Escrito por Friedrich Engels a finales de 1884, en relación con su proyecto, que no llegó a realizar, de reelaborar La guerra campesina en Alemania; manuscrito inacabado, inédito en vida de Engels. El título no es suyo. Traducido del manuscrito según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962), pp. 392-401, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. La nota de Engels va marcada; las demás son nuestras. Véanse también La guerra campesina en Alemania y los Apuntes sobre la guerra campesina de la misma época. Texto original en alemán.

Mientras las salvajes luchas de la nobleza feudal dominante llenaban la Edad Media con su estrépito, el trabajo callado de las clases oprimidas había ido minando el sistema feudal en toda Europa occidental y había creado situaciones en las que cada vez quedaba menos sitio para el señor feudal. En el campo, desde luego, los señores nobles seguían haciendo de las suyas: atormentaban a los siervos, se regalaban con su sudor, pisoteaban a caballo sus sembrados, violaban a sus mujeres y a sus hijas. Pero alrededor se habían levantado ciudades: en Italia, en el sur de Francia y en el Rin, viejos municipios romanos resurgidos de sus cenizas; en otras partes, sobre todo en el interior de Alemania, creaciones nuevas; siempre ceñidas por murallas y fosos protectores, fortalezas mucho más fuertes que los castillos de la nobleza, porque solo un gran ejército podía tomarlas. Tras esas murallas y esos fosos se desarrolló —con espíritu gremial y burgués, y bastante mezquino— el artesanado medieval, se acumularon los primeros capitales, nació la necesidad del tráfico de las ciudades entre sí y con el resto del mundo y, con la necesidad, poco a poco también los medios de proteger ese tráfico.

En el siglo XV los burgueses de las ciudades se habían vuelto ya más indispensables en la sociedad que la nobleza feudal. Es verdad que la agricultura seguía siendo la ocupación de la gran masa de la población y, por tanto, la rama principal de la producción. Pero los pocos campesinos libres aislados que se habían mantenido aquí y allá frente a las pretensiones de la nobleza demostraban de sobra que en la agricultura lo principal no era la holgazanería y las extorsiones del noble, sino el trabajo del campesino. Además, las necesidades también de la nobleza se habían multiplicado y transformado tanto que hasta para ella las ciudades se habían vuelto indispensables: ¡si hasta su único instrumento de producción, su coraza y sus armas, lo sacaba de las ciudades! Paños del país, muebles y joyas, sedas italianas, encajes de Brabante, pieles del norte, perfumes árabes, frutas de Levante, especias de la India —todo, menos el jabón—, todo se lo compraba a los ciudadanos. Se había desarrollado un cierto comercio mundial; los italianos navegaban por el Mediterráneo y, más allá, por las costas atlánticas hasta Flandes; los hanseáticos, pese a la competencia holandesa e inglesa en ascenso, seguían dominando el mar del Norte y el Báltico. Entre los centros septentrionales y meridionales del tráfico marítimo se mantenía la comunicación por tierra; los caminos por los que pasaba esa comunicación atravesaban Alemania. Mientras la nobleza se volvía cada vez más superflua y más estorbo para el desarrollo, los burgueses de las ciudades se convertían así en la clase en la que se encarnaba el progreso de la producción y del tráfico, de la cultura y de las instituciones sociales y políticas.

Todos estos progresos de la producción y del intercambio eran en realidad, según las ideas de hoy, de naturaleza muy limitada. La producción seguía encerrada en la forma del puro artesanado gremial y conservaba, pues, ella misma un carácter feudal; el comercio no salía de las aguas europeas ni iba más allá de las ciudades costeras de Levante, donde obtenía a cambio los productos del Extremo Oriente. Pero, por mezquinos y limitados que siguieran siendo los oficios y con ellos los burgueses que los ejercían, bastaron para revolucionar la sociedad feudal, y al menos seguían en movimiento mientras la nobleza se estancaba.

Además, la burguesía de las ciudades tenía un arma formidable contra el feudalismo: el dinero. En la economía feudal modelo de la alta Edad Media apenas había habido sitio para el dinero. El señor feudal obtenía de sus siervos todo lo que necesitaba, ya en forma de trabajo, ya en forma de producto acabado; las mujeres hilaban y tejían el lino y la lana y hacían los vestidos; los hombres labraban el campo; los niños guardaban el ganado del señor y le recogían frutos del bosque, nidos de pájaros y hojarasca para las camas del ganado; toda la familia tenía además que entregar grano, fruta, huevos, mantequilla, queso, aves de corral, crías de ganado y qué sé yo cuántas cosas más. Cada señorío feudal se bastaba a sí mismo; hasta las prestaciones de guerra se exigían en productos; no había tráfico ni intercambio, y el dinero sobraba. Europa había caído tan bajo, había vuelto tanto a empezar desde el principio, que el dinero tenía entonces una función mucho menos social que meramente política: servía para pagar impuestos y se adquiría sobre todo mediante el robo.

Ahora todo eso era distinto. El dinero había vuelto a ser medio general de cambio y, con ello, su masa había aumentado considerablemente; tampoco la nobleza podía ya prescindir de él, y como tenía poco o nada que vender, y como además robar ya no era tan fácil, tuvo que decidirse a pedir prestado al usurero burgués. Mucho antes de que la nueva artillería abriera brecha en los castillos de los caballeros, el dinero ya los había minado; en realidad, la pólvora no fue, por así decirlo, más que el alguacil al servicio del dinero. El dinero era la gran garlopa niveladora política de la burguesía. Allí donde una relación personal era desplazada por una relación de dinero, una prestación en especie por una prestación en dinero, una relación burguesa ocupaba el lugar de una feudal. Es cierto que la vieja y brutal economía natural se mantuvo en el campo en la inmensa mayoría de los casos; pero había ya distritos enteros donde, como en Holanda, en Bélgica o en el Bajo Rin, los campesinos pagaban a los señores en dinero en lugar de prestaciones personales y tributos en especie, donde señores y súbditos habían dado ya el primer paso decisivo para convertirse en terratenientes y arrendatarios, donde, por tanto, también en el campo las instituciones políticas del feudalismo se quedaban sin su base social.

Hasta qué punto estaba ya el feudalismo a finales del siglo XV socavado y carcomido por dentro por el dinero lo pone de manifiesto de manera palmaria la sed de oro que se apodera por esta época de Europa occidental. Oro buscaban los portugueses en la costa africana, en la India, en todo el Extremo Oriente; oro era la palabra mágica que empujó a los españoles a cruzar el océano Atlántico hacia América; oro era lo primero por lo que preguntaba el blanco en cuanto pisaba una costa recién descubierta. Pero este afán de salir a la aventura a tierras lejanas en busca de oro, por mucho que al principio se realizara en formas feudales y semifeudales, era ya en su raíz incompatible con el feudalismo, cuya base era la agricultura y cuyas expediciones de conquista se dirigían esencialmente a la adquisición de tierras. Además, la navegación era un oficio decididamente burgués, que ha impreso su carácter antifeudal también a todas las flotas de guerra modernas.

En el siglo XV, pues, el feudalismo estaba en plena decadencia en toda Europa occidental; por todas partes se habían incrustado en los territorios feudales ciudades con intereses antifeudales, con derecho propio y con burguesía armada, que habían puesto bajo su dependencia a los señores feudales, en parte ya socialmente, por medio del dinero, y aquí y allá incluso políticamente; hasta en el campo, allí donde la agricultura había prosperado gracias a circunstancias especialmente favorables, los viejos lazos feudales empezaban a disolverse bajo la acción del dinero; solo en los países recién conquistados, como los territorios alemanes al este del Elba, o en otras comarcas atrasadas y apartadas de las rutas del comercio, seguía floreciendo el viejo dominio de la nobleza. Pero en todas partes, en las ciudades como en el campo, habían aumentado los elementos de la población que exigían ante todo que cesara el eterno e insensato guerrear, aquellas guerras privadas de los señores feudales que hacían permanente la guerra interior incluso cuando el enemigo extranjero estaba en el país, aquel estado de devastación ininterrumpida y completamente sin objeto que había durado toda la Edad Media. Demasiado débiles todavía para imponer su voluntad, estos elementos encontraron un fuerte respaldo en la cúspide de todo el orden feudal: en la monarquía. Y este es el punto en que el examen de las relaciones sociales nos lleva al de las estatales, en que pasamos de la economía a la política.

Del revoltijo de pueblos de la alta Edad Media se fueron desarrollando poco a poco las nuevas nacionalidades, un proceso en el que, como es sabido, en la mayoría de las antiguas provincias romanas los vencidos asimilaron al vencedor, el campesino y el habitante de la ciudad al señor germánico. Las nacionalidades modernas son, pues, también obra de las clases oprimidas. Cómo se produjo aquí la fusión y allá la separación nos lo muestra de manera gráfica el mapa de distritos de la Lorena central de Menke.1 Basta con seguir en este mapa la línea divisoria de los topónimos románicos y alemanes para convencerse de que, para Bélgica y la Baja Lorena, coincide en lo principal con la frontera lingüística entre el francés y el alemán que existía todavía hace cien años. Aquí y allá se encuentra aún una estrecha franja disputada donde las dos lenguas luchan por la primacía; pero en conjunto está fijado lo que ha de seguir siendo alemán y lo que ha de seguir siendo románico. Ahora bien, la forma en antiguo bajo fráncico y en antiguo alto alemán de la mayoría de los topónimos del mapa demuestra que pertenecen al siglo IX o, a más tardar, al X, es decir, que la frontera estaba ya trazada en lo esencial hacia el final de la época carolingia. En el lado románico se encuentran, sobre todo cerca de la frontera lingüística, nombres mixtos, compuestos de un nombre de persona alemán y una designación de lugar románica, por ejemplo, al oeste del Mosa, cerca de Verdún: Eppone curtis, Rotfridi curtis, Ingolini curtis, Teude-gisilo-villa, hoy Ippécourt, Récourt-le-Creux, Amblaincourt-sur-Aire, Thierville. Eran residencias señoriales francas, pequeñas colonias alemanas en suelo románico que tarde o temprano acabaron romanizándose. En las ciudades y en algunas comarcas rurales había colonias alemanas más fuertes que conservaron su lengua durante más tiempo; de una de ellas salió todavía, por ejemplo, a finales del siglo IX el Ludwigslied;2 pero que ya antes una gran parte de los señores francos se había romanizado lo demuestran las fórmulas de juramento de los reyes y los grandes de 842, en las que el románico aparece ya como lengua oficial de Francia.3

Una vez delimitados los grupos lingüísticos (salvo posteriores guerras de conquista y de exterminio, como las que se hicieron, por ejemplo, contra los eslavos del Elba), era natural que sirvieran de base dada para la formación de los Estados, que las nacionalidades empezaran a desarrollarse hasta convertirse en naciones. Lo poderoso que era ya este elemento en el siglo IX lo demuestra el rápido derrumbe del Estado mixto de Lotaringia. Es cierto que durante toda la Edad Media las fronteras lingüísticas y las fronteras de los territorios estuvieron muy lejos de coincidir; pero cada nacionalidad, salvo quizá Italia, estaba representada en Europa por un gran Estado propio, y la tendencia a establecer Estados nacionales, que se manifiesta de manera cada vez más clara y más consciente, es una de las palancas de progreso más importantes de la Edad Media.

En cada uno de estos Estados medievales el rey era la cúspide de toda la jerarquía feudal, una cúspide de la que los vasallos no podían prescindir y contra la que al mismo tiempo estaban en estado de rebelión permanente. La relación fundamental de toda la economía feudal, la concesión de tierra a cambio de la prestación de determinados servicios personales y tributos, daba ya en su forma originaria y más simple materia de sobra para disputas, sobre todo donde tantos tenían interés en buscar pleitos. ¡Qué no sería, pues, en la baja Edad Media, cuando las relaciones de feudo formaban en todos los países ovillos inextricables de derechos y obligaciones concedidos, retirados, renovados, perdidos, modificados o condicionados de otro modo! Carlos el Temerario, por ejemplo, era por una parte de sus tierras vasallo del emperador, por otras vasallo del rey de Francia; por otro lado, el rey de Francia, su señor feudal, era a la vez, por ciertos territorios, vasallo de Carlos el Temerario, su propio vasallo: ¿cómo evitar ahí los conflictos? De ahí este juego alterno, durante siglos, de la atracción de los vasallos hacia el centro real, el único que puede protegerlos frente al exterior y frente a los demás, y de la repulsión del centro, en la que aquella atracción se convierte sin cesar e inevitablemente; de ahí la lucha ininterrumpida entre la monarquía y los vasallos, cuyo tedioso estruendo lo ahogaba todo durante aquel largo tiempo en que el robo era la única fuente de ingresos digna del hombre libre; de ahí aquella serie interminable, que se reproducía siempre de nuevo, de traiciones, asesinatos alevosos, envenenamientos, perfidias y todas las vilezas imaginables, que se oculta tras el nombre poético de caballería y no deja de hablar de honor y de fidelidad.

Que en este caos general la monarquía era el elemento progresista salta a la vista. Representaba el orden en el desorden, la nación en formación frente a la fragmentación en Estados vasallos rebeldes. Todos los elementos revolucionarios que se formaban bajo la superficie feudal dependían tanto de la monarquía como la monarquía de ellos. La alianza de la monarquía y la burguesía data del siglo X; interrumpida a menudo por conflictos, como que en toda la Edad Media nada sigue su curso de manera constante, se renovó cada vez más firme, cada vez más poderosa, hasta que ayudó a la monarquía a la victoria definitiva y la monarquía, en agradecimiento, sojuzgó y saqueó a su aliada.

Reyes y burgueses encontraron un apoyo poderoso en el estamento ascendente de los juristas. Con el redescubrimiento del derecho romano se produjo la división del trabajo entre los clérigos, consultores jurídicos de la época feudal, y los jurisconsultos no eclesiásticos. Estos nuevos juristas eran desde el principio un estamento esencialmente burgués; pero, además, el derecho que estudiaban, enseñaban y ejercían era por su carácter esencialmente antifeudal y, en cierto sentido, burgués. El derecho romano es hasta tal punto la expresión jurídica clásica de las condiciones de vida y de los conflictos de una sociedad en la que domina la propiedad privada pura que ninguna legislación posterior ha sido capaz de mejorarlo en nada esencial. Pero la propiedad burguesa de la Edad Media estaba todavía muy mezclada con restricciones feudales; consistía, por ejemplo, en gran parte en privilegios; el derecho romano iba, pues, en este sentido, muy por delante también de las relaciones burguesas de entonces. Pero el desarrollo histórico ulterior de la propiedad burguesa solo podía consistir en que se transformara, como así ocurrió, en propiedad privada pura. Y este desarrollo tenía que encontrar una palanca poderosa en el derecho romano, que contenía ya acabado todo aquello hacia lo que la burguesía de la baja Edad Media solo tendía inconscientemente.

Aunque en muchísimos casos concretos el derecho romano sirviera de pretexto para que la nobleza oprimiera más a los campesinos, por ejemplo, cuando los campesinos no podían aportar pruebas escritas de su exención de cargas habituales en otras partes, eso no cambia nada el fondo de la cuestión. La nobleza habría encontrado tales pretextos también sin el derecho romano, y los encontraba a diario. En todo caso fue un progreso enorme que se impusiera un derecho que desconoce por completo las relaciones feudales y que anticipaba por entero la propiedad privada moderna.

Hemos visto cómo la nobleza feudal empezó a volverse superflua, e incluso un estorbo, en el aspecto económico, en la sociedad de la baja Edad Media; cómo también políticamente se interponía ya en el camino del desarrollo de las ciudades y del Estado nacional, entonces solo posible en forma monárquica. Pese a todo, la había sostenido el hecho de tener hasta entonces el monopolio del manejo de las armas, de que sin ella no podía hacerse ninguna guerra ni librarse ninguna batalla. También esto iba a cambiar; iba a darse el último paso para que la nobleza feudal comprendiera que el período social y estatal dominado por ella había terminado y que, en su calidad de caballero, ya no servía ni siquiera en el campo de batalla.

Combatir la economía feudal con un ejército él mismo feudal, en el que los soldados estaban ligados por lazos más estrechos a sus señores feudales inmediatos que al mando real del ejército, era a todas luces moverse en un círculo vicioso y no avanzar un paso. Desde comienzos del siglo XIV los reyes se esfuerzan por emanciparse de este ejército feudal y por crear un ejército propio. Desde entonces encontramos en los ejércitos de los reyes una parte cada vez mayor de tropas reclutadas o alquiladas. Al principio, sobre todo infantería, formada por la escoria de las ciudades y por siervos fugitivos, lombardos, genoveses, alemanes, belgas, etc., empleada para guarnecer las ciudades y en el servicio de asedio, y al principio apenas utilizable en batalla campal. Pero ya hacia el final de la Edad Media encontramos también caballeros que, con sus mesnadas reunidas quién sabe cómo, se ponen a sueldo de príncipes extranjeros y atestiguan así el derrumbe irremediable del sistema militar feudal.

Al mismo tiempo surgía la condición fundamental de una infantería apta para la guerra en las ciudades y en los campesinos libres, allí donde todavía los había o donde se habían formado de nuevo. Hasta entonces la caballería, con sus acompañantes también montados, no era tanto el núcleo del ejército cuanto el ejército mismo; la turba de peones siervos que la acompañaban no contaba; en campo abierto parecía estar ahí solo para salir corriendo y para saquear. Mientras duró el apogeo del feudalismo, hasta finales del siglo XIII, la caballería libró y decidió todas las batallas. A partir de entonces la cosa cambia, y en varios puntos a la vez. La desaparición gradual de la servidumbre en Inglaterra creó una numerosa clase de campesinos libres, propietarios (yeomen) o arrendatarios, y con ello la materia prima para una nueva infantería, ejercitada en el manejo del arco, el arma nacional inglesa de entonces. La introducción de estos arqueros, que combatían siempre a pie, fueran o no montados en la marcha, dio lugar a un cambio esencial en la táctica de los ejércitos ingleses. Desde el siglo XIV la caballería inglesa combate preferentemente a pie allí donde el terreno u otras circunstancias lo aconsejan. Detrás de los arqueros, que inician el combate y desgastan al enemigo, la falange cerrada de los caballeros desmontados aguarda el ataque enemigo o el momento oportuno para lanzarse adelante, mientras solo una parte permanece a caballo para apoyar la decisión con ataques de flanco. Las victorias ininterrumpidas de los ingleses en Francia en aquella época se deben esencialmente a este restablecimiento de un elemento defensivo en el ejército y son la mayoría de las veces, tanto como las de Wellington en España y Bélgica, batallas defensivas con contragolpe ofensivo. Con la adopción de la nueva táctica por los franceses —posible desde que entre ellos los ballesteros italianos a sueldo ocuparon el lugar de los arqueros ingleses— se acabó la racha de victorias de los ingleses. También a comienzos del siglo XIV la infantería de las ciudades flamencas se había atrevido, y a menudo con éxito, a hacer frente a la caballería francesa en batalla campal,4 y el emperador Alberto, con su intento de traicionar a los campesinos suizos, libres vasallos inmediatos del Imperio, en favor del archiduque de Austria, que era él mismo, había dado el impulso para la formación de la primera infantería moderna de fama europea. En los triunfos de los suizos sobre los austriacos y, sobre todo, sobre los borgoñones,5 la caballería acorazada —montada o desmontada— sucumbió definitivamente ante la infantería, el ejército feudal ante los comienzos del ejército moderno, el caballero ante el burgués y el campesino libre. Y los suizos, para dejar sentado desde el principio el carácter burgués de su república, la primera república independiente de Europa, convirtieron enseguida en dinero contante su gloria militar. Desaparecieron todas las consideraciones políticas: los cantones se transformaron en banderines de enganche para reclutar a tambor batiente mercenarios para el mejor postor. También en otras partes, y sobre todo en Alemania, se tocó el tambor de reclutamiento; pero el cinismo de un gobierno que parecía existir solo para vender a los hijos de su país no tuvo rival hasta que, en la época de la más profunda humillación nacional, lo superaron los príncipes alemanes.6

Luego, también en el siglo XIV, la pólvora y la artillería llegaron a Europa desde los árabes a través de España. Hasta el final de la Edad Media el arma de fuego portátil careció de importancia, lo que se comprende, puesto que el arco del arquero inglés de Crécy alcanzaba tan lejos, y quizá con más seguridad —aunque no con el mismo efecto—, como el fusil de ánima lisa del infante de Waterloo. La pieza de campaña estaba también en su infancia; en cambio, los cañones pesados habían abierto ya brecha muchas veces en la mampostería exenta de los castillos de los caballeros y habían anunciado a la nobleza feudal que con la pólvora quedaba sellado el fin de su reino.

La difusión de la imprenta, el renacimiento del estudio de la literatura antigua, todo el movimiento cultural que desde 1450 se hace cada vez más fuerte y más general: todo esto favoreció a la burguesía y a la monarquía en la lucha contra el feudalismo.

La acción conjunta de todas estas causas, reforzada año tras año por su creciente acción recíproca, que empujaba cada vez más en la misma dirección, decidió en la segunda mitad del siglo XV la victoria, todavía no de la burguesía, pero sí de la monarquía, sobre el feudalismo. En toda Europa, hasta en los remotos países periféricos que no habían pasado por el estado feudal, el poder real se impuso de golpe. En la península pirenaica dos de los troncos lingüísticos románicos de allí se unieron en el reino de España, y el reino de Aragón, de habla provenzal, se sometió a la lengua escrita castellana;7 el tercer tronco unió su territorio lingüístico (con excepción de Galicia) en el reino de Portugal, la Holanda ibérica, se apartó del interior y demostró con su actividad en el mar su derecho a una existencia separada.

En Francia, Luis XI consiguió por fin, tras la caída del reino intermedio de Borgoña, restablecer la unidad nacional representada por la monarquía en el territorio francés, todavía muy recortado entonces, hasta el punto de que ya su sucesor pudo inmiscuirse en los asuntos de Italia8 y de que esa unidad solo volvió a ponerse en cuestión una vez, por poco tiempo, con la Reforma. Inglaterra había abandonado por fin sus quijotescas guerras de conquista en Francia, en las que a la larga se habría desangrado; la nobleza feudal buscó una compensación en la guerra de las Dos Rosas y encontró más de lo que buscaba: se destruyó a sí misma y llevó al trono a la casa Tudor, cuyo poder real superó al de todos sus predecesores y sucesores. Los países escandinavos estaban unificados desde hacía tiempo; Polonia, desde la unión con Lituania, caminaba hacia su período de esplendor con un poder real todavía intacto, y hasta en Rusia el sometimiento de los príncipes de los principados y la sacudida del yugo tártaro habían ido de la mano y habían quedado definitivamente sellados por Iván III. En toda Europa solo había dos países en los que la monarquía y la unidad nacional, entonces imposible sin ella, no existían en absoluto o solo existían sobre el papel: Italia y Alemania.

  1. (Nota de Engels.) Spruner-Menke, Hand-Atlas zur Geschichte des Mittelalters und der neueren Zeit [Atlas manual de historia de la Edad Media y la Edad Moderna], 3.ª ed., Gotha, 1874, mapa n.º 32. ↩

  2. El Ludwigslied («Canto de Luis»), poema en antiguo alto alemán (fráncico renano) que celebra la victoria del rey franco occidental Luis III sobre los normandos en Saucourt (881). ↩

  3. Los juramentos de Estrasburgo (842), por los que Luis el Germánico y Carlos el Calvo se aliaron contra su hermano Lotario; Luis juró en lengua románica para que le entendieran las tropas de Carlos, y Carlos en lengua germánica. ↩

  4. En la batalla de Courtrai o de las Espuelas de Oro (1302), las milicias de las ciudades flamencas derrotaron a la caballería francesa. ↩

  5. Sobre los austriacos en Morgarten (1315) y Sempach (1386); sobre Carlos el Temerario de Borgoña en Grandson, Morat (1476) y Nancy (1477), donde murió. ↩

  6. Alusión a los príncipes alemanes del siglo XVIII que vendían regimientos enteros de sus súbditos como mercenarios, sobre todo a Inglaterra para la guerra contra la independencia de Norteamérica. ↩

  7. Con la unión de Castilla y Aragón por el matrimonio de Isabel y Fernando (1469). Engels cuenta el catalán entre las variedades del provenzal, como era habitual en su época. ↩

  8. Carlos VIII invadió Italia en 1494. ↩