Congreso celebrado en Basilea del 6 al 11 de septiembre de 1869. El acta oficial (Compte-rendu du IVe Congrès international tenu à Bâle, Bruselas, Brismée, 1869) no está disponible en una edición libre; estas actas se montan con el relato de James Guillaume, delegado del Locle al congreso, en L'Internationale. Documents et souvenirs, tomo I (París, 1905), segunda parte, capítulo XI (Wikisource), que reproduce la crónica que publicó en Le Progrès (n.º 19, 18 de septiembre de 1869) y da después, cuestión por cuestión, el desarrollo de los debates con extractos del acta oficial, las votaciones nominales y los incidentes; no sigue, pues, el orden de las sesiones. Omitimos el sumario del capítulo y las páginas finales sobre la amistad con Varlin, y corregimos algunas erratas evidentes de la transcripción. Los documentos aprobados no se repiten aquí: están en la página del congreso, 1869 Congreso de Basilea (I Internacional), y una línea en cursiva remite a ellos donde Guillaume los reproduce. Los títulos de los apartados son nuestros. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las de Guillaume, que se indican. Texto original en francés.
La crónica de Le Progrès
He aquí la crónica que, a mi regreso del Congreso de Basilea, publiqué en el Progrès1 (n.º 19, del 18 de septiembre):
El Congreso de Basilea2
La escasez de espacio de que disponemos no nos permite dar una crónica detallada del cuarto Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que se ha celebrado en Basilea del 6 al 12 de septiembre; nos limitaremos a resumir sus tendencias y sus principales resoluciones.
Los puntos que hay que destacar ante todo como los más importantes, como los verdaderos rasgos característicos del congreso, son los siguientes: la negativa del congreso a entrar en la cuestión de la legislación directa por el pueblo y, por tanto, a ocuparse de reformas puramente políticas, pese a los esfuerzos que hicieron para arrastrarlo a ese terreno los señores Rittinghausen,3 Goegg,4 Liebknecht,5 etc.; la imponente mayoría que se pronunció contra la propiedad individual, y la elección de París como sede del próximo congreso.
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La cuestión de la legislación directa por el pueblo no figuraba en el orden del día del congreso. La habían planteado Karl Bürkli6 y la sección de Zúrich. Los zuriqueses, que acaban de introducir el referéndum en su constitución,7 se figuran de buena gana que han dado con un medio capaz de resolver todas las cuestiones sociales, y era natural que quisieran hacer partícipe a la Internacional de tan hermoso descubrimiento. A los zuriqueses se sumaban algunos demócratas burgueses, como el señor Goegg, que quieren a toda costa adormecer al proletariado y apartarlo de la revolución, y que estarían encantados de ofrecerle la legislación directa a modo de juguete; luego, el nuevo partido socialista alemán, dirigido por el señor Liebknecht, que acaba de romper con la dictadura de Schweitzer8 y que, para hacer mejor la guerra a Bismarck y afirmar sus tendencias republicanas, quiere preparar con la agitación política la revolución social; y, por último, un maníaco inocente, el señor Rittinghausen, que ha hecho de la legislación directa su fe y el único objetivo de su vida, que ya en 1849, junto con Considerant,9 había luchado en Francia por esa idea con más valor que éxito, y que veinte años después vuelve todavía a la carga.
Los partidarios de la legislación directa querían que el congreso considerase su cuestión como la más importante de todas, aunque ni siquiera estaba en el orden del día, y que la tratara con preferencia a las del programa. Semejante pretensión era inadmisible. Tras una discusión en la que se cruzaron algunas palabras un tanto vivas, el congreso decidió que, cuando se hubiera agotado el orden del día oficial, si quedaba tiempo, se ocuparía de la legislación directa. Pero el señor Rittinghausen no se dio por vencido; intentó repetidas veces introducir su manía en medio de las discusiones sobre las demás cuestiones del programa, y acabó pidiendo al congreso una sesión extraordinaria para ocuparse de la legislación directa. La petición fue rechazada por una mayoría muy grande, y la Asociación Internacional ha mantenido así su voluntad «de no participar en ningún movimiento político que no tenga por objetivo inmediato y directo la emancipación de los trabajadores».
Como era de esperar, los periódicos radicales franceses no han dejado de explotar esta circunstancia para presentar a los internacionales como bonapartistas y agentes, voluntarios o inconscientes, de la reacción; el Réveil10 de París, entre otros, les ha reprochado en términos muy amargos su indiferencia por las cuestiones políticas.11 Hins,12 de Bruselas, ha respondido con energía a estas acusaciones absurdas: la Internacional, ha dicho, es indiferente a las formas de gobierno que pueda darse la burguesía, es cierto; pero no es indiferente ante el gobierno mismo de la burguesía: la Internacional se niega en redondo a prestar a cualquier gobierno burgués, aunque se llame republicano, la ayuda de su fuerza y de su honradez; pero, cuando llegue el momento, mostrará que piensa ocuparse muy en serio de política, aplastando, sin distinción de forma ni de color, a todos los gobiernos burgueses.
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Los tres primeros días del congreso los ocuparon por entero las cuestiones administrativas, el incidente Rittinghausen y la lectura de los informes del Consejo General y de las secciones. Para evitar en adelante la pérdida de un tiempo precioso, el congreso ha decidido que ya no se lean informes particulares de cada sección, y, para facilitar el desarrollo regular de las sesiones y la fijación de los detalles del orden del día, ha elaborado una Guía práctica de los congresos, que entrará en vigor el año próximo.
Hasta el jueves no se abordó la cuestión capital, la primera del programa, la de la propiedad de la tierra. El Congreso de Bruselas ya se había pronunciado a favor de la propiedad colectiva del suelo; pero, como los anticolectivistas sostenían que en Bruselas la cuestión no se había estudiado a fondo, el Consejo General la había puesto de nuevo en estudio para este año.
En el acta oficial, cuya publicación se ha confiado esta vez a las secciones belgas, se encontrarán los detalles de la discusión. Bastará decir que la comisión del congreso proponía, por unanimidad,13 las dos resoluciones siguientes:
«1.º El congreso considera que la sociedad tiene derecho a hacer del suelo propiedad colectiva;
«2.º El congreso considera que es necesario transformar el suelo en propiedad colectiva.14»
Estas resoluciones no encontraron otros adversarios que un grupo muy pequeño de delegados parisinos, los mismos que ya habían combatido la colectividad en Bruselas: Chemalé, Tolain,15 Murat, y además el periodista Langlois,16 uno de los albaceas testamentarios de Proudhon.
Entre los discursos pronunciados a favor y en contra, el más notable fue el de Hins, que el año pasado en Bruselas había sido el defensor más ardiente de la propiedad individual y que ahora figuraba en primera fila entre los campeones de la propiedad colectiva. Retomó uno a uno los argumentos de los individualistas y mostró cómo había llegado a descubrir su lado débil y de qué manera el principio colectivista había acabado imponiéndose victoriosamente a su inteligencia.
La votación de las dos resoluciones se hizo por llamamiento nominal. He aquí el resultado:
1.ª resolución: 54 sí, 4 no, 13 abstenciones, 4 ausentes.
2.ª resolución: 53 sí, 8 no, 10 abstenciones, 4 ausentes.
Será útil añadir aquí algunas observaciones. Una parte de la prensa burguesa intenta hacer creer que la votación la ganó la coalición de los ingleses, los belgas y los alemanes, dirigida por el ruso Bakunin,17 coalición que habría aplastado a los delegados de París, representantes de la inteligencia y del principio individualista. Ahora bien, hay que señalar que varios delegados de París, entre otros Varlin18 y Tartaret, votaron sí, y que los delegados de otras ciudades francesas, entre otras Lyon y Marsella, votaron también sí.19
Además, es interesante saber que, entre los que votaron en contra,20 hay dos, Murat y Tolain, que habían sido delegados por corporaciones de opinión colectivista, de modo que su voto no representa más que una opinión personal.21
Todos los delegados de Suiza, tanto alemana como francesa, votaron sí, salvo dos abstenciones de las que vamos a hablar. Ginebra había enviado cinco delegados: tres de ellos, Brosset, Heng y Bakunin (que era delegado de Ginebra, digan lo que digan algunos malintencionados que pretenden conocer nuestros asuntos mejor que nosotros mismos22), votaron sí; un cuarto, Grosselin, se abstuvo, pero declaró a Murat, de París, en presencia nuestra, que había venido a Basilea individualista y que volvía colectivista; por último, el quinto, Henri Perret,23 delegado especialmente por la Fábrica ginebrina24 con el mandato de votar no, no se atrevió a hacerlo y se contentó con abstenerse.25
Un último punto. Que los burgueses no se glorifiquen demasiado de los cuatro no parisinos26 y que no se imaginen que esos no son a su favor. Los delegados se dividieron en esta cuestión, bastante abstracta, del colectivismo y de la renta del suelo; pero ninguno de ellos, ninguno, quiere que se mantenga la propiedad en su forma actual. Tolain, en nombre de sus amigos, rechazó enérgicamente el calificativo de individualistas que se les quería aplicar; su doctrina no es el individualismo, sino el mutualismo;27 quieren, como nosotros, la destrucción de todos los privilegios de la burguesía. Que nuestros enemigos no intenten desnaturalizar las cosas y presentar como adversarios a hombres que están de acuerdo en lo esencial; y que sepan, de una vez por todas, que el congreso se ha pronunciado con una formidable unanimidad por la necesidad de la liquidación social por la revolución.
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La segunda cuestión del programa era la de la herencia. La comisión del congreso concluía unánimemente por la abolición de la herencia y presentaba resoluciones en ese sentido. Por desgracia, un delegado inglés, Eccarius,28 en nombre del Consejo General,29 presentó por su parte resoluciones análogas en el fondo, pero motivadas de distinta manera. Así, en la votación no se pudo obtener mayoría completa para ninguna de las dos propuestas, y no hubo tiempo de ponerse de acuerdo sobre una redacción que hubiera podido conciliar ambos pareceres.
La votación de las resoluciones de la comisión dio 32 sí, 23 no, 13 abstenciones y 7 ausentes. Los no y las abstenciones representan los votos de los partidarios de la propiedad individual y los de los comunistas de Estado, aliados para rechazar las resoluciones de la comisión; los sí son casi todos30 votos de los colectivistas anarquistas.
Las resoluciones del Consejo General31 obtuvieron 19 sí, 37 no y 6 abstenciones, con 13 ausentes. Esta vez los sí son los comunistas autoritarios; los no y las abstenciones son los colectivistas anarquistas unidos a los mutualistas.32
En la tercera cuestión, las cajas de resistencia, el congreso recobró su unanimidad. Se aprobaron de común acuerdo resoluciones encaminadas a promover la formación de cajas locales de resistencia, su federación por oficios y su centralización por medio del Consejo General. Dividida en ciertas cuestiones teóricas, que solo la experiencia del porvenir podrá resolver definitivamente, la Internacional no forma más que un solo haz en cuanto se trata de la lucha actual contra la explotación burguesa.
La cuarta cuestión, la enseñanza integral, y la quinta, el crédito, no pudieron discutirse por falta de tiempo. Se aplazan para el año próximo.
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Ante los acontecimientos que se preparan, y cuyo resultado será con toda seguridad la caída del imperio francés, se ha designado París como sede del próximo congreso. No hace falta insistir en el significado de esta votación. Se acerca la hora de la gran emancipación política, social y religiosa. Los delegados de la Internacional se reunirán, pues, en 1870, en la capital de la República francesa; y tenemos la esperanza de que el congreso de 1871 pueda reunirse en Roma.
Hay que completar esta crónica sumaria con algunos detalles sobre los debates del congreso, con el texto de las resoluciones votadas y con la reproducción de las votaciones nominales, que tienen un interés muy particular.
La legislación directa
Ya se ha visto que habían sido los socialistas de Zúrich —Bürkli, el viejo falansteriano, y un joven encuadernador alemán, Hermann Greulich,33 cuyo nombre aparece por primera vez en el Congreso de Basilea— quienes habían puesto sobre el tapete la cuestión de la legislación directa. Los apoyaban los delegados de Basilea, Goegg, «delegado de las Sociedades Obreras Alemanas de Suiza», y, naturalmente, Rittinghausen. Pudo oírse a Bruhin, el fiscal general del semicantón de Basilea-Ciudad, que representaba en el congreso a «las secciones reunidas de Basilea-Ciudad y de Basilea-Campiña», afirmar que «para los suizos esta cuestión era la más importante de todas, pues para ellos el Estado no era una institución burguesa, sino el pueblo mismo; y, si el Estado es el pueblo, puede decidir lo que quiera y llegar al objetivo de la Internacional»; a lo que Schwitzguébel34 y Fritz Robert replicaron que, aunque eran delegados suizos, no creían en absoluto que por la legislación directa se pudiera llegar a la emancipación del trabajo. La actitud de Bruhin no podía sorprender; lo que nos asombró fue la de Liebknecht, que había venido a Basilea como «delegado del Congreso de Eisenach». Declaró que «era ser reaccionario negarse a discutir esta cuestión»; que no había que separar las cuestiones sociales de las cuestiones políticas; que los franceses y los belgas se equivocaban al desentenderse de las reformas de orden legislativo, y que la cuestión, que a ellos les parecía sin importancia, tenía por el contrario una importancia capital para los países donde podía proponerse y llevarse a cabo una reforma de ese tipo. Liebknecht se nos apareció como un simple demócrata, que en Suiza habría sido el aliado del fiscal general Bruhin y del candidato al Consejo de Estado Grosselin.
En total, cinco delegados, Goegg, Bruhin, Rittinghausen, Liebknecht y Starke (Basilea), insistieron en que la cuestión de la legislación directa se pusiera en el orden del día del congreso. Dos delegados, Bakunin y Hins, combatieron esta petición, y Hins se expresó así, según el acta: «Quiero añadir algunas palabras a las de Bakunin. No comprendo, por parte de las secciones de la Internacional, esta especie de carrera de obstáculos hacia los gobiernos. Se quiere, según dicen, transformar mediante una representación o legislación directa los gobiernos actuales, obra de nuestros enemigos los burgueses. Para ello se quiere entrar en esos gobiernos y, por la persuasión, por el número, por leyes nuevas, establecer un nuevo Estado. Compañeros, no sigamos ese camino (pues podríamos seguirlo en Bélgica o en Francia lo mismo que en otras partes); dejemos más bien que esos gobiernos se pudran y no los apuntalemos con nuestra moralidad. Y he aquí por qué: la Internacional es y debe ser un Estado dentro de los Estados; que deje a estos marchar a su antojo hasta que nuestro Estado sea el más fuerte. Entonces, sobre las ruinas de aquellos, pondremos el nuestro, ya preparado, ya hecho, tal como existe en cada sección. Quítate tú para ponerme yo: así se planteará la cuestión.» Seis delegados, Robin35 (Bélgica), Schwitzguébel (distrito de Courtelary), Robert (La Chaux-de-Fonds), Murat (París), Dereure (París) y Langlois (París), dijeron que, aunque no creían que la cuestión tuviera el alcance que le atribuían los autores de la propuesta, pensaban que, ante la insistencia de estos, no había que negarse a introducirla en el orden del día, siempre que viniera después de las otras cinco. El congreso votó por unanimidad una propuesta presentada por Fritz Robert, concebida en estos términos:
El congreso se ocupará en primer lugar de las cinco cuestiones puestas en el orden del día por el Consejo General de Londres; cualquier otra cuestión se discutirá después.
Luego aprobó, también por unanimidad, la siguiente propuesta presentada por Goegg:
El congreso acepta, como cuestión que ha de seguir inmediatamente en la discusión a las cinco primeras, la de la legislación directa ejercida por el pueblo.
Como el congreso solo tuvo tiempo de discutir las tres primeras cuestiones de su orden del día, la cuestión de la legislación directa quedó de hecho descartada.
Existe un informe de Henri Perret a sus mandantes, fechado el 23 de octubre de 1869, impreso con este título: Rapport du délégué aux Sections de la Fabrique de Genève [Informe del delegado a las secciones de la Fábrica de Ginebra] (folleto de 24 páginas, Ginebra, imprenta Vaney). He aquí cómo este delegado, cuyo testimonio no pueden tener por sospechoso los amigos de Liebknecht y de Greulich, relata (p. 4) el incidente relativo a esta cuestión:
«La discusión tomaba un giro irritante y no acababa nunca. Por fin se hizo observar, con razón, que había que volver a la cuestión; que, como la legislación directa no se había puesto en el programa del congreso y las secciones no habían podido estudiarla, no debía discutirse. Estas razones prevalecieron, y el congreso decidió que, si, agotado el orden del día, quedaba tiempo disponible, se discutiría en principio... Es verdad que era poco sensato querer introducir en pleno congreso una cuestión nueva cuando el orden del día ya está demasiado cargado. Por mucho interés que pueda tener una cuestión, debe enviarse al Consejo General antes del congreso. Este hecho no debe repetirse en el futuro.»
La propiedad de la tierra (sesiones del jueves 9 de septiembre por la tarde y del viernes 10 por la mañana y por la tarde)
Cada miembro del congreso tenía derecho a inscribirse en una u otra de las comisiones. La comisión encargada de informar sobre la propiedad de la tierra quedó así compuesta: cinco franceses, Murat (París), Varlin (París), Langlois (París), Creusot (Sotteville-lès-Rouen), Piéton (Elbeuf); cinco alemanes, Lessner36 (ramas alemanas en Inglaterra), Rittinghausen (Colonia), Hess37 (Berlín), Janasch (Magdeburgo), Becker38 (secciones alemanas de Suiza); un inglés, Lucraft39 (delegado del Consejo General de Londres); un suizo, Collin (Basilea); un belga, De Paepe40 (secciones de la cuenca de Charleroi); un español, Sentiñon41 (sección de Barcelona y sección de la Alianza de la Democracia Socialista de Ginebra).
La comisión, por diez votos contra cuatro (los de Murat, Langlois, Creusot y Piéton), propuso al congreso las dos resoluciones ya resumidas en el artículo del Progrès reproducido más arriba, cuyo texto auténtico, según el acta, es el siguiente:
Sigue el texto de las dos resoluciones; véase Resoluciones sobre la propiedad de la tierra.
En cuanto a la manera en que la sociedad debería organizar la producción agrícola, se manifestaron en el seno de la comisión opiniones diversas.
La mayoría, formada por Becker, Collin, Janasch, Lessner, Lucraft, Rittinghausen, Sentiñon y Varlin, opinaba que «el suelo debe ser cultivado y explotado por las comunas solidarizadas».
Hess pidió la confirmación pura y simple de las resoluciones votadas por el Congreso de Bruselas.
Una minoría, de la que De Paepe fue el portavoz, pensaba que «la sociedad debía conceder la ocupación de la tierra bien a agricultores individuales, bien, preferentemente, a asociaciones agrícolas que pagarían la renta a la colectividad». Sin admitir, como hacía De Paepe, que el suelo hubiera de pertenecer a la colectividad social (y, sin embargo, Langlois declaraba que «la tierra, en cuanto no es un producto de la industria humana, pertenece indistintamente a todos»), los mutualistas Langlois y Murat decían no obstante que, «aun concediendo a algunos (individuos o grupos) el derecho de cultivar, con exclusión de todos los demás, una parte del dominio común, la sociedad no puede cederles ningún derecho sobre la renta del suelo, y que esa renta pertenece a la colectividad»; en la práctica, pues, estaban de acuerdo con De Paepe sobre el modo de organizar la producción agrícola.
La discusión tuvo lugar en las sesiones del congreso del jueves por la tarde y del viernes por la mañana y por la tarde (9 y 10 de septiembre).
El punto de vista de los mutualistas lo expusieron y defendieron Chemalé, Tolain, Langlois y Murat. Chemalé lo resumió en estos términos: «Nuestra divisa es esta: la herramienta para quien la pone en obra; la materia prima para quien la transforma y le da el valor. ¿Y solo el cultivador quedaría excluido de este principio? Queremos realizar una sociedad en la que, por la reciprocidad de los servicios y la mutualidad de las garantías, la igualdad resulte de la práctica de la libertad.» Tolain, tras reivindicar los derechos naturales del individuo, que la colectividad no puede vulnerar, propuso una declaración concebida así: «El congreso declara que, para realizar la emancipación de los trabajadores, hay que transformar los arrendamientos rústicos, etc., en una palabra, todos los contratos de alquiler, en contratos de venta; que entonces la propiedad, al estar continuamente en circulación, deja por ese mismo hecho de ser abusiva; que, por consiguiente, en la agricultura como en la industria, los trabajadores se agruparán como y cuando lo juzguen conveniente, bajo la garantía de un contrato libremente concertado que salvaguarde la libertad de los individuos y de los grupos.»
Entre los comunistas, Lucraft, Lessner y Eccarius repitieron los argumentos ya conocidos. Cowell Stepney42 contó que en Wisconsin había visitado una tribu de unos dos mil indios oneidas: se había dado a cada uno de ellos un lote de tierra; pero, en lugar de practicar el cultivo individual, prefirieron unir sus esfuerzos y cultivar la tierra en común; y, para mostrar que aquellos indios eran gente sensata, Cowell Stepney añadió que los misioneros, pese a todos sus esfuerzos, solo habían conseguido convertir al cristianismo a cinco en el espacio de ocho años.
Bakunin, respondiendo a Tolain, dijo que el individuo es un producto de la sociedad y que sin la sociedad el hombre no es nada. Todo trabajo productivo es ante todo un trabajo social; «como la producción solo es posible por la combinación del trabajo de las generaciones pasadas y de la generación presente, nunca ha habido trabajo que pueda llamarse trabajo individual». Es, pues, partidario de la propiedad colectiva, no solo del suelo, sino de toda la riqueza social. En cuanto a la organización de la producción agrícola, se pronunció por la solidarización de las comunas propuesta por la mayoría de la comisión, con tanto más gusto cuanto que esa solidarización implica la organización de la sociedad de abajo arriba, mientras que las propuestas de la minoría suponen un Estado. Pidió «la destrucción de todos los Estados nacionales y territoriales y, sobre sus ruinas, la construcción del Estado internacional de millones de trabajadores, Estado que la Internacional tendrá por misión constituir43».
Hins hizo el relato de su conversión a la opinión colectivista. Al estudiar más de cerca la cuestión de la propiedad del suelo, había tenido que reconocer que no era posible, en nombre de la justicia, admitir que con el mismo trabajo dos cultivadores obtuvieran una suma desigual de productos. La superioridad natural de un suelo sobre otro crea la renta del suelo, y se vio obligado a decirse que esa renta debía pertenecer no al cultivador, sino a la colectividad. Solo que, después de admitir que la sociedad debía percibir la renta del suelo, reconoció que, sin darse cuenta, había llegado con ello a la negación de la propiedad individual, puesto que lo que constituye la propiedad es el disfrute de la renta. El examen de otra cuestión acabó de demostrarle que la propiedad, en una sociedad igualitaria, había de transformarse inevitablemente en simple posesión: hasta entonces había sido partidario de la herencia; pero la discusión le hizo ver que por la herencia se podía llegar a dos resultados igualmente peligrosos, o bien una parcelación excesiva de la tierra, o bien la monopolización de la tierra en un pequeño número de manos; para conjurar ese doble peligro había, pues, que renunciar a la transmisión hereditaria; y la supresión de la herencia es la supresión de la propiedad.
El acta del congreso (p. 73) pone en boca del alemán Goegg declaraciones que harían de él un partidario de la propiedad colectiva: «El salariado y el patronato deben abolirse, y esta abolición conduce a la propiedad colectiva del suelo y a la abolición del derecho de herencia. Queda la organización de la cosa: eso es asunto del pueblo, y por la legislación directa podrá llegar a ella.» Pero, a creer al propio Goegg, este delegado era partidario de la propiedad individual: como la Égalité44 (número del 1 de octubre de 1869) le había atribuido estas palabras: «El derecho del más fuerte ha creado la propiedad individual; el medio de llegar a la propiedad colectiva es la abolición del derecho de herencia», Goegg se apresuró a protestar con una carta en la que decía: «El relato en el que me hacen ustedes decir que el derecho del más fuerte ha creado la propiedad individual y que el medio de llegar a la propiedad colectiva es la abolición del derecho de herencia es, en lo que a mí respecta, totalmente inexacto. Declaro que nunca me he pronunciado contra la propiedad individual y que en Basilea no voté por la abolición del derecho de herencia.» (Carta inserta en la Égalité del 8 de octubre de 1869.) Goegg no dejó por ello de votar sí en las dos resoluciones relativas a la propiedad colectiva del suelo. Por eso, cuando razones políticas lo llevaron —como llevaron también a Liebknecht, después del congreso— a disimular, declaró que no había votado por la abolición del derecho de herencia (véase más adelante la explicación de su voto), pero no se atrevió a afirmar que hubiera votado contra la propiedad colectiva: se contentó con sostener, con un equívoco miserable, que «nunca se había pronunciado contra la propiedad individual»; ¿qué podía significar una explicación semejante?
He aquí, según el acta del congreso (p. 89), el resultado de las votaciones nominales que se hicieron en la sesión del viernes por la tarde sobre las dos resoluciones propuestas:
Primera resolución: El congreso declara que la sociedad tiene derecho a abolir la propiedad individual del suelo y a hacer que el suelo pase a la comunidad.
Votaron sí: Alemania, Spier, Rittinghausen, Liebknecht, Hess, Janasch, Becker, Krüger, Scherer, Würger, Lessner, Goegg; América, Cameron; Inglaterra, Cowell Stepney, Jung, Eccarius; Austria, Neumayer; Bélgica, Hins, Robin, Bastin, Brismée, De Paepe; España, Rafael Farga Pellicer, Sentiñon; Francia, Varlin, Flahaut, Franquin, Dereure, Tartaret, Bakunin,45 Bourseau, Outhier, Albert Richard, Louis Palix, Ch. Monier, Foureau; Italia, Caporusso; Suiza alemana, Bürkli, Greulich, Frey, Bruhin, Leisinger, Starke, Collin, Quinch, Gutgerold; Suiza francesa, Heng, Brosset, Jaillet, Fritz Robert, François Floquet, James Guillaume, Martinaud, Schwitzguébel, Gorgé: 54;
Votaron no: Francia: Tolain, Pindy, Chemalé, Fruneau: 4;46
Se abstuvieron: Francia, Landrin, Dosbourg, Durand, Roussel, Murat, Mollin, Langlois, Aubry, Creusot, Piéton; Suiza alemana, Bohny; Suiza francesa, Grosselin, H. Perret: 13;
Ausentes: Inglaterra, Applegarth, Lucraft; Austria, Oberwinder; Suiza alemana, Holeiber: 4.
Segunda resolución: Declara además que hoy es necesario hacer que el suelo pase a la propiedad colectiva.
Votaron sí: los mismos, salvo Flahaut (Francia): 53;
Votaron no: Francia, Tolain, Pindy, Chemalé, Fruneau, Murat, Piéton, Langlois; Suiza alemana, Bohny: 8;
Se abstuvieron: Francia, Landrin, Dosbourg, Durand, Roussel, Mollin, Creusot, Flahaut, Aubry; Suiza francesa, Grosselin, H. Perret: 10;
Ausentes: Inglaterra, Applegarth, Lucraft; Austria, Oberwinder; Suiza alemana, Holeiber: 4.
Después de estas dos votaciones nominales, Caporusso, de Nápoles, presentó la propuesta siguiente: «Se propone que cada sección de la Internacional prepare, para el próximo congreso, un trabajo sobre el modo práctico de llevar a cabo la solución de la cuestión de la propiedad colectiva».47 La propuesta se aprobó sin discusión.
Varios miembros pidieron a continuación que se votaran las propuestas de la mayoría y de la minoría de la comisión relativas a la organización de la producción agrícola; otros respondieron que la votación de la propuesta de Caporusso impedía toda votación ulterior. Bakunin y Robert hicieron observar que la propuesta de Caporusso solo se refería a los medios prácticos que habían de emplearse para llegar a la propiedad colectiva, mientras que las propuestas de las dos fracciones de la comisión hablaban de la manera de organizar el trabajo agrícola. De Paepe y Varlin propusieron reunir las resoluciones de la mayoría y de la minoría de la comisión, dejando al porvenir el cuidado de decidir en cada país el mejor modo de proceder; pero luego retiraron su propuesta, y se votó el cierre de la discusión.
El derecho de herencia (sesión del viernes 10 de septiembre por la tarde)
La comisión encargada de informar sobre la cuestión del derecho de herencia quedó así compuesta: tres franceses, Dereure (París), Richard48 (Lyon), Bakunin (Lyon); tres alemanes, Liebknecht (Congreso de Eisenach), Hess (Berlín), Becker (secciones alemanas de Suiza); dos suizos, James Guillaume (Le Locle), Heng (Ginebra); dos belgas, Brismée49 (Bruselas), De Paepe (secciones de la cuenca de Charleroi); un español, Rafael Farga Pellicer50 (Centro Federal de las Sociedades Obreras de Cataluña); hay que añadir el presidente del congreso, Hermann Jung,51 suizo residente en Londres, delegado del Consejo General.
La mayoría de la comisión se adhirió a las ideas que sostenía Bakunin. El Consejo General había preparado sobre la cuestión un informe, redactado evidentemente por Marx, que se había encargado a Eccarius presentar al congreso; pero no recuerdo que se hablara de ese informe en el seno de la comisión; creo que solo se dio a conocer en la sesión del congreso. La comisión no contaba con ningún mutualista, de suerte que parecimos estar todos de acuerdo; he contado en la Mémoire de la Fédération jurassienne52 (p. 81) cómo Jung me decía, como a un correligionario: «Querido, esta vez creo que podemos declararnos francamente comunistas». Solo De Paepe tenía una manera particular de entender la cuestión; en un informe redactado por él y presentado en nombre de la sección de Bruselas, había escrito: «En una sociedad como aquella hacia la que tendemos, en la que la propiedad territorial individual está abolida…, en la que las máquinas y los instrumentos de trabajo pasan a ser propiedad colectiva de los grupos que los hacen funcionar…, en la que la acumulación de grandes riquezas por un particular se vuelve imposible…, no quedan en manos de los individuos, como susceptibles de transmitirse por vía hereditaria, más que las cosas de uso, los objetos de consumo personal o doméstico y, quizá, algunos ahorros en dinero…; ¿es justo o injusto que este haber individual pueda transmitirse a la posteridad por vía de herencia individual?». Y declaraba «que era justo que el individuo pudiera transmitir ese haber a quienes son sus hijos por naturaleza o por adopción»; que «la posibilidad de que el padre de familia transmita su haber a sus hijos podía ser un estímulo para el trabajo y un preservativo contra el despilfarro», y, por último, que, «en un medio en el que la sociedad da a cada uno una instrucción común y completa al mismo tiempo que garantiza a cada uno los instrumentos de trabajo, la herencia individual no puede atentar contra la igualdad de los medios de desarrollo físico e intelectual». En cuanto a la abolición completa o parcial de la herencia como medio de llevar a cabo progresivamente la liquidación social, De Paepe decía «que no hace falta ser profeta para ver que esta abolición, como cualquier otra medida pacífica, no está entre las cosas probables».
La discusión tuvo lugar en la sesión del viernes por la tarde (10 de septiembre).
Brismée presentó, en nombre de la comisión, el siguiente proyecto de resolución:
Sigue el texto del proyecto; véase Proyecto de resolución de la comisión sobre el derecho de herencia (no aprobado). Sobre el segundo considerando, anota Guillaume:53
Esta redacción dejaba mucho que desear, y sobre todo se le podía reprochar que no caracterizara de manera satisfactoria la naturaleza de la relación que existía entre la declaración votada por el congreso sobre la propiedad colectiva y la que se le pedía sobre el derecho de herencia. Pretender que la primera declaración sería «ilógica» si no la «corroboraba» la segunda era un razonamiento cojo.
Por suerte, Bakunin iba a aclarar las cosas en la discusión y a sustituir esta pobre logomaquia por argumentos serios.
Eccarius dio lectura al informe del Consejo General —es decir, a la opinión de Marx— sobre la cuestión, declarando que en él se consideraban las cosas desde un punto de vista completamente distinto del de la comisión. El informe decía:54
«La ley de herencia no es la causa, sino el efecto, la consecuencia jurídica de la organización económica actual de la sociedad;… lo que tenemos que discutir es la causa y no el efecto;… la desaparición del derecho de herencia será el resultado natural de un cambio social que suprima la propiedad individual de los medios de producción; pero la abolición del derecho de herencia no puede ser el punto de partida de semejante transformación social: sería tan absurdo como querer abolir la ley de la oferta y la demanda manteniendo el estado actual de las condiciones del intercambio; sería falso en la teoría y reaccionario en la práctica. Al tratar de las leyes de herencia, suponemos necesariamente que la propiedad individual de los medios de producción sigue existiendo. Toda medida relativa al derecho de herencia solo puede referirse, por consiguiente, a un estado de transición social… Estas medidas transitorias solo pueden ser las siguientes: A. Extensión del impuesto sobre las herencias…; B. Limitación del derecho de testar…»
Así, después de una declaración teórica muy radical —la abolición de la propiedad individual, de la que se derivará naturalmente la desaparición del derecho de herencia—, Marx desembocaba en medidas prácticas muy apropiadas para adornar un programa político ginebrino o zuriqués: impuesto sobre las sucesiones, limitación del derecho de testar. Bakunin, por su parte, como se va a ver, no tomaba como punto de partida teórico la hipótesis de un estado social en el que la propiedad hubiera sido abolida: constatando, al contrario, el hecho de la existencia de la propiedad individual y presintiendo que sería muy difícil transformarla, entre los campesinos, en propiedad colectiva, quería al menos, mediante la abolición del derecho de herencia, quitar al orden de cosas existente su sanción jurídica y transformar en una simple posesión de hecho lo que hasta entonces había sido una propiedad revestida de la garantía social.
Chemalé, al abrir la discusión, declaró que la votación sobre la propiedad colectiva zanjaba la cuestión de la herencia: una vez abolida la propiedad individual, ¿qué se podría heredar?
Varlin respondió: «Si hubiéramos conseguido que todos los instrumentos de trabajo, así como el suelo, volvieran a la propiedad colectiva, es evidente que la cuestión de la herencia ya no tendría importancia; pero no hemos llegado a eso: queda todavía una gran parte de la herramienta social cuya propiedad no hemos abolido, ni siquiera en principio; si mantenemos la herencia en estas condiciones, mantenemos la desigualdad, puesto que algunos niños encontrarán por vía de herencia lo que necesitan, mientras que otros se verán fatalmente privados de ello.»
Bakunin dijo que entre quienes pensaban que, después de haber votado la propiedad colectiva, era inútil votar la abolición del derecho de herencia (hablaba de Eccarius y del Consejo General) y quienes encontraban útil e incluso necesario votarla no había más que una simple diferencia de punto de vista:
«Los unos se sitúan en pleno porvenir y, tomando como punto de partida la propiedad colectiva, encuentran que ya no hay por qué hablar del derecho de herencia; nosotros partimos, al contrario, del presente, nos encontramos bajo el régimen de la propiedad individual triunfante y, al marchar hacia la propiedad colectiva, tropezamos con un obstáculo: el derecho de herencia; pensamos, pues, que hay que derribarlo. El informe del Consejo General dice que, como el hecho jurídico nunca es más que la consecuencia de un hecho económico, basta con transformar este último para anular el primero. Es indiscutible que todo lo que se llama derecho jurídico o político nunca ha sido en la historia más que la expresión o el producto de un hecho consumado. Pero es indiscutible también que, después de haber sido un efecto de actos o hechos realizados anteriormente, el derecho se convierte a su vez en causa de hechos ulteriores, se convierte él mismo en un hecho muy real, muy poderoso, que hay que derribar si se quiere llegar a un orden de cosas distinto del que existe. Así es como el derecho de herencia, después de haber sido la consecuencia natural de la apropiación violenta de las riquezas naturales y sociales, se convirtió más tarde en la base del Estado político y de la familia jurídica, que garantizan y sancionan la propiedad individual. Por tanto, tenemos que votar la abolición del derecho de herencia.55»
Indicó luego otro motivo, y aquí se marca con toda claridad la diferencia entre su concepción de una transformación social y la de los comunistas de Estado:
«Se nos ha hablado mucho de práctica. Pues bien, en nombre de la práctica os invito a votar la abolición del derecho de herencia. Se ha dicho hoy que la transformación de la propiedad individual en propiedad colectiva tropezará con graves obstáculos entre los campesinos, pequeños propietarios de la tierra. Y, en efecto, si, después de haber proclamado la liquidación social, se intentara desposeer por decreto a esos millones de pequeños cultivadores, se los arrojaría necesariamente en brazos de la reacción y, para someterlos a la revolución, habría que emplear contra ellos la fuerza, es decir, la reacción. Habrá, pues, que dejarlos como poseedores de hecho de esas parcelas de las que hoy son propietarios. Pero, si no abolís el derecho de herencia, ¿qué ocurrirá? Transmitirán esas parcelas a sus hijos, con la sanción del Estado, a título de propiedad. Si, al contrario, al mismo tiempo que hacéis la liquidación social, proclamáis la liquidación política y jurídica del Estado, si abolís el derecho de herencia, ¿qué les quedará a los campesinos? Nada más que la posesión de hecho, y esa posesión, privada de toda sanción legal, sin el amparo ya de la poderosa protección del Estado, se dejará transformar fácilmente bajo la presión de los acontecimientos y de las fuerzas revolucionarias.56»
El debate sobre el derecho de herencia se prolongó mucho menos que el de la propiedad colectiva: estábamos en el penúltimo día del congreso y el tiempo apremiaba. Después del discurso de Bakunin se pidió y se votó el cierre; se oyó todavía una arenga inflamada del fogoso Langlois, y luego se hizo la votación nominal sobre la propuesta de la comisión y sobre la del Consejo General; he aquí el resultado:
Propuesta de la comisión.
Votaron sí: Alemania, Rittinghausen, Janasch, Becker, Krüger, Lessner; Austria, Neumayer; Bélgica, Hins, Robin, Bastin, Brismée; España, Rafael Farga Pellicer, Sentiñon; Francia, Varlin, Dereure, Bakunin, Bourseau, Outhier, Albert Richard, Louis Palix, Ch. Monier, Foureau; Italia, Caporusso; Suiza alemana, Collin; Suiza francesa, Heng, Brosset, Jaillet, Fritz Robert, François Floquet, James Guillaume, Martinaud, Schwitzguébel, Gorgé: 32;
Votaron no: Alemania, Liebknecht, Hess, Würger; América, Cameron; Inglaterra, Applegarth, Cowell Stepney, Jung, Eccarius; Francia, Tartaret, Tolain, Pindy, Chemalé, Fruneau, Murat, Langlois, Aubry, Piéton; Suiza alemana, Greulich, Frey, Leisinger, Starke, Quinch, Gutgerold: 23;
Se abstuvieron: Alemania, Scherer, Goegg; Bélgica, De Paepe; Francia, Flahaut, Franquin, Landrin, Dosbourg, Durand, Roussel, Mollin, Creusot; Suiza alemana, Bruhin; Suiza francesa, Grosselin: 13;57
Ausentes: Inglaterra, Lucraft; Alemania, Spier; Austria, Oberwinder; Suiza alemana, Bürkli, Bohny, Holeiber; Suiza francesa, H. Perret: 7.
Propuesta del Consejo General.
Votaron sí: Alemania, Rittinghausen, Liebknecht, Hess, Krüger, Lessner, Goegg; América, Cameron; Inglaterra, Applegarth, Cowell Stepney, Jung, Eccarius; Austria, Neumayer; Bélgica, Bastin; Suiza alemana, Greulich, Frey, Bruhin, Leisinger, Quinch, Gutgerold: 19;58
Votaron no: Alemania, Janasch; Bélgica, Hins, Robin, Brismée, De Paepe; España, Rafael Farga Pellicer; Francia, Varlin, Franquin, Dereure, Tartaret, Bakunin, Bourseau, Outhier, Albert Richard, Louis Palix, Ch. Monier, Foureau, Tolain, Pindy, Chemalé, Fruneau, Dosbourg, Murat, Langlois, Aubry, Piéton; Italia, Caporusso; Suiza alemana, Starke; Suiza francesa, Heng, Brosset, Jaillet, Fritz Robert, François Floquet, James Guillaume, Martinaud, Schwitzguébel, Gorgé: 37;59
Se abstuvieron: España, Sentiñon; Francia, Landrin, Roussel, Mollin, Flahaut; Suiza alemana, Collin:60 6;
Ausentes: Alemania, Becker, Scherer, Würger, Spier; Inglaterra, Lucraft; Austria, Oberwinder; Francia, Durand, Creusot; Suiza alemana, Bürkli, Bohny, Holeiber; Suiza francesa, Grosselin, H. Perret: 13.
Ni la propuesta de la comisión ni la del Consejo General habían obtenido la mayoría absoluta, es decir, un número de sí superior a la mitad de los votantes. Ni una ni otra habían sido, pues, aprobadas. Pero, si se consideran ya no los votos afirmativos, sino los negativos, se ve que la propuesta del Consejo General no solo no había sido aprobada, sino que había sido formalmente rechazada, ya que el número de no había sido superior a la mitad de los votantes (37 no sobre 62 votantes). Este fracaso le dolió especialmente a Marx: era la primera vez que le ocurría algo así en un congreso de la Internacional, lo que él tradujo, en su fuero interno y más tarde en su panfleto del 5 de marzo de 1872, Las pretendidas escisiones en la Internacional (circular privada del Consejo General),61 de una manera muy característica del sesgo de su espíritu, diciendo que «se emplearon medios desleales en esa ocasión, y solo esa vez, en un congreso de la Internacional62».
Las sociedades de resistencia (sesiones del sábado 11 de septiembre por la mañana y por la tarde)
La comisión encargada de informar sobre esta cuestión estaba compuesta así: nueve franceses, Franquin (París), Flahaut (París), Fruneau (París), Roussel (París), Chemalé (París), Pindy63 (París), Aubry (Ruan), Outhier (Lyon), Bourseau (Lyon); cinco suizos, Schwitzguébel (distrito de Courtelary), Floquet (Le Locle), Jaillet (Lausana), H. Perret (Ginebra), Brosset (Ginebra); un alemán, Liebknecht; un belga, Hins; un español, Rafael Farga Pellicer.
Los miembros de la comisión se pusieron fácilmente de acuerdo. Fue Pindy quien presentó el informe al congreso, el sábado por la mañana. Redactado con la colaboración evidente de Hins, este informe exponía, tanto respecto de la organización de los trabajadores en la sociedad actual, con vistas a la resistencia, como de la organización del trabajo en la sociedad futura, una concepción federalista que merece señalarse. Decía:
Concebimos dos modos de agrupación para los trabajadores. Primero, una agrupación local, que permite a los trabajadores de un mismo lugar mantener relaciones diarias; luego, una agrupación entre las distintas localidades, cuencas, comarcas, etc.64 Este primer modo de agrupación corresponde a las relaciones políticas de la sociedad actual, a las que sustituye con ventaja: ha sido hasta ahora el modo empleado por la Asociación Internacional de los Trabajadores.
Pero, a medida que la industria se agranda, se hace necesario, simultáneamente con el primero, otro modo de agrupación. Los obreros de todos los países sienten que sus intereses son solidarios y que se les aplasta a unos por medio de otros. Por otro lado, el porvenir reclama una organización que salga del recinto de las ciudades y que, sin conocer ya fronteras, establezca un vasto reparto del trabajo de un extremo a otro del mundo;… es preciso que cada oficio mantenga un intercambio de correspondencia y de informaciones en el país y con las demás naciones... Este modo de agrupación se convierte en un agente de descentralización, pues ya no se trata de establecer en cada país [una capital única,65] un centro común a todas las industrias, sino que cada una tendrá por centro la localidad donde esté más desarrollada: por ejemplo, en Francia, mientras los mineros del carbón66 se federarían en torno a Saint-Étienne, los obreros de la seda lo harían en torno a Lyon, como las industrias de lujo en torno a París.
Una vez realizadas estas dos agrupaciones, el trabajo se organiza para el presente y para el porvenir... La agrupación de los distintos oficios por ciudad forma la comuna del porvenir, del mismo modo que el otro modo forma la representación obrera del porvenir. El gobierno queda sustituido por los consejos de los oficios reunidos y por un comité de sus respectivos delegados, que regula las relaciones del trabajo, las cuales sustituirán a la política.
La resolución presentada por la comisión estaba concebida así:
Sigue el texto de la resolución; véase Resolución sobre las sociedades de resistencia.
La discusión ocupó las dos sesiones del sábado por la mañana y del sábado por la tarde (11 de septiembre). Liebknecht, que habló el primero, pareció no haber captado lo que el informe decía del doble modo de agrupación: también él recomendó una doble organización, pero esta consistía sencillamente en organizar nacionalmente todas las sociedades de un país y en federar luego internacionalmente las distintas organizaciones nacionales. Tolain, aunque proudhoniano, declaró que el proyecto de que las asociaciones federadas sustituyeran al Estado le parecía un sueño: porque el obrero no pertenece solo a una corporación, tiene relaciones necesarias con los demás habitantes de la comuna y tiene, por tanto, derechos y deberes de ciudadano que cumplir. Greulich (Zúrich) hizo la misma observación: «No creo», dijo, «que las asociaciones obreras federadas puedan transformarse nunca en gobierno; el obrero no pertenece solo a su oficio, pertenece por mil lazos a una familia política de la que forma parte: es ciudadano». Hins desarrolló las ideas expresadas en el informe: las sociedades de resistencia, dijo, subsistirán después de la supresión del salariado, y por ellas se organizará la producción; las industrias formarán, en cierto modo, cada una un Estado aparte, lo que impedirá para siempre la vuelta al antiguo Estado centralizado; los antiguos sistemas políticos serán sustituidos por la representación del trabajo. Se nos ha reprochado que somos indiferentes a las formas de gobierno: eso solo es verdad en el sentido de que las detestamos todas por igual; pensamos que solo sobre sus ruinas podrá establecerse una sociedad conforme a los principios de la justicia.67
Sin detenerse en diferencias de concepción teórica relativas a la organización de la sociedad futura, la mayoría de los delegados se limitaron a constatar que el congreso era unánime en reconocer la necesidad de las sociedades de resistencia, así como la necesidad de su federación y la utilidad de crear entre ellas un vínculo internacional por medio del Consejo General de la Internacional. La resolución propuesta por la comisión se votó por unanimidad.
Al congreso no le había quedado tiempo para discutir la cuestión del crédito y la de la enseñanza integral: ambas cuestiones se aplazaron para el congreso siguiente.
Las resoluciones administrativas (sesiones del martes 7 y del miércoles 8 de septiembre por la mañana)
En las sesiones administrativas del martes por la mañana y del miércoles por la mañana, el congreso había discutido y aprobado resoluciones, nueve en total, destinadas a dar a la organización de la Internacional algo más de precisión. Una primera resolución, presentada por Eccarius, se refiere a la presidencia. Está concebida así:
Sigue el texto de la resolución I, y Guillaume cita a continuación las resoluciones II y III; véase Resoluciones administrativas.
He aquí las resoluciones administrativas que regularon las relaciones de las secciones con el Consejo General:
Sigue el texto de las resoluciones IV a VII; véase Resoluciones administrativas.
A propósito de estas resoluciones administrativas, que invistieron al Consejo General de un poder que no le habían dado ni los Estatutos generales aprobados en 1866 por el Congreso general de Ginebra68 ni el reglamento que acompañaba a esos estatutos, escribí en 1872 en la Mémoire de la Fédération jurassienne (p. 82): «Estábamos todos animados de la más completa benevolencia hacia los hombres de Londres. Y nuestra confianza fue tan ciega que contribuimos más que nadie a que se votaran esas famosas resoluciones administrativas que iban a dar al Consejo General una autoridad de la que ha hecho tan mal uso. Lección provechosa, que nos ha abierto los ojos sobre los verdaderos principios de la organización federativa.»
El Vorbote69 de J.-Ph. Becker (año 1870, página 4) publicó una crónica de la discusión que hubo sobre esto en la segunda sesión administrativa del congreso (miércoles 8 de septiembre por la mañana). He aquí su traducción:
«Eccarius propone, en nombre del Consejo General, que este tenga derecho a excluir a toda sección que actúe en contra del espíritu de la Internacional, a reserva de la aprobación del congreso. Robin pide que ese derecho se dé también a las federaciones nacionales. Bakunin propone dar al Consejo General el derecho de negar a secciones nuevas la entrada en la Internacional hasta el congreso siguiente y de suspender a secciones existentes; en cuanto a los comités nacionales, quiere reconocerles el derecho de excluir secciones de su federación, pero no el de excluirlas de la Internacional. Ante la propuesta de Bakunin, apoyada por Brismée, Robin retira la suya. Hins pide que el derecho de suspensión corresponda solo a los comités federales, y no al Consejo General; Greulich lo apoya. Lucraft solo quiere dar el derecho de suspensión a las federaciones locales a reserva de la ratificación del Consejo General; Chemalé y Lessner hablan en el mismo sentido. Bakunin pone de relieve el carácter internacional de la Asociación; por ese motivo es necesario que el Consejo General no carezca de autoridad; hace observar que, si las organizaciones nacionales tuvieran el derecho de suspensión, podría ocurrir que secciones animadas del verdadero espíritu de la Internacional fueran excluidas por una mayoría infiel a los principios. Liebknecht se pronuncia de manera aún más categórica por la ampliación de los poderes del Consejo General; Spier también. Lessner habla a favor de la propuesta de Lucraft. Robin propone una enmienda a la propuesta de Bakunin. El congreso invita a los autores de las distintas propuestas a reunirse en una sala contigua y a ponerse de acuerdo sobre una redacción que se someterá en una sesión posterior.»
En una carta escrita más tarde a unos amigos italianos (23 de enero de 1872), Bakunin explicó que, al hacer su propuesta, destinada a permitir que el Consejo General protegiera llegado el caso a una sección contra el espíritu reaccionario de la mayoría de una federación, pensaba en la sección de la Alianza,70 que el Comité Cantonal de Ginebra se había negado a admitir en la federación local ginebrina y que el Comité Federal Romando podría negarse a admitir en la Federación Romanda (en efecto, sucedió que el Comité Federal Romando, sin atreverse a rechazar abiertamente a la sección de la Alianza, aplazó su admisión en la Federación Romanda hasta una fecha indeterminada: véase p. 218). Así pues, lejos de ver en el Consejo General a un adversario, Bakunin veía en él, en Basilea, un apoyo contra el espíritu reaccionario de una camarilla local. He aquí lo que dice en esa carta:
Fue solo el último congreso, celebrado en Basilea en 1869, el que amplió un poco los poderes del Consejo General, contra el espíritu de los Estatutos generales. Fue una falta grave, y debo confesar que contribuí mucho a hacérsela cometer. Mea culpa, mea maxima culpa... Había llegado al Congreso de Basilea con la impresión de que una federación regional, guiada por una facción intrigante y reaccionaria, podía cometer abusos de poder, y busqué su remedio en la autoridad del Consejo General. Los belgas, en cambio, que por lo demás conocían mejor que nosotros las disposiciones secretas y muy autoritarias de ciertas personas que componen el Consejo General, y en particular de Marx, el personaje dominante de ese Consejo, los belgas habían llegado al Congreso de Basilea con disposiciones del todo contrarias. Negaban en absoluto todo poder al Consejo General. Hins, delegado belga, y yo nos combatimos con fuerza. Se nos encargó que nos pusiéramos de acuerdo y redactáramos en común un proyecto de resolución. Lo redactamos y fue aceptado... Estos son los artículos que contribuí a hacer, al menos en sus tres cuartas partes, y no puedo, una vez más, sino repetir este grito: Mea culpa, mea maxima culpa.71
Guillaume cita a continuación las dos últimas resoluciones administrativas, VIII y IX; véase Resoluciones administrativas.
La estadística del trabajo, la sede del Consejo General y el próximo congreso
El congreso votó asimismo una resolución relativa a la estadística del trabajo, que está impresa en el acta del congreso (p. 173) a continuación de las resoluciones administrativas. Hela aquí:
Sigue el texto de la resolución; véase Resolución sobre los cuadernos del trabajo.
El artículo 3 de los Estatutos generales decía: «Cada año, el congreso reunido indicará la sede del Consejo General, nombrará a sus miembros y elegirá el lugar de la próxima reunión».
En virtud de este artículo, los delegados del Consejo General en el Congreso de Basilea, Lucraft, Cowell Stepney, Jung, Eccarius y Lessner, propusieron en nombre de ese Consejo que se fijara su sede en Bruselas para el año 1869-1870. La propuesta de este cambio nos sorprendió y nos alarmó: considerábamos que Londres era la ciudad en la que el Consejo General estaba más a salvo de las vejaciones gubernamentales y policiales, y temíamos ver amenazada su libertad de acción, en Bruselas, por la arbitrariedad y las violencias del gobierno belga; por eso insistimos del modo más apremiante en que nuestros amigos de Londres conservaran el mandato del que estaban investidos desde la fundación de la Asociación. Ante la unanimidad de los deseos expresados, declararon que aceptaban.
En cuanto a la designación de la ciudad en la que había de celebrarse el próximo congreso, la elección de París tuvo, en el ánimo de los delegados, el carácter de una manifestación contra el imperio; los delegados parisinos nos habían dicho: «Dentro de un año el imperio habrá dejado de existir, y desde hoy invitamos a la Internacional a celebrar su próximo congreso en la capital de la República francesa». El congreso votó por aclamación esta resolución: «El próximo congreso se celebrará en París el primer lunes de septiembre de 187072».73
Bakunin y el jurado de honor de Basilea
En cuanto a las calumnias difundidas en Alemania contra Bakunin, él mismo hizo el relato de este asunto en una carta que destinaba al periódico Le Réveil de París y que no llegó a imprimirse. He aquí lo que cuenta:
Me había enterado, aproximadamente un mes antes del Congreso de Basilea y en vísperas del Congreso de Eisenach,74 de que uno de los jefes del nuevo partido de la democracia socialista en el norte de Alemania —me abstengo de nombrarlo75— se había atrevido a decir, en una reunión semipública de amigos: que yo era evidentemente un agente sumamente peligroso del gobierno ruso, y que tenía todas las pruebas en su mano; que con la fundación de la Alianza de la Democracia Socialista yo había querido destruir la Asociación Internacional de los Trabajadores, y que, astuto y diplomático como lo son todos los rusos, había logrado incluso engañar y arrastrar al viejo socialista alemán J.-Philipp Becker.
Como este último partía precisamente para el Congreso de Eisenach, le encargué una carta abierta para mi calumniador,76 rogándole que se la leyera en presencia de varios amigos y, si era preciso, en presencia de todo el congreso. En esa carta daba a mi nuevo acusador77 un mes de plazo para reunir contra mí todas las pruebas posibles, advirtiéndole que, si no probaba sus acusaciones contra mí en el Congreso de Basilea, donde debíamos encontrarnos los dos, lo trataría como a un calumniador infame.
Interrumpo aquí el relato de Bakunin para dar la traducción de la carta, escrita en alemán, que entregó a J.-Ph. Becker (que era entonces su amigo y miembro de la sección de la Alianza de Ginebra):
4 de agosto de 1869. Ginebra.
Mi querido Becker: nuestro amigo Wertheim me ha dicho, y me ha repetido anoche en tu presencia, que el señor Liebknecht, socialista alemán y hombre honorable, ha tenido a bien calumniarme de la manera más innoble. Ha afirmado públicamente, en presencia de Wertheim:
1.º Que soy un agente ruso, de lo cual tiene pruebas irrefutables;
2.º Que el gobierno ruso favoreció mi evasión de Siberia;
3.º Que con la fundación de la Alianza he intentado perjudicar a la Asociación Internacional de los Trabajadores;
4.º Que el viejo Becker se ha dejado engañar por el astuto ruso.
Dejo de lado otros detalles, cada uno de los cuales, a decir verdad, habría merecido una bofetada.
Por otra parte, el mismo amigo Wertheim me ha enseñado una carta que te dirigió el señor Bebel,78 en la que el señor Bebel expresa en términos claros la opinión de que soy probablemente un agente del gobierno ruso y de que probablemente me entiendo con el señor von Schweitzer como agente de Bismarck.79
Tendría todo el derecho a pedir igualmente explicaciones al señor Bebel, pues ningún hombre honrado debe permitirse ir propalando por el mundo a la ligera, por un simple rumor, calumnias contra otro hombre que le es completamente desconocido; pero, como tengo razones para creer que el inspirador [der geistige Urheber] de todas estas calumnias es el señor Liebknecht, que tampoco me conoce en absoluto, por hoy quiero atenerme a este.
Como amigo y correligionario [Parteigenosse], te ruego, querido Becker, y como hermano de nuestra Alianza, en cuya fundación tomaste una parte tan activa, te requiero, que declares al señor Liebknecht, en mi nombre, que debo suponerle lo bastante serio para saber que, cuando uno se complace en calumniar a alguien, debe tener el valor de responder de lo que ha dicho, y que ante todo tiene la obligación de aportar en apoyo de sus palabras pruebas concluyentes.
Le doy un mes para reunir contra mí todas las pruebas posibles. En el Congreso de Basilea será preciso o bien que pruebe públicamente mi ignominia, o bien que yo lo declare, en presencia de todos, un infame canalla [eine infâme Canaille], en buen alemán un vil bribón [auf deutsch einen niederträchtigen Schurken].
Tu amigo,
M. Bakunin.
Insisto, querido amigo, en que esta carta se comunique no solo a los señores Liebknecht y Bebel, sino también a todos los miembros del congreso, y, si es posible, que se lea en una sesión del congreso de Eisenach.
Reanudo la cita del relato de Bakunin:
Llegado a Basilea para el congreso, encontré allí, en efecto, a mi acusador. Lo que debía hacer me lo indicaba el objetivo mismo que quería alcanzar: el de una explicación decisiva y completa ante el público obrero. Debía, pues, abstenerme, al menos al principio, de toda provocación personal. Por lo demás, me repugnaba introducir en el mundo de la democracia obrera costumbres burguesas. En la Internacional no hay más que un medio de justicia y de reparación para el honor ofendido: el juicio popular.
Me repugnaba igualmente ocupar a todo el congreso con mi cuestión personal. Por otra parte, la Internacional, por joven que sea, tiene ya para casos semejantes una práctica bien establecida, la de los jurados de honor.80
Por mi parte, elegí en el seno del congreso cinco jurados: Fritz Robert, delegado de la Suiza romanda; Gaspar Sentiñon, español, delegado de la Alianza de la Democracia Socialista y de las secciones obreras de Barcelona; Palix, delegado de Lyon; César De Paepe, delegado de Bruselas, y Neumayer, austriaco, delegado de la sección de Wiener Neustadt. De todos estos delegados solo había conocido antes a uno, Fritz Robert, por haberlo encontrado algunas veces en las montañas del Jura, y a los demás no los había conocido hasta la víspera del congreso, en Ginebra o en Basilea.
Por su parte, mi adversario había elegido a cinco delegados alemanes, entre ellos el ciudadano Eccarius, secretario del Consejo General de Londres, y los ciudadanos Rittinghausen y Spier. No recuerdo con certeza si el señor Moritz Hess estaba entre ellos, pero me parece que sí.81 En cuanto al nombre del quinto, lo he olvidado por completo.82 Además, el viejo J.-Philipp Becker, el socialista unánimemente respetado por todo el mundo, asistía al jurado como testigo.
Les ahorraré los detalles y me contentaré con darles un breve resumen de lo que ocurrió en el seno de este tribunal popular.
Acusé a mi adversario de haberme calumniado y lo conminé a presentar las pruebas de su acusación contra mí. Me respondió que se habían interpretado falsamente sus palabras; que nunca me había acusado propiamente ni había dicho nunca que tuviera prueba alguna contra mí; que no tenía ninguna, salvo quizá una sola: mi silencio después de los artículos difamatorios que Borkheim83 había publicado contra mí en el órgano principal de la democracia prusiana, la Zukunft,84 y que, al hablar de mí ante sus amigos, no había hecho más que expresar la sorpresa que le había causado ese silencio; que, por lo demás, sí me había acusado realmente de haber perjudicado el establecimiento de la Internacional con la fundación de la Alianza de la Democracia Socialista.
Esta cuestión de la Alianza se dejó a un lado a petición de Eccarius, miembro del Consejo General, quien observó que, como la Alianza había sido reconocida como una rama de la Internacional, como su programa y su reglamento habían recibido la sanción unánime del Consejo General de Londres y como su delegado había sido admitido en el congreso, ya no había por qué discutir su legitimidad.
En cuanto a la cuestión principal, el jurado declaró por unanimidad que mi adversario había actuado con una ligereza culpable al acusar a un miembro de la Internacional fiándose de unos cuantos artículos difamatorios publicados por un periódico burgués.
Esta declaración se me entregó por escrito. Debo decir, por lo demás, que mi adversario reconoció noblemente ante todos que lo habían inducido a error sobre mí. Era nuestro primer encuentro: me tendió la mano, y yo quemé ante todos la declaración escrita y firmada del jurado.
A petición de mi antiguo adversario, le di mis discursos de Berna,85 así como una serie de artículos que había publicado en 1867 en un periódico italiano, Libertà e Giustizia,86 contra el paneslavismo. Dos días después, en la sala del congreso, se acercó a mí y me dijo: «Veo que me había hecho una idea completamente falsa de usted. Usted es un proudhoniano, porque quiere la abolición del Estado. Lo combatiré en mi periódico, porque mi opinión es del todo contraria a la suya. Pero le ruego que me deje sus escritos: los publicaré; le debo esa satisfacción».
Confiado en esta promesa, todavía espero.87
Bakunin esperó en vano. Liebknecht no dio a conocer en su periódico la deliberación del jurado de honor, ni publicó una sola línea de los discursos y artículos que Bakunin le había entregado. En cambio, insertó correspondencias enviadas desde París por Moritz Hess, en las que se reeditaban las mismas acusaciones que el jurado de honor de Basilea había declarado infames y calumniosas.88
He aquí, a propósito de los procedimientos de la camarilla marxista, un hecho que me contó en 1904 R. S., y cuyo relato escribí al dictado suyo: en el verano de 1869 se encontraba en Nueva York con su amigo S. S.; leyeron en un periódico socialista alemán de esa ciudad, que cree que era la Arbeiter-Union, un artículo que decía, en resumen: «Nos escriben de Londres que Bakunin es un espía ruso». Enseguida escribieron al redactor del periódico —redactor cuyo nombre R. S. ha olvidado— una carta que le llevaron en persona para protestar contra aquella calumnia; el redactor les respondió de palabra que no era una calumnia, y añadió: «He recibido esta información de mi amigo Karl Marx, que me la ha escrito desde Londres». S. S. y R. S. conocían a Sorge;89 se dirigieron a él y le dieron todas las explicaciones necesarias para probarle que Bakunin no era un espía; Sorge dijo que se encargaba de hacer comprender al redactor que lo habían inducido a error y de hacer insertar una rectificación en el próximo número del periódico. Pese a esta promesa, no se publicó rectificación alguna.
Censura infligida a Coullery por el congreso
He contado cómo, para vengarse, Coullery,90 dos días después del mitin del Crêt-du-Locle, me había hecho requerir por medio de un alguacil, reclamándome el pago inmediato de una suma de 633 francos con 55 céntimos.
Cuando Coullery se había encargado de la impresión de las actas y de los informes del Congreso de Lausana (véase p. 29), había prometido que esa impresión estaría hecha en seis semanas. Pero diversas razones, la principal de las cuales fue la extrema lentitud con que la imprenta de la Voix de l'Avenir91 ejecutó su tarea, retrasaron considerablemente la aparición del volumen. Ese retraso hizo fracasar la venta; y, cuando Coullery se dirigió después al Consejo General de Londres para cobrar, este le respondió que aquello no era asunto suyo. La cosa quedó así hasta enero de 1869, cuando el Congreso Romando92 declaró, como se ha visto (p. 107), que la Federación Romanda se encargaba de liquidar esa deuda y que pagaría a Coullery a medida que se vendieran los volúmenes.
Nada se había cambiado en estos acuerdos cuando de pronto Coullery, el 1 de junio de 1869, tuvo a bien demandarme como si yo hubiera sido personalmente responsable ante él de la deuda de la Federación Romanda. El Comité Federal Romando, advertido del proceder de este singular socialista, le escribió (carta del 4 de julio de 1869) para recordarle los arreglos convenidos. Pero, cegado por el odio, Coullery no quiso atender a razones: me citó, el 26 de agosto de 1869, ante el tribunal civil del Locle. El proceso acababa de entablarse cuando se abrió el Congreso de Basilea.
En una de las sesiones administrativas del congreso, los delegados de las secciones de la Federación Romanda denunciaron ante sus colegas la conducta de Coullery, pidiéndoles que la censuraran; y el congreso votó por unanimidad la resolución que se le proponía, que declaraba el acto de Coullery indigno de un miembro de la Internacional.
El Comité Federal Romando siguió ocupándose, como lo hacía desde enero de 1869, de la liquidación de la deuda, liquidación que aún no había terminado cuando se abrió el Congreso Romando de La Chaux-de-Fonds, el 4 de abril de 1870.93
Le Progrès, periódico del Locle (1868-1870) dirigido por Guillaume. ↩
(Nota de Guillaume.) Esta crónica la reprodujeron varios órganos de la Internacional, entre otros la Égalité de Ginebra y el Mirabeau de Verviers. ↩
Moritz Rittinghausen (1814-1890), publicista renano, defensor de la legislación directa por el pueblo. ↩
Amand Goegg (1820-1897), demócrata de Baden, ministro de Hacienda del gobierno revolucionario de 1849 y miembro de la Liga de la Paz y de la Libertad. Guillaume escribe «Gœgg». ↩
Wilhelm Liebknecht (1826-1900), dirigente socialista alemán, amigo de Marx; en agosto de 1869 fundó con Bebel, en Eisenach, el Partido Obrero Socialdemócrata. ↩
Karl Bürkli (1823-1901), socialista de Zúrich, discípulo de Fourier, promotor de la democracia directa y de las cooperativas. Guillaume escribe «Charles Bürkly». ↩
La nueva constitución del cantón de Zúrich, aprobada en abril de 1869, introdujo el referéndum obligatorio y la iniciativa popular. ↩
Johann Baptist von Schweitzer (1833-1875), presidente de la Asociación General de Obreros Alemanes, el partido lassalleano, de 1867 a 1871. ↩
Victor Considerant (1808-1893), principal discípulo de Fourier, diputado en 1848-1849. ↩
Le Réveil, periódico republicano radical de París fundado en 1868 por Charles Delescluze. ↩
(Nota de Guillaume.) Era Ch. Quentin quien había sido enviado a Basilea como corresponsal del Réveil. ↩
Eugène Hins (1839-1923), profesor belga, uno de los dirigentes de la Internacional en Bélgica. ↩
(Nota de Guillaume.) Es un error: en la comisión hubo diez votos a favor y cuatro votos en contra. ↩
(Nota de Guillaume.) El texto de estas dos resoluciones solo se da aquí en términos aproximados. El texto auténtico se encontrará en la p. 196. ↩
Henri Tolain (1828-1897), cincelador parisino, proudhoniano, uno de los fundadores de la Internacional en Francia. ↩
Jérôme-Amédée Langlois (1819-1902), periodista proudhoniano. ↩
Mijaíl Bakunin (1814-1876), revolucionario ruso, fundador de la Alianza de la Democracia Socialista (1868) y adversario de Marx en la Internacional. ↩
Eugène Varlin (1839-1871), encuadernador, dirigente de la Internacional en París; miembro de la Comuna, fusilado en mayo de 1871. ↩
(Nota de Guillaume.) En el original, el final de esta frase está redactado así: «y que los delegados de las otras ciudades francesas, entre otras Ruan, Lyon y Marsella, votaron también todos sí». He corregido la frase porque la lectura del acta (impresa en Bruselas en 1869) me hizo comprobar después que los dos delegados de Ruan y el delegado de Elbeuf se habían abstenido. ↩
(Nota de Guillaume.) En el original dice: «entre los cuatro que votaron en contra». He corregido la frase suprimiendo la palabra cuatro, que, al aplicarse a la primera votación, hacía inexacta la afirmación en lo que respecta a Murat. En efecto, el acta indica que en la primera votación, en la que hubo cuatro no, Tolain votó no, pero Murat se abstuvo. Es en la segunda votación, en la que hubo ocho no, donde Tolain y Murat votaron los dos no. ↩
(Nota de Guillaume.) Tolain, como no había podido obtener mandato de ningún grupo parisino, había solicitado y obtenido uno de la Asociación de los Panaderos de Marsella, adherida a la sección internacional de esa ciudad; y, para hacer frente a los gastos de viaje, se había hecho, para la ocasión, corresponsal del Figaro, al que envió cartas en las que se maltrataba mucho a los delegados de opinión colectivista. Un corresponsal lionés de la Égalité de Ginebra escribió a este respecto: «Los marselleses tienen su gracia. Uno de nuestros amigos les preguntó cómo una fracción (la Asociación de los Panaderos) de la sección colectivista de Marsella había podido dar un mandato al mutualista Tolain, que ha hablado de varios de nosotros, en el Figaro, en términos dignos de un burgués de la peor especie. “¡Hombre!”, respondió el marsellés, “era para prepararle el fracaso estrepitoso que ha sufrido.” Es una respuesta de gascón, pero los marselleses son poco más o menos de la misma raza. Por lo demás, la respuesta es buena, porque los marselleses se han curado para siempre de la manía de dar mandatos a corresponsales del Figaro.» (N.º 39, 16 de octubre de 1869.) ↩
(Nota de Guillaume.) He dejado aquí la redacción del original, aunque contiene un error (Bakunin no era delegado de Ginebra); me ha parecido preferible poner de nuevo la frase tal cual ante los ojos de los lectores y explicar en nota el origen del error. Lo había tomado de la Égalité del 11 de septiembre; allí había leído este suelto (redactado por Perron):
«El Journal de Genève del jueves, en una nota sobre el Congreso de Basilea, dice que Bakunin, “como no pudo hacerse elegir en Ginebra, encontró el medio de obtener un mandato de obreros italianos”. Es la primera inexactitud, diremos, para no ser más precisos, que publica el Journal sobre el Congreso de Basilea. Bakunin fue delegado por la sección ginebrina de la Internacional la Alianza de la Democracia Socialista; en la elección de una delegación común a las secciones que forman parte de la Federación ginebrina, Bakunin venía por el número de votos inmediatamente después de los tres internacionales elegidos, y es seguro que habría salido entre los primeros si no se hubiera sabido que su presencia en Basilea estaba asegurada como delegado de la Alianza, como delegado de una sociedad obrera de Italia y, por último, como delegado de las obreras ovalistas de Lyon.»
El autor del suelto no había asistido, evidentemente, a la sesión de la sección de la Alianza del 29 de agosto, en la que Sentiñon había sido elegido delegado, y se había figurado, como cosa muy natural, que la delegación de la Alianza había tenido que confiarse a Bakunin.
El error se corrigió en el número del 25 de septiembre, pero de manera indirecta y sin disipar la duda sobre si Bakunin había sido delegado por la sección de la Alianza (Robin, que acababa de encargarse de la redacción del periódico, estimó sin duda que este punto carecía de interés): la Égalité, al reproducir íntegro mi artículo del Progrès sobre el Congreso de Basilea, dejó la frase «Ginebra había enviado cinco delegados, etc.»; solo que la redacción sustituyó el nombre de Bakunin por el de Becker. Era sustituir un error por otro: J.-Ph. Becker vivía en Ginebra, sin duda; pero había sido delegado por el «Comité Central del grupo de las secciones de lengua alemana», y en el acta oficial del congreso figura entre los delegados de Alemania. ↩
Henri Perret, grabador de Ginebra, secretario del Comité Federal Romando de la Internacional. ↩
En Ginebra se llamaba «la Fábrica» al conjunto de los oficios de la relojería y la joyería, cuyos obreros formaban la parte más moderada de la Internacional ginebrina. ↩
(Nota de Guillaume.) Misma observación que para el pasaje comentado en la nota anterior. Yo había cometido un error: Henri Perret no había recibido el mandato de votar no, sino el de abstenerse. Este error lo rectificó la Égalité del 25 de septiembre, y la rectificación la reprodujo el Progrès en su número siguiente, del 2 de octubre. ↩
(Nota de Guillaume.) Los cuatro no eran los votos de Tolain, Pindy, Chemalé y Fruneau. Pindy representaba a la Cámara Sindical de los Carpinteros de París; Chemalé, a los afiliados parisinos de la Internacional, y Fruneau, a la asociación La Libertad de los carpinteros de armar de París; pero Tolain no era delegado de París: había venido al congreso, como se ha dicho más arriba, con un mandato de la Asociación de los Panaderos de Marsella, asociación de opinión colectivista. De los otros once delegados de París (había catorce en total), cinco habían votado sí: Varlin, Flahaut, Franquin, Dereure, Tartaret, y seis se habían abstenido: Landrin, Durand, Roussel, Murat, Mollin y Langlois. ↩
La doctrina de Proudhon y de sus discípulos: intercambio de servicios equivalentes, crédito mutuo y gratuito y contratos libres entre productores. ↩
Johann Georg Eccarius (1818-1889), sastre alemán emigrado en Londres, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, secretario general del Consejo General de 1867 a 1871. ↩
(Nota de Guillaume.) Las palabras «en nombre del Consejo General» no están en el original: las añado yo. ↩
(Nota de Guillaume.) Añado también las palabras «casi todos», que no están en el original. ↩
(Nota de Guillaume.) El original dice «Las resoluciones de Eccarius»; he corregido, puesto que las resoluciones se presentaban en nombre del Consejo General: las había redactado Marx. ↩
(Nota de Guillaume.) El original dice «individualistas». Sustituyo este término inexacto por el de «mutualistas», puesto que un poco más arriba, en el texto del artículo, se dice que Tolain había rechazado, en nombre de sus amigos, el calificativo de «individualistas» que se les quería aplicar. ↩
Hermann Greulich (1842-1925), encuadernador nacido en Breslau y establecido en Zúrich, fundador en 1869 de la Tagwacht; más tarde, dirigente socialdemócrata suizo. ↩
Adhémar Schwitzguébel (1844-1895), grabador del Jura bernés, militante de la Federación del Jura. ↩
Paul Robin (1837-1912), pedagogo francés, entonces residente en Bélgica, amigo de Bakunin. ↩
Friedrich Lessner (1825-1910), sastre alemán, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, miembro del Consejo General de 1864 a 1872. ↩
Moses (Moritz) Hess (1812-1875), escritor socialista alemán, colaborador de Marx y Engels en los años cuarenta. ↩
Johann Philipp Becker (1809-1886), veterano de la revolución de 1848-1849, organizador de las secciones de lengua alemana de la Internacional desde Ginebra. ↩
Benjamin Lucraft (1809-1897), ebanista londinense, miembro del Consejo General de 1864 a 1871. ↩
César De Paepe (1841-1890), tipógrafo y médico belga, principal teórico de la Internacional en Bélgica. ↩
Gaspar Sentiñon, médico de Barcelona, amigo de Bakunin y miembro de la Alianza. ↩
William Frederick Cowell Stepney (1820-1872), inglés acaudalado, miembro del Consejo General. ↩
(Nota de Guillaume.) Recuerdo que pregunté a Bakunin cómo había podido él, el enemigo del Estado, reclamar «la construcción, sobre las ruinas de todos los Estados nacionales, del Estado internacional de millones de trabajadores». Me respondió que la expresión Estado internacional, que expresaba una idea contradictoria en sí misma e imposible de realizar, equivalía a la negación del Estado; aparentando hacer a los partidarios del Estado una concesión de lenguaje, creía minar así por la base su concepción teórica; su fórmula equivalía a una demostración por el absurdo. Del mismo modo, al emplear en el Congreso de Berna, en 1868, la expresión igualación de las clases —«contrasentido lógico imposible de realizar», como observó con mucha razón el Consejo General—, desembocaba en la negación misma de la idea de clase. Procedimientos extravagantes, hábitos mentales que le reprochábamos riendo y de los que nunca pudo deshacerse del todo, como antiguo hegeliano que era. ↩
L'Égalité, semanario de Ginebra (1868-1872), órgano de la Federación Romanda de la Internacional. ↩
(Nota de Guillaume.) Bakunin, como se ha visto, tenía dos mandatos, uno de las ovalistas de Lyon y otro de los mecánicos de Nápoles. Es natural colocarlo en el apartado Francia más que en el apartado Italia, puesto que se expresaba en francés. ↩
(Nota de Guillaume.) En mi folleto Le collectivisme de l'Internationale (Société d'édition et de propagande socialiste, La Chaux-de-Fonds, 1904) escribí, p. 8: «Los cuatro votos negativos eran los de tres proudhonianos de París, Tolain, Chemalé y Murat, y de un comerciante de Basilea, Bohny». Había copiado este error del n.º 29 del Progrès, p. 4, donde se había introducido a causa de una información inexacta que me dio Fritz Robert, uno de los secretarios del congreso. Hay que rectificar, pues, ese pasaje del folleto, sustituyendo en él los nombres de Murat y de Bohny por los de Pindy y Fruneau. ↩
Es el último párrafo de las Resoluciones sobre la propiedad de la tierra. ↩
Albert Richard (1846-1925), dirigente de la Internacional en Lyon, entonces partidario de Bakunin; en 1872 se pasó al bonapartismo. ↩
Désiré Brismée (1822-1888), impresor de Bruselas, uno de los fundadores de la Internacional en Bélgica. ↩
Rafael Farga Pellicer (1844-1890), tipógrafo de Barcelona, uno de los fundadores de la Federación Regional Española. Guillaume escribe «Rafaël Farga-Pellicer». ↩
Hermann Jung (1830-1901), relojero suizo emigrado en Londres, miembro del Consejo General desde 1864. ↩
Mémoire présenté par la Fédération jurassienne de l'Association internationale des travailleurs à toutes les fédérations de l'Internationale (Sonvilier, 1873), redactada por Guillaume. ↩
(Nota de Guillaume.) Este considerando pueril, que invocaba contra la tesis de De Paepe un argumento de derecho social abstracto, era obra de Albert Richard. ↩
Guillaume cita, con cortes, la versión francesa del informe, redactado por Marx; el texto completo, en Informe del Consejo General sobre el derecho de herencia. ↩
(Nota de Guillaume.) Franz Mehring, hablando del Congreso de Basilea y del debate sobre el derecho de herencia, escribió: «Eccarius, en nombre del Consejo General, defendió el punto de vista lógico, mostrando que el derecho de herencia nace con la propiedad individual y desaparece con ella; mientras que Bakunin, confundiendo la superestructura ideológica con la base económica, quería abolir la herencia por motivos de justicia, como fuente de desigualdad» (Geschichte der deutschen Sozialdemokratie, 2.ª ed., t. III, p. 370). Se ve, por las palabras mismas de Bakunin, cuán inexacta es la apreciación de Mehring. Bakunin admite expresamente, con el Consejo General, que «el hecho jurídico nunca es más que la consecuencia de un hecho económico»; sabía tan bien como Marx a qué atenerse en este punto; pero no se limitó a constatar esa verdad que andaba por las calles, sino que dijo además otra cosa, digna de meditarse: que «ese derecho, después de haber sido un efecto, se convierte a su vez en causa de hechos ulteriores, se convierte él mismo en un hecho muy poderoso», y que, por consiguiente, «hay que derribar ese hecho y destruir esa causa si se quiere llegar a un orden de cosas distinto». ↩
(Nota de Guillaume.) He tomado de la Égalité del 13 de septiembre de 1869 estos pasajes del discurso de Bakunin. La Égalité dice que reproduce el texto completo del discurso de Bakunin, «que le ha sido comunicado». ↩
La transcripción dice «23»; corregimos según la suma de los nombres y la cifra de la crónica del Progrès. ↩
(Nota de Guillaume.) Se observará que cinco delegados que votaron sí a la propuesta del Consejo General habían votado también sí a la de la comisión; estos delegados, que evidentemente no veían ninguna diferencia esencial entre las dos propuestas, son Rittinghausen, Krüger, Lessner, Neumayer y Bastin. En cambio, el delegado Goegg, que había votado sí a la propuesta del Consejo General, declaró después en la Égalité, como se ha visto, «que no había votado por la abolición del derecho de herencia»: había interpretado, pues, esa propuesta del Consejo General como si implicara el mantenimiento del derecho de herencia, en oposición a la de la comisión, que lo abolía. ↩
La transcripción dice «87»; corregimos según la suma de los nombres y la cifra que da Guillaume más abajo y en la crónica del Progrès. ↩
(Nota de Guillaume.) Sentiñon y Collin se abstuvieron por un motivo análogo al que había llevado a otros cinco delegados a votar sí aunque ya hubieran votado sí a la otra propuesta. Sentiñon y Collin, partidarios de la abolición del derecho de herencia, habían votado la propuesta de la comisión; como la propuesta del Consejo General, aunque formulaba conclusiones prácticas a las que negaban su adhesión, les parecía implicar la abolición del derecho de herencia (y no el mantenimiento de ese derecho, como creía el incoherente Goegg), no quisieron votar no a esa propuesta, porque un voto negativo habría equivalido, a sus ojos, a un voto a favor del mantenimiento del derecho de herencia; en consecuencia, no podían sino abstenerse. ↩
(Nota de Guillaume.) En una carta del 12 de junio de 1872, publicada en el Bulletin de la Fédération jurassienne del 15 de junio de 1872, Bakunin contó a este respecto que en Basilea, después de esta votación, Eccarius lanzó en su presencia esta exclamación: «Marx wird sehr unzufrieden sein! (¡Marx estará muy descontento!)». ↩
Louis Pindy (1840-1917), carpintero parisino, más tarde miembro de la Comuna y, en el exilio, de la Federación del Jura. ↩
(Nota de Guillaume.) Esta frase, mal redactada, no está clara. Podría creerse, a primera vista, que enumera los dos modos de agrupación mencionados en la frase inicial, y que esos dos modos serían: 1.º la agrupación local; 2.º la agrupación de las localidades por cuencas y comarcas; mientras que, al contrario, el redactor solo ha querido definir aquí el primer modo de agrupación, que, tomando por base la comuna obrera, el grupo local, federa paso a paso las localidades entre sí, por cuencas, por comarcas, hasta abarcar un país entero. ↩
(Nota de Guillaume.) Añado las tres palabras entre corchetes para la claridad del sentido. ↩
La transcripción dice bouilleurs (destiladores); por el contexto (Saint-Étienne, centro de una cuenca hullera) leemos houilleurs, mineros del carbón. ↩
(Nota de Guillaume.) A este discurso de Hins pertenecen las palabras que yo había reproducido en el Progrès, y que son textuales: «Cuando llegue el momento, la Internacional mostrará que piensa ocuparse muy en serio de política, aplastando, sin distinción de forma ni de color, a todos los gobiernos burgueses». ↩
Der Vorbote, mensual de Ginebra (1866-1871) dirigido por Johann Philipp Becker, órgano de las secciones de lengua alemana de la Internacional. ↩
La Alianza de la Democracia Socialista, fundada por Bakunin en Ginebra en 1868; su sección ginebrina fue admitida en la Internacional en 1869 y se disolvió en 1871. ↩
(Nota de Guillaume.) Nettlau, página + 426, nota 3979. ↩
(Nota de Guillaume.) Es decir, el 5 de septiembre de 1870. Nuestros amigos de París habían sido buenos profetas, puesto que la República se proclamó el domingo 4. Pero no habían previsto la invasión alemana. ↩
(Nota de Guillaume.) Sabido es que el Congreso de Eisenach (7-9 de agosto de 1869), en el que se intentó un acercamiento entre los socialistas lassalleanos y los partidarios de Liebknecht y de Bebel —acercamiento que fracasó—, tuvo por resultado la constitución de un Partido Obrero Socialdemócrata (Sozialdemokratische Arbeiterpartei), que se erigió en rival de la asociación lassalleana presidida por Schweitzer (el Allgemeiner deutscher Arbeiterverein) y que tomó por órgano el periódico de Liebknecht, el Demokratisches Wochenblatt, que a partir del 1 de octubre siguiente adoptó el título de Volksstaat. ↩
(Nota de Guillaume.) Es Liebknecht. ↩
(Nota de Guillaume.) La carta iba dirigida, como se va a ver, no al calumniador mismo, sino a Becker, que debía dar a conocer su contenido a Liebknecht. ↩
(Nota de Guillaume.) Bakunin lo llama «nuevo» porque, en un pasaje anterior que no he reproducido, habló de otras calumnias publicadas contra él por un amigo de Marx, Borkheim, en la Zukunft de Berlín. Borkheim había sido, en septiembre de 1868, en el Congreso de la Paz de Berna, uno de los adversarios más encarnizados de la minoría socialista de la que Bakunin se había hecho portavoz. ↩
August Bebel (1840-1913), tornero, cofundador con Liebknecht del Partido Obrero Socialdemócrata. ↩
(Nota de Guillaume.) He aquí el texto alemán de este pasaje: «… hat mir einen an dich gerichteten Brief von Herrn Bebel gezeigt, in welchem Herr Bebel die Vermuthung klar ausspricht, dass ich, wahrscheinlicher Agent der russischen Regierung, wahrscheinlicher Weise mit Herrn von Schweitzer, als Agenten Bismarcks, unter einer Decke stecke». ↩
(Nota de Guillaume.) Un jurado de honor había tenido que pronunciarse, en junio de 1869, sobre unas acusaciones dirigidas contra Albert Richard, de Lyon, por los ciudadanos Aristide Cormier y Carnal, y su sentencia se había publicado en la Égalité del 19 de junio de 1869. ↩
(Nota de Guillaume.) La Mémoire de la Fédération jurassienne indica (página 84) que Moritz Hess formó efectivamente parte de ese jurado de honor. ↩
(Nota de Guillaume.) La Mémoire tampoco da el nombre de ese quinto miembro... ↩
Sigismund Borkheim (1825-1885), demócrata alemán emigrado en Londres, amigo de Marx, autor de escritos violentamente antirrusos. ↩
Die Zukunft, diario democrático de Berlín fundado en 1867 por Johann Jacoby. ↩
Los discursos que pronunció en el congreso de la Liga de la Paz y de la Libertad celebrado en Berna en septiembre de 1868. ↩
Periódico de Nápoles en el que colaboró Bakunin en 1867. ↩
(Nota de Guillaume.) El documento del que se han extraído estas páginas, escrito en octubre de 1869, lo publicó por primera vez Max Nettlau en su biografía de Bakunin, páginas 360 y siguientes. ↩
(Nota de Guillaume.) Mémoire de la Fédération jurassienne, p. 85. ↩
(Nota de Guillaume.) El mismo que hizo más tarde un papel tan grotesco en el Congreso de La Haya. ↩
Pierre Coullery (1819-1903), médico de La Chaux-de-Fonds, fundador de la Internacional en el Jura, de tendencia democrática radical. ↩
La Voix de l'Avenir, periódico de Coullery en La Chaux-de-Fonds, órgano de la Internacional en la Suiza romanda hasta 1868. ↩
El congreso constituyente de la Federación Romanda, reunido en Ginebra en enero de 1869. ↩
(Nota de Guillaume.) Informe del Comité Federal Romando al congreso (véase Égalité del 7 de mayo de 1870, página 4, 1.ª columna). ↩