Carta de Friedrich Engels, de dieciocho años, a Friedrich Graeber, escrita en Bremen el 19 de febrero de 1839 (la fecha sale del propio texto; el lugar y el año los fija la edición). Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 499-501, por la Escuela de marxismo, 2026. Se conserva completa. Las notas son nuestras. Texto original.

Et Tu, Brute? Friderice Graeber, hoc est res quam nunquam de te crediderim! Tu jocas; ad cartas? passionaliter? O Tempores o moria! Res dignissima memoria! Unde est tua gloria?1 ¿Dónde está tu gloria, y tu cristianismo? Est itum ad Diabolum! Quis est, qui te seduxit? Nonne verbum meum fruxit (¿ha dado fruto?)? O fili mi, verte, o te zurro con vara y con varilla, cartas abandona, fac multa bona, et vitam agas integram, partem recuperabis optimam! Vides amorem meum, ut spiritum faulenzendeum egi ad linguam latinam et dic obstupatus: quinam fecit Angelum ita tollum, nonsemsitatis vollum, plenum et, plus ancora viel: hoc fecit enorme Kartenspiel! ¡Recapacita, criminal, piensa cuál es el fin de tu existencia! ¡Bandido, piensa cómo pecas contra todo lo que es santo y no santo! ¡Cartas! ¡Están cortadas de la piel del diablo! ¡Oh, vosotras, espantosas! ¡Ya solo me acuerdo de vosotras con llanto o con crujir de dientes! ¡Ah, me arrebata el entusiasmo! El día decimonoveno del segundo mes de 1839, el día en que el mediodía es a las 12, me arrebató la tempestad y me llevó a lo lejos, y allí vi cómo jugaban a las cartas, y entonces fue hora de comer. Continuará. Y he aquí que se levantó por el oriente una tormenta espantosa, de modo que retemblaban las ventanas y caía el granizo con estrépito, pero ellos siguieron jugando. Por ello se levantó una contienda, y el rey del oriente salió contra el príncipe del occidente, y el septentrión resonó con el griterío de los combatientes. Y el príncipe del mar se alzó contra las tierras del oriente, y hubo una batalla ante su ciudad como la humanidad no había visto otra. Pero ellos siguieron jugando. Y del cielo bajaron siete espíritus. El primero llevaba una larga túnica y la barba le llegaba hasta el pecho. A ese lo llamaron Fausto. Y el segundo espíritu tenía el pelo cano en torno a la cabeza calva, y gritaba: ¡Ay, ay, ay! A ese lo llamaron Lear. Y el tercer espíritu era alto de cuerpo y terrible de ver, y su nombre era Wallenstein. Y el cuarto espíritu era como los hijos de Anac, y llevaba una maza como los cedros del Líbano.2 A ese lo llamaron Heracles. Y el quinto espíritu era de hierro de arriba abajo, y su nombre estaba escrito en su frente: Sigfrido; y de su mano iba un poderoso guerrero cuya espada relumbraba como el rayo: era el sexto, y se llamaba Roldán. Y el séptimo espíritu llevaba un turbante en la punta de la espada y agitaba una bandera sobre su cabeza, en la que estaba escrito: Mio Cid. Y los siete espíritus llamaron a la puerta de los jugadores, pero ellos no hicieron caso. Y he aquí que llegó del septentrión un gran resplandor que pasó volando sobre la tierra como un águila, y cuando hubo pasado, ya no vi a los jugadores. Pero en la puerta estaba escrito con signos negros: בְּרלִין!3 Y enmudecí.

Si mi carta a Wilhelm no es todavía prueba suficiente de mi insensatez, espero que ahora ya no se le ocurra a ninguno de vosotros dudarlo. Si no, os convenceré con razones aún más contundentes.

El futuro de los cinco jugadores de cartas.4

Ahora mismo veo en el Telegraph una reseña de los poemas del misionero Winkler, de Barmen.5 Los ponen terriblemente por los suelos; hay un montón de muestras que delatan justo un gusto de misionero. Si la hoja llega a Barmen, se acabó la reputación de Gutzkow allí, que ya es muy escasa. Esas muestras son espantosas, imágenes infinitamente asquerosas; Pol6 es un ángel a su lado. «Señor Jesús, cura tú el flujo de sangre de mis pecados» (alusión a la conocida historia del Evangelio)7 y más cosas por el estilo. Cada vez desespero más de Barmen; en lo literario, todo se acabó. Lo que allí se imprime es, salvo los sermones, como poco una tontería; las cosas religiosas son por lo general un disparate. Barmen y Elberfeld no tienen, desde luego, sin razón fama de oscurantistas y místicas; Bremen tiene la misma fama y se les parece mucho; el filisteísmo, unido al fanatismo religioso, a lo que en Bremen se añade además una constitución infame, impiden todo vuelo del espíritu, y uno de los principales obstáculos es F. W. Krummacher.8 Blank9 se queja horrores de los predicadores de Elberfeld, sobre todo de Kohl y de Hermann;10 me gustaría saber si tiene razón; sobre todo les reprocha la aridez; solo Krum[macher] sería una excepción. Lo que dice el misionero sobre el amor es comiquísimo. Atiende, que voy a hacer una cosa de esas.

Declaración de amor de un pietista.

¡Honesta doncella! Yo, tras mucha y dura lucha contra el placer del mundo que me acosaba, vengo con la petición de si no querría usted tomarme por esposo, en honestidad y deber. Cierto que no la amo a usted, eso sería pedir demasiado; amo en usted al Señor, que…

… no, no puede ser, una cosa así no se puede satirizar sin meter en el mismo círculo lo más santo, tras lo cual se esconde esa gente. Me gustaría ver uno de esos matrimonios en que el marido no ama a su mujer, sino a Cristo en su mujer; ¿y no salta a la vista la pregunta de si también se acuesta con Cristo en su mujer? ¿Dónde pone algo en la Biblia de semejante disparate? En el Cantar de los Cantares pone: «qué dulce eres, amor en delicias»;11 pero, claro, ahora se despotrica contra toda defensa de la sensualidad, a pesar de David y de Salomón y de Dios sabe quién. Con estas cosas me enfado horrores. Encima esos tipos presumen de tener la verdadera doctrina y condenan a todo el que, no ya duda de la Biblia, sino que la interpreta de otro modo que ellos. Menudo negocio. Ve a decirle a uno de esos que tal o cual versículo es una interpolación, y ya verás cómo te la hacen pasar. Gustav Schwab12 es el tipo más honrado del mundo, y hasta ortodoxo, pero los místicos no le tienen ningún aprecio, porque no siempre les recita como un sonsonete himnos al estilo de «Dices que soy cristiano», y en un poema apunta a la mayor conciliación posible entre racionalistas y místicos. La poesía religiosa, de momento, está acabada, hasta que venga alguien que le dé nuevo impulso. Entre los católicos y entre los protestantes todo sigue en la vieja rutina: los católicos hacen canciones a la Virgen, los protestantes cantan la vieja cantinela con las expresiones más prosaicas del mundo. Esas abstracciones horribles: santificación, conversión, justificación, y Dios sabe cuántos loci communes13 y fórmulas manidas más. De rabia por la poesía religiosa de hoy, o sea, por devoción, habría que darse al diablo. ¿Tan miserable es nuestra época que ni siquiera hay uno capaz de abrirle caminos nuevos a la poesía religiosa? Por lo demás, sostengo que la manera más acorde con los tiempos es la que he empleado en «Tormenta» y en «Florida»,14 sobre el cual te pido una reseña más detallada, so pena de no-haber-de-tener-más-poemas. Que Wurm15 se haya quedado con las cartas no tiene perdón.

Tu Friedrich Engels.

  1. Latín macarrónico, mezclado con alemán e italiano y con faltas a propósito: «¿Tú también, Bruto? Federico Graeber, ¡esto es algo que nunca habría creído de ti! ¿Tú juegas a las cartas? ¿Apasionadamente? ¡Oh tiempos, oh costumbres! ¡Cosa dignísima de memoria! ¿Dónde está tu gloria?». Y luego: «¡Se ha ido al diablo! ¿Quién es el que te ha seducido? ¿No ha dado fruto mi palabra? Oh hijo mío, vuélvete […], abandona las cartas, haz mucho bien y lleva una vida íntegra, ¡recuperarás la mejor parte! Mira mi amor, cómo he llevado mi espíritu holgazán a la lengua latina, y di asombrado: ¿quién ha vuelto al Ángel tan loco, tan lleno de sinsentido, tan lleno y, más aún, mucho? ¡Esto lo ha hecho el enorme juego de cartas!». Faulenzendeum, tollum, vollum y viel son palabras alemanas («holgazán», «loco», «lleno», «mucho») con desinencias latinas o sin ellas; ancora es italiano. «La mejor parte» alude a Lucas 10, 42. ↩

  2. Todo el pasaje imita el estilo del Apocalipsis y de los profetas en la Biblia de Lutero; los hijos de Anac son los gigantes de Números 13, 33. ↩

  3. «Berlín», en letras hebreas. Graeber estudiaba entonces teología en Berlín. ↩

  4. En el manuscrito, aquí, un dibujo de Engels, que la edición reproduce: cinco cabezas desgreñadas y barbudas, con aire de mendigos o de bandidos (uno empuña un cuchillo), en fila. Debajo, la leyenda «Zukunft der fünf Kartenspieler», que leemos en la reproducción. ↩

  5. J. Ch. F. Winkler, misionero en Barmen, antes en la India oriental, autor de una colección de poemas titulada Harfenklänge («Sones de arpa»). La reseña, «Zeichen der Zeit» («Signos de los tiempos»), salió en el Telegraph für Deutschland de Karl Gutzkow en diciembre de 1838. ↩

  6. Johann Pol, pastor en Heedfeld, cerca de Iserlohn, autor de poesías religiosas; Engels se burla de él también en Cartas desde el Wuppertal. ↩

  7. La mujer enferma de flujo de sangre a la que curó Jesús (Lucas 8, 43-48). ↩

  8. Friedrich Wilhelm Krummacher (1796-1868), predicador reformado de Elberfeld y cabeza del pietismo del Wupper, al que Engels retrata en las Cartas desde el Wuppertal, que estaba escribiendo por entonces. ↩

  9. Wilhelm Blank (1821-1892), de Elberfeld, compañero de instituto de Engels. ↩

  10. Albert Kohl (1802-1882), pastor de la comunidad reformada de Elberfeld y amigo de Krummacher, y Reinhard Hermann (1806-1839), pastor de la iglesia reformada de Elberfeld desde 1836. ↩

  11. Cantar de los Cantares 7, 7 en la Biblia de Lutero (7, 6 en las Biblias españolas). ↩

  12. Gustav Schwab (1792-1850), poeta y editor suabo. ↩

  13. «Lugares comunes» (latín). ↩

  14. «Florida» es el poema que Engels había mandado a Graeber en su carta del 20 de enero. De «Tormenta» (Sturm) no sabemos más. ↩

  15. Gustav Wurm (1819-1888), amigo de juventud de Engels. ↩