantidad del medio circulante esté expuesta a mareas bajas y altas, se establece un nivel medio, puesto que los cambios permanentes solo son muy graduales, solo se producen en largos períodos y, como veremos, quedan siempre paralizados por una masa de circunstancias secundarias.
(Sobre a.) («Medida, usado como atributo del dinero, significa indicador del valor.» Ridículo que «los precios tengan que bajar porque las mercancías se estiman como valiendo tantas onzas de oro y la cantidad de oro ha disminuido en este país». La eficacia del oro como indicador del valor no se ve afectada porque su cantidad sea mayor o menor en un país determinado. Si, empleando expedientes bancarios [banking expedients], se consiguiera reducir a 1/2 toda la circulación de papel y de metal en este país, el valor relativo del oro y de las mercancías seguiría siendo el mismo. Ejemplo del Perú en el siglo XVI y de la transmisión de Francia a Inglaterra. Hubbard, VIII, 45.)51 («En la costa africana ni el oro ni la plata son medida del valor; en su lugar, un patrón ideal, una barra imaginaria.» Jacob V, 15.)
En su determinación de medida, el dinero es indiferente a su cantidad, o la cantidad existente de dinero es indiferente. En su determinidad de medio de cambio, de instrumento de circulación, su cantidad está medida. Si estas dos determinaciones del dinero pueden entrar en contradicción entre sí, se verá más adelante.
(El concepto de la circulación forzada, involuntaria (véase Steuart)52 no corresponde todavía aquí.)
A la circulación le es esencial que el cambio aparezca como un proceso, un todo fluido de compras y ventas. Su primer presupuesto es la circulación de las mercancías mismas, su circulación, que parte constantemente de muchos lados. La condición de la circulación de mercancías es que se produzcan como valores de cambio, no como valores de uso inmediatos, sino como mediados por el valor de cambio. La apropiación por y mediante la enajenación y la venta [Ent- und Veräusserung]53 es presupuesto fundamental. En la circulación como realización de los valores de cambio está contenido: 1) que mi producto solo es producto en la medida en que es para otros; es decir, singular superado, general; 2) que solo es producto para mí en la medida en que ha sido enajenado, se ha hecho para otros; 3) que solo es para el otro en la medida en que este enajena a su vez su producto; en lo cual ya está implícito 4) que la producción no aparece para mí como fin en sí mismo, sino como medio. La circulación es el movimiento en que la enajenación general aparece como apropiación general, y la apropiación general como enajenación general. Por mucho que el todo de este movimiento aparezca como proceso social, y por mucho que los momentos singulares de este movimiento partan de la voluntad consciente y de los fines particulares de los individuos, la totalidad del proceso aparece como una conexión objetiva que surge de modo natural; que resulta, ciertamente, de la acción recíproca de los individuos conscientes, pero que ni está en su conciencia ni queda subsumida como todo bajo ellos. Su propio choque mutuo les produce un poder social ajeno que está por encima de ellos; su acción recíproca, como proceso y fuerza independientes de ellos. La circulación, por ser una totalidad del proceso social, es también la primera forma en la que no solo la relación social aparece como algo independiente de los individuos, como ocurre por ejemplo en una pieza de dinero o en el valor de cambio, sino el todo del movimiento social mismo. La relación social de los individuos entre sí como poder autonomizado sobre los individuos, ya se represente como poder natural, azar o en cualquier otra forma, es resultado necesario de que el punto de partida no es el individuo social libre. La circulación, como primera totalidad entre las categorías económicas, sirve bien para hacer intuible esto.|
/39/ Considerada a primera vista, la circulación aparece como un proceso de mala infinitud.54 La mercancía se cambia por dinero; el dinero se cambia por la mercancía, y esto se repite hasta el infinito. Esta renovación constante del mismo proceso constituye, en efecto, un momento esencial de la circulación. Pero, considerada más de cerca, presenta además otros fenómenos: los fenómenos del cierre o del retorno del punto de partida sobre sí mismo. La mercancía se cambia por dinero; el dinero se cambia por la mercancía. Así se cambia mercancía por mercancía, solo que este cambio es un cambio mediado. El comprador vuelve a ser vendedor y el vendedor vuelve a ser comprador. Así cada uno está puesto en la doble y opuesta determinación, y es así la unidad viva de ambas determinaciones. Ahora bien, es completamente falso que, como hacen los economistas, de repente, en cuanto aparecen las contradicciones del sistema monetario, se retengan de repente solo los resultados finales, sin el proceso que los media; solo la unidad, sin la diferencia; la afirmación sin la negación. La mercancía se cambia en la circulación por mercancía; igualmente no se cambia por mercancía, en la medida en que se cambia por dinero. Los actos de comprar y vender, en otras palabras, aparecen como dos actos indiferentes entre sí, separados en el espacio y en el tiempo. Cuando se dice que el que vende también compra, puesto que compra dinero, y que el que compra también vende, puesto que vende dinero, se prescinde precisamente de la diferencia, de la diferencia específica entre mercancía y dinero. Después de habernos mostrado los economistas del modo más hermoso que el trueque, en el que ambos actos coinciden, no basta para una forma social y un modo de producción más desarrollados, consideran de repente el trueque mediado por el dinero como inmediato y pasan por alto el carácter específico de esta transacción. Después de habernos mostrado que, a diferencia de la mercancía, hace falta dinero, afirman de golpe [all at once] que no existe diferencia alguna entre el dinero y la mercancía. Se recurre a esta abstracción porque en el desarrollo real del dinero se presentan contradicciones que son desagradables para la apologética del sentido común [common sense] burgués y que por eso hay que encubrir. En la medida en que la compra y la venta, los dos momentos esenciales de la circulación, son indiferentes entre sí, están separadas en el espacio y en el tiempo, no necesitan en modo alguno coincidir. Su indiferencia puede llegar hasta la consolidación y la aparente autonomía de una frente a la otra. Pero en la medida en que ambas forman esencialmente momentos de un todo, tiene que llegar un momento en que la figura autónoma se rompa violentamente y la unidad interna se restablezca exteriormente por medio de una explosión violenta. Así, ya en la determinación del dinero como mediador, en la escisión del cambio en 2 actos, está el germen de las crisis, al menos su posibilidad, que no puede realizarse sino allí donde se dan las condiciones fundamentales de la circulación clásicamente desarrollada, correspondiente a su concepto.
Se ha mostrado además que en la circulación el dinero solo realiza los precios. El precio aparece primero como determinación ideal de la mercancía; pero el dinero cambiado por la mercancía es su precio realizado, su precio efectivo. Por eso el precio aparece tanto fuera de la mercancía e independiente junto a ella como existiendo idealmente en ella. Si no puede realizarse en dinero, deja de ser capaz de circular, y su precio se vuelve meramente imaginario; del mismo modo que originariamente el producto transformado en valor de cambio, si no se cambia efectivamente, deja de ser producto. (No se habla aquí de la subida y la bajada de los precios.) Considerado bajo a), el precio aparecía como determinación en las mercancías; pero considerado bajo b), el dinero aparece como el precio fuera de la mercancía. No es solo demanda lo que hace falta de la mercancía, sino demanda acuñada. Por eso la mercancía, si su precio no puede realizarse, si no puede transformarse en dinero, aparece como desvalorizada, privada de precio [entpreißt].55 El valor de cambio expresado en su precio tiene que sacrificarse en cuanto es necesaria esta transformación específica en dinero. De ahí las quejas de Boisguillebert,56 por ejemplo, de que el dinero es el verdugo de todas las cosas, el Moloc al que hay que sacrificarlo todo, el déspota de las mercancías. En los tiempos de la monarquía absoluta naciente, con su transformación de todos los impuestos en impuestos en dinero, el dinero aparece en efecto como el Moloc al que se sacrifica la riqueza real. Así aparece también en todo pánico monetario [monetary panic]. De siervo del comercio, dice Boisguillebert, el dinero se convierte en su déspota. En realidad, sin embargo, ya está presente en sí en la determinación de los precios lo que se pone en el cambio por el dinero: que el dinero ya no representa a la mercancía, sino que la mercancía representa al dinero. Las quejas contra el comercio por medio del dinero como comercio no legítimo, en algunos escritores que forman la transición de la época feudal a la moderna; como más tarde en los socialistas.
α) Cuanto más se desarrolla la división del trabajo, tanto más deja el producto de ser un medio de cambio. Aparece la necesidad de un medio de cambio general, independiente de la producción específica de cada uno. En la producción orientada a la subsistencia inmediata no puede cambiarse cualquier artículo por cualquier otro, y una actividad determinada solo||40| puede cambiarse por productos determinados. Cuanto más particularizados, variados y no autónomos se vuelven los productos, tanto más necesario se vuelve un medio de cambio general. Al principio, el producto del trabajo, o el trabajo mismo, es el medio de cambio general. Pero deja cada vez más de ser un medio de cambio general a medida que se particulariza. Una división del trabajo medianamente desarrollada presupone que las necesidades de cada uno se han vuelto muy variadas y su producto muy unilateral. La necesidad del cambio y el medio de cambio inmediato se desarrollan en proporción inversa. De ahí la necesidad de un medio de cambio general, allí donde el producto determinado y el trabajo determinado tienen que cambiarse por la capacidad de cambio. El valor de cambio de una cosa no es otra cosa que la expresión cuantitativamente especificada de su capacidad para servir de medio de cambio. En el dinero, el medio de cambio mismo se convierte en cosa, o el valor de cambio de la cosa adquiere una existencia autónoma fuera de la cosa. Como la mercancía, frente al dinero, es un medio de cambio de fuerza solo limitada, puede dejar de ser medio de cambio frente al dinero.
β) La separación del cambio en compra y venta hace posible que yo solo compre sin vender (acaparamiento [accaparement] de mercancías) o solo venda sin comprar (acumulación de dinero). Hace posible la especulación. Hace del cambiar un negocio particular; es decir, funda el estamento de los comerciantes. Esta separación ha hecho posible una masa de transacciones intermedias antes del cambio definitivo de las mercancías, y capacita a una masa de personas para explotar esta escisión. Ha hecho posible una masa de transacciones aparentes. Unas veces se muestra que lo que aparecía como un acto esencialmente separado es algo esencialmente inseparable; otras, que lo que se pensaba como un acto esencialmente inseparable está en la realidad esencialmente separado. En los momentos en que el comprar y el vender se afirman como actos esencialmente diferentes, tiene lugar la depreciación general de todas las mercancías. En los momentos en que sale a la luz que el dinero es solo medio del cambio, tiene lugar la depreciación del dinero. Bajada o subida general de los precios.
Con el dinero está dada la posibilidad de una división absoluta del trabajo, porque está dada la independencia del trabajo respecto de su producto específico, respecto del valor de uso inmediato de su producto para él.
La subida general de los precios en tiempos de especulación no puede atribuirse a un aumento general de su valor de cambio o de sus costes de producción; pues si el valor de cambio o los costes de producción del oro subieran de modo uniforme con los de todas las demás mercancías, sus valores de cambio expresados en dinero, es decir, sus precios, seguirían siendo los mismos. Tampoco puede atribuirse a una caída del precio de producción del oro. (Del crédito no se habla todavía aquí.) Pero como el dinero no es solo mercancía general, sino también particular, y como particular cae bajo las leyes de la demanda y la oferta, la demanda general de mercancías particulares, en oposición al dinero, tiene que hacerlo bajar.
Vemos que está en la naturaleza del dinero no resolver las contradicciones, tanto del trueque inmediato como del valor de cambio, sino poniéndolas como generales. Era contingente que el medio de cambio particular se cambiara o no por otro particular; pero ahora la mercancía tiene que cambiarse por el medio de cambio general, con el que su particularidad está en una contradicción aún mayor. Para asegurar la capacidad de cambio de la mercancía, se le contrapone la capacidad de cambio misma como una mercancía autónoma. (De medio se convierte en fin.) La cuestión era si la mercancía particular encontraba a la particular. Pero el dinero supera [hebt … auf] el acto mismo del cambio, descomponiéndolo en 2 actos indiferentes entre sí.57
(Antes de seguir desarrollando las cuestiones sobre la circulación, fuerte, débil, etc., y en especial el punto controvertido sobre la cantidad del dinero circulante y los precios, hay que considerar el dinero en su 3.ª determinación.)
Un momento de la circulación es que la mercancía se cambia por la mercancía por medio del dinero. Pero igualmente tiene lugar el otro momento: no solo que la mercancía se cambia por dinero y el dinero por mercancía, sino igualmente que el dinero se cambia por mercancía y la mercancía por dinero; es decir, que el dinero se media consigo mismo por medio de la mercancía y aparece como la unidad que en su curso se cierra consigo misma. Así ya no aparece como medio, sino como fin de la circulación (como, por ejemplo, en el estamento de los comerciantes) (en el comercio en general). Si la circulación no se considera solo como una alternancia constante, sino en los ciclos que describe en sí misma, este ciclo aparece doble: mercancía ‒ dinero ‒ dinero ‒ mercancía; por otro lado, dinero ‒ mercancía ‒ mercancía ‒ dinero; es decir, si vendo para comprar, igualmente puedo comprar para vender. En el primer caso el dinero es solo medio para obtener la mercancía, y la mercancía el fin; en el segundo caso, la mercancía es solo medio para obtener dinero, y el dinero el fin. Esto resulta sencillamente de reunir los momentos de la circulación. Considerada, pues, la mera circulación, tiene que ser indiferente en qué punto intervengo para fijarlo como punto de partida.
Ahora bien, tiene lugar, ciertamente, una diferencia específica entre la mercancía que se encuentra en circulación y el dinero que se encuentra en circulación. La mercancía es expulsada de la circulación en cierto punto y solo cumple su determinación definitiva en cuanto es retirada definitivamente de ella, es consumida, sea en el acto de la producción, sea ||41| en el consumo propiamente dicho. La determinación del dinero, en cambio, es permanecer en la circulación, como su rueda; empezar siempre de nuevo su curso como perpetuum mobile.
No obstante, aquella segunda determinación se encuentra en la circulación igual que la primera. Ahora bien, puede decirse: cambiar mercancía por mercancía tiene sentido, porque las mercancías, aunque como precios sean equivalentes, son cualitativamente diferentes, y su cambio satisface así en último término necesidades cualitativamente diferentes. En cambio, cambiar dinero por dinero no tiene sentido, salvo que haya una diferencia cuantitativa, que se cambie menos dinero por más, que se venda más caro de lo que se compra, y con la categoría de la ganancia no tenemos todavía nada que ver. El silogismo58 dinero ‒ mercancía ‒ mercancía ‒ dinero que extraemos del análisis de la circulación aparecería así solo como una abstracción arbitraria y sin sentido, como si se quisiera describir el ciclo de la vida como muerte ‒ vida ‒ muerte; aunque incluso en este último caso no podría negarse que la disolución constante de lo individualizado en lo elemental es un momento del proceso natural tanto como la individualización constante de lo elemental. Lo mismo en el acto de la circulación: la constante conversión en dinero de las mercancías, igual que la constante transformación del dinero en mercancías. En el proceso real de comprar para volver a vender, el motivo es sin duda la ganancia que se obtiene con ello, y el fin último, cambiar, por medio de la mercancía, menos dinero por más dinero, puesto que no hay diferencia cualitativa entre dinero (aquí no se habla ni de dinero metálico particular ni de clases particulares de monedas) y dinero. Sin embargo, no puede negarse que la operación puede fracasar, y que así el cambio de dinero por dinero sin diferencia cuantitativa se da con frecuencia incluso en la realidad y por eso puede darse. Pero para que este proceso, en el que descansa el comercio y que por eso constituye también, por su extensión, un fenómeno principal de la circulación, sea en general posible, el ciclo dinero ‒ mercancía ‒ mercancía ‒ dinero tiene que reconocerse como forma particular de la circulación. Esta forma se distingue específicamente de aquella en que el dinero aparece como mero medio de cambio de las mercancías; como el término medio; como premisa menor del silogismo. Junto a la determinidad cuantitativa que tiene en el comercio, hay que separarlo en su forma puramente cualitativa, en su movimiento específico. Segundo: contiene ya que el dinero no vale solo como medida, ni como medio de cambio, ni solo como ambas cosas, sino que tiene una 3.ª determinación. Aparece aquí, primero, como fin en sí mismo, a cuya mera realización sirven el comercio de mercancías y el cambio. Segundo, como con él se cierra aquí el ciclo, sale fuera de este, del mismo modo que la mercancía cambiada por su equivalente por medio del dinero es expulsada de la circulación. Es muy cierto que el dinero, en la medida en que solo está determinado como agente de la circulación, permanece constantemente encerrado en su ciclo. Pero aquí se muestra que es además algo distinto de este instrumento de circulación, que [el dinero] también posee una existencia autónoma fuera de la circulación y que en esta nueva determinación puede retirarse de ella igual que la mercancía tiene que retirarse siempre definitivamente de ella. Tenemos así que considerar el dinero en su 3.ª determinación, en la que encierra en sí las dos primeras como determinaciones, es decir, tanto la de servir de medida como la de ser el medio de cambio general y, con ello, la realización de los precios de las mercancías.
c) El dinero como representante material de la riqueza. (Amontonamiento del dinero; antes aún, el dinero como la materia general de los contratos, etc.)
Está en la naturaleza del ciclo que cada punto aparezca a la vez como punto de partida y punto final, y precisamente que aparezca como lo uno en la medida en que aparece como lo otro. La determinación formal D ‒ M ‒ M ‒ D es, pues, tan exacta como la otra, que aparece como la originaria, M ‒ D ‒ D ‒ M. La dificultad está en que la otra mercancía es cualitativamente distinta; no así el otro dinero. Solo puede ser cuantitativamente distinto. ‒ Considerada como medida, la sustancia material del dinero es esencial, aunque su existencia y, más precisamente, su cantidad, el número de veces en que se da la porción de oro o plata que sirve de unidad, le es del todo indiferente en esta determinación, y en general solo se emplea como unidad representada, no existente. Lo que tiene que estar presente en esta determinación es la unidad y no el número. Si digo que una lb. de algodón vale 8 d., digo que 1 lb. de algodón = 1/116 de onza de oro (la onza a 3 l. 17 sh. 7 d.) (931 d.). Esto expresa entonces al mismo tiempo su determinidad como valor de cambio, como equivalente de todas las demás mercancías, que contienen la onza de oro tantas o cuantas veces, puesto que todas ellas se comparan igualmente con la onza de oro ||42|. Esta relación originaria de la libra de algodón con el oro, por la que se determina la cantidad de oro contenida en una libra de algodón, está puesta por la cantidad del tiempo de trabajo realizado en ambos, la sustancia común real de los valores de cambio. Esto hay que darlo por supuesto desde el capítulo que trata del valor de cambio como tal. La dificultad de encontrar esta ecuación no es tan grande como parece. Por ejemplo, en el trabajo que produce directamente oro aparece directamente una cantidad determinada de oro como el producto de, digamos, una jornada de trabajo. La concurrencia iguala a esta las demás jornadas de trabajo, modificandis modificatis.59 Directa o indirectamente. En una palabra, en la producción inmediata del oro aparece inmediatamente una cantidad determinada de oro como producto y, por tanto, como el valor, el equivalente de un tiempo de trabajo determinado. Basta, pues, con determinar el tiempo de trabajo realizado en las distintas mercancías e igualarlo al tiempo de trabajo que produce directamente el oro para decir cuánto oro está contenido en una mercancía determinada. La determinación de todas las mercancías como precios ‒ como valores de cambio medidos ‒ es un proceso que solo se realiza poco a poco, que presupone un cambio frecuente y, por tanto, una comparación frecuente de las mercancías como valores de cambio; pero en cuanto la existencia de las mercancías como precios se ha convertido en presupuesto ‒ un presupuesto que es él mismo un producto del proceso social, un resultado del proceso social de producción ‒, la determinación de nuevos precios aparece como algo sencillo, puesto que los elementos de los costes de producción existen ya entonces en forma de precios y basta, pues, con sumarlos. (Frecuente alienación, venta, venta frecuente [alienation, sale, frequent sale], Steuart. Más bien, todo esto tiene que tener continuidad para que los precios adquieran cierta regularidad.) Sin embargo, el punto al que queríamos llegar aquí es este: el oro, en relación con las mercancías, en la medida en que ha de fijarse como unidad de medida, se determina por el trueque [barter], el comercio de cambio inmediato; igual que la relación de todas las demás mercancías entre sí. En el trueque, sin embargo, el producto es valor de cambio solo en sí; es su primera forma de manifestación; pero el producto todavía no está puesto como valor de cambio. En primer lugar, esta determinación no se extiende a toda la producción, sino que afecta solo a su excedente y es, por tanto, ella misma más o menos superflua (como el propio cambio); una ampliación fortuita del círculo de las satisfacciones, de los disfrutes (relación con nuevos objetos). Por eso solo se da en pocos puntos (originariamente allí donde terminaban las comunidades naturales,60 en su contacto con los extraños), está limitado a un círculo pequeño y constituye algo que pasa de largo junto a la producción, algo accesorio; se extingue tan fortuitamente como surge. El trueque, en el que el excedente de la producción propia se cambia fortuitamente por el de la ajena, es solo la primera aparición del producto como valor de cambio en general y está determinado por necesidades fortuitas, antojos, etc. Pero si hubiera de continuarse, de convertirse en un acto continuo que contenga en sí mismo los medios de su renovación constante, entonces entra poco a poco, de manera igualmente exterior y fortuita, la regulación del cambio recíproco por la regulación de la producción recíproca, y los costes de producción, que en definitiva se resuelven todos en tiempo de trabajo, se convertirían así en la medida del cambio. Esto nos muestra cómo llega a ser el cambio y el valor de cambio de la mercancía. Pero las circunstancias en las que una relación se presenta por primera vez no nos la muestran en modo alguno, ni en su pureza ni en su totalidad. Un producto puesto como valor de cambio ya no está esencialmente determinado como simple; está puesto en una cualidad distinta de su cualidad natural; está puesto como relación, y precisamente como relación general, no con una mercancía, sino con toda mercancía, con todo producto posible. Expresa, pues, una relación general; el producto que se relaciona consigo mismo como la realización de una cantidad determinada del trabajo general, del tiempo de trabajo social, y que en esa medida es el equivalente de cualquier otro producto en la relación expresada en su valor de cambio. El valor de cambio supone el trabajo social como la sustancia de todos los productos, con total abstracción de su naturalidad. Nada puede expresar una relación sin relacionarse con algo uno; y ninguna relación general sin relacionarse con algo general. Como el trabajo es movimiento, el tiempo es su medida natural. El trueque en su forma más tosca supone el trabajo como sustancia y el tiempo de trabajo como medida de las mercancías; lo cual sale luego también a la luz en cuanto se regulariza, se hace continuo, en cuanto ha de contener en sí mismo las condiciones recíprocas de su renovación. ‒ La mercancía es valor de cambio solo en la medida en que se expresa en otra, es decir, como relación. Una fanega de trigo vale tantas fanegas de centeno; en este caso el trigo es valor de cambio en la medida en que se expresa en el centeno, y el centeno es valor de cambio en la medida en que se expresa en el trigo. En la medida en que cada uno de los dos se refiere solo a sí mismo, no es valor de cambio. Pues bien, en la relación en la que el dinero aparece como medida, no está expresado él mismo como relación, como valor de cambio, sino como cantidad natural de una materia determinada, como una fracción natural del peso de oro o plata. En general, la mercancía en la que se expresa el valor de cambio de otra nunca está expresada como valor de cambio, nunca como relación, sino como cantidad determinada en su constitución natural. Si 1 fanega de trigo vale 3 fanegas de centeno, solo la fanega de trigo está expresada como valor, no la fanega de centeno. En sí también está puesta la otra, desde luego; la 1 fanega de centeno es entonces = 1/3 de fanega de trigo; pero esto no está ||43| puesto, sino que es solo una 2.ª relación, que, desde luego, está presente de modo inmediato en la primera. Cuando una mercancía se expresa en otra, aquella está puesta como relación y esta como simple cantidad de una materia determinada. 3 fanegas de centeno no son en sí un valor, sino el centeno en cuanto llena una cantidad determinada de espacio, en cuanto medido con una medida de capacidad. Lo mismo ocurre con el dinero como medida, como la unidad en la que se miden los valores de cambio de las demás mercancías. Es un peso determinado de la sustancia natural en la que se presenta, oro, plata, etc. Si 1 fanega de trigo [wheat] tiene el precio de 77 sh. 7 d., está expresada como otra cosa a la que es igual, como 1 onza de oro, como relación, como valor de cambio. Pero 1 onza de oro no es en sí un valor de cambio; no está expresada como valor de cambio, sino como cantidad determinada de sí misma, de su sustancia natural, del oro. Si 1 fanega de trigo tiene el precio de 77 sh. 7 d. o de 1 onza de oro, esto puede ser un valor mayor o menor, ya que 1 onza de oro subirá o bajará de valor en proporción a la cantidad de trabajo requerida para su producción. Pero esto es indiferente para la determinación de su precio como tal, puesto que su precio de 77 sh. 7 d. expresa exactamente la relación en la que es equivalente de todas las demás mercancías, en la que puede comprarlas. La determinidad de la determinación del precio, si el quarter está a 77 o a 1780 sh., cae fuera de la determinación del precio en general, es decir, del poner el trigo como precio. Tiene un precio, cueste 100 o 1 sh. El precio expresa su valor de cambio solo en una unidad común a todas las mercancías; supone, por tanto, que este valor de cambio está ya regulado por otras relaciones. Que 1 quarter de trigo tenga el precio de 1 onza de oro ‒ como el oro y el trigo, en cuanto objetos naturales, no tienen relación alguna entre sí, no son en cuanto tales medidas el uno del otro, son indiferentes el uno respecto del otro ‒ se ha encontrado, desde luego, al poner la onza de oro misma, a su vez, en relación con el tiempo de trabajo necesario para su producción, y así a ambos, trigo y oro, en relación con un 3.º, el trabajo, e igualarlos en esta relación; es decir, al compararlos entre sí como valores de cambio. Pero esto solo nos muestra cómo se encuentra el precio del trigo, la cantidad de oro a la que se iguala. En esta relación misma, donde el dinero aparece como precio del trigo, él mismo no está puesto a su vez como relación, como valor de cambio, sino como cantidad determinada de una materia natural. En el valor de cambio, las mercancías (productos) están puestas como relaciones con su sustancia social, el trabajo; pero como precios están expresadas en cantidades de otros productos según su constitución natural. Ahora bien, puede decirse, desde luego, que también el precio del dinero está puesto como 1 quarter de trigo, 3 quarters de centeno y todas las demás cantidades de distintas mercancías cuyo precio es 1 onza de oro. Pero entonces, para expresar el precio del dinero, habría que enumerar todo el círculo de las mercancías, cada una en la cantidad en que es igual a 1 onza de oro. El dinero tendría, pues, tantos precios como mercancías hay cuyo precio expresa él mismo. La determinación principal del precio, la unidad, desaparecería. Ninguna mercancía expresaría el precio del dinero, porque ninguna expresaría su relación con todas las demás mercancías, su valor de cambio general. Pero lo específico del precio es que el valor de cambio mismo ha de expresarse en su generalidad y, sin embargo, en una mercancía determinada. Pero incluso eso es indiferente. En la medida en que el dinero aparece como la materia en la que se expresa, se mide el precio de todas las mercancías, el dinero mismo está puesto como una cantidad determinada de oro, plata, etc., en suma, de su materia natural; cantidad simple de una materia determinada, no él mismo como valor de cambio, como relación. Así, toda mercancía en la que se expresa otra como precio no está ella misma puesta como valor de cambio, sino como simple cantidad de sí misma. En la determinación del dinero como unidad de los valores de cambio, como su medida, su punto general de comparación, su materia natural, oro, plata, aparece como esencial, puesto que como precio de la mercancía no es valor de cambio, no es relación, sino un peso determinado de oro, plata; por ejemplo, una libra, con sus subdivisiones, y así el dinero aparece también originariamente como libra, aes grave.61 Esto es precisamente lo que distingue el precio del valor de cambio, y hemos visto que el valor de cambio conduce necesariamente a la determinación del precio. De ahí el disparate de quienes hacen del tiempo de trabajo como tal el dinero, es decir, quieren poner y no poner la diferencia entre precio y valor de cambio. El dinero como medida, como elemento de la determinación del precio, como unidad que mide los valores de cambio, ofrece, pues, el fenómeno de que 1) solo es necesario como unidad representada, una vez que se ha determinado el valor de cambio de una onza de oro frente a una mercancía cualquiera; de que su existencia real es superflua y, por tanto, más aún la cantidad en que está presente; como indicador (indicator del valor), la cuantía [amount] en que existe en un país es indiferente; solo es necesario como unidad de cuenta; 2) de que, mientras que así solo necesita estar puesto idealmente, y de hecho, como precio de la mercancía, solo está puesto idealmente en ella, al mismo tiempo, como simple cantidad de la sustancia natural en que se presenta, como un peso determinado de oro, plata, etc., adoptado como unidad, proporciona el punto de comparación, la unidad, la medida. Los valores de cambio (mercancías) están transformados en la representación en ciertas fracciones de peso de oro o de plata, y puestos idealmente como = a esta cantidad representada de oro, etc.; como expresándola.||44| Pero si pasamos ahora a la segunda determinación del dinero, como medio de cambio y realizador de los precios, hemos encontrado que aquí tiene que estar presente en una cantidad determinada; que el peso de oro o plata puesto como unidad es necesario en un número determinado para ser adecuado a esta determinación. Si están dadas, por un lado, la suma de los precios que se han de realizar, que depende del precio de una mercancía determinada x por su cantidad, y, por otro, la velocidad de la circulación del dinero, se requiere una cierta cantidad del medio de circulación. Pero si consideramos ahora más de cerca la forma originaria, la forma inmediata en que se presenta la circulación, M ‒ D ‒ D ‒ M, en ella el dinero aparece como puro medio de cambio. La mercancía se cambia por mercancía, y el dinero aparece solo como el medio del cambio. El precio de la primera mercancía se realiza en dinero para realizar con el dinero el precio de la 2.ª mercancía y obtenerla así a cambio de la primera. Una vez realizado el precio de la primera mercancía, el fin de quien ha obtenido ahora su precio en dinero no es obtener el precio de la 2.ª mercancía, sino que paga su precio para obtener la mercancía. En el fondo, el dinero solo le ha servido, por tanto, para cambiar la primera mercancía por la 2.ª. Como mero medio de circulación, el dinero no tiene otro fin. El hombre que ha vendido su mercancía por dinero quiere volver a comprar mercancía, y aquel a quien se la compra necesita a su vez el dinero para comprar mercancía, etc. Pues bien, en esta determinación como puro medio de circulación, la determinación del dinero mismo consiste solo en este curso, que lleva a cabo por el hecho de que su cantidad está determinada de antemano; su número. Cuántas veces está presente él mismo como unidad en las mercancías está determinado de antemano en sus precios, y como instrumento de circulación aparece solo como número de esta unidad presupuesta. En la medida en que realiza el precio de las mercancías, la mercancía se cambia por su equivalente real en oro y plata; su valor de cambio se expresa realmente en el dinero como en otra mercancía; pero en la medida en que este proceso solo tiene lugar para volver a transformar el dinero en mercancía, es decir, para cambiar la primera mercancía por la 2.ª, el dinero solo aparece de modo evanescente, y su sustancia consiste únicamente en que aparece continuamente como este desaparecer, como este portador de la mediación. El dinero como medio de curso es solo medio de curso. La única determinidad que le es esencial para poder servir en este carácter es la de la cantidad, o número, en que circula. (Como el número está determinado también por la velocidad, no hace falta mencionar esta aquí especialmente.) En la medida en que realiza el precio, su existencia material como oro y plata es esencial; pero en la medida en que esta realización es solo evanescente y ha de suprimirse a sí misma, es indiferente. Es solo una apariencia, como si se tratara de cambiar la mercancía por oro o plata como una mercancía particular: una apariencia que desaparece al terminar el proceso, en cuanto el oro y la plata se han vuelto a cambiar por mercancía y, con ello, la mercancía por la mercancía. El oro y la plata como mero medio de circulación, o el medio de circulación como oro y plata, son por tanto indiferentes respecto de su constitución como una mercancía natural particular. Supongamos que el precio total de las mercancías circulantes es = 10000 táleros. Su medida es entonces 1 tálero, = x peso de plata. Supongamos ahora que hacen falta 100 táleros para hacer circular estas mercancías en 6 horas; es decir, que cada tálero paga el precio de 100 táleros en 6 horas. Lo esencial entonces es que haya 100 táleros, que esté presente el número 100 de la unidad metálica que mide la suma total de los precios de las mercancías; 100 de esas unidades. Que estas unidades consistan en plata es indiferente para el proceso mismo. Esto se manifiesta ya en que el tálero, en el ciclo de la circulación, representa una masa de plata 100 x mayor que la que realmente contiene, aunque en cada cambio determinado solo representa el peso de plata de 1 tál. Tomado en el conjunto de la circulación, el 1 tál. representa, pues, 100 táleros, un peso de plata 100 x mayor que el que realmente contiene. De hecho es solo un signo del peso de plata contenido en 100 táleros. Realiza un precio 100 x mayor que el que realmente realiza considerado como cantidad de plata. Supongamos, por ejemplo, que la £ st. sea = 1/3 de onza de oro (no es tanto). En la medida en que se paga el precio de una mercancía de 1 £ st., es decir, se realiza su precio de 1 £ st., se cambia por 1 £ st., es decisivo que la £ st. contenga realmente 1/3 de onza de oro. Si fuera una £ st. falsa, compuesta de metal no noble, una £ st. solo en apariencia, de hecho no se habría realizado el precio de la mercancía; para realizarlo habría que pagarla en tanto metal no noble como = 1/3 de onza de oro. Considerado según este momento aislado de la circulación, es esencial, pues, que la unidad monetaria represente realmente una cantidad determinada de oro y plata. Pero si tomamos el conjunto de la circulación, como proceso que se cierra sobre sí mismo: M ‒ D ‒ D ‒ M, la cosa cambia. En el primer caso la realización del precio sería solo aparente: solo se habría realizado una parte de su precio. El precio puesto idealmente en ella no estaría puesto realmente. La mercancía, puesta idealmente = a tantas fracciones de peso de oro, no obtendría a cambio de sí en el cambio real tantas fracciones de peso de oro. Pero si una £ st. falsa circulara por una auténtica, en el conjunto de la circulación prestaría absolutamente el mismo servicio que si fuera auténtica. Si una mercancía A al precio de 1 £ se cambia por 1 libra falsa y esta libra falsa se cambia a su vez por la mercancía B de 1 £ st., la libra falsa ha prestado absolutamente el mismo servicio que si fuera una ||45| auténtica. La libra real es, por tanto, en este proceso, de hecho, solo un signo, en la medida en que no se considera el momento según el cual realiza los precios, sino el conjunto del proceso, en el que solo sirve como medio de circulación y en el que la realización de los precios es solo una apariencia, mediación evanescente. Aquí la libra de oro solo sirve para que la mercancía A se cambie por la mercancía B de igual precio. La realización real del precio de la mercancía A es aquí la mercancía B, y la realización real del precio B es la mercancía A o C o D, lo que es lo mismo para la forma de la relación, para la cual el contenido particular de la mercancía es del todo indiferente. Se cambian mercancías de iguales precios. En lugar de cambiar la mercancía A) directamente por la mercancía B), se cambia el precio de la mercancía A) por la mercancía B y el precio de la mercancía B) por la mercancía A). El dinero representa así frente a la mercancía solo su precio. Las mercancías se cambian entre sí a su precio. El precio de la mercancía misma expresa idealmente en ella que es el número de una cierta unidad natural (fracción de peso) de oro o plata, la materia en que está encarnado el dinero. En el dinero, o en su precio realizado, se le enfrenta ahora un número real de esta unidad. Pero en la medida en que la realización del precio no es lo último, y no se trata de tener el precio de la mercancía como precio, sino como precio de otra mercancía, la materia del dinero es indiferente, por ejemplo el oro y la plata. El dinero se convierte en sujeto como instrumento de circulación, como medio de cambio, y la materia natural en que se presenta aparece como un accidente cuyo significado desaparece en el acto mismo del cambio; porque no es en esta materia en la que ha de realizarse finalmente la mercancía cambiada por el dinero, sino en la materia de la otra mercancía. En efecto, ahora tenemos, además de los momentos de que en la circulación 1) el dinero realiza los precios; 2) hace circular los títulos de propiedad; 3) también el de que por medio de ella ocurre lo que no podía ocurrir directamente: que el valor de cambio de la mercancía se expresa en cualquier otra mercancía. Si 1 vara de lienzo cuesta 2 sh. y 1 lb. de azúcar 1 sh., la vara de lienzo se realiza por medio de los 2 sh. en 2 lb. de azúcar, y el azúcar se transforma por tanto en la materia de su valor de cambio, en la materia en la que se realiza su valor de cambio. Como mero medio de circulación, en su papel en el proceso de la circulación como flujo constante, el dinero no es ni medida de los precios, pues como tal está puesto ya en los precios mismos; ni medio de realización de los precios, pues como tal existe en un momento de la circulación, pero desaparece en la totalidad de sus momentos; sino que es mero representante del precio frente a todas las mercancías, y solo sirve de medio para que se cambien mercancías a iguales precios. Se cambia por una mercancía porque es el representante general de su valor de cambio y, como tal, el representante de cualquier otra mercancía de igual valor de cambio; es representante general, y como tal está en la circulación misma. Representa el precio de una mercancía frente a todas las demás mercancías, o el precio de todas las mercancías frente a una mercancía. En este respecto no es solo representante de los precios de las mercancías, sino signo de sí mismo; es decir, en el acto mismo de la circulación, su materia, oro y plata, es indiferente. Es el precio; es una cantidad determinada de oro o plata; pero en la medida en que esta realidad del precio es aquí solo evanescente, una realidad destinada a desaparecer constantemente, a ser suprimida, a no valer como realización definitiva, sino siempre solo como realización intermedia, mediadora; en la medida en que aquí no se trata en absoluto de la realización del precio, sino de la realización del valor de cambio de una mercancía particular en el material de otra mercancía, su propio material es indiferente; es evanescente como realización del precio, puesto que esta misma desaparece; es, por tanto, en la medida en que está en este movimiento constante, solo como representante del valor de cambio, que solo se vuelve real porque el valor de cambio real ocupa constantemente el lugar de su representante, cambia constantemente de sitio con él, se cambia constantemente por él. En este proceso, pues, su realidad no es que sea el precio, sino que lo representa, que es su representante; representante del precio existente objetivamente, y por tanto de sí mismo, y como tal del valor de cambio de las mercancías. Como medio de cambio, realiza los precios de las mercancías solo para poner el valor de cambio de una mercancía en la otra como su unidad, para realizar su valor de cambio en la otra mercancía, es decir, para poner la otra mercancía como el material de su valor de cambio.
Así pues, como tal signo objetivo, solo existe en la circulación; sacado de ella, vuelve a ser precio realizado; pero dentro del proceso, como hemos visto, la cantidad, el número de estos signos objetivos de la unidad monetaria está determinado esencialmente. Así pues, mientras que en la circulación, en la que el dinero aparece como existente frente a las mercancías, su sustancia material, su sustrato como cantidad determinada de oro y plata, es indiferente, y en cambio su número está determinado esencialmente, puesto que así es solo un signo de un número determinado de esta unidad, en su determinación como medida, en la que solo estaba colocado idealmente, su sustrato material era esencial, pero su cantidad y su existencia en general eran indiferentes. De ello se sigue que el dinero como oro y plata, en la medida en que es solo medio de cambio de la circulación, puede ser sustituido por cualquier otro signo ||46| que exprese una cantidad determinada de su unidad, y que así el dinero simbólico puede sustituir al real, porque el dinero material, como mero medio de cambio, es él mismo simbólico.
De estas determinaciones contradictorias del dinero como medida, como realización de los precios y como mero medio de cambio se explica el fenómeno, de otro modo inexplicable, de que cuando el dinero metálico, oro, plata, se falsifica mezclándolo con un metal inferior, el dinero se deprecia y los precios suben; porque en este caso la medida de los precios ya no son los costes de producción, digamos, de la onza de oro, sino los de la onza mezclada en 2/3 con cobre, etc. (las falsificaciones de la moneda, en la medida en que consisten solo en falsificar o cambiar los nombres de las partes alícuotas de peso del metal noble, es decir, por ejemplo, si a la 8.ª parte de una onza se la llamara 1 soberano [sovereign], dejan la medida absolutamente igual y solo cambian su nombre. Si antes se llamaba 1 soberano a 1/4 de onza y ahora a 1/8, el precio de 1 soberano solo expresa ya 1/8 de onza de oro; harán falta, pues, 2 soberanos (aproximadamente) para expresar el mismo precio que antes expresaba 1 soberano); o bien, en la mera falsificación del nombre de las partes alícuotas del metal noble, la medida ha seguido siendo la misma, pero la parte alícuota se expresa en el doble de francos, etc., que antes; y, por otro lado, de que cuando el sustrato del dinero, oro, plata, se suprime por completo y se sustituye por papel con el signo de cantidades determinadas de dinero real, en la cantidad requerida por la circulación, el papel circula al valor pleno del oro y la plata. En el primer caso, porque el medio de circulación es a la vez el material del dinero como medida y el material en que el precio se realiza como definitivo; en el 2.º caso, porque el dinero solo está en su determinación como medio de circulación.
Ejemplo de la tosca confusión de las determinaciones contradictorias del dinero: «El precio está determinado exactamente por la cantidad de dinero que hay para comprar con él. Todas las mercancías del mundo no pueden obtener más que todo el dinero del mundo». En primer lugar, la determinación del precio no tiene nada que ver con la venta real; en ella el dinero solo es medida. En segundo lugar, todas las mercancías (las que se hallan en circulación) pueden obtener [fetch] 1000 [veces] más dinero del que hay en el mundo si cada pieza de dinero circulara mil veces. (El pasaje, del London Weekly Dispatch, 8 de nov.)62
Como la suma total de los precios que se han de realizar en la circulación varía con los precios de las mercancías y con la masa de ellas lanzada a la circulación; como, por otra parte, la velocidad del medio de circulación que se halla en curso está igualmente determinada por circunstancias independientes de él mismo, la cantidad de los medios de circulación tiene que poder variar, ampliarse y contraerse: contracción y expansión de la circulación.
Del dinero como mero medio de circulación puede decirse que deja de ser mercancía (mercancía particular), ya que su material es indiferente y ya solo satisface la necesidad del cambio mismo, ninguna otra necesidad inmediata: el oro y la plata dejan de ser mercancía en cuanto circulan como dinero. Por otro lado, puede decirse de él que ya solo es mercancía (mercancía general), la mercancía en su forma pura, indiferente respecto de su particularidad natural y, por tanto, indiferente respecto de todas las necesidades inmediatas, sin relación natural con una necesidad determinada como tal. Los partidarios del sistema monetario, incluso en parte del sistema proteccionista (véase, por ejemplo, Ferrier p. 2),63 se han atenido al 1.er aspecto; los economistas modernos, al segundo; por ejemplo, Say, que dice que el dinero, como una mercancía «particular», una mercancía como cualquier otra, es tratado… Como medio de cambio, el dinero aparece como mediador necesario entre la producción y el consumo. En el sistema del dinero desarrollado solo se produce para cambiar, o solo se produce cambiando. Suprimido el dinero, se retrocedería, pues, a un estadio inferior de la producción (al que corresponde el trueque que se practica de paso), o se avanzaría a uno superior, en el que el valor de cambio ya no sería la primera determinación de la mercancía, porque el trabajo general, cuyo representante es [él], ya no aparecería como trabajo privado que solo por mediación llega a ser comunitario.
La cuestión de si el dinero como medio de circulación es productivo o no productivo se resuelve con la misma sencillez. Según Adam Smith, el dinero es improductivo. Ahora bien, Ferrier, por ejemplo, dice: «Crea los valores [valeurs], porque sin él no existirían». No hay que considerar solo «su valor como metal, sino también su propiedad como dinero». A. Smith tiene razón en la medida en que no es el instrumento de ninguna rama particular de la producción; Ferrier tiene razón, ||47| porque es un momento de la producción general basada en el valor de cambio poner el producto y el agente de la producción en la determinación del dinero, y esta determinación supone un dinero distinto del producto; porque la relación monetaria misma es una relación de producción cuando se considera la producción en su totalidad.
En la medida en que M ‒ D ‒ D ‒ M se descompone en sus dos momentos, aunque se suponen los precios de las mercancías (y esto constituye la diferencia principal), la circulación se divide en 2 actos de trueque inmediato. M ‒ D: el valor de cambio de la mercancía se expresa en otra mercancía particular, el material del dinero, como el del dinero en la mercancía; igual en D ‒ M. En esa medida tiene razón A. Smith cuando dice que el dinero como medio de cambio es solo un tipo más complicado de trueque [barter]. Pero en la medida en que se considera el conjunto del proceso, y no ambos como actos indiferentes, el que la mercancía se realice en dinero y el dinero en mercancía, tienen razón los adversarios de A. Smith, que dicen que este desconoció la naturaleza del dinero y que la circulación monetaria desplaza el trueque; pues el dinero solo sirve para saldar la «división aritmética» [arithmetical division] que surge de la división del trabajo. Estas «cifras aritméticas» [arithmetical figures] tienen tan poca necesidad de ser de oro y plata como las medidas de longitud. (Véase Solly, p. 20.)64
Las mercancías pasan de mercancías [marchandises] a géneros de consumo [denrées],65 entran en el consumo; el dinero como medio de circulación, no; no deja en ningún punto de ser mercancía mientras permanezca en la determinación de medio de circulación.
Pasamos ahora a la 3.ª determinación del dinero, que resulta en primer lugar de la 2.ª forma de la circulación:
D ‒ M ‒ M ‒ D; en la que el dinero no aparece solo como medio, ni tampoco como medida, sino como fin en sí mismo, y por tanto sale de la circulación igual que la mercancía determinada que es la primera en completar su ciclo y de mercancía [marchandise] se ha convertido en género de consumo [denrée].
Antes hay que señalar todavía que, presupuesta la determinación del dinero como una relación inmanente de la producción general basada en el valor de cambio, puede demostrarse ahora también, en aspectos concretos, su servicio como instrumento de producción. «La utilidad del oro y la plata se basa en que sustituyen trabajo» (Lauderdale, p. 11).66 Sin dinero, haría falta una masa de trueques [trocs] antes de obtener en el cambio el objeto deseado. Además, en cada cambio particular habría que hacer la investigación sobre el valor relativo de las mercancías. Lo primero lo ahorra el dinero como instrumento de cambio (instrumento de comercio); lo segundo, como medidor del valor y representante de todas las mercancías (idem, l. c.). La afirmación contraria, que el dinero no es productivo, solo dice que, fuera de la determinidad en que es productivo, como medida, instrumento de circulación y representante de los valores, es improductivo; que su cantidad solo es productiva en la medida en que se requiere para cumplir estas determinaciones. Que no solo se vuelve improductivo, sino falsos gastos de producción [faux frais de production], en cuanto se emplea más de él del necesario para esta determinación productiva suya, es una verdad que vale para cualquier otro instrumento de producción o de cambio, tanto para la máquina como para el medio de transporte. Pero si con ello se quiere decir que el dinero solo cambia riqueza real existente, eso es falso, porque también se cambia por él trabajo, y con él se compra la actividad productiva misma, riqueza potencial.
La 3.ª determinación del dinero, en su desarrollo completo, supone las dos primeras y es su unidad. El dinero tiene, pues, una existencia autónoma fuera de la circulación; ha salido de ella. Como mercancía particular, puede transformarse de su forma de dinero en la de objetos de lujo, joyas de oro y plata (mientras el trabajo artístico es muy simple, como, por ejemplo, en el periodo inglés más antiguo, la transformación de moneda de plata en vajilla de plata [plate] y viceversa es constante. Véase Taylor); o puede amontonarse como dinero y formar así un tesoro. En la medida en que el dinero, en su existencia autónoma, procede de la circulación, aparece en ella misma como resultado de la circulación; se cierra consigo mismo a través de la circulación. En esta determinidad está ya contenida de modo latente su determinación como capital. Está negado como mero medio de cambio. Sin embargo, como históricamente puede estar puesto como medida antes de aparecer como medio de cambio, y puede aparecer como medio de cambio antes de estar puesto como medida ‒ en este último caso solo existiría como mercancía preferida ‒, también puede aparecer históricamente en la 3.ª determinación antes de estar puesto en las dos anteriores. Pero el oro y la plata solo pueden amontonarse como dinero si ya existen en una de las dos determinaciones, y en la 3.ª determinación solo puede aparecer desarrollado si está desarrollado en las dos anteriores. De lo contrario, su amontonamiento es solo amontonamiento de oro y plata, no de dinero.|
|48| (Tratar, como ejemplo especialmente interesante, el amontonamiento del dinero de cobre en los tiempos más antiguos de la república romana.)
En la medida en que el dinero procede de la circulación como representante material universal de la riqueza, y como tal es él mismo producto de la circulación, que es a la vez cambio en una potencia superior y una forma particular del cambio, también en esta 3.ª determinación está en relación con la circulación; se le enfrenta de manera autónoma, pero esta autonomía suya es solo el propio proceso de ella. Procede de ella tanto como vuelve a entrar en ella. Fuera de toda relación con ella, no sería dinero, sino un simple objeto natural, oro y plata. En esta determinación es tanto su presupuesto como su resultado. Su autonomía misma no es un cese de la relación con la circulación, sino una relación negativa con ella. Esto está en esta autonomía como resultado de D ‒ M ‒ M ‒ D. En el dinero como capital está puesto en él mismo: 1) que es tanto presupuesto de la circulación como su resultado; 2) que su autonomía, por tanto, es ella misma solo relación negativa, pero siempre relación con la circulación; 3) está puesto él mismo como instrumento de producción, puesto que la circulación ya no aparece en su primera simplicidad, como intercambio cuantitativo, sino como proceso de la producción, el metabolismo real. Y así el dinero mismo está determinado como momento particular de este proceso de producción. En la producción no se trata solo de la simple determinación del precio, es decir, de la traducción de los valores de cambio de las mercancías a una unidad común, sino de la creación de los valores de cambio, y por tanto también de la creación de la determinidad de los precios. No solo del mero poner la forma, sino del contenido. Por eso, si en la circulación simple el dinero aparece como productivo en general en la medida en que la circulación en general es ella misma un momento del sistema de la producción, esta determinación es todavía solo para nosotros, todavía no está puesta en el dinero. 4) Como capital, el dinero aparece por tanto también puesto como relación consigo mismo por medio de la circulación: en la relación entre interés y capital. Pero aquí todavía no nos las vemos con estas determinaciones, sino que tenemos que considerar el dinero simplemente tal como ha surgido, en su 3.ª relación, como algo autónomo, de la circulación, propiamente de sus dos determinaciones anteriores.
(«Aumento del dinero, solo aumento de los medios de cuenta». Sismondi.67 Esto solo es exacto en la medida en que está determinado como mero medio de cambio. En la otra propiedad es también aumento de los medios de pago.)
«El comercio ha separado la sombra del cuerpo e introducido la posibilidad de poseerlos por separado» (Sismondi). El dinero es, pues, ahora el valor de cambio autonomizado (como tal, en cuanto medio de cambio, aparece siempre solo de modo evanescente) en su forma general. Posee, ciertamente, una corporeidad o sustancia particular, oro y plata, y esto es precisamente lo que le da su autonomía, pues lo que solo existe en otro, como determinación o relación de otros, no es autónomo. Por otro lado, en esta autonomía corpórea como oro y plata no representa solo el valor de cambio de una mercancía frente a la otra, sino el valor de cambio frente a todas las mercancías, y, aunque él mismo posee una sustancia, aparece a la vez, en su existencia particular como oro y plata, como el valor de cambio general de las demás mercancías. Por un lado, se lo posee como el valor de cambio de ellas; por otro, ellas están ahí como otras tantas sustancias particulares de este, de modo que este puede transformarse mediante el cambio en cualquiera de esas sustancias tanto como es indiferente a su determinidad y particularidad y está por encima de ellas. Ellas son, por tanto, solo existencias fortuitas. Es el «compendio de todas las cosas» [précis de toutes les choses], en el que se borra su carácter particular; la riqueza general como compendio abreviado frente a su difusión y dispersión en el mundo de las mercancías. Mientras que en la mercancía particular la riqueza aparece como un momento de ella, o ella como un momento particular de la riqueza, en el oro y la plata la riqueza general misma aparece concentrada en una materia particular. Toda mercancía particular, en la medida en que es valor de cambio, tiene precio, solo expresa ella misma una cantidad determinada de dinero en una forma imperfecta, puesto que primero tiene que ser lanzada a la circulación para realizarse, y debido a su particularidad sigue siendo fortuito que se realice o no. Pero en la medida en que no es como precio, sino en su determinidad natural, solo es momento de la riqueza por su relación con una necesidad particular que satisface, y en esta relación expresa 1) solo la riqueza de uso, 2) solo un aspecto muy particular de esta riqueza. El dinero, en cambio, prescindiendo de su utilidad particular como mercancía valiosa, es 1) el precio realizado; 2) satisface toda necesidad, en la medida en que puede cambiarse por el objeto de toda necesidad, con total indiferencia respecto de toda particularidad. La mercancía posee esta propiedad solo por medio del dinero. El dinero la posee directamente frente a todas las mercancías, y por tanto frente al mundo entero de la riqueza, frente a la riqueza como tal. En el dinero, la riqueza general no es solo una forma, sino a la vez el contenido mismo. El concepto de la riqueza está, por así decir, realizado, individualizado, en un objeto particular. En la mercancía particular, ||II-1| en la medida en que es precio, la riqueza solo está puesta como forma ideal que todavía no está realizada; en la medida en que tiene un valor de uso determinado, solo representa un aspecto completamente aislado de ella. En el dinero, en cambio, el precio está realizado, y su sustancia es la riqueza misma, tanto en su abstracción de sus modos particulares de existencia como en su totalidad. El valor de cambio constituye la sustancia del dinero, y el valor de cambio es la riqueza. El dinero es, por tanto, por otro lado, también la forma corporeizada de la riqueza frente a todas las sustancias particulares de las que esta consta. Así pues, si por un lado en él, en la medida en que el dinero se considera para sí, la forma y el contenido de la riqueza son idénticos, por otro lado, en oposición a todas las demás mercancías, es frente a ellas la forma general de la riqueza, mientras que la totalidad de estas particularidades constituye su sustancia. Si según la primera determinación el dinero es la riqueza misma, según la otra es su representante material general. En el dinero mismo, esta totalidad existe como compendio representado de las mercancías. La riqueza (el valor de cambio, tanto como totalidad como en cuanto abstracción) solo existe, pues, como tal, con exclusión de todas las demás mercancías, individualizada en el oro y la plata, como un objeto singular y tangible. El dinero es, por tanto, el dios entre las mercancías.
Como objeto singular y tangible, el dinero puede, por tanto, buscarse, encontrarse, robarse, descubrirse fortuitamente, y la riqueza general puede llevarse de manera tangible a la posesión del individuo singular. De su figura de siervo, en la que aparece como mero medio de circulación, se convierte de repente en el soberano y el dios en el mundo de las mercancías. Representa la existencia celestial de las mercancías, mientras que ellas representan su existencia terrenal. Toda forma de la riqueza natural, antes de que la sustituya el valor de cambio, supone una relación esencial del individuo con el objeto, de modo que, por uno de sus aspectos, se objetiva él mismo en la cosa, y su poseer la cosa aparece a la vez como un desarrollo determinado de su individualidad; la riqueza en ovejas, como el desarrollo del individuo en cuanto pastor; la riqueza en grano, como su desarrollo en cuanto labrador, etc. El dinero, en cambio, como el individuo de la riqueza general, como algo que procede él mismo de la circulación y solo representa lo general, como resultado meramente social, no supone en absoluto ninguna relación individual con su poseedor; su posesión no es el desarrollo de ninguno de los aspectos esenciales de su individualidad, sino más bien la posesión de lo desprovisto de individualidad, puesto que esta [relación] social existe a la vez como un objeto sensible, exterior, del que uno puede apoderarse mecánicamente y que igualmente puede perderse. Su relación con el individuo aparece, pues, como puramente fortuita; mientras que esta relación con una cosa que no guarda conexión alguna con su individualidad le da a la vez, por el carácter de esta cosa, el dominio general sobre la sociedad, sobre el mundo entero de los disfrutes, los trabajos, etc. Sería lo mismo que si, por ejemplo, encontrar una piedra me procurara, con total independencia de mi individualidad, la posesión de todas las ciencias. La posesión del dinero me pone, respecto de la riqueza (la social), exactamente en la misma relación en que me pondría la piedra filosofal respecto de las ciencias.
El dinero no es, por tanto, solo un objeto del afán de enriquecerse, sino el objeto de este afán. Es esencialmente auri sacra fames.68 El afán de enriquecerse como tal, como una forma particular del impulso, es decir, como distinto del ansia de una riqueza particular, por ejemplo, del ansia de vestidos, armas, joyas, mujeres, vino, etc., solo es posible en cuanto la riqueza general, la riqueza como tal, está individualizada en una cosa particular, es decir, en cuanto el dinero está puesto en su 3.ª determinación. El dinero no es, pues, solo el objeto, sino a la vez la fuente del afán de enriquecerse. La codicia es posible también sin dinero; el afán de enriquecerse es él mismo producto de un desarrollo social determinado, no natural por oposición a lo histórico. De ahí los lamentos de los antiguos sobre el dinero como la fuente de todos los males. El ansia de disfrute en su forma general y la avaricia son las dos formas particulares de la avidez de dinero. El ansia abstracta de disfrute supone un objeto que contenga [la] posibilidad de todos los disfrutes. El dinero realiza el ansia abstracta de disfrute en la determinación en la que es el representante material de la riqueza; la avaricia, en la medida en que es solo la forma general de la riqueza frente a las mercancías como sus sustancias particulares. Para retenerlo como tal, el avaro tiene que sacrificar toda relación con los objetos de las necesidades particulares, renunciar a ellos, para satisfacer la necesidad de la avidez de dinero como tal. La avidez de dinero o afán de enriquecerse es necesariamente la ruina de las antiguas entidades comunitarias. De ahí la oposición a ella. El dinero mismo es la entidad comunitaria y no puede tolerar otra que esté por encima de él. Pero esto supone el desarrollo completo de los valores de cambio, y por tanto una organización de la sociedad que les corresponda. Entre los antiguos, el valor de cambio no era el nexus rerum;69 solo aparece así entre los pueblos comerciantes, que, sin embargo, solo tenían comercio de transporte [carrying trade] y no producían ellos mismos. Por lo menos, entre los fenicios, los cartagineses, etc., eso era cosa secundaria. Podían vivir igual de bien en los intersticios del mundo antiguo que los judíos en Polonia o en la Edad Media. Más bien, este mundo mismo era el presupuesto de tales pueblos comerciantes. También se van a pique cada vez que entran en conflicto serio con entidades comunitarias antiguas. Entre los romanos, los griegos, etc., el dinero aparece primero de manera ingenua en sus dos primeras determinaciones, como medida y medio de circulación, poco desarrollado en ambas. Pero en cuanto se desarrolla su comercio, etc., o, como entre los romanos, la conquista les ||2| aporta dinero en masa ‒ en suma, de repente, en cierto estadio de su desarrollo económico, el dinero aparece necesariamente en su 3.ª determinación y, cuanto más se desarrolla en ella, como ruina de su entidad comunitaria. Para actuar productivamente, el dinero en la 3.ª determinación, como hemos visto, no tiene que ser solo presupuesto, sino igualmente resultado de la circulación, y, como presupuesto de ella, ser él mismo un momento suyo, algo puesto por ella. Entre los romanos, por ejemplo, donde se había reunido robándolo del mundo entero, no era este el caso. Está en la determinación simple del dinero mismo que, como momento desarrollado de la producción, solo puede existir allí donde existe el trabajo asalariado; que, por tanto, allí también, lejos de disolver la forma de sociedad, es más bien una condición de su desarrollo y una rueda motriz para el desarrollo de todas las fuerzas productivas, materiales y espirituales. Un individuo singular puede todavía hoy llegar fortuitamente al dinero, y su posesión puede por tanto obrar sobre él de manera tan disolvente como obró sobre las entidades comunitarias de los antiguos. Pero la disolución de este individuo en la sociedad moderna no es ella misma más que el enriquecimiento de la parte productiva de esta. El poseedor de dinero en el sentido antiguo es disuelto por el proceso industrial, al que sirve sin saberlo ni quererlo. La disolución solo afecta a su persona. Como representante material de la riqueza general, como el valor de cambio individualizado, el dinero tiene que ser inmediatamente objeto, fin y producto del trabajo general, del trabajo de todos los singulares. El trabajo tiene que producir inmediatamente el valor de cambio, es decir, dinero. Por eso tiene que ser trabajo asalariado. El afán de enriquecerse, así, como impulso de todos, puesto que cada uno quiere producir dinero, crea la riqueza general. Solo así puede el afán general de enriquecerse convertirse en la fuente de la riqueza general, que se genera siempre de nuevo. Al ser el trabajo trabajo asalariado, y su fin inmediatamente el dinero, la riqueza general está puesta como su fin y objeto. (Hablar, a este respecto, de la conexión con el sistema militar antiguo en cuanto se convierte en sistema de mercenarios.) El dinero como fin se convierte aquí en medio de la laboriosidad general. La riqueza general se produce para apoderarse de su representante. Así se abren las fuentes reales de la riqueza. Como el fin del trabajo no es un producto particular que esté en una relación particular con las necesidades particulares del individuo, sino el dinero, la riqueza en su forma general, en primer lugar la laboriosidad del individuo no tiene límite; es indiferente respecto de su particularidad y adopta cualquier forma que sirva al fin; es inventiva en la creación de nuevos objetos para la necesidad social, etc. Está claro, pues, que con el trabajo asalariado como base el dinero no obra de manera disolvente, sino productiva; mientras que la entidad comunitaria antigua está ya en sí en contradicción con el trabajo asalariado como base general. La industria general solo es posible allí donde todo trabajo produce la riqueza general, no una forma determinada de ella; allí donde, por tanto, también el salario del individuo es dinero. De lo contrario, solo son posibles formas particulares de la industriosidad artesanal. El valor de cambio como producto inmediato del trabajo es el dinero como su producto inmediato. El trabajo inmediato que produce el valor de cambio como tal es, por tanto, trabajo asalariado. Allí donde el dinero no es él mismo la entidad comunitaria, tiene que disolver la entidad comunitaria. El antiguo podía comprar inmediatamente trabajo, un esclavo; pero el esclavo no podía comprar dinero con su trabajo. El aumento del dinero podía encarecer los esclavos, pero no hacer más productivo su trabajo. La esclavitud de los negros ‒ una esclavitud puramente industrial ‒, que de todos modos desaparece con el desarrollo de la sociedad burguesa y es incompatible con él, supone el trabajo asalariado, y si junto a ella no existieran otros Estados libres con trabajo asalariado, sino que estuviera aislada, todas las condiciones sociales de los Estados esclavistas se transformarían de inmediato en formas precivilizadas.
El dinero como valor de cambio individualizado y, con ello, como riqueza encarnada, se ha buscado en la alquimia; figura en esta determinación en el sistema monetario. La época que precede al desarrollo de la sociedad industrial moderna se inaugura con la avidez general de dinero, tanto de los individuos como de los Estados. El desarrollo real de las fuentes de la riqueza se produce, por así decir, a sus espaldas, como medio para hacerse con el representante de la riqueza. Allí donde no surge de la circulación, como en España, sino que se encuentra en carne y hueso, la nación se empobrece, mientras que las naciones que tienen que trabajar para quitárselo a los españoles desarrollan las fuentes de la riqueza y se enriquecen realmente. El hallazgo, el descubrimiento de oro en nuevas partes del mundo, en nuevos países, desempeña por eso un papel tan grande en la historia de la revolución, porque aquí la colonización se improvisa, se desarrolla como en un invernadero. La caza del oro en todos los países lleva a su descubrimiento; a la formación de nuevos Estados; ante todo, a la ampliación de las mercancías que entran en la circulación, que [llevan] a nuevas necesidades y arrastran partes lejanas del mundo al proceso del cambio y del metabolismo. Por este lado era, pues, también, como representante general de la riqueza, como valor de cambio individualizado, un doble medio para ampliar la riqueza hasta la universalidad y extender las dimensiones del cambio por toda la Tierra; para crear por primera vez la generalidad real del valor de cambio en cuanto a la materia y en cuanto al espacio. Pero está en la determinación en que aquí está desarrollado que la ilusión sobre su naturaleza, es decir, el aferrarse a una de sus determinaciones en su abstracción, pasando por alto las contradicciones contenidas en ella, le da esta significación realmente mágica, a espaldas de los individuos. De hecho, por esta determinación que se contradice a sí misma y por tanto ilusoria, por esta abstracción suya, se convierte en un ||3| instrumento tan enorme en el desarrollo real de las fuerzas productivas sociales.
El presupuesto elemental de la sociedad burguesa es que el trabajo produce inmediatamente el valor de cambio, es decir, dinero; y que luego, igualmente, el dinero compra inmediatamente el trabajo, y por tanto al obrero solo en la medida en que él mismo aliena [veräussert] su actividad en el cambio. Trabajo asalariado por el primer lado, capital por el 2.º, no son, pues, más que otras formas del valor de cambio desarrollado y del dinero como su encarnación. El dinero es con ello inmediatamente a la vez la entidad comunitaria real, en la medida en que es la sustancia general de la subsistencia para todos, y a la vez el producto común de todos. Pero en el dinero, como hemos visto, la entidad comunitaria es a la vez mera abstracción, mera cosa exterior y fortuita para el singular, y a la vez mero medio de su satisfacción como singular aislado. La entidad comunitaria antigua supone una relación completamente distinta del individuo para sí. El desarrollo del dinero en su 3.ª determinación la quiebra, pues. Toda producción es una objetivación del individuo. Pero en el dinero (valor de cambio) la objetivación del individuo no es la de él en su determinidad natural, sino la de él en cuanto puesto en una determinación (relación) social que al mismo tiempo le es exterior. El dinero puesto en la forma del medio de circulación es moneda. Como moneda ha perdido su propio valor de uso; su valor de uso coincide con su determinación como medio de circulación. Por ejemplo, primero tiene que ser refundido para poder servir como dinero en cuanto tal. Tiene que ser desmonetizado. Por eso en la moneda es también solo signo e indiferente respecto de su material. Pero como moneda pierde también su carácter universal, adopta uno nacional, local. Se divide en monedas de distintas clases según el material del que consta, oro, cobre, plata, etc. Recibe un título político y habla, por así decir, una lengua distinta en los distintos países. Por último, en un mismo país recibe distintas denominaciones, etc. El dinero en la 3.ª determinación, como algo que sale autónomamente de la circulación y se le enfrenta, niega por tanto también su carácter de moneda. Aparece de nuevo como oro y plata, ya se refunda en ellos, ya se tase solo según su fracción de peso de oro y plata. Pierde también de nuevo su carácter nacional y sirve como medio de cambio entre las naciones, como medio de cambio universal, pero ya no como signo, sino como una cantidad determinada de oro y plata. En el sistema de cambio internacional más desarrollado, el oro y la plata aparecen, por tanto, de nuevo enteramente en la forma en que desempeñan ya un papel en el trueque originario. El oro y la plata, como el cambio mismo, no aparecen originariamente, como ya se ha señalado, dentro del círculo de una entidad comunitaria social, sino allí donde esta termina, en su límite; en los poco numerosos puntos de su contacto con entidades comunitarias extrañas. Ahora aparece puesto así como la mercancía como tal, la mercancía universal, que en todos los lugares mantiene su carácter de mercancía. Según esta determinación formal, vale por igual en todos los lugares. Solo así es el representante material de la riqueza general. En el sistema mercantil, el oro y la plata valen por eso como medida del poder de las distintas entidades comunitarias. «En cuanto los metales preciosos [precious metals] se convierten en objetos de comercio, en un equivalente universal de todo, se convierten también en medida del poder entre las naciones [measure of power between nations]. De ahí el sistema mercantil» (Steuart). Por mucho que los economistas modernos se crean por encima del sistema mercantil, en los periodos de crisis generales el oro y la plata se presentan enteramente en esta determinación, en el año 1857 igual que en 1600. Con este carácter, el oro y la plata [desempeñan] un papel importante en la creación del mercado mundial. Así, la circulación de la plata americana de Occidente a Oriente; el lazo metálico entre América y Europa, por un lado, y Asia, por otro, desde el comienzo de la época moderna. En las entidades comunitarias originarias, este comercio de oro y plata es solo accesorio, referido al excedente, como todo el cambio. Pero en el comercio desarrollado está puesto como un momento que está esencialmente ligado a toda la producción, etc. Ya no aparece para el cambio del excedente, sino como saldo del superávit en el proceso total del cambio internacional de mercancías. Ahora solo es moneda como moneda mundial. Pero como tal es esencialmente indiferente respecto de su determinación formal como medio de circulación, mientras que su material lo es todo. Como forma, en esta determinación el oro y la plata quedan como la mercancía accesible en todas partes, la mercancía como tal. (En esta primera sección, en la que se consideran los valores de cambio, el dinero, los precios, las mercancías aparecen siempre como existentes. La determinación formal es simple. Sabemos que expresan determinaciones de la producción social, pero esta misma es presupuesto. Pero no están puestas en esta determinación. Y así, de hecho, el primer cambio aparece solo como cambio del excedente, que no abarca ni determina el conjunto de la producción. Es el excedente existente de una producción total que está fuera del mundo de los valores de cambio. Así, también en la sociedad desarrollada, esto se presenta en la superficie como mundo de mercancías inmediatamente existente. Pero por sí mismo remite más allá de sí, a las relaciones económicas que están puestas como relaciones de producción. La articulación interna de la producción constituye, por tanto, la 2.ª sección; la síntesis en el Estado, la 3.ª; la relación internacional, la 4.ª; el mercado mundial, la conclusión, en la que la producción está puesta como totalidad, y del mismo modo cada uno de sus momentos; pero en la que a la vez todas las contradicciones entran en proceso. El mercado mundial constituye luego, a su vez, igualmente el presupuesto del conjunto y su portador. Las crisis son entonces el remitir general más allá del presupuesto y el empuje hacia la adopción de una nueva figura histórica.)
«La cantidad de bienes y la cantidad de dinero pueden permanecer iguales, y los precios pueden, no obstante, subir o bajar» (concretamente, por un mayor gasto [expenditure], por ejemplo, de los capitalistas adinerados [monied capitalists], los perceptores de renta del suelo, los funcionarios del Estado, etc. Malthus. X, 43).70|
|4| El dinero, como hemos visto, en cuanto sale autónomamente de la circulación y se le enfrenta, es la negación (unidad negativa) de su determinación como medio de circulación y medida. Ya hemos desarrollado:
❲En la medida en que el dinero es medio de circulación, «la cantidad de él que circula nunca puede emplearse individualmente; tiene que circular siempre» (Storch).71 El individuo solo puede usar el dinero desprendiéndose de él, poniéndolo como ser para otro, en su determinación social. Esta es, como observa acertadamente Storch, una razón por la que la materia del dinero «no puede ser indispensable para la existencia del hombre», como, por ejemplo, las pieles, la sal, etc., que en algunos pueblos sirven de dinero. Pues la cantidad de él que se halla en circulación está perdida para el consumo. Por eso, [tienen] en primer lugar los metales en general la preferencia sobre otras mercancías como dinero, y en 2.º lugar, a su vez, los metales nobles sobre los que son útiles como instrumentos de producción. Es característico de los economistas que Storch lo exprese así: la materia del dinero debe «tener un valor directo, pero basado en una necesidad ficticia [besoin factice]». Necesidad ficticia llama el economista, en primer lugar, a las necesidades que surgen de la existencia social del individuo; en segundo lugar, a las que no se derivan de su existencia desnuda como objeto natural. Esto muestra la desesperada pobreza interior que constituye la base de la riqueza burguesa y de su ciencia.❳
Primero. El dinero es la negación del medio de circulación como tal, de la moneda. Pero la contiene a la vez como su determinación; negativamente, en cuanto puede transformarse constantemente en moneda; positivamente, como moneda mundial; pero como tal es indiferente respecto de la determinación formal, y esencialmente mercancía como tal, mercancía omnipresente, no determinada por el lugar. Esta indiferencia se expresa de dos maneras: por una parte, en que ahora solo es dinero como oro y plata, no como signo, no con la forma de la moneda. Por eso no tiene valor la hechura [façon] que el Estado da al dinero en la moneda, sino solo su contenido metálico. Incluso en el comercio interior solo tiene un valor temporal, local, «porque no es más útil para quien lo posee que para quien posee las mercancías que se han de comprar». Cuanto más condicionado está en todos los aspectos el comercio interior por el exterior, más desaparece también el valor de esta hechura: no existe en el cambio privado, sino que solo aparece como impuesto. Luego: como tal mercancía general, como moneda mundial, no es necesario el retorno del oro y la plata a su punto de partida, ni en general la circulación como tal. Ejemplo: Asia y Europa. De ahí los lamentos de los partidarios del sistema monetario porque el dinero desaparece entre los paganos y no refluye. (Véase Misselden, h[acia] 1600.)72 Cuanto más condicionada y abarcada está la circulación exterior por la interior, más entra en circulación (rotación) la moneda mundial como tal. Este estadio superior no nos interesa todavía aquí y no está todavía en la relación simple que consideramos aquí.
Segundo: el dinero es la negación de sí mismo como mera realización de los precios de las mercancías, en la que la mercancía particular sigue siendo siempre lo esencial. Más bien se convierte en el precio realizado en sí mismo y, como tal, tanto en el representante material de la riqueza como en la forma general de la riqueza frente a todas las mercancías, como sustancias solo particulares de esta; pero
Tercero: el dinero está negado también en la determinación en la que es solo la medida de los valores de cambio. Como forma general de la riqueza y como su representante material, ya no es la medida ideal de otra cosa, de valores de cambio. Pues es él mismo la realidad adecuada del valor de cambio, y lo es en su existencia metálica. La determinación de medida tiene que ponerse aquí en él mismo. Es su propia unidad, y la medida de su valor, la medida de sí mismo como riqueza, como valor de cambio, es la cantidad que representa de sí mismo. El número de una cantidad de sí mismo que sirve de unidad. Como medida, su número era indiferente; como medio de circulación, su materialidad, la materia de la unidad, era indiferente; como dinero en esta 3.ª determinación, es esencial el número de sí mismo como cantidad material determinada. Presupuesta su cualidad de riqueza general, ya no hay en él otra diferencia que la cuantitativa. Representa más o menos de la riqueza general según se posea, como cantidad determinada de ella, en mayor o menor número. Si es la riqueza general, uno es tanto más rico cuanto más posee de él, y el único proceso importante es su amontonamiento, tanto para el individuo singular como para las naciones. Según su determinación, se presentaba aquí como algo que sale de la circulación. Ahora esta extracción de él de la circulación y su almacenamiento aparecen como el objeto esencial del impulso de enriquecerse y como el proceso esencial del enriquecimiento. En el oro y la plata poseo la riqueza general en su forma maciza, y cuanto más amontono de ellos, tanto más me apropio de la riqueza general. Si el oro y la plata representan la riqueza general, en cuanto cantidades determinadas solo la representan en un grado determinado, susceptible de ampliarse hasta lo indeterminado. Esta acumulación del oro y la plata, que se presenta como repetida sustracción de ellos a la circulación, es a la vez el poner a salvo la riqueza general frente a la circulación, en la que se pierde siempre al cambiarse por una riqueza particular, que desaparece finalmente en el consumo.
En todos los pueblos antiguos, el amontonamiento de oro y plata aparece originariamente como privilegio sacerdotal y regio, ya que el dios y rey de las mercancías solo corresponde a los dioses y a los reyes. Solo ellos merecen poseer la riqueza como tal. Este amontonamiento se da luego, por un lado, solo para la ostentación de la abundancia, es decir, de la riqueza como cosa extraordinaria, de domingo; para regalos a los templos y a sus dioses; para obras de arte públicas; por último, como medio asegurado para el caso de una necesidad extraordinaria, para comprar armas, etc. El amontonamiento se convierte más tarde, entre los antiguos, en política. El tesoro del Estado como fondo de reserva y el templo son los bancos originarios en los que se conserva este sanctasanctórum. El amontonamiento y el almacenamiento [alcanzan] su último desarrollo en los bancos modernos; pero aquí ||5| con una determinación más desarrollada. Por otro lado, entre los particulares, el almacenamiento como poner a salvo la riqueza en su forma maciza frente a las vicisitudes del mundo exterior, en la que puede ser enterrada, etc.; en suma, entra en una relación totalmente secreta con el individuo. Esto todavía en gran escala histórica en Asia. Se repite en todos los pánicos [panics], guerras, etc., en la sociedad burguesa, que entonces recae en el estado bárbaro. Igualmente, el amontonamiento del oro, etc., como adorno y boato entre los semibárbaros. Pero una parte muy grande y siempre creciente de él se sustrae a la circulación como objeto de lujo en la sociedad burguesa más desarrollada. (Véase Jacob, etc.)73 Como representante de la riqueza general, precisamente el conservarlo sin entregarlo a la circulación y sin emplearlo para necesidades particulares es prueba de la riqueza de los individuos, y en la misma medida en que el dinero se desarrolla en sus distintas determinaciones, es decir, en que la riqueza como tal se convierte en la escala general del valor del individuo, surge el impulso de ostentarla, es decir, la exhibición [display] del oro y la plata como representantes de la riqueza, exactamente como el señor von Rothschild, creo, tiene colgados como blasón digno de sí dos billetes de banco de 100000 l. cada uno, enmarcados. La ostentación bárbara del oro, etc., es solo una forma más ingenua de esta moderna, ya que se hace menos en relación con el oro como dinero. Allí, todavía simple brillo del oro. Aquí, intención reflexionada. La intención está en que no se usa como dinero; lo importante aquí es la forma opuesta a la circulación.
La acumulación de todas las demás mercancías es menos originaria que la del oro y la plata: 1) por su carácter perecedero. Los metales representan en sí lo duradero frente a las demás mercancías; también se amontonan preferentemente ya [por] su mayor escasez y por su carácter excepcional como los instrumentos de producción par excellence. Los metales nobles, al no estar expuestos a la oxidación por el aire, etc., son a su vez menos perecederos que los metales no nobles. Lo que perece en las demás mercancías es precisamente su forma; pero esta forma es igualmente la que les da el valor de cambio, mientras que su valor de uso consiste en la supresión de esta forma, en el consumo. En el dinero, en cambio, su sustancia, su materialidad, es la forma misma en que representa la riqueza. Si el dinero aparece como mercancía general en todos los lugares, según la determinación espacial, ahora lo hace también según la determinación temporal. Se conserva como riqueza en todos los tiempos. Duración específica de él. Es el tesoro que no comen ni la polilla ni el orín.74 Todas las mercancías son solo dinero perecedero; el dinero es la mercancía imperecedera. El dinero es la mercancía omnipresente; la mercancía, solo dinero local. Pero la acumulación es esencialmente un proceso que transcurre en el tiempo. Por este lado dice Petty:75 «El gran y último efecto del comercio no es la riqueza en general, sino preferentemente la abundancia de plata, oro y joyas, que no son perecederos ni tan mudables como las demás mercancías, sino riqueza en todos los tiempos y en todos los lugares. La abundancia de vino, grano, aves, carne, etc., son riquezas, pero hic et nunc76… Así, la producción de tales mercancías y la práctica de un comercio tal que provea a un país de oro y plata es más ventajosa que otras» (p.3.). «Si se quita el dinero por medio del impuesto a uno que se lo come o se lo bebe y se da a otro que lo emplea en la mejora de la tierra, en la pesca, en la explotación de minas, en manufacturas o incluso en ropa, siempre hay ventaja para la comunidad; pues incluso la ropa no es tan perecedera como las comidas; si se emplea en el ajuar de las casas, la ventaja es un poco mayor; en la construcción de casas, mayor aún; en la mejora de tierras, la explotación de minas, la pesca, más todavía; la mayor de todas, si se invierte en traer oro y plata al país, porque solo estas cosas no son perecederas, sino que se estiman como riqueza en todos los tiempos y en todos los lugares» (p.5.). Así un escritor del siglo XVII. Se ve cómo el amontonamiento del oro y la plata recibió el verdadero estímulo [stimulus] con su concepción como representante material y forma general de la riqueza. El culto del dinero tiene su ascetismo, su renuncia, su autosacrificio: el ahorro y la frugalidad, el desprecio de los disfrutes mundanos, temporales y perecederos; la persecución del tesoro eterno. De ahí la conexión del puritanismo inglés, o también del protestantismo holandés, con el hacer dinero. Un escritor de comienzos del siglo XVII (Misselden) expresa la cosa con toda ingenuidad así:
«La materia natural del comercio es la mercancía; la artificial es el dinero. Aunque el dinero viene por naturaleza y en el tiempo después de la mercancía, tal como ahora se usa se ha convertido en lo principal». Lo compara con los dos hijos del viejo Jacob, que puso su mano derecha sobre el hijo menor y la izquierda sobre el mayor.77 (p.24.) «Consumimos entre nosotros una abundancia demasiado grande de vinos de España, Francia, el Rin, el Levante, las Islas; las pasas de España, las pasas de Corinto del Levante, las batistas de Henao y de los Países Bajos, las sedas de Italia, el azúcar y el tabaco de las Indias Occidentales, las especias de las Indias Orientales; todo esto no nos es necesario y, sin embargo, se compra con dinero contante… Si se vendiera menos producto extranjero y más del nacional, el excedente tendría que venirnos en forma de oro y plata, como tesoro» (l. c.). Los economistas modernos se burlan, naturalmente, de cosas así en la parte general de la economía. Pero si se considera la ansiedad en la doctrina del dinero en particular, y la angustia febril con que en la práctica, en los tiempos de crisis, se vigila la entrada y la salida de oro y plata, se ve que el dinero, en la determinación en que lo concibieron con ingenua unilateralidad los partidarios del sistema monetario y del mercantil, conserva todavía plenamente su derecho, no solo en la representación, sino como categoría económica real.|
|6| La oposición que defiende las necesidades reales de la producción frente a esta supremacía del dinero, de la manera más contundente en Boisguillebert.78 (Véanse los pasajes llamativos en mi cuaderno.)
- El amontonamiento de otras mercancías, prescindiendo de su carácter perecedero, se distingue esencialmente por un doble lado del amontonamiento de oro y plata, que aquí son idénticos al dinero. Por una parte, el amontonamiento de otras mercancías no tiene el carácter de amontonamiento de riqueza en general, sino de riqueza particular, y es por tanto él mismo un acto particular de producción, en el que no basta con el simple amontonar. Almacenar grano requiere instalaciones particulares, etc. Amontonar ovejas no hace al pastor; amontonar esclavos o tierra hace necesarias relaciones de dominio y de servidumbre, etc. Todo esto requiere, pues, actos y relaciones determinadas distintos del simple acumular, del aumentar como tal la riqueza. Por otro lado, para realizar ahora la mercancía amontonada como riqueza general, para apropiarme de la riqueza en todas sus formas particulares, tengo que comerciar con la mercancía particular que he amontonado: tratante de grano, tratante de ganado, etc. De eso me dispensa el dinero como representante general de la riqueza.
La acumulación de oro y plata, de dinero, es la primera manifestación histórica de la reunión de capital y el primer gran medio para ella; pero como tal no es todavía acumulación de capital. Para ello, el reingreso de lo acumulado en la circulación tendría que estar puesto él mismo como momento y medio del amontonamiento.
El dinero en su última determinación, la consumada, aparece ahora por todos lados como una contradicción que se disuelve a sí misma; que empuja hacia su propia disolución. Como forma general de la riqueza, se le enfrenta el mundo entero de las riquezas reales. Es la pura abstracción de ellas; por eso, retenido así, mera imaginación. Allí donde la riqueza parece existir como tal en forma completamente material y tangible, solo tiene su existencia en mi cabeza, es una pura quimera. Midas. Por otro lado, como representante material de la riqueza general, solo se realiza al ser lanzado de nuevo a la circulación, desapareciendo a cambio de los modos singulares y particulares de la riqueza. En la circulación permanece como medio de circulación; pero para el individuo que amontona se pierde, y este desaparecer es la única manera posible de asegurarlo como riqueza. La disolución de lo almacenado en disfrutes singulares es su realización. Puede ser almacenado de nuevo por otros singulares, pero entonces el mismo proceso empieza de nuevo. Solo puedo poner realmente su ser para mí entregándolo como mero ser para otros. Si quiero retenerlo, se me evapora entre las manos en un mero fantasma de la riqueza real. Además: su aumento por medio de su amontonamiento, el que su propia cantidad sea la medida de su valor, se muestra a su vez como falso. Si las demás riquezas no se amontonan, él mismo pierde su valor en la medida en que se amontona. Lo que aparece como su aumento es de hecho su disminución. Su autonomía es solo apariencia; su independencia respecto de la circulación solo existe en relación con ella, como dependencia de ella. Pretende ser mercancía general, pero por su particularidad natural es a su vez una mercancía particular, cuyo valor depende tanto de la demanda y la oferta como varía con sus costes de producción específicos. Y como él mismo se encarna en oro y plata, en cada forma real se vuelve unilateral; de modo que cuando uno aparece como dinero, el otro aparece como mercancía particular, y viceversa, y así cada uno aparece en ambas determinaciones. Como la riqueza absolutamente segura, del todo independiente de mi individualidad, es a la vez, como lo que me es del todo exterior, lo absolutamente inseguro, que cualquier azar puede separar de mí. Igualmente, sus determinaciones del todo contradictorias como medida, medio de circulación y dinero como tal. Por último, en la última determinación se contradice aún porque ha de representar el valor como tal, pero de hecho solo representa una cantidad idéntica de valor variable. Se suprime, por tanto, como valor de cambio consumado.
Como mera medida, está ya negado en sí como medio de circulación; como medio de circulación y medida, en sí como dinero. La negación de sí en la última determinación es, pues, a la vez la negación en las dos anteriores. Negado como mera forma general de la riqueza, tiene, pues, que realizarse en las sustancias particulares de la riqueza real; pero, al acreditarse así realmente como representante material de la totalidad de la riqueza, tiene que conservarse a la vez como la forma general. Su entrada en la circulación tiene que ser ella misma un momento de su permanecer cabe sí, y su permanecer cabe sí, una entrada en la circulación. Es decir, como valor de cambio realizado, tiene que estar puesto a la vez como proceso en el que se realiza el valor de cambio. Es a la vez la negación de sí mismo como forma puramente cósica de la riqueza, exterior y fortuita frente a los individuos. Tiene que aparecer más bien como la producción de la riqueza, y esta como resultado de las relaciones de los individuos entre sí en la producción. El valor de cambio está, pues, ahora determinado como proceso, ya no como simple cosa para la que la circulación es solo un movimiento exterior, o que existe como individuo en una materia particular; como comportamiento consigo mismo a través del proceso de la circulación. Por otro lado, la circulación misma ya no está puesta solo como el proceso simple del cambio de mercancías por dinero y de dinero por mercancías, ya no solo como el movimiento mediador para realizar los precios de las distintas mercancías, para igualarlas entre sí como valores de cambio, donde ambas cosas aparecen fuera de la circulación: el valor de cambio presupuesto, la sustracción final de la mercancía hacia el consumo, es decir, la aniquilación del valor de cambio, por un lado, y la sustracción del dinero, su autonomización frente a su sustancia, que es a su vez otra forma de su aniquilación. El valor de cambio mismo, y ahora ya no el ||7| valor de cambio en general, sino el medido, tiene que aparecer, como presupuesto, él mismo como puesto por la circulación, y como puesto por ella, presupuesto a ella. El proceso de la circulación tiene que aparecer igualmente como proceso de la producción de los valores de cambio. Es, pues, por un lado, el retorno del valor de cambio al trabajo y, por otro, del dinero al valor de cambio; pero este está puesto ahora en una determinación más profunda. En la circulación está presupuesto el precio determinado, y ella, como dinero, solo lo pone formalmente. La determinidad del valor de cambio mismo, o la medida del precio, tiene que aparecer ahora ella misma como acto de la circulación. Puesto así, el valor de cambio es el capital, y la circulación está puesta a la vez como acto de la producción.
Pendiente: En la circulación, tal como apareció como circulación del dinero, se presupone siempre la simultaneidad de ambos polos del cambio. Pero puede darse una diferencia de tiempo entre la existencia de las mercancías que se han de cambiar. Puede estar en la naturaleza de las prestaciones recíprocas que la prestación se haga hoy, pero la contraprestación solo pueda hacerse dentro de un año, etc. «En la mayoría de los contratos», dice Senior,79 «solo una de las partes contratantes tiene la cosa disponible y la presta; y si el cambio ha de tener lugar, hay que cederla enseguida con la condición de recibir el equivalente solo en una época posterior. Ahora bien, como el valor de todas las cosas varía en un periodo de tiempo determinado, se toma como medio de pago la cosa cuyo valor varía menos, la que conserva durante más tiempo una capacidad media dada de comprar cosas. Así, el dinero se convierte en expresión o representante del valor». Según esto, la última determinación del dinero no guardaría ninguna conexión con las anteriores. Pero es falso. Solo cuando el dinero está puesto como representante autónomo del valor dejan los contratos, por ejemplo, de tasarse en cantidades de grano o en servicios que hay que prestar. (Esto último, por ejemplo, en el feudalismo de manera general.) Es una reflexión del señor Senior que el dinero posee una «capacidad media más larga» de mantener su valor. El hecho [the fact] es que se toma como material general de los contratos (mercancía general de los contratos, dice Bailey)80 como (mercancía general, representante de la riqueza general (dice Storch), valor de cambio autonomizado. El dinero tiene que estar ya muy desarrollado en sus 2 primeras determinaciones para presentarse de manera general en la 3.ª en este papel. Pues bien, de hecho se ve que, aunque la cantidad del dinero permanezca uniformemente igual, su valor varía; que, en general, como cantidad determinada, está sometido a la variabilidad de todos los valores. Aquí se impone su naturaleza de mercancía particular frente a su determinación general. Como medida, [al dinero] le es indiferente la variación, porque «en un medio variable pueden expresarse siempre 2 relaciones distintas con él, igual de bien que en uno constante». Como medio de circulación también le es indiferente, puesto que su cantidad como tal está puesta por la medida. Pero como dinero, tal como aparece en los contratos, es esencial, como en general en esta determinación salen a la luz sus contradicciones.
Hay que tratar todavía, en secciones particulares:
- El dinero como moneda. Esto, muy sumariamente, sobre el régimen de la moneda acuñada. 2) Históricamente, las fuentes de abastecimiento del oro y la plata. Sus descubrimientos, etc. La historia de su producción. 3) Causas de las variaciones [variations] en el valor de los metales nobles y, por tanto, del dinero metálico; efectos de esta variación sobre la industria y las distintas clases. 4) Ante todo: cantidad [quantity] de la circulación en relación con la subida y la bajada de los precios. (Siglos XVI y XIX.) Pero ver también al mismo tiempo cómo es afectado como medida por la cantidad creciente, etc. 5) Sobre la circulación: velocidad, cantidad necesaria, efecto de la circulación; más o menos desarrollada, etc. 6) Efecto disolvente del dinero.
(Esto, pendiente.) (Aquí, las investigaciones específicamente económicas.)
(El peso específico del oro y la plata, el contener mucho peso en un volumen relativamente pequeño en comparación con otros metales [as compared with other metals], se repite en el mundo de los valores en el hecho de que contiene un gran valor (tiempo de trabajo) en un volumen relativamente pequeño. El tiempo de trabajo realizado en él, el valor de cambio, es el peso específico de la mercancía. Esto hace a los metales nobles especialmente aptos para el servicio de la circulación (puesto que se puede llevar consigo en el bolsillo una porción considerable de valor) y para la acumulación, puesto que se puede poner a salvo y amontonar un gran valor en poco espacio. Además, el oro [no] se transforma durante el amontonamiento, como el hierro, el plomo, etc. Sigue siendo lo que es.)
«Si España nunca hubiera poseído las minas de México y del Perú, nunca habría necesitado el grano de Polonia» (Ravenstone).81
«Estos tienen un mismo designio, y entregan su poder y su autoridad a la bestia. Y que nadie pueda comprar ni vender, sino el que tiene la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre» (Apocalipsis. Vulgata).82 «Las cantidades correlativas de las mercancías que se ceden unas por otras constituyen el precio de la mercancía» (Storch). «El precio es el grado del valor de cambio [degré de la valeur échangeable]» (l. c.).
Como hemos visto, en la circulación simple como tal (el valor de cambio en su movimiento), la acción de los individuos unos sobre otros es, por su contenido, solo satisfacción recíproca e interesada de sus necesidades, y por su forma, cambiar, poner como iguales (equivalentes); así también aquí la propiedad solo está puesta todavía como apropiación del producto del trabajo por el trabajo, y del producto del trabajo ajeno por el trabajo propio, en la medida en que el producto del trabajo propio se compra con trabajo ajeno. La propiedad sobre trabajo ajeno, mediada por el equivalente del trabajo propio. Esta forma de la propiedad ‒ exactamente igual que la libertad y la igualdad ‒ está puesta en esta relación simple. En el desarrollo ulterior del valor de cambio, esto se transformará y se mostrará finalmente que la propiedad privada sobre el producto del trabajo propio es idéntica a la separación de trabajo y propiedad; de modo que trabajo = creará propiedad ajena, y propiedad mandará sobre trabajo ajeno.|
Alfred Darimon (1819-1902), periodista discípulo de Proudhon y diputado desde 1857. Su libro De la réforme des banques (París, 1856) lleva una introducción de Émile de Girardin. Las cifras entre paréntesis remiten a sus páginas. ↩
Marx da en alemán el proverbio inglés what is sauce for the goose is sauce for the gander: lo que vale para uno vale para el otro. ↩
Schock: antigua unidad de cuenta alemana de sesenta piezas. ↩
Alusión a Goethe, Egmont, acto V: «¡bella, amable costumbre de la existencia y de la actividad!». ↩
La Exposición Universal de París, abierta de mayo a noviembre de 1855. ↩
Isaac Péreire (1806-1880), banquero de origen sansimoniano; fundó con su hermano Émile en 1852 la Société générale du Crédit mobilier, banco de inversiones en sociedades por acciones. ↩
La guerra de Crimea (1853-1856). ↩
Consigna central de Proudhon, defendida en su polémica con Bastiat (Gratuité du crédit, 1850) y en el proyecto del Banco del Pueblo (1849). ↩
Fórmula de Proudhon en Qu'est-ce que la propriété? (1840). ↩
La Bank Charter Act de 1844 (ley de Peel), que dividió el Banco de Inglaterra en un departamento de emisión y otro de banca y ligó la emisión de billetes a la reserva de oro. ↩
Michel Chevalier (1806-1879), economista de origen sansimoniano y librecambista, profesor de economía política en el Collège de France. ↩
Comisión de la Cámara de los Comunes nombrada en 1810 para investigar el alto precio del metal en barras durante la suspensión de los pagos en metálico del Banco de Inglaterra; en 1811 la Cámara rechazó sus conclusiones, favorables a la vuelta a la convertibilidad. ↩
David Ricardo, The High Price of Bullion, a Proof of the Depreciation of Bank Notes (1810). ↩
Medida inglesa de capacidad para áridos, de unos 290 litros. ↩
Marx mide aquí la variación desde el lado de la plata: si el quarter pasa de 50 a 100 chelines, la plata pierde la mitad de su valor frente al grano. ↩
La suspensión de la convertibilidad de los billetes del Banco de Inglaterra (Bank Restriction Act) data de 1797; la ley de 1819 dispuso la vuelta a los pagos en metálico, efectiva en 1821. ↩
La ley bancaria escocesa de 1845 extendió a Escocia los principios de la ley inglesa de 1844. ↩
Los desalojos de las Highlands (Highland clearances): la expulsión de los campesinos de las tierras altas de Escocia para convertirlas en pastos para ovejas, desde finales del siglo XVIII. ↩
Émile de Girardin (1806-1881), periodista y hombre de negocios, fundador de La Presse. ↩
Wilhelm Weitling (1808-1871), oficial sastre y primer teórico comunista alemán, autor de Garantien der Harmonie und Freiheit (1842). ↩
John Francis Bray (1809-1897), autor de Labour's Wrongs and Labour's Remedy (1839), y John Gray (1799-1883), socialistas ricardianos ingleses que propusieron un dinero-trabajo. ↩
Misère de la philosophie (1847). ↩
Naturwüchsig: «natural», en el sentido de surgido espontáneamente, por desarrollo natural y no por obra consciente de los individuos. Lo traducimos así en toda esta parte. ↩
Sachlich, de Sache («cosa»): lo que tiene carácter de cosa, por oposición a lo personal; traducimos «cósico», y Versachlichung, «cosificación». ↩
La lectura de la fuente digital es aquí defectuosa («auf Bluturenge Natur und Herrschafts- und Knechtschafts[verhältnisse] gegründet[en]»); traducimos según el sentido evidente: lazos de sangre, relaciones primitivas o naturales y relaciones de señorío y servidumbre. ↩
Según Tito Livio (Historia de Roma, II, 32), el patricio Menenio Agripa convenció a la plebe sublevada (494 a. C.) de que volviera a Roma con la fábula de los miembros del cuerpo que se rebelan contra el estómago, que parece no hacer nada pero los alimenta a todos. ↩
Alusión a Timón de Atenas (acto IV, escena 3), donde el oro aparece como lo que «hace blanco lo negro, hermoso lo feo», pasaje que Marx ya había comentado en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844. ↩
Virgilio, Eneida, III, 57: «auri sacra fames» («maldita hambre de oro»). ↩
James Steuart (1712-1780), economista escocés, autor de An Inquiry into the Principles of Political Oeconomy (1767). ↩
Los descubrimientos de oro en California (1848) y Australia (1851), que multiplicaron la producción mundial del metal. ↩
Jenofonte, Los ingresos (Poroi, en latín De vectigalibus), I, 4-5. Marx cita en griego: «Οὐ μόνον δὲ ϰρατει̃ τοι̃ς ἐπ’ ἐνιαυτὸν ϑάλλουσί τε ϰαὶ γηράσϰουσιν, ἀλλὰ ϰαὶ ἀΐδια ἀγαϑὰ έ̓χει ἡ χώρα. Πέφυϰε μὲν γὰρ λίϑος ἐν αὐτη̃ ἂφϑονος … ̓Έστι δὲ ϰαὶ γη̃, ἢ σπειρομένη μὲν οὐ φέρει ϰαρπὸν, ὀρυσσομένη δὲ πολλαπλασίους τρέφει ἢ εἰ σι̃τον έ̓φερε.» ↩
Estrabón, Geografía, XI, 4, 4. Marx cita en griego: «Καὶ οἱ ἄνϑρωποι ϰάλλει, ϰαὶ μεγέϑει διαφέροντες· ἀπλοι̃ δὲ ϰαὶ οὐ ϰαπηλιϰοί· οὐδὲ γὰρ νομίσματι τὰ πολλὰ χρω̃νται, οὐδὲ ἀριϑμὸν ί̓σασι μείζω τω̃ν ἐϰατόν· ἀλλὰ φορτίοις τὰς ἀμοιβὰς ποιου̃νται.» y «ά̓πειροι δ ̓ εἰσὶ ϰαὶ μέτρων τω̃ν ἐπ ̓ ἀϰριβὲς, ϰαὶ σταϑμω̃ν». ↩
En la Ilíada (VI, 234-236), Glauco cambia sus armas de oro, que valían cien bueyes, por las de bronce de Diomedes, que valían nueve. ↩
«Por excelencia»; la expresión griega (kat' exokhḗn) está en el original; la fuente digital la trae mal transcrita («ϰατ ̓ ὲξοήν»). ↩
Geognosia: nombre que en la época se daba al estudio de la composición y la disposición de las rocas y los minerales en la corteza terrestre, es decir, a la geología. ↩
Cradle («cuna») era en inglés el nombre de la artesa basculante con que los buscadores lavaban la arena aurífera. ↩
Jacob Grimm, Geschichte der deutschen Sprache (Leipzig, 1848), que estudia los nombres de los metales en las lenguas germánicas. ↩
Adolphe Dureau de la Malle, Économie politique des Romains (París, 1840). Las citas francesas de este y de los párrafos siguientes proceden de los extractos que Marx tomaba en sus cuadernos. ↩
Jean-Antoine Letronne, autor de Considérations générales sur l'évaluation des monnaies grecques et romaines (París, 1817); August Böckh, autor de Die Staatshaushaltung der Athener (Berlín, 1817) y de Metrologische Untersuchungen (Berlín, 1838); William Jacob, autor de An Historical Inquiry into the Production and Consumption of the Precious Metals (Londres, 1831). ↩
Hesíodo, Trabajos y días, v. 151, sobre la raza de bronce. ↩
Lucrecio, De rerum natura, V, 1287. ↩
El Mármol de Paros, crónica griega grabada en piedra en el siglo III a. C., que forma parte de los mármoles de Arundel conservados en Oxford. ↩
Germain Garnier, Histoire de la monnaie, depuis les temps de la plus haute antiquité, jusqu'au règne de Charlemagne (París, 1819). Los «cuadernos» citados aquí y más abajo son los cuadernos de extractos de Marx. ↩
Johann Friedrich Reitemeier, Geschichte des Bergbaues und Hüttenwesens bei den alten Völkern (Gotinga, 1785). ↩
Ab urbe condita, «desde la fundación de la ciudad» de Roma (753 a. C. según la cronología tradicional); también la fecha 547 de este párrafo se cuenta así (no así 247, que Marx da «antes de C.»). ↩
Marx emplea a la par Circulation y Umlauf; traducimos la primera por «circulación» y la segunda por «curso» cuando aparecen juntas, y por «circulación» o «curso» según el contexto cuando aparece sola. ↩
Naturwüchsig: que surge de forma espontánea, natural, sin haber sido planeado ni querido. ↩
Nassau William Senior, Three Lectures on the Cost of Obtaining Money (Londres, 1830). ↩
James Mill, Elements of Political Economy (Londres, 1821). ↩
En inglés, alienation tiene aquí el sentido jurídico de «venta, transmisión de la propiedad». ↩
John Gellibrand Hubbard, The Currency and the Country (Londres, 1843); Marx cita por su cuaderno de extractos. ↩
James Steuart, An Inquiry into the Principles of Political Oeconomy (Londres, 1767). ↩
Entäußerung (enajenación) y Veräußerung (venta, alienación): Marx junta las dos palabras en una sola expresión. ↩
«Mala infinitud» (schlechte Unendlichkeit): término de Hegel para la progresión indefinida que repite sin fin lo mismo, frente a la verdadera infinitud, que vuelve sobre sí. ↩
Entpreißt, palabra formada por Marx sobre entwertet (desvalorizado). ↩
Pierre Le Pesant de Boisguillebert, Dissertation sur la nature des richesses, de l'argent et des tributs (hacia 1707). ↩
Aufheben tiene aquí el doble sentido de suprimir el acto del cambio como acto único y de conservarlo, escindido, en dos actos. ↩
Schluß: tanto «conclusión» como «silogismo» en sentido lógico; Marx juega con los términos del silogismo (término medio, premisa menor). ↩
Latín: «modificando lo que haya que modificar»; variante de la fórmula habitual mutatis mutandis. ↩
«Comunidades naturales»: naturwüchsige Gemeinheiten, comunidades surgidas espontáneamente, de modo natural, no por acuerdo ni por un acto político. ↩
Latín: «bronce pesado», la moneda de bronce fundido de la Roma republicana arcaica, cuya unidad, el as, pesaba en principio una libra. ↩
The Weekly Dispatch, semanario dominical de Londres. ↩
François Louis Auguste Ferrier (1777-1861), economista y funcionario de aduanas francés, defensor del proteccionismo; autor de Du gouvernement considéré dans ses rapports avec le commerce (1805). ↩
Edward Solly, autor de The Present Distress, in Relation to the Theory of Money (Londres, 1830). ↩
En francés, marchandise es la mercancía en cuanto objeto de comercio, y denrée, el producto destinado al consumo (en particular, los víveres). ↩
James Maitland, conde de Lauderdale (1759-1839), político y economista escocés, autor de An Inquiry into the Nature and Origin of Public Wealth (1804), que Marx cita por la traducción francesa. ↩
Jean-Charles-Léonard Simonde de Sismondi (1773-1842), economista e historiador suizo. ↩
Latín: «maldita hambre de oro» (Virgilio, Eneida, III, 57). ↩
Latín: «el nexo de las cosas». ↩
El original inglés de la cita: «The quantity of goods and the quantity of money may remain the same, and prices may rise or fall notwithstanding». Thomas Robert Malthus (1766-1834), economista inglés. ↩
Heinrich Friedrich von Storch (1766-1835), economista germanobáltico al servicio de Rusia, autor de un Cours d'économie politique (1815) escrito en francés. ↩
Edward Misselden (h. 1608-1654), comerciante y escritor mercantilista inglés, autor de Free Trade, or the Meanes to Make Trade Florish (1622). ↩
William Jacob (h. 1762-1851), autor de An Historical Inquiry into the Production and Consumption of the Precious Metals (1831). ↩
Alusión a Mateo 6, 19-20: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen». ↩
William Petty (1623-1687), economista inglés, iniciador de la economía política clásica en Inglaterra. Marx da en alemán los pasajes de su Political Arithmetick. ↩
Latín: «aquí y ahora». ↩
En el Génesis (48, 13-20), Jacob bendice cruzando las manos a los dos hijos de José, Efraín y Manasés, y pone la derecha sobre el menor. ↩
Pierre Le Pesant de Boisguillebert (1646-1714), economista francés, precursor de la economía política clásica en Francia y crítico del culto al dinero. El «cuaderno» es uno de los cuadernos de extractos de Marx. ↩
Nassau William Senior (1790-1864), economista inglés, al que Marx cita por la traducción francesa Principes fondamentaux de l'économie politique (1836). ↩
Samuel Bailey (1791-1870), filósofo y economista inglés, crítico de Ricardo, autor de Money and its Vicissitudes in Value (1837). ↩
Piercy Ravenstone, seudónimo de un escritor inglés crítico de Malthus, autor de A Few Doubts as to the Correctness of Some Opinions Generally Entertained on the Subjects of Population and Political Economy (1821). ↩
Apocalipsis 17, 13 y 13, 17. El latín de la Vulgata: «Illi unum consilium habent et virtutem et potestatem suam bestiae tradunt. Et ne quis possit emere aut vendere, nisi qui habet characterem aut nomen bestiae, aut numerum nominis ejus». ↩