Carta escrita por Friedrich Engels en Londres entre el 18 y el 28 de marzo de 1875 y publicada por primera vez por August Bebel en sus memorias, Aus meinem Leben (De mi vida), 2.ª parte, Stuttgart, 1911. Traducida del alemán de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 3-9), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Véase también la Crítica del programa de Gotha de Marx. Texto original en alemán.
¡Querido Bebel!
Londres, 18/28 de marzo de 1875
He recibido su carta del 23 de febrero y me alegro de que se encuentre tan bien de salud.1
Me pregunta qué pensamos del asunto de la unificación.2 Por desgracia nos ha pasado exactamente lo mismo que a usted. Ni Liebknecht ni ningún otro nos ha comunicado nada, y por eso tampoco nosotros sabemos más que lo que dicen los periódicos, y en ellos no había nada hasta que, hará unos ocho días, llegó el proyecto de programa. Que, desde luego, no nos ha causado poco asombro.
Nuestro partido había tendido tantas veces la mano a los lassalleanos para reconciliarse o, al menos, para llegar a un cártel, y los Hasenclever, Hasselmann y Tölcke lo habían rechazado tantas veces y con tanto desprecio,3 que cualquier niño tenía que sacar la conclusión de que, si ahora esos señores vienen ellos mismos a ofrecer la reconciliación, es que deben de estar en un apuro de mil demonios. Pero, conocido como es el carácter de esa gente, nuestro deber era aprovechar ese apuro para asegurarnos todas las garantías posibles, a fin de que esa gente no consolidase de nuevo, a costa de nuestro partido, su posición quebrantada ante la opinión obrera. Había que recibirlos con la máxima frialdad y desconfianza y hacer depender la unión del grado en que estuvieran dispuestos a abandonar sus consignas de secta y su ayuda del Estado y a aceptar, en lo esencial, el programa de Eisenach de 18694 o una edición corregida de él adecuada al momento actual. En el terreno teórico, es decir, en lo que es decisivo para el programa, nuestro partido no tenía absolutamente nada que aprender de los lassalleanos, y los lassalleanos, en cambio, sí de él; la primera condición de la unión era que dejaran de ser sectarios, de ser lassalleanos, es decir, que ante todo abandonasen la panacea universal de la ayuda del Estado o, si no del todo, que la reconocieran al menos como una medida de transición subordinada, una entre muchas otras posibles y junto a ellas. El proyecto de programa demuestra que nuestra gente, cien veces superior en teoría a los jefes lassalleanos, no les llega a la suela de los zapatos en astucia política; los «honrados»5 han vuelto a ser vilmente engañados por los que no lo son.
En primer lugar, se acepta la altisonante pero históricamente falsa frase de Lassalle según la cual, frente a la clase obrera, todas las demás clases no forman más que una masa reaccionaria. Esta tesis solo es cierta en algunos casos excepcionales; por ejemplo, en una revolución del proletariado como la Comuna, o en un país donde no solo la burguesía ha moldeado el Estado y la sociedad a su imagen, sino donde también, después de ella, la pequeña burguesía democrática ha llevado esa transformación hasta sus últimas consecuencias. Si en Alemania, por ejemplo, la pequeña burguesía democrática perteneciera a esa masa reaccionaria, ¿cómo pudo el Partido Obrero Socialdemócrata ir durante años de la mano de ella, del Partido Popular?6 ¿Cómo puede el Volksstaat tomar casi todo su contenido político de la Frankfurter Zeitung, democrática y pequeñoburguesa? ¿Y cómo pueden incluirse en ese mismo programa nada menos que siete reivindicaciones que coinciden directa y literalmente con el programa del Partido Popular y de la democracia pequeñoburguesa? Me refiero a las siete reivindicaciones políticas, 1 a 5 y 1 a 2, de las que no hay una sola que no sea burguesa y democrática.
En segundo lugar, se reniega por completo, en la práctica y para el presente, del principio del carácter internacional del movimiento obrero, y lo hacen precisamente quienes durante cinco años, y en las circunstancias más difíciles, han mantenido en alto ese principio de la manera más gloriosa. La posición de los obreros alemanes a la cabeza del movimiento europeo se basa esencialmente en su actitud auténticamente internacional durante la guerra;7 ningún otro proletariado se habría portado tan bien. ¡Y ahora tendrían que renegar de ese principio, en el momento en que en todo el extranjero los obreros lo subrayan en la misma medida en que los gobiernos se afanan por reprimir todo intento de ponerlo en práctica en una organización! ¿Y qué queda, en definitiva, del internacionalismo del movimiento obrero? La pálida perspectiva —ni siquiera de una futura acción conjunta de los obreros europeos por su emancipación—, no: de una futura «fraternización internacional de los pueblos», ¡de los «Estados Unidos de Europa» de los burgueses de la Liga de la Paz!8
Naturalmente, no era en absoluto necesario hablar de la Internacional como tal. Pero lo mínimo era no dar un paso atrás respecto del programa de 1869 y decir, por ejemplo: aunque el partido obrero alemán actúa por el momento dentro de las fronteras estatales que le han sido fijadas (no tiene derecho a hablar en nombre del proletariado europeo, y menos aún a decir cosas falsas), es consciente de su solidaridad con los obreros de todos los países y estará siempre dispuesto, en lo sucesivo como hasta ahora, a cumplir las obligaciones que esa solidaridad le impone. Tales obligaciones existen aunque uno no se proclame ni se considere precisamente parte de la «Internacional»; por ejemplo, la ayuda, el impedir la llegada de esquiroles en las huelgas, el cuidar de que los órganos del partido tengan informados a los obreros alemanes del movimiento extranjero, la agitación contra las guerras de gabinete que amenacen o estallen, la conducta durante ellas, tal como se llevó a cabo de modo ejemplar en 1870 y 1871, etc.
En tercer lugar, nuestra gente se ha dejado imponer la «ley de bronce del salario» de Lassalle, que se basa en una concepción económica completamente anticuada, a saber: que el obrero solo recibe por término medio el mínimo del salario, y ello porque, según la teoría malthusiana de la población, siempre hay demasiados obreros (esta era la argumentación de Lassalle). Ahora bien, Marx ha demostrado detalladamente en El capital que las leyes que regulan el salario son muy complicadas, que según las circunstancias predomina ya una, ya otra, que por tanto no son en modo alguno de bronce, sino, por el contrario, muy elásticas, y que el asunto no puede despacharse con un par de palabras, como se imaginaba Lassalle. La fundamentación malthusiana de la ley que Lassalle copió de Malthus y de Ricardo (falseando a este último), tal como se encuentra citada, por ejemplo, en el Arbeiterlesebuch,9 página 5, de otro folleto de Lassalle, la ha refutado Marx detalladamente en la sección sobre el «Proceso de acumulación del capital». Al adoptar la «ley de bronce» de Lassalle se suscribe, pues, una tesis falsa y una falsa fundamentación de ella.
En cuarto lugar, el programa plantea como única reivindicación social la ayuda del Estado lassalleana en su forma más desnuda, tal como Lassalle se la había robado a Buchez.10 ¡Y esto, después de que Bracke11 demostrara muy bien toda la nulidad de esa reivindicación; después de que casi todos, si no todos, los oradores de nuestro partido se hayan visto obligados, en la lucha con los lassalleanos, a pronunciarse contra esa «ayuda del Estado»! Nuestro partido no podía humillarse más. ¡El internacionalismo, rebajado a Amand Goegg;12 el socialismo, al republicano burgués Buchez, que planteó esta reivindicación frente a los socialistas, para desbancarlos!
Pero, en el mejor de los casos, la «ayuda del Estado» en el sentido de Lassalle no es más que una sola medida entre otras muchas para alcanzar el fin que aquí se designa con estas palabras desmayadas: «para preparar la solución de la cuestión social», ¡como si para nosotros existiera todavía una cuestión social teóricamente no resuelta! Si se dice, pues: el partido obrero alemán aspira a la abolición del trabajo asalariado y, con ello, de las diferencias de clase, mediante la implantación de la producción cooperativa en la industria y en la agricultura y a escala nacional; apoya toda medida adecuada para alcanzar ese fin, entonces ningún lassalleano podrá tener nada en contra.
En quinto lugar, no se dice ni una palabra de la organización de la clase obrera como clase por medio de los sindicatos. Y es un punto muy esencial, porque esa es la verdadera organización de clase del proletariado, en la que libra sus luchas cotidianas con el capital, en la que se adiestra y que hoy día, aun bajo la peor reacción (como ahora en París), ya no hay manera de destruir. Dada la importancia que esa organización ha alcanzado también en Alemania, a nuestro juicio sería absolutamente necesario mencionarla en el programa y, a ser posible, dejarle un sitio en la organización del partido.
Todo esto lo ha hecho nuestra gente por complacer a los lassalleanos. ¿Y qué han cedido los otros? Que figure en el programa un montón de reivindicaciones puramente democráticas bastante confusas, algunas de las cuales son pura moda, como, por ejemplo, la «legislación por el pueblo», que existe en Suiza y hace más mal que bien, si es que hace algo. Administración por el pueblo, eso ya sería algo. Falta igualmente la primera condición de toda libertad: que todos los funcionarios sean responsables de todos sus actos oficiales ante cualquier ciudadano, ante los tribunales ordinarios y según el derecho común. Del hecho de que reivindicaciones como la libertad de la ciencia o la libertad de conciencia figuren en todo programa burgués liberal y aquí resulten algo chocantes, no quiero ni hablar.
El Estado popular libre se ha convertido en el Estado libre. Gramaticalmente hablando, un Estado libre es aquel en que el Estado es libre frente a sus ciudadanos, es decir, un Estado con un gobierno despótico. Habría que dejar a un lado toda esa palabrería sobre el Estado, sobre todo desde la Comuna, que ya no era un Estado en el sentido propio de la palabra. Los anarquistas nos han echado en cara el Estado popular hasta la saciedad, aunque ya la obra de Marx contra Proudhon13 y luego el Manifiesto comunista14 dicen claramente que, con la implantación del orden social socialista, el Estado se disuelve por sí mismo y desaparece. Ahora bien, como el Estado no es más que una institución transitoria de la que se hace uso en la lucha, en la revolución, para someter por la fuerza a los adversarios, es un puro disparate hablar de un Estado popular libre: mientras el proletariado necesite todavía el Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso nosotros propondríamos poner siempre, en lugar de la palabra Estado, la palabra «Gemeinwesen» (comunidad),15 una buena y vieja palabra alemana que puede equivaler muy bien a la francesa «commune».
«Supresión de toda desigualdad social y política», en lugar de «abolición de todas las diferencias de clase», es también una frase muy dudosa. De país a país, de provincia a provincia e incluso de lugar a lugar, siempre existirá cierta desigualdad en las condiciones de vida, que podrá reducirse al mínimo, pero nunca suprimirse del todo. Los habitantes de los Alpes tendrán siempre unas condiciones de vida distintas de las de la gente del llano. La idea de la sociedad socialista como el reino de la igualdad es una idea francesa unilateral, apoyada en el viejo «libertad, igualdad, fraternidad»; una idea que estaba justificada como etapa de desarrollo en su tiempo y en su lugar, pero que, como todas las unilateralidades de las escuelas socialistas anteriores, debería estar ya superada, puesto que no hace más que sembrar confusión en las cabezas y puesto que se han encontrado formas más precisas de exponer la cuestión.
Lo dejo aquí, aunque habría que criticar casi cada palabra de este programa, redactado además sin sustancia ni vigor. Es tal que, si se aprueba, Marx y yo nunca podremos adherirnos al nuevo partido levantado sobre esa base, y tendremos que pensar muy seriamente qué actitud adoptar ante él, también en público. Tenga en cuenta que en el extranjero se nos hace responsables de todas y cada una de las manifestaciones y actos del Partido Obrero Socialdemócrata alemán. Así lo hace Bakunin en su escrito Política y anarquía,16 donde tenemos que responder de cada palabra irreflexiva que Liebknecht haya dicho y escrito desde la fundación del Demokratisches Wochenblatt.17 La gente se imagina, en efecto, que nosotros dirigimos desde aquí todo el asunto, cuando usted sabe tan bien como yo que casi nunca nos hemos inmiscuido lo más mínimo en los asuntos internos del partido, y aun entonces solo para enmendar en lo posible los desatinos que, a nuestro juicio, se habían cometido, y solo los teóricos. Pero usted mismo comprenderá que este programa marca un punto de inflexión que muy fácilmente podría obligarnos a rechazar toda responsabilidad respecto del partido que lo suscriba.
En general, lo que importa de un partido es menos su programa oficial que lo que hace. Pero un programa nuevo es siempre una bandera enarbolada en público, y el mundo exterior juzga al partido por ella. Por eso no debería contener en ningún caso un paso atrás, como lo es este respecto del de Eisenach. Habría que pensar también en lo que dirán de este programa los obreros de otros países; en la impresión que causará esta genuflexión de todo el proletariado socialista alemán ante el lassalleanismo.
Además, estoy convencido de que una unión sobre esta base no durará ni un año. ¿Van a prestarse las mejores cabezas de nuestro partido a recitar como loros frases de Lassalle aprendidas de memoria sobre la ley de bronce del salario y la ayuda del Estado? ¡Me gustaría verle a usted, por ejemplo, haciéndolo! Y si lo hicieran, sus oyentes los abuchearían. Y estoy seguro de que los lassalleanos insisten precisamente en estas partes del programa como el judío Shylock en su libra de carne.18 La separación llegará; pero habremos «rehabilitado» a Hasselmann, Hasenclever, Tölcke y compañía; saldremos de la separación más débiles, y los lassalleanos más fuertes; nuestro partido habrá perdido su virginidad política y nunca más podrá enfrentarse con valentía a las frases lassalleanas que durante un tiempo habrá inscrito él mismo en su bandera; y si los lassalleanos vuelven a decir entonces que ellos son el auténtico y único partido obrero y que nuestra gente es burguesa, ahí estará el programa para demostrarlo. Todas las medidas socialistas serán entonces suyas, y nuestro partido no habrá aportado más que reivindicaciones de la democracia pequeñoburguesa, ¡a la que, sin embargo, ese mismo programa califica también a ella de parte de la «masa reaccionaria»!
Había dejado esta carta en suspenso, puesto que usted no sale hasta el 1 de abril, en honor del cumpleaños de Bismarck, y no quería exponerla al riesgo de que la interceptaran en un intento de hacerla entrar de contrabando. Pero acaba de llegar una carta de Bracke, que también tiene graves reparos al programa y quiere saber nuestra opinión. Por eso se la envío a él para que se la haga llegar, de modo que él la lea y yo no tenga que volver a escribir toda esta historia. Por lo demás, también a Ramm19 le he hablado con toda claridad; a Liebknecht solo le escribí brevemente. No le perdono que no nos haya comunicado ni una palabra de todo el asunto (mientras Ramm y otros creían que nos tenía puntualmente informados) hasta que, por así decirlo, ya era demasiado tarde. Es verdad que siempre lo ha hecho así —y de ahí tanta correspondencia desagradable como hemos tenido con él, tanto Marx como yo—, pero esta vez la cosa pasa de castaño oscuro, y nosotros, decididamente, no nos sumamos.
Procure arreglárselas para venir aquí en verano. Naturalmente, se alojará en mi casa, y, si hace buen tiempo, podremos ir unos días a bañarnos en el mar, lo que le sentará muy bien después de tan larga temporada a la sombra.
Muy cordialmente suyo,
F. E.
Marx acaba de mudarse; vive en el 41 de Maitland Park Crescent, NW, Londres.
August Bebel (1840-1913), uno de los fundadores y dirigentes del Partido Obrero Socialdemócrata (los «eisenacheanos»), cumplía las penas de prisión a que le habían condenado en 1872 por preparación de alta traición (proceso de Leipzig) y por ofensas al emperador; quedó libre el 1 de abril de 1875. ↩
La unificación del Partido Obrero Socialdemócrata con la Asociación General de Trabajadores Alemanes, lassalleana, que se consumó en el congreso de Gotha (22-27 de mayo de 1875). El proyecto de programa se había publicado el 7 de marzo de 1875 en Der Volksstaat y en el Neuer Social-Demokrat. ↩
Wilhelm Hasenclever (1837-1889), presidente de la Asociación General de Trabajadores Alemanes desde 1871; Wilhelm Hasselmann (1844-1916), redactor de su órgano, el Neuer Social-Demokrat; Carl Wilhelm Tölcke (1817-1893), uno de sus dirigentes. ↩
El programa aprobado en el congreso fundacional del Partido Obrero Socialdemócrata, celebrado en Eisenach en agosto de 1869. ↩
Los lassalleanos llamaban «los honrados» (die Ehrlichen), con sorna, a los miembros del partido de Eisenach. ↩
El Partido Popular alemán (Deutsche Volkspartei), partido democrático pequeñoburgués fuerte sobre todo en el sur de Alemania, con el que los eisenacheanos habían colaborado. La Frankfurter Zeitung era su principal órgano de prensa. ↩
La guerra franco-prusiana de 1870-1871: Bebel y Liebknecht votaron contra los créditos de guerra en el Reichstag de la Confederación de Alemania del Norte y se pronunciaron contra la anexión de Alsacia y Lorena y en defensa de la Comuna. ↩
La Liga de la Paz y de la Libertad, organización pacifista burguesa fundada en Ginebra en 1867, que propugnaba unos «Estados Unidos de Europa». ↩
Arbeiterlesebuch (Libro de lectura obrero), discurso de Lassalle en Fráncfort del Meno (mayo de 1863), publicado como folleto ese mismo año. ↩
Philippe Buchez (1796-1865), historiador y político francés, socialista cristiano, defensor de las asociaciones obreras de producción con ayuda del Estado. ↩
Wilhelm Bracke (1842-1880), editor en Brunswick y dirigente eisenacheano, autor del folleto Der Lassalle'sche Vorschlag (La propuesta lassalleana, 1873), en el que criticaba la consigna de la ayuda del Estado. A él envió Marx su Crítica del programa de Gotha. ↩
Amand Goegg (1820-1897), demócrata badense, ministro de Hacienda del gobierno revolucionario de Baden en 1849 y después miembro de la Liga de la Paz y de la Libertad. ↩
Miseria de la filosofía (1847). ↩
Manifiesto del Partido Comunista (1848). ↩
Gemeinwesen: comunidad, entidad colectiva o cosa pública; Engels la propone como equivalente alemán del francés commune en el sentido de la Comuna de París. ↩
El libro de Bakunin Estatalidad y anarquía (en ruso, 1873), que Engels cita como «Política y anarquía». Véase el Resumen del libro de Bakunin Estatalidad y anarquía de Marx. ↩
Demokratisches Wochenblatt, semanario dirigido por Liebknecht en Leipzig de 1868 a 1869; desde octubre de 1869 se convirtió en Der Volksstaat, órgano del partido de Eisenach. ↩
Alusión a El mercader de Venecia, de Shakespeare. ↩
Hermann Ramm, socialdemócrata, miembro de la redacción de Der Volksstaat. ↩