Carta de Karl Marx a Joseph Weydemeyer, en Nueva York, escrita [en Londres] el 5 de marzo de 1852. Fragmento: Franz Mehring la citó en extracto en «Neue Beiträge zur Biographie von Karl Marx und Friedrich Engels», en Die Neue Zeit, año 25, t. II (Stuttgart, 1907), pp. 163-165, de donde se traduce sin los comentarios de Mehring; el texto completo solo está en ediciones con derechos. Mehring da un extracto continuo, desde el comienzo de las observaciones sobre el artículo de Weydemeyer hasta el final de las «glosas», y traduce al alemán las citas de Disraeli, del Times y de Ricardo. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original

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Tu artículo contra Heinzen es muy bueno, a la vez grosero y fino, y esa combinación es propia de una polémica que merezca ese nombre.1 He enseñado tu artículo a E. Jones, y adjunto recibes de él un escrito dirigido a ti y destinado a la imprenta.2 A esa carta puedes añadir lo siguiente: en cuanto a George Julian Harney, también una autoridad para el señor Heinzen, publicó en inglés en su Red Republican nuestro Manifiesto Comunista, con la nota al margen de que era el documento más revolucionario que jamás se había dado al mundo, y en su Democratic Review tradujo la sabiduría «liquidada» por Heinzen, es decir, mis artículos sobre la revolución francesa de la Revista de la Neue Rheinische Zeitung.3 En un artículo sobre Louis Blanc remite a sus lectores a esos artículos como la «verdadera crítica» del asunto francés.

Por lo demás, en Inglaterra no hace falta remitirse solo a los «extremistas». En Inglaterra, cuando un miembro del Parlamento se hace ministro, tiene que hacerse reelegir. Pues bien, Disraeli, el nuevo canciller del Tesoro, escribe a sus electores el 1 de marzo: «Nos esforzaremos por poner fin a una lucha de clases que en los últimos años ha ejercido una influencia tan dañina sobre el bienestar de este reino». A lo que The Times del 2 de marzo comenta: «Si algo pudiera dividir a las clases de este país hasta un punto en que ya no fuera posible la reconciliación, sería un impuesto sobre el grano extranjero».4 Y para que un «hombre de carácter» ignorante como Heinzen no se figure que los aristócratas están a favor y los burgueses en contra de las leyes de cereales porque aquellos quieren el «monopolio» y estos la «libertad» —un hombre de bien solo conoce las oposiciones en esa forma ideológica—, hay que advertir que en el siglo XVIII los aristócratas de Inglaterra estaban a favor de la «libertad» (de comercio) y los burgueses a favor del «monopolio», la misma posición que en este momento encontramos entre las clases en Prusia respecto a las «leyes de cereales». La Neue Preußische Zeitung es el más furioso freetrader.5

Por último, yo en tu lugar haría notar a los señores demócratas, en general,6 que harían mejor en familiarizarse primero con la literatura burguesa antes de atreverse a ladrar contra lo que se le opone. Esos señores deberían estudiar, por ejemplo, las obras históricas de Thierry, Guizot, John Wade, etc., para instruirse sobre la historia pasada de las clases.7 Deberían familiarizarse con los primeros periodos de la economía política antes de ponerse a criticar la crítica de la economía política. Basta, por ejemplo, con abrir la gran obra de Ricardo para encontrar en la primera página estas palabras: «El producto de la tierra, todo lo que se obtiene de su superficie mediante la aplicación conjunta de trabajo, maquinaria y capital, se reparte entre tres clases de la comunidad, a saber: el propietario de la tierra, el poseedor del capital necesario para cultivarla y los trabajadores con cuya industria se cultiva».8

Cuán poco madura está todavía la sociedad burguesa en los Estados Unidos para hacer visible y comprensible la lucha de clases lo prueba del modo más brillante C. H. Carey (de Filadelfia), el único economista americano de importancia.9 Ataca a Ricardo, el intérprete clásico de la burguesía y el adversario estoico del proletariado, como a un hombre cuyas obras serían el arsenal de los anarquistas, de los socialistas, de todos los enemigos de la sociedad burguesa. Y no solo a él: reprocha a Malthus, Mill, Torrens, Wakefield, MacCulloch, Senior, en suma, a los corifeos de la economía en Europa, que desgarran la sociedad y preparan la guerra civil al demostrar que las bases económicas de las distintas clases tienen que provocar entre ellas un antagonismo necesario y siempre creciente. Intenta refutarlos, aunque no como el necio de Heinzen, ligando la existencia de las clases a la de privilegios y monopolios políticos, sino queriendo demostrar que las condiciones económicas —la renta (propiedad de la tierra), el beneficio (capital) y el salario (trabajo asalariado)—, en lugar de ser condiciones de la lucha y del antagonismo, son más bien condiciones de la asociación y de la armonía. Lo único que prueba, naturalmente, es que toma por relaciones normales las relaciones no desarrolladas de los Estados Unidos.

En lo que a mí respecta, no me cabe el mérito de haber descubierto ni la existencia de las clases en la sociedad moderna ni su lucha entre sí. Mucho antes que yo, historiadores burgueses habían expuesto el desarrollo histórico de esta lucha de clases, y economistas burgueses la anatomía económica de las clases. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases solo va unida a determinadas fases históricas del desarrollo de la producción;10 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es más que el tránsito a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases. Ignorantes como Heinzen, que niegan no solo la lucha sino incluso la existencia de las clases, solo demuestran que, pese a todos sus ladridos sanguinarios y sus aspavientos humanitarios, tienen las condiciones sociales en que domina la burguesía por el producto último, por el non plus ultra de la historia, y que no son más que los siervos de la burguesía; y esa servidumbre es tanto más repugnante cuanto menos comprenden esas gentes siquiera la grandeza y la necesidad transitoria del propio régimen burgués.

De las glosas anteriores toma lo que te parezca bien. Por lo demás, Heinzen ha adoptado de nosotros la «centralización», en lugar de su «república federativa». Cuando las ideas que ahora difundimos sobre las clases se hayan vuelto triviales y hayan pasado a ser mobiliario del «sentido común», Heinzen las proclamará con gran estrépito como producto de su «propia sagacidad» y se pondrá a ladrar contra nuestro desarrollo posterior. Así ladró con su «propia sagacidad» contra la filosofía de Hegel mientras fue progresista. Ahora se alimenta de sus migajas, que se han vuelto insípidas y que Ruge le ha vuelto a servir sin digerir.11 […]

  1. Según Mehring, Weydemeyer había publicado poco después de llegar a Nueva York, en el Demokrat de esa ciudad, un artículo contra Karl Heinzen, que veía en los príncipes alemanes la raíz de todos los males, denunciaba la «cháchara de las clases» como invento de los comunistas y presentaba al cartista Ernest Jones como partidario suyo. Sobre Heinzen, véase Los comunistas y Karl Heinzen. ↩

  2. Ernest Jones (1819-1869), dirigente del ala izquierda del cartismo y amigo de Marx. En su carta abierta a Weydemeyer esbozaba la historia de Inglaterra como una historia de luchas de clases. ↩

  3. George Julian Harney (1817-1897), dirigente cartista, publicó en noviembre de 1850 en The Red Republican la primera traducción inglesa del Manifiesto del Partido Comunista. Los artículos de Marx en la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue (1850) son Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. ↩

  4. Benjamin Disraeli entró como canciller del Tesoro en el gobierno conservador de lord Derby, formado a finales de febrero de 1852, partidario de restablecer los aranceles sobre el trigo. Mehring da en alemán estas citas, igual que la de Ricardo. ↩

  5. La Neue Preußische Zeitung, llamada Kreuzzeitung, era el órgano de los terratenientes prusianos; freetrader, en inglés, «librecambista». ↩

  6. Mehring imprime «au général», sin duda por en général, «en general». ↩

  7. Augustin Thierry (1795-1856) y François Guizot (1787-1874), historiadores franceses de la Restauración; John Wade (1788-1875), autor de una History of the Middle and Working Classes (1833). ↩

  8. Es la primera frase del prefacio de David Ricardo a On the Principles of Political Economy and Taxation (1817): «The produce of the earth —all that is derived from its surface by the united application of labour, machinery, and capital— is divided among three classes of the community; namely, the proprietor of the land, the owner of the stock or capital necessary for its cultivation, and the labourers by whose industry it is cultivated». ↩

  9. Henry Charles Carey (1793-1879), economista proteccionista norteamericano, teórico de la armonía de los intereses de clase. ↩

  10. Mehring imprime «Entwicklungskämpfe» («luchas de desarrollo»), con toda probabilidad una errata por «Entwicklungsphasen», «fases de desarrollo», que es la lectura de las ediciones posteriores de la carta y la que traducimos. ↩

  11. Arnold Ruge (1802-1880), joven hegeliano, antiguo compañero de Marx en los Anales franco-alemanes, emigrado en Inglaterra. ↩