Congreso celebrado en Basilea del 6 al 11 de septiembre de 1869. Traducimos el acta oficial, que por decisión del congreso publicaron las secciones belgas: Compte-rendu du IV Congrès international, tenu à Bâle, en septembre 1869 (Bruselas, Imprenta de Désiré Brismée, 1869), según el ejemplar de la biblioteca de la Universidad de Gante digitalizado por Google Books; corregimos sobre las imágenes los errores evidentes del reconocimiento de texto. Los documentos aprobados no se repiten aquí: están en la página del congreso, 1869 Congreso de Basilea (I Internacional), y una línea en cursiva remite a ellos; los dos informes del Consejo General, redactados por Marx, están publicados aparte. La crónica de James Guillaume está en Congreso de Basilea de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Actas (1869). Los títulos de las sesiones son los del acta. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en francés.

Introducción

La Asociación Internacional de los Trabajadores, conforme a la decisión tomada el año pasado en el Congreso de Bruselas, ha celebrado este año en Basilea su cuarto Congreso internacional. Este cuarto congreso, como los anteriores, ha durado ocho días, del domingo 5 de septiembre al domingo 12.

La jornada del domingo 5 de septiembre se dedicó casi exclusivamente a la inauguración del congreso y al recibimiento de los delegados por los miembros de las secciones de Basilea. Sin embargo, ese mismo día, los delegados, que habían llegado ya en grandísimo número, celebraron una reunión en la que nombraron una comisión provisional encargada de verificar los mandatos de delegación. Esta comisión se hizo definitiva al día siguiente y se le agregaron varios miembros nuevos.

Así pues, el domingo 5 de septiembre, a las dos de la tarde, la mayoría de los delegados estaban reunidos en el local del CAFÉ NATIONAL con los miembros de las secciones de Basilea-Ciudad y de Basilea-Campiña. Desde allí, según la costumbre helvética, se pusieron en marcha a través de la ciudad, con la música en cabeza y las banderas desplegadas. El cortejo, compuesto de unas 2.000 personas, se detuvo ante la puerta de una cervecería, y cada cual tomó asiento alrededor de las mesas, en un amplio jardín, mientras la sociedad coral del Grütli1 se unía a la música para celebrar la llegada de los trabajadores delegados de todos los países.

Cuando todo el mundo estuvo sentado y terminaron los cantos, el ciudadano Bruhin,2 presidente de las secciones reunidas de Basilea-Ciudad y de Basilea-Campiña, tomó la palabra en alemán y dio la bienvenida a los delegados. He aquí la traducción del discurso del ciudadano Bruhin:

Hermanos trabajadores:

Ante todo, permitidme dar cordialmente la bienvenida a todos vosotros, representantes de la clase obrera. Nos habría gustado recibiros en una iglesia, pero parece que las iglesias de esta ciudad están cerradas a los mensajeros que vienen a proclamar la verdad realmente evangélica de la emancipación del obrero. Consolémonos, ciudadanos, pensando que es santo todo lugar donde se reúnen hijos del hombre para discutir los intereses de la humanidad.

Este lugar es tres veces santo cuando encierra a representantes de esta gran asociación obrera que admite en sus filas a todos los hombres sin excepción alguna. ¡Ah!, es verdad que hoy la Asociación no abarca más que a la élite de los obreros, a los obreros más inteligentes, más enérgicos de Francia, de Inglaterra, de Alemania, de Suiza y de América. No formamos más que la vanguardia del gran ejército de los trabajadores. Muchos se espantan todavía con la sola palabra Internacional; muchos tienen miedo. Pero esos locos terrores no tardarán en disiparse, y la Asociación comprenderá a los obreros del mundo entero.

Digámoslo: ¿qué es la historia de los trabajadores sino la historia de nuestra Asociación? Y esa historia, en el pasado, es la esclavitud; en el presente, es la lucha; en el porvenir, será la victoria. Dondequiera que se han cometido faltas contra los obreros, se han cometido contra nuestra Asociación. Ya sea en el Borinage o en la cuenca del Loira,3 los golpes asestados a los obreros nos han alcanzado. La respuesta dada a los obreros de Viena: «Reuníos alrededor del cadalso», la consideramos dirigida a nosotros, y la espantosa desgracia de Plauen4 ha sumido nuestras almas en un profundo duelo.

Pero también podemos decir que el movimiento que agita a los obreros es nuestro movimiento, y que dondequiera que se reúnen los oprimidos nuestro espíritu planea en medio de ellos, como se ha podido reconocer no hace mucho, cuando el gran partido socialista alemán celebró su asamblea.5

Se sabe quiénes somos, y no ocultamos lo que queremos. No, no aceptamos la sociedad tal como está constituida actualmente, esa sociedad que pone todos los bienes, todas las ventajas en manos de unos pocos privilegiados, con la facultad de disponer de ellos a su antojo; esa sociedad en la que el obrero, reducido a la esclavitud, se ve obligado a vender a bajo precio su trabajo y su propio ser; esa sociedad que nunca ha sabido, como lo hace un buen padre de familia, asegurar la existencia a cada uno de sus hijos; esa sociedad en la que los que trabajan día y noche tienen apenas un pedazo de pan, mientras que el explotador puede a voluntad acaparar y amontonar riquezas, y no solo no producir nada, sino además impedir a su capricho la producción.

No, no podemos reconocer una sociedad que quiere regular el trabajo midiéndolo por el flujo y el reflujo de la oferta y la demanda; una sociedad en la que hay tan pocos dichosos y tantos desheredados. Esta sociedad no ha salido de las entrañas de la humanidad. A menudo se la ha comparado con un infierno en la tierra, y la palabra era justa. Porque las tradiciones que nos han dejado nuestros padres, porque la forma que dieron a la vida humana, hacen de la sociedad un montón de demonios y de condenados. Los condenados, sintiéndose inocentes, se han quejado de no ser demonios y de no poder atormentar a su vez a los demás. Pero nosotros deseamos considerar la cuestión desde un punto de vista más elevado. Queremos la igualdad entre los hombres, queremos que entre ellos reinen la unión y la concordia, esa concordia que la obra de tantos siglos no ha podido conquistarnos hasta ahora. Hoy es triste comprobar que todas las relaciones sociales se basan en el derecho del más fuerte y que esa usurpación ha sido ratificada, santificada por las leyes. Y así, ¿qué ha sucedido? Ha sucedido que los hombres que estaban en el yunque han procurado convertirse en martillos.

Pero en medio de este triste estado de cosas, nuestro corazón se ha abierto al presentimiento de que va a formarse un mundo enteramente nuevo, de que una sociedad nueva va a salir de los escombros de la antigua, lo bastante fuerte, lo bastante gloriosa para hacer dichosa a toda criatura humana.

Ya se han dado los primeros pasos: la tiranía de los nobles y la tiranía de los sacerdotes han sido quebrantadas; los privilegios de la nobleza y los del clero han desaparecido. Ahora es preciso que el privilegio burgués desaparezca como los demás, es preciso que todos trabajen. La sociedad libre con que soñamos sabrá explotar cooperativamente todo trabajo; esa sociedad, al estar compuesta únicamente de trabajadores, sabrá bastarse y gobernarse a sí misma. No tolerará que se violente la conciencia, pero sabrá satisfacer los deseos de los corazones a los que el sentimiento religioso es necesario.

Entonces la paz será perpetua; los pueblos no formarán ya más que una gran familia esparcida por uno de los innumerables planetas que se mueven en el espacio infinito. Entonces se alcanzará esa meta que persiguen todos los espíritus generosos, esa meta a la que aspiran todos los cerebros escogidos. Los grandes inventos, que son la verdadera gloria humana, conducen a ese paraíso del desarrollo completo e integral de la humanidad…

Hermanos obreros… ¿estoy soñando? Entonces vosotros soñáis conmigo… ¿Estoy loco al hablar así? ¿Hay que encerrarme en un manicomio? No. Lo que me prueba que no sueño, que no estoy loco, es la existencia misma de la Asociación Internacional, es su intervención activa en todo lo que atañe al bienestar del obrero.

Trabajemos, pues, trabajemos sin descanso en la creación de la república popular (Volksstaat), porque ante todo es preciso que el pueblo tome en sus manos el gobierno. Solo entonces dependerá de él, de su actividad, de su inteligencia, de su virtud, crear un mundo como él lo entienda, un mundo conforme a sus intereses y libre de los prejuicios, esas montañas que cada día se van socavando y minando.

Queda por saber si podremos realizar las reformas proyectadas en un plazo breve y si nos será dado llevarlas a cabo por vías pacíficas. ¡Ay!, el espíritu del siglo no parece todavía lo bastante ilustrado para que la emancipación pueda proclamarse desde ahora. Ni todos los obreros ni los que viven fuera del mundo obrero quieren comprender la luminosa majestad de esta causa; pero la necesidad, la penuria nos estrecharán con sus brazos de hierro, y la necesidad, el hambre, crearán la nueva sociedad. Dejad que el capital se amontone todavía en unas pocas manos privilegiadas y… Las conmociones siempre han tenido su origen en el interés que la miseria tenía en ellas. Que se queden, pues, con sus prejuicios los que no ven entre los hombres otra diferencia que la de sus fortunas y no tienen en cuenta ni el talento ni el valor: la necesidad será su maestra.

No esperamos nada del gran capital; sin embargo, no hacemos la guerra a las personas, se la hacemos a los principios y a las instituciones que son el resultado de la constitución presente de la sociedad.

Ciudadanos, nada se ha llevado a cabo allí donde no había espíritu de convicción y voluntad enérgica; ese espíritu, lo sé, hace latir los corazones, y por eso el movimiento actual está llamado a triunfar. Os saludo, pues, a vosotros, que preparáis el gran día de la emancipación; sed bienvenidos, vengáis de donde vengáis; nuestra meta es común: todos queréis ganar esa tierra prometida, la única cuya posesión puede reivindicarse para el hombre.

Tras este discurso, que los aplausos de la asamblea interrumpieron a menudo, tomaron sucesivamente la palabra los ciudadanos Hins6 y Richard,7 en nombre de los delegados de lengua francesa; Eccarius8 y Applegarth,9 en nombre de los ingleses; Becker,10 en nombre de los alemanes, y varios miembros de secciones suizas. Todos insistieron en la necesidad de resolver el problema social, el problema de la abolición del proletariado y del burguesismo, de la emancipación de los trabajadores; varios de ellos entraron incluso en algunos detalles sobre la manera en que los grupos particulares que representaban consideran los diversos datos de ese problema.

Tras esta solemnidad, el cortejo volvió a formarse y se dirigió al CAFÉ NATIONAL, donde se celebraron las sesiones oficiales del congreso.

Conforme a la decisión del congreso, las secciones belgas publican hoy, en lengua francesa, el acta oficial del congreso, que ya ha aparecido en alemán y en inglés, y debe aparecer también en español y en italiano. Esta acta se compone de las actas de las sesiones, tal como fueron aprobadas por el voto de los miembros del congreso, y de los informes presentados por las distintas secciones y provistos de sus sellos.

Pero antes de pasar a la parte enteramente oficial de esta acta, digamos también que todas las noches, después de las sesiones, o durante las reuniones administrativas, varios delegados daban conferencias, ya sobre ciertos puntos de la ciencia social, ya sobre la marcha de la clase obrera en su país respectivo. Un público numeroso, compuesto sobre todo de miembros de las secciones de Basilea y de sus alrededores, se apiñaba todas las noches en una sala contigua a la del congreso para asistir a esas veladas, que animaban además la música, los coros alemanes y las canciones democráticas. Los ciudadanos Eccarius, Lessner,11 Becker, Greulich,12 Starke, Spier,13 Neumayer,14 Quinche, Bakunin,15 Hins, Dereure,16 Bastin, Brismée,17 Caporusso,18 Farga Pellicer,19 De Paepe,20 James Guillaume,21 Rittinghausen,22 etc., etc.: tales eran los oradores de esas reuniones, verdaderos mítines socialistas.

Añadamos todavía que el domingo 12 de septiembre el congreso se clausuró con un banquete en el que internacionales de todos los países (sin olvidar Rusia, aunque no estuviera representada en el congreso por delegados propios) brindaron por la emancipación de los trabajadores, por la libertad, por la revolución social, por la Asociación, etc., etc.

Lista de los delegados

América

Cameron,23 delegado de la National Labor Union de los Estados Unidos y del Congreso Obrero de Filadelfia. (En el periódico Workingman's Advocate, Chicago.)

Inglaterra

Applegarth, carpintero, delegado del Consejo General de Londres y de la Unión General de Carpinteros y Ebanistas de Gran Bretaña. (113, Stamford Street, London, S. E.)

Lucraft,24 sillero, delegado del Consejo General y de la Asociación de los Silleros de Londres. (13, St. James Street, Islington, London.)

Cowell Stepney,25 redactor del Social Economist, delegado del Consejo General. (9, Bolton Street, Piccadilly, London.)

Jung, Hermann,26 relojero, delegado del Consejo General de Londres. (4, Lower Charles Street, Northampton Square, Clerkenwell, C. E., London.)

Eccarius, Georg, sastre, delegado del Consejo General y de la Asociación de los Sastres de Londres. (10, Great Chapel Street, S. W., London.)

Lessner, Friedrich, sastre, delegado del Consejo General de Londres y de las ramas alemanas de Inglaterra. (4, Francis Street, Gower Street, W. C., London.)

Francia

Aubry, Émile,27 litógrafo, delegado de la Federación Obrera del distrito de Ruan. (Rue de l'Amitié, 12, Ruan.)

Creusot, hilador, delegado de la Asociación de los Hiladores del distrito de Ruan. (Sotteville-lès-Rouen, rue du Carrefour, 110.)

Piéton, tejedor, delegado del Círculo Obrero de Estudios Económicos de Elbeuf. (Rue du Neubourg, 71, Elbeuf.)

Varlin,28 encuadernador, delegado de la sección de los Obreros Encuadernadores de París. (Rue Dauphine, 33, París.)

Landrin, montador de bronces, delegado de los Obreros Broncistas de París. (Rue de Belleyme, 12, París.)

Dosbourg, estampador de tejidos, delegado del Crédito Mutuo de los Estampadores de Tejidos de Saint-Denis. (Rue de la Paix, 58, Saint-Denis.)

Durand, joyero, delegado de la Sociedad de Previsión y Solidaridad de la Joyería Parisina. (Rue Ramponneau, 15, Belleville, junto a París.)

Roussel, hojalatero, delegado por la sociedad de resistencia de los Hojalateros de París. (Rue du Vert-Bois, 22, París.)

Flahaut, marmolista, delegado de la Cámara Sindical de los Marmolistas de París. (Boulevard de Ménilmontant, 61.)

Murat,29 mecánico, delegado de la Cámara Sindical de los Mecánicos de París. (Rue Saint-Maur, 200, París.)

Pindy,30 carpintero, delegado de la Cámara Sindical de los Carpinteros de París. (Rue du Faubourg-du-Temple, 17.)

Mollin, dorador, delegado del Círculo Parisino de los Proletarios Positivistas.31 (Impasse Saint-Sébastien, 8, París.)

Franquin, impresor litógrafo, delegado de la sociedad de resistencia de los Impresores Litógrafos. (París, rue de la Verrerie, 42.)

J. A. Langlois,32 publicista, delegado de la Cámara Sindical de los Torneros de Metales de París. (Rue Mansart, 8, París.)

Dereure, zapatero, delegado de la Cámara Sindical y Profesional de los Zapateros de París. (Rue de Clignancourt, 17, Montmartre.)

Chemalé, maestro dibujante, delegado de los afiliados parisinos de la Internacional. (París, rue Vavin, 10.)

Fruneau, carpintero de armar, delegado de la Asociación La Libertad de los carpinteros de armar de París. (París, rue de Charenton, 154.)

Tartaret, ebanista para marmolistas, delegado de los Marmolistas de París. (Rue du Faubourg-Saint-Antoine, 232.)

Bourseau, broncista, delegado de la Asociación de los Broncistas y de los Fundidores de Lyon. (Rue des Remparts-d'Ainay, 24, Lyon.)

Outhier, carpintero, delegado de la Asociación de los Carpinteros de Lyon. (Rue Sainte-Hélène, 55, Lyon.)

Albert Richard, tejedor, delegado de las corporaciones de las ovalistas33 y de los pasamaneros de Lyon. (Quai de Serin, 20, Lyon.)

Palix,34 sastre, delegado de las corporaciones de las ovalistas y de los sastres de Lyon. (Rue du Cours-Huiton.)

Ch. Monier, sombrerero, delegado de la sección de las ovalistas de Saint-Symphorien-d'Ozon. (Rue Montesquieu, 53, Saint-Symphorien, Isère.)

Bakunin, publicista, delegado de las obreras ovalistas de Lyon. (Ginebra, 125, rue de Montbrillant.)

Fourreau, carpintero, delegado de las sociedades de los Carpinteros, de los Canteros, de los Albañiles y de los Cesteros, etc., de Marsella. (Rue Navarin, 15, Marsella.)

Tolain,35 grabador, delegado de la Asociación de los Panaderos de Marsella.

Boudet, fabricante de franela, delegado de la sección de Limoges.

Bélgica

Hins, profesor, delegado del Consejo General de las secciones belgas. (Bruselas, Au Cygne, Grand-Place.)

Robin,36 profesor, delegado de la sección de Lieja. (Actualmente en Ginebra, Montbrillant, E. 43.)

Bastin, tejedor, delegado de la Federación del Valle del Vesdre. (Nessonvaux, junto a Verviers.)

Brismée, impresor, delegado de la sección de Bruselas. (Rue des Alexiens, 13, Bruselas.)

De Paepe, corrector tipógrafo, delegado de las secciones de la cuenca de Charleroi, Federación del Este. (Rue de Terre-Neuve, 47, Bruselas.)

Alemania

Spier, maestro de escuela, delegado de la Internacional de Brunswick. (Wolfenbüttel, en Brunswick.)

Rittinghausen, publicista, delegado de las secciones de Colonia y de Solingen. (Colonia, rue Gédéon, 36.)

Liebknecht,37 redactor del Demokratisch Wochenblatt,38 delegado del Congreso de Eisenach. (Leipzig, 11, Braustrasse.)

Hess,39 publicista, delegado de la sección de Berlín. (Actualmente en París, boulevard de Courcelles, 50.)

Janash, profesor de Economía social, delegado de la sección de Magdeburgo. (Basilea, Grenzacherstrasse, im Fischergarten.)

Becker, fabricante de escobas, delegado del Comité Central del grupo de las secciones de lengua alemana. (Rue du Pré-l'Évêque, 33, Ginebra.)

Krüger,40 periodista, delegado de la sección de Dresde.

Bracke,41 delegado de la sección de Brunswick.

Scherer, estudiante, delegado de la sección de Barmen-Elberfeld.

Burger, curtidor, delegado de la sección de Lörrach,42 Gran Ducado de Baden.

Bastin, tejedor, delegado de la rama alemana de Verviers. (Ya mencionado.)

Lessner, sastre, delegado de las ramas alemanas en Inglaterra. (Ya mencionado.)

Austria

Neumayer, redactor del Neusstadter Wochenblatt, delegado de la sección de Neustadt43 y de las secciones de Bohemia. (Neustadt, 387, Hauptplatz.)

Oberwinder,44 periodista, delegado de la sección de Viena.

Suiza

Perret,45 grabador, delegado de las secciones de la fábrica de relojería, joyería y cajas de música de Ginebra.46 (Rue du Cendrier, 14, Ginebra.)

Grosselin, montador de cajas, delegado de las secciones internacionales de Ginebra. (Rue Caroline, 23, Carouge.)

Goegg,47 redactor de Das Felleisen,48 delegado de las sociedades obreras alemanas de Suiza. (Rue du Mont-Blanc, 25, Ginebra.)

Heng, grabador, delegado de las secciones internacionales de Ginebra. (Rue de l'Entrepôt, 14, Ginebra.)

Brosset, cerrajero, delegado de las secciones ginebrinas. (Rue de la Nouvelle-Tour-Maîtresse, Ginebra.)

Fritz Robert, profesor, delegado de la sección de La Chaux-de-Fonds. (En La Chaux-de-Fonds.)

Floquet, montador de cajas, delegado de la sección central del Locle. (Rue du Collège, Le Locle, cantón de Neuchâtel.)

Jaillet, curtidor, delegado de la sección de Lausana. (Rue du Pré, 44, Lausana.)

Schwitzguébel,49 grabador, delegado de las secciones del distrito de Courtelary. (En Sonvilier, Jura bernés.)

James Guillaume, profesor, delegado de la sección del Locle y de la sociedad de los grabadores. (En Neuchâtel.)

Gorgé, relojero, delegado de la sección de Moutier-Grandval. (En Moutier-Grandval.)

Martinaud, tipógrafo, delegado de la sección de Neuchâtel. (En casa del señor Guillaume, en Mail, cerca de Neuchâtel.)

Bürkli,50 presidente y delegado de la sociedad de consumo de Zúrich. (Konsumhalle, Zúrich.)

Greulich, encuadernador, delegado de la sección de Zúrich. (Neumünster, Zúrich.)

Eschbach, mecánico, delegado de los obreros metalúrgicos de Zúrich.

Frey, obrero de fábrica y miembro del Gran Consejo de la República de Basilea, delegado de Lützelflüh.

Bruhin, publicista y procurador general de la República de Basilea, delegado de las secciones reunidas de Basilea-Ciudad y Basilea-Campiña. (Rue des Jardins, 63, Basilea.)

Bohny, comerciante, delegado de la sección de Basilea-Ciudad. (Hutgasse, 8, Basilea.)

Leisinger, sastre, delegado del Arbeiterverein de Basilea. (Gasthaus zur Kanne, Basilea.)

Holeiber, cerrajero, ídem. (Ídem.)

Starke, tintorero, delegado de la sección de los zapateros de Basilea.

Collin, comerciante, delegado de la sección de Basilea-Ciudad. (Freienstrasse, Basilea.)

Quinche, cintero, delegado de la sección de los cinteros de Basilea. (Rue Saint-Alban, Basilea.)

Gut Gerold, sastre, delegado de las secciones de los sastres de Lausana y de Basilea. (En Basilea, Kronengasse, 10.)

Italia

Caporusso, sastre, delegado de la sección central de la Internacional en Nápoles. (Vico Due Porte a Toledo, 10, Napoli.)

Bakunin (ya mencionado), delegado de la sección de los mecánicos de Nápoles.

Heng (ya mencionado), delegado de la sección italiana de Ginebra.

España

Farga Pellicer, tipógrafo, delegado del Centro Federal de las Sociedades Obreras de Cataluña, adherido a la Internacional. (Calle de Carders, 22, Barcelona.)

Sentiñon,51 médico, delegado de la sección internacional de Barcelona y de la Alianza de la Democracia Socialista.52 (Calle de los Mercaders, Barcelona.)

N. B. Otros dos delegados no pudieron llegar a Basilea para tomar parte en los trabajos del congreso, a saber:

Fanelli,53 delegado de las asociaciones obreras de Florencia, ITALIA. (Este delegado, habiéndose puesto enfermo durante su viaje a Basilea, no pudo llegar hasta el congreso, adonde solo llegó su mandato de delegación.)

Balzer, delegado de la sección alemana de San Francisco, AMÉRICA. (Circunstancias imprevistas lo detuvieron en el camino, de manera que no llegó a Basilea hasta el 18 de septiembre.)

6 de septiembre. Primera sesión pública

El ciudadano Bruhin, presidente de la sección de Basilea, abre la sesión a las diez.

La comisión encargada la víspera de recibir y verificar los mandatos de los delegados, para facilitar al congreso la verificación de los poderes, presenta el resultado de sus operaciones y propone la validación de las sesenta y una delegaciones presentadas.

Hins presenta algunas observaciones a propósito de la admisión del ciudadano Mollin, delegado de un grupo de proletarios positivistas de París. Pide que el congreso determine las condiciones en que los delegados deben tomar parte en los trabajos del congreso, ya representen secciones de la Internacional, corporaciones regularmente afiliadas o sociedades obreras no corporativas, y formula así su propuesta:

1.º Solo tendrán derecho a discutir y a votar los delegados de las sociedades directamente afiliadas a la Internacional o de las sociedades obreras que han manifestado el deseo de afiliarse, pero a las que las leyes de su país se lo impiden. 2.º Los delegados de las sociedades que no reúnan estas condiciones solo tendrán derecho a la discusión y no al voto, y eso únicamente en las asambleas públicas.

Tras una discusión en la que la cuestión de personas queda completamente apartada, la asamblea manifiesta el deseo de que se tome una resolución definitiva sobre este asunto, a fin de que en el futuro no haya que volver a discutir constantemente la misma cuestión.

La propuesta de Hins se remite a la comisión de examen de los mandatos, a la que se encarga estudiar la cuestión y presentar sus conclusiones a la asamblea administrativa del día siguiente.

Se vuelve después a la validación del mandato de Mollin.

Los delegados parisinos recuerdan que Mollin es uno de los antiguos miembros de la Internacional, uno de los nueve de la última comisión que fueron condenados a tres meses de prisión;54 afirman que el grupo que ha dado el mandato es realmente un grupo de trabajadores, entre los que se encuentran varios antiguos miembros de la Internacional.

El congreso, por unanimidad, acepta a Mollin como delegado.

Se conviene igualmente que todos los delegados admitidos por este congreso tendrán los mismos derechos de discusión y de voto. Las resoluciones que se tomen solo surtirán efecto para los congresos posteriores.

Terminada la verificación de los poderes, el congreso pasa a la constitución de la mesa, que queda compuesta así:

Presidente: Jung;

Vicepresidentes: Bruhin y Brismée;

Secretarios de lengua francesa: Aubry, Robert y Varlin;

De lengua alemana: Hess, Liebknecht y Spier;

De lengua inglesa: Eccarius;

De lengua española: Farga Pellicer y Sentiñon.

En el curso de la sesión, el presidente comunica un telegrama de Barcelona (Legión Ibérica) y otro de Leipzig, con los que los trabajadores de esas dos ciudades envían a los miembros del congreso la expresión de su simpatía.

A propósito de estas diversas comunicaciones, Robin pide que se nombre una comisión de tres miembros encargada de recibir todas las comunicaciones, como telegramas, cartas, memorias y mensajes enviados al congreso, de tomar conocimiento de ellas y de comunicarlas a la apertura de las sesiones, para no interrumpir las discusiones y facilitar el trabajo.

De Paepe pide que la comisión se componga de tantos miembros como sea necesario para que estén representadas todas las lenguas que se hablan en la Internacional.

Tras la discusión, se aprueba la propuesta de De Paepe.

Son nombrados miembros de esta comisión: De Paepe, Applegarth, Becker y Sentiñon.

Se levanta la sesión a mediodía.

6 de septiembre. Segunda sesión pública

Se han discutido y aprobado las siguientes propuestas:

1.º Se pasará lista a la apertura de cada sesión y otra vez al final.

2.º Cada orador solo podrá tomar la palabra dos veces sobre una cuestión; dispondrá de diez minutos para exponer sus ideas y de cinco minutos para la réplica.

3.º Todas las resoluciones sobre las cuestiones principales incluidas en el orden del día del congreso se votarán por votación nominal;

4.º Los secretarios se encargarán de anotar los nombres de los delegados que voten sobre tal o cual cuestión;

5.º Habrá dos sesiones al día: la primera, de nueve de la mañana a mediodía; la segunda, de dos a seis de la tarde; en la primera sesión, la asamblea se ocupará de asuntos administrativos; en la segunda, discutirá y votará sobre las cuestiones del orden del día;

6.º Se nombrarán tantas comisiones como cuestiones se hayan puesto a estudio, y cada miembro designará la comisión en la que quiere entrar;

7.º El congreso se ocupará en primer lugar de las cinco cuestiones incluidas en el orden del día por el Consejo General de Londres; cualquier otra cuestión se discutirá después.

8.º El congreso acepta como cuestión que deberá seguir inmediatamente en la discusión a las cinco primeras la de la legislación directa ejercida por el pueblo.

Cada propuesta se hará por escrito y se presentará en las tres lenguas.

He aquí cómo se compusieron las distintas comisiones.

1.º Cuestión de la propiedad de la tierra:

Rittinghausen (Colonia); Creusot (Ruan); Langlois (París); Collin (Basilea); Quinche (Basilea); Murat (París); Varlin (París); Lessner (Londres); De Paepe (Bruselas); Hess (Berlín); Piéton (Elbeuf); Janash (Magdeburgo); Becker (Ginebra); Sentiñon (Barcelona).

2.º Cuestión del derecho de herencia:

Dereure (París); Richard (Lyon); Brismée (Bruselas); Guillaume (Le Locle); Bakunin (Lyon y Nápoles); Heng (Ginebra); De Paepe (Bruselas); Liebknecht (Eisenach); Hess (Berlín); Becker (Ginebra); Farga Pellicer (Barcelona).

3.º Crédito mutuo:

Schwitzguébel (Saint-Imier); Dosbourg (París); Gut Gerold (Lausana); Floquet (Le Locle); Eccarius (Londres); Chemalé (París); Starke (Basilea); Sentiñon (Barcelona).

4.º Instrucción integral:

Lucraft (Londres); Bastin (Verviers); Bruhin (Basilea); Robert (La Chaux-de-Fonds); Mollin (París); Durand (París); Robin (Lieja); Cowell Stepney (Londres); Goegg (Ginebra); Lessner (Londres); Neumayer (Wienerstad); Applegarth (Londres); Hess (Berlín); Sentiñon (Barcelona); Spier (Brunswick); Landrin (París); Bohny (Basilea); Grosselin (Ginebra).

5.º De la acción de las sociedades de resistencia sobre la emancipación de los trabajadores:

Hins (Bruselas); Schwitzguébel (Saint-Imier); Franquin (París); Flahaut (París); Aubry (Ruan); Gauthier (Lyon); Fourreau (Marsella); Bourseau (Lyon); Floquet (Le Locle); Perret (Ginebra); Roussel (París); Cowell Stepney (Londres); Applegarth (Londres); Chemalé (París); Jaillet (Lausana); Brosset (Ginebra); Pindy (París); Liebknecht (Eisenach); Farga Pellicer (Barcelona).

La discusión sobre la votación nominal puede resumirse en pocas palabras. Chemalé habría deseado que se ejerciera el control más severo: que a cada nueva cuestión, por ejemplo, se pasara lista. Combaten esta idea Robin y Hins, que creen que una simple lista al final y al comienzo de cada sesión debe bastar. Eccarius proponía que se atuvieran al procedimiento adoptado en los congresos anteriores, es decir, a la firma de una lista de asistencia.

Sobre la cuestión del tiempo concedido a cada orador para exponer sus ideas o sus propuestas, algunos deseaban que para las cuestiones importantes se concedieran veinte minutos; otros, que un orador tuviera siempre la palabra para la réplica; otros, por último, limitar rigurosamente los diez minutos, porque en diez minutos un hombre, si no quiere hacer admirar su talento oratorio, tiene todo el tiempo necesario para exponer su pensamiento.

La asamblea acepta la votación nominal para las cuestiones importantes; pero se entabla una discusión para determinar de qué manera y por quién se controlarán y anotarán esos votos. Robin propone una comisión de cinco miembros; ante la declaración de Robert de que los secretarios podrían encargarse de esa tarea, la asamblea se declaró satisfecha.

Eccarius pide que se modifique el horario de las sesiones; el año pasado, en Bruselas, la jornada estaba decididamente demasiado cargada; además, en las sesiones públicas de la noche no se tomaba ninguna decisión, y solo al día siguiente, en la sesión de la mañana, tras nuevas discusiones, a menudo muy largas, se votaba. Más valdría, según él, tomar las decisiones en las sesiones de la tarde. Murat, sin combatir la propuesta de Eccarius, recuerda que en las sesiones de la mañana, en Bruselas, no se discutían de nuevo las cuestiones, sino solamente la redacción de las distintas propuestas. Brismée querría que, para las horas de sesión, se atuvieran a las adoptadas el año pasado, es decir, de siete a once de la noche; así los obreros podrían venir en gran número, lo que es sin duda un excelente medio de propaganda. A raíz de las observaciones de Eccarius, de Lessner y de Hins, la asamblea suprime las sesiones de la noche y las sustituye por las de la tarde, de dos a seis, y más allá si la discusión lo exige. Se reconoce, en efecto, que el espacio reservado al público es demasiado reducido para que un gran número de obreros pueda asistir a las sesiones. Por lo demás, gracias a las disposiciones tomadas por la sección de Basilea, la propaganda podrá hacerse cada noche en reuniones libres de los obreros y de los miembros del congreso.

Pindy suscita una discusión acerca de la publicación de un informe sobre el congreso que hoy se abre. Esta discusión se remite a la sesión administrativa del día siguiente. En todo caso, la sección de Basilea se ha organizado para disponer cuanto antes de un informe detallado. Dos taquígrafos asisten a las sesiones y, con las indicaciones que tengan a bien darles los secretarios del congreso, se tendrá próximamente un informe en lengua alemana.

A propósito del orden de discusión de las cinco cuestiones incluidas en el orden del día por el Consejo General, Goegg anuncia que hay una sexta cuestión propuesta por Bürkli, de Zúrich, y apoyada por varias secciones suizas y alemanas, a saber: la legislación directa del pueblo por el pueblo, y que considera esa cuestión como muy importante.

Robin no ha tenido conocimiento de esa sexta cuestión; sin querer discutir su oportunidad, cree que el congreso debe ocuparse, en todo caso, de las cinco primeras planteadas por el Consejo General y luego, si el tiempo lo permite, examinar la de Bürkli, como discusión particular más que general.

Schwitzguébel, aunque en principio se opone completamente a las ideas de quienes creen que por la representación directa por el pueblo se pueda llegar a la emancipación del trabajo, declara que, si la sección de Zúrich pide formalmente la introducción de esta cuestión en nuestro orden del día, no hay que negársela.

Bruhin. No comprendo que alguien pueda oponerse a la justa reclamación que acaba de hacer Goegg. Si los periódicos ingleses y franceses solo han publicado las cinco cuestiones presentadas por el Consejo General, los periódicos alemanes han añadido siempre la sexta. Nosotros, los suizos y los alemanes —dice—, no consideramos la cosa del mismo modo que los franceses y los belgas. Esta sexta cuestión es para nosotros la más importante de todas; las otras cinco solo vienen después. ¿Por qué? Porque el Estado no es para nosotros una institución burguesa: es el pueblo, la representación directa por el pueblo. Y si el Estado es el pueblo, puede decidir lo que quiera y alcanzar la meta de la Internacional. Los representantes de las otras naciones pueden rechazar la discusión de esta cuestión, puesto que en sus países no poseen ahora los medios de llegar a esa representación; pero no deben negar a los suizos, que poseen esos medios, una discusión tan importante para ellos.

Bakunin combate la introducción de la sexta cuestión en el orden del día. Somos una asociación internacional que, según sus resoluciones, declara que las cuestiones políticas y sociales están íntimamente ligadas, pero que, por su nombre mismo, indica que las cuestiones políticas deben ser internacionales y no nacionales.

Rittinghausen. Vais a ocuparos largamente de grandes reformas sociales que creéis necesarias para poner fin a la deplorable situación del mundo de los trabajadores. ¿Es acaso menos necesario ocuparos de los medios de ejecución con los que debéis llevar a cabo esas reformas? Oigo decir a muchos de vosotros que queréis alcanzar vuestra meta por la revolución. Pues bien, ciudadanos, la revolución, como hecho material, no lleva a cabo nada. Si no conseguís formular, después de la revolución, por medio de la legislación, vuestras legítimas demandas, la revolución perecerá miserablemente como la de 1848; seréis presa de la reacción más violenta y tendréis que sufrir de nuevo años de opresión y de vergüenza.

¿Cuáles son, pues, los medios de ejecución que la democracia deberá emplear para realizar sus ideas? La legislación por uno solo no funciona más que en provecho de ese hombre y de su familia; la legislación por un grupo de burgueses llamados representantes solo sirve a los intereses de esa clase; solo tomando él mismo en sus manos sus intereses por medio de la legislación directa puede el pueblo hacerlos prevalecer y establecer el reinado de la justicia social. Insisto, pues, en que pongáis en el orden del día de este congreso la cuestión de la legislación directa por el pueblo, y en que elijáis desde hoy una comisión para esa cuestión como para las otras cinco de vuestro programa.

Murat pide que se siga el orden del día y que no se entre en la discusión de la cuestión.

Robert protesta contra la afirmación de Bruhin: no todos los suizos comparten la opinión sobre la oportunidad de la sexta cuestión, y varios de ellos solo han oído hablar de ella accidentalmente. Por otro lado, no cree que se pueda negar la discusión de esta cuestión, como la de cualquier otra que pudiera presentarse, siempre que quede bien entendido que ante todo se tratarán las cinco cuestiones presentadas por el Consejo General y después las demás.

Hins. Puesto que ahora se discute no solo la oportunidad de la sexta cuestión, sino la cuestión misma, quiero añadir unas palabras a las de Bakunin. No comprendo, por parte de las secciones de la Internacional, esa especie de carrera desenfrenada hacia los gobiernos. Se quiere, según se dice, llegar por una representación o legislación directa a transformar los gobiernos actuales, obra de nuestros enemigos los burgueses. Se quiere para ello entrar en esos gobiernos y, por la persuasión, por el número, por leyes nuevas, establecer un nuevo Estado. Compañeros, no sigamos ese camino, porque podríamos seguirlo en Bélgica o en Francia lo mismo que en otras partes; dejemos más bien que esos gobiernos se pudran y no los apuntalemos con nuestra moralidad. He aquí por qué: la Internacional es y debe ser un Estado dentro de los Estados; que deje a estos marchar a su antojo hasta que vuestro Estado sea el más fuerte. Entonces, sobre las ruinas de aquellos, pondremos el nuestro, ya preparado, ya hecho, tal como existe en cada sección. «Quítate tú, que me pongo yo»: tal será la cuestión.

Dichosos de nosotros, en Bélgica, que no poseemos ese sufragio universal que, según la opinión de algunos, ha de salvarnos. No lo pediremos hoy, sino que lo tomaremos, y entonces será para no compartirlo con nadie.

Liebknecht. Negarse a discutir esta cuestión es ser reaccionario; ¿no dijo la Internacional en sus primeras decisiones que las cuestiones políticas eran también de su incumbencia? ¿Por qué no ocuparse de ellas entonces? Todos los periódicos alemanes la han anunciado; los programas alemanes la contenían, y los delegados alemanes piden que se discuta. Si no es importante para París, Berlín o Bruselas, donde pueden tratarse las cuestiones sociales, pero no las políticas, lo es tanto más para los otros países, donde esa distinción no existe.

Murat y Dereure declaran que no se oponen a la introducción de esta sexta cuestión en el programa, pero que venga después de las demás.

Starke insiste en la necesidad de discutir esta cuestión; recuerda además que los periódicos alemanes la han anunciado y que los suizos la desean.

Schwitzguébel declara que, como delegado de una sección suiza, no la desea en absoluto, ni tampoco su sección, tanto más cuanto que no se ha puesto a estudio en ella, como las demás cuestiones.

Robin opina que los que quieran reunirse para discutir esta sexta cuestión lo hagan, y Langlois propondría, por ejemplo, una sesión extraordinaria de noche a la que cada cual sería libre de asistir. Tras la lectura hecha por Jung, las resoluciones 7.ª y 8.ª (véase más arriba), propuestas por Robert y Goegg, se aprobaron por unanimidad.

Se levanta la sesión a las seis y cuarto.

A partir de esta sesión, como las cuestiones administrativas se trataron en sesión privada, hemos pensado, en vista de los antecedentes del Congreso de Bruselas, que no era necesario reproducir íntegramente el acta de esas reuniones. Continuaremos, pues, con la crónica de las sesiones públicas, tras lo cual daremos cuenta de las decisiones tomadas en las sesiones administrativas.

7 de septiembre. Tercera sesión pública

Se abre la sesión a las dos y veinticinco, bajo la presidencia de Jung.

Al pasar lista constan 57 miembros presentes y 6 ausentes, de ellos 2 enfermos.

Chemalé pide, por cuestión de orden, que el congreso delegue a algunos de sus miembros para informarse del estado de los enfermos.

Richard anuncia al congreso que Monier está mejor y acaba de entrar en la sesión.

Rittinghausen da igualmente noticias de Oberwinder, al que vio la víspera: su salud ha mejorado un poco, pero duda que este delegado pueda tomar parte en las deliberaciones del congreso.

Robert da lectura al informe francés del Consejo General:

Informe del Consejo General

Sigue el texto del informe del Consejo General, redactado por Karl Marx; véase Informe del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores al IV Congreso general de Basilea.

La lectura del informe se ve interrumpida a menudo por los aplausos.

Murat señala una inexactitud en el informe: el 4.º de línea no fue alejado de Saint-Étienne, como en él se dice, después de la protesta y la dimisión de los miembros del concejo municipal. Más aún: el capitán Gausserand, que mandaba la tropa en la matanza de La Ricamarie,55 fue condecorado el 15 de agosto.56

Hins da lectura al informe del Consejo General belga:

Informe del Consejo General belga

A. PROPAGANDA.

Inmediatamente después del congreso de septiembre, se abrió una nueva carrera a los delegados de los mítines. Se trataba de hacer en el Borinage (alrededores de Mons) lo que se había hecho en la cuenca de Charleroi; se organizaron numerosos mítines y todo parecía prometer brillantes éxitos.

Desgraciadamente, el hombre que nos había llamado allí el primero, el señor Coudroy, solo se guiaba por motivos interesados. Lleno de astucia y de disimulo, se insinuaba en todas las secciones, aplicándose sobre todo a ganarse a los comités. Luego, dando un gran golpe, los reunió en el mes de enero en una sesión en la que se votaron recíprocamente unos sueldos, a razón de 1,20 francos por hombre y por año, lo que da, para solo diez mil hombres, doce mil francos únicamente en sueldos.

Ante semejante rasgo, la ruptura era necesaria. Las secciones de Jemmapes, Cuesmes y Ghlin nos permanecieron fieles; los comités de las demás siguieron al señor Coudroy. Decimos los comités, porque se guardaron mucho de hacer aprobar sus medidas convocando asambleas generales. En la mayoría de los mítines que el Consejo General celebró en las secciones disidentes, los miembros fueron unánimes en condenar esas maniobras; pero los comités, que no querían abandonar sus sueldos, se aprovechaban de la inexperiencia de los miembros para seguir en funciones, amenazándolos con no devolver ni los papeles ni los fondos si se les destituía. Sin embargo, en el mes de marzo, Frameries se separó del señor Coudroy.

Hoy el señor Coudroy se ha quitado la máscara: reniega de la Asociación Internacional y confiesa abiertamente sus vínculos con el gobierno. Hace poco leyó en un mitin una carta aprobatoria del señor ministro Jamar.57 Por eso los obreros se apartan de él por completo. En Pâturages y en Quaregnon han decidido nombrar un nuevo comité; en otras partes ya no tiene consigo más que a sus comités, que serán igualmente sustituidos. De todo esto solo quedará una buena lección para los obreros borinenses, y mucho dinero perdido para ellos, porque esa gente no ha rendido nunca ninguna clase de cuentas.

Esto nos lleva a hablar de un suceso que se produjo en el seno de la sección de Bruselas. Algunos miembros de esta sección, miembros también de la sociedad Le Peuple, habían sido vivamente censurados por la manera poco delicada con que habían escamoteado el periódico La Tribune du Peuple,58 órgano de la citada asociación. Para vengarse, no se les ocurrió nada mejor que aliarse con el señor Coudroy y ayudarle en sus proyectos poco honorables. Este incidente trajo consigo la expulsión de cinco miembros. A ellos se unieron algunos descontentos que resolvieron alzar altar contra altar y establecieron en Bruselas la sección de los Emancipados, o también «Rama revolucionaria». Pese a todos sus esfuerzos, no han podido atraerse ni una sola sección de provincias. No obstante, esto nos llevó a plantear la siguiente cuestión al Congreso belga del 16 de mayo: ¿Puede existir en Bélgica una sección de la Internacional al margen de la Federación belga? Esta cuestión se resolvió negativamente por unanimidad menos dos votos, y se decidió que los delegados belgas notificarían esta decisión al Congreso de Basilea.

Hacia el mes de marzo, la cuenca del Centro (entre Mons y Charleroi) nos reclamó a su vez, y allí, en poco tiempo, se formaron una decena de secciones, algunas de las cuales son ya muy importantes. Lo que distinguió la propaganda en esta parte del país fue la resistencia encarnizada que opuso la clase de los explotadores, que más de una vez llegó hasta las vías de hecho. Las autoridades y la policía se ponían a la cabeza de bandas de alborotadores. El señor Defer, burgomaestre de Houdeng-Gœgnies, no contento con armarse de huevos crudos a modo de proyectiles, se arrebató hasta proferir amenazas de asesinato contra un delegado. Inútil decir que la justicia no ha molestado a ese señor.

Entretanto, la cuenca de Charleroi seguía siendo el escenario de numerosos mítines. Llegó a contar hasta 42 secciones locales. Algunas, más alejadas del centro, han caído desde entonces, porque hubo que descuidarlas; pero en esas localidades han quedado bastantes buenos elementos para poder reconstituir esas secciones a la primera ocasión.

Mientras el Consejo General organizaba las secciones del Henao, la provincia de Lieja se agitaba con la activa propaganda de las secciones de Lieja y de Verviers. Esta última ciudad ha agrupado a su alrededor una quincena de secciones, y, con las secciones en vías de formación, pueden contarse otras tantas alrededor de Lieja.

La federación del Vesdre tiene un periódico, Le Mirabeau,59 que aparece dos veces al mes.

En la provincia de Namur, además de algunos pueblos hulleros, Namur y Dinant tienen secciones en vías de formación.

Bruselas se ha incrementado, desde el último congreso, con las siguientes sociedades: albañiles, peones de tierra, tejedores, sombrereros, tintoreros de pieles, mecánicos, encuadernadores. Ha fundado una sección en Waterloo.

Los marmolistas han fundado una asociación de producción en el seno de su sociedad de resistencia.

En algunas localidades de la provincia de Brabante han nacido también secciones, y se han celebrado varios mítines, sobre todo en Woluwe-Saint-Pierre y Koekelberg, en el Brabante flamenco, y en Houtain-le-Val, Waterloo y Le Chenois, en el Brabante valón.

Las provincias flamencas han progresado menos que las valonas; esto se debe sobre todo a la dificultad de dirigir los esfuerzos a todas partes a la vez. Amberes se ha desarrollado notablemente: una de las mejores adquisiciones de la sección ha sido la de la sociedad de los cigarreros, con 400 miembros. La sección de Amberes tiene un periódico semanal flamenco, el Werker.60 En Gante, el Werkersbond (Unión Obrera), compuesto por una federación de sociedades obreras, se ha afiliado a la Internacional.

En Brujas, varias sociedades obreras se han adherido a la Internacional.

Además de las localidades en las que existen secciones constituidas, hay muchas en las que contamos con partidarios, pero a las que todavía no nos ha sido posible ir.

En resumen, las provincias de Lieja y del Henao pertenecen casi por entero a la Internacional, y en las demás se nos espera. Incluso allí donde nunca ha penetrado un miembro de la Internacional, los obreros no hablan más que de ella, no tienen esperanza más que en ella; nuestras fuerzas contrapesan ya las de la reacción: no tardarán en superarlas.

B. ORGANIZACIÓN.

Hasta el último congreso, la sección de Bruselas desempeñó el papel de sección central. Como el número de secciones no dejaba de crecer, esta forma de organización presentó numerosos inconvenientes. La sección de Bruselas, absorbida por las provincias, no podía ni ocuparse de sus propios asuntos ni llevar los de la Federación belga con toda la celeridad deseable.

El congreso belga del 25 de diciembre de 1868 remedió esta dificultad con la elección de un Consejo General de 17 miembros, nombrados por un año. Este Consejo General recibió como atribuciones la propaganda y las relaciones entre las secciones del interior y con las del exterior. Se decidió la creación de un periódico, L'Internationale,61 y su redacción se confió al Consejo General belga. Este consejo está bajo la vigilancia del congreso belga, formado por un delegado por sección y que se reúne dos veces al año.

Las secciones se federaron además por cuencas industriales. Hubo primero cuatro en la cuenca de Charleroi; se redujeron a dos, cuyos centros son Gilly y Dampremy. Una en el Borinage: centro, Jemmapes. Una en la cuenca del Vesdre: centro, Verviers. Una en la cuenca de Lieja: centro, Lieja. El Centro va a organizarse pronto también en federación. [Las federaciones] celebran congresos, unas mensualmente, otras trimestralmente. Cada uno de los centros tiene un consejo federal permanente.

Además, las secciones de Bruselas, Lieja, Gante, Amberes y Brujas están organizadas en federaciones de oficios. Un consejo federal, formado por los delegados de las uniones obreras, funciona en ellas junto al comité administrativo.

Aunque cada sección es libre de organizarse a su manera, en casi todas ha prevalecido el ejemplo democrático dado por la sección de Bruselas. No solo no hay presidentes, sino que los comités no tienen otra misión que ejecutar la voluntad de la asamblea general. Todas las deliberaciones son públicas para los miembros, desde las de los comités de oficio hasta las del Consejo General. Los comités no pueden tomar ninguna medida ni hacer ningún gasto que no haya sido votado en asamblea general. Es verdaderamente un self-government de los trabajadores.

C. HUELGAS.

Huelga de los tejedores de Gante. Con la ayuda de las secciones de toda Bélgica, tras varios meses de lucha de taller en taller, los obreros han conseguido en todas partes el aumento que reclamaban. La huelga de los hiladores de Pepinster terminó con un arreglo amistoso entre los obreros y su patrono.

En cambio, la huelga de los tejedores de Hodimont, junto a Verviers, no ha tenido éxito; con todo, los obreros no consintieron en volver a casa de su patrono y prefirieron ir a buscar trabajo a otra parte. La huelga de los obreros veleros de Amberes desembocó en la formación de una sociedad cooperativa de producción. Aunque esta sociedad ha sido obstaculizada con toda clase de persecuciones, lucha valerosamente y espera imponerse.

D. HUELGAS DE SERAING Y DEL BORINAGE. PERSECUCIONES CONTRA LA INTERNACIONAL.

El poder, inquieto por nuestros éxitos y no pudiendo, a causa del derecho de asociación, impedir nuestra propaganda, acechaba una ocasión de cogernos por sorpresa, y creyó haberla encontrado con las huelgas de Seraing y del Borinage.62 Por importante que sea este asunto, solo lo trataremos brevemente, puesto que nos hemos explicado largamente en el periódico L'Internationale.

Unas exigencias insoportables obligan a los obreros pudeladores de la sociedad Cockerill a ponerse en huelga. Unos consejos, que tenemos motivos para creer interesados y pérfidos, empujan a los mineros a hacer otro tanto, cuando el momento no podía estar peor elegido para estos últimos.

La tropa, enviada a toda prisa al lugar cuando nada reclamaba su concurso, ensangrienta durante cuatro noches las calles de Seraing para responder a unas cuantas piedras lanzadas al azar.

Al mismo tiempo estallaba una huelga de hulleros en el Flénu de Jemmapes, que se extendía pronto a todo el Borinage. En Seraing habían funcionado las bayonetas; en Frameries se fusila. En el bosque de Wasmes se habían refugiado muchos obreros; se rodea el bosque y se registra a bayoneta.

En esta circunstancia, la Internacional hizo lo posible por exhortar a los obreros a la calma, lo que no impidió al poder acusarla de haber empujado a la revuelta.

El sábado 17 de abril se hacían registros en casa de todos los miembros del Consejo General, y el secretario general Hins, que había convocado mítines en Seraing y en Jemmapes para apaciguar a los obreros, sobreexcitados por tantos horrores, era detenido. El lunes se detenía en Bruselas a Croisier, que la víspera había celebrado mítines en Cuesmes y en Frameries. Ese mismo día, Splingard era detenido en pleno mitin en Wasmes. La orden de comparecencia de los tres llevaba esta extraña acusación: «acusados de haber formado una asociación que tiene por objeto atentar contra las personas y las propiedades»; en otras palabras, se los consideraba bandoleros.

Tras un mes de prisión preventiva, se los soltó sin haberles dado en modo alguno una razón plausible de su detención.

Los miembros del Consejo General fueron llamados uno tras otro ante el juez de instrucción, y luego ya no se habló de nada. Nuestros papeles siguen en manos de esa gente; no pueden declararnos culpables y les repugna reconocernos inocentes. El poder, a falta de leyes especiales, había querido aprovechar los poderes exorbitantes de la fiscalía para actuar arbitrariamente a su antojo; luego, incapaz de encontrar un pretexto para condenarnos, abandona el asunto.

Estas medidas arbitrarias no han hecho más que estimular el ardor de los miembros de la Internacional, al tiempo que han mostrado a sus enemigos espantados la fuerza de esta asociación naciente, capaz ya de resistir todos los choques. En adelante desafía las persecuciones, y pronto incluso inspirará tanto terror a sus enemigos que estos no se atreverán ya a perseguirla. Ha tomado por divisa estas palabras de Danton: «¡Audacia, audacia, y más audacia!».

Después se da lectura al mensaje del Consejo General belga a los mineros y pudeladores en el momento de la huelga de Seraing y del Borinage. El mensaje es vivamente aplaudido.

Mensaje del Consejo General belga a los obreros de Seraing y sus alrededores.

Compañeros:

En todos los tiempos, el dolor y la miseria han sido el destino del trabajador; en todos los tiempos, el pueblo ha gemido ante la alegría de sus amos, ha pasado hambre ante la hartura de sus explotadores.

Pero el hombre está hecho de tal modo que se acostumbra a todo, incluso a las privaciones más duras. La cadena sigue pesándole, pero la lleva sin murmurar; ha perdido hasta el sentimiento del odio; entonces es verdaderamente esclavo, porque ya no siente el oprobio de su esclavitud.

He ahí, compañeros, el estado desdichado al que están reducidos actualmente muchos obreros; es esa inercia la que hace la fuerza de nuestros tiranos. Pero he aquí que, llevados al límite, los desdichados que hasta entonces habían sufrido sin murmurar dejan oír sus reclamaciones. Sus amos se asombran de tanta audacia: tiemblan de que el espíritu de independencia se propague entre la clase obrera, y, para ahogar a ese monstruo en la cuna, acuchillan, fusilan, ametrallan.

Pero entonces sucede lo que esa gente sin corazón no había podido prever; sucede que, en lugar del profundo silencio que creían que seguiría a las matanzas, se elevan clamores indignados por todas partes; que el odio se despierta en el corazón del pueblo, y que este está ahí, de pie, estremecido, dispuesto a sacudir sus cadenas.

Compañeros de Seraing, a quienes durante tres noches enteras la soldadesca ha acuchillado y ensartado, a menudo sin provocación alguna: nosotros lo hemos lanzado, ese grito de indignación, cuando supimos la magnitud de vuestros males; hemos sentido que el odio nos invadía y, ciertamente, si la acción siguiera al pensamiento, en el primer momento habríamos deseado la destrucción de vuestros bárbaros exterminadores.

Pero, compañeros, cuando la reflexión viene a suceder a ese primer movimiento de indignación tan legítimo, uno se encuentra sumido en una corriente de ideas muy distinta. ¡Cuántas veces los obreros, llevados al límite, han jurado la ruina de sus opresores y, tras un triunfo pasajero, han vuelto a caer más que nunca en la esclavitud! Es que no basta con destruir: hay que edificar además, y no se edifica en un día.

Así pues, compañeros, contened por un momento vuestras legítimas cóleras y no respondáis a las provocaciones del ejército.

Pensad que vuestros amos no pedirían nada mejor que veros responder a la violencia con la violencia, para tener el pretexto de una represión más sanguinaria todavía.

Pensad que vuestros hermanos de las otras partes del país no han comprendido todavía todos la necesidad de sacudir sus cadenas, y que una serie de levantamientos sucesivos no podría traer más que una serie de fracasos sucesivos.

Pensad que, aun cuando todos los obreros belgas se pusieran de acuerdo para hacer triunfar su causa, serían impotentes mientras en los grandes Estados de Europa el despotismo siga entronizado, triunfante, sobre los cadáveres de sus víctimas.

Pensad, en fin, que el motín no conduce a nada; que es preciso que la revolución esté preparada; que es preciso que, desde el día en que triunfe, pueda, casi sin sacudidas, poner un nuevo orden de cosas en lugar del antiguo orden, que ya no es más que desorden.

Así pues, compañeros, calma: mantened vuestras legítimas pretensiones, pero no os dejéis arrastrar a la violencia. ¡Sabed esperar! Vuestro día llegará.

Entrad en masa en la Asociación Internacional de los Trabajadores: allí aprenderéis vuestros derechos y los medios que debéis emplear para hacerlos triunfar; allí os uniréis a vuestros hermanos de todas las partes del país y del mundo entero. Y cuando todas las fuerzas obreras estén unidas e instruidas de lo que tienen que hacer, ese día, desde todos los puntos del mundo a la vez, los trabajadores harán oír su voz, que hará derrumbarse la iniquidad e inaugurará la justicia. Ese día, compañeros, ya no os diremos: estad tranquilos; os gritaremos: ¡adelante!

Hasta entonces, sed pacientes y esperad vuestra hora.

Bruselas, 15 de abril de 1869.

EL CONSEJO GENERAL BELGA: EUG. HINS, ALP. VANDENHOUTEN, CH. MAETENS, C. DE PAEPE, P. CALEWAERT, C. STANDAERT, H. LERYCKE, EUG. STEENS, D. BRISMÉE, GUILL. BRASSEUR, DEBROUWER, L. VERRYCKEN, P. ROBIN, J. A. DELVAUX, H. DEPLANCKE Y ZEBIER.

Albert Richard da lectura al informe de la sección de Marsella:

Informe al Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre el estado de la oficina corresponsal de Marsella

Ciudadanos:

Tras doce largos meses de sueño, la Asociación Internacional de los Trabajadores ha despertado en Marsella en medio de la agitación general que felizmente ha creado entre los trabajadores de todas las naciones civilizadas.

La oficina corresponsal de Marsella no se instaló en esta ciudad hasta el curso del mes de agosto, en el momento mismo en que los principios de la asociación obrera, tal como la entendemos, se realizaban al pasar a la práctica. La oficina corresponsal se convirtió naturalmente en el centro generador del movimiento socialista que, desde hoy, está seriamente desarrollado y promete para un porvenir próximo felices resultados.

Tres corporaciones apenas organizadas bajo la égida de nuestra asociación se han adherido espontáneamente a su principio. En los escasos intervalos que nos deja el cuidado de esas organizaciones, hemos recogido algunas adhesiones individuales que irán aumentando en una escala considerable.

Así, los cesteros, los silleros y los marinos forman parte en adelante de la gran familia, que pronto será única porque unirá con un mismo lazo a los trabajadores de los dos mundos. Inútil destacar la importancia de la adhesión de los trabajadores marineros; por lo demás, los documentos que nos hacen llegar para someterlos al congreso tienen una elocuencia original que no queremos desflorar.

Dentro de poco, y en cuanto se hayan organizado federativamente, los trabajadores marselleses enviarán, así lo esperamos, una adhesión colectiva a la Asociación Internacional, y desde ese momento el lazo creado será indestructible.

¡Salud y fraternidad!

El corresponsal,

BASTELICA.63

El mismo delegado lee después un mensaje de los marinos franceses de esa ciudad:

Marsella, 2 de septiembre de 1869. A los delegados de las corporaciones obreras en el Congreso Internacional de Basilea, los miembros de la UNIÓN DE LOS MARINOS FRANCESES, salud y fraternidad.

Ciudadanos y hermanos:

Animados por el espíritu de solidaridad que debe unir a todos los proletarios, víctimas en todas partes de la explotación del hombre por el hombre, venimos a aportar a vuestra asamblea el concurso de nuestra adhesión moral.

Por culpa de unos prejuicios indignos de nosotros, y hábilmente mantenidos por quienes tienen interés en dividirnos, hemos formado hasta hoy una categoría aparte, distinta de la de los demás obreros. ¡Un emblema nos alejaba a unos de otros!

Como el vuestro, sin embargo, sufrimiento y miseria: tal ha sido y tal es todavía nuestra suerte. Como el vuestro, Reivindicación social: tal es el programa que hemos inscrito en nuestra bandera.

Es hora de que echemos por tierra las barreras que nos separaban. Que a partir de este día no haya ya ni marineros ni obreros. Que no haya ya más que trabajadores demasiado tiempo engañados, que persiguen la meta común: el advenimiento de la justicia.

Esperanza y valor.

En nombre de la Unión de los Marinos Franceses. Los miembros del Consejo.

(Siguen las firmas.)

Richard da cuenta después, de viva voz, del movimiento de Lyon.

A la Asociación Internacional le costó mucho desarrollarse al principio, porque los lioneses eran demasiado revolucionarios en el sentido político y no comprendían la importancia del movimiento social. Pero, desde las últimas elecciones,64 la crisis económica que se produce un poco en todas partes, pero que se ha manifestado de un modo todavía más completo en la ciudad de Lyon, ha abierto por fin los ojos a los lioneses. Ante este movimiento salido de las capas inferiores de la población obrera, movimiento que crece cada día y tiende a levantar el mundo, han comprendido por fin que la revolución no debía ser solo política, sino que debía ser al mismo tiempo, y sobre todo, social.

Por eso, desde ese momento, la Asociación Internacional ha hecho inmensos progresos; las corporaciones reunidas para la huelga se han dirigido a ella para aprovechar las ventajas de la solidaridad de los trabajadores y se han hecho miembros de nuestra vasta asociación.

Lyon cuenta ahora con diez mil afiliados a la Internacional.

Liebknecht da cuenta del movimiento socialista en Alemania. El antiguo jefe del partido socialista alemán, Lassalle,65 era un hombre de gran capacidad, de gran energía y, sobre todo, muy honorable; pero desde su muerte muchos individuos sin talento y de carácter dudoso han intentado apoderarse del movimiento en su provecho. De ahí las numerosas luchas que ha tenido que sufrir el partido socialista alemán en estos últimos años. El orador se extiende largamente sobre este tema.

Por último, en el reciente congreso de Eisenach, tras infructuosos intentos de conciliación, la escisión se ha manifestado de un modo mucho más claro: los demócratas socialistas, es decir, los que no quieren separar la cuestión política de la cuestión social, los delegados de ciento cincuenta mil trabajadores, han roto por completo con los socialistas del partido del señor Schweitzer,66 que creen que las reformas sociales son compatibles con el gobierno de Bismarck.

Liebknecht propuso a las sociedades obreras alemanas que se adhirieran a la Internacional; pero, ante las dificultades legales, que no permiten la afiliación de una sociedad alemana a una sociedad extranjera, el congreso de Eisenach votó una adhesión en masa, y después se distribuyeron tarjetas de adhesión individual a los miembros de las sociedades.

Schwitzguébel da lectura al informe de la sección de Courtelary (Suiza):

Informe sobre la marcha de la sección del distrito de Courtelary durante el año 1868-1869

La sección internacional del distrito de Courtelary se fundó definitivamente el 1 de septiembre de 1868, por la fusión de las antiguas secciones locales de Saint-Imier y de Sonvilier. Esta fusión la imponían principalmente los intereses comunes de la clase obrera del valle de Saint-Imier, que comprende una veintena de localidades, pero también la necesidad, para los pocos miembros que habían permanecido fieles a la Internacional, de unir sus esfuerzos si no querían condenarse a la impotencia.

La nueva sección se desarrolló primero lentamente, y luego recibió un poderoso impulso por el hecho de que uno de los fabricantes del valle, el señor Francillon,67 prohibió formalmente a sus obreros formar parte de la Internacional; el espíritu de independencia despertó en nuestros obreros montañeses, y desde entonces el número de afiliados no ha dejado de aumentar; nuestra sección cuenta actualmente con 104 miembros.

Todavía no hemos realizado nada práctico, es decir, que hasta hoy no hemos creado ninguna institución que mejore directamente la suerte del obrero, y ello por la sencillísima razón de que, antes de fundar sociedades cooperativas, de crédito, etc., hemos querido estudiar sus verdaderos principios, a fin de que, si creamos una institución, no se convierta en un agente de la reacción, sino en un medio práctico de estudiar sobre qué bases debe organizarse la sociedad futura. Estamos en vísperas de crear una institución de crédito que unos quieren organizar sobre las bases de la gratuidad; los otros, aun estando de acuerdo en principio con la supresión del interés del capital, quieren conservarlo por el momento, con vistas a llegar pronto a formar un capital considerable; la discusión continúa y se tomará una decisión formal en una próxima asamblea.

Nuestra sección se ha ocupado además de la cuestión del impuesto, sobre la que no ha podido tomar ninguna resolución inmediatamente práctica, y de la instrucción de los adultos: la organización de cursos de enseñanza mutua y la fundación de bibliotecas democráticas se han aplazado hasta este invierno. Entretanto, hemos tenido regularmente una asamblea general al mes, en la que, además de lo que atañe a la administración y a las relaciones con las otras secciones, siempre se ponía una cuestión a estudio.

Los miembros que componen la sección han desplegado una gran actividad en la fundación de sociedades de oficio y en la federación de esas sociedades: solo cuando la masa de los trabajadores, agrupados por medio de las sociedades de oficio, tome una parte activa en el movimiento social, se pondrá cada vez más de relieve la necesidad de una liquidación social, dada la impotencia de todos los medios empleados en las condiciones actuales.

El comité de nuestra sección ha pedido al comité central de la federación del valle que se ocupe de la fundación de una caja de resistencia; este acaba de decidir que la cuestión se tratará en la asamblea general de todas las secciones, y tenemos la esperanza de que se tomarán resoluciones prácticas sobre ella. Llamamos también la atención del congreso sobre esta cuestión y deseamos vivamente que salga de los debates no solo una afirmación teórica, sino las bases de una organización internacional de la resistencia.

Hacemos votos por que el Congreso de Basilea, inspirándose en las necesidades reales de las poblaciones obreras, afirme claramente la necesidad de una transformación radical en la organización social y ponga los jalones que deben guiarnos hacia un porvenir mejor; pero también por que, sobre las cuestiones que pueden recibir una solución práctica inmediata, tome resoluciones conformes a la legítima espera de nuestras asociaciones obreras.

Por nuestra parte, seguiremos prestando nuestro débil concurso a la obra general.

En nombre de la sección internacional del distrito de Courtelary,

El delegado,

ADHÉMAR SCHWITZGUÉBEL.

Palix lee el informe de las ovalistas de Lyon:

La corporación obrera en cuyo nombre vengo a exponer agravios en el seno del congreso es interesante desde varios puntos de vista. Es, en primer lugar, una corporación cuya mayoría está compuesta de mujeres. Por esa razón reclamo sucesivamente, en nombre de esas desdichadas, primero la piedad universal para ellas y después la reprobación general para sus opresores.

En economía social está establecido sin discusión que la mujer que se ve obligada a trabajar para atender a sus necesidades más imperiosas crea por ese solo hecho una competencia peligrosa para el trabajo del hombre. Por un lado, con la organización política y social actual, es imposible que sea de otro modo. Los gobiernos y los capitalistas, dispensadores de la fortuna pública, han tenido cuidado de crear esa amalgama en la que la fatalidad parece desempeñar el papel principal; de suerte que, para todo individuo que no esté enteramente desprovisto de buen sentido o de buena fe, la cuestión se plantea clara, incisiva, apremiante. ¿De dónde viene el mal? Todo el mundo lo sabe. ¿Cuál es el remedio? Todo el mundo vacila en pronunciarse. ¿A qué se debe este estado de cosas? A que la mayoría de los capitalistas y de los teóricos se han contentado con señalar las anomalías que pesan sobre la existencia de los trabajadores sin que casi nunca ninguno de ellos haya podido encontrar el medio de llegar a una solución práctica. ¿Y por qué causa? Porque la mayoría, por no decir todos, han ignorado por completo las primeras nociones de lo que constituye un trabajador propiamente dicho.

Descubrir un sistema está bien; ponerlo en práctica está mejor. Ahora bien, todo lo que se ha dicho y escrito desde el primero de los economistas hasta el último no ha conseguido hasta ahora más que hacer entrever a los desdichados desposeídos de la tierra un porvenir tan lejano y tan confuso que por momentos el desaliento se apodera de la mayoría.

Al ver el estado de explotación y de servidumbre en que están sumidas las desdichadas en cuyo nombre hablo, uno se pregunta si la barbarie del estado salvaje no es preferible a esta civilización mentirosa e inhumana de la que se jactan con tanto orgullo las naciones europeas!!!

Antes de 1848, en Francia, las desdichadas sometidas a esta industria mortífera trabajaban en las ciudades dieciséis horas diarias por 1,25 francos aproximadamente. En el campo, donde ninguna policía vigilaba la codicia de los patronos, trabajaban diecisiete horas, y las mejores obreras ganaban de 18 a 22 francos al mes. Y no es eso todo: para complacer a su patrono, el cómitre de esos presidios no confesados, o, si se quiere, el contramaestre, encontraba todavía el medio, con maniobras infernales, de robarles dos horas diarias, lo que, bien mirado, llevaba la jornada a 18 y 19 horas. Y, para colmo de la abominación, se encontraban, y se encuentran todavía, obreras jóvenes de 9, 10 y 11 años… ¡Que vengan a decirnos todavía, después de esto, que vivimos bajo gobiernos liberales! ¡Que vengan a decirnos todavía que los comerciantes y los industriales que acaparan los millones al precio de tantas atrocidades son gente honrada! Un hombre que, en un arrebato de cólera, asesta a su semejante un golpe que puede atentar contra su salud o su vida será llevado ante los tribunales y condenado como un miserable peligroso para la sociedad, y será justicia; ¡y todos esos vampiros que se revuelcan en un lujo insultante y que, deliberadamente, asesinan indirectamente a miles de productores pasarían impunemente por honorables ciudadanos! Pero entonces, lógica, ¿dónde estás?

En 1848 estalló una huelga, se dejaron oír justas reclamaciones, y tras algunos días de lucha la jornada se redujo en dos horas para los obreros de Lyon. Esta nueva condición duró hasta comienzos de julio de 1869, época en la que se dirigieron nuevas reclamaciones a los patronos. Tras un mes o cinco semanas de lucha, la huelga terminó con una reducción del trabajo en dos horas. En suma, se ha llegado a conseguir no trabajar más que diez horas diarias. En cuanto al precio de la jornada, ha quedado poco más o menos como estaba antes de la huelga.

Algunos días de cárcel para unas, algunos días de hambre para muchas otras: tal ha sido el precio al que se ha hecho esta conquista.

Tras haber visto rápidamente el estado de estas desdichadas desde el punto de vista material, echemos una ojeada al aspecto moral. Estas forzadas, después de cumplir esa jornada de trabajo, se ven reducidas por la noche a subir bajo los tejados de las casas que les sirven de talleres, a unas perreras que les sirven de dormitorios. Allí encuentran un camastro cuya ropa solo se cambia cada tres meses, y lo más a menudo cada seis meses. En cuanto a los accesorios, solo se cambian o se limpian cuando hay que sustituirlos por completo. Todos los insectos de la creación, para servirme de una expresión vulgar, habitan esos lugares infectos, de suerte que, después de haber agotado su cuerpo trabajando todo el día para mantener el lujo de los parásitos, ¡se ven obligadas a darlo por la noche como pasto a los parásitos!

La ignorancia es también el patrimonio de esta clase de la sociedad. De cada mil, se encontrarán unas cuarenta que sepan leer un poco, ¡pero quizá no se encuentren diez que sepan firmar con su nombre! ¿Cómo podría ser de otro modo, si desde la edad de 8 o 9 años unos padres tan estúpidos como ellas las sacrifican ya como instrumentos de producción y las entregan a la merced de individuos sin entrañas que no se avergüenzan de practicar la trata de blancas en pleno siglo XIX? De ahí esa pobreza de inteligencia que hace pronto de ellas criaturas degradadas tanto en lo moral como en lo físico. Así, inmoralidad por falta de instrucción, sufrimientos físicos por el exceso de trabajo por debajo de la edad requerida, insuficiencia de la ganancia como salario para la clase de trabajo que hacen: he ahí las causas capitales que hacen de estas pobres criaturas el juguete de todas las malas pasiones de la sociedad. Gran parte de ellas pueblan los hospicios, muchas otras son condenadas por infanticidio, de suerte que se puede considerar las cárceles y los hospicios como los asilos de retiro de estas víctimas del trabajo.

No haremos como esos jueces nombrados por el capricho de algunas testas coronadas. No diremos que por tal o cual motivo nos vemos obligados a echar un velo sobre los agravios que la justicia humana nos obliga a denunciar. Venimos, al contrario, con toda la brutalidad de los hechos, a exponer ante la asamblea del trabajo todo lo que hay de horrible, por no decir más, en la situación insostenible a la que la organización anárquica en que vivimos condena a la mayoría.

¡Quisiéramos poder hacer que la indignación que nos exaspera se inoculara inmediatamente en las venas de todos los trabajadores!!!

Para poner remedio cuanto antes a este estado de cosas, no se trata de saber si tal sistema económico es mejor que tal otro; debemos ocuparnos seriamente y con urgencia de organizar, por todos los medios posibles, un programa que nos permita poner a disposición de una corporación cualquiera socorros inmediatos para ayudarla a sacudir el yugo de la explotación. Casi todos los economistas se empeñan en encontrar la solución completa del sistema económico social, pero, desgraciadamente, casi ninguno se ocupa de la organización material de su sistema. Sin embargo, sabemos por experiencia que el pueblo no siempre tiene tiempo de esperar a que los ensueños de los pensadores de todos los países se conviertan en realidades. La miseria y el hambre vuelven al hombre impaciente o lo embrutecen. Las grandes fortunas vuelven al hombre orgulloso y egoísta y, por consiguiente, dañino. Encontrar la solución de este problema no es difícil; las demás mejoras vendrían después por sí mismas.

Me queda un deber imperioso que cumplir: el de expresar, en nombre de la corporación que represento, todos los sentimientos de fraternal gratitud que animan a sus miembros hacia las generosas secciones de la Internacional que han dado un testimonio tan clamoroso de sus sentimientos de solidaridad.

Lyon, 3 de septiembre de 1869. L. PALIX.

Gut Gerold da lectura al informe del Consejo General de los sastres de Lausana.

Spier toma la palabra para completar la exposición de Liebknecht sobre el movimiento socialista alemán.

Bastin (Hubert) da lectura al informe de la Federación del Valle del Vesdre:

Compañeros:

El año pasado, nuestro delegado en el congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, en Bruselas, en su informe sobre el estado de la sección de Verviers, declaraba 400 miembros. Pues bien, desde hace poco hemos podido formar la federación de las 21 secciones agrupadas bajo el título de Federación de las Secciones del Valle del Vesdre, que cuenta por lo menos 6.000 miembros. Nuestros esfuerzos se han dirigido sobre todo, como medio de luchar contra la oposición de los patronos, a organizar los distintos oficios y a fundar cajas de resistencia. Como medio de propaganda, hemos seguido organizando mítines como antes: en el curso de este año hemos dado noventa mítines. Aquí debo alabar el buen entendimiento que reina entre las secciones para las diversas delegaciones a nuestros mítines, porque por ahora no podemos aprobar más que este modo de instrucción para llegar a hacer comprender a los trabajadores sus derechos y su dignidad, que han desconocido hasta hoy.

Han estallado varias huelgas en nuestra cuenca industrial, y, si no todas han triunfado como habríamos deseado, nos han servido sin embargo para agruparnos mejor y, al mismo tiempo, para mostrarnos el remedio contra el mal que nos roe a todos en general. En estas huelgas no hemos tenido que deplorar matanzas como las que tuvieron por escenario Seraing y el Borinage.

La publicación mensual de nuestro periódico, Le Mirabeau, cuya tirada es de 4.000 ejemplares, será en adelante quincenal, con la misma tirada. Ya se nos han entablado dos procesos: los hemos sostenido gracias a la solidaridad que une a los trabajadores.

La cuestión de la reducción de las horas de trabajo se ha puesto a estudio en las secciones; se ha intentado incluso llevarla a la práctica parcialmente, y los ensayos han tenido pleno éxito: los patronos no han intentado oponer resistencia alguna.

Como este año se celebraban en Verviers las elecciones para la renovación del consejo de prud'hommes,68 lo hemos aprovechado para organizar una especie de revolución en permanencia, a fin de mostrar a nuestros adversarios que hay iniquidad en nuestros códigos y que no queremos más esas leyes serviles que ponen a la clase laboriosa a remolque de la clase ociosa.

Hemos tenido que luchar mucho para llegar a ello, sobre todo contra la burguesía, que no ha dejado de calumniarnos en sus grandes pliegos de papel diarios, y contra algunos traidores que habían abrazado la causa con ardor, pero la han desertado para ponerse del lado de nuestros explotadores, a fin de satisfacer sus intereses personales. Doy mi informe tal como he podido elaborarlo, porque me han robado el que me había entregado la federación, cuyo saludo fraternal os traigo.

El delegado de la Federación de las Secciones del Valle del Vesdre, con sede en Verviers, HUBERT BASTIN.

Goegg, de Ginebra, da cuenta del movimiento de las sociedades alemanas de Suiza. Empezaron a formarse hacia 1833; hoy existen CINCUENTA Y OCHO.

El orador expone las numerosas ventajas de estas sociedades, que tienen por objeto proporcionar una buena alimentación a sus miembros, completar su instrucción y procurarles los recreos del cuerpo y del espíritu.

Los obreros alemanes que vienen a Suiza a aprender el oficio encuentran en ella la ocasión y la posibilidad de desarrollarse más completamente que bajo sus gobiernos monárquicos, aunque la república suiza no sea todavía como la queremos: la república del porvenir.

Desde hace treinta años, en su paso por Suiza adquieren las costumbres democráticas y los principios de libertad que luego llevan de vuelta a su país, donde son ejemplos vivos de hombres acostumbrados a la vida libre.

Con su adhesión a nuestra asociación, los miembros de estas sociedades se han convertido en otros tantos auxiliares de propaganda, que han contribuido poderosamente a la introducción de la Internacional en Alemania.

El presidente Jung lamenta que en este congreso obrero se venga a glorificar la república suiza, cuando en esa república los obreros son más desdichados que en muchos otros países; cuando en la ciudad en que estamos, en la misma Basilea, la mayoría de los obreros trabajan todavía doce horas por un salario irrisorio.

Farga Pellicer da lectura al informe de la Federación de las Sociedades Obreras de Barcelona:

Informe de los delegados del Centro Federal de las Sociedades Obreras de Barcelona

Compañeros:

Las sociedades obreras de España gozaban, en la época del anterior congreso de la Asociación Internacional, como sabéis, de poca libertad y, por consiguiente, de poca vida.

Aprovechando un movimiento de la política militar, el pueblo consiguió destruir el trono que oprimía sin cesar las fuerzas vivas del trabajo.

Los efectos benéficos de la libertad han dado una gran solidaridad y una gran fuerza a las pocas sociedades que supieron resistir ese largo período de opresión. Primero se instituyeron sociedades de todo género, no solo en los grandes centros obreros, sino también en las localidades de poca industria. Esas sociedades necesitaron una dirección consciente para establecer la armonía y afianzar sus principios regeneradores, que vivifican toda asociación.

La organización del país es tal que, actuando con inteligencia, puede dar en poco tiempo resultados notables para la Internacional.

Barcelona es una de las ciudades más importantes a este respecto, pues las corporaciones actualmente organizadas en ella son treinta y ocho, con siete mil ochenta y un miembros. La importancia manufacturera e industrial de Barcelona se manifiesta en un número importantísimo de fábricas de todo género, lo que hace también de esta ciudad el punto más importante de la península ibérica por el desarrollo de las sociedades obreras.

El Centro Federal de las Sociedades Obreras, constituido después de la evolución de septiembre69 —en octubre de 1868—, ha conseguido organizar y federar algunas de las sociedades obreras de varios lugares de España, y treinta y cuatro sociedades obreras de Barcelona que trabajan por la organización obrera ibérica. El Centro tiene una forma federativa, rechazando la forma monárquica de un solo presidente, y cada día se hace más simpático el movimiento obrero que vosotros, más instruidos que nosotros, habéis llevado a cabo defendiendo y difundiendo los principios sociológicos más radicales.

Muchas sociedades obreras se han unido a él para cooperar a la misma meta. En el catálogo que presentamos al congreso indicamos el nombre, el domicilio, el sistema societario y el número de miembros de todas esas sociedades. Aquí basta con hacer constar que en España conocemos ciento noventa y cinco, con más de veinticinco mil miembros.

La creación de un periódico, La Federación,70 solidariza ya todos esos elementos; su meta es llevar a cabo la reforma por los obreros y para los obreros: su importancia es grande en todos los aspectos. El Centro Federal celebró en diciembre pasado un congreso de obreros de Cataluña y celebrará otro de los obreros de la península ibérica. Asimismo, el Centro ha enviado a las Cortes Constituyentes a un obrero de su seno, y al Municipio a otros que representan en esas asambleas los verdaderos intereses humanos, los del trabajo y los trabajadores.

Para llegar a un resultado sólido de organización, se constituyó en Madrid y en Barcelona un pequeño núcleo de hombres abnegados cuya meta es la de la Asociación Internacional, y que, sin tomar abiertamente el título de la Asociación, propagan los verdaderos principios de la Verdad, de la Justicia y de la Moral, y al mismo tiempo dan a conocer las grandes teorías y las soluciones que la Asociación aprueba. Los resultados crecen a maravilla, porque las ventajas y las ideas puras de la Asociación se imprimen en el corazón de nuestros obreros.

El estado político actual de España es, en todos los aspectos, transitorio. El momento de la transformación social no ha llegado todavía: hoy le faltaría la simultaneidad de acción; tardará seguramente el poco tiempo que hace falta para completar la Federación obrera.

Para ello es preciso no apartarse del camino que hemos indicado más arriba: una propaganda científica y activa, dejando de lado toda personalidad. Hoy, no hay que dudarlo, las secciones españolas de la Asociación Internacional deben trabajar con mucha prudencia: hay que evitar que la Internacional en España se ate a un partido o a una secta, porque nuestra revolución no es de partido ni de secta: es social. Queremos ser consecuentes con vuestras doctrinas e imitar vuestra abnegación; queremos que la península ibérica obrera entera sea algún día (¡oh, gran día!) de la Internacional.

Esta declaración puede cumplirse si queréis celebrar el próximo Congreso internacional en la capital industrial de la República federativa ibérica. Próximos acontecimientos podrán convenceros de la posibilidad de llegar a ese resultado. Sin embargo, aunque el establecimiento de la República se retrase, creemos que habrá libertad suficiente para poder celebrar allí el congreso, si lo creéis conveniente.

Los principios más radicales de la ciencia social, aunque rechazados, como podéis pensar, por el clero, el militarismo, la burguesía y la aristocracia, no dejan de echar fecundas raíces en España, particularmente entre los obreros, que los acogen con un favor creciente.

El Centro se ha ocupado un poco de todos los puntos que constituyen el programa de este congreso, y, aunque no hayamos podido someterlos a una discusión a fondo, porque nuestras últimas luchas políticas y del trabajo nos han dejado poco tiempo para ello, os presentaremos con convicción, en el momento de las votaciones, nuestras conclusiones.

Sí, nosotros, los obreros de Cataluña, admitimos por completo todos los principios de la Internacional; pero, porque la transformación es grande entre nosotros en la actualidad, y a fin de obtener un triunfo completo, avanzamos, aunque lentamente, con seguridad hacia la meta que vosotros deseáis tanto como nosotros.

En cuanto al trabajo, empezamos a combatir con verdadera fuerza; estamos bien convencidos de que el salariado es una de las infamias sociales, y de que, siendo el producto del trabajo una riqueza de la que todos disfrutan, es preciso, en consecuencia, que todos cooperen realmente al trabajo. Estamos completamente dispuestos a combatir de todas las maneras para obtener la justicia social; queremos, pues, la regeneración moral, intelectual y material de nuestra clase, para emanciparla y hacer entrar a las clases privilegiadas, aboliéndolas, en el grande, fecundo y honrado campo del trabajo, estableciendo así la igualdad en la tierra.

En Barcelona, los trabajadores tejedores, mecánicos, hiladores y jornaleros de fábrica sostuvieron una huelga sobre la que los periódicos burgueses de España y del extranjero han publicado muchas falsedades; debemos hacer constar aquí que la huelga continuaba a comienzos de septiembre pese a un contrato hecho y firmado por una comisión mixta o de arbitraje, compuesta de obreros y de patronos, y que la huelga la sostenían únicamente los esfuerzos de los obreros, las sociedades afiliadas al Centro Federal, que se ayudan mutuamente para vencer al capital tiránico y monopolizador.

Entre nosotros, los obreros catalanes, y pronto, pensamos, los de toda la península ibérica, entre nosotros y vosotros, la solidaridad moral e intelectual es ya un hecho, en tal grado que la solidaridad material no puede tardar mucho.

La cuestión de la instrucción, considerada como un medio de reunir los diversos elementos revolucionarios, avanza. El Ateneo de la Clase Obrera, institución para el desarrollo intelectual y físico del obrero, dará pronto resultados notables. En cuanto a la enseñanza integral, empezamos, y procuraremos poseer el gran capital de la fuerza intelectual para aniquilar la iniquidad de los teólogos y de los sabios burgueses.

Compañeros:

Con la perseverancia, la unión y la solidaridad, en cada situación de la vida, en cada lugar del mundo, cualesquiera que sean las nacionalidades, tendremos la Paz y la Libertad, aboliendo los Estados; porque todos los hombres deben formar un solo haz, y todos los pueblos una federación libre de asociaciones libres de obreros. Pero eso no es todo: hace falta la igualdad económica, hace falta que la propiedad se haga colectiva, y para ello hace falta la abolición del derecho de herencia.

Sepamos, mediante el respeto recíproco, afirmar la inviolabilidad y la dignidad humanas: amemos al prójimo más que a nosotros mismos, y a la humanidad más que a todas las cosas.

Reivindiquemos y afirmemos internacionalmente el Derecho y el Deber sociales: la Justicia.

Compañeros:

En nombre de todos los obreros de Barcelona y de la península ibérica en general: ¡salud y fraternidad! Se nos envía a vosotros, hermanos nuestros, para aseguraros que España no ha permanecido indiferente a vuestro movimiento, y para estudiar cómo podremos hacer mejor en nuestra tierra y cooperar más a garantizar los intereses internacionales de los obreros y a obtener nuestra justa y deseada redención.

¡Viva la república democrática y social!

R. FARGA PELLICER. G. SENTIÑON.

Este informe es calurosamente aplaudido.

Se levanta la sesión a las seis y veinticinco.

8 de septiembre. Sexta sesión pública

Al pasar lista constan ocho ausentes y dos enfermos.71

Los secretarios dan lectura al acta de la sesión pública de la víspera, que se aprueba.

De Paepe, miembro de la comisión de correspondencia, da a conocer los telegramas y cartas recibidos hasta hoy, que resume así:

1.º Un telegrama, firmado por Bebel,72 en nombre de los obreros demócratas socialistas de Leipzig, que envía saludos al Congreso de Basilea.

2.º Otro telegrama, firmado por Sarro Magallán, en nombre de la Legión Ibérica Obrera, que saluda igualmente al congreso. La comisión ha recibido las siguientes cartas:

3.º Del ciudadano Tartaret, de París, que, nombrado delegado de los marmolistas de París al mismo tiempo que Flahaut, se excusa por no poder asistir al congreso a causa de una enfermedad mortal que le aqueja.

4.º Del ciudadano Bastelica, de Marsella, que da cuenta de los progresos de la Internacional en esa ciudad; habla de una veintena de cámaras sindicales y de la adhesión en bloque de los marineros de Marsella a nuestra Asociación.

5.º De los sombrereros de París, que lamentan no haber podido enviar delegado al congreso; esta carta termina con una declaración de adhesión a la Internacional.

6.º Una carta del Círculo de los Campesinos de las Ardenas (Bélgica), que expresan sus vivas simpatías por nuestra obra, pero creen que las ideas socialistas solo podrán desarrollarse con grandísima dificultad en nuestra vieja Europa, y aconsejan la emigración en masa a América.

7.º Una carta, firmada por Harlé, del Círculo de Estudio Social de París, que declara haberse constituido en sección de la Internacional. A esta carta acompañan los estatutos del círculo.

8.º Otra carta del ciudadano Malon,73 en nombre del grupo de 74 miembros que se ha constituido en París con el título de TRABAJADORES UNIDOS y declara afiliarse a la Internacional.

Este grupo trabaja activamente en formar otros nuevos en provincias; ya ha conseguido formar uno en Roubaix, Lille y Tourcoing.

9.º Una carta de los obreros tapiceros de París, que envían al congreso la seguridad de sus sentimientos.

10.º El ciudadano De Paepe dice que la comisión ha recibido de América un largo informe que habría que traducir para darlo a conocer; habla de otra carta de la Unión de los Obreros Alemanes de Nueva York, que hace votos por el triunfo de la Internacional y declara que los obreros de América trabajan activamente por la misma meta.

Becker toma la palabra para comunicar a los delegados alemanes el trabajo de la comisión que se acaba de escuchar.

El presidente anuncia que va a continuar la lectura de los informes.

Perret, delegado de las sociedades de relojería de Ginebra, lee el informe siguiente:

Informe de las secciones de los montadores de cajas, joyeros, estucheros, guillocheadores, grabadores, fabricantes de muelles y fabricantes de cajas de música de Ginebra

Ciudadanos:

No podemos daros un informe muy completo sobre nuestras secciones; con todo, os daremos una idea general de su organización. Estas sociedades son en su mayoría de creación muy antigua; salvo una sola, la de los Fabricantes de Cajas de Música, todas forman parte del grupo de las secciones de Ginebra y de la Federación Romanda.

Podemos calcular el número de sus miembros en 500; las cuotas en estas secciones varían mucho: las más bajas son de 1 franco, las más altas de 1,50 francos; todas se basan en la resistencia, y cuatro forman parte de una caja colectiva de resistencia.

Seis de estas secciones conceden socorros por enfermedad; una sola concede socorros por paro: la de los grabadores.

La media de los salarios es muy diversa: la jornada alcanza entre los montadores de cajas la cifra de 5,50 francos; joyeros, 4,50 francos; estucheros, 3 francos; guillocheadores, 4,60 francos; grabadores, 5,50 francos; fabricantes de muelles, 4 francos; cajas de música, 3,25.

El trabajo es muy intermitente en la joyería y la relojería; hay paros prolongados, lo que reduce todavía mucho la media de las jornadas; solo los fabricantes de cajas de música no tienen paro.

La clase de trabajo en estos diversos oficios no es la misma: los montadores de cajas, los fabricantes de muelles y los guillocheadores trabajan por meses; los estucheros y los fabricantes de cajas de música, a jornal. Los salarios han sufrido una baja en la relojería y la joyería en estos últimos años, a consecuencia de las largas crisis que han tenido que atravesar.

Los montadores de cajas y los guillocheadores han creado en su seno cajas de jubilación.

Por último, os comunicamos que las secciones de los Carpinteros Romandos, de los Yeseros-Pintores y de los Hojalateros se han adherido a la caja de resistencia de las cuatro secciones de la Fábrica; esperamos que otras secciones vengan a sumarse a esta caja, que ha prestado ya importantes servicios en varias huelgas.

Por último, para terminar este informe, os sometemos algunos de los deseos de nuestras secciones.

Deseamos que los congresos internacionales se ocupen activamente de las cuestiones de un interés realmente práctico para los trabajadores, y que el Congreso de Basilea dedique toda su atención a la discusión de las siguientes cuestiones: de la influencia de las sociedades de resistencia, de la instrucción integral, del crédito.

No estamos en absoluto en contra del estudio y la discusión de las grandes cuestiones sociales, pero estimamos que la propiedad de la tierra y la abolición del derecho de herencia son cuestiones que todavía no se han estudiado ni discutido suficientemente en las secciones, y que solo pueden realizarse en un porvenir muy lejano.

Consideramos que es prematuro votar resoluciones sobre estas dos cuestiones, y deseamos que el congreso las remita a estudio.

Insistimos vivamente en que se procure organizar con más fuerza nuestra asociación, prestando toda la atención a las cajas de resistencia, la cuestión más importante en el movimiento actual. La organización de poderosas cajas de resistencia debe hacer entrar en la asociación a la masa de los trabajadores, que hasta ahora ha permanecido indiferente a nuestros principios; con todas esas cajas unidas por la solidaridad fraternal, estamos persuadidos de que marcharemos con más seguridad hacia nuestra emancipación completa y hacia la realización de las grandes cuestiones sociales.

Querríamos que las cuestiones que se han de discutir en los congresos se enviaran a las secciones con seis meses de antelación, para poder estudiarlas seriamente.

El delegado,

HENRI PERRET, grabador.

De Paepe, en nombre de las sociedades de mineros de la cuenca de Charleroi, da una idea general del movimiento social de esas secciones; dice que, tras el informe del Consejo General, solo tiene que añadir unas palabras para dar una idea de la mala fe de ciertos periódicos belgas que habían anunciado la existencia de una huelga en la cuenca de Charleroi cuando no se trataba de nada semejante; cree que esta táctica burguesa no podía tener otro móvil que provocar disturbios.

Bruhin da a conocer los trabajos de la sección de Basilea y dice que, después del informe del Consejo General, no necesita extenderse largamente. Cuando estalló la huelga de Basilea,74 los burgueses de esta ciudad creían en una revolución; eso explica la actitud arrogante de esos señores en el conflicto económico que agitó esta ciudad durante varias semanas; sin embargo, añade el ciudadano Bruhin, pese al resultado aparentemente negativo de la huelga, los obreros han ganado con ella un ligero alivio; dice que se han formado distintas sociedades obreras, y siguen formándose desde entonces, pero que todavía no puede considerarlas como una fuerza para la Internacional; expresa su convicción de que, tras las manifestaciones pacíficas del congreso, no vacilarán en adherirse a nuestra asociación.

El ciudadano Robin da lectura a un informe de la sección de Lieja; desgraciadamente, no puede transmitir íntegramente al congreso los trabajos de esta sección, porque la policía francesa robó los principales documentos al atravesar Francia para venir aquí.

Informe del Consejo Federal de las secciones de la cuenca de Lieja

Compañeros:

En todas partes la clase obrera despierta.

En todas partes los trabajadores parecen salir por fin de la apatía en que estaban sumidos; sienten que se acerca la hora de la reivindicación y se aprestan para la lucha definitiva que ha de devolverles por fin la posesión de sus derechos, tanto tiempo desconocidos.

El movimiento, esta vez, es general; será irresistible.

Es que los pueblos han comprendido por fin que todos son hermanos y que ninguno tiene nada que ganar con la opresión de su vecino.

Por eso, mientras los déspotas intentan en vano reavivar el fuego de los viejos odios, mientras procuran en todas partes sembrar la discordia, según su antigua máxima:

Dividir para reinar,

los proletarios tienden, al contrario, a hacer desaparecer todo lo que todavía podría dividirlos.

Los grupos se forman, se acercan, y pronto acaban por unirse y fundirse para reunirse con otros grupos y llegar así a realizar esa solidaridad universal, sueño de unos pocos al principio, pero que pronto será para todos una realidad.

No hace mucho tiempo, compañeros, los que se atrevían a predicar la unión de los trabajadores eran tratados como locos peligrosos.

Y sin embargo, ved:

Ayer eran pocos; hoy se cuentan por miles; y mañana, ¡oh, mañana!, todos estarán alistados bajo la bandera de la Justicia y de la Igualdad sociales.

El movimiento se extiende y crece poco a poco. Lo hemos dicho: «Esta vez es general». Los que parecían más hostiles a las ideas de reorganización social se han visto llevados poco a poco, por la fuerza de las cosas, a reconocer que sin ellas no hay emancipación posible para la clase obrera.

Ahora está probado y establecido para siempre que las reformas políticas, sean las que sean, no conseguirán sacar al pueblo de la miserable condición en que vegeta desde hace tantos siglos.

Los que todavía podían dudarlo no han tenido más que abrir los ojos.

Este año ha sido fecundo en acontecimientos, dolorosos para nosotros, pero que al menos habrán bastado para derribar todos los sofismas con los que se intentaba hacer creer a los desdichados proletarios que su miseria y su inferioridad dependían únicamente de la forma de gobierno.

¿No han visto, en efecto, en un mismo año, en plena paz, y mientras no hacían más que usar de un derecho inscrito en sus mentirosas constituciones, no han visto a sus hermanos ametrallados, asesinados y perseguidos a bayonetazos, no solo bajo el gobierno despótico de un emperador absoluto, sino también en la liberal Bélgica y en la Suiza republicana?

¿No han visto a lo que llaman la Justicia perseguir no a los asesinos del pueblo, sino al pueblo asesinado, y a este sufrir en la cárcel la expiación de los atentados cometidos contra él?

¿No han oído sobre todo los clamores de la prensa capitalista perseguir hasta en su suplicio a los desdichados que se habían creído ciudadanos y no eran más que esclavos?

¿No han visto esa vergonzosa connivencia en la injuria y en la calumnia ayudarse y responderse de Lieja a Bruselas, de Bruselas a París y de París a Ginebra, como para mostrar mejor a todos que en todas partes y siempre había dos enemigos frente a frente, el Trabajo y el Capital, y que en adelante es entre ellos donde debe estallar la lucha?

Pero, compañeros, habrán visto que, si la burguesía era en todas partes la misma, encarnizada en defender sus intereses y en poner obstáculos a la emancipación del pueblo, en todas partes también el pueblo era el mismo, abrumado bajo cargas parecidas y tendiendo a la unión para combatir al enemigo, al único enemigo: el Amo.

Compañeros:

Los miembros de las secciones de la cuenca de Lieja no han esperado a los tristes acontecimientos que han venido a sumir en el estupor y el luto a centenares de obreros para comprender que estos debían tenderse en todas partes una mano fraternal.

Afiliados desde hace mucho tiempo a la Asociación Internacional, saben que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos, y que no tienen nada que esperar de una burguesía ahíta, que no puede vivir en la abundancia y el lujo más que manteniendo al pueblo en la dependencia más absoluta y haciendo pesar sobre él las cargas más abrumadoras.

Los obstáculos puestos en todas partes a la formación de las secciones de la Internacional, la presión ejercida por los patronos sobre sus obreros para impedirles asociarse, las calumnias difundidas a diario contra nosotros, nos habían instruido suficientemente a este respecto.

Habíamos visto también, por ejemplos recientes, qué caso hace nuestro gobierno doctrinario75 de la vida de los obreros, y las matanzas de Charleroi76 habían tenido una siniestra resonancia cuyo recuerdo no se había borrado todavía.

Pero la clamorosa reprobación con que se había acogido en todas partes ese atentado sanguinario nos hacía esperar que no se atreverían a repetirlo en un país que se pretende libre y civilizado.

Pronto supimos lo contrario. Pronto vimos que el odio contra el obrero era implacable y que su emancipación solo se obtendría al precio de luchas obstinadas.

No tenemos, compañeros, la intención de relataros la triste historia de la huelga de Seraing y de las odiosas matanzas que en adelante parecen ser en Bélgica el apéndice obligado de toda manifestación obrera.

Todos los órganos de la Internacional os han puesto al corriente de esos hechos; además, la protesta de la sección de Lieja y el boletín de la huelga publicado por la sección de Lize-Seraing misma, del que os hacemos llegar ejemplares, os informarán sobre estos puntos de un modo más completo de lo que podemos hacerlo hoy.

Solo queremos, en nombre de todas las secciones de la cuenca de Lieja, protestar contra la manera en que se entiende entre nosotros el respeto a la libertad del trabajo.

Venimos a desmentir del modo más formal las calumnias que a diario se vierten sobre nosotros y a mostrar con nuestro ejemplo a los proletarios de todos los países lo que pueden esperar de sus patronos y de sus gobernantes.

Venimos sobre todo a protestar contra esa trampa odiosa tendida a nuestra buena fe a la que llaman libertad de coalición.

Si, en efecto, compañeros, cada vez que los trabajadores quieren reunirse en virtud de ese pretendido derecho se envía inmediatamente al ejército permanente a cargar contra las reuniones y dispersarlas, ¿de qué derecho y de qué libertad se pretende dejarnos gozar?

¡De la libertad de callarnos y del derecho de morirnos de hambre!

Pero hace ya demasiado tiempo que padecemos este monstruoso estado de cosas, y creemos que ya es hora de suprimirlo.

La libertad no existe sin la igualdad, y mientras la burguesía tenga en su posesión exclusiva todo lo que constituye la fuerza y el poder, tanto el poder gubernamental como la autoridad sin control del taller; mientras tenga el monopolio de la propiedad, del capital y de los instrumentos de trabajo, el obrero, cualesquiera que sean los pretendidos derechos que se le otorguen, nunca tendrá, dígase lo que se diga, ni sombra de libertad, y se verá en definitiva más miserable en el proletariado moderno de lo que era en la esclavitud antigua.

La justicia y la libertad solo pueden existir entre hombres iguales, ¿y qué igualdad hay entre los obreros y los patronos de hoy?

Nuestros hermanos de Seraing han podido experimentarlo por sí mismos.

Mientras, abandonados a sus solas fuerzas, reclamaban pacíficamente el cese de unos abusos clamorosos establecidos por sus patronos, vieron a estos, no contentos con los elementos de desigualdad que les daba la propiedad exclusiva de los instrumentos de trabajo, llamar además en su ayuda el concurso de los ejércitos permanentes.

Los obreros estaban solos y sin apoyo. Los capitalistas —¡y qué capitalistas!: uno es el burgomaestre de Seraing; los otros son miembros de la Cámara de Representantes, ministros incluso, y más todavía, miembros de la familia real— disponían de todos los poderes públicos, y esos poderes los han puesto al servicio de sus intereses particulares.

Y de nuevo se ha encargado al sable y al fusil que resuelvan los problemas económicos.

Ahí la tenéis, compañeros, ese pulpo financiero (del que hablaba el periódico La Liberté)77 que nos ahoga, nos estrecha y se ceba con lo más puro de nuestra sangre.

Entre nosotros, pues, el obrero no tiene nada que esperar de nadie, puesto que príncipes, ministros, representantes, burgomaestres, magistrados, todos los que se supone que representan la justicia, se cuentan entre sus explotadores.

Se vuelva hacia donde se vuelva, no ve más que enemigos. ¡El abogado mismo al que encarga que asuma su defensa pertenece a un cuerpo privilegiado que depende casi por completo de aquellos contra quienes pide justicia!

Sepámoslo, pues, compañeros: de arriba abajo de la escala social, hacia donde dirijamos la mirada, no encontramos más que jefes y amos.

Es, pues, en nosotros, los trabajadores, y solo en nosotros en quienes debemos confiar para instaurar por fin la era de la Justicia y de la Igualdad.

¡Quizá la lucha sea larga! Pero estamos dispuestos a tomar en ella nuestra parte, y os enviamos nuestros saludos fraternales.

EL CONSEJO FEDERAL DE LA CUENCA DE LIEJA.

Bastin, de Verviers, confirma lo que acaba de decir el ciudadano Robin: es a él a quien la policía francesa robó los documentos que debían entregarse al congreso. Esta sustracción se cometió cerca de Thionville.

Richard, de Lyon, comunica, en nombre del ciudadano Caporusso, de Nápoles, el informe de esa sección, que ha podido formarse pese a las influencias aristocráticas de una burguesía en todo semejante a la de Francia y de Inglaterra.

Asociación Internacional de los Trabajadores. Sección de Nápoles.

Bajo la influencia de la situación económica de la Italia meridional y del progreso de las ideas socialistas, se ha podido fundar en Nápoles una sección de la Internacional, en el mes de enero pasado. En ese antiguo receptáculo de todas las torpezas monárquicas y monacales, en ese país que se ha dejado fascinar por las promesas de los unitarios italianos, una burguesía en todo semejante a las de Francia y de Inglaterra ha venido a poner, en lugar de los lazzaroni, a obreros que trabajan hasta quince horas al día para ganar dos o tres francos, y en lugar de la Camorra, que apuñalaba en la sombra, a explotadores que matan de hambre a la vista de todo el mundo. La sección de Nápoles cuenta ya con seiscientos miembros, organizados en subsecciones, que hacen una activa propaganda en la Italia meridional y hacia los cuales todas las desdichadas poblaciones de esa tierra empiezan a volver los ojos como hacia los precursores de la verdadera libertad.

Los obreros napolitanos reunirán todas sus fuerzas en el terreno del socialismo revolucionario y han enviado a su representante a este congreso para sellar en él, con los representantes de todas las demás secciones de Europa, la alianza universal que debe preparar y proclamar, mediante el derrocamiento de todas las iniquidades sociales, la soberanía económica del pueblo.

El delegado.

Murat, de París, explica en pocas palabras la situación en que se encuentran las sociedades obreras parisinas, y dice que, después de la disolución de la oficina de París por la justicia francesa, el espíritu de la Internacional se ha extendido a todas las sociedades obreras; vuelven a formarse distintos pequeños grupos de nuestra asociación; las sociedades de París, aunque comparten nuestros principios, todavía no se han adherido efectivamente a la Internacional porque quieren federarse entre ellas, cosa que ya estaría hecha sin la intervención de la policía en las últimas elecciones, como afirma el manifiesto que acaban de publicar; sin esas trabas se habrían adherido en masa.

Habla de la huelga de Barcelona, que un periódico francés, el RÉVEIL,78 dijo que había sido fomentada por la Internacional. Han circulado otras dos versiones poco probables. La primera atribuía la huelga a los partidarios de Isabel; él cree a los obreros de Barcelona demasiado republicanos para que sea verdad; la segunda, que no podían ser otros que los fabricantes ingleses; tampoco lo cree, porque sabe que los obreros españoles son demasiado patriotas para eso.

Murat creyó, en su calidad de apoderado del Consejo General, que debía responder a todas esas calumnias, que no deberían difundir periódicos republicanos —se comprendería en los órganos bonapartistas—, y escribió a este respecto una carta quizá un poco viva, a la que siguió una respuesta brutal; sin embargo, puesto que ni los delegados de Ginebra ni los de Barcelona han hablado de ese hecho, es que no se había equivocado.

Farga Pellicer, de Barcelona, da algunas explicaciones sobre lo que ha dicho Murat, de las que resulta que la huelga de Barcelona no ha sido más que obra espontánea de los obreros de la localidad, que no obedecieron a ninguna orden extranjera.

Becker presenta un informe sobre las secciones alemanas de Ginebra en nombre del comité central alemán y, para poner mejor de relieve los esfuerzos hechos por el comité, termina diciendo que se han escrito 3.600 cartas y publicado 26 folletos.

Grosselin lee el informe sobre las secciones de Ginebra:

Informe de las secciones de Ginebra

Después del Congreso de Bruselas, se comprendió que faltaba organización en el comité central; por eso se abrieron conferencias todos los jueves a fin de preparar una organización nueva en los estatutos.

Además, se celebraron varias conferencias para la formación de sociedades de consumo, de las que resultó la creación de una panadería cooperativa y de dos tiendas de comestibles; en la misma época (en otoño de 1868), como los patronos daban una interpretación favorable a sus intereses al contrato firmado por las dos partes y propuesto por los obreros de la construcción, las sociedades contratantes se vieron llevadas a declarar una nueva huelga, que solo se conjuró cediendo, no sobre el número de horas concedidas por ellos, sino sobre la manera de cumplir la jornada. Tuvimos que aconsejar a los obreros que cedieran porque, a la entrada del invierno, creímos reconocer una trampa en la manera en que los patronos habían calculado la época de su impugnación. Sea como fuere, esta huelga solo se conjuró para el invierno, porque en la primavera de 1869 los patronos (al menos los tres grandes talleres principales) se negaron a cumplir el contrato, que sin embargo se había firmado de común acuerdo en 1868.

Reanudamos la huelga, y muchos burgueses se hicieron gendarmes para proteger los intereses de los patronos.

Se celebró una asamblea de burgueses; en ella se pidió al gobierno, en nombre de la libertad individual y del peligro que corrían las instituciones del país, que reprimiera a los obreros; los peticionarios ofrecían con ese fin su apoyo material.

Los obreros, por su parte, apelaron a la opinión pública, que hizo justicia a tanta presunción y obligó a los patronos a cumplir el contrato.

Pero volvamos a nuestro asunto: los días 1, 2 y 3 de enero de 1869 se abría en Ginebra un congreso romando que federaba todas las sociedades de esta parte de Suiza.

Hacía un reglamento federal, nombraba un comité federal y fundaba el periódico L'Égalité79 para sustituir a La Voix de l'Avenir,80 que no respondía a lo que las secciones esperaban de él.

En la primavera, y al mismo tiempo que la huelga de los obreros de la construcción, estallaba la huelga de los tipógrafos, en la que se produjo un cisma de los más lamentables. Los separatistas, llamados sarrasins,81 abandonando la sección de los tipógrafos, formaron con los patronos una sociedad (sociedad de socorros).

La sociedad de los tipógrafos, dividida desde entonces en dos campos, ofrecía un triste espectáculo: varios se marcharon, y el resto organiza ahora un taller cooperativo.

Varias secciones han entrado ya en la caja de resistencia; las demás no han tenido tiempo de tomar decisiones, por circunstancias ajenas a su voluntad. En cuanto a una de ellas, debo señalaros que está en proyecto la formación de una caja llamada de jubilación.

Debemos añadir, para terminar, que tuvimos que protestar dos veces ante las autoridades por las huelgas antes mencionadas; que a la primera protesta se respondió con una negativa a admitirla, y que la segunda espera todavía su solución. No entraremos en los detalles de las escenas que se produjeron con ocasión de las huelgas, puesto que el informe del Consejo General las menciona.

Termina diciendo que el comité central le ha dado plena libertad para tratar las cuestiones de la propiedad y de la herencia, contrariamente a lo que se ha hecho con sus colegas de las secciones.

Brosset, de Ginebra, protesta y dice que sus colegas y él han recibido mandato para votar a favor de la propiedad colectiva y de la abolición de la herencia: diecisiete secciones los han investido de esa autorización.

Quinche da lectura a un informe en nombre de los cinteros de Basilea.

Flahaut, de París, lee el informe de los marmolistas de París:

Informe de la Sociedad de los Marmolistas de París

Ciudadanos:

Los obreros marmolistas de París han tenido particular empeño en hacerse representar en el congreso:

1.º Porque la cámara sindical de la marmolería acaba de pasar una doble prueba de resistencia semilegal, y empleo esta palabra a propósito, porque no ignoráis que en Francia a la libertad de asociación todavía no le han crecido las alas.

2.º Porque están en vísperas de emprender una tercera, y necesitan dar a conocer a sus hermanos de todos los países los detalles de la tarea que han emprendido, a fin de estrechar los lazos que deben unirlos para la defensa de sus intereses internacionales y profesionales.

La lucha que hemos sostenido con toda la sabiduría que da la convicción del derecho y de la justicia ha triunfado más allá de nuestras previsiones; hemos procedido rápidamente, y sin embargo éramos muy jóvenes: a nuestra cámara sindical todavía no le habían salido los dientes; no tenía dinero. Pero el sentimiento de la solidaridad había despertado entre los marmolistas a la voz de los síndicos que se habían elegido, y también a la de los delegados de distintas profesiones.

En quince días, los reclutas de la reivindicación se habían convertido en héroes, dispuestos a sacrificarlo todo para hacer triunfar sus justas reclamaciones. Todo iba de la mejor manera cuando, en medio de su combate pacífico, cuando no se había cometido ningún acto que atentara contra la libertad del trabajo individual, cuando solo habíamos decidido el cese del trabajo después de agotar todos los medios de conciliación para obtener de nuestros patronos concesiones legítimas, fuimos víctimas de rigores extrajudiciales.

Nuestros libros de contabilidad, nuestros papeles fueron incautados; nuestros domicilios, sometidos a registros; nuestra correspondencia íntima, registrada y en parte llevada, a voluntad de los agentes encargados de esa triste misión.

Se nos había puesto en la penuria más completa, no porque se hubiera incautado la caja (no la había en el domicilio social: estaba a buen recaudo en el bolsillo de todos los afiliados, que no faltaron a su deber), sino porque se había puesto a los síndicos en la situación más equívoca, al incapacitarlos para pedir o rendir cuentas.

Cuando se piensa en los rumores calumniosos que quienes nos combaten suelen difundir entre los obreros para dividirlos, se ve que esta medida policial era un golpe destinado a quitarnos en una hora la confianza de nuestros compañeros.

Los fabricantes triunfaban; por todas partes se difundía el rumor de nuestra próxima detención, ¡y todo eso en plena segunda huelga!

Pues bien, ciudadanos, la solidaridad moral hizo maravillas, no como los chassepots,82 entendámonos. Las cámaras sindicales parisinas, las cajas de solidaridad se conmovieron: todas resultaban atacadas en la cámara sindical de los marmolistas. Durante un mes, todos los periódicos publicaron sus protestas; no se las podía rechazar. Los obreros pedían cuentas a la administración del valor de sus promesas de no intervenir en los conflictos que pudieran surgir entre patronos y obreros; debía dejar a cada cual plena y entera libertad de defender sus intereses, ¡y atacaba a los sindicatos con una incautación!…

La tolerancia que desde hacía mucho tiempo la administración había concedido únicamente a los patronos no se atrevió a retirársela; no tuvo más remedio que dejarla a los obreros, que se habían tomado la libertad de servirse de ella con la firme voluntad de transformarla, en provecho de todos, en derecho de asociación.

Hemos luchado, y nuestros hermanos de la marmolería no han dejado de verse alentados durante la lucha por los ofrecimientos de fondos de un gran número de grupos solidarios.

El espíritu de la obra de la sociedad internacional de los trabajadores no había muerto con los golpes asestados al comité de París.

Se encadena a los innovadores que predican el reinado de la libertad, de la paz, de la razón, de la ciencia y de la justicia; a veces se los mata, pero su pensamiento vivifica e ilumina a los pueblos del porvenir a despecho de todas las opresiones.

Instruidos por las lecciones del pasado, sostenidos moralmente por la solidaridad, sin preocuparnos de los peligros del presente, hemos planteado sin rodeos nuestras condiciones a los patronos que nos explotaban desde hacía muchos años.

He aquí en pocas palabras los motivos de nuestras disputas, sobre los que llamamos la atención fraternal de los marmolistas del mundo entero en general y de los de Bélgica, nuestros vecinos más próximos, en particular.

En París, hace seis meses, la jornada de los marmolistas y pulidores variaba, por diez horas de trabajo, de 5,50 a 4,50 francos. Se trabajaba generalmente a destajo, se hacían horas extraordinarias y, en fin, se trabajaba el domingo.

Hoy, tras dos meses de resistencia, hemos obtenido en principio, en dos especialidades de nuestra industria, la chimenea y el mueble, los resultados siguientes:

1.º Supresión de las horas extraordinarias y del trabajo dominical.

2.º Generalización del trabajo a jornal.

3.º Aumento de 1 franco diario para los marmolistas y de 1,25 francos para los pulidores.

El número de disidentes respecto a la caja general ha sido sumamente pequeño, y ya muchos de los que habían negado su concurso en las dos primeras huelgas se inscriben para la defensa de los intereses de los marmolistas de relojes de sobremesa.

Observaréis, ciudadanos, que no os he dado ningún detalle sobre los motivos que nos han decidido a reclamar la reducción de las horas de trabajo; se estudiaron con demasiada sabiduría el año pasado en el último congreso de Bruselas, y los ha comprendido demasiado bien la totalidad del mundo entero, para que sea necesario que me detenga en ellos.

Me contentaré, pues, con resumir en estos cuatro puntos [las consecuencias de] la prolongación del tiempo empleado cada día en el trabajo:

1.º Antagonismo continuo entre todos los obreros que buscan acaparar el trabajo.

2.º Abundancia de tarea para unos y paro para la mayoría.

3.º Miseria para todos, inquietud constante por la satisfacción de las necesidades más imperiosas, que facilita los medios de explotar al hombre por el capital.

4.º Servidumbre corporal y moral e ignorancia completa de los trabajadores, privados del tiempo necesario para instruirse y vivir en familia.

Solo nos queda ocuparnos de la tercera especialidad de nuestra profesión, es decir, de los marmolistas de relojes; aquí se presentan nuevas dificultades. La lectura de las resoluciones tomadas en la última sesión del sindicato de los marmolistas os hará comprender más fácilmente que la cuestión que tenemos que resolver es de interés universal y que todavía no se ha tratado en los congresos obreros.

A los marmolistas de París.

Ciudadanos:

La cámara sindical de los obreros marmolistas de París, llamada a deliberar sobre las reclamaciones de los obreros marmolistas de relojes, propone a la asamblea general que adopte las siguientes resoluciones:

Considerando que la mayoría de los obreros pulidores de relojes trabajan en su casa a destajo por encargo,83 y que muchas mujeres se emplean en sus casas en esta tarea;

Considerando que es materialmente imposible, por ahora, obligar a patronos y obreros a suprimir el trabajo a domicilio y a sustituirlo instantáneamente por el trabajo a jornal en los talleres;

Considerando que, aun cuando ello fuera posible, sería privar injustamente a las mujeres de los recursos de un oficio que ejercen desde hace mucho tiempo;

Considerando que la cuestión del trabajo a destajo por encargo es de gran importancia y presenta serias dificultades que interesan a multitud de profesiones que ocupan a muchos trabajadores a destajo;

Considerando que los obreros a destajo por encargo no pueden someterse a la vigilancia fraternal que exige el éxito de las reivindicaciones colectivas, puesto que trabajan en su casa con toda libertad y a menudo fabrican por su cuenta objetos que van a ofrecer y vender al precio que les conviene;

Considerando que el regreso de los obreros a destajo a los talleres solo podrá efectuarse con la doble condición de que la solidaridad esté establecida entre ellos tan estrechamente que renuncien voluntariamente a su modo de trabajo, y de que los patronos dispongan sus talleres para recibirlos;

Considerando que estas dos condiciones están lejos de cumplirse y que no está probado que el regreso a los talleres de un gran número de obreros que trabajan en libertad en su casa sea completamente indispensable para asegurar la solidaridad general de los trabajadores;

Considerando que es deber de la cámara sindical no abandonar a ninguna fracción de los obreros que han contribuido a la defensa del interés común, y que la asamblea general del 22 de agosto decidió poner a estudio la supresión del trabajo a destajo por encargo en la marmolería;

Considerando además que hoy se emplea en los talleres a un pequeño número de pulidores;

Por estos motivos y otros que se expondrán:

La cámara sindical declara que, por ahora, la supresión del trabajo a destajo por encargo y el regreso a los talleres son imposibles, y que sería inoportuno y del todo contrario a los intereses de la colectividad entablar negociaciones con los patronos sobre este asunto.

La cámara decide que se abre desde hoy una investigación para el estudio de los medios que se han de emplear para establecer la solidaridad y organizar el control del trabajo de los obreros y obreras a destajo de la marmolería. Invita con ese fin a los obreros de las demás profesiones a imitarla y a proporcionarle todos los datos para la solución de esta cuestión.

La cámara decide además que, como el salario de los obreros marmolistas y pulidores de relojes no guarda relación con sus necesidades esenciales, procede consultar a la asamblea general para saber si es urgente tomar todas las medidas inmediatas para obtener el aumento de salario concedido por los patronos de las otras dos ramas de la industria de la marmolería de París. Estas resoluciones se aprobaron por unanimidad.

Ciudadanos:

Perdonadme si he abusado de vuestro tiempo para ocuparos de nuestros intereses particulares, pero he creído, y sigo creyendo, que nunca podrá ofrecerse a un grupo ocasión más hermosa de exponer los apuros de su situación ante una asamblea de trabajadores más competente.

El éxito de nuestra empresa depende del concurso de la solidaridad internacional. Es aquí donde están reunidos sus representantes; es aquí donde debo hacer un llamamiento a nuestros hermanos de Bélgica. Es a los marmolistas belgas a quienes debo decir: hemos vencido la explotación en París por la unión; no seáis los instrumentos que sirvan para destruir lo que hemos levantado.

El hombre aislado en la sociedad está vencido; el pueblo aislado en la humanidad es un pueblo muerto.

Conocéis el poder del capital. Sabéis todos los recursos productivos de Bélgica en materia de marmolería; sabéis que los obreros belgas están mal pagados, que los medios de transporte son fáciles y que, en fin, en muchos casos nuestros patronos podrían intentar volverse atrás de las concesiones que nos han hecho si pueden sacar sus productos o sus obreros de Bélgica.

Las miserias causadas por la competencia comercial son inconmensurables; solo las lágrimas del trabajador podrían hacer comprender su profundidad.

Os toca, pues, a vosotros, marmolistas hermanos nuestros, que podéis adheriros libremente a la sociedad internacional, reivindicar un salario que corresponda al nuestro, a fin de reducir a la nada las tentativas codiciosas de los ricos explotadores: los marmolistas franceses.

Nuestra profesión, al elegirme, ha querido probar que el espíritu de nacionalidad había desaparecido, puesto que ha querido hacerse representar en el congreso por un extranjero al que ya había elegido presidente de su sindicato.

En cuanto a mí, ciudadanos, mi tarea ha terminado. No tengo costumbre de hablar en público y vengo aquí a buscar la luz; pero lo que deseo deciros de todo corazón es que nuestra profesión tiene los ojos fijos en vosotros y espera con ansiedad las resoluciones del congreso.

Si se me ha confiado la cuestión práctica, es porque contaba con mis colegas para el estudio de las cuestiones de economía social.

Nunca han creído los marmolistas que la solidaridad no tuviera otra meta que la elevación del salario ni otro medio que las huelgas; saben, y van a intentar comprobarlo, que solo la asociación de los esfuerzos productivos puede llevarnos a la emancipación, asegurando a cada cual la justa retribución de sus trabajos.

Terminaré, pues, diciéndoos en su nombre, trabajadores delegados de todos los países: si los obreros franceses no pueden combatir abiertamente en vuestras filas por la reivindicación de todas las libertades sociales y políticas, están de corazón con vosotros.

Tienen confianza y esperanza en la empresa gigantesca de la Sociedad Internacional de los Trabajadores, y una admiración sin límites por el valor y la abnegación de quienes sostienen su bandera pese a todos los esfuerzos de la opresión.

Cuentan, en fin, con la solidaridad de los trabajadores del mundo entero para llevar a cabo la transformación social sin revolución brutal.

Sesión pública de la mañana, 9 de septiembre

Varlin toma la palabra para completar lo que ha dicho Murat sobre la Internacional de París. Hace resaltar cuán felices efectos ha producido la disolución violenta de la oficina de París desde el punto de vista de la propaganda en favor de la Internacional. Muchos trabajadores no se habían ocupado nunca de nuestra asociación antes de la condena: desde ese momento acudieron a pedir la adhesión, si todavía era posible. Para todos los obreros, la asociación seguía existiendo: su idea se difundía y la perpetuaba en las masas, lo mismo que a los ojos de la burguesía inquieta. Todos los miembros de la oficina de París hicieron cuanto pudieron por difundir los principios, afirmando la solidaridad internacional; en todas partes procuraron, pese a las trabas, crear lazos entre todas las sociedades obreras; y cuando los trabajadores acudían a ellos, ya no era, es cierto, la oficina de París, suprimida por ley, la que tomaba en sus manos su causa, sino los antiguos miembros de dicha oficina.

Se han fundado dos sociedades de estudios: el Círculo de Estudios Sociales y Los Trabajadores Unidos; ambas acaban de enviar su adhesión a la Internacional.

Relata los esfuerzos de las sociedades corporativas por secundar el movimiento suscitado por la Internacional, con la intención bien firme de llegar a obtener una adhesión directa. La sociedad de los litógrafos ya ha votado su adhesión: la sociedad de los encuadernadores, a la que él representa, ya no es, pues, la única afiliada en bloque.

Es más que probable, añade, que a la vuelta de Basilea los delegados arrastren a los demás oficios a hacer lo mismo; dice para terminar que la Asociación Internacional no ha muerto en París, sino que, al contrario, está allí más viva que nunca.

Neumayer, de Viena (Austria), da cuenta del movimiento obrero en esa nación y dice que, si al socialismo le ha costado manifestarse en Austria, ello se debe al gobierno, que hace la guerra a todas las manifestaciones de este género. El origen del movimiento fue un pequeño folleto publicado en Berlín, que hizo mucho ruido entre los obreros austriacos.

A partir de esa publicación, las sociedades obreras empezaron a formarse en Austria y no tardaron en llegar a la conclusión de que la cuestión del trabajo solo puede resolverse internacionalmente. Todas las sociedades obreras de Viena enarbolan la bandera roja, y sus adversarios las llaman los hermanos rojos. En las circunstancias actuales no pueden entrar oficialmente en la Internacional, pero esperan ser pronto lo bastante fuertes para poder afiliarse en las barbas del gobierno.

Las poblaciones eslavas que forman parte de Austria parecen absortas en sus cuestiones de raza y de nacionalidades. El orador invita a Bakunin a emplear la influencia de que dispone para invitar a los obreros eslavos a tomar parte en el movimiento socialista.

Bakunin responde que se alegra de oír lo que acaba de decir Neumayer. Dice que empleará su modesta influencia para animar no solo a los checos, sino también para arrastrar a todo el paneslavismo que sufre el yugo del César ruso, a venir a adherirse a los principios de la gran federación internacional obrera.

Estas palabras son cubiertas de aplausos.

Floquet84 lee el informe siguiente:

Informe de la sección del Locle

Solo podré presentar un informe muy breve y necesariamente imperfecto. Durante este año, la sección del Locle ha recobrado una energía nueva. Hemos agrupado en torno a la Sección Central distintos oficios y, conforme al Reglamento Federal Romando, hemos constituido un comité federal local, encargado de enlazar entre sí las sociedades locales y de comunicarse con el Comité Federal Romando, que tiene su sede en Ginebra, así como con las demás secciones. Hemos creado además una caja de resistencia, que empezó a funcionar con ocasión de las últimas huelgas.

Nuestro comité local, de acuerdo con las secciones de La Chaux-de-Fonds y del distrito de Courtelary (Jura bernés), ha querido seguir el ejemplo de nuestros amigos belgas; hemos organizado mítines, que han dado ya algunos buenos resultados. En esos mítines hemos roto de una vez por todas con la política burguesa y nacional que preconizan en Suiza ciertos falsos socialistas, y que amenaza, si no se pone cuidado, con convertirse entre nosotros en un verdadero peligro para la Internacional, a la que algunos ambiciosos tratan de desviar de su verdadero objetivo para explotarla en provecho de intereses políticos y gubernamentales. No creemos en la eficacia de las reformas constitucionales para resolver el problema social; por eso no nos asociaremos a algunos socialistas de la Suiza alemana que presentan la legislación directa por el pueblo como la panacea universal85. Hostiles al Estado y al gobierno, aunque se los bautice con los nombres de Estado socialista y de gobierno popular, no vemos salvación más que en la anarquía por la revolución.

Os habéis enterado por los periódicos de la manera en que se ha llevado la huelga de los grabadores y guillocheadores86. Los patronos habían hecho correr el rumor de que los obreros se habían declarado en huelga para irse de parranda; la conducta ejemplar de los obreros ha desmentido esa calumnia; y gracias al apoyo de nuestros hermanos de fuera, de Ginebra en particular, tras diecisiete días de lucha los patronos tuvieron que aceptar las condiciones que al principio habían rechazado. Todo hace creer que las cosas no se quedarán ahí y que la huelga de los grabadores y guillocheadores no ha sido más que el comienzo de una agitación de la que se beneficia la Internacional.

Debemos recordar también que nuestra caja de crédito mutuo, fundada en 1866, sigue funcionando muy bien.

El Locle, 4 de septiembre de 1869.

Applegarth, delegado de los carpinteros de Londres, tiene la palabra para dar a conocer los trabajos de las trade unions.

Aunque Inglaterra, dice, no posee todavía todas las libertades necesarias para el desarrollo y la emancipación social de las masas, los obreros hacen, sin embargo, todo lo que pueden para sacar el mejor partido posible de las libertades existentes. Haciendo la historia de la sociedad de la que es secretario, dice que desde su fundación, en 1860, ha repartido entre sus socios enfermos o sin trabajo una suma de 750.000 francos; y que, además de eso, tiene en caja una suma de 425.000 francos depositados en el Banco de Inglaterra.

Muchas sociedades son a la vez sociedades de resistencia y de socorros mutuos. Conceden socorros al obrero al que la edad o un accidente impiden trabajar. Unas dan 10 francos por semana; otras, una suma entregada de una vez, que llega hasta 2.500 francos.

Dice que a la insistencia de las sociedades obreras organizadas se debe la investigación hecha sobre las clases obreras en Inglaterra87, y que desde esa investigación las leyes inglesas permiten a los socios a quienes han robado sus secretarios perseguir a estos ante la justicia.

Así, el gobierno, que había emprendido esa investigación con el fin de perjudicar a las sociedades obreras, ha tenido que acabar reconociéndolas. Y es que cuentan con 800.000 miembros y, aunque privadas del derecho de voto, no por eso dejan de ejercer una fuerte presión sobre el gobierno; y, si este se mostrara recalcitrante, bien podrían, de aquí a algún tiempo, invitarlo a cederles el sitio.

Antiguamente las sociedades obreras eran despreciadas en Inglaterra por todas las demás clases; pero hoy ya no ocurre lo mismo: los liberales, incluso los jóvenes lores, las halagan y las solicitan, y el escollo que ahora hay que evitar es precisamente ceder a esas solicitaciones.

Recuerda la parte que tomaron los obreros ingleses en el último movimiento por la reforma electoral88, y señala la Labour Representation League (Liga de la Representación del Trabajo)89, cuyos esfuerzos deben tender a enviar obreros ingleses al Parlamento.

Termina ofreciéndose a dar a todos los obreros de su profesión detalles sobre la organización de su sociedad. Señala la ventaja que habría en establecer relaciones regulares entre las sociedades de un mismo oficio, y declara que los obreros ingleses están dispuestos a entrar en relación con sus compañeros de oficio del resto de Europa. Toda rivalidad nacional debe borrarse, y ya no debe verse por todas partes más que a trabajadores que se tienden la mano.

Se levanta la sesión a las 790.

Sesión pública del jueves por la tarde, 9 de septiembre

Se abre la sesión a las dos, bajo la presidencia de Jung.

La comisión encargada de examinar la correspondencia informa sobre las cartas recibidas en el día 8 de septiembre.

Ha recibido: telegramas de un mitin obrero celebrado en Wiener Neustadt y de demócratas socialistas de Reichenberg, en Bohemia, que prometen su cooperación en la gran obra de la regeneración social.

Cartas de los estampadores de telas de Neuville-sur-Saône, que declaran su adhesión sin reservas a la Internacional; de un grupo de socialistas incorregibles, que lamentan que las persecuciones policiales y judiciales les hayan impedido enviar un delegado al congreso; del Consejo Ejecutivo del partido socialdemócrata alemán91, que envía un saludo fraterno y sus buenos deseos; de nueve miembros de la Unión Socialdemócrata de Brunswick y de la Sociedad Socialdemócrata de Wolfenbüttel, que envían sus votos al congreso.

El orden del día trae la cuestión de la propiedad de la tierra. De Paepe y Rittinghausen son los ponentes de la comisión.

He aquí las resoluciones propuestas por la comisión de la propiedad de la tierra:

1.º El congreso declara que la sociedad tiene derecho a abolir la propiedad individual del suelo y a hacer entrar el suelo en la comunidad.

2.º Declara además que hay NECESIDAD de hacer entrar el suelo en la propiedad colectiva.

En cuanto a la manera en que la sociedad debería organizar el trabajo agrícola, se han manifestado dos opiniones ante la comisión.

La mayoría opina que el suelo debe ser cultivado y explotado por los municipios solidarizados. La componen Becker, Collin, Rittinghausen, Janash, Lessner, Lucraft, Sentiñon y Varlin.

La minoría piensa que la sociedad deberá conceder la ocupación de la tierra, bien a los agricultores individuales, bien, preferentemente, a asociaciones agrícolas que pagarían la renta a la colectividad. La componen Piéton, Langlois, Murat, Creusot y De Paepe. Hess pide la confirmación pura y simple de las resoluciones del Congreso de Bruselas92.

Rittinghausen, antes de tomar la palabra sobre la cuestión misma, anuncia que ha habido un malentendido entre De Paepe y él: creyó que De Paepe tendría un informe de minoría por escrito, y él, por su parte, ha preparado uno en nombre de la mayoría.

La asamblea declara que no aceptará el informe como procedente de la mayoría, pero que Rittinghausen puede presentarlo en su propio nombre.

Se presentan dos propuestas: la primera, sostenida por Eccarius, pide que ante todo se escuche a los oradores que el año pasado, en el Congreso de Bruselas, declararon que les había faltado tiempo para desarrollar todo lo que tenían que decir; la segunda, de Spier, que se lean los informes presentados por las secciones antes de entrar en la discusión.

Se aprueba esta última propuesta.

Rittinghausen lee su informe; Richard, el de la sección lionesa; De Paepe, el de Bruselas; Aubry, el de Ruan, y Heng93, el de Ginebra. (Estos informes se publicarán a continuación de la discusión.)

Se abre la discusión.

Chemalé94, de París. Los diez minutos que me concede el reglamento no bastarían ni siquiera para leer las notas que he tomado sobre los informes que se os han presentado.

Así que abordo inmediatamente la discusión. Pedís que el trabajador sea propietario de sus herramientas, es decir, que pueda, reembolsando las materias primas, disfrutar él solo de los productos de su trabajo.

Ahora bien, la propiedad individual permite, se dice, percibir más de lo que corresponde al trabajo efectuado. ¿Habéis intentado, pues, suprimir la renta mediante el impuesto? ¿Tenéis ejemplos que aportarnos de la aplicación de vuestros principios colectivistas? ¿Vais a devolvernos al a priori, a las concepciones de una sola pieza? La propiedad descansa en el privilegio: hacedlo desaparecer. Solo el trabajo determina el valor: organizad el intercambio. ¿Qué os hace falta? ¿Garantías contra el poseedor de la tierra (instrumento privilegiado porque es limitado)? Tomadlas; pero que nunca os esté permitido venir a sacar conclusiones, sobre una cuestión como esta, sin estudios previos.

El obrero es esclavo del poseedor de las herramientas; ¿será el cultivador menos esclavo porque dependa de la colectividad?

Nuestra divisa es esta: las herramientas, para quien las pone en obra; la materia prima, para quien la transforma y le da el valor. ¿Y el cultivador sería el único excluido de ese principio? Queremos realizar una sociedad en la que, por la reciprocidad de los servicios y la mutualidad de las garantías, la igualdad resulte de la práctica de la libertad. ¿Qué más os hace falta?

Stepney se remite a las conclusiones del Congreso de Bruselas. La ciencia colectiva ha sido siempre superior a la ciencia individual, y los intereses del individuo deben desaparecer ante los intereses de la comunidad. Para mostrar que el individualismo no es inherente a la naturaleza del hombre, cita un ejemplo de colectivismo ofrecido por unos pobres indios. En Wisconsin vio un establecimiento fundado por misioneros en el que trabajaban mil indios de la tribu oneida95. Se había dado a cada uno un lote de tierra; pero, en lugar de practicar el cultivo individual, prefirieron unir sus esfuerzos en un cultivo común. Y para mostrar que habían obrado por su propia idea, añade, como prueba de su tenacidad, que en ocho años solo cinco de ellos se dejaron convertir al cristianismo.

Goegg. La propiedad del suelo pertenece solo a la sociedad entera, y no a un individuo. Primitivamente, algunos individuos se apoderaron de él y, con la espada, hicieron esclavos que trabajaron el suelo para ellos. De ahí vino la desigualdad: de un lado, el explotador; del otro, el trabajador. Con el progreso de la civilización se reconoció que la esclavitud era una injusticia, y se introdujo la servidumbre, igual de injusta. Hoy deben abolirse el salariado y el patronato, y esa abolición conduce a la propiedad colectiva del suelo y a la abolición del derecho de herencia. Queda la organización de la cosa: eso es asunto del pueblo, y por la legislación directa podrá llegar a ella.

Lucraft. Si el Congreso de Basilea quiere llegar a alguna resolución que tienda al bien de la sociedad, es preciso que estudie la reorganización de la sociedad. Si no estamos reunidos más que para remendar de manera más o menos perfecta los diferentes sistemas actuales, no haremos nada bueno.

En mi opinión, sean cuales sean los cambios a que la sociedad pudiera llegar mediante la reducción de las horas de trabajo o la elevación de los salarios, nada será duradero, permanente, si la tierra sigue siendo propiedad del individuo. Soy, pues, partidario de la propiedad colectiva del suelo96, y, en cuanto a la manera en que la sociedad debería organizar el trabajo agrícola, rechazo la idea de verlo repartido entre los particulares, y pido que sea el Estado el que se encargue de él. Al atravesar Francia he visto grandes extensiones de terreno bien cultivadas y, al lado, un pequeño cercado donde pacía una sola vaca guardada por un niño, y me he preguntado si esa separación en pequeñas parcelas era buena desde el punto de vista de la agricultura, o desde el punto de vista del bienestar material del individuo, o incluso desde el punto de vista del individuo.

Que la tierra pase a ser propiedad del Estado, y enseguida volvemos a entrar en posesión de la materia prima, de toda la riqueza, que ya no pedirá más que nuestro trabajo para darnos plenamente lo necesario. Que el cultivo de esa tierra lo dirija un Parlamento, el Consejo de la nación, y los hombres inteligentes se aplicarán a perfeccionar las máquinas agrícolas en lugar de inventar armas para destruir a sus semejantes. Para eso, ante todo, es preciso que la clase obrera se apodere del poder político, que transforme el Parlamento en un Parlamento de obreros que se convierta en el Consejo central de la nación y nombre un ministro de agricultura y otros hombres encargados de vigilar ese cultivo de las tierras.

Hasta ahora el Estado se ha limitado a organizar los medios de destruir la vida humana; ya es hora de que piense en asegurar la vida y la felicidad de todos.

Se levanta la sesión a las 6.

Sesión pública de la mañana, 10 de septiembre

Se abre la sesión a las nueve y media.

Al pasar lista constan 7 ausentes y 2 enfermos.

El orden del día trae la continuación de la discusión sobre la propiedad de la tierra.

Tolain. Ciudadanos, dice, diez minutos no permiten responder a todos los argumentos expuestos en el voluminoso informe del ciudadano De Paepe; voy, pues, directamente al corazón de la cuestión, y, para empezar, una declaración: no creo que tengamos derecho a decidir la colectividad del suelo en ausencia de los representantes de la agricultura.

Me concederéis que la sociedad se compone de individuos; que la colectividad es un ser abstracto, algo que no se parece al hombre, algo que se nos impone, que es desconocido y que, sin embargo, hay que aceptar. El individuo, en cambio, existe; se afirma en todas las ramas de la actividad humana; basta considerarlo desde estos tres puntos de vista, la religión, la política y la economía, para persuadirse de que, de todas las tendencias, las únicas falsas son las contrarias a la manifestación del individuo; y en todas partes reconoceréis ese deseo de cada hombre de ser su propio rey: un ser libre e independiente.

Cuando el hombre ha aportado su parte de contribución a la organización de los servicios públicos, cuando ha satisfecho las garantías que la sociedad le exige, niego a la colectividad el derecho a poner la mano sobre el producto de su trabajo: es una cuestión de libertad humana.

Pasando luego a la propiedad misma, el orador reprocha a sus adversarios que toman el efecto por la causa al atribuir al derecho de poseer la razón de las miserias de la humanidad. Hay que considerarla desde el punto de vista de la supresión de los arriendos, alquileres, etc., sustituidos por el contrato de venta y el crédito reorganizado. Preguntémonos ahora si, en cuanto a inteligencia, la colectividad es superior o inferior al individuo. Pues bien, ¿por quién se han realizado todos esos grandes progresos de que se enorgullece la humanidad, sino por individuos que, con su saber y su habilidad, se elevaron por encima de la colectividad, que a menudo los perseguía con sus gritos y sus sarcasmos? Colón, Stephenson, Galileo y muchos otros son otras tantas pruebas de que los esfuerzos del individuo son superiores a los esfuerzos de la colectividad.

La colectividad tiene además este otro peligro: que perjudica a la división del trabajo, que es un primer elemento de prosperidad. La cuestión de la propiedad pertenece al dominio de la ciencia, que es la única que puede resolverla. Todos nuestros votos no cambiarán nada.

Por último, ciudadanos, entre todos los sistemas que nos recomienda el colectivismo no hay uno solo que se haya liberado de la organización jerárquica y autoritaria. Y mientras esos sistemas no concuerden con la libertad y con la igualdad, seguiré siendo partidario de la propiedad individual y territorial. Al terminar, el orador formula las conclusiones siguientes:

«Considerando que la colectividad no puede tener derechos que atenten contra los derechos naturales de los individuos que la componen;

»Que, por consiguiente, los derechos colectivos solo pueden ser derechos de garantía mutua que aseguren a cada uno el libre ejercicio de sus facultades;

»Que esos derechos son inherentes al hombre mismo y que son iguales para todos;

»Que, so pena de entregarlo todo a una reglamentación arbitraria que tenga por punto de partida, bien una idea abstracta tomada fuera del hombre y superior a la humanidad, bien un sentimiento que no es susceptible de regular y determinar las relaciones sociales de manera jurídica, hay que reconocer que el hombre tiene derecho a apropiarse la totalidad de su producto;

»Que, además de las herramientas propiamente dichas, industriales o agrícolas, el crédito o el suelo son necesarios al artesano o al agricultor para convertirse en productor que intercambia y en dueño soberano del producto de su trabajo, una vez que ha contribuido a todas las cargas sociales;

»Que el hecho de que ciertas industrias requieran la reunión de varios individuos no cambia nada en el hecho de la posesión o propiedad libre individual;

»El congreso declara que, para realizar la emancipación de los trabajadores, hay que transformar los arrendamientos de fincas, etc., en una palabra, todos los contratos de alquiler, en contratos de venta;

»Que entonces la propiedad, al estar continuamente en circulación, deja de ser abusiva por ese mismo hecho; que, por consiguiente, en la agricultura como en la industria, los trabajadores se agruparán como y cuando lo juzguen conveniente, bajo la garantía de un contrato libremente concertado que salvaguarde la libertad de los individuos y de los grupos.»

Richard, respondiendo a Tolain y a Chemalé, dice que se pronuncia contra el comunismo autoritario y centralizador, pero dice a los individualistas que son tan metafísicos como los colectivistas, puesto que también ellos se pronuncian por un sistema que no se ha experimentado. También él quiere que los trabajadores posean su instrumento de trabajo, pero para él la tierra es el instrumento de trabajo de la sociedad entera, lo mismo que la riqueza social adquirida por las generaciones pasadas. No reconoce a nadie el derecho de enajenar el producto colectivo de la naturaleza y de las generaciones pasadas. Quiere que cada cual pueda disponer del fruto de su trabajo mientras pueda hacerlo, es decir, mientras esté vivo. Para él, el derecho individual debe asentarse sobre el derecho social.

Reprocha a los individualistas que hayan pasado de largo ante sus argumentos principales, a saber: que los individualistas tienen una concepción muy insuficiente, muy ilógica, de la idea de justicia, puesto que no saben cómo enlazar el derecho social y el derecho individual; y que, además, no tienen más que el crédito para remediar los inconvenientes de la desigualdad de los repartos, de la desigualdad del punto de partida. Ahora bien, crédito y débito son términos correlativos, y no queremos una sociedad de deudores y acreedores: la libertad individual que se tendría entonces sería la negación misma de la libertad; la emulación sería la guerra social.

Salvaguardando el derecho social mediante la propiedad colectiva y la abolición de la herencia, haciendo de ese derecho la base del contrato mutuo económico, la libertad y la emulación subsistirán siempre, pero aparecerán purificadas en el crisol de la lógica y de la justicia, y ya no tendremos nada que temer por la igualdad.

Langlois presenta primero unas conclusiones escritas, cuyo texto es este:

«Respecto de la propiedad de la tierra, el congreso hace las declaraciones siguientes:

»La tierra, en tanto que no es un producto de la industria humana, pertenece indistintamente a todos, y en derecho nunca ha dejado de pertenecerles.

»Las partes de ese dominio común, de esa propiedad común e inalienable, solo han podido concederse a algunos bajo ciertas condiciones.

»Esas convenciones, que, como la historia lo demuestra, se han modificado a menudo, se modificarán todavía, y deberán modificarse en cada nación en cuanto se las haya reconocido allí contrarias a la justicia y al interés general.»

Una vez hechas estas declaraciones de principios, el congreso plantearía así la cuestión práctica:

«¿Cuáles son, no en un porvenir lejano del que no podemos tener sino ideas muy vagas, sino en la época actual, desde mañana, las condiciones nuevas o las condiciones antiguas modificadas en las que, en buena justicia, deben concederse las partes del dominio común?

»Todo lo que se sale de esta cuestión de política o de legislación inmediata puede sin duda interesar al filósofo o al soñador; pero el congreso, que persigue la emancipación de los trabajadores en el siglo actual y no solo en los siglos futuros, no podría perder el tiempo deteniéndose en ello.

»El congreso declara que, aun concediendo a algunos (individuos o grupos formados) el derecho de cultivar, con exclusión de todos los demás, una parte del dominio común, la sociedad no podría cederles ningún derecho sobre la renta de la tierra; declara, en otros términos, que esa renta pertenece por entero a la colectividad, ya resulte, con el progreso de la población, de la elevación del precio de los productos agrícolas, ya resulte de los trabajos de toda clase ejecutados con el concurso de todos.

»Si el cultivador tiene un derecho, solo puede ser sobre la plusvalía, esencialmente temporal y siempre amenazada de anulación por la libre competencia, que su inteligente iniciativa haya podido crear en su concesión realizando en ella, antes que sus competidores, una mejora cualquiera.

»El congreso piensa que, el día en que los derechos de la colectividad y los de los agricultores se hayan distinguido con claridad y garantizado en la práctica, el derecho de expropiación por causa de utilidad pública y la organización del crédito gratuito, tanto a largo como a corto plazo, bastarían para impedir toda explotación abusiva, asegurar la realización de la igualdad entre los trabajadores agrícolas y del intercambio igual entre esos trabajadores y los trabajadores de las manufacturas, y reducir a la nada los pretendidos derechos que hoy hacen posible la ociosidad de los propietarios de la tierra.»

Presentadas estas conclusiones, Langlois se esfuerza por convencer al congreso de los peligros que corre el socialismo enajenándose a los habitantes del campo, que estarán todos contra la Internacional si se mantienen las decisiones tomadas en Bruselas al margen de ellos y de sus representantes. Volveremos a ver una vez más, como en 1848, a los trabajadores del campo levantarse en masa contra los trabajadores de las manufacturas y destruir por completo los resultados obtenidos por estos.

Langlois expresa el temor de que, pese a su intención, quienes pretenden no predicar más que el comunismo liberal se vean arrastrados por la lógica y por la fuerza misma de las cosas hacia el comunismo autoritario. Porque la lógica extrema es el sistema del ciudadano Lucraft: es el Estado como propietario colectivo del suelo, haciendo trabajar por la fuerza, encuadrando a los obreros en escuadras, bajo la dirección de ingenieros y capataces, instituyendo una fuerte jerarquía del trabajo; en una palabra, haciendo trabajar en regla. ¿Es tan envidiable este resultado que haya que sacrificar, para obtenerlo, la libertad de movimientos de cada uno y la verdadera igualdad, la única que puede existir entre los hombres?

El orador lamenta no poder, por falta de tiempo, exponer todos los argumentos que habría que aducir en apoyo de su tesis.

Bruhin dice que la tierra no es una creación de la humanidad, pero sí lo son las leyes que rigen la tierra. En cada época de la historia, el Estado, como poder organizado de la sociedad, ha hecho leyes conformes a las necesidades de la sociedad. En el estado salvaje, la humanidad anduvo errante, según su capricho. Con el correr del tiempo se fijaron ciertos límites, dentro de los cuales las distintas tribus empezaron a cultivar el suelo, ya en común, ya dividiéndolo en lotes temporales. Luego vinieron las guerras y las conquistas, que despojaron a hombres de su tierra y los hicieron esclavos. En la antigua Roma, un puñado de hombres se apoderó gradualmente del suelo. El Estado feudal lo distribuyó, mediante un sistema jerárquico, entre los señores, los hombres libres y los siervos. El Estado moderno deshizo los lazos que ataban al señor y al siervo, e hizo de la tierra una mercancía de salida segura. La agricultura en gran escala, que rinde más que el pequeño cultivo, ha hecho con el pequeño arrendatario lo que la gran industria ha hecho con el pequeño industrial. La consecuencia es que la posesión del suelo se concentra cada vez más en manos de un pequeño número; de ahí la necesidad de proceder a nuevos arreglos. La salvación del pueblo es la ley suprema, y, si la propiedad individual es incompatible con las necesidades de la población, debe abolirse, pero con una sola condición: que esa medida sea la expresión de la voluntad del pueblo libremente manifestada y que los poseedores actuales sean indemnizados.

Bakunin dice que la ausencia de delegados agrícolas no es una razón para negar al congreso el derecho a tomar una decisión sobre la cuestión de la propiedad. El congreso no es más que una minoría, pero en todas las épocas históricas han sido minorías las que han representado los intereses de toda la humanidad. En 1789, la minoría de la clase media representó los intereses de Francia y del mundo; trajo el reinado de la clase media. En nombre del proletariado, Babeuf97 y sus amigos protestaron contra la dominación del capital. Nosotros no somos más que sus continuadores; nuestra minoría, que pronto será una mayoría, representa a toda la población obrera de Europa.

Contrariamente a lo que se ha dicho, la colectividad es la base del individuo. Es la sociedad la que forma a los individuos; hombres aislados no habrían aprendido a hablar, a pensar. Los hombres de genio, los Galileo, los Newton, etc., no habrían inventado ni descubierto nada sin las adquisiciones de las generaciones precedentes. Hay alguien que tiene más ingenio que Voltaire: todo el mundo98. El genio más grande, si hubiera vivido en un desierto desde la edad de cinco años, no habría producido absolutamente nada. La propiedad privada nunca ha sido, ni es todavía, más que la apropiación individual del trabajo de la colectividad. Está por la propiedad colectiva del suelo, en particular, y, en general, por la riqueza colectiva mediante una liquidación social. Por liquidación social entiende la abolición del Estado político y jurídico, que es la sanción y la garantía por medio de las cuales un pequeño número de hombres se apropia los productos del trabajo de todos los demás. Todo trabajo productivo es ante todo un trabajo social: como la producción solo es posible por la combinación del trabajo de las generaciones pasadas y de la generación presente, nunca ha habido trabajo que pueda llamarse trabajo individual. Votará las propuestas de la mayoría de la comisión, tanto más de buen grado cuanto que la solidarización de los municipios implica una reorganización social de arriba abajo, mientras que las propuestas de la minoría presuponen un Estado.

El orador pide la destrucción de todos los Estados nacionales y territoriales y, sobre sus ruinas, la construcción del Estado internacional de millones de trabajadores, Estado que la Internacional tendrá por misión constituir.

En ese momento el presidente anuncia la llegada de un delegado de la National Labor Union (Unión Nacional del Trabajo) de los Estados Unidos99. Unos instantes después vuelve a entrar acompañando a Cameron, de Chicago. Unos aplausos entusiastas acogen su entrada, que constituye un verdadero acontecimiento: es que este delegado representa a 800.000 hermanos del otro lado del Atlántico.

Tras una interrupción de algunos minutos, la discusión continúa.

Murat dice que podría renunciar a la palabra, puesto que los argumentos de Tolain y de Langlois no han sido rebatidos en nada. Sin embargo, responderá al ciudadano Richard, que se pretende más justo que él, que su justicia no es la de Richard: para este, la justicia es distributiva y tiene su origen en la colectividad, que no es más que un ideal al que podría llamarse sin más Dios. La nuestra, dice, es la justicia conmutativa, que nace y se desarrolla a partir de las relaciones de individuo a individuo, o de individuos a grupo. Luego, dirigiéndose al ciudadano Bakunin:

«Decís que descendemos de los gorilas; es posible, yo no sé nada de eso; pero dudo que se consultara a la colectividad para esa transformación. Es bien evidente, y todo el mundo está, creo, de acuerdo en este punto, que el hombre, por la ciencia, desarrolla la sociedad, y que la sociedad reacciona sobre el hombre, y así sucesivamente.»

Termina diciendo que considera la herencia carente de valor desde el punto de vista económico, contrariamente a lo que ha dicho el ciudadano Richard. Cread la igualdad de condiciones, y la herencia os devolverá la igualdad. Es desde el punto de vista de la moral y de la familia desde donde la herencia es importante: su supresión nos pondría al nivel de los bueyes, y somos hombres.

Lessner considera la cuestión zanjada por las resoluciones del Congreso de Bruselas, pero tiene algunas observaciones que hacer sobre el comunismo. No sabe qué entienden Chemalé y los demás por ese término. Por comunismo entiende él que todo niño, a su entrada en el mundo, debe tener derecho a una buena educación, y que todo hombre en condiciones de trabajar debe tener derecho a los instrumentos de trabajo, de manera que pueda vivir una vida digna de un ser humano. El individualismo solo puede existir en la medida en que no sea perjudicial para el conjunto de la sociedad.

Hay quienes no quieren tomar resoluciones por miedo a ofender a los campesinos. Si los campesinos ignoran su propia situación, hay que ilustrarlos; hay que mostrarles que la transformación sería en su provecho y que, por tanto, no tienen por qué oponerse a ella. En Inglaterra, el gran cultivo ha destruido a los pequeños propietarios. Hace cien años había 250.000 propietarios de tierras; hoy han quedado reducidos a 30.000, ¿y quién puede decir que los campesinos de los demás países no sufrirán la misma suerte? El gran cultivo es infinitamente más provechoso que el pequeño; pero hoy todos los beneficios se desvían de su camino para entrar en los bolsillos de una ínfima minoría.

Termina diciendo que no debe emprenderse nada contra la voluntad de la mayoría del pueblo, pero que es deber del congreso discutir semejantes cuestiones y tomar resoluciones para ponerlas en conocimiento del pueblo y suscitar su adhesión. La ciencia ha decidido la cuestión, y la ha decidido en favor de la propiedad colectiva.

Becker. Ante todo, me permito llamar vuestra atención sobre un malentendido que perjudica a la marcha de nuestras sesiones. Según la divisa de nuestra asociación, «No hay deberes sin derechos, no hay derechos sin deberes», muchos miembros del congreso han entendido la decisión que concede a cada cual el derecho de hablar durante diez minutos como si su deber fuera hablar durante diez minutos: un miembro llegó a reclamar sus dos minutos porque solo había hablado ocho. De este modo no vemos el fin de las discusiones.

Tengo también que señalaros un gran error. Muchos miembros parecen creer que el congreso tiene la misión de reglamentar en detalle la marcha y el estado de las cosas del porvenir. Pero la historia se desarrolla según la fuerza de los hechos y la lógica de las cosas, y hace poco caso de nuestras decisiones si no son conformes a esos hechos y a esa lógica; en la historia se hace todo lo que puede hacerse. El congreso no tiene otra misión que exponer de manera clara y precisa los principios con todas sus consecuencias, y hacerlos valer y realizarlos según las circunstancias. Nos es, pues, difícil imaginarnos el estado de las cosas en un porvenir en el que la sociedad estuviera bien organizada, porque nuestras ideas y nuestros puntos de vista se resienten siempre de la sociedad presente en medio de la cual vivimos. Por estos motivos, apoyo la propuesta del Consejo General.

Tartaret100. Creo que la sociedad tiene derecho a abolir la propiedad individual; pero, si se admite el principio de la propiedad colectiva, es necesario encontrar los medios de efectuar esa transformación. Hay discusión entre quienes atacan la propiedad individual de la tierra como resultado de la conquista y quienes la defienden como producto de la inteligencia y del trabajo; pero hay una lucha más violenta entre los poseedores y los no poseedores del suelo. Esa guerra incesante y mortífera es un gran obstáculo para la conquista de los derechos políticos. El objetivo del congreso es poner fin a ese estado de cosas, que es una fuente de iniquidades y de miserias.

Si se siguieran los consejos de Bakunin, la cosa sería fácil: no habría más que apelar al pueblo y hacer declarar mediante una votación por sufragio universal que la posesión de la tierra es un derecho natural de todos. Pero la propiedad privada tiene todavía tan gran poder sobre el corazón de los hombres que semejante procedimiento sería peligroso. Creo con Langlois que de ello resultarían nuevas jornadas de Junio101.

Esos ensayos de liquidación social serían hoy imprudentes en todos los pueblos: los que viven en monarquía e imperio, o los que viven en república; porque para los últimos como para los primeros, la ley consagra los privilegios de la propiedad en detrimento del mayor número.

Se puede hacer el ensayo de una teoría en un país nuevo, conquistado o comprado, con hombres abnegados, allí donde la civilización no haya corrompido a los hombres con el principio de la propiedad individual.

La reforma del derecho de propiedad es una cuestión internacional.

Todo puede intentarse en una colonia; pero en Europa, lo repito, no se puede hacer un ensayo sin cubrir el mundo de víctimas.

No es el miedo lo que me hace plantear la cuestión de adoptar medios prácticos: tengo el valor de mi opinión.

Propongo, puesto que se ha agotado el tiempo, efectuar el rescate de la propiedad por los municipios o por el Estado, no importa, por quien haya de ocuparse de la explotación de la propiedad colectiva, mediante un pago de alquileres que lleven en sí la amortización y el rescate de la propiedad;

El rescate por anualidades en provecho de la colectividad;

Propongo, pues, añadir a las conclusiones del congreso la resolución siguiente:

El Congreso de la Internacional, al adoptar el principio de la propiedad colectiva, declara poner en estudio constante de los congresos siguientes los medios prácticos de efectuar la liquidación social que ha de asegurar a todos los ciudadanos del mundo el disfrute de la parte de la propiedad de la tierra necesaria para que cada cual pueda usar en libertad del instrumento natural del trabajo: la tierra.

Hins. Empiezo por bendecir la regla de los diez minutos, que me permite llegar a mi turno. Tenía tanto más empeño en tomar la palabra sobre esta cuestión cuanto que, habiendo votado el año pasado en sentido individualista, vengo este año con un mandato y unas opiniones colectivistas. Creo que la historia de mi conversión podrá contribuir a esclarecer la cuestión.

Cuando la cuestión de la propiedad volvió a discutirse en la sección de Bruselas, nos preguntamos si los individualistas, que pedían garantías para el individuo, y los colectivistas, que pedían garantías para la sociedad, no podrían ponerse de acuerdo; si esas dos garantías no podrían conciliarse en un mismo sistema.

Las dos partes convinieron primero en renegar de todo derecho absoluto a la libertad individual y en reconocer la necesidad de una liquidación previa ante las injusticias enormes que presenta la propiedad actual.

Después, en nombre de la justicia, tuvimos que declarar que no era posible que con el mismo trabajo dos cultivadores obtuvieran una gran desigualdad de productos. Como la causa de esa desigualdad es la renta, se reconoció que la renta debía percibirla la colectividad.

Pero, una vez percibida la renta, reconocí que, sin saberlo, había llegado a la negación de la propiedad individual; que la tierra perdía todo valor de cambio, puesto que el valor de una tierra nunca es más que la capitalización de la renta: entraba, pues, en el colectivismo. Sin embargo, los colectivistas estaban de acuerdo en declarar que el individuo debía tener garantías y que, una vez en posesión de la tierra, no se podía desposeer de ella al agricultor sin injusticia.

Quedaba una cuestión que había de acabar de transformar la propiedad en posesión pura y simple. Hasta entonces yo había mantenido la herencia de las tierras, pero la discusión mostró que por ese camino podía llegarse a dos resultados diferentes e igualmente peligrosos: o bien a una parcelación excesiva de la tierra, o bien a la concentración de una gran extensión de tierra en las mismas manos, lo que permitiría reintroducir el proletariado agrícola, ya que la tierra no es ilimitada. Retirada esta última barrera, colectivistas e individualistas se encontraron de acuerdo.

En cuanto a los medios de realización, no hay más que uno: la fuerza, que debe rechazar las usurpaciones de la fuerza. Se equivocaría quien creyera que en el 89 las reformas proclamadas por la Asamblea Nacional se produjeron por un cambio en las leyes; a los ojos del poder de entonces, los constituyentes no eran más que unos facciosos a los que se soportaba porque no se osaba echarlos, y, si las resoluciones se ejecutaban, era, no porque fueran la ley, sino porque los campesinos se encargaron de promulgarlas a golpe de horca, y los ciudadanos, a golpe de pica.

Hins termina diciendo que, una vez hecha la liquidación, colectivistas y comunistas podrán marchar de acuerdo: como las asociaciones obreras agrícolas podrán extenderse a todo un municipio allí donde los obreros agrícolas lo tengan por bueno, los comunistas, como los demás, podrán experimentar sus teorías, y la experiencia decidirá.

Como lo avanzado de la hora no permite continuar la discusión, esta se aplaza a la sesión siguiente.

Se levanta la sesión a mediodía.

Sexta sesión pública del viernes por la tarde, 10 de septiembre

PRESIDENCIA DE JUNG.

Se abre la sesión a las 2.

Al pasar lista constan 6 ausentes, de ellos 2 enfermos.

El orden del día trae la continuación de la discusión relativa a la propiedad de la tierra.

Eccarius responde primero a los distintos oradores que han hablado antes que él: si, según su opinión, el congreso no tiene derecho a decidir sobre la cuestión de la propiedad porque los campesinos no están representados en él, sería igualmente preciso que una sociedad cualquiera, para tomar decisiones sobre cuestiones religiosas, invitara a los cardenales, obispos o papas a asistir a sus discusiones, y que, en una discusión sobre el crédito o sobre los bancos, los señores banqueros tuvieran a bien dar su opinión. A Bakunin, que manifiesta su terror ante un Estado cualquiera, terror que sin duda le han contagiado sus relaciones con los franceses (porque parece que los trabajadores franceses nunca pueden pensar en el Estado sin ver aparecer a un Napoleón acompañado de una multitud de cañones), le responde que el Estado puede reformarse por la llegada de la clase obrera al poder.

Todas las grandes transformaciones se han inaugurado con un cambio en la forma de la propiedad de la tierra. El sistema alodial fue sustituido por el sistema feudal, y el sistema feudal por la propiedad privada moderna; y la transformación social a la que tiende el nuevo estado de cosas se inaugurará con la abolición de la propiedad individual de la tierra.

En cuanto a las compensaciones, eso dependerá de las circunstancias. Si la transformación se hace pacíficamente, los propietarios actuales serán indemnizados. En el congreso de Birmingham102 se fijaba esa compensación en 40 libras (mil francos) por acre (40 áreas). Si los propietarios de esclavos se hubieran sometido cuando la elección de Lincoln, habrían recibido una compensación por sus esclavos. Su resistencia llevó a la abolición de la esclavitud sin compensación, y el Congreso abolió la esclavitud en ausencia de los propietarios de esclavos. Para concluir, se limitará, para responder a quienes defienden el pequeño cultivo, a citar algunas cifras oficiales.

Aquí el orador entra en detalles estadísticos, que resume así: como el cultivo inglés produce por término medio 32 bushels por acre, mientras que el cultivo francés solo produce 15, resulta que 19 millones de acres en Inglaterra producen tanto como 40 millones en Francia.

Comparada con el sistema inglés, Francia pierde, pues, el cultivo de 21 millones de acres, que se emplearían útilmente en prados, sin que variara la producción de trigo. De experiencias hechas en los dos países resulta que esa diferencia de producción se debe a la diferencia de los cultivos.

Mollin103. Creía que iba a hablar después del ciudadano Hins, que ha declarado que, de caída en caída, había ido a parar a las filas de los colectivistas.

Antiguo comunista, yo he caído del mismo modo, no en el individualismo, sino en un término medio tan alejado del individualismo, que sacrifica el concurso a la independencia, como del comunismo, que sacrifica la independencia al concurso.

Tengo un pie en el campo de los comunistas: a ellos les debemos haber sentado el principio incontestable de que la riqueza es social en su fuente y debe serlo en su empleo. En las épocas de disolución de los regímenes sociales, hombres generosos pidieron al concurso legal que supliera la insuficiencia del concurso voluntario.

El error de la solución comunista consiste en el fondo en no reconocer más que la eficacia de las medidas políticas, desconociendo por completo la influencia de los procedimientos morales; quieren regular políticamente lo que no puede ni debe regularse sino moralmente.

Por otro lado, tiendo la mano a los individualistas, porque su doctrina ha tenido por resultado impedir la absorción del individuo por la colectividad. Hay que reconocer, pues, el doble carácter de la situación actual: la aspiración cada vez mayor a la independencia personal; la multiplicidad creciente de las relaciones de los hombres entre sí y, por consiguiente, la necesidad de un concurso cada vez mayor.

Para satisfacer esas dos condiciones, que parecen contradictorias, basta con hacer el concurso cada vez más voluntario mediante la libre aceptación de los deberes propios para regular todos los actos de nuestra vida personal, doméstica y social.

De acuerdo con Tolain en que no se debe votar sobre esta cuestión, e imbuido de las ideas positivistas, deposito en la mesa la declaración siguiente: «Los proletarios aquí reunidos declaran solemnemente renunciar al empleo de la acción gubernamental, bajo cualquier forma, para hacer prevalecer los sistemas sociales. Declaran que la acción gubernamental debe reducirse a proteger la libertad de todos, y que cada doctrina solo debe prevalecer por una adhesión completamente voluntaria, resultado de una libre exposición.»

Fruneau104. El obrero parece incapaz de tratar esta cuestión; pero demasiado tiempo hemos ido a remolque de los marqueses del diploma y de los príncipes de la ciencia. Hagamos nuestros asuntos nosotros mismos, y, por torpes que podamos ser, nunca los haremos peor de lo que se hicieron en nuestro nombre.

La propiedad natural del hombre solo puede basarse en su trabajo: es su producción la que debe constituir su riqueza. Como la tierra no es fruto del trabajo del hombre, solo puede convertirse en su propiedad a consecuencia de un contrato libremente consentido. La propiedad de la tierra no se estableció así, sino mediante la astucia, la fuerza, etc. Pero hoy todo el mundo se indigna de que haya una casta que se perpetúa desde hace cinco mil años y que no cesará sino por la fuerza de las cosas y por un entendimiento previo de los proletarios.

¿Es el comunismo lo que debemos emplear para alcanzar ese fin? El comunismo será un espantajo para la gente del campo; los que comprenden el fin humanitario que perseguimos tienen ya cierta instrucción y son propietarios, y por consiguiente piensan ante todo en su interés particular.

Bakunin ha dicho que había que esperar los acontecimientos, es decir, la Revolución. Pues bien, la Revolución, yo la rechazo, no porque tenga miedo de las barricadas, sino porque, cuando uno es francés y ha visto la sangre más ardiente de Francia correr por la calle para elevar al poder a unos ambiciosos que, pocos meses después, lo mandaban a uno a Cayena105. Uno desconfía de las mismas trampas, porque la Revolución, dada la ignorancia de los proletarios, solo se haría en provecho de nuestros adversarios. Debemos buscar un medio transitorio, que no puede ser otro que el rescate: está establecido que cada 14 años, mediante el alquiler, queda reembolsado no solo el interés, sino también el capital; pido, pues, que de esta manera, en nombre del derecho natural, en nombre de la legalidad, el arrendatario se convierta así en propietario directo y de derecho.

Robin. Tolain ha dicho que los progresos de la humanidad los han producido individuos y no colectividades. Aunque ya se le ha respondido sobre este punto, diré que los grandes hombres son, al contrario, producto de su medio científico, que a su vez es resultado del medio social.

Los campesinos, se dice, siempre se han pronunciado enérgicamente contra la colectividad. Responderé que en Francia eso es históricamente falso. Poco después de la Revolución de Febrero, si los campesinos cayeron en la reacción, fue ante todo por una revolución contra el impuesto de los 45 céntimos106. (Interrupciones y protestas.)

Robin prosigue. Los campesinos se rebelaron ante todo, digo, contra el impuesto de los 45 céntimos, que tendía a sostener el Estado burgués alejando cada vez más lo que Mirabeau llamaba la horrible bancarrota. Pronto los campesinos volvieron a ideas más justas, y para luchar contra el socialismo naciente la Asamblea Nacional restringió el derecho de sufragio107.

En 1851, los campos se sublevan contra el golpe de Estado en nombre del socialismo108; y si hoy se devolvieran a los campesinos las libertades y las garantías suficientes para vivir, los campesinos estarían con nosotros.

Si hoy algunos pequeños propietarios de tierras quieren conservar su parcela, quieren, en cambio, la supresión de la gran propiedad; del mismo modo, los mozos de labranza explotados por esos pequeños propietarios piden que esa parcela, como todo el resto del suelo, vuelva a la propiedad colectiva.

Greulich pide el cierre de la discusión. Tolain y Brismée hablan en contra; Liebknecht, a favor del cierre. Se vota el cierre por unanimidad menos dos votos.

Eccarius pide que se vote en primer lugar sobre las resoluciones tomadas el año pasado en el Congreso de Bruselas; las propuestas de la comisión vendrán después. Apoya esta propuesta Rittinghausen. Tartaret declara que votará esta propuesta a condición de que el año próximo se estudien los medios prácticos de efectuar la liquidación social.

Hins pide que se vote sobre las dos propuestas de la comisión y no sobre las resoluciones del Congreso de Bruselas. No puede votar sobre estas últimas, dice, porque se fundan en razones de agricultura, en las que no es competente: él se sitúa en estas cuestiones desde el punto de vista de la justicia.

La asamblea decide que se pase a votar las propuestas de la comisión:

Primera resolución sobre la propiedad de la tierra; véase Resoluciones sobre la propiedad de la tierra.

La votación nominal da los resultados siguientes:

Votantes: 71.

54 sí, 4 no, 13 abstenciones.

En consecuencia, se aprueba la propuesta.

Votaron a favor:

Sentiñon, Farga Pellicer, Robin, Bastin109, De Paepe, Brismée, Varlin, Robert110, Hins, Flahaut, Franquin, Heng, Brosset, Floquet, Jaillet, Schwitzguébel, Bourseau, Outhier, Bakunin, Caporusso, Goegg, Richard, Palix, Monier, Fourreau, Dereure, Rittinghausen, Bruhin, Quinche, Eccarius, Cowell Stepney, Jung, Spier, James Guillaume, Lessner, Neumayer, Collin Bernard, Starke, Moritz Hess, Becker, Janash, Leisinger, Gut Gerold, Greulich, Liebknecht, Krüger, Scherer, Gorgé, Bürkli, Martinaud, Tartaret, Würger, Cameron, Frey.

Votaron en contra:

Tolain, Pindy, Chemalé, Fruneau.

Se abstuvieron:

Aubry, Landrin, Dosbourg, Durand, Roussel, Perret, Murat, Mollin, Grosselin, Creusot, Piéton, Langlois, Bohny.

Ausentes:

Applegarth, Lucraft, Holeiber, Oberwinder (enfermo).

Segunda resolución sobre la propiedad de la tierra; véase Resoluciones sobre la propiedad de la tierra.

La votación nominal da los resultados siguientes:

Votantes:111

53 sí, 8 no, 10 abstenciones.

En consecuencia, se aprueba la propuesta.

Votaron a favor:

Sentiñon, Farga Pellicer, Robin, Bastin, De Paepe, Brismée, Varlin, Robert, Hins, Franquin, Heng, Brosset, Floquet, Jaillet, Schwitzguébel, Bourseau, Outhier, Bakunin, Caporusso, Goegg, Richard, Palix, Monier, Fourreau, Dereure, Rittinghausen, Bruhin, Quinche, Eccarius, Cowell Stepney, Jung, Spier, James Guillaume, Lessner, Neumayer, Collin Bernard, Starke, Moritz Hess, Becker, Janash, Leisinger, Gut Gerold, Greulich, Liebknecht, Krüger, Scherer, Gorgé, Bürkli, Martinaud, Tartaret, Würger, Cameron, Frey.

Votaron en contra:

Tolain, Murat, Pindy, Piéton, Langlois, Chemalé, Bohny, Fruneau.

Se abstuvieron:

Aubry, Landrin, Dosbourg, Durand, Roussel, Perret, Flahaut, Mollin, Grosselin, Creusot.

Ausentes:

Applegarth, Lucraft, Holeiber, Oberwinder (enfermo).

Caporusso presenta la propuesta siguiente:

Sigue el texto de la propuesta, que forma el último párrafo de las Resoluciones sobre la propiedad de la tierra.

Aprobada.

Varios miembros piden la votación inmediata sobre las dos propuestas de la mayoría y de la minoría de la comisión; otros responden que la aprobación de la propuesta de Caporusso impide cualquier votación ulterior.

Bakunin y Robert dicen que la propuesta de Caporusso solo se refiere a los medios prácticos que han de emplearse para llegar a la colectividad, mientras que las resoluciones hablan del modo de organización de la propiedad colectiva.

De Paepe y Varlin hacen una propuesta que reúne las decisiones de la mayoría y de la minoría, dejando al porvenir el cuidado de decidir en cada país el mejor modo de proceder. Más tarde retiran su propuesta, y a propuesta de Landrin se vota el cierre.

Informes sobre la cuestión de la propiedad

Informe de Rittinghausen

(Como este informe no está anexo a las actas del congreso, nos vemos obligados a limitarnos a dar el resumen que poseemos.)

Rittinghausen, miembro de la mayoría de la comisión, da lectura a un informe sobre la propiedad de la tierra. Remontándose al origen de la propiedad, establece que la sociedad no introdujo voluntariamente la propiedad particular del suelo. Colectiva al principio, la propiedad solo se hizo individual por la violencia y la usurpación. De ahí las mayores desgracias sociales. Todo hombre tiene un derecho indiscutible al suelo; como el trabajo humano ha de ejercerse sobre la materia, si ese instrumento de trabajo que se llama suelo está en manos de un pequeño número de poseedores solamente, el gran número se convierte fatalmente en víctima de la explotación de ese pequeño número: viviendo al día de su trabajo cotidiano, se ve obligado a sufrir las condiciones de los propietarios, que, ellos sí, pueden esperar. ¿Se quiere un ejemplo de la explotación del trabajador por el propietario? En Bélgica, la renta de la tierra aumentó un 30 % en quince años, mientras que en el mismo espacio de tiempo el salario solo aumentó un 9 %. Así pues, mientras no se suprima la propiedad individual, no habrá ninguna posibilidad de mejorar la suerte de los trabajadores. La propiedad colectiva es el único medio de restablecer la justicia.

Rittinghausen explica que, si la mayoría de la comisión rechazó que el suelo lo explotaran particulares y asociaciones, es porque pensó que la usurpación que se había producido primitivamente y que había desembocado en la constitución de la aristocracia feudal no dejaría de producirse de nuevo. Se obviaría ese peligro haciendo que el trabajo agrícola lo organizaran los municipios solidarizados.

Informe de la sección lionesa

Albert Richard da lectura al informe siguiente:

Qué es la organización general de la propiedad de la tierra y qué debe ser: eso es lo que hemos de determinar situándonos en el punto de vista de la justicia humana, principio esencial del desarrollo de las sociedades y única base posible de una organización social racional.

Para nosotros, este hecho de la propiedad domina todos los demás hechos económicos: los ha engendrado y es anterior a ellos. Es decir, contrariamente a la opinión de Proudhon112, que no coloca la propiedad más que en el noveno lugar en el orden de la serie económica113, que la propiedad es el punto de partida de la economía política, porque apareció antes que la división del trabajo, antes que las máquinas, antes que la competencia, el monopolio y los demás engranajes del sistema social. No es esta una hipótesis afirmada a la ligera.

La historia y los relatos de los viajeros proporcionan numerosas pruebas en apoyo de esta afirmación. Los pueblos primitivos, aun antes de que se haya producido ningún hecho que pueda llamarse económico, se apropian todos los objetos adecuados para satisfacer sus necesidades que la naturaleza ha puesto al alcance de sus manos.

Es inútil mostrar cómo poco a poco se forman jerarquías y cómo aparecen una agricultura y una industria en el estado más elemental.

En medio de obstáculos de todo género, la humanidad, inconsciente de sí misma, empieza a buscar su camino.

Pero lo que hay que señalar especialmente, y lo que la historia, la lógica científica y el simple sentido común concuerdan en demostrar, es que hasta entonces no hay propiedad individual a la que lógica y absolutamente pueda darse ese nombre: por tanto, no hay todavía organización económica.

La sociedad económica no empieza a formarse sino cuando la herencia, último producto de la ignorancia y del egoísmo primitivos, que desaparecen para dar paso a un conocimiento relativo, viene a enajenar la propiedad de la tierra, a consagrar el estado de guerra por la oposición de los intereses y a preparar la esclavitud.

Estamos desde entonces de lleno en ese periodo en el que reina lo que Proudhon llamó la religión de la Fuerza y que Colins114 calificó de época de ignorancia social sobre la realidad del derecho.

Esa época, casi todos los socialistas convienen en ello, ha sido una fase necesaria del desarrollo de las sociedades humanas. Se han hecho de ella todas las críticas posibles. Es inútil, pues, mostrar el desarrollo contradictorio de las instituciones económicas, que producen una suma cada vez mayor de prosperidades y de miserias. Para nosotros, por lo demás, esas contradicciones o antinomias solo son aparentes; las instituciones económicas, buenas en sí mismas, pero viciadas por el derecho de la Fuerza, base y condición de existencia de la sociedad, tenían que parecer en sus resultados esencialmente contradictorias.

No es, pues, mediante una síntesis general de todas las antinomias sociales como los pueblos sustituirán el Derecho de la Fuerza por el Derecho real, sino mediante la extirpación más o menos gradual de todo lo que constituye la Fuerza, y con ella la injusticia y la desigualdad. Desde hace pronto un siglo, el movimiento revolucionario que se desarrolla en América y en Europa prosigue activamente esa obra. No estará acabada hasta que se haya abolido la herencia, el privilegio por excelencia, la causa primera de la enajenación del suelo en provecho de unos pocos y en detrimento del mayor número, la fuente de todas las desigualdades. Pero ¿qué debe ser la propiedad de la tierra reformada por la abolición de la herencia? El suelo y sus dependencias, así como la mayor parte de los capitales utilizados por el comercio y la industria, serán entonces propiedad colectiva de la sociedad. ¿Quiere decir esto que toda propiedad deba ser esencialmente colectiva y que el comunismo absoluto sea el fin al que tendemos? Quienes hacen pesar sobre nosotros esa acusación no dan prueba más que de ignorancia y de mala fe.

El comunismo autoritario y centralizador, sea religioso como el de Cabet115 o materialista como el de Robert Owen116, nos es tan antipático como el régimen de individualismo y de exclusivismo exagerados en el que vivimos.

Si no queremos que para algunas individualidades un derecho falso e inicuo se convierta en una fuente inagotable de privilegios y de abusos, tampoco queremos que un pretendido derecho social, felizmente imposible, anule el derecho individual, pase a pie juntillas por encima de la justicia —fuera de la cual no pueden concebirse más que hipocresías o quimeras— y absorba y aniquile, por así decirlo, en una fraternidad desordenada a los miembros autónomos de la sociedad. Solo sobre una sabia síntesis del derecho social y del derecho individual, definidos por el desarrollo científico de la idea de justicia, inmanente en el hombre, puede asentarse la sociedad racional.

No es, pues, porque queramos sumir a la humanidad en abismos insondables de amor y de fraternidad por lo que queremos la propiedad colectiva.

Tampoco es porque prefiramos el gran cultivo al pequeño. Es porque solo en la propiedad colectiva, 1.º del suelo, materia prima dada a la humanidad por la naturaleza, y 2.º de la riqueza social, producto del trabajo colectivo de las generaciones pasadas, vemos un medio de suprimir todos los privilegios y de asegurar y salvaguardar para siempre el verdadero derecho social. Es porque solo la aparición del derecho social puede librar al derecho individual de los abusos y de las oscuridades con que se lo disfraza.

El derecho individual tiene por base el derecho social mismo, es decir, la igualdad de los medios de desarrollo moral y material, la igualdad en el reparto de los capitales primeros; empieza con la vida y no acaba sino con la muerte; tiene por garantía la libertad más completa y por criterio económico la constitución del valor, cuya única medida legítima es el trabajo.

Solo entonces puede, con el intercambio igual, la asociación libre y la mutualidad, impedir que el capital destruya en su provecho el equilibrio que debe existir entre el producto neto y el producto bruto de la sociedad, establecer el precio de coste como regla de las transacciones, hacer el salario igual al producto; en una palabra, dar la última mano a la obra de realización de la justicia.

Con la propiedad individual y la herencia, la mutualidad tropieza con obstáculos insuperables. Consagra, en primer lugar, la desigualdad de los repartos, resultado inevitable de la desproporción que siempre existe entre el número de miembros de cada familia. En vano intentaría remediar con el crédito esa desigualdad fundamental. No haría sino establecer una distinción cada vez más marcada entre los trabajadores endeudados y los otros, que serían sus acreedores. La reciprocidad, es decir, la mutualidad, quedaría así destruida por sí misma.

La herencia puede incluso reunir en una sola mano una porción considerable de la propiedad de la tierra, y nada impide que el propietario, sobre todo si su terreno es de los más fértiles, pueda encontrar quien le tome en arriendo una o varias porciones de su propiedad.

Podría hacerlo con tanta mayor facilidad cuanto que herederos menos favorecidos serían libres de preferir esa situación a la de deudores de la sociedad. De ahí a la reconstitución de una aristocracia y a la destrucción del intercambio igual no hay mucho trecho, sobre todo si se considera que, con la propiedad individual de la tierra, la constitución del valor por el trabajo es absolutamente imposible para los productos agrícolas.

En efecto, ¿quién impedirá a tal propietario intercambiar vinos buscados, maderas preciosas, minerales raros y útiles, o incluso simplemente vegetales de calidad superior, por una cantidad de productos que represente un trabajo mucho más considerable y que le parezca capaz de crear para él una ventaja especial?

Con la propiedad colectiva, al contrario, todos esos inconvenientes desaparecen. El reparto de las tierras y de la riqueza social ya no queda abandonado a la arbitrariedad, es decir, a la herencia; se hace conforme al contrato mutuo consentido por los trabajadores, cuyos intereses armoniza y solidariza. Lo mismo ocurre con la organización de la propiedad colectiva, que por lo demás puede variar en cada región bajo la influencia del medio geográfico, climático, geológico, etc., que la caracteriza.

Regidas de la misma manera las relaciones de los municipios y de las regiones; uniendo igualmente a los municipios y a las regiones la solidaridad que debe unir a los grupos y a las asociaciones; garantizando el seguro mutuo a todas las partes de la sociedad y a todos los miembros que la componen contra los accidentes de toda clase a que están sujetas la humanidad y la sociedad; no siendo el impuesto otra cosa que el alquiler del capital social pagado por los individuos a la colectividad, el Estado político ya no tiene razón de ser.

La autoridad debe desaparecer con la fuerza y la arbitrariedad de que es emanación: el Derecho real, el Derecho estricto, debe sustituirlas en todas partes. Es la condición sine qua non de la paz social y de la fraternidad.

Lyon, agosto de 1869.

Informe de la sección de Bruselas

César De Paepe da lectura al informe siguiente:

En el informe sobre esta misma cuestión que la sección de Bruselas presentó el año pasado al Congreso de Bruselas117, establecimos que las mismas necesidades sociales que antaño habían exigido la constitución de la propiedad individual de la tierra exigían hoy la entrada del suelo en la propiedad colectiva. Luego, a partir de la observación de los fenómenos económicos que se producen ante nuestros ojos, concluimos que las tendencias actuales empujan a hacer cada día más imperiosa esa necesidad de la apropiación colectiva del suelo y conducen ellas mismas hacia esa transformación. Situándonos entonces en el punto de vista de la evolución natural de esos fenómenos económicos, dijimos cómo, en los países de pequeña propiedad, el reparto de las herencias desmenuzaba el suelo en parcelas cada vez más diminutas, pero cómo también los inconvenientes de esa parcelación debían acabar llevando a los campesinos propietarios al cultivo por asociación y a la puesta en común de las parcelas primero, más tarde quizá a la solidarización de esas asociaciones entre sí y a la puesta en común de las tierras de esas asociaciones; en todo caso, a un sistema de copropiedad, a una especie de propiedad colectiva; cómo, además, en esos mismos países, en Francia entre otros, un fenómeno completamente nuevo y de grandísima importancia, la movilización del suelo y la aplicación del anonimato a la agricultura118, empuja a la reconstitución del feudalismo territorial y del salariado agrícola, pero cómo también, por la transformación de los asalariados en asociados, esa nueva tendencia conduce también definitivamente a una especie de propiedad colectiva; cómo, por último, en los países de gran propiedad territorial, en Inglaterra especialmente, las estadísticas nos muestran esa propiedad concentrándose cada vez más en unas pocas manos, pero cómo también de esa disminución gradual de los propietarios resulta que en un momento dado su número llegará a cero, de modo que, por la falta de toda descendencia de la raza de los propietarios, la tierra vendría a ser un buen día la propiedad colectiva de la nación.

Como se ve, en aquel informe indicábamos especialmente una transformación lenta, gradual y sucesiva, resultante de la marcha natural de los fenómenos económicos.

Pero, hay que reconocerlo, esa evolución lenta y gradual, que es el punto de vista en que se sitúa el economista, no es el único en que debe situarse todo hombre que sabe que las leyes económicas distan mucho de ser absolutas e inflexibles y que la intervención humana puede modificarlas. En efecto, la historia nos enseña que muchas veces el pueblo ha intervenido colectivamente, ya para apresurar los resultados de una evolución natural, ya para detenerlos súbitamente, transformando de arriba abajo las instituciones que constituían el punto de partida o el objeto de esa evolución natural. A esas intervenciones colectivas se les ha dado el nombre de revoluciones. Ocuparse solo del término al que puede llegar la evolución natural de los fenómenos sería, pues, mostrarse simplista; no sería hacer ciencia social completa, puesto que sería descuidar, en la previsión del porvenir, toda una serie de acontecimientos posibles o incluso probables; sería quizá hacer economía política, pero desde luego no verdadera sociología.

Ante las ideas renovadoras que agitan los cerebros, ante todo ante la sed de emancipación que se ha apoderado de las masas obreras, creemos que la evolución lenta de los fenómenos económicos no tendrá tiempo de cumplirse. Y es que la evolución mental, la marcha de las ideas, el progreso de las aspiraciones populares, se han adelantado tanto a la evolución material, a la marcha de los hechos, al progreso de las instituciones sociales, que estos últimos solo podrán alcanzar a los primeros a condición de que una sacudida brusca y violenta los empuje hacia delante. Los trabajadores no tendrán la paciencia de esperar los resultados de un movimiento lento y pacífico que ha de durar siglos; dicen que ya han sufrido bastante tiempo y que quieren ver un término a su largo sufrimiento. Es, pues, sumamente probable que la transformación de la propiedad se haga, no por el curso ciego y fatal de las cosas, sino por la intervención inteligente y reflexiva de los hombres; no por evolución, sino por revolución.

¿Cuáles son los principios que deben presidir esa revolución en la organización de la propiedad de la tierra? Y luego, ¿cuáles serán los medios para efectuar esa transformación? Tales son las cuestiones que debemos plantearnos y que vamos a intentar resolver.

Para establecer los principios que deben presidir esa transformación, para saber en qué sentido debe efectuarse, es necesario analizar bien la idea que la palabra propiedad presenta a nuestro espíritu; como la noción de propiedad es bastante compleja, hay que descomponerla en sus ideas elementales. En su aplicación a la tierra, el derecho de propiedad comprende esencialmente los cuatro derechos siguientes: derecho de libre disposición, derecho de exclusión, derecho de accesión, derecho de renta. Quitad a la propiedad uno de esos derechos: no habrá dejado de existir, pero será incompleta, restringida; quitádselos los cuatro, y ya no habrá propiedad.

Derecho de libre disposición. Es lo que los romanos llamaban el derecho de usar y abusar, jus utendi et abutendi. Lleva consigo el derecho de deteriorar la cosa, e incluso de aniquilarla. En virtud de ese derecho, el propietario puede dejar su tierra baldía, transformar un bosque en prado, un campo en brezal, una tierra fértil en desierto, según su capricho. Del mismo modo, puede desmenuzar su propiedad en tantos trozos como le plazca, en parcelas microscópicas. Pues bien, ese derecho de libre disposición sobre la tierra no podemos reconocérselo en modo alguno a un particular. ¿Quiere decir esto que se lo reconocemos a la colectividad social? De manera completa, no. Expliquémonos: la sociedad misma, en un momento dado, no puede tener el derecho de aniquilar las tierras de labor, ni siquiera de dejarlas baldías, porque eso sería lesionar el derecho de las generaciones venideras. Así pues, ese derecho de libre disposición solo podemos reclamarlo parcialmente para la sociedad misma. Así, la sociedad debería tener derecho a decidir que tal parte del suelo se destine a bosques, tal otra a prados, tal otra a viñedos, tal otra a la agricultura, dejando luego a los individuos la facultad de decidir que, dentro de esas cuatro grandes divisiones, tal parte conviene más a tal clase de árboles cuando se trate de bosques, a tales cereales si se trata de suelo de labor, etc.

Derecho de exclusión. La noción de propiedad lleva consigo la idea de que el propietario tiene sobre la tierra el derecho de excluir a los demás de toda coparticipación, de toda parte en la propiedad; entraña la idea de monopolio y de acaparamiento. Ese derecho de exclusión tampoco podemos admitirlo para los particulares; solo podemos admitirlo para la colectividad social, porque en sus manos ese derecho exclusivo se convierte sencillamente en la inalienabilidad del suelo, la no apropiación individual, el impedimento de reconstituir la propiedad individual de la tierra.

El individuo solo puede tener derecho exclusivo sobre el producto de su propio trabajo; la tierra, como no es producto del trabajo de ningún hombre, no puede ser propiedad personal. Pero aquí prevemos una objeción que no dejarán de hacernos. ¿No veis, se nos dirá, que ese principio no conduce solo a la abolición de la propiedad individual del suelo, sino también de toda apropiación personal, sea cual sea, de toda propiedad, incluso mobiliaria? El hombre tampoco crea el mármol con el que se hace una lápida, ni la madera con la que se hace una silla o un armario; no crea esas materias, solo les da forma; por eso la humanidad ha admitido que en todas las cosas la forma arrastra el fondo. A eso responderemos que, si la práctica ha admitido que la materia sigue a la forma, que la propiedad del trabajo arrastra la de la materia, podemos muy bien aceptar ese principio, pero solo a condición de que la materia siga disponible, accesible a todos, y no sea propiedad exclusiva de nadie. De modo que, para que ese principio pueda admitirse, es preciso precisamente que el suelo, materia primera de todos los productos, no sea objeto de apropiación personal. La propiedad mobiliaria solo puede existir, pues, en toda justicia, a condición de que la propiedad de la tierra sea de todo el mundo. Proudhon ha señalado muy bien la distinción que hay que establecer aquí, y no solo en sus Memorias sobre la propiedad, sino también en su nueva Teoría de la propiedad119, en la que, sin embargo, se esfuerza por justificar la propiedad territorial individual; permítasenos citar de este último libro una página que nos parece convincente:

«Este principio de que la forma arrastra el fondo», dice Proudhon, «¿se aplica a la tierra roturada? Se prueba muy bien que el productor tiene derecho a su producto, el colono a los frutos que ha creado. Se prueba igualmente que tiene derecho a ahorrar sobre su consumo, a formar un capital y a disponer de él a su voluntad. Pero el dominio territorial no puede salir de ahí: es un hecho nuevo que excede el límite del derecho del productor; él no crea el suelo, común a todos. Se prueba además que quien ha preparado, mullido, saneado y roturado el suelo tiene derecho a una remuneración, a una compensación; se demostrará que esa compensación puede consistir, no en una suma pagada, sino en el privilegio de sembrar el suelo roturado durante un tiempo dado. Vayamos hasta el final: se probará que cada año de cultivo, al implicar mejoras, entraña para el cultivador el derecho a una compensación siempre nueva. ¡Sea! Eso sigue sin ser la propiedad. Los arrendamientos rústicos a nueve, doce o treinta años pueden tener en cuenta todo eso al arrendatario, respecto del cual el propietario representa el dominio público. El régimen territorial de la comunidad eslava lo tiene en cuenta igualmente al campesino aparcero; el derecho queda satisfecho, el trabajo recompensado: no hay propiedad. El derecho romano y el Código Civil han distinguido perfectamente todas estas cosas: derechos de uso, de usufructo, de habitación, de explotación, de posesión. ¿Cómo es que los economistas fingen confundirlos con el derecho de propiedad? ¿Qué significan la bucólica del señor Thiers120 y todas las necias declamaciones de la camarilla?

»La economía social, como el derecho, no conoce el dominio, y subsiste toda entera fuera de la propiedad (individual): noción de valor, salario, trabajo, producto, intercambio, circulación, venta y compra, moneda, impuesto, crédito, teoría de la población, monopolio, patentes, derechos de autor, seguros, servicios públicos, asociación, etc. Las relaciones de familia y de ciudad tampoco requieren la propiedad individual; el dominio puede reservarse al municipio, al Estado, y la renta se convierte entonces en impuesto; el cultivador se convierte en poseedor, es más que arrendatario, más que aparcero; la libertad y la individualidad gozan de las mismas garantías.»

Derecho de accesión. Lo que nos prueba además que la humanidad siempre ha considerado el dominio territorial como una propiedad de un género muy particular es que, mientras que para los bienes muebles la propiedad de la forma arrastra la del fondo, para la tierra, al contrario, la propiedad del fondo arrastra la de las formas que se le añaden accesoriamente, sea natural, sea artificialmente; es decir, sea por el trabajo de la naturaleza (si se permite emplear esta metáfora), sea por el trabajo propiamente dicho, la acción del hombre sobre el suelo. Así, para dar un ejemplo del primer caso, el aluvión que se forma a expensas del lecho de un río pasa a ser, por derecho de accesión, propiedad del propietario ribereño. Y para dar un ejemplo del segundo caso, nos contentaremos con citar el párrafo 3 del artículo 555 del Código Civil:121 «Si el propietario prefiere conservar esas plantaciones y construcciones (hechas por un tercero con los materiales de este), el propietario debe el reembolso del valor de los materiales y del precio de la mano de obra, sin tener en cuenta el mayor o menor aumento de valor que haya podido recibir el fundo.» En ambos casos, he aquí un hombre, el propietario, que se enriquece con un valor que en modo alguno ha creado: en el primero, ese aumento de valor se debe exclusivamente a las fuerzas naturales; en el segundo, se debe al trabajo unido a las fuerzas inherentes al suelo. Pues bien, decimos que esos dos valores nuevos, para no constituir privilegios, solo pueden pertenecer a todos, a la sociedad; porque, incluso en el segundo caso, en el que el aumento de valor procede en gran parte del trabajo de un hombre, basta en toda justicia con que este sea completamente resarcido de lo que ha gastado en materiales y en trabajo.

Decimos, pues, que solo a la sociedad puede pertenecer el derecho de accesión sobre lo que se une y se incorpora a la tierra.

La renta de la tierra. El derecho de accesión y la renta están estrechamente unidos, porque en muchos casos el uno produce la otra; a menudo la accesión confiere a la tierra una plusvalía que constituye una renta para el propietario.

Sea cual sea el origen primero de la renta, ya se admita con Ricardo122 que las tierras fértiles se cultivaron primero, que la renta se formó sucesivamente con la puesta en cultivo de las tierras menos fértiles y que sirve para expresar la mayor fertilidad natural de las primeras tierras sobre las segundas, ya se admita con Carey123 que las tierras menos fértiles se cultivaron primero y que la renta de la tierra no fue primitivamente más que un tributo cobrado por los fuertes a los débiles, por los guerreros a los agricultores, lo cierto es que en la época en que vivimos la renta expresa aproximadamente la superioridad de valor de tal tierra sobre tal otra.

Ahora bien, sea el propietario distinto del cultivador o no lo sea, se embolsa esa renta, se beneficia de esa superioridad de valor de la tierra. Si el propietario no cultiva él mismo su tierra, sino que vive del arrendamiento de ella, he aquí que la renta crea la ociosidad. Si, por el contrario, el propietario cultiva él mismo su tierra, se convierte en un privilegiado que, además de la remuneración de su trabajo, disfruta de la renta, la cual le permite aplastar a sus competidores, cuya renta es menor o nula. Y, sin embargo, ¿de dónde viene esa renta de la tierra? ¿Es el propietario quien la crea? No: procede de tres grandes causas completamente independientes del propietario: 1.º de la fertilidad natural de la tierra, de su acrecentamiento por la formación de aluviones, de su situación respecto de los vientos, del sol, de los ríos, etc.; 2.º del emplazamiento de la tierra respecto de los centros de población, de los canales, de las carreteras, de los ferrocarriles, de las fábricas y otros efectos de la civilización; 3.º del trabajo que las generaciones pasadas han hecho sobre ese suelo. Como se ve, la renta no es obra del propietario, sino de la naturaleza y de la sociedad. ¿Con qué derecho viene el propietario a poner la mano sobre lo que no ha creado? A la sociedad le corresponden legítimamente las dos partes de la renta que la sociedad ha producido, es decir, la que procede de la vecindad de los centros de población, de los canales, etc., y la que procede del trabajo de las generaciones pasadas; y, puesto que la naturaleza no es más que un ser abstracto que no puede presentarse a reclamar su parte, también a la sociedad le corresponde la parte de la renta debida a la mayor fertilidad natural de tal tierra respecto de tal otra. Solo a la sociedad, pues, debe corresponder toda la renta de la tierra.

Aquí se nos objetará sin duda que el campesino que con su trabajo, sus abonos, etc., mejora la tierra tiene también algún derecho a una parte de la renta. Esta objeción procede de una confusión entre la renta y la plusvalía. La renta expresa una relación de tal tierra con tal otra; la plusvalía y la minusvalía expresan relaciones de una tierra consigo misma, pero en dos momentos diferentes. Ahora bien, para que quede satisfecho el derecho del cultivador a la plusvalía, basta con que al expirar el arrendamiento la sociedad le reembolse esa plusvalía; pero a condición de que aquí, como en todas partes, haya reciprocidad, es decir, de que, cuando haya minusvalía por culpa del cultivador, este esté obligado a reembolsar a la sociedad esa minusvalía.

En todos los tiempos se han alzado vivas protestas contra esa injusticia flagrante que permite a un hombre atribuirse la renta de la tierra, producto de la naturaleza y de la civilización; y economistas poco sospechosos de socialismo se han unido a los reformadores sociales para denunciar ese abuso. «Como los agentes naturales han sido apropiados», dice Senior124, «los propietarios se hacen pagar su uso en forma de renta, la cual no es la recompensa de ningún sacrificio y la reciben quienes no han trabajado ni hecho anticipos, sino que se limitan a tender la mano para recibir las ofrendas de la comunidad.» El señor Garnier125 es más explícito todavía: «La renta del propietario», dice, «difiere esencialmente de las retribuciones pagadas al obrero por su trabajo, o al empresario por el beneficio de los anticipos que ha hecho, en que esos dos géneros de retribuciones son la indemnización, el uno de una pena, el otro de una privación y de un riesgo al que uno se ha sometido; mientras que la renta la recibe el propietario gratuitamente y solo en virtud de una convención legal que reconoce y mantiene a ciertos individuos el derecho de propiedad territorial... Los innovadores más audaces no hacen otra cosa que proponer la sustitución de la propiedad individual por la propiedad colectiva. Tienen razón, nos parece, en derecho humano; pero no la tendrán en la práctica mientras no hayan sabido mostrar las ventajas de un sistema económico mejor.» Pues bien, señor economista, que confiesa usted que tenemos razón en derecho, es decir, en teoría: hace tiempo que tenemos demostrado que el nuevo sistema de la propiedad colectiva de la tierra no solo tiene ventajas, sino que se ha convertido en una necesidad; puede renunciarse a lo que es ventajoso, pero hay que someterse a lo que es necesario.

En cuanto a nosotros, si pedimos que la renta entera vuelva a la colectividad, no es únicamente por la injusticia de la atribución de la renta a los individuos, sino porque sin eso la organización de la sociedad nueva es imposible, y ello por dos razones:

1.º Solo la vuelta de la renta a la colectividad puede permitir a la sociedad instituir, sin cobrar impuestos espantosos, los servicios públicos necesarios, como la instrucción integral dada a todos, la organización unitaria de los seguros contra todos los riesgos y accidentes, etc.

2.º Solo la abolición de la renta individual puede poner a los cultivadores en pie de igualdad y hacer que en todas partes los productos se intercambien por productos equivalentes. He aquí dos tierras de igual extensión que, a igualdad de trabajo, dan la primera 1.000 bushels de trigo y la segunda 500: hay, pues, ahí una renta de 500 bushels para la primera tierra. Es evidente que, si la renta queda en manos de los individuos, el primer cultivador podrá ceder su producto por 1 mientras que el segundo solo podrá cederlo por 2: he aquí, pues, dos productos que han requerido el mismo trabajo y uno de los cuales valdrá el doble que el otro; uno de los cuales solo podrá intercambiarse por lo que vale como trabajo a condición de que el otro se venda por menos del trabajo que ha costado. Al contrario, adjudicad la renta a la colectividad, y el equilibrio queda restablecido: desde ese momento nuestros dos cultivadores pueden intercambiar recíprocamente sus 500 bushels de trigo sin cobrarse nada el uno al otro; o, lo que es más racional, cada uno de ellos puede intercambiar sus productos agrícolas, que tienen un valor fijado, por productos industriales equivalentes, es decir, que hayan costado la misma suma de trabajo. Así es como el colectivismo y el mutualismo, que en el Congreso de Bruselas parecían presentarse como rivales y antagonistas en el seno de la Internacional, se completan, al contrario, el uno con el otro: la propiedad colectiva del suelo hace posible el intercambio igual de los productos, la reciprocidad de los servicios.

De todas estas consideraciones podemos concluir que, desde el punto de vista del orden nuevo hacia el que marchamos, hay que reclamar la entrada del suelo en la propiedad colectiva de la sociedad, para no dejar a los individuos o a las asociaciones particulares más que la simple ocupación del suelo, mediante un doble contrato que garantice a la vez los derechos de la sociedad y los derechos del cultivador.

Pero, como se ve, esa propiedad colectiva que reclamamos para la sociedad ya no es la propiedad completa, absoluta. En efecto, aun confiriendo a la sociedad el derecho exclusivo a la propiedad de la tierra (ese derecho de exclusión que, en manos de la sociedad, se convierte sencillamente en la inalienabilidad del suelo), aun confiriéndole también el derecho de accesión y el derecho a la renta, los tres atributos del dominio de propiedad, solo reconocemos a la sociedad el derecho de libre disposición de manera incompleta y limitada. Así, no podemos reconocer a la sociedad, como tampoco a los individuos, el derecho de aniquilar las tierras de labor, ni siquiera de dejarlas baldías, porque eso sería un acto de expoliación para con nuestros descendientes; así como la sociedad no tiene ni el derecho ni el poder de cambiar las leyes eternas de la materia, de decretar, por ejemplo, que en adelante los cuerpos se atraerán en razón inversa de su masa y en razón directa del cuadrado de sus distancias, tampoco tiene derecho a atentar contra las leyes de la eterna justicia.

Reclamamos, pues, para la sociedad la propiedad colectiva del suelo, pero la propiedad relativa, la propiedad condicional, la propiedad doblemente limitada por garantías para las generaciones futuras y por garantías para los ocupantes contemporáneos.

Entre las garantías necesarias para los cultivadores, creemos deber mencionar las siguientes; porque, después de haber tratado tan ampliamente de los derechos de la colectividad, no es sino justo tratar de fijar igualmente los derechos de los particulares:

1.º El derecho a la propiedad de las cosechas y, en general, de los frutos del suelo, salvo que estos productos se intercambien conforme a la ley del intercambio igual, que se aplicaría del mismo modo a los productos de la industria propiamente dicha. Ya hemos visto la distinción fundamental entre la propiedad de la tierra y la propiedad de los productos del trabajo personal; no tenemos que volver sobre ello.

2.º El derecho a la plusvalía, al reembolso de los anticipos hechos en trabajo, en abonos, etc., que hayan mejorado la tierra. Inútil también volver sobre ello.

3.º El derecho a elegir, dentro de los límites convenidos, su género y su modo de cultivo. Una vez garantizados los intereses generales con la división del suelo en bosques, prados, tierras de labor, etc., evidentemente no puede haber mejor juez que el propio cultivador para saber si tal terreno conviene más a tales clases de cereales, o de legumbres, o de frutos cualesquiera. Por lo demás, sin eso el cultivador se vería estorbado a cada momento en sus movimientos; ya no sería un hombre libre y responsable, sino un verdadero esclavo, caído más bajo que sus antepasados, los siervos de la gleba.

4.º La certeza de ocupar la tierra durante un lapso de tiempo bastante largo. En favor de esta disposición, no podemos hacer nada mejor que citar este pasaje de un célebre agrónomo, el señor Chaptal:126

«Una de las causas que más contribuyen a retrasar la aplicación de los buenos principios a la agricultura es sin duda la corta duración de los arrendamientos. El arrendatario, que apenas tiene tiempo de conocer las tierras que emprende explotar, las cultiva casi al azar. No puede dar a sus cultivos ningún desarrollo ni establecer un buen sistema de rotación. Se ve obligado a renunciar a los prados artificiales más ventajosos, como los de pipirigallo y de alfalfa, porque en un corto espacio de tiempo no puede ni disponer convenientemente las tierras para recibir esos forrajes ni cosecharlos durante todo el tiempo que producen.

»Hoy que está bien probado que el establecimiento de los prados artificiales y una rotación razonada deben formar la base de la agricultura; hoy que se reconoce que, para ejecutar esos dos grandes medios de mejora y recoger sus frutos, hace falta un plazo de doce a quince años (o más bien de una treintena de años), los arrendamientos deben tener por lo menos esa duración... En las fincas en que el arrendatario se ve al término de su contrato cada tres años, no se pueden emplear en la mejora ni luces ni capitales, y la explotación se perpetúa en un estado de imperfección.»

5.º La facultad de rescindir el arrendamiento cuando sus intereses lo exijan. En efecto, no se puede razonablemente obligar a un particular o a los miembros de una asociación agrícola a proseguir una explotación onerosa, o a permanecer en la agricultura cuando quieren entrar en otra carrera. Con arrendamientos a largo plazo, sobre todo con arrendamientos vitalicios, este derecho de rescisión es inevitable.

Llegamos ahora a un punto de los más delicados, pero cuyas dificultades las circunstancias reducirán sin duda singularmente: la cuestión de las vías y medios para efectuar la transferencia de la propiedad de la tierra de los individuos a la sociedad.

Si pudiéramos situarnos en el punto de vista de una liquidación social hecha amistosamente entre las dos partes en litigio, es decir, entre el proletariado y la burguesía, tendríamos que examinar el valor de varios medios de transición preconizados por diferentes escuelas socialistas para hacer entrar el suelo en la propiedad colectiva, especialmente los siguientes:

1.º El rescate sucesivo de las tierras, preconizado por Louis Blanc127 desde 1845 en su Organización del trabajo; los primeros rescates se harían con cargo al presupuesto, y luego el arrendamiento de las primeras tierras adquiridas por la sociedad serviría para rescatar sucesivamente las demás.

2.º El arrendamiento considerado, a partir de una fecha que habría que fijar, como reembolso por anualidades, medida propuesta en 1848 por Proudhon en su Idea general de la revolución en el siglo XIX128.

3.º La entrada en la propiedad colectiva de toda herencia ab intestato sin herederos directos, un impuesto del 25 % sobre toda herencia testamentaria y la declaración de que el suelo, una vez entrado en la propiedad colectiva, es inalienable; medidas propuestas, poco después del 48, por Colins, De Potter129 y Ramón de la Sagra130.

Pero no tenemos derecho a hacer así abstracción de la actitud respectiva que han adoptado los burgueses y los proletarios; nos basta con hacer constar que los socialistas, órganos de la clase obrera, propusieron hace mucho tiempo las medidas pacíficas, y que la burguesía las rechazó y las sigue rechazando con obstinación. Ahora bien, puesto que la clase capitalista y propietaria no quiere entrar en transacción, y los trabajadores están resueltos más que nunca a mantener sus derechos, es inevitable que tarde o temprano se proceda a una liquidación forzosa. Sí, forzosa, porque el proletariado tiene de su lado dos fuerzas a las que nada puede resistir: la fuerza del número y la fuerza de la idea.

El antagonismo de las clases, la lucha del trabajo contra el capital, ha dado origen a las sociedades de resistencia o trade unions; estas, mediante su federación y su agrupación, organizan el proletariado y acaban por constituir un Estado dentro del Estado, un Estado económico, obrero, en medio del Estado político, burgués. Ese Estado se encuentra naturalmente representado por los delegados de las corporaciones obreras, que, al tiempo que proveen a las necesidades actuales, constituyen también el embrión de la administración del porvenir; porque, a medida que nuevas categorías de trabajadores, hoy aisladas, se constituyan en asociación, esa delegación abrirá sus filas a los recién llegados. Pues bien, dada esta situación, muy bien podría ocurrir que un buen día ese Estado nuevo pronunciara la disolución del Estado antiguo y tomara, respecto de las instituciones de la vieja sociedad —respecto de la centralización política, del sistema judicial, del ejército, de los cultos, de la enseñanza pública, de la banca, del comercio, de la organización industrial, de la propiedad de la tierra, etc.—, todas las medidas necesarias para asegurar el fin de los privilegios y de la miseria, el reinado de la igualdad y del bienestar para todos. Ahora bien, respecto de la propiedad de la tierra, ese Estado encargado por los trabajadores de efectuar la liquidación y la reorganización sociales bien podría hacer algunas pequeñas declaraciones del género de estas:

1.º Queda abolida la propiedad individual de la tierra; el suelo pertenece a la colectividad social y es inalienable;

2.º Los cultivadores arrendatarios pagarán en adelante al Estado la renta que antes pagaban al propietario; esa renta hará las veces de impuesto y servirá para pagar servicios públicos como la instrucción, los seguros, etc.;

3.º Como medida de transición, se admite que los pequeños propietarios que explotan su tierra con su trabajo personal podrán seguir siendo, mientras vivan, poseedores de esa tierra sin pagar arrendamiento; a su fallecimiento, la contribución territorial de su tierra se aumentará hasta la proporción de la renta de las demás tierras del mismo valor, y se transformará, por consiguiente, en renta de la tierra; desde ese momento se abolirá la contribución territorial para esas tierras, como queda abolida desde hoy para las que pagan la renta;

4.º Los arrendamientos serán vitalicios para los cultivadores individuales; serán a un plazo de... para las asociaciones agrícolas (un plazo superior a la duración media de la vida);

5.º Los arrendamientos podrán, no obstante, rescindirlos los individuos o las asociaciones agrícolas por causas determinadas de utilidad particular;

6.º Los arrendamientos son personales; queda prohibido el subarriendo;

7.º El suelo se tasa al principio y al final de cada arrendamiento. Si al final del arrendamiento hay plusvalía, la sociedad paga; si hay minusvalía, paga la herencia; y, si la herencia no tiene nada, la sociedad pierde;

8.º Con el fin de impulsar la asociación en la agricultura, las asociaciones agrícolas tendrán la preferencia para el arriendo de la tierra; después de las asociaciones, esa preferencia corresponderá también a los hijos del ocupante fallecido que hayan trabajado con su padre;

9.º Con el fin de simplificar la gestión del dominio territorial, su administración se confiará en cada municipio al consejo municipal (o municipalidad), elegido directamente por todos los habitantes mayores de edad del municipio; ese consejo proveerá en particular a la concentración de las parcelas y a la delimitación de las posesiones, de manera que se detenga la parcelación;

10.º El Estado, de acuerdo con las comisiones agrícolas nombradas por los agricultores, se ocupará de las grandes obras de roturación, de repoblación forestal, de desecación y de riego. Se entenderá con las compañías de trabajadores rurales que pudieran constituirse para efectuar esas grandes obras de conjunto.

Que el proletariado organizado y triunfante tome estas disposiciones, que introduzca en ellas todas las modificaciones que las circunstancias requieran, que les incorpore sucesivamente todas las mejoras que la práctica indique, y la revolución agraria se habrá efectuado; la propiedad de la tierra quedará constituida conforme a la justicia.

Informe de la sección de Ruan

Émile Aubry da lectura al informe siguiente:

Queridos compañeros:

La Federación Obrera del distrito de Ruan sigue honrándose de formar parte de una asociación que, sin dejar de buscar los medios prácticos de mejorar la suerte física y moral de la clase a la que pertenecemos, respeta escrupulosamente la autonomía de los grupos que constituyen su fuerza; ese culto de la federación asegura su desarrollo cierto y da al movimiento social que todos promovemos un carácter nuevo que hasta ahora ninguna organización del mismo género había revestido; podemos afirmar, contrariamente a las sociedades que nos han precedido en el pasado, que nuestra asociación lleva en sus entrañas la libertad verdadera junto con la mejora positiva, material e intelectual, de los productores de la riqueza, gracias al respeto absoluto de las conciencias que profesamos incluso hasta la exageración.

Podemos decir a nuestros adversarios que, sean cuales sean los obstáculos que puedan oponernos, estamos seguros de vencer.

Los partidarios de todos los colores de la política autoritaria, pese a su espanto ante nuestros progresos, confiesan que somos realmente los únicos que hasta ahora han sabido ganarse la confianza incluso de aquellos que dudan del progreso.

Ese progreso se lo debemos al respeto y a la puesta en práctica de nuestra inmortal divisa, que no exige el cumplimiento del deber sino a quien tiene sus derechos, pero que exige de este una suma igual de deberes.

Somos, pues, realmente la justicia, ¡puesto que aportamos y pedimos el equilibrio en todo!

Sí, compañeros, lo repetimos: el Círculo de Ruan está orgulloso de perteneceros; por eso se alegra de manifestároslo con la presencia de sus delegados en esta reunión de los mártires de la oligarquía burguesa, venidos expresamente de los diferentes países de Europa para buscar los medios seguros de vencer al monstruo de la época: ¡el feudalismo industrial, mercantil y financiero!

Invitados por la gran federación a dar a conocer nuestros votos y a responder a las cuestiones que habéis sometido al estudio de todos los grupos que constituyen la gran familia de los explotados por el capital, venimos a traeros el resultado de nuestros trabajos y a tomar parte en la discusión de los grandes problemas que hemos de resolver entre todos y que la humanidad reclama a grandes voces; de su solución dependen el porvenir y el sosiego de una sociedad que hasta ahora solo ha dado satisfacción a unos pocos despojando a los demás.

Entramos en materia y tenemos el honor de someter a vuestra apreciación las resoluciones siguientes sobre la cuestión sometida a estudio.

Estas resoluciones, fruto de una larga discusión mantenida en la cabeza de nuestro distrito por los comités reunidos de las corporaciones que constituyen nuestra federación, van acompañadas de disertaciones que expresan sinceramente la opinión de los grupos que componen nuestro Círculo.

PRIMERA CUESTIÓN: PROPIEDAD DE LA TIERRA.

Antes de dar a conocer nuestra resolución, conforme a las opiniones que expresábamos el año pasado, creemos indispensable dar a conocer en pocas palabras los principios económicos que constituyen la base de todas las opiniones emitidas por el Círculo sobre la manera de considerar y resolver las diferentes cuestiones económicas que preocupan con justo motivo al proletariado europeo.

El estudio y la experiencia de dieciséis años nos han convencido lo suficiente para afirmar que, de todas las causas que crean la desigualdad social con todas las consecuencias que entrañan, la principal, la que puede considerarse como el patrón de la miseria social, es la prelibación del capital131, que algunas sociedades obreras se empeñan en no querer extirpar de su organización; lamentamos que ese virus de la economía política, herencia malsana de la burguesía, que mantiene la tisis del cuerpo social, siga siendo para algunos camaradas un medio de reconstitución social; y lo lamentamos tanto más cuanto que retrasa nuestra emancipación y puede dar lugar a terribles contradicciones cuyas consecuencias serían fatales para la emancipación de los proletarios.

El deber de los ciudadanos que se consagran a la obra de regeneración es combatir contra viento y marea esa despiadada tenia de las sociedades civilizadas; es ella la que desde hace varios siglos destruye el trabajo, ya tan lento, de la emancipación de la humanidad.

En Lausana y en Bruselas132 tuvimos el honor de decir que el único remedio capaz de impedir la reconstitución de una nueva aristocracia, que nace siempre de la prelibación ejercida por el parásito sobre la producción común, estaba en la constitución relativa del valor de los productos, y añadíamos que el valor verdadero solo podía encontrarse a condición de que todas las sociedades obreras establecieran relaciones continuas para llegar a determinar el patrón de la hora de trabajo; es decir, que, para impedir la explotación del hombre por el hombre, del obrero por el obrero, es preciso que el conjunto de los productores haga inmensos esfuerzos con el fin de calcular la fuerza media de cada uno de ellos. Una vez encontrado esto, el valor del producto quedará exactamente determinado y el intercambio podrá hacerse en condiciones que nunca podrán perjudicar a ninguno de nosotros, y entonces la propiedad tendrá su verdadero carácter.

Cada ciudadano se convertirá en propietario exclusivo de su producción sin excitar codicias y sin temor alguno de ver al propietario agrandar injustamente su patrimonio a expensas de los demás productores, puesto que nadie podrá intercambiar ni vender sus productos por encima del precio de coste, y este representará verdaderamente la cantidad de fuerza moral y física gastada en la confección del producto.

Creedlo bien, queridos compañeros: la solución de todas las cuestiones económicas y sociales no está en otra parte que en la determinación de la remuneración media de la hora de trabajo; las demás cuestiones son secundarias; la propiedad, la libertad, la moral, la solidaridad, la fraternidad misma y la justicia, que es la síntesis de todas esas facultades sociales, no serán verdaderas sino el día en que los hombres hayan llegado a determinar exactamente el metro de la producción individual en el conjunto de las producciones.

Dicho esto, pasamos a pronunciarnos sobre la propiedad de la tierra:

De lo que precede resulta que lo que no puede evaluarse no es una producción del hombre; como el aire, la luz y el calor, la tierra, como decíamos el año pasado, es una herramienta necesaria e indispensable para la producción, pero dada gratuitamente al hombre para que se sirva de ella según sus necesidades; y, si hasta ahora se ha convertido en una propiedad exclusiva, en uno de los principales agentes de subordinación del trabajo al capital, es porque la tierra ha sido evaluada, cuando la ciencia dice: que de nada no se hace nada; en otros términos, que se pueden intercambiar productos en los que el trabajo no ha entrado en absoluto; de otro modo, toda evaluación es falsa y arbitraria133.

En consecuencia, la propiedad de la tierra, pese al culto que inspira a los satisfechos de hoy, como no puede evaluarse, no puede ser sino una propiedad colectiva cuyo derecho de ocupación pertenece a todos, pero que debe determinar el municipio organizado federativamente; de lo contrario, la propiedad de la tierra constituiría, como hoy, un privilegio que, en razón de su falta de evaluación, formaría la base de una nueva aristocracia.

Nuestros adversarios invocan el peligro de caer en una organización que desarrollaría rápidamente el principio comunitario con todas sus consecuencias autoritarias, contra las cuales todos combatimos; que nos perdonen, pero ese miedo no tiene otro origen que la falta completa de una teoría del valor y un estudio descuidado del principio federativo.

Con la determinación del valor y, como consecuencia lógica, la descentralización completa funcionando en todas partes, no hay en absoluto que temer la restauración de una aristocracia o de una miseria crónica.

En una palabra, nadie puede decirse propietario de una cosa que no ha producido, ganado o conquistado con su inteligencia y su fuerza física; y, como solo pueden adquirirse productos que tengan un valor de cambio, y la tierra no es un producto, sino una herramienta cuya forma y destino el hombre nunca podrá cambiar, rechazamos con energía el derecho individual a poseer exclusivamente en propiedad el suelo. Consideramos la perpetuación de ese derecho como un atentado contra la libertad colectiva.

Pedimos que el suelo se declare propiedad municipal, con el derecho de ocupación individual concedido por el municipio federativamente organizado y transmisible por vía de herencia; pero continuamente a disposición de los intereses colectivos, que podrán retirarlo concediendo al ocupante la indemnización verdadera por todo el trabajo que haya invertido en la parte ocupada, ya sea en productos agrícolas, ya en productos casas134.

Nos parece que estos principios sobre la propiedad del suelo satisfacen los intereses colectivos y conservan intacta la autonomía individual.

Con este convencimiento, el Círculo de Ruan ha votado por unanimidad la resolución siguiente, que ha unido con la cuestión de la herencia por no poder separarse de ella.

RESOLUCIÓN DEL CÍRCULO DE RUAN SOBRE LA PROPIEDAD DE LA TIERRA O TERRITORIAL.

«Considerando que una sociedad civilizada no puede tener su libre albedrío si todos sus miembros están privados del derecho de propiedad;

»Considerando que, para ser verdaderamente la garantía de la autonomía individual, importa que la propiedad sea la representación exacta de la producción acumulada de cada productor;

»Considerando que la propiedad no es digna de merecer ese nombre sino a condición de que hayan desaparecido todos los prestigios aristocráticos, y que no podrá ser así hasta el día en que el valor de los productos esté relativamente constituido;

»Considerando que la propiedad de la tierra, tal como está constituida hoy, establece una anomalía flagrante respecto de las leyes de la ciencia social, que no reconocen más propiedad que la adquirida por el trabajo exento de toda especulación y de agio;

»Considerando, según los datos de la ciencia, que de nada no se hace nada, y que el suelo no es más que un instrumento dado gratuitamente al hombre por la naturaleza para que lo fecunde con su trabajo;

»El Círculo de Estudios Económicos del distrito de Ruan, compuesto por todas las corporaciones obreras de dicho distrito, declara (por boca de los comités corporativos) que la propiedad del suelo solo puede considerarse desde el punto de vista colectivo y que su reparto solo puede hacerlo el municipio basado en la organización federativa.

»En consecuencia, tiene el honor de poner en conocimiento de sus colegas que no considera posible la solución de la propiedad sino en la organización federativa de las fuerzas económicas del trabajo en el seno de la Internacional, representada por las diferentes delegaciones reunidas en Basilea, a 6 de septiembre de 1869.

»En lo que concierne al derecho de herencia, declara, por lo que precede, que lo reconoce transmisible en todos los grados. Esta decisión es, a ojos del Círculo, la única compatible con el reconocimiento de la constitución de la familia, fuera de la cual ninguna organización social es viable.»

Informe de la sección de Ginebra

Ciudadanos:

La comisión que nombrasteis solo puede presentaros un breve informe sobre este asunto.

Ha sido unánime en afirmar de nuevo la resolución del Congreso de Bruselas y en precisarla en este sentido:

Que el suelo de labor, los bosques, el subsuelo, las carreteras, los ferrocarriles, los canales, los telégrafos, las fábricas y, en general, todos los grandes instrumentos de trabajo deben ser, no propiedad de grupos particulares de productores, sino de la colectividad humana entera.

En cuanto a la organización de la propiedad colectiva en el porvenir, a la comisión le ha faltado el tiempo necesario para elaborar un proyecto sobre una cuestión tan grave.

Por lo demás, opina unánimemente que no puede esperarse una solución definitiva sino después de las grandes experiencias que seguirán a la liquidación social.

Continuación de la sesión del 8 de septiembre

El orden del día trae la discusión sobre la cuestión del derecho de herencia.135

La asamblea, antes de oír al ponente Brismée, decide que en todas las cuestiones siguientes no se leerá a la asamblea ningún informe salvo el de la comisión.

Brismée presenta, en nombre de la comisión, las resoluciones siguientes:

Sigue el texto del proyecto de resolución de la comisión; véase Proyecto de resolución de la comisión sobre el derecho de herencia (no aprobado).

Eccarius, en nombre del Consejo General, dice que, tras discusiones muy serias, habían llegado a conclusiones completamente opuestas a las de la comisión. En una sociedad colectiva, el derecho de herencia, dice Eccarius, ya no es más que un asunto de familia, puesto que el abuso de las cosas heredadas no puede existir; pero, si se quiere llegar en el estado actual a reducir ese derecho, propone las medidas transitorias siguientes: (Véase más adelante el informe del Consejo General.)

Chemalé. Como dice el ciudadano Brismée, la votación sobre la cuestión anterior entraña la decisión sobre la herencia. Una vez decretada la propiedad colectiva, ¿qué podría heredarse? A menos que haya habido un equívoco y que el colectivismo solo se aplique a la tierra, en cuyo caso el obrero industrial se verá favorecido en detrimento del productor agrícola, puesto que el uno sería poseedor de sus herramientas y, por consiguiente, productor libre, mientras que el otro, sujeto al salariado, se encontraría en situación inferior.

El ciudadano Bakunin nos decía esta mañana que siempre era una minoría inteligente la que hacía la ley. A eso respondo que precisamente porque siempre han sido minorías inteligentes las que han hecho la ley protestamos aquí, y que se protestará contra vuestras decisiones como acabáis de hacerlo vosotros contra las de vuestros predecesores.

Pero el ciudadano De Paepe viene a decirnos: «Sostenemos que la discusión sobre la herencia sigue teniendo su razón de ser, porque la vuelta del suelo a la propiedad colectiva aún no se ha cumplido.» ¿Acaso vuestra votación sobre la supresión de la herencia tendrá más efecto?

Voté contra la primera, aunque considero inútil mi voto. Propongo que se pase por alto la segunda cuestión.

De Paepe aprovecha los diez minutos que se le conceden para leer algunos pasajes del informe de la sección de Bruselas sobre la herencia. Como principio permanente y definitivo, dice ese informe, la abolición de la herencia no es útil; como medio de liquidación social, no es probable.

Richard, respondiendo a Eccarius y a De Paepe, dice que ambos han confundido los dos aspectos siguientes de la cuestión: confunden el derecho de un trabajador a disponer de los frutos de su trabajo y la facultad de constituir un privilegio para un individuo que todavía no ha producido nada y que no ha hecho más que los demás para merecer ese derecho especial. Dice que es la sociedad, y no la arbitrariedad individual, la que debe repartir igualitariamente entre los individuos los medios de desarrollo moral y material. Si los partidarios del privilegio hereditario lo consideran poco importante, es una razón más para abandonarlo; si son amigos de la igualdad, que respeten, pues, la igualdad, la primera de todas: la igualdad del punto de partida.

Varlin. Si hubiéramos llegado a hacer entrar todos los instrumentos de trabajo, así como el suelo, en la propiedad colectiva, es evidente que la cuestión de la herencia ya no tendría importancia; pero no estamos en eso: queda todavía una gran parte de las herramientas sociales cuya propiedad no hemos abolido, ni siquiera en principio; si mantenemos la herencia en estas condiciones, mantenemos la desigualdad, puesto que ciertos niños encontrarán por vía de herencia lo que les es necesario, mientras que otros se verán fatalmente privados de ello. Se nos dice, es cierto, que con la organización del crédito gratuito los que se vieran privados de ello podrían obtenerlo; pero, si tienen que reembolsarlo, su condición será siempre muy inferior a la de los demás ciudadanos.

Quería examinar además la cuestión del derecho de herencia desde dos puntos de vista: el derecho de los hijos sobre los bienes de sus padres y el derecho de los padres a disponer de sus bienes.

Nunca he oído un argumento que afirme el derecho de los hijos; yo lo niego completamente. En cuanto al derecho de los padres a disponer de sus bienes, si se mantiene ese derecho, para ser justos no habría que limitarlo a los hijos. El propietario, si es que todavía existe, debe poder disponer de sus bienes en favor de cualquiera, y entonces ya no es el derecho de herencia, es el derecho de testar. Nosotros, los colectivistas, no aceptamos ni el uno ni el otro.

Murat. Las conclusiones de Brismée son lógicas después de la votación sobre la propiedad; pero las rechazo, como las resoluciones sobre la propiedad.

El ciudadano Varlin ha dicho que el hijo no tiene más derechos que nadie al producto del trabajo del padre; olvida que, en el campo sobre todo, los hijos trabajan desde la edad de tres o cuatro años y, en el momento de heredar, tienen una gran parte de su trabajo en esa herencia que reciben.

En cuanto al ciudadano Richard, no lo entiendo; porque, si al trabajador, como él ha dicho, se le reconoce propietario de su producto, y si no ha consumido todo lo que ha producido, siempre podrá darlo o venderlo antes de su muerte, lo que anulará la abolición de la herencia e introducirá en ella el fraude y, por consiguiente, la inmoralidad. Si todos, como yo deseo, fueran propietarios de sus herramientas, todas esas dificultades desaparecerían y la herencia podría mantenerse.

Bakunin. Entre los colectivistas que consideran inútil votar la abolición del derecho de herencia y los colectivistas que consideran necesario votarla hay esta diferencia: los primeros toman como punto de partida el porvenir, es decir, la propiedad colectiva de la tierra y de los instrumentos de trabajo ya realizada, mientras que nosotros tomamos como punto de partida el presente, es decir, la propiedad hereditaria individual en la plenitud de su poder.

Eccarius ha dicho que el derecho no es más que la consecuencia del hecho, y que, una vez abolido el hecho de la propiedad individual, el derecho de herencia caerá por sí mismo. Es cierto que en la historia el hecho siempre ha precedido al derecho, pues este siempre ha sido la consagración de aquel; pero es incontestable también que el derecho, después de haber sido un efecto, se convierte a su vez en causa de otros efectos; y, si se quiere llegar a otros efectos, hay que empezar por derribarlo. Así es como el derecho de herencia se ha convertido en la base y la condición principal de la propiedad individual en cuanto garantizada por el Estado.

Se dice que declarar esa abolición no sería práctico, porque, cuando los trabajadores sean lo bastante poderosos para abolir el derecho de herencia, deberán aprovechar ese poder para proclamar y realizar la liquidación social. Pero es precisamente en nombre de la práctica por lo que os recomiendo sobre todo la abolición del derecho de herencia. Se ha hablado de la dificultad que habría en desposeer a los campesinos, pequeños propietarios de la tierra; es incontestable que, si se quisiera desposeer a los campesinos, se los arrojaría a la contrarrevolución. Eso es lo que hay que evitar. Así pues, probablemente seguirán siendo, al menos durante algún tiempo, los poseedores de hecho de esas parcelas de tierra de las que hoy son propietarios. Y, si se mantiene el derecho de herencia, no serán solo sus poseedores, sino sus propietarios, y las transmitirán como tales a sus hijos.

Mientras que, si se abole el derecho de herencia, y en general todo derecho jurídico y político del Estado, no les quedará más que el hecho de la posesión, hecho que, al no estar ya protegido por el Estado, será fácilmente transformado y derribado por la fuerza de los acontecimientos revolucionarios.

Se pide el cierre.

Varios delegados creen que la cuestión no está suficientemente esclarecida. Liebknecht se declara a favor del cierre: se podría discutir durante veinte congresos seguidos para llegar siempre a las mismas conclusiones, y hoy tenemos todavía tres cuestiones, una de las cuales, muy importante, la de las sociedades de resistencia, merece algunas horas que no debemos dedicar a la cuestión de la herencia.

Guillaume apoya también el cierre: no comprende que Langlois pueda desear una discusión más larga, puesto que la línea de conducta de todos los que no son colectivistas está trazada, como ha dicho perfectamente Chemalé. La comisión ha estado completamente de acuerdo en las conclusiones que ha presentado: los colectivistas deben de estar convencidos; a los mutualistas no se los convencerá.

Tolain protesta contra el calificativo de individualistas que se ha dado a los mutualistas en el curso de la sesión.

Langlois. Habéis votado el comunismo de la tierra, pero no el comunismo de todas las herramientas, de todos los instrumentos de trabajo; de modo que, en cuanto a la herencia, solo habéis votado implícitamente su abolición para la propiedad de la tierra. Si la votáis para toda propiedad, habréis votado implícitamente por el comunismo absoluto, y entonces ya no tendréis necesidad de discutir el crédito, porque el comunismo es la negación del crédito.

Tartaret apoya a Langlois. Flahaut136 pide el cierre y que se ponga en el orden del día de la sesión de mañana por la mañana la cuestión de las sociedades de resistencia.

Se vota el cierre.

La votación nominal sobre la propuesta de la comisión de la herencia ha dado el resultado siguiente:

68 votantes; mayoría absoluta: 35.

32 sí, 23 no, 13 abstenciones.

Respondieron sí:

Sentiñon, Farga Pellicer, Robin, Bastin, Brismée, Varlin, Robert, Hins, Heng, Brosset, Floquet, Jaillet, Schwitzguébel, Bourseau, Outhier, Bakunin, Caporusso, Richard, Palix, Monier, Fourreau, Dereure, Rittinghausen, Guillaume, Lessner, Neumayer, Collin, Becker, Janash, Krüger, Gorgé, Martinaud.

Respondieron no:

Aubry, Tolain, Murat, Pindy, Piéton, Langlois, Chemalé, Quinche, Applegarth, Eccarius, Stepney, Jung, Starke, Hess, Leisinger, Gut, Greulich, Liebknecht, Fruneau, Tartaret, Würger, Cameron, Frey.

Se abstuvieron:

De Paepe, Landrin, Dosbourg, Durand, Roussel, Flahaut, Mollin, Franquin, Grosselin, Creusot, Goegg, Bruhin, Scherer.

Ausentes:

Perret, Lucraft, Spier, Bohny, Holeiber, Bürkli.

Enfermo: Oberwinder.

Se procede luego a votar la propuesta presentada por el Consejo General.

Votantes: 62; mayoría absoluta: 32.

19 sí, 37 no, 6 abstenciones.

Se rechaza la propuesta.

Respondieron sí:

Bastin, Goegg, Rittinghausen, Bruhin, Quinche, Applegarth, Eccarius, Stepney, Jung, Lessner, Neumayer, Hess, Leisinger, Gut, Greulich, Liebknecht, Krüger, Cameron, Frey.

Respondieron no:

Farga Pellicer, Robin, De Paepe, Brismée, Aubry, Varlin, Robert, Tolain, Dosbourg, Hins, Murat, Pindy, Franquin, Heng, Brosset, Floquet, Jaillet, Schwitzguébel, Bourseau, Outhier, Piéton, Bakunin, Caporusso, Langlois, Richard, Palix, Monier, Fourreau, Dereure, Chemalé, Guillaume, Starke, Janash, Gorgé, Martinaud, Fruneau, Tartaret.

Se abstuvieron:

Sentiñon, Landrin, Roussel, Flahaut, Mollin, Collin.

Ausentes:

Durand, Perret, Grosselin, Creusot, Lucraft, Spier, Becker, Bohny, Holeiber, Scherer, Bürkli, Würger.

Enfermo: Oberwinder.

Se levanta la sesión a las 7.

Informes sobre la cuestión del derecho de herencia

Informe y conclusiones del Consejo General

Sigue el texto del informe del Consejo General, redactado por Karl Marx; véase Informe del Consejo General sobre el derecho de herencia.

Informe de la sección ginebrina

Ciudadanos:137

Esta cuestión, que va a discutirse en el Congreso de Basilea, se divide en dos partes: la primera comprende el principio; la segunda, la aplicación práctica del principio.

La cuestión del principio mismo debe considerarse desde dos puntos de vista: el de la utilidad y el de la justicia.

Desde el punto de vista de la emancipación del trabajo, ¿es útil, es necesario que se suprima el derecho de herencia?

Plantear esta pregunta es, a nuestro juicio, resolverla. ¿Puede significar la emancipación del trabajo otra cosa que su liberación del yugo de la propiedad y del capital? Pero ¿cómo impedir que una y otro dominen y exploten el trabajo mientras, separados del trabajo, se encuentren monopolizados en manos de una clase que, por el hecho de su disfrute exclusivo, dispensada de la necesidad de trabajar para vivir, seguirá existiendo y aplastando el trabajo, al cobrarle la renta de la tierra y el interés del capital, y que, fuerte con esta posición, se adueña además, como lo hace hoy en todas partes, de todos los beneficios de las empresas industriales y comerciales, sin dejar a los trabajadores, aplastados por la competencia que se ven obligados a hacerse entre sí, más que lo estrictamente necesario para preservarlos del hambre?

Ninguna ley política y jurídica, por severa que sea, podrá impedir esta dominación y esta explotación; ninguna ley podría prevalecer contra la fuerza de las cosas; ninguna podría impedir que una posición dada produzca todos sus resultados naturales; de donde se desprende claramente que, mientras la propiedad y el capital sigan de un lado y el trabajo del otro, constituyendo los unos la clase burguesa y el otro el proletariado, el obrero será el esclavo y el burgués el amo.

Pero ¿qué es lo que separa la propiedad y el capital del trabajo? ¿Qué es lo que constituye, económica y políticamente, la diferencia de las clases? ¿Qué es lo que destruye la igualdad y perpetúa la desigualdad, el privilegio del pequeño número y la esclavitud del gran número? Es el derecho de herencia.

¿Hace falta mostrar cómo el derecho de herencia engendra todos los privilegios económicos, políticos y sociales? Es evidente que la diferencia de las clases solo se mantiene por él. Por el derecho de herencia, las diferencias naturales, así como las diferencias pasajeras de fortuna o de suerte que pueden existir entre los individuos y que deberían desaparecer a medida que los individuos mismos desaparecen, se eternizan, se petrifican, por así decir, y, al convertirse en diferencias tradicionales, crean los privilegios de nacimiento, fundan las clases y se vuelven una fuente permanente de la explotación de millones de trabajadores por millares de hombres bien nacidos.

Mientras funcione el derecho de herencia, no podrá haber igualdad económica, social y política en el mundo, y mientras exista la desigualdad habrá opresión y explotación.

Por tanto, en principio, desde el punto de vista de la emancipación integral del trabajo y de los trabajadores, debemos querer la abolición del derecho de herencia.

Queda entendido que no pretendemos abolir la herencia fisiológica, o la transmisión natural de las facultades corporales e intelectuales, o, para expresarnos con más exactitud, de las facultades musculares y nerviosas de los padres a sus hijos; a menudo esta transmisión es un hecho desgraciado, porque hace pasar las enfermedades físicas y morales de las generaciones pasadas a las generaciones presentes. Pero los efectos funestos de esta transmisión solo pueden combatirse mediante las aplicaciones de la ciencia a la higiene social, tanto individual como colectiva, y mediante una organización racional e igualitaria de la sociedad.

Lo que queremos, lo que debemos abolir, es el derecho de herencia fundado por la jurisprudencia y que constituye la base misma de la familia jurídica y del Estado.

Queda igualmente entendido que no pretendemos abolir la herencia sentimental. Entendemos con esta denominación la herencia que hace pasar a manos de los hijos o de los amigos objetos de escaso valor que pertenecieron a sus amigos o a sus padres difuntos y que, a fuerza de haberles servido largo tiempo, han conservado, por así decir, su huella personal. La herencia seria es la que asegura a los herederos, sea por completo, sea aunque solo en parte, la posibilidad de vivir sin trabajar, cobrando sobre el trabajo colectivo ya la renta de la tierra, ya el interés del capital. Queremos que el capital, lo mismo que la tierra, en una palabra, todos los instrumentos y todas las materias primas del trabajo, dejen de ser transmisibles por el derecho de herencia y se conviertan para siempre en propiedad colectiva de todas las asociaciones productivas.

La igualdad, y por consiguiente también la emancipación del trabajo y de los trabajadores, solo se consiguen a ese precio.

Pocos obreros hay que no comprendan que en el porvenir la abolición del derecho de herencia será la condición suprema de la igualdad. Pero hay quienes temen que, si se la aboliera ahora, antes de que una organización social haya asegurado la suerte de todos los niños, sean cuales sean las condiciones en que hayan nacido, sus hijos se encontrarían tras su muerte en la miseria.

«¡Cómo! —dicen—. He reunido con el sudor de mi frente, y condenándome a las más crueles privaciones, 200, 300 o 400 francos, ¿y mis hijos se verán privados de ellos?». Sí, se verán privados de ellos, pero en cambio recibirán de la sociedad, sin perjuicio alguno de los derechos naturales de la madre y del padre, un mantenimiento, una educación y una instrucción que vosotros no seríais capaces de asegurarles con 30 o 40.000 francos. Porque es evidente que, en cuanto se suprima el derecho de herencia, la sociedad tendrá que hacerse cargo de todos los gastos del desarrollo físico, moral e intelectual de todos los niños de ambos sexos que nazcan en su seno. Se convertirá así en su tutora suprema.

Nos detenemos en este punto, porque entra en la cuestión de la instrucción integral, sobre la que otra comisión debe presentaros su informe.

Pero hay otro punto que debemos dilucidar.

Algunos sostienen que, al abolir el derecho de herencia, se destruirá el mayor estímulo que empuja a los hombres al trabajo. Quienes así piensan siguen considerando el trabajo como un mal necesario o, por hablar teológicamente, como el efecto de la maldición que Jehová, en su cólera, lanzó contra la desgraciada especie humana, y en la que, por un capricho singular, incluyó a la creación entera.

Sin entrar en esta grave discusión teológica, y tomando por base el simple estudio de la naturaleza humana, responderemos a estos detractores del trabajo que este, lejos de ser un mal o una dura necesidad, es, para todo hombre en posesión de sus facultades, una necesidad vital. Para cerciorarse de ello, cada cual puede hacer un experimento consigo mismo: que se condene solo por unos días a una inacción absoluta, o bien a un trabajo estéril, improductivo, estúpido, y verá si al final no se siente el más desgraciado y el más envilecido de los hombres. El hombre, por su naturaleza misma, está obligado a trabajar, como está obligado a comer, a beber, a pensar, a hablar.

Si el trabajo está hoy maldito, es porque es excesivo, embrutecedor y forzado; es porque mata el ocio y priva a los hombres de la posibilidad de gozar humanamente de la vida; es porque cada uno, o casi cada uno, se ve obligado a aplicar su fuerza productiva al género de trabajo que menos conviene a sus disposiciones naturales. Es, en fin, porque en esta sociedad fundada en la teología y en la jurisprudencia la posibilidad de vivir sin trabajar se considera un honor y un privilegio, y la necesidad de trabajar para vivir, un signo de degradación, un castigo y una vergüenza.

El día en que el trabajo muscular y nervioso, manual e intelectual a la vez, se considere el mayor honor de los hombres, el signo de su virilidad y de su humanidad, la sociedad estará salvada; pero ese día no llegará mientras dure el reinado de la desigualdad, mientras no se haya abolido el derecho de herencia.

¿Será justa esta abolición?

Pero, si es en interés de todo el mundo, en interés de la humanidad, ¿cómo podría ser injusta?

Hay que distinguir bien entre la justicia histórica, política, jurídica, y la justicia racional o sencillamente humana. La primera ha gobernado el mundo hasta este momento y ha hecho de él un receptáculo de opresiones sangrientas y de iniquidades. La segunda debe emanciparnos.

Examinemos, pues, el derecho de herencia desde el punto de vista de la justicia humana.

Un hombre, se nos dice, ha ganado con su trabajo unas decenas, unos centenares de miles de francos, un millón, ¡y no tendría derecho a dejárselos en herencia a sus hijos! ¡Eso sería un atentado contra el derecho natural, un inicuo despojo!

En primer lugar, se ha demostrado mil veces que un trabajador aislado no puede producir mucho más de lo que consume. Desafiamos a un obrero serio, es decir, a un obrero que no goce de ningún privilegio, a que gane decenas, centenares de miles de francos, ¡millones! Le es sencillamente imposible. Por tanto, si en la sociedad actual hay individuos que ganan sumas tan grandes, no es por su trabajo: es gracias a su privilegio, es decir, gracias a una injusticia legalizada jurídicamente, como las ganan; y como todo lo que no se toma del propio trabajo se toma necesariamente del trabajo ajeno, tenemos derecho a decir que todas esas ganancias son robos cometidos por individuos privilegiados sobre el trabajo colectivo, con la sanción y bajo la protección del Estado.

Pasemos adelante.

El ladrón protegido por la ley muere. Deja, por testamento o sin él, sus tierras o sus capitales a sus hijos o a sus parientes. Es, se dice, una consecuencia necesaria de su libertad y de su derecho individuales; su voluntad debe respetarse.

Pero un hombre muerto está bien muerto; fuera de la existencia enteramente moral y sentimental que le dan los piadosos recuerdos de sus hijos, parientes o amigos, si los ha merecido, o el reconocimiento público, si ha prestado algún servicio real al público, no existe ya en absoluto; no puede, por tanto, tener ni libertad, ni derecho, ni voluntad personal. Los fantasmas no deben gobernar ni oprimir el mundo, que solo pertenece a los vivos.

Para que siga queriendo y actuando después de su muerte, hace falta, pues, una ficción jurídica o una mentira política, y, como en adelante es incapaz de actuar por sí mismo, hace falta que un poder cualquiera, el Estado, se encargue de actuar en su nombre y por él; hace falta que el Estado ejecute las voluntades de un hombre que, al no existir ya, no puede tener voluntad.

¿Y qué es el poder del Estado sino el poder de todo el mundo organizado en detrimento de todo el mundo y en favor de las clases privilegiadas? Es, ante todo, la producción y la fuerza colectiva de los trabajadores. ¿Es preciso, pues, que las masas obreras garanticen a las clases privilegiadas la transmisión de las herencias, que es la fuente principal de su miseria y de su esclavitud? ¿Es preciso que forjen con sus propias manos los hierros que las encadenan?

Concluimos. Basta que el proletariado declare que no quiere sostener más al Estado que sanciona su esclavitud para que el derecho de herencia, que es exclusivamente político y jurídico y, por consiguiente, contrario al derecho humano, caiga por sí mismo. Basta abolir el derecho de herencia para abolir la familia jurídica y el Estado.

Todos los progresos sociales, por lo demás, han procedido por abolición sucesiva del derecho de herencia.

Se abolió primero el derecho de herencia divino, los privilegios o los castigos tradicionales que durante largo tiempo se consideraron consecuencia ya de la bendición, ya de la maldición divina;

Se abolió después el derecho de herencia político, lo que tuvo por consecuencia el reconocimiento de la soberanía del pueblo y de la igualdad de los ciudadanos ante la ley;

Hoy debemos abolir la herencia económica, para emancipar al trabajador, al hombre, y para establecer el reinado de la justicia sobre las ruinas de todas las iniquidades políticas y teológicas del presente y del pasado.

La última cuestión que nos queda por resolver es la de las medidas prácticas que hay que tomar para abolir el derecho de herencia.

La abolición del derecho de herencia puede hacerse por dos vías: o por la de las reformas sucesivas, o por la revolución social.

Podrá hacerse por la vía de las reformas en los países afortunados, muy raros, por no decir desconocidos, donde la clase de los propietarios y de los capitalistas, los burgueses, inspirándose en un espíritu y una sabiduría que hoy les faltan, y comprendiendo por fin la inminencia de la revolución social, quisieran llegar seriamente a un arreglo con el mundo de los trabajadores. En ese caso, pero solo en ese caso, será posible la vía de las reformas pacíficas: mediante una serie de modificaciones sucesivas, sabiamente combinadas y acordadas amistosamente entre los trabajadores y los burgueses, se podrá abolir por completo, en veinte o treinta años, el derecho de herencia y sustituir el modo actual de propiedad, de trabajo y de instrucción por el trabajo y la propiedad colectivos y por la educación o instrucción integral.

Nos es imposible precisar más el carácter de estas reformas, porque tendrá que adaptarse necesariamente a la situación particular de cada país. Pero en todos los países el fin sigue siendo el mismo: el establecimiento del trabajo y de la propiedad colectivos y de la libertad de cada uno en la igualdad de todos.

El método de la revolución será, naturalmente, más corto y más sencillo. Las revoluciones no las hacen nunca ni los individuos ni las asociaciones. Las trae la fuerza de las cosas. La Asociación Internacional no tiene por fin hacer la revolución, pero debe aprovecharla y organizarla en su sentido en cuanto la haya hecho la iniquidad y la ineptitud cada vez más evidentes de las clases privilegiadas.

Debe quedar entendido entre nosotros que el primer día de la revolución el derecho de herencia quedará sencillamente abolido, y con él el Estado y el derecho jurídico, para que sobre las ruinas de todas estas iniquidades se alce, a través de todas las fronteras políticas y nacionales, el nuevo mundo internacional, el mundo del trabajo, de la ciencia, de la libertad y de la igualdad, organizándose de abajo arriba por la asociación libre de todas las asociaciones productivas.

La comisión os propone las resoluciones siguientes:

Considerando que el derecho de herencia es una de las causas principales de la desigualdad económica, social y política que reina en el mundo;

Que fuera de la igualdad no puede haber ni libertad ni justicia, y que siempre habrá opresión y explotación, esclavitud y miseria para el proletariado, riqueza y dominación para los explotadores del trabajo popular;

El congreso reconoce la necesidad de la abolición plena y completa del derecho de herencia.

Esta abolición se hará, según los acontecimientos, ya por la vía de las reformas, ya por la revolución.

Informe de la sección bruselense

La abolición del derecho de herencia puede ser considerada por los socialistas desde dos puntos de vista: 1.º como algo que constituye por sí mismo un remedio, o al menos una parte integrante del remedio, contra el pauperismo y, en general, contra los vicios de la organización actual de la sociedad, es decir, como algo que debe existir de manera definitiva y permanente en un nuevo orden social; 2.º como un simple procedimiento para llevar a cabo sin sacudidas demasiado bruscas la transformación social, es decir, como un medio de hacer pasar lentamente de manos de los particulares a manos de la sociedad los bienes que hoy poseen individuos y que deben convertirse en propiedad colectiva, ya de las asociaciones de trabajadores, ya de la gran sociedad misma.

Examinaremos sucesivamente esta cuestión desde este doble punto de vista.

I

Está bastante reconocido hoy en día que en la Revolución francesa del siglo pasado se manifestaron dos grandes corrientes: una, bastante individualista, procedente de los enciclopedistas, que apuntaba sobre todo a la abolición de los privilegios de nacimiento; otra, esencialmente comunista, procedente de Mably y de Morelly,138 que aspiraba a la igualdad social más completa. Pero mientras esta última no logró realizar sus miras, la primera tuvo la gloria de realizar casi por entero las suyas: obtuvo la supresión de los títulos de nobleza, del derecho de primogenitura, de la herencia de los cargos y de las funciones públicas, y de la monarquía misma, que, una vez constitucionalizada, apenas se distingue ya de la república más que por la herencia del trono. Uno solo de estos privilegios de nacimiento quedó en pie en medio de la tormenta revolucionaria que barrió el mundo feudal: el privilegio de encontrarse en la riqueza y el bienestar por el solo hecho de descender de tal padre y no de tal otro; porque, en una palabra, según la expresión de Beaumarchais, uno se ha tomado la molestia de nacer.139

Estaba, pues, en la lógica de las ideas que, cuando a comienzos de este siglo el socialismo retomó la obra inacabada de la Revolución, surgiera una escuela salida de la filosofía del siglo XVIII que atacara ante todo el último resto de los privilegios de la sangre y protestara contra la transmisión hereditaria de las fortunas.

En plena reacción bonapartista, cuando se acababa de reconstituir el poder monárquico y militar de la Edad Media y antiguos palafreneros recibían para sí y para sus descendientes varones los títulos de duque o de conde, un hijo de paladines, un descendiente de Carlomagno, alzó el estandarte de la revuelta y escribió en él, como grito de guerra de la nueva generación: ¡Guerra a la herencia!

Era Saint-Simon;140 y sabido es que la doctrina sansimoniana, aunque muy incompleta, fue la primera forma de ese socialismo científico pero poco popular, que reclutaba sus adeptos entre los sabios y no entre las masas, cuyo sucesor fue más tarde el fourierismo y cuya expresión más reciente y última es el socialismo de Auguste Comte.141 Lo que persigue el sansimonismo no es la igualdad de condiciones; al contrario: esencialmente jerárquico, clasifica a los hombres según sus facultades y consagra la desigualdad social; y si ataca la herencia, es únicamente porque quiere que la fortuna la reúna quien la disfruta y no sus antepasados; hay clases en la sociedad sansimoniana, como hay capitalistas en el falansterio, como hay proletarios y jefes industriales en el sistema de Auguste Comte.

Pero junto a este socialismo antiigualitario se propaga también la otra corriente de la gran Revolución. Esta se recluta en el seno mismo del proletariado; representada en Francia por los morellistas, los babuvistas, los icarianos,142 y en Inglaterra por los spenceanos y los owenistas,143 reclama no ya la abolición de los privilegios de nacimiento, sino la abolición de todos los privilegios, sean cuales sean; lo que persigue es la igualdad real, la igualdad de hecho, como decía Babeuf. Ni que decir tiene que este socialismo popular no planteó la cuestión de la herencia o, más bien, que esta no existía para él. Partiendo del sistema de la comunidad de bienes —en el que la acumulación de bienes en manos de los individuos ya no puede existir o incluso, como en la República de los Iguales de Babeuf,144 está prohibida y severamente castigada por la ley—, es evidente que para esta escuela ya no hay cuestión de privilegios de nacimiento en general ni de derecho de herencia en particular.

Ahora bien, hoy, en el seno de la Internacional, el socialismo científico y el comunismo popular, bajo formas rejuvenecidas y con las nuevas denominaciones de mutualismo y colectivismo, se despojan de lo que tenían de exclusivo y de absoluto y tienden a abrazarse, a compenetrarse en una concepción nueva de la sociedad: una concepción sintética, que busca a la vez garantías para el individuo y garantías para la colectividad, y que fija con la mayor nitidez posible los límites de lo que debe ser individual y de lo que debe ser colectivo. Cabe, pues, preguntarse qué es, en esta nueva concepción, de esa célebre cuestión de la herencia que tanto preocupó a tantos espíritus a comienzos de este siglo y dejó indiferentes a tantos otros. Cabe preguntarse cómo debe resolverse esta cuestión para la Internacional.

Para nosotros, que por nuestras tendencias hacia la igualdad de condiciones procedemos de la gran corriente comunista, pero que al mismo tiempo, por las garantías individuales que reclamamos y por la parte de bienes que creemos poder dejar sin peligro al individuo, procedemos también de la corriente sansimoniana, esta cuestión de la herencia se vuelve enteramente secundaria, sin que por ello haya dejado de existir. En una sociedad como aquella hacia la que tendemos, donde la propiedad individual de la tierra está abolida y donde, por consiguiente, esta propiedad escapa a la transmisión hereditaria, donde las máquinas y los instrumentos de

trabajo se convierten en propiedad colectiva de los grupos o asociaciones industriales que los hacen funcionar y pasan sin cesar a los nuevos miembros de la asociación sin preocuparse de saber si estos son o no son hijos de los antiguos miembros fallecidos, donde, por la abolición del interés del capital y el intercambio igual de los productos, al vivir cada uno de su trabajo y nunca de detracciones sobre el trabajo de los demás, la acumulación de grandes riquezas por un particular se vuelve imposible; en semejante sociedad, no quedan en manos de los individuos, como susceptibles de transmitirse por herencia, más que las cosas de uso, los objetos de consumo personal o doméstico, tales como alimentos, ropa, mobiliario, etc., y además, quizá, algunos ahorros en dinero, que, al no rendir ya interés en la industria, al no constituir ya lo que en economía política se llama un capital, no pueden en definitiva sino cambiarse por ropa, alimentos, mobiliario, etc. En esta nueva concepción de las relaciones económicas, la cuestión de la herencia se reduce, pues, a esto: ¿es justo o injusto, perjudicial para los intereses sociales o peligroso para la igualdad, que este haber individual pueda o no transmitirse a la posteridad por vía de herencia individual?

Plantear esta pregunta es resolverla. Desde el punto de vista de la justicia, decimos que, puesto que este haber procede no de detracciones sobre el trabajo ajeno, sino exclusivamente de los ahorros que el individuo haya podido hacer sobre el producto de su propio trabajo, consumiendo menos que otros, privándose incluso de ciertos goces si tal es su voluntad, es justo que el individuo pueda transmitir ese haber a quienes son sus hijos por naturaleza o por adopción. Desde el punto de vista de la utilidad o de los intereses sociales, decimos que la posibilidad de que el padre de familia transmita su haber a sus hijos puede ser un estímulo para el trabajo y un preservativo contra el despilfarro. Por último, desde el punto de vista de la igualdad social, decimos que, como este haber no puede servir para explotar a los demás, sino solo para ser cambiado, gastado, consumido, y como, por otra parte, la sociedad da a cada uno una instrucción común y completa al mismo tiempo que garantiza a cada uno los instrumentos de trabajo, en semejante medio la herencia individual no puede menoscabar la igualdad de los medios de desarrollo físico e intelectual.

Pero eso no es todo. Aunque ya limitado en cuanto a los objetos a los que puede aplicarse, creemos que el derecho de herencia puede restringirse además en cuanto a los grados de parentesco que dan acceso a la sucesión. En todos los países la ley limita este derecho a cierto grado: al duodécimo en los países regidos por el Código Napoleón. Pues bien, creemos que no hay motivo para detenerse en el duodécimo grado más que en un grado mucho más próximo; pensamos incluso que podría muy bien circunscribirse al parentesco en línea directa, descendente y ascendente, más la línea colateral del primer grado. La idea de dejar el propio peculio a primos lejanos a los que uno nunca ha visto ni conocido no puede ser un móvil que empuje al hombre a producir o a conservar sus objetos, mientras que no ocurre lo mismo con la perspectiva de dejar al morir un aumento de bienestar a una esposa, a unos hijos, a un padre, a una madre, a hermanos o hermanas. (Abrimos aquí un paréntesis para declarar que hacemos nuestras reservas sobre la libertad de testar, es decir, sobre el derecho de transmitir los propios bienes por testamento a personas que ni siquiera son parientes del testador; esta reserva la hacemos porque la cuestión de la libertad de testar la juzgan de maneras muy diversas los miembros de la sección bruselense).

Así depurada, despojada de todo lo que la hacía inicua, limitada en sí misma y por el medio social entero, reducida en fin a su mínimo, la herencia individual ya no es más que un elemento de progreso y de moralidad.

Para nosotros, pues, como para nuestros padres los comunistas, no hay por qué atacar directamente el derecho de herencia; hay que organizar la propiedad, el trabajo, la circulación y la enseñanza de tal modo que de ello resulte la igualdad. Las memorias que presentamos al Congreso de Basilea sobre las otras cuatro cuestiones del orden del día —la propiedad de la tierra, las sociedades obreras, el crédito, la instrucción integral— tienen precisamente por objeto buscar los medios y las condiciones de esta organización igualitaria. Pero no es la herencia la que produce la desigualdad; a lo sumo, dada la desigualdad, puede considerarse la herencia como un efecto que hoy tiende a agravar aún más la causa de la que depende. La desigualdad procede de la división de los hombres en propietarios y proletarios, en capitalistas y trabajadores; hacer cesar esta división: ahí está el problema. Ahora bien, la abolición del derecho de herencia, por sí misma, no suprime la desigualdad —el sansimonismo lo había comprendido bien—; pero la abolición de las clases, la igualdad social, hace desaparecer los abusos de la herencia.

Una de dos:

O los socialistas que piden la abolición de la herencia se limitan a esta sola reforma, y entonces sostenemos que no por ello dejan de mantener la distinción entre capitalistas y trabajadores y, por consiguiente, el parasitismo para los unos y el pauperismo para los otros.

O bien piden además el paso del suelo a la propiedad colectiva, la abolición de las detracciones capitalistas, la entrega de los instrumentos de trabajo a los trabajadores y la instrucción integral dada a todos, y entonces sostenemos que la abolición de la herencia es cosa por lo menos inútil y superflua.

II

Hemos de examinar ahora qué valor hay que conceder a la abolición de la herencia considerada no ya como principio de un nuevo orden social, sino como medio para hacer pasar lentamente la tierra y los instrumentos de trabajo de manos de los propietarios y capitalistas a manos de los trabajadores.

Si se pudiera esperar que la burguesía reconociera por fin que la organización actual de la sociedad es viciosa en sus bases y trabajara de común acuerdo con el proletariado por la emancipación de este, es evidente que podría llegarse a un acuerdo amistoso con los poseedores de la tierra y de los instrumentos de trabajo para elegir un procedimiento que asegurase el traspaso de esa tierra y de esos instrumentos de trabajo a manos de los trabajadores, sin dejar de atender los intereses de los poseedores actuales. Entre estos procedimientos se presenta con toda naturalidad este, bastante sencillo:

Se convendría entre trabajadores y capitalistas que estos últimos tendrían de por vida el disfrute de las riquezas que poseen, que en definitiva no son sino los frutos acumulados del trabajo de la clase proletaria, pero que a su muerte esas riquezas pasarían a un Estado reorganizador formado por delegados elegidos de común acuerdo e investido de la misión de poner la tierra y los instrumentos de trabajo a disposición de quienes los hacen fructificar.

De este modo, la abolición de la herencia se convertiría en un medio de llevar a cabo la liquidación social.

E incluso sin llegar a la abolición completa de la herencia, la escuela de Colins piensa que las medidas siguientes —reducción de la herencia a la línea directa descendente (pero con facultad de testar), paso a la propiedad colectiva de toda sucesión ab intestato sin herederos directos e impuesto mínimo del 25 por ciento sobre toda sucesión testamentaria— bastarían para llevar a cabo la liquidación social al cabo de un cuarto de siglo aproximadamente.

Pero, a medida que la clase proletaria se organiza y reivindica más abiertamente sus derechos, se ve, al contrario, a las clases privilegiadas negarse a toda concesión. Hace algunos años se habría dicho que la burguesía estaba sorda y ciega ante la agitación que se producía a su alrededor; pero desde hace algún tiempo el movimiento obrero, con sus huelgas, sus asociaciones, su vasta organización internacional, sus mítines y sus discusiones públicas, sus periódicos, sus reivindicaciones y sus protestas de todo tipo, se ha afirmado de un modo tan significativo que la burguesía se ha dado cuenta por fin del paso gigantesco que había dado la clase obrera y de las ideas renovadoras que animan en todas partes a los proletarios. Pues bien —cosa increíble si no ocurriera a diario ante nuestros ojos—, a este gran movimiento de las masas, a estas enérgicas reclamaciones de la plebe trabajadora, la burguesía no ha respondido más que redoblando las persecuciones y la opresión... ¡Qué hablamos de persecuciones y de opresión! Estas máquinas de guerra ya no bastan a la atrocidad de nuestros amos. Imitando la buena y vieja costumbre del gobierno belga, han puesto en todas partes a la orden del día la matanza de los perseguidos y de los oprimidos. En Seraing, en Frameries, en Walcheren, en Ginebra, en París, en Saint-Étienne, en Brünn,145 su policía apalea y su ejército fusila a la vil multitud.146

Se diría que la burguesía ha jurado suicidarse antes que hacer la menor concesión. Quiere la guerra... ¡Pues bien, la tendrá! El proletario está cansado de sufrir la miseria y las humillaciones; quiere su parte de bienestar y de dignidad; para obtener esa parte, quiere gozar de la integridad de los productos de su trabajo; sabe que para ello hay que quitar a los propietarios y capitalistas el monopolio de la tierra y de los capitales; quiere volver a entrar en posesión de los bienes que legítimamente le corresponden y que las clases privilegiadas han administrado durante tanto tiempo en gran detrimento suyo y en gran provecho propio; pide ser reintegrado en los bienes que la naturaleza da a todos, como el suelo, las minas, los bosques, las aguas, y en los que su propio trabajo ha creado, como las herramientas, las máquinas, los talleres. Ahora bien, como la burguesía parece poco dispuesta a avenirse, habrá que entablar el gran pleito de restitución.

No hace falta, pues, ser profeta para ver que la abolición completa o parcial de la herencia, como cualquier otra medida pacífica, no está entre las cosas probables. Quizá haya que exceptuar algunas comarcas —los Estados Unidos y ciertos cantones suizos—, donde los trabajadores, que tienen derecho de voto con una dosis bastante buena de libertad política y una organización obrera bastante poderosa, podrían hacer que la ley recogiera la abolición de la herencia o su restricción, como medida de transición. Pero, aparte de estas excepciones, todo hace creer que el proletariado, seguro de la fuerza de su derecho y usando del derecho de su fuerza, recurrirá al gran argumento del rey Federico frente al molinero de Sans-Souci:147

«¿Sabes que sin pagar bien podría quitártelo?».

No diremos: esto es lo que queremos, sino: esto es lo que prevemos. Por tanto, si algunos quisieran ver una amenaza en esta pura y simple declaración de lo que no hacemos más que prever, como el astrónomo prevé un eclipse, de hechos que constatamos como resultado fatal de las cosas que la observación pone a nuestro alcance, diríamos que no es culpa nuestra si la burguesía se obstina en conservar su dominación y si el proletariado se obstina en perseguir su emancipación. No somos nosotros, la Asociación Internacional de los Trabajadores, quienes hemos creado esta situación: somos un efecto de esta situación.

Y, después de todo, ¿por qué habría de tener la burguesía derecho a lamentarse? ¡Tú lo has querido, George Dandin!148 Más aún: obrando así, el proletariado no haría sino imitar el ejemplo de la burguesía misma. Cuando en el siglo pasado la gran Revolución de la burguesía liquidó la sociedad feudal, se contentó sencillamente con confiscar los bienes de los nobles y del clero. El proletariado, llevado al límite, podría, pues, responder a las quejas burguesas con el estribillo de su canción popular:

«¡Voto a tal! ¿De qué os quejáis?».

Para concluir en pocas palabras, diremos: como principio permanente y definitivo, la abolición de la herencia no es útil; como medio de liquidación social, no es probable.

Sesión pública de la mañana, 11 de septiembre

Se abre la sesión a las nueve y media, bajo la presidencia de Jung.

Brismée anuncia la presencia de un nuevo delegado: el ciudadano Boudet, delegado de los zapateros de Limoges.

El orden del día llama a la discusión de la cuestión de las sociedades de resistencia.

Pindy, ponente de la comisión, tiene la palabra para dar lectura al informe. Pide primero autorización para leer el final del informe de los broncistas de París (véase más adelante, en los informes), y luego lee, en nombre de la comisión, el informe siguiente:

La cuestión así planteada nos parece presentar dos caras distintas, a saber:

De qué manera deben constituirse las sociedades de resistencia para preparar el porvenir y asegurar, en toda la medida de lo posible, el presente; y, por otro lado, cómo las ideas que tenemos sobre la organización del trabajo en el porvenir pueden servirnos para establecer bien las sociedades de resistencia en el presente; estos dos lados de la cuestión se completan recíprocamente y se fortalecen el uno con el otro.

Ahora bien, concebimos dos modos de agrupación entre los trabajadores: primero, una agrupación local, que permite a los trabajadores de un mismo lugar mantener relaciones diarias; luego, una agrupación entre las diferentes localidades, cuencas, comarcas, etc. Primer modo.

Esta agrupación corresponde a las relaciones políticas de la sociedad actual, a las que sustituye con ventaja: ha sido hasta ahora el modo empleado por la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Este estado de cosas implica, para las sociedades de resistencia, la federación de las sociedades locales, que se ayudan recíprocamente con préstamos de dinero, organizan reuniones para la discusión de las cuestiones sociales y toman en común las medidas de interés colectivo.

Pero, a medida que la industria se engrandece, otro modo de agrupación se hace necesario simultáneamente con el primero.

Los obreros de todos los países sienten que sus intereses son solidarios y que se los aplasta a los unos por medio de los otros. Por otra parte, el porvenir reclama una organización que salga del recinto de las ciudades y, sin conocer ya fronteras, establezca un vasto reparto del trabajo de un extremo a otro del mundo; desde este doble punto de vista, las sociedades de resistencia deben organizarse internacionalmente: es preciso que cada oficio mantenga un intercambio de correspondencia y de informaciones dentro del país y con las demás naciones, que trabaje por fundar nuevas ramas allí donde no las haya, que se entienda con sus compañeros de trabajo para actuar en común y que llegue incluso, cuando sea posible, a la solidaridad de las cajas entre sí, como ya la practican los ingleses. Este modo de agrupación se convierte en un agente de descentralización, porque ya no se trata de establecer en cada país un centro común a todas las industrias, sino que cada una tendrá por centro la localidad donde esté más desarrollada; por ejemplo, en Francia, mientras los mineros del carbón se federarían en torno a Saint-Étienne, los obreros de la seda lo harían en torno a Lyon, como las industrias de lujo en París.

Una vez realizadas estas dos agrupaciones, el trabajo se organiza para el presente y para el porvenir, suprimiendo el salariado del modo siguiente: mediante la reducción uniforme de las horas de trabajo en una misma profesión, el reparto del trabajo se hace equitativamente y queda destruida la competencia entre los brazos. Este procedimiento, así como la limitación del número de aprendices, resultado de una estadística libre y razonada, aplicado a todas las profesiones, reparte a los trabajadores entre todas las industrias, impide la acumulación en una y la escasez en otra y lleva a los hechos el derecho al trabajo.

La agrupación de las diferentes corporaciones por ciudad y por país crea otra ventaja: cada oficio, al hacer huelga por turno y ser sostenido por los demás, prosigue su lucha hasta llegar al nivel común, y la igualación de los salarios prepara la equivalencia de las funciones.

Además, este modo de agrupación forma la comuna del porvenir, del mismo modo que el otro modo forma la representación obrera del porvenir. El gobierno queda sustituido por los consejos de los oficios reunidos y por un comité de sus respectivos delegados, que regula las relaciones del trabajo, las cuales sustituirán a la política.

Para concluir, y puesto que la agrupación por ciudad y por país existe ya, al menos en parte, proponemos la resolución siguiente:

Sigue el texto de la resolución propuesta por la comisión, que el congreso aprobó; véase Resolución sobre las sociedades de resistencia.

Liebknecht abre el debate. Hace observar que es necesaria una doble organización. En primer lugar, todas las sociedades de un país deben estar organizadas nacionalmente entre sí; y, en segundo lugar, las diversas organizaciones nacionales deben estar federadas internacionalmente. Los capitalistas alemanes habían hecho venir recientemente obreros de Suecia. Si las sociedades de Suecia estuvieran federadas entre sí y federadas con las sociedades del extranjero, semejantes hechos no podrían producirse. Haría falta un centro ejecutivo en cada país y un comité general encargado de mantener las relaciones entre las diversas comarcas: esta es la misión del Consejo General de la Internacional. En Inglaterra las sociedades de resistencia existen desde hace más de un siglo; allí la organización es casi completa. En Alemania las sociedades han empezado a organizarse según el sistema en uso en Inglaterra y en América, y Francia no se quedará atrás.

Chemalé dice que solo tiene una observación que hacer: el capital está centralizado y lo mismo debe ocurrir con el trabajo. No quiere discutir la utilidad de las sociedades de resistencia y se limitará a apoyar las conclusiones del comité. No cree que las sociedades de resistencia sirvan para otra cosa que para ayudar a resolver las cuestiones de huelgas y de salarios, y piensa que desaparecerán en el estado social democrático.

Caporusso dice que es la primera vez que la voz del obrero italiano se deja oír en el Congreso Internacional, y que sin embargo en ninguna parte había tanta necesidad de organizar sociedades de resistencia como en Nápoles. La libertad comercial no había reportado ningún beneficio a las pobres clases obreras de Nápoles; al contrario, no había hecho más que imponerles privaciones más duras. Toda la parte sur de Italia se dedicaba a la agricultura, y el librecambio había dado lugar a la exportación en gran escala de los productos de primera necesidad y a la importación de los productos manufacturados, mientras la población obrera de Nápoles se moría de hambre. Los artículos de primera necesidad casi habían doblado su precio en los últimos años, mientras los salarios seguían siendo los mismos: los obreros más hábiles solo pueden ganar de 2 a 3 francos diarios. La población de Nápoles asciende a unos 600.000 habitantes, clasificados como sigue: lazzaroni,149 o pobres, 150.000; propietarios y especuladores, 100.000; comerciantes al por menor y usureros, 150.000; además, unos 200.000 trabajadores honrados que deben atender a las necesidades de todos y que, cuando hay algo que hacer, tienen que trabajar quince horas diarias. Además, los alquileres son tan caros y las viviendas tan escasas que la mayoría tiene que vivir en las localidades vecinas; de modo que, contando el tiempo que necesitan para ir de su casa al trabajo y del trabajo a su casa, están sin descanso dieciocho o diecinueve horas de las veinticuatro que cuenta cada día su mísera existencia. Los grandes capitalistas se han puesto de acuerdo entre sí desde hace mucho tiempo, y solo muy recientemente los trabajadores han hecho intentos de llegar a entenderse para la defensa de sus derechos. En los establecimientos del Estado se los trata como a criminales; los capataces y los vigilantes son gendarmes que los tratan con la mayor brutalidad. Han renunciado a toda esperanza de ver a la burguesía interesarse en la reparación de sus agravios. Si mañana se proclamase la república, no cambiaría en nada su mísera condición: todo se limitaría a cambiar de opresor. En cuanto a recurrir a la huelga, no cabía ni pensarlo; el obrero no podía ahorrar nada y, por tanto, no podía dejar el trabajo ni siquiera un día. Si estuviera en poder de la Asociación Internacional ayudar a los obreros, en ninguna parte sería tan apremiante la necesidad como en Nápoles.

Bakunin observa que este cuadro es de los más sombríos. Conoce demasiado bien a quien ha hecho esta descripción para dudar de su palabra, y piensa que los obreros de Europa deben hacer algo para ayudar a los napolitanos, a fin de que estos obtengan una reducción de las horas de trabajo y una mejor remuneración de su labor.

Hins. El ciudadano Chemalé no ha comprendido la idea que presidió el planteamiento de la cuestión. Sí, las sociedades de resistencia subsistirán después de la supresión del salariado, no en el nombre, sino en la obra: serán entonces la organización del trabajo. Serán entonces la solución del librecambio, al llevar a cabo un vasto reparto del trabajo de un extremo a otro del mundo. Sustituirán a los antiguos sistemas políticos: en lugar de una representación confusa y heterogénea, se tendrá la representación del Trabajo.

Será al mismo tiempo un agente de descentralización, porque los centros diferirán según las industrias, que formarán, en cierto modo, cada una un Estado aparte e impedirán para siempre la vuelta a la antigua forma del Estado centralista; lo que no impedirá otra forma de gobierno para las relaciones locales.

Como se ve, si incurrimos en el reproche de ser indiferentes a toda forma de gobierno, no es porque nos contentemos con el primer gobierno que se presente; es porque los detestamos a todos por igual y porque pensamos que solo sobre sus ruinas podrá establecerse una sociedad conforme a los principios de justicia.

Flahaut dice que hablará poco, porque le parece que todos están de acuerdo en que el congreso nos enseñe los medios prácticos de reivindicar nuestros derechos sociales. Pide que se trate inmediatamente de la organización de las sociedades de resistencia, que están llamadas a formar los batallones de los defensores del Trabajo.

Durand se alegra de vernos a todos de acuerdo para admitir inmediatamente la organización de las sociedades de resistencia; pero hay que organizarlas, dice, de manera que salgan siempre victoriosas. Habla de las sociedades cooperativas que se han formado hasta ahora y las considera un ejército de oficiales del proletariado. Pide que se organicen y se consideren anexos de las sociedades de resistencia, de las que nunca deberán separarse desde el punto de vista de la solidaridad. Es preciso que obtengan el crédito de las sociedades corporativas y funcionen constantemente juntas, pero que su administración sea distinta.

Desea que todas las sociedades obreras de una misma profesión tengan relaciones nacionales e internacionales continuas. Si esta organización existiera desde hace tiempo, no se vería un resultado tan funesto como los que ha sufrido la industria parisina llamada del artículo de París.150

Después de exponer las dificultades que soporta esta industria desde el librecambio, dice que, si estuviera fundada la federación universal del Trabajo, esas dificultades se vencerían, porque los obreros de los demás países habrían impedido que el Capital se sirviera de su concurso para combatir los intereses de sus hermanos parisinos. Termina diciendo que las sociedades de resistencia están llamadas a desempeñar un gran papel en la reivindicación de los derechos políticos: la federación universal de los oficios dará esta solución.

Tolain presenta dos observaciones sobre el informe de la comisión. La primera, sobre la limitación de los aprendices: dice que no es posible regular el número de aprendices más que por la estadística, y que desearía que esta frase no figurase en el informe. En una organización verdadera del intercambio, la oferta y la demanda indicarán el número de aprendices que reclama la industria.

Añade que Hins no ha comprendido lo que ha dicho Chemalé, o bien es él quien no ha captado el sentido de las frases de Hins; porque es evidente que, cuando la justicia económica esté establecida, la resistencia ya no tendrá razón de ser.

Recomienda que la organización de las sociedades de resistencia evite toda apariencia de centralización: «Soy —dice— partidario de la federación, pero me parece que debe seguir siendo local; de otro modo, hay peligro de que degeneren en centralización absoluta. Ciertamente, las corporaciones pueden federarse, pero hay que tener en cuenta las diferentes costumbres y maneras de trabajar de cada localidad. Así, no es de extrañar que haya corporaciones de cerrajeros o de albañiles, por ejemplo, que puedan trabajar en una localidad en condiciones distintas de las de quienes trabajan en países más alejados. Hay que hacer todo lo posible por no crear, en el seno de una misma profesión, anomalías económicas».

Fruneau, delegado de los carpinteros de armar de París, resume las diferentes maneras de actuar de las sociedades de resistencia y hace en pocas palabras la historia de su profesión. Cuenta los desastres de la resistencia de los carpinteros en la huelga de Toulouse, en 1811, en la que la administración de entonces se apoderó de la caja de los huelguistas y con ello los redujo a la más profunda miseria. Luego, pasando a la organización actual de los carpinteros, explica que todos están organizados de manera que hagan triunfar sus huelgas, por importantes que sean, gracias a las relaciones establecidas entre todas las localidades.

Termina recomendando al congreso que aconseje a todas las sociedades obreras formar federaciones locales de corporaciones diversas y evitar toda clase de confederación que tienda a centralizar los esfuerzos comunes, porque lo que teme por encima de todo es crear un Estado, y no lo quiere más: la experiencia de varios años le ha enseñado cuáles eran sus consecuencias.

Hess pide el cierre de la discusión.

Tartaret protesta diciendo que la cuestión más importante del congreso no puede aclararse en unas pocas horas: pide que la discusión continúe.

Brismée habla también contra el cierre y dice que ha recibido el mandato de recomendar al congreso el estudio especial de esta cuestión; dice que en la cuestión de la propiedad había pedido varias veces la palabra sin obtenerla nunca y que confía en que sus colegas, en esta circunstancia, le concederán el derecho de expresar sus ideas; de lo contrario, igual le habría valido quedarse en Bruselas.

Chemalé pide que en tal caso se aplacen al próximo congreso las cuestiones que quedan por discutir y que se siga el orden del día.

Dereure piensa que más valdría celebrar mañana una sesión para acabar el estudio propuesto por el Consejo General.

Floquet protesta y dice que muchos delegados se disponen a marcharse por motivos de trabajo y que sería muy urgente que las sesiones del congreso terminaran hoy.

La asamblea reclama que se pase lista, lo que hace constar 10 ausentes, uno de ellos enfermo.

Se levanta la sesión a mediodía.

Sesión pública del 11 de septiembre, por la tarde

La sesión se abre a las dos.

Murat solo tiene ya que presentar una observación, relativa a lo que ocurre en las minas de carbón belgas. Se hace bajar a los niños por la mañana con los hombres y se los retiene en el pozo hasta que los hombres suben por la tarde. Es una explotación de la infancia sobre la que llama la atención de las sociedades de resistencia.

Tartaret declara que se le ha acusado en París de ponerse a remolque de las sociedades inglesas y de querer introducir en Francia las violencias cometidas en el seno de algunas uniones de Inglaterra. También se le ha acusado de querer resucitar las corporaciones de la Edad Media. Él no pide más que una unión de hombres libres, capaces de protegerse a sí mismos.

Brismée dice que todas las sociedades de resistencia del mundo no arrancarán a la clase trabajadora de la dominación del capital: solo la transformación de la propiedad y la entrega de los instrumentos de trabajo al trabajador harán llegar al resultado deseado. En cuanto a las huelgas, la sección bruselense hace todos los esfuerzos por llegar a regularizarlas. Hay un Consejo Federal, compuesto por tres delegados de cada sociedad adherida, y este consejo tiene por misión examinar si la huelga que se propone es posible o no.

Las sociedades de resistencia trabajan para el porvenir al desarrollar los conocimientos industriales de los obreros y al formar administradores capaces, lo que algún día los pondrá en condiciones de administrarse a sí mismos.

Greulich piensa que el congreso no debe hacer teorías para el porvenir, sino prestar atención al estado de cosas tal como es. Es imposible prever el desarrollo que pueden tomar las artes mecánicas y los descubrimientos de la ciencia. No cree que las sociedades de resistencia estén llamadas a regenerar el estado social. La cuestión del trabajo de las mujeres es fácil de resolver: la industria moderna ha arrojado a la mujer al taller en detrimento de sus ocupaciones domésticas. Lo mejor que puede hacerse es imitar a los congresos de América, que han resuelto que las mujeres empleadas en los talleres del Estado se paguen a la misma tarifa que los hombres. El Congreso americano del trabajo ha afirmado esta resolución con la intención de hacerla adoptar en los establecimientos de la industria privada. A las sociedades de resistencia les corresponde ocuparse de ello: no deben intentar impedir el trabajo de las mujeres. Se opone a la limitación del número de aprendices. En cuanto a los fondos de las sociedades de resistencia de París, en caso de duda sobre su seguridad deberían enviarse al extranjero, por ejemplo al Banco de Inglaterra. Algunas testas coronadas han adoptado este sistema y, puesto que es bueno, las sociedades de resistencia deben imitarlo.

Grosselin dice que las sociedades jóvenes están siempre dispuestas a declararse en huelga antes de estar organizadas regularmente y de tener fondos para sostenerla. Este sistema ha tenido su época en Suiza y espera que la experiencia hecha sea provechosa. Las sociedades no deben aceptar nunca contribuciones de los patronos para sus cajas de socorro, porque esa aceptación les quitaría su independencia. En cuanto al trabajo de las mujeres, comparte el modo de ver del orador precedente.

Lessner piensa que la cuestión de las sociedades de resistencia la resolvió el Congreso de Bruselas.151 Las sociedades de resistencia no serán nunca el fin del movimiento actual: son solo un medio de alcanzarlo, porque el fin es la supresión del salariado.

Applegarth, para dar un giro práctico a la discusión, propone las resoluciones siguientes:

  1. Que en la época de competencia actual los industriales, al lanzarse no solo a empresas arriesgadas y a especulaciones financieras insensatas, a fin de poder licitar por una cifra menor que sus competidores, sino también, en muchos casos, al azuzar a los obreros de un país contra los de otro país, han hecho de las sociedades de resistencia una necesidad absoluta en cada país para la protección eficaz del obrero, y de su federación entre todas las nacionalidades una condición de existencia.

  2. Que, siendo idénticos los intereses del trabajo en el mundo entero, el congreso, que representa los intereses de casi todas las naciones, recomienda a las sociedades que aún no se han constituido en sociedad de resistencia que lo hagan sin demora, en todos los países y en cada rama de la industria, ya la ejerzan hombres o mujeres.

  3. Que el congreso exhorta seriamente a las sociedades de todas las naciones a constituirse en federaciones, que se comunicarán mensualmente informes con datos relativos al salario, a las horas de trabajo y a las condiciones generales que se imponen a los trabajadores en su país.

  4. Que se requerirá el concurso de las diversas secciones de la Asociación Internacional para ayudar a la formación de las sociedades de resistencia, y que el Consejo General prestará su asistencia proporcionando las informaciones necesarias y traduciendo las comunicaciones que deban transmitirse.

  5. Que el congreso recomienda a la atención de las sociedades de resistencia la importancia de adoptar el arbitraje para resolver los conflictos relativos al trabajo y, en cuanto las circunstancias lo permitan, la adopción del sistema de la cooperación para la producción y el empleo en este objeto de los fondos de las sociedades de resistencia.

  6. Que, si el sistema actual de competencia ha de dejar paso a la cooperación para la producción, es evidente, a juzgar por la experiencia del pasado, que la sociedad de resistencia es la primera y la mejor forma de organización a la que el trabajador ha recurrido y debe recurrir para estar protegido mientras dure el reinado de la competencia presente, y que esta organización es, sin discusión, el mejor modo de introducir los conocimientos y el espíritu de orden y de disciplina, condiciones inseparables para asegurar el éxito de la cooperación de producción.

  7. Que el congreso recomienda a las sociedades de resistencia que incluyan en su programa futuro la petición al Estado de un sistema de educación obligatoria y laica, que debe preceder a toda gran reforma social o política y que es la única garantía de que esas reformas sean duraderas y provechosas.

Applegarth piensa que es inútil discutir sobre la necesidad de las sociedades de resistencia, dado que solo existen por su indispensable necesidad. Tiene años de experiencia y, según él, mientras las relaciones entre el trabajo y el capital sigan siendo lo que son hoy, las trade unions serán una necesidad. La generación que viene debe educarse de manera que pueda vivir en una organización social más elevada. Si quisiéramos educar al obrero con vistas a la cooperación productiva, ya no se dejaría sentir para él la necesidad de las sociedades de resistencia.

El orador dice que sus opiniones se basan en una vida activa pasada entre las sociedades de resistencia de Inglaterra; no las considera solo en su punto de partida, sino extendidas internacionalmente, y considera cómo, de su forma primera, llegarán a una forma de organización mejor. Dice también que su influencia debe emplearse en difundir la educación.

Tras este discurso se cierra la discusión, y las propuestas de la comisión (véase más arriba el informe leído por Pindy) se aprueban por unanimidad.

A petición del presidente, Cameron, el delegado americano, se dirige en estos términos a los miembros del congreso:

Señor presidente y señores miembros del IV Congreso Internacional:

Os aseguro que es para mí un grandísimo placer poder expresaros, tanto en mi nombre como en el de todos los trabajadores de América, la viva simpatía que sentimos por la noble tarea que habéis emprendido, la elevación y la emancipación de los millones de obreros esparcidos por el globo, y el advenimiento de esos tiempos dichosos

en que el hombre, en la tierra entera,

hallará en cada hombre un hermano;152

en que la espada se convertirá en arado; en que la tiranía y la opresión, en todas sus formas, serán desarraigadas y destruidas, y en que el labrador inteligente y laborioso ocupará la posición que le asignó el Creador de todas las cosas y que le permitirá recibir la recompensa debida a su trabajo. Mi presencia hoy entre vosotros, compañeros delegados, es una prueba evidente de que vuestros amigos del Nuevo Mundo reconocen que hay un interés común entre los hijos del trabajo del mundo entero, y de que tienen la esperanza de que están próximos los tiempos en que, en filas compactas y unidos, bajo una bandera en la que estarán inscritas las palabras «Verdad, Justicia, Igualdad», marcharán hacia una victoria segura.

Los obreros de nuestra asociación se han abstenido de toda participación en las cuestiones políticas que hasta ahora han ocupado el primer lugar, por creer que los intereses del trabajo, tanto entre nosotros como en otras partes, deben estar representados por trabajadores, y que, mientras nuestras leyes las hagan quienes, en el estado social actual, tienen intereses opuestos a los nuestros, oposición que su egoísmo procura perpetuar, es inútil, y peor que inútil, esperar reparación de quienes han creado los males de que nos quejamos, a menos que empleemos el sistema homeopático, similia similibus curantur,153 sistema que conocemos desde hace bastante tiempo. Pero me olvido. A quienes desean dejar las comarcas demasiado pobladas del Viejo Mundo y quieren buscar «un hogar» allende los mares,

donde el hombre es un hombre si quiere trabajar,

y donde el más pobre puede aprovechar los frutos de su trabajo,154 a esos estoy autorizado a dirigirles una cordial invitación y a asegurarles que serán bienvenidos.

A todos ellos les diré: «Encontraréis amigos y hermanos dispuestos a guiaros». Todo lo que pedimos es que vengáis como amigos, preparados para unir vuestras fuerzas a las nuestras, para sostener los derechos que reivindicamos, y que os neguéis a servir de instrumento en manos de hombres que, con el falaz pretexto de servir vuestros intereses, no tienen otro objeto que denigrar y humillar a vuestros mejores amigos, los miembros de las sociedades de resistencia de América. El establecimiento de una oficina de emigración bajo el doble control de la Sociedad Americana del Trabajo y de la Asociación Internacional de los Trabajadores daría, a mi humilde juicio, resultados tanto más felices cuanto que las informaciones transmitidas serían dignas de toda confianza. Y me atrevo a aseguraros que toda propuesta vuestra relativa a este objeto será acogida cordialmente por nuestro Consejo Ejecutivo. Siento que no puedo terminar sin mencionar la pérdida prematura de nuestro honorable jefe, el señor Sylvis,155 un hombre que se había ganado una celebridad universal y cuyo nombre, familiar a todos, se había vuelto inseparable del movimiento actual en favor de la reforma del trabajo. Dotado de una energía indomable y de una gran fuerza de carácter y de acción, era de todos los jefes el más apto para organizar y consolidar el elemento obrero en el Nuevo Mundo. Muerto en el apogeo de su fama, cuando le quedaba una vida entera que consagrar a la tarea que había emprendido y cuando empezaba a recoger el fruto de sus esfuerzos, su pérdida es, por así decir, irreparable. Esperamos, sin embargo, que otros sean dignos de ser llamados a sustituirlo y que su muerte mueva a sus sucesores a una mayor unidad y a una mayor determinación en la acción. Para concluir, permitidme, amigos míos, que os agradezca una vez más la acogida cordial y entusiasta que me habéis dispensado, de la que tendré cuidado de informar a aquellos cuyo mandatario soy. Que mi visita, señores, sea la inauguración de un sistema que tenga por consecuencia ver a los representantes de los dos continentes reunidos en nuestros congresos anuales, reuniones de las que cabe esperar los más felices resultados. Por este motivo espero que sigáis nuestro ejemplo y que os hagáis representar en nuestro Congreso de Cincinnati, que se celebrará en agosto de 1870, donde estaremos en condiciones de devolveros las atenciones que se nos dispensan y de dar una verdadera bienvenida a vuestro delegado. Una vez más, aceptad mis votos y los de mis mandantes por la continuación de vuestros éxitos y de vuestra prosperidad.

Este discurso, traducido al francés y al alemán, fue recibido con aplausos tan entusiastas como los que acogieron a Cameron a su entrada en la sala del congreso.

El presidente respondió con algunas observaciones oportunas, expresando la esperanza de que un delegado de Europa pudiera acudir el año próximo al Congreso de Cincinnati, y asegurando a Cameron que la pérdida del difunto señor Sylvis la sentían vivamente los trabajadores de Europa, y muy en particular los miembros de la Asociación, porque todo lo que pudiera afectar seriamente a los intereses de la clase obrera en un hemisferio debía necesariamente repercutir en el otro, puesto que los progresos realizados en uno de los dos debían, hasta cierto punto, estimular los esfuerzos en el otro.

Tras unos minutos de interrupción, el presidente reclama la atención de la asamblea y dice:

Compañeros delegados:

Varios de vosotros me habéis pedido la palabra para pronunciar un discurso de clausura; pero, como no podríais oírlos todos, y para no dar celos a nadie, he resuelto pronunciarlo yo mismo.

Hace tres años, en nuestro primer congreso, el de Ginebra, se nos miró como a locos. La prensa se empeñó en ridiculizarnos, y hasta nuestros amigos dudaron cuando expusimos los principios a los que nos habíamos adherido en Londres y que el congreso sancionó. Hoy nuestros principios se discuten sin vacilación, no siempre del modo más amable, pero un hecho sigue siendo manifiesto: nos hemos convertido en una potencia. Estoy seguro de que el éxito ha superado nuestras esperanzas. Pase lo que pase, somos demasiado fuertes para morir de inanición, y nuestra existencia puede desafiar las persecuciones de los gobiernos. Hemos superado el primer obstáculo al asentar nuestra asociación sobre bases sólidas. El camino está abierto ante nosotros; recorrámoslo dándonos la mano; y con la certeza del éxito declaro clausurados los debates públicos del cuarto Congreso Internacional de los Trabajadores.

Largos y entusiastas aplausos, a los que vino a mezclarse el grito de «¡Viva la República democrática y social!», fueron la respuesta de los delegados.

Informes sobre la cuestión de las sociedades de resistencia

Sociedad de Crédito Mutuo y de Solidaridad de los Obreros del Bronce de París

De la influencia de las sociedades de resistencia (trade unions) en la emancipación de los trabajadores156

Nacidas de la lucha que los trabajadores han emprendido contra la opresión capitalista, las sociedades obreras llamadas de resistencia, por la fuerza moral que les aseguran los lazos de solidaridad que han creado y por el desarrollo progresivo de su acción, han dejado ya presentir la importancia del papel que están llamadas a desempeñar en la obra de la emancipación; y por eso nos parece urgente afirmar su razón de ser y determinar de manera neta y precisa la misión que tienen que cumplir y que todavía parece desconocida, o entrevista confusamente, incluso por aquellos economistas que se han mostrado más favorables a nuestra liberación.

Y, en primer lugar, permítasenos recordar que las críticas que suscitó en sus orígenes el empleo que hicieron de la huelga no descansaban en ninguna base equitativa; que, cuando se les reprochaba haber provocado el encarecimiento de los productos, con lo que se volvía ilusorio el aumento del salario, era fácil comprobar que la huelga no servía las más de las veces sino para restablecer el equilibrio en nuestros medios de existencia, puestos en peligro por los sucesivos aumentos que la especulación había impuesto a los productos, y que, así, lejos de ser la causa del encarecimiento, no fue sino una consecuencia de él.

Hay que reconocer igualmente que ya se han obtenido resultados serios gracias a la influencia de las sociedades obreras, porque solo con su desarrollo se ha propagado entre los trabajadores, sin distinción de industria ni de país, ese espíritu de solidaridad que debe contribuir poderosamente a darnos la razón en la reivindicación de nuestros derechos. Además, la reducción de las horas de trabajo, al disminuir la tarea del productor, le ha permitido dedicar un poco más de tiempo al estudio o a la vida de familia, y, mal que bien, el salario ha llegado a equilibrarse con los gastos de consumo.

Por otra parte, el obrero, fuerte con el apoyo colectivo, ha tomado consciencia de su dignidad y ha sabido hacerla respetar por la patronal en muchas circunstancias; ha adquirido también una parte mayor de responsabilidad en sus actos desde que los recursos comunes le han permitido resistir a los reglamentos arbitrarios que se le habían impuesto en el pasado; de tal modo que, al no poder invocar las necesidades de su familia para justificar su conducta, el trabajador que falta a sus deberes sociales debe contar en adelante con la censura de sus consocios por el perjuicio que les causa. El argumento de la familia se vuelve incluso contra él, porque, al sacrificar las garantías que posee para defender el valor de un trabajo al que sus hijos tendrán que recurrir para vivir, compromete el porvenir de estos y les deja la tarea de rehabilitar una reputación comprometida por su deslealtad.

Los resultados obtenidos y los que hemos de esperar de la unión de los trabajadores nos dan, pues, derecho a afirmar que su causa está estrechamente ligada a la suerte de las sociedades obreras; por eso consideramos un deber de cada cual contribuir en la medida de sus fuerzas a generalizar el movimiento. Y ya los esfuerzos intentados en todas partes nos demuestran que la idea de un entendimiento común se extiende cada día más entre los diversos grupos.

Pero, para que este entendimiento sea eficaz, para que pueda servir para determinar en el porvenir la organización social, es indispensable buscar sus condiciones según el espíritu más conforme al verdadero progreso, y solo con la federación creemos poder alcanzar este fin; solo con su acción lograremos escapar a la influencia centralizadora que nos domina y que entrega a unas pocas manos nuestros intereses más queridos y nuestros derechos más sagrados.

Animadas de este espíritu, cierto número de sociedades parisinas habían puesto en estudio un proyecto federativo que sometemos a la apreciación del congreso.

Este proyecto dice así:

Cámara Federal de las Sociedades Obreras157

Considerando que el fin que se proponen alcanzar las sociedades obreras es sustituir la arbitrariedad por la justicia, reformando especialmente el modo de reparto de los productos, organizando el intercambio y creando el crédito;

Considerando que estas reformas solo pueden realizarse con el concurso de todos los interesados;

Considerando que los principios de igualdad han quedado hasta ahora en letra muerta en las relaciones sociales;

Considerando que, ante el entendimiento que se establece entre los poseedores del capital para neutralizar los esfuerzos de los trabajadores, es deber de estos agruparse;

Considerando que, para que su unión sea fructífera, los trabajadores deben esforzarse por hacer desaparecer todas las formas centralizadoras, que solo han servido para mantenerlos en un estado de sujeción absoluta, estableciendo entre ellos relaciones basadas en la reciprocidad de los servicios, sin dejar de garantizar a cada uno de los adherentes la libertad a la que tiene derecho, con la responsabilidad de sus actos según las reglas de la justicia;

Por estos motivos, los abajo firmantes proponen a las sociedades obreras la adopción de las cláusulas siguientes:

Artículo primero. — Entre las diversas sociedades obreras (de resistencia, sindicatos, etc.) que se adhieran a los presentes estatutos se concierta un pacto definitivo.

Art. 2. — Este pacto federativo tiene por objeto buscar y poner en práctica los medios que los trabajadores de todas las profesiones reconozcan como justos para hacerlos poseedores de todos sus útiles de trabajo y darles crédito, a fin de que puedan sustraerse a la arbitrariedad de la patronal y a las exigencias del capital;

Determinar el valor de los productos de cada industria, a fin de facilitar su intercambio;

Dar a conocer, a título informativo, mediante una estadística basada en las condiciones de equilibrio de las diversas especialidades, el número de aprendices o alumnos que cada una de ellas puede formar;

Estudiar, en fin, todas las cuestiones que interesan al trabajo.

Art. 3. — La federación tiene igualmente por fin asegurar a cada una de las sociedades adheridas, en caso de huelga, el apoyo moral y material de los demás grupos mediante préstamos hechos bajo la responsabilidad de las sociedades prestatarias.

Art. 4. — Las sociedades conservan toda su independencia en su administración y en la gestión de sus fondos; solo están obligadas a dar a conocer cada mes su situación financiera, por activo y pasivo, así como el número de sus socios efectivos.

Art. 5. — Cada una de las sociedades contratantes está representada en el Consejo Federal por un número de delegados proporcional al de sus adherentes.

Art. 6. — El Consejo Federal está llamado a resolver sobre todas las peticiones de préstamo dirigidas a la federación y sobre la solvencia de las sociedades que las formulan; comunica inmediatamente a las comisiones de las sociedades adheridas las resoluciones que ha adoptado, así como la suma con la que cada sociedad está llamada a contribuir cuando se toma en consideración la petición; esta suma es proporcional al número de socios efectivos.

El Consejo proporciona además todas las informaciones necesarias a las profesiones que se constituyen en sociedad.

Art. 7. — Las sociedades contratantes solo quedan obligadas cuando la mayoría de sus comisiones, que cuentan como votos según el número de sus delegados, haya sancionado la decisión tomada por el Consejo Federal; esta sanción deberá transmitirse al Consejo para su sesión más próxima.

Pronunciada la ratificación, si algunas sociedades se negaran a contribuir con una parte o con la totalidad de la suma que se les ha reclamado para el préstamo, deberán poner en conocimiento del Consejo las causas que han motivado su negativa.

Art. 8. — Cuando haya terminado el conflicto, el Consejo redactará un informe que comprenda la historia de la huelga y la cuenta de los préstamos hechos por cada sociedad, con indicación de las sumas que se le habían pedido y de las observaciones que ha presentado. Este informe se enviará a todas las sociedades adheridas.

Art. 9. — El Consejo se reúne ordinariamente dos veces al mes en la sede de la Federación, sita en París, calle158

Las reuniones extraordinarias las convoca uno de los secretarios, encargado especialmente de recibir las peticiones de préstamo y las comunicaciones que interesan a la Federación.

Art. 10. — El Consejo Federal solo puede deliberar si la mayoría de las sociedades adheridas está representada en la reunión; de lo contrario, se hará inmediatamente una nueva convocatoria, y la reunión siguiente deliberará sea cual sea el número de delegados presentes.

Art. 11. — Cada uno de los reembolsos efectuados por las sociedades prestatarias se reparte proporcionalmente a las sumas prestadas; las pérdidas las soportan las sociedades según esta misma proporción.

Art. 12. — Toda sociedad que dejara de formar parte de la Federación conserva sus derechos sobre las sumas que haya prestado; estas sumas se le reembolsan en las condiciones que determina el artículo precedente.

Art. 13. — Cada trimestre el Consejo somete a la discusión de las sociedades adheridas un programa sobre las cuestiones sociales indicadas en el artículo 2, y resume en un informe las opiniones emitidas en los grupos.

Art. 14. — Los gastos generales de la Federación se reparten entre las sociedades contratantes proporcionalmente al número de sus adherentes.

Art. 15. — Todo cambio, adición o supresión en los presentes estatutos se llevará al orden del día, y la reunión en la que se discuta ese orden del día deberá componerse de delegados de las dos terceras partes de las sociedades adheridas; las decisiones solo serán válidas si las han adoptado la mitad más una de dichas sociedades.

Art. 16. — El Consejo Federal establece relaciones con toda sociedad o todo grupo formado por diversas sociedades fuera del departamento del Sena que se adhiera al principio federativo; le comunica, junto con sus decisiones, un informe sobre la situación moral y material de sus adherentes y contribuye a procurarles el apoyo colectivo en los casos de huelga, a condición de un compromiso recíproco por parte de esos grupos.

Queda entendido que las decisiones tomadas en cada centro de federación no comprometen en modo alguno las decisiones de los demás grupos.

Hecho en París, el 3 de marzo de 1669.159

Drouchon (Gustave), mecánico; Soliveau, impresor en talla dulce; Theisz (Albert),160 cincelador.

Aunque la administración francesa ha detenido la discusión de este proyecto, estamos convencidos de que, pese a sus esfuerzos, la Federación será pronto un hecho consumado; por eso, por imperfectos que sean los medios que presentamos, esperamos que el congreso los estudie atentamente como obra que se propone reunir las fuerzas vivas del trabajo.

Al formular estos estatutos, los redactores tenían que atender a las condiciones de apoyo que cada sociedad debía encontrar en el pacto, al tiempo que se esforzaban por garantizar la autonomía de los grupos contratantes; pero, junto al intercambio de servicios al que el presente nos obliga para defender por la huelga nuestros intereses y nuestra dignidad, han querido poner de relieve el fin que se proponen las sociedades obreras.

Y, en efecto, no podemos creer que cada uno de nosotros, aceptando el sistema actual como el único practicable en adelante, no haya pensado más que en asegurarse algunas débiles garantías contra los abusos que sufre, en obtener un aumento de salario siempre insuficiente. Ganar un jornal un poco más alto, sea cual sea el amo que mande, asalariados mañana como ayer: tal no puede ser nuestro ideal, porque reconoceríamos como equitativa la desigualdad de condiciones entre los hombres.

Es, pues, deber nuestro, de nosotros, los desheredados de la vida social, buscar las causas de este desheredamiento, y eso es lo que se ha propuesto la Federación. Con las discusiones que provoca nos permite aprovechar las lecciones que el pasado nos ha dejado; nos proporciona valiosas enseñanzas sobre los intentos hechos por nuestros predecesores para escapar a la dirección de la patronal; lejos de imponer ningún sistema preconcebido, los somete todos al juicio de los interesados, indica el fin y deja a cada uno la elección de los medios adecuados para hacerlo realizable.

Sin embargo, la experiencia, adquirida a alto precio por la mayoría de los grupos obreros, nos autoriza a creer desde ahora, por dignos de aliento que sean por lo demás los esfuerzos individuales, que el ahorro por sí solo solo puede bastar en las profesiones en que la materia prima y el material son poco costosos, y que es impotente en muchos casos para asegurar la emancipación radical de los trabajadores.

Semejante comprobación no podría, sin embargo, detenernos en nuestra reivindicación; convencidos, por lo demás, de que al apropiarnos los útiles necesarios para garantizar nuestra independencia volvemos a entrar en posesión de nuestra parte de propiedad, no podemos abandonar lo que consideramos un derecho, y, para satisfacer las leyes de la justicia, pedimos pagar el valor del material mediante la participación en los beneficios.

No ignoramos que esta cuestión ha suscitado ya numerosas críticas, pero, para responder a ellas, nos basta establecer que se ha equivocado el fin al considerar como resultado definitivo lo que solo se había propuesto como medio de amortización. Y, convencidos a nuestra vez de la insuficiencia del ahorro individual, preguntamos a nuestros contradictores a qué expediente recurrirán para reembolsar el valor de los útiles y para poner en práctica el intercambio igual, que no podrá aplicarse a los trabajadores hasta que se hayan hecho poseedores de sus productos.

Por otra parte, se nos objetará sin duda que el propietario del material corre los riesgos de su fabricación y que, al no tener otra cosa que ofrecerle para efectuar la redención que recortarle sus beneficios, se negará a prestarse a esta combinación. Sin embargo, ¿no somos nosotros, más que nadie, solidarios de las crisis comerciales que ponen en peligro hasta nuestro derecho a vivir? ¿Quién se atrevería a comparar la parte de riesgos que corre el dinero con las catástrofes de las que tan a menudo son víctimas nuestros mineros? Y, por lo demás, al dejar todo el beneficio al propietario del útil a expensas de quien lo emplea, hace mucho tiempo que hemos pagado nuestro tributo a esa pretendida responsabilidad, y, para hacer prevalecer nuestros derechos, sabríamos, si fuera preciso, negarnos a trabajar y volver improductivo un material que solo tiene valor gracias a nuestro concurso.

Así pues, ¿se quiere aceptar que el obrero se beneficie de su trabajo? ¿Se quiere reconocerle el derecho de adquirir su parte de los útiles? Si se consiente, no nos queda más que tener paciencia y pagar nuestra deuda con el pasado; si se nos rechaza, no nos queda más que luchar por la huelga para hacer triunfar nuestra reivindicación.

Y lo decimos bien alto: todo gran conflicto que en adelante no se propusiera la participación en los beneficios y la redención de los útiles no tendría más que efectos estériles. Cuando, agotados por la carestía siempre creciente de los artículos de consumo, creímos deber exigir un aumento de salario, ¿qué ocurrió? Que al día siguiente mismo de la victoria se intentaba quitarnos las ventajas obtenidas, que se elevaban los beneficios en proporción al aumento concedido; y así seguirá siendo mientras dejemos que se dé a nuestros productos un valor superior a su precio de coste y ese excedente solo constituya beneficio para intermediarios retribuidos muy por encima de sus servicios.

Lo que necesitamos es adquirir la plusvalía reservada al solo poseedor de los útiles; es asegurar a cada uno los medios de consumir el valor exacto de lo que ha producido.

Pero, para preparar estas reformas, es indispensable que desde ahora las sociedades obreras busquen los medios de sustraerse a todo el agiotaje que contribuye a dar a unos sobreabundancia de bienestar mientras a otros les falta lo necesario; es preciso que se desembaracen de esos manipuladores de dinero a los que proporcionan nuestros recursos para explotarnos, y por eso creemos deber insistir en la urgencia que tienen de crear bancos federativos.

Así pues, al reivindicar nuestros derechos, las sociedades de resistencia han llevado a la práctica el principio de solidaridad entre los trabajadores, y a su influencia corresponde también realizar la emancipación mediante la redención de los útiles, la supresión de la patronal y la organización del crédito y del intercambio, y transformar el orden social sustituyendo el conflicto de intereses que nos presenta el estado actual por la federación de cada individuo, de cada grupo, de cada industria.

De las cajas de resistencia

Informe aprobado por la sección del distrito de Courtelary,161 reunida en asamblea general el 29 de agosto de 1870.162

La Asociación Internacional de los Trabajadores ha llegado a tal grado de desarrollo que, sin dejar de investigar cuáles deben ser las bases de la sociedad futura, debe necesariamente resolver en la práctica algunas de las cuestiones que ya se han tratado en los congresos precedentes.

La cuestión es sin duda la que, en las condiciones actuales, mejor se presta a una solución práctica, inmediata, pero también la de mayor importancia, dado el número siempre creciente de las huelgas. Los economistas políticos pueden darse perfectamente el gusto de escribir volúmenes para demostrar a los obreros que no pueden nada en la fijación de los salarios, que es la oferta y la demanda la que hace la ley; nuestro deber es buscar los medios de organizar la huelga —contra la que de nada sirve recriminar, puesto que se vuelve un hecho cada vez más general— de manera que termine siempre en favor de los obreros. Mientras haya capitalistas y asalariados, habrá lucha entre el trabajo y el capital, porque los poseedores del capital, ávidos de acumular, procurarán exprimir lo más posible el trabajo, que a su vez aprovechará todas las ocasiones para imponer al capital las condiciones que pueda. Pero, como el capital monopolizado es actualmente el señor todopoderoso, es él quien hace la ley en el mercado general, de modo que al trabajo, convertido en mercancía, no le queda más que venderse al mejor postor.

¿Es eterna esta condición?

No lo creemos, puesto que el trabajo, fuente de toda riqueza, debe ser también la condición de toda felicidad, de toda libertad. Para restablecer la ley de la justicia en las relaciones entre el trabajo y el capital hace falta una profunda revolución, que solo pueden llevar a cabo las clases que representan los intereses del trabajo; una organización general y universal de los trabajadores se vuelve entonces de absoluta necesidad, no solo con vistas a la reivindicación completa y radical de los derechos del trabajo, sino también para resistir con éxito, en las condiciones actuales, a la dominación exclusiva del capital, a fin de que el proletariado no caiga en un estado de miseria y de degradación que lo incapacitaría para llevar a cabo la revolución social.

La necesidad de organizar el trabajo para resistir a las injustas exigencias del capital la sintieron desde hace mucho tiempo los obreros de los países más industriosos, y la fundación de las sociedades de oficio respondía a esta necesidad de agrupar y combinar las fuerzas de los obreros con vistas a la resistencia. Oponer a las pretensiones del patrono capitalista el poder de los obreros asociados, es decir, resistir colectivamente a la dominación de uno solo: tal debería ser el medio de contrapesar el poder del capital en provecho del trabajo. Las sociedades de resistencia no son solo el único medio de poner a los trabajadores en condiciones de tener voz deliberativa en la fijación del precio del trabajo, sino que la gran ventaja que presentan es que preparan la organización general del proletariado, que habitúan a los obreros a identificar sus intereses, a practicar la solidaridad y a actuar en común por el interés de todos; en una palabra, son la base de la organización social futura, puesto que las asociaciones obreras no tendrán más que tomar la dirección de las empresas industriales y agrícolas cuando la colectividad, que se habrá hecho propietaria de ellos por medio de la liquidación social, les conceda los útiles, el suelo, las minas, etc.

Pero quedémonos en el terreno actual.

Mientras se organiza el poder de resistencia del trabajo, el capital, que por medio de todos los engranajes económicos que funcionan en su provecho se acumula cada vez más en unas pocas manos, se asocia a su vez; las compañías financieras, por medio de grandes empresas, se hacen dueñas de una gran parte de la industria y de todos los medios de circulación, que se vuelven cada vez más fáciles. La lucha entre el capital y el trabajo cobra entonces una nueva fisonomía: las asociaciones aisladas ya no pueden luchar con eficacia contra el gran capital, y los patronos pueden de un día para otro hacer venir obreros extranjeros para sustituir a los del país en huelga. La federación de todas las sociedades obreras se convierte entonces en una necesidad absoluta para la lucha presente, pero también en la única condición posible de la emancipación general.

La fundación de la Asociación Internacional no es sino el resultado de esta nueva necesidad, y ya es hora de que, mediante instituciones prácticas, se ponga en condiciones de realizar algunas de las esperanzas del proletariado y de aumentar su poder de acción. Organizad la resistencia internacionalmente: tal es uno de los deberes de nuestra asociación; a la federación internacional de las sociedades obreras debe corresponder lógicamente la federación internacional de las cajas de resistencia.

Gracias a la solidaridad internacional, que se practica cada vez más entre los obreros, se han podido remediar hasta cierto punto los inconvenientes derivados de la falta de una caja general de resistencia; pero estamos convencidos de que una organización regular nos permitiría apoyar las huelgas con más eficacia e incluso las haría imposibles. Cuando estalla una huelga, las sociedades interesadas, cuando casi han agotado su capital, hacen un llamamiento a las sociedades obreras, que abren suscripciones; los fondos entran lentamente y a menudo no llegan sino después de la lucha; si se abren varias suscripciones en un corto intervalo, los miembros se desaniman, el producto de las suscripciones se vuelve mínimo y las huelgas fracasan por falta de apoyo. Si, en lugar de eso, fundáramos una o varias cajas centrales, que dispusieran de un capital procedente de una cuota de todas las sociedades de resistencia que se adhirieran a ellas y, además, de una cuota suplementaria, semestral o trimestral (que sustituiría con ventaja a las suscripciones), de todos los miembros de la Internacional, tendríamos así un capital considerable del que podríamos disponer en todo momento; las huelgas podrían sostenerse siempre en el momento de la lucha, y las asociaciones obreras adquirirían un poder de resistencia que ahora no tienen. Los patronos, sabiendo que existe una organización central y regular para sostener las huelgas, y habiendo aprendido por experiencia que esta procura a los obreros un poder de resistencia imposible de vencer, estarían antes dispuestos a acceder a las reclamaciones de los obreros, y así se evitarían muchas huelgas sin sacrificar por ello el derecho de resistencia.

Concluimos:

En la lucha entablada actualmente entre el trabajo y el capital, lucha esencialmente internacional, es indispensable organizar la resistencia internacionalmente;

Esta organización puede hacerse por medio de una caja general de resistencia;

El capital que sirva para alimentar esta caja puede formarse con una cuota de todas las sociedades obreras adheridas a la caja general y con una cuota suplementaria, semestral o trimestral, de todos los miembros de la Internacional;

Estos fondos servirán para sostener todas las huelgas que requieran el apoyo de la Asociación;

La gestión de esta caja se confía a un comité de huelgas, nombrado ya por el congreso general, ya por una sección a la que dicho congreso haya encargado de ello, ya, por último, por el Consejo General;

Este comité determinará las sumas que deban concederse a las diferentes huelgas, tras haber tomado conocimiento de todas las informaciones relativas a ellas; presentará en cada congreso general un informe sobre el estado de la caja.

Las propuestas que formulamos más arriba no las presentamos en modo alguno como las que mejor responden a las exigencias de la situación; al contrario, tenemos la esperanza de que otras secciones, más directamente interesadas en esta cuestión, presenten soluciones más prácticas, a las que nos uniremos con gusto. Lo que deseamos ante todo es que el congreso no se limite a una nueva afirmación teórica, sino que prepare la organización internacional de las cajas de resistencia y, si es posible, elabore un proyecto de estatutos que se someta a la aprobación de todas las secciones.

No pedimos práctica allí donde actualmente es imposible, pero en esta cuestión creemos que el congreso debe tomar sin falta una decisión inmediatamente realizable.

Informe de la Federación de Ruan

De la influencia de las sociedades obreras y de su importancia desde el punto de vista de la emancipación del proletariado.163

Consideramos esta cuestión como la más digna de atraer la atención de todos los que quieren verse libres de la explotación burguesa.

De la base a la cumbre, la sociedad actual está organizada de manera que dé satisfacción a la heredera ingrata del 89. Industria, bancos, navegación, comercio, transportes, vivienda y suelo: todo se ha convertido en propiedad exclusiva suya, dispuesta de manera que excluya por completo al trabajador de toda administración y, por tanto, de toda influencia.

Aquí también diremos que la falta de una teoría del valor es la única causa de esta explotación sin piedad ni misericordia del proletariado.

Esta violación de los derechos del mayor número, de todos aquellos, en fin, que crean las maravillas cuyos beneficios se apropia exclusivamente la burguesía, no saca su fuerza de otra parte que de la anarquía económica; por eso todos los que creen posible crear el orden en la humanidad son considerados utopistas por esta insolente emancipada.

Sin embargo, empieza a tener miedo; siente, desde el día en que nació la Asociación Internacional de los Trabajadores, que su poder está seriamente en peligro; por eso se debate y empieza a centralizar sus fuerzas para destruir nuestro entendimiento sembrando en nuestras filas la desconfianza y la indiferencia; sabe que, si llegáramos a combinar nuestros esfuerzos con inteligencia, su papel de directora social desaparecería y nosotros la sustituiríamos en todas partes, obligándola a transformarse.

Si la voz del verdadero productor no ha podido hacerse oír todavía en el gran concierto de quejas que emiten todas las naciones, es porque aún no hemos sabido organizarnos.

Puesto que la Internacional nos invita a todos a dar a conocer los medios prácticos de conquistar nuestras libertades políticas y económicas, que cada uno aporte su inteligencia y presente en este congreso toda la suma de medios que crea capaces de vencer la resistencia de los poderosos del día.

Desde hace mucho tiempo, queridos compañeros, servimos de complemento en todas las luchas del monopolio burgués: unas veces derramamos nuestra sangre a raudales para darle las libertades políticas que reivindica; otras damos benévolamente nuestros sufragios —nosotros, que en Francia lo tenemos universal y directo— para hacer pasar al explotador vencido al puesto que ocupaba la víspera el vencedor; y al día siguiente, como los días anteriores, seguimos siendo bestias de carga del capital, que en materia política consiente de buen grado en vestir todas las libreas, en tomar o cambiar, como el camaleón, todos los colores, pero a condición de seguir siendo el vampiro del trabajo, al que considera una presa explotable a perpetuidad.

Es preciso que en el porvenir todos los trabajadores que pertenecen a naciones que poseen el sufragio directo organicen sus fuerzas para penetrar en la plaza; de lo contrario, para hacer desaparecer los privilegios no hay que contar más que con los medios coercitivos. A nosotros solos nos corresponde elegir los medios adecuados para hacer triunfar la justicia económica; digamos sin temor que somos los verdaderos y únicos irreconciliables164 y que no dejaremos de organizar las fuerzas del trabajo sobre la superficie del globo para transformar una sociedad madrastra que nos niega el derecho a vivir trabajando.

Desde hace casi cuatro años se han formado numerosos grupos en las grandes ciudades del continente, que han empleado como instrumento de solidaridad la huelga, instrumento de guerra económica que agrupa los intereses, pero que no da en absoluto la verdadera solución que buscamos mientras no se haya construido y moldeado científicamente como lo exigen nuestros intereses.

El Círculo normando cree que el único medio de vencer la resistencia burguesa sería, primero, organizar en cada circunscripción industrial una federación obrera compuesta por todas las profesiones o corporaciones y dotada de un consejo federal compuesto igualmente por representantes de todas las corporaciones, de modo que no pueda estallar ni una sola huelga sin que la haya discutido y ordenado previamente dicho consejo (así lo hacen contra nosotros las agencias organizadas del capital para ejercer su influencia a fin de producir el alza o la baja en los mercados de abastecimiento), de manera que la federación entera concurra al éxito de la lucha; y luego hacer inmensos esfuerzos para crear, mediante la Federación internacional de las cajas corporativas, talleres corporativos que sirvan de plaza fuerte a la corporación en huelga y permitan sitiar seriamente al enemigo haciendo subir el salario sin medida en los talleres del capital y manteniéndolo, según las tarifas, en los talleres corporativos; la diferencia entre el salario exigido por los socios en el taller del capital y el concedido en el taller social debe emplearse siempre en provecho de este último para aumentar sus útiles.

Las ventajas de esta organización son fáciles de deducir: la huelga, en lugar de tener como hoy un carácter antieconómico, puesto que la elevación del salario obtenida momentáneamente no aprovecha precisamente al obrero, ya que el capital conserva el derecho de elevar a su vez el precio de venta del producto, que paga el propio huelguista, como se ha podido ver en la huelga de los obreros panaderos de Marsella.

La huelga, decimos, se convierte entonces en un auxiliar indispensable y seguro de los obreros que quieren convertirse en productores libres y pone al capital en la obligación de inclinarse, porque, en virtud de los principios que profesan la Internacional y todos los trabajadores, que saben que la miseria no tiene otra causa que la prelibación del capital sobre el producto, al entregar el taller corporativo su producción a precio de coste, el capital, amenazado continuamente por ese precio de venta y por la exageración progresiva de los salarios en sus talleres, se ve obligado a proponer una transacción o a declararse en quiebra.

Pero, para llegar a crear estos talleres corporativos, es indispensable que las cajas obreras estén federadas, como nos lo proponían muy recientemente nuestros compañeros de París y como lo aplica en este momento la federación de Ruan, para dar crédito primero a las industrias a las que basta poco capital para fundar el taller corporativo; luego, fundados y organizados estos talleres, vendría oportunamente el signo de cambio, aceptado evidentemente por todos estos talleres, que entregarían sus productos más baratos a todos los que presentaran en pago este signo de redención. A los demás compradores que no estuvieran provistos de él se les cobraría un derecho de aubana165 para decidirlos a hacer causa común con el trabajo emancipado; esta prelibación solo podría emplearse en la propagación de la obra, y la dirigiría la federación para facilitar el reembolso de los créditos.

Otra ventaja que la organización federativa aportaría a los trabajadores, en Francia, es la dirección del país por el trabajo, que haría surgir del sufragio universal representantes directos de la clase obrera, que invadirían todas las administraciones y obligarían al gobierno a contar con las fuerzas revolucionarias del trabajo, arrancándole las reformas que queremos obtener y las libertades que reivindicamos.

De este modo la clase obrera no estaría expuesta a servir de instrumento a todos los partidos políticos descontentos por no tener en sus manos la dirección nacional para explotarla en su provecho sin tener en cuenta nuestras aspiraciones.

Organizados así, creemos que la clase a la que pertenecemos tendría la mano en todo e impediría, si las circunstancias trajeran una batalla, que el movimiento fuera escamoteado una vez más.

Con esta idea ha redactado el Círculo de Ruan la resolución siguiente:

Resolución del Círculo de Ruan sobre la influencia de las sociedades corporativas desde el punto de vista de la emancipación del proletariado

Considerando que el aislamiento crea una división lamentable entre las diferentes categorías de trabajadores y que esta división la mantiene cuidadosamente la burguesía con el fin de conservar indefinidamente sus privilegios;

Considerando que la clase obrera solo puede llegar a sacudirse el yugo del capital mediante la solidaridad corporativa y federativa, y que, igualmente, solo la organización federativa de las corporaciones puede poner freno a los abusos de la explotación, al permitir organizar científicamente la huelga y el crédito con vistas a la producción libre;

El Círculo tiene el honor de rogar al Congreso de Basilea que tome en consideración su resolución y que exhorte a todas las sociedades obreras de Europa a fundar la gran Federación de las víctimas de la explotación burguesa para crear en breve plazo un banco de cambio que emita un signo aceptado por todas las corporaciones organizadas de Europa y de América, a fin de facilitar las salidas de cada una de ellas y de ponerlas por completo al abrigo de las especulaciones del agio.

En consecuencia, invita a todas las industrias a seguir sentando las bases de un entendimiento entre los trabajadores de una misma profesión para unificar las tarifas de mano de obra, con el fin de facilitar la constitución del salario medio y escapar a las caprichosas oscilaciones del capital centralizado, obligándolo a pagar él mismo los costes de la competencia anárquica, que mata por centenares de miles al proletariado moderno.

Con esta organización, el Círculo de Ruan está convencido de que todas las cuestiones sociales encontrarán fácil solución.

Resoluciones administrativas votadas por el Congreso de Basilea

Sigue el texto de las resoluciones; véase Resoluciones administrativas.

Resoluciones sobre los cuadernos del trabajo

Sigue el texto de la resolución; véase Resolución sobre los cuadernos del trabajo.

La Guía práctica aprobada en el Congreso de Basilea se prestó a un periodista que no se preocupó de devolverla (aviso para el futuro). Las numerosas gestiones hechas para encontrar este documento han sido infructuosas. El ponente de la comisión la ha redactado de nuevo con la mayor exactitud que ha podido. Rogamos a los miembros del Congreso de Basilea que crean ver en ella algunos puntos en desacuerdo con lo que se había votado que lo señalen en el próximo congreso.

Guía práctica para el Congreso de la Internacional

El texto de la Guía práctica está en la página de los documentos del congreso: Guía práctica para el Congreso de la Internacional.

  1. El Grütliverein, asociación patriótica de artesanos y obreros suizos fundada en Ginebra en 1838. ↩

  2. Caspar Alois Bruhin (1824-1895), jurista y publicista, procurador general de Basilea-Ciudad y presidente de las secciones de Basilea de la Internacional. ↩

  3. En abril de 1869 la tropa disparó contra los huelguistas de Seraing y del Borinage, en Bélgica; en junio, contra los mineros de la cuenca del Loira, en La Ricamarie (véase más abajo). ↩

  4. La explosión de grisú del 2 de agosto de 1869 en las minas de hulla de Burgk, en el Plauenscher Grund, cerca de Dresde, que causó 276 muertos. El acta escribe «Plauer». ↩

  5. El congreso de Eisenach (7-9 de agosto de 1869), en el que se fundó el Partido Obrero Socialdemócrata alemán. ↩

  6. Eugène Hins (1839-1923), profesor belga, uno de los dirigentes de la Internacional en Bélgica. ↩

  7. Albert Richard (1846-1925), dirigente de la Internacional en Lyon, entonces partidario de Bakunin; en 1872 se pasó al bonapartismo. ↩

  8. Johann Georg Eccarius (1818-1889), sastre alemán emigrado en Londres, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, secretario general del Consejo General de 1867 a 1871. ↩

  9. Robert Applegarth (1834-1924), carpintero, secretario general de la Amalgamated Society of Carpenters and Joiners y miembro del Consejo General. ↩

  10. Johann Philipp Becker (1809-1886), veterano de la revolución de 1848-1849, organizador de las secciones de lengua alemana de la Internacional desde Ginebra. ↩

  11. Friedrich Lessner (1825-1910), sastre alemán, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, miembro del Consejo General de 1864 a 1872. ↩

  12. Hermann Greulich (1842-1925), encuadernador nacido en Breslau y establecido en Zúrich, fundador en 1869 de la Tagwacht; más tarde, dirigente socialdemócrata suizo. El acta escribe aquí «Greülich». ↩

  13. Samuel Spier, maestro de Wolfenbüttel, miembro del Partido Obrero Socialdemócrata. ↩

  14. Ludwig Neumayer, periodista de Wiener Neustadt, delegado de las secciones austriacas (véase la lista de los delegados). ↩

  15. Mijaíl Bakunin (1814-1876), revolucionario ruso, fundador de la Alianza de la Democracia Socialista (1868) y adversario de Marx en la Internacional. El acta escribe «Bakounine». ↩

  16. Simon Dereure (1838-1900), zapatero parisino, más tarde miembro de la Comuna de París. ↩

  17. Désiré Brismée (1822-1888), impresor de Bruselas, uno de los fundadores de la Internacional en Bélgica. ↩

  18. Stefano Caporusso, sastre, fundador de la sección de Nápoles de la Internacional. ↩

  19. Rafael Farga Pellicer (1844-1890), tipógrafo de Barcelona, uno de los fundadores de la Federación Regional Española. ↩

  20. César De Paepe (1841-1890), tipógrafo y médico belga, principal teórico de la Internacional en Bélgica. ↩

  21. James Guillaume (1844-1916), profesor en Le Locle, dirigente de la Internacional en el Jura suizo y amigo de Bakunin; autor de L'Internationale. Documents et souvenirs. ↩

  22. Moritz Rittinghausen (1814-1890), publicista renano, defensor de la legislación directa por el pueblo. ↩

  23. Andrew C. Cameron, tipógrafo de origen escocés, director del Workingman's Advocate de Chicago, órgano de la National Labor Union. El acta escribe Workingmans advocat. ↩

  24. Benjamin Lucraft (1809-1897), sillero londinense, miembro del Consejo General de 1864 a 1871. ↩

  25. William Frederick Cowell Stepney (1820-1872), inglés acaudalado, miembro del Consejo General. ↩

  26. Hermann Jung (1830-1901), relojero suizo emigrado en Londres, miembro del Consejo General desde 1864. ↩

  27. Émile Aubry, litógrafo, organizador de la Internacional en Ruan. ↩

  28. Eugène Varlin (1839-1871), encuadernador, dirigente de la Internacional en París; miembro de la Comuna, fusilado en mayo de 1871. ↩

  29. André Murat, mecánico, uno de los fundadores de la Internacional en París, de tendencia proudhoniana. ↩

  30. Louis Pindy (1840-1917), carpintero parisino, más tarde miembro de la Comuna y, en el exilio, de la Federación del Jura. ↩

  31. Discípulos de Auguste Comte, fundador del positivismo. ↩

  32. Jérôme-Amédée Langlois (1819-1902), periodista proudhoniano. ↩

  33. Obreras del torcido de la seda en Lyon; su huelga de junio-julio de 1869 tuvo gran resonancia, y se adhirieron en masa a la Internacional. ↩

  34. Louis Palix, sastre de Lyon, partidario de Bakunin. ↩

  35. Henri Tolain (1828-1897), cincelador parisino, proudhoniano, uno de los fundadores de la Internacional en Francia. ↩

  36. Paul Robin (1837-1912), pedagogo francés, entonces residente en Bélgica, amigo de Bakunin. ↩

  37. Wilhelm Liebknecht (1826-1900), dirigente socialista alemán, amigo de Marx; en agosto de 1869 fundó con Bebel, en Eisenach, el Partido Obrero Socialdemócrata. ↩

  38. El Demokratisches Wochenblatt, semanario de Leipzig dirigido por Liebknecht, que desde octubre de 1869 se llamó Der Volksstaat. ↩

  39. Moses (Moritz) Hess (1812-1875), escritor socialista alemán, colaborador de Marx y Engels en los años cuarenta. ↩

  40. El acta escribe aquí «Krieger»; en las votaciones nominales, «Krüger». ↩

  41. Wilhelm Bracke (1842-1880), comerciante de Brunswick, uno de los fundadores del Partido Obrero Socialdemócrata. ↩

  42. El acta escribe «Lenrach». ↩

  43. Wiener Neustadt, en la Baja Austria; el acta escribe «Neusstadt». ↩

  44. Heinrich Oberwinder (1845-1914), periodista, uno de los dirigentes del movimiento obrero vienés. ↩

  45. Henri Perret, grabador de Ginebra, secretario del Comité Federal Romando de la Internacional. ↩

  46. En Ginebra se llamaba «la Fábrica» al conjunto de los oficios de la relojería y la joyería, cuyos obreros formaban la parte más moderada de la Internacional ginebrina. ↩

  47. Amand Goegg (1820-1897), demócrata de Baden, ministro de Hacienda del gobierno revolucionario de 1849 y miembro de la Liga de la Paz y de la Libertad. ↩

  48. Órgano de las sociedades obreras alemanas de Suiza. ↩

  49. Adhémar Schwitzguébel (1844-1895), grabador del Jura bernés, militante de la Federación del Jura. El acta escribe «Schwitzgebel» o «Schwitzguebel». ↩

  50. Karl Bürkli (1823-1901), socialista de Zúrich, discípulo de Fourier, promotor de la democracia directa y de las cooperativas. El acta escribe «Burkli». ↩

  51. Gaspar Sentiñon, médico de Barcelona, amigo de Bakunin y miembro de la Alianza. El acta escribe «Sentinion» o «Sentinon». ↩

  52. La Alianza de la Democracia Socialista, fundada por Bakunin en Ginebra en 1868; su sección ginebrina fue admitida en la Internacional en 1869 y se disolvió en 1871. ↩

  53. Giuseppe Fanelli (1827-1877), ingeniero y diputado italiano, garibaldino y amigo de Bakunin; a finales de 1868 llevó a España la propaganda de la Internacional. ↩

  54. En mayo de 1868, los nueve miembros de la segunda comisión de la oficina de París de la Internacional, entre ellos Varlin, fueron condenados a tres meses de prisión por asociación no autorizada. ↩

  55. El 16 de junio de 1869, en La Ricamarie, cerca de Saint-Étienne, la tropa disparó contra los mineros en huelga y causó más de diez muertos. ↩

  56. El 15 de agosto, día de san Napoleón, era la fiesta nacional del Segundo Imperio. ↩

  57. Alexandre Jamar (1821-1888), ministro belga de Obras Públicas de 1868 a 1870. ↩

  58. Periódico de Bruselas, órgano de la sociedad Le Peuple. ↩

  59. Le Mirabeau, periódico de Verviers fundado en 1868, órgano de la Internacional en el valle del Vesdre. ↩

  60. De Werker, periódico de Amberes fundado en 1868, órgano de la Internacional en Flandes. ↩

  61. L'Internationale, semanario de Bruselas (1869-1873), órgano de la Federación belga de la Internacional. ↩

  62. En abril de 1869; el informe del Consejo General al congreso las trata por extenso. ↩

  63. André Bastelica (1845-1884), tipógrafo, organizador de la Internacional en Marsella. ↩

  64. Las elecciones legislativas de mayo-junio de 1869. ↩

  65. Ferdinand Lassalle (1825-1864), fundador en 1863 de la Asociación General de Obreros Alemanes. ↩

  66. Johann Baptist von Schweitzer (1833-1875), presidente de la Asociación General de Obreros Alemanes, el partido lassalleano, de 1867 a 1871. ↩

  67. Ernest Francillon (1834-1900), fabricante de relojes de Saint-Imier, fundador de la manufactura Longines. ↩

  68. Tribunales paritarios de patronos y obreros que resolvían los conflictos de trabajo. ↩

  69. La revolución de septiembre de 1868, que destronó a Isabel II. El acta escribe évolution, en cursiva. ↩

  70. La Federación, semanario de Barcelona (1869-1874), órgano del Centro Federal de las Sociedades Obreras y después de la Internacional en Barcelona. ↩

  71. Así numerada en el acta. ↩

  72. August Bebel (1840-1913), tornero, cofundador con Liebknecht del Partido Obrero Socialdemócrata. ↩

  73. Benoît Malon (1841-1893), tintorero, militante de la Internacional en París; más tarde miembro de la Comuna. ↩

  74. El conflicto de los tejedores de cintas de Basilea del invierno de 1868-1869, del que trata el informe del Consejo General. ↩

  75. El gobierno liberal de Walthère Frère-Orban (1868-1870); en Bélgica se llamaba «doctrinarios» a los liberales moderados. ↩

  76. En marzo de 1868 la tropa disparó contra los mineros en huelga en la cuenca de Charleroi. ↩

  77. Periódico democrático de Bruselas. ↩

  78. Le Réveil, periódico republicano radical de París fundado en 1868 por Charles Delescluze. ↩

  79. L'Égalité, semanario de Ginebra (1868-1872), órgano de la Federación Romanda de la Internacional. ↩

  80. La Voix de l'Avenir, periódico de Pierre Coullery en La Chaux-de-Fonds, órgano de la Internacional en la Suiza romanda hasta 1868. ↩

  81. En la jerga de los tipógrafos, sarrasin era el obrero que aceptaba trabajar por debajo de la tarifa o durante una huelga. ↩

  82. El fusil reglamentario del ejército francés desde 1866. ↩

  83. Travail à façon: trabajo que el obrero hace en su casa, a destajo, por encargo de un patrono que suele proporcionarle la materia. ↩

  84. François Floquet, montador de cajas de reloj, delegado de la sección central del Locle. ↩

  85. Alusión a Bürkli y a los demócratas de Zúrich, y a Rittinghausen, defensores de la legislación directa por el pueblo, cuestión que algunos delegados suizos y alemanes quisieron añadir al orden del día del congreso. ↩

  86. Obreros de la relojería: los guillocheadores decoran las cajas de reloj con el torno de guilloquis. ↩

  87. La Real Comisión sobre las trade unions (1867-1869), creada tras los atentados de Sheffield; en 1869 una ley protegió los fondos de los sindicatos contra los desfalcos. ↩

  88. La campaña de la Reform League que desembocó en la segunda Ley de Reforma (1867), que dio el voto a una parte de los obreros de las ciudades. ↩

  89. Fundada en 1869 para promover candidaturas obreras al Parlamento. ↩

  90. Así en el acta, aunque se trata de la sesión de la mañana. ↩

  91. El Partido Obrero Socialdemócrata, fundado en Eisenach en agosto de 1869. ↩

  92. El Congreso de Bruselas (1868) había declarado que las minas, los bosques, la tierra laborable y las vías de comunicación debían pasar a la propiedad colectiva de la sociedad. ↩

  93. Grabador, delegado de las secciones internacionales de Ginebra y de la sección italiana de esa ciudad. ↩

  94. Félix Chemalé, delineante parisino, proudhoniano, delegado de los afiliados parisinos de la Internacional. ↩

  95. Los oneidas, pueblo iroqués, una parte del cual se estableció en Wisconsin en los años veinte y treinta del siglo XIX. ↩

  96. El acta dice «sel» (sal), errata evidente por sol (suelo). ↩

  97. Gracchus Babeuf (1760-1797), jefe de la Conjuración de los Iguales (1796), guillotinado en 1797. ↩

  98. Dicho atribuido a Talleyrand. ↩

  99. Federación obrera fundada en Baltimore en 1866, la primera de ámbito nacional en los Estados Unidos. ↩

  100. Ebanista, delegado de los marmolistas de París. ↩

  101. La insurrección obrera de París del 23 al 26 de junio de 1848, aplastada por el general Cavaignac. ↩

  102. Probablemente el congreso de las trade unions (Trades Union Congress) celebrado en Birmingham en agosto de 1869. ↩

  103. Dorador, delegado del Círculo Parisino de los Proletarios Positivistas. ↩

  104. Carpintero de armar, delegado de la asociación La Libertad de los carpinteros de París. ↩

  105. Tras las jornadas de Junio de 1848 y el golpe de Estado de 1851, muchos republicanos y socialistas fueron deportados a la Guayana francesa (Cayena) o a Argelia. ↩

  106. Recargo de 45 céntimos por franco sobre las contribuciones directas decretado por el Gobierno provisional en marzo de 1848, que enajenó a los campesinos de la República. ↩

  107. La ley electoral del 31 de mayo de 1850, que privó del voto a cerca de tres millones de electores. ↩

  108. Las insurrecciones republicanas de diciembre de 1851, sobre todo en el centro y el sureste de Francia, contra el golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte. ↩

  109. Hubert Bastin, tejedor de Nessonvaux, delegado de la Federación del Valle del Vesdre (Verviers). ↩

  110. Fritz Robert, delegado de La Chaux-de-Fonds y uno de los secretarios del congreso. ↩

  111. El acta deja en blanco el número de votantes, que fueron 71, como en la votación anterior. ↩

  112. Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865). ↩

  113. En el Sistema de las contradicciones económicas o filosofía de la miseria (1846), Proudhon trata de la propiedad después de la división del trabajo, las máquinas, la competencia, el monopolio, el impuesto, la balanza comercial y el crédito. ↩

  114. Jean-Guillaume-César-Alexandre-Hippolyte, barón de Colins (1783-1859), fundador del «socialismo racional», partidario de la propiedad colectiva del suelo. ↩

  115. Étienne Cabet (1788-1856), autor del Viaje por Icaria (1840) y fundador de colonias comunistas en los Estados Unidos. ↩

  116. Robert Owen (1771-1858), fabricante y socialista utópico inglés. ↩

  117. El informe sobre la propiedad de la tierra que la sección de Bruselas, por boca de De Paepe, presentó al Congreso de Bruselas en septiembre de 1868. ↩

  118. Es decir, la entrada de las sociedades anónimas en la explotación agrícola. ↩

  119. ¿Qué es la propiedad? (1840) y las dos memorias que la siguieron (1841-1842); la Teoría de la propiedad es obra póstuma (1866). ↩

  120. Adolphe Thiers (1797-1877), autor de De la propiedad (1848), alegato contra los socialistas. ↩

  121. El Código Civil francés de 1804. ↩

  122. David Ricardo (1772-1823), economista inglés, autor de la teoría de la renta diferencial. ↩

  123. Henry Charles Carey (1793-1879), economista estadounidense, crítico de la teoría de la renta de Ricardo. ↩

  124. Nassau William Senior (1790-1864), economista inglés. ↩

  125. Joseph Garnier (1813-1881), economista liberal francés. ↩

  126. Jean-Antoine Chaptal (1756-1832), químico y ministro del Interior de Napoleón, autor de una Química aplicada a la agricultura (1823). ↩

  127. Louis Blanc (1811-1882), socialista francés, miembro del Gobierno provisional de 1848; la primera edición de la Organización del trabajo es de 1839. ↩

  128. Así en el informe; la Idea general de la revolución en el siglo XIX es de 1851. ↩

  129. Louis de Potter (1786-1859), político belga de la revolución de 1830, discípulo de Colins. ↩

  130. Ramón de la Sagra (1798-1871), economista y naturalista español, discípulo de Colins. ↩

  131. Término de Proudhon: lo que el capital, en forma de interés, renta o beneficio, retiene de antemano sobre el producto del trabajo. ↩

  132. Los congresos de la Internacional de Lausana (1867) y Bruselas (1868). ↩

  133. Así en el acta; el sentido parece pedir «que solo se pueden intercambiar productos en los que haya entrado el trabajo». ↩

  134. Así en el acta («produits maisons»); quizá falta una palabra («en construcciones, casas»). ↩

  135. Así en el acta; el debate sobre la herencia tuvo lugar el viernes 10 por la tarde, a continuación de la votación sobre la propiedad de la tierra. ↩

  136. Marmolista, delegado de la Cámara Sindical de los Marmolistas de París. ↩

  137. Lo redactó Bakunin como ponente de la comisión nombrada por la sección central de Ginebra; se publicó también en L'Égalité, el semanario de la Internacional ginebrina. ↩

  138. Gabriel Bonnot de Mably (1709-1785) y Étienne-Gabriel Morelly (1717-h. 1778), autor del Code de la nature (1755): escritores franceses de la Ilustración que defendieron la comunidad de bienes. ↩

  139. Beaumarchais, Las bodas de Fígaro (1784), acto V, escena 3, donde Fígaro dice del conde: «Os habéis tomado la molestia de nacer, y nada más». ↩

  140. Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825), que se tenía por descendiente de Carlomagno. La abolición de la herencia la formularon sobre todo sus discípulos, en la Exposición de la doctrina de Saint-Simon (1829). ↩

  141. Auguste Comte (1798-1857), fundador del positivismo, antiguo secretario de Saint-Simon. ↩

  142. Partidarios de Gracchus Babeuf (1760-1797), guillotinado tras la Conjura de los Iguales, y de Étienne Cabet (1788-1856), autor de la utopía comunista Viaje a Icaria (1840). ↩

  143. Discípulos de Thomas Spence (1750-1814), que proponía la propiedad común del suelo por parroquias, y de Robert Owen (1771-1858). ↩

  144. La sociedad comunista que proyectaba la Conjura de los Iguales de Babeuf (1796). ↩

  145. En Seraing y en Frameries, en la primavera de 1869, la tropa disparó contra obreros belgas en huelga; en La Ricamarie, cerca de Saint-Étienne, mató a más de una docena de mineros el 16 de junio de 1869. «Walcheren», así en el acta. ↩

  146. Expresión de Thiers en la Asamblea Legislativa, en mayo de 1850, al defender la ley que restringía el sufragio universal. ↩

  147. Alusión al cuento en verso de François Andrieux Le Meunier de Sans-Souci (1797): Federico II de Prusia amenaza con quedarse sin pagar el molino que estorba junto a su palacio de Potsdam; el verso citado es suyo. ↩

  148. Frase proverbial tomada de Molière, George Dandin (1668), acto I, escena 9. ↩

  149. Nombre que se daba a la plebe más pobre de Nápoles. ↩

  150. Los objetos de fantasía, bisutería, marroquinería y juguetes de lujo fabricados en los pequeños talleres de París. ↩

  151. Véase Resolución sobre las huelgas y las sociedades de resistencia (septiembre de 1868). ↩

  152. Eco de la canción de Robert Burns «A Man's a Man for A' That» (1795): «That man to man, the world o'er, / Shall brothers be for a' that». ↩

  153. «Lo semejante se cura con lo semejante», el lema de la homeopatía. ↩

  154. Versos de la canción de emigrantes «To the West», de Charles Mackay. ↩

  155. William H. Sylvis (1828-1869), fundidor, presidente de la National Labor Union, muerto en julio de 1869. ↩

  156. La huelga y el cierre patronal de los broncistas de París de febrero-marzo de 1867 se sostuvieron con el dinero de los sindicatos ingleses que reunió el Consejo General. ↩

  157. Federación de las sociedades obreras de París impulsada por Varlin y otros internacionales; se constituyó definitivamente a finales de 1869. ↩

  158. El impreso deja en blanco el nombre de la calle. ↩

  159. Así en el acta; léase 1869. ↩

  160. Albert Theisz (1839-1881), cincelador del bronce, miembro de la Comuna, que le confió la dirección de Correos. ↩

  161. Distrito del Jura bernés, con Saint-Imier y Sonvilier. ↩

  162. Así en el acta; léase 1869, pues el informe se presentó al congreso de septiembre de ese año. ↩

  163. Federación obrera de Ruan y su comarca, impulsada por Émile Aubry; el «Círculo» al que alude el informe es el Círculo de Estudios Económicos de Ruan, núcleo de la Internacional en la ciudad. ↩

  164. Nombre que se daba a la oposición republicana radical, que rechazaba toda conciliación con el Segundo Imperio, en las elecciones de 1869. ↩

  165. Droit d'aubaine: el antiguo derecho del señor o del rey sobre los bienes de los extranjeros; aquí, un recargo sobre los compradores ajenos a la federación. ↩