Congreso celebrado en Bruselas, en la fonda del Cisne (sesiones de los delegados) y en el Théâtre national du Cirque (sesiones públicas), del 6 al 13 de septiembre de 1868. El acta oficial (Troisième Congrès de l'Association internationale des travailleurs. Compte rendu officiel, suplemento de Le Peuple belge, Bruselas, 1868) no está disponible en una edición libre que podamos consultar; estas actas se montan con la crónica de las sesiones de Johann Philipp Becker en Der Vorbote* (Ginebra): año III, n.º 9 (septiembre de 1868), pp. 129-140; n.º 10 (octubre), pp. 145-152, y n.º 11 (noviembre), pp. 161-165, con la lista de los delegados; y año IV, n.º 1 (enero de 1869), pp. 14-16; n.º 2 (febrero), pp. 23-25, y n.º 3 (marzo), pp. 39-42, que completan la crónica con el comentario de las resoluciones (la conclusión anunciada no llegó a publicarse). Seguimos el escaneo de archive.org. La crónica, en alemán, resume casi siempre en estilo indirecto lo que se dijo en francés. Las resoluciones aprobadas no se repiten aquí: están en la página del congreso, 1868 Congreso de Bruselas (I Internacional), y una línea en cursiva remite a cada una donde la crónica la reproduce. Los títulos de los apartados son nuestros. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.*

Apertura del congreso, domingo 6 de septiembre

Der Vorbote, n.º 9, septiembre de 1868, pp. 129-140: «Tercer congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Bruselas (6-13 de septiembre)».

La Asociación Internacional ha adquirido este año, desde más de un punto de vista, una importancia de la que hasta ahora ninguna asociación por la liberación del pueblo puede preciarse en nuestro tiempo. «Hay que remontarse», dice el periódico más grande del mundo, el Times de Londres, que, igual que los grandes periódicos del continente europeo, como la Indépendance belge,1 etc., se ocupa a fondo de la Internacional, «hasta los tiempos del nacimiento del cristianismo y del rejuvenecimiento del mundo antiguo por los pueblos germánicos para encontrar algo análogo a este movimiento obrero, que parece prestar a la civilización de hoy un servicio semejante al que prestaron los bárbaros del norte al mundo antiguo». Y en verdad, la actitud seria y digna del congreso, la soltura de los debates en cuatro lenguas, que tan claramente señalaba la fraternidad internacional, la creciente participación del público y la tempestad de aplausos que crecía a medida que los oradores se pronunciaban con más decisión contra el despotismo social, político y religioso dieron a esta asamblea obrera un aspecto tan imponente como decisivo su carácter. Era como si se oyera el batir de alas de un espíritu de la historia universal que acababa de despertar.

Como todavía no tenemos en nuestro poder los documentos oficiales, no podemos empezar por ahora con una descripción detallada; tenemos que contentarnos con informar entretanto a los miembros de la Asociación, mediante una visión general, de los importantes progresos que han hecho tanto el desarrollo interno y el fortalecimiento de nuestros principios como el poder material y la extensión de la Internacional.

El 6 de septiembre, como estaba anunciado, se celebró hacia las 11 de la mañana, en la fonda del Cisne,2 la apertura del congreso. Se verificaron los poderes de los delegados de todos los países, que habían acudido en gran número, sobre todo de Francia y de Bélgica, y enseguida, a propuesta de De Paepe,3 uno de los delegados belgas más destacados, se nombró una mesa provisional para la sesión solemne de apertura, que tuvo lugar a las 3 de la tarde en el grande y elegante «Théâtre national du Cirque», espléndidamente iluminado. Después de que el presidente provisional, Jung,4 miembro del Consejo General de Londres, expusiera de forma breve y clara la historia del nacimiento y el desarrollo de la Internacional y sus aspiraciones, cada delegado informó sobre la marcha de las secciones que representaba. Vemos por ello que en Bélgica, desde los sucesos de las minas de carbón de Charleroi,5 igual que en Suiza desde la huelga de Ginebra,6 la Internacional ha ganado rápidamente miembros. Desde entonces se han formado en Bélgica más de veinte secciones nuevas, varias de las cuales cuentan hasta 800 miembros. Un resultado mucho más importante aún se ha obtenido en Francia desde los procesos que allí se hicieron a los de la Internacional.7 A pesar de ello, o más bien precisamente porque esta sociedad está ahora allí oficialmente prohibida, los oficios de París y de otras grandes ciudades de Francia se han adherido a la Asociación y han enviado delegados al congreso. Dupont,8 del Consejo General de Londres, es a la vez delegado de varias sociedades obreras italianas que, igual que las alemanas, no pueden entablar una relación directa con la Internacional, pero que no por eso dejan de trabajar por la revolución social. Algo semejante ocurre con los obreros españoles, a quienes representa en el congreso Sarro Magallán, de Barcelona.9 A pesar de la gran reacción que reina en estos momentos en España, las asociaciones obreras se desarrollan allí, sobre todo en Cataluña y en Andalucía. Cada vez que se detiene a los obreros que están a su cabeza, es decir, casi a diario, eligen nuevos dirigentes, de modo que el gobierno se ha visto obligado a dejarles la libertad. Una revolución es inevitable en ese país, y los obreros, aquí como en todos los demás países, derribarán el poder unido del Estado y de la Iglesia para fundar una nueva sociedad sobre la base de la justicia y del trabajo. Klein (Solingen) comunica que su sección, formada por obreros del acero, ha creado una cooperativa de producción sobre principios socialistas. (Sus productos estaban expuestos en el vestíbulo y se ganaron la admiración tanto de los delegados como del público).

También toma la palabra un delegado de la Liga de la Reforma inglesa10 procedente de la alta aristocracia inglesa, Cowell Stepney,11 para declarar que en la lucha de las dos clases siempre ha tomado y siempre tomará partido por los desheredados. En la misma sesión se lee una carta que los miembros de París escribieron al congreso desde la cárcel de Sainte-Pélagie,12 así como una carta del socialista ruso Bakunin13 y otra del presidente de la Asociación General de Trabajadores Alemanes de Lassalle, Schweitzer,14 que en nombre de su sociedad declara su simpatía por la Internacional y lamenta que las leyes prusianas prohíban la adhesión oficial. El abogado Titus, de Bamberg, envió desde Hof un telegrama de felicitación al congreso. Vondenbergen lee una carta del ciudadano Boldingh, en la que, además de las felicitaciones, se anunciaba la fundación de una sección en Ámsterdam. La sala llena acompaña todas las comunicaciones con aplausos atronadores, y, después de que hablaran todavía seis delegados de diversos países para informar, se levanta la sesión hacia las 7.

Lunes 7 de septiembre: segunda sesión de los delegados y segunda sesión pública

El 7 de septiembre, hacia las 10 de la mañana, se abre en el Cisne la segunda sesión de los delegados. Aquí se nombra la mesa definitiva: Jung (Londres), presidente; Dupont (Londres) y Becker (Ginebra),15 vicepresidentes; Coenen y Maetens (Bélgica), Grinand y Theisz (Francia),16 Klein y Schöppler (Alemania), Shaw (Inglaterra)17 y Magallán (España), y, entre otras cosas, se acuerda que cada mañana, de 9 a mediodía, haya una sesión administrativa de los delegados; por la tarde, las sesiones de las comisiones, y por la noche, de 7 hasta cerca de la medianoche, la asamblea pública en el Circo. Entretanto han llegado nuevos delegados de Suiza, de las Ardenas y de otras secciones que representan a la población campesina, de Lyon, etc. Graglia, de Ginebra, describe la actitud hostil de los burgueses republicanos de Ginebra durante la huelga. Perron18 pide, en nombre de las secciones de Ginebra, que el programa político de la Internacional no se limite a una protesta contra la guerra. Quiere que el congreso discuta, junto a las reformas sociales, la separación de la Iglesia y el Estado, la cuestión de la educación y de la enseñanza y el impuesto sobre la fortuna.

Se discute luego y se fija el orden del día de la sesión siguiente, en este orden: 1) la cuestión planteada por las secciones alemanas sobre la conducta de los obreros de todos los países en caso de una guerra europea; 2) la cuestión planteada por las secciones belgas sobre la organización de las huelgas o de la resistencia. Se levanta la sesión a la 1.

A las 5 se reunieron los delegados por primera vez en el Cisne para nombrar las comisiones encargadas de preparar las cuestiones.

En la segunda sesión pública, Dupont lee en primer lugar el informe del Consejo General, que es acogido con atronadoras muestras de aprobación. Comunica luego despachos telegráficos de Ámsterdam, Pest y Ginebra, así como pasajes de una carta de los obreros de Marsella, tras lo cual se abre la discusión sobre la cuestión de la guerra. (La forma de resolución que presentó Becker sobre ella la daremos más adelante).

Catalan (Ginebra) opina que los que hoy tienen el poder no tienen en cuenta la opinión pública, como mostró la guerra de 1866,19 y que por eso cada cual debe trabajar en el país libre para derribar a los autores de la guerra. — Henri (París) observa que todas las clases, salvo las que hacen de la guerra un oficio, están contra la guerra, aunque las clases trabajadoras sean las que más sufren por ella. Llega a la misma conclusión que el orador anterior. — De Paepe (Bruselas) subraya que hay un medio directo y otro indirecto para actuar contra la guerra: el directo consiste en negarse al servicio militar o, lo que viene a ser lo mismo, puesto que los ejércitos tienen necesidades, en negarse a todo trabajo. El medio indirecto consiste en la solución misma de la cuestión social, y es esta la que tiene que llevar a cabo la Internacional. Ese medio destruye el mal en su fuente, mientras que el primero habría que repetirlo siempre de nuevo. La fuente de las guerras es el estado social de hoy, no solo el político; la prueba la da Norteamérica. El hambre es hoy, como en los tiempos más antiguos y bárbaros, en que solo se hacían expediciones de saqueo, la primera causa de la guerra. Las guerras de conquista y las guerras comerciales para ganar nuevos mercados en que dar salida a los productos solo podrán suprimirse definitivamente por la gran cuestión social. — Hins, de Bruselas,20 solo tiene que añadir una cosa: que la burguesía, a pesar de su aversión a la guerra, la apoya en el fondo, porque para conservar su dominación tiene que pagar ejércitos que tengan a raya al obrero. Sí, si pudiéramos conseguir que todos los obreros se decidieran a negarse al servicio de guerra o al trabajo, podríamos llegar a cosas muy distintas todavía, y entonces la cuestión de la guerra ya no existiría. — Spehl y Pellering, de Bruselas, se declaran de acuerdo con el orador anterior, pero opinan que hay que emplear todos los medios para declarar la guerra a la guerra. — Lucraft, de Londres,21 es también de la opinión de que la guerra no tiene otra causa que la codicia y la avaricia de la burguesía, por lo que solo podrá suprimirse definitivamente con la victoria de los principios de la Internacional. — Tolain, de París,22 propone en nombre de varios delegados de París una resolución sobre la que volveremos más adelante. Propone además que se nombre una comisión para seguir discutiendo la cuestión y adoptar una resolución, tras lo cual se levanta la sesión pasada la medianoche.

Mencionamos aquí que todos los discursos, informes y propuestas se traducían enseguida, en lo esencial, a las diferentes lenguas: por lo general Becker del francés al alemán, Eccarius23 del alemán al inglés, Dupont del inglés al francés y De Paepe y Hins del francés al flamenco, y todos a la inversa; lo cual despertó gran interés, sobre todo en el público, pero alargó mucho las sesiones.

Martes 8 de septiembre: tercera sesión de los delegados y tercera sesión pública

Tenemos que añadir todavía que en la tercera sesión de los delegados, que se celebró el 8 de septiembre en el Cisne, llegaron algunos delegados más, entre ellos Eccarius, que trajo de la asamblea obrera de Núremberg la importante noticia de que esta se había declarado por gran mayoría a favor de la adhesión de las asociaciones obreras alemanas a la Internacional.24 También se acordó que las sesiones de los delegados en el Cisne ya no se harían públicas.

En la tercera sesión pública en el Circo, que de día en día atrae a más público, el presidente Dupont (Jung se ha marchado) pone a discusión la cuestión de las huelgas. Se leen primero tres informes sobre ella: uno de Graglia, de Ginebra, en nombre de las secciones de allí; otro de Mareschal, de Lieja, y, por último, uno de De Paepe, de Bruselas. Estos informes, que tratan la cuestión a fondo y con gran talento, sobre todo el excelente informe de De Paepe, cuya impresión se pidió, no admiten extractos y deben quedar reservados para la descripción detallada del congreso. Solo queremos dar aquí la conclusión del informe de De Paepe. En las sociedades «para el mantenimiento del precio», como se las llama en Bélgica, «sociedades de resistencia» en Francia, trade unions en Inglaterra, ve el ponente el germen de una gran transformación social que abarcará a todos los países que están a la cabeza de la civilización. En la discusión que sigue toman parte Tartaret (París), Catalan (Ginebra), Tolain (París), Graglia (Ginebra), Shaw (Londres) y Brismée (Bruselas).25 Dupont lee un extracto del acta del Congreso de Ginebra referente a la cuestión. Brismée presenta luego las resoluciones que propone la comisión sobre la cuestión.

Cuarta sesión pública

En la cuarta sesión pública tiene primero la palabra el ponente de la comisión «sobre los efectos de las máquinas en la situación de los obreros». Le sigue la lectura del informe de la sección de Lieja «sobre los efectos de las máquinas en el salario y la situación de los obreros». Delacour lee luego el informe que elaboraron los encuadernadores de París sobre el mismo asunto. En la discusión que sigue habla primero Lessner (Londres)26 contra la organización social de hoy, que hace de las máquinas, que deberían aliviar el trabajo, el mayor enemigo del obrero en manos del capital. Cita como prueba algunos pasajes de la obra de Karl Marx, en la que la cuestión está tratada de forma exhaustiva.27 Coulon (Bruselas)28 subraya que la liberación del estómago tiene que ir de la mano con la del cerebro. — Tolain, de París, propone unas conclusiones, firmadas por él, Hins y Fontaine, que vienen a decir que el congreso no tiene que adoptar ninguna resolución sobre esta cuestión. — Pellering, de Bruselas, concluye como Lessner que no hay que luchar contra las máquinas, sino contra la organización social de hoy. — De Paepe y Eccarius proponen unas conclusiones que más tarde se funden en una sola y se adoptan con rigurosas modificaciones. Hablan todavía Schöppler (Maguncia), Cohn (Londres),29 Hins y Steens (Bruselas). Tolain se defiende del reproche de querer abandonar la lucha. Brismée y De Paepe demuestran con ejemplos que mediante la sociedad de resistencia se puede impedir la introducción de ciertas máquinas sin garantías para el obrero. Murat (París)30 apoya a De Paepe y llama la atención sobre el hecho de que los tristes sucesos de Roubaix tuvieron por causa la introducción de máquinas nuevas sin consideración por los obreros.31 La votación sobre las conclusiones se aplaza, como toda votación definitiva, a la siguiente sesión administrativa.

Hins (Bruselas) obtiene la palabra para leer el informe sobre la enseñanza integral. Comunica primero las conclusiones de la comisión: «Considerando que por el momento es imposible organizar una enseñanza racional, el Congreso invita a las diferentes secciones a organizar conferencias públicas que completen en lo posible la deficiente instrucción actual del obrero. Se entiende que la reducción de las horas de trabajo debe considerarse una medida preparatoria indispensable».32 — Después del informe de las secciones de Bruselas se lee el que elaboraron los encuadernadores de París sobre la misma cuestión. Siguió luego el informe de la sección de Lieja, después el de la sociedad de Ruan y, por último, el de las secciones de Ginebra.

Para no ocupar todo el espacio de este número de nuestra hoja con la descripción del congreso, queremos cerrarla por esta vez añadiendo todavía el informe siguiente.

Cuarto informe anual del Consejo General

Sigue en el informe el texto del cuarto informe anual del Consejo General al congreso, firmado en Londres el 1 de septiembre de 1868 por Robert Shaw, presidente, y J. George Eccarius, secretario general; véase Cuarto informe anual del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores.33

Otras noticias

Queremos añadir todavía por ahora a nuestro informe que el congreso recibió además, en telegramas y cartas, felicitaciones y adhesiones de los obreros de Neumünster (Holstein); del congreso de los obreros italianos que se celebraba al mismo tiempo en Génova; de las sociedades obreras de Viena unidas en un partido socialdemócrata (que cuentan 10.000 miembros); de las comunidades de la Asociación General de Trabajadores Alemanes de Hildesheim, Wolfenbüttel, Brunswick y Hannover; del escritor Wilh. Angerstein, de Viena; de la Asociación de Formación Obrera de Núremberg, que anuncia a la vez que ha nombrado con retraso un delegado al congreso, así como del abogado Martini, de Kaukehmen, que añadió a sus felicitaciones un infalible instrumento para hacerlas realidad: 40 táleros a favor de la caja central del Grupo de lengua alemana, por lo que desde aquí se le expresa el más caluroso agradecimiento.

A la entrada de la sala del congreso se apostaban cada noche dos de nuestros compañeros para recoger donativos voluntarios para los mineros del carbón de Charleroi, víctimas de la brutal violencia militar, lo que dio 351 francos y 80 céntimos. ¡Un poco de bálsamo para graves heridas! Por acuerdo unánime, el congreso del año próximo se celebrará en Basilea.

La próxima vez seguirá la lista nominal de todos los miembros del congreso.

Las sesiones siguientes: enseñanza, crédito y propiedad

Der Vorbote, n.º 10, octubre de 1868, pp. 145-152: «Tercer congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Bruselas (6-13 de septiembre). (Continuación)».

Todos estos informes sobre la gran cuestión de la educación y de la enseñanza, y en particular también el de las secciones de Ginebra, nombradas en último lugar, son obras profundamente meditadas, metódicamente ordenadas, que abarcan todas las ramas de la instrucción general del pueblo, que hacen el mayor honor a sus autores y prueban por centésima vez no solo lo que los poseedores de todo el capital material e intelectual admiten a veces con condescendencia, a saber, que «el pueblo está maduro» para emanciparse de la dominación de sus supuestos tutores, sino que este pueblo trabajador está en la flor de su desarrollo, mientras que las clases dominantes hasta hoy están en decadencia intelectual y en ciénaga moral, incapaces de seguir a la cabeza de la civilización, porque son incapaces de reconocer y apreciar las necesidades superiores del hombre del siglo XIX en la misma medida que las clases trabajadoras, aplastadas todavía por el trabajo material y la miseria.

Los debates sobre esta cuestión prosiguieron en la sesión siguiente y terminaron con una resolución que, como todos los acuerdos, comunicaremos aquí más adelante al pie de la letra. Las sesiones públicas décima y duodécima (el lector recordará que entre una y otra de estas sesiones se celebraba siempre una administrativa, que aquí pasamos por alto) se dedicaron a la cuestión del crédito, que provocó una polémica entre los partidarios de la vieja teoría de Proudhon, a la que se adherían más o menos todos los ponentes, es decir, los delegados franceses y algunos belgas, y a la que combatieron los delegados ingleses y alemanes. Proudhon, que solo tenía a la vista la pequeña industria y cuyo sistema del «crédito gratuito» y del «banco de cambio» presupone siempre el intercambio individual, es decir, el comercio burgués de hoy; Proudhon, sin pensar que son la gran industria y el gran capital los que dominan la cuestión del crédito, como toda la economía de hoy; Proudhon, decimos, se imaginaba que a los obreros de la pequeña industria les bastaba con ponerse de acuerdo para el intercambio directo de sus productos para crear, sobre la base de los productos de su trabajo y de su fuerza de trabajo, un papel moneda que hiciera para ellos las veces del capital. Aun suponiendo que una organización del crédito así se extendiera a países enteros, el papel moneda basado solo en productos existentes, o incluso en productos que aún hay que crear, no podría de ningún modo, en la economía de hoy, que presupone el intercambio individual, hacer las veces del medio general de cambio, que, mientras exista el intercambio individual, solo pueden serlo los metales preciosos, que tienen curso en todo el mundo. Los bancos capitalistas solo tienen el poder de emitir papel moneda porque el público lo considera canjeable en todo momento por metales preciosos. Hasta los bancos más grandes, cuando pierden ante el público esa confianza en sus reservas metálicas, como ocurre en tiempos de crisis monetarias y comerciales, caen en la bancarrota. Si se quiere combatir la dominación del capital, hay que coger el toro por los cuernos: los obreros tienen que apoderarse de la gran industria, que es la fuente del capital. Para poder hacerlo, tienen que tener la dominación política, constituir el poder del Estado. Estas y otras razones semejantes se opusieron a los proudhonianos. Eccarius expuso que en Inglaterra y en Norteamérica se sabe poco de la teoría proudhoniana del crédito «gratuito» y que en la práctica nadie se preocupa de ella. Allí el obrero exige que se supriman los bancos privados y se sustituyan por un único banco del Estado que funcione en beneficio de todos y se administre de la misma manera que los correos, los ferrocarriles y los telégrafos. Sonrió ante el miedo que el «Estado» inspira a los partidos socialdemócratas en Francia y en el continente europeo. Ese «Estado» no ha llegado a ser lo que es hoy hasta los últimos siglos, a saber, una institución en la que se ha encarnado la dominación de la burguesía, incluso en los países gobernados despóticamente. Pero en cuanto todo el pueblo trabajador se haya apoderado del «Estado», los bancos del Estado, como todas las grandes empresas, se explotarán en beneficio de todos. Es, pues, del todo ocioso que la Internacional se ocupe de tales teorías; hay que atenerse más bien a los medios prácticos de combatir el capital. A la misma conclusión llegó Hess,34 que además señaló que las teorías de Proudhon las había refutado definitivamente hacía más de veinte años Karl Marx en su obra Misère de la philosophie.35 — Cohn, de Londres, y los demás delegados ingleses se sumaron a los adversarios alemanes de Proudhon. — Pero el público, que hablaba y entendía casi exclusivamente el francés, se dejó influir de tal modo por los numerosos oradores franceses que los delegados alemanes e ingleses quedaron en minoría en esta cuestión y tuvieron que contentarse con emitir un voto particular. La resolución del congreso sobre la cuestión del crédito, que comunicaremos aquí más adelante, reconoce la utilidad del «banco de cambio», pero admite que la cuestión no está todavía madura para una decisión.

El socialismo práctico y radical iba a obtener muy pronto, sin embargo, su satisfacción. Inmediatamente después de la cuestión del crédito se debatió la cuestión de la gran industria y de la agricultura con el nombre impropio de «cuestión de la propiedad»; impropio porque no se ponía en cuestión la propiedad privada en general en el sentido del comunismo sistemático, sino solo la gran explotación que está directamente ligada al suelo, es decir, minas, ferrocarriles, cultivo del suelo, explotación forestal, etc. También aquí se esforzaron los proudhonianos o individualistas por combatir las conclusiones del excelente informe de De Paepe, que demostraba la necesidad con que la explotación privada de estas grandes industrias se transforma poco a poco en trabajos colectivos, de modo que compañías obreras podrían sustituir más adelante, y sustituirán, perfectamente a las compañías capitalistas. A pesar de todos los esfuerzos de los adversarios, las conclusiones de De Paepe, a quien apoyaron con fuerza los delegados alemanes e ingleses, las aprobó el congreso por gran mayoría.36 — Por lo demás, las dos cuestiones de que acabamos de hablar fueron las únicas que hicieron aparecer entre los delegados una diferencia de opinión de principio. Pero todos eran conscientes de que solo se trataba de una diferencia sobre los medios y de que se estaba completamente de acuerdo en cuanto al fin que había que alcanzar: la lucha a vida o muerte contra toda dominación del capital. Por eso el Congreso de Bruselas no ofreció el espectáculo del «Congreso de la Paz» de Berna, donde la minoría socialista, para no dejar que se pisoteara el principio de la socialdemocracia, no pudo hacer otra cosa que marcharse.37 Al contrario, antes y después de las dos discusiones todos los delegados siguieron fraternalmente unidos, sin guardarse el menor rencor.

Decimocuarta sesión pública

En la sesión siguiente (la decimocuarta pública) se trató de la reducción de las horas de trabajo. Informaron sobre ella Aubry, de Ruan,38 y Tartaret, de París.39 Se leyeron luego las resoluciones sobre la cuestión de la enseñanza y la del crédito aprobadas en la sesión de los delegados, así como el acuerdo que tomó el congreso respecto del Congreso de la Paz y de la Libertad de Berna, como respuesta a la invitación que le había dirigido el presidente de este, el señor G. Vogt.40 Se leyeron después todas las cartas y adhesiones que el congreso había recibido de los diferentes países y ciudades. El resto de esta penúltima sesión pública del congreso se llenó con discusiones sobre el informe acerca de la «cuestión de la propiedad» presentado en la sesión anterior, cuyo curso ya hemos resumido.

Decimosexta y última sesión pública, domingo 13 de septiembre

En la última sesión (la decimosexta pública) se lee primero la resolución de Becker sobre la cuestión de la guerra y después la conclusión sobre la misma cuestión que el congreso aprobó en su sesión administrativa. Se leen luego los nombres de los miembros del Consejo General de Londres nombrados para este año, que damos aquí por orden alfabético:

Applegarth, Robert; Bernard; Cohn; Copeland; Dell, William; Dupont, Eugène; Eccarius, Georg; Fox, Peter; Hales; Howell; Jung, Hermann; Johannard; Lafargue, Paul; Lucraft, Benjamin; Lessner, Friedrich; Limburg; Marx, Karl; Milner, George; Maurice, Zerg.; Odger, George; Shaw, Robert; Stepney, Cowell; Weston; Walton, Alfred; Zabicki.41

Se leen luego las conclusiones del informe de De Paepe sobre la cuestión de la propiedad del suelo aprobadas en sesión administrativa, donde se votaron por 30 votos contra 4, con 15 abstenciones.42 Tolain pide que se fundamente públicamente el voto de la minoría y que se lea este voto motivado de la minoría. El presidente observa que en una cuestión anterior, en la que la minoría de hoy estaba en la mayoría (la cuestión del crédito), la minoría de entonces emitió también un voto motivado, pero no pidió que se leyera en sesión pública. Si la minoría de hoy quiere protestar públicamente contra los acuerdos del congreso, la mayoría protesta a su vez contra ello. — Tolain replica que no es una protesta, sino una explicación lo que quiere dar. El presidente pregunta a los delegados, por llamamiento nominal, si permiten que se vuelva aquí públicamente sobre la votación de la sesión administrativa. Se responde que no por 31 votos contra 18. Dos se abstienen. Rechazada la propuesta de Tolain, Grignaut lee el informe sobre la cooperación. Se entablan interesantes discusiones sobre la utilidad relativa y la insuficiencia definitiva del movimiento cooperativo para el gran fin de liberar el trabajo de la dominación del capital. Se adopta una conclusión en este sentido, que comunicaremos aquí más adelante.

Por último se pone en el orden del día la cuestión, que las secciones de Bruselas no habían estudiado hasta hacía dos meses, de las quejas de los obreros, en particular de los tejedores, hilanderos y mineros. Toman la palabra en ella, como ponentes u oradores, varios obreros belgas y franceses. Con estos interesantes debates, que desenmascaran la infamia de las clases dominantes, cierra el congreso su reunión de este año. El presidente, tras un discurso breve, enérgico y lleno de contenido, declara clausurado, entre aplausos atronadores, el tercer congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

De las sesiones administrativas. El banquete

De las sesiones administrativas hay que añadir que los delegados alemanes recomiendan a todos los obreros la lectura de la obra de Marx El capital y declaran que su autor tiene el mérito inestimable de haber sido el primero en analizar científicamente el capital.43 Se hizo constar además que se ejecutarían los acuerdos ya tomados por los dos congresos anteriores sobre las cotizaciones que hay que enviar al Consejo General, y que todos los comités centrales deberían enviar cada trimestre al Consejo General un informe sobre la administración y la situación financiera de sus secciones.

El domingo por la noche, a las 8, hubo en el foyer del «Théâtre national du Cirque» un banquete en el que tomaron parte todos los delegados, algunos incluso con toda su familia. El ambiente fue muy alegre. Se brindó y se cantaron canciones democráticas. Muchos se fueron de allí todavía al local de las sesiones de los delegados, donde se festejó y cantó alegremente hasta muy entrada la noche.

La cuestión de la guerra

Terminada esta visión general, pasamos a los pormenores del congreso y empezamos por la cuestión séptima, que el Comité Central del Grupo de secciones de lengua alemana había puesto en el orden del día y que, sin embargo, se trató en primer lugar. Dice así:

«¿Cómo debe comportarse la clase obrera en caso de que estalle una guerra entre dos o más grandes potencias, y en particular frente a quienes la provocan?»

La propuesta de resolución de Becker en nombre del Grupo de secciones de lengua alemana, antes mencionada, dice así:44

Considerando:

que la causa de la inseguridad de la paz solo ha de buscarse en el injusto estado social, en la lucha económica de todos contra todos regida por la ley del más fuerte;

que el cesarismo no solo ofrece un apoyo a este estado de cosas, sino que favorece además su agravación;

que la burguesía, para disfrutar de sus bienes, desea sin duda la paz, pero que, en su interés de clase, no solo continúa la guerra económica regida por la ley del más fuerte, sino que, para afianzar su posición privilegiada, busca la protección de los poderes constituidos, con lo que favorece el mantenimiento de los ejércitos permanentes, esa creación del Estado moderno, y facilita así el comienzo de las guerras políticas entre naciones;

que las grandes guerras no se hacen siempre solo en interés dinástico, sino también en interés nacional de gran potencia y en interés comercial, y por tanto también en el provecho que de ellas espera la clase dominante;

que solo el proletariado obrero tiene el interés más decidido en suprimir para siempre tanto la lucha interior de individuos y de clases como la guerra exterior entre los pueblos;

que una guerra así, en particular entre Alemania y Francia, ha de considerarse una pura guerra civil;

que la Rusia autocrática, tome parte o no, es la única que puede sacar provecho de una lucha entre las grandes potencias, por el estado de cultura más bajo, económicamente más sencillo, de la gran masa de sus pueblos;

que el proletariado, venzan o sucumban sus gobernantes nacionales, siempre tiene que pagar con su sangre y su fuerza de trabajo los gastos de la contienda y expiar, sin tener culpa, todas las demás consecuencias en hambre y miseria;

que la Asociación Internacional de los Trabajadores, que como representante de la clase obrera en general ha incluido en su programa la necesidad de conquistar todo el poder político como medio para su fin, debe procurar ya desde ahora aplicar una política estricta en todos los asuntos del mundo,

el Congreso decide:

  1. actuar por medio de todos los órganos constitucionales de la Asociación Internacional de los Trabajadores para que los obreros de cada país no solo se pronuncien en voz alta y con decisión contra toda guerra entre los pueblos, sino que intervengan en común contra ella con todos los medios a su alcance y se nieguen a prestar el servicio del asesinato de hombres y la destrucción de bienes, así como todo trabajo para abastecer a los ejércitos en guerra;

  2. organizar la edición de folletos para dar a conocer claramente, sobre todo a cada obrero que tenga que entrar en un ejército permanente, sus deberes de hombre, y prescribirle de manera oficial reglas de conducta determinadas para el caso de guerra;

  3. tomar las medidas oportunas para que la clase obrera pueda dirigir en todas partes toda su fuerza, en primer lugar, contra los autores mediatos e inmediatos de una guerra entre los pueblos, ya se encuentren en los gabinetes de los príncipes, en los despachos de la alta finanza o dondequiera que sea;

  4. encargar al Consejo General que ponga en ejecución todas las medidas conformes al espíritu de esta resolución que en cada momento exijan el tiempo y las circunstancias.

Becker trató de hacer valer con ello la opinión de que una manifestación así por parte de la clase obrera tiene un alcance mucho más práctico del que podría tener una que procediera de la clase burguesa. Indica a cada obrero la posición que tiene que adoptar enseguida ante esta cuestión, y tiene que lograr un efecto tanto más duradero cuanto que es precisamente el proletariado obrero el que suministra el material de masas con que se forman los ejércitos. Los cientos de miles de soldados que todos los años van con permiso a trabajar y vuelven luego a los cuarteles, y los cientos de miles de obreros que todos los años se incorporan como reclutas a los ejércitos permanentes tendrían que meter poco a poco en ellos un alma completamente distinta, descomponer el espíritu militar heredado, ahogar el ciego espíritu de servidumbre y expulsar al brutal demonio de la guerra. El movimiento obrero ha emprendido en realidad ese camino hace mucho tiempo, aunque solo de manera involuntaria y no del todo consciente, y ahora debería seguirlo también de manera sistemática y con más consciencia. Por las razones indicadas, un acuerdo del congreso obrero contra la guerra causa también en los poderosos una impresión mucho más profunda que uno del congreso de una clase económicamente satisfecha. Sí, los señores de la guerra saben muy bien que los intereses económicos de la burguesía están demasiado estrechamente ligados a la existencia de los poderes constituidos, que los señores de «buena casa» y buena mesa, a pesar de todos sus discursos ardientes, no se subirían a las barricadas, sino que están acostumbrados a que los obreros les saquen las castañas del fuego.

La decisión del congreso la daremos en el próximo número, junto con la lista nominal de los delegados.

Der Vorbote, n.º 11, noviembre de 1868, pp. 161-165: «Tercer congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Bruselas. (Continuación)».

También los delegados franceses, como ya dijimos, habían presentado por boca de Tolain un proyecto de resolución sobre la cuestión de la guerra. Como, dada la situación política actual de Europa, se tenía a la vista ante todo un caso de guerra entre Francia y Alemania, el congreso dejó a las delegaciones de los dos países que se pusieran de acuerdo sobre una forma de resolución adecuada. La comisión de tres nombrada para examinar esta cuestión (Mermillod, Tolain, Becker) se puso enseguida de acuerdo en refundir el proyecto alemán y el francés en una resolución común, teniendo en cuenta además las opiniones expresadas durante el debate del congreso. El congreso la elevó a acuerdo por unanimidad, sin más discusión, y dice así:45

Sigue en el informe el texto de la resolución sobre la guerra; véase Resolución sobre la guerra.46

Este acuerdo, tomado en una sesión confidencial, no se proclamó hasta la decimosexta y última sesión pública.

La cuestión de las huelgas

Los debates sobre la cuestión de las huelgas, que empezaron en la tercera sesión, condujeron al acuerdo siguiente:

Sigue en el informe el texto de la resolución sobre las huelgas; véase Resolución sobre las huelgas y las sociedades de resistencia.47

Tenemos que mencionar aquí que en las sesiones confidenciales, es decir, en las sesiones de la mañana en el Cisne, era donde tenían lugar las discusiones más serias y decisivas sobre las cuestiones del congreso y, por regla general, también las votaciones. Por eso, por el boletín oficial (el suplemento del periódico Le Peuple belge),48 que solo informa de las sesiones públicas de la noche, y aun eso a menudo de manera muy inexacta, no se puede tener más que una idea muy incompleta de los debates del congreso. Por lo general, en las sesiones públicas se presentaban las memorias de las secciones y los informes de las comisiones; a veces se empezaba a discutirlos, pero la discusión no se cerraba ni se votaba hasta la sesión de la mañana siguiente, y luego, en una de las sesiones públicas siguientes en el Circo, se presentaba la resolución aprobada.

La cuestión de las máquinas

La discusión sobre la cuestión de qué influencia ejerce la máquina en la situación del obrero se inició, como ya dijimos, en la cuarta sesión confidencial, prosiguió en la octava pública y, después de tomado el acuerdo en una sesión confidencial, su resultado se proclamó en la décima pública, como sigue:

Sigue en el informe el texto de la resolución sobre las máquinas; véase Resolución sobre las máquinas.49

Por esta vez damos todavía la lista nominal de los miembros del congreso.

Lista de los miembros del congreso

  • Los señores Hins y Brismée, delegados de la sección de Bruselas50
  • Charles Maetens, delegado de los tintoreros de pieles, Bruselas
  • Spehl, delegado de los mecánicos, Bélgica
  • Henri Tolain, carretero, París51
  • Léopold Verheggen, mecánico del ferrocarril de Luxemburgo
  • César De Paepe, Círculo de la Emulación, Bruselas
  • Prosper Voglet, sociedad de librepensadores
  • Léon Fontaine, Bruselas
  • Nicolas Coulon, asociación del Pueblo, Bruselas
  • Laurent Verryken, «La Hormiga», sociedad cooperativa
  • Charles Cranshoff, «La Colmena», sociedad cooperativa, Bruselas
  • Eugène Steens, «Del Pueblo», sociedad política
  • Jean Pellering, sociedad racionalista
  • Mermillod, Perron, Quinet, Graglia, delegados de las secciones de Ginebra
  • Adrien Tordeur, delegado de los tipógrafos de Bruselas
  • Bredenhorst, delegado de los carpinteros de Amberes
  • Charles Devarrewaere, sección de Marcinelle
  • Pierre-François Flüse, «Obreros Libres», Verviers
  • Édouard Lallemand, sección de Ensival
  • H. J. Leclercq, sección de Pepinster
  • J. B. Frère, por los mineros del carbón de Jumet
  • Ernest Plauson, marmolistas, Amberes
  • Honoré Saillant, círculo de conferencias
  • Lucraft, delegado de los silleros, miembro del Consejo General, Londres
  • Jacques Maes, pasamanero, sociedad general de obreros
  • Shaw, Consejo General, Londres
  • H. Jung, relojero, Consejo General, Londres
  • Cowell Stepney, Liga de la Reforma, Inglaterra
  • Sarro Magallán, Legión Ibérica (sociedades obreras catalanas)
  • François Herremans, delegado de los carpinteros de Bruselas
  • C. Klein, cooperativa de cuchilleros, Solingen
  • Ph. Coenen, «Liga del Pueblo», Amberes
  • Maximilien Trikot, delegado de los mineros del carbón de piedra de Gilly, Bélgica
  • Nicolas Dubois, sección de Dampremy
  • Cohn, cooperativa de cigarreros, Londres
  • Eberhardt, cooperativa de sastres, Bruselas
  • Serranne, delegado de los tejedores de Gante
  • Fr. Vanden Berghe, sección de Brujas
  • Potelsberg, cooperativa de sastres, Gante
  • Vanschaftingen, cooperativa de «Lahumacher» (así en el Vorbote), Gante
  • Elsbach, Liga obrera de enseñanza mutua
  • Dupont, delegado del Consejo General de Londres y de las asociaciones obreras de Nápoles
  • Phil. Matens, rama francesa, Londres
  • Fr. Lessner, sección alemana, Londres
  • Joseph Romain, sección de Montigny, Bélgica
  • J. B. Louis, sección de Oubois, Bélgica
  • Cassian Mareschal, sección de Lieja
  • Alfred Hermann, sección de Montegnée, Bélgica
  • Alexandre Lemonnier, sección de Marsella
  • Aimé Grinand, sección de Lyon
  • Henry, mecánico, delegado de los fabricantes de grifos (comisión obrera de la Exposición), París
  • Eugène Tartaret, ebanista (comisión obrera de la Exposición), París52
  • Flahaut, marmolista, París
  • Maximilien Maljean, Charleroi
  • Émile Dosbourg, estampador de indianas, París
  • Noël Embise, sección de Marchiennes, Bélgica
  • Waller Lepourque, mineros, Seraing, Bélgica
  • Irénée Dauthier, guarnicioneros y fabricantes de colleras, París
  • Murat, mecánico, París
  • Tique, pintor, Bruselas
  • Alphonse Delacour, encuadernador, sección internacional de París
  • Gabriel Ansel, París
  • Louis Pindy, Unión de los representantes de los obreros de la construcción, París53
  • Gustave Durand, orfebre, París
  • Édouard Roussel, hojalateros, París
  • Albert Theisz, broncista, París
  • Joseph Henry, sociedad de agricultores, Namur
  • Louis Marenne, sociedad de agricultores de Warmifontaine, Luxemburgo
  • Grégoire Paulus, minero del carbón, Châtelineau, Bélgica
  • Schöppler, sección de Maguncia
  • Joh. Ph. Becker, Grupo de secciones de lengua alemana
  • Fritz Robert, secciones de La Chaux-de-Fonds, Le Locle, Saint-Imier, Biel, Murten y Moutier-Grandval, Suiza
  • Adolphe Catalan, sociedad para la liberación del pensamiento y de la persona, Ginebra
  • M. Hess, secciones de Basilea y Colonia
  • Albert Richard, comisión de iniciativa, Lyon y Neuville54
  • Émile Aubry, sección de Ruan
  • André Larondelle, «Obreros Libres» de Hodimont, Verviers, Bélgica
  • Debroux, «Obreros Libres», Dison, Bélgica
  • Adolphe Teirlinck, sección de Gante
  • Englebert, sociedad de agricultores de Perwez, Brabante
  • G. Eccarius, de Sajonia, Consejo General y cooperativa de sastres, Londres
  • C. Standaert, cooperativa de guanteros, Bruselas
  • F. Dean, de los herreros de Hull (Inglaterra)
  • John Forster, padre, y John Forster, hijo, sociedades cooperativas de Hull
  • Modeste, sección de mineros, Monceau-sur-Sambre, sección Labaer de Amberes
  • Cammaert, zapatero, Bruselas
  • Ch. Longuet, secciones de Caen y Noirot-sur-Condé55
  • Louis Swolfs, sección de mineros de Jumet (Bélgica)
  • Dethier, mecánico, «Obreros Libres» de Gilly
  • Morizot, minero, «Obreros Libres» de Gilly
  • Bastin, vidriero, delegado de los vidrieros de Goy-Sart (Jumet)
  • Hébert, delegado de los fabricantes de papel pintado (Suiza)

(Continuará).

Las resoluciones del congreso (complemento de la crónica)

Recordamos a nuestros lectores que en nuestra crónica general (Vorbote, núms. 9 y 10, año 1868) ya destacamos los momentos más importantes de los debates, y que ahora, al dar a conocer las resoluciones del congreso, solo tenemos que añadir lo que entonces quedó por decir.

4) Enseñanza y educación

La lectura de las extensas memorias e informes sobre la cuarta cuestión, la enseñanza y la educación, ocupó la mayor parte de la octava y de la décima sesión pública. Lamentamos mucho no poder publicar aquí, por falta de espacio en nuestra pequeña revista, ni siquiera en extracto estos trabajos, casi todos pensados a fondo y ordenados con método. Con todo, en el curso de la discusión más de uno habrá visto con claridad el abismo, hasta entonces inadvertido, que en las condiciones dadas separa de la práctica la teoría de un sistema general y adecuado de enseñanza y educación. Pero es el mismo abismo que se abre entre los intereses materiales, y también entre los intereses morales e intelectuales, del proletariado y de la burguesía, y que hay que colmar, cueste lo que cueste, antes de poder llevar a la práctica un plan racional. Algunos delegados alemanes e ingleses opinaron que, por el momento, podía uno atenerse en esta cuestión a la resolución del Congreso de Ginebra sobre el mismo asunto (Vorbote, páginas 149-151, año 1866).56 Becker trató de demostrar que el individuo es el producto de su tiempo, de las condiciones generales y de las circunstancias que lo rodean; que, más que la escuela y la familia, es la vida diaria la que educa y maleduca al hombre; que el proletario, rebajado en la industria moderna a mercancía y a máquina, olvida incluso lo poco que aprendió en la escuela, porque no encuentra en qué aplicarlo. La moral que se enseña desde hace milenios está en flagrante contradicción con las condiciones de la lucha individual por la existencia. Si se quiere llegar a un sistema racional de enseñanza y educación, hay que procurar que la escuela y la vida se pongan de acuerdo y actúen la una sobre la otra todos los días, que los medios de formación técnicos, intelectuales y morales que se adquieren puedan aplicarse y ejercerse siempre. Más aún: si nuestra generación tuviera la capacidad de fundar establecimientos de enseñanza y de formación conformes con los principios de la igualdad de derechos, también tendría que estar capacitada para crear las instituciones sociales que les correspondieran, es decir, un nuevo estado de cosas. Las dos cosas tienen que ir de la mano.

La resolución sobre esta cuestión, tomada en una sesión a puerta cerrada después de rechazarse varios largos proyectos de resolución, se proclamó en la decimocuarta sesión pública en los términos siguientes:

Sigue en el informe el texto de la resolución sobre la enseñanza; véase Resolución sobre la enseñanza integral.

5) Instituciones de crédito

La quinta cuestión, que todavía se puso a debate en la décima sesión pública:

«La fundación de instituciones de crédito para fomentar y facilitar la emancipación de la clase obrera»,

dio lugar a debates largos y animados, de los que ya dimos lo esencial (Vorbote, n.º 10, año 1868). Solo tenemos que añadir que los delegados alemanes e ingleses, por los motivos que allí se indican, hicieron constar en acta su protesta contra la resolución del congreso que sigue, leída en la decimocuarta sesión pública. La resolución sigue en el próximo número.

He aquí la resolución sobre las instituciones obreras de crédito:

Sigue en el informe el texto de la resolución sobre el crédito; véase Resolución sobre el crédito mutuo.57

«Considerando:

  1. que los intereses y beneficios que obtiene el capital, en cualquier forma que sea, son un valor detraído del trabajo de hoy en provecho de quien ya se ha enriquecido con el trabajo de ayer, y que, si este tiene derecho a acumular, no puede tener derecho a hacerlo a costa de otro;

  2. que, por consiguiente, el cobro de intereses es una fuente permanente de injusticia y de desigualdad, y que las cooperativas de producción que lo conservan no hacen más que trasladar de la individualidad a la colectividad el principio del egoísmo, que es el cáncer de la sociedad actual;

  3. que la aplicación del principio de solidaridad en gran escala por los trabajadores es el único medio de que estos disponen hoy para combatir el feudalismo financiero,

el Congreso se pronuncia por la fundación de bancos de cambio que presten servicio a precio de coste, que tengan por objeto hacer el crédito democrático e igualitario y simplificar las relaciones entre el productor y el consumidor, es decir, sustraer el trabajo al dominio del capital y asignar a este su papel natural y legítimo, que es el de agente del trabajo.

Considerando, sin embargo, que no es posible decidir de inmediato sobre el valor práctico de una cuestión tan compleja como la de un banco de cambio,

el Congreso, sin dejar de mantener la aprobación teórica del crédito mutuo, pide que el proyecto de estatutos presentado por la sección de Bruselas se envíe a todas las secciones, para que sea allí objeto de una discusión a fondo y esté maduro para una decisión en el próximo congreso.»

La Liga de la Paz y de la Libertad

En la misma sesión (12 de septiembre) se proclamó también la siguiente resolución, que tanto ruido dio en los periódicos, sobre la cuestión del envío de delegados al congreso de la «Liga de la Paz y de la Libertad» en Berna:

Sigue en el informe el texto de la resolución sobre la Liga de la Paz y de la Libertad; véase Resolución sobre la Liga de la Paz y de la Libertad.

«El capital» de Karl Marx

En la sesión del viernes por la mañana se adoptó por unanimidad, a propuesta escrita de todos los delegados alemanes, la siguiente resolución:

«El Congreso recomienda a los hombres de todas las nacionalidades la obra de Karl Marx titulada “El capital. Crítica de la economía política”, los invita a hacer todo lo posible para que esta importante obra se traduzca también a las dos lenguas a las que todavía no se ha traducido, y declara que a Karl Marx le corresponde el inestimable mérito de ser el primer economista que ha sometido el capital a un análisis científico y lo ha reducido a sus elementos originarios.»58

(Esta obra puede pedirse a Otto Meissner, Hamburgo. Precio: 3 1/3 táleros.)

Cotizaciones anuales e informes de los grupos de secciones

En la misma sesión se tomó además la siguiente decisión del congreso:

«1) Que se ejecute la resolución tomada en Ginebra y en Lausana sobre las cotizaciones anuales a la caja del Consejo General.

  1. Que, para tener derecho a participar por medio de sus respectivos delegados en las decisiones del congreso, las secciones deben proceder conforme a las resoluciones de los congresos de Ginebra y de Lausana.

  2. Que los comités centrales de los diferentes grupos de secciones están obligados a enviar cada trimestre al Consejo General un informe sobre la administración y la situación financiera de las secciones que están bajo su dirección.»

Jornada de trabajo

Para que se entienda mejor, queremos mencionar aquí, a posteriori, que en el número de las sesiones públicas de la tarde se cuentan también las sesiones de la mañana a puerta cerrada. En la decimocuarta sesión pública59 se proclamó en los términos siguientes la propuesta sobre la cuestión de la jornada de trabajo, elevada a resolución:

Sigue en el informe el texto de la resolución sobre la jornada de trabajo, según el proyecto del Consejo General; véase Proyecto de resolución sobre la limitación de la jornada de trabajo.60

«Habiendo resuelto por unanimidad el Congreso de Ginebra que una jornada de trabajo legal es una condición previa indispensable para la mejora definitiva de la situación social, el Congreso opina que ha llegado el momento de dar a esa resolución consecuencias prácticas y que es deber de todas las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores plantear esta cuestión.»

Cooperación

En la decimosexta y última sesión pública, la comisión encargada de la cuestión de las cooperativas de producción propuso la siguiente resolución:

Sigue en el informe el texto de la resolución sobre la cooperación; véase Resolución sobre la cooperación.61

«Toda sociedad fundada en principios democráticos rechaza toda detracción reclamada en nombre del capital, sea en forma de renta, de interés, de beneficio o de cualquier otro modo. Al trabajo debe quedarle todo su derecho y toda su remuneración.

Entonces el trabajador, poco a poco, por el tiempo de trabajo empleado, por el justo disfrute de los frutos de su esfuerzo, por los conocimientos que le permitirá adquirir una posición asegurada en la vida, por la desaparición de los vampiros que lo chupan sin compasión, llegará a ser un trabajador libre, un trabajador por sí mismo, el único que transformará la faz del viejo mundo.»

Esta resolución se aprobó con el siguiente añadido, propuesto por Larondelle, Fluse y Lallemand:

«El Congreso invita a todos los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores a ingresar en las diferentes sociedades de oficio para hacer que en ellas, por todos los medios posibles, se acojan los principios que el Congreso ha reconocido en sus resoluciones sobre el informe de la comisión acerca de la mejor organización de las cooperativas.»

Propiedad colectiva

En la misma sesión (la decimosexta y última sesión pública) se proclamó la resolución más importante del congreso, la relativa a la propiedad colectiva, cuyo contenido es el siguiente:

Sigue en el informe el texto de la resolución sobre la propiedad; véase Resolución sobre la propiedad (13 de septiembre de 1868).62

Si bien, como ya se ha dicho más arriba, esta propuesta de la comisión se elevó a resolución por 30 votos contra 4, y se abstuvieron en la votación 15 delegados, entre ellos 3 de Ginebra, podemos comunicar ahora que desde entonces no solo las 28 secciones de Ginebra, sino todas las secciones que pertenecen a la Asociación Internacional, la han acogido con pleno aplauso.

¿Y cómo podría ser de otro modo? Esta resolución es la expresión lógica del movimiento obrero socialdemócrata. Toda la cuestión está entre la propiedad privada y la propiedad colectiva, entre la economía individual y la economía común, entre el capital y el trabajo y, por tanto, entre los representantes históricos de estos contrarios: la burguesía y el proletariado, la clase que explota, la única que hereda y disfruta, y la clase explotada, desheredada, la única que produce y que, sin embargo, carece de todo. Quien quiera la transformación de la situación social, la sustitución del salario por el producto del trabajo —la justicia para todos—, tiene que querer también la explotación en común —la economía social—; y quien quiera esto tiene que querer, en buena lógica, el bien común —la propiedad colectiva— como fundamento de la sociedad y del Estado; pues quien no lo quiera como medio para ese fin, o no sabe lo que quiere, o lo quiere todo como estaba, es decir, en las circunstancias dadas, dejar que la civilización se pudra. Por agria que sea la manzana a la que hay que hincar el diente para la generación actual, maleducada en una concepción heredada y falsa, incompatible con las nociones de razón, moral y justicia, tendría que morderla sin remisión para salvar el curso del desarrollo histórico. Y en verdad no hay mucho tiempo que perder, y el peligro es grande y de muchas caras. La cuestión sería más sencilla y más fácil de resolver si la burguesía europea, cuya expresión es la república democrática política, hubiera sabido completar su dominación, en lugar de arrastrar, con un egoísmo miope y cobarde, a la época moderna toda la basura eclesiástica y estatal de la Edad Media y de favorecer en ella el desarrollo del cesarismo y del militarismo, que emponzoñan toda vida sana. Pero la burguesía no ha encontrado en sí la «madera» necesaria para completar su dominación, y así ha hecho pesar una grave fatalidad sobre la marcha general del desarrollo y se ha metido en el dilema (el aprieto) de fundirse con el proletariado de la blusa obrera de un modo digno del hombre y hacia un curso más alto de la civilización, o hundirse ignominiosamente por obra del proletariado de la guerrera abigarrada, para ruina de todas las conquistas.

Sin la inclusión de la propiedad colectiva en su programa, el movimiento obrero no tendría suelo ni un curso de vida fecundo; sería comparable a un barco sin brújula ni timón a merced de las olas del mar. La resolución del congreso que acabamos de citar no es más que la expresión lógica del espíritu interno del movimiento obrero, cuya toma de consciencia general, de la que los hechos de la economía privada se encargan sin cesar por sí mismos del modo más concienzudo, es solo cuestión de un plazo más corto o más largo.

Solo sobre la base del bien común pueden los principios de la libertad y de la igualdad de derechos, de la reciprocidad y de la solidaridad, adquirir un contenido vivo en las instituciones orgánicas de la sociedad; solo sobre ella puede suprimirse la piratería industrial y comercial y ponerse de acuerdo la producción y el consumo.

Ciertamente, un vuelco semejante de las cosas, que inaugura una nueva época de la historia universal, no puede producirse de hoy para mañana, y como la burguesía no renunciará de buen grado a su culto de Mammón, fuera del cual no hay salvación, ni ningún poder constituido soltará sin resistencia la espada de la mano, la clase obrera tiene que prepararse para luchas largas y duras.63

  1. Diario liberal de Bruselas. ↩

  2. La Maison du Cygne, en la Grand-Place de Bruselas; en ella se había reunido en 1847-1848 la Asociación Obrera Alemana de Bruselas, a la que pertenecían Marx y Engels. ↩

  3. César De Paepe (1841-1890), tipógrafo y después médico, la figura principal de la Internacional en Bélgica. ↩

  4. Hermann Jung (1830-1901), relojero suizo establecido en Londres, secretario corresponsal del Consejo General para Suiza. ↩

  5. La huelga de los mineros de la cuenca de Charleroi en marzo de 1868, en la que la tropa disparó contra los huelguistas y hubo varios muertos. La Internacional sostuvo a las familias y defendió a los detenidos, a los que el jurado absolvió. ↩

  6. La huelga de los obreros de la construcción de Ginebra en la primavera de 1868, que la Internacional sostuvo con colectas en varios países. ↩

  7. Los dos procesos de 1868 contra las comisiones de la Internacional en París: en marzo, contra la de Tolain, y en mayo, contra la de Varlin; los tribunales declararon disuelta la Asociación en Francia y condenaron a sus miembros a multas y, en el segundo proceso, a tres meses de cárcel. ↩

  8. Eugène Dupont (h. 1831-1881), fabricante de instrumentos musicales francés, secretario corresponsal del Consejo General para Francia. ↩

  9. Seudónimo de Antoni Marsal i Anglora, delegado de la Legión Ibérica del Trabajo de Barcelona, el primer obrero español que asistió a un congreso de la Internacional. ↩

  10. La Reform League, asociación británica por el sufragio universal masculino (1865-1869), en cuya dirección estaban varios miembros obreros del Consejo General. ↩

  11. William Frederick Cowell Stepney (1820-1872), aristócrata inglés, miembro del Consejo General. ↩

  12. Cárcel de París, en la que cumplían condena los miembros de la segunda comisión parisina de la Internacional (Varlin, Malon y otros). ↩

  13. Mijaíl Bakunin (1814-1876), entonces todavía miembro de la Liga de la Paz y de la Libertad; en julio de 1868 había ingresado en la sección central de Ginebra de la Internacional. ↩

  14. Johann Baptist von Schweitzer (1833-1875), presidente de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, fundada por Ferdinand Lassalle en 1863. El Vorbote escribe «Schweizer». ↩

  15. Johann Philipp Becker (1809-1886), director de Der Vorbote y presidente del Comité Central del Grupo de secciones de lengua alemana. ↩

  16. Albert Theisz (1839-1881), broncista de París, más tarde miembro de la Comuna. El Vorbote escribe «Theiß». ↩

  17. Robert Shaw (m. 1869), pintor de brocha gorda, miembro del Consejo General. El Vorbote escribe «Schaw». ↩

  18. Charles Perron (1837-1909), pintor esmaltador de Ginebra. ↩

  19. La guerra austro-prusiana. ↩

  20. Eugène Hins (1839-1923), profesor, de la sección de Bruselas. ↩

  21. Benjamin Lucraft (1809-1897), ebanista y sillero, miembro del Consejo General. ↩

  22. Henri Tolain (1828-1897), cincelador de París, uno de los fundadores de la Internacional y portavoz de los mutualistas proudhonianos. ↩

  23. Johann Georg Eccarius (1818-1889), sastre, secretario general del Consejo General. ↩

  24. El V Congreso de la Federación de Asociaciones Obreras Alemanas, reunido en Núremberg del 5 al 7 de septiembre de 1868, aprobó por 69 votos contra 46 la adhesión al programa de la Internacional. ↩

  25. Désiré Brismée (1822-1888), impresor de Bruselas. El Vorbote escribe «Brismen». ↩

  26. Friedrich Lessner (1825-1910), sastre, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas y miembro del Consejo General. ↩

  27. El primer tomo de El capital (1867), cuyo capítulo «Maquinaria y gran industria» trata la cuestión. Sobre las máquinas el Consejo General había preparado además un proyecto de resolución redactado por Marx. ↩

  28. El Vorbote escribe aquí «Coulan»; en la lista de delegados, «Coulon». ↩

  29. James Cohn, cigarrero, miembro del Consejo General. ↩

  30. André Murat, mecánico de París. ↩

  31. En marzo de 1867 los tejedores de Roubaix se amotinaron y destrozaron máquinas contra un reglamento que les obligaba a atender dos telares a la vez. ↩

  32. Compárese con la resolución aprobada. ↩

  33. Redactado por Karl Marx y leído por Dupont en la segunda sesión pública. El texto alemán que imprime el Vorbote coincide en lo esencial con el publicado. ↩

  34. Moses Hess (1812-1875), delegado de las secciones de Basilea y de Colonia. ↩

  35. Miseria de la filosofía (1847), la respuesta de Marx a Sistema de las contradicciones económicas o Filosofía de la miseria de Proudhon. ↩

  36. Véase la resolución sobre la propiedad. ↩

  37. En el segundo congreso de la Liga de la Paz y de la Libertad (Berna, 21-25 de septiembre de 1868), Bakunin y la minoría socialista se separaron de la Liga y fundaron la Alianza de la Democracia Socialista. ↩

  38. Émile Aubry, delegado de la sección de Ruan. La resolución aprobada sobre la jornada de trabajo fue la que había propuesto el Consejo General y redactado Marx. ↩

  39. Eugène Tartaret, ebanista de París. ↩

  40. Gustav Vogt (1829-1901), profesor en Berna, presidente de la Liga de la Paz y de la Libertad. Véase la resolución sobre la Liga. ↩

  41. Corregimos las grafías del Vorbote: «Capeland. Del, William», «Howel», «Lafarque», «Leinburg», «Milner, Georg», «Odger, Georg», «Schaw», «William, Weston» y «Zabinscki». ↩

  42. Las mismas cifras da la nota del Compte rendu officiel a la resolución publicada. ↩

  43. Sobre esta resolución y la de los «cuadernos del trabajo», véase la página del congreso. ↩

  44. El congreso no aprobó este proyecto: la resolución sobre la guerra se redactó fundiéndolo con el proyecto francés (véase más abajo). ↩

  45. El Vorbote no reproduce el proyecto francés presentado por Tolain. ↩

  46. El texto alemán del Vorbote coincide con el francés, salvo la última frase, que habla de una «huelga de los pueblos contra la guerra» donde el francés dice «guerra de los pueblos contra la guerra». ↩

  47. El texto alemán del Vorbote coincide con el francés, pero lo divide en cinco puntos en lugar de cuatro. ↩

  48. Periódico de Bruselas. Su suplemento publicó el Compte rendu officiel del congreso. ↩

  49. En el primer punto, el texto alemán del Vorbote dice, como Villetard, «la producción» («die Produktion»), y no «el productor». ↩

  50. Damos los nombres de pila en su forma francesa (el Vorbote los germaniza: Karl, Heinrich, Cäsar…) y corregimos las grafías evidentes (Dupont, Durand, Murat, Dubois, Mermillod, Shaw, Theisz, Leclercq, Standaert, Marcinelle, Ensival, Jumet). ↩

  51. Así en el Vorbote («Wagenmacher»); Tolain era cincelador. ↩

  52. Las comisiones obreras elegidas por los oficios de París para la Exposición Universal de 1867. ↩

  53. Louis Pindy (1840-1917), carpintero de París, más tarde miembro de la Comuna. ↩

  54. Albert Richard (1846-1925), de la sección de Lyon. ↩

  55. Charles Longuet (1839-1903), periodista, más tarde yerno de Marx. «Noirot-sur-Condé» es probablemente Condé-sur-Noireau (Calvados). ↩

  56. La resolución del Congreso de Ginebra sobre la enseñanza es el apartado 4 de las Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional, redactadas por Marx, que piden unir el trabajo productivo de los niños con la enseñanza intelectual, física y tecnológica. ↩

  57. El texto publicado, tomado de James Guillaume, da solo las dos conclusiones de la resolución. El Vorbote la da entera, con los tres considerandos iniciales y el considerando que separa las dos conclusiones; por eso la traducimos a continuación. ↩

  58. El libro primero de El capital había aparecido en septiembre de 1867 en Hamburgo, en la editorial de Otto Meissner. En 1868 no existía aún ninguna traducción; la primera fue la rusa (1872), seguida de la francesa (1872-1875). ↩

  59. El impreso dice «In den vierzehn öffentlichen Sitzungen» («En las catorce sesiones públicas»); por el contexto debe de tratarse de la decimocuarta sesión pública, en la que se leyeron también las resoluciones sobre la enseñanza y el crédito. ↩

  60. La versión del Vorbote no coincide con el proyecto del Consejo General redactado por Marx: quien habla es el congreso y no el Consejo; la jornada legal es condición de la «mejora definitiva» de la situación social, y no de «todas las demás mejoras sociales»; y las secciones solo deben «plantear» la cuestión, sin la mención de su discusión práctica en cada país. La traducimos a continuación. ↩

  61. El texto publicado, tomado de Guillaume, solo da la primera frase de la resolución. El Vorbote trae además el segundo párrafo y el añadido aprobado por el congreso, que traducimos a continuación. ↩

  62. La versión alemana coincide en lo esencial con la francesa publicada, pero omite el considerando sobre la enajenación del suelo en favor de unos pocos, presenta los bosques como un cuarto apartado votado por el congreso (el Compte rendu officiel lo da como propuesta de la comisión) y cambia algunos matices: el Estado «regenerado» es el Estado «nuevamente surgido», y los grupos «liberados del salariado» son «grupos de trabajadores que trabajan por su propia cuenta». ↩

  63. El Vorbote anuncia aquí la conclusión («Schluß folgt»), que no hemos encontrado en los números siguientes (abril-julio de 1869). ↩